jueves, 21 de febrero de 2019

Andrus Kivirähk: El hombre que hablaba serpiente

Idioma original: estonio
Título original: Mees, kes teadis ussisõnu
Traductor: Consuelo Rubio Alcover
Año de publicación: 2007 (en castellano, 2017)
Valoración: Recomendable


No hace falta jurar que la literatura estonia es algo que nos pilla un poquito lejos, aunque compartamos bandera estrellada sobre fondo azul. Pero oiga, esto es ULAD, llevamos casi diez años publicando reseñas y, sí, para mi propia sorpresa, ya había en nuestro catálogo no una sino dos obras bajo la etiqueta escritores estonios. Así que adoptaremos la pose de intelectual sobrado y lo tomaremos como algo de lo más normal. Pero, eso sí, aunque el origen nacional ya no nos pille de nuevas, el libro que comentamos sí que es bastante peculiar.

Nuestro amigo Kivirähk nos sitúa en una época indeterminada, tal vez en la Edad Media, en los bosques de Estonia. Por allí viven grupos de personas que continúan en fase cazadora-recolectora, se comunican con los animales mediante la lengua de las serpientes, se visten con pieles y solo comen carne. Sus vecinos son amistosas culebras que les invitan a su madriguera, osos que seducen a muchachas humanas, una especie de primates que crían piojos gigantes, o un exguerrero alcohólico que se va fundiendo con la capa vegetal. En ese bucólico ambiente se mueve Leemet, un niño a quien su tío le enseñará el serpéntico, idioma que poco a poco ha ido desapareciendo de la cultura de los bosques. Aquí tenemos ya los elementos que dan pie a que en la contracubierta la cosa se catalogue como ‘literatura fantástica’, es decir, seres extravagantes y situaciones inverosímiles, un híbrido entre la fábula clásica y Harry Potter pero, eso sí, un poco en plan bruto.

El problema es que aquel hábitat ancestral está claramente languideciendo: la gente se va largando a la aldea, donde aprenden las tareas agrícolas y se empapan de costumbres y religión extranjeras. Como buenos advenedizos, abominan de su pasado y se apuntan con entusiasmo a la modernidad. Segundo ingrediente: el choque entre lo arcaico y los nuevos tiempos resulta inevitable, las gentes que han asumido la civilización a duras penas intentan absorber a sus vecinos más recalcitrantes, y los últimos resistentes desprecian a los conversos. La interacción entre los dos mundos apunta a catástrofe.

A ese fuego se encargan de echar gasolina las respectivas creencias religiosas o espirituales. Entre las gentes del bosque, el druida Ülgas (que mira que tiene nombre de malo) deriva hacia un integrismo que le aproxima a la locura, y en el pueblo el afable Johannes encarna el buenismo cristiano, sí, pero empapado de patrañas que hacen ver la mano del Diablo en todas partes. Entre ambos bandos, Leemet, que ya ha abandonado la infancia, enarbola un rechazo radical hacia todo lo sobrenatural. Es en mi opinión el nudo fundamental del libro: la rebelión absoluta del descreído Leemet frente a lo irracional que le rodea desde los dos frentes, dos concepciones atrozmente radicalizadas que darán lugar a la barbarie más desatada, y entre ambas, un individuo que defenderá, también con la misma saña, el derecho a vivir alejado de toda creencia.

Semejante panorama no puede más que desembocar en una especie de apocalipsis que revienta en la última parte del libro, una orgía de salvajadas que termina de cuajo con la aparente atmósfera de fábula ecológica que en la que podríamos pensar al inicio, y acerca el relato a un ambiente punk que ya no abandonará. El autor no se ha posicionado en la disyuntiva entre lo tradicional y lo moderno,  pero sí se moja, y mucho, en esta batalla de Leemet contra los integrismos: a través de su personaje, Kivirähk destila desprecio sin límites hacia los santones y sus seguidores, y no le tiembla el pulso -vamos, se diría que disfruta de verdad- con las escenas más bestias.

El autor maneja abundantes referencias a los mitos y tradiciones de su país, cosas que se nos escaparían de no ser por el interesante posfacio de la traductora Consuelo Rubio Alcover. Pero si decidimos ver el texto desde la óptica cultural, tampoco esto quiere decir que Kivirähk tome partido por las esencias nacionales. No hay una defensa de un mundo frente al otro, sino esa opción que decía, muy contundente y sin matices, por lo racional. Lo que cuadra muy bien con la fama de iconoclasta que por lo visto arrastra Andrus, siempre presto a fustigar tanto a la complacencia con lo foráneo como al fundamentalismo étnico. Ni siquiera ese idioma de las serpientes –que perfectamente se podría identificar con su minorizada lengua estonia- recibe del todo la bendición del autor, que parece plegarse sin mucho dolor a su colapso definitivo.

Advertida la originalidad del argumento y lo atrayente de las distintas capas en que puede leerse el libro, tampoco se puede dejar de valorar la forma en que todo esto se transmite. La prosa de Kivirähk es sumamente sencilla, pero peca quizá de superabundante, incluso de redundante. Hasta en los diálogos –de hombres y de animales- le cuesta demasiado esfuerzo exponer las cosas de un solo trazo, necesita decirlo del derecho y del revés, repetir las ideas y alargarse sin necesidad (bueno, un poco lo que también le pasa al reseñista, para qué engañarnos). Con lo cual, la lectura puede hacerse algo lenta, pesada, en especial en su primera mitad, cuando no sabemos el rumbo que van a tomar las cosas. Le falta agilidad y concisión, cualidades que le hubieran quitado lastre a una narración que ya de por sí aglutina muchos elementos -que no obstante están muy bien integrados- y habrían agradecido un tratamiento más resuelto.

Vaya lo uno por lo otro, con lo que esta especie de cuento de hadas extremo me parece en definitiva un libro atrevido, desbordante y fresco, que no estará de más en nuestro curriculum lector.

miércoles, 20 de febrero de 2019

Sigismund Krzyzanowski: Biografía de una idea y otros relatos

Año de publicación: 1991
Traducción: Marta Sánchez-Nieves
Valoración: Bastante recomendable

Un par de aclaraciones previas:

1ª) Es todo un acto de justicia poética que una editorial de nombre Ediciones del Subsuelo publique a Sigismund Krzyzanowski. ¡Y es que la historia de este autor es cuanto menos curiosa! Krzyzanowski (Kiev, 1887 - Moscú, 1950) dejó escritas más de 3000 páginas, pero, "gracias a la censura de la época", no vio en vida ni una sola página publicada. No fue hasta 1989 cuando algunos de sus escritos vieron la luz. 

2ª. (y derivada de la 1ª) Normalmente, encabezamos nuestras reseñas con un "título original" e "idioma original". En este caso,es imposible. Esto se debe a que los relatos recogidos en este volumen fueron escritos (en ruso) entre 1922 y 1930 y publicados por vez primera, para más inri en francés, en 1991 por la parisina editorial Verdier (gracias, Laura, por la explicación). Vamos, un lío de narices.

Dicho todo eso, resulta increíble que Krzyzanowski haya permanecido inédito durante décadas ya que se trata de un autor cercano a las vanguardias de la época, al menos en apariencia, y que podríamos emparentar con algunos de sus contemporáneos (Kafka), con autores posteriores y por todos conocidos (Don Jorge Luis Borges) e incluso con algún autor de nuestros días (y aquí me viene a la cabeza el nombre del amigo Cartarescu). Casi nada, ¿eh?

Los siete relatos recogidos en "Biografía de una idea...", pese a cubrir un período de ocho años, guardan una coherencia temática y estilística que hace que el conjunto no muestre apenas fisuras. Todos ellos parten de hechos reales, triviales incluso, en los que entran en juego sucesos "paranormales". Algunos ejemplos: una tranquila velada en un restaurante en la que irrumpe un vendedor de sistemas filosóficos (o de aforismos), un homenaje a Schiller tras el cual cobra vida la estatua del autor, una relación amorosa en la que uno de los amantes observa su futuro en la pupila de la mujer amada, un grafólogo que trabaja detectando falsificaciones al que se le aparece un hombrecillo en el caracolillo de una rúbrica, un poeta abandonado por su prometida que ve un herrumbroso cartel según el cual se "reparan corazones", etc

Hechos irreales, surreales, fantásticos, casi de ciencia ficción, que atraviesan los sucesos de la vida cotidiana y que hacen que la ficción se estire, rozando por momentos lo inverosímil, sin llegar a ocultar la realidad que le tocó vivir al autor. De hecho, algunos de los relatos pueden leerse en el contexto político de la época, con un Lenin ya gravemente enfermo (o muerto, según la fecha de los relatos) y Stalin y su troupe accediendo al poder. Así, "Biografía de una idea", "El tema ajeno" o "Los poco-poquísimos" tienen una clara lectura política.

Pero no hemos de reducir los relatos de Krzyzanowski a textos políticos. Son, por encima de todo, relatos cargados de imaginación en los que caben desde apuntes sobre el canon literario de la época ("Por eso") hasta temas más existenciales o filosóficos, pero siempre desde un punto de vista de lo más original.

Quizá esta originalidad de la que hablo hace que, en una primera lectura, los relatos de Krzyzazonwski resulten raros o difíciles, pero eso no debe hacernos decaer. Conviene volver atrás, empezar de nuevo y tratar de entrar en un mundo sugerente, oscuro y extraño del que quizá no consigamos salir indemnes. ¡Quién sabe si ese fue el miedo que provocó en los censores soviéticos!

martes, 19 de febrero de 2019

Samanta Schweblin: Kentukis

Idioma: español
Año de publicación: 2018
Valoración: bastante más que recomendable

Pregunta sobre todo para quienes tengan o hayan tenido niños en los últimos años tiempos: ¿conocéis esos muñecos de colorarinchis, a modo de bestezuelas a medio camino entre un búho y un gremlin antes de volverse malo, los llamados Furbys? Que sí: unos que "interactuaban"  -de aquella manera- hablando con las personas, y en cuyo programa contienen varias personalidades diferentes (aunque el que yo tenía en casa sobre todo mostraba la de sociópata cabreado... como alguien lo rozase y lo despertara, se pasaba un buen rato gruñendo y jurando en el idioma de Mordor). Bueno, pues eso: un asco de bichos. Pues imaginaos si encima tuviesen rueditas y cámaras en lugar de ojos, pero no las utilizaran al albur de un programa informático, sino de la voluntad de un usuario al azar, que puede estar en cualquier lugar del mundo manejando a un peluche zoomorfo que tú mismo has metido en tu casa y en tu vida. Una persona a la que no conoces y tú tampoco conoces que puede observar todo lo que haces, conocerte quizás mejor de lo que conseguirá ninguno de tus allegados... ¿Acojona, no? Pues eso es un "kentuki".

A partir de la concepción de estos muñecos, Samanta Schweblin va a trenzando toda una serie de historias que se desarrollan a lo largo y ancho del globo terráqueo y tienen como protagonistas tanto a los propios kentukis -es decir, a las personas que manejan los controles y observan- como a sus "amos", aunque en ocasiones es difícil determinar quién es el verdadero amo de quién... Son historias poco complacientes, incluso con un tono bastante duro y una trama retorcida, como puede suponer cualquiera que haya leído otros libros de esta autora. unas historias que, más que presagiarnos  un futuro aterrador -el toque ci-fi del libro se limita a la invención de estos muñecos,  lo que sospecho que hoy en día sería perfectamente posible-, nos describe un presente no mucho más halagüeño, en el que tal vez no lleguemos a meter a un rxtraño en forma de peluche a husmear nuestras vidas, pero ya somos nosotros mismos los que, de manera más irónica, las exponemos ante todo el mundo a través de las R.R.S.S.

Dicho lo cual, tampoco me parece que el de los peligros tecnológicos o la estupidez de las modas sea el tema central de este libro. Esta novela (no dudo en llamarla así, aunque en realidad esté compuesta por diversos relatos que discurren paralelos, por más que den la impresión de entrecuzarse), de lo que trata sobre todo es de la soledad en que trascurren las vidas humanas y de las relaciones perversas o dañinas que se llegan a establecer para paliarla. Los kentukis resultan ser meros intermediarios en esas relaciones, aunque, quizás por su propia banalidad, a su aspecto inofensivo (un recurso clásico en la narrativa de terror o al menos inquietante), o tal vez debido a su aparente deshumanización, lo que consiguen es exacerbar los recovecos oscuros y hasta sádicos de tales ligazones.

No quiero acabar esta reseña sin explicar mejor que, pese a estar compuesta por diversas historias independientes, este libro se puede considerar, sin duda, una novela -coral, de acuerdo-, no sólo porque a lo largo de toda ella asistimos al devenir de una serie de personajes "fijos" -un padre divorciado, la compañera de un artista plástico, una señora mayor de Lima-, sino porque incluso aquellos capítulos o relatos que se agotan en unas pocas páginas no están dispuestos al azar, sino colocados en lugares concretos de la novela para conseguir mejor ese efecto perturbador que tiene el conjunto. Porque, vaya... perturbador lo es un rato, aviso...


Otros títulos de Samanta Schweblin reseñados en Un Libro Al Día: Pájaros en la bocaDistancia de rescate

lunes, 18 de febrero de 2019

Rosa Berbel: Las niñas siempre dicen la verdad


Idioma original: Castellano
Año de publicación: 2018
Valoración: Muy recomendable

El primer libro de poemas de Rosa Berbel ha dado que hablar. Mucho. Ganador el año pasado de la XXI edición del Premio de poesía joven Antonio Carvajal, que con anterioridad se fijó en autores como Andrés Neuman, Luís Bagué Quílez o Martha Asunción Alonso, Las niñas siempre dicen la verdad ha recibido atención y parabienes en los suplementos literarios que determinan el canon literario a día de hoy en España y ha sido incluido en casi todas las listas de lo mejor que deparó la poesía en este país en el año 2018. Así que con la curiosidad desatada tuve que sobreponerme a dos obstáculos importantes a mi entender; el título y la portada. Hacerlo me ha compensado de sobras. Los versos que hay en estas páginas albergan la suficiente vida palpitando y tanta verdad contenida que el dato de la edad de la autora (Estepa, Andalucía, 1997) es apenas anécdota. 

El libro se articula en torno a una precuela, dos partes diferenciadas que acogen una docena de poemas cada una y se cierra con un poema algo más extenso que el resto. En la primera sección, que lleva por título Quemar el bosque, nos damos de bruces con una manera de encarar la vida y la relación con los demás perpleja, incómoda, instalada en el desasosiego. De estos versos se desprende una reflexión acerca del aprendizaje como tarea vital y también acerca de la familia como formato social; el hogar, el rol de la mujer, la tradición, la desesperanza, el miedo a la violencia: “¿No era esto madurar: elegir cosas / y esconder la elección a los demás?” La sensación del verano se asocia a la noción de infancia, reciente y perdida, y en este Quemar el bosque nos encontramos con imágenes, o ideas, como la de los niños muy viejos, o tan niños y tan sabios, o la de la infancia sin infancia. La infancia como un tiempo luminoso y ligero aunque también extraño e incierto: “Niña que no reconoce su cuerpo / comienza a sentir cosas algo extrañas: / hormigueo, mal carácter, un intenso dolor / en los dos pechos.”

En los versos agrupados bajo el título de Planes de futuro se hace más evidente el sentimiento de incertidumbre, de contradicción ante lo que parece que la vida va a poder deparar a quienes hoy y ahora se lanzan a por ella. El eje de la percepción se desplaza para apuntar hacia el porvenir y los versos escogidos de José EmilioPacheco para acceder a estos Planes de futuro se hacen bastante elocuentes: “Ya somos todo aquello / contra lo que luchamos a los veinte años”. Al puntito de provocación que supone traer a colación estos versos del poeta mexicano, la autora añade asimismo un toque más irónico en piezas como Manual de supervivencia para salir del nido o más sagaz, quizás, en Femme fatale con prisa, definitivamente uno de mis preferidos: “No es fácil ser mujer y ser fatale, / en los tiempos que corren / exige disciplina y certidumbres. / Hay que fumar sabiendo los peligros / de enfermedades poco fotogénicas. / Llevar medias de naylon sin carreras / durante una jornada de 10 horas.” 

Versos en los que se habla  de mantenerse bien agarrados a la vida, y seguir un camino propio aunque nos sintamos despistados, entre los pisotones de la gente, y por eso me refería al principio a verdad y vida. En el poema que cierra el libro, Sala de espera para madres impacientes, encontramos la construcción de una identidad compartida, femenina y consciente, que busca amparo, complicidad, calidez. Así que sí, me parece un libro muy recomendable porque siempre resulta de lo más apetitoso encontrarse con una voz nueva, original, cargada de interés y convicción.

domingo, 17 de febrero de 2019

Rohan O’Grady: Matemos al tío

Idioma original: Inglés   
Título original: Let’s kill Uncle
Traductor: Raquel Vicedo 
Año de publicación: 1964
Valoración: Está bien 

Matemos al tío es una novela escrita por la canadiense June Skinner bajo el seudónimo de Rohan O'Grady. Tuvo bastante éxito en su momento; incluso fue llevada a la gran pantalla en 1966, dos años después de su publicación, por el director de películas de terror William Castle. Sin embargo, ya empezaba a caer en el olvido. Es aquí donde Impedimenta aparece, fiel a su labor de rescatar títulos curiosos y, como en este caso, inéditos al castellano.

Llegados a este punto, dejad que os diga que la edición de este volumen es de diez. Especialmente remarcable es su traducción; Raquel Vicedo recubre el texto con modismos y expresiones coloquiales que consiguen imprimir a la narración el carisma del material original.

Argumento 

¿De qué trata Matemos al tío? Pues bien, este libro es un cóctel que mezcla impúdicamente la novela negra con la comedia, las aventuras, el "bildungsroman" y el terror. Aunque muchos se han limitado a catalogarlo, quizás en un afán algo reduccionista, como un exponente de la literatura gótica del siglo XX.

Pero bueno, bien mirado, de gótico, Matemos al tío tiene por un tubo. De hecho, haría las delicias a Tim Burton. Sobre todo al Tim Burton más reciente, ese que parece haber dejado de lado su faceta más macabra pero que sigue mostrando devoción hacia las historias oscuras. ¿No me creéis? Dejad que os liste algunos de los elementos que engalanan a esta novela, elementos que fácilmente podrían aparecer en una película del director estadounidense. Tenemos: 

  • Un entorno bucólico que se verá asediado por un vil personaje. En este caso, una pequeña isla de la costa de Canadá a la cual vendrá a veranear el malvado comandante Sylvester Murchison-Gaunt.
  • Un par de niños más espabilados de lo normal. Ah, y ¡uno de ellos es un huérfano de diez años, multimillonario, cuyo tío, el mentado Sylvester Murchison-Gaunt, quiere cargárselo!  
  • Siniestras sesiones de hipnotismo, alguna escena de casquería, un cementerio, una playa de aguas peligrosas... 
  • Toques de ironía, especialmente cuando se usa para radiografiar a la sociedad de la época. 

En fin, que la cosa es, más o menos, así: Barnaby Gaunt acaba de perder a sus padres, por lo que tendrá que ir a vivir con su tío, el retorcido comandante Sylvester Murchison-Gaunt. Éste quiere matarle para heredar su fortuna de diez millones de dólares. Por desgracia para el pobre Barnaby, en la isla donde veranea nadie, ni siquiera el policía montado, el sargento Coulter, se lo cree. Nadie salvo Christie MacNab, la única menor de edad a parte de él. Ambos comprenderán que solamente les queda una opción: ser ellos los que maten. Por supuesto, también deberán salir impunes del crimen. 

Nótese que en esta breve sinopsis he dejado de lado muchas cosas. En primer lugar, el tío no hace aparición en la historia hasta pasadas cien páginas, por lo que se puede deducir que hay muchos otros frentes abiertos en Matemos al tío que el de la planificación de, precisamente, cómo matar al tío. También he omitido en este resumen a Una Oreja, puma ya viejo que aparece en la magnífica ilustración de la cubierta hecha por el inefable Edward Gorey. Cuando discuta, más adelante en la reseña, los contras de esta obra, veréis el porqué.

El villano 

La figura de Sylvester Murchison-Gaunt oscurece el tono general de la novela. No en vano es un villano temible, al menos en un principio. Digo en un principio porque el desenlace de la novela no lo trata con el respeto que merece. Su final es, de hecho, anti-climático.

En cualquier caso, el personaje sigue siendo muy interesante. Esto se debe, en parte, a las turbias migajas de su biografía que O'Grady deja caer a lo largo de la novela. Realmente te hacen temer al comandante, atisbar de lo que es capaz. Luego está su aterradora presencia. Hubo momentos en que algunas de sus apariciones, o sus diálogos, lograron ponerme los pelos de punta.

Ritmo 

O'Grady se toma su tiempo para introducir la geografía de la Isla, microcosmos en el que transcurre la acción; lo mismo con sus habitantes, sus formas de ser, sus costumbres. Esto sucede, sobre todo, en las páginas previas a la aparición del tío. Son las que más humor tienen, y aunque en ellas la historia avanza con algo de lentitud, su lectura no se hace pesada.

Una vez Sylvester Murchison-Gaunt entra en acción, los eventos tampoco se aceleran. No, al menos, hasta llegar el abrupto final. O'Grady sigue estableciendo personajes, lugares y objetos que tendrán importancia durante la contienda definitiva entre él y los niños casi con parsimonia. Quizás sea este dilatado pasaje central el menos llevadero de toda la novela. Por lo menos, a mí se me hizo algo cuesta arriba en ocasiones. Además, en este tramo hay pasajes claramente prescindibles, como alguna escena de los niños en el cementerio, o las cartas del sargento Coulter.

Lo bueno y lo malo

Pasemos a los que, a mi juicio, son los aspectos positivos de Matemos al tío:

  • Sus protagonistas, Barnaby y Christie, están muy bien perfilados. Además, los diálogos de ambos niños son una gozada. También el desarrollo de su vínculo. Por no olvidar que hay mucha química en sus interacciones. Sin duda alguna, impelen al lector a simpatizar con ellos. 
  • La rica galería de personajes. Aunque no sean especialmente memorables, salvo el tío, la diversidad de perfiles se agradece; uno tiene la impresión de que la isla bulle de vida gracias a sus habitantes. Por no decir que la mayoría son la mar de entrañables.  
  • El humor. Ya he anticipado que se concentra especialmente en el primer tercio del libro y luego acaba por desaparecer casi por completo, pero es innegable que hace que la experiencia global sea de lo más disfrutable. La astucia y el desparpajo de O'Grady impregnan de simpatía al texto. 
  • La transición entre un tono amable a otro oscuro está muy lograda. Pasamos de una narración casi bucólica a una colorista pesadilla infantil. 

Por otro lado, los defectos que le veo a esta novela son los siguientes:

  • Su ritmo, renqueante durante el tramo central. 
  • Me atrevería a decir que a la novela le sobran algunos personajes, pues la autora es incapaz de darle relevancia a todos ellos. El viejo puma Una Oreja, por ejemplo. Es una pieza clave en el enfrentamiento final contra el tío, vale, pero ya he insinuado que no me convence el planteamiento de esa escena. Y durante el resto de la novela, la verdad es que Una Oreja no es más que un detalle exótico en la narración. Es por esto, pues, que yo lo hubiera omitido. El propio matrimonio Brooks, aquéllos isleños que cuidan a Barnaby, es totalmente desaprovechado. Se nos dice que acoger al niño les ayudará a hacer más llevadera la pérdida de su pequeño hijo Dickie, pero esta subtrama jamás es explorada. 
  • La tensión que durante todo el libro lleva gestándose desemboca en un final la mar de anti-climático. Al menos es crudo, a lo Hans Christian Andersen. 

Conclusiones 

Visto lo visto, queda claro que esta novela coincide con toda una tradición literaria que intenta aunar la inocencia y la perversidad. Hay gente que la relaciona por este motivo con Huracán en Jamaica, de Richard Hughes. Yo añadiría, aquí, a Siempre hemos vivido en el castillo, de Shirley Jackson. Otra obra con la que se establecen relaciones es La noche del cazador, de Davis Grubb, donde parece ser que hay un psicópata que persigue a unos pobres niños.

Matemos al tío también me recuerda a la franquicia Una serie de catastróficas desdichas. No sé hasta qué punto ésta se habrá inspirado en la historia de O'Grady, pero sin duda alguna comparten premisas. Debo aclarar que el tono de la novela es, sin embargo, menos infantil que el de Una serie de catastróficas desdichas

Y poco más que añadir. Esta lectura es deliciosamente oscura. Tierna, ingeniosa y pueril, a la par que cínica y amarga. Sin lugar a dudas, gustará a tu Tim Burton interior. 

sábado, 16 de febrero de 2019

Stefan Zweig: Ardiente secreto

Idioma original: alemán
Título original: Brennendes Geheimnis
Traducción: Berta Vías Mahou (ed. en castellano) / Ester Capdevila (ed. en catalán)
Año de publicación: 1911
Valoración: recomendable

Es de sobras conocida la capacidad de Zweig para escribir sobre la condición humana y sobre las emociones, pues sabe entender como pocos aquello que sentimos, aquello que nos mueve, aquello que nos impulsa a actuar de una cierta manera, y esa mirada clara y precisa la transmite perfectamente en sus libros.

En este breve libro, Zweig despliega nuevamente su alta capacidad narrativa para implicarnos directamente y de manera inmediata en la historia. Así, no necesita muchas páginas para situarnos en ella y, establecido el marco ambiental, nos narra la llegada de un joven barón a un pequeño pueblo, donde se dispone a pasar unos días de vacaciones. El joven, poco amante de aventurarse en la exploración de uno mismo pretende dedicar su estancia a buscar compañía femenina, pues no se encuentra a gusto en la soledad y tiene pulsiones que le empujan a buscar y encadenar relaciones íntimas. Además, la lejanía respecto a su lugar donde habita, su buen parecido y unas ya demostradas artes seductoras, le brindan una buena ocasión para ello. Y parece que el azar se conjura con ello, pues encuentra en su mismo hotel una mujer que pasará unos días en la compañía única de su hijo pequeño. Qué mejor oportunidad para dar rienda suelta a sus pasiones, pues la ocasión parece propicia e idónea. O eso parece.

Ya en las primeras páginas, el estilo inconfundible del autor austríaco nos da las pinceladas suficientes para enmarcar la historia en un paisaje que sirve de escenario de los devaneos amorosos del protagonista, pero la habilidad de Zweig se pone de manifiesto realizando un ligero cambio en la aproximación a la historia al cambiar el foco inicial centrando la figura no en el joven barón aparentemente protagonista, sino en el hijo de la mujer que pretende conquistar. Y es a través de ese enfoque donde Zweig despliega su magnífico talento pues vemos en el niño aparecer todas las dudas que seguirán de mayores, que nos perseguirán, y asoman la soledad, la incomprensión, el miedo a perder el cariño de los seres queridos o admirados y, por extensión, el autor nos transmite bajo la mirada del niño todos aquellos sentimientos que envuelven los corazones de los adultos. Así, el autor cubre el espectro de las pasiones existentes en las diferentes edades en un solo personaje, y es a partir de él que la historia se centra en ellas, haciéndolas crecer y creando un despertar consciente de aquello que reside en cada uno de nosotros. A partir del triángulo formado por los tres (y únicos) protagonistas, Zweig alterna los equilibrios entre las relaciones que se crean entre ellos, decantando la balanza sentimental hacia un lado u otro, para explorar, en cada uno de ellos, aquello que les motiva y les conmueve, aquello a lo que aspiran y desean, aquello que quieren conservar aún a costa de arriesgar lo que ya tienen, y en ese vaivén emocional se abren las suficientes fisuras para dejar entrar y crecer, las dudas, los miedos y el egoísmo. Porque Zweig tiene la facilidad de con muy poco, captar, analizar, exponer y explotar los miedos y las pasiones que conforman la condición humana, el ego y el atrevimiento, el deseo y el rechazo, y la perversa habilidad de quien lucha por conseguir aquello que desea, sin tener en cuenta la voluntad o sentimiento de los demás.

Así, Zweig sabe perfectamente conectar con el lector, y despertar en el no únicamente la curiosidad en querer ávidamente avanzar en la novela, sino también en descubrir, averiguar y profundizar en aquellos sentimientos que albergamos en nuestro interior y que, en ocasiones mostramos, y en ocasiones escondemos, no únicamente a las personas de nuestro entorno sino también a nosotros mismos.

Si ubicamos la novela en la prolífica vida literaria del autor, y siendo una de sus primeras novelas, es interesante ser testigos de cómo a los treinta años Zweig ya se encontraba en una madurez narrativa sublime, no únicamente por saber retratar a la perfección cada uno de los personajes, sino también para conocer y expresar qué ocurre dentro de ellos. La narración en tercera persona es muy hábil pues, a pesar de que el punto de vista principal se centra en el niño, transmite perfectamente qué siente cada uno de los personajes, sus dudas, sus miedos y sus odios, estableciendo así un marco perfecto dentro del cual ubicar emocionalmente cada uno de los vértices de este extraño triángulo sentimental que conforman el niño, su madre y el joven barón.

Aunque probablemente no sea el mejor libro del autor, es innegable su calidad literaria y cómo consigue siempre conectar con el lector a través, no únicamente de su clara estructura, sino de una prosa que recrea perfectamente el ambiente por el cual se mueven sus siempre reflexivos y apasionados personajes. Siempre es un placer leer Zweig, y cada libro es una ocasión más para deleitarnos con las historias que magistralmente narra.


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viernes, 15 de febrero de 2019

Zoom: El diablo en la botella, de Robert Louis Stevenson

Idioma original: inglés
Título original: The Bottle Imp
Traducción: José Luis López Muñoz
Año de publicación: 1891
Valoración: Recomendable

No, amigos, tranquilos, que esto no es un libro de autoayuda para dejar el alcohol. La botella sobre la que habla Stevenson ofrece ventajas sin duda mayores, aunque a cambio resulta muchísimo más peligrosa (todavía, seamos correctos). Porque lo que hay dentro, como es obvio por el título, es un diablo, una inquietante sombra cuyo movimiento se trasluce apenas tras el vidrio, y da cierto mal rollo. Seguramente por esa denominación de ‘diablo’ que lleva el título en castellano, porque si le despojamos del carácter luciferino la imagen del lector se hubiera ido de inmediato y sin duda hacia el simpático concepto de ‘genio de la lámpara’ que nos ha llegado desde Las mil y una noches, con frecuencia edulcorada, banalizada y hasta pasada por el tamiz Disney.

Efectivamente, nuestro diablo concede deseos a su portador, y no ya tres, sino todos los que quiera, excepto el de prolongar la vida. Pero a cambio pone algunas condiciones algo complejas y bastante comprometedoras: si uno muere siendo propietario de la botella, se condena para toda la eternidad así que, por si acaso, es conveniente deshacerse de ella a no tardar mucho. Y para que la transmisión sea eficaz debe hacerse a un precio inferior al de adquisición. Es justamente este aspecto deflacionario el que preocupa a cada nuevo portador, y es un elemento muy útil para asegurar una tensión creciente en el relato. Además, si estaba usted pensando en técnicas comerciales torticeras para facilitar la venta, la última condición es que todos los requisitos deben ponerse en conocimiento del comprador sin faltar uno.

Keawe es un joven hawaiano que se hace con el enigmático recipiente casi por casualidad, y por un precio que a él le parece de ganga, pero que le traerá dificultades. El sueño de Keawe tampoco era demasiado aparatoso, se conforma con un casoplón allá en su isla, y enseguida le endosa la botella a un colega que se moría por tener un hermoso bajel. Todo le va bien a nuestro protagonista, hasta se enamora de una chica que, tras alguna reticencia, acaba por corresponderle. Pero le surge un problema bastante desagradable y desea recuperar los favores del diablo-genio. Tras intensa búsqueda, consigue por fin recuperar el vidrio, pero a un precio tan bajo que le va a ser difícil deshacerse de nuevo de él: los potenciales compradores desconfían de negocio tan extraño, y aún más cuando se les ofrece chollo semejante casi gratis. Bueno, el resto no lo cuento, claro.

El caso es que el relato es sumamente ágil, sencillo pero interesante y, como apuntaba antes, con un crescendo importante y muy bien desarrollado. Desde el principio tenemos claro que el asunto no se va a resolver con facilidad, pero los problemas con que va tropezando el propietario del frasco y la amenaza del incumplimiento de las condiciones hacen que aumente la angustia según se van cerrando las puertas de la solución. 

Es indudable que existe cierta carga de moralina, y por lo tanto podríamos leerlo en clave alegórica, sobre las dificultades de la vida, el precio de la ambición y sus riesgos, cosas por el estilo. Pero, como me ocurre con frecuencia, prefiero disfrutarlo como un relato de aventuras, con un elemento misterioso y perturbador que siempre está ahí, tentando con sus artes pero en el fondo amenazador, y las peripecias de todos aquellos que sucumben a la magia y terminan enredados entre sus sueños y su propia perdición. 

Stevenson es un maestro en este tipo de narraciones y ésta en concreto me parece un ejemplo brillante. No será una joya de la literatura, pero está estupendamente escrito, con sus ingredientes en su justa dosis, y se lee con gusto.

PD: Resulta muy curioso que, teniendo muy poco que ver en su desarrollo, el final de este relato se parece un montón al de Gautier que reseñamos hace unos días. Lástima no poder contarlo.

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