domingo, 31 de marzo de 2019

Teju Cole: Cosas conocidas y extrañas


Idioma original: inglés
Título original: Known and Strange Things
Año de publicación: 2016
Traducción: Miguel Temprano
Valoración: bastante recomendable

En algún párrafo en el tramo final de Cosas conocidas y extrañas Teju Cole se define como novelista y entonces yo pienso que, habiendo leído las tres obras que se han traducido, no me viene a la memoria nada que me recuerde a lo que yo definiría como "ficción". En Cada día es del ladrón hablaba de sus andanzas de regreso a Nigeria, país de sus padres, y Ciudad abierta, cosas de la memoria selectiva, me parece un pretexto del escritor para interponer un trasunto de sí mismo y pasear por NY. Pero no retuve a sus personajes por encima de su condición de narrador, que esa sí se erigía y captaba la atención.
Quizás sean cosas del mundo literario de hoy en día: escritores que antes de los 40 ya son ubicuos por presencia en redes, en artículos de prensa, definitivamente alejados del estereotipo del creador encerrado en una burbuja, absorbiendo de tal manera el mundo que les rodea que les es imposible reservar ideas, frases, o párrafos para ponerlos al servicio de una gran obra (Gran Obra, perdón).
Sería entonces absurdo esperar otra cosa aquí. Que el libro tiene un escueto subtítulo: Ensayos. 

Y es lo que son: opiniones diversas estructuradas en tres partes más un breve epílogo. Tres partes que tienen marcadas diferencias. La primera centrada en artículos relacionados con el mundo literario, que pueden ser tanto extensas reseñas como artículos algo más derivativos donde el comentario acerca de un libro o un autor sirve de pretexto para otro tipo de apreciaciones. Curiosamente, al igual que Fernández Mallo, Cole muestra cierta reiteración en la figura de Sebald y, cosa que ya me hace plantearme seriamente una relectura, en concreto sobre Los anillos de Saturno. También hay bastantes comentarios sobre poesía y he de decir que, por lo general, Cole habla de los libros y los autores en una tonalidad cercana, confidente, alejada de academicismo y despojado de pedantería y tono dogmatizante. Hablar de Sebald, autor dado a incluir material gráfico en sus novelas, le sirve de pretexto para entroncar con la segunda parte del libro, una llamativa serie (completada con un oportuno encarte al que referirse) dedicada a otra de las obsesiones de Cole: la fotografía. Aquí al escritor parece sucederle el técnico entusiasta e incontinente y demuestra una capacidad realmente sorprendente escribiendo sobre fotógrafos, sobre fotografías, sobre la geometría implícita a la obra gráfica, incluso filosofando sobre la condición a la vez efímera y definitiva de la imagen. Un tramo del libro realmente divertido, con menciones a la nueva era de la fotografía; la de los móviles llenando internet de imágenes a destajo y la de artistas visuales que absorben y utilizan todo ese material hasta crear algo nuevo y excitante. No pocos trabajos y proyectos en sitios web, en páginas de Tumblr, en perfiles de Instagram, son comentados y la verdad es que sirve como referencia para interesantes consultas. Y la tercera parte del libro adquiere un tono más personal. Cole hace comentarios acerca de realidad política, centrándose de forma certera y recurrente en la cuestión del racismo en EEUU, plasmando una realidad alejada de polémica o victimismo. 

Cole lo hace bien: el registro usado es el de un escritor seguro de sí mismo pero a la vez escrupulosamente esquivo con lo frívolo o con lo arrogante. Funciona en este libro como el clásico cruce de estilos entre el ensayo y la crónica (muchas de estas crónicas bajo el pretexto de su afición por la fotografía, centro y eje de un libro que, en su fondo y en su esencia, es una potente denuncia (los pasajes en Nigeria son duros, crueles, impactantes) contra toda la realidad global que ha engendrado las fuertes desigualdades que aún hoy parecen pronunciarse.

sábado, 30 de marzo de 2019

Ryan Roberts: Conversaciones con Ian McEwan

Idioma original: inglés
Título originalConversations with Ian McEwan
Traducción: María Antonia de Miquel
Año: 2019 
Valoración: Interesante

Antes de nada, debo advertir acerca de mi alto riesgo de subjetividad a la hora de hablar de Ian McEwan —ya que su escritura y su forma de mirar el mundo resuenan en mí de un modo especial— y, especialmente, a la hora de hablar de este libro —ya que tengo el placer de conocer a la traductora, María Antonia de Miquel—. Aun así, voy a tratar de aportar una visión lo más crítica posible. 

Resumen resumido: catorce entrevistas realizadas a Ian McEwan por diferentes personalidades del mundo de la literatura y la cultura (periodistas, escritores, etc…) en diferentes momentos a lo largo de cuarenta años de profesión. En ellas se tratan todos los temas que han marcado su obra literaria y su manera de entender el oficio de la escritura.

En general, tengo la opinión de que las recopilaciones de entrevistas a escritores más o menos consagrados se enfrentan a dos perfiles de lector: 
  1. El que NO tiene el menor interés por el autor o su obra y que, por tanto, no va a invertir su tiempo en leer ni una sola entrevista por mucho que alguien —en este caso, yo— se enteste en recomendarla. 
  2. El que SÍ tiene interés o curiosidad por el autor o su obra y que el único modo de que la lectura le decepcione es que las entrevistas sean previsibles, que el autor no se implique o que el editor no haya seleccionado el material adecuadamente. 
Y por todo lo que alegaba al principio, era altamente probable que Conversaciones con Ian McEwan no lograra saciar toda mi hambre de conocimiento, pero sí he disfrutado de su lectura. La entrega y la solvencia de Ian McEwan en calidad de entrevistado es indiscutible; al parecer concede muy pocas entrevistas pero en ellas se trasluce su enorme cultura y su curiosidad hacia el mundo que le rodea: la música, la ciencia, la geopolítica y, cómo no, la literatura: 
«(…) si algo hemos aprendido acerca de la literatura contemporánea es que no hay normas; no hay normas de gusto común. En una misma habitación puedes encontrarte con dos personas perfectamente inteligentes y cultas que hayan leído el mismo libro, y uno pensará que es un desastre de principio a fin, mientras que el otro opinará que es una obra maestra. ¿Cómo es posible que ni siquiera tengamos una opinión común de cómo ha de ser una frase bien hecha? No hay nada, no tenemos nada en que apoyarnos, y no sirve de nada intentar solucionarlo votando ese tipo de listas que sale en los periódicos.» 
Recuerdo lo abrumada que me sentí cuando leí La Frantumaglia, por el desarrollo y profundidad que Elena Ferrante le daba a todas y cada una de sus respuestas, pero se trataba de entrevistas realizadas por escrito. No es este el caso en el que, aunque hay una labor —necesaria— de edición, Ian McEwan expone unos argumentos de calado con una gran capacidad de comunicación y muchísima soltura. Y además, no tiene pelos en la lengua: 
«Pienso que la insistencia de los hombres por mantenerse en el poder, tanto en el ámbito de las relaciones sentimentales como en el social, está basada en el miedo, en un miedo a ser fagocitados, en un miedo que tal vez hunda sus raíces en haber dependido de una mujer cuando eran niños. No me explico qué otra cosa puede producir tantas violaciones, tanta violencia, si no es que hay algo en las mujeres que los hombres identifican como una amenaza a su existencia (…)» 
Por otra parte, Conversaciones con Ian McEwan me ha ayudado a comprender cómo alguien que escribe ese par de maravillas tan distintas que son Expiación (nota mental: no hay reseña de Expiación en ULAD) o Chesil Beach (imprescindible, contra lo que opinó en su momento mi colega Francesc), es capaz de escribir después otras de peor calidad y que, en general, se han considerado desacertadas. Y es que la trayectoria literaria de Ian McEwan suele generar controversia; los adjetivos se superponen —se dice de él que es «irregular» o que es un «artesano»– haciendo todavía más compleja su catalogación, si es que tal catalogación es posible. 

Mi conclusión tras leer estas entrevistas es que Ian McEwan es un escritor mucho más intuitivo de lo que parece, al menos en sus primeros pasos con cada obra, tal como describe su proceso creativo muestra una gran seguridad en esa brújula interior de la que tantos escritores hablan. Y a eso hay que sumarle que, a diferencia de otros, no repite una fórmula por muy bien que le haya funcionado, si no que está en continua evolución, en busca de nuevas formas de abordar lo que más le interesa: los conflictos en las relaciones personales, desde la escala más íntima de una pareja hasta la escala global de una guerra mundial. Que realice experimentos fallidos forma parte de su trabajo, como del de cualquier otro creador; quizá el problema esté en que dichos experimentos acaben publicados. 

Pero a pesar de todo lo dicho, hay una serie de aspectos en Conversaciones con Ian McEwan que me han resultado más flojos: 
  • Las entrevistas (incluso las más recientes) hacen en general más hincapié en las obras de los primeros años porque eran las, aparentemente, más controvertidas. En mi caso, por ejemplo, estoy más interesada en las obras más recientes que se mencionan mucho menos.
  • Algunos entrevistadores —escritores— plantean la entrevista como un tú a tú en el que ellos y sus experiencias tienen casi tanto protagonismo como el entrevistado.
  • Las disertaciones alrededor de los grandes temas (como la ciencia o la religión, por poner algunos ejemplos) están muy bien pero me ha faltado un poco más de concreción a la hora de vincularlos a la obra del autor.
  • Me hubiera gustado que alguien le preguntara a Ian McEwan a qué atribuía él las malas críticas recibidas por Cáscara de nuez, por ejemplo. Creo que las entrevistas cordiales también tienen que poder tratar las cuestiones menos cómodas y tengo que decir que eso no se produce en ningún pasaje de este libro.
Y no obstante, me reitero en mi valoración de interesante, creo que la mente de un buen escritor que se toma en serio su oficio siempre es un lugar digno de conocer, aunque sea de visita. 

viernes, 29 de marzo de 2019

Karen Armstrong: Mahoma

Idioma original: inglés
Título original: Muhammad. A Biography of the Prophet
Traducción: Victoria Ordóñez
Año: 1991
Valoración: Bastante recomendable


En este siglo XXI en que hemos asistido a sucesivas atrocidades cometidas en nombre del Islam, leer una biografía de Mahoma puede constituir un ejercicio a contracorriente o un intento por encontrar un recodo en el que tomarnos una pausa y mirar algo más allá de lo inmediato. Entender un poco ese mundo tan próximo y tan desconocido, sometido a estereotipos y simplicidades, es algo que habría que intentar al menos.

El libro de Karen Armstrong es ya un clásico en la materia, escrito mucho antes de la eclosión del terrorismo islamista. No es solo una biografía del profeta, sino todo un relato de su época, y por tanto del nacimiento del Islam. Parece avisar Armstrong de sus intenciones cuando dedica el primero de los capítulos a recopilar el historial de inquina y horror que esta religión ha suscitado en el mundo occidental cristiano, lo que la autora identifica con rechazo irracional a algo que desde Europa nunca ha llegado a entenderse del todo. 

Una parte muy interesante es la que se dedica a describir la yahiliyyah, es decir, la sociedad árabe (lo que hoy es Arabia Saudí y su entorno) justo antes de la aparición del profeta. Estamos en una sociedad atomizada en tribus, que ya rendían culto a Alá pero también a otras divinidades, grupos enfrentados que malamente empiezan a asimilar el paso de un mundo nómada al sedentarismo. Sin conciencia de una identidad común, desde el punto de vista religioso los árabes se sienten inferiores a las llamadas Gentes del Libro, judíos y cristianos, que han sido depositarios directos de la voluntad divina mediante la Torah o la Biblia. 

En este contexto, Mahoma comienza a recibir las sucesivas revelaciones que irán integrando el Corán, y las transmite a su entorno más próximo. La siguiente fase recuerda bastante a la trayectoria de Jesús, incluyendo la persecución desde el poder establecido, que Mahoma sufre en La Meca, y de la que huye hacia Medina en la famosa hégira. En Medina, sin embargo, se va fraguando el éxito, ya sea mediante la convicción, las alianzas familiares o el uso de la fuerza, y aquí hay que detenerse en algunas diferencias sustanciales con el cristianismo.

Mahoma es un profeta como (según su criterio) lo fue Jesús y lo fueron antes otros muchos en la tradición judía. Pero, al margen de las diferencias teológicas, es también notorio el contraste entre la evolución victoriosa de la etapa de Medina y la derrota del nazareno en vida, acorralado por romanos y judíos. Lo subraya Armstrong: ‘Solemos considerar el fracaso y la humillación como principales características de un líder religioso. No esperamos que nuestros héroes espirituales triunfen de forma espectacular en la vida cotidiana’. La victoria de Mahoma se obtiene mediante sus dotes políticas y la lucha al frente de sus partidarios (la yihad, a la que la autora adjudica matices en los que tampoco vamos a entrar ahora).

Esto que tanto sorprende en la cultura cristiana tiene su origen en otro concepto fundamental del Islam: la umma, comunidad de creyentes que, una vez desbordado el ámbito árabe inicial, incluirá a todos los que profesan la nueva religión, sea cual fuese su nacionalidad, origen o estatus social. La necesidad de mantener ese vínculo indestructible y superior a cualquier otro deriva seguramente de las divisiones tribales anteriores que Mahoma desea superar a toda costa, para lo cual necesita convertirse en líder político y militar. Sobre la base del Corán, se intenta crear la sociedad ideal, con la propia vida del profeta como paradigma, y con esas convicciones, resulta un deber luchar contra todo aquello que pueda ponerla en peligro. Dicho de otra forma, si el nuestro es el modelo perfecto, el que el mismo Dios ha diseñado, cualquier otra cosa es peor, y los creyentes deben defenderlo por cualquier medio. Ese carácter universal de la comunidad musulmana, la identificación entre religión y política, e incluso ciertas formas extremas de odio y rechazo a otros modelos, pueden entenderse mejor a partir de estas premisas.

Aunque entender no es lo mismo que justificar, y aquí radica en mi opinión la principal debilidad del libro, por lo demás expuesto con bastante claridad y gran profusión de datos. Parece que Karen Armstrong, de origen católico pero de irreductible vocación ecuménica, se esfuerza quizá más de lo debido en buscarle explicaciones plausibles a todo lo que hicieron Mahoma y sus seguidores. Lo hace, por poner un ejemplo, al referirse a la masacre de los Qurayzah, tribu judía hostil a los musulmanes: unos mil varones fueron públicamente decapitados, y las mujeres y los niños esclavizados. Todo para escarmentar a un grupo que había traicionado gravemente a la umma

Actos de barbarie como este se han cometido a montones en la Historia, y por parte de todas las religiones, culturas e imperios. Pero no creo que ello habilite para darlo por bueno en función de un bien superior… aunque sea en el siglo VII. Y tampoco se detiene ahí la autora. El bien surtido harén del profeta (criticado incluso en su propio tiempo) no era más que una forma de reforzar alianzas con diferentes familias y tribus; el velo que estableció para sus mujeres no sólo era copia de prácticas similares en el mundo persa y bizantino, sino que, lejos de limitar la libertad de sus portadoras, era un signo de distinción; los castigos corporales, algunos especialmente brutales y que aún subsisten en ciertos países, eran una necesidad ejemplarizante en una sociedad todavía inorgánica. 

Claro, no seré yo quien le discuta a Karen Armstrong sus afirmaciones. Pero si el mundo occidental de raíces cristianas está en buena parte siendo capaz de hacer una revisión crítica de su pasado, chirría un poco esa inclinación muy poco velada a dar por buena cualquier cosa que se hiciera en nombre del Islam. Con lo cual, aunque sigo pensando que se trata de un libro interesante y bien escrito, yo creo que la autora dejó pasar la ocasión para hacer algo mucho más neutro, o en cualquier caso un poco menos contemporizador.

jueves, 28 de marzo de 2019

Arthur Koestler: El Ártico desde la ventana de un zepelín

Idioma original: alemán
Título original: publicado dentro del libro Von weissen Nächten und roten Tagen
Año de publicación: 1931, como artículos en el diario Vossische Zeitung de Berlín; 1934, dentro del libro Von weissen Nächten und roten Tagen
Traducción: Francisco Uzcanga Meinecke
Valoración: está muy bien y, desde luego, de los más recomendable para amantes de las expediciones polares y /o los zepelines

Creo que no le estropearé a nadie la lectura de este libro si cuento de qué va, habida cuenta de que el spoiler, de haberlo, se encuentra ya en su propio título: en efecto, lo que cuenta este librito es una exploración del Ártico llevada a cabo desde un zepelín -en concreto el célebre y magnífico Graf Zeppelin LZ 127-, que tuvo lugar en 1931 y que contó entre sus miembros con el no menos célebre, al menos en tiempos posteriores periodista Arthur Koestler, como corresponsal del reputado diario berlinés Vossische Zeitung. La expedición, organizada por la asociación exploradora alemana Aeroartic, constituía un curioso ejemplo de acuerdo que quizá no pudiese darse en ninguna otra época: su principal financiadora era la Unión Soviética, pero también un millonario estadounidense aficionado a los vuelos polares y la Sociedad Filatélica Germana... (de todos modos, la idea original era aún más bizarra, pues fue cosa del magnate de la prensa Hearst, quien pretendía un encuentro en el Polo Norte entre el capitán Eckener, sucesor del conde Zeppelin, que comandaría el dirigible y un nieto de Julio Verne, que viajaría hasta allí en un submarino convenientemente rebautizado como Nautilus). Al final este curioso viaje -tampoco era el primero en este tipo de nave por el Círculo Polar Ártico- no llegaría más allá del paralelo 82 y su carácter sería eminentemente científico, sobre todo en los campos de la cartografía y la metereología, pero también contaría entre sus miembros con cameramen de cine y con el periodista Arthur Koestler, dispuesto a retransmitir a sus lectores las sensaciones y avatares de tan espectacular travesía. Koestler, a partir de sus artículos, recrearía el periplo en algunos capítulos de su libro De noches blancas y días rojos, los cuales ahora ha publicado en español Libros del K.O. como un volumen aparte.

Cabe decir que Koestler da cumplida cuenta de todo el viaje- en realidad, de poco más de una semana-, sobre todo teniendo en cuenta sus a la fuerza limitados conocimientos científicos. pero se defiende bastante bien con vívidas descripciones del paisaje y amenas explanaciones acerca de los progresos de la técnica y, de vez en cuando, sobre las ventajas y logros de la sociedad soviética, pues por entonces este periodista y escritor era un comunista convencido, igual que había sido un sionista entusiasta (luego dejaría de ser tanto una cosa como la otra). Al comienzo de su relato del viaje, de hecho, lanza algunas pullas ideológicas contra el doctor de la expedición, cuya querencia, al parecer iba más por la exaltación del volkgeist, la Heimat y esas cosas...(ya nos entendemos). Koestler, en origen Köstzler, era un húngaro de familia judía alemana.

Estas ironías, no obstante, son bastante inofensivas y hasta ingenuas, teniendo en cuenta el devenir político posterior en la vida de Koestler... De este libro queda sobre todo una imagen amable: un zeppelin sobrevolando en silencio la banquisa, llevando en su seno una variopinta tripulación de alemanes, rusos y norteamericanos, con un judío húngaro como testigo y cronista. Una imagen de un tiempo en apariencia más amable que el actual -enseguida se vería que aquella era sólo una apariencia-, que sugiere una suspensión del tiempo y la vulgaridad del mundo, como en una peli de Wes Anderson.

Para concluir este librito, y enlazando con el final de la crónica de Koestler, que hace unas sarcásticas observaciones sobre la "zepelinomanía" que acometió a la Alemania del periodo de entreguerras, que tomó a estos artefactos como uno de sus símbolos patrióticos -"El cigarro plateado se convirtió para el pequeñoburgués alemán en el cuerno mágico de la saga; lo hechizó para obligarle a elevar los ojos y la nariz hacia el cielo de tal modo que, en su ufana embriaguez, ni veía ni olía lo que pasaba abajo..."-, el traductor al castellano, Francisco Uzcanga Meinecke se extiende en un último y delicioso capítulo titulado justamente Zepelinada sobre la historia de los dirigibles rígidos en Alemania.

Porque  estos chismes serían en gran medida objeto de la propaganda nacionalista alemana e incluso quizás, aunque no fuera culpa suya, símbolos de la época del ascenso nazi al poder y su descenso hacia la locura bélica, lo sé, pero qué queréis que os diga: molan un montón, ¿o no? (aunque reconozco que siento una pizca de remordimiento: quizás debí dejar la reseña de este libro a mi compañero Koldo, que es a quien le pirra esto de expediciones polares y demás... Por otro lado, a mí me encantan los zepelines, así que la cosa está empatada. Y una reseña es una reseña... Lo siento, Koldo, pero #NoMercy!). Como decía uno de los poemas de un concurso convocado para exaltar la figura del conde Ferdinand von Zeppelin: "Cada niño, incluso el más pequeñín/ balbucea ya el nombre de Zeppelin". Pues eso.





Otros títulos de Mr. Koestler reseñados en Un Libro Al Día: El cero y el infinito, Llegada y salida

miércoles, 27 de marzo de 2019

VV.AA.: Valores familiares


Idioma original de los relatos: Español e inglés 
Traductor del inglés al español: Hugo Camacho 
Año de publicación: 2019
Valoración: Está bien 

Orciny Press es una editorial que ha conseguido labrarse una identidad propia gracias a un catálogo diferente y una estética peculiar. Me suelen gustar sus publicaciones, y valoro el mimo que pone en cada uno de sus títulos. También aprecio esa iniciativa que dinamiza, llamada “Inner Circle”; creo que muchas editoriales independientes acabarán copiándole esta idea tan atractiva muy pronto. 

¿Qué es el “Inner Circle”? Una comunidad por suscripción formada por seguidores de la editorial, a los que se granjea acceso a material exclusivo. Precisamente, los relatos compilados en Valores familiares son aquéllos que pudieron disfrutar en primicia los miembros del “Inner Circle” durante el año y pico de existencia del mismo. 

Trece relatos, todos relacionados de un modo u otro con la ficción fantástica y sus más pintorescas ramificaciones, escritos por un total de diez autores. Llegados a este punto, quiero señalar que esta antología es bastante irregular. Si bien es cierto que Valores familiares contiene propuestas genuinamente interesantes, como “¡Gas! ¡Gas! ¡Carnivore!”, de Sergi G. Oset, también aúna historias meramente disfrutables dentro de los estándares pulp, como “Esther, nuestra inmaculada genocida”, de Takeshi García-Ashirogi.

A estas últimas les falta, a mi juicio, mayor corrección formal, osadía iconoclasta y mala leche. Por ejemplo: “Toonland”, de Alfredo Álamo, recuerda a la transgresión de Chuck Palahniuk, pero naufraga al limitarse a repetir cansinamente su premisa. En cuanto a “Abraxas al vapor”, de Sergi Álvarez, uno se queda con la impresión de que este cúmulo de bizarradas hubiera llegado a mejor puerto de ser conducidas por los delirios de Yasutaka Tsutsui. En otras palabras: la afinidad temática y estilística de estas narraciones con obras que la superan no les hace ningún bien. 

De todas formas, recomiendo Valores familiares a aquellas personas que busquen ficción distinta plagada de ideas y conceptos creativos. Además, el humor, presente en casi todos los relatos del volumen de forma más o menos explícita, funciona prácticamente todo el tiempo. Respecto a la edición, debo decir que la cubierta me encanta. Asimismo, remarcaría que he encontrado algunos errores tipográficos en este libro: palabras sin tilde, repetidas, etc... Vamos, nada que no se le pueda perdonar al bueno de Hugo Camacho, editor de Orciny Press que ha ejercido todavía como editor, prologuista y traductor de esta antología.  

martes, 26 de marzo de 2019

Toni Amengual: Flowers for Franco


Idioma original: Fotografías
Año de publicación: 2019
Valoración: Muy interesante

Los libros de Toni Amengual tienen la virtud de pulverizar la indiferencia. De conseguir que el lector –o mejor, el mirón- se vea interpelado, empujado a posicionarse, a responder a las imágenes que el fotógrafo captura para contarnos algo. Esas cápsulas visuales que contienen un lugar y un tiempo concreto, como son las fotografías de Toni Amengual (Palma, 1980), tienen para mí el mérito de dejarme casi siempre concernido, con frecuencia vapuleado, desasosegado, incómodo. Flowers for Franco es la entrega final de una trilogía en la que el autor fija su mirada, mantiene su narración, sobre la España contemporánea. 

Un proyecto que arrancó en 2014 con Pain, que le valió el premio PhotoEspaña 2015 al mejor libro autoeditado. Pain recogía 120 retratos realizados con la cámara del teléfono móvil entre los años 2010 y 2011 y daba el protagonismo a las personas anónimas y frágiles en las que más evidente y devastador era el efecto de la crisis económica. Pain jugaba con el nombre del país y con los colores de su bandera y era preciso atacar al libro con un objeto punzante o afilado para separar sus páginas y acceder al contenido. En 2015 apareció Devotos, que recoge en cuarenta imágenes y en un formato tipo acordeón (tanto da que da lo mismo) a los parroquianos que acudían a los actos electorales de los dos partidos mayoritarios del bipartidismo hegemónico desde la instauración de la monarquía parlamentaria en 1977 hasta estos últimos años, donde la oferta electoral parece haberse diversificado, al menos en número; para el caso Devotos visualiza que aquellas multitudes de fieles parecían idénticas, que apenas se diferenciaban en su imagen de marca, en algún matiz, en un color corporativo.

Flowers for Franco incluye 47 fotografías tomadas entre 2011 y 2014 en el exterior del Valle de los Caídos, un santuario monumental y público en las cercanías de Madrid donde está sepultado y se ensalza la figura de Francisco Franco, el militar que lideró un golpe de Estado que en 1936 liquidó la República democrática tras una Guerra Civil de tres años y que gobernó el país como dictador durante 35 años más hasta su muerte natural. (Permítanme la contextualización; por este blog también pululan curiosos muy jóvenes y de muchos orígenes geográficos). Flowers for Franco se presenta como un misal, cuya visión y tacto nos hace retroceder unas cuantas décadas en el tiempo, con los bordes de sus páginas imitando un acabado en oro y el diseño de la cubierta recreando aquel estilo gráfico entre humilde y cafre.

Y las imágenes me vuelven a estremecer, a incomodar, a producir desazón, a generar indigestión. Rostros serios, adultos endomingados y parejas de domingueros, unos ofreciendo flores frescas en señal de agradecimiento y reconocimiento, otros curioseando, pasando el día retratándose lúdica, alegremente, en un mausoleo tétrico y grandilocuente, levantado por miles de presos esclavizados y en el que se almacenaron los restos de millares de allegados y cómplices de la dictadura pero también, y contra la voluntad de sus parientes, los de muchas víctimas del dictador. Mantenido con los impuestos de todos. Fondos oscuros, colores planos, sensación de frío, de desolación ambiental y emocional, figuras humanas y arquitectónicas simétricas, composiciones sorprendentes, rosarios y ramos de flores. Definitivamente, Flowers for Franco tiene la capacidad de someternos a lo ineludible de mirar, de mantener alta la mirada hacia aquellas partes de nuestra sociedad y de nuestra realidad cotidiana en las que no quisiéramos jamás reconocernos pero con los que toca convivir y competir. Leyendo libros. Mirando fotografías. O llenando urnas. Por ejemplo.



lunes, 25 de marzo de 2019

Ricardo Martínez Llorca: Eva en los mundos

Idioma original: Español
Año de publicación: 2019
Valoración: Está bien / Recomendable

Hemos asistido recientemente a manifestaciones y actos multitudinarios con motivo de la celebración del Día Internacional de la Mujer Trabajadora. Dentro de esos actos, y centrándonos en el ámbito literario, se encontraba la reivindicación de obras y autoras tradicionalmente relegadas a un segundo (o tercer) plano. Algunas de ellas aparecen en este volumen en el que Ricardo Martínez Llorca traza pequeñas semblanzas de trece escritoras (en general) y cronistas (en particular), sin entrar a valorar, al menos en profundidad, los motivos de ese olvido. Ese no es el objetivo de "Eva en los mundos". 

Inicialmente, estas breves biografías, de unas 10 - 12 páginas cada una, aparecieron en revistas como Frontera D, entre otras. Es precisamente su origen o intención inicial, de la que se derivan por tanto estructura y extensión, lo que hace que generen sensaciones contrapuestas. Por un lado, poseen la extensión justa para no abrumar a un posible lector huérfano de referencias previas sobre las autoras. Por otro, quizá queden un poco "cojas" para lectores que deseen profundizar en vidas y obras, aunque quizá su objetivo no fuera otro que despertar la curiosidad del lector. 

Ahora, ¿quiénes son estas escritoras de las que Martínez Llorca habla con tanta admiración? ¿Quiénes son estas mujeres, cronistas de viajes exteriores e interiores, merecedoras en opinión del autor de formar parte de un Olimpo copado por hombres como Kapuscinski, Chatwin o Pérez Reverte (vale, lo de Arturo es broma)?

Encontramos aquí mujeres de diferentes ideologías, épocas y continentes, aunque siempre precursoras y rompedoras respecto a aquello a lo que inicialmente parecían predestinadas. Por ejemplo, la española Sofía Casanova, católica y conservadora, que fue una de las primeras corresponsales extranjeras en la Revolución Rusa. O la también española, aunque al otro lado del espectro ideológico, Carmen de Burgos, mujer pacifista, feminista, sufragista y, sobre todo, periodista de combate. 

Europa aparece representada en la rusa Marina Tsvitaeva, poetisa de vida trágica y dolorosa marcada por el exilio, quien nos legó sus diarios de escritura apasionada como testimonio de la vulnerabilidad humana. O por la suiza Annemarie Swarzenbach, quien apenas vivió 34 años de una tristeza y desolación infinitas. O la recientemente galardonada Svetlana Alexievich, cronista de la dignidad frente al absurdo irracional, cronista de la guerra no como batalla sino como territorio en el que habitan humillados, ofendidos y desamparados de toda laya. O Edna O´Brien, cronista de la sociedad rural irlandesa.

América trae a Martha Gellhorn, más conocida por su breve matrimonio con Hemingway que por sus austeras crónicas desde la línea del frente en España, China, Vietnam o Normandía. También conocemos a Joan Didion, cronista de la contracultura y del sueño americano que vio su vida y su obra partidas por el dolor y la muerte.

Por último, Hayashi Fumiko, primera mujer que entró en Nanking tras la conquista japonesa y encargada de hablarnos de las perpetuas heridas de guerra en su "Diario de una Vagabunda", y Helen Garner, cronista de tribunales que centra su mirada en seres en los que la autorepresión deja de funcionar, se encargan de representar a Asía y Oceanía, respectivamente. 

En fin, alguna se me queda en el tintero. Importa, sí. ¿Para qué voy a negarlo? El espacio es breve y vuestra paciencia finita. Afortunadamente, la chispa que Martínez Llorca pretendía encender ha prendido y la curiosidad se ha disparado. El viaje en compañía de estas mujeres comenzará en breve. Seguro. Espero dar cuenta de ello aquí.

También de Martínez Llorca en ULAD: Luz en las grietas y Después de la nieve

domingo, 24 de marzo de 2019

Paolo Cognetti: Las ocho montañas

Idioma original: italiano
Título original: Le otto montagne
Traducción: César Palma (ed. en castellano), Xavier Valls i Guinovart (ed. en catalán)
Año de publicación: 2016
Valoración: recomendable

En la constante búsqueda y exploración de uno mismo, para conocer quiénes somos hay entornos y lugares que nos facilitan este descubrimiento. Hay múltiples y conocidos casos donde el retiro a paisajes inhabitados, tranquilos y envueltos de naturaleza, sirven para buscar y encontrarse a uno mismo. Incluso hoy en día, a pesar de que cada vez hay menos lugares para poderse aislarse del mundo y envolverse únicamente de naturaleza y de uno mismo, muchos siguen buscando esos remansos de paz, como vía de escape de la realidad del día a día. Cognetti es claro conocedor de ello, pues pasa gran parte de su vida en la montaña, fuente de encuentro consigo mismo y de su inspiración literaria.

En esta novela, el autor ubica la historia en Grana, una pequeña localidad situada en los Alpes italianos donde veranea Pietro en compañía de sus padres. Ahí conoce a Bruno, un chico de su edad que vive en ese mismo pueblo y que dedica la mayor parte del día a correr por las montañas y pasturar las vacas de su tío. La amistad que forjan ambos niños, pese a sus diferentes maneras de ser y costumbres, y la evolución de la misma a lo largo del tiempo constituirá uno de los ejes centrales de esta novela.

Con esta premisa, Cognetti escribe una historia que va mucho más allá de lo que el argumento apunta. Situando en primer plano la soledad que ofrece la montaña y la amistad que surge entre ambos niños, el autor ha escrito un bildungsroman, una obra sobre la evolución y el desarrollo, pero no únicamente de la amistad entre dos personas, sino también del crecimiento interior de uno mismo a lo largo del tiempo y de las no siempre fáciles relaciones entre padres e hijos.

Aquellos que han vivido un tiempo en la montaña, aunque sea de manera esporádica, reencontrarán en este libro las sensaciones que se tienen cuando uno está rodeado de bosques y naturaleza. Esa paz y calma que la naturaleza nos transmite, nos embarga y nos inunda, esa energía interna que nos llena al compás de cada paseo, cada paisaje, cada camino, viene a la memoria al recorrer las páginas de este libro; es sin duda un canto al amor, al amor a la naturaleza como lugar de exploración; una naturaleza que nos ofrece libertad en la infancia, pero también retos y desafíos ya en la madurez. También el libro es un canto al amor de una amistad encontrada de manera casual y mantenida a pesar de los designios dispares que la vida tiene para cada uno de nosotros, un reconocimiento a la importancia de respetar la diferencia entre seres humanos, pues nos aporta aquello de lo que carecemos; un canto a saber valorar y apreciar el tiempo, el que vivimos, pero también el que conforma nuestro pasado y el del pasado que pudo haber sido; una mirada atrás hacia aquellos tiempos que, por la juventud, inexperiencia, o la inquietud y la falta de arraigo a la que nos impulsa la adolescencia dejamos de lado y que años después echamos de menos como si realmente los hubiéramos vivido.

Estructurada en tres principales momentos, el autor nos retorna, en primer lugar, a la infancia, a esa época de nuestra vida donde el descubrimiento, la aventura y la exploración del mundo era algo constante, algo que nos movía, aquello que nos atraía y cautivaba. Esa misma edad donde buscamos esa conexión con los padres, a través de aficiones compartidas, donde perseguimos esos momentos que nos permitan establecer y reforzar nuestro vínculo emocional con ellos, creciendo bajo su mirada, buscando en ellos un reflejo de nosotros mismos o viceversa. Y la amistad con otros niños de edad parecida, una amistad pura, inocente, a veces cercana a la admiración o idolatría. En su segunda parte, el autor nos sitúa ya en una adolescencia, donde las emociones, los intereses, y los deseos son altamente cambiantes, y los lazos emocionales se someten a la prueba de la tirantez que los instintos individualistas propios de la edad someten a las relaciones. Y ya en la última tercera parte, la madurez, y el análisis y la reflexión, la mirada atrás, y la nostalgia a los tiempos vividos, y a los que se pudieron haber vivido de haber tomado decisiones diferentes. Somos aquello que hemos hecho, pero también aquello que hemos descartado.

De manera muy hábil, Paolo Cognetti encaja los ejes que conforman este relato (el crecimiento, la amistad y la relación entre padres e hijos) asentándolos sobre una sólida estructura con ritmo pausado (puede que algo más de lo que me hubiera gustado) y avanza la historia hasta situarla en un punto de inflexión a partir del cual todo encaja de manera perfecta, uniendo todos estos aspectos en un punto común que sostiene los diferentes ejes. A partir de este punto, el autor desarrolla la trama de manera firme, solidificándola, profundizando sobre cada uno de los temas tratados con gran dominio de la narración. Como si de una montaña se tratara, hay que avanzar por la historia y solo cuando se alcanza la cima se puede ver aquello que se ha dejado atrás, y lo que habríamos visto de avanzar por otras rutas; el autor nos empuja hacia ese camino introspectivo, reconstruyendo un pasado, retomando la búsqueda de una amistad no por abandonada completamente olvidada, y descubriendo la verdadera importancia de las cosas aparentemente nimias que, en el fondo, ocupan toda nuestra vida en pequeñas dosis que, filtrándose por los poros, invadiendo cada partícula de nosotros, conforman el sustento sobre el cual estabilizar nuestra existencia. Y hablamos de amistad, pero también de paternidad, de la relación entre padres e hijos, a veces difícil, a veces compleja, a veces distante, a veces incluso inexistente. Este aspecto es uno de los más interesantes del libro, aunque parece en que esté en segundo plano, quién sabe si de manera análoga a lo que le ocurre al propio protagonista.

Cognetti ha escrito un libro que avanza a ritmo lento, como el paso de las estaciones en la propia montaña, en un lento avance hacia un futuro que parece ya marcado de antemano, donde los cambios solo son perceptibles si te fijas detenidamente.  Y ese avance recorre el tiempo a la vez que lo hace la vida y, con él, el descubrimiento de quienes somos, de nuestro yo interno, con el atrevimiento de aventurarse a vislumbrar otras vidas posibles hasta encontrar que probablemente no somos diferentes a aquello que éramos en un inicio, y que la soledad, al igual que la amistad, es un bien que debe cuidarse, pues su compañía es algo a lo que le debemos mucho, probablemente más de lo que somos conscientes. La amistad como complemento, la soledad como espejo, ambas necesarias, ambas provechosas, pues nos dicen quiénes somos, por comparación o por análisis.

Según dice el mito budista que da nombre al título, hay quien necesita recorrer las ocho montañas para conocer quién es y lo que quiere en la vida; hay quien solo necesita conocer bien su entorno para encontrarse. Y en todas las maneras posibles, solo o acompañado, en el fondo únicamente quién tiene la ruta hacia el pleno conocimiento de quién es, es uno mismo. Y conviene recorrer ese camino, antes de que nos hallemos perdidos y sin rumbo.

sábado, 23 de marzo de 2019

María Gainza: La luz negra


Idioma: español
Año de publicación: 2018
Valoración: está bien

Me habían recomendado con entusiasmo a esta escritora, y, a falta de leer su anterior obra, El nervio óptico (tranquis: próximamente en Un Libro Al Día), me puse con la última que ha publicado, de no menos sugestivo título, La luz negra. ¿Dictamen al respecto? Pues regulinchi, amigos de ULAD, lo que no es ni bueno ni malo, sino todo lo contrario... Me explico: 

La novela está compuesta como una carrera de relevos entre cuatro personajes femeninos bastante intensitos -sale también algún que otro hombre, pero pintan poco... en este caso, de forma literal- o que, si se prefiere, conforman una especie de partida de póker, o de bridge, o de parchís, qué más da... de lo que sea que las obligue a mantener en tensión los hilos trazados entre ellas para sostener la narración. Ésta, contada en primera persona, corre a cargo de una joven sin oficio ni vocación que entra a trabajar en el departamento de autenticación y valoración de obras de arte de un importante banco, donde tiene como mentora a la legendaria Enriqueta Macedo, que la inicia no sólo en los secretos de su profesión, sino también en otros asuntos más turbios que la rodean. A partir de esta relación y una vez establecida en el mundo del arte, la protagonista-narradora se centra hasta la obsesión en otras dos figuras de mujer: la pintora de origen austríaco Marietta Lydis -personaje real, hay que decir- y su contrapartida o complemetaria, La Negra, mítica falsificadora y protagonista del ambiente artístico y alternativo argentino de los años 60.

Como se ve, la ambientación -los entresijos artísticos, las falsificaciones, el underground porteño- resulta bastante sugerente, los personajes interesantes y de gran presencia, y el tema de fondo -la búsqueda de un modelo a imitar o al menos de referencia, incluso una figura materna, por parte de una joven- puede dar bastante juego... ¿por qué he escrito antes, entonces, que el resultado  de todo esto es más bien regulero? En mi opinión, lo que falla es la tensión que ya he mencionado; no sé si por falta de la misma o por un exceso de ella, porque la escritora ha apretado demasiado las clavijas. Pero el caso es que la dialéctica (si se me permite el palabro) entre fondo y forma que condiciona toda narración se ve aquí descompensada, como la cuerda de un instrumento mal afinada o un manzana de apariencia perfecta que resulta, al ser mordida, estar fofa... Quizás el problema se encuentre en el formato o extensión del libro: se trata de una novela corta, que busca la condensación narrativa, cuando la historia que cuenta, o al menos en algunos momentos, lo que pide es dejarse ir, creo yo.

Pero tampoco quiero dejar la impresión de que esta es una novela fallida del todo; aparte del interés que suscita el argumento, ambientado en los aspectos más escondidos del mundillo del arte -también, parece, los relatos de El nervio óptico, pero bueno, su autora ha sido crítica de arte, justamente-, hay un par de aspectos de la misma que resultan de lo más interesante: por un lado, además de la narración directa, se utilizan formas más o menos originales para hacer semblanzas o relatos de algún personaje...el catálogo de objetos de una subasta, la transcripción de un juicio, los testimonios a la fuerza fragmentarios de una serie de ancianos...

Por otra parte (y esto reconozco que es una debilidad personal mía), en el libro hay una evidente referencia a Bruce Chatwin, no sólo porque se le nombra, en un momento dado, sino porque el escritor inglés también estuvo muy vinculado al arte y el coleccionismo, al haber tenido su primera ocupación en la casa Sotheby's -donde hizo una carrera meteórica gracias a su, se supone, legendario "ojo" para detectar falsificaciones-, además de que es un tema recurrente tanto en muchos de sus artículos periodísticos como en su novela Utz. Pero también hay un claro aire chatwiniano en algunos momentos de La luz negra, tanto por el interés por las biografías de personajes independientes, pero que se ven agitados por las turbulencias del siglo XX, como en la fascinación por los objetos y las historias que llevan aparejados. Cierto que la prosa de Gainza es más cálida, no está tan cincelada en frío como la del británico (puede que sea a causa de las diferencias entre idiomas), pero la relación no deja de estar presente, y para bien, en mi opinión.

viernes, 22 de marzo de 2019

Juan Villoro: Palmeras de la brisa rápida

Idioma original: español
Año de publicación: 1989
Valoración: recomendable

Uno de los primeros textos publicados en su notable carrera de escritor, Palmeras de la brisa rápida es una crónica, como su subtítulo indica, del viaje a Yucatán, tierra de su abuela, del escritor mexicano. Una península, dicen, de las más nuevas del planeta, un territorio cálido y seco por el que el escritor se desplaza en un texto poco dado a lo sensacionalista. Es decir, aquí no hay problemas con la delincuencia, no hay sensación de inseguridad, no hay mordidas ni agobio con el papeleo. Es un texto amable, con un aire irónico depositado en todo momento. Hasta cuando Villoro simplemente describe aquello que ve a su alrededor la sensación es ligera, perezosa, para nada una denuncia acre de una situación social, de una injusticia geopolítica, nada de la carnaza estereotipada que otras obras tanto literarias como visuales nos vienen situando acerca del país norteamericano (sí, México es ese otro país norteamericano, junto a Canadá, que siempre es relegado frente al Gigante).

Si bien si hay cierto mensaje que cala como llovizna. Si en una entrevista Villoro dice que "la escritura es una oficina de quejas para los desperfectos del mundo", en esta crónica dividida en grupos de capítulos que a veces son simples párrafos nos sumergimos (tibiamente, sin aspavientos, sin aparatosidad) en ese día a día de otra parte del mundo, un microcosmos que combina encuentros casuales, esbozos de narrativa ligeramente didáctica con una pata en la leyenda y otro en el rigor histórico, Villoro parece indicarnos que cada rincón del planeta reivindica su hábitat de normalidad. Tierra de aztecas y mayas, ahora marcada por la sombra omnipresente y pesada de los EEUU ahí arriba, cuestión que se manifiesta también en la combinación de registros idiomáticos. aquí convive la a veces inasequible habla propia del español mexicano, los vocablos mayas y el spanglish.

También se nos transmite cierta dispersión. El libro está estructurado más como un deambular por lugares y situaciones antes que como un viaje planificado con un itinerario delimitado. Cuestión que puede representar un arma de doble filo. Es una lectura amable que a veces puede resultar algo anodina en esa presentación pausada y errática. A veces me ha desesperado algo ese avanzar lento, esa constante introducción de elementos con poca relación entre sí, pero he de reconocer que su tramo final mejora ostensiblemente y el libro puede considerarse una carta de presentación más que una obra con pretensiones de definitiva.



jueves, 21 de marzo de 2019

Stephen Dixon: Historias tardías

Idioma original: Inglés
Título original: Late stories
Traducción: Ariel Dilon
Año de publicación: 2016
Valoración: Muy recomendable

Hace ya algunos meses me regalaron "Calles y otros relatos", una recopilación de historias escritas por un tal Stephen Dixon (Nueva York, 1936), autor absolutamente desconocido para mi, y la impresión fue más que favorable. Pues bien, este "Historias tardías" me ha gustado más aun que "Calles..." y ha sido la confirmación definitiva de que estamos ante uno de los grandes olvidados, al menos en España, de la narrativa estadounidense.

En "Historias tardías" se reúnen 31 textos, de una extensión media de unas 10-12 páginas y publicados a lo largo del tiempo en diferentes revistas (Matchbox Literary Magazine, Unsaid, The Hopkins Review, Harper´s, etc), protagonizados por Philip Seidel, un veterano escritor y profesor universitario (¿elementos autobiográficos, tal vez?). Además, los 31 textos que componen el libro se encuentran interrelacionados, hasta el punto de que "Historias tardías" admite varias posibles lecturas: colección de relatos independientes, novela fragmentaria, biografía de su protagonista, etc.

En mi opinión, el principal riesgo de esta clase de libros, con historias interconectadas y protagonizadas casi en exclusiva por un único personaje, es el de "caer en la reiteración". Vamos, que el libro se haga largo, los relatos repetitivos, etc. Nada de esto ocurre. Dixon tiene el suficiente oficio y habilidad como para evitar que el lector caiga en el aburrimiento. ¿Cómo lo consigue?

Primero: con un comienzo arrollador. Los primeros textos son un puñetazo en la boca del estómago.  Sirva de ejemplo "Esposa en reversa", relato que abre "Historias tardías" a modo de "índice rebobinado" de la vida en común de Philip Seidel y su esposa Abby. La posterior reconstrucción de la historia de Seidel y Abby (los comienzos, las primeras citas, el matrimonio, los hijos, la devastadora enfermedad de Abby, los cuidados, las tensiones y remordimientos que la puta enfermedad provocan en la pareja, etc ) es brillante, sobre todo en el aspecto psicológico.

Segundo: manteniendo en todo momento la tensión narrativa. Dixon va intercalando diferentes historias en distintos lugares y tiempos, ofreciéndonos así un completo y complejo (en su sencillez) retrato del personaje. Partiendo del fallecimiento de Abby, auténtico núcleo del libro y eje sobre el que pivotarán todos los relatos, Dixon nos ofrece un recorrido por la vida pasada, presente y futura de Seidel en dos planos: el "real" y el "ideal". En los relatos se mezclan cotidianeidad y ensoñaciones, sentimientos como la soledad, la culpa y el aislamiento autoimpuesto con tentativas de rehacer su vida, episodios iniciáticos del pasado con oscuros presagios, etc. 

Tercero: Pese a que se trata de un libro que parte de una situación tan jodida como la enfermedad y muerte de una persona, las historias no caen en simplismos, sentimentalismos ni histrionismos. La vida, a pesar de todo, es demasiado complicada y en ella hay lugar para momentos terribles y momentos conmovedores, tristeza y esperanza, dolor y alegría, etc. 

Cuarto (y en parte relacionado con lo anterior): "Historias tardías" refleja fielmente la complejidad humana. Como ya he dicho, no es un libro "plano" en el aspecto psicológico. Seidel evoluciona, cambia con el tiempo y las situaciones. No hay único Philip Seidel, igual que nosotros podemos ser diferentes en función del contexto en el que nos encontremos.

Quinto: Los relatos son, en el aspecto estilístico, de lo más variado. Dixon maneja con soltura diferentes registros y combina relatos de corte realista con relatos más oníricos, relatos lineales cronológicamente con rupturas de la lógica espacio-temporal, etc. Son historias similares en el tono, pero diferentes en las formas. 

En fin. Ya paro. Creo que ya ha sido suficiente para que os hagáis una idea más o menos clara de lo que podréis encontrar en este "Historias tardías", una magnífico libro de un autor que merece un lugar mucho más destacado del que actualmente ocupa en nuestras librerías.

miércoles, 20 de marzo de 2019

Josep Pla: Un viaje frustrado / Contrabando

Idioma original: catalán
Título original: Un viatge frustrat / Contraban
Traducción: Josep M. Espinàs
Año de publicación: 1927/1954
Valoración: Se deja leer

Ya lo ven, vetusta colección de Salvat de los años 80, que además creo que es una reedición de otra aún más antigua de tapas naranjas, todo un incunable, o casi. Ahí, en librerías de viejo o en rastrillos a un euro acaban muchas obras menores (y no tan menores) de clásicos, mezcladas con textos extraños de autores que nunca llegaron a ser conocidos, narraciones breves de escritores de distintas épocas, vamos, un catálogo de cosas heterogéneas del que a veces está bien rescatar títulos. Entre ellos, esta vez tiramos hacia un autor cuyo nombre sonará a muchos, pero que muy poquitos han leído en las últimas décadas (y me incluyo entre los ignorantes). Josep Pla pasa por ser un tipo importante en las letras catalanas del siglo XX, autor de una obra muy extensa, y quizá marginado por razones políticas y puede que también literarias. Empezando porque por lo visto no apreciaba mucho (ni cultivaba) la ficción, de lo cual es buena muestra este 2x1 separado entre sí por casi treinta años.

Nada de ficción, se supone. Un viaje frustrado es la crónica de un viaje por mar recorriendo la costa catalana desde Calella hasta la frontera francesa. Pla viaja con un tal Hermós en una pequeña embarcación, deteniéndose en sucesivos pueblos, donde tratan con distintos personajes con los que comparten comida (y vino, claro), charla y alguna juerga. A esta gente marinera le encanta describir los detalles de la navegación, el manejo de las velas, los vientos, los accidentes de la costa, los fondeaderos, y para los que no tenemos ni idea del asunto resulta algo agradable, como descubrir una realidad ignorada, ajena, pero también atrayente. Al menos es lo que me ocurre a mí. La singladura y sus etapas constituyen un relato tranquilo, simpático, en el que el autor se esmera por presentar ese mundo natural, un poco primitivo, de la costa catalana volcada hacia el mar, la luz del Mediterráneo, sus colores y aromas.

En ese orden de cosas se mueve también Contrabando, que es de nuevo un recorrido por los mismos o parecidos lugares, esta vez en una incursión con los objetivos mercantiles que proclama el título. El desarrollo es idéntico en lo fundamental, tal vez pasando el pintoresquismo a un plano más secundario, y añadiendo una cierta tensión en la parte final, cuando la expedición se aproxima al punto de recepción de la mercancía. Pla introduce un punto épico, bien dibujado, cuando la operación va a culminarse entre el mistral que azota sin tregua y las complejas maniobras de la navegación. Subrayo lo de bien dibujado porque es indudable que este señor tiene muy buena mano para las descripciones, lo disfruta poniendo atributos a los accidentes geográficos, a la meteorología, la gastronomía o las personas. 

Quizá disfruta demasiado, también es verdad. Ambos viajes son un despliegue ininterrumpido de sensaciones que dicen mucho sobre la capacidad descriptiva del autor, pero que no tienen mucho más contenido detrás. Pla es algo así como un buen paisajista, un pintor con buena técnica para reproducir la realidad, pero en el que se echa de menos algo de creatividad, sí, aunque no se trate de una obra de ficción.

Puede que por eso ocurre algo llamativo: los dos relatos, como decía antes separados por casi treinta años, apenas se diferencian en nada.  Mismo asunto, mismo estilo, idénticos recursos. Si acaso el desenlace tiene un tratamiento algo diferente: en el segundo viaje hay una mayor dosis de emoción, mientras que en el primero, que se pudo resolver mejor a base de ironía, se quedó prácticamente en nada. Se podrá decir, efectivamente, que lo que tenemos delante es un tipo de narrativa descriptiva, que retrata muy bien un entorno y una época que el autor claramente idealiza, y que lo hace muy bien, que el libro está bien escrito. Pero, oiga, libros bien escritos hay muchos y de muchos tipos; pero nos interesan cosas que estén al menos un poco por encima de ese nivel, que aporten más que una prosa más o menos brillante. Y en este caso, me temo que nos quedamos justito en el límite.

Otras obras de Josep Pla en ULAD: Viaje en autobús

martes, 19 de marzo de 2019

Mario Levrero: Trilogía involuntaria

A Mario Levrero no le gustaba que hubiera intermediarios entre su trabajo y los lectores. Y aquí estoy yo, escribiendo sobre la Trilogía involuntaria. Pero bueno, tomad esta reseña como un mero reflejo de mi experiencia personal (¡faltaría más!), y no como la única aproximación posible a estas novelas. O mejor: leedlas a ellas antes que a mí. En cuanto a ti, Mario, perdóname; sólo quiero compartir mi admiración por este fascinante retablo con el que te diste a conocer. 

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La Trilogía involuntaria está compuesta por La ciudad (1966), El lugar (1969) y París (1970), las primeras novelas de Mario Levrero. Novelas que gravitan alrededor del individuo, de su percepción del mundo y, sobre todo, de su percepción de sí mismo. Es por ello que, pese a los elementos aparentemente fantásticos que las engalanan, no hay que encajonarlas en ese género. Si acaso, estaríamos hablando de «realismo introspectivo». Y es que, a la postre, el escritor no inventa nuevos mundos; más bien, filtra la realidad a través de sus personajes. Los cuales son poco fiables, por otra parte. 

Todos los protagonistas de estas ficciones son varones innominados que narran su historia en primera persona. Historia que, por cierto, es un viaje. Uno que deja en pañales a la literatura de autoayuda. En Levrero no encontrarás el componente edulcorante que tanto predomina en ese tipo de productos. El viaje en el que se embarcan los protagonistas no les cambiará, y menos todavía para bien; la anagnórisis ansiada jamás llega a cristalizar. Además, dicho viaje es siempre una frustrante imposición, no una oportunidad. 

Estos narradores están de paso en un sitio que les es ajeno, en el que se sienten asfixiados, desamparados y alineados. A eso hay que sumarle que, para la visión posmoderna de Levrero, el mundo es algo incierto, y el individuo carece de referentes estables a los que asirse para abordarlo. Para colmo, las tres novelas cierran con un final abierto, normalmente negativo. De hecho, sólo La ciudad finaliza con una nota vagamente positiva, o, al menos, optimista, pero en ningún momento da por sentado que nada se vaya a solucionar. En otras palabras: cada uno de los tres viajes que propone esta trilogía es una odisea de pesadilla. O sea, que si la lees, prepárate para experimentar desasosiego

Porque desasosiego es lo que te va a reportar esta lectura, créeme. Y no se marchará en unos días, te lo aseguro. Estas novelas son, ya lo he adelantado, una especie de pesadilla. Una pesadilla vigil con su hermetismo intrínseco, y a su vez, con su coherencia interna. Para mí, lo más fascinante de Levrero es que no se abandona a la asociación de ideas arbitrarias o inconexas. En los libros del escritor existe una coherencia interna, a menudo difícil de aprehender, de atisbar siquiera (como viene siendo el caso de París), pero presente a fin de cuentas, como en un sueño febril.

Un elemento recurrente en esta trilogía son los espacios. No digo que sea el elemento aglutinador, porque creo que la relación que existe entre estas novelas va más allá de que aparezcan en ellas espacios vagos y abstractos. Pero bueno, éstos siguen teniendo un interés primordial. No es para menos: la portentosa imaginación de Levrero le granjea un hueco en la tradición de arquitectos soñadores de la talla de Piranesi o Calvino.

Personalmente, sugiero el siguiente orden de lectura: empezad por La ciudad El lugar, ambas novelas que tienen mucho en común tanto en forma como en fondo, y pasad luego a París, sensiblemente distinta de sus predecesoras.

Ah, que no os engañe mi entusiasta reseña, ni la valoración extremadamente positiva que le doy a esta trilogía. No pienso que estas piezas de Levrero estén libres de defectos. Sin embargo, creo que éstos palidecen frente a los aciertos. Y, la verdad, la mayoría son bastante insignificantes, como el uso caprichoso de ciertos recursos tipográficos, o alguna voz puntual que no acaba de cuajar. Lo dicho: una lectura muy recomendable de un autor al que hay que descubrir.


Idioma original: Español
Año de publicación: 1970
Valoración: Recomendable

La ciudad sienta la tónica general de la trilogía: el protagonista perdido en un sitio extraño, asediado por una sensación de pérdida, desamparo, incomprensión, y hasta de amenaza latente; la atmósfera extraña de tintes surrealistas; el subtexto kafkiano...

A mi juicio, lo mejor de esta novela es la originalidad de su planteamiento. Es algo lenta, sobre todo en su primera mitad, y hay algunos detalles que no me acaban de convencer. Pero vale la pena en su conjunto, y sólo como umbral de la Trilogía involuntaria ya habría que leerla sí o sí.

Idioma original: Español
Año de publicación: 1982
Valoración: Casi imprescindible

En este libro hallamos las descripciones arquitectónicas más ambiciosas. También hay un manejo del misterio muy trabajado. Éste no pretende ser desentrañado en ningún momento. Llegados a cierto punto, de hecho, se acaba desistiendo a buscar un sentido, una lógica, para focalizarse en el mensaje.

Decididamente, mi pieza favorita de esta maravillosa trilogía. Si alguien no fuera a leerla íntegramente, que al menos le de una oportunidad a El lugar.

Idioma original: Español
Año de publicación: 1980
Valoración: Muy recomendable

París es, probablemente, la pieza más compleja de la trilogía. En primer lugar, porque la prosa alterna constantemente dos tiempos verbales, pasado y presente. También, porque en ella se solapan la vigilia y el sueño, los cuales conviven como dos realidades igual de tangibles. Y, sobre todo, porque los simbolismos que la recorren son más crípticos aún que en sus predecesoras. Asimismo, es un bloque monolítico de texto que no está dividido en varios capítulos que permitan al lector descansar, al contrario que La ciudad y El lugar.

Pero creedme cuando os digo que el esfuerzo de leer esta obra es recompensado con creces. No en vano, esta es la novela de la Trilogía involuntaria con las imágenes más poderosas y el lenguaje más rico. De igual forma, es aquélla en la que aflora libremente el gusto de Levrero por la serie B, guiño que sin duda apreciarán los mitómanos del autor.


También de Mario Levrero en ULAD: La Banda del Ciempiés 

lunes, 18 de marzo de 2019

Belén Gopegui: El padre de Blancanieves

Idioma original: español
Año de publicación: 2007
Valoración: Muy recomendable




Confieso que, una vez más, me he saltado la sinopsis. Menos mal pues resulta claramente disuasoria, aun pretendiendo lo contrario, al centrarse en un punto de partida (anecdótico y sustituible) y olvidar los aspectos relevantes. Es cierto que la estructura no es precisamente sencilla y que parte de premisas que algunos considerarán discutibles. Pero nos enfrenta a unos personajes que dejan huella porque son humanos, es decir, contradictorios e imperfectos. Las relaciones que se establecen son tan caóticas como en la vida. El entramado está perfectamente urdido a pesar de su complejidad. La estructura y recursos son originales y acordes al contenido. Sin olvidar la elaborada reflexión de índole ético-política que, lo queramos o no, nos atañe a todos. Diálogos a dos o a varias bandas, reflexiones privadas, confidencias, análisis socio-políticos, cuya prosa, algo irregular, desmerece un poco del resto.
Los lectores interesados en la sostenibilidad y el ecologismo disfrutarán con los planteamientos de Gopegui. Porque aquí se mezclan: una contundente carga crítica, ciencia, relaciones familiares, conflictos de intereses, posibles infracciones de la ley dictadas por el más puro idealismo y, sobre todo, la eterna lucha entre pragmatismo y conciencia. En esta novela coral los personajes se dividen en dos bandos, los acomodaticios y los que sueñan con cambiar el mundo. No obstante, se elude el maniqueísmo: porque todos muestran incoherencias, cualquiera de ellos presenta ambos rasgos en alguna medida y la mayoría evoluciona en un sentido o en otro.
El núcleo lo forman Manuela, su marido Enrique y su hija Susana. De estos parten otras ramas que se van ramificando a su vez. En ocasiones, se establecen diálogos insólitos entre individuos que a primera vista no tendrían nada que decirse y que no parecen muy verosímiles tal como se presentan, pero pueden aceptarse como convención literaria. Contamos también con un personaje no-humano que se autodefine cada vez que abre la boca –es un decir–, una especie de voz en off que sirve de pretexto para que la autora se entrometa de vez en cuando, al estilo de las novelas decimonónicas pero de forma menos explícita,
El relato avanza de forma fragmentaria a base de alternar las voces. Un recurso que habitualmente amplia el campo de visión y que en este caso, debido a la variedad de planos, resulta casi indispensable.
Gopegui pretende, nada menos, trazar un panorama lo más exacto posible del orden mundial y sus problemáticas, así, tal como suena, y creo que sale airosa del intento. La cuestión es si, ante tanto desequilibrio e injusticia, merece la pena actuar de alguna forma o se trata de un esfuerzo insensato y lo aconsejable es cruzarse de brazos; si esa pasividad autoimpuesta genera mala conciencia o no; si los pequeños gestos del activismo son quimeras que no llevan a ningún sitio o semillas que pueden germinar en el momento menos pensado cuando se da una conjunción de circunstancias; si ese empeño por cambiar las cosas influye en los más cercanos y, llega, incluso, a destruir vínculos; si es lícito alterar la plácida existencia del entorno en nombre de un bien mayor o se trata de conductas reprochables pues en el fondo no vamos a encontrar más que egoísmo narcisista..
Novela de ideas, deudora de una larga tradición y aún así con entidad propia, que consigue hacer pensar al lector sin que disminuya su interés por el devenir de los personajes y sus proyectos (ese curioso experimento biológico descrito con tintes cinematográficos me parece todo un hallazgo), incluso sin que pierda la sonrisa.

Más de Belén Gopegui: Lo real, La escala de los mapas,

domingo, 17 de marzo de 2019

Jesús Marchamalo & Marc Torices: Cortázar


Idioma: español
Año de publicación: 2017
Valoración: recomendable

Nunca he sido un acérrimo "cortazariano", pero la reseña a veinte manos (bueno, a decir verdad, diecinueve, que yo estuve al mismo tiempo comiendo doritos) que nos marcamos recientemente me creó alguna curiosidad por conocer más cosas del célebre autor del cuento, aparte de lo que cualquiera con cierta culturilla general podría saber (escribió Rayuela, nacido en Bélgica, vivió en Francia, enterrado en el cementerio de Montparnasse... bueno, vale, para esto último hay que ser un poco biblionecrófilo, lo admito). pero vamos, ni ganas de meterme una biografía de esas tochacas con estudios filológicos comparatistas de todas las obras de este insigne escritor y tal y cual...; por fortuna para  los holgazanes lectores inquietos como yo, vivimos en la época dorada de los tebeos para adultos gafapastas las novelas gráficas. Así que una de éstas, de título inequívoco y estupenda por lo demás, es la que hoy ocupa esta reseña.

El libro -en puridad, tampoco sería correcto llamarle "novela", aunque sí "gráfica, claro-, también es una biografía, sólo que mucho más ligera y amena que lo que suele ocurrir al uso. Pero, en general, sigue el habitual hilo temporal de nacimiento-infancia-juventud-etc... hasta el fallecimiento de Cortázar. Hilo roto, de vez en cuando, por anécdotas o peculiaridades diversas del escritor; sin llegar a calificarlos de "interludios líricos" o "poéticos", sí es cierto que estos pequeños episodios, amén de proporcionarnos una visión más completa de la personalidad y circunstancias del biografiado, aportan al conjunto un toque entrañable, a la par que fresco. La narración, en todo caso, toca todos los momentos en principio fundamentales de la vida del escritor: su niñez, con su padre ausente, el comienzo de la fascinación por los libros, sus trabajos como profesor y traductor, sus primeros escarceos literarios, el traslado a París, sus relaciones amorosas, sus viajes, el reconocimiento de su obra, su posicionamiento político a favor de la Revolución cubana... (*) Como os podéis suponer, especial ilusión me ha hecho ver reflejado el momento en el que, en 1946, el propio Borges recibió y decidió publicar en la revista Los Anales de Buenos Aires el cuento Casa tomada.


En suma, que la trayectoria, tanto vital como literaria de Julio Cortázar se ve explicada y representada a la perfección en este libro, con la fundamental ayuda, además, de un grafismo sencillo pero muy efectivo, que oscila entre cierta ingenuidad y un toque onírico de lo más adecuado. Ahora bien, por poner algún pero (que no todo va a ser néctar y pétalos de flores), he de señalar que, a pesar de esta minuciosidad de la narración y del recurso al anecdotario cortazaresco que he mencionado antes, la figura del escritor queda envuelta en un aire, no de frialdad, pero sí de cierta reserva, se le ve siempre un tanto distante, como si los autores del libro no hubiesen sido capaces de traspasar una capa protectora, una burbuja de timidez y soledad en la que se refugiase el biografiado (no descarto, por supuesto, que Cortázar fuera así de verdad, que no lo sé).

Aún así, que no lo dude nadie: esta es una lectura de lo más recomendable, que además cumple con una función importante: que te entren ganas de leer más cosas del autor de Rayuela. No es poco, eso...

(*)Hace poco leí, por cierto, un emocionante párrafo de un libro de Bioy Casares acerca del fallecimiento de Cortázar, en el que le manifestaba gran aprecio y consideraba que siempre habían sido amigos, a pesar de no compartir ideas políticas. Un gran ejemplo.


sábado, 16 de marzo de 2019

Mary Beard: Mujeres y poder

Idioma original: inglés
Título original: The Public Voice of Women y Women in Power
Traducción: Silvia Furió (ed. en castellano) / Anna Llisterri (ed. en catalán)
Año de publicación: 2014 y 2017
Valoración: recomendable

En este libro de ensayos, se recogen dos conferencias que la autora inglesa hizo en 2014 y 2017 («La voz pública de las mujeres» y «Mujeres en el ejercicio del poder», respectivamente) en las cuales la escritora analiza cómo se ha tratado la opinión de la mujer cuando se encuentra en la esfera pública.

Así, en «La voz pública de las mujeres», y fiel a su formación y profesión dedicada a la historia, Beard hace una mirada al pasado, remontándose a los tiempos de la Odisea, cuando Telémaco, dirigiéndose a su madre Penélope, le dice: «Madre, vuelve, como sea, a la habitación y ocúpate de tu trabajo, la tejedora y el huso, y haz que las esclavas se ocupen de la suya, y eso de hablar será cosa de los hombres, de todos, y más incluso de mí, pues es mío el poder en la casa». Con este breve párrafo, ya en el inicio de la conferencia, la autora denuncia que desde tiempos inmemoriales la voz de la mujer ha sido acallada por los hombres, incluso cuando estos son aún unos jóvenes y ellas mujeres inteligentes de mediana edad, a los que superan en experiencia y conocimientos. Así, poniendo este fragmento como ejemplo, la autora realiza un viaje al pasado (pasado que aún conservamos, o arrastramos, en el presente), desde la Antigua Grecia y pasando por el Imperio Romano, donde las voces de las mujeres han sido ninguneadas, ridiculizadas o acalladas.  Y si bien en determinados casos las mujeres han podido expresar su opinión, ha sido principalmente para defender sus intereses sectoriales, pero no para hablar en lugar de los hombres o del conjunto de la comunidad.

En relación a ello, el discurso público era uno de los principales atributos en el pasado que definían la masculinidad, y, a modo de ejemplo, comenta la viñeta de «la señorita Triggs», publicada en la revista Punch en 1988, y que resume perfectamente esta cuestión. En ella, se puede ver la mesa de un despacho alrededor de la cual se hallan sentados cinco hombres y una sola mujer, y el que ocupa el lugar central de la mesa comenta: «Es una excelente propuesta, señorita Triggs. Quizás alguno de los hombres aquí presentes quiera hacerla». En una sola viñeta, el impacto es evidente, por su sencillez y contundencia, e ilustra perfectamente lo que la autora expone en el relato, pues este tipo de afirmaciones, y aunque eso parece quedar lejos en el tiempo, está muy presente en la memoria y las costumbres actuales, siendo un ejemplo clarísimo del ya conocido concepto del mansplanning (tratado ampliamente por Rebecca Solnit en «Los hombres me explican cosas»). Incidiendo en más ejemplos históricos, expone algún otro caso asociado a la literatura, hablando de «Las bostonianas», de Henry James, y su marcada costumbre de silenciar a las mujeres, como es el caso de Verena Tarrant. Este autor, ya en sus ensayos, deja clara su posición escribiendo sobre «los efectos contaminantes, contagiosos y socialmente destructivos de la voz de las mujeres».

También la autora pone de relieve, no únicamente este silenciamiento de la voz de la mujer, sino también la falta de autoridad, conocimiento y autoridad que, a través de un lenguaje ridiculizante, se les atribuye. Y, de hecho, en muchos casos en les que sí se le da poder, es para hablar de esferas tradicionales de intereses propios de las mujeres pues, por ejemplo, que sean Ministra de Sanidad, Igualdad o Educación no las descarta para ocupar los ministerios de Economía o Hacienda (cosa que aún no había sucedido en Gran Bretaña en el momento en el que se hizo la conferencia en 2013). Y también hablamos de espacios mediáticos como tertulias políticas o deportivas, dedicadas y ocupadas (sí, ocupadas sería un buen término descriptivo) por los hombres, pues se considera que son temas que ellos conocen más (y mejor). Y no le falta razón a la autora al criticarlo, pues esta desigualdad es evidente si nos fijamos en las tertulias y programas que copan nuestros medios y cuantas mujeres participan o lideran este tipo de programas.

Todas estas actitudes y mentalidades están muy interiorizadas en nuestra sociedad, en nuestra cultura, nuestro lenguaje y perpetuadas tras miles de años de historia. Y que las mueres hablen de ciertos temas aún está mal visto por una gran parte de la sociedad (el ataque a las mujeres en internet por comentarios contra las mujeres es treinta veces superior a los dirigidos contra los hombres, en un evidente ejemplo de misoginia), en un claro intento de apartar a las mujeres del debate o de la expresión de su opinión. Y para poder conseguir expresarse, hay mujeres que masculinizan el discurso, a través de hablar con voz algo más grave e imitar ciertos aspectos de la retórica masculina. Esto puede funcionar, pero es solo un parche, no va al corazón del problema, no debería ser así.

Ya en el segundo ensayo, «Mujeres al poder», la autora también echa mano de sus conocimientos históricos y literarios para empezar el relato hablando de «Tierra de ellas», de Charlotte Perkins Gilman, relato que trata sobre un país donde solo viven mujeres (me pregunto aquí si Stephen King sacó de este relato su idea para «Bellas durmientes»). La autora lo utiliza para aventurarse a pensar en cómo sería un mundo donde las mujeres tuvieran el poder y, como en la conferencia anterior, también utiliza recursos de la historia antigua para ejemplarizar como la mujer ha sido relegada a esferas que supuestamente no son propiedad del hombre. Con ello, analiza el papel de las mujeres a las que se les ha reconocido poder (políticas, especialmente), pero afirmando que este aspecto, el hecho de identificar únicamente el poder con los cargos políticos, etc., es suponer que ocupan lugares no previstos para ellas, y deja de lado escenas diferentes donde otro tipo de poder es importante. De igual manera, abunda en este aspecto y habla del camino que ciertas mujeres siguen para alcanzar el poder, masculinizándose, poniendo como ejemplo a Margaret Thatcher o Hillary Clinton.

La autora, en este libro, breve pero recomendable por su interesante contenido, no plantea soluciones ni da consejos, sino que su intención es poner de manifiesto que hay un patrón de comportamiento que arrastramos desde hace miles de años y que hay que tomar consciencia de ello para cambiarlo. Y aprovecha también para cuestionar, no únicamente a quién se le da poder, sino también si este está bien definido, si está bien entendido por la sociedad cuando solo se puede reconocer en el quien tiene la forma e imagen de un hombre.

Por todo ello, hay que trabajar sobre qué entendemos por la voz de la autoridad y como hemos llegado a construirla, y redefinir el concepto de poder y hacerlo más amplio, tanto en pluralidad de género como en los ámbitos donde está reconocido. Solo así podremos intentar llegar a una igualdad que, por las tendencias y costumbres arrastradas desde tiempos inmemoriales, parece que aún queda lejos.

También de Mary Beard, en ULAD: Una historia de la Roma antigua