jueves, 13 de mayo de 2021

Usumaru Furuya: El club del suicidio

Idioma original: japonés

Título original: Jisatsu Sākuru 自殺サークル

Traducción: Marc Bernabé

Año de publicación: 2001

Valoración: Turbio


No sé si alguien se ha dado cuenta, pero en cuestión de libros disfruto bastante metiéndome en terrenos que no conozco. Si además tengo que escribir una reseña sobre algo que para mí es totalmente nuevo me siento flotar en una atmósfera de libertad absoluta, como un recién nacido que pudiese opinar sobre el mundo que acaba de descubrir. Pienso que los lectores serán indulgentes con mis tonterías, que mi inocencia será salvoconducto suficiente para que todos rían mis ingenuidades y toleren de buen grado cualquier cosa que diga. Luego quizá no sea así, pero esa es mi disposición inicial, y las posibles críticas las aceptaré de buen grado (como siempre) y me afectarán poquito o nada. Esta vez he descubierto algo que nunca había tenido entre manos y puede que nunca vuelva a catar: el manga.

El club del suicidio, como su propio título parece indicar, no es precisamente un manga para niños, tal vez ni siquiera para adolescentes, aunque por el carácter fantasioso que se descubre poco a poco puede que tampoco tenga la carga peligrosa que en principio anuncia. Al parecer, se trata de una versión libre de la película del mismo título, o más bien una recreación a partir de su primera escena: el suicidio colectivo de cincuenta y tantas chicas lanzándose bajo las ruedas del tren en la famosa estación de Shinjuku. La historia se desarrolla en torno a Saya Kôda, que milagrosamente sobrevive a la masacre y que iniciará (o continuará) lo que parece un extraño proceso autodestructivo. Para asombro y rabia de su mejor amiga, Saya transita, de momento, por distintos niveles de los trastornos de comportamiento más escabrosos, como las autolesiones o la prostitución como forma de obtener la mayor degradación personal.

El relato resulta desasosegante, mezclando en proporciones cambiantes elementos realistas y otros algo más fantasiosos. Desde la primera de las perspectivas, nos sumergimos en ese mundo complicado de la psicología adolescente: amistades que ocultan rencores insospechados, grupos inquietantemente uniformes, relaciones tóxicas. En fin, que tampoco nos vamos a poner demasiado graves, estamos en esa etapa complicada en la que se asienta la personalidad y donde, como ya sabemos, algunos caminos llevan a terrenos bastante peligrosos, no digamos en la era de internet.

Sin embargo, la historia gira lentamente hacia terrenos todavía más problemáticos y de mayor confusión, partiendo del control mental y el vaciamiento de la personalidad para llegar, de forma muy gradual y tampoco muy clara, a lo que más parece algún tipo de posesión paranormal (por lo que he podido ver en otros productos japoneses, esto de los intercambios y alteraciones de la personalidad parece que por allí gusta bastante). Curiosamente, este giro le resta dramatismo al relato porque lo descarga de aquellas terribles tendencias de adolescentes reales para acercarnos al campo de lo inverosímil, y está claro que resulta menos perturbador presenciar actos movidos por los hilos de fuerzas sobrenaturales que si responden a situaciones potencialmente reales.


En el aspecto gráfico (que sé que es algo que siempre valoran mis compañeros en este tipo de textos) la verdad es que no veo mucho que decir. He visto en este blog libros con ilustraciones realmente llamativas, a veces por su belleza, otras por su sordidez o su creatividad. En el caso de este manga no detecto nada digno de mención, el dibujo es bastante simple y apenas transmite un halo de frialdad, nada adicional al propio relato, si acaso en la última parte parece moverse hacia imágenes algo más simbólicas.

Como decía al principio, reconozco que no me muevo con comodidad en este terreno. A veces me parece estar buscándole cualidades narrativas o fundamentos filosóficos a Zipi y Zape. Un libro como este no deja de ser una opción más, tiene su punto curioso, es cómodo y rápido de digerir, y en este caso plantea algunas cuestiones bastante delicadas. Quizá habría que conformarse con eso y disfrutarlo en lo que se pueda. Porque, oiga, de todo se puede sacar algún partido.


miércoles, 12 de mayo de 2021

Natalia Ginzburg: Me casé por alegría

Idioma original: Italiano
Título original: Ti ho sposato per allegria
Año de publicación: 1966
Traducción: Andrés Barba Muñiz
Valoración: Recomendable


Que la voz narrativa de Natalia Ginzburg es poderosa no es algo nuevo en este blog aunque sí lo fuera para mí y por eso no era la primera vez que alguien me la recomendaba encarecidamente. Así que aprovechando mi inclinación por la dramaturgia —entiéndase como leer teatro— decidí acercarme a ella a través de su primera pieza del género que además ha resultado ser la más aclamada.

Resumen resumido: Giuliana y Pietro se conocieron hace un mes y ya están casados sin que nadie (ni tan solo ellos) pueda dar una explicación lógica que justifique tal premura. Giuliana, de origen humilde y temperamento volátil e impulsivo no parece a todas luces la pareja ideal para el templado y prometedor abogado. La madre y la hermana de Pietro les harán una visita que puede ser la prueba de fuego para el peculiar matrimonio.

En poco más de cien páginas la autora nos sumerge en el micro universo de la burguesía italiana a través, sobre todo, de la mirada de Giuliana que es (como poco) excéntrica. Ella y su cháchara casi incesante con Pietro o con su criada, Vittoria, es como un arroyo cantarín que despierta la curiosidad del lector para seguirlo a lo largo de su curso errático e impredecible.
«(…) Estuvimos viviendo juntos diez días, hasta que volvió Elena. En esos diez días no paré de preguntarle todo tipo de cosas: “¿Te parece que tengo estilo?”. Y él me decía: “No”. Él tampoco creía que yo tuviera estilo, pero con él no me importaba. Le decía todo lo que se me pasaba por la cabeza, no callaba ni un minuto, y él de vez en cuando me decía: “¿Pero no te vas a callar ni un minuto? ¡Tengo la cabeza como un bombo!”».
Me casé por alegría es una obra que no deja indiferente aunque parezca que todo lo que se pueda decir de ella ya está dicho: la maestría en la construcción de los personajes (sobre todo los femeninos), la viveza e hilaridad de los diálogos o la reflexión que suscita acerca de los mecanismos de la felicidad y las convenciones sociales impuestas. Por no hablar de cómo la autora se centra en un micro universo cotidiano para referirse a las grandes cuestiones humanas, cosa que me fascina siempre. 

Pero todo esto ya se ha dicho.

Sin embargo, cuando Me casé por alegría se publicó hace cincuenta y cinco años, ¿cómo fue recibida entre la burguesía provinciana italiana? Probablemente muchos la vieran como una obrita ligera y sin más pretensiones que escandalizar y hacer reír pero, desde mi punto de vista, es un torpedo a la línea de flotación de todo lo que en aquel momento se consideraba lo correcto. Solo que Natalia Ginzburg, que es muy lista y juguetona, le dio esa pátina de superficialidad para que su crítica más que mordaz pudiera pasar por un simple divertimento a pesar de que estaba tratando cuestiones como la pobreza, el suicidio, la locura, el aborto, el maltrato psicológico y el abandono, el clasismo, la decadencia de la burguesía, etc. Y ahí está, desde mi punto de vista, su interés.

¿Y hoy? ¿Creemos de verdad que estamos lo bastante avanzados y evolucionados, y que tenemos una mente lo suficientemente abierta como para no sentirnos apelados por la desfachatez con la que esta obra se burla de las convenciones? ¿Acaso no estamos nosotros también obsesionados por adaptarnos a ciertos cánones auto impuestos que nos hacen infelices? Sin embargo Giuliana y Pietro rompen con todo y no parecen necesariamente abocados al desastre o a la exclusión social. Por eso creo que lo que Natalia Ginzburg trataba de decirnos es que no está todo perdido.

martes, 11 de mayo de 2021

Ngũgĩ Wa Thiong'o: Luchar con el diablo

Idioma original: inglés
Título original: Wrestling with the Devil
Traducción: Josefina Caball (ed. en catalán). Sin traducción al castellano de momento.
Año de publicación: 2017
Valoración: entre recomendable y está bien

Considerado uno de los grandes escritores africanos actuales, la obra de Ngũgĩ wa Thiong’o se desarrolla principalmente en torno a la denuncia sobre la falta de libertades, a la crítica del sistema opresor contra las minorías y a la defensa de unos ideales enraizados en la defensa de las lenguas oprimidas por el ansia de las culturas colonizadoras que someten y ejercen presión sobre territorios ajenos.

El libro que nos ocupa es un ejemplo de la literatura de Thiong’o, pues ya desde las primeras páginas denuncia la situación en la que se encuentra, indicando su estancia en una prisión, el 12 de diciembre de 1978, combatiendo el insomnio recostado en la incomodidad de un colchón, escribiendo en una hoja de papel higiénico y afirmando que «ocupo la celda 16 de un bloque donde hay dieciocho presos políticos más. Aquí no tengo nombre. Sólo soy un numero en un expediente: K6,77».

Así, desde el presidio de máxima seguridad de Camita, una de las mayores de África, Thingo’o nos narra el motivo de su encarcelamiento en una prisión que le demuestra «aquello que tendría que haber sido obvio: que el sistema carcelario es un instrumento represivo en manos de una minoría que gobierna para garantizar la máxima seguridad para su dictadura de clase por encima del resto de la población». Thiong’o es consciente del poder de la prisión y de su cultura represiva, porque «no necesito mirar por la puerta para saber que el guardia me vigila. Lo noto en los huesos» en una brutal invasión del espacio íntimo, vigilado 24h al día por un guardia que le sigue a todas partes, con la luz de la habitación siempre encendida incluso de noche para poder ser vigilado. Un lugar lúgubre del que afirma que «el estado me ha enviado aquí para que mi cerebro se me derrita y se me pudra» en su intento de conseguir que ceda de sus ideales políticos, tras haber sido secuestrado y detenido por parte de la policía por haber escrito una obra de teatro. Y, como ya hacía también Erri De Luca en «Imposible», Boochani Behrouz en «Sin más amigos que las montañas» o incluso el gran Victor Hugo en su «Último día de un condenado a muerte», nos relata la dureza emocional y anímica que supone estar encerrado, pues «en el silencio de la celda, tenías que luchar, completamente solo, contra mil demonios que querían hacerse amos de tu alma». 

En esta obra autobiográfica, Thiong’o nos narra la presión política y la represión contra los disidentes, encarcelando activistas, porque «se hace imprescindible educar al pueblo en la cultura del miedo y el silencio», porque «el objetivo de la prisión y las condiciones dentro de la misma, así como el recordatorio constate de que estás solo, es conseguir que los patriotas sientan que los han olvidado completamente, que todas sus palabras y acciones relacionadas con las luchas del pueblo han estado gestos inútiles» en un relato que evoca de manera ineludible a la represión sufrida por todos aquellos que de manera legítima y pacífica han defendido sus ideales y luchado por los derechos civiles.

El libro se estructura, en forma y enfoque, en dos ejes principales relacionados aunque distintos: por un lado, nos narra su experiencia como preso, dirigiendo el relato en torno a la necesidad de luchar por los derechos civiles a pesar de la represión; por otro lado, el libro nos narra la colonización del ejército británico contra el pueblo keniata. Así, el libro se abre en dos frentes con resultado, a mi juicio, muy irregular, pues mientras que la experiencia personal es potente, emocional, de alto ritmo narrativo y que posibilita una conexión inexorable en aquellos que compartimos con el autor ciertos ideales, la parte centrada en la historia de Kenia y su colonización es más distante, analítica y ensayística, con un exceso de casos en los que el colonialismo británico abusa de su poder y somete a los que puedan suponer un peligro por sus actos o por sus ideales. Así, el autor nos pone ejemplos de lucha anticolonizadora contra los británicos, en las figuras de Barbara Castle, Marcus Garvey, Harry Thuku entre otros y es interesante a nivel histórico pues permite constatar cómo el estado encarcela y detiene todo aquel que puede suponer una amenaza.

Thiong’o defiende la necesidad de la lucha en todos los frentes, también desde la cultura, y pone como ejemplo el teatro popular de Kenia, amenazado por el Teatro de Kenia impulsado el 1951 por el gobierno británico para colonizar a la población, pues es en las escuelas y en los campos de concentración donde «intentaban organizar grupos de teatro entre los presos políticos para que representaran obras cristianas amables». Pero el teatro popular sobrevivió a partir de aquello que prohibían los británicos, haciendo obras de teatro en kikuyu e incluso en algunas escuelas se rebelaron contra el culto a Shakespeare y empezaron a escribir obras en Swahili representándolas en territorio colonizado, en Nairobi y Nakuru. Así, nos narra de la creación de un comité cultural y el logro de que en 1976 una clase de más de cincuenta obreros y campesinos supieran leer y escribir en kikuyu. A partir de ese hecho afirma que «ahora ya estamos preparados para aventurarnos en actividades culturales». Lamentablemente, en 1977 se retira el permiso para las funciones teatrales, una injusticia que Thiong’o expone afirmando que «la burguesía vendida podía tener su golf, polo, críquet (…) carreras de cabellos y coches, cacerías reales (…), ¿pero los payeses? Sucios de tierra no podían tener un teatro que reflejara sus vidas, miedos, esperanzas y sueños y la historia de su lucha». Y ese sueño parece llegar a su fin el 1977, el 30 de diciembre, con su detención en un acto que sentencia afirmando que «habían resucitado el lázaro colonial de entre los muertos. ¿Quién lo volvería a enterrar?» evidenciando una lucha constante y desigual, en la que el autor constata con pesar que «el Sísifo africano empujaba con gran esfuerzo la roca de la opresión hacia arriba y cómo la roca se precipitaba, pendiente abajo, hacia donde estaba antes».  

De esta manera, el autor alterna su relato y crónicas desde la cárcel con las memorias de su pasado y la lucha contra la colonización de su tierra. Y la prohibición de su libro, pues no criticaba el papel colonizador británico, sino que también podía alimentar una lucha de clases, y como siempre ocurre, «la élite keniana que gobernaba creía en la mágica omnipotencia de una cultura colonial imperialista» y se encontraba cómoda entre los colonizadores. Mucho más interesante en los capítulos en los que habla de su detención o su reclusión que cuando detalla la historia del pasado de Kenia, pues, aunque sea interesante y añada contexto, pierde intensidad emocional al centrarse más en datos y hechos históricos y, a menos que uno sea un conocedor del tema, se puede hacer cuesta arriba. 

En esta obra desigual, Thiong’o narra en este libro los abusos de los colonizadores, su afán por someter y castigar, haciendo que sirva como ejemplo, a los disidentes políticos, a quienes cuestionan el poder, a quienes se resisten a la opresión. En un canto a favor de las minorías oprimidas y a la necesidad vital de luchar por aquello que creemos, este libro cobra especial importancia por ofrecernos, con su propio testimonio, la fuerza necesaria para no desfallecer en la lucha, a menudo desigual, de nuestra cultura y nuestras ideas políticas, porque «frente a la brutalidad, la inocencia siempre pierde». Una prohibición y espíritu de venganza de los británicos hacia el pueblo keniano que, como ocurre a menudo, solo se entiende por un sentimiento: el miedo, el miedo a la cultura del heroísmo y el coraje del pueblo.

Con este relato, y desde la prisión, Thiong’o nos habla de la necesidad de buscar en pequeños detalles aquellos motivos para no caer en la depresión ni el abandono, pues señala que uno de los principales problemas que sufren los presos políticos sin juicio ni condena es no saber cuánto tiempo durará su castigo. Y eso es una forma de tortura, tanto para los que están dentro de los muros como los que están fuera. Para vencer esa tortura, el autor confiesa que «no pretendo escribir una historia de heroísmo. Solo soy un letraherido que utiliza las palabras», pues «tenía que encontrar maneras de no perder el sentido común. Escribir una novela era una de ellas»; la lucha, los ideales, como puntal anímico y soporte, como punto de agarre, porque «sabía que, si no quería perder el sentido común, especialmente debía ser capaz de continuar diciendo ‘no’ a cualquier manifestación de injusticia y a cualquier falta de respeto a mis derechos humanos y democráticos».

Por todo ello, el libro que ha escrito Thiong’o es interesante por su canto a favor de la lucha, de las convicciones, de los derechos humanos y políticos, de la férrea voluntad de defender la identidad y la cultura de un pueblo pese a la opresión del gobierno colonizador y el beneplácito de las clases más altas en favor del ocupante porque «los que están en el otro lado de la alambrada de pinchos y de los muros de piedra tienen que poden hacer preguntas y exigir respuestas. Es la única manera de derrotar la cultura del miedo y del silencio. Si una comunidad con millones de personas hiciera preguntas y exigieran respuestas, ¿quien se las podría negar?». Lamentablemente, y a pesar de lo irrefutable de este argumento, muchos países actuales demuestran que, a veces, el poder no entiende de derechos, sino únicamente de poder.

lunes, 10 de mayo de 2021

Robert Penn Warren: Todos los hombres del rey

Idioma original: inglés

Título original: All the King`s Men

Año de publicación: 1946

Valoración: Imprescindible



A punto de cerrar el libro, y todavía levitando por lo que acabo de leer, me tropiezo con la foto del escritor encabezando una corta biografía y no tengo más remedio que emocionarme, no solo por la huella que han dejado en mí sus más de siete centenares de páginas sino porque nunca tendré ocasión de abrazar a un autor (norteamericano, fallecido en 1989) cuya fisonomía puede parecer anodina, pero solo a quien no le haya acompañado a lo largo de esta travesía maravillosa. (Y eso que mi primer impulso al ver el bulto fue arrinconarlo por tiempo indefinido). Digo más, obras como esta no solo deberían recomendarse, tendrían que recetarlas los farmacéuticos (¡ejem! esto se llama hipérbole), porque pueden gustar a todo el mundo (con cierta paciencia lectora), porque la crítica ha derrochado alabanzas desde que se publicó hasta hoy mismo y porque ofrece un pedazo de vida auténtica, un retrato de las sociedades humanas en todos sus aspectos, sin olvidar lo peor ni lo mejor de ellas.

Su autor ganó el Pulitzer por esta novela (y otros dos como poeta), y, ya convertida en película, obtuvo varios oscars en su versión de 1949, la clásica. Parece que Warren, aunque nunca lo reconoció abiertamente, tomó como modelo a Huey Long (gobernador de Luisiana de 1928 a 1932 y senador de 1932 a 1935 por el Partido Demócrata). Imposible saber si los rasgos de Willie Talos, aparte de la coincidencia del apodo, traducido aquí como el Jefe, se ajustan al original, pero su  política populista y rasgos de personalidad están perfectamente descritos. De todas formas, el argumento rebasa los límites de una biografía novelada ya que Jack Burden, el narrador, posee protagonismo y personalidad propios, hasta tal punto que su figura resulta todavía más relevante si cabe. Desfila también por allí un puñado de personajes, llenando el escenario de luces y sombras y trazando un microcosmos que se parece mucho a lo que podemos observar, tanto en nuestros días como, probablemente, en cualquier época histórica. Se trata, pues, de una novela política, pero tan humana y universal que, nos interesen o no ese tipo de cuestiones, nunca nos va a dejar indiferentes.

Desde ese primer capítulo –en el que con el pretexto de un viaje por carretera se incluyen los recuerdos del momento en que ambos personajes se conocieron en el bar de Slade– nos sentiremos atrapados por unos tipos y un ambiente muy particulares, así como por las metáforas y los sarcásticos y cínicos comentarios del tal Burden. Una escena memorable que, además de presentar a todos ellos, subraya cómo se han ido transformando con el tiempo y en función de las circunstancias. Este capítulo fue entregado al editor cuando la novela era solo un proyecto y devuelto con una serie de recomendaciones que acabarían transformándolo de forma apreciable. La primera versión se incluye al final del volumen y, desde luego, vemos que ha mejorado con el cambio, sobre todo porque el autor no lo reescribió hasta que la novela estuvo acabada. No ocurre lo mismo con el resto de objeciones que el equipo editorial puso al primer borrador. La edición que he leído traduce la versión restaurada, que –tal como se indica en el Apéndice final – está basada en varios manuscritos conservados y no solo en el texto publicado en 1946, ya que considera que gran parte de esas correcciones rebajan la calidad de la obra o diluyen su auténtica esencia.

Las incidencias que determinan la vida de estas personas a lo largo de décadas muy significativas en la historia de Estados Unidos, -marcadas por la Gran Depresión del 29, la Ley Seca, la corrupción política, los padecimientos europeos, la mentalidad de la época etc.– traza un panorama social fácilmente identificable y un análisis de las relaciones familiares y de todo tipo tan realista como descarnado y, no obstante, lleno de esperanza. Jack es observador y errático, el testigo ideal para trasladarnos lo que ocurre. Conoceremos también a Lucy, la maestra casada con Talos, a Sadie Burke y el encanto de su inteligencia, a Anne y Adam Stanton, amigos de Jack desde la infancia y pertenecientes, como él mismo, a una de las familias más influyentes del lugar, al Juez Irwin, al Niño de Azucar, al Pequeño Duffy y al resto de los chicos que acompañan siempre a Talos y cuya actitud recuerda a esas figuras del hampa que hemos visto en el cine en blanco y negro. Se nos mostrarán las difíciles relaciones que mantiene Jack con sus padres, cada uno por separado, y sus personalidades respectivas, tan atípicas como opuestas.  Pero, sobre todo, vamos a acompañar al gran Willie Talos, el Jefe. Talos, procedente de una familia humilde, logra graduarse en Derecho a base de robar horas al sueño. Su talante, idealista y algo ingenuo, lo impulsa a procurar el bien común. Pero las buenas intenciones no triunfan, el electorado no quiere que le hablen de proyectos ni estadísticas, y se inclina más bien por los candidatos que les seduzcan con buenas palabras. (“Tu misión es ofrecerles algo que los saque de su marasmo y les haga recuperar las ganas de vivir. Aunque solo sea durante media hora. Por eso acuden a los mítines. ¡Diles lo primero que se te ocurra, pero, por el amor de Dios, no intentes conseguir que piensen!”). Esto, unido al hecho de que el panorama político esté copado por facciones enemigas que luchan a brazo partido por hacerse con el poder a costa de lo que sea, acabará abriendo los ojos a Talos que se convertirá en el oponente más populista y astuto, imposible de vencer por los retorcidos procedimientos habituales pues, una vez asimilados, es el que mejor los domina. El relativismo moral es una constante en todas las etapas y en todos y cada uno de los personajes (que abarcan toda la gama: del amoral absoluto, el que admite componendas para conseguir un fin más elevado hasta el idealista sin mácula que caerá en un inevitable fanatismo, pasando por la abnegada que  vive al margen de lo que se cuece pero se aprovecha de los réditos o la ingenua en apariencia que sufre pero también se beneficia). Aquí abundan los matices aunque la degradación va aumentando con el tiempo, a veces de forma imperceptible. Pero es Jack, el independiente, pragmático, indeciso, escéptico Jack, quien nos informa de los hechos y nos mueve a reflexionar sobre lo que estos significan.

Los años pasan y nunca dejarán de sorprendernos, pues Warren desarrolla un argumento tan complejo como dinámico: siempre ocurre algo, y es tan determinante que dislocará una y otra vez cada estado de cosas. Hay que tener en cuenta que los acontecimientos se narran desde el futuro, y que lo que se nos muestra es un presente que desconoce lo que va a ocurrir, por eso hay comentarios o destellos fugaces de lo que ocurrirá luego que pasarán desapercibidos al lector porque quien los hace es el Jack más maduro y no el joven que los está viviendo. Alarde metaliterario que, junto a dos investigaciones acerca de la historia familiar de Jack, integran en el argumento algunos interesantes procedimientos de construcción narrativa que resultan la mar de sugestivos. También hay mucho lirismo, recreación de paisajes y sentimientos que nos acercarán al narrador hasta convertirnos en poco menos que sus cómplices. Todo encaja tan perfectamente como el mecanismo de un reloj, pero las piezas están desperdigadas y no ocuparán su sitio, para gran satisfacción del lector, hasta que lleguemos al punto final.

domingo, 9 de mayo de 2021

Colaboración: Gloria Fuertes: Garra de la guerra

Idioma original: español
Año de publicación: 2002
Valoración: Muy recomendable
(Imprescindible para gloristas)

Selección de textos: Herrín Hidalgo
Collages e ilustraciones: Sean Mackaoui
Número de páginas:106; 57 ilustraciones.








 

“Con un sello a fuego
en mis ancas adolescentes
me marcó la guerra civil,
-la más incivil-.”

Qué ilusión siento al presentar en esta reseña un libro de Gloria Fuertes, esa poeta enorme, extravagante, inclasificable y “estajanovista” del verso. A pesar de contar con un entorno familiar muy poco propicio, empezó a escribir cuentos con cinco años y con catorce se interesó por la poesía. Se hizo poeta definitivamente al vivir la guerra civil porque, como decía ella: “sin la tragedia de la guerra quizá nunca hubiera escrito poesía”. Escribiendo “como se habla”, alternó la poesía infantil con otra más adulta, según el momento en el que se encontrase. Ambas son únicas en sí mismas, “gloristas”.

La antología Garra de la guerra contiene algunos de sus poemas sobre la guerra y fue publicada en 2002 por la editorial Media vaca, que realiza “obras muy ilustradas, relacionadas con la poesía, el humor y el misterio”. Es este un libro para disfrutar con todos los sentidos, puesto que, a la cuidada edición en tapa dura y sobrecubierta, le acompañan un interior plagado por las obras del collagista Sean Mackaoui y una variada tipografía. Todo en él es negro y rojo, negro del dolor y rojo de la sangre, los colores de la guerra. Los collages traen una sorpresa tras otra, dotando a cada poema de un marco estético y simbólico donde se enfrentan vida y muerte, con niños, calaveras, animales, soldados y armas en siniestra armonía.

Los poemas seleccionados muestran a la Gloria pacifista, que escribe para el ser humano y denuncia el dolor y el sufrimiento. El título lo tenía ella escogido, y atesora mucha fuerza, tanto por la sonoridad de la G y la R, que se acercan a la onomatopeya de un rugido, como por su contundencia. Los títulos en toda su obra están seleccionados con gran acierto, algo que también se observa en los de este libro: Cuando Madrid era Sarajevo, De guerra en guerra y matar les toca o Tengo metralla en la cadera son algunos ejemplos.
En cuanto al contenido escrito, si nos atenemos a la temática, se hace un recorrido por la trayectoria poética de la autora y sus vivencias. Comienza con un poema, de 1937, en plena Guerra civil, en el que describe con tono triste y melancólico, muy juvenil, un paisaje humano de despedida.
“Se marchan a la guerra
nuevos soldados.
Madres, novias y hermanas,
quedan llorando.” […]
Le siguen al anterior otros poemas centrados en las vivencias de la Guerra civil, en los que habla del hambre, del sufrimiento, del frío, del dolor, de la culpa, del olvido y de los niños, siempre hay niños, así como muchos animales.

Con verso sencillo y rotundo, desgrana la vida cotidiana en una ciudad en guerra, no olvidando el humor que tanto le caracterizó, como podemos ver en Autobio:
“[--]Yo entonces me peinaba hacia atrás
y pasó una bala que me hizo raya en medio,
del susto me caí de culo
y con aquel humor que aún tenía
pregunté a mi hermano: ¿Me he muerto?”
Avanza el libro con poemas sobre esta y otras guerras, las armas, la muerte, la pérdida de la juventud y la sinrazón, hasta que llegamos a El robot nazi, y los poemas inspirados en la bomba atómica. Los bombardeos sobre las ciudades de Hiroshima y Nagasaki debieron impactar hondamente en Gloria, no obstante, Bomba es el poema más largo del libro. Comienza de este modo explosivo:
“Bomba,
estertor,
vergüenza;
monstruo de medusa cruzada con sabio,
parida de un hombre
sin pecho, anormal [..]”
El horror de la bomba atómica está presente en su memoria cuando, al marchar Gloria en 1961 a EEUU con una beca Fullbright para impartir clases de literatura española, observa que en dicho país se venden objetos como este:
Otro a EEUU
“Aquí donde la atómica,
¡se venden gafas para picar cebolla!”
Allí también conoce el movimiento hippie, que entiende a la perfección (ella se considera un poco hippie) al conectar este con sus ideas de paz y libertad. Decía que en sus clases hacía romper a sus alumnos las hojas de reclutamiento, animándolos a rebelarse. En un poema del libro insta a un joven a que no se haga soldado: “[…]Ven a jugar al no me da la gana. Sé valiente, ven a que te llamen diferente”

Los poemas que restan hasta el final hablan de paz y antimilitarismo, cerrando el libro con estos versos:
“Que todo el que nos escucha abra sus brazos
que todo el que nos escucha abra sus brazos
para abrazar la paz
para abrazar la paz
¡ni un muerto más!
¡ni un muerto más!”
En cuanto a la versificación, y la rima, presentan una rima variada, que fluctúa entre la asonante, la consonante y el verso libre, y distinta extensión en los versos, desde los de cinco sílabas hasta uno que mide veinte.

Estilísticamente, se engalanan con pocas florituras formales, usando, sobre todo, los recursos fónicos o sintácticos (juegos de palabras, paralelismos, etc.) y los semánticos (ironía, hipérbole, antítesis, etc). También hallamos personificaciones, así como una cosificación en el poema El robot nazi, donde convierte a cada soldado en una máquina asesina totalmente deshumanizada

Por último, queda hablar del tono de los poemas, que transitan entre el espanto, la compasión, la rabia y la esperanza. Evidenciando el dolor y la muerte, se recuerda al lector que el odio nunca es el camino para la paz. La paz es fin y medio.

Por todo lo expuesto, considero que es un libro muy recomendable, con una poesía social conmovedora, cuyo mayor mérito está en aunar lo autobiográfico con lo universal trascendiendo al individualismo. Además, es accesible, nada críptica ni excesiva en lo simbólico, quiere llegar a todos y pellizcarnos el alma, añadiendo a la receta humor y amor, tan importantes. Una poesía que Gloria consideraba necesaria, y que escribía porque no sabía hacer otra cosa.

Estimado lector, soñemos lo imposible, como la poeta:
¡OJALÁ CONOZCAMOS EL DÍA EN QUE NO SE OIGAN MÁS DISPAROS
QUE LOS EL CORCHO DE LA BOTELLA DE CHAMPÁN”
P.D: Parte de los datos y citas proceden de la obra de Jorge de Cascante, El libro de Gloria Fuertes, de Blackie books.


Fdo: Guadalupe Gómez

sábado, 8 de mayo de 2021

Gonzalo Fernández de la Mora: La envidia igualitaria

Idioma original: Español
Año de publicación: 1984
Valoración: Interesante


Gonzalo Fernández de la Mora (1924-2002) es uno de esos intelectuales españoles cuyo pensamiento resulta algo antipático para el público general. A fin de cuentas, el proyecto cultural y político por el que abogaba, de claro sesgo conservador, se distancia de las democracias liberales. Las cuales, a su juicio, están repletas de fracasos y limitaciones, tanto en la práctica como en la teoría. Y ya se sabe que, hoy día, cuestionar a la democracia, sea de forma legítima o no, sale caro. 

En unos tiempos tan radicalizados como los que vivimos, a muchos les gustaría que un servidor, un joven de sensibilidad izquierdista, dijera que Gonzalo Fernández de la Mora (GFM en adelante) es un facha cuyo discurso ha quedado completamente desfasado y no tiene nada aprovechable. Por desgracia para ellos, eso sería faltar a la verdad. 

De hecho, debo admitir que ahora que las conozco (que las conozco sin distorsiones académicas o mediáticas), las ideas de GFM me suscitan bastante respeto. Con esto no quiero decir que coincidamos al cien por cien; nada más lejos de la realidad. Pero el autor, igual que yo, rechazaba tajantemente la partitocracia de nuestro país y se negaba a conformarse con la Constitución del 78. Ya me gustaría que gente de mi propia cuerda opinara así. 

También me parecen correctas, e incluso preclaras, gran parte de las reflexiones desplegadas en las 260 páginas de La envidia igualitaria. GFM arremete en este ensayo contra la envidia (sentimiento universal al que todos somos proclives) y el igualitarismo (doctrina política y social que, según él, nace de la envidia). 

De las muchas virtudes que le he encontrado a esta obra, destacaría las siguientes: 

  • Está redactada con amenidad pero, al mismo tiempo, derrocha erudición. 
  • Casi medio siglo después sigue vigente. En determinados pasajes, incluso, devino profética.
  • Intenta alejarse, mal que bien, de la ideología. Para ello, se apoya en razonamientos lógicos y datos.
  • Se muestra rotunda al desplegar sus tesis sin caer jamás en el dogmatismo.
  • Delimita con suma precisión los conceptos abordados y los afianza a través de toda clase de fuentes y citas.  
  • Su estructura gradual y escalonada ayuda a que las ideas tratadas calen perfectamente. 
  • Ilustra sus nociones más abstractas mediante ejemplos, metáforas o paralelismos históricos.
  • No se conforma con problematizar la envidia y el igualitarismo, sino que ofrece alternativas y soluciones constructivas.
  • En ocasiones logró que mis convicciones democráticas e igualitarias se tambalearan un poquito. Y creedme cuando os digo que esto tiene mucho mérito.

¿Qué pegas le pondría? 

  • Su manera de exponer la información es tan exhaustiva que puede antojarse algo repetitiva. 
  • Parte de premisas cuanto menos cuestionables. Si te adhieres, como es mi caso, a escuelas filosóficas vinculadas con el pesimismo, la supervivencia y el perfeccionamiento de la especie no te parecen, ni de lejos, imperativos morales, ni tienes la impresión de que el ser humano esté motivado por instinto de realización alguno. Tampoco me convencen ni su claudicación biologicista ni sus alabanzas a la especialización vocacional. 
  • Sus conclusiones no tienen el mismo rigor que sus diagnósticos, aunque hay que admitir que, dentro de lo que cabe, surgen gracias a un proceso de deducción. 
  • Critica al comunismo por depender de hombres genéricos pero su paradigma hace precisamente eso, depender de un molde de hombre determinado (de una minoría egregia y una masa satisfecha con el "statu quo").
  • Suelta unos cuantos comentarios lamentables. Por ejemplo, que la homosexualidad es una deficiencia funcional hereditaria, que hay poblaciones mentalmente inferiores (refiriéndose a los negros) o que «lo que la mujer superior admira más en el varón es el talento».
  • Tiene tics castizos involuntariamente cómicos. Por ejemplo, traducir los nombres de personajes históricos (Renato Descartes, Manuel Kant, Federico Nietzsche...).

Listemos ahora varios desacuerdos que tengo con GFM. No haré mucho hincapié en ellos, empero, ya que mis limitadas capacidades culturales y retóricas no me permitirían rebatirlos de forma convincente. Algunos de estos desacuerdos, de hecho, los tengo sólo intuitivamente.

  • Acelerar la Historia no tiene por qué ser positivo. La Modernidad colapsó, precisamente, por esa confianza ciega en el progreso y, aunque éste nos ha garantizado un gran confort, hay que sopesar si merece la pena perseguirlo en la actualidad, especialmente en determinados sectores.
  • El modelo norteamericano no me parece, ni de lejos, deseable, si bien admito que tiene sus puntos fuertes.
  • La emulación es beneficiosa sólo dependiendo del contexto. Y para nada la considero la actitud que solventará todos los contratiempos de la Humanidad y empujará a la especie hacia cotas insospechadas. 
  • El instinto de realización del individuo no es intrínseco a nuestra naturaleza. Para colmo, es un arma de doble filo, algo de lo que hay desconfiar. Y es muy fácil de instrumentalizar, por cierto.
  • Los "self made man" no son tal. Alguien que dota a la genética de una importancia capital debería saberlo.
  • Si el liberalismo excusa la desigualdad alegando que se pueden dar casos de movilidad social bajo su paraguas, GFM asume que ésta no sólo es inevitable, sino que es deseable. Es decir, GFM no sólo justifica la desigualdad, como los liberales, sino que la legitima y propugna la perpetuación de la misma. Lo cual es, a mi entender, algo escalofriante, por más que su desigualdad ideal, al basarse casi exclusivamente en la meritocracia, sea más justa que la de la actualidad. 
  • La meritocracia defendida por GFM sigue presentando problemas, igual que lo hace la de hoy día. Pero bueno, el autor los asume hasta cierto punto.  

En fin: pese a las discrepancias de fondo que tengamos con La envidia igualitaria, y aunque ciertas declaraciones de su autor puedan atragantársenos un poco, recomiendo la lectura de esta obra. Especialmente a muchos tuiteros: a aquéllos cuyo único argumento ante la crítica de alguien relevante (Felipe VI, Amancio Ortega, Florentino Pérez, Pablo Motos...) es que le tienes envidia, cuando en realidad lo que te mueve es la indignación, y a aquéllos que defienden el igualitarismo y la justicia social hasta sus últimas consecuencias, sin tener en cuenta sus ramificaciones menos fotogénicas.

viernes, 7 de mayo de 2021

Emma Cline: Harvey


Idioma original: inglés

Título original: Harvey

Año de publicación: 2021

Traducción (edición leída en catalán, disponible igualmente en español):

Ferran Ràfols

Valoración: bastante recomendable


Cuando leí Las chicas, anterior novela de Cline, alegué cierta falta de valentía por parte de la autora a la hora de tomar decididamente el papel de un personaje malvado, un criminal desacomplejado, y, habiéndome gustado la novela, opiné que ese aspecto me decepcionaba.

Cline vuelve a tomar riesgo en esta Harvey, quizás no un riesgo comercial pues está claro que tanto el tema de la anterior novela (los crímenes del clan Manson) como el de esta (Harvey Weinstein) disponen de cierto atractivo donde el morbo pesa, pero en todo caso uno puede pillarse los dedos cuando acomete obras que puedan olisquear a humanizar monstruos y no voy a recriminarle reiteración en el recurso pues ambas novelas tienen poco que ver. Harvey nos sitúa en la mansión del productor en las veinticuatro horas anteriores a la emisión del veredicto sobre su caso, detonador del movimiento #MeToo y primera piedra al agua cuya onda expansiva no hace más que generar círculos concéntricos. Weinstein coaccionó a multitud de actrices para obtener favores sexuales a cambio de incluirlas en las películas que produjo. Lo hizo con plena consciencia y convencido de que ese intercambio era algo normal y aceptable, pero ese convencimiento no contemplaba escrúpulo alguno. Otro hombre imponiendo poder e influencia. Cline no narra en primera persona y no se mete en la piel del agresor. No juega a eso sino que es más sutil. Weinstein está en su casa expectante, inquieto ante la incerteza pero seguro de que será absuelto porque su dinero paga los mejores abogados y también de que será perdonado porque no comprende que la sociedad ha cambiado y su conducta no tiene posibilidad alguna de ser tolerada. Piensa de sí mismo que es un genio y que todo ha valido con tal de producir películas, que lo suyo era eso y todo lo demás es accesorio o casi complementario. Se equivoca, por supuesto. Pero Cline traza esa cotidianeidad y lo hace con enorme eficacia narrativa. Por la casa de Connecticut desfilarán, físicamente o por teléfono, personajes de importancia: su hija, conocidos, su abogado. Weinstein quiere aparentar normalidad y confianza en sí mismo, pero su comportamiento es extraño y errático: cuando se da cuenta de que Don DeLillo es su vecino su cabeza se resetea y, como si al día siguiente todo vaya a seguir como si nada, decide enfrascarse en la descabellada idea de proponerle rodar una película sobre Ruido de fondo. Se entrega a esa obsesión como tabla de salvación a medida que las horas pasan y las incertezas ganan terreno.

Pues bien: Cline ha creado un efectivo ejercicio de estilo en este breve texto, una especie de monólogo para un solo personaje donde todos los demás son figurantes. No se ha convertido en Weinstein ni ha blanqueado su figura. Lo ha dejado como un criminal enajenado, egocéntrico y estúpido que cree que su poder es capaz de comprarlo todo. No hay un recodo en ese camino donde no le contemplemos como un miserable indigno de compasión. Puede haber sarcasmo, ironía e incluso cierto humor macabro, pero el mensaje es directo y nada ambiguo. Para mí, paso adelante de Cline.