lunes, 30 de septiembre de 2019

Fernanda Melchor: Aquí no es Miami

Idioma original: español
Año de publicación: 2013
Valoración: muy recomendable

Tenía un recuerdo algo difuso, que leer la reseña que escribí en su día ha refrescado, de Temporada de huracanes, brillante novela de esta escritora mexicana. Aquí no es Miami es un libro publicado con anterioridad, y no representa un cambio radical de registro, incluso podríamos hablar de una relativa línea de continuidad, especialmente en lo que concierne a la primera parte del libro, relatos más asentados en el costumbrismo e incluso con cierta aura de leyendas populares, vagamente evocadores de determinada simbología local, como tomados de tradiciones orales relativamente extemporáneas, y con fuertes vínculos geográficos. Melchor escribe mucho sobre casas abandonadas, sobre crímenes y violencia de ámbito privado y de circunstancia carnal. Podríamos decir que esa primera parte asociaría más a la autora con cierta generación de escritoras latinoamericanas jóvenes que han usado el relato o la novela corta (Enríquez, Schweblin, Ojeda, Meruane) para apelar a realidades incómodas cuando no directamente tétricas. Escritoras que hablan de sexo y de rituales macabros, de dolor y de violencia explícita.
Pero segunda y tercera parte representan una cierta ruptura con este teórico lugar común. Los hechos, que han ido enlazándose tímidamente en leves alusiones en los primeros cuentos, no cambian de escenario. Veracruz, lugar de origen de la escritora, muta, tras La casa del estero, portentoso relato central del libro, maravillosa confluencia con ecos de King, Lovecraft, Danielewsky, e incluso cierta tradición cinematográfica de terror de los últimos años 70, y se sitúa en un Veracruz actual, más de realidades que de recuerdos, más de crónica que de evocación, más de puerto internacional de llegada de contenedores que de ciudad que es un enlace de antiguas aldeas, y esa violencia íntima sale a la calle y se torna pública y televisada porque hemos leído a Don Winslow y visto Breaking Bad o Narcos y sabemos de las correrías de los grandes grupos de la droga. Y lo público y televisado ha de ser un espectáculo aunque sus víctimas sean anónimos vecinos, anónimos empleados de supermercado, anónimos oficinistas depurados por las regulaciones de empleo de la crisis. La tercera parte del libro escenifica una sociedad actual gobernada por el crimen, la corrupción y la impunidad. Sean nombres impostados, reales o aproximados, el terror sale de las casas y de las escaleras a los sótanos e irrumpe a plena luz del día, a las playas, a los centros comerciales, a casas o vehículos que están en medio de balaceras.
Pues bien, Fernanda Melchor me ha convencido, si cabe, aún más aquí. Directa, dura, con méritos literarios mucho más que notables (por ejemplo, el párrafo imparable en La vida no vale nada) y con un conocimiento muy solvente de diferentes recursos narrativos, transcribiendo diálogos como Rulfo o Vallejo, extendiéndose en lo descriptivo e inmersa en cierto juego psicológico, aportando aires de crónica policial, prácticamente todo lo hace muy bien y desde luego, autora a seguir muy de cerca.

domingo, 29 de septiembre de 2019

Emilia Pardo Bazán: Siete cuentos de misterio

Idioma original de los relatos: Español
Año de publicación del audiolibro: 2005 
Valoración del audiolibro: Se deja leer

Emilia Pardo Bazán (1851-1921) publicó, además de obras maestras, textos de cuestionable calidad. Los relatos compilados en el audiolibro Siete cuentos de misterio vendrían a ser una prueba de ello. Y es que estas historietas de suspense son bastante mediocres. 

En primer lugar, porque son previsibles. No hay giros originales ni subversión de expectativas en ellas. Algunas sabía de antemano cómo iban a terminar, y las demás tengo la impresión de haberlas leído en versiones similares de la pluma de otros autores. 

Por otro lado, porque no aportan nada al género en que se inscriben. Unas cuantas se sienten, incluso, como oportunidades de innovar desperdiciadas. Este vendría a ser el caso de "El revólver", que tiene un planteamiento interesante pero mal encauzado. En "La cita" o "So tierra" hay enredos a los que, para mi gusto, habría que llevar más allá, o enfocar con más mala leche. En fin, una lástima que doña Emilia se mostrara así de condescendiente al escribir estas tres piezas que tanto potencial tenían.

De todos modos, hay que reconocer que la prosa de estos relatos es magistral. Hecho que sorprende, teniendo en cuenta la naturaleza folletinesca de los mismos. Eso sí, el tono de todos ellos es algo monocorde, pues, aunque cambian constantemente de punto de vista, los narradores siempre hablan de forma parecida, sean en primera o tercera persona.  

¿Qué otra cosa decir sobre este audiolibro? La locutora tiene una dicción excelente y la banda sonora (creada especialmente para esta obra) ambienta a la perfección. Lástima que esta encomiable labor editorial no se haya visto resaltada por una mejor selección de relatos. 


También de Emilia Pardo Bazán en ULAD: Los pazos de Ulloa y La madre naturaleza

sábado, 28 de septiembre de 2019

André Maurois: Disraeli

Idioma original: francés
Título original: La vie de Disraeli
Traducción: R. de Hernández
Año de publicación: 1927
Valoración: Entre recomendable y Está bien

Es algo muy obvio: nadie escribe una biografía sobre alguien corriente, un oficinista, el cajero del súper, la señora del kiosco, un vendedor de seguros (¿un reseñista de libros en un blog?). Puede que sus vidas sean realmente interesantes, que atesoren sufrimiento, amores correspondidos o no, éxitos deportivos o experiencias carcelarias; pero nadie se ocupa de reconstruir esas vidas, darles forma y llevarlas al papel, como no sea un nieto agradecido o un sobrino con vocación literaria y sin inspiración creadora. O tal vez el mismo sujeto, tirando de aquello de la autoficción, en fin. Pero no, las biografías se escriben sobre personas que por algún motivo, bueno o malo, han adquirido notoriedad. Entonces nos planteamos: puesto que la biografía tiene dos vertientes, la personal y la profesional (en sentido amplio), ¿cómo han de combinarse ambas? ¿dónde está el equilibrio óptimo del mix? 

Benjamin Disraeli –también conocido como lord Beaconsfield- fue un político inglés que llegó a primer ministro a finales del siglo XIX. Por tanto, parecería lógico que fuera su figura pública lo que concentrase la atención del biógrafo por encima de otras consideraciones. Sin embargo, el libro de André Maurois se proyecta sobre todo desde su personalidad y su mundo privado, ofreciendo una perspectiva subjetiva en la que parece importar más el hombre que el estadista. Seguramente este punto de vista está condicionado por cierta manera de proceder que actualmente puede parecer anticuada, y sobre todo por la abundancia de material epistolar propia de la época. Pero lo que puede resultar algo chocante tiene –fuese o no la intención del autor- la virtud de explicar algunas peculiaridades de la política en ese país, quizá más distante de lo que a veces pensamos.

Por ambientarnos un poco, Disraeli, hijo de un erudito judío de ascendencia italiana o portuguesa, fue un joven ambicioso y culto que encajaría a la perfección en la definición de petimetre. Completamente ajeno tanto a la rancia nobleza inglesa como a la gran burguesía, el joven Dizzy tuvo siempre muy claro que debía abrirse camino para alcanzar una meta a la que se veía llamado: alcanzar una notoriedad importante en la vida política. Estrafalario, de modales exquisitos y elocuencia admirable, utilizó su atractivo –especialmente con las mujeres- para superar obstáculos hacia la Cámara de los Comunes. Como su vida social requiere fondos que no tiene, no duda en endeudarse para favorecer su trayectoria de trepa, lo que dará lugar a que los acreedores le persigan durante años sin descanso. Astuto y tenaz, irrumpe en la política y, no sin algunos buenos batacazos, consigue derribar primero al todopoderoso Robert Peel y más adelante al no menos brillante Gladstone, dirigiendo al Partido Conservador con el que consiguió algunos éxitos importantes.

Vemos por tanto que la personalidad del sujeto resultó fundamental en el acceso a la política, tan poco receptiva a personajes que no pudieran exhibir títulos o apellidos ilustres. Pero aún dentro ya de ese mundo, Disraeli se muestra como un tipo dubitativo, que se refugia de sus derrotas junto a su mujer, Mary Ann Whyndham, escribiendo novelas mediocres. Las mujeres, ante las que exhibió un magnetismo especial, tienen siempre un papel determinante en el itinerario político y personal de Disraeli porque si sus relaciones en la etapa de dandy le ayudaron a prosperar, y su esposa le dio después la estabilidad que necesitaba, en sus últimos y más exitosos años fue la propia reina Victoria su principal apoyo. La relación entre el único primer ministro judío que ha tenido el Reino Unido y la reina que marcó toda una época, fue al parecer tan estrecha que Maurois desliza, muy veladamente, que pudo haber algo más –seguramente algo limitado a lo platónico- que un buen entendimiento entre los dos más altos cargos del Estado.

Otro aspecto interesante que se desprende del enfoque personal que destila el texto es la relevancia que en la política británica tiene la personalidad de los líderes. Es algo que tal vez ha permeado sobre otras culturas políticas en que la ideología ha definido tradicionalmente a los partidos por encima de sus dirigentes: son estos los que, a veces por tacticismo y otras por convicciones personales, guían a sus organizaciones a veces más allá de sus principios tradicionales y en ocasiones incluso en contra de ellos. El partido tiene a lo sumo una orientación vaga, pero es el líder el que lo arrastra, a veces alcanza con él la gloria, otras lo conduce al desastre, y así quedan en la Historia grandes nombres de dirigentes que, al menos desde fuera, es difícil identificar de qué lado de la política venían, y otros que tras trayectorias deslumbrantes fueron barridos por cuestiones aparentemente nimias.

Todo esto está muy presente en la biografía de Disraeli, como seguramente encontraremos unos cuantos ejemplos similares en personajes mucho más recientes y conocidos por todos. De forma que esa perspectiva algo peculiar que observábamos en el libro de Maurois hace posible conocer a un tipo bastante singular y nos da pistas para entender mejor algunas peculiaridades del sistema político británico, ahora que vamos a tener un poco más lejos a los súbditos de su Graciosa Majestad.

P.D: No me resisto a comentar muy brevemente una cuestión que tiene también que ver con el libro. Estamos habituados a leer trabajos sobre muy diferentes países, personajes y situaciones históricas, escritos por historiadores o estudiosos ingleses o franceses. En mi opinión esta capacidad de salir al exterior, interesarse por lo que ahí se encuentra y profundizar en su estudio es uno de los rasgos que definen el carácter universal de estas dos culturas. Algo que desgraciadamente es mucho menos frecuente en otros casos.

viernes, 27 de septiembre de 2019

Tom Perrotta: La señora Fletcher

Idioma original: inglés
Título original: Mrs. Fletcher
Año de publicación: 2017
Traducción: Mauricio Bach
Valoración: se deja leer

Tenía pensado empezar esta reseña con alguna chanza a cuenta de su título, sobre el posible equívoco al confundir a la protagonista de esta novela con la Jessica Fletcher de Se ha escrito un crimen, la célebre asesina en serie de Cabot Cove (allá donde iba mataba a alguien), interpretada en la pequeña pantalla por la simpar Angela Landsbury. En fin, alguna chorrada de ese estilo, de las que me gustan a mí... Pero no, me resulta imposible porque la lectura de este libro me ha conmovido en lo más hondo, ha tocado alguna fibra sensible de mi alma y me hecho reflexionar sobre la futilidad de la existencia como  ningún otro en los últimos tiempos...

Para nada, claro. Ahora sí que estoy de coña, si se me permite la expresión... Esta novela, no diré tanto como que es una chorrada, pero sí una muestra de que el talento se ve limitado en ocasiones por la falta de ambición (cuando suele suceder lo contrario). Me explico: todo el mundo conoce, o al menos ha oído mencionar la llamada "chick-lit", novelas que tratan de las cuitas de jóvenes mujeres profesionales y preparadas, enfrentadas a la complejidad del mundo moderno; no necesariamente por el amor y encontrar un novio, pero para las que, cosas de la casualidad, este factor suele formar parte de la trama. En fin, los diarios de Bridget Jones y todo eso... Pues bien, en la novela de Perrotta encontramos una variante que podríamos llamar "MILF-lit", esto es: los problemas de una mujer ya en la mediana edad, profesional, de buen ver, divorciada, etc... y que se enfrenta, en el caso de la protagonista, Eve Fletcher, al supuesto "síndrome del nido vacío", cuando su hijo Brendan se va a la universidad. Ella aprovecha entonces para "buscarse a sí misma", tanto en el aspecto formativo-intelectual como en el afectivo-sexual, y claro, ahí es donde comienza la peripecia, el drama, el jolgorio...

Pido disculpas, por cierto, por emplear el acróstico MILF, un tanto grosero, pero es que en el libro no paran de utilizarlo y la propia señora Fletcher se define a sí misma o acepta que la definan así. Una señora a la que no entiendo, por otra parte, de dónde le viene su inseguridad, siendo todavía joven (a los cuarenta y tantos hoy en día cualquier mujer es casi una chiquilla), estando como un queso, según se deja bien claro en la novela, y con una satisfactoria actividad laboral... ni siquiera se puede aducir que sea una reprimida en materia sexual: es usuaria habitual y desacomplejada de páginas porno y no le causa demasiado conflicto sentirse atraída por Amanda, su atractiva y tatuada subalterna en el trabajo. Resulta más comprensible, cierto es, que le cause algún desconcierto inicial quedarse sola en casa, pero no tanto cuando descubrimos que su adorado hijo en verdad es un poquito bastante gilipollas.

Este hijo, así como la joven subalterna de Eve, la profesora trans que imparte un curso sobre identidad de género o uno de sus compañeros de ese curso, Julian -que antes había sido compañero del insti de su hijo Brendan- componen un cuadro de personajes que ejemplifican, hasta cierto punto, las preocupaciones y anhelos de la clase media periurbana estadounidense de hoy en día, ese océano ignoto en el que, por lo visto, ningún otro autor ha tenido el valor de aventurarse hasta ahora (!). Por decirlo de otra forma y que se me entienda: tampoco es que sea Franzen, el tal Perrotta, a pesar de que sí plantea algunas líneas que podía haber seguido y hace alguna que otra observación interesante... pero prefiere no ahondar en el asunto y decantarse por un tono más banal (de ahí lo que comentaba antes de que su ambición parece ir por detrás de su talento). Lo mismo ocurre, no obstante, con la ironía que, en más de una ocasión, aplica a diversos aspectos de la sociedad norteamericana del siglo XXI: desde la corrección política o el activismo light de los jóvenes universitarios, a las relaciones intergeneracionales, interraciales o interidentitarias (si es que existe tal término); de hecho, si existe algún "tema" que pueda dar cierto poso a la novela, es la obsesión por el etiquetado y compartimentación en categorías que parece sufrir esa sociedad. Ahora bien, lo que podía haberse convertido en una inteligente sátira, se conforma con quedar en una especie de culebrón más o menos romántico y más o menos divertido, alrededor de una figura femenina con la que se puedan identificar muchos/as lectores y espectadoras de series de HBO o Netflix.

Porque esa es otra: sí, amigos, parece ser que de este libro TAMBIÉN VAN A HACER UNA PUTA SERIE (la maldición de nuestro tiempo). Algo que no es de extrañar, es cierto, dado el éxito que tuvo una anterior, basada en otro libro de Tom Perrotta: The Leftlovers. Yo no la he visto y dudo que vea la de La señora Fletcher. La de Angela Landsbury matando gente, sí, por supuesto.

jueves, 26 de septiembre de 2019

Eider Rodríguez: Un corazón demasiado grande


Idioma original: Vasco
Título original: Eta handik gutxira gaur. Haragia. Katu jendea. Bihotz handiegia.
Año de publicación: 2004, 2007, 2010, 2017
Traducción: Al catalán; Pau Joan Hernàndez. Al castellano; Eider Rodríguez, Zigor Garro, Lander Garro.
Valoración: Muy recomendable

La lectura de la veintena de estos relatos breves de Eider Rodríguez depara una sensación rara, inquietante. Por una lado, la propia configuración del género, del formato del cuento, que juega con lo explícito, que no lo explicado. Con lo apenas revelado y no con lo detalladamente inventariado. Y por otro, la punzante capacidad de la autora para moverse entre las paradojas de la cotidianeidad, por señalar las casi imperceptibles grietas adheridas a la fachada de aparente normalidad que exhiben los protagonistas, sus circunstancias, sus confortables casas y familias. Una realidad contradictoria, enrevesada y sutil, hecha de cariño y desprecio, de belleza y de enfermedad, de soledad y de complicidad, de sobrentendidos. Y malentendidos.

En el relato que da título al libro, las metáforas resultan, en mi opinión, un tanto evidentes; el corazón incapaz de funcionar debido al atasco de los conductos que deberían alimentarlo, el limonero moribundo y seco al que el traslado proporciona nuevos brotes, el disfrutar de un verano excepcionalmente largo. Está también la tesitura por la que se desliza la protagonista, a quien su hija empuja a tomar el cuidado de su padre enfermo -su ex pareja,  con la que apenas ha tenido contacto en los últimos veinte años- circunstancia que le aboca a afrontar una inesperada inmersión en su propio detritus emocional. Un precario equilibrio entre lo que pensamos que debe ser hecho, lo que hacemos por un ser querido y lo que sencillamente hacemos porque sí, por darnos el gusto. Un pulcro lodazal en el que chapotear con la sonrisa fatigada, entre la compasión y el patetismo, donde aprender a quererse cuidando del otro, donde resistirse a amar, y a odiar, y donde los momentos álgidos apenas son el preludio de un nuevo hundimiento. Todo eso –recuerden, más explícito que explicado- puede caber en un corazón demasiado grande.

Las narraciones de Eider Rodríguez (Rentería, País Vasco, 1977) sobrevuelan un cierto grupo y ambiente social, esa clase media desahogada materialmente  y emocionalmente cochambrosa. Hay fragilidad en los niños y en los viejos, en los enfermos, en los heridos, en los gatos, y hay solidez en las casas que habitan, espaciosas, ajardinadas, iluminadas. Capaces de destilar rencor, por ejemplo, hacia esos que no son como nosotros, que se visten y peinan de otra manera, y también comen y hablan diferente, y de acreditar carencias de traca, como la de la joven que piensa que sólo las perdedoras van detrás de los chicos, que ellas no han sido educadas para el amor y que si este apareciese, habría que soportarlo tan bien como fuese posible. 

También hay lugar, parco, recóndito, para la esperanza, como la hija que regala unos pendientes de plata a su madre como símbolo de su afán por abrirle ventanas a su pequeño y recluido mundo, así como para la ironía, como la madre y la hija que intentan huir de su origen social, una a través del estilo, la otra del intelecto. Aunque apenas para la condescendencia, como la mujer que se aleja de la juventud y concluye que el problema no es la belleza, sino dejar de ser alguien que pueda provocar una disputa entre cazadores. Y que sentencia (he leído la versión en catalán): És això, la vida? Això i prou? Y como lector me quedo noqueado, atrapado en esa maravillosa sensación. Rara. Y muy inquietante. Quizás estos ambientes sociales que impregnan los relatos de Un corazón demasiado grande podrían resumirse con una frase que en estos últimos años se ha hecho muy popular aunque me parezca especialmente desagradable: Es lo que hay.

Más reseñas de Eider Rodrígez en Un libro al día: Katu Jendea

miércoles, 25 de septiembre de 2019

Darragh McKeon: Todo lo que es sólido se disuelve en el aire

Idioma original: inglés
Título original:  All That Is Solid Melts into Air
Año de publicación: 2015
Traducción: Rocío Martínez Ranedo
Valoración: bastante recomendable

Ventajas de los tsundokus: uno acostumbra a rebuscar entre pilas de libros que están ahí por los motivos más peregrinos (en este caso, Alba Editorial me lo envió de "acompañamiento" con otro libro) hasta que, de repente, uno se fija en algo, ve la portada, atiende más que el primer día a la sinopsis y, touché, se da cuenta de que esta es una novela sobre Chernóbil. Detalle oportunista a más no poder, claro, pero es que ya reseñé, hace algún tiempo, la esplendorosa Voces de Chernóbil, de Svetlana Aleksiévich, que McKeon menciona al final del libro, y al que hasta cierto punto esta novela de curioso título (extraído de un texto de Karl Marx) viene a complementar. Donde Aleksiévich enumera testigos a los que humaniza uno a uno, McKeon genera una trama extendida a través de 25 años (bueno, más bien con un salto temporal final), dramatiza, si ello es posible cuando la realidad ya fue estremecedoramente dramática, aportando una historia de personajes que se cruzan y se integran de forma fluida, efectiva, no una trama en el sentido detectivesco sino más bien una red tejida al estilo de ciertas películas de Robert Altman, salvando todas las distancias.
Porque a McKeon le ha salido una brillante novela a base de tiznarlo todo de gris. La sensación es casi física y, aunque la novela tarde unas decenas de páginas en arrancar, aunque ese tramo inicial pueda desorientar a más de un lector impaciente, la espera vale la pena. En cuanto irrumpe la cuestión del accidente todo toma sentido y comprendemos que nada está ahí al azar, que habrá algún tipo de encaje o de confluencia. Artiom, hijo de gente del campo en la cercanía de la central, Maria, empleada de hospital, Grigory, cirujano comprometido con su profesión, Yevgueni, niño prodigio al piano que ha decidido adaptarse a un entorno hostil. McKeon ensambla esas piezas aportando veracidad y coherencia, quizás optando con la ventaja de conocer el desarrollo de los hechos, su conclusión y sus aparatosas consecuencias. Chernóbil, el accidente como ejemplo de los riesgos de la energía nuclear, claro, pero también el agudo análisis de la calculada paralización y silenciamiento de los hechos por el aparato del régimen, de ese reactor que en su estallido se constituye en metáfora de la caída del Imperio, en la espoleta del desmembramiento de la URSS, de la caída del muro, de la construcción de la nueva Europa que se estampará décadas más tardes contra la imposibilidad emanente de sus contradicciones.
El epílogo, fechado en 2011, con Yevgueni en un escéptico regreso a su país para recibir unos honores de los que duda profundamente, confirma esa ambición. McKeon podría haberse limitado a aprovechar las enormes posibilidades dramáticas de los hechos reales, que daban para una historia intensa, para cualquier tragedia en grado mayúsculo. Pero traza esa pincelada a posteriori y ello convierte a la novela en un notable y subliminal ejemplo de ambición narrativa.

martes, 24 de septiembre de 2019

John Cheever: ¡Oh, esto parece el paraíso!

Idioma original: Inglés
Título original: Oh, what a paradise it seems
Traducción: Maribel de Juan
Año de publicación: 1982
Valoración: Decepcionante

Leo en Internet que este fue el último libro de John Cheever, que fue escrito en un momento en el que la enfermedad que finalmente provocó su fallecimiento estaba ya presente y en el que el propio Cheever era plenamente consciente de la proximidad de la muerte.

Probablemente sea un comentario ventajista, pero parece que ese contexto es clave para entender la obra. Porque el protagonista del libro, Leamus Sears, parece ser el alter ego del autor. Sears es un hombre envejecido (un hombre envejecido es una cosa triste, un abrigo andrajoso puesto en un palo...) que trata de agarrarse a la vida, ya sea en forma de un amor o de una causa perdida, sin poder evitar poner la vista en su pasado. De ahí también que el tono general de la novela sea ciertamente agridulce, ya que en ella se mezclan un mensaje de esperanza y un repaso claramente melancólico a un tiempo perdido.

En cuanto al argumento de "¡Oh, esto parece el paraíso!", tres son sus líneas principales: la tardía relación de Sears con Reneé (una mujer bastante más joven que él), su también tardía relación con el portero del edificio en el que vive Reneé y el intento de salvación del Lago de Beasley, un lugar estrechamente unido con el pasado del protagonista. Además, pequeñas tramas secundarias irán apareciendo y confluyendo a lo largo de la novela. 

Tres son también los problemas fundamentales que le veo al texto.  El primero son las "uniones" o "puntos de contacto" entre las diferentes tramas. Sinceramente, me parecen poco trabajadas, forzadas y escasamente creíbles. Apenas unas pocas líneas sirven para acercar tramas, normalmente a través de casualidades y coincidencias "extrañas". Ojo que no digo con esto que la credibilidad sea necesaria en la novela (en general), pero si en novelas teóricamente "realistas". El segundo hay que situarlo en el final de la novela, excesivamente abrupto y precipitado en mi opinión. El tercero y último son los personajes secundarios, apenas perfilados y casi caricaturescos en su gran mayoría.

Quiero pensar que todo lo anterior se debe al momento y situación en los que la novela fue escrita, que quizá provocaron una cierta premura en Cheever (y de ahí, también, las escasas 130 páginas de las que consta el libro). Aun así, pequeña decepción la de este primer Cheever que leo y primer Cheever que reseñamos en ULAD. Y es que las buenas intenciones no son suficientes, por desgracia.

lunes, 23 de septiembre de 2019

David Grann: Los asesinos de la luna

Idioma original: inglés
Título original: Killers of the Flower Moon
Traducción: Luis Murillo Fort
Año de publicación: 2017
Valoración: bastante recomendable

A lo largo de la historia, se han escrito grandes novelas ubicadas en el género del true crime. Novelas que van más allá de la frecuente y temida etiqueta de basada en hechos reales (que uno nunca sabe hasta qué punto se asemejan a los hechos en cuestión), pues estas describen con exactitud y meticulosidad historias de crímenes sucedidos y dejan totalmente de lado cualquier tentación de ficcionarlos. En este género nos podemos encontrar con grandes clásicos como «A sangre fría», de Truman Capote, también «El adversario», de Emmanuel Carrère, o más recientemente la novela que nos ocupa.

Pongámonos en situación: Oklahoma, 1921, territorio poblado por la tribu de los Osage, un pueblo expulsado, por parte del gobierno, de su antiguo asentamiento en Kansas y al que ubicaron en Oklahoma, territorio árido, estéril y, aparentemente, sin ninguna posibilidad de ser explotado económicamente. Pero las cosas fueron algo diferentes a las previstas y resultó que la zona donde los Osage fueron emplazados y, en consecuencia, proclamados dueños de esas tierras, era un territorio que ocultaba uno de los mayores yacimientos petrolíferos de los EUA. De esta manera, la tribu de los Osage, anteriormente pobre y maltratada, pasó a ser en poco tiempo el pueblo más rico en renta per cápita del país, gracias al dinero que cobraban de manos de las empresas prospectoras a través de acordar con ellas licencias de explotación. Y claro, ¿qué ocurre cuando una tribu menospreciada por la sociedad pasa a ser más rica que sus vecinos blancos, dominantes y supremacistas? Que surgen las envidias, los recelos, los intereses y, en este caso, también los crímenes.

Porque la novela empieza fuerte y vemos cómo, en medio de tan comprometida situación racial y económica, aparecen los cadáveres de dos acaudalados indios de treinta y pico años de edad (no hago spoilers, este hecho ocurre justo al principio). Tenemos por tanto fallecidos, con claros indicios de asesinato, tenemos conflicto racial, una patrulla ciudadana que augura de todo menos profesionalidad e imparcialidad, un sheriff que simpatiza con delincuentes, corruptos y maleantes (estamos no plena ley seca, y la elaboración y comercio de alcohol en clandestinidad era habitual y lucrativa) y un autor que sabe cómo gestionar el tempo, exponer los hechos, y mantenernos en vilo. Los ingredientes perfectos para una novela de la que no despegar la vista hasta haberla devorado.

Con este punto de partida, vemos como la sucesión de muertes de miembros de la tribu Osage empieza a ser motivo de preocupación entre sus gentes, cada vez más conscientes de las envidias que causan por su situación económica y porque, en el fondo, molestan en una zona habitada en su mayoría y gobernada por gente blanca que esgrime una pretendida superioridad racial hasta el punto en que los miembros de la tribu necesitan un tutor blanco para gestionar sus gastos. Y las autoridades tampoco parecen muy interesadas en esclarecer lo sucedido, contando además con la connivencia periodística que ayuda a aumentar un rencor y recelo hacia los Osage. Y, en todo este caso judicial y policial, aparece e interviene en la investigación de los sucesos un recién formado FBI, una organización con grandes claroscuros bajo la sombra de su creador John Edgar Hoover.

Como en todo true crime, hay que equilibrar perfectamente la aportación de información real con el ritmo de la narración y, a pesar de que en el inicio uno teme que esta sea una lectura inundada de datos, y más aun viendo la gran cantidad de anotaciones (que, con sabia decisión, se encuentran al final del libro), el autor sabe calibrar perfectamente este aporte y encontrar el equilibrio, pues parece que la principal función de proporcionar esas referencias es dar credibilidad a su relato. Porque estamos delante de un caso real y claro, hay que aportar datos e información contrastada, pero el autor es hábil en este aspecto y no abusa de ello, sino que teje una historia muy interesante, que más allá de la investigación del caso nos hace partícipes de las dificultades y vicisitudes de una pudiente tribu ubicada en medio de un territorio con mayoría blanca, con los pertinentes recelos y tiranteces entre los miembros de ambas comunidades. Además, intercalando la propia investigación de las muertes acontecidas, el autor introduce pinceladas de la historia de los Osage y las diferentes circunstancias que les llevaron a realizar numerosos éxodos (circunstancias donde el hombre blanco les expulsaba de sus tierras, básicamente). Estos fragmentos de narración son también interesantes pues nos acercan a una mirada más realista sobre lo sucedido con los nativos (algo parecido a lo que ya hizo Philipp Meyer en «El hijo») y nos alejan del habitual relato de blancos buenos e indios malos (expuesto también el «El origen de los otros», de Toni Morrison).

David Grann conduce con maestría la narración, e introduce, en paralelo al propio caso, interesantes pinceladas sobre la creación y formación del FBI, con sus evidentes luces, sombras y corruptelas. El ritmo narrativo de la novela es alto, y a medida que uno entra en la historia se ve totalmente atrapado por ese entramado de medias verdades, pistas poco fiables e información que lleva tiempo escondida bajo un manto de ocultos intereses. La información es proporcionada con destreza, de manera progresiva y sin contener demasiado un avance que uno agradecería más rápido, no por falta de ritmo sino porque la historia, en la segunda mitad del libro, te mantiene totalmente absorto y con deseos de llegar a su desenlace.

Por todo ello, este libro es un claro ejemplo de cómo mantener la tensión en una novela de true crime, nutrido de muchas referencias para evidenciar la veracidad del relato, pero sin entorpecer para nada la lectura. La historia descrita sirve, no únicamente para conocer una historia de asesinatos en plena formación del FBI de Hoover, sino para ver cómo los intereses económicos, el racismo, la parcialidad jurídica, el poder social y económico y la corrupción pueden irrumpir y dificultar la resolución de un caso de resultado muy evidente a ojos del lector.

Si mi valoración del libro no es aún más positiva, no es porque lo narrado no sean interesante, al contrario, sino porque creo que la complejidad de la trama con sus diferentes frentes abiertos demandaba un libro más extenso, que hubiera permitido, además de tratar el caso, profundizar en la corrupción y zonas turbias de los inicios del FBI que el libro apunta e insinúa, pero sin llegar a detallar de manera suficiente. Ese deseado mayor volumen de páginas hubiera contribuido a dar mayor contundencia y redondez a un libro ya de por sí interesante por lo que relata, pero también por lo que sugiere: un país donde los intereses económicos y políticos chocan directamente con la libertad y los derechos de sus habitantes.

domingo, 22 de septiembre de 2019

Hannes Råstam: Thomas Quick: cómo se hace un asesino en serie


Idioma original: sueco
Título original: Fallet Thomas Quick: att skapa en seriemördare
Año de publicación: 2012
Traducción: Yeray García
Valoración: más que recomendable

Parece que en los últimos tiempos se ha reavivado el interés popular por los asesinos en serie, tal vez debido a ciertas series y documentales programadas por Netflix (esto lo escribe un seguidor acérrimo de Mindhunter, sin ir más lejos); parece también, por tanto, el momento adecuado para recomendar este libro publicado ya hace unos años por el periodista sueco Hannes Råstam. En él se trata el caso de Thomas Quick, como se conoció durante un tiempo al también sueco Sture Bergwall, quien, a partir de 1992, estando internado en una clínica psiquiátrica y a raíz de la terapia recibida, comenzó a confesar su culpabilidad en diversos crímenes execrables -asesinato, violación, mutilación y canibalismo- cometido durante los 30 años anteriores; en total, se reconoció autor de casi cuarenta asesinatos, por ocho de los cuales fue declarado culpable por los tribunales, siendo considerado además el mayor serial killer europeo hasta ese momento. Pues bien, este pavoroso asesino está hoy en día libre y vive bajo seudónimo en algún país fuera de Suecia. Quizás resida en vuestra misma ciudad y os lo cruzáis todos los días, pensando que es un inofensivo jubilado escandinavo. Quizás sea ese tipo calvo y con gafas que os mira fijamente  mientras vosotros leéis esta reseña en el móvil...

Pues tranquilo todo el mundo, porque eso es exactamente Thomas Quick/Sture Bergwall (o como se llame ahora): un vejete más o menos inofensivo; Thomas o Sture es inocente, al menos de los crímenes que confesó. Todo había sido una trola inventado por este caballero tan locatis y creída -o al menos aceptada- por un buen número de médicos, psicoterapeutas, policías, abogados, jueces, periodistas... Otros, no obstante, se mostraron desde un primer momento escépticos sobre sus revelaciones -empezando por los padres de su supuesta primera víctima- y siempre le consideraron inocente, a la par que mentiroso. El autor de este libro, que era periodista de la televisión sueca, en principio sin una opinión formada al respecto, fue quien, al preparar un reportaje sobre el caso en 2008, consiguió que Sture/Thomas reconociese que todo había sido una invención por su parte. El libro es, por tanto, la crónica de cómo se llevó a cabo la investigación, no para probar la culpabilidad de un asesino, sino su inocencia.

¿Y por qué razón iba a querer alguien, por muy chiflado que esté, autoinculparse de un montón de terribles y hasta horripilantes crímenes? Pues por el motivo más viejo del mundo: para que le hicieran casito. Primero se inventó abusos e intentos de asesinato que habría sufrido por parte de sus padres, para hacerse así más interesante a los ojos de su terapeuta y luego confesó la autoría en uno de los casos de desaparición infantil más célebre de Suecia. La cosa no hubiera salido de la clínica psiquiátrica, tal vez, de no llegar a oídos de la policía y luego de la fiscalía, por lo que Quick, ante la tesitura de tener que retractarse, decidió tirar para delante y confesar no sólo ése sino otros asesinatos sin resolver -que le fueran aumentando la medicación, a la que era adicto, también tuvo mucho que ver-; ya sea por su interés particular o por incompetencia propia de un país bananero, psicoterapeutas, fiscal, policías, abogado defensor... todos le siguieron el juego y fueron hacer crecer la bola de nieve del "peor asesino en serie de Suecia".

De todas formas, lo más llamativo del asunto Thomas Quick, no es lo ñapas que pudieron ser algunos psiquiatras, policías, etc... suecos, ni siquiera en el caso de que su intención fuera cargar el mochuelo a un inocente -por más que él fuera quien se incriminara a sí mismo, a partir de cierto momento aquello era una verdadera encerrona- o, lo que es más probable, sacar algún partido en sus carreras profesionales (por cierto, que si algunas medidas que se tomaron sobre el paciente eran muy cuestionables sabiendo que era inocente, otras resultan totalmente increíbles si pensamos que podría haber sido culpable); es cierto que uno de queda atónito al leer como de van acumulando desafuero tras desafuero, sí, pero la manipulación de pruebas, interrogatorios o testimonios no es algo nuevo bajo el sol procesal, por desgracia. Lo impactante en último término, por diferente, de esta historia es darse cuenta cómo todos o muchos implicados acabaron sucumbiendo al poder de la ficción: la que se inventó en un primer momento Thomas Quick, pero que después es retroalimentada, en un demencial bucle que parecía no ir a tener fin, por la ficción que van pergeñando quienes se ocupan de su caso -tanto criminal como psiquiátrico- y a la que el paciente se va adaptando como nuevo Zelig. De hecho, justo estos días se ha estrenado en Suecia una película basada en este libro de Råstam, titulada Quick, pero cuyo título en inglés es asaz significativo: The Perfect Patient.

El libro resulta aún más interesante además, porque no se trata de la crónica de la captura de un asesino o el trazado de su perfil psicológico, sino de todo lo contrario: la deconstrucción  (más apasionante que su desvelamiento) de uno de estos serial killers. Muchos de los cuales ya han pasado a formar parte de la cultura popular, ya sean personajes reales -Bundy, Dahmer, Berkowitz... o novelescos, como el sempiterno Hannibal Lecter. Ya digo que yo mismo soy muy aficionado a este género de historias, pero también pienso que ojalá incorporemos pronto a nuestro imaginario el caso de Thomas Quick; todos podemos aprender más de él que de cualquier asesino psicópata de tres al cuarto. Por la cuenta que nos trae, además...

sábado, 21 de septiembre de 2019

Yasunari Kawabata: Una grulla en la taza de té

Idioma original: Japonés
Título original: Senbazuru 
Traductor: Luis Salvador
Año de publicación: 1952
Valoración: Recomendable

Senbazuru (千羽鶴) es la quinta novela de Yasunari Kawabata. Reúne todos los elementos que caracterizan el buen hacer del Premio Nobel de Literatura japonés: prosa delicada, un uso exquisito del lenguaje, atención al detalle, un tono poético que lo empapa todo, descripciones atmosféricas y personajes dibujados con una densidad psicológica considerable. Así pues, pese a su brevedad, esta obra es literatura de alto voltaje.

Además de por su evidente calidad narrativa, al lector occidental puede interesarle este libro en tanto que puerta de acceso a las costumbres niponas. Sin ir más lejos, indaga en las complejas sutilezas de uno de los ritos más misteriosos del país del sol naciente, la ceremonia del té.

Y, ya que hablamos de la ceremonia del té, destaquemos la importancia que ésta tiene a lo largo de Senbazuru. Kawabata se sirve de ella como paralelismo de la vida. Igual que los objetos empleados en este rito pasan de generación en generación, también lo hacen el amor, el deseo y la culpa de las personas. Fatalismo en estado puro, sí señor.

En resumidas cuentas, esta historia me ha fascinado. Creo que tiene, eso sí, algunos problemillas:

  • Quizás el apartado más débil de la novela sean los personajes femeninos. Kawabata retrata a las mujeres que la pueblan desde una perspectiva bastante misógina; a veces las infantiliza usando diminutivos, otras las objetiviza convirtiéndolas en un arquetipo llano. Evidentemente, comprendo que el lugar y la época en que fue escrita Senbazuru influyó en este aspecto, pero debo advertir que, en este sentido, el libro no ha envejecido muy bien. 
  • Tampoco me acaba de convencer Chikako. Cuando Kawabata nos la presenta, resulta fascinante. Es una suerte de antagonista ambigua, que me recuerda a la temible Cathy Ames de Al este del Edén. Desgraciadamente, Kawabata, igual que le sucediera a John Steinbeck con su hija ficticia favorita, es incapaz de cerrar el arco de este personaje como se merece.  
  • El final de Senbazuru se estanca. Aunque su clímax es muy potente, las páginas que llevan a él se me hicieron demasiado lentas y carentes de acción. A esto súmale que, como ya he dicho, el autor no logra encontrar una forma digna de cerrar el conflicto de Chikako. 

En fin. Senbazuru es una novela con una innegable vocación estética y una bellísima muestra de la sensibilidad oriental. Quizás el énfasis que he puesto en el carácter marcadamente nipón de esta obra ahuyente a algunos lectores potenciales. Sin embargo, sabed que este libro presenta una historia de tintes universalistas, a los que ninguna barrera cultural puede opacar. De modo que lo recomiendo a todo aquel al que no se le atragante la narrativa pausada.

Por último, dejad que hable de esta edición de Círculo de Lectores que he leído. Fue publicada en 1969 y se titula Una grulla en la taza de té. Tiene errores ortográficos, fallos de puntuación y emplea una deficiente traducción de Luis Salvador que, sospecho, no fue directa del japonés. A la labor de Salvador puede reprochársele una predilección por las oraciones interminables y el uso de un léxico arcaizante. Actualmente, esta novela se reedita bajo su título original, Mil grullas. Según tengo entendido, esta nueva edición es más aconsejable.


También de Yasunari Kawabata en Unlibroaldía: La casa de las bellas durmientesLo bello y lo tristeLa bailarina de Izu

viernes, 20 de septiembre de 2019

Malditas cubiertas: "El diablo en la botella", de Robert Louis Stevenson

El diablo en la botella, ya saben, ese relato cortito de Stevenson que contaba las peripecias de un frasco que contenía un diablo, o más bien un geniecillo, que como no podía ser de otra manera concedía deseos, sí, pero bajo condiciones muy estrictas y bastante peligrosas para su poseedor. Como cuento bastante popular, más bien ligero y con un siglo largo de antigüedad, ha sido objeto de multitud de ediciones, y naturalmente (y aquí llega nuestro objeto de deseo, de regocijo, curiosidad, o lo que sea) ha reunido una pléyade de cubiertas de todo pelaje e intención, y de muy diversos grados de creatividad.

Con semejante título, los elementos a representar ese reducen prácticamente a dos, obviamente el diablo y la botella, dando mayor o menos protagonismo a uno u otro o decantándose por alguno de ellos en exclusiva. Como mi viejo ejemplar del libro ni siquiera tenía cubierta elegí la más aséptica y al mismo tiempo relativamente vistosa: este jarro de aspecto inocente de aquí al lado.

La botella, ella solita, protagoniza aproximadamente una cuarta parte de las cubiertas.  Casi todas las botellas presentan el aspecto diríamos de matraz entre esférico y aforado, más o menos estilizado, y componen imágenes en general elegantes y con un punto de misterio implícito, como estas:


Y en alguna ocasión combinan con la evocadora imagen de un velero que acentúa la impresión de aventura, o con paisajes marinos quizá algo discutibles, pero que al menos certifican que el autor del dibujo realmente se ha leído el libro (lo cual apostaría algo a que no se da en todos los casos):



Aunque hay también quien lleva el minimalismo y la literalidad hasta perpetrar una botella como esta, que se diría de eso que se llamaba 'vino de mesa', o sea, un tintorro infame de a 1,5 €, antes de que derivaran en el tetrabrik.


Y otros fuerzan la creatividad hasta el extremo, para ofrecernos la imagen bicolor de aquí al lado, que viene a ser una deconstrucción, no sabemos si de la botella o del diablo, o de la fusión de ambos.


A veces la botella se acompaña de otras imágenes (afortunadamente, porque si no, no habría mucho más de qué hablar) y, en otro rasgo que acredita la voluntad de integrar algo más del contenido del libro, junto a ella aparece algún personaje marcado por su relación con el vidrio tentador. En esta pequeña subserie de botella+personaje encontramos, por este orden,  
(1) un bastante convincente Keawe –ya saben, el chico hawaiano que carga mayoritariamente con el frasco-, como un tanto acojonado espantado ante lo que se le viene encima, en pose que recuerda a los viejos tebeos de vaqueros

(2) se supone que el mismo caballero, en pose meditabunda, en plan ¿y si le doy una patada y si la tiro sin más al mar?

(3) Otro muchacho morenito que ve desde demasiado cerca cómo erupciona el contenido, algo que los ilustradores se empeñan en presentar, pero que en el cuento no ocurre en absoluto. 

                          Y por fin (4), seguramente el mismo personaje, que bajo un grafismo ligeramente expresionista muestra su desesperación (joder, aunque haya conseguido mi casoplón, este bicho me va a buscar la ruina). Obsérvese que el inquilino de la botella tiene hasta un tridente.


Y bueno, claro, cómo olvidar a este joven de actitud punki y camiseta modelo Tequila que decora una de las varias ediciones juveniles. Es difícil saber si expresa el horror ante las exigencias del pequeño demonio, o es que acaba de meterle un trago al contenido del recipiente.


Porque no perdamos de vista que dentro de la botella hay, obviamente, un diablo. Aunque del texto se desprende que es más bien una especie de genio, dañino pero en el fondo algo justiciero, casi todos los editores y diseñadores se empeñan en mostrarlo como una miniatura embotellada del mismo Lucifer. Solo estas dos cubiertas lo muestran como diablillo juguetón y cabroncete que, o bien luce su mirada aviesa desde el interior, o incluso amaga burlonamente con escapar, tras conseguir deshacerse del corcho:



Pero no es la actitud mayoritaria. Casi todas las cubiertas que se centran en el diablo lo dibujan como algo aterrador sin paliativos. Puede ser como presencia casi abstracta, pero claramente mortífera.


Y repetidamente, como invertebrado repugnante, ofidio venenoso u otras variantes de animales flexibles, retráctiles, tentaculares...

O como representación del mal en vertientes culturales muy diferentes:

  • (1) Aspecto apocalíptico que recuerda a alguna divinidad hinduista
  • (2) Escultura sobre piedra de raigambre claramente europea
  • (3) Modelo Bestia, sujetando su propio habitáculo (que lleva a pensar qué ocurrirá si se introduce por entero)
  • (4) Máscara ritual, no tengo claro si africana o de alguna civilización precolombina, que hubiera hecho las delicias de Picasso, que ya saben que se moría por este tipo de objetos.
Pero oiga, hablando de Picasso ¿sabe alguien qué puede significar en la cubierta de este libro un primer plano de lo que creo que es una de las señoritas de Avignon? ¿Tanto le horroriza al diseñador el cubismo como para identificarlo con este ser maligno?

Impresiona también este Satanás musculado, villano de comic que ha resuelto pasar de la botella, a la que ha hecho añicos, y extender su poder letal directamente sobre el mundo, sin engañiflas de aprendiz. 

No todo son monstruos. Este pobre pequeñín, aunque nos mire con malas pulgas, está ahí, acurrucado y sin salida como el lagarto en la botella de sake. Casi dan ganas de liberarlo, si no fuera porque recuerda un poco al homúnculo del Fausto. Por cierto ¿tenemos claro si el taimado personaje flota en un líquido, o bien permanece suelto en el vidrio, como el siguiente de la lista?

Sí, justamente este otro, que más parece un ratoncito, observado con más pena que espanto por sus poseedores, y representado desde un punto de vista subjetivo bien original (bueno, también da la impresión de que pudiera escapar si se lo propone, así que ojo)

Y ya que hablamos de ojos, vean a la criatura de al lado, todavía más cuitada, reducida a un ojo de Sauron de escaso poder intimidatorio dentro de un frasco que se antoja francamente inestable.

La más lograda combinación de botella y demonio es a mi juicio la de aquí abajo, con puntito ígneo y fantasmagórico contrastando con lo que parece una bonita licorera. Vamos, que podría ser un buen anuncio de algún brebaje duro, como 'La muerte negra' o alguna variedad de absenta de 70º.
Y hay luego algunas interpretaciones realmente bizarras del relato del sufrido Stevenson. La entrañable colección Alianza 100 veía al diablillo nada menos que como algo parecido a ¡un caballito de mar!

Esta otra edición (izquierda) arriesga hasta más allá de los límites: prescinde de diablo y botella y presenta a una feliz pareja de aspecto caribeño, enmarcada con colorido reggae.

Y bueno, a esta última cubierta, por lo demás equilibrada y estéticamente muy correcta, le vemos más bien poquita relación con el cuento, al margen de la mansión. Pero si es usted seguidor habitual de ULAD y más concretamente de esta sección, seguramente recordará unas cuantas de la misma familia gráfica. Y si tiene dudas, eche un vistazo a la etiqueta cubiertas que aparece aquí abajo ¿Quién tendrá el copyright de la imagen nocturna inscrita en marco vegetal?

jueves, 19 de septiembre de 2019

Monika Zgustova: Un revólver para salir de noche

Idioma original: español
Año de publicación: 2019
Valoración: Recomendable



Antes de nada he de advertir que bajo este título encontrarán una biografía novelada del matrimonio Nabokov, Vladimir y Vera, su vida en común, personalidad de cada uno, así como la relación entre la vida del escritor y su obra. Y es que el título, por muy impactante y atractivo que sea, puede disuadir a sus potenciales lectores y atraer a quien esté buscando otra cosa. ¿Dónde está, pues, el revólver? Aparece uno, es cierto, pero muy a trasmano y creo que tiene un sentido fundamentalmente simbólico: Zgustova lo utiliza para caracterizar a uno de los personajes. En cuanto a su función literal, no sé si el hecho al que alude está comprobado o se basa en la mera rumorología.
¿Cómo enfocar una vida tan compleja, tan rica en amores, títulos publicados, giros en la trayectoria vital, migraciones más o menos voluntarias, vida social intensísima? Se podía optar por elaborar un grueso volumen repleto de datos, fechas, nombres, sucesos históricos, éxitos y catástrofes con abundante bibliografía adjunta, pero ese no es el estilo de la autora checa afincada en Barcelona, que además de traductora y periodista tiene unas cuantas biografías en su haber. Ella se inclina por un tratamiento más literario, le gusta evocar, crear ambientes, utilizar el flujo de conciencia, centrarse en unos cuantos hitos escogidos de forma totalmente subjetiva para ofrecer su particular visión del personaje principal. Que, en mi opinión, es el equipo Nabokov –no solo Vera como se anuncia en la sinopsis– ya que la vida y el trabajo de esta se desarrollaron siempre en función de Vladimir.
Leyendo la novela nos queda la impresión de que, de no haber conocido a Vera y al margen de su talento, es muy posible que Nabokov no tuviese el reconocimiento internacional que tuvo y sigue teniendo. En primer lugar, porque ella fue quien se propuso que su marido llegase a ser alguien, y por ello le apartó de la poesía y le metió de cabeza en la novela, también porque su condición de judía les obligó a huir de Berlín a Estados Unidos en la época de Hitler, y ya se sabe que quien triunfa en ese país no pasa inadvertido en el resto del mundo, pero sobre todo porque se empeñó en que Vladimir, si quería hacerse un nombre, no tenía más remedio que dejar su idioma materno y obligarse a escribir en inglés. Opinaba lo mismo el círculo de escritores que frecuentaban, así que se puso a ello, y aunque le ocasionó bastantes quebraderos de cabeza, ya conocemos el resultado. A Vera se la describe como una mujer ambiciosa, voluntariosa, autoritaria y testaruda. El personaje está muy bien trazado, desde luego, se trata de un carácter de una pieza con muy pocos puntos débiles que disimula bastante bien. Pero esto es literatura, tampoco hay que tomárselo todo al pie de la letra. Quizá fuese así, no digo que no. Quizá.
Descubriremos también de dónde han salido algunos personajes y argumentos, en qué momento de su vida se originaron, cuándo los recuperó, cómo los distorsionó y qué dejó tal como estaba. Sí, también conoceremos el origen de Lolita. Sus diversos orígenes, porque el escritor se basó en más de una vivencia. Les aseguro que van a sorprenderse. Pero, insisto, el único que sabía a ciencia cierta si lo afirmado se ajusta a la verdad era Nabokov, y no puede desmentirlo ni confirmarlo. Zgustova recrea una época y construye unos caracteres ensamblando hábilmente los datos objetivos con su propia imaginación. El resultado es un relato homogéneo en el que todo transcurre con fluidez, sin fisuras entre ficción y realidad. Esto supone un predominio del aspecto novelesco sobre el histórico y es la causa de que no sepamos a que atenernos. Con ello es la literatura quien sale ganando, si alguien desease completar la información no tendría más que consultar otras fuentes.
Un texto agridulce y melancólico que nos deja con ganas de seguir leyendo pero al que en realidad no le falta nada, porque acumular datos eliminaría nuestra sensación de habernos trasladado a otro mundo, de haber acompañado casi físicamente a personas que transformaron la realidad de alguna forma. En otras palabras, dejaría a la novela sin su magia.

miércoles, 18 de septiembre de 2019

Marguerite Duras: El dolor

Idioma original: francés
Título original: La doleur
Año de publicación: 1985
Traducción: Clara Janés
Valoración: muy recomendable

Como profano en la obra de Marguerite Duras, salvo por la escueta consulta que he efectuado en la red y la información contenida en solapa y post-data de este libro, me limitaré a apuntar que no sé si esta es una obra representativa. Parece una publicación de un escritor que, en el fragor de una gran repercusión, rescata escritos a requerimiento de cierta presión, no editorial, más bien percibo que como consecuencia de ese gran éxito que acarrea entrevistas, interés desmedido, cierta euforia bien entendida a la que se intenta dar respuesta.
Bueno, también sabía sobre Duras que era la casera (supongo, real) de Vila-Matas, en la notable París no se acaba nunca.
Hecha esta breve puntualización, El dolor es una obra muy notable. Una demostración, a tenor de lo apuntado por la autora (diarios que apenas recuerda haber escrito), de que incluso abordando textos íntimos, dígase menores o sin una intención directa de ser divulgados, ciertos escritores lo son, y punto. Hasta dirigiéndose al papel en blanco, Duras es aquí extremadamente respetuosa con la forma, disponiendo de un fondo, de unos hechos reales y vividos que ya son fascinantes de por sí. El grueso de este libro, sus cuatro primeros relatos, se circunscriben en diferentes momentos relacionados con la Segunda Guerra Mundial, con la Francia ocupada, con la Resistencia, los colaboracionistas y con el durísimo e incierto proceso de la repatriación de los prisioneros de los campos de concentración.
Robert L., marido de Duras, es uno de ellos, un prisionero que, cuando el conflicto está acabando, está en uno de los campos que ha sido liberado. Duras le espera y acude al Servicio de Indagaciones a saber qué ha sido de él. El caos reina, se sabe de las medidas desesperadas que los nazis han aplicado cuando han sospechado que van a ser derrotados y sus actos serán juzgados. Se habla de las marchas de la muerte y de los fusilamientos. Hasta aquí, podríamos decir que se trata de una narración lógica de la desesperación ante la incerteza. Pero Duras la quiebra cuando confiesa que, en ausencia de su marido, tiene ya una nueva pareja, D., igualmente miembro de la resistencia y colaborador activo en las indagaciones. No es la única ruptura con el estereotipo: Duras mismo reconocerá un par de relatos más adelante (pero igualmente en uno de los cuatro relatos marcados como “reales”, o sea, no “creación”) haber dirigido una cruel sesión de tortura donde un colaboracionista con la Gestapo es duramente golpeado en la oleada de represalias post-liberación. Entre estos dos relatos, un fascinante episodio en el cual Duras mantiene contacto con un mando alemán, el que detuvo a su marido y que sorprendentemente se presta a ayudarla, en una tensa relación de desconfianza mutua que parece ir a adquirir tintes trágicos en cualquier momento. Fascinante segundo relato que completa un terceto inicial que bien podría resumir la esencia del conflicto: la tragedia, la traición, la venganza.
Todo ello escrito en un tono solemne pero no lacrimoso, siempre (recordemos, el punto de partida es un diario) con una sinceridad descarnada antes que grandilocuente. Los diarios de la supervivencia en el peor de los escenarios y un documento estremecedor por el mero hecho de ser eso: sencillo, sincero, resignado, pero no exento de rabia.

martes, 17 de septiembre de 2019

Stephen King: Cementerio de animales

Idioma original: Inglés
Título original: Pet Sematery
Año de publicación: 1983
Traducción: Ana Mª de la Fuente
Valoración: más que recomendable

Como cualquier día de éstos (ojalá pronto) los pazguatos de la Academia Sueca se dejarán de sus tonterías y le concederán el premio Nobel al Rey, don Stephen Edwin King, he pensado que ya iba siendo hora de reseñar alguno de sus muchos libros, antes de que se conviertan en mainstream (esto es broma); y ya puestos, mejor una de sus novelas "clásicas", que no por más conocidas, adaptadas y comentadas dejan de ser obras de un indudable interés.

Porque, eso sí, si por algo se caracteriza este autor es por ser capaz de sacar historias no ya interesantes, sino de lo más originales -amén de terroríficas, claro- de cualquier parte; en esta novela, de algo aparentemente banal, aunque no poco morboso, eso sí, como es un cementerio en el bosque donde los niños de un pueblo de Maine entierran a sus mascotas, y que está cerca de la casa a la que se mudan los protagonistas, el doctor Louis Creed y su adorable familia, procedentes de Chicago. Familia adorable -gato incluido-, a la que, como cabe esperar en cualquier libro de Stephen King, comienzan a ocurrirle cosas poco agradables e incdehorripilants horripilantes... Bueno, de acuerdo, reconozco que, ya de por sí, lo del cementerio de mascotas es una idea no sólo morbosa, sino que da bastante repeluzno (y lo dice alguien que gasta sus vacaciones visitando tumbas de escritores)... pero lo que causa más pavor de esta o cualquier otra de las novelas de King no es tanto, o no sólo, la impronta sobrenatural o paranormal que desvelan, sino más bien todo lo contrario, esa apariencia de cotidianeidad, de normalidad en las que se desarrollan (como bien señala Juan Bonilla en un reciente artículo).

Tampoco es que Cementerio de animales sea "sólo" una novela de terror; mejor dicho, sí que lo es -y en no poca medida-, pero, de igual modo que cualquier otro libro escrito por King, no se trata únicamente de un instrumento para dar miedito al personal: siempre hay algo más. Lo mismo que, no sé... por ejemplo Carrie no es sólo la historia de una chica con poderes psíquicos, y ni siquiera sólo una novela sobre la adolescencia (¿y una novela para adolescentes?), Cementerio... es una novela sobre la responsabilidad, sobre la culpa y la posibilidad -o no- de redimir nuestras faltas (para resumir, sobre las vicisitudes de la paternidad). tampoco digo que King sea Dostoyevski, vaya, pero ni falta que le hace... Y conste que, en cuestiones formales, el Rey es impecable: construye sus creaciones con la perfección da una maquinaria de artesano suizo (aunque quizás se trate más de un maligno autómata steampunk que del consabido reloj de cuco); cierto que a algunos puede que nos pille ya un poco toreados, porque no es lo mismo leerlo a los quince que a los "taitantos"... Se le ven un poco las costuras, sí, pero la maquinaria narrativa avanza inexorable y eficaz como una división Panzer hasta que el barro ucraniano les tiró por el ídem.

De todos modos, hay que admitir que lo más importante de los libros de Stephen King es algo muy curioso, que no sé hasta qué punto ocurre con los de otros autores: puedes estar tirado en la cama de un hotel o sentado en la sala de espera de un aeropuerto o en un vagón de metro, o sobre una toalla en el césped de una piscina municipal, leyendo la narración de algún suceso horripilante que le ocurre a una pobre y simpática familia, la aparición de un fantasma una noche de invierno en medio de los bosques de Nueva Inglaterra o algo parecido... y de repente, te das cuenta de que estás en casa. En la casa que King ha construido para nosotros con sus libros, que, en verdad, puede estar maldita o encantada o acosada por un payaso diabólico o albergar a una psicópata o a un loco con un hacha, lo que sea, pero no deja de ser nuestro hogar.




Tropollón de libros del Rey reseñados aquí

lunes, 16 de septiembre de 2019

William H. Gass: La suerte de Omensetter

Idioma original: Inglés
Título original: Omensetter´s luck
Traducción: Ce Santiago
Año de publicación: 1966
Valoración: Muy recomendable

La publicación en España de la obra de William Gass ha sido un tanto “guadianesca”. Publicado por primera (y efímera) vez por Alfaguara en el año 1985, han tenido que pasar más de treinta años para que podamos ver de nuevo, gracias a La Navaja Suiza, su obra en nuestras estanterías. Así, ya son tres la referencias de William Gass en su joven catálogo: “En el corazón del corazón del país”, “Sobre lo azul” y este “La suerte de Omensetter”.

Quizá no haya que romperse demasiado la cabeza buscando los posibles motivos de esa larga espera. Gass es un escritor “complicado” que requiere un cierto esfuerzo por parte del lector y que difícilmente figurará en las listas de “Lo más vendido”, pero su indudable calidad literaria compensa con creces cualquier otra consideración.

Me centro. “La suerte de Omensetter” fue la primera novela de Gass (ojo a la novelesca historia de su reescritura, explicada por el propio autor en una apostilla final) y trae ecos de Faulkner (¡cómo me recuerda este libro a “El ruido y la furia”!) o de Joyce. Y es que Gass es uno de esos autores en los que la forma es casi tan importante como el fondo.

El fondo es la llegada de Brackett Omensetter y su familia a la localidad de Gilean en la última década del siglo XIX. Es, resumiendo muy mucho, la narración de los efectos que la llegada de un elemento extraño y las acciones que este realiza provocan en la comunidad. Elemento extraño en un doble sentido: el de persona venida de lejos sin que se conozca nada de su pasado y el de persona fuera de los usos y costumbres de la comunidad, hasta el punto de que Omensetter puede ser considerado, al mismo tiempo, un nuevo profeta o un brujo, un ser puro, un idiota o un cabrón,  un contemplativo, un ser confiado en su destino, un ser sin conciencia o un indiferente. Clave en esta parte son las referencias religiosas: desde el propio apellido del protagonista (Omensetter = el que fija los presagios) hasta las continuas referencias al paraíso, pasando por los incendiarios sermones y reflexiones de Jethro Furber.

La forma, tan importante como el fondo, se puede resumir en el uso de tres personajes / narradores, además de un narrador “externo”. Curiosa resulta la elección de los tres personajes / narradores por parte del autor. Ninguno de ellos es el propio Omensetter, al contrario de lo que podría sugerir el título de la obra. La visión que de él tenemos es la que nos ofrecen tres narradores que tienen una credibilidad digamos que limitada.

El primero de los narradores es Israbestis Tott. Pese a ser testigo y en parte protagonista de los acontecimientos, la visión que nos ofrece se aleja en el tiempo de los mismos. Se trata de una visión marcada por la vejez, la enfermedad y las figuraciones y es utilizada por el autor para presentar a algunos de los personajes clave de la novela.

El segundo de los narradores es Henry Pimber. Su entrada en contacto con ese ser extraño y peculiar que es Omensetter le pondrá frente a un espejo en el que resultará terrible mirarse, lo que dará pie a uno de los hechos fundamentales de la novela.

El tercer y principal narrador y protagonista de la novela será el reverendo Jethro Furber. La llegada de Omensetter y el miedo a lo diferente le harán entrar en una espiral obsesiva en la que la culpa, el sexo y un fuerte sentimiento de extrañeidad o exilio interior jugarán un papel preponderante.

Fruto de los estados mentales de los tres narradores será la propia estructura de la novela. Así, estamos ante una narración fragmentaria y confusa en la que la voz narrativa y los tiempos se alternan sin aparente orden ni concierto y en la que diálogos, descripciones, deslavazados monólogos interiores (el Benjy de "El ruido y la furia" parece sobrevolar el texto), realidad y visiones, terrible lucidez y absoluta enajenación mental hacen que el lector haya de permanecer atento.

Como podéis imaginar, esta no es una novela fácil ni “tradicional”. La ausencia de linealidad, las diferentes voces narrativas utilizadas, el continuado uso de metáforas y la multiplicidad de posibles lecturas (por momentos hasta me venía a la cabeza la tremenda “La cinta blanca” de Michael Haneke) ligan el texto a la vanguardia y a la experimentación. Eso sí, más allá de las innovadoras formas, el fondo es absolutamente universal y atemporal. Ahí reside su principal valor.

También de William Gass en ULAD: En el corazón del corazón del país