sábado, 30 de junio de 2018

Hernán Ronsino: La descomposición

Idioma original: Español
Año de publicación: 2009
Valoración: Está bien

Tengo la impresión, tras la lectura de una serie de libros de autores más o menos "recientes", de que la literatura argentina de la última década se halla fuertemente marcada por la crisis que sacudió el país allá por 2001 aproximadamente. "La descomposición" viene a corroborar esa impresión. Primer ejemplo: "Algo se está desgastando, imprevisible, sobre los tejidos oscuros, en las entrañas de este momento; y no lo vemos, y no podemos, por estar ciegos, detenerlo; y no podemos, aunque lo viéramos, frenarlo". Segundo ejemplo: el olor al que constantemente se hace referencia, un olor que llega del fondo y que todo lo impregna, un olor físico al que llega a describir como una "bomba de tiempo" y que parece referirse a hechos pasados. ¿Podría ser este olor un símbolo del progresivo deterioro del país? Tercer ejemplo: una imagen, la del antiguo intendente reconvertido a usurero al que un remisero intenta asesinar (con trágicas consecuencias para el remisero, por otra parte).

Más allá de esto, la primera página del libro deja bien a las claras lo que en él nos vamos a encontrar: solo en esa primera página leemos expresiones y palabras como "rastrero, lago muerto, aguas estancadas, olor pesado, las cosas se pudren, hojas quemadas...". Se trata, como podéis imaginar, de un libro oscuro y denso.

También desde las primeras páginas del libro vemos que dos influencias muy claras, en temática y estilo, sobrevuelan la escritura de Ronsino: Juan José Saer y Juan Carlos Onetti (casi nada). La influencia de Onetti se deja sentir en ese retrato de mundos y ambientes en descomposición, mientras que la de Saer es evidente en el estilo fragmentario y elíptico utilizado por Ronsino. La acción trascurre en un lugar que no es Santa María pero que podría serlo y el personaje principal, Abelardo Kieffer, vendría a ser una suerte de Larsen aunque también podría ser el Morvan de "La pesquisa" de Saer, por ejemplo. Es uno de esos personajes de vuelta de todo, narrador, testigo y protagonista de la historia.

Es, precisamente, esta influencia una de las principales pegas de libro. Las comparaciones con Saer, fundamentalmente, y con Onetti son tan visibles y tienden a surgir con tanta frecuencia que resulta difícil abstraerse de ellas. Otro ejemplo: cuando los personajes se entregan a esas disquisiciones filosóficas tan "saerianas". Y, claro, ¿quién es el guapo que resiste estas comparaciones?

Por otro lado, y aunque admito que me parece, a priori, un tratamiento adecuado de la información, no acaba de convencerme del todo el manejo de la estructura por parte del autor. Y es que el libro transmite cierta sensación de "algo ya leído". Hay en "La descomposición" dos historias, una desarrollada en una noche situada en el presente y otra que vendría a ser una biografía fragmentaria del protagonista, una especie de sucesos claves en la vida de este. Todo hace suponer que habrá una confluencia de ambas historias y, de hecho, la hay. En este sentido, no hay "factor sorpresa". Pero, además de esto, me da la impresión de que algunos de los "sucesos claves" no acaban de encajar en esa confluencia. 

Todo lo anterior podría dar a entender que el libro me ha decepcionado o disgustado. Ni mucho menos. Se trata de un libro inquietante, desasosegante por momentos. Ronsino transmite, con su sobria y seca escritura, imágenes de verdadera potencia con las que refleja la deriva de los protagonistas (y, por extensión, del país?). Se trata, en resumidas cuentas, de un interesante acercamiento a un autor del que no conocía absolutamente nada y al que no es descartable que vuelva en un futuro. Porque algo hay en su escritura que atrae. ¿Quizá ese olor del que hablábamos al principio y que todo lo impregna? Quizá.

viernes, 29 de junio de 2018

J.D. Vance: Hillbilly, una elegía rural

Idioma original: inglés
Título original: Hillbilly Elegy
Traducción: Ramón González Férriz (edición en castellano), Albert Torrescasana (edición en catalán)
Año de publicación: 2016
Valoración: bastante recomendable

Situémonos. EE.UU.. Año 2016, precampaña para las elecciones. La figura de Donald Trump emerge y avanza con pasos firmes en la campaña hasta la presidencia, en la que se impondrá contra todo pronóstico a Hillary Clinton. Hay un gran desconocimiento sobre el por qué alguien como Trump ganó las elecciones (teorías conspirativas aparte, tengan base o no), aunque quizá el desconocimiento del por qué ganó no debe centrarse en el candidato, sino en los votantes. ¿Quiénes son los que han apostado por él y por qué?

Esta es la raíz de fondo del libro, el conocer qué piensa esa mayoría blanca de americanos que apoyó a Trump, porque este libro es un libro que habla sobre los hillbillies, personas blancas de clase trabajadora que vieron cómo su vida económica (y en consecuencia la familiar y social) entró en decadencia a causa del creciente empobrecimiento de algunas zonas, por culpa (aparentemente) de la globalización, aunque también en cierto punto por un acomodamiento a una vida fácil que no estaban dispuestos a abandonar; la crisis que irrumpió en grandes zonas habitadas por personas ancladas a un territorio, ciudadanos que no consideraron la posibilidad de una movilidad laboral o incluso esforzarse en el trabajo para poder progresar, una cultura basada en que alguien (llamémosle papá estado) ya les sacará las castañas del fuego. Gente con vidas condenadas a la ruina y a un futuro nada halagüeño, vidas que se tuercen y van por mal camino, vidas empobrecidas y anquilosadas. Vimos ya algo de esto en varias historias americanas, y resuena fuertemente lo que pudimos leer en el «El valle del óxido», de Philipp Meyer, ambientada en Pensilvania, estado contiguo a Ohio, donde se narra esta historia; son estados que forman parte del denominado «Cinturón del óxido», por su economía dedicada principalmente a la industria siderúrgica y manufacturera. Son estados donde se cree en el famoso Sueño americano, aunque se trate de un sueño cada vez más roto y menos dulce.

Para saber dónde estamos debemos conocer de dónde venimos y, poniéndonos en contexto histórico, el libro parte de la época post Segunda Guerra Mundial, una época con mucho por construir y grandes necesidades de, básicamente, dos tipos de recursos para ello: carbón y gente con ganas de trabajar. Y la región de los Apalaches tenía mucho de ambas cosas. Por ello, gran parte de la población de la región sur de las montañas migró a otras tierras. Los que se iban de esos pequeños pueblos y ciudades podían proveerse un buen futuro en el negocio de la construcción en aquellas zonas en auge; los que decidían no moverse se quedaban atrás, con un futuro muy difícil económicamente y, en consecuencia, degradando la calidad de vida de las ciudades y los pueblos.

Esta es la generación de los abuelos y también de los padres de Vance, y marcan el entorno social en el que nació y creció el autor, un entorno altamente empobrecido al que, juntamente a los problemas económicos, se sumaba un entorno familiar que ya era de por sí complicado, con un abuelo que volvía a casa borracho, con una abuela con un carácter muy violento y una madre de carácter muy difícil que, en su intento de buscar estabilidad familiar, equilibrio, y un referente masculino para los hijos, saltaba de relación en relación (casándose hasta cinco veces) y, con ello, un cambio continuo de hogar (con los problemas que conlleva en relación a la estabilidad). Nada apuntaba a que Vance tuviera el ambiente idóneo para labrar un futuro esperanzador.

La parte más interesante del libro, una vez conocido el contexto histórico y familiar del autor, es la fuerte carga social y política que Vance plasma en el libro, y la crítica a sus conciudadanos hillbillies. Una crítica surgida a partir de su entrada en el mercado laboral, que le descubre una realidad desconocida, pues se percata que, aunque parte de la clase obrera trabajaba muchísimo para salir adelante, una gran minoría se contentaba con el subsidio del paro. Esta situación de abandono laboral causó que aquellos que se rompían el espinazo para llevar un sueldo a casa vieran como otros vivían a cuesta de sus esfuerzos. Y esta situación generaba malestar, alimentando una nueva semilla que crecía en ellos y que, juntamente con los principios religiosos ampliamente difundidos en las familias de la zona, y ciertos problemas raciales, causaron que en menos de una generación los Apalaches pasaran de zona demócrata a republicana: la cultura del esfuerzo estaba desapareciendo y aquellos que trabajaban para salir adelante no estaban dispuestos a que otros vivieran a costa de ellos. Así, el autor de muestra crítico con la sociedad de una América que ha dejado que el desánimo haya arraigado en una tierra donde la lucha y el esfuerzo tiene recompensa. La sociedad ha caído en una especie de desilusión y gran parte de la clase trabajadora en declive culpa al gobierno (por permitir la deslocalización y aumentar el gasto social) y a la propia sociedad (por aprovecharse de ello) de la mala situación por la que pasan, promoviendo una mentalidad donde cada vez es más fácil mirar hacia otro lado y culpar a los demás de todo lo malo.

La mirada que presenta Vance es la de alguien quien, tras haber triunfado, critica en gran parte a sus conciudadanos hillbillies por su conformismo, del cual él supo desprenderse. Aún y así, su mirada, aunque crítica, no se excede ni abunda en la culpa, pues él es consciente de que, de no tener una familia que, pese a sus más y sus menos, sus problemas con las relaciones, las drogas, el alcohol, y muchos otros defectos, sí le ofreció un entorno donde se sintió querido; de otra manera, su vida hubiera sido muy diferente. Un empuje familiar que, añadido a la disciplina impuesta por el ejército, cambió el rumbo de una vida que estaba condenada a pasar por bastantes apuros.

Bien es cierto, y sería deshonesto no decirlo, que el libro es desigual, pues hay mucha narración autobiográfica y, en algunos momentos, un exceso de detalle de vida familiar que se hace algo monótono, aunque mejora superada la mitad del libro. Es probable que una reducción de la parte biográfica, por muy extrapolable que sea al resto de sus semejantes, hubiera mejorado el libro, pues es la parte crítica, más cercana al ensayo, donde el libro brinda su mayor potencial.

En cualquier caso, el libro es bastante recomendable, pues aporta un punto de vista muy interesante para comprender qué ha originado un cambio tan radical en la sociedad americana durante los últimos años. Así, el principal interés del libro radica en conocer, de primera mano, lo que provocó que mucha gente confiara en Trump para solucionar una situación económica sin muchos visos de solucionarse, si de la gente únicamente dependía. Y también es un canto a la lucha, a la inconformidad, al espíritu de superación, y un agradecimiento incondicional a todos aquellos que, formando parte de un entorno con sus propias dificultades, dieron el soporte, la ayuda y el empuje a que un niño con un futuro desalentador pudiera cumplir el famoso sueño americano. Vance es un ejemplo de aquello de lo que se vanagloria el país que describe: una tierra de oportunidades, para quien honestamente las busca.

jueves, 28 de junio de 2018

Éric Vuillard: El orden del día


Idioma original: francés 

Título original: L'ordre du jour 
Año de publicación: 2017 
Traducción: Javier Albiñana Serain 
Valoración: está bastante bien

Otro libro francés ganador del Goncourt (pardiez, ¿cuántos premios Goncourt da esta gente al año?) y otro libro francés que parte de algún hecho real, cómo no, para ir destejiendo, literariamente, la trama más o menos  que forma la urdimbre que es, este caso, la Historia. Esta vez no se trata de la biografía de alguno de esos nombres ya casi desconocidos que jalonan las enciclopedias (para la chavalería: unos librotes que había antes de existir la wikipedia), al estilo de Echenoz o Deville. Ni, mucho menos, esta sirve de excusa para la consabida autoficción, como a veces nos inflige el, y por otra parte, muy estimado por aquí, insigne Emmanuel Carrère. No: Vuillard se decide por recrear una serie de momentos clave o cuando menos "llamativamente ocultos" del ascenso de los nazis al poder en Alemania.

Para empezar, la reunión que el 20 de febrero de 1933 (unos días antes del incendio del Reichstag, recordemos) mantuvieron con el presidente, justamente, del Parlamento alemán, a la sazón Hermann Göring y con el canciller de Alemania, es decir, Adolf Hitler, veinticuatro dirigentes de las principales empresas alemanas -como algunas cuyo nombre quizás nos suenes. IG Farben, BASF, Bayer, Agfa, Opel, Siemens, Allianz o Telefunken-, y en la cual estos industriales se comprometieron a apoyar al partido nazi y realizaron suculentas donaciones para la siguiente campaña electoral. Por ejemplo, el simpático caballero de la foto de la cubierta del libro es Gustav Krupp, célebre empresario del acero que donó un millón de marcos a los nazis en aquella ocasión (luego se resarciría económicamente, por decirlo así, utilizando durante la guerra mano de obra esclava proporcionada por esos mismos nazi... entre ellos él, mismo, pues también se hizo miembro del partido). A cambio de este apoyo, Hitler y sus muchachos se comprometían no sólo a garantizar la estabilidad política, sino además, y sobre todo, acabar con la amenaza comunista y los molestos sindicatos. Un detallito, éste del apoyo del empresariado alemán al régimen nazi, que se suelen olvidar los iluminados ultraliberales que, hoy en día, propugnan que nazismo y fascismo, e incluso el propio franquismo, no fueron sino meras variantes del socialismo).

Ahora bien, en vez de seguir por esta senda abierta en los entresijos económicos del III Reich, como podría parecer, Vuillard nos ofrece a continuación un par de nuevas muestras de reuniones no demasiado aireadas y que fueron consolidando el poder del régimen nazi antes del estallido de la guerra: la visita a Alemania del Lord presidente del Consejo Británico, Lord Halifax, en noviembre de 1937, sobre todo, la fundamental reunión  de febrero de 1938 en el Berghof hitleriano entre el Führer alemán  y el dictador nacional católico de Austria, Kurt von Schuschnigg, en la que a éste le quedó clarinete la intención de aquel de anexionar para Alemania su, por otra parte, Austria natal. Este acontecimiento histórico, precisamente, el Anschluss sobre Austria, ocupa buena parte del libro -que tampoco es muy extenso: 140 página- y se nos explica con cierto detalle, desde sus pormenores más chuscos, como la incompetencia alemana para demostrar su poderío militar (luego le fueron cogiendo el tranquillo) o la comida en la que el Ministro de asuntos Exteriores alemán, Ribbentrop se dedicó a entretener a los mandatarios británicos para retrasar su reacción, a los más trágicos (la oleada de suicidios que acompañó esta anexión al Reich alemán).

Por no extenderme más: el libro, como se ve, va saltando de un momento a otro y aunque la intención final se vislumbra  bastante bien, el resultado es un tanto disperso y, sobre todo deja la impresión de una obra inacabada. De excelente factura, eso sí, pues Vuillard escribe muy bien, con ese estilo entre solemne y cercano que sólo saben ajustar los franceses, pero incompleta, como si se tratara de la puesta en limpio de una libreta de notas, pero faltaran otras dos  para completar el cuadro. Lo más interesante, aparte de la prosa de este autor, son los retratos que nos dejan de ciertos personajes, no los principales, sino otros que va mostrándonos en los frecuentes desvíos a un lado y otro del camino que sigue el libro (sea este el que sea): desde el pintor loco suizo Louis Soutter al compositor Bruckner, desde el nazi austríaco Seyss-Inquart al verdugo que lo mató en Nuremberg, John C. Woods. Y nos queda también una visión de la Historia y sus azares bastante desencantada y sobre todo, poco crédula con los grandes gestos, las grandes palabras, los sinos que nos parecen tan evidentes a posteriori y que en realidad, tal vez no fueran más que el resultado de una serie de torpezas, de cobardías y renuncias.... (a ver si nos aplicamos el cuento, que pintan bastos):

"Se abruma a la Historia, se pretende que ésta obliga a adoptar poses a los protagonistas de nuestros tormentos. No vemos nunca el dobladillo mugriento, el hule amarillento, la matriz del talonario, la mancha del café. Tan sólo mostramos el perfil amable de los acontecimientos (...)"

"Nunca se cae dos veces en el mismo abismo. Pero siempre se cae de la misma manera, con una mezcla de ridículo y de pavor (...)Y la Historia está ahí, diosa sensata, estatua erguida en medio de cualquier Plaza Mayor, y se le rinde tributo, una vez al año, con ramos secos de peonías, y a modo de propina, todos los días , con pan para la aves."

miércoles, 27 de junio de 2018

Simone Barillari (ed.): Nueva York, 08:45

Idioma original: inglés
Título original: New York, 08:45
Año de publicación: 2011
Traducción: Sara Álvarez Pérez
Valoración: muy recomendable (aunque perecedero)

Se dice en términos periodísticos que no hay nada más viejo que el diario de ayer. Una afirmación para afirmar la urgencia de la actualización. Igual hoy esto se diría de la web de un periódico si no actualiza su titular cada par de horas. El mundo de hoy es, y puede que éste no sea el lugar más adecuado para afirmarlo, un ente sobreinformado e hiperactualizado. Sabemos o tenemos la opción de saber sobre tantas cosas y en tantas versiones diferentes. Y la información ya no se procesa en binario en clave de derecha/izquierda. Ahora tiene todo tantos posibles sesgos como puntos de vista decidamos consultar, y puede decirse que solamente de la composición de esas diferentes perspectivas obtenemos algo asimilable a una visión objetiva.
Tanto rollo viene a cuento de algo que puede parecernos muy objetivo y a lo mejor no lo es tanto. La apreciación de que los aviones impactando contra las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001 (el primero a las 08:45, nos recuerda el título) es uno de los acontecimientos más destacados de la historia de la humanidad, al nivel, vuelvo atrás en el tiempo, de la caída del muro de Berlín, del asesinato de Luther King, del de Kennedy, de la invasión de Polonia por los nazis, de la Revolución Rusa, del atentado de Sarajevo. Seguramente esa afirmación tan tajante tenga que ver con la CNN, con la condición de hecho sucedido en suelo americano, con la presencia (entonces aún emergente) de Internet como rápido difusor de los hechos, con todo el aparato propagandistico inherente a la cultura USA. Quede claro que mi intención no es banalizar o relativizar. Más bien constatar que hasta en ese lúgubre ámbito del hecho terrorista lo norteamericano destaca por su sentido del espectáculo. Destacó entonces, claro, aunque eso solo fuera el disparo de salida de una carrera que parece no acabar nunca. Y la sofisticación y el perfeccionamiento aplicado por ISIS (insisto en el sentido estricto de mis palabras) solo es una adaptación a los tiempos. Usar las redes sociales es una mera adaptación a los tiempos. Uno puede divulgar recetas de gazpacho o decapitaciones. Los tiempos que corren.
Sorprende constatar, especialmente en los primeros reportajes del libro, como la sobreinformación actuó de forma efectiva. Todo el contenido nos es vagamente familiar. Porque se nos informó y porque esa información caló hondo. Las preparaciones del golpe, los terroristas instruyéndose en clases de vuelo, la infraestructura propia, la posterior histeria en los media y el calado en la sociedad del terror (objetivo cumplido de los terroristas, entonces) a las réplicas. Instauración de esa histeria como forma de ser y forma de reaccionar a todos los niveles, incluso antes de la proliferación de atentados por doquier, una realidad que hemos incorporado a la agenda. El libro en conjunto es, con la mencionada apreciación de que se trata de hechos archiconocidos, muy apreciable como confluencia de diferentes puntos de vista sobre un mismo hecho. Pero  me ha gustado especialmente su parte final. Las reacciones que genera uno de los capítulos clave en esta interminable letanía. La operación en la que Osama Bin Laden acana muerto y su cadáver es sumergido en el Océano para cumplimentar con la ley islámica a la vez que evitar su emplazamiento como mártir. Curiosos puntos de vista donde se debate virtualmente tanto sobre la legitimidad de que el líder de Al Qaeda muriera como de la conveniencia de esa alegría que inundó al pueblo americano, un pueblo herido que confundía justicia con venganza. Varios cortos artículo que vienen a representar una especie de pequeña lección sobre cómo acaban funcionando las sociedades como conjunto cuando una circunstancia las amenaza. 


martes, 26 de junio de 2018

Robert Aickman: Cuentos de lo extraño

Idioma original: Inglés 
Título original: Strange Stories
Traductor: Arturo Peral Santamaría  
Año de publicación: 2017
Valoración: Recomendable

Robert Aickman tiene un estilo inigualable. Su obra, admirada por autores de la talla de Neil Gaiman, regala una aproximación al género fantástico tan sofisticada como personal. En concreto, debo resaltar la capacidad de Aickman para generar atmósferas cargadas de elementos oníricos y simbólicos. También su destreza a la hora de desdibujar realidades.

Y es que, si algo tienen en común los relatos agrupados en Cuentos de lo extraño es, precisamente, su ambigüedad. Es posible que, en ocasiones, Cuentos de lo extraño exija bastante al lector, pero si éste se esfuerza, será generosamente recompensado. A fin de cuentas, esa capacidad de Aickman para desdibujar realidades de la que hablaba hace un momento impregna todas y cada una de las páginas de esta antología. Tramas sugerentes, prosa inaprehensible, protagonistas poco fiables, un elemento sobrenatural apenas definido, finales abiertos; todos estos detalles se confabulan en Cuentos de lo extraño para que el lector trastabille, para que su zona de confort se derrumbe frente a sus ojos. No en balde es rareza y estupor, además de una extraña fascinación, lo que despiertan estas narraciones. Y horror, claro, por qué negarlo.

Por cierto, respetaremos los deseos de su autor y enmarcaremos estas piezas dentro del subgénero de lo extraño, y no del terror, porque si bien es cierto que se benefician de las atmósferas y rasgos del terror, su finalidad no es la de estremecernos. No, al menos, de una forma tan directa como la que persigue el terror convencional.

Este volumen ha sido mi primera toma de contacto con Aickman. Tengo entendido que no agrupa sus mejores historias, pero, de todos modos, lo he disfrutado sobremanera. Los cuentos compilados en él tienen una calidad increíble, y sus argumentos son, salvo alguna excepción de la que hablaré en breve, de lo más originales y creativos. Además, los protagonistas de estas narraciones no son seres pasivos sumergidos en las circunstancias que los rodean, sino que ayudan a generarlas con su psique o su forma de ser; cosa que no siempre se encuentra uno en historias de corte fantástico, pero que, de estar presente, enriquece muchísimo las narración.

Y ahora hablemos de estas piezas una a una:

"El vinoso ponto" es, junto a "Nunca vayas a Venecia", uno de los relatos menos interesantes compilados en este volumen. Me recuerda, en cierto modo, a una novela de Arthur Machen que me decepcionó bastante, Un fragmento de vida. Cuenta la historia de Grigg, un extranjero que está visitando las costas griegas y acabará en una isla encantada junto a tres mujeres que dicen ser hechiceras.

"Los trenes" es, claramente, de lo mejor que se puede encontrar en esta antología. Su prosa es una delicia en registros narrativos, su atmósfera malrollera se enrosca a tu alrededor de forma insidiosa, el elemento sobrenatural (si es que existe de veras) está trabajado con sutilidad, y hay un par de giros de tuerca la mar de conseguidos. Setenta y tres páginas de auténtico goce.  

"Che gelida manina" va sobre un solitario traductor que, por azares del destino, se ve condenado a esperar las llamadas de una mujer. Breve pero intenso. También figura entre lo mejor de este volumen.

"La habitación interior" nos cuenta la historia de una niña a la que regalan una destartalada casa de muñecas en cuyo interior no puede interactuar, debido a que es inaccesible. Relato interesante, y muy bien construido, pero al que quizás sobra alguna página. Es de los más convencionales (todo lo convencional que pueda ser un relato weird, si acaso) del libro, pero no por ello se disfruta menos ese final excesivo.

"Nunca vayas a Venecia" es bastante flojo, el peor cuento de toda la antología. Uno lo lee y acaba con la impresión de que ya ha visto lo mismo con anterioridad. Eso sí, aunque el argumento de esta historia adolece de ser predecible y hasta cierto punto cliché, vale la pena conocer a su protagonista, el inusual Henry Fern; su excéntrica caracterización hace que acompañarle en sus peripecias sea la mar de divertido. Y otra cosa muy grata de la historia son la mordaces reflexiones que hace Aickman sobre la ciudad de Venecia, sus habitantes y el turismo. Si se lee este relato sin las altas expectativas que sus predecesores habrán instalado en nosotros, puede ser genuinamente entretenido.

"En las entrañas del bosque" es maravilloso, un claro ejemplo (otro más) de cómo juega Aickman con la sutileza, con el muestra, no cuentes, pero no te pases mostrando. Una mujer decide pasar unos días en lo que le parece un balneario de montaña del norte de Europa, rodeado por un vasto bosque. No tardará en percatarse de que el lugar en el que se encuentra es más bien un sanatorio habitado por personas de todas las latitudes aquejadas por una dolencia incurable: el insomnio.

En definitva, todas estas historias tienen un argumento no resolutivo, un misterio jamás explicado con firmeza, y ceden al lector la oportunidad de aportar su granito de arena. Depende de cada cual, pues, encontrar alguna respuesta en este caos de pistas dispersas que Aickman ha ido dejando a su paso. Manos a la obra.    

lunes, 25 de junio de 2018

Federico García Lorca: Bodas de sangre / Yerma

Idioma original: castellano
Año de publicación: 1933/1934
Valoración: Imprescindibles

Bodas de sangre, página 1, con la Madre y el Hijo en escena: tras diecinueve palabras de un diálogo escueto, la número veinte es ya ‘navaja’. Así que nada de prolegómenos para introducir al lector/espectador en el entorno, ni estrategias para despistar. Ni un minuto que perder: la tragedia ya asoma, sabemos que va a llegar; pero eso, lejos de atenuar la tensión, la aumenta.

Tomando pie tan solo en la palabra maldita, la madre deja brotar el rencor por la muerte de su marido y su otro hijo a manos de la familia rival, en uno de esos odios enconados, perpetuos, que pueblan los dramas rurales. Imaginamos a la madre como una mujer enlutada, reseca por el dolor pero con la mirada firme como un árbol que no puede ser derribado. El orgullo por su familia, por los hombres que perdió y por el hijo que aún conserva, le mantienen en pie y le convierten en la figura más admirable del reparto, cargando sobre sí el peso de la muerte, uno de los dos polos que hacen funcionar la obra. El Hijo anuncia su boda y de inmediato sabemos que la Novia tuvo relaciones con un tal Leonardo (el único personaje que tiene nombre), que naturalmente pertenece a la familia de los asesinos. 

Lorca no necesita de muchos parlamentos para dibujar cada personaje. Igual que el diálogo inicial, todas las intervenciones son cortantes, con un ritmo casi musical, y de una eficacia aplastante. Hasta el paisaje queda descrito con la misma economía: podemos sentir alrededor las tierras quemadas por el sol que se cobran caro el fruto que se les puede arrancar. El ambiente y el colorido recuerdan claramente al Romancero gitano publicado unos años antes. 

La boda sintetiza la evolución del estado emocional que recorre la obra. El ambiente festivo inicial se subraya con el ritual y las coplillas que cantan las vecinas, que subrayan el ambiente popular pero introducen también la chanza y la ironía y, en una función similar al coro clásico griego, guían los cambios de tono. De la poesía y los cánticos se vuelve gradualmente a la prosa, transición finísima, casi imperceptible, a través de una simple alteración de la métrica. Y ya nos adentramos en lo sombrío: la fiesta empieza a enturbiarse en torno a la Novia, que encarna el otro polo de la tragedia, el amor, la pasión que hace reventar el equilibrio.

El proceso hacia ese desenlace doloroso que desde el principio intuimos se acompaña de elementos simbólicos que hacen aún más tenebroso el tercer acto: la Luna, casi siempre tan presente en toda la obra de Lorca, la muerte misma materializada en una vieja mendiga. Porque obviamente esa pugna entre el amor y la muerte sólo puede resolverse en favor de esta última. No es ya que resurjan los viejos odios, es el cumplimiento de un destino inevitable. 

Los personajes son inmensos. El Hijo y su oponente Leonardo son brutales, simples, primitivos pero honestos. Sabiéndolo o no, son los instrumentos designados para el fin que se aproxima. La Novia, torturada por la pasión contra la que lucha, tiene también su contraste en la mujer de Leonardo, a la que por el contrario se ha impedido conocer el amor y es seguramente la más consciente del cuadro. Y, como decía al principio, la Madre, que es todo dolor y dignidad, testigo del terrible pasado y que intuye, igual que el lector, que antes o después, por uno u otro camino, volverá a correr la sangre.    

Si en Bodas de sangre la tragedia se deja ver en la vigésima palabra, en Yerma está ya en el título. Por no poder ser madre no es tampoco mujer, ni esposa, y ni siquiera merece un nombre. Yerma es su nombre, no tiene otro.

Yerma plantea otro elemento en esa disección que Lorca hace a lo largo de la ‘trilogía’ a los roles de hombre y mujer, el amor, los vínculos familiares y la muerte. En este caso lo hace a través de la perspectiva de la maternidad, aunque que no tanto como objeto de análisis en sí misma –como por ejemplo en La tía Tula, de Unamuno- sino como instrumento para presentar la posición social de la mujer. En este sentido, se puede decir que Yerma es un drama femenino, y más sutil que Bodas de sangre.

Yerma se ha casado con Juan, un campesino honrado que le quiere, y al que sólo le importan sus ovejas y vivir tranquilo. Pero Yerma sabe que su papel como mujer es darle hijos a Juan y, pasado el tiempo, los hijos no llegan. A Juan parece que le da lo mismo, pero ella tiene tan interiorizado que la maternidad es su siguiente etapa que no puede soportar la situación. Aquí tenemos de nuevo a los coros de lavanderas y vecinas que, combinando lo serio y la guasa, se encargan de caldear la situación, para la protagonista y para el espectador. Hay también personajes secundarios que aportan sus ingredientes, como la conmiseración de María, la joven que acaba de ser madre y se cuida de no provocar más dolor a Yerma. O la tenue y muy equívoca tentación que parece representar Víctor, un amigo de la infancia que aparece muy de vez en cuando sembrando la duda de una atracción no resuelta. Bueno, una vez más esos personajes grandiosos de Lorca, siempre delineados con maestría, llenos de matices.

Pero Yerma está completamente sola frente a su tragedia. Su vientre parece estar seco después de tres años, busca sin confianza remedios en viejas comadronas, ahoga el grito de su desesperación, pero no llega a rebelarse, aunque hay alguna voz que le apunta que no hay por qué resignarse a cumplir ese papel femenino de reproductora y guardesa del hogar. Pero en la conciencia de Yerma el dolor es más intelectual que emocional: no se localiza en el vacío del sentimiento maternal insatisfecho, sino en la incapacidad para desempeñar la tarea que la sociedad le encomienda. Yerma –como la Madre de Bodas de sangre- es todo dignidad, y su integridad le lleva a desechar la tentación, pero no puede evitar salir de casa porque necesita espacio, ver el mundo desde la perspectiva de persona y no del estereotipo de mujer que se le pide. La suya es una lucha interna entre el deber, que desea cumplir a toda costa, y un ansia íntima por hacer saltar las reglas. 

En fin, que aunque me haya extendido bastante más de lo habitual, todo esto y muchísimo más se podría decir de estas dos obras maestras que, junto con La casa de Bernarda Alba tan espléndidamente reseñada ayer, forman lo que habitualmente se conoce como Trilogía rural de Lorca. Sobre paisajes semejantes en los tres casos, en el centro del escenario siempre hay una descomunal figura de mujer-madre-matriarca cuya fortaleza no es obstáculo para que se ponga en cuestión se propio papel. Bernarda Alba es el mismo ojo del huracán; la Madre de Bodas de sangre es en su asimetría el corazón del conflicto; y a Yerma, en su no-maternidad, le podríamos asignar aquel famoso concepto del 'centro ausente'. Mujeres estratosféricas que llenan la escena y emocionan al lector con su sola presencia.

Y con esto queda medio maquillada una de esas cosas incomprensibles de este anárquico blog (aparte de que siga funcionando después de nueve años): la absoluta ausencia de la obra teatral del genio granadino. Así que deuda pagada… en parte.

Otras obras de Federico García Lorca en ULAD: Poeta en Nueva YorkRomancero gitanoLa casa de Bernarda Alba

domingo, 24 de junio de 2018

Federico García Lorca: La casa de Bernarda Alba

Idioma original: castellano
Año de publicación: 1945
aloración: Imprescindible



El 5 de junio se cumplieron 120 años del nacimiento de uno de nuestros grandes dramaturgos y poetas: Federico García Lorca. Y como en ULAD teníamos previstas las reseñas de algunas de sus obras más relevantes, hemos decidido publicarlas correlativamente a modo de mini-monográfico. Así que abróchense los cinturones que tanto hoy como mañana nos adentramos en la visión lorquiana del fenómeno andaluz (*). 

La casa de Bernarda Alba es la última obra que nos dejó este maravilloso autor y también la que hubiera podido iniciar una nueva etapa de madurez y depuración lírica de no haber sido fusilado —por sus ideas— durante la Guerra Civil Española. La obra, cuyo subtítulo es «Drama de mujeres en los pueblos de España», es todo un ejercicio de estilo sobre el retrato certero de la sociedad rural del sur. 

Resumen resumido: Bernarda Alba y sus cinco hijas regresan del funeral del padre tras el que la matriarca impone un encierro de luto riguroso de ocho años. La petición de la mano de la hija mayor —la ya ajada Angustias— por parte del joven y atractivo Pepe el Romano actuará como un revulsivo en los anhelos y emociones reprimidas de las cinco jóvenes mujeres. 

Basándome en mi experiencia como lectora, puedo asegurar que pocas veces ochenta míseras páginas alcanzan tantísima intensidad. Un estilo sin ornamentos y un conflicto universal perfectamente definido hacen que la tensión vaya in crescendo sin dar apenas tregua. Lorca tiene el control absoluto de la narración sin dejar nada al azar; todos los elementos, absolutamente todos, contribuyen a esa tensión:

  • La atmósfera; el encierro físico y todos los elementos que lo acompañan simbolizan y enfatizan la cerrazón emocional y psicológica. 
  • La simbología a partir de metáforas, detalles, contrastes, recordatorios… como la presencia continua de los colores blanco y el negro sugiriendo una pugna invisible y subyacente (paredes blancas, mantillas negras, caballo blanco, abanico negro o el vestido verde de la joven Adela —¿brote verde?— que deberá ser teñido de negro para el luto). 
  • Los diálogos y comentarios, lacónicos, secos… no hay disertaciones ni monólogos, solo acción pura y dura. 
  • El papel que desempeña Pepe el Romano, que —en lo que me parece un grandísimo acierto— no aparece físicamente en escena. El hecho de su sola existencia actúa como el revulsivo inevitable. 

Lorca era un hombre sensible, cultivado y de mente abierta, por lo que esa mirada cruda y despiadada sobre una realidad que conoce bien no es gratuita sino que es una mirada de denuncia hacia una sociedad machista —en la que, irónicamente, las primeras machistas son las propias mujeres—, así como hacia la cerrazón mental y la hipocresía generalizada. En relación a esto último, Lorca encuadra muy bien y desde el principio el conflicto de la obra: el individuo contra la sociedad; y utiliza ese conflicto para evidenciar cómo las comunidades pequeñas, cerradas y endogámicas aprisionan la libertad de los individuos bajo la feroz mirada de una colectividad que juzga sin compasión a falta de otros esparcimientos. Todos son víctimas del sistema viciado y enfermizo al que contribuyen y ello se refleja continuamente en la obra. Uno de tantos ejemplos es la conversación fortuita, que tiene Bernarda con una criada cuando esta le dice que su madre (la senil María Josefa) se ha escapado de su habitación y está rondando por el patio: 
Bernarda: Ve con ella y ten cuidado que no se acerque al pozo.
Criada: No tengas miedo que se tire.
Bernarda: No es por eso… pero desde aquel sitio las vecinas pueden verla desde su ventana.
En esta obra coral los personajes pivotan en un sistema solar regido por Bernarda Alba. Ella está en todas partes incluso cuando no está en escena, personifica la casa y el ahogo que sienten todos los que viven en ella  (el título, que bien podría haber sido Bernarda Alba o Las hijas de Bernarda Alba, sin embargo incluye la casa como elemento imprescindible de la acción, como si fuera un reino). Bernarda ejerce un control absoluto sobre sus hijas y lo justifica como el modo de protegerlas de lo que hay ahí afuera pero en realidad es la excusa para que su nombre no resulte manchado. Sin embargo, Bernarda no tiene reparos en mal hablar de cualquiera porque se considera superior a los demás y esa soberbia será su perdición. Por más minuciosa y astuta que sea, la ceguera de su arrogancia no le permitirá darse cuenta de que la sola existencia de un Pepe el Romano puede convertir su casa en una olla a presión a punto de estallar.

Con qué pocos elementos Lorca pone ante nuestros ojos a esta madre-bestia que no muestra ninguna debilidad ni se pierde en matices (blanco o negro): 

  • Mediante la relación con sus hijas, basada en la dominación y el miedo: «Magdalena, no llores; si quieres llorar te metes debajo de la cama. ¿Me has oído?» 
  • Mediante la relación con su madre, María Josefa. Una mujer con un temperamento muy distinto y que no queda claro si ha enloquecido por la edad o por las privaciones a las que ha sido sometida. De los reproches de María Josefa deducimos que Bernarda ha tenido ese temperamento desde la cuna, por lo que no es consecuencia de ninguna vivencia traumática que sirva para establecer un mínimo vínculo de empatía con el lector. Bernarda nunca ha sido joven. 
  • La relación con la Poncia, el ama de llaves, tal vez la más compleja y que más margen de interpretación ha dado. La Poncia aporta la visión sensata que el lector necesita escuchar aunque su lealtad hacia Bernarda no esté demasiado clara. Ella es la única que puede decirle según qué cosas a la matriarca aunque tenga que pagarlo escuchando sus agrias réplicas. 
  • Los gestos y expresiones de Bernarda no hacen más que redundar en su dureza y en sus valores: (Refiriéndose a una de sus hijas) «Esa sale a sus tías; blandas y untuosas y que ponían ojos de carnero al piropo de cualquier barberillo (…)» 

Pero si el conflicto general es el individuo contra la sociedad, el conflicto particular al que se enfrenta Bernarda es el encarnado por Pepe el Romano, que simboliza la liberación física y sexual. Este conflicto adquiere una dimensión casi abstracta, la pugna entre dos fuerzas opuestas (blanco y negro) entre las que se encuentran las cinco hijas que pasan a convertirse en simples daños colaterales. 

Ya para acabar, y con el permiso de los clásicos, si Shakespeare ha sido un magnífico constructor de arquetipos contemporáneos: los amantes (Romeo y Julieta), el loco (Hamlet), el celoso (Othelo)… para el caso de la matriarca, en el sentido más universal y extremo, Bernarda Alba no hay más que una. 


(*) Algunos consideran Bodas de sangre, Yerma y La casa de Bernarda Alba como una «trilogía trágica» y otros defienden que la trilogía no llegó a completarse y que La casa de Bernarda Alba forma parte de un ejercicio independiente al que Lorca ya insistió en calificar de drama. Los defensores de esta última postura añaden que las tres obras ilustran lo que se denomina el fenómeno andaluz, una sensibilidad autóctona que no se da con la misma intensidad en otra parte del mundo occidental.

Otras obras de Federico García Lorca en ULAD: Poeta en Nueva YorkRomancero gitanoBodas de sangre / Yerma

sábado, 23 de junio de 2018

Enrique Vila-Matas: El viento ligero en Parma


Idioma original: español
Año de publicación: 2008
Valoración: muy recomendable

Sábado del verano Occidental. Vayamos rapidito que hay que ir a la playa. Reseña breve y a volar.
Porque qué más puedo decir. Con excepciones señaladas (Bartleby y Compañía me pareció algo proclive a la espesura y Lejos de Veracruz excesivamente evanescente) todo lo que he leído de Vila-Matas me ha parecido excelente. Si fuera un poquito menos tímido y le diera por meterse en vericuetos socio-políticos ríete tú de Javier Marías. Bueno, y si escribiese para ese panfleto socialfakedemócrata llamado El País. Pero no lo hace, puede que lo haya hecho alguna vez y no voy a mirarlo (hay que ir a la playa), Vila-Matas dosifica su presencia en los medios y siempre que está presente lo hace con pretextos relacionados con lo literario.
Cómo se mueve el tío en ese contexto. Sí, argumentos no le faltarán a quienes se hastían de sus devaneos yoístas y de su manera de aparecer de una forma u otra en todos sus escritos. Pero si va a hacerlo como lo hizo en su  Dietario voluble o como lo hace en este compendio de artículos que hasta ayer yo ni conocía y resulta que Sexto Piso publicó hace una década, ahí estaré para leerle y empaparme de su prosa impoluta, de su enorme respeto a la gramática, de su legibilidad, de su conocimiento canónico de escritor tras escritor uno tras de otro, de su persistente tono irónico elegantemente oculto en cada frase y sobre todo en las autoreferentes. Aquí hay una veintena larga de pruebas con muy pocos resquicios. Quizás algún concepto en un artículo o una anécdota o una cita que vuelve a aparecer unas páginas más allá que puede ser unos años porque hay artículos aquí de distintas épocas y el hombre ha sido prolífico. De hecho uno de ellos es una curiosa retrospectiva que Vila-Matas hace su propia obra y que resulta ser tan estimulante del apetito. En ciertos artículos se entrega a disquisiciones sobre el proceso creativo relacionadas con algunas de sus obras. Siempre de forma amena, con una erudición natura y nada engreída. En otros recrea su cosmos de amistades literarias y sus viajes en distintas fases del proceso de inspiración (algunos en su búsqueda, otros supongo que disfrutando de sus merecidos royalties) y visita Mérida en Venezuela - fascinante pasaje de aires mannianos para alcanzar un hotel situado en los Andes, visita Parma, claro, pasea por Barcelona y habla de las aceras de la Diagonal, visita Lisboa - descomunal panegírico el le que dedica entre líneas - y menciona a autores favoritos y de su entorno (los mezcla al gusto) como Pérec, Gombrowitz, Pessoa, Villoro, Fresán, Cercas...y claro, cómo no iba a seducirme a mí... a Roberto Bolaño le dedica un par de artículos que algunos tildarán, obvio, de parciales y hasta de corporativistas, pero ahí están, generando frases para fajines y para ilustrar coloquios y demostrando a quien quiera la apuesta segura que es Vila-Matas a la hora de disfrutar de un escritor de tomo y lomo. 
Leo un día de estos El viaje vertical y lo juro que ya no reseño nada más aquí de él. 
(A partir de ese momento, seguiré leyéndole por puro placer, como deberíais hacer vosotros.)

viernes, 22 de junio de 2018

Miguel Ángel Hernández: El dolor de los demás

Idioma original: Español
Año de publicación: 2018
Valoración: Muy recomendable

En la Nochebuena del año 1995, el mejor amigo de Miguel Ángel Hernández mató a su hermana y se tiró por un barranco.

Este es el impactante comienzo de este libro y es, también, el punto de partida de un viaje de vuelta, el de Miguel Ángel Hernández, a unos años y a unos lugares que fueron escenario temporal y físico de la tragedia. Regresa Hernández a sus dieciocho años y regresa a esa huerta murciana de la que siempre quiso escapar, a ese lugar que, pese a su caracter semimítico y casi idealizado en ocasiones, encerraba un mundo pequeño, viejo, cerrado y claustrofóbico, un mundo de sexualidades reprimidas y llenas de pecado, remordimiento y culpa. 

Aunque por el párrafo anterior y por las primeras páginas del libro lo pueda parecer, este no es un libro del "yo-mi-me-conmigo". El autor, al más puro estilo de Emmanuel Carrère en “El adversario” (influencia admitida por parte de Hernández en las mismas páginas de “El dolor de los demás”), intercala lo personal con el objeto de la narración, aunando autobiografía, metaliteratura, pelín de ensayo y algo crónica casi periodística, pero él no es el protagonista principal del relato. Puede parecerlo en un primer momento, pero, a medida que avanza la narración, el centro se traslada del yo al ellos (o al nosotros, si queréis). Partiendo de unos hechos y unos recuerdos muy concretos que dan lugar al proceso de escritura de la novela, Hernández consigue salir del “circulo del yo” llevando el peso de la historia al daño y las heridas que se van reabriendo, tanto en él como en el resto de seres que pasan por el libro, a la par que avanza en la escritura de la novela.

Esa es una de las principales virtudes del libro: la capacidad del autor de no mirarse al ombligo y ser capaz de “descentrar”  la historia, de reescribirla y llevarla por caminos en los que lo principal viene a ser el paso del tiempo, la memoria y las dudas y preguntas que estos suscitan, tales como “¿Soy otra persona?”, “¿Soy el mismo?”, “¿Podemos recordar con cariño a quien ha cometido el peor de los crímenes?”, "¿Es legítimo hacerlo después de haber comprendido la parte del otro?” o “¿Es posible llevar flores a la tumba de un asesino?”. 

También me gustaría destacar el ritmo de la narración, que apenas decae en las casi trescientas páginas de las que consta la novela, gracias tanto a la propia estructura del libro como al lenguaje utilizado por el autor, y las más que interesantes reflexiones que el autor va intercalando sobre el lenguaje y la función de la escritura y la literatura.

Por último, y esto es algo que me suele pasar con la literatura en general, me resultan mucho más interesantes los libros capaces de convocar a los demonios que los que pretenden exorcizarlos. Este es uno de esos libros. Hacedme caso!

También de Miguel Ángel Hernández en ULAD: Intento de escapada

jueves, 21 de junio de 2018

Rutu Modan: Jamilti y otras historias

Idioma original: inglés 
Título original: Jamilti and Other Stories 
Año de publicación: entre 1998 y 2007 
Traducción: Lorenzo F. Díaz y Eulàlia Sariola 
Valoración: recomendable

No quisiera ser yo, precisamente, quien ahondase en la idea tópica y espero que ya casi desterrada de considerar el género de la historieta o lo que se conoce como "novela gráfica"  como algo de menor categoría que el de la narrativa tradicional en prosa (o verso, qué caramba). Pero es que leyendo este libro de la israelí Rutu Modan no he podido dejar de pensar que si se tratase de un libro de relatos "clásico", perfectamente se podría alinear junto a los de ....... (poner en la línea de puntos el nombre del cuentista favorito de cada cual... claro, siempre que no sea de Chéjov o alguien así). Se trata, en efecto de un volumen que contiene una serie de historias cortas, publicadas casi todas, entre 1998 y el 2007, por Actus Independt Comics, un colectivo alternativo editorial  y de dibujantes de cómics al que pertenece esta autora.

El libro está compuesto, ya digo, de siete historias, de variada temática argumental, aunque tienen en común, de forma más evidente o velada, la presencia de la familia como marco en el que se desarrollan -en menor medida, sin embargo, la última, Su mayor fan-; o, mejor dicho, el desencuentro o el encontronazo, con esa familia que condiciona el devenir de los personajes. En el relato que da título al libro, Jamilti y en El rey de las rosas, es la familia que aún no ha sido formada, de la que se podrían guardar las mejores esperanzas y que sin embargo ya auguran las peores decepciones antes de formarse. Cierto es que en El rey de las rosas la delirante historia oculta un poco también otra lectura más feminista de la misma. El primer relato, por su parte, supone una inmersión en la dura realidad de la zona, con el conflicto con los palestinos siempre presente.

El mismo transfondo bélico, en cierto modo, está presente en Vuelta a casa, que se desarrolla en un kibbutz junto a la playa, en el que un avión despierta la esperanza de un padre de volver a ver a su hijo. Los demás relatos, sin embargo, podrían estar ambientados csi en cualquier sitio del mundo; de hecho, El rey de las rosas lo está en la Europa de comienzos del siglo XX y el último del libro, Su mayor fan, en Sheffield, aunque cierto es que la "juidicidad" y sus variantes tiene mucho que ver con el desarrollo -especialmente irónico, hay que decir- de la historia. Las tres restantes, sin embargo, inciden más directamente en ese ambiente familiar que he mencionado, y más en concreto en las relaciones materno (y algo paterno)-filiales: las estupendas Bloqueo de energía y Lo pasado, que se desarrolla en un hotel de veraneo, y la sarcástica y hasta tronchante El asesino de las bragas, que va... pues de eso, de la caza de un asesino en serie que coloca ropa interior en la cabeza de sus víctimas.

En cuanto al estilo gráfico, el dibujo de Modan se caracteriza por una aparente sencillez, utilizando sobre todo líneas  curvas y formas redondeadas que le dan un toque expresionista, e incluso haciendo gala de un cierto feísmo, en algún momento. No obstante, también hay algún ejemplo de dibujo mucho más cuidado -o de apariencia de serlo-, en Su mayor fan (similar al de uno de los cómics más conocidos de esta autora, La cena con la reina), con un estilo que casi se aproxima a la clásica "línea clara" y que nos permite ver sin lugar a dudas que el trazo descuidado de otras ocasiones es una elección estética y hasta un recurso narrativo, más que una carencia.


miércoles, 20 de junio de 2018

Wajdi Mouawad: Bosques (La sangre de las promesas)

Idioma original: francés
Título original: Forêts
Traducción: Eladio de Pablo (edición en castellano), Cristina Genebat (edición en catalán)
Año de publicación: 2006
Valoración: bastante recomendable

En esta obra teatral, tercer volumen que compone «La sangre de las promesas», Wajdi Mouawad sigue haciendo hincapié en los orígenes, las raíces familiares, el pasado y la tragedia. Y es que la búsqueda de la identidad es un tema nuclear en las obras de Mouawad que componen esta tetralogía.

De forma similar a «Litoral» o «Incendios» (obras anteriores a la que ahora nos ocupa), el autor va directo al grano en su inicio, partiendo de un hecho clave para, a partir de ahí, desgranar una compleja historia familiar, recorriendo la vida de sus miembros pertenecientes a diferentes generaciones. En la que probablemente sea la obra más ambiciosa de Mouawad, principalmente por su compleja estructura, el autor nos presenta un relato donde la acción se va alternando entre varios momentos temporales para recorrer una genealogía de evolución algo truculenta, como no puede ser de otra manera hablando de Mouawad.

Así pues, la obra empieza con la celebración de una fiesta en la que Aimée (protagonista central del libro) aprovecha para anunciar a su círculo de amigos que está embarazada. En medio de la celebración, Aimée sufre un ataque epiléptico durante el cual recrea situaciones y menciona nombres que nadie de los presentes conoce y que pertenecen a momentos muy anteriores a su propia vida. Ya en la consulta del doctor, se analiza la causa de sus ataques y obtienen un diagnóstico nada común de su enfermedad que será el desencadenante de la historia. Y ya no os cuento más para no dar más detalles sobre su argumento.

Con este planteamiento, Mouawad teje una historia de tragedias, de crueldades, de tristeza y soledad, de sentimientos apasionados hasta rozar la locura y la obsesión, no únicamente en lo tocante a los aspectos sentimentales sino también en lo referente a la concepción de la vida y la sociología. Asimismo, el autor se sirve de la presencia de múltiples personajes de diferentes momentos históricos para hacernos testigos de las épocas más relevantes de la historia de Europa del siglo XX. Así, la historia transcurre por la primera guerra mundial, la ocupación nazi, la caída del muro de Berlín... de manera que la narración permite al autor hacernos partícipes de una serie de hechos históricos, ofreciendo un canal al autor para mostrar aquello que las personas albergan en su fuero interno, en su yo más íntimo (y despiadado a veces), llevándolas al extremo hasta encontrar el núcleo de lo que conforma la psicología humana.

Estructuralmente, hay cierto aspecto que, a mi entender, no hace que esta obra sea completamente redonda: se plantean demasiadas alternancias temporales, con sus respectivos protagonistas, que provocan algo de confusión al lector a pesar del intento de su autor en repetir varias veces, durante la narración, la línea sucesoria. Siendo así, no sería una mala idea para quién lea la obra anotar los personajes clave y echar mano de vez en cuanto a esas anotaciones, para poder encajar la historia y asegurar su comprensión y coherencia. Aparte de este aspecto, consecuencia de una obra tan ambiciosa, el relato consigue mantener al lector completamente atrapado, especialmente superada la primera mitad, con una historia que coge impulso con la fuerza con la que el autor nos tiene acostumbrados. Es a partir de ahí cuando aparecen los personajes más potentes, más oscuros y sórdidos, más cercanos a esa parte inhumana que también habita en las personas. Es en estos paisajes casi claustrofóbicos del bosque donde Mouawad nos permite ver su visión más trágica de la humanidad, formada por una sociedad donde las intenciones no siempre son tan nobles como parecen, donde los mundos, cuando son cerrados, limitan las posibilidades de conseguir algo mejor.

Tristeza, dolor, pesar, abandono, miedo, impacto, son algunos de los grandes temas que encontramos en esta obra teatral, llena de tragedia, pero también de amor a la familia, de amistad y perdón, de tolerancia y reconciliación ... todos estos elementos son tratados por el autor elaborando una obra que te mantiene atrapado hasta el final, un texto en la que Mouwad te ofrece una mano tendida para que lo acompañes en la historia, mientras te agarra el corazón con la otra para que no la sueltes. Extremadamente sensible y profundo en sus obras, Mouawad siempre causa impacto al tratar la tragedia existente en la condición humana, pero, a la vez, acostumbra a dejar un espacio, a veces pequeño pero siempre presente, a la esperanza.

También de Mouawad en ULAD: Ánima, Litoral, Incendios

martes, 19 de junio de 2018

Joan Lindsay: Picnic en Hanging Rock

Idioma original: Inglés 
Título original: Picnic at Hanging Rock 
Traductor: Pilar Adón 
Año de publicación: 1967
Valoración: Imprescindible

Las alumnas del colegio femenino Appleyard están de picnic el día de San Valentín de 1900 en Hanging Rock, una formación rocosa situada al sur de Australia. Esta bucólica estampa se resquebraja cuando desaparecen tres de las chicas y una de las profesoras que las acompañaba. Todo intento de búsqueda es infructuoso, y las pocas pistas que los investigadores tienen sólo consiguen ensanchar todavía más el misterio que rodea al caso.

Con esta premisa, Joan Lindsay elabora una novela que confundió a todos sus lectores por igual. ¿Acaso los eventos retratados en estas páginas sucedieron realmente? Podría ser: a fin de cuentas, el propio texto se autodefine como una “crónica” del Misterio del Colegio. Por otro lado, ¿qué sucedió con las desaparecidas? ¿Se extraviaron? ¿Las secuestraron o asesinaron? ¿Quizás hubo agentes sobrenaturales implicados en el asunto? Todas estas dudas son comprensibles, dada la naturaleza ambigua del libro al que nos enfrentamos. Incluso la propia autora se dedicó a marear la perdiz; en las entrevistas que concedía nunca respondía con claridad, probablemente encantada con el desconcierto ocasionado.

Personalmente, me ha fascinado esta ambigüedad que las páginas de Picnic en Hanging Rock supuran. Aunque el misterio que rebosa la novela no es nada complaciente, está dosificado con tanta inteligencia que su cualidad inaprensible jamás supone un problema. Lindsay no se recrea en dicho misterio, simplemente lo deja intuir e inmediatamente después se pone a hablar de cómo cambia la vida a varios personajes. Sobre todo, la de Sara, amiga de una de las estudiantes desaparecidas, la de Mike, un aristócrata de procedencia británica, y la de la directora del colegio Appleyard; pero ya iremos a eso. En definitiva, el enigma inescrutable de Picnic en Hanging Rock, así como el final abierto de la historiano frustran al lector, porque lejos están de ser el enfoque principal del libro. Al fin y al cabo, no nos hallamos ante una novela de misterio, si no ante un libro sobre el misterio. Es por eso que, por tentador que sea, en ningún momento debemos enmarcar esta novela gótica dentro del género de terror. Al menos, dentro del terror al uso. Y es que Picnic en Hanging Rock es más desasosegante que terrorífica. 

La exploración de lo desconocido y sus consecuencias en los seres humanos no es, sin embargo, el único interés del libro. Picnic en Hanging Rock también nos propone interpretaciones sobre otros temas. Por ejemplo, la convivencia de binarios antagónicos, plasmada en la diferencia que existe entre el colegio femenino Appleyard y la naturaleza. Desarrollemos un poco más esta lectura. Appleyard y su directora representan la disciplina, el orden y el raciocinio, mientras que Hanging Rock simboliza lo anárquico e imprevisible. En otras palabras, el caos absoluto. No en balde, el tiempo pierde su cualidad reguladora en la formación rocosa, y, como ya hemos adelantado, hay personas que cambian drásticamente por culpa de la influencia de ese lugar.

Ahora quedémonos un momento en el cambio que Hanging Rock (o, más bien dicho, la desaparición que allí sucede) impone a dos de los protagonistas de la novela. Podríamos empezar hablando de la transformación que sufre la directora. Su compostura se ve puesta a prueba tras el fatídico San Valentín, al ser acosada constantemente por los medios de comunicación, los familiares de las desaparecidas o sus propios trabajadores. Así, esa mujer comedida se va tornando en un ser nervioso que acaba por caer en el alcoholismo. Las desapariciones también sirven de catalizador para Mike, un joven que estaba en Hanging Rock al mismo tiempo que transcurría el picnic. A lo largo de esta historia lo veremos madurar como persona, de un modo oscuro e irreparable. Repito: el caos.

Como se habrá podido entrever, este es un relato sugestivo y evocador. Sexualidad, madurez, civilización... Estos son solamente algunos de los temas a los que nos remite. Me detengo aquí porque no me veo capacitado para seguir analizando las capas y capas que envuelven este texto; con tal de despertar todavía más vuestra curiosidad, me limitaré a añadir que en él también se puede entrever una meditación sobre la independencia de Australia y la lucha de clases. De modo que por trasfondo que no quede. 

Por cierto, la parte formal de Picnic en Hanging Rock no se queda a la zaga con respecto al contenido. La prosa de la que hace gala Lindsay es excelente. Elegante y sofisticada, aunque sencilla. Ágil, pero nunca superficial. Además, la narración está regada de frases lapidarias y un humor irónico y refinado que se usa puntualmente para hacer algo de crítica social. Una auténtica delicia, vamos.

Y sobre la editorial que recupera esta obra de culto, Impedimenta, decir que nos ha entregado un producto con el intachable acabado al que nos tiene acostumbrados. Una cubierta espectacular y motivos ornamentales a color, compuestos por graciosas volutas, son dos de las muchas sorpresas que nos deparan estas páginas. Por si fuera poco, la editorial ha tenido el buen tino de omitir una versión de Picnic en Hanging Rock con un final del todo decepcionante. Porque sí, hay una versión de esta obra que la acercaba al thriller paranormal. No sé qué sobre el "dream time" de los aborígenes, un fenómeno espacio-temporal que detiene las agujas del reloj y difumina la realidad. O sea, un completo despropósito, si lo comparas con este otro resultado, en que nadie es capaz de ofrecer una explicación remotamente convincente al Misterio del Colegio... Ni falta que hace. 

Dice Miguel Cane, en una magnífica “Introducción”, que hay dos tipos de lector potencial para Picnic en Hanging Rock: “el que sabe dónde se adentra” y el “inocente que llega a  este paraje sin imaginar las consecuencias”. Yo pertenecía al segundo tipo. Bueno, miento. En realidad, algo sabía de esta extraña obra antes de empezar a leerla. Había oído que era una novela de culto, que la historia entremezclaba la realidad y la ficción, que su adaptación cinematográfica había sido un tremendo éxito (como lo será, probablemente, la serie, estrenada este mismo mes en España). O sea, que ya sabía algunas cosas sobre Picnic en Hanging Rock.

Pero creedme cuando os digo que esta información apenas te sirve una vez empiezas a ascender por la empinada ladera de Hanging Rock. La mochila pesa, y debes despojarte de ella. Además, total, para qué la necesitas: no te aporta nada. A tu alrededor, todo es distinto a lo que podías esperar. Nada podría, ni podrá, prevenirte de lo que tiene que suceder. Debes experimentarlo por ti mismo.  

Y dejad que os dé un aviso: este libro es de los que dejan una huella indeleble en el lector. Ya nunca se podrá acudir virgen a esta obra, que te marca como si de un tatuaje se tratara. Para bien (en cada reelectura, uno puede buscar nuevas interpretaciones de forma más consicente) y para mal (se pierde el factor sorpresa, tan agradecido). ¡Así que todos a leer Picnic en Hanging Rock ya mismo! Prometido: depara todo tipo de placeres a los lectores más exquisitos.   

lunes, 18 de junio de 2018

Julián Rodríguez: Novelas (2001-2015)

Idioma original: español
Año de publicación: 2015
Valoración: entre recomendable y muy recomendable

Julián Rodríguez tiene fama, por lo menos entre algunos lectores, de joya escondida. No es un autor conocido por el gran público, por no tener no tiene ni página de Wikipedia, pero sí tiene lectores fieles y admiradores devotos. Es, además, el editor de Periférica, que nos ha dado unas cuantas sorpresas en los últimos años (la última, reseñada aquí, los diarios de la misteriosa Mary Ann Clark Bremer). Lo cierto es que como escritor su obra es bastante reducida: los poemas y relatos reunidos en Antecedentes (2010), los volúmenes autobiográficos Unas vacaciones baratas en la miseria de los demás (2004) y Cultivos (2008), y las cinco novelas que se incluyen en este volumen: Lo improbable, La sombra y la penumbra, Ninguna necesidad, Santos que yo te pinte y Las formas que buscan el cristal.

Aunque, claro, hay que hacer una matización: cuando Julián Rodríguez habla de "novelas" lo hace en el sentido clásico, el de nouvelle o novella, igual que en las Novelas ejemplares de Cervantes. Cada una de las "novelas" ocupa unas ochenta páginas, algunas de ellas menos todavía, y casi todas tienen argumentos relativamente simples, casi insignificante. En Lo improbable se nos presentan las aventuras, fundamentalmente amorosas, de un conjunto de jóvenes que se cruzan y entrecruzan por Europa; La sombra y la penumbra cuenta tres historias que transcurren en la tensión entre lo urbano y lo rural; en Ninguna necesidad el protagonista viaja a Portugal para reflexionar sobre la muerte de un ser qerido (y para huir de ella); Santos que yo te pinte es un largo monólogo de amor y desamor; por último, Las formas que buscan el cristal es otro monólogo interior que transcurre por diversos territorios y temas, pero sobre todo por Tierra del Fuego y Ushuaia.

La verdad es que lo que las novelas cuentan no es, no parece ser, lo más importante; lo más importante es cómo lo cuentan. "La reescritura es para mí tan importante como la escritura", dice el autor en el prólogo, y ese cuidado por el detalle de la prosa se nota en un estilo impresionista o minimalista, a veces elíptico y otras alambicado. No cabe duda de que Julián Rodríguez mima sus textos como piezas de orfebrería (y a veces incluye en ella joyas ajenas: poemas, cartas, textos de otras manos que integra en su discurso). Copio a continuación, a modo de ejemplo, un capítulo de Lo improbable:

GANSOS
Parejas de gansos salvajes del Canadá. De eso le hablaba a Teresa. Si uno de ellos moría, el otro ya no podía vivir. Se volvía loco. Volaba sin rumbo, a la desesperada. Para encontrar la muerte. Todo lo que tengo por compañía son las dos mitades de mi corazón, recordó.
Gansos de cabeza y cuello blancos. Nacidos de la nieve. En muchos cuentos populares de Alaska son los hijos del primer dios. Los llaman "emperadores". Pero sobre su cabeza no volaban los hijos del dios. Eran golondrinas. Golondrinas que construían sus nidos bajo las tejas de la catedral.

No todas las novelas me han parecido igual de logradas; algunas me resultan demasiado esotéricas y oscuras (en particular Santos que yo te pinte o Las formas que buscan el cristal); en cambio, aquellas que son más propiamente narrativas, como Lo improbable, Ninguna necesidad o La sombra y la penunbra (en ese orden de preferencia) me han parecido más que notables, por su combinación de relato e impresión poética, de introspección y collage. Y creo que la longitud de estas "novelas cortas" resulta ideal, porque un estilo tan detallista es difícil de sostener durante demasiadas páginas, sin cansar al lector (y al autor, probablemente).

Algo que me ha gustado menos es el hecho de que el autor insista en explicarse en forma de notas, prólogos o epílogos, en que no solo apunta las fuentes de los textos, o los agradecimientos debidos, sino también, a veces, apunta a interpretaciones o lecturas. Personalmente creo que el autor debe hablar a través de sus textos; y que una vez entregados los textos al lector, debe dejarlo hacer, sin intentar tutelarlo en el proceso de lectura. Pero bueno, esto es solo una opinión. Como todo lo demás, en el fondo.

domingo, 17 de junio de 2018

Colaboración: Juan Ignacio Colil Abricot: Un abismo sin música ni luz


Idioma original: español

Año de publicación: 2017
Valoración: bastante recomendable

Juan Ignacio Colil Abricot es un autor chileno que está en plena creatividad. Desde el año 2003 viene publicando periódicamente y sus obras han ganado diversos certámenes literarios en nuestro país. No tiene la repercusión que tienen otros autores de nuestra larga y angosta tierra porque es un escritor alejado del mundillo literario chileno y de las estridencias comunicacionales. Lo suyo es un trabajo constante y silencioso, que poco a poco está dando frutos, incluso más allá de nuestras fronteras. El año 2016 fue especialmente exitoso en su carrera literaria, siendo premiado en Córdoba, Argentina, con su libro, Los muertos pueden esperar y en el certamen organizado por la librería Cosecha Roja y JPM Ediciones en Valencia, España, con Un abismo sin música ni luz, novela editada solo en España. ¿Cuántos autores pueden ostentar premios internacionales en un mismo año con novelas inéditas?
El relato de Un abismo sin música ni luz, toma prestado el título de una canción, que aparece en el epígrafe, de la incombustible Violeta Parra, Runrun se fue pal norte, que no solo es una letra escogida al azar, sino que también nos pone en la pista de lo que sucederá dentro del relato. La narración se enmarca dentro de la gran tradición de la Novela Negra, por tanto, a medida que transcurre la narración, uno empieza a reconocer elementos sustanciales a este tipo de relato: un crimen, un detective que comienza una investigación informal y hechos que van develando el lado oscuro de la sociedad. El relato no decepciona en este aspecto, pues se rige por los parámetros que uno espera de este tipo de narraciones.  Sin embargo, el cómo se cuenta el relato sorprende: está contado en 66 fragmentos, sin un narrador que unifique las historias. Los fragmentos no parecen desarrollarse lógicamente, ya sea causal o consecutivamente, sino que dan saltos temporales y cambia de personajes y lugar.  Dentro de los fragmentos, tampoco existe un narrador que vaya presentándonos en qué tiempo y dónde van ocurriendo los hechos. Pareciera que el “autor” solo recogió cápsulas olvidadas en el tiempo y las juntó sin ningún orden. Avanzado el relato, se intuye un desarrollo paralelo de varias historias en distintos momentos: se va armando un puzzle, al igual que lo hacen los investigadores. En un principio cuesta juntar las piezas, pero una vez que se van uniendo, va emergiendo la historia. 
Y, ¿qué vamos encontrando? Un crimen ocurrido en Caldera, en la costa del norte de Chile, es investigado por Trevor Ortiz. Poco a poco las líneas investigativas lo conectan con otro crimen ocurrido años atrás, en plena Dictadura chilena, en la ciudad de Copiapó, cercana a Caldera. Así empiezan a desfilar en las páginas asesinatos, mentiras, secretos, traiciones y personajes de diversa calaña. La narración va discurriendo de manera coral hacia una historia densa, de variadas capas, e increíblemente abyecta.
La prosa del relato es, en apariencia, simple y precisa, por lo que no interrumpe el ritmo de la trama. No hay descripciones muy complejas o disquisiciones filosóficas o morales. En algunos momentos, la brutalidad de ciertos pasajes realza la tensión del momento.Las palabras que más quedan resonando en este mosaico de narraciones, son las que aluden al derrumbe (moral o literal) en el que van cayendo los personajes: un profundo “abismo” del cual no pueden escapar ni culpables ni inocentes. Por otro lado, los diálogos son ágiles y, además, los pilares de la historia. Como lector, uno se acostumbra lentamente al ritmo, las formas  y las obsesiones de cada personaje. Gran mérito de Juan Colil, el manejar distintos tonos lingüísticos y hacerlos creíbles.
En suma, la novela, Un abismo sin música ni luz, no es un relato sencillo, sino que es un gran rompecabezas que desafía al lector. Asimismo, es una gran metáfora del Chile de hoy, un país fracturado (o fragmentado) moralmente; de una sociedad que trata de olvidar a la fuerza, dado que si se  bucea un poco en el pasado, el infierno aparece de las maneras más horribles. Palabras a parte para el hecho real que sirve de inspiración a la novela: el brutal asesinato en Dictadura de Gloria Stockle. Solo después de casi tres décadas se pudo condenar a los principales culpables.  Los detalles pueden buscarlos en internet o en libros que se hicieron sobre tan cruel muerte. Algunas veces la realidad nos golpea sin ninguna contemplación.

Colabora: Cristian Uribe

sábado, 16 de junio de 2018

Emil Cioran: Breviario de podredumbre

Idioma original: francés
Título original: Précis de décomposition
Traducción: Fernando Savater
Año de publicación: 1949
Valoración: Inclasificable


Veamos. Emil Cioran, rumano, hijo de un sacerdote ortodoxo, nacido en un pequeño pueblo de Transilvania. En una época simpatiza con el nazismo, aunque tampoco está muy claro, y posteriormente parece que se arrepiente. Insomne perdido y seguidor lejano de Nietzsche, se le ve deambular solo, con una vieja gabardina y aspecto desgarbado, por el Barrio Latino de París. De joven tiene el aspecto (uuuhhh, ya estamos) de un peligroso fanático, aunque no es fácil determinar de qué tipo y, ya más entrado en años, adquiere rasgos soviéticos como de ideólogo del Gulag. Es autor de obras con títulos como En las cimas de la desesperación, Silogismos de la amargura, o Del inconveniente de haber nacido, además de este Breviario de podredumbre que intentaré comentar. Qué, ¿nos atrevemos? 

Desde el primer momento tuve claro que iba a ser muy difícil valorar este libro, ni tan siquiera situarlo correctamente. A lo que más se parece es a un libro de filosofía, pero carece de una estructura lógica y no se puede decir que defienda exactamente una hipótesis. Es decir, no es un ensayo en el que se quiera demostrar nada, sino una colección de aforismos, reflexiones que no pretenden constituir una argumento y, más que en torno a una idea, parecen girar sobre una especie de corriente formada por elementos tan reconfortantes como escepticismo, hastío, desesperanza, pereza, asco, cinismo, soledad, pesimismo, vacío, sufrimiento. Un buen cóctel. Pero, aunque Emil no parece tener intención alguna de formular ese pensamiento lineal y coherente, a efectos informativos intentaré extraer algunas de las ideas que expone.

Vaya, las ideas son justo el primer blanco hacia el que este peculiarísimo autor dirige sus flechas. No nos dejemos engañar por el epígrafe que abre el libro ‘Contra el fanatismo’: aunque parece que viene un alegato por la tolerancia y la democracia, Cioran juega en otra liga. El fanatismo es execrable porque (y quizá solo porque) las ideas lo son en sí, y especialmente si se formulan como una certeza. Toda idea es aborrecible, como lo son el pensamiento y la acción. La existencia resulta intolerable, partiendo del hecho mismo de haber nacido: ‘No avergonzarse de respirar es una canallada’, así de claro. Por tanto todo aquello que suponga una reafirmación de la existencia resulta tanto más repulsivo cuanto más intenso sea. De ahí el rechazo a todo lo que no sea la insignificancia, la duda, la enfermedad, dejar el planeta como estaba al llegar. Más o menos que lo que hacía el propio Emil: nada. Salvo escribir, claro.

Si con todo ello concluimos que la vida no tiene sentido, podemos sentirnos cerca de cierto existencialismo, pero Cioran van bastante más allá. Una de sus peculiaridades es que no ofrece ninguna salida, todo lo que no sea vegetar es en sí mismo rechazable, incluida la poesía o por supuesto la religión. De ahí que haya quien sostiene que Cioran fue promocionado para desactivar a los levantiscos de mayo del 68 (realmente, estuvo de moda en los 70 y parte de los 80). Vamos, me atrevo a asegurar que quien no haya leído a este señor no sabe lo que es de verdad el nihilismo.

Y cabe también preguntarse, si la existencia resulta así de insoportable, por qué este hombre se fue al otro barrio de muerte natural a los 84 años. ¿Y el suicidio? Pues resulta que es realmente el único consuelo, pero no su ejecución, sino la posibilidad de llevarlo a cabo. Mantener ese grado de libertad suprema para disponer de sí mismo en cualquier momento y de cualquier forma es el único y gran tesoro de que disponemos, lo que nos sostiene en medio de ese marasmo de corrupción y vergüenza.

Es bastante agotador ¿no? A lo largo de ese discurso en general bastante caótico, empapado en buenas dosis de erudición pero prácticamente sin apoyo en ninguna argumentación lógica, y cayendo en algunas notables contradicciones, a veces se desliza Cioran hacia un lenguaje ligeramente poético. Y en torno a la poesía aparece justamente una de esas contradicciones, porque a veces pondera su pureza frente a lo que es obra del pensamiento, es decir, la filosofía, de la que él mismo procede. Con lo cual se podría concluir que buena parte de sus reflexiones son una rebelión furiosa contra sus propios orígenes, o tal vez hacia ese mundo de la filosofía que nunca le aceptó de buen grado.

Ya bastante avanzado el libro, creo que es en la última de las seis partes en que se divide cuando el autor rumano parece abrirnos un poco el corazón, introduce sensaciones muy personales y llega, como sin pretenderlo, a un punto importante: el insomnio. Aquí muestra una especie de desesperación porque sus horas de vigilia parecen infinitas, y quiere enfatizar la profundidad de la noche como origen de muchas de sus reflexiones. Y uno –que en eso del insomnio tiene también cierta experiencia- se pregunta si toda la devastación que nos es presentada, repetida y reinterpretada no será sino la consecuencia de esas horas interminables que, sin quererlo y aun rechazándolo, se llenan de ideas casi siempre arrebatadas y muchas veces destructivas.  Y, en lo que parece la culminación de algún tipo de delirio, termina Cioran por decir algo bastante terrible: ‘Por haber querido ser un sabio como nunca hubo otro, sólo he sido un loco entre otros locos’. Ostras, hasta un poco de pena da el hombre ¿no hubiera sido mejor relajarse con unos somníferos? 

Con su explosividad y su desorden, el libro, aunque tiene pasajes más asequibles, resulta extremadamente denso. Al lector de a pie –categoría en la que por supuesto me incluyo- le llevaría horas incontables intentar desentrañar con mucho más detalle la mayoría de las afirmaciones de Cioran, y eso que el libro es bastante breve. Podría ser un interesante ejercicio intelectual pero, como lector, tampoco me atrevería a decir que merezca la pena.

viernes, 15 de junio de 2018

Patti Smith: M Train

Idioma original: inglés
Título original: M Train
Año de publicación: 2015
Traducción: Aurora Echevarría
Valoración: muy recomendable

Pues no: ni es domingo ni en Un disco a la semana os vais a encontrar reseñado Horses o Radio Ethiopia. De hecho, debo confesar que Patti Smith nunca ha sido una artista que haya venerado en exceso. De hecho siempre recuerdo que su canción más célebre (Because the night) ni siquiera era su composición, sino la de Bruce Springsteen.
Pero insisto: tampoco busquéis una etiqueta de esas que suelo poner para horror de muchos. Libros sobre música. No. Tampoco. De hecho, las palabras canción y disco y guitarra y concierto ni siquiera aparecen en momentos memorables de este libro. Uno sabe que la autora es una artista conocida y una musa del rock'n'roll porque es algo que todos sabemos y porque existen las radios y porque en un párrafo del libro habla de un par de cheques de royalties como contenido del buzón que un día mira y quizás porque tenga curiosidad por saber cómo una persona que viaja tanto por el mundo se gana la vida. Sí, esa es la eximia mención que Patti Smith se permite a la profesión o forma de vida que la ha hecho famosa. Puedes preguntarte si sin ese sustento y esa celebridad Patti Smith hubiera publicado sus libros o no y si el discurrir de su existencia, de haber sido otra, una oficinista o una enfermera o una abogada, hubiera dado para generar estos textos.
Puedes preguntarte eso y responderte con cualquier cosa.
Pero que no te haga ignorar este texto. Porque Patti Smith hace buena una frase que he leído hace apenas unas horas, y que creo (pero no voy a buscar ese Tweet) que ha pronunciado Javier Cercas (al que admiro tanto como a veces disiento): Nadie lee tantos libros si no piensa escribir uno. Touché. Patti Smith es, entonces, se yergue en función de lo que aquí he experimentado, tan escritora como músico. Como mínimo, y teniendo en cuenta que también hay que contar con las letras de sus canciones y eso haría decantar la balanza (un poquito: tampoco le darán el Nobel como a Dylan, aunque ahora yo prefiero los Novel).
Entonces eso: Patti Smith escribe y este libro es un fragmento de sus memorias y aquí ya he tenido estos días alguna polémica más o menos encendida sobre el tema de la literatura del yo, cuando resulta que yo sí me esperaba un libro sobre música y sí tenía en mente (de hecho, llevo unos días escuchando Horses) emparentar libro y disco Y NO.
¿Por qué no? Pues, mal que me pese, porque ello sería limitarlo. Los valores de la Smith (ya no Patti) como escritora tienen bastante sustento, por sí solos. Ni idea de si lo suficiente para convencer a un editor sin el background que la avala, porque esto de los editores ya he renunciado a entenderlo del todo. Pero que como lector he disfrutado. Pues sí. No le hace falta demasiado ruido para ello. Aquí no hay lamentaciones ni nostalgia ni literatura del yo-rica (perdón, es que yo sin chistes malos es que no puedo), ni panegíricos de miles de palabras sobre lo bueno que era este o el otro y yo traidora de mí sigo en este mundo. Lo que hay son dos o tres hechos u objetos inconexos que son el armazón de una narración muy solvente y muy honesta. Un café ('Ino) en NY que cierra y al que acude cada día a escribir en una especie de mesa arrinconada que acaba considerando suya (tan suya que acaban regalándosela). Una casa desvencijada en una población costera que decide adquirir como una suerte de guiño del destino. Un viejo abrigo que ha recibido de un amigo.
Y el telón de fondo: una mujer que toma todas esas decisiones y lleva a cabo todos esos actos en medio de una soledad cómoda, nada impostada. Fred "Sonic" Smith, guitarrista de los MC5 y marido de la escritora, fallecido en 1994 y presencia tenue en la narración, como un espíritu agradable y hasta tierno que guía a su esposa, que sigue por aquí, que viaja a muchos lugares empujada por los mundos que los libros que lee le evocan. Punto fundamental de este estupendo libro. Smith es una lectora contumaz y entusiasta, peor (mejor) aún, una relectora en profundidad, la clase de persona que se sumerge de tal manera en los autores que necesita visitar los entornos que han creado en sus obras, los entornos en los que los han creado, como a la búsqueda de eso que queda en el aire y un fanático necesita respirar. Es una lectora contumaz desde antes de ser una cantante de éxito y lo ha seguido siendo, y es de esa estirpe freak que tan bien comprendemos por aquí: necesita ver el escritorio y la silla y los paisajes que sus escritores favoritos veían. Una de las principales temáticas de M Train es esa: Smith fascinada por Bolaño y por Murakami y por Sebald y por Jean Genet y visitando hasta sus tumbas y encargándose de ellas. Una veneración sincera y razonada, y mientras tanto nos cuenta su vida y sus andanzas y todo eso está tan bien escrito y suena tan veraz y poco aparatoso que ya paro: la lista de advenedizos que habrían de palidecer al leer estas páginas se haría demasiado extensa.