jueves, 11 de agosto de 2022

Anna Gavalda: Quisiera que alguien me esperara en algún lugar

Idioma original: francés

Título original: Je voudrais que quelqu'un m'attende quelque part

Año de publicación: 1999

Traducción: Isabel González Gallarza

Valoración: entre recomendable y está bien

Primer libro de cuentos publicado, al final del siglo pasado, por la después muy exitosa escritora francesa Anna Gavalda y cuya frescura y humor, que no ha perdido, contribuyeron justamente a proporcionarle tal éxito. Bueno, no ha  perdido aunque sí, quizá, se haya empañado ligeramente su brillo, pues los años no pasan en balde y los guiños o referencias que por entonces resultaban de lo más actual, este acelerado siglo XXI ha dejado ya un poco viejunos... o mejor digamos vintageEl humor, en todo caso, sigue siendo el punto fuerte de estos relatos -en los que aparece, que no son todos- y también es lo que hace funcionar a unos mejor que otros, en mi opinión... Muchos de ellos, además, son historias de amor -en las que, por cierto, las situaciones (des-) amorosas se resuelven, en uno u otro sentido, gracias a la iniciativa de las mujeres, incluso siendo personajes secundarios- y, en fin, la mayoría tratan de las expectativas de sus protagonistas, luego cumplidas o no... 

Pero vayamos al lío: ya digo que, para mí, algunos de los mejores cuentos del libro son los que destilan una mayor concentración de buen humor; en este rango, destacaría Junior, sobre las tronchantes desventuras de un joven "cayetano" que toma prestado el jaguar de su papi y Clic-clac: las desventuras, en este caso, de un oficinista que vive con sus hermanas y se encoña suspira por las curvas de una compañera de trabajo. También con un todo desenfadado aunque quizás un poco menos logrado, podemos hablar de Epílogo, una especie de autoficción -o autoparodia, más bien- en la que la autora cuenta las supuestas vicisitudes qque precedieron a la publicación -o no publicación- de este mismo libro; The Opel Touch, en la que la protagonista es una estudiante con quizás excesiva tendencia a la ironía o incluso el sarcasmo, y Ambre una historia sobre una estrella de rock un tanto politoxicómano, contada por el mismo (aquí `puede resultar divertido ponerle al protagonista los rasgos  y voz de algún cantante real). El tono desenfadado lo encontramos asimismo en el primer cuento del libro: Pequeñas ocupaciones germanopradinas -la traducción del título se carga un juego de palabras, por cierto-, una historia muy parisina que resulta un tanto forzada, creo yo (a no ser que se tratara también de pergeñar una parodia, claro).

Por el lado "serio" o incluso trágico, también encontramos relatos bastante destacables: Interrupción Involuntaria del Embarazo (supongo que no hace falta explicar de qué va), también de lo mejor de esta recopilación; Este hombre y esta mujer, sobre un matrimonio burgués de mediana edad; la epatante El suceso del día y la aún más conmocionante , si cabe, Catgut, que refuta cierto conocido refrán sobre la venganza...Por último, dos historias de amor que, pese a mostrar gran sensibilidad e incluso emoción, a mí me han resultado más aburridas (ojo, que bien podrían contarse entre las favoritas de otros lectores/as, no digo que no): Permiso y Durante años.

En general, destacan la gran agilidad y versatilidad de la prosa de Gavalda, que posee un muy buen oído para los registros coloquiales y muy buena mano para combinarlos con un tono más "literario". También buen ojo para la observación costumbrista, empezando por la construcción de personajes, que hace que, con seguridad, muchos de sus lectoras/es sientan en algún momento cierta identificación con los mismos, incluso cuando los relatos no terminan con una resolución del todo satisfactoria; sin duda, en esto radica buena parte del éxito de esta escritora. Habrá que comprobar alguna vez si ha conservado este toque para provocar la empatía en sus obras posteriores...

miércoles, 10 de agosto de 2022

Stig Dagerman: Otoño alemán

Idioma original: sueco
Título original: Tysk höst
Traducción: Josep Maria Caba Boixadera
Año de publicación: 1947 
Valoración: Casi imprescindible

Que el cine norteamericano fue una punta de lanza para la penetración cultural del Tío Sam en Europa, y al mismo tiempo pago en especie por los desembolsos del Plan Marshall, son cosas de sobra conocidas. Y, como también es notorio, una parte nada desdeñable de ese arsenal cinematográfico estuvo formada durante décadas por las narraciones épicas de la victoria de los aliados sobre el nazismo, básicamente por norteamericanos y, en menor medida, británicos. Son tantas las películas de sesgo similar que hemos ido deglutiendo, que en nuestro imaginario es fácil que se haya construido la secuencia Desembarco de Normandía (también con variante italiana) > muerte del führer en el bunker > final de la guerra > liberación de campos de concentración > Alemania recupera la democracia > etc. etc. Hasta hoy.

Pero ahí hay huecos enormes. La guerra recién terminada deja países devastados, millones de muertos, de prisioneros de guerra, de migrantes deambulando en todas direcciones, pobreza, hambre, cartillas de racionamiento, guerras civiles internas, presiones políticas. Muchas de estas cosas las contaba muy bien aquel interesante Continente salvaje de Keith Lowe, con la perspectiva de un historiador con visión integradora y capacidad de ir más allá de los escenarios más trillados. Como también Michael Chabon se interesó por esos periodos de sombra (los ciudadanos alemanes, ante los primeros aliados que pisaban su suelo), contando silencios y recelos, en la historia del abuelo de Moonglow. Pero además, en el otoño de 1946, unos meses después de terminada la guerra, el diario sueco Expressen envía a Alemania a un joven de veintitrés años, Stig Dagerman, gran promesa de la literatura, para observar y narrar lo que había sobre el terreno. Otoño alemán es lo que Dagerman encontró.

En Hamburgo un tren avanza durante quince minutos durante los cuales no se observa nada más que ruinas y escombros. Familias y vecinos conviven en sótanos inundados y sin luz. Transportar unas pocas patatas conseguidas a precio de oro puede suponer jugarte la vida en la calle. Miles y miles de refugiados llegan del Este sin saber a dónde ir, recibidos con hostilidad en todas partes. Huidos de las ciudades más castigadas del norte y del Ruhr son expulsados por las autoridades de Baviera. La miseria de quienes lo han perdido todo, incapaces de ver ningún futuro más allá de si tendrán algo que meter en el caldero esta noche, los millones de civiles y soldados muertos, deportados o asesinados en las ciudades o en los campos de exterminio, la desconfianza hacia todo y hacia todos en un país derrotado y arrasado. 

Y la gran pregunta: ¿dónde están los nazis? ¿Había muchos, o pocos pero poderosos? ¿Pudo más el miedo, el patriotismo, el mirar para otro lado y contemporizar? Están los tribunales de desnazificación, algo que muchos ven como una pantomima, quizá porque no sirven para nada, porque en efecto muchos colaboraron de una u otra forma, de manera inconsciente, por instinto de supervivencia, ingenuidad, a veces por convicción. Algunos confiesan abiertamente que vivían mejor con Hitler (¿nos suena?), otros se disculpan o callan. Pero el hambre y la desesperación borran casi toda otra consideración, importa lo inmediato, llegar a mañana. La ejemplaridad y la limpieza de todo resquicio ideológico, suponiendo que sean posibles, pasan a un segundo plano.

Se podrá decir, y con toda razón, que el paisaje no difiere casi nada del que encontramos tras cualquier otra guerra, antigua o moderna. El fanatismo y la locura siempre dejan detrás destrucción, dolor y muerte. Pero en este caso creo que la crónica de Dagerman rellena un vacío injusto, porque de alguna manera hemos podido interiorizar la idea de una Alemania culpable, así, en su conjunto, un país que de alguna manera no hizo más que pagar (y pagó poco) por el horror que extendió por medio mundo. Y no deja de ser cierto, pero las circunstancias nos han podido hurtar la perspectiva de cómo quedaron realmente sus ciudades, sus habitantes, individuos, familias, la mayoría inocentes, otros quizá no tanto, o no tan culpables. 

Todo eso lo va descubriendo Dagerman asomándose a los zulos donde malviven familias enteras, internándose en las montañas de ruinas, hablando con la gente, observando y sintiéndose observado con recelo, como quien ve a un extraterrestre. Es también un testigo más bien frío, poco dado al discurso inflamado o melodramático, describe sin aspavientos, con cierta distancia pero sin ahorrar crudeza, transmitiendo las sensaciones que proporciona asistir a la miseria extrema, la postración ante la catástrofe, las gentes que se cuelgan de los estribos de los vagones o que viajan en los techos, las chicas que se aferran al brazo del soldado americano. El país donde se gestó la mayor locura homicida de la Historia, vencido, arruinado y estupefacto, sin saber a dónde mirar o qué esperar.

P.S. Al igual que en el fútbol, en el mundo editorial la vida tampoco se acaba en Madrid o Barcelona. La editorial riojana Pipas de calabaza, que tiene el humor de poner en la contracubierta ‘Una editorial con menos proyección que un cinexin’, tiene un catálogo más que interesante del que ya hemos probado algunas muestras, como esta que traemos hoy. Y habrá más, sin duda.

También de Stig Dagerman en ULADNiño quemado

martes, 9 de agosto de 2022

Reseña + Entrevista: El coste de la desigualdad, de Diego Sánchez Ancochea

Idioma: Inglés
Año de publicación: 2020
Valoración: Recomendable (especialmente para interesados)

Vivimos tiempos terribles. Quizá sueno demasiado catastrofista; dejémoslo en que vivimos tiempos con un margen de mejora inmenso. Algunos se niegan a verlo porque temen afrontar la verdad, porque les conviene o porque están abducidos por una ideología miope. Sí, es cierto que «se ha reducido la pobreza en muchos países y (...) el mundo es más rico que nunca», pero en general (repito: en general) la desigualdad se ensancha a pasos agigantados, la movilidad social se ha estancado, la meritocracia brilla por su ausencia y las oportunidades escasean.

Y todo esto tiene consecuencias nefastas: la restricción de la libertad, la vulneración de los derechos del individuo, la disminución del poder adquisitivo de las clases baja y media, el descontento social, la desconfianza en instituciones y conciudadanos, el incremento de la violencia, el creciente poder e influencia político de las élites económicas, la creación de monopolios y oligopolios, el deterioro de la democracia, la erosión de lo público, los empleos de baja calidad, la carencia de innovación, el incentivo del populismo, etc...

En El coste de la desigualdad, Diego Sánchez Ancochea aborda la problemática que supone la desigualdad. Lo hace con un talante tan serio y riguroso como abierto al activismo y al optimismo. Lo hace, también, reivindicando en el proceso el papel del Estado, la socialdemocracia, los partidos políticos progresistas, los sindicatos y la movilización activa.

Llegados a este punto, dejad que liste varias de las virtudes que he encontrado en este ensayo:

  • Emplea a América Latina a modo de «advertencia» sin por ello desestimar los aciertos de la región. 
  • Ilustra cómo la desigualdad no sólo implica un presente negativo, sino que nos sumerge en círculos viciosos de los que resultará cada vez más difícil salir en el futuro.
  • Entrega soluciones razonables y plausibles, alejadas de la retórica buenista, simplista y «revolucionaria»: redistribución del capital humano y la riqueza, impuestos a las grandes fortunas, medidas macroeconómicas, regulación financiera, políticas ambiciosas, presión desde abajo a los Estados, movimientos sociales, agendas reformistas, deriva hacia un modelo solidario y comunitario, etc...  

Por no alargarme, diré que el libro de Sánchez Ancochea resulta una agradecida aportación al que, a mi juicio, es un debate clave del siglo XXI: el de la desigualdad. Los datos y argumentos que el catedrático baraja en estas páginas son bastante sólidos. Asimismo, las recetas equitativas que ofrece son siempre bienintencionadas y, aunque en ocasiones su implementación práctica cae en el idealismo, a nivel abstracto me parecen loables.

Lástima que, en un clima intelectual tan polarizado como el actual, El coste de la desigualdad pasará probablemente sin pena ni gloria. Y es que este ensayo reforzará las convicciones de aquellos que ya comulgaban previamente con la inquietud igualitaria, pero provocará indiferencia o rechazo a quienes se oponen a ella. En mi caso me ha ayudado a matizar ciertas ideas, incorporar algunas herramientas analíticas y actualizar bibliografía; no obstante, admito que me ha servido para atrincherarme todavía más en la cámara de eco en la que, de por sí, ya me muevo.


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Me he permitido formular unas preguntas a Sánchez Ancochea. Aunque no todas estaban vinculadas con El coste de la desigualdad, él ha tenido a bien de contestarlas. Gracias, Diego. 

ULAD: En tu libro prácticamente nunca abordas la cuestión de la desigualdad desde una óptica filosófica. ¿A qué se debe esta omisión? ¿Recomiendas alguna obra que sí lo haga y pueda complementar tu exposición?

DSA: Es cierto que el debate filosófico (y ético) sobre la desigualdad es fundamental, pero yo no me sentía como la persona más capacitada para resumirlo dado mi formación de economista político y mi concentración en América Latina. Además, a mí me parecía útil mostrar que, con independencia de la posición filosófica y la visión sobre la naturaleza humana que tenga cada cual, hay que preocuparse por la desigualdad porque tiene un impacto muy negativo en áreas importantes como el desarrollo económico o la calidad de la democracia.

Para mí hay dos autores norteamericanos muy útiles a la hora de reflexionar sobre la filosofía de la desigualdad. Una es Elizabeth Anderson de la Universidad de Michigan, que ha insistido en la importancia de ir más allá de la desigualdad de ingreso y pensar también en la valoración tan asimétrica que hacemos de distintas profesiones y distintas contribuciones a la sociedad. Recomiendo leer su artículo "What is the point of equality?" de 1999 (aunque sea un poco largo), o echar un vistazo a un perfil de ella en el New Yorker de Diciembre de 2018. El otro es Michael Sandel, que ha escrito libros útiles en contra de la meritocracia y el libre mercado.

ULAD: En determinado momento comentas escuetamente que «Somos (...) seres éticos y, por ello mismo, deberíamos rechazar la desigualdad excesiva por ser moralmente errónea.» Suscribo al cien por cien esta premisa y aprovecho para pedirte que la desarrolles un poco.

DSA: Un argumento muy popular es que la desigualdad no debería preocuparnos porque es resultado del esfuerzo de cada cual y es necesaria para que la gente trabaje, invierta y sea creativa. Así, la desigualdad se vincula a los incentivos y se la considera un motor del crecimiento y el desarrollo.

Sin embargo, este argumento resulta poco convincente cuando nos encontramos ante niveles de desigualdad muy altos. En sociedades como la chilena donde el 1% más rico de la población recibe un 30% de todo lo que se produce en un año, los incentivos funcionan en la dirección contraria. Los ricos se dedican a proteger sus intereses y el resto de la población sabe que está jugando a un juego en el que nunca ganará.

Pero más allá de ese argumento pienso que no es fácil justificar un mundo donde el precio de un reloj sea equivalente al salario recibido por muchas personas en toda una vida. Un mundo en que alguna gente gaste en un viaje en avión privado más que lo que gastarán miles de personas en viajes durante toda una vida. Me resulta imposible creer que ese tipo de sociedad sea mejor que una que se preocupa por asegurar un buen nivel de vida para toda la población como objetivo prioritario.

ULAD: Si no recuerdo mal, cuando mencionas formas de paliar la desigualdad especificas que rehuyes las soluciones simplistas y «revolucionarias». ¿Podrías explayarte sobre qué quieres decir con este último concepto?

DSA: Estamos en un mundo donde solemos buscar respuestas novedosas y simplistas ante los graves problemas a los que nos enfrentamos. Pensamos que, por ejemplo, las nuevas tecnologías revolucionarán la forma en que vivimos y que pueden resolver todas nuestras dificultades o promovemos nuestras instituciones que nada tienen que ver con las del pasado.

Yo me pregunto, sin embargo, si lo que tenemos que hacer es mejorar lo que ya tenemos, reconociendo que sabemos las soluciones a problemas como la desigualdad desde hace mucho pero no cómo ponerlas en práctica. Así, por ejemplo, me parece que la democracia juega un papel central en la lucha contra la desigualdad, pero tiene que ser una democracia más auténtica y que se apoye en partidos políticos más sólidos y más participativos. Al final, en el libro acabo con un menú de recomendaciones poco novedoso pero, ojalá, inspirador para luchar contra la desigualdad.

ULAD: Según comentas, «cada país debería concentrarse en los elementos del menú de medidas que le resulten más urgentes en función de su trayectoria histórica y su estructura económica e institucional.» ¿Qué países ves con más potencial llamémosle equitativo, y qué países crees que, al contrario, tardarían en adoptar condiciones propicias?

DSA: A pesar de sus problemas, creo que todavía tenemos mucho que aprender de los países escandinavos. Suecia o Finlandia eran bastante desiguales y no particularmente democráticos a finales del siglo XIX (como lo muestra Thomas Piketty en su libro más reciente), pero fueron capaces de crear sociedades igualitarias y con oportunidades para todos durante el último siglo. Dentro de América Latina, Uruguay es un caso interesante y del que los vecinos pueden aprender mucho.

Me temo que, por el contrario, el resto de América Latina se encuentra con grandes dificultades para reducir la desigualdad. Esto es así porque, como trato de mostrar en mi libro, se enfrenta a círculos viciosos (tanto económicos como políticos y sociales) que son difíciles de romper. Y, por desgracia, hay otros países (como Estados Unidos) que cada vez se parecen más América Latina y van a tener muchas dificultades para hacer frente a una desigualdad desbocada.

ULAD: ¿Has leído La envidia igualitaria, de Gonzalo Fernández de la Mora? En caso afirmativo, ¿qué opinas de los planteamientos allá vertidos?

DSA: Me temo que no lo he leído por lo que, quizás, no debería decir nada. ¡Pero no me resisto a hacer un comentario! Existe un argumento muy habitual que mantiene que se promueve la igualdad por envidia y que las políticas igualitarias generan poco dinamismo económico y limitan la innovación. Estos argumentos, sin embargo, no tienen mucho apoyo en la evidencia empírica. Los países escandinavos que antes mencionaba son de los más dinámicos e innovadores del mundo. Los países latinoamericanos (los más desiguales desde hace décadas), en cambio, tienen dificultades para desarrollarse. Y la envidia tiene poco que ver con los debates éticos que mencionábamos anteriormente y con el deseo de crear sociedades centradas en la promoción de todos los seres humanos por encima de todo.

ULAD: He notado cierto optimismo en tu postura. ¿Qué nos dirías a los que en líneas generales compartimos tus inquietudes igualitarias pero sospechamos que jamás las veremos materializarse de manera satisfactoria?

DSA: ¡Yo soy de talante pesimista, así que me alegro que fuera capaz de disimularlo! Entiendo, Oriol, perfectamente tu escepticismo sobre las posibilidades de cambio. Sin embargo, es importante que esas dudas no nos lleven a la parálisis o a creer que todo va a seguir como hasta ahora. Lo cierto es que el cambio social es posible, que en la misma América Latina hay países con niveles de desigualdad bastante distintos y que sabemos lo que hay que hacer. Creo que lo importante es reconocer que el cambio será lento y sólo posible si somos capaces de ir modificando las políticas y la política de forma pragmática y progresiva pero sostenida.

ULAD: ¿Crees que tu mensaje permeará en gente que hasta ahora no lo compraba? ¿Has logrado, a lo largo de tu trayectoria, hacer que alguien cambie significativamente de parecer?

DSA: ¡Esa es una gran pregunta! Yo traté (no sé con cuánto éxito) de escribir un libro ameno pero a la vez basado en evidencia. Traté, además, de traer al debate una región que no siempre se comprende suficiente y de la que hay mucho que aprender. Ojalá eso lleve a algunos lectores y lectoras a reconsiderar sus visiones sobre la desigualdad o, por lo menos, a estar más dispuestos a hablar sobre este problema y a intercambiar ideas y conversaciones con otra gente. Si logro promover algunas conversaciones entre gente que piensa distinto ya habré logrado bastante.

lunes, 8 de agosto de 2022

Andrés Neuman: Umbilical

Idioma original:
español
Año de publicación: 2022
Valoración: Decepcionante, y mira que lo siento 

He estado muy cerca de no escribir esta reseña. En general, no me suele gustar escribir reseñas negativas (ya se sabe que los ULADianos tenemos fama de buenistas), y menos aún reseñas de libros que ni me han encantado, ni me han parecido pésimos hasta el punto de querer compartir mi irritación con el mundo. Además, este libro me apetecía mucho, y tenía muchas ganas de que me gustara, porque trata un tema, el de paternidad, que me queda muy cerca, como sabrán los que sean seguidores fieles del blog. Había leído muy buenas críticas, y esperaba que el libro conectase conmigo de una forma muy personal. Y quizás ese haya sido el problema: que por el estilo elegido por el autor para escribir su experiencia, no he conectado en absoluto, me ha dejado completamente frío.

Resumiendo mucho: Umbilical es un libro (¿novela autobiográfico, memorias, ensayo?) en el que el autor reflexiona, o poetiza, si se quiere, sobre su reciente paternidad (el libro fue escrito entre agosto de 2020 y agosto de 2021). Comienza con el embarazo, prácticamente desde la primera ecografía, y continúa después del nacimiento del hijo, hasta sus primeros meses de vida. Y lo hace a través de 100 capítulos cortos, de menos de una página, y un breve monólogo final (de estilo muy semejante), o sea que el libro se lee en un suspiro - aunque no esté pensado para leer de un tirón sino para saborearlo, imagino.

Y aquí empieza mi problema con el libro: Andrés Neuman ha elegido contar la experiencia de la paternidad a través de un lenguaje poético, y en muchos momentos muy abstracto, hasta el punto de que un lector poco atento podría perderse cuál es el acontecimiento o referente sobre el que se está hablando. Es verdad que se habla de cuerpos y de materias, de pipís y cacas y leche, pero inmediatamente parece huirse a las alturas de lo ideal, de lo místico, como si hablar de lo material fuese una vulgaridad. Por dar solo un ejemplo, viendo las fechas de escritura del libro es fácil comprender que fue escrito (y que el bebé nació) en plena locura pandémica: confinamientos; reglas estrictas de protección, especialmente en hospitales; aquel miedo inicial cuando todavía no se sabía nada y parecía que mirar a un infectado podía contagiarte... Esta circunstancia, como muchas otras, es aludida de pasada, o de forma oblicua, pero sin detalle y sin profundizar, como si no condicionase la relación entre padre e hijo, que es el único tema central del libro.
 
Y hay sentimiento, naturalmente, en este libro, pero el sentimiento parece haber quedado sepultado debajo del deseo de "escribir bonito". Con una contención formal casi de haiku, cada capítulo parece querer ser perfecto en su expresión, aunque eso congele la vitalidad y el caos de la experiencia de la paternidad. No les falta mérito ni belleza a muchos de esos capítulos, pero sí, en mi opinión, carne o sangre. Como los capítulos son tan breves, me permito copiar uno entero, porque creo que así será más fácil entender a lo que me refiero:

Releo nuestra casa porque no la conozco: va mutando a la luz de tus apariciones. En los rincones juegan los ecos de mañana. Después de media vida sin correr, los muebles aceleran.

Me busco por los cuartos y ya no estoy aquí, ya no soy ese.

 
Y aún otro más:
 

Te admiro por intrépido, vanguardista en pañales. Te entregas a la rabia de la noche, al escenario de la calle o a la fiesta improvisada sin todas estas dudas que a mí me paralizan.

Radical sin querer, lo tuyo es la performance de estar vivo. Tan pancho en tu episteme, que empieza por el cuerpo.

 
Habrá algún lector de esta reseña que diga: "bueno, esa ha sido la elección estética del autor, y hay que aceptarla"; y otro lector todavía más enfadado: "si tan poco te ha gustado el libro, escribe tú otro mejor". Y efectivamente, tienen razón los dos: Andrés Neuman ha escrito el libro que él quería escribir, y no el que escribiría yo en su lugar. Si yo lo hiciera, optaría por un estilo mucho más concreto y mucho menos elíptico; haría referencia mucho más explícita y constante a las condiciones materiales de la paternidad, que no sucede en un vacío ni en una abstracción filosófica; intentaría rebajar el tono místico de la experiencia con sus tonos menos épicos o enfáticos, los miedos, las torpezas, las discusiones, los cansancios, las dudas; y utilizaría un vocabulario específico del campo de la crianza (amniocentesis, meconio, mastitis, estrías, entuertos) que no he encontrado en este texto.
 
Dicho con otras palabras: quizás este libro esté dirigido a otros lectores, a otros padres (y no padres), que harán una lectura completamente diferente de la mía y habrían hecho una reseña completamente diferente de esta. También a mí, insisto, me habría gustado escribir una reseña diferente, que empezase con un "Muy recomendable" o "Imprescindible", y que Umbilical apareciese en mi lista de mejores lecturas del año.

No ha podido ser.

domingo, 7 de agosto de 2022

Ignacio Martínez de Pisón: Filek

Idioma original: español

Año de publicación: 2018

Valoración: recomendable

Echo un vistazo a lo reseñado anteriormente de Martínez de Pisón y las valoraciones son invariables: "recomendable". Y cierro las páginas de este Filek y alcanzo la misma conclusión. No hay motivo para no recomendar este libro. O sea, habría incluso a quien le fascinaría el planteamiento, que se desarrolla en un escenario espacio-temporal tan fascinante como los años 30 y los 40 en la España, casi siempre el Madrid, de la II República, el golpe de estado franquista, la convulsa Europa de la época. Puede que ese lector encontrara mi valoración tibia o rácana. Más cuando la lectura se adereza con esas fotos de grano grueso, fotos de señores posando que hacen tan bien las veces de complemento visual que sitúa en contexto. Miradas a cámara, poses adustas, actitudes serias e impecables, uno imagina esos personajes moviéndose por una ciudad bulliciosa entre sospechosos y sospechadores, entre agentes dobles y agentes uniformados, entre gente que alardea de sus creencias y gente que intenta ocultarlas. 

Un caldo de cultivo idóneo para recrear las andanzas de Albert von Filek (parece, su nombre verdadero, aunque a lo largo de su existencia lo altera para facilitar huida y equívoco) un buscavidas de poca monta, seguramente incapaz de matar una mosca pero sumamente versátil en lo de timar al incauto. Martínez de Pisón documenta su existencia, el libro tiene más de 280 páginas pero invierte las 30 últimas en agradecimientos y bibliografía pues la búsqueda ha sido exhaustiva aunque no siempre fructífera. Da para lo necesario en la trama, o en el desarrollo de la semblanza del personaje, y asistimos a un vaivén de nombres y hechos en los que interviene el sujeto, un antiguo militar de procedencia austriaca dedicado en cuerpo y alma, aprovechando su origen y sus capacidades de convencimiento, a estafar pequeñas cantidades, a embaucar a incautos con las promesas de grandes productos y descubrimientos, a asociarse para patentar inventos inverosímiles. En sus periódicas estancias en prisión, en este caso en las cárceles del Madrid republicano una vez iniciada la sedición del 18 de julio, traba amistades que le permitirán alcanzar la cúspide cuando convenza a ministros del gobierno franquista de que ha desarrollado la fórmula de un producto alternativo a la gasolina.

Todo impecablemente narrado y con un notable sentido del ritmo, aunque he apreciado un tono excesivamente periodístico - el autor parece no ir a manifestarse u opinar sobre la propia persona del protagonista hasta cerca del fin del libro - y también he de recordar que el  género biografías subgénero biografías de canallas de alguna relevancia, es un barrio transitado en los últimos años, desde el Cercas de El impostor, pasando por los experimentos de Echenoz en sus novelas cortas, hasta ejercicios de igual perfil documental como El  marqués y la esvástica o la muy brillante La chica del este de Clara Usón. Curioso, hay un hilo invisible que enlaza estos personajes. Lo que quiero decir, y me remito a esa homogeneidad valorando a los libros del autor, es que suena, a veces, a recurso socorrido cuando la inspiración remite y se es consciente de que se dispone de cierto oficio. Filek no es una excepción. Al hilo de cierta cuestión planteada en redes sociales, es literatura con una función de entretenimiento, incluso de bagaje cultural, pero diría que queda algo escasa, en este caso, de intención de gran trascendencia.

sábado, 6 de agosto de 2022

Siri Hustvedt: En lontananza

Idioma original: inglés
Título original: Yonder
Traducción: Gian Castelli Gair
Año de publicación: 1998
Valoración: está bien


En el círculo uladiano, bien es sabida mi devoción por Siri Hustvedt, una autora a la que admiro por su inmenso talento literario pero también por su interminable curiosidad por múltiples temas que van desde el arte a la ciencia. Es por ello por lo que me lanzo a leer cualquier ensayo que publique, pues su capacidad para analizar y cuestionarse esferas tan dispares siempre tiene un punto de interés para alguien que comparte las mismas inquietudes. Desgraciadamente, no siempre uno encuentra lo que busca o lo que espera en ellos.

El libro abre con el que, para mí, es el mejor de los ensayos que se incluyen en esta obra y que justamente da título al libro. En «En lontananza», Hustvedt nos habla del concepto de «en lontananza» como el lugar entre el aquí y el allí y, a partir de aquí, Hustvedt abre su reflexión y nos narra el impacto que tiene en nosotros los sitios en los que ya no estamos o a los que estamos a punto de llegar, afirmando que «esos espacios mentales cartografían nuestra vida interior con más precisión que cualquier mapa “real”». La autora enlaza con ello su propia experiencia y la de su familia, y nos narra sus orígenes, a caballo entre Noruega y Estados Unidos, hablándonos de igual manera de su lengua y sus raíces y el impacto que las experiencias causan en nuestras vidas, pues los «lugares que hemos dejado atrás a menudo se tornan emocionalmente simplificados… pulsan una única cuerda de dolor o de placer, lo que quiere decir que nunca son lo que en otro tiempo fueron». Abriendo el abanico reflexivo, Hustvedt extiende su disquisición al campo literario, haciendo un símil con la literatura, pues «el lugar de lectura es una especie de m en mundo en lontananza, un sitio que no está ni aquí ni allí, sino que se compone de retazos de experiencia en todos los sentidos, tanto reales como ficticios».

Ya en el resto de los ensayos, más dirigidos al arte que a la reflexión vital, la autora se centra en la mayoría de ellos en el análisis literario de obras que le entusiasmaron así como de obras de arte que por su impacto o por su enfoque le marcaron. Así, nos habla de Vermeer y su cuadro «Joven dama con collar de perlas», pero también sobre Chardin, Claesz, Cézanne, Matisse y sus cuadros que presentan las naturalezas muertas. Ya en el campo literario, la autora hace una profunda disquisición sobre «El gran Gatsby» de F. Scott Fitzgerald y profesa su admiración por él afirmando que «Fitzgerald supera a cualquier otro escritor que yo conozca en captar la achispada atmósfera de las fiestas». Este análisis sobre la gran obra de Fitzgerald es muy interesante, si bien, de igual manera que me sucedió con Gornick y su «Cuentas pendientes» o también con la propia Hustvedt y su más reciente libro «Madres, padres y demás» estos ensayos incluidos en el libro que hacen referencia a una obra en concreto suscitan interés únicamente en el caso en el que el lector también la haya leído pues de lo contrario no puede contrastarse o enriquecer la propia experiencia lectora de quien lee el ensayo con su lectura previa.

También la autora toca otros aspectos interesantes sobre la vida, como en «Una súplica para Eros», donde nos habla sobre el erotismo, la seducción, las relaciones amorosas y el deseo o su pérdida afirmando que «una combinación de biología, historia personal y caldo cultural de idees es lo que crea la atracción. El amante fantasía siempre está revoloteando detrás o delante del amante real, y necesitamos a ambos. El problema reside en que la alianza de los dos es algo imprevisible. Eros, al fin y al cabo, era un travieso amorcillo armado de arco y flechas, una criatura de sorpresas que se deleitaba en alcanzar a los que menos se lo esperaban».

Ya en su tramo final, y volviendo a un tema que Hustvedt trata en varios de sus libros, la autora habla de la memoria y los recuerdos, afirmando que «Los recuerdos son fragmentos de uno mismo —la misteriosa mescolanza del pasado con el presente (…) El recuerdo debe ser movimiento, suministrando así una concatenación eficaz entre un instante de la vida y el siguiente. Debe ser repetición, pero repetición con diferencia». Una repetición que nos lleva a ser quienes somos pues, en gran parte, somos aquello que recordamos y, a veces, esos recuerdos van ligados a nuestra experiencia lectora pues, como afirma Hustvedt, «cuando recuerdo libros, no recuerdo las palabras sobre la página. Recuerdo lo que vi y oí del mismo modo que recuerdo el mundo real». Y es que, para muchos de nosotros, el mundo real también se encuentra en los libros, en todos ellos.

También de Siri Hustvedt en ULAD: El hechizo de Lily DahlLa mujer que mira a los hombres que miran a las mujeresEl verano sin hombresLa mujer temblorosa o la historia de mis nerviosLos espejismos de la certezaMadres, padres y demás, Recuerdos del futuro

viernes, 5 de agosto de 2022

CONTRARRESEÑA: La vida instrucciones de uso de Georges Perec

Idioma original: Francés

Título original: La vie mode d'emploi

Traducción: Josep Escué

Año de publicación: 1978

Valoración: Imprescindible

Dos años llevaba este libro en la estantería esperando su turno para salir del tsundoku. Su grosor, su letra "apretada" y alguna que otra reseña en la que se apuntaba su carácter "extraño" hicieron que lo fuera poco a poco dejando. ¡Grave, gravísimo error, porque tras su lectura este libro ha pasado a formar parte de mi Panteón particular!

No sé si a estas alturas resulta necesaria una sinopsis de La vida instrucciones de uso. Apenas unos apuntes serán suficientes. Como si de una 13, Rúe de Percebe parisina y gafapástica se tratara, Perec toma un inmueble parisino y comienza un recorrido de casi 600 páginas por todas y cada una de las estancias del mismo. Esto determina la estructura de libro, breves capítulos dedicados a cada uno de los pisos, y permite al autor desplegar toda su imaginación y recursos en un juego (PALABRA CLAVE nº 1) en el que mucho tiene que ver la idea del puzzle (PALABRA CLAVE nº2), de la parte y el todo. Decenas de historias, centenares de personajes pasan ante nosotros, ya sea para no volver jamás o para reaparecer al cabo de unas páginas, y quizá esa desorientación que a veces uno siente sea la principal dificultad del libro.

¿Pero entonces qué coño es La vida instrucciones de uso? Podríamos hablar de una novela, en tanto en cuanto sí que hay un hilo narrativo más o menos principal, pero creo que es más acertado hablar de un gran mosaico de microrrelatos que tienen significado por sí solos y dentro de un conjunto. Porque si bien estos textos pueden leerse como textos autoconclusivos, también es cierto que entre ellos hay multitud de relaciones que se van tejiendo a medida que avanzan y que forman una maraña autoreferencial que habrá que desentrañar.

Lo que creo que hace de La vida instrucciones de uso una obra imprescindible es la suma de varios factores:

  • La ambición para tomar un espacio cerrado del que salen multitud de senderos que se bifurcan (vaya, Don Jorge Luis Borges por aquí) y que sirven para contar la historia de Francia (y de la humanidad) de los últimos 100 años.
  • El manejo de diferentes registros: textos en los que se mezclan realidad y ficción conviven con textos más o menos convencionales en lo estructural que conviven (muchas veces en el mismo texto) con minuciosas descripciones de lugares y objetos, con interminables enumeraciones. El texto dentro del texto dentro del texto y así hasta el infinito (y más allá9. Nada de esto chirría más allá de la posible extrañeza inicial. Una vez entres en el juego de Perec no podrás salir (o esa ha sido mi experiencia)
  • La alternancia de géneros, manejados todos ellos a la perfección. Encontramos textos de carácter más o menos humorísticos, dramáticos, policiales, de aventuras, históricos... Esta variedad, unida a la brevedad y al ritmo que tienen la gran mayoría de los textos, hace de la lectura de este libro algo divertido, no se haga para nada pesada.
  • La multiplicidad de temas: apenas hay dos relatos similares y mira que esto es difícil.
  • El humor, al estilo de Perec. Por una parte, el más obvio, el que aúna tragicomedia y absurdo (como la vida misma); por otro, el vinculado a sus juegos de palabras y demás experimentos. Aquí es posible que algo se pierda en la traducción, pero me queda la impresión de un magnífico trabajo por parte de Escué.

Un último apunte. Es seguro que uno no puede abarcar la complejidad de este libro en una primera lectura, pero eso no es obstáculo para disfrutarlo como un enano. Y aunque quizá estaría bien una segunda lectura (en unos años, claro está) para tratar de aprehender el texto en su totalidad, eso no os debe desanimar. Cada una de las piezas del puzzle tiene un detalle, una sombra, un borde que lo individualiza y lo hace ser disfrutable por sí solo. ¿Importa, entonces, que consigamos montar el puzzle completo?

La primera reseña de La vida instrucciones de uso AQUÍ

Otro libros de Georges Perec en ULAD: El gabinete de un aficionadoLas cosasMe acuerdoEllis IslandEl viae de invierno y sus continuaciones