Idioma original: inglésTítulo original: Memories of the Future
Traducción: Aurora Echevarría
Año de publicación: 2019
Valoración: muy recomendable
Mucho se ha hablado de la importancia del principio de un libro. No hablo de la primera frase, sino del comienzo, de los primeros párrafos o incluso páginas. Y la siempre brillante Siri Hustvedt empieza de manera potente esta novela con tintes autobiográficos, pues arranca con la protagonista, de sugerente nombre S.H., recuperando un diario de su juventud tras llegar por primera vez a Nueva York después de su infancia en Minnesota, para establecerse y escribir allí la que sería su primera novela. Y qué lugar mejor que la gran ciudad para idear al que será su protagonista, qué mejor sitio para conocer al personaje que debe dar sentido a su obra, al elemento clave del que será su relato. Y lo hace de una manera altamente elocuente: «Creo que esperaba descubrirme a mí misma en él, demostrar que ambos éramos dignos de cualquier historia que pudiera salirnos al encuentro».
Con este interesante punto de partida, la autora construye un relato basado (posiblemente) en sus propias vivencias, aunque sin saber con certeza si se trata de memorias o de ficción. Hay evidentes paralelismos entre S.H. y Siri Hustvedt, pero la autora no desvela cuánto hay de autobiográfico y cuánto de ficcionado en este relato que se sustenta en diferentes pilares: los personajes, la ficción plasmada en la novela que escribe y el tiempo, elemento clave de la narración, pues la historia se mueve entre presente y pasado, entre actualidad y recuerdos, entre certezas y aproximaciones. Y para lograr que todo encaje sin marear al lector, la autora se basa en ese diario de la protagonista para recordar, para narrar lo sucedido, pero también para calibrar la fiabilidad de sus recuerdos.
La habilidad de Hustvedt y su vasta experiencia en la literatura en sus diferentes géneros le permiten salir airosa de tal arriesgado planteamiento y rompe la rigidez propia de la lectura fragmentada de un diario para abrir la novela a un campo mucho más profundo, el de la memoria y los recuerdos. Porque la autora juega magistralmente con los estilos narrativos, cambiando incluso la tipografía en cada una de las narraciones, y utiliza el diario no para describir una serie de sucesos, sino para recordar y, a partir de esas breves notas, reconstruir y rellenar su pasado creando un canal de diálogo en el que establecer una conversación entre su antiguo yo y su yo actual. Este diálogo permanente sirve a la autora para definir un marco comparativo referencial sobre sus pensamientos y expectativas, en una evaluación continua sobre el paso del tiempo como juez, pero también como elemento indispensable para la madurez y enriquecimiento personal. Esta es la parte clave de la obra, a la que se añade la narración de la propia novela que S.H. pretende escribir, así como su experiencia en esos primeros pasos lejos de casa, de su hogar; una experiencia que le permitirá conocer personajes de compleja personalidad que conformaran su universo emocional. De esta manera, se crea una narración multicapa, profunda y densa, a caballo entre novela y ensayo, entre ficción y reflexión, entre realidad y pensamiento.
Partiendo de esas memorias, la autora dispone un escenario donde dejar que sus reflexiones surjan, de manera libre y nos habla desde la fascinación de quien llega a una ciudad, a la inmensa Nueva York, en esas edades en las que todo deslumbra, todo sorprende, todo atrae. Porque nos habla desde quien ve las cosas por primera vez, y todo es nuevo, y lo descubre a la vez que se descubre ella misma; una fascinación que se extiende más allá de las calles y sus gentes, se extiende a un universo a través del cual accede a las letras, a Foucault, Derrida, Kristeva, Barthes, Elliot, Weil, con un apetito voraz de conocer todo sobre ellos, ampliando su propio universo personal a través de sus obras. Ese afán por leer todo lo que pueda, que tiene el origen en su infancia, cuando queriendo ser médico, su padre dijo que sería una buena enfermera. La autora, fiel a sus valores, utiliza este aspecto para reivindicarse y reafirmar su feminismo y determinación para combatir las desigualdades en este aspecto: «Nadie me dirá que los conocimientos que he demostrado tener son un juego de niños, que no van en serio porque es una niña quien juega. Leeré mucho más que tú, padre. Leeré sin parar todos los libros de tu estudio y todos los libros de la biblioteca de la escuela y todos los libros de todas las bibliotecas del mundo entero, y creceré tanto que seré un gigante sobre la Tierra». Porque Hustvedt, como en la mayoría de sus obras, habla con un espíritu crítico hacia los abusos cometidos por los hombres, físicos y psicológicos, siempre añadiendo ese componente de denuncia y, en este caso, los expone desde el punto de vista de la víctima que, por (mala) educación, por (in)cultura o por costumbres, se halla relegada a ser objeto pasivo, objeto de abuso, objeto de menosprecio. Y aparece la dificultad de la víctima en esas situaciones para romper la barrera de la culpabilidad propia ante tales hechos. La habitual e injusta culpa. El sometimiento, el abuso, el menosprecio que menoscaba la personalidad y que brillantemente la autora resume diciendo que «me ató por dentro». Pocas palabras pueden describir mejor ese machismo existente en tantas relaciones. Esta parte del libro es de una intensidad que provoca que nada pueda permitir interrumpir la lectura, pues el impacto llega hasta donde la sensibilidad de uno alcanza. Brillante en exposición y narración, describiendo lo que tantas (demasiadas) veces hemos visto u oído, Hustvedt envuelve la culpa, el miedo y el temor hacia y respecto a los hombres y se protege bajo una capa de sororidad y vínculo afectivo que transmite acompañamiento y refugio, buscando su propia solidez y fuerza a través de la relación con otras mujeres, pues a medida que encuentra su lugar en esa gran ciudad, reta a una soledad que va aislando y empequeñeciendo gracias a personas que pasan a formar parte de su vida, personas reales y de marcado carácter como Whitney o Patty, pero también gracias a historias inventadas como la de la vida de su vecina Lucy, que le permite construir un mundo de ilusiones en el cual centrar sus pensamientos a la vez que va llenando el suyo de realidades.
Introduciendo ya en su parte final un mundo más oscuro, más tenebroso, más ambiguo e indefinido, donde asoma la duda no sólo sobre quien es ella y cómo se transforma, sino también quienes y como son aquellos que la rodean. La novela evoluciona en consonancia con la propia protagonista, y la inocencia inicial propia de los primeros años postadolescentes va tiñéndose de una oscura capa de complejidad y escala de grises, de diferentes tonalidades que van tornando hacia lo oscuro, en una reflexión que se acerca tanto a sí misma que llega incluso a asustar, por descubrir aquello que en ella habita. Y su análisis en retrospectiva hacia aquella época, arroja luces, pero también sombras, por la inexactitud de unos recuerdos que se tornan cambiantes a cada revisión.
Así, a medio camino entre ensayo y novela, Hustvedt ha escrito una obra de múltiples capas, donde interpela directamente al lector dirigiéndose a él, pero también habla a su yo del pasado, a la vez que se nutre del diario para establecer la base de su narración y reconstruirla a partir de él, con sus inexactitudes inevitables propias de una memoria poco fiable y porosa, que no únicamente duda de lo que recuerda, sino que además llena los huecos con lo que su imaginación de ahora le tienta. Y en ese difuso marco en el que la memoria es volátil, líquida y cambiante, los recuerdos que tiene de su vida bailan al son de lo que su mente decide en cada momento, y establece un diálogo interno en el que lo que realmente importa no es la realidad, sino las sensaciones que tiene sobre lo ocurrido. Somos aquello que recordamos y, en ese aspecto, somos también aquello que fuimos y, en los recuerdos siempre alterados por la memoria débil y porosa, nos sentimos identificados con nuestro pasado, pues sigue presente en quienes somos ahora y en lo que seremos en el futuro.
Puede que a alguien le parezca un libro arriesgado y algo críptico. Es posible. Pero es cierto también, que se trata de uno de los libros más completos de la autora, por la mezcla de géneros, por alternar narraciones y tiempos, por transitar entre hechos y recuerdos, por mezclar ensayo y ficción. Es probable que sea complejo, pero también es cierto que la autora ha dado un paso más, ya irreversible, en su carrera literaria, acercándose con paso firme a la frontera entre análisis y ficción, buscando el lugar donde realidades, reflexiones e ilusiones convergen hacia el punto más íntimo de nuestro ser a partir del cual emana aquello que realmente somos: nuestros recuerdos.
Con este interesante punto de partida, la autora construye un relato basado (posiblemente) en sus propias vivencias, aunque sin saber con certeza si se trata de memorias o de ficción. Hay evidentes paralelismos entre S.H. y Siri Hustvedt, pero la autora no desvela cuánto hay de autobiográfico y cuánto de ficcionado en este relato que se sustenta en diferentes pilares: los personajes, la ficción plasmada en la novela que escribe y el tiempo, elemento clave de la narración, pues la historia se mueve entre presente y pasado, entre actualidad y recuerdos, entre certezas y aproximaciones. Y para lograr que todo encaje sin marear al lector, la autora se basa en ese diario de la protagonista para recordar, para narrar lo sucedido, pero también para calibrar la fiabilidad de sus recuerdos.
La habilidad de Hustvedt y su vasta experiencia en la literatura en sus diferentes géneros le permiten salir airosa de tal arriesgado planteamiento y rompe la rigidez propia de la lectura fragmentada de un diario para abrir la novela a un campo mucho más profundo, el de la memoria y los recuerdos. Porque la autora juega magistralmente con los estilos narrativos, cambiando incluso la tipografía en cada una de las narraciones, y utiliza el diario no para describir una serie de sucesos, sino para recordar y, a partir de esas breves notas, reconstruir y rellenar su pasado creando un canal de diálogo en el que establecer una conversación entre su antiguo yo y su yo actual. Este diálogo permanente sirve a la autora para definir un marco comparativo referencial sobre sus pensamientos y expectativas, en una evaluación continua sobre el paso del tiempo como juez, pero también como elemento indispensable para la madurez y enriquecimiento personal. Esta es la parte clave de la obra, a la que se añade la narración de la propia novela que S.H. pretende escribir, así como su experiencia en esos primeros pasos lejos de casa, de su hogar; una experiencia que le permitirá conocer personajes de compleja personalidad que conformaran su universo emocional. De esta manera, se crea una narración multicapa, profunda y densa, a caballo entre novela y ensayo, entre ficción y reflexión, entre realidad y pensamiento.
Partiendo de esas memorias, la autora dispone un escenario donde dejar que sus reflexiones surjan, de manera libre y nos habla desde la fascinación de quien llega a una ciudad, a la inmensa Nueva York, en esas edades en las que todo deslumbra, todo sorprende, todo atrae. Porque nos habla desde quien ve las cosas por primera vez, y todo es nuevo, y lo descubre a la vez que se descubre ella misma; una fascinación que se extiende más allá de las calles y sus gentes, se extiende a un universo a través del cual accede a las letras, a Foucault, Derrida, Kristeva, Barthes, Elliot, Weil, con un apetito voraz de conocer todo sobre ellos, ampliando su propio universo personal a través de sus obras. Ese afán por leer todo lo que pueda, que tiene el origen en su infancia, cuando queriendo ser médico, su padre dijo que sería una buena enfermera. La autora, fiel a sus valores, utiliza este aspecto para reivindicarse y reafirmar su feminismo y determinación para combatir las desigualdades en este aspecto: «Nadie me dirá que los conocimientos que he demostrado tener son un juego de niños, que no van en serio porque es una niña quien juega. Leeré mucho más que tú, padre. Leeré sin parar todos los libros de tu estudio y todos los libros de la biblioteca de la escuela y todos los libros de todas las bibliotecas del mundo entero, y creceré tanto que seré un gigante sobre la Tierra». Porque Hustvedt, como en la mayoría de sus obras, habla con un espíritu crítico hacia los abusos cometidos por los hombres, físicos y psicológicos, siempre añadiendo ese componente de denuncia y, en este caso, los expone desde el punto de vista de la víctima que, por (mala) educación, por (in)cultura o por costumbres, se halla relegada a ser objeto pasivo, objeto de abuso, objeto de menosprecio. Y aparece la dificultad de la víctima en esas situaciones para romper la barrera de la culpabilidad propia ante tales hechos. La habitual e injusta culpa. El sometimiento, el abuso, el menosprecio que menoscaba la personalidad y que brillantemente la autora resume diciendo que «me ató por dentro». Pocas palabras pueden describir mejor ese machismo existente en tantas relaciones. Esta parte del libro es de una intensidad que provoca que nada pueda permitir interrumpir la lectura, pues el impacto llega hasta donde la sensibilidad de uno alcanza. Brillante en exposición y narración, describiendo lo que tantas (demasiadas) veces hemos visto u oído, Hustvedt envuelve la culpa, el miedo y el temor hacia y respecto a los hombres y se protege bajo una capa de sororidad y vínculo afectivo que transmite acompañamiento y refugio, buscando su propia solidez y fuerza a través de la relación con otras mujeres, pues a medida que encuentra su lugar en esa gran ciudad, reta a una soledad que va aislando y empequeñeciendo gracias a personas que pasan a formar parte de su vida, personas reales y de marcado carácter como Whitney o Patty, pero también gracias a historias inventadas como la de la vida de su vecina Lucy, que le permite construir un mundo de ilusiones en el cual centrar sus pensamientos a la vez que va llenando el suyo de realidades.
Introduciendo ya en su parte final un mundo más oscuro, más tenebroso, más ambiguo e indefinido, donde asoma la duda no sólo sobre quien es ella y cómo se transforma, sino también quienes y como son aquellos que la rodean. La novela evoluciona en consonancia con la propia protagonista, y la inocencia inicial propia de los primeros años postadolescentes va tiñéndose de una oscura capa de complejidad y escala de grises, de diferentes tonalidades que van tornando hacia lo oscuro, en una reflexión que se acerca tanto a sí misma que llega incluso a asustar, por descubrir aquello que en ella habita. Y su análisis en retrospectiva hacia aquella época, arroja luces, pero también sombras, por la inexactitud de unos recuerdos que se tornan cambiantes a cada revisión.
Así, a medio camino entre ensayo y novela, Hustvedt ha escrito una obra de múltiples capas, donde interpela directamente al lector dirigiéndose a él, pero también habla a su yo del pasado, a la vez que se nutre del diario para establecer la base de su narración y reconstruirla a partir de él, con sus inexactitudes inevitables propias de una memoria poco fiable y porosa, que no únicamente duda de lo que recuerda, sino que además llena los huecos con lo que su imaginación de ahora le tienta. Y en ese difuso marco en el que la memoria es volátil, líquida y cambiante, los recuerdos que tiene de su vida bailan al son de lo que su mente decide en cada momento, y establece un diálogo interno en el que lo que realmente importa no es la realidad, sino las sensaciones que tiene sobre lo ocurrido. Somos aquello que recordamos y, en ese aspecto, somos también aquello que fuimos y, en los recuerdos siempre alterados por la memoria débil y porosa, nos sentimos identificados con nuestro pasado, pues sigue presente en quienes somos ahora y en lo que seremos en el futuro.
Puede que a alguien le parezca un libro arriesgado y algo críptico. Es posible. Pero es cierto también, que se trata de uno de los libros más completos de la autora, por la mezcla de géneros, por alternar narraciones y tiempos, por transitar entre hechos y recuerdos, por mezclar ensayo y ficción. Es probable que sea complejo, pero también es cierto que la autora ha dado un paso más, ya irreversible, en su carrera literaria, acercándose con paso firme a la frontera entre análisis y ficción, buscando el lugar donde realidades, reflexiones e ilusiones convergen hacia el punto más íntimo de nuestro ser a partir del cual emana aquello que realmente somos: nuestros recuerdos.
También de Siri Hustvedt en ULAD: El hechizo de Lily Dahl, La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres











