martes, 30 de junio de 2026

Tochoweek VI #2: Martín Caparrós y Eduardo Anguita: La voluntad: Una historia de la militancia revolucionaria en la Argentina (1966-1978)

Idioma original: español
Año de publicación: 1997-1998
Valoración: monumental

Uno elige lecturas de acuerdo a parámetros insólitos. En este caso, mi pensamiento fue así: estos cinco tomos hace mucho que los veo rondando en las librerías, tienen pintas de ser mamotretos áridos (cada uno ronda entre las quinientas y seiscientas páginas), pero como el tema me interesa, hagamos una prueba. Y me encontré con una crónica que bordea el thriller y el horror y una escritura que, a fuerza de contenerse para respetar los testimonios de los involucrados, y de no basar la historia en los datos puros, se desboca en los hechos narrados. Entonces, para tocholibros, tochoreseñas.

Esta crónica, como dice el título, abarca desde el año 1966 hasta 1978, años movidos en Argentina, como mínimo, años trágicos en su verdadera acepción de la palabra. años donde, subterráneamente, tanto en la calle como en los despachos, se construyeron ilusiones y se traicionaron principios de la forma más cruel. Caparrós y Anguita tomaron una gran decisión narrativa, artística e histórica a la hora de retratar estos años, la de evitar un paneo general (superficial) de la época, sino una serie de entrevistas a distintos actores, toda gente que estuvo involucrada realmente en el devenir político de la Argentina, y es por eso que no hay testimonios de grandes peces (por ejemplo Firmenich, líder de los Montoneros), lo que evita, por un lado, el juicio rápido que uno pueda llegar a tener acerca de esos tótems de la escena argentina, y, por el otro lado, asegura, por lo menos, una simpatía hacia las personas que aparecen. 

Dentro de la militancia revolucionaria de esos años, que surgiría primero como un sueño dorado (sustentado por las drogas, el hippismo, el rock y otras situaciones típicas) y (¿degeneraría?), (¿se volvería más práctica y, por ende, cruel?) terminaría en la guerrilla armada, el espectro político cubre el peronismo clásico, el peronismo revolucionario, el socialismo y el comunismo. Cada vertiente se ve representada por diversas personas que van recorriendo los cinco tomos, por lo que podemos leer estas historias como una novela, con sus desarrollos de personaje, sus dudas, sus puntos de quiebre, sus valentías y cobardías y tantos otros factores humanos.

El primer tomo, que se llama El valor del cambio, cubre de 1966 (iniciando con el golpe de Estado a Illia por parte de Onganía) y termina con el Cordobazo de 1969. Es, seguramente, el tomo más difícil de entrarle, porque la estructura es algo insólita (la interrupción de las historias de un párrafo al otro, la profusión de datos técnicos en dos páginas y luego otras dos páginas de diálogos propias de la ficción) y el tono se esfuerza en ser neutro todo el tiempo. En realidad es de admirar que Caparrós y Anguita, siendo partícipes de vez en cuando de la época que están cubriendo, no hayan tenido el afán de insertarse en alguna escena a pesar de poseer méritos para ello. Como tal, apenas aparecen un par de veces a lo largo de tres mil quinientas páginas, por lo que no se les puede acusar de un exceso de protagonismo ni nada por el estilo. A la vez, mientras el capítulo se explaya, de vez en cuando nos cuentan qué ocurría en las demás latitudes del mundo, como para ponernos en contexto y ver la trama de las relaciones a un nivel mundial, para darse cuenta de que nada fue casualidad.

El primer tomo sirve de entrada a todos los personajes. Tenemos, por ejemplo (y quizás, dentro de lo coral de la crónica, uno de los grandes protagonistas), a ese colosal representante del peronismo, Cacho El Kadri, un tipo que es imposible que no despierte simpatía al lector, por lo humano, lo sincero y cálido de sus relaciones, sus dudas constantes, lo mal que la pasa todo el tiempo (encerrado, torturado, exiliado) y su valentía a pesar de todo. No ha sido muy reconocido en nuestra historia y es una gran pena. Otro ejemplo es Graciela Daleo, que empieza como una chica de dieciséis años, con todo lo que conlleva, y va atestiguando la conversión de sus sueños (de la volanteada de sus reclamos a pertenecer, con nombre de guerra y todo, a los Montoneros) a un frente de violencia, paranoia y dolor. Podría detallar a cada personaje (algunos siguen vivos en la actualidad), pero creo que es mejor descubrirlo por cuenta propia, ver cómo, en cualquier ámbito, ya sea en lo legal, en lo universitario, en lo laboral, etcétera, contribuía a cierto ideal hacia un mundo mejor, más allá de las diferencias claves (y que, muchas veces, terminaron siendo el desencadenante de una tragedia).

El segundo tomo se titula El cielo por asalto. Para un gran título corresponde un gran tomo, el mejor de los cinco. Es acá donde Caparrós y Anguita se desatan y empiezan a tejer las vidas de los que aparecen, de encadenar relato por relato con una precisión que asusta, cómo las piezas van encajando en ese mosaico de la historia argentina, entendiendo, de repente, por qué las cosas ocurrieron de esa manera. Es también, y esto es muy importante para el tono que se establece en los demás tomso, el libro más épico. Hay literalmente un rescate en la cárcel de Rawson y una huida por avión hacia Chile, donde gobernaba Allende en su momento y podían esperar una recibida amable. A lo largo de esta crónica hay latente un componente de majestuosidad, de creer que, aunque las cosas se recrudecieran, si uno ponía el cuerpo y la voluntad se podían mejorar las cosas, se podía salvar al otro, se podían arruinar los planes de los asesinos en los altos cargos, parafraseando a Cohen. Pero también, latente, se empieza a entrever la traición de Perón. El ochenta por ciento de los personajes, más o menos, trabaja por y para la vuelta de Perón, y las respuestas de este último, las medidas que toma, la demora, la ausencia incluso, permite intuir que nada será un campo de rosas, y uno se da cuenta (empieza a darse cuenta) de que no quiere que a estos personajes les pase algo, no quiere ir a Google para ver qué fue de sus vidas (como hice yo, un trago amargo que no aconsejo), porque a partir de este punto es que los militares empiezan a asesinar indiscriminadamente, sin juicio previo, tanto en cárceles como secuestrando gente. 

Pero todavía no está la sensación de ambiente en la derrota, y de hecho la presión hace que el gobierno de Onganía se debilite y pase primero por Levingston y luego por Lanusse, que terminará llegando a un arreglo para la rehabilitación del peronismo como partido y la asunción de Cámpora como resultado de ello. Así llegamos al tercer tomo, La patria socialista, que cubre desde 1973 hasta 1974 con la muerte de Perón. Se podría decir que es la parte más triste de todas; al menos es donde a uno le agarra profundo asco al ver cómo se ven pisoteados los sueños de la juventud. El culmen de este desagravio se ve representado en dos momentos: la masacre de Ezeiza, con la disputa entre el peronismo de izquierda y el peronismo de derecha, y sin que nadie hiciera nada por evitarlo, y la participación de uno de los personajes más turbios de nuestra historia, José López Rega (no tienen más que mirar su foto para que les entre un escalofrío), gran responsable (pero no del todo: demasiado lúcido era Perón para esas cosas) del aumento de la violencia, con la formación de la Triple A para perseguir a sus mismos compañeros ideológicos, incluso gente como Julio Troxler, sobreviviente de los fusilamientos de León Suárez (es decir, Operación Masacre...) y asesinado por un gobierno que defendía. Nada más triste que eso.

La muerte de Perón es apenas un epitafio anunciado en el tomo 4, La patria peronista: al dolor de la despedida, al dolor de alguien que irrevocablemente cambió el destino de muchos, llega la oscuridad, la desidia, la moral profanada, la desconfianza entre grupos, el paso renovado hacia la clandestinidad de los movimientos armados (Montoneros, ERP, FAR, FAP y mil divisiones más que demuestran que ya no hay lugar para los debates interminables, no hay lugar para el todos somos hermanos y all you need is love; se empieza a estilar el o sos vos o soy yo, los sindicatos vuelven a lavarse las manos en muchas ocasiones, arranca la (des)valorización financiera y la podredumbre económica y empiezan a morir, como puñaladas en el corazón, personajes que uno ya internalizó y hasta admiró, como Agustín Tosco, baluartes inamovibles de sus principios. También es cierto que es el libro más complicado de leer y en algunas partes se pone árido, espeso, no tanto por lo emocional, sino por el estancamiento de los personajes, producto mismo de la época que transitan. Nadie es capaz de moverse, nadie es capaz de encontrar respuesta a lo ocurrido, nadie dilucida qué tiene que hacer, si seguir resistiendo o irse del país, y pareciera que la única resistencia la ofrecen los grupos más o menos armados y jerarquizados (en demasía, en una cerrazón ideológica y moral que los termina por deshumanizar y emprender acciones aún más delirantes).

Y llegamos al último tomo, La caída. Desde entrada el título lo anuncia. También es donde uno se da cuenta (o al menos yo, porque lo leí más como una novela que como un ensayo cargado de subjetividad por parte de los autores y, por ende, de ideas preconcebidas por mi parte) que el título de los cinco tomos es certero, Se trata de la voluntad de un grupo de gente que peleó y fracasó. Esa voluntad se ve aplastada desde todos los frentes (hasta el día de hoy se sigue viendo aplastada). No solo asume la dictadura más sangrienta, sino que estos dos años que cubre (1976-1978) son de una crueldad arrolladora. Todos los días ocurre una desaparición, un asesinato, se esparcen los rumores (algo habrán hecho, dirán algunos, es imposible que pase eso, dirán otros) de las torturas más sádicas, mueren personajes a mansalva, personajes que uno conocía desde el primer tomo, y cada uno de ellos duele, es un shock, incluso cuando ya se conoce la historia. El tono es desolador. Aunque Caparrós y Anguita mantengan lo aséptico de la narración, la depresión se cuela por las venas narrativas, y poco a poco vemos a los personajes aceptar sus derrotas, llorarlas, intentar escaparse por todas las vías del país o kamikazearse la vida y quedarse por la pertenencia, por el sentido del deber, incluso cuando al día siguiente mueran. Entonces el título se revela luminoso. Es verdaderamente una historia de la militancia revolucionaria, porque difícilmente, luego de ese período, se volvió a ver una aglomeración de personas excepcionales trabajando en pos de un mundo mejor (todo esto sin olvidar los signos de cada época: la esperanza alfonsinista, la murga farsesca de Menem). El final del tomo incluye entrevistas a los sobrevivientes de esos años (bosquejos, en realidad, de lo que les significó la militancia en su vida); dejo a los futuros lectores las conclusiones que se puedan sacar a raíz de sus voces.

He hecho un recorrido por los cinco libros. Se puede hablar de muchas cosas. La ternura de los cánticos revolucionarios, dichos casi siempre en el momento menos oportuno (y mucho de ellos se te pegan sin querer), el recorrido vital de los personajes, los diálogos, típicamente argentinos pero vivos como en la mejor ficción, escenas de acción, de asesinatos, de persecuciones, de paranoias y esperanzas, de operativos imposibles, de debates interminables donde la línea del partido se aclara por quincuagésima vez y de grandes proclamas. De la recurrente aparición de gente histórica, como Rodolfo Walsh, al que lo seguimos en ese registro periodístico inmortal, más incisivo que una bomba atómica, o de un jovencito Menem, que ya presagiaba su personalidad presidencial, de escritores como Puig, Borges, Cortázar, todos opinando de lo que ocurría, y todo esto sirve para verlos como personas que realmente existieron y no solo en sus papeles, lo que le otorga a los volúmenes una irrevocable sensación de nostalgia y cercanía por los conocidos.

Se acaba exhausto de la lectura, pero con la sensación de haber aprehendido, de forma significativa, una porción de la historia argentina, que visto desde lejos son apenas doce años, pero fueron el universo entero para un puñado de gente. Se acaba perteneciendo a una familia, con todo lo que conlleva, admiración, enojos hacia las decisiones y pensamientos, asco por las traiciones, alegría por los que lo siguieron intentando, y al final, luego de todo esto, una profunda melancolía. Melancolía no por el pasado, pues es un pasado teñido de sangre, pero sí por las actitudes, las creencias, valores que parecen novedad en este mundo inhóspito. Se puede discutir si tenían razón. Se puede discutir si no eran más que un puñado de imberbes que creyeron que enfrentarse al poder eran pan comido. Se puede discutir si no se mandaron calamidades y empezaron a creer que la milicia armada era la respuesta a todo, sin ver a largo plazo en un determinado contexto, sin pensar en la reacción de la sociedad argentina, sin hacer caso a otro camino. También se puede discutir si realmente había otra manera, si ante toda la desesperación y sadismo uno podía creer que no había forma de escapar, y esa desesperación impulsaba a las pésimas decisiones dentro de un grupo y a combatir a un monstruo mucho peor convirtiéndose en uno. Habrá frases, párrafos, capítulos, personajes, que a muchos les parezcan deleznables de acuerdo a su historia personal, y habrá frases de esta reseña por las que me ligaré alguna bronca. Ni Caparrós o Anguita pretenden responder a esos debates (y en eso reside la grandeza de esta crónica), solo exponer los hechos de lo que fue una batalla por los ideales, una batalla por la interpretación (errónea a veces, llena de bondad en su mayoría) de ciertas ideas y el abandono y la traición de muchas otras. 

Más de Caparrós acá

lunes, 29 de junio de 2026

Tochoweek VI #1 Andrew O'Hagan: Caledonian Road

 

Idioma original: inglés
Año de publicación: 2025
Traducción: Rubén Martín Giráldez
Valoración: bastante recomendable

Dios: soy tan poco anglófilo que ni siquiera me gustan los Beatles (ni los Stones). Así que cuando una novela de más de seiscientas páginas* es proclamada como la Gran Novela Londinense, apenas siento una cierta curiosidad. Gran Novela Londinense: o sea, ¿vamos a tener una Gran Novela para cada gentilicio? Pasaremos de la Americana a la Barcelonesa, ¿llegaremos a conocer la Gran Novela de Motilla del Palancar?**

Supongo, para empezar, que ese grandilocuente apelativo requiere que, de alguna manera, una novela sea ambiciosa, sea de amplio espectro, incorpore algún elemento que la permita convertirse en definitoria, al menos, del momento en que transcurre. 

Bien, esto Caledonian Road lo cumple. Aunque haya que aportar el matiz de que vivimos en tiempos en que todo sucede muy deprisa, pero al menos nos alcanza la memoria de los grandes trazos que sitúan en contexto la obra, y de algunos, aunque nos suenen lejanos, aún no nos hemos olvidado: Covid, Brexit, Bitcoin, guerra de Ucrania, Epstein files. Sí, desde luego una buena amalgama para empezar. O'Hagan crea una novela coral cuyas piezas empiezan a encajar pronto. Obviamente hay influencias palpables, ese retrato social que muestra las desigualdades dentro de una gran ciudad de Occidente ya lo hizo Tom Wolfe en La hoguera de las vanidades, quizás algo más extremo y sin tantas interacciones como las que O'Hagan nos procura aquí.

Campbell Flynn, un escritor que ha tenido un enorme éxito con un libro sobre Vermeer, ha empezado a acumular deudas, las propias de su excesivo estilo de vida. Conectado con la clase alta británica (que sale muy mal parada, algunos diálogos protagonizados por aristócratas son delirantes, por estúpidos, por hipócritas, o directamente por surgir de un universo paralelo de despilfarro y pedantería),  pero Flynn disfruta de influyentes conexiones en el who's who de la ciudad, lo que le permite trazar un extraño plan: publicará, con un torpe joven actor como cara visible que prestará su nombre, un polémico libro de autoayuda. Necesita dinero, necesita no poner su prestigio en tela de juicio, y Elizabeth, su paciente y aristocrática esposa, sin enterarse de nada de lo que ocurre a su alrededor, comprenderá su situación, aunque sea de forma transitoria. Hay muchos personajes aquí: Milo, un alumno suyo muy hábil en la darknet, le sirve de cicerone en las nuevas tecnologías. Moira Flynn, su hermana, es una diputada laborista que intenta mantener una postura ética enmedio de las tormentas que se generan por doquier. No así William Dyre, amigo de la infancia, de alguna escuela y universidad elitista, este ya pringado hasta el tuétano: relacionado con prebostes de la oligocracia rusa residente en Londres, sus tentáculos llegan hasta bien abajo y con muchas sucias raíces: tráfico de inmigrantes, cultivos de marihuana, empresas textiles que explotan sin escrúpulos, Dyre lleva una existencia que combina presencia en selectos actos y amantes jóvenes enganchadas a las drogas. También tiene un hijo, Zak, una especie de eco-yuppie que ha decidido plantar cara a la figura paterna sin renunciar a su privilegiado estilo de vida.

Seiscientas sesenta páginas de constantes cambios de escenario y de, alguna vez, difícil seguimiento de las tramas. Vamos de salones de enormes pisos repletos de caras obras de arte a estrechos apartamentos de inmigrantes polacos obligados a buscarse la vida. Quizás, en ese afán de completar el cuadro, Caledonian Road se acerque algo al registro de un best-seller, pero los retratos de los personajes son claramente literarios, sus trazos son definidos con matices y sus dudas y contradicciones no se esbozan a brochazos. Flynn parece el anti-héroe torturado e inseguro que piensa que su situación se arreglará algún día, de alguna manera. Dyre, el potentado arrogante e inmoral, pagado de sí mismo que sabe que siempre va a contar con una vía de escape. Los jóvenes que aparecen en la novela cubren todas las posibilidades, desde los desgraciados que han estado en el momento inadecuado en el escenario de un crimen o en el interior de un contenedor, hasta aquellos que parecen mantener una postura ética inquebrantable. 

Caledonian Road, que toma el nombre de una de esas largas calles que atraviesan la ciudad y en la cual hay enormes desniveles sociales, es una buena novela, quizás la necesidad de O'Hagan de atender tanto personaje y dejar trazos nítidos de cada uno sea lo que justifique su extensión. A lo mejor O'Hagan necesita eso para completar su socavada denuncia de la sociedad british, en la que, aunque haya que recurrir a la traición, cuanto más alto se está en el escalafón social, más segura es la impunidad, sea por los medios que sea que esta se alcance. Es una novela intensa, a veces algo difícil en su seguimiento, pero, sin dudas, brillante e interesante.

*Umbral no escrito que la certifica como tocho

**Sin ofender: broma interna del blog que llevaría varias reseñas adicionales explicar

domingo, 28 de junio de 2026

Paula Melchor: Un conjuro

Idioma original: 
español
Año de publicación: 2025
Valoración: Muy recomedable
 
Hace unos meses conté por aquí lo mucho que me había gustado Amor y pan de Paula Melchor; así, cuando salió Un conjuro me lo compré inmediatamente, y lo leí en cuanto tuve oportunidad - hace ya un tiempo; para lo que no he conseguido encontrar tiempo ha sido para escribir esta reseña. 
 
Naturalmente, después de un gran primer libro como es Amor y pan (o como Panza de burro de Andrea Abreu, que también ha anunciado nuevo libro, ¡yay!) se cierne sobre los/as autores/as un dilema: repetir la fórmula que funcionó en el primer libro, con el peligro de que resulte redundante, y normalmente inferior; o intentar algo completamente diferente, con el riesgo de que no funcione, y también de decepcionar a los lectores que vienen buscando algo parecido al primer libro. Este dilema ha paralizado a grandes escritores, convirtiéndolos en one hit wonders... Me atrevería a decir que, en esta disyuntiva, Paula Melchor ha conseguido salir más que airosa: Un conjuro es sin duda un libro de Paula Melchor (tiene su sensibilidad, sus referentes, su vocabulario), pero al mismo tiempo es un libro diferente un proyecto literario y poético con personalidad propia y coherente. 
 
Lo que añade Un conjuro en relación con Amor y pan es un impulso narrativo que, aunque no estaba completamente ausente del primer libro, gana aquí una nueva dimensión; se trata de una narrativa mítica, cosmogónica, cuyos orígenes pueden rastrearse de hecho hasta Hildegarda de Bingen o Teresa de Jesús (sí, realmente parece que estamos en una época de retorno de lo místico, nos guste o no), o más allá hasta el Cantar de los cantares, al que pertenece uno de los epígrafes del libro. El conjuro narra el nacimiento de una muchacha (una Eva o Lilith originaria, anterior al resto de la humanidad), su amor con un cervatillo, que después se extravía; su convivencia con los "hombres malos", y su reunión final con el cervattillo reaparecido; por el camino conocerá otros hombres, cantará sobre "el amor y el pan" para las multitudes, transformada en juglarilla, y conocerá el amor y el desamor, el dolor y la belleza.
 
Tal como Amor y panUn conjuro está atravesado por la sensibilidad de Paula Melchor, delicada, juguetona, inteligente, con una poética de claridad deliberada, y muy ligada a las imágenes de la naturaleza (ríos y piedras, castañas y flores, salamandras, cervatillos y liebres). Así, en uno de los primeros poemas del libro se lee:
Al principio todo era luz, pero estaba sola.
Todo era hermoso, pero estaba
sola.

Nací la primera, de entre las piedras
de un río donde mucho
mucho tiempo después
jugarían los niños.

Al principio no eché en falta el amor
porque no lo conocía
Aunque el libro trate de diversos temas más allá del amor (también Amor y pan lo hacía, por cierto), es innegable que este es un tema central y recurrente, ya sea a través del símbolo místico del cervatillo (puro San Juan de la Cruz), a través de otros "hombres malos" o "chicos guapos"; un amor que puede ser liberador ("tu amor me hace querer hablar / con nuevos dialectos de la tierra") y que es también el propio origen de la escritura ("quería / sobre todas las cosas / ser amada"). El amor es también uno (aunque no el único) de los significados del título:
El conjuro original fue siempre
nuestro nombre en labios de otros:
en la oscuridad de los caminos
alguien nos llama por primera vez
.  
Estoy seguro de que hay lectores y críticos que prefieren poéticas más densas y herméticas, e incluso sospecho que habrá quien compare a Paula Melchor con "poetas instagrammers" de calidad dudosa; de lo no cabe duda, en todo caso, es de que se trata, en este caso, de una poética deliberada y autorreflexiva, una decisión consciente por la transparencia estilística que no implica banalidad ni obviedad; una sencillez que ocasionalmente llega a lo fonético ("estripar") o a lo onomatopéico ("PUM", "cataclán"), y más frecuentemente a lo léxico y a lo morfosintácico, con esos diminutivos tan característicos de la autora. El propio texto problematiza esta cuestión cuando imagina voces entre el público de la juglarilla que la criican ("decir el amor sin adornos, / qué vulgaridad / qué / vulgaridad), o cuando, en ese mismo poema, se pregunta "...si quizás / pueden las flores blancas / crecer en cuevas hondas". 
 
Por otra parte, la combinación de los poemas con textos en prosa sirve, creo, a una doble función: rellenar los espacios blancos de la narrativa de la "juglarilla", y también permitir un nuevo nivel de reflexión o comentario sobre la acción o sobre la propia poesía, superando los posibles límites o restricciones del verso. Así, por ejemplo, en otro momento metapoético se cuestiona:
Sentí que todo lo que decía era redundante y absurdo. ¿Para qué decirlo entonces?, les preguntaba a mis gatos y a los caracoles. ¿Para qué decirlo entonces?, le preguntaba a mis amorcitos muy queridos. ¿Para qué decirlo entonces?, me preguntaba a mí misma cada vez que sentía ganas de cantar.

Aunque Un conjuro no me haya producido la sorpresa y, por ello, el deslumbramiento de Un amor, es probable que este sea un aún mejor libro de poesía: más complejo, más maduro, sin que ello suponga perder la frescura, y elevado, creo, porque el misteroso poder del mito y de la fábula. 

sábado, 27 de junio de 2026

Oriol Vlak: Soc un gat

Idioma original: Català
Año de publicación: 2026
Valoración: Entretenido

Soc un gat es la historia de un gato que trata de salvar a un amigo recién conocido. En su periplo, recorrerá paisajes fantásticos y se le unirán extraños compañeros de viaje.

El primer cómic en solitario de Oriol Vlak es una ida de olla. Y es que, pese a la simpleza de su premisa y argumento, lo salpican un tono delirante, lógica absurda, ideas surrealistas, referencias artísticas, humor bonachón, personajes extravagantes y escenas de acción deudoras del manga, que confieren al conjunto un acabado de lo más alocado y gamberro.

Ya digo que el argumento de Soc un gat es bastante simple. Sin embargo, la gracia de éste se halla en el ángulo excéntrico desde el que se abordan los archiconocidos ingredientes que lo componen. Asimismo, ninguno de los personajes de este cómic destaca por tener una caracterización compleja. No obstante, Vlak logra que el lector se encariñe con ellos. 

Por otra parte, el apartado artístico de Soc un gat es una auténtica gozada. Aunque realizado con medios digitales e incluso superpone fotografías reales a las ilustraciones para algunos escenarios, logra unas texturas y un uso del color reminiscentes a los conseguidos con la pintura analógica.

Llegados a este punto, debo admitir que, en algunos apartados, Soc un gat hubiera podido pulirse. Por ejemplo, creo que su ritmo, aunque satisfactoriamente ágil, es a veces demasiado acelerado, cosa que impide que el argumento respire, los personajes se desarrollen y las situaciones calen. Además, si bien la mayoría de referencias artísticas que aparecen en el cómic funcionan a modo de mero guiño visual (la Cabeza de esqueleto con cigarro de Van Gogh, La gran ola de Kanagawa de Hokusai, el Castell Cartoixa de Vallparadís o el Museu Nacional de la Ciència i la Tècnica de Catalunya), las que citan a La naranja mecánica de Kubrick son a mi juicio algo intrusivas.

En conclusión: disfrutad de Soc un gat. No os dejéis amedrentar por el hecho de que lo que cuenta ya se ha visto con anterioridad, por su ritmo, ágil aunque quizás algo acelerado, por su final, bastante anticlimático, por alguna de sus referencias, que es un tanto intrusiva, ni por su villano, que acaba por perder toda su aura de misterio y amenaza. Centraos, en cambio, en las virtudes de este meritorio cómic de Vlak: ese mensaje a favor de la amistad, esos protagonistas a los que es imposible no coger cariño y esas ilustraciones enérgicas y coloridas.



viernes, 26 de junio de 2026

Darko Cvijetic: El rascacielos rojo

Título original: Schindlerov lift 
Idioma original: Croata
Traducción: Patricia Pizarroso y Marc Casals
Año de publicación: 2018
Valoración: Muy recomendable

Save Kovačevića 15, Prijedor 79000, Bosnia y Herzegovina. Esta es la dirección del rascacielos rojo, bloque construido en el año 1975, bloque en el que reside el propio autor de la novela y bloque a través del cual se cuentan los últimos 50 años de Yugoslavia / Posyugoslavia.

Eso de contar la vida a través de lo que va sucediendo en un bloque de viviendas es una idea muy perecquiana. ¡Tomar como punto de partida un espacio cerrado para, a partir de ahí, contar la historia de un lugar y un tiempo es algo que ya hizo Perec en La vida instrucciones de uso! Y no solo la idea, también a nivel estructural hay semejanzas con la obra de Perec ya que El rascacielos rojo se estructura en breves capítulos con los que se rompe la linealidad, que comparten personajes que irán apareciendo y desapareciendo, etc. Ahora bien, pese a estas semejanzas y a esa idea de puzzle que las une, la del francés es una obra más ficcional y lúdica que la de Cvijetic, mucho más anclada a una realidad terrible.

Porque lo que en 1975 fue un bloque de vanguardia construido para, en su mayoría, trabajadores  con independencia de su origen "étnico" se convirtió en una perfecta metáfora de lo que sería después una región en la que la convivencia se convirtió en un arma mortal. Y en este sentido, hay dos imágenes centrales en el texto: un muñeco de cartón de Tito que se va pudriendo en un jardín y un muñeco de nieve cipotudo.

Así, encontramos relatos (o capítulos, porque en realidad El rascacielos rojo es una novela formada por 32 relatos interconectados + algún bonus track) que hablan de esos tiempos iniciales que los más viejos aún recuerdan (una gran terraza en la azotea y unas vistas de la ciudad que incluso los aviadores habrían soñado con tener) y que son puestos, de diversas formas, en contraposición con tiempos más recientes. Hablamos de finales de los 70 y primeros 80, años que, si bien parecían idílicos, fueron el catalizador sangriento de lo que vendría después. 

Y lo que vino después fue una sucesión de desgracias, de muertes y venganzas en las ni una sola persona sintió vergüenza ni agachó la cabeza. Ni uno Nadie. Todos y cada uno. Un desierto. Y los textos hablan de vecinos matando a vecinos, de madres que se junta para paliar la soledad, de sueños rotos, finales trágicos, transiciones no del todo modélicas, etc. Hasta el punto de que hoy el pueblo vertical está cada vez más vacío, y solo queda la bilis tras la eclosión de tanta maldad.

Por suerte para el lector, dentro de todo este dolor y esta tragedia hay espacio para el humor. Personajes grotescos y excesivos en su bondad y en su maldad dan lugar a situaciones grotescas y excesivas, un poco al estilo de las primeras películas de los hermanos Coen. Negro negrísimo, sí, pero humor al fin y al cabo. Solo eso nos salva.

jueves, 25 de junio de 2026

Seth: George Sprott 1896-1975

Idioma original: inglés

Título original: George Sprott 1896-1975

Año de publicación: 2009

Traducción:  Esther Cruz Santaella

Valoración: recomendable 

Biografía de un personaje ficticio (o biografía ficticia de un personaje... no, creo que esto es menos correcto) o mejor dicho, biografía gráfica, puesto que tal es el género de este libro, escrito y dibujado, además por uno de los autores cuya obra sirvió para forjar el ya más que manido concepto de "novela gráfica", el canadiense Gregory Gallant, que firma como SethEn este caso, la biografía ficticia trata sobre un caballero llamado George Sprott, ex-seminarista, "explorador" (es decir, de aquella manera) del Ártico canadiense en su juventud y luego presentador durante más de veinte años de un supuesto programa sobre esa región y sus recuerdos, Estrellas boreales, en un cadena local -supongo que también ficticia- la CKCK. Un tipo que, tras una fachada de bonhomía e incluso campechanía (adjetivo que suele ser engañosos, como bien sabemos en España), esconde también ciertas sombras, secretos y defectos poco halagüeños. Tampoco es que sea un asesino en serie, ni nada de eso; tan sólo se trata de las miserias habituales, de los remordimientos que nos reconcomen durante toda la vida, de los arrepentimientos por lo que pudo haber sido y no fue, de las pequeñas infamias cometidas y quizás sólo conocidas por nosotros mismos... en fin, lo que nos puede pasar a cualquiera.

Lo más interesante del libro, ya que la vida ficticia del protagonista, si no anodina, tampoco resulta ser un tráfago de experiencias intensas, momentos al límite y hedonismo desenfrenado -bueno, un poco sí, porque tuvo numerosas conquistas amorosas, pese a estar casado-; lo mejor del libro es cómo nos cuenta esta vida Seth. Además de su estilo característico -viñetas pequeñas que componen juntas escenas grandes; personajes dibujados con simpáticos trazos, cromatismo que tiende a utilizar sólo un color- aquí incluye páginas con paisajes árticos y fotos de modelos en cartón de los edificios donde se desarrolla la historia de George: la emisora de televisión, el bar-restaurante que frecuentaba, la sala de conferencias... Pero, además, la historia dista de ser lineal; es cierto que se nos narran los momentos previos al fallecimiento del protagonista, en 1975, pero además encontramos otros instantes de su vida, reflexiones o declaraciones -un tanto cuñadas, pero old fashioned- de George, varios testimonios de personas que le conocieron, le amaron -su sobrina Daisy- o no pudieron hacerlo -la hija mestiza a la que abandonó-, trabajaron con él o incluso se han dedicado a coleccionar sus recuerdos... Y, por supuesto, los recuerdos y sueños -literalmente-  del propio George... De hecho, me parecen magníficas las páginas que recrean los sueños que le asaltan cuando se queda roque en medio de sus programas de televisión...


Esta es la tercera novela gráfica del afamado Seth que leo. La primera, La vida es buena si no te rindes, me dejó bastante frío (cierto es que el estilo de este autor también tiende a causar ese distanciamiento... aparte de lo gélido de la ambientación canadiense, claro); la segunda, en cambio Ventiladores Clyde, me gustó mucho más, aunque tratase los mismos temas. la soledad, la incomunicación, la incomprensión sobre el sentido de la vida... temas que también son lo que aparecen en George Sprott 1894-1975, sólo que aquí disimulados entere  la construcción de la idiosincrasia de un personaje tan peculiar y las anécdota s y recuerdos de su vida. Como se suele decir, todos los narradores se dedican, en el fondo, a contar la misma historia una y otra vez y eso es bastante evidente en el caso de Seth. Lo que no debe interpretarse como una crítica negativa, ni mucho menos, y sobre todo cuando hablamos de libros tan recomendables, al fin y al cabo, como es éste.

Otras obras de Seth reseñadas en Un Libro al Día: La vida es buena si no te rindes, Ventiladores Clyde

miércoles, 24 de junio de 2026

Claire Marin: Estar en su lugar

Idioma original: francés
Título original: Être à sa place
Traducción: Álex Gibert en castellano para Anagrama
Año de publicación: 2022
Valoración: recomendable


En estos tiempos en los que todo va muy deprisa, en la que la sensación que tenemos de no querer perdernos cosas es cada vez más acuciante y donde los problemas y preocupaciones de diversa índole nos descolocan, leer ensayo filosófico nos puede ayudar a resituarnos. Y claro está que este libro es muy adecuado para tal efecto. Porque nos habla del lugar que ocupamos, a nivel físico, pero también emocional y espiritual.

Tal y como expone la autora en el inicio del ensayo, «¿por qué este libro? Porque a veces nos vemos bruscamente desalojados de un lugar que creíamos ocupar por elección, felizmente. Era un lugar que dábamos por sentado, que creíamos justificado y merecido, sin reparar en el elemento de azar que allí nos había arrojado en primer lugar». Así que, ya de entrada, emergen directamente en nuestra mente una serie de cuestiones: ¿hasta qué punto los lugares nos pertenecen?, ¿hasta qué punto somos merecedores de ellos?, ¿hasta qué punto nos identifican?, ¿podemos desasociar los lugares físicos de los mentales?, ¿hasta qué punto están relacionados? Porque es evidente que «en la cuestión del lugar, están en juego de nuestra singularidad, pero también la de nuestra inserción en una sociedad, una familia o cualquier grupo del que formamos o querríamos formar parte». 

Con este amplio espectro analítico, la autora traza una analogía entre el lugar como espacio físico, pero también como espacio vital. Así, asevera que quien de golpe deja el hogar lo abandona, porque realmente lo que quiere es huir de ese espacio que se le supone en la vida, a nivel físico, pero también relacional y con ello parafrasea a Foucault al decir que «los espacios no son neutros ni carecen de cualidades (…) están poblados de proyecciones y esperanzas». Porque un lugar no es un espacio únicamente físico, sino también un lugar donde depositar nuestros recuerdos, donde establecer los pilares que sustentarán nuestras vidas, aunque, a veces, esas mismas raíces que hemos echado se convierten en cadenas que nos atan, que nos limitan, porque constituyen aquello que a veces nos impide la partida, pues «nuestras representaciones nos frenan tanto como la propia realidad, y a menudo obedecemos a mandatos latentes y asignaciones implícitas sin percatarnos necesariamente de ello».

También el espacio es tratado por la autora como elemento de distancia entre personas y utiliza esta interpretación para denunciar el racismo al mencionar a Fanon y su paradoja del hombre negro: «ocupar un lugar sin tener ninguno. El hombre negro, dice, crea un vacío a su alrededor. En el tren no le dejan un asiento, sino tres. No es un asiento lo que se le cede, sino un vacío. Lo que se crea en torno a él no es un espacio, sino una distancia». Así, profundizando en aspectos más sociales y sus desigualdades, extiende su crítica hacia el espacio que ocupa el machismo y el patriarcado al hablar sobre las mujeres, sobre quienes se ha impuesto durante mucho tiempo la orden de encogerse incluso intentando «que desaparezca, que se oculte, se la cubra de telas o maquillajes, se suprime o se embadurna su semblante. No ocupar demasiado espacio, pasar inadvertidas». Así, el espacio ocupado (o la ausencia de él) marcan la importancia de cada uno dentro de una estructura familiar, social o económica. La presencia o la ausencia otorgan visibilidad, denotan poder, establecen jerarquías. Igualmente, y de manera muy acertada, la autora critica el negro futuro que nos espera como humanidad y justifica el estado de abatimiento que nos persigue, pues «que el mundo de ayer se desvanezca entra dentro del orden de las cosas. Que nos inspire cierta nostalgia entra también dentro del orden de las cosas. Es fácil consolarse de la desaparición del pasado; de lo que no puede uno reponerse es de la desaparición del futuro. El país cuya ausencia me entristece y me obsesiona no es aquel que conocí en mi juventud; es aquel que soñé entonces y nunca vio la luz del día». Por ello, la necesidad de definir un espacio es aún mayor en un mundo vacilante; así que debemos encajar en un papel, en un lugar social, para que ese lugar defina nuestros límites. Un espacio no siempre accesible especialmente para los emigrantes y los desplazados que la autora diferencia sabiamente pues «así como el inmigrante acaba por encontrar su lugar, el desplazado no encuentra su lugar en ninguna parte» (algo que me lleva a pensar en «Los errantes» de la Premio Nobel Tokarczuk que trataba en gran parte sobre las personas en tránsito).

En contraste al espacio que ocupan los cuerpos y objetos presentes, también pone de relieve el espacio que ocupan los que ya no están (…) quizá ocupando un espacio superior en nuestra memoria que cuando existía en realidad: «el fantasma nace de esa desproporción entre la necesidad de una persona y su irremediable ausencia (…) para compensar esa ausencia, nuestra conciencia lo mantiene vivo en nuestro fuero interno» (algo que me lleva a novelas sobre la pérdida, como por ejemplo, la última novela de Pol Guasch o también la de Siri Hustvedt).

Por todo ello, el ensayo que nos propone Claire Marin es interesante, pues parte de un concepto como lugar para, a partir de ahí, desarrollar una serie de interpretaciones, espacios y paisajes en los que el concepto toma forma limitando así su significado. Por otra parte, bien es cierto que como ocurre en algunos ensayos, el desarrollo de la idea podría adaptarse en un espacio más comedido, sin tener que abarcar doscientas páginas de texto pues la autora se nutre de diferentes ejemplos en la literatura o el cine para sustentar sus afirmaciones y eso es algo que, si bien puede servir de apoyo si se utiliza con mesura, en dosis elevadas puede llevar a la desconexión por la reiteración de ejemplos o el análisis muy en detalle de tales referencias. Aun así, es interesante el planteamiento del libro por aquello que nos ofrece, que nos amplía, que nos limita, y que, en el fondo, nos define.

Para concluir, Clarie Marin indica que «todos buscamos un hogar, ese lugar por el que nos desplazamos sin pensar, con los ojos cerrados» y coincido en la voluntad de la autora al aprovechar el ensayo para transmitir y reivindicar la importancia del arte en nuestras vidas y el espacio que ocupa en nuestro crecimiento personal, afirmando que «el poder del poema, como el de la novela o la película, es precisamente ese, el de desplazarnos (…) a un lugar que nunca habíamos ocupado y que, no obstante, nos parecerá familiar mientras dure la lectura o la proyección. La obra de arte nos desaloja, nos arranca a nosotros mismos y nos hace perceptibles y accesibles otras vidas, otros lugares distintos al nuestro», ensanchando así nuestra empatía, nuestro conocimiento acerca de otras culturas y maneras de ser. Un espacio que también generamos en este blog, en el que podemos encontrarnos e intentar dar cobijo a nuestras carencias.

También de Claire Marin en ULAD: Los comienzos