lunes, 18 de marzo de 2019

Belén Gopegui: El padre de Blancanieves

Resultado de imagen de el padre de blancanievesIdioma original: español
Año de publicación: 2007
Valoración: Muy recomendable



Confieso que, una vez más, me he saltado la sinopsis. Menos mal pues resulta claramente disuasoria, aun pretendiendo lo contrario, al centrarse en un punto de partida (anecdótico y sustituible) y olvidar los aspectos relevantes. Es cierto que la estructura no es precisamente sencilla y que parte de premisas que algunos considerarán discutibles. Pero nos enfrenta a unos personajes que dejan huella porque son humanos, es decir, contradictorios e imperfectos. Las relaciones que se establecen son tan caóticas como en la vida. El entramado está perfectamente urdido a pesar de su complejidad. La estructura y recursos son originales y acordes al contenido. Sin olvidar la elaborada reflexión de índole ético-política que, lo queramos o no, nos atañe a todos. Diálogos a dos o a varias bandas, reflexiones privadas, confidencias, análisis socio-políticos, cuya prosa, algo irregular, desmerece un poco del resto.
Los lectores interesados en la sostenibilidad y el ecologismo disfrutarán con los planteamientos de Gopegui. Porque aquí se mezclan: una contundente carga crítica, ciencia, relaciones familiares, conflictos de intereses, posibles infracciones de la ley dictadas por el más puro idealismo y, sobre todo, la eterna lucha entre pragmatismo y conciencia. En esta novela coral los personajes se dividen en dos bandos, los acomodaticios y los que sueñan con cambiar el mundo. No obstante, se elude el maniqueísmo: porque todos muestran incoherencias, cualquiera de ellos presenta ambos rasgos en alguna medida y la mayoría evoluciona en un sentido o en otro.
El núcleo lo forman Manuela, su marido Enrique y su hija Susana. De estos parten otras ramas que se van ramificando a su vez. En ocasiones, se establecen diálogos insólitos entre individuos que a primera vista no tendrían nada que decirse y que no parecen muy verosímiles tal como se presentan, pero pueden aceptarse como convención literaria. Contamos también con un personaje no-humano que se autodefine cada vez que abre la boca –es un decir–, una especie de voz en off que sirve de pretexto para que la autora se entrometa de vez en cuando, al estilo de las novelas decimonónicas pero de forma menos explícita,
El relato avanza de forma fragmentaria a base de alternar las voces. Un recurso que habitualmente amplia el campo de visión y que en este caso, debido a la variedad de planos, resulta casi indispensable.
Gopegui pretende, nada menos, trazar un panorama lo más exacto posible del orden mundial y sus problemáticas, así, tal como suena, y creo que sale airosa del intento. La cuestión es si, ante tanto desequilibrio e injusticia, merece la pena actuar de alguna forma o se trata de un esfuerzo insensato y lo aconsejable es cruzarse de brazos; si esa pasividad autoimpuesta genera mala conciencia o no; si los pequeños gestos del activismo son quimeras que no llevan a ningún sitio o semillas que pueden germinar en el momento menos pensado cuando se da una conjunción de circunstancias; si ese empeño por cambiar las cosas influye en los más cercanos y, llega, incluso, a destruir vínculos; si es lícito alterar la plácida existencia del entorno en nombre de un bien mayor o se trata de conductas reprochables pues en el fondo no vamos a encontrar más que egoísmo narcisista..
Novela de ideas, deudora de una larga tradición y aún así con entidad propia, que consigue hacer pensar al lector sin que disminuya su interés por el devenir de los personajes y sus proyectos (ese curioso experimento biológico descrito con tintes cinematográficos me parece todo un hallazgo), incluso sin que pierda la sonrisa.

Más de Belén Gopegui: Lo real, La escala de los mapas,

domingo, 17 de marzo de 2019

Jesús Marchamalo & Marc Torices: Cortázar


Idioma: español
Año de publicación: 2017
Valoración: recomendable

Nunca he sido un acérrimo "cortazariano", pero la reseña a veinte manos (bueno, a decir verdad, diecinueve, que yo estuve al mismo tiempo comiendo doritos) que nos marcamos recientemente me creó alguna curiosidad por conocer más cosas del célebre autor del cuento, aparte de lo que cualquiera con cierta culturilla general podría saber (escribió Rayuela, nacido en Bélgica, vivió en Francia, enterrado en el cementerio de Montparnasse... bueno, vale, para esto último hay que ser un poco biblionecrófilo, lo admito). pero vamos, ni ganas de meterme una biografía de esas tochacas con estudios filológicos comparatistas de todas las obras de este insigne escritor y tal y cual...; por fortuna para  los holgazanes lectores inquietos como yo, vivimos en la época dorada de los tebeos para adultos gafapastas las novelas gráficas. Así que una de éstas, de título inequívoco y estupenda por lo demás, es la que hoy ocupa esta reseña.

El libro -en puridad, tampoco sería correcto llamarle "novela", aunque sí "gráfica, claro-, también es una biografía, sólo que mucho más ligera y amena que lo que suele ocurrir al uso. Pero, en general, sigue el habitual hilo temporal de nacimiento-infancia-juventud-etc... hasta el fallecimiento de Cortázar. Hilo roto, de vez en cuando, por anécdotas o peculiaridades diversas del escritor; sin llegar a calificarlos de "interludios líricos" o "poéticos", sí es cierto que estos pequeños episodios, amén de proporcionarnos una visión más completa de la personalidad y circunstancias del biografiado, aportan al conjunto un toque entrañable, a la par que fresco. La narración, en todo caso, toca todos los momentos en principio fundamentales de la vida del escritor: su niñez, con su padre ausente, el comienzo de la fascinación por los libros, sus trabajos como profesor y traductor, sus primeros escarceos literarios, el traslado a París, sus relaciones amorosas, sus viajes, el reconocimiento de su obra, su posicionamiento político a favor de la Revolución cubana... (*) Como os podéis suponer, especial ilusión me ha hecho ver reflejado el momento en el que, en 1946, el propio Borges recibió y decidió publicar en la revista Los Anales de Buenos Aires el cuento Casa tomada.


En suma, que la trayectoria, tanto vital como literaria de Julio Cortázar se ve explicada y representada a la perfección en este libro, con la fundamental ayuda, además, de un grafismo sencillo pero muy efectivo, que oscila entre cierta ingenuidad y un toque onírico de lo más adecuado. Ahora bien, por poner algún pero (que no todo va a ser néctar y pétalos de flores), he de señalar que, a pesar de esta minuciosidad de la narración y del recurso al anecdotario cortazaresco que he mencionado antes, la figura del escritor queda envuelta en un aire, no de frialdad, pero sí de cierta reserva, se le ve siempre un tanto distante, como si los autores del libro no hubiesen sido capaces de traspasar una capa protectora, una burbuja de timidez y soledad en la que se refugiase el biografiado (no descarto, por supuesto, que Cortázar fuera así de verdad, que no lo sé).

Aún así, que no lo dude nadie: esta es una lectura de lo más recomendable, que además cumple con una función importante: que te entren ganas de leer más cosas del autor de Rayuela. No es poco, eso...

(*)Hace poco leí, por cierto, un emocionante párrafo de un libro de Bioy Casares acerca del fallecimiento de Cortázar, en el que le manifestaba gran aprecio y consideraba que siempre habían sido amigos, a pesar de no compartir ideas políticas. Un gran ejemplo.


sábado, 16 de marzo de 2019

Mary Beard: Mujeres y poder

Idioma original: inglés
Título original: The Public Voice of Women y Women in Power
Traducción: Silvia Furió (ed. en castellano) / Anna Llisterri (ed. en catalán)
Año de publicación: 2014 y 2017
Valoración: recomendable

En este libro de ensayos, se recogen dos conferencias que la autora inglesa hizo en 2014 y 2017 («La voz pública de las mujeres» y «Mujeres en el ejercicio del poder», respectivamente) en las cuales la escritora analiza cómo se ha tratado la opinión de la mujer cuando se encuentra en la esfera pública.

Así, en «La voz pública de las mujeres», y fiel a su formación y profesión dedicada a la historia, Beard hace una mirada al pasado, remontándose a los tiempos de la Odisea, cuando Telémaco, dirigiéndose a su madre Penélope, le dice: «Madre, vuelve, como sea, a la habitación y ocúpate de tu trabajo, la tejedora y el huso, y haz que las esclavas se ocupen de la suya, y eso de hablar será cosa de los hombres, de todos, y más incluso de mí, pues es mío el poder en la casa». Con este breve párrafo, ya en el inicio de la conferencia, la autora denuncia que desde tiempos inmemoriales la voz de la mujer ha sido acallada por los hombres, incluso cuando estos son aún unos jóvenes y ellas mujeres inteligentes de mediana edad, a los que superan en experiencia y conocimientos. Así, poniendo este fragmento como ejemplo, la autora realiza un viaje al pasado (pasado que aún conservamos, o arrastramos, en el presente), desde la Antigua Grecia y pasando por el Imperio Romano, donde las voces de las mujeres han sido ninguneadas, ridiculizadas o acalladas.  Y si bien en determinados casos las mujeres han podido expresar su opinión, ha sido principalmente para defender sus intereses sectoriales, pero no para hablar en lugar de los hombres o del conjunto de la comunidad.

En relación a ello, el discurso público era uno de los principales atributos en el pasado que definían la masculinidad, y, a modo de ejemplo, comenta la viñeta de «la señorita Triggs», publicada en la revista Punch en 1988, y que resume perfectamente esta cuestión. En ella, se puede ver la mesa de un despacho alrededor de la cual se hallan sentados cinco hombres y una sola mujer, y el que ocupa el lugar central de la mesa comenta: «Es una excelente propuesta, señorita Triggs. Quizás alguno de los hombres aquí presentes quiera hacerla». En una sola viñeta, el impacto es evidente, por su sencillez y contundencia, e ilustra perfectamente lo que la autora expone en el relato, pues este tipo de afirmaciones, y aunque eso parece quedar lejos en el tiempo, está muy presente en la memoria y las costumbres actuales, siendo un ejemplo clarísimo del ya conocido concepto del mansplanning (tratado ampliamente por Rebecca Solnit en «Los hombres me explican cosas»). Incidiendo en más ejemplos históricos, expone algún otro caso asociado a la literatura, hablando de «Las bostonianas», de Henry James, y su marcada costumbre de silenciar a las mujeres, como es el caso de Verena Tarrant. Este autor, ya en sus ensayos, deja clara su posición escribiendo sobre «los efectos contaminantes, contagiosos y socialmente destructivos de la voz de las mujeres».

También la autora pone de relieve, no únicamente este silenciamiento de la voz de la mujer, sino también la falta de autoridad, conocimiento y autoridad que, a través de un lenguaje ridiculizante, se les atribuye. Y, de hecho, en muchos casos en les que sí se le da poder, es para hablar de esferas tradicionales de intereses propios de las mujeres pues, por ejemplo, que sean Ministra de Sanidad, Igualdad o Educación no las descarta para ocupar los ministerios de Economía o Hacienda (cosa que aún no había sucedido en Gran Bretaña en el momento en el que se hizo la conferencia en 2013). Y también hablamos de espacios mediáticos como tertulias políticas o deportivas, dedicadas y ocupadas (sí, ocupadas sería un buen término descriptivo) por los hombres, pues se considera que son temas que ellos conocen más (y mejor). Y no le falta razón a la autora al criticarlo, pues esta desigualdad es evidente si nos fijamos en las tertulias y programas que copan nuestros medios y cuantas mujeres participan o lideran este tipo de programas.

Todas estas actitudes y mentalidades están muy interiorizadas en nuestra sociedad, en nuestra cultura, nuestro lenguaje y perpetuadas tras miles de años de historia. Y que las mueres hablen de ciertos temas aún está mal visto por una gran parte de la sociedad (el ataque a las mujeres en internet por comentarios contra las mujeres es treinta veces superior a los dirigidos contra los hombres, en un evidente ejemplo de misoginia), en un claro intento de apartar a las mujeres del debate o de la expresión de su opinión. Y para poder conseguir expresarse, hay mujeres que masculinizan el discurso, a través de hablar con voz algo más grave e imitar ciertos aspectos de la retórica masculina. Esto puede funcionar, pero es solo un parche, no va al corazón del problema, no debería ser así.

Ya en el segundo ensayo, «Mujeres al poder», la autora también echa mano de sus conocimientos históricos y literarios para empezar el relato hablando de «Tierra de ellas», de Charlotte Perkins Gilman, relato que trata sobre un país donde solo viven mujeres (me pregunto aquí si Stephen King sacó de este relato su idea para «Bellas durmientes»). La autora lo utiliza para aventurarse a pensar en cómo sería un mundo donde las mujeres tuvieran el poder y, como en la conferencia anterior, también utiliza recursos de la historia antigua para ejemplarizar como la mujer ha sido relegada a esferas que supuestamente no son propiedad del hombre. Con ello, analiza el papel de las mujeres a las que se les ha reconocido poder (políticas, especialmente), pero afirmando que este aspecto, el hecho de identificar únicamente el poder con los cargos políticos, etc., es suponer que ocupan lugares no previstos para ellas, y deja de lado escenas diferentes donde otro tipo de poder es importante. De igual manera, abunda en este aspecto y habla del camino que ciertas mujeres siguen para alcanzar el poder, masculinizándose, poniendo como ejemplo a Margaret Thatcher o Hillary Clinton.

La autora, en este libro, breve pero recomendable por su interesante contenido, no plantea soluciones ni da consejos, sino que su intención es poner de manifiesto que hay un patrón de comportamiento que arrastramos desde hace miles de años y que hay que tomar consciencia de ello para cambiarlo. Y aprovecha también para cuestionar, no únicamente a quién se le da poder, sino también si este está bien definido, si está bien entendido por la sociedad cuando solo se puede reconocer en el quien tiene la forma e imagen de un hombre.

Por todo ello, hay que trabajar sobre qué entendemos por la voz de la autoridad y como hemos llegado a construirla, y redefinir el concepto de poder y hacerlo más amplio, tanto en pluralidad de género como en los ámbitos donde está reconocido. Solo así podremos intentar llegar a una igualdad que, por las tendencias y costumbres arrastradas desde tiempos inmemoriales, parece que aún queda lejos.

viernes, 15 de marzo de 2019

Colaboración: Me llamo Rojo de Orhan Pamuk

Idioma original: turco
Título original: Benim Adım Kırmızı
Año de publicación: 1998
Traducción: Rafael Carpintero
Valoración: muy recomendable (casi imprescindible)

La obra de Orhan Pamuk es vasta y sólida. Con más de una docena de títulos, algunos imprescindibles como Nieve o El museo de la inocencia, uno siente que es difícil encontrar otro título a esas alturas pero…
“Ahora estoy muerto, soy un cadáver en el fondo de un pozo. Hace mucho que exhalé mi último suspiro y que mi corazón se detuvo pero, exceptuando el miserable de mi asesino, nadie sabe lo que me ha ocurrido. En cuanto a él, ese repugnante villano, escuchó mi respiración y comprobó mi pulso para estar bien seguro de que me había matado, luego me dio una patada en el costado, me llevó hasta el pozo, me alzó por encima del brocal y me dejó caer”.
Este es el potente inicio de su novela Me llamo Rojo. Quien habla es el asesinado Maese Donoso, un ilustrador que en el año 1591 trabajaba en secreto en un retrato del Sultán, acción que algunos consideraban contraria a las enseñanzas del Corán.
Esto es solo una arista de una novela presentada como histórica pero que finalmente va más allá de reconstruir sucesos temporales. El relato va cambiando sucesivamente de narradores, conformando una narración coral que abarca distintas líneas e interpretaciones.
La historia-marco son los sucesos que van ocurriendo alrededor del trabajo encargado por el Sultán. La mayor parte de esto transcurre en los talleres de los ilustradores donde trabajaba Maese Donoso hasta su asesinato. Los personajes de Maestro Osman y sus ilustradores, Mariposa, Cigüeña y Aceituna (quienes además son sospechosos del crimen) son el eje de las conversaciones sobre el arte. Esto le sienta como anillo al dedo a Pamuk, pues a través de los diálogos y descripciones minuciosas de las pinturas de los maestros, expone uno sus temas favoritos: el choque oriente/occidente. De este modo, el arte es una excusa para hablar de identidad, formas de mirar el mundo o sentido del arte.
La fecha no es un dato menor, si se considera que en ese tiempo, el Imperio Turco estaba en su esplendor, luchando por expandirse a Europa, que se defendía hace más de un siglo del invasor, pero que empezaba a reflejar la influencia occidental en sus costumbres. La sociedad turca lidiaba contra occidente pero se deslumbraba con la cultura europea, aquí específicamente, con los maestros venecianos.
El otro hilo narrativo, está relacionado con encontrar al asesino de Maese Donoso. En este sentido, la novela se acerca a las historias de detectives, donde todos son sospechosos y cada uno tiene su versión y su coartada. La narración es hábil para mantener la tensión con el propósito de dilucidar quién es el asesino solo hacia el final.
Y la última trama narrativa (aunque no necesariamente en ese orden), se relaciona con la historia de amor entre Seküre y Negro. Amor que también sufre las férreas costumbres orientales. Un amor lleno de pasión y turbulencias, que deberá sortear grandes obstáculos para poder estar juntos.
Todo esto, narrado con un lenguaje muy pulcro y preciso, que logra mantener el ritmo en cada eje narrativo. La multiplicidad de voces sorprende, ya que no solo aparecen los obvios personajes actuando en cada una de las tramas, sino que además aparecen voces insólitas. A las ya mencionadas, en la que destaca la voz del asesinado Maese Donoso,se escuchan las voces de los cuadros pintados, las ilustraciones, que también van contado su parte en la narración: el perro, el árbol, el caballo y el color rojo; incluso algunos conscientes de su existencia como creación artística. Todo esto da un amplio y postmoderno aspecto a la historia. Un cuadro minuciosamente detallado, como uno de los tantos que aparecen descritos en el relato, un cuadro lleno de perspectivas, a la manera veneciana.
En resumen, una gran novela, que mezcla sucesos históricos, reflexiones del arte, miradas del problema cultural oriente occidente, elementos de novela negra, elementos de novela romántica, todo para darnos un gran fresco del Imperio Otomano de fines del siglo XVI. Un relato con diversas lecturas, que no se excluyen unas de otras y que terminan resonando más allá de lo meramente literario para transformarse en una lúcida reflexión sobre el arte y la vida. Sin duda, otro admirable trabajo de Orhan Pamuk.


Firmado: Cristian Uribe

jueves, 14 de marzo de 2019

Angela Carter: La juguetería mágica

Idioma original: Inglés
Título original: The Magic Toyshop
Traductor: Carlos Peralta
Año de publicación: 1967
Valoración: Recomendable



Melanie tiene quince años cuando sus padres fallecen. Junto a sus dos hermanos pequeños, Jonathon y Victoria, deberá abandonar una idílica casa rural para vivir con su tío Philip en el extrarradio de Londres. Él es un juguetero que domina con mano de hierro a su mujer, Margaret, una joven irlandesa muda, y a los hermanos de ésta, Finn y Francie.

Semejante premisa puede dar a entender que estamos ante un drama de huérfanos dickensiano. No andaríamos desencaminados: ciertamente, La juguetería mágica tiene mucho de este género. Sin embargo, también se aleja del realismo imperante en ese tipo de historias para regalarnos pasajes casi fantásticos.

Por otro lado, se podría decir que La juguetería mágica es una novela gótica actualizada; una que bebe del rico imaginario de los cuentos de hadas y de los mitos clásicos. Rinde especial homenaje a la historia de Barba Azul. Y de forma más certera, debo decir, que la descafeinada El coleccionista de libros de Alice Thompson, o el superficial"remake" de Amélie Nothomb.

Con La juguetería mágica, Angela Carter expresa su admiración por E. T. A. Hoffmann. El título del libro es ya una declaración de intenciones, con sus alusiones a la figura de los autómatas. Asimismo, es innegable que esta novela se adueña del concepto de lo siniestro (el "unheimlich"), para diseñar el escenario en el que la acción transcurre y generar la atmósfera adecuada con la que cobijar los eventos narrados.

Pero no os penséis que esta es una historia de terror. Ni de lejos. Alguna escena roza el horror, no lo niego, pero, al final, no hay cadáveres ocultos tras las puertas cerradas, ni los juguetes del tío cobran vida en ningún momento. El propósito de La juguetería mágica no es asustar al lector. Si acaso, pretende mostrar la transición que experimenta Melanie hacia la edad adulta. También quiere reivindicar la necesidad de derrocar cualquier tipo de opresión.

Me parece remarcable el feminismo que supura esta historia. No me extraña que a autoras de la talla de Joyce Carol Oates o Margaret Atwood se las perciba como deudoras de la obra de Carter. Sólo en La juguetería mágica se exploran el deseo y la sexualidad femenina, así como la liberación de la mujer. No en balde, La juguetería mágica culmina con la aniquilación del orden patriarcal.

Pero también es cierto que su mensaje es más universal, y nos anima a todos, sea cual sea nuestro sexo, a que afrontemos nuestros miedos y a que no nos dejemos subyugar por nadie. Finn se revelará destruyendo un cisne de tío Phillip. Margaret, poniéndose el vestido y el collar que le ha regalado Melanie. Y ésta última, al reconocer sus verdaderos sentimientos, abrazar su floreciente sexualidad y cortar lazos con las responsabilidades asfixiantes que suponían sus hermanos pequeños. 

Llegados a este punto, pasemos a las que, para mí, son las virtudes del relato.

  • La atmósfera a lo Hoffmann. 
  • Su ambientación. O bueno, gran parte de la misma, porque si bien es cierto que Carter describe minuciosamente la casa del tío Phillip, o el parque abandonado al que van Melanie y Finn, no dice casi nada de la tienda o el taller del juguetero. 
  • El villano de turno, Phillip Flower, es verdaderamente temible, pese a que su caracterización no recurre jamás a efectismos de ninguna clase. 
  • La potencia de las imágenes propuestas en La juguetería mágica es brutal. Incluso cuando éstas son insinuadas, o apenas entrevistas. 
  • La sutileza con la que esta novela aborda los temas que trata merece todos mis respetos. El despertar sexual de Melanie, por ejemplo, jamás cae en la obscenidad gratuita, ni se narra mediante lugares comunes. 
  • Hay que destacar el inteligente uso que Carter hace del simbolismo. La mayoría de elementos empleados en esta narración tienen su porqué. El manzano despierta reminiscencias bíblicas, y alude al paraíso y a la transgresión de Eva; el vestido de novia que usa Melanie, el mudismo y el collar de tía Margaret, los títeres de Philip, también aportan capas de significado a la narración.

Hasta aquí, todo bien. Lástima que el final no esté a la altura de las circunstancias. En primer lugar, porque introduce una pieza en el juego que no había sido anticipada previamente. Encima, es abrupto, anti-climático y está regado con algunos de los peores diálogos de toda la novela. Tampoco me convence demasiado el apartado formal de La juguetería mágica. A todas luces, le falta algo de empaque.

  • No me gusta cómo está organizada la narración. A veces, Carter salta de una escena a otra sin que el texto pueda respirar debidamente, y en esos momentos, la comprensión de lo que estamos leyendo se dificulta. Por otro lado, las oraciones que componen algunos párrafos tampoco siguen un curso orgánico.
  • En las primeras páginas hay excesos barrocos que más adelante apenas vuelven a aparecer. Comprendo que la intención de Carter era contrastar las descripciones más poéticas del inicio de la narración con aquellas más apegadas a la realidad propias del final de la misma, pero la transición de un proceder a otro no me convence. 
  • La precisión de algunas metáforas es abrumadora, pero hay tantas a lo largo y ancho de la novela que acaban siendo cargantes. Además, no todas funcionan igual de bien. 
  • Tampoco todas las referencias literarias que se usan son pertinentes. Se invoca a Edgar Allan Poe o a Moby Dick, por ejemplo, sin venir a cuento. Carter estudió filología inglesa, y es por ello que las alusiones a autores clásicos (también a pintores y, en menor medida, a la cultura pop) son abundantes en esta obra. 

En cuanto a la edición de Sexto Piso, recalcar que es preciosa, pero:

  • La imagen de la cubierta no consigue, a mi juicio, transmitir el horror latente de los cuentos de hadas. Ya sabéis, esas historias de aparentemente infantiles que en realidad ocultaban duras lecciones de vida. Parece, más bien, querer darlo a entender superficialmente con motivos "spooky" tales como calaveras o ratones. 
  • Emplea la traducción deficiente con la que Minotauro publicó esta novela por primera vez, allá en 1996. 

Resumiendo: en La juguetería mágica, segunda novela de Carter, ya se intuye que esta escritora tiene una voz muy personal, aunque todavía le falte madurarla bastante. Por lo general, este es un libro interesante. Algo indefinido, quizás, pero una lectura recomendable de todos modos, dada la originalidad de su propuesta y la solvencia de muchos de sus apartados.  

Un año después de su publicación ganó el premio John Llewellyn Rhys. También ha sido adaptado al cine y al teatro. Actualmente es considerado por muchos como una obra de culto. No es para menos: la misma autora es reivindicada a menudo desde círculos injustamente minoritarios.


También de Angela Carter en Unlibroaldía: "El señor León, enamorado" y "La prometida del Tigre", "La cámara sangrienta"  

miércoles, 13 de marzo de 2019

Sònia Hernández: El hombre que se creía Vicente Rojo

Idioma original: castellano
Año de publicación: 2017
Valoración: Recomendable (creo)

…aunque no termino de tener muy clara la valoración, pero quizá escribir esta reseña me ayude un poco. 

Lo que nos presenta Sònia Hernández son tres personajes: una periodista bien entrada en los cuarenta, con notables problemas de autoestima, que acaba de ser abandonada por su marido. Su hija, quinceañera que ejerce de tal (yo me la imagino gótica, aunque eso no lo dice el libro), juega con sus amigos a contener la respiración hasta no reconocerse en un espejo. Y un individuo algo mayor, que pasa por ser el pintor mexicano Vicente Rojo (el ‘pasa por ser’ no empeora el manifiesto y un poco extraño espoiler que ya contiene el título). Con estos tres vértices se construye la pequeña historia, que pone a los personajes en conexión a partir de una situación anecdótica. 

Lo que ocurre después es más bien poco sobresaliente, y el relato se mantiene, siempre en la voz de la madre, en el ámbito de lo íntimo, definiendo las relaciones entre los personajes, que básicamente podrían ser:
  • Entre madre e hija, el panorama es más o menos el esperado: la primera, todo inseguridad, intenta sin mucho éxito mantener la comunicación ante la actitud provocadora de la niña. La madre conoce los extraños juegos de prosopagnosia y se esfuerza por comprender que su hija busque, a su manera, otra forma de mirar una realidad que le parece aborrecible, porque en el fondo a la madre le ocurre lo mismo: empezando por los cambios en su propio cuerpo, se siente perdida, golpeada por la edad y la falta de respuestas. Y aquí aparece el pintor.
  • La relación entre la madre y el pintor es un poco el encuentro de la mujer desorientada con el gurú, el confesor, el guía espiritual. En el hablar pausado y sabio del artista encuentra ella el sosiego, y en sus obras, el equilibrio, una nueva forma de entender la belleza y hasta un dibujo para entender mejor el mundo.
  • Para terminar, la conexión entre el pintor y la hija, más allá del incidente fortuito inicial, es simplemente inexistente. La chica, pertrechada en su obsesión por la fealdad y quizás intentando preservar su propia perspectiva de la realidad, rechaza violentamente todo contacto con el hombre y fustiga a su madre para que haga lo mismo.

Como decía antes, nos mantenemos siempre en el ámbito de lo íntimo, todo este juego de relaciones impulsa a la madre a reflexionar sobre sí misma, sus limitaciones y su permanente sensación de estar a punto de asistir al final de algo. Pero cuando me refiero a ‘lo íntimo’ no es tanto la previsible retahíla sobre una madurez mal asumida, el papel de madre en camino de fracasar, o el matrimonio echado a perder. Quizá lo más notable del relato es que nos movemos en un plano intelectual relativamente elevado, tocando la búsqueda del equilibrio y el significado de la estética, todo lo que, a fin de cuentas, se resume en una explicación congruente sobre el mundo.

Como las largas reflexiones de la madre oscilan de continuo entre el nivel existencial y el doméstico, y además tenemos en el pintor un caso palpable de suplantación, uno tiene la duda de si la narración acabará más en el terreno de Bridget Jones o en el de Juegos de la edad tardía. Pero al final casi nos convencemos de que el libro de Sònia Hernández encuentra un camino propio y de cierto nivel, lo que no es desdeñable en un texto con semejante carga de subjetividad. Y además, expuesto con una prosa inteligente y fluida, y el interesante ingrediente de los hábiles juegos de identidad (no desarrollados del todo) entre Vicente Rojo, Max Aub y su alter-ego Torres Campanals. Todo lo cual pone al libro en un nivel apreciable, la verdad.

El problema en mi opinión es que un libro tan breve y una historia con tan poco desarrollo tienen que resultar intensos para no caer en la intrascendencia. Y ahí empiezan mis dudas. Hay bastantes páginas en que la narradora nos cuenta algunas experiencias anteriores (autoficción, tal vez?), que está bien para conocer mejor al personaje pero no sé si son estrictamente necesarias o hacen perder un poco de vuelo. Y el problemilla con el pintor, quien tiene nada menos que el honor del título, pues se queda un poco ahí, secundario, hasta desvanecerse sin haber aportado demasiado, más allá de un tibio mensaje metafórico. 

Se echa de menos eso a lo que a veces llamamos brío, que es algo tan inconcreto como fácil de detectar cuando no está, y así queda algo descolorida esta pequeña historia, no obstante haber sido elaborada con materiales interesantes. Pero aun así me parece algo diferente, que tiene su punto, y con todo sí se merece el Recomendable. Creo.

martes, 12 de marzo de 2019

Daniel Bernabé: La trampa de la diversidad

Idioma: español
Año de publicación: 2018
Valoración: interesante, pero discutible

No sé si el hecho habrá trascendido fronteras, pero el caso es que este libro, desde su aparición hace cosa de un año, ha causado cierto revuelo dentro de la izquierda española (o al menos de cierta izquierda, más habitual y sensible a las redes sociales); digamos que a las sempiternas y casi entrañables divisiones que se dan en esta izquierda (marxistas, anarquistas, socialdemócratas, troskistas, maoístas, eurocomunistas y cualquier otro -istas que se tercie), debemos añadir, en este siglo XXI tan vintage que nos está quedando, la que hay entre la "izquierda diversa" o "posmo" y la "izquierda materialista u obrerista" (1). Sin embargo, en esta suerte de Antiguo Testamento revisitado, con sus luchas cainitas, su  filisteos y fariseos, sus travesías por el desierto... Pero, en fin, en este erial rojizo asediado por víboras, buitres y alacranes, de vez en cuando aparece un profeta que nos revela la palabra de Yahvé... digo, de Lenin. Preparaos, hermanos, para recibir el Libro de Daniel... Bernabé.

Las profecías de este Daniel se pueden concretar en unos puntos que van formando una hilazón, a modo de caminito de perdición, hasta el desastre final (me permito resumirlas a mi modo, pero añado  citas literales del libro, para que no se me pueda acusar de tergiversación alguna):

1- El neoliberalismo y su caballo de Troya intelectual, el posmodernismo, avanzan triunfantes por el mundo desde los años 70, cual Sauron y Saruman por la Tierra Media: "El neoliberalismo utilizó al posmodernismo para desmanterlar a la izquierda, para extender su amoralidad y cinismo con valores aceptables para crear un estado de cosas donde un proyecto no es que fuera el más apropiado, sino el único posible".
2- A la clase trabajadora se la dan con queso y se convierte (o cree hacerlo) en clase media aspiracional que se pone a competir en el mercado de la diversidad: "Si en un contexto neoliberal carente de conciencia de clase los individuos llenan su identidad media de clase media con el consumo de diversidad simbólica, tarde o temprano esas identidades simbólicas tienden a competir cuando ocupan un mismo espacio".
3- El debate político pasa a centrarse en la representación y el reconocimiento de la diversidad, en vez de en la redistribución. "(...) en el debate sobre la redistribución y el reconocimiento no se tiene en cuenta que el reconocimiento de la diversidad opera como un producto aspiracional bajo las condiciones neoliberales".
4- La izquierda cae en esta trampa para topos renunciando a plantear una lucha conjunta basada en las reivindicaciones comunes -materiales y no meramente simbólicas-de toda la clase trabajadora: "La izquierda, presa de este mercado, cosificada también como mercancía, presenta su seducción a través de las políticas de la diversidad. una vez que se ha visto incapaz de alterar el sistema, de cambiar las reglas del juego,las acepta y, creyendo aún desempeñar un papel transformador, su única función es resaltar lo minoritario, lo específico, exagerar las diferencias, proporcionar una representación no sólo a las mujeres, homosexuales o minorías raciales, sino a toda la clase media aspiracional".
5- En consecuencia, los agentes de la izquierda se dedican a perder el tiempo con pijadas que sólo les sirven para enfrentarse entre sí y debilitar sus vínculos con la sociedad real: "Deconstruir identidades hasta atomizarlas es dar anfetaminas al posmodernismo".
6- A la extrema derecha, en cambio, le viene de perlas esta competición en el mercado de la diversidad, que contribuye a afianzar su creciente presencia social y política: "Mientras que la izquierda juega siempre de inicio fuera del sentido común dominante, a los ultras tan sólo les hace falta exagerarlo".
7- La izquierda debe volver a presentar un frente común y dejarse de reivindicaciones parciales y, en ocasiones excluyentes entre sí, en el terreno de la representación simbólica: "¡DEJAOS YA DE BOBADAS, CONCHO!" (Vale, esto lo he inventado, pero es que no me apetecía seguir buscando citas...).

¿Tiene razón don Bernabé con sus tesis o no? Pues esa no es la cuestión, me parece a mí... o, en todo caso, eso dependerá de lo que considere cada lector y argumente a favor o en contra (por mi parte, yo estoy de acuerdo en algunas cosas y en muchas no). Pero lo que merece una mayor crítica en este libro son, en mi opinión, ciertos errores de apreciación y, sobre todo, que  en algunos aspectos su autor ha sido un poco -bastante- tramposillo (2). A saber:

I- Lo principal es que ha utilizado un truco muy pillín -no sé si se trata de una falacia del hombre de paja o simplemente de falta de término medio... Doctores tiene la iglesia de las falacias que sabrán más que yo-, consistente en reforzar sus propios argumentos recurriendo a la autoridad de sesudos/as  intelectuales de prestigio (historiadores, filósofas, críticos...), como Eric Hobsbawn, Terry Eagleton, Celia Amorós, Nancy Fraser, Seyla Benhabib...; mientras que para hablar de las posiciones que cuestiona apela a ejemplos sacados de... dibujos animados, telecomedias, noticias "chorras" que habrá encontrado en twitter... Incluso cuando alguno de estos ejemplos parece guardar un mayor rigor histórico, en realidad su relación con el tema central del libro resulta bastante tangencial.
II- Cae continuamente en una suerte de arcadismo obrerista, añorando una feliz época pre-neoliberal, cuando al izquierda europea conseguía sus logros político-sociales gracias a una acción sindical mayoritaria y a la tutela benévola de la URSS (eso sí, Bernabé toma también la precaución de desmarcarse de los nostálgicos entusiastas del vintage soviético)... Bueno, creo que tiene razón en que gran parte del llamado "estado del bienestar" se consiguió en Europa gracias al miedito que a los gobiernos les causaba la presencia del vecino soviético; pero en cuanto a la clase obrera... ni la occidental parece que estuviera tan concienciada ni la de los países socialistas tan satisfecha de vivir bajo ese sistema.
III- Si bien de forma repetida a lo largo de todo el libro su autor expresa muestras de respeto hacia las justificadas luchas feministas, de los homosexuales y de las minorías étnicas o raciales, lo cierto, es que las minimiza ya desde la primera anécdota que cuenta en el primer capítulo -sobre las "Antorchas de la Libertad" y la utilización de la lucha feminista por parte de la publicidad-, y la sensación que deja es que se trata de luchas a parciales o sectoriales que deben estar supeditadas a la lucha general de toda la izquierda, Y NO AL REVÉS. He escrito estas últimas palabras en mayúsculas para resaltar el sinsentido de considerar como una lucha minoritaria la de las reivindicaciones de las mujeres, que constituyen más del 50% de la población. Aparte de que no veo por qué la lucha feminista debe de ser identificada exclusivamente con las ideas y objetivos de la izquierda  Y NO AL REVÉS (y aquí ya me callo pues es obvio que tampoco soy la persona más adecuada para dilucidar esta cuestión) (3).
IV- El fallo más excusable, quizás -y eso que es algo que le preocupa mucho a nuestro pensador: "Si el objetivo de este libro es desenmascarar el mercado de la diversidad y la trampa que plantea para la política, uno de los motivos que lo impulsan es el auge de la ultraderecha"- sea atribuir el éxito de la extrema derecha a las mismas estrategias que, sin embargo, resultan tan desastrosas para la izquierda. ¿Acaso a los fachas del mundo les importa más la representación simbólica que a la izquierda desnortada? ¿En serio? ¿No será que saben que éstas son ahora las reglas del juego y se adaptan para conseguir sus objetivos, que no son otros que obtener el poder?

Yo, por supuesto, no tengo las respuestas, ni a estas preguntas ni a la cuestión principal que plantea el libro. Lo que tampoco sé es si las tiene Daniel Bernabé o si al menos a planteado las preguntas adecuadas. Cada cual, que juzgue...



(1) Aclaro, no obstante, que la mencionada dicotomía no ha surgido a partir de este libro; en realidad lo que hace La trampa de la diversidad es recoger, aun posicionándose en uno de los bandos, un debate previo, que sin duda personas más preclaras que yo sabrán rastrear en el pasado reciente.
(2) Que conste que a alguno de los capítulos, más que nada descriptivos, como el que dedica a explicar la historia de avance del neoliberalismo, no se les pude poner casi ningún pero.
(3) En descargo del señor Bernabé, hay que recordar que el libro fue escrito, en prncipio, antes del 8 de marzo del año pasado.
(4) Arcimboldo no tiene la culpa de nada.

lunes, 11 de marzo de 2019

Thomas Hardy: Dos en una torre

Idioma original: Inglés
Título original: Two on a tower
Traducción: Miguel Ángel Pérez Pérez
Año de publicación: 1882
Valoración: Recomendable alto

De: Un libro al día <unlibroaldia@gmail.com>
A: Tim Burton <melancolicochicoostra@gmail.com>
Asunto: Dos en una torre, de Thomas Hardy

Ya no tan estimado Tim(oteo):

Hace ya un tiempo te enviamos un mail hablándote de una historieta de Thomas Hardy, titulada "El brazo marchito", que nos parecía que podría funcionar de maravilla si tu la llevaras al cine. Sabemos que estas muy liado con la nueva adaptación de Dumbo y demás, pero ¡al menos podrías habernos dado acuse de recibo, macho!

El caso es que como somos muy fans tuyos nos atrevemos a sugerirte otra obra de Thomas Hardy para que, por lo menos, te lo pienses. Mira, esta es "Dos en una torre", una novela de unas 400 páginas que, pese a esa portada que podría sugerir lo contrario, es más oscura que el ataúd en el que estuvo enterrado Barnabas Collins. Pero no oscura en el sentido "macabro" del término, sino en el de triste y, hasta cierto punto, deprimente.

Verás. "Dos en una torre" es una novela inglesa de finales del XIX que generó en su momento bastante polémica porque narra la historia de amor (y alrededores) entre Viviette Constantine, joven viuda de unos treinta años que pertenece a la alta sociedad, y el apuestísimo (y más bien tirando a pobre) aspirante a astrónomo Swithin StCleeve, apenas un crío de unos 20 años. Con estos mimbres, cualquier directorzuelo perpetraría un telefilme dominguero de los de Antena 3 y cualquier escritorzuelo se cascaría un bodrio pastelero de tres pares de narices, pero Thomas Hardy era un escritor de los buenos y tu eras eres el mejor director de los últimos tiempos (si quitamos a los hermanos Coen, a Sorrentino, a Wes Anderson...).

Pero la historia de Lady Constantine y StCleeve no es más que el punto de partida para construir una narración en dos planos (lo grande y lo pequeño, lo celestial y lo humano, etc) en la que el tema central no es otro, al igual que en otras novelas de Hardy, que la influencia de la culpa y el miedo sobre la vida de las personas, culpa y miedo que harán que los protagonistas sean incapaces de enfrentarse a los malentendidos y condicionantes celestiales y terrenales que parecen confabularse para hacer de sus vidas un camino de espinas.

Dos son las principales virtudes de la novela. Una de ellas es la magnífica descripción de paisajes y escenarios que realiza Hardy, todo un maestro en estas lides. La otra, y creemos que es lo mejor de la novela, es el análisis psicológico y evolución de los dos principales personajes, tanto es así que Hardy sostiene las 400 páginas del libro en base a este aspecto y lo hace, además, a buen ritmo y manteniendo la tensión a lo largo de toda la obra. Sabemos que igual el psicológico no es el punto fuerte de tus películas, Tim(oteo), pero el hecho de que los Constantine y StCleeve sean tan jóvenes y se pasen buena parte de la novela en el interior de una torre medieval realizando observaciones astronómicas te va a permitir gastar miles de dólares en decorados y en maquillaje y pelucones para Johnny Deep y Tilda Swinton (no podemos concebir otros actores para la peli). 

En el lado negativo, tenemos que reconocer que el final de la novela nos parece precipitado y facilón, casi decepcionante, sobre todo por ese cerrar una historia tan bien construida en apenas unos párrafos. Pese a este regusto amargo, "Dos en una torre" es una buena novela, oscura y ágil, y confiamos en ti para darle a la versión cinematográfica de "Dos en una torre" un final a la altura del resto de la narración. 

En fin, Tim(oteo), que nos haría mucha ilusión que nos contestaras y que tuvieras en cuenta esta historia de Thomas Hardy. De verdad que te puede ir como anillo al dedo y te puede sacar de esta última rachillla que llevas. Lo dicho, esperamos tu respuesta. Si no, te pondremos unas velas negras hasta que tu melena sea como el pelazo de José Luis Rodríguez "El Puma". ¿Terrorífico, eh?

También de Thomas Hardy en ULAD: El brazo marchito

domingo, 10 de marzo de 2019

Autobombo final 10º aniversario: ULAD en los medios





Después de diez días imparables de botellón y reggaeton, con motivo de nuestro décimo aniversario, vamos a poner el broche de oro con algunos ejemplos que ponen de relevancia el poder de ULAD en los medios.

Los más malpensados nos acusaréis de tomarnos un día de descanso para quitarnos la resaca, lanzándoos cuatro links como el que le lanza un filete a un chucho. Es una forma de verlo. Hay que reconocer que dichos links también los podéis encontrar en la pestaña «ULAD en los medios». 

Se entiende perfectamente que no tengáis el menor interés por leer la nota de prensa que publicó el día 1 de marzo la revista digital The Citizen en su apartado literario

Y mucho menos la entrevista a nuestro Koldo publicada ese mismo día 1 en El Asombrario… es una entrevista la mar de completa e interesante pero claro, hay que leerla y en la tele dan cosas tan interesantes… 

Por no hablar de la entrevista radiofónica que le hicieron a Juan en el programa «Media tostada para dos» en Ràdio Malva de Valencia, el pasado 8 de febrero. Una hora lo tuvieron cascando sin parar, tuvimos que hacer una colecta de jalea real para reconstituirlo. Esto no se paga con dinero. 

Algo más corta (pero no menos interesante) fue la entrevista que le hicieron a Carlos Andia y que se emitió en el programa «Euskadi Hoy Magazine» de Onda Vasca, el 22 de febrero. ¡Eso es capear y lo demás son tonterías! 

En conclusión, tenemos ULAD para rato.

Un abrazo a tod@s. 
El lunes volvemos con las cosas de literatura y tal.

sábado, 9 de marzo de 2019

Andrés G. Leiva; Uno de esos días


Idioma original: Castellano
Año de publicación: 2018
Valoración: Está muy bien

La vida en el extrarradio urbano nunca ha sido un camino de rosas. Ni ahora ni hace cuarenta años. Para quien encaró la década de los 80 con el rostro lleno de espinillas y la cabeza repleta de dudas -integrando por tanto aquella generosa hornada de españolitos que irrumpió en el planeta Tierra como parte del baby boom- criarse en uno de esos barrios de bloques de viviendas clonadas (ladrillo rojo, toldos verdes, grúas, descampados y polvorientos barrizales)  la experiencia del tránsito de la infancia hacía… lo que fuese… era adolecer –o sea, carecer- de casi todo Esencialmente de experiencia y sentido común. La constatación está en el prólogo, y en las más de cien páginas que le prosiguen, de Uno de esos días, la más reciente historieta publicada de Andrés G. Leiva (Córdoba, Andalucía, 1969).

Uno de esos días nos retrotrae a un sábado cualquiera de un mes de octubre cualquier como el de 1982. Nada en especial puesto que el televisivo y apocalíptico doctor Jiménez del Oso tenía vaticinado una más de las acongojantes e irreversibles debacles planetarias, coincidiendo con la retransmisión de un Atlético de Madrid vs FC Barcelona del campeonato nacional de Liga. Y lo hace, por cierto, al recuperar el autor una pequeña caja de cartón de casa de sus padres con una serie de objetos personales que desatan la narración; la taza de Naranjito, el tubo de pegamento Imedio, el casete de Leño en directo…, en una ingeniosa puesta en escena donde al presente le corresponde el blanco y negro y al pasado el color. Una paleta cromática que es, quizás, uno de los grandes atractivos de esta novela gráfica, pues el tratamiento de acuarela presta calidez y textura al relato, con algunas viñetas especialmente memorables, como esos oscuros cielos violetas sobre el barrio, punteados por el tenue amarillo de las farolas o de alguna habitación insomne.
En aquel tiempo en que las dos superpotencias andaban empeñadas en exhibir el tamaño de sus arsenales atómicos y en el que la presencia de ovnis era de una cotidianeidad normalizada, adolecer y crecer en el extrarradio podía no ser apenas un ejercicio de coctelería hormonal  sino también una experiencia vital dominada por la indigencia emocional y sentimental, en la que el trato con los demás se reducía apenas a una mezcla de desprecio y collejas, de sentido del ridículo y de percepción absoluta del ninguneo. De esa aridez con la que se tratan hermanos, compañeros, vecinos, da buena cuenta esa viñeta de la madre, absorta en su ventana acariciando el deseo de abandonar, de huir. O la sempiterna amenaza de los del barrio de al lado; siempre hay alguien más lumpen, más rudo, más mayor, incordiando, amenazando. Uno de esos días traza el recuerdo de esos adolescentes, esas personitas frágiles y vulnerables, aisladas en su incapacidad para sobreponerse a las carencias, temores, prejuicios e ignorancias, armadas apenas con la imaginación, la curiosidad o la cabezonería. Y con el deseo, materializado aunque sea en el fugaz roce de la mano de quien te atrae. Uno de esos días.

viernes, 8 de marzo de 2019

Reseña + Entrevista: «Pintoras» de Ángeles Caso

Idioma original: castellano
Año de publicación: 2018
Ilustraciones: Laura López Balza
Valoración: Imprescindible












Ángeles Caso es conocida por su faceta de comunicadora, así como la de escritora de ficción galardonada con varios de los grandes premios de nuestro país. Lo que no todo el mundo sabe es que además es licenciada en Historia del Arte y que lleva muchos años trabajando por dar visibilidad a las grandes creadoras que la historia ha obviado por la condición de ser mujeres.

En 2016, Ángeles Caso puso en marcha el proyecto Ellas mismas. Autorretratos de pintoras, un producto insólito tanto por su formato (un álbum con grandes fotografías de gran calidad) como por su contenido (los autorretratos de grandes pintoras cuyo reconocimiento murió con ellas). Efectivamente, demasiado insólito para la industria editorial tradicional. Sin embargo, esta obra sí pudo ver finalmente la luz gracias al micromecenazgo. Y tal fue el éxito que sólo un año después salía al mercado Grandes maestras, una obra que profundiza en las autoras de la primera, y en 2018 llegó Pintoras, la adaptación infantil de Ellas mismas

Pintoras recoge veinticinco autorretratos de mujeres artistas junto con una pequeña narración que nos sitúa en el momento histórico y vital en el que cada una de ellas abordó su propio retrato. La capacidad de la autora para «pintar» con la palabra se pone de manifiesto cuando, en apenas una página, logra transmitirnos la personalidad de cada una de estas artistas. El lector vive la experiencia de verlas crecer, adquirir volumen y convertirse en las mujeres singulares que fueron en los tiempos que les tocó vivir. Me ha emocionado la vitalidad de las pintoras de Altimira, me ha sorprendido el «gesto» de Maria Cosway y me ha conmovido la humildad y franqueza de Anna Bilinska; por poner algunos ejemplos. La voz narrativa en cada uno de los relatos se caracteriza por una oralidad fresca y directa que llega muy bien a los más pequeños y eso, combinado con las ilustraciones vitales y coloristas componen un todo muy acorde con el positivismo y la energía que desprende el libro. Porque los autorretratos que aparecen en Pintoras son una creación de la ilustradora Laura López Balza que ha interpretado cada una de las obras originales a través de una mirada infantil. (Los autorretratos reales se recogen al final del libro en forma de adhesivos recortables que invitan a los jóvenes lectores a jugar a emparejarlos con las ilustraciones de Laura).

Gracias a libros como este, las mujeres y los hombres de mañana tendrán muchas más herramientas para entender el momento que les toque vivir con una mayor amplitud de miras y capacidad crítica. Y ojalá para entonces ya se hable tanto de Claricia como de Harry Potter.

Entrevista a Ángeles Caso

Me ha llamado especialmente la atención la cantidad de información y detalles que aportas en cada uno de los relatos. ¿Qué parte es fruto de la investigación y qué parte es novelada?
Sólo hay dos capítulos en los que he novelado un poco, aunque basándome en datos históricos. Son el de las manos de las pintoras prehistóricas y el de Claricia, que se autorretrató en un códice de la Edad Media. Todo el resto de las historias que cuento son totalmente históricas. Este libro infantil parte de otro, para adultos, que publiqué hace tres años, «Ellas mismas. Autorretratos de pintoras». Ahí narré las biografías de muchas artistas mujeres. Yo soy historiadora del arte, y he trabajado a título personal en asuntos de género desde que me licencié en 1981, así que estos libros son el resultado de muchos años de investigaciones y lecturas personales.

¿Cuáles han sido los principales escollos a la hora de investigar la vida y la obra de estas mujeres? ¿Ha habido algún caso en concreto que haya resultado especialmente complicado?
La historia de las mujeres en su conjunto, y de las artistas en particular, ha estado oculta en un pozo oscuro durante siglos. Tan sólo se conocían unos pocos nombres, y sus obras muchas veces estaban —y todavía están en muchos casos— atribuidas a artistas hombres. El trabajo de recuperación de todas estas artistas olvidadas comenzó hace cuatro décadas. Es un trabajo enorme, hecho por muchas personas, historiadoras e historiadores, conservadores de museos, etc. Pero los frutos ya van saliendo a la luz. ¡Y con esplendor! Poco a poco, se las va conociendo y se va reconstituyendo su obra. Lo que me da pena es que en España estamos en ese sentido por detrás de nuestros países vecinos. Las pintoras que trabajaron aquí todavía son poco conocidas, e incluso algunas de las grandes del siglo XX, como Maruja Mallo o Ángeles Santos, etc. están mal investigadas y sus obras todavía no han sido catalogadas en condiciones.

En «Pintoras» se trasluce el afecto del narrador hacia cada una de las artistas y eso se contagia en el lector ¿Cómo sabes, mientras investigas sobre su vida, que ya has recabado suficiente información? ¿Qué tipo de química se produce en estos casos entre autor y personaje?
Creo que, para este tipo de textos, tengo la suerte de reunir tres características: soy historiadora, soy narradora y también estoy acostumbrada a escribir artículos para la prensa. Eso me permite saber cuáles son los datos fundamentales, contarlos con cierta «gracia» y, además, centrarme en lo importante. Bueno, parece que estoy presumiendo de mí misma. Lo que quiero decir es que utilizo esas tres posibilidades para intentar hacerlo bien, otra cosa es que lo consiga… En cuanto a la química, debo decir que está ahí desde el principio. Siento una profunda admiración por todas esas mujeres, por su talento artístico, pero también por la lucha que estoy segura que tuvieron que llevar. Realmente, las adoro, y lo que pretendo es que otras personas lleguen a sentir lo mismo.

Uno de los atractivos del libro es, sin duda, su luminosidad y colorido ¿Cómo surgió la idea de interpretar las obras originales mediante ilustraciones?
Lo que yo quería era acercar a todas esas pintoras a las niñas y niños. Para ello necesitaba una ilustradora que interpretase sus autorretratos casi como si fuera una niña ella misma. Tuve la suerte de encontrar a Laura López Balza, que hizo justo lo que yo quería: se metió en la piel de las artistas y las llenó de brillo y de energía a través de las formas y, sobre todo, de los colores. Lo que pretendíamos era huir del victimismo, demostrar visualmente que fueron muy poderosas, muy fuertes, y creo que Laura lo logró plenamente.

Me quedo con la sensación de que la «épica editorial» de Pintoras y sus obras antecesoras es un reflejo de las dificultades que tuvieron que superar las propias artistas tratadas en ellas. ¿Qué te llevas de la experiencia del micromecenazgo?
La experiencia del micromecenazgo es fantástica, la verdad. Como autora, me ha permitido sentirme acompañada por todas esas personas que creen en mis proyectos y que están dispuestas a comprar el libro por adelantado para que pueda existir. ¡Eso es una maravilla! Además, me ha permitido hacer los libros que yo quería, maquetarlos a mi modo, etc. Si estos libros los hubiera hecho una editorial, serían muy diferentes, porque los autores no intervenimos en nada una vez que entregamos los textos. Me alegro mucho de poder utilizar esta fórmula que, por cierto, siempre existió, aunque ahora la hayamos reinventado: por ejemplo, la Enciclopedia Francesa se hizo así, con las aportaciones de muchas personas que la pagaban por adelantado. Antes se llamaba «suscripción», pero era lo mismo.

¿Crees que iniciativas como esta llegarán algún día a formar parte del catálogo estándar del mercado editorial tradicional?
El mercado editorial tradicional, la industria del libro, está en un momento tan raro, que no sé qué puede pasar en el futuro. Ahora mismo, en España, cuesta muchísimo publicar algo que no sea muy comercial. Las editoriales grandes no apuestan por lo complejo. Las pequeñas no pueden permitirse hacer libros como estos, que son carísimos. Yo me siento perdida (y bastante desolada) en medio de ese panorama y no tengo ni idea de lo que va a ocurrir. 

Y, ya para terminar ¿Qué «feedback» habéis recibido con «Pintoras»? ¿Cómo ha reaccionado el público infantil? 
Las niñas y los niños están reaccionando con entusiasmo, la verdad. Les encanta el libro por la alegría que transmite y porque les permite jugar e inspirarse para pintar ellos mismos. Laura López Balza y yo, además de todo el equipo que ha intervenido, estamos muy contentas. Eso era lo que pretendíamos, así que creo que lo hemos hecho razonablemente bien.

jueves, 7 de marzo de 2019

Katharina Winkler: Cárdeno adorno

Idioma original: alemán 
Título original: Blauschmuck 
Traducción: Richard Gross
Año de publicación: 2016
Valoración: Muy recomendable

Me cuesta empezar la reseña de este libro, pues una introducción podría suavizar lo que el libro narra. De una contundencia y desgarro realmente abismales, esta primera novela de Katharina Winkler es de una calidad literaria, por su prosa, pero también por su mensaje, altamente inusual. Veamos qué nos cuenta la autora.

La protagonista: Filiz. Niña. Seis años al inicio de la historia y seis hermanos. Y una madre que los cuida. Y un padre que se supone que también, o debería, aunque no. Y animales a los que cuidan y que son su sustento. Son solo una familia de las muchas que viven en el pequeño pueblo, todas en situaciones similares de pobreza, suciedad y miseria. Miseria económica, pero también vital. Porque hay hambre, y miedo. Del hambre, también, pero del padre. De los hombres. Y de la oscuridad, porque «ataca a la virgen que lleva dentro».

En una vida limitada y regida por los designios del padre, hay pocas rendijas por las que dejar entrar la luz de la esperanza, porque «mi mundo es un pasillo largo y estrecho del que salen un sinfín de puertas por ambos lados (…) quiero abrirlas, pero están cerradas». Y en ese pasillo la vida transcurre, en un infierno que cambia de paredes y los demonios de máscara. Pero sigue siendo infierno y sigue habiendo demonios. Porque esa es la vida que tiene, y no le espera otra, porque otras mujeres ya la sufren también. Una prisión donde el carcelero es el padre, o el marido que lo sustituye, en autoridad, no en afecto, no existe eso. Tampoco se espera. Un calabozo vital donde la violencia es física y psicológica, ejercida y autoimpuesta, por una educación que no deja lugar a la libertad, ni aunque sea en sueños. La culpa y la violencia siempre presente. El castigo al acecho. La pena constante. Y el lamento ahogado por las lágrimas, cuando se permite que aparezcan, de manera escondida, clandestinas, requiriendo el derecho a existir, y a sentir.

Y los niños que vienen, y asoman a una vida que nadie les desea. Tampoco la vida a ellos. No les espera nada bueno. La ilusión de un aborto crece, al ritmo de un embarazo. Y en la desesperación, la rutina del pozo anímico. El anhelo de una respuesta, el desespero y ansia por no ser ignorada, por devolverse a la existencia, aunque sea a golpes de una realidad desgarradora. La esperanza de algo, aunque sea malo, pero peor es la nada, la indiferencia. Es la consecuencia tras la costumbre del maltrato, del menosprecio, del castigo.

La vida en una cárcel, mental, a veces física, encerrada en su vida. Los hombres ejerciendo de carceleros, el padre o el marido. Costumbres dominantes, agresivas y violentas acompañan sus días. No hay luz, ni tan siquiera la suficiente para ver la sombra de lo que fue. O que podría haber sido, pero no en este mundo, no en su mundo, en su sociedad.

Maltratos compartidos por tantas mujeres, gritos al unísono ahogados por el terror, y por no conocer otras vidas posibles. La dominación y el abuso, la violencia y el castigo, el control oculto tras la indiferencia aparente. Sin margen, sin opción, sin libertad, sin vida. «El tiempo sin golpes es el paraíso. Hay sitio para el latido de nuestros corazones.»

La vida resumida, rutinas cortas repartidas entre golpes, maltratos y noches interminables. Secuelas por dentro, golpes por fuera. Molida a palos, en las mejores ocasiones. También los niños, también las madres. Un infierno tan profundo que parece ajeno, un marido que «golpea el cuerpo en el que ya no estoy».

Esto y mucho más, y peor, es lo que el libro ofrece. Y lo hace con una prosa cuidadísima, de una poesía extrema, de una belleza estilística sorprendente, a la vez que volátil, pues se disfruta solo en el momento de leerla. Luego llega el mensaje a nuestro interior, y explota, y nos rompe. Porque es durísimo lo que cuenta. Porque es de una atrocidad impecable y contundente. Absoluta. Sin matices. Es patriarcado en su máxima expresión, en su más despiadado ejercicio. Y basado en hechos reales, por si hubiera duda de que existe. Y hay que combatirlo hasta que desaparezca, hasta que no quede ni un solo rastro que suponga un cárdeno adorno en la piel de ellas, ni en nuestras consciencias.

Nota adicional: en un alarde de osadía reseñista he intentado adaptar el estilo de la reseña al de la autora, salvando las distancias. Espero que los lectores me disculpen por el estilo algo extraño de esta reseña, pero es que la potencia narrativa y el contagio emocional que causa me ha impedido hacerla de otra manera. Las palabras surgen de las emociones que emanan de la lectura del libro. Y este sin duda es de una potencia inusual. Como los golpes, como el castigo, como el miedo. Porque el estilo es a base de frases cortas, capítulos cortos, a veces únicamente párrafos. Para aumentar el impacto, como si hiciera falta. No hay que adornar la crueldad, ni envolverla de adjetivos. La autora lo sabe. Solo hay que combatirla, sin dejar que aflore y nos derrumbe. Como hace este libro. Como hace Filiz.


miércoles, 6 de marzo de 2019

Ian McEwan: Los perros negros

Idioma original: inglés
Título original: Black Dogs
Traducción: Maribel De Juan
Año de publicación: 1992
Valoración: Recomendable, por lo menos

No le tenía yo muy bien ubicado a Ian McEwan dentro de aquella generación Granta, ya se sabe, esos autores ingleses  que surgen en las últimas décadas del siglo pasado y prolongan sus éxitos hasta culminar en el Nobel de Ishiguro. Mejor dicho, me gusta Rushdie, me divierte Kureishi y me interesan a veces Amis, Swift o Barnes, pero no termino de pillarles el punto, no hay algo que me entusiasme como para dejarme una marca ‘de grupo’, la impresión definitiva de que ahí hay algo realmente grande y potente. Así que lo intento esta vez con McEwan, y una obra en principio no excesivamente conocida ni prestigiosa.

El joven Jeremy nos explica para empezar una singularidad de su infancia: habiendo quedado huérfano a los ocho años, tiene el comprensible –aunque entiendo que no muy frecuente- impulso de establecer lazos especiales con los padres de sus amigos. Aprovechando la ausencia de sus colegas, charla con sus progenitores, se comporta como un adulto y recobra con ellos los lazos filiales que seguramente echaba de menos. Al cabo de los años, Jeremy, ya casado y con hijos, no ha perdido su vieja inclinación, e inaugura una estrecha relación con sus suegros, una pareja que vive separada desde su mismo viaje de bodas. Los perros negros viene a ser una colección de apuntes sobre el peculiar matrimonio, que su yerno proyecta convertir en una especie de biografía.

El narrador va dejando sus impresiones a partir de las largas conversaciones y horas compartidas con los ya muy maduritos June y Bernard Tremaine. June vive en una residencia, aquejada de una enfermedad degenerativa, y su marido (del que nunca llegó a separarse legalmente) mantiene un alto grado de actividad político-intelectual. Cuando se conocieron, ambos pertenecían al Partido Comunista, y parte de la narración se dedica a indagar sobre las causas de sus respectivos desenganches de la ortodoxia. Su perspectiva política fue siempre muy diferente: ella, idealista, con la mirada siempre puesta en los principios, en los grandes objetivos finales; él, pragmático y estratega, concibe la política como pensamiento científico, alejado de las masas.

Pero la divergencia en torno a una ideología común encierra algo más profundo, una diferente posición ante la vida, la espiritualidad que florece en ella y desconcierta a Bernard, el apego de éste a lo empírico e inmediato, que June no entiende ni asume. Una incompatibilidad definitiva, radical, a la que la vieja enferma no dejó de dar vueltas durante el resto de su vida, y a la que Bernard se plegó sin demasiado problema. Ninguno de los dos dejó de amar al otro, pero ese muro persistió para siempre a pesar, como a veces ocurre, de haberse levantado en el momento más inesperado, producto de un extraño y desagradable incidente que el lector sabe que ha ocurrido, pero desconoce en qué consiste hasta cerca del final.

Sin mucha atención a lo cronológico, Jeremy va contando sus encuentros con los dos ancianos, escarbando en sus memorias, y por ahí vamos viendo pequeñas grietas, sospechando que algo se rompió, intentando juntar las piezas para tener un dibujo coherente sin conseguirlo del todo. Y es cuando el narrador vuelve a la casa familiar cuando brota finalmente la antigua verdad, como si estuviera anclada a la tierra donde ocurrió. Se ve que McEwan dosifica la información y la coloca donde quiere, y el recurso está bien manejado y es eficaz, porque entretanto va añadiendo elementos que enriquecen la historia, como las experiencias propias de Jeremy, o la sombra proyectada por la realidad histórica, desde las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial hasta la caída del Muro de Berlín. Y lo que sabemos que es el estallido central del relato se mantiene oculto y sólo podemos ver sus efectos.

Hay también otros síntomas de buena literatura: personajes interesantes, con la complejidad poco llamativa pero real de cualquier individuo corriente; un hilo de ironía muy fina, tenue, no necesariamente ‘inglesa’, que recorre todo el relato; una distancia media entre el narrador y sus protagonistas, que pone en valor sus relaciones y da autenticidad a la historia. Pero la destreza del autor se manifiesta sobre todo al abordar escenas concretas: hay dos o tres situaciones de enorme tensión, muy duras, que se resuelven con maestría, sin perder el ritmo ni el pulso de la narración, lo que habla muy bien de la capacidad de un escritor para tener su relato siempre calibrado y bajo control.

A cambio, a la novela le falta quizá una estructura más sólida. De las confesiones y andanzas de June y Bernard sólo nos interesan cosas parciales, quizá lo que cuentan no dé para las páginas que ocupa, el relato parece tomar caminos diferentes que luego quedan más bien en poca cosa. De esta forma queda un texto algo gaseoso, sin que sepamos bien qué es exactamente lo que McEwan quiere contar. Esa endeblez del conjunto da lugar a que el interés del lector quede a ratos diluido, y sólo esas escenas potentes pero aisladas nos permiten recuperarlo de tanto en tanto. Vale que podríamos pensar en la huella de toda una vida (dos, en este caso), con su correspondiente carga de encuentros y desencuentros, de vacíos y llanuras emotivas, pero en todo caso la sensación que queda es la de un relato que podría tener bastante más peso, algo que parece escrito sin un plan determinado, sin un objetivo, aunque, eso sí, brilla la mano del escritor para narrar hechos concretos. Una historia un pelín deshilachada pero, con todo, recomendable.


Un montón de reseñas de McEwan: aquí