Año de publicación: 1976
Valoración: recomendable
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Año de publicación: 1976
Valoración: recomendable
Idioma original: ruso
Traducción: Jesús García Gabaldón
Valoración: muy recomendable
Rudin es la primera novela del escritor ruso Iván Turgueniev. A pesar de ello, esta obra ya presenta muchas de las características que harán de Turgueniev uno de los mejores escritores de la literatura rusa: prosa elegante y precisa, musicalidad en las formas, meticulosidad en la descripción de los personajes y minucioso análisis de una sociedad rusa en proceso de transformación.
Precisamente este último aspecto es el que destaca en esta obra primeriza del escritor ruso. Los representantes de una indolente clase terrateniente rusa se dan cita en la casa de verano de la viuda Daria Mijailovna Lasunkaya. En un ambiente de plácidas conversaciones y reuniones intrascendentes en que van transcurriendo rutinariamente los días irrumpe un invitado, Dimitri Rudin, un joven sin oficio conocido, que hechiza con su presencia y elocuencia a todos los invitados de la aristócrata.
Por contraposición a la inmovilista sociedad que representan Daria Mijailovna y sus invitados, Rudin supone una entrada de aire fresco que viene a remover la conciencia de unos personajes para quienes cualquier cambio en la sociedad rusa está vedado: "No seré yo quien defienda la civilización. No necesita mi defensa. Quería decir que todos esos ataques a los sistemas, a los juicios generales, resultan especialmente irritantes porque junto con los sistemas, la gente niega todo el conocimiento; la ciencia y la fe en ella significan fe en uno mismo, en sus propias fuerzas. Y la gente necesita esa fe: no puede vivir sólo de impresiones y hace mal al temer al pensamiento y no tener fe en él. El escepticismo siempre se distinguió por su esterilidad e impotencia".
La elegancia y la vehemencia con que Rudin defiende sus ideas encandilan en un principio a todos los participantes en las veladas de la casa de campo, pero alguno de sus contertulios comienzan a comprender su verdadero carácter. Nuestro protagonista enamorará a la joven hija de la aristócrata, pero alguno de los invitados sospecha de sus intenciones: "Lo cierto es que las palabras de Rudin se quedan en eso, en palabras, y nunca se convierten en hechos; y mientras tanto, esas mismas palabras pueden llevar a la ruina a un corazón joven".
Efectivamente, Rudin va levantando falsas expectativas en quienes le escuchan, pero finalmente no es capaz de tomar decisiones sobre su propia vida ni sobre la vida de los demás. Representa una generación que, desde un punto idealista, critica el orden social en que lleva siglos anclada Rusia, pero no es capaz de dar un paso adelante y llevar a la práctica ese cambio que propugna. Como señala uno de sus amigos que le conoce desde su juventud: "él había leído bastante, pero leía libros de filosofía, y su cabeza estaba organizada de tal manera que de lo que leía inmediatamente extraía el sentido general, llegaba hasta la raíz de las cosas y desde allí irradiaba en todas las direcciones los lúcidos y justos hilos del pensamiento, descubriendo perspectivas espirituales... Nos sentíamos como si fuéramos depositarios de la eterna verdad, como si fuéramos sus instrumentos, llamados a realizar algo grande. ¿No le resulta ridículo todo esto?".
Esa falta de iniciativa, incluso desde el punto de vista de las relaciones sentimentales, hará que Rudin, que ha estado invitado en la casa de la aristócrata, tenga que escapar de forma vergonzosa de la casa de su anfitriona y llevar una vida errática sobre la que nuestro protagonista arroja, muchos años más tarde, un juicio demoledor: "Sí, la Naturaleza me concedió muchos dones; sin embargo, moriré sin haber realizado nada digno de mis fuerzas, sin dejar tras de mí ninguna huella benéfica. Toda mi riqueza caerá en balde y no veré los frutos de mis semillas...Terminaré sacrificándome por algo absurdo, en lo que ni siquiera crea...".
En resumidas cuentas, bajo la apariencia de una novela sentimental se desarrolla una elaborada trama en la que Turgueniev realiza un análisis exhaustivo de una sociedad en lucha entre la tradición y la modernidad. Critica la superficialidad y falta de compromiso de los terratenientes rusos y la contrapone al idealismo y la búsqueda de la belleza del personaje de Rudin. Todo ello recurriendo a una estructura narrativa extraordinariamente rica en la que a pesar de presentarnos a los personajes prácticamente en un único entorno, la casa de la aristócrata, como si de una obra de teatro se tratara, recurre a técnicas más complejas cuando lo requiere: al monólogo interior, cuando nos presenta la psicología de los numerosos personajes de la obra o al flashback, cuando nos retrotrae a la juventud de nuestro protagonista.
Una novela conmovedora, exigente y de una belleza incuestionable.
Lo mejor de los libros sobre música y/o músicos es cuando el objeto de interés tiene una personalidad y una imaginería exclusiva; ya sabés de quién está hablando el libro apenas lees una frase del músico analizado. Eso sucede con muy pocos, y Cohen es uno de ellos.
Volviendo a mi género favorito dentro de este tipo de libros, el de las entrevistas, este es un libro plagado de ellas. Se intercalan con semblanzas de Cohen, extractos de otras entrevistas sobre algún tema puntual (donde encontraremos varias joyas) o comentarios de los entrevistadores años después de que se efectuó la misma, pero en su mayoría son preguntas (por suerte no estúpidas u obvias como la mayoría, aunque en un libro de esta extensión, casi 700 páginas, es imposible no encontrar alguna repetición, sobre todo en relación a dos o tres temas puntuales: la sexualidad, la religión y la depresión) y respuestas, que oscilan entre la respuesta más cortante y de la que no sabemos si tomar en serio o no, a verdaderos monólogos de pura clase coheniana, llenas de sabiduría y humor. De hecho, para ser catalogado como "El príncipe de la desesperación", y aunque ciertamente en algunas entrevistas se atisba una gran angustia, todo está rebozado con toneladas de humor elegante e irónico, lo que hace todo el asunto más llevadero, ya que en varias ocasiones la solemnidad tiene una fuerte impronta. Jeff Burger, que realmente es un compilador y editor de las amplias entrevistas que sostuvo Cohen en los cincuenta años de carrera musical, hace un gran trabajo al presentarnos, cronológicamente y con breves apuntes a cada una de ellas, las entrevistas que puedan aportar al personaje analizado, no importa si es un dato mínimo o entrevistas en las que se habla de todo.
Por decir ejemplos, podemos encontrar una extensa conversación de cincuenta páginas donde se exploran a fondo las raíces judías de Cohen, y se nota el entusiasmo, tanto del entrevistador como del entrevistado, en los descubrimientos que van haciendo, lo que evita esa capa de vergüenza ajena cuando se habla de algo tan íntimo como la familia. En otra, encontramos el análisis de la composición lírica/musical del artista, lo que se agradece ya que no es un tema que se suela tratar en este género (es más fácil irse por el chisme...); en general, y como mencioné, las entrevistas se vertebran en esos puntos claves, y cada uno de ello evoluciona de acuerdo a la década en la que nos encontremos (Jeff Burguer lo divide en cuatro partes: 60s y 70s, 80s, 90s, y el nuevo milenio); mientras más avanzamos a la actualidad, más nos encontramos con un Cohen vulnerable, dispuesto a profundizar en lo que le sucede, casi siempre con la seguridad que el entrevistador lo va a escuchar impasible para luego saltar con otra pregunta programada, pero de igual forma necesitado de expresarse. La depresión, sobre todo, es un factor en esta vida colmada de experiencias, y causa principal de decisiones tan rocambolescas como aliarse con Phil Spector o irse a un monasterio por siete años. Pero Cohen no hace una montaña de eso, y aunque a veces, en las dos primeras décadas, puede pasar como un pedante o como un jocoso con mal gusto, luego se toma a sí mismo a la chacota, y uno no puede evitar intuir que bajo esa personalidad, que Cohen mismo reconoce como "la portada que leen todos", hay una profunda angustia y creatividad motoras.
En conclusión, para los fans de Cohen este es un grandísimo libro, plagado de frases que incitan a subrayarlas y a releerlas varias veces hasta asimilarlas. Pocos artistas hay con una personalidad apabullante y una sabiduría que obliga al lector/oyente a prestarle atención, porque sus versos y su voz son pepitas de oro entre la mediocridad imperante.
Más de Leonard Cohen: Libro del anhelo
Hace unos días comentaba con mi pareja que esto de viajar se nos está yendo de la manos, que todo parece una competición por ver quién ha visitado más países, quién ha ido a un destino más "exótico", quién tiene más likes en sus redes, etc. Todo para terminar comprando en las mismas franquicias de mierda, comiendo en las mimas cadenas de comida rápida, etc. ¿Dónde quedó, entonces, eso de viajar para perdernos, para iluminarnos o perfeccionarnos, para cuestionar certezas o experimentar con las dudas? Algo de eso se habla en este El arte de viajar sin moverse del sitio, breve y sorprendente ensayo de Hilario J. Rodríguez en el que el autor huye de lo "académico" para, como las guías Petit Planete, ofrecer un ensayo abierto, poroso y flexible, con intersecciones a veces descabelladas y notas al pie (¿o acaso debería decir desvíos o senderos que se bifurcan?) que podrían ser otros textos, otros libros, otros viajes.
Y así el autor habla del viaje y de viajar, pero como un ir más allá en el que caben muchos viajes diferentes: viajes imaginarios, viajes forzosos (emigración), viajes "inútiles" (¡que viva siempre hacer cosas "inútiles"!), viajes vegetales.
Podría decir también que el viaje que propone Hilario J. Rodríguez es un "circuito cultural" con parada y fonda en la literatura (Borges, Piglia, Sebald, Schalansky, Herzog...), el cine (Herzog, Kurosawa...), la arquitectura (Speer y compañía), etc. Al fin y al cabo, el viaje y el arte en sus diferentes formas no son otra cosa que mirar, especular e interpretar símbolos.
Pero lo que sí tengo seguro es que El arte de viajar sin moverse del sitio es un elogio de la imaginación y de la cultura como motores de la vida, un recorrido construido a partir de referencias y asociaciones que, lejos de resultar un ejercicio de pedantería, se insertan a la perfección en esa ampliación del conocimiento que debería suponer cualquier buen viaje.
También de Hilario J. Rodríguez en ULAD: Construyendo Babel
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Título original: Rückkehr nach Wien. Tagebuch 1946 Idioma original: AlemánPasamos de viajar sin moverse del sitio a viajar para volver al lugar en el que uno nació y que hubo de abandonar por razones políticas. El retorno y lo que eso supone para el retornado (todo lo que Nolan podría haber explorado en su versión de La Odisea y no quiso / supo / pudo hacer) son la base del diario de Hilde Spiel, periodista austríaca exiliada en Londres y que regresa en 1946 a la Viena ocupada por los vencedores.
Por lo tanto, el viaje como regreso a los lugares y personas de la infancia, adolescencia y juventud, pero también a los cambios operados en ambos y en la persona que retorna por los años de nazismo y guerra. Estos dos elementos son inseparables de la mirada con la que Spiel contempla la ciudad y hacen que el texto transite de lo íntimo a lo político, de los "pequeños seres" a los "grandes nombres".
Esa transversalidad es uno de los puntos fuertes del texto. Otros serían la indagación de Spiel sobre la identidad del retornado o el cuestionamiento de los procesos políticos en esos primeros momentos de transición.
Ochenta años han pasado del retorno de Spiel a Viena y un poco más del final de la Segunda Guerra Mundial. Leamos a Spiel (pero también a Primo Levi o a tantos otros), leamos estos testimonios del horror y el terror. Nunca es tarde, de verdad.
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Título original: L'arte de esistere contro i fatti Idioma original: ItalianoDe la mano de Spiel y de la Austria de posguerra llegamos a Bernhard, a Bachmann y a este ensayo publicado por Ediciones del Subsuelo. Bernhard y Bachmann son dos de los escritores austríacos más importantes de la segunda mitad del siglo XX (aquel nació en 1931 y esta en 1926). Además, Bernhard y Spiel se escribían y para muestra una carta de 1971 en la que aquel habla de Wittgenstein. ¿Qué, no os parece suficiente?
Sea como fuere, el caso es que La frase infinita sí que es un ensayo "académico". Al fin y al cabo su autor fue profesor de Estética e Historia de la Filosofía en la Universidad de Pisa. Y así como El arte de viajar sin moverse del sitio tomaba desvíos y caminos aparentemente alejados del centro del texto, el de Gargani se expande, digamos, en vertical y hacia abajo, como un taladro que penetrara en la escritura de Bernhard y Bachmann.
Es, por tanto, un texto denso y complejo en el que las referencias ineludibles son Wittgenstein y Musil, en el que ética y estética se conjugan para elevar la utopía del lenguaje sobre un mundo en ruinas, en el que muestra cómo, partiendo de actitudes y premisas diferentes, ambos autores comparten la idea de la imposibilidad de comunicar, del pensamiento narrado como ejercicio crítico.
De lo anterior podéis deducir que La frase infinita es un texto "árido" que, además, cae en ciertas reiteraciones. Eso sí, quien se interese en (y guste de) la literatura de dos gigantes como Thomas Bernhard y/o Ingeborg Bachmann lo encontrará recomendable, claro que sí.
Traducción
al castellano: Anne-Hélène Suárez
Año
de publicación: 1943-44
Valoración:
Está bien
La escritora china Zhang Ai-ling, más conocida por la
versión anglosajona de su nombre, Eileen Chang, nació a principios del s. XX en
el seno de una familia aristocrática de Shanghái, una ciudad portuaria que por
aquella época era de las más modernas de Asia, y en la que el imperialismo británico
y las concesiones extranjeras provocaban grandes desigualdades. Chang recibió
una educación cosmopolita y bilingüe, pero tuvo una infancia difícil, con un
padre violento y adicto al opio. Además le tocó vivir la Segunda Guerra Mundial,
y después la revolución comunista, con lo que decidió marcharse. Fue primero a
Hong Kong y más tarde a los Estados Unidos, donde pasaría el resto de su vida.
Empezó a escribir estando aún en China, durante la
ocupación japonesa, y sus cuentos destilan decadencia, melancolía y pesimismo.
Sabiendo en qué contexto pasaron sus primeras décadas de vida, no es de
extrañar.
Las historias de Chang hablan de la dificultad de comunicarse
y amar en medio de presiones sociales y diferencias de clase. Son historias
tristes, sin final feliz. Los ambientes son elegantes, igual que el lenguaje de
la autora, pero sus personajes son desdichados, y no tienen expectativas de
dejar de serlo. El tono es siempre tenso y desasosegante. Algunos episodios son
de una violencia apabullante.
Los relatos están presentados por un narrador que rompe lo que se conoce como “cuarta pared”: nos invita a “escucharle” mientras quema unos granos de incienso, o mientras prepara un té. Los cuentos durarían lo mismo que estas actividades. Este formato nos hace adentrarnos en el mundo de Chang, que convierte así sus historias en confidencias. Pese a esto, no dejan de resultar ajenas. A mí en todo caso me resultó difícil identificarme con el sufrimiento de los personajes de estos cuentos. Quizás sea porque la autora, aunque los trate con compasión, mantiene la distancia. O quizás se deba a mi lejanía de su cultura, porque los sentimientos que describe son sin duda universales, pero la perspectiva no lo es: es una perspectiva extraña, exótica en esencia (y no en forma, como pueda ser a veces la perspectiva que intentan dar los escritores occidentales a sus novelas de ambientación oriental). En este sentido, leer a Chang es una experiencia enriquecedora, aunque a mí me pareciera emocionalmente estéril.
El sabor que dejan estos relatos es amargo. Están muy bien escritos y su lectura es interesante, pero ¡qué desconsuelo!
Otro libro de Eileen Chang reseñado por ULAD: Un amor que destruye ciudades.
Año de publicación: 2026
Valoración: recomendable (sobre todo para fans)
Los seguidores de Fred Vargas (vale, este seguidor que escribe aquí) llevamos recibiendo,en los últimos años, una suerte de ducha escocesa,al menos por lo que respecta a sus novelas del comisario Adamsberg: a una digamos que un tanto decepcionante, Tiempos de hielo (de acuerdo, admito que me dejé llevar por la fe vargasiana y yo mismo le puse un "muy recomendable para fans"... No lo es). le siguió otra que no estaba nada mal o así la recuerdo yo, Cuando sale la reclusa; para acabar, hace tres años, con la más rutinaria Sobre la losa. Este mismo año, por fin doña Frédérique ha publicado una nueva novela y claro, uno la aborda con una mezcla de entusiasmo y prevención, deseando volver a encontrar el original concepto de polar que le entusiasmó en El hombre de los circulos azules o Huye rápido, vete lejos, pero temiendo que se trate de nuevo de más cal que arena... (o viceversa, no sé si es mejor la cal que la arena o qué).
En esta ocasión el comisario Adamsberg deja de trotar por otros rincones del Hexágono y se queda, en principio, en París (aunque también hay viaje sorpresa y no a Nanterre, precisamente, aviso); es más, el caso que le ocupa comienza en pleno centro de la capital francesa, en una calle cercana al boulevard Saint Michel y al jardín de Luxembourg. Allí, una noche, mientras regresa a casa dando un paseo, Adamsberg se acerca un tumulto en el que intervienen sus colegas flics; se ha encontrado, en plena calle el cadáver, aparentemenete incólume, de una joven y bella mujer -lo de bella se repite mucho en la novela, porque tiene su importancia-; aunque a primera vista no lo parezca, se trata de un asesinato, del que decide hacerse cargo nuestro comisario, pues le ha parecido percibir en él quelque chose, sin saber lo que es.
Comienza así la persecución de un asesino enamoradizo -amoureux désespérément désespéré- que lleva al equipo habitual de la Brigada Criminal del 13e -Danglard, Veyrenc, Voisenet, Retancout, Noël, etc.-, más algún añadido circunstancial, a explorar los vericuetos de la poesía de Nerval, a seguir el brillo de las estrellas y su leyenda, y, en fin, a perseguir las gaseosas nubes que suele palear su comisario, como es habitual en él, pero quizá aún más en este caso... Curiosamente, quizá sea la novela menos extravagante de las protagonizadas por Adamsberg, más ceñida al clasicismo del polar, si se quiere ver así (teniendo en cuenta que se trata de una variante del género más tendente a la heterodoxia que el noir o el hardboiled americano, creo yo); no hay una apelación a elementos sobrenaturales ni un excesivo recurso a las casualidades sospechosamente casuales (quien sea lector/a habitual de Fred Vargas ya sabe a qué me refiero). De hecho, se trata de una de las novelas de la saga admasberg donde la rutina del trabajo policial propiamente dicha tiene más peso. Curiosamente, eso no le resta interés a la narración, sino incluso al contrario; las reuniones en la "sala del concilio" se hacen de los más ameno e igualmente las investigaciones siguiendo alguna pista a través de la Red. Aunque claro, Adamsberg no deja de ser Adamsbergy Fred Vargas... pues Fred Vargas (los lectores/as habituales también saben lo que quiero decir).
En fin, una piedra más que recoger del camino que sube a la montaña de este peculiar detective. Y, como dice el refrán, toda piedra hace pared....
Más libros de doña Fred Vargas (todos de Adamsberg) reseñados: aquí