miércoles, 21 de abril de 2021

Jesmyn Ward y VV. AA.: Esta vez el fuego: Una nueva generación habla de la raza

Idioma original: inglés
Título original: The Fire This Time: A New Generation Speaks About Race
Traducción: María Enguix Tercero
Año de publicación: 2016
Valoración: recomendable

Dice Jesmyn Ward en la introducción que «cambiad las sogas por las balas. Los sabuesos por pastores alemanes. El uniforme gris por el chaleco antibalas. No hay nada nuevo». Porque el racismo sigue vigente, después de años, décadas, siglos. Y llevamos demasiado tiempo viéndolo y denunciándolo. 

Jesmyn Ward, que ya me entusiasmó con «La canción de los vivos y los muertos», cambia de registro en este libro y pasa de la ficción al ensayo, y no lo hace sola, sino que se rodea de otros escritores que, como ella, sienten impotencia y rabia ante lo que sucede. Porque el origen de este libro es el asesinato de Trayvon Martin, pero que podría ser otro caso de los muchos que existen, porque hace un par de semanas murió un niño hispano de trece años a manos de un policía, porque hay otros tantos que mueren a manos de quien tendría que defenderlos. Con este propósito, la autora se acoge a «La próxima vez el fuego», un texto de James Baldwin que la sacudió e impresionó cuando lo leyó, y tuvo claro que debía hacer algo y lo expresa afirmando que «supe que quería convocar a algunos de los grandes pensadores y voces extraordinarias de mi generación para que me ayudaran a esclarecer esto», escribiendo así «un libro que reuniera voces en un espacio (…) y que proporcionara a estos escritores un foro de disidencia en el que poder exigir responsabilidades, dar testimonio, contar». Este es su propósito, y con esta reseña lo hago también mío, contando y difundiendo su relato y su mensaje.

De esta manera, el libro recoge los relatos y experiencias de dieciocho autores (entre los cuales se encuentran la propia Ward) construyendo un relato ecléctico que afronta el tema del racismo desde diferentes aproximaciones, desde la diferencia de estilo y tono de cada uno de los autores, pero con el objetivo claro y único de denunciar injusticias y exponer su visión de un mundo y de un país «en el que hemos pasado mucho más tiempo esclavizados que libres» (algo que ya apuntaba también Coates en su magnífico libro «Entre el mundo y yo»).

La lectura del libro es interesante por la variedad de estilos, pero especialmente de enfoques, que cubren un amplio espectro de areas en las cuales el racismo se expone, aunque cabe decir que, como en todo libro de relatos, cuentos o ensayos, el libro es desigual. Esto es algo habitual, pero más aun teniendo en cuenta que aquí cada relato o experiencia está escrito por un autor diferente con lo que la diversidad es aun mayor. Y, entre todos los ensayos, me quedo especialmente con los siguientes y centraré esta reseña en ellos, pues por si solos ya justifican la recomendación de la lectura de este libro:

  • «Sola en América», de Wendy S. Walters; en este relato la autora nos habla de su regreso a Holt, Nueva Orleans, al antiguo hogar de su tía Louise devastado por el huracán Katrina. Ese viaje a Holt, que fue utilizado a principios del siglo XX como fosa común para pobres e indigentes y durante la segregación se convirtió en un lugar donde enterrar a los negros, causa en la autora un gran impacto, pues nos indica que «mi soledad tenía unas raíces más profundas de lo que sospechaba al principio, (…) venía de una honda sensación entre lo que yo pensaba que era Estados Unidos y la persona que, en ese contexto, yo sabía que era. Mi soledad posterior al viaje a Nueva Orleans parecía proceder de un lugar que antecedía a mi propia memoria». Así, en este relato, la autora nos habla del cementerio africano de Portsmouth en el que se enterraban personas negras y sobre el cual se construyó una calle y, como en un entierro, el paralelismo que uno teje es que, a veces, uno tiene que excavar de manera muy profunda para encontrar los cadáveres encontrando la esencia de uno mismo y de su pueblo al hacerlo. Y, con ello, la autora nos recuerda el pasado de EE. UU. y la esclavitud, y la extiende al presente y a la complejidad en la reconciliación, pues «la empatía es difícil de alcanzar en estos tiempos que corren. Quizá se deba a que, de entrada, todos tenemos dificultades para entendernos a nosotros mismos».
  • «¿Adónde vamos a partir de aquí?», de Isabel Wilkerson, en el que empieza hablando de los casos conocidos y notorios de Eric Garner y Michael Brown, que constatan que «parecemos vivir en un bucle de continuo retorno a la repetición de un pasado que nuestro país todavía no ha afrontado». Este relato, breve pero muy bueno, es un claro alegato a favor de la persistencia, de no rendirse en la lucha, a pesar de las dificultades y de situaciones que parecen el retorno a un pasado no superado: «debemos querernos incluso si —y quizá especialmente si— otros no lo hacen. Debemos conservar la fe incluso mientras trabajamos para que nuestro país esté a la altura de su credo».
  • «Furia blanca», de Carol Anderson, en el que habla sobre las protestas y disturbios de Ferguson, y la necesidad sobre la protesta constante, ininterrumpida, pues el opresor no cede. La autora lo refleja claramente al afirmar que «cada acción de progreso afroamericano recibe una reacción violenta en respuesta». En este relato con evidente intención de denuncia, expone el racismo existente en la administración, a varios niveles, desde los más evidentes a los más sutiles y que afectan igualmente los derechos de los ciudadanos, poniendo como ejemplo que «los conservadores han concebido medidas —como los requisitos de la identificación con fotografía— para bloquear el acceso a los afroamericanos a colegios electorales» (algo que el 25% no lo tiene por tan solo un 8% de los blancos). De esta manera, el relato, muy enfocado a la diferencia económica entre razas y sus consecuencias, finaliza con un resumen de acciones y leyes que han perjudicado a los negros y concluye que «solo entonces Ferguson cobra sentido. Se trata de furia blanca».
  • En «Descifrar el código», la propia Jesmyn Ward (cuyo padre perteneció a los Black Panthers), nos habla sobre los orígenes, sobre las raíces y la importancia del mestizaje. Sobre conocerlos y entenderlos, con el anhelo de «que las personas de color de mi región de EE. UU. pueden decidir abrazar todos los aspectos de su descendencia (…) al tiempo que también pueden decidir pelear con una sola armadura, la de los estadounidenses negros, cuando pelean por la igualdad racial».
  • También muy interesante es el relato «Más negro que tu», de Kevin Young, en el que nos habla del blackface y del redface, de cómo hay quien se pinta la cara para simular que es de otro color. Por ello, de manera irónica nos habla del passing (cruzar la línea racial, que habitualmente va del negro al blanco) así como del passing inverso (blancos que viven como negros) y lo ejemplariza en Rachel Dolezal de quién apunta, con cierto sarcasmo, que «lleva la máscara no para ocultarse, sino para adquirir autoridad sobre eso mismo que dice querer ser. ¡Qué actitud tan blanca por su parte!». Con este relato, la autora nos habla de las personas de piel clara que son identificadas como blancas cuando son realmente negras. Y de ahí que «debería hacer que nos paráramos un momento a reconsiderar qué significa ‘parecer negro’».
  • En «Black and Blue», Garnette Cadogan nos habla de la violencia policial, de la amenaza que supone ser negro en un barrio de blancos donde cualquier movimiento puede entenderse como algo sospechoso y peligroso. Y nos sitúa en un contexto parecido al que retrataba Claudia Rankine en «Ciudadana». El estilo del autor es preciso y directo, rico en detalles y en reflexiones que la llevan a aseverar que «como adulto negro, con frecuencia me devuelven a ese momento de la niñez en que estoy aprendiendo a andar. Vuelvo a vivir en alerta máxima, vigilante» porque «aunque conocer las calles de Nueva York me ha ayudado a sentir la ciudad como mi hogar, la ciudad se me resiste también a través de estas mismas calles. Camino por ellas, unas veces invisible y otras, demasiado visible. Así que camino atrapado entre la memoria y el olvido, entre la memoria y el perdón».

Como se ve en los relatos que destaco en esta reseña, el libro reflexiona sobre el racismo situando sus causas en el centro de la obra y abordándolo desde diferentes perspectivas. Y, a pesar de su irregularidad, la potencia del conjunto adquiere una fuerza que demuestra cuán necesarios son estos libros. Porque, como afirma Jesmyn Ward, «estos ensayos me dan esperanza. Creo que hay poder en las palabras; el poder de afirmar nuestra existencia, nuestra experiencia, nuestras vidas, a través de las palabras (…). Quizá, después de leer el ensayo de Rachel Kaadzi Ghansah sobre Baldwin o el hilarante ensayo de Kevin Young sobre Rachel Dolezal y qué significa ser negro, el lector llore conmovido, y sus lágrimas se transformen en risa y quizá, al hacerlo, sienta afinidad». Qué duda cabe de que así es, y que, tal y como afirma la autora, «espero que al leer este libro cada uno de vosotros tenga la sensación, queridos lectores, de que estamos sentados juntos (…) y de que estamos componiendo nuestra historia juntos. De que estamos escribiendo una epopeya en la cual las vidas negras tienen un valor». Ojalá así sea.

También de Claudia Rankine en ULAD: Ciudadana

martes, 20 de abril de 2021

Hubert Selby, Jr: El canto de la nieve silenciosa

Idioma original: Inglés
Título original: Song of the silent snow
Año de publicación: 1986
Traducción: José Luis Piquero
Valoración: Bastante recomendable

Hay libros y autores que son puente hacia otros libros y autores. A todos nos ha pasado y seguro que ejemplos os sobran. En mi caso, llego a Hubert Selby, Jr gracias a "Nueva York es una ventana sin cortinas", libro con el que el italiano Paolo Cognetti recorre esa parte de la ciudad que queda fuera de los grandes circuitos turísticos y con el que homenajea a algunos de sus escritores fetiche, entre los que se encuentra Selby.

Llego a Selby y escojo un libro recientemente publicado en España, este "El canto de la nieve silenciosa" (precioso título, por otra parte) en el que se reúnen 15 relatos en los que Selby habla del hombre corriente, abocado normalmente al fracaso en medio de una cotidianeidad que suele explotar por el lado más inesperado. Porque tal y como dice en "Hola, campeón", uno de los relatos destacados del volumen:

Es curioso lo sencillo que parece a veces ser feliz, y aun así lo fácilmente que todo se vuelve confuso

En líneas generales, se trata de relatos en los que predomina un poso de amargura, aunque en ocasiones se acerquen a lo tragicómico, en los que los personajes (o es solo un Harry con múltiples caras) marcados por la ansiedad, la extrañeza del mundo y la angustia tratan de aferrarse a lo que sea - un abrigo, un sonido, un trago de vino - con tal de seguir viviendo. Pese a lo anterior, junto a relatos desasosegantes y claustrofóbicos ("El sonido", "El abrigo" o "Estoy siendo buena") que giran sobre sí mismos o relatos de lo cotidiano, del tedio y el hastío ("Un penique por tus pensamientos", "Un poco de respeto" o "Veranillo de San Martín", que son tres de mis preferidos), encontramos hacia el final del libro dos relatos en los que se abre un pequeña ventana de esperanza.

En cuanto al tono de los textos, estos navegan entre el costumbrismo más "tradicional" y el realismo sucio, con toda la gama de grises de por medio, eso sí. Lenguaje sencillo y directo y situaciones de la vida real presentadas de forma cruda, en las que cabe destacar la ausencia total de juicios de valor y la mirada cargada de empatía y compasión hacia los personajes.

Resumiendo: más que interesante descubrimiento (para mi, puesto que Selby ya es relativamente conocido) de un autor al que volveré más temprano que tarde. Si es que algún compañero no lo trae antes de vuelta por aquí...

lunes, 19 de abril de 2021

Kim Thúy: Ru

Idioma original: francés

Título original: Ru

Traducción: Julián Rodríguez

Año de publicación: 2009 (en castellano, 2020)

Valoración: Recomendable alto


Sobre la guerra de Vietnam hemos leído y, sobre todo, visto ya muchas cosas, siempre, o casi, desde la perspectiva norteamericana: el horror de una guerra salvaje, el calor y la jungla enloquecedora, el enemigo taimado y sanguinario, las atrocidades propias y ajenas en una contienda en la que el Tío Sam nunca debió meterse, según entendió un floreciente movimiento pacifista. Lo que ya nos es menos conocido es la suerte que pudo correr la población civil, la tragedia de un país dividido no solo por una frontera sino por un abismo de odios irreductibles, sectarismo primitivo y sangrantes diferencias de clase. Aunque realmente tampoco nos es difícil imaginar algo parecido sin equivocarnos mucho, a fin de cuentas hablamos de una guerra civil, con el desgarro que siempre lleva consigo.

Una de sus consecuencias más habituales –y que también aquí conocemos bien- es el exilio, la huida de quienes se sienten amenazados por la guerra misma o por sus vencedores, esa estampa a veces de familias enteras, otras de niños solos, enviados a cualquier parte donde se supusiera que estarían más seguros. Aunque desconozco hasta qué punto este libro puede incorporar elementos de ficción (que yo creo que ninguno, o muy pocos), parece ser que Kim Thúy pertenecía a una familia bien, incluso algo más que bien, de Saigon, que con el acceso al poder de los comunistas no dudan en escapar para salvar su vida y lo que se pudiera de su patrimonio.

La peripecia resulta, como cabe esperar, bastante terrorífica, con gran número de personas hacinadas en barcos en condiciones deplorables, sin una idea exacta de a dónde van a ir a parar y esperando a cada minuto el ataque de piratas que se entiende que no tendrán muchos miramientos con bienes o personas. Llega finalmente el asentamiento de los refugiados en Canadá, donde reciben buen trato y luchan por iniciar una nueva vida en lugar tan extraño y lejano, donde el frío y la nieve han sustituido de golpe el clima monzónico, las costumbres y el idioma chocan con sus tradiciones, y cualquier trabajo será bueno para intentar salir adelante. El shock de abandonar la tierra, de enfrentarse a una cultura diferente y tener que luchar por sobrevivir, el desarraigo y la estupefacción ante lo desconocido hacen que Kim pierda el habla al tiempo que se asombra ante los cuerpos tan diferentes de aquellos desconocidos occidentales.

Ese es un poco el relato lineal que pudo haber sido Ru de haber tenido el formato digamos convencional de una crónica autobiográfica. En definitiva, algo no muy diferente de lo que hemos podido leer con ocasión de tantas otras penalidades de gentes expulsadas por la guerra o el hambre. Sin embargo, el libro tiene en mi opinión un interés adicional. No se trata de una narración cronológica, sino de una colección de imágenes aisladas, pequeñas píldoras de recuerdos entremezclados que muestran sensaciones, momentos o reflexiones que se acumulan en desorden, como una caja llena de fotos que examinamos de forma aleatoria, sin que todavía hayan llegado a componer un álbum. El conjunto proyecta así un cuadro complejo, a veces contradictorio, por el que discurren la nostalgia, el miedo y los secretos familiares, un collage que va saltando en el tiempo y en el espacio pero que, si nos fijamos en los detalles, está muy bien construido, con hilos a veces poco visibles, en ocasiones buscando los contrastes o dejando que fluyan secuencias sutilmente relacionadas. No creo que esto sea fruto de la simple intuición, me parece que hay detrás mucha reflexión y buenas dosis de talento para organizar un puzle con todo el sentido.

Quizá lo que más llama la atención es el estilo. La primera impresión es la de una prosa que se acerca a lo poético, contenida e intimista, como de quien no quiere transmitir un exceso de emociones ante estímulos tan fuertes como los que se suponen en una situación tan dolorosa. Contemplamos pequeñas inyecciones de imágenes que se ofrecen con solo lo imprescindible para que sea el lector quien por sí mismo evalúe el sufrimiento que llevan consigo. Ese contraste entre el medio y el mensaje es una técnica narrativa que no es nueva en absoluto, pero que la autora pone en práctica con tanta destreza como naturalidad. Ejemplo:

´Las carreteras estaban sembradas de profundas grietas. Los rebeldes comunistas las minaban por la noche y los militares proamericanos desactivaban las minas durante el día. A veces, una estallaba. Entonces, era preciso esperar a que los militares taparan los agujeros y recogieran los restos humanos. Un día, una mujer quedó destrozada, rodeada de flores de calabaza amarillas, diseminadas, desmenuzadas. Sin duda iba camino del mercado para venderlas. Tal vez encontraran también el cuerpo de su bebé al borde de la carretera’.

Al hilo de esa contención (podríamos decir autocontrol) y esa naturalidad la sensación que gana terreno es la de una rara frialdad. Resulta difícil pensar que esas experiencias traumáticas puedan describirse como lo hace Thúy sin que hayan sido asimiladas y digeridas para formar parte del pasado y solo del pasado, algo que forma parte del equipaje, que no se olvida y de lo que se sacan enseñanzas (lecciones que intenta transmitir a sus hijos), pero que no es un lastre, que no condiciona el presente o el futuro. Kim parece revestida de una coraza, tal vez es algo genético, o la fortaleza de quien ha tocado fondo, o que de alguna manera se ha mimetizado absolutamente en el mundo occidental que le acogió: ‘Ya no tenía derecho a llamarme vietnamita porque había perdido su fragilidad, su incertidumbre, sus miedos’.

Es un proceso que estremece un poco, tanto o casi tanto como el relato de los horrores vividos, y trasladado al libro produce un efecto emocionante, ligeramente hipnótico, que le da un valor especial, el de alguien que ni se regodea en el sufrimiento ni hace bandera (exhibición) de la fortaleza y la superación. Sin hipérboles ni adjetivaciones grandilocuentes. Esto ya es mucho, visto lo que se lee por ahí. Si ese aplomo se combina con la destreza necesaria para componer un relato muy personal, preciso y equilibrado, el resultado es un texto que merece realmente la pena. 


domingo, 18 de abril de 2021

Fernanda Melchor: Páradais

Idioma original: español

Año de publicación: 2021

Valoración: Muy recomendable alto


Si se quiere hacer justicia a esta novela, la última de su autora a día de hoy, lo mejor es decir poco y sugerir mucho. Por dos motivos: porque el texto no llega a las doscientas páginas y dar demasiados detalles acabaría por dejar pistas que es mejor descubrir por nosotros mismos y porque se trata de un artefacto literario tan exacto como el mecanismo de un reloj: en cuanto se pone en marcha no hay mucho más que decir. Y lo mejor de todo es que no se nota, que aunque escritas en tercera persona parecen las reflexiones auténticas de un chico pobre, poco instruido y bastante desorientado en general. Podemos creer perfectamente -se entiende, dentro de las convenciones literarias- que es el propio Polo quien nos habla, en primer lugar, por su lenguaje, que revela su país, extracción social y hasta edad y sexo sin ningún género de dudas, pero también, y no menos importante, por esa mentalidad que en su inmadurez apuesta por el “sálvese quien pueda” de los desencantados de nacimiento, de los que observan mucho pero carecen de perspectiva, de aquellos que sin que intervenga la razón, solo a través de su propia furia –hacia su entorno e incluso hacia su persona–, comprenden que han nacido sin futuro y que por sus propios medios pueden no encontrarlo jamás.

No obstante, gracias a la magia de la literatura, su prosa es rica, compleja, descriptiva, colorista, arraigada a la tierra y llena de matices. La impresión de autenticidad se consigue gracias tanto a vulgarismos y expresiones populares como a un dominio excepcional del idioma, aunque lo aconsejable sería no fijarnos en tal cosa y dejarnos arrastrar por ese torrente de palabras. Solo diré que he creído encontrar ecos de Rulfo, García Márquez, incluso de Carpentier; en cualquier caso la huella del viejo boom latinoamericano es indiscutible.

Polo es un joven, hijo de soltera, que vive modestamente en Progreso –barriada colindante con la opulenta urbanización Páradais– en compañía de su madre y su prima. En Páradais ejerce de jardinero, recadero y en general de chico para todo. Su edad exacta, que podemos intuir más o menos, no se nos desvela –y esta es una genialidad más de la autora– hasta casi el último momento. Miseria, miedo, misoginia, ambición e inexperiencia se alían para forzar a este inolvidable personaje a una huida hacia delante que con solo imaginarla da escalofríos. Su carácter es más bien huraño y poco sociable, pero acaba manteniendo una amistad utilitaria con un chaval más joven, Franco, residente en la urbanización, al que no le falta de nada y tal vez por eso se muere de aburrimiento. Algo que a esa edad puede provocar las más delirantes fantasías. El retrato que hace de ambos es sencillamente magnífico, por eso, según avanza el argumento empezamos a barruntar cómo puede acabar tanto despropósito. Pero solo a grandes rasgos, pues Melchor dosifica perfectamente los datos, nos engaña haciéndonos creer que nos lo está contando todo y a partir de cierto momento, a intervalos, nos vamos topando con una sorpresa tras otra. Y es que unas veces hace decir a Polo verdades a medias, otras acabamos dándonos cuenta de que este no es más que un iluso y la realidad es muy diferente, lo que da lugar a que nada sea previsible del todo y la intriga se mantenga hasta el final.

La (cruda) realidad que se nos transmite funciona, por una parte, como metáfora a pequeña escala de una situación social abrumadora (ambición sin límites, pillaje, violencia sexual, crímenes en cadena, agresión a inocentes) y por otra como la puesta en escena de ese panorama tal como se vive en ciertos ambientes (desigualdad extrema, falta de perspectivas, mafias que unas veces se temen y otras se convierten en el único horizonte disponible, ajustes de cuentas). Una pieza que recuerda a cierto género cinematográfico y a la que no sobra ni falta de nada, un engranaje puesto en marcha con solvencia, que avanza sin un solo fallo gracias a la perfección de su técnica y que, a pesar de ello, se centra en lo humano tanto para caracterizar personajes como para manejar los resortes emocionales del lector. Magistral es la palabra.

 

También de Fernanda Melchor: Aquí no es Miami, Temporada de huracanes

sábado, 17 de abril de 2021

Adrián Grant: Nada ilegal, nada inmoral


Idioma original:
español
Año de publicación: 2020
Valoración: bastante recomendable

Ya sabemos, más los que andamos dedicados profesionalmente a lo relacionado con finanzas y  contabilidad, de las habilidades de ciertos perfiles de asesores en lo concerniente a los jugueteos fiscales cuando se habla de entornos multinacionales. Objeto constante de persecución por las autoridades que, impotentes para contener al ejército de contra-programadores bajo la premisa hecha la ley hecha la trampa, intentan generar normas restrictivas o persecutorias para evitar que, aquellas corporaciones que puedan permitírselo, y previo pago de sustanciales minutas, acaben situando todos sus beneficios en el país donde abonen menos impuestos.

Grant sitúa su novela en Luxemburgo, uno de esos pequeños países centroeuropeos con ciudades de calles limpias, gente pulcra y niveles de PIB que convierten a sus habitantes, o al promedio de estos, en privilegiados. Luego que la vida en esos sitios resulte anodina y aburrida y que los hábitos de los lugares de origen (desde comidas a horarios a gustos en ocio) sean de difícil adaptación queda compensado por los magníficos sueldos, el enriquecimiento del CV, el aprendizaje y promoción profesional, algún idioma aprendido o perfeccionado, pack suficiente para mitigar la añoranza de la tierra natal.

Grant, formado en la materia, construye una trama sobre el estallido de un escándalo que salpica a una de esas asesorías de lujosos despachos y contratos atiborrados de claúsulas de confidencialidad, cuando se publican, a consecuencia de filtraciones, datos sobre empresas a las que han ayudado en sus artimañas. Nada delictivo (de ahí el título), pero suficiente para que la prensa (o las RRSS) hinquen los colmillos en esas empresas e inicien operaciones de acoso de aquellas que definiríamos como mucho ruido y pocas nueces: las minutas incluyen impecables aprovechamientos de vericuetos legales y todo el mundo se sale de rositas. Y el único nombre que se mancha es el de la empresa asesora, que no ha sido capaz de evitar que estalle el escándalo y que merezca algún titular y alguna reprobación por parte de algún ingenuo político de izquierdas. El incidente marca el día a día de tres perfiles; los tres socios de la empresa, cada uno preocupado por cómo será afectada su trayectoria profesional, sus emolumentos, sus bonus, sus desahogadas vidas, los empleados, la gran mayoría expatriados, que acusan el golpe y lo convierten en epicentro de cotilleos y especulaciones, entreverados con sus vidas que son una montaña rusa de horarios abusivos y aprovechamiento del escaso tiempo libre, y en tercer lugar, el IT manager al que le es encargada la sencilla tarea de trazar la filtración e identificar a su responsable. La fragmentación del relato, al margen de la relativa importancia de poner nombre al culpable, es a la vez atractivo y debilidad de la novela. Por una parte las andanzas de los empleados son profusas en diálogos y actitudes del expatriado: aburrimiento, especulación, preocupación por el impacto, lo cual parece manifestar cierto estereotipo cercano al mito de los Erasmus. Los monólogos, en la forma de colosales párrafos sin respiro, en que cada uno de los directivos reflexiona sobre los hechos y cómo llegaron ahí son, literariamente de una brillantez realmente notable en una primera novela. Ese enfrentamiento, prácticamente detectable en la pura maquetación del texto, me ha parecido un recurso de primer orden, una apuesta que aleja el texto de la novela asociada a determinados mundos profesionales (Grant está más alineado con Foster Wallace, que firma una de las citas que abre el libro, que con el tipo aquel americano que escribía novelas sobre casos judiciales, no me acuerdo del nombre ahora, narices) y lo aproxima a lo literario, valga la expresión pedantorra. Así que no hace falta ser empleado de un departamento Tax & Legal o tener un máster en fiscalidad para disfrutar con esta novela.

viernes, 16 de abril de 2021

Guillaume Apollinaire: Las once mil vergas

Idioma original: Francés
Título original: Les Onze Mille Verges ou Les amours d'un hospodar
Año de publicación: 1906
Traducción: Xavier Aleixandre
Valoración: No sé

Pues nada, ya he leído Las once mil vergas, archiconocida novela erótica (casi diría que pornográfica) de Guillaume Apollinaire; y admito que ha sido una experiencia curiosa, porque el libro fascina por el morbo que despierta, a la par que traumatiza por las salvajadas que alberga.

Siempre he adorado la ficción que explora impúdicamente el sexo, la violencia y el humor negro de la forma más degenerada posible. Y en eso, la obra de Apollinaire cumple a la perfección. Cumple tan bien, de hecho, que consigue que alguien tan curtido como un servidor acabe tocado ante la sordidez de ciertas escenas, o se escandalice frente a determinadas ocurrencias de un mal gusto palmario. 

De modo que la obra impacta, aunque estoy seguro de que no lo hace ni la mitad que en su contexto histórico. A fin de cuentas, hoy día todo el mundo ha estado expuesto, en mayor o menor medida, a arte provocativo de distinto pelaje, y se ha familiarizado con la crueldad y perversidad de que es capaz el alma humana.

A mi juicio, Las once mil vergas funcionaría mucho mejor, literariamente hablando, si:

  • Comunicara algún mensaje (sin por ello caer en la pretenciosidad, claro).
  • Hubiera establecido una consistencia interna a la que aferrarse. Y es que el mundo de la novela es generalmente absurdo, pero breves pasajes lo plasman como verosímil. ¿En qué quedamos, Apollinaire?
  • Su estructura no fuera tan repetitiva.
  • Su argumento tuviera un grado de continuidad más elevado y siguiera una lógica narrativa ascendente. 
  • Su prosa se hubiera pulido. No me molesta que sea ramplona, pero ciertos pasajes no alcanzan su máximo potencial.  
  • Dotara de complejidad a los personajes y sus interacciones. El clímax, por ejemplo, hubiera tenido mayor carga emocional de haberse profundizado previamente en Mony, el protagonista, y en la relación de éste con Culculine, una de sus múltiples amantes. 
  • En vez de querer epatar mediante la cantidad de truculencias, lo hiciera de forma gradual. Así, escalas del sadosmasoquismo a la necrofilia, los abusos de menores, el incesto y el bestialismo, en vez de saltar de lo uno a lo otro sin orden ni concierto. 

Llegados a este punto, hay que reconocer que el artefacto de Apollinaire no se limita a ser únicamente una novela erótica escrita por el "enfant terrible" de turno. De hecho, en su seno cobija algunos elementos que, aunque no lo dignifican (tampoco es que esa fuera la intención de su autor), lo enriquecen y lo diferencian de propuestas afines menos interesantes. A saber:

  • Travesuras estilísticas que, por desgracia, se pierden en su mayoría al trasladarlas al español. 
  • Grotescos toques eruditos.
  • Un escatológico sentido del humor.
  • Unos últimos capítulos ambientados en la guerra Ruso-Japonesa.

La edición de Las once mil vergas que yo he leído se la debemos a Laertes. La salpican unas pocas erratas, pero en general está muy bien; tiene un prólogo estupendo y su traducción se basa en la primera versión del texto de Apollinaire, antes de que se adulterara por motivos varios. 

jueves, 15 de abril de 2021

Marcelo Luján: Subsuelo

 Idioma: español

Año de publicación: 2015

Valoración: recomendable

Noir especialmente túrbido el que se marcó en 2015 el escritor argentino Marcelo Luján y que le consiguió ganar el Premio Dashiell Hammett de la Semana Negra de Gijón del año siguiente. He escrito "túrbido" (perdón por la pedantería, pero me resulta un adjetivo con una connotación más morbosa aún que turbio) porque es una novela de crímenes, dominación y bajísimos instintos que suceden en un ámbito familiar y ya se sabe que eso le da un plus de complejidad, pero también de ensañamiento y sordidez, a este tipo de historias. En este caso, hablamos de lo que sucede en el seno de dos familias de la clase media española, de ésas con chalet con piscina para pasar los veranos. No todos los personajes son españoles, empero: una de las madres es argentina y dejó atrás, en su país de origen, una historia no menos turbulenta que sirve de transfondo a la que viven sus hijos.

Como es fácil de suponer, el título de Subsuelo hace alusión a esos secretos guardados en el sótano de esa institución que llamamos familia, o incluso enterrados por debajo de éste. Y, por supuesto, a los secretos que esconde cada uno de sus miembros al resto de ellos. Aunque en la novela también hay otro elemento que hace referencia al título: una colonia de pertinaces hormigas que anida en el subsuelo de la finca donde se desarrolla casi toda la acción y que funciona como una obvia, pero eficaz metáfora de toda esta narración. 

No voy a hacer una sinopsis y ni siquiera a contar más de la trama de a novela para no estropear su lectura a nadie, pues en este tipo de historias, mantener vírgenes las expectativas me parece fundamental para disfrutarlas. Sólo diré que, aunque ciertamente, se pueda calificar a ésta como un noir o incluso un thriller psicológico; no se trata, en absoluto, del típico best-seller de crímenes para leer al borde de la piscina... (es más, me atrevo a pediros que NO LO LEÁIS AL BORDE DE LA PISCINA... por más que sea, justamente, al borde de una donde comienza la acción). Además, y a diferencia de ese tipo de libros, Luján no trata de ponerselo fácil al lector; antes bien, su prosa, siendo excelente y muy elaborada (y precisamente por ello), exige bastante atención, con recurso a constantes analepsis -tanto flashbacks como forwards-, narración con distintos tiempos verbales: presente de indicativo, pasado, futuro y hasta en subjuntivo; así como un constante recordatorio de lo que cada personaje ve, sabe o piensa, pero que los demás no ven, saben ni piensan, así como de la situación espacial de cada uno en cada momento de la trama, de forma que obliga a ir trazándose diagramas mentales del escenario al tiempo que uno lee... Bueno, quizá exagero un poco; al fin y al cabo, la narración resulta tan oscura y absorbente que tampoco permite pararse a valorar otras circunstancias. En cualquier caso, estamos ante una novela muy apreciable, más aún para quien guste de historias poco complacientes e incluso perturbadoras.

Nota informativa: Supongo que todo el que lea la reseña se dará cuenta de que, en lugar de la cubierta del libro, como es lo habitual, en esta entrada he puesto el retrato de su autor. La explicación está en que Subsuelo fue publicada por un sello editorial que pertenece, aunque no era así en el momento de aparición de esta novela, al célebre grupo Malpaso... célebre sobre todo por no pagar lo que debe a algunos o muchos de sus autores, traductores, correctores, etc. Como no tengo ganas de que esta reseña sirva de promoción para un título de este grupo editorial, pero al mismo tiempo me parece un libro que merece nuestra atención y no sería justo con su autor obviarlo por una situación de la que no es responsable (y puede que incluso sea víctima, no sé), he buscado esta solución, que quizá no sea la mejor o tal vez sí... Ni idea, pero, en cualquier caso, #MalpasoPagaYa.

miércoles, 14 de abril de 2021

Rebecca Solnit: Recuerdos de mi inexistencia

Idioma original: inglés
Título original: Recollections of My Non-existence
Traducción: Antonia Martín Martín (trad. en castellano) / Josep Alemany (trad. en catalán)
Año de publicación: 2020
Valoración: recomendable

Hay títulos sugerentes que nos despiertan curiosidad lectora y cuando esos títulos corresponden a libros escritos por una de las que considero mejores activistas en el mundo literario (entendiendo como “mejores” aquellas que saben trasladar mejor sus ideas del campo conceptual al literario) la necesidad y premura en leerlos es inevitable.

Rebecca Solnit ha dejado una huella indiscutible de su talento en diferentes ámbitos: el de la introspección con «Una guía sobre el arte de perderse», el de la lucha por los derechos civiles en «Esperanza en la oscuridad», el de la maternidad en «La madre de todas las preguntas» y, de manera transversal y destacada, en el feminismo con el ensayo «Los hombres me explican cosas» en el que inventó y acuñó el conocido término mansplaining. Así pues, su carta de presentación es notoria y, ¿cómo encaja en ello un libro titulado «Recuerdos de mi inexistencia» que apuntaría a una cierta invisibilidad en el mundo? Pues ya de manera clara la autora da la respuesta, pues en medio de la constante lucha por los derechos de las mujeres, reconoce que, tiempo atrás, «me convertí en una experta en el arte de desaparecer (…) de escabullirme de las situaciones angustiosas, evitar abrazos, besos y apretones de manos no deseados (…) Una experta en el arte de la inexistencia, pues la existencia era muy peligrosa». Porque así es como tantas mujeres han tenido que navegar en un mundo en el que se sentían deseadas a la vez que excluidas, en el que sus voluntades o ambiciones eran consideradas algo secundario.

En este libro de memorias (que no autobiografía), la autora inicia un trayecto que parte desde los inicios de su madurez con la edad de diecinueve años y todo un futuro por delante, en «la fase inicial del proceso de saber qué quería ser y como llegar a conseguirlo»; una mujer de la que afirma, en la actualidad y con tono nostálgico, que «veo aquella mujer joven delgaducha e inquieta como alguien a la que conocí íntimamente y que me hubiera gustado ayudar más, alguien por quién siento la misma simpatía que por las mujeres de su edad que ahora conozco», en una reflexión que recuerda mucho, por su tono, a Siri Hustvedt en «Recuerdos del futuro». Porque es en el tránsito hacia la edad adulta y en la edad en la que abandonas la adolescencia cuando nos percatamos que «una vez independizados, somos inmigrantes acabados de llegar al país de los adultos».

A lo largo de la narración, hay pasajes que nos recuerdan claramente a la literatura de Vivian Gornick (cambiando la ciudad de Nueva York por la San Francisco), con barrios llenos de comunidades de distintos orígenes étnicos; nos habla de sus vecinos procedentes de Oklahoma y Georgia, de su casero, del jazz. Ella es una chica blanca en un barrio negro, pero en el que se reconoce entre ellos. A diferencia de Gornick, Solnit es más descriptiva que emocional, transmite y narra el ambiente del barrio, pero desde cierta distancia para observarlo y retratarlo, sin la pasión y los sentimientos que volcaba Gornick hacia su Nueva York. Y, en ese retrato, la autora narra la transformación de la ciudad, como en un lavado de cara donde se elimina su personalidad y se deja todo nuevo, reluciente, pero terriblemente más insípido por la aparición de pizzerías de lujo, barras de sushi y cadenas de tiendas. Un cambio rápido, atropellado, excesivo, que la lleva a afirmar que «descubrí que para ver los cambios hay que ser más lento que ellos». Así, la lectura de Solnit nos recuerda claramente a Gornick en algunos pasajes, afirmando que «en los años ochenta, la ciudad fue mi mejor maestra» y da la sensación de que Solnit necesita espacio, tomar distancia y un entorno salvaje y abierto (que retrata afirmando que «en los entornos salvajes alrededor de San Francisco (…) encontraba revelaciones y la sensación de libertad»), mientras que Gornick necesita la proximidad con sus semejantes para narrar a partir de ellos. Solnit narra a partir de ella misma como observadora, Gornick narra desde dentro.

En gran parte de estas memorias, la autora nos ubica en su apartamento en el que vivió durante veinticinco años, escribiendo desde el mismo escritorio con el que empezó (y que sigue utilizando) y que recuerda con gran ternura, pues fue el regalo de una amiga a la que un año antes su exnovio había apuñalado quince veces hasta casi matarla (y, cómo en ocasiones ocurre, se la culpó a ella de lo sucedido y él no tuvo que afrontar consecuencias jurídicas). Por ello, afirma Solnit que «alguien intentó silenciarla. Y ella me regaló un trampolín para hacer oír mi voz. Ahora me pregunto si con mis escritos he querido hacer de contrapeso a aquel intento de reducir una mujer joven a la nada» porque «a pesar de que no te mataran, mataban algo dentro de tu interior: el sentimiento de libertad, igualdad y confianza en ti misma». Así, Solnit vincula ideología con su propia vida, con su experiencia y la de otras mujeres, pues «todos mis textos tienen su origen, en el sentido literal de la palabra, en este escritorio».

De esta manera, nos narra sus primeros pasos como escritora una vez licenciada a los veinte años, mientras trabajaba como recepcionista en un pequeño hotel en el distrito de Castro (San Francisco), un trabajo que le dejaba tiempo para leer, pero con el que constató que, a pesar de que había leído mucho, no sabía escribir libros; el curso de postgrado en periodismo en la UC de Berkeley le despertó el deseo de ser escritora cultural, ensayista, pues el hecho de conocer la obra de otros artistas de diferentes vertientes del arte le dio el empuje, a través de su obra, determinación y personalidad, para adquirir la confianza necesaria en dejar de considerarse crítica y periodista y convertirse, finalmente, en escritora. «Al ver que me consideraban escritora, tuve la idea liberadora de que todo era posible» a pesar de la dificultad que tuvo para publicar libros en sus inicios como escritora por el simple hecho de ser mujer y joven, algo que la llevó al ninguneo del que fue víctima por parte incluso de sus propios editores y que la autora recuerda, con pesar, que «leía mis libros en público, pero no conseguía que mi editor me escuchase».

Como no puede ser de otra manera, su activismo feminista también está presente a lo largo del libro, denunciando el deseo del hombre en someter a las mujeres como ejercicio y demostración de poder, en una sociedad que consideraba como casos aislados los crímenes violentos a los que eran sometidas, en una época en que ese deseo del hombre asociado a la violencia contra las mujeres era una constante en los filmes de Hitchcock, Brian de Palma, David Lynch o Tarantino. Unos crímenes y un peligro constante que la llevan a ser consciente de la gran inseguridad con la que vivía por el hecho de ser mujer; la omnipresencia de la violencia, el hecho de «recordarme que no seré nunca libre del todo». Solnit también extiende su denuncia a la violencia homófoba pues, en el fondo, denota también misoginia; citando a James Finn afirma que «cuando los homófobos se burlan de los gais, casi siempre lo hacen comparándolos de una manera desfavorable con las mujeres», pues «para ellos, ser penetrado es sinónimo de ser conquistado, invadido, humillado». «Eso significa que algunos hombres heterosexuales (…) imaginan que las relaciones sexuales con las mujeres son punitivas, agresivas, hostiles, un acto que realza la categoría del hombre y rebaja la de la mujer».

Solnit narra la soledad de la que son víctimas las mujeres, pues es difícil encontrar quien pueda creerse sus versiones, su verdad: «mis palabras habían fracasado una vez más. Fracasaban continuamente» y, de manera apesadumbrada y triste se cuestiona que «cuando no posees ni el cuerpo ni la verdad, ¿qué te queda?». Y, en esa mirada en claro desequilibrio según quien la aplica, Solnit cita a Du Bois y la «doble conciencia, la sensación de mirarse siempre a uno mismo a través de los ojos de los demás» porque «las mujeres dependemos de los hombres y de lo que piensan de nosotros, ellos nos enseñan a mirarnos constantemente al espejo para saber qué aspecto les ofrecemos» y eso es algo que se traslada también a los libros, pues «cuando abría un libro me encontraba un hombre que miraba a las mujeres» (tal y como apunta Hustvedt en su libro «La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres»). Unos libros que aparecen también en el relato continuamente, constatando su amor por ellos afirmando que «los libros leídos nos entran en la memoria y forman parte de los materiales de la imaginación» y aseverando con rotundidad (y algo en lo que me puedo identificar claramente) que «todavía entro en una librería o una biblioteca convencida de que estoy en el umbral de lo que más necesito y deseo».

Por todo ello, el libro que ha escrito Solnit es una interesante lectura para ver la trayectoria profesional pero especialmente vital que ha llevado a la autora a ser considerada una de las grandes ensayistas actuales. Este es el principal atractivo de un ensayo que tiene como aspecto menos logrado un excesivo detalle en algunos episodios puntuales y una visión excesivamente desapasionada y casi distante. Noto en la narración una falta de voluntad en buscar complicidades con el lector, en narrar sin un sentido marcado de proximidad, como sí podemos ver en Gornick, Hardwick, Hustvedt o incluso Ernaux. Bien es posible que se deba a que Solnit es puramente ensayista y trata principalmente hechos y reflexiones más que historias, pero, en cualquier caso, el libro es recomendable, pues sus reflexiones destacan por su lucidez y certero análisis sobre el mundo que la rodeó que es también el nuestro (y especialmente, el de las mujeres).

Dice Solnit que «me gustaría que las mujeres que han venido después de mi puedan evitar algunos viejos obstáculos. Con una parte de mis escritos he querido contribuir a conseguirlo; al menos, menciono los obstáculos». No cabe duda de que con sus ensayos lo ha conseguido y que este libro es de los que deja muchísimas reflexiones para, no únicamente concienciarnos de la realidad, sino también para contribuir con nuestros actos a eliminarlos de nuestro mundo.

martes, 13 de abril de 2021

VV.AA.: Cuadernos hispanoamericanos (Cuento)

Idioma original: Español
Año de publicación: 2020
Valoración: Bastante recomendable

Que el "cuento latinoamericano" goza de una salud excelente es algo que creo que poca gente pondrá en duda. Una muestra significativa de ello son las múltiples reseñas que hemos publicado en este blog en los últimos años y que dejan un buen reguero de nombres: Mariana Enríquez, Vera Giaconi, Magela Baudoin, Mónica Ojeda, Samantha Schweblin, Rodrigo Blanco, Edmundo Paz Soldán, etc., algunos de los cuales aparecen en este número dedicado al género breve de la revista "Cuadernos Hispanoamericanos" con el que podemos corroborar la afirmación inicial.

18 autores (12 hombres y 6 mujeres, lo cual  - aunque aquí habría que valorar los entresijos de la selección - me parece injusto dada la calidad de alguna autora que no aparece por aquí), 18 países (solo falta, si no me equivoco, una representación de República Dominicana y El Salvador) y 18 relatos con un nivel medio bastante alto.

Curiosamente, este elevado nivel medio no viene siempre de la mano de los autores más consagrados o reconocidos a este lado del Océano. Por poner un par de ejemplos, el relato de Halfon (escritor que me encanta) parece hecho con el piloto automático puesto y el relato metaliterario de Fernanda Trías deja al lector algo frío porque puede funcionar bien como juego pero se echa en falta algo más. Por su parte, otros autores TOP, como Mariana Enríquez, Liliana Colanzi o Mónica Ojeda, aportan relatos que serán fácilmente identificables para sus lectores habituales y servirán como interesante carta de presentación para los no iniciados.

Por el lado de los autores más desconocidos (o menos leídos) para mi vienen alguna de las sorpresas más agradables. Destacan especialmente 4/5 relatos:

  • "La cinta roja" de la hondureña María Eugenia Ramos, un relato brutal cargado de simbología.
  • "El río, una pasta espesa que no hace olas" de Jon Bilbao, relato carveriano de parejas y amistades, mentiras o medias verdades y tensión "subterránea" algo alejado en lo estilístico de lo que yo he podio leer de su obra.
  • "Marginalia" del costarricense Carlos Fonseca, un relato en el que se juega con la literatura como forma de huida o de entrada a otras vidas posibles.
  • "El barbero de Hialeah" del cubano Carlos Manuel Álvarez y su impactante final.
  • "Serenatas" del venezolano Juan Carlos Méndez Guedez, quizá el relato más arriesgado en lo estilístico, con sus diferentes voces y tiempos y su aire de "culebrón"

En definitiva, 18 más que interesantes relatos que beben de múltiples influencias, tanto del propio Sur como del Norte, que poseen una serie de elementos comunes (la emigración, la violencia, el desarraigo, la propia literatura) y que demuestran que la cantera de "cuentistas" latinoamericanos está muy pero que muy viva. ¡Y que dure!.

lunes, 12 de abril de 2021

Álvaro López Martín / Marta García Villar: Mi vecino Miyazaki

Idioma original: castellano

Año de publicación: 2017

Valoración: Está bien (Recomendable para fans)


Es lo que tienen los libros sobre cine, o también sobre música, que en principio nos atraen por aquello de lo que sabemos que van a hablar, porque es algo que conocemos, que nos gusta o nos interesa en alguna medida. De forma que empezamos con un cierto prejuicio generalmente positivo, un poco lo que me ha ocurrido en este caso. Conozco unas cuantas de las películas de Hayao Miyazaki (o mejor, de Studio Ghibli), algunas vistas bastantes veces, y se me ofrece un libro que a primera vista tiene ya un evidente aspecto laudatorio, de esos que parecen destinados a lucir en la estantería, con formato generoso, tapas duras y muchas ilustraciones. Pero a pesar de este segundo prejuicio, ahora más bien negativo, supongo que algo nos contará sobre este popular e inconfundible cine japonés, en apariencia destinado a los niños aunque seguramente con mucho más contenido detrás.

Antes de nada, para los que no conozcan el tema, Ghibli es un importante estudio de animación japonés creado por Isao Takahata (Heidi, Marco), Hayao Miyazaki y el productor Toshio Suzuki. Su primera película fue Nausicaä del Valle del Viento (1984) y parece que Miyazaki, ya bastante mayor, prepara ahora la que será la de su despedida, años después de que Takahata hubiera fallecido. Son casi siempre largometrajes, varios de ellos muy conocidos y objeto de numerosos premios en el ámbito internacional. Y sobre todo, en mi opinión, trabajos con un sello especial, artesanal, claramente alejados de los productos Disney y sus réplicas.


El libro hace un repaso exhaustivo de todos los títulos del estudio, dedicando unas cuantas páginas a cada uno, acompañadas de imágenes significativas, breves comentarios en relación con su gestación y algunas otras anécdotas sobre los relatos o mangas en los que se han basado, su banda sonora o las circunstancias de su producción. Aquí encuentro el primer motivo de crítica: será una apreciación personal pero dedicar el mismo espacio a todos los títulos da al libro un aspecto de catálogo que le hace perder bastantes puntos. No dudo de que haya cosas interesantes que contar sobre la mayoría de las películas, pero creo que hubiese sido más lógico destinar a cada una la atención que de verdad requiere, que no siempre ha de ser la misma. En concreto, entiendo que debiera haberse otorgado un lugar más destacado a las más emblemáticas y que han dado a conocer el sello de Ghibli, todas alrededor del año 2000: La princesa Mononoke y, sobre todo, El viaje de Chihiro y El castillo ambulante

Aunque este no es un blog sobre cine, no me quedaré sin decir que estas películas han llevado a su nivel más alto el cine de animación por la complejidad y valentía de sus guiones, la perfección de las imágenes (esos fondos maravillosamente detallados), la riqueza de sus personajes o la música que los acompaña (esa soberbia banda sonora de El castillo ambulante, de Joe Hisaishi). En mi opinión estas tres películas, y más en general toda la filmografía de Miyazaki, marcan una ruptura decisiva en la animación, como a nivel creativo y técnico lo haría, casi al mismo tiempo aunque en otra dirección distinta, Pixar en Estados Unidos. Bueno, sin ser experto en estos asuntos, se habrá dado cuenta el lector de que con algunos infantes en casa uno se ha digerido una tras otra (y unas cuantas veces cada una) casi todas estas pelis. Pero volvamos al libro.

El análisis de las aproximadamente veinte películas se centra sobre todo en explicar el argumento, y ahí resulta algo escaso y excesivo a la vez. Excesivo cuando las películas no tienen demasiado que contar o su contenido resulta en alguna medida recurrente, con protagonistas similares (casi siempre infantiles o juveniles), o tramas en las que se repiten  episodios de amistad, amor, situaciones de desamparo y mensajes de superación personal. Y  escaso cuando los relatos se salen de ese esquema y ganan en complejidad o funcionan sobre escenarios de mayor peso, como La tumba de las luciérnagas. En este supuesto de películas de mayor riqueza, la limitación de espacio y la fijación por el argumento dejan poco margen a otras cuestiones que pudieran un interés especial, como las alusiones a la mitología y tradiciones japonesas, o los aspectos puramente artísticos o técnicos, las diferencias gráficas, e incluso narrativas, entre Miyazaki y Takahata, el uso del efecto máscara y el diseño de personajes, o por qué parece haberse detenido lo que parecía una evolución hacia historias más complejas.

Algo hay de todo esto, es  verdad, como también algunos amagos de tímida crítica que realmente son de agradecer. Pero en definitiva personalmente me sobra bastante del componente decorativo y promocional del libro, como también cierta pretenciosidad al describir argumentos que a veces son bastante simples, y echo de menos un análisis un poco más sólido (¿más serio?) de esta interesante filmografía, algo que indique que los autores son más que un par de fans que se saben de memoria cada minuto de cada película (que me da la impresión de que sí lo son). Seguramente me sobran y me faltan todas estas cosas que he comentado porque este no es quizá el tipo de libro adecuado para encontrarlas, aunque para cierto segmento de entusiastas más interesados en recrear la memoria y conocer unas cuantas anécdotas puede ser una opción interesante. Para gustos.


domingo, 11 de abril de 2021

Daniel Gascón: Un hipster en la España vacía

Idioma original: español

Año de publicación: 2020

Valoración: se deja leer (pero da un poco de sonrojo)

Para empezar, agradecer al autor que el título de su novela se ajuste como un guante a su contenido. No engaña a nadie excepto a aquellos seres retorcidos, como este que esto escribe, que piensa que en el ámbito literario tales obviedades no pueden darse y que los escritores (o algunos con cierta aura) suelen optar por títulos crípticos, aunque sea por la premisa esa de que título (o portada, o primera frase o primer párrafo) es elemento determinante para el primer impacto ante el lector / comprador / usuario. Así que aquí la sencillez (...) empieza por la descripción fiel al contenido esperado. No me extraña que alguna plataforma de streaming ya haya adquirido los derechos para una serie y todo, serie en la que no es difícil imaginar hasta a ciertos actores en ciertos papeles.

Serie, por cierto, que creo que no duraría más allá de una segunda temporada en que un equipo de guionistas se diese (obvia) cuenta de que la idea no da para más que eso. Chascarrillos, topicazos, analogías sobadas, escenas más o menos forzadas donde estirar y sobreexplotar el choque o conflicto o antagonismo entre el mundo rural y el estereotipo urbano. Por encima de personajes retratados en grano grueso y trazados con suma tosquedad, porque que de estas páginas solo se recuerden anécdotas trilladas, que si hay que ir a la era para pillar cobertura con el teléfono móvil (como ilustra la portada), que si el protagonista no puede sobrevivir sin su café en cápsulas y se lo hace llegar un dron de Amazon...
 
En fin, una historia esquemática que muestra un protagonista que huye de algún conflicto político capitalino, que se presenta en un pueblo de esa España vacía (con curioso homenaje a la obra de tal título de Sergio Del Molino) y que, como buen urbanita (porque los habitantes de la ciudad siempre serán venerados por los pueblerinos, con cierto recelo pero venerados porque ser de pueblo significa ser un borrico acomplejado al que hay que orientar por la vida para que no salga corriedo cuando vea un autobús) pronto los lidera y los orienta, hasta casi sin querer les seduce a las mujeres y le gana las elecciones al típico alcalde de toda la vida, machista y caciquil, al que los vecinos votan por ser simplemente el que más ha progresado. Y, como buen líder moderno, les enseña a gestionar sus cosas, les monta cursillos haciendo de coach sobre la nueva masculinidad, y los adiestra en el lenguaje inclusivo y les enseña a reivindicar la esencia de lo propio. Arranca iniciativas que solo un urbanita podría arrancar, porque ya se sabe que los de pueblo son muy cerraos. Poco importa que el protagonista se llame Enrique, su destino sea un pueblo de Teruel y su origen alguna organización de izquierdas que lo ha relegado a un segundo plano. Aquí, en esta deslavazada historia sin un recorrido pero con mucho potencial (televisivo, quiero decir), que parece más una sucesión de escenas poco trabajadas, que parece más un guion en borrador, que se universaliza porque éxodo rural lo hay aquí y en Dinamarca, en Perú y en Wisconsin, choque de mentalidades ídem de ídem, y todos los etcéteras posibles, se trata de pretender explotar un terreno que ya nos suena a todos. Con otro entorno, otro pretexto y mucho mejores resultados posteriores ya lo habíamos visto en Los asquerosos y, que me perdone Daniel Gascón, Santiago Lorenzo lo solventaba con mayor talento y recursos literarios. 
Puede que yo pensara que me enfrentaría a algo de mayor enjundia, no lo descarto, pero Un hipster en la España vacía es una novela intrascendente, casi una parodia fallida, tan local en su concepción como global en su trasfondo que suena, con las adaptaciones temporales y tecnológicas oportunas, a demasiadas cosas ya vistas y ya leídas.


sábado, 10 de abril de 2021

Leonardo Padura: Como polvo en el viento

Idioma original: español

Año de publicación: 2020

Valoración: Recomendable (más o menos)

 

Dust in the wind

All they are is dust in the wind.

Same old song

Just a drop of water

In an endless sea

All we do

Crumbles to the ground

Though we refuse to see

Del grupo musical Kansas (1977)

 

Transitar por esta novela coral o, lo que es lo mismo, por la vida y milagros de sus ocho protagonistas –tres de ellos con mayor relevancia, si cabe– durante aproximadamente un cuarto de siglo, es un ejercicio arriesgado, un carrusel de sensaciones que nos conducirá del éxtasis a la fatiga para elevarnos de nuevo a las alturas y dejarnos caer una vez tras otra hasta la última de sus casi 700 páginas. Tranquilos, ya que esta irregularidad tampoco se nota demasiado, depende mucho de las expectativas con que abramos nuestro ejemplar por primera vez. En mi caso disfruté lo inimaginable con El hombre que amaba a los perros y eso pasa factura ¡qué duda cabe! ¿Qué si recomiendo la novela? Por supuesto que sí, es más, la considero apropiada para casi todos los gustos. Concretaré para que puedan entenderme.

El título procede de Dust in the Wind, un viejo tema del grupo Kansas, mil veces versionado, cuya melodía es probable que hayan tarareado alguna vez ya que es de esas que se graban en la memoria afectiva y resuenan en nosotros cada vez que volvemos a escucharla. Quienes, en este caso, serán arrastrados por el viento de la vida serán los integrantes de un grupo de amigos nacidos y residentes en La Habana (Cuba); grupo indestructible –o eso pensaban ellos–, al que se refieren como el Clan y que al comienzo de la trama, recién iniciado 1990,  se reúne para celebrar el trigésimo cumpleaños de uno de ellos, Clara, cuya emblemática mansión, y ella misma, constituirán el núcleo en torno al cual se concentra un conjunto de alianzas, desencuentros, pasiones y enemistades que, junto a los avatares sociopolíticos que se sucederán a lo largo de la década irán determinando sus trayectorias.

Los rasgos individuales que definen a estos personajes quedan apenas esbozados, pero sus vínculos indisolubles o esos lazos aleatorios que se desatan fácilmente servirán para que el lector los identifique y determinarán gran parte de los acontecimientos que iremos presenciando. Sin olvidar el vínculo que mantienen con su propio país, que a unos les mantiene en él  suceda lo que suceda y a otros les atrae como un imán del que no pueden (ni quieren) deshacerse por mucho arraigo y éxito que hayan logrado en el lugar que les acogió. Hablábamos de amistad, pero el exilio es otro de los grandes temas cuya presencia es constante en cada una de las páginas. El exilio y sus efectos en personalidad, estado de ánimo, opiniones, posición social y afectiva y, desde luego, en los afectos que se dejaron allá. Es por eso que amistad y exilio se encuentran tan ligados en la novela que apenas pueden separarse.

Pero volvamos a esa celebración que sirve para presentarnos, no solo a Clara, también a Irving, Horacio, Walter, Bernardo, Elisa… y que tiene lugar tras habernos puesto al corriente del encuentro e inicio de la relación de dos jóvenes de ascendencia cubana y residentes en Estados Unidos, Adela y Marcos, cuyo parentesco con el Clan mencionado entenderemos fácilmente en esas vueltas adelante y atrás narrativas que se mantendrán a lo largo de toda la historia. En esa celebración, decía, se mostrarán los perfiles de todos ellos, pero sobre todo será el momento idílico previo a la tragedia, una o varias, que se producirán poco después. A  partir de ese momento, veremos salir de Cuba a algunos de ellos, a lo largo del tiempo, por motivos diversos y con excusas diferentes; se consolidarán afinidades, se derribarán afectos que parecían indestructibles y la constelación amistosa se irá modificando sin cesar hasta un desenlace no tan imprevisible gracias a una serie de pistas que jalonan el relato y que no nos pasarán desapercibidas a poco que estemos atentos.

Recordemos que Padura ha frecuentado la novela negra, de ahí que la trama contenga misterios de varios tipos, entre ellos un suicidio (¿o fue asesinato?) cuyas circunstancias o parte de ellas no conoceremos hasta el final tal como mandan los cánones. A esto hay que añadir una desaparición, identidades confusas, filiaciones no aclaradas del todo y el viento del destino que, en forma de circunstancias externas y de fuerzas temperamentales, arrastra a los personajes en todas direcciones, tanto físicas como emocionales, incluso existenciales y éticas.

El paisaje habanero, sus gentes y la fuerza de atracción que todo ello ejerce sobre los que quedaron a un lado y otro de la frontera cubana será una presencia constante. Simboliza, como imaginarán, la llamada de la tierra, pero hay otro paisaje que, aunque secundario, producirá también un impacto emocional en el lector, un paraje agreste situado en Tacoma, al noroeste de Estados Unidos, cuyo efecto espiritual en el personaje de Loreta servirá para dar un giro definitivo a los acontecimientos. Y es que aquí vamos a encontrar de todo: creencias religiosas, posiciones políticas, corrupción a gran y pequeña escala, deserciones y lealtades a prueba de bomba, ambiciones personales y resignación de por vida, amores y odios, idealismo y pragmatismo, rencor, admiración y deseo. Sin olvidar algún episodio no demasiado verosímil y esos tiempos muertos y escenas irrelevantes, puede que demasiadas, de las que les hablaba al principio y cuya ausencia, en mi opinión, reduciría la novela a la mitad mejorándola notablemente.


Otras obras de Leonardo Padura: El hombre que amaba a los perros, Aquello estaba deseando ocurrir, La cola de la serpiente, Máscaras, Herejes

viernes, 9 de abril de 2021

P. Djèlí Clark: Ring Shout

Idioma original:
Inglés 
Título original: Ring Shout
Año de publicación: 2020
Traducción (al catalán): Martí Sales
Valoración: Recomendable (especialmente para jóvenes)

1922. Macon, Georgia. Una joven negra llamada Maryse se dedica, junto a sus amigas Sadie y Cordy, a matar monstruos. Monstruos que fueron invocados mediante brujería en 1915 y se han camuflado entre los miembros del Ku Klux Klan. 

Como podéis ver, la premisa de Ring Shout es sumamente atractiva. Y lo que empieza siendo un sencillo entretenimiento "pulp", un relato de venganza un tanto plano, no tarda en incorporar satisfactoriamente rasgos de fantasía, terror, drama y crítica social.

De esta novela destacaría lo siguiente: 


  • Los eventos reales que le sirven de telón de fondo (la esclavitud, los linchamientos, el segregacionismo, etc...) hubieran sido justificados por escritores menos competentes que P. Djèlí Clark a través de influencias sobrenaturales, y no al revés.
  • Le da un arco a su protagonista. Es algo lineal, pero deja buen sabor de boca.
  • Su villano, Clyde el carnicero, tiene un nombre cojonudo, un diseño moderadamente original y un rol amenazante.
  • En menos de ciento cincuenta páginas consigue comprimir un universo único, habitado por criaturas asombrosas y permeado por un sistema de magia la mar de interesante. 
  • Sus giros de tuerca funcionan a la perfección (salvo uno, que era un tanto obvio); no sólo me parecieron orgánicos, sino que añaden plausibilidad al conjunto. El que justifica que Maryse sea la "chosen one", por ejemplo, excusa que este tropo por lo general nefasto haya sido empleado.
  • La salpica un humor que oscila entre lo meramente simpático y lo ocurrentemente cáustico.
  • Cobija secuencias que harán las delicias de los amantes de la adrenalina, la violencia y el "gore".
  • Además de reflexionar en torno al racismo, en qué es lo que hace que los hombres se conviertan en monstruos y en cómo todo ser humano debe luchar contra sus propios demonios, aborda multitud de temas de refilón: el folclore de los negros, el uso de "the N-word", la igualdad entre hombres y mujeres, el socialismo, la propaganda, el sensacionalismo en los medios de comunicación, las teorías conspirativas...
  • Su poderoso mensaje final viene a decir que la «rabia pura» que provoca la discriminación a aquéllos que la sufren «exige justicia», pero nunca debe combatirse con «odio».
  • Sus referencias a H. P. Lovecraft y su literatura. Mención especial para ésa que aparece en el epílogo y daría pie a una secuela. 
  • Su audacia a la hora de subvertir el subgénero del horror cósmico desde el respeto por sus fundamentos, aunque criticando sus excesos y sus rasgos identitarios más caducos, de un modo similar al perpetrado por obras afines (así a bote pronto me viene a la cabeza Territorio Lovecraft, de Matt Ruff).
  • Su capacidad para dialogar con la Historia americana y con diversas piezas artísticas de connotaciones supremacistas (pienso en El nacimiento de una nación, de D. W. Griffith).

En cuanto a los defectillos que le he encontrado a este texto, que son menores y para nada entorpecen la gratificante experiencia que supone leerlo, señalaría éstos: 


  • Va dirigido a un público "young adult", de modo que puede llegar a alinear a otras demografías. Asimismo, es innegable que cae en algunos vicios de este tipo de literatura. 
  • La voz narrativa sabotea ciertas escenas, pues su tono gamberro no acaba de casar siempre con los momentos de acción o tensión.
  • Su prosa, aunque funcional, podría haber compaginado tanta descripción con evocación, e incluir más figuras retóricas, aparte de los abundantes símiles.
  • En ocasiones se pasa de peliculero, lo cual dificulta tomarlo en serio. 
  • Me hubiera gustado que se le diera foco a la faceta de contrabandista de licores del grupo protagónico.
  • Echo en falta la complejidad y desarrollo de Maryse en el resto de personajes, así como una mayor sofisticación en sus dinámicas e interacciones mutuas. 
  • Quizá las motivaciones de las Tías, que son ambigüas durante sus primeras apariciones, se esclarecen demasiado para mi gusto en el epílogo.

Sea como fuere, Ring Shout es una ficción adictiva, repleta de buenas ideas, ejecutada con solvencia y portadora de un mensaje relevante. La recomiendo a los amantes del "pulp" con trasfondo; a los admiradores de Lovecraft que estén dispuestos a admitir que las bases sentadas por él pueden dar pie a seductoras variaciones; a todo aquel que quiera pasar unas horas entretenidas a la par que rumiar sobre diversas problemáticas que llevamos arrastrando desde hace siglos. 

jueves, 8 de abril de 2021

Javier Martín: No hay tierra sagrada para los vencidos

Idioma original: Español
Años de publicación: 2020
Valoración: Más que interesante

A medio camino entre la crónica, el reportaje y el ensayo, "No hay tierra sagrada para los vencidos" es un texto en el que se desgranan las razones de las crisis migratorias de la última década y en el que se recorren escenarios clave en la geopolítica mundial de comienzos del siglo XXI (y lo que viene, ojo).

Su comienzo, con testimonios de jóvenes migrantes procedentes del África subsahariana, de territorios marcados por la guerra, la desigualdad y el expolio, acerca al texto a la crónica (al estilo, por ejemplo, de Alexievich), aunque Javier Martín no se queda ahí y utiliza esos testimonios para el posterior desarrollo de temas que se sitúan en la raíz de los movimientos migratorios, como serían la merma de los modelos tradicionales de vida, la fragilidad política que asola al África mediterránea y al Sahel (con la excepción de la monarquía marroquí), el fracaso de las Primaveras Árabes, la expansión del yihadismo, la consolidación de la economía del contrabando de bienes y personas, etc.

Esa estructura, testimonio y reportaje, se repite a lo largo del texto. A las palabras de los migrantes se suman las de esclavas sexuales del Estado Islámico, de periodistas, comerciantes, etc que dan paso a la Historia (con mayúsculas). Y esta inserción de las historias (con minúsculas) en la Historia funciona de maravilla y sirve para poner rostro y dar voz a personas que no dejan de ser peones o títeres de sátrapas, tiranos, multinacionales y democracias consolidadas que no hacen otra cosa que jugar una gran partida de ajedrez en un tablero en el que poco o nada tienen que decir sus teóricos propietarios.

Pero el recorrido no se limita al presente sino que retrocede en el tiempo y repasa, por poner como ejemplo los temas más desarrollados en el texto, el origen y extensión del yihadismo en la región desde los tiempos de la invasión soviética de Afganistán o la revolución iraní o el recorrido de Libia desde los tiempos de la colonia italiana hasta la actual guerra "externalizada", con parada y fonda en los vaivenes gadafistas.

Más allá de nombres y fechas, algunos de ellos totalmente desconocidos para un profano en la materia como yo, el texto resulta sumamente interesante para el análisis, alejado de lugares comunes y visiones partidistas, de una realidad infinitamente más compleja y cercana de lo que a simple vista puede parecer.

miércoles, 7 de abril de 2021

Johannes Anyuru: Se ahogarán en las lágrimas de sus madres

Idioma original: sueco
Título original: De kommer att drunkna i sina mödrars tårar
Traducción: Neila García
Año de publicación: 2021
Valoración: está bien

Que el racismo y la xenofobia suponen un grave problema para la sociedad es algo evidente y, a pesar de que los países nórdicos son ejemplo en muchos aspectos relativos a la igualdad en su población y a la solidaridad social, Suecia no escapa a esta lacra que mina la vida en libertad de colectivos amenazados. Poner el foco en ello es el principal de este libro del sueco Johannes Anura que, envuelto de misterio e intriga, nos plantea hacia donde se dirige la sociedad de su país y, por extensión, la del resto de Europa y otros continentes.

Hábilmente, el autor empieza la narración con ritmo alto, pues ya desde las primeras páginas nos sitúa en medio del suceso que marcará el resto del relato: Anyuru nos traslada la tensión de la historia al ubicarnos en una tienda de cómics donde un famoso artista tiene previsto dar una charla sobre los límites de la libertad de expresión; el autor en cuestión se ha hecho famoso por publicar tiras cómicas en las que se incluyen caricaturas de Mahoma (en algo que recuerda mucho al atentado a Charlie Hebdo tratado por Lançon en el libro «El colgajo») y eso es algo que le pone en el punto de mira de los diferentes grupos radicales islámicos que aprovechan la ocasión para cometer un atentado terrorista que será filmado y mostrado al mundo para difundir el terror y su ideología. Pero hay algo que no acaba de encajar, pues uno de los terroristas tiene dudas, sabe que hay algo que no encaja, pues su consciencia le repite, de manera reiterada, que «todo está mal». Y empieza a ver el atentado casi de manera ajena, como si la chica no fuera realmente ella, como si lo presenciara desde el exterior de ella misma, como si ese acto ya lo hubiera vivido antes.

Cabe decir, que esas primeras cuarenta páginas son de alto interés, con un elevado ritmo narrativo, con un creciente misterio e intriga; la escena está narrada con habilidad, manteniendo la tensión, ubicándonos entre el desconcierto y la convicción de los terroristas inexpertos pero convencidos, pues son conscientes de que «un solo acontecimiento puede despertar al mundo». Pero, y ahí hay un primer “pero” al relato, pues la narración, aunque atrayente, tiene un estilo que descoloca al lector al incluir recuerdos de la chica durante la escena con la finalidad de hacer entender al lector lo que pasa por la cabeza de la chica, pero que rompe la tensión del momento descrito. Este primer capítulo largo de narración algo atropellada es el preámbulo de la historia que se narra después, en un salto temporal hacia delante de dos años con el que empieza el segundo capítulo y que sitúa a la chica en un hospital psiquiátrico y desde el que invita a un famoso escritor a entrevistarse con ella para narrarle que, en realidad, ella viene del futuro.

Este es el inicio con el que parte el libro y es algo que se resume en la contracubierta del libro por lo que no explico nada que pueda estropear la lectura. A partir de aquí, de la entrevista del autor con la chica, vamos conociendo los detalles de su vida «en ese mundo del que yo vengo», de una vida en los márgenes de una sociedad que mira de reojo a los musulmanes y que, según la narración de la chica, con el paso del tiempo esa situación no mejorará, sino todo lo contrario. Con ello, nos muestra una sociedad que da pequeños pasos pero firmes hacia un futuro de radicalización, marginalización y maltrato a los musulmanes, convirtiendo Kåningarden (“el patio de los conejos”), el barrio donde vivía de pequeña, en un gueto, un lugar donde enviaban a aquellos que no querían firmar el contrato de ciudadanía y que, con ese pretexto, les bloquean las cuentas bancarias sometiéndolos a la pobreza. Un lugar que se acabó convirtiendo en un centro de refugiados donde ubican a «los enemigos de Suecia», extranjeros, musulmanes, vagabundos y «dividen a la gente en amigos y en enemigos. —Peor (…) Nos dividen en personas y animales», «habíamos sido parte de una Suecia que no era tal, una parte que aquel país que me rodeaba necesitaba para purgarse». Así, la sociedad del mundo del que la chica asegura venir está terriblemente radicalizada, en el que constantemente se difunde el vídeo del atentado para recordar quienes, y de qué religión, eran los causantes, y se forman sectas constituidas por grupos de extrema derecha que atacan e intimidan a los que viven en ese barrio. Y es en ese preciso barrio, segregado a su vez en zonas clasificadas según el nivel de “amenaza” que suponen sus habitantes, donde conoce a los otros dos chicos terroristas, Hamad y Amin. 

De esta manera, y este es el principal aspecto positivo del libro, el autor utiliza este escenario y la historia para hablarnos de los problemas de la segregación y la culpabilización de una parte de la sociedad, de cómo los mensajes lanzados afectan a la ideología de los ciudadanos hasta el punto de afirmar, de manera certera, que en uno de los tiroteos mortales en Kåningarden fue causado por un «sueco blanco con motivaciones racistas y, por lo tanto, los medios no lo llamaron terrorista, pues, de haberlo hecho, las familias suecas se verían necesariamente sometidas a escuchas, vigilancia y acoso». Ese es el sesgo mediático al que se ven sometidos los musulmanes y su denuncia es uno de los puntos fuertes del libro. Así, el libro es una reflexión sobre los diferentes pasos que se dan en una sociedad partiendo de la desconfianza hacia la diferencia étnica y la religión que, con el tiempo, la lleva a sospechar de los que no consideran parte de ellos y apartarlos, segregarlos y expulsarlos. Cada paso es necesario para llegar a ese final, cada pequeño gesto es un paso más que acerca a un país al desastre y a la injusticia. 

Pero, a pesar del buen planteamiento e intención del autor, el libro presenta algunos puntos débiles a mi entender, pues el tono, el ritmo y la estructura no ayudan a conseguir un gran resultado: la narración es demasiada fragmentada, demasiado fría, sin conexión con los personajes y sin frases o párrafos que lleguen a impactarnos y eso es algo que sorprende pues estamos hablando de un autor que proviene del mundo de la poesía que se destaca, justamente, por lo contrario. Otro de sus puntos débiles es la estructura, pues el libro entremezcla constantemente diferentes líneas temporales: por una parte, la vida de la protagonista y sus recuerdos de infancia y adolescencia, cuando el país se vuelve hostil hacia ellos y les fuerza a emigrar; por otra parte, su internado en el hospital psiquiátrico y las conversaciones con el escritor y, por otra parte, la propia descripción del atentado. Esta fragmentación y el hecho de que ella afirme venir del futuro y, por tanto, narre sucesos ocurridos y vividos en distintos momentos contribuye a erosionar el relato, pues a menudo cuesta distinguir el tiempo narrado y, con ello, reduce la atracción que sí había despertado en un inicio. Tampoco ayuda que tanto el escritor como la chica narran en primera persona, lo cual en ocasiones despista al lector hasta que se da cuenta de quien está narrando y cuál de las historias, pues en estilo no se perciben diferencias, tiene la misma “voz”, el mismo tono. Así pues, más allá del contexto, a veces es difícil distinguir narrador y época, lo cual supone un contratiempo y desconexión lectora.

Afortunadamente, el libro mejora en su segunda mitad, cuando se centra más en lo que le sucede a la chica en el internado más que en su pasado. Ahí sí el autor retoma el pulso del relato para profundizar en su parte más lograda e interesante, narrándonos el ocaso de la civilización, de las sociedades supuestamente abiertas donde se supone que todos caben, pero que, en realidad solo caben algunos, pues «nada en mi interior se libraba del olvido del mundo, nada recordaba que este mundo no era hogar para el ser humano»; un mensaje triste que el autor sentencia, en las páginas finales, aseverando que «puede que los refugiados estemos locos (…) porque hemos perdido el mundo que nos daba sentido». Esa es la verdadera tragedia y el propósito del libro: hacernos ver que en la sociedad deben tener todos cabida y respetar la diferencia, pues de lo contrario se entra en una radicalización que no lleva a nada positivo, sino todo lo contrario.