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viernes, 15 de mayo de 2026

Fabio Martínez: La jugadora de pádel

Idioma original: español
Año de publicación: 2024
Valoración: no está mal

Novelita de no más de ciento veinte páginas y en un formato similar a los ensayos plateados de Anagrama, casi una anécdota, que transcurre en Córdoba Capital, sobre una jugadora de pádel y cómo, a partir de un torneo ganado con un compañero bastante fachero, empieza a tomar malísimas decisiones.

No hay mucho que contar, en realidad. La narradora empieza a jugar pádel asiduamente (antes lo hacía una vez por semana) luego de que la empresa en donde trabajaba como jefa de RR.HH se desmantelase, y le queda un buen dinero por ello, gastado casi todo en accesorios para el deporte, y pronto su compañero de clases, Tomás, un tipo musculoso y canchero, la invita a un torneo. Obviamente lo ganan, y allí se da el primer contacto físico de muchos. Cabe aclarar que la protagonista está casada con un tipo que le da poca bola y prefiere destinar su libido a los partidos de Talleres (club de fútbol importante en Córdoba) y tiene una hija que está en la rebeldía adolescente y tampoco le da pelota. El caldo de cultivo perfecto para una infidelidad.

A partir de ahí la historia se desarrolla casi como en guión automático. Uno va leyendo pensando que va a pasar lo que tiene que pasar, lo que uno pensaría que le va a pasar a una persona que toma malas decisiones a raíz del aburrimiento de su vida, a la ausencia de su padre  y a las peleas irreconciliables con la madre, que hace muchos años, cuando la protagonista era niña, también engañó a su marido con otro tipo (y encima, millonario), dejándole con un rencor casi inexpugnable.

Cuando hablo sobre lo automático, me refiero a los momentos en que nos enteramos que Tomás es un bróker, un tipo que sabe como va la curva del mercado y cuándo apostar con intereses. Entonces ella le hace caso y le presta cierta cantidad importante de plata para que la invierta. Ahora bien, se huele de lejos la actitud del tipo, se huele de lejos lo que va a pasar, y ese es un problema de esta novela. La falta de ambición, o la falta de profundidad de los personajes, más allá de un recuerdo triste, de algún diálogo contenido, termina por jugarle en contra en la recta final, ya que es muy obvio lo que sucederá con Tomás. Para colmo, la reacción y lo que dice en las últimas páginas se corresponde típicamente a un estereotipo/prejuicio que podamos tener acerca de los bróker. Y no es que yo no me identifique con ese pensamiento, pero no basta con mostrar con que el loco es un desesperado de las pantallas y del ritmo del mercado a la vez que canchero y lindo (o sea, la mayoría se podría decir que es así), para justificar las acciones de la protagonista. 

Que no termine del todo bien tampoco es un consuelo hacia el lector: el reflejo exacto de una realidad (una realidad, por otro lado, bastante elitista) termina por empobrecer la narrativa, por cierta falta de imaginación ante el manejo de la trama y la potencialidad de sus personajes. La prosa, por otro lado, cumple, es sobria y no hace alarde de ningún vericueto lingüístico; el tono de la narradora es creíble, pero tampoco difiere mucho de otros personajes típicos de la literatura más contemporánea, pasados de vuelta de todo y sin encontrar nunca un camino a seguir. Por eso mi valoración: cumple con todo lo que uno pide para entretenerse, es decir, ritmo acelerado (los capítulos son dos o tres páginas como mucho, continuando la manía de ofrecer retazos más que una narración estructurada), un poco de amor prohibido, un poco de acción, una resolución casi vertiginosa, pero es algo que se ha visto y seguirá viendo en todos lados. Termina por ser una novelita que se lee en una hora de colectivo, como mucho, y que no aporta nada más allá de constatar que un bróker puede ser muy idiota y un personaje casado y con cuarenta años, si está aburrido de su vida, probablemente haga cosas de las que se terminará arrepintiendo, lo cual no es mucho decir.

domingo, 9 de noviembre de 2025

László Krasznahorkai: Al Norte la montaña, al Sur el lago, al Oeste el camino, al Este el río

Idioma original: húngaro 
Título original: Északról hegy, Délről tó, Nyugatról utak, Keletről folyó 
Año de publicación: 2003 
Traducción: Adam Kovacsics 
Valoración: recomendable (con muchas reservas)

Hola, amigos, soy László Krasznahorkai, pero me pueden decir el Lalo, y hoy les mostraré, en tan solo 170 páginas, mis conocimientos acerca de pagodas y del Chamaecyparis obtusa, más conocido como hinoki, es decir, un árbol del cual sacan la madera para diversas construcciones como templos, palacios, entre otros, es decir, un árbol muy noble y sagrado al cual le debo gran respeto porque me permite reflexionar sobre el infinito y la historia de la humanidad y de cómo somos incapaces de contemplar la belleza, es decir...

Bueno, exagero, y a decir verdad, valoro que un escritor encuentre un tema que le permita interiorizar conocimientos y gustos para hablar de ello con emoción, pero la excesiva repetición de ideas condiciona (y mucho) la lectura. Se dice que la prosa de László es como "lava volcánica subterránea" (palabras de uno de sus editores, idea que, con cierta ironía, rebatió el mismo escritor), en el sentido de que, a través de las reiteraciones y circularidades, lo que expresa se va canalizando y procesando en tu interior. Pero me parece que media una (gran) distancia entre lo que quiere contar y el hecho de que, a las cincuenta páginas, ya ha dicho lo que tenía que decir una y mil veces.

La trama es mínima: el nieto del príncipe Genji (algunas veces parece que transcurre hace siglos y otras veces es evidente que se desarrolla en un período cercano al nuestro), luego de encontrar en un libro la existencia del jardín más perfecto del mundo, decide escapar de su séquito y buscarlo. Después de dar vueltas en un pueblo y sintiéndose en un laberinto, llega a un templo mientras sus sirvientes lo persiguen (hacen el intento, al menos). Y a partir de ahí empiezan las peculiaridades de la novela.

La estructura está basada en capítulos cortos; por lo general, de cinco capítulos, tres se centran en descripciones de la cultura japonesa, uno de breve reflexión o de mirada sobre el paisaje y el último es el que avanza la trama. Uno se siente, efectivamente, como el protagonista ante las puertas del templo, donde luego de las puertas hay otra entrada exactamente igual, y luego de ella hay otra entrada que es menor pero que no reduce su grandeza, y luego de la entrada hay el templo, donde no encuentra lo que busca, es decir, personas o pistas acerca del jardín, salvo chispazos de intuición que olvida tan rápido como le vienen. Toda esta estructura que no llega a ser laberíntica pero que lo es en cierto modo se potencia con la prosa; si bien no es difícil de seguirle la corriente a las oraciones larguísimas (son pocas las ocasiones en las que uno se pierde), uno termina irritándose con el uso de "pues", "es decir", "pero" (no creo que venga por el lado de la traducción, porque Kovacsics trabajó con toda su obra), y la necesidad de desarrollar lo que ya eran obviedades. Quizás es un efecto buscado, porque dudo que un escritor ya consagrado ponga, solo por descuido, que hay una puerta y que te explique que sirve para que una persona pase a otro lugar, pero cuesta conectar y la trama se resiente en unos hilos innecesariamente complejos.

Esto explica el "con reservas" de la valoración. Entonces, ¿por qué el recomendable? Porque, más allá de la estructura, la idea es valiosa, la de perseguir un lugar que quizás solo existe en un libro que probablemente nunca existió, que quizás lo inventaste como anhelo de algo más profundo, la idea de que efectivamente lo puedes encontrar y perderlo en el mismo instante, la idea de que hay fuerzas que no controlas que se encargan de que ese jardín (tan sencillo que solo son ocho hinokis, árbol cuyo significado se subraya constantemente), que te quita el poder de describirlo, no se encuentre nunca, y te rindas en tu búsqueda porque el ser humano está hecho para perseguir el infinito y nunca alcanzarlo, porque si existiera el infinito, en la realidad, la vida sería imposible de vivir y nunca llegaríamos a ninguna parte. Hay momentos, páginas, que con solo unas pocas frases dan alcance de la magnitud de los conceptos, lo que me hace pensar que: 1) László ha errado en esta novela y otras son mejores; 2) es más bien una excusa para homenajear la cultura japonesa, cultura que, dependiendo del autor, puedo comprender o no; 3) no era mi día o no era mi libro. Creo que todas son válidas. 
Lo que sí, preciosa la portada.

También de László Krasznahorkai: Tango satánico

martes, 26 de abril de 2022

Salman Rushdie: La decadencia de Nerón Golden

 Idioma original: inglés

Título original: The Golden House

Año de publicación: 2017

Valoración: Imprescindible



Tardaré en reponerme de una lectura como esta, en el buen sentido, claro. Ya he comentado mi admiración casi incondicional por Salman Rushdie. ¿Salman o Nerón, por dónde empiezo? Creo que dejaré volar las teclas y que ellas decidan. Este espacio literario que he habitado durante casi veinte días, ¿o debería admitir que me ha abducido? es una de las pocas lecturas dónde me gustaría irme a vivir, al menos por una temporada. No es que aspire a compartir las experiencias de los personajes, ni hablamos de un idílico lugar donde pasar las vacaciones, es más bien como… lo que hace el narrador (y personaje relevante) de esta compleja trama. Observar, incluso espiar, acercarse o alejarse según conveniencia, incluso mimetizarse a veces y hasta participar en la acción según convenga. Pero sin tener que involucrarme tanto como él, ya que René, al fin y al cabo, vive realmente ahí dentro y no puede permanecer siempre al margen, en cambio el estatus de lector me protegería de cualquier salpicadura ocasional. De René hablare más adelante, él es quien explica los hechos pero detrás de él, y de todos los demás, está la mano expertísima de un escritor que sale y entra de la realidad según le convenga con toda naturalidad y un punto de arrogancia que le perdonamos porque puede permitírselo.

Comprendo que a muchos no acabe de atraerles ese simbolismo constante, la fusión de realidad y fantasía, un sarcasmo que utiliza lo esotérico, la mitología, la confrontación real/irreal junto a la realidad más cruda para hacer una feroz crítica social. Y esa ausencia de cortapisas, su costumbre de dar rienda suelta a una imaginación desbocada así como el señalamiento de nuestros defectos y vicios con la mayor crudeza posible tiene poco de comercial. No es fácil leer la obra de Rushdie porque exige un esfuerzo constante y, de alguna forma, nos arañan por dentro. Hasta yo, que he disfrutado tanto con sus novelas, tuve que abandonar una de ellas porque tanta alegoría me sobrepasaba una poco. Pero aquí se da un cambio apreciable: no existen dos planos, el argumento es absolutamente realista, las pinceladas de irrealidad son un mero adorno, una rúbrica de autor. Encontramos también más humanidad, afecto hacia los personajes, valores positivos, planteamientos éticos directos, empatía, incluso amor del bueno (y de varios tipos) junto a la crueldad, dolor e injusticia que suponen una llamada a la catástrofe y que no pueden faltar en este autor sin desvirtuar su auténtica esencia. Así que, en caso de estar dispuestos a abordar sus más de quinientas páginas, no se lo piensen mucho y conozcan a este Nerón Golden y a toda su familia. Van a disfrutar y a sufrir, van a amar a unos y odiar a otros. Y eso es lo que se espera de esas grandes historias cuya mayor virtud es, quizá, su capacidad de engancharnos a poco que estemos disponibles.

El acaudalado industrial del título se ha metamorfoseado junto con toda su familia, cambiado de nombre, nacionalidad e idioma. Su identidad, pues, es otra. (Este tema de la identidad, en sus diferentes facetas (religión, estado, sexo etc,) se contempla a lo largo de estas páginas, con mayor o menor detalle, desde varios ángulos distintos. Aunque originarios de la India, sus nombres de pila están todos tomados de la Roma clásica (Petronio, Apuleyo, Dioniso y Vespasiano son los nombres de sus hijos por orden de edad, su autor sabrá el por qué de este guiño entre tantos). Me consta que le interesa situar en primer plano la tragedia griega, ¿será esa la razón por la que habla todo el tiempo de romanos? El mundo clásico, es cierto, está muy presente, pero también la mentalidad y política estadounidenses, vida y fisonomía de Nueva York, hechos históricos, el arte, lo hindú, problemáticas recientes –como la absurda polémica del género fluido, que el autor acaba resolviendo con su lógica implacable sin eludir el dramatismo que implica–, haciendo gala de una erudición más sorprendente aún si pensamos que abarca los mundos oriental y occidental y en ambos parece sentirse igualmente cómodo. 

“Tendríamos que haber adivinado que un hombre que se había puesto el nombre del último de los Julio-Claudios de Roma y luego se había instalado en una domus aurea estaba reconociendo públicamente su propia locura, sus fechorías, su megalomanía y su inminente final trágico, y también riéndose en la cara de todo aquello; un hombre así estaba arrojando un guante a los pies del destino y chasqueando los dedos en la cara de la Muerte al acercarse esta…”.

En India, Nerón había perdido a su primera mujer, víctima de un terrible atentado, pero no tardará en aparecer Vasilisa, la cazafortunas joven, bella y arpía (¡cómo no! otro mito que no podía faltar), cuyo papel es fundamental en el desarrollo de los hechos. Y si la riqueza atrae a los ambiciosos, el culebrón que acabo de esbozar es un imán para un joven creador, el mencionado René, vecino de la cómoda zona residencial donde viven, que cree haber encontrado en la Casa Dorada el guion perfecto para triunfar en el mundo del cine. Como solo conocemos su punto de vista, forzosamente tiene que caernos bien, aunque su hipocresía sea más que evidente para el lector y gracias a ella capte la confianza de los Golden y de todo su entorno. El desarrollo no es lineal, abundan los cambios de registro, la alternancia entre primera y tercera personas, apuntes para ese futuro guion, flash backs ocasionales y digresiones varias. Historias dentro de historias, metaliteratura como ingrediente indispensable que no puede faltar en un guiso cocinado por Rushdie. Los recuerdos de Nerón Golden, en plena decadencia y cercano ya el desenlace, servirán para dar sentido a todo lo anterior, gracias a sus confidencias comprendemos que la clave del misterio se encuentra en la mafia. Como todo ese material está en manos de un narrador que, además, es cineasta, imaginen cuántos títulos y escenas salen de su cabeza y se convierten en el vehículo que da forma a su relato. 

El climax de la acción tiene lugar en la época inmediatamente anterior a las elecciones que acabará ganando Trump, y que René vive con auténtico pavor como ciudadano y como documentalista cuyo principal deber es informar. La gran tragedia griega que se venía anunciando culmina finalmente, de todo aquel esplendor solo quedan las cenizas, y sin embargo, sorprendentemente, se produce cierta justicia. Poética, no religiosa, no se premia a los buenos y se castiga a los malos, muchos malos caen, también algunos buenos, tal como sucede en la vida, pero unos pocos, por sorprendente que parezca, pueden disfrutar de un final feliz.

Traducción: Javier Calvo

También de Salman Rushdie: Dos años, ocho meses y veintiocho noches, Los versos satánicos

jueves, 13 de agosto de 2020

Reseña + Entrevista: Sobre la terra impura de Melcior Comes

Idioma original: catalán
Título original: Sobre la terra impura
Año de publicación: 2018
(edición en castellano: noviembre 2020)
Traducción: Carlos Mayor
Valoración: Recomendable





Sobre la terra impura se publicó en 2018 y fue objeto de varios galardones: Premi Creixells, Premi de la Crítica Serra d’Or, Premi Núvol y figuró entre las tres obras finalistas del Premi Òmnium. El éxito de este thriller a la mallorquina, entre críticos y lectores, ha suscitado su inminente edición en castellano con Navona Editorial. 

Resumen resumido: un escritor mallorquín afincado en Barcelona, con escasas perspectivas de éxito, recibe un encargo inesperadamente lucrativo: la biografía de una polémica actriz recién fallecida (Dora Bonnín), también madre de Leo Verdera, su mejor amigo de la infancia. Los secretos ocultos en los dietarios íntimos de Dora y el reencuentro con el excéntrico Leo, conformará el epicentro de una explosión en ciernes que revolucionará la vida del protagonista y pondrá en serio peligro el imperio de los Verdera, una de las familias más poderosas de las islas. 

Todos hemos leído alguna novela que retrata los claroscuros de una poderosa familia que adopta dinámicas propias de las organizaciones criminales. Son historias que, amparadas en el principio de conservación del clan, basculan entre el poder, el sexo y la muerte; le sumas una trama sólida e intrigante y un estilo solvente y ya tienes, como poco, un thriller que funciona. No es el caso de Sobre la terra impura, donde se traspasa el patrón clásico y los meros estándares del género. 

La crónica de los Verdera abarca desde que Nofre (el abuelo falangista) funda la primera fábrica de zapatos tras la guerra, hasta la actual expansión de la marca Belper en el mercado internacional. Pero la historia adquiere su verdadera esencia o sello gracias a la singularidad de los elementos que la integran: 
  • El territorio mallorquín como telón de fondo y atmósfera que envuelve a los personajes. Las descripciones de algunos lugares son como verdaderas fotos fijas que se proyectan sobre la mente del lector. La isla como ámbito familiar supuestamente protector que funciona a su vez como cerco confinante (y asfixiante). 
  • El lenguaje y el estilo se funden sólidamente en una narración fluida y (solo en apariencia) sencilla y espontánea. La inserción de expresiones genuinamente mallorquinas, lenguaje coloquial, tacos, etc… contribuye a la naturalización de las situaciones. Destacan los diálogos, muy depurados y a la vez expresivos y verosímiles, y el humor un poco cáustico que impregna toda la narración. 
  • La galería de personajes es muy amplia y variada. En el clan Verdera se percibe cierto destello de elementos ya vistos en una familia poderosa aunque cada personaje adquiere una consistencia propia. Solo hay uno que está más desdibujado al principio de la novela y que luego juega un papel esencial en la trama por lo que, en mi opinión, sus motivaciones no quedan tan justificadas. Sin embargo la constelación familiar del protagonista me parece verdaderamente genuina, tanto por sus personalidades como por los conflictos que se apuntan.
  • El argumento subyacente que, para mí, le da sentido a toda la historia: la relación entre el protagonista y Leo Verdera; dos tarambanas, cada cual a su manera, que se adoran y se pelean como si aún tuvieran doce años y cuya amistad es lo que está de verdad en juego. Ambos están muy bien retratados y los vaivenes de su relación fluctúa con naturalidad entre lo conmovedor y lo ridículo. 
La cuestión de si uno encaja o no en la familia que le ha tocado y si eso tiene o no solución, diría que es algo presente en toda novela. Por eso la relación entre Leo y el protagonista es central para la trama; ellos se entienden mejor entre sí que con sus respectivas familias y eso es motivo de fricción continua y, por tanto, un motor para la acción. 

Pero si hay algo verdaderamente destacable en Sobre la terra impura es la vuelta de tuerca en cuanto a factura literaria. Llega un momento, a media novela, en que el narrador y protagonista empieza a intervenir abiertamente en la construcción del relato frente a los ojos del lector, en la línea de la voz juguetona que ya ha esgrimido hasta entonces. Este recurso, 
(1) nos indica una inflexión en el protagonista, cuyo arco narrativo escapa de cualquier previsión pero sin faltar a la coherencia ni traicionar su esencia, 
(2) es un guiño al oficio de narrar en el que se muestran deliberadamente los mimbres de la historia propiciando espacios para el humor 
(3) nos confirma la condición de narrador no fiable y nos hace replantearnos el rigor u objetividad de sus percepciones, 
(4) abre la puerta a nuevos sentidos de la historia que se explica y
(5) desactiva cualquier intento de sugerir que los hechos o los personajes sean reales. 

Dicho juego meta literario se solapa con otro fenómeno: en el último tercio de la novela empezamos a conocer hechos del pasado que se superponen sobre el presente mediante la hábil alternancia de los diálogos que nos llevan de un momento a otro sin previo aviso y logrando un efecto multicapa de dos (incluso tres) momentos que orbitan alrededor del mismo secreto que se desvela. Es algo técnicamente muy complejo. Sé que algunos lectores se han quejado precisamente de esta parte porque se perdían; es cierto que quizá no son fragmentos para leer de pie en el metro con un codo ajeno asediando nuestras costillas pero, sin ser yo una lumbrera y basándome en mi propia experiencia, diría que basta con ejercer la lectura atenta. Vale la pena porque esos fragmentos son un festín de pericia e intensidad y nos ofrecen grandes momentos lectores. 

Por todo lo expuesto, Sobre la terra impura es una novela Recomendable, tanto por su vertiente lúdica, de lectura entretenida con bastantes dosis de humor, como por su buena factura y esa ambiciosa apuesta literaria capaz de sumergir al lector en una experiencia tan gratificante como inesperada.

Entrevista a Melcior Comes

Hemos dicho que «la isla» es un factor importante en la novela, pero no es la primera ocasión que tus obras tienen lugar en Mallorca ¿crees que cada vez que abordas literariamente el territorio mallorquín, evoluciona tu visión sobre él? ¿Qué estás explorando en él? 
Mallorca es un lugar maravilloso para escribir sobre él. Es una tierra con contrastes y desigualdades, que ha cambiado terriblemente en escasos años, y donde las fortunas y las aventuras no han dejado de darse desde hace siglos. La prensa local de la isla es una forma de realismo mágico. Con el tiempo he aprendido a ver todo esto. La verdad es que para verlo debes salir de la isla y dejar pasar los años. 

Los Verdera son un imperio de la industria del calzado ¿Qué te llevó a escoger ese negocio y no otro? En la novela el protagonista se fabrica un par de zapatos y el lector presencia el proceso con todo lujo de detalles ¿cómo te documentaste? 
Me crié en Inca, que era la ciudad del calzado. Durante mi infancia y adolescencia, muchos de mis amigos eran chicos y chicas cuyos padres trabajaban en esa industria. Para mí era algo normal. Pasaban por delante de muchas fábricas de pieles o tacones. El olor de la cola me llegaba a casa, igual que el ruido de las sirenas para entrar a trabajar o para salir. Para mí era algo muy cotidiano: algo tan normal que no se hizo presente hasta que desapareció con la crisis de los años ochenta. Entonces hubo huelgas, despidos, todo un mundo desapareció. 

Los juegos meta literarios que propones ¿son algo puntual de esta novela o forman parte de una evolución, de un proceso personal en el que sigues inmerso? ¿qué sentido tienen para ti como escritor? 
Toda novela es un juego con el tiempo y la perspectiva. Eso es lo que hace a la literatura algo apasionante y más divertido que la experiencia pura y simple. Aquí mezclo diversos puntos de vista, planos temporales, escenas que se dan al mismo tiempo en el relato pero que sucedieron en momentos alejados. Además, la novela tiene algo siempre de conjetura: el narrador es un escritor que imagina muchas de las cosas que leemos, porque no sabemos la verdad más que en las conclusiones o en los efectos que nos llegan, años después. Pero nunca en los detalles de cómo pasaron realmente las cosas. A veces la literatura, la imaginación, es el único método de llegar a todo eso. 

El humor y la ironía son un sello presente en toda la novela, ¿es también un sello propio de la escritura de Melcior Comes? ¿Qué alcance tiene el humor que no tiene cualquier otro recurso? 
Me gusta reír, y creo que la buena literatura siempre es capaz de motivarnos emociones profundas. Me gusta porque es difícil, también, abrir los ojos del lector a las cosas más simples y cotidianas, que bajo cierta perspectiva se vuelven únicas y maravillosas, y por tanto, graciosas y conmovedoras. El lector debe gozar con lo que le propones, y tu mirada debe ir acompañada siempre de valores que subviertan y hagan que lo narrado parezca nuevo. La risa nos libera; siempre digo que hay que escribir con una sonrisa, pero al mismo tiempo hay que llevar en la mano un bisturí. 

Ya para terminar, en Un Libro Al Día debatimos a menudo sobre la adecuación o la coherencia de los títulos de las obras. En este caso, ¿de dónde procede «Sobre la terra impura» y en qué sentido refleja la historia de la novela? 
La tierra impura, claro, es Mallorca, pero también cualquier entorno de pasiones y misterios, donde los hombres y las mujeres viven y aman. Es también lo que pisan los zapatos, la tierra sucia que creemos poseer, pero que en el fondo nos posee a nosotros. Son también unos versos muy famosos, de «El pi de Formentor», el célebre poema de Costa y Llobera, una de las cimas de la literatura catalana y un homenaje a un paisaje y a una actitud ante la vida y el destino.

sábado, 26 de octubre de 2019

Iñaki Abad: Las amargas mandarinas


Idioma original: Castellano
Año de publicación: 2019
Valoración: Muy recomendable

No todos lloramos por las mismas cosas aunque todos los seres humanos lloren y se rompan por dentro de un modo diferente, ni la palabra libertad tiene el mismo significado para unos que para otros. En una noche lluviosa, Carla llega a Palma desde Windhoek, la capital de Namibia, donde reside con su marido, diplomático, y sus dos hijos. Viene para enterrar a su padre. Así arranca esta novela de Iñaki Abad y lo que hay a lo largo de sus cuatrocientas páginas no es desde luego una despedida sino más bien un reencuentro, el descubrimiento de una persona discreta, sensata, pulcra y reservada, como esos actores secundarios siempre dispuestos a dar diligentemente pie para que se luzcan los protagonistas.

El padre de Carla es José María Fleta Loroño, un bilbaíno del 51, hijo único de una familia trabajadora criado en el muelle de Urazurrutia, al que una decisión bastante intrascendente y tomada a la ligera en una noche de septiembre de 1974 le va a condicionar de una manera definitiva durante el resto de su vida. Chema Fleta iniciará así un periplo que le alejara definitivamente de los suyos, de Bilbao y del País Vasco, aunque se mantendrá irremediablemente sometido al disparatado desquicie de ese monstruo desatado de furia, narcisismo y arrogancia que fue el denominado, incluso por don JoséMarí Aznar, Movimiento Vasco de Liberación Nacional.

Chema Fleta iniciará entonces su vida adulta en Burdeos, en los años setenta, y pese a ser de ese tipo de personas que no precisa de ir convenciendo a los demás de lo necesario, justo y bondadoso de sus propias ideas, no conseguirá situarse al margen de las embestidas de aquellos años, de aquella década tan desatada, quimérica y explosiva. Uno de los hilos que recorre toda esta trama hasta nuestros días es el sentido de las palabras, de qué significado se nutren, para qué sirven y para qué las usamos, qué señales emiten y cómo las disponemos para crear laberintos donde ocultarnos. Y su mayor atractivo, quizás, sea la discreta fuerza en la que se sustenta este personaje de Chema Fleta, que no es otro que el amor, las palabras reencontradas, la conciencia de sus labios, los ojos con los que aprendió a ver el mundo, su olfato, el paladar, fue la piel, el sexo, el temblor, el hambre y el deseo que lo saciaba, el día y todas las noches, el mar donde perderse, las tormentas y el refugio. Y me corto para no dar más detalles que chafarían el goce de descubrirlo por si mismo a quien quiera animarse a la lectura de Las amargas mandarinas.

Porque, desde luego, hacerlo tiene una excelente recompensa. De Iñaki Abad (Bilbao, 1963) no había leído ninguna de sus dos novelas anteriores, Los males adioses (2007) y El hábito de la guerra (2002) así que no puede decirse que se trate de un autor que no le dedique el tiempo preciso a sus historias. Las amargas mandarinas  es un novelón, una auténtica gozada, de esos libros que atrapan y fascinan, que te obligan a dedicarles atención y tiempo, que necesitas arañarle desesperadamente más minutos al sueño, entender, volver atrás, perderte en la profundidad de sus párrafos complejos, densos, enjundiosos. El lenguaje y el tono de la novela están tan logrados como ajustados y la narración va fluyendo con vigor, realismo y emoción, de manera asombrosa y veraz. Yo he llegado al último párrafo de la última página con un nudo en la garganta, con un puño en el estómago. Y no exagero ni un gramo. La he leído embelesado y con fruición, con las lágrimas apelotonadas y pugnando por brotar y con la imaginación sometida y entregada al fluir de la narración. Y cuando eso ocurre, tan de tanto en cuanto, hay que disfrutarlo. Por eso me parece tan y tan recomendable,

jueves, 24 de octubre de 2019

Delphine de Vigan: Las lealtades

Idioma original: francés
Título original: Les loyautés
Año de publicación: 2019
Traducción: Javier Albiñana
Valoración: Muy recomendable

En 2011 Delphine de Vigan publicó Nada se opone a la noche rompiendo todos los esquemas y dejándonos con la boca abierta. Personalmente, no suelo obsesionarme con los autores/as de las obras que me gustan si no que mis lealtades —je—, suelen ceñirse más bien a las obras en sí y, tal vez por ello, empecé a leer su última novela con el recelo del que no quiere llevarse una desilusión. Olvidaba que Delphine de Vigan es muy capaz de arrancar una novela con suma genialidad y sin necesidad de utilizar los recurridos ganchos:
«Las lealtades.
Son lazos invisibles que nos vinculan a los demás –lo mismo a los muertos que a los vivos–, son promesas que hemos murmurado y cuya repercusión ignoramos, fidelidades silenciosas, son contratos pactados las más de las veces con nosotros mismos, consignas aceptadas sin haberlas oído, deudas que albergamos en los entresijos de nuestras memorias. Son las leyes de la infancia que dormitan en el interior de nuestros cuerpos, los valores en cuyo nombre actuamos con rectitud, los fundamentos que nos permiten resistir, los principios ilegibles que nos corroen y nos aprisionan. Nuestras alas y nuestros yugos. Son los trampolines sobre los que se despliegan nuestras fuerzas y las zanjas en las que enterramos nuestros sueños.»
Resumen resumido: Hélène es una introvertida profesora de instituto que, sin embargo, muestra una gran implicación hacia la causa educativa y sus alumnos. Cuando Théo, un tímido chico de doce años, aterriza en la clase de la que ella es tutora, Hélène cree ver en él algo que la remonta a las miserias de su propia infancia.

No es casualidad que el título enuncie directamente el tema de la novela y que el prólogo presente abiertamente la cuestión en forma y en fondo. Delphine de Vigan sabe muy bien el tipo de artefacto narrativo que tiene esta vez entre manos y está tratando de transmitirle al lector dos mensajes:
  1. Esto es lo que yo hago (y lo hago así de bien).
  2. La historia que te voy a contar va de ilustrar desde la ficción una faceta muy concreta del comportamiento humano.
Por ello nos encontramos frente a una novela de apenas doscientas páginas que es un ejercicio puro y conciso, casi como un relato largo. Todo juega un papel en esta narración en la que no sobra nada y donde la subtrama (en singular) sobre los padres de Mathis, es una pequeña ramificación necesaria para el desarrollo del conflicto principal. Porque la tesis que la autora quiere demostrar es cómo las lealtades que nosotros mismos hemos urdido nos rigen para bien o para mal y sin que nos percatemos. En la trama, todas las relaciones —entre padres e hijos, entre los miembros de una pareja e, incluso de uno con uno mismo— se basan en la lealtad (mejor o peor entendida) o en la total falta de ella. Por ello Las lealtades es un maravilloso viaje de descubrimiento de los mimbres más íntimos de la conducta humana que, a su vez, invita a la reflexión. 

Así como Nada se opone a la noche era autobiográfica y por ello era un ejercicio casi orgánico en el que el sufrimiento de la autora y protagonista impregnaba todo el relato, Las lealtades parte de un planteamiento muy distinto, con una mayor distancia narrativa que otorga más espacio para la disección e incluso para la ironía. Hay dos narradores, uno en primera persona que es la voz de Hélène y otro en tercera persona que focaliza en Théo, Mathis (su amigo) y Cécile (la madre de Mathis). Los capítulos son cortos y en cada uno estamos en el punto de vista de alguno de esos personajes de manera que la trama y el conflicto se van completando y enriqueciendo con sus aportaciones. Reconozco que al principio de la lectura tuve serias dudas sobre el interés de mostrar el punto de vista de Cécile en esta historia, pero el personaje ha resultado ser un grato descubrimiento y una pequeña válvula de escape entre tanta miseria.

Quizá para disimular un poco mi —ya sí— total veneración por la autora, voy a ponerle una pega a Las lealtades: su final abrupto. El clímax y el final propiamente dicho se superponen de manera que el lector se siente de pronto empujado fuera de la historia. No tengo ninguna duda de que se trata de un efecto buscado, que además es interesante y coherente, pero como lectora tengo el derecho al pataleo y, por tanto, lo ejerzo.

Así que Muy recomendable por su planteamiento, por su concisión, por esa manera de entretejer las palabras con sencillez, riqueza y hondura y, sobretodo, porque hoy día abundan los libros mediocres y obras como esta te reconcilian con el universo editorial. Así, sí.

Ya para acabar, me crucé por casualidad con la cubierta de la edición francesa e hizo que me preguntara hasta cuándo Anagrama nos va a seguir castigando con esas cubiertas color mayonesa baja en calorías.




También en ULAD de Delphine de Vigan: Nada se opone a la noche, Las lealtades, Las gratitudes

miércoles, 28 de agosto de 2019

Carme Riera: La mitad del alma


Idioma original: Catalán
Título original: La meitat de l’ànima
Año de publicación: 2004
Traducción: La propia autora
Valoración: Está muy bien

Estaciones ferroviarias, mujeres solitarias enfundadas en una gabardina, portadoras de una mirada decidida y empuñando una maleta ligera ¿Quién era realmente mi padre? ¿A qué bando pertenecía mi madre? ¿A quién escribía las cartas apasionadas que un desconocido me ha hecho llegar?… De acuerdo, digamos que no son los argumentos más inéditos, los mimbres más originales con los que urdir una trama. Pero en manos de Carme Riera (Palma, 1948), poseedora de una más que acreditada solvencia narrativa, dan al menos para una novela concisa, apenas doscientas páginas, entretenida y con algunas páginas vibrantes. Balance que, a mi entender, está más que bien.

Para mí la memoria es imprescindible. Sin memoria estamos muertos. La memoria es el alma de las personas y quizás por eso yo ando buscando la mitad de mi alma…”, leemos en las páginas de esta novela, escrita en primera persona y en la que la narradora se dirige continuamente y de manera directa al lector, y en este juego sí que encontramos más carga de sorprendente originalidad. Aunque, de acuerdo, en novela sepamos que todo todo todo ya está inventado.

Pero también es quizás uno de los rasgos que más me seducen de las  novelas de Carme Riera, la necesidad de ir siempre un poco más allá en la formas, de escapar de lo cómodo o previsible y plantearse la escritura como un ejercicio de riesgo, de apuesta por romper moldes formales, estilísticos o de género literario, lo que en una escritora que lleva ya casi medio siglo de oficio le propicia un atractivo adicional, en mi opinión. Y otro aliciente, por si fuera menester. La propia autora es quien se encarga de traducir sus libros al castellano desde el catalán original, lo que dota a sus textos de una resolución más vigorosa que una traducción ajena.

En La mitad del alma, Carme Riera se pone en la piel de una mujer de su propia edad, dedicación y extracción social, hija única de una pareja formada por un ganador y una perdedora de la Guerra Civil española, en la Barcelona de entre los años cuarenta y sesenta del siglo veinte. La narradora se confiesa adicta a las estaciones de tren, en especial a las del sur de Francia, a los trenes que enlazan Barcelona con PortBou y a los que desde PortBou van a Montpellier y luego pasan por Aviñón, para recrear una atmósfera con la que ambientar la narración y que nos va deparando inevitablemente más dudas que certezas, en una trama que va enredando al lector progresivamente y por el que pululan fantasmas familiares y personales, exmaridos, tías y abuelas, fantasías y anécdotas, jirones de realidad, suposiciones, sombras y sospechas, recortes de diarios y retazos de objetos y recuerdos con los que se construye la zozobra psicológica y social que agita a la protagonista: "Ahora sí que lo que más necesitaba era ser escuchada, que alguien aceptará que mi silencio angustioso era también una manera de comunicar".

Incluso la velada aparición que se permite una camusiana declarada como es la autora de un cameo literario de primer orden se antoja por completo verosímil, real, posible. Por juegos como ese, leer a Carme Riera parece tener premio siempre, aunque en mi opinión La mitad del alma no sea uno de sus libros más ambicioso, exigente, arrebatador.

Otros títulos de Carme Riera en ULAD: En el último azul, Palabra de mujer

lunes, 12 de agosto de 2019

Rosario Villajos: Ramona


Idioma original: Castellano
Año de publicación: 2019
Valoración: Muy recomendable

En estos tiempos en que la autoficción exhibe altanero dominio en las mesas de las novedades de narrativa, con su inevitable aroma de narcisismo, banalidad y tedio, uno acaba por aplaudir con entusiasta gratitud lectora cuando llega a la última página de novelas como Ramona. Porque, al margen de cuánto de la vida de la propia autora se haya colado o no en estas páginas o cuánto se deba exclusivamente a la imaginación, Ramona funciona muy bien como artefacto que relata la infancia, adolescencia y primera juventud de su protagonista en un barrio de la periferia de una ciudad del sur de España en la década de los ochenta y noventa del siglo XX. No se trata de una novela con una argumento definido que empuje y dirija el relato si no de un estructura articulada por recuerdos en primera persona, sin ápice de autoindulgencia ni de sentimentalismo, que acaba componiendo el retrato de un tiempo y un lugar con eficacia, desparpajo e interés.

Rosario Villajos (Córdoba, 1978) posee la rara habilidad de sacar petróleo creativo de donde la realidad apenas significa aridez para quienes carecemos de tal talento. Lo descubrí por vez primera en la revista digital Msur, que dejaba constancia de que cuando uno sabe sacarle partido a lo que los demás consideramos despojo, acaba explotándolo hasta en la ducha.

 


















Una capacidad creativa patente también en el cómic Face, que publicó en 2017, protagonizado por una chica sin rostro en busca de un lugar, unos parámetros vitales, una posición desde la que afrontar y gestionar los vaivenes de la existencia, dibujado y elaborado con una delicada y enjundiosa sencillez.


Ramona es, por tanto, el segundo libro publicado de Rosario Villajos. Para calibrar el material con el que está escrita, bien vale reproducir la cita con que se abre: Los platos me suben y la mierda me come. La Carmen, 7ª 3. Ramona es Ramona Ucelay, hija de Raúl y Ramona, hermana de Raúl y Raimundo, en esos años en que los humanos adolescentes andamos “en mi burbuja egocéntrica de depresión, ansiedad y pena…”, en esos barrios periféricos de gentes humildes amontonadas en bloques de viviendas repetidos, apretados y ramplones, salpicados de solares baldíos donde se acumulan escombros, fastidio y frustración. Es decir, un barrio absolutamente normal, con un vecindario por completo normal para una familia decididamente normal. Puro petróleo para narradores con mirada acerada y verbo afilado.

En Ramona se suceden las habitaciones y baños compartidos, las aulas del colegio de monjas y las del instituto de secundaria, el piso de estudiantes y la Universidad, el acoso, las novatadas, los complejos, los bulos, el pasotismo, la vergüenza y las mentiras, los suspensos y repetir curso, la primera comunión y los primeros intercambios de saliva y los primeros besos, polvos y pajas, un padre altanero e ignorante y una madre sumisa e ignorante… Y Ramona, la borde del instituto, el producto de una píldora mal tomada, contándolo con un desparpajo y una lucidez afilada y demoledora: “Francisco Cabras era un tipo de aspecto peculiar, como si la década de los setenta le hubiera dado un guantazo con la mano abierta”.

Rosario Villajos trata y retrata su entorno con mordacidad y beligerancia, con un lenguaje directo y afilado y acierta al aplicar el tratamiento, por supuesto, a su propia voz, su personaje, su protagonista. Esa furibunda y tremenda edad que es la adolescencia, “odiaba estar aquí, en el mundo y por la fuerza, solo porque mis padres me engendraron sin pedirlo.”, capturada en toda su entrañable desesperación, en su turbulenta impericia, con una mirada cargada de humor y sagacidad. Además, Ramona viene de serie con ilustraciones de la autora.





domingo, 30 de junio de 2019

D. B. John: Infiltrada

Idioma original: inglés
Título original: Star of the North
Año de publicación: 2018
Valoración: Recomendable



Hace unos meses me propuse recomendar algo trepidante y adictivo para el verano y, después de algún intento fallido, creo que lo tengo. Quizá el título resulte algo pretencioso y, desde luego, mucho menos realista que los sucesos relatados aquí. Pues lo que tenemos entre manos es un thriller político, muy bien documentado según parece, que recomiendo a todo aficionado al género. No para que lo llevéis en la maleta, pues es demasiado voluminoso a pesar de no llegar a las 500 páginas, pero sí en el maletero, ya que contiene todos los ingredientes: intriga, cambios constantes de enfoque, amores y odios, cuentas pendientes, personajes encantadores o aborrecibles o ambas cosas dependiendo del momento, hechos y personalidades históricas, tremendas injusticias y mucha, mucha violencia (no demasiado explícita, afortunadamente), con algún toque de ternura para compensar. Todo ello provocará nuestra indignación –aunque sin implicarnos demasiado debido a la lejanía geográfica de lo narrado– y nos mantendrá enfrascados en la lectura durante esas largas y calurosas tardes en las que lo único que apetece es quedarse en la tumbona. Pero voy a lo concreto para que se entienda.
D. B. John es un galés, de profesión abogado, que apenas había escrito una novela cuando visitó Corea del Norte y recibió una de esas impresiones indelebles con las que no se puede vivir si no lo cuentas (o bien encontró el filón que necesitaba para armar un argumento no demasiado explotado en el confortable mundo que habita). Siempre a mayor gloria de USA, dueños absolutos tanto del protagonismo como del punto de vista, y por tanto los buenos de la película –¡cómo no!– sin que eso signifique, en mi caso, disculpar ni un ápice a los otros. Porque: ¡qué prósperos, qué bien organizados, qué democráticos! No como esos mentecatos de allá lejos que osan no pensar como nosotros (nótese la ironía). En Corea del Norte, “el relato secreto nunca se reconocía, porque no había ninguna emoción o idea, ningún aspecto de la vida, que pasaran desapercibidos a la autoridad del Estado.” Pero recordemos que existe Internet, y démosle tiempo a ver qué pasa. Aquí os dejo otro botón de muestra:

 “… Una vez más, las fuerzas de la intolerancia se han reunido y urden sus planes contra nosotros. Están envalentonados, creen que nuestra libertad nos deja desprotegidos, que nos vuelve decadentes y nos llena de contradicciones. Nosotros, unos pocos afortunados, somos los guardianes de la libertad. Somos los buenos. Somos nosotros los que estamos en la línea del frente. Por eso os habéis unido. Habéis elegido la luz y no la oscuridad.”

Esta arenga, emitida por un supuesto dirigente de un campo de entrenamiento para recién reclutados por la CIA –naturalmente, inventada por el autor de la novela pero bastante verosímil, por desgracia–, da bastante miedo y se acerca a ese clima de lavado de cerebro del fundamentalismo coreano que se describirá más adelante. En ese punto, recién superadas las cien primeras páginas, el argumento no acababa de arrancar del todo, se acumulaban los detalles irrelevantes sirviendo de envoltorio a unas pocas pinceladas informativas: una cáscara de sentimentalismo bastante tópico al que no encontré sentido hasta más tarde. Pero he de reconocer que –aunque hubiese preferido un reportaje periodístico sin concesiones al lector– la narración mejora notablemente a medida que avanza. Poco a poco, va cobrando fuerza, comenzamos a entender hilos narrativos cuya inclusión no acababa de convencernos, nos vamos sintiendo cómodos con esa intriga que crece por momentos, algunos personajes se vuelven tan humanos que empezamos a comprenderlos y hasta a quererlos. Al final, y aunque no se nos explique punto por punto todo lo que ocurre, cada cosa encaja en su lugar y con eso es más que suficiente.

 “Solo tienes poder sobre un hombre mientras no se lo arrebates todo. Pero, si lo dejas sin nada, ya no está en tu poder. Es libre”.

En su climax la novela se acerca a niveles epopéyicos, y hasta el recurso –ya tan manido– de reunir a miembros de familias desmembradas –en este caso, por un destino con fisonomía comunista– nos recuerda a la anagnórisis de los clásicos. También es un acierto que ciertas líneas narrativas se abandonen sin concluir o apenas esbozadas –como ese conato de adopción a Kyu por parte de la señora Moon–, que se muestren cambios de estrategia u opinión por parte de algún personaje, o que los acontecimientos no se produzcan según lo previsto, ya que todo ello se acerca mucho a la vida real y resulta bastante convincente. Y, como en la vida, no existe un solo desenlace sino muchos. Por otra parte, y dentro de los elementos a favor, la trama está repleta de dilemas éticos, que únicamente se plantean y es el lector quien ha de resolverlos. Solo diré que el ambiente está tan cargado de corrupción (constantes sobornos, tráfico de estupefacientes a cargo de diplomáticos, algo muy, muy turbio denominado Programa Semilla etc.) y represión que parece a punto de explotar. Pero ahí siguen, en pie, tanto el país como su régimen, muestra palpable de que el ser humano es capaz de lo mejor y lo peor.
Pero, claro, a una novela con formato de best-seller hay que pedirle lo justo. Algún episodio capital resulta surrealista de puro increíble, los personajes evolucionan, sí, pero no de forma progresiva, sino de golpe. Además, y a medida que nos vamos adentrando en los tejemanejes del gobierno liderado por (el ya fallecido) Kim Jong-il, nos preguntamos hasta que punto esos hechos están documentados, cuales son los fundamentos de lo que afirma el novelista. Por eso considero imprescindible el apéndice que detalla, y explica, las fuentes que ha utilizado. Mi convencimiento ha aumentado después de leerlo, he de admitir. Aunque he creído encontrar también alguna fuente un poco más novelesca: en concreto, un tenue rastro de la serie  Breaking Bad (que aparece en la pag. 383 y alguna otra, para quien quiera consultarlo). Se ofrece, además, un glosario de términos coreanos que no viene mal, aunque los podemos comprender por el contexto.

Traducción: Javier Guerrero

martes, 11 de junio de 2019

Magius: El método Gemini


Idioma original: Castellano
Año de publicación: 2018
Valoración: Muy recomendable

Decía Leonardo Sciascia que la mafia es “una asociación criminal con fines de lucro ilícito que se interpone parasitariamente y con medios violentos entre la propiedad y el trabajo, entre la producción y el consumo, entre el ciudadano y el Estado”. De este asunto, el escritor siciliano sabía bastante, al igual que el napolitano Roberto Saviano, que advierte que el cine de Coppola o de Scorsese han ofrecido un relato edulcorado, abrillantado, de este tipo de criminales. ¿Qué empuja al cerebro de un dibujante murciano a meterse en el empeño de querer contar de manera fidedigna la trayectoria de un mafioso neoyokino de siglo pasado? Misterio. Por supuesto desconozco la explicación, pero desde luego reconozco que El método Gemini me ha sorprendido y me ha fascinado.

De acuerdo que el islote de Manhathan y sus aledaños sea quizás el milímetro cuadrado más mitificado del mapamundi y que sus calles, sus edificios, sus barrios, las escaleras, andenes y el plano del metro, sus avenidas, puentes y muelles formen parte de la tarjeta gráfica que llevamos incorporada. Pero que alguien que jamás ha puesto allí los pies le dedique un cómic a esas calles y a los tipos que las infestan y lo haga de manera pulcra, mordaz, veraz y atractiva a mí me resulta definitivamente meritorio. Es así en el caso de Magius, el nombre que Diego Corbalán (Murcia, 1981) tomó prestado del monje miniaturista del siglo X para firmar sus ilustraciones y cómics, género en el que se inició a través de fanzines de black metal a los que siguieron álbumes como Murcia, una corrosiva y desternillante visión de la séptima ciudad más poblada de España en la que el autor insistía en su predilección por diseccionar sociedades y grupos cerrados, secretos, sus formas y rituales y su manera de alcanzar y gestionar el poder y el dominio por la fuerza.

Con estos antecedentes, supongo que poner en el punto de mira el barrio de Canarsie, en Brooklyn, y la vida de Roy Albert deMeo (1942 / 1983) ya puede ser considerado más fácil de entender. El tipo en cuestión, para la ocasión rebautizado como Mickey DioGuardi, tuvo una exitosa trayectoria criminal; en sus inicios trabajó como banquero y a su olfato para invertir en nuevas posibilidades de negocio agregó una genuina falta de escrúpulos así como grandes dosis de crueldad y ambición para labrarse un venturoso porvenir que le llevo a ser captado y promovido por las estructuras mafioso/criminales que dominaban algunos de los sectores más lucrativos de Nueva York. El tipo en cuestión hizo carrera con la sede central de su organización radicada en un bar de su barrio, el Gemini Lounge, dedicada a todo tipo de trapicheos y delitos, como el robo, desguace y exportación de automóviles de lujo, muy en la línea que explicaba Leonardo Scaiscia. Allí puso en marcha y desarrolló hasta la excelencia el que fue conocido como método Gemini, una discreta y eficiente manera de asesinar y hacer desaparecer cadáveres, se calcula que al menos un par de centenares, gracias al aprendizaje en su adolescencia del oficio de carnicero y de la técnica para descuartizar animales.

Pero El método Gemini no cae en el error que señalaba Roberto Saviano porque transmite una sensación pegajosa e incómoda de vísceralidad, de violencia cruda y sistemática, de oportunismo sin escrúpulos y obsesión por el dominio, del lucro por sometimiento y de la ramplonería del poder, de la ostentación de la bestialidad y del orgullo por vínculo de sumisión, de lo miserable de las jerarquías autoritarias y el brillo de la ostentación hortera. Lo hace a través de un dibujo pulcro y depurado pero, especialmente, a través de la opción por los colores primarios –rojo, azul, amarillo- que confieren al relato una atmósfera algo así como delirante, alucinada. Como contrapunto, los diálogos, directos y punzantes, y el desarrollo cerrado de escenas como secuencias narrativas, van aportando matices, detalles, contexto, que dotan a la narración de ritmo, elocuencia e interés. A mí, que tampoco he puesto jamás los pies ni en la Gran Manzana ni aledaños, la novela de Genius me lo ha hecho pasar en grande.




martes, 4 de junio de 2019

José María Conget: El mirlo burlón


Idioma original: Castellano
Año de publicación: 2019
Valoración: Recomendable

Cuando estemos en el tiempo de las cerezas / silbará aún mejor el mirlo burlón. / Pero es muy corto el tiempo de las cerezas…”. Son versos de Le temps de cerises, la canción inspirada en la Comuna de París, la sublevación del movimiento obrero que tomó el poder en la capital del Sena entre marzo y mayo de 1871, duramente aplastada por el Gobierno y el Ejército francés. Una utopía frágil y efímera que apenas deviene recuerdo, tan lejano como dulce.

Zaragoza, 1974. Tres estudiantes universitarios van a iniciar un seminario de filosofía coordinado por un joven jesuita al que en el último momento se incorpora Alicia, hija de un exiliado español en Londres, con más películas vistas, libros leídos y amores consumados que el cuarteto de lerdos, torpes y tiernos varones. Una encrucijada de afectos, ímpetus y ambiciones infestada de lecturas, teorías, poses, películas, anhelos, deseo, vergüenzas, fantasmas, impericia y fatuidad. Y ahora, décadas después, van a reencontrarse por primera vez. Quizás aquel tiempo, vivido con graníticas creencias y demasiadas urgencias, con bastante miedo y demasiados miedos –al Régimen, a los demás, a uno mismo- haya sido a fin de cuentas uno de los saldos más preciados  que hayan deparado unas existencias cuyo balance sea poco más que frustración, mediocridad y mezquindad. Quizás aquellos años no tuviesen el lustre y la enjundia que se anheló, pero quizás también lo que llegó después los mejoró, añadiéndoles valor.

José María Conget (Zaragoza, 1948) traza en esta novela un retrato de aquel tiempo en el que la voluntad de transformación y cambio se enfrentaba y se atascaba ante unas estructuras políticas, sociales y culturales pétreas, plomizas. Tiempo burbujeante y excitante al que –una vez más- se le puede aplicar aquello tan socorrido de que lo nuevo no terminaba de llegar mientras lo viejo se agarraba a su preeminencia, obstinado y cerril. Tiene, por tanto, esta novela un algo de ajuste de cuentas, personal y generacional. De acuerdo, aquello acabó en fracaso, un quiero y apenas puedo colectivo, pero lo de hoy, esta orilla ramplona y desabrida donde la vida ha depositado a los protagonistas, hace de aquel momento, de aquellos años, un instante mágico, donde todo fue posible, el cruce desde el que arrancaron todos los caminos, la olla donde se cocieron todos estos guisos, el instante en que la verdad y la belleza se rozó con la punta de los dedos.

De José María Conget, autor al que creo que no se le otorga la atención que merece su dilatada y fecunda trayectoria, me atrae especialmente la escritura pulcra y precisa, esa manera de narrar ligera, ágil; esos chorros de pensamiento fluido e intenso, los diálogos incrustados en los párrafos, profundos y veraces, la manera de rescatar recuerdos tóxicos, embarazosos, ridículos, para engarzarlos con precisión en la construcción de los personajes, complejos y creíbles, genuinos y representativos. Mi favorito es, sin duda, el de Alicia, la única mujer entre el quinteto de protagonistas, que funciona así, “en el fondo quizás nadie quiere a nadie, pensó, y el amor es una burbuja emocional, un gas del corazón que se resuelve en ventosidades dolorosas”. Desde luego, la novela inocula ese sentimiento de pérdida, de desasosiego, de vacío y de lucidez, de así es como las cosas han sido, como son,

Por siempre amaré el tiempo de las cerezas.
Es de ese tiempo del que guardo en el corazón
una herida abierta.

lunes, 13 de mayo de 2019

Elisa Victoria: Vozdevieja


Idioma original: Castellano
Año de publicación: 2019
Valoración: Muy recomendable

Retratar la infancia y salir airoso del empeño tiene mucho mérito literario. Es el caso, desde luego, de Vozdevieja, el relato del verano del 93 que Marina Marrajo, nueve añitos, depara en primera persona a través de las doscientas cincuenta páginas de esta sorprendente novela. Marina está por supuesto desorientada, confundida y temerosa pero también es curiosa, atrevida y resulta tan divertida como inquietante y seductora. La gracia de todo esto radica –en mi opinión- en todos los ingredientes (claridad, mesura, desparpajo, verosimilitud) que Elisa Victoria (Sevilla, 1985) ha sabido aunar en su escritura para caracterizar sobre todo tres personajes que son los surcos por los que va rodando la novela; la propia protagonista además de su madre y su abuela.

Aunque pueda sonar a Perogrullo, un primer acierto radica en no caer en el error de querer construir el personaje de Marina poniéndose en la piel y expresándose  como se supone que lo haría alguien de esa edad; lo que siente y nos cuenta la protagonista tiene la dosis precisa de elaboración y sofisticación como para resultar interesante y atractivo. También su contexto. Ambientada un verano después de la celebración de la Expo en Sevilla, Marina nos va retratando a su madre, joven y soltera, enferma y luchadora, humilde y malhablada, con sus novios raros, sus vaivenes, sus recaídas y, sobre todo, su íntegra insolencia: “Me ha tocado nacer en un hogar frágil y cambiante. Lo único que permanece en mi vida es ella. Donde esté ella estará mi casa”. Quizás ese halo misterioso y ausente de la madre, con muy poca presencia directa en las páginas, sirva para proporcionarle una nueva capa de significado; ya no se trata sólo del propio personaje sino del personaje recreado con los ojos de la niña, con todos los matices que implica, como puede ser la relación que establece con sus novios.

Por su parte, la abuela de Marina tiene setenta y dos años y se nos informa que es bajita, barrigona y no se arrepiente de nada. Exhibe como no podría ser de otra manera, costumbres, hábitos y creencias firmes pero a la vez prodiga atención, cariño y complicidad en abundancia, lo que confiere a la relación con su nieta fluidez y densidad. Así se nos pinta el mundo de Marina Marrajo, frágil y entrañable, humilde pero vigoroso, lleno de estímulos y posibilidades Y decididamente femenino: “Mi herencia viene transmitida solo por mujeres, nadie más cuenta las historias familiares, nadie más toma las decisiones importantes”. Y probablemente la autora haya intuido que en definitiva los tres personajes bien podrían ser el mismo, la misma niña con diferentes edades.

En cualquier caso, Vozdevieja está envuelta en una atmósfera luminosa y sugerente. El personaje de Marina es enrevesado, tiene momentos tiernos y momentos afilados, tiene juegos con muñecas y juegos eróticos, destila ingenuidad y segrega mala baba y se sabe un angelito de Satán. Tiene, por supuesto, esa imperiosa necesidad de quemar etapas, de saltarse los obstáculos que le impiden tener a su disposición todo lo que intuye le gusta a los adultos, aunque por supuesto ya hace sus incursiones en ese territorio prohibido cuando, por ejemplo, logra agenciarse alguna revista de cómics o de contenido guarrillo. Pero lo que le confiere un ritmo, una cercanía y un atractivo tan potente, tan mágico, es, a mi entender, el sentido del humor, el humor corrosivo que desprende: “No tardes, Señor, en permitir que me apodere de la parte prohibida del diccionario. Consiente, querido Señor, que esta sierva se esté ensuciando pronto la boca”. En definitiva, una novela tan cautivadora como recomendable.