Título original: Der Zweite Weltkrieg, 1939-1945: Kriegsziele und Strategie der grossen Mächte
Traducción (versión): José Luis Gil Aristu
Año de publicación: 1982
Valoración: Muy recomendable
Dice Andreas Hillgruber en el prólogo que hay publicados unos cien mil libros en torno a la Segunda Guerra mundial y, teniendo en cuenta que esto lo dice 1982, a día de hoy el número de publicaciones debe ser ya astronómico. En consecuencia, las perspectivas desde las que observar episodio histórico tan aterrador son casi innumerables, y entre todas ellas Hillgruber escoge una especialmente sutil y quizá poco y no muy bien trabajada hasta el momento: los Objetivos de guerra y estrategia de las grandes potencias que lucen en el subtítulo. Es decir, cómo aunque pueda parecer que responden a motivaciones diversas, las decisiones clave de los contendientes estuvieron siempre alineadas con sus respectivos objetivos de poder sobre la mayor parte posible del planeta.
Empezando, claro, por Hitler, cuyos diversos delirios estaban encabezados por la obsesión de hacer de Alemania la potencia mundial que fue antes de la primera Gran Guerra, y llegar incluso mucho más allá. Algo que, dice Hillgruber, no estuvo tan lejos de conseguir, de no haber sido por el fanatismo que le llevaba a imponer el poder absoluto para la supuesta raza aria, la voluntad de extender el territorio más allá de toda medida, y la fijación por imponerse siempre por la fuerza, todo ello al mismo tiempo. Demasiada ambición y fundamentalismo demente que le llevaron a infravalorar adversarios y soñar una Alemania hegemónica en el mundo, aunque sin dejar nunca de anhelar el imposible pacto con su admirada Inglaterra.
Los ‘aliados’ por su parte, tampoco lo fueron tanto hasta que sus intereses convergieron. Los británicos intentaron mantener equilibrios mientras fue posible para no poner en riesgo su imperio, y Estados Unidos remoloneó hasta no verse directamente involucrado por la agresión japonesa. Japón, que tampoco fue socio tan fiable como pudo parecer, enfocado en sus intereses regionales aunque en términos de estrategia global conectase hasta cierto punto con el régimen nazi.
Qué decir de la Unión Soviética de Stalin, líder tan realista y perspicaz como para jugar con maestría a varias bandas, teniendo claro que tenía un enemigo con dos cabezas: la Alemania de Hitler, y las potencias capitalistas (UK y USA). Moscú fue jugando con unos y otros, sacando el mayor rédito posible de las debilidades de sus oponentes, hasta que tuvo en su propio territorio no solo la terrible maquinaria de guerra alemana sino a un invasor que pretendía su aniquilamiento total. Esto transformó su perspectiva del conflicto en una ‘guerra patriótica’ como aún hoy se sigue viendo en Rusia. Pusieron veinte millones de muertos, con mucha diferencia el mayor contingente de la masacre, y su participación fue mucho más decisiva de lo que la propaganda nos ha vendido durante décadas en Occidente.
Todo este conglomerado de fuerzas dio como resultado los famosos acuerdos de posguerra por los que el mundo, y en especial Europa, se repartió en áreas de influencia abriendo la puerta de forma inmediata a la Guerra Fría, entre otros muchos conflictos.
Naturalmente, todo esto son cuatro ideas telegráficas entre la amplia aunque compacta exposición que Hillgruber hace de asunto tan complejo. Lástima que el estilo, algo abigarrado, con frases interminables y cargadas de subordinadas, obligue a retroceder de tanto en tanto, empañando algo la claridad del texto. Aun así, sigo pensando que es un libro que merece mucho la pena, desde luego para interesados en esta parte de la Historia, y en particular para quien desee tener una perspectiva algo diferente de esa etapa.



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