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miércoles, 25 de junio de 2025

¿Contrarreseña?: El mundo como supermercado de Michel Houellebecq

Idioma original: francés

Título original: Interventions

Año de publicación: 1998 (como libro)

Traducción y edición: Encarna Castejón

Valoración: Vaya morro que le echas, Michel...

¡Ay, por fin, una reseña de un libro de nuestro admirado Michel Houellebecq, con las ganas que yo le tenía! Porque sabed que en este blog tenemos auténtica devoción por este escritor, de tal manera que resulta imposible conseguir turno para reseñar alguno de sus libros; en cuanto se avisa de que va a aparecer uno nuevo, mis compañeros se lanzan sobre él cual pirañas sobre una res herida que trate de cruzar algún afluente del Orinoco... Aunque supongo que debería aclarar antes que nada los interrogantes del título de la reseña porque merecéis una explicación y como alcalde vuestro que soy... quiero decir como autor de la misma que soy, os la voy a dar:

Como bien saben mis compañeros de blog (y aquí dejo el tono sarcástico), soy algo reticente a la obra y la figura literaria de Michel Thomas, de soltero Houellebecq (bueno, de soltera su abuela, quiero decir), aunque, ya que una cosa no quita la otra, como actor cómico-patético me parece genial. Ahora bien, si algo me enorgullezco de ser es ecuánime (más o menos) y, a raíz de cierta conversación, pensé que, después de todo, tampoco había leído tanto de este tío... A lo mejor resultaba que me había topado con lo peor de su producción y el resto de su obra era excelsa, o, por lo menos, interesante. Claro que hombre precavido vale por dos; tampoco me iba a poner a leer un tochaco como Plataforma o El mapa y el territorio que, aparte de ser gordos, ya estaban reseñados en este magnérrimo blog (where else?); la solución la encontré en este mucho más delgadito al tiempo que variado El mundo como supermercado que, además, contaba con la ventaja de haber pasado por debajo del radar depredador houellebecquiano de mis compañeros. La ocasión la pintaban calva, como decían nuestros abuelos y los personajes de Bruguera...

Ahora bien, ¿seguro que este libro aún no había sido reseñado en este blog? Como soy un profesional de esto del reseñismo, investigué un poco. Resulta que el compañero Francesc Bon había publicado, hace más de diez años el libro de nuestro autor Intervenciones, valorándolo, siempre generoso nuestro Francesc, "como muy recomendable". Con la mosca bailando detrás de mi oreja, consulté el título original de este libro, que resultó ser Interventions 2 y el del libro que yo pretendía reseñar, que... a ver si alguien lo adivina... Mais oui, mes amis: también Interventions! Bueno, no pasa nada, pensé, puesto que el de Francesc fue publicado originalmente en 2009 y el mío, en 1998: simplemente, uno es la continuación del otro y ya está. Todo en orden en el ecosistema literario. Ahora bien, un somero examen de los índices de ambos libros me indicó que... tenían el mismo contenido en un 50% -y, consecuentemente casi el doble de páginas el uno que el otro-; es decir, que Michel y sus editores (no quiero atribuirle toda la responsabilidad de la estafa estratagema) habían tomado el primer libro que, por otra parte, es una recopilación de artículos del autor ya publicados -en su mayor parte en Lettres Françaises o en Les Inrockuptibles, amén de otras cosas, le habían añadido toda una serie de artículos -y otras cosas- publicados entre 1998 y 2009 y chimpún, todo listo para que sus adoradores seguidores pasaran por caja. Y si esto os parece ya mucho morro (también habrá a quien le parezca una práctica honesta, ya lo sé... supongo que porque compraron sólo el segundo libro), resulta que en ambos volúmenes nos encontramos con que se incluyeron tres entrevistas suyas con diversos medios en el primer Interventions y tres en el segundo... ¡Es decir, que el sinvergüenza genio de Michel incluyó, como creación propia y con dos coj... todo el cuajo, entrevistas que le hicieron en Art press o L'Humanité! Lo tengo que reconocer: me quito el sombrero ante semejante jeta de hormigón armado... ¡Qué digo: de titanio! ¡De adamantium! (*)

Pero bueno, por mucho que me regocije el arte de Houellebecq para sacarle los cuartos a los primaveras de sus fans, lo importante, después de todo, es si este El mundo como supermercado merece también ese estupendérrimo "muy recomendable" que el bueno de Francesc le otorgó a su ¿segunda? parte. Pues no sé qué deciros, que es la forma educada de expresar que sí lo sé: ni de coña. Igual los artículos de entre 1998 y 2009 que se añadieron eran la repanocha, pero éstos de aquí a mi me parecen más bien normalitos, en el mejor de los casos, por no decir flojillos y erráticos. O flojillos y rutinarios, que es peor. Alguno, es cierto, me resulta más original y hasta resultón, como La arquitectura contemporánea como vector de aceleración de desplazamientos -el título, además de bueno, resulta muy houellebecquiano, pero no esconde ninguna metáfora: trata exactamente de eso-; el elogio del cine mudo que es La mirada perdida o El absurdo creador, sobre la obras del Jean Cohen Structure du langage poétique. Esta tampoco es la única ocasión  en la que el caradura de emprendedor Michel (se me están acabando los sinónimos) monetiza, como se dice ahora, los favores que le hizo a otros artistas amiguetes (quiero suponer): Opera Bianca consiste en una serie de poemas para una instalación móvil y sonora de 1997. Por lo demás, en el bloque Tiempos muertos coexisten artículos más sugerentes, como la semblanza de la escritora feminista radical Valerie Solanas -la tipa que disparó contra Andy Warhol- en ¿Para qué sirven los hombres? con relatos más o menos ocurrentes -La reducción de la edad de jubilación- o auténticas chorradas, como El alemán, donde el escritor francés descubre oh, sorpresa, que hay localidades de la costa española llenas de alemanes jubilados (imagino que le jodió ir a un Mercadona a comprar sobrasada y encontrarse con tanto boche, por más que trate de emular a Céline, sin conseguirlo). En definitiva, un pot-pourri de textos reciclados al que le viene que ni pintado tal denominación (me quedo, eso sí, sin leer lo que opina Houellebecq de la pedofilia, lo que aparece en la "segunda parte" del libro... pero mirad, creo que puedo pasar sin saberlo).

No puedo acabar la reseña sin aludir al artículo con el que abre ambos volúmenes, publicado originalmente en 1992 en Lettres françaises y provocativamente titulado Jacques Prévert es un imbécil -supongo yo que para provocar el "escándalo" entre la intelectualidad literaria francesa, a la que se le suele o solía hacer el culo gaseosa con estas chiquilladas-; francamente, no sé si monsieur Prévert, uno de los poetas franceses más populares del siglo XX era un imbécil (yo diría que no) y, como pretende Houellebecq, de ahí su gran éxito, ya que, por ende, gustaría a los imbéciles que componen la gran masa de la población (yo diría que tampoco). Sólo quiero recordar que por aquel entonces el amigo Michel también trataba de descollar como poeticastro, (que imagino sería su gran ilusión) para acabar, más de treinta años después y con su figura literaria ya amortizada, como un enfant terrible de baratillo, relleno en las quinielas para el Nobel y actor cómico-patético (más lo segundo que lo primero, pero ya digo que ni tan mal). El Nobel no lo conseguirá, pero puede que, algún día, el Óscar sí se lo den... O el Razzie, que también sería apropiado. 

(*) Ojocuidao, que resulta que el gran Michel Houellebecq, ese genio del marketing personal, ese águila del selfcoaching y de sacarle los cuartos hasta a las piedras, que deja en bragas a los cryptobros, los technobros y los gymbros, lo volvió a hacer: existe un tercer libro, Más intervenciones, compuesto por... a ver si adivináis: los textos que ya salen en los dos primeros más unos cuantos textos igualmente recuperados de la papelera de diversos medios y... ¡tachán: nada menos que tres nuevas entrevistas (una de ellas con Frédéric Beigbeder, otro que tal baila)! Michel, lo debo admitir, no eres un genio: eres el puto Mesias. 

Demasiados libros de Michel Houellebecq reseñados: aquí

martes, 15 de octubre de 2024

Contrarreseña: La vegetariana de Han Kang

Idioma original: coreano

Título original: Chaesikjuuija (채식주의자)

Traducción: Sunme Yoon

Año de publicación: 2007

Valoración: decepcionante (por el Nobel y el ‘muy recomendable’ de la reseña original)

Obviamente, Kang no tiene la culpa de que le dieran el Nobel y, probablemente, por la expresión que muestra en las entrevistas, tampoco le emociona mucho. Acaso lo sienta como un lastre que tiene que llevar de ahora en adelante (no lo digo por el jugoso premio en efectivo). De no ser así, el mayor de sus problemas será esta reseña negativa.

La fiebre del K-pop y los culebrones coreanos pueden distorsionar nuestra percepción sobre un país sumamente conservador y que, hasta hace pocas décadas, estaba un tanto al margen de las tendencias del mundo occidental. Incluso ahora, el vegetarianismo (veganismo, etc.), como estilo de vida de uso común, es algo propio de la India, Europa y, aunque usted no lo crea, de México. Sin embargo, y salvando las casi dos décadas que nos separan de la publicación de este libro, el vegetarianismo visto como el colmo del retraimiento social parece un poco exagerado. Entiendo que aquí se usa solo como un ejemplo de todo aquello que la sociedad nos empuja por el esófago (literal y metafóricamente), pero, siendo así, no entiendo la insistencia en algunos pasajes sobre el oprobio que cae sobre una familia cuando una de sus integrantes decide dejar de comer carne.

Creo que este libro es bueno. Estoy de acuerdo con la mayoría de los puntos positivos de la reseña original. Pero, como dice la valoración, la decepción proviene de las grandes expectativas que me había hecho. Por lo que les exhorto a leer dicha reseña y el cintillo del libro para que se den una idea de la trama y de los elogios recibidos. Me limitaré aquí a aquellos aspectos que considero negativos.

Los personajes los siento un tanto unidimensionales. Un ejemplo: el marido. Macho, violento, pusilánime, etc. Parece villano de telenovela coreana. Su única razón para elegir esposa fue porque quería precisamente eso, una esposa: sumisa, invisible, obediente, etc. Lo cual me hace cuestionarme las motivaciones de la protagonista. Parece totalmente irrelevante para su propia vida. Vive encerrada en sí misma. Bien podría ser autista, aunque de eso no va el libro. La violencia, el machismo, la presión social, etc., la tienen paralizada, hasta que el hecho de dejar de comer carne, en lugar de liberarla, parece hundirla aún más en ese pozo interno. Una persona derrotada. Espero que no sea por eso que a muchos les llegó al corazón.

Otro punto: el vegetarianismo como alegoría. Elegir la pasividad y la indolencia como alternativa a la violencia me parece que se queda un poco a medias. Me gustaría dar un ejemplo para contrastar. En "Pastoral americana", de Roth, la hija del protagonista se convierte al jainismo de una manera tan radical y aparentemente irracional que acaba por destruir su propia humanidad. Una historia sobrecogedora. A "La vegetariana" (sin ánimo de hacer un juego de palabras) le falta carnita.

Por último, no puedo dejar de recalcar que me parece una buena historia, pero no supera la vara tan alta que le pusieron.

Otras obras de Han Kang reseñadas en ULAD: Actos humanosLa clase de griegoBlancoImposible decir adiós

Reseña original: La vegetariana

sábado, 28 de septiembre de 2024

Contrarreseña + Entrevista: Ciudad en llamas de Garth Risk Hallberg

Idioma original: inglés

Título original: City on fire

Traducción: Cruz Rodríguez Juiz

Año de publicación: 2015

Valoración: muy recomendable 

Más que ser una contrarreseña, veo esto como un buen pretexto para retomar esta novela e indagar un poco en las ideas de su escritor, Garth Risk Hallberg. Tengo que decir que la reseña original de este libro me parece excelente y concuerdo en muchas de las opiniones (incluso me tome la licencia de elaborar algunas pregutnas para la entrevista usando puntos que se tocan en la reseña, gracias, Francesc), por lo que, para evitar ser redundante, me limitaré solo a hacer pequeños apuntes (además de aportar mi opinión sobre los comentarios en la reseña original).

Para muchos escritores, incluidos los mismos norteamericanos, la literatura que se produce actualmente por esos rumbos ha dejado de ser lo que fue durante aquella esplendorosa época del siglo XIX y principios del XX (en palabras del escritor americano Jesse Ball, entrevistado en este blog, la mayor parte de lo que se escribe en Estados Unidos es basura). Podemos llegar al extremo de algunos escritores, como Carlos Fuentes, que aseguraba que la literatura en lengua inglesa ha ido en decadencia desde Shakespeare, llegando en ese momento a alcanzar su máximo potencial en cuestiones formales y estéticas (ya para qué mencionar el fenómeno BookTok o Bookstagram).

Tal vez el ruido del alud de publicaciones corrompe cualquier obra que se publique, y la relación señal/ruido se hace cada día más insignificante. He aquí un gran reto para los lectores, si es que quieren disfrutar de vez en cuando de lecturas excepcionales. A mi parecer, este libro vale la pena, y mucho. Se nota el trabajo y cuidado que se requirieron al escribir esta gran novela, en ambición y extensión. Aunque estoy de acuerdo de que la primera tal vez no fue lograda del todo.

Hay ciertos pasajes que sirven exclusivamente para mostrarnos algunos ángulos ocultos de los personajes, que no son del todo relevantes para la trama, pero que nos ayudan a entender un poco mejor sus motivaciones y reacciones ante ciertos eventos. Por ejemplo, el reportaje de los pirotécnicos o un ejemplar del fanzine de Samantha. Para muchos son fragmentos prescindibles, y que debieron ser eliminados para la edición final, pero quizá sean estos capítulos los que aportan una mayor profundidad a los personajes y enriquecen el tejido narrativo de la novela.

City on Fire es en definitiva una obra ambiciosa (tal vez demasiado) que, a pesar de sus excesos, ofrece una visión rica y detallada de una ciudad en constante transformación (una ciudad que en realidad podría ser cualquier ciudad). Risk Hallberg logra capturar la esencia de una era tumultuosa, utilizando distintos elementos narrativos para construir un collage (o un fresco, en palabras del autor) detallado de una ciudad caótica. Para mi, la maestría de Hallberg reside en su capacidad para tejer múltiples tramas y personajes de manera coherente, tomando en cuanta que hay mínimo 6 o 7 personajes que tienen un papel fundamental.

Sin duda, una lectura que merece el tiempo y la atención de aquellos que buscan más que una simple historia, sino una experiencia literaria más allá de una trama entretenida.

Por cierto, en 2023 salió una serie de televisión basada en el libro. Háganse un favor y no vean ni el trailer antes de leer el libro, les va a arruinar todo. Está culerísima.



Pueden ver la reseña original aquí: TochoWeek #6. Garth Risk Hallberg: Ciudad en llamas


sábado, 7 de septiembre de 2024

Contrarreseña: Un amor de Sara Mesa

Idioma original:
español
Año de publicación: 2020
Valoración: Muy recomendable

Los grandes cismas de la historia de la humanidad (Catolicismo vs. Protestantismo, Comunismo vs. Capitalismo, Barcelona vs. Real Madrid) no son nada comparados con algunas de las discrepancias que atraviesan al equipo de este modesto blog de crítica literaria: Murakami, Knausgard, Marías o Houllebecq son algunos de los autores que pueden llevar a duelos a florete al amanecer entre la comunidad uladiana. Otra autora que tiene esa "capacidad divisoria" es Sara Mesa, a quien hemos adjudicado valoraciones que van desde el imprescindible de Cuatro por cuatro o el Muy recomendable de Cicatriz o Cara de pan, hasta otras más medianas (o mediocres) como el "está bien" de Un incendio invisible o Mala letra. Esta reseña, de hecho, es una respuesta a la obra peor valorada de la autora, Un amor, que recibió un parco "Se deja leer" por parte de Juan G. B., quizás el máximo y más vocal antimesista (o sillista) del blog.

Efectivamente, como se puede ver por la valoración, a mí Un amor me ha gustado bastante más que a Juan, y no porque estemos en desacuerdo en muchas de nuestras lecturas de la novela sino porque lo que a él le parecen defectos, curiosamente a mí me han parecido virtudes.

Dice Juan, por ejemplo, que la novela se centra en una protagonista irritante: la traductora Natalia, que decide huir de la ciudad (y de sus carísimos alquileres) para establecerse en una casa ruinosa en un pueblo perdido (e inventado), integrándose así en una línea de la narrativa española en la que destacan títulos como Alabanza de Alberto Olmos, Por si se va la luz o Piel de lobo de Lara Moreno o El límite interior de Nere Basabe. Estoy de acuerdo, por otro lado, en que Natalia, o Nat, es una persona antisocial, egocéntrica e irresponsable, pero... nadie dijo que los personajes nos tengan que caernos bien para ser interesantes. De hecho, es una marca definidora de la narrativa de Sara Mesa el construir personajes atípicos, antipáticos, excéntricos y que toman decisiones sorprendentes o inexplicables, que pueden incluso resultar inverosímiles, llevados por el instinto, la necesidad, el deseo o el trauma. 
 
En Un amor, de hecho, Natalia tomará varias decisiones claramente autodestructivas (la fundamental, la que da título a la obra, será iniciar una relación amorosa con... con uno de los personajes masculinos, no diré cuál para no estropear la novela a futuros lectores) que pueden estar fundamentadas en un trauma anterior, una explicación poco desarrollada que personalmente me parece algo simplista psicológicamente hablando. La forma como se comporta puede parecer inverosímil o injustificada, pero no deja de ser un comportamiento humanamente posible, y Sara Mesa consigue profundizar en cada momento de ese proceso de forma que minuciosa y creíble.
 
Otra cosa que dice en su reseña Juan es que los conflictos y la sensación de opresión que Natalia vive en el pueblo no es "real", sino que responde a su propia psicología y a su predisposición previa. Una vez más, estoy de acuerdo, pero una vez más, esto no me parece en absoluto un defecto sino, simplemente, una técnica narrativa. Aunque la novela esté escrita en tercera persona, el punto de vista es obviamente el de Natalia, y es un punto de vista necesariamente parcial, y en este caso deformado por esa suspicacia que la caracteriza. Así, no solo el personaje del casero aparece marcado de forma claramente negativa, sino que también se establece una distancia hacia los personajes de Píter (un hippie bienintencionado aunque por momentos resulte bastante pesado), de la chica de la tienda del pueblo, del "alemán" (un misterioso y silencioso hombre que, por supuesto, no es alemán) o de los vecinos, una familia urbanita y típicamente burguesa. Esta frialdad y ese distanciamiento en relación con el mundo solo se rompe cuando en el mundo de Nat entra el "amor" del título, aunque, obviamente, tratándose de Sara Mesa no es un amor de unicornios que vomitan arco iris, sino algo bien diferente.

Coincidimos, por último, Juan y yo, en el que creo que es casi el único elogio que le dedica en su reseña: a lo largo de su trayectoria, Sara Mesa ha perfeccionado un estilo clínico, funcional, que viene a corresponder perfectamente con el distanciamiento emocional que demuestran sus personajes. Podríamos desear que la escritora hubiese optado por un estilo más emotivo, más exuberante o más rompedor (como los de Mónica Ojeda o Andrea Abreu, por poner dos ejemplos), pero entonces Sara Mesa no sería Sara Mesa. Y a Sara Mesa hay que quererla (u odiarla) como es. 

Sé que no habré convencido a Juan (ni al resto de los antimesistas del blog) con esta contrarreseña; tampoco era esa mi intención. Creo que la propuesta estética de Sara Mesa tiene una personalidad propia, establecida y original, y es bueno que esto provoque adhesiones y rechazos. Personalmente, seguiré leyendo lo que escriba con interés (y tengo, de hecho, pendiente La familia), y, si mantiene el nivel de sus últimos libros, seguiré reseñándola positivamente.


También de Sara Mesa en ULAD: Aquí

sábado, 12 de marzo de 2022

Contrarreseña: Prohibido aprender, de Andreu Navarra

Idioma original: castellano

Año de publicación: 2021

Valoración: Está bien


Realmente no es fácil discrepar del todo con la reseña que Beatriz publicó solo hace unos meses en torno a este libro (ver enlace abajo). Como es lógico suponer, coincidimos en algunos aspectos, y el posible desacuerdo entiendo que puede estar más en la valoración global que en cuestiones concretas. Mi opinión, con todo, es algo más favorable, sin alcanzar tampoco niveles muy altos.

Para empezar, coincido con mi compañera en las altas expectativas que tenía sobre el libro. Efectivamente, no es muy habitual encontrar en nuestras librerías títulos apetecibles sobre el espinoso y fundamental asunto de la Educación, así que bienvenido este título. Por mi parte esperaba algo parecido a un estudio comparado de las sucesivas leyes educativas con que los distintos Gobiernos han mareado al personal (alumnos, docentes, padres) durante las últimas décadas. Como seguramente estamos hartos de escuchar en los medios, en España la política educativa ha sido la piedra de toque para que la mayoría de turno se diferenciase con nitidez de las anteriores y las siguientes, de forma que los sucesivos cambios de color han venido inevitablemente seguidos de una nueva ley que aboliese la anterior. Y así una tras otra. Si se me permite una pequeña cuña, la única ocasión en que estuvo a punto de fraguar una ley educativa consensuada fue siendo ministro del ramo Ángel Gabilondo; pero el tacticismo habitual no pudo soportarlo y reventó el acuerdo a última hora. A día de hoy, un asunto que es cuestión de Estado en la mayoría de países (no digamos en Francia) sigue siendo objeto del ping-pong de los vaivenes políticos. 

Pero la verdad es que una cierta experiencia en la cosa de los libros me ha enseñado a desconfiar bastante de títulos y subtítulos, en su mayor parte colocados por las editoriales. Así que ese Un recorrido por las leyes de educación de la democracia, aunque en principio resultaba atractivo, tenía bastantes boletos para no reflejar el contenido real del libro, lo que realmente ha terminado por ocurrir. Por su parte, ese peculiar formato de los Nuevos cuadernos de Anagrama (muy compacto, y si se me permite, con cierto aire de apresuramiento) tampoco favorece trabajos sólidos y bien estructurados, como bien apunta Beatriz. Es una apuesta algo arriesgada, aunque tiene la gracia de servir como punto de partida a discusiones más amplias, y eso, ya de por sí, es algo interesante.

En esa línea se sitúa Prohibido aprender. El autor se lamenta, claro está, de este mercadeo que desorienta a todos los implicados en la tarea educativa, y el libro recoge la queja amarga por la falta de interés real y de respeto que esto supone. Pero no solo por los cambios continuos, sino por la ausencia de perspectiva, de unos valores sólidos en los que fundamentar el sistema y, naturalmente, de los medios humanos y financieros para hacerlo funcionar de verdad. Aunque hay alusiones puntuales a los diferentes marcos normativos (LOGSE, LOMCE, LOE, etc.), no queda muy claro que don Andreu muestre acuerdo con unos o rechace otros, ni en su conjunto ni en aspectos concretos. De hecho, se podría decir que el libro está escrito en una clave negativa más bien global, y esa es su principal debilidad, porque ni examina o valora con detalle ninguna de estas normas, ni propone alternativas muy concretas.

En cualquier caso (y aquí sí que discrepo un poco), sí creo que podemos extraer algunas conclusiones. El autor critica –en mi opinión, con toda la razón- cómo de la mano de cierta identificación entre cultura y elitismo, allá por los 90 comienza un proceso de desprofesorización, convirtiendo a los docentes en una especie de coaches cuya función, despojados de todo vestigio de autoridad (que eso suena muy mal), es más bien motivar, entrenar en una especie de destrezas que habiliten a los alumnos a enfrentar futuras necesidades, casi siempre orientadas (aquí sí, en unas leyes más que en otras) hacia el mercado laboral. De esta forma van reduciéndose los contenidos en favor del concepto, mucho más gaseoso, de las competencias.

Los conocimientos van siendo sustituidos por lo que llama ‘educación emocional o afectiva’, y la prioridad pasa a ser la inclusión (también en unos casos más que en otros), en detrimento del currículo. Es, entiendo, un paseo por los campos del buenismo, que conduce a los estudiantes a un mundo protector en el que se cuida mucho no someterles a presiones excesivas y evitarles supuestos traumas. Realmente, no tengo muy claro si esta tendencia que apunta Navarra es tan unánime en todas las normas educativas o se refiere más bien a unas que a otras. Pero la consecuencia es, según él,  que estamos ‘educando para la inconsciencia y la banalidad’ como último recurso de la sociedad para ‘evitar que la población se pregunte por la insultante desigualdad que va creciendo y cronificándose’.

No da muchas pistas sin embargo sobre cuál es la alternativa. Más medios, desde luego, más apoyo a los educadores, y una educación más ‘enciclopédica’ (suena fatal, pero se entiende), es decir, recuperar la enseñanza de contenidos, que los alumnos tengan un bagaje suficiente de conocimientos para acceder a un auténtico pensamiento crítico. Podría ser, si el autor no me contradice, un resumen de los objetivos que propone, que a su vez se podrían enunciar como una educación de calidad, en valores, por supuesto, pero también capacitando al alumno para el esfuerzo y para asumir los conocimientos que van de la mano de la cultura en sentido amplio.

De forma que el libro, deficiente como análisis de la errática trayectoria de nuestras leyes educativas y sin definir con mucha precisión actuaciones concretas para enderezar el camino, sí creo que plantea objetivos a alcanzar, al menos en una perspectiva general que se entiende bastante bien y contiene aspectos interesantes.

Por decirlo todo, mi experiencia personal no me mueve a valorar el modelo educativo como tan nefasto. Pero sin duda es la mía una visión sesgada y muy parcial. En cualquier caso, aunque algo limitado y borroso, el libro me parece, como decía más arriba, una buena piedra de toque para iniciar una reflexión más profunda sobre un asunto tan importante. Y si nos ceñimos a nuestro ámbito puramente literario, deja alguna sentencia tan poderosa (y en mi opinión, acertada), como esta: ‘En nombre de la ‘diversidad’ ya no existen clásicos ni obras que leer’. Boom!

Reseña original: aquí

miércoles, 22 de septiembre de 2021

Contrarreseña: José Donoso; El lugar sin límites

Idioma original: español

Año de publicación: 1966

Valoración: Imprescindible



No me cansaré de repetirlo: leer a los maestros es como volver al paraíso perdido, se está tan a gusto que dan ganas de no marcharse nunca. De esta gran personalidad de las letras hispanoamericanas, José Donoso  (1924-1996), no hay nada que no se haya dicho ya. De todas formas, y como me consta que nos lee gente muy joven, comentaré que se trata de uno de los representantes del boom latinoamericano que crearía escuela en los años 60-70, aunque él siguió publicando regularmente hasta su fallecimiento, y aún después a título póstumo. Sus novelas más complicadas, esas que aluden al mundo real mediante símbolos, es decir, no hay que leerlas literalmente, como El obsceno pájaro de la noche y Casa de campo –ambas, difíciles donde las haya, doy fe–, a pesar de estar consideradas como grandes obras maestras de la literatura en castellano y, la segunda, formar parte del famoso canon de Harold Bloom, o lo que es igual, el súmmum del súmmum de la literatura de Occidente,  no están aún reseñadas aquí. Pero todo se andará, jeje, ustedes no pierdan la esperanza.

 Más allá de esto, todo lo escrito por él es magnífico, pues a su gran talento unía una gran meticulosidad (ocho años le costó escribir cada una de las dos novelas que cito más arriba) y el hecho de haber estudiado a fondo a los grandes maestros y de saber manejar los recursos literarios como pocos. He dicho magnífico, sí, pero tan desazonante que siempre acaba tocando en los lectores algo muy profundo. Aun así, tranquilos, en El lugar sin límites al menos sabemos de qué se trata, en sus novelas complicadas, en cambio, se nos amenaza e inquieta sin que logremos entender bien por qué.

Utilice una perspectiva realista como aquí o metafórica como en muchas de sus novelas, Donoso pone el foco en una esquina de la sociedad, en los parias –psíquicos, económicos, por sexo, orientación sexual, lo que sea– a los que retrata ácida y sarcásticamente. Y siempre da en el clavo. Con una prosa inusualmente certera representa la sordidez, desamparo, miseria y astucia de los despojados de todo. Por eso tendré que analizar, más que el aspecto literario, la situación real que se nos muestra. Porque el retrato geográfico, psicológico y social es tan exacto en su esquematismo, las imágenes son tan poderosas, sus poquísimos trazos son tan esenciales y están hechos con un pincel tan fino, el de la prosa exacta, envolvente y arraigada al terruño, que el lector no está leyendo sino sumergido en aquel ambiente y codeándose con los personajes. La ventaja es que nosotros podemos salir de allí cuando queramos y ellos, los auténticos, evidentemente no. Para muestra, aquí tienen parte del primer párrafo:

“La Manuela despegó con dificultad sus ojos lagañosos, se estiró apenas y volcándose hacia el lado opuesto de donde dormía la Japonesita, alargó la mano para tomar el reloj. Cinco para las diez. Misa de once. Las lagañas latigudas volvieron a sellar sus párpados en cuanto puso el reloj sobre el cajón junto a la cama. Por lo menos media hora antes que su hija le pidiera el desayuno.”

En muy pocas líneas se nos presenta al personaje principal, Manuela, un travesti que no reconoce como hija a la mencionada por circunstancias, bastante retorcidas, que entenderán cuando lean la novela. Tampoco se acepta a él mismo, en parte por el rechazo que provoca, en parte por una incoherencia que proviene de los estereotipos sociales más rancios y arraigados, a la que se suma su extrema pobreza. Esto puede parecer irrelevante, pero imaginen que la Manuela, en lugar de no tener donde caerse muerto, formase parte de la sociedad más opulenta. ¿Creen que los que le rodean, incluso los extraños, no le harían la rosca? Yo, desde luego, no lo dudo. Su gran drama es que, por culpa de la miseria y la ignorancia, el primero que no se respeta es él a sí mismo. Además, su pensamiento atropellado lo mezcla todo: el placer con la economía de subsistencia que practica, la condescendencia abusadora del amo con apoyo y complicidad, su propio deseo con supuesta atracción hacia él, la marginación que sufre con una inexistente repulsa por parte de la Japonesita que, en el fondo y si se dejara, estaría encantada de apoyarle. El resultado es que todos los habitantes de la casa nadan en la precariedad, endiosando a quien les explota y sin ninguna empatía entre ellos, menos aún cariño o unión de fuerzas. Una pequeña comunidad integrada por islas flotantes, los personajes, sufriendo a solas, ignorándose unos a otros, braceando para huir de ese océano de angustias pero incapaces de hacer ni un movimiento correcto para salir a flote, o al menos mejorar un poco.

Donoso se centra en la Manuela porque, como varón, comprende mejor su situación y es capaz de empatizar con él. Pero no se le escapa ese ambiente sórdido al que están condenadas las mujeres de ese lugar desde que nacen. Ellas son, más que nadie, víctimas que ni siquiera tienen esperanzas o sueños como el protagonista, sino que se hunden en una apatía resignada y determinista en la que vegetan, cada una por su cuenta, sin que se les ocurra compartir sus soledades.

 Pero ahí mismo, en ese primer párrafo, está (casi) todo. Aparece también el causante de la miseria que asola el poblado, aunque ninguno de ellos sea consciente de ello. Veamos:

“Habían comenzado a molestar a la Japonesita cuando llegó don Alejo, como por milagro, como si lo hubieran invocado. Tan bueno él. Si hasta cara de Tatita Dios tenía, con sus ojos como de loza azulina y sus bigotes y cejas de nieve.”

“Tan bueno él” que hasta las mujeres del pueblo hicieron la vista gorda cuando sus maridos visitaron el prostíbulo en bloque, ya que lo hacían para homenajear al gran señor. Porque, efectivamente, ese es el negocio que regentan padre e hija, sobre todo ella, porque la Manuela siempre ha sido un socio sin demasiado compromiso y ahora, que la edad la ha hundido en su drama, todavía más que al principio. En ese sitio, cuya suciedad es una de las metáforas utilizadas para pintar su sordidez, se cocinó el triunfo del cacique; la propaganda que hizo la casa –debido a sus promesas de mejorar el pueblo, de que la carretera principal pasaría por allí, de que traería la electricidad a las viviendas– convirtieron en diputado a don Alejo, pero ahora, cuando todo ha quedado en nada, cuando se propone derribar los edificios y convertir el suelo en tierra de labor, siguen adorándole. Sí, cuando lo leemos resulta incomprensible, pero esto sucede tal como lo cuenta Donoso.

No puedo dejar de mencionar ese final paradigmático que debería formar parte de una selección de desenlaces maravillosamente bien planteados, tal como se hace a veces con los mejores comienzos de ficción. Hemos visto a la Manuela salir con Pancho y su cuñado, les hemos seguido un rato, ¿y luego? Lo que pasa después no lo vemos pero lo oímos, se nos transmite a través de alusiones y de pensamientos de la Japonesita que, por cierto, se equivoca de plano. Una forma ingeniosa de decir algo sin decirlo, por medio de sugerencias. Porque no hace falta más, somos los lectores quienes debemos interpretar las señales, mucho mejor esto que darnos todo hecho y digerido, como si se dudase de nuestra capacidad para entender.

 

Otras obras de José Donoso: Coronación, El lugar sin límites (reseña original)

Obras sobre José Donoso: Correr el tupido velo

lunes, 18 de enero de 2021

Contrarreseña: La desaparición de la niñez, de Neil Postman

Idioma original: inglés

Título original: The Disappearance of Childhood

Traducción: Margarita Cavándoli

Año de publicación: 1982

Valoración: Está bien


Vaya por delante que esto no es exactamente una contrarreseña, o no del todo, sino más bien un complemento o un intento de aportar una perspectiva diferente a un libro que ya ha pasado por ULAD. Como bien explicaba Jaime en su reseña, se trata de un ensayo escrito por un autor que trabaja habitualmente temas sociológicos relacionados con la comunicación, y que en este caso afronta, como deja bien claro el título, la cuestión del trato diferenciado que la sociedad otorga a la población infantil, desde cuándo, por qué, o hasta cuándo. Indica el autor que la niñez (vocablo feo donde los haya, casi tanto como adultez), a diferencia de la infancia, ‘no es una categoría biológica, sino un concepto social’ basado en la idea de que hay un segmento social que necesita, en base a la edad, una diferenciación nítida desde el punto de vista de formación, costumbres, nivel de información, etc.  

Es algo que según Postman no existe en la Edad Media, cuando los menores de toda edad son adultos en miniatura que trabajan, trampean, maldicen y participan en todas las actividades de los adultos sin más singularidad que su tamaño. El concepto nace como tal, en su opinión, con la aparición de la imprenta, cuando adquiere importancia la capacidad de leer y escribir, algo que queda reservado a los adultos (vamos, a unos poquitos), quedando los niños al margen del flujo de información que empieza a circular a través de los libros. Con este efecto cada vez más acentuado, llegamos al siglo XX (siempre en el mundo occidental y digamos instruido, claro) con los niños metidos en una supuesta burbuja, ajenos por completo al mundo adulto, quemando sus etapas de aprendizaje escalonado, hasta que aparece la televisión. En este momento, dice Postman, se empieza a doblegar ese proceso hasta revertirlo y poner en peligro o directamente hacer desaparecer la estanqueidad de ese ámbito. Aquí es donde creo que el autor patina un tanto, aunque se entiende: Postman ha dedicado unos cuantos estudios a implicaciones de la tecnología con la comunicación y el lenguaje, y se le ve impresionado por el poder que aquello que se llamaba ‘la caja tonta’ ha adquirido en la sociedad. Porque no olvidemos que el libro está escrito en 1982, cuando ya la televisión había cogido mucho vuelo y… claro, lo que usted está pensando, salvo en círculos minúsculos y casi clandestinos ¡no existía ni la más remota sospecha de que pudiera inventarse algo como internet! Suena raro, pero es así.

Bien, todo esto lo resume Jaime con una capacidad de síntesis desde luego muy superior a la mía. Pero yo sugeriría más cosas para el debate.

En mi opinión, el autor se equivoca en el planteamiento, porque ese proceso de desaparición de la niñez no trae causa de la televisión, sino que seguramente responde a un proceso mucho más complejo (cultural y sociológico) que a lo sumo se refuerza con la irrupción de este medio. El paralelismo que establece entre imprenta-surgimiento del concepto de niñez, y televisión-decadencia del mismo, queda bonito, pero creo que es bastante exagerado, sobre todo en esa segunda fase. El mismo autor lo reconoce un poco veladamente en la última parte del libro, la más interesante, cuando abre un tanto el foco y comienza a referirse a los cambios culturales que se registran en la sociedad (se centra en la estadounidense, pero es extensible a otras) y que contribuyen a borrar los límites entre el mundo infantil y el adulto: el cambio del modelo familiar tradicional, la menor presencia en el hogar de padres y madres y, sobre todo, la intervención de dos corrientes enfrentadas pero de efecto complementario. De un lado, la convicción de que ya no es necesario establecer una línea defensiva alrededor de los niños (o simplemente es más cómodo no hacerlo) y de otro, el proceso de infantilización del mundo adulto.

Esto me parece el punto clave. No es solo que la niñez desaparezca porque, como parece indicar Postman al principio, en las casas se ha metido una máquina que escupe imágenes de forma indiscriminada, sino porque, debido a esos cambios culturales, los niños van siendo cada vez menos niños y los adultos menos adultos. El autor apunta a modo de ejemplo varios aspectos que sin duda nos serán de sobra conocidos: la forma de vestir, la alimentación, el deporte y los juegos en general, la música o, por ponernos más serios, cuestiones digamos más propias del mundo adulto (la violencia, el sexo, la competitividad) que atraviesan esa barrera cada vez más permeable. Lo que quizá Postman no fue capaz de vislumbrar fue que unos años más tarde viviríamos la paradoja de que esos mismos niños convertidos en adultos en miniatura serían al mismo tiempo sobreprotegidos por aquellos adultos trasmutados en jovenzuelos. O tal vez todo se debe a la progresiva sacralización de la juventud, de forma que tanto niños como adultos pugnan por tener siempre veinte años. Bueno, una digresión más, que creo que es lo que el libro pide, más allá de su contenido concreto.

De manera que el texto en sí es indudablemente un producto de su tiempo (principios de los 80) y ahí, visto con perspectiva de varias décadas después, cojea de forma notable, aunque aporta algunas reflexiones interesantes. Como muchas veces ocurre en trabajos de este tipo, aunque la lectura no sea del todo gratificante tiene la virtud de provocar el debate, de ponernos a pensar y, ahora sí, fijar un punto de partida sobre el que darle unas vueltas a nuestras reflexiones de lectores y ciudadanos del siglo XXI. Con internet, las redes sociales, La Voz Kids, el anime y cosas así.

P.S: En lo que hay que reconocer que gana por goleada la reseña original es en la cubierta, con esa niña pintarrajeada que recuerda a los discos de Belle and Sebastian, frente a la terrible estética setentera de la edición en castellano que he tenido entre manos.

Reseña originalaquí

También de Neil Postman en ULADDivertirse hasta morir



sábado, 19 de octubre de 2019

Contrarreseña, Mi último suspiro de Luis Buñuel


Idioma original: Francés
Título original: Mon dernier soupir
Año de publicación: 1982
Traducción: Ana María de la Fuente
Valoración: Imprescindible

La memoria, vaya sustancia. Frágil, voluble, delicada. Deteriorada. Hace más de tres décadas leí estas memorias de Luís Buñuel y desde entonces vengo contando asiduamente la anécdota, sacada de este libro, del pueblo del Bajo Aragón que en un año de sequía sustituyó la escasa agua disponible por vino para elaborar el cemento. Vuelvo ahora a estas memorias y la anécdota no está, ausencia total. No existe. Me he pasado más de treinta años convencido de estar refiriendo un hecho cierto acontecido a principios del siglo XX que apenas ocurre en mi imaginación. Bien pensado, quizás a don Luis Buñuel, que nunca quiso renunciar a los desvaríos del credo surrealista, mi delirio continuado le pudiera resultar de lo más razonable y comprensible, pues el inicio de Mi último suspiro ya nos advierte que la memoria es invadida constantemente por la imaginación y el ensueño, y puesto que existe la tentación de creer en la realidad de lo imaginario, acabamos por hacer una verdad de nuestra mentira.

Así pues, lo maravilloso de este libro se halla exactamente en el apasionado alegato que Luis Buñuel Pórtoles (Calanda, Teruel, 1900 – Ciudad de México, 1983) hace de la imaginación, como eje de una existencia, como medida de su propia vida, como flotador al que agarrase sin miedo, ni reparo, ni vergüenza. Buñuel desprecia la ciencia, a la que tilda de presuntuosa, analítica y superficial y a la religión y advierte que aunque le demostrasen la improbable existencia de un Dios creador, no puedo creer, y en cualquier caso, no acepto que pueda castigarme para toda la eternidad.

Buñuel se rebela igualmente frente a la tecnología y también, por supuesto, frente a las ideologías y, pese a su teórica afinidad anarquista, desprecia a sus militantes por su arbitrariedad, imprevisibilidad y fanatismo, para acabar definiéndose como un inofensivo nihilista. Y nos explica que no fue hasta que llegó a los sesenta y cinco años de edad que comprendió y aceptó plenamente la inocencia de la imaginación: Admitir que lo que sucedía en mi cabeza no concernía a nadie más que a mí (…) y que había que dejar ir a mi imaginación, aun cruenta y degenerada, adonde buenamente quisiera. La imaginación, deslizándose entre el azar y el misterio, es la libertad total del ser humano. Nuestro primer privilegio.

Los chirriantes límites de la realidad y la fantasía, debatiéndose en conflicto entre lo preceptivo y lo creativo, entre lo impuesto y lo mágico, entre el deber y el placer, son el territorio Buñuel, que afirmaba con frecuencia haber tenido el privilegio de llegar a este mundo y criarse aún en la época medieval. De sus recuerdos de infancia en Zaragoza me quedo con el cine como espectáculo circense, con pianista y explicador, personaje que contaba al respetable la acción que se proyectaba en pantalla… De su paso por el Madrid de los años veinte queda el recuerdo de su frágil aunque fructífera complicidad con Salvador Dalí y Federico García Lorca, compañeros en la Residencia de Estudiantes. Y después, el salto a París, a Los Ángeles, a México DF. El cineasta aragonés anduvo en tratos con Benito Pérez Galdós, con Charles Chaplin y Billy Wilder, con Tristán Tzara y André Breton, con Catherine Deneuve y Ángela Molina, y nos depara por supuesto una genuina y amplia mirada al siglo veinte.

En este juego buñueliano nada es lo que pareciera o debería. De hecho, la redacción de Mi último suspiro, no se debe al propio Buñuel, si no a uno de sus colaboradores y guionista habitual, Jean-Claude Carrière. Circunstancia que confiere un tratamiento más liviano y atractivo para el lector que el que podría haber deparado el propio cineasta, quien ya desde el inicio se reconoce como poco dotado para tal tarea pese a que su nombre es el único que aparece en portada, a mayor tamaño incluso que el título. Pero, como cualquier memoria mínimamente honrada, también tiene algo de balance de descalabros, fracasos y errores. La confesión de André Bretón en 1955 –es triste tener que reconocerlo, mi querido Luis, pero el escándalo ya no existe-  así como la constatación trece años después, en mayo del 68, de que también la acción se había hecho imposible: al igual que nosotros, hablaron mucho e hicieron poco. Tampoco se censuran episodios truculentos, como sus agresiones a homosexuales que frecuentaban servicios públicos en el Madrid donde él estaba fascinado por la personalidad de García Lorca: La chulería es un comportamiento típicamente español, compuesto de agresividad, insolencia viril y autosuficiencia. Yo he incurrido en ella algunas veces… 

Aunque eligió su propio camino, libre, individual e indomable, Luis Buñuel perteneció a una familia muy rica -de esas que tenían a los hijos entre algodones, con criadas que le llevaban los libros a la escuela- lo que le facilitó en gran manera contactos, medios, posibilidades. Escogió lo que le resultaba más precioso, los sueños, el azar, la risa, el sentimiento, la contradicción y lo cultivó con ahínco, con cabezonería: Si fuéramos capaces de devolver nuestro destino al azar y aceptar sin desmayo el misterio de nuestra vida, podría hallarse próxima una cierta dicha, bastante semejante a la inocencia. En mi casa siempre nos han contado que mi abuela Victoria, cuando salió del pueblo, se fue de criada a Zaragoza, a casa de los Buñuel. Así que no puedo dejar de sentir su presencia por entre estas páginas, incierta o no, pero absolutamente real porque habita en ese precioso ámbito que es mi fantasía.

Mi percepción de este libro la puedo resumir con la calificación de Imprecindible, que en la jerga que usamos los inquilinos de este artefacto completamente irracional que es este blog es como ponerlo por los cielos. Se trata, por tanto, de una contrareseña de la que, en su momento, publicó Santi, quien le adjudicó un Muy Recomendable, que tampoco está nada mal. Puede que los motivos por los que le concedo a estas memorias más parabienes que mi colega reseñador y padre fundador de Un libro al día sean subjetivos o personales y aunque he intentado argumentarlos, no sé si resultarán convincentes. En todo caso, y tratándose de Luis Buñuel, viva la abuela que nos parió.

lunes, 29 de julio de 2019

Contrarreseña: Buenos días, tristeza, de Francoise Sagan

Idioma original: Francés
Título original: Bonjour, tristesse
Año de publicación:1954
Traducción: Javier Albiñana
Valoración: Muy (muy) recomendable

Hace ya unos cuantos años que leí por primera vez "Buenos días, tristeza". Recuerdo que me gustó mucho. Ahora bien, al ver que lo teníamos reseñado en el blog con un rácano "está bien" surgieron las preguntas: ¿qué ocurrirá si vuelvo a leer "Buenos días, tristeza" en 2019?, ¿cómo nos habrá afectado el paso del tiempo a la novela y a mí?, ¿se confirmará aquella primera y lejana impresión o habrá una decepción? Había que despejar las dudas.

Pues bien, "Buenos días, tristeza" me sigue pareciendo un muy buen libro, hasta el punto de quedarse cerca del "imprescindible". Y me parece muy buen libro por varios motivos:
  • Su tratamiento del final de la juventud o cómo pasar del puro hedonismo, la indolencia y la apatía a la responsabilidad en solo 120 páginas. Apenas unas semanas, un escenario "cerrado" y cuatro o cinco escenas claves bastan para dar empaque a los personajes y a la historia. Economía de recursos al servicio de la novela, sí.
  • La evolución del personaje de Cecile (la principal protagonista de "Buenos días, tristeza") de joven egoísta y malcriada a Raskolnikov de la Costa Azul, de ser absolutamente incapaz de introspección alguna a ser alguien hasta cierto punto atormentado por sus actos. Para ello, Sagan nos conduce por los pensamientos de Cecile a través de un buen manejo. sobre todo si tenemos en cuenta el cuarto punto, del monólogo interior. 
  • El uso de los personajes secundarios. Todos ellos poseen unas características muy concretas que les llevan a cumplir un rol muy determinado Todos ellos aportan algo a una historia en la que nada sobra y en la que los pasos de los protagonistas están muy medidos y dirigidos a un determinado fin. 
  • Es una primera novela escrita con apenas 19 años. Está claro que está basada en elementos autobiográficos (o eso parece), pero es innegable la capacidad de Sagan para psicoanalizar y "desenmascarar" a una clase social y a una generación muy concretas. Los miedos e inseguridades de jóvenes y adultos aparecen aquí, bajo la apariencia de una historia "ligera", en toda su crudeza. 
  • Su estilo, casi cinematográfico, que hace que la novela pase en un santiamén. Esto puede parecer una perogrullada en una novelita de apenas 120 páginas, pero ¡cuántas veces habremos leído novelas breves que se hacen largas! 
  • Contexto cultural: La novela se publica en un momento en el que Sartre, el existencialismo, o la cultura "seria" en general son dominantes. Sagan presenta a una protagonista en la que prima el hedonismo, el egoísmo y la búsqueda del placer, con lo que ello supone de ruptura con los cánones "oficiales".
  • Contexto político: Han pasado 9 años desde el final de la Segunda Guerra Mundial y los conflictos de Indochina y Argelia están muy presentes en la sociedad francesa. Pues bien, los protagonistas de "Buenos días, tristeza" viven en una especie de burbuja en la que estos acontecimientos no pueden penetrar. Tanto este punto como el anterior tienen más que ver con la función de la literatura como elemento "incómodo" que con el libro en sí, pero creo que es algo a tener en cuenta a la hora de valorar un libro.
Vale, ya lo dejo. Queda clara mi opinión, ¿verdad? Abiertos quedan los comentarios para que dejéis la vuestra. Eso sí, andaos con ojo que soy capaz de retar a duelo a quien sea (¡y llevaré de padrino a Arturo Pérez-Reverte!)

La reseña original de "Buenos días, tristeza" AQUÍ

domingo, 26 de mayo de 2019

Contra reseña: Un tranvía llamado Deseo de Tennessee Williams

Idioma original: inglés
Título original: A streetcar named Desire
Año de publicación: 1947
Traducción: Amado Diéguez
Valoración: Imprescindible

Cuando leí la reseña de Un tranvía llamado Deseo publicada en 2010, tuve la sensación de que Santi había reconocido la excelente factura de la obra y, sin embargo, su lectura no le había conmovido (le puso un Recomendable pero el tono de la reseña no expresaba mucho más que un Se deja leer o Está bien). Sin embargo, lo que las obras de Tennessee Williams desde luego no hacen es dejar indiferente, así que no me quedó otra opción que la de especular cochinamente. (Modo especulación cochina «on»):
No todo el mundo tiene la suerte de pertenecer a ese grupo exclusivo y minoritario de freaks que disfrutamos del teatro casi más cuando lo tenemos en nuestras manos que cuando lo tenemos frente a nuestros ojos. O lo que es lo mismo: si a Santi no le ha conmovido Un tranvía llamado Deseo, es que a Santi no le gusta el teatro leído. (Modo especulación cochina «off»)

Resumen resumido: Blanche Dubois, una señorita madura del sur rural, irrumpe en el humilde hogar de Nueva Orleans donde vive Stella, su hermana pequeña. Los delirios de grandeza de Blanche así como la inconsistencia de sus argumentos en cuanto a sus circunstancias personales chocarán estrepitosamente con su rudo cuñado Stanley, un obrero descendiente de inmigrantes polacos, de naturaleza soberbia y violenta. 

¿Qué tiene Un tranvía llamado Deseo que la hace una obra tan poderosa y tan contemporánea? 
  • Unos conflictos universales que se prevén ya desde el arranque, cuando el lector presencia el primer encuentro entre Blanche y Stanley: las diferencias culturales, las diferencias de clase, las diferencias de género y, sobretodo, un choque de narcisismos como nunca se ha visto.
  • El tema, tratado con auténtica verosimilitud y crudeza. Tennessee Williams es un autor interesado en reflejar las pasiones que rigen al ser humano y que lo conducen, por lo general, hacia la tragedia. El amor y el sexo (por exceso o por defecto) impregnan las páginas de esta obra con un lenguaje directo, sin dobleces. Porque Un tranvía llamado Deseo es un grito vital desgarrador, una llamada de socorro: la vida es un cúmulo de dolor y soledad, y se ensaña especialmente con las almas sensibles.
  • Los personajes. Blanche y Stanley representan dos arquetipos radicalizados de lo que sigue siendo a día de hoy una mal entendida masculinidad (Stan es violento, prepotente, primitivo, egoísta…) y una todavía peor entendida feminidad (Blanche es frívola, inestable, vulnerable, manipuladora…). El desproporcionado narcisismo de ambos hace saltar la chispa frente a una Stella incapaz de detener el pulso que ambos han iniciado. En todo caso, Blanche es la indudable protagonista y el personaje más rico y complejo, con capas y capas de delirios y contradicciones que no permiten que el lector acabe de sentir confianza hacia ella por mucho que sufra por su penosa situación. No puedo dejar de ver en Blanche un reflejo de la queridísima hermana mayor del autor, Rose Williams, aquejada desde su juventud por una extraña demencia. 
  • La atmósfera. Williams integra muy bien a ese personaje omnipresente que es el ambiente propio del barrio canalla de Nueva Orleans en el que transcurre toda la acción. Las descripciones que introduce para situar al lector son precisas con un toque de lirismo, y en las escenas siempre intervienen elementos puntuales (música que proviene de la calle, una vecina que pasa…) que se integran perfectamente, aportan verosimilitud y recuerdan al lector dónde está. 
«(…) Tarde de primeros de mayo, acaba de caer la noche. El cielo que rodea el edificio blanco, que está en penumbra, es de un azul suave y peculiar, casi turquesa, lo que confiere a la escena una suerte de lirismo que atenúa con dignidad la atmósfera decadente del lugar. Casi se puede sentir el cálido aliento del río marrón que transcurre más allá de los almacenes del puerto fluvial, con su leve fragancia a plátanos y café. El mismo ambiente evocan las melodías de los músicos negros que tocan en el bar que está a la vuelta de la esquina (…)» 
  • El ritmo ágil y bien calibrado gracias a un lenguaje sin florituras ni preámbulos y una tensión perfectamente calculada.
En cuanto al título, Un tranvía llamado Deseo me parece una metáfora poética y convincente —el tranvía que avanza tortuosamente por las calles de Nueva Orleans— al tiempo que está muy bien integrada en el texto de la obra.

Por otra parte, resulta inevitable que no nos venga a la mente Marlon Brando y Vivien Leight en la inolvidable adaptación cinematográfica de 1951 dirigida por Elia Kazan; tal vez haya sido la mejor pero no la única. También son incontables las diversas adaptaciones teatrales que también han dado resultados de todo tipo. Y tal vez sea eso lo que, a ojos de Santi, hace que Un tranvía llamado Deseo no haya envejecido bien: la dificultad de trasladar a las tablas del escenario o a la pantalla el germen genuino de la obra. Sin embargo, la lectura de sus páginas no decepciona jamás porque —y tomo prestadas las palabras del compañero Carlos Andia— qué experiencia literaria puede ser más estimulante que respirar el mismo aire que esos personajes, acercarnos a ellos lo que nos apetezca o hacer resonar sus palabras tantas veces como queramos.

Hay que leer más teatro.

lunes, 11 de febrero de 2019

Contrarreseña: La invención de Morel, de Adolfo Bioy Casares

Idioma original: Español 
Año de publicación: 1940
Valoración: Bastante recomendable 

Alucino cada vez que recuerdo que Adolfo Bioy Casares escribió La invención de Morel con sólo veintitrés años. Y es que estamos ante una novela extraordinaria que para nada trasluce la bisoñez de su autor. El mismísimo Jorge Luis Borges, a quien fue dedicada, dijo de ella que era perfecta. Aunque yo no comparta tan generosa apreciación, me es imposible negar la calidad de este libro.

Porque La invención de Morel es literatura de calidad, eso es indudable. La acabé hará cosa de mes y medio, y la impresión que me dejó en su momento, ya de por sí positiva, no ha hecho más que mejorar con el paso del tiempo. Permitir que esta historia repose, darle vueltas a sus implicaciones, incrementa su valor. Ya ni os cuento lo que la ensalza una relectura.

Por cierto, esta reseña va a contener spoilers. Lo advierto desde el vamos para que aquellos que quieran degustar vírgenes La invención de Morel (opción impagable, creedme) se vayan ahora mismo. ¿Sí? Bien, pues empecemos. 

Un venezolano que huye de la justicia, no sabemos muy bien por qué, se oculta en una isla deshabitada a la que ha llegado en un bote. Allí hay tres edificios, cuyos propósitos desconoce: un museo, una capilla y una piscina. La mera supervivencia en ese paraje inhóspito absorbe todas las energías de este fugitivo innominado, que anota sus denodados esfuerzos en un diario. Y así transcurren los días hasta que, de repente, se encuentra con que hay más gente en la isla. ¿Quiénes son? ¿Quizás la policía? ¿Cómo es posible que no se haya percatado de que llegaban? Y por último, pero no por ello menos importante, ¿por qué fingen los intrusos no darse cuenta de su presencia?

El argumento de esta pequeña ficción que no llega a las ciento sesenta páginas es raro de narices, ¿verdad? No en balde, La invención de Morel inspiró a los guionistas de la serie Lost. Pero tampoco os penséis que la obra de Casares es hermética en su planteamiento; al fin y al cabo, tras la atmósfera de tintes surrealistas de la primera mitad, su misterio se va desentrañando poco a poco.

Y lo que es mejor: la explicación rayana a la sci-fi con la que Casares justifica los bizarros fenómenos que suceden en la isla no limita en absoluto las interpretaciones que suscita esta novela. Si acaso, las expande en otra dirección. A la postre, La invención de Morel puede ser una parábola sobre la inmortalidad del alma o una profética alegoría sobre el legado audiovisual que dejamos en la esfera digital al fallecer. También, por qué no, se puede leer como una meditación sobre la dificultad de comunicación entre seres humanos, el eterno retorno nietzscheano o el amor platónico.

¿Que por qué hablo de amor al listar los temas que La invención de Morel baraja? Pues veréis, entre los desconocidos que han aparecido como por arte de magia en la isla se encuentra Faustine, una mujer hermosa de la que el narrador queda prendado. La devoción que nuestro protagonista siente hacia esa mujer cristalizará, al final del libro, en el gesto más romántico imaginable. Bueno, todo lo romántico que alguien que no acepta un no por respuesta y con claros indicios de psicosis puede ofrecer.

El fondo y la forma de La invención de Morel van de la mano. La historia se narra en primera persona, a través de las entradas del diario del venezolano. La prosa de este señor es, por tanto, marcadamente rústica. Y es que su débil y hasta febril condición no da para más. Tras la llegada de los intrusos, también su estado de paranoia y miedo constante van a impregnar las páginas del diario. 

Hasta aquí, genial. Casares encuentra una voz interesante y le da verosimilitud mediante la forma en que se expresa. Por desgracia, cuando llega al hemisferio de la novela, el escritor descuida esto parcialmente. Entonces se centra en la historia en sí, y no tanto, al menos para mi gusto, en mantener las entradas del diario consistentes con la voz de su autor. Y es que uno siente que ese personaje se pone hablar casi del mismo modo que lo haría un narrador omnisciente convencional. Aunque es innegable que ha cambiado sutilmente (el amor le ha insuflado esperanza, por ejemplo), me hubiera gustado una transición más suave entre su voz al inicio y al final de esta historia.

Por todo lo dicho, pues, La invención de Morel es una novela más que recomendable, cuyas múltiples implicaciones (narrativas, filosóficas, etc) garantizan una lectura de calidad. Pero buscadla en otra edición que la que yo he tenido entre mis manos. Es imperdonable que El País mutile esta obra con tanta saña: el prólogo escrito por Borges brilla por su ausencia, igual que unos pies de página que un supuesto editor añade a las anotaciones del diario del náufrago. Visto lo visto, ya no me quejo de que no se optara por incluir las simpáticas ilustraciones que Norah Borges hiciera para la primera edición de esta obra.

domingo, 4 de noviembre de 2018

Contrarreseña: El club de los mentirosos, de Mary Karr


Resultado de imagen de el club de los mentirosos amazonIdioma original: inglés
Título original: The Liars’ Club
Año de publicación: 1995
Valoración: Pionero y valiente




Una familia disfuncional es toda aquella con más de un miembro
Mary Karr (en entrevista con Kiko Amat – La Vanguardia, 2017)

No me cabe duda de que esta autobiografía novelada habrá levantado algunas ronchas. Incluso ahora, más aún cuando se publicó, hace más de veinte años. Después de todo, se trata de una mujer que desmitifica las sacrosantas relaciones familiares. Principalmente, porque no es un ejercicio de cotilleo –ocupación que suele suscitar benevolencia– sino un testimonio de primera mano de cuyo desarrollo la autora forma parte activa.  Pero cuando se ha vivido envuelta en maledicencia, la catarsis bien merece tal ejercicio de audacia.
Entendámonos. Si vas a desnudarte por dentro, mejor hacerlo con gracia. Y Karr parece aplicárselo: es más que evidente su soltura narrando los episodios más escabrosos, el descaro de quien viene de vuelta, su decidida iconoclastia, productos todos ellos de una personalidad más que potente. Quien espere encontrarse con la entrañable crónica familiar de una muchachita tejana recibirá una tremenda bofetada. Aquí no se salva nadie. Padres, hermana, abuela, ella misma, sus convecinos, y hasta la particular fealdad de su pueblo, se enfrentan al despiadado foco de unos recuerdos que nos parecerán caricaturescos a veces. Es lo que suele ocurrir cuando se intenta retratar fielmente y sin complejos una realidad cualquiera, con sus deformidades y rasgos menos fotogénicos, obteniendo a cambio la satisfacción de haber llamado a cada cosa por su nombre.
No se trata, sin embargo, de una narración descarnada y áspera. Abundan también las escenas bucólicas y los momentos entrañables. Sobre todo cuando Karr enfoca a ese grupo de hombres curtidos por el trabajo (el denominado club de los mentirosos) que celebran sin rechistar las dudosas confesiones del padre. Y es que –parece decirnos– para disfrutar como es debido de estas pretendidas memorias solo hay que concentrarse en lo que se narra, sin cuestionar su veracidad. (Ejercicio metaliterario que, de paso, advierte a los lectores de la escasa fiabilidad de los recuerdos y de que todo escritor puede fabular con entera libertad y permitirse las licencias oportunas.)
Mary Karr es una gran creadora de ambientes, se puede jactar de haber ejecutado algunas escenas verdaderamente memorables, es capaz de reflejar el punto de vista de un niño con verdadera convicción, pero quizá tiende a extenderse más de la cuenta. Por otra parte, el tono desenfadado –cuyas notas épicas son claramente deudoras del  western– resta dramatismo a los hechos, aportando en ocasiones un efecto intrascendente más propio de un producto juvenil que de una novela realista con contenidos tan amargos. También contribuyen a ello la foto de portada y el título.
Con todo, el gran mérito de El club de los mentirosos estriba en la atinada caracterización de cada miembro de la familia, con sus cualidades y defectos. En particular, destaco la figura de Charlie. Ella en absoluto constituye un ejemplo de maternidad abnegada y laboriosa que nunca piensa en sí misma, pero eso la convierte en individuo. No es un mero espejo de los suyos, tiene personalidad propia y asume su carga de deseos, frustraciones y dolor. Es cierto que muestra igual rebeldía, carácter depresivo y nula resistencia a adicciones que el resto, pero también idéntica creatividad, fantasía, talante luchador y un amor infinito por la prole que le tocó en suerte. A pesar de tantas irregularidades, se ha ganado el respeto y cariño de su gente. Y la autora no la mantiene en segundo plano sino que le adjudica un papel de lo más relevante. Teniendo en cuenta que en la literatura canónica no había rastro de modelos para tal cosa y que hubo que abrir camino a machetazos, habrá que reconocerlo sin tapujos.
He calificado esta obra de valiente. Incluso ahora, pero más aún veintitrés años atrás, debía hacer falta mucho de eso para presentar al público un personaje así, y más tratándose de la propia madre.
Si quisiera clasificar esta novela utilizaría una expresión muy trillada pero cambiándole radicalmente el sentido. Incluso me atrevería a afirmar que quien haya tenido la paciencia de llegar hasta el final no podrá contradecirme: esta es una novela de amor con todas las letras, y lo es de una forma mucho más real, profunda y descarnada que esos productos sensibleros que se limitan a repetir tópicos. Quien conmueve de veras es esa Mary Karr de las últimas páginas recogiendo angustiada los pedazos rotos de sus orígenes e intentándolos pegar a duras penas. El argumento entero es una metáfora de la rebeldía que suscita tanta exigencia de perfección a las mujeres, pero sobre todo el prolongado desenlace –muy superior al resto, pues con su estilo reflexivo y depurado completa el sentido de todo lo anterior– me ha parecido magnífico, un broche perfecto de una historia demasiado veraz e incómoda para mentalidades aferradas a lo conveniente.


Más información sobre El club de los mentirosos en Un libro al día, aquí.