domingo, 20 de septiembre de 2026

Warren Ellis & Raúlo Cáceres: El Capitán Swing y los piratas eléctricos de la Isla Cenicienta

Idioma original: inglés

Título original: Captain Swing and the Electrical Pirates of Cindery Island

Año de publicación: 2010

Traducción: Rosa Martí

Valoración: está bien

Fiel a mi querencia por los títulos largos e incluso enrevesados, vamos hoy con un cómic que podría dar nombre a un grupo de rock progresivo/psicodélico, ya sea andaluz o australiano... Tiene un cierto regusto bibliófilo, además, porque a más de uno o una de nuestros lectores/as le sonará, sin duda, lo de Capitán Swing, que da nombre a una estupenda editorial española, que por lo general publica ensayos políticos y sociológicos. Pero es que, precisamente, esta editorial toma su nombre del personaje que firmaba las reivindicaciones de la revuelta campesina que tuvo lugar en el sur de Inglaterra en la década de 1830... y que es también uno de los protagonistas de este libro. Con una diferencia: la revuelta real tuvo una carácter que podríamos considerar "ludita", es decir, se debió al perjuicio que la introducción de maquinaria agrícola prodijo entre los asalariados del campo; sin embargo, el Capitán Swing del cómic es, ante todo, un "filósofo natural" e inventor, que considera que la tecnología puesta al servicio del pueblo llano liberará a éste de su servidumbre con respecto a las clases dominantes.

Pero empecemos por el principio: en el Londres de 1830, se han producido algunos horrendos asesinatos de 'bobbies', los policías del cuerpo públicorecién creado y competidor, por tanto  de los llamados Corredores de la calle Bow, al servicio de los magistrados del juzgado. Una noche el agente Charlie Gravel descubre a un peculiar, por no decir estrambótico, y sospechoso personaje, que bien pordría ser el famoso Jack el Saltarín. El tipo, a pesar de la intervención de Brock, uno de esos Corredores, consigue huir en un barco volador y ahí comienza la aventura del bobby, que en una noche posterior consigue subir a dicho barco y entrar en contacto con los "piratas eléctricos", comoo el malhumorado Hobbes o la hermosa y temible Polly... No voy a contar más, claro, que el cómic, pese a estar dividido en cuatro libro -supongo que fue publicado originalmente por entregas- tampoco es demasiado extenso y si me paso de frenada, no es que haga spoilers, es que os acabo hablando del ISBN y el código de barras de la contratapa...


Esta limitada extensión (quizás debida a razones comerciales, más que narrativas, no sé) constituye, en mi opinión, uno de los dos problemas principales de este cómic (en este caso, me resisto un poco a llamarlo "novela gráfica"); yo creo que le hubiera venido bien un poco ma´s de aire para dejar respirar la historia, que resulta un tanto constreñida y poder desarrollar mejor algunos aspectos de la misma, como la relación entre Polly y el policía o las características de la comunidad utópico-industrial-piratesca creada en la llamada Isla Cenicienta (que está en Essex, no en el Caribe o el Índico. Otro problema que le veo a la historieta, esta vez de orden gráfico es que, como buena parte de la acción, por no decir casi todo, se desarrolla de noche, la oscuridad inherente y el barroquismo de la composición hacen que, en ocasiones, resulte difícil distinguir lo que ocurre en las viñetas. Por lo de más, junto a este regusto barroco, el estilo del dibujo del cordobés Raúlo Cáceres (de la Córdoba de España, especifico, no de Argentina), muy trabajado, se encuentra a medio camino entre el del ya desaparecido Richard Corben el del undertgroun setentero y las calcografías del siglo XIX _de las que, por otro lado, hay una buena muestra ilustrando las reflexiones del Capitán Swing-; lástima, ya digo, que el grafismo se vea un tanto deslucido a veces por el color o la falta del mismo.

Entre las virtudes más destacables del libro están, sin duda,  su capacidad para combinar de forma imaginativa y convincente varios elementos más o menos misteriosos de la época -incluyo la electricidad, ya que por entonces Faraday esba llevando a cabo sus experimentos sobre electromagnetismo- para configurar una interesante ucronía. En el apartado gráfico o artístico la historia está ilustrada con una estética steampunk (aunque sería más propio hablar de electropunk, en realidad), que suele atribuirse más a la época victoriana que a esta otra, previa.Es una peno, ya digo, que la oscuridad reinante en la mayoría de las viñetas impida disfrutar mejor de ella.

sábado, 19 de septiembre de 2026

Pierre Boncenne: El paraguas de Simon Leys

Idioma original: francés

Título original: Le parapluie de Simon Leys

Traducción: José Ramón Monreal

Año de publicación: 2015

Valoración: Está bien


Hablamos en ocasiones de la fluidez de los géneros literarios, que a fin de cuentas no son más que convenciones para clasificar de alguna manera los textos, que siempre es conveniente organizar las cosas aunque solo sea para colocarlas en una biblioteca pública (y aun en ese caso no siempre están donde deben). En el caso del libro de Pierre Boncenne he terminado por etiquetarlo como ensayo biográfico, aunque en esa parcela se podría colocar solamente una parte del texto, quizá la central, pero escapa de ella en distintas direcciones de manera que cada uno puede elegir la que más le convenga. Los textos promocionales ponen el acento en lo histórico-político, que es lo más vistoso, y reconozco que fue lo que me atrajo del libro. Pero vayamos por partes.

Parece ser que el autor tenía una estrecha relación con el sinólogo belga Simon Leys quien, instalado en Hong Kong, escribió en los años 70 del pasado siglo varios libros criticando el régimen chino de Mao, en particular la Revolución Cultural. En una época en la que buena parte de la izquierda europea, aun con un conocimiento muy relativo del tema, quedó fascinada con la experiencia china, los libros de Leys cayeron realmente mal en este ámbito, singularmente entre la intelectualidad francesa. Como las discusiones políticas eran florecientes y apasionadas, y Leys era polemista pata negra, se multiplicaron los encontronazos en prensa, conferencias y declaraciones. 

Relata todo esto Boncenne desde una perspectiva que resulta algo extraña: no aporta ningún dato sobre el fondo (insisto, el régimen de Mao), sino que describe con minuciosidad los enfrentamientos, siempre defendiendo la postura de Leys y ridiculizando la de sus oponentes. El libro tiene así el aspecto de un panegírico bastante encendido, pero más incluso hace pensar en esas gentes de partido que sin detenerse siquiera en los argumentos con que defender una posición, se limitan a ensalzar las opiniones de su líder y, con mayor entusiasmo aún, a defenestrar las de sus adversarios.

No me gusta desde luego el planteamiento, empobrecedor además de reiterativo, aunque tengo que reconocer que la exposición es muy correcta desde el punto de vista formal, incluyendo un tono moderadamente sarcástico que conecta muy bien con la acidez que por lo visto exhibía el propio Simon Leys, a la vista de las numerosas citas, en mi opinión excesivas, que lucen en el libro. 

De manera que, por lo que a este texto se refiere, no tenemos acceso a datos concretos sobre el asunto troncal de la polémica sino solo a un cruce de opiniones que parece bastante estéril, en el que el autor toma partido, y de qué manera, sin que acertemos a conocer del todo basado en qué, al margen de la amistad o la admiración. Todas estas polémicas serían mucho más interesantes si en vez de centrarse en la destreza con que cada uno apuñala al contrario, se nos mostrasen informaciones fidedignas en base a las que pudiéramos juzgar. No es desde luego la intención de Boncenne, de manera que nos deja un poco en los márgenes del asunto que habíamos venido a conocer, aunque reconociendo que el libro resulta correcto. Pero solo eso, correcto.


viernes, 18 de septiembre de 2026

Eduardo Jordá: Número cero

Idioma original: español

Año de publicación: 2026

Valoración: muy recomendable

Cuando Jordá noveló la vida de Anna Ajmátova, ya me pareció una injusticia que la modesta editorial en que publicó la obra no dispusiera de la capacidad de repercusión o promoción que el libro merecía. 

Pero Libros del Asteroide (supongo que por el empujón que le han faciltado ciertos éxitos) ya es otra cosa, y sus inconfundibles lomos y portadas empiezan a poblar librerías y bibliotecas, ya hace unos lustros, y con sus lógicos (y algunos ya comentados) altibajos, empieza a erigirse en una poderosa alternativa a los grandes grupos fagocitadores de aventuras editoras. 

O sea, supongo que Número cero no parte con esa desventaja, o parte con esa cierta ventaja. Añadamos que, por supuesto, Bob Dylan es una figura notoriamente más conocida que la poetisa rusa. Que el tiempo y el hábitat en que desarrolla su carrera ha sido más proclive a divulgación y transparencia. Aunque debo reconocer formar parte del colectivo que arqueó la ceja cuando recibió el Nobel de Literatura, está claro que su trayectoria musical, su influencia, su empecinamiento por continuar grabando y tocando música lo sitúa en un universo aparte. Historia viva, se dice. Como tal, y como se reconoce en las páginas de este libro, son centenares los libros que se han escrito sobre él. 

Aun así, Jordá logra entregarnos un texto único, que funciona en varios planos. Primero, el meramente biográfico, en el que Jordá renuncia a la típica semblanza informativa, cosa que se agradece, no es cuestión de acaparar páginas para lo que es casi del dominio público. Pero es que incluso esa elección, la de un puñado de aspectos de su existencia, algunas anécdotas en detrimento de otras más conocidas, tiene algo de literario, mucho de creativo. Jordá interviene de forma decisiva ahí, deja su huella como autor. Luego tenemos pasajes que se escoran hacia la crónica, en los que el autor comparte experiencias personales de vivencias relacionadas con sus indagaciones sobre el personaje, o no, porque ya en ese punto aventuramos que nos encontramos ante algo que, pese a la aparente humildad de su formato y extensión, registra una ambición subyacente, la de ese Jordá que se bifurca en narrador, cronista, poeta, admirador, incluso crítico musical (o literario, visto lo del Nobel). Y ese plano asoma con poder en capítulos brillantes que trascienden hablar del músico, su existencia y su obra. Jordá se desata e impregna de personalidad esas elecciones de este u otro texto del músico,  de esta u otra circunstancia de su existencia, de esta u otra faceta de la personalidad de Dylan. 

Hay donde elegir, pero esta es una "biografía" creativa, subliminal, contemporánea, valiosa, marcadamente lúcida y que pone de manifiesto, de forma simultánea, no solamente la importancia de Dylan como referente sonoro, intelectual y cultural, sino la de Jordá para sintetizar una existencia tan notable y prolongada a base de magistrales pinceladas.

Obra (o traducciones) de Eduardo Jordá en ULAD aquí

jueves, 17 de septiembre de 2026

Alexander Pechmann: La biblioteca de los siete mares

 Título original: Die bibliothek der sieben meere

Idioma original: alemán

Traducción: Alejandro Pantoja Lindemann

Año de publicación: 2026

Valoración: Está bien


Alexander Pechmann comienza este entretenido ensayo sobre la literatura relacionada con el mar contándonos como surgió la fascinación, tanto en él como en su familia, por los temas relacionados con la literatura marítima. Al parecer dentro de la extensa biblioteca familiar, tiene un lugar de honor un amarillento volumen  titulado "Tom Cringle´s Log" de Michael Scott que perteneció a su tatarabuelo, marino que llegó al título de contralmirante, que al parecer llevaba el libro en sus innumerables viajes marítimos.

Así pues, esa querencia familiar acaba llevando a Pechman a realizar un erudito ensayo en el que nos invita a realizar un recorrido por los siete mares de la literatura, llamando nuestra atención sobre innumerables autores y obras que tienen el mar como protagonista. Advierte a pesar de todo de que esta biblioteca es "una institución efímera que no aspira a la totalidad ni a la validez eterna. El foco de atención se centra en autores y obras en lengua inglesa del siglo XIX y principios del XX, ya que fueron y siguen siendo definitorios del estilo para todo el género".

A la hora de abordar el ensayo, el autor alemán confiesa que podía haber optado por un recorrido cronológico o dividiendo los capítulos por la nacionalidad de sus autores, pero "la única organización que me parece lógica y que ofrece una buena visión global de la literatura de los mares es la de círculos temáticos. Los círculos pretenden evocar esas ondas que crean los guijarros cuando se lanzan al agua; se extienden en todas direcciones, a veces se superponen y acaban desapareciendo como todo nombra, historia o categoría". 

De esta manera nos encontramos con una división en siete capítulos que hace referencia a los siete mares del título del libro: el mar de los mitos, el mar de lo desconocido, el mar de las aventuras, el mar del trabajo, el mar de la calamidad, el mar del miedo y el mar de la pasión. Esa división temática sirve a Pechman para hablarnos de travesías míticas, piratas, motines, tesoros, contrabandistas, monstruos marinos, fantasmas o historias de amor que tienen el mar como fondo.

En cada uno de esos capítulos Pechmann nos va relacionando escritores y títulos de literatura marítima relacionado con cada uno de los temas que aborda. Son innumerables, y lógicamente figuran todos aquellos que podamos imaginar si recordamos nuestras lecturas ambientadas en el mar: Homero, Melville, Conrad, Stevenson, Hemingway, Defoe, Verne, pero también menciona muchos otros menos conocidos, y tanto de unos como otros realiza un exhaustivo análisis de sus obras más emblemáticas relacionadas con los océanos. A menudo, conecta unos libros o autores con otros y nos descubre como algunos están relacionados o emparentados entre sí.

Pechmann realiza un análisis pormenorizado y exhaustivo, nos habla de autores y obras con conocimiento y erudición, pero utiliza un lenguaje conciso y directo, a menudo salpicado de anécdotas personales y familiares y la lectura es amena y enriquecedora. Es cierto que en algunos casos, especialmente cuando se refiere a textos o autores poco conocidos, se puede llegar a producir cierta desconexión con el lector que se puede sentir sobrepasado con tanta información. Nos corresponde a nosotros decidir si nos dejamos llevar por las historias que nos cuenta y nos sumergimos en estas historias marítimas o preferimos quedarnos en la orilla.



miércoles, 16 de septiembre de 2026

Olaf Stapledon: La última y la primera humanidad

Idioma originalinglés
Título original: Last and First Men
Año de publicación: 1930
Traducción: Jordi Arbonés
Valoración: bastante recomendable (pero no para todos los gustos)

Ya en Hacedor de estrellas había utilizado la etiqueta "no para todos los gustos", lo cual muestra un adelanto de cómo sería leer esta novela, similar en tema, ambición y tono a aquella tan filosófica, excepcional en su estética del asombro y la inocencia y, para qué negarlo, árida hasta la extenuación. Otra etiqueta podría ser "en pequeñas dosis", pero como la he leído de corrido y manejado sus conceptos de una forma más asequible (en escalas es mucho más humilde, ¡solo la humanidad!), creo que vale la pena hacer el intento.

Es esta un recorrido entero sobre la especie humana. Nosotros aparecíamos brevemente en Hacedor de estrellas, apenas nombrando nuestra extinción en Neptuno. Acá se traza (de forma quizás muy morosa al principio y luego acelerando vertiginosamente milenios) la historia completa, desde nuestros inicios como Primera Humanidad (en la cual todavía nos encontramos) hasta la Decimoctava Humanidad (unos mil quinientos millones de años después y ya en Neptuno). Stapledon utiliza el recurso de mensaje del futuro enviado al pasado, elemento que se explicará casi al final de la novela (bastante abstracta y original la utilización, pero cargada de una imaginería difícil de asimilar), como una forma de "poseer" al autor y conminarlo a escribir lo que le relatará.

No quiero repetirme en el argumento: básicamente trata de nuestro proceder como especie a lo largo de dos mil millones de años. La Primera Humanidad, por ejemplo, y luego de guerrear repetidamente entre Europa, EE.UU y China, se reúne bajo un Estado Mundial que fracasa estrepitosamente por la obsesión hacia el principio del Motor (en el sentido de movimiento, no de motor de auto), representado en el despilfarro de energías naturales y agotando los recursos del planeta (¡plena actualidad!) y de la cual unos habitantes de la Patagonia serán el reducto último y las raíces de las que surgirá la Segunda Humanidad, que no es mejor que la Primera. Y así más o menos en cada transición hacia otra Humanidad. Stapledon menciona las características físicas y culturales de cada una, la evolución de ambas a lo largo de millares de años, los auges y decadencias de las mismas (y, algo que me sorprendió para bien, la marcada importancia de las relaciones sexuales en cada una de ellas. Para ser de 1930 es de todo menos pacato). Algunas Humanidades, como la Tercera y la Quinta son el summum de nuestra especie, dedicadas a la religión del amor y al abandono del egoísmo natural en pos de una comunidad mundial, pero con la individualidad por bandera. Otras son un desastre, como la Cuarta, unos cerebros artificiales incapaces de entender el disfrute de sus creadores, la Tercera, y por ende resentidos hasta el hartazgo, y un par más en donde directamente somos pájaros, ratas o babuinos más preocupados por nuestros instintos primales que en el conocimiento y la intuición para mejorar.

Es, entonces, una novela circular. El narrador, con una mezcla de sorpresa, desgana y lleno de compasión hacia el resto de las Humanidades, deshoja cada una con precisión de científico e incluso reconociendo lo desesperanzador de su relato, ya que pareciera que nuestro destino natural es fracasar y arruinar sociedad tras sociedad. En algún punto menciona que el sufrimiento, puesto en una balanza, es mucho mayor que nuestras alegrías. Pero Stapledon, marcado con una fuerte impronta humanista (pleno período de entreguerras, por un lado, y no tan desconocedor de lo que se venía) y a pesar de que en la novela nos extingamos, considera que ha sido un placer formar parte del género humano. 

Por ello, y por más que la novela arranque lentísimo con la Primera y termine siendo una abstracción muy potente con la Decimoctava, en la que cuesta entender la sociedad del momento (aunque sea un efecto buscado por el narrador), y lo adictivo esté en ese medio (más o menos lo que pasaba con Hacedor de estrellas: lo interesante está en la expansión de la Humanidad, y lo árido al principio, cuando todavía nos vemos limitado por una historia muy reconocible, y al final, en el que nos cuesta situarnos) comprendido por la Tercera y la Décima Humanidad, cuna de lo mejor y lo peor de nuestras acciones, nos vemos involucrados , esperanzados y desesperanzados por nuestra historia, nuestra causa, nuestras cuestiones existencialistas: ¿por qué hacemos lo que hacemos?, ¿por qué estamos acá?, ¿es el universo algo con sentido o puro y fortuito azar? Uno termina siendo partícipe de lo que ocurre en la novela, termina creyendo que, desde su individualidad y en una trama de dos mil millones de años, importa lo que hagamos, por más que el narrador desempolve la trama histórica en suspiros como "y luego de millares de años consiguieron lo que buscaban", dejando de lado las iguales vidas en cantidad que se habrán vivido en ese período y la cantidad de miserias efectuadas, pero, y eso es lo más importante, también alegría y gozo por existir. Entonces, y para ir cerrando la reseña, nada mejor que citar a Stapledon, con su visión excesivamente romántica e ilusa para unos, necesaria y veraz para otros: "Está muy bien haber sido hombre".

Más de Olaf Stapledon: Hacedor de estrellas

martes, 15 de septiembre de 2026

Nathan Hill: Wellness

Idioma original: inglés
Título original: Welness
Traducción: Francisco González López en castellano para AdN Editorial
Año de publicación: 2023
Valoración: entre recomendable y muy recomendable


Bienvenidos a la crisis de la mediana edad, bienvenidos al largo e incómodo valle de la famosa “U” vital. Porque Nathan Hill explora esa época de la vida en la que uno puede replantearse su existencia y, tras ello, quizás comprobar que no siempre encaja con lo que uno pronosticaba de joven. Y lo hace tirando de sátira y cierta comicidad agridulce, porque la sonrisa inicial que arranca en las primeras páginas se va congelando cuando el escaparate que muestra el autor se convierte en un espejo, y quizás los protagonistas no son tan estereotipados como parece ni tampoco es tan extravagante lo que les sucede. 

El libro empieza con un inicio algo idílico, romántico, pues nos describe el estado en el que los dos protagonistas se conocieron. Un flechazo prolongado, aunque oculto y desconocido entre ambos, pues él «vive solo en el cuarto piso de un viejo edificio de ladrillos sin vistas al cielo. Cuando mira por la ventana, lo único que ve es la ventana de ella, casi puede tocarla con la mano. Ella vive sola en el cuarto piso del edificio de enfrente. No se conocen. Nunca han hablado. Es invierno en Chicago». Contemplándola desde su ventana, encuentra que ella es guapa, con una forma de andar que lo fascina y le asombra verla leer a todas horas; «ella es exactamente el tipo de persona —culta, cosmopolita— que él vino a encontrar en esta ciudad aterradoramente grande. El error obvio en su plan, se da cuenta ahora, es que una mujer tan culta y cosmopolita jamás se interesaría por un tipo tan inculto, tan provinciano, tan simplón y tosco como él». Pero, sin saberlo, va totalmente desencaminado, pues ella también se ha fijado en él, en su tranquilidad y su quietud y lo «encuentra guapo en la medida en que parece no ser consciente de que podría serlo» a pesar de ser «bajo, anémico, flacucho como un adicto» y con la pinta de «hacer años que no pisa una barbería»; de todos modos, justamente esa despreocupación que transmite es lo que la tiene ensimismada, la aparente seguridad en sí mismo, a diferencia de ella porque él «es exactamente el tipo de persona —desafiante, apasionada— que ella vino a buscar a esta ciudad tan remota. El error obvio de su plan, ahora se da cuenta, es que un hombre tan desafiante y apasionado jamás se interesaría por una chica tan convencional, tan conformista, tan aburrida y burguesa como ella». Así, «ambos tienen la mirada clavada en el oscuro apartamento de enfrente, al otro lado del callejón, y aunque no lo saben, se están observando mutuamente». Ese es el inicio de la historia, pero, como todos los inicios que aparentan ser tan idílicos, también tienen sus sombras, aunque la luz que irradia los comienzos impide verlas.

Una vez elaborado el retrato de ambos protagonistas y perfectamente perimetrado el contexto que el autor ha sabido nutriendo con intervalos de sus respectivos pasados, Nathan Hill despliega su abanico de críticas a la sociedad a través de la pareja protagonista. Así, utilizando la figura de Jack, empieza a lanzar órdagos contra una de las modas actuales: la obsesión por la estética deportiva y la obcecación por mostrar un cuerpo perfecto a la vez que alude a los miles de webs y redes sociales donde los consejos que dan se contradicen unos a otros por la ausencia de expertos (entrenadores personales y dietistas) que opinan sobre el tema. Y, navegando entre las redes, cae finalmente en El Sistema, una aplicación web de mejora de estado físico perfeccionada hasta el punto de que te avisa si la postura que tienes es correcta; también mide el oxígeno en sangre, el pH del sudor, la calidad del sueño, etc. (seguro que todo esto os suena) así como también el estado de ánimo. Obviamente, después de recopilar todos estos datos y con la utilización de la IA, El Sistema marca una serie de pautas sobre rutinas físicas, pero también vitales, así como una serie de metas y puntos obtenidos mediante la “puntuación del amor” donde se evalúa el estado con la pareja porque, evidentemente, también es conocido que «las personas con matrimonios felices tenían mayor esperanza de vida, una menor tendencia a sufrir depresiones, enfermedades cardiacas», etc. Y claro, toda esta perfección a la que deberíamos aspirar puede suponer no únicamente un reto, sino también un cuestionamiento sobre la propia vida. Por otra parte, el trabajo de Elizabeth también la condiciona en su percepción de la realidad, pues encuentra trabajo en “Wellness”, una empresa que se dedica a «comprobar las afirmaciones de productos engañosos relacionados con la salud y ver si obtenían mejores resultados que un placebo» por lo que el hecho de vivir a camino entre realidades e ilusiones, entre ciencia y creencia, le supone un cambio de la perspectiva desde la que observa su vida y la de sus allegados y cómo puede influir en ellas.

Con un estilo frontal, directo y sin excesivos adornos, pero con calidad ajustada el ritmo de lectura alto, promovido por un interés creciente sobre la historia que va planteando el libro, Nathan Hill utiliza la sátira para describir las múltiples ideologías actuales (y sobrerrepresentadas) en torno a la educación respetuosa, el culto al cuerpo, la obsesión dietética, terapias alternativas, pseudomedicina, las redes sociales y sus algoritmos que juegan con la adicción de los usuarios ansiosos de tener seguidores y la necesidad de recibir atención, así como la polarización a la somete a la sociedad; a su vez, el autor enjuicia las teorías conspirativas que circulan por las redes o expone las miserias de los gurús de rutinas saludables y sus ideas vendedoras de humo así como también critica los artistas en la sociedad moderna, pues «primero era la Iglesia la que les decía a los artistas lo que tenían que hacer, luego los ricos. Y hoy en día, al parecer, ese trabajo lo hacen los algoritmos».

Estilísticamente, son fácilmente constatables las grandes dotes del autor para sostener la tensión narrativa, mientras a la vez hace un detallado retrato de los personajes para que el lector sepa en cada momento como piensan y cómo sienten. El ritmo es alto, el autor sabe trazar un arco argumental que intercala episodios del pasado para conocer de dónde provienen los dos personajes principales, de dónde vienen sus inquietudes y sus carencias, así como los patrones familiares que los han llevado a ser quienes son. Orígenes divergentes que coinciden en un punto en el que se torna interesante pero que a su vez los arrastran a una inercia que les aparta por haber sido educados de diferente manera. Y, en este aspecto, lo crucial no es como se ha llegado a ese punto sino cómo salir de él y sí es mejor hacerlo juntos o separados. Por ello, la novela que ha escrito Hill es un retrato de la sociedad actual, una sociedad que lucha por encontrarse a uno mismo entre estereotipos, expectativas (propias y ajenas), entornos que presionan, retan y confunden. La prosa es ágil, el ritmo es rápido, la novela se lee con gran velocidad y posee la virtud de sostener el tempo de la narración sin necesidad de incluir elementos altamente disruptivos o puntos de enganche. En esta novela el texto avanza sin socavones ni marcada aceleración y sus setecientas páginas se leen como quien atiende a escuchar la voz de nuestro tiempo a nivel sentimental y emocional, si bien hay que reconocer (no todo puede ser perfecto) que aunque el libro se lee de manera muy rápida y mantiene el interés prácticamente en  su totalidad hay (para mi gusto) un abuso de saltos temporales, no siempre situados en el punto correcto así como un exceso de detalle en los episodios del pasado que, si bien dan contexto y explican el porqué de sus personalidades, pueden provocar que abundancia y fragmentación lastren en cierto punto el relato.

Por todo lo expuesto, más que el retrato de un matrimonio en dificultades, la novela trata sobre la crisis, destrucción y reconstrucción de los individuos como personas embutidas en una sociedad que vez más exigente, cada vez más controladora, cada vez más obstinadamente influyente e interesada por un capitalismo que todo lo barre y todo lo absorbe. Así pues, el retrato del matrimonio que Nathan Hill realiza no es entre dos personas, sino entre cada una de ellas y el mundo que la rodea, incluyendo el formado por su pasado porque confronta los sueños que teníamos de jóvenes, aquellas promesas internas que anhelamos aspirar a conseguir, pero que la experiencia, la madurez o simplemente “la vida” te llevan a encarrilar tu existencia hacia aquello que nunca habrías dicho, convirtiendo así la vida en un diálogo interno con uno mismo y su yo adolescente, y es que, en el fondo, «la gente también era así, con todo tipo de contradicciones en su interior esperando a salir a la superficie». Porque claro, uno cree que la vida se adapta a él hasta que la realidad lo atropella, y ve que aquellos ideales de joven, aquellas ansias y propósitos de rebeldía, de autenticidad y de honestidad con uno mismo quedan diluidos en mares de cotidianidad y de responsabilidades. Y uno debe saber capear con ellos, manteniendo la cabeza por encima de la superficie, aunque por debajo el cuerpo entero patalee en rebeldía, exija su espacio, luche por sobresalir e imponerse. Porque a veces ocurre que los problemas no se arreglan, sino que acabas acostumbrándote a ellos y los incorporas como un aspecto más que se debería arreglar, pero ya si acaso en otro momento.

Nathan Hill, gracias a su habilidad en detallar con exactitud y amplitud unos personajes con los que cualquiera de nosotros podemos sentirnos identificados (en menor o mayor medida) con algunos de los rasgos de su personalidad, relata una ácida crítica a una sociedad que, a veces huyendo de un pasado, a veces intentando alcanzar un futuro, se olvida de que hay algo más importante que hay que tener en cuenta: el presente. Y ni la cura de las cicatrices del pasado ni la esperanza de un futuro mejor cambiarán el día a día de nuestras vidas, tan solo la justificarán o la adormecerán, pero olvidarán lo más importante: que cada segundo, cada día, seguiremos encontrándonos en el presente y que debemos vivirlo. Y es mejor que este sea placentero porque, en caso contrario, puede que nos parezca eterno, pero no será para bien.

También de Nathan Hill en ULAD: El Nix

lunes, 14 de septiembre de 2026

Gonzalo Núñez: Los retratos desparejados

Idioma original: Español
Año de publicación: 2025
Valoración: Recomendable

Así, cuando alguien ve un cuadro o lee un libro es el tiempo el verdadero tema, pero este es tan astuto que hace creer al lector o al espectador que solo es una historia de amor o de guerra o el retrato de un hombre que ya pasó por este mundo.

Pues sí, queridos, creo que esta frase extraída de la página 72 de la novela podría ser una buena aproximación a esta porque, aunque Los retratos desparejados parece una texto sobre relaciones de pareja en pleno siglo XXI, lo que Gonzalo Núñez nos ofrece en su segunda novela es una historia / tratado sobre el amor y el desamor (eso es innegable), sobre el peso del pasado y de la culpa, sobre lo que fue y no se vio o sobre lo que se vio y no fue, sobre palabras no dichas, sobre palabras supuestas, sobre el tiempo, el puto paso del tiempo.

Todo lo anterior con el arte como telón de fondo. Son los retratos desparejados (dípticos de parejas o matrimonios pintados por autores flamencos allá por el siglo XV y que por diversas causas y azares fueron separados) que dan título al libro la imagen perfecta de la separación y de la ruptura, así como el punto en el que confluirán pasado y presente del narrador y protagonista.

Esta presencia del arte permite al autor introducir digresiones sobre el mundillo. El problema está en que, si bien resultan interesantes y darían para un ensayo de lo más entretenido, personalmente me sacan un poco de la trama principal, esa centrada en la psicología del amor, en cómo vemos o creemos que nos vemos (y ven). Y mira que me jode porque la indagación sobre el amor y el desamor y sus alrededores tiene ritmo, es profunda, casi obsesiva y retrata a la perfección estos tiempos líquidos que nos ha tocado vivir y la parte más "ensayística" le da un puntito intelectual que a gafapastas y curiosos (ejem, aquí hay uno) disfrutamos.

En cualquier caso, Los retratos desparejados no deja de ser una buena novela en la que hay un fuerte componente generacional (recomendada especialmente para nacidos en los 70 - 80) y en la que las influencias van de Javier Marías a Milan Kundera, pasando por un Houellebecq relajadito. La influencia de Marías se aprecia ya desde la primera frase, muy al estilo de Mañana en la batalla piensa en mi o Corazón tan blanco, pero también en el manejo del lenguaje y los saltos temporales; la de Kundera en las reflexiones sobre el propio "hecho amoroso", un poco en la onda de La insoportable levedad del ser  (a veces me parece ver por las páginas de Gonzalo Núñez a Teresa y Tomas); la de Houellebecq relajadito en ese retrato de nuestro tiempo, aunque sea menos oscuro y pesimista que el del francés. ¡Palabras mayores, eh!

En fin, como decían en Con faldas y a lo loco... Nadie es perfecto. Esta novela tampoco. Eso sí, es de lo más recomendable.