Idioma original: Castellano
Año de
publicación: 2018
Valoración: Muy recomendable
Decía Leonardo
Sciascia que la mafia es “una asociación criminal con fines de lucro ilícito
que se interpone parasitariamente y con medios violentos entre la propiedad y
el trabajo, entre la producción y el consumo, entre el ciudadano y el Estado”.
De este asunto, el escritor siciliano sabía bastante, al igual que el
napolitano Roberto Saviano, que advierte que el cine de Coppola o de Scorsese
han ofrecido un relato edulcorado, abrillantado, de este tipo de criminales. ¿Qué
empuja al cerebro de un dibujante murciano a meterse en el empeño de querer
contar de manera fidedigna la trayectoria de un mafioso neoyokino de siglo
pasado? Misterio. Por supuesto desconozco la explicación, pero desde luego
reconozco que El método Gemini me ha sorprendido y me ha fascinado.
De acuerdo que el
islote de Manhathan y sus aledaños sea quizás el milímetro cuadrado más
mitificado del mapamundi y que sus calles, sus edificios, sus barrios, las
escaleras, andenes y el plano del metro, sus avenidas, puentes y muelles formen
parte de la tarjeta gráfica que llevamos incorporada. Pero que alguien que jamás
ha puesto allí los pies le dedique un cómic a esas calles y a los tipos que las
infestan y lo haga de manera pulcra, mordaz, veraz y atractiva a mí me resulta definitivamente
meritorio. Es así en el caso de Magius, el nombre que Diego Corbalán (Murcia,
1981) tomó prestado del monje miniaturista del siglo X para firmar sus
ilustraciones y cómics, género en el que se inició a través de fanzines de black
metal a los que siguieron álbumes como Murcia, una corrosiva y desternillante
visión de la séptima ciudad más poblada de España en la que el
autor insistía en su predilección por diseccionar sociedades y grupos cerrados,
secretos, sus formas y rituales y su manera de alcanzar y gestionar el poder y
el dominio por la fuerza.
Con estos
antecedentes, supongo que poner en el punto de mira el barrio de Canarsie, en
Brooklyn, y la vida de Roy Albert deMeo (1942 / 1983) ya puede ser considerado
más fácil de entender. El tipo en cuestión, para la ocasión rebautizado como Mickey
DioGuardi, tuvo una exitosa trayectoria criminal; en sus inicios trabajó como
banquero y a su olfato para invertir en nuevas posibilidades de negocio agregó
una genuina falta de escrúpulos así como grandes dosis de crueldad y ambición para
labrarse un venturoso porvenir que le llevo a ser captado y promovido por las estructuras
mafioso/criminales que dominaban algunos de los sectores más lucrativos de
Nueva York. El tipo en cuestión hizo carrera con la
sede central de su organización radicada en un bar de su barrio, el Gemini Lounge, dedicada
a todo tipo de trapicheos y delitos, como el robo, desguace y exportación de automóviles
de lujo, muy en la línea que explicaba Leonardo Scaiscia. Allí puso en marcha y
desarrolló hasta la excelencia el que fue conocido como método Gemini, una discreta y eficiente
manera de asesinar y hacer desaparecer cadáveres, se calcula que al menos un
par de centenares, gracias al aprendizaje en su adolescencia del oficio de
carnicero y de la técnica para descuartizar animales.
Pero El método Gemini
no cae en el error que señalaba Roberto Saviano porque transmite una sensación
pegajosa e incómoda de vísceralidad, de violencia cruda y sistemática, de
oportunismo sin escrúpulos y obsesión por el dominio, del lucro por
sometimiento y de la ramplonería del poder, de la ostentación de la bestialidad
y del orgullo por vínculo de sumisión, de lo miserable de las jerarquías
autoritarias y el brillo de la ostentación hortera. Lo hace a través de un
dibujo pulcro y depurado pero, especialmente, a través de la opción por los
colores primarios –rojo, azul, amarillo- que confieren al relato una atmósfera algo
así como delirante, alucinada. Como contrapunto, los diálogos, directos y punzantes,
y el desarrollo cerrado de escenas como secuencias narrativas, van aportando
matices, detalles, contexto, que dotan a la narración de ritmo, elocuencia e
interés. A mí, que tampoco he puesto jamás los pies ni en la Gran Manzana ni aledaños,
la novela de Genius me lo ha hecho pasar en grande.







































