Título original: Vildanden
Traducción: Cristina Gómez-Baggethun en castellano para Nórdica
Año de publicación: 1884
Valoración: muy recomendable
Creo que puedo decir, sin temor a equivocarme, que hay más gente que prefiere ver teatro antes que leerlo. O quizás no es un tema de que guste más o no, pero sí una práctica habitual. Y es que el teatro leído contiene un componente de dificultad lectora: la falta de definición de la ambientación, pues muchas veces, más allá de una pequeña descripción del lugar donde trascurre la escena, las obras de teatro se basan en el diálogo, por lo que la complejidad que tiene el lector en el ejercicio “visual” de imaginar la escena se agranda. Pero, aún y así, a los que nos gusta el teatro, a veces nos apetece también leerlo, quizás para recordar aquella obra ya vista en representación teatral, quizás para descubrir y vislumbrar cómo podría representarse. Y claro, dentro de los grandes autores teatrales, es impensable no mencionar a Henrik Ibsen.
En este texto del autor noruego, el relato empieza con un paisaje ya conocido y común en muchas de sus obras: una casa señorial regentada por una familia que ostenta cierto cargo de poder (una serrería y algunas minas, en este caso); también constituye una pieza fundamental el servicio que trabaja en la casa, así como algún personaje adicional que aparece de golpe después de cierto tiempo fuera y cuya presencia no es banal. Nada que sorprenda al lector a la hora de tejer el entramado argumental, pero es una sólida base para lo que Ibsen tiene pensado desarrollar en esta pieza teatral donde una serie de personajes entran y salen de la casa y van dejando pequeños detalles enigmáticos en las conversaciones entre ellos que llevan a sospechar que hay algo más profundo y parcialmente dejado de lado en sus relaciones que en algún momento hará acto de presencia con sus asociadas consecuencias.
A nivel estilístico Ibsen sabe cómo crear tensión; es en esas habladurías, rumores y chismorreos entre los diferentes personajes donde el lector se va haciendo la composición de lo que se está orquestando a bajo nivel: un entramado de intereses y secretos que el autor va sacando a la superficie poco a poco, dejando a su vez un rastro imborrable de mentiras enterradas bajo estratos de cotidianidad e intereses. Pero ahí, con marcado contraste, aparecen los ideales y los valores, siempre presentes en las obras de Ibsen; unos ideales a prueba de las relaciones que emergen y se erigen como inquebrantables a pesar de todos y de todos, que se esgrimen como una lanza rota en favor de la honestidad y la pureza, de la conducta impoluta e infranqueable, como el autor bien profesa al decir, en boca de unos de sus personajes, cuando uno le espeta a otro: «ha vuelto a colarse en una casa humilde reclamando el pago de las facturas de los ideales, y en esta casa no hay gente solvente». Así, esos valores son siempre presentes y esgrimidos sin tapujos, porque «de vez en cuando es útil profundizar en el lado oscuro de la existencia» a pesar de ser algo que, a su vez, pueda sembrar sentencias y tiranteces entre los personajes.
Como en toda obra teatral, y más teniendo en cuenta su corta extensión, no conviene revelar el argumento ni, menos aún, su desarrollo, aunque viniendo de Ibsen, uno ya puede suponer que tanta tirantez no va a quedar en nada y que a veces la defensa a ultranza de los ideales acarrean consecuencias para las que uno no está preparado.
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