Título original: Die Krise der Narration
Traducción: David Torres en catalán y Alberto Ciria en castellano para Herder Editorial
Año de publicación: 2023
Valoración: recomendable
Idioma original: español
Año de publicación: 2022
Valoración:recomendable en general (imprescindible para afines)
Pues sí, puedo confirmar que el símbolo que se ve tras el título en grafía de ciertos aires constructivistas es el de la Falange. Aclaro, aunque no venga al caso, que si uso la mayúscula para la palabra Falange es para resolver una ambigüedad y no porque tenga el mínimo respeto por la gentuza que la ha integrado en algún momento. Aclaración que puede o no venir al caso para un eventual posicionamiento ideológico, aunque voy a suscribir esa máxima que Goebbels ayudó a aclarar cuando dijo lo de la palabra cultura y el cinto de su pistola. En cuanto a posición crítica y encono por enriquecer las opiniones de quienes lo frecuentan, el club de la cultura es un mundo más bien de izquierdas. Y la palabra nostalgia, en este contexto, acarrea ciertas connotaciones negativas.
Mencioné hace muy poco a Begoña Gómez Urzaiz. La periodista barcelonesa, cuya ecléctica sección semanal en el suplemento Cultura/s recomiendo encarecidamente leer, es la coordinadora de este Neorrancios, una decena de artículos que aportan diferentes enfoques para rebelarse contra ese oleaje neo-con (matiz: se publica en un mundo anterior a la Guerra de Ucrania ) basado en la reivindicación casi permanente de un pasado mejor y que cuenta con un arranque a raíz del éxito y repercusión de cierto libro, que Santi reseñó de modo certero en su momento. Feria, de Ana Iris Simón, y que es referenciado con cierta frecuencia en estos diez artículos con lo que se gana, de forma merecida o no, la condición de antagonista de esta colección. Aquí se trata un poco de todo y la óptica es algo generacional. Si hay algo que recriminaría a este libro, que recomiendo sin paliativos (aunque hay que considerar sus peros) es que la selección resulta demasiado cohesionada y en eso hay que tener cuidado: puedes pasar de informar a dogmatizar y de divulgar a elevarse al púlpito y lanzar soflamas. De hecho, entre estos diez colaboradores hay incluso un parlamentario electo, y eso es, a la vez que una toma de posición, un riesgo. Estos diez textos no solamente incluyen referencias culturales y menciones a artículos, a Tweets, también están trufados de situaciones del pasado que se denuncian y advertencias serias sobre los riesgos que implica extrapolar la añoranza de otros tiempos a demasiados ámbitos.
Hay artículos sobre las cuestiones que todos podemos tener en mente: racismo, inmigración, el problema de la vivienda, la integración de los colectivos con opciones sexuales diferentes a lo binario. He de reconocer que el lenguaje inclusivo aún me descoloca un poco. Aunque una óptica más global, no tan localista, le aportaría amplitud de alcance. Y hubiera agradecido algún riesgo superior en la elección del tono. En este sentido nos hemos quedado un poco a medias, y algún contrapeso ideológico le hubiera sentado bien, ni que fuera para mitigar una sensación algo abrumadora de cohesión, que para mi gusto le resta alguna credibilidad al conjunto que esta colección, con un arranque muy brillante, para evitar que definirla acabe pudiéndose reducir a una expresión parecida a diez intelectuales de izquierdas entre los 30 y los 45 años se despachan a gusto contra la reivindicación sesgada del pasado. Aunque sea por una cuestión de simpatía estratégica, esos titulares habría que evitarlos.
Después de leer un ensayo tan vital y optimista como En defensa de la Ilustración, de Steven Pinker, necesitaba aminorar mi estado de euforia; si hay algo en lo que todos los opinólogos del cambio climático coinciden, es que no está la situación – ni estará en un futuro próximo – para echar cohetes.
A pesar de tener ya quince años de antigüedad en el momento de mi lectura, y eso es mucho decir en este tema, el principal aliciente – para mí – de este libro respecto a otros volúmenes que podrían considerados como más o menos similares, es el enfoque político que aborda.
Partamos por el principio; el pensamiento central de la divulgación de Giddens es el que con una absoluta falta de humildad ha bautizado con su propio nombre, la paradoja de Giddens: “como los peligros que representa el calentamiento global no son tangibles […], muchos no harán nada […] al respecto”. Fenómeno del que muchos nos habríamos dado ya cuenta en su momento, pero no nos hemos molestado en bautizar.
Después de plantearnos semejante paradoja, el autor contextualiza: nos explica por encima las causas y orígenes del cambio climático, la crisis del petróleo, el uso del gas natural, etc. Se realiza una revisión somera sobre nuevas posibles fuentes de energía y sus presumibles dificultades de implantación, refiriéndose aquí tanto a las renovables como a las nucleares y termonucleares.
Trata Giddens de abarcar múltiples visiones del tema, por lo que también da espacio a teorías escépticas pero fundamentadas (nada de negacionismo per se, sino escepticismo lógico), al movimiento verde y su historia, al famoso “desarrollo sostenible” que define como un oxímoron, e incluso a otras visiones más optimistas al estilo laissez faire, déjalo que se curará solo.
Aboga también por el liderazgo de la UE en temas medioambientales (adiós EEUU) y se lamenta de un posible Brexit todavía no producido cuando se escribió este libro.
Posteriormente entramos en lo que más he valorado de este libro; más allá de analizar causas, buscar culpables y/o escandalizar al público (lo cual, desde mi punto de vista, no está de más), Giddens hace un ejercicio de valentía y PROPONE. Es decir, plantea escenarios asumibles con hechos concretos con los cuales el cambio climático pueda neutralizarse.
Las proposiciones del autor son tanto vagas como muy concretas; en cuanto a las más vagas, son fundamentalmente de carácter político: promover la cooperación, pactar más allá de izquierda-derecha, formar a la población sobre el clima, etc. Nada nuevo. Pero veamos las más concretas: aviso de que algunas medidas que razona y argumenta Giddens no son fáciles de asumir por nosotros, occidentales del primer mundo.
Por ejemplo, desde un punto de vista humanista, el autor aboga por que los países en vías de desarrollo puedan (justifica éticamente este razonamiento) contaminar más, siempre y cuando se den dos supuestos: a) los países más avanzados deben disminuir su nivel de contaminación desde ya y b) esta contaminación debería valer para aumentar el nivel de desarrollo de estos países en crecimiento.
Es decir, adiós protocolo de Kyoto, entre tantas otras cosas. No me digan que no es controvertido.
Otro argumento: debemos dejar de utilizar el PIB como medida de bienestar para pasar a utilizar otros índices en los que sí se vean mejor reflejados el estado medioambiental de nuestro entorno (GPI, ISEW o SSI).
Uno más, más convencional: quien contamina paga. Aquí la sorpresa sería quién y porqué paga (lean el libro).
En fin, una serie de medidas muy interesantes (y más que me dejo en el tintero) que nos harán adoptar una nueva perspectiva sobre un grave problema, lo cual generalmente es el primer paso para encontrar una solución cuando nos encontramos enquistados.
En los tiempos actuales donde la cultura del yo, la explotación de la propia imagen, la superficialidad y la vacuidad están en claro aumento, uno debe tomar cierta distancia para ver de dónde surge todo este declive social. Y justo la editorial Capitán Swing debió pensar lo mismo porque este libro ha sido publicado recientemente pese a haber sido escrito a finales de los años setenta.
De todos modos, conviene alertar al lector ya desde un inicio, por aquello de la gestión de las expectativas. Porque este libro no trata el narcisismo como lo tenemos entendido, pues en 1979 no existe internet ni las redes sociales y por tanto no hay un mundo virtual de escaparates donde mostrar, exhibir y enmascarar nuestras pretendidas y pretenciosas vidas, sino que lo que trata el libro, y uno lo intuye a medida que lee el libro y lo constata en el posfacio lo deja muy claro es en el que el propio autor indica que «la cultura del narcisismo» no fue pensado sobre la «década del yo» (…) surgió de un ensayo acerca de la familia norteamericana, ‘Heaven in a Heartless World’ (…) en el cual había llegado a la conclusión de que la importancia de la familia estaba decayendo de forma sostenida en nuestra sociedad y desde hacía más de cien años (…) ‘La cultura del narcisismo’ fue un intento de analizar esas repercusiones». Así que confirmadas las sensaciones de la lectura, y matizadas las expectativas de entrada, vayamos a lo que el libro expone.
Es difícil entender una situación actual sin echar la vista atrás, y es con ello que el autor constata que «la devaluación del pasado se ha transformado en uno de los síntomas más relevantes de la crisis cultural de la que se ocupa este libro, que a menudo se apoya en la experiencia histórica para explicar lo que está errado en nuestros esquemas actuales. En un análisis a fondo, esa negación del pasado (…) encarna la desesperación de una sociedad incapaz de enfrentar el futuro» porque «a mediados de los sesenta (…) hubo un reconocimiento creciente (…) de que la crisis personal , en la escala a que había llegado, representaba una cuestión política por derecho propio y que un análisis a fondo de la sociedad y la política contemporáneas debería explicar, entre otras cosas, la razón por la que se ha vuelto tan difícil lograr un crecimiento y un desarrollo personales; por qué vive nuestra sociedad obsesionada con el temor a madurar y envejecer; por qué las relaciones personales se han vuelto tan frágiles y precarias, y por qué la ‘vida interior’ ya no ofrece ningún refugio ante los peligros que los rodean».
Por ello, el ensayo aborda la cultura del narcisismo desde distintos ángulos que retratan las causas de sus males:
Cabe decir, que el autor se apoya mucho (quizá en exceso) sobre teorías freudianas que ejercen sobre el ensayo un sesgo evidente al tratar sobre la modificación de roles familiares en caso de padres ausentes y en las que se proyecta y atribuye a los niños cualidades o roles correspondientes a los progenitores que se acercan en exceso a patologías que van mucho más allá del narcisismo que podríamos tener en mente. Tal es así que en su análisis sobre el narcisismo afirma que «el niño imagina que la madre ha digerido o castrado al padre y genera la fantasía grandilocuente de sustituirlo, alcanzando la fama o uniéndose a alguien que represente una modalidad caliza del éxito, para generar una reunión extática con la madre» y menciona las tesis de Heinz Kohut quien afirma que el hecho de que la madre tome consciencia de su falta de conocimiento sobre cómo educar correctamente a los hijos causó que «a medida que el niño comienza a percibir las limitaciones y la falibilidad de la madre, renuncia a la imagen de perfección materna y comienza a asumir muchas de sus funciones: a proveerse por sí mismo de cuidados y comodidades» mientras que la madre narcisista «como tiende a percibir a su hijo como una extensión de sí misma, le prodiga atenciones ‘extrañamente desligadas’ de las necesidades del niño, proveyéndolo de una serie de cuidados, aparentemente solícitos aunque en realidad muy poco cálidos».
Debo reconocer que el ensayo es denso, pues contrapone a menudo las tesis y opiniones de diferentes psicólogos provocando que la lectura requiera de cierta pausa y un supuesto bagaje o conocimiento en la materia. Por ello, en resumidas cuentas, podríamos decir que el ensayo escrito por Lasch va mucho más allá del narcisismo y trata especialmente sobre sus causas, profundamente arraigadas a la pérdida de valores, a la crisis personal y a la pérdida de la autoridad paterna provocando una gran pérdida de valores sociales, declive de la enseñanza y la cultura y una conversión (y degradación de los principios fundacionales) del deporte en un puro espectáculo alimentado y nutrido de capitalismo a través de grandes corporaciones empresariales. Tal es así que, a pesar de su inefable interés, los temas expuestos y su enfoque no siempre van ligados al narcisismo como origen o incluso consecuencia, sino de manera tangencial y cohabitante con ello y más que un análisis de un momento concreto trata el desarrollo de los conceptos ligados a la formación humana en un trazado a lo largo de varias décadas del siglo XX.
Radical en su planteamiento controvertido, Lasch es contundente en su exposición cuando afirma que «la gente se aferra a la ilusión de la juventud hasta que ya no es posible sostenerla, punto en que debe asumir su condición de inútil o hundirse en una sombra desesperación» y cita a Sheehy quien propone «que la gente se prepare para la madurez y la vejez de modo tal que pueda eliminarse la de la escena sin mucho escándalo». Quizá demasiado radical, pero un gran contrapunto de humildad ante tanto narcisismo.
«Se ha mostrado (…) irracional a fuerza de racionalismo, oscurantista a fuerza de cientifismo, insensible a fuerza de sensiblería, mórbida por higienista, odiosa por filantrópica, contrarrevolucionaria por progresista, estúpida por creerse cultivada y maléfica a fuerza de querer estar del lado del Bien.» (35-36) «De la derecha nunca ha habido nada que esperar, excepto la perpetuación de la injusticia heredada. Pero que, en el fondo, la izquierda ha estado siempre del lado de los vencedores, limitándose a ser su mala consciencia histérica, eso solo había aparecido a la vista de todos, a lo largo de la historia, en destellos que se olvidaban rápidamente. (…) Reactiva, embrollada, peso muerto, la izquierda ha sido siempre contrarrevolucionaria de la manera más eficaz en que podía serlo: pretendiendo “apoyar al movimiento”. Siempre ausente en el momento en que hay que estar ahí, vive solo en el futuro perfecto, para producir los relatos, los conceptos, las justificaciones que explican y ratifican la derrota.» (40)
Título original: Does the Richness of the Few Benefit Us All?
Traducción: Alicia Capei Tatjer
Año de publicación: 2013
Valoración: Bastante Recomendable
Pues una pregunta bien explícita, no? Generemos riqueza, cuanta más mejor, aunque (o para que) se la lleven unos pocos, porque al final algo de todo eso nos llegará a los demás. También conocida como teoría del goteo, es la última vuelta de tuerca del neoliberalismo, que triunfa en todo el planeta y a la que tampoco hace ascos la socialdemocracia con aquello de hacer una tarta bien grande, que ya habrá tiempo de repartirla. En lenguaje más coloquial: cuanto más rico sea yo más sobras os echaré en el plato. Eso, si me beneficia y os portáis bien.
La respuesta de Bauman a la pregunta es obviamente negativa, no tanto desde el punto de vista económico (para lo cual no sé si tendría los argumentos técnicos necesarios) como desde el ético, claro está. Porque la clave está en el verbo: nos beneficia. Ya habrá expertos que discutan si en base a ese axioma la economía va mejor, suben los sueldos y desciende el desempleo y la miseria. Pero aunque así fuese esa situación nos beneficia tanto como si mañana Elon Musk o Amancio Ortega nos prometiesen un incremento del diez por ciento en nuestro salario si nos convertimos en sus esclavos. Ganamos más, pero eso no necesariamente nos beneficia, porque no es el único parámetro que hay que valorar.
La desigualdad, que es en definitiva de lo que estamos hablando, se ha multiplicado de forma explosiva en el siglo XXI. Bauman aporta algunos datos seguramente ya conocidos. Uno: 'casi todo el crecimiento del producto nacional que consiguió Estados Unidos desde el colapso crediticio de 2007, más del 90 por ciento del mismo, cayó en manos del 1 por ciento más rico de los estadounidenses'. Dos: 'el 20 por ciento más rico de la población consume el 90 por ciento de los bienes producidos''. Tres: 'el 1 por ciento más rico posee ahora casi 2.000 veces más que el 50% de la población mundial'. Y así hasta el infinito, más y más ejemplos extendidos por todo el mundo, desigualdades enloquecedoras y en aumento exponencial entre personas y entre países, cifras escalofriantes que ponen negro sobre blanco la concentración de la riqueza en manos de una minoría cada vez más ínfima y cada vez más acaparadora. El libro está editado en 2013, los datos han seguido disparándose desde entonces y lo que cuenta Bauman es una muy pequeña muestra frente al apabullante material, mucho más pormenorizado y técnico, que expone por ejemplo Thomas Piketty.
Pero como el pensador polaco no es un economista que conozca a fondo los resortes del sistema, lo que le preocupa no es tanto subrayar la evidencia, ya de sobra demostrada, como detectar sus consecuencias. La primera es que la concentración de la riqueza implica también concentración del poder, y por tanto ‘la primera víctima de esa profunda desigualdad será la democracia’, toda vez que los bienes necesarios para la supervivencia van quedando en manos de unos pocos y por tanto la capacidad de decisión se ve cada vez más limitada. La desigualdad, planteada en estos términos brutales, deriva en una alteración de los conceptos de sujeto y objeto, y sectores cada vez más extensos de la población, engullidos y degradados por el sistema, centrados en la mera subsistencia, pasan progresivamente a convertirse en objetos, piezas que voluntariamente o no, dejan de tener voz y se limitan a contribuir a que el mecanismo siga funcionando.
El proceso se alimenta en gran parte del consumismo (una de las bestias negras de Bauman) que, inyectado profundamente en la sociedad, crea necesidades crecientes que el ciudadano se ve impulsado a satisfacer, con lo que se lanza a recoger las migajas que le caen, se endeuda, compra, y alimenta así al sistema de forma indefinida y creciente porque el beneficio que se genera va de nuevo, en términos macroeconómicos, a aquella minoría cada vez más reducida. La competitividad es otra de las patas del invento, al establecerse una competición entre los consumidores para intentar obtener siempre algo de más valor, algo que al menos simule un estatus algo más elevado.
Entrando en terrenos más propios de la sociología que de la economía, hay también espacio para la tecnología. Recogiendo una idea de Jonathan Franzen, Bauman ve en la tecnología un medio para escapar de la realidad, que en definitiva es aquello que se resiste al ser humano, algo que debemos doblegar o ante lo que debemos plegarnos, y fuerza nuestra voluntad en uno u otro sentido. La tecnología permite escapar de esos límites y plantearnos un mundo a nuestra medida, que se ajuste a nuestras expectativas y que podemos ignorar con solo darle a un botón. Un nuevo bien de consumo para no pensar demasiado y mostrarnos dóciles con lo que nos lo ofrece (y eso que, insisto, el libro tiene casi una década y el autor no se podía imaginar lo que vendría en los años siguientes)
Pese a que son poco más de cien páginas, Bauman va sondeando en distintos aspectos de la sociedad actual a partir de aquellos datos iniciales sobre la desigual distribución de la riqueza. A veces podemos tener la sensación de que se pierde un tanto en digresiones sobre temas sin una conexión demasiado clara, aunque la exposición es siempre fundamentada y rigurosa. Pero es lo que tiene poner un título tan sonoro y específico: puede que el lector acuda con un interés directo sobre lo que se propone y se decepcione al encontrarse con temas diferentes aunque colaterales. Para evitarlo conviene olvidarse un poco de la pregunta inicial y centrarnos en la lectura de un autor que ya es un clásico cuando se trata de analizar estos tiempos líquidos.
Año de publicación: 2021
Valoración: espeso
Perdonaréis, espero, que abra esta reseña con una algo obvia perorata: las opciones políticas de derechas ya disponen de la mayoría de los medios de comunicación. Por pura definición, tienen los recursos económicos para usarlos para sus fines, los resortes adecuados para elegir sus contenidos, y sería falaz exponer ejemplos de su capacidad de sesgo de la opinión pública. Nos quedaríamos sin espacio. Entonces, digamos, a las opciones de izquierdas les quedan los medios independientes, las editoriales alternativas, las redes sociales (bueno, eso se suele creer), aparte de plantarse en medio de la calle y vociferar sobre lo injusto que es todo y recibir un aluvión de aplausos, de gente que luego ya veremos si llega a votarles.
Pero todo ello no deja de resultar ingenuo y casi entrañable. Y hace unos meses le preguntaba a Jorge Herralde por las editoriales de corte militante (Capitán Swing, por ejemplo, era mencionada) y acordábamos que ese perfil resulta adecuado y hasta necesario. Eso, y las asambleas y los tenderetes donde te regalan un pin y te piden la voluntad. Pero lo primero que debería asimilar la izquierda es que no es malo (podría ser incluso un perverso símil troyano) asimilar el deje capitalista e intentar vender su mensaje aunque sea para ejercer un tímido ejercicio de proselitismo, llámese a éste captar adeptos, convencer a quienes dudan, o, triunfo absoluto, hacerse con conversos.
Porque esa es la triste realidad de los medios: cada uno consulta los afines y los que le dicen lo que le gusta leer y así estamos reforzando convicciones. Mirad,si no, Twitter y las fake news. De ese panorama libros como este (que, aclaro, dudo si va dirigido al público general, yo lo he tomado de la mesa de novedades de mi Biblioteca Municipal) no ayudan precisamente a escapar. Sus autores son politólogos de claras convicciones ideológicas. Terror para el Estado Español: uno tiene su nombre en catalán, la otra en euskera. O sea, Abascal no va a pasearse haciendo ostentación. Cualquier oyente de ciertas emisoras o lector de ciertos periódicos, si llegara a enterarse de su mera existencia, saldría corriendo hacia el otro lado o lo usaría para prender la barbacoa. Casi desde la portada. Yo ni siquiera puedo decir que, alineado con muchos de sus planteamientos, me haya resultado estimulante. Demasiado párrafo interminable. Demasiado polisílabo encadenado y terminología inasequible, mucha mención de autores, supongo, de los círculos afines y, me temo, pocas ganas de romper la barrera. Ya que estamos, una obsesión por ampararlo todo bajo un manto teórico, una argamasa que aglutina los argumentos de siempre sobre el enorme poder de las grandes corporaciones y cómo éste se sitúa por encima del ámbito político, una clara escora hacia lo conspiranoico, algunos ejemplos ya canónicos - la Primavera Árabe, Bolivia, el procés - para acabar un poco en lo de siempre, que es el dominio del poder del rico, liberal, masculino, blanco y heterosexual, como enorme bota que aprisiona a todo lo que es diferente, que lo aprisiona todo aunque de forma desigual e intermitente para que no siempre se note. Ahí me ha parecido que el texto (en realidad, un diálogo entre los dos autores) se salta una premisa importante, que es que las fronteras entre los colectivos son muy difusas. Y que la pertenencia a los colectivos desfavorecidos no es una garantía de nada en el sentido ideológico: hay mujeres machistas, hay muchos cismas internos en el colectivo LGTBIQ, hay una división enorme incluso en cómo responder ante la opresión. No digo que el libro no contenga planteamientos válidos. Pero incluso su propio título parece un clickbait. En realidad hay muy poca concreción y todo se extiende en ámbitos teóricos que ni harán que nadie cambie su posición e incluso han conseguido que quien la comparte se aburra o se hastíe. Una lástima.
Título original: Retour a Reims
Año de publicación: 2009
Valoración: Recomendable
El ensayo biográfico permite abordar
cuestiones de interés con todas la licencias propias de este género literario (desorganización,
proporción desigual de los temas tratados, opiniones personales en lugar de
realidades científicas, divagaciones sin límite etc.), y el aspecto narrativo le
proporciona un plus de amenidad. Demasiada para mi gusto en este caso, y es que
el contenido autobiográfico me parece excesivamente extenso, incluso
reiterativo, en detrimento de la parte teórica. Pero esta es mi opinión, solamente.
Autor de una obra extensa y variada, Didier
Eribon ha escrito varios tratados en los que –siguiendo la estela de Genet y (su
biografiado) Foucault– plantea el largo y arduo proceso de la salida del armario. Aquí trata de la suya propia y
del concepto en sí con todas sus implicaciones. El camino fue largo para
alguien nacido en 1953, primero lo mantuvo en secreto, pero poco a poco tuvo
que resignarse a la perspicacia de su entorno y con el tiempo acabó reuniendo
un amplio corpus teórico en el que analiza la homosexualidad desde diversas
perspectivas. No solo había superado la fase de ocultación, supo además
convertir su realidad personal en asunto de investigación y reflexión, eso le
proporcionó el respeto personal, un prestigio profesional indiscutible... y un día falleció su padre. Entonces
fue consciente de que el secreto, alimentado por la vergüenza, no era solo su
orientación sexual, que su origen social seguía a salvo de todas las miradas
pues durante toda su vida había ocultado su pasado, y cuando las preguntas le
parecían demasiado indiscretas, se veía obligado a mentir. (“Formulémoslo de la siguiente manera: me fue
más fácil escribir sobre la vergüenza sexual que sobre la violencia social”).
Esa procedencia, que describe con todo
detalle, era de hecho tan humilde que él mismo considera milagroso su ascenso en la escala social. Tras el fallecimiento del
padre –del que le separaba un abismo cultural e ideológico, incluso de talante,
que los mantuvo alejados durante años– no había razón para dejar de visitar el
hogar, que ya no estaba en el Reims de su infancia pero que, al margen de
traslados, conservaba la esencia del lugar dónde se crió. Su visita permitió
una comunicación madre-hijo insólita hasta entonces, que lo devolvía a sus
auténticos orígenes y le abría las puertas a esa zona de su conciencia de la
que se había desvinculado hasta el momento. De esa especie de catarsis, e
inspirado por los autoanálisis llevados a cabo por Annie Ernaux y su amigo
Pierre Bourdeau (del que, opina, se quedó corto), surgió Regreso a Reims. Una obra cuya sinceridad incomoda a veces, que no
elude la autocrítica más cruda y que, gracias a su faceta ensayística, va más allá
de la confesión personal. Examina los férreos mecanismos de reproducción del determinismo
social e indaga sobre la movilidad de clase (transfuguismo) y los efectos que produce, tanto en la unidad familiar
como en aquel que ha cambiado de rango.
Según dice, y demuestra, la conciencia de
pertenecer a una clase no es tan habitual como podría parecer. En un extremo situaríamos
al entorno de su infancia (padres, vecinos etc.) que votaron siempre al Partido
Comunista y, en un momento dado, se sintieron traicionados por la izquierda y
seducidos por el discurso de Marine Le Pen, o bien, analiza el frecuente rechazo
a la instrucción de esas clases populares por considerarla ocio improductivo, así como la creencia de
que el abandono escolar es una elección libre. En el otro, a un estudioso como
Raymond Aaron que, desde su posición, consideraba las clases sociales
como una realidad de otra época. Eribon opina que esas son las palabras de un
privilegiado y que solo los burgueses pueden permitirse ignorar la pertenencia
de clase. La combinación de ambas posturas reproduce el determinismo social (“Es como si la línea que divide ambos mundos
sociales fuera impermeable casi por completo”). Pero si hasta el teórico de
lo social reniega de su origen, no parece que vaya a cambiar nada. (“En lo político, estaba con los obreros, pero
odiaba tener raíces en su mundo. Probablemente, ponerme del lado del “pueblo”
me habría provocado muchos menos tormentos internos y crisis morales si el
pueblo no hubiera sido mi familia.”). Aunque, realmente, son las
estructuras sociales quienes condicionan ese inmovilismo, en particular, el
sistema educativo, que Eribon considera una auténtica trampa, la forma más
efectiva de perpetuar la desigualdad. Incluso él se engañó en cierto modo
pues, al carecer de la información propia de las élites, siguió un itinerario carente
de prestigio que ha condicionado su carrera.
Como pueden suponer, toda su trayectoria supone un largo y
costoso proceso de construcción personal cuyo resultado consiste en aceptar y conciliar
sus diversas identidades.
“¿No nos compete a nosotros construir discursos y teorías que permitan que nunca descuidemos tal o cual aspecto, que nunca dejemos fuera del campo de la percepción o fuera del campo de acción ningún ámbito de opresión, ningún registro de dominación, ningún señalamiento de inferioridad, ninguna vergüenza asociada a la interpelación injuriosa?”.
Traducción: Georgina Fraser
Título original: The Disappearance of Childhood
Traducción: Margarita Cavándoli
Año de publicación: 1982
Valoración: Está bien
Vaya por delante que esto no es exactamente una contrarreseña, o no del todo, sino más bien un complemento o un intento de aportar una perspectiva diferente a un libro que ya ha pasado por ULAD. Como bien explicaba Jaime en su reseña, se trata de un ensayo escrito por un autor que trabaja habitualmente temas sociológicos relacionados con la comunicación, y que en este caso afronta, como deja bien claro el título, la cuestión del trato diferenciado que la sociedad otorga a la población infantil, desde cuándo, por qué, o hasta cuándo. Indica el autor que la niñez (vocablo feo donde los haya, casi tanto como adultez), a diferencia de la infancia, ‘no es una categoría biológica, sino un concepto social’ basado en la idea de que hay un segmento social que necesita, en base a la edad, una diferenciación nítida desde el punto de vista de formación, costumbres, nivel de información, etc.
Es algo que según Postman no existe en la Edad Media, cuando los menores de toda edad son adultos en miniatura que trabajan, trampean, maldicen y participan en todas las actividades de los adultos sin más singularidad que su tamaño. El concepto nace como tal, en su opinión, con la aparición de la imprenta, cuando adquiere importancia la capacidad de leer y escribir, algo que queda reservado a los adultos (vamos, a unos poquitos), quedando los niños al margen del flujo de información que empieza a circular a través de los libros. Con este efecto cada vez más acentuado, llegamos al siglo XX (siempre en el mundo occidental y digamos instruido, claro) con los niños metidos en una supuesta burbuja, ajenos por completo al mundo adulto, quemando sus etapas de aprendizaje escalonado, hasta que aparece la televisión. En este momento, dice Postman, se empieza a doblegar ese proceso hasta revertirlo y poner en peligro o directamente hacer desaparecer la estanqueidad de ese ámbito. Aquí es donde creo que el autor patina un tanto, aunque se entiende: Postman ha dedicado unos cuantos estudios a implicaciones de la tecnología con la comunicación y el lenguaje, y se le ve impresionado por el poder que aquello que se llamaba ‘la caja tonta’ ha adquirido en la sociedad. Porque no olvidemos que el libro está escrito en 1982, cuando ya la televisión había cogido mucho vuelo y… claro, lo que usted está pensando, salvo en círculos minúsculos y casi clandestinos ¡no existía ni la más remota sospecha de que pudiera inventarse algo como internet! Suena raro, pero es así.
Bien, todo esto lo resume Jaime con una capacidad de síntesis desde luego muy superior a la mía. Pero yo sugeriría más cosas para el debate.
En mi opinión, el autor se equivoca en el planteamiento, porque ese proceso de desaparición de la niñez no trae causa de la televisión, sino que seguramente responde a un proceso mucho más complejo (cultural y sociológico) que a lo sumo se refuerza con la irrupción de este medio. El paralelismo que establece entre imprenta-surgimiento del concepto de niñez, y televisión-decadencia del mismo, queda bonito, pero creo que es bastante exagerado, sobre todo en esa segunda fase. El mismo autor lo reconoce un poco veladamente en la última parte del libro, la más interesante, cuando abre un tanto el foco y comienza a referirse a los cambios culturales que se registran en la sociedad (se centra en la estadounidense, pero es extensible a otras) y que contribuyen a borrar los límites entre el mundo infantil y el adulto: el cambio del modelo familiar tradicional, la menor presencia en el hogar de padres y madres y, sobre todo, la intervención de dos corrientes enfrentadas pero de efecto complementario. De un lado, la convicción de que ya no es necesario establecer una línea defensiva alrededor de los niños (o simplemente es más cómodo no hacerlo) y de otro, el proceso de infantilización del mundo adulto.
Esto me parece el punto clave. No es solo que la niñez desaparezca porque, como parece indicar Postman al principio, en las casas se ha metido una máquina que escupe imágenes de forma indiscriminada, sino porque, debido a esos cambios culturales, los niños van siendo cada vez menos niños y los adultos menos adultos. El autor apunta a modo de ejemplo varios aspectos que sin duda nos serán de sobra conocidos: la forma de vestir, la alimentación, el deporte y los juegos en general, la música o, por ponernos más serios, cuestiones digamos más propias del mundo adulto (la violencia, el sexo, la competitividad) que atraviesan esa barrera cada vez más permeable. Lo que quizá Postman no fue capaz de vislumbrar fue que unos años más tarde viviríamos la paradoja de que esos mismos niños convertidos en adultos en miniatura serían al mismo tiempo sobreprotegidos por aquellos adultos trasmutados en jovenzuelos. O tal vez todo se debe a la progresiva sacralización de la juventud, de forma que tanto niños como adultos pugnan por tener siempre veinte años. Bueno, una digresión más, que creo que es lo que el libro pide, más allá de su contenido concreto.
De manera que el texto en sí es indudablemente un producto de su tiempo (principios de los 80) y ahí, visto con perspectiva de varias décadas después, cojea de forma notable, aunque aporta algunas reflexiones interesantes. Como muchas veces ocurre en trabajos de este tipo, aunque la lectura no sea del todo gratificante tiene la virtud de provocar el debate, de ponernos a pensar y, ahora sí, fijar un punto de partida sobre el que darle unas vueltas a nuestras reflexiones de lectores y ciudadanos del siglo XXI. Con internet, las redes sociales, La Voz Kids, el anime y cosas así.
P.S: En lo que hay que reconocer que gana por goleada la reseña original es en la cubierta, con esa niña pintarrajeada que recuerda a los discos de Belle and Sebastian, frente a la terrible estética setentera de la edición en castellano que he tenido entre manos.
Reseña original: aquí
También de Neil Postman en ULAD: Divertirse hasta morir