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lunes, 28 de diciembre de 2015

Rufus T. Firefly: El Gran Engaño

Idioma original: inglés
Título original : The Great Hoax. Trues and Lies in the Spanish Literature
Año de publicación: 2015
Valoración: sorprendente


Demoledor. Tremebundo. Apocalíptico. Fatal... Así ha sido calificado este libro que está haciendo temblar los cimientos de la literatura española. Más aún, de los clásicos dorados de la literatura española... Y eso, sin haber sido aún traducido al castellano ni, claro está, publicado en España (y dudo mucho que alguna vez lo sea). Aunque también hay quien considera las tesis defendidas en el libro de otras maneras: Inconcebibles. Increíbles. Fantasiosas. Timo... En cualquier caso, este libro del prestigioso (admito que mi total ignorancia a este respecto) hispanista y profesor de literatura española comparada, en la Trump University de Atlantic City (NJ), Rufus T. Firefly, no ha dejado indiferente a nadie, más allá, incluso, del especializado circuito de los hispanistas norteamericanos. No es para menos: las afirmaciones que defiende el profesor Firefly difícilmente pueden dejar indiferente a ningún estudioso o incluso mero aficionado la literatura.

Según la teoría defendida por el profesor, los bombardeos sobre Madrid durante la Guerra Civil arrasaron en buena medida tanto la Biblioteca Nacional, destruyendo fondos de incalculable valor, como el Archivo Histórico Nacional, dándose además el caso de que gran parte de las obras de referencia al respecto fueron destruídas también durante los combates de la Ciudad Universitaria -recordemos los libros utilizados para levantar parapetos- y los tres años de sitio que sufrió la capital de España. Paradójicamente, el bando "nacional" vencedor de la contienda se encontró sin las fuentes de una historia literaria nacional que poder oponer a la de los países que en ese momento se le antojaban rivales, aunque fuera meramente en el ámbito cultural. Deseoso de poder presumir de sus glorias patrias, que además debían servir para cimentar la automitología del nuevo régimen, el gobierno franquista -el profesor Firefly sospecha que la sugerencia fue de Sánchez Mazas, aunque parece que el mayor valedor de la idea fue el "cuñadísimo" Serrano Suñer, conocido por su sagacidad- puso en marcha una operación de "recuperación" de la tradición literaria española: la Operación Calíope, también conocida en ciertos círculos criptohumorísticos del régimen como "Chotacabras".

Bajo la dirección de uno de los más destacados hombres de letras del momento (de los que quedaban vivos y en España,  se entiende),  el Bardo de la Patria, el insigne José María Pemán, un selecto grupo de profesores y literatos fieles al nuevo régimen victorioso -Firefly habla de Laín Entralgo o de un joven y ambicioso Cela- se dedicaron a reconstruir, cuando no directamente a mixtificar, desde el romance seminal de la épica patriótica hispana, el del Mío Cid -cuyo protagonista es, al parecer, de dudosa existencia- a la inverosímil Celestina; de la absurda metafísica calderoniana a la cursilería de las Sonatas de Valle-Inclán (escritor que, como tantos otros estudiados y a veces leídos por generaciones posteriores, nunca existió... en este caso, las fotografías que lo muestran son retratos tomados a un pintoresco chamarilero del Rastro madrileño, célebre por sus barbas y por estar un poco tocado del ala). 

En otros casos, se respetó la existencia de autores reales -de los que se conservaba cierta documentación-, pero adaptando sus características a la conveniencia del gobierno o según la ideología dominante. Así, se eliminó de la obra de García Lorca toda referencia a sus veleidades falangistas y se le atribuyó malévolamente una condición homosexual que el poeta granadino estaba lejos de detentar, con el fin de justificar (según, ya digo, el punto de vista de aquel régimen fascista) su muerte en un confuso episodio de espionaje y doble juego. En cambio, se negó cualquier tipo de querencia hacia su mismo sexo en uno de los autores con más pluma -en todos los sentidos- del Siglo de Oro: don Francisco de Quevedo (cuyos conocidos versos: "No he de callar, por más que con el dedo..." serían, por ejemplo, referencia á clef a cierta riña con su furtivo amante Góngora sobre la conveniencia o no de salir del armario). Ni que decir tiene que se cambió de arriba a abajo todo el sentido del argumento de El Buscón y se obvió toda explicación sobre lo que iba buscando don Pablos,  en realidad...

¿Sorprendidos? ¿Asombrados, incluso? Pues Rufus T. Firefly va incluso más lejos. Según el profesor norteamericano, en la Operación Chotacabras participaron también prisioneros de guerra republicanos que, por su condición de intelectuales o profesores -incluso algún maestro de primaria- fueron apartados de los trabajos forzados para dedicarse a la elaboración de estas falsificaciones literarias: así, mientras unos esclavizados presos construían el Valle de los Caídos, otros, recluidos en su abadía, se dedicaban a esta invención sin precedentes en la Historia de toda una literatura nacional (de hecho, Firefly cuenta que su primera pista sobre la operación la obtuvo al caer en sus manos, de forma casual, el diario de uno de los abades del Valle. Y que en una de sus estancias allí para investigar lo ocurrido, trabó conocimiento nada menos que con el Ministro del Interior español, quien, aconsejado por la Virgen de las Angustias, le puso en contacto con un misterioso agente Marcelo, del CNI, que le sirvió de gran ayuda).

Estos prisioneros se ocuparon, además, de las falsificaciones e invenciones más llamativas y flagrantes, quiźa por su garantizada discrección, pues tendían a "desaparecer" una vez completada su misión; de los cruciales Episodios nacionales se ocuparon un historiador marxista y un ex-funcionario del Ministerio de Agricultura que escribía cartas para otros presos. El caso más llamativo, por supuesto, es el de El Quijote, obra, al parecer, de un profesor de Bachillerato de Tomelloso, Miguel Rinconete Cortado, que se limitó, en principio, a transcribir anécdotas de juerguistas y chascarrillos de un tío suyo de Campo de Criptana, apodado "el Cerbantana". Especialmente doloso es también el caso de la principal novela picaresca española, cuyo autor fue "desaparecido" antes de poder firmar el trabajo, por lo que se firmó como tal uno de los libros anónimos más famosos de la literatura universal...

¿Les resulta increíble toda esta historia? Motivos hay, desde luego... ¿Cómo pudo prosperar esta "estafa" sin despertar la alarma no ya de los estudiosos españoles -cómplices, exiliados o muertos- sino de los otros países europeos o amercanos? Bien, recordemos que en aquellos años 40 el mundo estaba pendiente de otros asuntos más acuciantes que la verosimilitud de la literatura española... En fin, el profesor Firefly promete aportar el grueso de sus pruebas -irrefutables, según él-, en próximas publicaciones. Veremos entonces hasta donde llega la verosimilitud de sus tesis, pero de momento, éstas ya han servido para remover hasta lo más profundo la historia de la literatura española, uno de los símbolos culturales y hasta políticos señeros de la España de los últimos 500 años.

martes, 18 de enero de 2011

Real Academia: Ortografía de la lengua española

Idioma original: español
Año de publicación: 2010
Valoración: Imprescindible

Quede claro que esto no es una reseña, sino más bien un comentario alegre. En primer lugar, porque evidentemente no me he leído el azulado tocho de casi 750 páginas; y en segundo, porque a estas alturas de la cena prácticamente todo el mundo ya conoce las novedades que aporta en el uso diario de la lengua este curioso artefacto.

Por si algún lector ha estado viviendo en Marte últimamente y no se ha enterado de la misa, podríamos resumir rápidamente algunos puntos fundamentales, así, a botepronto: la "ch" y la "ll" dejan de ser letras; todos los monosílabos con diptongo ortográfico pierden la tilde (guion, truhan, etc.); la combinación "hue" a comienzo de palabra pasa a ser "güe" (güeso, güevo); los pronombres demostrativos y el adverbio "solo" pasan a escribirse "recomendablemente" sin tilde; los cargos institucionales (presidente, rey, papa) van en minúsculas; la "o" entre números, sin tilde y con diéresis ("10 ö 12"); se recomienda eliminar la letra "q" cuando equivale al fonema "k" (cuorum, Catar); y más cosas...

Quien desee meterse más profundamente en harina, además de comprar el libro, puede consultar en los cientos de páginas web que haban del tema; basta con teclear en google "nueva ortografía". Pero recomiendo comprar el libro, especialmente para aquellas personas que tienen un trabajo vinculado, como es mi caso, al uso y disfrute de la palabra escrita. A fin de cuentas, para la elaboración del hermoso tocho se han juntado las 22 Academias de la Lengua Española durante ocho años de intenso trabajo, y eso tiene su mérito. Solo con mirar las varias páginas de créditos ya me agobio. El índice, con la friolera de 24, es directamente criminal. Se lo lees a un niño y pierde la consciencia en unos minutos. Mano de santo para cuando se te acaba el valium. Probadlo.

Lo realmente genial de este libro es, y hablo por experiencia, ponerlo sobre una mesa a la hora de los patxaranes y abrirlo directamente por alguno de los "puntos calientes". A nada que haya un par de personas animadas ya se ha montado el follón: protestas, desacuerdos, injusticias... Mi cuñado todavía grita "¡para mí es bisílabaaaaa!" cuando ve el volumen en una librería. Lo de quitarle la tilde a "guion", por ejemplo, tiene su miga, porque uno, que es de letras, se ha pasado la vida estudiando, escribiendo meticulosamente cada letra en correcto español, incluso enseñando a extranjeros cómo deben escribirse determinadas palabras, y ahora resulta que muchos de esos conocimientos deben reciclarse: no solo estás corrupto tú, sino que has propagado la enfermedad. Y es que, si bien la campaña promocional que se emitió en España tuvo bastante gracia, con ese niño rechoncho al que le pegaban librazos mientras Víctor García de la Concha rapeaba, de fondo, las normas de acentuación, tampoco es sencillo de entender: mi cuñado, que se llama Raúl, inmediatamente pensó que, al eliminar la tilde de "guion", la siguiente en caer sería la de su nombre. Y no. Pero explícale que "guion" es monosílaba con dos patxaranes a un grupo de gente de ciencias, y ya verás cómo te miran cuando empieces a hablar de átonas, tónicas y gincases. El libro sale volando. Tú, salvo que invites, vas detrás.

Lo dicho: es una compañía estupenda para animar cualquier reunión social. El texto es tan estrictamente correcto que la mitad de la gente será incapaz de entenderlo, pero los ejemplos son tan específicos que todo dios se mosqueará. Basta con recordar la que se montó cuando quisieron cambiar la "i griega" por "ye": manifestaciones multitudinarias, universidades ardiendo, dos exministros de cultura echados al pilón... La revolución. El Gobierno, a mi juicio, no estuvo acertado con esa iniciativa de
grandes contenedores rojos en los que ponía "Recicle un filólogo", pero algunos intelectuales se han mostrado de acuerdo. ¿Era necesario ofrecer un descuento en librerías por cada filólogo echado dentro? Algunos pensábamos, como finalmente sucedió, que mucha gente de ciencias con problemas económicos no tardaría en echar sociólogos, en lugar de filólogos, y que eso supondría el fin. Pero ese no es el tema ahora. Vosotros compradlo, marcad tres o cuatro capítulos y sacadlo de repente en la comida de los domingos con la familia. Discusión asegurada. Grabadlo con el móvil, que lo colgamos en el blog.

martes, 19 de octubre de 2010

Umberto Eco: Apostillas a El nombre de la rosa

Título original: Postille a "Il nome de la rosa"
Idioma original: italiano
Fecha de publicación: 1983
Valoración: muy recomendable

"Tenía ganas de envenenar a un monje." Así confiesa Umberto Eco en este libro el afán homicida que le llevó a escribir su más célebre novela: El nombre de la rosa. Es un alivio esto de que la cultura sirva para canalizar los anhelos más torcidos que nos tientan. En este caso, al menos, debió de ser un alivio para varias comunidades benedictinas del norte de Italia...

Estas y otras confesiones dan a este librito un aire como de strip-tease intelectual. Sí, ya sé que la imagen de Umberto Eco contorsionándose en torno a una barra en pelota picada no es algo precisamente atractivo, pero es que en realidad el libro tiene poco que ver con Eco-el hombre, y todo con Eco-el autor. Quiero decir que tiene el sentido común de dejar atrás todas las anécdotas personales que pudieron llevarle a la novela, o sucederle mientras la escribía, y centrarse en lo que podríamos denominar, trucos del oficio. Y esto no deja de tener su interés (incluso su morbo, si me perdonais la perversión).

Por ejemplo. Resulta que una de las cosas que estuvieron claras desde al principio fue el vínculo entre la trama de crímenes y el Apocalipsis (¿os acordáis? las siete trompetas, etc.). Bueno, pues por eso mismo necesitaba zambullir a uno de los monjes muertos en una tina de sangre (porque al toque de la segunda trompeta el mar se convertirá en sangre). ¿Cómo hacer verosímil la presencia de una tina de sangre? Fácil: la época de la matanza. Ahora bien, los cerdos se matan cuando hace frío, y Eco no podía ir más allá de noviembre, porque en diciembre del año elegido, 1327, uno de sus personajes (Michele da Cesena) se hallaba ya fuera de Italia, en Aviñón. ¿Solución? Instalar la abadía en una montaña, para que en noviembre haya ya nieve y frío suficientes como para proceder a la matanza.

Lo interesante de todo este tipo de pequeñas revelaciones es que Eco sabe unirlas con una sabia reflexión sobre la creatividad, mucho más artesanal y menos extática de lo que suele pretenderse. Son muy interesantes también sus opiniones sobre la relación entre obra y lector. Las grandes obras, dice, son aquellas que pretenden crear sus propios lectores, y no las que se conforman de antemano a los hipotéticos gustos del público. Eco aquí reflexiona con el sentido común que suele usar, pero además sobre la base de su propia experiencia. Esto convierte a una obra claramente menor e incidental en toda una lección de teoría de la literatura.

(Nota: Claramente este libro es un "libro sobre libros" (como aclara la etiqueta de abajo), porque Eco habla de cómo escribió una novela. Pero es que, si habéis pinchado en el vínculo de arriba, veréis que en su día Sonia publicó su reseña de El nombre de la rosa dentro de la serie "libros sobre libros", puesto que, en efecto, toda la trama gira en torno a un libro prohibido de Aristóteles. Así que en puridad éste del que yo hablo es un "libro sobre libros sobre libros". Todo se complica aún más si recordamos que en su novela Eco utiliza el recurso del manuscrito hallado: para llegar desde el narrador -Adso de Melk- al autor -Eco-, hay otras dos figuras interpuestas -filólogos que estudian el manuscrito-. A esos cuatro planos se añade el quinto en Apostillas, que es Eco reflexionando sobre su escritura. Yo añado con la reseña el sexto, y el séptimo con esta nota, que es en realidad una apostilla a la reseña sobre Apostillas a El nombre de la rosa.)

Todo lo de Umberto Eco en ULAD: Aquí

jueves, 14 de octubre de 2010

Victor Klemperer: LTI. La lengua del Tercer Reich

Título original: LTI. Notizbuch eines Philologen
Idioma original: alemán
Fecha de publicación: 1947
Valoración: muy recomendable

Siempre he pensado que el lenguaje condiciona en gran parte nuestro pensamiento, hasta el punto de que a veces llega a pensar por nosotros. Antes de leer este libro ni me imaginaba con qué concreta eficacia puede suceder esto. No se trata en absoluto de una metáfora: el uso de unas palabras nos delata, nos hace decir cosas que ni siquiera sabemos que queremos decir. En realidad, lo que documenta este libro es la enfermedad de un idioma, entendida no como síntoma, sino como causa del delirio de un pueblo. En casos menos extremos, su lección no deja de ser valiosa.

Victor Klemperer era un filólogo alemán, felizmente dedicado a la investigación de la literatura francesa del XVIII en la universidad de Dresde. Todo esto, hasta enero de 1933. A partir de entonces, tras el ascenso del partido nazi al poder, Victor Klemperer pasó a ser una única cosa: un judío. Afortunadamente para él, su esposa no era de origen judío, lo que no les ahorró miserias y humillaciones a ninguno de los dos, pero a él, al menos, lo salvó de la cámara de gas. Pronto le privaron de su ciudadanía y sus labores académicas, y poco después de sus bienes y su casa, pero lo que no pudieron arrebatarle fue su inquietud de espíritu y su sentido crítico. Sólo seguir siendo, ante sí mismo, el filólogo que era, le ayudó a no abandonarse a la fatalidad.

Desde el mismo año de 1933 Klemperer empezó a tomar notas sobre las transformaciones que el idioma alemán padecía bajo influencia nazi. Les atribuyó un rótulo secreto que sólo él entendía: LTI, Lingua Tertii Imperii, la lengua del Tercer Reich. Después de la guerra pudo reunir todos estos apuntes en un libro que no sólo es un diario de la tiranía, sino un minucioso diagnóstico cotidiano de la degeneración del idioma. Porque ésta fue la principal arma en el asalto nazí al poder: una decidida manipulación del lenguaje que se inflitraba sutil e implacablemente en el pensamiento de todos, víctimas y verdugos.

El idioma nazi fue una extraña mezcolanza entre arcaísmo y modernidad, connotaciones orgánicas y jerga técnica, que buscaba en todo momento la exaltación emocional y la confusión deliberada. Mientras el lenguaje burocrático se inundaba de siglas, los padres se devanaban los sesos buscando un nombre lo suficientemente étnico ("völkisch") para sus hijos. El adjetivo "fanático" adquiría un aura heroica que nunca había tenido, y toda referencia al Führer o al Reich se teñía de misticismo. Como contrapartida obligada, Einstein, por ejemplo, era siempre "el judío Einstein". Algunos de estos tics, u otros similares, siguen repitiéndose hoy, en circunstancias bien distintas. El de Klemperer es todavía un mensaje de imprescindible lucidez.