jueves, 28 de febrero de 2019

Rabindranath Tagore: Gora

Idioma original: bengalí
Título original: গোরা (Gora)
Año de publicación: 1910
Valoración: Se deja leer

Rabindranath Tagore estuvo más o menos de moda allá por los años 70 del siglo pasado, mucho después de haber ganado el Nobel de literatura (1913). La fama le llegó por dos vías distintas, en apariencia muy alejadas pero con puntos en común: el movimiento hippie y ciertos ámbitos católicos progres, o al menos renovadores. El rollo de las filosofías orientales, cuajado de metáforas y apelando a lo inmaterial tenía tirón para aquellas dos tendencias. En ese orden de cosas tenía yo la opción de La escuela del papagayo, que va precisamente de eso, enseñanzas profundas sobre nuestro yo, la trascendencia, y cómo el hombre se relaciona con la naturaleza, ese tipo de cosas. Pero me sonaba demasiado a Coelho (alumno aventajado (?), cien años más tarde) y mi estómago no lo permitió. Me decidí entonces por Gora, que lucía sus robustas 500 páginas justo al lado en la estantería, algo más convencional y digerible.

Gora es una novela que, a pesar de su volumen, tiene más bien poco desarrollo. Tenemos a dos jóvenes amigos, casi hermanos, Gora y Binoy, que pasan el tiempo en discusiones de gran calado en torno a la sociedad india, dos cerebritos de familia brahmán muy implicados en la cosa de las tradiciones y la ortodoxia religiosa. Por un encuentro fortuito entran en contacto con la familia, ideológicamente opuesta, de Paresh Babu, en la que hay varias chicas y, bueno, la controversia cultural se mezclará enseguida con los asuntos del corazón. En sus vidas irrumpirán sentimientos hasta entonces ignorados, y los problemas se multiplicarán en razón a las diferencias religiosas. Esa es un poco la clave y requiere una pequeña explicación.

Todavía bajo la dominación inglesa –que por cierto nadie parece poner en cuestión- la sociedad india se divide entre los ortodoxos (defensores de las tradiciones a ultranza, ritos y divinidades, estricta separación en castas) y el Brahmo Samaj, una especie de partido-religión monoteísta y, para entendernos, de cierto matiz modernizador o liberalizador de las costumbres. Gora y su amigo están en el primer grupo, Paresh y sus hijas en el segundo. La verdad es que el planteamiento recuerda inmediatamente a la actual sociedad musulmana, donde la rigidez del integrismo convive malamente con posiciones más flexibles. Pero hay que precisar que ambos bandos son en el caso indio igualmente irreductibles y en cierta medida impermeables.

Precisamente lo que plantea la novela son las posibles grietas en esos dos bloques, es decir, cómo empiezan a ponerse en cuestión los dogmas a partir de las relaciones personales entre individuos de ambos lados. La cuestión tampoco se presenta exactamente en una perspectiva sentimentaloide del amor rompiendo barreras en modo montesco-capuleto, sino en un plano más intelectual y religioso que remite a la propia evolución de Tagore, que pasó de militar en el Brahmo Samaj a adoptar posiciones más próximas a la ortodoxia. La tolerancia asoma en las dos partes sobre todo a través de los miembros más veteranos, Paresh de una parte, y la madre de los chicos de otra. Los mayores reúnen sabiduría y sosiego, como mandan los cánones orientales, y son capaces de transigir con las diferencias que otros se empeñan en establecer como insalvables. A su vez, los protagonistas más jóvenes, mediatizados por las emociones personales, terminan por asumir que sus esquemas culturales necesitan alguna dosis de flexibilidad. La entereza intelectual de los personajes, en especial Binoy, empieza a ponerse en cuestión, y su ánimo flaquea al encontrarse de cara con la realidad, bien en las relaciones interpersonales o  desde el punto de vista social.

Es en mi opinión el valor más interesante del libro, la capacidad para dibujar con trazo muy fino estos personajes dubitativos, con la personalidad aún no terminada de formarse y las certezas adolescentes en peligro de derrumbe. Tagore tiene una gran capacidad para empatizar con todos sus personajes, incluso con los menos agradables, y entender (y mostrar al lector) la posición de aquellos en cada diálogo, en cada gesto o saludo. Son sujetos complejos, su entorno difiere mucho del grupo familiar clásico occidental, y todo ello se enreda con los prejuicios ideológicos y las diferencias sociales, pero la buena mano del autor hace más fácil comprender sus puntos de vista.

Por el contrario, la narración carga con un lastre importante: la cuestión cultural y religiosa centra absolutamente todo el argumento y está presente en la totalidad del relato, desde el principio hasta el final. Todo gira en torno a esta cuestión, lo cual genera numerosos y extensos diálogos dando una y mil vueltas a lo mismo. Y si al principio resulta interesante, transcurrida la mitad del libro –quizá menos- el lector es consciente de que no le espera mucha más novedad y, claro, el asunto se pone un poco cansino. Solo el sorprendente giro final consigue sacudirnos un tanto, aunque tiene poco recorrido y en mi opinión no se le saca el partido que hubiera sido posible. 

Puede que para alguien sumamente implicado en el tema (alguien del lugar y de la época, el propio autor desde luego) resulte muy interesante, incluso hasta decisiva, tan larga dialéctica sobre el particular. Pero si valoramos el texto como lo que es, una novela, por muy de tesis que se quiera, la verdad es que resulta bastante reiterativa y al final, pues eso, lo que cualquiera pudiera temerse: un poco o bastante aburrida.

Y bueno, amigos, esto es lo que han dado de sí los últimos diez años de reseñas en Un libro al día.


Otras obras de Rabindranath Tagore reseñadas en la ULAD: Aquí

miércoles, 27 de febrero de 2019

Santiago Gerchunoff: Ironía On

Idioma: español
Año de publicación: 2019
Valoración: interesante

Acierta de pleno, en mi opinión, la editorial Anagrama con su colección Nuevos Cuadernos Anagrama, un serie de libritos a un precio módico en donde disertan sobre temas diversos escritores como Houellebecq, Marta Sanz o Sara Mesa o filósofos: Marina Garcés, Zizek, Santiago Gerchunoff... Éste último, por si no lo conocen, es un filósofo argentino residente en España, librero y tuitero impenitente que dedica al análisis y reivindicación de la ironía este su ensayo, el número 13 de esta colección (no sé si la coincidencia con este número de nefasta fama se podrá considerar irónica o no).

Sí, lo sé... El combo argentino+filósofo sólo suena un punto menos temible que el de argentino+psicólogo o... glups, el de argentino+entrenador de fútbol (es broma; no se me enfaden, amigos de la orilla occidental del Río de la Plata... Bueno y tampoco los de la oriental, por si acaso). Pero Gerchunoff, con buen criterio e impelido por la brevedad del formato -unas 70 páginas- mantiene alejada la proverbial verborrea locuacidad y además, expresa sus reflexiones con un lenguaje claro y comprensible para cualquiera, sin caer en el abuso del metalenguaje que tan caro les es a los filósofos, puesto que constituye una buena parte -por no decir la mayor- de su materia.

He comentado que el autor del libro es un contumaz tuitero y eso es algo que, en este caso, trasciende la simple anécdota, puesto que, por una parte, el título del libro proviene del socorrido hashtag #IroniaOn, empleado para señalar que el tweet se debe interpretar como tal. Y por otro lado, a este título le sigue el epígrafe Una defensa de la conversación pública de masas, que para Gerchunoff es la que, hoy en día, se produce a través de las redes sociales y que por ello es de verdad democrática. Porque una de las características de la ironía, según Gerchunoff, es que tiene un carácter eminentemente político, al tratarse de una conversación permanente en la que toman parte todos los ciudadanos que lo deseen, no sólo una élite. Otra característica de la ironía, según el autor es la humildad, puesto que parte de una posición de debilidad frente al fuerte o el discurso del poder. La ironía, además, es reaccionaria -en el sentido de "reactiva"-; no puede fundar ni afirmar ningún mensaje, sólo teaccionar ante un poder ya fundado. En este sentido, Gerchunoff emparenta la ironía con el liberalismo -que según Carl Schmitt, es reaccionario-, la ideología fundamental en la representación política moderna, que tampoco afirma (como hacen otras ideologías), sino que limita.

En realidad, todo este discurso se entiende mejor atendiendo al origen del propio término "ironía": en la antigua comedia griega, era lo que hacía el eiron, un personaje que acompañaba al alazon, charlatán sabio y poderoso, y limitaba su fatuidad con comentarios mordaces. La alusión a la Grecia Antigua no es sólo etimológica, sino que también se toma como primera referencia la figura del ironista #1 de la filosofía, el socarrón hasta la muerte de Sócrates, pero también las obras de Kierkegaard -De los papeles de alguien que todavía vive. Sobre el concepto de ironía- y del sin par David Foster Wallace -en este caso, como representante egregio de los "nuevos conservadores" (la etiqueta no se refiere al posicionamiento político) que se quejan del exceso de ironía en el discurso público y en la sociedad contemporánea, en general-; asimismo, se hace mención a otros autores menos conocidos por el gran público (es decir, por mí), como Michael Oakeshott o Richard Rorty...

En cualquier caso, a pesar de tan sesudas referencias, ya digo que el librito se lee con facilidad y deja bastante clara la postura del autor -a favor de la ironía, en general, y sobre todo la inherente a la conversación en las redes sociales-; lo peor que se puede decir de él es que sabe a poco y, aunque hay un último capítulo, Antídoto y paradigma,  a modo de recapitulación, algunos conceptos y disquisiciones pedirían un mayor desarrollo. Quizás para cuando hagan Ironía On. La película... ; )

martes, 26 de febrero de 2019

Anna Punsoda: Els llits dels altres

Idioma original: catalán
Traducción: sin traducción a otras lenguas
Año de publicación: 2018
Valoración: recomendable

Destaqué, hace no muchas reseñas, el boom literario catalán femenino de 2018 con la irrupción de escritoras que, hasta la fecha, no habían publicado novela. Sorprendieron por la calidad de sus obras, bastante por encima de la media, y muy por encima si hay que juzgarlas por su primera novela. Así, ya hablamos en su día de Eva Baltasar y Marta Orriols, a las que se les une Anna Punsoda para completar una estupenda tríada gracias a esta novela, su ópera prima.

La novela arranca directamente con la introducción del personaje principal, Claustre, quien, en su retorno a su pueblo natal, se detiene en una fonda; ahí empieza un viaje introspectivo al pasado donde revive y recuerda su infancia con sus padres: un padre alcohólico y maltratador y una madre débil y sumisa. La parada que hace Claustre en la fonda es una parada también en su vida, una parada donde analiza su vida hasta ese momento, en pinceladas trazadas por fragmentos de memoria que evocan los recuerdos de cuando era niña, cuando no estaba preparada para entender el mundo difícil en el que se encontraba, cuando su inocencia moría a manos de una necesidad imperiosa e incesante en madurar, en entender que los abusos, el alcoholismo, y la enfermedad pueden ser los acompañantes más cercanos con quien avanzar en la vida, y que el ritmo que imprimen para aventurarse a ella es más rápido que el tuyo, demandando una madurez que golpea la inocencia a cada sentimiento de culpabilidad, a cada traspiés, a cada baño de realidad con la que uno se encuentra o hacen que la encuentre a ella.

Así, y a pesar de un inicio algo tibio, la narración en primera persona acerca al lector a la protagonista absoluta de la novela. Porque ella y su pasado son los únicos personajes de peso, y la autora se sirve de la difícil vida de la protagonista para tratar los diferentes problemas que acechan la vida de algunas personas. Así, en un camino vital narrado a modo de pinceladas, la autora habla de aquellas alegrías y escollos encontrados durante las diferentes etapas de la vida, y lo hace de manera lineal, para llevarnos trágicamente a aquellos momentos que marcaron intensamente su devenir: la soledad, la tristeza, la incomprensión, la duda, la decepción. La autora nos narra y transmite la incomprensión de quien no encuentra su lugar en el mundo, ni dentro de ella misma. Y lo ejemplariza a través de la protagonista, quien, físicamente, se vacía constantemente por dentro para intentar liberar una carga física, pero también emocional, para permitir con ello establecer una tabula rasa y, tal vez, empezar desde ahí a dibujar su personalidad y su vida.

Estilísticamente, el trazo de Anna Punsoda es ágil, de paso corto y huella larga, de una carga emocional y una visceralidad que transmite una indudable contundencia descriptiva. Sin excesivos adornos estilísticos o sin pretender demostrar un gran manejo de la narración descriptiva, esboza la historia de manera certera y suficiente para dejar que las frases apunten y despierten la imaginación para que, allí donde no llegue el texto, lo haga el propio lector con lo que evocan las palabras que lo componen. Rítmicamente, la lectura demanda y exige la autoimposición en imprimir cierta pausa, pues la narración de verbo rápido invita a agilizar su avance más rápido de lo que su prosa merece si se quiere disfrutar.

En los aspectos negativos encuentro un exceso de capítulos cortos no demasiado relacionados entre sí, dando la sensación de que la historia está fragmentada en exceso, sin una continuidad que permita entrar del todo en la personalidad y la vida de la protagonista. Tal vez, unas cuántas páginas más hubieran permitido dibujar mejor el escenario cambiante y caótico en el que se mueve la protagonista, y realizar un retrato más en profundidad de aquello que la separa del mundo, pues, centrándose en exceso en sus vicios o debilidades o manías u obsesiones físicas, la autora deja de lado, en cierta manera, aquello que la lleva a ir por ese camino tortuoso, y el lector que queda atrapado en sus páginas también se siente, como Claustre, algo perdido en ese mundo que se atisba pero no se termina de vislumbrar completamente, a pesar de la valentía de la autora en no autocensurarse al narrar ciertos (y excesivos) aspectos escatológicos o trágicos.

A pesar de ello, con un tramo final de muy alto nivel, la autora parece encontrar, justo cuando se está acabando el libro, el punto justo entre el dolor y la alegría, entre el sufrimiento y la tranquilidad, hallando ese momento vital tantas veces buscado. Y de esa forma, de manera análoga a la protagonista, parece como si al final, después de todo el recorrido, haya encontrado al fin la paz y el sosiego, el equilibrio necesario para poder finalmente descansar sabiendo que ha alcanzado aquello que buscaba.

lunes, 25 de febrero de 2019

Malditas cubiertas: «Lolita» de Vladimir Nabokov

Sesenta años después de su publicación, Lolita sigue generando controversia. Si a eso le sumamos que en 2.018 (el año del #MeToo) Anagrama reeditó su «biblioteca Nabokov» y puso en crisis sus propias cubiertas de este clásico indiscutible, el resultado es que las redes están on fire y que no se puede añadir nada que no se haya dicho ya. Pero en ULAD somos como somos, el próximo 1 de marzo celebramos nuestro décimo aniversario y además, siempre intentamos darles a nuestros lectores una visión genuina sobre cualquier cuestión relacionada con libros o literatura. Por lo que aquí va otra entrega de nuestra serie MALDITAS CUBIERTAS.

Así como la profusión de cubiertas fallidas de Marianela estaba propiciada por haber faltado a la condición necesaria de leer la novela, las cubiertas de Lolita nos ponen frente al dilema de dilucidar qué es más grave: si el hecho de no leer (por ignorancia o por desidia) o el hecho de sí leer pero no enterarse de un carajo. Por ello, las cubiertas de Lolita recopiladas a continuación se agrupan según lo que cada editorial debió entender en su momento sobre la historia y su protagonista.

1. PELIGRO: FINCA VIGILADA POR NÍNFULAS
Todavía hay quien tiene serias dudas a día de hoy de que Humbert Humbert fuera realmente un puto pederasta de mierda (en adelante, PPM) y no un pobre hombre con una digamos— alta sensibilidad hacia la belleza femenina en fase infantil, enamorado sin remedio de una nínfula lúbrica y manipuladora. Y tal vez por eso, el mercado está saturado de ediciones de Lolita que muestran todo el abanico de actitudes que, efectivamente, adoptan las niñas cuando se encuentran a solas con un hombre adulto al que apenas conocen.

a) Las que sonríen complacidas al sentirse observadas o sostienen la mirada con coquetería.
b) Las que se exhiben abiertamente.
c) Las que adoptan la actitud de una mujer adulta que ha pasado demasiado rato sentada junto al brasero.
Viendo esto, podría pensarse que, de ser más explícitos, Lolita acabaría en los estantes de «revistas para adultos», sin embargo…

d) …la industria editorial no pudo resistirse ante semejante nicho de mercado y además ¿Quién dice que el gremio del transporte pesado por carretera no lee? 

2. CUANDO UN DEDO APUNTA AL CIELO... 
Como algunas voces argumentaron que las Lolitas lúbricas no reflejaban en absoluto el verdadero conflicto de la protagonista, las editoriales pusieron a trabajar a sus departamentos de I+D. Estos concluyeron que el conflicto de Lolita no era otro que el de una pobre niña víctima de sus propias hormonas de crecimiento. Porque, como todo el mundo sabe, cuando una se halla en esa frontera incierta donde la niñez da sus últimos coletazos, el cuerpo cambia a tal velocidad que obliga a enfrentar auténticas situaciones límite.:

a) Creces tan rápido que te ves obligada a hidratarte los labios constantemente para que no se te queden como una mandarina pelada.
b) Creces tan rápido que tu ropa encoje, ya no sabes ni el pie que calzas y a veces hasta tienes que recurrir al armario (y las pelucas) de tu vecina, la artista de variedades. 
c) Creces tan rápido que necesitas ingerir grandes cantidades de azúcar (desnuda) para que no te dé una hipoglucemia. 

Por incomprensible que parezca, muchas de estas ediciones fueron igualmente a parar a los estantes de «revistas para adultos».

3. PELIGRO: FINCA VIGILADA POR METÁFORAS 
En vista de los problemas suscitados con la representación del personaje de Lolita, algunos equipos creativos optaron por evitarla valiéndose de metáforas visuales: 
Por lo que se puede observar, Lolita es una bella mariposa que vuela (ejem) libremente y para la que la vida está pintada de color (ejem) rosa. Un día se va a Pachá y toma algo que no le sienta demasiado bien y empieza a tener visiones de fresones —unos enteros y otros partidos— que revolotean a su alrededor por lo que decide comprarse un refresco en una máquina de autovending pero, sin saber muy bien cómo, acaba (desnuda) dentro de la máquina. Enigma resuelto.

4. LO-LI-TA 
Tras la crisis de las Lolitas lúbricas y de las metáforas visuales, la desesperación llevó a alguien a utilizar una ouija para pedirle a Nabokov su sabio consejo. La respuesta resultó reveladora: «Leed la primera página, zánganos».

5. DOS PIERNAS
La vida editorial de las cubiertas «LOLITA» fue bastante corta porque, como dijo algún editor: la gente no se compra una novela para que esté toda llena de letras. Y se decidió que la mejor manera de mostrar a Lolita sin asumir riesgos era mostrando únicamente sus dos piernas. Porque, como todo el mundo sabe, la vida de una niña no da un vuelco atroz porque su madre se case con un PPM, si no por la maldita desgracia de haber nacido con dos piernas y de insistir constantemente en llamar la atención con ellas. 
Es por eso que Spiderman no se cansa de advertirles a todas las niñas con dos piernas que tener dos piernas implica una gran responsabilidad.

6. QUE ALGUIEN LLAME A LA IMPRENTA 
Ya hemos comentado este fenómeno en otra ocasión, y si una editorial puede cometer el despiste de publicar una porquería de novela y dejar en el cajón una potencial joya de la literatura, ¿por qué no puede publicar una novela con la portada de cualquier otra obra? 
1. Los chicos del maíz (Stephen King) 
2. Desayuno con diamantes (Truman Capote) 
3. Descalzos por el parque (Neil Simon) 
4. 50 sombras… 1, 2 y 3 (E.L. James) 
5. ¿Mujer raruna en atmósfera onírica? Algo de Murakami. 
6. Cualquier novedad chick-lit que te hará recobrar tu fe en el amor. 

7. DE PASTA DE BONIATO ME DEJAS, NABOKOV 
Porque Nabokov siempre sostuvo que Lolita era una pobre niña inocente que actúa sin imaginar que está siendo acechada por un PPM. Pero la opinión de Nabokov resultó ser tan poco relevante que llegó un momento (coincidente con el de su muerte) en que él mismo dejó de insistir en el asunto. Aún así llegaron al mercado algunas ediciones con cubiertas de niñas abstraídas en sus cosas de niña:
Sin embargo, estas estampas de infancia anodina no contentaban a aquellos que insistían en ver algo «feo» en la historia de la dulce Lolita, así que la industria editorial puso en el mercado unas cubiertas algo más incisivas, con la esperanza de congraciarse con dicho colectivo de titiriteros alborotadores: 
1. La ninfa mitológica que toca la flauta sin saber que en cualquier momento aparecerá Zeus disfrazado de toro o de cisne o de pizza-pepperoni con el objetivo de «raptarla».
2. La muñeca sin voluntad ni albedrío.
3. El rostro de una niña que apela al lector con su mirada triste. 
4. Una flor deshojada. Reconozco que es una metáfora muy manida pero hay que ver lo bien que se ajusta al caso. 
5. El encierro en una habitación rosa / Unas braguitas y dos piernas.

Y, ya para terminar, están esas cubiertas que no se andan con sutilezas y que no hace falta que nadie explique: 

La conclusión final no puede ser otra que la de culpar a Nabokov de tanta confusión. Nabokov y esa manía de escritor por seguir a rajatabla la norma narrativa que afirma: no lo digas, muéstralo. Porque si Nabokov hubiera dicho textualmente en sus páginas que Humbert Humbert era un PPM, nadie se habría quedado con la duda. Eso sí, Lolita tampoco sería un clásico indiscutible de la literatura tal como hoy la conocemos.

(Nota 1) Aunque no lo parezca, no podría haber escrito tantas tonterías juntas sin haberme documentado antes y por eso he leído CASI TODO lo que se había publicado en la red. Para ello he contado con la gran ayuda de una amiga documentalista (A. Cornet) que se mueve por internet con una gracia y una eficiencia que quitan verdaderamente el «sentío»
(Nota 2) La mayoría de las cubiertas que aparecen en el post están recogidas en esta página web. En ella figura el país, la editorial y el año de edición de cada una. 

domingo, 24 de febrero de 2019

Reseña a cuatro manos: Patrick Modiano: Catherine

Título original: Catherine Certitude
Idioma original: Francés
Traducción: Miguel Azaola
Ilustraciones: Sempé
Año de publicación: 1988
Valoración: Guay

Comprarle a tu hija de 10 años un libro escrito por todo un Premio Nobel, aunque algo polémico (eso sí), como Patrick Modiano e ilustrado por Jean Jacques Sempé, famoso por la serie de libros protagonizada por El pequeño Nicolás, puede parecer un autorregalo del padre, ¿verdad? 

Bien, lo admito, algo de eso hay. Pero también hay mucho de cambiarle un poco el paso. Le gustan los comics (Bone, Los diarios de cereza, etc), pero de vez en cuando se deja caer por casa con libros de la biblioteca de colegio del tipo “Los futbolísimos”, “Geronimo Stilton” y demás. ¡Por ahí no paso! ¡Uno es un intelectual y ha de mantener su reputación! ¡No pueden llegar visitas a casas y ver al lado de los libros de Proust las “aventuras” de los futbolísimos, joder!

Total, que probamos con un escritor serio, un ilustrador de prestigio y un libro publicado hace más de 30 años. La historia, de apenas 95 páginas, generosa fuente de letra y abundantes dibujos, se asemeja bastante a las novelas para adultos de Modiano. En ella, Catherine rememora momentos de su infancia parisina, con un padre dedicado a oscuros negocios y una madre ausente que vive bien lejos. ¿Os suena de otros libros de Modiano? 

Aunque esta vez, y como no podría ser menos tratándose de un libro infantil (en teoría), el peso que tiene la indagación en la memoria no es tan grande. Pero lo dejo por ahora y, ya que estamos ante un libro "infantil", le paso la palabra a Irantzu, la “beneficiaria original del libro”. Aquí su aportación:

Argumento (sin spoiler): 
Catherine vive en París con su padre y los dos llevan gafas. Su madre vive en Nueva York y Catherine quiere ser bailarina, al igual que ella. Su profesora de baile (Madame Dismailova) la obliga a quitarse las gafas para bailar y entonces se ve en dos mundos diferentes: cuando lleva gafas ve el mundo real y cuando se las quita ve un mundo “borroso y tierno” (¡Será vaga la tía! ¡Casi se lo ha copiado de la contraportada!). Catherine se aprovecha de eso porque no todas las niñas pueden ver como ella, solo las que llevan gafas

Valoración personal: 
Este libro me ha gustado mucho porque te dice que nunca te olvidarás de los recuerdos.

Bueno, un poco parca en palabras la chiquilla, ¿no? En fin, que a mí también me ha gustado mucho. Catherine es entretenido, divertido, tierno y, sobre todo, su autor trata a los niños como los seres inteligentes que son, al contrario de lo que parecen hacer ciertos libros para el público infantil. Además, los lectores habituales de Modiano encontrarán en el todo el imaginario del autor y los no iniciados podrán adentrarse en un mundo y una literatura de lo más personal (aunque a algunos no acabe de convencer al 100%)

Koldo CF e Irantzu

sábado, 23 de febrero de 2019

Ruth Ware: Juego de mentiras

Resultado de imagen de juego de mentirasIdioma original: inglés
Título original: The Lying Game
Año de publicación: 2017
Valoración: Está bien (si tienes 15 años)



No me ocurre a menudo, porque sé de sobra que no hay que fiarse del marketing, pero esta vez siento que me han tomado el pelo. Nadie en particular, pero a veces te dejas llevar por la confianza en un sello concreto, y las señales –deliberadamente ambiguas– pueden acabar engañando al más escéptico. Hacía mucho que no me enfrentaba a un thriller de los buenos, con una trama llena de recovecos, hilos que se cruzan y entrecruzan, personajes atormentados, situaciones más o menos espeluznantes, un buen reflejo del momento y lugar que se nos muestra y un argumento convincente. Y eso no es, precisamente, lo que he encontrado en esta novela. No sabía quién era Ruth Ware,  pero tenía anotados desde hace tiempo este y otro título de acción a los que nunca les tocaba el turno y como no tenía ganas de elegir ni creía asumir ningún riesgo, salí de la librería con uno en cada brazo. Otro día les comentaré cómo me ha ido con el que todavía espera en el estante.

Claro que, desde la primera página, supe a qué atenerme: volví a mis trece años, a esas escenas de internado, las mellizas de Santa Clara o algo parecido (ustedes saben a qué relatos de aventuras me refiero), con contenidos algo más subidos de tono pero la misma mentalidad ñoña y, sobre todo –y esto es lo peor– con una forma de narrar que emplea párrafos y más párrafos en registrar detalles completamente anodinos de forma que parezca que nos están contando algo y, de paso, ocupar el mayor número de páginas posible. Y no es que el argumento en bruto, sin ningún tipo de desarrollo, estuviese abocado al desastre. La verdad es que cualquier idea –o casi– desarrollada por alguien con talento y ganas de romperse la pestaña puede convertirse en una obra maestra. Pero, como les decía, las cuatro adolescentes encontrándose en el tren que les conduce al nuevo internado y convirtiéndose ipso facto en íntimas no podía presagiar nada bueno.

Y mira que había tela que cortar. Además del inevitable cadáver y de un secretismo de pareja insostenible que se resuelve como por arte de magia, una familia destrozada por la tragedia, padres ausentes requeridos por su compromiso social, una hija prácticamente abandonada y sumida en el alcoholismo, un colegio victoriano que se aferra a sus rígidas normas y no dialoga con las alumnas. Pero nada de esto pasa de un simple esbozo. y aquí podemos ver ya una de sus muchas inconsistencias, porque esa disciplina férrea no se ve por ninguna parte, las cuatro chicas se pasan las noches por ahí, bebiendo y haciendo su vida. No hay ni que decir que los pocos personajes que aparecen en primer plano son un mero conjunto de tópicos cuya conducta podemos adelantar casi al cien por cien: el artista bohemio y conciliador, la amiga sensata, la rebelde autodestructiva, la vecina malvada y chismosa…

A pesar de toda la miseria moral que se describe, o precisamente con esa finalidad, no se puede eludir un fuerte tufo a moralina. Otro elemento que nos devuelve a los tiempos del instituto. Y, sin embargo, no lo recomendaría para jóvenes. Primero, por lo que apuntaba antes: no llega a la raíz de los problemas, pero también porque, aun así, resulta demasiado escabroso y, fundamentalmente, porque no hay que insultar la inteligencia de nadie tenga la edad que tenga. Y es que no faltan inconsistencias argumentales, una evidente falta de documentación y/o experiencia de lo que se narra y auténticos errores de bulto. Por poner solo un par de ejemplos, ¿alguien puede creer que una licenciada en derecho no se haya molestado en averiguar en casi dos décadas cuáles son las consecuencias penales de enterrar en secreto a un supuesto suicida? ¿Qué una madre supuestamente sensata camine durante kilómetros, una y otra vez, por las marismas, de noche y con su hija de seis meses en brazos? Y es que, como la intriga derivada del argumento no daba mucho de sí había que buscarla en situaciones inverosímiles.

¿Algo positivo? Pues… quizá la situación en bruto. Ya he dicho que el argumento prometía, pero habría que eliminar todo lo trivial. profundizar en los personajes y, desde luego, permitir que se relacionen entre sí sin cortarles previamente las alas para ajustarlos al guión. Una tarea nada fácil que supondría darle la vuelta a la historia como si fuera un calcetín.

viernes, 22 de febrero de 2019

Christopher Isherwood: Adiós a Berlín


Idioma original: Inglés
Título original: Goodbye to Berlin
Año de publicación: 1939
Traducción: Jaime Gil de Biedma (1967) Al catalán: Jordi Arbonès i Montull y  Josep Cornudella i Defis  (2016)
Valoración: Muy recomendable

Empecé a ir al acecho de Adiós a Berlín porque sabía que era la novela en la que se basaba –en realidad, apenas sirvió de inspiración- a la película Cabaret, que rodó Bob Fosse en 1972 con una estelar Liza Mineli de protagonista. Descubrir que existía una versión en castellano firmada por Jaime Gil de Biedma aumentó considerablemente el aliciente –y cómo se hace notar la mano del poeta barcelonés. Adiós a Berlín en castellano arranca y suena así: “En lo hondo la calle, pesada y pomposa, bajo mi ventana.”-.

El género cabaretero, con su corrosiva y contagiosa capacidad de sacarnos los colores a las personas convencionales y a los momentos esdrújulos y confusos –como la Europa de entreguerras o la actual- me parece por supuesto una manera deliciosa de hacer reír y de hacer sentir. De quien no albergaba ni remota idea era de Christopher Isherwood (Chesire, Reino Unido, 1904 / California, EE.UU., 1986), apenas que, como W.H Auden, Anthony Burgess o Stephen Stender, formó parte de esa extraordinaria ola de escritores británicos, cultos y sagaces, homosexuales y mundanos, brillantes y transgresores, que produjeron magnífica literatura. Con estos mimbres, desde luego, Adiós a Berlín debía valer la pena. Y así ha sido.

Aunque no se trata estrictamente de una novela al uso -escrita en 1939 juega ya con la hoy apabullante y omnipresente autoficción- puesto que se presenta formalmente como memoria de una experiencia vivida, la de la estancia del propio autor en el Berlín de finales de la década de los 20 y los primeros años 30. En la capital de la República de Weimar, en los momentos previos a la llegada –vía elecciones democráticas, no lo olvidemos- del Partido Nazi alemán al Gobierno, cuando todavía parecía que aquellos estúpidos y grotescos salvadores de la patria no eran más que una broma estúpida que no iba a ninguna parte. Pero el gran disparate fue a más, no se desvaneció: “Dentro de pocos días, pensé, habremos perdido toda afinidad con el noventa y nueve por ciento de la población mundial, con los hombres y las mujeres que se ganan el pan, que aseguran sus vidas y se preocupan por el porvenir de sus hijos. Es posible que en la edad Media las gentes sintiesen algo así cuando creían haber vendido su alma al diablo, era una curiosa sensación estimulante, y no desagradable, pero al mismo tiempo me sentía ligeramente asustado”.

Desde luego, Sally Bowles, el personaje que Liza Minelli encarnaría en el celuloide, es un lujo, inspirado a su vez en la persona de Jean Ross, una cabaretera, modelo, activista y escritora nacida en Alejandría en 1911 con la que Christopher Isherwood coincidió y trabó amistad en sus noches berlinesas. Su dieta apenas incluía criadillas y huevos batidos y su fascinante personalidad se basaba en una atractiva y arrolladora simbiosis de ingenuidad y ambición, de simplicidad y hedonismo: “Tenía una voz sorprendentemente baja y bronca y cantaba mal, sin la menor expresión, con las manos pegadas al cuerpo, y sin embargo resultaba impresionante a su manera, debido a lo extraño de su aspecto y a su aire de no importarle un pito lo que el público opinase”. La atmósfera que desprende la novela es precisamente esa, la de unos personajes aferrándose a la dicha de vivir en un momento en que todo está diabolicamente dispuesto para estallar y hacerse añicos.

El elenco de personajes que pululan por las páginas de Adiós a Berlín incluye unos cuantos miembros de la acomodada familia judía Landauer, así como también la proletaria y aria familia de los Nowak, a los que Christopher Isherwood alquila media buhardilla que le permitía compartir las noches con Otto, y unos cuantos chaperos, buscavidas, idealistas, estafadores, cabareteros y artistas de medio pelo. Gentes arruinadas, desesperadas, supervivientes en una urbe enloquecida y sin rumbo, sin apenas esperanza en el porvenir pero dispuesta a aprovechar cada instante.

La eterna comedia humana aconteciendo en un local como el Lady Windamere de la Tauentzienstrasse, escrita ¡en 1939! con abundante ironía, mordacidad y humanidad: “Para ser una demi mondaine parecía tener escaso tacto y sentido del negocio: perdió un largo rato insinuándose a un señor de edad que claramente hubiese preferido charlar con el barman”. O capturada en sabrosos diálogos sin desperdicio:
“-El otro día estuve en Hiddensee y no había más que judíos. ¡Da gusto volver aquí y ver verdaderos tipos nórdicos!

-Vamos a la otra playa, propuso enseguida Otto. Esta es aburridísima. No hay nadie.

-Vete tú si quieres, replicó Peter furiosamente sarcástico: Me temo que yo me sentiría un tanto fuera de lugar. Una de mis abuelas era medio española”.

jueves, 21 de febrero de 2019

Andrus Kivirähk: El hombre que hablaba serpiente

Idioma original: estonio
Título original: Mees, kes teadis ussisõnu
Traductor: Consuelo Rubio Alcover
Año de publicación: 2007 (en castellano, 2017)
Valoración: Recomendable


No hace falta jurar que la literatura estonia es algo que nos pilla un poquito lejos, aunque compartamos bandera estrellada sobre fondo azul. Pero oiga, esto es ULAD, llevamos casi diez años publicando reseñas y, sí, para mi propia sorpresa, ya había en nuestro catálogo no una sino dos obras bajo la etiqueta escritores estonios. Así que adoptaremos la pose de intelectual sobrado y lo tomaremos como algo de lo más normal. Pero, eso sí, aunque el origen nacional ya no nos pille de nuevas, el libro que comentamos sí que es bastante peculiar.

Nuestro amigo Kivirähk nos sitúa en una época indeterminada, tal vez en la Edad Media, en los bosques de Estonia. Por allí viven grupos de personas que continúan en fase cazadora-recolectora, se comunican con los animales mediante la lengua de las serpientes, se visten con pieles y solo comen carne. Sus vecinos son amistosas culebras que les invitan a su madriguera, osos que seducen a muchachas humanas, una especie de primates que crían piojos gigantes, o un exguerrero alcohólico que se va fundiendo con la capa vegetal. En ese bucólico ambiente se mueve Leemet, un niño a quien su tío le enseñará el serpéntico, idioma que poco a poco ha ido desapareciendo de la cultura de los bosques. Aquí tenemos ya los elementos que dan pie a que en la contracubierta la cosa se catalogue como ‘literatura fantástica’, es decir, seres extravagantes y situaciones inverosímiles, un híbrido entre la fábula clásica y Harry Potter pero, eso sí, un poco en plan bruto.

El problema es que aquel hábitat ancestral está claramente languideciendo: la gente se va largando a la aldea, donde aprenden las tareas agrícolas y se empapan de costumbres y religión extranjeras. Como buenos advenedizos, abominan de su pasado y se apuntan con entusiasmo a la modernidad. Segundo ingrediente: el choque entre lo arcaico y los nuevos tiempos resulta inevitable, las gentes que han asumido la civilización a duras penas intentan absorber a sus vecinos más recalcitrantes, y los últimos resistentes desprecian a los conversos. La interacción entre los dos mundos apunta a catástrofe.

A ese fuego se encargan de echar gasolina las respectivas creencias religiosas o espirituales. Entre las gentes del bosque, el druida Ülgas (que mira que tiene nombre de malo) deriva hacia un integrismo que le aproxima a la locura, y en el pueblo el afable Johannes encarna el buenismo cristiano, sí, pero empapado de patrañas que hacen ver la mano del Diablo en todas partes. Entre ambos bandos, Leemet, que ya ha abandonado la infancia, enarbola un rechazo radical hacia todo lo sobrenatural. Es en mi opinión el nudo fundamental del libro: la rebelión absoluta del descreído Leemet frente a lo irracional que le rodea desde los dos frentes, dos concepciones atrozmente radicalizadas que darán lugar a la barbarie más desatada, y entre ambas, un individuo que defenderá, también con la misma saña, el derecho a vivir alejado de toda creencia.

Semejante panorama no puede más que desembocar en una especie de apocalipsis que revienta en la última parte del libro, una orgía de salvajadas que termina de cuajo con la aparente atmósfera de fábula ecológica que en la que podríamos pensar al inicio, y acerca el relato a un ambiente punk que ya no abandonará. El autor no se ha posicionado en la disyuntiva entre lo tradicional y lo moderno,  pero sí se moja, y mucho, en esta batalla de Leemet contra los integrismos: a través de su personaje, Kivirähk destila desprecio sin límites hacia los santones y sus seguidores, y no le tiembla el pulso -vamos, se diría que disfruta de verdad- con las escenas más bestias.

El autor maneja abundantes referencias a los mitos y tradiciones de su país, cosas que se nos escaparían de no ser por el interesante posfacio de la traductora Consuelo Rubio Alcover. Pero si decidimos ver el texto desde la óptica cultural, tampoco esto quiere decir que Kivirähk tome partido por las esencias nacionales. No hay una defensa de un mundo frente al otro, sino esa opción que decía, muy contundente y sin matices, por lo racional. Lo que cuadra muy bien con la fama de iconoclasta que por lo visto arrastra Andrus, siempre presto a fustigar tanto a la complacencia con lo foráneo como al fundamentalismo étnico. Ni siquiera ese idioma de las serpientes –que perfectamente se podría identificar con su minorizada lengua estonia- recibe del todo la bendición del autor, que parece plegarse sin mucho dolor a su colapso definitivo.

Advertida la originalidad del argumento y lo atrayente de las distintas capas en que puede leerse el libro, tampoco se puede dejar de valorar la forma en que todo esto se transmite. La prosa de Kivirähk es sumamente sencilla, pero peca quizá de superabundante, incluso de redundante. Hasta en los diálogos –de hombres y de animales- le cuesta demasiado esfuerzo exponer las cosas de un solo trazo, necesita decirlo del derecho y del revés, repetir las ideas y alargarse sin necesidad (bueno, un poco lo que también le pasa al reseñista, para qué engañarnos). Con lo cual, la lectura puede hacerse algo lenta, pesada, en especial en su primera mitad, cuando no sabemos el rumbo que van a tomar las cosas. Le falta agilidad y concisión, cualidades que le hubieran quitado lastre a una narración que ya de por sí aglutina muchos elementos -que no obstante están muy bien integrados- y habrían agradecido un tratamiento más resuelto.

Vaya lo uno por lo otro, con lo que esta especie de cuento de hadas extremo me parece en definitiva un libro atrevido, desbordante y fresco, que no estará de más en nuestro curriculum lector.

miércoles, 20 de febrero de 2019

Sigismund Krzyzanowski: Biografía de una idea y otros relatos

Año de publicación: 1991
Traducción: Marta Sánchez-Nieves
Valoración: Bastante recomendable

Un par de aclaraciones previas:

1ª) Es todo un acto de justicia poética que una editorial de nombre Ediciones del Subsuelo publique a Sigismund Krzyzanowski. ¡Y es que la historia de este autor es cuanto menos curiosa! Krzyzanowski (Kiev, 1887 - Moscú, 1950) dejó escritas más de 3000 páginas, pero, "gracias a la censura de la época", no vio en vida ni una sola página publicada. No fue hasta 1989 cuando algunos de sus escritos vieron la luz. 

2ª. (y derivada de la 1ª) Normalmente, encabezamos nuestras reseñas con un "título original" e "idioma original". En este caso,es imposible. Esto se debe a que los relatos recogidos en este volumen fueron escritos (en ruso) entre 1922 y 1930 y publicados por vez primera, para más inri en francés, en 1991 por la parisina editorial Verdier (gracias, Laura, por la explicación). Vamos, un lío de narices.

Dicho todo eso, resulta increíble que Krzyzanowski haya permanecido inédito durante décadas ya que se trata de un autor cercano a las vanguardias de la época, al menos en apariencia, y que podríamos emparentar con algunos de sus contemporáneos (Kafka), con autores posteriores y por todos conocidos (Don Jorge Luis Borges) e incluso con algún autor de nuestros días (y aquí me viene a la cabeza el nombre del amigo Cartarescu). Casi nada, ¿eh?

Los siete relatos recogidos en "Biografía de una idea...", pese a cubrir un período de ocho años, guardan una coherencia temática y estilística que hace que el conjunto no muestre apenas fisuras. Todos ellos parten de hechos reales, triviales incluso, en los que entran en juego sucesos "paranormales". Algunos ejemplos: una tranquila velada en un restaurante en la que irrumpe un vendedor de sistemas filosóficos (o de aforismos), un homenaje a Schiller tras el cual cobra vida la estatua del autor, una relación amorosa en la que uno de los amantes observa su futuro en la pupila de la mujer amada, un grafólogo que trabaja detectando falsificaciones al que se le aparece un hombrecillo en el caracolillo de una rúbrica, un poeta abandonado por su prometida que ve un herrumbroso cartel según el cual se "reparan corazones", etc

Hechos irreales, surreales, fantásticos, casi de ciencia ficción, que atraviesan los sucesos de la vida cotidiana y que hacen que la ficción se estire, rozando por momentos lo inverosímil, sin llegar a ocultar la realidad que le tocó vivir al autor. De hecho, algunos de los relatos pueden leerse en el contexto político de la época, con un Lenin ya gravemente enfermo (o muerto, según la fecha de los relatos) y Stalin y su troupe accediendo al poder. Así, "Biografía de una idea", "El tema ajeno" o "Los poco-poquísimos" tienen una clara lectura política.

Pero no hemos de reducir los relatos de Krzyzanowski a textos políticos. Son, por encima de todo, relatos cargados de imaginación en los que caben desde apuntes sobre el canon literario de la época ("Por eso") hasta temas más existenciales o filosóficos, pero siempre desde un punto de vista de lo más original.

Quizá esta originalidad de la que hablo hace que, en una primera lectura, los relatos de Krzyzazonwski resulten raros o difíciles, pero eso no debe hacernos decaer. Conviene volver atrás, empezar de nuevo y tratar de entrar en un mundo sugerente, oscuro y extraño del que quizá no consigamos salir indemnes. ¡Quién sabe si ese fue el miedo que provocó en los censores soviéticos!

martes, 19 de febrero de 2019

Samanta Schweblin: Kentukis

Idioma: español
Año de publicación: 2018
Valoración: bastante más que recomendable

Pregunta sobre todo para quienes tengan o hayan tenido niños en los últimos años tiempos: ¿conocéis esos muñecos de colorarinchis, a modo de bestezuelas a medio camino entre un búho y un gremlin antes de volverse malo, los llamados Furbys? Que sí: unos que "interactuaban"  -de aquella manera- hablando con las personas, y en cuyo programa contienen varias personalidades diferentes (aunque el que yo tenía en casa sobre todo mostraba la de sociópata cabreado... como alguien lo rozase y lo despertara, se pasaba un buen rato gruñendo y jurando en el idioma de Mordor). Bueno, pues eso: un asco de bichos. Pues imaginaos si encima tuviesen rueditas y cámaras en lugar de ojos, pero no las utilizaran al albur de un programa informático, sino de la voluntad de un usuario al azar, que puede estar en cualquier lugar del mundo manejando a un peluche zoomorfo que tú mismo has metido en tu casa y en tu vida. Una persona a la que no conoces y tú tampoco conoces que puede observar todo lo que haces, conocerte quizás mejor de lo que conseguirá ninguno de tus allegados... ¿Acojona, no? Pues eso es un "kentuki".

A partir de la concepción de estos muñecos, Samanta Schweblin va a trenzando toda una serie de historias que se desarrollan a lo largo y ancho del globo terráqueo y tienen como protagonistas tanto a los propios kentukis -es decir, a las personas que manejan los controles y observan- como a sus "amos", aunque en ocasiones es difícil determinar quién es el verdadero amo de quién... Son historias poco complacientes, incluso con un tono bastante duro y una trama retorcida, como puede suponer cualquiera que haya leído otros libros de esta autora. unas historias que, más que presagiarnos  un futuro aterrador -el toque ci-fi del libro se limita a la invención de estos muñecos,  lo que sospecho que hoy en día sería perfectamente posible-, nos describe un presente no mucho más halagüeño, en el que tal vez no lleguemos a meter a un rxtraño en forma de peluche a husmear nuestras vidas, pero ya somos nosotros mismos los que, de manera más irónica, las exponemos ante todo el mundo a través de las R.R.S.S.

Dicho lo cual, tampoco me parece que el de los peligros tecnológicos o la estupidez de las modas sea el tema central de este libro. Esta novela (no dudo en llamarla así, aunque en realidad esté compuesta por diversos relatos que discurren paralelos, por más que den la impresión de entrecuzarse), de lo que trata sobre todo es de la soledad en que trascurren las vidas humanas y de las relaciones perversas o dañinas que se llegan a establecer para paliarla. Los kentukis resultan ser meros intermediarios en esas relaciones, aunque, quizás por su propia banalidad, a su aspecto inofensivo (un recurso clásico en la narrativa de terror o al menos inquietante), o tal vez debido a su aparente deshumanización, lo que consiguen es exacerbar los recovecos oscuros y hasta sádicos de tales ligazones.

No quiero acabar esta reseña sin explicar mejor que, pese a estar compuesta por diversas historias independientes, este libro se puede considerar, sin duda, una novela -coral, de acuerdo-, no sólo porque a lo largo de toda ella asistimos al devenir de una serie de personajes "fijos" -un padre divorciado, la compañera de un artista plástico, una señora mayor de Lima-, sino porque incluso aquellos capítulos o relatos que se agotan en unas pocas páginas no están dispuestos al azar, sino colocados en lugares concretos de la novela para conseguir mejor ese efecto perturbador que tiene el conjunto. Porque, vaya... perturbador lo es un rato, aviso...


Otros títulos de Samanta Schweblin reseñados en Un Libro Al Día: Pájaros en la bocaDistancia de rescate