jueves, 14 de diciembre de 2017

Pablo Herrán de Viu: Manuel Bergman




Idioma original: Castellano
Año de publicación: 2017
Valoración: Está bien 

 Nueva York es una metrópoli que mengua a la gente hasta hacerla desaparecer. Sus habitantes son seres solitarios, desamparados, frágiles. Nuestro protagonista, Jorge, no es una excepción, como tampoco lo son la mayoría de personas con las que se cruza a lo largo de los quince días que dura la novela. Personas con relaciones que arruinan su vida profesional, o con una vida profesional que arruina sus relaciones. Personas con sueños rotos, aplastados por una realidad inmisericorde. Personas con carencias y defectos. 

 Jorge lleva dos años en la Gran Manzana; dos años estériles. Quiere ser guionista, pero no consigue arrancar. Se da cuenta de que no le será fácil lograrlo. Y tendrá que tomar decisiones difíciles para ello, que le afectaran tanto a él como a su entorno.  

 Este es, a grandes rasgos, el argumento de la novela. La cual, como ya he dicho, dura quince días; cada uno es un capítulo. Debo decir que hay alguno que otro que se hace más largo que un día sin pan (perdón por el chiste malo), pero en general aportan a la trama y no carecen de cierto interés. 

 La historia contiene algo de autoficción y se podría considerar de aprendizaje. Moderadamente trágica, va proporcionando agradables dosis de alivio cómico. Estos toques cómicos (a veces puro humor cínico) me han hecho llevadera la lectura; agradezco su presencia. Y es que difícilmente se me puede mantener por más de doscientas páginas apenado por un personaje; algo más complicado todavía en una historia de corte realista que transcurre en estas coordenadas (país del primer mundo, protagonista sin problemas realmente abrumadores, etc...). 

 Debo destacar la caracterización de los personajes. La gran mayoría están mínimamente desarrollados, y no me ha sido difícil simpatizar con varios de ellos. Lástima que Eve Sternberg sea demasiado excéntrica como para resultar remotamente verosímil (cosa que la obra se empeña en querer demostrar): está claro que es uno de los aspectos de la novela por los que el autor apostó más fuerte. 

 Probablemente una forma de disfrutar este libro es ignorar las palabras de la contraportada, que lo vinculan con autores como Salinger, Fante o Auster (así, tirando a la baja). Y es que la promoción editorial puede resultar, en ocasiones, perjudicial para el producto al que se hace mención. En este caso, acudir a Manuel Bergman con grandes expectativas provocadas por referentes tan enormes puede dejarnos algo desconcertados. 

 Es cierto que la novela toma aspectos de la narrativa de Auster. Algunos de ellos, positivos, aunque se decanta por otros que a mí nunca me han convencido. Por ejemplo, el azar, tratado de forma conveniente, lo que lo vuelve algo artificial y, paradójicamente, premeditado. El doble como entidad más real que la propia identidad. O los personajes excéntricos hasta límites inverosímiles.

 Su inspiración en la obra de Fante me es, honestamente, más difícil de ver. Es cierto que nos encontramos ante un personaje joven que quiere escribir, que parece creer que su existencia y su lugar en el mundo depende de semejante empresa. Pero esa es toda la relación que yo he encontrado entre ambos autores. Sí, no ignoro la autoficción, ni el extranjero que llega a la Gran Manzana con la intención de comerse al mundo. Pero es que Fante toca estas ideas con una honestidad vivencial y profundidad de las que Manuel Bergman carece. 

 Sobre Salinger ya no me pronuncio, porque no he percibido nada relevante que remita a su estilo en esta novela. Y ojalá que no se refieran a lo del joven incomprendido.

 Mi problema con este libro, pues, se resume a la extensión innecesaria de algunos pasajes y a que tiene cierta inclinación a emular las características del Auster que a mí menos me impresiona. En general, pero, transmite una historia que, sin destacar por su originalidad ni relevancia entre otras tantas similares, funciona a su modesta manera. En otras palabras: tiene algún que otro hallazgo propio, aunque la comparación con titanes mucho más capaces le hace un flaco favor. 

miércoles, 13 de diciembre de 2017

Elena Ferrante: La Frantumaglia

Idioma original: italiano
Título original: La frantumaglia
Traducción: Celia Filipetto Isicato
Año de publicación: 2017
Valoración: interesante

Hace más de veinte años que Elena Ferrante escribe con notable éxito y sin embargo es bien poco lo que sabemos de ella. Los medios de comunicación la han acosado hasta la saciedad y al final no les ha quedado otra que entrevistarla por escrito y a través de sus editores que siempre han contribuido celosamente a salvaguardar su privacidad. 

Las preguntas formuladas en dichas entrevistas en diferido se dividen en dos grupos: las que inquieren directamente y sin complejos acerca de su vida personal (y que ella despacha de un plumazo) y las que indagan en su mirada y en su obra con un calado y una concreción tan abrumadora que no puedo evitar sospechar si no pretenderán aturdirla para que se le acabe escapando algún dato personal del estilo «por eso la protagonista de mi novela es rubia como yo». Pero Elena Ferrante se enfrenta a todas esas preguntas con tanta implicación que algunas de sus respuestas adquieren la envergadura y la profundidad de auténticos tratados y es entonces cuando sus editores dicen: vaya, vaya (che sorpresa, en italiano) ¡si con esto hay material para un libro!. Era el año 2003 en Italia y Ferrante ya contaba con sus dos primeras obras publicadas, consagradas y con sendas adaptaciones cinematográficas. A partir de ahí publicó varias obras más (entre ellas la tetralogía Dos amigas que acabó por catapultar a la autora al éxito internacional); las peticiones de entrevistas se incrementaron y Elena Ferrante siguió respondiendo con sus elaboradísimas reflexiones hasta que en 2015, che sorpresa, ya era posible una reedición de La Frantumaglia versión extendida y, esta vez, también para el público hispanohablante. En palabras de su editora, Sandra Ozzola Ferri:

(…) el proyecto de La Frantumaglia consistió siempre en dar a todos sus lectores, desde El amor molesto hasta hoy, con la tetralogía Dos amigas, una escritura que sin demasiados velos, a través de fragmentos varios, apuntes, puntualizaciones, incluso contradicciones, sostuviera las obras de ficción como solo puede hacerlo un libro que acompaña a otros libros.
¿Estoy sugiriendo que la oportunidad hizo al libro? Sí, pero no por eso se le puede negar su interés, que lo tiene. Desde mi punto de vista hay dos maneras de disfrutar la lectura de esta obra:
  • El lector habitual de la obra de Ferrante, probablemente leerá este libro como si cayera en una especie de maravillosa ensoñación en el que la autora desgrana todos y cada uno de los elementos que caracterizan su obra, con esa voz segura y convincente (que no soberbia).
  • El lector accidental o primerizo experimentará su entrada en el mundo literario de una autora muy sólida y con una mirada y una voz realmente poderosas. En este caso, la reiteración de algunas cuestiones concretas que tienen que ver con alguna de sus obras puede llegar a ser algo aburrido pero si nos acogemos a los grandes temas: el abandono, la mujer antigua y la mujer moderna, el cuerpo de la mujer, la violencia... y llegamos a entender los mecanismos mediante los cuales la autora ha llegado a las conclusiones que ha llegado, resulta una lectura muy interesante. Pero tal vez sea por el hecho de que no soy muy conocedora de la obra de Ferrante que el pasaje que más me ha gustado de todo el libro es el que lleva precisamente el título de La Frantumaglia. Ese capítulo es el único con una carga autobiográfica considerable pero hace gala de una capacidad de introspección como no había visto antes y resulta un texto intensísimo a la par que bello.
Pero seamos más o menos incondicionales de esta autora, la lectura de sus entrevistas y de sus reflexiones ya nos pueden facilitar una idea muy clara de la magnitud del monstruo literario que tenemos delante: su pensamiento humanista, su compromiso absoluto con lo que escribe, el temperamento aguerrido y severo con el que aborda los conflictos que quiere transmitir; su gran capacidad introspectiva (e inconformista) y la habilidad para darle traslado a sus personajes, su mirada femenina moderna y, a la vez, bien conocedora de lo que conlleva su legado. 

En resumen, y más allá del oportunismo que mencionaba, este primer acercamiento a Elena Ferrante me ha dejado profundamente impresionada y para evitar un mayor desparrame de elogios concluiré con un sencillo y contundente Elena Ferrante pilota bastante. De ahí mi valoración de interesante con la puntualización de imprescincible para aquellos que ya son lectores devotos.

En relación al título, en el libro se hacen tantas alusiones y con tantas metáforas que acaba resultando confuso. En realidad, el libro de La Frantumaglia es un compendio o recopilatorio de material alrededor de la obra de la autora y frantumi significa algo así como fragmentos o trocitos, por lo que doy por zanjado el enigma. 

Y ya para terminar, bonus track navideño en forma de banal cotilleo: hará cosa de un año un periódico italiano invirtió una cantidad nada desdeñable de sus recursos para desenmascarar a la escurridiza Elena Ferrante y, al parecer, lo consiguió. Libres sois de activar o no este link. (Y qué buena noticia sería que se emplearan la mitad de esfuerzos para desenmascarar y encarcelar a tanto corrupto que anda suelto).

martes, 12 de diciembre de 2017

Martín Caparrós: Larga distancia

Año de publicación: 1992
Valoración: Muy recomendable

No es fácil etiquetar este libro. O, mejor dicho, no es fácil etiquetar este libro en una sola categoría porque "Larga distancia" es, al mismo tiempo, crónica o reportaje periodístico, relato puro y duro, ensayo y crónica de viajes. Y es que los dieciocho textos que componen esta edición 2017 de "Larga distancia", cortesía de Malpaso, son de lo más variopinto, tanto en género y extensión como en ubicación geográfica.

Escritos todos ellos a finales de los 80 y primeros 90 y originalmente publicados en 1992, los textos se sitúan, entre otros, en lugares tan dispares como la Rusia post-perestroika, la China post-Tiananmén, el Haití de Jean Bertrand Aristide o la Bolivia cocalera. En cuanto a género, se alternan, mayoritariamente, las crónicas periodísticas con relatos más o menos ficticios sobre personajes históricos.

Las crónicas periodísticas son impresionantes. No me ando por las ramas: me han encantado. Con una mezcla de datos objetivos (estadísticas de producción, cifras de exportaciones, etc), observaciones subjetivas y entrevistas con testigos o protagonistas directos de los acontecimientos, ya sea el presidente Jean Bertrand Aristide o un violinista callejero, Caparrós pone de manifiesto las contradicciones provocadas por la "aceleración (¿o fue el fin?) de la historia" que tuvo lugar a finales del siglo XX. Valga como ejemplo la URSS en descomposición, con sus viejos nostálgicos y los jóvenes deseosos de McDonalds y Mercedes; también la China de principios de los 90, en un desaforado proceso de occidentalización que hace aún más visibles los contrastes derivados de aquello de "un país, dos sistemas"; o la Bolivia que ignoró e incluso delató al Che y su guerrilla y que ahora lo venera como un santo. 
Merece también la pena destacar esas observaciones subjetivas del autor. Es innegable su sesgo ideológico (alguien dijo por ahí que somos subjetivos porque no somos objetos). Independientemente de ese sesgo, Caparrós marca distancia con las realidades de las que escribe, tratándolas en muchos momentos con buenas dosis de ironía. Por último el estilo del autor, directo y ágil, hace que nos traslademos en un abrir y cerrar de ojos a los lugares que los protagonizan y que la lectura de las crónicas sea sumamente entretenida.
No quisiera en esta parte de la reseña olvidarme del texto "Malcolm Lowry. Ni el volcán", una tremenda entrevista con el autor británico que, por sí sola, es una verdadera joya.

Intercalados entre las crónicas periodísticas nos encontramos con breves semblanzas, a modo de relatos cortos, de personajes como Fouché, Alcibíades o Saderman, poliemigrado ruso del que Caparrós nos narra su peculiar descubrimiento de América. Estos textos son aún más irónicos que los de marcado carácter periodístico, pero he decir que me han resultado menos interesantes.

Y es que aquellos tienen un nivel muy alto. Además de su innegable calidad literaria, poseen la virtud de la inmediatez, de generar imágenes casi documentales y de meternos de lleno, en apenas unas frases, en realidades tan distintas y distantes.

Eso sí, tanto en unos textos como en otros, siempre están el viaje y el mito, tan unidos desde aquellos lejanos días de islas soñadas y cantos de sirena. El viaje como experiencia, ya sea por trabajo o por ocio, iniciático o de huida, en el que lo importante es llegar, mirar, observar y, por encima de todo,  volver para contarlo

También de Caparrós en ULAD: El hambre

lunes, 11 de diciembre de 2017

Angela Davis: La libertad es una batalla constante: Ferguson, Palestina y los cimientos de un movimiento

Idioma original: inglés
Título original: Freedom Is a Constant Struggle: Ferguson, Palestine, and the Foundations of a Movement
Año de publicación: 2015
Valoración: está bien

Personaje clave en el activismo mundial, Angela Davis ha luchado a lo largo de su vida en favor de muchas causas, todas ellas con un elemento común: la igualdad social y la defensa de las clases más desfavorecidas de la sociedad. La figura de la autora es ampliamente conocida en el mundo del activismo, y su pasado es una clara muestra de su compromiso; de ideas marxistas (lo cual supuso su expulsión como profesora de la Universidad de California en época macarthista), estuvo también implicada en el movimiento de las Panteras Negras e incluso fue acusada de asesinato en un altercado con la policía (del que acabó siendo absuelta), motivo por el cual se dio a la fuga, siendo perseguida por el FBI y causando que apareciera en la lista de las diez personas más buscadas del planeta por terrorismo. Por tanto, es evidente que, más allá de compartir (o no) sus teorías y su ideología, la vida llevada a cabo por la autora la sitúa como una voz a tener en cuenta por el activismo.

Con una estructura basada en diez capítulos cortos, correspondientes a conferencias impartidas por todo el mundo y entrevistas por diferentes medios de comunicación, el propósito del libro es exponer diferentes temas que deberían ser cuestionados por la sociedad, y establecer un marco donde plasmar las reflexiones ante ciertos aspectos que deberían ser tratados, para lograr con ello una sociedad más justa y equilibrada. De esta manera, a pesar de que cada capítulo es independiente y, por tanto, puede leerse de forma independiente, sí existe entre ellos una conexión respecto a los temas tratados, de manera que podemos encontrar el mismo tema en varios capítulos. Este aspecto ayuda a interiorizar los temas expuestos, pero también produce una gran sensación de repetición si uno lee el libro de manera continua. Por tanto, ahí mi primera recomendación: tratar el libro como libro de consulta, y leerlo en diferentes momentos alternándolo con otras lecturas. Otra recomendación que añadiría es tener cierta información previa sobre los temas tratados, para poder aprovechar los conocimientos que la autora expone (otra opción sería leer este libro para abrir la mente a los temas expuestos, y profundizar posteriormente).

El conjunto de conferencias y entrevistas publicado trata, en primer lugar, sobre la colectivización en los movimientos, la formación de los Black Panthers y qué pretendían conseguir, enlazando este tema con los altercados de Ferguson; ahí habla sobre la policía y su formación con técnicas propias de un ejército y echa una mirada atrás enlazando este tema con la colonización y la esclavitud vinculadas a la historia de los E.E.U.U. Manteniendo el discurso sobre estos ejes, aborda los problemas del racismo en la sociedad norteamericana a todos los niveles, especialmente el económico y social. Profundizando el discurso, habla de Martin Luther King, del movimiento Black Lives Matters, de Rosa Parks e incluso de Barack Obama, y enlaza el tema del racismo con el conflicto entre Israel y Palestina, explicando la importancia de las facciones colectivas en la lucha contra el racismo y la desigualdad. La lucha en comunidad es la única que puede hacer posible el éxito en su propósito, la comunidad es la que mantiene la esperanza y el optimismo, porque hay que afrontar el tema del racismo, no a través de casos individuales, sino de manera sistémica; la autora defiende la importancia de la difusión sobre la necesidad de la lucha, y vincularla al mayor número posible de países, exponiendo los temas con una mirada global, estableciendo paralelismos entre lo que ocurre en un territorio y lo que ocurre en otros, para que la población entienda que esos conflictos no pertenecen a un territorio concreto sino que se trata de problemas globales, pues afectan a los derechos humanos. En este aspecto, trata también la lucha por los derechos de las mujeres, y la necesaria involucración de los hombres con la causa, la importancia de su implicación en el feminismo, así como los derechos del colectivo LGTBI.

Adicionalmente, el libro también plantea interesantes cuestiones sobre las cárceles, su necesidad y su función en la sociedad; la autora es muy crítica con ellas por considerarlas un negocio que interesa al estado y por no estar orientada a la ayuda a los presos, sino a intereses económicos que incluso se expanden más allá de las propias cárceles, hasta llegar a las escuelas donde los profesores son formados en el uso de armas. Sus ideas van en el camino de que en lugar de tratar los orígenes de los delincuentes y las causas que les ha llevado a la cometer los delitos, simplemente se actúa sobre las consecuencias. Según su visión, se debería analizar el por qué una persona llega a cometer los crímenes, qué provoca que su manera de ser cambie para llegar a ser capaz a de cometer un crimen; haciendo especial hincapié en la falta de formación y de oportunidades, se deberían analizar las causas psicológicas que llevan a una persona en una sociedad a cometer actos delictivos y centrar el esfuerzo en corregir el comportamiento antes de que el suceso ocurra (cuestión largamente tratada a lo largo del tiempo, como hizo, por ejemplo, Victor Hugo hace doscientos años). La autora aprovecha la reflexión sobre el sistema penitenciario para criticar instituciones como el FBI o la CIA por su dificultad en adaptarse a la sociedad, afirmando que «la memoria individual es mucho menos duradera que la memoria de las instituciones, sobre todo de las instituciones represivas».

De esta manera, el libro plantea un conjunto de reflexiones interesantes y sitúa la lucha por las libertades en una lucha global, destacando que, para conseguir su resultado, es necesaria la interconexión entre luchas parecidas en distintos territorios, la internacionalización de la batalla en diferentes lugares estableciendo un marco común para conseguir empatía entre los diferentes pueblos y unir a la población de diferentes lugares en una misma lucha, por una misma causa: «La lucha contra los abusos atañe a todos, es global, estableciendo una solidaridad entre pueblos en una lucha común contra los abusos, en una batalla global a favor de la libertad». Interesante libro, a pesar de su excesiva reiteración de temas que lastra bastante su lectura, pues aporta una mirada crítica al mundo en el que vivimos, lo cual siempre es bueno.

domingo, 10 de diciembre de 2017

Isaac Asimov: El fin de la eternidad

Idioma original: inglés
Título original: The end of eternity
Año de publicación: 1955
Traducción: Fritz Sengespeck
Valoración: recomendable

A pesar de la mala calidad, no he podido evitar reproducir la imagen de la portada de la edición de Martínez Roca que fue la que leí de esta novela: por primera vez, hace de ello unas tres décadas. A costa de hacerme pesado, recuerdo que la portada, de un entrañable tono kitsch, me recordaba más bien a las películas subidas de tono de los últimos 70, y que, en un arrebato de pudor, forré el libro en una tonalidad neutra. La portada, entonces, me parecía equivocada y sonrojante.

Sin ser un entusiasta del género, se me ocurren unas cuantas películas que beben parcial o totalmente de lo planteado en este libro: viajes en el tiempo atrás y adelante (nada, unos cientos de siglos), con el objeto de actuar quirúrgicamente sobre hechos del pasado, calculando su repercusión en el futuro. Con sus conceptos, sus cálculos, sus figuras, este es Asimov a pleno rendimiento. Lo cual no deja de ser un estímulo algo relativo, pues lo que tiene la ciencia ficción de libertad creativa lo tiene de limitación literaria cuando se tiene que sujetar a cierta rigidez formal. Todo parece tener que ser muy grave y muy trascendente y ese requisito oficioso aporta cierta solemnidad.
El fin de la eternidad podría ser un ejemplo paradigmático por cuanto su premisa inicial no puede ser más sugerente: un mundo en el que los viajes en el tiempo son posibles y no solo eso. Son aprovechados para efectuar los retoques necesarios con objeto de mejorar la realidad del futuro que entonces será presente. De esos cambios se ocupan los ejecutores, y Harlan es uno de ellos, un tipo que viaja entre siglos y provoca, previos severos análisis, los ajustes que provocarán problemas en el futuro. Para ello usa una especie de cabina o cápsula y sus viajes llegan (no es cuestión de quedarse corto, esto es sci-fi) hasta el siglo 111.000 si eso hace falta. En ese mundo donde unos cuantos han sido privilegiados con la condición de eternos, Harlan calcula los cambios y cómo sus consecuencias se extienden al futuro. Puede evitar una guerra provocando que alguien no llegue a tiempo a una reunión o puede generar el hallazgo casual que haga que un investigador avance en algún descubrimiento.
Pero el amor. Ah, el amor. Si la fe mueve montañas el amor no va a mover siglos. Harlan cae rendido ante los encantos de Noys, una atractiva mujer que le han puesto de señuelo para ver si su inquebrantable rigor profesional es susceptible de tener fisuras. Entonces Harlan descubre que cualquier cambio en el pasado puede alejarle de la situación en la que ha sido capaz de seducir a esa mujer. Y decide traicionar a la Eternidad y hacer lo posible para que eso no suceda.
Un planteamiento audaz, a la vez solemne y algo ingenuo. Que funciona muy bien hasta, más o menos, las tres cuartas partes del libro. Y seguramente sea un peaje que ha de pagar la ciencia ficción para evitar descender a los abismos de la pura fantasía. Las cosas han de cuadrar, y el último cuarto del libro se convierte en algo lioso e intrincado en aras de ese objetivo, de que el lector lo vea todo como coherente y rayano con lo posible (solamente hay que desestimar eso de que el tiempo es lineal, bastante sencillo), con lo cual empiezan a intervenir diferentes elementos (científicos que participan en la creación de la Eternidad, teorías conspirativas y líos varios con unos miles de siglos arriba y abajo, el tabú de encontrarse a sí mismo en el futuro o en el pasado y llegar a verse, etc.) cosa que dificulta la comprensión del texto en sí hasta que la narración toma un rumbo casi policial que permite un final rotundo aunque algo decepcionante.

sábado, 9 de diciembre de 2017

Bret Easton Ellis: Lunar Park


Idioma original: Inglés
Título original: Lunar Park  
Traductor: Juiz Rodríguez Cruz
Año de publicación: 2005
Valoración: Repugnante 

 Me encanta American Psycho, de Bret Easton Ellis. Tengo veintidós años y ya he leído esta novela cuatro veces. Pienso que su factura es perfecta (aunque, ciertamente, algo inaccesible); es un libro con un inusual paralelismo entre lo que quiere comunicar y los aspectos formales. También he leído Menos que cero, la primera novela de Ellis. Ha envejecido mal, no lo niego, pero no es un auténtico despropósito. Lo tercero que he abordado del autor es Lunar Park, y me ha parecido un insulto. Mira que tenía todos los ingredientes para que me gustara: una mezcla de realidad y ficción, a Patrick Bateman (el protagonista de American Psycho) y sucesos de apariencia sobrenatural. ¿Cómo ha podido naufragar de tal manera una historia tan prometedora?

 Creo que a Ellis le ocurre como a Chuk Palahniuk. Ambos autores lograban escandalizar al principio. Ahora, sin embargo, no lo consiguen con la misma efectividad. Pese a sus constantes esfuerzos. Y, para colmo, esta insistencia les vuelve machacones. La polémica no es ya un medio para ellos, sino un fin absurdo y gratuito. Ya cansa que recurran a ella una y otra vez, irreflexivamente. 

 Lunar Park parecía haberse dado cuenta de esto. Al empezarla, pensé que Ellis se estaba redimiendo, que iba a cambiar de modus operandi; una lástima que no fuera así. El escritor vuelve al shock que en su momento le funcionó, y que ahora no es más que un recurso barato: sexo pornográfico, violencia extrema y drogas duras. Bret Easton Ellis cae de nuevo en la provocación. Lo peor es que no por inercia, sino que para vacilarnos, pero ya llegaremos a esto. 

 La premisa de la novela no es muy original. Ellis es perseguido por una de sus creaciones. El adversario del escritor es una confusa mezcla entre Bateman y su padre ya difunto (quien fue, de hecho, su principal inspiración a la hora de concebir al asesino de American Psycho). Metaliteratura a punta pala, vamos. Ellis es el protagonista del duelo al que ya tantos otros se han enfrentado: pienso en Frankestein, de Shelley, o en Beaumont, de King. 

 El protagonista de Lunar Park está lleno de defectos. Lo sabe y hasta lo reconoce. Esta es una buena decisión. Al fin y al cabo, ya no estamos frente a los desubicados adolescentes de Menos que cero, ya no hablamos del psicópata completamente ido de American Psycho. No, el protagonista no es otro que el propio Ellis, autor de los anteriormente citados libros. Este enfant terrible que escandalizó al panorama literario en el pasado parece haber madurado: se arrepiente de sus errores. ¿Pues por qué sigue cometiéndolos? No para. Drogas, alcohol, mujeres. Y no tengo ni idea de por qué narices le aguanta su cabreada esposa (añadido ficticio, por cierto). 

 Ellis, en una entrevista, aseguró que escribiendo esta novela se estaba mofando de la visión que la gente se había formado sobre él. Pues bien, esto me parece una pataleta infantil. Al principio de su carrera, esa intención me hubiera parecido justificada. Ya sabes, por lo de indignar a un público hipócritamente remilgado, que se lo tiene bien merecido. Pero a estas alturas no lo veo necesario. Creo, incluso, que está fuera de lugar. Los lectores ya no son igual de impresionables que antaño. Ya no tienes que escandalizarlos para reírte de ellos. Por eso no veo por qué nos tiene que tomar el pelo. En Lunar Park no buscamos la redención de Ellis por morbo. Él nos la ofrece en bandeja de plata al iniciar este libro, y cuando nos ha dado una falsa impresión, nos la quita delante de nuestras narices. ¿Qué recibimos a cambio de nuestra credulidad? Que en su novela nos haga pensar que se está flagelando para después acabar riéndose en nuestra cara. 

 Ellis también confirmó que el protagonista de la novela está basado un 60% en él. ¿Dónde empieza realmente, pues, esa versión que el lector se ha fabricado sobre Ellis si él mismo confiesa haberse inspirado mayoritariamente en sí mismo?

 En definitiva: mientras que Lunar Park arranca con un agradable sabor a autocrítica (personal y literaria), acaba por recurrir a los tropos de siempre. Lo que parecía una especie de autobiografía no autorizada, la confesión avergonzada y a regañadientes de una persona que ha cambiado, da paso a una dispersa sucesión de momentos que buscan ser polémicos y que acaban contradiciendo el que se nos hizo creer (a traición) que era el mensaje inicial. Dichos momentos, por cierto, opacan la supuesta historia principal de la novela, aquélla en la que el escritor se ve inmerso en una persecución metaliteraria. 

 Mejor paro, que sueno a ex pareja despechada, a moralista barato. ¿Soy un exagerado? ¿Soy injusto al reclamar algo a una obra, algo que creía que el autor me estaba ofreciendo? Al fin y al cabo, hay muchas reseñas celebrando aquello que yo critico. Ni idea. Va, Ellis, riéte de mí, si quieres; felicidades, has conseguido indignarme. Lo único que tengo claro es que es poco probable que relea tu Lunar Park. Para ver a Bateman ya tengo suficiente con American Psycho o la excepcional encarnación de Christian Bale. 

También de Bret Easton Ellis en ULAD: American PsychoMenos que cero, Suites Imperiales 

viernes, 8 de diciembre de 2017

Serguey Dovlátov: El compromiso

Idioma original: ruso
Título original: Компромисс (Kompromiss)
Año de publicación: 1981
Traducción: Miquel Cabal Guarro (al catalán); Moisés Ramírez Trapero y Anna Alcorta Pita (al castellano)
Valoración: muy recomendable

Hasta hace poco ni siquiera sabía quién era este Serguey Dovlátov (sí, ya sé que ha sido reseñado en Un Libro Al Día... pero uno no siempre hace los deberes), pero ahora ya puedo decir, tras haber leído dos de sus libros -vale que son más bien finitos-, La maleta y este El compromiso, que sin duda es uno de los escritores con los que más me podría identificar... si ese verbo no llevara aparejado cierta presunción por mi parte. Digamos entonces que es uno de los escritores con los que más hermanado me siento, uno de esos autores y, en este caso, personajes, a los que no cabe sino calificar como "uno de los nuestros"... ¿Qué quienes son los nuestros? Pues me temo que todos aquellos en las que las intenciones son siempre mejores que las realizaciones. Los dispersos, los disolutos, los procrastinadores, los contradictorios, los dipsómanos (aunque sea poco, para el estándar soviético) y los desastrosos en general. También, hay que decirlo, aquéllos que tratan de hacer las cosas bien pero las circunstancias, que son muy suyas, se retuercen para que no quede otra que hacerlas de la mejor manera posible, o sea, como se puede, que no siempre es lo mejor...

La maleta, ya reseñada en ULAD, consiste en una suerte de crónica, estupenda, sobre la vida del autor en la Unión Soviética, tomando como partida las prendas de ropa que se llevó de allí cuando emigró a los EEUU, en 1978. El compromiso sigue un esquema parecido, en cierto modo, sólo que aquí el elemento que da pie a las remembranzas es una serie de artículos periodísticos escritos por Dovlátov mientras trabajaba en el periódico Estonia Soviética, de Tallinn, justo en los años precedentes. El "compromiso" al que hace referencia el título es, pues, el compromiso con la verdad y la transmisión de esta a los lectores u oyentes -hay también alguna historia de la radio- que deben, en teoría, cumplir todos los que se dedican al periodismo. pero, como bien sabe cualquiera que haya leído a este autor, la ironía es inherente a todo lo que escribió: divide el libro en doce capítulos, doce "compromisos", en los que, digamos, esa máxima de informar con veracidad y honestidad no se cumple o lo hace -lo intenta, al menos- por medio de caminos bien torcidos. ¿Qué puedes hacer, después de todo, si tienes que cubrir el reencuentro anual de los veteranos de los campos de prisioneros alemanes... antes de serlo de los soviéticos? ¿O esperar el nacimiento del ciudadano 400000 de Tallinn, pero cuidando de que el recién nacido se adecue a las expectativas del buen ciudadano socialista? ¿O te toca cubrir el entierro de un directivo de la televisión y acabas haciéndole la corbata y portando el ataúd? ¿O si una conocida te pide que le busques un instructor en materia sexual, puesto que parece que su marido no es muy ducho en el tema? Dovlátov se mueve por estas y otras peripecias con el aire perplejo del hombre justo  pero batido por la fuerza de las circunstancias, que no siempre lo son, y te animan a tomar derroteros poco virtuosos. Coadyuvado por sus aún menos ortodoxos compañeros: el borrachín fotógrafo Jbánkov, el amoral Xablinski o el inclasificable y feroz individualista Busch. De todos modos, la naturaleza del libro no consiste en una simple crónica pícara o canallesca al uso; la del autor es, sobre todo, una mirada profundamente tolerante, aunque sea por resignación, sobre las debilidades y desventuras humanas. Compasiva, si se quiere, aunque sea porque Dovlátov no se sabe mejor -o no pretende serlo- que los personajes que retrata.

Por último, quizá quien contemple con cierta condescendencia o incluso conmiseración el desventurado ejercicio de la profesión periodística en un estado donde impere el socialismo real (también llamado desde otras perspectivas "capitalismo de Estado", algo que queda muy bien reflejado en este libro), debería echar un vistazo a las vicisitudes de los periodistas en algún país que se desarrolle dentro del sistema capitalista de libre consumo (y con libertad de expresión, se entiende) en este siglo XXI... como por ejemplo España. No obstante, no seré yo quien haga una comparativa, y hay que admitir que la labor periodística y el transcurrir de la vida ciudadana, en general, en la URSS de Brézhnev tenía sus peculiaridades propias. Con permiso reproduzco un párrafo del libro harto significativo -también del estilo y la actitud de Dovlátov-:

"En el mundo periodístico, a cada uno se le permitía hacer una sola cosa, transgredir los principios de la moral socialista en un solo aspecto. es decir, a uno de le permitía beber. A otro hacer el sinvergüenza. A un tercero, contar chistes políticos. Al cuarto, ser judío. Al quinto, no ser del partido, Al sexto, llevar una vida sin moral. Etcétera. pero a cada uno, repito, le dejan pasar nada más que una cosa. No se puede ser un borracho y judío, entonces. O un sinvergüenza sin ser del Partido.
Yo era perniciosamente polifacético. Es decir, me permitía un poco de todo."

¿Como no sentirse  hermanado con él?


Otros títulos de Serguey Dovlátov reseñados en Un Libro Al Día: La maleta

jueves, 7 de diciembre de 2017

Yanis Varoufakis: ¿Y los pobres sufren lo que deben?


Idioma original: inglés
Título original: And the Weak Suffer What They ?:
Europe's Crisis and America's Economic Future
Año de publicación: 2016
Valoración: Muy recomendable (para interesados)




“Hay algo que es seguro, y es que Europa es demasiado importante como para que la dejemos en manos de sus despistados dirigentes”
Y.V.
Al escoger una cita de Tucídides (Historia de la guerra del Peloponeso) para dar título a este ensayo, el profesor y ex ministro griego anuncia la orientación que dará a su discurso. Y es que tras lo evidente –su interés por reducir las enormes diferencias entre las zonas más y menos prósperas de la Comunidad Europea– encontramos a un escritor culto, didáctico y ameno, que además de manejar con soltura los conceptos económicos como era de esperar, está familiarizado con los clásicos y es capaz de construir un texto claro, conciso y perfectamente argumentado con las metáforas precisas para hacerse entender.
Para marcar el camino recorrido desde el loable proyecto de crear una Europa unida hasta los terribles desencuentros entre países europeos producidos tras la crisis de 2010, Varoufakis se remonta al papel que ejerció Estados Unidos en la reconstrucción de las economías europeas al poco de acabar la Segunda Guerra, gracias al cual se convertiría en árbitro de la economía mundial a lo largo de unas cuantas décadas. La explicación pormenorizada de las diferentes fases que tuvieron lugar en el complejo entramado internacional y la postura de los políticos más relevantes que influiría decisivamente en los acontecimientos posteriores ocupa más de la mitad del libro. Se trataba –y no era nada fácil– de amigar territorios que hasta hacía poco habían luchado entre ellos, de unificar fronteras y crear instituciones comunes con el fin de reconstruir y prosperar. El plan que levantaría Europa fue diseñado por los New Dealers de Bob Kennedy en 1944 y su derribo, provocado por su expulsión de la zona dólar durante el mandato de Nixon en 1971, hizo plantearse a Francia y Alemania una futura unión monetaria que, al estar mal concebida de raíz, llevaría el germen de su posterior decadencia. Pero antes de eso Estados Unidos adoptaría otra decisión trascendental: conseguir que el resto de países europeos aceptase la condonación de la deuda alemana contraída antes de la guerra convirtiendo con ello a Alemania en la potencia industrial que conocemos.
Como sabemos –y el autor explica con todo detalle –el primer paso para la creación de una Europa unida consistió en crear, en 1951, la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA), integrada por seis países, para establecer precios comunes y disponer la libre circulación de mercancías que más tarde se ampliaría a los productos agrícolas. La propuesta francesa de una moneda común constituiría una etapa más del largo proceso, liderado por Francia y Alemania, que acabó dando lugar a la actual Unión Europea.
Es fácil concluir que el antiguo liderazgo ha resultado decisivo para configurarla tal como es y determinar los mecanismos de su funcionamiento. El gran fallo –como en su momento predijo Margaret Tatcher– fue organizar la economía al margen de la política, objetivo imposible que dejó las decisiones finales en manos de un sistema financiero que, al no tener que rendir cuentas a los representantes elegidos democráticamente, por fuerza condujo a un sistema esencialmente autoritario, un sistema dirigido por burócratas franco-alemanes que antepone el predominio de los fuertes a la esperada prosperidad de todos. El desenlace, lejos de ser casual, fue programado a grandes rasgos por élites y monopolios para tomar en exclusiva las riendas económicas del continente. Dentro de ese esquema hay agravantes, como ocurrió cuando los bancos europeos se esforzaron en conceder préstamos a los ciudadanos menos hipotecados hasta entonces, los del sur, dejándolos con deudas imposibles de pagar una vez sobrevenida la crisis. El predominio financiero se refuerza a base de  comportamientos, a primera vista ilógicos, como admitir en la zona euro a países que en principio no cumplían los criterios del Tratado de Maastricht y, una vez dentro, obligarles a cumplirlos condenándolos a una pobreza creciente. Y no parece haber otro remedio porque no es fácil empezar de cero recuperando la moneda anterior.
Tal desequilibrio, sin una federación que ampare a la Unión Europea ni instrumentos que regulen los mercados, los desestabiliza y produce crisis periódicas. Pero además Varoufakis comprende que una organización de este tipo no es inmune a los totalitarismos, sobre todo cuando está dirigida de arriba abajo y su riqueza se vuelve cada vez más asimétrica. De ahí, amenazas como el creciente racismo ante quienes, se supone, vienen a usurpar derechos ya de por sí muy deteriorados, la aparición de grupos neofascistas (sobre todo, el griego Amanecer Dorado) o las recientes disputas entre gobiernos por el acogimiento, o no, de refugiados sirios.
Los augurios son, como mínimo, frustrantes: “En un bucle interminable de refuerzo aterrador, el autoritarismo y el malestar económico seguirán alimentándose entre ellos hasta que Europa llegue a su punto de ruptura”. Habrá que esperar que se equivoque. O que las medidas que propone -él y otros- se tengan en cuenta.

miércoles, 6 de diciembre de 2017

Juan José Saer: La grande

Idioma original: castellano
Año de publicación: 2008
Valoración: Muy (pero muy, muy) recomendable

Un hombre abandona la ciudad y no se sabe de él durante treinta años. Al cabo de ese tiempo vuelve, busca a uno de sus antiguos amigos y charla con él en un bar. Para contar esto, Juan José Saer emplea unas cincuenta páginas. Como emplea grandes párrafos o varias páginas para describir cómo alguien abre un paraguas plegable o cose un botón, o la búsqueda de una pauta para consumir un plato de aceitunas verdes y negras en función de la potencia de su respectivo sabor. Qué quieren que les diga, son muchas, sí, pero qué páginas. La prosa de Saer puede parecer excesiva, con su frase demorada, sinuosa, en la que una subordinada se descubre en el interior de otra subordinada, y así sucesivamente, como matrioshkas o pequeños puzles, oraciones interminables que son como un eco de pensamientos no errantes sino, al contrario, de una precisión mareante. Frases que requieren leerse un poco hacia delante y hacia atrás, que necesitan reconstruirse, que se inflan como una burbuja creciente e impredecible y terminan estallando en un verbo solitario. Pero nada es gratuito, todo está donde debe estar y en su dosis exacta. Si encima sabemos –luego diré por qué- que este caballero, Saer, apenas corregía nada de sus escritos, lo que sugiere que todo ese torrente le salía con naturalidad, llegamos a la conclusión de que era un monstruo.

Pero vayamos por partes. ‘La grande’ es de alguna manera una novela coral sin más hilo argumental que el retorno a que me refería al principio, y que desemboca en una reunión de amigos en torno a un asado, un día de verano. De forma que las cuatrocientas y muchas páginas se dedican a explorar, a veces en el pasado de alguno de los personajes, otras veces en su personalidad, o en aspectos sociales o literarios. Así nos enteramos de que Gutiérrez, el retornado, fue pasante de un despacho de abogados que uno de sus socios, Mario Brando, utilizó como sala de máquinas de un movimiento literario local conocido como precisionismo. La peculiar personalidad de Brando y su contacto con la élite social y militar del país provocan la agitación del ambiente cultural, y suscitan el estudio del fenómeno por parte de alguno de los personajes, al mismo tiempo que el desprecio de otros. En contacto con ese entorno por diferentes vías se encuentra Nula, un joven vendedor de vinos con aspiraciones intelectuales y la autoestima en posición cenital, que a su vez tuvo una relación poco común con la hija de aquel Gutiérrez. Teniendo como fondo, como transparentándose, la pequeña historia del singular movimiento literario, se van superponiendo diferentes planos temporales de todos estos personajes, descritos con calma, de forma pausada y concienzuda, entreverados con la climatología cambiante, paisajes fluviales o ligeras inmersiones en los aconteceres políticos.

Como decía, la prosa de Saer no se parece a nada corriente, cuesta asimilar su envergadura en un primer momento, incluso puede resultar pesada cuando hemos consumido digamos un cuarto, o un tercio, y vemos lo poco que hemos avanzado si atendemos a un modelo argumental preconcebido. Pero en mi opinión, y sin pretender pontificar, cuando uno se enfrenta a textos así, tan poderosos o tan alejados de lo convencional –en ritmo, en forma, en perspectiva-, la clave está en dejarse llevar, no pretender dominar el trabajo del autor sino sumergirse en la corriente que propone. En este caso al menos, el resultado es reconfortante.

Con todo lo dicho hasta ahora, descripciones que rozan el hiperrealismo, manejo mágico del lenguaje, encaje perfecto de las diversas líneas del relato, por supuesto humor fino, inteligente, sin rehuir la crudeza en su momento justo, con todo ello ¿le podemos pedir más, algo que nos moviese a ponerle el cartelito de Imprescindible? ¿Tal vez un argumento de mayor recorrido, más visual o estimulante para el lector? ¿Personajes algo más humanos, menos sutiles, o que a veces no parezcan algo plastificados? ¿Quizá Leopold Bloom podía haber sido un tipo un poco más interesante, o podía haber ocurrido algo menos vulgar aquel 16 de junio en el Dublín del 'Ulises'? Pues tal vez, nada es perfecto, pero si escrutamos un poco más, tras la aparente linealidad de esos personajes encontraremos siempre algunos misterios, zonas de sombra a veces importantes y otras veces nimias, que quedarán en ocasiones desveladas y otras ocultas para siempre. Y para eso hay que mirar con atención, con pausa.

El caso es que después de esa inmensa marea de literatura con mayúsculas que contiene el libro, tras el memorable (y esta vez breve) cuadro de un colibrí que aparece en el jardín y deja petrificados a los presentes, el relato queda cortado de cuajo. Saer murió justamente cuando se encontraba a punto de terminar el libro y, según la nota del editor que se incluye al final (por ella sé lo de las correcciones), tenía proyectado un capítulo final mucho menos extenso que los anteriores, de forma que nos queda la clara sensación de quedarnos al borde de algo, una sensación que hace de la novela, por inconclusa, algo todavía mucho más grande. Maldita sea.


Otras obras de Juan José Saer en ULAD: La pesquisaEl entenadoNadie nunca nadaCicatrices

martes, 5 de diciembre de 2017

Joyce Carol Oates: El señor de las muñecas y otros cuentos de terror

Idioma original: inglés
Título original: The doll master and other tales of terror
Año de publicación: 2016
Traductora: Laura Vidal
Valoración: recomendable

Esta reseña podría empezar con ese famoso meme de internet que dice: "EMOSIDO ENGAÑADO". Lo digo por el subtítulo: "y otros cuentos de terror"; de hecho, yo encontré este libro en una lista de libros recomendados para Haloween, y pensé: "Joyce Carol Oates + terror = me lanzo de cabeza". Y el problema es que varios, por no decir casi todos, los relatos que componen el libro, solo pueden llamarse relatos de terror en un sentido bastante vago y muy alejado del canon tradicional del género (Poe, Lovecraft, Stephen King y compañía).

Aunque también hay otra forma más positiva de verlo: el hecho de catalogar estos relatos como "relatos de terror" nos obliga a repensar los límites del género, los elementos que lo definen y las expectativas que despierta en el lector el término "terror" (que por cierto creo que tiene connotaciones diferentes en español y en inglés, sobre todo desde que se declaró la War on Terror).

De los seis relatos que componen el libro, hay dos que encajan mejor en lo que esperamos en el género de terror: en "El señor de las muñecas", un niño (y después joven) "encuentra" una serie de muñecas indicadas por su amigo invisible (el "señor de las muñecas" del título), con las que intenta sustituir la que le quitaron sus padres después de que su prima muriera de leucemia; solo que las muñecas que encuentra quizás son demasiado humanas para ser simplemente muñecas. En "mamaíta", en cambio, lo que encontramos es una familia aparentemente ideal y acogedora, pero que en el cuarto del fondo de la casa guarda un secreto: un secreto que quizás tenga que ver con por qué están desapareciendo niños y mascotas en la ciudad. Y hasta aquí puedo leer.

"Ecuatorial" es probablemente mi relato preferido del libro. Con una técnica magistral, Oates consigue crear una ambigüedad terrible y maravillosa en torno a un matrimonio estadounidense que viaja por Sudamérica. ¿Es el marido infiel a su mujer, y busca secretamente la forma de librarse de ella? ¿O es la mujer una paranoica que, por puro miedo, va a acabar matando a un marido inocente y cariñoso? El relato mantiene al lector (y a la protagonista) en un vaivén constante entre ambas posibilidades, sin que sea fácil decidirse por ninguna de las dos, incluso después de terminar el relato.

En "Soldado" y "Accidente por arma de fuego" hay violencia, pero no terror; de hecho, en estos dos relatos Joyce Carol Oates apunta a dos temas que quien la siga en Twitter reconocerá como dos de sus luchas constantes, sobre todo en el reino de Trump: el racismo y la violencia contra las mujeres (unida al control de las armas de fuego). "Soldado", que cuenta la historia de un joven que mata a un negro, supuestamente en defensa propia, es quizás bastante previsible en su desenlace y en su tratamiento del tema. "Accidente por arma de fuego" es una indagación en un trauma sufrido por una adolescente violada por su propio primo en la casa de una de sus profesoras; más que una historia de terror es una historia de violencia, aunque hasta cierto punto encajaría en el género de home invasion tan de moda ahora, sobre todo en los EE.UU.

Y el volumen termina con "Misterios S.A.", en el que un astuto (sic) librero especializado en literatura policiaca planea hacerse con otra exitosa librería del mismo género, usando cualquier medio necesario para ello; y cualquiera es cualquiera. El estilo más ligero de este relato hace pensar en clásicos del género policial (mencionados en el propio texto) como Ellery Queen, y también, por qué no, en los cuentos de Roald Dahl como "Cordero asado". Aunque conviene recordar que fue precisamente Poe uno de los inventores del detective moderno en relatos como "Los crímenes de la calle Morgue" o "La carta robada".

Como se ve a lo largo de la reseña de los capítulos, Oates parece jugar saltando a un lado y a otro de la borrosa línea que define lo que es un relato de terror, y con la propia tradición del género. Leyendo las críticas de Goodreads veo que no soy el único que se ha sentido algo "engañado" por el subtítulo, lo que pone al descubierto de forma clara el juego de expectativas e (in)satisfacciones que componen el proceso de lectura, y con el que autores, editores y comerciales juegan constantemente. Como libro de relatos, a secas, sin subtítulo, creo que es un libro notable, sobre todo en aquellos cuentos en que Joyce Carol Oates profundiza en los traumas e inseguridades de los personajes. Pero me quedo con ganas de algo todavía más oscuro y más amenazador: ese tipo de lectura que te hace sentir incómodo y te impide apagar la luz inmediatamente después de terminar el libro.

lunes, 4 de diciembre de 2017

Vincent van Gogh: Cartas a Théo


Idioma original de las cartas: Van Gogh escribía en holandés al principio, y cuando residió en Francia pasó al francés. En ocasiones intercalaba expresiones en inglés
Selección y traducción de las cartas: Instituto del Libro Cubano 
Año de publicación de la recopilación: 1994
Valoración de la recopilación: Muy recomendable alto 

 No suelo intervenir en los libros que leo, aunque sean míos. Entiendo esa urgencia que impele a muchos a subrayar o escribir, a menudo la comparto, pero una suerte de temor reverencial me impide perpetrar lo que para mí sería un sacrilegio. Sin embargo, con Cartas a Théo, de Vincent van Gogh, no pude resistirme; probablemente sea el primer desliz en más de una década. Las frases de este señor están tan llenas de inteligencia y pasión que tuve que señalarlas. Debo decir que, sorprendentemente, no siento remordimientos por ello (es más, esta intervención en el libro ha resultado catártica). 

 De alguna manera, el saber que cuando revisite a esta maravillosa obra voy a ser capaz de ver las huellas dejadas por mi anterior impresión, de contrastar ambas lecturas y hacer dialogar a dos diferentes yoes gracias a ello, no tiene precio. Porque si algo tengo claro es que no voy a leer lo mismo por más veces que regrese a esta pequeña maravilla. Van Gogh aborda infinidad de temas con una sensibilidad y una cultura increíbles en la correspondencia que mandó a su hermano Théo y que por fortuna (literalmente) ha sobrevivido hasta llegar a nuestros días. Las cartas presentes en esta edición han sido seleccionadas por El Instituto Cubano del Libro (igual que las cuarenta ilustraciones que las acompañan) y se presentan ordenadas de forma cronológica.  

 El pintor habla en ellas sin restricciones, haciendo gala de la confianza y amistad que le unía a su hermano. Habla sobre sus peripecias vitales, los pormenores de su existencia, sus forcejeos con el hambre y la soledad, con el amor y su exigencia artística. Mendiga a Théo, despotrica de la enseñanza del arte, alaba la magia de Arles o a los grandes maestros. Mientras leemos, asistimos maravillados a su evolución como persona, donde sus facetas como pintor, espectador de museos, paisajes y campesinos, admirador de Millet y Rembrandt (“el mago”) se van superponiendo las unas a las otras. Presenciamos sus cambios de humor, su humilde visión de su propia obra, su entusiasmo ante la próxima llegada de Gaugin a la conocida como casa amarilla, y la frialdad con la que habla del tema tras su marcha… 

 Van Gogh escribía bien, con oficio y maestría, y es por eso que logra cautivarnos hable de temas culturales (era, a su manera, un lúcido lector y analista artístico) o le describa la vegetación a su hermano. A un lector medio, esto tengo que avisarlo, hay algunos pasajes que quizás se le hagan pesados. Esos en que las referencias y alusiones, no ya a obras literarias, si no que a pintores célebres pero más oscuros para el público general, son constantes; o esas donde explica aspectos más técnicos sobre la pintura, como la elaboración de los colores; incluso aquellos en que hace lo que en la contracubierta llaman “una confesión de estética”. No obstante, este tipo de información no relega el libro al disfrute exclusivo de los especialistas: está en pequeñas dosis, y hay que tener en cuenta que rara vez se nos presentan este tipo de temas ininterrumpidamente por varias páginas, de modo que el resto de contenido, más asequible, compensará sobremanera esas partes que puedan parecer intimidatorias para algunos. 

 De tanto en tanto el texto está salpicado con sus dibujos, esos que apretaba entre su nerviosa caligrafía mientras redactaba las cartas. Las imágenes, en blanco y negro, tienen una calidad aceptable. Han sido seleccionadas con criterio, como representativas de los temas expuestos en los párrafos que acompañan. Desgraciadamente no hay muchas, solamente cuarenta, aunque debo ser honesto y reconocer que el doble tampoco hubieran sido suficientes para mí. Lástima que no se hayan incluido otras con registros gráficos y pictóricos más variados, pero entiendo que algunas de estas habrían tenido que imprimirse a color, y probablemente la editorial tenía un presupuesto ajustado. 

 Publicar solamente los dibujos que esta selección ha determinado puede dar la impresión de que todos los de las cartas fueron hechos con tinta china negra, pero no es así, dado que Van Gogh también llegó a usar mucho la de color sepia. Incluso trató a algunas cartas policromáticamente, con acuarelas o toques de témepera. En fin, que tampoco esperaba hallar estos dibujos plasmados de forma perfecta en un libro sobre las cartas. Para eso voy a Amsterdam. Lo que el libro ofrece con verdadera gracia es la palabra, no la imagen. Aunque la palabra caligrafiada de Van Gogh también es una imagen en sí misma, cosa que también se pierde en este... Mejor paro.  

 El grosor de esta edición de Cartas a Théo es considerable, dado que contiene una nada desdeñable cantidad de misivas. No obstante, se extingue con implacable rapidez. Cuando ya estamos por llegar a las últimas páginas del libro, nos angustia terminar. Quizás tememos que su fin sea abrupto, injusto, irrevocable en cierto sentido. Como un disparo reverberando en un campo de trigo. Pero no nos preocupemos, porque, como he dicho antes, el libro no nos abandona y podremos acudir a él las veces que deseemos. 

 Ésta no será la compilación más perfecta de todas las publicadas (probablemente no exista tal cosa, ¿cómo adaptar con justicia esas maravillosas cartas?), pero tiene muchos aciertos. Algunos, donde otras fallaron. Por ejemplo, es de las más minuciosas en su intención de abarcar cuestiones artísticas sin por ello olvidar a un público más general. Este afán de inclusividad se agradece sobremanera. Otro punto a favor de estas Cartas a Théo es, a mi juicio, la exhaustiva visión global que dan del periodo que tratan, en vez de quedarse en los neblinosos tanteos de otras compilaciones. Pero bueno, su mayor virtud es la de acercar la figura de este genio y su imprescindible testimonio a una sociedad que a veces parece estar olvidándolo... O, en el peor de los casos, apreciándolo a un nivel ofensivamente superficial. 

domingo, 3 de diciembre de 2017

Mercè Rodoreda: La plaça del Diamant

Idioma original: catalán
Año de publicación: 1962
Valoración: imprescindible

Sintiéndolo mucho, no voy a traducir un título tan obvio.

Para cierta generación, esta ha sido una lectura obligatoria en estudios secundarios. Cuestión que suele resultar algo espinosa cuando (y el visionado de la serie televisiva en que se basó el libro podría confirmarlo) uno tendía a pensar, leída a tierna edad, que esta era una novela sobre una mujer que se casa con un hombre que luego muere en la Guerra Civil, y que ahí quedaba la cosa, como ejemplificando la desgracia y la injusticia. Por eso, cuando lo he leído otra vez, décadas más tarde, no he podido evitar caer rendido ante todo lo que esta extraordinaria novela contiene al margen de este sencillo planteamiento, todo lo que la enriquece y la hace tan fascinante como merecedora no solo del mito que la rodea sino de, por sí sola, elevar a Rodoreda a un nivel al alcance de bien pocos.
La plaça del Diamant es la historia de Natàlia, bautizada por su marido Quimet para la posteridad como Colometa. Joven dependienta de una pastelería en el barrio barcelonés de Gràcia, pequeño microcosmos ya en los años 30 cuando el crecimiento de la metrópolis lo había absorbido (y bullidero social en la actualidad, con cerca de cuarenta librerías y cientos de restaurantes escondidos en sus viejas y laberínticas calles). Joven de carácter tibio cuya narración en primera persona nos va demostrando. El escenario es el de los años 30, con el trasfondo de una guerra civil que, Rodoreda es una descomunal maestra de las elipsis, sabemos, los hechos nos lo van apuntando, que se desarrolla sin que sepamos muy bien cuándo exactamente empieza. La vida de Natàlia fluye como un río que traza meandros y atraviesa cascadas. La prosa de Rodoreda es simplemente perfecta, y nos muestra a una Natàlia tan voluble y frágil en sus decisiones como contundente y determinada en sus reflexiones. Natàlia es una trabajadora más, una persona humilde en medio de una sociedad que es como un microcosmos. Se casará, sin que su voluntad parezca intervenir, con Quimet, ebanista de oscuro carácter que simplemente demuestra más aplomo que otros a la hora de dirigirse a ella. Tendrá dos hijos. Tendrá un terrado invadido por las palomas (en catalán, coloms). Su marido irá al frente con el bando republicano y morirá. Pasará hambre junto a sus hijos en una Barcelona asediada y bombardeada por las tropas franquistas y la aviación colaboracionista de Mussolini. Servirá en casas de ricos que la señalarán por la ideología de su marido. Olerá: a las palomas, a los dulces, a los hules de la tienda ante la que se detiene, a sus hijos, a la sangre que le recuerda a la muerte, a salfumán. Y tendrá un golpe de suerte, un leve cambio de inflexión que le hará reconsiderar un siniestro plan que urde.
Una novela mágica que es una crónica social y política y a la vez un alegato feminista  (extraordinario el efecto del paso generacional que Rodoreda regala a Rita, hija que ya no cede al convencionalismo social y toma sus propias decisiones) recubierto por capas y capas de prosa magnífica, expresiva y matizada, a la vez que transparente y directa, donde cualquier frase y cualquier expresión es (y perdonad que alardee del privilegio de haberlo leído en su idioma original) digna de mención, cuestión que me ha impedido sucumbir a la tentación de transcribir párrafos, porque es imposible extraer uno en detrimento del otro y lo que hay que decir hay que decirlo ya y hay que decirlo claro: leed esta novela, bajo el pretexto que sea.

sábado, 2 de diciembre de 2017

Magela Baudoin: La composición de la sal

Año de publicación: 2014
Valoración: Muy recomendable

Esta misma semana reseñaba Santi El estado natural de las cosas, el libro de Alejandro Morellón recientemente galardonado con el Premio García Márquez de Cuento (2017). Casualidad o no (en ULAD nada es lo que parece), hoy reseño este "La composición de la sal", de la boliviano-venezolana Magela Baudoin, galardonado en 2015 con ese mismo premio.

No sé si "La composición de la sal" fue el mejor libro hispanoamericano de relatos el año de su publicación, pero he de decir que se trata de un muy buen libro, de esos que dan credibilidad a los, en ocasiones, tan vilipendiados premios literarios.

Catorce relatos de una extensión que rara vez supera las diez páginas componen el libro. La gran mayoría son relatos casi desoladores, pero más allá de esto me gustaría destacar las atmósferas en las que se desarrollan. Y es que se trata de un libro de atmósferas amenazadoras, tenebrosas. Eso sí, nada que ver con el misterio o el terror. Me explico. Uno lee los retratos de Baudoin y queda con la extraña sensación de que hay "algo detrás", de que a nosotros nos falta algo de información que hemos de ir completando o imaginando y de que a los personajes, tanto a los que protagonizan los relatos como a los que les rodean, también les falta "algo". La mayor parte de los personajes que pueblan los relatos de Baudoin son seres extraños (quizá por ese algo que les falta y que, a veces, no alcanzamos a entender) que, sin demasiada fortuna, tratan de huir, ya sea de la soledad o de una relación asfixiante o en descomposición, y de agarrarse a asideros muchas veces inestables.

En cuanto a la estructura de los relatos, quisiera resaltar la primera frase de alguno de los ellos. Con esa primera frase, Baudoin nos pone perfectamente en situación, aunque dejando muchas puertas abiertas a la imaginación, a ese "algo" que hay detrás, que no conocemos y que quizá solo conozcamos al final del mismo. Por ejemplo, la frase que abre el borgiano "Moebia":

La noche había sido larga y rondaba en la cárcel un silencio mal habido que tenía rastros de venganza o al menos eso quería creerse, porque si no todo aquello resultaba incomprensible.

Ya véis. Cárcel, silencio tenso, el día después de algo "gordo" que ha ocurrido...¿El qué? ¿Una venganza? ¿Muerte? ¿Alcanzaremos a comprender qué ha pasado y por qué? Todo son incógnitas.

De los catorce relatos del libro, de un elevadísimo nivel medio, mención especial merecen "La cinta roja", un relato turbio y oscuro sobre esos asideros que mencionaba anteriormente y que nos permiten seguir viviendo, el triste y duro "La composición de la sal", el precioso y no menos triste "Borrasca", en el que se ponen en paralelo la vida de una adolescente y la de las hermanas Bronte, o "Sonata de verano porteño", la historia de una huida de la rutina y el aburrimiento. 

En fin. Admito que, al principio, cuesta entrar en el universo de Baudoin, pero una vez dentro es difícil salir. Las preguntas te acechan y las respuestas son, muchas veces, escasas y no demasiado claras. ¿Os lanzáis?

viernes, 1 de diciembre de 2017

Dan Brown: Origen

Idioma original: inglés
Título original: Origin
Año de publicación: 2017
Traducción: Aleix Montoto y Claudia Conde
Valoración: fistro duodenal

Aunque no era yo muy fan del finado Chiquito (que Dios tenga en la Gloria de su madre), su reciente deceso y el machacón recordatorio de su repertorio lingüístico, me ha proporcionado el término adecuado para calificar esta última novela del señor Dan Brown: es un fistro duodenal escrito por un pecador de la pradera... jaarrl!
¿A santo de qué me puse a leer una novela que ya pintaba dudosa desde la portada (para qué nos vamos a engañar). Pues porque resulta que esta última entrega de las aventuras del profesor Langdon, ese James Bond de la simbología con el bonachón aspecto de un Tom Hanks, comienza justamente donde una de las ¿mejores o peores? pelis de 007: en el museo Guggenhein de Bilbao -en realidad, hay un prólogo que se desarrolla en el monasterio de Montserrat... pero supongo que para los bilbaínos eso no dejará de ser las afueras, claro-; además, casi toda la trama se desarrolla en España-no-se-dice-España-se-dice-Estado-español... ¿cómo resistirse a su lectura? (adelanto conclusiones: sí, me tenía que haber resistido). Para empezar, además de las ya mencionadas, echemos un ojo al resto de localizaciones de la acción:

-El Palacio Real de Madrid.
-La Casa Milá, de Gaudí, en Barcelona.
-La Basílica del Palmar de Troya (!).
-La Sagrada Familia, de Gaudí, en Barcelona.
-La Cripta Real (pudridero incluido... XP) del Monasterio de El Escorial.
-La Torre Girona en Pedralbes, Barcelona (esto no es de Gaudí, menos mal).
-Y, fin de fiesta y premio gordo del Sorteo de Navidad: El Valle de los Caídos... o_O

¡Coño, Dan, vaya juerga flamenca! ¡Tú sí que le tienes cariño a tus personajes! Habértelos llevado a los carnavales de Cádiz o a la Tomatina de Buñol, hombre, no seas tan sieso... Aunque sea, y ya que te gusta tanto Barcelona, a una de sus afamadas manifas, que también tienen su puntillo.
Claro que a la trama que desarrolla  Brown le va bien esta ambientación algo tétrica y viejuna -si bien hay que reconocer que, en lo cotidiano y dejando algún detalle poco verosímil, presenta una imagen del Estado español-no-se-dice-Estado-español-se-dice-España bastante moderna y menos centrada en la pandereta de lo que cabía esperar-: en este país distópico en el que se desarrolla la novela (¿llamémosle España bis?) el rey vejete, que manda mogollón, está a punto de estirar la pata y dejarle el trono a su hijo, el príncipe Julián -no amigos, por desgracia no es un remedo de nuestro querido Froilán, sino que se parece más a su señor tío... el que reina, quiero decir, no el chorizo-; el cual, por su parte, está a punto de casarse con la bella directora del Guggy, Ambra Vidal (!) Quién -oh, casualidad- acaba siendo la chica Bond del 007 Langdon en su búsqueda del trascendental secreto que ha descubierto su amigo Edmond Kirsch, un visionario muchimillonario, a medio camino entre Elon Musk, Mark Zuckerberg y el inevitable (gasp!) Steve Jobs. Búsqueda a lo largo y ancho de un país (¿Españistán? ¿Chiquitistán?) que se debate entre el poder que sigue en manos de los herederos del franquismo junto a la más rancia Iglesia Católica y las ansias de cambio que tiene la muchachada patria... ¡Vamos, Dan, que esto ya no hay quien se lo crea: que en tu Spanishland sigan cortando el bacalao los sucesores de la dictadura franquista... quién se lo va a tragar! Un punto a favor de la imaginación de este escritor, en todo caso.
Más aciertos que podemos encontrar en Origen:

1-Cada vez que menciona al Generalísimo Franco, Caudillo de España por la Gracia de Dios, recuerda que era un dictador sanguinario y un cabrón malnacido (esto es mío). Tampoco ha olvidado explicar que el mausoleo megalómano donde está enterrado se construyó con el trabajo esclavo de los prisioneros de guerra republicanos. 
2-Menciona unos cuantos avances científicos e informáticos (no sé si correctamente), supongo que familiares sólo para los frikis que viven en un apartamento de Pasadena, California, coleccionando figuritas de Star Wars. Muy interesante la teoría de Jeremy England sobre la entropía, por ejemplo (ojo con pinchar el enlace, que puede ser un spoiler).
3-El MacGuffin de toda la historia se refiere al cuestionamiento de todas las religiones y a la propia idea de divinidad creadora. Se podrá compartir o no esta perspectiva "atea", pero hay que reconocer que para un escritor de best-sellers con vocación mainstream no es la temática más cómoda ni conveniente: dudo mucho que le ayude a vender ejemplares en el Cinturón de la Biblia, por ejemplo. O en Ryad, para que nadie se enfade.

Ahora bien, lamento decir que la novela, en su conjunto, no deja de serzZzzzzz... ¿Eh? Sí ya despierto, perdón... Digo que no deja de ser un rollo patatero, con una trama rutinaria, lenta y hasta aburrida (aunque haya conseguido algún innegable momento creepy). Porque si algo bueno tenía aquella majadería de El código Da Vinci (mi única experiencia anterior con este autor, además de haber visto la delirante película de Ángeles y demonios) era la agilidad de su lectura, que al menos hacía rápido y hasta trepidante el proceso. Aquí ni siquiera eso... ¡Y mira que te hemos dado facilidades en este Reino del País Muy, Muy Cercano, Dan: Euskadi, Cataluña, la Casa Real, la Iglesia española más ultramontana, los palmarianos... hasta los carlistas tenías a tu disposición! Lo tenías a huevo: si con eso no escribes un novelón o al menos un disparate la mar de divertido, la culpa es tuya, caramba... aquí ya no podemos hacer más.


Otros títulos de Dan Brown reseñados en Un Libro Al Día: El código Da VinciEl símbolo perdido