Traductor: Eduardo
Goligorsky
Año de publicación: 1989
Valoración: Muy
recomendable.
Para muchos, Bruce Chatwin fue un autor de libros de viajes,
especialmente de uno, En la Patagonia, que sirvió para
revitalizar el género, allá por los 70, y cuya fórmula, entre la
minuciosa descripción objetiva y la observación subjetiva (e incluso
íntima), ha sido imitada en infinidad de ocasiones. Bruce Chatwin se
ha convertido, además, en la imagen icónica del viajero por
antonomasia, del mochilero que ha estado en todas partes
(literalmente) y ha dormido lo mismo en chozas o tiendas beduinas que
en mansiones de la jet-set internacional.
Para otros, al menos en el mundo anglófono, Chatwin fue una figura
literaria desaparecida demasiado pronto y, más aún, una figura
social, que se codeaba con todo tipo de personalidades de la cultura,
ya fuera la literatura, el arte o el periodismo…
Pero, sobre todo, y para lo que aquí nos ocupa, Bruce Chatwin fue
un escritor deslumbrante, que es probable sólo llegará a mostrarnos
un apunte de lo que podría haber dado de sí su talento antes de su
temprana desaparición. Y, curiosamente, en mi opinión dio su mejor
medida no sólo en sus libros y artículos sobre viajes, sino, ante
todo, en dos de sus novelas, Colina negra y Utz. He
escrito “curiosamente” porque para tratarse de un escritor que ha
pasado a la posteridad como un viajero incansable, incluso excesivo
en su inquietud (y que teorizaba él mismo sobre el nomadismo), estas
dos novelas tratan sobre personajes que no se mueven en su vida, o
muy pocas veces, de su lugar de residencia: la novela de la que habla
esta reseña está protagonizada por Kaspar Utz, un barón checo de
vago origen judío que en la Praga comunista se dedica a coleccionar
figurillas y otros objetos de porcelana de Meissen. Con las que
atiborra su exiguo apartamento mientras trata de torear a las
autoridades del momento, que ven ese coleccionismo como una
peligrosa desviación burguesa.
Con estos mimbres y con un narrador anónimo que acude a Praga
interesado, en principio, en las legendarias colecciones del
emperador Rodolfo, el autor traza una radiografía sobre la pulsión
coleccionista (algo que interesaba sobremanera al propio Chatwin, que
había trabajado en Sotheby's y padecido toda su vida el desgarro
entre el ansia de despojamiento total, al que decía aspirar, y la
irreprimible querencia esteta por los objetos de una belleza
singular). Además, encontramos aquí el retrato de un personaje
cuando menos ambiguo y esquivo, en todos los sentidos; una
vindicación del individuo frente al totalitarismo cutre; una
reflexión sobre la pervivencia de la cultura de la “Vieja Europa”,
en medio del oprobio comunista (eso, entonces; hoy habría que
preguntarse sobre su pervivencia en medio del oprobio
turbocapitalista); una exploración de las raíces de esa vieja
cultura, en ocasiones híbrida o, al menos, injertada de elementos
sorprendentes. La idea del coleccionismo (y del arte en sí mismo)
como un acto de idolatría y, por tanto, una blasfemia a la
Divinidad. E incluso podemos encontrar en el libro una historia de
amor, cuando menos singular.
Todo ello escrito en menos de 150 páginas, con una prosa de alta
precisión y mientras el autor de la novela, gravemente enfermo, se
estaba muriendo (y él lo sabía, claro); todo escrito, además, a
partir de un par de semanas de estancia en Praga, repartidas a lo
largo de 20 años... Puede que fuera una impostura, como algún
crítico señaló cuando se publicó, pero es una impostura
magnífica. A ver quien da más.




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