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miércoles, 10 de julio de 2019

Siri Hustvedt: Recuerdos del futuro

Idioma original: inglés
Título original: Memories of the Future
Traducción: Aurora Echevarría
Año de publicación: 2019
Valoración: muy recomendable

Mucho se ha hablado de la importancia del principio de un libro. No hablo de la primera frase, sino del comienzo, de los primeros párrafos o incluso páginas. Y la siempre brillante Siri Hustvedt empieza de manera potente esta novela con tintes autobiográficos, pues arranca con la protagonista, de sugerente nombre S.H., recuperando un diario de su juventud tras llegar por primera vez a Nueva York después de su infancia en Minnesota, para establecerse y escribir allí la que sería su primera novela. Y qué lugar mejor que la gran ciudad para idear al que será su protagonista, qué mejor sitio para conocer al personaje que debe dar sentido a su obra, al elemento clave del que será su relato. Y lo hace de una manera altamente elocuente: «Creo que esperaba descubrirme a mí misma en él, demostrar que ambos éramos dignos de cualquier historia que pudiera salirnos al encuentro».

Con este interesante punto de partida, la autora construye un relato basado (posiblemente) en sus propias vivencias, aunque sin saber con certeza si se trata de memorias o de ficción. Hay evidentes paralelismos entre S.H. y Siri Hustvedt, pero la autora no desvela cuánto hay de autobiográfico y cuánto de ficcionado en este relato que se sustenta en diferentes pilares: los personajes, la ficción plasmada en la novela que escribe y el tiempo, elemento clave de la narración, pues la historia se mueve entre presente y pasado, entre actualidad y recuerdos, entre certezas y aproximaciones. Y para lograr que todo encaje sin marear al lector, la autora se basa en ese diario de la protagonista para recordar, para narrar lo sucedido, pero también para calibrar la fiabilidad de sus recuerdos.

La habilidad de Hustvedt y su vasta experiencia en la literatura en sus diferentes géneros le permiten salir airosa de tal arriesgado planteamiento y rompe la rigidez propia de la lectura fragmentada de un diario para abrir la novela a un campo mucho más profundo, el de la memoria y los recuerdos. Porque la autora juega magistralmente con los estilos narrativos, cambiando incluso la tipografía en cada una de las narraciones, y utiliza el diario no para describir una serie de sucesos, sino para recordar y, a partir de esas breves notas, reconstruir y rellenar su pasado creando un canal de diálogo en el que establecer una conversación entre su antiguo yo y su yo actual. Este diálogo permanente sirve a la autora para definir un marco comparativo referencial sobre sus pensamientos y expectativas, en una evaluación continua sobre el paso del tiempo como juez, pero también como elemento indispensable para la madurez y enriquecimiento personal. Esta es la parte clave de la obra, a la que se añade la narración de la propia novela que S.H. pretende escribir, así como su experiencia en esos primeros pasos lejos de casa, de su hogar; una experiencia que le permitirá conocer personajes de compleja personalidad que conformaran su universo emocional. De esta manera, se crea una narración multicapa, profunda y densa, a caballo entre novela y ensayo, entre ficción y reflexión, entre realidad y pensamiento.

Partiendo de esas memorias, la autora dispone un escenario donde dejar que sus reflexiones surjan, de manera libre y nos habla desde la fascinación de quien llega a una ciudad, a la inmensa Nueva York, en esas edades en las que todo deslumbra, todo sorprende, todo atrae. Porque nos habla desde quien ve las cosas por primera vez, y todo es nuevo, y lo descubre a la vez que se descubre ella misma; una fascinación que se extiende más allá de las calles y sus gentes, se extiende a un universo a través del cual accede a las letras, a Foucault, Derrida, Kristeva, Barthes, Elliot, Weil, con un apetito voraz de conocer todo sobre ellos, ampliando su propio universo personal a través de sus obras. Ese afán por leer todo lo que pueda, que tiene el origen en su infancia, cuando queriendo ser médico, su padre dijo que sería una buena enfermera. La autora, fiel a sus valores, utiliza este aspecto para reivindicarse y reafirmar su feminismo y determinación para combatir las desigualdades en este aspecto: «Nadie me dirá que los conocimientos que he demostrado tener son un juego de niños, que no van en serio porque es una niña quien juega. Leeré mucho más que tú, padre. Leeré sin parar todos los libros de tu estudio y todos los libros de la biblioteca de la escuela y todos los libros de todas las bibliotecas del mundo entero, y creceré tanto que seré un gigante sobre la Tierra». Porque Hustvedt, como en la mayoría de sus obras, habla con un espíritu crítico hacia los abusos cometidos por los hombres, físicos y psicológicos, siempre añadiendo ese componente de denuncia y, en este caso, los expone desde el punto de vista de la víctima que, por (mala) educación, por (in)cultura o por costumbres, se halla relegada a ser objeto pasivo, objeto de abuso, objeto de menosprecio. Y aparece la dificultad de la víctima en esas situaciones para romper la barrera de la culpabilidad propia ante tales hechos. La habitual e injusta culpa. El sometimiento, el abuso, el menosprecio que menoscaba la personalidad y que brillantemente la autora resume diciendo que «me ató por dentro». Pocas palabras pueden describir mejor ese machismo existente en tantas relaciones. Esta parte del libro es de una intensidad que provoca que nada pueda permitir interrumpir la lectura, pues el impacto llega hasta donde la sensibilidad de uno alcanza. Brillante en exposición y narración, describiendo lo que tantas (demasiadas) veces hemos visto u oído, Hustvedt envuelve la culpa, el miedo y el temor hacia y respecto a los hombres y se protege bajo una capa de sororidad y vínculo afectivo que transmite acompañamiento y refugio, buscando su propia solidez y fuerza a través de la relación con otras mujeres, pues a medida que encuentra su lugar en esa gran ciudad, reta a una soledad que va aislando y empequeñeciendo gracias a personas que pasan a formar parte de su vida, personas reales y de marcado carácter como Whitney o Patty, pero también gracias a historias inventadas como la de la vida de su vecina Lucy, que le permite construir un mundo de ilusiones en el cual centrar sus pensamientos a la vez que va llenando el suyo de realidades.

Introduciendo ya en su parte final un mundo más oscuro, más tenebroso, más ambiguo e indefinido, donde asoma la duda no sólo sobre quien es ella y cómo se transforma, sino también quienes y como son aquellos que la rodean. La novela evoluciona en consonancia con la propia protagonista, y la inocencia inicial propia de los primeros años postadolescentes va tiñéndose de una oscura capa de complejidad y escala de grises, de diferentes tonalidades que van tornando hacia lo oscuro, en una reflexión que se acerca tanto a sí misma que llega incluso a asustar, por descubrir aquello que en ella habita. Y su análisis en retrospectiva hacia aquella época, arroja luces, pero también sombras, por la inexactitud de unos recuerdos que se tornan cambiantes a cada revisión.

Así, a medio camino entre ensayo y novela, Hustvedt ha escrito una obra de múltiples capas, donde interpela directamente al lector dirigiéndose a él, pero también habla a su yo del pasado, a la vez que se nutre del diario para establecer la base de su narración y reconstruirla a partir de él, con sus inexactitudes inevitables propias de una memoria poco fiable y porosa, que no únicamente duda de lo que recuerda, sino que además llena los huecos con lo que su imaginación de ahora le tienta. Y en ese difuso marco en el que la memoria es volátil, líquida y cambiante, los recuerdos que tiene de su vida bailan al son de lo que su mente decide en cada momento, y establece un diálogo interno en el que lo que realmente importa no es la realidad, sino las sensaciones que tiene sobre lo ocurrido. Somos aquello que recordamos y, en ese aspecto, somos también aquello que fuimos y, en los recuerdos siempre alterados por la memoria débil y porosa, nos sentimos identificados con nuestro pasado, pues sigue presente en quienes somos ahora y en lo que seremos en el futuro.

Puede que a alguien le parezca un libro arriesgado y algo críptico. Es posible. Pero es cierto también, que se trata de uno de los libros más completos de la autora, por la mezcla de géneros, por alternar narraciones y tiempos, por transitar entre hechos y recuerdos, por mezclar ensayo y ficción. Es probable que sea complejo, pero también es cierto que la autora ha dado un paso más, ya irreversible, en su carrera literaria, acercándose con paso firme a la frontera entre análisis y ficción, buscando el lugar donde realidades, reflexiones e ilusiones convergen hacia el punto más íntimo de nuestro ser a partir del cual emana aquello que realmente somos: nuestros recuerdos.

domingo, 15 de enero de 2017

Siri Hustvedt: El hechizo de Lily Dahl


Idioma original: inglés
Título original: The Enchantment of Lily Dahl
Año de publicación: 1996
Traducción: Gian Castelli Gair
Valoración: recomendable para fans

Escritora de amplia riqueza cultural y multidisciplinar, con grandes intereses que abarcan no sólo la literatura sino también el arte y la psicología, Siri Husvedt mantiene a lo largo de su obra ciertos elementos ya característicos en ella. Así, tal y como ocurría en la anterior (y primera) novela de Siri Hustvedt "Los ojos vendados", las inquietudes principales de la autora siguen girando alrededor del comportamiento humano en lo tocante al deseo y al misterio existente en las relaciones entre personas, añadiendo pinceladas (y nunca mejor dicho) de tipo artístico.

En el libro que nos ocupa, la autora nos ubica en Webster (Minnesota), un pequeño pueblo en cuyo bar trabaja Lily Dahl, una joven camarera de carácter fuerte, luchador y atrevido. Sin mucha más distracción que el chismorreo y la habladuría, la vida sosegada, tranquila y monótona de los habitantes del pueblo se ve alterada por la llegada de Edward Shapiro, un artista de Nueva York que llega al pueblo para elaborar una obra pictórica algo particular. La obra consiste en la realización de retratos que contienen las historias personales de los modelos expuestos en los cuadros. Para poder pintar los lienzos, el autor necesita conversar durante horas con las personas a retratar para poder plasmar sobre la tela los sentimientos que se albergan en su interior y su auténtica personalidad. Asimismo, además del propio retrato, el autor pinta en el cuadro pequeñas viñetas con la historia de esa persona. De esta manera, diferentes habitantes del pueblo pasan ratos conversando con el pintor (conversaciones de las que se nos mantiene al margen) y empiezan a surgir una serie de rumores y misterios que copan el primer lugar en los chismorreos de sus habitantes.


Narrada desde el punto de vista de la joven Lily, la autora nos descubre como el carácter reservado de Ed despierta sus sentimientos y como se ve atraída no únicamente por su presencia sino por su carácter misterioso. Este hecho provoca un cambio en su personalidad  y actitud respecto a su propia vida de manera que empieza a cuestionarse su forma de afrontarla. Pero la aparición de Ed y sus retratos no únicamente afectan a Lily sino que, de igual manera, provocan la alteración de la vida cuotidiana del resto de los habitantes de forma que empiezan a sucederse un conjunto de situaciones extrañas donde se ven implicados de una manera u otra ya que el deseo, los celos y la personalidad extraña de alguno de los habituales clientes del bar se hacen presentes en la historia. Así, empezamos a descubrir las rarezas y detalles de ellos en una novela con cierto punto macabro, donde las escenas oníricas y visiones sufridas aportan misterio y oscuridad a la historia.


Al analizar esta novela en relación con el conjunto libros de la autora, los lectores que cuenten con Siri Hustvedt entre sus autoras favoritas sabrán que hay elementos de su literatura que son recurrentes a lo largo de su obra: el poder de los personajes femeninos, su visión sobre los hombres, anhelos e inseguridades. En línea continuista con su primera novela, la autora sigue indagando sobre el deseo y las relaciones personales añadiendo en este libro elementos de misterio algunos de los cuales aparecerán de nuevo con más profundidad en "Todo cuanto amé" aunque en otra forma, sustituyendo las pequeñas viñetas por maquetas de viviendas.


En cuanto a la valoración, desafortunadamente y muy a mi pesar, no puede ser más positiva ya que el libro avanza demasiado en el camino del misterio y se pierde entre tanto elemento onírico y surrealista, especialmente en su parte final. Únicamente en algunas ocasiones alcanza un nivel suficientemente alto para atraer la lectura de un lector que no sea un fan incondicional de la autora. Por contra, los seguidores de la obra de Hustvedt, y a pesar de que este libro no llega a la calidad del resto, sí encontrarán algunos elementos destacables que les permitirá constatar la evolución de la autora desde estos inicios algo titubeantes hasta la gran escritora que es en la actualidad.


También de Siri Hustvedt en ULAD: La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres, Recuerdos del futuro

viernes, 19 de octubre de 2018

Semana del arte #5: Siri Hustvedt: La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres

Idioma original: inglés
Título original: A woman looking at men looking at women
Traducción: Aurora Echevarría (edición en castellano), Ferran Ràfols (edición en catalán)
Año de publicación: 2016
Valoración: muy recomendable

Confieso albergar cierto temor a la hora de escribir esta reseña, pues Siri Hustvedt es una autora inmensa, no únicamente por la calidad de su prosa, sino también por la variedad temática de sus obras y por ser una autora por quien siento absoluta devoción. Podría intentar (sí, intentar) contar qué explica la autora en los veinte capítulos que conforman este ensayo. Pero sería una tarea ardua, complicada, probablemente indigerible y costosa para mí como reseñista y para vosotros como lectores. Porque la riqueza, profundidad y amplitud temática que Hustvedt cubre en este conjunto de ensayos es descomunal. No estamos hablando de un ensayo ligero y ágil, estamos hablando de un libro que es casi como una tesis porque, haciendo gala de sus grandes conocimientos en campos tan variados como el arte, la neurología, el feminismo, etc., la autora nutre el libro de infinitud de referencias bibliográficas, detalles, análisis y reflexiones. Pero no os asustéis, porque la capacidad narrativa de la autora hace perfectamente digerible su relato. Y pido ya disculpas de entrada por la extensión de la reseña, hay mucho a comentar.

Estructuralmente, el libro está claramente dividido en dos partes: en la primera expone el papel de la mujer en el arte, tanto ejerciendo de modelo como siendo la artista y la analiza en contraposición con el papel desempeñado por los hombres en esa misma esfera. En su segunda parte, y que queda fuera de esta reseña por extensión y por tratarse de una temática diferente al arte, habla sobre la condición humana, centrándose especialmente en la psique.

De esta manera, en la primera parte del libro, la autora se centra en el arte, como concepto, como campo de creación, pero también como representación de los sentimientos, como elemento de expresión, como vehículo para cuestionar, explorar, provocar y expandir el universo de uno mismo. Así, hay muchas referencias a pintores y artistas en este libro, pues habla de Picasso y su obra, de Elaine de Kooning y de Louise Bourgeois (en quien se basa la protagonista de su última novela «El mundo deslumbrante»), entre muchos otros. De esta manera, analiza no únicamente su obra sino también aquello que los autores pretendían representar, cuáles eran sus motivaciones y qué intentaban plasmar en sus cuadros. Haciendo un recorrido sobre algunos artistas representativos de la historia, Hustvedt habla sobre algunos cuadros de estos pintores, sobre qué les impulsaban a pintar de la manera en que lo hacían; igualmente la autora pone en valor artistas menos reconocidas por el solo hecho de ser mujeres, pues su obra tardó años en ser conocida pues los hombres tapaban sus méritos y la calidad de sus cuadros. Así comenta la irrupción de Pollock, que por su talento, pero también por ser un hombre, tapó una artista como Bourgeois, considerada una de las artistas más transformadoras del siglo XX y primera mujer artista a la que el MoMa dedicó una exposición en solitario, en el 1982 (sí, no fue hasta el 1982, habiendo abierto las puertas en 1929). Un Jackson Pollock, creador del action painting junto con su mujer Lee Krasner (quien, a diferencia de él, pasó bastante más desapercibida posiblemente por el mismo motivo). Con estos ejemplos, la autora denuncia que las artistas femeninas hayan pasado a un segundo plano en la historia del arte, pues es un mundo dirigido y dominado por hombres.

Hustvedt también habla sobre cómo interaccionamos con el arte, pues observando las mujeres que aparecen en los cuadros (en referencia a «Mujer que llora» de Picasso, o «Columbine» de Beckmann), al contemplarlas, «les doy vida. Sin un espectador, un lector, un oyente, el arte está muerto». Así, y hablando de Picasso, a ojos de la autora su costumbre de pintar un artista delante de un caballete con un pincel en la mano y una modelo desnuda es un ejemplo del vínculo del pintor con el deseo sexual.

La autora también habla de escultura, y denuncia el mercado del arte utilizando como ejemplo el desorbitante precio pagado por «Perro Globo» de Jeff Koons. Así, la autora afirma que «la experiencia del arte siempre es una relación dinámica entre el espectador y el objeto contemplado» y habla del precio de las obras como consecuencia de la percepción de las mismas en el contexto de un mundo determinado por el comprador. Y es por ello que un cuadro firmado por Rembrandt tiene un valor muy superior a si el mismo cuadro fuera firmado por un discípulo suyo, a pesar que el objeto continúa siendo el mismo (aquí no puedo dejar de pensar en la magnífica obra de teatro «Arte», de Yasmina Reeza, que versa precisamente sobre este tema).

La autora habla de lo que significa el arte, de lo que nos aporta, y afirma, de manera muy acertada, que «La experiencia del arte solo se produce en el encuentro entre el espectador y el objeto artístico. La experiencia perceptiva del arte literalmente se encarna en el espectador. No somos receptores pasivos de una realidad factual externa, sino que creamos activamente lo que vemos a través de unos patrones establecidos en el pasado, aprendidos de manera tan automática que han acabado siendo inconscientes». «Sin memoria no hay percepción», por lo que la valoración de una obra tiene un componente objetivo (técnica, material, etc.), pero siempre viene acompañada de un componente subjetivo, propio de cada uno. Y así el arte forma parte de la transferencia de uno mismo, de la necesidad de ser visto y reconocido por el otro. En este aspecto, la autora enlaza la tercera componente de la obra, del libro, donde analiza la ciencia, la condición humana, la psique, y el psicoanálisis. De esta manera, la autora en su visión holística sobre la condición humana, habla sobre psicología y las tesis de Freud y el psicoanálisis, y disgrega también en qué consiste la escritura desde el punto de vista del autor y como siente a través de sus personajes, estableciendo una relación entre ellos, el lector y el escritor. La autora abunda en este tema hablando de la ciencia de la memoria y el Denkraum de Warburg, pues la concepción e interpretación de las artes va ligada a nuestra memoria, a nuestros recuerdos, pues la obra nos evoca sensaciones ligadas a nuestras experiencias pasadas. De ahí también el interés de la autora en hablar de la parte científica del arte, de cómo funciona nuestro cerebro al contemplar las obras, de cómo reacciona ante ellas. Y así, como ejemplo de la relación y el impacto del arte en el espectador, habla de la exposición «Ocupaciones» del artista Anselm Kiefer sobre el nazismo, que tuvo una gran polémica por la repulsa que provocaba a mucha gente que iba a verla. Y es que, como indica la autora «El mejor arte no es nunca inocuo: altera las predicciones perceptivas del espectador», «lo que hace el arte es desafiar la polaridad cómoda entre blanco y negro, un modo de expresión capaz de contener contradicciones dolorosas o ambigüedades agónicas».

A pesar de estar de su estructura en dos grandes bloques, los diferentes ensayos son totalmente independientes unos de otros por lo que su lectura puede ser realizada de forma individual o sin tener en cuenta el orden en el que están publicados. Así, se trata más de un libro para consultar los diferentes temas en función del interés que de un libro que se lea de principio a fin. Hay mucho trabajo de documentación en este libro de Hustvedt y la muestra está en las más de veinticinco páginas de referencias bibliográficas, con referencias a libros de diversa índole: arte, psicología, feminismo. La autora habla también en el libro sobre otros aspectos artísticos como la danza, el cine, y lo rubrica también con pinceladas sobre feminismo, pornografía, escritura, psicología... siempre desde un enfoque académico y conceptual pero próximo al lector, que convierte este ensayo en una obra más que interesante para aquellos que estén interesados, no únicamente en el arte, sino en la condición humana.

De esta manera, y habiendo centrado la reseña especialmente en la parte dedicada al arte, podemos constatar que lo que sería un ensayo que a manos de otra escritora echaría para atrás, asustaría e intimidaría a un lector no habituado a las materias tratadas, Hustvedt nos lo transmite como si fuera algo natural, con las palabras fluyendo de manera espontánea, compartiendo con nosotros su conocimiento. Y en este aspecto reside la gran calidad del libro, porque no es solo por lo que cuenta, ni por lo que sabe, sino por cómo la hace accesible al lector. No quiero tampoco que esta reseña lleve a engaño: no es un libro para todo el mundo, pero sí es un ensayo para quién esté interesado en los distintos temas que trata, que pueden ser leídos de manera aislada por su profundidad. Porque el libro se puede, y creo que se debe, leer de manera pausada, pues hay mucha información y profundidad como para asimilarla de golpe. Mi consejo es leer los capítulos de manera individual y dejando cierto tiempo entre ellos. Porque más que un ensayo, lo que Siri nos ofrece aquí es una muestra de sus amplios conocimientos sobre una gran diversidad de materias y conviene dejar que los absorbamos en pequeñas dosis. Para mí, sin duda alguna, es un libro de referencia, el libro de cabecera donde reposa aquello que afecta a la humanidad: el arte, la ciencia, la psicología y el feminismo. Es una guía imprescindible para adentrarse en el mundo del arte y del análisis de la condición humana de la mano de una de las mejores y más completas escritoras que hay en la actualidad.

También de Siri Hustvedt en ULAD: El hechizo de Lily DahlRecuerdos del futuro

lunes, 16 de diciembre de 2019

ULAD adoctrina sobre el 2019: nuestros libros del año

Mirad: si este blog pretendiera ser solo leído por familiares de colaboradores ávidos de localizar ideas para regalar a la prima que lee, no nos veríamos obligados a esto. Pero hace tiempo que esto no es así. Es una verdad como un puño que la comunidad lectora global espera ver hacia dónde señalan nuestros dedos, cada año, por estas fechas. Aunque pueda darse el caso que los que aquí escribimos no acabemos de ponernos de acuerdo.

Palabra de Juan G. B. :
- Novela acojonante del año (en todos los sentidos): Mandíbula, de Mónica Ojeda.
- Novela pasmante del año: Vivir abajo de Gustavo Faverón Patriau.
- Novela chanante del año: El aliado, de Iván Repila.
- Novela gráfica más turbadora del año: Bezimena, de Nina Bunjevac
- Libro de no ficción (o sí ficción, según se mire): Thomas Quick. Cómo se hace un asesino en serie de Hannes Råstam.
- Autovivisecciones en canal: Mientras escribo, de Stephen King y Mis rincones oscuros, de James Ellroy.
- Ligeras decepciones: Traición, de Walter Mosley y La Señora Caliban, de Rachel Ingalls.
- Sorpresa agradable del año: La novela del buscador de libros, de Juan Bonilla.
- Libro que no me atreví a reseñar: Tsunami. Miradas feministas (V.V.A.A. con edición y prólogo de Marta Sanz)
- Descubrimientos del año: Mónica OjedaImogen Hermes Gowar, Gustavo Faverón.

Palabra de Koldo CF:
- No ficción (hispanoamericana): Distraídos venceremos, de Andrea Valdés
- No ficción (resto de mundo): Contra toda esperanza, de Nadiezhda Mandelstam
- Novela (hispanoamericana): El desierto y su semilla, de Jorge Baron Biza
- Novela (resto del mundo): La suerte de Omensetter, de William H. Gass
- Relatos (hispanoamericana): La furia y otros cuentos, de Silvina Ocampo
- Relatos (resto del año): Historias tardías, de Stephen Dixon
- Tocho del año: Nuestra Señora de París, de Víctor Hugo
- Relectura del año: Los siete locos, de Roberto Arlt (habrá reseña en breve)
- Peor libro con diferencia: Vox, de Nicholson Baker

Palabra de Oriol Vigil:
- Mejor novela: El lugar, de Mario Levrero
- Otras novelas destacables: La invención de Morel, de Adolfo Bioy Casares, La mujer de la arena, de Kôbô Abe, El gusano máximo de la vida misma, de Alberto Laiseca, El proceso, de Franz Kafka, Tango Satánico, de László Krasznahorkai
- Mejor antología: Bestiario, de Julio Cortázar
- Lo mejor en género negro: La promesa, de Friedrich Dürrenmatt
- Lo mejor en terror: Los sauces, de Algernon Blackwood, Uzumaki, de Junji Ito
- Mejor cómic: Vinland Saga, de Makoto Yukimura (aunque se desinfla un poco)
- Vicio literario del año: Canción de hielo y fuego, de George R. R. Martin (aunque también se desinfla un poco)
- Lo mejor en no ficción: La conspiración contra la especie humana, de Thomas Ligotti, El discurso vacío, de Mario Levrero, ¡Escríbelo, Kisch!, de Egon Erwin Kisch
- Libros decepcionantes: Cartero, de Charles Bukowski, Buick 8, un coche perverso, de Stephen King
- Libros aburridos: El vestido azul, de Michèle Desbordes, En el jardín del ogro, de Leila Slimani
- Autores descubiertos: Mario Levrero, Alberto Laiseca, Kôbô Abe, László Krasznahorkai
- Empacho de: Literatura nipona, fatalismo, "bildungsroman" y "pulp"

Palabra de Marc Peig:
- Libro del año: «Cárdeno adorno», de Katharina Winkler.
- Lo mejor del año (autores): Elizabeth Hardwick, Siri HustvedtIrene Solà, Tatiana Ţîbuleac
- Mejor libro de relatos del año: «No importa», de Agota Kristof
- Tochonovela del año: «Fin», de Karl Ove Knausgard
- Ensayo políticosocial del año: «Ante el dolor de los demás», de Susan Sontag, y «El ojo y la navaja», de Ingrid Guardiola
- Librodenuncia del año:  «Tú, ¡cállate!», de Laura Huerga y Blanca Busquets.
 -Autobiografía del año: «Noches insomnes», de Elizabeth Hardwick y «Los años», de Annie Ernaux
- Experimento metaliterario del año: «Novel·la», de Pol Beckmann
- Decepción del año: «Devastación», de Tom Kristensen
- Autores clásicos que ya debería haber leído y que no tardaré en ponerme a ello: Henrik Ibsen
- Autores que debo recuperar porque llevan tiempo olvidados (injustamente): Ngũgĩ wa Thiong'o, Paul Auster
- Caerán más libros de: Siri Hustvedt, Annie Ernaux, Mircea Cărtărescu, Olga Tokarczuk, Agota Kristof
- Propósitos para el 2020: más teatro, más ensayo e intentar evadirme de novedades y volver a los clásicos (veremos si lo consigo)

Palabra de Montuenga:
- Mejor clásico leído este año: Bel Ami, de Guy de Maupassant
- Mejor novela española: El novio del mundo, de Felipe Benitez Reyes
- Mejor novela extranjera: Los colores del incendio, de Pierre Lemaître
- Obra maestra polémica donde las haya: El desembarco, de Jean Raspail
- Mejor novela negra: El último barco, de Domingo Villar
- Relectura que nunca defrauda: La saga fuga de J.B., de Gonzalo Torrente Ballester
- Mejor western: Warlock, de Oakley Hall
- Mejor ensayo: La edad de la ira, de Pankaj Mishra.
- Distopía más esperada aunque algo fallida: Los testamentos, de Margaret Atwood.
- Peor novela con diferencia: Juego de mentiras, de Ruth Ware.

Palabra de Francesc Bon
- Propósitos para 2020: Conseguir que el tsundoku rebaje sus proporciones amenazadoras, o se fusione con el cajón de los cables. Salir de la zona de confort. Y plantear, quizás, si la próxima ya debería ser la última oportunidad para Pynchon.
- Mejor novela leída en el año: Por el regusto tras los meses, cualquiera de las tres de Zuckerman desencadenado, de Philip Roth
- Novedad tolerada: El colgajo, de Philippe Lançon, por cruda y por ver cómo nos transforma experimentar la violencia
- Me lo imaginaba más grande: Todos los hermosos caballos, de Cormac Mc Carthy
- Satisfyer literario: Walt Whitman ya no vive aquí de Eduardo Lago
- Toque de atención: a Michel Houellebecq, por los momentos autoparódicos en Serotonina

Palabra de Carlos Andia:
- Mejor novela en castellano: El silenciero, de Antonio Di Benedetto, y Prins, de César Aira (próxima reseña)
- Mejor novela en otros idiomas: Mapa de una ausencia, de Andrea Bajani, , y Vértigo, de W.G. Sebald
- Tocho anual (para no perder músculo, pero nada más): La muerte de Arturo, de Thomas Malory
- Una incursión en el microrrelato: Ojos de aguja (recopilación)
- Relectura del año: El unicornio, de Manuel Mujica Laínez
- Mejor ensayo: El elogio de la sombra, de Junichiro Tanizaki
- Ensayo científico: El jinete pálido, de Laura Spinney
- Mejor libro de relatos: El ídolo caído, de Graham Greene
- Mejor obra de teatro (aunque tampoco había mucho donde elegir): El cementerio de automóviles, de Fernando Arrabal
- Peligro de agotamiento inminente: Enrique Vila-Matas (Esta bruma insensata, y quizá no más)
- Decepciones: varias, puede que más de lo normal, pero para qué les vamos a dar más cancha.

jueves, 5 de enero de 2017

Peter Stamm: Noche es el día

Idioma  original: alemán
Título original: Nacht ist der Tag
Año de publicación: 2013
Traducción: José Anibal Campos
Valoración: decepcionante


A menudo ocurre que uno se deja guiar por la intuición y por lo que ha leído acerca de un libro. En este caso, fue a raíz de una serie de entrevistas que hicieron al autor para promocionar este libro que provocaron que me atrajera la atención. El autor hablaba de una novela donde se pretendía reflejar cómo los cambios que experimentan las personas a nivel externo se traducen en un cambio también en la personalidad. El concepto de cómo está relacionado el exterior con el interior y la evolución de la identidad acorde con los cambios físicos (por motivos de la edad u otros) me interesó. Además, el hecho de ser  una novela escrita por Peter Stamm, autor finalista el 2013 del Man Booker International Prize, hizo que acabara de convencerme. ¿Valió la pena? Vamos a verlo.

Tenemos un personaje principal, Gillian, famosa presentadora de televisión que a raíz de un accidente de coche (no os desvelo nada, el libro empieza cuando el accidente ya ha ocurrido) sufre la muerte de su marido así como lesiones graves en su cara que alteran su parecido. A partir de aquí, el libro inicia una serie de flashbacks para ver la relación que tenía con su marido y cómo era su vida en las semanas anteriores al accidente cuando conoció a un artista que dedicaba su obra al retrato de mujeres desnudas. Hasta aquí, aunque la historia puede prometer, no es nada que no hayamos visto antes.

Sin querer revelar más acerca de la trama del libro, es sorprendente observar, a medida que avanzamos páginas, como un escritor tan altamente promocionado puede construir una novela tan vacía de contenido. Repleta de tópicos, de frases vacías sin sustancia ni relevancia y de párrafos que no aportan absolutamente nada, vamos avanzando en la lectura  de la novela esperando que algo nos sorprenda, no ya de la historia en sí (cosa harto difícil visto el argumento) sino al menos en su estilo. Lamentablemente no ocurre.

Las expectativas del escritor en lo referente a la motivación de la novela quedan claramente diluidas en una historia inverosímil, donde la transformación interna de la protagonista ya empieza antes del accidente con lo de que el cambio de identidad debido al accidente pierde su significado. Si hubiera seguido la trama argumental de la relación con el artista aún podría haber despertado algún interés pero justo cuando tiene definido el escenario de la trama, habiendo presentado los personajes, pega un salto temporal al futuro que acaba por echar por tierra cualquier atisbo de solidez. A modo de ejemplo, el autor opta porque el personaje de Gillian cambie de nombre para aumentar esta sensación de cambio como persona, en un intento que parece a la desesperada para conseguir credibilidad.

Si queremos historias donde se mezcle el arte, las relaciones y los deseos (correspondidos o no) entre artista y modelo, seguro que hay infinidad de libros netamente superiores (se me ocurre "Los ojos vendados" de Siri Hustvedt, por ejemplo). Si queremos historias sobre la capacidad de superación después de un hecho traumático, las hay a montones. Pero intentar mezclar las dos cosas, presentando primero a la protagonista en un primer tercio de libro, luego al artista en un segundo bloque y además jugar con dos momentos temporales en una novela de poco más de 160 páginas es harto complicado ya que se corre el riesgo de desdibujar la historia y no poder darle la solidez que requiere. O haces una novela extensa otorgando matices a los personajes y dándoles una personalidad definida y rica en detalles donde sí que la historia podría haber tenido margen de crecimiento, o te quedas en una novela corta que poco te aporta. De todos modos, no parece que una novela extensa hubiera sido mejor, visto el estilo de escritura del autor quien, además, declaró en una de las múltiples entrevistas promocionales que le hicieron, que el editor le pidió recortar algunas páginas. A saber qué contenían, visto lo visto.

Si los referentes de Peter Stamm son Hemingway, Scott Fitzgerald y John Williams como él mismo afirma, le queda aún mucho camino por recorrer. A menos que cambie mucho el estilo, no estaré pendiente de que esto ocurra.

lunes, 18 de diciembre de 2017

Lo mejor del 2017, ULAD dixit

Marc Peig dice:

Juan G. B. dice:

Koldo CF dice:
  • Novela en lengua extranjera: Solenoide (Mircea Cartarescu)
  • Novela hispanoamericana: La casa grande (Álvaro Cepeda Samudio)
  • Relatos en lengua extranjera: En el corazón del corazón del país (William H. Gass)
  • Relatos hispanoamericana: Seres queridos (Vera Giaconi)
  • Ensayo en lengua extranjera: Los primeros editores (Alessandro Marzio Magno)
  • Ensayo hispanoamericana: Librerías (Jorge Carrión)
  • Relectura del año: El astillero (Juan Carlos Onetti) 
  • Decepción del año: Un hombre enamorado "de sí mismo" (KOK)
  • Mención honorífica: Los libros de relatos de escritoras latinoamericanas, como Giaconi, Enríquez o Baudoin.
  • Propósito 2018: Apuntarme al gimnasio y sacar a Marc del lado oscuro knausgardiano

Carlos Andia y sus preciadas estatuillas:
  • Mejor novela: 'La grande', de Juan José Saer. Menciones especiales para 'Abril rojo', de Santiago Roncagliolo, y 'La invención de Morel', de Adolfo Bioy Casares. Vamos, que todo queda en el Nuevo continente.
  • Mejor relectura, y mejor obra de teatro, y mejor casi todo: 'Divinas palabras', de Ramón del Valle-Inclán.
  • Mejor obra dramática (después de 'Divinas palabras'): 'Esperando a Godot' de Samuel Beckett (reseña en breve)
  • Mejor clásico (después de 'Divinas palabras'): 'Los hermanos Karamazov', de Fiódor Dostoyevski
  • Mejor libro de relatos'Historia universal de la infamia', de Jorge Luis Borges
  • Peor libro de relatos'Alevosías', de Ana Rossetti
  • Mejor libro de historia/pensamiento/política'La ciudad en la historia', de Lewis Mumford
  • Mejor libro de arte/estética'Apariencia desnuda', de Octavio Paz
  • Descubrimiento del año'Imposibles impensables', de Santi Pérez Isasi
  • Decepciones varias: para qué comentarlas (tampoco son tantas, eh?)
  • Objetivos para el 2018: 'Tristram Shandy', que voy posponiendo demasiado tiempo, y algunas cosillas de narrativa reciente que van a merecer la pena. Y a lo mejor le doy otra oportunidad a Houellebecq.

Oriol Vigil dice:
    • Mejor novela: Pregúntale al polvo, de John Fante.
    • Peor novela: Lunar Park de Bret Easton Ellis.
    • Mejor novela de terror: Otra vuelta de tuerca, de Henry James.
    • Mejor novela gráfica: El paraíso perdido, de Pablo Auladell.
    • Mejor libro sobre arte: Historia de seis ideas, de Wladyslaw Tatarkiewicz.
    • Mejor antología: Entre Ciudades invisibles, de Italo Calvino y Todos los cuentos, de Cristina Fernández Cubas.
    • Mejores ensayos: Ante el dolor de los demás, de Susan Sontag, La banalidad del mal, de Hannah Arendt y Ética a Nicómaco, de Aristóteles.
    • Mejores redescubrimientos: Memorias del subsuelo, de Fiódor Dostoievski y Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carrol.
    • Decepciones (obra que era muy buena y se está yendo al garete): Berserk, de Kentaro Miura. ¿Por qué le ha tenido que llegar El Eclipse a este manga? ¡¿Por qué?!
    • Placer culpable: La pistola de mi hermano (Caídos del cielo), de Ray Loriga.
    • Libro tristemente necesario: Carta sobre el comercio de libros, de Denis Diderot.

      Beatriz Garza dice:
      • Libro del año: Nada se opone a la noche, de Delphine de Vigan
      • Tochonovela del año: no gasto de esas, gracias
      • Relectura del año: El turista accidental, de Anne Tyler
      • Decepción del año: La soledad de los números primos, de Paolo Giordano
      • Lectura abandonada a medias que pretendo retomar: Suave es la noche, de Francis Scott Fitzgerald
      • Libro que voy a leer antes o después: Prohibido nacer, de Trevor Noah
      • Autor descubrimiento del año: Delphine de Vigan
      • Propósitos de 2018: descubrir a Siri Hustvedt (previo asesoramiento de Marc), y a Stephen King (sí, lo reconozco, my fault). Leer más novela gráfica. 

      Carlos Ciprés dice:
      • Ensayo revelador: Leer es un riesgo, de Alfonso Berardinelli
      • Descubrimiento a buenas horas: Industrias y andanzas de Alfanhuí, de Rafael Sanchez Ferlosio
      • Momentazo donostiarra: La ciudad, de Karmelo C. Iribarren
      • Lectura fascinante: Manual para mujeres de la limpieza, de Lucía Berlín
      • Otra lectura fascinante: Crui. Els portadors de la torxa, de Joan Buades
      • Novela gráfica: Pobre cabrón, de Joe Matt
      • Pequeñas decepciones: La vuelta al día, de Hipólito G. Navarro, Moby Dick, de Herman Melville, Les dones i els dies, de Gabriel Ferrater
      • Propósitos para 2018: Releer a Sciascia, de pe a pa. Acabar el año con un resumen plagado de libros reseñados. Y que ustedes lo disfruten.

      Santi dice:

      Francesc Bon opina:
      • He tenido años mejores
      • No tocar ni con un palo: Cualquier obra de todos esos autores que creen que puede escribirse un libro a base de frasecitas trascendentes enlazadas una a una con dos personajes que van pasando por ahí de vez en cuando a pasarle lametones por la cara a su CREADOR. Vosotros ya sabéis quiénes sois
      • Lo mejor de este año: El vendido de Paul Beatty
      • Accésit "lo bueno si breve dos veces bueno":  La uruguaya de Pedro Mairal
      • Destacados locales: Aunque caminen por el valle de la muerte de Álvaro Colomer
      • Propósitos de año nuevo alternativos a los gimnasios y adelgazar y no ser tan pedante: algún Gaddis de los que quiebran la muñeca, el máximo de Rodoreda que sea capaz de mantener mi criterio con algo de credibilidad
      • Abandonos sonados de los que no voy a arrepentirme: La quinta estación, de N.K. Jemisin (moraleja: lo mío no es la sci-fi), Patria, (de ya sabéis quien y no me da la gana ni poner el vínculo), y otras decenas no dignas de mención
      • Nuevas esperanzas: por favor, algún ensayo de Houellebecq o Franzen o Tom McCarthy
      • Lista de deseos: tiempo 
      Montuenga dice:

      FICCIÓN:

      NO FICCIÓN:

      lunes, 19 de diciembre de 2016

      ULAD: Lo mejor del 2016

      Francesc Bon:
      • Libro del año: Pues para mí el libro del año ha sido Breve historia de siete asesinatos de Marlon James. No sé decir exactamente el motivo, pero al final me recuerdo acarreándolo, con su presencia imponente y su lomo amarillo, siguiendo andanzas de rastafaris y es una sensación demasiado imborrable. Quizás sea un libro cautivo de su componente visual, pero desde cuándo va a ser malo que una novela contemporánea te recuerde a una nueva temporada de The Wire. Con dos muy dignos contendientes: Manual para mujeres de la limpieza de Lucia Berlin y Satin Island de Tom McCarthy, cuya importancia aún no soy capaz de calibrar.
      • Sorpresón postrero: el festín de Xavi Ayén en La vuelta al mundo en 80 autores.
      • Porquerías: En un año globalmente positivo: el incomprensible apoyo a algo tan vacuo como Érase una vez el fin, de Pablo Rivero, o la esperada constatación del timo de La chica del tren 
      • Caerá en 2017: Cualquier Saer que se ponga en medio.
      • No tocar ni con un palo: Zanón, Pérez Andújar, y todos aquellos que quieren apropiarse de la literatura de barrio. Por mediocres y por cansinos.
      • Los comentarios me han hecho salivar para el 2017: Vollmann y, dicen, el Ray Pollock que viene.

      Juan G. B.:

      Carlos Andia:
      • Volumen imponente del añoEl capital en el siglo XXI, de Thomas Piketty -algunas claves que deberíamos conocer.
      • La relectura del añoCoronación, de José Donoso -buenas sensaciones después de muchos años
      • Libro de Historia del añoContinente salvaje, de Keith Lowe -una etapa muy especial de la Historia de Europa
      • Una joya a la que tenía muchas ganasLocus Solus, de Raymond Roussel -atrévase usted.
      • Clásico rescatadoReivindicación del conde don Julián, de Juan Goytisolo -imprescindible con mayúsculas.
      • Obra de teatro del año: Calígula, de Albert Camus -todo intensidad
      Y, si se me permite, porque obviamente es algo muy poco uladiano, pero muy especial para mi: 'Análisis de los fenómenos monetarios en España', de Florencio Salcedo -¡qué tío!


      Koldo CF

      Montuenga:
      Santi:

      Marc Peig:
      • Libro del año: El bar de las grandes esperanzas, de J.R. Moehringer
      • Autobiografía del año: Instrumental, de James Rhodes
      • Tocholibrohistórico del año: Las benévolas, de Jonathan Littell
      • Tochonovela del año: La broma infinita, de David Foster Wallace
      • Ensayo del año: Esto es agua, de David Foster Wallace
      • Clásico que debería haber leído antes: La piedad peligrosa o La impaciencia del corazón, de Stefan Zweig
      • Libro del que no debería ni haber pasado de la portada: En manos de las furias, de Lauren Groff
      • Decepción del año: Sueños de trenes, de Denis Johnson
      • No pasará un año más sin leer: La hoguera de las vanidades, de Tom Wolfe
      • Autor que debo recuperar porque lleva tiempo olvidado (injustamente): Haruki Murakami
      • Caerán más libros de: Stefan Zweig
      • Ganas de que llegue el 2017 para lo nuevo de: Siri Hustvedt, Paul Auster y  Karl Ove Knausgaard


      miércoles, 4 de marzo de 2020

      Biografías lectoras II: Confesiones de un letraherido

      Poco esperaba yo, cuando entré en esta comunidad lectora uladiana, que algún día tendría que pasar cuentas sobre lo que me ha llevado hasta aquí, en lo tocante a la literatura. Porque son varias décadas de libros, montones de ellos y, sí, confesaré ya de entrada, que con ritmo de lectura irregular y algún sonrojo que puede que confiese.

      Y, cómo no puede ser de otra manera, pues estas cosas deben empezar por el principio, más allá de los típicos libros de niño con dibujos, texturas y sonido, ya de pequeño apuntaba maneras de lector voraz. Porque superados estos primeros años, a la que empecé a saber leer podría decirse que siempre crecí con un libro cerca y recuerdo con mucha nostalgia la época (larga, fueron bastantes años de mi vida) comiendo en casa de mis abuelos y teniendo allí algunos de mis libros, para aprovechar esos mediodías, cuando no existía internet y la TV tenía únicamente unos pocos canales. Pero allí estaban los libros, porque siempre están ahí cuando les necesitas, y esperaba a llegar a casa para lanzarme de nuevo en búsqueda de aventuras de la mano de Enyd Blyton con sus “Siete secretos” (por encima de “Los cinco”, que también) y disfrutando (mucho) con su menos valorada serie de “Los cinco detectives”. Y claro, el famoso "Zoo d'en Pitus" de Folch i Torres (lectura obligada y disfrutada por prácticamente cualquier niño catalán de la época y diría que sigue siendo así). Junto a estos libros, cómics, también, muchos: mis añorados y predilectos “Zipi y Zape”, “Mortadelo y Filemón”, “Trece rue del percebe” y, claro, cómo no, “Mafalda” de Quino, que seguramente la leía ya antes de entenderla (o no, quién sabe). Y los catalanes “Jep i Fidel”, “Massagran”, … también los franceses, “Astérix” o “Tintín” (leídos todos, varias veces, cómo debe ser, vaya) y, por supuesto, la gran ola francobelga con “Spirou”, “Gil Pupil·la”, “Benet Tallaferro” en sus traducciones al catalán. Y más, muchos más cómics, a los que seguiría alguno de Marvel y de DC Comics (Spiderman, Batman o Capitán América), pero pocos. Y no quiero olvidarme de mi cómic futbolero preferido: “Eric Castel”.

      Superada ya esa fase de cómics, que debo decir que para mí fue una fase vinculada a la infancia, ya entré en la narrativa propia de la edad pre-adolescente/adolescente, donde me llevó a leer libros de más calado. Bastante en desacuerdo con muchas de las lecturas que nos ponían en el colegio (no me convencía casi ninguna de las que nos proponían y arrastro aún malos recuerdos de Charles Dickens y dos ciudades que me dejaron en medio de ambas, o Papillon, leído además en francés, que bueno, sí pero no), podríamos decir que mi despertar literario en ese momento de mi vida fue “Rebeldes”, de S.E. Hinton. Fue en esa lectura a los catorce años, y la mini-reseña que tuvimos que hacer en clase, que algo despertó en mí; puede que fuera el libro, puede que fuera los elogios del profesor a mi reseña (es posible que fuera mi primera reseña en la vida… y aquí seguimos tres décadas después) u otros motivos, pero ese libro me despertó no ya la pasión por la lectura (que ya existía desde siempre) sino las ganas de escribir (intentos de libro hubo algunos, pero ahí quedaron).

      Y, una vez entrada en la edad en la que ya se podía leer de todo (o casi), me metí de lleno buscando hobbits en los mundos de Tolkien, cazando robots humanoides con la saga de Battletech y empezando a devorar todo lo que encontraba de Stephen King y también novela de aventuras africanas con Wilbur Smith y Clive Cussler. Eran tiempos de leer mucho y rápido, de leer todo lo que encontraba, especialmente en esos veranos de días calurosos y noches interminables. Y otro salto, llegando a mis veinte con novela histórica y ensayo, sufriendo y descubriendo que existe la maldad a través de las memorias de Ana Frank y Primo Levi, pero también soñando con un mundo de música (mi otra pasión) en Alta Fidelidad con Nick Hornby y entrando en libros más profundos con Kundera y su “levedad”, Dante y su “Divina comedia”, buscando lobos esteparios bajo las ruedas con Herman Hesse y descubriendo a Gregor Samsa gracias a Kafka mientras iba de viaje beat en la carretera con Kerouac hasta llegar a los campos de centeno de Salinger. Y Bradbury buscando la temperatura a la que queman los libros mientras Orwell adivinaba nuestro presente. Y Kennedy Toole conjurando con unos necios, con los que me reí casi tanto como con Mendoza y mi añorado Gurb.

      Y luego, mi época de buscar submarinos jugando a patriotas con Tom Clancy y a abogados con John Grisham y otras novelas de policías y detectives, o jugando a médicos con Noah Gordon y llenando mi mundo de inmensas catedrales con Ken Follett mientras Victor Hugo encontraba miserables. Y algún fantasma que corría por la Opera al que conocí en un musical y que me llevó a su lectura.

      Hasta que vino Paul Auster y todo volvió a cambiar: desmintiendo autobiografías que auguraban la crónica de un fracaso tras vivir a salto de mata y visitando su Nueva York a través de una trilogía que me abrió un nuevo mundo, un mundo donde el azar entraba y llevaba de su mano cuestiones sobre quiénes somos y cómo hemos llegado aquí. Y siguieron muchos más de Auster (casi todos, creo). Y vino Bret Easton Ellis con un psicópata americano que me infligió miedo, pero también pasión por una literatura atrevida, valiente y directa, y conocí a un tal Palahniuk que no me dejó dormir con su canción de cuna. Y algún sudamericano como García Márquez, Vargas Llosa y Jaime Baily, de los que no guardo buenos recuerdos y que, quien sabe si por eso dejé algo de lado la literatura de esos lares (perdóname Koldo). Pocas lecturas más en esa época, la universidad y una carrera difícil no dejaban mucho tiempo para la lectura.

      Y llegó Haruki Murakami, superados mis veinticinco, y fue el descubrimiento de otro mundo, un mundo en el que sonaba un blues en Toquio, mientras un pájaro daba cuerda al reloj de una amante peligrosa que vive al sur de la frontera, o al oeste del sol, mientras Kafka descansaba en la orilla buscando un satélite llamado Sputnik. Y siguieron todos (o casi) del autor japonés, al que se unirían en un futuro Kawabata, Higashino, Mishima, Ishiguro… Y sin dejar de lado lo que seguía publicando Auster y King, entre otros.

      También olfateé libros interesantes envueltos de perfume con Süskind y busqué códigos, ángeles y demonios con Dan Brown. Y eso me llevó otra vez de vuelta a los best sellers, con más lectura policíaca de la mano de Baldacci, Katzenback y su psicoanalista, Faletti, Koontz y la paranoia de Finder (gran libro también). Fueron bastantes años de este tipo de literatura, al que también la acompañaron cosas de las que ahora me arrepiento (y me arrepentiré de confesar aquí) como libros de ChitLick (no únicamente Bridget Jones, que también) o, más adelante, de superación personal.

      Y descubrí a Siri Hustvedt, mi admiradísima Hustvedt, y me devolvió todo cuanto amé de los libros. Y leí todo de lo que había de ella (y sigo haciéndolo). Y a ella se le han ido añadiendo, al paso del tiempo, otros autores estadounidenses como Eugenides, Chabon, John Williams, Richard Ford y Foster Wallace. Y también otros autores no estadounidenses como Erri de Luca y Coetzee (otros dos grandes autores).

      Y, ya más cerca a nuestros días, llegó Karl Ove Knausgård con su lucha, que es la de todos, y llegó fuerte, muy fuerte. Porque me descubrió (a mí y a muchos) la literatura del yo, porque vi otra manera de escribir, desde la cotidianidad, desde las pequeñas cosas. Y me estremecí con el ánima de Mouawad y la sangre de unas promesas que causaban dolor, pero también esperanza. Y apareció Philip Roth con su trilogía americana y Franzen buscando correcciones a una tendencia lectora errática pero nutrida. Y vino Zweig, grandísimo Zweig, y con él llegué al ensayo y a la reflexión a la que le diría Sí a Bernhard, pero también a Kristof (mi siempre admirada Kristof), o también algunos rarunos nórdicos como Hansum pasando hambre o Strindberg haciéndose el loco. Reflexiones que vendrían acompañadas de movimientos sociales contra el racismo y a favor del feminismo (Coates, Solnit, Davis, Ward Sontag, Beard, Atwood, Gornick, mi también admirada Ernaux…), sobre problemas migratorios (Gunday) o sobre la importancia de la cultura con Thiong’o. Porque hasta hace pocos años predominaban en mis estanterías los autores, pero, afortunadamente, llegaron ellas; de hecho, ya estaban, pero las descubrí tarde y menos mal que lo hice: grandísimas autoras como las ya mencionadas, pero también Hardwick y autoras más recientes como Tibuleac, Winkler, Kang, y catalanas que darán que hablar (más aún de lo que ya están haciendo) como Solà, Orriols o Baltasar.

      Y sí, también otros grandes autores, como Haslett (que publique más libros, por favor), Moehringer hablándonos desde un bar grandes esperanzas, y clásicos a los que les debía una lectura como Harper Lee, Scott Fitzgerald, Victor Català, Faulkner, Hawthorne o contemporáneos como Saunders buscando a Lincoln en un bardo que me sorprendió y encandiló. Y finalmente, el último gran autor descubierto, uno de los más grandes, Cărtărescu, que me llevó a descubrir que un Solenoide genera campos infinitos de mundos de un magnetismo ineludible. Más o menos, como el magnetismo que tienen los libros.

      Larga vida a los libros y a ULAD, al cuál le debo que esta sea, probablemente, la época de mi vida en la que más leo y gracias también al empuje de los lectores, que animan a seguir. Y que siga así por muchos años.