Año de publicación: 1997-1998
Valoración: monumental
Cada día, una nueva reseña
Dios: soy tan poco anglófilo que ni siquiera me gustan los Beatles (ni los Stones). Así que cuando una novela de más de seiscientas páginas* es proclamada como la Gran Novela Londinense, apenas siento una cierta curiosidad. Gran Novela Londinense: o sea, ¿vamos a tener una Gran Novela para cada gentilicio? Pasaremos de la Americana a la Barcelonesa, ¿llegaremos a conocer la Gran Novela de Motilla del Palancar?**
Supongo, para empezar, que ese grandilocuente apelativo requiere que, de alguna manera, una novela sea ambiciosa, sea de amplio espectro, incorpore algún elemento que la permita convertirse en definitoria, al menos, del momento en que transcurre.
Bien, esto Caledonian Road lo cumple. Aunque haya que aportar el matiz de que vivimos en tiempos en que todo sucede muy deprisa, pero al menos nos alcanza la memoria de los grandes trazos que sitúan en contexto la obra, y de algunos, aunque nos suenen lejanos, aún no nos hemos olvidado: Covid, Brexit, Bitcoin, guerra de Ucrania, Epstein files. Sí, desde luego una buena amalgama para empezar. O'Hagan crea una novela coral cuyas piezas empiezan a encajar pronto. Obviamente hay influencias palpables, ese retrato social que muestra las desigualdades dentro de una gran ciudad de Occidente ya lo hizo Tom Wolfe en La hoguera de las vanidades, quizás algo más extremo y sin tantas interacciones como las que O'Hagan nos procura aquí.
Campbell Flynn, un escritor que ha tenido un enorme éxito con un libro sobre Vermeer, ha empezado a acumular deudas, las propias de su excesivo estilo de vida. Conectado con la clase alta británica (que sale muy mal parada, algunos diálogos protagonizados por aristócratas son delirantes, por estúpidos, por hipócritas, o directamente por surgir de un universo paralelo de despilfarro y pedantería), pero Flynn disfruta de influyentes conexiones en el who's who de la ciudad, lo que le permite trazar un extraño plan: publicará, con un torpe joven actor como cara visible que prestará su nombre, un polémico libro de autoayuda. Necesita dinero, necesita no poner su prestigio en tela de juicio, y Elizabeth, su paciente y aristocrática esposa, sin enterarse de nada de lo que ocurre a su alrededor, comprenderá su situación, aunque sea de forma transitoria. Hay muchos personajes aquí: Milo, un alumno suyo muy hábil en la darknet, le sirve de cicerone en las nuevas tecnologías. Moira Flynn, su hermana, es una diputada laborista que intenta mantener una postura ética enmedio de las tormentas que se generan por doquier. No así William Dyre, amigo de la infancia, de alguna escuela y universidad elitista, este ya pringado hasta el tuétano: relacionado con prebostes de la oligocracia rusa residente en Londres, sus tentáculos llegan hasta bien abajo y con muchas sucias raíces: tráfico de inmigrantes, cultivos de marihuana, empresas textiles que explotan sin escrúpulos, Dyre lleva una existencia que combina presencia en selectos actos y amantes jóvenes enganchadas a las drogas. También tiene un hijo, Zak, una especie de eco-yuppie que ha decidido plantar cara a la figura paterna sin renunciar a su privilegiado estilo de vida.
Seiscientas sesenta páginas de constantes cambios de escenario y de, alguna vez, difícil seguimiento de las tramas. Vamos de salones de enormes pisos repletos de caras obras de arte a estrechos apartamentos de inmigrantes polacos obligados a buscarse la vida. Quizás, en ese afán de completar el cuadro, Caledonian Road se acerque algo al registro de un best-seller, pero los retratos de los personajes son claramente literarios, sus trazos son definidos con matices y sus dudas y contradicciones no se esbozan a brochazos. Flynn parece el anti-héroe torturado e inseguro que piensa que su situación se arreglará algún día, de alguna manera. Dyre, el potentado arrogante e inmoral, pagado de sí mismo que sabe que siempre va a contar con una vía de escape. Los jóvenes que aparecen en la novela cubren todas las posibilidades, desde los desgraciados que han estado en el momento inadecuado en el escenario de un crimen o en el interior de un contenedor, hasta aquellos que parecen mantener una postura ética inquebrantable.
Caledonian Road, que toma el nombre de una de esas largas calles que atraviesan la ciudad y en la cual hay enormes desniveles sociales, es una buena novela, quizás la necesidad de O'Hagan de atender tanto personaje y dejar trazos nítidos de cada uno sea lo que justifique su extensión. A lo mejor O'Hagan necesita eso para completar su socavada denuncia de la sociedad british, en la que, aunque haya que recurrir a la traición, cuanto más alto se está en el escalafón social, más segura es la impunidad, sea por los medios que sea que esta se alcance. Es una novela intensa, a veces algo difícil en su seguimiento, pero, sin dudas, brillante e interesante.
*Umbral no escrito que la certifica como tocho
**Sin ofender: broma interna del blog que llevaría varias reseñas adicionales explicar
Al principio todo era luz, pero estaba sola.
Todo era hermoso, pero estaba
sola.
Nací la primera, de entre las piedras
de un río donde mucho
mucho tiempo después
jugarían los niños.
Al principio no eché en falta el amor
porque no lo conocía.
El conjuro original fue siempre
nuestro nombre en labios de otros:
en la oscuridad de los caminos
alguien nos llama por primera vez.
Sentí que todo lo que decía era redundante y absurdo. ¿Para qué decirlo entonces?, les preguntaba a mis gatos y a los caracoles. ¿Para qué decirlo entonces?, le preguntaba a mis amorcitos muy queridos. ¿Para qué decirlo entonces?, me preguntaba a mí misma cada vez que sentía ganas de cantar.
Aunque Un conjuro no me haya producido la sorpresa y, por ello, el deslumbramiento de Un amor, es probable que este sea un aún mejor libro de poesía: más complejo, más maduro, sin que ello suponga perder la frescura, y elevado, creo, porque el misteroso poder del mito y de la fábula.
Título original: George Sprott 1896-1975
Año de publicación: 2009
Traducción: Esther Cruz Santaella
Valoración: recomendable
Biografía de un personaje ficticio (o biografía ficticia de un personaje... no, creo que esto es menos correcto) o mejor dicho, biografía gráfica, puesto que tal es el género de este libro, escrito y dibujado, además por uno de los autores cuya obra sirvió para forjar el ya más que manido concepto de "novela gráfica", el canadiense Gregory Gallant, que firma como Seth. En este caso, la biografía ficticia trata sobre un caballero llamado George Sprott, ex-seminarista, "explorador" (es decir, de aquella manera) del Ártico canadiense en su juventud y luego presentador durante más de veinte años de un supuesto programa sobre esa región y sus recuerdos, Estrellas boreales, en un cadena local -supongo que también ficticia- la CKCK. Un tipo que, tras una fachada de bonhomía e incluso campechanía (adjetivo que suele ser engañosos, como bien sabemos en España), esconde también ciertas sombras, secretos y defectos poco halagüeños. Tampoco es que sea un asesino en serie, ni nada de eso; tan sólo se trata de las miserias habituales, de los remordimientos que nos reconcomen durante toda la vida, de los arrepentimientos por lo que pudo haber sido y no fue, de las pequeñas infamias cometidas y quizás sólo conocidas por nosotros mismos... en fin, lo que nos puede pasar a cualquiera.
Lo más interesante del libro, ya que la vida ficticia del protagonista, si no anodina, tampoco resulta ser un tráfago de experiencias intensas, momentos al límite y hedonismo desenfrenado -bueno, un poco sí, porque tuvo numerosas conquistas amorosas, pese a estar casado-; lo mejor del libro es cómo nos cuenta esta vida Seth. Además de su estilo característico -viñetas pequeñas que componen juntas escenas grandes; personajes dibujados con simpáticos trazos, cromatismo que tiende a utilizar sólo un color- aquí incluye páginas con paisajes árticos y fotos de modelos en cartón de los edificios donde se desarrolla la historia de George: la emisora de televisión, el bar-restaurante que frecuentaba, la sala de conferencias... Pero, además, la historia dista de ser lineal; es cierto que se nos narran los momentos previos al fallecimiento del protagonista, en 1975, pero además encontramos otros instantes de su vida, reflexiones o declaraciones -un tanto cuñadas, pero old fashioned- de George, varios testimonios de personas que le conocieron, le amaron -su sobrina Daisy- o no pudieron hacerlo -la hija mestiza a la que abandonó-, trabajaron con él o incluso se han dedicado a coleccionar sus recuerdos... Y, por supuesto, los recuerdos y sueños -literalmente- del propio George... De hecho, me parecen magníficas las páginas que recrean los sueños que le asaltan cuando se queda roque en medio de sus programas de televisión...
Otras obras de Seth reseñadas en Un Libro al Día: La vida es buena si no te rindes, Ventiladores Clyde