martes, 23 de enero de 2018

Ignacio Martínez de Pisón: Enterrar a los muertos

Idioma original: castellano
Año de publicación: 2006
Valoración: Recomendable

Algo más sobre la Guerra civil, sí. Sopesando el ambiente, a veces me pregunto hasta cuándo seguiremos dándole vueltas al tema pero, claro, si pensamos que a día de hoy se siguen escribiendo y filmando cosas sobre las Guerras médicas, la campaña de Napoleón en Rusia o la toma de Granada, parece que tenemos para rato. Sin embargo, no es exactamente lo mismo. La Guerra civil es Historia pero también es algo relativamente reciente, todavía andan por ahí abuelos que la vivieron, pero además hay heridas que parecen siempre abiertas, porque no cicatrizan o porque no se les deja, no sé.  Quizá habría que hacer un gran ejercicio de sinceridad para admitir sin tapujos todas las atrocidades y pasar página de una vez de algo de lo que casi ninguno de los presentes fuimos responsables. Pero igual tampoco es momento para ahondar en la cuestión.

Hablando de heridas y atrocidades, muchas son conocidas y muchas también han sido manipuladas o utilizadas por intereses políticos. Ignacio Martínez de Pisón aporta en este libro algunas más para la colección, e indaga en cuestiones a las que generalmente no se les ha prestado mucha atención. Ese es justamente el principal interés de ‘Enterrar a los muertos’ (anda que se ha lucido con el título).

La atención se centra inicialmente en el escritor norteamericano John Dos Passos (Manhattan Transfer', ‘El Paralelo 42'). Como buena parte de los intelectuales de la época no oculta su simpatía por España, y su perfil izquierdista le convierte en ferviente defensor de la República. Tiene además una estrecha relación con su traductor José Robles, quien a su vez iniciada la guerra hará funciones de intérprete con los jefes militares rusos enviados en apoyo al Gobierno. Dos Passos visita España con frecuencia y colabora en un documental en defensa de la República, pero en uno de sus viajes comprueba que Robles ha desaparecido. Pronto se encuentra con un muro de silencio que al principio no comprende, pero tras pacientes investigaciones termina por encontrar la causa: Robles ha sido purgado por los servicios secretos soviéticos, como otros tantos que iremos conociendo, con la simple sospecha de no ajustarse a la ortodoxia stalinista.

El desarrollo del libro resulta algo chocante, porque parecía que estábamos ante un trabajo –quizá mínimamente novelado- sobre el caso concreto de Robles, pero enseguida conocemos su desenlace, y el misterio por tanto se deshace. No obstante, el interés no decae. La historia de Robles parece la punta de un iceberg desconocido (y perdón por la metáfora manida), a partir de la cual Martínez de Pisón sigue hurgando en ese oscuro mundo de pugnas políticas, primero al rebufo de las investigaciones de Dos Passos, luego diríamos por su cuenta.

La cuestión es, simplificando mucho, la siguiente: Rusia es la única potencia que se ha movido en favor de la República y, aunque su apoyo es bastante menos evidente que el de Alemania o Italia a Franco, tiene jefes militares muy bien colocados y con mucho poder. El stalinismo está en su apogeo, domina la Internacional, y los partidos comunistas se le pliegan sin rechistar; pero también se manifiesta en toda su crudeza el enfrentamiento con Trotski, y la obsesión por la limpieza contra los desleales (reales o supuestos) alcanza niveles de paranoia. Como resultado, España, aparte de un estupendo escaparate para la solidaridad obrera internacionalista, es también un buen banco de pruebas y una pieza del tablero que Stalin desea manejar en su provecho. Igualito que están haciendo Hitler y Mussolini. Así que, mientras los soviéticos dirigen buena parte de las operaciones militares (porque la tropa la ponen los españoles y las Brigadas Internacionales), se ocupan también de ir situando sus peones en puestos clave, intentando abanderar sin complejos la resistencia al fascismo y, claro está, cargándose a todo aquel que disienta de las directrices.

Parece que Dos Passos fue siendo cada vez más consciente de todo esto, y de ahí su progresivo alejamiento de la izquierda tradicional, lo que le cuesta un duro enfrentamiento con su antiguo amigo Hemingway y la recriminación de buen número de intelectuales, que no conocen o no quieren ver la manipulación. Pero como decía, Pisón continúa explorando la cuestión, lo hace con buen pulso aunque con cierto desorden. El drama de los Robles, privados primero de información y luego de cualquier tipo de apoyo oficial, alcanza hasta al propio hijo del traductor ajusticiado, que fue objeto de la represión hasta el punto de terminar encarcelado y finalmente exiliado en México. Aunque parezca paradójico, la limpieza de los enemigos políticos arrecia según la República va perdiendo terreno, y culmina con la aniquilación del trotskista POUM y el exterminio físico de cientos de sus militantes, empezando por su dirigente Andreu Nin. Es decir, que los que no morían en el frente, eran liquidados en la retaguardia por sus teóricos aliados.

La parte final del libro incide en otra cuestión interesante. Al hilo de la dramática lucha política que comentaba, el autor dedica unas cuantas páginas a una pequeña historia del mundo editorial de izquierdas. Es un tema al que creo que Andrés Trapiello ha dedicado una monografía, y resulta sumamente esclarecedor: algunos editores, generalmente con más voluntad que medios, llevaban años promoviendo la publicación de libros en apoyo de ideas progresistas, hasta que en los últimos años de la República experimentaron en su seno esos mismos enfrentamientos entre las distintas tendencias, lo que redundó en su empobrecimiento, dispersión y pérdida de influencia.

Bueno va, que se me ha ido un poco la mano y termino ya. El libro puede resultar extraño en su primera parte si lo tomamos como relato policiaco o de investigación; pero cuando el lector es consciente de su naturaleza –un trabajo muy documentado sobre la intrahistoria política de ese periodo- se revela como un texto sólido y muy interesante.

También de Ignacio Martínez de Pisón en ULAD: La buena reputaciónDerecho natural

lunes, 22 de enero de 2018

Celeste Ng: Pequeños fuegos por todas partes

Idioma original: inglés
Título original: Little fires everywhere
Año de publicación: 2017
Valoración: entre recomendable y está bien

Shaker Heights. El orden. La planificación. El control. La meticulosidad. La belleza calculada. La rigidez y el sometimiento a las normas de vecindad. Todo milimétricamente establecido para conseguir una comunidad perfecta o, mejor dicho, perfectamente inestable, pues se mantiene en aparente equilibrio en su punto de inflexión. O de combustión.

Al lector le bastan unas pocas páginas para verse plenamente integrado en Shaker Heights, comunidad donde viven los Richardson. Se imagina las calles llenas de coches deslumbrantes, casas con sus jardines perfectamente cuidados acorde a las normas obligatorias de la comunidad que incluso establecen la altura adecuada del césped; uno casi ve los vestidos perfectamente planchados, los peinados sin un solo cabello fuera de sitio y todo funcionando cual reloj suizo (de alta gama, por supuesto). En este escenario de idílico decorado aparece Pearl con su madre, Mia. De origen humilde, establecen una relación con la familia Richardson, a quienes les alquilan el hogar donde vivirán. La aparición de Pearl y Mia, y su carácter despreocupado y atrevido, causa un choque con las normas de la comunidad en la que se encuentran, una fricción en la línea de separación de clases. Un roce que, por constante y repetido, causa cierta irritación, molestia y malestar, hasta que un hecho casual creará una polémica que afectará a las vidas de la comunidad y encenderá el fuego que amenazará con arrasarlo todo.

De esta manera, la autora nos sitúa en una comunidad de apariencia perfecta para, posteriormente, una vez acostumbrados a su forma de vida, sembrar una pequeña semilla de discrepancia y alteración que creará un caos en la comunidad. Y es que, en un perfecto equilibrio aparentemente estable, basta con un elemento que altere ese punto de equilibrio para sacudir las creencias estáticas e inquebrantables de la sociedad y realizar, de forma forzosa, una reflexión sobre quiénes somos, en qué se basan nuestros valores y qué sostiene la convivencia. Así, en esa quietud permanente, como en un estanque en calma, es suficiente la caída de una gota para alterar, no solo la superficie y lo que se ve, sino también lo que hay debajo. Un desencadenante que, como un alud, arrastra los diferentes personajes hacia un abismo de medias verdades, misterios ocultos y juicios paralelos bajo la mirada inquisitiva de propios y extraños, cuestionando quienes somos y qué sabemos de nuestros amigos, de nuestra familia. El pasado y aquello que escondemos, el presente y aquello que ocultamos. Aquello que deseamos y queremos y lo que estamos dispuestos a hacer para mantenerlo, para protegerlo, para cuidarlo. Las suposiciones y las verdades, las dudas y las certezas, los malentendidos y las revelaciones.

La habilidad de la autora en construir los protagonistas es más que evidente, y el retrato que hace de la sociedad y los personajes principales consigue que el libro capture el interés del lector de buen inicio. Así, el arranque es realmente cautivador, pues al haber sucedido la catástrofe, atrapa al lector deseoso de saber el motivo de tal desastre. La caracterización de los personajes es perfecta, y la trama va enredándose a medida que avanza hasta que, aquello que simbolizaba un remanso de paz, se convierte en un incendio de grandes proporciones. Tal es así, que el planteamiento del libro despertó mi curiosidad completamente. Por desgracia, a pesar de un punto de partida y planteamiento más que prometedor, el interés en la trama no es constante a lo largo del libro ya que, en su parte central, se aleja temporalmente del caos familiar inicialmente planteado para iniciar un viaje al pasado de uno de los personajes; ahí la novela cambia bastante, dirigiéndola hacia un escenario más centrado en lo que supone la figura de la madre y, a partir de este punto (y especialmente en su tramo final) la novela pierde fuelle, pues parece que la autora tome la decisión de equilibrar los personajes, vislumbrándose un cierto punto de esfuerzo (algo excesivo) en darle su dosis de protagonismo a cada uno de ellos, resultando algo forzado.

Aún y así, la novela atrae la atención y atrapa al lector, aunque lo que al principio prometía ser un análisis más de tipo sociológico tiende al final a una novela de tintes melodramático familiares. Y ahí ya no me atrae tanto, pues se pierde interés (quien sabe si en aras de querer llegar a un público más amplio). El libro pierde fuerza a medida que leemos y, sobretodo, pierde credibilidad. Claro que hay mucha crítica, por supuesto que hay maldad y grandes dosis de egoísmo y falsedad al querer mostrar siempre una imagen perfecta (muy propio de la sociedad actual, cabe decir) y recurriendo al autoengaño si con ello se acepta mejor la realidad, pero los derroteros por los que se adentra el libro en su desarrollo y desenlace nos llevan a un territorio demasiado rocambolesco, forzado y con tendencias a literatura de prosa fácil e ideas superficiales. Da la sensación de que la autora quiere cubrir demasiados frentes pues, en un intento de profundizar en la crítica social, se adentra en los distintos aspectos que la conforman: la familia, la maternidad, el estatus social, la imagen personal, la inmigración, el racismo... Tener tantos alementos a tratar supone una gran dificultad si la intención es reflexionar profundamente sobre ellos.

Por todo ello, si se quiere leer el libro en clave sociológica (como creo que debería hacerse y auguro que era la intención inicial de la autora) el lector tiene que querer entrar ahí, y buscar ese mensaje, evitando caer en la tentación de quedarse en una lectura superficial, culebronesca (si se me permite) y llena de tópicos. Parece que, a juzgar por el resultado, finalmente la autora haya decidido dejar en manos del lector el análisis sobre lo expuesto y la búsqueda de la profundidad sobre lo que ella simplemente apunta. Y es arriesgado hacerlo así cuando la narrativa que ofreces lleva al lector a quedarse en el lado de la superficialidad, casi invitándole a hacerlo de esa manera. Pudiendo hacer una novela mordaz, ácida y contundente, el libro apunta, pero no se decide a disparar. Y ése es el principal punto débil. Porque es evidente e innegable que el libro engancha. El estilo de la autora de prosa fácil y recursos atractivos para atrapar al lector cumple con este propósito. Ése es el principal mérito de la autora, su capacidad para atraer al lector, aunque lamentablemente lo consiga a costa de reducir la carga profundidad del análisis. Difícil equilibrio si se quiere llegar a un amplio público sin caer en la literatura "guilty pleasure". En este caso, el libro salva el escollo por los pelos, pues a pesar de caer en muchos tópicos y en situaciones algo inverosímiles, también tiene los elementos suficientes para aquellos que quieran rascar bajo la superficie, atreviéndose a ver lo que hay debajo y darse cuenta que lo que plantea ya no es tan placentero ni tan bonito, sino una sociedad que esconde muchas carencias bajo una aparente capa de perfección.

domingo, 21 de enero de 2018

Trevor Noah: Prohibido nacer

Idioma original: inglés
Título original: Born a crime
Traducción: Javier Calvo
Año de publicación: 2017
Valoración: recomendable


Trevor Noah es un fenómeno mediático de primer orden desde que Jon Stewart lo designara como su sucesor al frente de The Daily Show (un famoso late-night talk en EEUU). Y no lo menciono como mero relleno introductorio, sino para que quede bien claro que cualquier cosa que se publicara a partir de aquel momento, bajo la autoría de Trevor Noah, tenía todos los números para arrasar en el mercado editorial. (Para que luego digan que Penguin Random House no apuesta por autores noveles).

Resumen resumido: las vivencias de Trevor Noah en su Sudáfrica natal durante y después del apartheid. Se trata de un periodo que se remonta antes de su ilícito nacimiento (puesto que conoceremos las andanzas de su madre, la díscola Patricia Nombuyiselo en los años previos a la concepción, también ilícita, de su primogénito), hasta que éste se emancipa del hogar familiar. 


Prohibido nacer no es alta literatura ni lo pretende, es un producto editorial con una factura muy cuidada y una buena estrategia narrativa. Se sustenta en el interés por un hecho histórico y controvertido (el apartheid), en el punto de vista en relación a los hechos (reales) y en la voz del narrador ¿Y qué tiene de especial esta voz?
  • Es la voz de una víctima.
  • Se dirige al lector con franqueza para explicar unos hechos que le han dejado una profunda marca emocional, 
  • Hace auto crítica y no cae en la auto compasión, 
  • Destila cierta inocencia (dada la corta edad del protagonista en buena parte del relato) 
  • Es ágil y fresca y ameniza la lectura por muy triste que pueda resultar lo que relata. 
Todo eso contribuye a que el lector confíe en el narrador y empatice con su situación prácticamente desde la primera línea. Más allá de eso, Trevor Noah juega también la carta de explotar su vis irónica y mordaz, no solo en el estilo si no también en la mirada; Trevor Noah es capaz de darle la vuelta a cualquiera de sus anécdotas sobre miseria, segregación o incultura:
«En todos los barrios pijos hay una familia blanca a la que se la suda todo. Ya sabéis de qué familia estoy hablando. No cortan el césped, no pintan la cerca y no arreglan el tejado. Tienen la casa hecha una porquería. Pues bien: mi madre encontró esa casa y la compró, y de esa forma consiguió meter a una familia negra en un sitio tan blanco como Highlands North».
Los arranques de capítulo suelen ser de este estilo, más parecidos a un monólogo humorístico, y te ríes y mucho; el desarrollo posterior mantiene la agilidad y el tono desenfadado sin que ello vaya en detrimento de la exposición de los hechos que, por muy tristes que sean, siempre lucen una pátina luminosa. Porque así son Trevor y su madre: dos almas positivas y peleonas, y ese espíritu impregna toda la narración. Me han gustado especialmente las reflexiones en relación a las diferentes lenguas y a las diferentes razas:
«El racismo nos enseña que el color de la piel nos distingue. Pero como el racismo es estúpido, es fácil engañarlo. Si eres racista y conoces a alguien que no tiene tu aspecto, el hecho de que no pueda hablar como tú refuerza tus prejuicios racistas. Esa persona es distinta, menos inteligente. (...). Sin embargo, si la persona que no tiene el mismo aspecto que tú habla el mismo idioma, tu cerebro se cortocircuita porque tu programa racista no incluye esas instrucciones en el código».
Antes mencioné una estrategia narrativa. El libro se estructura en tres partes que van desarrollando de un modo más o menos cronológico la infancia y juventud del protagonista. El interés por las vivencias de Trevor Noah está en su mismo origen: una madre muy negra —xhosa— y un padre muy blanco —suizo— en pleno apartheid (que nadie se me ponga nervioso que eso se explica en la contraportada). También en la contraportada se puede leer: «Mi madre me quería tanto, que tuvo que tirarme de un coche en marcha para que huyera». Lo uno y lo otro ya da para tener al lector pegado al libro un buen rato. Pero el mayor intríngulis está justo en aquello que no se cuenta o solo se menciona puntualmente, una vez en la primera parte, una vez en la segunda y al final de la tercera conocemos el desenlace. Hablo de violencia, son los únicos momentos en los que la voz del narrador se ensombrece por la incomprensión y la tristeza. Porque Trevor Noah y su madre salieron airosos de la violencia del sistema pero no les fue tan bien con la violencia doméstica. Y estas memorias son, con apartheid o sin él, un amoroso homenaje de un hijo a su madre, una mujer muy muy especial como podréis comprobar. 

Tal vez por lo mucho que se dilata innecesariamente la historia con el fin de postergar al máximo el clímax final, es por lo que a partir del último tercio tuve la sensación de que la narración perdía fuerza y ya no aportaba nada nuevo. Cuesta creer que una vida como la de Trevor Noah no dé para trescientas páginas interesantes, el lector se muere de ganas por saber cómo ese muchacho larguirucho y espabilado logra escapar de la miseria y acaba siendo el presentador de uno de los late más reputados de EEUU. Pero eso no te lo cuentan. Te quedas con que se emancipa de casa siendo muy joven y sin intención de ir a la universidad, y lo que sucede entre ese momento y su regreso para el gran final dramático (cuando él ya se ha hecho un nombre en la televisión Sudafricana) se sustrae deliberadamente y como lector te sientes estafado lo más grande; blasfemas, pataleas y maldices aún a sabiendas que igualmente comprarás esa segunda parte que ya debe estar lista y a la espera en algún cajón de madera de la buena. 

En cuanto al título, Prohibido nacer hace referencia directa al conflicto del narrador y protagonista ya que él es la consecuencia de la cópula (ilegal) entre dos miembros de dos razas distintas. Más allá de eso, sintetiza de un modo contundente la estupidez legislativa del aparato apartheid (en el libro se dan ejemplos de algunas de aquellas leyes y os aseguro que son dignas de enmarcar y colgar en el salón). El título original Born, a crime va en la misma dirección aunque resulta más emotivo y menos mordaz. 

No obstante y a pesar del molesto tufillo mercantilista, me reitero en mi recomendable (alto). Es difícil resistirse a un libro que tanto enseña como divierte y emociona.

sábado, 20 de enero de 2018

Toni Morrison: La noche de los niños

Resultado de imagen de la noche de los niños amazonIdioma original: inglés
Título original: God Help the Child
Año de publicación: 2015
Valoración: Está bien


No le hacía ninguna falta. A Toni Morrison, digo, no le hubiese hecho falta publicar esta novela. Ni siquiera escribir nada que esté, aunque sea ligeramente, por debajo de lo que ya tiene en su haber. ¿Una historia de amor? Sí, pero tan increíble, tan traído por los pelos todo. El amor pero también lo demás. Protagonistas  vulnerables en su fortaleza, o viceversa, como todos los suyos. Ambientación contemporánea para variar, nada de ecos del pasado. Un argumento que le podría haber quedado más sólido si no se multiplicasen las coincidencias. Y, sobre todo, si estas coincidencias no se refiriesen a lo innombrable. Porque se puede hablar de (casi) todo, y la clave está en ese adverbio del que, obviamente, no tengo nada que decir. Es más, si hubiese barruntado que la cuestión se abordaba aquí –y más con tanta insistencia –jamás hubiese abierto el libro.
Todo se acaba, hasta el genio de los genios. Ojo, hablo de genialidad, que no hay que confundir con el oficio, este permanece mientras se conserven las facultades intelectuales. Y oficio sigue habiendo, lógicamente. Por eso, y a pesar de tópicos como el de la belleza absoluta, de la incomprensible superficialidad, a pesar del morbo que asoma de vez en cuando, no puedo hablar mal del todo de La noche de los niños: está claro que no es lo mejor de su autora, pero hay que tener en cuenta que sus obras menores siempre estarán por encima de lo más destacable de otros.
Morrison, creadora de personalidades entrañables, nos regala a una protagonista particularmente simpática. Bride se reinventa a sí misma tras una infancia sin cariño por culpa, no de su raza, sino de la intensidad de esta. Resulta interesante observar los sinuosos caminos  que recorre la sinrazón para ejercer sobre sus víctimas el mayor de los daños posibles. Ahora resulta que la raza tiene grados. Por eso, no solo los que logran pasar desapercibidos –como ocurre en Imitación a la vida (película de 1959) o en La mancha humana de Philip Roth– también los reconocidos y reconocibles pueden avergonzarse de los otros, más oscuros que ellos. Pero la vida es tan inclemente que ¿quién podría culparles de algo así?
Bride es, además, toda una campeona. Aunque deba superar una infancia traumática y una culpa de la que no es responsable ¿cómo calificar su meteórica carrera con solo veintitrés años? ¿Cómo obtiene esa seguridad de haber llegado a la cumbre que jamás se pone en cuestión? ¿Quién es ella como personaje? Sí, está claro que se hace querer pero ¿se ha construido con la suficiente consistencia?
No sé ustedes, yo desde luego no acabo de creérmela, lo siento. Lo mismo ocurre con Booker, el otro personaje principal. Encantador, contradictorio, repleto de de matices, pero también de tópicos e incoherencias. Y es una pena, porque el resto de la nómina está muy bien desarrollado. Hasta la mítica tía Queen, a pesar de cierta idealización, sin olvidar a la desgraciada Sofía, maestra recién salida de la cárcel, ni por supuesto a la familia de Booker al completo, así como a la imperfecta –y por tanto muy creíble– madre de Bride.
Una historia de luchadores, narrada desde varios puntos de vista, tan tierna como amarga, que se lee con el mismo afecto que transmite y que nos hará plantearnos algunas cuestiones trascendentes. A quien necesite un empujón, le diré que es corta, de lectura fácil, con un final más que amable y que la emoción está asegurada si es lo que estaba buscando.


De la misma autora: Volver, La canción de Salomón, Sula, Beloved

viernes, 19 de enero de 2018

Luca D'Andrea: La sustancia del mal

Idioma original: italiano
Título original: La sostanza del male 
Año de publicación: 2016
Traducción: Xavier González Rovira
Valoración: está bien

Uno ve este libro en la estantería del hipermercado o el centro comercial (lo confieso. yo sólo compro libros en sitios así), al lado de los últimos éxitos, de los best-sellers de rigor, y algo te llama la atención... quizás la colorida portada -que tiene truco, por cierto-, quizás la (arghh) faja que compara a su autor con los más célebres escritores de thrillers... Además, está publicado por un editorial de aún cierto prestigio, que también ha descubierto a los hispanolectores otros grandes nombres del género como... Joël Dicker ¡De repente se disparan todas las alarmas, se bloquean las salidas con puertas de acero...DEFCON DOS, DEFCON DOS! Entran los agentes del Servicio Secreto beretta en mano para llevarte a un refugio seguro: "El pájaro está en el nido... Repito: el pájaro está en el nido..."

Tranqui todo el mundo, el caso es que no hace falta tanta alarma; sí, Luca D'Andrea es un escritor aún joven (o casi), europeo, que ha escrito un thriller á l'americaine, que incluso se le emparenta (aunque eso ya casi es un tópico) con monstruos como Stephen King... pero vamos, poco que ver con Joël Dicker. Gracias. Al. Cielo. En este caso, el libro que nos ocupa no deja de ser, ni pretende ser otra cosa que una novela de misterio, con su punto de originalidad, cierto es, en la ambientación: se trata de un crimen pavoroso ocurrido en las montañas del Alto Adigio o Tirol del Sur en 1985, una época de tensiones entre las comunidades germana e italiana -que le valieron a la región el apodo de "Belfast con strudel"- y que trata de desentrañar -o no, según el momento- un guionista de documentales neoyorquino que está casado con una lugareña: más que un walscher o forastero, pero menos que un nativo del pequeño pueblo donde se desarrolla la historia. Tal circunstancia se revela tanto como una ventaja como todo lo contrario, por otra parte...

Pero, un instante... un protagonista que se dedica, de una u otra manera, a la escritura...que nos cuenta en primera persona la indagación, en una pequeña comunidad, sobre un crimen cometido treinta años atrás... ¿A qué me recuerda eso? ¡Mierda, La verdad sobre el caso Har...!¡No chicos, tranquilos (ya entraban otra vez los del Servicio Secreto)... que no va por ahí la cosa, por suerte! De todos modos, aguardad un momento... ¿le suena a alguien una novela sobre un crimen en un caserío del Goiherri en la época más dura de ETA? ¿No? Pues esperad que corro al registro de la Propiedad Intelectual. Ahora vuelvo...

Bueno, ya está. ¿Por dónde iba? Ah, sí: que esto no tiene que ver con aquella novela con ínfulas que perpetró el tal Dicker. Ni siquiera se le pueden buscar referencias a literarias de campanillas, a pesar de que el prota-detective se llame Salinger -sí, amigos/as: J. Salinger, nada menos-, aparte de alguna mención a, precisamente, don Stephen King. Es más, La sustancia del mal, pese a no ser sino un entretenido thriller de misterio, repito, cuenta con algunas virtudes que, aunque sólo sea por no ser defectos, cabe destacar:

  • Utiliza ciertos recursos típicos de los best-sellers (lenguaje muy asequible, párrafos sin complicaciones, capítulos cortos) pero no da la impresión de seguir un manual de cómo escribir uno. Pese a haberlos, no abusa de los quiebros en la trama ni de los cliffhangers (que aquí son literales, por otra parte), aunque no falte el toque ternurista
  • No hace trampas con la historia: la novela es un ejemplo de whodunnit, en la que el protagonista tiene los mismos datos que el lector para resolver el crimen. 
  • Como ya he mencionado, no pretende ser otra cosa que lo que es. Eso incluye el bagage anterior  del propio autor, nacido en Bolzano, muy cerca de donde se desarrolla la acción, montañero y, también él, guionista de documentales sobre los rescates de montaña. Lo que, en otros casos, yo juzgaría como una falta de imaginación preocupante para un escritor de ficción, pero en este, creo que le da al resultado un aire de autenticidad e incluso honestidad que ayuda a que la novela se lea con agrado.
En suma, y por no enrollarme más: un thriller entretenido y sin más complicaciones, un best-seller para pasar el rato y que no de vergüenza llevarlo a cualquier sitio: al metro o a la piscina, a la playa o a la montaña... bueno, no, a la montaña , mejor que no...

jueves, 18 de enero de 2018

VV.AA.: Carne para la eternidad


Idioma original de los relatos: Inglés 
Traducción: Óscar Mariscal 
Año de publicación de la antología: 2017
Valoración de la antología: Recomendable (con matices) 

 Permitidme que hable un poco sobre Pulpture, editorial española consagrada a resucitar la literatura pulp. Carne para la eternidad es el primer contacto que tengo con un libro suyo, y menuda edición tiene. No sé si el nivel de atención al detalle que ha demostrado la editorial en esta obra será el mismo en otros productos suyos, productos de naturaleza más humilde como sus folletines. Ni siquiera sé si este acabado se mantendrá a lo largo de la Colección Almaya, colección recientemente inaugurada. Pero, al menos, en la edición de este libro se nota dedicación, cuidado y respeto. Respeto hacia el material original y respeto hacia el lector. Y en estos tiempos de praxis desdeñosas por parte de las editoriales, creo necesario remarcar este esfuerzo. Más teniendo en cuenta que Pulpture es una editorial independiente pequeña y bastante joven, lo cual vuelve más arriesgado su compromiso para con una edición tan trabajada.  

 Pero vamos al grano. Como ya he mencionado, Carne para la eternidad se enmarca dentro de la línea editorial llamada Colección Almaya. El diseño de dicha colección parece beber del de esos hermosos Valdemar de tapa dura, tanto a nivel cromático como de maquetación; dicha influencia también está plasmada en los motivos ornamentales que salpican las páginas de Carne para la eternidad. Otro aspecto a remarcar de esta pequeña joya es su estilización. Ya Lumen recurrió a alargar a las maravillosas Muertas enamoradas de Gautier, libro con obvios paralelismos temáticos con el que hoy nos reúne aquí. No sé si este parecido ha sido intencionado o no; en todo caso, creo que este formato vuelve interesante a Carne para la eternidad como objeto y, al mismo tiempo, se justifica en el concepto momia que, como veremos, en él se baraja.


 Dicho esto, pasemos al contenido en sí de Carne para la eternidad. Esta antología incluye dos relatos sobre momias. Momias egipcias que una vez fueron, y siguen siendo, mujeres jóvenes, hermosas y esbeltas (a esta estilización, decía, alude el formato del libro). La primera historia se titula “La bella durmiente de Saïs”. En realidad, más que un relato es el pasaje de una novela; pasaje que contiene los capítulos que van del XVII al XX, para ser precisos. Fue escrito el 1906 por Robert W. Chambers (autor conocido por perpetrar el sobrecogedor relato de “El rey amarillo”). “La bella durmiente de Saïs” trata sobre un rastreador de personas que ayudará a un joven cliente suyo a reencontrarse con una bella mujer que permanece dormida desde hace siglos. “Zenobia: un sueño del antiguo Egipto” coge el testigo. Es una pieza teatral de Hereward Carrington escrita en 1916 "en la que dos exploradores conocerán, tras haber revivido a una momia mediante un antiguo ritual, la trágica y oscura traición que llevó a una mujer a la tumba hace cientos de años."

 Para acabar la reseña diré que los relatos tienen un interés relativo. No son obras maestras; a la postre se parecen a muchas otras historias similares. Además, el estilo cursi que sus protagonistas emplean al hablar de sus amadas vuelve a estas historias algo empalagosas (aunque gozan de ese encanto nostálgico de todo aquello con un regusto a la época romántica). Pero. Si eres una persona a la que le interesa el tema momias, esta antología probablemente te satisfaga. Un amante del terror se sentirá, gracias a ella, como en casa; ambas historias son deliciosas rarezas del género, aunque miedo den poco o nada. Incluso a un lector menos condicionado que quiera darles una oportunidad también pueden atraerle. Y lo digo desde el vamos: si compras este libro, sólo por su edición ya habrá valido la pena hacer esta inversión. ¿He dicho ya que me encanta la cubierta? 

miércoles, 17 de enero de 2018

Esther García Llovet: Cómo dejar de escribir


Idioma original: español
Año de publicación: 2016
Valoración: se deja leer

Reconozco que me acerco de vez en cuando a las novedades de Anagrama. Lo hago con la ingenuidad esperanzada del adolescente que pasea cerca del portal donde vive el objeto de su deseo, lo hago esperando el encuentro casual que vaya a más, lo hago confiando que algún día se acaben los chascos y las decepciones.

Lo hago porque Jorge Herralde estuvo al mando de una editorial que me presentó a Bolaño, a Houellebecq, a Kapuscinski y al Hornby de los mejores tiempos y a algunos Auster, a Sebald y a Richard Ford. Demasiado bagaje para olvidar y demasiado bagaje para que me retraiga de hacer sangre.

Porque luego, tiempos más recientes, se unieron a esa selecta fiesta invitados no deseados. Nothomb, Trueba, algunos ya directamente deleznables, aguafiestas que les llaman, como Pablo Rivero o, el colmo de la vacuidad y la insustancialidad, el esperpento llamado También esto pasará, colofón de la infumabilidad y, en la apuesta de la editorial por atribuirle miles de cualidades, la terrorífica conquista de la sima de lo admisible, el momento en que la duda ha manchado lo que era una enseña casi inapelable.

Cómo dejar de escribir, título que parece hacer la competencia a los clickbaits, no os va a aclarar gran cosa. Novela corta que se lee en apenas una hora (curioso tanta concisión cuando la contratapa define a la autora como una admiradora de Bolaño o Foster Wallace) y en la que suceden pocas cositas. Renfo, curioso nombre para hijo y nieto de celebridades de origen latinoamericano, a la búsqueda de un manuscrito de su padre escritor, mientras se encuentra y desencuentra con personajes a la medida de la noche madrileña y de la volatilidad de los niños bien que gustan de paseos por el lado salvaje. Claudia, novia o algo así de vaivén, amigos de no menos curiosos nombres, va por aquí, va por allá, un coche viejo, poca cosita que pasa en una novela que parece un ejercicio de estilo por cuanto no hay una frase fuera de sitio, nada malo sucede en términos literarios, se va leyendo, se nota alguna hechura de influencias, se nota cierta seguridad de ser aplaudida por los de siempre por alguna ocurrencia, que para eso el mundo literario es pequeño y entre bueyes no hay cornadas.
Sin ánimo de ofender, leo que en el último Premio Herralde (el ganado por la entretenida novela de Juan Pablo Villalobos) el jurado decidió, sin premiarla, recomendar la publicación de esta obra. Que no resulta ni ofensiva ni inofensiva. que se lee tan fácil como si fuera un relato alargado publicado en una recopilación entre unos cuantos. Un viaje de autobús entre provincias, una espera que se alarga en alguna sala por una urgencia leve.
Y ahora me pregunto si he hallado en ella una sola razón para recomendar, yo, ya no publicarla, sino meramente leerla.

martes, 16 de enero de 2018

Luis Rafael Sánchez: La guaracha del Macho Camacho

Idioma original: Castellano
Año de publicación: 1976
Valoración: Muy recomendable

La insularidad es un privilegio repleto de inconvenientes. “La maldita circunstancia del agua por todas partes / me obliga a sentarme en la mesa del café.”, capturó el cubano Virgilio Piñera en su poema La isla en peso. El escritor isleño carga un extra de periferia, de invisibilidad para los grandes centros urbanos y continentales donde se proclaman cánones y se dictan las fórmulas de lo válido, lo admirable y lo excelso. Si a la condición de insular se le agrega la circunstancia de la puertorriqueñidad la realidad es aún capaz de retorcerse hasta la extrema contorsión dado el peculiar estatus jurídico, político, social, cultural y económico boricua. Un mejunje genuino, exuberante, carnal, guasón y antillano capturado con esplendor en las páginas de La guaracha del Macho Camacho, novela que debería formar parte del canon de la narrativa contemporánea en lengua castellana y que, al menos en esta orilla europea del Atlántico, dista mucho no ya de ser reconocida si no siquiera conocida.

Formalmente el texto se permite experimentar y desbordar los límites del relato convencional. Un miércoles cualquiera, a las cinco de la tarde, cinco personajes se encuentran atrapados en un tapón, un atasco, en las calles de San Juan. Cada uno con sus pensamientos y sus fantasías, con sus preocupaciones y deseos. Las escenas están cosidas por la voz de un locutor radiofónico que se recrea presentando el exitazo del momento, una guaracha del sin par Macho Camacho –lectores del 2018, hagámonos cargo, estamos en el país del Despacito de Luis Fonsi. 

Las sensaciones, las imágenes y los pensamientos se suceden y atropellan, se aceleran y fluyen hasta la verborrea, con párrafos que son genuinos ametrallamientos en modo cantinflas y que acaban por conformar una atmósfera disparatada y enloquecida, escenas repletas de referencias y giros locales (el medio millar de citas explicativas de la edición de Cátedra, aunque quizás excesivo, se hace imprescindible para no perderse) y de referencias cultas y literarias, todo ello mantenido con la misma enjundia y contundencia rítmica que el género musical que se fraguaba en aquel momento y que hemos acabado reconociendo como salsa. Porque La guaracha del Macho Camacho está cargada de voluntad de sorprender, de transgresión formal y no sólo lo consiguió en su momento, si no que cuarenta años después sigue funcionando como un mecanismo pegadizo, contundente y fascinante.

La decisión de hacer literatura con el latido y el lenguaje más popular y callejero confiere a las páginas de la novela  un tono desenfadado e irónico que sirve para tratar sin contemplación asuntos como el consumismo, el clasismo social, el machismo, la sexualidad y los arquetipos eróticos o los orígenes raciales. Esa querencia por lo soez, por lo cotidiano, por lo vulgar que es tratado por la alta cultura con nariz arrugada y gesto despectivo aquí impregna párrafo tras párrafo y figuras como la de la vedete Iris Chacón –a quien otro escritor boricua, Edgaberto Rodríguez Julia dedicaría una década después una suculenta aproximación, Una noche con Iris Chacón- se reconocen y agasajan como icono de lo admirable (y deseable). 

Dejémonos de disimular y de acomplejadas imitaciones y mostrémonos como realmente nos dé la gana, es el armazón estético e ideológico con el que Luís Rafael Suárez sustentó La guaracha del Macho Camacho. Y ese punto de vista, ese modo de incorporar al relato literario, en el que una comunidad puede supuestamente reconocerse, a plebeyos y horteras, a negros y mujeres atronadoras y el tono jocoso y coherente con que lo factura es lo que dota a la novela de su intacto magnetismo: “Un hombre no sabe ni así, tomó una pizca de yema de dedo, lo que es el dolor –dijo Doña Chon, argumentosa. Ningún hombre podrá parir nunca, dijo Doña Chon, bombástica en la formulación del histórico aserto. A los hombres les falta el tornillito de la pujadora que es un tornillito que la mujer trae en su parte –dijo Doña Chon, ginecóloga. El día que un hombre quiera saber lo que es parir que trate de cagar una calabaza– dijo La Madre: eufórica, un kindergarten en los ovarios, fanfarria con las trompas de Falopio”.

lunes, 15 de enero de 2018

Marcel Proust & Jacques Rivière: Correspondencia 1914-1922

Idioma original: Francés
Título original: Correspondance 1914-1922
Traducción: Juan de Sola
Año de publicación: 2017
Valoración: Hombre, por favor. La duda ofende

Marcel Proust escribió a lo largo de su vida unas 100.000 cartas. Al menos, eso dice Philip Kolb, que estima que las 5.000 que él recopiló para la edición de su monumental Correspondance son solo la vigésima parte del total. ¡100.000 cartas! ¡Y eso que él mismo se declaró, en una carta enviada a Jacques Rivière en noviembre de 1919, "ateo de la amistad"!

Aquí "únicamente" se reúnen 201 cartas; 199 enviadas por Proust a Rivière o viceversa, una de Celeste Albaret (criada de Proust) y otra de Reynaldo Hahn, en la que comunica a Rivière el fallecimiento del escritor.

Pero quién fue y qué importancia tuvo Jacques Rivière en la vida de Marcel Proust?

Para responder a estas cuestiones es necesario que antes hablemos de la "Nouvelle Revue Francaise" (NRF). La NRF, fundada en 1908 por un importante grupo de escritores franceses entre los que destacaba André Gide, fue una revista literaria y editorial clave en las letras francesas de la primera mitad del siglo XX. Aquí entra en juego Jacques Rivière. Colaborador de la NRF desde 1910 y director de la revista entre 1919 y 1925, fue el principal responsable de que Proust publicara casi la totalidad de la Recherche en las Ediciones de la NRF, hasta el punto de que uno duda de qué hubiera sido de la obra de Proust sin Rivière. De hecho, la NRF rechazó (genial, André Gide, genial) en 1912 y 1913 publicar su primer tomo ("Por el camino de Swann") y hubo de ser el propio Proust quien sufragara de su bolsillo los gastos de la edición. Afortunadamente, la aparición de Rivière, y su deslumbramiento ante la obra de Proust permitió que esta no cayera en el olvido. Así que la importancia de Riviere es capital.

Por todo esto, podemos decir que la correspondencia entre Proust y Rivière posee un triple valor: como "objeto de culto", documental e histórico.

Empiezo por el lado friki. Es mitomanía pura y dura, lo sé, pero me encantaría ver esas cartas, poder palpar su papel amarilleado por los años, ver la escritura, que imagino intrincada y caótica, de Proust, ver la letra de Rivière, etc. Imagino que los proustianos del mundo compartirán esta opinión.

Quitando el componente absolutamente subjetivo de este primer valor, es innegable el valor documental, tanto a nivel profesional como personal, de la correspondencia. El aspecto profesional es más marcado en las cartas de los primeros años (1914 y 1919, fundamentalmente (la correspondencia se vio interrumpida por la llamada a filas de Rivière en la PGM)). Y es que no dejan de ser las cartas entre un escritor y su editor y tratan sobre temas como los anticipos a publicar en la NRF, las galeradas, pruebas, correcciones y publicación de "A la sombra de las muchachas en flor" y del resto de tomos, el premio Goncourt, las tensiones con Gallimard, etc. Pese a lo que podría parecer, me han resultado de lo más entretenidas: las múltiples correcciones, pruebas, problemas con impresores, suspicacias, el puntillismo de Proust a la hora de elegir los fragmentos a publicar, los intentos de uno y otro de convencerse mutuamente... dan una idea clara del proceso de publicación de la obra proustiana. Una vez que la confianza mutua aumenta, lo profesional pierde peso frente a lo personal. La relación de amistad se va afianzando  y en la correspondencia se aúnan aspectos profesionales y personales. Junto a los temas anteriores y a otros propios de la relación escritor - editor, encontramos referencias a los múltiples problemas de salud de ambos, consejos de Proust al Rivière escritor o al Rivière director de la NRF, confesiones personales, recomendaciones literarias, la rendida admiración de Rivière por la obra de Proust y de Proust por la labor de Rivière, etc. Sirvan como ejemplo estos extractos:
13/10/1921. J. Rivière a M. Proust: "Ahora mismo eres el autor, el creador de una sociedad al menos tan completa y compleja como la de la Comedia Humana. ... Tienes a la vez las dotes del pintor y las del analista... No sé de nadie en quien estas dos cualidades se hayan encontrado nunca aliadas...
08/06/1922 J. Rivière a M. Proust: "¿Por qué has perdido la esperanza de acabar tu obra? Yo estoy convencido de que la terminarás. Es tan grande la necesidad que tenemos todos que no puede quedar insatisfecha. ¿Sí, es misticismo si quieres! Pero del bueno
Indudable es, por último, el valor histórico de esta correspondencia. Las cartas son un testimonio perfecto del funcionamiento del mundillo editorial de la época (que no imagino demasiado diferente al actual), con sus presiones e intrigas, sus tejemanejes en los premios literarios, sus rencillas, afinidades o celos debidas a éste o aquel artículo, amores y odios enconados, etc. En algún momento, más por desconocimiento mío de las personas citadas que por otra cosa, pueden resultar algo complicadas de seguir; aun así, son también sumamente interesantes.

En definitiva, un libro indispensable para aquellos que hayan disfrutado de "En busca del tiempo perdido" y altamente recomendable para interesados en el "backstage" del mundo editorial. 

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Todo  "En busca del tiempo perdido" + bonus track AQUÍ

Otra cosa, antes de que se me olvide (que todo hay que decirlo): Magnífica edición por parte de La Uña Rota y estupendo prólogo de Juan de Sola. Un lujo

domingo, 14 de enero de 2018

August Strindberg: Solo

Idioma original: sueco
Título original: Ensam
Traducción: Manuel Abella
Año de publicación: 1903
Valoración: recomendable

Autor profusamente controvertido y excéntrico, Strindberg se nutre de aspectos biográficos y personales que influyen y marcan la temática de su obra. Artista polifacético, también se desenvolvió en el arte de la pintura, al que se dedicaba especialmente durante sus crisis personales y a partir del cuál estableció una amistad con Edvard Munch. Su inestabilidad emocional y las manías persecutorias que padecía, junto con una mentalidad crítica respecto a la sociedad que compartió en su relación epistolar con Nietzsche, se reflejan en su producción artística, y el libro que nos ocupa es un ejemplo de ello; en él, el autor se centra en una buscada huida de la sociedad para recluirse en su propio mundo y convierte esta soledad en el elemento nuclear de su vida. El título del libro no deja lugar a dudas y resume perfectamente su tema central.

De esta manera, en este libro con tintes autobiográficos, de pequeño formato y corta extensión, el autor parte de una cena que tiene con sus amigos, después de largo tiempo sin verse. Este reencuentro provoca que el autor tome consciencia del paso de los años y de cómo éste afecta a la forma de comportarse de sus amigos; el paso a la madurez, alcanzada cierta edad, convierte a la gente en prudente y modifica la espontaneidad en la exposición de sus opiniones. Este aspecto, junto con la ausencia de un sitio donde puedan hablar tranquilamente sin temor a ser interrumpidos por sus parejas o alguien ajeno, y la propia decadencia de las conversaciones - pues cada vez se evita más la exposición de los pensamientos íntimos-, causan que nuestro personaje principal decida distanciarse, no únicamente de ellos sino también del resto del mundo, para pasar a vivir de forma aislada sin contacto con nadie más, a excepción de los pequeños encuentros fortuitos inevitables del día a día. La causa de querer tal aislamiento es doble: por una parte, ha perdido el interés en nadie más que en él mismo y, por otra parte, no quiere estar sometido a la opinión de los demás sobre su persona. Así, el autor lo afirma en un pasaje del libro: «prefiero la neutralidad, o llegado el caso, la enemistad, pues un amigo siempre ejerce una influencia sobre mí, y eso no lo quiero».

Así, la soledad confiere un espacio al protagonista donde toma consciencia de la importancia de la individualidad, al no tener que estar sometido a opiniones ajenas y tener que mostrarse de una manera distinta a la que le es propia. De igual manera, evita tener que tratar con gente que no le importa y por quién incluso no siente ninguna estima. La soledad se convierte en su particular compañía, y sus pensamientos ocupan su día a día, volviendo al personaje huraño y, hasta cierto punto, paranoico. En este aspecto recuerda bastante al protagonista de «Hambre», de Knut Hamsun (contemporáneo a Strindberg), por su aversión a la sociedad, su caos interior y su misantropía, sin que la locura llegue a alcanzar al protagonista con la intensidad que sí ocurría en la novela de Hamsun.

De esta manera, recluido el protagonista en su propio hogar, el paisaje ofrecido por las ventanas de su domicilio es utilizado como vehículo de reflexión, sirviendo como canal de observación de aquello que le rodea. Desde su atalaya particular observa el paso del tiempo en sintonía con las estaciones y analiza a partir de ellas los cambios en la vida, contemplando y vislumbrando las variaciones del mundo y su efecto sobre la gente. De esta manera, sus puntuales salidas son el único contacto con una sociedad que se le antoja lejana, a causa de un absoluto desinterés por ella, pues no hay en él ningún ánimo de establecer amistad con nadie, aunque la soledad de la que disfruta aislado en su domicilio es solo relativa, pues necesita el contacto de otras personas. Así, su conexión con la realidad, más allá de los propios límites que su domicilio confiere, es de tipo unidireccional: sabiéndonse envuelto de otras personas (vecinos, transeúntes, etc.) disfruta de la soledad aunque ésta no es completa; en una dualidad manifiesta, coexiste su deseo de soledad con la necesidad vital de tener la seguridad emocional de no estar completamente aislado. Esta dualidad se expone en las frecuentes alusiones a los vecinos de escalera y los encuentros con aquellos con los que se cruza en la calle, pues le brindan la posibilidad de mantenerse atado a esa realidad que le sujeta a la cordura y que, en ciertas ocasiones, tiende a peligrar a causa de sus delirios.

En resumidas cuentas, libro interesante, pues abunda en la introspección como elemento de autoconocimiento; el relato expone perfectamente la soledad buscada (y en gran parte, lograda) por el autor. La prosa fácil en esta obra y la contención del autor en controlar la narración en algún episodio donde el protagonista padece ciertos desvaríos, hace que resulte interesante pues trata sobre la soledad, tema que, en mayor o menor grado, todos podemos experimentar, ya sea de forma buscada o accidental. Aunque la obra sea algo reiterativa en la segunda mitad donde pierde cierta intensidad en el relato, y abre alguna vía que no termina de explorar, el autor sabe recomponer la historia en el último tramo, poniendo un buen punto final al inicio de todo aquello que supone la exploración de uno mismo.

También de August Strindberg en ULAD: La señorita Julia

sábado, 13 de enero de 2018

Una autopsia del género zombi

I

 Yo sé que hay mucha gente a la que no le interesa que se hable de ciertos fenómenos literarios. Sobretodo si están asociados a modas caprichosas y efímeras. Sin embargo, pienso que esta gente ignora que todo deja marca, por más que ésta no tarde en desaparecer. Y todo lo que deja marca es susceptible de ser analizado. De hecho, a mi parecer, debe ser analizado. Esta creencia es la que me ha impulsado a hablar hoy sobre el género zombi. 

 Quiero aclarar que no tiene nada de malo que alguien disfrute de este tipo de literatura. A mi me fidelizó en su momento. Además, me parece que su éxito respondió a una realidad social que no debe ser despreciada, y mucho menos ignorada. Pero es innegable que está en las últimas. Dio todo lo que pudo de sí: algunas cosas buenas y muchas malas (pura ley de Sturgeon). El caso es que ya estaba desapareciendo del panorama. Bueno, o eso es lo que yo pensaba. Porque parece que el género todavía persiste, pese a su evidente decadencia.  

 La reedición de Lazarillo Z lo confirma. Me ha sorprendido encontrármela. No me imaginaba que aún quedaran zombis que conservasen las piernas. En cualquier caso, los veía a todos obligados a arrastrarse por el fango, junto a sus intestinos colgantes, serpentinas de una fiesta que se había alargado más de la cuenta.

II

 Dejad que primero os ponga en contexto. No hace mucho me hice con un ejemplar de Lazarillo Z (edición ilustrada). Lo leí y acto seguido me puse a pergreñar una reseña para el blog, como buen becario que soy. Ocurre que, cuando ya iba por la mitad del texto, pensé: “Oye, Oriol, ¿y si ya se te ha adelantado alguien?” Sigo este blog desde hace tiempo, y no me sonaba que nadie hubiera escrito sobre esta novela, pero oye, podría ser, ¿no? Cosas más raras se han visto. Una novela que aúne al Lazarillo de Tormes con los zombis, por ejemplo.
 Tras una rápida búsqueda me di cuenta de que Santi ya había escrito sobre Lazarillo Z. “Mierda, ¿y ahora qué? Con lo bonita que estaba quedando mi reseña”. Mi opinión sobre el libro era bastante similar a la de Santi, así que decidí que hacer una contrareseña no era factible. Entonces se hizo la luz: ¿y si escribía una especie de artículo sobre el género zombi en la literatura sin por ello desaprovechar mi lectura y las ideas sobre Lazarillo Z que ya había estado anotando? Sería un artículo modesto, nada exhaustivo; algo sencillito, acorde con mi limitado conocimiento sobre la materia. 

 Pues nada, que aquí lo tenéis. 

III

 Ha habido dos épocas doradas para el género zombi. La primera vino de la mano de la película Night of the living dead, de George A. Romero. Pasado el efecto inicial que causó la cinta, los zombis comenzaron a desplomarse. Pero volvieron. Y con más fuerza que nunca. Esta resurrección del género se debió a la aclamada novela gráfica The walking dead. Bueno, a la serie, para el público más mainstream

 Ahora mismo nos encontramos en la resaca de esta segunda era dorada del género zombi. Empleo el término resaca porque la popularidad del género ha empezado a decaer de nuevo, aunque los productos relacionados con el mismo siguen teniendo un círculo de fieles consumidores. 

 Pero volvamos al auge ocasionado por The walking dead

 Esta serie reubicó al zombie motif en el punto de mira, igual que lo había estado previamente gracias al cine de Romero. La cultura popular empezó a absorberlo hasta asimilarlo en todo tipo de disciplinas. Se vigorizaron los foros de aficionados que hablaban al respecto. Académicamente se empezó a debatir sobre el tema con mayor rigor y seriedad.

 Está claro que la fascinación contemporánea por el zombi nos habla de nosotros mismos. Hay estudios que apuntan a que las hordas infinitas de devoradores de cerebros no son otra cosa que la sublimación de los miedos latentes del hombre de a pie. Algunos investigadores dicen que los no-muertos son metáforas para referirse al terror que sentimos ante la sobrepoblación del planeta; otros, señalan que emulan a las migraciones masivas. También cuestiones relativas a estos seres, como el virus que suele crearlos, pueden ser entendidas como el horror ante el deterioro ecológico del planeta, o ante una ciencia y tecnología que van deshumanizando al hombre a medida que "progresan".     


 El género había experimentado tal fama que se volvió una forma fácil de hacer dinero. Infinidad de productos desalmadamente mercantilistas nacieron entonces. Se podían encontrar en todos los formatos posibles: películas, series, juegos de mesa, videojuegos, cómics, música... Y novelas.

 Recuerdo algunos libros buenos de esa época. Se me viene a la cabeza dos del mismo autor, Max Brooks: Guerra mundial Z (el cual no tiene nada que ver con la infame película) o el simpático Zombi: Guía de supervivencia (matriz de una fórmula repetida hasta el hartazgo).

 Las novelas de muertos vivientes saturaron rápidamente los escaparates de las librerías. Oleada tras oleada, pronto se agotaron todas las posibilidades narrativas concebibles relacionadas con estas criaturas. Existen novelas de zombis en todos los contextos geográficos posibles, en todos los escenarios imaginables, en gran variedad de períodos históricos, protagonizados por toda clase de gente. Las hay que tienden al terror, al drama, a la crítica social o a la comedia. Las hay que infectan a los iconos de la cultura popular. Otras, contagian a los de la historia de la literatura. Como ejemplo de esto último pienso en Orgullo y prejuicio y zombies, o en el libro que hoy nos reúne a todos nosotros, supervivientes de esta plaga, titulado Lazarillo Z

 La historia de esta novela presenta todos los síntomas de agotamiento que he ido mencionando, propios de un género sobreexplotado: un tufo que proviene de la originalidad escasa, los lugares comunes y una clara tendencia comercial. Es bastante entretenida, que nadie me malinterprete, aunque jamás diría que posee una calidad literaria palpable. 

 Pero todos sabemos que la descomposición no detiene el agónico avance de un devorador de cerebros. Tampoco el ser enterrado, por más clavos que sellen el ataúd. Un zombi siempre emergerá de nuevo de las entrañas de la tierra, en una incansable travesía para saciar su hambre. La única forma de matarlo: volarle la cabeza. 

 Y eso es lo que parece querer decir la reedición de Lazarillo Z, novela del 2009 que revive ahora con tapa dura, ilustraciones y una nada desdeñable campaña de marketing a sus espaldas. Todavía no hemos acabado con los zombis. De hecho, están dando sus últimos coletazos con toda la energía que les queda. Que no es poca.

 No puedo negar que hay un interés real por parte del ilustrador por conseguir que el libro funcione. Los dibujos de Óscar Sanmartin Vargas elevan, de hecho, a una entretenida pero vacía historia inicial, la dotan de una mayor complejidad. El artista tiene un estilo figurativamente realista, aunque no exento de un toque onírico; un estilo pulcro y hasta elegante, en el que predomina la línea y donde los volúmenes se generan a base de entramados. El nivel de detalle de cada dibujo es elevado. Eso, junto a la apuesta por la figuración realista, dotan al conjunto de una explicitez que le queda que ni pintado a un género que vive del gore y los cadáveres putrefactos. 

 En resumen: esta elaborada reedición de Lazarillo Z me hizo pensar sobre el género. Un monstruo tozudo, que se empeña en no morir, o más bien dicho, en vivir después de muerto. La novela parece confesar que todavía hay una voluntad editorial por mantener a los zombis golpeando contra las ventanas tapiadas de nuestras casas. Y delatar que todavía hay gente, fans de esta clase de productos, dispuesta a dejarse contagiar. 

 Bien por ellos, mientras no se pongan en el camino de mi bate de béisbol repleto de puntiagudos clavos. Ya no me interesan estos productos. Aunque su razón de ser... Esto ya es otra cosa.


PD: Aquí dejo una entrada de Santi en la que se tocan, entre otros temas, el interés que la ficción del siglo XXI tiene en pandemias globales y apocalipsis zombis: Libros para el fin del mundo


Edición posterior: Adjunto aquí los enlaces de una revisión del mito del zombi literario y cinematográfico elaborada por Randolph Carter, colaborador del magnífico blog de Almas Oscuras: Parte I y Parte II

viernes, 12 de enero de 2018

Jiro Taniguchi: Un zoo en invierno

Idioma original: japonés
Título original: Fuyu no dôbutsuen
Año de publicación: 2008
Traducción: Víctor Illera Kanaya
Valoración: Recomendable

Recomendable manga metaliterario éste -o "metamanguero"... o como sea-, obra del desaparecido Taniguchi y ambientado hace cincuenta años, en una época de cambio y transformación en todo el mundo. 

Estamos en 1966, en Kioto, donde el jovencísimo Hamaguchi entra como empleado en la empresa textil Comercial Watanabe y allí recibe el encargo de acompañar a la hermosa hija del dueño, la señorita Huyako. Tal encargo acabará metiéndole en un lío -no es lo que parece-  y comprometiendo su puesto en la empresa, por lo que el joven Hamaguchi aprovecha una visita que hace a su amigo Tamura, en Tokio, para, casi sin darse cuenta, cambiar de ocupación y comenzar a trabajar como ayudante del maestro de manga Shiro Kondo, faena que además le permitirá desarrollar sus dotes como dibujante. En la oficina-taller de Kondo encontrará además casi una nueva familia, junto a los otros dos ayudantes del maestro, Moriwaki y Fujita, la responsable editorial, la señorita Hogashimo y el calavera amigo de Kondo, el pintor Kikuchi, que le llevará de fiesta a descubrir la noche del célebre distrito de Shinjuku.

A partir de aquí la historia que cuenta este cómic, que bien podría haberse desviado hacia una panorámica de las delicias de la cara más crápula de la capital nipona, mantiene firme el rumbo a través de un tono serio, emotivo y hasta melancólico. Hamaguchi, que en todo momento demuestra ser un chaval sensible y educado y con la cabeza más o menos amueblada, opta por tomar el camino del esfuerzo, la amistad y el amor (el amor de verdad, no me refiero a la exaltación lasciva del deseo físico, no semos malpensados...), en vez de la juerga y el desenfreno, como habríamos hecho la mayoría...

El libro, además de ser un buen ejemplo del consabido bildungsroman, nos ofrece una interesante mirada a la creación e industria del manga cuando ya constituía un sector editorial potente, pero sin haber vivido aún el éxito mundial y el crecimiento desaforado que ha venido después. una época en la que los dibujantes aún podían formar parte de cierta bohemia, por más que sus métodos de trabajo estuviesen ya a caballo entre la creación artística y la producción industrial en cadena. Muy interesante, además, resulta comparar esta obra con otra de temática similar, El invierno del dibujante de Paco Roca... El tono nostálgico está presente en ambos trabajos, si bien en el caso del manga de Taniguchi se debe más a la remembranza de la juventud ya lejana que a la falta de esperanza, mientras que en el cómic del valenciano, parece deberse más a la ensoñación de lo que pudo ser, pero no hubo manera.

Por último, y aunque no hace falta mencionarlo a quien ya conozca alguna de sus obras, el virtuosismo de Jiro Taniguchi como dibujante es, también aquí, posiblemente insuperable.

Otros títulos de Jiro Taniguchi reseñados en Un Libro Al Día: El gourmet solitario

jueves, 11 de enero de 2018

Colson Whitehead: El coloso de Nueva York


Idioma original: inglés
Título original: The Colossus of New York
Año de publicación: 2003
Traducción: Cruz Fernández Ruiz
Valoración: insulso

Quiere la casualidad o la divina providencia que dentro de mi enorme desmadre en lo de situar libros leídos en los estantes a este le toque justo al lado de Manhattan 45 de Jan Morris.

Y no me hagáis hablar de lo de la crueldad de las comparaciones.
Whitehead escribe, dice el fajín, una "carta de amor" a una ciudad. Seguro que yo he escrito esa cosa también alguna vez. Pues bien: no debería. Nadie debería ya usar ese topicazo. Porque una ciudad es más una idea o un concepto o el que tenemos cada uno y todo eso. Pero es que si todas las "cartas de amor" van a ser como esta... El coloso de Nueva York es eso, que no sería una mala idea (aunque aceptemos que está muy vista ya, y sobre todo justo de esa ciudad - la metrópolis global, la capital del mundo, bla bla bla) pero que, mirad, es mi opinión, resulta arruinada por diversos motivos.

1. El estilo. Frases cortas, inconexas, frases que son puro slogan forzando, supongamos que con intención literaria, un constante ir y venir de conceptos que son asociables, me temo, al 100% de las grandes ciudades del globo. Porque dentro de la poca consideración que el texto parece tener sobre las personas particulares, que muy pocas se mencionan y menos aún de forma memorable, todos los tópicos asociados con ellas están detallados aquí uno por uno. Así que intercambien nombres y el texto valdrá para París, para Londres, para Berlín y Roma y Madrid y Praga y Barcelona. Ya que menciono mi ciudad. Para sus lugares particulares y para el ir y venir de sus pobladores y sus pequeñas anécdotas cotidianas. No volvamos a lo de las comparaciones y expliquemos porqué Jorge Carrión construye algo notable a partir de una enumeración de pasajes y aquí no se edifica nada memorable desde Brooklyn o Central Park o los lugares de ocio o los elementos arquitectónicos emblemáticos. Repito. Nada.

2. A pesar de eso, a pesar de que el estilo lastra con fuerza (pareciéndose a Tao Lin, por ejemplo, en la enumeración de nimiedades y tonterías disfrazadas de "sentencias importantes"), lo más exasperante es cómo Whitehead ni siquiera aprovecha ese gancho para construir una secuencia narrativa con algún tipo de capacidad de seducción: ah. Que el libro acabe en un aeropuerto como acompañando una estancia viene a representar esa esencia del visitante. Pues joder. 200 páginas para llegar a esa conclusión.

3. El momento. 2003 es justo el tiempo para que se enfríe la mente después del 11-S (la imagen del World Trade Center aparece en la solapa), pero solamente una mención muy tangencial resulta ser una cuestión como poco "natural" cuando se trata de glosar una ciudad en una situación tan crucial, y la elusión del morbo o del oportunismo aquí no están justificadas, con lo cual el texto acaba dando una sensación incompleta y amateur, combinando momentos puntuales de relativo valor literario con la desagradable sensación de estar leyendo los denodados esfuerzos de un becario por hacerse notar. 

4. La percepción general. Casi peor, parece tratarse de un texto por encargo para promocionar de forma amable una ciudad en base a eso tan trillado del encanto de los rincones ocultos. Y bien están los panegíricos y bien está que el mundo de la literatura rinda culto al  entorno que lo rodea y le da forma y qué mejor que una ciudad y qué mejor que la metrópolis global. Pero es todo tan obvio. Mirad, mirad, esta frase me ha salido tan bonita: "Las ciudades sin la gente que las habita son solo cadáveres de hormigón esperando que el tiempo las entierre". No es del autor, es mía. Pero sirva de ejemplo. El tono es ése, y de ahí no pasa.

También de Colson Whitehead en ULAD: El ferrocarril subterráneo

miércoles, 10 de enero de 2018

Laura Kasischke: Una noche de invierno

Idioma original: inglés
Título original: Mind of Winter
Año de publicación: 2013 (En español: 2017)
Valoración: Se deja leer (pero poco)


Cada vez lo tengo más claro: esto de descubrir autores contemporáneos es como una ruleta rusa. Si no fuese por lo fundamental que es estar al día, no saldría de mi zona de confort. Eso supone limitarse a los clásicos y a algún autor, ya maduro, ampliamente reconocido. Con estas precauciones, la lectura te puede gustar más o menos, pero existe una garantía de calidad, de que nunca te van a defraudar completamente.
Y entonces apareció Laura Kasischke.
Creo que lo que me atrajo de Una noche de invierno fue el asunto que trataba, pero poco antes de iniciar su lectura tuve un mal presentimiento. Sin motivo aparente, aunque estas intuiciones, para quienes la experiencia ha desarrollado cierto olfato –por supuesto, no necesariamente infalible–  casi nunca suelen ser gratuitas.
Los temas que, aparentemente, desarrolla a lo largo de la novela son muy interesantes y pocas veces han sido objeto de un tratamiento serio y atrayente a la vez. Por estar más cerca de su periplo vital, se suelen reservar a las escritoras: deseos incontenibles de ser madre, adopciones en país extranjero, relación madre e hija, crisis de las adolescentes, frustración de quien se limita a ejercer las tareas del hogar, relación de pareja desde la óptica femenina… Claro que si digo aparentemente es por algo ya que, y eso es lo malo, ninguno de estos enfoques forman, en realidad, parte del argumento. Son solo fuegos artificiales. Pero eso no lo averiguamos hasta ¡¡¡después de haber llegado al final!!!
Tampoco me pareció muy alentador que la acción tuviese lugar, precisamente, el día de Navidad, como si no hubiera más fechas en el año para hablar de relaciones interpersonales. Solo eso ya fue una especie de advertencia de que no nos íbamos a ahorrar ni la (previsible) ñoñería ni la (igual de previsible) colección de tópicos.
No desvelo nada si digo que el periodo temporal abarca de la mañana a la noche, que las dos mujeres están solas en casa durante todo ese tiempo –a pesar de lo señalado de la fecha– debido a una serie de imponderables. Pues bien, comienza el día con las expectativas que imaginamos: preparación del menú navideño, ilusión por los regalos. Pero lo que se desarrolla ante nuestros ojos es cada vez más absurdo, vamos de sorpresa en sorpresa, el argumento no avanza, las actitudes no tienen explicación, el planteamiento realista que esperábamos no concuerda con lo que se nos ofrece; si no entendemos a la hija, el comportamiento de una adulta que no reacciona, que se conforma con repasar frustraciones y recrearse en el pasado y no es capaz de poner orden en lo que respecta a alimentación, higiene etc. nos deja cada vez más confusos. Y como lo raro no siempre es apasionante, nos encontramos en una situación incomprensible, reiterativa y aburrida en la que los recuerdos son lo único que añaden un poco de variedad e información. Para acabar de arreglarlo, el monólogo interior está repleto de expresiones repetidas. Alguien tendría que explicar a algunos escritores que solo repitiendo palabras no se logra un lenguaje poético, que para eso hace falta algo más.
La cuestión del engaño en literatura es complejo. En general, se trata de una baza que, bien manejada por manos expertas, produce verdaderas maravillas. No es el caso. Volvamos el razonamiento del revés y resultará que, mal utilizado, el recurso puede dar lugar a auténticos bodrios.
No seré yo quien califique la novela. Lo que repito –porque es tan increíble que con decirlo una sola vez no basta– es que solo después de haber llegado al final, y mediante un elemento trampa, se nos revela que todo lo que estábamos leyendo era falso, que lo que había que entender era otra cosa. De forma que no solo el elemento mencionado sino la trama entera es una trampa, y el auténtico argumento está contenido en un añadido aclaratorio que abarca un solo párrafo. Ese párrafo (menos de veinte renglones), según parece, es todo lo que quería contarnos la autora.
Debo aclarar que mi intención no es disuadir a nadie que tenga pensado acercarse a Una noche de invierno. Al contrario: pretendo darla a conocer y que cada uno saque sus conclusiones. No me cabe duda de que lo que acabo de explicar seducirá a los lectores que tengan gustos diferentes a los míos. Esos a los que la situación planteada y el hecho de que “nada sea lo que parece” les parecerá fascinante a priori. Y lo es, pero luego no digan que no se lo advertí.