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lunes, 8 de marzo de 2021

Reseña a cuatro manos. Joanna Russ: Cómo acabar con la escritura de las mujeres

Idioma original: Inglés
Título original: How to suppress women's writing
Año de publicación: 1983
Traducción: Gloria Fortún
Valoración: Ni qué decirlo




Cómo acabar con la escritura de las mujeres se publicó por primera vez en Estados Unidos en 1983, pero no fue hasta 2018 que se tradujo al español. En este sentido nos llaman la atención dos aspectos: 

(1) Treinta y cinco años de barbecho antes de que el mundo editorial de nuestro país repare en la escandalosa vigencia de este singular ensayo y 

(2) Ninguno de los grandes sellos editoriales, esos que últimamente siempre procuran dar por lo menos un premio finalista a alguna mujer en sus mediáticos concursos, esos que tienen a sus dos o tres autoras fijas que les garantizan «la cuota» de ejemplares a la venta en supermercados, pues bien, ninguno de esos sellos consideró que esta fuera una lectura de interés. Y ha sido gracias a la voluntariosa colaboración entre dos pequeñas editoriales (Barrett y Dos Bigotes) que hoy podemos disponer de tan valiosas reflexiones.

Es de todos conocido que la historia la escriben los vencedores y, en ausencia de guerras, el grupo dominante. Como la literatura es, en cierto modo, un relato histórico no literal, ya que es la forma en que nos contamos quiénes somos y qué hemos hecho, cuáles son nuestros ideales, fantasías y temores, no es difícil deducir que los vencedores de esa gran guerra más o menos cruenta que es la vida no habrán perdido la oportunidad de adueñarse del relato. Lo vemos en los regímenes totalitarios, pero no hace falta irse tan lejos, hoy día la expresión está de moda y no pilla de sorpresa a nadie. Entendemos, pues, por qué a las mujeres —como a las clases trabajadoras, los no-blancos, los colonizados etc, tal como apuntan tanto Russ como su prologuista Jessa Crispin— se les ha impedido el acceso a lo que conocemos como alta cultura, dentro de la cual podríamos incluir también las manifestaciones artísticas. Dice Crispin:
«Creo que lo que Joanna Russ estaba haciendo era tratar de averiguar cómo podemos conocernos verdaderamente unos a otros: cómo podemos traspasar esa línea de ver lo individual a ver la humanidad que compartimos. Este es un proyecto radical. Así que te aliento a que como lectora o lector no busques aquí tu propio nombre ni tu propio género. No dejes que este libro refuerce tu visión del mundo. No lo uses para no pensar. La deuda que tenemos con Russ es mayor. Todas somos sus hijas.»
Esta no es una guía práctica sino un ensayo perfectamente fundamentado en el que los argumentos se esgrimen con bastante sagacidad e ironía, tal como se puede deducir del título. Y es que hay temas que es mejor enfocarlos con un poco de humor porque de lo contrario no habría suficientes contenedores para quemar en este planeta. El libro parte de la premisa de que la prohibición explícita quedó obsoleta en el manual de la misoginia del primer mundo blanco y, por tanto, los recursos para evitar que las mujeres alcancen ciertas cotas de reconocimiento dentro del canon literario han tenido que volverse más sofisticadas.

«En una sociedad que se define como igualitaria, la situación ideal (socialmente hablando) es aquella en la que los miembros de los grupos «inadecuados» tengan la libertad de dedicarse a la literatura (o a actividades igualmente significativas) y aun así no lo hagan, probando por tanto que son incapaces de ello. (…) el truco reside en hacer que la libertad sea tan solo nominal y después —puesto que habrá quien aun así lo haga— desarrollar diferentes estrategias para ignorar, condenar o minusvalorar las obras artísticas resultantes. Si se hace bien, estas estrategias darán como resultado una situación social en la que la gente «inadecuada» tiene (supuestamente) la libertad de dedicarse a la literatura, al arte, a lo que sea, pero en la que muy poca lo hace, y aquella que se atreve lo hace (aparentemente) mal, así podemos dejar el tema de una vez por todas»

A pesar del tiempo transcurrido desde su publicación, las circunstancias que se describen no han cambiado tanto como nos gusta pensar. Es cierto que se han maquillado ciertas actitudes y eso ha abierto las puertas a más mujeres escritoras, pero las restricciones siguen existiendo y son exactamente las mismas. Joanna Russ acierta de pleno al enumerar las artimañas utilizadas en todas las épocas para impedir que las mujeres publiquen, y cuando esto resulta imposible apartarlas del canon sin más. Las estrategias utilizadas irían desde prohibiciones informales, negación de la autoría de una obra, ningunearla con los pretextos más peregrinos, utilizar un doble rasero para valorar el contenido dependiendo del sexo de su autor/a, negar que pertenece a una tradición literaria juzgándola como una anomalía, atribuirla a un rasgo negativo del carácter de su autora (solterona, hipersensible, masculina, poco honesta etc.) o ignorarla sencillamente dejando que se hunda en el olvido. Aunque ni siquiera había que recurrir a esto, las mujeres escribían poco por pobreza, escasa formación, falta de tiempo, porque eran disuadidas por su entorno o todo a la vez, y las pocas privilegiadas que lo hacían a veces acababan cediendo la autoría al marido o escribiendo con seudónimo. Con todo en contra, no es de extrañar que muchas abandonasen casi antes de empezar.

Pero el arte es tozudo, y en ocasiones se empeña en salir adelante contra todas las previsiones. En estos casos, hay que procurar enterrar la obra literaria (o artística) con el pretexto que sea y muchas veces con auténtica mala fe: no lo ha escrito ella, se contagió de lo que escribía su pareja, la obra se escribió a sí misma, lo escribió el hombre que lleva dentro. Por absurdas que parezcan estas estratagemas, encontraban terreno abonado precisamente en la falta de tradición. O bien, lo escribió pero no debería haberlo hecho, pues si a pesar de todo la obra está ahí y no se puede negar, la alternativa será desacreditar a su autora (está haciendo el ridículo, lo que escribe es una indecencia…).
«Sobre Jane Eyre, “muchos críticos admitieron sin rodeos que pensaban que si un hombre hubiera escrito el libro sería una obra maestra, pero que al haber sido escrito por una mujer resultaba escandaloso y repugnante”.»
Las escritoras han tenido que escoger cuidadosamente sus temáticas, se les acusaba de ignorar lo que ocurría en el mundo (masculino), es decir el de fuera, sin pararse a pensar que en dicho mundo tampoco se conocía la otra realidad, la de dentro, igual de interesante y apenas usada como asunto literario. Russ se pregunta por qué es más importante el fútbol que la moda, por qué el cuarto de estar es irrelevante y el campo de batalla prioritario, y responde: porque se sigue creyendo que la masculinidad es “normativa" y la feminidad algo “anormal” o “especial”.

Con el tiempo la mujer ha ido adquiriendo poco a poco una repercusión social cada vez mayor, aunque nunca suficiente. Por eso, después de tantos obstáculos, solo las que tenían (y tienen) un talento excepcional conseguirán entrar en el canon, quizá ocultando la mayor parte de su obra, incluso haciendo público lo menos relevante de ella. Llegamos así a la ausencia (o escasez) de modelos que, además, deben renovarse en cada generación para que quienes empiezan puedan verse reflejadas y adquirir confianza en sí mismas.

Russ menciona estrategias utilizadas por las escritoras, como ejecutar obras menores, es decir, no amenazantes, cuyos ejemplos en este siglo XXI podrían ser subproductos ñoños como la chick-lit, novelitas sentimentales etc, que contribuyen a reforzar estereotipos y a perpetuar los mismos prejuicios de siempre. Y es que, continúa la ensayista, si aceptamos la premisa “las mujeres no pueden escribir” habrá que cambiar el término escribir o bien el término mujer (algunas, como la joven Simone Weil, decidieron sentirse hombres). El resultado de todo esto es que «un modo de entender la literatura que puede llegar a ignorar las vidas privadas de la mitad de la raza humana no está “incompleta”; está distorsionada de la cabeza a los pies».

Ya solo nos queda desearos a todas y a todos un feliz 8M, que leáis con la mente abierta porque cuando somos capaces de encontrarnos y de reconocernos en los textos del otro nos hacemos un poquito más sabios.

Bonus Track: Día de la Mujer solo hay uno pero eso no significa que nuestro alegato acabe aquí y ahora —¡Oh, no!— ¡Oh, sí!: cualquiera que dedique medio minuto en reflexionar sobre todo lo que aquí se ha dicho es capaz de encontrar al menos diez ejemplos de obras que demuestran cómo la literatura te da un lugar en el relato o directamente te lo niega, y cómo esa negación no solo es injusta sino que va en detrimento de la legitimidad de una historia que, al fin y al cabo, es patrimonio de todas pero también de todos.

Afortunadamente, después de este libro se han escrito otros muchos que se apartan de las convenciones prescritas para el sexo femenino, por eso, prometiendo volver pronto, les dejamos con una pregunta: ¿Cómo que las mujeres no van a la guerra?

Firmado: Beatriz y Montuenga


También de Joanna Russ en ULAD: En huelga contra Dios


martes, 2 de junio de 2020

Lewis Carroll: Alicia en el país de las maravillas

Idioma original: inglés
Título original: Alice's Adventures in Wonderland
Traducción: Juan Gabriel López Guix (ed. en castellano) / Salvador Oliva Llinàs (ed. en catalán)
Año de publicación: 1865
Valoración: muy recomendable

Creo poder afirmar sin equivocarme que, en mayor o menor medida, «Alicia en el país de las maravillas» es un libro que la mayoría de vosotros conocéis, ya sea por su lectura o por el visionado de la película de Disney. Pero como en ULAD intentamos diversificar y no dejar en el olvido obras que han marcado la vida lectora de nuestros seguidores, era necesario incluir en el blog este libro de Lewis Carroll y hacerlo de manera específica, aunque ya se hizo mención de ella en la entrada «Alicia anotada», de Martin Gardner. Así que vayamos a ello.

Empieza la novela con la pequeña Alicia paseando por el bosque cuando, de improvisto, ve como un conejo que va corriendo se saca del chaleco un reloj y después de mirar la hora dice que llega tarde. Alicia, intrigada por ver un conejo con chaleco y reloj decide seguirle los pasos hasta que se mete en una madriguera y cae por un pozo interminable hasta llegar a un pasillo que da a una gran sala. A partir de aquí, empiezan a suceder extraños sucesos que llevarán a Alicia a un mundo extraño y confuso en el que nada en apariencia tiene sentido.

Con este principio empieza una novela que en apariencia podríamos catalogar de novela de aventuras, con una serie de obstáculos e infortunios con los que la joven Alicia se encuentra, pero que si superamos esta primera capa de profundidad lectora encontramos bastante más, pues la novela nos habla especialmente de la pubertad y el paso de la infancia a la adolescencia. Esto se hace evidente en los múltiples cambios físicos de Alicia que a menudo no comprende y en otros casos incluso no desea. La propia Alicia da muestras de ello cuando, hablando con el personaje encarnado por la oruga, esta le pregunta «y tú, ¿quién eres?», a lo que Alicia contesta «en realidad, en este momento, no lo sé a ciencia cierta» demostrando así, de manera explícita, las dudas que conlleva esta etapa vital y afirmando, también, que «para empezar, ni yo misma puedo entenderlo».

Envuelta en un mundo extraño, poblado de personajes estrambóticos, Alicia se siente perdida en este nuevo mundo y parece que solo ella misma es quien debe hallar su camino. Esto queda evidente cuando le pregunta al gato de Cheshire qué camino debe tomar y el gato le responde diciendo que «eso depende de donde quieras llegar» a lo que Alicia responde que le da bastante igual y el gato le responde que, en ese caso, puede escoger el camino que quiera, evidenciando así la falta de rumbo en épocas de cambio, de crecimiento, de incertidumbre propia de la edad.

Otro aspecto que ejemplifica el paso de la infancia a la madurez es la constatación, por parte de los niños, del poco poder de decisión que tienen. Esto es algo que experimenta Alicia, pues a menudo se ve ninguneada por los animales (algo que ella no acaba de entender pues ella debería estar por encima); en este aspecto hay un metamensaje que expresa el paso de niño a adolescente, en el que uno toma consciencia del poco poder que se tiene enfrente a los adultos. La propia Alicia se sorprende de ello, y Carroll lo evidencia al narrar que «Alicia no dijo nada, nunca la habían contradicho tanto en su vida»; también hay muestras de ello cuando, en conversación con la duquesa, esta le responde que «tú no sabes casi nada (…) y esto sí es un hecho».

La novela, en este tránsito de Alicia hacia la madurez, nos habla también sobre la responsabilidad de nuestros actos, pues Alicia tiende a tomar decisiones de manera poco meditada con el consecuente resultado que debe afrontar, algo a lo que no está acostumbrada. De igual manera, nos habla también sobre los deseos y qué ocurre cuando lo conseguimos, tratando asimismo sobre las consecuencias de lograr aquello que deseamos sin tener muy presente qué implica más allá de en primer instante. Este aspecto se hace evidente especialmente en los primeros capítulos.

De igual manera, también habla sobre el poder de las palabras, sobre la asertividad y la empatía, sobre el cómo decir las cosas influye en la reacción de los demás como ocurre en una conversación con la oruga en la que Alicia le objeta que «¡Trece pulgadas es una altura miserable!», a lo que la oruga le contesta que «Es una altura que está muy bien». El resultado de la conversación acaba con Alicia pensando que «ojalá los animales no se ofendieran tan fácilmente».

Trata también sobre las clases sociales, los que mandan siempre y los que deben obedecer. Esto se evidencia en el personaje de la reina de cartas, que tiene cierta afición por solicitar que corten la cabeza a sus súbditos, mostrando así el poder de los que están siempre por encima. De igual manera, también explora las diferentes personalidades y caracteres, trasladando estas diferencias a las distintas especies y animales con los que se topa Alicia.

Estilísticamente, el ritmo es elevado, con grandes sucesiones de personajes, a cuál más pintoresco, que ofrecen cada uno de ellos una particular visión del mundo y que tiene una cualidad que les identifica claramente. Asimismo, el ritmo narrativo es trepidante y su mensaje contiene mucho más que lo que sus ciento y pico páginas parecen. El autor también juega, hábilmente, con las palabras, rozando en ocasiones el diálogo del absurdo, cosa que divierte a los pequeños, pero hacer pensar a los mayores con sus dobles significados.

En definitiva, este breve cuento trata sobre qué implica hacerse mayor (como cuando le dice a la «Qué manía, está de querer extraer la moral a las cosas»), qué ocurre cuando dejamos atrás la inocencia y debemos empezar a mirar al mundo como a un entorno no hostil, pero tampoco fácil o inocuo. Trata sobre cómo aquello que creíamos fácil y accesible se convierte en complejo y difícil cuando las decisiones y las responsabilidades corren a nuestro cargo. Y los deseos, que ocultan tras su atractiva y bonita apariencia un trasfondo menos agradable.

Por todo lo tratado, es evidente que este es un cuento que, aunque parece destinado a los niños, contiene mucho más de lo que a simple vista puede parecer. De hecho, creo incluso que es más adecuado a los adolescentes o adultos que a los niños. En definitiva, un cuento que, como experimenta la propia Alicia, contiene un mundo interminable en el que sumergirnos y salir de él con muchas experiencias y no menos dudas. No siempre la experiencia aclara los conceptos, a veces es justamente lo contrario. Y eso es, tal y como también le ocurre a Alicia, lo que nos anima a seguir buscando el sentido a nuestro mundo, a pesar de que, probablemente, nunca acabemos encontrándolo.

martes, 26 de enero de 2016

José Ovejero: Escritores delincuentes

Idioma: español
Año de publicación: 2011
Valoración: recomendable (muy recomendable para letraheridos, literatófilos y librofrikis)


Que no se altere nadie: el objetivo de este libro no es insultar a los escritores -menos aún considerar a los aspirantes a escritor como "delincuentes en potencia"- ni sugerir un ánimo delictivo a su actividad literaria (como sí parece hacer, en cambio, el Ministerio de Hacienda español: aquí); bien al contrario, parece que Ovejero considera a los autores que retrata en su libro más escritores que delincuentes -e incluso en el caso de los que escribieron sus libros en condiciones deplorables en prisión, casi se diría que son los escritores por antonomasia, dada su férrea voluntad en serlo-; por otra parte, no está del todo cómodo con el término"delincuente", aunque lo utilice a lo largo de todo el libro, pues conlleva una categorización absoluta de quien comete un delito, algo que precisamente contradicen las historias que se cuentan aquí. Porque -casi olvidaba decirlo- el libro trata, claro está, de escritores que alguna vez han cometido algún delito, incluso de sangre y también de delincuentes y criminales que han escrito libros e incluso han desarrollado una carrera literaria (están excluidos, como es lógico, los condenados por delitos políticos en cualquier lugar y época de la Historia. O aquellos cuya culpabilidad, pese a haber pasado por la cárcel, es dudosa. Empezando, por supuesto, por el propio Cervantes, pero también el costarricense José León Sánchez o Massimo Carlotto).

Que conste que, a pesar de que son muchos los escritores de los que se habla en el libro, ya sea contando sus vidas de manera pormenorizada o simplemente apuntsndo sus circunstancias delictivas, en ningún momento trata Ovejero de establecer una especie de taxonomía, una fría tipología de delitos o delincuentes: que nadie espere encontrarse un capítulo sobre asesinos, otro sobre ladrones, estafadores, etc... Nosotros, que tenemos menos escrúpulos que él (o los tengo yo, mejor dicho; el plural es mayestático...), sí que podemos distinguir, grosso modo, unas ciertas categorías:
- Por un lado, encontramos a escritores, más o menos conocidos, que cometieron algún delito una vez que ya había comenzado su trayectoria literaria. Es el conocido caso de William Burroughs, de Álvaro Mutis o del poeta Verlaine, entre los más célebres.
- Después, el grupo más numeroso -incluso ingente- de delincuentes habituales o criminales ocasionales que con el tiempo se hayan dedicado a la creación literaria. Muchas veces, esto se produce durante su estancia en prisión, ya sea contraviniendo las reglas carcelarias o, al contrario, como una actividad destinada a facilitar su rehabilitación y reinserción en la sociedad (o como una manera, también en muchos casos, de tratar de reducir su condena): los escoceses Jimmy Boyle y Hugh Collins, el contrabandista polaco Sergiusz Piasecki, Abdel Hafed Benotman... La mayoría de estos autores escriben, ya sea en forma de autobiografía o ficcionando su experiencia, sobre su vida delictiva y su estancia en la cárcel -generalmente para denunciar las malas condiciones y la brutalidad que deben soportar los presos-: el gallego-cubano Carlos Montenegro, el atracador norteamericano Jack Black; aunque algunos han alcanzado el éxito a través de la novela negra o policíaca (no deja de tener su lógica): Chester Himes, Edward Bunker o Anne Perry (el caso de ésta es algo distinto, tanto por la naturaleza del crimen que cometió como por sus escados años al hacerlo).
- Por último, unos cuantos autores en los que su vida delictiva o al menos marginal se alterna o compagina con su creación literaria y hasta con cierto reconocimiento social: sería el caso, por supuesto, de Jean Genet, pero también del poeta del s. XV François Villon o incluso, aunque en un orden de cosas completamente diferente, del político y escritor de best-sellers inglés Sir Jeffrey Archer.

Que nadie piense, sin embargo, que este libro se limita a un anecdotario más o menos morboso sobre escritores que han tenido algún tropiezo con la ley; por el contrario, el autor dedica buena parte de sus páginas a reflexionar sobre los conceptos del delito y del delincuente, sobre los orígenes y condicionamientos familiares y sociales de éstos, sobre el castigo y la redención (tanto social y jurídica como íntima- de los mismos y sobre si la literatura puede ser un medio de conseguir esta redención o, por el contrario, lo que hace es proporcionar un subterfugio para la autojustificación, dada la naturaleza inherentemente embustera de la ficción... y más aún, en cierto modo, de la autoficción.

Un último apunte: he de decir que mi experiencia, hasta ahora, con el Ovejero narrador no había sido demasiado satisfactoria. Ahora bien, tanto por mi lectura de este libro como por la reseña de otro que hizo mi compañero Francesc, parece que su versión como ensayista resulta más convincente. Quizás le dé alguna otra oportunidad a sus novelas, pues...


Otros libros de José Ovejero en ULADLa ética de la crueldad Humo

lunes, 28 de diciembre de 2015

Rufus T. Firefly: El Gran Engaño

Idioma original: inglés
Título original : The Great Hoax. Trues and Lies in the Spanish Literature
Año de publicación: 2015
Valoración: sorprendente


Demoledor. Tremebundo. Apocalíptico. Fatal... Así ha sido calificado este libro que está haciendo temblar los cimientos de la literatura española. Más aún, de los clásicos dorados de la literatura española... Y eso, sin haber sido aún traducido al castellano ni, claro está, publicado en España (y dudo mucho que alguna vez lo sea). Aunque también hay quien considera las tesis defendidas en el libro de otras maneras: Inconcebibles. Increíbles. Fantasiosas. Timo... En cualquier caso, este libro del prestigioso (admito que mi total ignorancia a este respecto) hispanista y profesor de literatura española comparada, en la Trump University de Atlantic City (NJ), Rufus T. Firefly, no ha dejado indiferente a nadie, más allá, incluso, del especializado circuito de los hispanistas norteamericanos. No es para menos: las afirmaciones que defiende el profesor Firefly difícilmente pueden dejar indiferente a ningún estudioso o incluso mero aficionado la literatura.

Según la teoría defendida por el profesor, los bombardeos sobre Madrid durante la Guerra Civil arrasaron en buena medida tanto la Biblioteca Nacional, destruyendo fondos de incalculable valor, como el Archivo Histórico Nacional, dándose además el caso de que gran parte de las obras de referencia al respecto fueron destruídas también durante los combates de la Ciudad Universitaria -recordemos los libros utilizados para levantar parapetos- y los tres años de sitio que sufrió la capital de España. Paradójicamente, el bando "nacional" vencedor de la contienda se encontró sin las fuentes de una historia literaria nacional que poder oponer a la de los países que en ese momento se le antojaban rivales, aunque fuera meramente en el ámbito cultural. Deseoso de poder presumir de sus glorias patrias, que además debían servir para cimentar la automitología del nuevo régimen, el gobierno franquista -el profesor Firefly sospecha que la sugerencia fue de Sánchez Mazas, aunque parece que el mayor valedor de la idea fue el "cuñadísimo" Serrano Suñer, conocido por su sagacidad- puso en marcha una operación de "recuperación" de la tradición literaria española: la Operación Calíope, también conocida en ciertos círculos criptohumorísticos del régimen como "Chotacabras".

Bajo la dirección de uno de los más destacados hombres de letras del momento (de los que quedaban vivos y en España,  se entiende),  el Bardo de la Patria, el insigne José María Pemán, un selecto grupo de profesores y literatos fieles al nuevo régimen victorioso -Firefly habla de Laín Entralgo o de un joven y ambicioso Cela- se dedicaron a reconstruir, cuando no directamente a mixtificar, desde el romance seminal de la épica patriótica hispana, el del Mío Cid -cuyo protagonista es, al parecer, de dudosa existencia- a la inverosímil Celestina; de la absurda metafísica calderoniana a la cursilería de las Sonatas de Valle-Inclán (escritor que, como tantos otros estudiados y a veces leídos por generaciones posteriores, nunca existió... en este caso, las fotografías que lo muestran son retratos tomados a un pintoresco chamarilero del Rastro madrileño, célebre por sus barbas y por estar un poco tocado del ala). 

En otros casos, se respetó la existencia de autores reales -de los que se conservaba cierta documentación-, pero adaptando sus características a la conveniencia del gobierno o según la ideología dominante. Así, se eliminó de la obra de García Lorca toda referencia a sus veleidades falangistas y se le atribuyó malévolamente una condición homosexual que el poeta granadino estaba lejos de detentar, con el fin de justificar (según, ya digo, el punto de vista de aquel régimen fascista) su muerte en un confuso episodio de espionaje y doble juego. En cambio, se negó cualquier tipo de querencia hacia su mismo sexo en uno de los autores con más pluma -en todos los sentidos- del Siglo de Oro: don Francisco de Quevedo (cuyos conocidos versos: "No he de callar, por más que con el dedo..." serían, por ejemplo, referencia á clef a cierta riña con su furtivo amante Góngora sobre la conveniencia o no de salir del armario). Ni que decir tiene que se cambió de arriba a abajo todo el sentido del argumento de El Buscón y se obvió toda explicación sobre lo que iba buscando don Pablos,  en realidad...

¿Sorprendidos? ¿Asombrados, incluso? Pues Rufus T. Firefly va incluso más lejos. Según el profesor norteamericano, en la Operación Chotacabras participaron también prisioneros de guerra republicanos que, por su condición de intelectuales o profesores -incluso algún maestro de primaria- fueron apartados de los trabajos forzados para dedicarse a la elaboración de estas falsificaciones literarias: así, mientras unos esclavizados presos construían el Valle de los Caídos, otros, recluidos en su abadía, se dedicaban a esta invención sin precedentes en la Historia de toda una literatura nacional (de hecho, Firefly cuenta que su primera pista sobre la operación la obtuvo al caer en sus manos, de forma casual, el diario de uno de los abades del Valle. Y que en una de sus estancias allí para investigar lo ocurrido, trabó conocimiento nada menos que con el Ministro del Interior español, quien, aconsejado por la Virgen de las Angustias, le puso en contacto con un misterioso agente Marcelo, del CNI, que le sirvió de gran ayuda).

Estos prisioneros se ocuparon, además, de las falsificaciones e invenciones más llamativas y flagrantes, quiźa por su garantizada discrección, pues tendían a "desaparecer" una vez completada su misión; de los cruciales Episodios nacionales se ocuparon un historiador marxista y un ex-funcionario del Ministerio de Agricultura que escribía cartas para otros presos. El caso más llamativo, por supuesto, es el de El Quijote, obra, al parecer, de un profesor de Bachillerato de Tomelloso, Miguel Rinconete Cortado, que se limitó, en principio, a transcribir anécdotas de juerguistas y chascarrillos de un tío suyo de Campo de Criptana, apodado "el Cerbantana". Especialmente doloso es también el caso de la principal novela picaresca española, cuyo autor fue "desaparecido" antes de poder firmar el trabajo, por lo que se firmó como tal uno de los libros anónimos más famosos de la literatura universal...

¿Les resulta increíble toda esta historia? Motivos hay, desde luego... ¿Cómo pudo prosperar esta "estafa" sin despertar la alarma no ya de los estudiosos españoles -cómplices, exiliados o muertos- sino de los otros países europeos o amercanos? Bien, recordemos que en aquellos años 40 el mundo estaba pendiente de otros asuntos más acuciantes que la verosimilitud de la literatura española... En fin, el profesor Firefly promete aportar el grueso de sus pruebas -irrefutables, según él-, en próximas publicaciones. Veremos entonces hasta donde llega la verosimilitud de sus tesis, pero de momento, éstas ya han servido para remover hasta lo más profundo la historia de la literatura española, uno de los símbolos culturales y hasta políticos señeros de la España de los últimos 500 años.

domingo, 23 de agosto de 2015

Óscar Esquivias: Viene la noche

Idioma: castellano
Año de publicación: 2007
Valoración: muy recomendable

Tercera entrega de la trilogía "dantesca" sobre la Guerra Civil española escrita por Óscar Esquivias y... ¡sorpresa!: nuevo cambio de registro, e incluso de personajes -casi- y de escenario. Si Inquietud en el Paraíso constituía una reconstrucción histórica ejemplar -aunque la novela sea bastante más que eso- y La ciudad del Gran Rey era una fantasía distópica que actuaba como metáfora (perdón por tanta esdrújula), en Viene la noche la acción se desarrolla en el tiempo presente -es decir, cuando se escribió la novela, en 2006- y no en el  Burgos real ni el "alternativo", sino en Madrid. Cambian también los personajes: desaparecen -no del todo- Rodrigo Gorostiza, el relojero Bayona, el comandante Paisán... y la historia se centra en la vida de un anciano, el burgalés Benjamín Tobes, vecino del madrileño barrio de Tetuán, cuyas calles recorre a diario; también nos hablan de su familia, sus amigos, su afición por la lectura... si bien el protagonismo lo comparte, aunque sea a modo de contrapunto, con su hijo jaime, que también tiene sus propias y peculiares circunstancias matrimoniales y familiares.

Novela de aparente corte costumbrista que supone un retrato de la España actual -de la que era en 2006, en realidad-, con sus calles repletas de inmigrantes (sería curioso comprobar hasta que punto pueden haber cambiado -o no- las cosas en pocos años, convirtiendo esta novela casi en un testimonio histórico), y el transfondo de los atentados del 11 de marzo de 2004 como eco de lo que supusieron la Guerra Civil y sus consecuencias. También, para quien guste de los recursos y guiños "letraheridos" hay algún momento metaliterario elegantemente trazado. Por no hablar del divertido grupo de los poetas jacobinos de la letra impresa liderados por Garcilaso Morris... 

Pero Viene la noche es sobre todo una novela sobre la devastación que puede suponer la vejez sobre los seres humanos; sobre sus capacidades, sus percepciones y su entorno... sobre lo que han sido o han creído sertoda la vida. Y eso, aunque nos resistamos a su avance con uñas y dientes -como hace Benjamín Tobes-; antes o después, la noche llega.

La vejez, pues, como uno de los círculos del Infierno, más allá del cual sólo resta otro más, el de la muerte.


viernes, 14 de agosto de 2015

Óscar Esquivias: Inquietud en el Paraíso

Idioma: castellano
Año de publicación: 2005
Valoración: Muy recomendable... como poco

El tópico dice que la literatura -y aún más el cine- española está saturada de obras que tratan sobre la Guerra Civil y sus consecuencias. No sé lo que tiene eso de cierto, pero de lo que sí estoy seguro es de que entre toda esa supuesta abundancia de novelas, pocas o ninguna habrá que se parezca a la trilogía escrita por el burgalés Óscar Esquivias. Por otro lado, esta trilogía, bastante sui géneris, no sólo trata del tema de la guerra: también está inspirada en la Divina Comedia de Dante Alighieri; para empezar, esta primera entrega (denominarla como simple "parte" de la trilogía no sería correcto, pues se trata de tres novelas en casi todo autónomas unas de otras) se dedica al Paraíso, o a lo que podría considerarse como un ambiente paradisíaco -entiéndase en un sentido irónico-, desde el punto de vista de la nostalgia provinciana española: el de la situación justamente anterior a la sublevación militar de Julio del 36, que dio comienzo a la guerra.

La novela nos relata el transcurrir de aquellos primeros días de verano, en la ciudad de Burgos, en los que los burgueses -y burgaleses- paseaban, los proletarios recelaban y los militares conspiraban para subvertir el orden constitucional establecido (resulta significativa la elección de esta ciudad castellana como escenario de la novela, puesto que, aunque la razón principal se debe, sin duda, a que se trata de la localidad natal del autor, no olvidemos que también fue la elegida por Franco para establecer su Estado Mayor y por tanto,resulta de lo más emblemática). en esa capital soñolienta por la modorra veraniega se cruzan personajes de ficción, como el seminarista Rodrigo Gorostiza, el relojero socialista Julián Bayona o el comandante Paisán, con otros reales como fueron los generales Mola y Dávila, inteligencias grises de la sublevación militar o el músico Antonio José, asesinado tras producirse la misma. Entre todos ellos, también un visionario, el penitenciario de la Catedral, don Cosme Herrera, que tiene la extravagante idea de que el Purgatorio escrito por Dante no es, a diferencia del Infierno y el Paraíso, ni literatura ni teología, sino un detallado libro de viajes, crónica del que realizó el propio Dante a tal ilocalizado lugar. y lo que es más, que existe una puerta o vórtice para acceder a él dentro de la catedral de Burgos, junto a la tumba del arcediano Villegas, por lo que él mismo pretende viajar a esa dimensión a través de ella, liderando una expedición cívico-militar.

Irónica, nostálgica, alternativa, incisiva... No se trata, desde luego, de lo que se conoce en modo estricto, como una "novela histórica". Tampoco, claro está, de una de fantasía. En realidad es una novela que trasciende cualquier género y en gran medida eso se debe a lo estupendamente que está escrita: la prosa, trabajada con maestría, resulta de una exquisita claridad y contribuye no poco a que la lectura de esta novela -que ya digo va más allá de la ortodoxia de la novela histórica al uso- sea una delicia. Posiblemente nos encontremos ante una muestra de la mejor ficción que se ha escrito en España en lo que va de siglo XXI. Mucho más que recomendable para todo el mundo.


Otros libros de Óscar Esquivias en Un Libro al Día: Jerjes conquista el marAndarás perdido por el mundoViene la nocheLa ciudad del Gran Rey

martes, 26 de mayo de 2015

Robert Louis Stevenson: Ensayos literarios

Idioma original: inglés
Año de publicación: antes de 1894
Traducción: Beatriz Canals y Juan Ignacio de Laigleisa
Valoración: entre recomendable y está bien

Cuenta Javier Marías en su Vidas escritas que Henry James admiraba enormemente a su amigo Robert Louis Stevenson -y viceversa- hasta el punto de considerarlo "uno de sus escasos interlocutores en el campo de la teoría" literaria, pero que hoy en día "casi nadie se molesta en leer los ensayos de Stevenson, que se cuentan entre los más penetrantes y vivos del pasado siglo" (se refiere al XIX, claro, porque le libro de Marías se publicó en 1992). El caso es que, intrigado por esta aseveración, yo sí me he "molestado" en leerlos, cuando he tenido la oportunidad. y he de decir que no ha sido ninguna pérdida de tiempo, aunque como no soy un estudioso de la teoría literaria, y menos aún de la del siglo XIX, carezco de los conocimientos y el criterio necesarios para ratificar lo que afirmaba Marías.

Ahora bien, sí puedo decir que R.L. Stevenson, además del magnífico narrador que todos conocemos (y al que tanto debemos muchos de los ahora inoculados con el veneno de los libros), era un apasionado lector y amante de la literatura en todos los pormenores del oficio. Así lo atestiguan algunos de estos ensayos, como los que dedica  a aleccionar a quien se quiera lanzar a la azarosa actividad de escribir: Carta a un joven que se propone abrazar la carrera del arte ( "...la maldición de las ocupaciones destinadas a deleitar es el fracaso."); el muy divertido Acerca de la elección de profesión ("...Probablemente  no importe mucho aquello por lo que te decidas; pues, a la larga, la mayoría de los hombres se hunden en el grado de estupor necesario para sentirse satisfechos de sus distintas posesiones...");  o también La moral de la profesión de las letras.

En otros ensayos se dedica ya a analizar elementos mucho más técnicos del estilo literario, como, por ejemplo, los efectos de ciertas aliteraciones (aunque sólo se puedan apreciar en el texto original en inglés) o la importancia de la trama con respecto a la elección de la palabras y viceversa. También trata el fenómeno de los autores populares, de la llamada "prensa de un penique" o las "bibliotecas circulantes". Autores "grandes del polvo" que él contrapone a los "escritores de clase alta" -como James, precisamente- y aunque muy leídos en su época, hoy en día supongo que no le sonarán a casi nadie. Hayward, Bracebridge Hemming, Pierce Egan, Edward Viles, Malcolm Errym... No obstante, en la sección llamada Críticas literarias sí que encontramos escritores cuya fama y, sobre todo, cuyos libros, nos han llegado incólumes e incluso se han convertido ya en verdaderos clásicos: Julio Verne, Poe, Dumas (padre) o el para mí desconocido Bunyan, pero cuyo El progreso del peregrino resulta ser uno de los libros favoritos de Stevenson. Muy interesante resulta leer cómo Stevenson juzga a escritores que ahora vemos como parte de la Historia de la literatura, desde una perspectiva contemporánea, o casi... e incluso, en el caso de Verne, como a un escritor emergente, aún por "confirmar".

Además, encontramos también una charla sobre la novela, en la que teoriza sobre los tipos de ésta que se cultivaban en su tiempo y la respuesta a ciertas declaraciones sobre el tema expresadas por Walter Besant y...Henry James, precisamente, con los que polemiza amablemente al respecto, sobre lo que debe o no concernir a la ficción en prosa y sus condicionantes de lo que consideramos como novela ( "La vida es monstruosa, ilimitada, absurda, profunda y áspera; en comparación con ella, la obra de arte es ordenada, precisa, independiente, racional, fluida y mutilada"-"Toda novela, primero y cada género de novela, después, existe por y para sí misma").

En suma, una serie de apuntes -también encontramos unos "Bocetos" literarios- y reflexiones de un gran escritor sobre la ocupación que absorbió buena parte de su existencia, y que nos brindó obras y personajes especialmente perdurables y queridos para todo amante de la lectura. Una obra desde luego interesante y sin duda muy recomendable para los seguidores de Stevenson, que además, nos brinda alguna que otra frase definitoria del espíritu que anima sus otros libros y que animó, sin duda, su demasiado corta vida:

" La ficción es al adulto lo que el juego al niño; en ella cambia la atmósfera y el curso de nuestra vida; y cuando el juego armoniza con la fantasía de tal modo que se participa en él de todo corazón, cuando cada nuevo giro satisface, cuando gusta evocarlo y demorarse en su recuerdo con auténtico placer, entonces la ficción se llama novela ".


Otros libros de R. L. Stevenson reseñados en Un Libro Al Día: La isla del tesoroEl Club de los SuicidasEl diablo en la botellaEl extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde

sábado, 15 de diciembre de 2012

Iban Zaldua: Ese idioma raro y poderoso

Idioma original: español
Año de publicación: 2012
Calificación: muy recomendable

Según afirma Iban Zaldua en el prólogo de Ese idioma raro y poderoso. Once decisiones cruciales que un escritor vasco está obligado a tomar, este libro –o panfleto, como él lo llama– es un intento de poner en orden sus ideas acerca de la literatura y de los escritores vascos. No sólo cumple ese deseo (o eso parece, al menos), sino que además escribe un excelente ensayo sobre las virtudes y defectos de una literatura que, desgraciadamente, se mira siempre con demasiados prejuicios (tanto desde un lado como de otro).

A pesar de que Zaldua habla de once decisiones que un escritor vasco debe tomar antes de ponerse a escribir, éstas giran en torno a tres realmente importantes: escribir en euskera o en castellano/francés (aunque esto vale sólo para los escritores bilingües, claro; los monolingües no tienen este problema), hablar de ETA o no y seguir una tradición literaria que no es como para tirar cohetes o las tendencias contemporáneas de la narrativa internacional.

Después de plantear las decisiones a tomar por los escritores, Zaldua (que publica tanto en euskera como en español) dedica las páginas de este libro a analizar la literatura y el sistema literario vascos (especialmente, de los últimos cincuenta años, que son los que más nos interesan) y, sobre todo, qué escritor ha escrito qué y por qué.

Pero también se pregunta si realmente todos los escritores deben plantearse estas decisiones antes de sentarse a escribir. ¿Acaso no hay quien escribe un libro sobre el tema que le apetezca utilizando el idioma quele apetezca (o que mejor domine)? Sin duda. Pero, por alguna extraña razón, siempre se da por sentado lo contrario.

Lo mejor de esta obra, sin embargo, es que Zaldua no se muerde la lengua y dice sin tapujos qué obras/escritores tienen calidad y cuáles han sido sin duda sobrevaloradas/os por un mercado ávido de novedades (o de nuevas caras, o de lo que quiera el mercado en cada momento). Pero también, eso sí, habla con respeto, sin caer en peleas personales y proporcionando sobrados argumentos (atendiendo sólo a lo estrictamente literario) para defender sus palabras.

Es éste, sin duda, un libro necesario para todo aquel que esté interesado en la literatura vasca, para descubrir que algunos de los escritores encumbrados ni son tan buenos ni se merecen estar en el lugar que ocupan y para acabar con muchos prejuicios que tienen, tanto quienes escriben/leen en español, como quienes escriben/leen en euskera.

También de Iban Zaldua en ULAD: BiodiscografíasLa isla de los antropólogos y otros relatosSi Sabino viviríaLa patria de todos los vascos