Un libro al día
Cada día, una nueva reseña
domingo, 22 de marzo de 2026
Thomas Ligotti: Mi trabajo todavía no está acabado. Tres cuentos de horror corporativo
sábado, 21 de marzo de 2026
Jordi Sevilla: Manifiesto por una democracia radical
Año de publicación: 2024
Valoración: Está bien
Mientras escribo esto, hace ya algún tiempo, me entero de que Jordi Sevilla, que fue ministro y asesor del expresidente Rodríguez Zapatero, está presentando un manifiesto (que no es este del que vamos a hablar) de carácter crítico con la trayectoria reciente de su partido, lo que, como era de esperar, le ha supuesto empezar a recibir palos de algunos dirigentes poca dados al debate y la reflexión. Así que parece que a nuestro autor de hoy le gusta eso de escribir manifiestos y presentar propuestas o puntos de vista personales sobre la política, el mercado, el socialismo o la situación internacional, lo que se puede corroborar observando su bibliografía de los últimos diez o quince años.
El pasado 2024 Sevilla publicó este Manifiesto por una democracia radical de sonoro título que, qué quieren que les diga, tiene el aspecto de algo refrescante y vitamínico en este comienzo de 2026 cuando todo parece encresparse hasta el límite, vemos tambalearse la convivencia y desaparecer las estabilidades de décadas pasadas, arrastradas por la polarización, la corrupción y la mentira. Sin ánimo de ponerme apocalíptico, cuando los adversarios o discrepantes se convierten en enemigos a eliminar (aunque sea, de momento, políticamente) y el mundo pasa a ser gobernado por payasos sin escrúpulos y con muchas armas, que alguien hable de recuperar principios y superar trincheras merece por lo menos unas horas de lectura.
Lo más valioso del libro es en mi opinión el análisis, que seguro que Sevilla ya ha expuesto en algún texto anterior, sobre cómo hemos llegado hasta aquí. Me parece brillante su exposición sobre la ‘revolución’ conservadora de los años 80-90 del siglo pasado, el derrumbe del sistema soviético y la convicción, bastante generalizada, de que finalmente el capitalismo (en su versión más feroz) había finalmente triunfado en el mundo. Desregulación y globalización traerían progresivamente y de manera natural la democracia al mundo entero, y así, tan sencillo, parecía llegado el ‘fin de la Historia’.
Otra cosa es que todo esto, que tampoco tenía en cuenta la cultura y la idiosincrasia de más allá de las fronteras de Occidente, se fuese fraguando en manos de un mercado salvaje que no tardó mucho en reventar las costuras con la crisis financiera de 2008, que dejó millones de damnificados en las clases medias y trabajadoras, germen de algunos fenómenos que después han seguido engordando. El principal de ellos el populismo, al que el autor dedica buen número de páginas, y sobre el que no creo necesarias mayores explicaciones: también de izquierdas, pero sobre todo de ultraderecha, es una ola que recoge el descontento que se había ido enquistando y, con tintes mesiánicos y eslóganes sencillos dirigidos a lo emocional, provocan la polarización cada vez más extrema, con el disparate, el alarido y el eslogan como guías de la acción política.
Me sorprende hasta cierto punto que el libro ignore prácticamente por completo fenómenos de nuestro tiempo que han podido también contribuir (en realidad o como excusa) a este auge del populismo, como el terrorismo islamista o los movimientos migratorios, pero quiero entender que Sevilla ha querido ser muy cauteloso con estos temas, sabedor de que en su target lector (gente progresista, liberales, con ciertas convicciones humanistas) son asuntos que pueden resultar bastante espinosos.
Pero claro, lo que nos interesa son sobre todo las recetas, la fórmula para avanzar hacia eso que llama democracia radical, que suponemos que es un estadio evolucionado del viejo sistema occidental, la democracia parlamentaria, liberal, el Estado de Derecho, un paso adelante para recuperar sus principios básicos y la conexión perdida con la ciudadanía. La verdad es que aquí el Manifiesto se pone un poco melifluo y no ofrece novedades demasiado llamativas: mayor transparencia y supresión de privilegios de los políticos, avances en la igualdad social para que la democracia tenga una base real, profundización en el feminismo, búsqueda de consensos contra el cambio climático, liberación del mandato imperativo, correcciones en el mercado para reducir la desigualdad, gobernanza transnacional (¿¿¿¿????).
Salvo algunas alusiones más concretas referidas específicamente a España (ciertos cambios constitucionales) todo suena a generalidades tantas veces escuchadas, derroche de voluntarismo idealista, todo bien razonado y a veces innecesariamente repetido, pero con escaso anclaje con la lamentable realidad actual, como sacar la paloma con la rama de olivo y entonar himnos a la paz en medio de una lluvia de misiles. Creía uno, ingenuamente desde luego, que se podría encontrar alguna propuesta, ideas que invitasen a engancharse a una posibilidad de salir de este marasmo, una luz entre el humo que se vende y el fango de la sobreactuación, pero me temo que si queremos algo más que buenas intenciones habrá que buscar en otros sitios.
viernes, 20 de marzo de 2026
Alfred Kubin: La otra parte
- La innegable calidad de su prosa (sensible o vigorosa según se tercie, demuestra que Kubin era tan hábil con la pluma como con el lápiz, el buril o el pincel).
- Su innegable creatividad.
- Su lograda atmósfera (surrealista, difusa, inquietante y tenebrosa).
- Su absorvente argumento (salpicado de escenas memorables en su composición visual)
- Sus fascinantes misterios (sobre todo el que cuestiona si Patera es el titiritero que mueve los hilos o una marioneta más).
- Sus irrepetibles personajes (apenas perfilados, pero visualmente distinguibles los unos de los otros y capaces de dar mucho juego al interactuar entre ellos).
- La frescura que aporta al conjunto la aparición de Hércules Bell, el americano que se opone a Patera y pretende destruir el Reino de los Sueños.
- Que su voz narrativa se toma ciertas licencias (como por ejemplo mimetizarse con la perspectiva de Bell en un único capítulo) que escapan a las atribuciones de la primera persona.
- Que su argumento a veces se estanca.
- Que determinadas escenas carecen de transiciones.
- Que no separa unos cuantos párrafos en la tercera parte, capítulo VIII, que respirarían y se sentirían más orgánicos si así fuera.
- Que emplea de forma desconcertante el verbo evolucionar en las páginas 267, 271 y 274.
- Que su final se desinfla un poco (no porque le falte fuelle, sino porque no podemos evitar compararlo injustamente con la majestuosidad de aquello que lo precede).
- Que se cierra con un capítulo abstracto que intenta dar (sin mucho éxito, a mi modo de entender) empaque al conjunto referenciando el dualismo pendular, concepto que aparece un puñado de veces a lo largo del texto pero que nunca acaba de cuajar.
jueves, 19 de marzo de 2026
Contrarreseña: Hamnet de Maggie O'Farrell
Título original: Hamnet
Traducción: Concha Cardeñoso
Año de publicación: 2020
Valoración: Recomendable
Primero, coincido con la reseña original en lo esencial: la novela está bellamente escrita. Se percibe el trabajo y la atención al detalle en cada página. No tengo ningún reparo en lo que respecta a la forma. Si acaso, se ha elogiado mucho el ritmo y el uso de los saltos temporales; a mí me parecen un recurso innecesario, aunque no por ello le resten valor a la obra.
Mi problema con el libro va más allá de lo estrictamente literario. Tiene que ver, más bien, con el uso de un personaje histórico para manipular al lector. Y esto ocurre tanto en el plano del argumento como en el de la campaña publicitaria de la novela.
Para explicar el primer punto, puedo recurrir a otra obra como comparación. Cuando se estrenó Joker, de Todd Phillips, se utilizó un personaje conocido por todos para contar una historia determinada. Sin embargo, esa película bien podría haber narrado la vida de cualquier individuo desajustado (ahí está, por ejemplo, Taxi Driver) sin necesidad de encajar a la fuerza al Joker en ella (las partes que se entrecruzan con la historia de Batman no tienen ninguna relevancia). Pero el hecho de que sea el Joker garantiza las salas de cine llenas.
De igual manera, Hamnet podría haber sido simplemente la historia de un niño y de su madre. No cambiaría gran cosa si el padre fuera un granjero analfabeto cualquiera en vez de Shakespeare. Como en el caso de Joker, esa elección obliga a la autora a forzar ciertos elementos de la historia sin que ello resulte realmente necesario. En el posfacio, Maggie O’Farrell cuenta que decidió incorporar la historia de la epidemia para dar un sentido más ominoso a la muerte de Hamnet, pero esa decisión acaba sintiéndose añadida desde fuera, como una carga de significado que la novela no necesitaba para sostenerse.
Claro, en la ficción se valen muchos trucos, pero aquí el truco acaba por volverse el centro mismo de la propuesta. No estamos ante una novela que necesite de Shakespeare para pensar mejor el duelo, sino ante una novela que usa el nombre de Shakespeare para intensificar artificialmente su resonancia. El lector no solo lee la tragedia de una familia: lee, sobre todo, la tragedia de la familia de Shakespeare. Y esa diferencia importa, porque introduce de entrada una carga emocional y simbólica que la obra no se gana del todo por sí misma, sino que hereda del prestigio histórico y cultural de sus personajes.
Dicho de otro modo: O’Farrell no parte de una situación novelesca y la desarrolla hasta volverla conmovedora, sino que parte de un material que ya llega rodeado de aura. El hijo muerto de Shakespeare, la posible cercanía entre Hamnet y Hamlet, la esposa relegada por la historia oficial, el genio ausente en Londres mientras la tragedia ocurre en un pueblucho. Todo ello compone un dispositivo casi perfecto para predisponer al lector a la emoción, a la reverencia y a la interpretación.
Y ahí entra el segundo punto: la campaña alrededor del libro. Porque Hamnet no se vendió solo como una novela notable, sino como una especie de revelación íntima sobre Shakespeare; casi como si O’Farrell hubiera iluminado una zona ciega del canon y devuelto voz a quienes la historia había silenciado. Esa operación es muy eficaz comercialmente, desde luego, pero también es discutible. No se nos ofrece únicamente una ficción: se nos invita a leerla con el prestigio suplementario de estar rozando una verdad emocional sobre el mayor escritor en lengua inglesa. La novela se beneficia así de un doble blindaje: por un lado, el prestigio literario de su prosa; por otro, el magnetismo casi inagotable de Shakespeare.
Mi objeción, entonces, no es que O’Farrell ficcionalice una vida ajena (la literatura lo ha hecho siempre y lo seguirá haciendo), sino que aquí la ficcionalización parece menos interesada en interrogar el pasado que en apropiarse de él para producir un efecto reconocible y rentable. Se toma una grieta de la historia, un dato sugestivo, y se construye a partir de él una maquinaria sentimental muy afinada. Pero una cosa es imaginar y otra explotar. Y en Hamnet, a ratos, la frontera entre ambas se vuelve borrosa.
Por eso tampoco termino de comprar una de las ideas más repetidas en torno a la novela: que rescata del olvido a Hathaway. En realidad, no rescata a una mujer histórica, sino que construye un personaje híbrido a partir de sensibilidades contemporáneas. Esa Agnes intuitiva, casi telúrica, ligada a los saberes naturales, marginada por un entorno masculino y por la posteridad del marido, responde demasiado bien a cierta imaginación actual del pasado. Es un personaje eficaz, sí, y por momentos incluso poderoso, pero también calculado. Más que una figura descubierta, parece una figura diseñada para encarnar una reivindicación legible y emocionalmente atractiva para el lector de hoy.
Nada de esto significa que la novela no funcione. Funciona, y muy bien, en muchos pasajes. Hay escenas de dolor, enfermedad y duelo que están narradas con una sensibilidad indudable. Pero precisamente por eso me resulta más frustrante: porque debajo de esa prosa excelente percibo una operación oportunista. Como si el libro no confiara del todo en la fuerza de su propia historia y hubiera necesitado apoyarse en la celebridad de Shakespeare para volverse imprescindible.
Pueden leer la reseña original aquí: Hamnet
Otros títulos de esta escritora reseñados en Un Libro Al Día: Tiene que ser aquí, La primera mano que sostuvo la mía, El retrato de casada
miércoles, 18 de marzo de 2026
Agustín Alonso G.: Demarquía
Año de publicación: 2025
Valoración: Recomendable
España. Año 2026 + x (siendo 10<x<20, aprox). El hartazgo que llevó al 15-M y al auge de la extrema derecha ha dado paso a la demarquía, sistema político por el cual los representantes del pueblo son elegidos mediante sorteo puro y duro, aunque el Presidente del Gobierno sigue siendo elegido mediante votación "al uso".
Este punto de partida nos puede traer a la cabeza a Jose Saramago (Ensayo sobre la lucidez) o a Michel Houellebecq (Sumisión) y nos puede llevar al terreno de la utopía, de la distopía o de la ficción política, pero esto no sería del todo correcto porque, transcurridas unas páginas, el autor pone el foco en algunos de los parlamentarios electos y en sus circunstancias personales, lo que hará que la novela tome la vía balzacquiana o galdosiana.
Por lo tanto, la obra de Agustín Alonso retrata la realidad social y política del país (sí, alguno dirá que es una novela woke porque en la novela hay negros, homosexuales, etc pero esto ya no es el país uniforme de hace unos años, chavales) haciendo que personajes de diversas edades, procedencias geográficas y sociales, ideologías, etc ocupen el centro del texto. De hecho, y aunque no sé yo si el autor estará muy de acuerdo, creo que Demarquía es una "novela de personajes".
En cualquier caso, el componente político es innegable, tanto es así que será el avance en la tramitación de una nueva Ley de Educación el hilo conductor que hará los personajes interactúen y se vean sometidos a presiones o tensiones que determinarán su comportamiento.
Sea como fuere, y metamos Demarquía en el saco que queramos meterlo, se trata de una utopía convertida en tragicomedia que mezcla hábilmente la ficción política con el retrato social y que posee una serie de virtudes a tener en cuenta:
- ambición. No se llevan demasiado las novelas de 400 páginas y con muchos personajes. Tendemos a lo breve, pero a mi estos intentos "totalizadores", aunque puedan tener sus defectillos, me parecen dignos de alabar
- personajes. Por lo general, los persanajes de Demarquía me parecen bien construidos en lo "argumentativo" y creíbles en sus voces. Su evolución resulta razonable y su actuación ante los acontecimientos de la novela es coherente.
- lo posmo. Demarquía es parcialmente una novela decimonónica (ojo que esto no es peyorativo, ni mucho menos), pero enlaza con la modernidad gracias a la inserción de artículos, noticias, transcripciones de sesiones parlamentarias, etc que están plenamente justificadas en el desarrollo de la trama.
- el guiño a los thrillers políticos setenteros, aunque no esté por aquí Robert Redford.
- cierta tendencia a la sobreadjetivación en la parte inicial, relacionada con la presentación de personajes.
- algunos personajes algo descafeinados. Cuando uno opta por meter tantos personajes existe el riesgo de unos "se coman" a otros. Aquí ocurre, creo yo, pero es producto de esa ambición de la que hablaba.
- la parte más estrictamente "burocrática", que creo que rompe en parte el ritmo de la novela.
martes, 17 de marzo de 2026
Leila Sucari : Casi perra
Año de publicación: 2023
Valoración: está bien
Una mujer de mediana edad, de quien no conocemos nunca el nombre, se sube al tren en alguna ciudad argentina, para bajarse en la última parada, en un pueblo de nombre improbable. Allí se instala en un camping, junto al río y se dedica a recordar y olvidar una relación sentimental con un hombre -de éste sabremos que es su psiquiatra o psicoterapeuta- mientras lleva a cabo una especie de purga física por medio de una ¿degradación? ¿Deconstrucción? ¿Toma de conciencia de su condición animal y subsiguiente empoderamiento a través de la asunción de sus deseos femeninos? Yo que sé, la verdad... el caso es que tras pasar así toda la primera parte de la novela -muy corta, por lo demás- y cuando parece que la narración se ha estancado, la mujer se traslada -o la trasladan- a un pueblo cercano, más fantasmal o metafísico que el anterior, si cabe y allí, en su segunda mitad, la narración toma otros derroteros y el lector (o lectora, pues quizás la novela esté más pensada para un público femenino, autoconsciente y "echao p'alante", al estilo de buena parte de la literatura latinoamericana de más éxito en los últimos tiempos) llega a la conclusión que la primera parte de la historia no era sino una preparación para esta segunda, que es donde está el meollo de la narración y, sobre todo, de lo que pretende contarnos su autora...
En este segundo pueblo la protagonista tiene una relación romántico-sexual-alucinada con Diamela, una lugareña lectora de las Metamorfosis de Ovidio y ahonda en su liberación/autorrealización a través de la rendición ante sus instintos animales -de ahí el curioso título de la novela y ya he contado demasiado_; es todo muy confuso, empero y no queda claro hasta que punto la protagonista y narradora -se me olvidaba decir que la historia está contada en primera persona- nos explica lo que sucede en la realidad física, lo que ocurre en su percepción o imaginación o lo que puede deberse a una dimensión mágica o mística de su devenir... Tampoco es que importe mucho, la verdad: lo mejor es no tratar de entenderlo todo a la perfección y dejarse llevar por la prosa, que en ocasiones es arrebatadora e incluso magnífica, con momentos de gran lirismo -el primer encuentro sexual entre las dos mujeres, por ejemplo-, aunque en otros bordea peligrosamente no ya lo inverosímil, pues este adjetivo se cierne sobre toda o gran parte de la novela, sino lo ridículo. De ahí que yo, desde mi modesta competencia crítica, no me sienta capaz de valorar con mayor entusiasmo este libro; a las páginas o párrafos que me han subyugado seguían otras que enfriaban bastante mi ánimo. Por otra parte, la convivencia continua entre reflexiones más o menos intelectualizadas y otras mucho más epidérmicas y hasta soeces, si bien sirven para retratar el evidente desequilibrio de la protagonista (ojo, que no digo que esté cucú bananas del todo, de hecho, ese desequilibrio, ese dejarse caer en un vórtice dionisíaco parece necesario para su deconstrucción, etc.), no hacen más fácil el avance en la lectura, sobre todo en algún momento en que la narración se encalla un poco, como ya digo.
No obstante, estoy seguro que a muchos lectores o puede que, sobre todo, lectoras, les puede interesas sobremanera esta nouvelle que por momentos resulta intensa y absorbente. Quizás quienes la lean desde fuera de Argentina tengan algún problema con el castellano en el que está escrita (he de confesar que siento debilidad no sólo por la literatura argentina sino, más aún, por la que está provista de numerosos argentinismos bien puestos, aunque a veces no los entienda del todo), pero no es un obstáculo invencible, ni siquiera relevante, creo yo. Y, teniendo en cuenta la extensión del libro, tampoco su lectura será una gran pérdida de tiempo para nadie, en caso de que no le agrade. Ánimo y buena suerte.
lunes, 16 de marzo de 2026
Jorge Dioni López: Pornocracia
Idioma original: español
Año de publicación: 2025
Valoración: muy recomendable
Uy. Hasta el título podría sonar a clickbait y no hace mucho (el tema acapara mi atención, jeje) que escribía aquí sobre otro libro que ponía la cuestión sobre el tapete, quizás de una manera más general. Eso sí, despachado en apenas una centena de páginas y aquí tenemos más de trescientas, encabezadas por un algo extenso prólogo que ya de por sí contendría tanto texto como el de Julia Bell. Pornocracia, por eso, justifica esas páginas y se encuadraría (si el tiempo o la evolución de la tecnología no lo convierte en obsoleto en cinco, diez años) en una referencia casi necesaria no solo para comprender sino incluso para especular sobre esa espiral - adjetívela usted mismo - que ha convertido internet en el conocimiento global. Sí, algo disperso, sí, algo a veces como forzado, pero el ensayo de Jorge Dioni consigue una extrapolación, un análisis basado en la proyección más ambiciosa - de la habitación cerrada a la política de las grandes compañías tecnológicas - sobre el mundo actual, ese que incluso ya ha franqueado ciertas barreras. Los problemas del mundo occidental ya han alcanzado, por polarización, a esa minúscula célula de occidente que cabe en la pantalla que sostiene alguien con conexión a Internet).
Por supuesto, un libro que acumula en su texto y al final montones de referencias. Es un estudio que no cualquiera puede abordar. No se salta de la redacción de Sport a atesorar tanto conocimiento y tan dispar a base de darle al scroll en el TikTok. Lo de Dioni es ambicioso, quizás a veces sea atropellado y un punto osado en su elucubración, y hay quien diría que partir del porno - de esa máquina del porno, como denominaba un laptop el hermano de Earl - y de su evolución e influencia en las prácticas y hábitos de sus usuarios - para trazar especulaciones de cierto alcance es apuntar muy alto.
Pero lo que es cierto es que el mundo actual está anegado de intereses que prefieren a la gente observando desde la barrera, impertérrita hacia las amenazas que se arrastran hacia su mentalidad, hacia su opinión, hacia su bolsillo. Que esos intereses suelen obedecer a la persistente espiral hacia la concentración de poder, de influencia, cuyo sumidero siempre es el interés económico, la desigualdad en la distribución de la riqueza. No son los tiempos salvajes de la canción de Weyes Blood, no vamos a ser bombardeados ni atacados mañana o pasado, no van a aparecer los tanques en las avenidas de las grandes ciudades, porque ya no son necesarios. Pornocracia no es un texto que pretenda imponer una teoría conspiranoica - de hecho, apela tanto a productos prácticamente alternativos (como la curiosa serie Autodefensa) como a clásicos del pensamiento moderno como Zizek - sino más bien una reflexión abierta sobre como hasta la experiencia más íntima y furtiva se ha acabado convirtiendo en un microcosmos, en el origen del fractal que es la civilización de hoy en día.
Reseñado de este autor en ULAD: aquí



