martes, 16 de julio de 2019

Vicente Suárez Casañ: Conocimentos para la vida privada


Idioma original: castellano
Año de publicación: 1894
Valoración: Intragable ¿pero curioso?

En cierta ocasión consulté con el Sacro Colegio uladiano la oportunidad de reseñar un determinado libro, y uno de los purpurados dijo simplemente: ‘Es un libro, no? Pues entonces se puede reseñar’. Bien, pues esto que traigo hoy también es un libro, y además bastante voluminoso. Raro, sí, quizá hasta disparatado, pero libro.

Lo que tenemos delante es un tocho formado por cerca de mil páginas, organizadas en diez tomos de encuadernación fatigada, con la pretensión de ‘presentar a los ojos de la juventud un provechoso ejemplo de los vicios y aberraciones a que se ha entregado la humanidad, y las funestas consecuencias' que han acarreado. Añadiríamos ‘todo ello desde el punto de vista sexual’, porque no se toca ningún otro tema, como se advierte al comprobar el índice de la colección: La prostitución – Secretos del lecho conyugal - La virginidad - Onanismo conyugal -Los vicios solitarios - La pederastia - Fenómenos sexuales - Matrimonio y adulterio - El amor lesbio - Costumbres y vicios sexuales de todos los países. Claro, solo comentar acerca de los títulos daría para varias entradas del blog, así que lo dejaremos correr.  En todo caso, me atrevería a asegurar que si alguien a finales del siglo XIX abre un libro titulado Conocimientos para la vida privada, ya se imagina más o menos de qué materias va a tratar: no desde luego sobre formas de ordenar la economía doméstica, ni recetas de cocina, ni convivencia vecinal. Que también son asuntos de la vida privada pero, claro, estamos a lo que estamos.

El libro está escrito por un tal Vicente Suárez Casañ, de quien seguramente no obtendremos muchos datos en internet, pero que parece ser un autor más o menos productivo y sobre todo bastante versátil, porque aunque parece que publicó otros libros sobre temas sexuales, también firma cosas variadas, como un libro sobre medicina y otros nada menos que sobre Pi y Margall y el federalismo en España. Por terminar de centrar el tema, Suárez Casañ deja claro que el contenido del libro no es enteramente de su cosecha, sino que transcribe opiniones de eminentes eruditos en las diferentes materias (tampoco añadiré nada al respecto).

No se piense que esto es fácil, porque hay que sintetizar mucho, muchísimo. Por empezar por lo mejor, sin duda las partes más interesantes del libro son las que tienen carácter histórico: una amplia exposición sobre la prostitución, seguramente fusilada del estudio de Pierre Dufour; la escalofriante historia de Barba Azul; o el relato, muy bien contado, de la violación de Lucrecia y el consiguiente advenimiento de la República en Roma. Al margen de esto, es realmente divertido un parrafito dedicado a la ‘idiosincrasia’, entendida como singularidad extrema de la personalidad, donde se citan casos que harían las delicias de Roussel o de Borges, como  síncopes o desmayos provocados por la visión de un lirio o una remolacha, o vahídos producto del sonido de una escoba al barrer. Estas tres o cuatro cosas que cito es lo aprovechable del libro. ¿Y el resto?

Como apuntaba el índice, el resto habla exclusivamente de sexo, sin realmente centrarse en el acto sexual –que pasa como por alto, como algo natural pero de lo que no es necesario ni conveniente hablar- sino cebándose en todo aquello que se desvíe una pizca del concepto de coito dentro del matrimonio (con algunos matices que ya veremos). La cosa es muy sencilla. El Código de Derecho canónico, que supongo que seguirá aún vigente, decía muy clarito algo que ningún estudiante ha olvidado nunca: la cópula es el acto de suyo apto para la procreación. En esta definición se pueden resumir las mil páginas del tocho. Ergo, toda práctica que se aparte de este principio es condenable, y ahí van encajando los distintos capítulos que he mencionado, bien porque la procreación no sea el fin perseguido (prostitución), porque ésta es físicamente imposible (homosexualidad), porque se impide a propósito (lo que en el libro se llama onanismo, diríamos métodos contraceptivos, incluidos todos ellos), o porque solo se busca un placer sustitutivo (vicios secretos). 

En este sentido, Casañ ejerce de inquisidor frente a quien se aparte un ápice de la doctrina de la Iglesia, aunque también es cierto que a veces da la sensación de ser menos cerril de lo que el texto transmite en su conjunto. Pero en todo caso, reconoce que no es fácil hacer cumplir este principio inflexible, y lo dice abiertamente: la ley poco puede adentrarse en la vida privada (todavía no se conocían ciertas leyes norteamericanas sobre los mismos temas), y por tanto solo la moral (o sea, la religión) es capaz de disuadir de tales prácticas y conducir al individuo por el camino recto. Lo dice con convicción, sí, pero no consigue ocultar su escasa confianza en su efecto persuasivo. Así que donde la ley no llega y la moral carece de fuerza para obligar, aparece Casañ con la artillería pesada: la medicina.

Esto es lo que ocupa la mayor parte del libro, no sé, el 90%, quizá más. No olvidemos el citado principio del Derecho canónico, porque todo lo que no sea cumplirlo estrictamente no solo es moralmente reprobable sino que tiene consecuencias nefastas para la salud. Ríase usted de la vieja advertencia de que la masturbación provoca ceguera. Aquí ya encontramos todo tipo de espantos asociados a las conductas sexuales desviadas que hemos ido citando, páginas y páginas de humores, desgarros, gangrenas, infecciones, tumoraciones y calamidades incontables cuya enumeración se cierra casi siempre con el colmo de la devastación: el desprecio social, la tisis, la locura y la muerte. Por poner un ejemplo cortito sobre las personas que desarrollen ciertas prácticas (casi da igual cuáles):

'Su vida será un continuo tormento, su cuerpo se verá llagado y corrompido (…) y por fin morirán desesperadas, comidas por la gangrena o consumidas por la tisis u otras enfermedades, no menos terribles ni menos lamentables'.

La cosa es de tal magnitud que, si empieza provocando una sonrisa o gesto de incredulidad, la reiteración lo convierte en algo un poco abrumador, y termina dando algo de lástima que haya que recurrir a semejante despliegue de horrores para convencer de algo al personal. Sin olvidar que este buen señor ha escrito otro ladrillo sobre medicina, y da toda la sensación de que se cree lo que está contando. Y, por decirlo todo, lo cierto es que el bombardeo con todas estas asquerosidades pues bueno, que acaba por intimidar un poquillo al lector ante determinadas actividades. Que uno también es humano y vulnerable.

Naturalmente, no recomiendo a nadie que lea este engendro. Si acaso, como curiosidad se puede ojear alguno de los capítulos, que vienen a ser unas 80-100 páginas cada uno, y en este sentido sí que resulta instructivo: uno parece transportado al paleolítico aunque el libro tiene poco más de un siglo. Pero, lo que es peor, estas ideas han pervivido en España al menos cincuenta años más, o sea, hasta antesdeayer, y en base a ellas y otras de corte similar se ha construido una sociedad bruta, enferma y ensimismada. Afortundamente, muchos no hicieron demasiado caso y hoy en día –cierto que con otros horrores nuevos- parece que viviésemos en otro planeta.

P.S. No me resisto a un breve apunte sobre la mujer. Puede suponerse que en el panorama ideológico en que se mueve el autor, a la mujer le está reservado un papel respetable pero también secundario, reproductor y, si se me permite, un poco bobalicón. Pero quizá lo más desopilante (pero también estremecedor) es que los capítulos referidos a la virginidad y al adulterio están íntegramente centrados en la figura femenina. Se me escapa por qué ambos asuntos son tan trascendentes cuando se refieren a la mujer como irrelevantes si hablamos del varón.

lunes, 15 de julio de 2019

José Ignacio Carnero: Ama

Idioma original: español
Año de publicación: 2019
Valoración: recomendable

En los últimos años tengo una cierta relación de fidelidad con la editorial Caballo de Troya: desde que se convirtió en editorial de dirección rotativa, todos los años me leo al menos un libro, y el año pasado me los leí todos, para ver la selección de Lara Moreno como un todo. Este año, ya llevo tres de los escogidos por Luna Miguel: GameBoy de Víctor Parkas, Cambiar de idea de Aixa de la Cruz y este, Ama de José Ignacio Carnero. Y con estos tres da para establecer algunas líneas comunes que podrían (habrá que ver los que faltan) definir la selección de este año: el relato (pseudo)autobiográfico combinado con la reflexión literaria, política o social.

En este caso, José Ignacio Carnero hila dos temas que se entrecruzan en su propia biografía: por una parte, la muerte de su madre, la ama del título (en euskera, claro), mujer trabajadora que dejó Galicia para ir a ganarse la vida como chica de la limpieza para las familias pudientes de la margen derecha del Nervión. El libro cuenta, con doloroso detalle, la agonía de los últimos meses y días de la madre del autor (de forma bastante paralela a como pasaba en El comensal de Gabriela Ybarra, también publicado en Caballo de Troya), pero bucea también en los recuerdos compartidos, en las incomprensiones y silencios que pueblan casi todas las familias, en los gestos de cariño y en las memorias de infancia.

El segundo tema, que acaba por asumir un mayor protagonismo a medida que avanza la obra, es el de la movilidad geográfica y social del autor: su desarraigo y desclasamiento (podríamos decir) cuando se licencia en Derecho y se traslada a Madrid primero y a Barcelona después. En esta ciudad cosmopolita y burguesa como pocas, el hijo de la limpiadora gallega se siente como un intruso o un impostor (un poco como el Pijoaparte de Marsé, con el que el propio autor se compara irónicamente): nunca será realmente una de esas personas habituadas a pasearse por la Diagonal alta, pero tampoco es ya un proletario: disfrazado con una corbata y un traje, se codea con aquellos que contratarían a su madre para que les preparase la cena.

Creo que el gran acierto del libro es combinar dos temas con los que es fácil identificarse, uno practicamente universal y el otro, quizás, más limitado temporal y cronológicamente. El primer tema es la compleja y dolorosa relación que tejemos con nuestros padres: podemos amarlos y ser amados por ellos, pero inevitablemente llega un momento en que el cordón umbilical se rompe, se produce un alejamiento, se buscan caminos propios, y ese proceso de emancipación conlleva alguna culpa y algún dolor, que se acumula en el momento de la despedida definitiva.

El segundo gran tema, como decía relacionado con este, es el del ascenso social, que hasta hace poco (hasta que la crisis y la imposición de la precariedad como norma atascaron el ascensor social) en muchos casos también adoptaba un formato generacional: los hijos tenían, o aspiraban a tener, mejores condiciones de vida que sus padres, lo que, en algunos casos, implicaba volver a emigrar, aunque en este caso en condiciones bastante más amables. Este tipo de historias de emigración y mejora de las condiciones de vida son particularmente reconocibles, creo, en ciertos contextos históricos y geográficos (Bilbao, Madrid o Barcelona, sin ir más lejos), y creo que es un acierto de Carnero el que su experiencia individual sirva para representar las vidas de muchas otras personas o familias.

Es curiosa, por otra parte, la insistencia de José Ignacio Carnero en llamar "novela" a su obra; es posible que esto se relacione con la capacidad de la novela para abarcarlo todo, pero también con el prestigio y la visibilidad abrumadoras de la novela, casi el único género literario que parece digno de tal nombre en nuestros días. En Cambiar de idea de Aixa de la Cruz había una reflexión sobre estas cuestiones de género (en aquel caso, tanto genre como gender); en la obra de José Ignacio Carnero el género literario se da por supuesto y por descontado, lo que es una pena porque se podía haber hurgado un poco más también en esa herida (textual): qué escribimos en los momentos de duelo, y cómo hacemos para hablar del dolor sin caer en la cursilería o en el kitsch (algo que Carnero consigue evitar).


Creo que esa es una de las causas por las que coloco Cambiar de idea algo por encima de Ama, en el particular ranking de las publicaciones de Caballo de Troya de este año: su capacidad para la autoconsciencia y la reflexión sobre el propio acto de escritura, así como una mayor carga (auto)crítica. En el caso de Carnero, por otra parte, tengo la sensación de que el clímax emocional (la muerte de la madre, que me resultó conmovedora hasta casi hacerme llorar, y mira que yo no soy nada de eso) llega muy pronto en el texto, y luego cuesta volver a enganchar al mismo nivel, hasta, quizás, un capítulo muy al final que narra un viaje a la tierra natal de la madre, en Galicia. Algo más de contención en los capítulos intermedios creo que habría podido servir para conseguir una obra más redonda y que fluyese mejor de principio a fin.

No sé si seguiré leyendo el resto de las obras seleccionadas por Luna Miguel para Caballo de Troya; con tres puede ser suficiente para tener una idea, y para confirmar el buen ojo de la editora invitada de este año.

domingo, 14 de julio de 2019

Lola Mascarell: Un vaso de agua



Idioma original: Castellano
Año de publicación: 2018
Valoración: Muy recomendable

Andaba trasteando por las páginas de una revista literaria, distraído, escéptico, como quien no quiere, cuando de repente me di de bruces con un poema, En suspensión, que me hizo tropezar en estos versos:

 Delante de nosotros, / como esta mariposa indiferente / que azul revolotea en la mañana, / va siempre nuestra duda. / Dudar es mantenerse / suspendido en el aire. / Dudar es esta casa en la intemperie / que llamamos camino.

Verán. Para uno que se sabe y se tiene por veleta, que duda sin duda hasta de su sombra, que a estas alturas todavía no sabe si abrazar al libertario o al reformista, aplaudir a Irene o a Íñigo, aparcarse en el sur del norte o, por el contrario, en el norte del sur, abstenerse en el segundo o en el tercer gin tónic, o que cuando debe dar una respuesta de lo único que tiene certeza es de que será incorrecta, o inoportuna, o inconveniente o manifiestamente mejorable, cuando uno lleva en su cabeza desde la infancia semejante guirigay, créanme, toparse con unos versos como esos resulta una bendición.

Así que se me disparó de oficio el GPoeSía que me condujo hasta Lola Mascarell (Valencia, 1979). Me encuentro con tres poemarios publicados, el más reciente Un vaso de agua, que contiene una cuarentena de poemas, breves, esenciales, despojados de ornamento, absolutamente fascinantes. Hay en ellos una mano, una voz, que habla de conseguir estar razonablemente satisfecho y a gusto con uno mismo, con nuestra condición y circunstancias y, asumiendo lo precario y frágil de los equilibrios humanos, reconocerlo, celebrarlo y compartirlo en la medida de lo posible, es decir, sin aspavientos, ni grandilocuencia, ni soberbia.

Por entre los versos de Un vaso de agua corren un puñado de ideas, de imágenes, de verbos, de entre los que selecciono tres. En primer lugar, la montaña, como origen y como destino, que se nos muestra como el horizonte azulado, una silueta al amanecer, que nos interpela –¿de qué rincón salvaje de nosotros nos habla la montaña?- y nos retrata: Un hombre está perdido / si deja que se escape / su idea de montaña. En segundo lugar, la presencia del camino que es, en efecto, el discurrir de la vida, la sinrazón del tiempo que nos lleva, el breve equilibrio de la ola o un listado infinito de cosas que ocurren desde siempre; la luz, su sencillez, el aroma del hinojo, el pentagrama que las aves escriben en el cielo, la poderosa fugacidad y sutileza de una piernas, de una espalda, arqueándose antes de dormir…

Y, en fin, agosto o, lo mismo es, el verano. El trasluz del amanecer filtrándose en las contraventanas, la plenitud de todo a medio hacer, sin prisa, en demorada rutina, los instantes vacíos en que no pasa nada, la piel iluminada por el sol / y mi brazo pasando por tu brazo. Convendrán conmigo que, por más vueltas que le demos, ¿qué podemos encontrar más sencillo, apropiado, grato, necesario, idóneo, humilde, benéfico, restaurador, universal, discreto, económico, honesto y hermoso que un vaso de agua? Además de sus poemas fijados en tinta a papel, Lola Mascarell tiene disponibles y accesibles unas cuantas narraciones breves. Cuando miro a mí alrededor y casi todo lo que veo son pantallitas táctiles de las que pende su respectivo ser humano, uno agradece estos textos en los que quizás lo que nos salva / son los raros momentos / en que no pasa nada. Donde se le encuentra todo el sentido a ocupaciones como coser, o silbar, o -añado de mi cosecha- pescar, o mecerse en un balancín… O leer. Incluso dejándose, somos levedad, acompañar por una canción de Manolo García.

sábado, 13 de julio de 2019

Eduardo Lago: Walt Whitman ya no vive aquí


Idioma original: español
Año de publicación: 2018
Valoración: libidinoso

Con sinceridad, este libro lo tenía muy fácil conmigo. Antes de abrir una sola página y con esa sobria portada y ese subtítulo: ensayos sobre literatura americana. No voy a restarle un ápice a su enorme mérito, pero he de referirme a anteriores apreciaciones sobre este tipo de libros: si el tema del que trata un ensayo es algo que te entusiasma, el libro ya te ha capturado.
Luego viene el desbordamiento, la sorpresa en positivo, esa palabra rara que llaman serendipia, y he de confesar que ahí la cuestión meramente subjetiva, y procuro dejar aparte aspectos emocionales a la hora de publicar en este blog, cuando la sensación ya es abrumadora.
Lago abre el libro con una veintena de páginas de entrevista inédita a David Foster Wallace. Conocéis a ese tipo. A partir de ese punto, y con el clima confidente y cercano conseguido, he de decir que Lago podría haber añadido 270 páginas de chistes de Arévalo y el libro seguiría pareciéndome una maravilla.
Pero no: a continuación se despliega un detallado, razonado y documentado análisis de eso, de literatura norteamericana, que incluye aportaciones previas de Lago, algunas convenientemente actualizadas respecto a su aparición en prensa, material original, alguna pequeña divagación en forma de toma biográfica (sobre Emily Dickinson), comentarios sobre obras más concretas, en forma de reseñas (de cuya meticulosa calidad uno debería aprender), todo ello integrando un colosal estudio sobre la literatura norteamericana, desde Poe hasta nuestros días, estudio con puntos de reincidencia a los que se vuelve (lógico cuando parece que se están recopilando artículos en un amplio intervalo temporal) para regocijo del lector. Está bien. Para regocijo mayúsculo del lector entregado. 
Porque este libro es una provocación de visita a estantes de libros, a bibliotecas, a librerías, a librerías de lance, a montones abandonados aunque sea en un rincón, a la búsqueda de la orgía de referencias que se acumulan, y he de decir que Lago no escatima elogios en ciertos casos, pero también muestra sus reticencias al hablar de altibajos en las carreras de algunos de los autores tratados, como Barth o como Franzen. Incluso llega a un punto en el que emite crueles dictámenes (no voy a adelantarlos aquí) determinando quién y quién no escribe algo que pueda considerarse literatura. Por supuesto que la enorme extensión del universo literario estadounidense lo permite, y Lago, residente hace décadas en Nueva York, conoce este universo de buena tinta. Su trayectoria como novelista, su experiencia, en suspenso tras emplear cinco años en traducir El plantador de tabaco, su bagaje incuestionable como lector lo validan para este excelente dictamen crítico, construyendo su teoría de la doble hélice, bautizando al arcoíris de la dificultad, ese grupo reducido de  creadores que van y vienen por estas páginas, ya sabemos, gracias, o por culpa de que las grandes editoriales estén allí, y la maquinaria del marketing que las empuja, y la concentración de escritores de todas partes afincados allí, esa enorme masa crítica de talento unido a capacidad de informar al mundo sobre ese talento. Lago habla de DeLillo, de Pynchon, de Foster Wallace y de Roth pero el número de autores tratados de algún modo se eleva a la centena, seguro, y si este recorrido con paradas justificadas en obras clave, como Submundo o La broma infinita o Mason y Dixon no es suficiente, nos regala listas al final (oh sí las listas), con diversos planes de lectura más ambiciosos o más asequibles, relaciones de libros que son una auténtica y desmesurada provocación para cualquiera. Lago, y este libro tiene validez incluso como obra introductoria, nos ha regalado un artefacto que es un antídoto contra la atonía, contra la abulia, contra el bloqueo lector.
En otras palabras, si te interesa la literatura, lees este magnífico libro y no encuentras estímulo alguno (curiosidad, descubrimiento, re-lectura, indagación), es que estás muerto. 

viernes, 12 de julio de 2019

Nick Drnaso: Sabrina

Idioma original: inglés
Título original: Sabrina
Año del publicación: 2018
Traducción: Carlos Mayor
Valoración: recomendable (creo)

Supongo que no hace falta la aclaración, pero por si acaso, ahí va: este libro no tiene nada que ver (pero NADA) ni con la joven bruja adolescente llamada Sabrina ni con la joven no menos pizpireta que interpretó Audrey Hepburn  en la película del mismo título. Repito: NADA DE NADA.  Esta Sabrina es, sin embargo, la novela gráfica para adultos (no es para niños, en cualquier caso) que más elogios y parabienes ha recibido en el último año, e incluso siendo el primer libro de estas características finalista en el Man Booker Prize. Tal vez la unánime buena acogida se deba a que cumple varios requisitos que se aprecian en las novelas gráficas de este tipo:

1- Dibujo sencillito, aunque prolijo, con un estilo que recuerda un poco al de los libros didácticos para niños -no es broma: hay incluso un par de páginas, que recrean uno de esos libros y resultan perfectamente integradas-; abundancia de viñetas con paisajes desiertos, calles desiertas, habitaciones desiertas...
2- Personajes estáticos, aplatanados, incluso; no esperéis encontrar aquí musculosos superhéroes en abarrocadas composiciones. Incluso un tío en calzoncillos acechando a alguien con un cuchillo en la mano, por ejemplo, parece un simpático muñequito con el que aprender las partes del cuerpo humano (menos la pilila, claro).
3- Poco diálogo y el que hay oscila entre lo átono y lo desesperado, la banalidad y la angustia... Quizá en compensación, se emplea con bastante soltura elementos narrativos "novedosos" -bueno, estamos ya en pleno siglo XXI, caramba-, como los e-mails o las redes sociales. Algo que, en este caso, no se debe sólo a una cuestión estilística, sino que constituye un elemento central de la trama e incluso uno de los temas importantes del libro.


Ya digo que esta trama es de todo menos festiva: la Sabrina del título es una joven de Illinois cuya desaparición un buen día, cerca de su casa, sume en el estupor y la consternación a su familia y allegados, que temen pueda haber sido víctima de algún maníaco secuestrador o asesino. Su novio Teddy, por su parte, preso de una profunda depresión, acaba por refugiarse en casa de su amigo Calvin, que sirve como soldado en una base del ejército en Colorado y que, a su vez, está viviendo su propia crisis al ser abandonado por su mujer e hijita; no tiene nada claro que va a hacer con su futuro, pero asume la tarea de cuidar de Teddy. En fin, no quiero ser más explícito pero aviso que la trama se va enredadando y en ella tienen un lugar importante, como he mencionado, internet y las redes sociales, que exacerban esa percepción tan común hoy en día de que no podemos preservar nuestra intimidad en un mundo en el que, sin embargo, nos conocemos cada vez menos unos a otros.

El libro deja una sensación bastante desoladora, o al menos un amargo sabor de boca -más aún si tenemos en cuenta que su autor apenas tiene treinta años-: no pretendo asegurar que no hay en él cierto lugar para la esperanza, pero éste resulta más un reducto fortificado, a modo de santuario privado para las personas de buena voluntad, que han de conformarse con sus pequeños refugios libres de odio, que un espacio abierto en el que poder vivir en confianza con nuestro prójimo y, sobre todo, sin tener miedo -que es, creo, el gran tema del libro- a los demás. Pero bueno, quizás sea que es éste el signo de los tiempos, no lo sé...

jueves, 11 de julio de 2019

Fiódor Dostoievski: Stepanchikovo y sus moradores

Idioma original: Ruso
Título original: Село Степанчиково и его обитатели
Año de publicación: 1859
Traducción: Lydia Kúper
Valoración: Recomendable 

El coronel retirado Yégor Ílich quiere casar a su joven sobrino con una niñera. De esta sencilla premisa se sirve Dostoievski para elaborar una novela extraordinaria. Extraordinaria, sí, aunque claramente menor dentro de la bibliografía del autor. En Stepanchikovo y sus moradores, por tanto, no encontraremos lúcidas disecciones del ser humano; tampoco densas reflexiones filosóficas. Ni falta que hace, entendámonos. Esta obra no será muy profunda, pero es entretenida y está deliciosamente escrita.

Por momentos, Stepanchikovo y sus moradores puede parecer una novela ligera. No llega a las trescientas páginas, y éstas se terminan en un suspiro; es fácil de leer, gracias a su prosa llana; su ritmo es ágil, espoleado por un firme pulso narrativo; el tratamiento psicológico de sus personajes es la mar de asequible; los temas que baraja apenas rozan la reflexión trascendente; y está plagada de humor. Sin embargo, no deja de ser una creación de Dostoievski. Este es, pues, un texto más complejo de lo que pueda parecer.

A nivel estructural, hay que destacar que Stepanchikovo y sus moradores está dividido en dos partes.

  • La primera introduce el escenario y a los personajes. Se toma, por tanto, su tiempo, aunque Dostoievski consigue imprimirle buen ritmo gracias a una prosa amena y ágil. 
  • La segunda parte, ni la mitad de extensa que su predecesora, se centra más en la acción. En ella, los eventos se precipitan. Vaya si se precipitan. Al menos, hasta que se estancan de nuevo. Y no digo más. 

Cuando Serguéi Aledsándrovich, protagonista y narrador de esta historia, llegue a la casa de su tío, ubicada en la aldea de Stepanchikovo, se topará con una caterva de personajes de lo más pintorescos. Personajes a todas luces excesivos, que componen un friso estrafalario de la sociedad rusa del siglo XIX. En este sentido, Dostoievski no deja títere con cabeza y arremete contra todos. Se burla de la fe ciega que los aldeanos tienen en su señor, de la ignorancia de la aristocracia, de la vanidad y las ínfulas de los hombres mediocres... Esta novela es, por tanto, esperpéntica en toda regla.

Y ya que hablamos de personajes, hay que admitir que este libro no sería ni la mitad de interesante sin Fomá Fomich, el individuo más memorable de todos los que pululan por Stepanchikovo. Fomich es un huésped de Ílich que se ha autoerigido en "señor de la casa", un hombrecillo miserable con aspiraciones literarias que trata despóticamente al pobre coronel.

Quizás se le pueden poner dos pegas a esta obra.

  • La primera, propia de muchas novelas decimonónicas rusas, es que resulta complicado aprenderse los nombres, apellidos y diminutivos de todos los personajes que recorren estas páginas. Hasta que nos familiaricemos con dichos nombres, uno se confunde cada dos por tres. 
  • La segunda es que se echa de menos la huella del Dostoievski. Es cierto que su genio aflora de tanto en tanto en Stepanchikovo y sus moradores (Fomich recuerda al protagonista de la magistral Memorias del subsuelo, por ejemplo), pero es innegable que, para los estándares del escritor ruso, esta historia se queda corta. 

En resumen, esta es una novela desternillante. De modo que, si bien es cierto que Stepanchikovo y sus moradores es una de las obras menores de Dostoievski, no por ello resulta su lectura una experiencia menos grata. Además, esta obra es ideal para iniciarse con este genial autor.


Otras obras de Fiódor Dostoievski en ULAD: Memorias del subsueloEl idiota, Crimen y castigo, El jugador, El eterno marido, Los hermanos Karamazov, Noches blancas

miércoles, 10 de julio de 2019

Siri Hustvedt: Recuerdos del futuro

Idioma original: inglés
Título original: Memories of the Future
Traducción: Aurora Echevarría
Año de publicación: 2019
Valoración: muy recomendable

Mucho se ha hablado de la importancia del principio de un libro. No hablo de la primera frase, sino del comienzo, de los primeros párrafos o incluso páginas. Y la siempre brillante Siri Hustvedt empieza de manera potente esta novela con tintes autobiográficos, pues arranca con la protagonista, de sugerente nombre S.H., recuperando un diario de su juventud tras llegar por primera vez a Nueva York después de su infancia en Minnesota, para establecerse y escribir allí la que sería su primera novela. Y qué lugar mejor que la gran ciudad para idear al que será su protagonista, qué mejor sitio para conocer al personaje que debe dar sentido a su obra, al elemento clave del que será su relato. Y lo hace de una manera altamente elocuente: «Creo que esperaba descubrirme a mí misma en él, demostrar que ambos éramos dignos de cualquier historia que pudiera salirnos al encuentro».

Con este interesante punto de partida, la autora construye un relato basado (posiblemente) en sus propias vivencias, aunque sin saber con certeza si se trata de memorias o de ficción. Hay evidentes paralelismos entre S.H. y Siri Hustvedt, pero la autora no desvela cuánto hay de autobiográfico y cuánto de ficcionado en este relato que se sustenta en diferentes pilares: los personajes, la ficción plasmada en la novela que escribe y el tiempo, elemento clave de la narración, pues la historia se mueve entre presente y pasado, entre actualidad y recuerdos, entre certezas y aproximaciones. Y para lograr que todo encaje sin marear al lector, la autora se basa en ese diario de la protagonista para recordar, para narrar lo sucedido, pero también para calibrar la fiabilidad de sus recuerdos.

La habilidad de Hustvedt y su vasta experiencia en la literatura en sus diferentes géneros le permiten salir airosa de tal arriesgado planteamiento y rompe la rigidez propia de la lectura fragmentada de un diario para abrir la novela a un campo mucho más profundo, el de la memoria y los recuerdos. Porque la autora juega magistralmente con los estilos narrativos, cambiando incluso la tipografía en cada una de las narraciones, y utiliza el diario no para describir una serie de sucesos, sino para recordar y, a partir de esas breves notas, reconstruir y rellenar su pasado creando un canal de diálogo en el que establecer una conversación entre su antiguo yo y su yo actual. Este diálogo permanente sirve a la autora para definir un marco comparativo referencial sobre sus pensamientos y expectativas, en una evaluación continua sobre el paso del tiempo como juez, pero también como elemento indispensable para la madurez y enriquecimiento personal. Esta es la parte clave de la obra, a la que se añade la narración de la propia novela que S.H. pretende escribir, así como su experiencia en esos primeros pasos lejos de casa, de su hogar; una experiencia que le permitirá conocer personajes de compleja personalidad que conformaran su universo emocional. De esta manera, se crea una narración multicapa, profunda y densa, a caballo entre novela y ensayo, entre ficción y reflexión, entre realidad y pensamiento.

Partiendo de esas memorias, la autora dispone un escenario donde dejar que sus reflexiones surjan, de manera libre y nos habla desde la fascinación de quien llega a una ciudad, a la inmensa Nueva York, en esas edades en las que todo deslumbra, todo sorprende, todo atrae. Porque nos habla desde quien ve las cosas por primera vez, y todo es nuevo, y lo descubre a la vez que se descubre ella misma; una fascinación que se extiende más allá de las calles y sus gentes, se extiende a un universo a través del cual accede a las letras, a Foucault, Derrida, Kristeva, Barthes, Elliot, Weil, con un apetito voraz de conocer todo sobre ellos, ampliando su propio universo personal a través de sus obras. Ese afán por leer todo lo que pueda, que tiene el origen en su infancia, cuando queriendo ser médico, su padre dijo que sería una buena enfermera. La autora, fiel a sus valores, utiliza este aspecto para reivindicarse y reafirmar su feminismo y determinación para combatir las desigualdades en este aspecto: «Nadie me dirá que los conocimientos que he demostrado tener son un juego de niños, que no van en serio porque es una niña quien juega. Leeré mucho más que tú, padre. Leeré sin parar todos los libros de tu estudio y todos los libros de la biblioteca de la escuela y todos los libros de todas las bibliotecas del mundo entero, y creceré tanto que seré un gigante sobre la Tierra». Porque Hustvedt, como en la mayoría de sus obras, habla con un espíritu crítico hacia los abusos cometidos por los hombres, físicos y psicológicos, siempre añadiendo ese componente de denuncia y, en este caso, los expone desde el punto de vista de la víctima que, por (mala) educación, por (in)cultura o por costumbres, se halla relegada a ser objeto pasivo, objeto de abuso, objeto de menosprecio. Y aparece la dificultad de la víctima en esas situaciones para romper la barrera de la culpabilidad propia ante tales hechos. La habitual e injusta culpa. El sometimiento, el abuso, el menosprecio que menoscaba la personalidad y que brillantemente la autora resume diciendo que «me ató por dentro». Pocas palabras pueden describir mejor ese machismo existente en tantas relaciones. Esta parte del libro es de una intensidad que provoca que nada pueda permitir interrumpir la lectura, pues el impacto llega hasta donde la sensibilidad de uno alcanza. Brillante en exposición y narración, describiendo lo que tantas (demasiadas) veces hemos visto u oído, Hustvedt envuelve la culpa, el miedo y el temor hacia y respecto a los hombres y se protege bajo una capa de sororidad y vínculo afectivo que transmite acompañamiento y refugio, buscando su propia solidez y fuerza a través de la relación con otras mujeres, pues a medida que encuentra su lugar en esa gran ciudad, reta a una soledad que va aislando y empequeñeciendo gracias a personas que pasan a formar parte de su vida, personas reales y de marcado carácter como Whitney o Patty, pero también gracias a historias inventadas como la de la vida de su vecina Lucy, que le permite construir un mundo de ilusiones en el cual centrar sus pensamientos a la vez que va llenando el suyo de realidades.

Introduciendo ya en su parte final un mundo más oscuro, más tenebroso, más ambiguo e indefinido, donde asoma la duda no sólo sobre quien es ella y cómo se transforma, sino también quienes y como son aquellos que la rodean. La novela evoluciona en consonancia con la propia protagonista, y la inocencia inicial propia de los primeros años postadolescentes va tiñéndose de una oscura capa de complejidad y escala de grises, de diferentes tonalidades que van tornando hacia lo oscuro, en una reflexión que se acerca tanto a sí misma que llega incluso a asustar, por descubrir aquello que en ella habita. Y su análisis en retrospectiva hacia aquella época, arroja luces, pero también sombras, por la inexactitud de unos recuerdos que se tornan cambiantes a cada revisión.

Así, a medio camino entre ensayo y novela, Hustvedt ha escrito una obra de múltiples capas, donde interpela directamente al lector dirigiéndose a él, pero también habla a su yo del pasado, a la vez que se nutre del diario para establecer la base de su narración y reconstruirla a partir de él, con sus inexactitudes inevitables propias de una memoria poco fiable y porosa, que no únicamente duda de lo que recuerda, sino que además llena los huecos con lo que su imaginación de ahora le tienta. Y en ese difuso marco en el que la memoria es volátil, líquida y cambiante, los recuerdos que tiene de su vida bailan al son de lo que su mente decide en cada momento, y establece un diálogo interno en el que lo que realmente importa no es la realidad, sino las sensaciones que tiene sobre lo ocurrido. Somos aquello que recordamos y, en ese aspecto, somos también aquello que fuimos y, en los recuerdos siempre alterados por la memoria débil y porosa, nos sentimos identificados con nuestro pasado, pues sigue presente en quienes somos ahora y en lo que seremos en el futuro.

Puede que a alguien le parezca un libro arriesgado y algo críptico. Es posible. Pero es cierto también, que se trata de uno de los libros más completos de la autora, por la mezcla de géneros, por alternar narraciones y tiempos, por transitar entre hechos y recuerdos, por mezclar ensayo y ficción. Es probable que sea complejo, pero también es cierto que la autora ha dado un paso más, ya irreversible, en su carrera literaria, acercándose con paso firme a la frontera entre análisis y ficción, buscando el lugar donde realidades, reflexiones e ilusiones convergen hacia el punto más íntimo de nuestro ser a partir del cual emana aquello que realmente somos: nuestros recuerdos.

martes, 9 de julio de 2019

Enrique Vila-Matas: Esta bruma insensata

Idioma original: castellano
Año de publicación: 2019
Valoración: Entre Recomendable y Está bien

No descubro nada si digo que Vila-Matas escribe muy bien. Como tampoco es ningún secreto que disfruta como un cochino jugando (Vila-Matas, no el cochino) con lo metaliterario, la intertextualidad y las citas, sean originales o apócrifas. O que tiene don Enrique un bagaje cultural muy respetable que gusta de exhibir y manejar, y que lo hace con soltura y a veces con gracia. Todos estos son elementos reconocibles en el autor, o al menos es lo que se desprende de las reseñas que aquí se han publicado de todas o casi todas sus obras, porque personalmente solo había leído su anterior novela (Mac y su contratiempo)... y, sí, también en aquella ocasión encontrábamos cosas como las citadas. El maestro Santi, en la Contrarreseña a Kassel no invita a la lógica definía con gracia este cóctel, al que llamaba el método Vila-Matas, y cuestionaba si todo esto es suficiente para armar una novela. La reflexión es igualmente pertinente si hablamos de Esta bruma insensata, pero antes hagamos un boceto sobre lo que en este libro se cuenta. 

Simon es un tipo solitario que vive cerca de Cadaqués y ejerce de traductor y recopilador de citas literarias, actividad esta última a la que Vila-Matas llama hokusai (y que no sé si tiene algo que ver con el pintor japonés, ni si es un invento o realmente existe algo llamado así). Vamos, que entramos de cabeza en el rollo metaliterario. Este buen hombre lleva veinte años suministrando citas (literarias, claro) a un escritor de gran éxito (un tal Rainer Bros) que se oculta del público en algún lugar de Nueva York, una especie de Pynchon germano-catalán, que a su vez mantiene una peculiarísima relación con el Pynchon auténtico –o eso es lo que parece. Pese a la distancia física entre el hokusai y el escritor estrella, su muy diferente estatus y su gélida relación profesional hay algo que une estrechamente a Simon y a su cliente, y al mismo tiempo los separa. 

El texto íntegro es una narración en primera persona que, como puede suponerse, se centra casi en su totalidad en el hecho mismo de la creación literaria. En torno a ella, Simon y Rainer son los dos polos de una dialéctica múltiple que, como las dos vocecitas de la conciencia, encarnan y enfrentan sus respectivas tesis: fe y entusiasmo en el hecho de escribir, frente a desprecio y abandono del ejercicio literario; ficción contra no ficción; creación pura, o intertextualidad; celebridad y anonimato. En última instancia, éxito vs. fracaso. Aunque la reflexión sobre estas ideas (a su vez siempre sembrada de citas) ocupa casi todo el libro, es en su parte final cuando se concretan y en parte podríamos decir que se materializan. Vila-Matas lo hace con inteligencia, claro, no enfatiza a favor de ninguna de las dos opciones, pero de ese magma aparentemente confuso termina el lector por obtener algunas respuestas, aunque siempre abiertas a interpretaciones o sometidas a contradicciones.  

Porque esto, aparentemente novela, tiene bastante de ensayo y también cierto aire lúdico, porque esa colisión entre dos formas de entender la literatura (todo lo nebulosas que se quiera) efectivamente crea tensión entre los personajes, pero esta no se transmite al lector. Poniéndonos unamunianos diríamos que no hay ‘agonía’ ni ‘sentimiento trágico’, solo miradas diferentes, posibilidades abiertas. Se le va a gusto al autor en ese terreno, donde exhibe su agilidad para divagar por distintos caminos sobre el hecho literario y hasta se permite deslizarse en alguna ocasión hacia lo onírico. Y en ese contexto de lo metaliterario, me permito destacar una poderosa imagen, de mucho contenido aunque parece dejada ahí como por casualidad:

(…) Se apiñaban una gran cantidad de familias felices y de familias infelices, tribus rusas y chinas, suegras y cuñados de todas las razas y clases sociales, jóvenes solitarias y señoras de edad, abanderados y no abanderados, camareros y turistas, todos absolutamente indiferentes a la literatura, a la fama mundial del empedernido bebedor Rainer Bros y a mi archivo.

Sin embargo, Vila-Matas parece menos cómodo en terrenos digamos más convencionales. Es cierto que una de las escenas mejor resueltas es el viaje de Simon a Barcelona en el coche de un pintor (donde aparece uno de los pocos momentos de humor), pero en cambio funciona peor el entorno histórico-político que sirve de telón de fondo a la segunda mitad del relato: quizá forzado por la relevancia del momento, Vila-Matas sitúa la acción en la Barcelona de los últimos días de octubre del 17, es decir, en plena efervescencia de la Declaración unilateral de independencia y las situaciones inmediatamente posteriores. Ni qué decir tiene que el decorado resulta algo impostado, o mejor aún, ajeno, dando la impresión de que no aporta nada más allá de un paisaje llamativo. A lo sumo útil –y es que uno siempre tiende a justificar al escritor- para subrayar la imagen que transmite el párrafo que copiaba arriba: la soledad del escritor (escritores en este caso) ante una sociedad que le ignora, sumida en sus propias preocupaciones o en su mera cotidianeidad. O, volviéndolo del revés, el ensimismamiento del autor en su propio mundo, mientras todo se agita a su alrededor.

En fin, que como puede deducirse, el libro, construido con pulcritud e inteligencia, gustará seguro a los fans de Vila-Matas y a quienes disfrutan con los entresijos y las diferentes perspectivas de la creación literaria en sus múltiples facetas. En tanto que novela –lo que quiera que eso sea- con un desarrollo y algo parecido a un argumento, esta última entrega de don Enrique resulta algo más cuestionable. Quizá nos gustaría ver cómo asoma un poco más fuera de esa burbuja, que a lo mejor no es tan autosuficiente como él cree.

Todas las reseñas sobre Enrique Vila-Matas en ULAD: aquí

lunes, 8 de julio de 2019

Reinado Laddaga: Los hombres de Rusia

Idioma original: Español
Año de publicación: 2019
Valoración: Recomendable

Podría empezar diciendo que “Los hombres de Rusia” es una novela de política-ficción, que se trata de un ensayo político o, incluso (aunque esto es más un deseo personal),  de una distopía muy muy loca. Algo de todo eso hay, sí, pero la principal lectura que creo que hay que hacer de “Los hombres de Rusia” es la de una alegoría sobre el resurgimiento, en pleno siglo XXI, de tendencias políticas cercanas al fascismo.

Para esto, el argentino residente en los Estados Unidos Reinaldo Laddaga se sirve de la técnica del manuscrito encontrado. En el se aúnan historia personal y colectiva formando un conjunto, tal y como indican las palabras del propio Laddaga incluidas en el prefacio del libro, fascinante para algunos y tedioso, oscuro e imposible de acabar para otros.

El citado texto no es otra cosa que la narración un tanto caótica del acercamiento de un joven a un grupo de “iluminados” que se hace llamar “Los hombres de Rusia”. La misma se desarrolla en el decadente entorno de un zoológico abandonado del estado de Florida (¿alegoría de las zonas “deprimidas” en las que triunfa la “nueva” derecha?) y se mueve en dos planos temporales en los que terminan interactuando realidad y ficción.

Por un lado, está el pasado y las diferentes teorías / proyectos / ensayos político-mesiánicos desarrollados a lo largo del siglo XX, los cuales sirven, la mismo tiempo, de cuerpo teórico a “Los hombres de Rusia” y de hilo conductor de acontecimientos que llevarán hasta Florida a la familia del autor del manuscrito. He de reconocer que esta es la parte de la que más he disfrutado, sobre todo porque mi conocimiento previo acerca de los personajes que pasan por las páginas del libro era nulo. Las fascistoides “aventuras” de Gabriele d’Annunzio y su colaborador (y bisabuelo del autor del manuscrito) Guiseppe Borgese en la República de Fiume, las utópicas teorías de Elisabeth Mann (viuda de Borgese e hija de Thomas Mann), el acercamiento de Silvia (hija pequeña de los Borgese) al Partido Republicano y al neofascista y populista Movimiento Social Italiano, las descabelladas teorías y comunas lideradas por Cyrus Teed, etc, además de prefigurar lo que a continuación vendrá en el texto, son una muestra significativa de lo que fue el siglo XX en Occidente y de cómo hemos llegado hasta aquí.

Por otro lado, y en parte derivando de lo anterior, está el presente, ese en el que el joven narrador aparece deslumbrado por una combinación de ruptura de las reglas (aunque siempre dentro de las reglas), absurdo, mesianismo y liderazgo indiscutido y en el que las actividades y rituales de "los hombres de Rusia", siempre basados en la adoración de un pasado glorioso y en la obediencia ciega, serán los vehículos a través de los cuales el narrador cumpla sus deseos de pertenencia. Esta parte, que podría ser también leída como novela de formación (poned aquí unas cuántas comillas), me ha parecido algo más farragosa que la anterior, como si en la búsqueda de una nueva vuelta de tuerca se hubiese caído en el exceso. También es cierto que esto me recuerda a ciertos grupos, políticos o no, de distinto signo  que día a día se superan y nos superan con sus exabruptos y ridiculeces y que, pese a todo siguen teniendo sus acólitos.

En fin, que como veis estamos ante un texto híbrido (parece ser la especialidad de la casa de Jekyll & Jyll), con un pie en el pasado y otro en el presente y con la esperanza, seguramente vana, de no caer nuevamente en los errores de casi siempre.

domingo, 7 de julio de 2019

Semana de la arquitectura y el urbanismo #7: ¿Quién teme al Bauhaus feroz?, de Tom Wolfe

Idioma original: inglés
Título original: From Bauhaus to our house
Año de publicación: 1981
Traducción: Antonio-Prometeo Moya
Valoración: Muy interesante

La fiebre post-olímpica convirtió la Facultad de Arquitectura de Barcelona en una bomba de relojería. Por una parte, el alumnado estaba masificado y sujeto a un nuevo y leonino plan de estudios plagado de fases selectivas; por otra parte, la plantilla docente —compuesta en gran parte por arquitectos consagrados— era presa de una gravísima epidemia de egos (y bolsillos) inflamados. Tal era el grado de endiosamiento que muchos profesores decidieron poner en práctica un método pedagógico revolucionario: la enseñanza por osmosis. Efectivamente, consideraban que bastaba con verlos o tenerlos cerca para que uno, automáticamente, empezara a pensar y a proyectar como un arquitecto experimentado. Pero al constatar que la osmosis no daba los frutos que se esperaban, solo cabía suponer que los alumnos eran todos unos completos ignorantes y por ello, dos o tres veces al trimestre, se nos invitaba a tirar la toalla e irnos a estudiar Farmacia, entre otras muchas salidas de tono.

Cuando miro hacia atrás y reparo en alguna de aquellas situaciones, me pregunto cómo es posible que ningún estudiante sucumbiera al suicidio u homicidio, y más teniendo en cuenta que nos pasábamos las horas en la sala de maquetas manipulando cúteres, punzones y sierras. Otra cuestión es si sucumbimos o no a la enajenación mental. En mi caso, y dando por hecho que mi cordura —la que fuere— se mantuvo intacta, solo se me ocurren tres posibles motivos: que soy terca, que soy práctica y que siempre buscaba algún refugio para no sentirme como un pulpo en un garaje. La lectura de ¿Quién teme al Bauhaus feroz? fue uno de esos refugios. 

Resumen resumido: el nacimiento y evolución de la Arquitectura Moderna desde la Europa arrasada de finales de la Primera Guerra Mundial, hasta la fundación de la Bauhaus, su llegada —y colonización— de los Estados Unidos y todo lo que se derivó de ello y que todavía sigue en boga en pleno siglo XXI. 

Tom Wolfe escribió este ensayo después de La palabra pintada, otro de similares características pero centrado en el Arte Moderno. Existen ediciones en las que ambos ensayos se publican juntos ya que comparten tono y argumentario. No hay más que leer el primer párrafo de ¿Quién teme al Bauhaus feroz?:
«Oh, hermoso país, el de los horizontes espaciosos, el del ambarino oleaje del trigo, ¿existe otro lugar en el mundo donde tanta gente rica y poderosa haya costeado y soportado tal cantidad de arquitectura que detesta como el que abarcan nuestras benditas fronteras?» 
Así como en el ensayo sobre el Arte Moderno Wolfe explicaba cómo todo se había desarrollado alrededor de la premisa de huir de la letra (crear obras de arte sin una explicación al margen que las explicara) y cómo el arte había acabado siendo precisamente pura teoría. En este ensayo sobre la Arquitectura Moderna, Wolfe esgrime la tesis de que la premisa acuñada en Europa tras la Primera Guerra Mundial, que era huir de lo burgués, acaba convirtiéndose en puro estilismo costeado por las grandes fortunas estadounidenses. Y huir de lo burgués se traducía en la premisa empezar de cero, algo que todos los alumnos de la Bauhaus repetían sin cesar y que bebía de las mismas fuentes que el manifiesto Ornamento y delito de Adolf Loos. 
A partir de ese punto, Wolfe desarrolla su tesis sobre cómo la premisa se va viciando hasta llegar al punto actual en el que el formalismo y el discurso dejan a la Arquitectura al margen y tenemos varias generaciones de arquitectos que han proyectado sobre el terreno y enseñado en las aulas con ese único propósito. Porque la cuestión que subyace a lo largo de todo el texto es la siempre difícil situación en la que se halla la Arquitectura al ser considerada un arte pero con una clara vocación al servicio de las necesidades terrenales del ser humano. Al fin y al cabo, que cuatro pandillas de artistas plásticos se debatan sobre si el lienzo es material o inmaterial es una cuestión que no afecta a la calidad de vida de las personas. Que cuatro pandillas de arquitectos banalicen con la vivienda social (en la que solo van a poner los pies para hacerse la foto el día de la inauguración) para experimentar sus caprichos estéticos y confirmar sus teorías sobre cómo debe vivir la clase obrera, es otra cosa muy distinta. 

La primera vez que leí ¿Quién teme al Bauhaus feroz? me sentí reconfortada y vigorizada. Porque lo que descubrí en aquellas páginas ya rondaba de algún modo por mi cabeza aunque yo jamás hubiera sido capaz de expresarlo con tanto rigor y desparpajo. Y el modo en el que Wolfe despoja a Le Corbusier de su aura divina me pareció impagable —las teorías de Le Corbusier deben haber propiciado gran parte de los sueños húmedos de tantos profesores de proyectos...—. Wolfe lo baja, efectivamente, de su pedestal:
«Su Vers une architecture fue la Biblia. Hacia 1924 era uno de los genios imperantes de la nueva arquitectura. En su mundo era… ¡Corbu!, del mismo modo que Greta Garbo era ¡la Garbo! en el suyo; y todo por la energía de sus manifiestos, su fervor y un puñado de casitas (...)» 
para ponerlo en el lugar que le corresponde: el de un teórico y comunicador de excepción y ya está. Y lo mismo hacía con el Estilo Internacional, con la Bauhaus, con Gropius… Mi pobre cabecita no estaba acostumbrada a semejante raudal de sensatez e ironía juntas: 
«En Yale, después de una de las apabullantes intervenciones de Fuller, los estudiantes de arquitectura cayeron en un extático trance de acción rebelde y colectiva. Construyeron una enorme cúpula geodésica de riostras de cartón y la colocaron en lo alto de Weir Hall, el edificio neogótico de piedra gris de la escuela de arquitectura, mientras desafiaban al decano a que se atreviese a hacer algo al respecto. No lo hizo y la cúpula se fue pudriendo poco a poco.» 
Sé que llego tarde pero: muchas gracias señor Wolfe.

sábado, 6 de julio de 2019

Semana de la arquitectura y el urbanismo #6: La casa, crónica de una conquista, de Daniel Torres


Idioma original: Castellano
Año de publicación: 2015
Valoración: Muy recomendable

Concebido inicialmente como un proyecto por entregas, La Casa. Crónica de una conquista se publicó finalmente como un apabullante volumen –por tamaño, extensión y ambición- que reflexiona a través de la narración gráfica sobre los tres mil años de relación que los seres humanos llevamos con la vivienda, con el lugar donde moramos (del latín morari, detenerse). La ¡casa! que en los juegos infantiles es refugio seguro,  la casa que se nos cae encima, la que jamás hay que empezar por el tejado, el lugar que es idea y que nos retrata e identifica; esa es la esencia que recorre las casi seiscientas páginas de este libro. O, resumido en un interrogante, ¿de dónde nos viene el concepto del hogar?

Estructurado en 26 capítulos, que arrancan a las orillas del río Jordan 1.200 años AC para concluir con una hipótesis de lo que nos puede deparar el futuro más inmediato, este concienzudo trabajo del dibujante Daniel Torres (Teresa de Cofrentes, Valencia, 1958) reflexiona sobre uno de los ámbitos, actividades y espacios más personales y universales de la condición humana, la vivienda, y lo hace poniendo a las propias personas –comunes, anónimas, vulgares- en el centro de interés, como protagonistas. En el libro se habla por supuesto de arquitectos y de materiales, de escuelas y de modas, de planos y de escalas, pero hay un par de axiomas que subyacen, poderosos y tremendos: Hasta hace poco más de un siglo, la inmensa mayoría de la Humanidad ha vivido en condiciones deplorables, terroríficas y, hoy en día, al menos una tercera parte de ésta habita en chabolas o infraviviendas. Y uno más; la vivienda siempre ha sido un bien escaso y, por tanto, caro. La mano de obra es abundante y, en consecuencia, corta su retribución. Ley de hierro, tan duro como el que sale de la fundición.

El proyecto requirió seis años de elaboración para ser entregado a imprenta, la mitad para documentación, estructuración y diseño y otro tanto para plasmarlo sobre el papel. El dibujo de Daniel Torres es muy ilustrativo y meticuloso, fotográfico, con abundancia de detalles y una composición muy cuidada, con una paleta de colores sosegada, con predominio de tonos pastel y protagonismo del ocre y del siena, una elección que refuerza la intencionalidad profunda del relato, encajado en una estructura narrativa clásica, con secuencias que arrancan en un gran plano general para dirigir al lector hacia el menudeo de la narración. La información gráfica y textual está dispuesta con esmero, muy ordenada, y su colocación en las páginas evita que la profusión de datos y detalles se haga farragosa. Este es un trabajo amplio y minucioso, pero no academicista ni de tesis, porque su objetivo es divulgativo. Formalmente resulta un buen ejemplo de ese tipo de cómic que hace ya casi medio siglo se denominó línea clara –en contraposición a  la línea chunga- y que tuvo en el Tintín de Hergé a uno de sus referentes ineludibles.


Si bien los primeros capítulos se desarrollan a orillas del Mediterráneo, a partir del siglo IX los ejemplos que se abordan se centran en la Europa Occidental y a partir del XIX en los Estados Unidos. Los argumentos tratados son tan variados como sugerentes. Desde la aparición en el siglo XIII de los planos sobre papel, que confirió a la arquitectura la condición de transportable, a la importancia de factores como los cañones o las ratas en la configuración de las urbes o de objetos como las llaves, la iluminación o los desagües fueron modelando las casas como un decorado para la vida, reflejando mentalidades, necesidades y apariencias. Posteriormente, la acumulación de bienes se hizo símbolo inexcusable de bienestar; enseres, novedades indispensables, exotismos, lujos, sorpresas ingeniosas, fruslerías, regalos… La aparición de nuevas fuentes de energía llenó las casas de máquinas hasta transformar la vivienda en un mecanismo, eficiente, serializado, impersonal. Quizás aquí se le puede plantear un pero al libro, al focalizar el relato en lo que supuesta o convencionalmente retrata las épocas, en qué se considera digno de atención y qué no, dejando de lado vastísimas realidades. Aunque eso es lo que ocurre inevitablemente cuando hay que tomar decisiones sobre cómo aprovechar el (siempre) limitado espacio a nuestra disposición.

 

viernes, 5 de julio de 2019

Semana de la arquitectura y el urbanismo #5: Ornamento y delito, de Adolf Loos

Idioma original: Alemán
Título original: Ornament und Verbrechen
Año de publicación: 1908
Valoración: Recomendable para interesados

"Ornamento y delito" es un artículo de apenas cinco páginas. Pese a su falta de rigor, los prejuicios de que hace gala y su redundancia, resulta clave para entender la arquitectura del siglo XX en Occidente.

Lo escribió el austriaco Adolf Loos. Simpatizante de las vanguardias artísticas y precursor del racionalismo arquitectónico, Loos repudió el modernismo propuesto por los miembros de la Secesión de Viena, además de la ornamentación y los elementos historicistas en los edificios.

En "Ornamento y delito", Loos se ceba, como se puede colegir gracias a un título más que revelador, con la ornamentación. La tesis general del texto («La evolución cultural equivale a la eliminación del ornamento del objeto usual») es interesante. Para Loos, la austeridad no era solamente un estilo deseable, una propuesta estética y cultural, sino un síntoma de sus tiempos, una necesidad moral y económica que la Humanidad y el Estado debían abrazar.

Esta tesis se apuntala con algunos argumentos que, de ser explorados en una profundidad que la extensión de este formato no permite, hubieran prometido. Sin embargo, las limitaciones intrínsecas del artículo acaban por hundir cualquier conato de autoridad que éste pudiera esgrimir. Tampoco ayuda, en este sentido, el tufillo sensacionalista que supuran estas páginas. La dramatización a la que sucumben ciertos pasajes y el uso signos exclamativos restan a "Ornamento y delito" la seriedad intelectual por la que podría haber optado.

No es que Loos quisiera ser tomado muy en serio. A fin de cuentas, era un provocador que lo único que perseguía era agitar la opinión pública. Y es gracias al afán gamberro que sobrevuela este escrito, de hecho, que su lectura es una experiencia sumamente gratificante.

Ya he adelantado que Loos fue un provocador, y no creo que se me pueda llevar la contraria si cito algunas de sus frases. Por ejemplo: «Los tatuados que no están detenidos son criminales latentes o aristócratas degenerados. Si un tatuado muere en libertad, esto quiere decir que ha muerto antes de cometer un asesinato.» O: «Se puede medir el grado de civilización de un país atendiendo a la cantidad de garabatos que aparezcan en las paredes de sus letrinas.»

Efectivamente, estas no son sentencias que pertenezcan a un artículo académico. Ni falta que hace. "Ornamento y delito" no es otra cosa que un texto incendiario, uno que supura una mala leche de lo más simpática, y que a su modo ha profetizado, al menos en parte, el devenir de la arquitectura moderna. Recomendable para interesados en la materia, pues.

jueves, 4 de julio de 2019

Semana de la arquitectura y el urbanismo #4: Arte y postfordismo, de Octavi Comeron

Idioma original: castellano
Año de publicación: 2007
Valoración: Muy interesante (pero solo para interesados en el tema)

Un par de aclaraciones previas. Primera: Notas desde la Fábrica Transparente, ojo al subtítulo, porque representa el núcleo sobre el que gira esta interesante exposición de Octavi Comeron, una versión resumida de su tesis doctoral, que se puede examinar completa aquí. La segunda aclaración necesaria es qué demonios es eso de la Fábrica Transparente. Bien, pues es un edificio construido por Volkswagen en Dresde (2001) para albergar el proceso de montaje de su modelo Phaeton, el más alto de la gama (por cierto, un coche que no creo haber visto en mi vida). Se trata de una construcción efectivamente transparente, diseñada para hacer posible la contemplación de todo el proceso productivo, que por lo visto es a su vez algo por completo alejado de la cadena industrial de montaje que podemos imaginar. Cristal en el cerramiento exterior, suelos de arce canadiense, operarios de blanco inmaculado, orden, silencio, limpieza y coordinación es lo que se ofrece al observador, como se puede ver con más detalle en esta página, por si alguien tiene curiosidad.

Al margen de sus características técnicas o de la organización del proceso desde el punto de vista industrial, la Fábrica es el elemento clave que utiliza Comeron para adentrarse en distintos aspectos de la cultura asociada a las formas de producción postfordistas o del capitalismo tardío. Empezando por lo más obvio, la transparencia, tenemos que no es tan sólo un concepto físico: los movimientos de los operarios y los trenes de montaje son visibles desde el exterior, claro, pero son además objeto de visitas guiadas para turistas que podríamos decir van en busca de la excelencia alemana 2.0 (aunque esto no lo dice Comeron, que es bastante más serio que nosotros). De forma que entramos de lleno en la teatralización del trabajo y consiguiente fusión de los roles: trabajador-actor en fábrica-escenario mostrándose ante el espectador-consumidor, que controla la fabricación del producto-obra de arte. A su vez la transparencia, junto con la ubicación del edifico en el centro histórico, permite su integración en la ciudad, ante la que exhibe su producto mientras los edificios del entorno se reflejan en las fachadas acristaladas. De esta forma, la propia fábrica es la que publicita la marca: 

'Un espacio incomparable de experiencias, bañado de una atmósfera tecnológica, responsabilidad medioambiental y bienestar laboral'

Esta sería la cuestión más básica que presenta el libro, aunque hay mucho más –y más complejo. A partir de aquí, Comeron se adentra en la posición del artista y la obra de arte, explorando por ejemplo la componente productiva de la actividad artística o la hibridación entre fábricas y museos; la importancia creciente de la cooperación en el mundo del trabajo, también extensiva a la creación artística en el último medio siglo (dúos, colectivos, plataformas artístico-activistas); la aceleración que en las últimas décadas afecta por igual a la economía y al arte; o una incursión (no sencilla, la verdad) en la diferenciación que Hannah Arendt hace entre los conceptos de labor, trabajo y acción, que a su vez sirve de nexo para posteriores elaboraciones teóricas. 

Hay que admitir, y no me importa subrayarlo con insistencia, que el libro no es fácil. No tiene en absoluto carácter divulgativo y, aunque imagino que para su publicación (por cierto, moderna y elegante edición de la Fundación Arte y Derecho) se habrá recurrido a las partes más asequibles de la tesis, a ratos siente uno que el autor se le marcha, que si seguimos profundizando por ahí vamos a tener dificultades. Afortunadamente, el texto se compone de capítulos bastante breves, y rápidamente se recobrar el pulso y se despierta de nuevo el interés. Porque el libro es sumamente interesante, con cada variante del tema tomando como punto de partida uno o varios ejemplos de expresiones artísticas recientes, está escrito con sobriedad, sin adorno ni pedantería, y aporta reflexiones de calado, siempre partiendo (o circulando alrededor) de la Fábrica Transparente, pero llegando a veces bastante lejos:

'La transparencia (…) ha devorado el mundo hasta hacerlo opaco a sus habitantes. La opacidad no está ya en ‘las cosas’ sino en nuestra capacidad de ver, o en los límites que surgen en nuestra conciencia saturada por el modo constante con el que las cosas invaden nuestra visión'

Un texto muy notable, cuya relativa densidad queda compensada por su extensión escasa, que obliga a leer despacio y a pensar. Lo cual quizá reportará poco a quienes no tengan ninguna inquietud sobre este tipo de asuntos, pero resultará muy enriquecedor para los que sí.

miércoles, 3 de julio de 2019

Semana de la arquitectura y el urbanismo #3: Muerte y vida de las grandes ciudades, de Jane Jacobs

Idioma original: inglés
Título original: The Death and Life of Great American Cities
Año de publicación: 1961
Traducción: Ángel Abad / Ana Useros
Valoración: interesante en cualquier caso, pero imprescindible para interesados


Puede que alguno de nuestros seguidores se haya preguntado a qué viene ese añadido "y el urbanismo" a una semana  dedicada a la arquitectura. Pues aquí está la respuesta: a este libro de Jane Jacobs, que pese a contar con la friolera de casi 60 años ya, se sigue considerando (si hay algún experto en la sala que me pueda corregir, que lo haga) como uno de los más influyentes, sino el que más, de la disciplina urbanística actual, esto es, del estudio y la ordenación de las ciudades y su funcionamiento. Lo cual es aún más significativo pues su autora no era urbanista, al menos de formación. Y más aún cuanto que se atrevía a cuestionar las corrientes dominantes en el urbanismo de ese momento, derivadas de las ideas de "Ciudad Jardín" y de "Ciudad Radiante" o una combinación de ambas -y a los popes del urbanismo americano del momento, como el todopoderoso Robert Moses o el muy respetado Lewis Mumford (que, por cierto, sacó su libro La ciudad en la historia este mismo año de 1961).

No voy a resumir aquí las casi 500 y muy prolijas páginas de este libro, llenas de ejemplos y consideraciones que, en gran medida, posiblemente se nos escapen hoy en día, al referirse a situaciones de hace 60 años en Norteamérica -y en la ciudad de Nueva York, sobre todo-, pero en conclusión podemos decir que la postura de Jacobs se asienta no en la creación de un ciudad ideal, utópica, que funciones perfectamente sobre el papel, con sus áreas bien diferenciadas y en la que sus habitantes utilizaran cada uno de sus elementos tal y como urbanistas y arquitectos han establecido... sin fijarse antes en cómo son realmente las relaciones de los ciudadanos con su entorno y entre sí, cual es el funcionamiento real de una ciudad.  Para esta autora, una ciudad que vital, vibrante, atrayente, cómoda, segura, entretenida y acogedora es aquella en la que sus usos, tipología de edificios, de población rentas, etc... se hallan mezclados en gran medida, con pocas zonas de uso "especializado", no necesariamente con muchas zonas verdes -o no cualquier zona verde- y espacios amplios, y donde la vida de los barrios -entiéndase "barrio" como , a veces, una sola calle o , en todo caso, una calle y sus adyacentes- se lle ve a cabo sobre todo en las aceras, las tiendas y los portales, donde sus habitantes , ya sean vecinos o visitantes de otras zonas, puedan mezclarse y relacionarse unos con otros fácilmente, y también llevar a cabo una vigilancia del espacio público común, para convertirlo en seguro para todo el que pase, y sobre todo para los niños.

En resumen, lo que pretendía Jane Jacobs es que los barrios de las grandes urbes norteamericanas se convirtieran en pequeños pueblos de los países mediterráneos, con sus tenderos cotillas, sus desocupados sentados delante del bar y sus "viejas del visillo" detrás de cada ventana. Ese era el ideal de ciudad moderna para esta urbanista -o socióloga/periodista/ activista metida a urbanista-; parece que sólo ve ventajas en el tipo de comunidad que a algunos nos pone los pelos como escarpias (recordemos lo de "pueblo pequeño, infierno grande")... Aunque estoy exagerando un poco: ella misma se da cuenta de que uno de los mayores atractivos (y activos) de las grandes ciudades es la posibilidad de mantener un alto grado de intimidad, pero asimismo confía la preservación de esta intimidad en este tipo de vecindario al que defiende, basado en su propia calle de Greenwich Village o en el North End de Bostosn, (aunque a veces, siento decirlo, parece que esté hablando del país de la piruleta, no menos utópica que la aséptica Ciudad Radiante de Le Corbusier-; de hecho, su idea de actuación urbana consiste en preservar e incentivar aún más los elementos que contribuyen a crear estos pequeños ecosistemas de buena vecindad, proponiendo incluso una serie de "generadores de diversidad", la palabra clave en todo su discurso urbanístico: combinación de diferentes usos primarios, concentración de la población, manzanas pequeñas con variedad de tipos de edificios con presencia ineludible de edificaciones antiguas, y destierro de todos los prejuicios contra la diversidad urbana -no sólo de funcionalidad o usos sino también de etnias, clases sociales, etc...-, que, ya digo, para ella es la fuente de toda vitalidad de una ciudad.

En mi opinión, lo más interesante de este libro no es tanto los diagnósticos y propuestas que hace Jacobs sobre las ciudades norteamericanas de su tiempo (y que, por cierto, llevó en la medida que pudo a la práctica de forma bastante peleona, consultad si queréis su biografía, pues merece la pena como personaje histórico): ya digo que muchas de sus consideraciones posiblemente se nos escapen hoy en día y más aún a quienes no conocemos de primera mano esas ciudades. Lo importante, creo yo, es que rompió los esquemas teóricos de lo que hasta ese momento se consideraba adecuado, de las idées reçues sobre como debería ser la ciudad y qué era más conveniente para sus habitantes. Ella lo que hizo fue fijarse en la realidad y proponer salvar los elementos de la misma que mejor funcionasen, así como incentivar o tratar de implantarlos donde no los hubiera o estuviesen en trance de desaparecer-y no necesariamente con las intervenciones espectaculares que tanto gustan a los políticos-... Caramba, si ni siquiera se declara totalmente en contra de la presencia del automóvil en los cascos urbanos -¡oh, sorpresa!-, sino de su uso en la medida adecuada, a partir del estudio de los flujos de transporte para no empeorar más aún el tráfico y la emisión de gases con medidas que pretenden lo contrario.

Lo importante de Jane Jacobs, es que, una vez más, se trata de Aristóteles frente a Platón, es Andreas Vesalius escribiendo De humani corporis fabrica,  Billy Beane revolucionando el baseball con los A's de Oakland en 2002... Es una mujer que se atrevió a cuestionar los dogmas inamovibles de los expertos en una materia y comenzó a observar la realidad tal como era, a las ciudades como organismos vivos y a sus habitantes como personas que interactúan, no como si fueran los muñequitos de una maqueta, y su entorno, pulcras líneas en un plano, y no su paisaje diario, su hogar.

"Vecindades urbanizadas delimitadas de manera significativa por su tejido, su vida y las actividades mixtas que son capaces de generar, y no por unas fronteras puramente formales están por supuesto en contradicción con la ortodoxia urbanística. La diferencia es la que estriba en tratar con organismos vivos y complejos, capaces de conformar sus propios destinos, y tratar con asentamientos fijos e inertes, capaces simplemente de custodiar (y no siempre) lo que se ha derramado sobre ellos ".

martes, 2 de julio de 2019

Semana de la Arquitectura y el Urbanismo #2: En construcción, VVAA

Idioma original: castellano
Año de publicación: 2018
Valoración: Recomendable

Leí en algún sitio que las obras destinadas al público infantil, cuando son buenas, están destinadas a cualquier público. Y eso es exactamente lo que sucede con esta pequeña joyita ilustrada por Juan Berrio.

Resumen resumido: Clara, una niña de primaria, tiene que preparar un trabajo de investigación junto a otros compañeros y eligen la arquitectura como tema. Eso le llevará a interactuar de un modo diferente con su entorno para ir descubriendo cómo la arquitectura nos envuelve en todos los ámbitos de nuestra vida.

Lo que, al fin y al cabo, nos está proponiendo En construcción es que observemos nuestro entorno con la curiosidad renovada de un niño y con el fin de re descubrir todos esos elementos y conceptos arquitectónicos que conviven con nosotros desde siempre y que hacen nuestra vida más confortable: desde el marco de una puerta hasta la construcción, paso a paso, de un edificio residencial entre medianeras.


La novela se estructura mediante capítulos cuyo orden y contenido responde a un criterio técnico: 1. Anteproyecto, 2. Proyecto de ejecución, 3. Estructura… pero su desarrollo resulta distendido y ameno en el que los conceptos arquitectónicos y las pesquisas cotidianas de Clara se amalgaman con naturalidad.

El tono llano de la narración, así como las ilustraciones límpidas y detallistas de Juan Berrio pueden llevar a engaño en cuanto a la sustancia de la novela ya que, detrás de esa imagen de librito ligero hay una grandísima labor por condensar adecuadamente y transmitir algunos conceptos de envergadura con rigor e ingenio. La introducción, sin ir más lejos, aborda con sencillez y efectividad cuestiones básicas tan dispares como la escala o la estructura urbana aunque, personalmente, lo que más me maravilla es el modo en el que se explican los esfuerzos a los que puede estar sometida una estructura utilizando el columpio de un parque.


Pero la historia de Clara y sus pesquisas arquitectónicas contiene un mensaje subyacente que es, a mi parecer, el verdadero leitmotiv de la novela: el trabajo en equipo.
  • El trabajo que tiene que hacer Clara para el colegio es un trabajo en conjunto con otros compañeros de clase.
  • El modo en el que Clara aborda la tarea de descubrir la arquitectura implica a su familia y a su entorno ya que la narración muy a menudo avanza mediante el diálogo y las interacciones de los personajes.
  • El proyecto arquitectónico, como ya avancé en la metaentrada de ayer, y tal como la novela se encarga también de explicar, es un proyecto colectivo en el que se amalgaman las ideas y las tareas de muchas personas.
  • La propia novela, En construcción, también es un trabajo en equipo entre un ilustrador (Juan Berrio), una arquitecta (Sonia Rayos) y una docente (Silvana Cortés).
El (buen) trabajo en equipo es el único modo, no solo de que el proyecto arquitectónico llegue a buen puerto, si no cualquier otro proyecto.

La novela cuenta al final con un anexo de vocabulario muy útil y didáctico así como con un capítulo final titulado Grandes maestros, en el que se enumera a una serie de arquitectos con el dibujo de alguna de sus obras más representativas. Quizá esta sea la parte del libro que me resulta más tendenciosa al recoger únicamente arquitectos modernos y regirse, en mi opinión, por incluir a los incontestables de siempre (ya me perdonaréis pero en mi época estudiantil acabé bastante saturada de tanto Le Corbusier y tanto Mies Van Der Rohe), los mediáticos/grandilocuentes de siempre, y un surtido variado de otros también conocidos, por aquello de que la vida es una caja de bombones.

Tan solo añadir que mi valoración de recomendable lleva implícito el hecho de que aunque la novela hable de arquitectura, para abrirla no hace falta que sientas una curiosidad especial por la arquitectura porque, cuando la cierres, sí la tendrás.