jueves, 19 de marzo de 2026

Contrarreseña: Hamnet de Maggie O'Farrell

Idioma original: Inglés

Título original: Hamnet

Traducción: Concha Cardeñoso

Año de publicación: 2020

Valoración: Recomendable

Primero, coincido con la reseña original en lo esencial: la novela está bellamente escrita. Se percibe el trabajo y la atención al detalle en cada página. No tengo ningún reparo en lo que respecta a la forma. Si acaso, se ha elogiado mucho el ritmo y el uso de los saltos temporales; a mí me parecen un recurso innecesario, aunque no por ello le resten valor a la obra.

Mi problema con el libro va más allá de lo estrictamente literario. Tiene que ver, más bien, con el uso de un personaje histórico para manipular al lector. Y esto ocurre tanto en el plano del argumento como en el de la campaña publicitaria de la novela.

Para explicar el primer punto, puedo recurrir a otra obra como comparación. Cuando se estrenó Joker, de Todd Phillips, se utilizó un personaje conocido por todos para contar una historia determinada. Sin embargo, esa película bien podría haber narrado la vida de cualquier individuo desajustado (ahí está, por ejemplo, Taxi Driver) sin necesidad de encajar a la fuerza al Joker en ella (las partes que se entrecruzan con la historia de Batman no tienen ninguna relevancia). Pero el hecho de que sea el Joker garantiza las salas de cine llenas.

De igual manera, Hamnet podría haber sido simplemente la historia de un niño y de su madre. No cambiaría gran cosa si el padre fuera un granjero analfabeto cualquiera en vez de Shakespeare. Como en el caso de Joker, esa elección obliga a la autora a forzar ciertos elementos de la historia sin que ello resulte realmente necesario. En el posfacio, Maggie O’Farrell cuenta que decidió incorporar la historia de la epidemia para dar un sentido más ominoso a la muerte de Hamnet, pero esa decisión acaba sintiéndose añadida desde fuera, como una carga de significado que la novela no necesitaba para sostenerse.

Claro, en la ficción se valen muchos trucos, pero aquí el truco acaba por volverse el centro mismo de la propuesta. No estamos ante una novela que necesite de Shakespeare para pensar mejor el duelo, sino ante una novela que usa el nombre de Shakespeare para intensificar artificialmente su resonancia. El lector no solo lee la tragedia de una familia: lee, sobre todo, la tragedia de la familia de Shakespeare. Y esa diferencia importa, porque introduce de entrada una carga emocional y simbólica que la obra no se gana del todo por sí misma, sino que hereda del prestigio histórico y cultural de sus personajes. 

Dicho de otro modo: O’Farrell no parte de una situación novelesca y la desarrolla hasta volverla conmovedora, sino que parte de un material que ya llega rodeado de aura. El hijo muerto de Shakespeare, la posible cercanía entre Hamnet y Hamlet, la esposa relegada por la historia oficial, el genio ausente en Londres mientras la tragedia ocurre en un pueblucho. Todo ello compone un dispositivo casi perfecto para predisponer al lector a la emoción, a la reverencia y a la interpretación.

Y ahí entra el segundo punto: la campaña alrededor del libro. Porque Hamnet no se vendió solo como una novela notable, sino como una especie de revelación íntima sobre Shakespeare; casi como si O’Farrell hubiera iluminado una zona ciega del canon y devuelto voz a quienes la historia había silenciado. Esa operación es muy eficaz comercialmente, desde luego, pero también es discutible. No se nos ofrece únicamente una ficción: se nos invita a leerla con el prestigio suplementario de estar rozando una verdad emocional sobre el mayor escritor en lengua inglesa. La novela se beneficia así de un doble blindaje: por un lado, el prestigio literario de su prosa; por otro, el magnetismo casi inagotable de Shakespeare.

Mi objeción, entonces, no es que O’Farrell ficcionalice una vida ajena (la literatura lo ha hecho siempre y lo seguirá haciendo), sino que aquí la ficcionalización parece menos interesada en interrogar el pasado que en apropiarse de él para producir un efecto reconocible y rentable. Se toma una grieta de la historia, un dato sugestivo, y se construye a partir de él una maquinaria sentimental muy afinada. Pero una cosa es imaginar y otra explotar. Y en Hamnet, a ratos, la frontera entre ambas se vuelve borrosa.

Por eso tampoco termino de comprar una de las ideas más repetidas en torno a la novela: que rescata del olvido a Hathaway. En realidad, no rescata a una mujer histórica, sino que construye un personaje híbrido a partir de sensibilidades contemporáneas. Esa Agnes intuitiva, casi telúrica, ligada a los saberes naturales, marginada por un entorno masculino y por la posteridad del marido, responde demasiado bien a cierta imaginación actual del pasado. Es un personaje eficaz, sí, y por momentos incluso poderoso, pero también calculado. Más que una figura descubierta, parece una figura diseñada para encarnar una reivindicación legible y emocionalmente atractiva para el lector de hoy.

Nada de esto significa que la novela no funcione. Funciona, y muy bien, en muchos pasajes. Hay escenas de dolor, enfermedad y duelo que están narradas con una sensibilidad indudable. Pero precisamente por eso me resulta más frustrante: porque debajo de esa prosa excelente percibo una operación oportunista. Como si el libro no confiara del todo en la fuerza de su propia historia y hubiera necesitado apoyarse en la celebridad de Shakespeare para volverse imprescindible.

Pueden leer la reseña original aquí: Hamnet

miércoles, 18 de marzo de 2026

Agustín Alonso G.: Demarquía

Idioma original: Español
Año de publicación: 2025
Valoración: Recomendable

España. Año 2026 + x (siendo 10<x<20, aprox). El hartazgo que llevó al 15-M y al auge de la extrema derecha ha dado paso a la demarquía, sistema político por el cual los representantes del pueblo son elegidos mediante sorteo puro y duro, aunque el Presidente del Gobierno sigue siendo elegido mediante votación "al uso". 

Este punto de partida nos puede traer a la cabeza a Jose Saramago (Ensayo sobre la lucidez) o a Michel Houellebecq (Sumisión) y nos puede llevar al terreno de la utopía, de la distopía o de la ficción política, pero esto no sería del todo correcto porque, transcurridas unas páginas, el autor pone el foco en algunos de los parlamentarios electos y en sus circunstancias personales, lo que hará que la novela tome la vía balzacquiana o galdosiana. 

Por lo tanto, la obra de Agustín Alonso retrata la realidad social y política del país (sí, alguno dirá que es una novela woke porque en la novela hay negros, homosexuales, etc pero esto ya no es el país uniforme de hace unos años, chavales) haciendo que personajes de diversas edades, procedencias geográficas y sociales, ideologías, etc ocupen el centro del texto. De hecho, y aunque no sé yo si el autor estará muy de acuerdo, creo que Demarquía es una "novela de personajes".

En cualquier caso, el componente político es innegable, tanto es así que será el avance en la tramitación de una nueva Ley de Educación el hilo conductor que hará los personajes interactúen y se vean sometidos a presiones o tensiones que determinarán su comportamiento.

Sea como fuere, y metamos Demarquía en el saco que queramos meterlo, se trata de una utopía convertida en tragicomedia que mezcla hábilmente la ficción política con el retrato social y que posee una serie de virtudes a tener en cuenta:

  • ambición. No se llevan demasiado las novelas de 400 páginas y con muchos personajes. Tendemos a lo breve, pero a mi estos intentos "totalizadores", aunque puedan tener sus defectillos, me parecen dignos de alabar
  • personajes. Por lo general, los persanajes de Demarquía me parecen bien construidos en lo "argumentativo" y creíbles en sus voces. Su evolución resulta razonable y su actuación ante los acontecimientos de la novela es coherente.
  • lo posmo. Demarquía es parcialmente una novela decimonónica (ojo que esto no es peyorativo, ni mucho menos), pero enlaza con la modernidad gracias a la inserción de artículos, noticias, transcripciones de sesiones parlamentarias, etc que están plenamente justificadas en el desarrollo de la trama.
  • el guiño a los thrillers políticos setenteros, aunque no esté por aquí Robert Redford.
En la parte menos positiva dejo tres apuntes:
  • cierta tendencia a la sobreadjetivación en la parte inicial, relacionada con la presentación de personajes.
  • algunos personajes algo descafeinados. Cuando uno opta por meter tantos personajes existe el riesgo de unos "se coman" a otros. Aquí ocurre, creo yo, pero es producto de esa ambición de la que hablaba.
  • la parte más estrictamente "burocrática", que creo que rompe en parte el ritmo de la novela.
A pesar de estás "pegas", completamente subjetivas, me queda la sensación final de una novela recomendable que, como suele ser habitual, ha pasado bastante desapercibida. ¡Aún estamos a tiempo de arreglarlo!

P.S.: Tenía una entrevista grabada con Agustín que se ha perdido en el cementerio de discos duros. Una hora de charla de lo más interesante que queda para otra ocasión. A cambio, podéis escuchar el podcast del autor: El libro del año

martes, 17 de marzo de 2026

Leila Sucari : Casi perra

Idioma: español 

Año de publicación: 2023

Valoración: está bien

Una mujer de mediana edad, de quien no conocemos nunca el nombre, se sube al tren en alguna ciudad argentina, para bajarse en la última parada, en un pueblo de nombre improbable. Allí se instala en un camping, junto al río y se dedica a recordar y olvidar una relación sentimental con un hombre -de éste sabremos que es su psiquiatra o psicoterapeuta- mientras lleva a cabo una especie de purga física por medio de una ¿degradación? ¿Deconstrucción? ¿Toma de conciencia de su  condición animal y subsiguiente empoderamiento a través de la asunción de sus deseos femeninos? Yo que sé, la verdad... el caso es que tras pasar así toda la primera parte de la novela  -muy corta, por lo demás- y cuando parece que la narración se ha estancado, la mujer se traslada -o la trasladan- a un pueblo cercano, más fantasmal o metafísico que el anterior, si cabe y allí, en su segunda mitad, la narración toma otros derroteros y el lector (o lectora, pues quizás la novela esté más pensada para un público femenino, autoconsciente  y "echao p'alante", al estilo de buena parte de la literatura latinoamericana de más éxito en los últimos tiempos) llega a la conclusión que la primera parte de la historia no era sino una preparación para esta segunda, que es donde está el meollo de la narración y, sobre todo, de lo que pretende contarnos su autora...

En este segundo pueblo la protagonista tiene una relación romántico-sexual-alucinada con Diamela, una lugareña lectora de las Metamorfosis de Ovidio y ahonda en su liberación/autorrealización a través de la rendición ante sus instintos animales -de ahí el curioso título de la novela y ya he contado demasiado_; es todo muy confuso, empero y no queda claro hasta que punto la protagonista y narradora -se me olvidaba decir que la historia está contada en primera persona- nos explica lo que sucede en la realidad física, lo que ocurre en su percepción o imaginación o lo que puede deberse a una dimensión mágica o mística de su devenir... Tampoco es que importe mucho, la verdad: lo mejor es no tratar de entenderlo todo a la perfección y dejarse llevar por la prosa, que en ocasiones es arrebatadora e incluso magnífica, con momentos de gran lirismo -el primer encuentro sexual entre las dos mujeres, por ejemplo-, aunque en otros bordea peligrosamente no ya lo inverosímil, pues este adjetivo se cierne sobre toda o gran parte de la novela, sino lo ridículo. De ahí que yo, desde mi modesta competencia crítica, no me sienta capaz de valorar con mayor entusiasmo este libro; a las páginas o párrafos que me han subyugado seguían otras que enfriaban bastante mi ánimo. Por otra parte, la convivencia continua entre reflexiones más o menos intelectualizadas y otras mucho más epidérmicas y hasta soeces, si bien sirven para retratar el evidente desequilibrio de la protagonista (ojo, que no digo que esté cucú bananas del todo, de hecho, ese desequilibrio, ese dejarse caer en un vórtice dionisíaco parece necesario para su deconstrucción, etc.), no hacen más fácil el avance en la lectura, sobre todo en algún momento en que la narración se encalla un poco, como ya digo.

No obstante, estoy seguro que a muchos lectores o puede que, sobre todo, lectoras, les puede interesas sobremanera esta nouvelle que por momentos resulta intensa y absorbente. Quizás quienes la lean desde fuera de Argentina tengan algún problema con el castellano en el que está escrita (he de confesar que siento debilidad no sólo por la literatura argentina sino, más aún, por la que está provista de numerosos argentinismos bien puestos, aunque a veces no los entienda del todo), pero no es un obstáculo invencible, ni siquiera relevante, creo yo. Y, teniendo en cuenta la extensión del libro, tampoco su lectura será una gran pérdida de tiempo para nadie, en caso de que no le agrade. Ánimo y buena suerte.

lunes, 16 de marzo de 2026

Jorge Dioni López: Pornocracia


Idioma original:
español

Año de publicación: 2025

Valoración: muy recomendable

Uy. Hasta el título podría sonar a clickbait y no hace mucho (el tema acapara mi atención, jeje) que escribía aquí sobre otro libro que ponía la cuestión sobre el tapete, quizás de una manera más general. Eso sí, despachado en apenas una centena de páginas y aquí tenemos más de trescientas, encabezadas por un algo extenso prólogo que ya de por sí contendría tanto texto como el de Julia Bell. Pornocracia, por eso, justifica esas páginas y se encuadraría (si el tiempo o la evolución de la tecnología no lo convierte en obsoleto en cinco, diez años) en una referencia casi necesaria no solo para comprender sino incluso para especular sobre esa espiral - adjetívela usted mismo - que ha convertido internet en el conocimiento global. Sí, algo disperso, sí, algo a veces como forzado, pero el ensayo de Jorge Dioni consigue una extrapolación, un análisis basado en la proyección más ambiciosa - de la habitación cerrada a la política de las grandes compañías tecnológicas - sobre el mundo actual, ese que incluso ya ha franqueado ciertas barreras. Los problemas del mundo occidental ya han alcanzado, por polarización, a esa minúscula célula de occidente que cabe en la pantalla que sostiene alguien con conexión a Internet).

Por supuesto, un libro que acumula en su texto y al final montones de referencias. Es un estudio que no cualquiera puede abordar. No se salta de la redacción de Sport a atesorar tanto conocimiento y tan dispar a base de darle al scroll en el TikTok. Lo de Dioni es ambicioso, quizás a veces sea atropellado y un punto osado en su elucubración, y hay quien diría que partir del porno - de esa máquina del porno, como denominaba un laptop el hermano de Earl - y de su evolución e influencia en las prácticas y hábitos de sus usuarios - para trazar especulaciones de cierto alcance es apuntar muy alto.

Pero lo que es cierto es que el mundo actual está anegado de intereses que prefieren a la gente observando desde la barrera, impertérrita hacia las amenazas que se arrastran hacia su mentalidad, hacia su opinión, hacia su bolsillo. Que esos intereses suelen obedecer a la persistente espiral hacia la concentración de poder, de influencia, cuyo sumidero siempre es el interés económico, la desigualdad en la distribución de la riqueza. No son los tiempos salvajes de la canción de Weyes Blood, no vamos a ser bombardeados ni atacados mañana o pasado, no van a aparecer los tanques en las avenidas de las grandes ciudades, porque ya no son necesarios. Pornocracia no es un texto que pretenda imponer una teoría conspiranoica - de hecho, apela tanto a productos prácticamente alternativos (como la curiosa serie Autodefensa) como a clásicos del pensamiento moderno como Zizek - sino más bien una reflexión abierta sobre como hasta la experiencia más íntima y furtiva se ha acabado convirtiendo en un microcosmos, en el origen del fractal que es la civilización de hoy en día.

Reseñado de este autor en ULAD: aquí

domingo, 15 de marzo de 2026

Colaboración: Un episodio en la vida del pintor viajero, de César Aira

Idioma original: español 

Año de publicación: 2000

Valoración: Muy recomendable


El alemán Johann Moritz Rugendas puede no figurar entre los nombres de los grandes pintores del siglo XIX. Discípulo de Humboldt, fue un pintor que, en la mirada de Aira, se convierte en un eslabón perdido: posee la luz dramática de Turner y una audacia en el color y la línea que parece un Matisse avant la lettre. Por mucho tiempo se dijo que la atención que sus pinturas generaban no se debía a su técnica, sino a la belleza sin límites del paisaje americano. Aquí entra en acción César Aira, quien, aprovechando que el pintor viajero se reivindicaría en su paso por Argentina en un evento extraordinario, pone en marcha un relato histórico lleno de emociones, conciso e imprevisible.

Descendiente de pintores de batallas y víctima de la paz napoleónica, Rugendas sale de Europa e inicia una batalla interna en el Nuevo Mundo, acompañado de otro pintor: Krause. Sabe que su presente pasa por retratar los paisajes tropicales de los que Europa adolece, pero no tiene idea de su futuro. Quizá, hasta lo podría evadir desandando sus mismos pasos. Fruto de ese andar es la vasta cantidad de dibujos, los mismos que le generarían ingresos.

México y Brasil constituyen el grueso de su obra, con más de 3000 dibujos e ilustraciones (pero solo 118 totalmente terminados), aunque su fin último —ese que va más allá del dinero— estaba en Argentina: dibujar y gozar la serenidad de la luz del sur, pero deseando culposamente retratar antes un terremoto o la furia indígena de un malón. Sin embargo, el destino le dará el sobresalto que él busca de otra manera. Si Rugendas solo tenía el presente como herencia y sus manos y sus ojos como herramientas para subsistir, lo que vivirá entre San Luis y Mendoza lo dejará literalmente temblando, como a un niño recién parido. A partir de ahí, su verdadero rostro será el arte.

Desde ese momento, pasa de lo científico a lo dinámico. En comparación con sus dibujos documentales de México y Brasil, La cautiva, producto de su estancia en Argentina, sacude el alma. Es estilo, belleza y movimiento. Pero no sabemos cómo se pintó, ni cuál era el estado del pintor. Leemos a Aira —imperturbable, analítico, extrañamente divertido— y él nos revela la funcionalidad del dolor. El sufrimiento no es una tragedia aquí, sino una droga que agudiza la percepción: Rugendas deja de ser un hombre para convertirse en un ojo mecánico, alejándose de su propia humanidad. Pintor y escritor se unen aquí por lo simple y firme de su ejecución, además de la simetría de sus vidas: uno plasmó las escenas que recorrió, el otro lo revivió al leer, imaginar y complementar su correspondencia.

Libro corto, personajes profundos, imágenes poderosas. Con oraciones sencillas, lejos de lugares comunes, cautiva al describir lo imponente de los Andes, la bravía de quienes los cruzan o la vorágine de un campo de batalla. Llama la atención la identidad entre los bocetos veloces de Rugendas y la famosa "fuga hacia adelante" de Aira. Ambos rechazan la corrección: el error se integra, la deformidad se acepta. Para ambos, lo importante no es la obra terminada, sino el movimiento continuo, la invención constante del presente para no tener que mirar atrás aunque el motor sea agua de amapolas.

Pero, sobre todo, Aira nos muestra, a través de Rugendas, que los viajes sí nos cambian, pero de maneras repentinas e imprevisibles. Más que un homenaje a la perseverancia, es la constatación de una obsesión. Aira nos enseña que el arte es una forma de vampirismo: Rugendas se deja consumir a sí mismo para capturar el paisaje. Al final, no nos queda el consuelo de la aventura, sino la certeza de que la realidad es tan alucinante que solo un monstruo, o un artista drogado, con herramientas que van más allá del lápiz y pincel, puede verla tal cual es.

Firmado: Arturo Jiménez Viveros

Otras obras de César Aira reseñadas en ULADaquí


sábado, 14 de marzo de 2026

Eva Baltasar: Peces

Idioma original: catalán
Título original: Peixos
Traducción: Unai Velasco en castellano para Random House
Año de publicación: 2026
Valoración: entre recomendable y muy recomendable


En poco tiempo, Eva Baltasar se ha erigido una de las figuras clave de la nueva generación de autores catalanes que, tras su paso por la poesía, han dado un salto a la novela. Ahí, en ese privilegiado grupo, encontramos también a Irene Solà, Pol Guasch y Xavier Mas Craviotto, un grupo selecto de quienes no acostumbro a perderme ni uno de sus libros. Y, en el caso de Baltasar, tenía interés para ver su evolución, tras unos dos primeros libros magníficos («Permafrost» y «Boulder») y otros dos algo más irregulares, aunque con notables destellos de calidad especialmente en «Ocaso y fascinación» (donde además hacia un paso adelante en cuanto a atrevimiento y riesgos tomados).

En el libro que nos ocupa, la autora empieza en una suerte de juego al despiste con su propia biografía, pues la protagonista, también escritora, narra en primera persona sus sensaciones a la hora de visitar pueblos y ciudades para presentar sus libros. Así, y sin saber hasta qué punto la novela revela visos autobiográficos, la historia arranca cuando la protagonista nos cuenta cómo, deambulando entre las pequeñas calles de un pueblo, se encuentra frente a una roulotte (en lo que parece un claro guiño a su anterior novela «Boulder») donde una mujer vende pescado frito y, sin más (como si realmente hiciera falta algo más), se enamora al instante de la dependienta. Un flechazo, un enamoramiento a primera vista, un amor de aquellos que «tanto da si es el más largo o el más breve, y tanto da si trae paz o trae guerra (…) puede ser el mejor. Puede ser el peor. Puede ser un amor correspondido o un amor solitario (…) eso da igual. Este amor empieza así, con una absoluta convicción», con la tremenda, rotunda y absoluta seguridad de que «es ella»; un impulso inexorable, implacable, irrebatible, irrenunciable, de aquellos que dejan huella porque «una vez has sentido algo así es igual si acabas solo, si el enamoramiento se va o eres tú quien te apartas de él. El amor que teníais pervive, son las raíces tozudas que se han quedado sin árbol». Pero ya se sabe que el enamoramiento no es siempre certero y no siempre es correspondido, porque en ocasiones uno yerra al confiar en la intuición y nuestra protagonista es víctima de ello pues rápidamente se percata de que Victoria es una persona seca, áspera, dura. Alguien que no da concesiones, es hermética y no da pistas ni lanza señuelos. Es directa. Y contundente. Es «una mujer a la que nunca le ha hecho falta seducir a nadie» y la protagonista es plenamente consciente de ello al reconocer que «había llegado a mi vida como una horda, para tomar y poseer».

Una vez analizado el arranque del libro, vemos que, estilísticamente, es innegable que Eva Baltasar es plenamente conocedora de sus grandes habilidades al tocar aquellos puntos de nuestra sensibilidad donde nos sentimos atraídos y cautivados, pero a su vez también inquietos, volátiles, frágiles y vulnerables. Su lenguaje y ritmo narrativo le permiten colocar al lector en el mismo plano que su protagonista, en esa relación desigual de clara desventaja emocional. Para ello, utiliza también un recurso útil al dirigirse en ocasiones directamente al lector en una narración en primera persona con aires de una misiva, que lo busca y lo tienta para explicarse, pero con un tono que pide comprensión, casi expresando una disculpa o un arrepentimiento, casi clamando una absolución por el error en la decisión. Así, el lector empatiza al instante con las sensaciones que emanan de su protagonista y percibe ciertas notas de continuidad respecto al final de su anterior libro («Ocaso y fascinación») por el tono, por lo que desprende y lo que apuntaba en esas pocas páginas finales sintiendo de manera orgánica, casi epidérmica, un aire de hostilidad, de rechazo, de dominio, de una brusquedad rozando el desprecio que, en esta ocasión, proviene no solo de la pareja protagonista sino también de su propio entorno ambiental: un lugar inhóspito que, análogamente, emana esas mismas sensaciones a través de los diferentes elementos que las rodean: los animales, la vegetación, la casa, la amante. De esta manera, la autora teje un claro paralelismo entre la casa y las sensaciones que desprende y las de su propietaria Victoria: ambas transmiten inquietud, frialdad, tosquedad y una extraña sensación de inquietud, tensión y un ambiente oprimido, cerrado y opresivo (que se evidencia cuando indica que el jardín está repleto de hierba alta, hiedras… que «suben enérgicas y gigantes»); también con la aparición de un perro, grande, misterioso, siempre inquietante, con una agresividad contenida, a la espera, latente, avizor, acechante. O, también, la presencia constante de la muerte, en los peces, en los animales. En todo ello, hay cierto aspecto en el tono utilizado por Baltasar que recuerda en parte a Carlota Gurt y su libro «Sola», por la visceralidad con la que narra la pasión desatada en la que aparecen los instintos más primarios en un desborde de sentimientos y emociones que irradia de manera orgánica, visceral, física y carnal. O también de Núria Bendicho y sus «Tierra muertas», por cómo se palpa la tierra, la naturaleza en su lado más seco, cruel y atemorizante. 

Con este texto, Eva Baltasar ha escrito una historia de amor. También una historia de abandono. O una historia de soledad. O quizás una historia de necesidades. Una historia de pasión. De lujuria. Pero también de invisibilidad. De silencios. De abusos. De toxicidad. De debilidades, pero también de atrevimientos. Esta es una novela que trata de pasiones, de límites entre el amor y el desamor, entre la voluntad de poseer y la dificultad de escapar, de arrebatos y de calma (que no tranquilidad), de deseos y temores. De la vida, en sus extremos más pasionales, más impulsivos.

Dice Eva Baltasar que «el cuerpo de un escritor solo conoce una emoción, la exaltación. Y ni tan siquiera es suya, pertenece a la escritura. Llega con ella, se va con ella y deja al escritor exhausto y con el trabajo por deshacer». Y, en este punto justo, es donde el lector le ofrece una continuidad, pues esta historia es de las que se queda dentro y nos hace reflexionar sobre si, en ocasiones, las pasiones se erigen como compañeras del alma o se convierten en sus implacables verdugos.

También de Eva Baltasar en ULAD: Permagel, BoulderMamutOcaso y fascinación

viernes, 13 de marzo de 2026

Matei Visniec: El hombre que vendía comienzos de novela


Título original: Negostorul de inceputuri de roman
Año de publicación: 2025
Traducción: Corina Oproae y Evelio Miñano
Valoración: Muy recomendable

Este es un libro complejo. Sumamente original, pero complejo. Tal como señala su autor, se trata de una novela caleidoscópica, donde se intercalan sucesivas tramas que acaban confluyendo en el desenlace final.

El inicio es ciertamente atrayente y nos sitúa al borde de un thriller. Un joven escritor que ha obtenido un premio menor en un certamen literario es abordado por un curioso personaje, Guy Courtois, que representa a una sociedad secreta que lleva varios siglos vendiendo comienzos de novela a escritores, primeras frases de obras maestras de la literatura de los últimos siglos.

Y es que como se señala en el inicio del libro: "la primera frase de una novela debe contener algo de la energía de un grito inconsciente que provoca una avalancha. Debe ser la chispa que provoca una reacción en cadena...".

Nuestro escritor iniciará una relación epistolar con tan enigmático personaje y en ese intercambio descubriremos que la agencia de Courtois se atribuye la responsabilidad de inicios de novela tan célebres como "Hoy ha muerto mamá", "Llamadme Ismael", "Soy un hombre invisible" o "Alguien debía haber calumniado a Josef K., porque una mañana fue arrestado."

Con semejante carta de presentación, nuestro protagonista decide confiar en la agencia para que le proporcione un comienzo a la nueva novela que está escribiendo. Mientras tanto, se desarrolla una compleja trama donde se mezclan lo onírico y lo real, el presente y un futuro distópico, París, Nueva York y Bucarest. Visniec va  creando un enigmático mosaico en el que entran y salen personajes que solo adquieren significado pleno al final del enorme rompecabezas en el que el autor sutilmente nos va enredando. 

Humor, amor, sexo, soledad y misterio tienen cabida en unos relatos que se nos presentan como esbozos de tramas inconclusas que no parecen tener una dirección definida. A través de los indicios que nos propone Visniec debemos vislumbrar si nos encontramos ante confesiones autobiográficas o ante  sucesivos inicios de novela de nuestro escritor. Entre medias, se van deslizando jugosas reflexiones sobre literatura y sobre escritores: Mann, Hemingway, Camus, Cervantes o Ruiz Zafón, entre otros, tienen un hueco en esta novela

Matei Visniec, escritor rumano afincado en Paris, es fundamentalmente autor teatral, pero ha escrito una novela que rebosa imaginación y talento. Con mucha habilidad va dosificándonos la información suficiente para mantener en pie una historia que tiene múltiples aristas y que puede producir desconcierto si no atendemos las pequeñas píldoras que se van intercalando en los capítulos de esta evocadora novela.  Tenemos que dejarnos llevar por el experimento literario que nos propone Visniec y esperar pacientemente a que los fragmentos se ensamblen y otorguen significado al conjunto. Como recompensa, descubriremos si finalmente nuestro protagonista recibe la anhelada frase para comenzar su novela.