Un libro al día
Cada día, una nueva reseña
jueves, 16 de julio de 2026
Cristina Fernández Cubas: Lo que no se ve
miércoles, 15 de julio de 2026
Jose Serralvo: La sombra de los perros románticos
Idioma original: español
Año de publicación: 2026
Valoración: casi imprescindible
Veintitrés años sin Bolaño, y, quizás por incomparecencia de mejores candidatos alternativos, el mito en torno a su persona se mantiene y ejerce un magnetismo pulsátil, recurrente, de hecho su influencia sobre una generación de autores en cualquier idioma constituye una sombra (que tanto puede proteger como amenazar) que condiciona, igual a partes iguales, tanto a la crítica como a la producción literaria, afanadas en acercarse al nivel de sus obras magnas. Esquilmados sus cajones, sus discos duros, indagada su correspondencia, sus entrevistas, su siempre percibido como escaso material audiovisual, sometida su obra a sesudos análisis que exaltan la telaraña urdida en sus tramas, puesta en contexto y pergeñadas todas las teorías sobre su condición literaria, resulta que uno podría decir que estaba casi todo, pero Jose Serralvo marca un hito aquí.
Obviamente, desde una admiración rendida y con las dosis (advertidas y necesarias) de especulación, de aderezo narrativo para aportarle continuidad y cierto grado de suspense, una biografía de Bolaño podría componerse picoteando aquí y allá, porque a poco que uno se haya interesado, conoce los grandes hitos: la estancia en México, una corta y osada aventura en el Chile de Pinochet, la llegada a Barcelona, los trabajos precarios, el descubrimiento, su temprana muerte. Serralvo se ha alejado de esa estructura wikipédica y ha aportado oficio. El oficio de un escritor que está, por supuesto, contaminado por el talante irónico y gamberro del chileno que nunca llevaba la contraria, pero que carga con la responsabilidad con todo el gusto, y aporta estilo propio, notas a pie de página que aportan (y ya puestos, que recuerdan a otro genio desaparecido), ciertas subtramas, fruto de conjeturas, y ciertas, no, acerca de su familia, sus orígenes, amigos - algunos -, enemigos - no tantos - parejas - bastantes - y, sobre todo, de ese colectivo literario que pululó a su alrededor, del cual era miembro, gurú, ideólogo y abeja reina. Porque, por encima de todo y arrinconando con contundencia y habilidad los bulos - lo de la heroína, sobre todo - leer una biografía como esta de Bolaño - supongo que habrá otras - activa el gatillo no solo de leer su obra íntegra y analizar su progresión, también el de acudir a sus influencias a ver de cómo funciona lo de causa y consecuencia, a ver si su espíritu bromista incluía cierta exageración en el ensalzamiento de sus dioses literarios, si estuvo al día hasta el último momento.
Paro. Parafrasearía algunas de sus expresiones, incluso alguna de la que, a base de atiborrarme de todo lo relacionado con él, ya he perdido el rastro del origen. Aquí las hipérboles están justificadas. Al margen del interés que puedas tener sobre Roberto Bolaño, aquí se ha conseguido, y no solo por un lógico mimetismo, desarrollar un artefacto literario con voz y personalidad propia.
Muchísimas reseñas de Bolaño en ULAD: aquí
martes, 14 de julio de 2026
Julian Barnes: Despedidas
Título original: Departure(s)
Año de publicación: 2026
Traducción: Jaime Zulaika
Valoración: recomendable
Si alguien lo recuerda, en la reseña dedicada a Mis cambios de opinión, comentaba que ese libro no era el último que iba a publicar Julian Barnes, que a su ya respetable edad une el padecimiento de una grave, aunque cronificada enfermedad. Así pues, el último, de verdad, es éste al que dedicamos la reseña de hoy, convenientemente titulado Despedidas (aunque yo prefiero el título original, Departure(s), que en inglés tienen el sentido de "salidas" o "nuevos rumbos", que me parece más adecuado).
La trama -si es que existe alguna- de este libro (me resisto a llamarlo novela) resulta, cuando menos, bastante escurridiza: digamos que, en principio, Barnes nos cuenta la historia de amor/desamor de dos amigos suyos, en dos momentos de sus vidas separados por un intervalo de cuarenta años. Pero también encontramos una crónica del diagnóstico de la enfermedad que padece -un cáncer de la sangre, neoplasia mieloproliferativa, que no lo matará, pero le acompañará hasta su muerte-, disgresiones sobre la memoria -sobre todo de lo que se conoce como IAM: Involuntary Autobiographical Memory-, digresiones sobre la muerte, digresiones sobre la literatura -en especial la francesa, que ya se sabe que M. Barnes es un notorio francófilo-, sobre la percepción que los perros tienen de sí mismos, sobre la asimetría en las relaciones amorosas, sobre... en fin, lo que sea, porque si en algo es especialista este escritor es en lo de digredir, algo que se le da de maravilla (de hecho, algunos de sus libros, entre ellos el más célebre, El loro de Flaubert, no dejan de ser sino una digresión detrás de otra). Ningún problema, pues, excepto que, quizás, en algún momento se desdibuja un tanto los temas centrales del ibro, que vienen a ser los que ya he mencionado: el amor, la vejez, la memoria y la muerte (tiene su lógica, primero porque ya son temas tratados anteriormente por Barnes en otros títulos, pero, además, porque eas de suponer que ocupan bastante los pensamientos de cualquier persona, sea escritor o no, de ochenta años y con un cáncer "incurable, aunque tratable" ya de por vida). Con todos estos asuntos y más, de los que, en apariencia, va saltando de uno a otro sin orden ni conciertos, en realidad Barnes va tejiendo una urdimbre a base de divagaciones, reflexiones, recuerdos, hasta que el lector (este lector, al menos, que probablemente esea más obtuso que otros) se da cuenta de que todo va formando un cuadro, un tapiz que probablemente el autor ya tenía en mente desde que comenzó a escribir el libro, pero que ha preferido mostrarnos poco a poco, por medio de una conversación amistosa y ligera, entre viejos camaradas. Este tono amable y poco dramático, aun cuando se estén tratando cuestiones de la vida bastante graves, o incluso espinosas, es una especialidad de Barnes, como sabrá quien ya haya frecuentado su obra y, la verdad, se agradece que sea el elegido, de nuevo para éste su último libro.
Un segundo aspecto del libro, algo más delicado para éste vuestro servidor, es el gran e incuestionable peso que tiene en el mismo lo que podríamos denominar "el aspecto autobiográfico" (obvio eufemismo para no tener que recordar la palabra maldita: autoficc...bueno, ya sabéis). Pero, bueno, es verdad, por otr parte, que lo de la autoficcetc. no es sólo una moda a seguir para Barners, sino que toda su obra esta llena de referencias a sí mismo y sus circunstancias. Y, qué coño, es el último libro de Julian Barnes, que tiene ya ochenta años y un cácer "incurable pero tratable". Hasta yo lo puedo (y lo debo). pasar por alto, así que no problem...
En fin, como ya sabrá más de uno y una de nuestros amables lectores/as, el próximo mes de octubre este escritor recibirá el Premio Princesa de Asturias de las Letras, artefacto propagandístico de la monarquía española que, por una vez, sirve para algo (*). Quien quiera y pueda acercarse al teatro Campoamor de Oviedo tendrá la oportunidad de despedirse en persona, siquiera a distancia, de este nuestro estimado. autor. Pera para ellos y ellas, así como para el resto de nosotros, la despedida no es definitiva: nos quedan la lectura y la reslectura de todos los demás libros que ha escrito y la sensación, la ilusión, si se quiere, de estar dialognado con un amigo amable y ocurrente, al menos mientra dure esa lectura. Por eso al menos yo no me despediré aún de Julian Barnes, sino que esto será, en todo caso, un "hasta pronto". Y, sobre todo, muchas gracias por todo lo escrito: ha sido y continuará siendo, un placer.
(*) Se trata, si se quiere, de un premio de consolación aunque magro, por no haber recibido el Nobel, para el que, en mi opinión, Julian Barnes había acumulado más méritos que Ishiguro, escritor de su misma generación... Ahora, bien, el propio Barnes, cuando es requerido al respecto, suele recordar que a Ismail Kadaré tampoco se lo concedieron y eso sí que supone una injusticia...
También del ya añorado Julian Barnes en ULAD: Todos éstos
lunes, 13 de julio de 2026
Moa Romanova: Todo mal
Título original: Alltid fucka upp
Año de publicación: 2024
Traducción: Alba Pagán
Valoración: Está bien
De vez en cuando me gusta darme una vuelta por el mundo de la novela gráfica (cómic, o como quiera llamarse), que es un género que desconozco casi por completo. Y la verdad es que casi todo lo que ha caído en mis manos parece tener unos rasgos comunes bastante marcados: tono sombrío, soledad, violencia, problemas de identidad, falta de alternativas, lo que sería un punto de vista punk manifestado con frecuencia en un lenguaje expresionista. Supongo que tiene sentido si consideramos que el cómic pertenece básicamente a un ecosistema juvenil, y por tanto tiende a mostrar las amenazas que ese público siente sobre sí.
Por ese mismo camino se mueve este libro de la artista sueca Moa Romanova, subtitulado Un cómic goblin (Goblin girl en la versión inglesa), entendiendo goblin, digo yo, mejor en la acepción más urbana de vago o apático (le iría muy bien al Oblómov del que hablábamos hace unos días) que en la relacionada con la delincuencia, que de eso no hay aquí apenas nada. Moa, que parece autorretratarse en esta historia, es una chica joven, inadaptada y con cierto rasgo depresivo, que conoce por Tinder o similar a un famosillo cincuentón. Aunque este le ofrece financiar su actividad artística a cambio de nada, Moa no ve que esa relación le saque de su atonía, sino que más bien está contribuyendo a aumentar su confusión. Consejos de amigas, algunas fiestas y decisiones contradictorias forman el paisaje de la protagonista, posiblemente con algún problema de salud mental, o eso parece, pero también muy marcada por algo así como una pérdida absoluta de brújula con que orientarse.
Ni el personaje ni su situación son por tanto demasiado rompedores, ni siquiera novedosos, pero está bien transmitido ese ambiente de soledad profunda, incomodidad consigo misma y con el mundo. La sensación de camino sin salida o de laberinto incomprensible no conducen sin embargo a la desesperación, como podría esperarse, sino a una situación ciega, una especie de stand by en el que dibujar (de alguna manera autorretratarse) no parece siquiera una escapatoria, sino un simple acompañamiento.
Poco puedo decir del aspecto gráfico, que parece adoptar una especie de feísmo quizá para expresar con mayor contundencia el vacío y el desconcierto que rezuma todo el relato. No es por tanto una estética amable pero sí eficaz, porque rebosa expresividad solo a base de pequeños rasgos faciales, algo que me parece bastante meritorio. La atmósfera es en general oscura y algo desolada, lo que se subraya mediante unos cuantos planos amplios llenos de soledad, y apenas un par de tonos pálidos (rosa, azul) que se combinan con el blanco y negro básico.Me parece entonces un relato correcto, sin más, que vuelve a incidir en temas clásicos, con un enfoque quizá más intimista y menos desgarrado de lo habitual, al que se agradece que evite ciertos excesos y la tentación de soluciones efectistas y demasiado fáciles.
domingo, 12 de julio de 2026
Constantino Molina:Niño parabólico
Año de publicación: 2025
Valoración: Recomendable
Resulta difícil aproximarse a la reseña de un libro como Niño parabólico. Es un libro que no acaba de encajar en ningún género concreto. Tiene momentos en los que se acerca al ensayo, otros a la novela costumbrista y algunos también a la novela autobiográfica. Así pues, todos los géneros caben en esta novela caleidoscópica en la que Constantino Molina pretende un acercamiento a lo cotidiano desde una perspectiva muy personal.
Molina ha cultivado con anterioridad la poesía, género en el que ha cosechado algunos galardones, entre ellos el prestigioso premio Adonais, y nos entrega en esta ocasión su primera novela. Una novela en la que nos invita a pasear por Madrid, especialmente por el barrio en el que reside, Argüelles, y en ese deambular nos va transmitiendo tanto sus vivencias actuales, como las de su infancia. En esta ciudad caótica y acelerada reivindica la importancia de pasear, de dejarse llevar por los pequeños estímulos que todavía encierra la ciudad y crea una dinámica de la contemplación a la que pretende que nos unamos.
Desde la divertidísima anécdota inventada de la niñez del escritor que da título al libro hasta las bondades del pandorino frente al bollycao, todo cabe en este libro. Los paseos por el parque del Oeste, la impresión de un tomate en 3d que se convierte en objeto de escritorio, la vida de Montaigne, la tumba de Goya, las bondades del brandy, la contemplación de unas improbables auroras boreales o la búsqueda del recogimiento en las iglesias del barrio. No debemos, no obstante, quedarnos en la superficie de las anécdotas que van salpicando el libro, debemos acompañar esas anécdotas con las jugosas reflexiones personales que va desgranando el escritor: "Mi único patrimonio es el instante, porque vengo de la nada y voy hacia la nada. Mi única ambición es vivir la vida en mí, con serenidad y con buen gusto, entre la gravedad y la ligereza, con amor e inteligencia".
Este es un libro narrado de forma muy poética, superficial cuando tiene que serlo, pero profundo cuando lo precisa. Humilde en su enfoque, pero ambicioso en sus resultados. Molina nos transmite una filosofía vital basada en un concepto más humano y menos material de la vida: "Nos amargamos la existencia voluntariamente trabajando durante más tiempo del necesario en cualquier empleo alienante para ser más y tener más. ¿Más que? Más nada y sólo nada. Y todo por no levantar la cabeza y mirar las estrellas".
Como nos advierte con total sinceridad, el escritor albaceteño pensaba que era el momento de dedicarse a la ficción y por ello tiene la poesía en tiempo de barbecho: "ahora me dedico más a esto de la prosa, es decir a la ficción, porque todo lo que no es poesía es ficción. Y la tengo aparcada por no reiterar, no por otra cosa".
Pues, en principio, este ejercicio de ficción autoimpuesta se ha saldado muy positivamente y más teniendo en cuenta la humildad con que el escritor se aproximo a él: "Lo que a un escritor le vale no es la posteridad. Uno no trabaja en esto para ganarse la gloria venidera, el hueco en Wikipedia o en la memoria de un muchacho de instituto que debe acumular el dato para aprobar y poder irse así con el deber cumplido y los padres contentos de viaje de fin de curso a Tenerife. Lo que a un escritor le vale es el ahora, porque la literatura es ambición, pero una ambición del ahora y del instante".
sábado, 11 de julio de 2026
Anna Starobinets: El vado de los zorros
viernes, 10 de julio de 2026
Colaboración: Abejas grises, de Andréi Kurkov
Título original: Серые пчёлы
Traducción: Esther Cruz Santaella
Año de publicación: 2018
Valoración: Muy recomendable (alto?)
Hacía tiempo que una novela no me dejaba ese sabor de buena literatura, esa sensación certera de estar leyendo algo sólido, de calidad inapelable. Las Abejas grises del ucraniano Andréi Kurkov lo han conseguido.
El libro narra la historia de Serguei, un hombre de mediana edad, solitario y taciturno, que decide quedarse en su pueblo de la cuenca del Donetsk pese a los enfrentamientos con Rusia tras el llamado Euromaidán. Bueno, decir que “decide quedarse” quizás sea excesivo: se queda como por inercia, porque desde que su mujer se marchó llevándose a su hija con ella, Serguei tiene poca motivación para tomar decisiones tan grandes. Además, aunque casi todos los vecinos han abandonado el lugar, quedan algunas personas que le hacen el día a día más llevadero. Y luego están sus abejas: Serguei es apicultor, y sus abejas valen mucho para él, no solo porque le supongan una fuente de ingresos, sino también porque, a su manera le hacen compañía.
A pesar de la precaria situación de la zona, Serguei tiene una vida relativamente apacible. Sin embargo, cuando llega el verano y es el momento de que sus abejas vuelen libres, la realidad del conflicto militar le lleva a tomar la decisión, ahora sí de forma plenamente consciente, de irse a otra región menos peligrosa. Primero pasa un tiempo en otro pueblo ucraniano, y luego va a Crimea, a visitar a un amigo apicultor. Con el fin de la temporada, Serguei regresa a su pueblo, donde espera retomar su simple cotidianeidad.
Con este argumento podría pensarse que la novela está construida como una especie de road-trip, pero no es así: la primera mitad del libro transcurre en el pueblo de Serguei, e incluso cuando comienza su viaje, la atención no está puesta en los traslados. Podría pensarse también que es un libro de guerra, un libro político, pero tampoco es exactamente eso: la guerra está presente, por supuesto, mas solo como un marco circunstancial. De lo que habla esta novela es de la vida humana en sí misma, de lo difícil y absurda que es.
La historia está contada en tercera persona y desde el punto de vista del protagonista, al que, poco a poco, sin artificios, vamos conociendo a través de sus acciones y, sobre todo, de sus reflexiones. Por eso, aunque en la novela pasen muchas cosas, la sensación de acción es relativamente pequeña, el libro parece casi lento. Y sin embargo le atrapa a uno desde el principio. Porque ver el mundo con la mirada sencilla y sin pretensiones de Serguei es un ejercicio existencialista tan sincero que resulta fascinante. Sin sentimentalismo ni afectación, uno disfrutaría de él en cualquier contexto. Pero si además el contexto en cuestión es un conflicto bélico, las reflexiones de nuestro protagonista cobran una profundidad más allá de lo meramente anecdótico: nos ponen de frente a situaciones universales. Porque la guerra, desgraciadamente, es universal. Y la decencia, afortunadamente, también lo es.
Abejas grises deja un poso de melancolía optimista maravilloso. Esta es mi primera reseña en este blog y no me atrevo a darle la clasificación mayor de imprescindible. Lo dejo en un muy recomendable, ¡pero es un muy recomendable como una casa!
Firmado: Yaiza P.







