Año de publicación: 2025
Valoración: Está bien
Comentarios previos: supongo que es notorio que en este blog no nos gusta la IA, al menos en lo que pueda tocar a la literatura, la creatividad o la opinión, ni tan siquiera en funciones de acompañamiento o corrección. Personalmente no la he utilizado nunca, al menos de forma consciente, ni pienso hacerlo si puedo evitarlo. La segunda puntualización sería que ni siquiera distingo bien lo que es la IA de los algoritmos que gobiernan, entre otras muchas cosas, el funcionamiento de la mayoría de aplicaciones que utilizamos. Quiero entender que son dos cosas estrechamente relacionadas, pero ni siquiera la lectura de este libro me ha servido para clarificar conceptos.
Este es básicamente un libro de denuncia, como deja bien claro su título y subtítulo (‘Manual de resistencia’, ejem), es decir, ante un fenómeno-descubrimiento-herramienta rabiosamente actual, la periodista autora levanta la mano para alertar sobre sus peligros, sus sesgos, atropellos que implica, negocios multimillonarios que sustenta. La IA (y/o el algoritmo) no son cosas inocuas, dice Laura G. de Rivera, son instrumentos concebidos en primer lugar como un gran negocio del que se benefician los tecnoligarcas que todos conocemos y algunos que no, se nutre de los datos que nos han robado (y siguen robando) de todas nuestras comunicaciones privadas, muestra sesgos peligrosos hacia la radicalización política (vende siempre lo más llamativo), impulsa sin recato al consumo y la dependencia tecnológica, explota materias primas de países pobres además de a sus propios trabajadores, deriva en prácticas de videovigilancia masiva en perjuicio de la privacidad, consume enormes cantidades de recursos que agravan el cambio climático… y no sé cuántos horrores más.
Repito desde mi desconocimiento de ese mundo que no sé si todo esto es atribuible exactamente a la IA o a esos misteriosos algoritmos, pero tanto da. Hablamos de esa tecnología que tiene sorbido el seso a la gente con sus maquinitas cada vez más caras y sofisticadas, y de aplicaciones progresivamente más oscuras que escapan a nuestra comprensión hasta que alguien denuncia todo este tinglado. Muchos de estos denunciantes, investigadores, expertos en diversas materias, periodistas como la propia autora, y personajes como el famoso Edward Snowden siembran de citas más o menos apocalípticas el libro entero avisando de los peligros, denunciando el fabuloso negocio, llamando a esa resistencia que, la verdad, no tiene muchos visos de hacerse efectiva en una sociedad en la que somos
'Increíblemente lerdos a la hora de dejarnos embaucar por todo lo que huele a modernidad y moda'
Cierto, desde luego, cuando deglutimos una y otra vez anuncios según los cuales sin una aplicación adecuada (y conexión, datos) no es posible viajar, ni elegir un restaurante, estar conectado equivale a estar vivo y hay quien es ya incapaz de escribir un simple correo sin consultar a Chat GPT. Incluso hay quien se sirve de estas tecnologías para hablar de literatura, hay que ver.
Siempre está bien que haya quien levante estas banderas, que para captar la atención deben mostrar radicalidad y cierto grado de intransigencia. ¿Qué sería del mundo actual si hace medio siglo no hubieran nacido movimientos ecologistas y antinucleares mostrando los espantos de un planeta asfixiado por la voracidad de la industria contaminante y el crecimiento a cualquier precio? Otra cosa es que uno, ya al tanto de lo denunciable, para obtener información espere algo un poco más equidistante (ya, suena muy mal), unos datos con menor carga que nos permitan valorar mejor las ventajas e inconvenientes de lo que se nos ofrece. Además de lo que el libro pone encima de la mesa quisiera conocer, humilde profano, a qué utilidades se está abriendo la puerta en materia, qué se yo, de medicina, industria, investigación. Cosas en las que esos inventos, en algunos aspectos tan dañinos, pudieran servir para mejorar de verdad la vida de la gente.
Tiene su mérito reunir tantos datos sobre los peligros de la tecnología y sus efectos indeseados, pero por ese mismo camino sería perfectamente posible (y a buen seguro se habrá hecho ya) denunciar el daño provocado por otras tantas realidades económicas que tienen también su lado oscuro, la moda, el turismo masivo, las distintas fuentes de energía, el negocio del fútbol, las grandes infraestructuras, el propio internet sin ir más lejos. ¿Nos negamos en redondo a todo ello, o más bien necesitaríamos conocerlo en todas sus perspectivas para poder valorarlo adecuadamente?





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