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viernes, 8 de diciembre de 2023

NOVELAS PIRAÑA #5: Los de Bilbao nacen donde quieren de María Larrea (Reseña + entrevista)

Idioma original: Francés
Título original: Les gens de Bilbao naissent où ils veulent
Traducción: Alicia Martorell
Año de publicación: 2022
Valoración: Está muy bien

La literatura francesa tiene una larga tradición en lo que a autobiografía personal y familiar y/o autoficción se refiere. No nos remontaremos mucho en el tiempo y nos centraremos en literatura escrita por mujeres para dar dos ejemplos: Delphine de Vigan y Brigitte Giraud. En esa tradición y en el mismo epígrafe que estos nombres podemos situar el libro de debut de la bilbaína residente en Francia María Larrea. Luego preguntaremos a la autora si esta comparación es acertada o no, pero creo que puede servir para una ubicación inicial.

Resulta casi imposible hablar de Los de Bilbao nacen donde quieren sin hacer "spoiler". La historia que en el se narra resulta tan tremenda que es muy difícil no destripar el libro, pero lo vamos a intentar. 

Estamos ante una autobiografía familiar que transcurre entre la posguerra española y el París del siglo XXI, ante un drama almodovariano (cambiando los colorinchis del manchego por el gris del Bilbao preGuggenheim) en el que la búsqueda y construcción de la identidad personal y familiar/colectiva ocupa el lugar central. 

Por tanto, no es solo la historia de María Larrea sino también, y especialmente, la de Victoria y Julián. Vidas marcadas por unas condiciones terribles en la infancia, por abandonos, violencias, exilios, soledades, estrecheces, revelaciones, dudas, etc, aunque siempre con un punto de esperanza y ternura entre todo ese sufrimiento.

En este tipo de textos siempre existe el riesgo de que la propia historia acabe devorando otros aspectos del libro. Es innegable la potencia que aquella posee, pero también es cierto que Los de Bilbao nacen donde quieren posee, además, un alto valor literario. Por varios motivos:

  • Las diferentes lecturas que ofrece, gracias a la estructura elegida por la autora. Breves capítulos con saltos temporales que sirven para mostrar un crudo retrato de la España posfranquista (más en la primera parte del texto) se mezclan con capítulos intimistas centrados en tiempos y problemáticas más cercanas.
  • La acertada combinación de drama, humor (¡¡¡¡María, cómo se te ocurre lo de La tienda del espía!!!!) y ternura (ay, ese capítulo 23). El material daba para caídas libres en lo melodramático y autocompasivo, pero la autora consigue el tono adecuado al texto, en mi opinión.
  • El ritmo, gracias a esos breves capítulos de los que hablaba. Los cambios de personajes y escenarios, además de otorgar al texto de diferentes capas, confieren a la narración una agilidad que es de agradecer.
En resumen, un magnífico debut con una historia impactante pero muy bien manejada por su autora. Queda saber qué camino tomará en el futuro la escritura de María Larrea. Estaremos atentos

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Gracias a la gente de Alianza Editorial (Pepe, Raúl), tenemos la suerte de colarnos el día 16/11, día de la investidura de Pedro Sánchez, en la gira de presentación de la novela y de charlar un rato con María Larrea. Estas son nuestras preguntas y sus más que interesantes respuestas:

ULAD: Hablo al comienzo de la reseña de la tradición literaria francesa en lo que a literatura autobiográfica se refiere (Duras o Simone de Beauvoir en el pasado y Ernaux, De Vigan, Brigitte Giraud o Vanessa Springora más recientes). ¿Es correcto situar Los de Bilbao nacen donde quieren en esa tradición?

M.L.: Sí, yo hablaría más (doy la lata con esta novela) de Ordesa, de Manuel Vilas. Es mi novela española favorita, la número 1 para mi. La leía cuando escribía, así que de verdad que ha sido una novela muy importante para mi. Y también Nada se opone a la noche, de Delphine de Vigan. Esta la leí después de escribir, no quería leerla antes. 

Pese a esto, Los de Bilbao nacen donde quieren es una novela autobiográfica, sí, pero insisto mucho en que es una novela. No en un ensayo, no es un testimonio. Es una novela y eso es también lo que dice Delphine de Vigan de su libro, que es novela basada en hechos reales.

ULAD: Siendo autobiográfica, tu novela tiene muchas capas, muchas lecturas. La historia de tus padres es brutal y habla de una España que, por suerte, ya no existe, pero tiene también esa lectura, por ejemplo.

M.L.: Bueno, no sé si esa España no existe. Yo creo que todavía hay ecos de esa España en esta sociedad. Ahora mismo utilizar 24 horas la palabra amnistía me parece que no es inofensivo (anodine es la palabra usada por María) y eso remueve muchas cosas. Creo que todavía está esa tiniebla, o esa España oscura, por ahí escondida.

ULAD: Antes de que tu misma incluyeras la referencia a Almodóvar en la novela yo pensaba en un Almodóvar sin colorines, pero pasados unos días de la lectura del libro pienso en un Almodóvar guionizado por Agustín Gómez Arcos o en un Almodóvar pasado por el filtro del Truffaut de Los 400 golpes o del Louis Malle de Un soplo en el corazón. ¿Pueden ser referencias válidas para alguien que no haya leído el libro?

M.L.: Sí, absolutamente. Los 400 golpes es una referencia. He pensado mucho en Truffaut. Es una de mis referencias. Hizo un cine, a través del personaje de Antoine Doinel, íntimo y comercial al mismo tiempo, pero sin que la palabra sea "fea". Él podía llegar a mucha gente hablando de sí mismo.

Y Almodóvar, también. Creo que Almodóvar ha sido muy importante para mi, siendo hija de inmigrantes. Era mi primera ventana hacia España, y hacia una España y un mundo de mujeres socialmente invisibles que yo no veía representado en el cine o en la literatura francesas. Así que el y su cine me han ayudado mucho a medida que crecía, en mi vida de adolescente en París que empezaba a ser llamada por el cine. 

ULAD: En el capítulo 11 del texto dice que "pone su salvación en el celuloide y en las historias". ¿Qué pones en este libro?

M.L.: También la salvación. La salvación en la ficción, ya sea en el cine o en la literatura. Desde que empecé a escribir películas, a hacer cortos o con el libro, quise entender el mundo, que la vida es, muchas veces, muy absurda y que con la ficción nos hacemos preguntas e intentamos buscar respuestas a lo absurdo, lo complicado, lo duro o lo violento. 

Cuando empiezo la novela, yo me hago esta pregunta: ¿cómo tres huérfanos de una misma nación van a formar una familia en la Francia de los 80? Y así he tenido que revisitar todas las historias para poder entenderlas y para poder comprender de dónde venía y a dónde voy. Nosotros nos hacemos preguntas existenciales y tratamos de contestarlas escribiendo.

ULAD: Hace poco veía una entrevista al escritor cubano Severo Sarduy (que vivió y murió en París, por cierto) en la que decía que "la biografía de un hombre es un corte bastante arbitrario. ¿Por qué esta biografía ha de empezar forzosamente en el momento en que ese hombre nace y terminar en el momento en que un hombre muere?". ¿Se anticipó sin saberlo a tu novela?

M.L.: Sí, lo que has citado es muy impactante y precisamente la primera frase de mi novela es "nadie se acuerda del momento en que nació". Eso era lo que me fastidiaba, no poder recordar para saber lo que ocurrió. Y toda la novela trata de intentar saber sobre esa nacimiento. Para mi es muy importante esa primera página, párrafo o frase que va a ser el "programa" del libro.

También por eso quise inventar el nacimiento de Julián y de Victoria hasta llegar al mío porque esa ha sido la clave de nuestra familia, esos nacimientos, esos abandonos...

Curiosamente, en el libro solo hay un personaje (Julián, el padre) al que seguimos desde el momento en que nace hasta el momento en que muere y con ese personaje lo que he buscado es una redención. He escrito sobre ese antihéroe y redimirle a través del resumen de su vida. 

ULAD: ¿Cuánto hay de memoria personal y cuánto de investigación / documentación en el texto?

M.L.: Lo mejor que hice cuando empecé la novela fue tirar el guion de la película que había escrito y parar de hacer preguntas. Dejé de preguntar a mi madre, solo quería funcionar con mi memoria y mis recuerdos. En francés, la palabra recuerdo es souvenir y la etimología de souvenir es "venir al socorro de". Creo que la memoria y el recuerdo vienen a socorrernos ante el sufrimiento o las preguntas.

Posteriormente sí que me documenté sobre cómo eran Galicia o Bilbao en los años 40, pero fundamentalmente he querido trabajar sobre la memoria y el recuerdo. Como dice Vilas en la edición 5º aniversario de Ordesa, "la memoria es una de las formas más misteriosas del amor". ¡Manuel Vilas me mata, me mata!. 

Yo he trabajado, ya te digo, fundamentalmente con esos recuerdos o esa memoria que tenía de mis padres y de lo poco que me habían dicho y al final la novela es una declaración de amor hacia ellos. No hay otra manera de decirlo.

ULAD: ¿Y cómo afronta una persona con un pasado familiar tan "peculiar como el tuyo su propia maternidad?

M.L: He sido madre dos veces; una sin saber y otra sabiendo. La viví de las dos maneras. Una de ellas fue totalmente incomprensible, no entendía lo que era ser madre. Con mi primer hijo me sentía totalmente desarmada y con mi segundo hijo, sabiendo ya el secreto de mi nacimiento, habiendo reflexionado sobre eso y sin tener todas las respuestas, he sido madre de una manera algo diferente, aceptando que no podré ser la mejor madre del mundo sino la única madre disponible para él y que tratará de hacerlo lo mejor posible.

ULAD: Ahora hago yo autoficción y te cuento que un familiar relativamente cercano tiene una historia muy similar a la suya (no en Bilbao, pero en otra ciudad del norte de España) pero en su caso nunca quiso saber. ¿Qué le parece esta postura, tan diametralmente opuesta a la suya?

M.L.: En mi caso, yo no sabía de dónde venía. En mi caso había un gran misterio, un gran agujero negro, y yo, siendo guionista y gustándome las historias y con una mente que va fabricando escenarios y guiones de todas las posibilidades, me volvía loca y tenía esa obsesión de saber, saber, saber, saber...Quería saber la verdadera historia, cuál era el árbol genealógico escondido detrás del otro.

Por otra parte, además de la obsesión de un adoptado de saber de dónde viene, yo siempre estado obsesionada con las historias de la gente (de mis amigos, de la gente que voy conociendo, etc) o sus trayectorias humanas. Y por ese motivo, también, quise saber de la historia de mis padres biológicos
 
ULAD: Otro tema de libro, aunque en menor medida, es el cambio de las ciudades. ¿Reconoces en el San Francisco de ahora el San Francisco de su abuela paterna (San Francisco fue, durante años, el barrio de "mala vida" de Bilbao y ha sufrido un brutal proceso de gentrificación en los últimos años? 

M.L.: Bilbao es un claro protagonista del libro. Como te decía, la casi única documentación o investigación que hice para la novela fue sobre Bilbao. Y también quería contar ese Bilbao de los 80 que no tiene nada que ver con el Bilbao de hoy y la transformación de ese Bilbao que mis amigos, por fin, saben que no es esa ciudad oscura, negra, sucia de los 80 o esa ciudad que los inmigrantes portugueses o marroquíes atravesaban en verano cuando volvían a sus orígenes.

Para mi, Bilbao, o Irala, eran mi pueblo y yo quería contar la transformación de la ciudad hasta llegar al Guggenheim, hasta esa ciudad de postal que es ahora, y la resiliencia de los bilbaínos. Estoy muy orgullosa de venir de una ciudad que ha podido y sabido transformarse sin dar la espalda a lo que ha sido. Ese creo que es el orgullo de ser bilbaíno.

ULAD: Y ya para terminar. No vamos a hacerte un examen de bilbainidad ni a pedirte que nos digas la alineación del Athletic, que ni yo me la sé, pero sí que tenemos una pregunta muy importante: ¿bollo de mantequilla o carolina?

M.L.: Con el bollo de mantequilla. Soy "team bollo de mantequilla" (risas de María pero no mías porque yo soy "team carolina") y "team" palmera de chocolate de Arrese!.

lunes, 1 de mayo de 2023

Maggie o'Farrell: El retrato de casada

Idioma original: inglés
Título original: The marriage portrait
Año de publicación: 2023
Traducción: Concha Cardeñoso
Valoración: Muy (muy) recomendable

El retrato de casada es lo más parecido a una historia de princesas, pero de las de verdad. Un relato que desgrana todas y cada una de las violencias a las que tenían que enfrentarse estas niñas (supuestamente privilegiadas) desde el momento en el que nacían: discriminación respecto a sus hermanos varones en la educación y oferta de esparcimiento, encierro, represión de las emociones e incapacitación para tomar la menor decisión sobre su vida o su cuerpo. Vendidas como yeguas de cría por su propia familia.

Resumen resumido: Florencia, año 1560. Lucrezia, la hija menor de los duques de la Toscana se casa con el duque de Ferrara, Alfonso II d’Este. Sería un titular anodino de no ser porque (1) ella tiene quince años y él veintiocho, (2) es la novia de sustitución de su hermana mayor, María, que ha fallecido de una infección en los pulmones, (3) la casan contra su voluntad y (4) en menos de un año ella habrá muerto en extrañas circunstancias.

Es la primera novela que leo de Maggie O’Farrell y lo hice casi por rendición, por haber escuchado tantas veces y de tantas bocas las bondades de sus libros. Y elegí este por ser el último, tratando de no dejarme influir por las expectativas. Pero tanto hubiera dado porque lo que está bien, está bien. Desde el punto de vista técnico, poco hay que decir: trama, tono, tempo, voz narrativa, punto de vista… fluye como un todo, un poderoso torrente narrativo que arrastra al lector desde los primeros párrafos. La autora sabe perfectamente lo que tiene entre manos. Y luego están aspectos tan determinantes como la sensibilidad y el acierto a la hora de trazar a los personajes, plantear los conflictos, definir una atmósfera, elegir cada palabra con rigor y mimo. Aquí reside para mí la auténtica magia de la novela. Cuando un párrafo dice muchas cosas pero la mitad de ellas no están escritas:
«Ahí, enfrente de ella, hay una cosa que no ha visto en su vida. Una cosa que jamás habría creído posible. Una cosa tan emocionante e inesperada que se lleva las manos a la boca.
Las macizas puertas de madera de la villa, abiertas de par en par.
No hay guardianes en la entrada. No hay soldados armados ni hombres de librea (…). Nada, nadie. Solo el portal abierto de par en par, a la vista de todos. (…). He aquí un edificio que no necesita reafirmar su poder (…), un lugar conforme consigo mismo y con sus alrededores.»
El retrato de casada está plagado de elementos remarcables, de grandes aciertos bien ejecutados que hacen de su lectura una experiencia inolvidable. Podría llenar páginas y páginas comentando detalladamente y a riesgo de hacer algún que otro spoiler. Pero me limitaré a exponer los aspectos que me han resultado más interesantes:
  • La personalidad de Lucrezia: víctima y heroína, inteligente y con una sensibilidad por encima de la media. Ha sobrevivido dignamente a una familia incapaz de mostrarle el menor aprecio y con solo quince años se va a vivir a una corte desconocida y hostil, casada con un señor que tiene la empatía (y que solo fuera eso) regular. Todas sus vivencias, desde su nacimiento hasta el desenlace de la novela conforman un tránsito genuino por su mente y por su alma. Lucrezia enamora con su vulnerabilidad y su fortaleza, y en mi opinión, es uno de los personajes literarios femeninos más maravillosos que he tenido ocasión de conocer.
  • El acierto en la elección y desarrollo del punto de vista focalizado. No solo sirve para conocer mejor a la protagonista, si no que es un recurso poderosísimo a la hora de mostrarnos algunas escenas mil veces repetidas en otras novelas pero desde un ángulo cargado de intencionalidad. La descripción del día de la boda, desde que Lucrezia se levanta hasta que, ya de noche, se sube al carruaje con su marido, es un pasaje estremecedor sobre el risible papel que tenían las novias en su propia boda. Otro ejemplo es cómo el lector percibe el sentir de la protagonista a través de los diferentes aspectos de la vida cotidiana, como podrían ser las sensaciones al probarse un nuevo y lujoso vestido:
«Un cuello alto le tapa el suyo, casi no puede mover la cabeza: las puntillas se le clavan en la garganta. Los brazos no se ven, están enfundados en unas enormes mangas abullonadas que suben por encima de los hombros y terminan justo por debajo de las muñecas: las manos parecen patitas blancas de ratón, inútiles, que asoman por debajo de los rizados y adornados puños. Nunca se había puesto nada semejante: la cintura la corta por la mitad, las enormes mangas y las faldas recogidas la hacen parecer intrascendente y leve como un junco. No reconoce a la persona que es con ese traje.»
  • Violencia y belleza. Las descripciones, las escenas, incluso la propia atmósfera de la novela, basculan en un sutil equilibrio entre ambos conceptos. El arte renacentista con sus pinturas, edificios, vestimentas, melodías, cánticos… conviven con la violencia despiadada de los gobernantes hacia cualquiera que tenga el menor gesto que pueda interpretarse contrario a su autoridad.
  • El papel de los criados y el resto de sirvientes al servicio de los poderosos. La novela refleja muy bien esa realidad paralela a la de los protagonistas y obtiene de ella grandes personajes secundarios que juegan un papel indispensable hasta en el menor de los acontecimientos, como es el caso de Sofía, el aya de Lucrezia.
Me gustaría decir algo en contra por aquello de ganar algo de credibilidad después de tantos juegos florales, pero no voy a inventarme nada y voy a sostener mi Muy (muy) recomendable ya que, tal como he comprobado, la novela resiste frente a las expectativas altas.

Otras obras de Maggie o'Farrell reseñadas en ULAD: Tiene que ser aquí, Hamnet, La primera mano que sostuvo la míaHamnet (Contrarreseña)

jueves, 23 de marzo de 2023

Arthur Miller: El crisol (o Las brujas de Salem)

Idioma original: inglés
Título original: The Crucible
Traducción: Ramón Espejo Romero
Año de publicación: 1953
Valoración: Recomendable

Será una deriva de lo más natural que tras leer una obra que reflexiona sobre un hecho histórico, empiece una a querer leer todo lo relativo a ese mismo hecho hasta conformarse lo más parecido a una idea propia. En ese sentido, quizá lo «natural» no hubiera sido empezar con la magnífica novela gráfica con perspectiva de género, si no por esta archiconocida y archiversionada pieza teatral de Arthur Miller. Una obra tan universalizada que, sospecho, ha suplantado los verdaderos acontecimientos en el imaginario del gran público.

Resumen resumido: Nueva Inglaterra, 1692. Un grupo de niñas, lideradas por la joven Abigail Williams, son sorprendidas de noche en el bosque, en medio de unas danzas y ritos extraños. Ante el terror de ser castigadas, se hacen pasar por víctimas de algún tipo de maleficio y acusan de brujería a varias conciudadanas. Lo que empieza como una descabellada huida hacia adelante acaba convirtiéndose en una gran bola de nieve que muchos tratan de dirigir para satisfacer sus propias venganzas y anhelos. Abigail Williams, por su parte, acusará de brujería a la esposa de John Proctor, con el que está obsesionada desde que tuvieron un encuentro carnal clandestino.

La obra de Arthur Miller no pretende ser una crónica ficcionada de los verdaderos acontecidos. El interés del autor al poner el foco en este episodio histórico tiene mucho que ver con otro episodio de «caza de brujas» perpetrada durante los años 40 por McCarthy, que arrasó con el panorama artístico e intelectual de los EEUU en busca de supuestos comunistas a sueldo del gigante rojo. Incluso a día de hoy seguimos empleando la expresión «caza de brujas» para referirnos a una vulneración sistemática del principio de presunción de inocencia. La batería de juicios y la convulsión social que generaron son un denominador común en ambos momentos históricos y que la obra recoge perfectamente. Miller sufrió la «caza de brujas» en sus propias carnes sin que ello llegara a truncar su carrera definitivamente, como sí les sucedió a otros amigos y compañeros. Y ese hecho biográfico sumado a la vis política que siempre imprime en todas sus obras, fue un claro detonante a la hora de abordar la escritura de este texto. Eso en cuanto al marco y al tema de la obra.

En cuanto al conflicto (la redención de la culpa personal a través de la autoinmolación universal) y al héroe (John Proctor) también existe un vínculo biográfico muy potente: Arthur Miller le había sido infiel a su esposa con la estrella del momento, Marilyn Monroe, y la culpa lo estaba reconcomiendo. Sin ir más lejos, «El crisol» está dedicado a su esposa Mary. Este hecho se filtra en la trama del matrimonio Proctor y le otorga a su conflicto una profundidad emocional arrolladora. Y aunque la deriva de la obra acabe por separarlos, su momento de reencuentro y perdón mutuo en el ojo del huracán de la tragedia, es muy verosímil y de una belleza que pone los pelos de punta. (*)

El texto de la obra resulta natural y verosímil, los personajes se interrumpen, se solapan, tal como sucede en la vida real. Todos los personajes principales tienen un recorrido coherente y dramático, el ritmo en el que se van sucediendo los hechos hasta llegar al despropósito judicial con el mezquino juez Danforth a la cabeza, funciona muy bien. No se puede añadir mucho más, quizá me han sorprendido especialmente algunas acotaciones excesivamente largas, como las explicaciones de un narrador editor que desea intervenir demasiado en las sensaciones que deben llegarle al lector (o al director y a los actores).

Sobre el título, la definición de «crisol» es cavidad en la parte inferior de un alto horno donde se recoge el metal fundido. Me gusta pensar que Arthur Miller eligió ese término para referirse al resultado de ejercer la opresión y persecución en el seno de una comunidad: una masa caliente y peligrosa contenida en una pequeña cavidad. Pero seguro que hay estudios rigurosos que se extienden páginas y páginas a este respecto.

De todos los subproductos (léase en el buen sentido) derivados de la obra teatral, destacaré la película de 1996, cuyo guion fue escrito por el propio Arthur Miller, lo que se hace patente por la cantidad de frases y diálogos extraídos directamente del texto original. Y funcionan. Las variaciones para adaptar la historia a la gran pantalla son mínimas aunque haya que sumarle los peajes para el cine mainstream. No hay más que mirar el cartel. En mi opinión personal, a Daniel-Day Lewis la intensidad de Proctor le viene al dedo, Joan Allen está excelsa como su esposa Elizabeth y Winona Ryder interpreta una Abigail un poco pasada de vueltas. Eran los 90 y a toda película le venía bien una «Lolita» ni que fuera con cofia.

Y hablando de subproductos en el buen sentido, y en este caso basados en los hechos reales, no en la obra de Miller, el compañero Juan reseñó esta curiosidad sobre Tituba, primera señalada, esclava del reverendo Parris (tío de Abigail y colaborador necesario en el esperpento de lo acontecido).

Así que Muy recomendable y especialmente esta edición de Cátedra, que tiene un prólogo muy interesante y completo, escrito por el que también es el traductor, Ramón Espejo Romero, y que profundiza (con rigor y sin aburrir) en las cuestiones técnicas de la obra, así como en el marco histórico.

(*) Y por cosas como esta, Arthur Miller es un genio, por ser capaz de trasladar emociones y conflictos reales y muy complejos al papel, a las tablas o a la pantalla. Por otra parte, podemos deducir que o bien su sentimiento de culpa o bien la paciencia de Mary no eran tan grandes, y Arthur Miller acabó casándose con Marilyn Monroe. También podemos saber (si recurrimos a la extensa bibliografía sobre la vida de Marilyn Monroe) que Arthur Miller se portó con ella como lo que viene siendo un jabalí doméstico.

miércoles, 8 de marzo de 2023

8 de Marzo. Thomas Gilbert: Mujeres de Salem

Idioma original: francés
Título original: Les filles de Salem
Traducción: Fernando Ballesteros
Año de publicación: 2019
Valoración: Recomendable

Hoy también es una fecha muy adecuada para recordar que hay argumentos que siempre están de actualidad: un poder en decadencia esparce el miedo y el odio sobre una comunidad inmersa en la penuria y la ignorancia. El estallido desmiembra el tejido social y se ceba cruelmente en los colectivos más vulnerables. El poder sale fortalecido y recupera su hegemonía. Fin. 

Y digo colectivos más vulnerables y no únicamente mujeres porque (1) el feminismo aboga por todas las desigualdades y (2) quien lea esta novela comprobará que la misoginia nunca viaja sola y suele ir de la mano de la xenofobia, el racismo o el clasismo, entre otros.

Resumen resumido: Nueva Inglaterra, 1692. Abigail Hobbs se ha criado en una comunidad puritana y muy religiosa. Las opresiones que tendrá que soportar en el momento de pasar a la edad adulta y por el simple hecho de ser mujer la llevarán, junto con otras, a huir de vez en cuando al bosque para liberarse y expresarse sin ataduras. Tales excentricidades las convertirán en el blanco perfecto del reverendo Parrish que, ansioso por recuperar su influencia sobre la comunidad, las acusará de brujería con todas sus consecuencias.

Decir que Mujeres de Salem acaba mal no es hacer ningún spoiler. Pero por si hay algún despistado, el propio autor se encarga de anunciar la tragedia ya en la primera página:
Me llamo Abigail Hobbs. Tengo catorce años. Vivo con mis padres en Salem Village. He tenido una infancia feliz. (…). Y después llegó ese día fatídico.
A partir de ese momento, la trama va desgranando poco a poco todos los indicios que acabarán desencadenando la fatalidad, poniendo especial énfasis en el tránsito psicológico y emocional de esas mujeres oprimidas y ávidas de expresarse en todos los ámbitos, así como en el avance del odio y la corrosión en esa sociedad temerosa e ignorante que acabará estallando violentamente contra ellas. La concatenación de situaciones in crescendo envuelven al lector y lo hacen partícipe directo de la indignación y el sufrimiento. No obstante, la trama también deja lugar a pequeños momentos para el humor (muy necesario) como cuando un vecino con pinta de estar borracho denuncia que un lechón, supuestamente poseído, le ha llamado borracho.

La novela también contiene un epílogo escrito por Celia Amorós, que reflexiona alrededor del concepto de la caza de brujas en el marco de la cuarta ola del feminismo. Las conclusiones de esta filósofa, catedrática y teórica del feminismo se alternan con esbozos de algunas escenas de la novela.

Desde un punto de vista visual, estamos ante un deleite continuo, con imágenes y escenas tan expresivas como bellas. La novela empieza envuelta en colores brillantes y, a medida que avanza la acción y nos vamos adentrando en la tragedia, la gama se va oscureciendo. Sin embargo, la incomodidad está presente desde el principio también visualmente: la estridencia de los tonos amarillos de los maizales o la presencia de un asno al que todos admiran pero cuyo ojo en primer plano está rodeado de moscas y legañas con un realismo exasperante. Solo las escenas en las que Abigail se refugia en el bosque tienen una gama cromática que invita a la misma relajación y goce que experimenta la protagonista.

Todos estos recursos gráficos tan bien medidos por el autor, condicionan sensorialmente al lector para que se adentre mucho más en la historia.

No es la primera vez que una obra de ficción trata de narrar y apoderarse de los atroces sucesos que acontecieron en Salem Village. Desde la obra teatral El crisol de Arthur Miller y sus derivaciones cinematográficas, musicales y series. Pero quizá sea esta novela gráfica, la primera que aborda claramente los hechos desde una perspectiva de género, empezando por su título, y descartando todo el ideario que históricamente se ha desplegado para justificar lo que no tiene justificación: histeria, prácticas vudú, hongos en el pan de centeno que pueden provocar efectos parecidos al LSD... Thomas Gilbert destierra todos esas conjeturas no demostradas y pone en el foco aquellos elementos históricamente constatables: por una parte, penuria, religión exacerbada, ignorancia y miedo. Por otra parte, sometimiento, represión sexual y limitaciones en todos los aspectos vitales. Y todo ello enmarcado en un sistema patriarcal (y prácticamente feudal) sólidamente cimentado.

Otro detalle a considerar es el tratamiento que el autor le da a todos aquellos personajes que delatan los supuestos actos de brujería de sus convecinas. Al final también son víctimas de coacciones, del alcoholismo o de su propia miseria e ignorancia. La Abigail Hobbs de los hechos reales no formaba parte de las mujeres acusadas si no que fue utilizada para urdir y justificar la acusación contra ellas convirtiéndose, como bien plantea el autor en esta versión, en una víctima más y no como el detonante de la matanza, tal como muchos relatos aparentemente solventes de los hechos tratan de vendernos.

Los juicios de Salem llevaron a una veintena de personas a la horca y dejaron tras de sí un reguero de injusticias y torturas. Pocos años después, los propios responsables y representantes de la ley reconocerían el tremendo error cometido. Sin embargo, el ideario que ha trascendido no es la masacre de Salem o las injusticias de Salem o los homicidios de Salem o los ignorantes de Salem… si no que la palabra que siempre está implícita cuando leemos o escuchamos "Salem" se refiere a la única cosa que ha quedado demostrado que Salem jamás tuvo: brujas.

Feliz día de las brujas.

martes, 29 de junio de 2021

Beatriz Gimeno: La construcción de la lesbiana perversa

Idioma original: español
Año de publicación: 2008
Valoración: Muy interesante



Mijas, 9 de octubre de 1999, Rocío Wanninkhof (19 años) sale de su casa y ya no se la vuelve a ver hasta que el 2 de noviembre hallan su cuerpo desnudo, quemado y desfigurado. La presión social y mediática afecta la investigación, errática y plagada de inconsistencias. La necesidad de resolver el caso hará que el foco se detenga sobre Dolores Vázquez, ex pareja de la madre de la víctima, que será declarada culpable y entrará en prisión en 2001. 

No será hasta 2003 que se reconozca su inocencia, gracias a la resolución del caso de Sonia Carabantes, con una prueba de ADN coincidente con el de Rocío Wanninkhof, señalando sin discusión al autor material de ambos crímenes, Tony King.


Es evidente que estamos experimentando durante los últimos años un despertar insólito y muy revelador en relación a cómo los medios de comunicación, las instituciones y el poder legislativo han contribuido al mantenimiento y renovación de unos estereotipos patriarcales altamente lesivos para la mujer en todas sus facetas: la mala madre (Rocío Carrasco), la loca/trepa despechada (Nevenka) y en este caso, la lesbiana perversa (Dolores Vázquez). Y gracias a documentales, películas, crónicas y ensayos más o menos recientes hemos podido indagar en el funcionamiento de esos mecanismos silenciosos y torticeros que han confundido y manipulado a la opinión pública que es la que al final se encarga de hacer prevalecer esas etiquetas horribles e injustas que estigmatizan a tantas mujeres.

Resumen resumido: crónica del caso Wanninkhof focalizada desde un aspecto que resultó fundamental para su inconcebible desarrollo: el hecho de que Dolores Vázquez fuera lesbiana (ex pareja de la madre de la víctima). Y cómo a través de las noticias de algunos medios de comunicación «serios» de nuestro país: El País, El Mundo y ABC se reconstruye y se vislumbra el artefacto para la creación de un culpable (dotado de una monstruosidad sin precedentes) allí donde no lo hay.

La construcción de la lesbiana perversa está muy bien documentada en base a las noticias y los hechos de aquel momento, muy bien argumentada desde el conocimiento especializado referente a la cultura patriarcal, la violencia contra la mujer y la lesbofobia, y también está escrita de un modo sencillo y entendible que facilita cierto hilo conductor para la comprensión del proceso de creación del monstruo por parte de esos tres medios de comunicación.

Esta crónica no solo incide en los gérmenes histórico sociales que promovieron la creación de esa lesbiana perversa, si no que para llegar ahí antes tiene que poner sobre la mesa un sinfín de elementos que constituyen el nubarrón eléctrico de mitos y bulos que se cierne sobre las mujeres y la violencia que se ejerce sobre ellas. Un claro ejemplo es la presunción del crimen sexual como producto de una atracción erótica inevitable del agresor hacia la víctima, cuando en realidad es un tipo de violencia cuyo único objetivo es su quiebra y sometimiento, y ahí reside el placer para el agresor. A menudo se descarta el crimen sexual porque no se hallan signos evidentes en el cuerpo de la víctima pero eso no significa que no lo sea. De ahí que en este caso se descartara el crimen sexual de inicio y se barajara el móvil pasional con el que se pudo poner el foco en Dolores Vázquez.

Después la narración se adentra en los mecanismos de la construcción del monstruo-lesbiano mediante la exposición de una serie de mecanismos complejos pero que quedan perfectamente explicados, como es el caso de la invisibilización, que puede resultar contradictorio pero no lo es:
«(…) de qué manera comienza la representación de lo irrepresentable, de lo invisible: cómo se da forma a ese fantasma, a lo que no puede nombrarse, pero que sin embargo, al mismo tiempo, es necesario transmitir para que esa imagen difusa se vaya construyendo desde la negatividad, desde el odio (…)»
A partir de ahí, se nos explica cómo las diferentes noticias van aportando una serie de detalles sobre la personalidad y el físico de Dolores Vázquez que, por acumulación, consolidan esa imagen de asesina vengativa que el caso necesita. Lo más curioso es que a menudo son rasgos positivos o plausibles cuando se le atribuyen a un hombre. Algunos ejemplos:
  • Ella solía salir a correr y tenía un cuerpo musculado, lo que se vendió como que era mujer monstruosa con una fuerza sobrenatural.
  • Era directora de un hotel y ejercía su mando con firmeza: alguien soberbio y controlador.
  • Mantuvo una actitud digna cuando la gente la abucheaba en la entrada del juzgado o a prisión: propio de una psicópata sin empatía.
  • Soportó los intensísimos interrogatorios sin derrumbarse: fría y calculadora.
Lo cierto es que la reseña podría extenderse más que el libro y eso no tendría la menor gracia, así que concluyo con un Muy interesante porque aporta una enorme cantidad de reflexiones complejas acerca de cómo nuestra sociedad sigue blindada a todo lo que no sea «lo normal» y porque en el camino expone buena parte de las incoherencias e injusticias en los que nuestros organismos públicos incurren todavía a diario por falta flagrante de perspectiva de género y de reconocimiento de los derechos LGTBI.

También porque le hace justicia a una mujer a la que nunca se le ha llegado a pedir perdón por el calvario que tuvo que padecer.

miércoles, 2 de septiembre de 2020

Colson Whitehead: Los chicos de la Nickel

Idioma original: inglés
Título original: The Nickel Boys
Traducción: Luis Murillo Fort (ed. en castellano) y Laia Font Mateu (ed. en catalán)
Año de publicación: 2019
Valoración: está bien

Desconcierto. Desencanto. Pinchazo. Esas son las primeras palabras que me vienen a la cabeza una vez terminado este libro de Colson Whitehead. Sinceramente, no sé qué me ha sucedido con él. Había leído ya, de este mismo autor, «El ferrocarril subterráneo» y creía conocer bien pros y contras de su estilo algo basado en un efectismo buscado, pero con una historia bien construida y con altas dosis de crítica y denuncia. Y la potencia del caso en el que se basa esta historia hacía que fuera un libro muy propicio para zambullirse en él. Y disfrutarlo, aunque sufriendo. Pero no. O al menos no del todo. Veamos el por qué.

La novela arranca, tras un breve prólogo innecesario, en 1962, con Elwood, un joven negro de familia humilde que vive en el barrio de Frenchtown (Tallahassee) a quien le regalan un disco con discursos de Martin Luther King. El disco cambia la manera del pensar del joven, quien va impregnándose de las ideas que transmite y constata a través de esos discursos las diferencias raciales existentes y la actitud que la población debería adoptar ante ellas. Porque estamos en época de segregación racial en Estados Unidos y las diferencias raciales (con sus restricciones y normas) marcan constantemente el día a día de la población negra. Elwood es consciente de ello trabajando inicialmente en un hotel, como hizo su madre antes de abandonarlo, como hace su abuela con la que convive (¡qué gran personaje, el de la abuela!). Son los inicios de los 60, una época regida por las leyes Jim Crow, época de segregación racial donde las escuelas debían estar segregadas, donde los únicos comensales y clientes del hotel que había (y que podía haber) eran blancos. Y, escuchando las cintas de Martin Luther King siente que algo cambia en él, con esos mensajes que le recuerdan que «hay gente que te engaña y que reparte un vacío con una sonrisa, mientras que otros te roban el respeto hacia ti mismo. Debes recordar quién eres». De esta manera, con el disco, con las revistas que lee en la tienda donde empieza a trabajar después de dejar el hotel, con la influencia del Sr. Hill (su profesor en el instituto) que defiende los derechos de los negros, Elwood se va introduciendo cada vez más en los movimientos de defensa de sus derechos, participando en protestas, reclamando igualdades. Hasta que una situación azarosa y accidental hace que acabe detenido y entre en el correccional de la Nickel.

Hasta aquí el libro funciona perfectamente, con un engranaje que avanza sin excesivas fricciones ni chirridos, pues Whitehead sabe crear el ambiente, sabe transmitir el entorno en el que sucede la acción, a pesar de dar la sensación que corre demasiado, que quiere introducir unas imágenes concretas en el imaginario del lector y parece a menudo que lo hace a trompicones. Eso ya ocurría especialmente en el tramo final de «El ferrocarril subterráneo», buscando un efectismo algo forzado. Aun así, esta primera parte del libro se disfruta, con Whitehead situándonos hábilmente en ese mundo y también en la piel del joven Elwood pero, a partir de aquí, con la entrada del joven en la Nickel, la novela se precipita hacia un terreno inestable, pues el autor deja de lado la parte más ficcional de la novela y donde parecía que se encontraba más a gusto (en ese espíritu de superación, en esa denuncia racial, en esa fragilidad social) para pasar a otra parte del libro (su mayor parte) donde quiere acercarse al relato basado en hechos reales. Y ahí todo empieza a diluirse: se diluye el retrato del protagonista al desplazar el foco hacia los aspectos que lo rodean y se desdibuja el entorno, la atracción narrativa, a pesar del acierto en contraponer la visión idealista de Elwood con la visión más pragmática de su amigo Turner (uno de los puntos fuertes del libro). Pero, aun así, da la sensación que uno puede leer cincuenta páginas, cien o si el autor hubiera querido cuatrocientas, y no se habría movido mucho de ese sitio mental. La historia no avanza, es casi inamovible. Parece atrapada dentro de la Nickel, como lo están esos niños.

Así, el grueso de la historia se ubica en el internado, un correccional ideado para jóvenes blancos y negros con el propósito de corregir su conducta, formarlos académicamente y educarlos. Supuestamente. Pero no, la Nickel no es eso. O si lo es, es lo de menos. La Nickel es un lugar donde los adolescentes son maltratados, sometidos; un lugar siniestro gobernado con mano de hierro donde se abusa y se castiga a esos adolescentes, con motivo o sin él. Y en ese escenario es donde sucede la acción, donde el autor quiere transmitir unos hechos que realmente sucedieron, para narrar las injusticias, los abusos, los crímenes de odio, la deshumanización y las atrocidades que se cometían en una época en el que las instituciones miraban hacia otro lado mientras incurrían en una permisividad que rompía vidas, no únicamente a nivel mental, sino también física, en la que incluso se llegaba al extremo de asesinar a esos adolescentes que, por una mala acción o simplemente por azar, acababan en esos centros.

El propósito del relato es muy loable, y totalmente necesario, pues es una parte de la reciente historia que no debe olvidarse. Es más, debe recordarse para entender muchas cosas y situaciones actuales. Y es indudable que Whitehead es bueno buscando historias reales a partir de las cuales escribir un libro de ficción para reivindicar derechos o denunciar actitudes. Lo vimos ya en su anterior libro «El ferrocarril subterráneo» y lo vemos también en esta novela. Aun así, a pesar de esa actitud y esa loable determinación, al libro le falta algo. Le falta lograr una conexión, le falta transmitir empatía, le falta propagar al lector esa angustia, ese desespero, el sentimiento de tanta injusticia. Porque a menudo la historia no basta por sí sola, hay que saber transmitirla e impulsar al lector a adentrarse en ella, a sentirla con sus protagonistas. Y en este relato hay cierta frialdad o distancia que se palpa al leer la novela, por muy desgarradora que sea en su planteamiento o en su origen. Esta segunda parte es más ligera de lo que apunta, y no transmite, no llega, no profundiza. Tiene un aire ligeramente superficial, casi como de literatura juvenil donde no se quiere entrar muy a fondo para no herir. La historia pedía más, bastante más. Pedía contundencia, pedía profundidad, pedía entrar en la historia y ponerse en la piel de esos niños, pero la narración es distante, no llega, no impacta. Cuando uno ha leído bastante literatura sobre racismo, sobre abusos contra los negros, sobre atentados contra sus derechos, es cuando se ve la tibieza de este libro. Puedes leer a Morrison con «Volver», a Yaa Gyasi con «Volver a casa», a Jesmyn Ward con su «La canción de los vivos y los muertos» o incluso al propio Whitehead con su anterior libro y transmiten mucho más. O incluso se puede leer «En estado salvaje», de Charlotte Wood, sobre centros correccionales (y también basado en hechos reales) para ser consciente como se crea un impacto en la mente del lector.

Por todo ello, se trata de un libro que va claramente de más a menos, en el que el estilo del autor encaja mejor al narrar la vida de un joven que pretende ser alguien en la vida y luchar contra las desventajas y las desigualdades y que hubiera podido ser un buen bildungsroman que cuando pretende narrar las atrocidades y crímenes en un correccional a través de la mirada de un adolescente que, aun y siendo protagonista, parece que es algo dejado de lado. Da la sensación que Whitehead intenta introducir piezas de una historia real en una ficción y no encuentra el tono adecuado. Así, una narración que prometía ser muy interesante, impactante, punzante, dolorosa y devastadora, termina por volverse bastante plana. No tengo ninguna duda de que Whitehead sabe encontrar buen material sobre el que desplegar la voluntad de hacer llegar a un público amplio una denuncia siempre necesaria, contra las atrocidades, contra los abusos y contra la violencia ejercida sobre el pueblo negro. Pero quizás el público al que pretender llegar es tan amplio que le impide profundizar o incluso mostrar toda su crudeza sin ataduras.

Puede que la intención del autor sea no profundizaren en las atrocidades ocurridas en esos centros para no herir en exceso al lector y dejar simplemente que sus posibles imágenes sobrevuelen en su mente confiando en que así le sea suficiente, pero uno esperaba mucho más de una novela que ha recibido elogios por doquier, que la han encumbrado a límites insospechables y que incluso ha ganado el Pulitzer por este libro, y no únicamente este año, sino por segunda vez de manera casi consecutiva. A mi entender, de manera incomprensible. Habrá que empezar a cuestionar seriamente los premios, o a dejar de hacer caso a este reseñista que pide que, de una vez, Whitehead se atreva a ir con todo, sin filtros ni tapujos y ver así finalmente reflejado en un libro ese clamor interior que parece buscar una salida a voces libro tras libro. O puede que yo me equivoque y no sea necesario ir más allá. Estaré expectante para ver si da ese paso definitivo.

También de Colson Whitehead en ULAD: El ferrocarril subterráneo, El coloso de Nueva York

viernes, 1 de mayo de 2020

Nora Ephron: Se acabó el pastel

Idioma original: Inglés
Título original: Heartburn
Traducción: Benito Gómez Ibáñez
Año de publicación: 1983
Valoración: Recomendable

Hay libros de lectura intensa y libros de lectura ligera, y hay libros capaces de suscitar la reflexión tras su lectura y otros que no. La combinación de ambos parámetros genera un amplio espectro que abarca cualquier libro que hayamos leído:
  1. Intenso con reflexión
  2. Ligero con reflexión
  3. Intenso sin reflexión (*)
  4. Ligero sin reflexión
No estamos aquí para decir qué categoría es mejor que otra pero sí estamos aquí para confirmar que, sin ninguna duda, Se acabó el pastel pertenece a la última. Efectivamente, con sus apenas ciento cincuenta páginas que vuelan entre los dedos del lector, lo único que persiste tras la lectura es el recuerdo de la satisfacción vivida de la mano de esta autora irónica, vivaz y efectiva.

Resumen resumido: Rachel Samstat, judía, neoyorquina y cocinera mediática en la televisión pública de finales de los 80, descubre que su apuesto y exitoso marido mantiene una intensa aventura con una conocida común. Embarazada de siete meses, Rachel abandona su casa con su hijo de dos años e inicia un absurdo periplo que la preparará emocionalmente para afrontar el previsible desenlace.

El que no se anime a esta lectura por Nora Ephron —guionista de Cuando Harry encontró a Sally, comedia romántica por excelencia (inteligente, lúcida, entrañable, avanzada y divertidísima) a la que ya quisieran siquiera parecerse todos los subproductos mediocres que copan las carteleras desde hace décadas— o por la promesa de un divertido y efímero momento lector, tal vez lo haga por la de un aún más grato momento de cotilleo: efectivamente, la autoficción se inventó mucho antes de lo que algunos nos quieren hacer creer; los hechos que se relatan en Se acabó el pastel están basados en el episodio vital de la propia Nora Ephron cuando estuvo casada con Carl Bernstein, el pomposo periodista político que pasará a la historia por haber destapado la trama del Watergate y —muy a su pesar, gracias a esta novela— también por engañar a su mujer (embarazada de siete meses de su segundo hijo) con Margaret Jay, esposa del diplomático Peter Jay. Toma ya.

Se acabó el pastel es una narración en primera persona sobre los hechos acontecidos durante unas semanas cruciales en la vida de la protagonista. El tono es desenfadado e irónico y la narración adquiere los tintes de una oralidad errática que acaba llegando ahí donde se propone. Ese efecto no es fácil de conseguir, como tampoco lo es mantener al lector pegado al papel. El texto está plagado de frases ingeniosas a pesar de lo amargo de la situación y de pinceladas proféticas ya que la protagonista habla cuando los hechos ya han sucedido y ella ha podido gestionar la frustración y la pérdida. Y una se pregunta por qué, una vez ya ha quedado en el pasado, Nora Ephron decide rememorarlo. En vista de cómo quedan retratados su ex marido Carl (Mark en la novela) y el matrimonio Jay (Rice), parecería que no hay más motivación que la venganza cochina, pero no se puede elaborar una narración de este calibre eludiendo la responsabilidad propia en los hechos ni ocultando las miserias personales que se derivan. Es una cuestión tan evidente que la autora —muy lista— nos lo explica a través de su alter-ego (y auto-parodiada) Rachel Samstat:
«Porque si cuento la historia, domino la versión.
Porque si cuento la historia, puedo hacer reír; y prefiero que se rían a que tengan lástima de mí.
Porque si cuento la historia, no me duele tanto.
Porque si cuento la historia, puedo soportarla.»
Así que Recomendable porque es divertida, está muy bien escrita y disecciona con maestría las miserias de las relaciones entre los seres humanos. Diría, como hecho puntual, que es incluso Necesaria para la mente en estos tiempos que estamos viviendo.

Tal como puede deducirse de la (insulsa y facilona) cubierta de la edición en castellano, hay una adaptación cinematográfica de 1986, dirigida por Mike Nichols y protagonizada por Meryl Streep y Jack Nicholson. No os puedo dar mi opinión porque no la he visto pero una adaptación de una novela de Nora Ephron con el guión también de Nora Ephron, merece sin duda una oportunidad. Aprovechemos el humor y el disfrute que impregna toda su obra porque no hay más; Nora Ephron falleció en 2012 (71 años) a causa de una leucemia. Descanse en paz.

(*) emosido engañado

lunes, 23 de septiembre de 2019

David Grann: Los asesinos de la luna

Idioma original: inglés
Título original: Killers of the Flower Moon
Traducción: Luis Murillo Fort
Año de publicación: 2017
Valoración: bastante recomendable

A lo largo de la historia, se han escrito grandes novelas ubicadas en el género del true crime. Novelas que van más allá de la frecuente y temida etiqueta de basada en hechos reales (que uno nunca sabe hasta qué punto se asemejan a los hechos en cuestión), pues estas describen con exactitud y meticulosidad historias de crímenes sucedidos y dejan totalmente de lado cualquier tentación de ficcionarlos. En este género nos podemos encontrar con grandes clásicos como «A sangre fría», de Truman Capote, también «El adversario», de Emmanuel Carrère, o más recientemente la novela que nos ocupa.

Pongámonos en situación: Oklahoma, 1921, territorio poblado por la tribu de los Osage, un pueblo expulsado, por parte del gobierno, de su antiguo asentamiento en Kansas y al que ubicaron en Oklahoma, territorio árido, estéril y, aparentemente, sin ninguna posibilidad de ser explotado económicamente. Pero las cosas fueron algo diferentes a las previstas y resultó que la zona donde los Osage fueron emplazados y, en consecuencia, proclamados dueños de esas tierras, era un territorio que ocultaba uno de los mayores yacimientos petrolíferos de los EUA. De esta manera, la tribu de los Osage, anteriormente pobre y maltratada, pasó a ser en poco tiempo el pueblo más rico en renta per cápita del país, gracias al dinero que cobraban de manos de las empresas prospectoras a través de acordar con ellas licencias de explotación. Y claro, ¿qué ocurre cuando una tribu menospreciada por la sociedad pasa a ser más rica que sus vecinos blancos, dominantes y supremacistas? Que surgen las envidias, los recelos, los intereses y, en este caso, también los crímenes.

Porque la novela empieza fuerte y vemos cómo, en medio de tan comprometida situación racial y económica, aparecen los cadáveres de dos acaudalados indios de treinta y pico años de edad (no hago spoilers, este hecho ocurre justo al principio). Tenemos por tanto fallecidos, con claros indicios de asesinato, tenemos conflicto racial, una patrulla ciudadana que augura de todo menos profesionalidad e imparcialidad, un sheriff que simpatiza con delincuentes, corruptos y maleantes (estamos no plena ley seca, y la elaboración y comercio de alcohol en clandestinidad era habitual y lucrativa) y un autor que sabe cómo gestionar el tempo, exponer los hechos, y mantenernos en vilo. Los ingredientes perfectos para una novela de la que no despegar la vista hasta haberla devorado.

Con este punto de partida, vemos como la sucesión de muertes de miembros de la tribu Osage empieza a ser motivo de preocupación entre sus gentes, cada vez más conscientes de las envidias que causan por su situación económica y porque, en el fondo, molestan en una zona habitada en su mayoría y gobernada por gente blanca que esgrime una pretendida superioridad racial hasta el punto en que los miembros de la tribu necesitan un tutor blanco para gestionar sus gastos. Y las autoridades tampoco parecen muy interesadas en esclarecer lo sucedido, contando además con la connivencia periodística que ayuda a aumentar un rencor y recelo hacia los Osage. Y, en todo este caso judicial y policial, aparece e interviene en la investigación de los sucesos un recién formado FBI, una organización con grandes claroscuros bajo la sombra de su creador John Edgar Hoover.

Como en todo true crime, hay que equilibrar perfectamente la aportación de información real con el ritmo de la narración y, a pesar de que en el inicio uno teme que esta sea una lectura inundada de datos, y más aun viendo la gran cantidad de anotaciones (que, con sabia decisión, se encuentran al final del libro), el autor sabe calibrar perfectamente este aporte y encontrar el equilibrio, pues parece que la principal función de proporcionar esas referencias es dar credibilidad a su relato. Porque estamos delante de un caso real y claro, hay que aportar datos e información contrastada, pero el autor es hábil en este aspecto y no abusa de ello, sino que teje una historia muy interesante, que más allá de la investigación del caso nos hace partícipes de las dificultades y vicisitudes de una pudiente tribu ubicada en medio de un territorio con mayoría blanca, con los pertinentes recelos y tiranteces entre los miembros de ambas comunidades. Además, intercalando la propia investigación de las muertes acontecidas, el autor introduce pinceladas de la historia de los Osage y las diferentes circunstancias que les llevaron a realizar numerosos éxodos (circunstancias donde el hombre blanco les expulsaba de sus tierras, básicamente). Estos fragmentos de narración son también interesantes pues nos acercan a una mirada más realista sobre lo sucedido con los nativos (algo parecido a lo que ya hizo Philipp Meyer en «El hijo») y nos alejan del habitual relato de blancos buenos e indios malos (expuesto también el «El origen de los otros», de Toni Morrison).

David Grann conduce con maestría la narración, e introduce, en paralelo al propio caso, interesantes pinceladas sobre la creación y formación del FBI, con sus evidentes luces, sombras y corruptelas. El ritmo narrativo de la novela es alto, y a medida que uno entra en la historia se ve totalmente atrapado por ese entramado de medias verdades, pistas poco fiables e información que lleva tiempo escondida bajo un manto de ocultos intereses. La información es proporcionada con destreza, de manera progresiva y sin contener demasiado un avance que uno agradecería más rápido, no por falta de ritmo sino porque la historia, en la segunda mitad del libro, te mantiene totalmente absorto y con deseos de llegar a su desenlace.

Por todo ello, este libro es un claro ejemplo de cómo mantener la tensión en una novela de true crime, nutrido de muchas referencias para evidenciar la veracidad del relato, pero sin entorpecer para nada la lectura. La historia descrita sirve, no únicamente para conocer una historia de asesinatos en plena formación del FBI de Hoover, sino para ver cómo los intereses económicos, el racismo, la parcialidad jurídica, el poder social y económico y la corrupción pueden irrumpir y dificultar la resolución de un caso de resultado muy evidente a ojos del lector.

Si mi valoración del libro no es aún más positiva, no es porque lo narrado no sean interesante, al contrario, sino porque creo que la complejidad de la trama con sus diferentes frentes abiertos demandaba un libro más extenso, que hubiera permitido, además de tratar el caso, profundizar en la corrupción y zonas turbias de los inicios del FBI que el libro apunta e insinúa, pero sin llegar a detallar de manera suficiente. Ese deseado mayor volumen de páginas hubiera contribuido a dar mayor contundencia y redondez a un libro ya de por sí interesante por lo que relata, pero también por lo que sugiere: un país donde los intereses económicos y políticos chocan directamente con la libertad y los derechos de sus habitantes.

También de David Grann en ULAD: El comandante yanqui

domingo, 21 de julio de 2019

Lena Merhej: Yogur con mermelada


Idioma original: Árabe
Título original:   لبن و مربّى 
Año de publicación: 2011
Traducción: Mónica Carrión
Valoración: Está muy bien

Es un territorio recurrente el del artista, o creativo, bloqueado que acude a la memoria, a su infancia a menudo, en busca de inspiración, de auxilio, de palanca con la que vadear el obstáculo. En el caso de la dibujante Lena Merhej (Beirut, Líbano, 1979) el recurso se hizo extensible hacía la figura de su madre, de la cual se cuenta en esta narración cómo una mujer de cultura alemana nacida en la Bohemia checa decide instalarse, arraigar y crear su propia familia en ese rincón del Mediterráneo Oriental llamado Líbano. Por supuesto, hay un primer impulso que es el amor, pero hay mucho más, la determinación, la capacidad de adaptación, la necesidad, por encima de todo, de encajar las adversidades y seguir haciendo de la vida un lugar mejor para uno mismo y para quienes están alrededor.

Yogur con mermelada se trata, por tanto, de una investigación a través de esa facultad psíquica que es recordar, en la vivencia personal y en el acervo familiar, una inmersión en ese ámbito resbaladizo e incierto a la captura de recuerdos que no se sabe muy bien cómo llegan. Puede que también rescatándolos después de un suceso o de un pensamiento, como los restos que la tempestad deposita en la playa de la memoria. Yogur con mermelada es un cómic que retrata a la madre de la autora, a ella misma y a su familia, y, en parte, a la sociedad beirutí, que tanto tiene de amalgama, de mezcla de ingredientes. El caso es si esta cohabitación de contradicciones se logra hacer de manera pacífica, o no.

La gran protagonista de este relato llegó a Beirut en 1967. Hija de una austriaca anglicana y de un católico checo, adopta el Islam como fe para poder casarse con el padre de sus tres primeros hijos, del que queda viuda siete años después. De sus segundas nupcias, nacen dos hijas más, una de ellas la autora. De su madre, dedicada profesionalmente a la pediatría y a la docencia, Lena Merhej va reconstruyendo la trayectoria, cómo le fue encontrando el sentido a su vida en la urgencia de las necesidades cotidianas, cómo su decisión de hacerse su lugar en Líbano no fue una decisión única, si no un conjunto de ellas que se acumulaban día tras día, en las que la protagonista encontró un espacio para si misma. Una madre estricta y misteriosa pero también muy divertida, que no abandona su pasión por las novelas negras en alemán ni por las apfeltrüdel –la muy teutona tarta de manzanas- pero que también se identifica con el inevitable arroz con curry de todos los domingos o con el más rancio prototipo de madre libanesa, que cuando sus hijas van a viajar al exterior les conmina a que ni se les ocurra buscarse un novio extranjero.

La narración usa diferentes enfoques aunque la fragmentación de sus capítulos, pues inicialmente fue publicada por entregas en la revista Samandal, la primera editada con regularidad en el ámbito cultural árabe, tampoco supone un lastre para su complejidad y profundidad. Llaman especialmente la atención dos de los ejes argumentales: cómo enfrentar los miedos –a las bombas, a los secuestros, al dolor, a la escasez, a la violencia- sin dejar que se apoderen de uno convertidos en traumas y cómo gestionar el conflicto del emigrado; desde la nostalgia del que vive entre los suyos o bien desde la adaptación y la integración en el nuevo lugar. En el caso, hubo una decisión firme de evitar en lo posible sufrimientos y amarguras y la protagonista optó, por ejemplo, por no enseñar su lengua materna a sus hijos. Con una estética muy sencilla y con un dibujo de rasgos infantilizados en blanco y negro, Yogur con mermelada nos propone una interesante aproximación a unas personas, a una familia, que como todas resulta tan única y particular como universal y cercana.


domingo, 23 de junio de 2019

Elena Poniatowska: Tinísima


Idioma original: Castellano
Año de publicación: 1992
Valoración: Muy recomendable

Iniciado como un encargo para un guión cinematográfico, la mexicana Elena Poniatskowa (París, 1932) mantuvo durante diez años el borrador de Tinísima entrando y saliendo del cajón. Quiere esto decir que durante una década convivió con Tina Modotti; se documentó y leyó todo lo que caía en sus manos, entrevistó a fuentes primarias que la conocieron, la trataron, la amaron (por ejemplo, el que acabó como senador italiano, Vittorio Vidali) y fabuló con sus sentimientos, sus motivaciones, sus afanes, talentos y reveses. De Tina Modotti (Udine, Italia, 1896, fallecida en México DF a los 46 años) nos queda la memoria de una vida convulsa y agitada, cosida con delicadeza y fanatismo, con generosidad y militancia, que arrancó prometedora para finalmente apagarse derrotada entre la renuncia, el silencio y el olvido.

Tinísima es un novelón, casi setecientas páginas, torrencial y meticuloso, visceral y emocionante. También algo irregular; lógicamente la tensión dramática, el frenesí narrativo, tiene altibajos. Por ejemplo, la primera parte digamos mexicana me ha parecido bastante más interesante y bella que su segunda mitad, europea y española, más oscura y tenebrosa. La novela arranca con una Tina soñadora y atrevida que abandona su incipiente carrera como modelo y actriz de Hollywood para dejarse llevar desde la incipiente y vacua bohemia de California al exótico y excitante México post revolucionario como ayudante del fotógrafo Eduard Weston. Allí empezará a experimentar y desarrollar su propio proyecto vital y artístico; la sensibilidad de su mirada, el empeño en amar a quien decida, la capacidad de vivir con sus propias normas y valores; de posar desnuda, de cambiar de pareja, de relacionarse con la gente más humilde de tú a tú, de ser autosuficiente y de llegar libremente más allá de los límites, las convenciones o las imposiciones.

Aquí hay páginas excelentes, bellas y trepidantes, en las que la escritura de Elena Poniatowska es sensorial, carnal y poderosa, convirtiendo la lectura en un ejercicio a flor de piel, como cuando describe el amor entre Tina y el cubano –comunista y exiliado- Julio Antonio Mella: “Grita ¡Julio!, el vaivén de las olas en su cuerpo, el rostro en lágrimas, su cuerpo en cada ola; Julio desaparece en la mole oscura que curva su dorso y se desploma; la resaca lo hará visible, ella lo rescatará por los cabellos cubiertos de arena  y espuma; aplicará su boca a los sus labios rotos, respirará en su pecho copos de sal hasta ver las sábanas otra vez levantadas a su lado, Julio recuperado”, Fue este el punto de inflexión en la vida de Tina Modotti, el asesinato de Julio Antonio Mella andando de su brazo por las calles de DF. La prensa se le echó encima, los círculos comunistas en los que se movía respondieron con tibieza (Mella exhibía criterio propio, actitud herética para la ortodoxia del Partido) y sólo la generosa y apasionada defensa de Diego Rivera le devolvió la libertad, aunque al precio de ser expulsada del país. De esos años, sus fotografías y las que a ella le hicieron nos revelan tanto lo que observó como la manera en que decidió ver lo que le rodeaba y las páginas de Tinísima están impregnadas decididamente de esa luz, de esa atmósfera, de ese pálpito.

En el Berlín previo a los nazis, Tina Modotti, desiste de la máquina de fotografiar para implicarse por completo en la maquinaria comunista; de allí pasa a Moscú, donde se integra en el Socorro Rojo Internacional y ejerce como agente en misiones por Europa. El arrojo que le permitió trascender límites se reconvierte en profesionalidad revolucionaria; las órdenes se ejecutan, las consignas y los líderes, ahí está Stalin, jamás se cuestionan. Aún así, la paranoia y el cretinismo soviético la empujan a poner tierra por medio y establecerse en España, donde adopta el nombre de María, primero para intentar paliar la represión por el estallido de octubre del 34, al poco el de la Guerra Civil. Tina Modotti la pasará cuidando, curando, alimentando a heridos y refugiados, ayudando a crear el Hospital Obrero de Madrid, intentando paliar el sufrimiento de la población en al huída de Málaga a Almería, alentando a las Brigadas Internacionales… La derrota de la República española la llevará a Francia, Estados Unidos, de nuevo México.

Elena Poniatowska describe la transformación de Tina, el tránsito de aquella mujer magnética y deseable, sabedora que portaba el maravilloso y extraordinario don del arte hacia el de una persona esquiva e intransigente, acre, opaca, depresiva, que despreció a Diego Rivera por la simpatía del pintor hacia Trotsky. Aquí también la escritura de Elena Poniatowska se enreda por momentos, a mi parecer, en largas enumeraciones de apellidos, párrafos íntegros de testimonios y algunos errores de bulto, como asegurar que las Brigadas Internacionales tuvieron que abandonar España por órdenes de las Naciones Unidas…

Otros deslices quizás, sean la mera reproducción de una creencia sin confirmar, como cuando el personaje de Tina Modotti asegura que Matilde Landa falleció en Granada. La que también fuera incansable militante comunista y con la que Tina Modotti trabajó coco con codo durante la guerra española, en realidad se mató al tirarse al vacio en la prisión de mujeres de can Sales, en Palma, incapaz de seguir soportando la presión por el chantaje al que catequistas, monjas y carceleros le sometieron con el fin de que aceptase ser públicamente bautizada. Una historiadora lo definió como el espectáculo de la humillación. Hoy esa prisión es una biblioteca pública; de una balda en su sótano he tomado prestado el ejemplar de Tínisima con el que Elena Poniatowska quiso que no se perdiera, que no perdiéramos, la memoria de Tina Modotti.

 
 



















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