martes, 30 de abril de 2019

Muriel Spark: Las señoritas de escasos medios

Idioma original: inglés
Título original: The Girls of Slender Means
Año de publicación: 1963
Traducción: Gabriela Bustelo
Valoración: entre recomendable y está bien

La especialidad literaria de Muriel Spark (al menos de sus libros que yo he leído) eran las narraciones protagonizados por grupos aparentemente homogéneos de personas, o que al menos compartían una característica común, aunque en verdad, claro está, cada cual contara con personalidad, intereses, envidias, afinidades y aversiones diferenciadas; pero, eso sí, enredadas unas con otras como los rabillos de un cesto de cerezas o esos cables que todos (reconozcámoslo), apriscamos bajo el mueble del televisor. Doña Muriel eta justamente muy hábil en desenredar tales líneas, esos hilos que unen -o separan, según se mire- a unas personas con otras, ya se trate de un grupo de ancianos, como en Memento Mori, de unas escolares escocesas -La plenitud de la señorita Brodie-, unos jóvenes residentes en el Kensington de los primeros sesenta -Los solteros- o unas monjas de clausura más proclives a la intriga que el mismo Juego de Tronos, en La abadesa de Crewe.

En esta novela, el grupo humano a diseccionar es el de unas chicas -y no tan chicas-, residentes en el club para señoritas May of Teck, en Londres, en 1945, justo cuando termina la Guerra Mundial. Lo de "escasos medios", hay que aclarar, no se refiere a que vivieran en la indigencia y tuvieran que echarse a las esquinas a buscarse la vida, sino a que en aquellos días todos los británicos, excepto los muy ricos, vivían con "escasos medios", debido al racionamiento y demás vicisitudes causadas por la guerra. La novela está estructurada alrededor de los recuerdos sobre aquel verano del año 45 que conserva una de las chicas, Jane Wright, o que va averiguando de otras cuando les comunica la muerte, en curiosas y penosas circunstancias de Nicholas Farringdon, un joven aspirante a escritor que frecuentaba el club por esa época, atraída por el encanto de su ambiente y, más aún, por los encantos de alguna de sus inquilinas.

No voy a engañar a nadie: esta no es la novela de Muriel Spark que más me ha gustado. Su prosa, huelga decirlo, es excelente, ligera al tiempo que elaborada, chispeante (perdón por el juego de palabras) al tiempo que reflexiva. Los retratos que hace de los diferentes personajes son tajantes como un golpe de bisturí, aunque quizás un punto displicentes... Y la trama, atravesada por una simpática ironía costumbrista, avanza con la liviandad de unos pasos de baile hscia un desenlace inesperado. Ahora bien, el fuerte de esta escritora, disecar el sistema nervioso por el que circulan las relaciones, en ocasiones subterráneas, entre los miembros de estos grupos, aquí casi no se nota demadiado; o se limita a una mera descripción psicológica, a veces somera, de cada una de las chicas -y no tan chicas- del club. Lo mejor de la novela, en todo caso, quizá sea la sensación que deja de provisionalidad, de que en esta vida los instantes trágicos suceden a los alegres o los banales con una indiferencia inflexible, que no puede sino llevar a pensar que la futilidad del ser humano se debe más a nuestra irrelevancia para una posible divinidad que a su inexcrutable sabiduría.

Más chispazos de doña Muriel reseñados en Un Libro Al Día: Here

lunes, 29 de abril de 2019

Alphonse Daudet: Tartarín de Tarascón

Idioma original: Francés
Título original: Tartarin de Tarascon
Traducción: Manuel Serrat Crespo
Año de publicación: 1872
Valoración: Divertidísimo


Introducción knausgardiana:

14 de marzo de 2019. A eso de las 21:30 bajo la basura y junto al contenedor de papel encuentro una caja de considerables dimensiones con unas letras sospechosas en un lateral. ¡LIBROS! Miro a izquierda y derecha, no vaya a ser que alguien me vea, y abro con cuidado la caja. ¡Oh, sorpresa! Resulta que dentro hay una colección (o parte de ella) de la editorial Planeta, publicada allá por los años 80. Los libros están llenos de polvo y los cantos más amarillos que los dedos de un hombre de 90 años que se haya tirado toda la vida fumando 3 cajetillas diarias de Ducados, pero no puedo evitar cargar con la caja y subirla a casa. Caras de estupor entre mi pareja e hijas, algún pequeño insecto que aparece sospechosamente, etc. ¡Me da igual! Entre los libros hay cosas de Dickens, Mark Twain, Zane Grey, Selma Lagerlof, Joseph Conrad y este "Tartarín de Tarascón" de Alphonse Daudet, así que es "la caja o yo" (esto no lo digo, no vaya a ser que tenga que dormir en la calle).

La reseña:
Han pasado casi 150 años, que ya son años, desde la publicación de "Tartarín de Tarascón", lo cual para un libro humorístico puede parecer una barbaridad. Nada de eso. "Tararín de Tarascón" no ha envejecido nada mal. De hecho, me lo he pasado en grande leyendo las prodigiosas aventuras de este burguesito más bien feucho, bajito y gordinflón al que uno (no me preguntéis por qué) imagina con el careto y el mostacho de Flaubert.

Más allá de su aspecto físico, Tartarín es un "pobre hombre", cobarde, vanidoso, algo tirando a inocentón (si no a medio lelo), Sancho y Quijote a partes iguales, que por variados enredos se ve inmerso en un "fantástico" viaje desde su meridional Tarascón a la Argelia colonial en busca y captura del terrible león del Atlás. Tartarín, personaje patético y héroe por accidente, vivirá sucesos inverosímiles y nosotros asistiremos, siempre con una sonrisa en los labios, al desfile de variopintos personajes que tratarán de aprovecharse del gran Tartarín. Por suerte para el, todo es tan absurdo y tan disparatado que acabará volviendo a Tarascón en loor de multitudes. 

Además de su aspecto claramente humorístico, me ha llamado la atención el hecho de que Daudet no deje títere con cabeza. Las observaciones ácidas y sarcásticas están presentes a lo largo de toda la obra.  En la parte "tarasconesa", Tartarín y el resto de fuerzas vivas del pueblo son una panda de "rentistas" improductivos a los que les gusta más aparentar que otra cosa. Sirva como muestra que la mayoría de ellos son miembros de una sociedad de cazadores que no caza nada aparte de sus gorros y de opíparas comilonas. En la parte argelina, ni los propios argelinos ni los colonos ni los miembros de la organización colonial salen bien parados, ya sea por tratarse de timadores, de crédulos o de patéticos parásitos, según los casos.

Todo esto en apenas 100 páginas estructuradas en breves capítulos que, entre risas, pullas y sorpresas, se leen en un santiamén y le dejan a uno con la tranquilidad de haber acertado subiendo la caja de marras (aun a riesgo de tener que dormir en la calle).

Así que ya veis. Ni puñetero caso a vuestras familias (midiendo los riesgos, claro). Yo, entre parecer que tengo Síndrome de Diógenes y perderme libros como este, lo tengo claro: prefiero parecer un chalado si eso me sirve, entre otras cosas, para descubrir libritos como este breve, endiablado, divertido y absolutamente actual "Tartarín de Tarascón".  

domingo, 28 de abril de 2019

Tochoweek III, #7. Don DeLillo: Submundo

Idioma original: español
Título original: Underworld
Año de publicación: 1997
Traducción: Gian Castelli
Valoración: muy exigente

No será que no me advirtieron. Cuando uno se plantea la lectura de ciertos volúmenes suele recurrir a algún tipo de referencia que permita tantear un poco a qué se enfrenta. Otra cosa es que algunas de esas opiniones se conviertan en acicates para ciertos desafíos o en pruebas de fuego para la firmeza (o tozudez o determinación) con que mostrarse a la hora de emprender ese camino.
Y el camino que nos ofrece Don DeLillo en Submundo no es sencillo ni pretende serlo: leer esta novela me ha hecho pensar en un Franzen desordenado (o al revés: algunos de los novelones de Franzen podrían pasar por este libro con los capítulos ordenados cronológicamente) e incluso en un DFW con intención de ser descodificado con cierta facilidad.
Porque esta novela es, vaya por delante, un ejercicio exuberante de estilo literario. Con lo que ello significa: sus cientos de páginas no contienen ni un solo párrafo (siendo muy meticuloso, quizás algunos de los diálogos resulten algo forzados) que no desprenda una brillantez formal al alcance de muy pocos. Cosa que, me temo, condicionó algo la traducción, que, impresión mía, a veces parece atascarse o no resolverse muy holgadamente en un texto que parece rico en vocabulario y exigente en construcciones, motivo por el cual recomiendo cederle a la lectura el tiempo que esta exija. Ello significa, aviso, que hasta sesiones de una docena de páginas son aconsejables. Nada de volar sobre las páginas, por favor. Eso se lo dejáis a vendedores de  papel como Brown, Follett o Larsson. Aquí, me temo, no hay relleno.

Submundo es un magma que salta décadas arriba y abajo sin justificarse, es un artefacto incomprensible que requiere tiempo y paciencia (y quizás una libretita para experimentar con sus huevos de Pascua). Es otra novela candidata al eternamente vacío trono de Gran Novela Americana con todo lo que cabe esperar de algo así: firme voluntad de trascender, profunda seguridad en que alguien lo hará mejor después de ti.

En lo personal, no soy muy partidario de aquellas lecturas que se presentan como un reto intelectual, cuya lectura queda condicionada por una exigencia de atención bajo el riesgo de estarse perdiendo algo. Y puede que Submundo se trate de algo (como La subasta del lote 49, cuya reseña tantas veces he temido no fuera todo lo acertada) que merezca esta consideración. Porque el mero hecho de plantearse una sinopsis ya es un osado ejercicio: DeLillo nos lleva adelante y atrás en el tiempo y pobla esos recorridos de personajes y situaciones que pueden ser reales o ficticios, no por una cuestión de juego literario (a diferencia de algunos de los autores con los que se le compara, el tono es normalmente de enorme solemnidad), sino por una intención de obtener fiabilidad de ese intercalado. Así que veremos a Sinatra y a Lenny Bruce en estas páginas y conviviremos, aunque sea de soslayo, con muchos de los episodios que, parece apuntar DeLillo, conforman ese carácter estadounidense tan dado a la grandilocuencia. Y si el episodio inicial del libro es una épica narración de un célebre partido de béisbol y de cómo un joven se hace con la bola que protagoniza el home run, tras haberse colado en el partido sin abonar la entrada, a partir de ahí entran en escena montones de situaciones de diversa índole cuya integración en una especie de summum temo haberme perdido, y no digo que no sea anestesiado por la prodigalidad de la prosa aquí contenida a palazos. Descripciones meticulosas, barrocos y alambicados fragmentos, especialmente de aspectos arquitectónicos y paisajísticos, de esos que dejan sin aliento al lector y debieron quitar el sueño al traductor, intercalado de situaciones vagamente familiares procedentes del imaginario propagandístico (resumiendo: si no pasaba en Estados Unidos, eso no sucedía), y ahí, amontonado sin mucho orden, cosa creo que bastante premeditada, todo el temario, y me dejo cosas: el miedo atávico inherente a la Guerra Fría, el día del partido de marras la URSS hace pruebas de armamento nuclear; las guerras de Corea y Vietnam, el uso de agente naranja, la eterna sospecha sobre la Mafia y la gestión de residuos, los artistas del graffiti, los nuevos artistas (Klara Sax, una de las protagonistas, colecciona aviones en desuso que aparca y decora en medio de la nada), la ciudad de Nueva York, sus barrios y el eterno conflicto racial, los hombres que abandonan  a sus familias, las experiencias de reencuentro con uno mismo alejándose del mundanal ruido, la construcción del World Trade Center, el asesinato de Kennedy, cómo no, rollos de celuloide que muestran películas nunca vistas, el asesino de la autopista de Texas, la brecha generacional, la madurez y los segundos matrimonios. Dicen que esta es una novela sobre el miedo y el desmoronamiento de la sociedad estadounidense, y yo diría que no solo eso está ahí: también su manía por ser los únicos y los más grandes, otro estereotipo que gravita sobre la opinión pública planetaria. Y DeLillo, que para nada es un visionario sino un mero testigo privilegiado por su sentido crítico y su acervo cultura, escribió todo esto antes de la explosión de Internet, del 11-S y del ascenso (a los infiernos) de Trump.

De todo lo cual, queridos lectores, ya podéis comprender algo sobre mi valoración. No es el DeLillo sacado de contexto que me decepcionó (y mucho) en Cosmópolis, pero tampoco el  novelista fluído y seductor de la brillantísima Ruido de fondo. Pero ya he comprendido que el neoyorquino es un escritor decidido y poco dado a escribir pensando en ser aceptado por el lector. O qué cabría esperar de una novela escrita a los 61 años. A esa edad uno ya no va a cambiar.

sábado, 27 de abril de 2019

TochoWeek III #6. Haruki Murakami: La muerte del comendador. Libro I y II

Idioma original: japonés
Título original: 騎士団長殺し Kishidanchō Goroshi
Traducción: Yoko Ogihara y Fernando Cordobés (ed. en castellano), Albert Nolla (ed. en catalán)
Año de publicación: 2017
Valoración: bastante recomendable

Hacía tiempo que no leía una novela de mi admirado Haruki Murakami. Después de haber leído la mayoría de sus novelas, no quitaré la razón a quienes afirman que repite a menudo la misma fórmula, por lo que considero que, aunque guste lo que escribe, sí hay que dejar cierto espacio entre novelas. Aun así, siempre empiezo sus libros con muchas ganas, aunque últimamente también con cierto recelo pues, dejando la magistral «1Q84» aparte, los últimos libros publicados no estaban al nivel que se espera del autor.

Pero, a pesar de esos últimos baches, ha sido justo empezar las primeras páginas, y las buenas sensaciones y recuerdos vuelven rápidamente, como si no hubiera pasado el tiempo desde el último libro leído, como si su narrativa siempre hubiera estado ahí presente, en el interior del propio lector. Vale, me he puesto sensible, pero es que en el prólogo de unas pocas páginas el autor ya nos muestra todo aquello que ofrece su obra: misterio, familiaridad, y cierta aura poética en sus frases. Así que, sin dilación, el autor nos invita a entrar en su mundo, como si supiera que ya lo conocemos. Y no nos negaremos a ello.

En primeras páginas ya vemos el estilo al que nos tiene acostumbrados el autor. El protagonista, un joven pintor divorciado, va a vivir a una casa que le han prestado, perteneciente a un pintor. En ella encuentra escondido un misterioso cuadro, que da nombre al título de esta novela. A partir de ese momento, y con la aparición de un enigmático vecino que vislumbra desde la distancia, se empiezan a suceder una serie de extrañas situaciones que el protagonista deberá desentrañar. Tenemos por tanto el origen del misterio, el escenario definido, la aparición de enigmáticos personajes y la soledad del artista, elementos habituales en la narrativa de Murakami con los que acostumbra a crear sus mundos a medio camino entre lo real y lo onírico.

Con todos estos elementos, Murakami nos ofrece un libro con aires de nostalgia, la nostalgia a la soledad a la que se ve abocado el protagonista tras un divorcio inesperado y los recuerdos sobre la pérdida de su hermana, fallecida siendo él aún muy joven. Y en esa soledad, y a causa de la aparición de un misterioso personaje, el protagonista recupera su capacidad de dar forma a un retrato con su don especial, la capacidad de revivir en él una imagen en apariencia estática.

Fiel a su estilo inconfundible, el autor nos invita a entrar en la historia poco a poco, conectando de manera irremediable con los personajes y, como en uno de sus muchos episodios oníricos, a medio camino entre la realidad y el sueño, nos vamos sumergiendo en la historia, arrastrados por esa aura enigmática que rodea los personajes del escritor japonés. En un claro avance in crescendo, al tercio del primer libro ya estamos plenamente inmersos en una historia que nos trae a aquel universo de Murakami formado por personas solitarias (aunque menos de lo que pretenden), en una revisión del pasado con mirada nostálgica, a un mundo donde el entorno invita a soñar, a creer, a abrirse, a adentrarse en lugares desconocidos donde, quien sabe si al final, se encuentra la propia realidad que hemos estado evitando, de manera imperceptible pero inevitable.

El libro, con el magnetismo propio al que los tiene acostumbrados el autor japonés, evoca al mundo de las ideas de Platón, jugando entre realidad e ilusión a lo largo del libro, plagado de apariciones y misterios quién sabe si creados por nuestra propia mente. De tal manera lo afirma uno de los personajes «a partir de un momento determinado me convertí en idea pura». Hay más referencias ocultas a Platón, transformando la caverna en un pozo, elemento clave en la historia narrada, de igual manera al famoso pozo que ya apareció en «Crónica del pájaro que da cuerda al mundo», uno de sus libros más crípticos a la vez que más extensos del autor. O, en otro párrafo, cuando revisando el pasado el protagonista dice «entonces salimos de la cueva y volvimos al mundo real».

Con este libro, Murakami abandona sus habituales narraciones con protagonistas jóvenes, relaciones sentimentales y la soledad habitual en las obras del autor, para tejer una historia más madura, más reflexiva, más profunda. Parece como si el autor haya llegado a la madurez y se haya decidido a tratar aspectos más propios de la edad adulta, más cercanos posiblemente a «After Dark» que a otras novelas donde los jóvenes son los protagonistas. También abandona en gran medida esas escenas cotidianas a las que nos tiene acostumbrados, que dotaban las novelas de cierta ligereza literaria. El autor incluso se atreve en esta novela a profundizar en el arte y se pone en la piel de un pintor. En este aspecto Murakami sale airoso de la contienda, pues su narración es creíble, intensa, interesante y reflexiva sobre qué aporta el arte, no únicamente a quién lo contempla, sino también al propio pintor, como canal de transmisión, como vehículo para exteriorizar una necesidad, una ventana abierta al mundo real por donde salgan las emociones, los sentimientos. Ahí entra también el mundo de las ideas, en un claro juego entre realidad e ilusión, entre percepción y objetividad, pero también entre la vida y la muerte (y su recuerdo, trayendo la persona en cuestión de nuevo a la vida, aunque no sea palpable, ni visible).

Según lo expuesto, y por los temas tratados, Murakami da un paso adelante en esta novela y prácticamente abandona ciertos tics de sus libros previos, no únicamente en aquello que trata, sino también en la manera de hacerlo; así, por ejemplo, cambia el tipo de relaciones amorosas por otro tipo de relaciones, más maduras, menos esporádicas o espontáneas. Y hubiera agradecido que este paso adelante fuera aún mayor, pues la parte más floja del libro son las relaciones del protagonista con su amante, que aportan bien poco a la historia y rompe el ritmo narrativo. También, otro de los aspectos menos logrados, son las partes de la historia relacionadas con la Segunda Guerra Mundial u otros momentos históricos. El autor intenta definir esos escenarios como parte de la trama, aunque parecen metidos de manera un poco forzada y eso se transmite en el tono narrativo, que adquiere una seriedad y cierta sensación de prudencia imaginativa que evidencia que Murakami no se siente tan cómodo en estos temas. Cuando se aleja de su escenario onírico, mágico y fantástico, e intenta transmitir profundidad histórica el autor no acaba de desenvolverse bien. Es inevitable, pues hasta ahora no se había adentrado en estos temas y parece no encontrar el punto, ya que se nota algo forzado cuando introduce apuntes sobre el muro de Berlín o la Armada Invencible, ... son párrafos que no tienen una relación creíble con la historia relatada y se ven demasiado desvinculados, no únicamente de la trama, sino también del estilo, pues son narrados de manera casi enciclopédica. También, en lo negativo, hay ciertos puntos de la historia, ciertos enigmas, que quedan en el aire irresueltos cuando termina la novela. Pero en parte tiene sentido, pues nunca llegaremos a conocer toda la verdad que hay dentro de nuestra historia, donde terminan todos los hilos que la han ido tejiendo, y más teniendo en cuenta que parte de ellos existen solo en nuestras ideas, no sabiendo en algunos casos cuáles han sucedido realmente o son puramente un producto de nuestra inquieta e indescifrable imaginación.

A pesar de estos puntos débiles, y de una sorprendente e incomprensible edición rompiendo el libro en dos tomos (y además con pocos meses de diferencia entre ediciones) cuando la historia no está pensada para ello ni el corte se produce en un momento justificado, es un libro recomendable por permitirnos volver a ese mundo que sabe idear hábilmente el autor, por esas sensaciones que nos transmite y, en este caso, por ese salto adelante hacia una madurez narrativa que era conveniente y lógica. La historia te atrapa y te engancha, sumergiéndote a un mundo de posibles, de sueños y reflexiones. Y siempre recomendaré al autor japonés, pues el mundo de Murakami gira siempre en torno a la soledad, la ilusión, la frontera entre realidad y sueño, en un espacio onírico en el que el autor nos invita a pasar, a ser parte de su mundo, a hacernos partícipes de esas historias que imaginamos como posibles, aunque sea en una realidad que solo existe en nuestro interior. Murakami es un autor que sabe cómo pocos cómo conectar con nuestras ilusiones, con otros mundos, nuestros sueños, o invitarnos a nosotros en los suyos. Bienvenidos a su mundo, o al de todos.

Hay mucha obra reseñada de Haruki Murakami en ULAD Aquí

viernes, 26 de abril de 2019

TochoWeek III #5. Alberto Moravia: La romana


Idioma original: Italiano 
Título original: La romana
Traductor: Francisco Ayala
Año de publicación: 1947
Valoración: Recomendable (o no)  


No sabía lo mucho que echaba de menos a Alberto Moravia (al Moravia que está en plena forma, quiero decir) hasta que empecé a leer La romana. Desde sus primeros compases, esta novela me remitió a la faceta más brillante del escritor italiano; por alguna razón es, para muchos, su mejor obra. Eso sí, dejad que os adelante que yo no comparto esta apreciación.

De hecho, pese a que la he disfrutado, no recomendaría La romana a nadie sin aclarar algunas cosillas antes. Mala señal, lo sé. Pero es que, a la postre, este libro deja bastante que desear, al contrario que otras piezas moravianas, igual de bien escritas, pero más, mucho más, asequibles (que no representativas) y bien planteadas de la bibliografía del autor.

Me explico. Los dos principales defectos que le veo a este tocho de quinientas y pico páginas son los siguientes:

  • El primero es, precisamente, su extensión. Moravia se recrea demasiado en esta historia: nos abruma con prolijas descripciones y minuciosos retratos psicológicos. Si bien es cierto que la mayoría de párrafos aportan al texto, le dejan a uno la sensación de que podrían haberse sintetizado. Aunque, para ser justos, también hay que recalcar que esta mirada analítica, la misma que provoca pasajes de lectura algo pesada, granjea una sutil crítica social. Además de brillantes fogonazos narrativos. Y es que las habilidosas descripciones que emplea Moravia para retratar un rostro, el comportamiento de alguien, la manera de hacer el amor de un personaje, un elocuente intercambio de miradas en una pastelería, por ejemplo, son increíbles. 

  • El segundo defecto que le veo a La romana es la voz narradora. Durante la lectura del libro, ésta se puede pasar por alto con relativa facilidad, una vez te acostumbras a ella, pero no por ello deja de ser un elemento notorio en un análisis posterior. La narradora es Adriana, «una chica de pueblo, simple y sin educación» que, sin embargo, habla como si no lo fuera. Además de poseer una intuición portentosa (rasgo que todavía puede resultar verosímil), es capaz de expresar con precisión hasta el más mínimo detalle de lo que le sucede a su alrededor y en su interior. Esto no es sólo forzado por cuestiones de memoria, sino que también presupone unas aptitudes filosóficas y literarias que Adriana no debería poseer. Hay reseñas que excusan este recurso, como una publicada en Crítica de libros, pero a un servidor, después de leer la fidelidad de las voces de Natalia Ginzburg, el acercamiento de Moravia se le ha atragantado.  

Y ya que he mencionado a Adriana, dejad que os la presente. Es la protagonista del relato, una chica joven, bastante pobre y extremadamente guapa. Ciertos acontecimientos la obligarán a dedicarse a la prostitución, profesión que le permitirá descubrir a toda una galería de personajes de lo más variopintos. Tenemos a Astarita, funcionario de alto cargo dentro de la policía secreta, «una rueda que se mueve con las otras en un mecanismo», según él mismo. O a Giacomo, estudiante universitario que abandera unos ideales revolucionarios quebradizos. De algunos de estos personajes se sirve Moravia para ilustrar diversas críticas sociales o ideológicas, como autor comprometido que es; critica a los conformistas, a los oportunistas, a los fascistas y a su oposición, a los ricos y a los pobres. Así pues, en el apartado de crítica social y hasta moral, esta novela cumple a la perfección.    

También como caramelo para los amantes de Moravia. No en balde reconocí en sus primeras páginas muchos de los elementos que configuran el universo del escritor. Los había más anecdóticos (una joven atractiva, talleres de pintores y «una avenida sombreada de plátanos»), pero tantos otros de fondo (la psicología, la crítica, el morbo...).

Es por esto que, para un incondicional de Moravia, La romana es una novela familiar y, pese a los defectos mencionados, de lo más disfrutable. Por otro lado, aunque es un buen libro, no lo recomendaría a alguien que todavía no se haya iniciado con el italiano. Otras de sus obras, más concisas, mejor planteadas, pueden arrastrarte a su producción con más garantías.


También de Alberto Moravia en ULAD: Los indiferentes, El conformista, El hombre que mira

jueves, 25 de abril de 2019

TochoWeek III #4. Tom Kristensen: Devastación

Idioma original: danés
Título original: Hærværk
Traducción: Blanca Ortiz Ostalé
Año de publicación: 1930
Valoración: decepcionante, aunque se deja leer

No podía faltar, en esta Tochoweek, algún autor danés, pues la literatura escandinava ha dado grandes momentos de gloria a este humilde reseñista. Así que, «Devastación», con sus más de 650 páginas, me venía como anillo al dedo para recordar la importancia de su literatura y la calidad que a menudo encuentro en esos países. Bueno, eso creía.

La novela empieza con ritmo sosegado, aunque en intensidad creciente. Nos encontramos con Ole Jastrau, crítico literario y poeta venido a menos, que no se halla en su mejor momento pues sus últimas reseñas empiezan a ser criticadas y cuestionadas en el periódico donde las publica. Además, va creciendo en él un cierto hartazgo, pues el paso del tiempo va minando sus intereses no únicamente periodísticos, sino también cierto espíritu revolucionario que albergaba en su juventud. Así, ya desde el inicio, uno avista la vida cada vez más decadente y caótica que arrastra el protagonista absoluto de esta novela, y parece que la visita de un par de hombres a su casa no presagia nada bueno. Kristensen es hábil en el manejo de la atmósfera inicial, pues crea un clima in crescendo que se prevé la antesala de una combustión provocada, pues la visita será la espoleta que hará estallar la vida de Jastrau, actuando como desencadenante de un conjunto de reacciones que le llevarán a la perdición.

Con este planteamiento, el autor pone a Justrau en un momento vital crítico para él, pues sitúa la historia en las vísperas de unas elecciones que se prevén determinantes, con un trasfondo en la lucha entre capitalismo y comunismo; Kristensen nos hace partícipes de las dudas existentes en la sociedad del momento sobre ambas ideologías, nutriendo los diálogos iniciales de disputas entre ambas opciones.

En un escenario que se sitúa en una jornada de elecciones, el protagonista se ve fuertemente cuestionado por la calidad de las reseñas que publica en el periódico, así como por sus opiniones políticas. La visita recibida le genera cierto malestar, y le tientan hacia oscuros futuros vitales, pues la evasión a su angustia la encuentra en el joven visitante, quien le arrastra a locales nocturnos donde empezar su desconexión de su realidad. Este joven es el detonante de la caída del protagonista hacia un mundo inundado de bares, alcohol, en un camino que le llevará a la devastación.

De esta manera, el libro transmite las contradicciones internas de un personaje absorbido por el alcohol, y nos muestra los comportamientos erráticos, los altibajos emocionales con momentos de euforia desmedida y momentos de absoluto abatimiento y desespero, y la distancia tomada a una realidad que se le aparece solo a veces en momentos de cuerda sobriedad. Los personajes son elementos extraños y piezas añadidas que no hacen sino aumentar la incomprensión de Jastrau hacia un mundo que se le antoja cada vez más lejano, del que se distancia de él a medida que aumenta su incomprensión y su asiduidad a los bares nocturnos, en una espiral autodestructiva que se va cerrando entorno a él, un remolino que le atrae hasta el fondo de su bajeza moral y abandono de sus responsabilidades laborales y matrimoniales.

Con un estilo narrativo que emana frialdad y distancia (algo que le podría acercar a Hamsun, Strindberg o Solstad), cuesta entrar en la historia. La manera de narrar de Kristensen pone al lector en algún aprieto, pues a pesar de tratarse de una lectura ágil, es incómoda. Incómoda porque uno no entiende del todo el comportamiento de los personajes, pues la manera en la que afrontan las situaciones es algo (bastante) inverosímil. Puede, y aquí arriesgo, hubiera mejorado si la narración se hubiera hecho en primera persona, pues habríamos acompañado mejor al protagonista y su alcoholismo y caída en el vacío emocional hubieran justificado de mejor manera tales acciones. A fin de cuentas, debemos entrar en el personaje para arrastrarnos con él a su infierno interior, y no siempre es fácil “viéndolo” desde fuera.

Además de la falta de conexión con el protagonista, el libro tiene otro punto débil: el excesivo número de páginas, y más teniendo en cuenta el lento ritmo narrativo y la reiteración de situaciones. En resumen: que no avanza o avanza muy lentamente. No hay acción y tampoco un exceso de reflexiones que hagan olvidar que son más de seiscientas páginas y que algún motivo de peso deberíamos encontrar para seguir con la lectura. ¿Se puede afirmar Kristensen que escribió un libro donde se retrata la sociedad danesa de principios de siglo XX post Primera Guerra Mundial y sus preocupaciones y desánimos? Es posible, no dudo que sea así. ¿Que sus más de seiscientas páginas para hablar sobre eso, sin demostrar tampoco un exceso de profundidad en sus reflexiones, son demasiadas? Sin duda; rotundamente sí. Porque hubiera podido contar la misma historia con menos de la mitad. Porque sí hay abandono, deterioro anímico y excesos, pero también hay poco impacto, se queda bastante a medio camino y el libro contagia cansancio. Y lo peor no solo es la falta de ritmo, sino la absoluta incomprensión hacia las decisiones tomadas por el protagonista (especialmente) y sus amistades que conserva a saber por qué motivo, causándome un total distanciamiento respecto al personaje y sus circunstancias. Lo peor que le puede pasar a un lector, debo decir.

En resumen, que la historia avanza con excesiva lentitud, sin cambios de ritmo o de argumento, sin crear o tan siquiera intentar, una línea paralela que permite explorar consecuencias o daños colaterales respecto a la supuesta devastación del protagonista, y bien esta reseña hubiera podido ser una interruptus (de hecho, hubiera debido serlo visto ahora, me habría ahorrado malgastar el valioso y siempre insuficiente tiempo) pero el optimismo de este humilde reseñista, o un exceso de confianza hacia mi admirado Knausgård, quien alaba el libro, ha provocado que quien entre en un estado de devastación sea yo, por el tiempo perdido su lectura. Y encima en la Tochoweek. Ya es mala suerte.


miércoles, 24 de abril de 2019

Tochoweek III #3. John Irving: Una mujer difícil

Idioma original: inglés
Título original: Widow for one year
Traducción: Jordi Fibla
Año de publicación: 1999
Valoración: Está bien




Qué difícil ha sido reseñar Una mujer difícil. He comprendido por qué esta novela despierta opiniones tan contrapuestas: mientras unos aseguran que es lo mejor que han leído hasta el momento, otros confiesan con frustración que el hastío les ha impedido acabarla. Y es que se trata de una obra en la que confluyen aspectos brillantes con otros bastante discutibles, con la particularidad añadida de que los unos no pueden existir sin los otros

Resumen resumido: la vida de Ruth Cole, una escritora de éxito internacional que arrastra el pesado lastre de haber sido concebida para llenar el vacío de sus dos hermanos muertos en un accidente de tráfico. La historia se estructura en tres partes: 
  • Verano 1958. Ruth tiene cuatro años y está pasando las vacaciones con sus padres (Ted y Marion) en la casa que tienen en los Hamptons. La llegada del jovencísimo Eddie O’Hare en calidad de ayudante de su padre desencadenará unos acontecimientos que marcarán la vida de Ruth. 
  • Otoño de 1990. Ruth tiene treinta y seis años, y es una escritora de éxito internacional. En el ámbito personal no tiene tanto éxito pero el reencuentro con Eddie O’Hare, así como su presencia accidental en la escena de un crimen dará un vuelco a su existencia. 
  • Otoño de 1995. Ruth tiene cuarenta y un años y por primera vez siente que tiene una familia. Las pérdidas y los desencantos la conducirán hacia una plena madurez desde la que podrá mirar atrás y desenredar la madeja del crimen que presenció, así como soltar el lastre de una infancia marcada por el abandono. 
Aunque Una mujer difícil parezca de entrada un best-seller al uso, alberga altas ambiciones literarias tanto en su complejidad como en el subtexto. La novela logra un potente efecto de intertextualidad (cuatro de los personajes principales son escritores y el lector llega a conocer sus obras, sus personajes y los avatares de sus respectivos procesos creativos). John Irving logra tal efecto mediante dos decisiones técnicas: 
  • Una estructura que huye del esquema habitual de trama/s y subtramas a favor de un argumento principal que avanza engrosado por la multitud de digresiones y anécdotas de cada uno de los personajes que conforman el núcleo principal de la obra. Para entendernos, la estructura tradicional sería un árbol en el que se distingue claramente el tramo del tronco en el que confluyen las ramas principales, y lo que John Irving propone es más parecido a una raíz de jengibre en la que las protuberancias se superponen al cuerpo principal.
  • Un narrador editorial. Se encarga de dispensar ganchos e indicios por todo el texto y desde su altar omnisciente expone ante los ojos del lector los hilos con los que sujeta (y somete) a sus personajes. Ellos, a su vez, someten del mismo modo a los de sus respectivas novelas. 
«Y es en este punto donde Eddie, el desafortunado muchacho que se tapó con la pantalla inadecuada, hace su entrada en el relato (…)» 
La novela propone muchísimas reflexiones entorno al proceso creativo de la escritura, la relación entre realidad y ficción, la necesidad inherente por contar y leer historias y, sobretodo, la necesidad del individuo por escribir su historia. Y a ver quién se resiste ante semejante invitación. No obstante, las decisiones técnicas puestas al servicio de esa intertextualidad, debilitan la obra en otros aspectos. Abundan las escenas prescindibles que reiteran con regodeo aspectos ya mostrados; es muy evidente que el autor las considera graciosísimas pero para el lector son meros obstáculos que entorpecen, aún más, la acción y el avance de la trama. Sucede sobretodo en el primer tercio del libro y resulta muy desalentador. Por otra parte, el narrador editorial esgrime un tono burlón y desafectado (aunque muy bien calibrado) y ello resulta un inconveniente con una protagonista como Ruth Cole que, a pesar de sus vivencias traumáticas tiene un carácter poco dado a despertar simpatía. El exceso de distancia emocional del narrador hacia ella logra que muchos lectores (entre los que me incluyo) tengan dificultades para empatizar con lo que le pasa. Y eso no es bueno.

Llegados a este punto, y dado que estamos en un blog de opinión, me atrevo a afirmar que si un escritor novel le presentara hoy esta novela (bajo otro título) a un lector profesional, acabaría más garabateada que la pared de un parvulario. Como poco, la primera parte. Pero, independientemente de los logros (o no) de la estrategia narrativa, la sensibilidad y oficio de John Irving resulta indiscutible. Crea una galería de personajes complejos y únicos e indaga maravillosamente en su psicología. Sus imágenes, sus escenas y sus diálogos son veraces, naturales y están dotados de un enorme poder sugestivo. Y por ello, la historia, los personajes y algunas imágenes perduran en la memoria y en la retina del lector y eso es signo de buena literatura. A los que se animen a leerla y, a pesar de todos mis inconvenientes, tengo que decirles que el ritmo remonta a partir de la mitad de la novela y alcanza el clímax brillantemente.

En relación al título, Una mujer difícil se refiere a una de las novelas que escribe Eddie O’Hare. Y si vamos al título original: Widow for one year, es el título de una de las novelas de Ruth Cole. Por si a alguien le quedaba todavía alguna duda de que esta novela versa sobre la intertextualidad. 

Existe una adaptación cinematográfica de la primera parte de la novela. Se titula The door in the floor, como uno de los famosos cuentos infantiles de Ted Cole (el padre de Ruth) y se estrenó en 2004. Sin ser una grandísima película, retrata muy bien la infancia de Ruth y sobretodo el particular estado emocional de sus padres; Kim Basinger, como Marion Cole, hace un gran papel.

Qué difícil ha sido reseñar Una mujer difícil.

También de John Irving en ULAD: El hotel New Hampshire

martes, 23 de abril de 2019

Tochoweek III #2. Thomas Malory: La muerte de Arturo

Idioma original: inglés
Título original: Morte d´Arthur
Traducción: Francisco Torres Oliver
Año de publicación: 1485
Valoración: Entre Recomendable y Está bien


Supongo que queda poca gente en este mundo a la que no le suene el rey Arturo y los caballeros de la Tabla Redonda, la reina Ginebra, Lanzarote, Tristán o Perceval, Morgana y, por supuesto, Merlín. Bien, pues todos estos personajes –y muchos, pero muchos más- son los protagonistas de este gran tocho escrito por sir Thomas Malory, recopilando, traduciendo y dando forma a diversos cuentos de origen francés, trasladados al norte del Canal por algún proceso que desconocemos. La huella francesa es permanente en el relato, aunque en conjunto la historia de Arturo ha quedado como una muestra de literatura épica indisolublemente asociada con el mundo británico.

Es obvio que el libro es muy largo, y no siempre coherente, de forma que vamos transitando por distintos estadios según vamos avanzando:

Bloque I. 
Principia la historia del rey Arturo justo donde empezó, de cómo fue concebido y luego educado, hasta convertirse en rey y alcanzar gran gloria

Por intercesión de la magia de Merlín, el rey Uther Pendragon yace con su amada Igraine y engendra en ella a Arturo, que será de inmediato entregado al mago. Todavía mancebo, es coronado rey al ser el único capaz de extraer la espada Excalibur de una roca. Tras duras batallas, conseguirá reducir a sus oponentes y doblegará al emperador Lucius conquistando la mismísima Roma (aunque esto lo cuenta Malory con bastante poquita convicción). Casi todo esto es sobradamente conocido y por tanto resulta entretenido refrescar, en su fuente original, los recuerdos de películas y algún que otro libro ya vistos o leídos.

Bloque II. 
Cómo van apareciendo diversos (y muy numerosos) caballeros, y de sus grandes hechos de armas, y cómo rescataron doncellas y repararon agravios o provocaron otros.

Arturo y su corte pasan a un segundo plano, y la escena se llena de caballeros que deambulan en busca de aventuras: hijos de reyes asesinados que buscan venganza, caballeros que se apostan en puentes y caminos buscando pelea, damas secuestradas y liberadas, cabezas que ruedan, y muchas, muchísimas justas a base de lanzazo y lucha de espadas. Conocemos al vengativo Gawain, al valeroso Lamorak, al tornadizo Palomides, o al traicionero y rencoroso rey Marco, por citar algunos. 

Lanzarote y Tristán protagonizan varios de los Libros, aunque de forma intermitente. El primero de ellos –una especie de Supermán medieval- es, curiosamente, objeto de varias de las pocas escenas con sesgo cómico, y Tristán aglutina la subtrama más sólida de esta parte del texto. La prosa de Malory es escueta y ágil, carece de adornos, lo que le da ritmo a la narración. Pero aún así se hace bastante pesado digerir tantísimos personajes, la mayoría de los cuales no tiene recorrido, al tratarse en realidad de relatos independientes que han sido ensamblados con mayor o menor fortuna.

Bloque III. 
De cómo partieron los caballeros en la demanda del Santo Grial, y de las aventuras que acontecieron, y cómo encontraron hombres buenos que les guiaron. 

El relato recupera por un momento el epicentro de la Tabla Redonda, para pasar a su inmediata dispersión, una vez que Galahad ha ocupado la Silla Peligrosa. Con la aparición de este nuevo elegido, la narración adquiere una tonalidad moralista y se llena de referencias cristianas, imágenes oníricas y metáforas que contrastan con el realismo anterior. Las anteriores aventuras mundanas, con sus dosis de honor, barbarie y cierto sentido humorístico, ceden ante episodios de cariz piadoso y una insólita fijación con la virginidad, todo lo cual nos sumerge en una etapa de confusión y, por qué no decirlo, de cierto sopor.  

Bloque IV. 
De la disolución de la Tabla Redonda, la partida de sir Lanzarote, y de muchas terribles aventuras que ocurrieron hasta el final del reinado de Arturo.

La conocida relación entre Lanzarote y la reina Ginebra termina por desencadenar la catástrofe, y aquí se recupera plenamente el pulso del relato, que durante muchas páginas se ha visto enfangado por aventuras de poco interés y el extraño cambio de tono del bloque anterior.  La narración recobra el vigor que sólo tuvo al principio, y se abre al dramático colapso del reinado y la extinción de casi todos sus héroes.

Epílogo. 
De lo mucho que nos hemos aburrido durante cientos de páginas, y de cómo, no obstante, es un libro que conviene conocer.

En principio, llama la atención cómo de un texto de alrededor de mil páginas casi todo el mundo conoce justo el principio y el final, es decir, la llegada de Arturo al trono y su muerte por traición –con algunas dosis de infidelidades e incestos por el camino. Pero leyendo el tocho completo se entiende bien: como he intentado explicar, esos dos pequeños fragmentos componen la única parte de la historia con un recorrido lineal, y efectivamente es un relato vistoso y atractivo. El resto, la gran mayoría del texto, es un inmenso ladrillo de justas y torneos, todos iguales, que sería muy interesante para la época (aunque propiamente los libros de caballerías son anteriores al de Malory), pero actualmente entiendo que aburren a las ovejas. 

Sí, podríamos hablar sobre el enfoque de conceptos como el honor, la verdad o la lealtad, cabría profundizar un tanto sobre la personalidad de algunos personajes (no tan idénticos como en principio parecen), o ponderar alguna trama secundaria con algo de peso. Pero en todo caso sí se debería destacar el estilo directo y eficaz de Malory que, salvo en un par de pinceladas, desiste voluntariamente del papel de autor y se limita a trasladar sin florituras viejas historias, lo que hace bastante digerible el libro dentro de lo que cabe. Tarea la del autor que tampoco era sencilla, como demuestra lo que en mi opinión es el fracaso de todo un Steinbeck cuando se decidió a reescribirlo.

En todo caso, un libro irregular, con algunas luces y bastantes sombras, que sin embargo considero recomendable conocer. Aunque sea como fondo de armario.  

lunes, 22 de abril de 2019

Tochoweek III #1. Gonzalo Torrente Ballester: La Saga Fuga de J. B.

Resultado de imagen de torrente ballester la saga fuga de j b amazonIdioma original: español
Año de publicación: 1972
Valoración: Imprescindible


Al grano. Esta es una obra maestra de la literatura de todos los tiempos, podemos situarla, nada menos, entre las cinco primeras en lengua española. Aún así, muchos no querrán ni olerla, porque su lectura no es nada fácil, sí, pero también en sentido literal, ya que tanto novela como autor están siendo injustamente olvidados y –aunque creo que Alianza lo ha reeditado este año– quizá sea más fácil encontrarlo en la rancia atmósfera de las librerías de viejo que en las flamantes ediciones de hoy mismo. Aún hay una tercera razón y es el desconocimiento: no puede valorarse, ni a favor ni en contra, lo que no se sabe que existe. Y aquí estoy yo, con ganas de dar a conocer, a pesar de lo reducido del espacio, lo esencial de forma, contenido y posibles motivaciones de La saga fuga de J. B. Con ese propósito la he releído –y ya dije que ante un panorama de lecturas tan inmenso prefiero elegir lo que no conozco– y he disfrutado tanto o más que la primera vez, he vuelto a maravillarme con fondo y forma y a renovar mi admiración por su autor, tanto por la genialidad que manifiesta como por su valentía en aquellos tiempos heroicos. Esto de la valentía creo que no se ha destacado lo suficiente, porque Torrente Ballester (1910-1999) pasa por haber sido un hombre tibio de ideas, apreciación que no puede ser más injusta. Otra cosa es lo que aparentase –recuérdese que era gallego–, pero cualquiera con dedo y medio de frente advertirá la enorme carga crítica que contiene esta novela. Lo bueno es que la censura de la época, no solo era corta de mollera, además había leído más bien poco, y desde luego nada comparable a este monumento a la erudición, a este alarde de fantasía que se alía con la realidad para denunciar lo que le da la gana sin que ningún profesional de la tijera consiguiese desenrollar tamaña madeja, embarullados como estaban por la torrencial prosa de Torrente. Como no encontraron justificación para prohibirla y aprobándola le adjudicarían un valor inexistente para ellos, decidieron aplicar el silencio administrativo. El motivo que alegaron: “de todos los disparates que el lector que suscribe ha leído en este mundo, este es el peor. Totalmente imposible de entender, la acción pasa en un pueblo imaginario etc.”. A pesar del tiempo transcurrido, permítanme que me ría.
Lo primero que debemos saber es que don Gonzalo fue un auténtico animal literario (gran lector, escritor prolífico, articulista y académico de la lengua), tampoco es desdeñable su tarea de docente. Su biografía no está por debajo de su currículum, pero vamos con la novela que el tiempo apremia y hay mucha tela que cortar en esas 816 páginas.
Lo que vamos a leer es un brillantísimo ejercicio metaliterario en el que la ficción reflexiona sobre sí misma, se retuerce y llega a realizar toda clase de acrobacias. Ni siquiera la poesía o el vocabulario se libran de esa afición por lo lúdico concretada en varias composiciones, que parodian el poema, para las que utiliza un lenguaje inventando que se adivina contundente. La acción se sitúa en un supuesto pueblo gallego llamado Castroforte del Baralla que la crítica suele identificar con Pontevedra. Un pueblo con fuertes sentimientos nacionalistas; con el cuerpo incorrupto e iluminado de una tal santa Lilaila (¿les recuerda esto a algo?) que llegó navegando en una barca y fue bendecido por un obispo; con una estirpe de próceres que se remonta a tiempos remotos, vinculados, no por parentesco, sino porque sus nombres coinciden en las iniciales J. B. (no sé si la retranca gallega del autor iría en esa dirección, pero a mí siempre me ha recordado a una marca de wisky); con cierta tendencia a levitar, amparado por la niebla, cada vez que sus habitantes se enfrascan en una preocupación común; con unas lampreas de carne muy apreciada debido a que devoran ipso facto toda materia orgánica que vaya a parar al río; con unos caballeros de la Tabla Redonda que emulan –no a los originales– sino a sus propios antecesores castrofortinos, y cuya misión consiste en contrarrestar a las fuerzas vivas centralistas (o godas, que viene a ser igual); con dudas intermitentes sobre su propia existencia, nunca confirmada del todo en los documentos oficiales.
En una obra tan satírica y divertida, que respira anticlericalismo, aboga por la libertad de las costumbres y critica todo lo criticable -rencillas locales incluidas– lo primero que llamará su atención es que el coctel de realidad y fantasía está presente de principio a fin. Tampoco hay continuidad cronológica, incluso los personajes pueden transmigrar de un cuerpo a otro, es decir, se salta todas las reglas de la lógica y gran parte de las que rigen la literatura canónica. Dicho esto, no esperen encontrar un caos: todo está sabiamente calculado, el autor ha sabido compensar su heterodoxia con un férreo control de la trama, se apoya en tradiciones muy antiguas y en modelos reconocibles. La Galicia mítica está aquí muy presente, el propio autor reconoció en más de una ocasión el influjo de la narrativa oral gallega. Se pueden rastrear también otras influencias: el realismo mágico es lo primero que se nos ocurre, aunque él nunca admitió el menor parentesco con esta corriente. Yo diría que en este caso la magia procede del mito y sirve para interpretar la realidad, pero esta, de algún modo, triunfa porque el escritor apuesta por el racionalismo: lo maravilloso es meramente simbólico y hasta el fundamentalista cura del lugar acaba abandonando sus creencias. Se perciben también rasgos surrealistas, cervantinos e inspirados en la mejor narrativa de la lengua española.
La saga fuga de J. B. podría clasificarse como novela coral a pesar de que tiene un protagonista claro: José Bastida, el último Jota Be a pesar de sus dos contemporáneos. Un hombre afable y sabio, pero feo, extremadamente pobre y acusado de subversivo por la justicia. Debido a su mera existencia, pero también a la evolución que experimenta con el tiempo, su creador –por muy jocoso que se muestre – no puede ocultar que era un sentimental. Es un hecho: cerraremos el libro amando a José. Nos da igual que el desenlace sea tan convencional como es porque, lejos de desentonar con el resto, lo completa, demostrando que en una obra de ficción, todo, hasta la mayor de las locuras, acaba encajando siempre que se tenga la suficiente habilidad. 
Claro que para apreciar todo esto hay que esforzarse un poco, pero garantizo que merece la pena. La prosa es exacta y clara, arcaica solo cuando se ubica en el pasado, su manejo brillante, los diálogos, rápidos y concisos, recuerdan a autores que llegaron después y triunfaron. Pero se salta reglas que tenemos más que asimiladas, como prescindir casi por completo del punto y aparte. Esta práctica, junto al uso tan poco convencional de los recursos, supone, no voy a negarlo, una dificultad añadida. Aunque garantizo que se supera: quien logre ir más allá de las primeras páginas acabará asimilando sus esquemas y la comprensión estará garantizada. Eso sí, no intenten acordarse de todos los nombres ni situar a los personajes desde el primer momento, poco a poco irán familiarizándose con ellos, si no se acuerdan de alguno lo identificarán por el contexto, y si no fuera así no se agobien repasando lo leído: no hay que superar ningún examen, lo único que hace falta es disfrutar.

También de Torrente Ballester; La muerte del Decano

domingo, 21 de abril de 2019

Nikos Kazantzakis: Cristo de nuevo crucificado


Idioma original: Griego
Título original: Ο Χριστός Ξανασταυρώνεται
Año de publicación: 1950
Traducción: Selma Ancira
Valoración: Está bien

Nikos Kazantzakis fue un escritor obsesionado y tenaz. Su empeño era que su escritura influyese, empujase y transformara a sus coetáneos y especialmente a sus compatriotas, los griegos de la primera mitad del siglo XX. Así que buena parte de sus novelas desprenden un afán evidente de servir de espejo, de reflejar la realidad social y moral a la vez que pretenden alentar la toma de conciencia individual para empujar a la acción colectiva. Desde luego, la figura de Nikos Kazantzakis (Heraclion, Creta, 1883 / Friburgo de Brisgovia, Alemania, 1957) se mantiene muy viva en la sociedad griega actual, aunque quizás sus anhelos e ideales de fraternidad, ambición humanística y pureza espiritual no parezcan disfrutar de tanta consideración.

Concebida después de su libro más recordado, Zorba el Griego, Kazantzakis redactó Cristo de nuevo crucificado entre 1948 y 1949, ya instalado en Antibes, en la Provenza francesa, y la novela se publicó primeramente en Suecia y después en Holanda. Una vez derrotada la Alemania nazi en la II Guerra Mundial -y por tanto expulsada también de Grecia, donde dejó un rastro especialmente cruento- los griegos se enzarzaron a su vez en una demoledora Guerra Civil y según explica su esposa Eleni en sus memorias El disidente, Nikos Kazantzakis dudaba en cómo implicarse pues “no sabía que proponer a ese pueblo que ama y que una clase corrompida y rapaz va de nuevo a explotar sin decoro”. Enfebrecido y con un raro proceso de hinchamiento del labio y el rostro, episodio que también le acontece al protagonista de la novela, esas fueron las circunstancias que acompañaron a Nikos Kazantzakis en la redacción de la novela, que tiene mucho de fábula ejemplarizante.

Cristo de nuevo crucificado está ambientada en 1922 en una aldea griega de la Anatolia otomana, poco antes en términos históricos del desenlace de la enésima guerra entre griegos y turcos que acabó en la diáspora de millón y medio de griegos que durante siglos habían tenido su hogar en el Asia Menor. Sin embargo, la novela no recoge este encontronazo, o apenas lo hace como un runrún de fondo. Kazantzakis pone el foco no en el enfrentamiento entre unos y otros si no en el conflicto interno que estalla dentro de la propia comunidad helena y cristiana. La trama echa a andar cuando cuatro jóvenes vecinos del pueblo son escogidos como de costumbre para las representaciones de Pascua. Movidos por idealismo o por la pureza de sus creencias, deciden transformar su elección en acicate para exigirse un mayor nivel de cumplimiento de su fe religiosa. Por supuesto, el conflicto con las rutina social, con el devenir cotidiano de la comunidad y con los intereses de los más poderosos de la aldea –el poder político y el económico, aunque también claro está el religioso- estalla de inmediato, que una cosa es predicar y otra muy distinta dar trigo, como todos sabemos. La llegada de un grupo de refugiados –tan griegos y cristianos como ellos- desalojados de su comunidad y en un estado material deplorable, radicalizará las posiciones y el enfrentamiento. Y se hace inevitable mientras van cayendo estas páginas pensar en los refugiados sirios que –casi cien años después- han vuelto a verse obligados a huir por estos mismos caminos. 

Así que en la aldea de Likóvrisi vuelven a verse las caras y a medir sus fuerzas dos maneras de ver el cristianismo y, por extensión, la vida. Una, sustentada en cuatro pilares sagrados; la fe, la patria, el honor y el patrimonio. Otra, que se identifica con un Cristo pobre y perseguido, que llama a las puertas y no encuentra quien le abra. Un Cristo descalzo que mira los cuerpos hambrientos, las almas oprimidas y alza su voz clamando justicia. Obviamente, a la cúpula de la Iglesia Ortodoxa Griega no le complació en absoluto la novela, y la publicación poco después de La última tentación de Cristo le deparó a Nikos Kazantzakis la excomunión de por vida. Por cierto, al igual que Martin Scorsese llevó al cine en 1988 La última tentación…, también hay versión cinematográfica de Cristo de nuevo crucificado, dirigida por Jules Dassin en 1957 con Melina Mercuri en el reparto y rebautizada como El que debe morir



La novela, reeditada recientemente en castellano con traducción de la mexicana Selma Ancira, que es garantía de rigor y pulcritud, adolece para mi gusto de aristas, de profundidad, de veracidad en definitiva, pues los personajes y sus posicionamientos se me antojan demasiado previsibles y maniqueos, a veces cayendo incluso en la caricaturización. Quizás el autor buscaba en su momento calar en los lectores más sencillos y seguramente lo consiguió, aunque este tono de fábula moralista hace que la historia no haya envejecido demasiado bien; desde luego, la displicencia con la que Kazantzakis trata (o maltrata) a las mujeres tampoco ayuda. Al final queda esa manera tan personal y persistente en el autor de describir y ahondar en el desgarro espiritual y metafísico por entender qué hacemos aquí y cómo deberíamos comportarnos: “pero el cielo le pareció muy alto esa noche, muy alejado del hombre, mudo, indiferente, ni amigo ni enemigo, y se aterró”. Nikos Kazantzakis sigue reposando hoy en una humilde tumba en uno de los bastiones de la muralla que rodea Heraclion, la capital de Creta, en la que se puede leer este epitafio: "No espero nada, no temo nada. Soy libre”. 

Otros libros de Nikos Kazantzakis (también transcrito como Nicos Casandsakis) en Un libro al día: Zorba el Griego, El capitán Mijalis

sábado, 20 de abril de 2019

Vera Brosgol: El fantasma de Anya

Idioma original: inglés
Título original: Anya's Ghost
Año de publicación: 2011
Traducción: Arnau París Rousset
Valoración: entre recomendable (para jóvenes) y está bien (para los demás)

¿Cómo estamos, muchachada? ¿Cómo van los estudios? Bueno, no hace falta que estéis todo el día empollando, pero tampoco va a ser todo guateques, jugar al tenis de mesa y pasearos en mobylette, ¿no, chavales? Dejad algún ratillo para cultivar la mente, y echad un vistazo a las recomendaciones que hacemos en Un Libro AL Día aptas para el público juvenil: novelas de aventuras, historias de Los cinco, clásicos adaptados al lenguaje de los tiempos... ¡Toda una oferta de ocio y ameno conocimiento que vosotras y vosotros, guayabitas y pollastres, no podéis rechazar!

Bueno, vale, lo sé... así no vamos a conseguir que la juventú se interese por la lectura o siquiera por darse una vuelta por el blog, a ver si les llama la atención algo. Es cierto que quienes lo hacemos estamos ya, como diría campechanamente el rey emérito, cerca del pasar por el taller (no todos, empero), unos por nuestra avanzada edad y los más por causa de la mala vida que han llevado, pero aún así, algo podremos hacer para que la chavalada no pase todo el tiempo jugando al Fortnite, cotilleando por Instagram u oyendo K-Pop en el smartphone, digo yo... Pues por ejemplo, se me ocurre, mostrándoles que hay libros como este El fantasma de Anya, una novela gráfica para jóvenes, por no decir un cómic de los de toda la vida... (a no ser que reservemos el término para los superhéroes en cualquiera de sus modalidades... que tampoco).

Para empezar, casi todos los personajes de la historia, salvo dos o tres bastante secundarios, son adolescentes, con la problemática, la forma de relacionarse y hasta de ver las cosas de los adolescentes. La protagonista, Anya, es una chica norteamericana de origen ruso -y apellido complicadísimo- que estudia en una escuela privada de medio pelo, donde no se siente para nada integrada: tan sólo mantiene una cierta amistad con otra chica no demasiado popular, Shioban, mientras que le gusta -cómo no-, el apuesto capitán del equipo de baloncesto, Sean, que a su vez sale con la perfectísima Elizabeth... vamos, todo un drama digno de una serie de Disney. El caso es que un día, mientras, atravesando un parque camino de su casa, divaga acerca de sus acuciantes problemas -entre los que ocupa un lugar no menor la relación con su propio cuerpo-, Anya pierde el pie y cae en un profundo agujero, una sima, en el fondo de la cual encuentra, intacto desde 90 años atrás, un esqueleto.

Esto, lógicamente, le daría miedito a cualquiera, pero más aún porque el esqueleto lleva aparejado un fantasma, el de una chica de su misma edad llamada Emily, con quien Anya, pese a sus reticencias iniciales (comprensibles, hay que decir), comienza una relación de amistad ventajosa para ambas. Bueno, no contaré más; sólo que cuando la cosa comienza a ponerse un poco pastelona, la historia, por suerte, da un giro hacia el "territorio King" (y ahora no me refiero, claro está, ni al campechano ni al Preparao, sino al auténtico Rey del Terror), lo que permite que la narración no se estanque e incluso le concede visos más interesantes que la temática puramente teen. Es decir, que aunque me parece una novela gráfica o cómic especialmente aconsejable para los adelescentes, es perfectamente disfrutable por adultos o por jóvenes que tengan inquietudes culturales más allá de los productos ad hoc que parecen destinados para ellos. Ayuda también, hay que decirlo, la excelente factura gráfica del libro. Vamos, que Vera Brosgol dibuja y compone sus viñetas de maravilla.

Así que ya sabéis, chavalada: si alguna de vosotras o vosotros cae en este inconmensurable blog, aunque sea buscando un resumen de un libro para fusilarlo en un trabajo de Lengua (que ya sabemos que El Rincón del Vago está muy visto), acordaos de echarle un vistazo a libros como éste, que igual os gusta y todo... Que hasta del Fortnite, se acaba cansando uno, ya lo veréis.


viernes, 19 de abril de 2019

VV.AA. Ojos de aguja

Idioma original: varios
Año de publicación: 2000
Valoración: Recomendable (sobre todo para fans del género)

El microrrelato, ya saben, una página o dos, incluso menos, de narración comprimida al máximo, apenas un flash, un impacto. Algo que hay que saber hacer muy bien para que no quede en una simple ocurrencia. Podríamos discutir sobre si es un subgénero, o sobre dónde ubicarlo, hay quien lo considera un formato de segunda división, propicio para quien no es capaz de construir algo de mayor empaque, o para verter una idea aislada que a alguien le parece redonda y autosuficiente. A mí me parece algo quizá más próximo a la poesía que al relato breve, una especie de Twitter donde los límites de la extensión lo son todo: no hay espacio para desarrollar casi nada, sólo debe contener lo imprescindible, y todo ello. 

Ojos de aguja es una recopilación elaborada por José Díaz, y desde luego maestros del género no le faltan, no sé si en el ámbito del microrrelato, pero desde luego sí en el mundo de la literatura en general: Cocteau, Bioy Casares, Kafka, Rubén Darío, Oscar Wilde, Benedetti, Max Aub, y así un montonazo de nombres de esos que impresionan, incluyendo por supuesto a Monterroso, Cortázar y Borges, que se suponen más habituales en este campo, además de otros muchos, menos conocidos. Mayoría absoluta de autores españoles y latinoamericanos. Y claro, hay de todo.

Como tampoco voy a dedicar más espacio de lo que ocupan los propios relatos, dejaré solo unas pinceladas sobre algunos que me han llamado más la atención:
- La preciosa moralina de los hermanos Grimm en El pobre campesino, en el cielo
- El humor negro de García Márquez en la historia de un fusilamiento (sin título)
- La sutileza de un par de relatos de Bioy Casares y Monterroso
- La imaginación de Jose María Merino (Ecosistema) y Ángel Guache (Las apariencias del pintor)
- El experimento interactivo de Luis Britto (Subraye las palabras adecuadas)
- Los relatos que versan sobre estatuas de Juan Eduardo Zúñiga o de Oscar Wilde

Y así podríamos seguir un buen rato, porque tenemos más de cien pequeñas obras (no sé cuántas, porque no hay un índice) visitando el mundo de la fábula, la metáfora, la imagen mínima transformada en historia, el aroma oriental, el juego de palabras o el poder de la página en blanco. Todo lo cual constituye un compendio que recomiendo claramente a los amantes del género, y del que se desprende alguna reflexión sobre esta forma de expresión literaria.

En general, el microrrelato viene a ser una forma literaria sintética en la que prima sobre todo el ingenio, y que en un buen número de casos, seguramente una amplia mayoría, tiene un desarrollo lineal que podríamos llamar tramposo, que lleva al lector por un terreno más o menos convencional hasta que le descoloca mediante un quiebro, el elemento sorpresa que sobreviene muy cerca del final. Es con frecuencia un golpe irónico o una última línea, muchas veces metafórica, que sorprende al lector atacando por donde menos lo espera, alterando de repente la perspectiva o simplemente redondeando con una frase brillante, que parece constituir el objetivo, la esencia misma de lo que se pretendía contar. Por eso, aparte de a la poesía, como decía antes, el formato me recuerda muchas veces a un chiste, dicho sea con el debido respeto a los creadores. 

Aunque no soy lector habitual de microrrelatos, creo que el libro que estoy comentando es un muestrario bastante amplio y entiendo que también de un nivel apreciable como para considerarlo significativo, y aun encontrando textos muy estimables, algunos realmente brillantes, otros divertidos y casi todos sorprendentes, me queda la sensación de que pocos autores escapan de ese esquema al que me refería. Son magníficos los relatos de Borges, de Italo Calvino, de Onetti o de Rubén Dario, por no extenderme más, pero apenas unos pocos se salen de la fórmula y exploran otros terrenos, el Luis Britto que citaba antes, Ana María Shua y quizá alguno de los varios que tiene Cortázar. En este sentido puede que me haya quedado una pequeña decepción. 

Y, como poco menos que profano en el género, me planteo si será que la recopilación en concreto puede haber pecado de conservadora dejando fuera ejemplos más arriesgados, o si a lo mejor estaba esperando cosas que sencillamente no existen.

jueves, 18 de abril de 2019

Susan Sontag: Ante el dolor de los demás

Idioma original: inglés
Título original: Regarding the Pain of Others
Traducción: Aurelio Major
Año de publicación: 2013
Valoración: bastante recomendable

En este ensayo, la polifacética escritora Susan Sontag, se centra en analizar cómo la fotografía y las imágenes son tratadas para mostrar una realidad (o supuesta realidad) y los efectos que tal visionado crean en quienes las observan.

Empezando en clave retrospectiva, Sontag hace un recorrido a lo largo de la historia para analizar la importancia de la fotografía en el registro de lo sucedido en las guerras, y la importancia que tiene la fotografía por su valor histórico, pero también para evidenciar la intencionalidad que se esconde tras la toma de las instantáneas. De esta manera, destaca y reafirma el poder de la fotografía al unir dos atributos contradictorios en apariencia, pues, aunque su objetividad es inherente, también tiene siempre un determinado punto de vista. Así la fotografía es, a la vez, «registro objetivo y testimonio personal, transcripción o copia fiel de un momento efectivo de la realidad e interpretación de esa realidad.» Esto es algo que ya vimos también en el libro «El uso de la foto», de Annie Ernaux y Marc Marie, donde se trata esta dualidad entre la objetividad y la subjetividad que subyace en su interpretación.

El recorrido histórico que traza el libro sirve como marco comparativo respecto al uso de la fotografía, pues este varía a lo largo de la historia. Así, nos explica como en la Guerra de Crimea de mediados siglo XIX ya existía una manipulación de las imágenes trasladando algún cuerpo caído durante la Guerra a un sitio en concreto más fotogénico, para aumentar el impacto o al menos su “belleza” artística y, ahondando en este aspecto, pone también como ejemplo fotografías más recientes, como la famosa foto de Doisneau de la joven pareja que se besa cerca del Hôtel de Ville en Paris en el 1950, o la famosa foto del levantamiento de la bandera estadounidense en Iwo Jima el 23 de febrero de 1945, ambas reconstrucciones o montajes, como también lo fue la de los soldados rusos enarbolando la bandera roja sobre el Reichstag en Berlín el 2 de mayo de 1945.

Dejando de lado estas recreaciones o alteración de realidades, la autora también habla del poder de la fotografía como elemento nutriente de información, pero también de impacto, y pone como ejemplo el año 1945 cuando el poder de las fotografías en Dachau, Bergen-Belsen, Buchenwald o Hiroshima y Nagasaki, superaron en la definición de realidades abominables al propio peso de las narraciones complejas. En este aspecto, es indudable el uso de la fotografía con fines periodísticos o como medio de soporte para describir y mostrar lo que sucede en diferentes partes del mundo. La autora destaca el punto de inflexión que supuso en este aspecto la Guerra Civil española, pues la considera la primera guerra «atestiguada en sentido moderno: por un cuerpo de fotógrafos profesionales en la línea de las acciones militares y los pueblos bombardeados. La primera atestiguada por las cámaras de TV fue la de Vietnam, que introdujo la tele intimidad de la muerte y la destrucción en el frente interno». Con la Guerra de Vietnam y su seguimiento televisivo, todo cambió y ya no era posible manipular tan fácilmente la realidad que se exponía ante el objetivo de una cámara pues ya no eran los únicos testigos de la guerra, había competencia, había menos posibilidad de alterar la realidad mostrada y, sobretodo, hacerla creíble.

Lamentablemente, en ocasiones el libro algo repetitivo, pues analiza diferentes guerras para reforzar el mensaje y, puede que, en ocasiones, especialmente en la primera mitad del libro, esta reiteración de casos e ideas se hace algo excesiva. Afortunadamente, superada la mitad del libro, entramos en lo que considero la parte más interesante, pues Sontag da un paso más en la dirección de analizar la alteración de la realidad a través de las fotografías y llega a afirmar que «Nuevas exigencias de presentan a la realidad en la era de las cámaras. La realidad tal cual quizá no sea lo bastante temible y por lo tanto hace falta intensificarla; o reconstruirla de un modo más convincente». Pero claro, hacerlo en guerras, dar testimonio visual de ellas, podría desmotivar a las tropas o a la población que las envía, y aparece la censura y, con ella, también la manipulación, como la retransmisión en imágenes de tecnoguerra por parte de EE.UU. en la Guerra del Golfo para mostrar una absoluta superioridad militar. Y ahí entra en el fondo de la cuestión, pues lo que puede mostrarse (o lo que no debería mostrarse) y cómo se muestra es un tema que difícilmente tenga un consenso, y es causa de grandes discusiones. Y con la censura y la manipulación, la autora entra de lleno en la percepción personal, nuestro umbral de conmoción, y aquello que hace que sintamos de una determinada manera cuando somos testigos oculares de ciertas realidades. Por ello, afirma Sontag que «cuanto más remoto o exótico el lugar, tanto más estamos expuestos a ver frontal y plenamente a los muertos y moribundos». Interesante y acertada afirmación, pues si nos fijamos en los medios periodísticos, parece que la lejanía física a las desgracias existentes en el mundo va de la mano de la lejanía emocional hacia ellas, como si por el hecho de estar lejos fueran menos graves, como si tuvieran que impactarnos menos, como si no las sintiéramos como propias, siendo ajenas a nuestras realidad y vidas. Aún y siendo, también, vidas.

Sontag platea también interesantes cuestiones como si la conmoción tiene plazo limitado, si es posible habituarse al horror de una imágenes determinadas si las vemos repetidamente; nos habla sobre cómo la reiteración y la sobrexposición de imágenes violentas afectan disminuyendo nuestras sensibilidad hacia quienes son objeto de ella, afirmando incluso que sintiendo simpatía con las víctimas, sentimos que no somos cómplices de las causas del sufrimiento: «nuestra simpatía proclama nuestra inocencia así como nuestra ineficacia». Por tanto, es necesario transformar la simpatía hacia los otros acosados para convertirla en una reflexión sobre cómo nuestros privilegios están ubicados en el mismo mapa que su sufrimiento.

Llegamos a un necesario punto de equilibrio, pues si bien las imágenes de conflictos y catástrofes son necesarias para que tomemos consciencia y sepamos lo ocurre, una sobreexposición aumenta nuestra insensibilidad hacia estos temas. Gran parte de culpa de la superabundancia es la televisión, donde los espectadores necesitan ser estimulados constantemente y el contenido no deja de ser uno de los estimulantes. El resultado de todo ello es el escenario actual, donde para crear consciencia en los espectadores es precisa la diaria retransmisión de retratos de las secuencias sobre un particular conflicto. Y, aun así, olvidamos rápidamente un conflicto cuando aparece uno nuevo.

En definitiva, un libro recomendable para tomar consciencia de que toda realidad es alterada cuando no somos testigos directos de ella, y que no únicamente su exposición (buscada o espontánea) nos causa un impacto emocional, sino también la frecuencia a la que estamos expuestos a estas situaciones. No podemos impermeabilizarnos ante las desgracias, debemos ser testigos y conscientes de su existencia, pero tampoco podemos estar constantemente expuestos a ellas, pues estaremos tentados a caer en la indiferencia. Reto complejo, cabe decir, y más en un mundo cada vez más mediatizado, con intereses que escapan a nuestro conocimiento. Por todo esto se trata de un libro interesante, pues nos pone en alerta. Y tomar consciencia siempre es positivo.

También de Susan Sontag en ULAD: Bajo el signo de Saturno

miércoles, 17 de abril de 2019

Aixa de la Cruz: Cambiar de idea

Idioma original: español
Año de publicación: 2019  
Valoración: Muy recomendable

Contexto. Librazo. Hace ya algunos años que la editorial Caballo de Troya adoptó un original sistema rotatorio: cada año, un editor o editora invitados escogen los libros que se publicarán ese año. Y cada año, al menos uno de los libros ha resultado un bombazo, en crítica, ventas o ambas cosas: El comensal de Gabriela Ybarra; El estado natural de las cosas de Alejandro Morellón; La hija del comunista de Aroa Moreno... Este año, sin desmerecer a Game Boy de Víctor Parkas, una interesante colección de ensayos y relatos en torno a la(s) masculinidad(es), el bombazo parece haber llegado con la segunda de las obras escogidas: Cambiar de idea, de Aixa de la Cruz, un texto híbrido, potente y oportuno (no me gusta el adjetivo "necesario", porque realmente necesarias hay pocas cosas) que ya ha sido calificado de "generacional", aunque creo que es algo más y mayor que eso.


Urgencia. En varias entrevistas (y en el propio libro, también) ha contado Aixa de la Cruz cómo se escribió el texto de Cambiar de idea: como una especie de catarsis inmediatamente después de acabar la tesis doctoral. Una impulso violento - o quizás la necesidad de llenar el vacío que deja una tesis - la llevó a escribir páginas y páginas con una urgencia y una honestidad desacostumbradas. Aunque desde esa primera versión hasta la finalmente publicada ha habido, obviamente, un trabajo de pulido y revisión, esa urgencia todavía se nota en el texto, que se lee con el ritmo acelerado del punk o de las primeras películas de Guy Ritchie. A ello contribuye, también, el que con menos de treinta años la autora haya vivido ya material que cabría en tres o cuatro vidas de otras biografías más "convencionales". En todo caso, que sea una obra urgente y honesta no quiere decir, claro, que sea completamente verídico lo que cuenta; ni lo sabemos, ni debería ser lo más importante de nuestra lectura. De hecho, el fantasma de la (auto)ficción planea sobre el texto de forma explícita, quizás porque, siendo rigurosos, no hay ejercicio de memoria que no sea también un ejercicio de ficción.


Identidad. Máscaras. En un determinado momento Aixa de la Cruz reniega de su anterior novela, La línea del frente, con la cual dice no sentirse ya identificada. Esto tiene su lógica, si partimos de que Cambiar de idea nace de un deseo de autoconocimiento, en que las máscaras interpuestas incomodan. Pero al mismo tiempo no deja de ser paradójico, en mi opinión, porque el tema, e incluso la estructura, de ambas obras, tiene bastante en común: la búsqueda, a través de la reconstrucción de la memoria del pasado, de una identidad más auténtica y coherente. Si en La línea del frente esta búsqueda se hacía a través del reencuentro con un ex-novio, en Cambiar de idea no hay nadie más que Aixa de la Cruz: ella, la del presente, que se enfrente a Aixa de la Cruz, la del pasado, a sus propias contradicciones y errores, intentando huir de la autocompasión en el proceso (y cuando cae en ella, ahí está "Iván" para sacudírsela). Desvelándose, en el sentido de quitar velos que impidan ver, y quizás también en el de perder el sueño.


Memoria. Culpa. Cuerpo. Cambiar de idea es un libro difícil de clasificar: memoria, ensayo, autoensayo, autoficción, ficción. Con todos estos calificativos se han referido a él. Etiquetas aparte, es un ejercicio de memoria (auto)psicoanalítico, porque en el centro de la búsqueda se sitúa la culpa. Una culpa primigenia, que puede tener que ver con la compleja relación de la autora con la madre (¡la culpa es siempre de las madres!), con la ausencia de su padre o con otros episodios traumáticos más o menos reprimidos de su infancia, adolescencia, primera juventud. La confrontación de estas culpas tiene su catarsis, quizás porque la Aixa de la Cruz novelista también tiene algo que decir sobre la ordenación de la biografía de la Aixa de la Cruz memorialista; y esta catarsis está muy relacionada con el descubrimiento de que la memoria no es solo narración: también es cuerpo. Y no solo el cuerpo propio: también la empatía con el dolor del cuerpo ajeno. Quizás este uno de los retos y logros del libro: la inscripción, siempre difícil, del cuerpo en el texto literario, a través del dolor, de la cicatriz, de la herida, del sexo. Del sexo femenino, claro.


Feminismo. Cambiar de idea no es una obra sobre feminismo, del mismo modo que La línea del frente no es una novela sobre ETA. Dicho esto, el feminismo ocupa un lugar muy relevante en las búsquedas y los descubrimientos de Aixa de la Cruz; porque el proceso de autoconocimiento y de reconstrucción le lleva, en primer lugar, a reconocerse como mujer, y luego como mujer feminista, como mujer en un cuerpo de mujer, como mujer bisexual. Le lleva "del yo al nosotros", como nos hacían repetir cuando estudiábamos la poesía de Blas de Otero, o en este caso "del yo al nosotras". Es ese encuentro con la teoría feminista, que ocupa el último tramo del libro - el más cercano al ensayo - el que obra la catarsis necesaria y definitiva, no para que Aixa de la Cruz resuelva todas sus contradicciones, sino para que las acepte como una riqueza, una fortaleza, una realidad inevitable y fructífera.


Año de escritoras. Por mucho que los babelios al final de año nos digan que los mejores libros son los de MaríasCercasVilaMatasMuñozMolinaMendoza, quien lea la producción literaria española de este año con menos anteojeras comprobará que es un año (o un curso, si empezamos a contar desde septiembre) dominado por las autoras: Sara Mesa, Cristina Morales, Aixa de la Cruz, Edurne Portela, María Sánchez, Elvira Navarro... Voces que no pertenecen necesariamente a una misma generación ni forman un grupo homogéneo, pero que se imponen y sacuden un panorama literario que lo venía necesitando. No se trata de modas, se trata de abrir las ventanas y ventilar. Y eso es lo que hace también (con su memoria, con su narrativa, con su trayectoria) Aixa de la Cruz en Cambiar de idea: abrirlo todo, dejarlo todo al aire. Y que respire.