sábado, 5 de abril de 2014

David Foster Wallace: Hablemos de langostas

 
Título original: Consider the Lobster
Idioma original: inglés
Traductor: Javier Calvo
Año de publicación: 2006
Valoración: Recomendable

            A todo reseñista que se precie antes o después le llega la hora de enfrentarse con un “Foster Wallace” (exacto, como quien tiene que torear un Miura o, al menos, un Cebada Gago). Ahora me ha llegado a mí el momento. Pero, cobardón como soy por naturaleza, he hecho un quiebro para evitar morlacos como El rey pálido o La broma infinita, que dejo a diestros más capacitados (y valerosos) que yo, y me he ido a lo más fácil, que total, el expediente lo cubro de igual forma; de hecho, Hablemos de langostas es uno de los libros más llevaderos y divertidos del amigo David  (al menos de los que yo conozco).

            Escribo “divertido” no sólo en su sentido literal, de ameno e incluso gracioso, sino también pensando en el origen etimológico del término: divertido como “diverso”. Pues se trata de una selección de artículos en los que DFW nos cuenta tanto cómo es una convención de estrellas del porno (sí, ése es el artículo que todo el mundo recuerda), como un Festival de la  Langosta en Maine o el seguimiento de un candidato a candidato a Presidente de los EEUU. También, cómo vivió él los atentados del 11-S o lo tronchante que le resulta la lectura de Kafka, entre otros temas, formando al final un conjunto bastante heterogéneo y personal. En el último capítulo, por ejemplo, que trata de un locutor de radio, DFW (lo siento, pero el uso de estas iniciales es preceptivo) sublima su conocida afición por las notas a pie de página hasta la consecución, prácticamente, de un nuevo género narrativo (un tanto ilegible, hay que decirlo).

            Mi favorito, si alguien desea saberlo, es sin embargo, el artículo titulado “La autoridad y el uso del inglés americano”. Juro que nunca antes hubiera imaginado que me resultaría tan entretenida, y aun desternillante, una digresión filológica (y algo histriónica) sobre la correcta o incorrecta práctica del idioma inglés a partir de la publicación de un diccionario. Vivir para ver.

            De todos modos, a pesar de su carácter heteróclito, la sensación que te deja este libro (sobre todo si lo lees de un tirón) es la de que existe una suerte de unidad entre los diferentes artículos, o al menos una ligazón oculta entre los temas: todos son diferentes caras de la misma realidad poliédrica, absurda y a veces banal en la que vive la sociedad occidental (y la oriental, supongo yo). Claro que tampoco es tan difícil encontrar analogías entre una convención de la industria pornográfica, un festival de la langosta o una caravana electoral americana… (ni tampoco imaginarse al típico profesor especialista en Dostoievski o Kafka recreándose con un vídeo porno mientras escucha el programa de radio de Ziegler. O al típico político americano recreándose con una peli porno después de haber dado un mitin en el Festival de la Langosta de Maine. O al típico actor porno recreándose con la lectura de Dostoievski o Kafka después de… bueno no, eso no).

            En cualquier caso, la lectura de este libro, aunque dificultosa en ocasiones, como buen retoño de DFW (pero menos que otras veces), resulta recomendable e incluso vivificante. Un tanto para el gran David, in memoriam (y otro, una vez más, para Javier Calvo, que hay que reconocer que los tiene bien puestos).