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domingo, 4 de octubre de 2020

Annie Ernaux: Una mujer

Idioma original: francés
Título original: Une femme
Traducción: Lydia Vázquez Jiménez
Año de publicación: 1987
Valoración: recomendable

La prolífica carrera de Annie Ernaux gira, en gran parte, sobre relatos autobiográficos que sirven a la autora francesa para reflexionar, no únicamente sobre su propia vida, sino también sobre el mundo de su época. Ya la autora lo confirma al decir, específicamente sobre este libro, que «mi proyecto es de naturaleza literaria, puesto que se trata de encontrar una verdad sobre mi madre que solo puede alcanzarse mediante palabras».

Con este propósito empieza la novela en el hospital de Pontoise, desde donde informan a Annie Ernaux del fallecimiento de su madre. Este inicio nos remite directamente a «No he salido de mi noche» (escrito posteriormente y con el que se complementa) donde la propia Ernaux nos narraba el delicado estado de su madre, así como también la complicada relación existente entre ellas. Ya la propia autora reconoce que este libro nace de la necesidad de escribir sobre su madre, de recordarla afirmando que «no escribo sobre ella, más bien tengo la impresión de vivir con ella un tiempo, en unos lugares donde ella está viva»; se trata, por tanto, de un libro que escribe sobre su madre, más que para dedicárselo, para recordarla, porque como dice la autora «me parece que ahora escribo sobre mi madre para, a mi vez, traerla al mundo».

Y claro, como no puede ser de otra manera viniendo de Ernaux, reconocemos en este libro su estilo inconfundible: duro, pero no frío, seco, pero no agrio, crítico, pero no distante —especialmente en las páginas en las que narra la muerte de su madre—. Esas primeras páginas del relato son duras, pues nos remiten a la muerte de un ser querido, y en el estilo de Ernaux se halla ese don que tiene de hacernos revivir con su lectura nuestro propio pasado. Porque las sensaciones que nos deja la muerte de alguien querido nos une a todos, nos acerca a un mundo del que, a veces, pretendemos distanciarnos. Es precisamente, en esos últimos días, los más cercanos a la muerte, donde nos encontramos todos, confluyendo presente y pasado. Y la autora es consciente de ello, situándonos, en un primer y corto capítulo, en la despedida a su madre, la última de ellas, en un trayecto que va del hospital a la funeraria. El último día con ella, su despedida física.

Ya desde el inicio del libro se puede constatar porqué la prosa de Ernaux nunca defrauda; habla desde sus sentimientos, desde la transparencia y honestidad que sus emociones emanan, y todo ello recubierto por una capa de estilo cuidado y preciso. Partiendo desde su experiencia, su narración nos acerca a su realidad y la hacemos nuestra, buscando aquellas similitudes que hacen que nos sintamos próximos a ella.

Retrocediendo en el tiempo, Ernaux nos habla de la infancia de su madre en Yvetot, lugar en el que nació en 1906. Una infancia sumida en la pobreza, con «un apetito nunca saciado», un cuarto común para todos los hermanos y una cama compartida con una de ellas y vestidos que pasaban de una hermana a otra, pero también la alegría vivida por una vida de juegos en el campo, paseos a caballo y patinaje en la charca helada. Nos habla de la escolarización obligatoria hasta que empieza a trabajar muy joven en un taller. Y la religión, siempre presente. Una vida con dificultades económicas y una sociedad encerrada en unas ideas ya antiguas. Horarios de trabajo muy amplios, el de su marido en la construcción, el de ella en una tienda de alimentación que compraron. Y el poco tiempo libre de su madre dedicado a la lectura, para «evolucionar»; esa era la ambición de la madre de Ernaux: el deseo de evolucionar, mejorar el lenguaje y el modo de vestir, refinarse, que contrastaba claramente con el de su padre, acostumbrado ya a la vida de campo. Así lo narra la propia autora afirmando que «elevarse, para ella, era aprender (…) y nada era más hermoso que el saber. Los libros eran los únicos objetos que manipulaba con precaución. Se lavaba las manos antes de tocarlos».

Ernaux nos narra la evolución vital de su madre y el cambio que sufrió, por medio del alcohol y la frustración y por un deseo imbatible de que a su hija no le faltara nada (o nada de lo que a ella le faltó), pero en una situación en la que la solvencia económica no era a veces suficiente para alcanzar tal objetivo y entonces la frustración, el enfado, las broncas y los golpes aparecen mezclados entre abrazos y caricias: «Tenía dos caras, una para la clientela, otra para nosotros»; amable con los clientes, tosca y enfurruñada como la familia tras horas de desplegar esfuerzos de sonrisas y simpatías.

El libro expone de manera diáfana, la relación difícil entre ella y su madre, una relación que ya vimos en «No he salido de mi noche», una relación distante y diferente, como los caminos hacia dónde dirigir su propia vida por unas costumbres y unos modos tan diferentes entre ellas que distaba un mundo, el mundo de una aspiración a la alta y cultivada sociedad a la que aspiraba Annie y la frustración de su madre por elevar una vida que probablemente ella misma aborrecía. La frustración o la envidia, la vergüenza o el desagradecimiento, la distancia entre maneras de ser, pero también por un pasado que marca aspiraciones, pero también puntos de partida de futuros fracasos y del deseo, en el fondo, de que Annie pudiera llegar donde ella no podría, estando «dispuesta a cualquier sacrificio para que yo tuviera una vida mejor que la suya» y que Ernaux reconoce al afirmar que «estaba segura de su amor y de esta injusticia: ella servía patatas y leche de la mañana a la noche para que yo estuviera sentada en un anfiteatro oyendo hablar de Platón».

El libro nos narra las diferentes vidas de dos generaciones de la misma familia y sus conflictos internos, pero se torna especialmente triste cuando entra en escena el maldito Alzheimer; el carácter de su madre cambia, por la enfermedad y sus consecuencias; una enfermedad que, con pocas palabras Ernaux resume a la perfección, afirmando que «no tenía más sentimientos que la ira y la sospecha», una enfermedad que hacía que estuviera constantemente perdiéndose en su casa, no encontrando cosas, sin ya ni entender lo que leía. «Perdió los nombres», afirma Ernaux, e «intentaba agarrarse al mundo» y «se aferraba a algunos objetos». Y, al empeorar, en su vuelta a una residencia, «entró definitivamente en aquel espacio sin estaciones». Son fragmentos duros, muy duros de leer, para los que, por desgracia, han vivido algo parecido cerca de ellos, y que, con todo el pesar, pero con tremenda sinceridad, Ernaux confiesa que «cada vez que iba a verla, la misma angustia por temor a encontrarla menos “humana”. Lejos de ella, me la imaginaba con sus expresiones, su aspecto de antes, nunca como se había vuelto».

Concluye Ernaux, en una de las últimas frases del libro, que a su madre «le gustaba dar a todo el mundo, más que recibir. ¿Acaso escribir es una forma de dar?». Personalmente, creo que sí, que a través de la escritura damos, ya no únicamente una opinión o el tiempo que dedicamos a ello, sino también unas reflexiones, unas emociones, unos sentimientos; algo de nosotros. Y es posible que eso sea lo que genere esos vínculos tan estrechos entre lectores y obras.

También de Annie Ernaux en ULAD: La mujer heladaMemoria de chicaEl uso de la fotoNo he salido de mi noche, Los añosLa otra hija, El lugarEl lugar (contrarreseña)

martes, 15 de octubre de 2019

Annie Ernaux: Los años

Idioma original: francés
Título original: Les Années
Traducción: Lydia Vázquez Jiménez (ed. en castellano) / Valèria Gaillard (ed. en catalán)
Año de publicación: 2008
Valoración: muy recomendable

«Todas las imágenes desaparecerán.»

Así empieza la novela de Annie Ernaux, y ya apunta de entrada hacia donde irá el libro, cuál es su propósito. Porque a esa frase le sigue un conjunto de imágenes, de recuerdos, que la autora narra siendo plenamente consciente que un día dejará de recordar, desparecerán, y se sumarán a las múltiples imágenes que nuestra memoria descarta y aleja de nuestra consciencia en un ejercicio de dudoso propósito.

Annie Ernaux acostumbra a basar su obra en su propia biografía y, fiel a su estilo, parte de momentos puntuales para dirigir la narración hacia un sitio u otro, hacia la adolescencia como en «Memoria de chica», hacia la madurez como en «La mujer helada» o hacia la enfermedad de su madre y cómo le afectó, como en «No he salido de mi noche». En este caso, hace algo diferente, y deja en parte de lado su parte más crítica para analizar su vida y la de la sociedad europea desde los años cuarenta hasta prácticamente nuestros días.

De esta manera, en orden cronológico, Annie Ernaux nos traslada de inicio a su infancia, en la década de los 40, una época donde la Segunda Guerra Mundial ocupaba el día a día, y nos recuerda sus años de escuela, aprendiendo el idioma a través de las reglas de la gramática del buen francés, un francés distinto al de casa donde había «la lengua original, la que no obligaba a reflexionar sobre las palabras». La autora brilla en el retrato de un pasado añorado, aunque difícil y, trasladándonos a esa época post Segunda Guerra Mundial, de penurias económicas y rigidez escolar, nos devuelve a la calidez de un hogar, de una infancia que aprovecha cada día sabiendo que el futuro está aún lejos, pero siendo consciente de los cambios que se acercaban. Desde su niñez contemplaba, finalizada la guerra, los avances de la sociedad y la cercanía de un progreso que prometía llevar a sus vidas el bienestar, la salud de los niños, casa luminosas y calles iluminadas. Un futuro que tenía forma de plástico, de fórmica, de antibióticos e indemnizaciones de la seguridad social.

La autora también nos recuerda la adolescencia, envuelta de un aura de sexo y deseo que la mentalidad de la sociedad constreñía y culpaba, el cambio físico y social existente que suponía para los jóvenes realizar el servicio militar, el paso del niño al hombre a ojos de uno mismo y de una mentalidad de costuras estrechas y rígidas como los uniformes que portaban. Y la juventud, con la sociedad que marca su horizonte, anclado por la alianza de un futuro matrimonio impuesto por la manera de pensar de una época que valora la virginidad y la castidad por encima de las libertades: «ni la inteligencia, ni los estudios, ni la belleza, nada contaba tanto como la reputación sexual de una chica, es decir, su valor en el mercado del matrimonio». Son párrafos que nos recuerdan inexorablemente a «La mujer helada», pero también a la experiencia narrada en «Memoria de chica».

Y en la madurez, la plena conciencia de verse realizada como mujer, de saber que el mundo está en las propias manos y que aquello que venga en forma de invento o progreso será mejor para sus vidas, unas vidas que avanzan rápidamente hacia un futuro altamente cambiante y prometedor, de tecnología y avances, de cambios sociales y apertura, de derechos y libertades; un momento en su existencia donde «nos sentíamos libres, no pedíamos nada a nadie» y expresa la ilusión que sentían al afirmar «el futuro parecía radiante, las tareas pesadas y sucias las harían los robots, todos los individuos tendrían acceso a la cultura y el saber». Una madurez, también familiar y afectiva, que viene de la mano de una familia, que la llena de emociones y sentimiento a la vez que de dudas sobre sí misma, pues se ha desviado de sus objetivos anteriores, con un creciente «miedo de instalarse en esta vida tranquila y confortable, haber vivido sin haberse percatado de ello». Y la añoranza a unos tiempos ya pasados, plagados de ilusiones y sueños, que chocan frontalmente con ese futuro que viene lleno de cosas materiales e innecesarias, de manera que «el pasado y el futuro, en definitiva, se han invertido, es el pasado, no el futuro, que ahora es objeto de deseo».

Como no puede ser de otra manera, la autora francesa también hace un alto en el camino para destacar el cambio que supuso el año 1968 en la sociedad, rompiendo todas las cotillas que ataban una sociedad al corpiño de estrictas normas sociales y leyes. La apertura del mundo, de las universidades y las tertulias, de los teatros y la cultura ofreciendo así el bien más preciado: la accesibilidad a las ideas. «Pensar, hablar, escribir, trabajar, existir de otra manera: sentíamos que no teníamos nada a perder si lo probábamos todo. 1968 era el primer año del mundo.»

Y ya en los 80, que dejó atrás muchas cosas del pasado, ya no se hablaba del antes, sino que se vivía el ahora, un ahora donde la religión había «dejado de atemorizar el imaginario de los adolescentes prepúberes, ya no se regulaban los intercambios sexuales y el vientre de las mujeres había salido de su control». Y el final de la década de la década, con la revolución de Tiananmén, la caída del muro de Berlín con la llegada del mundo del este a sus vidas, la difusión cada vez más de la enfermedad del sida, y la invasión de las tropas de Hussein a Kuwait, que prologaban una guerra, concepto que quedaba ya muy lejos en la memoria de la gente.

En sus recuerdos más cercanos a nuestros días, la autora destaca también el cambio de milenio, saltando de año con gran recelo por un efecto 2000 que no fue tal, pero que nos empujó a un mundo tecnológico que aceleró nuestras vidas, teniendo todo el mundo a nuestro alcance, consiguiendo alcanzar «el gran deseo de potencia e impunidad. Evolucionábamos en la realidad de un mundo sin objetos ni sujetos. Internet operaba la brillante transformación del mundo en discurso». Y con ello, la supresión de la paciencia, la rotura del tiempo entre privación y obtención, queriéndolo todo al instante, consumiendo información de manera voraz. «Con las técnicas digitales agotábamos la realidad».

Por todo lo expuesto, «Los años» se trata de una muy interesante obra que cuenta, de manera plenamente subjetiva, como la población asumió los cambios y el paso del tiempo, con los temores ante los cambios y la esperanza de un futuro que, en ocasiones se auguraba prometedor y, en otros casos, decepcionante o incluso aterrador. Menos contundente que en otras novelas, menos crítica hacia su vida o hacia la sociedad, el retrato que hace Ernaux tiene la belleza de la nostalgia del que ve su pasado como parte de uno mismo, como una época donde uno aguardaba con ilusión lo que el futuro cambiaría de sus vidas. Pero también la reflexión de quien, al ver el mundo que tenemos, siente cierta desolación por no estar a la altura de aquello que cobijábamos cuando soñábamos con él. La mirada que Annie Ernaux realiza sobre tantas décadas arroja una sensación de que hemos caído de manera inocente a las tentaciones que venían disfrazadas de progreso. Y nos hemos quedado en una época que no dejará demasiados recuerdos, aunque sí imágenes, hechos y tecnología que, como nosotros mismos, acabará siendo obsoleta al paso de los años.

PS: La edición que he leído es en catalán, por lo que es posible que la citas que he incluido no se ajusten a la edición en castellano

También de Annie Ernaux en ULAD: La mujer heladaMemoria de chicaEl uso de la foto, No he salido de mi nocheUna mujerLa otra hija, El lugar, El lugar (contrarreseña)

lunes, 24 de julio de 2017

Annie Ernaux: Memoria de chica

Idioma original: francés
Título original: Mémoire de fille
Año de publicación: 2016
Valoración: Muy recomendable

Con un prólogo que ya da indicios de una inusual crudeza estilística, la historia que nos narra Annie Ernaux es la historia de una chica durante el verano de 1958. El recuerdo de las experiencias vividas durante esa época, narradas al cabo de cincuenta y cinco años, sigue presente en la autora en la actualidad, y la trascendencia de ese momento fue lo suficientemente transformadora para que la capacidad de la memoria aún alcance a retomar los recuerdos de aquel año; recuerdos de una chica de diecisiete años que son el origen y causa de una historia que la cambió para siempre.

La autora nos sitúa rápidamente en ese verano, retratándonos una joven Annie Dechesne sobreprotegida por sus padres; nos cuenta, en clave retrospectiva, cómo la devoción que tiene por los libros y la falta de relaciones sociales la aproximan a la definición de rara avis. El entorno que la rodea es, principalmente, el formado por la familia y los libros, y ese verano que destinará a hacer de monitora en un campamento de verano lo afronta como una escapada, una liberación, un anhelo y un despertar.

En esas circunstancias se halla Annie, inocente, cándida, ingenua, virgen. En ese estado se encuentra con un monitor en el campamento, con una personalidad que se encuentra en el extremo opuesto a su forma de ser. Y en un encuentro ocasional, ocurre el desencadenante de todo. A partir de ahí, todo cambia, todo se altera, y Annie se transforma, se encuentra con sus sentimientos largamente adormecidos. Ya nada será como antes; el deseo la envuelve y la obnuvila, la posee y la domina, la somete y la humilla, y en un desafío que ejerce hacia ella misma se aventura a explorar los límites de sus deseos para borrar la chica que había sido, y forjar de cero un nuevo carácter. Ese despertar que ansía, que libera su yo interior y que le abre un mundo desconocido.

De esta manera, y analizando, al cabo de mucho tiempo, lo sucedido en la adolescencia, la autora nos habla, no únicamente del cambio y la transformación en la manera de ser, sino también del poder de la memoria y de su capacidad de reconstrucción de los hechos, olvidando partes de un recuerdo mientras, a la vez, se añaden otras. La dificultad de cambiar, y a la vez la complejidad de adaptarse a los cambios. La incapacidad de borrar el pasado y la lucha por regenerarse y definirse como una nueva persona. La vinculación de uno mismo hacia su propia imagen, no únicamente de la que uno posee sino la que los demás perciben. Las dudas hacia uno mismo y los difíciles equilibrios para encajar en un entorno no siempre amigable.

En una primera parte memorable y brutalmente cruda, el libro es de los que impactan, de los que nos hacen zozobrar y alteran los equilibrios emocionales que uno cree anclados y afirmados. Puede que la segunda parte sea menos impactante, cuando vemos cómo su vida cambia después de aquel verano, aunque sigue manteniendo el interés y la calidad de la primera parte.

De esta manera, con un estilo directo, descarnado, sin tapujos ni intentos de endulzar la mirada que tiene hacia su yo adolescente, la autora se expone como lo haría su protagonista. Sin filtros ni disimulo. Y con ello logra que nos metamos de lleno en la mente de esa chica, con sus miedos, inseguridades, deseos y pasiones, en una obra que desborda atrevimiento en exponer una realidad de deseo desmedido, no exento de sometimiento y abandono del propio yo.

Annie Ernaux ha escrito un libro de los que dejan marca, de los que conmueven, de los que remueven consciencias y agitan sentimientos escondidos, enterrados bajo un manto de candidez tendido por la sociedad de la época. La fragilidad de la adolescencia queda sometida a los vaivenes de los deseos inherentes al momento, y las consecuencias sobre cómo obramos ante ellos permanecerán en el subconsciente, de forma análoga a los recuerdos que esta gran novela dejará en nosotros mismos.

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martes, 3 de octubre de 2017

Annie Ernaux: La mujer helada

Idioma original: francés
Título original: La femme gelée
Año de publicación: 1981
Valoración: muy recomendable

Hay veces que uno descubre a una autora casi por casualidad (o por una recomendación como se trata de este caso), puesto que la difusión de las obras por los canales habituales, con sus grandes promociones, impide que se lleguen a conocer todas las novedades. Y más si éstas son publicadas por editoriales menos grandes. La consecuencia es que hay grandes autores que pasan casi desapercibidos, y es una lástima porque nos podríamos perder pequeñas joyas como la que reseño en esta entrada. Afortunadamente, la editorial «Cabaret Voltaire» ha decidido acertadamente recuperar las principales obras de esta autora como «Memoria de chica» (reseñada también en ULAD) y «La mujer helada», entre otros. Y esperaremos más, a tenor del resultado. Pero mejor vayamos al grano y hablemos del libro en cuestión.

Como ya ocurría en «Memoria de chica», Annie Ernaux sigue recuperando los recuerdos de su vida, en este caso para escribir sobre las libertades (o la ausencia de ellas) de las mujeres de su época. Claramente basada en la propia vida de la autora, quien solicitó que quitaran la palabra «novela» cuando se publicó en Francia, es lo que podríamos llamar una biografía novelada.  En ella, Annie Ernaux nos habla de la vida de las mujeres de su época, y por extensión, de la sociedad con la que se encontró, desde su infancia hasta su edad más adulta. Y trata sobre las mujeres hablando del mundo que conoció. Un mundo que, en círculos familiares, estaba formado por mujeres luchadoras, humildes, de clase media-baja y trabajadoras. Mujeres que prácticamente no tienen tiempo para nada más que trabajar y mantener una vida al lado de sus maridos (a menudo distantes), dejando de lado aspectos secundarios de su vida para poder salir adelante y lidiar con un ajetreado día a día. Esas mujeres, de carácter, son las que formaron parte de la infancia de Annie, siendo sus referentes y conformando su mundo. Y por contra, las que pertenecen al otro lado del mundo, la otra cara de la moneda, las que tienen maridos que se ganan bien la vida (que triste expresión, ganarse la vida), con vidas acomodadas, con un aspecto delicado y cuidado, viviendo en un mundo de pulcritud, de delicadeza, de perfección (mal entendida). Esas mujeres «frágiles y vaporosas, de manos suaves, y rostros cuidadas», pero mujeres sin voz, sumisas, sin nada más que fachada.

En esa sociedad se desenvuelve la protagonista, con una madre poco estricta que le permite ser ella misma, que la introduce en el mundo de los libros (o, mejor dicho, «mundos» porque cada uno de ellos alberga uno propio). Son unas primeras cuarenta páginas de recuerdos de su infancia, maravillosas, preciosas. Pero el libro va de contrastes, y el desparpajo y el atrevimiento que su madre le insufla choca con el orden y la disciplina impuestos por la educación recibida en escuela religiosa. Allí asoma el miedo, no únicamente a Dios, sino a no acabar siendo aquello que de ella se espera: una mujer perfecta según el canon establecido; una mujer que cocina, que cuida de su marido, que centra su vida en ser madre y esposa perfecta. Esta contraposición de ambos mundos la someten a un debate interno continuo, en una lucha constante para que su propio yo asome entre tanta duda y contradicción.

De esta manera, Annie Ernaux escribe un libro sobre qué debería suponer la liberación de la mujer, sobre la dificultad en demostrar su valía en un mundo reinado por hombres, donde el papel de ellas queda relegado a las tareas domésticas y en proporcionar un soporte al esposo. También nos habla del papel secundario de la mujer en lo relativo a las relaciones amorosas, donde ellos eligen y ellas son las elegidas, y, si lo hacen ellas, son unas «golfas». De esta manera, el planteamiento del libro es una lucha constante de la protagonista por librarse de una educación basada en conseguir matrimonio, anulando sus capacidades. Una lucha contra ella misma, un desafío constante no sólo a su propia educación (y por extensión, a aquello que forma su manera de ser) sino a la sociedad misma. Nos habla también del desafío, sí desafío, de ser madre con todo lo que eso conlleva en una sociedad donde la igualdad pretendida está lejos de ser alcanzada. Donde los sueños de juventud en vistas a un futuro quedan enterrados bajo un manto de tareas domésticas. Donde aquello que una defiende en su juventud se vuelve contra ella sin opción a librar, tan siquiera, una lucha donde la victoria es ella misma, su yo más puro.

Así, y sin pretender que sea un manifiesto, sí que la obra le sirvió para analizar su propia vida en clave retrospectiva, para averiguar qué había ocurrido para que ella, una chica educada en una familia luchadora y feminista, se hubiera acabado convirtiendo en aquello que detestaba, una mujer helada, para acabar asumiendo unas tareas para los que no había estado preparada ni deseado, únicamente por el hecho de ser la sociedad quien concibe que sean las mujeres las que se encarguen de ello. Y nos habla de todo ello sin pelos en la lengua, sin intentos de suavizar las agrias sensaciones que su propio pensamiento le generan, con la sinceridad y la honestidad por delante, admitiendo sus errores, acusándose a ella misma, juzgando a lo sociedad, y juzgándose también a ella.

La mujer helada es esa mujer que ha perdido su yo, su personalidad, sus intereses, sus ambiciones. Únicamente queda la superficie y lo que se ve: una mujer aparentemente perfecta, perfecta como esposa, como madre, como ama del hogar. Porque reconozcámoslo, esos detalles de desigualad, o digámoslo abiertamente por su nombre (machismo), los hemos visto y los seguimos viendo, en casa propia o ajena, y si no fuera porque la sociedad nos tiene acostumbrados a ellos veríamos cuán injustos son. El hecho que este libro, escrito en 1981, se haya editado hace muy pocos años y que sigamos viendo en él las trazas de un machismo latente, indica que la sociedad no ha avanzado mucho en este aspecto.  Tendremos que seguir luchando, queda camino por recorrer. Y es que el paisaje que nos retrata Ernaux es desolador para las mujeres, y también para los hombres (en menor medida) puesto que nos deja en un lugar demasiado cerca a la tiranía que, aunque disimulada y ejercida en pequeñas pero constantes dosis, es real y existe. Sin duda, a pesar de los más de treinta años que han pasado, hay casos en que el acercamiento a la igualdad se ha conseguido, pero hablo de casos. No es lo habitual, no es lo común, no es lo deseado, no es aún una victoria. No lo es. Aun.

También de Annie Ernaux en ULAD: Memoria de chica, No he salido de mi nocheEl uso de la foto, Los años, Una mujer, La otra hija, El lugarEl lugar (contrarreseña)

martes, 16 de octubre de 2018

Semana del arte #2: Annie Ernaux / Marc Marie: El uso de la foto

Idioma original: francés
Título original: L'usage de la photo
Traducción: Lydia Vázquez Jiménez
Año de publicación: 2018
Valoración: está bien

Annie Ernaux nos tiene acostumbrados a sus relatos autobiográficos, pues así son la mayoría de sus obras (y la totalidad de las reseñadas en ULAD). En este caso, hace un ligero cambio de registro y, sin abandonar la narración autobiográfica, se adentra en el terreno de las artes visuales, incorporando la fotografía como elemento nuclear del libro.

Este libro surge tras la constatación de la necesidad que la autora, juntamente con su pareja, tenía en fotografiar la ropa extendida por el suelo tras una noche de hacer el amor pues sentía la necesidad de plasmarlo, de dejar constancia, «como si el amor no bastara, como si hiciera falta conservar su representación material». La condición única de tal experimento era no modificar el escenario, debía fotografiarse tal cual quedaba expuesto. Los dos autores, pareja en ese momento, y tras meses de seguir este ritual, sintieron que no era suficiente con captar esos instantes, sino que también debían escribir sobre esas fotos, para dar forma y recuerdo a esos momentos amorosos. De ahí surgió la idea de la escritura, como complemento a la fotografía, como otro medio para captar una escena, pues tal y como indica la autora: «Foto, escritura, en ambos casos se trataba para nosotros de conferir más realidad a momentos de goce irrepresentables y fugitivos». Así, yendo más allá, Annie Ernaux determina claramente una relación entre la fotografía y el sexo, estableciendo como nexo de unión el deseo, quedando perfectamente expuesto en el siguiente párrafo escrito por la autora, al afirmar que «el clic de la máquina es una extraña simulación del deseo, que empuja a ir más allá. Cuando soy yo la que hago la foto, la manipulación, el enfoque del zoom es una excitación particular como si tuviera un sexo masculino

Los autores también destacan el uso de la fotografía como testigo visual de su historia. Así, los pequeños detalles que contienen las fotos sirven para plasmar no solo el momento en que fueron tomadas sino el antes y el después, enlazando de esta manera pasado y futuro, reconstruyendo la historia a base de pequeños momentos (quien sabe si de ahí el término instantáneas) para trazar una historia continua.

Estructuralmente, el libro está escrito con narraciones alternadas, donde el método y la estructura siempre es el mismo: en primer lugar, se muestra la foto tomada, luego uno de los dos explica su visión y sus recuerdos a partir de ella, y luego el otro autor hace lo mismo. Capítulo a capítulo, fotografía a fotografía. De esta manera, Annie y Marc, escriben sobre la importancia de la foto como canal de recuperación de, no únicamente las experiencias vividas, sino también de los recuerdos, aunque a veces la imagen representada no guarda relación con los sentimientos que se albergan del momento en que fue tomada.

Más allá de los recuerdos que les traen la revisión y análisis de las fotos, el uso de la foto sirve también para analizar los objetos en su naturaleza más azarosa y sirve para atribuirles cualidades emocionales que van más allá del propio objeto. Así lo refleja la autora en el siguiente párrafo: «De todas las cosas abandonadas en el suelo después de hacer el amor, los zapatos son los más conmovedores. Caídos de costado, manteniéndose de pie, pero mirando direcciones opuestas, o emergiendo de un montón de ropa, pero siempre alejados el uno del otro. Su alejamiento, cuando aparece en la foto, da medida de la violencia del gesto para desembarazarse de ellos. (...) A diferencia de otras prendas de vestir convertidas en formas abstractas, los zapatos son el único elemento de la foto que conserva la forma de una parte del cuerpo. Que realiza más la presencia en ese momento. Es el accesorio más humano». El análisis que hace de los objetos como elementos vivos, en la medida en que fueron móviles, flexibles, casi como si tuvieran vida propia (o la vida que tuvieron, cuando fueron ocupados por cuerpos humanos), es interesante y sugerente.

Dejando de lado el análisis puramente de los objetos en sí, los autores utilizan las fotos realizadas para, a partir del análisis de su composición, hablar de sus vidas y sus miedos, de su pasado y su futuro, que tratan con delicadeza y el conocimiento de que todo es efímero, pues puede terminar en cualquier momento; conocedores de la caducidad de la vida, la viven buscando y creando «instantes perfectos, como pequeñas burbujas», pues «de burbuja en burbuja, la muerte acaba por abandonar la presa». Las fotos son la representación del momento vivido, y ahí se alojan también los miedos por el cáncer de mama de la autora, los temores por una guerra de Iraq innecesaria y abominable, las inquietudes de cada uno y el temor de que todo acabe. Así, el hecho de que en las fotografías no aparezcan sus cuerpos les hace pensar en la ausencia de ellos, en su muerte, «no es el rastro de nuestro paso por ahí lo que veo, sino nuestra ausencia, e incluso nuestra muerte».

El libro es interesante especialmente si se ha leído previamente alguna de las otras obras de la autora, puesto que gran parte de la narración trata sobre su vida, sus relaciones, la enfermedad de cáncer que padeció Annie Ernaux, y por tanto es de gran contenido autobiográfico. Aún y así, tiene también interés des del punto de vista del uso de la fotografía y de su utilidad, de su función, pues la vida queda encuadrada y fijada en momentos concretos a partir de las fotos tomadas, y ese es el principal motivo de hacerlas, intentar crear momentos de nuestra vida que nos permitan enlazarla a un pasado que de otra manera quedaría postergado al olvido. Así, las fotografías, sirven para guardar no únicamente el recuerdo de donde estuvimos, sino para intentar guardar en ellas los sentimientos que teníamos en ese instante, como una evidencia o prueba material de la existencia de un sentimiento puntual, tal vez fugaz, que mediante el uso de la foto pretendemos fijar de forma permanente en nuestra vida.

Tambien de Annie Ernaux en ULAD: Memoria de chica, La mujer helada, No he salido de mi nocheLos añosUna mujerLa otra hija, El lugarEl lugar (contrarreseña)

lunes, 25 de agosto de 2025

Annie Ernaux: El acontecimiento


Idioma original: 
francés
Título original: L’événement 
Traductoras: Mercedes Corral Corral y Berta Corral Corral 
Año de publicación: 2000
Valoración: Muy recomendable/Imprescindible
 
Como sabrán los seguidores habituales y longevos de ULAD, Annie Ernaux es una de nuestras autoras de cabecera, ya desde antes de que ganase el Premio Nobel en 2022. Al final de esta reseña hay un enlace que permitirá encontrar los otros libros que hemos comentado de esta autora, que con este ya se acercan a la decena. Con todo, y sorprendentemente, todavía no habíamos reseñado este El acontecimiento, una de las novelas más conocidas de esta autora. 
 
Tal como sucede en la mayor parte de la producción de Ernaux, la obra es un ejercicio de memoria y análisis (y análisis del propio proceso de memoria) relativo a algún momento o aspecto de la vida de la escritora. En este caso, este momento, el "acontecimiento" del título, es el aborto que la autora decidió realizar en 1963, mientras era estudiante en la Universidad de Ruan, en un periodo en el que el aborto no solo no era legal, sino que seguía siendo un tabú y un estigma. 
 
Así, la novela comienza con el momento en que la narradora y protagonista descubre que está embarazada; viene, a continuación, un periodo de búsqueda angustiosa y solitaria de alguien que le practique un aborto de forma segura y, a ser posible, barata. Ni aquellos compañeros de la universidad en los que decide confiar, ni la medicina oficial e institucional le ofrecen ninguna solución; parecen negarse siquiera a pronunciar la palabra aborto. Por fin, consigue la dirección de una mujer que, después de algunas dificultades (y del pago correspondiente) consigue ayudarla a abortar. La novela termina con la narradora 
 
Tal como sucede con otras obras semejantes de la autora, El acontecimiento es un ejercicio (auto)analítico casi quirúrgico, impacable, sin concesiones a la sentimentalidad. Se trata de reconstruir, con el estilo seco característico de la autora, lo sucedido con precisión y con una consciencia agudísima, tanto de todos los detalles como de las sensaciones y sentimientos asociados. Se trata, también, de reflexionar sobre el propio proceso de memoria y de escritura, proceso que, en este caso, se apoya en una agenda y un diario íntimo que permite establecer una especie de paralaje, comparando las anotaciones realizadas en el mismo momento del "acontecimiento", con los recuerdos actuales de ese momento (lo que es diferente, lo que permanece, lo que se ha perdido, o añadido, con el tiempo a esos recuerdos).
 
Esta novela también es, sin embargo, un objeto de arte político, de una forma evidente y consciente. Incluso en 2000, cuando el aborto ya estaba legalizado desde 1975, escribir sobre este tema sigue siendo romper un tabú; sobre todo cuando se hace como lo hace Annie Ernaux: no como la narración de una tragedia o un dilema moral, sino como una decisión individual, empoderadora, que pone de manifiesto la autonomía de la mujer en relación con su propio cuerpo. Como dice la propia autora:
(Es posible que un relato como este provoque irritación o repulsión, o que sea tachado de mal gusto. El hecho de haber vivido algo, sea lo que sea, otorga el derecho imprescriptible de escribir sobre ello. No existe una verdad inferior. Y si no cuento esta experiencia hasta el final, contribuiré a oscurecer la realidad de las mujeres y me pondré del lado de la dominación masculina del mundo.)
La novela también es, por otra parte, política en otro sentido: tal como sucede en muchas otras obras de la autora, el texto muestra una aguda conciencia de clase, y de la forma como la clase condiciona nuestra realidad - incluido, claro, el acceso al aborto en países y/o momentos en que este no es legal y gratuito. Proveniente de una familia de clase trabajadora, la narradora ve cómo la miran y la tratan los médicos y los colegas, y cómo, en cambio, la mera mención de que es estudiante universitaria hace que el trato se modifique para mejor... 
 
Estamos, por lo tanto, ante un auténtico clásico; una obra que sigue siendo original y necesaria, abordando un tema, el aborto, demasiado frecuentemente convertido en tema de melodrama o de panfleto. Lo que tenemos aquí es algo diferente: es una narración desapasionada sobre cómo una mujer toma una decisión sobre su propio cuerpo y su propio destino, la lleva a cabo, y se siente orgullosa de ello. Naturalmente, habrá quien no comparta esta visión sobre el tema, por diversos motivos; pero eso no significa que no sea una obra necesaria y trascedente. 
 
Hay, por cierto, una adaptación cinematográfica de la novela, dirigida por Audrey Diwan y protagonizada por Anamaria Vartolomei, que ganó el León de Oro en el Festival de cine de Venecia. 
 
Otras reseñas de Annie Ernaux en Un libro al día. 

miércoles, 3 de julio de 2024

CONTRARRESEÑA: Annie Ernaux: El lugar

Idioma original: francés
Título original: La place
Traducción: Valèria Gaillard en catalán para Angle Editorial y Nahir Gutiérrez en castellano para Tusquets Editores
Año de publicación: 1983
Valoración: recomendable


Siempre es de agradecer que sigan publicándose libros de Ernaux, quizá una de las autoras más prolíficas de la escena literaria que, no únicamente tiene la habilidad y el talento para hacer que sus libros tengan interés de manera individual sino también que cada aparición de un nuevo libro complemente el mosaico vital y literario de la Nobel francesa.
 
Ya en anteriores novelas reseñadas, Annie Ernaux nos relataba cómo era la relación con sus padres y, en especial con su madre, de la que nos habló en varios de sus libros de manera específica («No he salido de mi noche» o «Una mujer») y, a pesar de que la figura del padre también aparecía en sus libros en los que la autora hablaba de su entorno familiar y de su educación, lo hacía de manera más tangencial, más sutil y en un segundo plano. En este caso, el padre es el centro del relato y era lógico que la autora escribiera un libro dedicado a él, aunque, debido a que las editoriales publican los libros en el orden que consideran, paradójicamente este libro sobre el padre lo escribió antes de los que tratan la figura de la madre, lo cual me parece curioso dada la diferente incidencia que tuvo en su vida cada uno de sus progenitores.
 
En esta ocasión, empieza la autora narrando un episodio crucial en su vida: dos meses después de haber obtenido el certificado para poder ejercer de profesora titular su padre falleció a los sesenta años de edad. Un padre que regentaba con la madre un café-tienda después de haber estado trabajando duramente la tierra gran parte de su vida y ejerciendo también de obrero. Así, la autora se remonta a ese día crucial en su vida y nos narra el día de su entierro y cómo, pasados unos meses, sintió que «un día debía explicar todo esto», «escribir sobre mi padre, sobre la vida, y esta distancia que se produjo entre nosotros en mi adolescencia. Una distancia de clase, pero particular, que no tiene nombre». De ahí nació la idea de este libro.
 
Centrando el relato en su padre, destaca de él cómo, a pesar de haber nacido en una familia sin recursos, aprendió (a diferencia de su abuelo) a «leer y escribir sin faltas. Le gustaba aprender»; un aprendizaje que creció durante su etapa en el servicio militar descubriendo un nuevo mundo para él pero que también lo aisló de sus intereses previos, pues a su vuelta, «no quiso saber nada más de la ‘cultura’. Él siempre nombraba así el trabajo de la tierra, el otro sentido de la cultura, el espiritual, le parecía inútil». De esta manera, su padre, dejando de lado el interés por la cultura y el aprendizaje intelectual, se dedicó al trabajo de obrero, con una mujer dedicada a mantener el negocio mientas intentaba que él «volviera a ir a misa donde había dejado de ir desde que había estado en el ejército y abandonara las ‘malas costumbres’ (es decir, de payés o de obrero)»; un padre entregado y voluntarioso, que en plena Segunda guerra mundial y «bajo los bombardeos incesantes del 1944 (…) continuó yendo a proveerse de productos frescos, mendigando extras para los viejos, las familias numerosas, en definitiva, todos aquellos que no tenían acceso al mercado negro. En El Valle lo consideraron el héroe de las provisiones» mientras los domingos, cuando cerraban la tienda, llevaba a la pequeña Annie de picnic paseándola por el bosque «llevándola a hombros, cantando y silbando». Y ya con el fin de la guerra la decisión de volver a su localidad de origen, una ciudad que encuentran en ruinas pero que les abre la oportunidad de empezar una nueva vida comprando un pequeño local que lo reconvierten en tienda-café, ejerciendo a su vez de espacio compartido en el que ofrecían un pequeño remanso de fiesta y libertad.

En este entorno humilde, creció Annie, afirmando que «está manera de vivir nos pertenecía, un cierto tipo de felicidad, pero también las barreras humillantes de nuestra condición (consciencia que ‘nuestra casa no es suficientemente buena’), me gustaría poder decir la felicidad y alineación a la vez, oscilar entre un extremo y el otro en esta contradicción» porque no había tiempo ni espacio para la formación ni el cariño que constata al afirmar que «no sabíamos hablar entre nosotros si no era con tacos o palabrotas. El tono amable, reservado para los de fuera». Así, a medida que Annie crece, crece también la distancia que la separa de su padre, una distancia labrada en tierras arduas para el crecimiento intelectual de una Annie que se sabe más culta que su padre, más interesada en el arte y en las costumbres burguesas y cultivadas, más refinada en su vocabulario y en sus aspiraciones. Una distancia que ella por interés y él por apego a su vida de trabajador van aumentando sin saber muy bien cómo acercarse de nuevo y que ella encuentra en las letras el acogimiento que no halla a nivel emocional en su padre llegando a admitir finalmente con cierto pesar que «quizá escribo porque ya no nos queda nada que podamos decirnos».
 
Afirma Annie de su padre que, «su mayor orgullo o, incluso, la justificación de su existencia: que yo perteneciera al mundo que lo había menospreciado». Así, su trabajo, su esfuerzo parecían únicamente una distracción que lo alejaban de aquello que hubiera querido ser y que quería que Annie fuera: alguien con cultura, con educación y modales. Algo que probablemente confirmaría que pertenecían a distintos mundos, pero que constataría a su vez el más sincero amor de un padre: que su hija tuviera el mejor de los posibles.

jueves, 22 de febrero de 2024

Annie Ernaux: La otra hija

Idioma original: francés
Título original: L'autre fille
Traducción: Lydia Vázquez Jiménez en castellano para Cabaret Voltaire
Año de publicación: 2023
Valoración: muy recomendable


En el campo demasiadas veces criticado de la autoficción (también a veces denominado “literatura del yo”, nombre que no me acaba de gustar pues tiene cierto rasgo egocéntrico), hay casos y casos. Porque si bien hay autores que pretenden construir una obra literaria en torno a ellos a partir de algún suceso sin especial relevancia, hay otras ocasiones en los que la vida del autor es tan amplia, rica y nutrida de sucesos que es inevitable que su obra gire en torno a ellos pero que se expanda y nos alcance hasta hacerlas incluso nuestra por empatía o por confluencia. Aún y así, incluso en esos casos, la calidad literaria dependerá, no únicamente del relato en sí, sino de la visión que se le quiera dar, de la amplitud de la mirada, del alcance de los expuesto y de donde se quiere llegar con ello. Y claro, Annie Ernaux, tiene mucho que contar, y es innegable que sabe muy bien cómo hacerlo.

En este libro basado en la propia experiencia de la autora (como la mayoría de ellos), Ernaux narra un episodio clave en su vida: el descubrimiento, a los diez años, no únicamente de que ella era la segunda hija de sus padres, sino también de que su hermana murió antes de que ella naciera. Así, descubre que tenía una hermana fallecida, aunque ella no la consideró como tal al momento de saber de su existencia porque, tal y como cuenta en este libro en forma de carta que escribe a su hermana, «según el registro civil, eres mi hermana (…) pero tu no eres mi hermana, nunca lo fuiste. No hemos jugado, comido, dormido juntas. Nunca te toqué, nunca te besé. No sé de qué color tienes los ojos. Nunca te he visto. No tienes cuerpo ni voz, solo eres una imagen plana en unas cuantas fotos en blanco y negro (…) llevabas dos años y medio muerta cuando nací yo». Y esa realidad la conmueve y la perturba, pues es difícil y terrible constatar que «ya muerta, entraste en mi vida en el verano de mis diez años».

Con esta dureza expone el desconcierto ante la presencia de una constante ausencia y la autora es especialmente contundente acerca del momento de su revelación cuando, de manera accidental, oye a su madre hablar con una amiga de su hija que murió de difteria a los seis años, una hija de la que a Annie no le habían contado nada «para no apenarla» y sobre la que oye a su madre decir que era «más buena que ella». Dos palabras, “más buena”, que duelen, que hieren, que carcomen a una niña de tan solo diez años, a quien comparan con una hermana difunta y que causan que la autora afirme que «entre mi madre y yo, dos palabras. Se las hice pagar caro» y la constatación de no ser hija única, de ser consciente de que «había vivido en mundo de ilusión. Yo no era única. Había otra, surgida de la nada. Así que todo el amor que creía estar recibiendo era falso». Una ausencia marcada que nota en sus padres, en sus miradas, en su estado, cuando constata, repasando fotos antiguas de sus padres al poco de nacer ella, al percibir nítidamente que «estás allí, entre ellos, invisible. Eres su dolor» y, siendo su dolor, hace que se establezca entre ellos una barrera emocional, un cisma respecto a sus padres pues «no podía o no quería (…) entrar en el dolor de ellos. Era anterior a mí, ajeno a mí. Me excluía».

Con este relato, Ernaux nos detalla la dificultad y la tristeza de vivir a la sombra de una hermana a la que nunca conoció, pero que vivió a la vez que ella en los corazones y la memoria de sus padres. Una hermana silenciada, aunque eternamente omnipresente envuelta en un silencio que les protegía también a ellos, pues «te ponían fuera del alcance de mi curiosidad, que les habría destrozado», aunque «no les reprocho nada. Los padres de un hijo muerto no saben lo que produce su dolor en el que está vivo». Y, a pesar de ello, la autora escribe este libro con ciertas dudas de su intencionalidad, tal vez para entender lo sucedido, tal vez porque echa en falta a su hermana, tal vez para cerrar un círculo sin tener clara su intencionalidad al hacerlo hasta el punto de que constate y se cuestione si «¿acaso estoy escribiéndote para poder resucitarte y poder matarte de nuevo?». Quizás es algo más sencillo que eso, quizás es algo más puro, quizás «escribirte no es más que eso, constatar tu ausencia» y, en cierto modo, también extrañarla.

lunes, 26 de febrero de 2018

Annie Ernaux: No he salido de mi noche

Idioma original: francés
Título original: Je ne suis pas sortie de ma nuit
Traducción: Lydia Vázquez Jiménez
Año de publicación: 1997
Valoración: recomendable

Como es habitual, Annie Ernaux rememora sus recuerdos vitales para explicar, en esta novela autobiográfica, los últimos años con su madre, enferma de Alzheimer. Libro de una dureza evidente por el tema tratado, la autora no se recrea en su aspecto dramático, aunque evidentemente existen episodios desoladores por su tristeza.

El libro, escrito a modo de diario (y, por tanto, narrado en presente), expone las emociones que la autora siente durante las visitas a la residencia donde está su madre y los sentimientos que la acompañan cuando acaban sus visitas y, asimismo, cómo éstos se mezclan con los recuerdos que tiene de ella y cómo la veía durante su infancia; observando a su madre en el estado actual se visualiza a ella misma el cabo del tiempo, imaginando su yo futuro. Esta visualización en futuro, y el análisis del pasado provoca que la autora someta la relación mantenida con su madre a lo largo de los años a una reflexión sobre cómo ésta fue vivida. De esta manera, la dificultad para sobrellevar el estado actual de su madre hace que aparezcan en ella reproches autoinflingidos a raíz de situaciones pasadas no sobrellevadas adecuadamente, como la decisión tomada en su día de llevarla a la residencia, en una clara disyuntiva al tener que elegir entre qué vida poner por delante, si la suya o la de su madre. Así, el declive del estado de salud de la madre y su aproximación a la muerte acerca la mirada de la autora hacia su propia vida y reduce la distancia entre los recuerdos de cuando era joven al estado en el que teme que se encontrará cuando tenga la edad de su madre. De este modo, el abanico vital se acorta y el paso del tiempo se condensa en esos momentos con su madre, donde ve el pasado y el futuro en un mismo momento, valorando y cuestionado el único instante que existe, el momento presente.

Annie Ernaux es honesta porque no intenta edulcorar la relación con su madre; su carácter duro a menudo las enfrentaba y no aprovecha el difícil momento para cambiar la visión que tenía de ella. La autora es dura consigo misma y valiente al escribir sin tapujos ni intentos de disimular una realidad existente; intenta comprender, saber qué pasa por la cabeza de su madre, entender la enfermedad que se está llevando su vida, interpretar esas acciones rutinarias que lleva a cabo, como cuando ve cómo saca las cosas de su armario y las vuelve a meter como una rutina, en bucle, que la mantiene ligada, vinculada, al pequeño mundo en el que se ha convertido su vida. Para aquellos que hemos visto de cerca la degradación del cuerpo y la mente en un ser querido, es inevitable empatizar con la autora y sentir muy próximos esos duros momentos, crueles e injustos, que la autora transmite con una frase corta, pero completa, resumiendo qué ve en su madre en los momentos en los que parece ausente:

«Cuando se ríe, sigue siendo la misma mujer de antes»

Con esta simpleza en las palabras, pero profundidad en sentimientos, el libro es una recopilación de pequeños fragmentos de cotidianidad, breves pinceladas, escritas a modo de diario. La propia autora afirma que está publicado tal cual lo escribió en su día y ese hecho proporciona un punto de cercanía a lo narrado, añadiéndole verosimilitud. Con esta espontaneidad, sin editar lo escrito, vemos el declive progresivo del estado de salud de su madre a través de las sensaciones vividas y cómo le afectan, especialmente en relación a su pasado. Más allá de la intencionalidad de la autora, y sus logros en cuento a la credibilidad de lo expuesto por su explicación sin tratar o modificar sus emociones, el libro es muy irregular precisamente por este mismo hecho; hay momentos donde la autora consigue llegar, conectar y emocionar al lector, pero también hay pasajes en los que pierde interés, como en los que explica situaciones cotidianas o aquellas con un exceso de escatología al explicar los efectos fisiológicos de la enfermedad.

Aún así, a pesar de esos momentos menos logrados, el libro es recomendable especialmente por la realidad que nos transmite y porque la autora se nos presenta tal y como es, con sus virtudes, pero también, y especialmente, por sus defectos. Y quizá por eso es aún más duro el libro, porque a pesar de todo, a pesar de los encontronazos que tuvo con su madre, su fallecimiento la sobrepasa; no solo por la ausencia tras su muerte, sino por su incapacidad de reconciliarse con ella por no haberlo intentado lo suficiente, por echarla de menos a pesar de todo e incluso en esos complicados momentos finales de su vida cuando todo está perdido, cuando ya no queda tiempo, cuando uno se de cuenta de que, por más difícil que haya sido sobrellevar la situación teniendo que lidiar con una enfermedad terminal injusta, castigadora, que maltrata a quién la sufre y a quién la soporta, la autora se sincera en una confesión que aparece de forma inexorable, como un lamento final:

«La prefería loca que muerta» 

Este reconocimiento del amor hacia su madre, a pesar del complicado pasado, a pesar del difícil presente, es el mensaje final y la intención del libro. Porque por más diferencias que haya habido, los lazos familiares son lo suficientemente fuertes para mantener unida una relación a pesar de sus tiranteces. El libro es un último grito a la desesperada, un último llamamiento a aquellos que tienen situaciones familiares complicadas y distantes a consecuencia de un difícil pasado juntos. La autora nos recuerda que aún hay tiempo de reconciliarse, hay tiempo de ajustar cuentas y poner el contador a cero; hay tiempo para subsanar y curar las heridas del pasado. Porque mientras hay vida, hay tiempo.

También de Annie Ernaux en ULAD: La mujer helada, Memoria de chicaEl uso de la fotoLos añosUna mujerLa otra hijaEl lugarEl lugar (contrarreseña)

lunes, 16 de diciembre de 2019

ULAD adoctrina sobre el 2019: nuestros libros del año

Mirad: si este blog pretendiera ser solo leído por familiares de colaboradores ávidos de localizar ideas para regalar a la prima que lee, no nos veríamos obligados a esto. Pero hace tiempo que esto no es así. Es una verdad como un puño que la comunidad lectora global espera ver hacia dónde señalan nuestros dedos, cada año, por estas fechas. Aunque pueda darse el caso que los que aquí escribimos no acabemos de ponernos de acuerdo.

Palabra de Juan G. B. :
- Novela acojonante del año (en todos los sentidos): Mandíbula, de Mónica Ojeda.
- Novela pasmante del año: Vivir abajo de Gustavo Faverón Patriau.
- Novela chanante del año: El aliado, de Iván Repila.
- Novela gráfica más turbadora del año: Bezimena, de Nina Bunjevac
- Libro de no ficción (o sí ficción, según se mire): Thomas Quick. Cómo se hace un asesino en serie de Hannes Råstam.
- Autovivisecciones en canal: Mientras escribo, de Stephen King y Mis rincones oscuros, de James Ellroy.
- Ligeras decepciones: Traición, de Walter Mosley y La Señora Caliban, de Rachel Ingalls.
- Sorpresa agradable del año: La novela del buscador de libros, de Juan Bonilla.
- Libro que no me atreví a reseñar: Tsunami. Miradas feministas (V.V.A.A. con edición y prólogo de Marta Sanz)
- Descubrimientos del año: Mónica OjedaImogen Hermes Gowar, Gustavo Faverón.

Palabra de Koldo CF:
- No ficción (hispanoamericana): Distraídos venceremos, de Andrea Valdés
- No ficción (resto de mundo): Contra toda esperanza, de Nadiezhda Mandelstam
- Novela (hispanoamericana): El desierto y su semilla, de Jorge Baron Biza
- Novela (resto del mundo): La suerte de Omensetter, de William H. Gass
- Relatos (hispanoamericana): La furia y otros cuentos, de Silvina Ocampo
- Relatos (resto del año): Historias tardías, de Stephen Dixon
- Tocho del año: Nuestra Señora de París, de Víctor Hugo
- Relectura del año: Los siete locos, de Roberto Arlt (habrá reseña en breve)
- Peor libro con diferencia: Vox, de Nicholson Baker

Palabra de Oriol Vigil:
- Mejor novela: El lugar, de Mario Levrero
- Otras novelas destacables: La invención de Morel, de Adolfo Bioy Casares, La mujer de la arena, de Kôbô Abe, El gusano máximo de la vida misma, de Alberto Laiseca, El proceso, de Franz Kafka, Tango Satánico, de László Krasznahorkai
- Mejor antología: Bestiario, de Julio Cortázar
- Lo mejor en género negro: La promesa, de Friedrich Dürrenmatt
- Lo mejor en terror: Los sauces, de Algernon Blackwood, Uzumaki, de Junji Ito
- Mejor cómic: Vinland Saga, de Makoto Yukimura (aunque se desinfla un poco)
- Vicio literario del año: Canción de hielo y fuego, de George R. R. Martin (aunque también se desinfla un poco)
- Lo mejor en no ficción: La conspiración contra la especie humana, de Thomas Ligotti, El discurso vacío, de Mario Levrero, ¡Escríbelo, Kisch!, de Egon Erwin Kisch
- Libros decepcionantes: Cartero, de Charles Bukowski, Buick 8, un coche perverso, de Stephen King
- Libros aburridos: El vestido azul, de Michèle Desbordes, En el jardín del ogro, de Leila Slimani
- Autores descubiertos: Mario Levrero, Alberto Laiseca, Kôbô Abe, László Krasznahorkai
- Empacho de: Literatura nipona, fatalismo, "bildungsroman" y "pulp"

Palabra de Marc Peig:
- Libro del año: «Cárdeno adorno», de Katharina Winkler.
- Lo mejor del año (autores): Elizabeth Hardwick, Siri HustvedtIrene Solà, Tatiana Ţîbuleac
- Mejor libro de relatos del año: «No importa», de Agota Kristof
- Tochonovela del año: «Fin», de Karl Ove Knausgard
- Ensayo políticosocial del año: «Ante el dolor de los demás», de Susan Sontag, y «El ojo y la navaja», de Ingrid Guardiola
- Librodenuncia del año:  «Tú, ¡cállate!», de Laura Huerga y Blanca Busquets.
 -Autobiografía del año: «Noches insomnes», de Elizabeth Hardwick y «Los años», de Annie Ernaux
- Experimento metaliterario del año: «Novel·la», de Pol Beckmann
- Decepción del año: «Devastación», de Tom Kristensen
- Autores clásicos que ya debería haber leído y que no tardaré en ponerme a ello: Henrik Ibsen
- Autores que debo recuperar porque llevan tiempo olvidados (injustamente): Ngũgĩ wa Thiong'o, Paul Auster
- Caerán más libros de: Siri Hustvedt, Annie Ernaux, Mircea Cărtărescu, Olga Tokarczuk, Agota Kristof
- Propósitos para el 2020: más teatro, más ensayo e intentar evadirme de novedades y volver a los clásicos (veremos si lo consigo)

Palabra de Montuenga:
- Mejor clásico leído este año: Bel Ami, de Guy de Maupassant
- Mejor novela española: El novio del mundo, de Felipe Benitez Reyes
- Mejor novela extranjera: Los colores del incendio, de Pierre Lemaître
- Obra maestra polémica donde las haya: El desembarco, de Jean Raspail
- Mejor novela negra: El último barco, de Domingo Villar
- Relectura que nunca defrauda: La saga fuga de J.B., de Gonzalo Torrente Ballester
- Mejor western: Warlock, de Oakley Hall
- Mejor ensayo: La edad de la ira, de Pankaj Mishra.
- Distopía más esperada aunque algo fallida: Los testamentos, de Margaret Atwood.
- Peor novela con diferencia: Juego de mentiras, de Ruth Ware.

Palabra de Francesc Bon
- Propósitos para 2020: Conseguir que el tsundoku rebaje sus proporciones amenazadoras, o se fusione con el cajón de los cables. Salir de la zona de confort. Y plantear, quizás, si la próxima ya debería ser la última oportunidad para Pynchon.
- Mejor novela leída en el año: Por el regusto tras los meses, cualquiera de las tres de Zuckerman desencadenado, de Philip Roth
- Novedad tolerada: El colgajo, de Philippe Lançon, por cruda y por ver cómo nos transforma experimentar la violencia
- Me lo imaginaba más grande: Todos los hermosos caballos, de Cormac Mc Carthy
- Satisfyer literario: Walt Whitman ya no vive aquí de Eduardo Lago
- Toque de atención: a Michel Houellebecq, por los momentos autoparódicos en Serotonina

Palabra de Carlos Andia:
- Mejor novela en castellano: El silenciero, de Antonio Di Benedetto, y Prins, de César Aira (próxima reseña)
- Mejor novela en otros idiomas: Mapa de una ausencia, de Andrea Bajani, , y Vértigo, de W.G. Sebald
- Tocho anual (para no perder músculo, pero nada más): La muerte de Arturo, de Thomas Malory
- Una incursión en el microrrelato: Ojos de aguja (recopilación)
- Relectura del año: El unicornio, de Manuel Mujica Laínez
- Mejor ensayo: El elogio de la sombra, de Junichiro Tanizaki
- Ensayo científico: El jinete pálido, de Laura Spinney
- Mejor libro de relatos: El ídolo caído, de Graham Greene
- Mejor obra de teatro (aunque tampoco había mucho donde elegir): El cementerio de automóviles, de Fernando Arrabal
- Peligro de agotamiento inminente: Enrique Vila-Matas (Esta bruma insensata, y quizá no más)
- Decepciones: varias, puede que más de lo normal, pero para qué les vamos a dar más cancha.

lunes, 6 de julio de 2020

Deborah Levy: Cosas que no quiero saber

Idioma original: inglés
Título original: Things I Don't Want to Know
Traducción: Cruz Rodríguez Juiz
Año de publicación: 2013
Valoración: entre recomendable y está bien

Sucede en varios escritores que, cuando llegan a ciertas edades y después de una vasta carrera literaria, se aventuran a escribir sus memorias. Este es el caso del libro que nos ocupa, donde Deborah Levy, después de tratar diferentes estilos literarios que van de la poesía a la novela, de la dramaturgia a los relatos cortos, escribió este primer volumen que forma parte de un tríptico donde explora el hecho de ser mujer, como respuesta al «Por qué escribo» de George Orwell.

En esta novela autobiográfica, Levy parte de un episodio puntual del pasado en el que subiendo unas escaleras mecánicas rompía de golpe a llorar, pues le devolvían recuerdos de un pasado que no conseguía olvidar, lugares a los que no quería volver, por dolorosos y tristes, por impactantes y aflictivos. A partir de esta anécdota, Levy nos devuelve a su pasado para hablarnos de maternidad, una maternidad casi impuesta por las expectativas de una sociedad hacia a las mujeres, una maternidad que recuerda escribiendo que «ahora que nos habíamos convertido en madres todas éramos sombras de lo que fuimos, perseguidas por las mujeres que éramos antes de tener hijos». Así describe, como los sueños e ideales que crecen en la juventud, se ven arrasados por la implacable presión de la sociedad del momento, algo que me recuerda en gran parte de Annie Ernaux y su «mujer helada».

De esta manera, con afinadas disertaciones sobre la maternidad y añadiendo fragmentos o citas de libros de Marguerite Duras, Simone de Beauvoir o Julia Kristeva, Levy analiza la sociedad en clave de la maternidad, exponiendo las condiciones en las que las mujeres afrontan ese cambio y se someten (o adaptan) a la nueva vida. Un cambio de vida adoptado, y al que la autora se adapta, con cierto recelo, intentando no ver su yo anterior discrepante de ese tipo de vida, «esa joven fiera, independiente, que nos seguía por ahí, gritando y señalando con el dedo mientras empujábamos cochecitos infantiles bajo la lluvia inglesa».

Levy, también nos habla de su niñera, Zama (a quien ella llama Maria), y de su infancia en una Johannesburgo sumergida en el apartheid y en la que su padre fue detenido en su casa por luchar por conseguir la igualdad de derechos humanos, pues, tal y como afirma Maria «si no crees en el apartheid puedes acabar en prisión. Hoy tienes que ser valiente y mañana también, igual que motones de niños que tienen que ser valientes porque también se han llevado a sus padres y sus madres». Esta parte del libro, narrando su infancia, contiene más carga emocional y menos de denuncia, rememorando los recuerdos marcados por la estricta enseñanza en la escuela, el racismo existente, y la voz de Melissa, su amiga, quien «fue la primera persona que me animó a alzar la voz», alguien de quien «sabía que sus palabras tenían que ver con decir las cosas en voz alta, admitir las cosas que deseaba, estar en el mundo y no dejarme vencer por él». Son recuerdos duros, donde la política y la ideología marcaron su visión de la vida, así como también la propia vida familiar, con un padre preso durante casi cinco años por sus ideas políticas. Una etapa difícil, que les llevó a emigrar al Reino Unido, con muy poco pesar por dejar a tras una tierra de la que no guarda buenos recuerdos, afirmando incluso que «no quiero saber nada del resto de mis recuerdos de Sudáfrica. Cuando llegué al Reino Unido, lo que quería eran recuerdos nuevos».

Así enlaza la autora con la parte final del libro, donde Levy nos habla de cuando emigró a Inglaterra a los quince años y la separación de sus padres. La sensación de temporalidad, de no integrase en un país, de echar de menos detalles cotidianos de Sudáfrica que le habían pasado desapercibidas hasta que ya no constaban en su nuevo mundo, afirmando que «echaba de menos el olor de plantas cuyos nombres no recordaba, el sonido de pájaros cuyos nombres ignoraba, el murmullo de idiomas que no sabía nombrar». Y la autora, en ese terreno perdido, en esa tierra sin nombre que ocupa el espacio central de una vida que la autora no sabe dónde ubicar geográficamente, una vida sin un lugar definido donde echar raíces, que sentencia afirmando que «yo había nacido en un país y crecía en otro, pero no sabía a cuál pertenecía».

Por todo lo expuesto, vale la pena la lectura de este libro pues, aunque a pinceladas, aporta reflexiones interesantes, valientes y que probablemente interpelan a muchos lectores, a pesar de que, lamentablemente, en su conjunto no conserve esa potencia, esa denuncia que uno esperaba al leerlo y que sí contienen las frases extraídas del libro que contiene la reseña. Y puede que la causa de esta parcial recomendación (y aunque no debería ser así, pero es algo que no puede evitarse) es que, leyéndolo, uno se acuerde de Vivian Gornick o Elizabeth Hardwick en sus libros autobiográficos (o incluso Annie Ernaux, con una narración más novelada y menos fragmentada) y entonces constate una evidente distancia en impacto y calado. Pese a ello, su lectura nos abre la posibilidad de reflexionar sobre la vida, y eso es algo que siempre es interesante.

martes, 9 de febrero de 2021

Annie Ernaux: El lugar

 Idioma original: francés

Título original: La place

Año de publicación: 1983

Valoración: Está bien




Hace ya muchas décadas que los lectores nos hemos convertido –quizá demasiado a menudo y, desde luego, de forma involuntaria – en voyeurs de vidas ajenas. Ese exhibicionismo impuesto no siempre es lo que buscábamos. Hay vidas que nos seducen por el motivo que sea –sensibilidad, estilo, dosis justas de audacia y discreción, interés de sus contenidos etc.–, pero si no encontramos nada de esto, el rechazo quizá sea más fuerte que el que podamos sentir hacia una obra de ficción que no nos acaba de enganchar. A mí, estas memorias sobre el duelo por el fallecimiento del padre me han parecido innecesariamente indiscretas en aquellas cuestiones que dejan en evidencia al retratado y rozando la banalidad cuando describe un dolor que no tiene nada de especial o esos, bastante anodinos, años de convivencia.

Cada artista elige un camino, y Ernaux se inclinó por exponer su vida en gran parte de sus obras. Estaba en su derecho, faltaría más. Ha sido admirada por ello, incluso ha generado discípulos. Bien, como suelo repetir, los gustos son libres y yo, aunque el texto apenas rebasa el centenar de páginas, estaba deseando llegar a la última. Me aburría, no conectaba conmigo. Pero no vean una crítica en esto: admito que la autora sabe poner al lector bajo su propia piel con muy pocos elementos (simplicidad que no considero un valor: tanto el relato en sí como la prosa me parecen demasiado esquemáticos). Se trata de mi reacción personal, seguramente provocada por cierto empacho del género memorístico. Y no es que lo rechace, pero le exijo unos mínimos que, en este caso, cumple solo a medias.

El lugar es aquí un término polisémico. Se refiere al hogar que ha compartido con sus padres, a la localidad dónde han vivido juntos, pero sobre todo a la posición social que compartió con ellos en la niñez, de la que se deshizo en cuanto tuvo ocasión de hacerlo y al nuevo estatus que adquirió ya de adulta. Esto implica nuevas experiencias, gustos distintos, diferente mentalidad, mutuo sentimiento de extrañeza, lenguaje más cultivado y complejo, amistades y amores  de más alta extracción social, mayor seguridad en sí misma y un larguísimo etcétera. Existe un sentimiento soterrado de vergüenza por el orgullo que representa para ella este salto. Vergüenza por el orgullo, sí, parece complicado, pero es exactamente eso lo que se deduce del relato, lo que encontramos casi en cada frase, y que se expresa de forma tan sutil como efectiva. Un logro bastante difícil que es justo reconocerle. Mandamos a la niña a estudiar y ya no sabemos quién es, esto es lo que refleja la actitud de un padre, orgulloso e incómodo a partes iguales, un padre que adora a su hija y se siente perplejo ante el resultado de su trayectoria. Era de esperar, sin embargo, aunque a los interesados les pille por sorpresa casi siempre.

“… los vecinos vigilaban la blancura y el estado de la ropa tendida a secar, y sabían si se vaciaban los orinales todos los días. Aunque las casas estaban separadas unas de otras por setos y desniveles, nada escapaba a la vista de la gente, ni la hora a la que el marido había vuelto del bar, ni la semana en que los paños higiénicos debían balancearse al aire.”*

Un ambiente que puede asfixiar a poco que uno se ha alejado de él, así como ese primitivismo en gestos y actitudes y que está bastante bien descrito. No solo el de su infancia, también el de la generación anterior a sus padres, cuyas vivencias de niñez y juventud le parecen más medievales que acordes a su época (“Cuando ahora leo a Proust o a Mauriac, no creo que evoquen los tiempos en que mi padre era niño. El panorama de mi padre era de la Edad Media”). (Hay que decir que Ernaux nació en 1940, pero a partir de la IIGM el panorama había cambiado bastante). Hasta el padre reconocía que sus textos escolares, en los que animaba a los niños a sentirse felices con su suerte de pobres, eran todo un despropósito. Por eso el matrimonio peleó durante toda su vida hasta conseguir un negocio propio, humilde y que no rendía demasiado pero, al menos, les libraba de la esclavitud de la fábrica. 

Sin embargo la nostalgia está siempre presente en ella. Del padre vivo, del padre joven, de su propia infancia, de esa ingenuidad y despreocupación que hubo de sustituir más adelante por un esnobismo no siempre fácil de mantener, de la complicidad familiar destruida para siempre… Una ambivalencia casi tan dolorosa como la propia pérdida, como todas las pérdidas y renuncias que hubo de experimentar en su vida. Igual que todos, por otra parte.

(*) La cursiva es mía.

 Traducción: Nahir Gutierrez


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