viernes, 31 de julio de 2020

Luis Artigue: Café Jazz El Destripador

Idioma original: Español
Año de publicación: 2020
Valoración: Entre está bien y recomendable

Tras el aparentemente extraño título de "Café Jazz  El Destripador" se esconde una biografía parcial y novelada del trompetista Miles Davis (1926 - 1991). Biografía porque estamos ante la narración de la vida de Miles Davis; parcial porque abarca fundamentalmente los años comprendidos entre 1945 y 1960; novelada porque se añaden una serie de elementos ficticios que además sirven para desplazar la novela al París de mediados del siglo XIX y combinar géneros (novela realista, negra, psicológica, ciencia ficción / terror...)

Se puede hablar, por tanto, de una novela en dos planos espaciotemporales. El primero de ellos, el llamémosle período de "formación y despegue" de Davis como músico, está ambientado básicamente en el Harlem de 1945 -1960 y en el se narran los comienzos de Davis, su difícil y destructiva relación con Charlie "Bird" Parker (¡si no habéis visto la peli de Clint Eastwood sobre Parker, hacédlo), su autodestructivo descenso a los infiernos (¡ay, esos dos mantras de la genialidad que consume y de que no hay santidad sin sufrimiento!), su ambición, su separación musical y personal de Parker, sus intentos de redención, su éxito, etc. El segundo de ellos nos traslada al París de la degradación y el malditismo, del láudano y la absenta, de Baudelaire, Balzac y Courbet, lugares y personajes que guardan entre sí muchas similitudes.

Ahora, ¿cómo "se come" este desplazamiento? Pues a través del enésimo intento de desintoxicación de Davis, que da lugar a un exorcismo que pone en relación lugares y tiempos. Quizá esa conexión sea el punto más débil de la novela. Creo que las dos historias por separado funcionan de maravilla (más la del NY de los 40-50), pero es a la hora juntar ambas dónde me da la sensación de que flojean más.

Dicho esto, hay que reconocer que la novela posee una serie de virtudes que hacen que la valoración final de la misma sea positiva. Unos ejemplos:
  • La recreación de ambientes. Artigue nos lleva a los clubs de jazz de Harlem o a las tabernas del París del XIX  y nos mete de lleno en sus sonidos y olores.
  • Los personajes. El riesgo obvio es caer en la caricatura pero ese riesgo se esquiva mediante su penetración en la psicología de Davis, Parker y compañía. Mención especial creo que merece el análisis de los mecanismos de la relación entre los dos músicos o de la relación entre Baudelaire y la madre de su hija.
  • El lenguaje, que combina poesía con ágiles diálogos de forma natural.
  • El amor por el jazz, presente en todas sus páginas.
Por resumir, "Café Jazz El Destripador" es una novela ambiciosa y arriesgada en la que la combinación de voces y género, en lineas generales, funciona. Desde luego, una buena opción para aficionados al jazz y a la literatura.

jueves, 30 de julio de 2020

Andrea Abreu: Panza de burro

Idioma original: español (canario)
Año de publicación: 2020
Valoración: Muy recomendable

Si despojásemos a Panza de burro de su ropaje de palabras (como si eso fuera posible) y la dejásemos en el esqueleto narrativo desnudo, correríamos el riesgo de subestimar esta novela. Decir, por ejemplo, que en realidad no cuenta casi nada: las pequeñas aventuras cotidianas de dos amigas (la narradora, de nombre desconocido, e Isora), en un barrio rural del norte de la isla de Tenerife a lo largo de un verano. Podríamos comparar la relación entre las dos amigas (la narradora, más tímida y parada; Isora, un torrente de energía y voluntad aunque con una corriente profunda de rebeldía y tristeza) con la creada por Elena Ferrante en su serie de novelas Dos amigas, por ejemplo; podríamos recordar otras muchas obras, películas o series que se desarrollan a lo largo de un verano y terminan cuando llega septiembre, u otras muchísimas que describen el final de la infancia, la pérdida de la inocencia, el despertar a la complejidad del mundo y a la sexualidad. Incluso podríamos hacer una referencia al (neo-)realismo o al naturalismo por el retrato del ambiente de pobreza en que se mueven los personajes, cierta tendencia a lo escatológico, o incluso por la reproducción del lenguaje coloquial y vulgar.

Pero nada de esto valdría de nada, porque, claro, es imposible e inútil separar una obra de su ropaje de palabras, y porque a partir de esos mimbres conocidos, Panza de burro se eleva (más allá de esas nubes bajas que aplastan a los personajes, se podría decir) hasta convertirse en una novela especial, cargada de belleza y sensibilidad, y sobre todo escrita con una voz narrativa particular y propia, brillante y luminosa.

Lo primero es la sensibilidad con la que el libro está escrito: resulta conmovedora la capacidad para crear poesía hasta en medio de, literalmente, la mierda; para indagar con delicadeza pero sin eufemismos en los pliegues de una amistad compleja y desigual, en el despertar a la sexualidad de las protagonistas (el deseo, la masturbación, las primeras experiencias compartidas) o en las desigualdades económicas y sociales del barrio y de la isla (el Sur como Eldorado al que vienen los turistas a dejar dinero y trabajo, las casas rurales para "estraneros"). Algunos capítulos de la novela, como "comerme a Isora" o "lo último que le queda a una" son pura poesía desatada, aunque en prosa; pero la misma poesía, mezclada con el humor y con la narración cruda aparece en todos los capítulos y en todas las frases del libro.

Un pequeño fragmento del capítulo "comerme a isora":
isora tenía los ojos verdes como un verdino verde como una mosca en agosto sobre el bocadillo de salpicón de atún en la playa de teno como una botella de vino vaciada la abuela de isora se enfadaba y le decía te vacio por dentro te vacio hoy bebo sangre tuya cachoputa isora tenía las tetas redondas y se le reventaron como la tierra cuando escupe una flor que primero pequeño luego grande la tierra de su pecho seca luego estrías la teta no le cabía en la piel y lloraba isora tenía pelos en el pepe y a veces se los afeitaba todos hasta el güeco del culo y le picaba el culo isora tenía un pelo negro tieso tupido como el cespe de mentira de las casas rurales en el pepe el pelo de isora olía a molino de gofio a almendras tostadas a pan bizcochado ver a isora llegar me hacía sentir tranquila como cuando escuchaba el potaje hirviendo a las doce y media [...]
Y luego, el aspecto más comentado sobre la novela, su lenguaje, o mejor, su lengua, su dialecto, su habla: el español de Canarias, del norte de Tenerife, de dos niñas millenials que viven en un barrio del norte de Tenerife. Una voz libre, fresca y creíble que escribe como habla, con una oralidad que no suena impostada o artificial, que se nutre de la onomatopeya, del localismo, de las deformaciones fonéticas ("Sinson" por "Simpson", "méssinye" por "Messenger"), de los préstamos del inglés como shit o bitch, o de referencias culturales como las telenovelas, Corazón corazón o el grupo Aventura (que yo, como buen abuelete desfasado, no conocía). Es un lenguaje crudo y de apariencia espontánea (que sin duda tiene una buena carga de trabajo detrás), pero de una belleza y una fuerza innegables. Una voz tan original que a mí, como a la editora Sabina Urraca, también me ha dado envidia al leerla: me gustaría saber escribir así.

Otro fragmento, para dar idea del tono y el lenguaje del libro:
Doña Carmen, usté hace la sopa magi, la de sobre?, le dijo Isora a la vieja. No, miniña, por qué? Dice mi abuela que la sopa magi es sopa de putas. Ah miniña, pues no sé. Yo la sopa que hago la hago de las gallinas que yo tengo. Doña Carmen estaba virada de la cabeza pero era buena. Casi todo el mundo la despreciaba, porque, como decía la abuela, tenía cosas de guárdame un cachorro. Doña Carmen se olvidaba de casi todas las cosas, pasaba largas horas caminando y repitiendo rezados que nadie conocía, tenía un perro con los dientes de abajo salidos pafuera, salidos pafuera como los de un camello. Perro sato, perro sato, jala y que te cargue el diablo, le decía. A veces le posaba la mano sobre la cabeza con cariño, otras le gritaba juite, perro, juite, perro del demonio. Doña Carmen lo olvidaba casi todo pero era una mujer generosa. Le gustaba que Isora la visitara.


Como la propia autora ha dicho en algunas entrevistas, escoger esta voz también es un acto político, quizás no tan explosivo o tan corrosivo como las novelas y las entrevistas de Cristina Morales, pero también decidido y reflexionado: escribir desde el margen, desde fuera de lo canónico o lo estandarizado; desde la periferia de una periferia: no solo afincando la voz en las Islas Canarias, siempre fuera de todos los mapas, sino desde un barrio rural y pobre en una colina alejada de los centros turísticos del Sur de Tenerife. También es política la forma como se presenta la presión que se ejerce sobre las dos chicas (y también sobre chicos que no se adecúan a lo esperable de su género, como es el caso de Juanita Banana), para que adapten y modifiquen su lenguaje, su comportamiento y su cuerpo para ser aceptadas. No es casualidad que comer, cagar y vomitar ocupen tanto espacio en el texto: las niñas piensan constantemente en lo que comen, y en lo que evacúan (por un lado o por otro), y en cómo eso afecta a su imagen y a su encaje en la familia y en la sociedad.

Ahora que se recrudece la polémica porque a los actores andaluces o canarios les piden (exigen) que oculten su acento, pienso que en la literatura española, de formas más sutiles, también los escritores en general han (hemos) borrado nuestros acentos, no solo en sentido geográfico / dialectal, sino en un sentido más general. Escribimos como si nuestros padres o nuestros profesores nos mirasen por encima del hombro, haciendo tschk, tschk, tschk con la lengua cuando nos salimos del renglón. Hemos aprendido, con el peso insistente de la tradición y de la crítica, lo que significa "escribir bien" (usar muchos adjetivos, una cierta distancia irónica, frases con muchas subordinadas, yo qué sé) y ahora todos "escribimos bien" (unos más que otros, claro), y es raro encontrar quien se salga del patrón o, mejor, quien mande el patrón a tomar viento y escriba como si no existieran ni la tradición ni la crítica.

No me extraña por eso que los referentes que Andrea Abreu menciona sean latinoamericanos (Rita Indiana, Pilar Quintana, María Fernanda Ampuero, Aurora Venturini, Leila Guerriero), todas ellas escritoras: no solo por la posición geopolítica y geocultural de Canarias como puente entre España e Hispanoamérica, sino también porque la tradición literaria hispanoamericana han experimentado mucho más con las voces y las lenguas que componen el lenguaje oral del continente (mientras leía Panza de burro me acordaba por ejemplo Junot Díaz y su Oscar Wao); y porque las mujeres, tantas veces subordinadas o subalternizadas en el canon y la historia literaria, también han tenido que encontrar una voz propia, que no clonase la voz que los escritores hombres, y los críticos hombres, decían que era la forma correcta de escribir. (Recuerdo una reflexión de Aixa de la Cruz en este sentido en Cambiar de idea, que espero no estar malinterpretando).

Eso es lo que ha hecho Andrea Abreu en Panza de burro: borrar o ignorar la forma como se debe escribir literatura española, y escribir como si la lengua hubiera nacido ayer y estuviera todo por descubrir y por escribir. Como si no hubiera nadie mirando por encima del hombro. Por eso he disfrutado con su lectura como si estuviera descubriendo un lenguaje nuevo (y quizás es eso exactamente lo que estaba pasando). Porque es diferente, y rompe y refresca. Y porque da envidia y ganas de escribir.

miércoles, 29 de julio de 2020

Fernando Iwasaki: Ajuar funerario

Idioma original: español
Año de publicación: 2004
Valoración: entre recomendable y está bien

El género del relato, en su versión más minimalista (quizá habría que hablar de un "microgénero") ha tenido y tiene conspicuos representantes en lengua castellana, como Augusto Monterroso, Ana María Shua o Santi Pérez Isasi. También, y de forma pertinaz, el peruano, aunque afincado en Sevilla, Fernando Iwasaki, que nos ofrece en este volumen titulado Ajuar funerario -se refiere, por los visto, a la costumbre que existe en Perú de ornar a los difuntos para el funeral con alhajas... que luego se retiran, claro-, nada menos que cien microrrelatos de carácter terrorífico o que tienen que ver, de una forma u otra, con la muerte. 

Cierto es que son cuentos mínimos, la mayoría de los cuales no llega a una página y algunos no pasan de unas pocas líneas, pero, caramba... ¡son cien! Cien ideas que hay que desarrollar, cien historias apenas germinadas que hay que cuidar para llegar a convertir en una pequeña plantita, en un retoño que trasplantar a un suelo más espacioso o consumir así mismo, en ensalada... La mayoría , aunque no todos, de estos microcuentos tienen como tema la muerte, en su versión de dar miedito, claro está; encontramos así los clásicos (aunque en algún caso con una vuelta de tuerca) temas de fantasmas -Abuelita está en el cielo, Antigüedades, Aullidos, La OuijaAire de familia-; la variante de casas encantadas -La casa embrujada, Hay que bendecir la casa, Cosas que se mueven solas-, así como los no menos clásicos vampiros, hombres lobos y otros tipos de monstruos, más o menos novedosos o exóticos: El extremo, Réquiem por el ave madrugadora, Resaca, Multiculturalidad...

Encontramos también otras tipologías de microrrelatos que varían un poco el imaginario terrorífico clásico: por una parte, muchos cuentos con niños de protagonistas, un recurso siempre efectivo para dar canguelo al personal, como todos sabemos -La cueva, Los ángeles dormidos, El deseo, El cachorro, El balberito, Vamos al colegio-; las monjas también son figuras que a Iwasaki le resultan especialmente siniestras, vete a saber por qué (bueno, no es difícil de comprender): Las reliquias, Las manos de la fundadora, De incorruptis, Dulces de convento... Y, por la razón que sea, la conducción de automóviles, sobre todo de noche, también es un elemento que aparece a menudo en los cuentos: W. C., El pasajero , con un especial hincapié en la célebre figura de la "chica autoestopista", que merece hasta tres cuentos, con sus variantes sobre el tema. Se puede hacer también un apartado muy divertido con reescrituras de personajes clásicos: Peter Pan, en el relato que lleva su nombre; El apócrifo Frankenstein, mezclando a éste con la leyenda judía del Golem y con Jesucristo; Caperucita  Roja en Caperucita Reloaded, claro, y el Ratoncito Pérez en el muy regocijante Del "Bestiario del cementerio" de Fray Antonio Fuente La Peña... Por último y enlazando con éste último microrrelato, un apartado que sin duda satisfará a los lectores de Un Libro al Día: aquellos minicuentos que tienen relación, precisamente, con libros, en algún caso tan notorios como la propia Biblia: Del apócrifo evangelio de San Pedro (IV, 1-3), Del "Diccionario Infernal" del padre Plancy o el que lleva por título El bibliófilo. Aunque no sólo de libracos vive el hombre (y la mujer, por supuesto): el mundo digital está presente en A mail in the life y El dominio (www.infierno.com, en este caso)...

En suma, se trata de una recopilación de microcuentos notable, con más de una docena (pongamos un 15%) que me han parecido excelentes y, de los restantes, digamos que la mitad están bastante bien, mientras que el resto parte de ideas interesantes, pero su plasmación no siempre resulta satisfactoria. Pero, en fin, que en un libro con cien relatos, más de un 60% de ellos (y ya sé que está feo andar con porcentajes con estas cosas de la literatura, pero es que en este caso me lo han puesto a huevo) resulten, cuando menos, apreciables, sorprendentes y hasta divertidos, cuando no excelentes, me parece que está muy requetebién... Eso sí, recomiendo a quien se disponga a leerlos que no lo haga de un sola vez, sino poco a poco, dos o tres relatos de vez en cuando; de otra forma, el exceso puede llegar a un cierto empacho, además de que, cuando la lecturase encuentra con uno de los mejores cuentos, los siguientes palidecen, de forma inevitable, por comparación y la impresión final quizás quede un tanto decepcionada, o al menos, resulte más tibia de lo que merece este libro.

Para finalizar la reseña, y con permiso, espero, de su autor y de todos vosotros, reproduzco aquí uno de los cuentos más cortitos de este Ajuar funerario, pero también uno de los que más me han gustado:

Como en el fondo soy un romántico, no me importó que el pobre novio pasara toda la noche en la morgue con el cadáver de su chica. Al día siguiente lo encontramos en la camilla, desangrado y desnudo, muerto de amor. La novia todavía no aparece.

martes, 28 de julio de 2020

Rebecca Solnit: Una guía sobre el arte de perderse

Idioma original: inglés
Título original: A Field Guide to Getting Lost
Traducción: Clara Ministral
Año de publicación: 2005
Valoración: entre recomendable y muy recomendable

Vivimos en una vorágine constante de inmediatez, de prisas, de urgencia, a pesar de que la pandemia nos ha forzado a ralentizar este ritmo desenfrenado y acelerado. Y creo que, justamente en este momento, el libro que nos ocupa puede contribuir a esa pausa, a esa reflexión, a ese análisis introspectivo sobre hacia dónde dirigimos nuestras vidas, y cómo lo hacemos. Y pocas maneras se me ocurren de hacerlo de mejor forma que leyendo a Rebecca Solnit, cuya trayectoria siempre se ha movido en torno a la reflexión, al cuestionamiento de la sociedad, en una vida que partió del periodismo y a partir del cual abraza el activismo en múltiples causas.

A pesar de lo que puede sugerir el título, y viniendo de Solnit, este libro no se trata en absoluto de una guía espiritual ni un manual de autoayuda, sino justamente al contrario: en él se recogen una serie de ensayos en los que, partiendo de elementos autobiográficos, la autora explora el arte de perderse, pero no en el sentido físico únicamente, sino también en el sentido mental y todo lo que abarca: incertidumbre, memoria, pérdida, deseo y análisis de las decisiones tomadas. La importancia de no únicamente saber perderse uno mismo, sino también de permitírselo e indagar de esta manera las cuestiones existenciales sobre la condición humana. Solnit habla de perderse en el sentido de «una rendición placentera, como si quedaras envuelto en unos brazos, embelesado, absolutamente absorto en lo presente de tal forma que lo demás se desdibuja». Mencionando a Walter Benjamin, afirma taxativamente que «no es acabar perdido, sino perderse, lo cual implica que se trata de una decisión consciente, una rendición voluntaria». Solnit habla de perderse de una forma que «no tiene que ver con la desubicación sino con la inmersión en un plano en el que el resto del mundo desaparece».

Estructurado en nueve ensayos (cuatro de los cuales comparten título), Solnit empieza el libro narrando la importancia que tiene la pérdida en el arte en lo referente a la reflexión que comporta, pues «la labor de los artistas es abrir puertas y dejar entrar las profecías, lo desconocido, lo extraño; es de ahí de donde proceden sus obras», afirmando, en contraposición con los científicos, que «los científicos transforman lo desconocido en conocido, lo capturan como los pescadores capturan los peces con sus redes; los artistas, en cambio, te adentran en ese oscuro mar».

Solnit relaciona el perderse con el concepto de distancia, como concepto asociado a la lejanía, física o temporal, una distancia que asocia al deseo de alcanzar ese objeto o esa idea, y aprovecha para sugerir que las personas nos equivocamos, pues «tratamos el deseo como si fuera un problema que hay que resolver», que sería posible «valorar el deseo como una sensación en sí misma» y reflexiona sobre la tristeza, analizando y concluyendo «por qué las tragedias son más hermosas que las comedias y por qué algunas canciones e historias tristes nos producen un inmenso placer. Siempre hay algo que está lejos».

De igual manera, también relaciona el arte de perderse con el de encontrarse, el de descubrir, y afirma, mencionando a Eduardo Galeano, que «América fue conquistada pero no descubierta, que los hombres que llegaron con una religión que imponer y con sueños de encontrar oro nunca supieron realmente donde estaban y que ese descubrimiento todavía se está produciendo hoy en día». Así trata el descubrimiento de América y la vida de Cabeza de Vaca, uno de sus conquistadores, perdido en tierra de nadie y adaptado a la vida de los nativos. Dice Solnit que fue uno de los primeros europeos perdidos en las Américas y, como muchos de ellos, lo que hizo para dejar de estar perdido no fue regresar, sino transformarse. El arte de perderse lo atribuye a quien se siente lejos del hogar y en lugar de pensar en regresar o añorarlo decide regenerarse y adaptarse. En ocasiones este capítulo recuerda mucho a «A lo lejos», pues la vida de Cabeza de Vaca bien podría ser la de Håkan (aunque unos siglos antes) pues comparte con él el sentirse solo, extraño, con incapacidad para expresarse en el idioma de los nativos, y pasar a aprender nuevos idiomas, nuevas culturas, nuevas aptitudes como la sanación.

Cambiando totalmente de ámbito y de tiempo, Solnit nos habla también del punk, como espacio de libertad, como espacio donde perderse, como «un levantamiento colectivo contra una concepción de lo social» que destacaba por su poca sustancia y que gracias a ese levantamiento «puede convertirse en un lugar salvaje en el que el alma se desenfrena y va en busca de algo que trasciende sus propias fronteras, que trasciende su imaginación». Y nos habla de las ciudades y su evolución, una época, la década de los ochenta, en la que las grandes ciudades industriales se estaban transformando convirtiendo muelles en barrios residenciales y pequeñas industrias de los centros urbanos siendo sustituidas por artistas. Y el perderse de este capítulo va en el sentido vital, en la capacidad de arriesgar que tiene cualquier persona y que lucha por combatir una prudencia que lleva a no arriesgar por miedo a perderse y a no saber volver a la vida anterior. Que «el propio miedo a equivocarse puede acabar siendo una gran equivocación, una equivocación que te impide vivir, pues la vida está llena de riesgos y no correrlos ya supone una pérdida».

También, cambiando nuevamente de registro, nos habla sobre la música country, una música «marcada por la persistencia del pasado (…), una música solitaria, igual que la escritura, una música que hablaba consigo misma en esa soledad de la composición y la contemplación, en el libre fluir de un tiempo que es el antes, el después, el entretanto, pero que por algún motivo nunca acaba de ser el ahora». Un country marcado por canciones repletas de mensajes tristes, de tragedias, en las que «el tiempo se dispone en capas como las de la tierra de una tumba». Son canciones llenas de relatos trágicos, de muertes y pérdidas, llenas de «fantasmas y espectros que se ven en el espejo retrovisor de un tiempo que no va a volver, de una pérdida y unos errores que no tienen vuelta atrás».

Por todo ello, es un libro que recomiendo por la brillantez de Solnit al tratar sobre el perderse, qué implica, qué contiene y qué aporta. Y, a pesar de que como todo libro recopilatorio de ensayos es algo irregular, la capacidad de la autora logra mantener la consistencia global del relato. Solnit sobresale cuando habla de reflexiones más que de anécdotas, donde expone sus pensamientos en lugar de describir situaciones, cuando nos habla de tristeza y soledad, y de cómo se relaciona con el arte, sobre el que se pregunta si «¿es que la tristeza es un efecto secundario del arte que describe las cosas más profundas de nuestras vidas y verlas descritas, con toda su capacidad de hacernos sentir soledad y dolor, resulta hermoso?»

El libro que ha escrito Solnit es una invitación a reflexionar sobre la pérdida y la necesidad de permitirse a uno mismo perderse, para encontrarnos de nuevo y reconectar con los deseos y lo relaciona de manera orgánica con el propio arte, por ser un espacio abierto donde perderse y encontrarse, reconectar con uno mismo y con los demás, llegando a afirmar que «la escritura ya es lo bastante solitaria, una confesión que no recibe respuesta inmediata ni proporcionada, una primera frase en una conversación que queda interrumpida para siempre o que tiene lugar mucho tiempo después y sin el autor». Y puede que de eso trate, también, el hecho de reseñar libros; dejar una ventana abierta, un ofrecimiento o invitación a que el lector pueda continuar ese diálogo infinito que empieza en un libro y nunca termina, perdiéndose en sus posibles interpretaciones hasta encontrar el propio camino.

También de Rebecca Solnit en ULAD: Esperanza en la oscuridad, Los hombres me explican cosas

lunes, 27 de julio de 2020

Amos Oz: La caja negra

Idioma original: hebreo
Titulo original: קופסה שחורה
Año de publicación: 1987
Valoración: muy recomendable

Aclaración técnica: interpreto, del hecho de que la entrada en Wikipedia sobre Amos Oz hable de él como escritor en hebreo, que este libro fue escrito en tal idioma y traducido de alguna versión en inglés, incluyendo por tanto, el título original, expresión relativa a los registros de vuelo aéreos, y para cuya transcripción al hebreo he tirado de Google translate. Mis disculpas si en este proceso he cometido algún error.

Más que nada, porque mi sensación tras leer esta novela es la de absoluto respeto y admiración por su autor, fallecido en 2018 integrando esa larga lista (Philip Roth sería otro) de autores que desaparecen siendo candidatos de largo recorrido al Nobel. Bueno, aquí siempre hemos alardeado de que esto no nos preocupa mucho, ¿verdad?

En todo caso, por novelas como esta, Oz debería ser, haber sido, candidato a muchos premios, tanto más si estos consideraran aportaciones reales a géneros literarios relacionados con narrativa de ficción, porque aquí Oz experimenta con brillantes resultados, y esos experimentos son los que hacen avanzar las manifestaciones culturales y esos experimentos son los que generan lectores satisfechos, críticos, reflexivos, a veces exhaustos, claro, cierto nivel de experiencia requiere no esfuerzo sino superación de la pereza, vencimiento de la inercia, por lo cual mis respetos absolutos a quienes se atreven a plantear desafíos. 

La caja negra es una fascinante novela epistolar. No os asustéis, el nombre del género suena algo rancio. Solo recuerdo haber leído una novela anterior de este tipo: 84 Charing Cross Rd. Pero nada que ver: aquí Oz dispone un triángulo amoroso, las ruinas de un matrimonio: Ilana, mujer que ha cometido infidelidades a manta; Alec, marido que ha triunfado en la vida pero ha fracasado en casa;  y añade a Michel, segundo marido que ha vivido bajo la sombra perniciosa de la relación anterior de su esposa. Las cartas entre ellos van mostrando lo que ha pasado, bien a las claras vemos que el matrimonio ha saltado por los aires por infidelidades repetidas e indiscriminadas por parte de ella, pero no se trata aquí de limitarnos a las cuestiones domésticas. Alec es un estudioso de los fanatismos y ha abandonado Israel para establecerse en Chicago, desde donde ha triunfado y ha adquirido un enorme prestigio como autoridad en la materia. Ilana se dirige a él en escritos floridos, insinuantes, llenos de ironía y de frases que lanza con agudeza, Ilana se defiende de sus reconocidos adulterios pero desvía sus causas. Michel es el hombre justo que ha acogido a Ilana en su corazón, que ha asumido la educación de un díscolo hijo adolescente que no es su hijo carnal, que se dedica a la docencia pero que tiene ambiciones políticas, que ejemplifican justo el colectivo ortodoxo que ha sido objeto de los estudios de Alec. Alec interpone a Manfred Zackheim, veterano abogado establecido en Jerusalén, administrador de su patrimonio, el cual media cuando esa correspondencia cruzada entra en temas económicos: Michel, de modestos ingresos, reclama a Alec involucración en el futuro de Sohan, que acumula problemas de todo tipo mientras, aún menor de edad, busca su sitio en el mundo.

Una estructura narrativa ante la que muchos podrían arredrarse: apenas hay diálogos, apenas hay acción, los personajes no suelen compartir planos o escenas sino asomar tras las percepciones que sus escritos, sean sus redactores o sus destinatarios, filtran sobre ellos. Por eso es tan brillante que de ello surja una novela espléndida, potente, que trasciende a sus personajes e incluso retrata una época, una situación social (los territorios ocupados, la personalidad colectiva judía, la visión del resto del globo del conflicto con Palestina). Todo ello sin salirse de esa estricta estructura, los escritos que van y vienen entre sus personajes principales (un matrimonio que juega con las ruinas de su relación destruida) y los falsamente secundarios (el entorno que contempla estupefacto).

domingo, 26 de julio de 2020

Tochoweek IV #7 - José Luis Sampedro: La vieja sirena

Idioma original: castellano
Año de publicación: 1990
Valoración: Recomendable

No suelo leer libros de más de trescientas páginas por lo que las setecientas de La vieja sirena son para mí un tocho de pleno derecho y, lo que de verdad importa, un tocho que vale la pena. La principal garantía reside en su autor, el ya desaparecido José Luis Sampedro, escritor maravilloso y humanista como pocos. A los que no le conozcan les invito a buscar alguna de las entrevistas que se le hicieron, sobre todo a raíz de la —otra— crisis económica; sus reflexiones poseen una insólita confluencia de inteligencia, sensibilidad, empatía y humildad. En fin, no es que siempre se vayan los mejores, es que cuando los mejores se van, se nota.

Resumen resumido: Alejandría, siglo III. Irenia (antes Nur y antes Killia), una esclava de insólita belleza que desconoce su propio origen, es comprada para servir en la casa del poderoso Ahram el Navegante. Su encuentro con él y con su fiel servidor Krito, la llevará no solo a recuperar la memoria de un pasado mítico si no que reafirmará en ella el único sentido de tener una vida mortal: vivir con plenitud.

De entrada, parecería que estamos ante una novela histórica más, sobre todo por el minucioso retrato de la exuberante y multicultural Alejandría y su papel como centro comercial y neurálgico. El autor explica sus fuentes de documentación al final del libro y pide disculpas por las incoherencias en las que haya podido incurrir. No obstante, aclara: 
«Nunca pretendí hacer historia, sino comprender mejor el amor y el poder, esas dos grandes pasiones de todos los tiempos.» 
Sampedro nunca se queda en lo superficial o en lo sencillo en cuanto a temática y subtexto y en La vieja sirena juega a la confluencia de dos conceptos —lo histórico y lo mágico— para elevar el relato hacia aquello que es el verdadero objetivo de esta obra: explorar algunos aspectos de la esencia humana. Para ello reinterpreta el mito de la sirena desde una perspectiva contemporánea en la decadente y rígida Alejandría con el único propósito de poner en crisis el orden establecido. Materializa el mito en una mujer que fascina desde su dualidad y su misterio; a partir de ella logra dar cabida a realidades insospechadas en la mentalidad antigua predominante.

Desde el punto de vista narrativo, el texto es minucioso, visual, lírico y transpira verosimilitud, no solo en la evocación de la bella y caleidoscópica Alejandría y de los hechos sociopolíticos que la rodean, si no por lo bien que se reflejan los conflictos de los personajes que intervienen. Hay un narrador en tercera persona que aporta la información más descriptiva o de marco histórico pero la mayoría de los pasajes transcurren mediante la técnica del monólogo interior, para el caso de Irenia/Glauka y de Ahram el Navegante. Alguno de estos pasajes no solo son de gran belleza si no que contribuyen enormemente a la construcción del personaje:
«Yo también amaba aquella barba en mi mejilla; la de mi padre. Primer recuerdo de mi piel, más fuerte que el de la teta de mi madre. Aquel pecho era tan suave como mi propia piel; la barba de mi padre era fuerza. Levantaba la manta de la puerta para entrar en nuestra tienda y se me acercaba como un gigante. Su voz recia frente a la de mi madre. Sonaba como el cuerno de carnero que congregaba a la tribu; la de mi madre era la flauta de nuestras danzas. Siempre les estoy viendo. Mi mundo era la tienda, dentro todo era eterno: las dos voces, el tapiz, los besos. Fuera todo cambiaba: las rocas, las arenas, el ganado que va y viene, el cielo que hiela o quema. El sol se iba y la luna venía. Todo girando alrededor de la tienda; dentro mi mundo siempre el mismo. Las barbas del gigante, las manos de mi madre. El gigante levantándome hasta el cielo antes de sentarme en su hombro; yo sentía su barba en mis muslos desnudos. Luego me dejaba resbalar despacio y la barba rozaba mi mejilla. Era la firmeza, me hacía invulnerable.»
En otras ocasiones, dichos pasajes están al servicio de la expresión de los requiebros y las exaltaciones románticas y amorosas; pasajes demasiado abundantes para mi gusto. Del mismo modo, aquellos en los que se explican las estrategias bélicas, políticas y económicas de Ahram también pueden resultar algo excesivos. En cualquier caso y teniendo en cuenta que el leitmotiv de la trama es el poder y el amor, tales pasajes serán excesivos o no pero, desde luego, son pertinentes.

Algo que también está muy presente en La vieja sirena es lo erótico y lo sensorial, todo lo relacionado con el cuerpo, con la piel. Irenia/Glauka habita su cuerpo con total libertad, asume el dolor y busca el placer como algo natural, sin ataduras de ningún tipo. Este aspecto inherente de su psicología es una reacción a un pasado inmortal en el que, según ella, no se vive si no que tan solo se existe. Para Irenia la condición efímera de los humanos es la cualidad necesaria para la vida, porque es el tiempo el que dota a los momentos de su valor y sin él no existen las emociones ni las sensaciones; y es en la posibilidad de buscar esas emociones y sensaciones en la que ella se siente libre, pese a ser una esclava. Esa idea es el germen de todo el ideario que subyace en la novela y que tiene que ver con la libertad, la tolerancia y el elogio a la diferencia.

Desde el punto de vista ideológico, La vieja sirena mueve el suelo de muchas de las creencias que conforman la base de nuestra ideología actual, empezando por el simple hecho de que la civilización de esa Alejandría del siglo III no es tan distinta a la nuestra: luchas de poder, manipulación de la opinión pública, guerras, clasismo, opresión… y por la parte positiva: pensamiento crítico, tecnología, valores, diversidad, etc. Los mensajes están por todas partes y hacen referencia a muchas de las lacras que, como decía, nos asolan también a día de hoy. A modo de ejemplo:
  • La mujer en la historia como elemento silenciado, relegado y/o malversado. 
«(…) que fue Adán, con su orgullo masculino tan impropio de la mujer, quien realmente desafió a Dios en el paraíso terrenal e hizo pecar a Eva; aunque luego los varones redactores del Génesis impusieran una versión enmendada, muy conveniente para ellos al justificar la ulterior sumisión de la mujer en la vida social.»
  • La tolerancia ante la diversidad. La aceptación de que el placer no es único y que cada uno tiene derecho a explorar el propio sin ser señalado por ello.
«Si fuese inútil no estaría vivo… ¿Monstruo? Nada de lo que es puede ser monstruoso: desde el momento en que la naturaleza lo ha creado es natural. La vida no produce monstruos; los producimos nosotros.»
  • Sobre la masculinidad mal entendida o tóxica (muy interesante la evolución del protagonista, Ahram).
«(…) lancé mi cabellera sobre su rostro al decir que sí, que lo más imbécil del mundo es un hombre educado para ser solo macho, cuándo se darán cuenta ellos de lo que en verdad nos importa a las mujeres, cuándo sabrán que el centro del amor no está en su miembro, afortunadamente me confiesa que ya no lo tiene todo tan claro...»
En resumen, una novela hermosa, entretenida, que da pie a la reflexión y que valoro con un Recomendable a pesar de que, como he dicho, me sobran algunos pasajes. Me impactó muchísimo más cuando la leí hace cosa de veinte años y por entonces le hubiera dado un Muy Recomendable. Lo achaco a que mi bagaje lector por entonces era más limitado y a que, para qué engañarnos, el cinismo que te dan los años hace que las historias de amor tan grandiosas en lugar de emocionarte te provoquen cierta pelusilla.

sábado, 25 de julio de 2020

Tochoweek IV #6 - Alexis de Tocqueville: La democracia en América

Título original: De la démocratie en Amérique
Idioma original: francés
Traducción: Raimundo Viejo Viñas
Año de publicación: 1835-1840
Valoración: Muy interesante

En 1831 Alexis de Tocqueville fue enviado a Estados Unidos para estudiar su sistema penitenciario. Permaneció allí solo nueve meses, pero fue tiempo suficiente para interesarse profundamente por aquel nuevo país. A su regreso continuó estudiando la cuestión, publicando en dos partes La democracia en América, un texto fundamental en las ciencias políticas, con múltiples conexiones con otras áreas, como el Derecho, la Historia o la sociología.

Estados Unidos era un país independiente desde hacía poco tiempo, y lo que encuentra Tocqueville es algo bastante insólito: un Estado democrático establecido sobre una tierra virgen de dimensiones todavía desconocidas y constituido por colonos, sin jerarquías ni clases sociales, o sea, algo tan radicalmente diferente de la vieja Europa que le mueve a intentar estudiarlo en su totalidad y deducir consecuencias. Por fijar los conceptos, hay que decir que lo que llama democracia no es exactamente lo mismo que nosotros entendemos hoy en día (una persona, un voto; un sistema representativo) sino, en términos generales, la igualdad de condiciones. Ese es justamente el corazón de la sociedad estadounidense, un colectivo de ciudadanos llegados de la metrópoli en busca de una vida mejor a la que todos tienen derecho por igual, y solo su capacidad determinará el éxito o fracaso. Se puede decir que el concepto de democracia es por tanto más sociológico que político o jurídico, y sobre ese enfoque construye Tocqueville la contraposición entre democracia y aristocracia que ocupa la mayor parte del libro. 

Ese pueblo de colonos se constituye en un régimen democrático y básicamente igualitario (luego hablamos de la esclavitud), formado por unidades territoriales más pequeñas (Estados, condados, comunas). En base a sus intereses comunes, los ciudadanos delegan en un poder central algunas competencias básicas, estructurándose un sistema complejo que Tocqueville analiza en la primera parte de la obra. Se definen los contrapesos entre los tres poderes (en principio, todos electivos) que ya había definido Montesquieu un siglo antes, y entre los distintos ámbitos territoriales, con la idea básica –que de alguna manera ha llegado hasta la actualidad- de una cesión de soberanía hacia el Estado que siempre es limitada, porque el ciudadano (no olvidemos que se trata de individuos que llegaron por su cuenta y riesgo a buscarse la vida) nunca está dispuesto a perder su parcela de decisión individual.

Es el gran rasgo definitorio de la sociedad norteamericana que Tocqueville –a falta de otros ejemplos similares-extiende a todo modelo democrático: el individualismo. Un individualismo feroz cuyo objetivo fundamental es la riqueza, el bienestar material, y que apenas se compensa con cierta tendencia al asociacionismo. Individualismo y materialismo (ya se pueden adivinar algunos rasgos de la sociedad norteamericana que persisten dos siglos después) dan lugar a la valoración del trabajo como una actividad honorable, frente al desprecio que la aristocrática Europa (Inglaterra sobre todo) muestra frente al desempeño de toda actividad productiva. Esa dicotomía Europa/América (Estados Unidos), o aristocracia/democracia se convierte en el método que sostiene la muy extensa exposición de Tocqueville. Buscando siempre ese contraste se explican las múltiples perspectivas de la sociedad americana: la religión, la filosofía, el lenguaje, el arte, el comercio, la familia… No negaré que llega a cansar un poco esa contraposición permanente, además de resultar claramente forzada en algunos casos, porque da la impresión de que se empieza por las conclusiones para después encajar los motivos.

En su búsqueda de dualidades, Tocqueville encuentra por supuesto la más evidente: la condición del hombre blanco frente a los indios nativos y los negros. Es un retrato durísimo y esclarecedor en el que se describe la absorción de los indígenas por los occidentales triunfantes, el proceso de desaparición de la esclavitud y las consecuencias de ambos. Es, al margen de las reflexiones en torno a la democracia, la parte más intensa del libro. El autor francés capta con una clarividencia brutal el cambio de concepto que se opera sobre el negro, que pasa a ser un hombre libre, pero llevará para siempre el estigma de su origen y su raza: ya no es tratado como esclavo, pero siempre seguirá siendo despreciado, incluso en los Estados no esclavistas. Por cierto, que también Tocqueville anticipa la posibilidad de una guerra civil por causa de la esclavitud, lo que ocurriría veinte años más tarde.

Hay que decirlo ya: Tocqueville, buscando una obra total, quiere explicarlo todo y encajar en sus categorías cada uno de los aspectos de esa sociedad que descubre entusiasmado. Aunque su estilo es limpio y neutro, es también prolijo, detallista hasta el extremo y también bastante repetitivo, lo cual no se puede negar que abruma en ciertos momentos de libro tan extenso. Pero es indudable que se trata de un texto excepcional. Por no alargarme demasiado, lo sintetizo en tres aspectos:
- La democracia: Tocqueville cree haber encontrado la materialización de este concepto jurídico-político en un país nuevo, lo examina, estudia sus mecanismos, se asombra de hallar una sociedad igualitaria y ve en ella el camino por el que hacer realidad lo que a mediados del siglo XIX parece todavía utópico
- El liberalismo: esa sociedad norteamericana parece el sustrato perfecto para ver crecer el mundo liberal que sueña Tocqueville. Por eso subraya una y otra vez los peligros que le acechan: el despotismo (dictadura de la mayoría), la centralización y el intervencionismo, es decir, todo lo que menoscabe la libertad y la iniciativa individual
- América (Estados Unidos): se ha dicho que La democracia en América es el libro definitivo sobre este país, aun cuando era todavía un recién nacido y apenas ocupase la mitad del territorio actual. Pero sí: es realmente una obra descomunal, la definición integral y profunda de un país como seguramente será difícil encontrar otra semejante.

Claro está que estamos en la Tochoweek, que aquí van muchos cientos de páginas que no es fácil digerir a no ser que nos interese mucho. Pero quizá merece la pena intentarlo: nos esperan ideas y conceptos fundamentales en la ciencia política de los últimos doscientos años, y aspectos muy interesantes, y algunos plenamente actuales, acerca de un país y una sociedad que, nos guste más o menos, ha sido y es determinante en todos los aspectos de nuestra Historia reciente.

viernes, 24 de julio de 2020

Tochoweek IV: #5 - Nassim Nicholas Taleb: El cisne negro. El impacto de lo altamente improbable

Idioma original: inglés
Título original: The Black Swan. The Impact of the Highly Improbable
Año de publicación: 2007
Valoración: Recomendable



a)     nada puedo hacer respecto a que el sol salga mañana (por mucho que lo intente);
b)     nada puedo hacer sobre si hay o no otra vida:
c)     nada puedo hacer sobre la posibilidad de que los marcianos se adueñen de mi cerebro.
Pero tengo muchas formas de evitar ser imbécil. Es algo que solo requiere proponérselo.



Hará un par de meses, afirmaba el autor de este libro que la pandemia por Covid 19 que asola actualmente el planeta no puede considerarse un cisne negro. Y sería una osadía por mi parte llevar la contraria al inventor del término y desarrollador de una teoría compleja, aunque no tanto como puede parecer según nos vamos adentrando en su lectura. No obstante, lo primero que pensé en cuanto vi lo que nos venía encima fue que esta obra tenía que ponerse en el primer lugar de mi lista de pendientes porque su contenido no podía ser más oportuno, que teníamos el cisne negro aquí ¡vaya!
Perdón. Si no se están enterando de qué va la cosa es porque todavía no les he explicado el concepto. Un cisne negro se define como el acontecimiento inusual que nadie esperaba y solo nos parece posible una vez se ha producido en contra de todas las expectativas, igual que los cisnes habían sido blancos por norma hasta que se encontró el primer ejemplar negro, modificando radicalmente lo que la biología entendía por tal. Pero veamos qué requisitos debe cumplir en palabras de quién lo acuñó;

[Un cisne negro] “es una rareza, pues habita fuera del reino de las expectativas normales, porque nada del pasado puede apuntar de forma convincente a su posibilidad. Segundo, produce un impacto tremendo. Tercero, pese a su condición de rareza, la naturaleza humana hace que inventemos explicaciones de su existencia después del hecho, con lo que se hace explicable y predecible.”

 Bien, posiblemente la pandemia, hablando en sentido estricto, no lo sea ya que no cumple la primera condición. Es cierto que ha habido otras antes, pero desde un punto de vista subjetivo –y esto es una opinión personal– no me parece un disparate clasificarlo de ese modo para una gran parte de la población menos familiarizada con este tipo de asuntos. Y es que Nassim Nicolas Taleb –todo un personaje, como verán si se deciden a leer este tratado– lleva toda su vida estudiando probabilidades de riesgos, fortunas, catástrofes y demás giros que el azar o la ley de causa-efecto pueden depararnos. Un tipo curioso, que se esfuerza en caer simpático al lector y lo consigue, porque no incluir cierto gracejo en un texto de tamaño considerable repleto de conceptos estadísticos, sería una temeridad por parte de alguien que ha estudiado concienzudamente la manera de tener éxito en lo que haga y que de ningún modo va a conformarse con una discreta cifra de ventas. Yo lo definiría como un híbrido de científico y vividor que se pone el mundo por montera o aparenta hacerlo. Valga como ejemplo un comentario de su madre –nada original, por cierto – sobre lo afortunado que sería si se comprase a sí mismo por su valor real y se vendiese por el concepto que tiene de sí mismo.
Pero vayamos al contenido. Decía que su complejidad me ha parecido más aparente que real. Cierto que esa forma de ver las cosas resulta tan ingeniosa como práctica, que enmienda la plana –acertadamente o no– a inversores y demás profesionales relacionados con la Bolsa, a estadísticos, agentes de Seguros, propietarios de casinos etc. Pero tengo la impresión –y, naturalmente, puedo equivocarme– de que el buen Taleb ha diseñado una estructura deliberadamente farragosa para que sus reflexiones parezcan más enrevesadas de lo que son realmente. Se adjudica así un plus de complejidad, que no se le puede negar del todo ya que maneja conceptos matemáticos y estadísticos (explicados con sencillez, sin tecnicismos), pero que organizados de otra manera –en una secuencia conceptual más asequible, evitando repeticiones innecesarias y demás recursos que dificultan la comprensión y hacen la lectura algo tediosa – disfrutaríamos más y comprenderíamos mejor, aunque quizá no cayésemos rendidos de admiración a sus pies como parece que pretende. Todo esto a pesar de la cantidad y variedad de metáforas y ejemplos, de los retazos de vida que asoman aquí y allá y de la cercanía con el lector de que hace gala. Justo es reconocer que amenizan la lectura, aunque también la alargan innecesariamente y pueden suponer un obstáculo para la comprensión de los conceptos que maneja.
Para enunciarlo de la forma más simple, el mundo no es una plácida balsa de aceite, tal como queremos creer, sino una sucesión de cisnes negros que explicarían “casi todo, desde el éxito de las ideas y las religiones hasta la dinámica de los acontecimientos históricos y los elementos de nuestra propia vida.” Ejemplos de cisnes negros serían: la Primera Guerra Mundial, el nazismo y consiguiente estallido de la segunda, la caída de la Unión Soviética, el fundamentalismo islámico, Internet y un largo etcétera. Resulta paradójico, señala, que la humanidad avance o retroceda gracias (o a pesar) de estos fenómenos, y sin embargo no los tenga en cuenta en absoluto. La globalización, por ejemplo, bajo “la apariencia de estabilidad” “crea unos Cisnes Negros devastadores”, a causa de ella “tendremos menos crisis, pero serán mucho más graves”. El futuro es impredecible, pero el ser humano se comporta como si tuviese una hoja de ruta, basada en acontecimientos pasados, que lo dibujase sin apenas margen de error, y esto es muy peligroso, porque debido a esta ceguera los acontecimientos indeseados sucederán mucho más fácilmente.

Desde el punto de vista del pavo, el hecho de que el día mil uno no le den de comer es un Cisne Negro. Para el carnicero no, ya que no es algo inesperado. De modo que aquí podemos ver que el Cisne Negro es el problema del imbécil.”

Más imaginación y más pensamiento abstracto es lo que hace falta cuando la realidad se vuelve cada vez más compleja, afirma repetidamente. Para ilustrarlo nos sitúa en dos universos: Mediocristán y Extremistán. Al primero pertenecerían todos los fenómenos que no pueden apartarse mucho de un término medio, por ejemplo la estatura humana, al segundo los que pueden alcanzar cifras incomparables entre sí, como la riqueza que puede acumular una persona, cifras de ventas etc. Los cisnes negros solo pueden aparecer en este último. Pero hay que verlos, y la mente nos suele jugar malas pasadas, incluso los científicos, acostumbrados a filtrar los sesgos en su entorno laboral, caen en su vida cotidiana en trampas de este tipo. La predicción –siempre según Taleb –no es algo que esté a nuestro alcance: podemos hablar de lo que ha sucedido pero no del futuro, a no ser que en él no ocurriese nada imprevisible y se rigiera por lo que (erróneamente) consideramos reglas históricas. Pero los cisnes negros son inevitables –y más frecuentes de lo que pensamos– por eso, nos equivocamos en nuestros augurios una y otra vez y, lo que es peor, seguimos sin darnos cuenta. Y no es una forma de hablar: puesto que no somos omniscientes. la impredicibilidad es un elemento que hay que asumir, pero sus consecuencias serían mucho más leves si fuésemos conscientes de ella.

El modelo clásico de descubrimiento es el siguiente: se busca lo que se conoce (por ejemplo, una nueva ruta para llegar a las Indias) y se encuentra algo cuya existencia se ignoraba (América). Si cree el lector que los inventos que tenemos a nuestro alrededor proceden de alguien sentado en un cubículo que va mezclando elementos como nunca antes se habían mezclado y sigue un horario fijo, piense de nuevo: casi todo lo actual es fruto de la serendipidad, un hallazgo fortuito ocurrido mientras se iba en busca de otra cosa.”

Su consejo es que, ya que no podemos dejar de ser predictivos porque forma parte de nuestra naturaleza, ¡adelante! Hagamos previsiones, pero solo en cuestiones poco relevantes (una merienda por ej.), nunca en lo relacionado con las ciencias sociales o la economía, pues las consecuencias pueden ser nefastas. Y si alguna vez hay que escuchar a predictores institucionales, tengamos en cuenta que “su precisión se degrada con el paso del tiempo”. Nada nos hace inmunes a la aleatoriedad de la vida, solo hay un camino para minimizar los efectos del cisne negro: convertirlo en gris, es decir, como ha dicho y repetido mil veces, contar con su existencia. Ese es el motivo de que no catalogue como tal al Covid 19. 
No lo habrá sido para él, que vive en permanente estado de alerta, ni para algunos científicos que venían anunciando algo así, para el resto de la humanidad, creo yo, lo que está ocurriendo es un auténtico cisne negro sin ningún género de dudas.


Traducción: Roc Filella Montfort y Albino Santos Mosquera

jueves, 23 de julio de 2020

Tochoweek IV: #4 - Ivo Andrić: Un puente sobre el Drina

Idioma original: Serbio
Título original: Nu Drini Cuprija
Año de publicación: 1945
Traducción: Luis del Castillo
Valoración: Muy recomendable alto

“Un puente sobre el Drina” es considerada por los expertos en la materia como la obra cumbre de Ivo Andric, primer y último (por ahora, porque vayan ustedes a saber cuál será el mapa de los Balcanes dentro de 100 años) yugoslavo galardonado con el premio Nobel de literatura.

No soy un experto en nada y desconozco la práctica totalidad de la obra de Andric, pero desde luego “Un puente sobre el Drina” es una magnífica novela. En ella se narran más de cuatro siglos de la historia de Visegrad, ciudad bosnia (antes yugoslava, autrohúngara y otomana) situada a escasos kilómetros de la frontera serbia, en la que durante años convivieron, cooperaron, odiaron, tuvieron miedo, hicieron negocios, se enamoraron, murieon, mataron, desconfiaron… cristianos, musulmanes y judíos, serbios, turcos, bosnios, judíos de Galitzia, alemanes, etc.

Es precisamente el puente y su condición de nexo entre dos mundos (Oriente y Occidente, el Islam y el mundo cristiano) lo que da sentido global a la novela y sirve como marco a un texto en el que los individuos y sus destinos semejan pequeñas marionetas movidas por los hilos de la Historia (con mayúscula). Ese es uno de los principales puntos fuertes de la novela, el de introducir a seres corrientes y sus pequeñas historias en el curso de la Historia y lograr trascender de lo individual a lo colectivo formando así un relato en el que se entrelazan pasado, presente y futuro de una región marcada tanto por períodos de relativa paz, prosperidad, calma, cooperación y convivencia multiétnica como por revueltas, insurrecciones, guerras y violencias.
Porque en ciertos hombres existen odios infundados que son más grandes y más fuertes que todo lo que los demás hombres pueden crear o inventar
Dentro del texto podemos distinguir, fundamentalmente, dos partes: la que abarca desde la construcción del puente (allá por 1570) hasta la llegada del Imperio Austrohúngaro (1878) y la que abarca desde 1878 hasta la Primera Guerra Mundial.

La primera de ellas (1570-1878) vendría a ser más una novela histórica “pura” en la que el peso de los hechos históricos novelados es superior a la de las historias individuales que en aquellos se insertan. La propia construcción del puente, por orden del visir Mehmed-Pasha Sokolovici, niño de origen serbio raptado por las tropas del sultán con el fin de servir a este como jenízaro, prefigura el destino de la región y da una idea del carácter legendario (en lo referente, sobre todo, a la formación del imaginario colectivo de los diferentes grupos de Visegrad) y oriental que se puede apreciar en esta primera parte, más poblada por historias brutales de venganzas de sangre, matrimonios concertados, muchachas de belleza sin igual, etc.

La segunda de ellas (1878-1914), que ocupa algo más de la mitad del libro, vendría a ser una novela más “política”. La Historia, que se acelera y provoca cambios vertiginosos en las costumbres de los individuos y la ciudad, que destruyen y modifican a los estos, que les hacen olvidarse de la realidad para poder soportarla, pierde peso a favor de las pequeñas historias de seres como Lotte, los estudiantes Stikovic o Glasichanin, el comerciante Ali Hodja, etc. Fundamental en esta segunda parte de la novela son los debates políticos que se suscitan entre algunos de los protagonistas, debates en los que temas como nacionalismo, justicia social, derecho a las nacionalidades, tolerancia religiosa, etc prefiguran buena parte de lo ocurrido en años posteriores (no olvidemos que el libro se publicó en 1945).

Todo esto, además, escrito de forma ágil y entretenida, mezclando historias ligeras con historias profundas, textos de marcado carácter oriental y “fantástico” con sesudos debates ideológicos, y haciendo que no sea necesario ser un profundo conocedor de la historia de los Balcanes para sumergirse en las aguas del Drina y en las 500 páginas de un pasado lejano que pueden ayudarnos a comprender horrores mucho más recientes.

También de Ivo Andric en ULAD: Goya

miércoles, 22 de julio de 2020

Tochoweek IV #3 - Antonio Scurati: M. El hijo del siglo


Idioma original: italiano
Título original: M. Il figlio del secolo
Año de publicación: 2018
Traducción: Carlos Gumpert
Valoración: Bastante recomendable, sobre todo para interesados en el tema.

Ahora que todo el mundo es fascista o nadie lo es, según el día, parece un momento adecuado para echar un vistazo a las características de los auténticos fascistas, los fascistas "pata negra" (camisa negra, en este caso), aquellos hijos de la gran puta que tomaron el poder en Italia hace casi cien años, tras una campaña de asesinatos, violencia y desprecio por cualquier valor democrático, pero bendecidos por buena parte de la burguesía, grande y pequeña, buena parte del Ejército e incluso parte de la Iglesia Católica, que a fin de cuentas es lo que importa... Algo así debe de haber pensado el escritor y profesor Antonio Scurati, que sacó a la luz este libro coincidiendo, justamente, con el centenario de la fundación de los Fasci di Combatimento en marzo de 1919, en un local de la piazza del Santo Sepolcro de Milán y que narra los primeros años, toma de poder incluida, de este movimiento, hasta 1925, cuando el PNF y, sobre todo,  su "Duce" Mussolini ya se habían asentado en el poder, que sólo soltarían ya a cañonazos. Ésta, no es, por tanto, una biografía del inefable Benito desde que era un rapazuelo romañolo que correteaba por el pueblo de Predappio, hasta su luctuoso final, que todos conocemos, aunque también hay que avisar que M. El hombre del siglo no es, por lo visto, sino el primero de una trilogía que tal vez acabe por dar toda una vuelta a la figura de Mussolini... bueno, ejem, ya me entendéis.

He empleado antes la expresión "hijos de la gran puta" y aunque tal vez alguno de los lectores de esta reseña tiemble de indignación por ello (por ver mancillado tan sacrosanto blog, supongo, no por solidaridad con las prostitutas y sus hijos) no puedo sino reiterar tal epíteto, ante los desmanes llevados a cabo por esa gentuza y añadir los de asesinos, matones y, en más de un caso, psicópatas. Como disculpa, si es que la hay, ante los desafueros y el culto a la violencia de aquellos primeros fascistas, se puede mencionar que muchos provenían del recientemente victorioso en la Gran Guerra, pero con poco aprovechamiento, Real Ejército italiano; muchos, además, de las filas de los Osados (Arditi), los cuerpos de asalto de élite que habían campado a sus anchas durante la guerra, y al llegar la paz se habían quedado más colgados que un jamón de un gancho (eeh... perdón, que igual tampoco es la imagen más apropiada), provocando en ellos una inadaptación a la vida civil y un rencor no sólo personal, sino incluso social, dado que el pueblo italiano no se había mostrado demasiado entusiasta con la participación en la guerra y menos aún los socialistas (que, de hecho, habían expulsado de su partido y de manera ignominiosa al propio Mussolini en 1914 por ese mismo motivo), a partir del primer momento, enemigos declarados de los escuadristas de los fascios. De ahí ese espíritu paramilitar y esa devoción por la violencia, no ya como medio, sino como núcleo de su ideología que animó al fascismo desde un primer momento. Un partido que se presentaba como nuevo, joven, defensor de la acción antes que de la reflexión, de la toma del poder por las bravas antes que del juego político habitual.

Por supuesto, todo ese resquemor y frustración acabaron canalizados, mesmerizados, incluso, por la figura de Mussolini, "el hombre del siglo", el Duce, el superlativo, el primer ministro más joven de la Historia, destinado a redimir a Italia de su inoperancia y recuperar su destino imperial, un político sin duda inteligente, aunque sobre todo astuto; visionario, incluso, pero también traidor, oportunista, desesperado, que se aferra a su idea del fascismo cuando no le queda otra cosa, repudiado por sus antiguos compañeros socialistas, a los que trató de manipular como utilizaría después a los fascistas... Flanqueado en esta historia, además de por sus despiadados correligionarios -Cesare Rossi, Leandro Arpinati, el "chequista" Amérigo Dùmini, el brutal y burlón "generalísimo" de la Milicia, Ítalo Balbo...-, por dos figuras que le sirven de contrapunto: por una parte, el iluminado poeta D'Annunzio, su inspirador en tantas cosas (incluso en cierta tendencia hacia la fantochada); por otra, el hombre que pudo haber sido él, de permanecer fiel a sus primeros ideales, el socialista Giacomo Matteotti, mártir con vocación de serlo, se diría; Cristo sacrificado para salvar a Italia de sí misma...

Tampoco es que Scurati se dedique a hacer muchos juicios de valor sobre sus personajes: se limita a notificar los hechos -refrendados a menudo por pruebas documentales- y que cada cual juzgue y saque conclusiones. Esto no significa que el estilo del libro sea burocrático o notarial; muy al contrario, Scurati hace gala de una escritura rica y apasionada, casi enfática, y logra con ella que, si no tanto como empatizar con los personajes retratados (es difícil hacerlo con algunos malnacidos), sí que nos pongamos en situación con la debida apertura mental. Y, desde luego, consigue que algunos acontecimientos de la toma del poder por Mussolini e compagni los vivamos con no poca expectación, pese a saber lo que supuso aquello. Eso sí, tras más de 800 páginas con ellos, uno acaba un poco hartito de tanto fascista de mierda, eso también hay que decirlo...



También de Antonio Scurati y reseñado en Un Libro Al Día: El padre infiel

martes, 21 de julio de 2020

TochoWeek IV #2. Alberto Laiseca: Los sorias

Idioma original: Español
Año de publicación: 1998
Valoración: Empachoso 


Los sorias (premio Boris Vian) es considerada una obra maestra de la literatura latinoamericana. Autores de la talla de César Aira, Rodolfo Fogwill y Ricardo Piglia respaldan dicha opinión. Personalmente, no sabría decir si están en lo cierto. En todo caso, reconozco que esta es una novela pródiga en virtudes. Pero me es imposible negar lo obvio: también la lastran bastantes defectos. Y, además, es de ese tipo de ficciones que solamente gustará a aquellos cuyos gustos sean afines.

Me explico: uno puede apreciar el tremendo esfuerzo que supone escribir este texto. Sin embargo, disfrutar de su lectura y reconocer sus geniales hallazgos es una tarea complicada. Únicamente quienes estén predispuestos a este tipo de narrativa saldrán de él con ganas de más. De más Alberto Laiseca, de más experiencias realmente singulares.

Volvamos al libro. A este tocho kilométrico que el autor tardó diez años en escribir (y otros dieciséis en publicar). Valorarlo según su carácter unitario le hace un flaco favor, pues no está concebido para ser leído de un tirón, ni tiene un argumento estrictamente lineal. Si acaso, hay que acercarse a esta obra como si de un retablo fragmentario se tratara. Sus mejores ideas se encuentran dispersas; su humor, espaciado. Tengámoslo muy en cuenta.

Estamos frente a un artefacto literario que parece un homenaje (y, asimismo, una crítica) a la posmodernidad. Ante una pintoresca mezcolanza de géneros y registros: ciencia ficción, fantasía, humor, terror, drama bélico, música, poesía, teatro... Ante una épica que narra el conflicto que existe entre las naciones de Tecnocracia y Soria. Ante la historia de un dictador que se humaniza.

Los aspectos positivos de esta obra son, a mi juicio, los siguientes:

  • Es una inestimable ventana al curioso universo de Laiseca. Universo onanista y, al mismo tiempo, proclive al tributo (o saqueo, más bien) de lo ajeno. 
  • Su originalidad. 
  • Su creatividad. La imaginación de Laiseca es colosal, capaz de conjurar una Tierra ficticia (aunque tenga algunas similitudes geográficas e históricas con nuestro planeta); una Tierra abundante en "lore", con sus propios países, lenguas y religiones. Amén de un sistema de magia tremendamente complejo (aunque, eso sí, algo incongruente). 
  • Como acabo de insinuar, el sistema de magia de Los sorias es fascinante. Involucra a ocultistas, sociedades esotéricas, mudras, viajes astrales, máquinas capaces de ofrecer apoyo logístico, zombies, gólems imparables, tijeras asesinas... 
  • También la tecnología pergreñada por Laiseca es extraordinaria y, hasta cierto punto, compleja. 
  • Diversos delirios, esoterismos, erotismos o personajes de corte bruegheliano que aparecen en estas páginas. 
  • La erudición (nada jactanciosa) que Laiseca derrocha. Sus conocimientos de ópera, literatura, historia o mitología son excepcionales. 
  • La desmitificación de varias disciplinas (como la filosofía y las matemáticas) o figuras históricas (Wagner, Napoleón...). 
  • El humor de Laiseca. Es cierto que es demasiado intermitente; no obstante, vale la pena armarse de paciencia y buscarlo. 
  • Sus reflexiones en torno al sindicalismo, al comunismo, a los técnicos, a la historia como farsa. Son muy lúcidas y se presentan con humildad.
  • Su "self-awareness". Varios pasajes dan a entender que Laiseca es consciente de estar escribiendo algo «revolucionario», por lo que hay que disculparle sus «excesos» (pg. 341), a la par que algo, en cierto modo «tedioso», cuyo único objetivo es llegar a una «frase genial insertada en el medio» (pg. 330). 
  • Las rupturas de la cuarta pared. Destacaría esa en que el cronista de Los sorias admite haber producido en el relato «rupturas discontinuizantes» y apela al perdón del «magnánimo lector» (pg. 244). O esa otra en que dice que se le ha tostado la tarta que tiene en el horno por estar distraído escribiendo una «disquisición sobre el amor y los franceses» (pg. 573).

En cuanto a los defectos de esta novela, destacaría que:

  • Los temas se exponen de forma un tanto débil, lo cual resulta insultante, teniendo en cuenta que el autor ha dispuesto de mucho tiempo para desarrollarlos. Por ejemplo, los delirios megalomaníacos de los dictadores. Esta ficción tenía todas las papeletas para sumarse a la tradición de novelas de dictadores hispanoamericanas y ofrecer una meditación al respecto, pero a la postre no da la talla. 
  • Hay poca consistencia en el "worldbuiling" y el sistema de magia establecidos por Laiseca. Comprendo que una obra como esta no requiere que semejantes apartados estén muy pulidos, pero aún y así, había veces en que las disonancias y lagunas impedían que me sumergiera al cien por cien en la lectura. 
  • La psicología de los personajes. Laiseca los va dibujando poco a poco, casi con parsimonia, pero nunca profundiza en ninguno. Y esto impide que empaticemos con ellos. El arco de redención del Monitor hubiera sido mucho más efectivo si se le hubiera desarrollado adecuadamente, por ejemplo. Además, la caracterización pobre de los protagonistas del relato resta impacto a algunas situaciones, especialmente a aquéllas que transcurren en los últimos coletazos de la novela.
  • Algunos pasajes de la novela, o incluso capítulos enteros, se hacen demasiado pesados, cuando no directamente aburridos.  
  • El final se siente abrupto y, sobre todo, se toma demasiado en serio a sí mismo, traicionando el acabado desenfado del resto.  
  • El narrador trata al lector como si fuera estúpido. En serio, se pasa todo el tiempo recordándonos que esto ya lo había dicho, pero te lo repito de todos modos por si te habías olvidado. 
  • La torpe exposición. A menudo, la información se nos entrega de forma poco orgánica. Con "infodumpings" o a base de notas y apéndices. 
  • Los delirios que más divertidos me parecieron reciben muy poco foco. El de un magnicida frustrado, por ejemplo, o el de un comerciante que vende pájaros. En cambio, los estereotipados, como el del Soriator, son omnipresentes. 
  • Las intrigas de palacio acaban reducidas a caprichosas rencillas. Cero tensión política. 
  • Hay muchas erratas. Algunas son obvias decisiones estilísticas (Laiseca emplea signos ortográficos, de puntuación y tildes al margen de convenciones, y a veces de forma arbitraria, sin respetar antecedentes propios); otras se deben, probablemente, a gazapos ortotipográficos. De todos modos, incluso a las erratas intencionadas se le podría reprochar que obstaculizan de forma innecesaria la lectura. Una tilde puede marcar la diferencia entre un sustantivo y un verbo; una mayúscula colocada donde no debería estar puede suponer una pausa accidentada; etc... 
  • Laiseca siente debilidad por las oraciones larguísimas y abusa de las subordinadas o de las comas. 
  • Los argentinismos homogeneizan las voces.

En conclusión: Los sorias es una novela que sólo recomendaría a los mitómanos de Laiseca. Y, seguramente, incluso los seguidores del escritor tendrán que intercalarla con otras lecturas. Al fin y al cabo, no es ni de lejos su trabajo más redondo, pese a que nos encontramos ante una obra innegablemente ambiciosa.

Para conocerle, acudid a El gusano máximo de la vida misma. Tiene los mismos elementos que hacen atractiva a Los sorias (ideas locas, humor, experimentación formal, un narrador carismático...) expuestos con mayor consistencia. Y es menos empachosa.


Otras obras de Alberto Laiseca en ULAD: El gusano máximo de la vida misma

lunes, 20 de julio de 2020

Tochoweek IV #1 -Thomas Pynchon: Mason y Dixon


Idioma original: inglés
Título original: Mason and Dixon
Año de publicación: 1997
Traducción: Jordi Fibla
Valoración: árboles que no dejan ver el bosque

Aquí me tenéis, de nuevo, rindiendo tributo al ex-compañero y fundador del blog al que (mucho antes de la pujante "bastante recomendable") no le gustaban las etiquetas que se salían de un casi numérico criterio de valoración.
Y aquí me tenéis, de nuevo, poniendo a prueba mi resistencia con un cuarto intento (el más prolongado en extensión, y cuidado que aún no descarto subir la apuesta con el célebre arco iris) de descifrar los códigos que, me reafirma lo leído en el esplendoroso libro de Eduardo Lago, contiene la obra de Pynchon, códigos que convierten a Pynchon, si el organismo le aguanta y los raritos de la Academia se marcan el detalle, en uno de esos constantes candidatos al Nobel.
Y aquí me tenéis de nuevo (fin de la anáfora) incapaz, a pesar de mi capacidad de brega y mi creciente experiencia con los autores difíciles, incapaz, dije que se acababan las anáforas, ¿verdad?, de descodificar del todo esas novelas, porque Mason y Dixon ha sido agotadora por lo extensa, 958 páginas en el ejemplar que he leído, aunque llevadera en su dinámica de lectura: uno comprende tan pronto - echad la culpa al post-modernismo- que el libro se va a alejar de los parámetros narrativos convencionales que interrumpir su lectura (dado que - ya os hablé del coordinador - este blog no puede esperar tres meses a que yo acabe un libro para aportar una reseña) y acudir a otros libros, acaba sin representar inconveniente alguno. Así es Pynchon, perdiendo tanto al lector, que es comprensivo con que el lector decida perderse solo. Porque los cientos de personajes y situaciones que pueblan el libro, de la forma más anárquica y con los dos únicos hilos de una supuesta narración de las andanzas, en el entorno de la tradición oral, y la propia historia contada, la de un agrimensor y un astrónomo que, por encargo de la Royal Society, van a trazar la línea fronteriza entre los estados de Pennsylvania y Delaware, allá por la segunda mitad del siglo XVIII, esos cientos de personajes con procedencias y nombres extraños no son para memorizarlos ni para retener mentalmente en qué estado quedan conforme avanza la lectura. Esto que acabáis de leer va a ser lo más parecido a una sinopsis que vais a leer en esta reseña, que voy a intentar que ni se extienda ni se reitere.
Porque está claro que intentar abarcarlo todo sería estúpido: Mason y Dixon es la creación de un escritor meticuloso que no comete un error en ninguna frase, cuyos párrafos más floridos (los hay a cientos) servirían de ejemplos rutilantes para cualquier virtud literaria objetiva; así son de imaginativos, de ricos en expresiones, en rigor histórico, en ambición. Cada capítulo, más de 70, parece una escena concluyente en un opus planificado, parece, para mostrar un momento clave en el nacimiento de esa gran nación tan cohesionada y poderosa que se atreve a asignarse a sí misma la representación de todo un continente. Algunos personajes son extraídos de la realidad y les es asignada su participación en hechos para que cuadren con esa gran historia subyacente, la de un par de tipos llevando a cabo el encargo y encontrándose gente a su paso, ya desde su salida en barco desde Inglaterra. Parece ser que el complemento perfecto para disfrutar del libro es empaparse bien de la historia de la época y reconocer a alguno de los personajes (supongo que eludiendo a la pata mecánica que vuela a toda velocidad y al reloj que habla, antes del iWatch) en los cometidos reales que les ha deparado la historia. Pero es curioso, tantas páginas, y mi lectura del libro no me ha deparado empatía con sus protagonistas. No puedo decir que los he comprendido cuando a duras penas he llegado a distinguirlos. Supongo que es premeditado, que Pynchon (mencionemos otra vez el post-modernismo, venga) no quiere estructuras narrativas clásicas. Que sus referencias a personajes como si le conociéramos de toda la vida (cuando irrumpen en cualquier momento) no son más que finas alegorías a la imprevisibilidad y a la propia complejidad de las sociedades. Vale, aceptemos eso y renunciemos a parámetros clásicos. Mason y Dixon, planteada esa circunstancia, es legible, es disfrutable, deleitable y placentera, incluso el final, las últimas páginas, que parecen desarrollar una conclusión de tono solemne. Disfrutable en sus partes, en frases y párrafos, pero casi refractario en su conjunto, cuando nos preguntamos si ese esplendor en la forma combinado con esos conceptos subyacentes en el fondo no son muros ante el lector, más que puentes hacia el lector, cuestión que me temo que no soy capaz de dilucidar,
Eso sí: aún no me he enterado qué pintaba el perro hablando.

domingo, 19 de julio de 2020

VV.AA.: La máquina es tu amo y señor

Idioma original de los textos: Inglés, francés, chino y español
Traductoras: Paula Martín Ponz
                             Meritxell Martínez
                             Tyra Díez
Año de publicación del volumen: 2019
Valoración: Recomendable para interesa-
dos

La máquina es tu amo y señor recopila diversos textos. Todos ellos, sean testimonios personales, poemas, crónicas periodísticas o el posfacio que los aglutina, tienen una fuerte carga de denuncia, pues exponen las inhumanas condiciones laborales a las que están sometidos los trabajadores de la ciudad-fábrica de Foxconn, situada en China.

Os suena el nombre, ¿verdad? La ciudad-fábrica de Foxconn alcanzó notoriedad cuando una oleada de suicidios la sacudió allá por 2010. Muchos de sus empleados, especialmente jóvenes de procedencia rural, decidieron quitarse la vida tras constatar las duras jornadas que les deparaba el destino. Jornadas caracterizadas por la servidumbre, el cansancio, la cíclica repetición de los días, el control panóptico, la alineación, la incapacidad de aspirar a una promoción y los magros salarios. 

Recomiendo La máquina es tu amo y señor a los interesados en el caso de la ciudad-fábrica de Foxconn en particular o a simpatizantes de los derechos de los trabajadores en general. ¿Simpatizantes? Más bien estudiosos. Y es que la editorial Virus ha optado por una selección con un criterio rayano en lo académico. Asimismo, nos obsequia con elaborados pies de página, amén de una prolija bibliografía complementaria. El aparato crítico que acompaña este volumen es, sin lugar a dudas, de un rigor extraordinario. 

sábado, 18 de julio de 2020

Miriam Toews: Ellas hablan

Idioma original: inglés
Título original: Women talking
Año de publicación: 2019
Traducción: Julia Osuna
Valoración: está bien

Por mucho que el título de esta novela (cuya traducción literal del Women Talking original a este Ellas hablan permitiréis ponga algo en duda) parezca insinuar, por mucho que la recomendación de Margaret Atwood acabe de dar el empujón, a mí me hubiera gustado un libro más visceral. Quizás en este sentido la capacidad de despliegue visual sea más limitada, he leído algún comentario ensalzando las posibilidades de la idea en un hipotético montaje teatral, pero, manías que uno tiene, esperaba más sangre aquí, en el sentido figurado se entiende, especialmente en cierto sentido.
Me explico. La historia de ocho mujeres hablando en dos sesiones, apremiadas por la posibilidad de que aquello sobre lo que están hablando, los hombres que las han sedado mientras dormían y las han violado reiteradamente, a todas las edades, se presente en el lugar donde hablan, tiene un enorme potencial narrativo. La alusión a los cristianos menonitas, comunidad con la que la propia autora se relacionó, es tanto una puesta en escena de un entorno conocido como, extrapolando, el mismo marco que muestran series que he disfrutado recientemente como Unorthodox o Kalifat. Sociedades lastradas por el integrismo religioso (quizás necesitamos caricaturizarlo un poco, pero esto de frívolo no tiene un átomo), todo llevado al extremo común - no exclusivo de las religiones monoteístas, por cierto - de explotar al colectivo femenino, de vaciarlo de humanidad, de equipararlo a esos animales que los varones de la comunidad pretenden vender para financiar abogados que les ayuden a eludir las consecuencias de sus perversos actos.
Ojalá esta fuera una novela distópica, pero no. No sé hasta que punto son exactos los casos reales en que se basa, pero me aterroriza pensar que ello aún hoy es posible por la peculiar situación de ciertos colectivos a los que, bajo el protector paraguas de la tolerancia hacia los usos y costumbres, se les permite/tolera/se hace la vista gorda en ciertos comportamientos que pueden ir de lo amonestable a lo nauseabundo. Y ahí entra el matiz en el que he visto a Toews demasiado tibia. Tan tibia como algunas de las mujeres que se han reunido en la estancia acompañadas de August, que traduce del bajo alemán al inglés (idioma que ellas desconocen porque en su comunidad no se les permite educarse ni relacionarse con extraños) y levanta acta escribiendo (pues las mujeres  no saben leer ni escribir porque en su comunidad no se les permite educarse ni relacionarse con extraños) sobre lo que allí se decida. Que es el nudo del libro: las mujeres que hablan hablan sobre eso, sobre cómo afrontar que cierto grupo de hombres de su comunidad las haya sometido a abusos continuados y haya incluso pergeñado una excusa (la visita de Satán) para camuflar esas agresiones. Pero las mujeres incluso en esa apreciación disienten sobre qué hacer e incluso sus creencias religiosas muestran su arraigo interviniendo, como si incluso los terribles sucesos fueran voluntad de ese ser superior cuyos mandatos acatan. Y es ese momento en que la fuerza de este texto se resquebraja. Tenemos muy clara esa propensión de los credos religiosos más radicales y más extendidos en rebajar el papel de la mujer, en neutralizarlo o confinarlo en campos muy concretos (crianza de la prole, manutención  del hogar), tenemos muy claro que eso pueda ser solo una representación extrema de una sociedad más grande, más matizada en esa represión, más sibilina. Pero no hay un planteamiento frontal, agreste,  de crítica, de puñetazo en la mesa, de inadmisibilidad por lo que se deriva de esta situación. Lo cual sería útil en los dos sentidos: en el literario, porque la novela ganaría en tensión dramática, y en lo, digamos, contemporáneo, porque contaría con asideros a los que las, por desgracia, demasiadas personas que experimentan situaciones parecidas, podrían acogerse para denunciar su situación.

En el momento en que los hechos son ficción, las licencias narrativas entran en juego, la imaginación del autor interviene, y parece que las certidumbres se desvanecen o se ponen en duda. Lo valiente, ya que habitamos un entorno propicio, hubiera sido dejar caer esa cortina y afrontar la cuestión de cara. A día de hoy, puede que no hubiera sido descabellado exigirlo.