martes, 9 de enero de 2018

Samuel Beckett: Esperando a Godot

Idioma original: francés
Título original: En attendant Godot
Traducción: Ana María Moix
Año de publicación: 1952
Valoración: Imprescindible


Uff, qué difícil, no? A la hora de comentar un libro podemos hablar sobre su argumento, el perfil o evolución de los personajes, el escenario, los temas que trata, el lenguaje, no sé, mil cosas. Pero cuando el autor voluntariamente despoja a la obra de casi todo esto, y lo que deja es vacío y sinsentido, la cosa se pone dura.

Hablaba del escenario. ‘Esperando a Godot’ se desarrolla en un ‘camino en el campo, con árbol’ (sic). El mismo durante toda la representación. Por su parte, los personajes son en total cinco, pero sólo dos de ellos permanecen en escena durante toda la obra. Son dos vagabundos bien entrados en años que la mayor parte del tiempo mantienen una conversación incoherente, con continuas interrupciones, cambios de tema y de tono. Vamos, que ni ellos mismos se entienden entre sí, sólo son conscientes de que esperan a un tal Godot. Hablan mientras esperan, y en un par de ocasiones irrumpen en escena otros dos ancianos, un esclavo-sirviente-bufón y su dueño, que le sujeta con una cuerda. El esclavo no habla –a lo sumo, canta un poco- y la charla de su dueño difiere muy poco de la de los vagabundos. El último personaje es un muchacho que sólo aparece para comunicarles que Godot todavía tardará en llegar. Y ya está.

Poco más se puede decir: los personajes no tienen historia ni apenas atisbo de personalidad, tampoco cuentan nada que ocurriese antes ni que fuese a tener lugar después, sus escasas reflexiones son más bien incongruentes y tampoco hacen nada que pueda traducirse en un argumento dramático. Tampoco es sencillo añadir más sin desvelar lo que no es debido.

Podemos decir entonces que lo que plantea Beckett es más bien una situación, sólo una situación. Y para ello se sirve de algo a lo que algunos artistas plásticos han dedicado buena parte de su obra, o al menos de su búsqueda: el vacío. Beckett desnuda a la obra de todo lo que convencionalmente sería importante -escenario, argumento, diálogos sensatos, emociones- y consigue con ello la magistral representación de un vacío. Pero ¿para qué?

Volvamos al escenario, que ya da alguna pista. Ciertamente es escueto, pero no es un desierto ni un espacio artificial. Estamos en el campo, y hay un árbol que, como en un momento se deja muy claro, no está seco, todo lo cual sugiere vida. Hay además un camino, que es un elemento que admite mucho significado, tránsito, búsqueda. Así que algo parece indicar que debemos pensar en la vida, quizá en el tiempo, en los seres humanos.

De esto último hay también, aunque en principio no lo parezcan mucho. Pero Beckett se cuida mucho de subrayar su humanidad: cierto que les priva de casi todas las cualidades, pero es meticuloso al describir cada gesto, cada mirada o movimiento, de ninguna manera quiere que sean tipos inexpresivos o esclerotizados. Tampoco están exactamente perdidos, sino que están simplemente ahí, les oímos hablar, parecen malhumorados y otras veces divertidos, de vez en cuando repiten lo ya dicho, no saben muy bien qué hacer para pasar el tiempo, se entretienen con menudencias, piensan en voz alta, se pelean un poco, caen, se enfadan. Brota de ellos la crueldad, puede que de forma algo inconsciente. Pero lo importante es que sobre todo esperan. Esperan todo el tiempo y sólo eso parece su razón de ser y de estar ahí.

Nada de todo esto tiene sentido, porque tampoco parecen muy seguros de a quién esperan, y mucho menos para qué. De forma que, borrando esos elementos que parecerían esenciales es como el autor induce a la reflexión que buscaba: es la vida, la condición humana la que parece no tener sentido, en efecto hay un camino pero no sabemos a dónde lleva, la existencia se reduce a un mero esperar que llenamos de nimiedades, de palabras; lo que hagamos o digamos, sea simpático o atroz, carece de valor, y el tiempo pasa mientras seguimos esperando.

Bueno, pues por ahí anda el enfoque existencialista que unos cuantos autores trabajaron en diferentes direcciones con especial relevancia a mediados del siglo pasado, y que Beckett plantea con crudeza en esta obra. E íntimamente emparentado con aquél, el teatro del absurdo, que a veces utiliza recursos como la caricatura, el lenguaje del clown (muy nítido en este caso), el non sense, y cosas similares para avanzar por estos terrenos. O así lo veo yo.

Iba a advertir que no se espere que la lectura del libro resulte entretenida, pero tampoco sería del todo correcto. Esos diálogos absurdos terminan teniendo gracia, y tiene momentos divertidos, como un tronchante intercambio de sombreros que podrían haber firmado los Hermanos Marx. Pero sobre todo, cuando terminemos de leer o ver la representación lo fundamental sería pararnos un segundo a pensar en lo que hemos tenido delante. Yo creo que Beckett consigue que lo hagamos, y ese es el gran mérito de esta obra excepcional.

Otras obras de Samuel Beckett en ULAD: Fin de partida

6 comentarios:

Beatriz Rodriguez Soto dijo...

Hola, Carlos: Recién leída tu reseña, que me parece muy completa, detallada y buena, me puse a leer la obra, que no conocía. Mis consideraciones:
Si hubiera tenido cien páginas más me resultaría insoportable. Con sus páginas tiene la extensión suficiente para que se entienda y no aburra; es más me ha resultado interesante. Mi opinión personal es que ese árbol sin hojas, que en el segundo acto sí las tiene, indica más tiempo de un día ( que es lo que parece en el diálogo): Vladimir y Estragón van al lugar de la cita, que es el final del día, un dia tras otro durante bastante tiempo, a encontrarse con Godot. A mi edad, al acostarme, yo ya tengo esa vivencia: transcurrido hoy; tal vez mañana...Ya tengo en la mente mi cita con Godot. ¿Quién es Godot? Algunos han interpretado que Dios (anciano de barba blanca,cita de los Evangelios). Yo creo que es lo que cada uno tenga en su creencia: Dios, la muerte, el fin. Sí es el tiempo, desde luego, el tiempo que conocemos como seres vivos.
He leído que los dos personajes se aburren de no hacer nada y por eso les nacen ideas de matarse. Schopenhauer decía que la vida es tan dolorosa y tan falta de sentido que la única salida inteligente es el suicidio, aunque se pueda uno organizar para paliar un poco ese aburrimiento.
Un saludo

Carlos Andia dijo...

Muy interesante tu reflexión Beatriz. Efectivamente Beckett podía haber seguido muchas páginas más, lo que hubiera incidido con más fuerza en la idea central, pero hubiera sido más difícil de soportar para el lector, no digamos para el espectador.

Yo no he querido destripar más el nudo del asunto, pero en efecto esa identidad Godot-Dios es la más recurrente, aunque Beckett lo negó de forma contundente.

En todo caso, lo que consigue el autor es mover a la reflexión, que creo que es el objetivo final de la obra. Veo que contigo lo ha logrado, igual que me pasó a mi.

Muchas gracias por tu opinión.

Anónimo dijo...

Beatriz dijo:

Schopenhauer decía que la vida es tan dolorosa y tan falta de sentido que la única salida inteligente es el suicidio.

Esto es completamente falso. El suicidio para Schopenhauer sería la más alta afirmación de la voluntad. Te gusta la vida. Lo que no te gusta son las condiciones en las que se presenta. Te matas porque la amas en el fondo.

Un saludo!!

Carlos Andia dijo...

Yo desde luego no tengo en mi cabeza que Schopenhauer defendiese el suicidio. Si acaso, en 'El amor, las mujeres y la muerte' viene a decir que la vida de muchas personas es tan miserable que la muerte no supone apenas una pérdida (o algo así), lo cual no es exactamente lo mismo. Pero bueno, que tampoco me siento nada autorizado para opinar sobre el tema.

Lo que sí está claro es que la idea del suicidio sí está completamente alejada del planteamiento de Beckett. Este se limita a exponer una situación, y no plantea alternativas de ningún tipo.

Un saludo y gracias por comentar.

Beatriz Rodriguez Soto dijo...

Hola, Carlos: No se si vuelves a revisar tus reseñas de días anteriores. Por si vuelves, quiero añadir a nuestro debate:
En mi opinión, la idea del suicidio sí que está claramente insinuada por los personajes en varias ocasiones. En una de ellas deciden llevarla a cabo pero se rompen sus cinturones con los que pensaban ejecutarlo.
No voy a desviarme con Schopenhauer pero cuando tengas tiempo y ganas de filosofía anímate con su tesis El mundo como voluntad y representación. Disculpas; ya se que este blog es para que tú me recomiendes lecturas a mí y no a la inversa, pero es la afición que le tengo a ese cascarrabias alemán.
Humildes saludos disculpatorios

Carlos Andia dijo...

Tienes absolutamente toda la razón sobre la escena: es un intento de suicidio absurdo y frustrado, pero yo creo que es un instrumento más de los que Beckett utiliza para colocar el mensaje existencialista, y no una posible salida a la situación que plantea.

En cuanto a tu recomendación, no es que sea inoportuna sino que por el contrario siempre agradecemos las ideas de quienes comentáis en el blog. De hecho me estás tentando a releer al viejo Schopenhauer, algo que nunca supuse que haría. Hummm... Lo pensaré.

De nuevo gracias por participar.