Título original: El carrer estret
Año de publicación: 1951
Valoración: está bien
Cada día, una nueva reseña
Año de publicación: 2022
Valoración: recomendable
El fundamento de este libro gira alrededor de una frase de George Orwell que se cita en el prólogo: "la historia la escriben los vencedores". Como señala el autor, este comportamiento es parte de la naturaleza humana y el resultado siempre nos ha llevado de una u otra manera al mismo punto: la injusticia.
El profesor Iñigo Fernández se propone, humildemente, "reparar esa injusticia, dando voz a quienes se han visto privados de ella, llevando a los lectores una visión equilibrada de su pasado y reconociendo su aportación, en ocasiones ingente, al acervo colectivo de la humanidad. Con ello seremos todos -vencedores y vencidos- quienes saldremos ganando, pues olvidarlos a ellos es olvidar también una parte de nosotros mismos".
Para conseguir ese objetivo el autor divide el libro en veinte capítulos, cada uno de ellos dedicado a un colectivo que ha sufrido el maltrato de la historia, y ordena su análisis de una forma cronológica. Comienza con los primeros perdedores, los neandertales, y concluye con los últimos, las víctimas de la globalización. Entre medias desfilan esclavos romanos, cátaros, templarios, obreros, judíos, mujeres, homosexuales o ancianos, entre otros. Todos ellos encuentran hueco en la investigación de Iñigo Fernández que nos demuestra que el papel de estos colectivos, cuya relevancia se ha minusvalorado o ignorado en la historia oficial, forma parte activa del progreso de la humanidad.
Es un libro bien estructurado, riguroso en su enfoque y de amena lectura. Quizás al tratar un tema tan complejo y estudiar tantos colectivos y periodos nos pueda resultar algo superficial en algún caso, pero el enfoque es el de un libro de consulta y en el epílogo disponemos de abundante bibliografía recomendada para ampliar el estudio de aquellos capítulos que nos interesen.
Después de leer este libro deberíamos ser capaces de reconocer esas injusticias y hacer todo lo posible para no volver a cometerlas. Desgraciadamente los telediarios nos muestran lo contrario y nuevos colectivos se siguen sumando a la triste historia de los perdedores. Y eso, como señala Iñigo Fernández, solo puede traer aparejado: "ansiedad, envidia, rabia y desconfianza en las instituciones".
Como decía Ruiz de Santayana "quienes no pueden recordar su historia están condenados a repetirla". Pues en esas estamos, repitiendo lo peor de nuestra historia. No parece que hayamos aprendido mucho de nuestros errores.
Año de publicación: 2024
Valoración: Está bien
Mientras escribo esto, hace ya algún tiempo, me entero de que Jordi Sevilla, que fue ministro y asesor del expresidente Rodríguez Zapatero, está presentando un manifiesto (que no es este del que vamos a hablar) de carácter crítico con la trayectoria reciente de su partido, lo que, como era de esperar, le ha supuesto empezar a recibir palos de algunos dirigentes poca dados al debate y la reflexión. Así que parece que a nuestro autor de hoy le gusta eso de escribir manifiestos y presentar propuestas o puntos de vista personales sobre la política, el mercado, el socialismo o la situación internacional, lo que se puede corroborar observando su bibliografía de los últimos diez o quince años.
El pasado 2024 Sevilla publicó este Manifiesto por una democracia radical de sonoro título que, qué quieren que les diga, tiene el aspecto de algo refrescante y vitamínico en este comienzo de 2026 cuando todo parece encresparse hasta el límite, vemos tambalearse la convivencia y desaparecer las estabilidades de décadas pasadas, arrastradas por la polarización, la corrupción y la mentira. Sin ánimo de ponerme apocalíptico, cuando los adversarios o discrepantes se convierten en enemigos a eliminar (aunque sea, de momento, políticamente) y el mundo pasa a ser gobernado por payasos sin escrúpulos y con muchas armas, que alguien hable de recuperar principios y superar trincheras merece por lo menos unas horas de lectura.
Lo más valioso del libro es en mi opinión el análisis, que seguro que Sevilla ya ha expuesto en algún texto anterior, sobre cómo hemos llegado hasta aquí. Me parece brillante su exposición sobre la ‘revolución’ conservadora de los años 80-90 del siglo pasado, el derrumbe del sistema soviético y la convicción, bastante generalizada, de que finalmente el capitalismo (en su versión más feroz) había finalmente triunfado en el mundo. Desregulación y globalización traerían progresivamente y de manera natural la democracia al mundo entero, y así, tan sencillo, parecía llegado el ‘fin de la Historia’.
Otra cosa es que todo esto, que tampoco tenía en cuenta la cultura y la idiosincrasia de más allá de las fronteras de Occidente, se fuese fraguando en manos de un mercado salvaje que no tardó mucho en reventar las costuras con la crisis financiera de 2008, que dejó millones de damnificados en las clases medias y trabajadoras, germen de algunos fenómenos que después han seguido engordando. El principal de ellos el populismo, al que el autor dedica buen número de páginas, y sobre el que no creo necesarias mayores explicaciones: también de izquierdas, pero sobre todo de ultraderecha, es una ola que recoge el descontento que se había ido enquistando y, con tintes mesiánicos y eslóganes sencillos dirigidos a lo emocional, provocan la polarización cada vez más extrema, con el disparate, el alarido y el eslogan como guías de la acción política.
Me sorprende hasta cierto punto que el libro ignore prácticamente por completo fenómenos de nuestro tiempo que han podido también contribuir (en realidad o como excusa) a este auge del populismo, como el terrorismo islamista o los movimientos migratorios, pero quiero entender que Sevilla ha querido ser muy cauteloso con estos temas, sabedor de que en su target lector (gente progresista, liberales, con ciertas convicciones humanistas) son asuntos que pueden resultar bastante espinosos.
Pero claro, lo que nos interesa son sobre todo las recetas, la fórmula para avanzar hacia eso que llama democracia radical, que suponemos que es un estadio evolucionado del viejo sistema occidental, la democracia parlamentaria, liberal, el Estado de Derecho, un paso adelante para recuperar sus principios básicos y la conexión perdida con la ciudadanía. La verdad es que aquí el Manifiesto se pone un poco melifluo y no ofrece novedades demasiado llamativas: mayor transparencia y supresión de privilegios de los políticos, avances en la igualdad social para que la democracia tenga una base real, profundización en el feminismo, búsqueda de consensos contra el cambio climático, liberación del mandato imperativo, correcciones en el mercado para reducir la desigualdad, gobernanza transnacional (¿¿¿¿????).
Salvo algunas alusiones más concretas referidas específicamente a España (ciertos cambios constitucionales) todo suena a generalidades tantas veces escuchadas, derroche de voluntarismo idealista, todo bien razonado y a veces innecesariamente repetido, pero con escaso anclaje con la lamentable realidad actual, como sacar la paloma con la rama de olivo y entonar himnos a la paz en medio de una lluvia de misiles. Creía uno, ingenuamente desde luego, que se podría encontrar alguna propuesta, ideas que invitasen a engancharse a una posibilidad de salir de este marasmo, una luz entre el humo que se vende y el fango de la sobreactuación, pero me temo que si queremos algo más que buenas intenciones habrá que buscar en otros sitios.
Título original: Hamnet
Traducción: Concha Cardeñoso
Año de publicación: 2020
Valoración: Recomendable
Primero, coincido con la reseña original en lo esencial: la novela está bellamente escrita. Se percibe el trabajo y la atención al detalle en cada página. No tengo ningún reparo en lo que respecta a la forma. Si acaso, se ha elogiado mucho el ritmo y el uso de los saltos temporales; a mí me parecen un recurso innecesario, aunque no por ello le resten valor a la obra.
Mi problema con el libro va más allá de lo estrictamente literario. Tiene que ver, más bien, con el uso de un personaje histórico para manipular al lector. Y esto ocurre tanto en el plano del argumento como en el de la campaña publicitaria de la novela.
Para explicar el primer punto, puedo recurrir a otra obra como comparación. Cuando se estrenó Joker, de Todd Phillips, se utilizó un personaje conocido por todos para contar una historia determinada. Sin embargo, esa película bien podría haber narrado la vida de cualquier individuo desajustado (ahí está, por ejemplo, Taxi Driver) sin necesidad de encajar a la fuerza al Joker en ella (las partes que se entrecruzan con la historia de Batman no tienen ninguna relevancia). Pero el hecho de que sea el Joker garantiza las salas de cine llenas.
De igual manera, Hamnet podría haber sido simplemente la historia de un niño y de su madre. No cambiaría gran cosa si el padre fuera un granjero analfabeto cualquiera en vez de Shakespeare. Como en el caso de Joker, esa elección obliga a la autora a forzar ciertos elementos de la historia sin que ello resulte realmente necesario. En el posfacio, Maggie O’Farrell cuenta que decidió incorporar la historia de la epidemia para dar un sentido más ominoso a la muerte de Hamnet, pero esa decisión acaba sintiéndose añadida desde fuera, como una carga de significado que la novela no necesitaba para sostenerse.
Claro, en la ficción se valen muchos trucos, pero aquí el truco acaba por volverse el centro mismo de la propuesta. No estamos ante una novela que necesite de Shakespeare para pensar mejor el duelo, sino ante una novela que usa el nombre de Shakespeare para intensificar artificialmente su resonancia. El lector no solo lee la tragedia de una familia: lee, sobre todo, la tragedia de la familia de Shakespeare. Y esa diferencia importa, porque introduce de entrada una carga emocional y simbólica que la obra no se gana del todo por sí misma, sino que hereda del prestigio histórico y cultural de sus personajes.
Dicho de otro modo: O’Farrell no parte de una situación novelesca y la desarrolla hasta volverla conmovedora, sino que parte de un material que ya llega rodeado de aura. El hijo muerto de Shakespeare, la posible cercanía entre Hamnet y Hamlet, la esposa relegada por la historia oficial, el genio ausente en Londres mientras la tragedia ocurre en un pueblucho. Todo ello compone un dispositivo casi perfecto para predisponer al lector a la emoción, a la reverencia y a la interpretación.
Y ahí entra el segundo punto: la campaña alrededor del libro. Porque Hamnet no se vendió solo como una novela notable, sino como una especie de revelación íntima sobre Shakespeare; casi como si O’Farrell hubiera iluminado una zona ciega del canon y devuelto voz a quienes la historia había silenciado. Esa operación es muy eficaz comercialmente, desde luego, pero también es discutible. No se nos ofrece únicamente una ficción: se nos invita a leerla con el prestigio suplementario de estar rozando una verdad emocional sobre el mayor escritor en lengua inglesa. La novela se beneficia así de un doble blindaje: por un lado, el prestigio literario de su prosa; por otro, el magnetismo casi inagotable de Shakespeare.
Mi objeción, entonces, no es que O’Farrell ficcionalice una vida ajena (la literatura lo ha hecho siempre y lo seguirá haciendo), sino que aquí la ficcionalización parece menos interesada en interrogar el pasado que en apropiarse de él para producir un efecto reconocible y rentable. Se toma una grieta de la historia, un dato sugestivo, y se construye a partir de él una maquinaria sentimental muy afinada. Pero una cosa es imaginar y otra explotar. Y en Hamnet, a ratos, la frontera entre ambas se vuelve borrosa.
Por eso tampoco termino de comprar una de las ideas más repetidas en torno a la novela: que rescata del olvido a Hathaway. En realidad, no rescata a una mujer histórica, sino que construye un personaje híbrido a partir de sensibilidades contemporáneas. Esa Agnes intuitiva, casi telúrica, ligada a los saberes naturales, marginada por un entorno masculino y por la posteridad del marido, responde demasiado bien a cierta imaginación actual del pasado. Es un personaje eficaz, sí, y por momentos incluso poderoso, pero también calculado. Más que una figura descubierta, parece una figura diseñada para encarnar una reivindicación legible y emocionalmente atractiva para el lector de hoy.
Nada de esto significa que la novela no funcione. Funciona, y muy bien, en muchos pasajes. Hay escenas de dolor, enfermedad y duelo que están narradas con una sensibilidad indudable. Pero precisamente por eso me resulta más frustrante: porque debajo de esa prosa excelente percibo una operación oportunista. Como si el libro no confiara del todo en la fuerza de su propia historia y hubiera necesitado apoyarse en la celebridad de Shakespeare para volverse imprescindible.
Pueden leer la reseña original aquí: Hamnet
Otros títulos de esta escritora reseñados en Un Libro Al Día: Tiene que ser aquí, La primera mano que sostuvo la mía, El retrato de casada
España. Año 2026 + x (siendo 10<x<20, aprox). El hartazgo que llevó al 15-M y al auge de la extrema derecha ha dado paso a la demarquía, sistema político por el cual los representantes del pueblo son elegidos mediante sorteo puro y duro, aunque el Presidente del Gobierno sigue siendo elegido mediante votación "al uso".
Este punto de partida nos puede traer a la cabeza a Jose Saramago (Ensayo sobre la lucidez) o a Michel Houellebecq (Sumisión) y nos puede llevar al terreno de la utopía, de la distopía o de la ficción política, pero esto no sería del todo correcto porque, transcurridas unas páginas, el autor pone el foco en algunos de los parlamentarios electos y en sus circunstancias personales, lo que hará que la novela tome la vía balzacquiana o galdosiana.
Por lo tanto, la obra de Agustín Alonso retrata la realidad social y política del país (sí, alguno dirá que es una novela woke porque en la novela hay negros, homosexuales, etc pero esto ya no es el país uniforme de hace unos años, chavales) haciendo que personajes de diversas edades, procedencias geográficas y sociales, ideologías, etc ocupen el centro del texto. De hecho, y aunque no sé yo si el autor estará muy de acuerdo, creo que Demarquía es una "novela de personajes".
En cualquier caso, el componente político es innegable, tanto es así que será el avance en la tramitación de una nueva Ley de Educación el hilo conductor que hará los personajes interactúen y se vean sometidos a presiones o tensiones que determinarán su comportamiento.
Sea como fuere, y metamos Demarquía en el saco que queramos meterlo, se trata de una utopía convertida en tragicomedia que mezcla hábilmente la ficción política con el retrato social y que posee una serie de virtudes a tener en cuenta: