miércoles, 25 de marzo de 2026

Miranda July: A cuatro patas


Idioma original: inglés

Título original: All fours

Año de publicación: 2025

Traducción: Luis Murillo Fort

Valoración: se deja leer

No descartemos que yo no me haya enterado de nada. No basta con abordar la lectura de una novela con buena actitud, en que esta se mantenga hasta un punto lo bastante alto para superar esa cuota personal (hago esos cálculos) del cuarenta y pico por ciento del volumen en que decides que ya hemos llegado demasiado lejos para abandonar ahora. Con alguna reticencia, en especial aquella que surge de los excesos críticos, aquella relacionada con algún premio literario en USA del cual pensabas que debías fiarte. Incluso espoleado por su inclusión en un lugar muy alto en una lista de esas en las que suelo creer a pies juntillas.

Incluso así, la sensación que me ha dejado A cuatro patas solo puedo describirla como una profunda decepción. En especial, porque las expectativas de ese primer tramo del libro han quedado evaporadas de forma, para mí, dramática, conforme he avanzado en su lectura y ya no digamos al finalizar la novela. Momento en que me he preguntado algo parecido a de qué ha ido esto o tanto rollo para llegar aquí.

La novela configura una especie de mosaico de piezas triangulares con un vértice en común: una artista de mediana edad (entiendo que una escultora o algo así, a lo largo de todo el libro no sabremos ni siquiera su nombre) que está casada con Harris, vinculado a la industria musical, en lo que parece una apacible vida de clase media norteamericana, junto a Sam, su hije (la inclusión a ultranza del género neutro a la hora de referirse a Sam ha llegado a ponerme nervioso, y de hecho aún no entiendo ni ese hecho ni su papel como personaje). Un día decide acogerse a un pretexto profesional para tomar el coche y cruzar el país para llegar a New York, una experiencia que desea abordar aunque nunca ha estado tanto tiempo, tres semanas, separada de su familia. En una de las primeras paradas de su trayecto conoce a Davey, un joven empleado de una empresa de alquiler de vehículos, cuya esposa Claire es decoradora y acepta un estrafalario encargo, decorar por veinte mil dólares la habitación de motel en que la protagonista se hospeda una noche, aunque nuestra protagonista decidirá permanecer ahí y detener su trayecto, convirtiendo la habitación en un lugar de encuentros furtivos llenos de deseo y pasión que nunca llegan a culminar. Se supone que ese viaje debe representar una huida, como un consuelo o un divertimento, quizás una aventura. Pero ella continua queriendo a su marido, y llegamos a saber que el parto fue una experiencia traumática, también que sus experiencias sexuales se han repartido entre los dos sexos, que tiene una amiga, Jordi, siempre dispuesta al otro lado del teléfono para que comparta sus experiencias, sus reflexiones, sus inseguridades.

Y ya está: al margen de cómo afecta a su matrimonio lo que ha supuesto esa experiencia efimera, a partir de ahí solo disponemos de una errática reflexión personal salpicada de escenas sexuales explícitas que se supone que tienen que representar en todo momento su ejercicio de la libertad personal, su actitud despreocupada hacia el sexo como ejercicio de liberación - aunque alguna escena roce lo meramente inconcebible - y una serie de prerrogativas que he sido incapaz de descodificar. Se ha obsesionado con Davey, o con el concepto de todo aquello que se prometieron postergar y nunca ha sido consumado. Y en medio de ese desquiciado embrollo, ha dinamitado su relación. 

¿Qué pretende Miranda July que hagamos con todo eso? Cierro el libro y todo se me ha escapado. Seré yo, seguro.

Más novelas de Miranda July reseñadas en ULAD: aquí


martes, 24 de marzo de 2026

Josep Pla: La calle estrecha

Idioma original: catalán
Título original: El carrer estret
Año de publicación: 1951
Valoración: está bien


A veces, em medio de la vorágine prolífica de novedades que inundan librerías, redes sociales y medios de comunicación, hay que saber tomar un respiro. Y volver a los clásicos. Y, entre ellos, uno de los que tenía pendientes era Josep Pla, autor referente de la literatura catalana y uno de sus más importantes representantes en el siglo XX.

El autor, hábil cronista de la sociedad y dotado de una fina ironía, empieza con una rotunda declaración de principios artísticos en este texto a caballo entre novela y crónica social, y que el propio autor reafirma al declarar que «el hecho de que el público crea que les novelas deban tener un argumento no significa que la vida tenga uno. Esta necesidad del público es la que demuestra que la vida transportada el plano literario es una segregación informe, caótica, de imágenes. La fatiga que produce este desbarajuste incesante e incomprensible es el que hace desear una ordenación y una coherencia, a pesar de que sea artificial y totalmente inverosímil». Así, el autor ya deja claro lo que nos encontraremos (y también lo que no) en este texto y establece su intencionalidad y propósito a la hora de escribir este libro.

Fiel a su estilo característico basado en el retrato de la sociedad catalana de su época, Josep Pla despliega sus recursos literarios consistentes en la simplicidad, accesibilidad y claridad, para mirar y narrar la sociedad con un punto de ironía, pues su prosa destaca por la aparente sencillez de un lenguaje que, si bien denota que es de otra época, consigue que fluya de manera natural para desarrollar un argumento que es en sí de una diáfana llaneza: un señor de mediana edad se traslada a vivir a una pequeña localidad para ejercer como veterinario del pueblo tras la defunción de su antiguo encargado. Para ello, se establece en primer lugar en una pequeña posada, pero tras hablar con la viuda del veterinario decide instalarse en un piso situado en una calle pequeña del pueblo. A partir de esta sencilla premisa, el protagonista (narrador en primera persona) nos relata su día a día, sus conversaciones con la gente del pueblo y sus reflexiones sobre los aspectos cotidianos. 

Con un lenguaje sencillo y afable, como si fuera nuestro abuelo el que nos contara la vida de tiempos pasados, el autor nos traslada el día a día de un pueblo y lo hace con mucha cercanía y altas dosis de cotidianidad en una lectura que se hace entrañable, amena y próxima, mientras a su vez hace un retrato de las clases sociales existentes: burguesía, payeses, clase obrera. Así, el libro refleja las costumbres de los pequeños pueblos y su día a día, ocupando el tiempo con sus habladurías, sus pequeños intereses, chismorreos y pequeños acontecimientos. La vida que refleja es la propia de esas pequeñas aldeas, donde el peso del relato recae más en los pequeños detalles del día a día y las conversaciones que suscitan que no en una historia de peso que sostenga la narración. A su vez, y a través de estas pequeñas situaciones cotidianas, el autor también refleja las costumbres propias de la época como, por ejemplo, el hecho de que se espere que las mujeres encuentren marido y formen una familia, algo que se evidencia cuando, ante una mujer joven, uno de los personajes» le comenta que «te conviene (…) es buen chico. Tiene un oficio. Es trabajador». Por contra, aquellas mujeres solteras parecen incomodar al resto del pueblo que las ve no sé si como una amenaza o como un elemento ajeno a la sociedad.

Así, con un ritmo pausado, contemplativo (aunque quizás demasiado rutinario), Josep Pla se entretiene en la vida de las personas, en sus movimientos, en sus idas y venidas en los que se percibe ese elemento de secreto y de misterio de los pequeños pueblos que se nutre de suspicacias y recelos,  algo que uno consigue ocultar con el más simulado interés en las grandes ciudades (porque la propia densidad humana hace que los misterios que arrastran las personas sean invisibles), pero que en los pueblos donde el mundo se conoce es más difícil pues las noticias reales (o especialmente las imaginadas) que uno tiene de la otra gente son abundantes, innumerables y causa que en la vida en un pueblo uno tenga la sensación de sentirse observado, de sentir que existen siempre unos ojos que nos miran diluyendo así la vida privada y generando una atmósfera que para algunos es motivo de distracción mientras para otras es de asfixia especialmente para los recién llegados, algo que el protagonista constata «cuando uno cae en un pueblo en una de estas reuniones formadas por vivos. La forastería queda muy remarcada. El forastero tiene un aire de intruso en los primeros días es aceptado porque la novedad que implica su presencia distrae» porque «no hay ningún ser humano no hay nada que esté totalmente desprovisto de interés el teatro del mundo tan basto y diverso, tan matizado y sorprendente que sacar un rato cada día la cabeza por la ventana constituye un inagotable divertimento».

Con todo ello, y a pesar de que no se trata del tipo de literatura que acostumbro a leer y no es de las que encajaría dentro de mis preferencias (de ahí la valoración), sí que destaco de esta lectura la ironía que despierta Josep Pla a la hora de retratar los diferentes personajes que pueden existir en un pueblo pequeño, pues el autor afina su crítica cuando la dirige a ciertos aspectos a la sociedad, ya sea los chismosos, los que van de sabios, los ricos, los que tienen aspiraciones. El actor es hábil en la crítica y tiene momentos realmente ácidos y punzantes cuando dirige su mirada a estos personajes en un texto que va de menos a más de manera análoga a lo que le sucede a su protagonista, y es que uno al leerlo tiene sensación de que primero tiene que tomar el pulso al pueblo y después, una vez ya entra en conocimiento de las diferentes circunstancias y situaciones, puede empezar a ver los matices de cada uno de los personajes. Por ello, la lectura se disfruta realmente cuando ya el lector se ha puesto en situación y puede ver con los ojos del mismo protagonista las diferentes tipologías de ciudadanos y sus puntos fuertes y, especialmente, los débiles.

También de Josep Pla en ULAD: Viaje en autobúsUn viaje frustrado / Contrabando

lunes, 23 de marzo de 2026

Luis E. Iñigo Fernández: Historia de los perdedores

 Idioma original: español

Año de publicación: 2022

Valoración: recomendable


El fundamento de este libro gira alrededor de una frase de George Orwell que se cita en el prólogo: "la historia la escriben los vencedores". Como señala el autor, este comportamiento es parte de la naturaleza humana y el resultado siempre nos ha llevado de una u otra manera al mismo punto: la injusticia.

El profesor Iñigo Fernández se propone, humildemente, "reparar esa injusticia, dando voz a quienes se han visto privados de ella, llevando a los lectores una visión equilibrada de su pasado y reconociendo su aportación, en ocasiones ingente, al acervo colectivo de la humanidad. Con ello seremos todos -vencedores y vencidos- quienes saldremos ganando, pues olvidarlos a ellos es olvidar también una parte de nosotros mismos".

Para conseguir ese objetivo el autor divide el libro en veinte capítulos, cada uno de ellos dedicado a un colectivo que ha sufrido el maltrato de la historia, y ordena su análisis de una forma cronológica. Comienza con los primeros perdedores, los neandertales, y concluye con los últimos, las víctimas de la globalización. Entre medias desfilan esclavos romanos, cátaros, templarios, obreros, judíos, mujeres, homosexuales o ancianos, entre otros. Todos ellos encuentran hueco en la investigación de Iñigo Fernández que nos demuestra que el papel de estos colectivos, cuya relevancia se ha minusvalorado o ignorado en la historia oficial, forma parte activa del progreso de la humanidad.

Es un libro bien estructurado, riguroso en su enfoque y de amena lectura. Quizás al tratar un tema tan complejo y estudiar tantos colectivos y periodos nos pueda resultar algo superficial en algún caso, pero el enfoque es el de un libro de consulta y en el epílogo disponemos de abundante bibliografía recomendada para ampliar el estudio de aquellos capítulos que nos interesen.

Después de leer este libro deberíamos ser capaces de reconocer esas injusticias y hacer todo lo posible para no volver a cometerlas. Desgraciadamente los telediarios nos muestran lo contrario y nuevos colectivos  se siguen sumando a la triste historia de los perdedores. Y eso, como señala Iñigo Fernández, solo puede traer aparejado: "ansiedad, envidia, rabia y desconfianza en las instituciones".

Como decía Ruiz de Santayana "quienes no pueden recordar su historia están condenados a repetirla". Pues en esas estamos, repitiendo lo peor de nuestra historia. No parece que hayamos aprendido mucho de nuestros errores.




domingo, 22 de marzo de 2026

Thomas Ligotti: Mi trabajo todavía no está acabado. Tres cuentos de horror corporativo

Idioma original: inglés
Título originalMy Work Is Not Yet Done. Three Tales of Corporate Horror.
Año de publicación2002
TraducciónMarta Lila
Valoraciónse deja leer 

La verdad de las verdades, llegué a este libro solo por el comentario de Juan acerca de la portada del libro de las entrevistas a Ligotti. Ese día me reí muchísimo, así que mis agradecimientos a mi compañero por alegrarme la tarde. 

Dicho lo cual, qué decepcionante este libro de cuentos. Es cierto que el terror es uno de los géneros más difíciles de escribir, y más en estos tiempos, pero lo que menos me esperaba era una mezcolanza entre lo sádico, lo bizarro y lo onírico en donde ninguna de las tres partes consiguiera destacarse. 

Vamos a desglosar uno por uno los tres cuentos. Bueno, técnicamente el primero es una novela corta. Mi trabajo todavía no está acabado trata sobre Frank Dominio y de cómo lleva años trabajando en la empresa. Cuando empieza la novelita, forma parte de un grupo en el cual todos son los representantes de sus áreas, y cada uno es más tonto y sádico que el otro. Y acá es donde ya comienza a hacerme ruido. Si bien el subtítulo de este libro es Tres cuentos de horror corporativo, me parece una falta de sutileza importante caracterizar a los demás trabajadores (todos chupamedias del gran jefe Richard, un personaje que surfea entre la condescendencia hacia Frank y el egoísmo y cinismo más frío) como inútiles superficiales que solo buscan destruir a su compañero. Por supuesto que existe gente así, y es la mayoría por lo general, pero en esta ocasión me parecieron un compendio de estereotipos. Sospecho que Ligotti busca ese efecto precisamente por lo que ocurre después, cuando la trama llega a su nudo.

Motivado por una gran idea, Frank la presenta al resto de su grupo y solo obtiene unos comentarios de compromiso, todo para que a los días descubra que Richard se apropió de su idea. A partir de ahí, nace en su mente la idea de matarlos, pero terminan atropellándolo y dejándolo en una cama mientras su consciencia cobra vida como un ente aparte que obtiene poderes para eliminar a todos aquellos que lo maltrataron en su vida. No puedo contar más, pero es justo este cambio de decisión, a primera visa original, lo que termina por desbarrancar a la novela. Se convierte en una sumatoria de ejecuciones (bien planteadas, pero que al final no son para tanto, porque uno, como lector, no obtiene placer ante las muertes de los compañeros estereotipados) y se acumula una tensión por lo que sucederá entre Frank y Richard que se resuelve de manera decepcionante. Casi me hizo pensar en por qué había leído un centenar de páginas de prosa alucinatoria y desconfiada y escenas con efectos especiales de clase Z.

El siguiente cuento, Tengo un plan especial para este mundo, tiene un tono más ominoso. El mal (o al menos la brutalidad empresarial) es más abstracto, y la crítica hacia la estructura de un mundo competitivo funciona mejor por el hecho de situarlo en una ciudad casi incognoscible, una especie de Gotham (de hecho la ciudad, antes de la llegada de la empresa, se llamaba Ciudad del Crimen) sin justiciero, donde existe una niebla amarilla que, en aquellos lugares donde se hace más densa, conlleva asesinatos macabros, y a medida que la empresa se asienta o se relocaliza, como mencionan algunos empleados, en la ciudad (y hasta le cambia el nombre a Ciudad Dorada por temas de publicidad) los supervisores empiezan a morir de manera despiadada. En esta ocasión el giro me pareció menos efectista y algo más acorde a la trama, ya que el elemento de la niebla amarilla juega a su favor, y el hecho de que el narrador contemple todo de forma desapasionada también ayuda, pero la falta de desarrollo, o mejor dicho, el excesivo desarrollo de la trama y la falta de un sentido o de un clímax, hace que termine con sabor a poco y hasta algo confuso.

El último cuento, La red de las pesadillas, es el más experimental. Ligotti utiliza anuncios empresariales y comerciales para ir contando la historia de una empresa llamada OneiriCon, cuyo auge, expansión y caída se va fundiendo con la necesidad de pervivir bajo la fusión con una compañía rival. Si bien este cuento tiene trazas de originalidad, su tono frío y posmoderno hace que el lector se mantenga alejado y casi sin interés acerca por lo que le está contando. De hecho, es más un relato que otra cosa, una demostración del mecanismo de una empresa que no aporta a lo que todos sabemos, más cuando ya existen escritores como Foster Wallace que logran abarcar y desarrollar matices más profundos acerca del ambiente empresarial.

En definitiva, me pareció un libro pasable. El tono y prosa delirante de Ligotti (los dos primeros comparten casi al mismo narrador, si bien en el primero el personaje es más sacado y paranoico y el segundo más formal) no es suficiente para sostener unas historias donde pesa mucho más la forma que el fondo, historias centradas en generar un ambiente de incomodidad que en aterrorizar de forma certera.

Más de Thomas Ligotti: La fábrica de pesadillas

sábado, 21 de marzo de 2026

Jordi Sevilla: Manifiesto por una democracia radical

Idioma original: castellano

Año de publicación: 2024

Valoración: Está bien


Mientras escribo esto, hace ya algún tiempo, me entero de que Jordi Sevilla, que fue ministro y asesor del expresidente Rodríguez Zapatero, está presentando un manifiesto (que no es este del que vamos a hablar) de carácter crítico con la trayectoria reciente de su partido, lo que, como era de esperar, le ha supuesto empezar a recibir palos de algunos dirigentes poca dados al debate y la reflexión. Así que parece que a nuestro autor de hoy le gusta eso de escribir manifiestos y presentar propuestas o puntos de vista personales sobre la política, el mercado, el socialismo o la situación internacional, lo que se puede corroborar observando su bibliografía de los últimos diez o quince años.

El pasado 2024 Sevilla publicó este Manifiesto por una democracia radical de sonoro título que, qué quieren que les diga, tiene el aspecto de algo refrescante y vitamínico en este comienzo de 2026 cuando todo parece encresparse hasta el límite, vemos tambalearse la convivencia y desaparecer las estabilidades de décadas pasadas, arrastradas por la polarización, la corrupción y la mentira. Sin ánimo de ponerme apocalíptico, cuando los adversarios o discrepantes se convierten en enemigos a eliminar (aunque sea, de momento,  políticamente) y el mundo pasa a ser gobernado por payasos sin escrúpulos y con muchas armas, que alguien hable de recuperar principios y superar trincheras merece por lo menos unas horas de lectura.

Lo más valioso del libro es en mi opinión el análisis, que seguro que Sevilla ya ha expuesto en algún texto anterior, sobre cómo hemos llegado hasta aquí. Me parece brillante su exposición sobre la ‘revolución’ conservadora de los años 80-90 del siglo pasado, el derrumbe del sistema soviético y la convicción, bastante generalizada, de que finalmente el capitalismo (en su versión más feroz) había finalmente triunfado en el mundo. Desregulación y globalización traerían progresivamente y de manera natural la democracia al mundo entero, y así, tan sencillo, parecía llegado el ‘fin de la Historia’. 

Otra cosa es que todo esto, que tampoco tenía en cuenta la cultura y la idiosincrasia de más allá de las fronteras de Occidente, se fuese fraguando en manos de un mercado salvaje que no tardó mucho en reventar las costuras con la crisis financiera de 2008, que dejó millones de damnificados en las clases medias y trabajadoras, germen de algunos fenómenos que después han seguido engordando. El principal de ellos el populismo, al que el autor dedica buen número de páginas, y sobre el que no creo necesarias mayores explicaciones: también de izquierdas, pero sobre todo de ultraderecha, es una ola que recoge el descontento que se había ido enquistando y, con tintes mesiánicos y eslóganes sencillos dirigidos a lo emocional, provocan la polarización cada vez más extrema, con el disparate, el alarido y el eslogan como guías de la acción política.

Me sorprende hasta cierto punto que el libro ignore prácticamente por completo fenómenos de nuestro tiempo que han podido también contribuir (en realidad o como excusa) a este auge del populismo, como el terrorismo islamista o los movimientos migratorios, pero quiero entender que Sevilla ha querido ser muy cauteloso con estos temas, sabedor de que en su target lector (gente progresista, liberales, con ciertas convicciones humanistas) son asuntos que pueden resultar bastante espinosos.

Pero claro, lo que nos interesa son sobre todo las recetas, la fórmula para avanzar hacia eso que llama democracia radical, que suponemos que es un estadio evolucionado del viejo sistema occidental, la democracia parlamentaria, liberal, el Estado de Derecho, un paso adelante para recuperar sus principios básicos y la conexión perdida con la ciudadanía. La verdad es que aquí el Manifiesto se pone un poco melifluo y no ofrece novedades demasiado llamativas: mayor transparencia y supresión de privilegios de los políticos, avances en la igualdad social para que la democracia tenga una base real, profundización en el feminismo, búsqueda de consensos contra el cambio climático, liberación del mandato imperativo, correcciones en el mercado para reducir la desigualdad, gobernanza transnacional (¿¿¿¿????). 

Salvo algunas alusiones más concretas referidas específicamente a España (ciertos cambios constitucionales) todo suena a generalidades tantas veces escuchadas, derroche de voluntarismo idealista, todo bien razonado y a veces innecesariamente repetido, pero con escaso anclaje con la lamentable realidad actual, como sacar la paloma con la rama de olivo y entonar himnos a la paz en medio de una lluvia de misiles. Creía uno, ingenuamente desde luego, que se podría encontrar alguna propuesta, ideas que invitasen a engancharse a una posibilidad de salir de este marasmo, una luz entre el humo que se vende y el fango de la sobreactuación, pero me temo que si queremos algo más que buenas intenciones habrá que buscar en otros sitios. 


viernes, 20 de marzo de 2026

Alfred Kubin: La otra parte

Idioma original: Alemán
Título original: Die Andere Seite. Ein Phantasticher Roman
Traducción: Juan José del Solar
Año de publicación: 1909
Valoración: Obra maestra (aunque irregular y no necesariamente recomendable para todo el mundo)

La otra parte es una obra maestra de la literatura fantástica. El austríaco Alfred Kubin, conocido dibujante, grabador y pintor de estética expresionista, la escribió, al parecer, de manera convulsiva durante una crisis creativa como artista plástico.

Cubre la llegada y estancia de tres años de un narrador innominado en el Reino de los Sueños, un país fundado por por Claus Patera, amigo de juventud del protagonista. El Reino de los Sueños destaca por sus peculiares habitantes, costumbres, vestimenta, geografía, arquitectura, economía, etc... 

Aunque la novela arranca con algún que otro elemento maravilloso que roza lo mágico, no es hasta la segunda mitad que adquiere un marcado tono entre fantástico y onírico (o, mejor dicho, pesadillesco), y en su clímax ya se decanta abiertamente por lo espectral y apocalíptico. 

De ella me han sorprendido varias cosas:

  • La innegable calidad de su prosa (sensible o vigorosa según se tercie, demuestra que Kubin era tan hábil con la pluma como con el lápiz, el buril o el pincel). 
  • Su innegable creatividad.
  • Su lograda atmósfera (surrealista, difusa, inquietante y tenebrosa). 
  • Su absorbente argumento (salpicado de escenas memorables en su composición visual)
  • Sus fascinantes misterios (sobre todo el que cuestiona si Patera es el titiritero que mueve los hilos o una marioneta más). 
  •  Sus irrepetibles personajes (apenas perfilados, pero visualmente distinguibles los unos de los otros y capaces de dar mucho juego al interactuar entre ellos).
  • La frescura que aporta al conjunto la aparición de Hércules Bell, el americano que se opone a Patera y pretende destruir el Reino de los Sueños. 

A todo lo anteriormente mencionado hay que agregar que La otra parte resuena particularmente con mis gustos como lector. A fin de cuentas, abunda en ideas extrañas, siniestras y terroríficas, presenta ocasionales destellos de humor negro y, en ciertos apartados, recuerda sobremanera a Franz Kafka (quien, de hecho, se inspiró en el universo de Kubin).

La novela puede interpretarse de muchas maneras; por ejemplo, como una desencantada fábula sobre el poder absoluto, la pérdida de la fe en la divinidad, lo azaroso del destino del hombre, lo postizo de las utopías, el colapso de las civilizaciones o lo infructuosa de la búsqueda de sentido. 

Apenas le pondría algunos reproches (minúsculos, advierto) a La otra parte

  • Que su voz narrativa se toma ciertas licencias (como por ejemplo mimetizarse con la perspectiva de Bell en un único capítulo) que escapan a las atribuciones de la primera persona.
  • Que su argumento a veces se estanca.
  • Que determinadas escenas carecen de transiciones. 
  • Que no separa unos cuantos párrafos en la tercera parte, capítulo VIII, que respirarían y se sentirían más orgánicos si así fuera.
  • Que emplea de forma desconcertante el verbo evolucionar en las páginas 267, 271 y 274.
  • Que su final se desinfla un poco (no porque le falte fuelle, sino porque no podemos evitar compararlo injustamente con la majestuosidad de aquello que lo precede).
  • Que se cierra con un capítulo abstracto que intenta dar (sin mucho éxito, a mi modo de entender) empaque al conjunto referenciando el dualismo pendular, concepto que aparece un puñado de veces a lo largo del texto pero que nunca acaba de cuajar.

En resumen: la novela de Kubin es a todas luces fruto de un talento artístico monstruoso. Pese a que tiene alguna aspereza, no creo que funcionara igual de bien si se la puliera respondiendo a criterios puramente literarios y narrativos. Y es que su textura irregular emula perfectamente a la de los sueños, con su lógica interna aplastante, su inquietante familiaridad y su esquivo significado y simbolismo.

La edición de La otra parte que yo he leído se la debemos a Siruela. Tiene tapa dura e incluye las cincuenta ilustraciones que el propio Kubin le dedicó a esta historia. La única pega que le pondría es que la imagen de la cubierta, un dibujo del autor titulado El último rey, está algo pixelada.


jueves, 19 de marzo de 2026

Contrarreseña: Hamnet de Maggie O'Farrell

Idioma original: Inglés

Título original: Hamnet

Traducción: Concha Cardeñoso

Año de publicación: 2020

Valoración: Recomendable

Primero, coincido con la reseña original en lo esencial: la novela está bellamente escrita. Se percibe el trabajo y la atención al detalle en cada página. No tengo ningún reparo en lo que respecta a la forma. Si acaso, se ha elogiado mucho el ritmo y el uso de los saltos temporales; a mí me parecen un recurso innecesario, aunque no por ello le resten valor a la obra.

Mi problema con el libro va más allá de lo estrictamente literario. Tiene que ver, más bien, con el uso de un personaje histórico para manipular al lector. Y esto ocurre tanto en el plano del argumento como en el de la campaña publicitaria de la novela.

Para explicar el primer punto, puedo recurrir a otra obra como comparación. Cuando se estrenó Joker, de Todd Phillips, se utilizó un personaje conocido por todos para contar una historia determinada. Sin embargo, esa película bien podría haber narrado la vida de cualquier individuo desajustado (ahí está, por ejemplo, Taxi Driver) sin necesidad de encajar a la fuerza al Joker en ella (las partes que se entrecruzan con la historia de Batman no tienen ninguna relevancia). Pero el hecho de que sea el Joker garantiza las salas de cine llenas.

De igual manera, Hamnet podría haber sido simplemente la historia de un niño y de su madre. No cambiaría gran cosa si el padre fuera un granjero analfabeto cualquiera en vez de Shakespeare. Como en el caso de Joker, esa elección obliga a la autora a forzar ciertos elementos de la historia sin que ello resulte realmente necesario. En el posfacio, Maggie O’Farrell cuenta que decidió incorporar la historia de la epidemia para dar un sentido más ominoso a la muerte de Hamnet, pero esa decisión acaba sintiéndose añadida desde fuera, como una carga de significado que la novela no necesitaba para sostenerse.

Claro, en la ficción se valen muchos trucos, pero aquí el truco acaba por volverse el centro mismo de la propuesta. No estamos ante una novela que necesite de Shakespeare para pensar mejor el duelo, sino ante una novela que usa el nombre de Shakespeare para intensificar artificialmente su resonancia. El lector no solo lee la tragedia de una familia: lee, sobre todo, la tragedia de la familia de Shakespeare. Y esa diferencia importa, porque introduce de entrada una carga emocional y simbólica que la obra no se gana del todo por sí misma, sino que hereda del prestigio histórico y cultural de sus personajes. 

Dicho de otro modo: O’Farrell no parte de una situación novelesca y la desarrolla hasta volverla conmovedora, sino que parte de un material que ya llega rodeado de aura. El hijo muerto de Shakespeare, la posible cercanía entre Hamnet y Hamlet, la esposa relegada por la historia oficial, el genio ausente en Londres mientras la tragedia ocurre en un pueblucho. Todo ello compone un dispositivo casi perfecto para predisponer al lector a la emoción, a la reverencia y a la interpretación.

Y ahí entra el segundo punto: la campaña alrededor del libro. Porque Hamnet no se vendió solo como una novela notable, sino como una especie de revelación íntima sobre Shakespeare; casi como si O’Farrell hubiera iluminado una zona ciega del canon y devuelto voz a quienes la historia había silenciado. Esa operación es muy eficaz comercialmente, desde luego, pero también es discutible. No se nos ofrece únicamente una ficción: se nos invita a leerla con el prestigio suplementario de estar rozando una verdad emocional sobre el mayor escritor en lengua inglesa. La novela se beneficia así de un doble blindaje: por un lado, el prestigio literario de su prosa; por otro, el magnetismo casi inagotable de Shakespeare.

Mi objeción, entonces, no es que O’Farrell ficcionalice una vida ajena (la literatura lo ha hecho siempre y lo seguirá haciendo), sino que aquí la ficcionalización parece menos interesada en interrogar el pasado que en apropiarse de él para producir un efecto reconocible y rentable. Se toma una grieta de la historia, un dato sugestivo, y se construye a partir de él una maquinaria sentimental muy afinada. Pero una cosa es imaginar y otra explotar. Y en Hamnet, a ratos, la frontera entre ambas se vuelve borrosa.

Por eso tampoco termino de comprar una de las ideas más repetidas en torno a la novela: que rescata del olvido a Hathaway. En realidad, no rescata a una mujer histórica, sino que construye un personaje híbrido a partir de sensibilidades contemporáneas. Esa Agnes intuitiva, casi telúrica, ligada a los saberes naturales, marginada por un entorno masculino y por la posteridad del marido, responde demasiado bien a cierta imaginación actual del pasado. Es un personaje eficaz, sí, y por momentos incluso poderoso, pero también calculado. Más que una figura descubierta, parece una figura diseñada para encarnar una reivindicación legible y emocionalmente atractiva para el lector de hoy.

Nada de esto significa que la novela no funcione. Funciona, y muy bien, en muchos pasajes. Hay escenas de dolor, enfermedad y duelo que están narradas con una sensibilidad indudable. Pero precisamente por eso me resulta más frustrante: porque debajo de esa prosa excelente percibo una operación oportunista. Como si el libro no confiara del todo en la fuerza de su propia historia y hubiera necesitado apoyarse en la celebridad de Shakespeare para volverse imprescindible.

Pueden leer la reseña original aquíHamnet

Otros títulos de esta escritora reseñados en Un Libro Al Día: Tiene que ser aquíLa primera mano que sostuvo la míaEl retrato de casada