martes, 20 de agosto de 2019

María Sánchez: Tierra de mujeres


Idioma original: Castellano
Año de publicación: 2019
Valoración: Muy recomendable

Cuando andamos por nuestro entorno, los urbanitas somos muy capaces de distinguir si un automóvil es gti o turbo o híbrido, si aquel vestido es verde manzana o verde melón o té verde, si aquel teléfono móvil es de cuarta o de quinta generación. A su vez, fuera del asfalto, somos en general absolutamente incapaces de llamar a un árbol por su nombre, de reconocer un animal –esos bichitos- por su especie, o de distinguir un pájaro por su canto –son pajarracos-. Dice George Steiner que lo que no se nombra no existe y da la sensación de que, en general, entre nosotros, se mantiene pujante la percepción que asocia lo rural, sus habitantes, con lo basto, lo ignorante, lo bruto y paleto. Ahora además también le atribuimos nuevas cualidades; baldío, vacío, condenado. Y, encima, la cobertura es pésima y falla de continuo.

Vacía. La España vacía, que depara crímenes desgarradores -Puerto Hurraco, Fago, Tor…-, visceralidad cañi, tedio tradicionalista y agonía productiva. Por eso, libros como Tierra de mujeres tienen el gran mérito de colocar al lector frente a la urgencia de repensar, reaprender a mirar, a sentir, a comprender, y a reciclar y reubicar la manera y la función a la que hemos relegado el medio rural en nuestro imaginario colectivo. 

María Sánchez (Córdoba, Andalucía, 1989) es, además de poeta, veterinaria. Y es de pueblo. Le gusta rescatar y insuflar nueva vida a palabras desgastadas, veladas por el olvido, en proyectos compartidos como Almáciga. Ejerce la misma profesión que su padre y su abuelo pero se sitúa en esa tradición de mujeres, madres, abuelas, bisabuelas, que se encargaban y podían con todo, que ante la presencia de extraños escondían las manos en los bolsillos de las batas para no sentir delatada su condición, su dedicación. Que además de cuidar de todo y de todos, aún echan una mano en las faenas del campo o con los animales, sin cotizar, ni cobrar, ni poseer la titularidad de los bienes.   

La España vacía no es tal, para María Sánchez. En todo caso, la España vaciada, pues esos pueblos y comarcas están llenos de historias, palabras, vidas, semillas, veredas, animales, vínculos, personas, proyectos, oficios y comunidades. Una densidad vital notable e innegable, al margen de estadísticas demográficas, que no precisa de una literatura que les denomine granjeros, ni de paternalismos, ni de reportajes superficiales en los suplementos dominicales a todo color de los diarios, ni ser reducidos a personajes de Los Santos Inocentes. Y que, como hace la propia naturaleza, intrinsecamente aferrada al instinto de supervivencia, necesita de su propia narrativa, de voces que se alcen frente a las dudas, la inseguridad, el miedo y los complejos porque, en palabras de Chimamanda Ngozi Adiche, “el silencio es un lujo que no podemos permitirnos”.

Así, María Sánchez propone una narrativa que germine y propague sin miedo nuevas palabras: cultura, agroecología, soberanía alimentaria, ganadería extensiva, territorio, feminismo plural y múltiple. Una narrativa invisible que brote de las obsesiones y de lo que conmueve, que sea tarea y cobijo, donde las palabras tiemblen para despejar las sombras y la polvareda con la que percibimos el medio rural y quienes lo habitan. Una literatura que, como el campo, no debería permitirse la inmediatez ni los destellos, elaborada con paciencia y calma, “que descanse en las huellas de todas esas que se rompieron las alpargatas pisando y trabajando”, para escribir sobre su propio mundo y enfrentar el ninguneo de quienes han pretendido describirles desde fuera. Toca no avergonzarse de las raíces, ni de las manchas y las carencias, pues “sólo cuando nos quitemos las máscaras, nos deshagamos de prejuicios y nos sentemos en la misma mesa, de tú a tú” seremos capaces de tener un futuro y un territorio viable, sostenible, común y compartido, “donde poder asentarnos todos y encontrar el idioma común, la mano que recoge semillas de un lado y las esparce en otro”.

lunes, 19 de agosto de 2019

Philip Roth. La lección de anatomia

Idioma original: inglés
Título original: The Anatomy Lesson
Año de publicación: 1983
Traducción: Ramón Buenaventura
Valoración: muy recomendable

Pues bien: debidamente espaciadas con el tiempo voy cumplimentando las novelas contenidas en el volumen Zuckerman encadenado. Ahora me falta algo que parece un epílogo, titulado La orgía de Praga que ya valoraré si se convierte en un postfacio de estas tres reseñas. Pero he de decir que cada una de las novelas dispone de entidad por sí sola y que, aunque algunos comentarios contradigan mi afirmación, La lección de anatomía es la que más me ha gustado, y también con la que más me he reído.
Culpad al hecho de que las dos precedentes ya me han hecho conocer a Nathan Zuckerman y que el juego desarrollado en las dos primeras encuentra aquí su complemento idóneo, su vuelta de tuerca ideal en lo que es una serie marcada por un extremadamente agudo sentido del humor, cuestión que nos hace disfrutar y empatizar con alguien tan entrañablemente patético como el autor de Carnovsky, obra que ha puesto patas arriba el mundo editorial, lo ha convertido en rico y famoso a la vez que en vergüenza de su familia y casi de toda la comunidad judía a la que su novela no ha dejado en muy buen sitio.
Y puede que sea el karma, vete a saber, pero el libro empieza con Zuckerman aquejado por severos dolores en el cuello que le traen por la calle de la amargura. Una grotesca e hilarante descripción nos lo sitúa en un escenario esperpéntico: Zuckerman cuarentón que ha empezado a perder pelo, tendido en una especie de alfombra con unas gafas con unos cristales especiales que le permiten ver en la TV  las evoluciones del caso Watergate, en tan grotesca postura. Cuidado por cuatro mujeres que se turnan, una de ellas esposa de su contable, que le procuran justo el tipo de tratamientos especiales que el escritor acepta resignado. Zuckerman cree que ese dolor es insoportable y no deja de visitar, recordemos que ha ganado una millonada con su libro, toda clase de especialistas de toda índole par que le ayuden a acabar con su sufrimiento. También le preocupa la pérdida de cabello, con lo cual su existencia ahora no está dedicada a la creación literaria, sino a satisfacer su insaciable histeria hipocondríaca que dispara desde un lado: la crisis de los cuarenta envía cañonazos desde el otro y sus continuos encuentros sexuales han empezado a caer en una previsibilidad y una atonía que le obsesiona. Únase la pérdida de su madre, otra desgracia de la que es culpado o responsabilizado de alguna manera. Henry, hermano con el que ya tenía desavenencias, le ridiculiza en el funeral.
El panegírico de Henry se prolongó durante casi una hora, Nathan llevó la cuenta de las páginas que su hermano iba pasando al final del rimero. Diecisiete: más de treinta mil matrices. A él le habría costado una semana redactar diecisiete páginas, pero Henry lo había hecho en una noche, y metido en una habitación de hotel con su mujer y tres niños pequeños. A Zuckerman le bastaba con que hubiese un gato en la habitación para no poder escribir.
No acaba ahí la cuestión: Zuckerman es incapaz de emplear para nada a una mujer (por ejemplo, a Diana, a la que pretende dictar sus escritos, toda vez que el dolor de cuello le impide escribir a pesar de sus tentativas pseudocontorsionistas) sin sucumbir a las tentaciones sexuales. Desesperado ante el avance del dolor, toma la descabellada decisión de matricularse, a su edad, para estudiar Medicina, para lo cual tendrá que abandonar Nueva York.

Diálogos de enorme calado, concebidos con enormes licencias literarias pero con un brillantísimo sentido del análisis. Charlatanes, psicoanalistas, viejos amigos y confidentes, una chófer de limosina particularmente prudente, antagonistas que han despedazado su obra y ahora le piden favores en aras de una Causa Mayor. Roth combina todos esos elementos en una sátira que no toma prisioneros: recibe la comunidad judía, la sociedad americana, Vietnam, el oficio médico, la prensa, la crítica literaria. Todo son golpes a la espinilla seguidos de una sonrisa de disculpa, cómo no, pero la punzada del dolor permanece y Roth se limita a sonreír como diciendo no será para tanto. Brillante cierre de la trilogía y desde luego cualquiera interesado en literatura contemporánea mordaz e inteligente debería probar con Zuckerman encadenado.

domingo, 18 de agosto de 2019

Juan Madrid: Perros que duermen

Idioma original: español
Año de publicación: 2017
Valoración: Está muy bien




¿De qué depende que una novela nos guste o no nos guste? Pues, con independencia de tecnicismos que pretenden ser objetivos, lo definitivo es que le llegue al lector, y eso no se sabe muy bien en qué consiste. Según la persona y el momento en que se encuentre, el autor habrá dado en la diana más o menos, y eso lo dirá cada cual, pero aquí tratamos de desmenuzar sus elementos para que cada uno pueda hacerse una idea previa y los que vengan de vuelta contrasten su opinión personal. Perros que duermen deja, creo yo, una sensación agradable, como si regresásemos de una larga y complicada aventura que nos ha mantenido en tensión gran parte del tiempo y gracias a la cual hemos conocido ambientes, situaciones y sucias artimañas que suponen un gran salto, tanto en el tiempo como en el espacio sociopolítico. Bien, desde ese punto de vista no puedo dejar de recomendarla. Pero si enfocamos un poco más, puede que encontremos unas cuantas inconsistencias, y, nos importen o no, están ahí.
Si echan un vistazo a las sinopsis, tropezarán casi seguro con el asunto guerra civil y eso quizá les quite las ganas de leerla. Pero aquella fiebre, que duró décadas y dejó cierto hastío en muchos lectores, parece que ha pasado o ha remitido mucho. Además, Perros que duermen tampoco se puede encuadrar cien por cien en ese grupo, aunque es cierto que la mitad de la acción se sitúa en dicha época, incluso en el frente, y que se describen algunos combates. Pero la otra mitad recrea los primeros pasos del franquismo y, de alguna manera, ambos se equiparan. ¿O es que un campo de prisioneros no tiene mucho en común con cualquier guerra? En mi opinión, el eje central lo constituye la contraposición de ideas, esas dos visiones del mundo separadas por un abismo infranqueable al que, para entendernos, denominamos “las dos Españas” y entre las que, en este caso, en una genial vuelta del tuerca, se tiende un débil puente que, si bien no llega a unir nada, pone de manifiesto la fragilidad de ciertas convicciones.
Juan Madrid –del que destaco su labor como formador de futuros escritores– es, como sabemos, uno de los primeros representantes del género negro en España. Para sus argumentos, cuenta con unos cuantos personajes recurrentes, entre ellos su alter ego, Juan Delforo, del que se sirve en esta su última novela para homenajear a sus padres, que convenientemente transformados, aunque no en lo esencial, asumen casi todo el protagonismo. En cuanto al género, policiaco propiamente no es, a pesar de que se investiga un crimen, pues se trata de una investigación muy sui generis y se encuentra en una posición marginal. Quizá podríamos clasificarla como thriller histórico-político o algo así.
La estructura es, sin duda, uno de sus grandes hallazgos. En su mayor parte, se alternan dos fechas –el primer trimestre de 1938 y varios momentos de 1946– y, paralelamente, dos puntos de vista: el mencionado Delforo por una parte, y el tándem Dimas Prado/Guillermo Borsa por otro, unidos ambos planos por el conocido recurso del manuscrito. Aunque en este caso no fue encontrado, sino legado, gracias a un giro argumental tan sorprendente que llega a rozar lo inverosímil.
En cuanto a la prosa, sabemos que el autor no es para nada un estilista, ni falta que les hace a los géneros que ha cultivado, pero su estilo funcional y correcto de siempre presenta aquí unos cuantos descuidos, quizá demasiados. También entorpecen la lectura esas escenas demasiado largas, repletas de detalles y diálogos irrelevantes, o las batallas que, junto a la acción en sí misma, incluyen una abrumadora cantidad de datos técnicos. Pero tampoco olvidemos otras, en las que los ambientes están admirablemente descritos o episodios impresionantes, por crueles o terriblemente descarnados.
La figura de la manada de perros es, naturalmente, una metáfora, pero también una imagen literal, potentísima, que aparece en más de una ocasión y sobrecoge.

sábado, 17 de agosto de 2019

George Sand: Cuentos de una abuela

Idioma original: Francés
Título original: Contes d'une grand-mère
Año de publicación: 1873
Traductora: Amaya García Gallego
Valoración: Recomendable (muy para niños)


Aurore Dupin (1804-1876) deleitó a su nieta con unos cuentos que, afortunadamente para todos nosotros, rebasaron la intimidad familiar en la que fueron concebidos al publicarse bajo el pseudónimo de George Sand. Digo afortunadamente porque estas historias son exquisitas y, aunque apelan principalmente a los infantes, pueden ser igualmente disfrutadas por otras demografías.

En serio, las reflexiones y moralejas que se desprenden de ellas resonarán eficazmente en más de un adulto. A fin de cuentas, la importancia de crecer o de perseverar son algunos de los temas barajados en estas páginas, pero también la necesidad de fomentar la creatividad y la imaginación de los niños. Asimismo, Dupin prodiga en estas ficciones algunos valores adelantados a su tiempo que no nos iría mal refrescar un poco.

Cuentos de una abuela compila tres narraciones: "El castillo de Cumbrecorva", que por longitud podríamos considerar una novela corta, "La reina Coax" y "La nube rosa". De las tres, me quedo con la primera, deliciosamente escrita, sensible y madura. Por momentos parece ligada a una cosmovisión algo ingenua y a una intención ejemplarizante, pero Dupin elude gozosamente esta dirección.

Por cierto, me encanta la forma que tiene la autora de implementar el elemento fantástico en estos textos. Nunca confirma que exista realmente, y deja dicha posibilidad a elección del lector. Al menos, así sucede en todos los cuentos excepto en "La reina Coax", menos ambiguo que los otros dos.

Lo dicho: una antología que, pese a encasillarse en la literatura infantil, es capaz de rehuir las limitaciones del género. Además, está repleta de elementos distintivos que la harán atractiva a paladares de todo tipo: carga alegórica, pinceladas propias del mejor romanticismo, imaginación, prosa exigente... ¿A qué esperáis para pedirle a vuestra abuela que os la lea en voz alta?


Otras obras de George Sand en ULAD: Un invierno en Mallorca

viernes, 16 de agosto de 2019

Graham Greene: El ídolo caído y otros relatos

Idioma original: inglés
Título original: The Fallen Idol
Traducción: Julio Fernández-Yáñez
Año de publicación: Edición española de 1964 (escritos en la década de los 30)
Valoración: Muy Recomendable

Aunque Graham Greene es un autor que conozco desde hace relativamente poco tiempo, no ha dejado de sorprenderme en cada lectura, y de forma muy especial en esta última que intentaré comentar. Parece ser que el propio Greene reconocía escribir dos tipos de obras: las digamos ‘serias’, de pretensiones literarias, y las que llamaba ‘de entretenimiento’, en lenguaje llano diríamos alimenticias. Aparte de que esta pequeña confesión ya le honra por su honestidad, lo cierto es que los títulos más conocidos de Greene pertenecerían al segundo de los grupos. Aunque se trata de libros en general bastante estimables, su popularidad proviene en gran parte de su traslación al cine, casi siempre vinculadas a historias de espionaje, misterio y ciertos rasgos de novela negra. Por el contrario, esta colección de relatos breves  entiendo que no tuvieron vocación mayoritaria, aunque el que justamente encabeza la lista sí fue llevado al cine, con guión del propio autor.

El ídolo caído es una pequeña historia protagonizada por un niño que durante una breve ausencia de sus padres queda al cuidado del matrimonio Baines, mayordomo y gobernanta  de la casa. El pequeño siente admiración por Mr. Baines, y entre los dos reina una agradable complicidad, todo lo contrario que ocurre con su mujer, hacia la que siente miedo y desprecio, y de la que recibe frialdad y trato severo. De manera fortuita el chaval descubrirá el gran secreto del mayordomo y se verá envuelto en un enorme enredo de consecuencias trágicas. En un principio ajeno por completo a la situación, el niño va tomando conciencia del problema que afecta a la pareja, pero se resiste a entenderlo, no es algo que pertenezca a su mundo y se niega a incorporarlo a su vida. Desconozco si Greene tenía trato con niños cuando escribió el relato, pero en todo caso retrata a la perfección la reacción infantil. Los niños son conscientes de mucho más de lo que aparentan, pero si no les gusta, simplemente fingen ignorarlo y lo apartan de sí. 

El problema de nuestro protagonista es que los adultos quieren utilizarlo para sus intereses. El niño quiere defender a Baines, pero sabe que este ha traicionado también su confianza. Y se resiste a ayudar a la ceñuda señora, soportando artimañas y amenazas para no perjudicar a su amigo, porque su sentimiento sigue siendo puro. Esa lucha inconsciente para preservar la inocencia, y el muro que la separa de los planteamientos de los adultos, constituyen el eje del relato, que deja flotando los daños, las heridas ocultas que el combate ha dejado en el niño. Todo ello, como siempre en este autor, medido con precisión, mezclado y dosificado con maestría, expuesto con limpieza y elegancia. 

Se puede pensar que la recopilación –que no sigue un orden cronológico- busca a propósito una lógica a partir de la edad de los protagonistas, porque los siguientes relatos siguen girando en torno a figuras infantiles. El espía cuenta una travesura con atmósfera de novela de intriga, mostrando de nuevo el choque entre mundos que se ignoran en una fantasmagórica última escena. El final de la fiesta se introduce como una sonda en los prejuicios y miedos que se entrecruzan con los juegos, realidades incomprensibles para los adultos. Esos mismos lugares explora El inocente, una historia ingeniosa en torno a los silencios, los malos entendidos y el paso del tiempo. Y en Una excursión campestre entramos en el mundo de la adolescencia, el ansia de amor, la irresponsabilidad y el peligro.

Abandonamos la juventud, y el mundo de los adultos se presenta en Al otro lado del puente, con escenario mexicano, un estafador que escapa de la justicia y su sufrido perro construyendo un relato alegórico; El jubileo y El hermano trabajan también la metáfora, bien sea en torno a la vejez de un dandy arruinado, o a los sentimientos frente al poder del dinero. 

Son estos últimos los relatos quizá menos brillantes, aun dentro del dignísimo nivel que siempre mantiene Greene. Porque los dos que rematan la selección, ambos con protagonista anciano, son sencillamente soberbios: Prueba decisoria se desarrolla íntegramente en una conferencia en un club privado, e introduce un elemento fantástico bastante insólito en el autor, pero manejado con destreza y convicción. Y Una oportunidad es la historia lacerante de un hombre que lucha hasta el límite de sus fuerzas contra el tiempo y la adversidad.

Buena parte de los relatos tienen cierto aire teatral, mientras el resto se aproximan más a los entornos abiertos de las novelas más conocidas del autor. Esta variedad, junto con la de tipos humanos que protagonizan las historias, demuestran una versatilidad inesperada, de mayor valor si se tiene en cuenta que el nivel en ningún momento flojea. Greene mantiene siempre esa combinación de elegancia y naturalidad, su prosa es inteligente y limpia, y tiene sobre todo una virtud especial para no contarlo todo, dejando en blanco exactamente lo debido, y en el momento exacto.

Otras obras de Graham Greene en ULAD: aquí

jueves, 15 de agosto de 2019

Thomas Paine: El sentido común

Idioma original: inglés
Título original: Common Sense
Año de publicación: 1776
Traducción: Miguel Ángel Ruz Viana y Max Lacruz
Valoración:  quiero pensar que imprescindible, aunque en verdad, lo debo dejar en bastante recomendable...

Permitidme una pregunta (retórica y algo tonta): ¿qué os apetece más leer en veranito, cuando estáis en la playita, en la piscinita o la terracita? ¡Pues un best-seller como Dios manda, claro! No vais a ser tan raritos de poneros a leer, yo qué sé a Cartarescu... Fiel a su vocación de servicio público, Un Libro Al Día os ofrece hoy la reseña de uno de los mayores y más fulminantes best-sellers que la historia editorial ha conocido... Sí, vale que en el siglo XVIII, pero best-seller al fin y al cabo, ¿que no? Pues sabed que El sentido común de Thomas Paine logró vender 120000 ejemplares durante los tres primeros meses, en lo que poco después serían los Estados Unidos de América, y se publicó medio millón de ejemplares en muy poco tiempo. Lo cual, traducido a términos de población, niveles de renta y alfabetización actuales, sería algo así como si se hubiesen vendido 200 millones de ejemplares o una cosa parecida... (por lo visto, una de las causas del éxito, además de la coyuntura de ese momento histórico fue que estructuró sus ideas como si formaran un sermón religioso, que era lo que le molaba a los colonos americanos, además de incluir alusiones y ejemplos sacados de la Biblia).

De acuerdo que no se trataba de un libro al uso, sino de un folleto o panfleto (mejor dicho, un pamphlet, que en inglés no tiene el carácter peyorativo del término castellano), pero la cosa no deja de tener su mérito; más aún, y habida cuenta que la independencia de Estados Unidos se declaró apenas cinco meses después de la publicación de esta obrita, se considera que el panfleto tuvo mucho que ver en el buen término de tan venturoso hecho histórico. Y eso que Paine, en principio, no era norteamericano, sino inglés, y se trasladó a las Trece Colonias en 1774 después de haber conocido a Benjamin Franklin, para ayudar en lo posible en la consecución de la independencia de las mismas. Regresó luego a Inglaterra para defender los intereses estadounidenses y, al estallar la Revolución francesa, también los principios de ésta frente al gobierno británico, de forma que acabó siendo condenado por alta traición tras publicar en 1791 Los derechos del hombre. Huyó a Francia, donde llegó a ser miembro de la Convención, por el partido girondino, siendo, por tanto, mal visto por los jacobinos -aversión que acabó siendo mutua- y encarcelado por orden de Robespierre. En prisión escribió La edad de la razón, donde defendía los valores morales, el humanismo, la fraternidad y la fe en Dios, pero rechazando las religiones reveladas (era hijo de un cuáquero, después de todo). Se libró de conocer a Madame Guillotine, pues fue liberado por el golpe de Termidor y restituido a su puesto en la Convención, aunque, disgustado por la llegada al poder de Napoleón, volvió a Estados Unidos, donde murió. En fin, un tipo que se aburrió poco, como vemos y que nunca se casó con el poder sin pensárselo antes, por más que llevase el adjetivo "revolucionario".

Porque, además, este hombre era "muy de pensar" y de hacer pensar a sus coetáneos, ya de paso; de hecho, toda su doctrina política está basada en una lógica sencilla, pero aplastante y en la experiencia previa, tanto de sus contemporáneos como histórica. Su ideario político tampoco es que sea muy rebuscado y se puede resumir de forma muy sencilla: ERREPUBLIKA TA INDEPENDENTZIA (vale que en inglés suena menos agreste... pero eso, hoy en día, porque en el XVIII también se las traía, esta gente). Así pues, la primera parte del panfleto trata sobre la distinción entre sociedad y gobierno -"La sociedad es el resultado de nuestras necesidades y el gobierno de nuestras iniquidades: la primera promueve nuestra felicidad positivamente, uniendo nuestras afecciones y el segundo, negativamente, restringiendo nuestros vicios...", sobre la naturaleza de la monarquía -perversa y, según él, contraria a la voluntad del Todopoderoso, pues en realidad fue un castigo que impuso a los israelitas- y un análisis crítico de la Constitución inglesa. También una disertación sobre el indigno origen de la monarqía hereditaria y su sinsentido: "Poco importaría el absurdo de la sucesión hereditaria, si no fuese su resultado tan fatal para el género humano..." (baste saber que para Paine, Guillermo el Conquistador no era sino el jefe de una banda de malhechores). En fin, vosotros/as veréis, pero yo esta parte me la he leído sin parar de aplaudir con las orejas...

La sección "indepe" del libro, es más extensa y, si se me permite decirlo así, también un poco más peñazo, sobre todo porque, a diferencia de la anterior, que tenía un carácter más general, en ésta Paine aduce toda una serie de razones -todas llenas de "sentido común", eso sí- que hoy en día ya nos suenan un poco peregrinas, salvo para los historiadores duchos en la época. Irónicamente, una de las más recurrentes es poder mantener la paz con los países europeos, a pesar de que éstos, como Francia o España, puedan entrar en guerra con gran Bretaña (digo lo de la ironía, porque en este siglo XXI parece que desde ciertos poderes de los EEUU lo que les interesa es lo contrario: cargarse la Unión Europea y que el reino Unido se aleje de ésta, o sea, nosotros, vía Brexit.... que a ver si es verdad, por cierto). También habla de las ventajas de una autonomía militar y, sobre todo naval, norteamericana (aquí lo clavó) y en la independencia y el sistema republicano como antídotos para evitar guerras civiles (permitidme que me caracajee). Además, también añade toda una serie de razonamientos económicos que, sin llegar al "Anglaterra ens roba" (quizás porque él mismo era , hasta dos años antes de escribir el panfleto, más inglés que el té de las cinco), por ahí le ronda... Todo lo cual yo no discuto, pero en cuestiones de dineros, ya se sabe que las matemáticas son cualquier cosa menos una ciencia exacta... En todo caso, sus páginas de razones pormenorizadas se pueden condensar en esta frase: "El sol nunca brilló en una causa con mayor valor". Ya sabéis, Home of the Braves, y todo lo demás...

Por último, mencionar que en algunas ediciones, posteriores a la primera, de El sentido común incluyen una epístola a los cuáqueros (ya os lo dije) y en otras, posteriores a la Revolución Francesa, una interesante diatriba contra el sufragio censitario (es decir, que sólo pudieran votar los ciudadanos con ciertas riquezas) y advirtiendo, por otra parte de los peligros del poder revolucionario cuando se convierte en dictatorial, algo que Thomas Paine sufrió en sus propias carnes. Como comentó de él, Bertrand Russell: "...Se ganó la hostilidad de tres hombres a los que no se suele relacionar: Pitt, Robespierre y Washington. De éstos, los dos primeros trataron de matarle, mientras el tercero se abstuvo cuidadosamente de salvar su vida. Pitt y Washington lo odiaban porque era demócrata, Robespierre, porque se opuso siempre a su régimen del terror. Su destinos fue siempre ser honrado por los pueblos y odiado por los gobiernos."

Pues eso.

miércoles, 14 de agosto de 2019

Ingrid Guardiola: El ojo y la navaja

Idioma original: catalán
Título original: L'ull i la navalla
Traducción: Cristina Zelich
Año de publicación: 2018
Valoración: bastante recomendable

En la vorágine tecnológica en la que nos vemos arrastrados de manera irremediable (y, en algunos casos, a nuestro pesar) se agradece la publicación de libros que ayuden a reflexionar sobre el mundo en el que vivimos, pues, formando nosotros parte de él, si no tomamos cierta distancia podemos no percatarnos de lo que ocurre. Y la autora, consciente de ello, parte del discurso de David Foster Wallace publicado en el ensayo «Esto es agua» para hacernos tomar consciencia de que, a menudo, no vemos aquello que tenemos delante por estar demasiado familiarizados con ello, porque «las realidades más obvias son, a menudo, las más difíciles de ver», como los peces del ensayo de Foster Wallace donde uno le pregunta a otro «¿Cómo está el agua?» a lo que el otro le contesta «¿Qué es el agua?».

Con el propósito de situar la mirada sobre el mundo que nos rodea y reflexionar acerca de cómo interactuamos con él, la autora ha escrito un interesante análisis sobre el mundo como interfaz, como elemento frontera entre nuestras realidades y reflexiones y el entorno; una interfaz cada vez más tecnológica, formada por los múltiples y diferentes dispositivos que establecen el prisma condicionante bajo el que vemos el mundo.

El libro empieza con un análisis en clave retrospectiva donde la autora reflexiona sobre la evolución del uso de las imágenes a los largo de la historia, y tal y como también hizo Susan Sontag en «Ante el dolor de los demás», se detiene en el cambio que supuso la Guerra del Golfo en lo que refiere al tratamiento de las imágenes, en cómo se utilizan las mismas no únicamente para explicar lo sucedido, sino para vender un relato, parcial, interesado, manipulador y orientado a unos objetivos que distan de una supuesta neutralidad informativa. Una guerra retransmitida en los medios como si fuera un videojuego, creando así una distancia entre la muerte y el espectador que elimina el vínculo emocional y sitúa al otro en un lugar ajeno a la comunidad, como si no fuera parte de nuestra sociedad, reduciendo hasta la casi nulidad nuestra capacidad de emoción y perturbación antes los hechos producidos (algo que también apuntaba Sontag). Y con ello, habla de la alteridad, de cómo las imágenes de muertos son mostradas únicamente cuando las víctimas son de otros países, otras religiones, otras culturas. Otra vez, la distancia es la que determina hasta qué punto empatizamos con el dolor y marca nuestra aceptación a que se muestren determinadas escenas, de manera acorde a nuestra tolerancia al mismo.

Asimismo, el uso que se hace de las imágenes es totalmente interesado, pues mientras que en la Guerra del Golfo la imagen mostrada y difundida era un simulacro o en la caída de las Torres Gemelas era una imagen icónica, las de las muertes de Gadafi o Bin Laden se muestran como si fuera un espectáculo de exhibición de trofeos, como si el éxito de la operación finalizara ahí. Y en esa exposición de la víctima como trofeo de caza, la autora nos lo ubica al presente citando el episodio de Black Mirror «White bear» (que recomiendo encarecidamente), donde el autor traslada ese efecto de distancia entre observador y víctima, entre efectismo y realidad, entre solidaridad y a acoso, reduciendo la distancia entre espectador y verdugo. El espectáculo por encima de los valores, con la complicidad absoluta del observador, no ya pasivo sino también autor de la atrocidad propuesta de manera ajena. El voyerismo y el post espectáculo que la autora pone en un contexto real mencionando proyectos como el Virtual Neighborhood Project Watch ideado en EE. UU.

Y, con ello, entramos de lleno en la que considero la parte más interesante del ensayo, pues Guardiola escudriña nuestro mundo en la actualidad y explora el cambio en la sociedad a partir del creciente consumismo y la incorporación de las cámaras a nuestra vida social, una vida permanentemente conectada y con una necesidad extrema de consumismo instantáneo donde la importancia ya no reside en aquello que es fotografiado, en el objeto de la fotografía, sino en quien la hace. Ya no se trata de ver, sino de ser visto. Y en ese afán de acumular datos, experiencias e información, la instantaneidad y abundancia de la misma nos impide una digestión profunda de aquello que vemos, leemos y percibimos, anulando así una capacidad de respuesta que vaya más allá del lenguaje emocional de los emoticonos o las reacciones inmediatas.

Con este ensayo, la autora no responsabiliza únicamente a la sociedad por el uso que da a la tecnología, sino que critica también las grandes corporaciones mediáticas, pues pueden modificar nuestro estado de ánimo, nuestros recuerdos, y lo pone en contexto con ejemplos de prácticas que han estado realizando empresas como Facebook, con sus algoritmos que determinan qué entradas o imágenes se ven en primer lugar al conectarse. La alteración o determinación del orden en el modo en el que ves la información, las imágenes o el contenido, afecta de manera inexorable a nuestro estado de ánimo de manera que pueden manipular a su antojo nuestro comportamiento a corto plazo. Algo realmente preocupante, sin duda.

Asimismo, considerando nuestra interacción con el entorno, con el mundo que nos rodea (no ya físicamente, sino tecnológicamente y por tanto globalmente), la autora profundiza en el análisis del uso de las redes sociales para criticar un sistema donde fuerza a que todos opinen al momento sobre cualquier cosa, siguiendo los dictámenes de los que desean la política del clic, afectando a la salud psíquica de la gente. Y en el análisis sobre el uso de la imagen en la sociedad actual, la autora afirma sabiamente que «ya no se trata de cambiar las imágenes del pasado, sino las del propio presente. No queremos ser fieles a la experiencia o capturar la autenticidad del momento, sino dar un carácter monumental a nuestra vida, hacerla emblemática, al precio que haga falta, incluso renunciando a nuestra experiencia inmediata del mundo o sustituyéndola por nuestra experiencia mediatizada». Guardiola, siguiendo con esta reflexión, critica un mundo habitado por individuos que buscan en las redes sociales el ser reconocidos, mostrando una versión filtrada (y mejorada) de ellos mismos, convirtiendo las vidas en escaparates, aumentando con ello la distancia entre ellos y el resto, dando origen a la pérdida del propio mundo.

Como parte menos interesante, bajo mi punto de vista, encontramos un tramo final donde la autora habla de las ciudades como interfaz entre los ciudadanos, los turistas y los inmigrantes, cada uno con sus propios intereses (que chocan en ocasiones entre ellos), y se centra principalmente en el turismo como origen de que muchos ciudadanos se sientan desplazados de su propia ciudad, dando lugar a la turismofobia que en realidad no es otra cosa que intentar hacer las ciudades más habitables y sostenibles, no pobladas de personas en tránsito que lejos de querer integrarse en la ciudad visitada lo que ansían es simplemente confirmar la sensación que ya tenían de ella antes de visitarla.

Se trata, por tanto, de un libro interesante y recomendable, pues hace que tomemos consciencia de cómo interactuamos con el resto de la sociedad y de cómo esta interacción no siempre es libre, no siempre es neutra, no siempre es exenta de riesgos o de un peaje que acabamos pagando a costa de nuestra privacidad o, incluso peor, a costa de modificar nuestra manera de ser, fingiendo ser una versión artificial e impostada de nosotros mismos en una especie de autoengaño personal.

Teniendo en cuenta todo lo expuesto en el libro, probablemente la autora tenga mucha razón al afirmar que la verdadera emancipación de este mundo tecnológico y la revolución del siglo XXI pasa por desconectar de todo este entramado de empresas que comercializan con nuestros datos y ser individuos emancipados, eliminando cualquier rastro digital, desapareciendo de la esfera virtual. Este sería un gran acto de disidencia porque, en palabras de la propia autora, «al final, la auténtica revolución, será callar en las redes».

martes, 13 de agosto de 2019

Juan José Saer: El concepto de ficción

Idioma original: español
Año de publicación: 1997
Valoración: recomendable para iniciados o completistas. Ajenos a la obra, solo con casco.

Situadme en una decidida primera línea a la hora de reivindicar la importancia de Juan José Saer en la literatura argentina contemporánea. Todo lo que he leído de él hasta el momento (quede claro que ya he incluído cumbres absolutas como La pesquisa o El entenado) me ha parecido magnífico, y a medida que conozco su obra creo que futuras lecturas solo puedan hacer que redondear y corroborar esta opinión. Pero Saer, en ensayo, en estudio literario confeccionado motu proprio o a expensas de algún tipo de encargo editorial o periodístico, que es de lo que trata El concepto de ficción resulta ser diferente: sirva ello de advertencia al lector potencial más que de crítica. No es el único escritor cuya prestación es diferenciada en función del género elegido: Juan Villoro o Jorge Carrión, por ejemplo, siempre me han parecido más eficaces (eficacia sería un concepto de difícil definición en términos literarios) afrontando crónica o ensayo que metidos en los espinosos zarzales de la ficción. Y a Saer le sucede al revés: como creador es excitante, osado, lenguaraz, irreverente y juguetón.
Por ejemplo El concepto de ficción ajusta en su título como anillo al dedo a su contenido: no hay ironía aquí y parecería que Saer no quisiera permitírsela. Supongo que observando el prudente (aunque me parezca algo conservador en un escritor de su audacia) criterio de que, dirigiéndose al vasto público de la prensa, había que ahorrarse ironía, guiños y familiaridades que en la ficción tienen un obvio encaje. Así que veo a Saer encorsetado en demasiados momentos, incluso algo condicionado por la seriedad del propósito general del texto. No en vano el autor aclara en el prefacio que la recopilación solo tomó la consistencia de obra completa tras la insistencia de sus editores. Aclarar el concepto de ficción, disertar sobre la novela como género al que, en la época (entre los últimos 50 y los 90) en que se encuadran los textos, tantos teóricos daban por extinto y exhausto como susceptible de un nuevo renacer, hasts de un resurgir totalizador. No toméis mis comentarios como reticencias. Muchos artículos que aquí figuran son susceptibles de enorme disfrute justo en las dosis espaciadas en que se publicaron. Es inevitable alguna reiteración de conceptos, más cuando Saer regresa puntualmente en sus textos a algunos de sus iconos literarios, a los que nombra una y otra vez, casi siempre para  rendirse a sus pies. Sobre Faulkner, por ejemplo, llega a confesar haber necesitado un prolongado espacio de tiempo para que su lectura deje de influir sobre la prosa de Saer. Curioso ahora no haber caído en esos personajes que pueblan muchas de sus novelas en esas cercanías a ríos y mares y pensar si Saer no estaba creando su Yoknapatawpha particular. También habla y mucho sobre Joyce, sobre otros autores sudamericanos como Felisberto Hernández o Macedonio Fernández, sobre Mann, Beckett o Cervantes, siempre en tono elogioso. Un poco más equívoca es su actitud hacia Borges, en que alterna momentos de idolatría incondicional con alguna crítica bastante severa y alguno diría que desconsiderada (o sea, se queda a unas pulgadas de llamarle viejo chocho en el momento en que Borges tantea con el régimen golpista chileno).
A diferencia de su ficción, el tono usado en estos ensayos es solemne y a veces recargado en los conceptos y en su exposición. Es obvio que un ensayo literario ejecutado por un escritor (permitidme la broma: por un escritor argentino) no es género que pueda resolverse en monosílabos, frases escuetas y conceptos sin desarrollar. Es en ese desarrollo de conceptos siempre preciso y siempre académico donde he desconocido a Saer. Así que interesante, casi ineludible para su público fiel, en el que me cuento y seguiré contándome, pero no precisamente una manera de iniciarse en su obra.

lunes, 12 de agosto de 2019

Rosario Villajos: Ramona


Idioma original: Castellano
Año de publicación: 2019
Valoración: Muy recomendable

En estos tiempos en que la autoficción exhibe altanero dominio en las mesas de las novedades de narrativa, con su inevitable aroma de narcisismo, banalidad y tedio, uno acaba por aplaudir con entusiasta gratitud lectora cuando llega a la última página de novelas como Ramona. Porque, al margen de cuánto de la vida de la propia autora se haya colado o no en estas páginas o cuánto se deba exclusivamente a la imaginación, Ramona funciona muy bien como artefacto que relata la infancia, adolescencia y primera juventud de su protagonista en un barrio de la periferia de una ciudad del sur de España en la década de los ochenta y noventa del siglo XX. No se trata de una novela con una argumento definido que empuje y dirija el relato si no de un estructura articulada por recuerdos en primera persona, sin ápice de autoindulgencia ni de sentimentalismo, que acaba componiendo el retrato de un tiempo y un lugar con eficacia, desparpajo e interés.

Rosario Villajos (Córdoba, 1978) posee la rara habilidad de sacar petróleo creativo de donde la realidad apenas significa aridez para quienes carecemos de tal talento. Lo descubrí por vez primera en la revista digital Msur, que dejaba constancia de que cuando uno sabe sacarle partido a lo que los demás consideramos despojo, acaba explotándolo hasta en la ducha.

 


















Una capacidad creativa patente también en el cómic Face, que publicó en 2017, protagonizado por una chica sin rostro en busca de un lugar, unos parámetros vitales, una posición desde la que afrontar y gestionar los vaivenes de la existencia, dibujado y elaborado con una delicada y enjundiosa sencillez.


Ramona es, por tanto, el segundo libro publicado de Rosario Villajos. Para calibrar el material con el que está escrita, bien vale reproducir la cita con que se abre: Los platos me suben y la mierda me come. La Carmen, 7ª 3. Ramona es Ramona Ucelay, hija de Raúl y Ramona, hermana de Raúl y Raimundo, en esos años en que los humanos adolescentes andamos “en mi burbuja egocéntrica de depresión, ansiedad y pena…”, en esos barrios periféricos de gentes humildes amontonadas en bloques de viviendas repetidos, apretados y ramplones, salpicados de solares baldíos donde se acumulan escombros, fastidio y frustración. Es decir, un barrio absolutamente normal, con un vecindario por completo normal para una familia decididamente normal. Puro petróleo para narradores con mirada acerada y verbo afilado.

En Ramona se suceden las habitaciones y baños compartidos, las aulas del colegio de monjas y las del instituto de secundaria, el piso de estudiantes y la Universidad, el acoso, las novatadas, los complejos, los bulos, el pasotismo, la vergüenza y las mentiras, los suspensos y repetir curso, la primera comunión y los primeros intercambios de saliva y los primeros besos, polvos y pajas, un padre altanero e ignorante y una madre sumisa e ignorante… Y Ramona, la borde del instituto, el producto de una píldora mal tomada, contándolo con un desparpajo y una lucidez afilada y demoledora: “Francisco Cabras era un tipo de aspecto peculiar, como si la década de los setenta le hubiera dado un guantazo con la mano abierta”.

Rosario Villajos trata y retrata su entorno con mordacidad y beligerancia, con un lenguaje directo y afilado y acierta al aplicar el tratamiento, por supuesto, a su propia voz, su personaje, su protagonista. Esa furibunda y tremenda edad que es la adolescencia, “odiaba estar aquí, en el mundo y por la fuerza, solo porque mis padres me engendraron sin pedirlo.”, capturada en toda su entrañable desesperación, en su turbulenta impericia, con una mirada cargada de humor y sagacidad. Además, Ramona viene de serie con ilustraciones de la autora.


































domingo, 11 de agosto de 2019

Stephen Dixon: Interestatal

Idioma original: Inglés
Título original: Interstate
Traducción: Ariel Dilon
Año de publicación: 1995
Valoración: Muy recomendable

El término "variación", en el mundo del arte, suele ir asociado a lo musical. El ejemplo más típico serían las conocidas variaciones Goldberg. Ahora bien, ¿qué son las variaciones, según la wikipedia?
"Una variación es una técnica formal donde el material es repetido en una forma alterada. Los cambios pueden involucrar melodía, ritmo, armonía, contrapunto, timbre, orquestación o cualquiera de esas combinaciones"
"Es una composición caracterizada por contener un tema que se imita en otros subtemas o variaciones, los cuales guardan el mismo patrón armónico del tema original, y cada parte se asocia una con la otra. Difieren entre ellas los patrones melódicos y el tempo de cada variación."
Cuento todo esto porque las diferentes historias que componen "Interestatal" podrían ser consideradas las "variaciones Dixon". Aquí el tema principal o el material original sería el asesinato, a manos de un tarado mientras circulan por la autopista a la que se refiere el título, de la hija pequeña de Nathan Frey. Los cambios serían los diferentes puntos de vista del suceso, los momentos inmediatamente anteriores y posteriores a la tragedia, momentos clave en la vida de Nathan Frey, etc que dan cuerpo a los textos que componen "Interestatal".

Hay que tener en cuenta, y esto es clave a la hora de "afrontar" este libro, que lo que hemos llamado "variaciones Dixon" son casi 500 páginas narradas siempre en primera persona y, en su mayor parte, en formal de torrencial y deslavazado monólogo interior. Porque, más allá de todo lo anterior, "Interestatal" es una exhaustiva y profunda indagación en la mente humana y en su forma de construir y moldear los recuerdos. En este caso, la mente analizada es la de Nathan Frey, personaje obsesivo e hipocondríaco que vendría a ser un cruce entre un personaje de Thomas Bernhard y otro de Woody Allen (si es que esto es posible). Sirvan como ejemplo las cuarenta páginas, aproximadamente, de monólogo interior para decidir si llama o no a su esposa para contarle lo ocurrido.

Dicho esto, entenderéis que no se trata de un libro para todos los públicos. Es posible que haya gente que no consiga entrar en la prosa de Dixon y que considere esta reiterativa y aburrida. En mi opinión, no lo es. Y no lo es, sobre todo, por el ritmo y la tensión que Dixon imprime a la narración. Sabemos desde el primer momento qué ha ocurrido, sabemos "cómo acaba", pero queremos seguir leyendo, queremos averiguar todo de Nathan Frey, seguir sus divagaciones, etc. Ahí, además de en el análisis psicológico del personaje, está el mérito del autor.

En fin, que este es el tercer Dixon que leo en cosa de año y medio, libros y tiempo más que suficiente para que se haya convertido en uno de mis autores de cabecera.

También de Stephen Dixon en ULAD: Historias tardías

sábado, 10 de agosto de 2019

Barbara Comyns: El enebro

Idioma original: Inglés
Título original: The Juniper Tree
Traducción: Miguel Ros González 
Fecha de publicación: 1985
Valoración: Recomendable



Bella, una madre soltera acomplejada por la cicatriz que le surca el rostro, se muda junto a su hija a Richmond. Allí encuentra un trabajo que la apasiona y traba amistad con los Forbes. Por primera vez en mucho tiempo se permite creer que la vida le sonríe. Pero no es oro todo lo que reluce, como Barbara Comyns demuestra en estas páginas.

Vaya si lo demuestra. Por cada alegría que experimenta Bella, una desgracia la está acechando. El tono agridulce que impregna la novela es, para mí, su mayor acierto. Hace que lo que se nos está contando sea verosímil, y lo aleja de la esencia abstracta y simplista de la fábula en la que se basa.

Así es: El enebro está inspirado en un macabro cuento alemán recopilado por los hermanos Grimm y titulado del mismo modo. Como ya he insinuado, la obra de Comyns elude gozosamente los anacronismos de su material de base, al que logra actualizar. De modo que arquetipos, simbología y situaciones pertenecientes a los cuentos de hadas tienen su modesta aparición en este texto (la jorobada de turno, unas pérfidas urracas, alguien que pierde un zapato, la madrastra indispensable...), pero todos estos elementos han sido dosificados con inteligencia e integrado adecuadamente en el registro realista de la obra.

Otro de los aciertos de esta historia es la tensión que provoca. A medida que avanza el argumento, el lector percibe que algo extraño está sucediendo entre líneas, pero es incapaz de discernir qué es exactamente hasta que le estalla en la cara. La sutileza y el "foreshadowing" con que trabaja Comyns ayudan en este sentido a crear una historia planificada pero, asimismo, imprevisible. Algo que tiene mucho mérito, teniendo en cuenta que si uno conoce de antemano la fábula de los Grimm a la que se está homenajeando aquí, o lee la cita con que se inaugura el libro, ya puede intuir por dónde irán los tiros. Que la autora consiga sorprendernos pese a esto es, repito, increíble como poco. 

Llegados a este punto, enumeremos otras de las virtudes de este conseguido relato.

  • La minuciosidad de la prosa de Comyns. Sus detalladas descripciones y el nivel de detalle de que hace gala son tremendamente inmersivos y nunca llegan a volverse cargantes. 
  • Todos sus personajes están caracterizados. Incluso aquellos que apenas asoman la cabeza unos capítulos para luego desaparecer definitivamente. 
  • Las interacciones entre personajes. Especialmente aquellas que son tóxicas a más no poder.
  • El retrato del Londres de los años 80, plácido y casi bucólico. Contrasta muy bien con la atmósfera malrollera de ciertos pasajes. 

Por otro lado, no quiero dejar pasar esta ocasión para remarcar algunos de los aspectos más flojos de la novela.

  • Sus capítulos iniciales no acaban de fluir orgánicamente. Recuerdo uno, por ejemplo, que se abre con un "flashback" y regresa luego al tiempo presente de forma abrupta y confusa. 
  • Comyns repite en varias ocasiones información que ya había dado previamente, y la presenta como un dato nuevo. 
  • Hay algún que otro altibajo en la traducción. A veces sintáctico, otras una palabra mal escogida. Por lo general, pero, hay que admitir que Miguel Ros González ha hecho un buen trabajo. 

En resumen, pues, El enebro es una novela que cautivará a todos aquellos a los que les atraigan las reinterpretaciones de antiguos cuentos de hadas, al estilo de La juguetería mágica de Angela Carter o La novia ladrona de Margaret Atwood. Sin duda alguna, la colección Rara Avis no deja de desenterrar joyitas la mar de interesantes. 


viernes, 9 de agosto de 2019

Laura Spinney: El jinete pálido

Idioma original: inglés
Título original: Pale Rider. The Spanish Flu of 1918 and How it Changed the World
Traducción: Yolanda Fontal
Año de publicación: 2018
Valoración: Recomendable


Hace justo un siglo que se extinguieron los últimos coletazos de la llamada gripe española, también conocida como gripe del 18. En mi casa oí hablar de ella por culpa de algún antepasado que tuvo el mal gusto de fotografiar a unos bebés muertos a causa de aquel terrible virus. Porque aquel episodio dejó huella en familias de todos los rincones del planeta. Lo cuento.

La gripe española azotó al mundo en tres oleadas: la primera, en la primavera de 1918; la segunda, la más mortífera, en otoño del mismo año; y la tercera, a inicios del 19. Fue una pandemia global que no conoció fronteras ni escenarios: desde Brasil hasta China, desde Sudáfrica a Canadá, desde Portugal hasta la India, grandes ciudades y aldeas remotas, la Europa en guerra y remotos pueblos de Manchuria, nada quedó libre del virus. La enfermedad, que en su primera fase no fue muy diferente de cualquier gripe estacional, mostró más adelante sus terribles peculiaridades: elevada tasa de mortandad, extrema facilidad para el contagio, efectos secundarios brutales (piel coriácea, visión borrosa, miembros agarrotados) y propensión a la complicación con otras dolencias más graves, en especial la neumonía. 

Otra de las características más insólitas fue su desconcertante aleatoriedad. La enfermedad golpeó con furia a los colectivos tradicionalmente más vulnerables (niños pequeños y ancianos), pero también al segmento de la mediana edad, por lo general el de mayor resistencia y vigor físico. Y al mismo tiempo, la gripe era capaz de acabar en pocos días con media familia, diezmar un barrio concreto o aniquilar una población, y tratar con mucha más benevolencia a entornos o vecinos muy próximos. Las dudas que aún existían sobre la forma de transmisión y las consiguientes medidas erróneas, junto con la sensación de indefensión, provocaron el caos e hicieron brotar las esperables ideas de castigo divino que florecieron en diversas culturas. Con todo ello, y pese a la dificultad de estimar correctamente las cifras, la autora considera que llegó a contagiarse un cuarto de la población mundial, y murieron al menos cincuenta millones de personas.

La autora desarrolla con agilidad el relato de la pandemia intentando subrayar la devastación causada y su carácter planetario, procurando no dejar fuera los escenarios más remotos, sean pequeñas islas del Pacífico, un pequeño pueblo de Alaska o el corazón de África. Más adelante se adentra en aspectos más científicos, las investigaciones, terapias, contagio recíproco con animales (recuérdense las mucho más recientes gripes aviar o porcina) o las distintas cepas y mutaciones. El texto es serio, claro y asequible, y da idea de la dimensión del problema.

Como creo que todo el mundo sabe, la españolidad de la gripe no tiene nada que ver con su origen real. El apelativo se debió, como tantas veces, a una confusión: al ser España país neutral en la I Guerra mundial, era el único donde se informaba libremente de los casos de gripe (los demás imponían la censura para no desmoralizar a su gente), por lo que en principio se pensó, o se quiso considerar, que había sido el origen del contagio. En realidad, se desconoce dónde se dio el primer caso, aunque algunos indicios apuntan a China, a un campamento militar americano, o a cierto destacamento británico en el norte de Francia. Este último dato da una pista sobre la posible relación entre la epidemia y la guerra de trincheras que llevaba años desarrollándose, con mayor intensidad precisamente en esa zona. Se especula con que el uso masivo de gas mostaza y otros agentes tóxicos en el frente franco-alemán pudo interactuar con el virus, favorecer su mutación e incrementar su potencia y facilidad de contagio. Es una teoría no probada, pero que pone en estrecha relación la enfermedad con la guerra, y da pie a abordar una de las reflexiones más interesantes del libro.

Si la gripe causó estragos en todos los rincones del planeta y acabó con la vida de mucha más gente que la propia Primera Guerra mundial (según algunas estimaciones, incluso más que la Segunda), ¿por qué la guerra llena libros de Historia, casi todo el mundo conoce al menos algunos de sus pormenores y se conmemoran sus efemérides, mientras la gripe española es algo de lo que apenas se habla y a lo que casi nadie, fuera del ámbito científico, presta atención un siglo después? Define Spinney algunos elementos clave: la guerra abarca un periodo bien determinado, con un principio y un final conocidos, incorpora la épica de la batalla y valores relacionados con el honor y la identidad nacional. Por el contrario, la pandemia es como una sombra que circula por el mundo entero, sin que se sepa dónde o cuándo empezó, ni tuvo final en un momento concreto, su efecto es aleatorio y silencioso, un fenómeno natural, como una pesadilla, que se sufre y se recuerda en privado, cada familia con sus cadáveres.

Aunque no desmerece el conjunto, que me parece equilibrado e instructivo, sí cabe detectar el deseo manifiesto de la autora por subrayar la importancia de lo que cuenta. Estará convencida de lo que dice, no lo dudo, pero con esa insistencia parece defender el valor de su propio trabajo, como si fuera necesario aclarar de vez en cuando que no ha escrito 400 páginas sobre algo banal. La cosa se le va un poquito de las manos en la parte final del libro, cuando intenta demostrar cómo la gripe fue determinante en los grandes cambios que el mundo experimentó por su causa. Aparte de que me parece discutible que los cambios registrados en 1918-19 tuviesen un carácter especialmente decisivo, sugerir por ejemplo que si Woodrow Wilson no hubiese enfermado el Tratado de Versailles hubiese resultado menos gravoso para Alemania y tal vez no se hubiesen dado las circunstancias que favorecieron el ascenso del nazismo, hay que considerarlo al menos un poco arriesgado.

Pero, oiga, que el libro es bueno, interesante y bien escrito, pero es que aquí somos así de puntillosos, y uno no se queda a gusto si no suelta una pizca de hiel.

jueves, 8 de agosto de 2019

Pierre Lemaître: Los colores del incendio

Idioma original: francés
Título original: Couleurs de l'incendie
Año de publicación: 2018
Valoración: Recomendable (como mínimo)




Trasladémonos a la Francia del siglo XX, época de entreguerras, con sus costumbres, panorama político-financiero, personalidades relevantes, relaciones internacionales, fuerte influjo de la prensa (poseedora del monopolio informativo, o casi), una propaganda aún incipiente, preludio de la sofisticada publicidad de hoy, y aunque pasase desapercibido en su momento, un fuerte clima pre-bélico. Mundo en ebullición, tanto como el de ahora al menos, y con bastantes puntos en común entre ambos. Será un viaje agradable, incluso apasionante, que no nos supondrá mucho esfuerzo pues quién lo propone lo hace desde el presente. Ese es el motivo de que el escenario que contemplamos nos resulte algo más familiar de lo previsto y sintamos tan cercana la mentalidad que guía el argumento. Y es que ha sido concebido por Pierre Lemaître –nacido dos décadas después del desenlace de los hechos– un autor con un bagaje muy distinto del de los novelistas de entonces, cuyas obras más conocidas son Vestido de novia y Nos vemos allá arriba, con las que no puedo dejar de emparentarla.
En esta última encontramos los antecedentes de los hechos. Los colores del incendio comienza en 1927. Marcel Pericourt, padre de Edouard, al que habíamos conocido como superviviente de la Primera Guerra y cuya trayectoria se detalló en su momento, acaba de fallecer dejando como única heredera de su fortuna y la dirección del banco que lleva su nombre a su hija Madeleine, separada de su primer marido y reacia a contraer un segundo matrimonio. Las convulsiones que provoca este fallecimiento serán objeto de su primera parte. En ella, a través de las vicisitudes familiares, contemplamos el tejido social de una época descrito con la contención adecuada que nos recuerda a títulos más que conocidos, en particular El caso Maurizius, cuyo precoz protagonista parece el precursor de Paul –hijo de Madeleine y tan singular como aquel Etzel– cuyas andanzas nos mantendrán en vilo hasta el final. El propio autor reconoce en nota posterior el influjo, entre otros, de Wassermann.
En la segunda parte la intriga predomina (en los dos sentidos): las estratagemas se suceden, de ahí que todo tenga que estar muy bien atado. Un trabajo de filigrana –en cuya elaboración Lemaitre es maestro, como demostró en la primera obra citada– algo artificioso, que roza lo inverosímil sin llegar a tocarlo y de cuyo desenlace –para mi gusto, excesivamente justiciero– no cabe ninguna duda. Por eso este apartado tiene un aire un tanto folletinesco, aunque sin perder de vista el entramado histórico-social –fruto de una excelente labor de documentación– que continúa siendo su telón de fondo ni abandonar la carga crítica que atañe a todos los estamentos. Aún así, pienso que aquí abusa de los elementos del género negro y, tratándose de otro tipo de argumento, le hace perder categoría.  
Porque en esta historia de traiciones y venganzas –narrada con el ritmo exacto– están muy presentes tanto el crack de 1929 como la, cada vez menos difusa, amenaza del nazismo. Además, las actuales estructuras económicas empiezan a fraguarse en esos años. Escribiendo Los colores del incendio, su autor empezó a verla como el segundo volumen de lo que, finalmente, será una trilogía que abarcará una década más y que piensa titular Los hijos del desastre.
Cada vez que leo a Lemaître tengo muy presente sus estudios de psicología que, creo, han sido determinantes en su habilidad para manejar los sentimientos del lector. A veces demasiado, incluso. Sus personajes están realmente vivos, en concreto, el de Madeleine es un auténtico coloso (“…había recibido una educación de mujer. Aunque la quería mucho, su padre la había criado con la convicción de que en las grandes cosas nunca estaría a la altura. Perder la fortuna que le había legado confirmaba esa opinión.”) pero eso no hace sombra en absoluto a la magnífica galería que la rodea. Atentos todos a individuos como Gustave Joubert, Charles Pericourt, sus hijas Rose y Jacinthe, Leonce, Paul, André Delcourt, Jules Guilloteaux, Dupré, Vladi, Solange Gallinato, Robert Ferrand, el señor Renaud, todos ellos a cual más fascinante.
Tampoco hay que olvidar el elemento sorpresa que, en gran parte, se debe a la habilidad con que el autor nos suministra la información: el punto de vista cambia según convenga, en unos episodios se utiliza el narrador omnisciente, en otros pensamos igual que el personaje y si está equivocado ya lo sabremos en su momento. Tampoco ellos son lo que parecen: los vamos descubriendo poco a poco. Más despacio de lo habitual, quiero decir. Sí, Lemaître nos engaña, y no solo no nos importa: lo aceptamos encantados en cuanto nos percatamos de ello.
Sin embargo, y a pesar de tanto virtuosismo, resulta que hace falta un epílogo para cerrar la trayectoria de los personajes y no dejar al lector hecho un mar de preguntas.

Traducción: José Antonio Soriano Marco

Más de Lemaître: Irène, Tres días y una vida, Vestido de novia, Nos vemos allá arriba

miércoles, 7 de agosto de 2019

Lucía Asué Mbomío Rubio; Las que se atrevieron


Idioma original: Castellano
Año de publicación: 2017
Valoración: Muy recomendable

Podría resultar hasta gracioso, si no fuera tan chusco y patético, ese empeño generalizado que mantiene que la sociedad española no es –ni ha sido- eminentemente racista. Lo que es indiscutible desde hace al menos unas décadas es que ya no se trata de una sociedad tan unívoca, homogénea y ensimismada, tal y como la idealiza su facción más tradicionalista y cerril, más nacionalista. Afortunadamente, puesto que, en definitiva, de eso va la libertad. Las que se atrevieron es un pequeño compendio de historias personales recogidas por la periodista Lucía Asué Mbomío Rubio (Madrid, 1981); mujeres españolas, blancas, que en el inmaculado, uniforme, patriarcal y devoto país de hace cincuenta años decidieron casarse con hombres negros, originarios de Guinea Ecuatorial.

La autora abre el libro con el relato de la peripecia de sus propios padres, ella una muchachita proveniente de un pequeño pueblo segoviano, con un padre que hizo la guerra con la derecha. Llegó a Madrid para estudiar Ingeniería Industrial, facultad en la que coincidió con un chico originario de una pequeña excolonia africana. A partir de ahí, lo previsible… Aunque no. La piel de él era mucho más oscura que la de ella, quien se resistió en lo posible a comentar a su familia ese dato sobre su novio, casi hasta lo inevitable. Sabía que aquella circunstancia alteraba el curso debido de la historia hasta lo inviable, así que optó por una estrategia de hechos consumados para enfrentar los prejuicios, la cerrazón: “Se daba una concatenación de miedos que impedía que todo el mundo actuará normal: mi madre temía a mi abuelo, mi abuelo al escándalo social en el pueblo y la gente de allí a ser señalados por culpa de mi madre”,

El tratamiento narrativo de Las que se atrevieron no es estrictamente periodístico, pues no se ciñe a hacer acopio y redactar una variedad de testimonios personales. La autora opta por un relato elaborado y estilizado, que si bien se basa en las experiencias recogidas, las elabora, mezcla, vela los nombres y las identidades concretas y les va dando diferentes perspectivas en función de los roles (Mis padres, Ella, La madre, La hija, La hermana) que asigna al narrador, manteniendo de esta manera la fuerza de la primera persona. Y eso que, como el dolor o la enfermedad, parece imposible comprender, sentir el racismo, si no es en la propia piel.

Hoy puede producir piadosa risa la escena de una chica blanca diciendo a sus blancos padres que quiere casarse con un chico negro y que la madre caiga desmayada. Pera para las chicas que en la década de los setenta y ochenta del siglo pasado así lo hicieron suponía crear una conmoción familiar, un escándalo social y una hecatombe personal; ser tratadas de locas, fulanas, perdidas, incapaces. Eran castigadas, recluidas, escondidas. Esos hermanos varones que las apalearon en defensa del honor familiar, esos padres estupefactos que por más vueltas que le dieran no lograban entender porqué sus propias hijas les hacían eso… Esas mismas madres que casi volvieron a desmayarse cuando, años después, su hija les anunciaba que iba a divorciarse de su negro yerno; efectivamente, las parejas con diferentes concentraciones de pigmento en la piel tampoco son eternas, ni siquiera más proclives a la felicidad. 


Y luego, claro, llegaron los hijos. Mujeres blancas con hijos negros en una sociedad que racializa la nacionalidad, como es la española ahora. Niños especiales, diferentes, caféconleche, tan monos, acostumbrados a transitar por el espacio público con una armadura protectora, que se saben mestizos, que no mulatos, porque mulato viene de mula, de la mezcla estéril del caballo y el burro, del blanco y el negro. Niños que despiertan la curiosidad, el desprecio, la hostilidad, que no cuentan a sus madres los insultos y las agresiones que reciben para no hacerlas sufrir. Madres blancas que enseñan a sus hijos a reconocerse como negros y a dotarse de herramientas para romper, con la confianza y la formación, la burbuja de protección que incorporan de serie. Y también, claro, hijas que adoran a su padre y a su madre y que nunca se lo han dicho y que aprovechan su libro para hacerlo.

Se puede leer con regularidad a Lucía Asué Mbomío Rubio en la revista Afrofeminas