jueves, 25 de abril de 2019

TochoWeek III #4. Tom Kristensen: Devastación

Idioma original: danés
Título original: Hærværk
Traducción: Blanca Ortiz Ostalé
Año de publicación: 1930
Valoración: decepcionante, aunque se deja leer

No podía faltar, en esta Tochoweek, algún autor danés, pues la literatura escandinava ha dado grandes momentos de gloria a este humilde reseñista. Así que, «Devastación», con sus más de 650 páginas, me venía como anillo al dedo para recordar la importancia de su literatura y la calidad que a menudo encuentro en esos países. Bueno, eso creía.

La novela empieza con ritmo sosegado, aunque en intensidad creciente. Nos encontramos con Ole Jastrau, crítico literario y poeta venido a menos, que no se halla en su mejor momento pues sus últimas reseñas empiezan a ser criticadas y cuestionadas en el periódico donde las publica. Además, va creciendo en él un cierto hartazgo, pues el paso del tiempo va minando sus intereses no únicamente periodísticos, sino también cierto espíritu revolucionario que albergaba en su juventud. Así, ya desde el inicio, uno avista la vida cada vez más decadente y caótica que arrastra el protagonista absoluto de esta novela, y parece que la visita de un par de hombres a su casa no presagia nada bueno. Kristensen es hábil en el manejo de la atmósfera inicial, pues crea un clima in crescendo que se prevé la antesala de una combustión provocada, pues la visita será la espoleta que hará estallar la vida de Jastrau, actuando como desencadenante de un conjunto de reacciones que le llevarán a la perdición.

Con este planteamiento, el autor pone a Justrau en un momento vital crítico para él, pues sitúa la historia en las vísperas de unas elecciones que se prevén determinantes, con un trasfondo en la lucha entre capitalismo y comunismo; Kristensen nos hace partícipes de las dudas existentes en la sociedad del momento sobre ambas ideologías, nutriendo los diálogos iniciales de disputas entre ambas opciones.

En un escenario que se sitúa en una jornada de elecciones, el protagonista se ve fuertemente cuestionado por la calidad de las reseñas que publica en el periódico, así como por sus opiniones políticas. La visita recibida le genera cierto malestar, y le tientan hacia oscuros futuros vitales, pues la evasión a su angustia la encuentra en el joven visitante, quien le arrastra a locales nocturnos donde empezar su desconexión de su realidad. Este joven es el detonante de la caída del protagonista hacia un mundo inundado de bares, alcohol, en un camino que le llevará a la devastación.

De esta manera, el libro transmite las contradicciones internas de un personaje absorbido por el alcohol, y nos muestra los comportamientos erráticos, los altibajos emocionales con momentos de euforia desmedida y momentos de absoluto abatimiento y desespero, y la distancia tomada a una realidad que se le aparece solo a veces en momentos de cuerda sobriedad. Los personajes son elementos extraños y piezas añadidas que no hacen sino aumentar la incomprensión de Jastrau hacia un mundo que se le antoja cada vez más lejano, del que se distancia de él a medida que aumenta su incomprensión y su asiduidad a los bares nocturnos, en una espiral autodestructiva que se va cerrando entorno a él, un remolino que le atrae hasta el fondo de su bajeza moral y abandono de sus responsabilidades laborales y matrimoniales.

Con un estilo narrativo que emana frialdad y distancia (algo que le podría acercar a Hamsun, Strindberg o Solstad), cuesta entrar en la historia. La manera de narrar de Kristensen pone al lector en algún aprieto, pues a pesar de tratarse de una lectura ágil, es incómoda. Incómoda porque uno no entiende del todo el comportamiento de los personajes, pues la manera en la que afrontan las situaciones es algo (bastante) inverosímil. Puede, y aquí arriesgo, hubiera mejorado si la narración se hubiera hecho en primera persona, pues habríamos acompañado mejor al protagonista y su alcoholismo y caída en el vacío emocional hubieran justificado de mejor manera tales acciones. A fin de cuentas, debemos entrar en el personaje para arrastrarnos con él a su infierno interior, y no siempre es fácil “viéndolo” desde fuera.

Además de la falta de conexión con el protagonista, el libro tiene otro punto débil: el excesivo número de páginas, y más teniendo en cuenta el lento ritmo narrativo y la reiteración de situaciones. En resumen: que no avanza o avanza muy lentamente. No hay acción y tampoco un exceso de reflexiones que hagan olvidar que son más de seiscientas páginas y que algún motivo de peso deberíamos encontrar para seguir con la lectura. ¿Se puede afirmar Kristensen que escribió un libro donde se retrata la sociedad danesa de principios de siglo XX post Primera Guerra Mundial y sus preocupaciones y desánimos? Es posible, no dudo que sea así. ¿Que sus más de seiscientas páginas para hablar sobre eso, sin demostrar tampoco un exceso de profundidad en sus reflexiones, son demasiadas? Sin duda; rotundamente sí. Porque hubiera podido contar la misma historia con menos de la mitad. Porque sí hay abandono, deterioro anímico y excesos, pero también hay poco impacto, se queda bastante a medio camino y el libro contagia cansancio. Y lo peor no solo es la falta de ritmo, sino la absoluta incomprensión hacia las decisiones tomadas por el protagonista (especialmente) y sus amistades que conserva a saber por qué motivo, causándome un total distanciamiento respecto al personaje y sus circunstancias. Lo peor que le puede pasar a un lector, debo decir.

En resumen, que la historia avanza con excesiva lentitud, sin cambios de ritmo o de argumento, sin crear o tan siquiera intentar, una línea paralela que permite explorar consecuencias o daños colaterales respecto a la supuesta devastación del protagonista, y bien esta reseña hubiera podido ser una interruptus (de hecho, hubiera debido serlo visto ahora, me habría ahorrado malgastar el valioso y siempre insuficiente tiempo) pero el optimismo de este humilde reseñista, o un exceso de confianza hacia mi admirado Knausgård, quien alaba el libro, ha provocado que quien entre en un estado de devastación sea yo, por el tiempo perdido su lectura. Y encima en la Tochoweek. Ya es mala suerte.


miércoles, 24 de abril de 2019

Tochoweek III #3. John Irving: Una mujer difícil

Idioma original: inglés
Título original: Widow for one year
Traducción: Jordi Fibla
Año de publicación: 1999
Valoración: Está bien




Qué difícil ha sido reseñar Una mujer difícil. He comprendido por qué esta novela despierta opiniones tan contrapuestas: mientras unos aseguran que es lo mejor que han leído hasta el momento, otros confiesan con frustración que el hastío les ha impedido acabarla. Y es que se trata de una obra en la que confluyen aspectos brillantes con otros bastante discutibles, con la particularidad añadida de que los unos no pueden existir sin los otros

Resumen resumido: la vida de Ruth Cole, una escritora de éxito internacional que arrastra el pesado lastre de haber sido concebida para llenar el vacío de sus dos hermanos muertos en un accidente de tráfico. La historia se estructura en tres partes: 
  • Verano 1958. Ruth tiene cuatro años y está pasando las vacaciones con sus padres (Ted y Marion) en la casa que tienen en los Hamptons. La llegada del jovencísimo Eddie O’Hare en calidad de ayudante de su padre desencadenará unos acontecimientos que marcarán la vida de Ruth. 
  • Otoño de 1990. Ruth tiene treinta y seis años, y es una escritora de éxito internacional. En el ámbito personal no tiene tanto éxito pero el reencuentro con Eddie O’Hare, así como su presencia accidental en la escena de un crimen dará un vuelco a su existencia. 
  • Otoño de 1995. Ruth tiene cuarenta y un años y por primera vez siente que tiene una familia. Las pérdidas y los desencantos la conducirán hacia una plena madurez desde la que podrá mirar atrás y desenredar la madeja del crimen que presenció, así como soltar el lastre de una infancia marcada por el abandono. 
Aunque Una mujer difícil parezca de entrada un best-seller al uso, alberga altas ambiciones literarias tanto en su complejidad como en el subtexto. La novela logra un potente efecto de intertextualidad (cuatro de los personajes principales son escritores y el lector llega a conocer sus obras, sus personajes y los avatares de sus respectivos procesos creativos). John Irving logra tal efecto mediante dos decisiones técnicas: 
  • Una estructura que huye del esquema habitual de trama/s y subtramas a favor de un argumento principal que avanza engrosado por la multitud de digresiones y anécdotas de cada uno de los personajes que conforman el núcleo principal de la obra. Para entendernos, la estructura tradicional sería un árbol en el que se distingue claramente el tramo del tronco en el que confluyen las ramas principales, y lo que John Irving propone es más parecido a una raíz de jengibre en la que las protuberancias se superponen al cuerpo principal.
  • Un narrador editorial. Se encarga de dispensar ganchos e indicios por todo el texto y desde su altar omnisciente expone ante los ojos del lector los hilos con los que sujeta (y somete) a sus personajes. Ellos, a su vez, someten del mismo modo a los de sus respectivas novelas. 
«Y es en este punto donde Eddie, el desafortunado muchacho que se tapó con la pantalla inadecuada, hace su entrada en el relato (…)» 
La novela propone muchísimas reflexiones entorno al proceso creativo de la escritura, la relación entre realidad y ficción, la necesidad inherente por contar y leer historias y, sobretodo, la necesidad del individuo por escribir su historia. Y a ver quién se resiste ante semejante invitación. No obstante, las decisiones técnicas puestas al servicio de esa intertextualidad, debilitan la obra en otros aspectos. Abundan las escenas prescindibles que reiteran con regodeo aspectos ya mostrados; es muy evidente que el autor las considera graciosísimas pero para el lector son meros obstáculos que entorpecen, aún más, la acción y el avance de la trama. Sucede sobretodo en el primer tercio del libro y resulta muy desalentador. Por otra parte, el narrador editorial esgrime un tono burlón y desafectado (aunque muy bien calibrado) y ello resulta un inconveniente con una protagonista como Ruth Cole que, a pesar de sus vivencias traumáticas tiene un carácter poco dado a despertar simpatía. El exceso de distancia emocional del narrador hacia ella logra que muchos lectores (entre los que me incluyo) tengan dificultades para empatizar con lo que le pasa. Y eso no es bueno.

Llegados a este punto, y dado que estamos en un blog de opinión, me atrevo a afirmar que si un escritor novel le presentara hoy esta novela (bajo otro título) a un lector profesional, acabaría más garabateada que la pared de un parvulario. Como poco, la primera parte. Pero, independientemente de los logros (o no) de la estrategia narrativa, la sensibilidad y oficio de John Irving resulta indiscutible. Crea una galería de personajes complejos y únicos e indaga maravillosamente en su psicología. Sus imágenes, sus escenas y sus diálogos son veraces, naturales y están dotados de un enorme poder sugestivo. Y por ello, la historia, los personajes y algunas imágenes perduran en la memoria y en la retina del lector y eso es signo de buena literatura. A los que se animen a leerla y, a pesar de todos mis inconvenientes, tengo que decirles que el ritmo remonta a partir de la mitad de la novela y alcanza el clímax brillantemente.

En relación al título, Una mujer difícil se refiere a una de las novelas que escribe Eddie O’Hare. Y si vamos al título original: Widow for one year, es el título de una de las novelas de Ruth Cole. Por si a alguien le quedaba todavía alguna duda de que esta novela versa sobre la intertextualidad. 

Existe una adaptación cinematográfica de la primera parte de la novela. Se titula The door in the floor, como uno de los famosos cuentos infantiles de Ted Cole (el padre de Ruth) y se estrenó en 2004. Sin ser una grandísima película, retrata muy bien la infancia de Ruth y sobretodo el particular estado emocional de sus padres; Kim Basinger, como Marion Cole, hace un gran papel.

Qué difícil ha sido reseñar Una mujer difícil.

También de John Irving en ULAD: El hotel New Hampshire

martes, 23 de abril de 2019

Tochoweek III #2. Thomas Malory: La muerte de Arturo

Idioma original: inglés
Título original: Morte d´Arthur
Traducción: Francisco Torres Oliver
Año de publicación: 1485
Valoración: Entre Recomendable y Está bien


Supongo que queda poca gente en este mundo a la que no le suene el rey Arturo y los caballeros de la Tabla Redonda, la reina Ginebra, Lanzarote, Tristán o Perceval, Morgana y, por supuesto, Merlín. Bien, pues todos estos personajes –y muchos, pero muchos más- son los protagonistas de este gran tocho escrito por sir Thomas Malory, recopilando, traduciendo y dando forma a diversos cuentos de origen francés, trasladados al norte del Canal por algún proceso que desconocemos. La huella francesa es permanente en el relato, aunque en conjunto la historia de Arturo ha quedado como una muestra de literatura épica indisolublemente asociada con el mundo británico.

Es obvio que el libro es muy largo, y no siempre coherente, de forma que vamos transitando por distintos estadios según vamos avanzando:

Bloque I. 
Principia la historia del rey Arturo justo donde empezó, de cómo fue concebido y luego educado, hasta convertirse en rey y alcanzar gran gloria

Por intercesión de la magia de Merlín, el rey Uther Pendragon yace con su amada Igraine y engendra en ella a Arturo, que será de inmediato entregado al mago. Todavía mancebo, es coronado rey al ser el único capaz de extraer la espada Excalibur de una roca. Tras duras batallas, conseguirá reducir a sus oponentes y doblegará al emperador Lucius conquistando la mismísima Roma (aunque esto lo cuenta Malory con bastante poquita convicción). Casi todo esto es sobradamente conocido y por tanto resulta entretenido refrescar, en su fuente original, los recuerdos de películas y algún que otro libro ya vistos o leídos.

Bloque II. 
Cómo van apareciendo diversos (y muy numerosos) caballeros, y de sus grandes hechos de armas, y cómo rescataron doncellas y repararon agravios o provocaron otros.

Arturo y su corte pasan a un segundo plano, y la escena se llena de caballeros que deambulan en busca de aventuras: hijos de reyes asesinados que buscan venganza, caballeros que se apostan en puentes y caminos buscando pelea, damas secuestradas y liberadas, cabezas que ruedan, y muchas, muchísimas justas a base de lanzazo y lucha de espadas. Conocemos al vengativo Gawain, al valeroso Lamorak, al tornadizo Palomides, o al traicionero y rencoroso rey Marco, por citar algunos. 

Lanzarote y Tristán protagonizan varios de los Libros, aunque de forma intermitente. El primero de ellos –una especie de Supermán medieval- es, curiosamente, objeto de varias de las pocas escenas con sesgo cómico, y Tristán aglutina la subtrama más sólida de esta parte del texto. La prosa de Malory es escueta y ágil, carece de adornos, lo que le da ritmo a la narración. Pero aún así se hace bastante pesado digerir tantísimos personajes, la mayoría de los cuales no tiene recorrido, al tratarse en realidad de relatos independientes que han sido ensamblados con mayor o menor fortuna.

Bloque III. 
De cómo partieron los caballeros en la demanda del Santo Grial, y de las aventuras que acontecieron, y cómo encontraron hombres buenos que les guiaron. 

El relato recupera por un momento el epicentro de la Tabla Redonda, para pasar a su inmediata dispersión, una vez que Galahad ha ocupado la Silla Peligrosa. Con la aparición de este nuevo elegido, la narración adquiere una tonalidad moralista y se llena de referencias cristianas, imágenes oníricas y metáforas que contrastan con el realismo anterior. Las anteriores aventuras mundanas, con sus dosis de honor, barbarie y cierto sentido humorístico, ceden ante episodios de cariz piadoso y una insólita fijación con la virginidad, todo lo cual nos sumerge en una etapa de confusión y, por qué no decirlo, de cierto sopor.  

Bloque IV. 
De la disolución de la Tabla Redonda, la partida de sir Lanzarote, y de muchas terribles aventuras que ocurrieron hasta el final del reinado de Arturo.

La conocida relación entre Lanzarote y la reina Ginebra termina por desencadenar la catástrofe, y aquí se recupera plenamente el pulso del relato, que durante muchas páginas se ha visto enfangado por aventuras de poco interés y el extraño cambio de tono del bloque anterior.  La narración recobra el vigor que sólo tuvo al principio, y se abre al dramático colapso del reinado y la extinción de casi todos sus héroes.

Epílogo. 
De lo mucho que nos hemos aburrido durante cientos de páginas, y de cómo, no obstante, es un libro que conviene conocer.

En principio, llama la atención cómo de un texto de alrededor de mil páginas casi todo el mundo conoce justo el principio y el final, es decir, la llegada de Arturo al trono y su muerte por traición –con algunas dosis de infidelidades e incestos por el camino. Pero leyendo el tocho completo se entiende bien: como he intentado explicar, esos dos pequeños fragmentos componen la única parte de la historia con un recorrido lineal, y efectivamente es un relato vistoso y atractivo. El resto, la gran mayoría del texto, es un inmenso ladrillo de justas y torneos, todos iguales, que sería muy interesante para la época (aunque propiamente los libros de caballerías son anteriores al de Malory), pero actualmente entiendo que aburren a las ovejas. 

Sí, podríamos hablar sobre el enfoque de conceptos como el honor, la verdad o la lealtad, cabría profundizar un tanto sobre la personalidad de algunos personajes (no tan idénticos como en principio parecen), o ponderar alguna trama secundaria con algo de peso. Pero en todo caso sí se debería destacar el estilo directo y eficaz de Malory que, salvo en un par de pinceladas, desiste voluntariamente del papel de autor y se limita a trasladar sin florituras viejas historias, lo que hace bastante digerible el libro dentro de lo que cabe. Tarea la del autor que tampoco era sencilla, como demuestra lo que en mi opinión es el fracaso de todo un Steinbeck cuando se decidió a reescribirlo.

En todo caso, un libro irregular, con algunas luces y bastantes sombras, que sin embargo considero recomendable conocer. Aunque sea como fondo de armario.  

lunes, 22 de abril de 2019

Tochoweek III #1. Gonzalo Torrente Ballester: La Saga Fuga de J. B.

Resultado de imagen de torrente ballester la saga fuga de j b amazonIdioma original: español
Año de publicación: 1972
Valoración: Imprescindible


Al grano. Esta es una obra maestra de la literatura de todos los tiempos, podemos situarla, nada menos, entre las cinco primeras en lengua española. Aún así, muchos no querrán ni olerla, porque su lectura no es nada fácil, sí, pero también en sentido literal, ya que tanto novela como autor están siendo injustamente olvidados y –aunque creo que Alianza lo ha reeditado este año– quizá sea más fácil encontrarlo en la rancia atmósfera de las librerías de viejo que en las flamantes ediciones de hoy mismo. Aún hay una tercera razón y es el desconocimiento: no puede valorarse, ni a favor ni en contra, lo que no se sabe que existe. Y aquí estoy yo, con ganas de dar a conocer, a pesar de lo reducido del espacio, lo esencial de forma, contenido y posibles motivaciones de La saga fuga de J. B. Con ese propósito la he releído –y ya dije que ante un panorama de lecturas tan inmenso prefiero elegir lo que no conozco– y he disfrutado tanto o más que la primera vez, he vuelto a maravillarme con fondo y forma y a renovar mi admiración por su autor, tanto por la genialidad que manifiesta como por su valentía en aquellos tiempos heroicos. Esto de la valentía creo que no se ha destacado lo suficiente, porque Torrente Ballester (1910-1999) pasa por haber sido un hombre tibio de ideas, apreciación que no puede ser más injusta. Otra cosa es lo que aparentase –recuérdese que era gallego–, pero cualquiera con dedo y medio de frente advertirá la enorme carga crítica que contiene esta novela. Lo bueno es que la censura de la época, no solo era corta de mollera, además había leído más bien poco, y desde luego nada comparable a este monumento a la erudición, a este alarde de fantasía que se alía con la realidad para denunciar lo que le da la gana sin que ningún profesional de la tijera consiguiese desenrollar tamaña madeja, embarullados como estaban por la torrencial prosa de Torrente. Como no encontraron justificación para prohibirla y aprobándola le adjudicarían un valor inexistente para ellos, decidieron aplicar el silencio administrativo. El motivo que alegaron: “de todos los disparates que el lector que suscribe ha leído en este mundo, este es el peor. Totalmente imposible de entender, la acción pasa en un pueblo imaginario etc.”. A pesar del tiempo transcurrido, permítanme que me ría.
Lo primero que debemos saber es que don Gonzalo fue un auténtico animal literario (gran lector, escritor prolífico, articulista y académico de la lengua), tampoco es desdeñable su tarea de docente. Su biografía no está por debajo de su currículum, pero vamos con la novela que el tiempo apremia y hay mucha tela que cortar en esas 816 páginas.
Lo que vamos a leer es un brillantísimo ejercicio metaliterario en el que la ficción reflexiona sobre sí misma, se retuerce y llega a realizar toda clase de acrobacias. Ni siquiera la poesía o el vocabulario se libran de esa afición por lo lúdico concretada en varias composiciones, que parodian el poema, para las que utiliza un lenguaje inventando que se adivina contundente. La acción se sitúa en un supuesto pueblo gallego llamado Castroforte del Baralla que la crítica suele identificar con Pontevedra. Un pueblo con fuertes sentimientos nacionalistas; con el cuerpo incorrupto e iluminado de una tal santa Lilaila (¿les recuerda esto a algo?) que llegó navegando en una barca y fue bendecido por un obispo; con una estirpe de próceres que se remonta a tiempos remotos, vinculados, no por parentesco, sino porque sus nombres coinciden en las iniciales J. B. (no sé si la retranca gallega del autor iría en esa dirección, pero a mí siempre me ha recordado a una marca de wisky); con cierta tendencia a levitar, amparado por la niebla, cada vez que sus habitantes se enfrascan en una preocupación común; con unas lampreas de carne muy apreciada debido a que devoran ipso facto toda materia orgánica que vaya a parar al río; con unos caballeros de la Tabla Redonda que emulan –no a los originales– sino a sus propios antecesores castrofortinos, y cuya misión consiste en contrarrestar a las fuerzas vivas centralistas (o godas, que viene a ser igual); con dudas intermitentes sobre su propia existencia, nunca confirmada del todo en los documentos oficiales.
En una obra tan satírica y divertida, que respira anticlericalismo, aboga por la libertad de las costumbres y critica todo lo criticable -rencillas locales incluidas– lo primero que llamará su atención es que el coctel de realidad y fantasía está presente de principio a fin. Tampoco hay continuidad cronológica, incluso los personajes pueden transmigrar de un cuerpo a otro, es decir, se salta todas las reglas de la lógica y gran parte de las que rigen la literatura canónica. Dicho esto, no esperen encontrar un caos: todo está sabiamente calculado, el autor ha sabido compensar su heterodoxia con un férreo control de la trama, se apoya en tradiciones muy antiguas y en modelos reconocibles. La Galicia mítica está aquí muy presente, el propio autor reconoció en más de una ocasión el influjo de la narrativa oral gallega. Se pueden rastrear también otras influencias: el realismo mágico es lo primero que se nos ocurre, aunque él nunca admitió el menor parentesco con esta corriente. Yo diría que en este caso la magia procede del mito y sirve para interpretar la realidad, pero esta, de algún modo, triunfa porque el escritor apuesta por el racionalismo: lo maravilloso es meramente simbólico y hasta el fundamentalista cura del lugar acaba abandonando sus creencias. Se perciben también rasgos surrealistas, cervantinos e inspirados en la mejor narrativa de la lengua española.
La saga fuga de J. B. podría clasificarse como novela coral a pesar de que tiene un protagonista claro: José Bastida, el último Jota Be a pesar de sus dos contemporáneos. Un hombre afable y sabio, pero feo, extremadamente pobre y acusado de subversivo por la justicia. Debido a su mera existencia, pero también a la evolución que experimenta con el tiempo, su creador –por muy jocoso que se muestre – no puede ocultar que era un sentimental. Es un hecho: cerraremos el libro amando a José. Nos da igual que el desenlace sea tan convencional como es porque, lejos de desentonar con el resto, lo completa, demostrando que en una obra de ficción, todo, hasta la mayor de las locuras, acaba encajando siempre que se tenga la suficiente habilidad. 
Claro que para apreciar todo esto hay que esforzarse un poco, pero garantizo que merece la pena. La prosa es exacta y clara, arcaica solo cuando se ubica en el pasado, su manejo brillante, los diálogos, rápidos y concisos, recuerdan a autores que llegaron después y triunfaron. Pero se salta reglas que tenemos más que asimiladas, como prescindir casi por completo del punto y aparte. Esta práctica, junto al uso tan poco convencional de los recursos, supone, no voy a negarlo, una dificultad añadida. Aunque garantizo que se supera: quien logre ir más allá de las primeras páginas acabará asimilando sus esquemas y la comprensión estará garantizada. Eso sí, no intenten acordarse de todos los nombres ni situar a los personajes desde el primer momento, poco a poco irán familiarizándose con ellos, si no se acuerdan de alguno lo identificarán por el contexto, y si no fuera así no se agobien repasando lo leído: no hay que superar ningún examen, lo único que hace falta es disfrutar.

También de Torrente Ballester; La muerte del Decano

domingo, 21 de abril de 2019

Nikos Kazantzakis: Cristo de nuevo crucificado


Idioma original: Griego
Título original: Ο Χριστός Ξανασταυρώνεται
Año de publicación: 1950
Traducción: Selma Ancira
Valoración: Está bien

Nikos Kazantzakis fue un escritor obsesionado y tenaz. Su empeño era que su escritura influyese, empujase y transformara a sus coetáneos y especialmente a sus compatriotas, los griegos de la primera mitad del siglo XX. Así que buena parte de sus novelas desprenden un afán evidente de servir de espejo, de reflejar la realidad social y moral a la vez que pretenden alentar la toma de conciencia individual para empujar a la acción colectiva. Desde luego, la figura de Nikos Kazantzakis (Heraclion, Creta, 1883 / Friburgo de Brisgovia, Alemania, 1957) se mantiene muy viva en la sociedad griega actual, aunque quizás sus anhelos e ideales de fraternidad, ambición humanística y pureza espiritual no parezcan disfrutar de tanta consideración.

Concebida después de su libro más recordado, Zorba el Griego, Kazantzakis redactó Cristo de nuevo crucificado entre 1948 y 1949, ya instalado en Antibes, en la Provenza francesa, y la novela se publicó primeramente en Suecia y después en Holanda. Una vez derrotada la Alemania nazi en la II Guerra Mundial -y por tanto expulsada también de Grecia, donde dejó un rastro especialmente cruento- los griegos se enzarzaron a su vez en una demoledora Guerra Civil y según explica su esposa Eleni en sus memorias El disidente, Nikos Kazantzakis dudaba en cómo implicarse pues “no sabía que proponer a ese pueblo que ama y que una clase corrompida y rapaz va de nuevo a explotar sin decoro”. Enfebrecido y con un raro proceso de hinchamiento del labio y el rostro, episodio que también le acontece al protagonista de la novela, esas fueron las circunstancias que acompañaron a Nikos Kazantzakis en la redacción de la novela, que tiene mucho de fábula ejemplarizante.

Cristo de nuevo crucificado está ambientada en 1922 en una aldea griega de la Anatolia otomana, poco antes en términos históricos del desenlace de la enésima guerra entre griegos y turcos que acabó en la diáspora de millón y medio de griegos que durante siglos habían tenido su hogar en el Asia Menor. Sin embargo, la novela no recoge este encontronazo, o apenas lo hace como un runrún de fondo. Kazantzakis pone el foco no en el enfrentamiento entre unos y otros si no en el conflicto interno que estalla dentro de la propia comunidad helena y cristiana. La trama echa a andar cuando cuatro jóvenes vecinos del pueblo son escogidos como de costumbre para las representaciones de Pascua. Movidos por idealismo o por la pureza de sus creencias, deciden transformar su elección en acicate para exigirse un mayor nivel de cumplimiento de su fe religiosa. Por supuesto, el conflicto con las rutina social, con el devenir cotidiano de la comunidad y con los intereses de los más poderosos de la aldea –el poder político y el económico, aunque también claro está el religioso- estalla de inmediato, que una cosa es predicar y otra muy distinta dar trigo, como todos sabemos. La llegada de un grupo de refugiados –tan griegos y cristianos como ellos- desalojados de su comunidad y en un estado material deplorable, radicalizará las posiciones y el enfrentamiento. Y se hace inevitable mientras van cayendo estas páginas pensar en los refugiados sirios que –casi cien años después- han vuelto a verse obligados a huir por estos mismos caminos. 

Así que en la aldea de Likóvrisi vuelven a verse las caras y a medir sus fuerzas dos maneras de ver el cristianismo y, por extensión, la vida. Una, sustentada en cuatro pilares sagrados; la fe, la patria, el honor y el patrimonio. Otra, que se identifica con un Cristo pobre y perseguido, que llama a las puertas y no encuentra quien le abra. Un Cristo descalzo que mira los cuerpos hambrientos, las almas oprimidas y alza su voz clamando justicia. Obviamente, a la cúpula de la Iglesia Ortodoxa Griega no le complació en absoluto la novela, y la publicación poco después de La última tentación de Cristo le deparó a Nikos Kazantzakis la excomunión de por vida. Por cierto, al igual que Martin Scorsese llevó al cine en 1988 La última tentación…, también hay versión cinematográfica de Cristo de nuevo crucificado, dirigida por Jules Dassin en 1957 con Melina Mercuri en el reparto y rebautizada como El que debe morir



La novela, reeditada recientemente en castellano con traducción de la mexicana Selma Ancira, que es garantía de rigor y pulcritud, adolece para mi gusto de aristas, de profundidad, de veracidad en definitiva, pues los personajes y sus posicionamientos se me antojan demasiado previsibles y maniqueos, a veces cayendo incluso en la caricaturización. Quizás el autor buscaba en su momento calar en los lectores más sencillos y seguramente lo consiguió, aunque este tono de fábula moralista hace que la historia no haya envejecido demasiado bien; desde luego, la displicencia con la que Kazantzakis trata (o maltrata) a las mujeres tampoco ayuda. Al final queda esa manera tan personal y persistente en el autor de describir y ahondar en el desgarro espiritual y metafísico por entender qué hacemos aquí y cómo deberíamos comportarnos: “pero el cielo le pareció muy alto esa noche, muy alejado del hombre, mudo, indiferente, ni amigo ni enemigo, y se aterró”. Nikos Kazantzakis sigue reposando hoy en una humilde tumba en uno de los bastiones de la muralla que rodea Heraclion, la capital de Creta, en la que se puede leer este epitafio: "No espero nada, no temo nada. Soy libre”. 

Otros libros de Nikos Kazantzakis (también transcrito como Nicos Casandsakis) en Un libro al día: Zorba el Griego, El capitán Mijalis

sábado, 20 de abril de 2019

Vera Brosgol: El fantasma de Anya

Idioma original: inglés
Título original: Anya's Ghost
Año de publicación: 2011
Traducción: Arnau París Rousset
Valoración: entre recomendable (para jóvenes) y está bien (para los demás)

¿Cómo estamos, muchachada? ¿Cómo van los estudios? Bueno, no hace falta que estéis todo el día empollando, pero tampoco va a ser todo guateques, jugar al tenis de mesa y pasearos en mobylette, ¿no, chavales? Dejad algún ratillo para cultivar la mente, y echad un vistazo a las recomendaciones que hacemos en Un Libro AL Día aptas para el público juvenil: novelas de aventuras, historias de Los cinco, clásicos adaptados al lenguaje de los tiempos... ¡Toda una oferta de ocio y ameno conocimiento que vosotras y vosotros, guayabitas y pollastres, no podéis rechazar!

Bueno, vale, lo sé... así no vamos a conseguir que la juventú se interese por la lectura o siquiera por darse una vuelta por el blog, a ver si les llama la atención algo. Es cierto que quienes lo hacemos estamos ya, como diría campechanamente el rey emérito, cerca del pasar por el taller (no todos, empero), unos por nuestra avanzada edad y los más por causa de la mala vida que han llevado, pero aún así, algo podremos hacer para que la chavalada no pase todo el tiempo jugando al Fortnite, cotilleando por Instagram u oyendo K-Pop en el smartphone, digo yo... Pues por ejemplo, se me ocurre, mostrándoles que hay libros como este El fantasma de Anya, una novela gráfica para jóvenes, por no decir un cómic de los de toda la vida... (a no ser que reservemos el término para los superhéroes en cualquiera de sus modalidades... que tampoco).

Para empezar, casi todos los personajes de la historia, salvo dos o tres bastante secundarios, son adolescentes, con la problemática, la forma de relacionarse y hasta de ver las cosas de los adolescentes. La protagonista, Anya, es una chica norteamericana de origen ruso -y apellido complicadísimo- que estudia en una escuela privada de medio pelo, donde no se siente para nada integrada: tan sólo mantiene una cierta amistad con otra chica no demasiado popular, Shioban, mientras que le gusta -cómo no-, el apuesto capitán del equipo de baloncesto, Sean, que a su vez sale con la perfectísima Elizabeth... vamos, todo un drama digno de una serie de Disney. El caso es que un día, mientras, atravesando un parque camino de su casa, divaga acerca de sus acuciantes problemas -entre los que ocupa un lugar no menor la relación con su propio cuerpo-, Anya pierde el pie y cae en un profundo agujero, una sima, en el fondo de la cual encuentra, intacto desde 90 años atrás, un esqueleto.

Esto, lógicamente, le daría miedito a cualquiera, pero más aún porque el esqueleto lleva aparejado un fantasma, el de una chica de su misma edad llamada Emily, con quien Anya, pese a sus reticencias iniciales (comprensibles, hay que decir), comienza una relación de amistad ventajosa para ambas. Bueno, no contaré más; sólo que cuando la cosa comienza a ponerse un poco pastelona, la historia, por suerte, da un giro hacia el "territorio King" (y ahora no me refiero, claro está, ni al campechano ni al Preparao, sino al auténtico Rey del Terror), lo que permite que la narración no se estanque e incluso le concede visos más interesantes que la temática puramente teen. Es decir, que aunque me parece una novela gráfica o cómic especialmente aconsejable para los adelescentes, es perfectamente disfrutable por adultos o por jóvenes que tengan inquietudes culturales más allá de los productos ad hoc que parecen destinados para ellos. Ayuda también, hay que decirlo, la excelente factura gráfica del libro. Vamos, que Vera Brosgol dibuja y compone sus viñetas de maravilla.

Así que ya sabéis, chavalada: si alguna de vosotras o vosotros cae en este inconmensurable blog, aunque sea buscando un resumen de un libro para fusilarlo en un trabajo de Lengua (que ya sabemos que El Rincón del Vago está muy visto), acordaos de echarle un vistazo a libros como éste, que igual os gusta y todo... Que hasta del Fortnite, se acaba cansando uno, ya lo veréis.


viernes, 19 de abril de 2019

VV.AA. Ojos de aguja

Idioma original: varios
Año de publicación: 2000
Valoración: Recomendable (sobre todo para fans del género)

El microrrelato, ya saben, una página o dos, incluso menos, de narración comprimida al máximo, apenas un flash, un impacto. Algo que hay que saber hacer muy bien para que no quede en una simple ocurrencia. Podríamos discutir sobre si es un subgénero, o sobre dónde ubicarlo, hay quien lo considera un formato de segunda división, propicio para quien no es capaz de construir algo de mayor empaque, o para verter una idea aislada que a alguien le parece redonda y autosuficiente. A mí me parece algo quizá más próximo a la poesía que al relato breve, una especie de Twitter donde los límites de la extensión lo son todo: no hay espacio para desarrollar casi nada, sólo debe contener lo imprescindible, y todo ello. 

Ojos de aguja es una recopilación elaborada por José Díaz, y desde luego maestros del género no le faltan, no sé si en el ámbito del microrrelato, pero desde luego sí en el mundo de la literatura en general: Cocteau, Bioy Casares, Kafka, Rubén Darío, Oscar Wilde, Benedetti, Max Aub, y así un montonazo de nombres de esos que impresionan, incluyendo por supuesto a Monterroso, Cortázar y Borges, que se suponen más habituales en este campo, además de otros muchos, menos conocidos. Mayoría absoluta de autores españoles y latinoamericanos. Y claro, hay de todo.

Como tampoco voy a dedicar más espacio de lo que ocupan los propios relatos, dejaré solo unas pinceladas sobre algunos que me han llamado más la atención:
- La preciosa moralina de los hermanos Grimm en El pobre campesino, en el cielo
- El humor negro de García Márquez en la historia de un fusilamiento (sin título)
- La sutileza de un par de relatos de Bioy Casares y Monterroso
- La imaginación de Jose María Merino (Ecosistema) y Ángel Guache (Las apariencias del pintor)
- El experimento interactivo de Luis Britto (Subraye las palabras adecuadas)
- Los relatos que versan sobre estatuas de Juan Eduardo Zúñiga o de Oscar Wilde

Y así podríamos seguir un buen rato, porque tenemos más de cien pequeñas obras (no sé cuántas, porque no hay un índice) visitando el mundo de la fábula, la metáfora, la imagen mínima transformada en historia, el aroma oriental, el juego de palabras o el poder de la página en blanco. Todo lo cual constituye un compendio que recomiendo claramente a los amantes del género, y del que se desprende alguna reflexión sobre esta forma de expresión literaria.

En general, el microrrelato viene a ser una forma literaria sintética en la que prima sobre todo el ingenio, y que en un buen número de casos, seguramente una amplia mayoría, tiene un desarrollo lineal que podríamos llamar tramposo, que lleva al lector por un terreno más o menos convencional hasta que le descoloca mediante un quiebro, el elemento sorpresa que sobreviene muy cerca del final. Es con frecuencia un golpe irónico o una última línea, muchas veces metafórica, que sorprende al lector atacando por donde menos lo espera, alterando de repente la perspectiva o simplemente redondeando con una frase brillante, que parece constituir el objetivo, la esencia misma de lo que se pretendía contar. Por eso, aparte de a la poesía, como decía antes, el formato me recuerda muchas veces a un chiste, dicho sea con el debido respeto a los creadores. 

Aunque no soy lector habitual de microrrelatos, creo que el libro que estoy comentando es un muestrario bastante amplio y entiendo que también de un nivel apreciable como para considerarlo significativo, y aun encontrando textos muy estimables, algunos realmente brillantes, otros divertidos y casi todos sorprendentes, me queda la sensación de que pocos autores escapan de ese esquema al que me refería. Son magníficos los relatos de Borges, de Italo Calvino, de Onetti o de Rubén Dario, por no extenderme más, pero apenas unos pocos se salen de la fórmula y exploran otros terrenos, el Luis Britto que citaba antes, Ana María Shua y quizá alguno de los varios que tiene Cortázar. En este sentido puede que me haya quedado una pequeña decepción. 

Y, como poco menos que profano en el género, me planteo si será que la recopilación en concreto puede haber pecado de conservadora dejando fuera ejemplos más arriesgados, o si a lo mejor estaba esperando cosas que sencillamente no existen.