domingo, 12 de abril de 2026

David Toop: Océano de sonido

Idioma original: inglés

Título original: Ocean of Sound

Año de publicación: 1995

Traducción: Tadeo Lima

Valoración: recomendable (pero indigesto para no iniciados)

Vaya, con los motores de búsqueda. Al intentar obtener la foto de portada que es potestativo añadir a cada una de nuestras puntuales reseñas, veo que una de las clasificaciones de Oceáno de sonido es "antropología". 

Pretexto más que oportuno para negar ante el gran  jurado que esta sea otra reseña sobre música o músicos, aunque tampoco voy a haceros comulgar con ruedas de molino. Su autor, David Toop, no se conforma con ser, él mismo,  músico. 

También es una de las más reputadas firmas de la crítica musical, con intervenciones en varios medios aunque la que me ha resultado siempre más notable es su colaboración con la veterana revista The Wire, impertérrita biblia de la música más experimental y arriesgada (reto a cualquiera que crea saber algo de música a investigar si conoce a más de un par de sus designaciones de los cincuenta discos del año, cualquiera de ellos) a la par que, glups, elitista e incluso tan obstinada en descubrir oscuros artistas y grabaciones recónditas que, no pocas veces, condena a sus lectores a imaginar, más que a disfrutar, los discos comentados. 

Pero hubo un tiempo, allá por las últimas décadas del siglo XX, en que una corriente relativamente popular coincidió con la vanguardia. Y Toop se encontró en la cresta de la ola allí y seguro que fue muy excitante esa coincidencia, pero este no se trata de un libro celebratorio y condescendiente, sino más bien de un exhaustivo - en su medida - ensayo sobre uno de los aspectos más oscuros pero influyentes de la historia de la música: el sonido ambient, y sus ramificaciones. Aquí aparece el aspecto antropológico y algunos aspectos de este libro pueden hacernos pensar si el autor no se ha tomado el tema demasiado en serio y una cuestión puramente sonora ha pasado a disponer de tanto alcance. Porque podemos empezar hablando de Debussy, pues una de las premisas del libro pasa por usar las tecnologías de grabación, registro y edición sonora como un elemento casi central en el proceso compositivo, y acabar hablando de conciertos de cigarras en los árboles de algún paraje remoto, pues aquí también se escribe mucho sobre grabaciones de campo, sonidos generados tanto por la naturaleza como por la tecnología - y han pasado treinta años desde su publicación -, y Toop demuestra disponer de un amplio ángulo cultural pues, lejos de ceñirse a lo puramente sonoro aquí hay también mucha especulación de otros ámbitos culturales. Toop nombra a Pynchon, a Joseph Conrad, a David Lynch, y ese discurrir no suena forzado sino natural. Aunque se mencione a oscuros músicos de culto como LaMonte Young, Terry Riley o Brian Eno, el recorrido de este libro, con el pretexto de analizar esos entornos sonoros que pueden, a primeras, no parecernos exactamente musicales en el sentido que solemos interpretar, resulta fascinante, interesante y paradójicamente exótico.

sábado, 11 de abril de 2026

Cory Doctorow: Mierdificación

Idioma original: inglés
Título original: Enshittification: Why Everything Suddenly Got Worse and What to Do About It
Traducción: Enrique Maldonado Roldán, en castellano para Capitán Swing
Año de publicación: 2025
Valoración: recomendable


En estos tiempos convulsos donde los temores acerca de los peligros de la IA están a la orden del día, conviene recordar que nuestros recelos no provienen tanto de la tecnología en sí sino de sus posibles usos. Y, lo sucedido con las plataformas más comunes (que, con la rapidez a la que todo avanza, podríamos considerarlas ya casi de “antiguas”) nos tendría que servir para reflexionar que detrás de cualquier tecnología hay una(s) empresa(s) cuyos intereses a menudo distan mucho de ser los del bien común. Y aquí es donde el analista experto en tecnologías Cory Doctorow, después de llevar un cuarto de siglo de activismo en defensa de Internet y también de ejercer como observador de las Naciones Unidas, se encontró con una situación inaudita en lo que refiere al estado de las plataformas lo que le llevó, en el 2022, a acuñar «un término para describir el repentino desmoronamiento de las plataformas en todas partes: enshiffitication», es decir, “mierdificación” o, lo que es lo mismo, el empeoramiento de las aplicaciones de forma intencionada. Parece un propósito curioso y contraproducente, pero no lo es tanto si lo analizamos en profundidad. Y esto es justamente lo que ha hecho el autor.

El autor describe la mierdificación como «un análisis que explica tres cosas: la forma en la que se deteriora un servicio en línea, cómo avanza esa degeneración y el contagio que está provocando que todo empeore de forma simultánea». Por ello, nos encontramos en un momento que el autor describe que «esta era, el Mierdoceno, es el resultado de decisiones concretas, de carácter legislativo, adoptadas por individuos concretos» en beneficio propio (y a perjuicio de los demás). Con esta premisa principal, Doctorow empieza hablando del negocio de las plataformas («un sistema que conecta ‘clientes comerciales’ con ‘usuarios finales’») y apunta que la idea inicial de eliminar los intermediarios en Internet acabó creando una ola de fusiones de adquisiciones que ha consolidado la red en cinco páginas web gigantes y eso se replicó en muchos otros ámbitos. Así, reconoce las buenas expectativas de la propuesta inicial pues «internet podría desintermediar el mundo, permitir las relaciones de persona a persona y relegar a los intermediarios a la mera posición de ayudar a los compradores y a los vendedores, en lugar de explotarlos. Pero no ha sido así».

A partir de ahí, el autor analiza los principales casos en los que este empeoramiento ha sido más evidente, y va directo contra las grandes plataformas (Facebook, Google, Uber, Amazon, Twitter) exponiendo cómo sus fortalezas iniciales fueron utilizadas para empeorar el servicio para los usuarios a la vez que engrandecían sus arcas. Así, afirma «son muchas las formas en las que los negocios digitales pueden retener a sus usuarios, pero en el caso de las redes sociales no tienen siquiera que esforzarse. La mayor parte de los negocios en línea disfruta de altos ‘efectos de red’. Este es el término que utilizan los economistas para definir un producto o un servicio, cuyo valor aumenta conforme atrae a más usuarios» y eso es lo que explota Facebook, quien además de los efectos de red se benefició de otra característica: el coste de cambio. Y una vez que consideró que tenía retenida una masa crítica de usuarios en la plataforma, llegó el momento de la segunda fase: la fase comercial. 

También Amazon explotó otra característica de las grandes plataformas: el “volante de inercia” instaurando un monopolio con el que explota no únicamente a sus usuarios ofreciéndoles en primer lugar de los resultados de las búsquedas productos de inferior calidad, sino que a su vez exprime a sus proveedores de manera que cuando estos suben sus precios en Amazon se les obliga a hacer lo mismo en cualquier otro lugar, incluso las tiendas de su propiedad en las que hacen venta directa y no solamente esto, sino que «Amazon ingresa 38.000 millones de dólares al año cobrando a los vendedores por el posicionamiento de sus productos».

Tampoco Apple se libra del análisis detallado de Doctorow, pues a pesar de que ensalza sus ventajas (seguridad, ausencia de anuncios, etc.), a su vez, en la otra cara de la moneda, se evidencia su gran logro conseguido a través de su “jardín vallado”: la gran dificultad en dejar la plataforma ya que todo aquello que creas o compras están atados a la plataforma. De esta manera, a pesar de que en apariencia el propósito era noble, se constata que «Apple no trataba bien a sus clientes porque los quisiera. Los trataba bien para atraerlos a su jardín vallado, que resultó ser una cárcel». Y, una vez encerrados en él, la empresa (como hacen tantas otras) procedió a explotar a sus proveedores, cobrando 0.3$ de cada dólar que ingresan las aplicaciones que operan bajo sus dispositivos.

Tampoco se libra Twitter, claro, una plataforma que al «deshacerse de los moderadores hizo que, al instante, Twitter empeorara de forma permanente y significativa tanto para sus usuarios como para los anunciantes». Así, bajo la dirección de Musk, Twitter aceleró la curva de la mierdificación que ha llegado a la paradoja con sus marcas azules de verificación, pues priorizan las publicaciones de los usuarios que han pagado mientras no se somete a vigilancia a quienes compran marcas azules para dotar de verosimilitud a sus fraudes. 

También, claro esto, en esta gran lista se une Google, que «es tal vez el ejemplo ideal de cómo la falta de disciplina en materia de competencia conduce a la mierdificación» y lo demuestra con su plan para incrementar búsquedas tras el cambio en su cúpula directiva cuando dejó de estar formada por expertos técnicos para pasar a ser dominada por ejecutivos comerciales. En ese momento, Google entró de lleno en la espiral de mierdificación cuando se «diseñó un plan para incrementar el número de búsquedas que hacemos (cuantas más búsquedas, más anuncios puede mostrarte Google y más dinero se consigue)». Así, el plan se basa en que, si el resultado de las búsquedas que ofrece Google es peor, se fuerza a que los usuarios tengan que realizar más búsquedas y, con ello, nos podrán mostrar más anuncios incrementando así sus beneficios. De esta manera, una herramienta ideada para facilitar la búsqueda de información se transforma en un fangar en el que hay que hundirse y rebuscar mientras ellos se enriquecen con un producto deteriorado de forma expresa.

El libro también expone los monopolios de IBM y Microsoft, con el beneplácito del gobierno estadounidense o la práctica cada vez más común de ofrecer funcionalidades adicionales que antes se compraban con un solo pago mientras que ahora los fabricantes lo mensualizan a través de suscripciones. Este es otro ejemplo de mierdificación ya que te mantienen cautivo una serie de pagos que debe realizar de manera periódica y cuyo precio puede modificar a conveniencia. Por ello, el autor concluye que «la mierdificación es el juego de desplazar el valor de los usuarios finales y los clientes comerciales hacia los accionistas» y esta «sucede cuando combinas la banalidad del mal con un aparato conectado a internet y una legislación que criminaliza hacer con el dispositivo cualquier cosa que al fabricante no le guste».

De todos modos, parece que no todo está perdido (aún) pues ya en su parte final Doctorow establece cuatro ejes, desde los cuales volver a la situación deseada: 1) competencia, 2) regulación, 3) interoperabilidad y 4) poder de los trabajadores tecnológicos. Con ello, el autor pretende volver a disponer de «un Internet nuevo y bueno (…) un Internet que combina la ética tecnológica de autodeterminación que tenía el antiguo Internet bueno y querido con la simplicidad y los mecanismos engrasados del Internet: cero que permitieron a nuestras amistades, sin conocimientos técnicos específicos, disfrutar de sus posibilidades».

Por todo lo expuesto, el ensayo es muy interesante en su parte conceptual, aunque en ocasiones se enreda con excesivo detalle sobre leyes. Así, los principales puntos débiles del ensayo son un tono, en parte, excesivamente desenfadado por parte del autor (utilizado en múltiples guiños y palabras que rozan la camaradería y que podrían restarle rigor científico), así como un exceso de páginas dedicadas a leyes y normas que hacen que la lectura se convierta de lo que era un inicio, es decir, un análisis y denuncia de cómo ha involucionado el mundo de las aplicaciones de Internet, a convertirse en un tratado sobre las leyes que lo han permitido. Por ello a pesar del altísimo interés que despierta en su arranque, acababa medio emborronado en una gran cantidad de páginas sobre leyes patentes y otro tipo de información que, a menos que uno sea un experto en la materia o altamente interesado en ella, no aporta suficiente interés en la lectura.

De todos modos, dejando de lado estos aspectos de tono y excesivo detalle, la lactura es recomendable y se hace evidente que el autor es un experto en la materia a través de su análisis perfectamente definido, argumentado y con detalles más que suficientes para que nos pongamos todos las manos en la cabeza y nos planteemos seriamente hasta donde estamos dispuestos a aguantar y cuál es el precio de nuestra dependencia. Es importante averiguarlo porque está claro que esas empresas sí lo saben, demasiado, y lo más triste es que lo hacen sin que nos demos cuenta o que hayan conseguido que no nos importe.

También de Cory Doctorow en ULAD: Walkaway, Radicalizado

viernes, 10 de abril de 2026

Fulgencio Argüelles: El desván de las musas dormidas

Idioma original: español

Año de publicación: 2025

Valoración: Muy recomendable

Resulta desconcertante la poca visibilidad que tiene Fulgencio Argüelles dentro de la narrativa española contemporánea. El escritor asturiano entrega unas novelas de una musicalidad asombrosa. Son textos dotados de un estilo eminentemente poético, minuciosos en las descripciones, precisos en la utilización del lenguaje y ricos en metáforas. Sin embargo, sus libros permanecen en la esfera de unos cuantos incondicionales que le seguimos desde maravillas como El palacio azul de los ingenieros belgas o Noches de luna rota.

El desván de las musas dormidas transita por el territorio de la autoficcion. Nos relata, en primera persona, la infancia y adolescencia de un niño en un pueblo de la comarca minera asturiana en la década de los años sesenta del siglo pasado. En las vivencias de este niño se cruzan las vidas de familiares, amigos e innumerables vecinos del pueblo que forman un microcosmos que Argüelles nos transmite de forma entrañable. Ninguno de los personajes que desfilan por la historia tienen nombre, ni siquiera nuestro protagonista, se les describe por sus profesiones, pero  tienen conciencia de pertenecer a una colectividad en la que todos se conocen y se respetan a pesar, en muchos casos, de sus insalvables distancias ideológicas.

Dentro de ese entramado la figura del padre se erige en una referencia vital para nuestro protagonista. Hombre culto, aquejado de frecuentes dolores de cabeza que derivan en ataques de epilepsia, arrastra una existencia anodina en un entorno que le resulta ajeno. En su juventud fue un estudiante brillante, obtuvo treinta y dos matrículas de honor como descubre secretamente nuestro protagonista, pero parece resignado a trabajar limpiando carbón y ocasionalmente compite con el maestro del pueblo e imparte clases particulares en el desván de la casa familiar.

El padre intenta huir de ese destino gris participando o impulsando  todas las actividades culturales o  recreativas que se celebran en el pueblo. Sin embargo, el niño advierte señales de alarma en esa actitud: "Su luz era inútil en un mundo demasiado oscuro. Su voz clamaba sin éxito en el desierto. Había equivocado su destino y su brillo era un grito de socorro, un suspiro de culpa, y se fue volviendo pálido poco a poco hasta apagarse. Sus musas se habían quedado dormidas en el desván".

Nuestro protagonista abandonará el pueblo para estudiar en un internado y asistimos  al lento derrumbe del universo que le cobijaba. Lejos quedan aquellos tiempos en que "los  desvanes eran enormes y las infancias duraban una eternidad". De alguna manera está reviviendo las circunstancias en las que su padre reordenó su historia personal y luchará denodadamente por no seguir su misma dirección. El miedo, la soledad y el vértigo ante el inexorable paso del tiempo le desconciertan :  "Casi nada era lo que parecía, y demasiadas cosas ocurrían para mantenerlas en secreto, y algunas palabras tomaron significados nuevos sin abandonar los que ya tenían, y comenzaron a llegarme ideas diferentes sobre el futuro, y entendí por fin aquel refrán que tanto había repetido mi abuela, cada cosa son dos cosas" 

Argüelles nos entrega un relato evocador, donde la añoranza y los recuerdos se convierten en los verdaderos protagonistas de la historia. Construye lo que él denomina una "literatura de la tierra" y nos invita a asomarnos a ese mundo que nos retrata con una belleza deslumbrante. Es literatura de altísima calidad y, desgraciadamente, no tiene el reconocimiento que se merece.

jueves, 9 de abril de 2026

Michael Crichton: Parque Jurásico

Idioma original: inglés
Título original: Jurassic Park
Año de publicación: 1990
Traducción: Daniel Ricardo Yagolkowski
Valoración: entre recomendable y está bien

En verdad ya hubo un repaso de la trayectoria de Crichton. En esa entrada se hacía un balance de las virtudes (pocas) y defectos (bastantes) del autor, y me pareció que Parque Jurásico (por su popularidad, sí, pero también por otros elementos de la novela derivados del tratamiento de la ciencia ficción) ameritaba una reseña propia.

Diré, primero, que estoy de acuerdo con lo expuesto en la reseña ya mencionada. Los trucos de Crichton para mantener la atención del lector son de todo menos sutiles, y si te agarra un rapto de furia lectora para terminar el libro, como me pasó, te termina dando un leve dolor de cabeza ante las sucesivas escenas construidas exactamente de la misma forma, además de ciertas situaciones inverosímiles para justificar la llegada de los protagonistas a la isla (¿Alan Grant le va a contar todo lo que sabe a un desconocido sobre el patrón que financia sus excavaciones arqueológicas?). Es decir, se empieza con la (re)contextualización de los personajes en el ambiente, se introduce o se retoma la amenaza que los persigue y acaba el capítulo en otro punto de la isla y en una situación más o menos límite, y vuelta a empezar. Esto se agrava por el hecho de que, cuando la acción da comienzo, la trama se bifurca en tres o cuatro personajes diseminados por el territorio, por lo que hay tres peligros y tres formas de resolver la tensión (esto es lo que diría si no fuera porque son peligrosamente intercambiables).

La historia tarda como ciento cincuenta páginas en arrancar: uno diría que en un libro de casi cuatrocientas y de estas características lo primero es instaurar la tensión. En cambio, tenemos unas primeras páginas bien logradas en tono y hasta superiores en bestialidad con respecto a la película, y a partir de ahí pega un bajonazo hasta la entrada en escena de los animales que todos conocemos (quiero decir, cuando actúan en su esplendor y no solo desde la contemplación onanista de John Hammond, su creador, y entre perpleja y cautelosa desde los demás). Pero una vez que, como lector, supera la impresión de que el ritmo del libro navega mejor en los terrenos de la ciencia ficción dura (de hecho conlleva un alud de datos y un manejo de bioingeniería y teoría del caos que, siendo yo un neófito en esos temas, me parecieron lo suficientemente asequibles como para no leerlos en diagonal), se disfruta más el hecho de que a Crichton no le interesa mostrar en sí la amenaza de los dinosaurios, sino más bien los peligros de jugar a ser Dios. Si hace unas semanas mencionaba en la reseña de La isla del Doctor Moreau las críticas acerca de los intentos de superar los límites de la naturaleza, acá se hace un comentario incisivo sobre el manejo de las empresas a la hora de invertir en proyectos que transforman el paisaje de un país ajeno (Costa Rica), con la complicidad del gobierno local e ignorando las quejas de los habitantes, y sobre aquellos adinerados que, producto del aburrimiento y con ganas de cumplir sus fantasías, deciden omitir todo aviso en procura de su megalomanía. Y eso es un punto bastante fresco en una novela que fue un bestseller.

Más allá de la crítica, sutil y no tanto, la historia se lee en un suspiro. No considero que las escenas de acción estén descritas de una forma apoteósicas, ni que en algún momento se haya logrado una sensación parecida al terror (lo único logrado es la escena donde el nene engaña a un velociraptor con carne cruda y congelada para encerrarlo), pero cumplen su función y amenizan la trama. Los personajes son planos, sacando al matemático del grupo, Ian Malcolm, cínico y profundamente moral a la vez y poseedor de los mejores diálogos y monólogos, y a Hammond, el creador de la isla, por su, en apariencia, ingenua personalidad, para revelarse como un anciano déspota e ignorante que solo tiene ojos para sus creaciones. Ni siquiera el protagonista, Alan Grant, pasa de ser alguien que cumple con su rol de protector del grupo, y los nenes, aunque se comportan de forma creíble para su edad, bordean lo repelente en algunas ocasiones, sobre todo la nena, lo que perjudica bastante a la novela, ya que diálogo por medio encuentra la manera de estorbar lo que sucede con las peticiones más inoportunas, y en eso creo que Crichton no midió bien la línea entre el terror infantil y las ganas de ser protagonista sin razón aparente.

Creo que la película es bastante mejor, pero si uno lee esta novela, se encuentra con un planteo mucho más serio en cuanto a los peligros éticos y sociales de clonar especies extintas que la de su contraparte audiovisual, y hay suficientes elementos distintos como para despojarse de lo visto y encontrar una nueva perspectiva acerca del material.

Más sobre Crichton acá

miércoles, 8 de abril de 2026

Kenji Ueda: Los secretos de la papelería Shihodo

Idioma original: japonés

Título original: 銀座「四宝堂」文房具店

Traducción: David Aguilar Gutiérrez

Año de publicación: 2025

Valoración: Está bien


En una elegante zona comercial de Tokio, el señor Takarada regenta una papelería, negocio que ahora mismo parece en vías de extinción, o al menos de reconversión hacia productos industriales masivos, regalos o merchandising. Cuando el mundo gira, en aparente camino sin retorno, hacia lo digital, en ese pequeño rincón se continúa cuidando los viejos productos, papel de diversos gramajes y rayados, sobres a juego, estilográficas y lápices con punta de pincel, cuadernos de diferentes formatos según el uso y la ocasión. En el piso superior hay incluso anaqueles con material reservado a situaciones especiales y un venerable escritorio donde el cliente puede redactar sus misivas alejado del mundo mientras saborea un té.

El escenario no puede ser más idóneo para el improbable supuesto de que alguien se decida a escribir, a mano y en papel, una carta a alguien especial que merece algo más que unas flores o un presente, alguien con quien quizá tenemos una cuenta pendiente que solo se puede saldar abriendo el corazón. Improbable pero posible, y aquí Ueda nos deja algunos casos: el oficinista que escribe a la abuela con quien se crio, la señorita de compañía que agradece a la madame sus enseñanzas para abrirse paso en la vida, la joven deportista enamorada del compañero de equipo, el empresario un poco calavera que intenta redimir sus deslices, o el cocinero que recuerda a su antiguo mentor. Personajes agradecidos, enamorados, arrepentidos, con relaciones que se mantienen, empiezan o terminan, pero que necesitan para expresarse el cauce que les proporciona la papelería Shihodo, con su calma y sus materiales nobles.

Cada uno de los cinco protagonistas termina, más pronto que tarde, contando su pequeña historia al señor Takarada, que escucha con paciencia e incluso se permite intervenir para intentar restaurar lo dañado, para lo que pone al servicio del cliente los productos más adecuados. Fluye la caligrafía y, cómo no, también las lágrimas, que el escribiente derrama sobre los ideogramas, porque estas son historias, ya lo habrán adivinado, saturadas de buenos sentimientos, recuerdos intensos e incomprensiones a superar. Estamos en terreno del feelgood, relatos amables en los que ningún personaje baja del aprobado en moralidad, y los desencuentros que genera la vida pueden, y deben, ser reparados con un arranque de sinceridad que se vacía en las tintas y los papeles de Takarada. 

El estilo con que lo expone Ueda hay que reconocer que va en perfecta consonancia con el contenido: prosa limpia, casi colegial, sin artificio de ninguna clase y explicándolo todo, lo que proporciona una sensación agradable siempre que uno no sea muy exigente con la técnica literaria. De esta forma, cuando se vuelve a casa después de un día de trabajo, o se disfruta de un ratito relajado el fin de semana, da gusto, hay que reconocerlo, tener en las manos algo tranquilo y afable, que se lee sin esfuerzo, pequeñas historias llenas de sentimientos nobles y errores disculpables, envuelto en la atmósfera casi mística de una vieja papelería donde se venden objetos periclitados por la modernidad.

El mundo parece más acogedor, recupera uno la confianza en el ser humano porque todavía quedan por ahí gentes generosas y agradecidas que buscan la mejor forma de hacer sentir bien a sus semejantes, lavar pequeñas culpas o apostar por una vida plena. El señor Takarada, siempre dispuesto, más ángel que comerciante, les ayudará a ellos y al lector mismo, que acabará sintiendo una especie de paz momentánea. Un lector que no habrá leído un gran libro ni habrá tenido que esforzarse en encontrar claves ocultas, pero bueno, de vez en cuando y sin abusar tampoco es malo dejarse llevar por la comodidad y los sentimientos puros.


martes, 7 de abril de 2026

Eduardo Zamacois: El Otro

Idioma original: Español
Año de publicación: 1910
Valoración: Entre recomendable y está bien

El Otro, novela de Eduardo Zamacois publicada originalmente el 1910 y basada en un relato homónimo del mismo autor, vendió muchos ejemplares en su momento. Su éxito se debió, evidentemente, a su contenido erótico-terrorífico, que si bien para estándares actuales es suave, entonces debió resultar bastante provocador.

El argumento de El Otro es sencillo. En su primera parte narra cómo la joven Adelina Vera y de Félix es maltratada y abusada por su marido, el doctor Alberto Riaza, quien ha enloquecido por culpa de su impotencia. Adelina confiesa el martirio al que es sometida a su amante, Juan Enrique Halderg, barón de Nhorres, y entre ambos deciden asesinar a Riaza. La segunda parte de la novela sigue a Halderg y Adelina siendo atormentados (al menos presuntamente) por el espíritu vengativo del muerto.

Como se puede deducir de este resumen, en El Otro hay varias escenas sexuales. Y no me extraña que escandalizaran a los biempensantes a principios del siglo XX, porque además de lo explícitas que eran para la época, lucían una inusitada perversidad. Hablo, además de escenas de adulterio, de las repetidas violaciones espectrales que Riaza perpetra a Adelina (en ocasiones con Halderg presente en la misma habitación).

Otro aspecto relevante de El Otro, aunque éste quizá no se desprenda tan fácilmente de mi resumen, es la ambigüedad del conjunto. Zamacois da indicios de que, realmente, la presencia sobrenatural de Riaza acecha a Halderg y Adelina, pero al mismo tiempo da explicaciones (médicas o de otra índole) para justificar los acontecimientos.

Personalmente, he disfrutado muchísimo de El Otro. Me han gustado sobre todo su prosa, en ocasiones arcaizada pero nunca recargada, y algunas de sus ideas (como el sadismo de Riaza, el fallecimiento del hijo de Adelina y Halderg o el hecho de que Adelina acabe gozando las visitas de su antiguo marido).
   
Sin embargo, admito que El Otro tiene sus defectos. A mi juicio, la novela se siente algo desorganizada y más larga de lo estrictamente necesario. Asimismo, sus personajes (pese a estar adecuadamente caracterizados, son un pelín planos), y su final se antoja anticlimático.

Sea como fuere, la mentada sobredimensión de El Otro es el único reproche serio que puedo ponerle a esta por otro lado disfrutable novela. Y es Zamacois hubiera podido recortar el texto para que no se sintiera tan repetitivo (¿por qué recalcar tantas veces, ya sea en monólogos internos o en diálogos, la indefensión de Halderg hacia Riaza, y su voluntad de morir para combatirlo en igualdad de condiciones?). 

Para podar la extensión de El Otro, Zamacois también podría haber minimizado las a todas luces excesivas digresiones y racionalizaciones que los acontecimientos instigan en diversos personajes, o eliminar escenas (como, por ejemplo, la que narra la visita de Halderg a don Jaime, un vidente mitad adivino, mitad brujo) o detalles (el cambio que se opera en Matilde, una de las dos vecinas solteras de Adelina) que parecen conduciar a algo pero no acaban aportando nada. 

Ah, se realizó una adptación cinematográfica de El Otro en 1919. Lamentablemente, el film, dirigido por José María Codina y protagonizado por el mismísimo Zamacois, se ha perdido con el tiempo.

lunes, 6 de abril de 2026

Joyce Carol Oates:A media luz

Idioma originalInglés

Título original: Middle Age: A Romance

Traducción: Carme Camps Monfa

Año de publicación: 2001

Valoración: Recomendable

Desde la posición privilegiada del hombre del futuro, me resulta fácil mirar con cierta condescendencia los conflictos que desgarraban a los adultos al entrar en la mediana edad a finales del siglo XX. Hoy, muchas de aquellas crisis sentimentales: los adulterios, los divorcios, la devastación doméstica, la sensación de fracaso asociada a la ruptura matrimonial; parecen menos tragedias excepcionales que estaciones previsibles dentro de la vida familiar. En una sociedad como la nuestra, donde el divorcio ha dejado de ser un estigma para convertirse casi en una etapa más del recorrido conyugal, cuesta comprender del todo la intensidad moral, social e incluso metafísica que estos hechos tuvieron para generaciones anteriores. Hasta el trauma de los hijos de padres separados, otrora presentado como una herida irreparable, parece haberse normalizado al grado de perder su antiguo carácter de catástrofe.

De ese mundo de Boomers y GenXes trata A media luz: del amor y del desgaste del amor; de hombres y mujeres que se acercan no solo a la vejez, sino también a la dolorosa conciencia de que gran parte de su vida ya ha sido decidida. Joyce Carol Oates se interna en ese territorio de matrimonios erosionados, lealtades agotadas, deseos tardíos y rencores sedimentados para retratar una sociedad puritana e hipócrita, sí, pero también profundamente vulnerable. Sus personajes, aun atrapados en códigos morales asfixiantes y en una teatralidad sentimental a veces exasperante, a pesar de comportarse por momentos como simples caricaturas del autoengaño burgués, también son seres que, aferrados a los pocos restos de felicidad que todavía creen posibles, conservan de vez en cuando un destello de bondad, una lucidez fugaz, una forma menor pero genuina de compasión.

Una de las virtudes de la novela es que Oates no se limita a exhibir las miserias de ese mundo: las comprende. No absuelve a sus criaturas, pero tampoco las condena del todo. Las observa con una mezcla muy particular de ironía, distancia clínica y piedad. En sus manos, la mediana edad no aparece como una etapa de madurez serena, sino como una zona de descomposición silenciosa. Los personajes descubren que no han llegado a ser quienes imaginaron; que el amor, lejos de redimir, suele humillar; y que el paso del tiempo no necesariamente trae sabiduría, sino más bien una forma refinada de desencanto.

En ese sentido, A media luz pertenece a una tradición muy reconocible de la novela norteamericana interesada en las fracturas de la vida privada, en el tedio de la prosperidad y en la violencia sorda que habita bajo la respetabilidad de la clase media (un libro perfecto para un club de lectura de señoras). Pero Oates aporta algo más: una sensibilidad casi cruel para registrar la humillación íntima. Sus personajes no solo sufren; se observan sufrir, se justifican, se mienten, se espían a sí mismos con un narcisismo doloroso.

También hay algo profundamente revelador en la forma en que la novela muestra el matrimonio no como culminación romántica, sino como una estructura social fatigada, una institución sostenida muchas veces por la costumbre, el miedo, la conveniencia o la incapacidad de imaginar otra vida. Leída hoy, cuando muchas de esas certezas ya han sido erosionadas, la novela adquiere incluso un interés histórico: permite asomarse a un momento en que la descomposición del ideal conyugal todavía conservaba la gravedad de un derrumbe moral. Lo que en nuestro presente puede parecer un conflicto ordinario, ahí se vive como una crisis del sentido mismo de la existencia.

Sin embargo, reducir la novela a un documento sociológico sería injusto. Su fuerza está menos en lo que dice sobre el matrimonio estadounidense de una época que en la manera en que capta un malestar persistente y difícil de erradicar: el miedo a haber desperdiciado la vida, a haber amado mal, a llegar demasiado tarde a uno mismo. Pero no se preocupen, aunque no lo crean, el libro tiene un final feliz, conmovedor, dejando atrás todo rastro de cinismo. Oates es compasiva con sus criaturas.

Otras obras de Joyce Carol Oates en ULAD aquí