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martes, 15 de octubre de 2019

Annie Ernaux: Los años

Idioma original: francés
Título original: Les Années
Traducción: Lydia Vázquez Jiménez (ed. en castellano) / Valèria Gaillard (ed. en catalán)
Año de publicación: 2008
Valoración: muy recomendable

«Todas las imágenes desaparecerán.»

Así empieza la novela de Annie Ernaux, y ya apunta de entrada hacia donde irá el libro, cuál es su propósito. Porque a esa frase le sigue un conjunto de imágenes, de recuerdos, que la autora narra siendo plenamente consciente que un día dejará de recordar, desparecerán, y se sumarán a las múltiples imágenes que nuestra memoria descarta y aleja de nuestra consciencia en un ejercicio de dudoso propósito.

Annie Ernaux acostumbra a basar su obra en su propia biografía y, fiel a su estilo, parte de momentos puntuales para dirigir la narración hacia un sitio u otro, hacia la adolescencia como en «Memoria de chica», hacia la madurez como en «La mujer helada» o hacia la enfermedad de su madre y cómo le afectó, como en «No he salido de mi noche». En este caso, hace algo diferente, y deja en parte de lado su parte más crítica para analizar su vida y la de la sociedad europea desde los años cuarenta hasta prácticamente nuestros días.

De esta manera, en orden cronológico, Annie Ernaux nos traslada de inicio a su infancia, en la década de los 40, una época donde la Segunda Guerra Mundial ocupaba el día a día, y nos recuerda sus años de escuela, aprendiendo el idioma a través de las reglas de la gramática del buen francés, un francés distinto al de casa donde había «la lengua original, la que no obligaba a reflexionar sobre las palabras». La autora brilla en el retrato de un pasado añorado, aunque difícil y, trasladándonos a esa época post Segunda Guerra Mundial, de penurias económicas y rigidez escolar, nos devuelve a la calidez de un hogar, de una infancia que aprovecha cada día sabiendo que el futuro está aún lejos, pero siendo consciente de los cambios que se acercaban. Desde su niñez contemplaba, finalizada la guerra, los avances de la sociedad y la cercanía de un progreso que prometía llevar a sus vidas el bienestar, la salud de los niños, casa luminosas y calles iluminadas. Un futuro que tenía forma de plástico, de fórmica, de antibióticos e indemnizaciones de la seguridad social.

La autora también nos recuerda la adolescencia, envuelta de un aura de sexo y deseo que la mentalidad de la sociedad constreñía y culpaba, el cambio físico y social existente que suponía para los jóvenes realizar el servicio militar, el paso del niño al hombre a ojos de uno mismo y de una mentalidad de costuras estrechas y rígidas como los uniformes que portaban. Y la juventud, con la sociedad que marca su horizonte, anclado por la alianza de un futuro matrimonio impuesto por la manera de pensar de una época que valora la virginidad y la castidad por encima de las libertades: «ni la inteligencia, ni los estudios, ni la belleza, nada contaba tanto como la reputación sexual de una chica, es decir, su valor en el mercado del matrimonio». Son párrafos que nos recuerdan inexorablemente a «La mujer helada», pero también a la experiencia narrada en «Memoria de chica».

Y en la madurez, la plena conciencia de verse realizada como mujer, de saber que el mundo está en las propias manos y que aquello que venga en forma de invento o progreso será mejor para sus vidas, unas vidas que avanzan rápidamente hacia un futuro altamente cambiante y prometedor, de tecnología y avances, de cambios sociales y apertura, de derechos y libertades; un momento en su existencia donde «nos sentíamos libres, no pedíamos nada a nadie» y expresa la ilusión que sentían al afirmar «el futuro parecía radiante, las tareas pesadas y sucias las harían los robots, todos los individuos tendrían acceso a la cultura y el saber». Una madurez, también familiar y afectiva, que viene de la mano de una familia, que la llena de emociones y sentimiento a la vez que de dudas sobre sí misma, pues se ha desviado de sus objetivos anteriores, con un creciente «miedo de instalarse en esta vida tranquila y confortable, haber vivido sin haberse percatado de ello». Y la añoranza a unos tiempos ya pasados, plagados de ilusiones y sueños, que chocan frontalmente con ese futuro que viene lleno de cosas materiales e innecesarias, de manera que «el pasado y el futuro, en definitiva, se han invertido, es el pasado, no el futuro, que ahora es objeto de deseo».

Como no puede ser de otra manera, la autora francesa también hace un alto en el camino para destacar el cambio que supuso el año 1968 en la sociedad, rompiendo todas las cotillas que ataban una sociedad al corpiño de estrictas normas sociales y leyes. La apertura del mundo, de las universidades y las tertulias, de los teatros y la cultura ofreciendo así el bien más preciado: la accesibilidad a las ideas. «Pensar, hablar, escribir, trabajar, existir de otra manera: sentíamos que no teníamos nada a perder si lo probábamos todo. 1968 era el primer año del mundo.»

Y ya en los 80, que dejó atrás muchas cosas del pasado, ya no se hablaba del antes, sino que se vivía el ahora, un ahora donde la religión había «dejado de atemorizar el imaginario de los adolescentes prepúberes, ya no se regulaban los intercambios sexuales y el vientre de las mujeres había salido de su control». Y el final de la década de la década, con la revolución de Tiananmén, la caída del muro de Berlín con la llegada del mundo del este a sus vidas, la difusión cada vez más de la enfermedad del sida, y la invasión de las tropas de Hussein a Kuwait, que prologaban una guerra, concepto que quedaba ya muy lejos en la memoria de la gente.

En sus recuerdos más cercanos a nuestros días, la autora destaca también el cambio de milenio, saltando de año con gran recelo por un efecto 2000 que no fue tal, pero que nos empujó a un mundo tecnológico que aceleró nuestras vidas, teniendo todo el mundo a nuestro alcance, consiguiendo alcanzar «el gran deseo de potencia e impunidad. Evolucionábamos en la realidad de un mundo sin objetos ni sujetos. Internet operaba la brillante transformación del mundo en discurso». Y con ello, la supresión de la paciencia, la rotura del tiempo entre privación y obtención, queriéndolo todo al instante, consumiendo información de manera voraz. «Con las técnicas digitales agotábamos la realidad».

Por todo lo expuesto, «Los años» se trata de una muy interesante obra que cuenta, de manera plenamente subjetiva, como la población asumió los cambios y el paso del tiempo, con los temores ante los cambios y la esperanza de un futuro que, en ocasiones se auguraba prometedor y, en otros casos, decepcionante o incluso aterrador. Menos contundente que en otras novelas, menos crítica hacia su vida o hacia la sociedad, el retrato que hace Ernaux tiene la belleza de la nostalgia del que ve su pasado como parte de uno mismo, como una época donde uno aguardaba con ilusión lo que el futuro cambiaría de sus vidas. Pero también la reflexión de quien, al ver el mundo que tenemos, siente cierta desolación por no estar a la altura de aquello que cobijábamos cuando soñábamos con él. La mirada que Annie Ernaux realiza sobre tantas décadas arroja una sensación de que hemos caído de manera inocente a las tentaciones que venían disfrazadas de progreso. Y nos hemos quedado en una época que no dejará demasiados recuerdos, aunque sí imágenes, hechos y tecnología que, como nosotros mismos, acabará siendo obsoleta al paso de los años.

PS: La edición que he leído es en catalán, por lo que es posible que la citas que he incluido no se ajusten a la edición en castellano

También de Annie Ernaux en ULAD: La mujer heladaMemoria de chicaEl uso de la foto, No he salido de mi noche

martes, 3 de octubre de 2017

Annie Ernaux: La mujer helada

Idioma original: francés
Título original: La femme gelée
Año de publicación: 1981
Valoración: muy recomendable

Hay veces que uno descubre a una autora casi por casualidad (o por una recomendación como se trata de este caso), puesto que la difusión de las obras por los canales habituales, con sus grandes promociones, impide que se lleguen a conocer todas las novedades. Y más si éstas son publicadas por editoriales menos grandes. La consecuencia es que hay grandes autores que pasan casi desapercibidos, y es una lástima porque nos podríamos perder pequeñas joyas como la que reseño en esta entrada. Afortunadamente, la editorial «Cabaret Voltaire» ha decidido acertadamente recuperar las principales obras de esta autora como «Memoria de chica» (reseñada también en ULAD) y «La mujer helada», entre otros. Y esperaremos más, a tenor del resultado. Pero mejor vayamos al grano y hablemos del libro en cuestión.

Como ya ocurría en «Memoria de chica», Annie Ernaux sigue recuperando los recuerdos de su vida, en este caso para escribir sobre las libertades (o la ausencia de ellas) de las mujeres de su época. Claramente basada en la propia vida de la autora, quien solicitó que quitaran la palabra «novela» cuando se publicó en Francia, es lo que podríamos llamar una biografía novelada.  En ella, Annie Ernaux nos habla de la vida de las mujeres de su época, y por extensión, de la sociedad con la que se encontró, desde su infancia hasta su edad más adulta. Y trata sobre las mujeres hablando del mundo que conoció. Un mundo que, en círculos familiares, estaba formado por mujeres luchadoras, humildes, de clase media-baja y trabajadoras. Mujeres que prácticamente no tienen tiempo para nada más que trabajar y mantener una vida al lado de sus maridos (a menudo distantes), dejando de lado aspectos secundarios de su vida para poder salir adelante y lidiar con un ajetreado día a día. Esas mujeres, de carácter, son las que formaron parte de la infancia de Annie, siendo sus referentes y conformando su mundo. Y por contra, las que pertenecen al otro lado del mundo, la otra cara de la moneda, las que tienen maridos que se ganan bien la vida (que triste expresión, ganarse la vida), con vidas acomodadas, con un aspecto delicado y cuidado, viviendo en un mundo de pulcritud, de delicadeza, de perfección (mal entendida). Esas mujeres «frágiles y vaporosas, de manos suaves, y rostros cuidadas», pero mujeres sin voz, sumisas, sin nada más que fachada.

En esa sociedad se desenvuelve la protagonista, con una madre poco estricta que le permite ser ella misma, que la introduce en el mundo de los libros (o, mejor dicho, «mundos» porque cada uno de ellos alberga uno propio). Son unas primeras cuarenta páginas de recuerdos de su infancia, maravillosas, preciosas. Pero el libro va de contrastes, y el desparpajo y el atrevimiento que su madre le insufla choca con el orden y la disciplina impuestos por la educación recibida en escuela religiosa. Allí asoma el miedo, no únicamente a Dios, sino a no acabar siendo aquello que de ella se espera: una mujer perfecta según el canon establecido; una mujer que cocina, que cuida de su marido, que centra su vida en ser madre y esposa perfecta. Esta contraposición de ambos mundos la someten a un debate interno continuo, en una lucha constante para que su propio yo asome entre tanta duda y contradicción.

De esta manera, Annie Ernaux escribe un libro sobre qué debería suponer la liberación de la mujer, sobre la dificultad en demostrar su valía en un mundo reinado por hombres, donde el papel de ellas queda relegado a las tareas domésticas y en proporcionar un soporte al esposo. También nos habla del papel secundario de la mujer en lo relativo a las relaciones amorosas, donde ellos eligen y ellas son las elegidas, y, si lo hacen ellas, son unas «golfas». De esta manera, el planteamiento del libro es una lucha constante de la protagonista por librarse de una educación basada en conseguir matrimonio, anulando sus capacidades. Una lucha contra ella misma, un desafío constante no sólo a su propia educación (y por extensión, a aquello que forma su manera de ser) sino a la sociedad misma. Nos habla también del desafío, sí desafío, de ser madre con todo lo que eso conlleva en una sociedad donde la igualdad pretendida está lejos de ser alcanzada. Donde los sueños de juventud en vistas a un futuro quedan enterrados bajo un manto de tareas domésticas. Donde aquello que una defiende en su juventud se vuelve contra ella sin opción a librar, tan siquiera, una lucha donde la victoria es ella misma, su yo más puro.

Así, y sin pretender que sea un manifiesto, sí que la obra le sirvió para analizar su propia vida en clave retrospectiva, para averiguar qué había ocurrido para que ella, una chica educada en una familia luchadora y feminista, se hubiera acabado convirtiendo en aquello que detestaba, una mujer helada, para acabar asumiendo unas tareas para los que no había estado preparada ni deseado, únicamente por el hecho de ser la sociedad quien concibe que sean las mujeres las que se encarguen de ello. Y nos habla de todo ello sin pelos en la lengua, sin intentos de suavizar las agrias sensaciones que su propio pensamiento le generan, con la sinceridad y la honestidad por delante, admitiendo sus errores, acusándose a ella misma, juzgando a lo sociedad, y juzgándose también a ella.

La mujer helada es esa mujer que ha perdido su yo, su personalidad, sus intereses, sus ambiciones. Únicamente queda la superficie y lo que se ve: una mujer aparentemente perfecta, perfecta como esposa, como madre, como ama del hogar. Porque reconozcámoslo, esos detalles de desigualad, o digámoslo abiertamente por su nombre (machismo), los hemos visto y los seguimos viendo, en casa propia o ajena, y si no fuera porque la sociedad nos tiene acostumbrados a ellos veríamos cuán injustos son. El hecho que este libro, escrito en 1981, se haya editado hace muy pocos años y que sigamos viendo en él las trazas de un machismo latente, indica que la sociedad no ha avanzado mucho en este aspecto.  Tendremos que seguir luchando, queda camino por recorrer. Y es que el paisaje que nos retrata Ernaux es desolador para las mujeres, y también para los hombres (en menor medida) puesto que nos deja en un lugar demasiado cerca a la tiranía que, aunque disimulada y ejercida en pequeñas pero constantes dosis, es real y existe. Sin duda, a pesar de los más de treinta años que han pasado, hay casos en que el acercamiento a la igualdad se ha conseguido, pero hablo de casos. No es lo habitual, no es lo común, no es lo deseado, no es aún una victoria. No lo es. Aun.

También de Annie Ernaux en ULAD: Memoria de chica, No he salido de mi nocheEl uso de la foto, Los años

lunes, 24 de julio de 2017

Annie Ernaux: Memoria de chica

Idioma original: francés
Título original: Mémoire de fille
Año de publicación: 2016
Valoración: Muy recomendable

Con un prólogo que ya da indicios de una inusual crudeza estilística, la historia que nos narra Annie Ernaux es la historia de una chica durante el verano de 1958. El recuerdo de las experiencias vividas durante esa época, narradas al cabo de cincuenta y cinco años, sigue presente en la autora en la actualidad, y la trascendencia de ese momento fue lo suficientemente transformadora para que la capacidad de la memoria aún alcance a retomar los recuerdos de aquel año; recuerdos de una chica de diecisiete años que son el origen y causa de una historia que la cambió para siempre.

La autora nos sitúa rápidamente en ese verano, retratándonos una joven Annie Dechesne sobreprotegida por sus padres; nos cuenta, en clave retrospectiva, cómo la devoción que tiene por los libros y la falta de relaciones sociales la aproximan a la definición de rara avis. El entorno que la rodea es, principalmente, el formado por la familia y los libros, y ese verano que destinará a hacer de monitora en un campamento de verano lo afronta como una escapada, una liberación, un anhelo y un despertar.

En esas circunstancias se halla Annie, inocente, cándida, ingenua, virgen. En ese estado se encuentra con un monitor en el campamento, con una personalidad que se encuentra en el extremo opuesto a su forma de ser. Y en un encuentro ocasional, ocurre el desencadenante de todo. A partir de ahí, todo cambia, todo se altera, y Annie se transforma, se encuentra con sus sentimientos largamente adormecidos. Ya nada será como antes; el deseo la envuelve y la obnuvila, la posee y la domina, la somete y la humilla, y en un desafío que ejerce hacia ella misma se aventura a explorar los límites de sus deseos para borrar la chica que había sido, y forjar de cero un nuevo carácter. Ese despertar que ansía, que libera su yo interior y que le abre un mundo desconocido.

De esta manera, y analizando, al cabo de mucho tiempo, lo sucedido en la adolescencia, la autora nos habla, no únicamente del cambio y la transformación en la manera de ser, sino también del poder de la memoria y de su capacidad de reconstrucción de los hechos, olvidando partes de un recuerdo mientras, a la vez, se añaden otras. La dificultad de cambiar, y a la vez la complejidad de adaptarse a los cambios. La incapacidad de borrar el pasado y la lucha por regenerarse y definirse como una nueva persona. La vinculación de uno mismo hacia su propia imagen, no únicamente de la que uno posee sino la que los demás perciben. Las dudas hacia uno mismo y los difíciles equilibrios para encajar en un entorno no siempre amigable.

En una primera parte memorable y brutalmente cruda, el libro es de los que impactan, de los que nos hacen zozobrar y alteran los equilibrios emocionales que uno cree anclados y afirmados. Puede que la segunda parte sea menos impactante, cuando vemos cómo su vida cambia después de aquel verano, aunque sigue manteniendo el interés y la calidad de la primera parte.

De esta manera, con un estilo directo, descarnado, sin tapujos ni intentos de endulzar la mirada que tiene hacia su yo adolescente, la autora se expone como lo haría su protagonista. Sin filtros ni disimulo. Y con ello logra que nos metamos de lleno en la mente de esa chica, con sus miedos, inseguridades, deseos y pasiones, en una obra que desborda atrevimiento en exponer una realidad de deseo desmedido, no exento de sometimiento y abandono del propio yo.

Annie Ernaux ha escrito un libro de los que dejan marca, de los que conmueven, de los que remueven consciencias y agitan sentimientos escondidos, enterrados bajo un manto de candidez tendido por la sociedad de la época. La fragilidad de la adolescencia queda sometida a los vaivenes de los deseos inherentes al momento, y las consecuencias sobre cómo obramos ante ellos permanecerán en el subconsciente, de forma análoga a los recuerdos que esta gran novela dejará en nosotros mismos.

También de Annie Ernaux en ULAD: La mujer heladaNo he salido de mi noche, El uso de la fotoLos años

martes, 16 de octubre de 2018

Semana del arte #2: Annie Ernaux / Marc Marie: El uso de la foto

Idioma original: francés
Título original: L'usage de la photo
Traducción: Lydia Vázquez Jiménez
Año de publicación: 2018
Valoración: está bien

Annie Ernaux nos tiene acostumbrados a sus relatos autobiográficos, pues así son la mayoría de sus obras (y la totalidad de las reseñadas en ULAD). En este caso, hace un ligero cambio de registro y, sin abandonar la narración autobiográfica, se adentra en el terreno de las artes visuales, incorporando la fotografía como elemento nuclear del libro.

Este libro surge tras la constatación de la necesidad que la autora, juntamente con su pareja, tenía en fotografiar la ropa extendida por el suelo tras una noche de hacer el amor pues sentía la necesidad de plasmarlo, de dejar constancia, «como si el amor no bastara, como si hiciera falta conservar su representación material». La condición única de tal experimento era no modificar el escenario, debía fotografiarse tal cual quedaba expuesto. Los dos autores, pareja en ese momento, y tras meses de seguir este ritual, sintieron que no era suficiente con captar esos instantes, sino que también debían escribir sobre esas fotos, para dar forma y recuerdo a esos momentos amorosos. De ahí surgió la idea de la escritura, como complemento a la fotografía, como otro medio para captar una escena, pues tal y como indica la autora: «Foto, escritura, en ambos casos se trataba para nosotros de conferir más realidad a momentos de goce irrepresentables y fugitivos». Así, yendo más allá, Annie Ernaux determina claramente una relación entre la fotografía y el sexo, estableciendo como nexo de unión el deseo, quedando perfectamente expuesto en el siguiente párrafo escrito por la autora, al afirmar que «el clic de la máquina es una extraña simulación del deseo, que empuja a ir más allá. Cuando soy yo la que hago la foto, la manipulación, el enfoque del zoom es una excitación particular como si tuviera un sexo masculino

Los autores también destacan el uso de la fotografía como testigo visual de su historia. Así, los pequeños detalles que contienen las fotos sirven para plasmar no solo el momento en que fueron tomadas sino el antes y el después, enlazando de esta manera pasado y futuro, reconstruyendo la historia a base de pequeños momentos (quien sabe si de ahí el término instantáneas) para trazar una historia continua.

Estructuralmente, el libro está escrito con narraciones alternadas, donde el método y la estructura siempre es el mismo: en primer lugar, se muestra la foto tomada, luego uno de los dos explica su visión y sus recuerdos a partir de ella, y luego el otro autor hace lo mismo. Capítulo a capítulo, fotografía a fotografía. De esta manera, Annie y Marc, escriben sobre la importancia de la foto como canal de recuperación de, no únicamente las experiencias vividas, sino también de los recuerdos, aunque a veces la imagen representada no guarda relación con los sentimientos que se albergan del momento en que fue tomada.

Más allá de los recuerdos que les traen la revisión y análisis de las fotos, el uso de la foto sirve también para analizar los objetos en su naturaleza más azarosa y sirve para atribuirles cualidades emocionales que van más allá del propio objeto. Así lo refleja la autora en el siguiente párrafo: «De todas las cosas abandonadas en el suelo después de hacer el amor, los zapatos son los más conmovedores. Caídos de costado, manteniéndose de pie, pero mirando direcciones opuestas, o emergiendo de un montón de ropa, pero siempre alejados el uno del otro. Su alejamiento, cuando aparece en la foto, da medida de la violencia del gesto para desembarazarse de ellos. (...) A diferencia de otras prendas de vestir convertidas en formas abstractas, los zapatos son el único elemento de la foto que conserva la forma de una parte del cuerpo. Que realiza más la presencia en ese momento. Es el accesorio más humano». El análisis que hace de los objetos como elementos vivos, en la medida en que fueron móviles, flexibles, casi como si tuvieran vida propia (o la vida que tuvieron, cuando fueron ocupados por cuerpos humanos), es interesante y sugerente.

Dejando de lado el análisis puramente de los objetos en sí, los autores utilizan las fotos realizadas para, a partir del análisis de su composición, hablar de sus vidas y sus miedos, de su pasado y su futuro, que tratan con delicadeza y el conocimiento de que todo es efímero, pues puede terminar en cualquier momento; conocedores de la caducidad de la vida, la viven buscando y creando «instantes perfectos, como pequeñas burbujas», pues «de burbuja en burbuja, la muerte acaba por abandonar la presa». Las fotos son la representación del momento vivido, y ahí se alojan también los miedos por el cáncer de mama de la autora, los temores por una guerra de Iraq innecesaria y abominable, las inquietudes de cada uno y el temor de que todo acabe. Así, el hecho de que en las fotografías no aparezcan sus cuerpos les hace pensar en la ausencia de ellos, en su muerte, «no es el rastro de nuestro paso por ahí lo que veo, sino nuestra ausencia, e incluso nuestra muerte».

El libro es interesante especialmente si se ha leído previamente alguna de las otras obras de la autora, puesto que gran parte de la narración trata sobre su vida, sus relaciones, la enfermedad de cáncer que padeció Annie Ernaux, y por tanto es de gran contenido autobiográfico. Aún y así, tiene también interés des del punto de vista del uso de la fotografía y de su utilidad, de su función, pues la vida queda encuadrada y fijada en momentos concretos a partir de las fotos tomadas, y ese es el principal motivo de hacerlas, intentar crear momentos de nuestra vida que nos permitan enlazarla a un pasado que de otra manera quedaría postergado al olvido. Así, las fotografías, sirven para guardar no únicamente el recuerdo de donde estuvimos, sino para intentar guardar en ellas los sentimientos que teníamos en ese instante, como una evidencia o prueba material de la existencia de un sentimiento puntual, tal vez fugaz, que mediante el uso de la foto pretendemos fijar de forma permanente en nuestra vida.

Tambien de Annie Ernaux en ULAD: Memoria de chica, La mujer helada, No he salido de mi nocheLos años

lunes, 26 de febrero de 2018

Annie Ernaux: No he salido de mi noche

Idioma original: francés
Título original: Je ne suis pas sortie de ma nuit
Traducción: Lydia Vázquez Jiménez
Año de publicación: 1997
Valoración: recomendable

Como es habitual, Annie Ernaux rememora sus recuerdos vitales para explicar, en esta novela autobiográfica, los últimos años con su madre, enferma de Alzheimer. Libro de una dureza evidente por el tema tratado, la autora no se recrea en su aspecto dramático, aunque evidentemente existen episodios desoladores por su tristeza.

El libro, escrito a modo de diario (y, por tanto, narrado en presente), expone las emociones que la autora siente durante las visitas a la residencia donde está su madre y los sentimientos que la acompañan cuando acaban sus visitas y, asimismo, cómo éstos se mezclan con los recuerdos que tiene de ella y cómo la veía durante su infancia; observando a su madre en el estado actual se visualiza a ella misma el cabo del tiempo, imaginando su yo futuro. Esta visualización en futuro, y el análisis del pasado provoca que la autora someta la relación mantenida con su madre a lo largo de los años a una reflexión sobre cómo ésta fue vivida. De esta manera, la dificultad para sobrellevar el estado actual de su madre hace que aparezcan en ella reproches autoinflingidos a raíz de situaciones pasadas no sobrellevadas adecuadamente, como la decisión tomada en su día de llevarla a la residencia, en una clara disyuntiva al tener que elegir entre qué vida poner por delante, si la suya o la de su madre. Así, el declive del estado de salud de la madre y su aproximación a la muerte acerca la mirada de la autora hacia su propia vida y reduce la distancia entre los recuerdos de cuando era joven al estado en el que teme que se encontrará cuando tenga la edad de su madre. De este modo, el abanico vital se acorta y el paso del tiempo se condensa en esos momentos con su madre, donde ve el pasado y el futuro en un mismo momento, valorando y cuestionado el único instante que existe, el momento presente.

Annie Ernaux es honesta porque no intenta edulcorar la relación con su madre; su carácter duro a menudo las enfrentaba y no aprovecha el difícil momento para cambiar la visión que tenía de ella. La autora es dura consigo misma y valiente al escribir sin tapujos ni intentos de disimular una realidad existente; intenta comprender, saber qué pasa por la cabeza de su madre, entender la enfermedad que se está llevando su vida, interpretar esas acciones rutinarias que lleva a cabo, como cuando ve cómo saca las cosas de su armario y las vuelve a meter como una rutina, en bucle, que la mantiene ligada, vinculada, al pequeño mundo en el que se ha convertido su vida. Para aquellos que hemos visto de cerca la degradación del cuerpo y la mente en un ser querido, es inevitable empatizar con la autora y sentir muy próximos esos duros momentos, crueles e injustos, que la autora transmite con una frase corta, pero completa, resumiendo qué ve en su madre en los momentos en los que parece ausente:

«Cuando se ríe, sigue siendo la misma mujer de antes»

Con esta simpleza en las palabras, pero profundidad en sentimientos, el libro es una recopilación de pequeños fragmentos de cotidianidad, breves pinceladas, escritas a modo de diario. La propia autora afirma que está publicado tal cual lo escribió en su día y ese hecho proporciona un punto de cercanía a lo narrado, añadiéndole verosimilitud. Con esta espontaneidad, sin editar lo escrito, vemos el declive progresivo del estado de salud de su madre a través de las sensaciones vividas y cómo le afectan, especialmente en relación a su pasado. Más allá de la intencionalidad de la autora, y sus logros en cuento a la credibilidad de lo expuesto por su explicación sin tratar o modificar sus emociones, el libro es muy irregular precisamente por este mismo hecho; hay momentos donde la autora consigue llegar, conectar y emocionar al lector, pero también hay pasajes en los que pierde interés, como en los que explica situaciones cotidianas o aquellas con un exceso de escatología al explicar los efectos fisiológicos de la enfermedad.

Aún así, a pesar de esos momentos menos logrados, el libro es recomendable especialmente por la realidad que nos transmite y porque la autora se nos presenta tal y como es, con sus virtudes, pero también, y especialmente, por sus defectos. Y quizá por eso es aún más duro el libro, porque a pesar de todo, a pesar de los encontronazos que tuvo con su madre, su fallecimiento la sobrepasa; no solo por la ausencia tras su muerte, sino por su incapacidad de reconciliarse con ella por no haberlo intentado lo suficiente, por echarla de menos a pesar de todo e incluso en esos complicados momentos finales de su vida cuando todo está perdido, cuando ya no queda tiempo, cuando uno se de cuenta de que, por más difícil que haya sido sobrellevar la situación teniendo que lidiar con una enfermedad terminal injusta, castigadora, que maltrata a quién la sufre y a quién la soporta, la autora se sincera en una confesión que aparece de forma inexorable, como un lamento final:

«La prefería loca que muerta» 

Este reconocimiento del amor hacia su madre, a pesar del complicado pasado, a pesar del difícil presente, es el mensaje final y la intención del libro. Porque por más diferencias que haya habido, los lazos familiares son lo suficientemente fuertes para mantener unida una relación a pesar de sus tiranteces. El libro es un último grito a la desesperada, un último llamamiento a aquellos que tienen situaciones familiares complicadas y distantes a consecuencia de un difícil pasado juntos. La autora nos recuerda que aún hay tiempo de reconciliarse, hay tiempo de ajustar cuentas y poner el contador a cero; hay tiempo para subsanar y curar las heridas del pasado. Porque mientras hay vida, hay tiempo.

También de Annie Ernaux en ULAD: La mujer helada, Memoria de chicaEl uso de la fotoLos años

lunes, 16 de diciembre de 2019

ULAD adoctrina sobre el 2019: nuestros libros del año

Mirad: si este blog pretendiera ser solo leído por familiares de colaboradores ávidos de localizar ideas para regalar a la prima que lee, no nos veríamos obligados a esto. Pero hace tiempo que esto no es así. Es una verdad como un puño que la comunidad lectora global espera ver hacia dónde señalan nuestros dedos, cada año, por estas fechas. Aunque pueda darse el caso que los que aquí escribimos no acabemos de ponernos de acuerdo.

Palabra de Juan G. B. :
- Novela acojonante del año (en todos los sentidos): Mandíbula, de Mónica Ojeda.
- Novela pasmante del año: Vivir abajo de Gustavo Faverón Patriau.
- Novela chanante del año: El aliado, de Iván Repila.
- Novela gráfica más turbadora del año: Bezimena, de Nina Bunjevac
- Libro de no ficción (o sí ficción, según se mire): Thomas Quick. Cómo se hace un asesino en serie de Hannes Råstam.
- Autovivisecciones en canal: Mientras escribo, de Stephen King y Mis rincones oscuros, de James Ellroy.
- Ligeras decepciones: Traición, de Walter Mosley y La Señora Caliban, de Rachel Ingalls.
- Sorpresa agradable del año: La novela del buscador de libros, de Juan Bonilla.
- Libro que no me atreví a reseñar: Tsunami. Miradas feministas (V.V.A.A. con edición y prólogo de Marta Sanz)
- Descubrimientos del año: Mónica OjedaImogen Hermes Gowar, Gustavo Faverón.

Palabra de Koldo CF:
- No ficción (hispanoamericana): Distraídos venceremos, de Andrea Valdés
- No ficción (resto de mundo): Contra toda esperanza, de Nadiezhda Mandelstam
- Novela (hispanoamericana): El desierto y su semilla, de Jorge Baron Biza
- Novela (resto del mundo): La suerte de Omensetter, de William H. Gass
- Relatos (hispanoamericana): La furia y otros cuentos, de Silvina Ocampo
- Relatos (resto del año): Historias tardías, de Stephen Dixon
- Tocho del año: Nuestra Señora de París, de Víctor Hugo
- Relectura del año: Los siete locos, de Roberto Arlt (habrá reseña en breve)
- Peor libro con diferencia: Vox, de Nicholson Baker

Palabra de Oriol Vigil:
- Mejor novela: El lugar, de Mario Levrero
- Otras novelas destacables: La invención de Morel, de Adolfo Bioy Casares, La mujer de la arena, de Kôbô Abe, El gusano máximo de la vida misma, de Alberto Laiseca, El proceso, de Franz Kafka, Tango Satánico, de László Krasznahorkai
- Mejor antología: Bestiario, de Julio Cortázar
- Lo mejor en género negro: La promesa, de Friedrich Dürrenmatt
- Lo mejor en terror: Los sauces, de Algernon Blackwood, Uzumaki, de Junji Ito
- Mejor cómic: Vinland Saga, de Makoto Yukimura (aunque se desinfla un poco)
- Vicio literario del año: Canción de hielo y fuego, de George R. R. Martin (aunque también se desinfla un poco)
- Lo mejor en no ficción: La conspiración contra la especie humana, de Thomas Ligotti, El discurso vacío, de Mario Levrero, ¡Escríbelo, Kisch!, de Egon Erwin Kisch
- Libros decepcionantes: Cartero, de Charles Bukowski, Buick 8, un coche perverso, de Stephen King
- Libros aburridos: El vestido azul, de Michèle Desbordes, En el jardín del ogro, de Leila Slimani
- Autores descubiertos: Mario Levrero, Alberto Laiseca, Kôbô Abe, László Krasznahorkai
- Empacho de: Literatura nipona, fatalismo, "bildungsroman" y "pulp"

Palabra de Marc Peig:
- Libro del año: «Cárdeno adorno», de Katharina Winkler.
- Lo mejor del año (autores): Elizabeth Hardwick, Siri HustvedtIrene Solà, Tatiana Ţîbuleac
- Mejor libro de relatos del año: «No importa», de Agota Kristof
- Tochonovela del año: «Fin», de Karl Ove Knausgard
- Ensayo políticosocial del año: «Ante el dolor de los demás», de Susan Sontag, y «El ojo y la navaja», de Ingrid Guardiola
- Librodenuncia del año:  «Tú, ¡cállate!», de Laura Huerga y Blanca Busquets.
 -Autobiografía del año: «Noches insomnes», de Elizabeth Hardwick y «Los años», de Annie Ernaux
- Experimento metaliterario del año: «Novel·la», de Pol Beckmann
- Decepción del año: «Devastación», de Tom Kristensen
- Autores clásicos que ya debería haber leído y que no tardaré en ponerme a ello: Henrik Ibsen
- Autores que debo recuperar porque llevan tiempo olvidados (injustamente): Ngũgĩ wa Thiong'o, Paul Auster
- Caerán más libros de: Siri Hustvedt, Annie Ernaux, Mircea Cărtărescu, Olga Tokarczuk, Agota Kristof
- Propósitos para el 2020: más teatro, más ensayo e intentar evadirme de novedades y volver a los clásicos (veremos si lo consigo)

Palabra de Montuenga:
- Mejor clásico leído este año: Bel Ami, de Guy de Maupassant
- Mejor novela española: El novio del mundo, de Felipe Benitez Reyes
- Mejor novela extranjera: Los colores del incendio, de Pierre Lemaître
- Obra maestra polémica donde las haya: El desembarco, de Jean Raspail
- Mejor novela negra: El último barco, de Domingo Villar
- Relectura que nunca defrauda: La saga fuga de J.B., de Gonzalo Torrente Ballester
- Mejor western: Warlock, de Oakley Hall
- Mejor ensayo: La edad de la ira, de Pankaj Mishra.
- Distopía más esperada aunque algo fallida: Los testamentos, de Margaret Atwood.
- Peor novela con diferencia: Juego de mentiras, de Ruth Ware.

Palabra de Francesc Bon
- Propósitos para 2020: Conseguir que el tsundoku rebaje sus proporciones amenazadoras, o se fusione con el cajón de los cables. Salir de la zona de confort. Y plantear, quizás, si la próxima ya debería ser la última oportunidad para Pynchon.
- Mejor novela leída en el año: Por el regusto tras los meses, cualquiera de las tres de Zuckerman desencadenado, de Philip Roth
- Novedad tolerada: El colgajo, de Philippe Lançon, por cruda y por ver cómo nos transforma experimentar la violencia
- Me lo imaginaba más grande: Todos los hermosos caballos, de Cormac Mc Carthy
- Satisfyer literario: Walt Whitman ya no vive aquí de Eduardo Lago
- Toque de atención: a Michel Houellebecq, por los momentos autoparódicos en Serotonina

Palabra de Carlos Andia:
- Mejor novela en castellano: El silenciero, de Antonio Di Benedetto, y Prins, de César Aira (próxima reseña)
- Mejor novela en otros idiomas: Mapa de una ausencia, de Andrea Bajani, , y Vértigo, de W.G. Sebald
- Tocho anual (para no perder músculo, pero nada más): La muerte de Arturo, de Thomas Malory
- Una incursión en el microrrelato: Ojos de aguja (recopilación)
- Relectura del año: El unicornio, de Manuel Mujica Laínez
- Mejor ensayo: El elogio de la sombra, de Junichiro Tanizaki
- Ensayo científico: El jinete pálido, de Laura Spinney
- Mejor libro de relatos: El ídolo caído, de Graham Greene
- Mejor obra de teatro (aunque tampoco había mucho donde elegir): El cementerio de automóviles, de Fernando Arrabal
- Peligro de agotamiento inminente: Enrique Vila-Matas (Esta bruma insensata, y quizá no más)
- Decepciones: varias, puede que más de lo normal, pero para qué les vamos a dar más cancha.

jueves, 18 de abril de 2019

Susan Sontag: Ante el dolor de los demás

Idioma original: inglés
Título original: Regarding the Pain of Others
Traducción: Aurelio Major
Año de publicación: 2013
Valoración: bastante recomendable

En este ensayo, la polifacética escritora Susan Sontag, se centra en analizar cómo la fotografía y las imágenes son tratadas para mostrar una realidad (o supuesta realidad) y los efectos que tal visionado crean en quienes las observan.

Empezando en clave retrospectiva, Sontag hace un recorrido a lo largo de la historia para analizar la importancia de la fotografía en el registro de lo sucedido en las guerras, y la importancia que tiene la fotografía por su valor histórico, pero también para evidenciar la intencionalidad que se esconde tras la toma de las instantáneas. De esta manera, destaca y reafirma el poder de la fotografía al unir dos atributos contradictorios en apariencia, pues, aunque su objetividad es inherente, también tiene siempre un determinado punto de vista. Así la fotografía es, a la vez, «registro objetivo y testimonio personal, transcripción o copia fiel de un momento efectivo de la realidad e interpretación de esa realidad.» Esto es algo que ya vimos también en el libro «El uso de la foto», de Annie Ernaux y Marc Marie, donde se trata esta dualidad entre la objetividad y la subjetividad que subyace en su interpretación.

El recorrido histórico que traza el libro sirve como marco comparativo respecto al uso de la fotografía, pues este varía a lo largo de la historia. Así, nos explica como en la Guerra de Crimea de mediados siglo XIX ya existía una manipulación de las imágenes trasladando algún cuerpo caído durante la Guerra a un sitio en concreto más fotogénico, para aumentar el impacto o al menos su “belleza” artística y, ahondando en este aspecto, pone también como ejemplo fotografías más recientes, como la famosa foto de Doisneau de la joven pareja que se besa cerca del Hôtel de Ville en Paris en el 1950, o la famosa foto del levantamiento de la bandera estadounidense en Iwo Jima el 23 de febrero de 1945, ambas reconstrucciones o montajes, como también lo fue la de los soldados rusos enarbolando la bandera roja sobre el Reichstag en Berlín el 2 de mayo de 1945.

Dejando de lado estas recreaciones o alteración de realidades, la autora también habla del poder de la fotografía como elemento nutriente de información, pero también de impacto, y pone como ejemplo el año 1945 cuando el poder de las fotografías en Dachau, Bergen-Belsen, Buchenwald o Hiroshima y Nagasaki, superaron en la definición de realidades abominables al propio peso de las narraciones complejas. En este aspecto, es indudable el uso de la fotografía con fines periodísticos o como medio de soporte para describir y mostrar lo que sucede en diferentes partes del mundo. La autora destaca el punto de inflexión que supuso en este aspecto la Guerra Civil española, pues la considera la primera guerra «atestiguada en sentido moderno: por un cuerpo de fotógrafos profesionales en la línea de las acciones militares y los pueblos bombardeados. La primera atestiguada por las cámaras de TV fue la de Vietnam, que introdujo la tele intimidad de la muerte y la destrucción en el frente interno». Con la Guerra de Vietnam y su seguimiento televisivo, todo cambió y ya no era posible manipular tan fácilmente la realidad que se exponía ante el objetivo de una cámara pues ya no eran los únicos testigos de la guerra, había competencia, había menos posibilidad de alterar la realidad mostrada y, sobretodo, hacerla creíble.

Lamentablemente, en ocasiones el libro algo repetitivo, pues analiza diferentes guerras para reforzar el mensaje y, puede que, en ocasiones, especialmente en la primera mitad del libro, esta reiteración de casos e ideas se hace algo excesiva. Afortunadamente, superada la mitad del libro, entramos en lo que considero la parte más interesante, pues Sontag da un paso más en la dirección de analizar la alteración de la realidad a través de las fotografías y llega a afirmar que «Nuevas exigencias que presentan a la realidad en la era de las cámaras. La realidad tal cual quizá no sea lo bastante temible y por lo tanto hace falta intensificarla; o reconstruirla de un modo más convincente». Pero claro, hacerlo en guerras, dar testimonio visual de ellas, podría desmotivar a las tropas o a la población que las envía, y aparece la censura y, con ella, también la manipulación, como la retransmisión en imágenes de tecnoguerra por parte de EE.UU. en la Guerra del Golfo para mostrar una absoluta superioridad militar. Y ahí entra en el fondo de la cuestión, pues lo que puede mostrarse (o lo que no debería mostrarse) y cómo se muestra es un tema que difícilmente tenga un consenso, y es causa de grandes discusiones. Y con la censura y la manipulación, la autora entra de lleno en la percepción personal, nuestro umbral de conmoción, y aquello que hace que sintamos de una determinada manera cuando somos testigos oculares de ciertas realidades. Por ello, afirma Sontag que «cuanto más remoto o exótico el lugar, tanto más estamos expuestos a ver frontal y plenamente a los muertos y moribundos». Interesante y acertada afirmación, pues si nos fijamos en los medios periodísticos, parece que la lejanía física a las desgracias existentes en el mundo va de la mano de la lejanía emocional hacia ellas, como si por el hecho de estar lejos fueran menos graves, como si tuvieran que impactarnos menos, como si no las sintiéramos como propias, siendo ajenas a nuestras realidad y vidas. Aún y siendo, también, vidas.

Sontag plantea también interesantes cuestiones como si la conmoción tiene plazo limitado, si es posible habituarse al horror de una imágenes determinadas si las vemos repetidamente; nos habla sobre cómo la reiteración y la sobrexposición de imágenes violentas afectan disminuyendo nuestras sensibilidad hacia quienes son objeto de ella, afirmando incluso que sintiendo simpatía con las víctimas, sentimos que no somos cómplices de las causas del sufrimiento: «nuestra simpatía proclama nuestra inocencia así como nuestra ineficacia». Por tanto, es necesario transformar la simpatía hacia los otros acosados para convertirla en una reflexión sobre cómo nuestros privilegios están ubicados en el mismo mapa que su sufrimiento.

Llegamos a un necesario punto de equilibrio, pues si bien las imágenes de conflictos y catástrofes son necesarias para que tomemos consciencia y sepamos lo ocurre, una sobreexposición aumenta nuestra insensibilidad hacia estos temas. Gran parte de culpa de la superabundancia es la televisión, donde los espectadores necesitan ser estimulados constantemente y el contenido no deja de ser uno de los estimulantes. El resultado de todo ello es el escenario actual, donde para crear consciencia en los espectadores es precisa la diaria retransmisión de retratos de las secuencias sobre un particular conflicto. Y, aun así, olvidamos rápidamente un conflicto cuando aparece uno nuevo.

En definitiva, un libro recomendable para tomar consciencia de que toda realidad es alterada cuando no somos testigos directos de ella, y que no únicamente su exposición (buscada o espontánea) nos causa un impacto emocional, sino también la frecuencia a la que estamos expuestos a estas situaciones. No podemos impermeabilizarnos ante las desgracias, debemos ser testigos y conscientes de su existencia, pero tampoco podemos estar constantemente expuestos a ellas, pues estaremos tentados a caer en la indiferencia. Reto complejo, cabe decir, y más en un mundo cada vez más mediatizado, con intereses que escapan a nuestro conocimiento. Por todo esto se trata de un libro interesante, pues nos pone en alerta. Y tomar consciencia siempre es positivo.

También de Susan Sontag en ULAD: Bajo el signo de Saturno

miércoles, 31 de enero de 2018

Colaboración: Canción dulce de Leila Slimani

Idioma original: francés
Título original: Chanson douce
Año de publicación: 2016
Traducción: Malika Embarek López
Valoración: muy recomendable.

Llegué a este libro, premio Goncourt 2016 y de cuya autora no había leído nada (ni siquiera oído hablar, he de admitir), no sé muy bien cómo. Quizá fuese gracias a lo que me gustó el anterior (y primer) libro que había leído de la editorial Cabaret Voltaire, La mujer helada de Annie Ernaux, reseñado recientemente en ULAD. Pero lo más probable es que lo que me decidiera fuera la imagen de la cubierta, sobrecogedora e hipnótica, y que gana fuerza a medida que te introduces en el relato, casi como un elemento más de la obra. De hecho, la elección me parece una de las mejores que he visto en los últimos años.

Pasando a la novela, si analizamos a vista de pájaro los principales elementos, lo cierto es que podríamos decir que no entraña demasiados secretos.

En primer lugar, el argumento de Canción dulce no es nada fuera de lo común, incluso me atrevería a decir que es previsible: un matrimonio con dos hijos pequeños contrata a una niñera cuando la mujer decide retomar su carrera profesional, y lo que en principio —y durante un tiempo— parece una buena idea, acaba como el amigo al que invitas a pasar unos días y luego no hay manera de que se largue. En la novela el tema adquiere unos tintes sustancialmente más dramáticos, pero ya entienden el símil.

Tampoco el resto de elementos muestran en apariencia demasiada complejidad. Leila Slimani utiliza un narrador omnisciente en presente, con algunos flashbacks en pasado, que no tiene reparos en penetrar en la cabeza de todos los personajes, principales y secundarios, para describirnos sus pensamientos y emociones. En este sentido, es uno de los libros con los que más he tenido la impresión de que alguien (la autora) me estaba contando una historia, y al contrario de lo que podría pensarse, es un elemento que proporciona mucha potencia al resultado.

Desde el punto de vista estructural, aunque utiliza diferentes flashbacks, se mantiene en general la linealidad, con la excepción destacable del primer capítulo. Por último, la prosa es sencilla y clara: frases cortas y directas, amputadas de complejidad o lirismo innecesario. Para muestra, un botón:
Los parques públicos, en las tardes de invierno. La llovizna barre las hojas secas. La grava helada se adhiere a las rodillas de los críos. En los bancos, en las alamedas discretas, uno se topa con las personas que nadie quiere ya.
La realidad, si entramos más a fondo, es que Leila Slimani hace fácil lo difícil. En lugar de plantear un thriller típico en el conocer el desenlace es lo que mantiene el interés del lector, decide colocarse en una posición menos habitual (y sobre todo cómoda), y en las seis primeras líneas nos cuenta el final de la historia. Acotando incluso más, la primera frase de la novela no deja lugar a la duda: «El bebé ha muerto». Cuando llegamos al tercer capítulo, el elenco principal de personajes ya está presentado, con sus conflictos y personalidades: ya tenemos todas las cartas sobre la mesa.

A partir de ese momento, el resto de la novela lo dedica a desentrañar las circunstancias que conducen al punto final, apoyándose en diferentes personajes secundarios para definir, principalmente, las aristas de la personalidad de la niñera —que es la verdadera protagonista—, cómo esta ha llegado al punto en el que está y la forma en que la relación entre cada uno de los miembros de la pareja va cambiando respecto a ella. Y lo hace de tal forma que a pesar de conocer el final, logra mantener el interés durante todo el texto, sin recurrir a cliffhangers ni trucos estilísticos o de estructura. La historia simplemente se muestra, poco a poco, sin grandes sobresaltos; las cosas suceden y eso es suficiente.

Es cierto que se trata de una novela corta que rondará las cincuenta mil palabras, palabra arriba, palabra abajo, condensadas en algo más de doscientas cincuenta páginas; no estamos hablando de una obra de 500 páginas en las que la atención del lector en una estructura así podría llegar a ser más difícil de mantener. Sin embargo, mi impresión es que Slimani ha utilizado exactamente el número de palabras que necesitaba; ni una más, ni una menos, y para mí es uno de los elementos definitorios (y que más me gustan) de la obra: la sobriedad y economía y contención lingüística que transmite, coherentes (y casi diría que necesarias) con lo que es la propia historia que nos cuenta. Me ha parecido admirable la capacidad que tiene la autora de marcar y transmitir determinadas emociones o comportamientos relevantes para la historia con apenas un puñado de palabras o un par de frases breves, como si se tratara de pinceladas.

En definitiva, solo me queda repetir lo que he dicho antes: que Leila Slimani hace fácil lo difícil, y además lo hace sin que te des cuenta de ello.

Firmado: MBt

lunes, 18 de diciembre de 2017

Lo mejor del 2017, ULAD dixit

Marc Peig dice:

Juan G. B. dice:

Koldo CF dice:
  • Novela en lengua extranjera: Solenoide (Mircea Cartarescu)
  • Novela hispanoamericana: La casa grande (Álvaro Cepeda Samudio)
  • Relatos en lengua extranjera: En el corazón del corazón del país (William H. Gass)
  • Relatos hispanoamericana: Seres queridos (Vera Giaconi)
  • Ensayo en lengua extranjera: Los primeros editores (Alessandro Marzio Magno)
  • Ensayo hispanoamericana: Librerías (Jorge Carrión)
  • Relectura del año: El astillero (Juan Carlos Onetti) 
  • Decepción del año: Un hombre enamorado "de sí mismo" (KOK)
  • Mención honorífica: Los libros de relatos de escritoras latinoamericanas, como Giaconi, Enríquez o Baudoin.
  • Propósito 2018: Apuntarme al gimnasio y sacar a Marc del lado oscuro knausgardiano

Carlos Andia y sus preciadas estatuillas:
  • Mejor novela: 'La grande', de Juan José Saer. Menciones especiales para 'Abril rojo', de Santiago Roncagliolo, y 'La invención de Morel', de Adolfo Bioy Casares. Vamos, que todo queda en el Nuevo continente.
  • Mejor relectura, y mejor obra de teatro, y mejor casi todo: 'Divinas palabras', de Ramón del Valle-Inclán.
  • Mejor obra dramática (después de 'Divinas palabras'): 'Esperando a Godot' de Samuel Beckett (reseña en breve)
  • Mejor clásico (después de 'Divinas palabras'): 'Los hermanos Karamazov', de Fiódor Dostoyevski
  • Mejor libro de relatos'Historia universal de la infamia', de Jorge Luis Borges
  • Peor libro de relatos'Alevosías', de Ana Rossetti
  • Mejor libro de historia/pensamiento/política'La ciudad en la historia', de Lewis Mumford
  • Mejor libro de arte/estética'Apariencia desnuda', de Octavio Paz
  • Descubrimiento del año'Imposibles impensables', de Santi Pérez Isasi
  • Decepciones varias: para qué comentarlas (tampoco son tantas, eh?)
  • Objetivos para el 2018: 'Tristram Shandy', que voy posponiendo demasiado tiempo, y algunas cosillas de narrativa reciente que van a merecer la pena. Y a lo mejor le doy otra oportunidad a Houellebecq.

Oriol Vigil dice:
    • Mejor novela: Pregúntale al polvo, de John Fante.
    • Peor novela: Lunar Park de Bret Easton Ellis.
    • Mejor novela de terror: Otra vuelta de tuerca, de Henry James.
    • Mejor novela gráfica: El paraíso perdido, de Pablo Auladell.
    • Mejor libro sobre arte: Historia de seis ideas, de Wladyslaw Tatarkiewicz.
    • Mejor antología: Entre Ciudades invisibles, de Italo Calvino y Todos los cuentos, de Cristina Fernández Cubas.
    • Mejores ensayos: Ante el dolor de los demás, de Susan Sontag, La banalidad del mal, de Hannah Arendt y Ética a Nicómaco, de Aristóteles.
    • Mejores redescubrimientos: Memorias del subsuelo, de Fiódor Dostoievski y Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carrol.
    • Decepciones (obra que era muy buena y se está yendo al garete): Berserk, de Kentaro Miura. ¿Por qué le ha tenido que llegar El Eclipse a este manga? ¡¿Por qué?!
    • Placer culpable: La pistola de mi hermano (Caídos del cielo), de Ray Loriga.
    • Libro tristemente necesario: Carta sobre el comercio de libros, de Denis Diderot.

      Beatriz Garza dice:
      • Libro del año: Nada se opone a la noche, de Delphine de Vigan
      • Tochonovela del año: no gasto de esas, gracias
      • Relectura del año: El turista accidental, de Anne Tyler
      • Decepción del año: La soledad de los números primos, de Paolo Giordano
      • Lectura abandonada a medias que pretendo retomar: Suave es la noche, de Francis Scott Fitzgerald
      • Libro que voy a leer antes o después: Prohibido nacer, de Trevor Noah
      • Autor descubrimiento del año: Delphine de Vigan
      • Propósitos de 2018: descubrir a Siri Hustvedt (previo asesoramiento de Marc), y a Stephen King (sí, lo reconozco, my fault). Leer más novela gráfica. 

      Carlos Ciprés dice:
      • Ensayo revelador: Leer es un riesgo, de Alfonso Berardinelli
      • Descubrimiento a buenas horas: Industrias y andanzas de Alfanhuí, de Rafael Sanchez Ferlosio
      • Momentazo donostiarra: La ciudad, de Karmelo C. Iribarren
      • Lectura fascinante: Manual para mujeres de la limpieza, de Lucía Berlín
      • Otra lectura fascinante: Crui. Els portadors de la torxa, de Joan Buades
      • Novela gráfica: Pobre cabrón, de Joe Matt
      • Pequeñas decepciones: La vuelta al día, de Hipólito G. Navarro, Moby Dick, de Herman Melville, Les dones i els dies, de Gabriel Ferrater
      • Propósitos para 2018: Releer a Sciascia, de pe a pa. Acabar el año con un resumen plagado de libros reseñados. Y que ustedes lo disfruten.

      Santi dice:

      Francesc Bon opina:
      • He tenido años mejores
      • No tocar ni con un palo: Cualquier obra de todos esos autores que creen que puede escribirse un libro a base de frasecitas trascendentes enlazadas una a una con dos personajes que van pasando por ahí de vez en cuando a pasarle lametones por la cara a su CREADOR. Vosotros ya sabéis quiénes sois
      • Lo mejor de este año: El vendido de Paul Beatty
      • Accésit "lo bueno si breve dos veces bueno":  La uruguaya de Pedro Mairal
      • Destacados locales: Aunque caminen por el valle de la muerte de Álvaro Colomer
      • Propósitos de año nuevo alternativos a los gimnasios y adelgazar y no ser tan pedante: algún Gaddis de los que quiebran la muñeca, el máximo de Rodoreda que sea capaz de mantener mi criterio con algo de credibilidad
      • Abandonos sonados de los que no voy a arrepentirme: La quinta estación, de N.K. Jemisin (moraleja: lo mío no es la sci-fi), Patria, (de ya sabéis quien y no me da la gana ni poner el vínculo), y otras decenas no dignas de mención
      • Nuevas esperanzas: por favor, algún ensayo de Houellebecq o Franzen o Tom McCarthy
      • Lista de deseos: tiempo 
      Montuenga dice:

      FICCIÓN:

      NO FICCIÓN: