domingo, 15 de diciembre de 2019

Thomas De Quincey: Confesiones de un inglés comedor de opio

Idioma original: inglés
Título original: Confessions of an English Opium Eater
Traducción: Louis Loayza
Año de publicación: 1822 (un año antes, por entregas)
Valoración: Está bien 

Thomas de Quincey está estrechamente relacionado con el romanticismo inglés por la época en que vivió (entre el XVIII y el XIX), por relaciones personales (los poetas Wordsworth y Coleridge) y por determinadas atmósferas por las que se mueven sus textos (los sueños, el mundo clásico). Pero quizá el vínculo más poderoso era un cierto deseo de forzar los límites, desbordar la realidad para asomarse al misterio, lo desconocido o lo inexplorado. Todos aquellos que de una u otra forma crearon dentro de esa corriente se dejaron llevar hacia esos terrenos. La singularidad de este autor (aunque no sólo de él) es que además utilizó su propio cuerpo para experimentar cosas nuevas.

Las Confesiones son un ensayo autobiográfico, el primero de una especie de trilogía, en que De Quincey empieza, claro está, contando su infancia y primera juventud. Poseedor de un brillante intelecto, es objeto de una educación rigurosa y exigente, y destaca en sus conocimientos de griego clásico. Consigue escapar de sus tutores y vive en la indigencia en Londres, ayudado por una prostituta. Como suele ocurrir en el relato autobiográfico, no sabemos hasta dónde se ajusta a la realidad o la adorna, pero en es todo caso una narración intensa y apasionada que evoca la moda literaria del momento.

A partir de aquí hace su aparición el opio. Dice De Quincey que empieza a consumirlo para paliar unos dolores, aunque teniendo en cuenta la popularidad del mejunje en ese tiempo y en el entorno del autor, podríamos sospechar que su uso no era tan estrictamente analgésico. El caso es que de inmediato descubre sus al parecer grandes virtudes, y se lanza sin recato a una apología en toda regla. No solo resulta patente por qué el texto pudo resultar controvertido en su época, sino que para el resabiado lector del siglo XXI el entusiasmo mostrado por el autor hace pensar que de no tratarse de una obra de hace doscientos años el libro estaría en manos la de fiscalía antidroga. Por lo visto, unos años más tarde el propio autor retocó el texto para rebajar un poco el tono, publicándose una segunda edición algo menos espontánea. Para no perder de vista que hablamos de un texto literario, también hay que decir que la prosa de De Quincey, con sus largas perífrasis, me resulta algo pastosa, a veces un poco cargante en sus redundancias.

En los mismos registros se mueve también la tercera parte del librito, en la que el paraíso encontrado se ha vuelto una enorme carga, un monstruo voraz que cada vez pide más y del que De Quincey es consciente de que debe desembarazarse. Lo que era una especie de bienestar cósmico se ha apoderado del débil cuerpo de Thomas y va devorando su vitalidad. Si alguien ha visto a alguno de esos ancianos del norte de Tailandia, consumidos por toda una vida de cuelgue, entenderá de lo que hablamos: la adormidera le enreda en un estado permanente de tránsito entre el sueño y la realidad, y el escritor parece decidido a huir. Conocemos con cierto detalle los síntomas, así como el programa que De Quincey se impone para abandonar progresivamente el vicio. En estos tiempos en que tenemos tan interiorizados los problemas de la droga, los procesos de desintoxicación y las distintas terapias, resulta a la vez admirable y un poco enternecedor observar a un consumidor masivo ('confirmado y habitual, a quien preguntarle si tal día en particular había o no había tomado opio equivaldría a preguntarle si sus pulmones habían respirado'), decidido a desengancharse (y convencido de conseguirlo) por su sola fuerza de voluntad y guiado por la razón y un método sencillo e intuitivo.

Otra cosa es que lo consiguiera o no, porque él mismo reconoce la dificultad de la empresa, y confiesa que el éxito no lo fue tanto como en algún momento pudo parecer (al lector y a él mismo). Y no faltan comentaristas que aseguran que en la exposición de ese esfuerzo por escapar del opio hay algo o bastante de postureo, y que en realidad De Quincey nunca lo abandonó del todo, en parte porque su tenacidad fue algo menor de lo que dice en el libro, y quizá también condicionado, como decía antes, por un entorno en el que la amapola circulaba con generosidad.

El libro resulta desde luego original por el tema que trata, pero sobre todo por hacerlo en una época para nosotros remota, cuando los primeros estupefacientes llegan masivamente a Europa desde el Extremo Oriente. Pero para ser sincero, lo veo más bien como un documento que al margen de lo dicho tampoco creo que tenga un interés especial desde el punto de vista literario.

P.S.: Pronto seguiremos con el tema del opio, ya verán.

También de Thomas De Quincey en ULAD: Del asesinato considerado como una de las bellas artes

sábado, 14 de diciembre de 2019

Benito Pérez Galdós: Torquemada en la hoguera


Idioma original: Español 
Año de publicación: 1889
Valoración: Se deja leer


Torquemada en la hoguera es una novelita de apenas 140 páginas que inicia una tetralogía. Su protagonista, don Francisco, ya apareció en otra obra de Benito Pérez Galdós, Fortunata y Jacinta. Este hombre es un prestamista que se ha enriquecido ejerciendo la usura. Intentará ganar el favor divino cuando su hijo enferme. Para ello llevará a cabo actos de caridad impropios de alguien conocido por su avaricia. 

La instrumentalización de la piedad es, junto a la hipocresía de acudir a Dios solamente cuando te conviene, el tema principal de Torquemada en la hoguera. De dicho proceder deriva el falso arco de redención que experimenta don Francisco. 

Pese a que tiene una premisa muy interesante, la ejecución de esta ficción es harto deficiente. Varios son los apartados que Galdós no acaba de desarrollar acertadamente. 

  • Los hechos se presentan, por lo general, desde un ángulo excesivamente melodramático. Eso sí, hay que reconocer que, puntualmente, Galdós abandona ese registro afectado para obsequiarnos con pasajes irónicos cargados de mala leche. 
  • Los personajes son bastante planos. Incluso don Francisco «el Peor». Lo cual es imperdonable, teniendo en cuenta que esta novela es un estudio de personaje que versa sobre él, y que la extensión de la misma hubiera permitido una caracterización con muchas más dimensiones. 
  • Se desperdicia a Bailón y a la tía Roma. Ambos tienen potencial, pero se les impide brillar al relegarlos al limitado rol que el argumento les repara. 
  • Algunos diálogos se antojan pomposos. Entiendo que persiguen un efecto concreto (dotar de un patetismo tragicómico a don Francisco), pero no acaban de funcionar. 
  • Hay demasiadas escenas reiterativas que, para colmo, se alargan más de la cuenta. Especialmente esas que retratan los gestos de “piedad” del protagonista, o aquellas en que se ve a su hijo postrado en la cama por culpa de la enfermedad que le corroe.
  • El final carece de impacto porque el lector ya lo ve venir. El verdadero carácter de Torquemada no nos es ajeno en ningún momento. Algo que podría haberse evitado, a mi humilde entender, empezando la narración en el momento en que Valentín cae enfermo y ciñéndose a la primera persona. 

Pero no creáis que he sido incapaz de encontrarle ningún aspecto positivo a Torquemada en la hoguera.

  • La prosa de Galdós es preciosa. Especialmente algunas de sus metáforas. 
  • Suelta buenas reflexiones sobre la avaricia y la espiritualidad. 
  • Las nada veladas burlas que hace a los usureros y a la Santa Inquisición (criticada alegóricamente) son hilarantes. 

Por todo lo dicho, Torquemada en la hoguera es, a mi juicio, una novelita prescindible dentro de la producción de su autor. Aunque ha sido alabada por no pocos entendidos en esto de la literatura (César M. Arconada, Luis Buñuel o Sergio Pitol, por ejemplo), de modo que dadle una oportunidad. Quizás vosotros le sabéis encontrar esas virtudes que se me escapan. 


También de Benito Pérez Galdós en ULAD: Aquí

viernes, 13 de diciembre de 2019

Colaboración: Alejo Carpentier: El recurso del método

Idioma original: español
Año de publicación: 1974
Valoración: muy recomendable

Una novela de dictadores. Este relato del escritor cubano Alejo Carpentier fue publicado en 1974, el mismo año que otra novela del mismo tema, “Yo, el Supremo” de Augusto Roa Bastos y un año antes que “El otoño del patriarca” de Gabriel García Márquez, que coincidentemente tiene el  mismo motivo. Creaciones que revitalizaron un subgénero de larga data en Latinoamérica, la novela del dictador. La obra de Carpentier  es  novedosa, compleja e irónica, logrando configurar una propuesta distinta dentro de un tema bastante conocido. La trama se centra en la figura del Primer Magistrado y su férreo orden en un país imaginario que tiene a Nueva Córdoba como su capital. El personaje principal suena a una síntesis de gobernantes latinoamericanos que tanto conocemos por estas latitudes. La narración alterna la primera y la tercera persona, siendo la principal voz la del Primer Magistrado, pero también aparecen otras voces, que dan un espectro más amplio a la historia. El relato es circular, parte en París,  donde el gobernante disfruta de las bondades de la Ciudad Luz, cuando llega la noticia de que hay una sublevación que debe sofocar. Vuelve a su país, derrota al sublevado. Después viaja a Nueva York y mientras descansa de los ajetreos propios de su cargo, avisan que hay un nuevo levantamiento que debe enfrentar.  Vuelve a su país, lo sofoca. Y cuando siente que todo está pacificado, estalla una revolución que no puede detener, por lo que huye, hacia Paris, ahora, la Ciudad Cementerio.
En Carpentier la forma lo es todo (o casi todo), por lo que el cómo platea la narración es bastante original. Cada capítulo viene encabezado por un epígrafe tomado de la obra “El discurso del método” de René Descartes, creación que parafrasea el título de la novela, obra que está en el centro de la propuesta estética narrativa de la novela:
“Y habría que perseguir por tales tierras al General Hoffmann, cercarlo, sitiarlo, acorralarlo, y , al fin, ponerlo de espaldas a una pared de convento, iglesia o cementerio,  y tronarlo. “¡Fuego!” No había más remedio. Era la regla del juego. Recurso del método”.
Juego paródico, juego dialéctico, que contrapone la obra capital del racionalismo, que pareciera guiar la conducta del dictador, a la conducta real, muchas veces brutal, que lleva a cabo el tirano para mantener el orden. Esta articulación dialéctica, pone en juego una serie de oposiciones que se despliegan durante toda la historia: América/Europa, tiranía/libertad, viejo/nuevo, religiosidad/paganismo, etc., que van proponiendo una especie de juegos de espejos, donde el racionalismo occidental es adaptado a las particularidades del nuevo continente. 
La historia está repleta de arquetipos que toda novela de dictadores suele traer: el mesianismo del dictador, pues se cree imprescindible para la buena marcha de la nación; megalomanía del gobernante; uso de la muerte como instrumento efectivo de poder; nepotismo, representado en su frívola hija Ofelia, gastando las ingentes ganancias que su padre ha esquilmado  durante años a su nación; soledad en su entorno, donde se encuentran solo sus fieles siervos, el doctor Peralta y la mayorala Elmira, amante eterna del tirano; los generales traidores de siempre, que juran fidelidad absoluta y luego, apenas se ausenta el dictador, se sublevan; los intereses imperialistas foráneos, que primero lo ayudan a llegar al poder, luego lo afianzan y cuando ya no les sirve, dejan caer al dictador; el estudiante, revolucionario por antonomasia, cuya fuerza vital termina derrotándolo; el retoricismo vacuo del poder, donde el protagonista se muestra un maestro a la hora de elaborar sendos discursos, ejemplos de elocuencia y palabras vacías llenas de lugares comunes. 
Es claro que el lenguaje escogido por Carpentier para desarrollar la personalidad del tirano funciona con esta dicotomía que domina el discurso de la novela. El lenguaje ampuloso y grandilocuente que aparece en la retórica del gobernante y en los círculos de poder que lo alaban (donde es tratado como el Benefactor, el Salvador de la Patria, el Benemérito, el Primer Ciudadano, etc.), contrastan con los insultos que le propinan sus enemigos o el lenguaje que el gobernante le dedica a sus contrincantes. Lenguaje que suena arcaico, mero artificio, que devela lo vacío del discurso del poder. 
En síntesis, una novela densa, que funciona en distintos niveles, que se vale principalmente de la parodia para mostrarnos el vacío del poder, la realidad latinoamericana y su relación con el mundo occidental. Una narrativa erudita, refinada y enorme, casi única en Latinoamérica. Solo comparable a la de Jorge Luis Borges. Quizá un lector  poco preparado se pierda algo de la riqueza y sutileza de la prosa de Alejo Carpentier. Sin embargo, “El recurso del método” es una obra literaria mayúscula de las letras latinoamericanas.

Firmado: Cristian Uribe Moreno

También de Alejo Carpentier en ULAD: El siglo de las lucesEl acosoConcierto barroco y El reino de este mundo

jueves, 12 de diciembre de 2019

Pankaj Mishra: La edad de la ira


Idioma original: inglés
Título original: Age of Anger. A History of the Present
Año de publicación: 2017
Valoración: Muy recomendable


¿Dónde estamos exactamente? ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Qué nos está pasando? ¿Qué relación tienen, en cualquier país del mundo, los acontecimientos de los últimos años con lo que ha sucedido antes y con lo que ocurre en otros sitios? Pankaj Mishra no tiene una respuesta simple, pero intenta contestar a estas cuestiones trazando una panorámica ideológica y social de alcance internacional desde la Ilustración europea hasta nuestros días. Partiendo de una extensísima bibliografía, que maneja con soltura gracias a su amplia erudición, el autor va trazando una ruta que comienza, transita y acaba en una palabra clave: resentimiento. Un resentimiento que comenzó a hacerse visible con Rousseau y llega hasta nuestros días.

“Estamos más cerca de entender el resentimiento actual cuando reconocemos  que éste surge de un deseo humano intensamente competitivo de convergencia y semejanza, más que de diferencias religiosas, culturales, teológicas e ideológicas.” “Las contradicciones y los costes del progreso de una minoría, largamente silenciados por el revisionismo histórico, se han hecho visibles a escala planetaria”.

El siglo XXI, al menos desde 2008, parece anunciar la decadencia de un modelo que arrancaría allá por el XVIII. Fue entonces cuando dio comienzo un proceso imparable que, a partir de la idea de progreso, fue poniendo en contacto las zonas más apartadas, universalizando los conocimientos y las formas de vida y creando expectativas de riqueza y desarrollo. Esto dio lugar a la progresiva desaparición o irrelevancia de comunidades sencillas, fuertemente cohesionadas, con costumbres y creencias tradicionales y sin excesivas ambiciones. Su promotor fue la Enciclopedia (Diderot, Voltaire etc.), y Rousseau –a pesar de formar parte de esa élite intelectual que logró secularizar la vida pública– el gran aguafiestas que creyó ver la semilla de todos los males en esa modernidad incipiente. El hedonismo, ambición y laicismo que promovió la nueva meritocracia sustituyeron a los antiguos ideales evangélicos, a partir de ahí, Occidente se fue volviendo narcisista y acabaría contagiando a gran parte del planeta, para bien y para mal. Pues un estado de cosas impuesto por una élite dio lugar –gracias al auge de tecnología, ciencia e industria– a desigualdades y actitudes despóticas y a un incremento de los ideales expansionistas justificados por las teorías de Darwin. Esto originó conceptos como democracia, revolución y socialismo. O lo que es lo mismo, competencia a todos los niveles. Tras el colonialismo, los nuevos estados independientes tuvieron que evolucionar a marchas forzadas para adaptarse a modelos occidentales que se habían gestado a un ritmo mucho más lento. En algunas zonas, fanáticos e intolerantes se presentaban como salvadores de la humanidad e imponían por la fuerza una vuelta a los valores tradicionales. La acracia predicaba una rebeldía destructiva como engañoso medio de conseguir la libertad, los magnicidios se multiplicaban y la represión se hizo más virulenta.
Todos estos hitos históricos han sido impulsados por líderes de opinión (filósofos, literatos, científicos, gobernantes) que pusieron en marcha las grandes corrientes de pensamiento y cuyas personalidades e ideas se exponen con bastante detalle. De aquí surge un panorama que engloba varios siglos y enlaza todas las áreas del planeta en una relación de causa-efecto bien documentada y justificada en base a la idea inicial: parece evidente que la superioridad y prepotencia de un sector de la humanidad no podían mantenerse indefinidamente. El siglo XXI ha traído consigo la pérdida de los puntos de referencia espacio-temporales y con ello la fe en el futuro. Los excluidos de la humanidad proliferan, el contrato social se ha roto produciendo una nueva clase: el precariado, las leyes del mercado en la aldea global han hecho coincidir las aspiraciones, y aunque nadie se responsabiliza de nada, el futuro parece augurar una hostilidad procedente tanto del ámbito natural como del humano, convergiendo ambos en abierta rebelión contra quienes han dilapidado los recursos… y contra todos los demás de rebote.

“No basta con culpar a la infamia política, la prevaricación financiera y los medios de comunicación. La guerra civil global es también un hecho profundamente íntimo; su línea Maginot discurre por los corazones y almas individuales. Tenemos que examinar nuestro propio papel en una cultura que alienta una vanidad insaciable y un narcisismo vacío.” 

Pues, como es obvio, las redes sociales no nos van a salvar aunque lo parezca.


Traducción: Eva Rodriguez Halffter y Gabriel Vázquez Rodríguez

miércoles, 11 de diciembre de 2019

Charles Bukowski: La senda del perdedor

Idioma original: Inglés
Título original: Ham on Rye
Traducción: Jorge Berlanga
                           Ernesto Giménez-Caballero
Año de publicación: 1982
Valoración: Recomendable

Releer La senda del perdedor me deja un mejor sabor de boca que hacer lo propio con las otras cuatro novelas dedicadas al álter ego de Charles Bukowski. A fin de cuentas, esta obra es mucho más variada que el resto de entregas de la saga.

Narra la infancia, adolescencia y juventud de Henry («Hank») Chinaski. Aborda multitud de temas: la pobreza, el mito del Sueño Americano, la violencia, los abusos domésticos, la crueldad, el alcohol en tanto que válvula de escape, la sexualidad precoz y el desencanto por la vida. Como telón de fondo tenemos la Gran Depresión primero y la participación de los Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial después.

Llegados a este punto, querría destacar los apartados que más me han gustado de La senda del perdedor.

  • Su estilo. Es austero (salvo por algún alarde poético), pero funciona de maravilla.
  • Su humor. Ácido y mordaz a la par que fruto del nihilismo más profundo.  
  • Sus reflexiones. Para muestra, un botón: «Todo lo que necesitaba una persona era una oportunidad. Siempre había alguien controlando quién podía tener una oportunidad y quién no.»
  • El narrador. Es un "underdog" que siempre quiere tener la última palabra, pero se le cuestiona diegéticamente. 
  • El padre. Personaje muy humano retratado con sus contradicciones. Es una caricatura del norteamericano de clase baja que, según la famosa cita, se ve a sí mismo como un multimillonario temporalmente avergonzado. Pobre diablo. 
  • Ciertas escenas, bien descritas y bastante memorables.
  • Los guiños que Bukowski hace a su admirado John Fante. 

Por otro lado, me gustaría resaltar los aspectos más flojos de esta obra.

  • Su estructura un tanto deslavazada. 
  • La repetición estéril de situaciones que involucran peleas, masturbación o alcohol. 
  • Su prosa. Ya he dicho que el estilo me gusta, pero la prosa es algo burda. La transición de un párrafo a otro no siempre fluye orgánicamente. También hay frases cuya formulación no tiene sentido. Por ejemplo: «Al día siguiente (...) busqué un gran cuaderno que destinaba para las tareas del instituto. Estaba en blanco.» O: «Ya no temía en absoluto a la aguja. Además, nunca la había temido.» Aunque le daremos el beneficio de la duda a Bukowski y asumiremos que están mal traducidas.

Porque la traducción de esta edición es pésima. No sólo repite palabras innecesariamente, sino que siente un apego excesivo por el idioma original del texto. Así pues, nos obsequia constantemente con anglicismos: juramentos, interjecciones y estructuras lingüísticas propias de la jerga norteamericana.

En definitiva, La senda del perdedor es una novela recomendable, pese a no ser redonda. Sobre todo si eres un adolescente, ya que conseguirás empatizar fácilmente con su protagonista y su mensaje. Ojalá el resto de la saga de Henry Chinaski hubiera mantenido el nivel de esta primera entrega. 


 También de Charles Bukowski en ULAD: Aquí

martes, 10 de diciembre de 2019

Thierry Laget: Proust, Premio Goncourt. Un motín literario

Idioma original: Francés
Título original: Proust. Prix Goncourt. Un émeute littéraire
Traducción: Laura Claravall
Año de publicación: 2019
Valoración: Muy recomendable (sobre todo, para proustianos irredentos)

Estimado señor y querido colega:
Tenemos el honor y el placer de anunciarle que ha sido usted elegido hoy para el Premio Goncourt por su libro A la sombra de las muchachas en flor.
Reciba, estimado señor y querido colega, el testimonio de nuestra más alta consideración.

Este es el texto de la carta escrita el 10 de diciembre de 1919 por Gustave Geffroy (y firmada por los ocho académicos presentes en la votación) mediante la cual se le informa a Marcel Proust de la concesión del Goncourt, lo que supuso el definitivo desplazamiento del polo magnético de la literatura y el reconocimiento de uno de los autores fundamentales del siglo XX.

Pues bien, este “Proust, Premio Goncourt. Un motín literario” narra, de forma tan detallada como amena, los tejemanejes y acontecimientos que rodearon la concesión del premio y las posteriores reacciones a la misma.

El texto sigue de forma más o menos cronológica los hechos históricos. Una pequeña puesta en situación acerca de la Prehistoria del Goncourt (Mi mayor deseo, deseo que ruego a los futuros académicos que tengan siempre presente en la memoria, es que este premio se conceda a la juventud, a la originalidad del talento, a los experimentos nuevos y a los audaces del pensamiento y de la forma. La novela, en condiciones de igualdad, será siempre la prioridad) y de los primeros intentos, allá por 1913, de Marcel Proust por conseguirlo dan paso a la presentación de los 10 alegres camaradas, con una media de edad de 63 años, que integran el jurado. Pese a lo interesante de algunas de estas biografías, sobre todo las de Leon Daudet y de Lucien Descaves, quizá esta parte sea la menos ágil del libro. A partir de aquí, gana en fluidez e interés. El texto pasa a centrarse en las maniobras de Marcel Proust y de su principal rival (Robert Dorgelés) para ganarse el favor del jurado (las malas lenguas hablan hasta de banquetes en el Ritz) y en los argumentos utilizados por defensores y detractores de ambos autores. Este punto es especialmente destacable y volveré a él algo más adelante.

La concesión, por 6 votos a 4, del premio a Marcel Proust abre la puerta a una oleada de cartas, artículos, alegatos y libelos. Las protestas se justifican por motivos de lo más variopinto; algunos alegan la necesidad de premiar a "Las cruces de madera", obra de Robert Dorgeles acerca de sus experiencias en las trincheras durante la Primera Guerra Mundial, otros discuten la calidad del libro (suerte tienen los muy listillos de estar muertos. Si no, les retaba a duelo) y otros esgrimen razones tan banales como la edad de Proust (rondando los 50), su fortuna personal (¿?), su ideología (¿?), etc. En cuanto a la forma de las protestas, se mezclan los más variados disparates, calumnias, mentiras, burlas hirientes o difamaciones, formando así un retrato cubista de Proust en el que las fronteras entre realidad y ficción se difuminan. ¡No quiero ni imaginar lo que hubiera sido eso de haber existido Twitter! Lo más curioso de todo esto es que buena parte de estas protestas unen a detractores de un signo y otro. Por ejemplo, el aspecto ideológico. Pese a que se le “acusó” a Proust de ser “de derechas”, quizá por su cercanía a Leon Daudet, diputado por aquel entonces de Action Francaise, las hostias le cayeron desde la prensa de izquierdas y desde la de derechas, bien por huir del arte popular como del arte patriótico, en una época marcada por la Revolución Rusa y por los últimos coletazos de la Primera Guerra Mundial.

Por su parte, los defensores de Proust rebaten los argumentos utilizados por sus detractores y alaban lo novedoso de la obra, su belleza y su extremada sensibilidad. No me extiendo. La Historia les ha dado la razón.

Por ir terminando, quisiera destacar como aspectos más destacados del libro, además del ingente trabajo de documentación de su autor (cartas, artículos, actas, etc) y de su esfuerzo por tratar de hacer la lectura lo más amena posible, hasta el punto de que la parte previa a la concesión del Premio puede ser leída como una novela de "misterio literario" con su planteamiento, nudo y desenlace más o menos al uso, algunas reflexiones a las que el libro da pie, tales como nuestra tendencia a sobrevalorar obras muy marcadas por un tiempo y un lugar concreto respecto a obras más atemporales, el funcionamiento de la concesión de algunos premios literarios, que sospecho no ha cambiado mucho en estos cien años, la comprobación de la incapacidad, nada novedosa, de apreciar lo que no coincide con las ideas políticas de cada uno o la postura de Marcel Proust ante el dilema arte popular / arte patriótico.

En cualquier caso, y más allá del interés de la obra hoy reseñada, aprovecho este centenario del Goncourt para reivindicar, nuevamente, a Proust. De verdad, hay que leerlo (o al menos intentarlo) una vez en la vida. ¡Animaos!

Todo "En busca del tiempo perdido" en ULAD: Por el camino de SwannA la sombra de las muchachas en florEl mundo de GuermantesSodoma y GomorraLa prisioneraLa fugitivaEl tiempo recobrado

Otros libros relacionados con la figura de Marcel Proust en ULAD: Marcel Proust & Jacques Riviere: Correspondencia 1914-1922 y El abrigo de Proust

lunes, 9 de diciembre de 2019

Sławomir Mrożek: La vida para principiantes


Idioma original: polaco
Título original: Das Leben für Anfänger (edición en alemán)
Año de publicación: 2004 (como libro)
Traducción: Joanna Albin, Jerzy Sławomirski, Anna Rubió, Bożena Zaboklicka, Francesc Miravitlles (cuentos) y Roberto Bravo de la Varga (epílogo de Jan Sidney)
Valoración: Está bien

Sławomir Mrożek, dramaturgo polaco, aunque vivió muchos años de exilio en Francia y México, escribió estos pequeños cuentos, algunos poco más largos que un chiste, a lo largo de varios años (de ahí tal cantidad de traductores, supongo), que luego fueron recopilados y publicados por una editorial de Zúrich en 2004 (de ahí el título original en alemán y no en polaco, supongo también). De hecho, el título completo contiene el epígrafe: Un diccionario intemporal, pues cada uno de estos cuentecillos
, aparte de su título correspondiente título, viene acompañado en el índice por un concepto más general o una circunstancia de la vida humana (lo que ya ignoro ni supongo es si esta idea estaba ya presente en los textos originales polacos o sólo a partir de la edición suiza); así, La entrevista se refiere al Arte, El kamikaze al Idealismo o El cigarrillo -el último y más amargo de todos los cuentos- a la Verdad.

He escrito antes "dramaturgo" porque es el término que se suele emplear para los autores teatrales y al parecer Mrożek fue, entre otras cosas, uno de los más destacados en lengua polaca (yo, ni idea...), pero hay que puntualizar que en este libro de drama, poco. O por lo menos no lo que solemos entender como tal: son cuentos llenos de humor, con una evidente vocación satírica (aunque es probable que toda sátira esconda una mirada dramática sobre el mundo). Eso no significa, no obstante, que la risa quede asegurada de forma automática; pese a que algunos, muchos, de ellos sean de lo más divertido -mis favoritos son El Nobel, El expreso nocturno o Alguien-, los más de estos cuentos mueven más que nada a la sonrisa irónica cómplice y unos -pocos- no tienen demasiada gracia... El problema quizás resida justamente en esa voluntad humorística -aunque Mrożek no se consideraba a sí mismo humorista- que hay en los cuentos desde un primer momento: cuando funciona, funciona muy bien (en el epílogo se habla de su parentesco con la obra de Ionesco o Beckett, pero yo veo más parecido con el humor absurdo de Gila, de quien probablemente este autor no tuvo la menos noticia). Pero cuando no lo hace, este humor se convierte en un lastre, y la sonrisa, en una obligación para el lector.

Los temas de los cuentos (me cuesta llamarlos relatos) se refieren también, fundamentalmente, a la absurdez de las convenciones sociales y las ideas preconcebidas. En los mejores casos, Mrożek le da la vuelta a estas convenciones presentando un punto de vista diferente desde el que enfocar la realidad; en otros, lo que hace es llevarlas a su extremo para convertirlas en -o desvelarlas como- un sinsentido. El objeto de su sátira suele ser las servidumbres del mundo moderno: la burocracia inacabable y voraz o la hipócrita apariencia de probidad... -muy divertido, en este sentido, es  Carta para Suecia-; varios de los cuentos se basan, además, en el humor negro -Rutina, El hincha, El funeral-... otros, bastantes, se pueden considerar, dada las circunstancias de la biografía de este autor, como críticas al sistema comunista y sus intríngulis, En algún caso, estas sátiras son logradas y originales, como en Hamlet, en otras, en cambio, resultan demasiado burdas. Lo mismo puede decirse de los cuentos que aluden a las reivindicaciones de la clase trabajadora -El mozo de equipajes- o a la insatisfacción revolucionaria de la juventud (en este caso, occidental, es de suponer), como en La revolución o La antigüedad. El tono de estos cuentos, me temo, pasa de ser irónico y satírico a, directamente, lo que podríamos llamar "cuñao" o incluso "pollaviejuno", por emplear alguno de los término en boga en España.... Vaya, que al bueno de Sławomir se le ve un poco el cartón.


Otras obras de Sławomir Mrożek reseñadas en Un Libro Al Día: El elefanteLa moscaLos emigrados