lunes, 28 de noviembre de 2022

Gabriela Wiener: Huaco retrato

Idioma original: español

Año de publicación: 2021

Valoración: recomendable

En Huaco retrato Gabriela Wiener hace un ejercicio, casi, de triple reflexión. Una la emparenta con cierta brillante novela de Patricio Pron: el escritor de origen latinoamericano curioso por indagar en sus ancestros, en aquella primera generación de europeos a los que diferentes circunstancias empujaron a establecerse al otro lado del Atlántico y como sus descendientes sienten el impulso de cuadrar el balance. En este caso es Charles Wiener, un explorador austríaco que se aventura por Perú y lo hace desde la perspectiva siniestra y reaccionaria habitual de la época. Es decir, a cambio de su presencia allí en nombre de un eventual progreso, se apropia de cuanto no es suyo. Desde objetos artísticos, esos huacos retratos, porcelanas figurativas, hasta personas. Su descendiente, la escritora que se apellida de forma tan exótica para sus orígenes más inmediatos, detalle que regresa esporádicamente a la narración. No se considera blanca, sus rasgos conservan poderosos detalles raciales, y busca entre los recuerdos de la familia a esa nativa seducida por el hombre blanco, el que implacable se erige por encima de los pobladores originales y los desprecia, humilla y ridiculiza. En esa búsqueda llegará a conocer mucho a sus generaciones más cercanas, como ese desprecio ha desaparecido o ha fundido a gris.

En medio de esa investigación, surgen otras líneas argumentales, y aquí Wiener, prosa decidida, estilo depurado, cercanía con el lector, efectúa otro retrato, este casi un autorretrato en la que, como en otra excelente novela de Santiago Gamboa, el trasfondo de la migración se apodera de la trama,. Wiener es una escritora peruana establecida en Madrid, subsistiendo de sus libros y colaboraciones. Un entorno al que se ha adaptado pero en el que le cuesta todavía considerarse una más. La identidad cuyo complemento busca no parece consolidarse al completo. Aún se ve una sudaca, una persona a la que los madrileños se han ido adaptando y ya no miran sorprendidos, pero a la que siempre le va a faltar algo para ser considerada uno de los nuestros. Aquí la reflexión se torna más matizada y subliminal. La dicotomía propio/ajeno es un difícil escollo y, aunque no se trate de una crítica social en toda regla, sí que es un riachuelo que discurre junto al texto. Lo cual completa con su integración en un curioso triángulo amoroso. Convive con un hombre y una mujer en una relación a tres bandas que presenta las complicaciones morales y logísticas propias. Toda esa composición justifica el título del libro. El Huaco retrato que muestra sus rasgos casi caricaturizados lo constituyen esos tres esbozos; curiosidad por la identidad original, adaptación en curso, opción por relaciones poco convencionales. Sobre todo, un texto directo y sincero que elude el preciosismo y va directo al grano.

domingo, 27 de noviembre de 2022

Stephen Dixon: Gould. Una novela en dos novelas

Idioma original: Inglés 
Título original: Gould
Año de publicación: 1997
Traducción: Ariel Dilon
Valoración: Bastante recomendable

A nadie que nos siga con regularidad debe sorprender si digo que Stephen Dixon es uno de mis escritores favoritos. Apenas tres libros, Calles y otros relatos, Historias tardías e Interestatal, han sido suficientes para que el neoyorquino haya pasado a formar parte de mi Olimpo particular. Esta valoración se mantiene con Gould, novela algo inferior en mi opinión a Historias tardías o Interestatal pero absolutamente recomendable.

Dicho esto, es conveniente avisar de que la prosa de Dixon no es "nada fácil": párrafos eternos, digresiones, apartes, larguísimos monólogos interiores, diálogos sin apenas separación, rupturas de la linealidad temporal... Vamos, la posmodernidad absoluta. O como dice uno de los personajes de Gould, en una frase que resume a la perfección su escritura

Como puedes ver he adoptado tu viejo e irritante hábito de los apartes, que pienso que es la manera más honesta de escribir para mí ya que es la manera en que pienso cuando estoy escribiendo, aunque me doy cuenta de que el ímpetu y el interés de lo que escribo a menudo se pierde en esas intromisiones digresivas.

En el caso que hoy nos ocupa, Gould es una (o dos) novela(s) cuyo argumento podría resumirse en la biografía sentimental y, en cierto modo, vital de Gould Bookbinder, personaje bastante "woodyalleniano" por su carácter ego(t)ista, neurótico, obsesivo, cínico y manipulador pero no exento de cierta capacidad para la ternura y el amor, si bien a su manera.

La primera parte (o primera novela), titulada Abortos, vendría a ser una suerte de biografía del protagonista a través de los diversos abortos que sufren algunas de las mujeres con las que se relaciona a lo largo de su vida. Por lo tanto, el aborto en el centro aparente del relato pero sin entrar el autor en juicios morales porque estos no son importantes o no es lo que en verdad se cuenta. El centro real es la evolución de ese Gould, de cómo cambia su relación con la paternidad y con las mujeres (de lo dramático a lo patético), de una frustración permanente que hace de Gould un ser capaz de la más abyecta violencia y de la espontánea ternura.

La segunda parte (o segunda novela), titulada Evangeline, es la deconstrucción radical de una relación, basada en el sexo y el amor por el hijo de ella, que Gould mantiene a lo largo de varios años con la Evageline que le da título. Voy a utilizar una imagen que puede parecer muy absurda pero que creo que define muy bien esta parte del texto: la prosa de Dixon es como esas perforadoras rotativas que se utilizan en las prospecciones petrolíferas, con esas varillas que giran sobre sí mismas y penetran en las profundidades de la tierra. Así, el autor se hunde en todos los aspectos de la relación (sexuales, afectivos, económicos, familiares, etc) para dar forma a un texto y a un personaje femenino que funcionan como contrapunto y explicación de personajes y situaciones de la primera parte. 

Ya digo que la prosa de Dixon no es para nada sencilla, pero a mi me resulta muy difícil despegarme de sus textos. Su torrencialidad no está reñida con el ritmo y su interés en profundizar en los resortes de sus personajes me hace querer seguir hurgando en ellos.

Por terminar, digo al comienzo de la reseña que este Gould me parece algo inferior a Historias tardías o Interestatal. Quizá estos dos últimos sean más ambiciosos aún (porque tratar de construir la biografía de alguien a partir de apenas media docena de sucesos separados por décadas tiene su aquel), más completos y algo más redondos en su ejecución estilística. Aun así, seguiremos leyendo a Dixon y esperando que alguien se anime a traducir y publicar la mastodóntica Frog.

P.S.: Ya en los comentarios de otras entradas sobre Stephen Dixon se hablado de las traducciones de Ariel Dilon. Bien, son libros publicados por editorial argentina y con traductor argentino. Guste o no (que no veo motivo, por otro lado), es lo que hay.

También de Stephen Dixon en ULAD: Interestatal e Historias tardías

sábado, 26 de noviembre de 2022

Carmen Laforet: Puntos de vista de una mujer

Idioma original:
español
Año de publicación: en la revista Destino, entre 1948 y 1953; como libro, en 2021
Editoras: Ana Cabello y Blanca Ripoll
Valoración: como lectura, está bien; como fuente de información sobre Laforet, muy recomendable

La concesión del premio Nadal a Carmen Laforet por su novela Nada tuvo una enorme repercusión en su vida, en algunos casos con consecuencias benéficas y en otros no tanto. El premio la colocó, obviamente, en la primera línea de la literatura y de la narrativa española de posguerra: en el páramo cultural en que se había convertido España tras los años de conflicto y miseria, surgía la voz de una escritora joven, desconocida, valiente, capaz de escribir aquella obra tan lírica como brutal, tan existencial como tremendista. Al mismo tiempo, este éxito repentino fue el inicio de una compleja y a veces tormentosa relación de Carmen Laforet con su propia obra (con Nada en particular, y también con el acto de creación en general), con el público y sus expectativas, o con la prensa y la crítica, que exigían de ella cosas que ella no podía o no quería darles. Escritora demorada y esquiva, a diferencia de autores contemporáneos como Camilo José Cela o Miguel Delibes, Laforet rehuía el "mundillo literario", y solo parecía sentirse libre en el contacto (personal o epistolar) con personas muy determinadas, como Elena Fortún, Ramón J. Sender o Roberta Johnsson. 

Otra consecuencia del premio, en cualquier caso, que está en el origen de esta reseña, fue la invitación por parte de la revista Destino (que era la convocante, no olvidemos, del propio concurso) para escribir una columna semanal, titulada Puntos de vista de una mujer: 131 textos que aparecieron en la revista entre 1948 y 1952, y que ahora han sido recopilados por Ana Cabello y Blanca Ripoll, con una introducción de Inés Martín Rodrigo. Naturalmente, en un número tan alto de artículos es inevitable que exista una gran variedad de temas y también de grados de interés; lo que no hay en ellos, en cambio, es el recurso a los considerados "temas femeninos" que podrían venir sugeridos por el título:
 
Yo quisiera escribir para mujeres sobre temas nuestros, de mujeres. Lo malo es que yo no voy a hacer un apartado de recetas culinarias, de charlas de puericultura o sobre la mejor manera de fruncir una cortina, cosas todas que deben interesarnos a las mujeres forzosamente, pero que es tarea para la que yo no me siento capacitada, quizá porque cuando escribo me gusta descansar de ella.

De hecho, como decía, la variedad de temas es grande: muchos textos (los más intimistas, los más originales quizás) parecen surgir de un momento de inspiración o de contemplación: paisajes o escenas captadas por la mirada siempre sensible de la escritora. Así sucede, por ejemplo, en "La hora de las restricciones", "El principio" o "Sobre ideas cortas y cabellos largos" (que también podría haberse titulado "Schopenhauer en la peluquería"); hay también escenas dialogadas con amigas siempre sin nombre, particularmente vívidas, como "Budín de Navidad", "Aventuras domésticas" o "Conversación sobre la gripe", en las que lo banal y cotidiano gana profundidad y a veces sugiere vértices inquietantes. En muchos de estos artículos podemos reconocer, como en un reflejo fugaz, a la Andrea de Nada, paseante, solitaria y observadora, una testigo constante de la vida en todas sus variantes.

Tampoco faltan, por supuesto, los artículos sobre literatura: críticas más o menos formales de libros que está leyendo en ese momento, por ejemplo de Mili Dandolo o Carmen Conde; o artículos dedicados a autores como Dante, Proust, Rilke, Galdós o Azorín. Destaca, entre este grupo, el artículo que Laforet escribió sobre Viento del Norte de Elena Quiroga, ganadora, como ella, del Premio Nadal (una autora, por otra parte, que he visto que está siendo redescubierta ahora mismo). En cambio, la propia labor creativa de Laforet pocas veces aparece en primer plano, tan solo como una mención tangencial o como una queja, ya sea por la dificultad que tiene para escribir (como en "En busca de un tema", una especie de meta-artículo), o por lo poco que le gusta aquello que finalmente escribe.

Un aspecto que resulta interesante, y también algo resbaladizo, es el de la relación de Carmen Laforet con el feminismo, en artículos como "Sobre el triunfo del feminismo", "Conferencia de una mujer" o "Una opinión de mujer sobre la femineidad". Tal como decía antes, Laforet rechazó, en su propia vida y en su obra (por ejemplo a través de Andrea, la protagonista de Nada) someterse a los mandatos de la femineidad sumisa y ortodoxa; no creo que sea casual que las mujeres a las que más admiró y de quien se sintió más próxima (Elena Fortún, Linka Babecka, Lilí Álvarez...) fuesen mujeres fuertes, que escaparon a los límites esperables para las mujeres de su época, y que renegaron no solo de los roles tradicionales de género, sino también de la propia limitación genérica o de la heteronorma. Y sin embargo, en sus artículos, Carmen Laforet parece adoptar una posición defensiva en relación con cualquier postura radicalmente feminista, rechazando, por ejemplo, la discriminación positiva en favor de las escritoras o cualquier idea de conflicto entre sexos. 

En cambio, un aspecto que está prácticamente ausente de estos artículos (como, por otra parte, podía esperarse, teniendo en cuenta las circunstancias y el medio en el que fueron publicados) es cualquier mención a la situación social, económica o política de la España de la época. La violencia y la miseria que convertían la casa de la calle Aribau en Nada, en los artículos dejan paso a una visión mucho más edulcorada, costumbrista, estilizada de la vida, mucho más intelectual que visceral. Insisto en que probablemente no podría haber sido de otra forma, pero no deja de ser una lástima.

Resumiendo, y concluyendo, estos artículos son, creo, sobre todo, un lujo y un placer para los amantes de la obra de Carmen Laforet, o para aquellos interesados en su vida o en su personalidad (que ha dado por otro lado lugar a una reciente biografía, Carmen Laforet. Una mujer en fuga, de Anna Caballé e Israel Rolón-Barada). Para el resto de lectores, habrá páginas que resulten inspiradas e inspiradoras; otras, algo más anodinas; muchas interesantes o sugerentes. No es, en todo caso, un libro para leer de una sentada, sino para saborear a sorbitos, alternado, creo, con otros platos más fuertes. En todo caso, es de agradecer que en los últimos años la obra de Carmen Laforet, en todos sus diferentes géneros, esté recibiendo la atención y la actualización que sin duda merece.

viernes, 25 de noviembre de 2022

Dolan Mor: Larvalar

Idioma original:
Español 
Año de publicación: 2022
Valoración: No sé

Larvalar es la segunda marcianada de Dolan Mor que tengo entre manos. Puesto que no he sabido entrar en su juego, he sido incapaz de disfrutarla.

Larvalar es un artefacto literario inclasificable; uno que mezcla diversos apéndices, poesías, relatos en verso libre e ilustraciones del propio autor.

Asimismo, Larvalar es un todo construido a base de fragmentos. La mayoría de dichos fragmentos guardan escasa o nula relación los unos con los otros, por lo que el conjunto se antoja poco armonioso.

Más fáciles de apreciar son, a nivel individual y aislándolas del resto, las partes que componen Larvalar. Desgraciadamente, incluso éstas se ven lastradas, o bien por intencionalidades excesivamente opacas, o bien por desenlaces frustrantemente endebles.

En conclusión: creo que Larvalar se le ha ido de las manos a Mor, ya que es un proyecto que sólo él puede comprender significativamente. Y aunque los lectores afines a las bizarradas podemos valorar las cuantiosas extravagancias de esta obra, difícilmente perdonaremos su hermetismo unidireccional.


También de Dolan Mor en ULAD: La máquina plagiadora

jueves, 24 de noviembre de 2022

Carolina Sanín: Los niños

Idioma: español

Año de publicación: 2015

Valoración: está bien

Hace unas semanas se produjo un cierto "escándalo" en el mundo literario en español (dentro de los límites de éste, claro) cuando la editorial mexicana Almadía rescindió el contrato para la publicación de los libros de la escritora y periodista colombiana Carolina Sanín, debido a sus supuestas ideas y declaraciones tránsfobas. No sé hasta qué punto éstas lo son ni me voy a meter a analizarlas, pues es un tema del que huyo como de un mono con una metralleta, ni tampoco a dilucidar si este episodio se ha tratado de un caso de censura, cancelación o libertad empresarial (sí quiero lamentar, no obstante, que el asunto haya acabado salpicando a nuestra admirada Mariana Enriquez, que abandonó Twitter a raíz de los comentarios hostiles que recibió por solidarizarse con Sanín), pero la cuestión es que me entró curiosidad por una autora de la que nunca había oído hablar e ignoraba si se trataba de una mera juntaletras o una escritora de mérito e interés, así que, como encontré esta novela, que tampoco es demasiado larga, me dispuse a leerla para poder ofrecer a los/as seguidores/as de Un Libro Al Día, a quienes tanto queremos y debemos tanto, la reseña correspondiente. Que ahí va:

La protagonista de la novela es Laura Romero, una mujer de mediana edad de Bogotá que vive con su perro Brus, y disfruta de una posición económica desahogada, pero, aun así y sin necesidad, trabaja de asistenta para unos ancianos. Un día, la mendiga que cuida su coche en el aparcamiento del supermercado al que suele acudir le anuncia, con unas enigmáticas palabras, la llegada de un niño. Y, en efecto, un niño de unos seis años aparece por la noche ante su casa y ella le cobija. A partir de aquí comienza un periplo burocrático y personal por parte de Laura y tras llevar al chiquillo -de nombre Elvis Fider, aunque ella le llama Fidel- a una institución de acogida, decide retomar el contacto y liego hacerse cargo de él por un tiempo.

Hasta este punto digamos que la narración, aun mostrando un tono algo críptico o hermético que parece denotar algo más oculto tras las apariencias (para que me entiendan los lectores/as de España, sobre todo, recuerda un tanto al de las novelas de Sara Mesa, en esos momentos en que sus tramas aún no dan la impresión de desvanecerse  como humo en el aire), pero a partir de ahí la cosa se despista un poco y la historia comienza a transitar de forma más errática por caminos que a veces bordean el absurdo onírico, e incluso el delirio, otras lo esotérico y, con frecuencia, el campo del terror -o incluso entra de lleno en él-; sin olvidar algún que otro gratificante momento humorístico (de un humor paródico-costumbrista que me ha recordado al del también colombiano Santiago Gamboa). Pero, en general, y pese a los asideros en forma de referencias literarias y cinematográficas -desde Gloria, de John Casavettes a Grandes esperanzas de Dickens- la sensación que transmite la novela es que su autora se ha dejado llevar por el impulso tras una premisa más o menos bien planteada, más que siguiendo un ruta trazada con mayor o menor rigor.

Esto no quiere decir que la novela se lea con dificultad o disgusto, bien al contrario; primero, porque, como ya he comentado, no es demasiado larga  y después, y sobre todo, porque Sanín es una buena escritora, capaz de mantener el interés del lector incluso cuando es evidente que ni ella misma tenía claro adónde quería llegar. La novela, pues, se puede leer como una historia sobre la soledad o sobre la crisis de la mediana edad en una mujer acomodada, como una parábola sobre la maternidad, a través de una madre sobrevenida - o "no-madre"- o como un melodrama acerca de la incomunicación y dificultad de relacionarse en las ciudades contemporáneas...yo qué sé, lo que cada cual prefiera (es la ventaja de las narraciones poco clasificables, que lo mismo sirven para un roto que para un descosido). En todo caso, Carolina Sanín es una autora que tendré en cuenta en el futuro, con la esperanza de leer alguna novela suya más redonda.

miércoles, 23 de noviembre de 2022

Robert Louis Stevenson: La flecha negra

Idioma original: inglés

Título original: The black arrow

Traducción: Marisol Dorao Orduña

Año de publicación: 1888

Valoración: Está bien


Robert Louis Stevenson es un autor a quien todos conocemos por La isla del tesoro o El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde (enlaces abajo), por ejemplo. Un escritor relativamente prolífico que cultivó diferentes géneros, entre los que destaca la novela de aventuras. En este terreno, siguiendo el camino marcado por Walter Scott, tocó también lo que se ha considerado novela histórica, concepto que me atrevería a matizar un poco llamándolo quizá novela de ambientación histórica porque, como ocurre en La flecha negra, el engarce con el momento histórico me parece más bien anecdótico y no esencial.

Estamos en la Edad Media, allá por mediados o finales del siglo XV, en plena Guerra de las dos Rosas, como se conoce al enfrentamiento entre las casas de Lancaster y York por la conquista del trono de Inglaterra. Sin embargo, este escenario de fondo no tiene realmente mucha trascendencia en el relato, entre otras cosas porque, como en la misma novela se deja entrever, la pertenencia a uno u otro bando podía variar con toda naturalidad en función de los intereses de los señores que intervenían en la disputa. Porque obviamente eran los señores y no el pueblo quien sostenía la pugna, y las lealtades podían ceder sin demasiado esfuerzo al vislumbrarse posibles ventajas en la futura Corte.

Así que, libre de la servidumbre del rigor histórico, a Stevenson lo que le interesa es crear un ambiente, inestable y violento, donde situar a sus personajes clave, que son básicamente: Richard Shelton, el joven héroe, marcado por la afrenta del asesinato de su padre; sir Daniel Brackley, el noble sin escrúpulos que no debe quedar sin castigo; y Joanna Sedley, la bella dama a quien hay que rescatar de los peligros. Un reparto sumamente clásico, desde luego, que sin embargo se rellena con una serie de secundarios bastante interesantes, que dan color y vivacidad al relato, por encima de sus algo acartonados protagonistas.

Me interesa esto de los secundarios porque ante una historia relativamente sencilla y con personajes principales bastante estereotipados, el relato puede enriquecerse claramente con estas figuras que acompañan el argumento y ayudan a llevarlo por el camino deseado. Ahí encontramos al pendenciero oportunamente llamado Lawless, a la vez contrapunto y compañero perfecto del héroe; a Alicia, la amiga del alma de la bella en apuros, que en un momento dado sorprende al lector (y hasta a otros personajes) con un inesperado coqueteo; el viejo marino arruinado por una causa que no comprende, el clérigo atormentado por su colaboración en actos criminales, el distinguido Risingham que hace primar la justicia sobre los intereses de su bando. Y hasta el tiránico duque de Gloucester, que después sería Ricardo III, que presenta en un amplio cameo la parte de la novela más fiel a los hechos históricos.

Me parece importante toda esta nómina, porque no son los NPC simplemente destinados a decorar el entorno en el que lucen los protagonistas. Son personajes bien trabajados, que aportan realmente al relato y matizan la inevitable lucha entre el Bien y el Mal, cuyos términos dejan así de estar tan claros. Esta variedad de tonos dignifica por tanto la obra, cuya columna vertebral es tan lineal que, como todo este tipo de novelas, se ha asociado con lo que llamaríamos literatura juvenil, pudiendo resumirse en: el malo (hombre poderoso que se apoya en la fuerza de su ejército) se ve desafiado por el bueno (casi un adolescente, joven y puro, con su puntito de ingenuidad), y ambos se enfrentarán para conseguir la pieza de más valor, que no es la corona, sino la encantadora dama, que aquél solo pretende dominar para favorecer sus intereses, y éste ama apasionada y desinteresadamente.

No obstante su sencillez, la novela está bien construida, tiene ritmo, cambios de dirección y momentos de tensión junto con pequeños recesos humorísticos, todo muy bien dosificado por un autor que se ve que se maneja con habilidad en estos terrenos. Como lectores, dependerá de nuestra apetencia por este tipo de libros de aventuras sin muchas más pretensiones. Y en cuanto a literatura juvenil ya habría más que hablar, porque tengo serias dudas de que cosas como esta puedan calar en los jóvenes lectores de hoy en día. Pero ese es quizá otro debate.

martes, 22 de noviembre de 2022

Sylvia Molloy: Varia imaginación

Idioma original: español
Año de publicación: 2003, 2022 en Eterna Cadencia
Valoración: se deja leer


Hay cierto tipo de libros que temáticamente suscitan mi interés lector, pues aquellos que transitan entre memoria y recuerdos normalmente me despiertan episodios del pasado que, por paralelismo o por contraste, me invitan a la reflexión. El inconveniente que pueden tener este tipo de libros es que su disfrute va muy ligado al estilo del autor y a si existe o no esa conexión que, aunque siempre es necesaria en los libros, lo es más aún en los libros de esta índole.

En el libro que nos ocupa, la escritora bonaerense Sylvia Molloy nos traslada un conjunto de relatos cortísimos, de apenas tres páginas a lo sumo, en el que aborda diferentes temas de manera recurrente. Siempre en un viaje a través de la memoria y los cambiantes y, en apariencia, inconexos recuerdos, nos presenta un pasado marcado ostensiblemente por la religión, la segunda guerra mundial y el paso del tiempo.

De esta manera, estructurando el libro en cuatro partes («Familia», «Viajes», «Citas» y «Disrupción»), la autora nos traslada recuerdos altamente fragmentados de su pasado que se muestran, de manera genérica, ambientados e influidos por la religión, el colegio y, de manera más pronunciada, la guerra; una guerra de la que habla afirmando que «a la inseguridad natural de la infancia se agrega otra, difícil de definir. Había una guerra, en Europa» y cuyo recuerdo pervive pues «el imaginario de las guerras es misterioso, sus invenciones imprevisibles. El de la guerra del catorce parece, a casi un siglo de distancia, particularmente rico en imágenes y objetos que la evocan, acaso porque es una guerra que, aún hoy, conserva un aura de patetismo (…) Era el final de un mundo —o así, por lo menos, decían—.»

Así, sus reflexiones nos llevan también a conventos con franciscanos de más que dudosas (y pederastas) intenciones, a hoteles y amistades frecuentadas a menudo por alemanes y franceses en la década de los cuarenta, al cambio producido en hoteles y casas que visitaba y conocía de su pasado, etc. De esta manera, la autora evoca sus viajes a San Nicolás y su convento, a la casa de Trotsky o a un hotel suizo regentado por alemanes y huéspedes franceses. Con ello evidencía que la guerra y la religión ocupan espacios en su memoria que no acaba de conectar con su propio mundo, pero que de un modo u otro la afectan y, en ocasiones, la confunden. También nutre el relato de recuerdos familiares, como aquellos en los que evoca su infancia de cuando hacía los deberes mientras oía a su madre y su tía coser, afirmando que «reproduzco este desorden costurero en su memoria» y de los gestos que inconscientemente hace y que son propios de su madre, pese a que ella intenta parecerse a su padre y no a su madre, pero al hacer aquellos gestos espontáneos e incomodados «es como si citara a mi madre, y la cita me inquieta porque no la puedo controlar» y confiesa que este hecho «puedo verlo como una burla a mis intentos de imponer distancia con respecto a mi madre o como un oscuro homenaje. Elijo lo último; es, como hubiera dicho ella, más llevadero».

De estilo muy fragmentado y ligeramente sutil, el libro que ha escrito Sylvia Molloy evoca a un pasado poco amable, en el que se percibe más desasosiego o intranquilidad que calma e ilusión. Las épocas convulsas en torno a temas generales se trasladan a su memoria y copan sus recuerdos, pues vemos que la mayoría de ellos reposan en su infancia y adolescencia, épocas en las que uno recibe destellos de realidad pero la forma que dibuja con ellos es altamente borrosa y difusa.

Por todo ello, a pesar de que la autora escribe bien e intenta trasladarnos su pasado a través de los recuerdos descompuestos en pequeñas pinceladas, el libro no ha terminado de convencerme pues la poca extensión de cada episodio o anécdota y la ausencia de frases que impacten o asombren al lector hace que se trate de una lectura que se lea rápido, pero que lamentablemente se olvide de igual manera.

También de Sylvia Molloy en ULAD: Desarticulaciones