martes, 26 de septiembre de 2017

Xavier Aldekoa: Hijos del Nilo

Idioma original: español
Año de publicación: 2017
Valoración: muy recomendable

Aldekoa ya me pareció un narrador muy notable en Océano África, hace un par de años, e Hijos del Nilo lo confirma y diría que hasta lo mejora. Y con este magnífico libro se sacude la cómoda pero intimidante sombra de la herencia de Kapuscinki, agradable mochila que puede devenir lastre ante el ojo crítico y que Hijos del Nilo consigue, en el buen sentido, dejar atrás agarrando firmemente el micrófono de la voz propia.
Ya me perdonaréis la contundencia para un primer párrafo en el que solemos presentar de forma lineal a los autores. Pero es que este libro me ha gustado tanto porque no es fácil encontrar voces nuevas que tengan la capacidad de zafarse de sus influencias sin necesidad de que ello parezca una renuncia y sin que tengamos que andar con eso tan trillado de ir más adelante. Aldekoa solo tiene que ajustar un poco con ese intercalado de menciones personales que se le almibara a veces y ya tenemos un cronista de primer orden que hace exactamente lo que se le requiere. Narrar lo que ve sin sesgarlo ni aderezarlo y conducir a su lector a la laguna calma de las propias conclusiones.
En Hijos del Nilo la excusa es el paso por algunos de los países que recorre el Nilo desde sus poco aclaradas fuentes (el lago Victoria, otros ríos) hasta su desembocadura en el Mediterráneo. Y cada uno de esos países, Uganda, Sudán del Sur, Sudán, Etiopía, Egipto, es visitado bajo diferentes guisas por Aldekoa. Ahora es periodista, ahora turista, ahora antropólogo, no porque pretenda engañar a nadie sino por las dificultades que puede plantearse en algunos de esos países, no precisamente democracias, el acceder libremente si las autoridades o sus representantes piensan que no se va a mostrar la mejor de las imágenes. Pero la crítica de Aldekoa no surge de la manifestación de una opinión sino de la pura descripción de sus experiencias a lo largo de este viaje. Con información objetiva sobre la historia de cada territorio recorrido y los hechos fundamentales que configuraron su historia. Así que por el camino encontraremos a personajes siniestros como Idi Amin Dada o Joseph Kony, como Haile Selassie o Nasser o Mubarak, y sabremos de su importancia, casi siempre trágica, en la historia de sus países, todo ello a la vez que conocemos tantos personajes anónimos, periodistas a los que visita, colaborantes, conocidos ocasionales o recurrentes, de los cuales siempre extraemos algo útil y trascendente. La adolescente sursudanesa resuelta en sus estudios, los niños que han sido obligados mediante secuestro y amenazas a convertirse en soldados, los nómadas del desierto, los esforzados ciudadanos que han regresado ilusionados a intentar aportar sus conocimientos adquiridos en el extranjero para ayudar en sus países. 
Hijos del Nilo es un bullidero de anécdotas y situaciones personales pero no se trata de una mera secuencia. El pretexto del paso del río por los países de su cuenca aporta unidad, cohesión, progresión, hasta llegar a ese Egipto cuyos habitantes parecen añorar a Mubarak, una triste y chocante contradicción por cuanto, y esta no es la primera vez que mencionamos este tema aquí, la primavera árabe ha acabado volviéndose en contra de aquellos a los que supuestamente debía ayudar y defender. Muy buen punto final para un libro que debería ("Seguimos", escribe Aldekoa al cerrarlo) constituir un nuevo punto de partida o un nivel más en la obra de un autor que se adivina va a ser importante, o eso merece.

lunes, 25 de septiembre de 2017

Colson Whitehead: El ferrocarril subterráneo

Idioma original: inglés
Título original: The underground railroad
Año de publicación: 2016
Valoración: recomendable

Parece que últimamente estamos asistiendo a una revisión de la historia de América de los últimos siglos, especialmente en clave reivindicativa sobre los derechos de los afroamericanos y su historia, a juzgar por la proliferación de autores de nivel que tratan este tema. Siguiendo esta estela de autores afroamericanos llego, después de haber leído «Volver» (Toni Morrison), «Entre el mundo y yo» (Coates) o «Volver a casa» (Gyasi), a esta reciente publicación de la novela de Colson Whitehead, ganadora del National Book Award en 2016 y del Premio Pulitzer en 2017. No son pocos premios como carta de presentación.

El libro empieza situándonos rápidamente en contexto, narrándonos las raíces familiares de Cora, protagonista absoluta del libro, en las postrimerías siglo XVIII. De esta manera nos expone, en un inicio, la vida de su abuela, siendo como la de muchas esclavas: vendida y revendida, utilizada y usada para trabajar, a manos del mejor postor. Sin ánimo de libertades, ni atisbos de tan siquiera soñar con ellas. Una de las muchas desgraciadas historias del pasado de tantas familias afroamericanas, que arrastran una falta de derechos humanos de generación en generación, hasta que consiguen cambiar la historia. Cora nos cuenta como su madre huye de la plantación donde la tienen esclavizada y, siguiendo su estela, empieza a forjarse su carácter fuerte, en compañía de otras mujeres de la comunidad, creciendo como una mujer valiente y desafiante, defensora de aquello que es suyo, de lo poco que tiene.

En esta primera parte del libro (una de sus mejores partes), el autor nos mete de lleno en una comunidad de esclavos, describiéndonos la vida de sus miembros con gran detalle, definiendo perfectamente un escenario lleno de abusos y vacío de libertades. Un entorno donde los castigos corporales son habituales y donde el miedo está siempre presente en aquellos que solo han vivido bajo la opresión infringida por la tenaza de su amo. Y como ocurre en tantas ocasiones, cuando la presión ejercida es muy fuerte, hay un momento en que algo estalla: la reacción de Cora hacia uno de los amos cuando, al querer defender a un niño de una paliza, provoca que su ira se vuelva hacia ella y la someta a un castigo ejemplar. Este hecho provoca que Cora se decida a escapar de la plantación.

A partir de ahí, y para no entrar en excesivo detalle, el libro nos retrata la huida de Cora a través del ferrocarril subterráneo que hace honor al título, un ferrocarril clandestino creado y mantenido por los abolicionistas americanos. El ferrocarril que consistía en una red clandestina, toma aquí una nueva forma en la novela de Whitehead, conviertiéndolo en un ferrocarril real que permite a la protagonista moverse por diferentes estados de norteamérica. Así, su huida la lleva a distintos territorios que el autor aprovecha para narrarnos las diferentes ramificaciones del racismo existente en la época: nos habla de plantaciones de algodón y esclavitud, nos habla de las pocas libertades de los negros, nos habla del "peligro" que estos suponen para el hombre blanco quienes les ven como mano de obra, pero que, a la vez, temen que un exceso de población negra puede suponer que haya una revuelta, por ser mayores en número; nos cuenta como se intenta controlar la demografía para evitar un aumento de afroamericanos y de un racismo "normalizado" en la sociedad... nos habla, en fin, de las libertades de unos y de la opresión de los otros, de las diferencias entre razas a todos los niveles, y de los derechos, sólo existentes para aquellos que mandan. Para el resto, quedan las obligaciones.

De esta manera, el autor utiliza una historia particular, puntual, para narrar no únicamente las injusticias a las que estaban sometidos los negros sino también el porqué del mantenimiento de la esclavitud durante tanto tiempo. La esclavitud como una lucha de poderes con un telón de fondo económico, que somete, controla y ordena; el sometimiento de los negros esconde, tras una fachada de racismo, un autoconvencimiento para justificar los actos. Y con ello, el enriquecimiento, el poder, el control.

Así, esta novela ofrece una visión renovada de la lucha de los afroamericanos por sus derechos, y la decisión de combatir la esclavitud con la ayuda de aquellos que no la comparten. Un canto a favor de la lucha por la supervivencia, la libertad y el deseo de conseguir un mundo mejor (o al menos igual para todos). La solidaridad entre personas individuales, formando un colectivo para conseguir revertir una sociedad desigual e injusta, gobernada por aquellos quienes las diferencias les van siempre a favor.

La habilidad del autor radica en lograr combinar la realidad existente en la América de principios de siglo XIX con una historia de persecuciones. Hay ecos notables de obras anteriores que probablemente el autor no trata de ocultar: vemos a una Cora convertida en Anna Frank, vemos al caza recompensas Ridgeway como una reconversión de Javert de «Los miserables» de Victor Hugo. Colson Whitehead ha escrito (o deberíamos decir retratado) una historia ocurrida hace décadas, pero no tan lejana en la mentalidad de algunos opresores. Su "guionizable" historia, fácilmente transformable en película (o serie, por los tiempos que corremos) facilitan la formación en nuestra imaginación de cada una de las escenas. La habilidad descriptiva del autor lo permite, y no sería de extrañar que su adaptación fuera una realidad en un futuro cercano. Aunque el libro hubiera podido tener algo más de dureza, el autor prefiere dejar que eso caiga en la imaginación del lector. Si eso es una decisión acertada o no, dependerá de cada uno. Sí echo de menos algo más de profundidad en el retrato de los personajes, matices que nos faciliten la empatía con ellos y los haga más humanos, con sus contradicciones y dudas y algo menos planos, pues encontramos que los "buenos" son "muy buenos" y los "malos", "muy malos". Es comprensible la elección de retratarlos sin claroscuros, puesto que hablamos de un libro de denuncia, sobre el racismo. Pero aún así, echo en falta algo que me acerque a sus personajes y algo más de pluralidad (la historia de Caesar queda algo coja, y podría haberse extendido).

En cualquier caso, el libro nos brinda impactantes imágenes: la utilización de los negros para una recreación histórica a modo de atracción de feria, las escenas de Cora reconvertida en Anna Frank, y el repertorio de atrocidades y abusos cometidos contra los negros. Son escenas duras, impactantes, y que quedan en la memoria durante mucho tiempo. Y eso es bueno porque bienvenidos sean los libros que ofrecen una lectura que, más allá de la propia historia narrada, dejan un poso en el lector sobre el cual aposentar las reflexiones y evitar, en el tema racial u otras injusticias, que tales aberraciones puedan suceder de nuevo (o sigan sucediendo, mejor dicho).

domingo, 24 de septiembre de 2017

Boris Vian: El lobo-hombre

Idioma original: francés
Título original: Le loup-garou
Traducción: J.B. Alique
Año de publicación: 1947
Valoración: Recomendable

Para mucha gente esto del ‘lobo-hombre’ se corresponde directamente con la estimable canción que en 1984 dio a conocer al grupo La Unión. Según se ve en el enlace al videoclip, la melodía tiene un punto de oscuridad y misterio muy manifiesto, que se refuerza con las imágenes de callejuelas parisinas, prostíbulos y delincuentes, donde irrumpe la híbrida criatura. El caso es que la archiconocida canción sintetiza bastante bien el relato de Boris Vian, si bien esa ambientación, aunque muy conseguida, tiene poco que ver con el enfoque del texto original. En realidad ‘El lobo-hombre’ es una especie de brevísima fábula en la que un lobo vegetariano, sumamente educado y culto, sufre una sorprendente transformación en humano. Movido por la curiosidad, se interna efectivamente en la noche parisina que tan bien presentaban Rafa Sánchez y sus chicos, desencadenándose alguna situación curiosa. Pero el tono es más bien paródico, el pobre Denis, al principio estupefacto, asume con buen ánimo su nueva condición y se decide a escrutar sus posibilidades, para finalmente mostrar su decepción terminando en algo parecido a un mensaje moralizador.

Así que, desembarazados del posible prejuicio sobre cuentos de terror, nos sumergimos en una colección de relatos que se moverán en parámetros similares al que da título al libro: extravagancia, buenas dosis de humor, el absurdo, tramas disparatadas y, sobre todo, personajes singulares. Porque, como decía Borges, ‘nadie es imposible’. Para eso Vian fue un ilustre miembro del Colegio de Patafísica, aquella célebre 'escuela' que por encima de cualquier otra cosa veneraba la creatividad, la imaginación, haciendo de lo inútil el corazón del arte, poniendo en valor la excepción frente a la regla. Se podría decir que Boris sigue al pie de la letra esas pautas. Los relatos son casi siempre muy breves y en general presentan elementos inverosímiles incrustados en un argumento banal. La intersección de lo insólito con distintos grados de humor (y distintas tonalidades, a veces más verde, otras más marrón) genera un ambiente en ocasiones bastante rabelaisiano (no sé si se dice así), muy francés.

Apenas encontramos la habitual irregularidad de las colecciones de relatos, y su nivel resulta bastante equilibrado. Tal vez uno de los más potentes es ‘Los perros, el deseo y la muerte’, en el que una misteriosa cantante se deleita atropellando perros y peatones, en un mórbido éxtasis del que se beneficia el taxista propietario del vehículo. La cosa recuerda con nitidez a 'Crash’, la turbadora película de David Cronenberg. Otro de mis favoritos es ‘El pensador’, uno de los más divertidos, donde Vian adorna con sentencias patafísicas al idiota Urodonal Carrier.

‘El mirón’ es quizá el relato más convencional, con un aire inquietante y alejado del tinte desenfadado y mordaz del resto. Pese a que finalmente lo inesperado termina por imponerse, resulta uno de los más sólidos, y deja claro que Vian sabe también desenvolverse en terrenos menos extravagantes. Y así se van desgranando como una docena de pequeñas historias pobladas de caraduras, ladronzuelos, suicidas y enamorados, que antes o después terminan inmersos en situaciones paradójicas, en que se reúnen la mofa y la tragedia como en un gran juego de sorpresas, más o menos afortunadas según las ocasiones.

Y bueno, reconociendo lo tonto de la broma, es imposible evitarla, y más aún tratándose de autor tan aficionado al equívoco: ¿quién le iba a decir a Vian que medio siglo después de su muerte, su doble iba a ser presidente de la República francesa? Es quizá el relato que nunca se le ocurrió escribir.

sábado, 23 de septiembre de 2017

John Higgs: The KLF. Caos y magia

Idioma: inglés
Título original: The KLF. Chaos, Magic and the Band who Burned a Million Pounds
Año de publicación:2016
Traducción: Elena Morán
Valoración: recomendable

Casi 300 páginas sobre un grupo que, técnicamente hablando, publicó un solo disco largo (LP, dos siglas que van desapareciendo), puede parecer desproporcionado, y lo es. Y por muy influyente en lo sonoro y en lo "filosófico" que fuera la banda, a veces en este libro se percibe que Higgs necesita rellenar páginas con cuestiones que, aún viniendo al caso, no dejan de ser circunstancias paralelas cuando, a la hora de escribir sobre música (alguien lo comparó a cantar sobre fútbol), en la nada humilde opinión de quien esto escribe, lo fundamental es hablar de sonido, de canciones, de sensaciones subjetivas al oír éstas. Pero hay que aceptar que The KLF no fueron un grupo al uso, y que, por prolongada y forzada que pueda resultar alguna vez, la puesta en contexto resulta necesaria para comprender los motivos de la prolongada reverencia de cierto sub-sector del mundo underground hacia esta banda.
La cuestión es que a mí, aunque me parezca lógico, no acaba de cuadrarme que título y primeras páginas del libro hagan referencia al hecho que representa uno de los cúlmenes de la banda. Empaquetar un millón de libras (de 1994: eso es mucha pasta), llevarse a un fotógrafo que dé fe, irse a una isla en Escocia, y pegarle fuego. Es muy difícil controlar las reacciones ante un hecho así, porque el común de los mortales (me incluyo) lo encuentra inexplicable y un acto que es muy difícil digerir evitando términos como chulería, estupidez, absurdo, y eso quedándose muy corto. 
Aunque como acto promocional no puede negarse que es de una brillantez que descoloca.
Quizás situar esa escena al inicio del todo esclaviza al resto del libro como una especie de tesis enfocada a explicar el acto, y quizás toda la relación de referencias a hechos culturales, ritos con tendencia al ocultismo o a cierta creencia pagana, muchos etcéteras que cuesta hilvanar, sea un intento excesivo de intelectualizar todo el itinerario de la banda y de sus miembros (Jimmy Cauty y Bill Drummond) cuando otra explicación plausible pero mundana y desprovista de todo glamour sería decir que fueron dos colgados pasados de algún viaje con vete a saber qué substancia, que se encontraron un éxito descomunal que solo supieron finiquitar apostando al máximo por la excentricidad, como si ésta surtiese el típico efecto catártico o liberatorio que experimentan los serial-killers cuando acaban siendo detenidos.
Así, los párrafos que más he disfrutado en este libro son aquellos más convencionalmente cercanos al libro-biografía, con la descripción de su ascenso a la cumbre (hablamos del grupo que vendió más discos sencillos en el mundo en el año 1991), el proceso de producción de sus discos y los sucesivos avatares donde sus miembros ya empezaban a dar pistas de que la historia del grupo y de sus proyectos previos no podía tener un final convencional.
Queda claro, en todo caso, que Higgs está muy informado y toda esa maraña (completada gráficamente) que enlaza a Stonehenge, al Cabaret Voltaire, al movimiento discordante, a Timothy Leary, al pirado de Julian Cope, a los Illuminatus y a unas cuantas piezas oscuras y malditas de literatura apocalíptica puede resultar a veces cargante o a veces excesivamente divagatoria, pero el libro resulta muy ameno, incluso si se le reduce a un mínimo esqueleto de ascensión fulgurante, estancia breve y caída suicida de un grupo actuando en un entorno enrarecido, pero en el fondo, tan pop como uno quiera ver.

viernes, 22 de septiembre de 2017

Colaboración. Margaret Atwood: Nada se acaba

Idioma original: Inglés 
Título original: Life before man 
Traductor: Miguel Temprano García 
Año de publicación: 1979
Valoración: Recomendable 

 Esta novela, finalista del Governor General’s Awards del 1979, me ha gustado. Exhala sensibilidad, sabiduría y lirismo, la prosa es ágil pero compleja, las escenas, inteligentes y conmovedoras, los personajes redondos... Nos acuna mientras nos traumatiza: la separación no sólo rompe familias, sino personas; los triángulos amorosos se expanden, tres vértices se quedan cortos; nadie logrará jamás conocerte del mismo modo que tú crees conocerte... Es innegable que este libro tiene muchos logros. Y, sin embargo, pienso que su ejecución podría haber sido más acertada. 
 Nada se acaba gira en torno a un matrimonio agonizante. La relación de los casados, Nate y Elisabeth, es cada vez más tensa; atraviesan dudas, rencores, autoengaños, infidelidades, penitencias, incoherencias. Elisabeth estuvo con varios hombres. Nate, después de tener a una amante, se enamora de Lesje, con la que empieza una aventura. 
 Los pensamientos de los tres personajes principales son fascinantes, pues son muy humanos. Empatizamos con ellos. Además, fluyen orgánicamente. En un capítulo, por ejemplo, Elisabeth banaliza el que Nate vaya a dejarla, mientras que más tarde admite que no quiere ser abandonada. O Nate, que ama a sus hijas, va a reprocharles que son lo que le ata a su mujer. Lesje se da cuenta, demasiado tarde, de que prefería la rutina de alguien a quien no quería a las incertidumbres que surgen por estar con Nate. 
 Sus conflictos tienen repercusión, y ellos lo saben, de modo que no siempre toman decisiones egoístas, como haría un protagonista de Ray Loriga. Encima, tienen el dilema de no saber qué es justo, pues no comparten la definición de esa palabra, los matices y los intereses lo relativizan todo. 
 Lo que les pasa a estos personajes es que no dejo de verlos como eso mismo; no son personas. Todo lo que dicen, piensan y sienten parece trascendente. Son muy humanos, ya lo he dicho, pero monotemáticos: tristeza, dolor, angustia, melancolía... ¿Acaso una persona no puede experimentar más cosas? ¿Por qué nunca logran nada sin sentir inmediatamente culpabilidad o arrepentimiento? Sólo podemos empatizar con la parte del espectro sentimental más emo.
 Y, ya puestos, ¿sus diálogos y acciones deben ser tan solemnes, tan descaradamente significativos? ¿No pueden respirar, tomarse un café o darse un baño, sin que eso sea tan imprescindible, tan memorable? Son personajes, no personas, porque no hay nada de banal en ellos, nada de cotidiano. 
 Creo que la autora podría habernos hecho padecer más por ellos si no nos hubiera anestesiado con más de 400 páginas de lo mismo, de vulnerabilidad, de sufrimiento, y si hubiera puesto un marcado contraste entre esos momentos oscuros y algunos más felices.  
 La mayoría de secundarios desfilan con la cabeza bien alta. Cada uno de ellos es relevante para el argumento, y muchos son meticulosamente caracterizados. Muriel, la tía de Elisabeth, es mi favorita: está definida desde el principio y aún y así es imprevisible.
 Acabaré diciendo que es la primera novela de Atwood que leo y que, pese a lo que he señalado, me ha despertado el apetito. No voy a esperar mucho antes de hincarle el diente a otra de sus obras, pero no voy a mentir: cruzaré los dedos para que haya algo más de alegría e intrascendencia en sus personajes, además de variedad en el tono global del libro. Mis exigencias se deben a que no veo a ésta escritora, pese a no haber tenido más que una toma de contacto con ella, como puro entretenimiento (al fin y al cabo es candidata al Premio Nobel, y eso sigue significando algo, ¿o quizás ya no?), y por eso me gustaría disfrutarla en su plena potencia. Aunque claro, tampoco es que un mindundi como yo esté necesariamente en lo correcto... 

Firmado: Oriol Vigil

jueves, 21 de septiembre de 2017

Reseña a cuatro manos: Llorenç Villalonga: Bearn o La sala de muñecas

Idioma original: Castellano
Año de publicación: 1956
Valoración: Muy recomendable

La literatura española de posguerra (digamos las décadas de los 40 y 50) se encontraba dominada por obras de marcado carácter realista. Ejemplos claros son "La sombra del ciprés es alargada" o "El camino" (Delibes), "Nada" (Laforet), "Jarama" (Sánchez Ferlosio) o "La familia de Pascual Duarte" y "La Colmena" (Cela). De ahí que la publicación en 1956 de "Bearn o La sala de muñecas", obra culta y refinada de marcado carácter proustiano y absolutamente a contracorriente de las modas de la época, pasase practicamente desapercibida a nivel de público. Se trata de una obra, al parecer, inicalmente redactada en castellano para, con posterioridad, ser traducida por el propio autor al catalán, aunque a un catalán que escapa al canon fijado por la filología barcelonesa pues no renuncia, especialmente en los diálogos, a su variedad salada e informal, propia de los hablantes baleares.

Para entender el origen y el estilo de "Bearn" hay que dedicar unas líneas al autor. Mallorquín, aristócrata y procedente de una familia de "rancio abolengo", Villalonga forma parte de los ganadores de la Guerra Civil, milita en la Falange, ejerce la psiquiatría y frecuenta el Circulo Mallorquín de Palma, la institución donde sólo eran admitidos las gentes de "buena familia" y que todavía hoy en día arrastra una agonizante irrelevancia en la vida social de la capital balear.

Todo esto nos lleva a "Bearn o La sala de muñecas", crónica de la decadencia de un mundo o de una forma de ver el mundo y reflejo de las dos españas de las que hablaba Machado. Estamos en la segunda mitad del XIX (época de inestabilidades políticas en el interior y en el exterior, época de grandes descubrimientos), estamos en la Mallorca interior (alejada por completo de la imagen recurrente de la isla) y estamos ante los últimos representantes de una larga estirpe. Estos representantes son el matrimonio formado por don Antonio de Bearn y su prima doña María Antonia y es el capellán de la Hacienda, don Juan Mayol, quien, en forma epistolar, se encargará de narrar esa decadencia. La narración recrea minuciosamente esa tensión entre una sociedad agrícola, devota, ensimismada y dominada por la aristocrácia y la Iglesia Católica y la aparición de las nuevas Ideas basadas en la Razón, el materialismo, el positivismo científico y las nuevas aplicaciones e instrumentos tecnológicos.

Don Antonio de Bearn, prinicipal protagonista de la novela, es un hombre enigmático, desconcertante, amante de ensueños y desvaríos, capaz de azotar a los trabajadores de la Hacienda y de reverenciar a Diderot o a Voltaire, dócil en apariencia, irreductible en el fondo. Su esposa, doña María Antonia, por contra, destaca por su aparente sencillez y su gran capacidad de adaptación al entorno. Entre ambos está Xima, sobrina de los señores, tercera en discordia y con un papel primordial en el desarrollo de los acontecimientos. Desde la atalaya de su posición -nobles y arruinados- se comportan conforme a sus convicciones, prejuicios y tradiciones: su condición es ser servidos por un pueblo de gentes pobres, ignorantes, toscas, incultas e intrasigentes, con los que conviven y a los que parecen observar y tratar con la misma actitud disciplente y distante que los visitantes de un zoológico, y a los que el autor no otorga ni una pulsión de rebeldia sino una complacida sumisión.

El narrador, el capellán Juan Mayol, criado desde niño por los señores, será quien nos presente los hechos, quien trate de interpretar las acciones de los personajes y quien nos traslade una visión de Bearn (hacienda, no Bearn lugar) como paraíso perdido. Aunque durante todo el relato no deja de insinuarse un lazo más estrecho que el de la mera adopción por parte del Señor, la figura de este narrador atormentado y ambiguo nos ofrece una mirada muy viva a la moralidad y cultura (entendida como forma de relación entre los individuos) de esa sociedad, en la que unos pocos lo podían absolutamente todo y todos los demás debían limitarse a sobrevivir en unos límites -mentales y materiales- tan estrechos como arbitrarios. Un mundo del que Villalonga es absolutamente consciente y del que, por tanto, no hurta a los lectores su irremediable inoperancia y caducidad.

En el primer párrafo decimos que se trata de una obra culta y refinada de marcado caracter proustiano. ¡Que esto no desanime a posibles lectores, ni mucho menos! Decimos culta porque la obra está plagada de múltiples referencias culturales y filosóficas, refinada porque transmite una sensibilidad especial y proustiana por ese continuo recurso al recuerdo y la evocación de un mundo y un tiempo posiblemente perdidos para siempre.

Pese a estos adjetivos que adjudicamos a la obra, no penséis que se trata de una obra "aburrida". De hecho, admite desde interpretaciones sesudas al estilo novela psicológica o novela filosófica hasta interpretaciones más "banales" como la de novela negra (¿crimen?, ¿celos?, ¿pasión?) o la de novela histórica (el París del Segundo Imperio, la Roma de León XIII, la primera República Española, etc). Es, de hecho, una lectura entretenida, reveladora y grata, el retrato de un mundo fenecido con un estilo ágil, mundano y rico y con una perspectiva lúcida y profunda. Por lo que al llegar a la última página, tanto la parte vasca como la parte mallorquina de esta reseña a cuatro manos lo hacen con la sensación de haber disfrutado de "Bearn" y de tener su lectura por muy recomendable.

Fdo: Carlos Ciprés y Koldo CF

miércoles, 20 de septiembre de 2017

Gabriel Rodríguez García: Hasta la última suela

Idioma: español
Año de publicación: 2017
Valoración: está muy bien


Aquí donde ustedes (no) me ven y, sobre todo, mi cuestionable forma física, yo también tengo mi pasado más o menos remoto de aficionado a la montaña, como es preceptivo en algunos lugares. Pero he de confesar que a mí lo que más me gustaba de la actividad montañera  era darme un garbeo entre hayedos, vacas y flores y luego comerme el bocata en buena compañía, más que hacer cima y, tras la foto y el pis de rigor, bajar otra vez a toda pastilla (no digo ya subir corriendo en plan Kilian Jornet, como se estila ahora). (*)

¿A qué viene este párrafo nostálgico y, lo reconozco, totalmente prescindible, como pensarán muchos de ustedes? Pues a que el autor de este libro de relatos, Gabriel Rodríguez, sí que parece ser un montañero merecedor de tal nombre, uno que se dedica a subir montes con más vocación y, sin duda, por razones más profundas y elevadas (valga la paradoja). Como además es escritor, ha tratado de plasmar estas motivaciones y sensaciones en una serie de relatos que se desarrollan, claro está, en plena montaña, protagonizada por unos personajes que, al menos en principio, tampoco se dedican a subirlas  para comerse el bocadillo arriba (con lo rico que está...).

Los cinco relatos componen en conjunto un panorama de diferentes épocas y variantes del alpinismo. Desde el viejo asturiano que recuerda a los pioneros de tal actividad en su pueblo, cuando él era guaje -por los tiempos de la República-, a la adolescente contemporánea enganchada a la escalada de paredes en vertical. Los otros tres cuentos de desarrollan en diferentes puntos del "camino del alpinista", por decirlo así: los Picos de Europa -vertiente lebaniega-, los Alpes y, por fin, uno de los ochomiles más legendarios: el Annapurna. En todos ellos el aspecto técnico de la escalada juega un papel fundamental en la narración; ahora bien, esta circunstancia, y el uso de una jerga tan específica no debe arredrar a los desconocedores de la misma. De hecho, los relatos que a mí más me han enganchado y mantiene, creo, mejor la tensión narrativa, son Las huellas de Gretti (no, no del Yeti) y Here comes the sun, que prácticamente lo único que cuentan es sendas escaladas  y no mucho más -sobre todo el primero-. Los personajes, no obstante, también han resultado muy logrados: una mención merece, por ejemplo, Koldo, el viejo tabernero bilbaíno que aparece en el último relato, Que el fin del mundo te pille bailando.

La pregunta podría ser: ¿Ha conseguido Gabriel Rodríguez dilucidar la razón por la que tanta gente se ve impulsada a subir a sitios donde se juegan la vida y en los que las circunstancias ni siquiera les permiten recrearse a contemplar el paisaje? Pues quizás no, pero no importa mucho: lo que deja claro el libro es que la causa es lo de menos; lo que importa es lo que se hace y no el por qué.  El formar parte, además, de una cordada de escaladores, desde que se comenzó a subir montañas sin tener obligación de hacerlos, de una cadena de historias, algunas ya convertidas en leyenda, que posibilitan que se puedan escribir libros como éste. El vivirlo con libertad, sobre todo.


(*)Quiero aprovechar para expresar mi admiración por don Carlos Soria, que si no es el alpinista y el deportista más grande que hay ahora en el mundo, se le acerca mucho.


Otros libros de Gabriel Rodríguez García reseñados en ULAD:Maestro, extraígame la piedra