domingo, 8 de febrero de 2026

Florence Knapp: Los nombres

Idioma original: inglés
Título original: The Names
Traducción: Núria Parés Sellarès en catalán para Grup 62 y Aurora Echevarría Pérez en castellano para Salamandra
Año de publicación: 2025
Valoración: recomendable


Hay libros que llaman la atención por su enfoque, por el punto de partida que plantean, por las posibilidades que se abren delante de un prometedor inicio. Y este es un gancho importante, aunque a veces es simplemente un gancho porque en ocasiones el libro cuenta bastante más y la dirección que toma el desarrollo no tiene por qué coincidir con lo que se auguraba. Y este libro es uno de estos casos, pues el peso del relato no recae en "los nombres" en sí, sino en las consecuencias de su elección y quién la toma. Pero mejor vayamos a ello.

La historia se sitúa en octubre de 1987, un día antes de que Cora vaya a registrar el nombre de su hijo. Podría llamarse Gordon, siguiendo la tradición de la familia de su marido, pero es un nombre que no le gusta y ella tiene la fuerte sensación de que «el nombre de una persona podría haber influido en el transcurso de su vida»; de todos modos, parece que no tiene elección porque el padre está empecinado en que mantenga el nombre que tienen todos los varones mayores de su familia. Las dudas la asaltan en el momento de formalizar el registro, pues Cora cree que es una tontería ponerle un nombre que no le gusta y que, en el fondo, esta insistencia de su marido viene dada porque «a veces la necesidad de complacer las generaciones anteriores es mayor que la necesidad de amar las futuras». Así, la decisión de registrar un nombre u otro se convierte en el punto de partida de una historia que marcará el destino, no únicamente de su vida, sino la de su familia.

A nivel estructural, después de este prometedor inicio (que ocupa las primeras páginas del libro), el libro se trifurca en las posibles vidas que surgen a partir de la elección del nombre del recién nacido, el hijo menor de una familia de cuatro miembros, de manera que cada capítulo corresponde a una “posible” vida en un mismo momento temporal para facilitar la comprensión y el seguimiento en paralelo de lo que les ocurre. Además, el libro traza un arco narrativo muy amplio temporalmente, pues la autora narra las historias a través de saltos temporales de siete años. De esta manera, conocemos la vida de la familia (en cada una de sus tres versiones) en distintos momentos, como instantáneas tomadas en episodios puntuales de sus existencias. Esta estructura le permite a la autora dar continuidad a las historias y facilitar la comprensión lectora, pero tiene un gran inconveniente: cubrir casi cuarenta años de tres familias por separado a través de episodios puntuales con saltos de siete años le resta profundidad a cada una de las historias de manera que uno no llega a empatizar completamente con ellas. También es cierto que, pese a lo novedoso del planteamiento en la trifurcación, es algo que ya leí en el magnífico libro de Paul Auster «4 3 2 1» donde el autor utilizaba este mismo recurso con mejor resultado (probablemente porque Auster era un grandísimo escritor, pero también porque las casi mil páginas daban el margen necesario para explayarse que echo de menos en este libro).

A nivel argumental y sin revelar demasiado, Florence Knapp, a través de las diferentes vidas, más que del desarrollo de los hijos habla de las ausencias y las herencias que dejamos a nivel vital: aquello que construimos y cómo influenciamos en nuestros hijos: las expectativas, las conductas, las costumbres; qué vidas tienen los que continúan, qué les depara el futuro en función de lo que les ha ocurrido en el pasado, cómo los hechos ocurridos en la infancia condicionan nuestras vidas. Así, el libro abre un abanico desde el nacimiento y vemos la progresión de las vidas de los personajes en función de una decisión inicial (el nombre registrado), pero a la vez las diferentes historias mantienen ciertas similitudes por aquello que los rodea, por sus condiciones, por su entorno e, igualmente, por el poder que esa decisión en particular otorga a cada una de las vidas. Y es que en el fondo ahí está la clave del relato: en la decisión, la que se toma, quien la toma y bajo qué circunstancias, constatando de esta manera que, aunque las decisiones puedan afectar el desarrollo de una familia, no lo determinan más que aquello que las constituye, o las destruye.

Mi sensación tras la lectura es que a pesar de que lo que expone la contracubierta difiere con lo que ofrece y que echo en falta mayor profundidad en las “historias”, es un libro que se disfruta en lo que sí consigue abarcar: las ramificaciones que puede tener la vida de las personas y de su entorno en función de las elecciones tomadas. Así mismo, es también una historia de redenciones, de la capacidad de reencauzar vidas o continuar con una inercia destructiva; es una historia sobre posibilidades, aciertos y apuestas, sobre saltos al vacío o sobre buscar la comodidad dentro de la incomodidad, sobre valentías y flaquezas, sobre la autoridad y el poder, la sumisión o el atrevimiento, sobre la capacidad de decidir y marcar el camino, sobre trazar un camino a través de unos obstáculos que no siempre dejan ver lo que puede haber detrás. Y también, y especialmente, es una historia sobre el acompañamiento, el soporte, la calidez y la ayuda que podemos encontrar (o no) en las personas que nos rodean.

sábado, 7 de febrero de 2026

Julio Llamazares: Distintas formas de mirar el agua

                                     
Idioma original: español
Año de publicación: 2015
Valoración: Recomendable

"Hay distintas formas de mirar el agua, depende de cada uno y de lo que busque". En esta frase, que comienza el penúltimo capítulo del libro de Julio Llamazares, se resume la trama central sobre la que gira esta novela del escritor leonés. 
En concreto, tenemos dieciséis formas distintas de mirar el agua, tantas como los miembros de una familia que acuden a esparcir las cenizas de Domingo, marido, padre, suegro o abuelo de todos ellos, en el pantano que un día anegó Ferreras, el pueblo  en el que fue feliz junto a su mujer y sus hijos. 
Así pues, los miembros de esta familia se dirigen hacia el pantano para cumplir la última voluntad de Domingo, que nunca quiso volver al lugar donde estuvo su pueblo, y vamos poco a poco conociendo lo que significa para cada uno de ellos ese regreso. La mujer y los hijos recuerdan con añoranza el pueblo que quedó sumergido y tienen una visión sombría del lugar y su entorno, en cambio los nietos y los novios o novias que les acompañan y que, en algunos casos, ni siquiera conocieron a Domingo, ni el pueblo del que les han hablado sus padres,  disfrutan del paisaje y del entorno ignorantes de la desgracia que oculta el agua que tienen delante. Como nos señala uno de los protagonistas: "La gente no sabe muchas veces lo que debajo del agua se oculta ni la historia que se borró para siempre con la demolición del último de los pueblos que aquí existieron. De ahí que algunos exclamen mientras lo contemplan: !Qué bonito! Y que triste, añado yo." Esa tristeza que sobrevuela el libro, y que nunca pudieron superar Domingo y su mujer, Virginia, que dejaron atrás un pueblo rodeado de montañas y colinas en la montaña leonesa para instalarse en un lodazal de la meseta palentina. Como señala Virginia: "Domingo nunca volvió a hablar del pueblo. Domingo prefería olvidarse del pasado y para eso lo mejor, pensaba, era no nombrarlo. Yo, en cambio, aunque me habría gustado hacer como él: borrar los momentos malos y hacer como si nunca hubieran existido, jamás lo pude lograr; al contrario, mientras más hacia por olvidar, más recordaba y me dolía el recuerdo".
Llamazares sabe bien de lo que habla y por eso le resulta tan fácil transmitírnoslo. Vivió en primera persona cómo su pueblo natal, Vegamián, fue engullido por el pantano de Porma, lo mismo que le sucedió al cercano Ferreras. Al igual que los personajes más jóvenes del libro, apenas era un niño cuando ocurrió, pero conoció el trauma que supuso para su familia.
El escritor leonés construye una novela en la que el desarraigo y la nostalgia se convierten en protagonistas. A través de una prosa sencilla pero poética, consigue transmitirnos las sensaciones encontradas que tienen los personajes. No hay diálogos.  Cada uno de los miembros de la familia tiene reservado un capítulo individual, que se desarrolla como un continuo flujo de conciencia que tiene el agua como destino final. En esos capítulos nos van desgranando sus recuerdos sobre el pueblo perdido, sobre el nuevo pueblo de acogida y sobre sus padres, especialmente sobre Domingo, y nos relatan cómo rehicieron sus vidas alejándose del lugar en el que nacieron. 

También de Julio Llamazares en Ulad: La lluvia amarilla, Luna de lobos, El cielo de Madrid.

viernes, 6 de febrero de 2026

Je suis David Uclés

Hace unos meses escribí una reseña negativa de La Península de las casa vacías, así que creo que no soy sospechoso de amiguuismo cuando digo esto: ahora mismo, todos somos, o deberíamos ser, David Uclés. Lo digo, por si hay quien todavía no se ha enterado, por la campaña de desprestigio, y creo que se puede decir también, de acoso, que se ha organizado en su contra en las últimas semanas, a raíz de algunas polémicas en las que se ha visto envuelto, y en las que los medios e influencers de extremo centro y de extrema derecha parecen haberse coordinado "espontáneamente". 
 
Aclaro que no voy a hablar de los ataques que se refieren a su apariencia, su vestimenta, su orientación sexual o su afición por el acordeón (esos ataques se descalifican solos), y aclaro también que, como se verá después, estoy en desacuerdo con David Uclés, o con algunas de las posturas de David Uclés, en varios aspectos importantes; lo que no quiere decir que sea tolerable una campaña de difamación como la que está viviendo, y que es, en realidad, una manifestación de una estrategia de intimidación más amplia, e incluso global, podríamos decir. (De hecho, esta misma semana y solo en España, un humorista y una influencer de izquierdas han decidido tomarse un descanso en sus carreras a causa del acoso de la extrema derecha). 
 
Así, voy a centrarme en dos de las polémicas recientes de David Uclés, una literaria/editorial y otra política, de las cuales la segunda me parece sin duda la más relevante.
 
 
La polémica del Premio Nadal
 
A principios de año (como es habitual) se fallaba el Premio Nadal y, para sorpresa de muchos, el ganador no era otro que el "chico maravilla" de la literatura española reciente, con una novela titulada La ciudad de las luces muertas (que obviamente no he leído, porque en el momento de escribir esta reseña todavía no está a la venta; y que probablemente no leeré, al menos por ahora, vista mi impresión de la anterior novela del autor y de las primeras reseñas que van apareciendo en la prensa). En el momento de la entrega del premio, el autor explicó que se trata de una declaración de amor a Barcelona, con toques de realismo mágico (again), e inspirada por la obra de Carmen Laforet, Montserrat Roig o Mercè Rodoreda, entre otros. De hecho, la novela fue al menos parcialmente escrita gracias a una beca Montserrat Roig, que permitió al autor residir en Barcelona durante seis meses.
 
Conviene recordar que el premio Nadal no es un premio tan ridículamente comercial como el Planeta (solo hay que recordar que el último Planeta lo ganó Juan del Mal), aunque obviamente lo que las editoriales que conceden estos premios quieren es vender libros. Así, pronto se levantaron algunas sospechas de que se trataba de una forma no demasiado sutil de "robarle" un autor de éxito a Siruela, para traérselo al grupo Planeta (a quien pertenece actualmente la editorial Destino que concede el Nadal). El propio David Uclés se ha defendido de estas acusaciones afirmando (y algo de razón no le falta) que el éxito de La península... le ha beneficiado a él, pero también a Siruela, así que no hay nada criticable en que ahora siga su camino y "migre" a una editorial diferente, y a un grupo tan potente como Planeta. 
 
Personalmente, no puedo dejar de apuntar que el movimiento resulta algo oportunista por parte de David Uclés, que parece haber escrito una-novela-para-ganar-el-premio-Nadal, con guiños a la cultura de la ciudad en la que se sitúa en grupo editorial que la publica, unos cuantos fuegos artificiales literarios marca de la casa, y un discurso paratextual "bienqueda", también marca de la casa. Quizás se trate de una novela magnífica, y si es así me comeré mis palabras, pero lo que sé sobre ella en este momento me hace verla más como un producto vendible que como un proyecto artístico.
 
Esta polémica, que es habitual en el caso de premios de carácter más o menos abiertamente comerciales, ganó una nueva dimensión a partir de un artículo de Nadal Suau en El Paísen el que daba una de cal y una de arena: defendía a Uclés de los ataques fascistas que (ya entonces) estaba recibiendo en redes, sobre todo en X; pero al mismo tiempo criticaba, de forma bastante diplomática pero clara, el proceso de "construcción de una persona pública" del escritor, como parte de su estrategia de promoción: la boina, el acordeón, el buenrollismo... 
 
Después de este artículo, la polémica entró en ámbitos poco agradables: Uclés acusó a Suau de criticarle por su aspecto (lo que no es cierto, creo); Manuel Vilas, que también ganó el Nadal hace unos años, y que parece que le tenía guardada alguna inquina al crítico de El País, entró como un elefante en una cacharrería en un post de Facebook acusando a Nadal Suau de atacar a Uclés por elitismo cultural, o sea, porque vende muchos libros; y a ambas críticas Suau respondió, de forma sin duda poco elegante, publicando algunos mensajes privados enviados por Uclés, en los que este se mostraba cordial e incluso agradecido por el apoyo del crítico contra los ataques... En fin, que la cosa pasó de lo literario a lo personal, perdiendo gran parte de su potencial interés: la reflexión sobre el funcionamiento del sistema editorial español, y la importancia de la presencia pública (y, hoy en día), online de los escritores para contribuir o garantizar su éxito. 
 
 
La polémica sobre el evento La guerra que todos
 perdimos
La segunda y más reciente polémica me parece mucho más relevante y significativa, sobre todo por la su simbolismo en el panorama cultural y político actual. Muy resumida, la cuestión es esta: David Uclés había sido invitado para un coloquio sobre la Guerra Civil organizado por Pérez Reverte y Jesús Vigorra, cuyo título y composición ignoraba, aparentemente, cuando aceptó la invitación; a pocos días del evento, cuando supo que el título era 1936: La guerra que todos perdimosy quién iba a participar además de él, decidió retirar su participación, en primer lugar por estar en desacuerdo con la premisa ("la Guerra Civil la sufrieron todos, pero solo la ganó un bando", explicó más tarde), pero sobre todo por su rechazo a compartir cartel y evento con personalidades como José María Aznar o Espinosa de los Montero. Siguiendo a su desistencia, o de forma casi simultánea, varias personas más se dieron de baja, lo que ha llevado al aplazamiento de las jornadas hasta octubre. 
 
Antes de pasar a hablar de las consecuencias y el backlash generado por todo esto, sobre todo para el propio David Uclés, me parece relevante mencionar que esta posición del escritor supone una evolución o una matización de sus posiciones anteriores, mucho más equidistantes en este tema; de hecho una de las críticas que yo mismo le hacía a su novela La Península... era asumir ese discurso de la "guerra cainita" entre hermanos, la tragedia humana desideologizada en la que ambos bandos cometieron atrocidades. Declaraciones igualmente tibias en entrevistas en que parecía equiparar la crispación generada a izquierda y a derecha del espectro político parecían ir en la misma línea de ambigüedad calculada. Con todo, ya algunas actuaciones anteriores, como el discurso pronunciado ante Isabel Díaz Ayuso, de tono muy crítico, parecían indicar que Uclés estaba saliendo de ese marco de equidistancia y de querer contentar a tirios y a troyanos. Este cambio puede deberse, precisamente, al hecho de estar recibiendo ataques en redes sociales incluso con una postura tibia y apaciguadora, o precisamente a causa de ello: no sirve de nada intentar apaciguar a los bullies de extrema derecha, porque siempre van a exigir una adhesión absoluta - e incluso así... 
 
[Como nota al margen, porque preveo lo que van a decir los comentarios: sí, la izquierda (yo mismo, por ejemplo) también criticó la novela de Uclés por su equidistancia ideológico; pero de ahí a los insultos y las amenazas va un gran paso...]
 
David Uclés, por lo tanto, caído ya del equidistante guindo ideológico, renunció a participar en las jornadas de Pérez Reverte, que se defendió diciendo que el título se suponía que debía aparecer entre interrogaciones ("¿La guerra que todos perdimos?"), lo que no sé si mejora gran cosa el tema. Y además y después de eso, con todo el ego y todo el machirulismo de que hace gala habitualmente, se ha dedicado a atacar a David Uclés, llamándole mentiroso e infantil, retirándole la invitación y sugiriendo que todo forma parte de una campaña de autopromoción. Y detrás de Pérez Reverte, que sigue siendo una figura poderosa dentro del mundo cultural español, han venido naturalmente sus acólitos y seguidores a sumarse al linchamiento. Entre ellos, Ana Iris Simón, la gran musa del rojipardismo patrio, que publicó un artículo lamentable en El País (lo que, en su caso, no es precisamente una novedad) acusando a Uclés de ser fascista por no querer debatir con fascistas. 
 
Mi afirmación inicial de que todos somos, o debemos ser, David Uclés tiene relación con esta segunda polémica: en un momento de crecimiento global de la ultraderecha (y ya preveo una vez más los comentarios: "¿Y VeNezUeLa?"), quien se atreve a denunciarla y a distanciarse públicamente de ella, tiene que tener el respaldo y el apoyo de todos los demócratas (no solo de los de izquierdas), independientemente de que sus novelas nos hayan podido gustar más o menos, o de que hayamos podido discordar de algunas de sus posiciones anteriores. Es una cuestión de decencia y de conciencia democrática, de memoria histórica y de dignidad.
 
Así pues, lo repito por si no ha quedado claro: Je suis David Uclés

jueves, 5 de febrero de 2026

Héctor Germán Oesterheld y Francisco Solano López: El Eternauta

Idioma original: español
Año de publicación: 1957-1959 por entregas en Hora Cero Semanal
Valoración: muy recomendable 

Hablando con mi estimado Oriol me di cuenta de que El Eternauta aún no estaba reseñado. Primero pensé en la locura que suponía eso, luego presupuse cierta integridad de no querer reseñarla luego de la popularidad inmediata y mundial que tuvo la serie, y por último pensé: "bue, tocará que el argentino del grupo reseñe las obras de su país". Por suerte, soy un tipo puramente objetivo, que jamás incurre en lo banal ni en lo puntilloso y todas esas monsergas.

Voy avisando, de antemano, que no tengo ni idea de dibujo, por lo que no podré comentar, como hacen mis demás compañeros, la calidad de los trazos de Solano López ni su estilo opresivo. Lo único que puedo mencionar es que esa aura de guerra fría (y a la vez el inicio del desarrollismo en Argentina), donde todo se veía apagado y reticente, se logra perfectamente en la historieta. Muchas veces los personajes o monstruos no están del todo bien definidos (la contraposición entre blanco y negro, sobre todo considerando que gran parte de la historia transcurre en la noche y bajo un manto de "nieve" tóxica, ayuda lo suyo) y sin embargo, con pocos trazos, se reconoce a cada uno de ellos. Realmente da esa sensación de que, en el desconocimiento, somos todos extraños, pero apenas nos identificamos con unos mínimos rasgos las caras se vuelven humanas. Por ejemplo, el protagonista, Juan Salvo, pareciera cambiar constantemente de estructura facial, y aún así permanece como el mismo. En cambio, el que vendría a ser el Sancho Panza de esta historia, Favalli, un físico sumamente lógico y encargado de que no se mueran los personajes en cada panel, tiene un dibujo sólido, casi como el único vestigio de la racionalidad. Es difícil de explicar, pero ese trazo que envejece a los personajes funciona muy bien en la historia: cada paso que dan son mil años de estrés y miedo no solo hacia la invasión, sino al otro humano, al que se supone que te tiene que dar la mano. Por otro lado, cuando la esperanza refresca las caras, el cambio es abrupto; la más mínima sonrisa, aunque sea de resignación, nos trasmite todo lo bueno que podemos dejar en este mundo. No pondré paneles para no arruinar la historia, porque considero que vale mucho la pena, pero dejo uno cerca del principio como muestra:

La historia en sí arranca a finales de los años cincuenta en Vicente López, perteneciente al Gran Buenos Aires. Salvo, Favalli y un par de amigos más se encuentran jugando truco cuando de repente se corta la luz y se ve, en el exterior, una tormenta de nieve que demostrará ser mortal al instante, pues las ventanas de los vecinos se abren y la sustancia los mata con el mínimo roce. A partir de ahí surgen las preguntas lógicas: cómo llegó, quién más queda aparte del grupo, cómo pertrecharse y sobrevivir, etc. Fabrican los icónicos trajes que aíslan la piel y salen en búsqueda de recursos y personas.

Luego de constatar que hay sobrevivientes y que no todos son buena onda (magistral Favalli exponiendo la idea de que cada uno se cuida solo como puede, lo que genera una incomodidad patente ante el hecho de prepararse para matar a tus vecinos), se descubre, mediante trasmisión de radio, que el ejército está reuniendo a los que escaparon de la nieve para reacomodarse. Cuando se reúnen y empiezan a discutir el origen de la nieve, se cruzan con una especie de bichos (Los Cascarudos) que manejan cañones láseres muy efectivos, por lo que rápidamente se da la primera batalla, resultando vencedor el bando humano. Esto genera un sentimiento de superioridad no compartido por Salvo y Favalli, que creen que los bichos son apenas la primera línea de fuego. A esa dupla se le suma Pablo, un nene de once, doce años, que se anima a enfrentar lo que ocurre, y Franco, un joven dispuesto a todo y con una valentía superadora; siempre sabe qué hacer, no pierde la cabeza y se le ocurren las soluciones más ingeniosas para escapar de situaciones límites.

A partir de ahí la trama se acelera y mejora: hay una consecución de ataques por parte de los invasores, que deja en evidencia la escasez de los recursos militares de los humanos, y una serie de escenas épicas: la batalla en la cancha de River, la aparición de Los Manos, la especie que lidera a los bichos y se muestra dotada de una inteligencia y propósito superior, de quien nosotros pensamos que son los villanos para terminar descubriendo, mediante un monólogo sobrecogedor por parte de uno de ellos (que es lo que empieza a distinguir la obra como algo genuino) que los verdaderos invasores son Los Ellos. Ese monólogo justifica por sí el libro. Es de una potencia sublime en términos argumentales como emocionales. Contiene tanta tristeza en los cambios de los rasgos de El Mano y en sus palabras que inmediatamente sentimos empatía por quien era el peligro hasta hace un momento. Una de las fortalezas de El Eternauta es que jamás se describe ni se revela el aspecto de Los Ellos, jamás los vemos hablar o tomar una acción indirectamente, y sin embargo, el terror que ocasionan a las especies subordinadas es suficiente para que al lector lo invada la misma sensación.

La historieta trasmite muy bien ese sentimiento de desolación, de pérdida de solidaridad entre los humanos cuando las cosas se ven imposibles de enfrentar y a la vez del arrojo, valentía y bondad que alcanza nuestra especie si tenemos alguien a quien apoyar y proteger. Las reflexiones de Salvo, ante la acción de cada personaje en un momento crítico, barnizan la necesidad de seguir resistiendo. La idea del héroe común, muy señalada (incluso entronizada) por todos los críticos (aunque no es novedosa; El señor de los anillos parte de la misma idea), es efectiva, ya que Salvo no tiene habilidades especiales, más allá de cierta integridad que lo hace dar siempre un paso al frente, pero en cada panel su destino se salva por la fuerza y la protección de otros personajes más capacitados. La desolación mencionada se aligera de vez en cuando por la ironía de los personajes, muy nuestra, ante cada proposición ilógica o simplemente exhibida por las ganas de romper las bolas un rato. Por otro lado, también está marcada la presencia del invasor, que en Argentina/América Latina es un concepto muy presente debido a las distintas intervenciones ideológicas/económicas/armadas cada vez que algo se corría del patrón. Oesterheld lo encara por el lado de que buscan mano de obra para convertirlos en Hombres-Robot y mandarlos a trabajas a las inframinas de su planeta. Los Ellos funcionan como ese ente indefinible, dueño de un poder difícil de contrarrestar, y no es sorprendente que Oesterheld haya cambiado la idea (e incluso de estilo gráfico) de El Eternauta a lo largo de la historia (real); en la nueva versión de la década de los 60, las potencias entregan a América del Sur a los invasores para salvarse (aunque prefiero la idea original, la de un remoto país que tiene que hacerse cargo de la salvación de la humanidad, sobre todo porque la abstracción de Los Ellos funciona incluso mejor ahora, donde hay muchas trampas dispuestas y la mano de quien las coloca se difumina).
 
Lo que me impide darle un imprescindible (aunque en términos históricos lo sea) es el principio y final de la historieta. En las primeras páginas aparece el Eternauta frente a Oesterheld, y en una jugada metaliteraria (que se refuerza con la aparición de Mosca, un historiador medio cobarde, medio alocado, que registra todo para contarlo en un futuro), le relata la historia que se narra a lo largo del libro. El problema es que la elección del narrador (en primera persona) elimina toda sorpresa de quién será el Eternauta. Entiendo que muchos también se dieron cuenta (es imposible no hacerlo) y que la curiosidad pasaba por ver cómo se había convertido en el Eternauta, pero esa cuestión se entronca con el problema del final, un final algo dudoso en términos de conveniencia. No lo voy a explicitar, pero que al Eternauta le suceda lo que le sucede en las últimas páginas, y que se convierta en un ciclo sin fin (o no, se sugiere una posible acción) da cuenta de un terror infinito, es cierto, pero también resta muchísimo a la potencia y desesperación de las escenas finales. Me recuerdo leyéndolo emocionado y bajonéandome ante la resolución. Pareciera que Oesterheld no se animó a ir al fondo con la historia (o no quiso que la desolación fuera total) y termina utilizando conceptos, muy novedosos para la época, como la cuestión de los múltiples universos, que deshilvanan la emoción de la historia. Pero es de las pocas apreciaciones con las que me siento inseguro, porque entiendo lo que quiso hacer y es una lástima que no me causara el efecto deseado. De todas maneras, es una historieta clave en la ficción argentina y propulsora de la ciencia ficción latinoamericana, con ideas relevantes para el momento, muchas de ellas planteadas anteriormente por encima, y, sobre todo, con una calidez humana hacia el grupo que acompañamos que hace que la leamos con el miedo a que termine y se acabe una gran historia.

La edición que leí pertenece a una colección de la Biblioteca Clarín. Prefiero mil veces la portada de las nuevas ediciones, más elegante y contenida (aunque la mirada toda pixelada de Juan Salvo de mi ejemplar me perturba un poco), pero el formato libro de esta colección gana mucho respecto a la horizontalidad de leerlo como historieta. Lo malo es que tiene una letra tan diminuta que te revienta la cabeza en varias ocasiones por la ingente cantidad de bloques de texto con muchos diálogos y reflexiones.

miércoles, 4 de febrero de 2026

Clarice Lispector: Lazos de familia

Idioma original: portugués

Título original: Laços de Família

Traducción: Cristina Peri Rossi

Año de publicación: 1960

Valoración: Recomendable


La verdad es que no había oído hablar de Clarice Lispector hasta que varios de sus libros aterrizaron en ULAD, así que una vez más queda claro que aquí todos aprendemos de todos, o al menos soy yo el que aprende de todos. Casualmente cae en mis manos este Lazos de familia, que resulta ser un libro de relatos breves, lo cual no estoy seguro de que sea el medio más adecuado para testar a un escritor, pero es lo que hay. El libro se publica en 1960, cuando la autora brasileña, ucraniana de nacimiento, ya ha publicado algo de narrativa, incluyendo la que creo que es su primera y más celebrada novela, Cerca del corazón salvaje, escrita con solo veinticuatro años.

Ya puestos un poco en situación, podemos ir desgranando los distintos tipos de relatos que, con características bastante marcadas, componen el libro. Varios de ellos, colocados en la parte final, tienen un tinte muy de obra juvenil, con protagonistas adolescentes o poco menos, y un desarrollo más bien convencional. Narrados con pulcritud, son seguramente cuentos escritos años atrás que no aportan demasiado, con excepción de aquel (perdón por no recordar el título) que relata una agresión sexual, con un crescendo muy potente y una conclusión sobria que dan un resultado impecable.

Otro grupo de relatos se aproxima más a la fábula, con rasgos de humor y argumento más o menos insólito, como la historia de un perro, la más sorprendente de la mujer más pequeña del mundo, o aquella que tiene como protagonista a una gallina. Pasajes divertidos con un fondo simbólico resuelto con dignidad y eficacia.

Y quizá los cuentos más característicos, casi todos colocados al principio, son aquellos que hablan de historias cotidianas de mujeres, en tono intimista y algo brumoso, que bucean sentimientos e inseguridades que tienen que ver con el sufrimiento, el amor, la amistad o la soledad. Es escudriñar en la mente y el corazón de sus protagonistas, leer sus pensamientos y descubrir inseguridades, pequeñas envidias secretas o simplemente zonas de sombra que no conocemos pero que dejan cicatrices antiguas que no quieren ser borradas. Ocurre así en Feliz cumpleaños, uno de los relatos más brillantes, donde confluye la amargura de aquellas heridas con geniales golpes de humor.

Son finalmente narraciones que casi siempre carecen de desenlace, como trozos aleatorios de películas que se hubieran perdido: no sabemos qué hubo antes ni qué vendrá después, pero el cuadro es suficiente para transmitir emociones o definir personajes o parte de ellos. Y todo con la inconfundible seña de identidad de una prosa algo desconcertante, inexacta o improvisada, que provoca una sensación de frescura muy recomendable, a veces incluso con un punto excitante poco usual. Es en ocasiones una sintaxis forzada, en otras repeticiones o interrupciones que dan lugar a una expresión marcadamente personal a la que es difícil buscar parentescos, algo que hace de la lectura una experiencia gratificante aunque de vez en cuando, que todo hay que decirlo, peque de algún que otro exceso.


También de Clarice Lispector reseñado en ULADaquí

martes, 3 de febrero de 2026

Marghanita Laski: La chaise longe victoriana / La torre

Idioma original: Inglés
Título original: The Victorian Chaise-Longue / The Tower
Traducción: Laura Salas Rodríguez
Año de publicación: 1953 / 1953
Valoración: Recomendable

Automática Editorial recupera dos narraciones de Marghanita Laski publicadas originalmente en 1953. Ambas son clásicos indiscutibles, comparten una protagonista femenina y trasladan con pasmosa facilidad su desasosiego y desesperación al lector.

Inauguramos el volumen de Automática con La chaise longe victoriana, una novela corta escrita con suma elegancia que desarrolla una premisa cargada de crítica social e inquieta y perturba desde la sutileza, sin recurrir a efectismo alguno.

Su argumento es tan simple como efectivo: Melanie, una mujer que lleva meses postrada en la cama, es trasladada a otra habitación. Tras dormirse en su nuevo lugar de reposo, una chaise longe victoriana comprada en un anticuario, despierta en lo que parece ser un sitio y época distintos. Varios desconocidos la visitarán, y la tratarán como si fuera una tal Milly.

De La chaise longe victoriana me gusta cómo vamos descubriendo, en paralelo a la desconcertada Melanie, detalles sobre el pasado de Milly, y cómo Laski aprovecha ambos personajes femeninos para denunciar el trato dispensado a las mujeres en los dos periodos retratados. Asimismo, destacaría que el clímax de la historia es, pese a la contención del conjunto, bastante potente.  

En "La torre", cuento de Laski que cierra la colección de Automática, una mujer visita un castillo cercano a Florencia. Aunque no he acabado de entenderlo, lo he disfrutado muchísimo. Su atmósfera se va espesando paulatinamente y el elemento sobrenatural, si es que existe, está deliciosamente desdibujado, de modo que podría figurar perfectamente, al menos a mi juicio, en cualquier colección de literatura extraña.

lunes, 2 de febrero de 2026

Gesualdo Bufalino:El hombre invadido y otras invenciones

Idioma original: Italiano

Título original: L'uomo invaso e altre invenzioni

Traducción: Joaquín Jordá

Año de publicación: 1986

Valoración: Está bien (con destellos excelentes)

Una de las mayores bondades de pertenecer a este blog es la necesidad de buscar (“descubrir” es una palabra que solo usan los narcisistas) nuevos autores (es decir, nuevos para mí) para mantener engrasados los engranes del cerebro.

Como se me dificulta la exploración directa en librerías, me veo obligado a navegar (¿ya nadie usa esa palabra, verdad?) por internet hasta encontrar algo que me llame la atención. Y qué mejor señuelo que un nombre que parece sacado de la comedia del arte: Bufalino.

Mi valoración de esta colección es el promedio de todos los cuentos, precisamente, a medias. Muchos cuentos parecen concebidos como un divertimento: juegos de erudición, relecturas de mitos, pequeñas trampas formales. Pero entre esos ejercicios se cuelan otros textos que me parecen geniales. De estos, destaco algunos.

 - El hombre invadido. El cuento que da título al volumen funciona como una declaración de intenciones: el yo como territorio ocupado. Aquí Bufalino sugiere que la identidad está llena de agujeros: entran recuerdos ajenos, deseos que uno no pidió, obsesiones que se instalan como huéspedes.

 - El retorno de Eurídice. Una reimaginación del mito. Mi favorito del libro. Aquí se notan los chispazos (desafortunadamente no un fulgor constante) de genialidad que tiene Bufalino. Esta frase es una prueba: “Se miró los pies, le dolían. Si es que puede doler el escaso aire de que están hechas las sombras.”

 - Gorgias y el escriba sabeo. Un cuento que juega con la palabra como poder y como engaño: lo que se escribe no solo registra el mundo, lo fabrica; lo que se argumenta no solo convence, también deforma. El final, perfecto.

 - La salida del arca. La historia de Noé y su barco suele cortarse donde conviene: como en las historias de amor, a nadie le importa lo que pase después. Pero aquí el “después” es lo esencial. Cuando el diluvio termina, la esperanza deja paso al desasosiego. El mundo salvado ya no es el mundo conocido, y la salvación trae su propia resaca moral. Sobrevivir también puede ser una forma de condena.

Este libro me dejó una impresión ambivalente. Bufalino no siempre apunta al mismo blanco. A veces se queda en el ingenio (que entretiene, sí, pero se disipa rápido); y otras veces, una sola imagen basta para justificar el cuento.