Título original: Paa gjengrodde stier
Traducción: Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo, para Nórdica
Año de publicación: 1949
Valoración: está bien
Cada día, una nueva reseña
Año de publicación: 2021
Valoración: muy recomendable
El interés por la Segunda Guerra Mundial suele nacer de la magnitud global del conflicto, pero para un lector peruano el atractivo fundamental de Estación Final reside en la conexión directa y a menudo ignorada de nuestro país con este episodio. Hugo Coya logra articular una narrativa que vincula la gran historia universal con vivencias humanas cercanas, rescatando del olvido trayectorias que, de otro modo, habrían quedado sepultadas por el tiempo. El libro no se limita a exponer datos, sino que reconstruye la identidad de ciudadanos que, bajo circunstancias extremas, tomaron decisiones que alteraron el curso de sus vidas y las de quienes los rodearon.
La lectura se caracteriza por una agilidad notable. El estilo de Coya es directo, claro y carente de artificios innecesarios, lo que permite que el relato avance de forma envolvente sin perderse en tecnicismos históricos que podrían alejar al lector no especializado. Esta fluidez facilita una inmersión profunda en los hechos, manteniendo una continuidad narrativa que empuja a avanzar capítulo tras capítulo casi sin esfuerzo. Sin embargo, es importante precisar que esa rapidez no disminuye en absoluto el peso emocional de la obra. Al contrario, la economía de palabras de Coya parece potenciar la fuerza de los eventos descritos.
Pasajes específicos, como los dedicados a la vida y el destino de Magdalena Truel, están tratados con una sensibilidad que logra transmitir tanto la fragilidad como el coraje de su figura sin recurrir a la exageración dramática. Truel se presenta como una mujer real, alejada de los arquetipos de heroísmo inalcanzable, lo que permite una conexión más honesta con su sacrificio. Uno de los momentos más logrados y conmovedores del libro es, sin duda, el relato de su entierro. Coya describe la escena con una sobriedad que acentúa la sensación de vacío, invitando a una reflexión necesaria sobre los sueños y luchas que se truncan en contextos bélicos imposibles.
El autor logra un equilibrio complejo entre el rigor de la investigación y la carga humana, presentando una historia que se percibe viva en lugar de una simple cronología estática de hechos pasados. El relato elude deliberadamente la glorificación de la guerra, manteniendo una postura sobria y honesta. No hay una búsqueda de gloria épica ni de heroísmo innecesario; lo que el lector encuentra es la cruda realidad del miedo, el sacrificio y las pérdidas constantes. Esta autenticidad es, quizás, el mayor valor del libro, ya que obliga a confrontar la guerra desde un lugar de respeto y verdad histórica.
Como punto a considerar dentro de este análisis, la misma celeridad de la prosa —que hace al libro tan accesible— podría generar en ciertos lectores la sensación de que algunos episodios o personajes secundarios merecían una mayor profundidad analítica o descriptiva. No obstante, este matiz no resta valor al conjunto de la obra, pues esa misma brevedad es la que garantiza que historias tan vitales lleguen a un público amplio y diverso.
Estación Final deja un balance necesario de reflexión, tristeza y admiración por las vidas retratadas. Aunque es una lectura que se consume rápidamente debido a su ritmo adictivo, la fuerza de escenas como las de Magdalena Truel garantiza que el contenido permanezca en la memoria mucho tiempo después de cerrar el libro. Es una propuesta sólida y necesaria para quienes busquen un enfoque humano, significativo y profundamente conectado con la perspectiva peruana sobre la Segunda Guerra Mundial.
Título original: Baioa sem data para morrer
Traducción: Antonio Jiménez Morato
Año de publicación: 2025
Valoración: muy recomendable
Joaquim Baioa es un anciano que vive en Gorda-e-Feia, un pequeño pueblo del Alentejo portugués. Baioa dedica su tiempo y sus fuerzas a restaurar las casas abandonadas del pueblo con la esperanza de que sus antiguos propietarios decidan volver a habitarlas y así evitar el lento desmoronamiento que lleva consigo el éxodo rural: "Baioa se negaba a ver morir el pueblo. No aceptaba las paredes desconchadas, los cristales rotos, tampoco los tejados caídos o las aceras invadidas por la maleza. Ya era suficiente la despoblación".
Una de las casas restauradas pertenece a la familia de nuestro protagonista, un joven profesor que trabaja en Lisboa y que está atravesando una etapa de estancamiento vital. Cansado de un trabajo que no le motiva y superado por las exigencias de la modernidad, decide aceptar la invitación que les envía Baioa y viaja al pueblo buscando el equilibrio emocional que echa en falta.
Al llegar al pueblo quedará atrapado por el ritmo de vida que encuentra: "Al cabo de pocos días, con la mañana mostrándose aún despejada, me di cuenta de que allí mi corazón latía en paz. Me sentía a gusto en el silencio y no buscaba el ruido ni las palabras de los demás. Me encontraba en estado de calma y no me desagradaba. En aquella tierra de almas abandonadas, la única ansiedad que sentía era el entusiasmo constante por lo aparentemente poco pero claramente tanto que sucedía allí en todo momento".
Nuestro joven profesor irá conociendo a una entrañable galería de habitantes del pueblo, que Rui Couceiro retrata con enorme cercanía y cariño, y se convertirá en la mano derecha de Baioa, con el que se dedicará a encalar paredes, reparar tejados y restaurar puertas y ventanas.
En capítulos cortos, nuestro protagonista va narrando en primera persona sus sensaciones al integrarse en el nuevo hogar, sus experiencias pasadas y sus incertidumbres futuras. En torno a él, los ancianos con los que coincide en la taberna. Baioa, Ze Patifé, Tía Zulmira o Adelino Reis, entre muchos otros, van dejando su impronta en nuestro protagonista: "Sólo más tarde me di cuenta de que, en la llanura y en la colina, como seguramente en otras geografías olvidadas, las personas que quedaban habían aceptado la condena de quedarse y rendirse a los dictados de la naturaleza, por no tener otra alternativa, o por ser incapaces de vivir de otra manera".
Nuestro protagonista se va involucrando cada vez más en la vida de los paisanos, pero esa cercanía se acabará convirtiendo en un motivo para la desazón. Baioa decide compartir con él la carga de un secreto que le corroe y que le obliga a luchar contra el tiempo, un secreto que tiene que ver con el destino final de los habitantes del pueblo. Porque en Gorda-e-Feia la muerte insiste en tomar las calles y la paz que anhelaba el profesor se convierte en un tiempo de duelo.
Couceiro ha escrito una novela poética y evocadora, repleta de personajes memorables y cargada de imaginación. Nos presenta el antagonismo entre la vida urbana y la vida rural y el choque entre dos generaciones: la más joven llena de vitalidad y optimismo, y la mayor, sin fecha de muerte. Quizás se le pueda reprochar que alarga en exceso algunos capítulos y que dilata la resolución de otros, pero el resultado final es un bonito y emotivo relato de un pueblo en su lucha diaria contra el olvido.
Año de publicación: 2022
Valoración: Está bien
Empezamos mal, con una segunda persona del singular que interpela al lector. No me gusta, ni siquiera aunque se utilizase como recurso literario, esa familiaridad para tratar a alguien que tiene tu libro en sus manos, lo que para ti, autor, debería ser motivo suficiente para mantener cierta distancia que no incluye tutearle ni compartir confidencias. Tampoco me agrada ese colegueo con el que se da la impresión de estar dirigiéndose a un adolescente, aderezado con un supuesto lenguaje de calle que con frecuencia recurre a los flipar, chungo, monguer o cagarla. Claro que Victor Amat (pone Victor sin tilde, y yo se lo respeto) hace uso de este instrumental para buscar a) cercanía al lector, como alguien que te habla acodado en la barra del bar, y b) cierta aura transgresora que se corresponde con eso de la psicología punk, que viene a ser una marca de la casa que le gusta pasear por el mundo.
Bueno, que tampoco se me enfade este señor, que fue boxeador profesional, lo cual le otorga un plus de respetabilidad además, también es verdad, de aportar una nota diferencial, que tampoco es frecuente encontrarse reunidas en una misma persona las figuras de psicólogo, boxeador y divulgador.
Yendo por fin al grano podemos decir que el libro se inscribe en el subgénero, todavía poco concurrido aunque creciente, de los libros de autoayuda que abominan de los libros de autoayuda. Ya topé con otro hace tiempo, aunque el tono de aquel era más gamberro y digamos menos profesional. Porque la idea que subyace en todo el libro de Amat es despreciar lo que llama pensamiento naif, el buenismo positivo de Mr. Wonderful y los mensajes optimistas y/o escapistas que inundan las redes, y centrarse en algo quizá menos reconfortante pero psicológicamente más sano: no podemos hacerlo todo bien aunque lo deseemos al máximo y pongamos todas nuestra fuerzas al servicio de nuestros sueños, tenemos que ser capaces de asumir nuestras limitaciones, llevar con dignidad el fracaso y aceptar los golpes que inevitablemente nos van a ir cayendo.
Es algo que me recuerda a la reflexión de un conocido escritor que en una entrevista dijo algo así como que el mundo es un lugar peligroso. Se refería desde luego a asuntos bastante diferentes, pero apunta en una dirección similar. La vida se compone de momentos buenos y malos, de gente que ayuda y mucha otra que te zancadillea con mala intención o incluso sin ella, de sucesos, algunos inevitables, que nos van a reventar las ilusiones y la estabilidad, y hay que aprender a encajar y tomarnos nuestro tiempo para digerirlo. Es posiblemente una perogrullada, pero es quizá algo que cuesta admitir, sobre todo a la vista de tanta basura con la que nos acosan, a veces solo para obtener visitas o likes, otras para convertirnos en consumidores felices que no dejen de gastar.
Insisto en que en general no me agrada el tono del texto, pero hay que reconocer que resulta eficaz para transmitir el mensaje y también, por qué no decirlo, que hay algunos momentos en que lo clava exponiendo problemas relacionales sobre los que nunca antes había leído, y atina muy bien por ejemplo desmontando algunas tonterías sobre el supuesto entorno laboral idílico de ciertas tecnológicas. Tengo la sensación de que el acento transgresor va siendo más marcado según nos acercamos al final, lo que transmite frescura y sinceridad, de manera que el libro, sin llegar a tener demasiada envergadura ni a desprenderse del todo, no sé si a su pesar, de la etiqueta de libro de autoayuda, parece un trabajo honesto del que a lo mejor puede uno obtener algún provecho.
Año de publicación: 2018
Valoración: recomendable
Aunque el tiempo se empeñe en enterrar ciertos iconos, en especial a medida que la generación para la que éstos han representado algo avanza, hay que reconocer ciertas personalidades extrañas, controvertidas, cuya luz puede atenuarse, pero que continuarán ancladas en el inconsciente colectivo, al menos, algunas décadas.
Gala Dalí podría responder a ese perfil. Pocos podrían decir con seguridad los motivos de su celebridad, pero su mención parece definir una época. Monika Zgustova, en un ejercicio que me resulta cercano al brillantísimo texto análogo de Eduardo Jordá sobre Anna Ajmatova (figura también mencionada en este libro, por cierto), se lanza a una semblanza (retrato íntimo) sobre la enigmática esposa de Salvador Dalí, por supuesto hay que apuntar el término de musa para definirla, presente en algunos de sus más célebres pinturas. Sitúa sus orígenes, en la Rusia anterior a la Revolución, su curiosa relación familiar, su muy temprano interés por contactar con las vanguardias artísticas.
La narración se inicia coincidiendo con su estancia en una clínica en Los Alpes para curarse de los tuberculosis, donde se encontrará con el que sería su primer marido y padre de Cécile, hija con la que mantendría una relación distante y discontinua. Un inicio que tizna toda la narración de una tonalidad europea, decadente, siempre a un paso de la precariedad, de la tragedia. Su actitud hacia la vida, una mezcla heterogénea y cambiante de frivolidad, sofisticación, desclasamiento, sensación (de ahí el título) de no encajar al cien por cien en ninguno de los entornos en que se movió, que cubren todas las vanguardias europeas de las primeras décadas del siglo XX, de mantener una relación ambivalente con su país de origen, respecto al movimiento revolucionario - tan alejado en su desarrollo posterior respecto a sus premisas iniciales y, desde el aspecto íntimo, sus relaciones de pareja hasta llegar a su matrimonio con Salvador Dalí, colofón de su colosal, y el libro parece apuntar que casi involuntario, ascenso a la fama.
De Zgustova en ULAD; aquí