Año de publicación: 1983
Traducción: Gloria Fortún
Valoración: Ni qué decirlo
Cómo acabar con la escritura de las mujeres se publicó por primera vez en Estados Unidos en 1983, pero no fue hasta 2018 que se tradujo al español. En este sentido nos llaman la atención dos aspectos:
(1) Treinta y cinco años de barbecho antes de que el mundo editorial de nuestro país repare en la escandalosa vigencia de este singular ensayo y
(2) Ninguno de los grandes sellos editoriales, esos que últimamente siempre procuran dar por lo menos un premio finalista a alguna mujer en sus mediáticos concursos, esos que tienen a sus dos o tres autoras fijas que les garantizan «la cuota» de ejemplares a la venta en supermercados, pues bien, ninguno de esos sellos consideró que esta fuera una lectura de interés. Y ha sido gracias a la voluntariosa colaboración entre dos pequeñas editoriales (Barrett y Dos Bigotes) que hoy podemos disponer de tan valiosas reflexiones.
Es de todos conocido que la historia la escriben los vencedores y, en ausencia de guerras, el grupo dominante. Como la literatura es, en cierto modo, un relato histórico no literal, ya que es la forma en que nos contamos quiénes somos y qué hemos hecho, cuáles son nuestros ideales, fantasías y temores, no es difícil deducir que los vencedores de esa gran guerra más o menos cruenta que es la vida no habrán perdido la oportunidad de adueñarse del relato. Lo vemos en los regímenes totalitarios, pero no hace falta irse tan lejos, hoy día la expresión está de moda y no pilla de sorpresa a nadie. Entendemos, pues, por qué a las mujeres —como a las clases trabajadoras, los no-blancos, los colonizados etc, tal como apuntan tanto Russ como su prologuista Jessa Crispin— se les ha impedido el acceso a lo que conocemos como alta cultura, dentro de la cual podríamos incluir también las manifestaciones artísticas. Dice Crispin:
«Creo que lo que Joanna Russ estaba haciendo era tratar de averiguar cómo podemos conocernos verdaderamente unos a otros: cómo podemos traspasar esa línea de ver lo individual a ver la humanidad que compartimos. Este es un proyecto radical. Así que te aliento a que como lectora o lector no busques aquí tu propio nombre ni tu propio género. No dejes que este libro refuerce tu visión del mundo. No lo uses para no pensar. La deuda que tenemos con Russ es mayor. Todas somos sus hijas.»
Esta no es una guía práctica sino un ensayo perfectamente fundamentado en el que los argumentos se esgrimen con bastante sagacidad e ironía, tal como se puede deducir del título. Y es que hay temas que es mejor enfocarlos con un poco de humor porque de lo contrario no habría suficientes contenedores para quemar en este planeta. El libro parte de la premisa de que la prohibición explícita quedó obsoleta en el manual de la misoginia del primer mundo blanco y, por tanto, los recursos para evitar que las mujeres alcancen ciertas cotas de reconocimiento dentro del canon literario han tenido que volverse más sofisticadas.
«En una sociedad que se define como igualitaria, la situación ideal (socialmente hablando) es aquella en la que los miembros de los grupos «inadecuados» tengan la libertad de dedicarse a la literatura (o a actividades igualmente significativas) y aun así no lo hagan, probando por tanto que son incapaces de ello. (…) el truco reside en hacer que la libertad sea tan solo nominal y después —puesto que habrá quien aun así lo haga— desarrollar diferentes estrategias para ignorar, condenar o minusvalorar las obras artísticas resultantes. Si se hace bien, estas estrategias darán como resultado una situación social en la que la gente «inadecuada» tiene (supuestamente) la libertad de dedicarse a la literatura, al arte, a lo que sea, pero en la que muy poca lo hace, y aquella que se atreve lo hace (aparentemente) mal, así podemos dejar el tema de una vez por todas»
A pesar del tiempo transcurrido desde su publicación, las circunstancias que se describen no han cambiado tanto como nos gusta pensar. Es cierto que se han maquillado ciertas actitudes y eso ha abierto las puertas a más mujeres escritoras, pero las restricciones siguen existiendo y son exactamente las mismas. Joanna Russ acierta de pleno al enumerar las artimañas utilizadas en todas las épocas para impedir que las mujeres publiquen, y cuando esto resulta imposible apartarlas del canon sin más. Las estrategias utilizadas irían desde prohibiciones informales, negación de la autoría de una obra, ningunearla con los pretextos más peregrinos, utilizar un doble rasero para valorar el contenido dependiendo del sexo de su autor/a, negar que pertenece a una tradición literaria juzgándola como una anomalía, atribuirla a un rasgo negativo del carácter de su autora (solterona, hipersensible, masculina, poco honesta etc.) o ignorarla sencillamente dejando que se hunda en el olvido. Aunque ni siquiera había que recurrir a esto, las mujeres escribían poco por pobreza, escasa formación, falta de tiempo, porque eran disuadidas por su entorno o todo a la vez, y las pocas privilegiadas que lo hacían a veces acababan cediendo la autoría al marido o escribiendo con seudónimo. Con todo en contra, no es de extrañar que muchas abandonasen casi antes de empezar.
Pero el arte es tozudo, y en ocasiones se empeña en salir adelante contra todas las previsiones. En estos casos, hay que procurar enterrar la obra literaria (o artística) con el pretexto que sea y muchas veces con auténtica mala fe: no lo ha escrito ella, se contagió de lo que escribía su pareja, la obra se escribió a sí misma, lo escribió el hombre que lleva dentro. Por absurdas que parezcan estas estratagemas, encontraban terreno abonado precisamente en la falta de tradición. O bien, lo escribió pero no debería haberlo hecho, pues si a pesar de todo la obra está ahí y no se puede negar, la alternativa será desacreditar a su autora (está haciendo el ridículo, lo que escribe es una indecencia…).
«Sobre Jane Eyre, “muchos críticos admitieron sin rodeos que pensaban que si un hombre hubiera escrito el libro sería una obra maestra, pero que al haber sido escrito por una mujer resultaba escandaloso y repugnante”.»
Las escritoras han tenido que escoger cuidadosamente sus temáticas, se les acusaba de ignorar lo que ocurría en el mundo (masculino), es decir el de fuera, sin pararse a pensar que en dicho mundo tampoco se conocía la otra realidad, la de dentro, igual de interesante y apenas usada como asunto literario. Russ se pregunta por qué es más importante el fútbol que la moda, por qué el cuarto de estar es irrelevante y el campo de batalla prioritario, y responde: porque se sigue creyendo que la masculinidad es “normativa" y la feminidad algo “anormal” o “especial”.
Con el tiempo la mujer ha ido adquiriendo poco a poco una repercusión social cada vez mayor, aunque nunca suficiente. Por eso, después de tantos obstáculos, solo las que tenían (y tienen) un talento excepcional conseguirán entrar en el canon, quizá ocultando la mayor parte de su obra, incluso haciendo público lo menos relevante de ella. Llegamos así a la ausencia (o escasez) de modelos que, además, deben renovarse en cada generación para que quienes empiezan puedan verse reflejadas y adquirir confianza en sí mismas.
Russ menciona estrategias utilizadas por las escritoras, como ejecutar obras menores, es decir, no amenazantes, cuyos ejemplos en este siglo XXI podrían ser subproductos ñoños como la chick-lit, novelitas sentimentales etc, que contribuyen a reforzar estereotipos y a perpetuar los mismos prejuicios de siempre. Y es que, continúa la ensayista, si aceptamos la premisa “las mujeres no pueden escribir” habrá que cambiar el término escribir o bien el término mujer (algunas, como la joven Simone Weil, decidieron sentirse hombres). El resultado de todo esto es que «un modo de entender la literatura que puede llegar a ignorar las vidas privadas de la mitad de la raza humana no está “incompleta”; está distorsionada de la cabeza a los pies».
Ya solo nos queda desearos a todas y a todos un feliz 8M, que leáis con la mente abierta porque cuando somos capaces de encontrarnos y de reconocernos en los textos del otro nos hacemos un poquito más sabios.
Bonus Track: Día de la Mujer solo hay uno pero eso no significa que nuestro alegato acabe aquí y ahora —¡Oh, no!— ¡Oh, sí!: cualquiera que dedique medio minuto en reflexionar sobre todo lo que aquí se ha dicho es capaz de encontrar al menos diez ejemplos de obras que demuestran cómo la literatura te da un lugar en el relato o directamente te lo niega, y cómo esa negación no solo es injusta sino que va en detrimento de la legitimidad de una historia que, al fin y al cabo, es patrimonio de todas pero también de todos.
Afortunadamente, después de este libro se han escrito otros muchos que se apartan de las convenciones prescritas para el sexo femenino, por eso, prometiendo volver pronto, les dejamos con una pregunta: ¿Cómo que las mujeres no van a la guerra?
Firmado: Beatriz y Montuenga
También de Joanna Russ en ULAD: En huelga contra Dios






