viernes, 25 de marzo de 2016

Semana de la autobiografía, Re-Reprise. Thomas Bernhard: El sótano

Idioma original: alemán
Título original: Der Keller. Eine Entziehung.
Año de publicación: 1976
Traducción: Miguel Sáenz
Valoración: muy recomendable,casi imprescindible

Ya sé que hace unas semanas de ésto de las autobiografías. Pero qué oportuno hubiera sido haber leído a Bernhard por aquel entonces. Qué soberbia coartada hubiera brindado y cuánto juego, oh, cuánto juego.
Porque El sótano es solo la segunda parte de una pentalogía, apenas recoge más de unos meses en la vida del escritor y, como muchos se preguntarían, a ver qué hace cualquiera que ose pensar que al mundo le interesa su vida.
Y oh, cuántas respuestas hay aquí. A esas y a otras muchas preguntas. Bernhard no necesita mucho más que estas 140 páginas para eso. Demostrando, además, que es un ejemplo perfecto de escritor puro. Sí, la cursiva es mía. O no es pureza ese estilo hostil, hosco, seco y enemigo a muerte del lectorcete de best-sellers. No es pureza el insistir hasta el hostigamiento en conceptos como la presión social, la coacción del sistema educativo, el clasismo, para que estos calen hasta el tuétano y uno piense que lo que está leyendo le cambia como lector, casi de forma irreversible. Sin que a uno se lo hayan pedido, Bernhard sacude en un punto intermedio de referencias tan dispares como la Jelinek más concreta (la que se resigna a ser leída) o el Vallejo más agrio (el que vapulea al lector incauto), allí tenemos al escritor nacido en Holanda y criado en un Salzburgo asolado por la guerra, que es el escenario donde nos encontramos al Bernhard adolescente, apenas unos meses finiquitado el III Reich, decidiendo abandonar el instituto donde está siendo inútil. Decidiendo tomar no cualquier camino sino el camino opuesto. Por lo que acude a una oficina de ocupación (al parecer las de Austria de la postguerra más inmediata sí servían para algo) y, tras desestimar mejores opciones, acaba trabajando como aprendiz en una tienda de alimentación en el poblado de Scherzhauserfeld, un suburbio de Salzburgo, tienda regentada por un curioso personaje, el señor Podlaha, músico frustrado con el que pronto simpatiza. Allí acude la gente de ese deprimido barrio a proveerse de alimentos. Tras la guerra, las provisiones escasean, pero el sótano, la tienda del señor Podlaha donde el joven Bernhard trabaja de aprendiz, es un sitio concurrido, una pequeña vía de escape para quienes acuden allí. 
El mérito de Bernhard es extraordinario. Ni una frase fuera de sitio, ni una floritura que no cumpla su función en el conjunto. Que es relatar esa etapa de su vida pero situarla en su contexto en cuatro pinceladas que solo un escritor de precisión majestuosa puede permitirse. En 140 páginas caben esos meses, pero cabe la tensión culpable del hundimiento del III Reich, la presencia de las tropas americanas, el enorme clasismo de la sociedad del Salzburgo de la época, las desgracias acaecidas en el conflicto y sus consecuencias que están por doquier (el propio Bernhard, conviviendo con su madre y su tutor, en una vivienda donde se hacinan nueve personas y dónde solo el tutor obtiene ingresos). Cabe tanto en tan pocas páginas, uno se pregunta por qué y la respuesta solo puede ser una. Jodidos genios.

También de Thomas Bernhard en ULAD: El origen


4 comentarios:

Alfredo Poirier dijo...

Discrepo totalmente de la valoración.
La autobiografía a la que se hace mención es probablemente lo peor que he leído en una década.
Es repetitiva, nada imaginativa y, peor aun, de ínfima calidad.
No existe una frase con sentido gramatical ni lógico completo.
Es el típico caso de un escritor que siente que sus delirios trascienden a la humanidad:
sus lectores somos tan poca cosa y el es tan grande que debemos contentarnos con lo primero que salga de su pluma, pues el es demasiado buen escritor para corregir.
Un libro para el olvido.

Ana Esteban dijo...

Y yo discrepo totalmente con la valoración de Alfredo Poirier.
A mí me maravilló toda la biografía de Thomas Bernhard. Por su puesto que es un hombre hosco y por lo menos a mí me costó empatizar con él. Pero viendo la dureza de la vida que le tocó vivir lo comprendo.
(Yo soy médica y he de decir que consiguió que me metiera de lleno en el cuerpo y la mente de un enfermo y leer las partes en las que habla de la crueldad de las terapias que tuvo que sufrir me ha hecho ser más humana con mis pacientes; en este sentido a mí me cambió la vida)

Adrián Martínez dijo...

Alfredo Poirier, yo lo único que saco de su comentario es que usted no tiene la capacidad de hallarle lógica a las frases de Bernhard, porque para mí son más claras que el agua y yo no soy un dios en comprensión literaria. Su gramática, la de Bernhard, ha dado mucho que debatir, detractores, no detractores, a mí particularmente me fascinan sus repeticiones y su estilo en general.

Bernhard no se cree estar por encima de la humanidad (estoy sinceramente dudando de que te hayas leído alguno de sus libros) él se cree tan estúpido y patético como te cree estúpido y patético a ti. Está claro que reacciones de manera brusca con alguien que te diga estúpido y patético, y más cuando eres estúpido y patético (porque todos lo somos) y encima trates de auto-convencerte de que no eres estúpido y patético (arriba esas defensas psicológicas), pero como diría Hannah Arendt “hay que comprender qué significa lo atroz, no negar su existencia, afrontar sin prejuicios la realidad”.

Lea escritores de verdad, lea a Samuel Beckett, a Marguerite Duras, a Witold Gombrowicz, a Emil Cioran, a Robert Musil, a Roland Barthes, a Elias Canetti… y por supuesto, al mejor de todos, a THOMAS BERNHARD.

Y solo por curiosidad: ¿si la autobiografía es lo peor que has leído en la última década, por qué no dejaste de leer en el primer libro?

Francesc Bon dijo...

Buenas: gracias por los comentarios y perdón porque ciertos problemas técnicos (discos duros vitales que se niegan a funcionar) me hagan tener los comentarios un poco abandonados. Parece que existe una cierta legión de seguidores y un pequeño reducto de detractores. Lo siento, en función de lo leído, me alineo con los primeros.