jueves, 27 de enero de 2022

J.P. Sansaloni: Un final

Idioma original: catalán
Traducción: traducción al castellano prevista para marzo 2022
Año de publicación: 2021
Valoración: entre recomendable y está bien
Título original: Un final

Hay libros que, aunque proyectan un futuro distópico, el trasfondo que plantean va ligado a un presente perfectamente identificable. Este es el caso del libro que nos ocupa, opera prima del autor menorquín J.P. Sansaloni donde nos dibuja un escenario postapocalíptico en el que una lluvia ácida va corroyendo ciudades y esperanzas a la vez que sus habitantes luchan incesablemente por alargar una vida que habita de manera inerte en sus modificados cuerpos.

Con esta premisa, el autor nos sitúa en un mundo futuro, sin ubicarlo en un tiempo concreto ni un lugar definido, y lo hace de manera pretendida pues el escenario ideado puede encajar en todos los sitios, en un futuro próximo o no tan próximo pero sí que percibimos como terriblemente posible. Y, en ese mundo imaginado, aparece uno de los primeros y principales personajes, pues la narración nos retrata «la mujer de ojos Y» que se encuentra encerrada en una especie de laboratorio científico donde se realizan ensayos con humanoides. Fuera, el cambio climático ha alterado la vida y el clima, un cambio atribuible y causado no únicamente por empresas y gobiernos sino también a todos nosotros porque «tenemos que ser suficientemente fuertes para aceptar la verdad: nosotros somos los responsables, nosotros, con cada una des las decisiones que hemos tomado y que tomamos, nos hemos conducido a esta situación límite. Todo lo que estamos viviendo ahora es la consecuencia de una sociedad que tenía la banalidad del mal como la única manera de actuar»; y, en ese mundo exterior, otro de los protagonistas, «el hombre de ojos X», busca pastillas que le ayuden a experimentar sensaciones, a encontrar en ellas un mundo que ya ha desaparecido de sus vidas, porque esas pastillas «nos permiten escoger las emociones que queremos sentir en cada momento, en cada lugar, las que se ajusten más a nuestros deseos y expectativas» como las que «permiten vivir la experiencia de un bebé dentro del vientre materno», necesitando por todos los medios pastillas para poder «vivir nuevas experiencias. Tantas como pueda encontrar. Y también para volver a vivir las que tanto echo de menos y pronto perderé para siempre, o como mínimo algunas de parecidas, y después de esto, poder morir tranquilo».

Estilísticamente, la prosa de Sansaloni fluye vertiginosamente, el ritmo es endiablado y terriblemente gráfico, pudiendo ver rasgos de Blade Runner en ese mundo lleno de edificios ya vacíos y con los escaparates rotos en los que «la gente compraba pastillas que permitían la experiencia exacta de haber dormido ocho horas, de haber ido de vacaciones, o de haber pasado el fin de semana con la familia, o de haber comido sano durante un mes». El autor retrata el escenario de manera que es muy fácil para el lector ubicarse en escenarios exteriores, sino también dentro del laboratorio, pues el estilo de Sansaloni aporta de manera constante imágenes que se ubican en nuestra imaginación y construye con ello un mundo que hemos visto e imaginado varias veces en películas o series. 

De esta manera, construido el escenario en el que trascurre la novela, la prosa del autor entra en una dimensión diferente y profundiza sobre lo que vemos en apariencia cuando, de manera fortuita, la mujer de ojos Y encuentra por casualidad en el escritorio recortes de libros de no ficción y periódicos que leyó hace tiempo empieza a darse cuenta de la realidad en la que se encuentra, leyendo frases como «Deseo es dolor: nunca seremos felices si continuamos utilizando la tecnología para alimentar nuestro ego. Lo único que conseguiremos es volvernos cada vez más y más dependientes de la tecnología y, por tanto, hacer crecer más y más nuestro dolor. El remedio que propongo es simple: la muerte de la tecnología y de las personas que la promueven». De esta manera, a partir de estos recortes, entramos en un nivel más profundo de lectura pues el lector nos ofrece una serie de apuntes con alta carga ideológica que nos llevan a reflexionar sobre el capitalismo desbocado, afirmando sin tapujos que en el caso de que se pudiera modificar genéticamente las personas para hacerlas «más inteligentes, más fuertes, más compasivas, más pacíficas» no se llevaría a cabo pues «no se tiene en cuenta uno de los fundamentos de la genética humana que no ha interesado erradicar: el gen egoísta» porque «hay un sector de las clases pudientes que basa su riqueza en la acentuación de la desigualdad y en la vigilancia y el control, a cualquier precio y por cualquier medio, de las personas».

Otro de los aspectos que trata el libro, de manera altamente relacionada con el egoísmo de la sociedad y el poder del capitalismo desmesurado es la consecuencia que nuestros actos provocan en el clima, pues a la vez que el estilo de vida nos lleva a vidas vacías y muertas en vida, en el exterior, gotas de ácido van descomponiendo toda la vegetación, en una ciudad está plagada de «runas de rascacielos, de escuelas y templos (…) Lápidas sin nombre. Placas de calles (…) Vagones de tren. Maletas (…) Casquillos de bala. Máscaras. Banderas» mientras en la costa «flotan decenas de cadáveres». Un egoísmo que se convierte en inherente a nuestra mirada del mundo porque «miramos una parte del mundo, cualquiera, y ya no la podemos analizar como un misterio, sino como los efectos que producirá sobre nosotros. Vemos el mundo como a un espejo de nosotros mismos».

El autor también lanza una diatriba sobre la superioridad moral de quienes afirman ser la revolución y afirma sin tapujos que «no era necesaria ninguna salvación; solo una convivencia pacífica, fructífera y estimulante. Y también ser capaces de ver las cosas que se estaban haciendo bien, que eran muchas. Nos hemos convencido a nosotros mismos que éramos el bien absoluto y por eso hemos sido el mal absoluto (…) Hemos impuesto nuestra moral por encima de la de todo el mundo. Esto no es ser una revolución; ojalá lo hubiéramos sabido antes».

En este escenario post apocalíptico cercano visualmente a Blade Runner, el autor aprovecha que sus protagonistas encuentran de manera fortuita recortes de noticias para reflexionar acerca de nuestra sociedad, de hacia dónde nos (y la) dirigimos, situando a sus personajes en un constante análisis sobre la conveniencia de nuestros actos y la necesidad en conseguir una felicidad que esconde y tapa huecos emocionales de manera temporal, rápida y en apariencia eficaz, pero terriblemente cortoplacista e ineficiente, porque tal y como el autor profesa, «la felicidad que experimentamos siempre va acompañada de un regusto amargo, un regusto que proviene de saber que esta felicidad quedará obsoleta, que quedará movilizada en un universo de posibilidades en expansión eterna». Así, los diálogos internos y externos a los que somete sus personajes son realmente el pilar sobre el que gira una obra que teje un escenario apocalíptico para reflejar la vacuidad de nuestras vidas y el trágico destino al que se encamina una sociedad marcada por la ambición y la falta de ética. El nihilismo exacerbado que nos condena al eterno presente, sin acertar a ver qué dejamos atrás, no únicamente un pasado sino también un mejor futuro (algo que nos remite a «Els llegats», de Lluís Calvo). 

Asimismo, de manera análoga a la realidad que envuelve el relato, el autor no otorga un nombre a sus personajes sino simplemente una etiqueta que identifica uno de sus rasgos para poderlos diferenciar entre ellos. Esta deshumanización va acorde a lo narrado, desproveyendo de cualquier posibilidad de empatizar o conectar con ellos llegando al punto de que como lectores no nos importa lo que les suceda, no tomamos partido. Esto, a pesar de que narrativamente tiene su sentido y es algo expresamente buscado, es precisamente uno de sus puntos débiles pues al no conectar con los personajes, al no estar estos bien definidos y no poseer una personalidad propia que permita identificarlos y comprenderlos, deja sensaciones encontradas. Igualmente, la trama argumental no está suficientemente desarrollada, lo cual, mirándolo por el lado positivo, deja lugar a múltiples interpretaciones, pero por el contrario también lastra su continuidad narrativa. De todos modos, parece que esta indefinición es algo buscado por el autor, pues desproveyéndolos de personalidad también se les desprovee de alma y, por tanto de vida. Porque aquí no hay buenos ni malos, solo almas deshumanizadas, desesperanzadas que se arrastran en un mundo decadente al que, por fortuna o per desgracia ya se han acostumbrado y, con ello, ha perdido la principal razón de seguir adelante: experimentar sensaciones que, de manera positiva o negativa, les hagan sentir nuevamente humanos y por tanto capaces de conseguir dirigir sus vidas hacia un lugar externo, pero también interno, que les suponga una esperanza ante un mundo que, cual lluvia ácida que destruye y aniquila los edificios y las ciudades, los ha absorbido también a ellos y a sus sueños.

miércoles, 26 de enero de 2022

Pedro Ugarte: Los cuerpos de las nadadoras

Idioma original: Español
Año de publicación: 1996
Valoración: Bastante recomendable

En estos tiempos de "masculinidades deconstruidas" y cosas por el estilo, puede resultar sorprendente leer la autobiografía ficticia de un tipo anodino y corriente, entendiendo por esto último un varón blanco, heterosexual, clase media, trabajador por cuenta ajena, urbanita, etc. Ostras, ahora que lo pienso... ¿no será Ugarte una especie de Houellebecq "a la vasca"?. 

No import. El caso es que han pasado 26 años desde la publicación de este libro y desde que fuera finalista del Herralde de novela (no sé si ahora encajaría demasiado en su línea editorial, la verdad) y, aunque pueda parecer una eternidad y que el mundo ha cambiado mucho, me parece que el libro sigue plenamente vigente y que muchos lectores, hombres y mujeres, se identificarán con el amigo Jorge.

Tres son los principales aspectos a destacar en este "Los cuerpos de las nadadoras": el primero tiene que ver con la estructura de la novela, el segundo con el personaje protagonista y el tercero con el propio autor.

En cuanto a la estructura, la novela se compone de 55 breves capítulos, ordenados cronológicamente, que recorren la vida de Jorge desde la infancia a la madurez y casi siempre girando alrededor de su relación con las mujeres (madre, tías, novias, esposa, etc). Pese a que los citados 55 capítulos no son otra cosa que "episodios aislados y claves de la vida de Jorge" y, como tal, pueden ser leídos como microrrelatos independientes, Ugarte consigue compactar las diferentes escenas y dotarlas de continuidad, lo que otorga unidad al texto.

Por otra parte, me parece magnífica la evolución psicológica del personaje. De niño y adolescente reservado y pusilánime, Jorge pasa a ser un adulto escéptico, desencantado, descreído y algo cínico. Esta evolución hace que los relatos abarquen un espectro que cubre desde el humor más "blanco" del comienzo a la observación irónica o al humor más agridulce de la segunda mitad del texto. Y aquí Jorge / Ugarte (algo ha de haber del autor en el personaje) reparte por todos lados: su ciudad y su carácter, las élites culturales, los giros copernicanos de la madurez, etc.

Por último, y esto es algo que ya lo he comentado en otras reseñas de libros de Pedro, me parece el perfecto narrador de la cotidianeidad. Sus personajes ya digo que son "anodinos y corrientes", en sus relatos "no pasa nada". O mejor dicho, en sus relatos no pasa otra cosa que la vida y de ahí es capaz de extraer el jugo y situarnos cara a cara con nuestros propios traumas y contradicciones.

Un único apunte en el lado menos bueno: una cierta tendencia a la sobreadjetivación, más patente, al menos para mí, hacia el final del libro. Quiero pensar que esto se pudo deber a un intento de adornarse, de escribir "más bonito", etc., pero no hubiera estado de más una pequeña poda porque en no pocas ocasiones los adjetivos no aportan demasiado al texto.

Pese a lo anterior, me quedo con lo bueno de un texto que nos pone frente a lo que muchos hemos sido, somos y, probablemente, seremos.

También de Pedro Ugarte en ULAD: El mundo de los cabezas vacíasNuestra historia y El país del dinero

martes, 25 de enero de 2022

Jesús Briones Delgado: La humanización de la era digital. Cómo enfrentarnos a un mundo de algoritmos


 Idioma original: español

Año de publicación: 2020

Valoración: Está bien



El futuro ya está aquí. No lo digo yo, habrán escuchado esta frase a menudo en los últimos meses, incluso años. Es evidente que el futuro siempre llega, y en esta caso parece que lo tememos más que nunca pues conlleva, además de grandes esperanzas para algunos, una de nuestras peores pesadillas: el poder efectivo de la máquina. Dicho así quizá imaginemos un ente humanizado como uno de los personajes de la novela Máquinas como yo, pero, sin irnos tan lejos –aunque los robots con apariencia humana hace tiempo que llegaron para quedarse– piensen en esos algoritmos que afectan directamente a nuestras vidas sin que nadie los haya adquirido en una tienda, al menos conscientemente. Programas que han aprendido a aprender, que utilizan su experiencia para tomar decisiones sin intervención humana. El profano en la materia no puede (no podemos) imaginar qué se cuece tras las afirmaciones de una autonomía que, la verdad, da un poco de vértigo. O bastante.

Este ensayo trata de divulgar los aspectos más básicos de las actuales investigaciones a la vez que reflexiona sobre antecedentes y consecuencias futuras. Cualquiera que lea la prensa a diario no encontrará en él grandes novedades, pero tiene la virtud de condensar en unas pocas páginas tanto datos objetivos como eventualidades y pautas de actuación. También un sinfín de preguntas. ¿Estamos viviendo un auténtico cambio de paradigma o esto que nos parece tan relevante no es más que el principio de una serie de transformaciones que traerán una civilización nueva, tal como ocurrió, por ejemplo, con la implantación de la agricultura o con la revolución industrial, sin ir más lejos? Desde luego, lo digital ha introducido modificaciones en nuestra vida cotidiana y, con mayor o menor intensidad, afecta al planeta entero. Dicho esto, no hay más remedio que señalar lo obvio: lo positivo o negativo no son los avances en sí sino el uso que hagamos de ellos. O que hagan por nosotros, con nuestro consentimiento o sin él.

Llegamos al nudo de la cuestión, para funcionar como tal, la Inteligencia Artificial necesita datos. Y no pocos, datos en cantidades ingentes: “… su combustible son esos paquetes de información: la IA lo que hace es aprender de ellos, de modo que utilizándolos como patrones y aplicando la estadística es capaz de realizar predicciones de futuro. Debemos ser conscientes de que sin big data la IA no existiría”. Es obvio que quien suministra esa enorme cantidad de información que circula por la Red y alimenta algoritmos capaces de generar fortunas de escándalo somos nosotros, y lo hacemos voluntariamente pues la tecnología se ha instalado en nuestras vidas y ya no hay posibilidad de retorno.

Fijémonos en el lado negativo. La IA se alimenta de la información que le suministramos, con ella realiza tareas que hasta ahora eran exclusivamente nuestras. Y las máquinas no cobran, hacen gratis nuestro trabajo pero la materia gris seguimos aportándola nosotros. Esta realidad, que ya es un hecho, en un periodo relativamente corto adquirirá proporciones inimaginables. ¿Qué tal si reclamásemos la parte que nos toca de esa extraordinaria fuente de ingresos? Pero podríamos exigir algo más que la simple retribución económica: intervenir, controlar de alguna forma ese caudal informativo que en ningún caso es inocente. Por muy objetivo que nos parezca siempre tiene un sesgo ideológico que condiciona las decisiones de quienes ostentan el poder. Necesitamos, pues, un cuestionamiento ético. Y esto sí es exclusivamente humano y no podemos hacerlo sin una educación en humanidades. Ahora más que nunca necesitamos el pensamiento crítico, cuestionarnos lo que se nos presenta como incuestionable, mirar más allá de lo evidente. ¿O vamos a dejar en manos de las máquinas incluso las decisiones más polémicas?

En un mundo como el actual, tan saturado de datos, es fácil caer en la trampa y creer que controlamos lo que ocurre. Pero, paradójicamente, la saturación informativa produce desinformación. Si no somos capaces de gestionar todo lo que nos llega y muchas veces es prácticamente imposible distinguir lo verdadero de lo falso, si los contenidos que recibimos han sido seleccionados previamente, si nuestra atención cada vez está más dispersa, quizá lo que nos parece tan objetivo no lo sea tanto. 

“Nuestro acceso masivo a la tecnología responde a algo tan sencillo como el interés de otros: interés por vendernos algo, por convencernos de algo, por convertirnos en algo, por que nos embarquemos en algo…”

Es lógico desconfiar, pero aparte de nuestro propio criterio existen otras fuentes confiables, las de siempre, los auténticos expertos, muy distintos a esos nuevos expertos cuyas intenciones no están nada claras. Y cuidado con servir de portavoces de noticias de dudosa procedencia que las redes sociales multiplican hasta el infinito. Los problemas van en aumento: exceso de control social, facilidad de vulnerar la propiedad intelectual, caos legislativo, prioridad de las leyes del mercado… Quien piense que basta con el control individual para resolverlo se equivoca, cada uno por sí mismo no puede hacer nada, necesitamos que los gobiernos asuman su responsabilidad y legislen. Es cierto que se están dando pasos: códigos éticos, reglamentos de protección de datos etc.

Rebasados sus dos tercios, el ensayo se vuelve redundante, aún así no llega a las cien páginas y su lectura no es especialmente difícil: se trata de un estudio bastante elemental que cumplirá su función solo si encuentra los lectores adecuados a sus características.

lunes, 24 de enero de 2022

Thomas Savage: El poder del perro

Idioma original: Inglés
Título original: The Power of the Dog
Traducción: Eduardo Hojman
Año de publicación: 1967
Valoración: Recomendable

El poder del perro, de Thomas Savage, es una obra maestra de la literatura. Voy a reproducir aquí la sinopsis de la edición de Alianza, porque me parece bastante ilustrativa del contenido de la novela: 

«Montana, 1924. Phil y George son hermanos y socios, copropietarios del rancho más grande del valle. Cabalgan juntos, transportando miles de cabezas de ganado, y siguen durmiendo en la habitación que habían tenido de niños, en las mismas camas de bronce. Phil es alto y anguloso, George rechoncho e imperturbable. Phil es una lumbrera y podía haber sido cualquier cosa que se propusiera, George es tranquilo y no tiene aficiones. A Phil le gusta provocar, George carece de sentido del humor, pero tiene ganas de amar y de ser amado. Cuando George se casa con Rose, una joven viuda de porte orgulloso y sonrisa rápida, y la trae a vivir a la hacienda, Phil comienza una campaña implacable para destruirla. Pero los más débiles no siempre son quienes uno cree.»

De este texto destacaría: 

  • Su prosa, sencilla a la par que trabajada.
  • Su lograda ambientación en el Oeste americano. 
  • Los personajes que lo pueblan, que se antojan verosímiles y, al mismo tiempo, profundos. 
  • Los conflictos que lo atraviesan, tan mundanos como trascendentes.
  • La solemnidad con que baraja los temas que explora. 
  • Ciertas escenas, que derrochan inteligencia conceptual, sutileza, elegancia narrativa o tensión argumental según se tercie.  

En resumen: El poder del perro es una delicia. Existe una adaptación cinematográfica muy fiel que, a mi juicio, sobresale en los apartados del guión, la fotografía y las interpretaciones. Eso sí, aviso de que carece de la sutileza que caracteriza al material original.

domingo, 23 de enero de 2022

Profesor: David Foster Wallace

Idioma original: inglés

Traducción: José Luis Amores

Valoración: justificado

El mundo literario no es ajeno, para nada, a la necrofilia. Tanto más mítico es un autor, tanto más se desata pasión e interés sobre su figura cuando este desaparece. Si añadimos condición de héroe post-moderno y suicidio, ya ni digamos. Hace ya 13 años que David Foster Wallace ingresó en el Hall of Fame particular de los afectados por estas circunstancias, y parece que ese fenómeno se mantiene en elevadas cotas de intensidad. Y no voy a mostrarme crítico con que las editoriales que disponen de sus derechos aprovechen para hacer negocio, pero es que este no es el caso. Pálido Fuego, que ha afrontado la obra del autor en cuatro, con esta, publicaciones, definen, "disímiles" aportan en este Profesor: David Foster Wallace un valioso documento, pero lo hacen a cambio de nada: esta es una edición limitada que no se pone a la venta y que solamente aportará a Pálido Fuego un merecido prestigio adicional y un relativo empuje: el libro se ofrece como regalo para un número de pedidos que se les cursen. 

Claro que hablamos de elementos clave para los completistas: apenas una centena de páginas en pequeño formato que recogen, junto a un prólogo lógico y mesurado, algunos de los textos con que Foster Wallace se presentaba ante sus alumnos en los cursos o seminarios que impartió a lo largo de su carrera, siempre con la crítica o la creación literaria como materia. Sí: yo también esbocé una sonrisa algo escéptica cuando asimilé el grado de exhaustividad a la hora de publicar un material tan poco convencional. Pero ese escepticismo queda pulverizado a las pocas páginas. Primero, porque el Foster Wallace que redacta esos curiosos programas es apenas indistinguible en sus momentos. Hay aquí cursos impartidos mientras era un autor emergente y hay cursos cuando era una estrella consagrada e influyente, apenas unos meses antes de su desaparición. Y en todos esos programas lucen los elementos comunes, y aquí se aprecia lo justificado de su recuperación. Porque toda la personalidad del autor transpira en esas instrucciones tan lógicas como contundentes. Creo que la clarividencia es la virtud que más me atrae en los autores, desde Houellebecq a Kapuscinski. Esa cualidad de, tras prolongada y observación, plasmar la imagen del mundo que uno ha percibido. Aunque sea sesgada e incoherente. Testificar de esa percepción dirigiéndose cara a cara al lector. En esos programas la premisa de Foster Wallace era clara. Estricto en la puntuación, exigente en la dedicación del asistente, en su implicación, en el seguimiento de un código férreo que obligaba al respeto: a la materia, a los compañeros, a las tareas, a los horarios y las fechas y la corrección. Y así todos esos textos dispersos en el tiempo toman el cuerpo de una especie de manifiesto. Si has venido a entretenerte, vete, si te has apuntado al curso porque no tenías otra cosa que hacer, vete. 

Foster Wallace, de forma inconsciente, claro, no puede negarse, pero también para nada forzada, se muestra en su salvaje naturaleza tras esas presentaciones. Con las elecciones de los textos, con los comentarios, con esa forma asertiva y contundente de dirigirse al alumnado. Aquí impera el respeto al autor, al texto, a la esencia, a la intención, al pensamiento crítico. No es un brindis al viento, es una prerrogativa clara y directa. Leer este texto con los precedentes del conocimiento de la obra del autor tiene un valor innegable. Pero enfrentarse a él, incluso por mera curiosidad, es adentrarse en un pasillo en el que hay, aún, muchas puertas por abrir.



sábado, 22 de enero de 2022

Teresa Carpenter: La chica de la mafia

Idioma original: inglés

Título original:  Mob Girl

Año de publicación: 1991

Traducción: Ángela Esteller García

Valoración: recomendable, sobre todo para interesados

Cualquier aficionado a las historias de gángsters y mafiosos (ya sea en libros o, sobre todo, películas y series) sabrá que alrededor de estos personajes del hampa se mueven toda una serie de secundarios característicos, que van desde los pequeños traficantes y corredores de apuestas o los asesinos a sueldo, a los jueces y policías corruptos o los políticos amigos... Por supuesto, también las coloristas familias de los mafiosos y, como reverso, las "amiguitas" de los gángsters, ya sean prostitutas ocasionales o amantes fijas que tienen de facto el estatus de segunda esposa e incluso participan en los negocios de sus "protectores"...

La chica de la mafia (*) es la biografía novelada de una de ellas, Arlyne Brickman, una de esas mujeres que comenzó siendo la hija mimada y cabra loca de una próspera familia judía del Lower East Side de Nueva York con conexiones con el crimen organizado por no decir que su padre formaba parte, directamente, de ese mundo-, para ser luego la "amiguita" de multitud de gángsters o "chicos listos", por lo general de poca monta -aunque también pasó por la cama de algún mafioso más importante- y luego acabar como buscavidas, metida en asuntos de loterías ilegales y tráfico de drogas, mientras al tiempo era confidente de la policía, el FBI y la DEA. Es más, su colaboración y testimonio resultaron determinantes para entrullar a los capos de la famiglia Colombo,  a finales de los años 80.

En cierto modo, su historia sería la versión femenina de la de Henry Hill, contada por Nicholas Pileggi en Wiseguy y llevada al cine por Scorsese en Uno de los nuestros (el paralelismo es mayor aún porque en breve se estrenará una adaptación al cine del libro de Teresa Carpenter). Ahora bien, Henry Hill era un "chico listo" que en verdad parecía listo, y su perdición vino por pasarse de..., mientras que Arlyne Brickman da más la impresión de haber sido una destarifada que no hacía sino meterse en un lío tras otro, pasando de Guatemala a Guatepeor, y sólo la buena suerte , el dinero de sus padre o , finalmente, la colaboración con las autoridades, la iban sacando de los atolladeros en que se metía. Por explicarlo de otra forma, supongo que todo el mundo ha visto alguna vez una imagen en cámara lenta de un accidente de tráfico, del derrumbe de un edificio o, simplemente, de una flecha atravesando una manzana, o algo así... Pues bien, esa misma es la sensación que me ha dejado este libro, la de estar asistiendo a algún suceso catastrófico cuyo desenlace resulta inevitable pero que ni el coche, ni el edificio ni la manzana parecen prever ni mucho menos evitar (en su caso, lógicamente, claro). 

 Algo así parece haber pasado con la vida de Arlyne Brickman o, al menos, esa es la impresión que deja el libro -de hecho, por lo visto la protagonista no acabó de forma demasiado amistosa con la autora-, cierto es que, en la última parte del mismo, su figura adquiere una dimensión dramática aún mayor y casi podríamos decir que se convierte en una suerte de personaje de tragedia griega... vestida de una forma ostentosa y con una laxitud ética bastante cuestionable, pero, en fin, no dejó de ser una hija de su tiempo y circunstancias. Estará bien saber cómo va a recrear su historia el cine y si la película, interpretada por Jennifer Lawrence y dirigida, nada menos, por el gran  Paolo Sorrentino será capaz de convertir a Arlyne Brickman  en un nuevo icono del universo mafiosos...Próximamente, en sus pantallas.

(*) En la traducción española se ha utilizado el término "mafia", con minúscula, pero en el original se emplea Mob, que se refiere también al crimen organizado, pero sin tanta connotación, creo, a la Cosa Nostra o mafia italoamericana. En el libro aparece sobre todo ésta, pero también la mafia judía o delincuentes de otros grupos étnicos..


viernes, 21 de enero de 2022

Henry de Montherlant: El caos y la noche

Idioma original: francés

Título original: Le chaos et la nuit

Año de publicación: 1963

Valoración: Muy recomendable


Hace ya mucho tiempo, en aquellos agitados años de la post-adolescencia en que empezábamos a descubrir ese nuevo mundo de la literatura, circulaban citas sensacionales, seguramente todas falsas o tergiversadas, atribuidas a autores entonces desconocidos, que nos proporcionaban munición para nuestra pose de jóvenes airados. ‘Tener amigos es propio de comerciantes; tener enemigos es de aristócratas’ era la tarjeta de presentación atribuida a Henry de Montherlant, desde entonces elevado al olimpo de intelectuales rompedores a quienes admirar y eventualmente copiar. No creo que Montherlant dijese nunca eso, pero fue excusa suficiente para prestar algo más de atención a su trayectoria y su obra, y ahora, al cabo de los años, le haya dedicado unas horas de lectura y una entrada en el blog. Ha merecido la pena.

En el Paris de las primeras décadas del siglo XX, aquella época convulsa y brillante en que se gestó la figura del escritor comprometido y se discutía sin fin sobre la posición política del intelectual, Montherlant quedó más o menos encuadrado en el sector derechista, o al menos fuera del potente colectivo que tomó posición activa frente a los fascismos. Modestamente, creo más bien que Henry era una especie de verso suelto, un poco indiferente ante los conflictos y centrado en su propio mundo. Algo que, criticable o no, le diferencia claramente de colaboracionistas o simpatizantes como Drieu o Céline. Esto viene a cuento porque el protagonista del El caos y la noche es un personaje políticamente muy marcado, un tal Celestino Marcilla, anarquista español exiliado en Paris tras su muy activa participación en la Guerra civil. Y no hay nada en absoluto que haga sospechar que ese color político haya mediatizado de alguna forma al personaje. De hecho, con las lógicas variaciones, podría haber sido cualquier exiliado procedente de cualquier conflicto.

Celestino es, como digo, un hombre de cierta edad, que lleva veinte años en Paris con su hija, viviendo decentemente de unas rentas familiares que le permiten no trabajar en nada normal. Su única actividad consiste en discutir de política con un par de amigos y escribir cartas a los periódicos que casi nunca se publican por demasiado incendiarias. Porque nuestro amigo es un tipo realmente duro, de quien se dice que nunca sonríe, furibundo antirreligioso, sin ninguna intención de aprender francés, convencido de la necesidad de una revolución violenta. En esa línea ha educado a su hija, a la que no obstante tiene un poco como sirvienta (también como teórica discípula, y traductora), además de como punto de apoyo frente a toda la hostilidad que le rodea, o al menos así lo interpreta él.

Porque la carga de bilis que lleva consigo Celestino es voluminosa, pesada, antigua, y ya forma parte de su personalidad, como si hubiera invadido por completo su cuerpo. Odia a los Estados Unidos, a los franceses entre los que vive y, naturalmente, a la España de Franco. Todo eso que bulle en el interior de Celestino se proyecta al exterior de forma quizá algo caprichosa, y así manda a paseo a dos de sus pocos amigos, quedándole poco más que el refugio de la hija, obediente y bien aleccionada. Pero además Celestino siente que la muerte ronda demasiado cerca, que es un hombre ya entrado en años y tiene que prepararse para el fin. Lo hace con tesón, diríamos con profesionalidad, hasta componiendo una especie de testamento vital, un documento desternillante en el que, siempre fiel a sus principios, subraya por ejemplo que sus cenizas deben ser arrojadas ‘al viento o a la basura’.

Porque, digámoslo ya, Montherlant mantiene siempre un tono cargado de humor más bien negro, a veces con reflejos surrealistas, que da al relato ese magnífico contraste que pocos autores son capaces de construir con las justas dosis de acidez, ironía y realismo. Consigue profundizar en la personalidad y actitudes de su protagonista a base de pinceladas rápidas sin perder el rumbo, y aun permitiéndose ciertas idas de olla (situando en Madrid una avenida llamada Rambla, flanqueada por baobabs (!), para a renglón seguido matizar que sabe perfectamente que eso no existe, y quedarse tan ancho), y hasta algún pasaje onírico. Y siempre desde un estilo desenfadado, ágil, como una improvisación de quien tiene recursos suficientes para no detenerse demasiado a elaborar lo que cuenta.

A Celestino le surge una posibilidad de volver a España para ciertas gestiones, y esa posibilidad es al mismo tiempo una necesidad, que a su vez se extiende a su hija. Y todo ello es también un desafío que despierta el temor a que se descubra su pasado, y probablemente un miedo más profundo a reencontrarse veinte años después con su tierra, allí donde peleó con furia por sus principios, un país irreconocible gobernado por aquellos a quienes combatió. El hombre quiere volver, sobre todo volver a ver una corrida de toros (española, las de Francia no le interesan), pero siente la muerte pisándole los talones, recela de cómo reaccionará su hija, teme a la policía y quizá a descubrir qué ha sido de su país. 

Montherlant, que muestra sólidos conocimientos de lo español, alterna el dibujo de aquellas costumbres que Celestino lleva consigo (algunas han cambiado, otras no) con el drama personal del exiliado, tan incómodo aquí como en su país de acogida, y no desaprovecha la ocasión para lanzar una enorme filípica contra la fiesta de los toros (que demuestra también conocer con detalle), una larga, brillante y devastadora descripción de una tarde taurina que asimismo lleva una buena carga alegórica relacionada con el viejo anarquista.

Aceptemos que el ritmo de la narración puede ser algo irregular, que pasamos a veces unas cuantas páginas ansiosos por que ocurra algo más. Es seguramente que esa prosa un poco juguetona parece pedir un desarrollo más veloz. Pero disfrutemos de un libro singular, de cómo contar cosas muy serias, todo un mundo personal que se mantiene en pie a duras penas, de una forma desinhibida, con soltura, como solo lo saben hacer los grandes narradores.