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lunes, 2 de diciembre de 2024

Byung-Chul Han: La crisis de la narración

Idioma original: alemán
Título original: Die Krise der Narration
Traducción: David Torres en catalán y Alberto Ciria en castellano para Herder Editorial
Año de publicación: 2023
Valoración: recomendable

Quienes hayan seguido mínimamente la trayectoria profesional y literaria del filósofo surcoreano, se habrán percatado que centra su reflexión y discurso acerca de la sociedad actual y la pérdida de valores, ya no únicamente en sentido personal e individual sino también colectivo. En este caso, el autor aborda la crisis narrativa, no en lo que refiere al tema literario sino en el aspecto discursivo de cada uno de nosotros.

En este ensayo, el autor nos habla de la narración en su aspecto más global y genérico, una narración necesaria que se va perdiendo y, con la pérdida, también lo hace nuestra identificación como sociedad puesto que «las narraciones son generadoras de comunidad. El storytelling, por otro lado, sólo crea communities. La community es la comunidad en forma de mercancía. Consta de consumidores». Así, el autor critica el propósito de la narrativa actual, pues realmente el «storytelling es storyselling: explicar historias es venderlas». Por ello, afirma el autor que «en nuestra vida diaria cada vez nos explicamos menos historias. La comunicación como intercambio de informaciones paraliza la narración de historias» de manera que nuestro discurso se construye principalmente de aportación de datos, pero sin una correlación o análisis que desarrolle una historia al trasmitirlos. Con este enfoque, el autor también incide en la vida narrada y lo relaciona con la felicidad, que no es un «acaecimiento puntual. Es como un cometa con una cola muy larga que llega hasta el pasado». Así, el autor evoca a la memoria y hace especial mención a la obra de Proust y Heideger quienes combatieron «la atrofia temporal, la amenaza de la desintegración del tiempo» y, citando al autor alemán, nos recuerda su teoría en la que afirma que «el hombre no va existiendo en cada momento. No es un ser de instantes. La existencia le abarca todo el lapso que se extiende desde el nacimiento hasta la muerte. A causa de la falta de orientación externa, porque no hay anclajes narrativos en el ser, tiene que salir de uno mismo la fuerza para contraer el lapso entre nacimiento y muerte, y convertirlo en una unidad viviente que penetre y comprenda todos los acontecimientos y todos los hechos». Así, continuando con sus alusiones a Heideger, el autor indica que hay que intentar que la existencia «no se desintegre en realidades momentáneas de vivencias que se van sucediendo y van despareciendo», una existencia amenazada con la facilidad en la que tomamos instantáneas de nuestra realidad, cada vez más expuesta e inmortalizada en una tecnología que favorece una digitalización que «agrava la atrofia del tiempo. La realidad se desintegra en informaciones con un margen de actualidad muy reducido». Con este propósito, y enlazando la tecnología con su uso, el autor habla también de las redes sociales y cita las stories de Instagram afirmando que «son una simple sucesión de instantáneas que no narran nada. En realidad, no son más que informaciones visuales que desparecen rápidamente. No queda nada», así como de las selfies, que «no sirven para recordar, sino para comunicar», en un enfoque que ya compartió en «La expulsión de lo distinto» y que aquí reincide al afirmar que «la vida no se puede narrar en forma de acontecimientos cuantificables» en un mal uso que potencia y engrandece el narcisismo, ese gran peligro que «elimina la mirada, es decir, al otro, y lo sustituye por una imagen especular imaginaria».

Afirma que autor que «el recuerdo no es una repetición mecánica de aquello que se ha vivido, sino una narración que continuamente hay que volver a explicar. Los recuerdos forzosamente tienen vacíos (…); cuando todo lo vivido (…) está disponible, el recuerdo desaparece (…) Quien quiere narrar o recordar tiene que poder olvidar u omitir muchas cosas. La sociedad de la trasparencia significa el final de la narración y del recuerdo» y apuntala esta tesis afirmando que «es la narración lo que eleva la vida por encima de la mera facticidad, per encima de su desnudez. Narrar consiste en hacer que el transcurso del tiempo tenga sentido, consiste en dar al tiempo un principio y un final. Sin narración, la vida es meramente aditiva».

Con este libro el autor nos invita a la reflexión y nos interpela afirmando que «tendríamos que ser conscientes que, en el fondo, pensar no es otra cosa que narrar, y que el pensamiento avanza con pasos narrativos». Así, tenemos que reivindicar el poder de la narración, y no dejar que el storytelling se convierta en un storyselling que nos encierre en nosotros mismos, limitándonos a otros mundos, otras narraciones, otras formas de vida.

lunes, 29 de julio de 2024

Varios autores : Neorrancios. Sobre los peligros de la nostalgia

Idioma original: español
Año de publicación: 2022
Valoración:recomendable en general (imprescindible para afines)

Pues sí, puedo confirmar que el símbolo que se ve tras el título en grafía de ciertos aires constructivistas es el de la Falange. Aclaro, aunque no venga al caso, que si uso la mayúscula para la palabra Falange es para resolver una ambigüedad y no porque tenga el mínimo respeto por la gentuza que la ha integrado en algún momento. Aclaración  que puede o no venir al caso para un eventual posicionamiento ideológico, aunque voy a suscribir esa máxima que Goebbels ayudó a aclarar cuando dijo lo de la palabra cultura y el cinto de su pistola. En cuanto a posición crítica y encono por enriquecer las opiniones de quienes lo frecuentan, el club de la cultura es un mundo más bien de izquierdas. Y la palabra nostalgia, en este contexto, acarrea ciertas connotaciones negativas. 

Mencioné hace muy poco a Begoña Gómez Urzaiz. La periodista barcelonesa, cuya ecléctica sección semanal en el suplemento Cultura/s recomiendo encarecidamente leer, es la coordinadora de este Neorrancios, una decena de artículos que aportan diferentes enfoques para rebelarse contra ese oleaje neo-con (matiz: se publica en un mundo anterior a la Guerra de Ucrania ) basado en la reivindicación casi permanente de un pasado mejor y que cuenta con un arranque a raíz del éxito y repercusión de cierto libro, que Santi reseñó de modo certero en su momento. Feria, de Ana Iris Simón, y que es referenciado con cierta frecuencia en estos diez artículos con lo que se gana, de forma merecida o no, la condición de antagonista de esta colección. Aquí se trata un poco de todo y la óptica es algo generacional. Si hay algo que recriminaría a este libro, que recomiendo sin paliativos (aunque hay que considerar sus peros) es que la selección resulta demasiado cohesionada y en eso hay que tener cuidado: puedes pasar de informar a dogmatizar y de divulgar a elevarse al púlpito y lanzar soflamas. De hecho, entre estos diez colaboradores hay incluso un parlamentario electo, y eso es, a la vez que una toma de posición, un riesgo. Estos diez textos no solamente incluyen referencias culturales y menciones a artículos, a Tweets, también están trufados de situaciones del pasado que se denuncian y advertencias serias sobre los riesgos que implica extrapolar la añoranza de otros tiempos a demasiados ámbitos. 

Hay artículos sobre las cuestiones que todos podemos tener en mente: racismo, inmigración, el problema de la vivienda, la integración de los colectivos con opciones sexuales diferentes a lo binario. He de reconocer que el lenguaje inclusivo aún me descoloca un poco. Aunque una óptica más global, no tan localista, le aportaría amplitud de alcance. Y hubiera agradecido algún riesgo superior en la elección del tono. En este sentido nos hemos quedado un poco a medias, y algún contrapeso ideológico le hubiera sentado bien, ni que fuera para mitigar una sensación algo abrumadora de cohesión, que para mi gusto le resta alguna credibilidad al conjunto que esta colección, con un arranque muy brillante, para evitar que definirla acabe pudiéndose reducir a una expresión parecida a diez intelectuales de izquierdas entre los 30 y los 45 años se despachan a gusto contra la reivindicación sesgada del pasado. Aunque sea por una cuestión de simpatía estratégica, esos titulares habría que evitarlos.


lunes, 18 de septiembre de 2023

Anthony Giddens: La política del cambio climático


Idioma original
: inglés
Título original: The politics of climate change
Traducción: Francisco Muñoz de Bustillo
Año de publicación: 2009
Valoración: Interesante

Después de leer un ensayo tan vital y optimista como En defensa de la Ilustración, de Steven Pinker, necesitaba aminorar mi estado de euforia; si hay algo en lo que todos los opinólogos del cambio climático coinciden, es que no está la situación – ni estará en un futuro próximo – para echar cohetes.

A pesar de tener ya quince años de antigüedad en el momento de mi lectura, y eso es mucho decir en este tema, el principal aliciente – para mí – de este libro respecto a otros volúmenes que podrían considerados como más o menos similares, es el enfoque político que aborda.

Partamos por el principio; el pensamiento central de la divulgación de Giddens es el que con una absoluta falta de humildad ha bautizado con su propio nombre, la paradoja de Giddens: “como los peligros que representa el calentamiento global no son tangibles […], muchos no harán nada […] al respecto”. Fenómeno del que muchos nos habríamos dado ya cuenta en su momento, pero no nos hemos molestado en bautizar.

Después de plantearnos semejante paradoja, el autor contextualiza: nos explica por encima las causas y orígenes del cambio climático, la crisis del petróleo, el uso del gas natural, etc. Se realiza una revisión somera sobre nuevas posibles fuentes de energía y sus presumibles dificultades de implantación, refiriéndose aquí tanto a las renovables como a las nucleares y termonucleares. 

Trata Giddens de abarcar múltiples visiones del tema, por lo que también da espacio a teorías escépticas pero fundamentadas (nada de negacionismo per se, sino escepticismo lógico), al movimiento verde y su historia, al famoso “desarrollo sostenible” que define como un oxímoron, e incluso a otras visiones más optimistas al estilo laissez faire, déjalo que se curará solo.

Aboga también por el liderazgo de la UE en temas medioambientales (adiós EEUU) y se lamenta de un posible Brexit todavía no producido cuando se escribió este libro.

Posteriormente entramos en lo que más he valorado de este libro; más allá de analizar causas, buscar culpables y/o escandalizar al público (lo cual, desde mi punto de vista, no está de más), Giddens hace un ejercicio de valentía y PROPONE. Es decir, plantea escenarios asumibles con hechos concretos con los cuales el cambio climático pueda neutralizarse.

Las proposiciones del autor son tanto vagas como muy concretas; en cuanto a las más vagas, son fundamentalmente de carácter político: promover la cooperación, pactar más allá de izquierda-derecha, formar a la población sobre el clima, etc. Nada nuevo. Pero veamos las más concretas: aviso de que algunas medidas que razona y argumenta Giddens no son fáciles de asumir por nosotros, occidentales del primer mundo. 

Por ejemplo, desde un punto de vista humanista, el autor aboga por que los países en vías de desarrollo puedan (justifica éticamente este razonamiento) contaminar más, siempre y cuando se den dos supuestos: a) los países más avanzados deben disminuir su nivel de contaminación desde ya y b) esta contaminación debería valer para aumentar el nivel de desarrollo de estos países en crecimiento.

Es decir, adiós protocolo de Kyoto, entre tantas otras cosas. No me digan que no es controvertido.

Otro argumento: debemos dejar de utilizar el PIB como medida de bienestar para pasar a utilizar otros índices en los que sí se vean mejor reflejados el estado medioambiental de nuestro entorno (GPI, ISEW o SSI).

Uno más, más convencional: quien contamina paga. Aquí la sorpresa sería quién y porqué paga (lean el libro).

En fin, una serie de medidas muy interesantes (y más que me dejo en el tintero) que nos harán adoptar una nueva perspectiva sobre un grave problema, lo cual generalmente es el primer paso para encontrar una solución cuando nos encontramos enquistados.

miércoles, 17 de mayo de 2023

Christopher Lasch: La cultura del narcisismo

Idioma original: inglés
Título original: The Culture of Narcissism: American Life in an Age of Diminishing Expectations
Traducción: Jaime Collyer, para Capitán Swing
Año de publicación: 1979
Valoración: recomendable, con matices


En los tiempos actuales donde la cultura del yo, la explotación de la propia imagen, la superficialidad y la vacuidad están en claro aumento, uno debe tomar cierta distancia para ver de dónde surge todo este declive social. Y justo la editorial Capitán Swing debió pensar lo mismo porque este libro ha sido publicado recientemente pese a haber sido escrito a finales de los años setenta. 

De todos modos, conviene alertar al lector ya desde un inicio, por aquello de la gestión de las expectativas. Porque este libro no trata el narcisismo como lo tenemos entendido, pues en 1979 no existe internet ni las redes sociales y por tanto no hay un mundo virtual de escaparates donde mostrar, exhibir y enmascarar nuestras pretendidas y pretenciosas vidas, sino que lo que trata el libro, y uno lo intuye a medida que lee el libro y lo constata en el posfacio lo deja muy claro es en el que el propio autor indica que «la cultura del narcisismo» no fue pensado sobre la «década del yo» (…) surgió de un ensayo acerca de la familia norteamericana, ‘Heaven in a Heartless World’ (…) en el cual había llegado a la conclusión de que la importancia de la familia estaba decayendo de forma sostenida en nuestra sociedad y desde hacía más de cien años (…) ‘La cultura del narcisismo’ fue un intento de analizar esas repercusiones». Así que confirmadas las sensaciones de la lectura, y matizadas las expectativas de entrada, vayamos a lo que el libro expone.

Es difícil entender una situación actual sin echar la vista atrás, y es con ello que el autor constata que «la devaluación del pasado se ha transformado en uno de los síntomas más relevantes de la crisis cultural de la que se ocupa este libro, que a menudo se apoya en la experiencia histórica para explicar lo que está errado en nuestros esquemas actuales. En un análisis a fondo, esa negación del pasado (…) encarna la desesperación de una sociedad incapaz de enfrentar el futuro» porque «a mediados de los sesenta (…) hubo un reconocimiento creciente (…) de que la crisis personal , en la escala a que había llegado, representaba una cuestión política por derecho propio y que un análisis a fondo de la sociedad y la política contemporáneas debería explicar, entre otras cosas, la razón por la que se ha vuelto tan difícil lograr un crecimiento y un desarrollo personales; por qué vive nuestra sociedad obsesionada con el temor a madurar y envejecer; por qué las relaciones personales se han vuelto tan frágiles y precarias, y por qué la ‘vida interior’ ya no ofrece ningún refugio ante los peligros que los rodean». 

Por ello, el ensayo aborda la cultura del narcisismo desde distintos ángulos que retratan las causas de sus males:

  • El arte: el autor nos habla de «escritores confesionales» como Mailer, Philip Roth, pues «estos escritores suelen retroceder a la parodia de sí mismos, afanosos por neutralizar las críticas anticipándose a ellas. Se esfuerzan por encandilar al lector en lugar de afirmar la significación de su propia narrativa» y cita a Ibsen quien afirmaba que «la ilusión que quería crear era la de realidad» (…) «en el siglo XX, los dramaturgos de vanguardia piensan que la realidad en sí es una ilusión» (…) «los escritores modernos han revertido la fórmula de Ibsen: desean recrear en sus obras la realidad de la ilusión».
  • La tecnología como amplificador del narcisismo, y cita a Sontag al apuntar que «la proliferación de imágenes grabadas socava nuestro sentido de la realidad», mientras afirma que «las cámaras y los magnetófonos no solo transcriben la experiencia, sino que la modifican, transformando buena parte de la vida moderna en una gran cámara de resonancia o sala de espejos».
  • La publicidad, una maquinaria capitalista que «sirve no tanto para publicitar productos como para promover el consumo como estilo de vida» y que utiliza hábiles recursos pues «la propaganda no se vale de los hechos para validar un argumento, sino para ejercer presión sobre las emociones. Lo mismo vale, con todo, para la publicidad» y, de manera acertada, afirma que «la publicidad moderna (…) busca crear necesidades, no satisfacerlas; genera nuevas ansias y no mitiga las anteriores».
  • El deporte, la gran cultura de masas que ha involucionado y traicionado sus principios básicos de ocio y diversión convirtiéndolo en una competición hostil de manera que «la violencia y el fanatismo observables en los deportes modernos llevaron a algunos críticos sociales a insistir en que la actividad atlética difunde valores militaristas entre la juventud, inculca irracionalmente el orgullo local y nacional de los espectadores y opera como uno de los bastiones más fuertes del machismo».
  • La enseñanza, en alto declive cultural, pues «la sociedad moderna ha alcanzado índices sin precedentes de alfabetízalo formal, pero ha generado al mismo tiempo nuevas formas de analfabetismo. La gente resulta cada vez más incapaz de emplear el lenguaje con facilidad y precisión (…) de efectuar deducciones lógicas, de entender un texto que no sea sumamente rudimentario».
  • La educación, pues el autor afirma que «a finales de los años treinta y la década de los años cuarenta la difusión de la enseñanza progresista y de versiones degradadas de la teoría freudiana trajo consigo una reacción a favor de la ‘permisividad’. Los horarios de nutrición dieron paso a la alimentación a libre demanda; ahora todo debía adaptarse a las ‘necesidades’ del niño». De igual manera, cita a Arnold Rogow quien opina que «a los padres contemporáneos, alternativamente ‘permisivos y evasivos’ al lidiar con los jóvenes, les ‘resulta más fácil lograr la conformidad mediante el soborno que enfrentarse al torbellino emocional que implica no aceptar las exigencias del niño». 
  • La producción económica, pues debido a la socialización de la producción, «debemos considerar que la apropiación de la escuela de muchas funciones formadoras que antes acometía la familia, incluidos el entrenamiento manual, las labores domésticas, la enseñanza de la moral y los buenos modales y la educación sexual» tal y como apuntan dos líderes educacionales en 1918 al afirmar que «los cambios sociales, políticos e industriales han impuesto a la escuela responsabilidades que antes descansaban en el hogar. Hubo una época en que la escuela debía impartir, sobre todo, las bases del conocimiento; ahora está al cargo de la formación metal, física y social del niño». Así, «el niño es, como ciudadano, un activo del estado, no la propiedad de sus progenitores. Por ende, su bienestar es preocupación directa del Estado». Por ello, Lasch afirma que «el capitalismo evolucionó hacia una nueva ideología política, el liberalismo del bienestar, que absuelve a los individuos de toda responsabilidad moral y los trata como víctimas de las circunstancias sociales» pues «a medida que la nueva élite desecha la perspectiva de la nueva burguesía, no se identifica con la ética del trabajo y de la responsabilidad que conlleva la riqueza, sino con una ética del ocio, el hedonismo y la realización personal».
  • El poder político y económico, que oprimía a las mujeres pues «la tradición de la galantería enmascaraba, y hasta cierto punto mitigaba, la opresión estructural de la mujer. Los hombres monopolizaban el poder político y económico y hacían más digerible su dominio de la mujer rodeándola de un complejo ritual de deferencia y politesse».

Cabe decir, que el autor se apoya mucho (quizá en exceso) sobre teorías freudianas que ejercen sobre el ensayo un sesgo evidente al tratar sobre la modificación de roles familiares en caso de padres ausentes y en las que se proyecta y atribuye a los niños cualidades o roles correspondientes a los progenitores que se acercan en exceso a patologías que van mucho más allá del narcisismo que podríamos tener en mente. Tal es así que en su análisis sobre el narcisismo afirma que «el niño imagina que la madre ha digerido o castrado al padre y genera la fantasía grandilocuente de sustituirlo, alcanzando la fama o uniéndose a alguien que represente una modalidad caliza del éxito, para generar una reunión extática con la madre» y menciona las tesis de Heinz Kohut quien afirma que el hecho de que la madre tome consciencia de su falta de conocimiento sobre cómo educar correctamente a los hijos causó que «a medida que el niño comienza a percibir las limitaciones y la falibilidad de la madre, renuncia a la imagen de perfección materna y comienza a asumir muchas de sus funciones: a proveerse por sí mismo de cuidados y comodidades» mientras que la madre narcisista «como tiende a percibir a su hijo como una extensión de sí misma, le prodiga atenciones ‘extrañamente desligadas’ de las necesidades del niño, proveyéndolo de una serie de cuidados, aparentemente solícitos aunque en realidad muy poco cálidos».

Debo reconocer que el ensayo es denso, pues contrapone a menudo las tesis y opiniones de diferentes psicólogos provocando que la lectura requiera de cierta pausa y un supuesto bagaje o conocimiento en la materia. Por ello, en resumidas cuentas, podríamos decir que el ensayo escrito por Lasch va mucho más allá del narcisismo y trata especialmente sobre sus causas, profundamente arraigadas a la pérdida de valores, a la crisis personal y a la pérdida de la autoridad paterna provocando una gran pérdida de valores sociales, declive de la enseñanza y la cultura y una conversión (y degradación de los principios fundacionales) del deporte en un puro espectáculo alimentado y nutrido de capitalismo a través de grandes corporaciones empresariales. Tal es así que, a pesar de su inefable interés, los temas expuestos y su enfoque no siempre van ligados al narcisismo como origen o incluso consecuencia, sino de manera tangencial y cohabitante con ello y más que un análisis de un momento concreto trata el desarrollo de los conceptos ligados a la formación humana en un trazado a lo largo de varias décadas del siglo XX.

Radical en su planteamiento controvertido, Lasch es contundente en su exposición cuando afirma que «la gente se aferra a la ilusión de la juventud hasta que ya no es posible sostenerla, punto en que debe asumir su condición de inútil o hundirse en una sombra desesperación» y cita a Sheehy quien propone «que la gente se prepare para la madurez y la vejez de modo tal que pueda eliminarse la de la escena sin mucho escándalo». Quizá demasiado radical, pero un gran contrapunto de humildad ante tanto narcisismo.

viernes, 31 de marzo de 2023

VV.AA.: Manifiesto conspiracionista

Idioma original:
Francés
Título original: Manifeste conspiracioniste
Traducción: Emilio Ayllón Rull / Julio Monteverde 
Año de publicación: 2022
Valoración: Curioso

Vaya por delante que me parece razonable, incluso sensato, mostrarse escéptico, cuando no abiertamente desconfiado, ante el prójimo; sobre todo si ese prójimo detenta el poder, se oculta tras una institución o justifica su proceder con una ideología. Es por ello que siempre me he sentido cercano a los conspiranoicos. No a los más trasnochados, por supuesto, pero sí a esos que exhiben unas dosis de saludable recelo y misantropía. 

Espero que el resto os mostréis, también, abiertos a las ocurrencias conspiranoicas. O que, al menos, no entorpezcáis las que tienen sentido. Recordad que «El objetivo de la retórica anticonspiracionista es asegurar a los propietarios de este mundo el monopolio de la capacidad de conspirar.» (34) ¡De modo que no os interpongáis entre aquellos que pretenden «reapropiarse del arte de conspirar» y sus, ¿nuestros?, enemigos! (290)

Los autores, varios y anónimos, del Manifiesto conspiracionista pertenecen a la rama de conspiranoicos moderados. Esos que tiran de hilos tangibles y no se montan pajas mentales esquizofrénicas. Esos que, como ellos mismos insinúan en las páginas de este libro, se adscriben en el linaje de pensadores proclives a la sospecha, como por ejemplo Foucault, Hegel, Marx, Nietzsche, Freud o Adorno, entre otros.

La forma de abordar y recibir el COVID les ha alarmado. Aunque sus denuncias se remontan a periodos anteriores, estos últimos años de pandemia son los que más rechazo les producen; años en los que, según afirman, se ha llevado a cabo una campaña de «ingeniería social» y «biocontrol» para someter a los ciudadanos, restringir sus libertades y, encima, volverlos cómplices de lo anterior. (258-259)

Los conspiranoicos del Manifiesto conspiracionista, sin andarse con rodeos, abordan las críticas obvias que uno podría formularles. Por citar una bastante previsible: sí, el mundo es complejo, pero «Un mundo tan hostil como el que se vislumbra no se hace solo. Nos han hecho (…) un mundo a nuestras espaldas. (…) El solo hecho de que haya un mundo y no varios (…) es fruto de un esfuerzo concentrado.» (23)

Admito que los conspiranoicos de Manifiesto conspiracionista no están libres de defectos. Ni ellos en tanto que conspiranoicos ni sus argumentos para serlo. A veces desprenden un tufo a excepcionalismo que tira para atrás, establecen paralelismos algo forzados o mean fuera del tiesto. Sea como fuere, vale la pena leerlos. No sólo porque sueltan reflexiones que, aunque matizables o abiertamente discutibles, son bastante curiosas. También porque la prosa con que las comunican es deliciosamente torrencial y expresiva. Más próxima, en efecto, a la de un manifiesto que a la de un ensayo propiamente dicho. A veces peca de exaltada, cae en redundancias o dilata en exceso los capítulos, pero insisto en que para mí ha sido una gozada paladearla.

Personalmente, me ha encantado el rapapolvo que se lleva la izquierda en este Manifiesto conspiracionista. Yo, que me considero un izquierdista desencantado, aprecio declaraciones tan honestas y lúcidas acerca de la izquierda como las que siguen: 

«Se ha mostrado (…) irracional a fuerza de racionalismo, oscurantista a fuerza de cientifismo, insensible a fuerza de sensiblería, mórbida por higienista, odiosa por filantrópica, contrarrevolucionaria por progresista, estúpida por creerse cultivada y maléfica a fuerza de querer estar del lado del Bien.» (35-36) «De la derecha nunca ha habido nada que esperar, excepto la perpetuación de la injusticia heredada. Pero que, en el fondo, la izquierda ha estado siempre del lado de los vencedores, limitándose a ser su mala consciencia histérica, eso solo había aparecido a la vista de todos, a lo largo de la historia, en destellos que se olvidaban rápidamente. (…) Reactiva, embrollada, peso muerto, la izquierda ha sido siempre contrarrevolucionaria de la manera más eficaz en que podía serlo: pretendiendo “apoyar al movimiento”. Siempre ausente en el momento en que hay que estar ahí, vive solo en el futuro perfecto, para producir los relatos, los conceptos, las justificaciones que explican y ratifican la derrota.» (40)


PD: A los interesados en esto de las conspiraciones, les recomiendo indagar en aquella de la que nos alertaba Thomas Ligotti en La conspiración contra la especie humana. Esa es la verdadera conspiración. También recomiendo el ensayo de Donatella di Cesare, titulado El complot en el poder.

sábado, 17 de septiembre de 2022

Zygmunt Bauman: ¿La riqueza de unos pocos nos beneficia a todos?

Idioma original: inglés

Título original: Does the Richness of the Few Benefit Us All?

Traducción: Alicia Capei Tatjer

Año de publicación: 2013

Valoración: Bastante Recomendable


Pues una pregunta bien explícita, no? Generemos riqueza, cuanta más mejor, aunque (o para que) se la lleven unos pocos, porque al final algo de todo eso nos llegará a los demás. También conocida como teoría del goteo, es la última vuelta de tuerca del neoliberalismo, que triunfa en todo el planeta y a la que tampoco hace ascos la socialdemocracia con aquello de hacer una tarta bien grande, que ya habrá tiempo de repartirla. En lenguaje más coloquial: cuanto más rico sea yo más sobras os echaré en el plato. Eso, si me beneficia y os portáis bien.

La respuesta de Bauman a la pregunta es obviamente negativa, no tanto desde el punto de vista económico (para lo cual no sé si tendría los argumentos técnicos necesarios) como desde el ético, claro está. Porque la clave está en el verbo: nos beneficia. Ya habrá expertos que discutan si en base a ese axioma la economía va mejor, suben los sueldos y desciende el desempleo y la miseria. Pero aunque así fuese esa situación nos beneficia tanto como si mañana Elon Musk o Amancio Ortega nos prometiesen un incremento del diez por ciento en nuestro salario si nos convertimos en sus esclavos. Ganamos más, pero eso no necesariamente nos beneficia, porque no es el único parámetro que hay que valorar.

La desigualdad, que es en definitiva de lo que estamos hablando, se ha multiplicado de forma explosiva en el siglo XXI. Bauman aporta algunos datos seguramente ya conocidos. Uno: 'casi todo el crecimiento del producto nacional que consiguió Estados Unidos desde el colapso crediticio de 2007, más del 90 por ciento del mismo, cayó en manos del 1 por ciento más rico de los estadounidenses'. Dos: 'el 20 por ciento más rico de la población consume el 90 por ciento de los bienes producidos''. Tres: 'el 1 por ciento más rico posee ahora casi 2.000 veces más que el 50% de la población mundial'. Y así hasta el infinito, más y más ejemplos extendidos por todo el mundo, desigualdades enloquecedoras y en aumento exponencial entre personas y entre países, cifras escalofriantes que ponen negro sobre blanco la concentración de la riqueza en manos de una minoría cada vez más ínfima y cada vez más acaparadora. El libro está editado en 2013, los datos han seguido disparándose desde entonces y lo que cuenta Bauman es una muy pequeña muestra frente al apabullante material, mucho más pormenorizado y técnico, que expone por ejemplo Thomas Piketty. 

Pero como el pensador polaco no es un economista que conozca a fondo los resortes del sistema, lo que le preocupa no es tanto subrayar la evidencia, ya de sobra demostrada, como detectar sus consecuencias. La primera es que la concentración de la riqueza implica también concentración del poder, y por tanto ‘la primera víctima de esa profunda desigualdad será la democracia’, toda vez que los bienes necesarios para la supervivencia van quedando en manos de unos pocos y por tanto la capacidad de decisión se ve cada vez más limitada. La desigualdad, planteada en estos términos brutales, deriva en una alteración de los conceptos de sujeto y objeto, y sectores cada vez más extensos de la población, engullidos y degradados por el sistema, centrados en la mera subsistencia, pasan progresivamente a convertirse en objetos, piezas que voluntariamente o no, dejan de tener voz y se limitan a contribuir a que el mecanismo siga funcionando.

El proceso se alimenta en gran parte del consumismo (una de las bestias negras de Bauman) que, inyectado profundamente en la sociedad, crea necesidades crecientes que el ciudadano se ve impulsado a satisfacer, con lo que se lanza a recoger las migajas que le caen, se endeuda, compra, y alimenta así al sistema de forma indefinida y creciente porque el beneficio que se genera va de nuevo, en términos macroeconómicos, a aquella minoría cada vez más reducida. La competitividad es otra de las patas del invento, al establecerse una competición entre los consumidores para intentar obtener siempre algo de más valor, algo que al menos simule un estatus algo más elevado.

Entrando en terrenos más propios de la sociología que de la economía, hay también espacio para la tecnología. Recogiendo una idea de Jonathan Franzen, Bauman ve en la tecnología un medio para escapar de la realidad, que en definitiva es aquello que se resiste al ser humano, algo que debemos doblegar o ante lo que debemos plegarnos, y fuerza nuestra voluntad en uno u otro sentido. La tecnología permite escapar de esos límites y plantearnos un mundo a nuestra medida, que se ajuste a nuestras expectativas y que podemos ignorar con solo darle a un botón. Un nuevo bien de consumo para no pensar demasiado y mostrarnos dóciles con lo que nos lo ofrece (y eso que, insisto, el libro tiene casi una década y el autor no se podía imaginar lo que vendría en los años siguientes)

Pese a que son poco más de cien páginas, Bauman va sondeando en distintos aspectos de la sociedad actual a partir de aquellos datos iniciales sobre la desigual distribución de la riqueza. A veces podemos tener la sensación de que se pierde un tanto en digresiones sobre temas sin una conexión demasiado clara, aunque la exposición es siempre fundamentada y rigurosa. Pero es lo que tiene poner un título tan sonoro y específico: puede que el lector acuda con un interés directo sobre lo que se propone y se decepcione al encontrarse con temas diferentes aunque colaterales. Para evitarlo conviene olvidarse un poco de la pregunta inicial y centrarnos en la lectura de un autor que ya es un clásico cuando se trata de analizar estos tiempos líquidos.

domingo, 29 de mayo de 2022

Albert Noguera / Jule Goikoetxea: Estallidos


Idioma original: español

Año de publicación: 2021

Valoración: espeso

Perdonaréis, espero, que abra esta reseña con una algo obvia perorata: las opciones políticas de derechas ya disponen de la mayoría de los medios de comunicación. Por pura definición, tienen los recursos económicos para usarlos para sus fines, los resortes adecuados para elegir sus contenidos, y sería falaz exponer ejemplos de su capacidad de sesgo de la opinión pública. Nos quedaríamos sin espacio. Entonces, digamos, a las opciones de izquierdas les quedan los medios independientes, las editoriales alternativas, las redes sociales (bueno, eso se suele creer), aparte de plantarse en medio de la calle y vociferar sobre lo injusto que es todo y recibir un aluvión de aplausos, de gente que luego ya veremos si llega a votarles.

Pero todo ello no deja de resultar ingenuo y casi entrañable. Y hace unos meses le preguntaba a Jorge Herralde por las editoriales de corte militante (Capitán Swing, por ejemplo, era mencionada) y acordábamos que ese perfil resulta adecuado y hasta necesario. Eso, y las asambleas y los tenderetes donde te regalan un pin y te piden la voluntad. Pero lo primero que debería asimilar la izquierda es que no es malo (podría ser incluso un perverso símil troyano) asimilar el deje capitalista e intentar vender su mensaje aunque sea para ejercer un tímido ejercicio de proselitismo, llámese a éste captar adeptos, convencer a quienes dudan, o, triunfo absoluto, hacerse con conversos. 

Porque esa es la triste realidad de los medios: cada uno consulta los afines y los que le dicen lo que le gusta leer y así estamos reforzando convicciones. Mirad,si no, Twitter y las fake news. De ese panorama libros como este (que, aclaro, dudo si va dirigido al público general, yo lo he tomado de la mesa de novedades de mi Biblioteca Municipal) no ayudan precisamente a escapar. Sus autores son politólogos de claras convicciones ideológicas. Terror para el Estado Español: uno tiene su nombre en catalán, la otra en euskera. O sea, Abascal no va a pasearse haciendo ostentación. Cualquier oyente de ciertas emisoras o lector de ciertos periódicos, si llegara a enterarse de su mera existencia, saldría corriendo hacia el otro lado o lo usaría para prender la barbacoa. Casi desde la portada. Yo ni siquiera puedo decir que, alineado con muchos de sus planteamientos, me haya resultado estimulante. Demasiado párrafo interminable. Demasiado polisílabo encadenado y terminología inasequible, mucha mención de autores, supongo, de los círculos afines y, me temo, pocas ganas de romper la barrera. Ya que estamos, una obsesión por ampararlo todo bajo un manto teórico, una argamasa que aglutina los argumentos de siempre sobre el enorme poder de las grandes corporaciones y cómo éste se sitúa por encima del ámbito político, una clara escora hacia lo conspiranoico, algunos ejemplos ya canónicos - la Primavera Árabe, Bolivia, el procés - para acabar un poco en lo de siempre, que es el dominio del poder del rico, liberal, masculino, blanco y heterosexual, como enorme bota que aprisiona a todo lo que es diferente, que lo aprisiona todo aunque de forma desigual e intermitente para que no siempre se note. Ahí me ha parecido que el texto (en realidad, un diálogo entre los dos autores) se salta una premisa importante, que es que las fronteras entre los colectivos son muy difusas. Y que la pertenencia a los colectivos desfavorecidos no es una garantía de nada en el sentido ideológico: hay mujeres machistas, hay muchos cismas internos en el colectivo LGTBIQ, hay una división enorme incluso en cómo responder ante la opresión. No digo que el libro no contenga planteamientos válidos. Pero incluso su propio título parece un clickbait. En realidad hay muy poca concreción y todo se extiende en ámbitos teóricos que ni harán que nadie cambie su posición e incluso han conseguido que quien la comparte se aburra o se hastíe. Una lástima.

viernes, 30 de julio de 2021

Lluís Calvo: Els llegats

Idioma original: catalán
Título original: Els llegats
Traducción: sin traducción al castellano en el momento de publicar la reseña
Año de publicación: 2021
Valoración: muy recomendable

No es la primera vez que hablo en este blog sobre cómo gran parte de la sociedad actual se ve empujada a vivir el día a día de manera ajetreada y casi atropellada. Y no cabe duda de que las “nuevas” (deberíamos empezar a dejar de utilizar este término) tecnologías, no solo colaboran, sino que empujan a ello. E hice hincapié de la incidencia de las mismas en la vorágine actual de estar siempre sometidos a la dictadura de la actualidad. Pero faltaba contemplar la incidencia que tenía en su parte más humana, más conductual, más antropológica. Y este libro presenta una manera muy precisa de abordar esta vertiente.

Presentado bajo el título de «Los legados», este ensayo del poeta, crítico literario y ensayista Lluís Calvo, esta obra parte de las tradiciones y los legados. Pero no lo hace analizándolas como tales, sino como ejemplo de la pérdida de un pasado, de manera pretendida, por gran parte de la sociedad. De esta manera, y que el título no os confunda, el libro analiza de manera radical, actual y directa, la sensación de vacío que se crea entre nuestro presente más actual y nuestro pasado más inmediato porque, tal y como afirma el autor, a partir del siglo XX «estamos perdiendo el pasado (…) El tiempo se ha roto en manos de la inmediatez».

Calvo destaca y reivindica la importancia de las tradiciones en su sentido de reconocimiento histórico que debe estar, de manera continua, presente en nuestros días pues sólo manteniendo el cordón umbilical que nos liga al pasado podremos conectar nuestra ideología con los episodios trascendentales de la humanidad y lo hace cuestionándose «¿cómo se puede avanzar hacia la igualdad si se pierden de vista los momentos de confrontación? » citando también a Walter Benjamin al afirmar que «la pobreza de la experiencia nos conduce a una nueva barbarie (…) porque el bárbaro, de hecho, es aquel que quiere empezar de cero».

El autor se lamenta de la pérdida de la peso de la cultura actual, y cita a Steiner al afirmar que «una cultura ‘viva’ se alimentaba continuamente de las obras del pasado, de las verdades y las bellezas logradas gracias a la tradición» y en su análisis se remonta a épocas pasadas y las compara con nuestros días afirmando que la élite cultural ya no existe, pues «solo puede ofrecer prestigio social en términos simbólicos y de reconocimiento, pero no en cuanto a escalafón social, porque las personas que se dedican a ello solo aspiran a sobrevivir (…) Se puede, entonces, pertenecer a la élite cultural, pero ser un paria desde el punto de vista de la clase y la posición social». Y, citando a T.S. Eliot, afirma que «la misión de la cultura, por tanto, no es sino la preservación de un alto grado de civilización, por lo cuál es imprescindible la cesión de los legados a las generaciones futuras».

Es interesante como Calvo enlazada con las ideas de Arendt distinguiendo la industria del entretenimiento con la cultura, pues aquella trata los objetos culturales «tan solo como bienes de consumo, mercancías efímeras que se sitúan en el mismo plano que otros bienes de consumo inmediato. No existe, entonces, una cultura de masas propiamente dicha, sino tan solo un entretenimiento de masas, pues no se puede considerar que la cultura esté extendida de manera general en la sociedad».

Calvo es valiente al cuestionar el papel de las instituciones culturales y, recuerda las palabras de Carles Hac Mor quien afirmaba que «el arte, la literatura, la creación, siempre van contra la cultura, son contraculturales, anticulturales. Y la cultura va contra la creación» y atribuye asimismo «la conversión de obras y creaciones en productos de entretenimiento» en gran parte a «la falta de interés en facilitar una visión comprensiva de los legados culturales y la dispersión que provoca el hecho de estar sometidos a una avalancha de información que ningún ser humano es capaz de digerir completamente» (algo que ya mencionamos en «Clics contra la humanidad», de James Williams); el autor nos habla también de la obsolescencia programada de la cultura como «consecuencia del carácter pasajero que la sociedad otorga a sus creaciones y bienes» ya que «es interesante (…) constatar que para algunos ciudadanos el mérito cultural y artístico se mide a partir de las grandes cifras, ya sea a través de reproducciones, ventas o impactos».

A partir de esta aproximación desde las tradiciones y la herencia cultural, Calvo centra gran parte de su análisis en la sociedad actual, que convive en «una verdadera cresta entre dos vertientes muy contrastados» pues «una ignora el presente y la otra no se siente interpelada por la tradición de los siglos» y vivir en esa grieta, en esa fisura, comporta «una caída al agujero del desconocimiento y la pérdida de referentes, siempre hacia abajo, siempre hacia la oscuridad», «dándonos cuenta, a pesar de todo, de que vivimos entre los muros agrietados por un rayo que se denomina tiempo». Así, el autor se lamenta del acelerado ritmo vital al que nos vemos sometidos, espoleados y azuzados porque, parafraseando a Lyotard, afirma que «en un universo donde el éxito consiste en ganar tiempo, pensar no tiene nada más que un solo defecto: hace perderlo», algo imperdonable en una sociedad en la que «el presente no sabe mirar atrás porque está demasiado pendiente en ser fagocitado por el futuro».

En la segunda mitad del libro, el autor reorienta el ensayo hacia el narcisismo social, y lo enlaza de manera muy acertada con las tradiciones afirmando que «si la tradición es un diorama (…) el presente tal y como lo entendemos hoy en día se convierte en un espejo que solo sabe reflejar el propio rostro». De esta manera, Calvo también relaciona la pérdida del legado con el narcisismo imperante en gran parte de la sociedad, pues «los individuos de nuestros días son narcisistas y viven en la inmediatez. Y nada es menos inmediato que el pasado». Así, el «adelante, siempre adelante. Disfruta del momento» impulsado por la autoayuda adquiere un cariz narcisista, pues «mirar hacia adelante significa vivir el presente con intensidad (…) no es necesario arrepentirse de nada, ni remover tampoco los aspectos negativos de la historia (…) El pasado no existe, contemplarlo es negativo y es necesario cortar las ataduras que nos unen a él. Solo vale el aquí y el ahora» y el autor, de manera muy hábil, establece una interesante relación entre narcisismo e individualismo porque «tienen en común la despreocupación absoluta hacia generaciones futuras y también, sobra decirlo, hacia el pasado» porque para el narcisista «el presente es lo único que existe, el momento que cabe aprovechar, la ocasión que no podemos dejar pasar. Y el futuro, de hecho, es incierto. Estos serían los dogmas del narcisismo neoliberal» porque «Narciso se refleja en el estanque de un presente continuo. Cada reflejo que el agua devuelve es una instantánea del presente al cual se encadena el héroe» y «lo que quiere evitar Narciso, precisamente, es que el reflejo huya del presente. La única manera que tiene de conseguir este terrible objetivo es, entonces, anclarse al momento. Ningún legado ni tradición pueden ser satisfactorias».

En esta crítica hacia el narcisismo de gran parte de la sociedad y que las tecnologías animan y aúpan, el autor asevera que «nos hemos convertido en vendedores ambulantes de nosotros mismos» (algo que ya apuntaba Ingrid Guardiola en su interesante ensayo «El ojo y la navaja») y lo evidencia recordándonos al artista Dan Cretu y su obra en la que cambia el lago de narciso por una tableta con el logo de Instagram, porque «el mundo, visto desde los ojos narcisistas, solo existe para ser integrado dentro del propio ego». Una sociedad que, perdida en el presente, se muestra de manera constante, ininterrumpida y convirtiéndose en poco más de un producto sin preguntarse «qué quedará, de hecho, de la tarea personal en un mundo que engulle a cada instante billones de datos e información» y, parafraseando Lowen sentencia que «cuando la riqueza material está por encima de la humana, la consecuencia inmediata es que la notoriedad despierta más admiración que la dignidad y el éxito es más importante que el respeto a uno mismo».

Calvo concluye su ensayo afirmando que «cuando el pasado no llega con fluidez, no únicamente se produce un corte con los días pretéritos sino que la proyección del presente hacia el futuro resulta incierta y fantasmagórica» porque «nada favorece tanto el neoliberalismo como la amnesia, la obsolescencia, el reemplazo continuo y la fugacidad. El problema de la tradición y los legados no es únicamente de tiempo, de comprensión de lo que ha resultado, sino también de conocimiento de la dimensión histórica y del impacto cultural, social y político que ha tenido cada hecho y cada aportación cultural. Sin este conocimiento no seria posible ejercer la acción crítica». Por ello, de manera crítica pero propositiva, el autor finaliza afirmando que «todo es niebla en los tiempos contemporáneos. Niebla ideológica. Niebla vírica. Niebla sepulcral. Niebla de los antiguos ideales que a duras penas se entrecruzan. Pero la misión del pensamiento es hacer luz en medio de la grisalla. Atrevámonos entonces». Y no seré yo quien le contradiga.

lunes, 28 de junio de 2021

James Williams: Clics contra la humanidad

Idioma original: inglés
Título original: Stand out of our light
Traducción: Álex Gibert
Año de publicación: 2018
Valoración: recomendable

Es indudable que vivimos en tiempos ajetreados, en un momento de la vida donde la aceleración a la que somos sometidos mediante constantes e incesantes estímulos hace que nuestro tiempo, siempre limitado, siempre insuficiente, tenga cada vez más valor. El “regalo” que se nos ha ofrecido es el de un acceso ilimitado a la información, pero no es un “regalo” como tal, sino que, como todo en esta vida donde hay una empresa detrás, existe una contrapartida, un precio a pagar: nuestro tiempo.

Este ensayo empieza ya con una seria advertencia del propio autor en el prólogo, al afirmar que «una amenaza de última generación para la libertad del ser humano se ha materializado antes nuestros ojos. (…) Ha llegado trayendo consigo el regalo de la información, un recurso escaso y valioso hasta la fecha (…) y, para acabar de seducirnos, ha llegado con la promesa de que está de nuestra parte». Porque es difícil dar la espalda a algo que es tan accesible y tan interesante, porque «como la información ha sido siempre un recurso escaso, la opinión general es que el aumento de información es positivo por principio», aunque «y, como anticipaba en la década de 1970 el economista Herbert Simon, cuando la información abunda, el bien escaso pasa a ser la atención» porque el exceso de información puede ser contraproducente y el autor lo argumenta acertadamente haciendo una analogía con el juego del Tetris afirmando que «la cantidad de información solo es relevante aquí en cuanto que implica cierta velocidad de información» y, de manera análoga al juego, «cuando su velocidad de emisión es excesiva, la información no se puede procesar (…). Así pues, el mayor riesgo que entraña esta abundancia informativa no es la simple absorción o polarización de la atención, como cuando la información era un recurso finito y cuantificable, sino la pérdida de control que genera en los procesos de la atención».

El autor, que en su pasado reciente trabajó durante diez años en Google y fue uno de sus principales estrategas, es muy conocedor de lo que el mundo digital genera y se confiesa afirmando que «no tardé en comprender que la causa en la que me había embarcado no era la de organizar la información, sino la de gestionar la atención. La industria tecnológica no diseñaba productos: diseñaba usuarios» y, esto era solamente el principio, la punta del iceberg del control y la perversión, pues «cuando el uso de un producto es socialmente mayoritario, su creador no se limita a diseñar usuarios: diseña también la propia sociedad». Y esa lucha incesante por hacerse con el control no de la información, sino de la atención del usuario lleva a las compañías tecnológicas a irrumpir de manera clara en el mundo de la publicidad («Google y Facebook representan el 85% del crecimiento interanual de la publicidad en internet»), pues «la tecnología digital dio pie a una explosión cámbrica de los sistemas de análisis publicitarios, al posibilitar la medición a escala individual de los comportamientos del consumidor (las visualizaciones de cada página), sus intenciones (las consultas de búsqueda), sus contextos (sus ubicaciones físicas), sus intereses (inferidos a partir de sus historiales y conductas de navegación), sus identificadores exclusivos (el ID de sus aparatos o las direcciones de correo de los usuarios registrados) y muchos parámetros más». Y, para conseguir nuestra atención ante la oferta infinita de estímulos a los que nos vemos sometidos, «tan despiadada es esta competencia por captar nuestra atención que los diseñadores no han tenido más remedio que apelar a lo más bajo de nuestra naturaleza (…) y explotar el catálogo entero de sesgos cognitivos para la toma de decisiones que la psicología y la economía conductual llevan compilando diligentemente durante las últimas décadas. Entre estos sesgos de incluye la aversión a la pérdida —que a veces se encarna en el miedo a perderse algo (…) el FOMO—, la comparación social, la inercia o tendencia al statu que, el efecto marco y el efecto anclaje». Es por ello que, en el fondo, «la lucha por la atención y la ‘persuasión’ masiva de usuarios equivale, en última instancia, a un proyecto de manipulación de voluntades a gran escala» porque el medio «es una máquina diseñada para cosechar nuestra atención al por mayor, sin miramiento alguno».

De esta manera, y una vez expuesto el alcance y la potencialidad de tales herramientas, el autor sustenta su exposición en dos pilares básicos: la atención del usuario y la conveniencia de las tecnologías. Y el autor es taxativo en ambos aspectos, pues en referencia a la atención (o a la pérdida de) afirma que el peligro de las meras “distracciones”, pues «a corto plazo, estos obstáculos pueden mermar nuestra capacidad de hacer lo que queremos hacer. A largo plazo, pueden llegar a impedirnos las vidas que queremos vivir y, lo que es peor, minar facultades como la reflexión o el autocontrol». Así, expone que «la reflexión es un ingrediente esencial del pensamiento que nos ayuda a determinar ‘lo que queremos querer’ (…) Las notificaciones o las apps adictivas, por ejemplo, pueden el vacío de esos momentos del día que uno empleaba para reflexionar sobre sus metas y prioridades». El autor define de esta manera lo que supone la «“economía de la atención”, un entorno en el que los productos y servicios digitales compiten sin descanso para captar y explotar la atención del consumidor» e insta a las propias compañías (mediante un cambio social y legislativo) a que modifiquen sus conductas, pues «se ha de evitar la tentación de pedir a los usuarios que "se adapten" a las distracciones: para eso habrían de poseer una capacidad de autocontrol inalcanzable (…)» pues «hay por ahí miles de psicólogos, estadísticos y diseñadores escogidos entre los más inteligentes del mundo que se pasan media vida pensando en la manera de echar abajo el muro de vuestra voluntad» y pretender luchar contra esto es inimaginable.

En cuanto a la potencialidad, el autor pone como ejemplo el abominable experimento de Facebook en relación con a la identificación de huellas de contagio emocional, en el que analizaban la reacción de una muestra de sus usuarios a los que se les mostraba información filtrada pare ver cómo afectaba a su manera de escribir y, en consecuencia, comportarse. El autor nos pone en alerta también sobre lo que viene, pues recuerda que ya «existen más de 250 juegos para dispositivos móviles Android que perciben sonidos del usuario (…) en 2015, Facebook registró una patente para detectar emociones, positivas o negativas, mediante las cámaras del ordenador y el móvil. Y en abril de 2017 (…) Regina Dugan, investigadora de Facebook y ex directora de DARPA salió al estrado para presentar el desarrollo de una interfaz que permitiría conectar el cerebro al ordenador». Y, en este proceso de identificación y alteración del comportamiento de sus usuarios (ergo, todos nosotros), James Williams critica también los que utilizan las redes sociales para descargar su ira contra alguien o contra un hecho en concreto, aludiendo a “la justicia de la turba”. Si bien es cierto que la presión social en ocasiones ha contribuido a lograr «que las personas respondan por sus actos, sobre todo cuando las instituciones públicas han fracasado en su intento» (Primavera árabe, Trayvon Martin, Harvey Weinstein...) «las dinámicas de indignación y linchamiento social» pueden resultar contraproducentes y cita a Lincoln cuando afirmó que «no hay agravio que pueda repararse adecuadamente cuando el pueblo se toma la justicia por su mano». 

Por todo ello, la lectura de este ensayo es recomendable, a pesar de que destaca más por los mensajes que transmite que por poseer un estilo de escritura que busque, a través de la información proporcionada, que el lector se sienta atraído o cautivado por su enfoque, sin añadir de manera evidente o explícita frases que lo seduzcan o conecten a nivel emocional con él. El autor es contundente en su planteamiento, y en un relato más expositivo y crítico que propositivo, la sensación que nos queda es de un mundo con pocas probabilidades de subsistencia en lo que refiere al equilibrio y libertad emocional. A pesar de que el autor deja bien claro su propósito afirmando que «mis argumentos no se oponen de ningún modo a la tecnología ni al comercio (…) La perspectiva que he adoptado y las propuestas que detallaré no son en absoluto incompatibles con la prosperidad económica, ni tratan de poner ‘freno’ a la innovación tecnológica. Son más bien un ‘volante’», James Williams es duro y pesimista en su visión del futuro más cercano al afirmar que, respecto a la propagación vertiginosa de las tecnologías digitales, «este proceso no rebasará ningún umbral de tolerancia que nos obligue a tomar cartas en el asunto. Se inició gradualmente, y gradualmente seguirá evolucionando. No oiremos ninguna voz ni veremos ninguna luz en el firmamento que nos advierta que vivimos rodeados de una infraestructura mundial de persuasión inteligente. (…) No habrá revelación alguna que nos permita comprender lo grave e insostenible de la situación». 

Ya en sus páginas finales el autor concluye que «la crisis que atravesamos hoy no se manifiesta únicamente en el aumento mundial de las temperaturas; también es palpable en nuestra maltrecha facultad de la atención. Así pues, no podemos limitar a reformar nuestro mundo material; habrá que reforzar también nuestro mundo atencional, y prestar atención a aquello que la merece» porque «¿qué hacemos cuando prestamos atención? En el fondo, lo que hacemos no es ‘prestarla’ sino ‘regalarla’, despedirnos de todo aquello a lo que podríamos haber atendido en su lugar (…) la atención se presta siempre a fondo perdido y se paga en futuros posibles a los que uno debe renunciar». Porque «la atención de presta, sí, pero jamás se devuelve». 

Dice James Williams, de manera solemne, que «la vía que nos queda es la de movilizarnos con urgencia para afirmar y defender nuestra libertad de atención» porque «la liberación de la atención humana podría ser la lucha ética y política de nuestro tiempo». Ya el propio autor advierte que «Si la primera “brecha digital” marginó a quienes no tenían acceso a la información, la brecha actual marginará a quienes sean incapaces de prestar atención». Estamos avisados. Y a esto sí vale la pena prestarle toda nuestra atención.

domingo, 31 de enero de 2021

Semana del ensayo #7: Regreso a Reims, de Didier Eribon

Idioma original: francés 

Título original: Retour a Reims

Año de publicación: 2009

Valoración: Recomendable

 

El ensayo biográfico permite abordar cuestiones de interés con todas la licencias propias de este género literario (desorganización, proporción desigual de los temas tratados, opiniones personales en lugar de realidades científicas, divagaciones sin límite etc.), y el aspecto narrativo le proporciona un plus de amenidad. Demasiada para mi gusto en este caso, y es que el contenido autobiográfico me parece excesivamente extenso, incluso reiterativo, en detrimento de la parte teórica. Pero esta es mi opinión, solamente.

Autor de una obra extensa y variada, Didier Eribon  ha escrito varios tratados en los que –siguiendo la estela de Genet y (su biografiado) Foucault– plantea el largo y arduo proceso de la salida del armario. Aquí trata de la suya propia y del concepto en sí con todas sus implicaciones. El camino fue largo para alguien nacido en 1953, primero lo mantuvo en secreto, pero poco a poco tuvo que resignarse a la perspicacia de su entorno y con el tiempo acabó reuniendo un amplio corpus teórico en el que analiza la homosexualidad desde diversas perspectivas. No solo había superado la fase de ocultación, supo además convertir su realidad personal en asunto de investigación y reflexión, eso le proporcionó el respeto personal, un prestigio profesional indiscutible... y un día falleció su padre. Entonces fue consciente de que el secreto, alimentado por la vergüenza, no era solo su orientación sexual, que su origen social seguía a salvo de todas las miradas pues durante toda su vida había ocultado su pasado, y cuando las preguntas le parecían demasiado indiscretas, se veía obligado a mentir. (“Formulémoslo de la siguiente manera: me fue más fácil escribir sobre la vergüenza sexual que sobre la violencia social”).

Esa procedencia, que describe con todo detalle, era de hecho tan humilde que él mismo considera milagroso su ascenso en la escala social. Tras el fallecimiento del padre –del que le separaba un abismo cultural e ideológico, incluso de talante, que los mantuvo alejados durante años– no había razón para dejar de visitar el hogar, que ya no estaba en el Reims de su infancia pero que, al margen de traslados, conservaba la esencia del lugar dónde se crió. Su visita permitió una comunicación madre-hijo insólita hasta entonces, que lo devolvía a sus auténticos orígenes y le abría las puertas a esa zona de su conciencia de la que se había desvinculado hasta el momento. De esa especie de catarsis, e inspirado por los autoanálisis llevados a cabo por Annie Ernaux y su amigo Pierre Bourdeau (del que, opina, se quedó corto), surgió Regreso a Reims. Una obra cuya sinceridad incomoda a veces, que no elude la autocrítica más cruda y que, gracias a su faceta ensayística, va más allá de la confesión personal. Examina los férreos  mecanismos de reproducción del determinismo social e indaga sobre la movilidad de clase (transfuguismo) y los efectos que produce, tanto en la unidad familiar como en aquel que ha cambiado de rango.

Según dice, y demuestra, la conciencia de pertenecer a una clase no es tan habitual como podría parecer. En un extremo situaríamos al entorno de su infancia (padres, vecinos etc.) que votaron siempre al Partido Comunista y, en un momento dado, se sintieron traicionados por la izquierda y seducidos por el discurso de Marine Le Pen, o bien, analiza el frecuente rechazo a la instrucción de esas clases populares por considerarla ocio improductivo, así como la creencia de que el abandono escolar es una elección libre. En el otro, a un estudioso como Raymond Aaron que, desde su posición, consideraba las clases sociales como una realidad de otra época. Eribon opina que esas son las palabras de un privilegiado y que solo los burgueses pueden permitirse ignorar la pertenencia de clase. La combinación de ambas posturas reproduce el determinismo social (“Es como si la línea que divide ambos mundos sociales fuera impermeable casi por completo”). Pero si hasta el teórico de lo social reniega de su origen, no parece que vaya a cambiar nada. (“En lo político, estaba con los obreros, pero odiaba tener raíces en su mundo. Probablemente, ponerme del lado del “pueblo” me habría provocado muchos menos tormentos internos y crisis morales si el pueblo no hubiera sido mi familia.”). Aunque, realmente, son las estructuras sociales quienes condicionan ese inmovilismo, en particular, el sistema educativo, que Eribon considera una auténtica trampa, la forma más efectiva de perpetuar la desigualdad. Incluso él se engañó en cierto modo pues, al carecer de la información propia de las élites, siguió un itinerario carente de prestigio que ha condicionado su carrera.

Como pueden suponer, toda su trayectoria supone un largo y costoso proceso de construcción personal cuyo resultado consiste en aceptar y conciliar sus diversas identidades.

“¿No nos compete a nosotros construir discursos y teorías que permitan que nunca descuidemos tal o cual aspecto, que nunca dejemos fuera del campo de la percepción o fuera del campo de acción ningún ámbito de opresión, ningún registro de dominación, ningún señalamiento de inferioridad, ninguna vergüenza asociada a la interpelación injuriosa?”.


Traducción: Georgina Fraser 

lunes, 25 de enero de 2021

Semana del ensayo #1: #Fake You, de Simona Levi y VV.AA.

Idioma original: castellano
Año de publicación: 2019
Valoración: entre recomendable y muy recomendable

A veces ocurre que lees un libro y no sabes por qué, pero no encuentras el momento de publicar la reseña. Pero, casualidades de la vida, decidimos organizar una semana dedicada al ensayo y cae justo pocos días después de que Trump deje (eufemismo evidente) el cargo de Presidente de los Estados Unidos de América y, además, sea censurado por parte de las redes sociales prohibiéndole publicar contenido. La verdad es que el motivo sorprende, más aún cuando todos sabemos que lo que publicaba era rigurosamente cierto y que no tenía ningún interés en difundir fake news. Así que le dedico esta reseña en su honor, y creo que aparece en el momento oportuno (en el que ULAD, pese a su gran poder, no ha tenido nada que ver).

Hecha la introducción, cabe decir que hay ensayos aptos para un gran público y hay ensayos densos, complejos, exhaustivos y profundamente analíticos; este último sería el caso del libro que nos ocupa, pues Simona Levi es una reputada activista, considerada en 2017 por Rolling Stone como una de las 25 personas que están dando forma al futuro, impulsora de la plataforma de activismo digital Xnet y del movimiento 15MpaRato; su gran capacidad se pone de manifiesto en este ensayo que aborda la creación, difusión e intereses de las fake news y la desinformación, pero también propone elementos para minimizar su alcance y repercusión. Ya en la propia introducción del libro se evidencia el propósito del mismo: poner de relieve que «el fenómeno de las fake news se está utilizando como excusa para recortar libertades y derechos fundamentales». La intención del libro es «convertirse en una herramienta de defensa contra el recorte de nuestras libertades fundamentales y, a la vez, un arma contra las nuevas maneras de manipulación, mentira y falsificación».

En su evidente denuncia, el libro critica claramente que los informes promovidos por la Unión Europea sobre la cuestión de la desinformación mantienen al margen y evitan interpelar los partidos políticos, los gobiernos y las grandes corporaciones/monopolios informativos (a excepción de las plataformas en línea) cuando son los principales elementos que históricamente han contribuido a generar el problema. Y esto no es algo nuevo, pues el libro también hace un recorrido a lo largo de la historia sobre el uso de la propaganda, una propaganda que “establece” lo que es verdad y lo que es mentira y lo utiliza en favor de una causa. Así recorre, muy por encima y con cuatro pinceladas, el uso de la propaganda en el cristianismo y la utilización de los símbolos como elemento básico para su difusión, pasando por la inquisición, las guerras mundiales... y aquí hace un interesante alto en el camino al describir la innovación que supuso Goebbels en la difusión de la propaganda, consiguiendo que gran parte de la ciudadanía apoyara un movimiento tan represivo y exterminador como el nazismo. Goebbels introdujo la fabricación de un sistema de radio barato y ejemplar, pudiendo de esta manera llegar a todos los hogares de manera unificada y efectiva. Y no únicamente encontró el canal, sino también la manera: la propaganda debía ser divertida para, con ello, lograr una mayor efectividad y, por tanto, debía difundirse, no a través de noticiarios, sino a través de programas frívolos (algo que sigue haciéndose en las democracias actuales y no hace falta aquí mencionar ciertas tertulias televisivas que difunden propaganda de manera constante a favor de ciertas ideologías o partidos políticos). Si todo ello, además, se vincula con el nacionalismo (principal puerta de entrada de los discursos propagandísticos), el resultado es mucho mayor. 

Con su carácter analítico, el libro se inicia con el desglose las diferentes categorías en las que se puede clasificar la desinformación: contenido engañoso, contenido impostor, contenido fabricado, conexión falsa, contexto falso, contenido manipulado y sátira (aunque en este caso, no se trata propiamente de desinformación) y enumera, citando a Chomsky y a Timsit, las estrategias en las que se utiliza la propaganda en democracia:
  • Distracción, para desviar la atención de los problemas importantes y estructurales.
  • Creación de problemas y soluciones, por parte del estado para “demostrar” a la ciudadanía su éxito y buen ejercicio del cargo.
  • Gradualidad, para aplicar medidas inaceptables.
  • Diferir, catalogando como dolorosa y necesaria una medida, simulando no ser partidario de ella, para que el público se acostumbre a ella y la acepte resignadamente cuando se aplique.
  • Vulgarización, tratando a la población como a menores de edad, que no saben lo que les conviene
  • Emotividad, excitando antes la emoción que la reflexión.
  • Mediocridad, utilizando términos complejos para eludir la información y transparencia.
  • Auto culpabilidad, para hacer que las personas se crean responsables de sus desgracias, por no hacer suficiente o no ser suficientemente listos o capaces.
  • Elisión de datos, para hacer creer que conocen más a los individuos que ellos mismos.
(Seguro que estas estrategias os suenan, ¿verdad?)

Afirman los autores que «las fake news crean realidad, percepciones de realidad. Y lo hacen añadiendo a una noticia valores y componentes sentimentales, es decir, no verificables. (...) El resultado es una realidad sustentada en valores sentimentales, que la propaganda modula ideológicamente» y que supone toda la creación de un negocio basado en ello: el negocio de la desinformación; quien crea la desinformación y paga para desinformar, y quien cobra y trabaja para difundir. Ahí se ponen varios ejemplos: así como la campaña de Obama supuso un ejemplo sobre cómo utilizar las redes sociales, la de Trump, basándose en la escuela Bannon (que fue su jefe de estrategia), ha sido un ejemplo sobre cómo utilizar las fake news fabricando y difundiendo rumores muy por encima de lo habitual, circulando declaraciones falsas, propagando falsas acusaciones; un ideólogo como Bannon que utiliza la difusión de desinformación con estrategia dirigida a las emociones, a la polarización, al sufrimiento para politizar la identidad; un ideólogo que apoyó las campañas, no únicamente de Trump, sino de las principales fuerzas de la ultraderecha europea como el Frente Nacional en Francia, la Liga Norte en Italia, Vox en España, etc.

La política es poder y el poder tiene innumerables recursos y herramientas a su disposición para difundir su ideología; según un estudio de BuzzFeed, las veinte principales fake news difundidas en Facebook recibieron más likes y comentarios que las veinte principales noticias difundidas en las webs de los principales medios. Y aquí es donde salta el escándalo de Cambridge Analytica (que llegó a utilizar datos de hasta 87 millones de usuarios para crear perfiles y manipularlos) y Facebook. Y es en ese momento cuando se empezó a tener en cuenta el uso de los datos propios por parte de terceros y la privacidad digital, pues debemos tomar consciencia de cómo dejamos rastro en las redes, cómo la publicidad es dirigida y potenciada basándose en nuestra traza digital, cómo nuestros datos son potencialmente vendidos o usados por empresas como la banca, seguros, etc. en cada aplicación que bajamos o página que visitamos. Y esto puede utilizarse para vender un producto, una marca o un partido político.

El propósito de la desinformación por parte de los partidos políticos y monopolios informativos es evidente: dañar la capacidad de los ciudadanos de elegir a sus líderes basándose en noticias reales, en información veraz. Por ello, el libro también expone la dificultad que tiene la mayoría de consumidores de información para acceder a sistemas de verificación, por lo que no puede recaer en ellos la principal causa de la desinformación, sino que hay que apuntar a los grandes productores de fake news (gobiernos, instituciones, partidos políticos, medios de comunicación de masas, corporaciones y grandes fortunas). En estudios realizados, el porcentaje de población que contrasta las noticias en muy bajo (inferior al 10%) por lo que la eficacia de los sitios de verificación es muy poco significativa cuando la mentira ya está en circulación. Por eso, el libro sostiene que la verificación debe aplicarse antes de la viralización, no después. Y el resultado del análisis va en esta línea, no solo hay que chequear los datos, sino también las fuentes. Y, a partir de aquí, entramos en la parte más densa y analítica del libro en la que se exponen los diferentes mecanismos y herramientas de fact-checking, así como los parámetros utilizados para asegurar su fiabilidad. Por ello, el libro propone aplicar la verificación, no únicamente a los medios de comunicación sino también a la comunicación institucional y a los partidos políticos facilitando de esta manera que el periodismo, primera víctima de la desinformación, recupere la confianza de los ciudadanos. No se trata únicamente de distinguir entre hechos y opiniones, sino que las fuentes y los datos según los cuales se basa su exposición tiene que estar claramente indicadas y categorizadas porque «nada de esto tendrá utilidad para frenar la propaganda y desinformación si estos mecanismos no son capaces de operar antes de que la información circule».

Este libro es interesante y necesario para concienciar a la sociedad de nuestro tiempo que estamos en un momento clave de la historia y que debemos tomar las riendas para evitar que se haga mal uso de una herramienta tan poderosa para la democracia y construir, con ella, una sociedad más informada y libre. Internet, de hecho, es una de las pocas herramientas de que dispone la sociedad para contrastar la información. Y por ello es especialmente preocupante que se aprueben leyes que permitan al gobierno cerrar páginas web y redes digitales de información sin orden judicial, pues queda claro que esto va en contra de la democracia y la libre circulación de información. Un gobierno no debería poder cerrar o modificar internet, a menos que quiera parecerse a China, Turquía, Arabia Saudí, u otros países poco democráticos. Porque no hay que olvidar que las grandes mentiras vienen del gobierno y la libertad que da internet asusta a las estructuras establecidas, de aquí que se intente culpabilizar a internet y controlarlo a su antojo.

En su línea no únicamente de denuncia sino también propositiva, el libro enfoca la solución del problema en dos líneas: 1) distinguir entre libertad de expresión y el negocio de la comunicación, pues la libertad de expresión es un derecho fundamental, pero el negocio debe estar sujeto a reglas y límites y 2) la democratización de la sociedad y dotarla de acceso a datos necesarios para verificar la veracidad de la información. Queda mucho trabajo por hacer y cada uno tenemos nuestra parte de responsabilidad en informarnos, en romper la cadena de difusión de falsedades y, así, romper también la cadena que nos ata a las mentiras difundidas de manera interesada por terceros.

lunes, 18 de enero de 2021

Contrarreseña: La desaparición de la niñez, de Neil Postman

Idioma original: inglés

Título original: The Disappearance of Childhood

Traducción: Margarita Cavándoli

Año de publicación: 1982

Valoración: Está bien


Vaya por delante que esto no es exactamente una contrarreseña, o no del todo, sino más bien un complemento o un intento de aportar una perspectiva diferente a un libro que ya ha pasado por ULAD. Como bien explicaba Jaime en su reseña, se trata de un ensayo escrito por un autor que trabaja habitualmente temas sociológicos relacionados con la comunicación, y que en este caso afronta, como deja bien claro el título, la cuestión del trato diferenciado que la sociedad otorga a la población infantil, desde cuándo, por qué, o hasta cuándo. Indica el autor que la niñez (vocablo feo donde los haya, casi tanto como adultez), a diferencia de la infancia, ‘no es una categoría biológica, sino un concepto social’ basado en la idea de que hay un segmento social que necesita, en base a la edad, una diferenciación nítida desde el punto de vista de formación, costumbres, nivel de información, etc.  

Es algo que según Postman no existe en la Edad Media, cuando los menores de toda edad son adultos en miniatura que trabajan, trampean, maldicen y participan en todas las actividades de los adultos sin más singularidad que su tamaño. El concepto nace como tal, en su opinión, con la aparición de la imprenta, cuando adquiere importancia la capacidad de leer y escribir, algo que queda reservado a los adultos (vamos, a unos poquitos), quedando los niños al margen del flujo de información que empieza a circular a través de los libros. Con este efecto cada vez más acentuado, llegamos al siglo XX (siempre en el mundo occidental y digamos instruido, claro) con los niños metidos en una supuesta burbuja, ajenos por completo al mundo adulto, quemando sus etapas de aprendizaje escalonado, hasta que aparece la televisión. En este momento, dice Postman, se empieza a doblegar ese proceso hasta revertirlo y poner en peligro o directamente hacer desaparecer la estanqueidad de ese ámbito. Aquí es donde creo que el autor patina un tanto, aunque se entiende: Postman ha dedicado unos cuantos estudios a implicaciones de la tecnología con la comunicación y el lenguaje, y se le ve impresionado por el poder que aquello que se llamaba ‘la caja tonta’ ha adquirido en la sociedad. Porque no olvidemos que el libro está escrito en 1982, cuando ya la televisión había cogido mucho vuelo y… claro, lo que usted está pensando, salvo en círculos minúsculos y casi clandestinos ¡no existía ni la más remota sospecha de que pudiera inventarse algo como internet! Suena raro, pero es así.

Bien, todo esto lo resume Jaime con una capacidad de síntesis desde luego muy superior a la mía. Pero yo sugeriría más cosas para el debate.

En mi opinión, el autor se equivoca en el planteamiento, porque ese proceso de desaparición de la niñez no trae causa de la televisión, sino que seguramente responde a un proceso mucho más complejo (cultural y sociológico) que a lo sumo se refuerza con la irrupción de este medio. El paralelismo que establece entre imprenta-surgimiento del concepto de niñez, y televisión-decadencia del mismo, queda bonito, pero creo que es bastante exagerado, sobre todo en esa segunda fase. El mismo autor lo reconoce un poco veladamente en la última parte del libro, la más interesante, cuando abre un tanto el foco y comienza a referirse a los cambios culturales que se registran en la sociedad (se centra en la estadounidense, pero es extensible a otras) y que contribuyen a borrar los límites entre el mundo infantil y el adulto: el cambio del modelo familiar tradicional, la menor presencia en el hogar de padres y madres y, sobre todo, la intervención de dos corrientes enfrentadas pero de efecto complementario. De un lado, la convicción de que ya no es necesario establecer una línea defensiva alrededor de los niños (o simplemente es más cómodo no hacerlo) y de otro, el proceso de infantilización del mundo adulto.

Esto me parece el punto clave. No es solo que la niñez desaparezca porque, como parece indicar Postman al principio, en las casas se ha metido una máquina que escupe imágenes de forma indiscriminada, sino porque, debido a esos cambios culturales, los niños van siendo cada vez menos niños y los adultos menos adultos. El autor apunta a modo de ejemplo varios aspectos que sin duda nos serán de sobra conocidos: la forma de vestir, la alimentación, el deporte y los juegos en general, la música o, por ponernos más serios, cuestiones digamos más propias del mundo adulto (la violencia, el sexo, la competitividad) que atraviesan esa barrera cada vez más permeable. Lo que quizá Postman no fue capaz de vislumbrar fue que unos años más tarde viviríamos la paradoja de que esos mismos niños convertidos en adultos en miniatura serían al mismo tiempo sobreprotegidos por aquellos adultos trasmutados en jovenzuelos. O tal vez todo se debe a la progresiva sacralización de la juventud, de forma que tanto niños como adultos pugnan por tener siempre veinte años. Bueno, una digresión más, que creo que es lo que el libro pide, más allá de su contenido concreto.

De manera que el texto en sí es indudablemente un producto de su tiempo (principios de los 80) y ahí, visto con perspectiva de varias décadas después, cojea de forma notable, aunque aporta algunas reflexiones interesantes. Como muchas veces ocurre en trabajos de este tipo, aunque la lectura no sea del todo gratificante tiene la virtud de provocar el debate, de ponernos a pensar y, ahora sí, fijar un punto de partida sobre el que darle unas vueltas a nuestras reflexiones de lectores y ciudadanos del siglo XXI. Con internet, las redes sociales, La Voz Kids, el anime y cosas así.

P.S: En lo que hay que reconocer que gana por goleada la reseña original es en la cubierta, con esa niña pintarrajeada que recuerda a los discos de Belle and Sebastian, frente a la terrible estética setentera de la edición en castellano que he tenido entre manos.

Reseña original: aquí

También de Neil Postman en ULAD: Divertirse hasta morir



martes, 5 de noviembre de 2019

Zelda Fitzgerald: La vida moderna

Idioma original de los artículos: Inglés
Año de publicación de este volumen: 2019
Introducción, traducción y notas: Miguel Á. Martínez-Cabeza
Valoración: Recomendable para interesados


La vida moderna reúne once artículos que Zelda Fitzgerald publicó entre 1922 y 1934 en diversas revistas. El volumen, de cuya introducción, traducción y notas se ha ocupado Miguel Ángel Martínez-Cabeza, compila también dibujos, pinturas, figuras recortables y fotografías.

Si bien es cierto que este material gráfico no es necesario para entender los textos a los que acompaña, se agradece su inclusión. A fin de cuentas, visualiza la faceta artística de Zelda, una creadora multidisciplinar en toda regla, y expande la escasa información que de ella tenemos en España.

Porque la figura de Zelda es todo un misterio. Esto se debe a que se han hecho varias lecturas de su persona, a menudo antagónicas las unas con las otras, y a que permanece a la sombra de su marido, Scott Fitzgerald. Fijaos si se encuentra a la sombra del famoso escritor que a la pobre se la incentivó para que le pusiera como co-autor de algunos de sus artículos.

Y ya que mencionamos a los artículos, hablemos de ellos. Los temas que abordan, incluso el registro en que están escritos, pueden parecer frívolos. No obstante, detrás de la superficie ocultan reflexiones muy enriquecedoras. Leídos con detenimiento, nos darán una idea más precisa de su autora. Además, nos permitirán conocer los claroscuros de los locos años 20.

A mi juicio, los más conseguidos del volumen son los que tratan temas sociológicos (contrariamente a los que pretenden pasar por crítica literaria, bastante flojillos); esos que hablan sobre «las modernas» o la generación más joven de posguerra. Otro de los puntos fuertes del libro: la fina ironía que Zelda despliega en estas páginas, de la cual no escapa ni siquiera su esposo, el ya mencionado Scott.

En definitiva, La vida moderna interesará a todo aquel que quiera desentrañar el enigma de Zelda o conocer, desde la perspectiva privilegiada de una de sus participantes más entregadas, qué es lo que hace que la década de los 20 sea tan fascinante.