miércoles, 1 de abril de 2020

Selvedin Avdić: Siete miedos

Idioma original: Serbio
Título original: Sedam strahova
Traducción: Luisa F. Garrido
                           Tihomir Pistelek
Año de publicación: 2012
Valoración: Recomendable

La inesperada visita de Mirna, hija de un conocido largo tiempo desaparecido, sirve como excusa al protagonista de Siete miedos para intentar superar la marcha de su mujer. Digo intentar porque esta novela reconoce las dificultades que el ser humano tiene (o se pone a sí mismo) a la hora de superar sucesos traumáticos. En el clímax de Siete miedos hay un mensaje vagamente esperanzador, pero para nada impregnado por el optimismo artificial de la autoayuda barata. El tono resultante de este artefacto literario es, por tanto, agridulce.

Ah, y si me refiero a Siete miedos como artefacto literario es porque Selvedin Avdić mezcla en estas páginas novelización e intertextualidad, prosa convencional con apuntes y consejos, realidad y fantasía, la Guerra de los Balcanes y mitología serbia, humanos y espíritus. Menudo pastiche, ¿verdad? Pero no os preocupéis, porque su autor consigue que estos dispares ingredientes funcionen.    

De modo que recomiendo Siete miedos sin tapujos. A esta excelente narración la lastran algunas imposturas estilísticas o pasajes inverosímiles (inverosímiles dentro del registro alucinado de la propuesta, se entiende), pero en general es una lectura formidable.

martes, 31 de marzo de 2020

Álvaro Enrigue: Ahora me rindo y eso es todo

Idioma: español
Año de publicación: 2018
Valoración: recomendable

Hace ya algún tiempo (demasiado, lo sé, pero el tsundoku es lo que tiene) coincidieron en las mesas de novedades de las librerías españolas dos novelas históricas que, curiosamente, se desarrollaban en la misma parte del mundo pero en épocas diferentes, aunque más o menos consecutivas (*): una de ellas es Comanche, de Jesús Maeso de la Torre, novela de cubierta ferrerdalmauesca y hálito un tanto rocabareano (el que quiera, que me entienda...) que narra la lucha de los soldados de la caballería española del siglo XVIII, los llamados "dragones de cuera", contra los pérfidos indios comanche en el territorio que hoy es el Sudoeste de los Estados Unidos y en aquella época, parte del Imperio Español. Una lucha que tenía por objeto, además, proteger al pueblo apache, mucho más buenecitos por entonces (al menos, los lipán). reconozco que, de momento, no he sido capaz de terminar esta novela, y dejémoslo ahí... La segunda novela, que ocupa la reseña de hoy, es del mexicano Álvaro Enrigue y tiene un vuelo literario un poco más elevado: en este caso nos habal de la guerra de los últimos apaches libres -aquí su papel ha cambiado-, liderados por el legendario Gerónimo, contra las tropas tanto mexicanas como gringas, en ese inmenso territorio que se abría, casi desienrto entonces, a ambos lados del río Grande o Bravo del Norte, y que en este libro y en aquella época se concía como la Apachería.

En verdad, la trama de la novela se extiende desde los comienzos de la república mexicana, cuando Gerónimo era aún un niño llamado Goyahkla (Bostezo) y todos esos territorios formaban aún parte del recién nacido (o renacido) México, hasta su muerte en un campamento militar de Oklahoma en 1909, con un mayor detenimiento en la rendición en 1880, de los últimos apaches chiricahuas que, liderados por él y por el jefe Naiche, habían estado peleando contra los ejércitos mexicano y estadounidense, poniéndoles en jaque pese a la increíble desproporción de fuerzas: los apaches eeran unos 27, entre guerreros, ancianos, mujeres y niños. Todo está contado no tanto desde el punto de vista de los indios -aunque si que nos da un repaso a las figuras más destacadas de estas guerras apaches, como fueron, además de los jefes ya mencionados, otros como Victorio, Nana o el casi mítico Cochise- como de quienes les combatían o fueron espectadores de su lucha y posterior rendición; de hecho, la mitad del libro narra las vicisitudes del teniente coronel Zuloaga, de Chihuahua, para dirigir una improvisada y harto peculiar partida de rescate de una mujer mexicana secuestrada por el jefe Mangas Coloradas y sus bravos. También una buena parte está ocupada por el testimonio de los militares artífices de la rendición de Gerónimo. Y por último (y aquí tenemos el tributo, ya casi obligatorio, a la moda autoficcional que aún nos atormenta), el autor nos cuenta ciertas aventurillas de su propia vida durante la concepción de este libro, en especial el viaje que, junto a su familia, hizo desde Nuevo York, donde reside (ya se sabe que es condición muy recomendable para ser un escritor latinoamericano no vivir en Latinoamérica), hacia los estados del sudoeste de USA, pasando por el campamento militar que fue la última morada y tumba -en parte- de Gerónimo y otros célebres apaches. De este viaje volveré a tratar en breve, porque tiene cierta miga.

La idea de Enrigue era, sobre todo en la segunda mitad del libro, ir trenzando todas estas voces e hilos literarios para construir una narración coral y, desde luego, no lineal, sobre el destino final de los apaches chiricahuas, que él identifica con el proceso -por no decir guerra más o menos abierta- que comenzó con el descubrimiento y conquista del continente americano, hasta que, desde luego en Norteamérica, los pueblos indígenas quedaron arrinconados definitivamente por los de origen europeo, los "ojos blancos". También encontramos una cierta reivindicación del orgullo patrio mexicano e incluso de la mexicanidad de Gerónimo y compañía (lo que no deja de ser cuestionable, puesto que con quienes más se batieron el cobre los apaches, y a quienes más odiaban, en consecuencia, fue con el ejército mexicano, justamente). Todo esto está muy bien; el problema es que, salvo que hay algún momento en que esta combinación de voces o hilos narrativos funciona como supongo que pretendía el autor -al final, sobre todo-, pero también una parte del libro en el que esta forma de novelar resulta bastante confusa y sólo la salva el hecho, de que Enrigue es muy buen escritor: cuando toma una de estas líneas narrativas y la sigue sin interrumpirse a sí mismo, es capaz de llevar a cualquier lector por donde quiere, con su mezcla de cotidianidad histórica, épica trufada de ironía y humor (y, por cierto, qué delicia leer ese "castilla" de México, recreado, además, con una buena cantidad de arcaismos para al ocasión, o eso supongo).

Lo del viaje: resulta que Álvaro Enrigue está casado con la también escritora Valeria Luiselli y este viaje desde Nueva York es el mismo que inspiró el libro Desierto sonoro (ya reseñado en ULAD, por supuesto). Sin meternos a comparar ambas novelas, resulta curioso comprobar como una misma experiencia puede dar lugar a dos obras literarias diferentes, aunque quizás complementarias, en cierto modo.

(*) Por si a alguien le interesa, entretanto ha sido publicada la novela de Ignacio del Valle Coronado, sobre la conquista española de estos mismos territorios en el s. XVI, con muy buenas críticas.

Otros libros de Álvaro Enrigue reseñados en Un Libro AL Día: Muerte súbitaLa muerte de un instalador

lunes, 30 de marzo de 2020

Malditas cubiertas: El gran Gatsby de F. Scott Fitzgerald

¿Qué tiene esta historia y sus protagonistas que resultan tan magnéticos y envolventes? Ese Jay y esa Daisy, fabricados de un precioso cristal líquido que se escurre entre los dedos del lector. Esos conflictos tan particulares y complejos, ese retrato de un momento tan crucial —y volátil— en el seno de la alta sociedad neoyorquina. El gran Gatsby es el claro ejemplo de cómo se narra algo absolutamente complejo para que parezca sencillo. Y si, como ya hemos visto, existen despropósitos de cubiertas para obras mucho más evidentes en su planteamiento ¿qué no nos encontraremos en este caso? Y, lo que es aún más interesante ¿cuál es el mensaje que hay detrás? 

«Hombre: esta es tu novela» 
Tan fácil como materializar las tres cosas que, por supuesto, rigen la vida de un hombre (que coinciden con las tres más recurrentes en cualquier vídeo de música trap): 
El POWER

Las PIBAS

El BUGA


«Mujer: esta también podría ser tu novela» 
Alguien cayó en la cuenta de que más de la mitad de los lectores son lectorAs y no les quedó otra que tratar de seducirlas con aquello a lo que jamás podría resistirse ninguna mujer como dios manda: 
ROMANTICISMO (la parejita)

TENSIÓN HETEROSEXUAL SIN COCHINADAS (los bailarines)

ESTAMPAS CUQUIS (costumbrismo evocador - todo bien)


«Aquí nos hemos leído la novela» 
Pero eso solo demuestra que poseer toda información no es, en absoluto, garantía de éxito. Y en este caso, el mensaje completo sería: «Aquí nos hemos leído la novela pero, sin saber muy bien por qué, vamos a disuadirte de que quieras leerla tú»

(1) Alcoholismo: diez pasos para salir a flote 
(2 y 3) NODO - Nueva York años 20 
(4, 5 y 6) Literatura pulp de género indefinido

«Aquí nos hemos visto LAS DOS películas» 
Conclusión: chulazo rubio y misterioso a las doce en punto. 


«Aquí hemos estado pensando un buen rato»
Efectivamente, lo más característico del personaje de Jay Gatsby es su misterio, lo desconocido que resulta para todos y su capacidad para reinventarse, así como su enorme soledad a pesar de estar continuamente rodeado de gente. Y tanto un hombre en la lejanía como un hombre de espaldas como un hombre sin rostro puede estar inmerso perfectamente en las disquisiciones más profundas sobre el yo en el universo como puede estar, simplemente, más borracho que una cuba. Así que, como suele decirse, si non e vero e ben trovato.















«Aquí somos muy del design»
Salimos de casa en chándal a tomar un café pero nos acabamos pidiendo unas cañas, luego unas pintas, luego unos gin-tonic y cuando abrimos los ojos, estábamos en Valencia y eran las Fallas.

«Aquí nos hemos hecho un lío pero no se nota apenas»

(1) El fantasma de la ópera se retira a su mansión de las afueras 
(2) Irma la dulce 
(3) El guardián entre el centeno II (más cínico, más apático y más proclive al suicidio) 
(4) El nuevo caso de Philip Marlowe 
(5) Memorias de Benito Pérez Galdós: jubilación en la sierra con mi gato. 

«El gran sueño americano solo puede salir de una gran cabeza americana» 
Aquí el estilo adoptado por Ignasi Blanch para la cuidada edición hecha por Nørdicalibros en 2013 me lo ha puesto fácil para el chiste. Bromas aparte, todo mi apoyo por los esfuerzos que hacen algunas pequeñas y medianas editoriales para reivindicar y reinventar las ediciones en papel de grandes clásicos como este. 

Y ya que estamos con cuestiones gráficas, acabamos con este bonito diagrama ilustrado sobre los vínculos entre los personajes de la novela. La composición y el estilo son muy elegantes, sin embargo no acabo de estar conforme con las relaciones que se establecen, especialmente con el hecho de que el coche de Gatsby tenga más peso en la trama que el propio narrador, Nick Carray. La única explicación posible sería que lo que aquí se esté valorando sea el carisma: el coche de Gatsby lo tiene (y mucho) mientras que el bueno de Nick Carraway es probablemente uno de los personajes más insulsos que nos ha dado la literatura.

domingo, 29 de marzo de 2020

Zoom: El gato negro, de Edgar Allan Poe

Idioma original: inglés
Título original: The Black Cat
Año de publicación: 1843
Valoración: Recomendable

No creo desvelar nada nuevo si digo que la literatura de terror no se encuentra precisamente en mi zona de confort, y por tanto quizá no me es fácil apreciarla debidamente. De Edgar Allan Poe había leído algunas cosas anteriores, creo que Los crímenes de la calle Morgue, Los hechos del caso de M. Valdemar y puede que alguna más. Los relatos de Poe son tan conocidos y se han prodigado de tantas maneras que seguramente conocemos muchos de ellos, por leídos o vistos en alguno de sus formatos, sin conciencia de quién es su autor. 

El gato negro es un relato muy breve, que reúne pequeñas gotas de distintos subgéneros, el terror psicológico, la intriga policial, el rollo sobrenatural, hasta algo de gore. El protagonista es un tipo de natural apacible que sufre una transformación brutal empujado por el alcohol, probablemente acompañado de algunas otras circunstancias. El desequilibrio de este sujeto está espléndidamente presentado, narrado en primera persona sin muchos detalles, los suficientes para resultar estremecedor. Y el gato, claro, el gato negro, uno de esos animales llamados a materializar el misterio, la encarnación de fuerzas oscuras, el mal en su forma más refinada. Nada que ver con el inocente pangolín, ya ven ustedes.

La atmósfera de desasosiego se introduce en el lector desde el principio, y sabemos que ocurrirá algo horrible, pero Poe evita que podamos intuir qué es, incrementa la tensión sin dar ninguna pista, porque se reserva  con celo las escenas de mayor desgarro. El resultado es una cierta desazón, el cóctel entre la certeza de la catástrofe y la incertidumbre sobre su naturaleza. 

La deriva psicológica del protagonista es el combustible de la tragedia. Él lo cuenta, apesadumbrado, sí, pero con la pausa y la frialdad necesarias para transmitir fielmente el proceso. Aparte de este personaje, sólo el gato tiene entidad para ocupar parte de la escena, lo demás es por completo secundario, casi inexistente, incluida la esposa del protagonista, limitada a ser objeto, no sujeto, de la acción. Esta concentración de figuras –el actor único y el gato antagonista- hace más claustrofóbico el desarrollo de la narración, como si nada importase al margen de ellas dos, un extraño combate exclusivo entre la furia humana y un poder misterioso, posiblemente maligno, no está claro.

Es indudable que Poe tiene un instinto especial para narrar este tipo de historias. Dosifica los elementos, los mezcla y alterna según los tiempos, el lenguaje no interfiere en la misión (esa sobrecarga de adjetivos que acompaña a Lovecraft, por ejemplo) y resulta moderno, limpio, eficaz. Un puñado de páginas que se leen sin sentir pero que dejan una incomodidad, la sensación de habernos movido por atmósferas insanas, de haber asistido a la eclosión de la maldad, al imperio de la violencia, la sinrazón, la venganza. Quizá hasta alguna forma de justicia ciega.

También de Edgar Allan Poe en ULAD: Berenice / LigeiaNarraciones extraordinarias

sábado, 28 de marzo de 2020

Jürgen Osterhammel: El vuelo del águila


Idioma original: alemán

Título original: Die Flughöhe der Adler: Historische Essays zur globalen Gegenwart
Año de publicación:2017
Valoración: Muy recomendable para interesados


Este es un volumen construido a base de fragmentos, pero se trata de artículos muy amplios, de algunas decenas de páginas, divididos en capítulos. El historiador alemán Jürgen Osterhammel repasa aquí las cuestiones que han sido objeto de toda una vida de estudio: fundamentalmente la historiografía como disciplina y el concepto de globalización. Este último inicia abruptamente el texto con dos capítulos, algo áridos pero también muy ilustrativos para el lector profano en la materia. Afortunadamente, tanta erudición se compensa con su faceta de observador curioso y atento.
Estamos acostumbrados a utilizar el concepto globalización en singular pero, según dice, no existe una sola sino muchas, y sus efectos pueden ser de signo positivo (ej: exportación del concepto derechos humanos) o negativo (tráficos ilegales diversos). Lo evidente es que, desde los años 90, el mundo se ha convertido en una gran urbe donde toda comunicación es posible. La globalización  no solo tiene efectos positivos, también altera, destruye y produce desequilibrios. Lo que entendemos por tal tiene precedentes históricos (religiones, imperios, redes comerciales) que se han intensificado con el tiempo, por eso cabe preguntarse si se trata de una realidad definitiva o puede experimentar retrocesos.
En este primer apartado, el autor analiza las transformaciones que se produjeron en el mundo a partir de la Primera Guerra, la mayor o menor influencia mutua dependiendo del momento, el papel que jugaron las nuevas técnicas de comunicación y transporte o las normas legales de alcance internacional en la progresiva uniformización de las costumbres, sin olvidar otras, como el hundimiento de la URSS, que también han transformado el panorama global aunque su origen sea de otro tipo.
De paso, critica la idea excesivamente optimista del progreso como fuerza irreversible cuyo poder transforma y perfecciona las sociedades sin posibilidad de retorno. Y, entre otros aspectos, resalta que las asimetrías, tanto nacionales como internacionales, ni se han erradicado ni llevan camino de hacerlo.
En la actualidad, el hecho de que determinadas conductas indeseables puedan ser divulgadas a través de las fronteras no ha conseguido erradicarlas, ni mucho menos, aunque la jurisdicción penal internacional las pueda frenar en cierto modo. Por otra parte, ni siquiera Internet ha sido capaz de eliminar cien por cien las fronteras, ya que la censura de algunos países ha logrado restringir el flujo de datos con éxito. En cambio, existen hábitos de consumo y ocio, así como referencias culturales que ya han sido adoptadas por la mayoría de las culturas.
La situación actual favorece el cosmopolitismo, aunque no de forma automática. Esto es obvio pues actitudes cosmopolitas son las que eliminan etnocentrismos diversos o las que anteponen el bienestar general a la acumulación de beneficios, superando afortunadamente la mentalidad racista y salvadora de los que, en el s. XIX y principios del XX pretendían adoctrinar y civilizar a determinados territorios. Las primeras iniciativas para el cambio partieron de líderes concienciados de un lado y del otro. Reflexiona  también sobre el concepto de Occidente (Europa + América) frente a Oriente (todo lo demás), la prepotencia del primero, su ocasional fascinación por el exotismo de los otros o la autoproclamada necesidad de cerrar fronteras para salvaguardar privilegios o como signo de inseguridad. Oriente, a su vez, ha tenido que defenderse de su superioridad militar, intentar igualarla, o bien, como actualmente, mimetizarse en cierto modo, al formar parte de la omnipresente sociedad de consumo. Osterhammel no olvida analizar al detalle lo que denomina “el ascenso de Asia” desde el inicio del siglo XX hasta hoy. Esto incluye fases muy diversas, principalmente: colonialismo, su superación y el actual aprovechamiento de las oportunidades que proporciona la actual situación política y económica.
Asimismo, se definen términos cuyas fronteras son difusas, guerra, revolución, guerra civil, ilustrando sus similitudes y diferencias con el análisis de sucesos históricos. Pero su objetivo no es meramente teórico, tiene también una intención ética: encontrar la mejor manera de eliminar tensiones y mejorar la convivencia entre países. Él propone como grandes directrices la comunicación constante de unas áreas y otras, así como la protección de los derechos humanos (exclusión social, refugiados, trabajos insalubres o peligrosos) no solo en las zonas más pobres, también en países prósperos, sobre todo a partir de 2007 y su crisis hipotecaria. O bien estrategias diversas de protección nacional, entre estados o en defensa de los recursos naturales. De paso, menciona la protección de datos y la del individuo frente a manipulaciones virtuales de origen dudoso.
Con solo una mirada a la historia, es fácil deducir que lo que ahora consideramos fronteras incontestables y naciones construidas de una pieza no son más que el resultado de movilidades más o menos masivas y alianzas diversas entre grupos. Para entender lo que hemos sido y dónde estamos ahora, hace falta apartarse del punto de vista único y adoptar un enfoque amplio (“La historia de todos los pueblos y sociedades de la Tierra es igual de valiosa, y ninguna merece más atención que otra, aunque desde el punto de vista de unos intereses particulares, su importancia pueda no ser la misma”). Aquí llama la atención sobre el hecho de que todo lo que ocurre tiene su efecto, no solo en épocas futuras, sino sincrónicamente, en cualquier lugar del globo.  
En esta suerte de miscelánea no faltan los puentes y su valor simbólico como lugar de paz opuesto al concepto de frontera, ya que trascienden “el abismo que separa al paisaje de la técnica”, son aliados del comercio e inspiración permanente de artistas. Tampoco olvida a su admirado Holderlin -cuya época estudia someramente- o la fascinación hacia el tigre como especie, tan temido como venerado, y necesitado ahora de protección política.

“Friedrich Hölderlin prefiere el vuelo intermedio de las golondrinas y cigüeñas, y el aún más elevado del águila, altura desde la cual puede reconocer tanto los espacios menores de los seres humanos como los mayores de los continentes. , como afirma en su “Elegía del caminante”: «Donde yo, libre como alado, jugaba por las altas ramas…»

Traducción: Gonzalo García

viernes, 27 de marzo de 2020

Olga Tokarczuk: Un lugar llamado Antaño

Idioma original: polaco
Título original: Prawiek i inne czasy
Traducción: Bogumiła Wyrzykowska y Ester Rabasco Macías (ed. en castellano), Anna Rubió y Jerzy Sławomirski (ed. en catalán)
Año de publicación: 1996
Valoración: recomenable

Después de la lectura de «Los errantes», tocaba realizar una exploración más a fondo de la obra de Olga Tokarczuk, tras su proclamación como ganadora del Premio Nobel de Literatura en 2018. Su estilo reflexivo, fragmentado, en determinadas ocasiones incluso poético, invitaban a profundizar en la obra de la autora polaca. Y decidí emprender mi propio viaje a Antaño, un viaje a una tierra inconcreta, pero especialmente un viaje a lo largo del tiempo.

A diferencia de «Los errantes», donde la historia englobaba todo el mundo y sus protagonistas eran personas errantes que viajan por todo el planeta, aquí nos encontramos con lo opuesto. Los protagonistas están todos ubicados en Antaño, región imaginaria que podríamos situar en medio de Polonia, y quien viaja no son sus personajes, sino el tiempo, que llega, deja su marca, su huella, y sigue su camino, barriendo vidas en ocasiones, sueños en otras, y dejando a su paso dos guerras mundiales, una ocupación rusa y múltiples atrocidades e infinitas desilusiones. De hecho, su título original («Prawiek i inne czasy») podría traducirse como «Antaño y otros tiempos», título más acorde al contenido del libro y a la idea que sobrevuela la narración.

Cabe indicar, de entrada, que uno no debe sentirse abrumado por la descripción geográfica del territorio que abre el libro ni los arcángeles que lo custodian. Su incidencia en la novela es mínima. Aun así, la autora, nos marca los límites geográficos de Antaño, para ubicarnos en el escenario donde se desarrollará toda la historia, para dejarnos claro que no nos moveremos de ahí y deja un ligero poso mental de límites geográficos, de encierro, de reclusión, de sitio. Y nos sitúa también temporalmente en el inicio de la historia de manera clara: año 1914, justo en el inicio de la primera guerra mundial.

Con esta premisa, la autora parte de uno de los personajes principales, Genowefa, que ve como su marido va a la guerra antes de que pudiera decirle que esperaban un hijo. Partiendo de este acontecimiento, y con capítulos cortos y altamente fragmentados (algo que parece ser un sello estilístico en la autora), Tokarczuk ya da una primera pincelada de qué nos quiere presentar: la vida de diferentes personas del pueblo, que de manera entrelazada tejen un mosaico desde el que nos hablan de la guerra, de la espera, del infortunio, de la vida y de la muerte. Así, los diferentes personajes aparecen y desaparecen, mientras la vida sigue para unos y se detiene para otros, sumergidos en una idea global de penurias y dificultades.

El estilo de Tokarczuk nos transmite escenas cotidianas, pequeñas historias que se entrelazan en un entorno muy delimitado, donde los personajes son retratados con personalidad muy propia sin que ninguno de ellos cope el protagonismo de manera absoluta, sino que es el entorno y las relaciones entre ellos los que ocupan el núcleo central de la novela, aunque sin dejar de lado las propias historias de cada uno; leer este libro es como echar una ojeada a las vidas y a lo que ocurre en las distintas casas, con la añadidura que, a las historias de sus habitantes, se les unen las de algunos animales (como una serpiente) que también participan de manera activa en la historia y nos la cuentan desde su punto de vista; salvando las distancias, me ha recordado en este aspecto a «Canto yo y la montaña baila» de Irene Solà por la fragmentación y el relato distribuido que caracterizan ambas novelas, aunque el tono y el estilo es muy diferente.

Los episodios (muy breves en algunos casos) o fragmentos empiezan por un «Tiempo de...» porque en el fondo, ese es el propósito de la autora, narrar sobre el tiempo, sobre cómo trascurre incidiendo en la vida de unas personas con vidas sencillas, en un lugar cualquiera. En una narración que roza en ocasiones lo místico, lo religioso y lo onírico como elementos orgánicamente integrados en los propios personajes, en el propio territorio y cultura popular, y que han hecho de Tokarczuk una autora clave en el realismo mágico; el estilo de la autora es muy terrenal, muy arraigado a un paisaje y es, a partir de él, donde la narración coge forma y se expande a través de unos personajes que nacen y mueren, viven y sueñan, anhelan y sufren. Porque esta novela trata de ilusiones y desesperos, dificultades y logros, pérdidas y éxitos.

Antaño se convierte en esta novela en una tierra de paso, de tropas alemanas primero, rusas después, pero también una tierra de paso de sus habitantes, de vidas cortas y alteradas, de fugaces deseos que la realidad explosiona y difumina; Antaño es realmente una tierra de paso, pero de paso del tiempo, que deja su marca en los elementos que, de manera transitoria, coinciden en un tiempo y una tierra, transitando en el devenir de una era de guerras y penurias. Un paso casi efímero, que tal y como indica Tokarczuk en uno de los pasajes del libro «el rasgo más característico de todo aquello que vio Izydor era la temporalidad».

Por todo ello, a pesar de ser un libro algo irregular, al que cuesta entrar al principio por la narración fragmentada y por algunas historias que en principio no tienen suficiente interés más allá del potente estilo narrativo de Tokarczuk, el libro mejora a partir de su mitad, volviéndose más duro y contundente. Es en su segunda mitad donde la narración avanza de manera firme e implacable con sus personajes, pero sin perder ni un ápice de su proximidad emocional. Porque, a pesar de esa contundencia y de las desgracias narradas, Tokarczuk consigue que conectemos con los personajes, que suframos con ellos, con Misia, con Izydor, y nos encariñamos de ellos mientras somos testigos que el tiempo avanza de manera inexorable haciendo mella en sus vidas y en sus deseos, y también en la de todos nosotros.

También de Olga Tokarczuk en ULAD: Los errantes

jueves, 26 de marzo de 2020

Delphine de Vigan: Basada en hechos reales

Idioma original: francés
Título original: D'après une histoire vraie
Año de publicación: 2016
Traducción: Javier Albiñana
Valoración: Recomendable

A estas alturas no puedo ocultar mi total admiración por Delphine de Vigan, cuya intuición, sensibilidad e inteligencia brillan especialmente en la concepción y la materialización de este thriller psicológico. ¿Estoy diciendo entonces que Basada en hechos reales es mejor que su antecesora, Nada se opone a la noche? No. Y que quede claro desde ya: NADA es mejor que Nada se opone a la noche, pero precisamente sobre esa premisa radica el mérito de esta novela sucesora que nadie esperaba. 

Resumen resumido: Delphine sobrevive como puede a la resaca mediática y psicológica que ha supuesto el éxito atronador de su novela basada en su familia y, aunque no lo comparte con nadie, alberga serios temores a no ser capaz de escribir nada más. En ese momento vital de inseguridad emocional y creativa hace acto de presencia una mujer, «L», que se convierte en el puntal indispensable para la estabilidad física y psicológica de la escritora. 

Basada en hechos reales es todo un tratado de intenciones, prácticamente un ensayo velado sobre los límites entre realidad y ficción. Delphine de Vigan construye este artefacto inspirado en algunas obras de Stephen King para responder (o no) a la pregunta con la que más veces se ha enfrentado desde que se publicó Nada se opone a la noche: ¿Todo lo que has escrito es verdad? Imagino que tanto en su papel de escritora como en el de sujeto paciente de su anterior novela, esa pregunta tiene que haberle quitado muchas horas de sueño. Pero ella sabe que esa pregunta en realidad se está desviando del verdadero debate: 
«Raras son las personas que formulan las verdaderas preguntas, las que importan.» 
Y que la convención ficción-realidad en la literatura no es algo que haya inventado ella. No obstante, la autora se ve obligada a pronunciarse con esta novela en relación a esos límites entre ficción y realidad, y lo hace adentrándose en otro terreno que ya ha explorado en sus obras anteriores: los límites entre cordura y demencia. 
«Si no captas la pequeña vena de la locura de alguien, no puedes amarlo. Si no captas su punto de demencia, has perdido la ocasión. El punto de demencia de alguien es parte de su encanto.» 
Basada en hechos reales es, por todo eso, un ejercicio inteligentísimo mediante el cual Delphine de Vigan desactiva la pregunta maldita al tiempo que sale reforzada como escritora en un momento de su carrera en el que nadie apostaba por un «continuará...» 

En lo puramente narrativo, nos encontramos con una serie de aspectos ya conocidos en la autora, así como con otros específicos de esta novela: 
  • De nuevo nos hallamos frente a esa narrativa orgánica que resulta imposible analizar por partes, todo está íntimamente imbricado bajo una apariencia de sencillez a pesar de la complejidad que alberga. 
  • La voz narrativa de Delphine de Vigan se nos aparece de nuevo como un canto de sirena capaz de arrastrarnos ya desde los primeros renglones sin necesidad de recurrir a ningún gancho. No obstante, en las primeras líneas de Basada en hechos reales ya se nos anuncia una tensión en ciernes que la diferencia del resto de obras de la autora: 
    «Pocos meses después de que apareciera mi última novela, dejé de escribir. Durante casi tres años, no escribí una sola línea. Las expresiones estereotipadas deben interpretarse algunas veces al pie de la letra: no escribí ni una carta burocrática, ni una tarjeta de agradecimiento, ni una postal de vacaciones, ni una lista de la compra. Nada que exigiera un esfuerzo de redacción, que obedeciese a una preocupación formal. Ni una línea, ni una palabra. Ver un bloc, una libreta o una ficha me producía náuseas.»
  • Un narrador poco fiable. La autora/narradora nos hace cómplices desde el principio de sus dudas y de la inestabilidad emocional que la acecha, por lo que lo que cuenta queda siempre en el aire, como pendiente de confirmación. La novela avanza en medio de arenas movedizas y obliga al lector a replantearse continuamente si lo que le están explicando es verdad. 
  • El final es otra lección de literatura y el broche a toda esta tesis sobre ficción y realidad. Cada vez me gustan más esas obras que no acaban en la última página si no que se quedan dando vueltas en la cabeza del lector durante horas o, incluso, días. 
Basada en hechos reales concluye la fase de autoficción de la autora que se inició con Días sin hambre (de la que hablaremos otro día) y que tiene su mayor exponente en Nada se opone a la noche. Aunque ¿dónde empieza y acaba la autoficción? ¿podemos decir que sus obras posteriores como Las lealtades no tienen también algo de autoficción? 
«Creo que la gente sabe que nada de lo que escribimos nos es del todo ajeno. Saben que siempre hay un hilo, un motivo, una fisura, que nos vincula al texto. Pero aceptan que se trasponga, que se condense, que se disfrace. Y que se invente» 
A mí me vale.

Así que, sin duda alguna, Recomendable. Lo que, al parecer, no lo es tanto es la adaptación cinematográfica que hizo Roman Polanski en 2017. No se puede tener todo.

Otras obras de Delphine de Vigan reseñadas en ULAD: Nada se opone a la noche, Las lealtades