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sábado, 19 de octubre de 2019

Contrarreseña, Mi último suspiro de Luis Buñuel


Idioma original: Francés
Título original: Mon dernier soupir
Año de publicación: 1982
Traducción: Ana María de la Fuente
Valoración: Imprescindible

La memoria, vaya sustancia. Frágil, voluble, delicada. Deteriorada. Hace más de tres décadas leí estas memorias de Luís Buñuel y desde entonces vengo contando asiduamente la anécdota, sacada de este libro, del pueblo del Bajo Aragón que en un año de sequía sustituyó la escasa agua disponible por vino para elaborar el cemento. Vuelvo ahora a estas memorias y la anécdota no está, ausencia total. No existe. Me he pasado más de treinta años convencido de estar refiriendo un hecho cierto acontecido a principios del siglo XX que apenas ocurre en mi imaginación. Bien pensado, quizás a don Luis Buñuel, que nunca quiso renunciar a los desvaríos del credo surrealista, mi delirio continuado le pudiera resultar de lo más razonable y comprensible, pues el inicio de Mi último suspiro ya nos advierte que la memoria es invadida constantemente por la imaginación y el ensueño, y puesto que existe la tentación de creer en la realidad de lo imaginario, acabamos por hacer una verdad de nuestra mentira.

Así pues, lo maravilloso de este libro se halla exactamente en el apasionado alegato que Luis Buñuel Pórtoles (Calanda, Teruel, 1900 – Ciudad de México, 1983) hace de la imaginación, como eje de una existencia, como medida de su propia vida, como flotador al que agarrase sin miedo, ni reparo, ni vergüenza. Buñuel desprecia la ciencia, a la que tilda de presuntuosa, analítica y superficial y a la religión y advierte que aunque le demostrasen la improbable existencia de un Dios creador, no puedo creer, y en cualquier caso, no acepto que pueda castigarme para toda la eternidad.

Buñuel se rebela igualmente frente a la tecnología y también, por supuesto, frente a las ideologías y, pese a su teórica afinidad anarquista, desprecia a sus militantes por su arbitrariedad, imprevisibilidad y fanatismo, para acabar definiéndose como un inofensivo nihilista. Y nos explica que no fue hasta que llegó a los sesenta y cinco años de edad que comprendió y aceptó plenamente la inocencia de la imaginación: Admitir que lo que sucedía en mi cabeza no concernía a nadie más que a mí (…) y que había que dejar ir a mi imaginación, aun cruenta y degenerada, adonde buenamente quisiera. La imaginación, deslizándose entre el azar y el misterio, es la libertad total del ser humano. Nuestro primer privilegio.

Los chirriantes límites de la realidad y la fantasía, debatiéndose en conflicto entre lo preceptivo y lo creativo, entre lo impuesto y lo mágico, entre el deber y el placer, son el territorio Buñuel, que afirmaba con frecuencia haber tenido el privilegio de llegar a este mundo y criarse aún en la época medieval. De sus recuerdos de infancia en Zaragoza me quedo con el cine como espectáculo circense, con pianista y explicador, personaje que contaba al respetable la acción que se proyectaba en pantalla… De su paso por el Madrid de los años veinte queda el recuerdo de su frágil aunque fructífera complicidad con Salvador Dalí y Federico García Lorca, compañeros en la Residencia de Estudiantes. Y después, el salto a París, a Los Ángeles, a México DF. El cineasta aragonés anduvo en tratos con Benito Pérez Galdós, con Charles Chaplin y Billy Wilder, con Tristán Tzara y André Breton, con Catherine Deneuve y Ángela Molina, y nos depara por supuesto una genuina y amplia mirada al siglo veinte.

En este juego buñueliano nada es lo que pareciera o debería. De hecho, la redacción de Mi último suspiro, no se debe al propio Buñuel, si no a uno de sus colaboradores y guionista habitual, Jean-Claude Carrière. Circunstancia que confiere un tratamiento más liviano y atractivo para el lector que el que podría haber deparado el propio cineasta, quien ya desde el inicio se reconoce como poco dotado para tal tarea pese a que su nombre es el único que aparece en portada, a mayor tamaño incluso que el título. Pero, como cualquier memoria mínimamente honrada, también tiene algo de balance de descalabros, fracasos y errores. La confesión de André Bretón en 1955 –es triste tener que reconocerlo, mi querido Luis, pero el escándalo ya no existe-  así como la constatación trece años después, en mayo del 68, de que también la acción se había hecho imposible: al igual que nosotros, hablaron mucho e hicieron poco. Tampoco se censuran episodios truculentos, como sus agresiones a homosexuales que frecuentaban servicios públicos en el Madrid donde él estaba fascinado por la personalidad de García Lorca: La chulería es un comportamiento típicamente español, compuesto de agresividad, insolencia viril y autosuficiencia. Yo he incurrido en ella algunas veces… 

Aunque eligió su propio camino, libre, individual e indomable, Luis Buñuel perteneció a una familia muy rica -de esas que tenían a los hijos entre algodones, con criadas que le llevaban los libros a la escuela- lo que le facilitó en gran manera contactos, medios, posibilidades. Escogió lo que le resultaba más precioso, los sueños, el azar, la risa, el sentimiento, la contradicción y lo cultivó con ahínco, con cabezonería: Si fuéramos capaces de devolver nuestro destino al azar y aceptar sin desmayo el misterio de nuestra vida, podría hallarse próxima una cierta dicha, bastante semejante a la inocencia. En mi casa siempre nos han contado que mi abuela Victoria, cuando salió del pueblo, se fue de criada a Zaragoza, a casa de los Buñuel. Así que no puedo dejar de sentir su presencia por entre estas páginas, incierta o no, pero absolutamente real porque habita en ese precioso ámbito que es mi fantasía.

Mi percepción de este libro la puedo resumir con la calificación de Imprecindible, que en la jerga que usamos los inquilinos de este artefacto completamente irracional que es este blog es como ponerlo por los cielos. Se trata, por tanto, de una contrareseña de la que, en su momento, publicó Santi, quien le adjudicó un Muy Recomendable, que tampoco está nada mal. Puede que los motivos por los que le concedo a estas memorias más parabienes que mi colega reseñador y padre fundador de Un libro al día sean subjetivos o personales y aunque he intentado argumentarlos, no sé si resultarán convincentes. En todo caso, y tratándose de Luis Buñuel, viva la abuela que nos parió.

miércoles, 18 de septiembre de 2019

Marguerite Duras: El dolor

Idioma original: francés
Título original: La doleur
Año de publicación: 1985
Traducción: Clara Janés
Valoración: muy recomendable

Como profano en la obra de Marguerite Duras, salvo por la escueta consulta que he efectuado en la red y la información contenida en solapa y post-data de este libro, me limitaré a apuntar que no sé si esta es una obra representativa. Parece una publicación de un escritor que, en el fragor de una gran repercusión, rescata escritos a requerimiento de cierta presión, no editorial, más bien percibo que como consecuencia de ese gran éxito que acarrea entrevistas, interés desmedido, cierta euforia bien entendida a la que se intenta dar respuesta.
Bueno, también sabía sobre Duras que era la casera (supongo, real) de Vila-Matas, en la notable París no se acaba nunca.
Hecha esta breve puntualización, El dolor es una obra muy notable. Una demostración, a tenor de lo apuntado por la autora (diarios que apenas recuerda haber escrito), de que incluso abordando textos íntimos, dígase menores o sin una intención directa de ser divulgados, ciertos escritores lo son, y punto. Hasta dirigiéndose al papel en blanco, Duras es aquí extremadamente respetuosa con la forma, disponiendo de un fondo, de unos hechos reales y vividos que ya son fascinantes de por sí. El grueso de este libro, sus cuatro primeros relatos, se circunscriben en diferentes momentos relacionados con la Segunda Guerra Mundial, con la Francia ocupada, con la Resistencia, los colaboracionistas y con el durísimo e incierto proceso de la repatriación de los prisioneros de los campos de concentración.
Robert L., marido de Duras, es uno de ellos, un prisionero que, cuando el conflicto está acabando, está en uno de los campos que ha sido liberado. Duras le espera y acude al Servicio de Indagaciones a saber qué ha sido de él. El caos reina, se sabe de las medidas desesperadas que los nazis han aplicado cuando han sospechado que van a ser derrotados y sus actos serán juzgados. Se habla de las marchas de la muerte y de los fusilamientos. Hasta aquí, podríamos decir que se trata de una narración lógica de la desesperación ante la incerteza. Pero Duras la quiebra cuando confiesa que, en ausencia de su marido, tiene ya una nueva pareja, D., igualmente miembro de la resistencia y colaborador activo en las indagaciones. No es la única ruptura con el estereotipo: Duras mismo reconocerá un par de relatos más adelante (pero igualmente en uno de los cuatro relatos marcados como “reales”, o sea, no “creación”) haber dirigido una cruel sesión de tortura donde un colaboracionista con la Gestapo es duramente golpeado en la oleada de represalias post-liberación. Entre estos dos relatos, un fascinante episodio en el cual Duras mantiene contacto con un mando alemán, el que detuvo a su marido y que sorprendentemente se presta a ayudarla, en una tensa relación de desconfianza mutua que parece ir a adquirir tintes trágicos en cualquier momento. Fascinante segundo relato que completa un terceto inicial que bien podría resumir la esencia del conflicto: la tragedia, la traición, la venganza.
Todo ello escrito en un tono solemne pero no lacrimoso, siempre (recordemos, el punto de partida es un diario) con una sinceridad descarnada antes que grandilocuente. Los diarios de la supervivencia en el peor de los escenarios y un documento estremecedor por el mero hecho de ser eso: sencillo, sincero, resignado, pero no exento de rabia.

lunes, 4 de marzo de 2019

Isaac Bashevis Singer: El certificado

Idioma original: Yiddish  
Título (versión inglesa): The Certificate
Año de publicación (versión inglesa): 1992
Traductor: Carlos Lagarriga
Valoración: Entre recomendable y está bien

Esta novela de Isaac Bashevis Singer apareció originalmente en 1967, por entregas, en el diario Forverts. En ella se relatan las tribulaciones de David Bendinger, un joven provinciano que aterriza en la Varsovia de 1922 sin un céntimo. Estamos, por tanto, frente a un "bildungsroman"; uno, además, que sigue los pasos no sólo a un adolescente que debe acceder al mundo de los adultos, sino de un aspirante a escritor que quiere publicar su obra. 

Bendinger recuerda a muchos otros protagonistas singerianos. A fin de cuentas, es un judío al que le falta fe, impulsivo y contradictorio. Asimismo, salta a la vista que es un alter ego del propio Singer. De hecho, los eventos narrados en El certificado coinciden con algunos episodios de Amor y exilio, la autobiografía del premio Nobel de literatura.

También el argumento de la novela es reminicente de otros trabajos de Singer: como ya he adelantado, la acción transcurre en Varsovia, y hay callejeo y enredos amorosos a cascoporro. Por lo general, la historia es interesante y está bien llevada, aunque quizás se le podría reprochar que le sobra alguna subtrama, o que tiende a repetir eventos y situaciones. Por cierto, entiendo que dicha reiteración está justificada: vivir a salto de mata y participar de un proceso burocrático para conseguir un dichoso certificado es lo que tiene. Sin embargo, me hubiera gustado que el autor paliara la sensación de bucle, de falta de progreso, que por momentos se tiene cuando se está leyendo este relato.

El componente judío de El certificado tiene un peso importante. No en balde, hay quien afirma que esta es la novela «más judía» de la bibliografía de Singer. Me lo creo: los términos en hebreo que salpican estas páginas son tantos que hay un prolijo glosario de definiciones al final del libro. Personalmente, me gustó que el escritor no se limitara a victimizar al pueblo judío, pese a que tanto el contexto histórico en el que transcurre El certificado como su argumento se prestaran a ello. De modo que aquí hay una denuncia al antisemitismo y, al mismo tiempo, una feroz autocrítica al judaísmo y al fanatismo de algunos de sus practicantes. 

La prosa del autor es muy dinámica, incluso en aquellos capítulos sin apenas diálogos. Lástima que el argumento reiterativo lastre un poco su fluidez. Asimismo, resaltaría que, aunque el manejo narrativo de Singer es brillante, al conjunto le falta algo de empaque. Por ejemplo, se nos repite tres veces que Bendinger y una mujer con la que está viviendo parecen un matrimonio. Este símil hubiera quedado mejor de sólo sugerirse. Huelga decir que, puestos a emplearlo, con una ocasión bastaba.

La ambientación es uno de los aspectos más logrados del relato. Los que conozcan la coyuntura histórico-político-social de la época la disfrutarán especialmente. Igualmente destacaría la sensibilidad de Singer a la hora de apelar a lo universal en el hombre, su maestría al plasmar la psicología de los personajes con apenas unas pinceladas y el ya mencionado estilo, dinámico pero atento al detalle.

Pese a todas estas virtudes, no puedo recomendar del todo El certificado. Y es que a este texto no le hubiera ido mal una revisión final, que puliera aquí y allá las reiteraciones del argumento o los puntuales gazapos del estilo. En definitiva, esta es una novela disfrutable que, no obstante, le deja a uno la sensación de que podría haberse mejorado.


También de Isaac Bashevis Singer en ULAD: Shosha, La familia Moskat, La destrucción de Kreshev, Escoria

martes, 29 de enero de 2019

Antón Castro: Cariñena




Idioma original: Castellano
Año de publicación: 2018
Valoración: Está muy bien



Antón Castro (Arteixo, Galicia, 1959) llegó a Zaragoza a los diecinueve años atraído por la existencia de algo así como una comuna de artesanos pacifistas, un lugar algo más acogedor y adecuado a su condición de objetor de conciencia al entonces obligatorio servicio militar que la intemperie del hogar familiar. Claro está que a esa edad, la mayoría estamos a punto de lanzarnos a eso que el autor describe como la continua aventura que es la vida: “Te atrapan todas las historias, todos los personajes, todo lo que oyes o ves”, y lo hacemos sobre todo cargados de dudas, miedos y prejuicios. Con pájaros en la cabeza, aunque en este caso, pájaros como Federico García Lorca, Luís Cernuda o Garcilaso de la Vega. Pero también de una magnífica e inconsciente curiosidad que es la que empuja a lanzarse a esa corriente sobre la que no tenemos ni la más remota idea de adónde nos llevará.

Era otoño y por tanto, época de vendimia. Una oportunidad para sacarse un dinerillo sin necesidad de acreditar preparación o experiencia, en ese momento en el que casi todo tiene la condición de inédito, de primera vez. Llegar en soledad a un lugar desconocido, buscando. Al acecho de un trabajillo, de una oportunidad, puede que persiguiendo lo desconocido o quizás tras algo que dé un sentido a la existencia, o tal vez con la ambición desmedida de encontrarse a uno mismo… Todo eso está en Cariñena. Creo que a cualquiera de los que no somos de por allí, Cariñena nos sonará a vinos baratos y recios, y poco más, desde luego sin el prestigio de otros lugares asociados a la belleza, la excelencia o la quintaesencia de la elegancia. Aunque el escritor neerlandés Cees Nooteboom ubicaba en su novela En las montañas de Holanda exactamente en estos parajes y en estas carreteras la noción de paraíso y perfecta felicidad… Por cierto, en la comarca se produce mucho vino aunque también caldos magníficos.

En cualquier caso, las coordenadas de Cariñena – el lugar y este libro- pasan por la sencillez de los lugares y las personas corrientes, exentos de grandilocuencia, de simbología o trascendencia. El relato que hace Antón Castro de aquel momento tiene el tono íntimo y sosegado con el que la vida parece discurrir por esos lugares apartados, modestos y aparentemente plácidos. No se trata en absoluto de un ejercicio de nostalgia ni de contar batallitas sino de recuperar un momento del pasado y cocerlo a fuego lento con un tratamiento de lirismo ligero, de austera naturalidad. Queda entonces un relato que nos da la medida de un tiempo, aquel país que todavía se movía entre las sombras de la dictadura y el destape, entre la represión y las incontrolables ganas de fiesta, Con una colección de personajes necios o entrañables, que acaban conformando un paisaje tan particular como universal. La cantante, demasiado sensible y demasiado ausente, cuya carrera nunca despegó. El campesino letra herido enamorado hasta las trancas de una mujer que cocina para el joven desconocido. El viejo que colecciona la revista Interviú. El universitario que gusta de oírse y miente por los codos. Aquellos momentos y aquellas personas que Antón Castro a sus diecinueve años fue capturando en un cuaderno Sagitario son el fecundo sustrato de este relato, que se saborea con el mismo deleite que deparan los vinos sabrosos, honestos y elaborados con oficio.



miércoles, 16 de enero de 2019

Lucia Berlin: Una noche en el paraíso


Idioma original: Inglés
Título original: Evening in paradise: More stories
Año de publicación: 2018
Traducción: Eugenia Vázquez Nacarino
Valoración: Muy recomendable

-Hola Oriol. Me comentas que te han regalado Una noche en el paraíso. ¿Qué te parece una reseña a cuatro manos? Desde luego, es un libro al que le tengo un montón de ganas. La anterior recopilación de relatos de Lucia Berlin, Manual para mujeres de la limpieza, me fascinó; me pareció que la autora tiene una voz original. Exquisita y cargada de arrojo y belleza. Y además, su condición de personaje relegado al olvido, ninguneado por la industria editorial, le añadía un extra de atractivo, aunque esta es una consideración que nada tenga que ver con el interés o valor de su escritura. Pero bueno, lo que vengo a decirte es que no suele ocurrirme con frecuencia, esperar la salida de un título nuevo con tanta apetencia como con Una noche en el paraíso. Si me gusta tan sólo la mitad de lo que lo hizo Manual para mujeres de la limpieza ya será un gustazo.

-¡Encantado de hacer una reseña contigo, Carlos! La verdad es que yo no he podido leer todavía Manual para mujeres de la limpieza, pero no tardaré en hincarle el diente. Y es que Una noche en el paraíso me ha dejado con ganas de más Lucia Berlin. Por si no se ha notado, esta antología me ha encantado: la mayoría de los relatos que la componen estaban muy bien. Encima, es lo suficientemente variada como para no saturar al lector. De hecho, Berlin me ha parecido capaz de moverse con holgura por registros de lo más distintos. Algunas historias estaban en primera persona, otras en tercera; había textos empañados por un tono algo ingenuo, y otros se decantaban por una voz narradora casi fatalista; cuando te has acostumbrado a los escenarios suburbanos, va y te sale con una ambientación que bien podría haber sido narrada por Stefan Zweig...

-Quizás, Oriol, uno de los rasgos de Lucia Berlin que más me llaman la atención sea la ausencia de cinismo, carencia más que remarcable en alguien que a los treinta y dos años acumulaba tres ex-maridos, cuatro hijos y una rotunda afición al trago. Lucia Berlin (EE.UU., 1936/2004) escribió a lo largo de su vida unos setenta y pico cuentos, veintidós de los cuales están recogidos en Una noche en el paraíso, habiendo asistido en su juventud gracias a su conocimiento del castellano a las clases del escritor aragonés Ramón J. Sender en la Universidad de Nuevo México. Y sí, sus protagonistas parecen tener mucho de ella misma; mujeres que siempre contestan al teléfono y nunca cierran con llave. Mujeres que plantan flores, cultivan carcajadas, sonríen a las visitas inesperadas y leen y cantan a sus hijos, aunque sus vidas parezcan una calamidad, un despropósito, un loco desafío.

-Yo también he localizado en estas narraciones los elementos autobiográficos de los que hablas, Carlos. Uno de los más curiosos aparece en "La barca de la Ilusión" y "Las (ex)mujeres". Ya sabes, cuando dos mujeres apuñalaran al ex-camello de su marido, aunque el herido apenas sangra. Y estoy completamente de acuerdo en que la voz de Berlin, por fatalista que sea, nunca es cínica. Hay relatos en los que habla de las infidelidades o de los prejuicios, por ejemplo, y la tía es capaz de meter humor. Entendámonos: un humor simpático, nunca cáustico. El humor empañaba precisamente "Mi vida es un libro abierto", uno de mis relatos favoritos. Llegados a este punto, ¿puedo preguntarte si hay algún texto que no te haya gustado y por qué?

-Claro que hay relatos que me han gustado y otros que no tanto. En general me han parecido un punto más apesadumbrados y abigarrados que los cuentos recopilados en Manual para mujeres de la limpiezaMe ha llamado al atención la presencia de numerosos personajes en algunas piezas, algunas tan breves, como si la autora quisiera -intencionadamente o no- dejar constancia de la presencia de determinadas personas. Pero si tuviese que destacar alguno, me quedaría con "Perdida en el Louvre" y también con "Lead street, Alburquerque". Por perlas como esta: "Tendríamos dos hijas y una sería dentista y la otra adicta a la cocaína. Bueno, por supuesto, no sabía nada de eso, pero vi que no sería un camino de rosas". O esta otra: "No se trataba solo de que fuese joven. Llevaba toda la vida de un lado a otro. (...) daba la impresión de que nadie le hubiese contado ni enseñado en qué consistía hacerse mayor, formar una familia o ser una esposa. De que una razón de que fuese tan callada era que estaba observando, para ver cómo se hacía". Pero si me preguntas por alguno que no me haya gustado, pues me temo que la respuesta se queda en blanco, porque de verdad que no me parece ninguno prescindible. ¿Qué opinas tú, Oriol?

-Uff... En mi caso, ha habido unos cuatro relatos que no me han gustado. Cosa que no ha arruinado mi experiencia lectora, ¿eh? Pero, por ejemplo, el que da título al volumen me ha dejado bastante tibio. Lo mismo sucedía con "Polvo al polvo". Y justo estas dos historias giraban de forma casi exclusiva alrededor de los hombres. Teniendo en cuenta que gran parte del libro se centraba en la figura femenina, lo cierto es que me hubiera gustado poder disfrutar estas dos piezas.  

-Los cuentos aquí reunidos fueron escritos entre 1981 y 1999, publicados sobre todo en revistas y editados en formato libro con posterioridad, sin apenas repercusión entre lectores y crítica. Y ahora, décadas después, se han convertido en un éxito de ventas y han tenido una repercusión extraordinaria. No soy capaz de elaborar una teoría al respecto, pero me alegro porque me parece una escritura valiosa y perdón por la falta de originalidad, lúcida y luminosa. Así que en mi opinión, resultan muy recomendables. ¿Qué opinas tú, Oriol?

-¿Cómo? Ah, perdona, ya estaba buscando Manual para mujeres de la limpieza. Coincido completamente contigo, Carlos. Muy, muy recomendables.


 Oriol Vigil & Carlos Ciprés


También de Lucia Berlin en ULAD: Manual para mujeres de la limpieza

martes, 21 de agosto de 2018

Ngũgĩ wa Thiong’o: Descolonizar la mente

Idioma original: inglés
Título original:  Decolonising the Mind
Traducción: Marta Sofía López Rodríguez (castellano), Blanca Busquets (catalán)
Año de publicación: 1986
Valoración: muy recomendable

Poco se puede decir ya a estas alturas que no se sepa de Thiong'o, y menos aún después de las reseñas publicadas en ULAD sobre sus ensayos críticos con el sistema. Que Thiong'o es una de las voces más destacadas de la literatura africana es indudable, y hablando de literatura, hablamos de la lengua, del idioma y, en este caso, de su uso con fines políticos. Porque de eso trata el magnífico libro que nos ocupa.

Con la lengua como centro neurálgico en torno al cual gira la obra, el autor nos habla en esta novela de la importancia de la lengua en la sociedad, como herramienta de cohesión. La importancia de usar la lengua propia no únicamente en el seno familiar y en el trabajo sino también con las autoridades y estamentos oficiales. Así el autor, basándose en su propia experiencia, nos narra el primer impacto que tuvo cuando de pequeño fue a la escuela, una escuela colonial, y en la que, por tanto, la lengua de su educación ya no era la lengua de su cultura. La lengua de la colonización, el inglés, debía ser preferente e imponerse por encima de la lengua de la comunidad (kikuiu o kikuyu), a menos de que uno quisiera ser sancionado o incluso castigado físicamente, pues la escuela implantaba un sistema donde eran los propios alumnos los que denunciaban a sus compañeros, estableciendo un sistema de caza de brujas. Por contra, el uso del inglés era premiado, subvencionado. El acceso a la universidad era en inglés y era obligatorio obtener un notable en la lengua inglesa para pasar, indiferentemente del resultado o las notas del resto de materias. Así, utilizando la lengua, los apartaban cada vez más de ellos mismos, de su mundo.

El autor nos habla así sobre cómo el colonialismo vinculó el progreso, la cultura y el liderazgo a la lengua colonizadora, relegando el idioma autóctono al idioma de la clase trabajadora, de los pobres, de los pequeños pueblos. Pero fueron los propios campesinos quien mantuvieron la lengua, pues creían compatible el inglés como idioma de ámbito continental con la lengua materna para su uso diario. Por contra la burguesía se arrimaba al lado colonizador, buscando los intereses económicos.

Extendiendo la lengua a otros ámbitos de la sociedad, el autor nos habla también de la importancia del teatro, un espacio de representatividad cultural de la sociedad. Por ello, importaba el idioma en el que se realizaban las obras pues pasar del idioma inglés al africano aproximaba más el teatro a la vida de las gentes, identificándose con la obra y con su propia cultura y vida. El autor también nos habla de la represión que sufrieron en el sector teatral por parte de los colonialistas, como respuesta presumible al auge e importancia que estaba adquiriendo el teatro, no como diversión, sino como campo de denuncia. Ello le valió al autor no poder regresar a su país, pues corría el riesgo de ser arrestado y aprisionado sin juicio.

Y como en toda ideología hay detrás una carga política, y viceversa, el autor va más allá de la imposición de la lengua para cargar las tintas sobre la imposición del sistema económico. Así, el autor denuncia el capitalismo, el imperialismo que, a base de ocupar y confiscar tierras, imponiendo su tecnología y su capacidad de producción, despliega su motor económico negando a los pueblos a hacerlo por sí mismo y destrozando la naturaleza y el entorno con el que convivían hasta el momento, alterando el orden lógico en el que sus vidas estaban integradas en él. El imperialismo, que causó un gran desarraigo y desplazamiento de poblaciones enteras, rompiendo familias, que también fue causa de aparición de enfermedades sobre las personas y animales, enfermedades que llegaron con los colonizadores. Y como en toda expansión económica, el aumento de la diferencia entre clases sociales y el auge del racismo, con la riqueza concentrada en unos pocos, especialmente blancos. De esta manera el imperialismo incidía en la pobreza y el subdesarrollo en la población; y con el desarrollo llegó la imprenta, pero mientras los libros en inglés se publicaban sin problemas los libros en lenguas africanas sufrían censura, el imperialismo controlaba el contenido. Todo lo publicado era porque era favorable a los intereses del imperialismo, y las imprentas controladas por el poder y los misioneros. De esta manera, la población sólo podía leer aquello que comulgaba con las ideas del imperio colonizador. Los misioneros también colaboraron con la implantación del catolicismo, arrinconando las creencias ancestrales. Así se consigue desconectar a la población de su lengua, y por extensión de su cultura y su pasado.

Por todo ello, por el sistema implantado en la sociedad durante gran parte de su vida, el autor reconoce la dificultad en volver a escribir y publicar un libro en lengua africana pues la colonización ha acostumbrado a los lectores, no únicamente a leer en una lengua no nativa como el inglés, sino también al contenido, estructura, ambientación y tipo de literatura, muy diferente a la propia en África. Es por ello que el autor reivindica la necesidad de devolver la lengua africana al primer plano de la literatura, porque con ello se crearía una sinergia entre las diferentes lenguas de África devolviendo la cultura originaria de los pueblos.

El mensaje que transmite el autor en este gran libro es claro y evidente: hay que reconectar la literatura con las tradiciones orales. Hay que reconectar los pueblos a su lengua, hay que volver a enlazar la cultura con sus gentes. En definitiva, hay que volver a conectar la lengua con la historia, antes que la utilicen para modificar también el pasado de los pueblos.

PD: Aunque el libro se encuentra traducido al castellano, he preferido esta portada de la edición en catalán. La encuentro particularmente bonita.

También de Thiong'o en ULAD: Desplazar el centro. La lucha por las libertades culturales, No llores, pequeño, Sueños en tiempos de guerraEl río que nos separa

sábado, 18 de noviembre de 2017

Eduardo Halfon: Duelo

Idioma original: español
Año de publicación: 2017
Valoración: recomendable

A estas alturas, y con sus libros hermanados por títulos escuetos, extensión algo rácana, y elegante portada en motivo gris azulado, no sabría decir si Halfon cierra con Duelo una tetralogía iniciada con El boxeador polaco (que no he leído y que no me extrañaría que Asteroide reedite algún día, como para cerrar el círculo) o si son Monasterio, Signor Hoffmann y esta novela una trilogía donde el autor guatemalteco rememora diversos eventos de su vida y los presenta en una forma que tiene un indudable aspecto compacto. A obra por año, y con el indudable emblema de la editorial (gustarán más o menos, pero creo que Asteroide siempre presenta libros que al menos son dignos de ser tomados en serio -o sea, serían incapaces de publicar a Milena Busquets), Duelo parte de un recuerdo de juventud (el incidente idealizado en la familia de un niño ahogado en un lago en Guatemala) a partir de cual, y contra la voluntad de su familia, se indaga hasta descubrir que las cosas no fueron así, que fueron en realidad de otra manera.
Halfon es capaz de administrar ese misterio y envolverlo en algo más de 100 páginas de efectiva prosa, prosa cálida y precisa donde cada frase tiene sentido y donde, sin primar resolución más que de forma muy sutil, impera la búsqueda de la identidad a través de la comprensión de los orígenes y a través de la asunción de ciertos aspectos de la herencia familiar con los que los lectores de sus anteriores novelas ya estamos, erm, familiarizados. Todo sumamente eficaz en su propósito narrativo y con esa apelación a las circunstancias de la presencia de los Halfon en Guatemala, en medio de la diáspora producida por el nazismo y en medio de esa re-colonización de la América Latina, la que se produce en pos de salvar el pellejo, tema que, ya sabemos, suele aflorar de tanto en tanto y es una baza más que segura a la hora de empatizar con un texto (siempre que el lector no sea un patán insensible).
Aunque he de recuperar algún concepto del inicio de esta reseña. Sí, los tres textos de Halfon son valiosos y eficaces y posiblemente la intención del autor sea la de diferenciar esas tres historias dándoles el amparo de diferentes títulos y diferentes entornos. Pero la cuestión es, somos un blog dedicado a la literatura y esa dedicación entraña también defender al lector que toma una decisión de empleo de recursos (tiempo, pero también dinero) a la hora de abordar sus lecturas. Los tres libros de Halfon, obviamente interconectados por su común talante autobiográfico, sus lógicas licencias creativas y sus sutiles apelaciones al pasado europeo, suman algo más de 300 páginas, en tres libros que se han publicado por separado. Una inversión estimable, teniendo en cuenta que hay alternativas en ediciones de bolsillo, por ejemplo. Creo que lo expliqué a cuenta de alguna otra editorial: sabemos que las ediciones son caras, sí, que los buenos escritores muchas veces no pueden subsistir solo de las ventas, pero creo que deberíamos intentar que el placer de la lectura en su vertiente de comprar libros para leerlos y conservarlos, no se convierta en otro lujo al alcance de pocos.

lunes, 7 de agosto de 2017

Jordi Puntí: Los castellanos



Idioma original: Catalán
Título original: Els castellans
Año de publicación: 2011
Traducción:  El propio autor
Valoración: Recomendable

La infancia es una ficción. Este libro quiere ser una prueba concluyente de ello. Con este reconocimiento, que forma parte de la propia narración en su epílogo, Jordi Puntí (Manlleu, Barcelona, 1967) fija el punto de partida de este grupo de relatos, iniciados por encargo de la revista L’Avenç en 2007 y cuya primera elaboración corrió paralela en el tiempo, como ejercicio complementario, a la escritura de la novela Maletes perdudes.

Reescritos con posterioridad, y con toda la intención de elaborar literatura desde la intimidad, la evocación y el recuerdo, pero también desde la ficción, la alteración y el sometimiento al objetivo de lograr un tono, una atmósfera y un estilo, nos deparan un viaje al tiempo de la infancia en un pueblo industrial (y rural) de la Cataluña “profunda” en la década de los 70 y 80 del siglo XX.

Para ello, Jordi Puntí se sirve de la relación que él y sus compañeros mantenían con los niños de su edad, miembros de la numerosa comunidad de inmigrantes procedentes en su gran mayoría del sur de la Península Ibérica y a los que denominaron castellanos. Relación, hay que resaltarlo, basada casi que exclusivamente en la pedrada, aderezada de algún insulto y un poco de desafío. Unos en casas unifamiliares, los otros en abigarrados bloques de viviendas, unos en colegios religiosos de pago, los otros en escuelas públicas gratuitas, la convivencia pasaba por la pugna y el control –más simbólico que efectivo- de los espacios comunes; un descampado, una pista de deporte, la piscina municipal, el cine (donde reinaba sin discrepancia posible Bruce Lee), la máquina del millón de un bar, un escondite donde reunirse y ojear revistas con fotos de chicas desnudas…

Apenas hay diálogo, ni contacto físico. Y, sin embrago, los otros se vuelven imprescindibles para modelar el yo, el nosotros. “Es como si ellos hubieran sujetado el espejo en el que nos reflejábamos – y me gusta pensar que a su vez nosotros sujetábamos el suyo.”, Por que en esa dinámica de conflicto y de pugna, subyace también una fascinación por las maneras, el desparpajo, la belicosidad que la propia imaginación infantil otorga al desconocido; al que no se le impone la restricción de la digestión para darse un chapuzón, para el que el horario de regreso es más laxo y al que cuando castiga un cura lo hace con más saña. Y ahí, me parece, radica el mayor atractivo de estos relatos, en esa capacidad de desbordar lo previsible, de exhibir y estrujar los propios prejuicios y de ofrecer una perspectiva inesperada y prodigiosa.

También hay algún personaje que sabe nadar entre dos aguas, que va por libre y no precisa despreciar al otro para definir su persona y opta por sacar partido a la situación. Y al final, con la llegada del bachillerato, la adolescencia y otros anhelos, más prosaicos y carnales, acaba por imponerse el trato personal y, ya se sabe, del roce surgen muchas cosas. A los castellanos, un apelativo pretendidamente despectivo, empezando por su arbitraria falta de exactitud, sucederán familias y niños llegados desde otras lejanías que serán seguramente observados por otros niños desde lo alto de sus bicicletas con reserva, desconfianza y hostilidad. Y, muy probablemente, íntima y secreta fascinación.

miércoles, 29 de marzo de 2017

Lina Meruane: Volverse Palestina


Idioma original: español
Año de publicación: 2014
Valoración: recomendable

Mirad, yo no creeré en los horóscopos ni en las líneas de la mano ni en los posos del café, pero creo en las coincidencias. Y tras leer, en cierto correo particular, una mención a Lina Meruane entrevistando a Enrique Vila-Matas, no más de un par de días después vuelvo a leer su nombre en un artículo dedicado a las nuevas voces femeninas de la literatura en español. Y digo, hey, este nombre me suena, y mi bien abastecida biblioteca dispone de tres ejemplares y digo, Volverse Palestina, no más de 200 páginas, suficiente para tener una idea de por dónde van los tiros, dos partes, una especie de primera crónica de un viaje y un ensayo que la complementa. Ya está. Hay que descubrir nuevos escritores, narices. Más cuando muchos favoritos de uno hace tiempo ya que no pueden escribir, ya se sabe, la parca, que tiene a gente visitada y a gente por visitar.

Meruane es chilena. Empezamos bastante bien, pues tengo debilidad por los compatriotas de Bolaño. Y su apellido pronto se muestra evocador de unos orígenes en Palestina. Una familia que tuvo que salir de allí y se asentó en Chile. Un planteamiento de regreso al hogar de los ascendentes, dudas, pero vamos para allá. Y la Palestina que Meruane visita es, bastante, como la que describen los medios. La primera parte de este libro es una crónica de un viaje de retorno, cuestión recurrente en obras de Pron, de Halfon, lo que supone una apuesta segura en términos puramente líricos: se sabe que se recurrirá a la evocación de los lugares, de las amistades dejadas atrás, de los contactos retomados con la familia, de las sensaciones emanadas de esta experiencia. Y Meruane lo narra bien, pero no logra transmitirlo con exactitud. Es más una crónica de un viaje que un regreso emocional. Tan pronto parece alinearse con la causa palestina como muestra una distancia, la que han creado los años y las millas de separación, como si esa presencia ahí no vaya nunca a plantearse como definitiva más que en el recuerdo.

La narración viene complementada con una segunda parte, Volverse otros, más cercana al ensayo político-social de alguien que ha estado previamente en el escenario. Y otra vez los lugares comunes son el denominador: quizás es que el eterno conflicto ya ha tomado la forma de presente, y confirma lo expresado en la primera parte acerca de la cruel adaptación del ser humano al día a día en un entorno hostil y cruel. Meruane muestra su crispación con la actitud del estado de Israel, de los colonos, de la comunidad internacional, crispación que, con matices más escorados a un lado o al otro, ha sido, es y será mostrada no solo por escritores a la búsqueda de respuestas, sino toda suerte de teóricos conocedores de las áreas implicadas: políticos, religiosos, sociólogos, expertos en conflictos. La mirada de Meruane, escritora, es una más, y, aparte de un estilo correcto, aunque algo frío, nada la destaca demasiado entre esa multitud casi monolítica de opinadores que afloran por todos los lados.

martes, 21 de marzo de 2017

Tim O' Brien: Las cosas que llevaban los hombres que lucharon

Idioma original: inglés
Título original: The things they carried
Año de publicación: 1990
Traducción: Elvio E. Gandolfo
Valoración: muy recomendable, casi imprescindible

Abrumador e indiscutible. No queda ninguna duda de que el testimonio de O'Brien está basado en su propia experiencia. A mí, ni una: veo imposible para un ajeno tanto ciertos recuerdos como la nitidez y el lujo de detalles de ciertos recuerdos. No es que O'Brien quiera negarlo, pero resulta sencillo achacar a la intención de dramatismo el añadirle cierta épica tan rentable comercialmente. Pues no le hace falta épica a O'Brien, que hizo de esta experiencia el eje de una obra que habrá que seguir revisando.
Vietnam: un desastre al que los americanos nadie les había llamado, pero al que fueron (como a algunos países de Sudamérica) con la intención de equilibrar o neutralizar la influencia del bloque soviético, en unos tiempos donde las cosas se hacían, si cabe, de forma más descarada. Preservar los intereses globales o detener el avance del comunismo. Nos gastamos un dineral, movilizamos a unos cuantos jóvenes que igualmente andarán aburridos o drogándose, qué más da, y a ver qué tal nos va. Vietnam fue un desastre y de este si que nos hemos ido enterando paulatinamente. El cine de los 70 en adelante: Cimino, Stone y, claro, Coppola. una combinación de paranoias y testimonios que nos han ilustrado con todo lujo de detalles, muchos de ellos muy escabrosos. La foto de la niña y el Napalm, la crueldad enorme de invasores e invadidos, la guerra de guerrillas. Hasta Cercas se reservó un protagonismo para el tema en su brillante La velocidad de la luz. 
Tim O'Brien construye una novela a base de interconectar episodios. En un par de párrafos iniciales ya nos habla de mucho de lo que va a pasar. Quién morirá y cómo. Algo de prever, que O'Brien zanja para que descartemos enfrentarnos a un relato de aventuras. Una estrategia acertada, no hay disfrute posible y desde el primer minuto hemos de ser conscientes. Aquí sí que trasluce el absurdo. Los soldados no saben qué narices pintan, pero pronto ven que no son bienvenidos, y reaccionan conforme a la hostilidad del entorno al que son arrojados. Como es la guerra y es una guerra sucia y fétida, todo vale. Aldeas quemadas, civiles masacrados, un terror seco y mudo que acapara a quien es presa de él. El relato introductorio que da título al libro es un preámbulo glorioso. Los objetos que acarrean los soldados actúan como masa unificadora de pasado y presente. Recuerdos, fetiches, cartas, fotos, conviven con minas Claymore. munición, raciones de campaña. armamento. equipo de comunicaciones. El aparato logístico, en su descripción, nos ayuda a hacernos a la idea. Los representantes del ejército USA empleados para la narración son ejemplos de la sociedad que allí los ha llevado (convicciones, dudas, creencias) y una vez en el frente no tienen otro remedio que adaptarse a su mutua dependencia y a su futuro común. Novias reales o no, familias, estudios, todo ha pasado a un último plano y en Vietnam se trata de seguir vivo, o de conseguir al menos una muerte digna o, si no, al menos de recuperar algo que se pueda meter en una bolsa de cadáveres para que la familia cuadre lo incomprensible.
Imposible no familiarizarse con Kiowa o con Lavender o con el propio O'Brien (impresionante el capítulo en el río Rainy donde valora la posibilidad de la deserción), no verlos como personas normales y corrientes, no empatizar con sus sensaciones tanto en el momento del combate como en el lánguido día a día de vuelta a casa, cuando quedan solos con sus recuerdos y no le encuentran sentido a nada salvo que a revolcarse en ellos.

miércoles, 7 de diciembre de 2016

Ngũgĩ wa Thiong'o: Sueños en tiempos de guerra

Idioma original: inglés
Título original: Dreams in a Time of War
Año de publicación: 2010
Traducción: Rita da Costa
Valoración: muy recomendable

¡Pero qué hacemos sin montar la polémica! El Nobel, ¿a Dylan?
Éste, este escritor era uno de los que sonaban, y aquí lo tenemos, qué bien me habría ido, qué giro oportunista me he perdido porque estos señores suecos no se hayan decidido, contra toda lógica de democrática y cíclica compensación, a premiar un representante de la literatura africana. Sí, justo ahora que nos acostumbrábamos a escribir, hasta a pronunciar correctamente Svetlana Alexiévich, otro nombre extraño que apuntarse en una hojita para ir a la librería, hacer un poco el ridículo ante el dependiente, y acabar diciendo, sí, claro, el último Nobel. 
Pero ahora nos enviarían a la sección de música.

Y Wa Thiong'o quedará en la lista de espera, al lado de nombres ilustres como Roth, De Lillo, Adonis. Ah, y, como diría Santi, tras pausa dramática, y al lado, también, del  Murakami ése. Difícil es evaluar sus méritos en función de un solo libro, pero por algún sitio hay que empezar. Siguiendo con las comparaciones, también Alexiévich solamente tenía traducido Voces de Chernóbil. Wa Thiong´o nos lo presenta Rayo Verde (que por cierto, publica en catalán a Alexiévich y anda, y espero que con mucho éxito, en lo de reivindicar a Juan José Saer) y responde un poco a lo que se espera de la literatura africana, de esa que surge tímidamente, casi siempre desde originales en inglés y casi siempre desde escritores que se han establecido de forma más o menos fija en USA o en Inglaterra. Más si se trata de un volumen que rememora su infancia, que cierra la narración justo en el momento en que llega al instituto donde cursará la educación secundaria. Que ahora mismo no sé si tiene continuidad en la obra del escritor keniata, pero que ya empiezo a echar de menos.
Porque esta prosa sencilla engancha, porque transmite la honestidad de la que no son capaces demasiados escritores al referirse a orígenes humildes y circunstancias particularmente duras. La infancia que Wa Thiong'o describe quizás no aporte párrafos esplendorosos, pero deja una impronta tan indeleble. O alguien puede quedarse indiferente cuando el mayor obstáculo (tras haber superado cursos y duras pruebas) que aleja al Wa Thiong'o adolescente de poder ingresar en el instituto es que su familia no dispone del dinero suficiente para comprar el par de calcetines y los zapatos (sus primeros zapatos) que se le exige llevar. ¿Hace falta una prosa florida y recargada para comentar algo tan duro? La narración empieza con curiosas escenas: los bonos, prisioneros de guerra italianos, son forzados a participar en la construcción de precarias infraestructuras. Inicio de los 40. Kenya se recupera de su participación en la Campaña de África Oriental, y sus participantes locales ni siquiera han obtenido tratos de favor de los colonizadores británicos, que siguen dominando el país con crueldad y mano dura. Todo sigue igual, y Wa Thiong'o crece en una estructura familiar propia del ambiente rural en el que ha nacido: su padre tiene cuatro esposas y él un montón de hermanastros. Un abuelo materno al que ayuda y una ambición, seguir adelante en sus estudios, que guía su vida. Pero que ha de convivir con las circunstancias. Miseria, abandono, la contundencia del aparato represivo colonial ante el tímido (pero a la larga definitivo) despertar del sentimiento independentista. Esa niñez transcurre en esos cauces. El tesón por decidir sobre su futuro. El individual, accediendo a cotas de educación que le han sido negadas a sus iguales, el colectivo, deshaciéndose del yugo explotador. Cuestiones que precipitan la madurez del Wa Thiong'o narrador, obligado a recorrer enormes distancias para acudir a clase, a respetar decisiones injustas, a que le sea recriminado expresarse en su idioma materno, a trabajar siendo un niño para obtener apenas lo suficiente para la siguiente comida. Como muchas de estas obras, tan angustioso conocer ese día a día, aunque sea transcrito de forma resignada, pero vital y optimista, como ser conscientes de que, décadas más tarde, sigue siendo el recorrido vital de millones de personas.
Lo dicho: por favor, ya, el siguiente volumen.

También de Thiong'o en ULAD: No llores, pequeñoDesplazar el centro. La lucha por las libertades culturales, Descolonizar la menteEl río que nos separa

domingo, 30 de octubre de 2016

Semana del Libro de Culto. Robert M. Pirsig: Zen y el arte demantenimiento de la motocicleta


Idioma original: inglés
Título original: Zen and the Art of Motorcycle Maintenance. An Inquiry into Values.
Año de publicación: 1974
Traducción: Renato Valenzuela
Valoración: recomendable (consúmase con moderación)

Si esto no encaja, que me aspen. Dicen de este libro que es en realidad un libro de filosofía. Que el título era una réplica sarcástica a los de muchos libros de cuando en USA se descubrió eso del Zen y el budismo. Su autor (alusiones concretas a esa situación están por todas partes en el libro) fue internado en un psiquiátrico y sometido a electro-shock. Veterano de Corea. Y publica Sexto Piso: los de Gaddis, Barthelme, Von Rezzori y Barth. Vendió, dicen, millones, y su autor solo escribió un libro más, una secuela. Gente de ULAD, amable público, ¡si mi introducción a la semana de culto tiene casi cada requisito a medida para este libro!

Más, claro, algún detalle adicional. Zen... se compone de dos relatos en paralelo, conforme Pirsig (o su alter ego Fedro) van desarrollando. El mundano, pero no tanto, bitácora de ese viaje de padre e hijo (Chris, niño de once años) atravesando estados USA a lomos de una motocicleta, acompañados en un prolongado tramo por John y Sylvia Sutherland, pareja de amigos que van en otra moto: ésta mejor, más veloz. El otro relato es el filosófico, donde Pirsig/Fedro van aportando contrapuntos en clave de interpretaciones sobre los hechos y las reflexiones, todas ellas en clave de filosofía, con la introducción progresiva de conceptos que enlazan lo uno con lo otro: la chautauqua, la Calidad, el Brio, mythos... conceptos que a veces son más digeribles y a veces menos. Porque sí, lo de "Zen" parece una broma, al principio, pero resulta no serlo en absoluto. Y las dos partes del libro (entre las que se inserta como una cuña una tercera, la historia de Fedro como el alter-ego en el pasado de Pirsig, ese que el electroshock ha neutralizado pero que parece palpitar buscando una salida a la luz), se necesitan la una a la otra y no tienen explicación sin esa simbiosis. La cuestión es que la exigencia literaria que nos es propia aquí me haga decantarme a favor de la historia del viaje: del transcurrir de los kilómetros a través de bosques y pueblos, en lo que parece un reencuentro padre-hijo, una especie de reanudación de relación. Porque las digresiones filosóficas son necesarias, justifican el libro y lo complementan, y seguramente aporten un valor adicional que no voy a discutir. Pero en sus casi 500 páginas he notado muchas veces esa necesidad de tomar aire, de abandonar esa reflexión lúcida, pero empantanada a veces, e inasequible, también, para quienes no estén familiarizados con conceptos clásicos de la filosofía, ya no digamos con la incorporación de aspectos de las culturas orientales, tan en boga en los años 60-70 en que tanto los hechos descritos como este propio libro se gestan. Virtud y defecto: el paso de hablar de piezas, de soldaduras, de taqués (esto es un componente del motor de la motocicleta) a espesos conceptos resulta tan fascinante como, a veces, ininteligible. Y a la vez uno no concibe que el libro se decante en un solo sentido.
Otra gente puede hablar de cómo expandir el destino de la humanidad. Yo sólo quiero hablar de cómo reparar una motocicleta. Pienso que lo que tengo que decir tiene un valor más duradero.
Sí. Ese relato de viajes es vívido, fresco, estimulante. Con pueblos, restaurantes, desfiladeros, curvas, asfalto, situaciones que resolver con sentido práctico. Pero la cabeza del padre va avanzando, y su destino parece ser una especie de introspección regresiva.
Lo que ahora tengo en mente es un catálogo de "Trampas para el brío que he conocido". Quiero iniciar un nuevo campo académico, la briologia, en el cual estas trampas estén seleccionadas, clasificadas, estructuradas en jerarquías e interrelacionadas para beneficio de las futuras generaciones y de toda la humanidad.
Wow. No quiero ser malinterpretado. Zen... es complicado y exigente, y es difícil no decantarse por una de sus partes, y es posible que esa elección nos defina como lectores, pues raras veces llegan a combinarse: aparecen de repente en párrafos que van de un sitio a otro.
Está como antes de la llegada del hombre blanco -hermosos ríos de lava, árboles altos y delgados y no hay latas de cerveza tiradas por el suelo-, pero ahora que ha llegado, parece una falsificación. Quizá el Servicio Nacional de Parques debería poner un montón de latas de cerveza en medio de toda esa lava y todo volvería a la vida. La ausencia de latas es desconcertante.
Más que un loable aunque desigual intento de imbuir filosofía a sus lectores, el gran valor de este libro, concretamente de su parte más novelística, es esa indagación en la mente humana. La del narrador, el padre, el escritor, el mecánico, alumno aventajado y profesor rebelde, piloto, redactor y corrector de manuales técnicos, ex combatiente, víctima de pesadillas y recuerdos, hombre reseteado, desconocido íntimo tras casi 500 páginas. En algún momento parecemos ir a bordear la catástrofe, pero en todo momento su diálogo interno, su stream of consciousness, parece ir a imponerse ante cualquier tentación de sucumbir. Zen... (no olvidemos en qué semana estamos reseñándolo) puede no ser una lectura para todos los públicos ni para todos los momentos. Incluso recomendaría alternarla con cosas más "ligeras". Pero merece ser leída, aunque sea para ostentar una posición.

viernes, 12 de agosto de 2016

Tom Kromer: Nada que esperar


Idioma original: inglés
Título original:  Waiting for nothing
Año de publicación: 1935
Traducción: Ana Crespo
Valoración: muy recomendable

Otra vez Sajalín dando en el clavo. Narices, cómo debe hacerlo esta gente. No es tan fácil encadenar aciertos sustentándose en la recuperación de clásicos oscuros, porque siempre llega un momento en que uno mete la pata y se deja llevar por el entusiasmo. O por el sentido del exotismo. Pero no: los característicos lomos y portadas en austeras combinaciones de blanco, negro y otro color van erigiéndose en auténticas garantías. 
Nada que esperar, por supuesto, no desmerece en el catálogo. Narración dura en primera persona de las peripecias como vagabundo del propio escritor (de las circunstancias en que llega a ello rinde cuentas en el capítulo autobiográfico que, junto a otros, se ofrece de regalo en la edición), la escritura pulcra de Kromer es capaz de aportar mucho más detalle del que nos resulta cómodo digerir. Pero es una narración estructurada, parece una novela o nos resulta cómodo pensar en ello. Cómo va a pasar temporadas durmiendo en la calle una persona capaz de una prosa tan fluida (aunque me temo que hemos perdido algunos matices del slang de los vagabundos en la traducción). Pues fue así. Y aunque los primeros capítulos nos parezcan más bien una descripción de artimañas y picarescas para sacarle unos centavos a los transeúntes o algún café gratis a los encargados de los bares, conforme avanzamos esa sensación desaparece y da paso a la crónica de la desesperación, de la anulación de las expectativas, de la desazón y la incomprensión de la enorme desigualdad.
Ambientada en la época inmediatamente posterior al crack del 29, Nada que esperar toma, a partir de la mitad del libro, un aire, si cabe, más sórdido e insano. Las colas para comer comida inane, los sermones de tres horas aguantados con tal de poder dormir bajo techo en un albergue cristiano, la convivencia con la precariedad más extrema y la contemplación de la degradación física y psíquica de aquellos que llevan en la calle más que uno. Contado sin pelos en la lengua y con muy poco resquicio al humor negro. La calle no da para eso. Vivir al raso pendiente de diez centavos para una cena o de medio dólar para alquilar un cuartucho no se presta a ironías, ni a empatía de ningún tipo. Algunos capítulos acaban asi: situación extrema, pose práctica, hay que sobrevivir para el siguiente día. Aún así, el Kromer vagabundo aún distingue entre el bien y el mal. Entre la gente que comprende su situación y los policías que se ensañan. Ese residuo ético, supongo que el mismo impulso inexplicable que le empujó a escribir sobre esa dura experiencia que marcó su vida (esta fue su única obra completa), su asimilación por parte del lector de cómo es la máxima desesperación, mejora, perdonad la boutade,  a quien lee Nada que esperar. Recuerdo una vez en que, no me contestéis en qué contexto, alguien decía que la mayoría de la gente estaba más cerca de la indigencia que de comprarse un yate. Libros como éste hacen tomar conciencia de algunas cosas poco agradables.
Pero bueno, siempre se puede mirar hacia otro lado.

lunes, 20 de junio de 2016

Lucia Berlin: Manual para mujeres de la limpieza

Idioma original: inglés.
Título original: A manual for Cleaning Women. Selected Stories
Año de publicación: 2015
Traducción: Eugenia Vázquez
Valoración: pasen y lean.

Lo primero que uno percibe apenas empieza a leer Manual para mujeres de la limpieza es la colosal calidad de su escritura. Como si Lucia Berlin fuera incapaz de malgastar un solo espacio en meter relleno. Una densidad que parece de otro mundo. Que quizás hable de una escritora apremiada, no me preguntéis el motivo, lanzada a informar en cada frase y a desestimar aderezos para conseguir encadenar palabras memorables. Puede que tenga que ver con sus propias circunstancias personales, una vida difícil con constantes cambios de domicilio, matrimonios fracasados, adicciones, cuatro hijos a los que sacar adelante con toda clase de empleos, y una muerte en el día de su cumpleaños. Lucia Berlin no era, desde luego, la clase de escritor que  se despierta tarde y se pone, a las diez y media de la mañana y bien desayunado, a crear en la comodidad de un despacho cerrado. Pero estas circunstancias no dan lugar a una prosa deprimida y sombría, sino a un caudal narrativo vital y onomatopéyico, a veces atropellado por una curiosa puntuación, motejado por palabras en español, por slogans en rótulos.
Muchos articularían una carrera literaria que haría caer la baba a algún crítico solamente con la galería de personajes que asoma en el relato que aporta título a la colección, del que extraigo este fragmento.
(Mujeres de la limpieza: aprenderéis mucho de las mujeres liberadas. La primera fase es un grupo de toma de conciencia feminista; la segunda fase es una mujer de la limpieza; la tercera, el divorcio.)
Los Blum tienen un montón de pastillas, una plétora de pastillas. Ella tiene estimulantes, él tiene tranquilizantes. El señor doctor Blum tiene pastillas de belladona. No sé qué efecto hacen, pero me encantaría llamarme así.
Una mañana los oí hablando en el office de la cocina y él dijo: "¡Hagamos algo espontáneo hoy, llevemos a los niños a volar una cometa!".Me robó el corazón. Una parte de mí quiso irrumpir en la escena como la sirvienta de la tira cómica del Saturday Evening Post. Se me da muy bien hacer cometas, conozco varios sitios con buen viento en Tilden. En Montclair no hay viento. La otra parte de mí encendió la aspiradora para no oír lo que ella le contestaba. Fuera llovía a cántaros. 
El cuarto de los juguetes era una leonera. Le pregunté a Natasha si Todd y ella realmente jugaban con todos aquellos juguetes. Me dijo que los lunes al levantarse los tiraban por el suelo, porque era el día que iba yo a limpiar.
-Ve a buscar a tu hermano - le dije.
Los había puesto a recoger cuando entró la señora Blum. Me sermoneó sobre las interferencias y me dijo que se negaba a imponer culpabilidad o "deberes" a sus hijos. La escuché, malhumorada. Luego, como si se le ocurriera de pronto, me pidió que desenchufara el frigorífico y lo limpiara con amoniaco y vainilla. 
La mitad de una de la docena de páginas del relato, y el libro tiene algo más de cuatrocientas. Y es así, todo el rato.
Experiencia propia o creación sobre la extensión de ella. Los personajes van y vienen y, aunque los relatos no están fechados, se adivina un progreso acorde con las circunstancias personales de la autora. Y son de un realismo sin aparatosidad impostada. Seguramente no hacía falta. Berlin era capaz de generar una historia fascinante de cualquier cosa. A esa gente podía conocerla o no y sus andanzas podían  ser reales o especulaciones. Podían existir o ser como ella los imaginaba.  Pero Berlin consigue que dejen huella uno tras otro. Sally, su hermana agonizante en  México, con un ex-marido atufando a corrupción. La pareja de ancianos que creen ser acompañantes en vez de acompañados. La madre desdeñosa y cruelmente sincera. Los maridos con problemas, también, de adicciones. Los jóvenes de vida caótica. Los distintos escenarios, Chile, México, USA. Los Atléticos de Oakland, las petacas de Jim Beam, las licorerías de horarios intempestivos a que el vicio obliga a adaptarse. La escritura de Berlin sume en un mundo extraño, de una especie de melancolía vigorosa y pragmática, como si, tras pasar un mal rato y llorar, uno se suene los mocos y se levante a hacer la cena. Algo cotidiano, pero de un magnetismo irresistible, que inunda y sumerge a quien lo lee.

No es este un libro para leer de un tirón, para dejarse arrastrar por las prisas que (por ejemplo, cuando se escribe para un blog que ha de publicar cada día) impidan acometer el libro con el ritmo que éste merece. Berlin no andaba con florituras ni acumulaba adjetivos o verborrea para decir lo mismo de siete formas diferentes. Cualquier escritor podría intentar escribir así, pero a la mayoría - no me hagais ganarme enemigos nombrando alguno- se le acabarían las ideas (o puede que las experiencias) a media página. Berlin seguía ahí, y aunque más de 400 páginas justifiquen algún altibajo (a mí me ha parecido, los relatos más largos son los menos brillantes), el nivel es estratosférico y creo que es uno de los libros que más merecidamente he visto en las listas de los más vendidos, y espero que siga ahí, igual no está todo perdido.

Muchas veces se nos recrimina cierta laxitud o ligereza a la hora de otorgar ciertas valoraciones. Pero uno cuenta con su intuición. Y si, como es el caso, justifica el hype con creces y merece un imprescindible, se le suelta, y arreando.

sábado, 18 de junio de 2016

T. C. Boyle: Música acuática

Idioma original: inglés
Título original: Water music
Año de publicación: 1981
Traducción: Manuel Pereira
Valoración: muy recomendable... e incluso imprescindible


Así entre nosotros, esto de las valoraciones es un fastidio -por no utilizar un término más enérgico-; vale que puede ser divertido sentirse como un diosecillo por un momento y relegar a un misericordioso "se deja leer" o a un inmisericorde "decepcionante" al último fenómenos del mundo de las letras o incluso a todo un premio Nobel, pero lo cierto es que lo más frecuente (al menos en mi caso) es que uno no sepa muy bien cómo acertar para ser justo con la obra reseñada y, al tiempo con los seguidores de ULAD, a quien tanto debemos y tanto merecen... Por ejemplo, pongamos por caso que lees una novela que te subyuga hasta el  entusiasmo y antes de llegar a la mitad de la misma, ya estás dispuesto a ponerle el "imprescindible"... pero, claro, antes de llegar a los tres cuartos tes das cuenta de que lo que muy bien te entusiasma a ti puede que no cause el mismo efecto en todos el mundo y además...caray, ¿le vamos a poner la misma valoración que, pongamos por caso, Madame Bovary...? Hombre, no sé, da cierto reparo... igual lo arreglamos con un "Muy recomendable" ¿no? Pues no, porque las ganas de ponerle el "imprescindible" te reconcomen hasta acabar el libro... y sin embargo... no acaba uno de decidirse.

Más aún cuando la novela es, como ésta, de lo más punki que uno pueda echarse al coleto. Y eso que lo que cuenta son las aventuras de un explorador del siglo XVIII, el celebérrimo Mungo Park -¿qué pasa?: os aseguro que en su momento no había nadie más famoso en el Reino Unido pre-Brexit-, el primer europeo que vio el legendario río Níger, se dio un chapuzón en él y volvió para contarlo. Pero la novela no deja de ser hija del año 81, una época grata para la iconoclastia y la heterodoxia; para que nos hagamos una idea, así comienza la novela de -el gran- T.C. Boyle:

"Mientras la mayoría de los jóvenes escoceses de su edad araban y sembraban con las faldas arremangadas, Mungo Park enseñaba las nalgas a Haj' Alí Fatoudi, emir de Ludamar." A partir de ahí -el gran- Boyle nos ofrece una narración apabullante, opulento en el relato de todas las miserias humanas que pueden concebirse, minucioso en los detalles más sórdidos y desesperanzadores, desapasionado como una miríada de insectos devorando un cadáver putrefacto, revelador de toda la hez que cabe en este mundo y en los mundos que hay dentro de cada mundo... tan escéptico sobre los hombres que casi es incapaz de despertar indignación alguna. Ante nuestros ojos pasarán viejas brujas purulentas, jerifaltes ensoberbecidos, ladrones de cadáveres, erotómanos pervertidos, sinvergüenzas de toda ralea y condición.... y eso sin apenas salir de Inglaterra; en los territorios africanos nos aguardan también moros crueles y fanáticos, mandingas avariciosos, caníbales sonrientes, fieras salvajes e inmisericordes, enfermedad y podredumbre sin mitigación posible. Y sobre todo, una Naturaleza avasalladora, asesina...

Tampoco es que Mungo Park no fuese el hombre indicado para domeñar a los elementos y sortear las trampas de la Fortuna... Bueno, en realidad no lo era, o por lo menos no es esa la visión de él que nos ofrece -el gran- Boyle: el héroe escocés se nos presenta como un joven intrépido y ambicioso, sí, pero como todos, sometido más a los designios del dios Azar que de la Fortuna, zarandeado y arrastrado como una ramita por el agua de un arroyo que desemboque en ese río que andaba buscando como un enajenado. y los demás personajes que le acompañan o que cruzan por esta novela tampoco parecen mucho más dueños de su propio destino que él: ni su guía el bibliófilo Johnson, ni su prometida Ailie, ni el prometido de su prometida (es una lega historia, George Gleg), ni su enemigo el bereber Dassoud; ni mucho menos el superviviente nato Ned Rise, ni su beodo amigo Boyles, ni su amor arrebatado Fanny Brunch... Ni el mismísimo rey de Inglaterra, más loco que una cabra, parece ser dueño de su destino. Ni el lector de la novela, que se deja, sin otra posibilidad, arrebatar por una historia que te lleva a lo largo de dos continentes, de un sinfín de penalidades y maravillas casi secretas, te deja exhausto ante el despliegue de crueldad de la que es capaz el ser humano, casi sin darse cuenta, como niños que juegan a verter agua hirviendo sobre un hormiguero. O dioses que se divierten contemplando cómo los hombres dan tumbos de aquí para allá, persiguiendo, con más o menos convicción, sus -nuestros-  sueños y sus infortunios, que nosotros confundimos con designios.

Y sobre todo, el lector -este lector- se queda maravillado por la prosa,  de -el gran- T. C. Boyle, capaz de la mayor precisión posible con una prosa sobria e impresionista, erudita pero no pedante, rica pero no grandilocuencia, sensible sin caer en la sensiblería... ¡qué narices, le voy a poner un "imprescindible"!




lunes, 6 de junio de 2016

Piotr Bednarski: Las nieves azules

Título original: Bletkine Sniegi
Idioma: Polaco
Año de publicación: 1996
Traducción: Amalia Serraller Calvo
Valoración: Bastante recomendable


El horror de los campos de trabajo de la época estalinista ha dado lugar a grandes libros, como "Relatos de Kolimá" o "Archipélago Gulag". Libros tremendos, terroríficos, crudos a más no poder, escritos, en su inmensa mayoría, por las propias víctimas del sistema represivo.

No seré yo quien diga que "Las nieves azules" está a la altura de las dos anteriores, pero sí que estamos ante un libro muy interesante. Interesante y ligeramente diferente a la literatura sobre campos estalinistas "al uso", ya que no se trata esta vez del testimonio de otro adulto víctima de torturas físicas y psicológicas.

En "Las nieves azules", un Piotr Bednarski adulto recuerda su estancia, durante los años de la Segunda Guerra Mundial (cuando tenía 8-10 años), en el campo de internamiento en el que se encontraba por los supuestos "delitos" que habían cometido sus padres (descritos con el eufemismo de "enemigos de la clase trabajadora", así, en general) y en el que el único lazo familiar que poseía era su madre (Bella, hermosísima y de exacerbada religiosidad), a la que estaba estrechamente unido y que tiene un papel fundamental en el libro.

Con sus recuerdos construye un terrible relato del campo. Terrible pese a que, al ser aún un niño, su punto de vista infantil pueda ser incompleto por no alcanzar a aprehender la situación en su totalidad. Más allá de esto, es una visión cargada de miedo y de temor, pero también plena de poesía, con las fantasías e ilusiones propias de la edad del protagonista. 

Asistimos a venganzas crueles y absurdas, asesinatos, envíos de prisioneros a la guerra, delaciones de padres a hijos y de hijos a padres, a la miseria humana (material, física, moral, espiritual), aunque también hay fogonazos de las mejores virtudes y valores del ser humano, como la rebeldía, la generosidad o el amor.

Se estructura el libro en diversos episodios que son relatos breves que, aunque independientes, siguen un orden cronológico. También los une, como ya hemos dicho, la voz narrativa: la de un Bednarski adulto que recuerda, con su mirada de niño, sus experiencias próximas al horror, al dolor y la muerte. Y los une, por último, que, pese al terror, al miedo, a la miseria y a las desgracias, la esperanza y las ganas de vivir siempre están presentes. Por encima de todo, la vida.

En definitiva, un libro con el que no llegamos a sentir los piojos, el hambre o las torturas de forma tan explícita como con otros ya citados, pero con el que, aunque todo "parezca" levemente atenuado por esa mirada inocente e infantil del protagonista, tenemos otro gran testimonio del horror. Y con el que volvemos a ver que, por encima de todo ese horror, el deseo de vivir siempre permanece.

Por cierto, gran trabajo de Malpaso Ediciones, con una cuidada edición y una portada minimalista y preciosa.

sábado, 2 de abril de 2016

Marcos Ordóñez: Juegos reunidos


Idioma original: español

Año de publicación: 2015
Valoración: recomendable

"La nostalgia ya no es lo que era".

No son pocos los ejemplos de libros cuyo leit motiv es la revisitación del pasado personal o colectivo. En los últimos tiempos, recuerdo al menos otros dos. Cuando se añade a ello la presencia de escenarios conocidos (algunos de ellos, cines, bares, comercios, desaparecidos), el lector ha de andarse con cuidado: la cosa puede tomar cierto cariz personal si todo empieza a sonarle. Los mecanismos que se activan se separan algo de la experiencia estrictamente literaria.
Perdonad esta puntualización. No querría condicionar a nadie, pero sí está claro que si uno es barcelonés, nacido antes de 1975, residente en barrios de la capital, con alguna inquietud cultural, con algún vínculo aunque sea insignificante, Juegos reunidos tiene muchos ganchos que te atraerán como lector.
Tratándose de una colección de relatos basados en el recorrido vital de Ordóñez, en sus experiencias personales rodeado (con la constante compañía de Pepita, su esposa) de celebridades locales e incluso globales, se trata de una muestra bastante heterogénea y, lo digo ya, algo desigual. Voy a mojarme y a atribuirlo (y a referirme a la frase que abre esta reseña) a cierta condición que parece afectar a ciertos escritores (le pasaba lo mismo a Pérez Andújar y a Llop) a determinada edad. Cierta sensación de mirada atrás sin ira, cierto alivio (viendo todos los que han caído por el camino) y, a la vez, cierta tenaz insistencia en confirmar su presencia más allá de la coincidencia en el tiempo. Hay que haber estado en esos bares y en esos pisos, haber pasado esas noches entre vapores de alcohol y humo de porros y aquí no hay sentido de culpabilidad por haberlo superado y otros no. Lo que aporta credibilidad a estos relatos es, por contradictorio que parezca, despojarlos de licencias creativas y mostrarlos cuanto más reales y verídicos mejor. Aunque sea a costa de hablar a costa de muchos que ya no están, Ordóñez no se recrea en mostrar dolor sino resignación: o más bien, en algún caso, cierto orgullo por haber sabido parar a tiempo. Ello lo constata que el Ordóñez más brillante lo sea cuando se acerca a la crónica, en las dos relatos donde actrices son protagonistas (excelente el tono decadente de uno de ellos) y que las partes más endebles sean algunos cortos experimentos en tono "poesía libre" o la casi sonrojante proclama final, "Quiero", en el cual la nostalgia ya rebosa con creces el azucarero y al que todo el resto del contenido del libro ya inhabilita como declaración de intenciones. No hace falta insistir en lo mismo, ni resumirlo. Lo hemos leído antes y lo hemos deducido.
Juegos reunidos es, entonces, un ejercicio otoñal más tendente a las filias que a las fobias, puntualmente brillante, pero restringido, para el total aprecio de esa brillantez, a cierta complicidad que no siempre puede esperarse encontrar al otro lado.