Título original: eg er vinden
Traducción: Carolina Moreno Tena en catalán para Comanegra y Cristina Gómez Baggethun en castellano para De Conatus
Año de publicación: 2008
Valoración: recomendable
Título original: La cantatrice chauve
Año de publicación (estreno): 1950
Valoración: Está bien, curioso
Apenas le hemos dado espacio en este blog al ‘Teatro del absurdo’, etiqueta aplicada desde mediados del siglo pasado a un pequeño grupo de autores que desafiaron las normas (qué cosa tan apetecible) de la construcción dramática para montar extrañas obras en las que las personas se convertían en rinocerontes o dos mendigos dialogaban sin sentido bajo un árbol. Aparte de provocar la risa, y esto no siempre, la sucesión de escenas ridículas y diálogos disparatados tenían siempre una capa más o menos oculta que el espectador estaba invitado a descubrir, por lo general reflexiones sobre la vida y sobre el ser humano, frecuentemente el problema de la comunicación, la soledad, la muerte o el destino, cosas así. Si la verdadera intención del autor era en verdad abrir la puerta a esas profundidades o solo sorprender con extravagancias es algo no tan fácil de descubrir y que además variará según el autor y según la obra.
La cantante calva fue uno de los primeros títulos en formar parte de ese pequeño contingente, y sus rasgos encajan desde luego con el modelo. Dos parejas (matrimonios) de la burguesía inglesa comparten una velada, y no parecen tener mucho que decirse. Lanzan por turnos frases a veces inconexas, o se enzarzan ligeramente en discusiones particulares sin sentido. Este tipo de conversación sirve para identificarlos enseguida como personajes ridículos, vacíos, y su limitación mueve rápidamente a la risa.
La entrada de un par de personajes más abre el abanico a nuevos diálogos, también absurdos, en los que, aunque a veces apetezca, tampoco creo que debamos intentar buscar mensajes ocultos. Es lo que llamaríamos ‘hablar por hablar’, cómo llenar minutos de una reunión aburrida emitiendo sonidos más que transmitiendo algo.
Desde el punto de vista cómico el cuadro quizá nos despierte alguna pequeña carcajada, y en este punto habrá que reconocer que una buena puesta en escena y la gracia de unos actores inspirados pueden levantar el texto a un nivel muy superior al que obtenemos de la lectura. De manera que no me queda más remedio que reconocer que ante obras así la experiencia del teatro leído puede resultar bastante más pobre.
Si queremos profundizar un poco más, aparte de algún rasgo crítico más o menos visible (la exclusión clasista de la pobre criada, la fascinación por el uniforme, aunque sea de un bombero), lo que tenemos es claramente una representación plástica de la incomunicación, en este caso, en el seno de cierta sociedad burguesa británica, pero válida también para cualquier otro entorno. Estamos eventualmente juntos pero quizá no tenemos tanto en común, puede que el propio lenguaje sea un obstáculo para interactuar porque lo usamos mal, o puede que incluso nuestra propia naturaleza levante barreras convirtiéndonos en pequeñas islas, como sugería John Donne.
Abriendo un poco el foco sobre este teatro del absurdo en su conjunto podemos ver que en gran parte es esta la perspectiva dominante. Por eso dibujan personajes tan convencionales que se transforman en cosas extrañas, que simplemente esperan a alguien que no saben quién es o que, como en este caso, terminan gritándose frases repetidas y completamente vacías de significado.
P.S.: Esta obrita tuvo en principio uno o dos títulos diferentes, pero al parecer Ionesco lo cambió por el definitivo porque un actor pronunció mal una frase (es cerca del final) y sonó como ‘cantante calva’ lo que no lo era. Cómo les hubiera gustado a los surrealistas o a los Dadá este hecho de titular una obra con la expresión de un simple error.
Otras obras de Eugène Ionesco reseñadas en ULAD: Rinoceronte
Creo que puedo decir, sin temor a equivocarme, que hay más gente que prefiere ver teatro antes que leerlo. O quizás no es un tema de que guste más o no, pero sí una práctica habitual. Y es que el teatro leído contiene un componente de dificultad lectora: la falta de definición de la ambientación, pues muchas veces, más allá de una pequeña descripción del lugar donde trascurre la escena, las obras de teatro se basan en el diálogo, por lo que la complejidad que tiene el lector en el ejercicio “visual” de imaginar la escena se agranda. Pero, aún y así, a los que nos gusta el teatro, a veces nos apetece también leerlo, quizás para recordar aquella obra ya vista en representación teatral, quizás para descubrir y vislumbrar cómo podría representarse. Y claro, dentro de los grandes autores teatrales, es impensable no mencionar a Henrik Ibsen.
En este texto del autor noruego, el relato empieza con un paisaje ya conocido y común en muchas de sus obras: una casa señorial regentada por una familia que ostenta cierto cargo de poder (una serrería y algunas minas, en este caso); también constituye una pieza fundamental el servicio que trabaja en la casa, así como algún personaje adicional que aparece de golpe después de cierto tiempo fuera y cuya presencia no es banal. Nada que sorprenda al lector a la hora de tejer el entramado argumental, pero es una sólida base para lo que Ibsen tiene pensado desarrollar en esta pieza teatral donde una serie de personajes entran y salen de la casa y van dejando pequeños detalles enigmáticos en las conversaciones entre ellos que llevan a sospechar que hay algo más profundo y parcialmente dejado de lado en sus relaciones que en algún momento hará acto de presencia con sus asociadas consecuencias.
A nivel estilístico Ibsen sabe cómo crear tensión; es en esas habladurías, rumores y chismorreos entre los diferentes personajes donde el lector se va haciendo la composición de lo que se está orquestando a bajo nivel: un entramado de intereses y secretos que el autor va sacando a la superficie poco a poco, dejando a su vez un rastro imborrable de mentiras enterradas bajo estratos de cotidianidad e intereses. Pero ahí, con marcado contraste, aparecen los ideales y los valores, siempre presentes en las obras de Ibsen; unos ideales a prueba de las relaciones que emergen y se erigen como inquebrantables a pesar de todos y de todos, que se esgrimen como una lanza rota en favor de la honestidad y la pureza, de la conducta impoluta e infranqueable, como el autor bien profesa al decir, en boca de unos de sus personajes, cuando uno le espeta a otro: «ha vuelto a colarse en una casa humilde reclamando el pago de las facturas de los ideales, y en esta casa no hay gente solvente». Así, esos valores son siempre presentes y esgrimidos sin tapujos, porque «de vez en cuando es útil profundizar en el lado oscuro de la existencia» a pesar de ser algo que, a su vez, pueda sembrar sentencias y tiranteces entre los personajes.
Como en toda obra teatral, y más teniendo en cuenta su corta extensión, no conviene revelar el argumento ni, menos aún, su desarrollo, aunque viniendo de Ibsen, uno ya puede suponer que tanta tirantez no va a quedar en nada y que a veces la defensa a ultranza de los ideales acarrean consecuencias para las que uno no está preparado.
Título original: Ὄρνιθες (Ornithes)
Año de publicación (representación): 414 a.C.
Valoración: Se deja leer
Creo que alguna vez he llegado a decir aquí que leer a los clásicos griegos no es en absoluto tan intimidante como la gente cree. De hecho, aunque algunos textos resulten a veces no muy digeribles, hay otros, en mi opinión la mayoría y sobre todo los de los grandes dramaturgos, llenos de vivacidad, relatos épicos, tragedias brutales, historias eternas y a veces cuajadas de humor, que pueden leerse sin la menor dificultad y resultan muy gratificantes. Esto es así muchas veces, pero llegados a este punto hay que reconocer que no siempre.
Aristófanes, autor sobre todo de comedias, propone en Las aves una cosa bastante loca: un par de personajes, Pistetero y Evélpides, consiguen entrar en contacto con Tereo, un rey que de alguna manera fue transformado en una abubilla y en su nueva condición parece que ejerce cierto ascendiente sobre el mundo de las aves. Los recién llegados huyen de Atenas, donde es posible que estuviesen envueltos en algún pleito, e intentan convencer a la abubilla para que las aves creen una ciudad en los cielos desde la cual gobiernen el mundo, desbancando a los dioses del Olimpo. Todo esto, claro está, entre un despliegue de retórica disparatada, disfraces y algunas situaciones más o menos cómicas.
Tras haber logrado estos individuos en parte su objetivo, se desarrollan las escenas más divertidas cuando una serie de personajes van apareciendo en escena intentando apuntarse a lo que consideran el nuevo poder emergente. Poetas, negociantes y matemáticos se arriman a lo que consideran caballo ganador, siendo despachados sin contemplaciones por los nuevos dirigentes. También se aproximarán varios dioses con intención de conocer la situación, e incluso de negociar. El nuevo orden, aunque todavía embrionario, tiene un buen número de personajes arrodillados para hacerse hueco, una estampa que igual nos es un poco familiar en los tiempos actuales.
La cosa es tan chusca que por momentos se siente uno sumergido en el ambiente de algunas obras teatrales deudoras del surrealismo o de la literatura del absurdo, de manera que si estuviéramos leyendo algo del siglo XX nos pondríamos quizá a buscarle significados, mensajes encriptados o estereotipos bajo el disfraz. En ese intento de análisis de fondo, seguramente el texto podría darnos claves interesantes en manos de algún entendido en la época: el reflejo del conservadurismo de Aristófanes, la crítica a la recientemente nacida democracia ateniense, ecos de la geopolítica del momento, cosas así que he podido ver por ahí y que sin duda aportarían datos para una lectura más rica.
Por mi parte, a lo sumo se me ocurre que eso de abogar por una ciudad edificada en el cielo y un mundo gobernado por las aves puede tener algo de metafórico, un punto de idealismo lanzado por quien reniega de alguna situación política o social, y un mensaje que se quiere hacer llegar, envuelto en el humor, a los espectadores que por su parte solo esperan reírse y pasar un buen rato. Pero, claro, todo esto leído a pelo veinticinco siglos después no funciona nada bien, a diferencia de esos otros autores a los que me refería al principio, clásicos, estos sí, en el más profundo sentido de quienes hablan sobre cosas más allá del momento y el lugar, que tocan al ser humano con carácter universal e intemporal.
Por lo demás, digamos que el librito por sí mismo puede resultar a lo sumo entretenido y hasta provocarnos alguna sonrisa, nada mucho más allá, pero a fin de cuentas es otro título que llevarnos a la mochila, porque en definitiva en materia de lecturas (casi) todo suma.
Otras obras de Aristófanes reseñadas en ULAD: Lisístrata, Pluto
Título original: Glorious Exploits
Año de publicación: 2024
Traducción: Jon Bilbao
Valoración: recomendable
Año 412 A. C. Tras la derrota ateniense en su intento de conquistar Siracusa, en Sicilia, los siracusanos encierran a los soldados prisioneros en unas canteras e ir a visitar a aquellos atenienses muertos de hambre se convierte en un pasatiempo para los alfareros en paro Lampo y Gelón, más aún cuanto que éste último es un fan absoluto de la tragedia griega y trata de que los atenienses le reciten pasajes de las obras de Eurípides -su favorito y el señor de color carmín y ojos saltones que nos mira desde la cubierta del libro-, a cambio de algo de comida. Pero, no contento con esas migajas, un día decide montar con los prisioneros, allí en la cantera, una representación de Medea, nada menos, a la que luego se sumará Las Troyanas (de ahí los desorbitados ojos del señor de color carmín, supongo).
Aunque Gelón es el más motivado para llevar a cabo esta incierta aventura escénica, la historia nos la cuenta Lampo, un tipo más extrovertido y menos leído -de hecho, no sabe leer ni escribir -que ve en esta locura una manera de tener entretenido a su amigo, comprensiblemente deprimido desde la muerte de su hijo y el abandono de su esposa; él, por su parte, lo considera una manera de matar el tiempo entre visita y visita a la taberna, donde trabaja Lira, una esclava de la que se ha enamorado y también, por qué no, una fuente de ingresos cuando encuentran a un "productor", un extraño personaje de allende los mares llamado Tuireann. En todo caso, la obra tira para adelante por el tesón y la astucia de ambos directores de escena, la ayuda de unos chiquillos que juegan por los campos y gracias, sobre todo, a que entre los atenienses, pese a estar hambrientos, enfermos y hechos polvo, en general, encuentran algunos actores más o menos resultones que, convenientemente maqueados, puede que den el pego... o tal vez no.
Con un tono tragicómico -más cómico que trágico, gracias, sobre todo, al extrovertido y entrañable Lampo, aunque la tragedia, también está presente, pues la historia se desarrolla en tiempos de guerra- va avanzando esta novela, de forma bastante resultona; tampoco es de extrañar, pues las historias que cuentan cómo se monta una obra de teatro, casi un género en sí mismas (con el subgénero de las que están interpretadas por presos o prisioneros de guerra... A bote pronto, recuerdo, en novela, La semilla de la bruja de Margaret Atwood y en cine películas como la francesa El triunfo o Las vidas de Sing Sing, esta última estrenada recientemente), suelen resultar de lo más entretenidas y, por lo general, consiguen que el lector o espectador/a empatice con los esforzados personajes que tratan de representar la obra sorteando dificultades y contratiempos. Lo mismo ocurre aquí, claro, con el añadido de que la trama se desarrolla en la Magna Grecia de hace casi 2500 años y la ambientación, por tanto, supone también un requisito importante. Que parece, en todo caso, bastante bien lograda, aunque tengo la sospecha de que a los lectores de novela histórica más rigurosos quizás no les agrade el tono desenfadado y contemporáneo de los diálogos. Para el común del público lector, no obstante, representa un añadido que refuerza la comicidad de la novela, debido al contraste con la antigüedad del contexto.
Deus Ex -el título en inglés resulta más gracioso, pero, por una vez su traducción, aunque sea al latín (debería ser al griego), tiene cierto sentido- supone, en todo caso, un estupendo debut literario para su autor, el irlandés Ferdia Lennon. Esperemos que pronto nos ofrezca una nueva novela, al menos tan divertida como ésta.
Título original: Les séquestrés d´Altona
Traducción: Aurora Bernárdez
Año de publicación: 1959
Valoración: Está bien (Recomendable para devotos y completistas)
Desde aquel infausto día en que me atreví a ponerle un Decepcionante a mi querido Antonio Machado, ahora ‘no hay quien me pare ya los pies’, como dice la canción. El gran Sartre podría ser el siguiente al que meterle las gomas.
El viejo filósofo y escritor, inspiración de generaciones enteras, se valía, entre otros formatos, del medio dramático para exponer ideas acerca del individuo, la sociedad o cuestiones políticas del momento, a veces de forma literal y otras recurriendo a la alegoría. Y como la mayor parte de su obra teatral se sitúa a mediados del siglo pasado, el peso de las experiencias del nazismo y la guerra está muy presente. En esta ocasión la atención converge en Frantz, que fue combatiente en el frente ruso aunque previamente había intentado ayudar a un polaco a escapar de un campo de concentración. El extraño episodio vivido en su juventud no se ha borrado de su memoria, aunque después se haya mostrado como un nazi ferviente.
Frantz lleva años voluntariamente aislado en una habitación en la propia casa familiar y podríamos decir que a estas alturas no parece mentalmente muy estable, a lo que contribuye con ganas su misteriosa hermana, que es su único interlocutor. A pesar de su reclusión, Frantz no puede verse libre de los problemas familiares que surgen cuando el padre, un rico empresario, anuncia que padece una enfermedad terminal.
De manera que vienen a reunirse circunstancias diversas en torno al personaje, que van a conformar una trama en apariencia sencilla pero que esconde múltiples perspectivas: el turbulento pasado de Frantz, el futuro de la empresa familiar, los complejos y turbios sentimientos de los personajes. Sartre va introduciendo cuestiones esenciales sobre la vida, la culpa, la soledad, la fidelidad, y entonces un argumento que parecía centrarse en las secuelas del nazismo va rolando hacia el terreno del existencialismo. Las decisiones no tomadas, o las que se adoptaron para conducir a callejones sin salida terminan pesando de forma decisiva, incluso sobre los personajes que mejor parecían encarar las encrucijadas de la vida.
La obra no deja de tener interés, claro está, no por nada la escribe uno de los pensadores más brillantes del siglo. Puede uno detenerse en la psicología de los personajes, sus inclinaciones ocultas, sus debilidades. O en el tanto de culpa de la sociedad alemana en al ascenso del nazismo, en quienes prosperaron a su sombra e intentan progresar llegados los nuevos tiempos. Podemos bucear en la disyuntiva del excombatiente, entre una Alemania devastada por la guerra pero fiel a su supuesto espíritu nacional y un país renacido a costa de renunciar a sus esencias. Muchos puntos para un análisis detenido en el campo del existencialismo, tanto individual como colectivo.
Pero no olvidemos que esto es una obra de teatro, y en esa perspectiva es donde en mi opinión no resiste el análisis. Meter todos estos ingredientes en una ficción dialogada me parece casi temerario. Estamos en un formato pensado para que el espectador se mantenga hora y pico pendiente de unos personajes y, al margen de que en ese tiempo ese espectador experimente más o menos sensaciones, se le debiera ofrecer algo más que oscuras intervenciones bajo las cuales se esconden conflictos y reacciones nada fáciles de percibir sobre la marcha. Los diálogos de Sartre, largos, sinuosos y llenos de sobreentendidos, resultan casi siempre tediosos, con tanta y tan variada carga que generan más perplejidad que otra cosa, como no sea aburrimiento.
Quizá en este caso la obra sea más apropiada para ser leída que para verla representada. O a lo mejor para, en vez de seguir la noche teatral con una cena o unas copas, montar una tertulia para desentrañar, cada uno con sus percepciones, la gran cantidad de cosas que nos han querido contar. De cualquier forma creo que don Juan Pablo, que tantas cosas interesantes nos dejó, también en formato dramático, tuvo momentos mucho mejores.
Otras obras de Jean-Paul Sartre reseñadas en ULAD: La náusea, El existencialismo es un humanismo, Las manos sucias, A puerta cerrada
Siempre supone cierta dificultad reseñar obras de teatro en su formato literario, pues uno debe recrear mentalmente escenarios y espacios y gran parte del texto se centra en los diálogos entre personajes por lo que el lector debe estar dispuesto a casi formar parte de un imaginario elenco actoral y entrar mentalmente en el escenario. Y el éxito de tal empresa depende en gran parte de la propia historia narrada.
En esta obra, escrita a finales del siglo XIX, intervienen únicamente cinco personajes y se descompone en tres actos correspondientes a los habituales momentos narrativos (introducción, nudo y desenlace). La historia empieza con una escena entre Regina (la asistencia de la señora Alving) y su padre, quien pretende convencerla de que deje el hogar donde está realizando las tareas domésticas y marche a vivir con él para trabajar en una especie de mesón para marineros. La chica descarta la propuesta ya que no se fía del negocio que tienen pensado hacer su padre ni tampoco de él, pues es alguien de vida algo errática. En paralelo, vemos como Osvald, el hijo de la señora Alving, ha vuelto de un viaje al extranjero y se encuentra a su madre hablando con el reverendo del pueblo acerca de la construcción de un asilo financiado por ella. La aparición del hijo y los detalles de su vida en el extranjero alarman al reverendo, pues la mentalidad del joven ha cambiado desde que se fue, abandonando las costumbres más arcaicas y cerradas para ver la sociedad desde un punto de vista más abierto; así, Osvald defiende que las parejas puedan tener hijos sin casarse y convivir en un mismo hogar, ideas con las que su madre está de acuerdo pero que enervan al reverendo, quien le discute sus ideas y conceptos sobre la libertad afirmando que «en esta vida es pura rebeldía esperar la felicidad. ¿Qué derecho tenemos las personas a ser felices? No, señora, ¡lo que tenemos que hacer es cumplir con nuestro deber!». Unas ideas anticuadas que reafirma, hablando a la mujer de su difunto marido y la vida de excesos que llevaba, al decir que «una esposa no ha de erigirse en juez de su marido. Tenía usted la obligación de llevar con humildad la cruz que una voluntad superior había considerado oportuno concederle». A partir de esa puesta en escena y conflicto candente, se desarrolla la acción en un continuo contraste entre mentalidades e ideologías al que se añade situaciones del pasado de los implicados que provocan no pocas discusiones y revelaciones que ponen en riesgo el frágil equilibrio familiar y social de los personajes.
Como ya ha demostrado es múltiples ocasiones, Ibsen sabe encontrar los conflictos sociales y morales de sus personajes y los somete a momentos de confrontación, mostrando de esta manera las costumbres de una sociedad que se va abriendo a nuevas ideas y visiones del mundo. No podemos olvidar que estamos a finales del siglo XIX, una época en que las ideas de Ibsen colisionaban de lleno en una sociedad donde el modelo de familia (con gran influencia de la religión) era poco menos que intocable por lo que su valentía y atrevimiento le otorgan aún más valor de lo que el propio texto merece. Por ello, a pesar de que no es una de sus mejores obras, Ibsen siempre debe tener un espacio destacado en nuestro bagaje lector, pues la influencia de su obra en la historia de la dramaturgia es incuestionable.
Tal y como dice una de las protagonistas en el texto, en plena confesión al reverendo, «he tenido la sensación de estar viendo espectros. Aunque yo diría que espectros somos todos (…) y no solo porque carguemos con la herencia de nuestros padres. Tenemos además muchas opiniones viejas y muertas». Y no le falta razón, pues la herencia de nuestro pasado sigue presente en nosotros, a veces con valores nobles y vigentes, pero también con mentalidades encerradas y arcaicas que conviene enterrar para que no asomen e impidan avanzar en derechos y libertades.
La sensación que uno siente ante una obra escrita hace 2500 años (¿2500 años? ¡2500 años!) es de un profundo respeto y, cómo no, distanciamiento. ¿Qué nos puede unir a dos humanos tan separados, autor y lector, por un abismo de tiempo – y distancia – difícilmente mesurable?
Analistas mucho más preparados y capaces que yo han estudiado la obra de Esquilo y – gracias desde aquí a todos ellos – la han traducido, editado, masticado, digerido y casi regurgitado para gozo y placer de todos nosotros, legos en la materia, pero curiosos y atrevidos lectores. Será este el perfil de mi reseña: cómo un lector actual y casual, más o menos omnívoro y obsesivo, puede disfrutar de una obra como esta; no es mi intención abarcar más allá, no dispongo de tales capacidades.
Pues bien, lo primero que debo decir es que en mi bonita edición de las tragedias completas se nos informa de que La Orestíada es la obra que nos ha llegado más completa a nuestros días: en un principio, al parecer formada por cuatro partes diferenciadas (Agamenón, Las coéforas, Las euménides y Proteo, esta última perdida en el tiempo) y, esto es importante, autoconclusivas. Es esta la razón por la que me he limitado a reseñar La Orestíada y no las tragedias en conjunto; si ya es complicado dirimir aquí algo tan fundamental en la narrativa de nuestros días como introducción, nudo y desenlace, no digamos cuando faltan partes íntegras de la trilogía.
Historias que tratan de celos, venganza, asesinatos, dramas interfamiliares, dioses presentes y falibles como humanos, justicia conceptuada de una forma que hoy en día nos puede chocar, y redención (redención precristiana, entendida a la manera de los clásicos), no es sin embargo una lectura fácil ni ágil; para algo más ligero me permito recomendarles las comedias de Plauto o Aristófanes. En este tipo de lectura deberemos acostumbrarnos a interminables soliloquios, monólogos repletos de referencias mitológicas y geográficas (indispensable hacerse con una buena edición repletita de apuntes a pie de página), y, concretamente, a la participación protagonista del coro y a sus tremendas divagaciones.
La acción transcurrirá en su absoluta totalidad fuera del escenario, y habitualmente nos enteraremos de los hechos acaecidos a través de algún mensajero o heraldo que nos irá informando de las novedades.
En un esquema repetitivo, los personajes suelen ser protagonista y antagonista, coro y corifeo, y el anteriormente mencionado mensajero, que será el que dé inicio propiamente a la trama introduciendo la información necesaria. Tradicionalmente, el héroe impondrá su voluntad con la fuerza de los dioses y el coro acabará cantando sus alabanzas.
Bien, pues, ¿cómo enfrontarnos a la valoración? ¿es esta una lectura que valga la pena para alguien sin pretensiones, con afán de pasar un rato agradable de lectura?
Me temo que no. Sin lugar a dudas, es una obra maestra de la literatura y ejemplo de las cotas más altas que pudo alcanzar la humanidad en un pasado ya remoto (y muchísimas cosas más que no voy a listar aquí) pero no lo puedo recomendar sin más para cualquiera.
Aquellos cuya curiosidad lectora sea grande acabarán por leerlo igual; quedan avisados de que no será entretenido. Aquellos otros que solo buscan un rato agradable de lectura harán bien en buscar algo más actual y con lo que puedan sentirse más identificados o empatizar mejor.
Para finalizar, las obras de Esquilo nos hablan de un mundo pasado ya desaparecido y no es buena idea adentrarse en esas espesuras sin guías; una vez más, si uno se va a atrever con estas lecturas, recomiendo encarecidamente una buena edición anotada. Sin ella correremos el riesgo de no enterarnos de absolutamente nada.
También de Esquilo en ULAD: Prometeo encadenado
Título original: Die Dreigroschenoper
Año de publicación: 1928
Valoración: Se deja leer
Tengo que reconocer algo, una cosa que me avergüenza un poco, pero no voy a ocultar: no me gusta demasiado el teatro de Bertolt Brecht. No he leído sus poemas más allá de alguno suelto, tampoco la famosa Madre Coraje, reconozco claro está su compromiso político-social, asumo su aportación a las artes dramáticas, su capacidad para romper moldes e innovar en la relación con el público, alterar las formas de conectar con el espectador y provocar su reacción. No recuerdo si he llegado a ver representada alguna de sus obras, seguramente sí, pero en las varias que he leído esa famosa técnica del distanciamiento no ha conseguido más que justamente eso, distanciarme. Sé que Brecht rehúye utilizar la subjetividad, el elemento emotivo, para llegar al espectador, buscando precisamente que no se involucre en la trama para moverle a pensar y captar el mensaje de forma racional. Pero a la hora de leer o asistir a la representación, personalmente me quedo en esa distancia, y ni disfruto ni me empapo del todo, al menos como a mí me gustaría, del subtexto que fluye por la obra.
Lo intento una vez más con La ópera de cuatro cuartos, que es en realidad un libreto para la música de su amigo Kurt Weill, con lo que es muy probable que luzca más en el formato para el que fue concebida, y no en la fría lectura en un sofá. Por lo visto la obra tuvo un éxito resonante hasta que los nazis la prohibieron, y ostenta múltiples traducciones y representaciones de todo tipo.
La cosa tiene un tono de ópera bufa tras la que se oculta, a veces más y a veces menos, el esperable trasfondo de crítica social. Los antagonistas son el maleante Mackie Messer (Mackie Navaja, nombre que parece haber triunfado a lo largo de las décadas), ladrón clásico y sin escrúpulos, putero de vocación y con buenos contactos en la Policía; y un tal Peachum, una especie de proxeneta de mendigos, a los que recluta para formar toda una gran empresa, en realidad un monopolio mafioso de la mendicidad, léase esclavitud. Algunos enredos sentimentales/sexuales de Mackie acabarán enfrentando a los dos tipos, en lo que se adivina una manifestación metafórica de la lucha de clases.Ya lo vemos, el ‘empresario’ respetable frente al delincuente común, seguramente de origen humilde. Pero no solo eso. Tenemos un ejemplo nítido de corrupción policial, con raíces en la vida militar, otra derivación con tintes críticos. O muestras de manipulación de la opinión pública, y de paso, de la volubilidad de esa misma opinión pública, encantada con la fiesta de coronación de la reina, o rey, no sé, algo que será decisivo para el desenlace. De paso, una curiosa dualidad entre los amores profesados por la hija del burgués, que no duda en pasarse al ‘otro lado’ para demostrar sus sentimientos, y la prostituta a la que le falta tiempo para traicionar a su amado.
Todo esto, que parece tan didáctico, se presenta sin embargo tan sumergido en la caricatura, tan envuelto en el tono general de sainete, que el mensaje queda en mi opinión arrinconado, diluido entre risas y sorpresas, poco menos que reducido a algo inofensivo. Aunque creo que Brecht lo utilizó en alguna ocasión más, puede que el formato operístico no sea el más adecuado, o que simplemente esa técnica del distanciamiento que el autor propone con tanta frecuencia no funcione bien con mis esquemas mentales. Ha habido otros muchos autores que se han servido del humor para lanzar críticas corrosivas y en mi opinión el resultado ha sido mucho más eficaz. O es posible que simplemente ciertos recursos generen conexiones con unos espectadores y no con otros. Se puede probar, pero por mi parte me temo que, una vez más, voy ser de los escépticos.P.S: El título de la obra y sus traducciones genera una muy curiosa diversidad. El original, como se ve arriba, habla de tres groschen, que debían ser monedas sin apenas valor, que es el sentido que hay que dar a la expresión. En castellano la traducción más usada es la de cuatro cuartos, pero en francés se ha titulado como cuatro sous, o en inglés tres peniques, todo con la misma intención de subrayar su carácter aparentemente liviano o de opereta.
Alejandro Casona es uno de mis dramaturgos favoritos, y como este libro ya lo he leído en varias ocasiones, aprovecho una relectura reciente para realizar una crítica en ULAD. Ya les advierto de que quizá sea generoso de más.
En su momento constaté con sorpresa que la crítica se cebaba con Casona en un asunto muy particular: abuso de la fantasía, unas obras carentes de contenido social y una visión evasiva de la realidad; correcto, pero es que ese precisamente es el punto fuerte de estas obras. Desde mi punto de vista, el carácter fantasioso y el confrontamiento con la realidad, este doble plano, es donde reside la magia de Casona y el punto distintivo que le hacen un creador tan particular.
Este libro está compuesto por dos obras distintas, con varios años de separación entre su redacción, y con algunas similitudes llamativas.
La primera de ellas, La sirena varada (una bonita canción de Héroes del Silencio, por cierto), trata sobre un excéntrico joven adinerado llamado Ricardo que quiere crear una academia “dónde nadie sepa geometría”, en clara alusión a la academia de Platón: esto significa que quiere rodearse, en su mansión, de hombres y mujeres con una concepción dadaísta de la vida; me explico, alguno de sus miembros son un fantasma jardinero que se cree Napoleón, otro es Daniel, un pintor que se ha vendado los ojos para inventar colores nuevos. No me digan que esto no es precioso.
En contraste con Ricardo y sus acólitos, está don Florín, que representa la cordura y el sentido común. El trío protagonista se cierra con la llegada de la sirena, que agitará las vidas de los dos hombres y les hará replantear a cada uno sus certezas internas, además de – justo lo que la crítica omitía – enfrentarse cara a cara con la realidad.
La segunda obra, Los árboles mueren de pie, es la más famosa del dramaturgo asturiano.
En esta ocasión acompañamos al señor Balboa y una misteriosa joven a unas oficinas donde ocurren cosas de lo más extrañísimas, mezclando también la realidad y la fantasía.
Allí, nuestros protagonistas creen haber entrado en un manicomio, pero lo que se encuentran les cambiará la vida...
Es una obra ostensiblemente más larga que la anterior, lo que permite “más hueco” para el desarrollo de los personajes; Casona incluye incluso una trama secundaria, resultando esta un poco previsible desde el primer momento, pero dado el argumento es inevitable que sucedan así las cosas.
Cuando todo parecía acabado, con un final de cuento de los de comer perdices, aparece un nuevo personaje que le aporta un giro curioso a la trama; es en esta aparición donde se produce ese enfrentamiento entre realidad y fantasía que tan característico resulta de la obra de Casona.
Por cierto, me parece magnífico el final, o mejor dicho la parte de la obra que iría más allá del final, donde se da la situación de que unos se engañan a otros sabiendo que los demás saben que lo saben... ya me entienden.
En ambas obras, sin destripar nada del argumento, se puede percibir claramente a lo que se refiere a la crítica con “evasión de la realidad”; pero no es menos cierto que el culmen de ambas se alcanza cuando un personaje se da cuenta de la fantasía en la que ha estado viviendo y mira detrás del telón; al despojar a la realidad de velos y fantasías es cuando cada uno debe enfrentar los hechos tal y como son y resignarse a su destino. La forma en que cada personaje acepta su sino es la moraleja que nos aporta Casona.
En La sirena varada, personajes como Daniel, la sirena, y sobre todo Ricardo, son los que han decidido vivir en un mundo de fantasía, pero, tarde o temprano, tendrán que enfrentarse con la cruda realidad; exactamente lo mismo que Mauricio y la abuela en Los árboles mueren de pie.
Si tuviera que hacer una síntesis del estilo de Casona, diría que la fantasía es donde brilla la hermosura y la belleza de su obra, y la realidad y el enfrentamiento con la verdad donde radica el mensaje.
Título original: Борис Годунов
Traducción: Rocío Martínez Torres
Año de publicación: 1831
Valoración: Recomendable
Aleksánder Pushkin es algo así como el poeta nacional ruso, una especie de Shakespeare o Cervantes que reina en las letras de aquella cultura, tal vez por encima de esos otros autores que a todos se nos ocurren, mucho más conocidos en Occidente. Es algo digno de analizarse, por qué alguien con méritos literarios internacionalmente menos celebrados parece representar mejor el espíritu de la literatura de un país. Quizá porque encarna valores que en otros lugares nos resultan ajenos, por algún tipo de hito fundacional, o porque quien escribe en verso a lo mejor entronca con su idioma de una forma tan especial que se nos escapa a los profanos. Porque efectivamente Pushkin escribe en verso, aunque sus obras más conocidas, entre ellas la que traemos hoy aquí, se nos sirven afortunadamente prosificadas.
Allá por finales del siglo XVI o principios del XVII, con la desaparición de Iván IV el Terrible, la corona debe recaer en su hijo Dimitri, un niño de corta edad, y a la extraña muerte de éste es elegido zar el regente Borís Godunov, ajeno a la dinastía reinante. Hay sospechas de que Godunov tuvo que ver con el fallecimiento del heredero, pero aun así buena parte del pueblo y la nobleza (los boyardos) apoya su ascensión, como hombre con autoridad para gobernar en tiempos complicados. Sin embargo, años después aparece un individuo que pretender ser el Dimitri que en realidad había sobrevivido, y con ayuda de los polaco-lituanos y parte de los nobles se dispone a arrebatar el poder a Godunov.
Vaya, todo un drama shakespeariano incrustado en la historia medieval rusa. Aunque parece ser que no se ajusta del todo a los hechos históricos, Pushkin deja abierta la sospecha sobre el acceso al trono del zar, quien a su vez se ve amenazado por lo que parece un nuevo engaño. Todo apunta a que es la corrupción, en sus distintas formas, la que pone y quita gobernantes, pero ¿en qué se apoyan esos vaivenes del poder? Pues en elementos tan poco edificantes como la conspiración, el error, los intereses o los caprichos (o la manipulación) de la opinión pública. Godunov es aupado por la necesidad de un gobierno fuerte en un entorno de inestabilidad por la ausencia de heredero. La nobleza local apoya su ascenso buscando los favores de un gobernante sólido, y el pueblo asiente con el silencio típico de una sociedad postrada. A su vez, el nuevo pretendiente se ve respaldado por los poco amistosos vecinos (intereses políticos, territoriales, incluso religiosos), por los nobles, cansados de autoritarismo y atisbando un mejor caballo al que subirse y, finalmente, por aquel mismo pueblo, en el que seguramente pesa el deseo de recuperar la dinastía que creían perdida, en definitiva la tradición.
Entre toda esta confusión, Pushkin hace un excelente dibujo de los dos personajes antagonistas. Godunov se siente fuerte en apariencia, busca legitimidad en el estamento religioso y apoyo entre sus fieles, y planea la continuidad de la saga familiar. Curiosamente, aparece más bien poco en la obra, pero lo suficiente para mostrarse sutilmente consciente de cargar con un pasado dudoso que en cualquier momento puede hacerle caer. Por su parte, el supuesto Dimitri (que el autor presenta desde el inicio como Impostor, así que no hay spoiler) es un personaje sorprendente, en apariencia carente de ambición y de convicciones sólidas, dispuesto a dejarlo todo por amor (ella, princesa polaca, no parece en absoluto de acuerdo), pero que sin embargo continúa con su empresa como arrastrado por una corriente cada vez más irresistible. Toda una situación si se quiere absurda, en la que confluye la culpa de ambos personajes con la conjunción de elementos, a veces aleatorios, que desembocan en cambios decisivos y situaciones dramáticas.
Leemos que Pushkin revoluciona con esta obra el teatro y la literatura rusa, que mantiene elementos del romanticismo originario pero incorpora una corriente realista que rompe con los cánones de la época y el país, que materializa los valores esenciales de la historia rusa como nadie lo consiguió antes. Muchas cuestiones digamos técnicas que se nos escapan pero que explica con sencillez y eficacia el prólogo que firma la traductora Rocío Martínez Torres, de lectura imprescindible antes de sumergirnos en el texto. Y, una vez instruidos sobre algunos aspectos esenciales, disfrutemos de una historia llena de potencia, una tragedia histórica que encierra más claves de las que en principio pueden parecer.