jueves, 21 de octubre de 2021

Hiroko Oyamada: Agujero

Idioma original: japonés

Título original: Ana (穴)

Traducción: Tana Oshima

Año de publicación: 2021

Valoración: Recomendable alto


Hiroko Oyamada es una escritora japonesa relativamente joven con tres o cuatro obras ya publicadas. Creo que Agujero es la única o última editada en castellano, y reúne tres (en realidad, dos) relatos de extensión media bajo el título del más significativo y amplio de ellos.

Los textos tienen un tono similar, presentando un momento algo especial en una vida cotidiana, como puede ser una mudanza (Agujero) o el reencuentro con un amigo (Sin comadrejas). En especial en el primer relato hay algo muy peculiar y que resultará familiar a quienes estén habituados a los animes de Miyazaki: en un entorno de absoluta normalidad, situaciones y personajes en apariencia corrientes lucen con una extraña aura de misterio. El narrador, que será uno de esos personajes, va dejando apuntado, como de pasada, algún detalle minúsculo: alguien que lleva la misma ropa del día anterior, la aparición de un número de niños o ancianos que parece desproporcionado a la situación, un animal al que no se acaba de identificar, un episodio que se supone debía ser conocido o que sorprende por algún motivo. Solo ese detalle es suficiente para sembrar la inquietud, la sospecha de que hay algo que se sale de lo normal, que en algún momento encontraremos el motivo y no será del todo pacífico. 

Oyamada domina de maravilla esta forma de narrar, y se diría que esos pequeños puntos oscuros, insignificantes por sí mismos pero perturbadores por el solo hecho de contarlos, surgen con naturalidad, como si en realidad, si observásemos las cosas con suficiente atención y objetividad, detectarlos no fuese nada excepcional. La sensación se acentúa si consideramos que los personajes que protagonizan estas situaciones son absolutamente corrientes (recién casados, familiares, amigos cercanos), de quienes nunca se esperaría nada extraño. Igualmente contribuye a esas dudas el entorno rural en que se sitúa la acción que, de forma más o menos explícita, parece mostrarse como un escenario extraño a sus protagonistas y acentuar una vaga sensación de aislamiento (Dicho sea entre paréntesis, es curiosa cierta querencia de autores japoneses a colocar sus relatos lejos de las enormes aglomeraciones urbanas con que en Occidente identificamos a aquel peculiar país)

La narración tiene un marcado matiz sensual, insistiendo en los colores, los sonidos (el atronador de las cigarras, voces lejanas difíciles de identificar, el llanto de un bebé), la meteorología extrema (calor abrasador, nieve, lluvia incesante) o cenas en las que los alimentos (y también el alcohol) desfilan en abundancia. Son percepciones que calan en el narrador y enmarcan la escena en un ambiente potente, no excepcional pero sí quizá con un punto hostil, tal vez por excesivo. Un elemento más con el que incomodar al lector sugiriéndole que algo no funciona como sería esperable, que discurre bordeando o desbordando los márgenes de lo cotidiano.

Toda esta sutileza está al servicio de relatos de apariencia muy simple, que ya va siendo hora de presentar: en Agujero unos recién casados se mudan a una casa familiar en el campo y, mientras el marido está ausente haciendo horas extras (otra cosa muy japonesa, aunque no solo), la mujer explora el entorno descubriendo a un pariente olvidado y a un anciano que se dedica a regar permanentemente el jardín, entre otros elementos algo insólitos. Otra pareja contacta con antiguos amigos cuya casa se ve invadida por las comadrejas, y posteriormente (Una noche en la nieve, con los mismos protagonistas) comparten una velada en la que se entrecruzan las renovadas relaciones con instintos maternales soterrados solo a medias. Contado todo ello con la precisión y la sensibilidad siempre contenida que muestra la autora, el resultado es una lectura para disfrutar con calma, dejándonos envolver por ese tenue misterio que quizá contienen las cosas habituales, o es al menos lo que parece transmitir Hiroko.

Le buscaríamos, claro está, las esquinas a estos relatos, porque uno no puede sustraerse a la tentación. Para no desvelar nada que no se deba, me conformaré con decir que la autora parece complacida con emular esa moda, que por estos lares apareció hace unos años, del relato abierto, sin un final preciso, algo que, pensándolo bien, también observamos en algunos otros textos del lejano Oriente. El efecto resulta más patente en unos relatos que en otros y personalmente, experimentos aparte, es algo que no me acaba de seducir del todo. Bien están las sensaciones, los indicios y las atmósferas, pero la obra, quizá más un relato no muy extenso, luciría más contundente (al menos para el lector europeo y un poco convencional) conduciendo todo ese material a algún tipo de desenlace.

Lo anterior no desmerece sin embargo el conjunto del libro, que apunta muy buenas maneras en una autora a la que es obligado seguir la pista.

miércoles, 20 de octubre de 2021

José Antonio Ramos Sucre: Insomnio

Idioma original: Español
Año de publicación: 2021 (recopilación de textos publicados originalmente entre 1925 y 1929)
Valoración: Muy recomendable

Pese a la brevedad de su obra, José Antonio Ramos Sucre (1890 – 1930) es, junto a Rómulo Gallegos, Julio Garmendia o Arturo Úslar Pietri, uno de los clásicos del siglo XX de las letras venezolanas. Apenas cinco libros - Trizas de papel (1921), Sobre las huellas de Humboldt (1923), La torre de timón (1925), El cielo de esmalte (1929) y Las formas del fuego (1929) - conforman la totalidad de la obra del cumanés, pero son más que suficientes para justificar tan alta consideración del autor.

Pero si son cinco los libros de Ramos Sucre y ninguno se titula "Insomnio", ¿ante qué carajo estamos?. Bien, pues es la recopilación de una serie de textos recogidos en sus tres obras finales y vinculados de forma más o menos directa con el insomnio que padeció el autor y que llevó a su suicidio. Abreviando, se trata de textos situados a medio camino entre la vigilia y el sueño, entre lo autobiográfico y lo onírico, pero siempre dotados de una oscura belleza amplificada por las imágenes y atmósferas creadas por el autor.

Ya la primera frase de Preludio, texto que abre la antología, da el tono general que encontraremos el “Insomnio”, que posteriormente se puede corroborar, por ejemplo, en los siguientes extractos de La nave de las almas o El desesperado:

Yo quisiera estar entre vacías tinieblas, porque el mundo lastima cruelmente mis sentidos y la vida me aflige, impertinente amada que me cuenta amarguras

Recuerdo apenas el lugar de mi ausencia. Una columna de fuego iluminaba el clima boreal. Yo me había perdido en un desierto de nieve.

He sentido el estupor y la felicidad de la muerte. Un aura deliciosa, viajera de otros mundos, solazaba mi frente e invitaba al canto de los cisnes del alba.

Por lo tanto, la escritura de Ramos Sucre nace de la experiencia personal y adopta un tono entre confesional y exorcizador que se va volviendo más angustioso, oscuro y críptico conforme avanza el tiempo. Así, en algunos de los poemas en prosa / microrrelatos / apuntes de diario / estampas (la frontera es difusa)  de La torre de Timón se puede apreciar una leve esperanza o un ligero toque de humor que desaparecen en El cielo de esmalte y Las formas de fuego.  

En cuanto a posibles referencias, pese a que en lo espaciotemporal la obra de Ramos Sucre podría ligarse a corrientes de vanguardia de la época, a mi me vienen a la cabeza un Isidore Ducasse (conde de Lautreamont) menos "bestia" o poetas románticos del siglo XIX. El tono tenue e irreal de sus textos, sus atmósferas cargadas de niebla, jinetes en la oscuridad, muerte y ensoñaciones que lo acercan a los "cuentos góticos", la infancia como momento clave, las referencias clásicas, etc sitúan a Ramos Sucre por encima de modas y experimentos más o menos efímeros y confieren a su obra una atemporalidad de la que es muestra evidente la influencia que puede observarse en autores de décadas posteriores. Igual es cosa mía, pero algo de Ramos Sucre hay en Silvina Ocampo, en Mariana Enríquez, etc.

Resumiendo: interesantísima y arriesgada (en los términos a los que me refería en la reciente reseña de Una novela que comienza de Macedonio Fernández) recuperación de un autor capital en las letras venezolanas que espero tenga los lectores y el reconocimiento que debería a este lado del charco. Sus textos lo merecen.

martes, 19 de octubre de 2021

Jorge Amado: Tereza Batista cansada de guerra

 Idioma original: portugués

Título original: Tereza Batista Cansada de Guerra

Año de publicación: 1972

Valoración: Imprescindible



Antes de entrar en materia enfocando al personaje –grandísimo personaje, por cierto– su carácter, vida y milagros, no me resisto a hablarles de su creador, a quien admiro hasta el infinito y más allá desde la primera novela suya que leí, y ya van unas cuantas. Jorge Amado (1912-2001) fue un escritor brasileño que no pueden ignorar si aman las emociones fuertes, los contenidos de gran crudeza transmitidos de forma amable, los textos sólidos literariamente hablando, si aprecian el humanismo de quien nos habla a través de la ficción –un humanismo perfectamente identificable que recurre a artimañas como  socarronería, ironía, cambios de opinión según el dueño de los pensamientos que muestra, y otras muchas formas de manifestar su postura sin incordiar demasiado a los lectores. También si disfrutan con las historias complejas, repletas de personajes de diferente relevancia –muchísimos secundarios, por cierto– que se retratan tanto a ellos mismos como a la sociedad de la que forman parte. Hablo de esos novelones, casi inacabables, que nos parecen eternos al principio y, tras varios centenares de páginas, no querríamos abandonar nunca, que finalmente  nos dejan un gusto agridulce y que quizá recordemos y recomendemos durante años y años.

Habitualmente, cuando nos preguntamos qué es lo que importa, si el autor o las obras que ha dejado, nos referimos a esas personalidades poco atractivas, que nos decepcionan cuando conocemos sus hazañas, ideología o temperamento. En este caso ocurre lo contrario: encontramos unidas la excelencia personal y la literaria, y esto no es nada frecuente. Amado dejó un legado extenso, coherente y magnífico protagonizado por antihéroes, marginados, expulsados de la sociedad, pasto de maltratos e injusticias a cargo de prebostes y sinvergüenzas de medio pelo, con frecuencia, pícaros ellos mismos. Sus historias se leen con pasión, como si las estuviéramos viviendo en carne propia ya que, aparte de su interés, están narradas con gracia, con una prosa sencilla y juguetona que cambia de enfoque y de sintaxis a cada momento, evitando la monotonía y con un desenfado tal que parece estarnos hablando al oído. Por tanto, dificultad de lenguaje ninguna, la alteración de la cronología se subsana con información suficiente; sus explicaciones nunca abruman debido a la variedad de recursos que saca de la chistera continuamente para divertirnos. Lo curioso es que sabemos cómo piensa Amado en cada momento, aunque no dé su opinión, solo con mostrarnos la realidad en todas sus facetas o los pensamientos de unos y de otros ante los diversos conflictos éticos que plantea, y aún así no nos condiciona, él solo muestra, luego cada uno es muy libre. Por eso, su forma tan personal de presentar los hechos puede confundir a algún lector. En otras palabras, quien no esté de acuerdo con él se va a sentir reforzado pues, igual que en la vida real, encontrará argumentos a favor. Todo tiene doble cara, este narrador es un mero intermediario que, por mucho que muestre sus cartas, siempre deja elegir.

No es difícil ponerse en el lugar de Tereza Batista, a quien conocemos con trece años y  abandonamos otros tantos más tarde. Sus desventuras nos sobrecogen, su fuerza y resistencia nos fuerzan a admirarla. No pienso relatar aquí esas vivencias, que son las de las mujeres en general, sobre todo las de clases no favorecidas en nada, básicamente lo que tiene que pasar la gente de segunda para que los de primera vivan como príncipes. A Tereza la vendieron con trece años los familiares que la cuidaban porque era huérfana y bonita, una conducta que no puede sorprendernos porque está ocurriendo en todo el mundo, y cada día más. Pero la novela comienza in media res, con ella bailando en un cabaret y defendiendo a quien está peor aún. Antes y después de eso le ocurren muchas cosas, unas muy malas y otras no tan buenas como ella creía, pero por comparación con lo anterior debió pensar que vivía en un paraíso. El tono del relato va variando. Es cierto que la mayor parte del tiempo todo gira en torno a su figura. Hasta ese último capítulo, tan lleno de sabor local, de ambiente festivo, heroísmo, lucha contra la injusticia y, sobre todo, repleto de magia, de dioses engendrados en la tierra, de personalidades místicas y hasta de milagros producidos a la vista de todos. En este punto, sin dejar de centrarse en Tereza, el argumento ha adquirido un tono mucho más coral y una dimensión cercana a la épica. Queda por saber (y sabremos) si en algún momento llegó a ser libre.

Se preguntarán quién es ella, por qué es interesante su vida. He visto –y durante muchas páginas lo he creído un fallo– que la protagonista reúne muchas cualidades, demasiadas para tratarse de una obra realista.  Es guapísima, trabajadora, honrada, valiente, inteligente, simpática, educada, con una personalidad a prueba de bombas, solidaria etc. Esto no parece muy verosímil. Pero es que la novela no es realista en absoluto, lo puede parecer al principio, y desde luego pinta una realidad crudísima que no tiene nada de fantástico, pero según vamos avanzando encontramos elementos de otra índole. En primer lugar, el personaje ya no vive, aquello sucedió años ha, y desde entonces se ha ido fabricando un mito a la medida de las necesidades de la gente. Esta elemento mítico aparece también de forma expresa: en cancioncillas o rimas, en los títulos de las secciones, en sobrenombres que Tereza ha ido recibiendo con el tiempo, en el triunfo de su sola persona contra la epidemia más mortífera del siglo y, más directamente, en esos capítulos en cursiva donde alguien  que está investigando (¿el autor?) hace preguntas a algún testigo, no de primera mano, claro, sino receptáculo de versiones recogidas aquí y allá. Mítica es la identificación explícita de Tereza con el pueblo brasileño y mítico es también, sin duda, ese final que, por supuesto, no pienso adelantarles.

Otras obras de Jorge Amado: Capitanes de la arena,

lunes, 18 de octubre de 2021

Rafa Lahuerta Yúfera: Noruega


Idioma original:
valenciano

Año de publicación: 2021

Valoración: muy recomendable alto

No voy a entrar en ningún tipo de polémicas. Rafa Lahuerta recalca en una entrevista (y menciona en muchas ocasiones en el libro) que decidió que este libro había de escribirlo en valenciano. Y yo, catalanoparlante, he entendido (y cuando alguna palabra no me ha sonado el contexto me la ha aclarado sin acudir a consulta alguna) cada una de las frases de esta novela. Así que las etiquetas reflejan mi intención y hasta aquí mi pronunciamiento.

Eso sí: Lahuerta ejerce una cierta opción al emplearlo. Al margen de cómo quiera denominarse, el idioma cooficial en la Comunitat Valenciana, el que no es el castellano, sufre una obvia situación de debilidad allí. Dos personas (del mismo partido, sorpresa) que presidieron el Govern ni siquiera hicieron el esfuerzo de hablarlo. Reivindicarlo me parece una acción magnífica y osada y es un enorme hito que Noruega sea un (odio la palabra, aviso) fenómeno editorial de tal envergadura. La traducción al castellano, por eso, está al caer, y espero y deseo que Lahuerta participe activamente en ella y sepa encontrar el justo equivalente y nada se pierda. 

Porque esta es una gran novela, y habrá que considerarla así por encima del idioma en que se escriba y de la situación de sus escenarios. Mucho se perderá el lector que opine que no merece la pena porque no conoce esos barrios y esas calles. Yo estuve en algunos de ellos hace muchos años y me han dado ganas de volver, más por curiosidad o por evocación que por nostalgia. Lahuerta ha escrito una bildungsroman cuya aparente modestia es una poderosa baza. La historia de Albert Sanchis, hijo de comerciantes que han tirado adelante, una salazonería ubicada en el barrio de Velluters, no es una mera historia de localismo y costumbrismo de barrio. Es prácticamente un golpe de puño generacional en esa mesa de Monopoly de las grandes urbes. Valencia es una ciudad no muy grande. Otra ciudad que ha experimentado un crecimiento, una reconversión en dos fases. La reubicación del cauce del río Turia tras las inundaciones de 1957, en pleno franquismo, fue una. La otra, más sutil, con severo endeudamiento por medio, cuando en la última década del siglo XX entró en una espiral de proyectos inmobiliarios y promociones con objeto de hacer de la ciudad un atractivo turístico más para la pléyade de viajeros que antes optaban por Barcelona, Mallorca o Benidorm. Ya sabemos lo que sucede en las ciudades cuando los gobiernos prefieren congraciarse con el visitante ocasional (el de calidad, que gasta a espuertas y se aloja en hoteles caros) que con su habitante. 

Pero Lahuerta no incide directamente en ello. Noruega es un testimonio de esa generación que se ha beneficiado de la digna lucha de la generación de la postguerra española. Los hijos de los nacidos en los años 20 y 30, los llamados boomers. Una generación a la que pertenece Sanchis, que es escritor (sus proyectos de novela cierran cada una de las partes del libro, en un sutil juego metaliterario) y puede permitirse una vida de pocos aprietos ya que sus padres, que han muerto apenas él ha cumplido la veintena, le han dejado una herencia con la que ir tirando. Su juventud se ha vivido en esas calles, en ese Barrio Chino que tantas ciudades comparten, con maleantes, prostitutas, gente que pasa su día en la barra de los bares, alcohol, drogas, etc. Es la España de los 80, la de la transición o el espejismo de la libertad sobrevenida y mal administrada. En Noruega Sanchis nos cuenta su vida, sus relaciones con las mujeres, su tendencia a estropearlo todo y a desaprovechar las ocasiones que se le brindan.

Y Lahuerta ha rehuido la nostalgia y el lagrimeo y la condescendencia. Es una novela brillante y vitalista, con un uso magistral del lenguaje y con pasajes literarios, uno tras otro, de una calidad sublime y juguetona. No es solo su prodigioso uso de un idioma cercano y puntilloso. Es cómo consigue aportar una visión nueva a muchos lugares comunes. Por favor, no comparemos eso con otros fenómenos. Ésta es una obra ejemplar que toma referencias universales en su temática, pero que no tiene miedo ni pudor en asimilar lo más cercano como primer punto de apoyo. Se nota que Lahuerta ha leído más a muchos que a sí mismo. Pla, Cercas (el mejor, no el que descubrió la novela negra), y Marsé, cuántas y cuán acertadas las referencias a Juan Marsé. Pero ahí se queda. Rinde pleitesía y ejecuta una novela dura, hay muchas muertes aquí y la gran mayoría son muertes crueles e injustas, una novela carnal, Sanchis parece responder al estereotipo del canalla con labia que embauca a las mujeres, y una novela social tras muchos biombos, llena de calles que se han transformado o desaparecido, de locales derribados y de comercios cerrados, de clases sociales que han surgido y se han hundido, de nuevos barrios diseñados a los que los gobernantes han olvidado insuflar vida. Qué gran novela, en el idioma que sea, qué gran hallazgo.


domingo, 17 de octubre de 2021

Patrisse Khan-Cullors & asha bandele: Cuando te llaman terrorista

Idioma original: inglés
Título original: When They Call You a Terrorist: A Black Lives Matter Memoir
Traducción: Clara Ministral
Año de publicación: 2019
Valoración: recomendable

Los que me venís leyendo desde hace un tiempo, sabéis de mi interés por los libros que tratan sobre el racismo, para entenderlo, para conocerlo y, especialmente, para combatirlo. Y leer la historia de una de las tres fundadoras del movimiento Black Lives Matter (junto con Opal Tometi y Alicia Garza) parecía una excelente oportunidad para descubrir los orígenes de un movimiento potente, necesario, amplio e imprescindible. Este ensayo cumple con su cometido, aunque parcialmente, pues analiza menos el movimiento de lo que me gustaría y se centra especialmente en las vidas de quienes este defiende. Que tampoco es poco; vamos a ello.

Indica la autora en la introducción que tras la respuesta al asesinato de un chaval de diecisiete años a manos de la policía y que originó el movimiento Black Lives Matter «se redactó y difundió una petición que llegó hasta La Casa Blanca. Decía que éramos terroristas». Una dura acusación hacia quien lucha por las igualdades y combate el racismo (también el policial) de manera pacífica y organizada porque tras años (décadas, siglos) de una situación insostenible de desigualdad había que cambiar la realidad, porque «como la de muchas de las personas que encarnan nuestro movimiento, mi vida ha transcurrido entre dos miedos que siempre van unidos, la pobreza y la policía».

A partir de esta introducción, Patrisse Khan-Cullors basa gran parte de su ensayo en narrar la vida de ella y de su familia formada por su madre, dos hermanos mayores y una hermana pequeña, viviendo de alquiler en un piso de protección oficial en un barrio multirracial aunque predominantemente mexicano del que afirma que «nuestro barrio está pensado para ser un lugar de paso». Su padre, mecánico en una cadena de montaje de General Motors, se va de casa al perder el trabajo cuando ella tiene seis años pero su ausencia es sólo física, «su cariño no desaparecerá en absoluto. Ese cariño de Alton Cullors permanece dentro de mí, a mi lado, hasta hoy mismo». Con ello nos hace el retrato de un entorno familiar donde salir adelante era su principal propósito, con una madre que «trabajaba dieciséis horas diarias» para combatir las grandes dificultades económicas por las que pasaban y poder alimentar a la familia. La autora reconoce el gran esfuerzo de su madre así cómo afirma que «todavía hoy en mis oraciones doy gracias a los Panteras Negras por haber convertido el programa de desayunos gratuitos para niños en un servicio que debían ofrecer los colegios». Y, en ausencia de sus padres, el clan familiar con unos hermanos que se cuidan y donde el mayor coge las riendas del padre ausente y también cuando no está la madre porque se halla en unos de sus interminables turnos para poder mantener a la familia, porque «desde el primer día nos educan para que cuidemos los unos de los otros».

La autora nos narra esos años preadolescentes y su incomodidad en el instituto Millikan, pues no encaja ni con los blancos ni con los negros, pues ella pertenece a una clase pobre en la que «simplemente me siento como lo que soy: una chica de Van Nuys a la que le encanta la poesía, leer y, por encima de todo, bailar». Pero, a pesar de desconveniencia, su etapa escolar le sirve para constatar la diferencia entre tasas de expulsión de chicas blancas y negras en EE. UU., porque «habiendo estudiado en centros con alumnas blancas y negras, una cosa que aprendí enseguida es que, aunque nuestro comportamiento puede ser igual o parecido, los castigos que recibimos casi nunca lo son».

De esta manera, la autora afirma con pesar que «con doce años estoy sola, el lugar que me corresponde en el mundo ya no es el de una niña, el de un pequeño ser humano que necesita apoyo. Lo había visto con mis hermanos y ahora me estaba ocurriendo a mí, la llegada de ese momento en que nos convertimos en eso que ya no es adorable ni apreciado. El año en que nos convertimos en algo de lo que deshacerse». Con estas duras palabras expone lo que supone ser un ciudadano negro de clase baja, en “algo de lo que deshacerse” y confiesa que a los doce años «aprendí que el hecho de ser negra y pobre me definía más que mi inteligencia, mi optimismo o mi entusiasmo».

Situado el entorno en el que vivió la autora, en este libro de memorias nos cuenta sus raíces, su familia y la manera de relacionarse a nivel emocional, los problemas de su clase y su comunidad, y el espíritu crítico de la autora ya desde pequeña. Y en cómo conocer a su padre biológico la cambió, alguien que «les anima a perdonar, a hacer que prevalezca el amor» en clara contraposición con su familia y sus hermanos donde no se habla de los problemas ni menos aún los sentimientos, únicamente de salir adelante. Porque con el conocimiento de la existencia de Gabriel y su personalidad, su acogida, porque «yo, una niña de una familia poco dada a expresar las cosas verbalmente y menos aun físicamente, empiezo a conocer una libertad que no le había dado cuenta de que necesitaba. Empiezo a experimentar algo parecido a un hogar en mi propia piel y en mis propios músculos, en los huesos, en las venas».

La autora carga fuerte contra la administración y la política y la dejadez en solucionar los problemas que tenían, pues «sin un plan educativo y sin ninguna opción de convertirnos en dueños de nuestro propio destino o en personas con poder de decisión que contribuyeran a una economía diseñada para recompensar solo a unos pocos, lo único que nos quedaba era la cárcel o la muerte». «Para nosotros, para la población negra, el encarcelamiento masivo de nuestros padres y más tarde de nuestras madres hizo que nuestra vida fuera de todo menos segura. Casi no había adultos presentes en nuestras vidas para amarnos, criarnos, defendernos, protegernos. Casi no había nadie que nos dijera que nuestros sueños, nuestras vidas y nuestras esperanzas importaban. Así que lo hicimos nosotros mismos, como mejor supimos» porque «la educación a la que tuvo acceso la generación de mis padres no los animó a desarrollar la creatividad, a regar las semillas de la esperanza. Solo a servir».

De esta manera, el ensayo que ha escrito la autora parte de la narración de su infancia, de la infancia propia de tantas personas de la comunidad negra en EE.UU., una infancia profundamente marcada por padres ausentes, por programas sociales ausentes, por una diversidad en estudios y formación ausentes… el entorno que describe la autora es un entorno aferrado completamente al presente, al día a día, a hacer lo posible por mantener económicamente la familia, pero que también la empobrece afectuosamente entre grandes jornadas laborales y carencia de cuidados que la debilita ante la sospecha, siempre presente, de parte de la sociedad sobre la comunidad negra de clase baja y la presencia policial siempre dispuesta (y predispuesta) a detener y encarcelar a los miembros de su comunidad. Y la salvación que aparece de la mano de la familia, de la comunidad, de las asociaciones, de los movimientos como los Black Panters pero también Strategy Center, Brotherhood Sisterhood, y gracias también a la formación, siempre necesaria, de mano de autores como Emma Goldman, bell hooks, Audre Lorde, Marx…

La autora, a través de la narración de la vida de su hermano Monte y sus detenciones y condenas y la relación familiar con él y su trastorno mental, pone en evidencia todas las injusticias, todo el olvido gubernamental y el maltrato del sistema policial y penitenciario, las limitaciones, los sesgos raciales existentes en todas las esferas. Y la dejadez, el olvido, al abandono de sus derechos como persona, que expresa cuestionándose «¿Cómo se mide la pérdida de aquello que un ser humano no recibe?» Porque «una alternativa más barata que dar tratamiento a Monte es tenerlo en una habitación solo y atado (…) se reducen los costes no solo de la propia medicación, sino de vigilantes y seguramente de alimentos». La autora relata el miedo sufrido ante el abuso de la policía al entrar en su casa con el solo pretexto de una sospecha, sin pruebas, sin testigos, sin justificación. Una docena de policías apuntando con sus armas, y con su ideología. Porque cuando en una redada te esposan y detienen cuando su único argumento es que «coincides con la descripción», uno de puede olvidar las palabras de Claudia Rankine cuando afirma «no eres ese tipo y aun así encajas con la descripción porque solo hay un tipo que siempre es el tipo que encaja con la descripción». Pero la autora, ante la búsqueda de un abogado para su hermano, afirma que «me niego a dejarme intimidar. Llevo siendo activista desde los dieciséis años». (…) «En Cleveland nos enseñaron, me enseñaron, que convertirnos en líderes era nuestra responsabilidad».

Así como gran parte del libro versa sobre el sentimiento de la autora como persona negra de clase baja y oprimida a través de la experiencia sufrida por su el hermano y que, en mi opinión y a pesar de su evidente interés, no es lo que esperaba de este libro, ya en el último tramo expone los orígenes del movimiento y una lista de casos en los que ha habido abusos policiales: Ferguson, Garner… y la creación del movimiento Black Lives Matter tras el asesinato de Trayvon Martin y la absolución de su asesino. Un movimiento forjado gracias a aglutinar diferentes asociaciones que se estaban organizando a lo largo del país. Un movimiento que no se focaliza únicamente en proteger las personas negras sino también crear «un espacio en el que se potencie a las mujeres negras y donde no tengan cabida el machismo, la misoginia y el androcentrismo» así como «potenciar a las personas trans y queer». 

Este libro, más allá de las denuncias y críticas, y de la exposición clara y precisa sobre cómo se siente una persona de clase baja negra en EE. UU., es también un canto profundo a la hermandad, a la sororidad, a la red tejida entre muchísimas mujeres, personas trans y también algunos hombres en pro de una vida rodeada de solidaridad y cuidados. Y es, también y como no puede ser de otra manera, una protesta, un grito al inconformismo y no únicamente una voluntad sino también una necesidad de cambiar las cosas, porque debe cambiar, porque no hay otra, porque tal y como afirma la autora en uno de los párrafos finales del libro que sintetiza perfectamente el malestar y su reivindicación, «terrorismo es que te acosen y te vigilen simplemente por estar vivo. Y terrorismo es que te metan en una celda de aislamiento, que te tengan sin comer y que te den palizas. Y terrorismo es no poder dar de comer a tus hijos aun teniendo tres trabajos. Y terrorismo es no tener un colegio decente en el que estudiar ni un sitio adonde ir a jugar. Les diré que la verdadera libertad, la verdadera democracia, es reivindicar y alcanzar la justicia, la dignidad y la paz».


sábado, 16 de octubre de 2021

Manuel Vázquez Montalbán: O César o nada

Idioma: español
Año de publicación: 1998
Valoración: recomendable

Amén de pergeñador de los libros del detective Pepe Carvalho, que le reportaron justa fama (y además de ser también otras cosas, como miembro del PCE, gourmet, periodista o redactor de la enciclopedia Larousse), Manuel Vázquez Montalbán escribió varios libros, tanto novelas y poemarios como de no ficción (aunque habría que ver hasta qué punto no lo era la Autobiografía del general Franco) basándose en diversos personajes históricos. Es el caso de este O César o nada, novela articulada en torno a la figura del casi mítico César Borja o Borgia, aunque en realidad la narración atañe a toda su no menos célebre familia, desde su tío abuelo Calixto II o, claro está, su padre y también Papa Alejandro VI, hasta el descendiente que más lejos llegó, al menos ante los ojos de la Iglesia Católica, su sobrino-nieto Francesc de Borja, duque de Gandía, general de la Compañía de Jesús y que fue proclamado santo.

De hecho, el lema que da título a la novela, "Aut Caesar aut nihil", a pesar de ser, en principio, la divisa del protagonista, se puede considerar pues, aplicable a toda la familia, poco proclive a andarse con medias tintas desde que salieran de su Xátiva de origen. La ambición de Alejandro VI era forjar una posición para todos ellos semejante a la que ostentaban otras familias italianas: los Colonna, Orsini, Farnesio, Sforza.. (con la oposición de todas éstas, que veían a los catalani como arribistas extranjeros) y convertir así a los Borja en una dinastía de poder en Italia y España. La ambición de César posiblemente era más personal y pasaba también por demostrar sus habilidades como caudillo militar; por eso se rebeló contra el destino dentro de la Iglesia que le había reservado su padre al nombrarle cardenal. Al mismo tiempo, también era irónicamente consciente, o al menos dentro de la novela de MVM, de que su lema "O César o nada" no sólo hacía referencia a sus propias intenciones, sino también a a resignación de su padre tras el asesinato -del que César siempre fue sospechoso- de su hermano mayor, el duque de Gandía. 

De todos modos, ya digo que, aunque parezca en principio el protagonista de la novela, MVM no se centra en César y en ocasiones éste representa más una figura de referencia -aunque sea oscura- o en la que se miran los demás personajes, que el protagonista central de la novela. Es lo que ocurre por ejemplo, respecto a Maquiavelo, figura que también adquiere gran relevancia en la trama como testigo e incluso urdidor teórico de lo ocurrido -César le llega a decir si no será él mismo una invención suya-; también hay que mencionar como testigo de todas las intimidades e intrigas de la familia Borja al cardenal Bucardo -Burkhard- encargado del protocolo papal y figura en contrapuesto, pues su aparente rectitud sirve de referencia para la iniquidad ajena. Iniquidad brutal pero no exenta de sensibilidad, como en el caso de uno de los personajes más interesantes, Miquel o Micheletto Corella, asesino, poeta y enamorado de Lucrecia...

En fin, una novela escrita con la prestancia habitual en este escritor que fue tan emblemático en una época en España, tal vez más basada en lo literario que en hechos históricos comprobados (incluso algunos distorsionados seguramente adrede)... pero qué más da: si hay unos personajes, una familia, que se han convertido en leyenda, ésos son los Borja, símbolos de la ambición y el orgullo, pero también de la perdición, desde hace más de quinientos años.


Otros títulos de Manuel Vázquez Montalbán reseñados en Un Libro Al Día: Autobiografía del general Franco, Galíndez

viernes, 15 de octubre de 2021

Nicholas Evans: El hombre que susurraba a los caballos

Idioma original: Inglés
Título original: The horse whisperer
Traducción: Luis Murillo Fort
Año de publicación: 1995
Valoración: Decepcionante



Amparándome en la máxima que promulga que el libro suele ser mejor que la película, abordé la lectura de este best-seller de los noventa con bastantes expectativas. Pensé que el tono excesivamente romanticón del film —dirigido y protagonizado por Robert Redford— era un peaje necesario para su comercialización y que el libro se centraría más en otras cuestiones mucho más interesantes que en la película quedaban tan solo apuntadas. 

Pues me equivoqué; en este caso la película es mejor que el libro ya solo porque prescinde con acierto —sobre todo al principio y al final— de aquellos tramos que debilitan la narración tanto desde un punto de vista técnico como en el tema central y los conflictos planteados. Y entonces ¿por qué no abandoné la lectura? buena pregunta. Algo tendrán que ver las 24 horas en observación que tuve que pasar en un box de urgencias mientras la yaya del box contiguo cantaba salmos; mi móvil se estaba cargando y lo único que tenía a mano para distraerme era este libro. Era leer o pedir morfina.

Resumen resumido: la joven Grace McLean sufre un trágico accidente a lomos de su caballo Pilgrim con gravísimas secuelas físicas y emocionales para ambos. La madre de Grace (Annie), una despiadada ejecutiva del mundillo editorial neoyorquino, percibe que la recuperación de su hija está vinculada de algún modo a la recuperación del caballo, por lo que arrastrará a ambos hasta el rancho de Tom Booker, en Montana. Los meses que pasarán junto a Tom y su familia en ese entorno natural y liberador, marcará un antes y un después no solo para Grace y Pilgrim, si no para la propia Annie.

El hombre que susurraba a los caballos tiene un planteamiento muy atractivo. La restitución del vínculo entre un caballo y su joven jinete como excusa para indagar en la superación de los traumas, tanto físicos como emocionales de los personajes es un detonador potentísimo; y si además eso se produce dentro de un universo tan particular como el del mundo del caballo y el arte ancestral de los «susurradores de caballos» pues puede salir un novelón impresionante. Y con esto quiero decir que los mimbres de la novela son muy prometedores, el problema llega cuando hay que desarrollarla y el resultado no está a la altura. Los/as que habitualmente leéis mis reseñas habréis observado lo mucho que me gusta introducir citas que ilustren el tejido, la textura, la calidad del texto, eso es porque cuando leo voy subrayando aquellos pasajes que me resultan interesantes o especialmente bien escritos. Pues bien, es la primera vez que leo una obra para reseñar en el blog y no subrayo absolutamente nada.

Parte del problema con esta novela está, en mi opinión, en el hecho de que cuando la empiezas a leer crees que el tema central es, efectivamente, cómo un horse whisperer ayuda a una niña y a su caballo a restablecer su vínculo y su confianza mutua y, de manera secundaria, su madre tiene un romance con el susurrador. Sin embargo es justo al revés: la trama se vuelca en el romance y en la evolución de la madre (Annie) empleando a la niña y al caballo como excusa. Y es un pastel. Por no hablar del final —doble final con coletilla— que a medida que avanza da más vergüenza ajena y que no hay por donde cogerlo.

Eso en cuanto a la trama. Si nos centramos en la técnica, como decía, no hay ni un pasaje con un mínimo de brillo, ni un párrafo en el que el autor se halla dignado a sacar un poquito de punta al lápiz para hacer aflorar algún tipo de emoción, ni tan siquiera en los momentos más álgidos de la historia, que los hay. Muchas descripciones del paisaje de Montana, mucho estilo indirecto que mata la acción, diálogos poco naturales, mucha información para el lector y, sobre todo, mucho decir y poco mostrar. A los diez minutos el lector ya ha renunciado a emplear la inteligencia y se limita a leer en modo automático. Por no hablar de lo mal parados que salen algunos personajes por falta de matices: el susurrador (Tom Booker) es poco más que un santo y Annie responde al tan recurrido cliché de mujer acorazada.

Y de ahí mi valoración de Decepcionante, la primera en los más de cuatro años que llevo colaborando en el blog.