lunes, 21 de enero de 2019

Pol Beckmann: Novel·la

Idioma original: catalán
Título original: Novel·la
Año de publicación: 2018
Valoración: bastante recomendable

En la permanente y constante búsqueda de nuevos talentos, parece que el año pasado fue fructífero y complaciente con este humilde reseñista. A las ya mencionadas Eva Baltasar y Marta Orriols, una nueva y joven voz se añadió a esos autores que dan el salto al género de la narrativa: hablamos de Pol Beckmann quien, después de haber publicado una cincuentena de cuentos participando en premios literarios, se atrevió a publicar su primer libro de narrativa. E hizo bien, a tenor del resultado obtenido y las críticas cosechadas.

La novela que nos ocupa es de corta extensión y donde mi prudencia ya habitual en no adelantar lo que ocurre se extrema en este caso, pues cuanto menos se sepa del argumento, más sorpresa causará al lector. Y este es uno de los puntos fuertes del libro. Así que no seré yo quien lo estropee.

En esta novela, con un claro componente de meta literatura o meta ficción, lo primero que sorprende, ya en sus primeras páginas, es el estilo desenfadado, pero a la vez perfectamente narrado, que destila el libro. Hablaría de un estilo fresco pero esta palabra a menudo tiene connotaciones negativas por lo que hablaré mejor de desparpajo, pues no negaré que se hace evidente y palpable la juventud del autor, quien no rehúye ni esconde su edad. Y, en aras de ese atrevimiento y meta ficción, el autor escoge su propio nombre (prácticamente) y se lo otorga al protagonista de la obra, quien ejerce de protagonista absoluto, narrador, y quien, a la vez, también es escritor (e incluso parece que hasta pueda tener su misma edad). Y es la capacidad narrativa enérgica propia de esa edad la que alimenta el ritmo de la novela como si de una juventud algo alocada se tratara. Así, afloran en ella las dudas propias de la edad, un punto de inconsciencia o irresponsabilidad, pero a la vez un punto de euforia y desenfreno, atrevimiento y vitalidad; la exposición sin filtros al errático camino vital de un escritor perdido en su propia vida y en ausencia de una inspiración que le permita plasmar sobre papel lo que en su cabeza tiene forma de éxito.

En la narración, las escenas se entremezclan en la cabeza de Bekman, estableciendo un juego de muñecas rusas donde el personaje entra en una espiral de vidas ficticias o reales, personajes dentro de personajes, ideas imaginadas mezcladas con las reales o al revés, en una obra literaria donde lo onírico, lo imaginario, lo creativo, lo ficticio y lo real se entremezclan en un solo personaje. No sabemos qué es lo que hay de realidad o de verdad en ello, ni cuanto, pero la prosa y el estilo del autor nos envuelve en una lectura trepidante que vas más allá de lo que la propia historia cuenta, y nos lleva a explorar caminos donde personaje y autor, realidad y sueños, se entremezclan conformando una muy original novela que posiciona al autor como uno de los talentos a seguir muy de cerca.

De esta manera, obra y escritor, narrador y narración, sueños y realidades se entremezclan conformando una amalgama de ideas que envuelven, ocupan, habitan y crecen en la cabeza del autor y, por extensión, en la de un lector que asiste con interés al desarrollo de una historia caóticamente enrevesada. Estamos hablando de libros dentro de libros, de personajes dentro de personajes, en un ejercicio literario que va más allá de una simple historia, pues pretende estructurar, de manera coherente, la explosión de ideas que emana de la cabeza de un autor atrevido y valiente, osado y directo, espontáneo y brillante. Porque nada es lo que parece, o sí lo es, pues la vida la conforma no solo aquello que vivimos, sino también aquello que experimentamos, aunque sea únicamente en nuestra cabeza, o en la de los personajes que a su vez creamos.

De esta manera y partiendo de un triángulo amoroso, Beckmann ha escrito una novela fractal en la que plantea un juego meta ficcional en un ejercicio intelectual atrevido, pero a la vez acertado, donde realidad y ficción (y ficción dentro de la ficción) plantean un juego literario y analítico sobre la condición humana, sobre la realidad que vivimos y creamos, sobre las ilusiones y los sueños, sobre los distintos mundos en los que vivimos de manera simultánea y en el que intentamos encajar el mundo de los demás en el nuestro.

Prometedor debut el de Pol Beckman, en una novela que se disfruta por el exceso: el exceso en la historia, que uno adivina atrevida y forzada, pero que la narración valiente y desmesuradamente locuaz la convierte en un divertimento interesante. Porque es bastante irrelevante si la historia es algo inverosímil, pues dudo que un autor que pone su nombre y profesión al personaje protagonista, y encima narre en primera persona, tenga algún inconveniente en que así sea calificada. El planteamiento y juego literario en el que el autor invita al lector a participar, entrar y aventurarse, sustenta sobradamente una obra en la que la ficción muestra su mayor propósito: un ejercicio de imaginación sin límites ni cortapisas. El autor se muestra valiente y compensa su juventud con una gran calidad literaria; su osadía es su virtud, su atrevimiento es un valor y la narración cumple ampliamente con el cometido. Espero que la novela sea traducida al castellano porque se trata del debut de un talento a tener muy en cuenta, y del que deseo que su evolución esté a la altura de este prometedor debut.

domingo, 20 de enero de 2019

Manuel Mujica Lainez: Un novelista en el Museo del Prado

Idioma original: Español
Año de publicación: 1984
Valoración: Recomendable

Este es el último libro escrito por Manuel Mujica Lainez y, aunque quizá esto sea un comentario ventajista, se nota. Lo digo en el sentido de que parece faltar la ambición de las grandes obras de su juventud y madurez y, en cambio, se percibe la impresión de que se trata más de un entretenimiento, divertimento o juego. Aunque, pensándolo fríamente, quizá sea esto otro comentario ventajista, sobre todo conociendo la afición del argentino por la Historia y las Artes.

En fin. El caso es que "Un novelista en el Museo del Prado" es una colección de doce relatos inspirados en personajes y/o obras exhibidas en la pinacoteca madrileña. Personajes de Goya, Tiziano, Velázquez, El Bosco, El Greco, Durero, Watteau, Patinir, etc, cual fantasmales presencia, cobrarán vida y protagonizarán una serie de escenas de tono levemente irónico y humorístico.

Así, personajes como los pecadores de "El carro de heno", los dioses del Olimpo, el Adán y Eva de Durero (los de la portada adjunta), reyes, princesas, enanos, contrahechos, borrachos (valga la redundancia), grandes de España, etc atravesarán galerías, salas y pasillos y vivirán historias entre lo profundo y lo grotesco, pero casi siempre con un carácter alegórico.

Porque, más allá de las habituales profusas y barrocas descripciones de Mujica, con las que en ocasiones parece no querer demostrar más que su erudición, los relatos tienen un sentido "oculto". En el fondo, estos tratan sobre temas como la sempiterna lucha entre el bien y el mal ("Los dos carros"), la identidad ("El llanto y los remedios"), el amor homosexual ("La Corona", con un bello final, por cierto), la hipocresía (el divertido "Amores", con los Caballeros de El Greco rompiendo con sus estrictas normas autoimpuestas), la belleza natural (en el también divertido "Elegancia") o la muerte (en el hermosísimo relato final "El Emperador).

En resumen, pese a ser, como ya he dicho, un libro mucho menos ambicioso que las grandes obras de Mujica, "Un novelista en el Museo del Prado" es un más que digno colofón a la obra de unos de los mejores "contadores de historias" de la literatura argentina de los últimos tiempos. En los relatos que lo componen, plagados de imaginación e ironía, volvemos a encontrar sus ya conocidas señas de identidad (lenguaje rico y extremadamente cuidado, detalladas descripciones, amor por la belleza y las artes, fino humor e ironía, etc) y esto será más que suficiente para que quienes hemos disfrutado de obras como Bomarzo, El Laberinto, etc, lo encontremos perfectamente recomendable.

Unos cuantos libros de Mujica Lainez en ULAD AQUÍ

P.S.: Amigo Gabriel: en breve habrá escritores argentinos menos aristocráticos por aquí. Prometido queda!

sábado, 19 de enero de 2019

Reseña a cuatro manos. Michel Houellebecq: Serotonina


Idioma original: francés
Año de publicación: 2019
Título original: Serotonine
Traducción: Jaime Zulaika
Valoración para K: Recomendable alto
Valoración para F: Tesla Motors

Menudo carácter de mierda que tengo. Prometí y juré no reseñar demasiado repetitivamente a ciertos autores y, seré más concreto, llegué a decir que no me encargaría de ninguna eventual nueva novela de Houellebecq (entonces ni intuía que Serotonina aparecería tan de repente) pues, para empezar, he de reconocer que me temo no poder eludir mi subjetividad. Admiro a este hombre, queridos. Su valentía, su irreverencia, su excelente mal envejecer en lo físico y en lo mental. Me acompaña en mi madurez y me sirve de contrapunto para ciertas máximas: que la sociedad actual esté como está no tiene que entristecernos sino cabrearnos. Mucho.
Entonces me perdonaréis que haya tardado tan poco (unos segundos) en aceptar la propuesta de mi compañero Koldo, al que cedo la palabra.

Yo no llego a tanto, Francesc. No llego al punto de admirar a este hombre, pero sí que me parece uno de los mejores “cronistas de nuestra época”, aunque esta crónica se circunscriba casi exclusivamente a un “varón blanco heterosexual y europeo (occidental, en general) de mediana edad”.

¡Pero centrémonos en “Serotonina”! Con este libro, el bueno de Michel demuestra que está en forma. No creo que sea el mejor libro de Michel (yo me quedo con “El mapa y el territorio”), pero es una buena novela. Las dos primeras páginas de la misma nos dan idea de lo que en ella encontraremos ya que habla de “necesidad extrema”, de “momento más doloroso”, o de “si mi vida termina en la tristeza y el sufrimiento…”. Porque para mi “Serotonina”, al contrario de lo que puede leerse en muchas críticas profesionales, es una novela casi apocalíptica, tanto a nivel personal como colectivo. Es cierto que hay momentos en los que vemos a un Houellebecq “tierno” o “romántico”, como cuando alrededor de la página 80 rememora su historia con Kate, por ejemplo. Pero a mi lo que me transmite en todo momento “Serotonina” es una terrible sensación de desencanto y de derrota por aplastamiento (ojo que es tal esa sensación que no me extrañaría que esta fuese la última novela de Houellebecq) y me despierta importantes dosis de empatía con su protagonista.

La derrota ya digo que es tanto a nivel personal, con todas sus historias amorosas y profesionales condenadas por H o por B al fracaso, como a nivel colectivo, con mención de honor al amigo Aymeric. Además, la derrota es inevitable y no importa la actitud que se tome ante los hechos, ya que esta solo tiene un efecto redentor a nivel individual.

Por otra parte, “Serotonina” vuelve a confirmar esa capacidad de Houellebecq para analizar al individuo (y la sociedad) de nuestro tiempo y de ponernos frente a frente con nuestras miserias. Y es que Florent es el prototipo de personaje houellebecquiano: un contemplativo, un hombre “sin atributos”, amargado, ácido, irónico, aunque con un punto de esperanzas siempre truncadas. ¿Un retrato del hombre actual? Diría que sí, aunque me joda.

Un último apunte, también al hilo de las críticas profesionales. Estas se centran, no sé si por poner titulares impactantes o qué, en los aspectos “polémicos” y “visionarios” de Houellebecq. En cuanto a aquellos quizá habría que recordar una frase que dice el protagonista de “Serotonina” en la página 17: “Simplifico, pero hay que hacerlo porque si no, no llegamos a nada”. Son, en cualquier caso, algo accesorio producto del derrumbe. En cuanto a los aspectos visionarios, como el tema de las protestas de los agricultores franceses, quizá habría que vincularlos con una profunda capacidad de observación.

De todas formas, recomendaría olvidarse de titulares altisonantes y centrarse en lo que hay de verdad en “Serotonina”, libro altamente recomendable en cualquier caso. aunque algo inferior a otras obras del bueno de Michel. Uno echa en falta algo más de mala hostia, algo más de acidez. Quizá Michel se nos haya enamorado de verdad! Y, ahora, turno de Francesc!

Voy. Pues bien, Michel: la has hecho de nuevo. Una expectación tremebunda, una práctica unanimidad en reconocer tus cualidades como incómodo testigo de la decadencia de la sociedad occidental/liberal/capitalista/europea e incluso en predecir sus convulsiones sean relacionadas con los flujos migratorios, con las políticas agrícolas, con las protestas sociales, con las perversiones, con los actos impuros, con lo que sea. Pase lo que pase, Houellebecq lo ha atisbado, lo ha insinuado, lo ha previsto, lo ha avisado.

A pesar de eso, Houellebecq repite muchas veces la palabra "feliz" en Serotonina. Es una de las que más aparece o más se recuerda del texto.
Está bien; algunas de las otras son "polla", "coño" y "mamada".
También apela, y esa mención se recuerda particularmente en el cierre de la novela. a Dios y a Cristo, circunstancia que no recuerdo en palabras del narrador en ninguna de sus novelas. 

Fuera de estos pequeños detalles, que he capturado muy a vuelapluma (el francés sigue escribiendo de una manera que permite una lectura veloz sin una sensible pérdida de "sustancia"), he de reconocer que Serotonina es demasiado como uno esperaría de las novelas de su autor. En personajes, situaciones, reflexiones, Houellebecq sabe perfectamente qué captura a su seguidor incondicional (admito encajar en esa descripción) y aquí ha administrado esos recursos y esos golpes. O sea, que aquí hay sexo a punta-pala (más extremo, más procaz, más polémico) y toda clase de elucubraciones filo-capitalistas sobre muy diversos temas, desde especies acuáticas hasta rifles automáticos, surtidos en grandes supermercados, tipos de hummus, discos de rock o altavoces de artesanía, y mientras Florent-Claude, protagonista arquetípico en renuncia profesional, sumido en una reflexión sobre su existencia, conduce y va y viene en un algo confuso juego de situaciones con parejas, ex-parejas, etc.

Joder: se me tenía que escapar "etc".

Y esto, escribir "etc" a cuenta de esta novela, acaba siendo una pega, aunque también podría decirse que es una ventaja. Los cientos de miles de compradores de este libro puede que disfruten (ojo, comprar el libro no significa leerlo), pero creo que esta novela es algo precipitada. Cosa que no acabo de entender, cuando Houellebecq es un escritor en plena madurez creativa, que puede permitirse publicar cuando quiera, mejor dicho, que tiene el privilegio de elegir el momento adecuado para entregar sus obras. Serotonina, podéis intuir, no será recordada como su mejor novela, pero para la masa lectora no hay punto intermedio ante un autor así. Algo parecido le pasó a Franzen con PurezaAutores con cierta repercusión: estáis condenados al fiasco o a la genialidad.

Y a Serotonina, hay que admitirlo, se le aprecian defectos. Es una sucesión de escenas con demasiado regusto a conocido o reconocible. Le han llamado "Grandes éxitos" y yo le llamaría "Menú Degustación", aunque, hace poco, sostuve que, a mi entender, no le sobraban, sino que le faltaban páginas, como unas doscientas, para rellenar todos los resquicios, brechas y elipsis no siempre claras que la hacen intermitente y entrecortada, la menos fluida en lo argumental de las novelas de Houellebecq. Cierta reseña que no pude evitar leer tildaba a Houellebecq de perezoso (mandrós) y alguna frase procrastinadora de la novela ("ya hablaré de esto más adelante") parece corroborarlo.
Le faltan partes que justifiquen a otras, afecta a su ritmo narrativo, pues se abusa del salto adelante y atrás y, al final, las historias de las parejas de Florent-Claude parecen demasiado intercambiables, siempre con el 4x4 arriba y abajo, siempre con la apelación a las prestaciones sexuales y siempre con la pesadumbre intrínseca a haber dejado que esa felicidad a que hago mención se haya escapado entre los dedos y ahora se la intente generar ingiriendo una pastillita. Por supuesto, la novela dispone de no pocos momentos brillantes y de su habitual carga de profundidad, claro: tiro en la nuca al sueño de la Europa unida, estirón de orejas a París como ciudad cruel y envejecida llena de gente que vive sola, patada en los higadillos a las ínfulas industriales del estado español, diatriba al oficio médico como alargador artificial de existencias que se han vaciado de contenido.

Ahora ya, cada uno, que la lea y opine. Parece ser que no habrá otro remedio.

Un montón de reseñas de (o sobre) Houellebecq AQUÍ

viernes, 18 de enero de 2019

Lev Tolstoi: La felicidad conyugal

Idioma original: ruso
Título original: Семейное счастие
Año de publicación: 1859
Valoración: Recomendable




Detrás de un título así de contundente encontramos una historia sencilla, narrada por Masha, una adolescente huérfana, heredera de una propiedad agrícola, no muy extensa según parece, que lleva una vida plácida junto a su hermana pequeña y el aya. La tristeza por el reciente fallecimiento de su madre se diluye un poco gracias a las frecuentes visitas de un antiguo amigo del padre, un hombre soltero que idealiza y al que acaba declarándose.
Con estos mimbres podríamos esperar cualquier cosa, pero se trata de un argumento concebido a mediados del siglo XIX cuyo autor es León Tolstoi, nada menos: aristócrata ruso de la época arraigado al terruño, de ahí su innegable conocimiento del ambiente descrito en la novela.
La felicidad conyugal es su primera novela no autobiográfica, anterior por tanto a sus obras mayores y mucho más célebres que esta. Sin embargo, y a pesar de no llegar a las doscientas páginas en formato pequeño, del reducido número de personajes –algunos apenas esbozados- y de la sencillez de la anécdota, su genialidad posterior se manifiesta ya en la exactitud del lenguaje, en la eficacia y belleza de las descripciones, en su agudeza psicológica y en que le bastan unas pinceladas para retratar con rigor a la alta sociedad de San Petersburgo.
La primera parte –y más lograda, creo- es un más que convincente ejercicio de introspección que nos pone en la piel de la protagonista mostrándonos sus inseguridades y sus sueños. Finalmente, asistimos al desarrollo de una relación que parece idílica pero cuya asimetría no parece presagiar nada bueno. La cosa cambia cuando se registran las incidencias de esa vida matrimonial que anuncia el título, porque entonces el Tolstoi moralista que tan bien conocemos no puede evitar meter baza y, progresivamente, adueñarse de la historia imponiendo su punto de vista aún a costa de forzar los acontecimientos, de eludir lo que no le conviene y hasta de alterar el carácter de los personajes para que coincidan con sus propósitos. Con ello pierde verosimilitud y coherencia pero, eso sí, sus tesis quedan intactas. ¿Cuáles son esas tesis? Pues que la vida mundana es peligrosa, que el marido ha de imponer su autoridad, y si no lo hace la esposa acabará reclamándola, que la pasión es un elemento dañino en las relaciones, que hasta un beso en la mejilla recibido involuntariamente de otro convierte en culpable a la mujer etc.
Contra lo que pueda parecer, y algunos críticos defienden, no creo que se trate de abogar por algo tan obvio como la transformación de un sentimiento impetuoso en algo más tranquilo y duradero. Porque el resquemor se ha instalado en la pareja y convivirán con él, y entre ellos, como si fuesen dos extraños hasta que la muerte los separe. Y ella, a su pesar, se ve obligada a aceptar ese estado de cosas porque es la decisión de su marido. Un castigo perpetuo, como el de Karenin impidiendo a Ana tener contacto con su hijo. La cuestión estaría en averiguar si Masha es o no la precursora de Ana Karenina. En ese caso, la copia sería más convincente que el modelo al estar la trama mejor resuelta, además, el personaje transgrede mucho más las normas ofreciendo a su autor la oportunidad  de ensañarse con ella a gusto. Supongo que, sobre el papel, es preferible un drama, por espantoso que sea, a un desenlace tan insulso como este. Y es que, aunque discrepe con ambos mensajes, si esta segunda parte sirvió de ensayo para tamaño novelón, podemos perdonar a Tolstoi cualquier incongruencia. 


Del mismo autor: Guerra y paz, Sonata a Kreutzer, Ana Karenina,

jueves, 17 de enero de 2019

Mick Herron: Caballos lentos

Idioma original: inglés
Título original: Slow Horses
Año de publicación: 2010
Traducción: Enrique de Hériz
Valoración: recomendable


Pese al nombre, la Casa de la Ciénaga no es ningún pub de inspiración dickensiana. No se trata tampoco de una escape-room gótica ni de una página web sobre cine de terror de serie Z... Y, por supuesto, no se refiere ni a una casa de verdad, ni mucho menos a una ciénaga. En esta novela, así es como se conoce al departamento o sección de los servicios de inteligencia británicos donde son destinados aquellos de sus miembros que han cometido fallos graves (o tontos), que han sido elegidos para hacer de cabezas de turco de los errores ajenos o que han sucumbido de una forma u otra a alguna de las muchas debilidades humanas. Dicho en plata: que la han cagado y han pasado a engrosar el grupo de los "caballos lentos", que en el argot de los servicios secretos (y supongo que antes de los hipódromos), son el equivalente a los caballos que se quedan rezagados, sin posibilidad de disputar la carrera y ni siquiera alguno de los puestos de cabeza. Ese es el reino de Jackson Lamb, un veterano de los tiempos de la Guerra Fría sarcástico, gordinflón y flatulento, cuyo cometido parece ser, más que nada, fastidiar a sus subordinados.

Como se puede ver, esta es una novela de espías británicos, pero nada que ver con John Le Carré -un poco sí con Graham Greene- y, desde luego, a años luz de Ian Fleming; aquí lo más parecido que hay a James Bond es River Cartwright, un joven "caballo" que tras un error  bien gordo se ha librado de ser expulsado del Servicio tan sólo por la influencia de su abuelo, también un -respetado, en este caso- agente de otra época. Sin embargo, aunque el protagonista de la novela parece ser River, en un primer momento, nos acabamos dando cuenta de que el verdadero personaje principal, el 007 de la novela, es el inefable Lamb (el apellido, como es de suponer, es una ironía del autor), que se ha de desenvolver en un verdadero quilombo de operaciones internas que mezclan terrorismo, grupos de extrema derecha y algún político bastante reconocible en un ambiente pre-Brexit -la novela es del 2010-, pero que ya anuncia la estulticia y confusión (no solo en el UK) que sobrevendría años después y en la que todavía estamos.

Así pues, provisto con esta especie de "doce del patíbulo" (aunque a veces parecen más los polis de Brooklyn Nine-Nine), Mick Herron forja una trama impecable -quizá abusa un poco del engaño al lector-, original  y, desde luego, de lo más entretenida, además de enseñarnos un estupendo muestrario de personajes de lo más peculiar aunque, al mismo tiempo, creíbles gracias a una construcción sólida y compleja. Lo extraño, la verdad, es que esta novela, al igual que el resto de la serie que inaugura, dedicada a Lamb y sus chicos, no hubiese sido hasta hace bien poco publicada en castellano. En fin, nunca es tarde...

Por cierto, y como detalle que todos los biblionecrófilos agradecemos a Mr. Herron: en el libro aparece la tumba de Blake (está en el mismo cementerio que la de Daniel Defoe, al parecer)... Eso sí, cuando se escribió esta novela, aún no lucía su nueva lápida... ; )

miércoles, 16 de enero de 2019

Lucia Berlin: Una noche en el paraíso


Idioma original: Inglés
Título original: Evening in paradise: More stories
Año de publicación: 2018
Traducción: Eugenia Vázquez Nacarino
Valoración: Muy recomendable

-Hola Oriol. Me comentas que te han regalado Una noche en el paraíso. ¿Qué te parece una reseña a cuatro manos? Desde luego, es un libro al que le tengo un montón de ganas. La anterior recopilación de relatos de Lucia Berlin, Manual para mujeres de la limpieza, me fascinó; me pareció que la autora tiene una voz original. Exquisita y cargada de arrojo y belleza. Y además, su condición de personaje relegado al olvido, ninguneado por la industria editorial, le añadía un extra de atractivo, aunque esta es una consideración que nada tenga que ver con el interés o valor de su escritura. Pero bueno, lo que vengo a decirte es que no suele ocurrirme con frecuencia, esperar la salida de un título nuevo con tanta apetencia como con Una noche en el paraíso. Si me gusta tan sólo la mitad de lo que lo hizo Manual para mujeres de la limpieza ya será un gustazo.

-¡Encantado de hacer una reseña contigo, Carlos! La verdad es que yo no he podido leer todavía Manual para mujeres de la limpieza, pero no tardaré en hincarle el diente. Y es que Una noche en el paraíso me ha dejado con ganas de más Lucia Berlin. Por si no se ha notado, esta antología me ha encantado: la mayoría de los relatos que la componen estaban muy bien. Encima, es lo suficientemente variada como para no saturar al lector. De hecho, Berlin me ha parecido capaz de moverse con holgura por registros de lo más distintos. Algunas historias estaban en primera persona, otras en tercera; había textos empañados por un tono algo ingenuo, y otros se decantaban por una voz narradora casi fatalista; cuando te has acostumbrado a los escenarios suburbanos, va y te sale con una ambientación que bien podría haber sido narrada por Stefan Zweig...

-Quizás, Oriol, uno de los rasgos de Lucia Berlin que más me llaman la atención sea la ausencia de cinismo, carencia más que remarcable en alguien que a los treinta y dos años acumulaba tres ex-maridos, cuatro hijos y una rotunda afición al trago. Lucia Berlin (EE.UU., 1936/2004) escribió a lo largo de su vida unos setenta y pico cuentos, veintidós de los cuales están recogidos en Una noche en el paraíso, habiendo asistido en su juventud gracias a su conocimiento del castellano a las clases del escritor aragonés Ramón J. Sender en la Universidad de Nuevo México. Y sí, sus protagonistas parecen tener mucho de ella misma; mujeres que siempre contestan al teléfono y nunca cierran con llave. Mujeres que plantan flores, cultivan carcajadas, sonríen a las visitas inesperadas y leen y cantan a sus hijos, aunque sus vidas parezcan una calamidad, un despropósito, un loco desafío.

-Yo también he localizado en estas narraciones los elementos autobiográficos de los que hablas, Carlos. Uno de los más curiosos aparece en "La barca de la Ilusión" y "Las (ex)mujeres". Ya sabes, cuando dos mujeres apuñalaran al ex-camello de su marido, aunque el herido apenas sangra. Y estoy completamente de acuerdo en que la voz de Berlin, por fatalista que sea, nunca es cínica. Hay relatos en los que habla de las infidelidades o de los prejuicios, por ejemplo, y la tía es capaz de meter humor. Entendámonos: un humor simpático, nunca cáustico. El humor empañaba precisamente "Mi vida es un libro abierto", uno de mis relatos favoritos. Llegados a este punto, ¿puedo preguntarte si hay algún texto que no te haya gustado y por qué?

-Claro que hay relatos que me han gustado y otros que no tanto. En general me han parecido un punto más apesadumbrados y abigarrados que los cuentos recopilados en Manual para mujeres de la limpiezaMe ha llamado al atención la presencia de numerosos personajes en algunas piezas, algunas tan breves, como si la autora quisiera -intencionadamente o no- dejar constancia de la presencia de determinadas personas. Pero si tuviese que destacar alguno, me quedaría con "Perdida en el Louvre" y también con "Lead street, Alburquerque". Por perlas como esta: "Tendríamos dos hijas y una sería dentista y la otra adicta a la cocaína. Bueno, por supuesto, no sabía nada de eso, pero vi que no sería un camino de rosas". O esta otra: "No se trataba solo de que fuese joven. Llevaba toda la vida de un lado a otro. (...) daba la impresión de que nadie le hubiese contado ni enseñado en qué consistía hacerse mayor, formar una familia o ser una esposa. De que una razón de que fuese tan callada era que estaba observando, para ver cómo se hacía". Pero si me preguntas por alguno que no me haya gustado, pues me temo que la respuesta se queda en blanco, porque de verdad que no me parece ninguno prescindible. ¿Qué opinas tú, Oriol?

-Uff... En mi caso, ha habido unos cuatro relatos que no me han gustado. Cosa que no ha arruinado mi experiencia lectora, ¿eh? Pero, por ejemplo, el que da título al volumen me ha dejado bastante tibio. Lo mismo sucedía con "Polvo al polvo". Y justo estas dos historias giraban de forma casi exclusiva alrededor de los hombres. Teniendo en cuenta que gran parte del libro se centraba en la figura femenina, lo cierto es que me hubiera gustado poder disfrutar estas dos piezas.  

-Los cuentos aquí reunidos fueron escritos entre 1981 y 1999, publicados sobre todo en revistas y editados en formato libro con posterioridad, sin apenas repercusión entre lectores y crítica. Y ahora, décadas después, se han convertido en un éxito de ventas y han tenido una repercusión extraordinaria. No soy capaz de elaborar una teoría al respecto, pero me alegro porque me parece una escritura valiosa y perdón por la falta de originalidad, lúcida y luminosa. Así que en mi opinión, resultan muy recomendables. ¿Qué opinas tú, Oriol?

-¿Cómo? Ah, perdona, ya estaba buscando Manual para mujeres de la limpieza. Coincido completamente contigo, Carlos. Muy, muy recomendables.


 Oriol Vigil & Carlos Ciprés


También de Lucia Berlin en ULAD: Manual para mujeres de la limpieza

martes, 15 de enero de 2019

Jean-Yves Jouannais: El uso de las ruinas

Idioma original: francés
Título original: L´usage des ruines
Traducción: José Ramón Monreal
Año de publicación: 2012
Valoración: Muy recomendable

Un tipo curioso este Jouannais, crítico de arte y con vocación, según dice, de ser un personaje literario de Vila-Matas, con quien mantiene una rara relación epistolar. Yo creo que a Jouannais lo que realmente le gustaría sería escribir como Vila-Matas, y la verdad es que estilo y creatividad no le faltan.  Por lo visto, hace algún tiempo a este autor francés le empezó a dominar una especie de obsesión con las guerras, y se sumergió de lleno en ese mundo, con una perspectiva artístico-literaria muy rompedora. De hecho, dio un ciclo de conferencias periódicas sobre el tema en el Centro Pompidou, y de ese estudio y elaboraciones surge también el título que ahora comentamos.

El uso de las ruinas es una reflexión sobre una serie de episodios bélicos de épocas muy diferentes, desde el imperio persa hasta la Segunda Guerra mundial, centrados siempre en el sitio o bombardeo de una ciudad o una fortaleza. Son relatos breves de sucesos terribles, lugares devastados y poblaciones aniquiladas, con precisión y ritmo bastante borgianos, cuyo foco se detiene siempre en la ruina, el efecto físico del ataque, lo que literalmente es, tirando de tópico, el paisaje después de la batalla. Ahí se centra el autor para examinar qué quedó de aquella violencia, su huella material, a veces su ausencia, y leer en ella las intenciones del agresor (incluso de sus víctimas). 

Expone Jouannais la importancia de las ruinas para el vencido: la derrota no es del todo completa si se conserva el vestigio de un esplendor anterior, la prueba de una defensa heroica que de alguna manera conserva la llama de haber hecho frente al agresor. Por eso varios de los casos relatan la obsesión del vencedor para aniquilar por completo, hasta sus cimientos, el reducto, el bastión, la ciudad rebelde. Así, la demolición de la cancillería diseñada para Hitler por su arquitecto de cabecera, Albert Speer, la desaparición de Cartago a manos de los romanos, o la pulverización de una extraña isla artificial en los Países Bajos o de una fortaleza camino de Tombuctú. Los restos son a veces utilizados para conmemorar la batalla –quizá en un monumento, o en un uso civil-, y otras dispersados con furia para que no quede de ellos ni el polvo; pero el borrado absoluto del enemigo es también, en muchos casos, trabajo del ejército victorioso.

En otras ocasiones, la desaparición final del objetivo no es tanto voluntad del agresor sino el fin lógico de la secuencia del combate. Durante la I Guerra mundial, la colina de Vauquois, en la Lorena francesa, fue objeto de encarnizados combates durante años. El uso intensivo y salvaje de las minas por ambos bandos alteró la orografía del cerro, modificando su perfil y altitud, dejando un paisaje irreconocible. Algo similar –me permito añadir por mi cuenta- a lo ocurrido décadas después con los bombardeos rusos sobre Chechenia.

En ocasiones la guerra genera paisajes inesperados, no ya (o no solo) por la destrucción, sino por sutiles y provisionales transformaciones del paisaje. Cuenta Jouannais que ante la eficacia de los sistemas antiaéreos alemanes, los aliados encontraron finalmente un sencillo sistema para despistar a los radares. No recuerdo si era en Hamburgo, se lanzaron señuelos cargados con millones de tiras de papel de aluminio que, además de facilitar un bombardeo más cómodo, sembraron los alrededores de la ciudad devastada de una especie de floración brillante que, al menos durante un corto espacio de tiempo, creó una estampa casi irreal. Alguna fotografía da testimonio del paradójico fenómeno.

Pero el uso de las ruinas o su aniquilación no solo es consecuencia, voluntaria o azarosa, de la lucha. El escombro puede ser usado como nueva línea fortificada, como parapeto, tal y como se hizo para resistir el brutal sitio de Stalingrado, según cuenta al autor. O como material de trabajo, por acumulación, como algunos de los montajes Merzbau del interesante artista alemán Kurt Schwitters. 

Las cosas pueden ir aún más lejos cuando alguien convierte la destrucción en algo abstracto y lo utiliza de la forma más sublime y más estremecedora: dice Jouannais que, entre otras alternativas mucho más razonables, Julio César sólo decidió emprender la campaña de las Galias porque le pareció escenario más apropiado para escribir el célebre libro que todos los que hemos estudiado latín hemos sufrido con tanta paciencia (La guerra de las Galias). Y hay hasta quien parece haber sugerido (no sé si desarrollado) un sistema para leer en las ruinas como se leen las entrañas de un pollo. Creo que es un profesor polaco llamado Bolgacki o algo así, y a nuestro Jean-Yves no parece que le incomode mucho la idea.

Escrutando en todas estas cuestiones encontramos algo de lo que podríamos llamar intrahistoria de esas batallas, datos e imágenes que los libros ignoran, y que aportan una dimensión más cercana, no sé si más humana. Parece que veamos humear los restos, tocar las montañas de cascotes y observar los detalles de lo que ocurrió, por qué, cómo, quiénes. En definitiva, episodios llamativos, casi siempre interesantes y muy bien relatados, que aportan un punto de vista en mi opinión absolutamente novedoso sobre la guerra y sus consecuencias. Y un autor con talento para contarlo y valentía para arriesgarse en hipótesis, a veces en divagaciones, de esas que abren la mente. Incluso se permite la osadía de incluir un relato apócrifo, basado en un recuerdo familiar.

lunes, 14 de enero de 2019

Isaac Bashevis Singer: Escoria

Idioma original: Yiddish    
Título de la versión inglesa: Scum  
Año de publicación de la versión inglesa: 1991 
Traductor al español: Carlos Lagarriga 
Valoración: Entre recomendable y está bien

Mi primer contacto con Isaac Bashevis Singer, escritor laureado con el Premio Nobel de Literatura en 1978, no podría haber sido más satisfactorio. Y es que Escoria es una novela de poco más que doscientas páginas, soberbiamente escrita y cuyo trasfondo no carece de interés. Presenta algunos defectos, como se verá en breve, pero, pese a todo, sigue siendo una lectura de lo más recomendable. 

¿De qué trata? Pues bien, su protagonista se llama Max Barabander. Max es un judío polaco que de joven emigró a la Argentina y consiguió amasar una fortuna. A sus cuarenta y siete años regresa a Varsovia, huyendo del trauma que ha supuesto la muerte de su único hijo, así como de la crisis matrimonial que dicha muerte ha conllevado. Ya en su ciudad natal, Max se irá hundiendo más y más en «un embrollo de mentiras y estafas», debido a su personalidad contradictoria e impulsiva.

El argumento de Escoria es bastante repetitivo, todo hay que decirlo. Max va conociendo (o reconociendo, en algunos casos) a gente, y a veces hace alguna promesa que momentos después se ve incapaz de cumplir. Sobre todo, hace promesas a mujeres. Como el buen Don Juan que es, se compromete/lía con mujeres a las que no puede honrar ni ayudar.

Así pues, si su argumento es tan cíclico, ¿qué tiene de aconsejable esta novela? Bueno, para empezar, la prosa de Singer es buenísima. Además, los retratos que el autor hace de Varsovia y de la sociedad judía de la época están muy logrados. Pero, para mí, lo mejor de Escoria es su protagonista, el propio Max. Está escrito para ser muy verosímil, para sentirse humano. Asimismo, sus defectos nos impelen a simpatizar con él. ¿Qué decir de su vano intento por sobrellevar una crisis de la mediana edad? ¿O de su constante forcejeo entre su sexualidad y las rígidas costumbres de sus compatriotas? ¿O de su voluntad para hacer lo correcto, siempre frustrada por su naturaleza moral corrupta? Como se podrá ver, es imposible no sentir cierta empatía por este mujeriego ya caduco, por este creyente extraviado.

Poco más que añadir. Pese a sus defectillos (un argumento reiterativo y una extensión algo exagerada para lo que se nos está contando), Escoria vale la pena. A su manera, recuerda a la magistral Memorias del subsuelo, tiene una prosa correcta, buena ambientación y un protagonista interesante. Tampoco es una novela que caiga en el olvido nada más acabarla. Eso lo consigue un final algo efectista, pero que no resta seriedad al conjunto y que, de hecho, cierra la narración con un broche memorable. Lo tengo claro: insistiré con Singer.


También de Isaac Bashevis Singer en ULAD: Shosha, La familia Moskat, La destrucción de Kreshev

domingo, 13 de enero de 2019

Donna Tartt: El secreto

Idioma original: inglés
Título original: The Secret History
Año de publicación: 1993
Traducción: Gemma Rovira Ortega
Valoración: recomendable

Vamos a dejarlo en un escueto "recomendable" algo alto. Aunque dudo que muchos fueran capaces de escribir algo así antes de la treintena, ochocientas páginas son demasiadas (aunque se vuele en ellas, especialmente en las dominadas por los diálogos) para una resolución que bordea en lo policial, y he de decir que El jilguero me gustó más, le noté un aire más maduro, un planteamiento más ambicioso, como si aquí Tartt quisiese ser más Easton Ellis (a quien dedica, por cierto, la novela) y allí resultase ser más Franzen.

La sinopsis de la contraportada ya es escueta y con razón. "El secreto" (curiosa traducción del título que acaba relacionándola con ese repugnante tomito de autoayuda de una tal Rhonda Byrne) parte de una trama que, a poco que uno se extienda, revela demasiado pronto sus tiros escondidos. Richard, estudiante de lenguas clásicas es aceptado a regañadientes en un pequeño grupo de estudio, apenas media docena de alumnos, liderado por Julian, el típico profesor de rica estirpe que trabaja sin cobrar y por el gusto del proselitismo cultural. La materia de estudio es el idioma griego clásico, el escenario un campus de una pequeña pero elitista Universidad norteamericana, los personajes, indudables puntos fuertes de esta novela, los integrantes del grupo y algunos otros, ya en trazos más tenues, que se relacionan con ellos, que entran y salen en ese grupo que es cerrado y se cierra más, mera cuestión de supervivencia, cuando uno de sus juegos acaba con daños colaterales. Esa es la premisa del libro, puesta de relevancia en pocos párrafos (como hizo Richard Ford en Canadá), la del crimen involuntario o casual (pequeño hándicap, ese es un detalle que Tartt no aclara con contundencia) que necesita de otro crimen para poder ser perfecto o irresuelto. Este segundo crimen, este segundo asesinato, ya premeditado y calculado a conciencia.

Tartt afrontó esta historia brillante de forma algo irregular. Richard, narrador parece aportar la conciencia que a los otros les falta, parece no disponer de suficiente tiempo para sumergirse de lleno en la locura y ser el único elemento dotado de un sentido común convencional. A la vez parece ser más íntegro y menos volátil, sopesando pros y contras. Richard parece contaminarse con los devaneos insanos de sus compañeros, pero siempre mantener alguna distancia. No es capaz de que ésta sea insalvable, e ineludiblemente se ve involucrado en los hechos principales y en algunas situaciones personales, pero parece representar a esa clase media o baja que no puede permitirse derroches, que contempla cómo la clase alta se entrega a la frivolidad y pierde de vista la normalidad, la elude en su administración de recursos, en la fluidez de las relaciones. Todos esos hijos de empresarios y directivos de alto rango que son sus compañeros parecen constituir, más que un grupo de estudio para mentes brillantes, una especie de galaxia solipsista que, alejada de la realidad, es inconsciente de las consecuencias de sus actos o, peor aún, desprecia estas consecuencias si no le afectan directamente.
Estilísticamente la novela está bien resuelta, aunque se note en ciertos aspectos que fue escrita a través de largos años. El desnivel entre los fragmentos puramente narrativos (ricas descripciones, agudos símiles, lenguaje frondoso) y los más propiamente de acción (unos diálogos no siempre fluidos, como si el narrador no fuera capaz de transcribir literalmente) es a veces demasiado acusado, y, particularmente, cuando todo parece precipitarse hacia una trama más policíaca, especialmente en esa parte intermedia donde, perpetrado el segundo crimen, sus autores intentan regresar a una normalidad que no debe serlo en apariencia, algunas páginas parecen demasiado innecesarias (relleno que, por cierto, me permite que esta novela pueda validarse como "tocho") y desvirtúa un poco la intención del libro, que de lo que podría haber sido (una aguda crítica a esos universitarios  de familias ricas que llenan las universidades USA, sean o no de la Ivy League, y a sus aburridas existencias donde todo se arregla pidiendo a los papis que ingresen otra decena de miles de dólares), a lo que acaba siendo, una digna y entretenida, pero desigual, historia, a medio camino entre lo policíaco y lo iniciático. Ninguna queja para una novela escrita por una autora antes de cumplir la treintena, pero que me hace preguntar si constituye, por sí sola, un motivo para tanta repercusión de obras posteriores.

sábado, 12 de enero de 2019

Walter Mosley: Traición

Idioma original: inglés
Título original: Down the River Unto the Sea
Año de publicación: 2018
Traducción: Eduardo Iriarte
Valoración: está bien


La competencia e incluso excelencia como narrador de Walter Mosley  resulta bien conocida para cualquiera que haya frecuentado su serie de novelas del peculiar investigador afroamericano Easy Rawlins o haya leído algún otro libro suyo como la desoladora El blues de los sueños rotos. En los últimos tiempos, este autor ha vuelto a ser publicado en España, con esta novela protagonizada por el detective, ex-presidiario y ex-policía de Nueva York Joe King Oliver, y por la que ha recibido un sustanc... perdón, prestigioso premio del género negro (más aún en este caso), policíaco o como-se-quiera-decir.

Las comparaciones son odiosas, incluso entre libros y personajes del mismo autor, pero cabe decir que este neoyorquino Oliver del siglo XXI es bastante deudor del Rawlins de los años 50 en Los Ángeles; ambos son buenos tipos que se ven obligados, a veces, a bordear e incluso transgredir la ley. Los dos cuentan con la ayuda de un compañero que no sólo la transgrede, sino que incluso puede considerarse un verdadero psicópata: su viejo amigo Mouse, en el caso de Easy R.,  el diabólico y elegante atracador-relojero Melmorth Frost, en éste que nos ocupa. Los dos, en el transcurso de sus investigaciones, suben a los más altos palacios y descienden a las más bajas cabañas, por decirlo así... Y los dos (no sé si es algo intencionado o un tic inevitable del escritor) tienen cierta fijación por los colores, tanto -y sobre todo, aunque no sólo- por la piel de sus interlocutores como en general.

Dicho esto, hay que admitir que si bien Mosley no ha perdido su eficacia narrativa, como ya he mencionado, quizá sí su "ángel" o "duende", ese punto que convertía sus novelas en originales y diferentes. En esta Traición sabe combinar dos tramas detectivescas -la del propio caso que llevó a la cárcel y a la expulsión del cuerpo de policía a Oliver, y la investigación que trata de exonerar del corredor de la muerte a un activista político-, que se van trenzando a lo largo de todala historia; ahora bien, he de confesar que en algún momento he tenido que volver atrás para recordar si tal o cual personaje que se mencionan pertenecían a una o a la otra... Tampoco me convenció, en un primer momento, la presentación tanto de los protagonistas como de los casos que los ocupan; me parecía estar leyendo el guión de alguna serie televisiva de detectives con todos los tópicos del género (de hecho, creo que se está preparando una adaptación para la tele); ahora bien, cuando la novela toma cuerpo y, sobre todo, vira por fin hacia el hardboiled la cosa mejora bastante...

También he de reconocer, siendo honesto, que seguramente mi impresión de esta novela se encuentra condicionada por el magnífico recuerdo de anteriores libros de este escritor. Quien no haya leído ninguno puede pasar con este un rato, si no agradable -se describen escenas poco edificantes-, desde luego suficientemente entretenido.


Otros títulos de Walter Mosley reseñados en Un Libro Al Día: El demonio vestido de azul

viernes, 11 de enero de 2019

Tara Westover: Una educación

Idioma original: inglés
Título original: Educated. A memoir
Traducción: Antonia Martín (ed. castellana) / Salvador Company Gimeno y Anna Torcal Garcia (ed. catalana)
Año de publicación: 2018
Valoración: recomendable

Bien es sabido que, últimamente, existe cierto interés en el sector editorial en buscar historias personales que conmuevan al lector, que causen impacto, que dejen huella y, quién sabe si también, tengan una salida para una adaptación a las pantallas porque en el fondo, en la mayoría de casos, se busca rentabilizar un producto. Y se vuelcan en la promoción. Hay veces que sí, que el bombo que se le da está justificado, pero hay veces en las que no está tan claro y, en este caso, no sé si el hype que se le está dando a este libro está al nivel de la obra. Pero veamos mejor el por qué.

Este libro, autobiográfico, narra la vida de la autora, Tara Westover, nacida en un Clifton, Idaho, un pueblo pequeño que, por aquél entonces, tendría unos doscientos habitantes. Por si esas condiciones no causaran poco hermetismo, ella nació en una familia mormona fundamentalista, en un entorno donde el padre ejercía una disciplina férrea y autoritaria bajo el pretexto de seguir los dictámenes de Dios. Así, nacida y criada con reglas muy estrictas y una excesiva aversión a la evolución, los hijos nunca tuvieron la posibilidad de ir al colegio (a excepción de los hermanos mayores, que pudieron ir antes de que el padre radicalizara su discurso) y toda formación debía ser autodidacta, para evitar caer en manos de los Iluminados (tal como su padre denomina a los profesores). El recelo a las instituciones, no únicamente era respecto a las escuelas, sino también a los demás entes estatales, incluyendo un rechazo completo a médicos (pues la vida está a merced de lo que dictamine Dios) u otros organismos. En este ambiente cerrado, hermético y claustrofóbico, la idea de su padre era que ellos debían saber hacer todo lo necesario para salir adelante (tareas del hogar, crianza, construcción, o ejerciendo de curandera y partera en el caso de su madre, aún y haciéndolo sin estar titulada para ello). La familia debía estar preparada para cuando llegaran los «Días de la Abominación»; debían estar listos para ello y ser autosuficientes.

En este ambiente se desenvuelve la historia, narrando la vida de la autora en estas condiciones extremas, exigentes y despiadadas. Y la consecuencia de ello es inmediata, pues la culpa y los remordimientos aparecen en la joven Tara cuando decide tomar alguna decisión en contra de la voluntad del padre. Se siente mala hija, siente que le ha decepcionado, por mucho que a ojos ajenos o del que lo lee desde la distancia pueda parecerle inconcebible. Es el resultado de años de presión, de represión, de censura, de hacerla sentir culpable por aquello en lo que difiere de la creencia familiar. La culpa y la vergüenza por no aceptar que ciertas decisiones recaigan a manos de los designios divinos, sino que deben recaer en uno mismo.

Estructuralmente, la novela se divide en tres grandes partes (infancia, juventud y madurez), donde se relata la trayectoria vital de la autora. A pesar de que la historia está bien hilvanada, sin grandes saltos temporales ni idas y venidas en el tiempo, el resultado de las diferentes partes es bastante desigual. Cabe decir que el libro empieza fuerte, pues la autora nos traslada de golpe en ese ambiente opresivo, estricto, duro, agresivo y despiadado, donde el maltrato físico y psicológico es constante. Ese principio es muy bueno, pues nos introduce de lleno en la historia de manera directa. Pero, una vez superado el impacto, y habiendo conocido por la durísima situación que tuvo que pasar la autora en su infancia, la reiteración de escenas, el exceso de situaciones conflictivas, y el abuso de experiencias traumáticas bastante similares lastran el ritmo narrativo. Esta primera parte ocupa unas doscientas páginas, y me atrevería a decir que sobran la mitad de ellas. Afortunadamente, superada la mitad del libro, el ritmo aumenta, vemos cambios en la vida de la autora, vemos una ventana al sol, una puerta de salida, un despertar. Ahí sí, la narración atrapa y te lleva a animar a la autora en su lucha, su fuga, su escape. Y con ese ímpetu in crescendo, llegamos a una parte final, donde la autora toma consciencia de gran parte de los traumas ocasionados por su padre (principalmente) durante esa terrible infancia, pero, lamentablemente, en esa parte más reflexiva y consciente, la autora parece que no acaba de encontrar el tono narrativo; es algo justificable, pues son memorias relativamente recientes, y puede que, al ser así, la autora no tenga claro qué enfoque quiere darle y en esa duda pierde el tono y la estructura, quedándose un poco a medio camino, en un final algo atropellado y no muy bien resuelto.

En una época en que cada vez estamos más acostumbrados a libros escritos en base experiencias personales (la famosa narración del yo), cuesta ya sorprender al lector o atraparle en el relato; cuando un libro autobiográfico se sustenta principalmente en la historia narrada, pero no ofrece una calidad narrativa de muy alto nivel y además tiene partes tan irregulares, es difícil que la historia aguante las casi quinientas páginas del libro. Bien es cierto que hay párrafos interesantes y fragmentos que te hacen reflexionar, pero la reiteración de algunas escenas y situaciones causan cierto cansancio lector. Aun así, a pesar de ello, es un libro recomendable si tenemos en cuenta el escenario que nos plantea, la valentía y la denuncia  de la autora hacia su propia familia, y los estragos que sobre la sociedad causa una creencia extrema, sesgada y malinterpretada de la religión, pues, cuando se cae en extremismos, uno pierde el sentido de la realidad y con ello, deja decisiones vitales en manos de una creencia, una religión o una interpretación personal de la misma que deja que la vida y el futuro de uno quede en manos ajenas, eliminando así cualquier responsabilidad sobre lo que ocurre ni capacidad de influir en el propio futuro.

Por todo ello, y a pesar de los aspectos menos logrados, el libro es interesante por el retrato sociológico que hace de una parte de la sociedad que interpreta de manera extrema la religión y hace de ello su modus vivendi; en este aspecto la autora ya aclara de entrada que su propósito no es criticar al mormonismo per se. De hecho, se desmarca en gran parte de este análisis estrictamente teológico, porque más que una crítica a la religión, el libro trata sobre lo que ocurre cuando se junta una interpretación extrema de la misma con la dureza y rigidez de un padre, de férrea disciplina y creencias y la educación e ideas que transmite a sus hijos, de manera continua, dura, cruel y autoritaria, menoscabando su libertad de pensamiento y acción, limitando su capacidad de decidir, hasta el punto de acabar auto infringiéndose su propio castigo.

Más allá de una interesante y gran historia de autosuperación, valentía, y despertar vital, la autora expone en este libro, a través de su historia personal, una crítica a los religiosos extremos, a aquellos que ligan completamente su vida y su destino a un Dios (o a la interpretación que dan a la religión) que rige y destina cada uno de sus actos. Ubicando la religión y Dios como centro de todas las decisiones, no únicamente se pone el destino en sus manos, sino que se aparta la responsabilidad de uno mismo para con su propia vida. Y si no somos dueños y responsables de lo que nos ocurre, aún y aceptando que el azar existe, si no elegimos, participamos y nos cuestionamos sobre nosotros mismos y nuestro entorno, ¿podremos realmente conocer quiénes somos? Hacerlo sí sería una toma de consciencia, un aprendizaje, una verdadera y provechosa educación.

jueves, 10 de enero de 2019

Ernesto Sábato: Abaddón el exterminador

Idioma original: Español
Año de publicación: 1974
Valoración: Imprescindible

"Abaddón el exterminador" es la tercera y última obra narrativa publicada por Ernesto Sábato y vendría a constituir, según los expertos, una especie de trilogía junto a las anteriores (y magníficas) "El túnel" y "Sobre héroes y tumbas". Personalmente, no estoy del todo de acuerdo en que las tres obras constituyan una trilogía ya que, pese a que tienen en común una temática y unas inquietudes y obsesiones muy determinadas, no comparten personajes y pueden ser leídas de forma independiente, en especial "El túnel" y "Sobre héroes y tumbas". De hecho, diría que la lectura previa de "El túnel" no es, ni mucho menos, indispensable para la comprensión de "Abaddón", aunque la de "Héroes y tumbas" sí que se hace más que conveniente.

Por otra parte, "El túnel" y "Héroes y tumbas" sí que son novelas más o menos al uso. Por contra, "Abaddón" es, al mismo tiempo, novela, ensayo sobre arte, texto político, tratado filosófico y una suerte de guía de lectura de toda la obra de Sábato. Es una es una obra de ficción que habla de sí misma, un libro fragmentario, confuso y oscuro, mucho menos "directo" y más experimental que sus antecesores. Vamos, que no encontraréis aquí una historia de "amor" como la de Juan Pablo Castel y María Iribarne o la de Alejandra y Martín, pero sí que volverán a aparecer muchas de las "filias y fobias" presentes en las anteriores novelas de Sábato y esa perpetua búsqueda del ABSOLUTO.

Para empezar, el propio Sábato se convierte en uno de los protagonistas principales del libro, rompiendo con la "lógica" de la novela tradicional. "Abaddón" pasa a ser, entonces, una obra de autoficción en la que "la función del arte" y "la posición del escritor ante su obra" adquieren un carácter fundamental. Tanto es así que las recurrentes obsesiones del autor, sus sucesivos desgarramientos y la permanente búsqueda de eternidad a través del arte y la escritura, además de ofrecernos claves acerca de la obra anterior de Sábato, constituyen el núcleo de "Abaddón" (al menos para mi).

Fruto de esos desgarramientos y de sus continuas búsquedas en la ciencia y el arte nace otra de las vertientes del libro: la que en párrafos anteriores llamé "tratado filosófico". En el, Sábato navega entre el marxismo y el existencialismo, luchando con sus dudas y contradicciones y con los puntos de fricción entre ambas corrientes, vinculados sobre todo con la dualidad del ser humano (racionalismo contra inconsciente, vigilia contra sueño, ciencia contra espiritualidad, realidad contra mito, razón contra potencias invisibles e invencibles, etc). 

A medio camino entre ambas vertientes del texto podríamos situar la parte política de "Abaddón", reflejo de un mundo en crisis en una época terrible y confusa. Esta parte se centra en las luchas de liberación que tuvieron lugar en América Latina en los años 60 y 70 y en la posibilidad (o no) de la creación de un hombre nuevo. Pero no es tanto un ensayo político como una muestra más de algo a lo que aferrarse (un amor, el arte, la religión, la revolución...) dentro de las constantes búsquedas humanas.

Por último, y sobrevolando todo lo anterior, está la trama propiamente novelesca, esa en la que  diversos personajes tratan de huir de un destino que inexorablemente acaba encontrándolos o de un pasado que solo alcanza su pleno sentido en el instante de la muerte. La búsqueda del absoluto y el desgarramiento interior de los personajes vuelven a ser, al igual que en "El túnel" y en "Héroes y tumbas", temas centrales del libro, aunque en esta ocasión no da lugar a historias y personajes tan apabullantes y brutales.

Pese a esta última apreciación, "Abaddón" constituye un texto imprescindible, sobre todo por dos motivos. El primero es su "modernidad". Se trata de un texto que trata de salir de los límites de la novela en busca, quizá, de la misma totalidad o absoluto que buscan sus personajes. Y esto, pese a su fragmentariedad, lo consigue plenamente. El segundo motivo es que, pese a situarse en un contexto político y geográfico muy concreto, "Abaddón" trasciende ese contexto y se sitúa en el ámbito de lo universal. Las dudas, miedos, terrores y  obsesiones más profundas e inconscientes son, básicamente, las mismas y Sábato nos las hace sentir en toda su crudeza.

En fin, que he vuelto a leer, casi 10 años después, "El túnel", "Sobre héroes y tumbas" y "Abaddón el exterminador" y no me arrepiento. Sé que dentro de unos años volveré a leerlos. Seguro.

También de Ernesto Sábato en ULAD: Sobre héroes y tumbasEl túnel

miércoles, 9 de enero de 2019

Fernanda Trías: La azotea

Idioma original: español
Fecha de publicación: 2001
Valoración: Muy recomendable

La premisa no es la más original del mundo: el encierro, la paranoia, el hundimiento en la miseria y la locura de un grupo de personajes, de una familia en este caso. Pero con este tema se pueden escribir novelas buenas, mediocres y malas; y también grandes novelas, cargadas de posibles significados que no se agotan en una simple explicación alegórica. La azotea, de Fernanda Trías, que ahora publica por primera vez en España la recién nacida editorial Tránsito, es una de estas últimas.

Clara, la protagonista y narradora de La azotea, vive encerrada en un apartamento con su padre, que a su vez está encerrado en un cuarto, y con un pájaro, que a su vez está encerrado en una jaula. Para sobrevivir solo cuentan con el dinero heredado de la mujer del padre (¿y madre de Clara?), Julia, un dinero que amenaza con acabarse en cualquier momento. Clara está embarazada, y solo cuenta con Carmen, una mujer de acento y carácter duros, para ayudarle durante todo el proceso. Flor, su hija, unos peces, todos se unen en ese encierro involuntario, poblado de fantasmas, ruinas y cicatrices, traumas que se desvelan poco a poco y nunca completamente.

A medida que avanza la novela, Clara continúa cerrando puertas y derribado puentes con la realidad exterior, en la que cree percibir una amenaza constante e indefinida, una conspiración universal en la que participan tanto los juzgados como Carmen como la policía como las ruidosas vecinas de al lado. El único escape a esta opresión creciente es la azotea, un espacio de soledad y refugio en medio del un universo plagado de trampas. El apartamento, en cambio, se transforma en un espacio en descomposición, en el que hasta lo más básico falta: el agua, la electricidad, el afecto, la compasión.

Una obra como La azotea es una pieza de orfebrería: con tan pocos personajes y prácticamente un único escenario, el éxito depende de la capacidad para crear una voz convincente y mantener el pulso a la narración durante las páginas que dura el texto. Es lo que hacía Sara Mesa en Cara de pan, que reseñé hace poco; es lo que hace también Fernanda Trías en una obra desasosegante, dura y delicada al mismo tiempo.

Comenzar una nueva editorial es siempre una empresa arriesgada; la mejor forma de hacerlo es con un bombazo, y eso es lo que ha conseguido la editorial Tránsito, a la que habrá que seguir la pista en los próximos meses y años.


martes, 8 de enero de 2019

Amélie Nothomb: Ordeno y mando

Idioma original: Francés    
Título original: Le fait du prince 
Traductor: Sergi Pàmies 
Año de publicación: 2008
Valoración: Se deja leer (pero no vale la pena) 

Ordeno y mando empieza bien. Muy bien, de hecho. Os cuento: un desconocido entra en casa de Baptiste porque tiene que hacer una llamada telefónica. Entonces la palma. Allí mismo, en el salón. Y a nuestro protagonista se le va la pinza. Ve la oportunidad perfecta para cambiar de vida usurpando la del difunto y lo hace. Tal cual. Mola, ¿no es así? Por desgracia, una vez superadas las primeras páginas, el relato va perdiendo fuelle: su planteamiento se desinfla paulatinamente hasta aterrizar en una solución (que no es tal) la mar de anticlimática.

Encima, la intencionalidad de la historia descarrila. O puede que cambie de raíles tramposamente, no sé. El caso es que hay un cambio en el registro de la historia, y que este cambio es para peor. Eso seguro. Porque si Ordeno y mando empezaba como un pasatiempo intrascendente pero divertido y moderadamente refrescante, acaba por convertirse en una especie de fábula hueca y superficial cuyo mensaje se antoja pretencioso. De una narración con regusto a novela negra pasamos al moralismo más fútil. 

¿Por qué Nothomb no se quedaría en la tónica policial? O, ya puestos, si se le tiene que ir la flapa, ¿por qué no arriesgar más? Esta novela podría haber sido cualquiera de estas dos cosas: una apuesta vanguardista en la que se potencian el absurdo y la incongruencia (porque creedme, hay mucho absurdo en esta historia), o un relato de misterio convencional aunque sólido como ejercicio literario. En todo caso, Nothomb se muestra tímida, no acaba de decantarse por ninguna de las dos opciones, y al final las entremezcla en un desafortunado batiburrillo. Una lástima, porque esta combinación no funciona en absoluto y es incapaz de aprovechar al máximo la buena idea que es la premisa de Ordeno y mando

Por todo lo expuesto, el argumento de esta obra naufraga. Nothomb pierde el rumbo primero, y luego acaba por cerrar un planteamiento intrigante y original de la peor manera posible. El suspense alcanzado en los primeros compases de la novela se evapora; igual que la escasa coherencia que una lograda atmósfera de tintes surrealistas poseía; la trama queda deshilvanada; los misterios irresueltos; los personajes borrosos. Entiendo que muchos de estos efectos eran intencionados; por ejemplo, la autora quería que el protagonista estuviera algo desdibujado y no le daba prioridad al misterio. Pero eso no es excusa para quitarnos la cuchara de la boca después de ponernos la miel en los labios. O, ya puestos, no es excusa para tomarse a la ligera el oficio de escritor. 

En cuanto a la prosa de la novela, decir que es decente. Durante la mayoría de la historia es seca y descarnada. Y en esos momentos es altamente efectiva. Recuerda, incluso, a la de Patricia Higsmith, tan funcional pero no exenta de un soterrada ironía y alguna que otra reflexión brillante. Sin embargo, también hay veces en que la prosa adolece de arrebatos líricos extremadamente cursis y afectados. O en que se interrumpe por culpa de ideas que no vienen a cuento. Esto sucede, sobre todo, en la segunda mitad de la historia. Es entonces cuando la faceta pretenciosa de esta novela empieza a hacer aparición. 

El protagonista de Ordeno y mando es igualmente digno de mención. Se podría reconocer que, como personaje, ha sido mínimamente esbozado. Y que su caracterización es, hasta cierto punto, interesante: un antihéroe tan harto de su existencia que se aprovecha de la muerte de un desconocido para darle un giro de ciento noventa grados a su propia vida. El problema de Baptiste radica en que la atmósfera delirante de esta novela impele a Nothomb a tomarse algunas licencias demasiado extremas con él, extremas incluso dentro de una historia tan incoherente. También, no nos vamos a engañar, en que es repelente como él solo.

Así, lo mejor de esta novelita corta es su premisa, los ágiles diálogos que perpetran sus protagonistas y algún que otro fogonazo de humor bastante conseguido. Lo demás, pero, es tan insípido e insultante que es indigno de vuestro tiempo. Da la impresión de que Nothomb empieza a escribir esta obra con entusiasmo, pero se cansa pronto y la termina de forma rutinaria: desarrollo nulo de la idea base, cabos sueltos, final completamente estúpido...

Resumiendo, se nota que Nothomb es incapaz de dar un cierre satisfactorio a sus historias. Y que su faceta novelística más alejada de la inspiración autobiográfica deja mucho que desear. Lo peor es que parece que una escritora con su talento e imaginación sería capaz de cambiar esto. Le tendría que dedicar muchas más horas a plantear sus historias, a escribirlas y a revisarlas, claro, pero entregaría trabajos de mayor calidad. Quizás lo que pasa es que Nothomb se ha cansado de escribir, pero no de vender. No descarto, tampoco, que con este y otros libros quiera reírse en nuestra cara. Allá ella, a ver cuánto le dura el numerito.

Otros que se pasan de la raya son los de Anagrama. Y es que la edición de este libro es atroz. La imagen de la cubierta, desinspirada y sin relación con el contenido de la obra que precede (bueno, miento, la mujer de la fotografía es la propia Nothomb). Un cosido endeble, para variar. Fuente tamaño XL con la que doblar la extensión de una nouvelle de apenas cien páginas. Eso sí, la traducción de Ordeno y mando, a cargo de Sergi Pàmies, no está nada mal. Todo hay que decirlo, ¿verdad?


Más reseñas de Amélie Nothomb en ULAD: Aquí

lunes, 7 de enero de 2019

Patricia Highsmith: Las dos caras de enero

Idioma original: inglés
Título original: The Two Faces of January
Año de publicación: 1964
Traducción: Amalia Martín-Gamero
Valoración: recomendable

Todo el mundo sabe que el mes de enero tiene dos caras: primero, la tradicional resaca de Año Nuevo, la inevitable pesadez por la maratón gastronómica (rematada con el denostado pero ineludible roscón de Reyes, al menos por estos lares...), las tarjetas del banco temblando tras los excesos consumistas... Después vienen los buenos propósitos, las dietas, el gimnasio al que para marzo ya se ha dejado de ir, las rebajas, la interminable "cuesta de enero"... Bien, pues sobre tal esquizofrenia de la sociedad moderna occidental y la mejor manera de afrontarla sin menoscabo de nuestra salud y equilibrio interior escribió Patricia Highsmith este utilísimo libro para conservar el orden en nuestras vidas... ¡Muérete de envidia, Marie Kondo!

Vale, de acuerdo, ya dejo la patochada del día... Es evidente que éste no es un libro de autoayuda (de hecho, no se me ocurre nada más diferente de los libros de autoayuda que las novelas de Patricia Highsmith); su título hace alusión, además de que la historia se desarrolle en un mes de enero de alguno de los primeros años sesenta, al dios romano Jano, el bifronte, dios de las puertas, los comienzos y las transiciones. Dios al que hace alusión el nombre de enero en muchas lenguas europeas y, desde luego, en inglés.

La novela se podría calificar, más que de "policíaca", de "criminal" o noir, pero claro, tratándose de la Highsmith, cualquier clasificación por géneros no resulta demasiado definitoria. En ella, un joven norteamericano, Rydal Keener, que pasa una temporada en Atenas para alejarse de su familia -un típico personaje "highsmithiano", diríamos-, entra en relación, en circunstanciad harto peculiares, con un matrimonio de la misma nacionalidad que se encuentra haciendo turismo por Grecia: Chester MacFarland, un estafador de mediana edad, y su joven esposa Colette. Como, al parecer, Chester se parece bastante al padre de Rydal, recientemente fallecido, éste decide ayudarles a salir de cierto apuro y los acompaña a la isla de Creta. Allí la relación entre los tres se complica no sólo por las dificultades que deben afrontar, sino por la atracción mutua que sienten Rydal y Colette.

No voy a contar más de la trama, puesto que aún aguardan muchos giros y sorpresas en la misma. Sólo decir que la historia que cuenta convierte en un juego del gato y el ratón en el que las posiciones de uno y otro cambian, aunque además están cargadas de la ambigüedad moral que se presupone en cualquier narración de esta autora. Un thriller, de acuerdo, pero un thriller diferente, no exactamente "retorcido" sino complejo, con una perspectiva distinta a la que estamos acostumbrados con novelistas más convencionales. No es, lo reconozco, la novela más fascinante y perturbadora de esta fascinante y perturbadora escritora, pero sí lo suficientemente turbia como para hacernos plantearnos la integridad de nuestros propios principios, cómo habríamos actuado nosotros en el lugar de los protagonistas... o quizá mejor no saberlo.

Nota: la cubierta que se reproduce en esta reseña no es la de la edición que yo he leído (la de la Colección Compactos de Anagrama), pero resulta que en ésta aparece el cartel de la película de 2014 basada en la novela, y mirad, por mucho que salgan Kirsten Dunst y Viggo Mortensen y otro fulano que no sé quién es, paso de ponerla...

Más títulos de doña Patricia reseñados en Un Libro AL Día : aquí

domingo, 6 de enero de 2019

Georges Perec: Me acuerdo

Idioma original: francés
Título original: Je me souviens
Traducción: Mercedes Cebrián
Año de publicación: 1978
Valoración: Interesante

Los Me acuerdo se han convertido con el tiempo en una especie de subgénero, algo entre el experimento literario, la autobiografía y el diván del psicólogo. La puerta la abrió el norteamericano Joe Brainard, en un libro publicado en 1970 (I remember), y la idea, tan elemental que a nadie se le había ocurrido antes, triunfó de inmediato y de forma duradera. Perec transitó ese camino muy pocos años después, y le siguieron personajes diversos, como el actor Marcello Mastroianni o la dibujante libanesa Zeina Abirached. Usted, amigo lector, o vosotros, ilustres reseñistas y compañeros, o el tendero de la esquina si lo hubiese, cualquiera puede hacer su Me acuerdo particular. El modelo ya lo tenemos, y cada uno lo rellena con lo que le apetezca.

¿De qué se trata?

Pues tan sencillo como una colección de recuerdos, formulada mediante párrafos sueltos, todos (excepto uno, en el caso de Perec) iniciados con ese 'me acuerdo', no obstante el cual no se trata exactamente de recuerdos elaborados o congruentes, sino más bien de flashes, impresiones espontáneas de una escena, un personaje, una sensación. El libro de Perec contiene 480 impactos, y anuncia una continuación que nunca llegó a existir, con lo que no sabemos si esa puerta abierta era una intención incumplida o renunciada, escondía un mensaje sobre lo fraccionario del repertorio, o era simplemente una boutade.

¿Experimentación formal? o ¿Por qué el Me acuerdo de Perec es diferente a los demás?

En principio, lo que haya de experimentación formal en la fórmula no se debe atribuir a Perec sino al citado Brainard. Pero sí hay un matiz importante. No he leído el libro del autor norteamericano, pero entiendo que el formato abre la puerta a la autobiografía, el diario o las memorias, como supongo que será el camino seguido por los demás meacuerdistas. Pero Perec parece despojarlo de toda subjetividad, en la medida en que eso es posible.  En los recuerdos de Perec no aparece la niña de la que se enamoró a los doce años, su padre afeitándose mientras él le observaba admirado, o el día de su primer trabajo. Nos deja en cambio el simple nombre de un ciclista famoso de la época, un trabalenguas, Brigitte Bardot cantando una canción, o la perilla de un escritor desconocido. Porque esa es otra: la gran mayoría de las píldoras hace referencia a nombres, lugares y situaciones que no dicen nada al lector, en especial si no es francés. Con todo, la sensación que queda es la de un ejercicio psicológico casi por completo deshumanizado o, mejor aún, realizado con una perspectiva distorsionada, cambiando lo fundamental por lo anecdótico. Desconozco si es una técnica con algún valor científico, pero de lo que no cabe duda es que sí lo tiene desde un punto de vista literario.

¿Un producto OuLiPo?

 Al tomar un sistema tan vinculado a la memoria y a la subjetividad y vaciarlo de su elemento más característico, se diría que Perec lleva a cabo una de esas piruetas estilísticas tan del gusto de los miembros de OuLiPo, ya se sabe, aquel grupo literario encabezado por Raymond Queneau, y tan bien definido en esta entrada de ULAD. Una de las técnicas más conocidas de aquella gente era escribir sometiéndose voluntariamente a una traba o restricción (contrainte), como cuando el propio Perec escribió La disparition (El secuestro, en castellano) sin incluir una sola ‘e’ en el texto. En el caso de Me acuerdo diríamos que son una suerte de memorias a las que se ha extraído todo elemento personal, unos recuerdos fragmentados que podría haber escrito cualquier francés contemporáneo del autor.

Bueno ¿y qué pasa con el lector?

Pues seguramente lo que pasa muchas veces con este tipo de libros que se deleitan con la forma y realmente no pretenden transmitir nada. El lector que vaya buscando una historia, personajes, un contenido que le genere algún tipo de placer o enriquecimiento, va listo, o sea, que se verá decepcionado quizá no llegando ni al recuerdo 50. Si por el contrario nos damos por satisfechos por haber conocido algo diferente, un intento por forzar los límites de lo usual, encontraremos interesante el libro. Y hasta puede uno animarse con una versión propia (sin que nadie se entere).

Y a propósito del lector, que es al final el que compra el libro, lo tiene en sus manos y lo lee. No suelo hacer este tipo de reflexiones, pero esta vez creo que es necesario:  ya sabemos de lo impecable de las presentaciones de Impedimenta (cubiertas, encuadernación, tipografía, etc.), pero lo cierto es que, por la misma factura del libro, muchas páginas se despachan con apenas cinco o seis líneas de texto. Si llenamos así 176 páginas ¿no es un poco abusivo un precio de 17,95 €?

Más todavía: como he dicho, el contenido de la mayoría de meacuerdos resulta totalmente ajeno al lector, y la edición se acompaña de un buen número de notas explicativas (unas 60). No sé si esas notas sirven para ilustrar, o desvirtúan precisamente el espíritu del texto; pero, caso de incluirlas, deberían ser mucho más numerosas, deberían estar a pie de página y no al final (ya sabemos lo incómodo que resulta) y, sobre todo, es imperdonable que haya un error de numeración que todavía dificulte más la lectura. Y todo ello, con ese precio. Mal.

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