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viernes, 17 de julio de 2026

ULAD en el FLAZ (Festival Literario de Allariz)

La entrada de hoy no es la reseña de ningún libro. La ocasión lo merece. Y es que hemos tenido el honor de participar, los días 3 y 4 de julio, en el V Festival Literario de Allariz (Ourense), organizado por la editorial Aira y por la librería Aira das Letras. Además, hemos compartido cartel, ni más ni menos, que con Lucía Solla Sobral (sí, la autora de Comerás flores), Juan Gómez Bárcena, José Ignacio Carnero, Antía Yáñez y Tensi Gesteira (por favor, seguid su cuenta de IG: https://www.instagram.com/lecturafilia). ¡Cómo para no contarlo, no!

El caso es que allí nos presentamos el viernes 3 de julio, con tanto miedo como vergüenza, para una primera “toma de contacto” con el resto de invitadas al Festival. Ese previo resultó todo un acierto por parte de la organización pues las charlas informales alrededor de una mesa permiten romper el hielo y, de una forma u otra, orientar las conversaciones que tendrán lugar durante el fin de semana ya sobre el escenario de la Casa de Cultura de Allariz.

Abrió el Festival, la misma tarde del viernes, la conversación entre Juan Gómez Bárcena y José Ignacio Carnero. Bajo el título “El peso de la verdad en la ficción (y viceversa)”, los autores charlaron sobre ficción y realidad, responsabilidad del autor para con la verdad, autoficción, pudor, etc. Cada uno con su estilo, más académico el de Juan y más “campechano” el de Jose, también dejaron interesantes pistas sobre sus procesos de escritura y el trabajo previo de documentación.

Ya en la mañana del sábado tuvo lugar la más concurrida de las charlas, que llevaba por título “Nuevas perspectivas, inquietudes y temas en la literatura actual” y en la que Lucía Solla Sobral y Antía Yáñez hablaron de la necesidad de tratar temas arrinconados (o directamente ninguneados) en el canon literario, de la responsabilidad del autor para con el lector, del mensaje que debe o no contener el texto, de la recepción que esas nuevas miradas y/o nuevos temas tienen a nivel de crítica y público, etc. De verdad, charla necesaria y estimulante.

El sábado por la tarde llegó nuestro turno. Intentando dejar a un lado el miedo escénico y tratando de superar el síndrome del impostor, charlamos con Tensi Gesteira acerca de “La difusión de la literatura en redes: Nuevos lenguajes y nuevos objetivos”, expusimos brevemente el origen y funcionamiento de nuestro blog y debatimos sobre la función que ha de tener la crítica “amateur” frente a la profesional, sobre la necesaria independencia y libertad que han de mantener los blogs / webs / cuentas de reseñas literarias, sobre la posibilidades, ventajas e inconvenientes, aciertos y errores de los nuevos métodos de prescripción y difusión de la literatura y también, ¿por qué no?, aprovechamos para criticar un poquito a influencers profesionales. Algo de carnaza había que ofrecer.

Cerró el festival una mesa redonda en la que los seis invitados departimos acerca de “Escribir para uno, escribir para los demás”. Escribir, ese oficio solitario e interminable que, paradójicamente, siempre se dirige a un destinatario, sea este quien sea. Charla a seis (siete con César, moderador / conductor de todas las charlas) que se desvió hacia otros territorios como la pulsión de la escritura, la habitual precariedad del autor, la necesidad de reconocimiento (y no solo económico, pero también económico) de los creadores, el papel de la administración en ese reconocimiento, etc.

Para gente como nosotros, que solo toca estos temas de forma tangencial y que, salvo honrosas excepciones, no tenemos formación específica en la materia, resulta un placer poder escuchar a gente tan preparada y resulta casi sorprendente haber podido estar ahí.

Y así, hemos de agradecer a Carlos Airas y César Lorenzo (“jefazo” y editor de Aira, respectivamente) la invitación al FLAZ 2026, su amabilidad, su empatía y el trabajo que hacen en favor de la lengua y literatura en galego. En tiempos de IA, globalización y uniformidad, es esperanzador comprobar que aún existen espacios que buscan defender lo local y crear comunidad. Ya lo decía aquel: aquello de hablar de tu aldea para hablar del mundo, ¿no?

No quiero cerrar esta entrada sin agradecer las charlas y la compañía del resto de invitados: Tensi (sigamos haciendo cosas “inútiles e improductivas”), Lucía (santa paciencia la tuya), Antía (creo que quedo algún pimiento de Padrón por ahí), Juan (¡no, si todavía gana España el Mundial!) y Jose (te fuiste sin cantar nada de Juan Pardo. Si un día grabamos algo para el canal de Youtube, te tocará cantar).

Ha sido un fin de semana genial, de verdad. 

P.S.: Si no conocéis Allariz, acercaos por allí. El pueblo y su gente merecen mucho la pena.

miércoles, 27 de mayo de 2026

Metaentrada: ¡Ay, IA!


¡Eh! ¿aquí no debería haber otra cosa? ¿Qué hace esta gente, con tanta metaentrada y tanta reflexión sobre nuestra cruda realidad? 

Las decenas de colaboradores que han reseñado o aún reseñan en este blog siempre han hecho lo mismo: leer un libro, casi siempre hasta el final (o aclarar por qué no ha sido así), pensar sobre las sensaciones que esa lectura les ha procurado, expresarlas en unos cuantos párrafos con sus errores gramaticales y ortográficos, con paréntesis inacabables, con subordinadas que no llegaban a buen puerto, con expresiones extrañas, con metáforas prendidas con pinzas. Pero haciéndolo todo, de principio a fin, sin otro ánimo que divulgar su opinión, en caso de que alguien la lea y le interese.

Así que nos perturba (hasta el extremo de discutir sobre el caso en correos, en chats de Whatsapp) que alguien nos cuele contenido que no obedece en su totalidad a estos sencillos y humanos requisitos. No sabemos si quien lo ha hecho ha sido para obtener visibilidad, para añadir alguna línea a su perfil en redes sociales, o para ostentar ante amigos, conocidos y saludados de cómo se engaña a unos cuantos incautos. Pero lo ha hecho, y diría que hay otra víctima que es el libro, Estación final de Hugo Coya, que podría no estar mal e igual se merece que alguien lo reseñe usando conexiones neuronales y esas cosas.

El día 27 de mayo publicamos una colaboración, firmada por Johan Burga, a quien no conocemos, pero que nos pareció aceptable. Sin embargo, después de que ya estuviera publicada en el blog comenzamos a tener sospechas de que esta entrada podía haber sido escrita, total o parcialmente, mediante herramientas de Inteligencia Artificial. Contactado por el equipo del blog, el autor confirmó que se había servido de IA "para corregir algunas redacciones y mejorar ciertos aspectos de estilo y claridad del texto". Una vez confirmada esta sospecha, hemos decidido retirar la reseña y publicar esta metaentrada para sustituirla.
 
Aunque parezca mentira que haya que decirlo explícitamente, lo decimos: ULAD no publica reseñas escritas, total o parcialmente, con Inteligencia Artificial. 

Tampoco debería hacer falta explicar el por qué de esta decisión, pero si todavía hay algún despistado, aquí van unos cuantos motivos:
 
  • Los Large Language Models (mal llamados "Inteligencia Artificial") han sido entrenados robando descarada e impunemente toda la producción literaria y textual de la humanidad, sin pagar un céntimo a sus autores. No hace tantos años, se nos amenazaba con penas pesadísmas (y algunos las pagaron) por descargar una película o unos cuantos artículos científicos. Y ahora todo ese material robado sin pagar un chavo quiere ser utilizado para quitar el trabajo de escritores, traductores, guionistas, ilustradores...
  • Usar LLM (y otro tipo de IAs) nos vuelve perezosos, hace que se pierdan destrezas básicas, como generar ideas originales, redactar un texto, dibujar... Futuras generaciones habituadas a usar ChatGPT hasta para las cosas más básicas tendrán dificultades para hacerlas cuando ChatGPT no esté disponible - o cuando haya que pagar por usarlo, que evidentemente es lo que van a intentar hacer. 
  • La IA está siendo desarrollada e impuesta por grandes corporaciones tecnológicas, muchas de ellas con vínculos próximos con el amigo americano, que quieren convencernos de que "es inevitable", de que "es el futuro", y de que cualquiera que se oponga es un ludita y un retrógrado. Quizás dejar nuestra vida y nuestra cultura en manos de gente como Elon Musk o Peter Thiel no sea la mejor idea del mundo...
  • La IA es un desastre ecológico, en un mundo en el que los desastres ecológicos no escasean. En cualquier lugar donde se instale uno de sus centros de datos, escasean el agua y la electricidad, y las poblaciones próximas se ven invadidas por la contaminación. Cada vez que preguntamos a ChatGPT una pregunta, se bebe un pequeño lago y consume la electricidad de un pueblo pequeño antes de eructar su respuesta.
  • Encima, la IA ni siquiera escribe bien: crea textos pomposos, genéricos y vacíos, llenos de "no solo esto sino aquello" o "esto es un X, un Y, un Z". Cualquier texto de cualquier colegial tiene más naturalidad y más personalidad que esto.  

Creemos que estas razones son suficientes para no tocar la IA (o sea, los Large Language Models) ni con un palo, pero si queréis añadir las vuestras en los comentarios, podréis hacerlo, naturalmente.

martes, 5 de mayo de 2026

Metaentrada: Mea culpa

Sobre la representación de género en nuestras reseñas en ULAD

Introducción

En un post reciente, en una reseña firmada a mi nombre, una seguidora (el comentario era anónimo, pero dejaba claro que provenía de una mujer) nos hizo una observación que no me pasó desapercibida. Señalaba que en ULAD tenemos un claro sesgo hacia la reseña de autores hombres.

Lo primero que quiero decir es que, al menos de mi parte, si esto es cierto, no ha sido algo premeditado. Por supuesto, eso no constituye ni excusa ni justificación. La ignorancia de un problema no hace que este desaparezca. Sin embargo, y aquí entra el mea culpa, sin señalamientos como este, sin autocrítica, los problemas simplemente no se resuelven.

También es cierto que el equipo de ULAD está compuesto, en su gran mayoría, por hombres (aunque contamos con una colaboradora, cuya participación reciente ha sido limitada por cuestiones de agenda), con una edad media de cuarenta y tantos años. Desde ese punto de partida, cualquier crítica a nuestro trabajo no solo es válida, sino necesaria. Esto no va de enredarse en discusiones estériles ni ejercicios de retórica; va de tomarse en serio las preguntas incómodas.

A partir de ese comentario, decidí revisar nuestros propios datos. Analicé cerca de 600 reseñas (perdonen que no haya ido más atrás, pero tenemos reseñas acumuladas a lo largo de más de 15 años de vida del blog) y comparé la proporción de autores reseñados con la del mercado editorial en general. Lo que sigue no pretende ser un estudio exhaustivo, pero sí un primer intento, honesto y fundamentado, de entender qué está pasando.

Metodología

Se analizaron un total de 595 reseñas publicadas en ULAD. Para cada una de ellas se identificó el sexo del autor o autora reseñada, clasificando los casos en dos categorías: hombre y mujer (en el blog se han reseñado también autores no binarios, lo cual será tema de un futuro post).

La distribución observada fue la siguiente:

Autores hombres: 340

Autoras mujeres: 255

Esto corresponde a una proporción de:

57.1 % hombres 𝑣𝑠 42.9 % mujeres

Para evaluar si esta distribución refleja un sesgo propio del blog o es consistente con el sistema editorial, se compararon estos datos con referencias externas:

1. Producción editorial en España (ISBN, datos recientes).

2. Creación literaria en español.

3. Circuito de traducciones al español.

Se realizaron pruebas estadísticas (test binomial) para evaluar si las diferencias entre la proporción observada y las proporciones de referencia eran significativas (p<0.05). Asimismo, se estimó un intervalo de confianza del 95% para la proporción observada.

Resultados

La proporción de autores hombres en ULAD fue de 57.1%, con un intervalo de confianza del 95% de aproximadamente (53.1%, 61.1%).

Al comparar estos resultados con distintos escenarios:

  1. Frente a una distribución paritaria (50/50), la diferencia es significativa (p  = 0.001).
  2. Frente al mercado editorial general en España (~60% hombres), la diferencia no es significativa (p  = 0.143).
  3. Frente a la creación literaria en español (~62% hombres), la diferencia es ligeramente significativa (p = 0.016).
  4. Frente al circuito de traducciones (~65–70% hombres), la diferencia es claramente significativa (p < 0.0001).

ULAD, en efecto, reseña una proporción significativamente más grande de hombres que de mujeres. Sin embargo, reseña menos hombres (una proporción menor de hombres) que el promedio del sistema editorial, especialmente en comparación con el ámbito de las traducciones.

Discusión

Aquí viene la parte incómoda, y la importante.

El análisis sugiere que no estamos amplificando el sesgo del mercado editorial. De hecho, en cierto sentido, estamos tirando en la dirección opuesta: reseñamos proporcionalmente más mujeres que lo que el sistema produce.

Y sin embargo, esto no es tranquilizador. Al contrario.

Porque si el problema no está (o no está principalmente) en nuestras decisiones individuales, entonces está en algo más profundo: en el sistema editorial mismo. En qué se publica, qué circula, qué se traduce, qué se promociona y, en última instancia, qué llega a nuestras manos como lectores.

Eso, me parece, es más grave.

Sería cómodo concluir aquí: “no es culpa nuestra”. Pero esa no es una conclusión suficiente, ni mucho menos satisfactoria. El hecho de que el sesgo sea sistémico no nos exime de responsabilidad; más bien nos coloca en una posición desde la cual podemos decidir qué hacer.

Porque aunque no controlemos el mercado editorial, sí controlamos (al menos en parte) nuestras lecturas, nuestras elecciones y, por tanto, nuestras reseñas.

Conclusión (y toma de postura)

Este análisis no pretende cerrar la discusión, sino abrirla.

Los datos sugieren que ULAD no presenta un sesgo de género mayor que el del sistema editorial en el que se inserta. Incluso podría decirse que lo corrige ligeramente. Pero eso no basta.

Por mi parte (y hablo aquí a título personal) creo que hay margen, y también responsabilidad, para hacer algo más.

Desde mi pequeña trinchera, puedo:

1. Leer y reseñar a más autoras.

2. Dar visibilidad a escritoras emergentes o independientes.

3. Cuestionar mis propios hábitos de lectura.

4. Y, sobre todo, ampliar las voces que forman parte del proyecto.

En ese sentido, me parece la oportunidad ideal para hacer un llamado abierto:

Si eres lectora y te interesa colaborar con ULAD, puedes empezar enviando tus reseñas a:

colaboraciones.unlibroaldia@gmail.com

Y, si hay afinidad y consenso, por qué no, sumarte como parte del equipo.

Nada nos alegraría más que contar con una mayor diversidad de voces en nuestras reseñas, voces que nos ayuden a ver lo que ahora no vemos, a detectar nuestros puntos ciegos y, en última instancia, a hacer un mejor trabajo.

Referencias
  1. Ministerio de Cultura y Deporte (España). Estadística de la edición española de libros con ISBN
  2. Agencia del ISBN
  3. Instituto Autor
  4. Federación de Gremios de Editores de España
  5. UNESCO – Global book statistics
  6. PEN International – Gender in literature reports

viernes, 3 de abril de 2026

SOMOS DE LETRAS

Bueno: somos de cumplir la palabra y esto sería, más o menos, un resumen de lo obtenido en la entrada de nuestro último aniversario.

Por cierto, sí, para evitar desagradables problemas con personas reales, hemos vuelto a usar la IA para ilustrar nuestra entrada. Los ilustradores sobre pedido se han puesto por las nubes.

La entrada obtuvo 29 comentarios.

De ellos, 16 (el 55%) aportaron algo que pudimos homologar como una lista de acuerdo con lo que os pedíamos.

Aquí surgió nuestro primer problema: "homologar" cualquier comentario que no se ajustaba a nuestra petición (5 autores, por orden + una elección personal + un placer culpable) suponía alterar nuestra primera opción para puntuar, que hubiese sido:

Autor más presente 5 puntos, segundo más presente, 4, y así hasta otorgar al último autor, a la elección personal y al placer culpable 1 punto por cada uno. 

Eso daba un máximo de 17 puntos para una participación completa ajustada a la estructura requerida.

Pero la cosa se complicó: por diversas cuestiones, desde la incontinencia a la hora de enumerar autores hasta la mera pereza a la hora de contabilizar libros o la imposibilidad de hacerlo en bibliotecas personales desperdigadas, desordenadas, inabarcables. Así que hemos tenido que improvisar, repartir puntos de la forma más equitativa, adaptar puntuaciones, etc. Hasta el momento, más de una centena de autores nombrados, y (de momento) este es el perfil de nuestra comunidad lectora. Sr. Bezos, nuestro número de cuenta bancaria en mail separado.

Autores favoritos (puntuaciones/número de menciones): 

Stefan Zweig 19/5

Gabriel García Márquez 16/6

Paul Auster 11/4

Michel Houellebecq 11/4

Stephen King 11/4

Roberto Bolaño 10/3

Charles Bukowski 10/3

Andrea Camilleri 9/4

Haruki Murakami 9/3

John Steinbeck  9/3

Y no deja de ser curioso que los comentarios hayan sido tan heterogéneos y variados que precisamente el último (el de Traveler) es el que coincide con el mayor número de autores de los diez favoritos. ¡Traveler, eres nuestro Ohio! (de momento).

domingo, 1 de marzo de 2026

ULAD al desnudo

Sí: le hemos pedido a cierta IA que nos generara una imagen con un pastel de cumpleaños. Hoy cumplimos diecisiete años de existencia efímera e insistencia estéril. Que leáis, cojones.

Nos ha regalado esta cursilada y hemos dicho OK. Así hacemos que se confíe, porque a partir de aquí seguiremos rebelándonos. 

Si es que ello aún es posible, este blog podría votar el año que viene, cumplidos los dieciocho. O sea, estamos en el último año de adolescencia virtual, y después ya responderemos de nuestros crímenes. Y nuestras aisladas reivindicaciones o asunciones de culpabilidad pasan por la autoadulación, aunque no tengamos estudios de medios ni informes ni posibilidad de medir fiablemente nuestro impacto, si seguimos desde este rincón será porque nadie nos ha silenciado o porque buscamos que alguien nos haga casito o porque alguno aún se quejaría si a las 12:00 hora local no apareciéramos con lo que nos ha apetecido - colectivamente - ese día.

Para celebrarlo, hoy nos gustaría compartir el contenido de las bibliotecas de nuestros colaboradores, y os rogamos (encarecidamente, como hay que rogar) a los lectores que hagáis lo mismo. 

Se trata de un sencillo ejercicio que  nos permitirá trazar una especie de perfil (que, convertido en metadatos, subastaremos al mejor postor) de la biblioteca tipo de nuestra comunidad. Olvidaos, por eso, de que empecemos a emitir videos por Instagram con ese truquito tan sumamente irritante de sostener estratégicamente el libro de manera que no se vea su portada. Nosotros, como siempre, muchos libros, de golpe, y a la cara.

Os pedimos:

Cinco autores más presentes en vuestra biblioteca personal y número de volúmenes que poseáis de cada uno.

Más una mención honorable (ese autor que os encanta pero no ha entrado en esa lista)

Más un placer culpable.

Estos son los nuestros, empezando por los de nuestros más recientes nuevos colaboradores, que todavía no habían sido sometidos al escrutinio público de exponer sus filias, fobias, vergüenzas y perversiones (las literarias, de momento).

Alain:

Primer puesto, con aprox. 30 libros (entre español y japonés): Yukio Mishima. Siempre hago la broma de llamarle ‘mi ultranacionalista favorito’, pero como están las cosas, ya no me hace tanta gracia. Lo que es innegable es su gran talento.

Segundo puesto, con aprox. 25 libros (entre español y japonés): Kenzaburo Öe. La contraparte. Afín al comunismo en algún momento de su vida, antibelicista y antiimperialista. 

Tercer puesto, con 20 libros (entre inglés y español, novelas, cuentos y poesía): Charles Bukowski. Nada que ver con lo anterior. Hilarante.

Mención honorífica (no las cuento como obras independientes, pero en cantidad de libros físicos, demasiados): Asano Inio. Autor de obras maestras del cómic japonés como Oyasumi Punpun. Su más reciente manga, Mujina, está genial.

Gusto culposo (aunque en realidad no). Para toda la comunidad lectora ‘hardcore’ será como decir una blasfemia, pero tengo más de 130 títulos en mi librería de Audible.

José Miguel:

En general, no soy muy completista, por lo que no tengo la necesidad de comprar todo lo que ha publicado determinado autor, por mucho q me guste. Prefiero diversificar autores, aún así consultando la base de datos, sí que acumulo títulos de determinados autores, allá van:

- En primer lugar, con 15 títulos: Gabriel García Márquez ( unos títulos mejor q otros, pero gran literatura).

- En segundo lugar con 11 títulos: Stefan Zweig ( en realidad tengo 4, pero es q solo el volumen de Novelas ya tiene 11 novelas dentro).

- En tercer lugar con 8 titulos: José Saramago (no necesita mayor explicación).

- En cuarto lugar con 7 títulos: Fiodor Dostoyevski ( idem que el anterior).

- En quinto lugar con 7 títulos: Franz Kafka ( una pena q no escribiera más y, sobre todo, q no concluyera lo poco q escribió).

- Menciones honoríficas, no llego a tener tantos títulos: Sandor Marai, Irene Nemirovski, Leonardo Padura, los rusos ( Tolstoi, Chejov, Gogol, Goncharov, Pushkin).

 Félix:

Como José, aunque por otras circunstancias más económicas, tampoco he podido completar a mis escritores preferidos, y recién el año pasado me pude permitir comprar mis propios libros. Así que es una mezcla de la biblioteca de mi familia y la mía 

* Osvaldo Soriano, 13 títulos: un bestseller que aunaba entretenimiento y profundidad como pocos 

* J.M Coetzee, 9 títulos: un gran escritor

* Charles Bukowski, 9 títulos: no es una preferencia, pero me gusta bastante 

* Haruki Murakami, 8 títulos: en principio, me gustaba mucho, luego, como dice uno de sus personajes, ni me gusta ni me disgusta 

* John Steinbeck, 8 títulos: este sí una de las maravillas de la literatura 

Otros de los cuales tengo varios y/o me marcaron: Tolkien, Rowling, Asimov, Kristof, Sabato, Oé, Pamuk, Faverón Patriau, Barth, Foster Wallace 

Gusto (medio) culposo: una tendencia pronunciada a (re)leer libros de entrevistas para encontrar un faro y fantasía juvenil para no olvidar el asombro y la inocencia (quiero decir la buena, no la que es una excusa para el romance tóxico)

 Juan G.B.:

-Primer puesto, con 15 títulos: Leonardo Sciascia (os pensábais que iba a poner Megan Maxwell, no lo neguéis).

-Segundo puesto, con 12 libros cada una: Donna Leon (puedo explicarlo... más o menos), Fred Vargas y Eduardo Mendoza.

-Tercer puesto, con 6 títulos (pero porque se murió antes de escribir más): Bruce Chatwin.

Mi mención honoraria sería tanto para Ítalo Calvino como para Andrea Camilleri, leídos sobre todo de la biblioteca pública, aunque tengo cinco de cada.

Mi placer culpable:  Pues, ahora en serio, las novelas de Megan Max... Nooooo! Los fumetti de Dylan Dog, que también tengo unos cuantos.

 Francesc:

-Roberto Bolaño (incluyendo algún libro sobre su obra) 19

-David Foster Wallace (ídem) 18

-Michel Houellebecq (otro ídem) 11

-Riszard Kapuscinski, Thomas Pynchon - 10

Mención honoraria: Jonathan Franzen -porque sólo publica tochos cada década o así

Placer culpable: Javier Cercas - aunque sea para ponerle verde tras su sofocón monárquico.

 Koldo:

Números aproximados por el desorden que uno tiene. Allá va:

- Primer puesto, con unos 15 títulos: Patrick Modiano (hubo un tiempo preULAD en el que leí como un puto loco todo lo que publicaba).

-Segundo puesto (comparten por lo tanto medalla de plata), con unos títulos cada uno: Michel Houellebecq y Ramiro Pinilla.

-Cuarto puesto, con 10 títulos: Yukio Mishima.

-Quinto puesto, con 8-9 títulos: Atxaga, Mujica Lainez, García Márquez, Mariana Enríquez...

Mención honoraria: Yugoslavos o exyugoslavos raros (Danilo Kis, Aleksandr Tisma, Ivo Andric, Semezdin Mehmedinovic, Predrag Matvejevic, Slavenka Drakulic y compañía) y autoras argentinas (Mariana Enriquez, Silvina Ocampo, Sara Gallardo, etc)

Mi placer culpable:  Los libros de viajes polares. 

 Carlos

Dadas las siguientes condiciones: 1) Un grado de desorden no aceptable para un letraherido; 2) Exagerada tendencia a la diversidad; y 3) Uso frecuente, quizá abusivo, de las bibliotecas públicas; mis números, obtenidos de vistazo superficial a la estantería, quedan claramente lejos de mis ilustres compañeros y dejan un podio así de multitudinario, y que buen esfuerzo me cuesta componer:

- Oro: con unos cinco títulos, quizá alguno más, tendríamos a Juan Benet, Cela (no por afición, sino por aluvión), García Márquez, Torrente Ballester y Valle Inclán

- Plata: con alguno menos, digamos cuatro aunque podrían ser más, Bernardo Atxaga, Borges, Cortázar, Eco, Joyce, Kafka, Sartre, Unamuno, por ahí andan

- Bronce: se lo daríamos a algunos pensadores políticos que hoy en día es mejor no nombrar, y que descansan en cajas en algún altillo

Mención especial a algunos de mis favoritos a quienes no he tenido la elegancia de dejar demasiados derechos de autor, ni a ellos ni a sus descendientes, diríamos Baroja o Juan Goytisolo.

¿Placer culpable? Casi todos lo son, pero a nivel lector admitiría dos: cierto gusto por rarezas, especialmente del siglo XX, y una manga ancha injustificable para tolerar algún mainstream, pero muy de cuando en cuando, las neuronas descansan un poco y después se critica muy a gusto.

Marc:

Bueno, pues creo que mi lista no sorprenderá a nadie, pero ahí voy:
  • Primer lugar: Paul Auster, del que he leido la friolera de 22 libros y al que voy a echar de menos toda mi vida. Por suerte, hay cierta continuidad en el legado, pues:
  • Segundo lugar: Siri Hustvedt, con 16 libros. Mi admirada Siri, siempre entre mis favoritas.
  • Tercero, y dedicado a Juan: Haruki Murakami, con 15 libros. El eterno candidato al Nobel al que creo que ya se ha pasado el sushi. Pero ahí está y ahí están mis buenos ratos con las leturas de sus libros.
  • Cuarto puesto: Stefan Zweig, con 9 libros. ¡Y los que me faltan!
  • Quinto puesto: Annie Ernaux, con 8 libros. Pocos son para una premio Nobel.
  • Mención honoraria a mis amados escritores nórdicos, ¿cómo entenderíamos la oscuridad de la vida sin sus libros?
  • Placer culpable: la verdad es que pocos, aunque en el pasado mucha novela policíaca llena de clichés como las novelas de Baldacci.
Oriol:

Aunque siempre he sido un fetichista del libro físico, durante años prioricé la lectura de documentos sacados de bibliotecas públicas a la compra de ejemplares propios (ya sean de primera o segunda mano). En cualquier caso, ahora que mi colección literaria va tomando forma, puedo decir que:

Los autores más sobrerrepresentados son:
  • Stephen King (25 títulos).
  • Patricia Highsmith (22 títulos).
  • Clive Barker (15 títulos).
  • Alberto Moravia (13 títulos).
  • H. P. Lovecraft (12 títulos).
  • (No cuento el número de tomos de manga, ya que Masashi Kishimoto y Eiichiro Oda se alzarían con una aplastante victoria gracias a mi obsesión juvenil por Naruto y One Piece.)
Mención honorífica: El año pasado habría dicho que lamentaba no tener en mi biblioteca personal mi novela favorita, la magistral Memorias del subsuelo de Fiódor M. Dostoievski, pero como me la regalaron hace poco, voy a sentir el no tener más libros de tapa dura de la editorial Valdemar.

Placer culpable (por llamarlo de algún modo, ya que me parece bastante estúpido avergonzarse de según qué gustos, por más que muchas personas, presuntamente serias, no sean capaces de entenderlos): "Baja" literatura ("pulp" y bolsilibros, géneros "menores" como el terror, el policíaco, el "western", etc...) y literatura sórdida (ya sea por oscura, perversa, decadente, fetichista o todo lo anterior a la vez).  
 
Santi:
Como tengo mi biblioteca dividida entre Bilbao y Lisboa, entre libros físicos y digitales, no voy a conseguir dar números exactos, y tampoco voy a poder comprobar mis recuerdos o impresiones; en todo caso, así de memoria, diría que estos son los autores de los que tengo más libros:
  • Ramiro Pinilla
  • Julio Cortázar 
  • Andrea Camilleri 
  • Stephen King 
  • Agatha Christie
La mención honorífica es para Terry Pratchett, un autor del que he leído un buen montón de libros, pero de quien poseo muy pocos, porque mi práctica es leer sus novelas mientras viajo, y "liberarlas" cuando las termino.
 
Placeres culpables no tengo muchos, porque asumo sin culpa todos mis placeres lectores, aunque de vez en cuando me doy el gusto de comprar una novela policiaca baratucha y llena de clichés para descansar las neuronas.

En fin:
 
Es muy posible que, si los autores más mencionados no encajan en nuestro alcance habitual (difícil, con más de seis mil reseñas, pero vaaamos) nos decidamos a prestar atención a alguno de ellos. Pero no prometemos nada.

viernes, 6 de febrero de 2026

Je suis David Uclés

Hace unos meses escribí una reseña negativa de La Península de las casa vacías, así que creo que no soy sospechoso de amiguuismo cuando digo esto: ahora mismo, todos somos, o deberíamos ser, David Uclés. Lo digo, por si hay quien todavía no se ha enterado, por la campaña de desprestigio, y creo que se puede decir también, de acoso, que se ha organizado en su contra en las últimas semanas, a raíz de algunas polémicas en las que se ha visto envuelto, y en las que los medios e influencers de extremo centro y de extrema derecha parecen haberse coordinado "espontáneamente". 
 
Aclaro que no voy a hablar de los ataques que se refieren a su apariencia, su vestimenta, su orientación sexual o su afición por el acordeón (esos ataques se descalifican solos), y aclaro también que, como se verá después, estoy en desacuerdo con David Uclés, o con algunas de las posturas de David Uclés, en varios aspectos importantes; lo que no quiere decir que sea tolerable una campaña de difamación como la que está viviendo, y que es, en realidad, una manifestación de una estrategia de intimidación más amplia, e incluso global, podríamos decir. (De hecho, esta misma semana y solo en España, un humorista y una influencer de izquierdas han decidido tomarse un descanso en sus carreras a causa del acoso de la extrema derecha). 
 
Así, voy a centrarme en dos de las polémicas recientes de David Uclés, una literaria/editorial y otra política, de las cuales la segunda me parece sin duda la más relevante.
 
 
La polémica del Premio Nadal
 
A principios de año (como es habitual) se fallaba el Premio Nadal y, para sorpresa de muchos, el ganador no era otro que el "chico maravilla" de la literatura española reciente, con una novela titulada La ciudad de las luces muertas (que obviamente no he leído, porque en el momento de escribir esta reseña todavía no está a la venta; y que probablemente no leeré, al menos por ahora, vista mi impresión de la anterior novela del autor y de las primeras reseñas que van apareciendo en la prensa). En el momento de la entrega del premio, el autor explicó que se trata de una declaración de amor a Barcelona, con toques de realismo mágico (again), e inspirada por la obra de Carmen Laforet, Montserrat Roig o Mercè Rodoreda, entre otros. De hecho, la novela fue al menos parcialmente escrita gracias a una beca Montserrat Roig, que permitió al autor residir en Barcelona durante seis meses.
 
Conviene recordar que el premio Nadal no es un premio tan ridículamente comercial como el Planeta (solo hay que recordar que el último Planeta lo ganó Juan del Mal), aunque obviamente lo que las editoriales que conceden estos premios quieren es vender libros. Así, pronto se levantaron algunas sospechas de que se trataba de una forma no demasiado sutil de "robarle" un autor de éxito a Siruela, para traérselo al grupo Planeta (a quien pertenece actualmente la editorial Destino que concede el Nadal). El propio David Uclés se ha defendido de estas acusaciones afirmando (y algo de razón no le falta) que el éxito de La península... le ha beneficiado a él, pero también a Siruela, así que no hay nada criticable en que ahora siga su camino y "migre" a una editorial diferente, y a un grupo tan potente como Planeta. 
 
Personalmente, no puedo dejar de apuntar que el movimiento resulta algo oportunista por parte de David Uclés, que parece haber escrito una-novela-para-ganar-el-premio-Nadal, con guiños a la cultura de la ciudad en la que se sitúa en grupo editorial que la publica, unos cuantos fuegos artificiales literarios marca de la casa, y un discurso paratextual "bienqueda", también marca de la casa. Quizás se trate de una novela magnífica, y si es así me comeré mis palabras, pero lo que sé sobre ella en este momento me hace verla más como un producto vendible que como un proyecto artístico.
 
Esta polémica, que es habitual en el caso de premios de carácter más o menos abiertamente comerciales, ganó una nueva dimensión a partir de un artículo de Nadal Suau en El Paísen el que daba una de cal y una de arena: defendía a Uclés de los ataques fascistas que (ya entonces) estaba recibiendo en redes, sobre todo en X; pero al mismo tiempo criticaba, de forma bastante diplomática pero clara, el proceso de "construcción de una persona pública" del escritor, como parte de su estrategia de promoción: la boina, el acordeón, el buenrollismo... 
 
Después de este artículo, la polémica entró en ámbitos poco agradables: Uclés acusó a Suau de criticarle por su aspecto (lo que no es cierto, creo); Manuel Vilas, que también ganó el Nadal hace unos años, y que parece que le tenía guardada alguna inquina al crítico de El País, entró como un elefante en una cacharrería en un post de Facebook acusando a Nadal Suau de atacar a Uclés por elitismo cultural, o sea, porque vende muchos libros; y a ambas críticas Suau respondió, de forma sin duda poco elegante, publicando algunos mensajes privados enviados por Uclés, en los que este se mostraba cordial e incluso agradecido por el apoyo del crítico contra los ataques... En fin, que la cosa pasó de lo literario a lo personal, perdiendo gran parte de su potencial interés: la reflexión sobre el funcionamiento del sistema editorial español, y la importancia de la presencia pública (y, hoy en día), online de los escritores para contribuir o garantizar su éxito. 
 
 
La polémica sobre el evento La guerra que todos
 perdimos
La segunda y más reciente polémica me parece mucho más relevante y significativa, sobre todo por la su simbolismo en el panorama cultural y político actual. Muy resumida, la cuestión es esta: David Uclés había sido invitado para un coloquio sobre la Guerra Civil organizado por Pérez Reverte y Jesús Vigorra, cuyo título y composición ignoraba, aparentemente, cuando aceptó la invitación; a pocos días del evento, cuando supo que el título era 1936: La guerra que todos perdimosy quién iba a participar además de él, decidió retirar su participación, en primer lugar por estar en desacuerdo con la premisa ("la Guerra Civil la sufrieron todos, pero solo la ganó un bando", explicó más tarde), pero sobre todo por su rechazo a compartir cartel y evento con personalidades como José María Aznar o Espinosa de los Montero. Siguiendo a su desistencia, o de forma casi simultánea, varias personas más se dieron de baja, lo que ha llevado al aplazamiento de las jornadas hasta octubre. 
 
Antes de pasar a hablar de las consecuencias y el backlash generado por todo esto, sobre todo para el propio David Uclés, me parece relevante mencionar que esta posición del escritor supone una evolución o una matización de sus posiciones anteriores, mucho más equidistantes en este tema; de hecho una de las críticas que yo mismo le hacía a su novela La Península... era asumir ese discurso de la "guerra cainita" entre hermanos, la tragedia humana desideologizada en la que ambos bandos cometieron atrocidades. Declaraciones igualmente tibias en entrevistas en que parecía equiparar la crispación generada a izquierda y a derecha del espectro político parecían ir en la misma línea de ambigüedad calculada. Con todo, ya algunas actuaciones anteriores, como el discurso pronunciado ante Isabel Díaz Ayuso, de tono muy crítico, parecían indicar que Uclés estaba saliendo de ese marco de equidistancia y de querer contentar a tirios y a troyanos. Este cambio puede deberse, precisamente, al hecho de estar recibiendo ataques en redes sociales incluso con una postura tibia y apaciguadora, o precisamente a causa de ello: no sirve de nada intentar apaciguar a los bullies de extrema derecha, porque siempre van a exigir una adhesión absoluta - e incluso así... 
 
[Como nota al margen, porque preveo lo que van a decir los comentarios: sí, la izquierda (yo mismo, por ejemplo) también criticó la novela de Uclés por su equidistancia ideológico; pero de ahí a los insultos y las amenazas va un gran paso...]
 
David Uclés, por lo tanto, caído ya del equidistante guindo ideológico, renunció a participar en las jornadas de Pérez Reverte, que se defendió diciendo que el título se suponía que debía aparecer entre interrogaciones ("¿La guerra que todos perdimos?"), lo que no sé si mejora gran cosa el tema. Y además y después de eso, con todo el ego y todo el machirulismo de que hace gala habitualmente, se ha dedicado a atacar a David Uclés, llamándole mentiroso e infantil, retirándole la invitación y sugiriendo que todo forma parte de una campaña de autopromoción. Y detrás de Pérez Reverte, que sigue siendo una figura poderosa dentro del mundo cultural español, han venido naturalmente sus acólitos y seguidores a sumarse al linchamiento. Entre ellos, Ana Iris Simón, la gran musa del rojipardismo patrio, que publicó un artículo lamentable en El País (lo que, en su caso, no es precisamente una novedad) acusando a Uclés de ser fascista por no querer debatir con fascistas. 
 
Mi afirmación inicial de que todos somos, o debemos ser, David Uclés tiene relación con esta segunda polémica: en un momento de crecimiento global de la ultraderecha (y ya preveo una vez más los comentarios: "¿Y VeNezUeLa?"), quien se atreve a denunciarla y a distanciarse públicamente de ella, tiene que tener el respaldo y el apoyo de todos los demócratas (no solo de los de izquierdas), independientemente de que sus novelas nos hayan podido gustar más o menos, o de que hayamos podido discordar de algunas de sus posiciones anteriores. Es una cuestión de decencia y de conciencia democrática, de memoria histórica y de dignidad.
 
Así pues, lo repito por si no ha quedado claro: Je suis David Uclés

domingo, 28 de diciembre de 2025

2026: Poca broma

Solemos plantear, cuando la fecha se acerca, a qué dedicamos nuestra pequeña e inofensiva broma anual. Ya son unos años, los que llevamos. Hemos recurrido a libros inexistentes, a autores imaginarios, a diversas estratagemas, trampas inofensivas para poner a prueba ingenuidad y buena voluntad de nuestros lectores.

No va a ser así este año. 

Como humildes, y seguramente irrelevantes partícipes de la difusión de la cultura (o del porcentaje que de ésta represente la producción literaria a que prestamos atención), no podemos ser ajenos al riesgo que para esta supone la radicalización política que se está apoderando no sólo de Europa (primer ámbito de nuestro alcance, la mayoría de los que aquí escribimos residimos en la Península Ibérica) sino, en general, del entorno hispanoparlante. No creo que haga falta explicar el crisol de circunstancias concurrentes, desde la intoxicación constante desde los medios de comunicación o las  redes sociales, al avance político y social de diferentes oleadas de pensamiento, todas ellas cohesionadas bajo el magma unificador de la imposición de credos, sean estos políticos o religiosos, de visiones siempre oportunamente sesgadas de la sociedad y de la realidad. Visiones cimentadas en antagonismos, en posturas irreconciliables, un caldo de cultivo ideal para una de las mayores tentaciones: suprimir al contrario, una de cuyas facetas es silenciar su opinión o distorsionarla.

Entramos en 2026 y esto no admite bromas: la literatura tampoco es ajena a esas turbulencias. Y su influencia puede ser limitada pero aún podría ser poderosa. No solo asistimos a esa preocupante polarización de las sociedades, también nos enfrentamos al enorme riesgo de que la desaparición del espíritu crítico sea un oportuno daño colateral. Si algo tiene la cultura, en sus distintas formas, es la capacidad de apelar a ese espíritu, tan incómodo para quienes quieren gobernar el mundo rodeados de parabienes de aduladores. Ciertas corrientes hablan de la muerte de la narración, y si ese desequilibrio no se compensa, si nos quedamos en el confortable bando de la complacencia, de leer solo esos ensayos de quienes piensan de forma muy parecida a nosotros, nos espera más de lo mismo desde otros flancos. Ved, si no, nuestras recientes listas: muchos de nosotros nos hemos quejado en términos como año flojo o análogos. Y no me suena que muchas de las consideradas novedades en narrativa hayan calado hondo. De hecho, no recuerdo repeticiones en nuestras respectivas listas y desde luego nuestra coincidencia con las de los medios, ejem, oficiales, es nula. Y la ausencia de una narrativa fresca y potente que refleje las sociedades actuales es preocupante. Era esa proyección de personajes ficticios a la realidad lo que atrapaba a muchos, ese reflejo nos hacía pensar y reflexionar. Hoy tenemos, por todas partes, libros de opinadores, de tertulianos, de oportunos biógrafos y oportunos autobiógrafos,  de estrellas mediáticas más pendientes de transferencias que de trascendencias, y muchos de esos agentes literarios sobrevenidos son solo cómplices de eso, perdón por la redundancia, de la complacencia con ese poder que me premia y me publica y que me hará rico si actúo en su apoyo. Supongo que cada sociedad tiene sus ejemplos particulares.

Somos conscientes de que habrá lectores que piensen que esta reflexión tiene también un sesgo ideológico. De que algunos puede que lleguen a la conclusión de que nos oponemos a opciones que pueden haber votado esos lectores en los sitios en que viven. No se trata de eso. Hay que poner en duda a cualquiera que quiera imponernos verdades absolutas. En un lado y en otro, en mundos reales o en paraisos ficticios. Y para hacerlo, la cultura nos ayuda a ello. No nos arriesguemos a que deje de hacerlo. 

viernes, 24 de octubre de 2025

Antonio Escohotado: Historia general de las drogas (Metaentrada)

Idioma original: Español

Año de publicación: 1983

Valoración: Imprescindible

En 1983, Antonio Escohotado publicó Historia general de las drogas, una obra monumental que reconstruye la relación entre ebriedad, ley, comercio y cultura a lo largo de siglos. Su apuesta, leer las drogas como un fenómeno humano total, inseparable de la libertad individual y de los dispositivos de control social, sigue interpelando hoy, cuando la conversación pública oscila entre el moralismo, la hiperindividualidad, y el tecnocratismo.

Esta reseña parte de esa ambición panorámica, pero quisiera añadir un matiz: el de la neurociencia contemporánea. No pretendo (dios me salve) de actualizar a Escohotado con bibliografía reciente, sino de poner a dialogar su marco histórico y jurídico con hallazgos recientes y política pública basada en estudios científicos (si es que existe tal prodigio). Ese diálogo, creo, ilumina la vigencia del libro y también sus límites.

Primero, una lectura de su Introducción y de los conceptos que la vertebran; después, un examen de capítulos clave a la luz de estudios actuales (psicodélicos, ketamina, MDMA, adicciones conductuales) y, por último, una reflexión sobre la compleja tarea de integrar historia, neurobiología y política de drogas. El objetivo no es dirimir un pleito ideológico, sino ganar comprensión práctica sobre cómo y por qué ciertas sustancias mejoran o empeoran la vida de las personas.

Lo de “imprescindible” no es hiperbólico. Cualquiera que pretenda opinar sobre drogas (léase podcastero, youtubero, tiktoker, etc.) como mínimo debería manejar el bagaje que aporta este libro (lo cual, ya lo sé, es pedirle peras al olmo).

Introducción

Escohotado abre su tratado con una tesis potente: lo psicoactivo no es un accidente moral sino un hecho psicofarmacológico que acompaña a la cultura desde sus comienzos. El pasaje sobre "la cosa tangible" que altera el ánimo y la ambivalencia del phármakon (remedio/veneno) sitúa la discusión más allá del bien y el mal: importa quién, cómo, cuándo, dónde y para qué se usa. Esa intuición, que hoy llamaríamos "dependiente de contexto, dosis y sujeto", sigue siendo fértil: la frontera entre perjuicio y beneficio no está en la molécula, sino en las condiciones de su uso. Ahí Escohotado es, todavía, sorprendentemente actual.

Me gustaría matizar dos lugares comunes que el propio Escohotado cita: la equiparación del "electrodo de placer" con la degradación del toxicómano, y la idea de que las drogas "enloquecen de placer". Los clásicos experimentos de autoestimulación intracraneal no se reducían al hipotálamo: involucraban circuitos mesolímbicos que median motivación, aprendizaje y saliencia, no simple hedonía. Hoy sabemos que el problema del enganche a una droga no es "sentir más placer", sino la tolerancia y la dependencia, cuando se presenta una disociación entre el consumo y el refuerzo (dígase placer, euforia, sopor); esa disociación explica por qué el consumo persiste aun cuando el placer disminuye, lo que define la formación de un hábito (o en este caso, una adicción). 

El libro también enmarca el fenómeno en términos político-jurídicos: del "pecado" al "delito de riesgo" y a la excepción penal que suspende garantías. Aquí conviene actualizar la foto con datos globales: los informes recientes de OMS muestran mercados dinámicos, nuevas sustancias y respuestas heterogéneas; la dicotomía "sociedad sin drogas vs. libre mercado de todas" sigue siendo retórica, mientras la realidad cotidiana transcurre entre prohibición, mercado ilícito y sustitutos/adulterantes. 

En el frente clínico, la "bendición y maldición" del phármakon hoy es más matizada y empírica. Por ejemplo, la psilocibina ha mostrado señales antidepresivas en depresión resistente, aunque con efectos adversos y necesidad de ensayos más largos y comparativos; no es una panacea, pero tampoco un mito. En paralelo, la ketamina ofrece alivio rápido en depresión resistente bajo protocolos estrictos de seguridad, y la investigación compara su desempeño con antidepresivos convencionales (resultados que se han visto embarrados debido al abuso por parte de figuras públicas deleznables como Elon Musk). Estos avances confirman que la psicofarmacología puede ampliar el repertorio terapéutico sin borrar sus riesgos. 

Sin embargo, el entusiasmo debe convivir con el escepticismo regulatorio. El caso MDMA-TEPT (estrés postraumático) ilustra cómo, aun con resultados promisorios, los comités de la FDA han concluido que la evidencia y el balance beneficio-riesgo aún no son suficientes; la decisión reciente de no aprobar empuja a mejorar diseño, monitoreo y estándares de seguridad. 

Finalmente, cuando Escohotado anticipa que el problema no es sólo sanitario sino político y social, hoy podemos añadir un matiz de salud pública: las intervenciones de reducción de daños (p. ej., centros de consumo supervisado) se asocian con reducciones locales de mortalidad por sobredosis y menor carga para servicios de emergencia; no sustituyen el tratamiento ni "resuelven" la adicción, pero son piezas útiles en ecosistemas complejos. 

SECCIÓN PRIMERA — Magia, farmacia, religión

Escohotado sitúa la ebriedad en el cruce entre rito, remedio y norma. Desde Mesopotamia hasta las Américas precolombinas, muestra que las drogas no nacen como "vicio" ni como "crimen", sino como instituciones: usos reglados que organizan comunidad y experiencia. Entre dos polos, posesión y excursión, la ebriedad puede ser fusión con lo sagrado o apertura de visión; en ambos casos, suspende la rutina perceptiva y redistribuye el sentido de lo permitido.

El "mapa" se completa con mitos que codifican reglas y riesgos, y con una cotidianidad donde vino, opio y farmacopeas se integran en economía, medicina y derecho: lo profano y lo sagrado forman un continuo más o menos utilitario. Leída hoy, esa intuición dialoga con la neurociencia: los psicodélicos pueden aumentar la flexibilidad cognitiva cuando el contexto es el adecuado (el clásico set & setting), y la clínica contemporánea traduce antiguos ritos en protocolos terapéuticos (si bien, muchas de las "terapias" provenientes del psicoanálisis están más cerca de la magia que de la realidad, ¡qué daño ha hecho ese madafaka de Froid!). Del soma al peyote, la sección traza una fenomenología comparada de estados de conciencia y deja una idea central: la molécula importa, pero su marco de uso: cultural, ritual o clínico, es lo que decide su valor y su riesgo.

SECCIÓN SEGUNDA — Cristianismo, islam y la invención de la cruzada 

Escohotado traza cómo Occidente convirtió la ebriedad en asunto de obediencia. Del cristianismo antiguo a la baja Edad Media, la alteración "legítima" del ánimo (eucaristía, ascetismo) se opone a las formas profanas o terapéuticas, que pasan a leerse como desorden, herejía o simple depravación. La persecución de la brujería se convertirá en modelo: archivo inquisitorial, erotismo como pretexto, y una pedagogía del miedo que inaugura el delito sin víctima (la hipótesis de que dildos untados con psicotrópicos derivaron en la iconografía de la escoba de la bruja es, cuando menos, asombrosa). 

En el mundo islámico, alcohol, opio y cáñamo revelan la otra cara: las mismas sustancias pueden ser institución o crimen según el encuadre ritual y jurídico. La irrupción del café consagra una "ebriedad" alerta, estimulación sobria compatible con la ciudad y la burocracia (lo que equivaldría al uso de la cocaína en Wall Street, o de las anfetaminas en residentes de medicina o amas de casa), mientras el cáñamo queda como un irruptor de la disciplina. Se dibuja así una regla: el estatus legal no coincide con el riesgo biológico.

El tramo final, del humanismo a Paracelso y el caso americano (tabaco, coca, mate), adelanta la toxicología moderna: dosis y contexto deciden el sentido del phármakon. Con el tránsito a la modernidad, la demonología deviene en "toxicomanía", y economía, medicina y política aprenden a gobernar la percepción. La cruzada cambia de vocabulario, no de lógica.

SECCIÓN TERCERA — Liberalismo, opio y el siglo de los laboratorios

Escohotado deja atrás la teología del cuerpo y entra en la modernidad: el final del Antiguo Régimen desactiva la cruzada moral y devuelve la conducta sin víctima al terreno del derecho civil. La pregunta ya no es "pecado o virtud", sino daño medible: riesgo, dosis, contexto y externalidades. En ese viraje asoman dos frentes que marcarán el siglo: la "cuestión china" del opio y el papel del comercio europeo en la terapéutica.

El liberalismo destapa el caño del desagüe: láudano, morfina, cloroformo, éter y los primeros barbitúricos expanden accesos y usos, mientras la medicina aprende a distinguir analgesia, anestesia y sedación y paga el precio en tolerancia, dependencia y negligencia. El phármakon se vuelve margen terapéutico: no hay venenos morales, sino curvas dosis–respuesta y farmacocinética (la vía y la velocidad de entrada moldean el potencial adictivo tanto como la molécula).

La cocaína condensa el ciclo moderno: entusiasmo científico, promoción comercial, usos clínicos y, después, estigma. Lo que el siglo XIX y XX llamó "vicio" hoy se entiende como saliencia sensibilizada y plasticidad dopaminérgica que empuja del "gustar" al "querer". El cierre regresa a los visionarios, cáñamo y peyote, para mostrar el paso de lo sagrado tutelado a lo experimental clínico: protocolos, set & setting e integración. Si la Edad Media inventó la cruzada, el laboratorio inventa su antídoto laico: el método.

SECCIÓN CUARTA — De la "conciencia del problema" a la paz farmacrática 

Escohotado narra cómo, del primer impulso internacional por "ordenar" los psicoactivos, se pasa a un régimen estable de control. La escena arranca con misiones y conferencias que inventan el léxico del peligro y culmina en La Haya y la Ley Harrison, donde la adicción deja de ser asunto médico para convertirse, en la práctica, en materia penal y fiscal. Las dos primeras décadas de cruzada cierran clínicas, prohiben el alcohol y, con la Marihuana Tax Act, criminalizan el cannabis por vía impositiva: no se prohíben moléculas por su fisiología, se clasifican por su lugar en un tablero moral y administrativo (y si nos acercamos a las teorías conspirativas, en la irrupción del cáñamo en el mercado de los textiles, dominado por los dueños (ex-esclavistas) de la industria del algodón).

Sigue una fase de latencia que arma la maquinaria (industria, agencias, leyes más duras) hasta fijar una "paz farmacrática": proliferan estimulantes, narcóticos y ansiolíticos legales, y el consumo se normaliza bajo vigilancia. El hilo común es claro, el mundo deja de debatir qué hacen las drogas para decidir qué son y quién puede tocarlas. Leída hoy, la sección anticipa un matiz que confirman los estudios recientes: el daño no es una esencia química sino un acoplamiento entre farmacología, aprendizaje y contexto. Controlar "drogas" es, en rigor, gobernar conductas y entornos. Siendo optimistas, este es un progreso importante.

SECCIÓN QUINTA — Los insurgentes

Escohotado retrata la disidencia frente al orden "farmacrático" nacido tras la I Guerra Mundial y fijado con la Convención de 1961. El desequilibrio es evidente, el cáñamo se ubica junto a tóxicos "superadictivos" mientras los psicofármacos de uso masivo sostienen la normalidad química sin el mismo estigma. Los sesenta amplifican la grieta: contraculturas, psicodelia y, como contragolpe, la "nueva ley internacional" que extiende el cerco al LSD, DMT, mescalina, psilocibina y THC, y reordena estimulantes y sedantes. El mensaje de fondo paso de castigar faltas a normalizar conciencias; la elección de estados mentales se convierte en enfermedad o delito y la intimidad queda bajo tutela.

Leída hoy, la sección gana relieve empírico. Los psicodélicos muestran potencial terapéutico cuando se encuadran en protocolos estrictos, desmontando la equivalencia automática entre éxtasis y patología. El MDMA ofrece la contracara: el rechazo regulatorio reciente no reimpone el anatema, obliga a elevar el listón metodológico. Y un frente inesperado, los agonistas GLP-1 (e.g. Ozempic, con todos los cadáveres andantes que ha producido), sugiere nuevas dianas para el consumo compulsivo más allá del dopamina-centrismo. En conjunto, la insurgencia ya no es sólo cultural, es de método. Se trata de clasificar mejor, medir mejor y cuidar mejor, sin confundir moral con farmacología.

SECCIÓN SEXTA — La "nueva ley internacional", la exportación de la cruzada y la era del sucedáneo

Escohotado muestra el tramo final del prohibicionismo, definir para gobernar. Con el Convenio de 1971 se reordena el mapa. Los psicodislépticos obtienen lista propia y los estimulantes/sedantes se reparten en paralelo, mientras un vocabulario (estupefaciente, hábito, dependencia, psicotoxicidad) se impone como gramática de poder más que como reflejo de la farmacología. La cruzada se exporta: adormidera y coca sirven para tejer operaciones, acuerdos y retóricas humanitarias que externalizan costes y fijan una "paz farmacrática" donde policía, diplomacia y mercado conviven (aquí valdría mencionar el pretexto más reciente para eliminar el debido proceso penal e invadir soberanías ajenas: el fentanilo).

El "retorno de lo reprimido" llega con la heroína (o, en nuestros días, el fentanilo) y la cocaína: la demanda no desaparece, cambia de forma; sustitución, adulteraciones y picos epidémicos dibujan un daño reconfigurado por la propia política. En paralelo, la marihuana reabre su disputa pública (aún usada por los sectores más conservadores para desprestigiar a sus adversarios, como el caso más reciente del candidato a la alcaldía de Nueva York, Zohran Mamdani). Entre designer drugs y análogos del fentanilo, la ley ya no prohíbe sustancias una a una, persigue familias y potencias (prohibición por analogía). El resultado es previsible, cada cerco legal abre un borde de innovación. La química va por delante; el derecho, detrás, intentando darle alcance. El cierre anuncia el tiempo que seguimos habitando y que acecha a los más jóvenes: la era del sucedáneo (el juego, las redes sociales, etc.).

Conclusión

Historia general de las drogas sigue siendo, a más de cuatro décadas de su publicación, un mapa intelectual poderoso: exhibe cómo las sociedades definen, ritualizan y castigan ciertos estados de conciencia. Su apuesta por recuperar el phármakon, remedio y veneno según dosis, sujeto y contexto, resiste bien el contraste con la ciencia contemporánea: hoy sabemos que el daño o el beneficio emergen menos de "la sustancia" que de patrones de uso, contingencias de aprendizaje y marcos institucionales.

Leída con una lente neurocientífica, la obra desplaza el tópico del "placer" hacia la motivación sensibilizada y la saliencia: lo que se potencia no es tanto el "gustar" como el "querer" (o en grados avanzados, necesitar). Ese giro explica por qué el consumo persiste cuando el placer mengua, y por qué intervenciones eficaces combinan farmacología con contexto. En este punto, Escohotado acierta al insistir en que la molécula no es una esencia moral y que el marco cultural y jurídico es parte de la farmacodinámica social.

Donde el libro es más polémico, y valioso, es en la genealogía de la cruzada contra las drogas: muestra cómo la ley nombró y fabricó "la droga" como problema penal (o moral) antes que sanitario. La investigación actual en salud pública no desmiente esa tesis: confirma que el estatus legal se desacopla con frecuencia del riesgo biológico y que la represión, por sí sola, reconfigura mercados y daños sin resolver determinantes conductuales.

Escohotado ofrece una teoría robusta de cómo llegamos a gobernar la percepción y el ánimo; la evidencia actual permite decidir para qué y en qué condiciones conviene hacerlo. Entre la tentación del anatema y la fantasía de la panacea, queda un terreno exigente: el estudio riguroso de la bioquímica del organismo humano. Si algo permanece después de cerrar el libro, es la convicción de que discutir sobre drogas es, en realidad, discutir sobre libertad y comunidad. Y que esa discusión se vuelve más honesta cuando la historia, la ley y la ciencia se escuchan entre sí.

jueves, 18 de septiembre de 2025

Naoki Matayoshi: Hibana (Metaentrada)

Idioma original: Japonés

Título original: Hibana (火花)

Traducción: Pendiente

Año de publicación: 2015

Valoración: Recomendable

Tengo sentimientos encontrados respecto a este libro.

Hibana es la novela más vendida del siglo XXI en Japón y uno de los mayores bestsellers de la historia del país. Algo raro ya que no es una novela juvenil, thriller o de romance. Una pregunta que surge de inmediato al conocer este dato es: ¿por qué aún no se ha traducido al español? (Otro libro de Naoki, Érase una vez un libro, ya fue publicado en español por la editorial Plaza & Janés). El hecho de que esta novela haya conmovido a millones de japoneses basta para justificar una reseña exhaustiva en este blog, aunque todavía no se pueda leer en el idioma de Sor Juana Inés de la Cruz (no voy a decir Cervantes hasta que no devuelvan el oro).

¿De qué trata el libro?

Hibana es, en esencia, una novela de formación. El protagonista, Tokunaga, es un joven comediante en los comienzos de su carrera. En una de sus presentaciones conoce a Kamiya, un humorista más experimentado que termina convirtiéndose en su mentor. La novela relata el ascenso y caída de Tokunaga en el despiadado mundo del showbiz. Kamiya ejerce como consejero, pero su personalidad excéntrica y su purismo respecto a la comedia generan más problemas que certezas en Tokunaga, cuyo objetivo último es convertirse en un comediante exitoso.

Esta no es una historia feliz; el tono general de la novela se inclina más hacia lo agridulce.

A medida que avanza la historia, la relación entre Tokunaga y Kamiya se convierte en el eje de la novela. Kamiya, con su visión radical y casi ascética de la comedia, insiste en que el humor debe ser un arte puro, aunque ello signifique sacrificar fama, dinero e, incluso, la estabilidad personal. Tokunaga, por su parte, admira a su mentor, pero se siente atrapado entre la necesidad de sobrevivir en la industria del entretenimiento y el idealismo extremo de Kamiya.

El contraste entre ambos personajes es lo más destacable de la novela: mientras Tokunaga lucha por abrirse camino y alcanzar un reconocimiento que parece siempre esquivo, Kamiya se hunde en la marginalidad, víctima de sus propias obsesiones y de un mundo que no tiene lugar para un comediante incorruptible. El resultado es una relación ambivalente, de respeto, frustración y, finalmente, desencanto.

La novela no solo muestra las dificultades del oficio de comediante, sino también la precariedad de las relaciones humanas cuando están atravesadas por la ambición y la necesidad de encontrar un sentido a la propia vida. En ese sentido, Hibana se acerca más al retrato existencial que a una simple narración sobre la comedia y el espectáculo

¿Por qué no se ha traducido al español? Una conjetura.

Se suele decir que el género literario más difícil de traducir es la poesía. Yo discrepo. ¿Alguna vez han intentado contar un chiste en otro idioma? Es una experiencia frustrante: el simple hecho de tener que explicarlo hace que pierda todo sentido. La comedia me parece más intraducible aún que la poesía. Todos los elementos que la sostienen: el ritmo del idioma, las referencias locales, los juegos de palabras, los matices metalingüísticos; se diluyen al pasar de una lengua a otra. 

Si ya resulta una empresa heroica escribir con humor y conseguir que funcione en la lengua original, trasladarlo con fidelidad a otra es una tarea inconcebible. No es casualidad que muchas editoriales desistan de publicar novelas centradas en la comedia: más allá de la fama en su país de origen, la recepción internacional puede quedar gravemente comprometida. Hibana, una obra profundamente enraizada en la cultura de la comedia japonesa, enfrenta este obstáculo de manera radical. Para traducirla se necesitaría recrear los códigos culturales por completo.

Quizás esa sea una de las razones por las cuales la novela aún no ha llegado al español. Aunque, a mi parecer y de manera paradójica, esta misma dificultad es lo que hace que Hibana resulte fascinante: es un testimonio literario de un mundo que resulta prácticamente intraducible. Para muestra, un botón: Hibana fue traducida al inglés con el nombre de “Sparks”. Resultado, es una mierda (no, en serio, es horrible). He visto los comentarios en goodreads a la edición en inglés, hecha por lectores que desconocen el japonés, y muchos coinciden en que la novela es incomprensible, por decir lo menos.

¿En qué difiere el humor japonés del de los países hispanohablantes?   

(Como premisa, discutible pero no aquí, el humor en España y Latinoamérica es muy similar. Salvo gustos personales, se puede disfrutar por igual de un standupero colombiano, de una película española o de una batalla de freestyle en México).

Dejando de lado el humor escatológico o el slapstick que alimenta el estereotipo televisivo japonés de concursos y caídas aparatosas, la principal diferencia está en el peso que tiene el lenguaje mismo en la construcción de la risa. El humor japonés tiende a apoyarse en la sonoridad de las palabras, en los homónimos (los cuales abundan debido al menor número de fonemas en comparación con el español) en los dobles sentidos y en las expresiones regionales. El “chiste” no siempre se formula como una historia con remate, sino como un quiebre lingüístico que depende del timing y de la complicidad cultural. En este sentido, lo gracioso no se encuentra tanto en lo que se cuenta, sino en cómo se dice.

Dentro de esa tradición, el manzai ocupa un lugar central. Es una forma de comedia en dúo que remonta sus orígenes al período Edo, pero que se consolidó en el siglo XX con el auge de la televisión. En el manzai hay siempre dos figuras: el boke, encargado de decir disparates o cometer errores, y el tsukkomi, que corrige con brusquedad y devuelve la lógica al diálogo. Lo fascinante de esta dinámica es que el humor surge del ritmo vertiginoso del intercambio, de la precisión con que se encadenan los malentendidos y las réplicas. Un espectador japonés capta inmediatamente las sutilezas de esa cadencia. El boke y el tsukkomi deben estar perfectamente sincronizados; cualquier desfase arruina la risa. A diferencia de la stand-up comedy anglosajona o hispana, donde un solo comediante controla el ritmo y la tensión, en el manzai esa responsabilidad se reparte entre dos, generando una tensión dialéctica constante: la estupidez contra la cordura, el caos contra el orden, lo absurdo contra lo lógico.

Además, el manzai suele estar cargado de referencias locales, acentos regionales y giros idiomáticos que refuerzan la comicidad. Un boke de Osaka no suena igual que uno de Tokio, y para el público japonés esas diferencias son parte esencial de la experiencia humorística. Esto hace que la traducción sea doblemente complicada, no basta con trasladar las palabras, habría que recrear el mismo efecto de extrañeza y familiaridad en un público que no comparte esos códigos.

El declive del dúo cómico… salvo en Japón

En otras latitudes, la comedia en dúo parece una reliquia del pasado. Hubo épocas en que el formato era popular: basta recordar a Laurel y Hardy en el cine clásico, o a Chon y Chano en México, referentes del humor popular en la primera mitad del siglo XX. En España también existieron parejas célebres, como Tip y Coll, que durante décadas dominaron la televisión con su humor absurdo y minimalista. Pero con el tiempo, este estilo fue perdiendo vigencia frente al auge del stand-up, más flexible y adaptable a públicos diversos. Hoy, lo habitual es que un comediante se sostenga por sí mismo, dueño del escenario y de la palabra, sin necesidad de un compañero que marque el contrapunto. (Sin embargo, a raíz de la pandemia, los podcasts de comedia tuvieron un auge, donde el humor basado en conversaciones más o menos absurdas entre una pareja de personalidades disímiles (volviendo a la idea del straight man y del funny man) recobró su popularidad (por ejemplo: Bad friends, con Andrew Santino y Bobby Lee).

En Japón, en cambio, la tradición del dúo no solo se ha mantenido, sino que se ha consolidado como uno de los pilares de la cultura humorística. El manzai sigue siendo un formato central en festivales, concursos televisivos y programas de variedades. Programas como el M-1 Grand Prix, que desde el año 2001 premia al mejor dúo de comediantes del país, son auténticos fenómenos mediáticos seguidos por millones de espectadores. Y lo más sorprendente: la cantera de jóvenes manzaishi no deja de renovarse. Cada año surgen nuevas parejas con estilos frescos que van desde lo clásico hasta propuestas más experimentales, lo que demuestra que el manzai no es una reliquia, sino una tradición viva que dialoga con la contemporaneidad.

Esa vitalidad explica por qué una novela como Hibana logra conectar con un público masivo en Japón: no habla de un arte en vías de extinción, sino de una práctica cotidiana, cargada de resonancias emocionales para cualquier espectador que alguna vez se haya reído con un dúo cómico en televisión o en vivo. Tokunaga y Kamiya encarnan, en la ficción, esa tensión entre mantener vivo un género centenario y adaptarlo a un presente que exige novedad constante.

Conclusión

Más allá de sus debilidades narrativas, Hibana es un libro que no puede leerse únicamente desde criterios literarios. Su impacto cultural en Japón fue inmediato: millones de ejemplares vendidos, una adaptación a película y serie de Netflix (si quieren ver alguna, les recomiendo la serie; la película no vale la pena), discusiones sobre el sentido de la comedia como profesión, e incluso un redescubrimiento del manzai entre audiencias jóvenes. En ese contexto, la novela funciona como un espejo generacional; refleja las aspiraciones y frustraciones de quienes dedican su vida a un oficio que exige entrega total y, al mismo tiempo, condena a la precariedad y al anonimato a la gran mayoría de sus practicantes.

Sin embargo, cuando se la saca de ese marco cultural, Hibana se enfrenta a sus limitaciones. La escritura de Matayoshi es correcta, incluso sensible en algunos pasajes, pero carece de la densidad narrativa que uno esperaría de una obra con tanta resonancia social. Además, las reflexiones filosóficas que se ponen en voz de Kamiya pueden ser algo superficiales. El manzai está presente como tema, pero no siempre como forma; el humor se describe más de lo que se encarna en el texto. Y el desenlace, anticlimático y absurdo, se siente más plano que revelador.

En resumen, Hibana es una novela cuya relevancia radica tanto en el fenómeno cultural que generó como en su valor literario. Puede que no sea una obra maestra en sentido estricto, pero sí es un documento único sobre una tradición cómica que sigue viva en Japón y que aquí adquiere un inesperado tono elegíaco. Dicho lo anterior, diría que el libro merece, al menos, la curiosidad de todo lector interesado en comprender qué mueve a reír (y a llorar) a una sociedad tan distante y, a la vez, tan próxima como la japonesa.

jueves, 17 de julio de 2025

Metaentrada: Ni Akutagawa, ni Naoki

¿Qué pasó? 

En 1998, un hecho inusual sacudió la escena literaria japonesa: no hubo ganadores de los premios literarios Akutagawa ni Naoki. Ninguno de los candidatos alcanzó la calidad necesaria para obtener una decisión unánime del jurado. Entre las razones oficiales por las que, en el pasado, no se ha otorgado alguno de estos premios se incluyen la imposibilidad de alcanzar un consenso, preocupaciones éticas y, por supuesto, la interrupción causada por la Segunda Guerra Mundial. 

El pasado 16 de julio, los asistentes a la ceremonia de premiación apenas pudieron contener su asombro al revelarse que, por primera vez en 27 años, ningún autor sería premiado: ¡¿Naaaniii?!

¿Qué es un Akutagawa? 

En resumidas cuentas, el Premio Akutagawa y el Premio Naoki son los galardones literarios más prestigiosos de Japón. Se suele decir que el primero está dirigido a escritores emergentes, en su mayoría jóvenes, mientras que el segundo reconoce a autores consolidados, valorando su trayectoria y popularidad, casi como una versión japonesa del Nobel, pero centrada en la ficción. 

La repercusión comercial de estos premios es enorme. Ganar el Akutagawa, en particular, puede convertir al autor en un idol literario de la noche a la mañana. Un ejemplo claro es Hibana, la novela de Naoki Matayoshi galardonada en 2015, que vendió más de dos millones de copias. Puede que esa cifra no parezca impactante a escala global, pero considerando que solo en Japón se habla japonés, equivale a que casi el 2% de la población del país haya adquirido el libro. En términos internacionales, sería como si una novela escrita en inglés vendiera tanto como Harry Potter en su momento. 

Sin embargo, el propósito original de estos premios, fundados en 1935, era mucho más claro. El Premio Akutagawa fue concebido para distinguir obras de literatura “jun” (純文学), es decir, literatura “pura” o artística, centrada en la introspección, el estilo y la exploración de la condición humana. Por otro lado, el Premio Naoki estaba orientado a la literatura “taishū” (大衆文学), o literatura popular, con énfasis en la narración, la accesibilidad y el entretenimiento. 

Ambos premios, creados en memoria de los escritores Ryūnosuke Akutagawa y Sanjugo Naoki, respectivamente, reflejan desde sus inicios una dualidad fundamental en la literatura japonesa: la tensión entre arte y consumo. 

Jun y Taishū 

Me parece necesario hacer un paréntesis para hablar sobre una dicotomía fundamental, aunque hoy en día bastante desdibujada, en la literatura japonesa: la división entre junbungaku (純文学) y taishūbungaku (大衆文学). Comprender esta separación es clave para entender no solo el propósito original de los premios Akutagawa y Naoki, sino también la evolución de la industria editorial japonesa. 

Junbungaku: La literatura "pura" 

El término junbungaku se refiere a la "literatura pura" o "literatura seria", centrada en la introspección, la psicología de los personajes, los dilemas existenciales y la búsqueda estilística. Sus obras suelen publicarse en revistas literarias de prestigio como Shinchō, Gunzō, Subaru o Bungakukai. Estas revistas han sido, desde principios del siglo XX, el semillero de escritores de alto calibre y un espacio donde la experimentación formal y temática es bienvenida. En estas revistas han publicado figuras como los Murakamis, las Kawakamis, Ōe, Abe, entre otros.

Publicar en estas revistas era (y en cierta medida aún es) una especie de rito de paso para los escritores serios. Los textos se publicaban como cuentos o novelas cortas completas, muchas veces seguidas de críticas o reseñas por parte de otros escritores o críticos. 

Taishūbungaku: La literatura "popular" 

Por otro lado, la taishūbungaku, o "literatura popular", está orientada al entretenimiento y al consumo masivo. Incluye géneros como el misterio, la aventura, el romance o el drama histórico. Estas obras eran tradicionalmente serializadas en revistas semanales o mensuales de gran tirada como Kingu o Sunday Mainichi, pensadas para un público más amplio y menos especializado. 

La publicación por entregas no solo respondía a criterios económicos y editoriales, sino que también moldeaba el estilo narrativo: los autores debían mantener al lector enganchado semana tras semana, con giros argumentales, cliffhangers y personajes cómicos y carismáticos. 

Aunque la frontera entre jun y taishū se ha ido desdibujando, con autores que transitan entre ambas categorías, e incluso obras que combinan ambas tradiciones, los premios Akutagawa y Naoki aún reflejan esa división originaria. Hoy, plataformas digitales, editoriales independientes, y fenómenos como el web-novela (webu shōsetsu) han reformulado completamente las formas de publicación, distribución y legitimación de la literatura en Japón. Sin embargo, las revistas literarias tradicionales siguen siendo un símbolo de prestigio, y el sistema de premios mantiene viva, aunque sea de forma simbólica, esta antigua tensión entre arte y mercado. 

Un escaparate llamado Akutagawa 

Aunque el Premio Akutagawa fue concebido originalmente como un reconocimiento a la calidad literaria en su forma más pura, hoy resulta ingenuo pensar que se mantiene ajeno a intereses editoriales y dinámicas de mercado. Las revistas literarias que tradicionalmente han sido las plataformas del junbungaku no solo publican las obras candidatas: también hacen lobby activamente para impulsar a sus autores y asegurar que su publicación sea premiada. 

El mecanismo es más o menos el siguiente: una revista promueve a un autor emergente con una novela corta o media, acompañada de reseñas favorables y entrevistas estratégicas. Una vez nominada al Akutagawa, comienza una campaña de visibilidad: eventos, portadas, menciones en medios literarios. Si el premio se concreta, el libro pasa a imprimirse bajo un sello comercial del mismo grupo editorial, por ejemplo, Bungeishunjū o Shinchōsha, y, en muchos casos, se adapta para cine, televisión o manga. La saturación es tanta que la calidad de estas adaptaciones es, en el mejor de los casos, mediocre. El Akutagawa se convierte así en un escaparate para transformar papel en moneda. 

Un caso polémico que puso en evidencia esta lógica fue el de Akio Miyahara, ganador del Akutagawa en 1972 con Derek ga Sawatta. Poco después de recibir el premio, se descubrió que su obra incluía fragmentos plagiados de trabajos académicos. Aunque no se le retiró oficialmente el galardón, el escándalo provocó un intenso debate sobre el proceso de selección, la presión editorial y la responsabilidad crítica del jurado. 

Más recientemente, en 2024, se desató otra controversia cuando Rie Kudan admitió haber utilizado herramientas de inteligencia artificial para generar fragmentos de su novela Tokyo-to Dojo-to. Aunque la autora fue transparente y defendió su decisión como parte del proceso creativo, críticos literarios y escritores reaccionaron con escepticismo, cuestionando si un texto parcialmente generado por IA podía representar el espíritu del junbungaku

Estas situaciones demuestran que el Akutagawa, lejos de ser una torre de marfil literaria, funciona también como un dispositivo de visibilización y, en ocasiones, como una maquinaria de legitimación mediática y comercial en un ecosistema editorial altamente competitivo. 

Dazai vs Kawabata

El Premio Akutagawa no siempre ha sido una celebración pacífica del talento literario. Ya desde su primera edición, en 1935, hubo tensiones, desilusiones y acusaciones veladas. Uno de los protagonistas de aquel primer episodio fue un joven Dazai Osamu, apenas debutante, luchando contra una adicción a los barbitúricos y con deudas acumuladas por el costo de sus medicamentos. Los rumores daban por ganador a Dazai, por lo que él ya tenía ese dinero gastado. El premio de 500 yenes era, para él, más que un reconocimiento: era una tabla de salvación. Y sin embargo, no lo ganó. 

En el proceso de deliberación, uno de los jurados, nada más y nada menos que el Nobel Yasunari Kawabata, hizo comentarios que dejaron una marca en Dazai. Según Kawabata, aunque Dōke no Hana (La flor del bufón), la obra defendida por el círculo cercano a Dazai, contenía talento y una visión literaria clara, el propio autor estaba envuelto en “una nube desagradable” que empañaba su expresión creativa. Para Kawabata, el genio de Dazai no fluía con honestidad ni transparencia. 

Lejos de aceptar en silencio el veredicto, Dazai reaccionó con furia (supongo que no estaría en sus cinco sentidos). En un texto titulado “Carta a Kawabata Yasunari”, publicado en Bungei Tsūshin, le respondió con palabras cargadas de resentimiento, casi odio. Cuestionó la autoridad moral de Kawabata, ironizó sobre su estilo de vida refinado: “¿acaso criar pajaritos y mirar danzas es una vida admirable?”; y lo acusó de representar una falsa objetividad, una hipocresía “dostoievskiana” disfrazada de frialdad crítica. Incluso sugirió que hubo presiones externas o favoritismos en el proceso de selección, alimentadas por las expectativas que su amigo Dan Kazuo había depositado en Kawabata como posible aliado. 

La carta no solo fue un acto de rebeldía, sino también una declaración de principios: Dazai se negó a participar de ese desfile de las vanidades que, desde entonces, y hasta hoy, acompaña a los premios literarios. En su amarga pero brillante respuesta, se revela no solo el orgullo herido de un escritor rechazado, sino también una temprana intuición: el Premio Akutagawa no sería un simple laurel literario (por no decir un buen apoyo economico para un escritor joven), sino una mescolanza de estética, poder, mercado y rivalidad. 

Las razones oficiales 

El pasado 16 de julio de 2025, durante la 173ª edición de los premios, el anuncio fue inesperado: ningún ganador del Premio Akutagawa ni del Premio Naoki. Era la primera vez en 27 años que ambos galardones quedaban con el anticlimático 該当作なし (sin obras aplicables).

En el caso del Premio Akutagawa, la escritora Hiromi Kawakami, miembro del comité, explicó que “cada una de las obras finalistas tenía aspectos atractivos, pero todas compartían una carencia indefinida, como si algo esencial estuviera ausente.” Ninguna, según su criterio, alcanzó el nivel de madurez o contundencia necesario para representar con dignidad la literatura japonesa contemporánea. La declaración es vaga, pero revela algo claro: se espera que el ganador del Akutagawa no solo demuestre talento, sino que encarne una visión sólida del mundo y una maestría técnica de la forma literaria. 

Por el lado del Premio Naoki, el presidente del comité, Natsuhiko Kyogoku, fue más directo: “Todas las obras estaban al mismo nivel; había un empate de calidad. Aunque debatimos durante más de cuatro horas, no pudimos llegar a una decisión unánime.” La afirmación pone en evidencia un problema distinto: la abundancia de buenas obras (tal vez un eufemismo para decir que todas eran igual de mediocres), pero la ausencia de una que destacara claramente por encima del resto. En el mundo de la literatura popular, donde el atractivo narrativo suele ser más valorado que la complejidad estética, esta indecisión sugiere que ninguno de los finalistas logró cautivar completamente al jurado. 

Ambas declaraciones, con sus matices, revelan un trasfondo común: la crisis de la literatura japonesa contemporánea. En un panorama literario cada vez más diverso, híbrido y mediado por nuevas formas de circulación, ¿qué significa hoy “merecer” un premio literario? ¿La obra más innovadora, la más legible, la que más se vende, la que conmueve a un jurado en particular, la que más apoyo reciba por parte de sus agencias literarias? 

Epílogo 

En un mundo editorial cada vez más dominado por el marketing, las cifras de ventas y la necesidad de visibilidad inmediata, la decisión de no otorgar ni el Premio Akutagawa ni el Premio Naoki en 2025 puede leerse también como un gesto de resistencia. Al abstenerse de premiar por compromiso, por impulso mediático o por simpatías editoriales, el jurado reafirma, aunque sea simbólicamente, el principio de que la literatura debe sostenerse primero en su calidad, no en su conveniencia comercial. 

Es cierto: esta decisión conlleva costos. Las obras nominadas, al no recibir el respaldo oficial de un premio, tendrán menos impulso en librerías. Las editoriales no podrán imprimir la ansiada faja roja con letras doradas, y las librerías verán disminuidas sus ventas, especialmente en una industria que ya vive tiempos precarios.

Pero hay algo profundamente valioso en esta negativa. Un premio que se niega reafirma su importancia. En este silencio institucional hay, paradójicamente, una forma de respeto: hacia los lectores, hacia los escritores, y, sobre todo, hacia la literatura misma. 

Pueden ver la (no) ceremonia de premiación del 16 de Julio de 2025: 第173回「芥川賞・直木賞」

Referencias 

1. 朝日新聞デジタル「芥川賞と直木賞、27年ぶりの該当作なし 『何かが足りず』『拮抗』」2025年7月16日 

https://www.asahi.com/articles/AST7J31J8T7JUCVL01KM.html 

2. 毎日新聞「芥川賞・直木賞ともに『該当作なし』 27年ぶり」2025年7月16日 

https://mainichi.jp/articles/20250716/k00/00m/040/281000c 

3. 日本文学振興会(日本文学賞): https://www.bunshun.co.jp/shinkoukai/award/akutagawa/ 

4. 芥川龍之介賞: https://ja.wikipedia.org/wiki/芥川龍之介賞 

5. 直木三十五賞: https://ja.wikipedia.org/wiki/直木三十五賞 

6. 中村真一郎「純文学と大衆文学」『日本文学史概説』岩波書店、1998年 

7. Fowler, Edward. The Rhetoric of Confession: Shishōsetsu in Early Twentieth-Century Japanese Fiction. University of California Press, 1988. 

8. 角田光代「純文学って何ですか?」NHK出版、2012年 

9. 片山倫太郎・田村嘉勝「文豪をめぐる八人の作家たち」『別冊太陽 川端康成』平凡社、2009年  

10. 太宰治「川端康成へ」『文藝通信』1935年10月号 

11. Fuente de la foto: 2025年7月16日午後7時55分、東京都内、浅野哲司撮影