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viernes, 5 de septiembre de 2025

Madres de libro: Siberia. Un año después de Daniela Alcívar Bellolio

Idioma original: Español
Año de publicación: 2019.
Valoración: Bastante recomendable

No importa que tu historia personal sea extraordinaria o banal, alegre o dolorosa, que vivas en una gran ciudad o en la aldea más remota de la estepa kazaja. La clave en la literatura autobiográfica (o de base autobiográfica) está en tu capacidad, como autor, de trascender, de remover, de conectar de alguna manera con el lector. En todo esto y, también, en no caer en el lugar común, en la autocomplacencia o en el "ombliguismo".

Estos son los peligros a los que creo que se enfrenta y que consigue eludir un libro como Siberia. Un año después, texto en el asistimos a la deconstrucción y reconstrucción de la vida de su protagonista a partir del hecho devastador que supone el fallecimiento de su hijo recién nacido (Cuidado que aquí el "a partir de..." no coincide con el punto de partida de la narración sino con el núcleo central desde el cual el texto se ramifica hacia el pasado y el porvenir, rompiendo así la linealidad y ofreciendo una imagen más real de lo que es la vida, una sucesión de hechos aleatorios e inconexos partidos por las heridas visibles e invisibles que deja el trágico suceso).

Digo que Alcívar Bellolio consigue eludir esos peligros y lo hace a través del fondo y de la forma. Es la suya una búsqueda, un retorno y una huida (al mismo tiempo), una narrativa visceral del cuerpo y del alma, una narrativa de la devastación, la culpa, el dolor, el deseo y el miedo que evita lo autocomplaciente en su búsqueda de sentido, una narrativa de alta carga poética y sensorial que rompe con lo lineal para tratar de juntar los retazos de un ser que quedó partido por la tragedia y que, a pesar de esta, busca la luz de los blancos espacios sin cartografiar entre los mares oscuros de la psique humana.

Es, en resumen, un texto fragmentario, duro, desgarrador (Llevo en el alma un tatuaje ... llevo en el vientre una herida, y por dentro el útero hendido...llevo en el vientre un hueco infinito de dolor...) que pone nuevamente de manifiesto la extraordinaria salud de la que goza la literatura latinoamericana, en general, y ecuatoriana, en particular, escrita por mujeres.

domingo, 18 de mayo de 2025

Solange Rodríguez Pappe: La primera vez que vi un fantasma

Idioma: español

Año de publicación: 2018

Valoración: entre recomendable y está bien

Confieso no saber mucho sobre literatura ecuatoriana y lo que conozco se limita a unas cuantas escritoras actuales (Mónica Ojeda, María Fernanda Ampuero, Natalia García Freire), excelentes y que cultivan una literatura que, si bien no se puede adscribir del todo al género de terror, sí que resulta bastante inquietante (como poco). A este trío de nombres puedo añadir ahora el de Solange Rodríguez Pappe, que en 2018 publicó este libro de relatos, varios de los cuales sí que entrarían, en este caso, dentro de las premisas del género, incluso en su vertiente sobrenatural. Eso no quiere decir que todos los cuentos incluyan este componente ultraterreno, pero sí, quizás no por casualidad, varios de los mejores, según mi gusto. Se trataría del primero, Tiempo para de desayunar, en el que nos relata el día a día en un espacio liminar que podríamos identificar con alguno de los que nos aguarda, según la religión cristiana, más allá de la muerte -otra cosa es de cual se trata... O de si se trata de esto y no de otra cosa diferente, pero igual de desoladora-; La historia incómoda que contó Olivia el día de su cumpleaños, en el que el humor se combina perfectamente con lo espeluznante; El atanudos, un efectivo cuento sobre la superstición, las maldiciones y cómo evitarlas y el relato que da título al volumen, La primera vez que vi un fantasma, que trata justamente sobre eso -o quizá no y sea la narradora quien se convierte en un fantasma en vida-, tras una historia que podríamos considerar un noir desesperanzado. También lo sobrenatural es el motivo último de Un paseo de domingo, aunque, en mi opinión, el nivel de este cuento está un poco por debajo de los anteriores, por más que también responde a una idea notable. Algo parecido ocurre con Instantánea borrosa de mujer con luna, un microrrelato que recrea el mito vampírico.

Un elemento no tanto sobrenatural, pero sí fantástico o, en algún caso, distópico, es lo que encontramos en los relatos Matadora, sobre una familia formada por una madre, su hija y una gata, que tratan de encajar en un nuevo domicilio; Un hombre en mi cama, distopía romántico-futurista que con un trasfondo de calentamiento global y complicadas relaciones personales; Confeti en el cielo, que ya directamente nos narra la noche del fin del mundo, desde la perspectiva de una mujer que vive en alguna ciudad latinoamericana y los más surrealistas Funeral doméstico y Pequeñas mujercitas (éste último trata, precisamente de eso, de una colonia de diminutas mujeres, un tanto salvajes,  que viven debajo del sofá de casa de los padres de la narrador). Paladar, por su parte, no tiene ese toque fantástico, pero sí macabro -o no- y la protagonista, al igual que en muchos de los demás relatos, es una mujer latinoamericana, en este caso casada con un gringo al que le gusta explorar las gastronomías exóticas. Por último, mencionar otros tres relatos -micro, en realidad- que se  alejan de los parámetros que he ido mencionando y que casi podemos considerar más como ejercicios literarios que narraciones con todos sus sacramentos: Conversación de los amantes, Cuento antes de ir a la cama y Pistola cargada. Éste último, que es el más extenso y también, creo yo, el mejor de los tres, resulta más interesante, además, porque se trata de un ejercicio irónicamente metaliterario -sí, la pistola del título vendría a ser la famosa "pistola de Chéjov"-; en todo caso, es un cuentito a la altura de los mejores del libro.

La sensación que deja la lectura de esta recopilación de cuentos es algo ambivalente: muy satisfactoria en el caso de los primeros cuentos que he mencionado, algo menos en los últimos. pero, sobre todo, la idea de un tipo de narración adscrito -aunque no del todo, o no siempre- a lo fantástico, pero que deja un regusto más agridulce, melancólico, incluso, que la mayoría de la literatura que podemos considerar de este género. En cualquier caso, dan ganas de seguir leyendo la narrativa de esta autora, sean relatos (que creo que es lo que más ha cultivado) o novela, un nombre más que añadir a la magnífica y extensa lista de escritoras latinoamericanas que nos están dando esta época en la que vivimos.

miércoles, 13 de noviembre de 2024

Reseña + entrevista (a cuatro manos): La máquina de hacer pájaros de Natalia García Freire

Idioma original: Español

Año de publicación: 2024

Valoración: Bastante recomendable

Normalmente es a la inversa. El camino "habitual" suele ir del cuento a la novela, pero Natalia es una escritora peculiar hasta para eso y La máquina de hacer pájaros llega tras dos novelas y más de 3 años de silencio. Y no es cuestión de comparar, sobre todo porque tengo Trajiste contigo el viento en la pila de pendientes desde hace demasiado tiempo, pero si Nuestra piel muerta ya nos dejaba ver a una escritora de gran potencial, La máquina de hacer pájaros confirma ese potencial y muestra a una autora madura y con un universo personal absolutamente reconocible.

Once son los breves relatos que conforman un volumen que, además de coherencia interna en cuanto a obsesiones y temáticas, resulta sorprendente por la circularidad con la que se cierra. Las obsesiones y temáticas siguen una línea continuista (al menos con el ya citado Nuestra piel muerta): el cuerpo, la infancia, la muerte o la violencia atraviesan, de una u otra manera, la gran mayoría de los relatos. Destacaría, especialmente, el cuerpo. En La máquina de hacer pájaros (otra presencia constante, por cierto) encontramos cuerpos en transformación, cuerpos en transición, cuerpos rotos, cuerpos que despiertan deseo o repugnancia, etc. Quizá podríamos hasta hablar de relatos escritos con o desde el cuerpo.

Otro aspecto destacable del volumen son las atmósferas, que se mueven entre lo espectral y lo onírico, aunque ancladas en la realidad. Imprescindibles para la consecución de esas atmósferas son las imágenes, cercanas casi a una poética maldororiana, que crea Natalia en sus relatos. Dos buenos ejemplos lo constituyen Formas de reparar lo que no está roto, relato que podría encajar en el Ahí fuera de Kate Folk, y Yo amo a Paquita Gallegos, extraño cuento de revelación / reconocimiento de magnífica ambientación.

Pero lo curioso es que esas atmósferas no son construidas desde lo explícito. Hay una sordidez general en La máquina de hacer pájaros que procede más de lo no contado y que juega con situaciones grotescas que rozan, en ocasiones, el humor negro. Claro ejemplo de lo primero es el circular y terrible Cabeza quemada, relato sobre muertes y renacimientos fuera del tiempo y el espacio; de lo segundo, el mejor exponente es La persona de la que te enamoraste, uno de mis textos favoritos.

Lo anterior me lleva a pensar en un realismo mágico-grotesco (¿podría ser?), en un gótico andino pasado por filtros de humor negrísimo. Etiquetas que sirven para dar una idea, sí, pero que no dejan de ser meros reduccionismos. Al fin y al cabo, hablamos de literatura de la buena y eso es lo que cuenta.

También de Natalia García Freire en ULAD: Nuestra piel muerta

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Y aquí os dejamos la entrevista que a cuatro manos hicimos el gran José de Monfort y un servidor a Natalia García Freire:


martes, 16 de julio de 2024

Reseña + Entrevista: Visceral de María Fernanda Ampuero

Idioma original:
español
Año de publicación: 2024
Valoración: Muy recomendable
 
Empiezo por decir que María Fernanda Ampuero es una autora a la que admiro y a la que sigo desde hace unos años (y por eso ha sido un especial placer poder entrevistarla); he leído sus libros de relatos góticos / de terror Pelea de gallos y Sacrificios humanos y el segundo de ellos incluso ha sido una de las lecturas en alguna de mis clases de Literatura Hispanoamericana. Así que cuando vi que había sacado un nuevo libro, este Visceral, me lancé a comprarlo, sin leer nada al respecto y pensando que compraba un libro semejante a los anteriores, en cuanto a género y temas.

Y no, Visceral no es un libro de cuentos, ni siquiera es un libro de ficción; y tampoco es un libro de género fantástico o de terror, aunque quien haya leído los cuentos de Sacrificios humanos reconocerá las evidentes continuidades en cuanto a las preocupaciones de la autora: el colonialismo y la migración, la violencia contra las mujeres y el machismo.... De hecho, como el propio texto de Visceral dice en un determinado momento, el terror es un género que expresa el Zeitgeist, los miedos y ansiedades de cada época. 

Si Visceral no es un libro de relatos, ni de ficción, ¿entonces qué es? Pues uno de esos libros que se suelen calificar como "inclasificables", por su carácter híbrido y su diversidad textual. Con capítulos que están próximos del ensayo o de la crónica, otros de las memorias o el diario, y algunos, sí, también próximos del relato, o incluso de la prosa poética. En muchos de los capítulos, o fragmentos, también nos internamos en el ámbito de eso que de forma bastante poco definida se denomina "autoficción", o "narrativas del yo", como las denominó Pozuelo Yvancos, ya que la narradora y protagonista comparte muchas características (nombre, origen, experiencias vitales) con la propia María Fernanda Ampuero.

Lo que da unidad al libro es, entonces, un tema que muta en diferentes manifestaciones: la violencia, la injusticia, el abuso o la desigualdad, sea en las coordenadas de raza, clase, género u orientación sexual, en relación con los cuerpos no normativos o conn las personas neurodivergentes. Hay, de hecho, me parece percibir, un plan o estructura en el desarrollo del libro, que comienza tratando temas de colonialidad e imperialismo (aunque con una perspectiva de género que no tiene por ejemplo Galeano, claro), introduce después la cuestión de la migración, obviamente relacionada con la anterior, y a través de este tema se introduce el tema de la familia, la gordofobia, la violencia de género, acabando por fin en un registro más privado, casi íntimo, también cronológicamente más próximo: el de la pandemia y la post-pandemia, y sus efectos en la salud mental (y obviamente en la física) de las personas.

Confieso que me costó un poco entrar en el libro, probablemente por la sorpresa de no estar leyendo el libro que esperaba, y también porque los primeros textos sobre la violencia colonial me parecen algo menos originales. Pero no hizo falta ni llegar a la mitad, para que textos como "Mórbida" o "Gorda" (cuyo tema no es difícil deducir) me convenciesen de que estaba ante un librazo. Un libro visceral, como su título indica, una bomba de rabia y denuncia en la que la honestidad y la justicia de sus reivincidaciones se alía con un lenguaje potente y una maleabilidad estilística notable. En definitiva, una gran lectura que añade nuevas facetas a la trayectoria de una escritora fundamental.

Entrevista:



jueves, 9 de mayo de 2024

Mónica Ojeda: Chamanes eléctricos en la fiesta del sol

Idioma: español

Año de publicación: 2024

Valoración: no sé qué decir

No me digáis que Chamanes eléctricos en la fiesta del sol no suena a nombre de una banda de neo-rock progresivo, al estilo de Derbi Motoreta Burrito Cachimba, aunque en plan andino. Pero no lo es... aunque bien podría serlo, porque la primera parte de esta novela se desarrolla durante un festival musical semiclandestino, en la falda del volcán Chimborazo, llamado Ruido Solar, en la que se mezclan el rock, el punk, el neochamanismo, las músicas tradicionales indígenas (o que las imitan), las tecnocumbias y yo qué sé que cosas más, y entre las que se cuentan, precisamente, las actuaciones de un grupo llamado Chamanes Eléctricos... Un grupo de chicas y chicos participantes en este festival deciden, en vez de regresar a sus hogares y a una realidad marcada por la violencia de las bandas de narcotraficantes, de la policía y el ejército y de los propios cataclismos naturales, proseguir su viaje y subir hasta un volcán lleno de agua para celebrar allí la fiesta andina del Inti Raymi (la "Fiesta del Sol" en quechua, precisamente). Aunque una de las chicas, Noa, tiene además el objetivo de encontrarse con su padre, que la abandonó cuando era pequeña para recluirse en un hacienda en medio del bosque alto de la zona.

Alrededor de Noa gira, precisamente, toda la novela, aunque sea el único personaje que no tiene voz en la misma, a diferencia de sus compañeros/as de aventura y de su padre, cuyos pensamientos conocemos a través de una suerte de diarios. La susodicha Noa se nos presenta a los lectores tanto como una especie de taumaturga o catalizadora de las fuerzas de la naturaleza, como un personaje con cierto aire de tragedia griega, el de una hija abandonada que acude en busca de su padre (auto) exiliado no tanto para pedir explicaciones como para provocar una catarsis con su presencia. un padre que, a su vez, se nos muestra como una mezcla de filósofo ermitaño, como un Diógenes, y de Norman Bates (que, en verdad, también era un ermitaño), un modelo, en todo caso, de la vida contemplativa, de la introspección autoindagadora, siendo los amigos de Noa  (y por seguir con las referencias helénicas), la representación del pathos primigenio, de la espiritualidad panteísta y la conexión con la Pacha Mama a través de la música y el baile... Y desde luego, esto te queda claro desde el principio, porque menuda turra la que dan los chavales, amigos y amigas lectores/as...

Porque ahí está la gran pega que se le puede poner a esta novela: que los personajes -cierto que cada uno con sus propias voces, algunas más exaltadas, por no decir flipadas, que otras- insisten una y otra vez sobre los mismos temas: la conexión espiritual con el padre Sol y la madre Tierra y sobre todo, con sus hijos los volcanes; la búsqueda de la misma a través del desenfreno músico-danzante, como modernas -o antiguas, dado que se trata también de recuperar la intuitiva sabiduría atribuida los pueblos indígenas- bacantes que adorasen de esta forma a todo lo que haya que adorar; el parloteo chamánico-psicodélico y sus derivadas poéticas, filosóficas e incluso religiosas... En fin, mucha, mucha cháchara que acaba convirtiéndose en la corteza más o menos dura de una burbuja de pretenciosidad y humo que el lector o lectora deben decidir si prefieren o no pinchar (cierto es que hay un par de voces, la de Nicole, mejor amiga de Noa y, hasta cierto punto, la de Pedro, que se salen de esa dialéctica y suponen un alivio entre tanta monserga ¿new-wave? ¿neoindigenista? ¿intoxicada, sin más?). El discurso del padre de Noa, por su parte, también agobia un poco, pero en otro sentido, el del ensimismamiento místico-polvoriento que, por supuesto, también puede ser bastante insufrible. Al final, uno tiene ganas de que el Chimborazo pete de una vez y sepulte de una p*** vez a toda esta gente... (Es broma. Peace & Love, mis panas).

Supongo que no es necesario, pero me gustaría dejar claro que esa pretenciosidad a la que aludo se refiere al discurso de los personajes de la novela, no a la labor de la autora de la misma (aunque ya me doy cuenta de que ella es la responsable tanto de elegir dichos personajes como su discurso, es obvio); muy al contrario, la prosa de Ojeda me parece excelente y perfectamente adecuada para caracterizar a cada uno de los personajes -algo de especial relevancia puesto que los conocemos, salvo a Noa, a través de sus monólogos-; si la idea es que uno u otro nos resulten unos cansinos o unas petardas de cuidado, la autora es consecuente con sus respectivas idiosincrasias y les hace soltar a cada uno el speech correspondiente. No hay problema, en principio, pero llega un momento en que, por acumulación, la cosa se te hace  (se me hace) bola. Y eso que, por momentos y merced a la persuasión de un estilo y una destreza literaria sin duda más que notables, a uno (a mí) se le olvida aquello que no le acaba de convencer de la novela y se deja atrapar por la magia (lo siento, no hay otra forma de decirlo) de unas palabras hábilmente elegidas y ordenadas, de un ritmo y una tensión narrativa bien conseguidas y de una historia que, al menos por lo que respecta a su argumento, no carece de interés. De ahí mi valoración, que es posible que decepcione a quienes buscan un dictamen rápido e inequívoco para saber si acercarse o no a un libro: en este caso, no sé muy bien qué pensar. De verdad lo digo...

(La cubierta del libro, eso sí, es magnífica).

Otros (y estupendos libros de Mónica Ojeda reseñados en este blogNefandoMandíbulaLas voladoras

sábado, 2 de marzo de 2024

Jorge Icaza: Huasipungo

Idioma original:
español
Año de publicación: 1934
Valoración: recomendable como lectura, imprescindible como documento
 
Hay libros que quizás no sean lecturas agradables o particularmente placenteras; que quizás no se transformen en tu libro favorito, ese al que vuelves una y otra vez, y que regalas a todas tus amistades a la primera oportunidad; pero que sin embargo constituyen documentos imprescindibles para comprender un lugar y una época, para denunciar opresiones o injusticias a través de la ficción. Ese es el caso de Huasipungo, una obra cuya lectura puede ser ardua (por su forma y por su contenido), pero que ofrece un conmovedor e impactante testimonio de la situación de explotación inhumana en la que se encontraban los indígenas en el Ecuador de comienzos del siglo XX.

Para ofrecer este testimonio, la novela explora y entrelaza los destinos de dos hombres bien diferentes: Alfonso Pereira, el dueño de una extensa y mal gobernada plantación en el interior de Ecuador; y Andrés Chiliquinga, un indio de la hacienda de Pereira acosado por la desgracia, la miseria y la injusticia. Al comienzo de la novela, Alfonso Pereira, hostigado por su tío y por un inversor estadounidense (pero también por el embarazo no deseado de su hija) decide trasladarse a sus propiedades de Cuchitambo, para supervisar la instalación de una explotación maderera y la construcción de una moderna carretera. Vemos, así, que la situación de miseria y práctica esclavitud en la que vivían los indígenas (con sus "huasipungos", pequenas parcelas de tierra cedidas por los terratenientes, como única posesión) se ve empeorada aún más, con la imposición de nuevos trabajos, nuevas violencias, nuevas injusticias. 

La crítica de Jorge Icaza es implacable: tanto el poder económico (representado por Pereira y por el señor Chapy, con su deseo de enriquecimiento a cualquier coste), el poder político (representado por el teniente político Jacinto Quintana) o el poder religioso (en la persona de un cura avaricioso, lujurioso y sin escrúpulos), todos demuestran el mismo egoísmo, la misma deshumanidad, el mismo desprecio por los indios, a los que tratan como posesiones reemplazables y molestas. Tampoco los propios indígenas aparecen en absoluto idealizados: son seres alcoholizados, violentos con sus mujeres, negligentes con sus hijos, supersticiosos, sumisos. Es obvio que la simpatía del narrador (y del autor) están de su parte, pero eso no significa que se los eleve a la categoría del "buen salvaje".

Como decía al principio, esta puede resultar una lectura algo ardua, en primer lugar porque no se escatiman detalles en la descripción de las numerosas violencias (psicológicas, físicas y sexuales) que se ejercen sobre los indios o, en menor medida, los "cholos", o de las condiciones miserables e infrahumanas en las que viven los indígenas. (La escena en la que los indios, incluidos Andrés y su familia, consumen carne podrida de buey es paradigmática en este sentido). Por otra parte, hay un esfuerzo consciente (y progresivo a medida que avanzaban las ediciones de la obra) por representar con fidelidad el habla de los indios, que mezcla un español deformado con palabras y estructuras propias del quecha; aunque la novela incluye un útil glosario al final, puede resultar difícil comprender algunos diálogos, sobre todo al principio de la lectura.

Que el principal valor de la novela sea su carga de denuncia de una opresión inhumana, no quiere decir que carezca de virtudes o valores estéticos: las causas más justas pueden dar lugar a obras artísticas infumables, pero no es este el caso. En primer lugar, cabe destacar la inteligencia y eficacia de la estructura narrativa, que combina la alternancia de focos (entre Pereira y Andrés) anteriormente mencionada, pero también una progresión o adensamientod e los conflictos que llevan a un desenlace inevitable. También sorprende la belleza (aunque sea una belleza terrible) de ciertas páginas o ciertas descripciones de paisajes, personajes o situaciones, o la potencia de muchas escenas, como aquella en la que un indio queda atrapado en el lodo en medio de la corriente durante la construcción de la carretera. 

Por todo ello (su capacidad de denuncia, unida a su magistral composición, Huasipungo está considerada como una de las principales representantes, si no el principal, de la novela indigenista, a la que también pertenecen Los ríos profundos de José María Arguedas o El mundo es ancho y ajeno de Ciro Alegría. Se trata de un subgénero específico de Hispano-América, pero que puede relacionarse con el desarrollo del realismo social en otras latitudes o tradiciones. Así, el grito con el que acaba la novela ("¡Ñucanchic huasipungo!", "¡el huasipungo es nuestro!") trasciende su ámbito concreto, para convertirse en un grito solidario con muchos otros: el grito de los oprimidos que se rebelan contra sus opresores.

miércoles, 28 de abril de 2021

María Fernanda Ampuero: Sacrificios humanos

 Idioma: español

Año de publicación: 2021

Valoración: muy recomendable


Al feliz auge que está viviendo en este siglo XXI la literatura escrita por narradoras hispanoamericanas se han sumado con compresible interés algunas editoriales de este lado del Atlántico (de los dos, en algún caso), tanto pertenecientes a grandes grupos como de las llamadas independientes (maś o menos, también en algún caso): Anagrama, Sexto Piso, Candaya... o, como ocurre con este último volumen de relatos de Mariana Fernanda Ampuero, Páginas de espuma, que ya publicó su anterior y celebrada Pelea de gallos

Para quien haya leído este otro libro, decir que tanto el estilo como los asuntos tratados en los cuentos reunidos en Sacrificios humanos son similares: la violencia, efectiva o latente, sufrida por las mujeres; la marginación y el desprecio hacia los diferentes, los desfavorecidos por la Fortuna o los caprichos de la genética; el inierno sórdido que puede ocultarse tras la fachada de la institución familiar; la crueldad que una sociedad desalmada reserva para los más débiles... y, sobre todo, el miedo, el miedo que recorre todos los relatos de este volumen, adoptando una u otra de sus múltiples y cambiantes formas. Porque la mayoría de los cuentos se pueden encuadrar en ese género híbrido, y por ello tan fecundo, entre el costumbrismo y lo fantástico -léase terrorífico- que cultivan con similar excelencia otras escritoras latinoamericanas actuales ("gótico ecuatoriano", en este caso, ya que no me atrevo a calificarlo de "andino", puesto que Ampuero es de Guayaquil, en la costa).

Al igual que en la recopilación anterior, estos relatos están escritos con un estilo contundente, incluso impúdico y violento, si se quiere... la diferencia es que si en Pelea de gallos algunos cuentos, aun siendo notables, se "pasaban un poco de frenada", por decirlo así, y se hubieran beneficiado de un poco de contención a partir de algún momento, en los de este libro, siendo tanto o más vehementes y hasta tremendistas, no sobra ni falta nada. Si alguno no me ha parecido redondo del todo, se debe a algún quiebro de la historia, una dirección narrativa que no ha acabado de convencerme o a que la alegoría que expresaban era demasiado evidente. Pero la adecuación entre forma y fondo es siempre perfecta. Por otro lado, excepto un par de relatos -destaca Sacrificios, escrito en forma de diálogo que mantienen un matrimonio atrapado en el laberíntico parking de un centro comercial-, están todos escritos en primera persona, lo que acentúa la empatía, o incluso identificación que sentimos con las protagonistas. Y pongo "las" porque , también excepto en un par de ellos, Sanquijuelas y Freaks -dos de los mejores, por otra parte-, las protagonistas-narradoras son féminas: inmigrantes desamparadas -Biografía-, niñas o adolescentes -Creyentes, Silba, Elegidos-, sufridas criadas -Pietá-, esposas violadas, maltratadas -Edoth, Lorena-, siempre víctimas o testigos de la violencia que se ejerce contra ellas y sus congéneres , y que es, junto con el miedo, el principal vector que actçua sobre estos relatos. aunque también he de decir que, en mi opinión, el mensaje de este transfondo llega con más efectividad cuando lo hace de forma más sutil. Lo mismo ocurre con el transfondo de conflicto social que también aparece en alguno de los cuentos.

En cualquier caso, quiero dejar claro que todos los relatos de Sacrificios humanos muestran un magnífico nivel literario y una gran madurez como narradora de su autora; si a alguno de ellos le pongo alguna que otra pega, es tan sólo por comparación con la media docena o más -¡de doce!- que resultan excelentes, de una calidad, frescura y autenticidad fuera de dudas. Menos mal que los relatos son cortos y el libro, por tanto, finito, porque tal derroche de talento y buen oficio resulta incluso apabullante.


También de Maria Fernanda Ampuero en Un Libro Al Día: Pelea de gallos

viernes, 16 de octubre de 2020

Mónica Ojeda: Las voladoras

 Idioma: español

Año de publicación: 2020

Valoración: sin duda, recomendable

Esperado libro de relatos (al menos para sus admiradores, entre los que me cuento), de esta joven escritora ecuatoriana en la que muchos tenemos puestos nuestras mayores esperanzas; esperanzas que ya son realidades, en verdad, como atestiguan sus libros publicados hasta la fecha. En este caso, se trata, ya digo, de un breve volumen de relatos encuadrados en lo que alguien ha dado en llamar "gótico andino". No seré yo quien lo desmienta, pese a que estas etiquetas siempre resultan algo desconcertantes, amén de reduccionistas... En fin, más discutible aún resulta lo de "gótico sureño" y bien de éxito que ha tenido el "conceto" que decía aquel...

Pero al lío: Las voladoras está compuesto por ocho relatos (me resisto a llamarlos "cuentos", pese a que alguno pueda recordar los más terribles cuentos de los hermanos Grimm, por ejemplo) de extensión variable, aunque la mayoría oscilan entre las diez y veinte páginas. Son todos relatos que podríamos adscribir al género de horror o, mejor aún, "malrollero", si me permite el término, sin que siempre esté presente el elemento fantástico o sobrenatural. En varios no es así, de hecho, y justamente es esa conciencia de que lo que sucede en ellos podría pasar en nuestra ciudad o pueblo, en la casa de al lado, en nuestro entorno más próximo, es lo que genera, tal vez, mayor desasosiego. Aunque difieren de unos a otros en cuanto a su trama y circunstancias, hay elementos comunes a todos los relatos, o casi, además de la excelencia de la prosa de esta autora, una auténtica malabarista a la hora de utilizar ciertos registros, como el uso del narrador en primera persona. Éste, por cierto, es el primero de los rasgos comunes a todo el libro: 

  • El uso de la primera persona y, en casi todos los relatos -excepto el último, en realidad-, por parte de narradoras femeninas, ya sean adolescentes o mujeres adultas. A las que les pasan cosas muy chungas, por cierto...
  • La familia y las relaciones, en general, tortuosas entre sus miembros como ámbito en el que se desarrollan las historias o que al menos las condiciona de una manera determinante. El único relato donde no sucede esto, Soroche, tiene lugar entre un grupo de amigas que se conocen desde niñas, casi como hermanas... (las hermanas auténticas y sus no menos peculiares relaciones parecen en algunos de los otros relatos, por cierto).
  • El cuerpo humano o partes de él (la cabeza, los dientes, la sangre, el oído, la lengua) y sus pegajosa materialidad, su degradación, nuestra esclavitud inevitable a sus límites. Esta presencia de lo orgánico, de la crudeza inexorable de la biología, me parece un rasgo propio, casi definitorio, de la literatura de Mónica Ojeda, hasta donde yo conozco...
  • La raigambre andina o ecuatoriana de estos relatos. Cierto es que sólo algunos de ellos, como el que da título al volumen, Las voladoras -una especie de harpías, para entendernos-, el último, El mundo de arriba y el mundo de abajo y también Cabeza voladora están inequívocamente basados en las leyendas o religión propia del país de la escritora, mientras que Terremoto hace alusión a sus características geomorfológicas; los demás podrían desarrollarse lo mismo en Ecuador que en España, Estados Unidos o, yo qué sé, Escocia... Ahora bien, Ojeda se ha preocupado de poner algunas referencias a localidades u otros lugares de Ecuador para que situemos geográficamente sus relatos.
  • En muchos casos, las protagonistas/narradoras muestran un grado mayor o menor, pero siempre evidente, de obsesión, que puede centrarse en algún suceso o elemento de su vida, presente o pasado, así como en acontecimientos que ocurran fuera de ellas pero que les afecte de forma decisiva, .
Ahora bien, que nadie entienda que por compartir estos elementos comunes, los relatos del libro están cortados por el mismo patrón o son variaciones de un mismo tema. Nada de eso; de hecho, incluso estilísticamente hay diferencias entre ellos. Desde el surrealismo lírico -o lirismo surrealista- de los citados Las voladoras, Terremoto, o El mundo de arriba... al tono más estándar, dentro de una mirada subjetiva, de Cabeza voladora y Saroche, pasando por el subjetivismo en apariencia más confuso, de Sangre coagulada y Caninos. Y destacando sobre todos ellos, en mi opinión, la contundencia, el dominio del ritmo y del crescendo narrativo de Slasher, para mí el relato más redondo de todos -quizás junto al primero, Las voladoras-, de una rotundidad implacable y una ferocidad que recuerda a la de la anterior novela de esta autora, Mandíbula. Ya digo que creo que éste es el mejor relato, aunque también Las voladoras, Sangre coagulada, Caninos o Saroche me parecen de un nivel muy notable. Los demás también resultan muy interesantes, pero tal vez no alcanzan esa redondez de que he mencionado; en alguno de ellos, por ejemplo, la adición/ revelación de elementos, que van saliendo a la luz como capas de pintura de un mueble viejo, funciona de maravilla, como es el caso de Caninos, mientras que en otros, como Cabeza voladora, el resultado parece más forzado.

Por último, tendríamos el asunto de la inserción de este libro y esta autora dentro de ese ¿movimiento? ¿Generación? ¿Boom? de escritoras latinoamericanas de lo más "cañeras" al que estamos asistiendo en este siglo XXI y de las que hemos hablado ya muchas veces en este blog, así como, por supuesto, lo han hecho los medios literarios en general... Me parece apreciar que Ojeda, una de las más jóvenes representantes de este grupo quizás informe pero evidente, es bastante consciente de quiénes son sus compañeras literarias y así, aún sin perder su personalidad propia, algunos cuentos nos remiten o recuerdan a la narrativa de otras escritoras; desde el ¿gótico argentino? de Mariana Enriquez, cuyo regusto yo encuentro presente en Cabeza voladora y El mundo de arriba... (aunque en este caso, el relato también se diría, un poco, un hijo andino del Pet Sematery de King), a la bizarría sexual de Temporada de Huracanes, de Fernanda Melchor, que encontramos en Caninos, o a la sevicia de la sociedad reflejada en Soroche, que recuerda un tanto a los relatos de una compatriota de Ojeda, María Fernanda Ampuero. Por supuesto, esto no significa que haya algún tipo de seguidismo por parte de Ojeda; al contrario, repito que ella es una de las escritoraas más destacadas de todo este conjunto. Pero es obvio que van todas en la misma dirección y es emocionante, como lector, estar asistiendo a la eclosión  de tantas autoras que están escribiendo lo mejor que se hace en español, ahora mismo. En mi humilde opinión.


Otros libros de Mónica Ojeda reseñados en Un Libro Al Día: NefandoMandíbula

sábado, 11 de enero de 2020

Augusto Rodríguez: El fin de la familia

Idioma original: Español
Año de publicación: 2019
Valoración: Recomendable

"El fin de la familia" es un libro breve, muy breve, de apenas 70 páginas que recuerda mucho al gran Eduardo Halfon. El hallazgo de un álbum de fotos de familia, instantes fugaces atrapados para siempre, sirve de base para un texto fragmentario con el que se reconstruye la historia familiar. Pero no solo esto ya que "El fin de la familia" es también una autobiografía (por persona interpuesta), una crítica de la mercantilización de los sentimientos y de la hipocresía de la sociedad ecuatoriana y una radiografía de esta última (o al menos de su clase media) y de su evolución en los últimos tiempos.

El libro se compone de tres partes. La primera de ellas, que es la más ligada a la infancia y adolescencia, es la titulada "Retratos de familia". En ella se contienen breves apuntes o retazos de personajes y lugares fundamentales en esas primeras etapas de la vida, microrrelatos que asemejan las piezas de un puzzle que en su conjunto resulta ser casi una novela de formación. Personajes como el abuelo (gran lector y contador de historias ligadas a la tradición oral), el padre (figura ausente durante un tiempo y que reaparecerá al cabo de los años), la madre (mujer, como tantas otras, condenada al fracaso), sus amigos J y X (víctimas de sus familias), etc y lugares como Urdesa (el barrio de Guayaquil donde nació), Chile (tierra paterna), Miami, etc que aparecen interconectados y que conforman un todo que va de lo particular a lo general.

La segunda parte, la más breve "El invierno de mi padre", viene a poner fin a la juventud y constituye un pequeño homenaje a la figura paterna, marcadas por sucesivos abandonos y reencuentros.

Todo lo anterior da paso a la final toma de conciencia, ya desde una posición "adulta". Porque pese a que "Es hermosa la infancia. Saber tan poco y entender tan poco. Aunque sientas mucho" , uno llega a la madurez y se da cuenta de que la familia puede ser tanto un camino para la paz pero también para el infierno, que es (nada más y nada menos) el camino de lo que fuimos y de lo que somos, una versión a pequeña escala de una sociedad hipócrita en la que los sentimientos también son objeto de compraventa y en la que solo importa ganar y cagar al otro. 

Dicho esto, tres son las principales virtudes de este libro: su capacidad de decir mucho con pocas palabras, una serie de personajes e historias más que interesantes y ese tránsito de lo particular a lo general que hace que este tipo de libros se sostengan.

Sin embargo, una de esas virtudes también tiene su cara menos positiva. Y es que me da la impresión de que muchos de los personajes de los que se habla en el texto tienen mucho más recorrido (ojo que esto es algo que también me pasa con Halfon), de que el libro podría haber dado más de sí. Aunque lo mismo esto es solo el comienzo y "El fin de la familia" es el tronco del que en un futuro saldrán nuevas novelas protagonizados por algunos de los seres aquí presentados. No lo sé, pero ojalá sea así. Aquí estaremos para comprobarlo.

viernes, 6 de diciembre de 2019

Colaboración: Juan León Mera: Cumandá o Un drama entre salvajes

Idioma original: Castellano
Año de publicación: 1877
Valoración: Está bien.

Reseño este clásico de la literatura hispanoamericana porque a parte de ser un clásico (término un poco vacío), contiene ciertos planteamientos novedosos. 
Cumandá, o Un drama entre salvajes, es la primera novela ecuatoriana. Ecuador se independiza de la Gran Colombia en 1830. Cumandá es de 1879, influenciada por las corrientes románticas tardías, así que imagínense el final.
Lo primero que hay que saber es que se trata de una novela de amor. Chico conoce chica en la jungla, chica y chico se enamoran, se juran amor eterno y no habrá dios que los separe. Todo tratado desde el prisma romántico y barnizado por la reciente independencia ecuatoriana. 

Cumandá tiene tres protagonistas, Cumandá, la india, Carlos, el amante blanco y su padre, Domingo, un misionero que ahora vive con los indios. La naturaleza misma actúa como un personaje extra, repleta de dioses y tribus, todo supeditado a la religión cristiana, la religión verdadera. Uno de los motivos por lo que la novela pierde gracia a los ojos de hoy es su tratamiento de la religión. Mientras se ve a los indios con sus ritos con cierto respeto (algo que resultó novedoso en la época), el Dios cristiano aparece como verdad innegable, prueba definitiva y justificación total de lo que sea. 

La raza misma es un claro distintivo. En un mundo de indios oscuros, los tres personajes principales son blancos, y lo que es lo mismo, son buenos. Los indios negros son los antagonistas que se oponen al amor de los jóvenes, por su diferencia racial (a pesar de vivir con los indios, Cumandá tiene un tono de piel más blanco). Lo que resulta novedoso en esta novela, es el trato de los indígenas. Mientras que la costumbre literaria era presentarlos como parte del paisaje, y como arquetipo del buen salvaje, León Mera rompe esta tradición. Lo que se denominará la evolución del indianismo al indigenismo. En el indigenismo se utilizará la situación de los indios para realizar crítica social y presentar las condiciones de miseria en la que muchos vivían. Esta corriente proindígena, recorrerá la literatura hispanoamericana durante el siglo XX, tomando eco en José Martí y Rubén Darío, así como mezclándose con las características del modernismo. Cumandá es esa novela de transición. 
Algo que fue también novedoso fue utilizar a los indígenas como oposición a la voluntad de los blancos. Puede ser que León Mera esté influido por las revueltas indígenas que los borbones tuvieron que suprimir, o que inconscientemente critique su posicionamiento durante la guerra de independencia del lado de la metrópoli. Muestra de ello es el papel que les confiere la primera constitución ecuatoriana a las clases bajas y a los indígenas, condenándolos al ostracismo social, todo en favor de una clase capitalista que ya se veía con las manos libres después de la independencia. 

Dejando la política, en Cumandá, se inicia esa tradición de crear una figura de la selva y dotarlo de vida como si fuera un personaje más, con su propia filosofía, comunicándose violentamente con los humanos, sin maldad ninguna, siendo ella misma. Algo que cogerá al vuelo y colocará en la cumbre, Eustasio Rivera con su maravillosa Vorágine. Podemos citar también Solaris de Stanislaw Lem, porque aunque Solaris sea un planeta, la lógica es la misma, ampliada. 

Algo que resulta novedoso y rompe con los moldes preconcebidos de la novela romántica, es la actuación de Cumandá. La india, una vez jura su amor, se mantiene fiel como no puede ser de otra manera en este universo puritano a 40º y 90% de humedad. Pero esto no es lo novedoso, sino que salva la vida a su amor, nada menos que tres veces. Se interpone entre los negros racistas que quieren matar al blanco, mientras que ella se recubre de superheroína del amor y trata de llevar a buen puerto a su relación. 
Durante el final, después de escapar de los brazos de varios jefes indios que la quieren convertir en una más de sus esposas, Cumandá tiene que volver y entregarse, ya que el paquete de su novio blanco se ha dejado apresar. 
Ante la actitud decidida y envalentonada de Cumandá, Carlos aparece como una babosilla insulsa con poco que decir, salvo cuando sucede lo peor. 

El estilo de Cumandá es lo que peor envejece, son repetitivas las referencias a la religión cristiana, siempre ensalzándola, algunas partes resultan pesadas y se pierden en los detalles provocando un ritmo lento tropical. Otras, León está inspirado y se pueden disfrutar de veras, sumergido en el drama.

Por último, el esquema de interacciones y motivos del Drama entre salvajes, tiene mucho de clásico. Dioses, amores imposibles, sacrificios, imposibilidad racial/ familiar. León Mena ambienta Romeo y Julieta en la jungla, Cumandá y Carlos son Píramo y Tisbe, rodeados de indios y de cambiantes ríos.  Solo que León, da una vuelta de tuerca, aportando un toque freudiano, para crear ya el perfecto caldero dramático. 

Firmado: Guz García

sábado, 16 de noviembre de 2019

Natalia García Freire: Nuestra piel muerta

Idioma original: Español
Año de publicación: 2019
Valoración: Recomendable

Las jóvenes escritoras ecuatorianas vienen pisando fuerte. Buena muestra de ello son las obras, ya reseñadas en ULAD, de María Fernanda Ampuero (Pelea de gallos) y de Mónica Ojeda (Nefando y Mandíbula). A estos dos nombres hemos de sumar el de Natalia García Freire, quien comparte con las dos autoras mencionadas nacionalidad, generación y, como decía Juan en su reseña de Mandíbula, una cierta obsesión por mundos cerrados, asfixiantes y enfermizos, pero adictivos como el veneno de las serpientes.

Mucho de eso hay en este “Nuestra piel muerta”, título que hace referencia a la muda de piel que realizan algunos artrópodos, adorables bichitos que son claves en el desarrollo de la novela.

Retrocedamos. “Nuestra piel muerta”, como tantas otras obras, parte de un viaje. En esta ocasión, el viaje es, al mismo tiempo, un retorno, una huida y una búsqueda: retorno a la casa familiar en cuyo jardín yace enterrado el padre de Lucas, principal protagonista de la novela; huida de un pasado negro como la pez; búsqueda de un ¿sentido?, de una ¿respuesta?, de un ¿final redentor?

¿Qué vine a buscar, padre? ¿El silencio? ¿Un espejismo? ¿Una patria?

Todo lo anterior bajo la forma de monólogo con el cadáver del padre y a través de capítulos en los que la autora dosifica acertadamente la información mediante la alternancia de un presente y un pasado no sabemos si del todo fiables, porque…

“La memoria, cuando no puede recordar, deforma”

De ahí que la novela tenga tanto de novela negra (¿qué ocurrió realmente?, ¿qué fue lo que desencadenó la decadencia de la familia de Lucas?, etc) como de novela psicológica y de formación (la evolución de Lucas).

Más allá de su argumento, “Nuestra piel muerta” es una novela poética en la que símbolos e imágenes son fundamentales y, como tal, susceptibles de las más variadas interpretaciones. Hasta el punto de que, por momentos, llegue a pensar en Felisberto y Eloy (intrusos que llegan a la casa de Lucas) como símbolos del advenimiento de la ultraderecha que ya ronda por estos lares. ¡A lo mejor me estoy volviendo loco, doctor!

Símbolos e imágenes como la casa ocupada por intrusos, el jardín abandonado e invadido por la mala hierba, la vaca muerta rodeada de moscas en medio del jardín o los insectos, cuevas, sequías y lluvias torrenciales que atraviesan la novela… y que traen a la memoria algunos elementos del realismo mágico.

Pero las influencias no se quedan ahí. Así como en determinados pasajes la novela me recordaba, por ejemplo, a la permanente sensación de tragedia que rodea a “La mala hora” de García Márquez, creo que las influencias más notables son las de autores norteamericanos como Faulkner o Gass. Esos ambientes opresivos, ese narrador no del todo fiable y guiado por percepciones sensoriales, esa sensación de violencia que crece como las nubes de tormenta hasta explotar en un instante final revelador traen a la memoria historias como “El ruido y la furia” (sobre todo, la parte narrada por Benjy) o “El chico de Pedersen”.

Ese es, creo yo, el punto más “débil” del libro: el de unas influencias en exceso visibles. Imagino que esto se debe a que estamos ante el debut de García Freire e imagino, también, que solo será sea cuestión de tiempo que la autora se aleje, en la medida de lo posible, de sus autores de cabecera y su voz se convierta en algo más personal. En cualquier caso, me quedo con lo positivo, que es mucho: el manejo de la información, el potencial lírico de los símbolos e imágenes utilizados, la terrible recreación de un mundo convertido en algo opresivo hasta la asfixia “gracias” al peso de la tradición, del machismo, del poder sin medida y del miedo... ¡Ah, y que estamos ante una autora que tiene menos de 30 años y toda una carrera por delante!

lunes, 15 de abril de 2019

Mónica Ojeda: Mandíbula

Idioma: español
Año de publicación: 2018
Valoración: más que recomendable (bajo propia responsabilidad)



No leáis este libro.

Padres de hijas adolescentes, de hijas prepúberes o de niñas pequeñas que pronto llegarán a esa edad: no leáis este libro si no queréis vislumbrar lo que pueden hacer vuestras hijas cuando no las veis, cuando se reúnen con sus amigas y juegan a dejarse atraer por el abismo.

Madres de hijas adolescentes, prepúberes o de niñas pequeñas que pronto llegarán a esa edad (o de mujeres jóvenes que ya la han pasado): no leáis este libro si no queréis conocer los secretos a voces de vuestras hijas, sus terrosos deseos y el ansia por devoraros o dejarse devorar por vosotras. No lo leáis si no queréis recordar como fuisteis.

Hijas adolescentes: no leáis este libro si no queréis confirmar lo que ya sabéis, que vuestras madres son -pueden ser- como cocodrilos que protegen a sus crías dentro de sus mandíbulas, pero también las pueden devorar en cualquier momento; que vuestras amigas pueden ser tus cómplices, tus amantes, pero también quienes propicien vuestra ruina, os desmenucen con sus dientes aún inmaculados.

Maestras, docentes: no leáis el libro si no queréis intuir lo que se fragua entre susurros a vuestras espaldas, las risitas que vosotros creéis de burla y pueden ser presagio de conjuras más oscuras, de peligrosas fascinaciones.

Alumnas: no leáis el libro para no saber que vuestras maestras, las profesoras y profesores que pensáis ridículos, débiles, pueden ocultar turbiedades inesperadas, peligros que duermen en el fondo de un manglar.

Devotos y devotas de cualquier culto religioso: no leáis el libro si no queréis que os sea revelado que cualquier creencia no es sino una ficción inventada por un delirio, que la médula de cualquier religión es el miedo y que el miedo se esconde incluso en los lugares más insospechados y banales.

Aficionados a la literatura, al terror: no leáis este libro si no queréis que vuestras certezas acerca del género se vean trastocados, que lo que os parecía frívolo, desdeñable, simple entretenimiento de chiquillas, puede ser más pavoroso que cualquier otra narración, que el verdadero terror anida ante todo en la consciencia de la rareza de uno mismo, en el propio cuerpo que reconocemos como extraño y que por eso las adolescentes, prepúberes, niñas que llegarán pronto a esa edad, están siempre en el filo de la navaja, en el borde del abismo que las atrae, sin remedio.

Escritores, autores que tratáis de abriros paso en la marisma que es la literatura actual, sobre todo si escribís en español, sobre todo si aún se os puede considerar "jóvenes": no leáis este libro si no os veis capaces de llegar a su altura, a la tensión que es capaz de crear y mantener, a la soltura con los diferentes registros en que está escrita la novela, a la fascinación de contemplar cómo se crea un mundo cerrado, asfixiante y enfermizo, pero adictivo como el veneno de las serpientes, como la crueldad de los creyentes en dioses ignotos... O si os atrevéis, leedlo. Leed y temblad.


Otras novelas de Mónica Ojeda reseñadas en Un Libro Al Día: Nefando

sábado, 5 de mayo de 2018

María Fernanda Ampuero: Pelea de gallos

Año de publicación: 2018
Valoración: Muy recomendable


De pequeños nos contaban cuentos para dormir, cuentos en los que los buenos acababan, de una u otra forma, imponiéndose a los malos. Desgraciadamente o no, hemos crecido y esas historias con final feliz no hay Dios que se las crea. Ahora necesitamos cuentos que nos abran los ojos, cuentos que nos descubran la realidad que tanto anuncio y tanta lucecita de neón pretende ocultar. Necesitamos libros de cuentos como "Pelea de gallos", compuesto por 13 relatos, duros y sin concesiones, que vuelve a mostrar, una vez más, que "el infierno está ahí fuera" (aunque con matices).

Vamos con los matices. Ese “fuera” no es algo de otro mundo ni algo lejano. Por un lado, y aunque los relatos parecen ambientarse en América Latina, la triste realidad de los últimos tiempos nos deja bien a las claras que hechos como los que se narran los tenemos aquí al lado. Por otro, digo que no ese “fuera” no es algo lejano ya que la violencia y el terror son generados en instituciones aparentemente cercanas y teóricamente apacibles, como la familia.

En modo hiperbreve, si hubiera que elegir unaa palabra que defina “Pelea de gallos”, esa sería BRUTAL. Brutal porque este libro huele a muerte, a sangre, a vísceras, a mierda, a esperma y a sudor. Porque está plagado de situaciones violentas y terribles sufridas por las niñas y mujeres jóvenes que protagonizan la inmensa mayoría de los relatos, situaciones en las que muchas veces los victimarios son sus seres más cercanos.

La violencia contra las mujeres está en el núcleo del libro. Hay violencia de la que se ve y de la que no se ve, violencia física y psicológica, violencia de género, violencia racial y violencia de clase.  Hay secuestro y venta de mujeres, explotación sexual en el seno de la propia familia, maltrato físico y psicológico, soledad, abandono, mucha sexualidad reprimida y demasiadas heridas, demasiadas llagas, demasiado dolor.

Ya digo que todo gira alrededor de la violencia y el terror. Pero hay otros temas unidos a los anteriores: el final de la inocencia, como en el breve y magnífico “Cristo”,  la hipocresía y el clasismo en el terrible “Ali” o el fanatismo y la superstición del macabro “Luto”, tres de los relatos que más me han impactado.

En fin, un libro duro, desasosegante y desagradable por momentos, pero absolutamente necesario y recomendable, tanto por el mensaje que envía como por la forma en la que lo hace. 

Un apunte más: afortunadamente, y pese a lo que pueda parecer, Ampuero acaba el libro con un pequeño destello de esperanza, con una rendija abierta a la rebelión, por pequeña que sea. Ojalá se cumpla.

martes, 25 de abril de 2017

Mónica Ojeda: Nefando

Idioma original: español
Año de publicación: 2016
Valoración: recomendable

El panorama de la literatura en español está generando una situación que empieza a resultar desagradable. Por los motivos que sean, el conjunto de la opinión parece incapaz de evitar una constante polarización, y ello se traduce en que nadie puede irrumpir de manera discreta sin estar expuesto a un juicio visceral, a esa especie de ruleta rusa que consiste en ser apoyado o rechazado en función de ciertas opiniones de peso que se enmarcan, que alguien me confirme que no es así, en redes de intercambios de favores de las cuales solo sale perjudicado el lector, al que se le niegan opiniones intermedias y matizadas. No moderadas, que eso es como el cava tibio, sino aquello que los anglófilos llamarían mixed. Y Nefando es un libro que, particularmente, encuentro injusto valorar en esa escala tan simplista que solo conoce obras maestras o rollos infumables. Nefando es una buena novela que revela que la autora es capaz de hacerlo mejor en un futuro no demasiado lejano.
Ese mejor no tiene un tono detractor. Nefando, en su afán de golpear al lector, se disgrega en algún punto hacia demasiados lugares a la vez, como queriendo cerrar todos los conductos de salida, y es innegable que sus partes más brillantes cuentan con aspectos perturbadores, y que es una novela que no tendría sentido en una sola línea, pero Mónica Ojeda ha apostado por combinarlas.
Seis jóvenes de distintos orígenes coinciden en un piso de estudiantes en Barcelona. Tres de ellos son hermanos. Otro de ellos, un joven mexicano que se autolesiona con fruición. Y el creador de un juego alojado en la deep-web. Los tres hermanos arrastran un terrible pasado de abusos. Está claro que la pólvora de ese ambiente ha estallado. La narración pasa por los testimonios de cada uno de los ocupantes de la casa. En pasado, y una de las  voces dice haber respondido a los policías. Diversos narradores, saltando en el tiempo, párrafo presentando nombre, fecha, ubicación: la deuda con el Bolaño de la segunda parte de Los detectives salvajes es clara, y aún se rendirá otro homenaje. La fría relación de abusos pederastas, dos incómodas páginas, es un guiño a La parte de los crímenes de 2666.
Nefando hubiera sido mejor enfocada en una sola de sus historias. Resulta interesante pero desprende cierta sensación de urgencia, de premura por abarcar situaciones potencialmente incómodas para el lector, como si la perturbación fuera uno de sus objetivos preferentes. Lo cual es loable, aunque algo visto en estos tiempos.