lunes, 31 de agosto de 2020

Muriel Spark: La entrometida

Idioma original: Inglés
Título original: Loitering with Intent
Año de publicación: 1981
Traducción: Lucrecia M. de Sáenz
Valoración: Está bien

Fleur Talbot, una mujer joven que está escribiendo su primera novela, empieza a trabajar como secretaria para sir Quentin Oliver y su Asociación Autobiográfica. A medida que conoce a los miembros del club notará que la línea que separa la realidad y su obra de ficción se va difuminando hasta volverse imperceptible.

Aunque La entrometida no me ha apasionado, debo destacar varios apartados en los que, creo yo, funciona a la perfección:

  • Es entretenida de leer gracias a la ligereza de su prosa. Ligereza, por cierto, que no impide que, en determinados pasajes, Muriel Spark entregue lecciones valiosas. 
  • Su protagonista rezuma carácter. Las acciones de ésta, así como las interacciones que mantiene con otros personajes, son buena prueba de ello.
  • Su audaz juego metaliterario permite reflexionar sobre la franqueza o el arte. 

Por otro lado, no quiero dejar de recalcar los que, a mi juicio, son los defectos de esta novela:

  • Me han interesado más algunas tramas secundarias que el argumento troncal. Especialmente, la relación entre Fleur y Wally (y la manera en que Spark la narra), o la biografía de algún miembro de la Asociación.
  • No he conectado con su sentido del humor menos evidente (ese que, en vez de en chascarrillos ingeniosos, se esconde tras situaciones concretas). Supongo que porque es muy británico. 
  • No acabo de entender que las últimas páginas del libro se empeñen en hacernos creer que estamos ante una "coming of age". Si acaso, el clímax hace patente que Fleur madura como autora, pues pasa de escribir cuentos y poemas que apenas consigue publicar, o reseñas y artículos con las que ganar algo de dinero, a dedicarse exclusivamente a la literatura. Pero, insisto, no veo en qué momento se ha sembrado la idea de que ésta sea una novela de formación al uso. 

Podemos concluir que La entrometida es una obra entretenida y ágil, cuyos apartados más solventes compensan generosamente otros menos logrados. 


También de Muriel Spark en ULAD: Aquí

domingo, 30 de agosto de 2020

Claudia Piñeiro: Catedrales

Idioma: español
Año de publicación: 2020
Valoración: entre recomendable y está bien

Hace treinta años, apareció en un solar baldío de Adrogué, localidad del conurbado de Buenos Aires, el cuerpo desmembrado y quemado de Ana Sardá (*), la hija adolescente y más joven de una familia de clase media y arraigadas creencias católicas. El descubrimiento del cadáver de Ana, en principio y a todas luces, víctima de un horrendo crimen, resulta un revulsivo para su familia y amigos, un suceso emético que hace sacar del equilibrio familiar las disensiones y secretos que hasta entonces existían... o no, quizás lo que ocurra es que el secreto se oculte de forma más profunda y sólo la narración de la historia por los diversos personajes que la vivieron o conocieron sea capaz de hacerlo salir de la oscuridad...

El crimen y la religión católica son los dos ejes, las líneas que se entrecruzan para conformar la estrucutra de esta novela de la argentina Claudia Piñeiro, escritora avezada ya en esto de escribir novela negra o criminal. En este caso, lo más interesante, aparte del suceso en sí y su resolución, es cómo esta se produce a través, como digo, de la narración que hacen los diversos miembros de la familia, más una amiga de la víctima -amable e irónica alusión a Borges, por cierto, quien, si no me equivoco, en algún momento de su vida fue también vecino de Adrogué-, un detective contratado para volver a investigar el caso... No se trata tanto de que cada uno nos dé su versión, como que se van relevando en hacernos conocedores de los pormenores de esta historia, pasándose de unos a otros el testigo de la misma, como si fuera el balón que los miembros de un equipo de rugby se van pasando para avanzar hasta la línea de ensayo. 

Así las cosas, lo peor que se puede decir de esta novela es que, a partir de cierto momento, no quedan muchas dudas acerca de lo ocurrido a Ana y de quién lo hizo; tan sólo quedan por conocer los detalles más truculentos... De  hecho, es el lector, en la mayor parte de la novela, quien va por delante de los narradores del caso criminal y lo que no se sabe resulta fácil de adivinar. Aún así, hay que reconocerle a la autora la originalidad del planteamiento y que consiga que la novela siga resultando absorbente y conmovedora, en más de una ocasión. Para quién le interesen esas cosas, también plantea o propicia que se puedan plantear ciertas cuestiones relativas a la doctrina católica y, sobre todo, a la forma que tiene de moldear el pensamiento de sus creyentes. Es una novela, en fin, que explora un trasfondo de culpa y remordimiento, pero también cómo se pueden sobrellevar éstos, de maneras más honestas o más torticeras. Que de todo hay en la viña del Señor...

(*) Por cierto, que durante toda la lectura de este libro no dejé de acordarme de esta entrada de mis compañeras de blog acerca del recurrente papel de víctimas que se reserva a las mujeres jóvenes en la novela negra.

sábado, 29 de agosto de 2020

Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares: Los que aman, odian

Idioma original: Español
Año de publicación: 1946
Valoración: Entre está bien y recomendable

"Los que aman, odian" es el título del único libro escrito a cuatro manos (o por lo menos el único que fue publicado) por ese "extraño" matrimonio compuesto por Adolfo Bioy Casares (AKA el amigo guapo y menos talentoso del genio) y Silvina Ocampo (AKA la hermana pequeña y feucha de Victoria Ocampo). Se trata de una novela policial de marcado tono british, un divertimento o pequeña y, por momentos, encantadora broma privada que, pese a cierto tono paródico - ¿Cuándo renunciaremos a la novela policial, a la novela fantástica y a todo ese fecundo, variado y ambicioso campo de la literatura que se alimenta de irrealidades? ¿Cuándo volveremos nuestros pasos a la picaresca saludable y al ameno cuadro de costumbres? -, no logra escapar de algunos de los clichés del género.

Así, habemus asesinato en un balneario de la costa, médico homeópata con ínfulas de literato y de detective privado, personajes variopintos y que quizá no son lo que parecen (comisario de policía también aficionado a la literatura, niño "rarito", etc), enredos sentimentales, morfinómanos, joyas, sucesión de pistas falsas, sospechas más o menos infundadas y sorpresa final relativa. Nada excesivamente sorprendente, ¿verdad? Este no poder escapar de buena parte de los clichés del género, junto a un final un tanto abrupto y que, en cierta forma, desentona con el resto de la narración son sus dos principales puntos débiles. 

Lo anterior no quita que la novela posea una serie de virtudes que hemos de reconocer. La primera de ellas sería su ambientación, ese situar a los personajes en el escenario cerrado y un tanto claustrofóbico de un caserón que semeja un barco varado en medio de la arena o un submarino que ha ido a pique. La segunda sería que Ocampo y Bioy se centran, a mi modo de ver, más en los personajes que en la acción. La tercera, el exquisito lenguaje que manejan los autores. Y la cuarta y última, y quizá la más importante, es que la novela entretiene y divierte, que es de lo que se trata.

Además, y esto ya no es ni defecto ni virtud, los seguidores de la literatura de Ocampo y/o de Bioy pueden encontrar en estas páginas algunos elementos muy asociados a la obra de uno y de otro. Por ejemplo, el niño Miguel podría ser perfectamente el personaje central de alguno de los relatos de Ocampo y ciertas imágenes que se producen por efecto de una brutal tormenta de arena podrían aparecer en algún que otro texto de Bioy. Aunque, bien pensado, quizá esto sea parte del problema: esperar de este libro algo que realmente no es.


También de Adolfo Bioy Casares: La invención de Morel (Reseña y Contrarreseña), Diario de la guerra del cerdoEl lado de la sombra

También de Bioy & un tal Borges: Crónica de Bustos Domecq

También de Ocampo & Bioy & un tal Borges: Antología de la literatura fantástica

viernes, 28 de agosto de 2020

Theodor Kallifatides: El asedio de Troya


Idioma original: sueco
Título original: Slaget om Troja
Año de publicación: 2018
Valoración: Está bien



No es fácil desarraigarse. Por muy importantes que sean los motivos que obligan a abandonar el lugar de origen, los testimonios indican que el trauma no se resuelve nunca, queda un poso de tristeza, tendencia a la soledad, inadaptación o cualquier otra clase de herida. Me dirán que algunos no sienten esa nostalgia, y es que la clave está en la palabra obligación. Hay quien necesita cambiar de aires, en ese caso lo doloroso sería no moverse del sitio.
Hace poco que supe de este escritor y fue gracias al volumen de memorias titulado Otra vida por vivir. Un texto singular una especie de testamento vital y literario donde el autor hace recuento ante sí mismo y sus lectores de su trayectoria e inquietudes presentes y pasadas. En el mismo sentido habría que entender El asedio de Troya, la novela –si es que puede llamarse así– de un escritor nacido en Grecia, que vive y escribe en Suecia desde hace muchos años, que adoptó el sueco como idioma literario y sigue usando ese vehículo para resucitar los mitos ancestrales de su país de origen. Dos países, idiomas y culturas tan lejanos como es posible, que el autor relaciona, opone y compara. Esa (amable) confrontación entre culturas, difícil de calibrar desde fuera, constituye una de sus señas de identidad, a través de ella, Kallifatides expresa las paradojas de su vida, el eterno rescoldo que mantiene durante las décadas que vivió inmerso en una realidad muy diferente. Ese es uno de los aspectos destacables de El asedio de Troya, que presenta/interpreta/enaltece a Grecia ante los suecos en sueco y desde Suecia. Yo lo veo como autoafirmación, incluso como confidencia en voz alta: “Sabed que yo todo el tiempo he sido este”. Algo así, no sé si me explico.
Queda el otro aspecto fundamental. El asunto (contenido, tópico) que elige el escritor para su particular epifanía es algo tan recurrente en la historia universal como la guerra. Y, a través de ella, la paz. Podríamos hablar entonces de un alegato antibélico, que –siento reconocerlo– resulta algo fallido, pues tanta violencia y dolor puede producir rechazo o todo lo contrario: afición por las escenas macabras. Mientras leía me planteé si un relato tan sencillo, directo y poco sutil podía servir de artefacto didáctico. Pero el mensaje es ambiguo para los muy jóvenes y su desarrollo excesivamente plano para mentes más adultas.
El argumento se desarrolla en dos planos muy alejados en el tiempo: la guerra de Troya, tal como la narró Homero en su Ilíada y un momento muy concreto de la Segunda Guerra Mundial cuyo escenario es un pueblo de Grecia. Estos episodios tienen una extensión mucho más reducida y constituyen la porción novelada del texto. Lo demás no es más que un resumen, más o menos detallado, de esa gran epopeya, donde se echa en falta el lenguaje, la grandeza, la épica, descripciones, momentos dramáticos del original. Pienso yo que, antes de que alguien nos cuente lo que dijo Homero, mejor leemos a Homero. De acuerdo que el autor necesitaba expresarse después de tantos años y que muchos que jamás se acercarían a La Ilíada estarán dispuestos a leer este libro, pero ¡cómo lo diría! En mi opinión sabe a poco, y no una sino dos veces.
Sabe a poco porque las incidencias y escaramuzas de la guerra de Troya nos quedan ya muy lejos, y la guerra sigue y sigue, y los episodios se suceden, y se nos muestran una y otra vez las decisiones de Hector, Paris, Ulises, Aquíles, Menelao y los sentimientos que los guían. Pero de forma paralela palpita el otro relato, el que nos interesa de verdad, y avanzamos en la historia remota con la esperanza de saber más de esa villa griega, de esos vecinos sometidos por un destacamento alemán, de una guerra europea que agoniza, de esa historia de amores cruzados, de las primeras experiencias juveniles.
Día tras día, la profesora va narrando lo que sucedió a griegos y troyanos. Pero las bombas caen, todos tienen que correr al refugio, los invasores maquinan detrás del telón, las miradas se cruzan, y de todo ello no vemos más que el desenlace: los últimos coletazos del terror. Todo sucede fuera de nuestra vista mientras estábamos distraídos escuchando a Homero, pero a quien oímos no es a él sino un eco de sus palabras. Por fin, se produce el vuelco que esperábamos –porque, a grandes rasgos, este otro argumento también nos lo sabíamos– la suerte cambia de manos pero no se nos explica cómo ni por qué, los amores prohibidos por la diferencia de bando o de edad se resuelven entre bambalinas y la vida real queda reducida a un puñado de escenas bastante tópicas, apenas esbozadas y aisladas entre sí que nos dejan bastante fríos. Entendemos las razones del autor, pero querríamos haber leído una auténtica novela, que Kallifatides hubiese conseguido salir de la Grecia clásica y nos hubiese contado una historia.

Del mismo autor: Otra vida por vivir

jueves, 27 de agosto de 2020

Irene Solà: Els dics

Idioma original: catalán
Título original: Els dics
Año de publicación: 2018
Valoración: recomendable

Hay autores que tienen un estilo inconfundible, que con pocas frases imprimen su sello y dan una muestra evidente de ello. Es el caso de Irene Solà, que con tan solo un par de libros de narrativa publicados uno puede ver clarísimamente en ellos su autoría.

La manera de escribir de Irene Solà es inconfundible. Solo cuatro frases bastan para encontrar nuevamente ese tacto literario que tanto entusiasmó en su última novela publicada «Canto yo y la montaña baila». Porque la historia que cuenta es también coral, con una voz narradora que nos va introduciendo los personajes, uno a uno, presentándolos de una manera constante y específica, indicando «este es...», «este es ...», señalándolos como si sobrevolase la acción. Y esta actitud contemplativa, esta mirada hacia la historia, es acorde al inicio del libro, en el que la autora sitúa la escena inicial en un tejado, contemplando la acción desde una ubicación elevada, pero no superior, no juzgando a sus personajes, sino por encima de todos ellos, viendo las escenas como personajes dispuestos de manera perfectamente delimitada en un escenario que la autora teje a la perfección y donde todos tienen su sitio, su lugar y un encaje en la historia que se mueve en sincronía bajo la batuta que imprime la mano firme, precisa y delicada de Solà.

Tal y como repetiría posteriormente en «Canto yo y la montaña baila», Solà parte de pequeñas historias, algunas entrelazadas y otras no, para hablarnos de la vida cotidiana, de las vidas en los pueblos pequeños, de sus gentes, sus animales, sus costumbres y sus vidas. Del tiempo, de su paso y de su impacto, de la meteorología. Porque aquí también habla la lluvia, aunque no en primera persona, sino que la autora nos la presenta, como un personaje más, como algo que incide también en nuestra vida, o también la presencia de una vaca de nombre Samantha; todos ellos componen la amalgama de pequeños detalles que conforman nuestra existencia e Irene Solà los reúne a todos para mostrarnos lo pequeñas que son nuestras vidas, pero también la importancia de cada uno de los elementos que la constituyen. Porque también hay animales, y plantas y árboles, y naturaleza. Porque en todo el libro hay algo que los engloba a todos: hay vida.

Más allá del estilo, la historia que nos narra en este libro Irene Solà es la historia de Ada, de su vida y sus relaciones,  con la familia,  con el entorno, con las vidas que suceden también más allá de su realidad tangible, en una ficción en forma de cuentos que escribe e idea, que piensa e imagina, intercalada en la narración conformando, otra vez y a otro nivel, un engranaje narrativo que bordea e imbrica diferentes historias entremezcladas y vinculadas en su realidad, en un paisaje que se mueve entre la ruralidad tan característica de la autora como en grandes ciudades como Florencia o Londres, ubicadas mentalmente como contrapunto al entorno rural al que pertenece. Libro de contrastes, de idas y venidas entre ciudades y entre relaciones, de ficción dentro de la ficción, de realidades e ilusiones. Y los diques, como elemento de contención real o imaginario que controlan y evitan desbordamientos, de los ríos, o de los sentimientos.

Debo decir que es sumamente difícil no comparar este libro con la magnífica obra que es «Canto yo y la montaña baila», y no lo digo únicamente por tratarse de la misma autora, sino porque también estilísticamente son muy parecidos, beben de la misma fuente y se estructuran de manera igualmente fragmentada, aunque enlazadas de manera parecida: Solà juega con las pequeñas historias para construir una novela coral en la que habla de las pequeñas cosas pero que con su lenguaje y enfoque se hacen grandes. En eso se asemeja mucho a su otro libro, pero con diferencias evidentes, no en cuanto a estilo, sino en profundidad argumental e incluso literaria y es que uno podría pensar que este libro fue como un ejercicio de preparación (sin desmerecer su calidad) de su más reciente libro, como si preparara el tapiz, mental, prosístico y estilístico sobre el cual desplegar todo el talento que saldría finalmente en su siguiente novela.

Es probable que este libre guste más al lector si es el primero de la autora que lee que si el orden es el contrario, aunque también leerlos en orden inverso al que fueron publicados sirve, con precisa exactitud, para ver cómo se evoluciona y se autoconstruye la carrera literaria de una inmensa autora. Así, si uno lee primero este libro, puede que le parezca inferior, menos redondo y completo, pero no hay que olvidar que este es el inicio de una carrera literaria de una autora que promete ser brillante. Y como inicio, es más que destacable.

Como peculiaridad, hay algo en este libro que me parece curioso y es observar un cierto paralelismo con el autor Xavier Mas Craviotto en su «La mort lenta»: no únicamente comparten que ambos ganaron recientemente el Premi Documenta (Solà un año antes que Mas Craviotto), sino también la manera en situar la novela en el imaginario del lector, en la presentación de las situaciones, en describir las acciones presentando a los personajes. Craviotto las empezaba con un «imagina a…», y Solà con un «este es...» estableciendo un paralelismo curioso entre dos voces de autores jóvenes y con un estilo prosístico cuidado y preciso nacido de su paso por la poesía. Parece que este estilo gustó al jurado del premio. Claro está, que también a este reseñista.

También de Irene Solà en ULAD: Canto yo y la montaña baila

miércoles, 26 de agosto de 2020

Vladimir Nabokov: Pálido fuego

Idioma original: inglés
Título original: Pale fire
Año de publicación: 1962
Traducción: Aurora Bernárdez
Valoración: inclasificable

Me curo en salud: inclasificable es una valoración más bien provisional. Como sé que esta reseña tardará unas dos semanas en publicarse es posible que, conforme la digestión del libro progrese, sienta la necesidad de matizarla, si bien espero que los queridos lectores entiendan que inclasificable es más una valoración fría que negativa.
Claro que hablamos de un clásico. De una obra cumbre  de esos escritores reverenciados (obra y escritor)  de forma tan unánime y apasionada por tantas firmas influyentes que una opinión que contradiga esa unanimidad puede parecer desde una infantil llamada de atención hasta una boutade pretenciosa, pasando, desde luego y me temo que sea lo más posible, por la consecuencia de una posible lectura no tan meticulosa como la ocasión merecía. Llegado este punto uno se pregunta, por la doble condición de lector y aconsejador si sería equitativo que se concediera la oportunidad de la doble lectura a unos libros sí y a otros no, cosa que me retrotraería a ciertas experiencias del pasado con autores tan dispares como Pynchon o Bataille. Opino, ya que estamos, que no. Y aún conservo frescas ciertas declaraciones de Faulkner cuando se le preguntaba por la complejidad de sus novelas incluso después de que sus lectores las leyeran dos o tres veces: "pues que las lean cuatro". Pero, cosas de la vida moderna, difícil ya es sacar tiempo para una lectura para obligarnos a más de una, y aunque pueda compartir este planteamiento, desde la óptica del lector y de la obtención del disfrute, prefiero conservar la frescura de una primera lectura y efectuar un pronunciamiento, aunque haya quien lo tildará de prematuro.
O sea; esperaba más de Pálido fuego. Esperaba, culpad a la red o a Goodreads o a la endogamia de ciertos círculos, pero esperaba que la lectura me proyectara hacia otro plano y ha sido que no.
El planteamiento es original, no en vano la novela fue jaleada como un hito post-moderno, sea lo que sea eso, y no se trata de esperar desarrollos narrativos clásicos ni tramas al uso.
Pálido fuego toma su nombre del poema de John Shade, 999 versos que a su vez lo toma de una estrofa de Shakespeare. El poema ocupa unas 60 páginas y se nos muestra tras un prefacio de otras 25 páginas donde Kinbote, amigo del autor y a su vez autor de los comentarios, explica la naturaleza de la obra y las circunstancias en que el original ha llegado a sus manos y lo está comentando. Shade ha sido asesinado nada más terminar su escritura y Kinbote va a publicarlo incluyendo los comentarios sobre su desarrollo y partes, siempre desde su perspectiva que, a menudo que avanzamos en dichos comentarios, que constan de más de 200 páginas y son el centro de la novela (solo nos quedará una veintena de páginas a medio camino entre el glosario y una especie de índice de referencias muy sui-generis) se transforman en una especie de novela dentro de los comentarios, y aquí Kinbote parece manifestarse como un alter ego, esto sí, de Nabokov, evocando Zembla, un país imaginario, al norte de Europa, con un habla propia, con un rey que ha tenido que huir a través de los túneles bajo un palacio, andanzas estas que representan a la vez atractivo e impedimento de la novela, pues representan obviamente una subtrama, pero también muestran el carácter egocéntrico y narcisista de Kinbote, cuyos comentarios a las estrofas del verso siempre se formulan en clave personal. Nabokov convierte un poema (imagino que terriblemente difícil de traducir) en una especie de biografía épica contemporánea, Kinbote la hace pasar por su prisma y, como un mal crítico o incluso editor superpone su ego al del autor. Lo que debería ser una elegía acaba convirtiéndose en un panegírico de sí mismo, lo que debería ser una autobiografía ve desplazado su centro.
Que Nabokov dominaba el inglés, que no era su lengua materna, queda demostrado ya no solo a la hora de afrontar los dos estilos, poesía y prosa. Que el vocabulario es rico y barroco y debe haber llevado loco a la traductora, una obviedad. Que la estructura de la novela, con un tercer protagonista en segundo plano, Gradus, es, incluso hoy, novedosa y solamente escritores ambiciosos podrían atreverse con algo tan osado. Pero esa genialidad proclamada a gritos a mí se me ha escapado, se me ha evaporado de las manos en un ritmo lector y de atención habitual con lo que suelo leer. Quizás hubiera debido hacer anotaciones o comprado una libretita. Seguro que la impresión final me asistiría a capturar detalles en sucesivas lecturas, igual que los comentarios me han hecho acudir a estrofas del poema que se me escaparon, por supuesto.
Pero con honestidad, no sé si esto es lo que espero de la lectura por placer. Seguro que alguien que lea este opinión tendrá algo diferente que decir.

martes, 25 de agosto de 2020

Danny Romero Mas: Red hot & blue. 70 relatos de lo insólito

Idioma original: Español  
Año de publicación: 2019
Valoración: Se deja leer

Red hot & blue, del sabadellense Danny Romero, compila setenta relatos de distinta extensión que pertenecen a los géneros más variopintos. A grosso modo, diría que estos relatos se pueden clasificar en tres categorías: 1) Aquellos que se guardan en la chistera un giro de tuerca final. 2) Los que pretenden ser una humorada ingeniosa. 3) Ésos (los menos) que escapan a los esquemas previamente comentados. 

Sus problemas son múltiples:

  • En primer lugar, la prosa pedestre con la que han sido escritos. A la mayoría les habría ido bien que un corrector de estilo les echara una ojeada, pues abundan en pasajes redundantes, cambios de punto de vista confusos, términos omisibles, etc... A esto súmale que presentan bastantes erratas (sobre todo, ausencia de tildes o algún catalanismo, tipo «plegar»). 
  • También he notado que a la mayoría de piezas las pierde el tomarse en serio a sí mismas. Esas citas que las inauguran y las reflexiones del autor que las engalanan no les hacen ningún bien. Si acaso, las tiñen de una pátina de pretenciosidad.
  • Su previsibilidad resulta especialmente dañina para aquellos cuentos cuyo efecto recae exclusivamente en sus giros argumentales.
  • Al humor que permea los relatos de índole satírica le falta, generalmente, algo de ingenio y mala leche. 
  • Además, es innegable que varias narraciones fuerzan en demasía la suspensión de la incredulidad del lector, ya sea por las decisiones inverosímiles que toman algunos de sus personajes o porque retuercen su lógica interna.  

En suma, son pocos los textos de Danny que me han gustado. Pero dejadme que los señale, porque merecen una mención honorífica: "Una obra de arte" es una maravilla que recuerda al pulp más canalla y desprejuiciado; "Los gusanos dorados" tiene una premisa terrorífica bastante interesante; "Su última cena" y "Otro día moriré" son dos ejemplos de cómo tomarte en serio sin que ello te haga naufragar en el intento; "¡Aleluya!" es la prueba de que la ficción puede sacarte una mueca de estupefacción. 

Ah, tampoco quiero dar a entender que de las demás historias no hay nada rescatable. No son pocas las que, pese a que en conjunto no funcionan, tienen algún destello puntual. Por ejemplo, me encantó el guiño almodovariano de "Serial yonki bondage". O el desternillante diálogo que mantienen un hombre y un niño mientras están encerrados en un armario que presenciamos en "Cómplices". 

Para ir terminando con esta reseña, diré que Red hot & blue es, no cabe duda, fruto de un escritor con dedicación al que quizás le falta, eso sí, talento. La antología se deja leer, pero exceptuando algunas joyitas dispersas, no vale la pena. Para relatos de este tipo me quedo con el carisma involuntario de los que concibió Ed Wood

lunes, 24 de agosto de 2020

Graham Greene: El revés de la trama

Idioma original: inglés
Título original: The heart of the matter
Año de publicación: 1948
Traducción: Jaime Zulaika
Valoración: Recomendable

«La virtud, la vida buena, le tentaban en la oscuridad como un pecado»

Para disfrutar en profundidad esta lectura hay que tener muy presente lo que supone el peso del pecado en la moral cristiana, porque ese será el conflicto del protagonista y el motor de la historia. También porque el propio Graham Greene se convirtió al catolicismo, y ello le supuso no pocas desgarraduras espirituales que trató de exorcizar a través de los personajes de sus novelas. 

Resumen resumido: El intachable comandante de policía Henry Scobie lleva varios años destinado en una remota colonia británica en África Occidental. A diferencia de su entorno y de su propia esposa Louise, él sobrevive estoicamente sin caer en el desánimo o en la corrupción material o moral, hasta que la joven y desamparada Helen se cruza en su camino. 

Es mi primera experiencia lectora con Graham Green y, ya en las primeras páginas, me llueven las subjetividades: (1) siento lo mismo que cuando leo a Henry James —signifique eso lo que signifique—, y digo yo que será la certeza de estar ante una factura de gran calidad literaria y (2) los diálogos escuetos, efectivos y mordaces me recuerdan tantísimo a los que mantiene Rick Blaine con el capitán Renault en Casablanca que acabo investigando si Graham Greene participó en el guión. Que no. 

El revés de la trama es la historia de un cerco que se va estrechando poco a poco alrededor del protagonista, Henry Scobie, un personaje introvertido, de gran hondura psicológica y un sentido del deber y de la verdad por encima de la media. Para sobrevivir al entorno asfixiante y sin horizontes de la colonia, Scobie ha desarrollado un sofisticado cinismo que lo hace inaccesible para aquellos que le rodean, incluida su esposa. No obstante, sus tribulaciones sí quedan al alcance del lector gracias a la focalización del narrador en tercera persona. Scobie es, al fin y al cabo, un mero instrumento del que se sirve el autor con el objetivo de sembrar la duda: ¿merece Scobie la salvación? Y, sobretodo ¿Dios es justo o injusto? 
«(…). Si Tú me creaste, creaste este sentimiento de responsabilidad que he transportado siempre como un saco de piedras». 
Más allá del conflicto principal, la novela se integra de una serie de elementos que contribuyen en su atractivo y su solidez narrativa: 
  • El tratamiento de otros temas periféricos al principal, no menos trascendentes: el amor, la fe, el sacrificio, el fracaso y la traición a los demás y a uno mismo. 
  • La ironía que subyace en todos diálogos (al estilo de Casablanca, como he dicho) y también en las reflexiones de los personajes. 
«Scobie le creyó. La historia era lo bastante irracional para ser cierta. Hasta en tiempos de guerra hay que ejercitar de vez en cuando la facultad de creer, para que no se atrofie» 
  • Las descripciones, precisas y hermosas de ese escenario tan singular y remoto para el lector. La creación minuciosa de una atmósfera asfixiante. 
Así que Recomendable porque es una novela muy bien escrita capaz de trasladarnos a un lugar y una época remotos y contagiarnos su atmósfera asfixiante y desoladora. También —y sobre todo— por su capacidad para explorar con tanto acierto y sensibilidad en los claroscuros del alma humana.
 
No puedo acabar esta reseña sin entrar en la cuestión del título de la novela o en este caso, su traducción. No hay que ser angloparlante nativo para dilucidar que The heart of the matter es algo así como El fondo/corazón del asunto o Lo importante del asunto. Sin embargo, cuando yo leo la expresión «revés de la trama» no puedo evitar pensar en un giro de trama argumental; y teniendo en cuenta que cualquier historia que se precie debe tener no uno si no al menos tres giros, me preguntaba qué giro debía ser el de esta historia para que figurase en el título. Menudo lío… Después llegué a la conclusión de que se refería al reverso de una trama textil, un tapiz o una tela bordada en cuyo revés —en el que no se perciben los detalles ni la imagen final del mismo— hallamos las hebras maestras que lo rigen y sustentan, lo que verdaderamente transcurre, lo que subyace. ¿Y acaso lo que subyace en una historia no es el subtexto? ¿Acaso no estamos ante un relato en el que no vemos más que apariencias pero lo que define (trágicamente) el destino de los personajes es lo que fluye entre las sombras? Deseos, pecados, pensamientos… Al final, el revés de la trama es lo importante del asunto o sea que aunque de forma indirecta, la traducción hace hincapié en el mismo concepto. 
«Se detuvo de nuevo frente a la casa de descanso. De no haber sabido lo que iluminaban, las luces del interior hubieran dado una impresión de paz extraordinaria, del mismo modo que las estrellas de aquella noche clara proporcionaban impresión de lejanía, seguridad y libertad. Si uno supiera, se preguntó, si uno alcanzara lo que llamaban “el revés de la trama”, ¿tendría que compadecer incluso a los planetas?»

domingo, 23 de agosto de 2020

Vic Echegoyen: La voz y la espada

Idioma: español
Año de publicación: 2020
Valoración: más que recomendable

Es curioso lo del lenguaje y las implicaciones que conlleva utilizar un registro o un tipo de léxico u otro, aun intentando expresar lo mismo... Por ejemplo, si yo digo que esta novela trata sobre una casquivana que vestía y se hacía pasar por hombre o mujer según su capricho y conveniencia, sin respetar las costumbres decentes de su época, al tiempo que fornicaba alegremente con quien pillara a mano en su calentón, sin parar mientes sobre su sexo, edad o condición, quizás pensaréis que la susodicha era una pilingui de cuidado y yo un irredento practicante de la incorrección política... o un pollavieja gilipuertas, según...

Si explico que se trata de una mujer que transgredió con valentía las restrictivas normas que el heteropatriarcado imponía a su género, una pionera en la afirmación de la libertad femenina y la ruptura de lo moldes que le imponía la convención social, tanto en la esfera privada como en la pública, deduciréis que la protagonista del libro era una feminista avant-la-lettre y quien esto escribe un aliado concienciado o un planchabragas gilipuertas, también según... Y si digo que se trataba de una persona menstruante que a menudo adoptaba los significantes externos que los estereotipos de género atribuyen a las personas no menstruantes, incluso haciéndose pasar por una persona no menstruante cuyos genitales no determinantes han sido modificados quirúrgicamente, para poder ejercer el rol que la sociedad binaria de su época (aunque, en determinados ambientes, menos de lo que cabe suponer desde la alienación neoliberal que caracteriza a la nuestra) les reservaba; que era una persona no menstruante que disfrutaba además de las ventajas ineherentes al poliamor y no temía empoderarse por medio de la práctica sexual con menstruantes y no menstruantes, etc. se podría pensar que la protagonista era una avanzada de la teoría queer y este reseñista... bueno, un gilipuertas, sin más.

Ahora bien, si el reduccionismo de tratar de explicar una novela o a un personaje de la misma atendiendo a una sola forma de interpretar el mundo a menudo conlleva resultados, cuando menos, incompletos, no digamos ya si tal personaje está basado, o basada, en este caso, en una figura histórica de la que se tiene más o menos información, pero, sobre todo, mucha leyenda, como ocurre con la protagonista de la voz y la espada, Julia -Julie- de Maupin o d'Aubigny, dama que nació y vivió en Francia durante el reinado de Luis XIV, consumada espadachina y considerada la primera contralto de la historia de la ópera, pues comenzó a interpretar papeles reservados hasta ese momento a la tesitura de los castrati -de hecho, se hizo pasar por uno de ellos en alguna ocasión-; cantante, duelista, trotamundos, fugitiva de la justicia, amante de hombres y mujeres, tanto nobles como novicias, llevó sin duda una vida extraordinaria para cualquier época y lugar, por lo que no es de extrañar que haya recibido la atención de la literatura (es también la protagonista de una de la primeras novelas de Théophile Gautier, por ejemplo) y el cine.

Con tales antecedentes, un propósito así, el de novelar una existencia tan peculiar como fue la de la Maupin, entrañaba ciertos riesgos: sobre todo, el de caer en el pastiche sentimentaloide, pero la escritora Vic Echegoyen ha salido más que airosa del embite y ha sabido narrar una historia vibrante, divertida y fresca, sin renunciar a un toque vintage -como el detalle de escribir los nombres propios en castellano, al estilo de las traducciones añejas-, que resulta de lo más evocador; leyendo las aventuras de la Maupin o d'Aubigny -o Aubini, también en ocasiones- uno se acuerda de las novelas de Dumas padre, claro está, como Los tres mosqueterosEl tulipán negro; también La Pimpinela escarlata... Eso no significa, en ningún caso, que el libro adopte un estilo decimonónico, ya  trasnochado; la narración,en cualquier caso, resulta de lo más ágil y muy verosímil, tanto en lo que se refiere a las escenas de esgrima como las operísticas (estupenda la recreación del ambiente en el Teatro de la Ópera de París, y de toda la ciudad, en general), como en las de... ejem, aquí hay tomate, de las que encontramos muchas y variaditas. Sin rebozo ni rubor, por cierto... La novela también nos proporciona un panorama asaz elocuente de cómo eran los métodos de coerción y control sobre la población durante el reinado del célebre y celebrado Rey Sol, en este caso, y que sin duda habrían contado con la aprobación del padrecito Stalin, por ejemplo... Porque, más allá del pintoresquismo y de la idealización que se pueda hacer del pasado monárquico, los métodos empleados por cualquier régimen absolutista/totalitario vienen a ser los mismos, en toda época y circunstancia.

No os quiero hacer perder más tiempo leyendo esta reseña, en lugar de la novela en sí; difícilmente encontraréis otra más entretenida para los rigores veraniegos o los confinamentos otoñales (glups), pero, sobre todo, que sacuda los prejuicios tanto sobre a lo que se supone deben atenerse las "identidades", de género o de lo que sea, como sobre lo que algunos lectores piensan, de manera equivocada, que es una novela histórica, de aventuras o incluso romántica. Una historia refrescante, divertida a ratos, conmovedora en otros y que no se atiene a los moldes establecidos... más o menos como hacía su protagonista.

sábado, 22 de agosto de 2020

Anna Ajmátova: Mandelstam

Idioma original: Ruso
Traducción: Marta Sánchez-Nieves y Arturo Peral
Año de publicación: 2020
Valoración: Está bien

Nota previa 1: Como veis, no hay "título original" alguno de este libro. Esto se debe a que "Mandelstam" no es otra cosa que una colección de textos (anotaciones de diario, cartas, poemas..) seleccionados para la ocasión.

Nota previa 2: Con esta reseña cerramos lo que podríamos llamar la "trilogía mandelstamiana", compuesta por las reseñas de "Contra toda esperanza" y "Gozo y misterio de la poesía"

Notas previas, sí, pero también aspectos fundamentales a la hora de emitir una valoración del libro, tanto por la inevitable comparación con las dos obras citadas como porque su carácter fragmentario hace que se quede, en cierta forma, "a medio camino".

Me explico. Si "Contra toda esperanza" y "Gozo y misterio de la poesía" venían a trazar una completa semblanza de Mandelstam como individuo y como autor, los textos de Ajmátova carecen de ese "afán totalizador" (quizá debido a que no lo pretendían, por otra parte). Así, para quien ya haya leído los anteriores textos, este "Mandelstam" aportará escasa profundidad y novedad; por contra, la profusión de datos, nombres y referencias puede suponer, para quien no se haya informado previamente sobre la vida y obra del poeta, más de un quebradero de cabeza.

Por tanto, la primera parte del texto, esa en la que se recogen páginas de los diarios de Ajmátova y en la que se refieren muy brevemente sus primeros encuentros en el Taller de los Poetas, sus vagabundeos, errancias, persecuciones y reencuentros, me dejan con la sensación de algo ya leído. Esto no es obstáculo, sin embargo, para poder apreciar el dolor y la belleza en algunas de sus líneas.

En cambio, las cartas (dos solamente, una de carácter más literario y otra de tono más personal) y los poemas, tanto de Mandelstam como de Ajmátova, poseen mayor valor en cuanto a novedad y en cuanto a acercamiento, por testimonial que este sea, a la poética de ambos. Sirva como ejemplo la estrofa final del poema "Voronezh", escrito por Ajmátova y dedicado a Mandelstam en el año 1936, cuando el terror, el destierro y la muerte ya rondaban al poeta:
Mientras, en el cuarto del poeta caído en desgracia, 
el miedo y la musa velan por turnos.
Y la noche avanza,
una noche que no conoce amanecer 

viernes, 21 de agosto de 2020

Cristina Rivera Garza: La cresta de Ilión

Idioma original: español
Año de publicación: 2004 (nueva versión de 2020)
Valoración: Muy recomendable

Quizás las reseñas deberían parecerse a los libros a los que se refieren: las de novelas policiacas debían mantener el suspense, las de terror debían dar miedo, las de ensayos serios debían ser serias y las de humor divertidas. Si eso fuera así, la reseña de La cresta de Ilión debería empezar pareciendo una reseña al uso, para después convertirse sin avisar en un ensayo sobre el género y sus límites, en una crónica sociopolítica y finalmente en un relato autorreferencial en el que, por ejemplo, el reseñista es el propio autor de la obra que se encuentra consigo mismo a través de las palabras. Porque todo eso, y mucho más, está contenido en La cresta de Ilión, una novela poliédrica, esquiva y fascinante que es difícil de resumir o incluso de atrapar: cuando se piensa que se le ha cogido el tranquillo, el texto gira y escoge un camino diferente.

En un principio, la novela aparenta ser un relato fantástico o de suspense: un hombre que espera la visita de una mujer (a la que denomina simplemente la Traicionada) recibe la visita inesperada de otra mujer, que se identifica como la escritora Amparo Dávila (escritora real, autora de una destacable obra sobre todo de relatos fantásticos). Con una mezcla de deseo y miedo, que se enfoca sobre todo en ese hueso de la cadera cuyo nombre no recuerda, el narrador la deja entrar, de forma que cuando la Traicionada acaba por llegar, visiblemente enferma,ambas se instalan en el apartamento sin que él se atreva o se decida a echarlas. Entre ellas se crea entonces una complicidad misteriosa, e incluso un idioma compartido.

A este núcleo narrativo debe añadirse todavía el contexto en el que transcurre la acción: el narrador trabaja en el hospital municipal de Ciudad del Sur, en el que se recluyen personas cuyo único destino es esperar a la muerte - una mezcla de prisión, psiquiátrio y asilo. Además, la trama inicial va complicándose con sucesivos giros y sorpresas: aparece Amparo Dávila la Verdadera, una anciana casi ciega (o no); hay un manuscrito perdido que el narrador debe encontrar en el hospital por orden de Amparo Dávila la Impostora; las mujeres insisten en que el hombre que las acoge es también, en realidad, una mujer...

Como ya se puede observar, no es esta una novela con un argumento fácil de sintetizar, ni es tampoco fácil decir de qué trata, como otras obras tratan sobre la violencia, el deseo o la maternidad. En este caso, como mucho, se podrían encontrar algunas palabras o conceptos clave que se repiten, como modulaciones o variaciones, a lo largo del texto.

Una de estas palabras es sin duda "desaparición". Parece haber, por una parte, una epidemia de desapariciones, que el narrador asocia con el contacto físico entre desaparecidos (algo que resuena particularmente en estos tiempos de covid, aunque la novela es muy anterior). Por otra parte, la desaparición parece estar ligada especialmente a las mujeres: Amparo Dávila la Impostora dice estar desaparecida, como también lo está, de otro modo, la Verdadera, y de otra forma diferente también la Traicionada... Pero también están desaparecidos los desahuciados pacientes del hospital, de forma que esta idea de desaparición es ambigua y polisémica, aunque por el origen mexicano de Cristina Rivera Garza resulta inevitable vincularlo con la violencia que en ese país ha perseguido a las mujeres (y no solo, también, por ejemplo, a los periodistas) en los últimos años.

Otra idea que surge de forma reiterada y modulada en diferentes variantes es la de la fluidez de las fronteras o los límites: los que separan lo humano de lo no humano (lo vegetal, lo animal); los que separan lo masculino de lo femenino; los que separan la cordura de la locura, el deseo del miedo, la vida de la muerte. A través de toda la novela parece palpitar un rechazo a los binarismos con los que estructuramos el mundo y el conocimiento, y que llevan a la expulsión o a la desaparición de los "restos": aquellos que no encajan en estos esquemas, los que se resisten a ellos o los ignoran. Quizás el propio idioma compartido por la Traicionada y la Impostora, con su sonoridad musical casi infantil, también represente, además de un código compartido entre outsiders, un intento de superación o un escape del lenguaje racional y racionalizado con el que nos expresamos y expresamos el mundo.

Lo cierto es que La cresta de Ilión se lee con la lógica ilógia de los sueños, en los que todo lo que pasa parece natural y casi inevitable a pesar de no respetar las normas de la vigilia. Las cosas y las personas pueden ser A y B al mismo tiempo, porque la oposición A=/=B se disuelve y se difumina. En ese nuevo universo de reglas fluidas el narrador se siente perdido y salvado, se hunde hacia arriba, por decirlo así, como también el lector, siempre que acepte y consiga dejarse llevar por la seducción del juego que propone la autora.

El hueso de la cadera, por supuesto, es la cresta ilíaca o cresta de Ilión; e Ilión es otro nombre para Troya, la antigua ciudad de Anatolia donde estalló una guerra a causa de la belleza de una mujer.

(Una nota final sobre la edición: tal como la autora explica en un prólogo a la edición de 2020, publicada en España por Tránsito Libros, la versión que ahora podemos leer no es exactamente igual a la que apareció originalmente en 2002; es más bien una retraducción al español a la traducción de la obra original al inglés, en la que se introdujeron cambios, añadidos y cortes. Si alguien leyó la versión original, quizás podría resultar interesante que se acercase a esta nueva, para ver qué ha cambiado. Y luego, que nos lo cuente, por favor...)

jueves, 20 de agosto de 2020

Mark Twain: Las aventuras de Tom Sawyer

Título original: The Adventuras of Tom Sawyer
Idioma original: inglés 
Traducción: J. Torroba
Año de publicación: 1876-78
Valoración: Está bien

Más o menos todos tenemos una idea aproximada sobre Las aventuras de Tom Sawyer. Es uno de esos títulos que, con siglo y medio de antigüedad, se ha convertido en un clásico, el título de literatura infantil-juvenil que todo el mundo conoce, en buena parte gracias a sus múltiples ediciones, cualquiera de las cuales ha terminado casi seguro en manos de algún niño, y por supuesto, gracias a sus diversas adaptaciones cinematográficas.  Así que no descubro nada si digo que Sawyer es un chaval pobre, avispado y con un puntito salvaje, que vive con su tía Polly en un pequeño pueblo, y se dedica a libérrimos entretenimientos, incluyendo todo tipo de gamberradas. Gatos y ratas son sus víctimas más corrientes pero, subiendo en el escalafón, aparecen su hermano Sid y otros chavales y, cómo no, el maestro a quien, entre otras hazañas, arrebata la peluca a la vista de un amplio auditorio.

Una subtrama en la historia de Tom la constituye un pequeño lance amoroso. El chico queda embelesado con una jovencita, y el episodio se convierte en un tira y afloja en el que se van sucediendo fanfarronadas, enfados y reconciliaciones, ingenuos fingimientos y ternezas que siempre terminan triunfando. Porque naturalmente Tom es un buen chico, y sus trastadas, aunque casi siempre son coronadas por una azotaina o algún castigo ejemplar, terminan también siendo perdonadas porque todo el mundo conoce su gran corazón. La cuestión de fondo sería: ¿es Sawyer un espíritu libre, la encarnación de la inocencia en una sociedad atrofiada, la sinceridad frente a la hipocresía del oficio dominical y a un sistema educativo alienante? ¿o es simplemente un gamberro que se niega a plegarse a las normas por puro egoísmo? No sé si un relato juvenil debe analizarse mediante parámetros tan severos, quizá no, a lo mejor deberíamos contentarnos con sonreír con las ocurrencias de los chavales y entretenernos con la pequeña historia.

Porque, oiga, el libro está realmente bien escrito. El relato se desarrolla con soltura, Twain es moderadamente irónico pero también condescendiente con todos sus personajes, y suave pero firmemente crítico con la rigidez de los usos sociales con la que choca la espontaneidad de los niños. Es un libro bien construido, no obstante algunos altibajos, ciertos momentos, sobre todo al principio, en que todo parece reducirse a una mera colección de travesuras más o menos inocentes o brutales, según los casos. Esto parece ser debido a que, según indica el propio autor en el prólogo, buena parte de las situaciones son reales, recuerdos de la infancia propios o prestados, lo que favorece la sensación de simple anecdotario. Sin embargo, poco a poco adquiere importancia el hilo narrativo principal que tiene como protagonista al indio Joe, donde una de las aventuras de Tom y sus secuaces engancha con una trama criminal ‘de adultos’. Hacer entrar en contacto la inocencia de la gamberrada juvenil con el mundo del delito es también un recurso bien conocido –que posiblemente copiaron de Twain muchos otros-, que no solo ayuda a elevar la tensión, sino que enfatiza el contraste entre el ámbito infantil y el adulto, entre la falta disculpable y el mal que debe ser castigado. A fin de cuentas, para subrayar la intrínseca bondad de los chavales.

Al margen de valores literarios, al hilo de la lectura parecen inevitables algunas reflexiones sobre las actividades infantiles en distintas épocas y ámbitos. Los personajes de Twain, con la carga hiperbólica que se les quiera otorgar, son chavales asilvestrados, que disfrutan la libertad en cuanto se les ofrece un resquicio o simplemente la toman por su cuenta, críos que corren descalzos, se entusiasman o comercian con bichos encontrados o con pequeños objetos a los que atribuyen valor inusitado. Una forma de vida casi tópica que se repite en sociedades que consideramos atrasadas, en siglos pretéritos, entornos rurales o países menos desarrollados: el descampado, la transformación de objetos cualquiera en instrumentos de juego, las correrías y las trampas, las aventuras que son parte de la formación hacia la edad adulta. Excesos y burradas de una vida al aire libre que parecen inaceptables para nuestra sociedad urbana del siglo XXI llena de normas, hiperprotectora, unidireccional, quizá castrante. ¿O es por el contrario que estamos glorificando algo que ya solo existe en los libros, o en lugares o tiempos lejanos?

También de Mark Twain en ULAD: Un bosquejo de familia

miércoles, 19 de agosto de 2020

Adeline Dieudonné: La vida verdadera


Idioma original: francés
Título original: La Vraie Vie
Año de publicación: 2018
Valoración: Muy recomendable




¿Conocen a la escritora belga Adeline Dieudonné (1982)?
No se fíen. Es hija de un deportista famoso, el piloto de carreras Pierre Dieudonne. Los aficionados –yo no lo soy– sabrán de quién hablo.
Hasta ahora, su profesión era actriz de cine.
Sus entrada en el panorama literario es reciente y algo tardía: publicó esta, su primera novela, en 2018, y el año anterior escribió un par de cuentos que aparecieron en publicaciones periódicas.
La vida verdadera fue un éxito rotundo y obtuvo cerca de una decena de premios.
Sus protagonistas son niños: dos hermanos, chico y chica.
Algunos críticos la han catalogado como thriller (aunque a mí no me lo parece).
¿Autora novel, procedente de la farándula e hija de deportista de éxito, que publica por primera vez ya avanzada la treintena, quizá excesivamente premiada, y, para colmo, con una novela que habla de la infancia y que resulta ser un thriller?
Con estos antecedentes no daríamos un duro por ella. ¿O sí? Me dirán que ante todo hay que leerla y dejarnos de prejuicios. Así es. Las circunstancias que menciono, juntas o por separado, en absoluto merman la calidad de esta novela ni de la propia Adeline Dieudonné, una escritora cuyo debut ha sido magnífico a pesar de haberse internado en un terreno tan delicado y difícil como este.
Y ¿de qué trata la novela? Como todo argumento complejo, no aborda un único asunto: podríamos hablar de lucha, valentía, supervivencia, de amor fraternal a prueba de bomba, pero también de crueldad, de ambiente opresivo, de familias disfuncionales. O más bien de una sola, la compuesta por la narradora, sus padres y su hermano pequeño Gilles, a quien conoceremos con siete años y del que nos despediremos en plena pubertad. Quien nos habla solo le lleva tres años, al principio no es más que una niña, con la mentalidad, los sueños y la desbocada imaginación que corresponden a esa edad. Una niña con la mente muy despierta, a quien vemos madurar, rápida pero convincentemente, empujada por las circunstancias, y cuyos referentes propios de los 90 –los mismos de la autora– son tan conocidos y evidentes como Stephen King, Regreso al futuro o Parque Jurásico. Sin olvidar su obsesión por la ciencia.

“Pensaba mucho en Marie Curie. La sentía a mi lado. Siempre allí, en mi cabeza, hablando conmigo. La imaginaba observándome continuamente, indulgente y maternal. Estaba convencida de que, desde el reino de los muertos, había decidido sumarse a mi causa y convertirse en una especie de madrina para mí”.
 
Lo que narra el personaje es como un puñetazo entre los ojos del lector y las imágenes –así como algunas escenas tan memorables como bien desarrolladas– son todo lo despiadadas, crudas y sin concesiones que pueden imaginar al proceder de un testigo inocente, sincero y carente de filtros. En menos de doscientas páginas contemplamos el temprano aprendizaje de una vida en constante amenaza y sobresalto, así como los efectos -no tan desastrosos como era de esperar, e incluso alguno positivo- que psicopatía y misoginia pueden producir cuando lo que aterroriza se sublima y el objetivo vital no es otro que salvar a quien se ama del desastre.
No he querido empezar hablando de violencia para no ocultar con ella la enorme riqueza de matices, pero está presente en todo momento, aunque no siempre sea igual de visible. A este respecto habría que distinguir, en primer lugar, entre violencia implícita e explícita, también entre aquella que ocurre fuera o dentro del hogar familiar y, por último, la que transcurre ante nuestros ojos y aquella que se produjo mucho antes y de la que solo podemos contemplar sus efectos. Violencia explícita -no es difícil de entender- es la que explota, pero existe además una violencia soterrada constante que se traduce en silencio agresivo, desprecio, indiferencia por las personas del entorno, malos gestos, caras largas, en otras palabras: ambiente cargado de tensión. Fuera del hogar, un ejemplo sería el engaño a la adolescente idealista e inexperta, aunque en el momento de contarlo ella no sea consciente aún, o bien, el incidente del heladero, motor que pone en marcha la auténtica trama y cuyo origen no queda muy claro; en cualquier caso, sea provocado o no, produce una herida indeleble en lo más profundo de esos niños. En cuanto a las violencias del pasado, la más fácil de contemplar -aunque se intuyan otras muchas- es la ejercida años atrás contra Yaëlle -la mujer del profesor- para vengarse de su altruismo, y que podemos percibir claramente cada vez que ella aparece en escena.
El fondo del asunto es un drama, de acuerdo, pero vivido con tal positividad que emociona tanto como divierte. ¿Y qué hace la madre mientras tanto? Sobrevivir, volverse transparente, una actitud que saca de quicio a la protagonista. Solo empezará a entender lo que le ocurre, incluso a empatizar un poco, unos años más tarde, hacia el final de la novela, cuando el mundo tal como es empieza a tomar forma y la realidad acaba por imponerse sobre los esquemas propios de la infancia. Porque madurar antes de tiempo o ser una persona racional no significa volverse adulto de un día para otro, y esto, los tempos, aun siendo un elemento difícil de manejar, más aún en el ambiente que se describe, es resuelto con toda naturalidad y solvencia.
Llegamos al desenlace, una de las cuestiones más difíciles para un novelista. La tentación, siempre difícil de eludir, es recurrir al final abierto. La autora no lo hace: se moja (y no digo más). Otro mérito que no podemos negar al texto ni al talento de Dieudonné.

martes, 18 de agosto de 2020

Ambrose Bierce: Casas encantadas

Idioma original de los relatos: Inglés
Traducción: Ioana Sotuela
Publicación de este volumen: 2016
Valoración: Entre recomendable y está bien

Casas encantadas recopila veintiséis relatos de terror de Ambrose Bierce. Los hay de diversa extensión (algunos se podrían considerar novelas breves), de temáticas muy variadas y representantes de distintas gradaciones de horror. Obviamente, su calidad fluctúa entre aquellos más conseguidos y los que no aportan demasiado. 

Es una opinión extendida que el Bierce terrorífico no le llega a la suela de los zapatos al Bierce satírico. Por tanto, el lector de este volumen no hallará aquí los mejores cuentos del escritor norteamericano. Y, aún así, no desaconsejo Casas encantadas, especialmente a los completistas del género.  

A fin de cuentas, la pluma de Bierce nos transporta a otros tiempos. Tiempos que resulta la mar de agradable visitar. Tiempos algo ingenuos, en los que era más sencillo asustar a tu audiencia. Bastaba con que el formato de tus narraciones recordase a artículos periodísticos ("Una parra sobre una casa") o a lo que hoy día conocemos como leyendas urbanas ("Un telegrama"), antes que a textos literarios propiamente dichos. Bastaba con que la cita de un periódico o el testimonio de ciudadanos «serios» avalara tus historias. Bastaba con que recurrieses a las explicaciones materialistas para que los hechos se revistieran de una pátina de verosimilitud ("Con la ciencia por delante", "La alucinación de Staley Fleming"). Bastaba con aludir a elementos exóticos, ajenos a la experiencia del gran público, para sugestionar su imaginación ("El reino de lo irreal").

Para ser justos, hay que remarcar que en la segunda mitad de Casas encantadas podemos encontrar una serie de relatos de terror que no presentan las características listadas arriba. Son, a mi juicio, bastante más interesantes que sus predecesores, y se aproximan a lo que podríamos considerar narrativa de género moderna canónica. Porque estas piezas no se limitan a mostrar las herramientas que se empleaban en el pasado para meter miedo, sino que adelantan algunas que a día de hoy se siguen usando. 

Por cierto, a esta edición de Eneida (vaya por delante que es preciosa) le podría una sola pega: la cubierta. A nivel gráfico me parece espectacular; no obstante, el título y la ilustración escogidos dan una idea completamente errónea del contenido del libro. Porque sí que aparecen textos sobre casas encantadas en estas páginas, pero también los hay, por ejemplo, sobre desapariciones misteriosas, presencias fantasmales o extrañas premoniciones. De modo que esta cubierta, por más que visualmente funcione, no está libre de reproches. 


lunes, 17 de agosto de 2020

William Shakespeare: Macbeth

Idioma original: inglés
Título original: Macbeth
Año de publicación: 1606, se cree que redacción de la obra; 1611, primera representación; 1623, publicación
Traducción: Agustín García Calvo
Valoración: Fuera de concurso

Antes de nada, y si no le importa a nadie: a partir de ahora y aunque se trate nada más que de una reseña vamos a llamar a esta obra de William Shakespeare, "la obra escocesa", como es tradición en el teatro británico, pues al aparecer traer mal fario pronunciar su verdadero título. Y como va a ser inevitable nombrar a su protagonista, permitidme que, por si acaso, lo escriba como McBeth, que además convendremos en que así parece mucho más escocés, ¿no? Casi tanto como McFlurry o McPollo, otros célebres clanes de tan brumosa y legendaria tierra...

El argumento de la obra (basada, por cierto y al parecer, en las Crónicas de Raphael Holinshed sobre la supuesta Historia medieval de las Islas Británicas) supongo que es lo bastante conocido para no estropearle la lectura, o mejor aún la representación teatral a nadie: en un páramo perdido, tras una batalla, tres brujas le auguran a McBeth, hasta ese momento un noble y fiel servidor del rey Duncan, que él ha de convertirse en rey de Escocia. McBeth, cegado por la posibilidad de ser califa en lugar del califa (bueno, ya me entendéis) y espoleado por su no menos ambiciosa esposa, aprovecha la estancia del rey Duncan en su castillo para asesinarle de la manera más infame posible. Pero la cosa no queda ahí: una vez en el trono, McBeth en la mejor tradición autócrata, establece un reinado basado en el recelo e incluso el miedo, deshaciéndose de los testigos de su iniquidad o de posibles rivales, como si hubiesen sido sus cómplices en el asalto a la Lufthansa en el aeropuerto de Nueva York... Vaya, que la obra tiene todo lo que debe tener una buena ficción, más aún si es para representarse para deleite del populacho (y del rey Jacobo, en este caso, que también era escocés y sabía de asesinatos palaciegos): ambición desmedida, traición, complots criminales, asesinatos a cascoporro, malvados usurpadores, damas arteras, brujas... en fin, todo lo que ha molado siempre (aunque a un coste considerable, en verdad) del rollo éste de la monarquía (venga, Froilán, anímate y danos un poco de espectáculo...). Es una obra, ya digo, sobre la ambición, pero también sobre la culpa y el miedo, porque en la Escocia de McBeth todos tienen miedo, empezando por él mismo, que ha desencadenado la tragedia por miedo a contradecir al que parece ser su destino y luego vive con miedo de que ese destino revire y le apuñale. McBeth, además es el antihéroe shakesperiano por excelencia (quizás junto a Calibán); como se señala en el excelente prólogo de esta edición -escrito por la profesora Carol Chillington Rutter-, es el único de sus personajes que utiliza la violencia y comete horrendos crímenes, pero sin buscar excusas para ello: la ejerce porque espera obtener un beneficio personal de ella, sin necesidad de ampararse en altos ideales u ofensas recibidas, como es costumbre...

Junto a este arquetipo ya inmortal (con variantes, lo encontramos en todas las luchas por el poder político o económico, en todas las historias de mafiosos, en todas las soap-operas, televisivas, de Dallas en adelante), en esta obra se hallan otras imágenes igualmente poderosas que añadir al imaginario colectivo: esa Lady McBeth, despiada esposa del protagonista que luego enloquece tratando de borrar la culpa de sus ensangrentadas manos, que no deja de frotarse como si tuviera que bajar cinco veces seguidas al Mercadona porque siempre se le olvida algún ingrediente para la paella... (gesto que trata de reafirmar la propia inocencia desde los tiempos de Pilatos y que sólo sirve de algo cuando eres un gobernador romano con el respaldo de unas cuantas legiones); las tres hermanas brujas, que abren la obra y desencadenan la tragedia, amén de los ripios más logrados y divertidos de la misma. Tres hermanas que, alejadas de las hadas del folklore céltico, nos remiten a las tres Moiras o Parcas de la Antigüedad clásica, tejedoras del destino de los hombres (y, dicho sea de paso, que daban un miedito que no veas). Por otro lado, en una obra repleta de excelentes versos del divino bardo de Stratford-Upon-Avon (si no lo pongo, reviento), destacan éstos del quinto acto, escena V, que quizá resumen mejor que ningún otro, no sólo el espíritu de este drama teatral, sino el de toda la obra de Shakespeare y aun de todo el devenir humano:

"(...) No es la vida más que una
andante sombra, 
un pobre actor que se
pavonea 
y se retuerce 
sobre la escena en hora y
luego
ya nada más de 
él se oye. Es un cuento 
contado por un 
idiota, todo es estruendo y
furia, y sin 
ningún sentido "


En fin, no puedo añadir mucho más a la necesariamente escueta reseña de una obra de evidente complejidad, y que lo más aconsejable es leer y, a ser posible, ver representada... Sólo me queda señalar que, aunque sea más aburrida que las monarquías, porque no se hace eso de matar reyes y demás (entre ellos, me refiero), estas cosas en una república no pasan.


Otras obras del divino bardo y bla, bla, bla, reseñadas en Un Libro Al Día: La tempestadOteloRomeo y JulietaHamlet

domingo, 16 de agosto de 2020

Paul Auster: Mr. Vértigo


Idioma original: inglés
Título original: Mr. Vertigo
Año de publicación: 1994
Traducción: Maribel de Juan
Valoración: muy recomendable

Como a Vila Matas, puede que ser prolífico (o puntual con la espera de su núcleo de incondicionales) le resulte a Paul Auster perjudicial en la apreciación de su obra. Será otra forma de esnobismo colectivo inconsciente, la de pensar que a mucha producción uno ha de recelar pues es imposible mantener cierto nivel por mucho tiempo y bla bla bla, esa vieja y funesta preconcepción de que el autor perfecto ha de tener una obra perfecta y todo lo demás han de ser aproximaciones que merodean pero no alcanzan la perfección.
Bueno: pues Mr. Vértigo puede ser otro de esos casos, pero desde luego no es de los que bajan el promedio, más bien todo lo contrario. Hablamos de una bildungsroman que se inicia con Walt a los nueve años y acaba con un "así"que podría tomarse de muchas maneras, pero que si Auster fuera un mito viviente como lo fue García Márquez, pudiera equipararse al "mierda" de ya sabéis qué novela. 
Y en medio nos encontramos más de 200 páginas de stream of consciousness, de narración en estricta primera persona de las andanzas de Walt, concentrada especialmente en sus cinco primeros años, de los 9 a los 14, en los que es tomado a cargo por el Maestro Yehudi, poliédrico personaje con su parte de gurú, su parte de referente paterno, su parte de cruel introductor al mundo adulto, que se encargará de adiestrarlo para la finalidad que ha percibido en él: la levitación, el vuelo, el espectáculo. Estamos en los años 20 en Estados Unidos, una sociedad que hoy nos parece extraña y extrema, la Gran Depresión aparece en el horizonte, el Ku Klux Klan campa a sus anchas y actúa con impunidad (uno de los flecos incómodos que deja la trama), todavía es posible que personajes errantes atraviesen el país ofreciendo espectáculos a las masas de los estados del interior, a los ciudadanos impresionables del cinturón del maíz, y también es posible que ese niño abandone a su familia adoptiva (sus padres han fallecido y convive con unos tíos entre miseria y malos tratos) sin que nadie se preocupe lo más mínimo. Walt, todavía un niño, establece un acuerdo con el Maestro: si a los trece años este no le ha  enseñado a levitar y a volar, Walt podrá seccionarle la cabeza. Aquí irrumpe uno de los protagonistas del libro: la crueldad. Crueles son muchos de los treinta y tres pasos que el Maestro Yehudi establecerá para lograr sus fines, y cruel es que Walt deba aceptar ese plan de vida como única alternativa a una vida de incerteza y privaciones. No pocas analogías podemos sacar de este planteamiento que roza lo fantástico o lo mágico. Walt convivirá con un adolescente negro, Aesop, brillante estudiante de prometedor futuro, y Madre Sioux, anciana india que se ocupa de la casa. Vencerá su racismo inconsciente, apreciará a las personas que cuidan de él y se sacrificará por ellas si es necesario.
Mr. Vértigo me ha recordado en algunas partes a algunos personajes de la Trilogía de Deptford, difícil establecer una influencia, en todo caso hablamos de obras muy estimables por separado. Auster me ha sorprendido fuera de los registros oscuros, urbanos y claustrofóbicos en que, por ejemplo, lo había hallado en otra trilogía, la de NY, y he de reconocer que, sin verla mencionada, a diferencia de Leviatán o El palacio de la Luna, entre sus obras más destacadas, el nivel en Mr. Vértigo, tanto de escritura como de penetración psicológica en los personajes (pongamos una cierta pega, vamos, en la maldad sin matices de figuras como el tío Slim) es magnífico, cercano a la genialidad que, a estas alturas, ya no esperaba descubrir de este autor. Un más que convincente reencuentro.

sábado, 15 de agosto de 2020

Reseña a cuatro manos: La casa de Iggie, de Judy Blume

Idioma original: Inglés
Título original: Iggie's house
Año de publicación: 1970
Traducción: Montse Triviño
Valoración: Entretenido y estaría bien que se lo leyera mucha gente (en palabras de Irantzu)


Libro infantil y juvenil, así que reseña a cuatro manos entre hija y padre. Por cierto, espero suculenta oferta por parte del Sanedrín uladiano y así sopesar, cual padre de Neymar, entre los variados ofrecimientos recibidos: Babelia, el suplemento de cultura de la hoja parroquial y los hijueputas esos de la Sexta con su blog literario de Aliexpress. Al lío!

Irantzu dice...
Winnie es una niña que vive en Grove Street. Su mejor amiga, Iggie, se ha mudado a Tokio con sus padres. A la que era la casa de Iggie llega una familia negra formada por los padres y 3 niños más o menos de la edad de Winnie. Lo curioso es que son los primeros negros del barrio y eso le sorprende a Winnie. A algunos vecinos no les gusta que haya gente de otro color en su barrio y empiezan a protestar para que se vayan. Winnie no quiere que se vayan, no quiere que les traten mal y se hace amiga de ellos.

Este libro me ha gustado mucho porque la historia puede haber ocurrido de verdad y nos enseña que no tienes que tratar mal a nadie solo porque sea "diferente".

Ahora, yo:
Ambientado a finales de los años 60, inmediatamente después del asesinato de Martin Luther King, "La casa de Iggie" es un hermoso alegato contra el racismo que muestra, desde la óptica de una niña de once años, el absurdo de los comportamientos, los prejuicios y la indiferencia de los adultos. El conflicto entre la inocencia infantil y el mundo más frío y calculador de los adultos aparece perfectamente definido y es, creo, lo más destacable de la novela. 

Vamos, que 127 páginas que se leen en un par de tardes y que son perfectamente recomendables para niños y padres, especialmente en estos tiempos en los que ciertas conductas más propias de otras décadas vuelven a extenderse a este y al otro lado de Océano Atlántico.

viernes, 14 de agosto de 2020

Gary Younge: Un día más en la muerte de Estados Unidos

Idioma original: inglés
Título original: Another Day in the Death of America
Traducción: María Luisa Rodríguez Tapia
Año de publicación: 2016
Valoración: recomendable

La tenencia de armas en un país por parte de los ciudadanos siempre es algo controvertido, pues sus defensores y detractores tienen visiones radicalmente contrapuestas y a menudo anquilosantes que hace difícil que se puedan poner de acuerdo. Y Gary Younge, periodista británico del The Guardian, fue consciente de ello cuando fue a vivir a Estados Unidos, un país en el que el derecho a poseer y portar armas está recogido en la Segunda Enmienda a su Constitución.

Las consecuencias de esta enmienda son evidentes, y ya en la introducción del libro, Younge expone el porqué del mismo pues, analizando los datos, constató que, por término medio, en Estados Unidos cada día mueren siete niños y adolescentes por armas de fuego, siendo además la principal causa de muerte de las personas negras de menos de diecinueve años de edad, pero «esas muertes cotidianas no son noticia». Y ahí el propósito del libro: coger un día cualquiera, al azar, buscar los casos de jóvenes que murieron ese día por armas de fuego y contar sus historias. Así, el propósito del libro era «explorar en qué forma vivieron sus cortas vidas, los entornos que habitaron y lo que el contexto de su fallecimiento puede decirnos sobre la sociedad en general». El autor también deja claro en la introducción que este no es un libro sobre el racismo (de media, mueren tantos blancos como negros en esas franjas de edad y en la mayoría de estos delitos la víctima es de la misma raza que su autor) ni sobre el control de armas. Es un libro sobre Estados Unidos y sus niños, «es una fotografía de esa sociedad en que las muertes son posibles como en ninguna otra, y que tiene una cultura política aparentemente incapaz de crear un mundo en el que sean evitables».

Sin pretender en esta reseña entrar en detalle en cada uno de los diez casos expuestos (correspondientes a las diez muertes de menores por armas de fuego que sucedieron en el día que el autor escogió aleatoriamente para escribir el libro), cabe decir que hay casos narrados de manera muy dura, como el de la muerte de Jaiden Dixon, de nueve años, asesinado por su padre. La narración es muy dura y te paraliza, pues la descripción del momento en el que es disparado hiela la sangre. El autor es hábil en poner este caso en primer lugar, pues con él ya arrastra al lector en una vorágine de tristeza y desespero. E incomprensión absoluta. A partir de este caso se suceden el resto, formado en su mayor parte por muertes accidentales o por un ajuste de cuentas entre bandas. El libro es durísimo, porque hablamos de niños asesinados, hablamos de vidas rotas con todo un futuro por delante, niños cuyas familias quedaron destrozadas. Es muy difícil leer este libro, es muy duro avanzar página tras página, sin caer en un pozo de tristeza; es muy complicado seguir su lectura y mantenerse en ella sin romperse.

Más allá de las vidas de las víctimas que sirven para ver la amplitud de situaciones en las que se pueden producir estos asesinatos, la habilidad del autor se demuestra en, a partir de cada una de ellas, dar una visión ampliada del mundo que engloba las armas y analizar qué lleva a una sociedad a encontrarse en esta situación; así, habla no solo de las muertes, sino de familias desestructuradas, de vidas en las calles, de la Asociación Nacional del Rifle, de movimientos ciudadanos para luchar en favor del control de armas, de pandillas y bandas. Así, en esta investigación sobre sus muertes, el autor introduce pinceladas de una cultura y unas leyes que permiten ampliamente la tenencia de armas. Younge elude situarse en una situación equidistante y, amparándose en datos estadísticos y casos reales, se posiciona al tratar de estos aspectos políticos y culturales y nos habla de:

  • la Asociación Nacional del Rifle, de quién afirma que «se trata de construir un estado de alerta que implica asumir e incorporar la idea de que (el robo) puede ocurrir en cualquier momento» para añadir que «los más acérrimos partidarios de las armas hacen todo lo posible para mantener vivo el sentimiento de que el mundo es un lugar peligroso e inseguro»; una afirmación que se sustenta en la visión del consejero delegado de la Asociación que sugiere que deben protegerse ellos mismos porque el gobierno está en declive y no lo hará por ellos. 
  • las redes sociales y su uso, a las que critica por las visiones partidistas e interesadas que se pueden hacer de lo que hay en la cuenta de una persona, así como del riesgo en clasificar las víctimas como ángeles o inocentes, pues establece una clasificación de las víctimas como si no todas tuvieran el mismo derecho a la vida.
  • la importancia de los movimientos estudiantiles que tratan sobre el comportamiento de los jóvenes, para concienciarlos de la importancia de su comportamiento si no quieren acabar en la cárcel o muertos, decirles que «las calles no son su vida, que hay vida más allá de la calle». También Younge nos explica la función de ciertos colectivos que intervienen cuando hay muertos en alguna banda, para apaciguar los ánimos, para evitar represalias, pues el descenso de la violencia es algo que depende a la actitud y un cambio en ella puede significar un descenso de la mortalidad por armas de fuego.
  • la gran tasa de homicidios especialmente de jóvenes negros (diez veces superior a la de los blancos) y que según los mismos afroamericanos se deben a la desintegración de la relación parental en la que «muchos niños se crían solos» y que los padres, también jóvenes, creen que «los niños obtendrán ayuda en las calles», aunque sí nos fijamos en otros países la mortalidad de estos es muy inferior por lo que está claro que la dedicación o educación de los padres hacia sus hijos no parecen ser el motivo principal (algo que el autor tiene claro al afirmar que «aunque los estadounidenses fueran peores padres, no podrían ser tan malos»). Sin embargo, los padres siguen apuntando y afirmando a este discurso autoculpándose. 
  • el racismo innegable en Estados Unidos, pues «los afroamericanos tiene seis veces más posibilidades que los blancos de acabar en la cárcel, el doble de posibilidades de no tener trabajo y casi el triple de vivir en la pobreza». Younge lo complementa aquí con otro tema importante, las desigualdades sociales. «La divergencia entre la riqueza y las rentas de los negros y los blancos es mayor ahora que en 1963 (año de la Marcha en Washington)».
  • la híper segregación de las sociedades como Dallas (una de las dieciséis más segregadas de los EE.UU.), pues, de hecho, cuatro de los diez casos que narra este libro pertenecen a ciudades que corresponden a esta categoría. Los guetos, la discriminación, la marginalización de los barrios, crean escenarios idóneos para que ocurran este tipo de situaciones.
  • la facilidad de acceso a las armas, especialmente en gran parte del Estados Unidos rural, donde «las armas de fuego forman parte de la vida cotidiana, por motivos prácticos o con fines recreativos». «Con tantas armas alrededor, la posibilidad de que ocurra una desgracia siempre está presente». El autor apela a la educación y responsabilidad de los padres, pero también afirma que los niños son muy curiosos a esa edad. El riesgo de que suceda algo, siempre está ahí, pues la vigilancia o rigurosidad en las normas básicas sobre donde deben guardarse las armas y cómo emplearlas se acaba relajando. Porque los niños son curiosos y si les añades el hecho que, según un estudio de 2000, «en más de la mitad de hogares en EE.UU. en los que coinciden niños y armas, las armas no están en un armero cerrado», eso explica en gran parte porque los disparos accidentales son la quinta causa de muerte de menores en EE.UU. y «el 68% de los tiroteos en centros escolares entre 1974 y 2000 se cometieron con un arma que el autor había obtenido en su casa o en la de algún familiar».
  • el periodismo, pues Younge utiliza este caso para narrar su papel y lo poco que interesa informar sobre los niños negros muertos por disparos, no ocurriend igual cuando ocurre en niños blancos. Aquí analiza no sólo el papel del periodismo, sino también el racismo existente en la sociedad, un racismo que excluye a los negros no solo de su mundo sino también de sus intereses. 

Más allá de que como en cualquier libro basado en diferentes historias hay algunas más logradas que otras, la habilidad de Younge se hace evidente al conseguir que nos metamos en la piel de esas familias afectadas por las prematuras muertes y, a la vez, hilvanar e integrar los diferentes aspectos colaterales de las tragedias ocurridas. El relato se sostiene con independencia del fallecido en cuestión, pues más allá de la particular historia narrada, es el sentimiento de desolación, injusticia y facilidad de que ocurra de nuevo el que sobrevuela toda la narración y hace evidente, al menos a los ojos de este reseñista, que el control de armas debe ser mucho más riguroso y que, donde hay armas, habrá muertes, y no siempre en acto de defensa, sino que, a veces, es una cuestión, pura, simple y llanamente, de probabilidad. Y cuando la probabilidad existe, tarde o temprano va a ocurrir. De nuevo. Y será otra joven vida perdida.