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jueves, 16 de abril de 2026

Ismaíl Kadaré: Frías flores de marzo

Idioma original: albanés

Título original: Lulet e ftohta të marsit

Traducción: Ramón Sánchez Lizarralde

Año de publicación: 2000

Valoración: Muy recomendable


Cuando por los motivos que sean desaparece un régimen autocrático que ha durado cuarenta años se producen a nivel social reacciones dispares no fáciles de prever. No estamos hablando de España, sino de Albania, ese pequeño país donde arraigan costumbres ancestrales que se mezclan con múltiples influencias culturales y religiosas. Si el régimen se caracterizaba por el aislacionismo, el culto a la personalidad y el hermetismo más radical, la puerta que se abre deja correr vientos que incorporan, en desorden y entremezclados, ideas y valores de un pasado que parece remoto y un futuro que no es fácil de entender.

El relato sitúa ese momento, o más bien algún tiempo posterior, en una pequeña población rural del norte montañoso, donde Mark, un pintor de poco éxito, mantiene una relación con su modelo femenina. Aunque el nuevo tiempo no parece impedir que cada cual continúe con sus rutinas, es inevitable que surjan brechas, a veces sucesos, otras solamente rumores, que disparen la perplejidad en gentes acostumbradas a un sistema donde todo funciona aparentemente sin sobresaltos. El pintor sería ese ciudadano medio, centrado en su trabajo y sus amores, que tiene dificultades para entender a dónde lleva el nuevo rumbo.

Puede que el asalto a un Banco, al parecer inimaginable en el régimen comunista, o la costumbre femenina de depilarse ciertas partes del cuerpo, sean signos de la modernidad que llega de Europa junto a unos misteriosos funcionarios de la OSCE. Pero al mismo tiempo parecen resucitar, y de forma muy tangible, antiguos códigos como el Kanun, el pago de las ofensas con la sangre, brutales sentencias cuyos orígenes hay que ir a buscar a la Edad Media, tal vez más lejos aún. Aires occidentales irrumpen por tanto al mismo tiempo que los arcanos arraigados en las más viejas tradiciones del país, quizá por ello se rumorea que los nuevos dirigentes realizan visitas secretas a un misterioso archivo del Estado oculto en las montañas.

Pero lo más atrayente de todo esto no es que esté narrado con elegancia y precisión, que también, sino que mantiene en todo momento la figura del pintor como espectador, en general descreído pero también estupefacto ante las novedades, sin llegar a ser capaz de coger postura. Es por tanto un relato con un corazón intimista, que personaliza en un hombre corriente la desubicación y la duda. Esa vida provinciana que seguramente quiere mantener inalterable, centrada en sus pinturas y su amante, no puede sin embargo quedar ajena a los acontecimientos y a la pérdida de certezas.

La narración gana todavía brillo con la inserción, a modo de contrapunto, de algunas fascinantes historias que entroncan con viejas leyendas locales (la mujer obligada a casarse con una serpiente) o griegas (el robo de la inmortalidad), relatos espléndidamente desarrollados y que mueven a la reflexión sobre ese país que, sin saberlo siquiera, ha pasado de la estabilidad plomiza y asfixiante de un régimen opaco y hermético a la convulsión de verse ante un horizonte desconocido en el que se desatan fuerzas que escapan a todo control: las que irrumpen desde la modernidad de los vecinos europeos y las que brotan de las mismas montañas, de lo más profundo de un pasado no tan olvidado.

Un relato en el que se combinan con maestría los efectos de todos estos vientos con la perspectiva del individuo acostumbrado a su mundo estrecho, el bienestar inconsciente de quien está acostumbrado a cuidar solamente su propia vida, sus rutinas y sus pequeños placeres. No es fácil montar un relato equilibrado e inteligente con estos ingredientes, y doy fe de que Kadaré lo consigue con nota muy alta.

Unas cuantas obras de Ismaíl Kadaré reseñadas en ULADaquí

lunes, 15 de diciembre de 2025

Yasunari Kawabata: Shinyu

Idioma original: Japonés

Título original: Shinyu (親友)

Año de publicación: 1954

Valoración: Está bien

Este libro aún no está traducido al español, y dudo que alguien lo haga. Es una de esas rarezas dentro de la obra de un autor consagrado. Así que, más que una recomendación, esto es la presentación de una curiosidad. 

En una entrada anterior, que pueden ver aquí, les conté cómo la academia suele dividir la literatura japonesa en dos grandes grupos según el estilo y las ambiciones del autor. Por un lado, la literatura “pura” (junbungaku), con pretensiones estilísticas que van más allá del argumento y centrada en la introspección, la psicología de los personajes y los dilemas existenciales (sí, literatura para mamadores). Por otro, la taishūbungaku, la literatura “para las masas”, cuyo objetivo principal es entretener (y vender).

Lo curioso del caso: el máximo exponente de la “literatura pura”, el Nobel Yasunari Kawabata, escribió una novelita para niñas. Por las ilustraciones puede intuirse el tono, muy de revista juvenil, tal como se publicó originalmente, en entregas mensuales (lo que no entiendo es la estética de esas imágenes: se supone que la historia transcurre en Tokio). 

La trama va así, a grandes rasgos: dos alumnas de un colegio femenino en Tokio (mejores amigas, de esas que se prometen no separarse nunca) ven tambalear su relación por una cadena de pequeños malentendidos: un comentario dicho a destiempo, una confidencia mal guardada, la presión de la familia y del colegio, un objeto extraviado que sirve de excusa y, sobre todo, ese orgullo adolescente que impide pedir perdón a tiempo. Entre cartas, encuentros en pasillos, excursiones escolares y visitas a casas donde el té siempre está listo, la narración acompaña la herida y su lenta cicatrización: celos, vergüenza, reconciliación. Todo muy “revista para niñas”, con capítulos que cierran casi siempre en un mini-cliffhanger moral.

¿En qué se parece a la obra “seria” de Kawabata? En la delicadeza para observar lo mínimo: un gesto de manos, una luz que entra por la ventana, el peso que adquiere un objeto cualquiera cuando lo mira alguien enamorado o dolido. También en el pudor: nadie declara nada en voz alta y, sin embargo, todo queda dicho. El tiempo, con sus leves cambios, manda más que la acción. ¿En qué difiere radicalmente? En que aquí hay un trazo didáctico y lineal, sin zonas ambiguas ni silencios peligrosos: no hay eros, no hay abismo, no hay ese vacío que en País de nieveMil grullas o Lo bello y lo triste deja al lector un poco desamparado. El lenguaje es más llano (incluso está escrito principalmente en hiragana, haciendo la lectura más fácil para los niños), la psicología menos quebrada, y el final funciona como un restablecimiento del orden con moraleja incluida. Incluso las ilustraciones abonan esa limpieza: moños, uniformes impecables, interiores casi ideales que no siempre casan con la Tokio real de posguerra que uno imagina.

Conclusión. Shinyu es una rareza simpática: un Kawabata “para todas las edades” que, sin deshonrar su firma, tampoco añade mucho a su territorio literario mayor. Interesa como cápsula de época (el mundo shōjo de los cincuenta, serializado y con ilustración de acompañamiento) y como recordatorio de que incluso los autores más “puros” escribían por encargo, probaban tonos, jugaban con formatos. ¿Es una lectura recomendada si lo tradujeran? Sí, por curiosidad; ¿lo perseguiría como objeto imprescindible? No. Está bien: se deja leer, se olvida sin dolor y, de paso, ayuda a entender mejor por contraste la potencia de la otra cara de Kawabata.

Otras obras de Yasunari Kawabata en ULAD: Una grulla en la taza de téLa bailarina de IzuLo bello y lo tristeLa casa de las bellas durmientes

domingo, 23 de noviembre de 2025

J.M. Coetzee: El polaco

Idioma original: inglés
Título original: The Pole
Año de publicación: 2022 (primero se edita en castellano por movidas de Coetzee)
Traducción: Mariana Dimópulos
Valoración: Está bastante bien

El Polaco (no confundir nunca con el cantante de cumbia argentino) es, probablemente, la última novela de Coetzee, considerando que ya tiene 85 años. Tengo para mí que hubiera sido inmejorable cerrar su trayectoria con la trilogía de Jesús, una gran sorpresa cuando la leí hace varios años; me costaba creer que a cierta edad uno pudiera producir, aún, novelas que estuvieran perfectamente a la par de sus mejores obras (léase Desgracia, La edad de hierro, etc). Pero el buen hombre habrá sentido que le faltaba por decir algo más, y decidió encarar sus temores y obsesiones por el lado de reversionar la historia de Dante y Beatriz (esto tomado con pinzas, incluso el propio libro discute el mito y lo equipara a otros como el de Orfeo y Eurídice, pero es lo que subrayan casi todas las demás reseñas).

La figura de Dante la encontramos en Witold (que a mí me suena a nombre bastante común, pero quizás sea por pensar en Witold Gombrowicz), un polaco "que ronda los setenta, unos setenta vigorosos, es un pianista conocido como intérprete de Chopin, pero un intérprete controvertido". Es un hombre al principio frío, pero luego, cuando conoce a su Beatriz  (una catalana que organiza ciclos y recitales en honor a distintos intérpretes de música clásica) en uno de los conciertos que brinda, le vuelve la pasión en su vida e intenta, por todos los medios y de una forma entre compasiva y lastimera, acercarse a ella, que lo rechaza varias veces y a la vez piensa en el rol que juega en esa extraña relación, la de no querer un nuevo amor (ya tiene una familia armada) y la necesidad de experimentar algo que la saque de esa rutina sin trastocar toda su vida.

Se menciona la originalidad (o al menos que no es costumbre elegirlo) del punto de vista no del que ama, en este caso el pianista Witold, sino de la amada Beatriz (y su nombre es literal). Para mí no es un punto a destacar en el sentido formal de la innovación/estructura, sobre todo cuando la trama es la que he descrito en el anterior párrafo. Es más inusual, pero eso no implica que signifique un descubrimiento acerca de lo que uno piensa y siente cuando otra persona se empecina en acercarse y conocerte. Si acaso, destaco la construcción de la novela en breves notas, como si fuera el diario de un escritor que se plantea cómo escribir esa historia (de hecho, las primeras notas contienen descripciones de ambos y los esbozos de lo que será la trama), y luego la misma cobra impulso y el autor (¿o narrador?) se deja llevar.

Hasta ahí, puede parecer la típica historia de "vos me amás, yo pienso que exagéras, pero mantengamos una especie de contrato donde ninguno salga herido emocionalmente" (que no suele funcionar), pero la historia da un giro con cierto suceso, a lo cual Beatriz se replantea toda su relación y empieza a hacer gestos que uno ve como desesperados e irracionales, y que ella misma los ve así y no sabe por qué los hace (ella se considera una "persona inteligente, pero no reflexiva"), y a raíz de eso el libro profundiza mucho más en las miserias del amor no correspondido, en la incomodidad de la carga que a uno le significa ser amado, verse representado en un altar a los ojos de otra persona, haber participado, aunque un papel mínimo, en esa construcción, y no sentirte correspondido en ese ideal, no saber cómo destruirlo, no tener ni el tiempo ni las ganas de que esa visión se solidifique o derive en algo más profundo.

Es hasta cierto punto divertido leer las justificaciones de un personaje que se considera civilizado y acoplado a todas las normas sociales (y para quien los ideales y los sentimientos son una cosa en la que creer pero no experimentar) y observar cómo se va derrumbando de a poco ese sistema de ideas, no hasta el absoluto, pero lo suficiente para experimentar una transformación. Que de eso se trata el amor, parece decirnos Coetzee (y se suma a la larga nota de pie de los herederos del verdadero romance), de recibir una herida por exponerte y que no puedas permanecer como el mismo de antes.

Más obras de Coetzee acá:









domingo, 16 de noviembre de 2025

John Steinbeck: La luna se ha puesto

Idioma original: inglés
Título original: The moon is down
Año de publicación: 1942
Traducción: Pedro Lecuona
Valoración: bastante recomendable

Antes de leer la novela, y conociendo de su existencia por varios años, había pensado que el título era horrible, muy parecido a nombrar De ratones y hombres como La fuerza bruta. Pero después de terminarla se entiende mejor el porqué del título.

De repente, en un pueblo y en un tiempo del que nunca se sabe con seguridad la época (aunque se intuye que es cerca del final de la Segunda Guerra Mundial), los habitantes son invadidos como un relámpago por culpa de un mercader que filtra a los militares la organización y defensa del pueblo. Esta invasión se da por la mina de carbón que poseen, necesaria para seguir proveyendo de recursos a la potencia enemiga.

En la casa del alcalde Orden se discute la manera de recibir a los militares (con un deje civilizado que hoy, me temo, nos queda muy lejos) y de cómo resistir sin que eso cause más muertes en la población, ya que algunos jóvenes fallecieron por defender el pueblo, escasamente armado contra tanques y ametralladoras. A su vez, el líder de los militares, el coronel Lanser, también es bastante cortés en su trato hacia los demás y reconoce la jerarquía y el rol del alcalde como fundamental para contener el aturdimiento, primero, y luego la rabia silenciosa del pueblo, creyendo ingenuamente que se pondrá de su lado para asegurar el poder. Pero el alcalde Orden, a diferencia de sus congéneres del mundo real, cuenta con un sentido de pertenencia hacia su territorio y una dignidad, compasión y orgullo por cada uno de sus habitantes, valores y sentimientos que son mutuos, excepto en el caso del mercader delator, que se humilla constantemente esperando su recompensa y a quien todo el pueblo execra ignorándolo.

A lo largo del libro, las tropas militares, que esperan vanamente el comunicado de triunfo de la sede mayor, malgastan meses tratando de comunicarse con los habitantes, desesperándose por el silencio y la imposibilidad de establecer un vínculo mínimo. Todo empeora cuando ocurre lo inevitable, la rebelión física de uno de los habitantes hacia un capitán; juzgado y condenado a muerte, la rabia comienza a aflorar en acciones cada vez más confrontativas. 

Steinbeck, aunque todos sus personajes conserven los modales (los invasores no matan por diversión ni violan) hasta casi cerca del final, cuando los soldados han perdido los nervios por los constantes desafíos y añoran obsesivamente su hogar, no es ningún ingenuo y nos recuerda a cada rato que la ira callada se retroalimenta y perdura esperando el momento de volcarse sobre los otros, tenga el costo que tenga. Hay momentos en donde uno cree que se acerca la conciliación entre las dos fuerzas, un intento de empatía, porque, como lector, también se comprende a los soldados que esperan la victoria y que, en la realidad y sin enterarse por parte de sus mayores, viven perdiendo hasta despojarse de toda parafernalia militar para intentar abrirse (sea a los tumbos o sinceramente) hacia los demás, sin ningún resultado. ¿Qué elegir, qué pensar, cuando la diferencia entre un bando y otro es que uno hace las cosas que debe hacer para que su espíritu no fallezca y otro, igual de obligado y hasta cierto punto engañado, hace las cosas que ya no quiere hacer, produciéndole una derrota moral?

Es en esa ingenuidad o buena voluntad del lector donde Steinbeck triunfa para contar descarnadamente los hechos, sin que estalle en primer plano la violencia, pero dejando un poso de tristeza por los enfrentamientos ordenados y una gran admiración hacia el alcalde y el pueblo, que no deja a nadie tirado y que comprende que debe luchar aunque tenga todas las de perder. Los personajes, si bien cumple cada uno con su prototipo, son memorables (el coronel honrado que detesta lo que hace, el capitán ansioso de sangre y poder, el alcalde conocedor del alma de su población, cada soldado nostálgico de su casa y con reacciones diversas), y la novela, corta, sin florituras y llena de diálogos, causa la sensación de la verdadera literatura. 

Y eso que es considerada una obra menor.



domingo, 9 de noviembre de 2025

László Krasznahorkai: Al Norte la montaña, al Sur el lago, al Oeste el camino, al Este el río

Idioma original: húngaro 
Título original: Északról hegy, Délről tó, Nyugatról utak, Keletről folyó 
Año de publicación: 2003 
Traducción: Adam Kovacsics 
Valoración: recomendable (con muchas reservas)

Hola, amigos, soy László Krasznahorkai, pero me pueden decir el Lalo, y hoy les mostraré, en tan solo 170 páginas, mis conocimientos acerca de pagodas y del Chamaecyparis obtusa, más conocido como hinoki, es decir, un árbol del cual sacan la madera para diversas construcciones como templos, palacios, entre otros, es decir, un árbol muy noble y sagrado al cual le debo gran respeto porque me permite reflexionar sobre el infinito y la historia de la humanidad y de cómo somos incapaces de contemplar la belleza, es decir...

Bueno, exagero, y a decir verdad, valoro que un escritor encuentre un tema que le permita interiorizar conocimientos y gustos para hablar de ello con emoción, pero la excesiva repetición de ideas condiciona (y mucho) la lectura. Se dice que la prosa de László es como "lava volcánica subterránea" (palabras de uno de sus editores, idea que, con cierta ironía, rebatió el mismo escritor), en el sentido de que, a través de las reiteraciones y circularidades, lo que expresa se va canalizando y procesando en tu interior. Pero me parece que media una (gran) distancia entre lo que quiere contar y el hecho de que, a las cincuenta páginas, ya ha dicho lo que tenía que decir una y mil veces.

La trama es mínima: el nieto del príncipe Genji (algunas veces parece que transcurre hace siglos y otras veces es evidente que se desarrolla en un período cercano al nuestro), luego de encontrar en un libro la existencia del jardín más perfecto del mundo, decide escapar de su séquito y buscarlo. Después de dar vueltas en un pueblo y sintiéndose en un laberinto, llega a un templo mientras sus sirvientes lo persiguen (hacen el intento, al menos). Y a partir de ahí empiezan las peculiaridades de la novela.

La estructura está basada en capítulos cortos; por lo general, de cinco capítulos, tres se centran en descripciones de la cultura japonesa, uno de breve reflexión o de mirada sobre el paisaje y el último es el que avanza la trama. Uno se siente, efectivamente, como el protagonista ante las puertas del templo, donde luego de las puertas hay otra entrada exactamente igual, y luego de ella hay otra entrada que es menor pero que no reduce su grandeza, y luego de la entrada hay el templo, donde no encuentra lo que busca, es decir, personas o pistas acerca del jardín, salvo chispazos de intuición que olvida tan rápido como le vienen. Toda esta estructura que no llega a ser laberíntica pero que lo es en cierto modo se potencia con la prosa; si bien no es difícil de seguirle la corriente a las oraciones larguísimas (son pocas las ocasiones en las que uno se pierde), uno termina irritándose con el uso de "pues", "es decir", "pero" (no creo que venga por el lado de la traducción, porque Kovacsics trabajó con toda su obra), y la necesidad de desarrollar lo que ya eran obviedades. Quizás es un efecto buscado, porque dudo que un escritor ya consagrado ponga, solo por descuido, que hay una puerta y que te explique que sirve para que una persona pase a otro lugar, pero cuesta conectar y la trama se resiente en unos hilos innecesariamente complejos.

Esto explica el "con reservas" de la valoración. Entonces, ¿por qué el recomendable? Porque, más allá de la estructura, la idea es valiosa, la de perseguir un lugar que quizás solo existe en un libro que probablemente nunca existió, que quizás lo inventaste como anhelo de algo más profundo, la idea de que efectivamente lo puedes encontrar y perderlo en el mismo instante, la idea de que hay fuerzas que no controlas que se encargan de que ese jardín (tan sencillo que solo son ocho hinokis, árbol cuyo significado se subraya constantemente), que te quita el poder de describirlo, no se encuentre nunca, y te rindas en tu búsqueda porque el ser humano está hecho para perseguir el infinito y nunca alcanzarlo, porque si existiera el infinito, en la realidad, la vida sería imposible de vivir y nunca llegaríamos a ninguna parte. Hay momentos, páginas, que con solo unas pocas frases dan alcance de la magnitud de los conceptos, lo que me hace pensar que: 1) László ha errado en esta novela y otras son mejores; 2) es más bien una excusa para homenajear la cultura japonesa, cultura que, dependiendo del autor, puedo comprender o no; 3) no era mi día o no era mi libro. Creo que todas son válidas. 
Lo que sí, preciosa la portada.

También de László Krasznahorkai: Tango satánico

domingo, 5 de octubre de 2025

Colaboración: Patrick White: Las esferas del mandala

Idioma original: inglés

Título original: The solid mandala

Traducción: Elena Marengo

Año de publicación: 1966 

Valoración: entre recomendable y bastante recomendable


Suelo tener una mirada benigna sobre los ganadores del Nobel; por lo general, haber hecho caso de las recomendaciones me trajo muchas horas de felicidad y la sensación de asombro al descubrir autores de altísimo nivel que no hubiera descubierto por mi cuenta, ya sea por desconocimiento propio o por el olvido de la figura. Y es lo que me ocurrió con Patrick White cuando compré Las esferas del mandala en una edición hermosísima de la editorial El hilo de Ariadna y prologada por Coetzee (otro al que le tengo cariño).

La novela, muy deudora de las corrientes psicológicas del momento, se centra en la relación entre dos hermanos, Waldo y Arthur Brown. El primero es eso que los argentinos llamamos “un fantasma”, es decir, alguien que se cree cualitativamente superior al resto en base a méritos dudosos o inexistentes, pero que han construido toda una mitología personal a raíz de eso y cuyas actitudes se ven condicionadas por esa ilusión. No es un protagonista (digo protagonista porque, de las cuatro partes que componen el libro, es la más extensa) agradable, no hay nada que lo redima, es un resentido con el mundo y sobre todo con el otro protagonista, su propio hermano y mellizo, marcado con un leve retraso madurativo (en eso Patrick White lo desarrolla con maestría, porque a pesar de sus acciones y de cierta incomodidad ante su carencia de filtro para con la sociedad, dice y hace cosas humanas que excluyen a la masa australiana hipócrita, una masa con la que el propio autor, por lo visto, luchó toda su vida), ya que se ve obligado a cuidar de él en cada momento, con el desprecio que lo deja aterido.

Por el otro lado, Arthur Brown también es un gran personaje; primero se desarrolla ante nuestros ojos desde el punto de vista de Waldo, sospechando siempre que lo que dice no corresponde exactamente a la realidad, y luego, bajo su propio punto de vista, comprendemos que todo lo ocurrido por su mano contiene su lógica personal, incomprensible para los demás, pero perfectamente explicable para el lector, destapándose como el verdadero héroe espiritual de la novela. Esto es posible por la maestría del lenguaje de White, que imbrica la trama de sutilezas que van atándose como por medio de intuiciones, como si las pistas no fueran lo suficientemente claras, pero que, de alguna forma, al lector la revelación lo acomete de diversas maneras y sin esfuerzos aparentes.

No es una novela fácil de leer, en el sentido de que no hay acción prácticamente, no hay grandes sucesos (solo existen aquellos que uno puede sospechar que son un punto de quiebre para uno de los dos hermanos, ya sea por la potencia de la escena o por alguna frase nimia que termina explotando en el momento más inesperado) y no hay grandes avances en la personalidad de cada uno de los personajes. En ese sentido todos se encuentran definidos, cada uno encarna e internaliza el rol que cumple en esa sociedad y que cree que debe cumplirlo a expensas del bienestar personal y ajeno. Pero es una novela donde las capas se van completando a medida que se avanza; lo que se muestra en la primera parte (dos mujeres en un colectivo que analizan la relación de los hermanos) cobra sentido en la última escena o se resignifica con las nuevas piezas que se van introduciendo, como un Rashōmon psicológico. 

PD: No sé en el resto de los países, pero como vivo en Argentina, recomiendo mucho la colección “Biblioteca personal de J.M Coetzee” de la editorial El hilo de Ariadna. Son doce libros que dieron impulso, en palabras de Coetzee, a su escritura. Entre ellos se encuentran: el libro ya reseñado, El ayudante, Madame Bovary, La letra escarlata, etc, todos ellos a un precio inverosímil ($16.000 y algo, sacando a un par) para lo cuidada de la edición y la inaccesibilidad de comprar libros en este contexto del país. Aprovechen lo más rápido posible.

Firmado: Félix     

domingo, 20 de octubre de 2024

Zoom: Hermana de Jon Fosse

Idioma original: Noruego
Título original: Søster
Año de publicación: 2000
Traducción: Cristina Gomez-Baggethun
Valoración: Recomendable

Dice la faja de Hermana que la obra obtuvo el Premio de Literatura Juvenil de Alemania 2007. No os dejéis engañar: Hermana es un texto perfectamente disfrutable, también, para un público "adulto".

Sea como fuere, estamos ante una nouvelle o relato "largo" de unas 45 páginas (que se lee de una sentada, vaya) que plantea una historia de iniciación en la que miedos adultos y ansias de libertad infantiles se sitúan frente a frente.

Un comienzo melancólico / poético da paso una narración atolondrada y plagada de reiteraciones, producto del uso por parte del autor del estilo libre indirecto. 

Creo que ese es uno de los principales aciertos de Fosse. Porque cuando el protagonista es un niño de 4 años tienes dos opciones:

  • utilizar el flujo de conciencia, la primera persona, y que la voz suene impostada y poco creíble (me viene a la mente El príncipe destronado de Delibes o Helena o el mar del verano de Ayesta (sí, me podéis lapidar), o
  • utilizar el estilo libre indirecto y penetrar así en los pensamientos del protagonista sin cerrarte puertas a descripciones u observaciones de corte más poético que en la voz de un niño de 4 años quedan extraños. No digo que no pueda haber poesía en la mirada de un niño de 4 años, pero el riesgo de descarrilamiento es muy alto.
Además, y como ya decía al comienzo de la reseña, destacaría la complejidad detrás de la aparente sencillez, ya que una historia mínima como esta da pie a reflexiones de mayor calado y contenido de lo que inicialmente podria parecer. ¿Será ese un requisito necesario para hablar de buena literatura juvenil?

En el lado menos favorable cabe mencionar las opciones que asoman y que no acaban de salir a la superficie (ay, la madre de los enanicos). Hermana me deja la sensación de ser un boceto o parte de un proyecto mayor aunque, en el fondo, no creo que importe demasiado.

martes, 15 de octubre de 2024

Contrarreseña: La vegetariana de Han Kang

Idioma original: coreano

Título original: Chaesikjuuija (채식주의자)

Traducción: Sunme Yoon

Año de publicación: 2007

Valoración: decepcionante (por el Nobel y el ‘muy recomendable’ de la reseña original)

Obviamente, Kang no tiene la culpa de que le dieran el Nobel y, probablemente, por la expresión que muestra en las entrevistas, tampoco le emociona mucho. Acaso lo sienta como un lastre que tiene que llevar de ahora en adelante (no lo digo por el jugoso premio en efectivo). De no ser así, el mayor de sus problemas será esta reseña negativa.

La fiebre del K-pop y los culebrones coreanos pueden distorsionar nuestra percepción sobre un país sumamente conservador y que, hasta hace pocas décadas, estaba un tanto al margen de las tendencias del mundo occidental. Incluso ahora, el vegetarianismo (veganismo, etc.), como estilo de vida de uso común, es algo propio de la India, Europa y, aunque usted no lo crea, de México. Sin embargo, y salvando las casi dos décadas que nos separan de la publicación de este libro, el vegetarianismo visto como el colmo del retraimiento social parece un poco exagerado. Entiendo que aquí se usa solo como un ejemplo de todo aquello que la sociedad nos empuja por el esófago (literal y metafóricamente), pero, siendo así, no entiendo la insistencia en algunos pasajes sobre el oprobio que cae sobre una familia cuando una de sus integrantes decide dejar de comer carne.

Creo que este libro es bueno. Estoy de acuerdo con la mayoría de los puntos positivos de la reseña original. Pero, como dice la valoración, la decepción proviene de las grandes expectativas que me había hecho. Por lo que les exhorto a leer dicha reseña y el cintillo del libro para que se den una idea de la trama y de los elogios recibidos. Me limitaré aquí a aquellos aspectos que considero negativos.

Los personajes los siento un tanto unidimensionales. Un ejemplo: el marido. Macho, violento, pusilánime, etc. Parece villano de telenovela coreana. Su única razón para elegir esposa fue porque quería precisamente eso, una esposa: sumisa, invisible, obediente, etc. Lo cual me hace cuestionarme las motivaciones de la protagonista. Parece totalmente irrelevante para su propia vida. Vive encerrada en sí misma. Bien podría ser autista, aunque de eso no va el libro. La violencia, el machismo, la presión social, etc., la tienen paralizada, hasta que el hecho de dejar de comer carne, en lugar de liberarla, parece hundirla aún más en ese pozo interno. Una persona derrotada. Espero que no sea por eso que a muchos les llegó al corazón.

Otro punto: el vegetarianismo como alegoría. Elegir la pasividad y la indolencia como alternativa a la violencia me parece que se queda un poco a medias. Me gustaría dar un ejemplo para contrastar. En "Pastoral americana", de Roth, la hija del protagonista se convierte al jainismo de una manera tan radical y aparentemente irracional que acaba por destruir su propia humanidad. Una historia sobrecogedora. A "La vegetariana" (sin ánimo de hacer un juego de palabras) le falta carnita.

Por último, no puedo dejar de recalcar que me parece una buena historia, pero no supera la vara tan alta que le pusieron.

Otras obras de Han Kang reseñadas en ULAD: Actos humanosLa clase de griegoBlancoImposible decir adiós

Reseña original: La vegetariana

jueves, 18 de abril de 2024

Jon Fosse: El otro nombre (Septología I)

Idioma original: noruego

Título original: Det andre namnet

Traducción: Cristina Gómez Baggethun y Kirsti Baggethun

Año de publicación: 2019

Valoración: Muy recomendable


Estas cosas a veces pasan, pocas veces pero algunas sí. Ahora ya sé que Jon Fosse es un autor bastante prolífico, que lleva como cuarenta años publicando novela, teatro y poesía, y candidato in pectore al Nobel desde hace tiempo. Pero yo, ignorante de todo esto, le descubro por pura casualidad, podríamos decir por intuición, en la estantería de cierta librería de la que he hablado varias veces. Un libro que parecía tener algo interesante, el primero de una septología (¡), algo que ojeando sobre la marcha tenía pinta de prosa moderna, fresca… El caso es que el libro pasa a la cola de los pendientes, y queda ahí en la balda colocadito cerca de otros autores nórdicos, como Enquist, Ulven o Kivirähk. Y de repente, resulta que le dan el Nobel. Por una parte, me siento un poquito orgulloso de mi olfato literario, y por otra algo avergonzado de haberle tenido cogiendo polvo tanto tiempo.

La citada septología es una de sus obras más recientes, iniciada en 2019, y la que tenemos aquí, la primera de sus entregas que, por lo poco que sé, parece muy influenciada por algunas experiencias personales en relación con el alcohol y la religión.

El monólogo interior es un recurso narrativo del que yo creo que se ha abusado un tanto. Quizá seduce a algunos autores porque, aunque es ya bastante antiguo, conserva una apariencia moderna, más aún si se fuerzan un tanto las reglas de la sintaxis o se escamotean signos de puntuación, por ejemplo. Además, parece algo fácil de utilizar, suficiente con largar parrafadas mezclando muchas cosas, dejar fluir el pensamiento y generar una sensación de confusión e intensidad. El resultado no siempre es bueno, pero cuando se consigue, la lectura se hace sugerente y la información va calando de forma penetrante.

Jon Fosse lo hace muy bien. Su monólogo se funde a ratos con un relato en primera persona, y en él encontramos reflexiones, recuerdos, deseos, tal vez sueños, escenas reales, sin que sea posible, y es uno de sus grandes logros, determinar a cuál de estos grupos pertenece lo que se cuenta. Se presentan simultáneamente en un mismo relato, de apariencia coherente, distintas posibilidades de una misma vida, las opciones que se abandonaron y las que el destino convirtió en imposibles, todo protagonizado por un único personaje que se desdobla, se observa a sí mismo o a su otro yo posible, e interactúa en aquellos otros escenarios, pasados o imaginados, quizá intentando enmendarlos, o solo para rememorarlos. Si quieren, la monserga de la autoficción, sí, pero que cuando se le hace funcionar de verdad es una opción tan válida como otra cualquiera.

El pintor que colocaba los cuadros vueltos contra la pared hasta no haber encontrado en ellos la luz que buscaba, el alcohólico al borde del colapso, el hombre que perdió a su pareja y que no recuerda si tuvo un hijo o solo lo deseó, uno y varios personajes que desde sus pequeñas casas aisladas parecen ser atraídos hacia la ciudad, donde quizá se encuentre el nudo donde se reúnen todas las trayectorias. 

Esa inmersión entre tinieblas y nieve que cae incesante tiene algo de insana, provoca cierta desazón y transmite el profundo cansancio que pesa sobre el protagonista. Pero al lector, a mí al menos, le deja la gratificante sensación de darse cuenta de que está fuera de ese mundo sombrío y aplastante, y puede disfrutar de maravillosas escenas como la de la pareja que pasa el rato en un solitario parque infantil sin más aliciente que el sentirse juntos, o las sucesivas caídas del pintor, quizá un guiño bíblico, a la espera del aguardiente. La doble presencia del lector, dentro y fuera del relato, por momentos sumergido en la narración, viendo, sintiendo, quizá sufriendo, y un segundo después a salvo en el sillón de su casa.

Mucho talento para llevar a buen puerto toda esta complejidad, mejor dicho, primero crearla a partir de algo de apariencia tan sencilla, y después desarrollarla y culminarla creando la atmósfera adecuada, solo a base de inteligencia, buena mano y una prosa limpia, sin trucos ni artificios. Vamos, calidad como para dejarle a uno a muy poco de ir a por el segundo volumen, y empezar a corregir errores.


Otras obras de Jon Fosse reseñadas en ULADBlancuraAles junto a la hoguera, Mañana y tardeVaimHermana, Soy el viento

domingo, 2 de agosto de 2020

Doris Lessing: Ben en el mundo

Idioma original: inglés
Título original: Ben in the world
Año de publicación: 2000
Traducción: Ángela Pérez
Valoración: Recomendable

«Ben en el mundo se lee como un cuento de hadas» 
The New York Times 

Vayan por delante mis respetos por los cuentos de hadas, pero sugerir que Ben en el mundo es como un cuento de hadas lleva a engaño sobre el tipo de lectura que nos espera ¿Y quién soy yo para contradecir al The New York Times? Pues soy alguien que sí se ha leído la novela y que no cobra por emitir titulares condescendientes y sin fundamento. 
Con fundamento tampoco. 

Estamos ante la segunda parte de la celebrada novela de la misma autora, titulada El quinto hijo, ya reseñada anteriormente.

Resumen resumido: Ben Lovatt ya tiene dieciocho años, no mantiene contacto alguno con su familia y malvive en los márgenes de la sociedad. Sabedor a la fuerza de que su aspecto y su comportamiento despiertan recelos, trata de mantener un perfil bajo, lo cual no le evita ser objeto continuo de abusos. Y aunque también se ha encontrado con personas buenas que quieren ayudarle, por más que se esfuerzan no hallan el modo de hacerlo. ¿Habrá un lugar para Ben en este mundo inhumanamente normalizado? 

Para responder a esta pregunta, Doris Lessing tiene que lograr primero algo fundamental: que el lector conozca a Ben y empatice con él, ya que en El quinto hijo era su madre (Harriet Lovatt) la verdadera protagonista y sufridora principal del conflicto y era a partir de sus observaciones y reflexiones que pudimos intuir algunas cosas acerca del pequeño Ben, con la ayuda puntual del narrador. Pero aquí no tenemos a Harriet y, dada la particular naturaleza de Ben, no tendría ningún sentido focalizar en él. Ahí reside parte de la complejidad narrativa de esta novela, en desplegar toda una galería de personajes —con sus conflictos y sus subtramas— que se cruzan en la vida de Ben y a partir de cuyas percepciones podemos llegar a conocerlo y a quererlo. 
«—Escucha, Ben —le dijo jadeando—, escucha, amigo. Vamos a perder el avión. En cuanto subamos al avión te encontrarás bien. Te darán una manta.
Ben se incorporó y dejó caer la bolsa. Richard no podía saberlo, pero había sido la palabra “manta” la que le hizo reaccionar. La anciana la empleaba para decirle: “Toma esta manta, Ben, abrígate bien. La calefacción está un poco floja esta noche”.
Richard se dio cuenta de que las cosas habían cambiado: Ben no parecía tan furioso (…).» 
Eso hace que la novela necesite cierto recorrido inicial antes de que empiecen a pasar cosas, antes hemos tenido que profundizar un poco en el Ben adulto y por ello da la sensación de que el primer tercio de la novela presenta dificultades narrativas. En ese punto de la lectura yo llegué a pensar que era una novela malograda, que Doris Lessing había cometido ese fallo tan común entre los escritores consagrados de pensar que todo lo que escriben es publicable y que si se salvaba era porque ella es una autora que escribe muy muy bien aunque sea en la dirección equivocada. Pero cuando me interné en el segundo tercio pude observar cómo la historia y el conflicto se iban revelando e iban tomando cuerpo y tuve que reconocer mi error inicial al sentir que había cierta esperanza para aquella andadura narrativa tan incierta. Y entonces entré en el último tercio de la novela y los elementos sembrados hasta entonces cobraron todo su sentido y la historia adquirió una intensidad tremebundo que me fundió las cubiertas del libro a las manos como si fuera una brasa y no logré soltarlo hasta que acabé la última frase. 

(Perdóname, Doris Lessing, nunca más volveré a dudar de ti) 

Así como El quinto hijo es una novela en sí misma, que no pende de otra y que alcanza un cierre coherente y logrado, Ben en el mundo sí es subsidiaria de su predecesora, lo que la convierte en una suerte de obra insólita cuyos mimbres narrativos son únicos: 
  • La dilación en el arranque que comentaba anteriormente. 
  • Las subtramas de los diferentes personajes cuyo cierre conocemos con antelación para dejar claro el fin de su intervención en la trama de Ben. 
  • El final abrupto, como un dardo, tan propio de los relatos.
Esa naturaleza híbrida e insólita de esta obra puede llevar a pensar que se trate de un relato largo y de ahí la asociación —para mí no tan evidente, pero bueno— con el «cuento de hadas». Pero no es ni lo uno ni lo otro, es una tipología narrativa particular concebida para explicar esta historia en concreto, y que solo una escritora de la talla de Doris Lessing puede plantear y resolver con maestría. Así que Recomendable con asterisco, porque hay que leer primero El quinto hijo

Las aventuras de este Ben adulto nos ponen de manifiesto que el problema no es que él sea un ser incompatible con el resto (hay mujeres que se sienten atraídas por él, hay gente de diferente edad y condición que empatiza con su situación y que trata de protegerlo y de ayudarlo) el problema que tiene Ben en el mundo es que el mundo no tiene un lugar para él porque Ben dista demasiado de lo que se considera «la norma». Solo es una metáfora de muchas de las injusticias que inundan los telediarios un día tras de otro por diferencias de raza, de género, de clase, de orientación sexual... Todos defendemos «la norma» con nuestra actitud porque hemos olvidado que «la norma» solo es un concepto muy vago y que en realidad todos podemos ser Ben.