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jueves, 4 de abril de 2013

David Foster Wallace: Esto es agua

Idioma original: inglés
Título original: This is water
Año de publicación: 2005
Valoración: está bien

Cuando un autor se pone de moda o, mejor dicho, cuando se convierte en un filón editorial, llega un punto en que se publica absolutamente todo lo que escribió, hasta los garabatos que un día hizo en un cuaderno mientras pedía una pizza por teléfono. Es el caso de Bolaño, que desde hace algunos años puebla las librerías de medio mundo; o de David Foster Wallace (dos autores, por cierto, que murieron relativamente jóvenes, lo que no hay duda de que ha contribuido a aumentar su leyenda). Personalmente me producen cierto reparo estas fiebres editoriales, que muchas veces tienen más de comerciales que de literarias, sobre todo cuando se llegan a publicar documentos privados que el autor quizás no escribiera para que los leyera todo el mundo (cartas, diarios, etc.).

Todo esto sirve para decir que, si no existieran La escoba del sistema, La broma infinita y El rey pálido, y si Foster Wallace no se hubiera suicidado en 2008, muy probablemente nunca se hubiera publicado este librito, de apenas 29 páginas no demasiado apretadas, que contiene un discurso pronunciado por el escritor en la ceremonia de graduación de los alumnos del Kenyon College de Ohio en 2005.

El discurso en cuestión, titulado Esto es agua, es un alegato en favor del pensamiento crítico y de la compasión (o a lo mejor sería mejor decir "empatía") como forma de encarar la vida y romper con el egocentrismo para el que, según Wallace, estamos programados por defecto. Este egocentrismo, que nos hace considerar nuestros problemas y necesidades más grandes e importantes que los de los demás, es invisible a nuestros ojos porque, al igual que los peces que no consiguen ver el agua, llevamos inmersos en él desde nuestro primer día de vida. Una formación humanista y crítica puede, precisamente, ayudarnos a desconfigurar esa visión en túnel y vivir una vida más plena y consciente.

Por supuesto que no hay nada que reprochar al discurso de Foster Wallace. Naturalmente: ¿quién podría oponerse a un discurso a favor de la compasión, y de la educación crítica, y de vivir una vida más consciente y más plena? Pero precisamente por eso, porque es un discurso tan buenrollista y poco provocador, no me parece que sea necesariamente mejor que decenas, centenares o miles de discursos semejantes pronunciados en ocasiones semejantes por personas menos famosas. Discursos que naturalmente nunca serán publicados (ni falta que hace).

Naturalmente, esto no es un ataque a David Foster Wallace como novelista, al que aún no he leído pero del que he oído cosas buenísimas (y también algunas cosas no tan buenas). Es más bien un comentario sobre el modo en que un escritor, cuando alcanza un cierto nivel de fama o prestigio, se transforma en una marca, de manera que decir "escrito por David Foster Wallace (o por Bolaño)" es el equivalente al logo de Apple o de Nike o de Lacoste en otro tipo de productos. 

Nota final: Quien quiera escuchar al propio escritor pronunciando este discurso, puede acceder a las varias grabaciones que se encuentran en Youtube.

martes, 1 de enero de 2013

David Foster Wallace: Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer. Ensayos y opiniones

Idioma original: Inglés
Título original: A supposedly fun thing I'll never do again. Essays and arguments
Año de publicación: 1997
Valoración: Muy recomendable

Pues con esta reseña, Unlibroaldía presta atención por primera vez a este autor americano, que se suicidó en 2008, víctima de una grave depresión. 
Gran pérdida, a tenor de lo que descubro en su obra. Foster Wallace es un autor muy fácilmente legible en corta distancia: sus ensayos son prodigiosos escritos de precisión y documentación con un estilo, una lógica, y una claridad absolutamente fuera de lo común. Fuera de lo común es, también, su gran extensión y su curiosa práctica en lo referente a las notas a pie de página: muchas son más prolongadas que el texto al que refieren, proliferan a lo largo de los escritos, y vienen a representar una especie de discurrir paralelo al del escrito principal. Pero todo ello es una fuente de placer para el lector. Odio usar el estereotipo, pero es así. Un placer, el de leer a Foster Wallace, que se vuelve algo desconcertante cuando hay que abordar sus obras en conjunto, ya que algunas de ellas son recopilaciones muy variadas (en otro libro, Hablemos de langostas, habla de convenciones de cine porno y, esto, langostas) , y porque, por lo que a mi experiencia respecta, el interés por los ensayos siempre depende del interés que uno sienta por el tema que tratan. Aunque hasta esta premisa Foster Wallace consigue superarla.
Así, Deporte y tornados se convierte, desde la experiencia ficticia en primera persona de un tenista de condiciones particulares, en una especie de retrato de la personalidad de la población del estado de Illinois, y E unibus pluram es un largo ensayo sobre el hábito televisivo del americano medio en los 90. Otros ensayos tratan igualmente temas dispares por lo cual, como una recopilación de cuentos, su valoración a nivel temático, como conjunto, acaba resultando difícil. Algunos son tan extensos, tan profusos en detalles que revelan la minuciosidad del autor tanto en la observación de la realidad como en la documentación de la temática en cada caso, que tendrían validez como obras por sí solos.
Resulta abrumador, casi sonrojante, constatar la riqueza y la asequibilidad de la prosa de Foster Wallace. Nada de ligereza, nada de pasar a toda prisa sobre las líneas. Denso, profundo, detallado. A pesar de ello, el pronunciamiento del que suscribe es que el torrente literario de Foster Wallace actúa como un poderoso elemento de cohesión, incitando incluso la atención sobre temas que a uno pueden resultarle indiferentes, a priori. El ejemplo de Dejar de estar bastante alejado de todo, ensayo sobre la Feria de Illinois: 70 páginas que sirven para retratar una nación, a la vez que para familiarizarse con el elevado número de especies ovinas. O el de El talento profesional de Michael Joyce donde el lector se ve súbitamente interesado por detalles técnicos del tenis, no se sabe cómo. Y el postre del último relato, hilarante y descabellado, que da título al libro, su falso núcleo, dedicado a los cruceros. Que ello represente una especie de trampa, la de la seducción literaria para embaucarnos o hacernos adentrar en cuevas inexploradas para nuestro intelecto, sólo debe achacarse a su elevado índice de efectividad, al oficio del escritor, capaz de ser versátil, confidente, erudito, cercano, amigable, jocoso, sarcástico, respetuoso e irónico.
Dice la entrada en Wikipedia, y no veo motivos para no fiarme, que el suicidio se precipitó cuando, como consecuencia de la medicación para su dolencia, Foster Wallace consideró que su nivel literario había descendido, que esa efectividad había disminuido. Triste y trágica causa: el peor Foster Wallace seguiría llevándole mucha ventaja a algunos que se tienen a sí mismos por grandes escritores. Literatura contemporánea del más alto nivel. Libros que uno quiere tener para ir leyendo de vez en cuando. Todo lo alejado que se pueda del fast-food literario. Todo lo alejado que se pueda de esa reseña de hace unos días. Por cierto, primorosamente traducido por otro novelista que nos gusta aquí, Javier Calvo.

sábado, 25 de enero de 2014

David Foster Wallace: La escoba del sistema

Idioma original: inglés
Título original: The Broom of the System
Año de publicación: 1987
Valoración: (con dificultad) se deja leer


Intuyo que es difícil reseñar a Foster Wallace y que no haya alguien que se enfade, o se moleste, o choque con el reseñista, sea cual sea la dirección tomada por el que opina: el norteamericano ha logrado convertirse en uno de esos escritores que promueven, por lo general, posiciones radicales, con seguidores que consideran prácticamente imprescindibles todos y cada uno de sus textos y detractores que lo acusan de tener enormes carencias como narrador o de desarrollar una literatura plomiza, excesivamente sesuda, intragable. En todo caso, y a pesar de haber valorado esta obra con un frío "se deja leer" (paréntesis previo, además), haremos lo posible por no entrar en polémicas. Hoy. Porque también hay grises.

La escoba del sistema es la primera novela de Foster Wallace. La escribió con veintitrés años, y la publicó un par de años después. Leo por ahí que en este texto ya "se presiente el genio" en el que más tarde se convertiría. Leo también que los editores tuvieron un enamoramiento inmediato. Leo, por último, que muchos de los temas que La escoba propone serán desarrollados años más tarde por el autor, de una forma más profunda, en su descomunal La broma infinita (que no he leído, por cierto. Sí otros de sus libros). La bibliografia que hay sobre Foster Wallace es impresionante, pienso, y creo que tanta información, en mi caso, me predispone a ciertas resistencias.

Hay varias tramas, en la obra: la desaparición de un grupo de ancianos de una residencia; las relaciones amoroso-sentimentales de la protagonista, Lenore, con Rick Vigorous; la cacatúa que se convierte en un personaje conocido; un problema con las líneas telefónicas que no termina de solucionarse; un señor gordo que quiere ser lo más gordo posible; las reflexiones del psicoanalista. Algunas más. Para este lector fue bastante evidente desde muy pronto que todas ellas eran, en realidad, una excusa, introducidas con mayor o menor suerte, para que el autor pudiera hablar de los temas que le interesaban. Esto parece de perogrullo, pero no lo es: creo de verdad que en este libro a Foster Wallace le interesaba poco o nada contarnos una historia, profundizar en la construcción de personajes, escribir una novela. A partir de un momento determinado las tramas empiezan a carecer de importancia, los personajes resultan voces de un coro desequilibrado, muy habladores todos, eso sí, y la resolución de los conflictos planteados se desatiende, porque los propios conflictos se desinflan. Y el libro se convierte en un doble ejercicio, casi una tabla de gimnasia literaria.

El primer ejercicio de esa tabla es formal: Foster Wallace consigue -o casi- introducir en 500 páginas todas las formas literarias posibles, todos los tipos de narrador, de exposición, de construcción, de descripción. Su dominio de la prosa y su precisión técnica es sobresaliente, innegable. Su obsesión por alcanzar una utópica verosimilitud total en las voces de los personajes es una tarea titánica. El segundo ejercicio es conceptual: todos esos personajes en situaciones absurdas o imposibles o cotidianas expondrán numerosos temas y los formularán con un ánimo casi científico: el amor, desde luego, pero también la semántica, la lingüística, los conflictos laborales, la filosofía, la escritura, la fama, la televisión, los celos, la medicina, la religión, el psicoanálisis... No creo que sea una novela de ideas porque no creo que sea una novela, así que diré, por ejemplo, que es una ficción filosófica y pop sobre determinados asuntos de la condición humana.

El resultado de esta tabla gimnástica es, a mi juicio, tremendamente desigual. Diré que fue hacia la página 250, con dos personajes charlando en un bar durante una visita a su vieja universidad (para mí, lo mejor con mucho de la obra), cuando finalmente entré en el texto. El resto es un cajón de sastre: partes mortalmente aburridas, o absurdamente hilarantes, o demasiado intelectuales, aunque también otras muy originales, episodios conmovedores, escenas de una profundidad brillante. Muchas veces con una gramática enmarañada, difícil para el lector, confusa. Muchas veces, también, con un lenguaje frío e incluso jurídico, a kilómetros de distancia de cualquiera que no sea Foster Wallace.

En todo caso, bravo por la editorial (la traducción corre a cargo de José Luis Amores, el editor mismo): guste o no, Foster Wallace es un autor de referencia (voy a ahorrarme el "fundamental", quizá por sentir que es demasiado pronto) en la literatura de finales del XX y principios del siglo XXI y es algo espléndido que, gracias al esfuerzo de Pálido Fuego y al enorme coraje de su editor, podamos tener la oportunidad de leerlo en nuestro idioma. 

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martes, 11 de junio de 2013

David Foster Wallace: Entrevistas breves con hombres repulsivos

Idioma original: inglés
Título original: Brief interviews with hideous men
Año de publicación: 2001
Traducción: Javier Calvo
Valoración: recomendable (1)(2)

Me lo he de pensar mucho, lo de leer un libro más de David Foster Wallace. A la que empiezo, esa lectura afecta a cualquier otra que pueda plantearme en las semanas siguientes, afecta hasta al modo en el que escribo que, inconscientemente, tiende a esa incontinencia, a esa profusión incontrolable que es la escritura del fallecido escritor neoyorquino. Esto no me pasa muy a menudo, claro. Pero sé que no soy el único. ¿Si ese influjo es otra señal de admiración? Supongo que sí. Es una estela que tarda lo suyo en desaparecer. Si DFW siguiera vivo, diría que se le ama o se le odia. Pero, por puro respeto, y haciendo acopio de toda la objetividad literaria de que soy capaz, no veo motivos para que alguien pueda odiar a este escritor. Si ves que no es lo tuyo, no lo lees y ya está. Él ni se imponía ni era omnipresente ni se sometía a agotadoras campañas de promoción. Hay muchos otros escritores que pueden gustarle a la gente y mucha gente a la que puede no gustarle DFW. Ya disfrutaremos de él, como cosacos, los otros.
Que es lo que se hace, otra vez, con Entrevistas breves con hombres repulsivos. Festín a lo grande, con todos los ingredientes propios de la cadena de slow-food DFW. Discursos ramificados, prolongados, razonados, notas a pie de página en tamaño king-size, mucho texto, profusa digresión, mucha disquisición salpicada de lógica descacharrante. Reír a carcajadas, sí, claro. Alucinar con su profundidad de alcance, por supuesto. Elucubrar sobre lo que sería capaz de sacar con cualquier tema que se propusiese, cómo no.

Ejemplos:

Los cuatro fragmentos con el título del libro, que, distribuidos entre los otros, le aportan cohesión, aunque sea a base de atomizarlo: son, a su vez, compendios de micro-relatos de falsos testimonios. Algunos, perversos, otros, ingenuos.
La persona deprimida, que, visto lo sucedido, acaso podría interpretarse como una especie de botella lanzada al agua, al igual que uno que lleva un título como El suicidio como una especie de regalo.
Relatos escuetos pero geniales, como Historia radicalmente concentrada de la era postindustrial o El diablo es un hombre ocupado (título aplicado a dos relatos diferentes).
Relatos extensos, con profusión de crueldad crepuscular, como Mundo adulto I, Octeto o En su lecho de muerte, cogiéndote la mano, el padre del aclamado nuevo dramaturgo joven y alternativo pide un favor.
Aunque DFW también puede ser denso hasta el agotamiento: Rotulus Praeteritus convierte a Thomas Pynchon en un profesor de parvulario enseñando a niños a hacer sílabas con las cinco vocales. Y este libro no es una publicación póstuma encajada, objeto del completismo. Es el autor vivito y coleando consciente de que emplazaba ahí un auténtico reto para la paciencia del lector. Para la mía, al menos, en este caso.

Y es en este vaivén entre relatos asumibles con facilidad y auténticos tour de force de difícil asimilación donde encontramos la esencia de DFW como escritor: volcarse sobre el papel y dejar al lector juzgar. No hay tregua ni punto intermedio.
Obviamente, una traducción de orfebrería fina de Javier Calvo, pieza importante en que, también en castellano, la obra de Foster Wallace disfrute de una riqueza léxica y una precisión verbal que nos deja, otra vez, babeando por un prolongado espacio de tiempo. Imposible la indiferencia, en cualquier caso.

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(1) Por media aritmética (...) entre varios relatos imprescindibles y algunos otros sumamente difíciles de leer.
(2) ¿Cómo puedo reseñar dos veces a DFW y no poner notas al pie?


lunes, 4 de febrero de 2013

Stephen J. Burn (editor): Conversaciones con David Foster Wallace

Idioma original: Inglés
Título original: Conversations with David Foster Wallace
Año de publicación: 2012
Traducción: José Luis Amores
Valoración: imprescindible

Aclaro antes de empezar. Puede que no todos los libros de Foster Wallace sean imprescindibles en sí, y muchos de ellos no sean sencillos de leer, y mucho menos, con prisas. Hay quien sigue ajeno a la genialidad de sus escritos, lo que no es necesariamente un hándicap de primer orden. Es simplemente un lujo que yo no me permitiría. David Foster Wallace, DFW de ahora en adelante, no era un escritor convencional para nada. No son gratuitas las comparaciones con Pynchon, otro adalid de la alergia a la indiferencia. Pero este libro no es una de sus agotadoras novelas de 1000 páginas ni uno de sus ensayos trufados de esas notas a pie de página que actúan a la vez de contrapeso, complemento, distracción, y respiro de la trama. Este libro es un compendio de 19 de las entrevistas más significativas que le hicieron, más el valioso añadido de una semblanza de su vida. El libro empieza con una entrevista con el escritor a los 23 años, recién publicada su primera novela, La escoba del sistema (la primera edición en castellano es el siguiente título publicado por Pálido Fuego, editorial malagueña con nombre de novela de Nabokov cuya primera publicación es este libro), y prosigue en orden cronológico.

Sin incurrir en la mitomanía, el caudal verbal de DFW es comparable a su registro escrito: su bagaje cultural, su glotonería literaria, su enfoque de los temas planteados (hablamos de un escritor y profesor de literatura a lo que añadía sendas licenciaturas en filosofía y matemáticas). Una tras otra entrevista el hombre tímido, algo inseguro, escondido tras melena, gafas y badana, proclive a las adicciones, surge por debajo del escritor de talento desbocado. Conociendo su final, leer ciertas frases resulta estremecedor, y que quede muy claro que la edición de las entrevistas ni busca el morbo ni se recrea más de lo debido en sus fantasmas. Ésta, por decirlo de alguna manera, no es una aventura para hacer caja al estilo de ciertas biografías de, por ejemplo, Kurt Cobain. Es un ejercicio desde el interés sincero en la persona de un magnífico escritor, de estilo y eficacia difícilmente inigualables, que se manifiesta en su obra, en sus opiniones (que surgían, una y otra vez, en sus escritos y obviamente surgen aquí también, en sus respuestas), en su peculiar forma de ver la vida (con humildad, con inquietud, con inseguridad, con constantes ganas tanto de seguir aprendiendo como de seguir contrastando sus opiniones) y, por supuesto, un catálogo extremadamente interesante de todas las referencias de todas clases (televisivas, literarias, musicales, industriales) que participaban en la configuración de su obra y su persona.
Pero estas entrevistas resultan amenas y enriquecedoras, sin que una sola de ellas no aporte algún detalle que nos acerque al escritor, a través de las respuestas de DFW vamos observando la evolución de su carácter. Que, como veinteañero, se conduce con curiosidad y admiración por sus iconos, pero, en las últimas entrevistas ya acusa haber perdido algo de su optimismo vital. No deja de recordar la edad que tiene y sus respuestas abandonan la agudeza cediendo a una suerte de seriedad experimentada. Ese devenir le da un tono involuntario al libro, a la vez biográfico (sin ser un panegírico, las entrevistas se suceden en el entorno puramente periodístico de cada una, sin comentarios de continuidad) y solo levemente elegíaco.
El capítulo final no es una entrevista: es un extenso texto biográfico que avanza inexorable hasta el fatal desenlace. El escritor, al que el regreso a una antigua medicación no ha solventado sus problemas depresivos, se ahorca, cuando se queda solo en casa junto a sus perros.

Respecto a DFW, lo reconozco: ando en cierta cruzada de promocionar su persona y de reivindicar su obra. Pues resulta difícil, hoy simplemente imposible, encontrar otro escritor que haya llegado a sus niveles en profundidad de análisis, depuración de estilo, personalidad y desparpajo para sostener su obra y sus opiniones. Pasa eso, y claro, pasa que, con 46 años, dijo basta. Dejándonos a su restringido,  pero, espero, creciente ejército de fans, con un palmo de narices. Eso sí que es una broma infinita.

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lunes, 10 de noviembre de 2014

D.T. Max: Todas las historias de amor son historias de fantasmas -David Foster Wallace, una biografía

Idioma original: inglés
Título original: Every love story is a ghost story. A life of David Foster Wallace
Año de publicación: 2013
Traducción: María Serrano
Valoración: imprescindible para cualquiera (pero los seguidores de DFW no habrán  ni llegado a esta frase, ni falta que les hace conocer la valoración que para ellos puede tener esta maravilla)

Hace muchos años que dejé de tener pósters en las estancias que habito. Así que mi mitomanía queda atrás. De hecho, creo que la última foto que desprendí de una pared fue de otro David, Sylvian, cantante de la banda de glam futurista Japan. Un tipo que se maquillaba y se acicalaba como una mujer para acabar peleándose con otros miembros de la banda por asuntillos de faldas. De mujeres, más concretamente.
Pero os juro que recaería en esa costumbre con este otro David. Aunque realmente es una cuestión que me viene a oleadas, que son agotadoras, cada acercamiento a su obra o a su persona me hacen admirarlo con más convicción. Claro que es muy fácil caer en esa necrofilia, más potente aún que la que rodea a Bolaño, pues no es lo mismo caer víctima de una enfermedad que suicidarse. Ya es decisión de cada lector si esa certeza (perdón, puede que algún astronauta no sepa que Foster Wallace puso fin a su vida a los 46 años, víctima de la profunda depresión de la que le era imposible salir) nos conduce inexorablemente por las páginas y nos condiciona a interpretar cada una de sus acciones como etapas de acercamiento a su determinación final. 
Pero usemos la clave que queramos para sumergirnos, sea la de lectores despistados pero curiosos, sea la de fans bregados a la búsqueda de piezas que completen el rompecabezas, sea la de escépticos profesionales que consideran la obra del escritor estadounidense como palabrería sobrevalorada, sea cual sea nuestra elección, veo imposible salir defraudado de este excelente trabajo de composición (casi oficial, pues dispone de toneladas de información solo accesible a través de correspondencia privada del autor) que no solo hace las veces de presentación del escritor y su método creativo (las menciones a todo el proceso son constantes, valiosas, interesantes, fascinantes) sino que también traza una especie de suspense en crescendo, donde conocemos y valoramos tanto al hombre como al escritor, y no podemos por menos que reconocer que su inmenso talento era a la vez salvavidas y lastre de su personalidad. Y si somos capaces de verlo atravesar noches enfebrecidas entre alcohol, fármacos y marihuana, en las que era capaz tanto de devorar lectura tras lectura como de poco menos que enloquecer escribiendo hasta el amanecer, si somos capaces de asimilar las dificultades de relacionarse con personas que comprendieran su necesidad y su obsesión, debemos agradecerlo tanto a los generosos y brillantes extractos de sus obras que inveteran sus más de 400 páginas como a la solvencia de D.T, Max como transcriptor, como selector, como comentarista sin dejarse llevar por la fácil alabanza o la conmiseración. Nada de eso. No es que nos lleve de la mano a un final en que no vemos otra salida, es que vivimos la intensidad de su mundo interior, nos extenúa y nos atrapa de tal forma que nos llevaría a cualquier lado, pasando antes, eso sí, por la librería.
Hace unas semanas decidí calificar como imprescindible Lo que tiene alas, de un autor relativamente poco conocido como Eduardo Jordá: lo hice porque representaba uno de los sueños que yo concibo para quienes acuden a internet y a blogs como este a la búsqueda de lecturas, que es la posibilidad de expandir de forma inabarcable el abanico de lugares literarios donde podemos obtener placer. Pues bien, este libro lo es, de la misma manera. Leerlo me ha abocado a hacer consultas descabelladas. He mirado fotos, a ver si Elizabeth Wurtzel estaba tan buena como para obsesionar a Wallace de manera instantánea con ella. He mirado si Mark Leyner, que a ratos parece complemento y a ratos antagonista, tiene algo traducido al español. He considerado si no es hora ya de dar nuevas oportunidades a escritores que he vilipendiado, pero que son defendidos por Wallace, como Pynchon o DeLillo. Las respuestas, por cierto, han sido tres Sí. Con los de hoy, 9 de noviembre, ya van cinco Sí. La cosa es que, a pesar de que este libro estimula poderosamente la curiosidad de cualquiera hacia la obra de Wallace, siempre habrá quien diga si esto no es una obsesión, si esto no es necrofilia, si esto no es, más que una ampliación del campo de batalla, una concentración excesiva de esfuerzo orientada hacia una sola finalidad. La verdad, para el que esto escribe es que, tanto leer a Wallace a pelo, como hacerlo a través de este fastuoso y serio trabajo dedicado a su persona, acaban condicionando no solo futuras lecturas y escrituras sino hasta meras formas de abordarlas. Tal es su influjo.
Con lo cual, de momento, creo que lo he dicho todo.

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domingo, 3 de noviembre de 2013

Semana del terror > Zoom: «Encarnaciones de niños quemados», de David Foster Wallace

Título original: Incarnations of Burned Children
Idioma original: inglés
Fecha de publicación: 2004
Valoración: Terrible. Sobrecogedor 
Terror.
(Del lat. terror, -ōris).
1. m. Miedo muy intenso.

Todos sabemos que no es necesario recurrir a la fenomenología paranormal, a los encantamientos, a las posesiones o a la crueldad de las mentes criminales para causar un «miedo muy intenso» en el corazón de un ciudadano medio. De hecho, son precisamente los terrores cotidianos, por contigüidad y credibilidad, los que muchas veces nos azoran de una forma irremediable: nada más aterrador que el sufrimiento posible, que la tragedia sobrevenida en un día cualquiera, de una forma cualquiera, a una persona cualquiera. 

David Foster Wallace necesita apenas tres páginas y nueve frases para sobrecogernos con un relato intemporal que transforma un día ordinario en un desastre extraordinario.

Aquí su estilo es accesible, al menos más accesible que en otras ocasiones, quizá por la brevedad del texto, quizá también por la dureza del episodio contado. El título nos pone sobre aviso: dos palabras que nadie querría ver juntas en una misma frase, «niños» y «quemados», con el plus metafísico de una tercera, «encarnaciones». Porque a la catástrofe vulgar, al doloroso descuido se une lo intangible de una idea futura, de una suerte probable para los personajes; y porque Wallace consigue que con la primera frase el drama parezca resuelto, pero no. A la vuelta de la página el horror es nuevo, y es más hondo, y llega más lejos, como el cosquilleo y el calor que siente la piel después de recibir un golpe.

No quisiera extenderme más, poco se puede decir sin revelar los matices del texto. Quien quiera leerlo, puede encontrarlo en internet, por ahí, con una simple búsqueda. Abstenerse aprensivos. 

domingo, 23 de enero de 2022

Profesor: David Foster Wallace

Idioma original: inglés

Traducción: José Luis Amores

Valoración: justificado

El mundo literario no es ajeno, para nada, a la necrofilia. Tanto más mítico es un autor, tanto más se desata pasión e interés sobre su figura cuando este desaparece. Si añadimos condición de héroe post-moderno y suicidio, ya ni digamos. Hace ya 13 años que David Foster Wallace ingresó en el Hall of Fame particular de los afectados por estas circunstancias, y parece que ese fenómeno se mantiene en elevadas cotas de intensidad. Y no voy a mostrarme crítico con que las editoriales que disponen de sus derechos aprovechen para hacer negocio, pero es que este no es el caso. Pálido Fuego, que ha afrontado la obra del autor en cuatro, con esta, publicaciones, definen, "disímiles" aportan en este Profesor: David Foster Wallace un valioso documento, pero lo hacen a cambio de nada: esta es una edición limitada que no se pone a la venta y que solamente aportará a Pálido Fuego un merecido prestigio adicional y un relativo empuje: el libro se ofrece como regalo para un número de pedidos que se les cursen. 

Claro que hablamos de elementos clave para los completistas: apenas una centena de páginas en pequeño formato que recogen, junto a un prólogo lógico y mesurado, algunos de los textos con que Foster Wallace se presentaba ante sus alumnos en los cursos o seminarios que impartió a lo largo de su carrera, siempre con la crítica o la creación literaria como materia. Sí: yo también esbocé una sonrisa algo escéptica cuando asimilé el grado de exhaustividad a la hora de publicar un material tan poco convencional. Pero ese escepticismo queda pulverizado a las pocas páginas. Primero, porque el Foster Wallace que redacta esos curiosos programas es apenas indistinguible en sus momentos. Hay aquí cursos impartidos mientras era un autor emergente y hay cursos cuando era una estrella consagrada e influyente, apenas unos meses antes de su desaparición. Y en todos esos programas lucen los elementos comunes, y aquí se aprecia lo justificado de su recuperación. Porque toda la personalidad del autor transpira en esas instrucciones tan lógicas como contundentes. Creo que la clarividencia es la virtud que más me atrae en los autores, desde Houellebecq a Kapuscinski. Esa cualidad de, tras prolongada y observación, plasmar la imagen del mundo que uno ha percibido. Aunque sea sesgada e incoherente. Testificar de esa percepción dirigiéndose cara a cara al lector. En esos programas la premisa de Foster Wallace era clara. Estricto en la puntuación, exigente en la dedicación del asistente, en su implicación, en el seguimiento de un código férreo que obligaba al respeto: a la materia, a los compañeros, a las tareas, a los horarios y las fechas y la corrección. Y así todos esos textos dispersos en el tiempo toman el cuerpo de una especie de manifiesto. Si has venido a entretenerte, vete, si te has apuntado al curso porque no tenías otra cosa que hacer, vete. 

Foster Wallace, de forma inconsciente, claro, no puede negarse, pero también para nada forzada, se muestra en su salvaje naturaleza tras esas presentaciones. Con las elecciones de los textos, con los comentarios, con esa forma asertiva y contundente de dirigirse al alumnado. Aquí impera el respeto al autor, al texto, a la esencia, a la intención, al pensamiento crítico. No es un brindis al viento, es una prerrogativa clara y directa. Leer este texto con los precedentes del conocimiento de la obra del autor tiene un valor innegable. Pero enfrentarse a él, incluso por mera curiosidad, es adentrarse en un pasillo en el que hay, aún, muchas puertas por abrir.



sábado, 5 de abril de 2014

David Foster Wallace: Hablemos de langostas

 
Título original: Consider the Lobster
Idioma original: inglés
Traductor: Javier Calvo
Año de publicación: 2006
Valoración: Recomendable

            A todo reseñista que se precie antes o después le llega la hora de enfrentarse con un “Foster Wallace” (exacto, como quien tiene que torear un Miura o, al menos, un Cebada Gago). Ahora me ha llegado a mí el momento. Pero, cobardón como soy por naturaleza, he hecho un quiebro para evitar morlacos como El rey pálido o La broma infinita, que dejo a diestros más capacitados (y valerosos) que yo, y me he ido a lo más fácil, que total, el expediente lo cubro de igual forma; de hecho, Hablemos de langostas es uno de los libros más llevaderos y divertidos del amigo David  (al menos de los que yo conozco).

            Escribo “divertido” no sólo en su sentido literal, de ameno e incluso gracioso, sino también pensando en el origen etimológico del término: divertido como “diverso”. Pues se trata de una selección de artículos en los que DFW nos cuenta tanto cómo es una convención de estrellas del porno (sí, ése es el artículo que todo el mundo recuerda), como un Festival de la  Langosta en Maine o el seguimiento de un candidato a candidato a Presidente de los EEUU. También, cómo vivió él los atentados del 11-S o lo tronchante que le resulta la lectura de Kafka, entre otros temas, formando al final un conjunto bastante heterogéneo y personal. En el último capítulo, por ejemplo, que trata de un locutor de radio, DFW (lo siento, pero el uso de estas iniciales es preceptivo) sublima su conocida afición por las notas a pie de página hasta la consecución, prácticamente, de un nuevo género narrativo (un tanto ilegible, hay que decirlo).

            Mi favorito, si alguien desea saberlo, es sin embargo, el artículo titulado “La autoridad y el uso del inglés americano”. Juro que nunca antes hubiera imaginado que me resultaría tan entretenida, y aun desternillante, una digresión filológica (y algo histriónica) sobre la correcta o incorrecta práctica del idioma inglés a partir de la publicación de un diccionario. Vivir para ver.

            De todos modos, a pesar de su carácter heteróclito, la sensación que te deja este libro (sobre todo si lo lees de un tirón) es la de que existe una suerte de unidad entre los diferentes artículos, o al menos una ligazón oculta entre los temas: todos son diferentes caras de la misma realidad poliédrica, absurda y a veces banal en la que vive la sociedad occidental (y la oriental, supongo yo). Claro que tampoco es tan difícil encontrar analogías entre una convención de la industria pornográfica, un festival de la langosta o una caravana electoral americana… (ni tampoco imaginarse al típico profesor especialista en Dostoievski o Kafka recreándose con un vídeo porno mientras escucha el programa de radio de Ziegler. O al típico político americano recreándose con una peli porno después de haber dado un mitin en el Festival de la Langosta de Maine. O al típico actor porno recreándose con la lectura de Dostoievski o Kafka después de… bueno no, eso no).

            En cualquier caso, la lectura de este libro, aunque dificultosa en ocasiones, como buen retoño de DFW (pero menos que otras veces), resulta recomendable e incluso vivificante. Un tanto para el gran David, in memoriam (y otro, una vez más, para Javier Calvo, que hay que reconocer que los tiene bien puestos).




sábado, 21 de noviembre de 2015

Zoom: El alma no es una forja, de David Foster Wallace

Resultado de imagen de david foster wallaceIdioma original: inglés
Título original: The Soul Is Not a Smithy
Año de publicación: 2003
Valoración: Imprescindible



Foster Wallace, como cualquier escritor que conozca su oficio, jamás suministra respuestas. Él expone, mostrando un universo concreto en toda su complejidad –entrelazado, tal como nuestros sentidos lo perciben, no como solemos encontrarlo: interpretado, sistematizado y servido en bandeja– y esto suscita toneladas de preguntas. De ahí que precise de mentes activas, dispuestas a seguirle cuando divaga, que en su obra de ficción es casi siempre, hasta tal punto que resulta difícil distinguir el cuerpo narrativo (principal) de las (secundarias) digresiones.
Todo está conectado: las diversas facetas de un relato entre sí, cada una de sus obras con todas las demás y él mismo con cualquiera de sus párrafos. Pues, más que proyectarse en sus escritos, Wallace vive en cuerpo y alma dentro de ellos. El conflicto perpetuo consigo mismo y con el mundo, su necesidad de convertirlo todo en objeto de ficción, de analizar y psicoanalizarse implícita o explícitamente, su lucidez y perspicacia, junto a un talento narrativo tan personal como fuera de lo común, producen genialidades como esta. Se trata del segundo relato del volumen titulado Extinción (Oblivion), compuesto de ocho piezas en total. Su protagonista es un escolar –trasunto del propio autor, probablemente– que experimenta un suceso traumático junto al resto de sus compañeros en plena clase de Educación Cívica. La anécdota sería impactante si su autor hubiese decidido recrearse en ella, pero al pasar por su tamiz, quizá para digerirlo con más facilidad, se convierte en un hecho casi trivial envuelto en un sinfín de experiencias y estímulos: el futuro de algunos personajes, las circunstancias del aula, la vida familiar del protagonista, su propia y compleja personalidad e, invadiéndolo prácticamente todo, esa fantasía desbordante que convierte el relato en un apasionante y divertido comic traducido a palabras, a pesar del drama subyacente al que el narrador se refiere como el trauma.
Ese ropaje imaginativo no impide que percibamos la escena con toda la intensidad, solemnidad, trascendencia que puede atribuirle un chaval de primaria. La maestría del relato a varias bandas nos acompaña por un terreno nevado –inscrito en el vidrio de la ventana con tinta invisible– donde la tragedia se cierne sobre una mujer, un hombre y un perro; nos muestra al avispado niño acribillado por las pesadillas porque intuye la asfixiante rutina laboral que experimenta su padre a diario y que describe, como si se tratase de una invención más, con una fidelidad que produce escalofríos,
“La sala luminosa del sueño era la muerte, yo podía sentirlo, pero no de ninguna forma que pudiera transmitirle o explicarle a mi madre cuando yo me ponía a gritar de miedo y ella venía corriendo. (…) La sensación global era que aquellas caras incoloras, de miradas vacías y afectadas por un sufrimiento que venía de largo eran la cara de una muerte que me esperaba mucho antes de que yo me marchara del mundo.”[i]
además de otras convincentes escenas, que funcionan literalmente, como factores que modelan la personalidad de un adulto en potencia, pero también como metáforas del tedio padecido por el hombre de hoy.


Del mismo autor: El rey pálidoHablemos de langostasEsto es aguaAlgo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer. Ensayos y opinionesEntrevistas breves con hombres repulsivosEncarnaciones de niños quemadosLa escoba del sistemaEn cuerpo y en lo otro

Sobre el autor: Conversaciones con David Foster Wallace, Todas las historias de amor son historias de fantasmas -David Foster Wallace, una biografía,



[i] Traducción de Javier Calvo

jueves, 13 de octubre de 2022

David Foster Wallace: El tenis como experiencia religiosa

Idioma original: inglés

Año de publicación: 2016

Traducción: Javier Calvo

Valoración: muy recomendable*

Hace unas semanas, el mundo - sobre todo el Occidental y civilizado y bla bla bla - asistía con diversos grados de emoción a los fastos de despedida de la práctica profesional del tenis por parte de Roger Federer. Leyenda viva del deporte de la raqueta. En cualquier caso, sabedores todos de sus logros previos - puntillosamente matematizados en parámetros como edad, número de Grand Slams (1) o velocidad máxima tomada por la pelota en cualquiera de sus ace (2) - se dio el curioso hecho de que todo el mundo prestó más atención a las dos estampas del propio Federer junto a Nadal (3), ambos cogidos de la mano abandonando la cancha en que había tomado lugar el último partido, ambos sentados, cogidos de la mano mientras lloraban a moco tendido recibiendo, especulo, la atronadora ovación del público que había presenciado el match (4), imágenes ambas que, parece ser, debían contribuir a normalizar ciertas reacciones entre hombres heterosexuales y triunfadores e incluso (ahora que Djokovic insiste en situarse en un tercer ángulo reprobable dada su absurda tozudería con no vacunarse del Covid) a desdeñar de forma definitiva lo de que los rivales en la práctica deportiva ha de conllevar antagonismo en lo personal. Solo nos falta ver de la manita a Messi (5) y a Cristiano Ronaldo en una situación similar, incluso compartiendo camiseta, para acabar de opinar que el mundo es un lugar justo e idílico (solo unos minutos antes de recordar  a Putin y Zelensky dirimiendo sus diferencias).

Quiero decir que esta es una contribución significativa a la humanidad, como lo serán esos partidos homenaje que, una vez Nadal se retire, jugarán con cierta frecuencia espaciada, con asientos en fila cero de precios prohibitivos que pagarán empresas de artículos de lujo o multimillonarios con necesidades de desgravación, o fans absurdos que prefieran endeudarse de por vida y perseguir su sueño que dar de comer a su familia.

Pero yo iba a escribir aquí sobre un libro. A pesar de que he visto muy pocos partidos de tenis en mi vida, creo recordar que ninguno entero (6), antes de aseverar que odio el tenis, sería más exacto decir que me es algo indiferente y que no lo sigo en absoluto, aunque cada cierto tiempo puedo caer en la cuenta de que algún nombre empieza a sonarme más con lo que sobreentiendo que contamos con una estrella emergente (ahora creo que hay uno con un apellido de aromas griegos, pero no soy capaz de escribir su nombre (7) ). Hecha esta consideración que, como mínimo esta sea la segunda vez que leo estos dos textos y aprecie de nuevo su enorme calidad, tratándose como se trata de dos artículos sobre un tema que me despierta escasa pasión, dice mucho de David Foster Wallace. Aunque ello signifique que sea la última vez que reseñe al autor (8) puede que la curiosidad haya traído a más de uno hasta aquí y hay que recordarle a los lectores esa cualidad del escritor estadounidense: la de arrastrar con su convicción y su amigable insolencia al lector hacia su terreno. A base de entremezclar temas y saltar de un lado al otro en un discurso - el del primer relato - que pasaría por ser una crónica de un periodista al que han destinado a un lugar equivocado y que tiene que extraer un puñado de páginas de ello, pero no. Foster Wallace practicó el tenis y es un fan entregado. Pero esa entrega no le impide analizar y evaluar lo que sucede entorno a un torneo de primer nivel de tenis profesional. Y si hay que hablar, entre el torrente narrativo, de los precios ajustados o no, de refrescos y bocadillos, pues se habla. O de la analogía del gap social que presentan los precios de las localidades y sus ubicaciones respecto a las pistas. O de la curiosa fauna movilizada alrededor de su organización, desde el estricto marcaje de los patrocinadores obsesionados en remarcar su presencia de forma constante y exprimir hasta la última gota del limón publicitario sobre un deporte practicado y disfrutado por sectores privilegiados de la sociedad. Foster Wallace (9) no es un periodista que habla de un partido y cómo ha acabado. Es un escritor que puede hacer eso (10)- sin abandonar por un momento su personalidad literaria y sus esenciaa estilísticas. La abrumadora (11)  presencia de notas al pie en los textos es representativa de su dispersiva avidez por acotar y apuntar cuánta idea creyera que permite apuntalar el relato principal, aunque haya momentos que la relación se descompensa y el lector profano piense por dónde transcurre el relato principal, si arriba en las cuatro líneas en tipo 11 o abajo en las extensas notas en tipo 8 o 9. Llega un punto, sobre todo en el segundo relato, en que Foster Wallace puede ser tan meticulosamente descriptivo que el profano se sienta desorientado, pero es disculpable en todo momento pues su gusto por los detalles y su precisión incluso al introducir elementos disruptivos muestra unas cimas majestuosas que sus seguidores (11) solo pueden aspirar a imitar.

(1) ¿Queda aquí alguien que no sepa lo que es un Grand Slam?

(2) Idem con un Ace

(3) Idem con Nadal

(4) Ya paro, la broma ha dejado de ser divertida

(5) Otro socorrido recurso entre cierta gente: aparentar no saber quién es Messi

(6) Completamente cierto, no soy un snob como los del punto (5)

(7) Stefanos Tsitsipas - efectivamente griego, gracias Google

(8) Tampoco nos pongamos trágicos, de hecho esto podría considerarse como un extracto o un refrito de la reseña de En cuerpo y en lo otro*, pero el coordinador de este blog es muy fácil de engañar.

(9) Cuya historia es sobradamente conocida si uno he tenido el mínimo interés en la literatura en los últimos veinte años

(10) De hecho el segundo relato, más centrado en un duelo Federer-Nadal celebrado en 2005, es profuso en detalles sobre este un otro tanto, incluso al extremo de provocar la búsqueda de esas imágenes en el siempre socorrido Youtube

(11) Y parece que influyente

(12) Me doy por aludido

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* Salvo por el hecho nada desdeñable de que la editorial tuvo la desfachatez de compendiar dos piezas de un mismo libro anterior (En cuerpo y en lo otro) y ofrecerlas aquí, con una bonita portada y  un precio módico, sin preocuparse de mencionar - o no haciéndolo de un modo claro - que el libro no contiene material inédito y, por lo tanto, es un mero artefacto sacacuartos para, solapadamente, engañar y hacer pasar por caja al lector completista.



viernes, 13 de febrero de 2015

David Foster Wallace: En cuerpo y en lo otro

Idioma original: inglés
Título original: Both flesh and not
Año de publicación: 2013
Traducción: Javier Calvo
Valoración: recomendable / muy recomendable para los acólitos

En cuerpo y en lo otro es un remiendo. Para qué discutirlo. No tiene sentido hacerlo. Se hurga entre los baúles en búsqueda de material del escritor que no ha pasado todavía por el ritual de la puesta de largo: ensayos, discursos, artículos en revistas, colaboraciones, correspondencia, borradores con pinta de definitivo. La cuestión es dejar el legado exhausto, provocar que el fanático pase por caja, usar esa socorrida coartada de dar a conocer al personaje, y todos contentos. En el fondo, nada que reprochar si asumimos que es un derecho legítimo de poner un producto en el mercado y si añadimos el hecho de que quien quiera acercarse a la obra de DFW ya sabe por dónde tiene que empezar. Dado que sus obras rara vez están en las mesas de grandes novedades, al lado de Dueñas, Zafones, Folletts y demás.
Otra cosa es que siempre funcione: pues, aún siendo también recopilaciones de artículos, DFW sí otorgó su bendición en forma de condición unitaria a muchas recopilaciones de relatos o ensayos. Y aunque sería cruel decir que En cuerpo y en lo otro es mezclar agua y aceite, no sé si es lo más prudente que a un artículo de 2006 sobre tenis (milagro que yo lea sobre un deporte que me resulta tan tedioso como el tenis) siga un ensayo literario de 1987, que curiosamente resulta bastante menos estimulante.Volveremos al tenis, en uno de esas crónicas marca de la casa que brillaban en otros de sus libros, y por el camino, alternadas con curiosas acepciones de complicados términos en inglés, trataremos del cine de ciencia-ficción sobrecargado de efectos especiales, leeremos sobre Borges, sobre novelas infravaloradas, sobre palabras a evitar en determinados textos. Siempre Foster Wallace, pero mejor cuanto más avanza el tiempo y más conciencia toma de su brillantez. Paradójico que las piezas más endebles sean las dedicadas a lo literario, pero es que Foster Wallace ya debía irse dando cuenta que empezaba a superar en talento a muchos de los escritores a los que se rendía admirado. Sí, si alguien se va a sentir aliviado por que reconozca que alguna de esas piezas es de difícil digestión, voy a decirlo.
Pero a cambio, tenemos párrafos como este, en una corta pero exuberante pieza central de 1998, titulada La naturaleza de la diversión, que viene a resumir al dedillo todo lo que siente cualquiera que se siente ante un papel o una pantalla en blanco con la esperanza de ser leído. Que viene a recordarnos por qué DFW era tan brillante, el jodío.

"Has descubierto que disfrutas mucho del hecho de que a la gente le guste tu escritura, y también descubres que tienes muchas ganas  de que a la gente le gusten las cosas nuevas que escribes. La motivación de la pura diversión personal empieza a ser suplantada por la motivación de gustar, de que haya gente guapa a la que no conoces que te aprecie  y te admire y te considere buen escritor. El onanismo da paso al intento de seducción, como motivación. Ahora bien, el intento de seducción resulta muy trabajoso, y su diversión se ve compensada por un miedo terrible al rechazo. Sea lo que sea el "ego", tu ego acaba de entrar en juego. O tal vez "vanidad" sea una palabra mejor. Porque te das cuenta de que gran parte de tu escritura se ha convertido en puro exhibicionismo, en intentar que la gente te considere bueno. Y es comprensible. Ahora estás poniendo mucho de ti mismo en juego, cuando escribes; y también está en juego tu vanidad. Descubres algo peliagudo que tiene la escritura de narrativa: que para ser capaz de escribirla es necesaria cierta cantidad de vanidad, pero que cualquier cantidad de vanidad por encima de la estrictamente necesaria resulta letal. Llegado este punto, más del noventa por ciento de las cosas que estás escribiendo ya están motivadas e informadas por una necesidad abrumadora de gustar. Y esto genera una narrativa de mierda. Y la obra de mierda debe acabar en la papelera, no tanto por una cuestión de integridad artística como por el simple hecho de que la obra de mierda va a hacer que no gustes. Llegado este punto de la diversión del escritor, la misma cosa que siempre te ha motivado para escribir ahora te está motivando también para tirar lo que escribes a la papelera."

Lo único que espero es que ya hayamos acabado: me da a mí que las próximas migas que se reúnan de los fondos de los cajones ya no van a dar para tanto.

Ya llevamos un montón de cosas sobre David Foster Wallace en ULAD: aquí

jueves, 6 de julio de 2017

David Lipsky: Aunque por supuesto terminas siendo tú mismo

Idioma original: inglés
Título original: Although of Course You End Up Becoming Yourself
Año de publicación: 2017
Traducción: José Luis Amores
Valoración: estupefaciente

Hablemos de las bambalinas de este blog. 
Por ejemplo: de la coordinación. La mera idea de que exista una coordinación resulta risible. Sí que mantenemos una correspondencia interior que empieza en debates sobre nimiedades (qué responder a los trolls, quién se ocupa de la próxima fecha vacía, por qué nada satisface a ciertos colectivos exigentes) y acaba en naderías. 
Pero en uno de esos correos yo sugerí a la gente que saliera de vez en cuando de sus zonas de confort (autores, géneros) para evitar que nuestros lectores nos acusaran de previsibles. Ya está XX reseñando otra vez a XX y diciendo lo mismo de siempre.
Y este soy yo predicando con el ejemplo.

Aunque por supuesto terminas siendo tú mismo es mi enésima (no me hagáis contarlas, empieza a darme mucha vergüenza) aportación relacionada con David Foster Wallace. Pero va y resulta que es, casi, la que más me siento obligado a aportar. Más incluso que aquel lejano Conversaciones con David Foster Wallace que publicó también Pálido Fuego. No negaré que tenga que ver lo suyo el hecho de que, apenas hace dos semanas, me encontraba sumido en la lectura y posterior reseña de La broma infinita, libro con el cual éste tiene mucho que ver. Porque aquí nos encontramos, en una transcripción que parece bastante exhaustiva, cinco días de conversaciones entre David Lipsky y DFW, aquél en calidad de periodista de Rolling Stone encargado de la cobertura de la gira de presentación de la novela, éste en calidad de algo alucinada estrella literaria, sincerándose progresivamente. Esa sinceridad, lógico, no es inmediata, claro, pero cinco días dan para muchas situaciones y casi 400 páginas dan para observar ese avance de la confianza mutua, una cuestión nada sencilla dada la proverbial timidez que se atribuía a DFW. Resulta curioso que el reportaje en su día no llegó a publicarse, lo cual, pasadas dos décadas, hemos de agradecer. Seguramente un reportaje de unas decenas de páginas hubiera encontrado acomodo en alguna de sus recopilaciones posteriores de artículos, y entonces nos hubiéramos perdido este festín, que podrá tildarse de endogamia o necrofilia, pero que, por encima de todo, dispone de la baza de la autenticidad. No una autenticidad morbosa o inducida en la edición del texto.
Lipsky y Foster Wallace viajan en coche, en avión, comen en bares y restaurantes de comida rápida, repostan, acaban en casa del escritor con el protagonismo de los dos perros que el escritor tenía para despedirse. Ya en ese momento Wallace confía en Lipsky, pero la buena relación con los animales parece corroborarlo. El extenso diálogo da para todo y el libro parece mutar en una suerte de buddy-movie atípica, donde ciertos temas son recurrentes y nos sitúan prácticamente (con las limitaciones de la transcripción de un diálogo grabado y la traducción, esto es un milagro) como si el interlocutor del escritor fuéramos los lectores. No porque Lipsky sea plano en su trabajo. Sus notas entre corchetes ayudan lo suyo, como sus silencios o sus respuestas concisas al estilo "sigue, sigue". Entonces no solamente al fan de DFW puede interesar esta maravilla. También a quién tenga curiosidad acerca del hecho literario, de la fama, de la reacción ante la fama.
Así que de esta lectura obtendremos jugosa información privada, pero olvidemos el morbo. También abundan detalles curiosos, como la insistencia del entrevistado en negar, a cualquiera que se tercie  cualquier otra relación con Lipsky que la profesional. DFW habla de su relación con su obra, de su proceso de concepción, de sus dudas sobre aceptar anticipos, de diversas sustancias, de su depresión, de las mujeres (curiosa su reflexión acerca de no haber "mojado" en la gira), acerca de sus diversas épocas como estudiante como docente, del duro proceso de tira y afloja con Michael Grietsch, editor, por el que La broma infinita se acabó publicando tras diversos severos recortes de contenido (¿dónde está el material que se descartó? ¡Por Dios!) y, de hecho, es de extraordinario valor todo lo concerniente a la obra promocionada en la gira. Su desarrollo, la explicación de su estructura, su intención de crear algo difícil pero asequible, la proyección de detalles personales dentro de los personajes.  No sé si afirmar que este libro sacia la curiosidad del completista sea un poco osado. No sé si aventurar que en la misma medida que se otorga importancia al DFW escritor hay que otorgarle importancia al DFW persona, dada la obvia maniobra de conexión con el lector que conseguía en sus escritos. Pero os pido que analicéis el hecho de que sobre un libro así se haya llegado a hacer una película, The end of the tour. Una película sobre una entrevista a un escritor minoritario promocionando una difícil novela de más de 1.000 páginas. Qué grande.