martes, 22 de mayo de 2018

Friedrich Nietzsche: Así habló Zaratustra. El manga

Idioma original: japonés
tulo original: Manga de dokuhu, Zaratustra kaku katahiri
Año de publicación: 2008
Traducción: Maite Madinabeitia -Daruma Serveis Lingüistics S.L.
Valoración: delirante

¿Cómo? ¿Nietzsche? ¿Manga? Pues sí, amigos: el manga. Porque resulta que hay una colección, "la otra h", de la editorial Herder (Herder, nada menos...), dedicada a publicar versiones manga de grandes obras de la literatura y, sobre todo, de la filosofía occidental, desde La Divina Comedia a Los hermanos Karamazov, de Homero a Kafka, de Rousseau a Marx y Engels (pasando, cómo no, por...ejem,  En busca del tiempo perdido ). La idea inicial, supongo, era interesar a los jóvenes japoneses -aunque hoy en día, también del resto del mundo-, en las grandes obras obras del pensamiento a través de un medio que les resultara familiar y atractivo. Perfecto, claro, nada que objetar.

Ahora bien, cuando se trata de obras filosóficas, debido a su propia naturaleza especulativa, se ve que la opción ha sido novelizarlas de alguna forma, para hacer más digeribles los conceptos -en este caso, toda esa mandanga del superhombre y el eterno retorno-; este manga nos traslada, pues, a una ciudad alemana del siglo XIX, donde un pastor protestante tiene dos hijos: Zaratustra, un cabroncete bastante macarrilla y Álex, buen chaval, manso y obediente, pero que vive angustiado por la sospecha de ser adoptado, además de por el bullying constante al que le somete el puñetero de su hermano. Como personajes femeninos, nos encontramos, por un  lado, a la santa y paciente madre  de ambos y por otro, también a una misteriosa y bella mujer, Salomé, que aparece en momentos clave de la historia para burlarse de Zara y deduzco que, de paso, provocar ese punto de acicate erótico para la muchachada otaku que todo manga shōnen debe tener... (wikipedia, amigos, si no, de qué carajo voy a saber yo qué es todo eso).


No voy a extenderme con detalle sobre la trama de la historia -poco que ver con el Zaratustra original, aviso-, pero diré que a lo largo de sus páginas esta nave se va escorando hacia el puro delirio: comienza como una especie de anime de la Nippon Animation (Heidi y todo eso), pasa por un culebrón de época de las sobremesas de TVE, vira hacia La naranja mecánica o una peli de Haneke, para acabar encallando en un refrito de Paulo Coelho pasado por Borges... Y por Nietszche, lógicamente, que era de lo que se trataba. De hecho, qué queréis que os diga (y pido perdón  a quienes nos lean desde allende los mares si no entienden de qué hablo): leyendo este manga no he podido dejar de pensar en Joaquín Reyes disfrazado del filósofo alemán, bigotón en ristre, y sentenciando con su acento albaceteño: "¡Así habló Zaratustra! ¡Zaratuuustraaa!" Pues esa imagen es menos delirante que este manga, creedme (aunque aún peor es la obra original del amigo Federico; eso sí que no se lo puede leer ni Dios... menos mal que para entonces ya había muerto, el pobre).

Bueno, ahora, a por El capital, que también promete...


Dado que no se especifica quiénes son los perpetradores finales de este manga, aquí están otras obras del amigo Friedrich Nietzsche reseñadas en Un Libro Al Día: El Anticristo

lunes, 21 de mayo de 2018

¿Cómo que no hay Nobel? ULAD convoca Premio NOVEL

¿Mi cara de pachocha? El disgusto que me han dado
Buenas: ayer compramos un precioso cerdito de arcilla. 0,75 € que nos costó. Le iremos poniendo las monedicas que nos sobran del café, las incordiantes esas de color cobrizo que aún tenemos que mirar con detenimiento para saber de cuánto son. Igual en octubre ya hemos llegado a los dos euros. Oigan, y si no hemos llegado, voy yo con mi poderío y completo hasta esa cantidad. Dos eurazos. Claro, en ULAD no inventamos la dinamita y no tenemos esa carga del descubrimiento mal aplicado en nuestra conciencia. Nuestra conciencia está tranquila y blanquita como las ovejitas de los anuncios de suavizante. O porque pongamos algún librito a parir se nos va a poder comparar con esos sátrapas de la Academia Nobel que, incapaces de subirse la bragueta y apechugar con las consecuencias van y dejan al cosmos literario sin referencia. Nos lo deberíamos haber temido con lo de Dylan. Esta gente no está por lo que tiene que estar. Se nos distraen y ya veis. Poetas egipcios, rápsodas nicaragüenses, narcisistas madrileños, héroes casuales de los jazz-bar japoneses, no desesperéis. Nosotros ya compensamos. Nosotros somos un ente con un historial impecable y llegaremos ahí. 
ULAD convoca unos premios que por poco no tienen nombre, nuestros branding coaches estaban en ello pero el presupuesto no daba para mucho así que de logos hipertrabajados y plafones para el photo-call va a haber que despedirse. Pero por algo se empieza.
Bien sencillo: tres escritores que estén entre los vivos en el momento que esta convocatoria se publique. Que tengan una carrera más o menos consolidada y que no hayan sido premiados antes con ese tal premio Nobel, ése que ahora va a quedar en el olvido. Los motivos para el premio ni  falta que hace. Ya improvisaremos. "Por su aportación en forma de voz fresca dando sentido a la amalgama social de los tiempos modernos". Qué chupi. O "su rutilante estilo y la perdurabilidad de los personajes creados nos permiten hablar de una figura capital". Je. Si no encontramos la frase, ya encontraremos el escritor.
E-mail a nuestro sempiterno correo (unlibroaldia@gmail.com). En el asunto debe constar PREMIOS NOVEL. Tres nombres. Tres puntos para el primero, dos para el segundo, uno para el tercero. Una breve explicación, un par de líneas, justificando cada elección. Entonces se monta una de esas hojitas Excel que nos sobreexcitan, añadimos los votos de los diez colaboradores (serán secretos y se revelarán solamente cuando el veredicto se publique, que sabemos lo muy influencers que somos y lo pesada que es esa carga), y aquel de los votantes que más se acerque al resultado real resultará premiado con un lote de libros suficiente para quebrar la balda más resistente. O sea, tres. Intentaremos que uno sea gordo.
El método de valoración: sumar los puntos obtenidos por cada votante de acuerdo con el resultado final.

  • Un punto por cada coincidencia en la inclusión.
  • Un punto adicional por cada uno que coincida en la posición.
  • Si hay empate, duelo a florete. Bueno, algo inventaremos. Somos muy de inventar.
Y para el escritor o escritora (ya los veo ahí corroídos por los nervios cuando, el 8 de octubre, fecha capicúa, 8-10-18, se proclame el vencedor) que resulte elegido con ese inconmensurable honor, pues igual le cae un Tweet de proclamación y todo, y a partir de ahí a relajarse, a disfrutar la fama, firmar autógrafos, mesas en Sant Jordi, y a fundirse la pasta: su vida quedará solucionada en lo económico y perpetuamente vinculada a ULAD  en lo personal. La Historia empieza a escribirse así, no os quepa duda.

domingo, 20 de mayo de 2018

Peter Carey: La verdadera historia de la banda de Kelly


Idioma original: inglés
Título original: True History of the Kelly gang 
Año de publicación: 2001
Traducción: Enrique de Hériz
Valoración: recomendable

Señoras señores, les aclaro. Que no tiene que ver historia novelada con novela histórica. Que lo segundo es una de las lacras de la literatura y lo primero es algo que escasea y que está a distancia y vale la pena. Que no es lo del azul grisáceo y el gris azulado. Que no. Que cuando Carey (otro del que habré de leer más) toma la voz de Jed Kelly y emplea ese vocabulario básico, ese tono rasposo, esa carencia de signos de puntuación a la que puede costar algo acostumbrarse,  no lo hace con la intención del lucimiento que lastra a los pesados que emplean cinco años en documentarse para entregar un tocho que tarda cinco años en leerse mientras nos deleitan con las historias de la pedrería que cubría el manto de armiño de un rey del siglo XI. No, no y no. Carey se integra y se mimetiza con el personaje y su único devaneo con el rigor per se es esa curiosa división del libro en legajos como para dar la apariencia de alguien hallando un tesoro literario enterrado en algún baúl que se ha salvado de la basura, y revelándolo. Es la máxima licencia visible porque desde las primeras páginas nos va a trincar de la pechera y nos va  a arrastrar por los áridos lodos del Salvaje Oeste australiano, donde no hay apaches sino irlandeses, donde no hay búfalos sino canguros, pero al margen de esos detalles casi de atrezzo todo lo demás es puro western y pura historia de bandoleros de gatillo fácil, de duras historias personales de esas que acaban con la gente proclamando que la cabra tira al monte.

En un monólogo agotador y falto de puntuación por exigencias del guion, vamos pasando uno por uno por los hitos de la vida de Jed Kelly, histórico bandolero y asaltante y atracador de diligencias de la Australia más inhóspita. Tipo al que la vida le ha negado casi todo en su niñez. Un padre encarcelado, una madre desorientada y sojuzgada por todos los hombres que, incluyendo a su marido, la han vejado y humillado hasta el punto de ser una mera huésped de hijo tras otro, de hermanos y hermanas. Una espiral de resultados previsibles donde será asistimos a la maduración a golpes de Sed Kelly, líder la banda que ha ido aprendiendo de otros bandoleros (algunos de ellos emparejados por esa madre que es el centro de gravedad al que el protagonista siempre regresa, tiñendo la historia de tonalidades edípicas), las diversas fechorías- robo de caballos, asalto de carros, atraco de bancos- por las cuales se erigirá en un icono local, alguien que sale en la prensa y de cuyas andanzas se habla.

Problema que limita este libro: casi 500 páginas son muchas para una historia tan claramente previsible (se ve que el tal Kelly es una especie de leyenda en Australia, y que Carey noveló su vida, supongo basándose en documentación, pero esta claro que permitiéndose licencias creativas), y en mi experiencia lectora ya me he encontrado bastantes ejemplos de villanos que lo han sido como consecuencia de la injusticia o incluso de la arbitrariedad de que quienes tienen que impartir justicia se inventen los delitos con los que puedan incriminarles (esto me suena mucho hoy en día). Héroes que han acabado sin otro remedio que ser villanos los hay en obras de Bunker, de Tolstoi, de Cercas, de Von Kleist, y ya no digamos si aún vamos más atrás en el tiempo. De hecho, La verdadera historia de la banda de Kelly tiene un poderoso aroma homérico. Y no digo, porque al final me inclino por recomendar esta novela, que la historia no sea potente y que Carey no sea solvente en su papel de narrador. Tan solvente como que en algún momento parece que estemos oyendo a esa estricta primera persona. Pero tanta reiteración disipa el entusiasmo inicial, y allá por la página 400 uno ya pide la hora al árbitro, porque, perdonad la broma, el partido ya sabemos cómo va a acabar.

sábado, 19 de mayo de 2018

Verity Bargate: Con la misma moneda

Idioma original: Inglés  
Título original: Tit for Tat 
Traductor: Íñigo F. Lomana
Año de publicación: 1981
Valoración: Entre recomendable y está bien

Esta es la última de las tres novelas que escribió Verity Bargate. Aunque no me ha gustado tanto como No, mamá, no, hay que reconocer que la supera en varios aspectos. Para empezar, está más pulida a nivel formal. Además, su protagonista sí que encaja perfectamente con el mensaje global de la obra.

Por otro lado, puestos a comparar ambos textos, debo decir que la trama de Con la misma moneda es inferior. Sobre todo, porque toma menos riesgos. En un par de ocasiones, incluso, peca de ser previsible, algo que era impensable en No, mamá, no. Recuerdo que, en esa novela, Bargate nos arrojaba algo que un escritor menos hábil hubiera convertido en una subtrama romántica. Eso, pero, hubiera sido caer en lo fácil, y la autora rehuyó esa dirección. Por fortuna. En cambio, en Con la misma moneda nos encontramos con un argumento más convencional y previsible. 

De todos modos, la de Con la misma moneda sigue siendo una gran historia. Sadie Thompson es nuestra protagonista. Tiene once años cuando la conocemos, y durante las 230 páginas de esta obrita la vemos crecer. La acompañamos durante su primera regla, la muerte de su madre, su pérdida de la virginidad... Y otros sucesos que no puedo desvelar, pues no os quiero destripar el argumento. En efecto, ya lo habréis adivinado: Con la misma moneda es una novela de formación, una que llega a conclusiones más bien amargas.  

Sadie está retratada con tino. Su tapiz psicológico es el más pormenorizado de todos los que aparecen en la novela. A su vez, el resto de personajes no se quedan a la zaga. Tim, el hombre del que se enamora, y Chris, vieja amiga de su madre, que acabará ejerciendo el rol de tutora, son también magistralmente definidos. Sus dispares personalidades, además, ejercen de contrapunto con respecto a la protagonista, a la vez que granjean diversidad a la narración.

Otro punto a destacar de Con la misma moneda son los mensajes que gravitan alrededor de la trama: las dificultades y "la culpa" de ser mujer,  la sororidad, el amor... Quizás el tema cuyo tratamiento menos me ha gustado es la sororidad. Aunque está mejor llevada que en No, mamá, no, sigue siendo idealizada de forma algo ingenua, a ratos hasta argumentalmente tramposa. En cambio, Bargate ha bordado el amor: retrata su naturaleza bicéfala a la perfección. Por un lado, tenemos la cara luminosa del mismo; por otro, toda la oscuridad que acarrea. Exquisito.

En conclusión, pues, decir que estamos ante un libro conmovedor, repleto de virtudes y cuyos puntuales defectos no lo lastran en absoluto. Y para terminar querría felicitar a Alba Editorial. Mientras que en No, mamá, no aprecié algunos errores achacables a la traducción, Con la misma moneda no los tiene, y he considerado pertinente remarcarlo.


También de Verity Bargate en Unlibroaldía: No, mamá, no

viernes, 18 de mayo de 2018

"Los antepasados" de Mary Ann Clark Bremer: Misterio + Reseña

Idioma original: inglés
Título original: Notebook III - The Ancestors
Traductor: Hugo Bachelli
Año de publicación: ???
Valoración: recomendable


EL MISTERIO

Compro este libro en uno de mis viajes a Bilbao, porque es cortito y porque parece interesante. Lo leo unos meses después; me gusta, aunque con algunos altibajos (de los que hablaré luego). Empiezo a pensar en la reseña para ULAD, busco información sobre la autora en Google, y no encuentro nada. Y cuando digo nada, digo absolutamente nada. La única información que existe sobre esta autora es la que ofrece la propia editorial Periférica.

Mary Ann Clark Bremer no tiene página en ninguna Wikipedia. En páginas como WorldCat, Google Books o Amazon los únicos resultados relevantes que aparecen son los referentes a las ediciones españolas de sus obras, en Periférica. Hago diferentes búsquedas, con comillas, sin comillas, solo los apellidos, busco el supuesto título original, con comillas, sin comillas, con números romanos y arábigos. Nada.

Ante este vacío absoluto de información en los tiempos de la sobreinformación, es fácil pensar que estamos ante un nuevo caso "Elena Ferrante", o por decirlo con más propiedad, ante un nuevo "Ossian", que está intentando hacer pasar por traducciones obras en realidad originales. No soy el primero en pesarlo: Hilaro J. Rodríguez en un artículo en El Cuaderno ya apunta esa posibilidad. Tendría gracia si fuera así, y desde luego habría que elogiar la capacidad creativa de quien ha inventado una escritora judía-americana de mediados del siglo XX y una obra autobiográfica cada vez más extensa.

Sin embargo, desde la editorial Periférica me confirman, por email, que Mary Ann Clark Bremer es real; que lo que dice la solapa del libro es verdad: que se trata de una escritora "secreta", que en vida publicó bajo diversos seudónimos, y cuya obra autobiográfica inédita, organizada en forma de diarios o cuadernos, llegó a las manos de los editores de Periférica de forma casi accidental. Tanto la autora como los herederos son muy pudorosos en relación con estas obras, que hablan de aspectos íntimos y familiares, de ahí que solo se pueda publicar una pequeña parte del legado de la escritora. De ser así, el misterio no sería tan misterioso, aunque sí es una pena que una escritora de una sensibilidad indudable haya pasado tan desapercibida.


LA RESEÑA

Periférica ha ido publicando las novelas cortas (entre 60 y 90 páginas cada una) de Mary Ann Bremer (Una biblioteca de verano, Cuando acabe el invierno, El librero de París y la princesa rusa y Una pasión parecida al miedo), reunidas posteriormente en el volumen Cuando asedien tu faz cuarenta inviernos. Los antepasados, como explicaba en el párrafo anterior, es uno de los "cuadernos" de memorias o diarios de la escritora, que en este caso se dedica a sus antecedentes familiares, con especial atención a las mujeres que la precedieron (y en este sentido, el masculino genérico del título, "antepasados", resulta algo traidor).

A pesar de su brevedad, creo que la obra puede dividirse en tres partes: en la primera (secciones "Cantar" y "Josephine y las lamentaciones"), la escritora se remonta a la historia de sus bisabuelos, Ann y "el Ruso", y de su tía abuela Josephine, sensible, sufragista y suicida. Estas secciones, en las que se cuenta en capítulos brevísimos y con una delicadeza maravillosa la historia de unas personas cubiertas de preguntas quizás sin respuesta, son las mejores del libro, en mi opinión.

La segunda parte, ocupada por las secciones "Declaración de sentimientos", "Musicalische Sterbens-Gedancken" y "Polifonía (Eclesiastés)", cambian el foco, que pasa a centrarse en la propia escritora durante su estancia en Suiza: sus rutinas y entretenimientos, las cartas intercambiadas con familiares de Estados Unidos, su dolor por la pérdida de su esposo Saul, sus reflexiones sobre la vida y la muerte... El diálogo con los antepasados (las antepasadas) no está completamente ausente, pero es mucho más marginal que en la primera parte, y por eso también esta segunda parte me ha interesado menos.

La tercera parte, más breve, titulada como el libro, "Los antepasados", recupera los personajes del principio (el bisabuelo Ruso, la bisabuela Ann, Josephine...), e intenta explicar alguno de los misterios que habían quedado abiertos. Cierra así, de forma circular, muchos de los temas abiertos al inicio. Siendo mucho más breve, esta sección es un cierre perfecto para el libro.

Esta obrita tan corta (78 páginas, unas cuantas de ellas ocupadas por títulos de sección) es una lectura perfecta para una tarde de descanso, para un viaje no demasiado largo, para llevar encima y leer en el metro, a tragos cortos. La prosa de Mary Ann Clark Bremer es poética y sencilla, muy influida por las lecturas de la Biblia (en este caso, el Cantar de los Cantares y el Eclesiastés), sensible sin ser melodramática. La parte intermedia del libro, que entraría en el género tan traído y llevado de la "narrativa del yo", me ha interesado algo menos, me ha parecido menos original, pero en cambio la primera y la tercera partes me han atrapado y encantado.

Creo que habrá que seguir atentos a Periférica, a ver qué otras joyas consiguen sacar del baúl de los herederos de Clark Bremer. Y si algún día descubrimos que era mentira, que Clark Bremer no existe, o que en realidad es un señor gordo y barbudo de Motilla del Palancar, en el fondo no pasará nada, porque lo que hayamos disfrutado leyendo sus obras no nos lo quita nadie.

jueves, 17 de mayo de 2018

Han Kang: Actos humanos

Idioma original: coreano
Título original: 소년이 온다
Traducción: Sunme Yoon (castellano), Alba Cunill (catalán)
Año de publicación: 2014
Valoración: muy recomendable

Parecía difícil que Han Kang pudiera sorprender de nuevo, tras su irrupción a la esfera literaria en castellano con «La vegetariana», gran obra con la que se dio a conocer en estos lares. Pero creo poder afirmar, sin que el ímpetu y la emoción experimentados tras la lectura del libro alteren mi juicio, que «Actos humanos» incluso lo supera en calidad y emoción. Y es que cuando una historia tiene como origen una serie de hechos sucedidos en la realidad y, aunque de manera indirecta, estos afectaron la vida de la escritora, es cuando las emociones narradas fluyen de manera natural, sin filtros ni adulteraciones, desde las entrañas hasta el texto final.

Así, basándose en los hechos que sucedieron en mayo de 1980 en la Universidad Chonnam de Gwangju (ciudad natal de la autora), el libro escrito por Han Kang es un libro en recuerdo de aquellas personas que, de manera directa o indirecta, fueron afectadas por la masacre causada por el ejército, ante las protestas estudiantiles contra la dictadura de Chun Doo-hwan. Pero no se trata de un tratado histórico ni de un ensayo político, o al menos no en primer plano. Han Kang se trasladó a Seúl poco tiempo antes de aquellos hechos, por lo que este libro está escrito desde la tristeza, desde la pena de quién ve desde la distancia lo que ocurrió con sus antiguos amigos, conocidos y conciudadanos. Con este propósito, el libro que nos ocupa trata sobre las personas más que sobre los hechos, trata sobre la humanidad, los sentimientos, la pena y el dolor, la tristeza y la añoranza, la fuerza y el optimismo, los anhelos y el espíritu vital, la libertad y la opresión, el pesar y la incomprensión, la incredulidad y la desesperanza. Y la violencia, física o emocional.

Estructurada en siete capítulos en apariencia independientes, la autora narra la historia desde diferentes perspectivas, diferentes ángulos con un punto central como núcleo de la historia. Situando como centro la masacre ocurrida, la autora despliega un abanico emocional abriendo un espectro de sentimientos hacia diferentes caminos, focalizando las distintas sensaciones en cada uno de los personajes. La variedad, riqueza y pluralidad de sentimientos que alberga y transmite la autora hace que necesite canalizarlos a través de diferentes personajes, para así copar y alcanzar todo el espectro emocional que la historia ofrece. Han Kang nos habla de esperanza tras la añoranza, de remordimientos tras la solitud, del alma que, en su disociación y cual proyección astral, lucha por seguir pegada a un cuerpo como única vía posible para permanecer aferrada a una vida que se ha ido, que lucha por mantenerse viva a través de los recuerdos, cada vez más difusos y vagos. Cada una de estas emociones es encarnada por los distintos personajes, de manera que entre todos ellos se conforma el paisaje emocional que reside como poso tras la violencia de una masacre, y poniendo como foco principal el de las víctimas en sus dos vertientes: las víctimas que murieron, pero también aquellas personas que sobrevivieron con todo el pesar de su inacción ante la violencia y el abuso; y también, de manera latente, el recuerdo que reside en ellas, que actúa como una losa a la que van atados quienes pretenden seguir adelante:

"La gente de la calle tenía la cara desencajada, como si llevara una cicatriz invisible"

De esta manera, uno de los logros de la autora es la facilidad que tiene en hilvanar una historia narrada, pensada y sentida a través de distintas voces; y no hablo únicamente de un cambio en el protagonista narrador, sino incluso del estilo, del tono, de la voz utilizada; la amplitud de registros de la autora la ubica ante un complejo reto narrativo del que sale profusamente victoriosa. Han Kang necesita entrar en el dolor tan profundamente para hablar de él que no le basta una sola voz y una sola experiencia para alcanzar la magnitud de la desolación y es por ello que teje una historia de distintos personajes entrelazados, ofreciendo un análisis caleidoscópico y plural que sirve para explorar de manera holística todas las aristas que hieren los sentimientos de las personas hasta crear una serie de cicatrices con las que sobrellevar la vida hasta que llega la muerte.

De igual modo, y fiel al estilo que demostró en «La vegetariana», Han Kang demuestra su habilidad al hablar del cuerpo y desde el cuerpo, transmitiendo las emociones a partir de él. La visceralidad con la que sus palabras forman un texto de marcada corporalidad, hace que sea el propio cuerpo quien hable pues sabe cómo proyectar a través de él las emociones que del mismo emanan. Su narrativa parece escrita y dirigida por sus sensaciones corporales, desde lo más profundo de su ser; no proviene de su cerebro sino de sus mismas entrañas y, partiendo del cuerpo como centro de todo, es a partir de él donde se construye todo el relato.

Este es un libro escrito por alguien que sobrevivió a una masacre desde la distancia, sin poder evitar sentir cierta carga de consciencia por no haber estado allí junto a sus compañeros. La narración es trágica por la culpa autoinflingida, por la búsqueda de un perdón que solo pueden darlo quienes ya no están, y un intento permanente de autoconvencerse de que las cosas no hubieran podido suceder de otra manera, pues eran inevitables; una vida marcada por la necesidad personal del perdón, de insistir en convencerse que otro futuro no era posible, como si a fuerza de repetirlo pudiéramos establecer la paz con los que ya lo están, y con nosotros mismos.

También de Han Kang en ULAD: La vegetariana

miércoles, 16 de mayo de 2018

Fight Combo: La semilla de la bruja, de Margaret Atwood vs. La tempestad de William Shakespeare

Idioma original: inglés
Título original: The Tempest
Año de publicación:1611 (1ª representación)
Traducción/adaptación: José Hierro
Valoración: casi imprescindible






Idioma original: inglés
Título original: Hag-Seed
Año de publicación: 2016
Traducción: Miguel Temprano García
Valoración: más que recomendable

Vayamos por orden: para celebrar el 400 aniversario de la muerte de William Shakespeare, la editorial Hogarths (nada que ver con Hogwarts, potterheads, no os emocionéis) encargó a unos cuantos escritores bastante conocidos -Jo Nesbø, Gillian Flynn, Tracy Chevalier...- una serie de novelas basadas en sus obras; la autora más destacada de este grupo es, sin duda, la canadiense Margaret Atwood, que escribió La semilla de la bruja a partir de la comedia (!), un tanto hermética, La tempestad.

En segundo lugar, he de confesar que si el título de esta reseña doble induce a error, ha sido de manera premeditada por mi parte (algo tengo que hacer para conseguir que me leáis, concho, que yo no tengo followers ni haters ni nada, como mis compañeros...): aquí no hay ninguna lucha a muerte en Bangkok, ni esto se parece a una secuela de Freedy vs Jason o Alien vs. Predator, sólo que con caretas de Mrs. Atwood y del Inmortal Bardo de Stratford (me encanta esta expresión tan cursi). En realidad, lo que establecen obra de teatro y novela, o sus dos autores, si se prefiere, sería más bien un baile, un tango en el que el movimiento de uno está determinado por el  movimiento del otro bailarín. Cierto que la obra de Shakespeare es cuatro siglos anterior, por lo que sería quien marcara la parte dominante del tango, la que llevaría a su pareja, aunque sus movimientos tendrían un menor sentido sin ésta. Porque si es evidente que la novela de Atwood no podría existir sin La tempestad, lo cierto es que la novela sirve para explicar la obra, la complementa y aporta muchas claves de interpretación para aquellos que no somos, ni de lejos, expertos en Shakespeare.

Sigamos guardando un orden: La tempestad se considera una de las comedias de William Shakespeare, más que nada porque la cosa no acaba en un baño de sangre, hay algún que otro amorío y algún pequeño lío argumental. De acuerdo; pero en cualquier caso, es una comedia más bien amarga, con un aire siniestro y poco festivo, pese a algún momento de humor chocarrero, a cargo de los borrachos Trículo y Esteban y el monstruo Calibán. Éste, que en un primer momento seguramente no pasaba de verse como un personaje chusco y risible, con el tiempo se ha convertido en el más interesante e incluso central de la obra. Calibán es hijo de la bruja Sycorax, único habitante de un islote al que llegan Próspero, duque de Milán y su hija Miranda, cuando son traicionados Antonio, hermano de Próspero, y Alonso, rey de Nápoles, y abandonados en un bote en alta mar. Próspero, gracias a su dominio de la magia, consigue que Calibán le obedezca y, lo que es más importante, también Ariel, espíritu del aire, quien provoca una falsa tempestad cuando se enteran que el barco que lleva a sus antiguos enemigos se acerca. Desembarcados éstos en la isla y también Fernando, príncipe de Napóles, Próspero urde su venganza, largamente esperada...

El tema más evidente de la obra es, como se ve, la venganza. Venganza que parece justa, frente a tanta ambición y traición (no es de extrañar que El conde de Montecristo también rumiara la suya aprisionado en una isla); ahora bien, también podrían vengarse Ariel y Calibán del propio Póspero -y de hecho, al menos uno de ellos lo intenta-, ya que los ha reducido a meros criados y esclavos de sus caprichos, igual que él y su hija Miranda son esclavos del destino, que les ha recluido en un islote perdido; y reclusos de las artimañas de Próspero y Ariel son el resto de personajes... ninguno en la obra, en verdad, puede actuar de acuerdo a su libre  voluntad, constreñidos todos de una u otra manera. El tema subyacente, sería, pues, el de la libertad o la falta de ella, más bien... Claro que, ¿libertad de quién? Porque si hay algún personaje sojuzgado y humillado, ese es Calibán -en quién interpretaciones posteriores han querido ver una metáfora de los pueblos nativos americanos y africanos dominados y masacrados por Europa-, el único además que pretende revertir el orden establecido por medio de la violencia, aunque sea a costa de dejarse dominar por otro amo aún más fantoche -habría que ver por cuanto tiempo-, en una suerte de planteamiento prerrevolucionario. El contrapunto -también el complemento- a esta rabia subversiva lo pondría el viejo consejero Gonzalo, a quien le placería establecer en el islote una sociedad ideal, una utopía donde todo fuera armonía y buen rollito.


Si es Calibán el auténtico protagonista  de La tempestad, con más razón habría de serlo de la novela de Margaret Atwood, habida cuenta, además, que se titula justamente La semilla de la bruja... Pues no: el protagonismo se lo lleva aquí un alter ego de Próspero, el director teatral Felix Phillips, traicionado y apartado de su puesto como director de un festival de teatro en una localidad canadiense y que acaba recalando en un programa de alfabetización mediante la literatura para los presos del correccional Fletcher, lo que él aprovecha para montar con ellos una obra de Shakespeare cada año. Hasta que, por fin, llega el momento de interpretar La tempestad. 

Atwood centra toda su narración  en su Próspero/Felix y sus muy penosas circunstancias, con la sutileza psicológica y la perspicacia para observar los detalles que caracterizan a esta autora. Los demás personajes quedan -a excepción, quizás, de la actriz que interpreta a Miranda- reducidos a una serie de bosquejos rápidos aunque suficientemente característicos... Desopilante, por lo demás, resulta el reparto de presos que actúan en la obra, desde el vaina hasta Ocho Manos, pasando por Piernas o Lápiz Chueco... una panda, en todo caso, a la que se le coge cariño y a la que la autora trata con sumo respeto, porque si bien el humor está presente en buena parte de la novela, es un humor suave y socarrón, en ningún caso hiriente ni con los personajes más ruines (bueno, casi).

Entonces, ¿por qué se titula la novela La semilla de la bruja, en una clara referencia a nuestro ínclito Calibán? De hecho, durante toda la novela casi no se hace énfasis en este personaje... En realidad , lo que propone Atwood es que Calibán forma parte de la propia naturaleza de Próspero (de su Próspero/Felix, pero, por extensión, de todos nosotros): si Ariel se podría identificar con la parte luminosa, creativa y espiritual de la naturaleza humana, con el neocórtex más desarrollado, si se quiere, Calibán sería nuestro lado oscuro, vengativo aunque también insumiso, el cerebro reptiliano que todos tenemos ahí, más o menos escondido, hasta que, por algún motivo,  toma el control de todo nuestro ser.

En fin, una novela que tal vez no será considerada entre de las mejores obras de Margaret Atwood, pero que sin duda resulta de lo más recomendable para leer. Y a Shakespeare, claro... ; )


Otras obras de William Shakespeare reseñados en Un Libro Al Día: Romeo y Julieta, Hamlet, Otelo
Porrón de reseñas de libros de Margaret Atwood en Un Libro Al Día: Aquí

martes, 15 de mayo de 2018

John Barth: El final del camino

Idioma original: inglés
Título original: The end of the road
Año de publicación: 1957
Traducción: Mariano Peyrou
Valoración: bastante recomendable

Aclaración logística: leí La ópera flotante en la edición de Península de hace unas décadas, pero ahora he acudido a esta curiosa edición de Sexto Piso, en que integra las dos primeras novelas de Barth, para leer la segunda. Decisión, por cierto, muy acertada, ya que las dos novelas tienen un cierto aire unitario, un espíritu que contribuye a cohesionar la presencia común de hombres aislados que acaban formando parte de extraños triángulos amorosos, cuestión que no deja de ser chocante en novelas que ya tienen como sesenta años y que, con la salvaguarda de la evolución social, mantienen un curioso aire vanguardista, como si esos personajes que parecen extraídos de cuadros de Edward Hopper vinieran a visitarnos a nuestro mundo de hoy en día.
Y aunque El final del camino no sea el tipo de novela que puede gustar a todo el mundo ni el tipo de novela que suele proclamarse como capital en la evolución de la literatura, resulta que deja sensaciones en el lector que no están al alcance de muchas novelas de apariencia tan modesta. Los personajes quedan definidos y casi grabados en quien lee. No solamente el trío amoroso, Jake, Joe y Rennie, también la improbable cuarta en discordia, Peggy, el misterioso Doctor al que Jake acude cuando sufre sus ataques de paralización. Pero si hasta dos objetos inanimados, la estatua del Laocoonte y el Colt que Joe posee, resultan figurar casi como personajes secundarios, tal es la capacidad de Barth para dotar de carácter a los elementos que forman parte de su narración. Y la historia puede importar, claro, pero el tinte existencialista y surrealista pesan ahí. Jacob Horner es un profesor que encuentra trabajo a expensas de las instrucciones del Doctor, misterioso personaje que lo trata, aunque parece más bien que lo seduce y lo embauca.
Las reflexiones de Jake sobre lo que le acontece oscilan desde lo filosófico hasta lo ligeramente alucinado, pero su vida se desenvuelve con una naturalidad pasmosa. Se muestra contrariado cuando, a la búsqueda de un sitio donde alojarse, el que encuentra se ajusta a la perfección a lo que pretende encontrar. Necesita, piensa, el espacio de una duda, el margen de una reflexión, como si le frustrara que las cosas sean sencillas y se le presenten sin complicaciones. Seduce con facilidad a una cuarentona, Peggy, que encuentra casi por casualidad. Intima con los Morgan, pareja a la que conoce pues Joe es compañero de trabajo. Y establece una extraña relación envenenada, nudo de la narración, guiada por una especie de lujuria que Jake no llega a explicarse, como si las circunstancias obraran siempre para hacerle caer en la trampa. La situación es incómoda y no va a tener una buena salida, pero en ese devenir Barth va soltando cargas de profundidad sobre la sociedad del momento. Ése es el detalle que hace de Barth un escritor por encima de muchos. La capacidad de perdurar por encima de las circunstancias particulares de sus novelas y de trascender en esa cualidad que me veo tan incapaz de definir como de encontrar en la gran mayoría de los escritores. De los de hoy, diría que apenas Houellebecq, Franzen y Tom McCarthy son capaces de eso: de retratar sociedades enteras, casi civilizaciones, por mera fractalización de sus puestas en escena, de colar por capilaridad vidas anónimas como representaciones universales.
Pues eso Barth ya lo hacía hace sesenta años.
Echadle un galgo.

También de Barth en ULAD: El plantador de tabaco

lunes, 14 de mayo de 2018

Afonso Cruz: La muñeca de Kokoschka

Idioma original: Portugués
Título original: A boneca de Kokoschka
Traducción: Teresa Matarranz
Año de publicación: 2010
Valoración: Muy recomendable

No es fácil reseñar un libro como este, no lo es. Porque es un libro que engaña desde el título. No trata ni de la vida del pintor ni de las vanguardias artísticas de la época  ni nada por el estilo. Eso sí, Koksochka y su muñeca aparecen y juegan un papel importante en el desarrollo de la novela, tanto como imagen esclarecedora como nexo de unión de las diferentes historias.

Podría empezar hablando de su argumento, diciendo en versión “resumen resumido” que este es un libro sobre la "Otredad", sobre cómo vemos, sobre cómo nos vemos y sobre cómo nos ven. Pero diciendo solo esto me quedo muy corto. 

Podría hablar también sobre la estructura del libro. Tres partes divididas en brevísimos capítulos (apenas unas líneas a veces, otras un puñado de páginas). Tres tiempos y tres (o más) lugares en los que se mezclan realidad y ficción. La vida dentro de un libro que a su vez incluye varias vidas o posibilidades de vidas, como las famosas matrioshkas o como los libros de “Elige tu propia aventura”. 

Podría hablar además sobre el estilo de Afonso Cruz: poético, fragmentario, elíptico, pero también naif, fresco y divertido. Es el clásico libro que, si no fuera porque lo pedí prestado en la biblioteca, podría haber dejado todo subrayado y pintarrajeado ya que está plagado de frases “lapidarias”, sentencias con las que llenarías tu carpeta de la adolescencia.

Y podría, por último, hablar de autores a los que me ha recordado: Kafka (palabras mayores, lo sé), Borges (aunque solo sea por esos libros dentro de libros), el también portugués Tavares y su Jerusalén o el Unai Elorriaga de “Un tranvía en SP”.

Por si queréis algún dato más: lugares como Dresden, Budapest, África, París o Lisboa y tiempos como 1945, la Europa de entreguerras, la Europa posterior a la Segunda Guerra Mundial...

Pero no sé si con todo lo dicho queda algo en claro. Me inclino a pensar que no. Si es así, olvidad todo lo anterior y quedaos simplemente con que “La muñeca de Kokoschka” es un muy buen libro, triste y hermoso al mismo tiempo, que bajo su apariencia de juego esconde múltiples caras y múltiples posibilidades de interpretación para el lector. Vamos, como la vida misma.

P.S.: Cómo es posible que libros tan interesantes como este pasen absolutamente desapercibidos y truños manifiestos sean considerados por la crítica especializada como "the Next Big thing"?

domingo, 13 de mayo de 2018

Henri Michaux: Un bárbaro en Asia

Idioma original: francés
Título original: Un barbare en Asie
Traducción: Jorge Luis Borges
Año de publicación: 1933
Valoración: Muy recomendable (casi casi imprescindible)

Igual todavía está usted a tiempo, porque justamente hoy se clausura en el Guggenheim de Bilbao una exposición sobre la obra gráfica de Henri Michaux. Ha sido una de las muestras que más me ha impresionado de todas las que he visto: los rasgos humanos apenas sugeridos, experimentos caligráficos que navegan entre la abstracción y el pictograma, esos paisajes surgidos de la mente alterada por la droga, todo ello siempre dominado por secuencias obsesivas, repeticiones, variaciones, que sin embargo forman un discurso coherente. Puede que el de Michaux no fuese uno de los que han quedado como grandes nombres de la historia de la pintura, como seguramente le ocurrió en las demás disciplinas artísticas en las que se introdujo. Era, como algunos otros creadores indispensables, un tipo compulsivamente forzado a experimentar, buscar formas de expresión, intentar comprender las claves de la estética.

Escribir no era una prioridad para Michaux, que a veces consideraba la palabra como un corsé, pero aun así es autor de una obra escrita relativamente amplia (muy poco traducido al castellano), y desde luego muy variada: sobre todo poesía, pero también artículos sobre sus experiencias con alucinógenos, trabajos sobre poltergeist (!), estudios sobre ideogramas, y varios libros sobre viajes, como este que tengo el placer de comentar. Esta dispersión dice también mucho sobre el carácter inquieto de Henri, que queda de manifiesto en Un bárbaro en Asia

El periplo asiático debió ser de aúpa, imagínense un viaje de más un año, realizado a principios de los 30, recorriendo la India, China, Japón, Malasia y unas cuantas islas de Indonesia. Pero aunque mantenga la etiqueta correspondiente, hay que olvidarse del ‘libro de viajes’ como normalmente se entiende. En algún sitio he leído el concepto de ‘turista espiritual’, y es justo el que le cuadra a Michaux. Con una prosa construida a base de latigazos, como apuntes sin apenas elaborar, se adentra en el alma de estos países (entonces poco contaminada por la globalización), y se detiene a examinar todo lo que se encuentra: los rostros de la gente y su forma de moverse, las líneas de sus edificios y los peces de sus acuarios, su teatro, sus creencias, su manera de vestir o de dar o pedir limosna. Es una especie de extraordinario cuaderno de campo en el que todo rebosa espontaneidad, una pizca de humor y siempre la mirada penetrante del que quiere interceptar el entorno y la vida que fluye, tal como le llega a sus sentidos. 

El ímpetu de Michaux resulta contagioso, ya se refiera a la sonoridad del sánscrito o a la belleza del Taj Mahal, el único monumento en el que se detiene en todo el libro, y al que dedica una bellísima y emocionante descripción; o su fascinación por la pintura china (otro párrafo memorable), las escalas de su música o ciertas danzas indonesias. Pero nada que ver con el viajero apologeta o, si se prefiere, con el turista bobalicón que alucina con todo lo que ve por el solo hecho de que le resulte exótico. Con la misma intensidad pero de forma igualmente ágil se muestra harto de la suciedad y la ‘fealdad’ (cualidad llamativamente genérica) de la que se siente rodeado en la India, despectivo hacia el derrotismo de sus habitantes o el conformismo chino, o deja ver su desapego hacia casi todo el panteón de divinidades que encuentra a su paso. Sin embargo, tampoco es Michaux el occidental quejoso de no encontrar las comodidades a que está acostumbrado, o acobardado ante gentes y culturas que por diferentes percibe como amenazadoras. Es siempre un observador agudo, desinhibido y a veces implacable, que no deja pasar la ocasión para reflexionar sobre el hombre europeo, que no siempre sale bien parado de las comparaciones.

Ciertamente, el capítulo dedicado a Japón es el menos afortunado, y hasta lo encabeza con un fragmento de poesía que “desearía disculpara mis malas impresiones” sobre el país. Pero es que ya desde el inicio declara la guerra, aunque lo haga con una bella figura:

“Lo que les ha faltado a los japoneses es un gran río. 'La sabiduría acompaña los ríos', dice un proverbio chino".

Más que desmerecer el texto, es el espacio nipón un pequeño bache, que casi parece producto de algún infortunio (¿le recibieron mal al llegar a puerto? ¿le sentó mal la primera comida, y desde ahí ya todo vino atravesado? ¿llovió todo el tiempo?), pero me sirve para ilustrar la potencia de la prosa, en este caso con intención demoledora. De todas formas, a la escala japonesa dedica más bien pocas páginas, y enseguida, cuando el autor contacta con los malayos (‘muchos recuerdan a los vascos’, dice el tío, nada menos), recuperamos el equilibrio y la brillantez con deliciosos comentarios sobre la forma de los tejados, o un sublime y detalladísimo examen del teatro balinés que habrá encandilado a Artaud, si es que llegó a conocerlo.

Hay desde luego autores mejor dotados para la narración, más brillantes o más ordenados, puede que hasta más seductores para el lector que busca noticias de aquellos mundos entonces casi desconocidos. Pero no me cabe ninguna duda de que para un viaje así nadie podría haber escrito un libro mejor.

sábado, 12 de mayo de 2018

Yuri Buida: Helada sangre azul

Helada sangre azulIdioma original: ruso
Título original: Синяя кровь
Año de publicación: 2011
Valoración: Muy recomendable

“Y los sueños… ¿Qué le queda al hombre ruso si lo privas de la India? ¿De los dulces violines? Los sueños son tan necesarios como las vacas, sin ellos no sobrevives…” *



Aunque el título pueda inducir a error, esta novela no es ninguna crítica a una aristocracia –por otra parte, inexistente en Rusia en los años que tiene lugar la acción– pues su sentido es del todo metafórico. Sobre la sangre azul se dice:

“Dominar los corazones exige poseer fuerza, una fuerza especial. Una fuerza que suelen tener aquellos que son desalmados, las personas de helada sangre azul.”
“La sangre roja, caliente, sube a la cabeza, inspira ideas e imágenes, y a veces lleva a la locura. La sangre azul, helada, es la maestría, el dominio, el cálculo…”
“Solo una persona puede obligar a esa multitud a hacer lo que él desea. Un hombre de helada sangre azul”. *

Es la sangre de quienes ostentan el poder pero también de los que resisten los embates de la vida. Gotas de helada sangre azul corren por las venas de la protagonista. También por las de su segundo marido, el general Jolúpiev, miembro de una dinastía singular. En torno a Jolúpiev-padre gira una de las leyendas más sugestivas del relato, su nieto acabará interpretando un papel fundamental en el destino de unas cuantas personas.
Pero no adelantemos acontecimientos. El texto íntegro se puede interpretar como una gran matrioshka en cuyo interior se alojan otras muchas –la de Hanna entrando en el buque Hyderabad vestida de novia para presenciar una escena terrible, la de los hermanos verdugos, la Bella Durmiente, el Batallón de los Leprosos encabezado por Aleksandr, padre de Ida, la de su mujer, la Potranca, la de Zhgut, el niño-rata, la de los músicos que mueren congelados porque nadie les permitió descansar, la de las tórtolas, la de aquella nevada sangrienta, y otras muchas a cual más evocadora y simbólica– con una protagonista directa o indirecta, Ida Zmoiro.
Alrededor de ella desfila una multitud de personajes –cuya descripción a veces raya la caricatura y hasta se acerca al esperpento valleinclanesco (“…calzaba unos zapatos deteriorados que se habían deformado tiempo atrás y hacían pensar en las pezuñas de un animal prehistórico, en unas pezuñas que se estaban pudriendo”) que pululan por la trama principal o por las secundarias componiendo un microcosmos que, aunque presentado por un narrador-testigo, se transmite en forma de panorámica, como si el lector contemplase la localidad de Chúdov, Moscú, incluso algún lugar de Europa, desde algún punto fuera del planeta. Esa sensación de distancia, que nos muestra a los personajes como hormigas apasionadas y afanosas, no se produce únicamente por su carácter semi-coral, también por un enfoque muy particular que no se detiene en descripciones de lugares o escenas concretos, pues su estrategia es ir al grano, enfrentándonos con la mayor contundencia a los hechos mediante constantes giros argumentales que no dan tregua al lector. Para acabar de complicarlo, bajo un aparente orden cronológico se esconde un rompecabezas que cada uno debe interpretar por sí mismo.
Esta epopeya humilde, sin la grandeza de las gestas heroicas no sería lo que es si diese la espalda al elemento mágico. A través de él, Buida sobrepasa el tiempo y desborda la lógica para trasladarnos su visión sobre el carácter de las personas, acontecimientos universales y locales, el pasado y el futuro, mejor de lo que le permitiría el realismo más estricto. Para embarcarse en su lectura hace falta despojarse de prejuicios y recuperar esa mirada infantil que se enfrentaba con naturalidad a monstruos, jardines encantados y hadas madrinas, aunque como es lógico lo que vamos a encontrar aquí es mucho menos amable. 
A todo esto ¿quién es Ida Zmoiro? Su amigo Kabo dice de ella que todo lo que posee y lo que le falta se debe a su faceta de actriz. De ahí esa constante actitud didáctica y protectora que la distingue del resto. Pues “un actor no es un solo mundo, es un cruce de mundos, el actor nace y existe en la frontera de los mundos porque tal como es, no es nadie”. “Los actores no son del todo humanos, hay que aceptarlo.” Con esto entendemos que la auténtica función de Ida Zamoiro en esta novela consiste en ser un simple receptáculo de historias, la encrucijada donde convergen el pasado el presente y el futuro- Se trata de metaliteratura en estado puro personificada en una mujer singular. Una mujer que ve segada una prometedora carrera de actriz debido a una huella indeleble en el rostro, que lee febrilmente en ciertas épocas y retiene en la memoria las grandes obras dramáticas, estéril con conciencia de serlo (una de sus lecturas es, precisamente, Yerma). Helada sangre azul es la crónica de su lucha constante –la de ella y en realidad la de todos nosotros–, primero por satisfacer sus ideales, después por preservar su identidad, finalmente por sobrevivir en medio del caos.
Los hechos tienen lugar durante el mandato de Stalin (la mayor parte) y de Jruschov, con todo lo que ello significa, hasta la destitución de este y más allá. El receptáculo que aloja a ese enjambre de seres que se casan, se divorcian y mueren todo el tiempo es la pequeña y mísera localidad de Chúdov –que, según creo, es Milagro en ruso–, con su concreta cartografía, su consistencia real y hasta prosaica, que funciona también como territorio mítico dónde cualquier cosa puede ocurrir Moscú, omnipresente en el imaginario de sus habitantes, representa el paraíso al que solo llega quien triunfa. Se alude también al extranjero, como tierra de perversión desconocida y ajena, que tienta en un principio y la que se renuncia más pronto que tarde.
Una trama conmovedora que transcurre a velocidad de vértigo –aunque sobre ciertos motivos se vuelva una y otra vez en un esquema rítmico con un contenido algo canalla, y a pesar de todo poético– obligándonos a prestar más atención que de costumbre. Un derroche de historias que se irán transformando en recuerdos hasta que suceda eso que el narrador, Alex, denomina la facultad rusa de olvidar o hasta que se produzca el definitivo ajuste de cuentas.

(*) Traducción de Yulia Dobrovolskaya

viernes, 11 de mayo de 2018

James Herbert: Las ratas

Idioma original: Inglés  
Título original: The rats
Traductor: Lupe Tellechea del Puerto 
Año de publicación: 1974
Valoración: Está bien 

James Herbert hizo la competencia al mismísimo Stephen King en lo que a ventas se refiere. Y con su primera novela, Las ratas. Empezó a escribirla a los 28 años. La presentó a seis editoriales, hasta que una de ellas se decidió a publicarla. El libro cosechó un éxito tremendo, y su autor lo convertiría en la primera parte de una trilogía.

Además de popularidad entre los lectores, Las ratas despertó admiración dentro del sector literario. Aunque está plagada de una violencia explícita bastante habitual en la literatura de terror de la época, introdujo una novedad: zambullir a un protagonista normal en una situación tan espeluznante como verosímil. Esta aura de realidad sedujo a muchísimos escritores de género, los cuales acabarían por implementarla en sus historias. Pienso en autores como el ya mencionado Stephen King o Dean R. Koontz

Dicho esto, vamos al argumento del libro: Londres se ve infestado por una nueva especie de ratas. Estas ratas son más grandes y oscuras que las que se pueden ver en los muelles, no parecen tener miedo de las personas y se alimentan de carne humana. Encima, hay un brillo malicioso en su mirada. Como lo oís, ¡estas alimañas hacen que los roedores de El pozo y el péndulo de Edgar A. Poe parezcan unos adorables cachorritos!

El caso es que Harris, un profesor de arte, acabará luchando contra tan temible plaga. Y si os presento a Harris es  porque, aunque estamos ante una novela coral, es el protagonista indiscutible de la misma. No es un personaje demasiado profundo, pero es fácil cogerle cariño. De hecho, James Herbert se empeña en que simpaticemos con él. A veces, volviéndolo una fantasía de poder; en otras ocasiones, sometiéndole a escenas tan moñas como innecesarias con su novia. Ardides estos literariamente chapuceros, si se me permite. En todo caso, pero, los trucos del escritor funcionan, y sufrimos por Harris cada vez que su vida peligra; si, además, se la está jugando por una causa noble, ya ni te digo.

Como aspecto negativo de este libro mencionaría el intento frustrado de James Herbert por aportar profundidad al texto. Parece que el autor está a punto de emplear a las ratas como metáfora con la que reflexionar sobre la Humanidad (devastada aquí por la Segunda Guerra Mundial) y su implacable deseo de sobrevivir. A la postre, pero, jamás se llega a insistir en esta deriva. Ni en esta, ni en ninguna otra, en verdad. Y es una lástima, porque se hubiera podido aportar a la obra un mensaje poderoso, y dotarla de mayor interés literario. Aunque, ahora que lo pienso, quizás mejor que la cosa quede de este modo, así, sencilla. Autores de terror como Dean R. Koontz, por ejemplo, acaban volviendo risibles y pretenciosas a sus historias al meterles con calzador algo de sociología de manual, o al decir a través de ellas algún tópico de una simpleza sonrojante. Así pues, lo que en otro tipo de literatura sería un problema, aquí no es para tanto. ¿Que no hay un mensaje? ¡Da igual, yo sólo vengo a entretenerme, y con mucha honra!

Y es que, al final, Las ratas es lo que es: una novela disfrutable. Ni más, ni menos. Tiene personajes que, sin ser para nada interesantes, logran que empatices con ellos. También nos granjea alguna que otra escena memorable (el asalto de los roedores a la escuela es increíble, y la "batalla final", ya ni te cuento). Garantizado: un pasatiempo estupendo, que, para colmo, sentó escuela en su momento. ¿Se puede pedir más para una tarde soleada? 

Por cierto, antes de acabar, no querría dejar pasar la oportunidad de felicitar a La Biblioteca de Carfax, joven editorial independiente que apunta maneras, por rescatar a esta obra. Sin duda, le va que ni pintado a su catálogo, volcado en la difusión del terror a nivel patrio. Hasta ahora, esta tarea quedaba relegada mayoritariamente a la legendaria Valdemar, y es una gozada contemplar como tantas jóvenes promesas -La Biblioteca de Carfax, Dilatando Mentes, Cerbero...- han venido a echar una mano. ¡Seguid así! Por último, volviendo a Las ratas, también querría destacar que la ilustración de la cubierta, de Rafael Martín Coronel, es maravillosa. ¡Y el diseño de la colección me encanta!

jueves, 10 de mayo de 2018

José Eduardo Agualusa: El vendedor de pasados


Idioma original: portugués
Título original: O vendedor de passados
Año de publicación: 2009
Traducción: Rosa Martínez Alfaro
Valoración: está bien

Para que luego alguien dude de la utilidad de este epatante y bienaventurado blog: yo, por ejemplo, no tenía ni idea sobre ningún escritor angoleño en lengua portuguesa (bueno, ni africano en lengua portuguesa y sobre  pocos en lengua portuguesa, en general), hasta que nuestro compañero Santi, a quien la Audiencia Nacional salvaguarde muchos años, reseñó hace no mucho una novela de José Eduardo Agualusa; como tenía a mano otro libro del susodicho y tenía buena pinta, pues ahí que me lancé, a ver qué tal...

Una vez leído este El vendedor de pasados, el caso es que no sé muy bien qué decir. Había pensado pergeñar un discurso más o menos aparente sobre el fondo, la forma y el estilo que le viniera al pelo a esta reseña y le dotara de un cierto empaque teórico, pero me temo que no seré capaz... Aunque, bueno, tira que te va: por de pronto, sobre el estilo cabe señalar que Agualusa, sin llegar a ser un virtuoso, "escribe bonito"; un pelín abarrocado, si se quiere, pero algún exceso florido le viene bien a una historia que se desarrolla en la tropical Luanda y en un escenario -una vieja casa abarrotada de libros y recuerdos- cuyo ambiente tira a cierta decadencia.

Además, en principio el estilo parece adecuarse bien a una novela en la que encontramos elementos que podemos adscribir, más o menos,  al "realismo mágico": desde la propia figura del narrador -no diré aquí de quién se trata, aunque tampoco es un misterio que se mantenga mucho rato-, la frecuente alusión al mundo  onírico o el personaje que da título al libro, Félix Ventura, un albino adoptado por un librero y que tiene como curioso oficio inventarse para sus clientes pasados y ancestros ilustres o al menos resultones. Bien mirado, esta dedicación más parece sacado de un relato de Borges -de hecho, la novela se abre con una cita de este autor-; es más, frente a la exuberancia argumental que cabría esperar, pronto la historia se revela como la relación casi geométrica entre unos pocos personajes, cuatro sin contar con el testigo-narrador, que componen una trama casi abstracta, una jugada de billar francés (sí, ya sé que se juega sólo con tres bolas...), que funcionaría con independencia del lugar donde se encontrase ambientada: es Angola, pero podría ser en la España post-franquista, en la Yugoslavia de ahora mismo o en Argentina tras la dictadura militar... 

De ahí mi despiste: un estilo barroco y tropical no parece lo más adecuado para una historia que resulta más apta para un drama teatral stridbergiano. Sin embargo, también debo decir que la impresión final no es negativa: de algún modo se impone la calidad de la prosa sobre esta disociación que puede haber (o no, no deja de ser una impresión subjetiva) entre el fondo y la forma. Eso sí, cierto desconcierto no lo he podido evitar.


Más títulos de José Eduardo Agualusa reseñados en Un Libro Al Día: A feira dos assombrados, Teoría general del olvido

miércoles, 9 de mayo de 2018

David Ebershoff: La chica danesa

Idioma original: Inglés
Título original: The danish girl
Traducción: Jesús Pardo
Año de publicación: 2001
Valoración: Recomendable (alto)


Que existan novelas capaces de transmitir con sensibilidad y acierto cuestiones delicadas y controvertidas como el fenómeno trans, hace que una se rinda —de nuevo ante la evidencia de que la buena literatura tiene poderes.

Resumen resumido: Copenhague año 1925. Einar y Greta, un matrimonio de jóvenes pintores, están trabajando en su estudio cuando Greta le pide a Einar el insólito favor de que pose con un vestido y unas medias para poder acabar el retrato de una clienta. Cuando Einar se calza las medias y sujeta el vestido contra su cuerpo algo muy dentro de él hace clic. De ese clic nacerá Lili que poco a poco se irá haciendo un lugar en sus vidas.

Aunque La chica danesa se basa en un caso real, el propio autor explica en una nota al final del libro que la novela tiene mucho más de ficción que de biografía:

«Ésta es una obra de ficción libremente inspirada en el caso de Einar Wegener y su esposa. La escribí para explorar el espacio íntimo que definía su insólito matrimonio, y ese espacio sólo podía cobrar vida a través de la conjetura, la especulación y la libertad imaginativa (…)»

Pero más allá de las (muchas) licencias literarias que se puede haber tomado, la narración de David Ebershoff resulta absolutamente cercana y verosímil. La chica danesa es una obra comprometida e inteligente, escrita con una gran delicadeza; no está repleta de párrafos o frases legendarios de esos que uno corre a subrayar si no que está inmersa en una plasticidad serena, colmada de pequeños detalles, en la que las ideas y las sensaciones se van superponiendo —muy pertinentemente— como capas y capas de fina pintura. 

La novela se estructura en cuatro bloques (Copenhague 1925, París 1929, Dresde 1930 y Copenhague 1931) que se corresponden con los cuatro lugares y momentos clave en la transformación mental y física de Einar a Lili. Hay un trabajo minucioso, casi pictórico, en la creación de las atmósferas de las tres ciudades a las que se les une la soleada y extensa Pasadena, ciudad natal de Greta, y el húmedo y sombrío Bluetooth, la pequeña población danesa en la que se crió Einar. La caracterización de todos esos lugares, en los que se producen hechos importantes para la trama, queda íntimamente ligada al temperamento o al estado anímico de los personajes.
Pero por encima de todo, lo más remarcable de La chica danesa es su capacidad para que el lector empatice con unos personajes que se enfrentan a situaciones y conflictos que de entrada podrían resultarle absolutamente ajenos. Y esa empatía se produce gracias a los flash-back, las descripciones y los pequeños detalles que la novela va desgranando con el objetivo de que el lector llegue a conocer a los protagonistas íntimamente. Destacaría:

  • El minucioso trabajo en la psicología de los protagonistas, su infancia, sus temores, los momentos importantes de su pasado que marcan el presente. 
  • La personalidad de Greta y el hecho de que ella sea el detonante para la aparición de Lili y que su producción artística mejore cualitativamente en el momento en que la adopta como musa.
  • El tratamiento de la relación entre Einar y Greta que va más allá del amor romántico convencional, es un entendimiento entre iguales que se comprenden y se aceptan tal como son.
  • La transición de Einar a Lili, dos mitades que se desconocen mutuamente y que no se complementan, debe ser una o la otra.
  • La idiosincrasia de Lili y cómo se presenta ante el lector a medio camino entre un ser humano encantador y frágil, y un ser etéreo inspirador y bello.
He dudado entre el recomendable y el muy recomendable pero si me he quedado con el primero es porque los límites de la «exploración» que propone David Ebershoff son tan tajantemente claros que descuida una cuestión que en algunos momentos le da a la narración un punto buenista o naïf. Se entiende que lo que le interesa retratar es el conflicto interior e íntimo de Einar y de su círculo más cercano porque ya es un conflicto de por sí potente sin necesidad de abordar cuestiones de rechazo social (tan solo lo hace, a través de la figura de algunos reputados médicos incapaces de entender lo que Einar y Greta les plantean, y que ya nos dan una idea de lo que puede pensar el resto de la gente). Pero incluso los tres personajes que acaban acompañando al matrimonio en su aventura (Carlisle, Hans y Anna) mantienen una actitud demasiado plana y aséptica que resulta poco verosímil en relación al cambio de Einar; no solo les apoyan incondicionalmente si no que todos parecen inmersos en una competición por ver quién mima y adora más a Lili. Diré en su defensa que Lili es adorable.

Como comentario de tipo más práctico, durante la lectura he tropezado con algún error orto tipográfico, cosa que siempre es imperdonable y más para un grande como Anagrama.

No puedo acabar la reseña sin decir que el título de la novela a muchos les remitirá a una película, en este caso dirigida por Tom Hooper y estrenada en 2015. En relación a la película: no la he visto. Pero desde mi punto de vista, si algo hay que esperar de la adaptación cinematográfica de esta novela es: una estética acorde a la atmósfera pictórica que impregna el texto y un tono delicado e intimista que refleje la magia, profundidad y complejidad de las personalidades de sus protagonistas (sobre todo la particular química que existe entre ellos). Por desgracia, el trailer me transmite cualquier cosa menos eso. (Quizá por esa puñetera manía de que las películas tengan «momentos intensos» y que todos los personajes sean como de anuncio de Burberry). 

martes, 8 de mayo de 2018

Min Jin Lee: Pachinko

Idioma original: inglés
Título original: Pachinko
Traducción: Eva González Rosales
Año de publicación: 2017
Valoración: bastante recomendable

A menos que uno sea aficionado a los juegos de azar o a la cultura asiática, desconocerá qué significa el sugerente título de esta novela. Para aquellos que desconozcáis el término, Pachinko es el nombre de una especie de tragaperras muy común en países asiáticos, aunque de funcionamiento más cercano al Pinball. Y sí, probablemente pensaréis cómo encaja este título en una novela sobre la historia de una saga familiar, porque, en el fondo, de eso trata el libro. Pues bien, sin desvelar la trama, y yendo al terreno conceptual, uno se puede aventurar a que el nombre engloba lo que la autora narra en este libro. El Pachinko como analogía de la vida: un juego donde el azar es un elemento clave, un sistema donde hay vidas que encajan perfectamente en el juego mientras otras quedan fuera de forma marginal e irrelevante, un sistema de engranajes que actúa en cada una de las vidas, encaminándolas hacia un futuro de éxito o fracaso, un diseño donde las posibilidades toman diferentes trayectos hasta llegar a su fin, vinculado directamente al camino tomado, pasando por diferentes etapas cual familia a través de sus generaciones Así, el Pachinko funciona como metáfora perfecta de lo que la novela nos ofrece, una emotiva trama familiar.

De esta manera, Min Jin Lee narra la historia de cuatro generaciones de una familia coreana, en la lucha por salir adelante a pesar de múltiples desgracias e impedimentos que las persiguen. Sin entrar en detalles del argumento, pues gran parte del interés del libro se encuentra en seguir la evolución de los personajes, puedo afirmar que estamos delante de un gran libro sobre sagas familiares, sobre la lucha y capacidad (especialmente focalizando la visión desde el punto de vista de las mujeres) de salir adelante cuando todos los elementos parecen estar en contra.

Centrando la historia en Sunja, una chica coreana de origen humilde y nacida en una zona rural, la historia que nos narra la autora es una historia de fortaleza y valentía, de superación a las adversidades y crecimiento prematuro por las circunstancias acontecidas, con la dureza necesaria para salir adelante a pesar de tener todo en contra. Partiendo de Sunja, la historia que explica la autora sirve también para poner de manifiesto las dificultades de una familia coreana para arraigar en una cultura como la japonesa, que se siente superior en educación y en clase. De esta manera, la autora nos hace partícipes de la dificultad de una familia inmigrante para salir adelante cuando todos los medios van a la contra, y en medio de tanta hostilidad ambiental, tanta dificultad económica y tanta diferencia social y dificultad de integración, sobresaliendo por encima la lucha por salir adelante, la resiliencia necesaria para sobrevivir, la capacidad de sobreponerse a los contratiempos y desafíos que el día a día obliga a encarar. Así, la autora teje una historia familiar donde trata temas tan plurales como la dificultad en la integración de una familia en una tierra que les es ajena, donde el trato dispensado a los extranjeros aumenta las diferencias entre culturas, donde aquellos que provienen de otros países son tratados como inferiores. Una bella historia de compromiso y tenacidad, de amor y dedicación, de bondad y astucia, de temores y superación.

El principal mérito de la autora consiste en haber creado una historia capaz de mantener la atención del lector durante toda su extensión. La autora es hábil en su estilo narrativo al ser capaz a de combinar a la perfección el ritmo pausado habitual de las novelas asiáticas con el ritmo suficiente para atrapar al lector. De igual modo, el estilo de escritura se adapta perfectamente a una novela que empieza a principios de siglo XX, pero con un lenguaje más cercano a nuestros días. Con ello se consigue una proximidad con el lector, a la vez que mantiene el tono correspondiente a una novela histórica. De esta manera, sin prácticamente fisuras narrativas, la autora consigue mantener el interés en la historia de la familia en el día a día a la vez que permite ver a través de sus ojos las dificultades surgidas a partir de las guerras entre territorios, especialmente a raíz de la Segunda Guerra Mundial, pues los hechos históricos conforman un personaje más de la historia, perfectamente encajado, de manera natural. Asimismo, la autora muestra, con gran habilidad, la lucha de las mujeres, encarnada en Sunja a lo largo de toda su vida, la valentía y determinación para salir adelante teniendo todo en contra. El sacrificio y el silencio guardado por no deshonrar a la familia, el trabajo incansable en la lucha para poder dar a los hijos una mejor vida que la vivida, el desafío vital de quién únicamente se tiene a sí mismo. Y el orgullo, fuente de energía, pero también causa de sufrimiento.

Sin ser un gran aficionado a los libros basados en tramas familiares, debo reconocer que la historia que la autora ha escrito me mantuvo enganchado al libro hasta el final y lo consiguió por el estilo impregnado por la autora, con una obra que brilla por su proximidad, pues con pocos personajes es capaz de conseguir la intimidad suficiente para empatizar con la familia protagonista. Este es otro de los aspectos positivos de la novela, pues con muy pocos personajes la autora tiene suficiente para desplegar un amplio conjunto de matices, de explorar con profundidad los personajes, de ofrecer un extenso espectro de características que permiten empatizar con ellos, por su humanidad y personalidad, logrando que el lector queda atrapado en una apasionante historia de superación, de lucha, de adversidades, de amor por la familia y por la tierra, de arraigo, de vínculos y de pertenencia. La autora consigue dotar de personalidad propia cada uno de los personajes, y darles el suficiente peso en la historia para que todos ellos sean relevantes, todos tengan voz propia, todos tengan los matices suficientes para poder ser los narradores. En definitiva, una gran historia de honor, de respecto y de superación.

lunes, 7 de mayo de 2018

Patrick Fermor Leigh: El tiempo de los regalos


Idioma original: Inglés
Título original: A time of gifts. On foot to Constantinople: from the Hook of Holland to the Middle Danubio.
Año de publicación: 1977
Traducción: Jordi Fibla Feito
Valoración: Muy recomendable



En la tarde del 9 de diciembre de 1933 en un muelle del Támesis en Londres, Patrick Leigh Fermor embarca en un pequeño carguero holandés rumbo a Róterdam. Diluvia implacablemente y él tiene dieciocho años. En la mochila carga dos libros, uno de Horacio, en el que su madre le ha anotado un verso de Petronio: ”Abandona tu hogar, y busca costas extranjeras, oh joven: para ti nacerá un estado más grande de las cosas”. Su intención es cruzar Europa a pie, caminar hasta Estambul. Desde luego cumplió el objetivo. Cuarenta años más tarde tiró de memoria y de algunas notas del viaje que había conservado para dar forma a este relato, que va desde Londres hasta Hungría, al que seguirían Entre los bosques y el agua (1986) y El último tramo (editado póstumamente en 2014). 

Las páginas que Patrick Leigh Fermor nos ha dejado son una prodigiosa descripción de situaciones, lugares y personas, así como de un tiempo a punto de desaparecer, en una Europa de nuevo decidida a autodestruirse henchida de fanatismo y de nacionalismo. Pero también son páginas de las que emana esa capacidad con la que el autor va depositando su mirada e interés; por la curiosidad, la sencillez, la perspicacia y la agudeza con la que observa, pregunta, se relaciona con los demás y con las que hace funcionar su pensamiento. Patrick Leigh Fermor visita iglesias, museos, edificios, bibliotecas, aristocráticos palacios y salones burgueses pero también alberges, mercados, tabernas, comisarías de policía, establos y tugurios. Y desde luego, ni las personas ni los pueblos ni los países se observan por igual desde la ventanilla de un automóvil o del ferrocarril que desde un carro tirado por bueyes o desde la cuneta de un polvoriento sendero de tierra. Por cierto. Lo del avión, el crucero o la escapada low cost nos da la justa medida de nuestro tiempo. Y ya puestos: ¿De ciudades como las nuestras se podría hoy salir a pie?

La mirada y el punto de vista que nos ofrece el narrador no tiene nada que ver con la de quien argumenta para mostrar autoridad de criterio, acumulación de conocimientos o afán de admiración para su posición o prestigio, como exhiben a menudo escritores o académicos al practicar este género. Si bien El tiempo de los regalos no está escrito por el adolescente que se reclama estudiante sin colegio si no por el adulto que devino cuarenta años después, sí que el relato está elaborado con la emoción, la vivacidad y el entusiasmo de quien descubre, siente y degusta por primera vez. Pese a lo precoz de su biografía y a hacer del viaje una actitud de vida, Patrick Leigh Fermor (Londres, 1915-2011) fue un escritor parco, de obra escasa y texto depurado, de quien dicen que podía gastar jornadas enteras dudando acerca del adjetivo idóneo. Desde luego su vida estuvo llena de vicisitudes y aventuras, como sus andanzas por las montañas de Creta en la II Guerra Mundial con los guerrilleros que secuestraron en 1944 al comandante nazi de la isla, el general Heinrich Kreipe, episodio en el que se basó la película de 1957 Ill meet by moonlight (aquí traducida como Emboscada en la medianoche), en la que un desafortunado Dirk Bogarde trató de encarnarle.

La caminata de Patrick Leigh Fermor por Europa buscó en los ríos Rin y Danubio los ejes de referencia y en la actitud de ofrecer techo y plato a quien se aparecía por el camino el contexto donde hacerse factible. De acuerdo que un imberbe adolescente de buenos modales y con pasaporte británico desactivaba muchos prejuicios y hostilidades, aunque eso no le impidió ser detenido por la policía húngara al ser confundido  con un contrabandista de sacarinas (!) sí le ayudó en cambio a cruzar la Alemania nazi apenas sin contratiempos. Es la lectura de estas páginas una hermosa caminata, que deja una extraña sensación, como los versos de Louis MacNeice que las encabezan: “Ya ha pasado el tiempo de los regalos…/ oh, muchachos que crecen, oh, nieve que se funde,/ oh, desengaño que taparán los años…/ He aquí la insulsa tierra sobre la que edificar.”