lunes, 26 de agosto de 2019

William T. Vollmann: El Atlas


Idioma original: inglés
Título original: The Atlas
Año de publicación:1996
Traducción: José Luis Amores
Valoración: recomendable

Con todos los respetos al eventual lector de esta reseña: si tu plan de vida es desayunar ligerito que hace calor, darte un chapuzón en la piscina y aplicarte productos de cuidado de la piel y el pelo antes de tomar un libro y leer un ratito, para después acabar tomando un aperitivo en alguna terraza chill o comiendo en algún sitio donde la comida es poco más grande que el centro de la enorme diana que es el plato (suponiendo que este sea redondo), si una mañana del agradable verano occidental consiste en esto, mejor coge otro libro. Cómo que mejor: no leas este libro.

Porque este libro, y no es lo único poco agradable que nos recuerda entreverado entre sus páginas, viene a decirte: para que tú tengas una vida tan plácida (sí, ganada con honradez o incluso después de haber hecho muchos sacrificios que te hacen merecerla), para eso, mucha parte de la humanidad anda muy jodida. Y el libro es de 1996, era pre-internet y pre-google y pre vuelos low-cost y desde luego una era en que la globalización existía pero no parecía estar presente en cada puta página de cada puto análisis de medio pelo de la economía terráquea..
Perdonad las expresiones.

Vollmann escribe contando con que el estómago de su lector va a ser resistente. No parece importarle mucho. No es una cuestión de falta de consideración o de elusión de aspectos estéticos literarios. Es que hay cosas que solo pueden decirse de una manera y Vollmann no parece tener tiempo que perder con circunloquios ni eufemismos. Retrata mundos sórdidos y poco agradables. Los traslada al papel con inmediatez y rigor, a veces puede que aporte alguna valoración personal a través de sus personajes, pero no es desde luego lo que caracteriza estos textos. El Atlas es un paseo por distintos lugares del globo, una crónica alejada de centros comerciales, spas y avenidas iluminadas. Itinerarios escrupulosamente evitados por los buses turísticos, donde reina el caos, la miseria, la sordidez, la extrema necesidad o la desesperación. Vais a quejaros del menú. Los capítulos ubicados en los Balcanes muestran con toda su crudeza el conflicto del desmembramiento de Yugoslavia: los francotiradores, la guerra entre iguales, cómo el ensañamiento es el mismo si crees que tu contrincante es igual o diferente. Los situados en Asia (Birmania, Tailandia, Camboya) están desde luego bien centrados en uno de los temas fetiche de Vollmann, plagados de prostitución, de adicciones, de enfermedades, de insectos, aspectos que surgen casi de forma constante, en una narración repleta de detalles bastante desasosegantes sobre el futuro de ciertas generaciones de allí, si tu único recurso es explotar tu cuerpo a costa de los bolsillos de los degenerados que acuden por el reclamo del turismo sexual. También hay ubicaciones en Estados Unidos y Canadá, estos parecen pasajes más cercanos, como si procedieran más de una experiencia como habitador que como visitador. Algunos de estos relatos tienen un aire de realismo romántico desesperado. La prosa de Vollmann es capaz (cosa que creo ha afectado a una traducción que ha quedado algo rígida, demasiado fiel a la palabra y algo desconectada del espíritu) de saltar de la fría descripción del acto carnal como evento transaccional (o como demostración de crueldad) a evocaciones místicas o poéticas sobre paisajes, a metáforas no siempre asimilables. Esa tensión constante, ese intuyo que voluntario cambio de ubicación súbito (en escenarios, en condición del narrador, en tonalidad de lo narrado), característica de Vollmann y consecuencia casi ineludible de la intención del libro hace que este no sea un libro apto para lectores ocasionales.
El Atlas no tiene mucho de paseo por el mundo para hacerse selfies ante monumentos. De hecho, las imágenes que se incluyen, captadas por el propio Vollmann, son eso, oscuras, mal definidas, de grano grueso y con poca intención estética. Es un libro difícil, dice el autor que un palíndromo, donde el relato central, del que toma título, es un ejemplo caleidoscópico del caos en que estamos inmersos, ese que 23 años más tarde no es que haya mejorado precisamente.


domingo, 25 de agosto de 2019

Julian Barnes: La única historia

Idioma original: inglés
Título original: The Only Story
Traducción: Jaime Zulaika (ed. en castellano) / Alexandre Gombau i Arnau (ed. en catalán)
Año de publicación: 2018
Valoración: recomendable

Debo confesar, ya de entrada, que pocos libros me han supuesto tanta dificultad a la hora de reseñarlos. Porque tengo sensaciones muy encontradas respecto a la obra que nos ocupa, pues su irregularidad es realmente evidente y eso complica su recomendación. Pero vayamos por partes y veamos el porqué.

Es innegable que Barnes es un narrador con talento y mucho oficio a sus espaldas. Y eso se nota en determinados momentos, pues, consciente de la importancia de empezar una narración con un inicio potente, el autor abre esta historia con uno de esos comienzos que definen claramente, no sólo el propósito del libro, sino también la calidad narrativa del autor y, en este caso, se dirige directamente al lector planteándole uno de los grandes y eternos dilemas:

«¿Preferirías amar más y sufrir más o amar menos y sufrir menos? Creo que, en definitiva, esa es la única cuestión.
Puedes puntualizar —certeramente— que no lo es. Porque no tenemos elección. Si la tuviéramos sí sería una cuestión. Pero no elegimos y en consecuencia no lo es. ¿Quién puede controlar cuánto ama? Si se puede controlar, entonces no es amor. No sé cómo podemos llamarlo, pero no es amor.
La mayoría de nosotros solo tiene una historia que contar. No quiero decir que solo nos sucede una vez en la vida: hay incontables sucesos que convertimos en incontables historias. Pero solo hay una que importa, solo una que a la postre vale la pena contar. La que cuento aquí es la mía».

De esta manera, Barnes deja claro que nos viene a contar una historia sucedida hace años y que presagiamos que no fue siempre satisfactoria; para evidenciarlo, y conocedor a la perfección de su oficio, el autor nos pone rápidamente en antecedentes y define el escenario en el que la historia transcurrió: tiempo (diecinueve años él, cuarenta y ocho ella), lugar (club de tenis) y entorno (alta sociedad).

Partiendo de este inicio, e interpelando directamente al lector y dirigiéndose a él de manera frecuente, nos va explicando la historia y evolución de la relación que Paul tuvo, durante años, con Susan, y estructura la narración en tres grandes (y desiguales) capítulos. Así, el relato arranca con un joven que se enamora de una mujer con la que se lleva prácticamente treinta años y, en la narración, el autor utiliza un lenguaje y trasfondo acorde a la edad del joven, pues elige un estilo muy (demasiado) alegre/fresco/jovial/dicharachero/atrevido con el que nos va narrando sus sentimientos hacia ella y situaciones (o lo que recuerda de ellas) en las que se encontró, así como las reflexiones y cuestiones que sobrevolaban la relación, siempre bajo su punto de vista postadolescente e inocente y sometidos a la parcialidad y subjetividad de la siempre volátil memoria que juega alterando percepciones según el momento en el que es recordada.

Y debo decir, y de ahí la dificultad de la valoración de la novela, que este primer capítulo me parece bastante flojo, pues hay demasiada charla superficial, diálogos insustanciales y carentes de interés, cierta reiteración en las ideas y muy (demasiado) desconocimiento sobre los personajes por parte del lector, pues el autor no profundiza en ellos y parece más interesado en las escenas y circunstancias que en el retrato de los mismos. En esa primera parte, encontramos mucho diálogo (interior o exterior), pero sin que aporte mucho a la narración más allá de la idea de hacernos ver que sí, que el protagonista está enamorado, pero poco sabemos de ella porque su aportación al relato son comentarios ambiguos o enigmáticos. Así, el personaje de Susan está totalmente desdibujado, y da la sensación que al autor no le importa en absoluto, pues la mirada de la historia está exclusivamente centrada en Paul y, a mi entender, es una manera de mostrar su amor incondicional hacia la mujer destinataria de sus atenciones; esta elección narrativa podría funcionar en caso de tratarse de un amor fugaz, pero, en una relación de años, se supone que el protagonista debería conocer algo mejor a su amante y, ya que se dirige de manera habitual al lector, sabérselo explicar para facilitar su involucración emocional en la novela.

Por suerte, entramos en el segundo capítulo y empezamos a ver hacia dónde va la historia, pues se evidencia que el desarrollo de la misma es descomunalmente mejor, ya que el autor abandona el exceso de sentimiento naif y superfluo y, aunque mantiene en gran medida cierta inverosimilitud en la historia, entra en terrenos mucho más pantanosos, en aguas más turbias, con un protagonista que va adquiriendo, a raíz de la dificultad de la relación (por diferentes motivos que no contaré aquí), cierta madurez otorgando una mayor profundidad a la historia y aumentando a su vez la complejidad en los sentimientos que alberga. Aun así, el estilo sigue sin encajar, demasiado inverosímil y alocado, simple y atrevido, con exceso de familiaridad para con el lector que causa de manera automática, no sé si un rechazo, pero sí cierto recelo a la hora de creer lo que nos cuenta. Y la credibilidad es básica en la relación personaje-lector. Pero…

Pero claro, Barnes es uno de esos autores de gran renombre y, a pesar de que durante la primera mitad del libro me era difícil encontrar el porqué, todo cambia superado el ecuador. Y lo hace a un ritmo vertiginosamente in crescendo. Porque aquí ya desaparece la inocencia, la inverosimilitud, la desconexión entre lector y personaje. Ya no hay escenas vacuas ni inocentes, ya no hay diálogos superfluos ni insustanciales. Aquí hay dolor, hay sufrimiento, hay pesar. Y frustración. Y dependencia. Y responsabilidad. Y daño. Y una desoladora pérdida de la inocencia. Porque lo que narra Barnes está repleto de sentimiento y de verdades. Sabe cómo llegar a nuestro interior, tocar aquellas cuerdas sensoriales para que nos podemos ver reflejados en los personajes, por experiencias previas o por empatía, pero los entendemos. Comprendemos totalmente lo que ocurre, lo que pasa por sus cabezas y su corazón, y eso es mérito sin duda del autor, que ha sabido guiarnos a ese lugar oscuro casi sin ser conscientes de ello, porque el descenso al infierno duele más cuando es progresivo, cuando uno se encuentra ahí y se da cuenta que lleva mucho (demasiado) tiempo encerrado y dando vueltas en una espiral de desolación.

Por todo ello, el libro es recomendable, pues superada una primera mitad algo superflua e inverosímil, el torrente emocional por el que Barnes nos arrastra superada la mitad del libro es altamente devastador y genera una empatía inexorable con el protagonista, llevándonos con él a vivir la complejidad sentimental sufrida durante una relación que, con sus altibajos, problemas, inseguridades y dolor, nos deja una sensación en el cuerpo que hace que no podamos olvidar lo narrado durante un buen tiempo. Y eso es algo que seguramente muchos de nosotros buscamos en la literatura.

Otras obras de Julian Barnes en ULAD:  Aquí

sábado, 24 de agosto de 2019

2 x 1 Fernando Arrabal: El cementerio de automóviles / El Arquitecto y el Emperador de Asiria

Idioma original: castellano
Año de publicación: 1957/1966
Valoración: Recomendable (pero con mente abierta)

Cuando hace un tiempo rescatamos para el blog a Fernando Arrabal, fue a través de La torre herida por el rayo, una novela aceptable, aun con sus sombras. Por allí encontrábamos algunas de las obsesiones del autor melillense, y hubo comentarios que reclamaron alguna reseña de su obra dramática, el género por el que Arrabal ha recibido mayores reconocimientos. Bien, pues aquí tenemos ración doble, con dos de sus obras más sobresalientes y, claro está, con aquellas obsesiones vibrando en primerísimo plano, de forma audaz y descarnada.

El cementerio de automóviles

El escenario es justamente eso, un cementerio de automóviles en los que habitan diversos individuos a los que apenas vemos, semiocultos tras burdas cortinas. Además de los vehículos de primera fila, en donde se desarrollará la acción, la perspectiva permite observar una enorme acumulación de automóviles viejos que se extienden sobre el horizonte, igualmente habitados. La sociedad del desguace podría ser la primera metáfora. En uno de los coches reside Milos, una especie de mayordomo que con ridícula reverencia intenta complacer a los vecinos, incluyendo a su propia esposa Dila en el catálogo de ciertos servicios. A esta especie de población llega un trío de músicos encabezado por Emanu, trompetista que se esfuerza por hacer agradable la vida a los pobres. Emanu, de alguna manera protagonista, es vulnerable e imperfecto, intenta también gozar de los favores de Dila, y resulta perseguido por la Policía y traicionado por sus compañeros. Todo ello –entre otras muchas cosas- mientras la pareja que forman Lasca y Tiosido cruzan constantemente el escenario intentando batir un récord absurdo, y los habitantes de los automóviles escrutan con descaro cada uno de los varios encuentros sexuales que se intuyen entre las sombras.

Como es evidente, la figura de Emanu es, más que una caricatura, una especie de imagen alterada de Jesucristo (una de las debilidades de Arrabal), un mesías de objetivos modestos, empequeñecido e ingenuo. El análisis de las analogías evangélicas –a veces puede que demasiado explícitas- daría para mucho más de lo que aquí nos interesa, pero no es en absoluto el único punto interesante de la obra. Empezando porque el propio trío de músicos, aunque con la narrativa de Jesús, Pedro y Judas, tiene los rasgos, por actitud y ademanes, de los Hermanos Marx (mudo incluído). A su vez, las dos parejas aportan caracteres originales y en alguna medida paralelos, porque en ambos casos se dan inversiones de la personalidad, entre la dominación y la sumisión, que descolocan al lector-espectador y le ponen sobre aviso de que o bien no todo es lo que parece, o bien no lo es siempre. Todo ello empapado en el humor irreverente y disparatado que oscila entre el esperpento y Dadá.

Si a esta colección de elementos tan poco convencionales le añadimos el escenario, tenemos completa la muy rompedora imagen que nos deja la propuesta de Arrabal. Aunque desconozco si la puesta en escena ha seguido este patrón cuando la obra se ha representado, en principio estaba previsto que los espectadores ocupasen el centro de la acción, rodeados por los vehículos achatarrados y sus extraños ocupantes. Es una forma de integrar al público en la historia, de que sienta que forma parte de esa sociedad absurdamente putrefacta, una técnica que aproxima la obra al Teatro de la Crueldad de Artaud, aunque en otros aspectos la relación resulte mucho menos visible.

El Arquitecto y el Emperador de Asiria

Si en El Cementerio aún encontrábamos algo parecido a un argumento lineal, en El Arquitecto se puede decir que hasta eso desaparece. Unos años más tarde, Arrabal es un autor más maduro y, lejos de aburguesarse, su osadía aumenta y apura el resultado buscando el límite. Los dos actos se distribuyen en cuadros de duración completamente irregular, en ocasiones con algunos elementos cinematográficos, se introducen largos monólogos y los personajes se reducen a dos. Aunque se desdoblarán, jugando con la voz y el gesto, pero también con el disfraz, intercambiarán (también aquí) sus personalidades y hasta se comerá uno al otro, literalmente. El Arquitecto es una obra teatral con todas las mayúsculas, que deja ver máscaras y ritmos de los clásicos griegos, desgarro y burla, algo menos de esperpento que El cementerio, puede que algo más de Pánico, una pizca de surrealismo y ciertas dosis del absurdo de Beckett y Ionesco, una mezcla bastante salvaje, cruda, sin concesiones, en la que naturalmente no faltan los habituales espectros de don Fernando: el sexo en sus diferentes variantes (de género, de parentesco, de pago), la mística (ahora asociada a la pureza) y desde luego la religión, reconvertida en una búsqueda un poco desesperada, loca, pero con sesgo lúdico: el Emperador apostando la existencia de Dios a una agónica partida de pinball.

Vale, vale, que hay que contar algo acerca de lo que se cuece entre estos dos personajes, que si no la reseña queda un poco como mustia. Bien, pues el Arquitecto es el único habitante de una isla, se podría decir que es modelo de inocencia y cualidades naturales, y ha perdido hasta el lenguaje de los humanos. Por allí aparece el Emperador, superviviente de un accidente aéreo y representante genuino de la civilización. El Emperador irá instruyendo a su anfitrión, y entre ellos surge una relación equívoca en la que irrumpen el miedo y la dependencia. Pero entre los juegos que improvisan ambos irán brotando diversos demonios, como la relación del Emperador con la Madre, que se dilucida en un juicio delirante. En ese mundo que hace equilibrios al borde del subconsciente, entre flashes impactantes y algunos trances más aburridos, encontramos el estremecedor monólogo del segundo acto, larguísimo, denso, a veces emocionante, todo un reto para el actor.

Desde que una obra se publica (y en este caso, también, se representa) digamos que el usufructo pertenece ya al lector (o espectador). Todos los niveles de lectura son igualmente legítimos, en nuestro caso empezando por supuesto por la muy sesuda (muy Cátedra) de Diana Taylor, en clave mítica, profundizando en los distintos significados de personajes y situaciones. Pero en mi opinión, que no deja de ser la de un profano, en una obra como estas que comentamos, todo provocación, agitación de conciencias, es preferible no enredarse en buscarle la lógica a cada cosa, simplemente porque quizá muchas de ellas no la tienen, que eso es también parte del juego. Es mejor dejarse empapar por lo leído o visto, llenarse con las impresiones que nos llegan y dejarlas reposar. Una vez asimilado el impacto y asumida una sensación global es cuando podemos ir desgranando detalles, buscando símbolos o respuestas al por qué se nos han contado determinadas cosas, o por qué se han representado de determinada forma. Es una especie de ejercicio de ósmosis unilateral que evita la sensación, enojosa y posiblemente inútil, de perderse en los detalles, y hace posible asimilar la obra en su conjunto, como una unidad, que es seguramente lo que el autor perseguía. Es en mi opinión un ejercicio saludable para incorporar la obra a nuestra experiencia como lectores o espectadores. Si queremos, claro.

Otras obras de Fernando Arrabal en ULAD: La torre herida por el rayo

viernes, 23 de agosto de 2019

Joseph Conrad: La línea de sombra

Idioma original: Inglés
Título original: The shadow-line. A confession
Año de publicación: 1917
Traducción (al catalán): Marta Bes Oliva
Valoración: Recomendable

La línea de sombra es una novela breve escrita en primera persona. En ella, un joven marinero al que se ha concedido el puesto de capitán tendrá que madurar a la fuerza; con un barco y una tripulación a su cargo, descubrirá lo duro que es tener responsabilidades. 

En efecto: estamos frente a un "bildungsroman". De hecho, esta línea de sombra a la que alude el título del libro no es otra cosa que una metáfora con la que referirse al tránsito de la juventud a la edad adulta.

Para mi gusto, el prólogo de esta historia se estira en exceso. Si bien es cierto que en él se introducen personajes y temas relevantes, podría haberse zanjado con la mitad de páginas. De esta obra tampoco me acaban de convencer otros detalles.

Minucias, en todo caso. Por lo general está muy conseguida. De sus aspectos positivos, que son muchos, resaltaría los siguientes: 

  • Es breve y está escrita con un estilo sencillo y ameno, por lo que se lee en un santiamén.
  • Aunque acabo de decir que el estilo de Conrad es sencillo, hay que reconocer que en La línea de sombra podemos encontrar pasajes deliciosos. Pienso especialmente en algunas hermosas descripciones paisajísticas. 
  • No abusa del argot marinero, como tantas obras de ficción ambientadas en el mar. 
  • El conocimiento del alma humana que demuestra Conrad en este texto es apabullante; el minucioso tratamiento psicológico con que perfila al protagonista, a Burns o a Ransome es exquisito. Por otro lado, los personajes terciarios están algo homogeneizados, aunque queda claro que esta es una decisión del autor para dotar al relato de una atmósfera onírica. 
  • Sus lecturas metafóricas. Como adelantaba al inicio de la reseña, La línea de sombra puede considerase una novela de aprendizaje, y, ciertamente, todos los elementos que la componen apuntan a ello. No obstante, el libro no se agota en esta interpretación.  
  • La fina ironía de que hace gala Conrad al inicio del relato. Concretamente, me encanta cuando el escritor arremete contra la burocracia; los chascarrillos contra la burocracia siempre son bienvenidos. 
  • Las reflexiones que salpican estas páginas. Mi favorita: «La gente tiene en muy buen concepto las ventajas de la experiencia. Pero, en este sentido, la experiencia siempre significa algo desagradable, comparada con la gracia y la inocencia de las ilusiones.»
  • La fantasmagórica subtrama del anterior capitán es sencillamente fascinante.  

En suma, La línea de sombra es una novela interesante. Un "bildungsroman" bastante redondo que, por más que le cueste arrancar, goza de una segunda mitad excelente. 


Otras obras de Joseph Conrad en ULAD: El corazón de las tinieblasLos herederos

jueves, 22 de agosto de 2019

C. J. Tudor: El hombre de tiza


Idioma original: inglés
Título original: The Chalk Man
Año de publicación: 2018
Traducción: Carlos Abreu
Valoración: Está bien (más o menos)

Thriller truculentito con toque sobrenatural, para leer en la playa o la piscina... o al amor de la lumbre en una casa en la montaña mientras se oye el ulular de los búhos al otro lado de la ventana o, qué sé yo, en el metro o donde sea, porque no es que se trate de una lectura muy exigente. Gratificante, sí... o no, según los gustos.

Si alguien se dedica a consultar en internet diversas reseñas sobre esta novela, encontrará con que se califica a su autora como la "Stephen King británica" (sospecho que hay una o un "Stephen King" en cada disitinto país, de todas formas); más aún, que el propio Stephen King in person la ha nombrado su heredera al trono (perdón por el juego de palabras) de la novela de misterio y terror. Si se indaga un poco más, nos encontraremos con que lo que dijo o escribió "el pasmo de Maine" fue algo así como que "a quien le gusten mis libros, le gustará el de C. J. Tudor". Que no es lo mismo... pero es algo tiene ya más sentido, porque es cierto que El hombre de tiza denota una influencia evidente de las novelas, tanto de las tramas como la forma de contar de King, hasta el punto de que casi podríamos decir que se trata de una especie de fanfiction : tenemos un protagonista de mediana edad, Ed Adams, que rememora acontecimientos a los que asistió junto a sus amigos treinta años atrás... sucesos perturbadores que parecen volver al presente (esto me suena de algún libro del Rey). En aquella época, en 1986, cuando tenían doce años, el grupo de chavales vivieron toda una serie de sucesos luctuosos, entre los que destaca el descubrimiento de un cadáver en el bosque -esto también me suena bastante-; todo envuelto en una atmósfera ominosa , con una aparente elemento sobrenatural que se manifiesta en un pequeño pueblo de Nueva Ingl... perdón, quiero decir del Sur de Inglaterra... Caray, si hasta podemos encontrar un guiño a El resplandor, aunque quizá involuntario... (y, ya que lo he leído hace poco, otro que no parece para nada involuntario a Good Omens).

Esto no significa, o no me gustaría dejar esa impresión, que la autora de la novela se haya limitado a pergeñar un pastiche "kingeniano", sin más... No, me parece que, en verdad, Tudor ha escrito una novela como ella quería y con toda la honestidad del mundo; al menos esa es la sensación que transmite, aunque sus influencias están ahí, que duda cabe. Entonces, ¿este libro está bien o sólo se deja leer y bastante...? Pues lo ideal para mí sería otorgarle una valoración intermedia, algo así como "se deja leer bastante bien", pero sospecho que esto ya sería tocarles las narices demasiado a los seguidores de este blog, a los que tanto queremos y tanto debemos. Así que vuelvo a la casilla de salida: si se anda buscando una lectura no digo ligera -no deja de ser una historia de crímenes sanguinarios, y tal-, pero que no exija un esfuerzo extraordinario al lector, entonces esta novela cumple los requisitos y está bien. pero si se busca algo de más enjundia, que deje siquiera algo de poso en el recuerdo de quien lo haya leído, me temo que este libro se deja leer, sí, pero nada más. Ahora, cada cual que elija lo que quiera.

miércoles, 21 de agosto de 2019

Annemarie Schwarzenbach: Con esta lluvia

Idioma original: Alemán
Título original: Bei diesem Regen
Traducción: Daniel Najmías
Año de publicación: 1989 (escritos en los años 30)
Valoración: Decepcionante

Tenía ganas de leer a Annemarie Schwarzenbach. Su aparición en dos ensayos recientemente reseñados en ULAD, “Eva en los mundos” y “Distraídos venceremos”, y una pequeña aproximación a su corta vida despertaron mi curiosidad. Para saciarla, qué mejor que ir a la biblioteca del barrio a ver qué encontraba. Así apareció “Con esta lluvia”, una colección de catorce breves relatos escritos alrededor del año 1934 y publicados años después del trágico fallecimiento de Schwarzenbach.

La propia autora llegó a decir de los textos de "Con esta lluvia" que podrían ser leídos como una “novela, aunque sin una estructura muy sólida”. Me vais a perdonar la osadía, pero yo no llegaría a decir tanto. Creo que el hilo narrativo que los une es demasiado tenue como para calificarlo de novela, aunque sí que es cierto que los relatos guardan entre sí ciertas similitudes en cuanto a escenario, temática e incluso personajes. 

Todos los relatos están ambientados en un Oriente Medio (Siria, Líbano, Palestina, Persia, etc) carente de todo el aura mítica que suelen otorgarle autores occidentales, están protagonizados  por occidentales que llegan a Oriente, ya sea en busca de algo o huyendo de algo (cuando no las dos cosas), y constituyen una alegoría sobre la soledad, la muerte y la búsqueda de sentido. También comparten, en su gran mayoría, un tono a mitad de camino entre lo poético y lo periodístico, una fuerte carga lírica en la que destaca la importancia del paisaje, un cierto contenido político (son los años del auge de fascismos varios) y  un alto grado de componente autobiográfico.

Dicho esto, he de confesar que “Con esta lluvia” me ha decepcionado. Quizá mis expectativas eran muy altas, quizá no acerté a la hora de elegir (parece que lo más destacado de su obra son sus diarios). No lo sé. Con excepción del relato que da título al conjunto y de los más potentes “Europa transfigurada”, “La despedida”, “Muchísima paciencia” y “La misión”, creo que los textos pecan de excesiva frialdad y de una importante ausencia de tensión narrativa. Da la impresión de que a los relatos les falta algo (ritmo, tensión, factor sorpresa) y que les pesa demasiado su tono periodístico. 

Esta es una opinión muy personal, pero creo que al relato hay que meterle, de alguna manera, intensidad. Ha de ser un texto que en apenas 10 páginas, por poner una extensión similar a la de los relatos de Schwarzenbach, te remueva, te agite, te divierta, te haga pensar (o todo a la vez) y eso es algo que la autora solo consigue en alguno de los 14 textos.

Pese a todo, me niego a que este sea mi primer y último Schwarzenbach. Probaré, tarde o temprano, con sus diarios. Ya os contaré.

martes, 20 de agosto de 2019

María Sánchez: Tierra de mujeres


Idioma original: Castellano
Año de publicación: 2019
Valoración: Muy recomendable

Cuando andamos por nuestro entorno, los urbanitas somos muy capaces de distinguir si un automóvil es gti o turbo o híbrido, si aquel vestido es verde manzana o verde melón o té verde, si aquel teléfono móvil es de cuarta o de quinta generación. A su vez, fuera del asfalto, somos en general absolutamente incapaces de llamar a un árbol por su nombre, de reconocer un animal –esos bichitos- por su especie, o de distinguir un pájaro por su canto –son pajarracos-. Dice George Steiner que lo que no se nombra no existe y da la sensación de que, en general, entre nosotros, se mantiene pujante la percepción que asocia lo rural, sus habitantes, con lo basto, lo ignorante, lo bruto y paleto. Ahora además también le atribuimos nuevas cualidades; baldío, vacío, condenado. Y, encima, la cobertura es pésima y falla de continuo.

Vacía. La España vacía, que depara crímenes desgarradores -Puerto Hurraco, Fago, Tor…-, visceralidad cañi, tedio tradicionalista y agonía productiva. Por eso, libros como Tierra de mujeres tienen el gran mérito de colocar al lector frente a la urgencia de repensar, reaprender a mirar, a sentir, a comprender, y a reciclar y reubicar la manera y la función a la que hemos relegado el medio rural en nuestro imaginario colectivo. 

María Sánchez (Córdoba, Andalucía, 1989) es, además de poeta, veterinaria. Y es de pueblo. Le gusta rescatar y insuflar nueva vida a palabras desgastadas, veladas por el olvido, en proyectos compartidos como Almáciga. Ejerce la misma profesión que su padre y su abuelo pero se sitúa en esa tradición de mujeres, madres, abuelas, bisabuelas, que se encargaban y podían con todo, que ante la presencia de extraños escondían las manos en los bolsillos de las batas para no sentir delatada su condición, su dedicación. Que además de cuidar de todo y de todos, aún echan una mano en las faenas del campo o con los animales, sin cotizar, ni cobrar, ni poseer la titularidad de los bienes.   

La España vacía no es tal, para María Sánchez. En todo caso, la España vaciada, pues esos pueblos y comarcas están llenos de historias, palabras, vidas, semillas, veredas, animales, vínculos, personas, proyectos, oficios y comunidades. Una densidad vital notable e innegable, al margen de estadísticas demográficas, que no precisa de una literatura que les denomine granjeros, ni de paternalismos, ni de reportajes superficiales en los suplementos dominicales a todo color de los diarios, ni ser reducidos a personajes de Los Santos Inocentes. Y que, como hace la propia naturaleza, intrinsecamente aferrada al instinto de supervivencia, necesita de su propia narrativa, de voces que se alcen frente a las dudas, la inseguridad, el miedo y los complejos porque, en palabras de Chimamanda Ngozi Adiche, “el silencio es un lujo que no podemos permitirnos”.

Así, María Sánchez propone una narrativa que germine y propague sin miedo nuevas palabras: cultura, agroecología, soberanía alimentaria, ganadería extensiva, territorio, feminismo plural y múltiple. Una narrativa invisible que brote de las obsesiones y de lo que conmueve, que sea tarea y cobijo, donde las palabras tiemblen para despejar las sombras y la polvareda con la que percibimos el medio rural y quienes lo habitan. Una literatura que, como el campo, no debería permitirse la inmediatez ni los destellos, elaborada con paciencia y calma, “que descanse en las huellas de todas esas que se rompieron las alpargatas pisando y trabajando”, para escribir sobre su propio mundo y enfrentar el ninguneo de quienes han pretendido describirles desde fuera. Toca no avergonzarse de las raíces, ni de las manchas y las carencias, pues “sólo cuando nos quitemos las máscaras, nos deshagamos de prejuicios y nos sentemos en la misma mesa, de tú a tú” seremos capaces de tener un futuro y un territorio viable, sostenible, común y compartido, “donde poder asentarnos todos y encontrar el idioma común, la mano que recoge semillas de un lado y las esparce en otro”.