viernes, 31 de enero de 2020

Semana del cine #5: ¡Me cago en Godard!, de Pedro Vallín

Idioma original: Español
Año de publicación: 2019
Valoración: Recomendable

"¡Me cago en Godard! Por qué deberías adorar el cine americano (y desconfiar del cine de autor) si eres culto y progre" es el título completo de este provocador y heterodoxo ensayo con el que el periodista Pedro Vallín trata de combatir el dogma que atribuye un sesgo conservador a la producción cinematográfica estadounidense y reivindicar el componente esencialmente progresista y emancipador del cine procedente del país de barras y estrellas frente al carácter burgués, elitista, ensimismado y autocomplaciente del cine europeo. ¡(Joder, casi me ahogo leyendo la frasecita de marras!)

Para ello, Vallín analiza en primer lugar el origen del dogma, el cual se sitúa en el Romanticismo y en su mitificación del Artista (así, con mayúsculas) por encima del artesano, lo que da origen a la diferenciación, meramente clasista y jerárquica, entre la Alta Cultura (también con mayúsculas) y la cultura de masas.

A continuación, el autor refuta el marxismo como herramienta de análisis cultural (no así en lo que concierne a lo político-económico) y reclama el papel del cine estadounidense como exaltador de la libertad individual y como mecanismo de una emancipación personal que acaba por redimir a la comunidad. Al mismo tiempo y con el fin de reivindicar el papel de Hollywood como "mosca cojonera" de los poderes conservadores, nos recuerda las diferentes persecuciones de las que los cineastas han sido objeto y el carácter liberal, activista, subversivo y hedonista de Hollywood.

La parte más "centrada en el cine" se abre con el análisis del discurso político que subyace en el cine estadounidense y en el europeo y se cierra con un extenso muestrario de arquetipos y discursos políticos hollywoodienses.  Así, sirviéndose de Walter Benjamin y de Fernando Savater y de la separación entre cuento/ relato/ narración y novela, Vallín asocia al cine estadounidense con un ansia de aventura, redención o mejora colectiva ligada estrechamente al mito y a su génesis nacional y al cine europeo (Bergman, Buñuel, Dreyer, Godard...) con cuitas existencialistas vinculadas al masoquismo judeocristiano y al prestigio intelectual del pesimismo.

En cuanto a los ya citados arquetipos, el recorrido se inicia en los vagabundos de principios del siglo XX (Chaplin, Keaton, Lloyd...), personajes quijotescos de inocencia rousseaunina caracterizados por su ansia de justicia social y su estupor ante la aceleración de la Historia, y continúa con los personajes ambiguos y atormentados del cine negro, con los diferentes modelos de mujeres que abrieron camino a la emancipación femenina y al empoderamiento sexual (pese a la visión patriarcal que ha seguido primando, ojo), con los pistoleros del western, héroes míticos que pese a que pueden ser leídos en ocasiones como idealizaciones del nacionalismo más rancio también pueden y deben ser leídos como ejemplo de la democracia más radical y de la justicia social (El jinete pálido, Border Patrol, hasta que llegó su hora, etc), con la actualización de mitos y leyendas de todo los tiempos que son los superhéroes, con los héroes cotidianos, los teenagers de los 80 y su revisión del paraíso perdido, la Ci-Fi y  el terror con su proyección de nuestros miedos y esperanzas y la carga política que estos llevan encima, etc.

Dicho todo esto, y pese a no estar de acuerdo con algunos de los planteamientos y conclusiones del autor (o quizá precisamente por eso), ¡Me cago en Godard! en un libro más que interesante por varios motivos:
  • Su antiacadémicismo. Pese a la profusión de datos y referencias, se trata de un libro ágil y entretenido.
  • Su antidogmatismo. Vallín tienen claras sus opiniones, las argumenta y las defiende, pero también es consciente de no ser poseedor de una verdad absoluta (y menos en esto del cine, la literatura, etc). En ningún momento se duda de la excelencia del cine de Bergman, Truffaut y compañía, sino de su discurso político. Por otra parte, Vallín desmonta en el libro otro mitos de signo contrario. Hay palos para todos (aunque para unos más que para otros). 
  • Su humor. Esa imagen inicial de Lex Luthor como alcalde valenciano del PP con altura de miras y afición por las pelucas es solo el inicio de una serie de pullitas a cual más divertida.
  • Su defensa del cine (y de la cultura en general) como gozo, que lleva en sí un elemento desmitificador muy necesario.
En el lado no tan bueno, creo que el autor se excede en la generalización y que ignora interesadamente a una parte muy importante del cine de los últimos tiempos. Y se excede en la generalización más por el lado europeo que por el lado estadounidense. En el lado de allá, aunque se obvia (o minimiza) el papel propagandístico de buena parte de las producciones estadounidenses de la Guerra Fría, sí que se admiten lecturas "rancias" en algunos western y el tufo reaganista de parte del cine de los 80. En el lado de acá, puedo estar de acuerdo con Vallín en el carácter burgués y/o en el altísimo componente de "masoquismo judeocrstiano" del cine de Bergman, Dreyer, Pasolini, Antonioni, Haneke, pero también de ahí se puede desprender una profunda crítica a esos mismos valores (o ni siquiera una crítica, sino simplemente poner sobre la mesa su "existencia" y que cada uno piense lo que le de gana). Además, aunque sí se nombra a Loach, Tavernier o los Dardenne, se ignoran movimientos europeos completamente alejados del "individualismo burgués" (en mi opinión), como el neorrealismo italiano y sus "descendientes", el free cinema inglés, alemanes como Fassbinder o Herzog, el noir francés, etc.

Ya lo dejo. Creo que lo dicho es más que suficiente para que os hagáis una idea. Y si no lo es, pues os esperáis hasta que salga la película

jueves, 30 de enero de 2020

Semana del cine #4: Maquiavelo frente a la gran pantalla de Pablo Iglesias Turrión

Idioma: español
Año de publicación: 2013
Valoración: interesante e incluso recomendable para fans

Pues sí, amigos: el autor de este ensayo no es sino Pablo Iglesias Turrión, flamante Vicepresidente del Gobierno del Reino de España, fundador y líder del partido Podemos, profesor de Ciencias Políticas en excedencia, ex-tertuliano y ex-presentador televisivo, también conocido por PIT, el Coletas, Pablemos, Pablenin, el marqués de Galapagar, el Ceacescu de Villatinaja, etc.* ; en fin, lo que prefiera cada cual... Y sí, a ULAD, o al menos a este siempre solícito reseñista, no le duelen prendas en inclinar la cerviz ante el PODER, disponiendo sus humildes recursos dialécticos al servicio de uno de sus más conspicuos detentadores... Aunque, un momento: resulta que este libro fue publicado en 2013, cuando el ilustre PIT no era sino un voluntarioso y soñador enseñante que redondeaba sus magros emolumentos con apariciones en shows políticos de la tele y algún que otro libro, para sacarse unos eurillos... ¡Albricias, que entonces no hemos manchado la inmaculada reputación de independencia de este blog  con la adulación y el pasteleo (de momento)! Podemos, pues, hablar de este libro, sea de un preclaro salvador de la Patria y la Democracia o de un demonio bolivariano comeniños, a elegir.

Pero abreviando, que es gerundio: este libro que don PIT escribió en aquella candorosa época pre-asalto a los Cielos trata de -en sus palabras- "llevar al primer plano del análisis político el cine, entendido como productor de imaginarios y consensos hegemónicos, como revelador privilegiado de verdades políticas y como fuente de conocimiento teórico". Hummm, no está mal, pero no se vayan todavía que aún hay más: "queremos investigar las condiciones de producción de la política como conflicto, como lucha por los significados (...), para cartografiar las relaciones de poder que van más allá de los intercambios entre instituciones (estados, organizaciones, colectivos, etc.) y que se encuentran en los espacios delimitados por la subsunción de la cultura y el "bios" en la lógica de la acumulación y su institucionalización hegemónica a través de roles sociales". Clarinete, ¿no? En fin, quiero ser justo:  aunque sí buena parte de él, no todo el libro está trenzado a base de este metalenguaje intelectual, propio de las ciencias sociales, más un montón de referencias a pensadores de relumbrón (al menos por aquellos años: Žižek, Laclau, Agamben, Butler...**). Seamos comprensivos, además: esto es lo que debe hacer un profe de Políticas de la Complu, no vaya a venir un Errejón cualquiera y trate de quitarle el puesto...

Al lío: el primer capítulo viene a funcionar como un segundo prólogo, que el autor aprovecha para tomar como punto de partida al Gramsci -que es viejuno pero molón- de la "crítica de la cultura de las ideologías dominantes". De la mano del siempre jubiloso Žižek, se dedica en los capítulos siguientes a analizar la "función mitificadora del cine de memoria histórica", de tal forma que la película Katyn', de Andrzej Wajda, le parece un excelente ejemplo de cómo "apuntalar una identidad polaca muy específica" (por más que nacionalista, conservadora y católica). Las películas sobre la Guerra Civil española, en cambio, no han servido para tal función en cuanto a una memoria histórica progresista y democrática, sino para perpetuar "los discursos reconciliadores del silencio, derivados del espíritu de la Transición , en el mejor de los casos (...)". Los ejemplos que pone no dejan de ser curiosos: Ispansi -puagh***- y Balada triste de trompeta -pschaá, al menos le divierte-; a otras que menciona, como La vaquilla o Soldados de Salamina, las aprueba con reticencias.

En el siguiente capítulo, quizás el más interesante del libro, PIT expone los conceptos de Giorgio Agamben de homo sacer, bios y zoe (wikipedia, tetes, como he hecho yo) y su planteamiento sobre la excepcionalidad soberana como espacio de decisión política, ejemplificándolos -quizá de forma algo traída por los pelos-, con las películas Algunos hombres buenos (el código rojo y toda esa mandanga) y Dogville, de Lars Von Trier. Son ideas que, creo yo, merecen una mayor atención.

Quinto y sexto capítulos están dedicados a dos grandes películas sobre conflictos anticoloniales y revolucionarios -aquí el guía es Frantz Fanon-; anque para PIT, Apocalypse Now, por buena que sea, no va más allá de un psicoanálisis del colonizador/soldado occidental, pues no concede voz al "otro", al colonizado, mientras que en La batalla de Argel, sí que se le dignifica y dota de una posición de poder, derivada de la lucha armada contra el ocupante colonial (quiero pensar que sería igual si el FLN hubiera perdido...). Ésta le gusta mucho.

También Amores perros, que según el autor del ensayo, retrata las relaciones sociales de la posmodernidad capitalista dentro de una ciudad -mundo. Y ahora, agarrarsus que vienen curvas: PIT dedica el penúltimo capítulo a explicar, utilizando ciertos argumentos de teóricas/os/es queer -Judith Butler, Paul B. Preciado- y no sé si tan queer -Virginie Despentes- que Lolita, -la de la película de Kubrick, no de la novela- no es una infeliz niña que sufre los abusos de un pederasta, sino una adolescente, pero ya arquetipo de la femineidad, que utiliza las armas a su alcance -su belleza y juventud- para empoderarse frente a los adultos, esto es, su madre y Humbert Humbert... ¡Ostras, Pablo, menos mal que el facherío lee poco y menos aún tus libros, que si no te aplicaban el PIN parental por la vía rápida, te lo digo yo! En todo caso, repito que PIT insiste varias veces que se refiere a la Lolita de la película, no a la niña del libro de Nabokov.

Por fin, cuando ya la cosa parecía más tranquilita, con un último capítulo donde el autor nos recuerda que debemos mantener una mirada crítica para resistir las representaciones hegemónicas en el cine (yo esta noche volveré a ver Sharknado y ya os contaré), aún nos espera un fin de fiesta, con un epílogo en el que se alude a ciertas declaraciones de Felipe González**** y, enlazándolas con el capítulo de La batalla de Argel, PIT saca la conclusión de que con ellas lo que hizo fue concederle el estatus de beligerante al adversario, al reconocer la entidad del otro, es decir, de ETA (glups)...  ¡Hombre, señor Vicepresidente segundo, con lo que le ha costado llegar al cargo... a ver si se va a enfadar el Padrino ex-Presidente González, con el aprecio que le tiene a usted! Háganos caso y llame ahora mismo al CNI, usted que tiene el teléfono y que destruyan toda la tirada de este libro, por si acaso. Por nuestra parte, estamos dispuestos a borrar esta reseña, por responsabilidad de Estado y también si nos gestiona usted alguna subvencioncita o algo, claro, que la vida está mu achuchá... ¿hace?

* O cualquier otro apodo cariñoso que se le ocurra a ese elfo doméstico gran comunicador turolense que es Federico Jiménez Losantos, siempre ejemplo de profesionalidad, mesura y cualidades éticas.
** Maquiavelo, me temo, poco aparece en este libro, aparte de en título y prólogo. Digamos que se le menciona como padre fundador o santo patrón de la Ciencia Política moderna.
*** Sintetizadas, vienen a ser las opiniones de PIT sobre estas películas, no las mías.
**** Dijo en una entrevista de 2010 que a principios de los 90 pudo ordenar volar a toda la cúpula de ETA y no quiso. No sé si pretendía insinuar que nunca antes se había visto en otra parecida o que sí... 

miércoles, 29 de enero de 2020

Semana del cine #3: La escandalosa señorita Pilgrim de Frederica Sagor Maas



Idioma original: Inglés
Título original: The shocking Miss Pilgrim
Año de publicación: 2013
Traducción: Daniel Gascón
Valoración: Está bien (aunque ideal para frikis)



Si hablamos de CINE resulta imposible no referirse a Hollywood y mucho menos pasar por alto su Era Dorada. Por ello Frederica Sagor Maas (1900-2012) —una de las pocas mujeres guionistas de aquella época— es un testigo impagable para comprender cómo era ese universo de los «sueños», cómo funcionaba por dentro y por qué hoy es como es, sea lo que sea lo que eso signifique. 

Resumen resumido: Frederica es la menor de cuatro hijas de un matrimonio de inmigrantes rusos afincados en Nueva York. Muestra ambición y curiosidad por el mundo que hay más allá del coto familiar y con tan solo 23 años abandonará la carrera de periodismo por su verdadera pasión: el cine, con un prometedor trabajo como asistente de edición de las oficinas de la Universal en Nueva York. Pero tras años de lucha y duro trabajo, la industria del cine la acabará decepcionando. 

Una de las cuestiones más interesantes de las memorias o las autobiografías, en mi opinión, es quién habla, desde dónde y por qué. Y eso Frederica, como buena ex guionista que es lo debe saber muy bien porque en el prólogo hace toda una declaración de principios de lo que va a suceder en las páginas venideras: 
«Ahora bien, cuando alcanzas la provecta edad que yo tengo e intentas recordar lo que ha ocurrido en tu vida, tienes mucho terreno que recorrer. Viví dos guerras mundiales, la Gran Depresión, la era de McCarthy y dieciocho administraciones presidenciales. Más tarde, cuando la octava década de mi vida estaba bien avanzada, tras la muerte de mi marido, hice dos viajes largos e intensos a Rusia para visitar la patria de mis padres. En conjunto, esta historia habla de la frustración, la desilusión y la pena: momentos que quizá es mejor dejar en barbecho o en el olvido. Sin duda, así es como me sentía en 1950, cuando me despedí por fin, sin lágrimas, de la industria hollywoodiense que me había envuelto y atrapado en su red de promesas. Había decidido olvidar y continuar con otras búsquedas. Lo hice, y nunca miré hacia atrás. Hasta ahora.» 
Frederica ha vivido una cantidad considerable de hitos históricos y habla desde su vejez, a medio siglo de distancia de los hechos que va a relatar sobre sus ingratas vivencias en la industria cinematográfica. Y lo que quiere es vengarse. La voz narrativa que emplea no es mordaz ni iracunda, apenas levemente irónica, a veces levemente amarga, pero su relato, que no cae en el morbo ni en el amarillismo, es implacable. Frederica lo expone todo con extrema lucidez, concreción y nombres y apellidos. Eso explica que no se decidiera a publicar estas memorias hasta confirmar que todos los que podían darse por aludidos ya no estaban en este mundo. 

Efectivamente, la industria del cine queda retratada como un incesante baile de sillas, escándalos sexuales, competencia desleal, robos de ideas y apuestas bastantes arriesgadas (como lo de Joan Crawford). Los jefes de los grandes estudios se comportaban como auténticos tiranos y tal era el despiporre que en tal contexto lo de Harvey Weinstein habría pasado desapercibido. Ese era el ambiente en el que se desenvolvía Frederica desde los 23 años, una joven con la cabeza muy bien amueblada. Frederica se consideraba feminista y explica algunas anécdotas en las que intercedió o dio la cara por otras mujeres. Cierto que en unas memorias cada cual explica y omite lo que le interesa pero no le podemos negar a Frederica su espíritu rebelde; si ya hay que ser rebelde para ser feminista hoy, no digamos hace cien años. Digamos que lo peor que le sucedió fue que la minusvaloraran, soslayaran, robaran sus ideas o tener que darle esquinazo a algún borracho baboso en alguna fiesta. Lo normal para ser mujer. De todos modos, más tarde vería como su marido, Ernest Maas, también era profesionalmente masacrado por la gran maquinaria trituradora de sueños. 

Y tras decir todo esto ¿cómo que el libro simplemente está bien? Me explico: cuando cayó en mis manos recién publicado en 2013 lo devoré pero, sin embargo, esta reciente relectura me ha resultado un poco tediosa. Los motivos: 
  • Zapato grande, ande o no ande: en muchos momentos, más que unas memorias parecen un recopilatorio de datos, fechas, nombres y causas de defunción. Es evidente que la prácticamente centenaria Frederica no pudo retener semejante cantidad de información si no que detrás hay toda una maquinaria editorial destinada a documentar y «rellenar» los huecos con tal grado de detalle que, lejos de completar o enriquecer la narración, la debilitan y de paso aturden al lector. 
  • La corrección. Que unas memorias tengan como objetivo la venganza o el desquite o la restitución del honor no significa ni mucho menos que deban supurar bilis. Que el tiempo transcurrido haya apaciguado los ánimos de Frederica, es comprensible. Que la anciana Frederica quisiera trascender dejando una imagen de elegancia y saber estar, es respetable. Pero el texto pone en evidencia una distancia emocional demasiado forzada que solo se acorta en los pasajes más personales; estos resultan hermosos, evocadores y en ellos aflora la verdadera voz de Frederica. Estoy casi segura de que esos pasajes —que dejan al lector con ganas de más— fueron los que me llevaron a devorar la novela la primera vez que la leí. Pero ahora me cuesta aceptar que una reconocida e ingeniosa guionista de comedia no pudiera esgrimir un relato más irónico o incisivo sobre el mundo del cine, por mucho que los hechos ya hablen por sí mismos. 
Y es todo eso lo que, en mi opinión, provoca que el lector pierda la oportunidad de acercarse realmente a Frederica Sagor, una mujer vivaz, con personalidad, talento, espíritu de lucha y una mentalidad realmente adelantada a su tiempo. 

El título La escandalosa señorita Pilgrim hace referencia al último trabajo del matrimonio Maas para la industria y que supuso la gota que colmó el vaso de su paciencia. Para mi gusto, por los pelos.

Solo añadir que el testimonio de Frederica Sagor como mujer pionera —y de éxito— en un entorno puramente masculino, se consideró lo suficientemente interesante como para llegar al gran público de nuestro país en 2013, antes de la actual saturación del mercado con novelas, películas, series, coleccionables, camisetas, etc, bajo el lema no escrito de «las mujeres de antes también hacían cosas AHORA».

martes, 28 de enero de 2020

Semana del cine #2: Diosas de Hollywood de Cristina Morató

Idioma original: español
Año de publicación: 2019
Valoración: Solo para mitómanos




El cine es técnica y arte, pero también brillo, espectáculo, y a veces una máquina insaciable que consume ilusiones y hasta vidas, mientras amasa fortunas gigantescas. De este volumen, recién salido del horno, me interesó sobre todo el subtítulo. Que cuatro de las actrices más emblemáticas de Hollywood hayan sido retratadas “más allá del glamour”, es decir en su aspecto más humano, sonaba bastante tentador. Pero las expectativas se cumplen o no dependiendo de cómo sean de altas. Yo, lo confieso, esperaba algo más.
Cuatro vidas. Narradas con objetividad, ciñéndose a la documentación disponible sin especulaciones ni concesiones a la ficción. Algo que se agradece, pero quizá toda esa información podría haberse enriquecido con reflexiones propias y ajenas y con un panorama sociológico que sirviese de telón de fondo a un conglomerado de datos, más o menos interesantes, pero como colgados en una especie de vacío, sin base que los sustente más allá de la que cada uno pueda fabricarse a partir de sus conocimientos históricos. Se me ocurre que tampoco hubiese sido mala idea entrecruzar las vidas de las cuatro elegidas, que coincidieron en tiempo y lugar pero que, excepto alguna alusión aislada, parecen compartimentos estancos. Con esto pueden imaginar que si el texto no se reduce a una colección de sabrosos cotilleos es porque –como es de suponer– los lectores, en lugar de quedarse en la superficie, leerán entre líneas, relacionarán datos y sacarán sus particulares conclusiones.
La más evidente, tras leer las dos primeras biografías –Ava Gardner y Rita Hayworth– es que, contra lo que pueda parecer, el mundo no estaba a sus pies sino que eran ellas quienes rodaban por un suelo resbaladizo formado por la codicia de unos y la fantasía de los otros. Si a la primera se la conocía como el animal más bello del mundo, a Hayworth alguien la definió como “un animal de adorno”. Aunque algunas consiguieron zafarse de la tiranía de los productores y lograron imponer sus condiciones a los estudios, era difícil que estos renunciaran a controlar sus vidas, espiándolas y prohibiéndoles todo lo que consideraban perjudicial para los intereses de la casa. Como pueden imaginar, las joyas, ropa cara, fiestas y mansiones impresionantes no las convertían en autónomas, eran solo el envoltorio de lo que realmente estaban vendiendo: pura carne. A pesar de todo, Gardner acabó siendo lo que quiso: “Si tuviera que volver a vivir mi vida, la viviría exactamente igual. (…) Porque la verdad, encanto, es que he disfrutado de mi vida. Me lo he pasado en grande”.
Los excesos, la falta de estabilidad personal, la exposición continuada, la ambición desmedida las mantenían en constante ebullición, y probablemente tiene mucho más interés la zona oculta de esas vidas que las películas que llegaron a interpretar. En palabras de Kelly: “…aprendí mucho. Pero también encontré mucho miedo en Hollywood, miedo de triunfar y luego dejar de tener éxito. He dicho a menudo que era un lugar despiadado lleno de gente angustiada. Allí, la tristeza era como una espesa bruma que lo cubría todo”. Porque, maticemos, eran decisivos, tanto la extracción social como el temperamento y la capacidad de rebelarse. No es lo mismo proceder de un ambiente mísero, incluso haber sido maltratada, y encontrar la tabla de salvación en una industria que valora el físico por encima de todo, que tener verdadera vocación y luchar contra viento y marea, pero con el respaldo de un ambiente acomodado, para hacerse un hueco en la cúspide. Ese fue el caso de Grace Kelly y Liz Taylor, aunque tampoco ellas pudieron eludir el drama. Grace luchó toda su vida por conseguir la admiración de su familia, a Liz, su madre la convirtió en una diva infantil y fue víctima de su propio histrionismo, pero de algún modo ambas se salieron con la suya.
La caprichosa Liz, la desgraciada Rita, la indómita Ava, la convencional Grace. Vidas subordinadas a los hombres que amaron y a los dueños de los estudios. Siempre insatisfechas, obligadas a rivalizar, ambiciosas a pesar de ellas mismas. Eso es lo que transmiten estos más de cinco centenares de páginas, escritas sin nervio, en las que la huella personal de la periodista brilla por su ausencia. Así que, háganme caso, envuelvan el libro en papel de colores y regálenselo a su mitómano favorito. Seguro que se lo agradece eternamente.

lunes, 27 de enero de 2020

Semana del cine #1: Filmish de Edward Ross

Idioma original: inglés
Título original: Filmish. A Graphic Journey through Film
Año de publicación: 2015
Traducción: Carlos Mayor Ortega
Valoración: recomendable

Puede parecer un tanto chocante empezar una semana dedicada al cine reseñando un cómic, una ocurrencia más de quien firma esta entrada. pero nada más lejos de mi intención: en verdad, no sólo el lenguaje de ambos medios, películas y cómics comparten su carácter eminentemente visual, sino que, en este caso, el libro Filmish -subtitulado Un viaje gráfico por el cine-resulta ser un ensayo -"ensayo gráfico", podríamos decir-, de una complejidad y profundidad nada desdeñables, aunque también una lectura fácil y amena, amén de muy bien documentada, algo a lo que contribuye, sin duda, el estilo claro y agradable de sus ilustraciones. Ello es posible porque su autor, el británico Edward Ross, resulta ser, además de un excelente dibujante,  licenciado en Estudios Cinematográficos, claramente conocedor de muchos estudios sobre el tema. Sobre su propio libro, por lo visto en un primer momento publicó los diferentes capítulos que lo componen como los distintos números de un fanzine (lo que no significa que el resultado o la estética sea cutre o chapucera, todo lo contrario), que vendía en un cine de su ciudad. Estos diferentes capítulos no están ordenados cronológicamente -es decir, no sé trata de un libro sobre la Historia del cine, por más que esa idea aparezca en el subtítulo de su interior-, algo que Ross sólo sigue en algún momento, a modo indicativo. Y son los siguientes, que recogen diversos elementos o conceptos que, en mayor o menor medida, componen las películas: 
  • El ojo (es decir, la cámara y quien la dirije)
  • El cuerpo (los intérpretes)
  • Los decorados y la arquitectura
  • El tiempo (el tiempo como tema, pero también como elemneto narrativo)
  • La voz y el lenguaje
  • El poder y la ideología
  • Tecnología y tecnofobia
Cada capítulo está asentado en una nutrida muestra de citas de estudiosos del cine y de las ciencias sociales y, sobre todo, en muchísimas referencias a películas -más de trescientas- que le sirven al autor para ejemplificar sus asertos. La mayor parte de estas películas son norteamericanas, aunque también las hay pertenecientes a, por ejemplo, la vanguardia rusa, el expresionismo alemán o el cine surcoreano del siglo XXI -por si a alguien le interesa, referencias del cine español o casi  incluso  en español sólo hay una: Los cronocrímenes, de Nacho Vigalondo-; también hay una nutrida menció afantásticas del género fantástico y de terror, que, imagino, serán la debilidad de Mr. Ross... A través de estos capítulos, además de un panorama general de los diferentes elementos que componen las películas, Ross trata de destacarnos un par de ideas que subyacen a lo largo de todo el libro: que existen distintas interpretaciones acerca de una misma película, perfectamente válidas, aunque puedan diferir de la que tengan o pretendan transmitir los artífices de la misma. Y que es necesario mantener una visión crítica del cine (o los libros) que consumimos, más allá de su apariencia de mero entretenimiento, pues siempre se haya influenciado por las ideas políticas y el ambiente cultural predominantes entre quienes lo hayan creado. de hecho, el autor del ensayo insiste, en varias ocasiones, en que al menos en los países occidentales, el cine ha ofrecido casi simpre, o de forma predominante, el punto de vista masculino, blanco y heteronormativo, dejando en posición subalterna -cuando no obviando del todo- el de las mujeres, personas de otras etnias, homosexuales... Es obvio que Ross tiene mucha razón, pero también, o al menos en mi opinión, que esta repetida puesta en evidencia parece un tanto dictada , más que nada, por el "espíritu de los tiempos"; hace no demasiados años, es probable que las críticas las hubiera centrado en la ausencia en el cine de la perspectiva de las clases trabajadoras -algo que aquí no aparece- o de un análisis marxista de este medio...

En cualquier caso, el ensayo resulta perfectamente recomendable, por riguroso a la par que ameno -gracias a su carácter gráfico, sin duda-, para quien quiera tener una visión general del arte cinematográfico más allá de sus característicasa técnicas, hitos históricos y anécdotas... que tampoco es que falten en Filmish, pero siempre al servicio de unas tesis generales más ambiciosas y profundas.



domingo, 26 de enero de 2020

Plutarco: La excelencia de las mujeres

Idioma original: Griego
Título original: Γυναικω άρεται
Año de publicación de este volumen: 2019
Introducción, traducción y notas: Marta González González
Valoración: Recomendable para interesados

La excelencia de las mujeres nace de una conversación que su autor, el filósofo e historiador Plutarco, tuvo con una amiga, la sacerdotisa Clea. Este tratado demuestra que la excelencia no es una cualidad exclusivamente masculina. Plutarco describe en él las hazañas de varias mujeres de la Antigua Grecia que nada tienen que envidiar a los grandes hombres de cualquier época. Mujeres admirables que, con afecto, sabiduría y determinación, lograron acabar con injusticias, vencer guerras o aplacar a tiranos temibles.

Así pues, este es uno de esos libros que, sin ser esenciales para el público general, resultan indispensables para interesados. Típico deleite furtivo para una minoría, vamos. Lo recomiendo especialmente a amantes de la historia y mitología grecolatina. O a aquellos que quieran descubrir lo uno y lo otro de la mano de Plutarco, uno de sus conocedores más destacados.

Por otro lado, querría destacar que esta edición de Mármara es exquisita en su sobriedad y elegancia. Tampoco puedo dejar de señalar la labor de la filóloga clásica Marta González, encargada de la introducción, traducción y notas del volumen. González interpreta el texto original, lo connota. Hacen falta un par de ovarios para tratar de aportar algo hablando de una figura tan discutida como Plutarco, la verdad. 

sábado, 25 de enero de 2020

Roberto Arlt: Los siete locos

Idioma original: Español
Año de publicación: 1929
Valoración: Imprescindible

Para haceros una idea de lo importante que ha sido y es este libro en la Historia de la literatura argentina basta decir que el ejemplar que tengo en casa, y que compré y leí hace ya unos cuántos años en Buenos Aires (pequeño adelanto de biografía lectora), pertenece a la edición número ¡¡¡48!!! de la Editorial Losada.

Publicada originalmente en en el año 1929, época durante la cual dos grupos (Florida y Boedo) más o menos enfrentados en su concepción artística, política y social dominaban el panorama literario, la obra Artl se engloba dentro del grupo de Boedo y en ella se observan parte importante de los elementos que lo caracterizaron, más centrados en aspectos de “contenido” que de “continente”.

La devolución por parte de Remo Erdosain de un dinero que él mismo robó en la empresa en la que trabaja es la anécdota que pone el marcha en mecanismo de una novela en la que se narran los estados subjetivos  y actos de sus protagonistas, en especial del propio Erdosain, en los tres días posteriores a la denuncia de los hechos.

En términos generales, podríamos calificar a “Los siete locos” como novela filosófico - existencialista, sobre todo en su primera parte, en la cual Arlt desarrolla un brutal tratado acerca de la humillación y de la angustia individual. Centrada casi en exclusiva en Erdosain, - pero el ya estaba vacío, era una cáscara de hombre movida por el automatismo de la costumbre - Arlt analiza en detalle la vinculación entre el hombre y la sociedad, entre el hombre y la idea de Dios, la búsqueda de un sentido dentro de una vida extraña iluminada por breves fogonazos de esperanza.

Esta primera parte trae inevitablemente a la mente a Dostoyevski y a sus personajes angustiados que buscan ser a través del crimen para ser asaltados después por dudas, culpas y remordimientos, pero también a un Unamuno con humor, a un Sartre porteño. Y es que la vida se mueve entre la extrañeza, el desarraigo y la bufonada, entre lo profundo y el folletín.

La forma elegida por Erdosain para escapar de la angustia que lo oprime es la “pertenencia” a algo superior, ya sea como venganza o  redención. Ese algo superior será una sociedad secreta ideada por el Astrólogo, líder nihilista, mitad filósofo, mitad iluminado, loco y cínico visionario que justifica la creación de la nueva sociedad por la pérdida de todo credo teológico y por la eterna necesidad del hombre de creer en algo, sobre todo en tiempos de inquietud y desorientación, y compuesta por seres abúlicos, extraños y contradictorios, de nombres tan sugerentes como El Rufián Melancólico, El Buscador de oro, El Hombre que vio a la partera o El Mayor. Así, esta sociedad, organizada a partir del crimen y la mentira, supondrá una vuelta a los dioses, encarnados en la figura de un superhombre situado por encima de las normas morales y capaz de ejecutar los actos más terribles.

Por tanto, la segunda parte de “Los siete locos” ha de ser leída en clave filosófica, pero también política y distópica. En este sentido, uno de los mayores logros de Arlt es el de prefigurar la evolución de la situación política de su tiempo, a nivel latinoamericano y mundial. 

Junto a esto y al ya comentado relato del desarraigo y angustia del hombre de sus tiempo, quisiera mencionar un par de aspectos relativos a la voz narrativa. Por un lado, se observan dos registros a lo largo del texto: el lenguaje "universal" del narrador y el uso del habla popular en la voz de los protagonistas, lo que enlaza, en parte, con el lado folletinesco de la novela. La combinación de ambos elementos funciona. Por otro, me parece que la figura de narrador "chirría". Pese a que él mismo admite que lo que cuenta es fruto de las confesiones de Erdosain, su posición varía a lo largo del texto y se observan varias capas, además de la confesional, que no acaban de casar con esa información que nos facilita el propio narrador.

Quizá este último apunte hace que "Los siete locos" no sea una novela perfecta, pero no es obstáculo, al menos para mi, para que sea una novela imprescindible por magnífica, sórdida, compleja y densa.

P.S.: "Los siete locos" tiene su continuación en "Los lanzallamas", novela que próximamente reseñaremos por aquí

También de Roberto Arlt en ULAD El juguete rabioso

viernes, 24 de enero de 2020

Adolfo Bioy Casares: El lado de la sombra

Idioma original: Español
Año de publicación: 1991
Valoración: Está bien

Harto irregular, esta antología. En registros, en géneros y en calidad. Sobre todo en calidad. Curioso, teniendo en cuenta que los diez relatos compilados en ella fueron escritos, seleccionados y ordenados por el mismísimo Adolfo Bioy Casares. 

Posiblemente sea injusto con El lado de la sombra. Quizás el libro me ha sabido a poco porque mis expectativas eran altísimas; supongo que el saber que los textos aquí reunidos venían firmados por Casares es lo que ha hecho que me decepcionaran.

Del conjunto, los mejores son "El lado de la sombra" y "Los afanes". No en balde, Casares los sitúa estratégicamente: inauguran y cierran respectivamente el volumen. Ambas piezas, autónomas, abordan de forma complementaria los temas tratados en la magistral novela La invención de Morel

"La obra" y "Carta sobre Emilia" son cuentos que están bien escritos y gozan de un trasfondo relativamente interesante. Aunque, insisto, se quedan frustrantemente cortos para el genio de Casares.

También destacaría "El calamar opta por su tinta" y "Un viaje o El mago inmortal", diabluras humorísticas que, gracias a su humildad, funcionan perfectamente. "Un león en el bosque de Palermo" intenta seguir la misma tónica, pero la falta de mala leche y la solemnidad de su final hacen naufragar a esta historia.

"Cavar un foso" cumple como narración criminal sin demasiadas ínfulas. "Paradigma" y "Cuervo y paloma del doctor Sebastián Darrés", por su parte, parecen borradores a cuyo argumento hay que dar un par de vueltas.

Lo dicho: estamos frente a una antología irregular. Una que, repito, cuesta creer que haya salido de la pluma de Casares. No la recomiendo entera. Si acaso, leed "El lado de la sombra" y "Los afanes" aquellos que, como yo, amasteis La invención de Morel. Los demás relatos son totalmente prescindibles, por mediocres y poco memorables. Creedme cuando os digo que no tardarán en desvanecerse en vuestra memoria.  


Otras obras de Adolfo Bioy Casares en ULAD: Aquí

jueves, 23 de enero de 2020

Jean Cocteau: Thomas el impostor


Idioma original: Francés
Título original: Thomas l´imposteur
Traducción: Montserrat Morales Peco
Año de publicación: 1923
Valoración: Entre recomendable y Está bien

Jean Cocteau podía haber formado parte de la nómina de aquellos autores olvidados que después de diez años, casi once, todavía no habían tenido un hueco en ULAD, algunos de los cuales rescatamos hace algún tiempo. Habiendo desarrollado su creatividad en esa fascinante bomba artística que era el París de las primeras décadas del siglo XX, quizá Cocteau ha quedado relegado a un segundo plano, aunque fue en su momento uno de los dinamizadores de aquella maravillosa fauna, con una amplia y fructífera relación con personajes como Cendrars, Picasso, Diáguilev o Modigliani. Como otros creadores, su actividad se multiplicaba en distintas áreas, desde la poesía al cine, el teatro, el ballet o la pintura, constituyendo la narrativa una porción más bien escasa en el conjunto.

Aunque bastante próximo a las vanguardias, parece ser que su relación con Raymond Radiguet pesó en su literatura –más bien en su narrativa- hasta escorarla hacia el realismo y dejarse guiar por un peculiar método, que consistía en inspirarse en alguna obra relevante para desarrollar una especie de variante libre, reinterpretación o como quiera definirse.

Thomas el impostor es una obra relativamente temprana cuya acción se desarrolla durante la I Guerra mundial. Cocteau estuvo en la guerra como voluntario, y la novela integra sin lugar a dudas muchas imágenes y sensaciones procedentes de esa experiencia. Clémence de Bormes es una atractiva aristócrata de carácter impulsivo, a la que gusta nadar contra corriente. Cuando todo el mundo abandona París ante la amenaza alemana, ella decide quedarse para organizar un convoy para el socorro de los heridos. Guillaume Thomas es un jovenzuelo con ganas de aventura que decide tomar parte en la guerra, para lo cual echa mano de la simulación o se vale de un equívoco para alegar parentesco con un famoso general. Habiendo entrado en contacto con madame de Bormes, el descaro y la naturalidad del muchacho (junto con su supuesto pedigrí castrense) servirán para salvar obstáculos y abrir puertas a la iniciativa humanitaria de la princesa. Tenemos así al tándem protagonista, que se completará con Henriette, la hija adolescente de Clémence y la malvada pero eficiente madame Valiche.

Thomas es una figura singular, que por cierto no me parece que cuadre nada bien con el malote que fuma en la cubierta del libro. Para él la guerra es un pretexto, como podría serlo cualquier otro, para probar la intensidad de la vida. No persigue honores ni beneficio, interviene como en un juego de rol, creando su propio personaje y dejando que le conduzca con el rumbo aleatorio de una situación crítica. Aunque Cocteau, invocando el ‘método Radiguet’, afirma haberse basado en la parte inicial de La cartuja de Parma, en mi opinión Thomas tiene también rasgos del Julien Sorel de Rojo y negro. Y claramente, como decía antes, lleva encima mucho de la experiencia del propio Cocteau: las escenas descarnadas de la guerra de trincheras, los heridos y mutilados, las apretadas líneas del frente y la cercanía del enemigo en los puestos de escucha.

Madame de Bormes comparte con él el deseo de actuar, de hacerse presente e intervenir en la crudeza del momento, pasando por encima del papel convencional de una mujer de la nobleza. El atractivo del joven tampoco pasa desapercibido, y el cuadro se vuelve complejo con la presencia de la aún más inmadura Henriette. Pero salvo los arrebatos adolescentes de esta última, todo se desenvuelve de forma sutil, como desde una media distancia que impide que la historia caiga en el folletín o en las pasiones que, también con un cierto parentesco con esta novela, se desataban en El diablo en el cuerpo del inevitable Radiguet.

El dibujo de los personajes es certero, como hecho a contraluz, se definen más desde su entorno que por su propio dibujo. Y este extraño efecto lo consigue Cocteau a través de su peculiar prosa de frase corta, más próxima a la poesía y seguramente deficiente desde el punto de vista narrativo. Demasiada información que se da por supuesta, una exposición fragmentaria, a impulsos, que quizá de forma involuntaria se aleja por momentos del realismo que se tomaba por bandera. Un camino bastante particular para redondear un relato que finalmente resulta bastante convincente.

miércoles, 22 de enero de 2020

Agota Kristof: La hora gris y otras obras

Idioma original: francés
Título original: L'heure grise et autres pièces
Traducción: José Ovejero
Año de publicación: 1998
Valoración: recomendable

Que afirme con rotundidad que Agota Kristof es una de mis autoras favoritas, creo que es algo que no debe sorprender al lector asiduo del blog, pues he(mos) reseñado todo lo que se había publicado hasta la fecha de la escritora húngara: biografía, cuentos, novela… Pero faltaba el teatro, no traducido hasta ahora al español (aunque sí hice un avance de un par de obras traducidas al catalán, «John y Joe» y «La última hora»). Y es una gran noticia, que debemos agradecer enormemente a la editorial Sitara, que una editorial se haya lanzado a la aventura de publicar las obras de teatro de Kristof, pues son de gran interés y permitirán al lector conocer con más profundidad a una autora de la que, básicamente, se conoce su principal obra: la trilogía de «Claus y Lucas».

En este volumen se incluyen cuatro de las obras de la autora. Además de las ya mencionadas (y reseñadas) «John y Joe» (1972) y «La última hora» (1975), se incluyen «La llave del ascensor» (1977) y «Pasa una rata» (1972), muy diferentes entre ellas en cuanto al argumento y la temática que abordan:

La llave del ascensor
Esta breve pieza teatral, la narración se inicia con el relato de la historia de una mujer que, alojada en una torre, contempla eternamente la llanura esperando la vuelta del joven amado. Esta historia es narrada por la protagonista del relato, una mujer encerrada en una habitación. Desde allí sólo divisa la llanura que se vislumbra desde las alturas de la casa en la que vive, aislada del resto del mundo y de cualquier población o vivienda. Su día a día consiste, principalmente, en esperar la vuelta del marido una vez termine su jornada laboral.

Sin explicar más del argumento, pues destriparía el desarrollo de la historia, está pieza trata sobre la ilusión y el deseo, sobre la correspondencia amorosa y la interpretación de la misma, sobre el dominio y el sometimiento de las voluntades y lo que hacemos por amor, o por autoengaño.

Y es una interesante metáfora acerca de que, muchas veces, aquello de lo nos quejamos o criticamos ha sido provocado, en gran parte, por nosotros mismos, aunque siempre es más fácil culpar a los demás de las desgracias de uno.

Pasa una rata
En esta pieza teatral, Kristof establece un juego de espejos en dos escenarios donde transcurre la acción de manera alterna. Manteniéndose fiel al teatro con pocos personajes y simplicidad escénica, la fuerza de la obra reside en la carga ideológica que transmite, aunque cabe destacar la interesante puesta en escena que plantea y el baile de personajes que aparecen.

En este caso, y sin entrar en detalles sobre lo que acontece, la obra transmite la dificultad de luchar por los ideales y como estos se conservan a lo largo del tiempo. Es interesante también ver la dualidad e los papeles entre ambos escenarios y el desarrollo final de la acción, pues como en toda obra de Kristof, deja lugar a interesantes planteamientos sobre quiénes somos y la importancia que damos a nuestros valores e ideales.

Si tenemos en cuenta la calidad de ambas piezas, así como también las dos obras ya reseñadas anteriormente, este libro es interesante por lo que plantea en cada una de sus obras,  pues tratan sobre la condición humana y platean profundas cuestiones morales que nos interpelan y provocan que nos autocuestionemos, así como ponen de manifiesto relieve que la soledad está muy cerca de nosotros, que las personas somos seres solitarios que, de una forma u otra, debemos buscar nuestro propio camino en una vida nada fácil, por las circunstancias, o por nuestra condición humana. Esta es la principal fuerza de la obra de Kristof, someternos a nuestras inquietudes y dudas internas, y reflexionar, a partir de ella, sobre nosotros mismos.

martes, 21 de enero de 2020

Irene Vallejo: El infinito en un junco

Idioma: español
Año de publicación: 2019
Valoración: bastante recomendable

Hete aquí el ensayo del momento o al menos eso dicen y al menos en España. Que además, ¡oh albricias!, no trata de política ni de pseudohistoria, sino, por una vez, de algo mucho más interesante y que nos gusta especialmente a los que elaboramos y leemos este blog: los libros. O la Historia de los libros, para ser más exacto, centrada en este caso en su aparición en la antiguedad grecorromana. Libros, bibliotecas, escritores... de todo esto va el ensayo y no podemos sino felicitarnos por ello.

Porque el libro, ante todo, es una delicia. La autora, que no deja de trasmitir en todo momento su entusiasmo por los temas que trata, hace un repaso a la aparición no sólo de los libros, sino de la escritura y de la literatura escrita -también se ocupa de la oralidad, sobre todo en el caso de los aedos griegos-; de la búsqueda de los soportes más adecuados para ello y su conseravación, de la aparición de las bibliotecas y sobre todo, de los lectores, una estirpe que ella reinvidica con orgullo y a la que pertenece, y nosotros también. Una nueva clase de gente que posibilitó, por ejemplo, la trasmisión y el contagio de las ideas filosóficas y de la cultura griega a lo largo del vasto mundo helenístico, romano y hasta nuestros días.

Aunque no sólo se ocupa de lectores y lectoras, claro: también de los escritores, comenzando por el gran y quizás inexistente Homero -aunque también recuerda que la primera persona de quien se tiene constancia de su autoría de un texto fue una mujer: Enheduanna, sacerdotisa y princesa acadia-, y la poetisa Safo de Lesbos (se detiene también en las figurasa de otrasa mujeres notables de la Antiguedaad, aunque no fueran escritoras, sensu stricto, como Aspasia e Hipatia). De los guardianes de todas sus palabras: los y las -en este caso, con especial cariño a ellas- bibliotecarias, con una respetuosa atención a Calímaco de Cirene, el bibliotecario de Alejandría que en el siglo III a. C. estableció un sistema clasificatorio que se ha mantenido,en lo esencial, hasta nuestra época. Vallejo nos habla también de libreros,tanto en Grecia -itinerantes- como en Roma, de coleccionistas de alta y no tan alta alcurnia, de los lectores, ya fueran gentes humildes que acudían a las bibliotecas públicas de Atenas o Roma, ya esclavos bien educados que leían papiros en voz alta para sus patricios amos. Y de los primeros críticos literarios, como Quintiliano, antecesor incluso, de los reseñistas blogueros, es de suponer...

Este ensayo, pues, es un panegírico de esta actividad tan placentera y novedosa -los primeros sistemas de escritura apenas tienen 3000 años- que ha cambiado el mundo, convirtiendose en la herramienta más eficaz de transmisión cultural que ha imaginado la Humanidad... Nos explica cómo han ido cambiando los soportes, de las tablillas de barro mesopotámicas a los pairos egipcios, los pergaminos griegos, o los primeros libros tal y como los conocemos ahora, inventados por los romanos -los códices-... hasta los soportes digitales actuales. Nos cuenta asimismo las cuitas de los escritores para poder dedicarse a su vocacion, no siempre demasiado bien vista -aunque también los huvo de gran éxito y fama, como Tito Livio, Horacio o Virgilio-, desde Aristófanes a Marcial u Ovidio, exiliado por su escandalosa obra -para el emperador Augusto-; también, de paso, la autora ejemplifica los puntos que trata con historias de otros escritores de distintas épocas, así como otros libros más modernos: desde, cómo no, El nombre de la rosa a Fahrenheit 451, pasando por el siempre recomendable Goethe en Dachau. De igual manera, utiliza películas y otras referencias culturales e históricas, así como su propia experiencia para hacer más comprensible el tema principal del ensayo, que es el de la invención de los libros en el mundo antiguo, como reza el subtítulo del mismo. Es decir, adopta una técnica habitual en este tipo de ensayos divulgativos, aunque hay que decir que lo hace con más soltura y naturalidad que otros, en los que esta técnica resulta algo forzada. Tampoco es que este sea un libro a lo Tom Holland (no me refiero a Spiderman), por si alguien piensa en compararles... (parece que la autora ha tenido más como referencia El reino, de Carrère, por lo que ha comentado en entrevistas).

En suma, un libro más que recomendable, de agradable y en muchas ocasiones absorbente lectura, escrito con agilidad y elegancia -amén de una gran erudición-, que nos hace sentir, como lectores, formar parte de una tradición o una genealogía que aúna a los mercaderes fenicios y escribas egipcios, a los maestros filósofos griegos y los poetas romanos; a los mercaderes y copistas, a los lectores de toda clase y condición, empezando por aquellos que preservaron, a veces en su memoria, los textos que otros desde el poder pretendían destruir. Una tradición, sin embargo más reciente de lo que podríamos pensar y que aún tienen mucho futuro por delante (y por nosotros, que no quede). Ojalá Irene Vallejo nos siga deleitando con más episodios de esta nuestra historia como amantes de los libros (al menos, que nos narre la resiliente época medieval y la apasionante aparición del libro impreso). 

lunes, 20 de enero de 2020

Mauro Libertella: Laberintos en línea recta


Idioma original: español

Año de publicación: 2019
Valoración: bastante recomendable

Pero, ¿cómo se nos puede atribuir de forma algo reiterativa el haber tomado manía a ciertos géneros, hoy muy en boga, relacionados con la autoficción y lo autobiográfico?
Si fuera así, ni me hubiera acercado a un libro que lo proclama a las claras desde su contratapa. Un libro que recoge tres textos, tres novelas cortas basadas en experiencias vitales del autor, supongo, convenientemente aderezadas con la necesidad de aportación de esa ambigüedad imaginativa, vamos a definirla así por hoy, consistente en ir dejando al lector siempre con la duda de si lo que lee es experiencia real o creación pura y dura o, cosa que resulta ser siempre cierta, una combinación difusa de ambas.
Y Mauro Libertella, escritor nacido en México pero criado en Argentina, integrante de algunas de esas sempiternas listas de escritores jóvenes a los que seguir, lo hace bien. Lo hace muy bien y solo el escepticismo inherente al género, que entiendo se está extendiendo por culpa de ciertos autores que abusan y franquean excesos por diversos flancos (el escatológico, el sentimentaloide, el solipsista, hay donde elegir) me impide entusiasmarme más y contagiar al lector.
Qué narices. Libertella consigue que sus reflexiones íntimas nos interesen. Consigue que esas tres historias de hombres en la veintena, supongo que el mismo hombre o parecido, que se enfrentan a las situaciones inherentes a cierta madurez, nos generen cercanía o expectativa, y sustenta esa atención en base a lo que debería requerirse a cualquier juntaletras: prosa dinámica, estilo claro y directo, ausencia de voluntad pirotécnica consistente en generar trascendencia de cualquier acto banal. Y sería fácil situarse en el otro extremo, el de banalizar lo trascendente, casi sería más moderno y todo desprender actitud punk y decir que todo es una tontería y que la vida consiste en tirar para adelante. Pero Libertella asistiendo a la decadencia física de su padre, una decadencia temprana y precipitada por cruel enfermedad, reuniéndose con los amigos que van y vienen de su vida universitaria, con los consabidos dilemas existenciales y el tanteo con la vida real que se cierne cual tormenta en el horizonte, o relatando sus experiencias en pareja, la evolución de sus relaciones con las mujeres, está tan alejado de lo frívolo como de esa pretendida espiritualidad generacional que contamina el género y lo toca de muerte. 
Obvia influencia de Bolaño en ese tono de sarcasmo contenido, de humor oscuro pero alejado de desesperación, el tono del libro es acertado y desde luego muy influido por esa corriente actual de tono naturalista, donde el escritor desciende del pedestal de creador y se acerca al público, lo convierte en su cómplice y no en el paño de su lloriqueo. Vamos a seguir a este hombre.

domingo, 19 de enero de 2020

Daphne du Maurier: Bésame otra vez, forastero

Idioma original de los relatos: Inglés
Título original de los relatos: Kiss Me Again, Stranger / The Little Photographer / The Apple Tree
Traductor: Juan G. de Luaces  
Año de publicación de este volumen: 2005
Valoración: Está bien

Bésame otra vez, forastero recopila tres relatos de Daphne du Maurier publicados originalmente en 1952 junto a "Los pájaros", la ficción más conocida de la autora. Tres relatos que, pese a lo sencillos que son, no están mal. A fin de cuentas, entregan al lector lo que prometen: suspense, crimen, fantasías paranoicas y una pizca de erotismo.

El primero da título a la antología. Trata sobre una aposentadora de cine potencialmente fatal. A continuación tenemos "El joven fotógrafo", para mí la historia menos interesante de todas, ya que es muy cliché tanto en forma como en fondo. En ella, du Maurier narra la relación adúltera que una bella marquesa mantiene con el fotógrafo del pueblo en el que está veraneando. Asesinato mediante, por supuesto. Como veis, este cuento podría haberlo escrito Patricia Highsmith. Finalmente nos encontramos con "El manzano", mi texto favorito. De tintes fantásticos, cuenta cómo un viudo empieza a vincular un lúgubre árbol del jardín con su fallecida esposa. Yo habría enfatizado de un modo distinto el paralelismo entre el manzano y la difunta, al menos en un determinado pasaje, pero en general la conexión está bastante lograda. 

Así pues, estos son relatos con premisas potentes (aunque humildes) y un desarrollo digno. La prosa de du Maurier, intuyo que debido a la traducción, no deslumbra, pero tampoco deja que desear. Y la manera que la autora tiene de planear por encima de los personajes es cuanto menos curiosa. En su lugar, escritores como la ya mencionada Higsmith hubieran escapado de la fría neutralidad para en cierto modo demonizar a las mujeres letales que aparecen en estas páginas. En cambio, du Maurier deja a un lado los juicios de valor y se limita a relatar los actos que éstas llevan a cabo con frío desapego. Algo estremecedor, si te paras a pensarlo.


También de Daphne du Maurier en ULAD: Mi prima Rachel

sábado, 18 de enero de 2020

Pablo Katchadjian: Qué hacer

Idioma original: Español
Año de publicación: 2019
Valoración: Bastante recomendable

Estamos Alberto y yo en una sala en la que hay tres bolsas de tela. También hay tres montones de papeles en los que figuran una serie de escenarios (una universidad inglesa, un barco, una trinchera, un parque, una cantina...), una serie de personajes (un pobre de espíritu, una vieja, ochocientos bebedores, un alumno de dos metros y medio de alto..) y unos números del cinco al diez (también podrían ser del siete al once o del seis al diez pero son del cinco al diez), respectivamente.

El juego consiste en introducir cada montón de papeles en una bolsa para posteriormente extraer uno de la bolsa de números y, en función del número obtenido, extraer idéntico número de papeles  de las bolsas de personajes y escenarios. En base a estos personajes y escenarios, deberemos construir un relato de una extensión no superior a dos páginas. Posteriormente, repetiremos la operación en 49 ocasiones.

Tranquilos, no me he vuelto loco. Básicamente, en eso consiste este "Qué hacer" del argentino Pablo Katchadjian.

Como podéis imaginar, en este libro no hay historia, no hay conflicto, sino una serie de variaciones que parten de apenas un puñado de elementos. Es, más bien, un continuo juego lleno de imaginación que trae a la mente a Jorge Luis Borges y a sus sueños, sus espejos y sus caminos que se bifurcan.

He de confesar que la impresión de las primeras páginas es un tanto desconcertante. Pero la escritura de Katchadjian tiene algo que atrapa y uno poco a poco se impregna de esa mezcla de humor, surrealismo y absurdo. Al mismo tiempo, uno descubre que lo que en un principio parece un simple juego de palabras es además un juego filosófico y metaliterario. Porque "Qué hacer" admite varias lecturas. Una: las elecciones, los caminos que se abren y conducen a algo que de tomar otro camino seria ¿algo diferente?, ¿parecido?, ¿diferenteparecido?. Dos: el mundo como creación nuestra ante algo previamente presentado (¿o todo lo contrario?) Tres: las posibilidades del lenguaje. Cuatro y siguientes a gusto del consumidor, supongo.

Resumiendo, "Qué hacer" es un libro de lo más curioso con el que comienza la publicación en España de la obra de Katchadjian, un autor con un universo de lo más personal y recomendable. Estaremos atentos.

viernes, 17 de enero de 2020

Antonio Basanta: Leer contra la nada


Idioma original: castellano
Año de publicación: 2017
Valoración: Algo empachoso

Esto puede ser una reseña, o puede también ser una metaentrada, ya saben, eso que traemos de vez en cuando, un poco como excusa para charlar sobre algún asunto. En esta ocasión hablamos sobre algo tan nuestro –de los modestos reseñistas y de nuestros imprescindibles amigos lectores y comentaristas- como el hecho mismo de leer. Ya, ya, de nuevo el mundillo lector mirándose al ombligo, quizá no de forma tan recurrente como ocurre en otras actividades, pero que cuando se desata de verdad puede resultar incluso más terrible.

En realidad ya he adelantado bastante en lo que se refiere al libro. Leer contra la nada es un ensayo sobre la lectura, cuyo título lo dice casi todo. Pero prefiero empezar por apuntar algunos aspectos notables del libro. Por una parte (porque es lo que primero da al ojo), la primorosa presentación, en formato muy pequeño, 10x15, a dos tintas y con divisiones encabezadas por las letras del alfabeto sobre bella tipografía. O sea, guiños varios a La historia interminable, con el habitual buen gusto de Siruela que tal vez el libro no merecía del todo. El segundo, ya en el cuerpo del texto, son varios apartados dedicados más al libro en sí que a la lectura: el nacimiento de la escritura, la poética variante de las bodas de Cadmo y Harmonía con entrega del alfabeto, una pequeña historia de la imprenta de Gutenberg, y un excursus algo más largo sobre la irrupción de internet, sus amenazas y oportunidades. Bastante interesante todo ello.

El resto, ya se pueden ustedes suponer, es un gran panegírico sobre el hecho de leer, una apología desenfrenada, desbordante de entusiasmo, en la que apenas se consigue disimular una prosa algo rancia. Miremos por donde miremos nos encontramos con cosas como estas:
  • Quizá no hay días de nuestra infancia que hayamos vivido con tanta plenitud como aquellos que creímos dejar sin vivir, aquellos que pasamos con un libro preferido (Proust, y que me perdone Koldo). 
  • La utopía –el deber cívico de alcanzar un mundo plenamente lector- ha de seguir animando nuestros pasos.
  • Preguntar a una persona si lee es como preguntarle si respira. Ambas actitudes son inseparables de nuestra naturaleza humana. (La primera parte es calcadita de lo que decía De Quincey sobre el consumo del opio, comentado aquí no hace mucho)
No se busque en mí  voluntad de ridiculizar el libro. Tiene una indudable intención didáctica, y está hecho a conciencia, reuniendo algunas reflexiones interesantes y decenas de citas de autoridad (además de varias de León Felipe, tenía que decirlo). Lo que pretendo es poner de manifiesto el nivel de hipérbole que alcanza, como esos subtítulos bajo los que va desgranando: Leer es detenerse, observar, escuchar. Leer es interpretar. Leer es comprender. Leer es cosechar. Leer es tejer. Y así unos cuantos más. Leer articula todas las virtudes, agita las conciencias, pone paz en el espíritu, alimenta, derriba barreras, nos hace mejores (¿mejores que antes, o mejores que los que no leen?), nos hace viajar, nos eleva, nos fortalece. Podríamos seguir línea tras línea, probablemente sin límite.

Bien, esa es un poco la postura de Antonio Basanta que, en mi opinión, nos presenta el hecho de leer como algo abrumador, imperativo. Lo cual, a lo mejor, lejos de estimular a la lectura puede empalagar y terminar por suscitar rechazo.

Personalmente, es obvio que a mí me gusta leer. Leo desde hace muchos años, cada día, no con la dedicación que sería necesaria para satisfacer a este blog insaciable, pero sí con cierta hambre, con la expectación de ver cuál será el próximo título sin haber terminado el actual, con interés (casi siempre) por desentrañar lo bueno que puede aportar el libro y también, por qué no, por buscarle un poco las cosquillas. Además de ser (casi siempre) un placer, creo que es importante, saludable, muchas cosas. Pero tampoco nos volvamos locos ni se nos llene demasiado la boca de elogios desmedidos y metáforas estratosféricas. Leer no es una religión, es una forma de llenar el tiempo, que puede ser tan gratificante como subir al monte, escuchar música, ir al cine o charlar en un bar.

Yo creo que leer nos ayuda a vivir, que no es poco. Para algunos es imprescindible, para otros en absoluto, pero no deja de ser una actividad más, no queramos convertirlo en otra obligación, que ya tenemos muchas, ni hacer de ello algo tan inmenso que intimide, no sé si a los lectores, pero seguro a los que no lo son. Aunque dicho todo esto en un blog sobre libros quede fatal. Pero no sé, ustedes dirán.

jueves, 16 de enero de 2020

Colette: La vagabunda


Idioma original: francés
Título original: La vagabonde
Año de publicación: 1910
Valoración:Bastante recomendable



Colette (1873-1954). Otra autora de indudable calidad, espíritu libre y pionera en su época, que solo encontraremos en librerías de viejo, bibliotecas bien surtidas o, como mucho, en alguna estantería heredada. Quizá el nombre les suene por Gigí, su novela más conocida, adaptada al cine en 1944 y al teatro en alguna ocasión. Casada tres veces, protagonista de sonados escándalos, de personalidad polifacética –también fue bailarina y actriz de cabaret– y escritora más que prolífica con más de cuarenta títulos en su haber, llegaría a integrar –incluso a presidir– la prestigiosa Academia Goncourt y a obtener varias veces la Legión de Honor, el mayor galardón de Francia.
Tanto aisladamente como su obra completa ha sido traducida al castellano, las más recientes fueron Chéri y El trigo tierno. Hoy traigo aquí La vagabunda porque he pensado que entre tanto título recién salido del horno que pretende situarse en primer lugar del ranking dejando patidifuso al lector poco avezado, a veces hay que apostar por lo seguro. Y es que, aparte de escribir de maravilla –si obviamos adjetivos y expresiones, por almibarados, radicalmente pasados de moda– plantea cuestiones universales con la sinceridad y conocimiento de causa de quien ha vivido bastante. Aunque no podemos identificarla con Renée Néré, su protagonista, la autobiografía es, obviamente, su fuente de inspiración: (…decidí someter mi tarea de escritor al ritmo de mi existencia de artista. Lo raro es que lo lograra.”).
Nos creemos a Renée porque narra su historia en presente al albur de los acontecimientos, porque se describe a sí misma y a quienes la rodean, así como lugares y ambientes, con el mayor desparpajo y detalle y, por encima de todo, porque nos aporta un punto de vista que es exclusivamente suyo, pues sabe desnudarse tan bien por dentro que es fácil llegar a conocerla.
Superviviente de un primer matrimonio que la marcaría de por vida, entre otros motivos, por haberse apropiado el marido de la autoría de sus escritos, Colette crea un personaje dolorido, precozmente frustrado, que no es capaz de olvidar y empezar de nuevo, aunque a su modo, melancólico y autosuficiente, se siente más o menos feliz. Ambas, autora y personaje, se caracterizan por anteponer su afán de independencia a cualquier eventualidad que se presente, ambas creen que el sentido común, la capacidad de disfrutar de lo que ofrece la vida (arte, amistad, naturaleza… ) y de ofrecer al público sus propias dotes artísticas pueden resultar satisfactorios.
De un modo que parece casual, se nos ofrece un magnífico retrato de ambientes: el particular carácter de los actores de revista, la cicatería de los empresarios, la vulgaridad y sordidez de algunos entornos, las penalidades de una vida precaria. Paradójicamente, a su comprensible temor al futuro se une el agradable vértigo de la aventura y el disfrute de sentirse bohemio.
El argumento es muy simple y tiene una importancia relativa, así que me lo callo si no les importa. Destacaré que quien maneja los hilos de la trama es el (estupendamente caracterizado) personaje femenino, un personaje tan agudo como escéptico. Conocemos sus opiniones, vida pasada, previsiones de futuro y este, su momento vital. Renée y su soledad, que le desespera a ratos pero  que es requisito fundamental del escritor (“Escribir… Derramar con rabia toda la sensibilidad de sí misma sobre el papel tentador, tan de prisa, tan de prisa, que a veces la mano lucha y se encabrita, agotada por el dios impaciente que la conduce…”), Renée y su dignidad, que defiende a capa y espada, Renée y sus errores juveniles, Renée y su fuerza casi indestructible (“En mis horas buenas me digo y me repito alegremente que me gano la vida. El music-hall donde me convertí en mima, danzarina, hasta comediante, hizo de mí una pequeña comerciante honrada y dura.”). Y es que tuvo que reinventarse porque la sociedad que abandonó no aceptaba su petición de divorcio. Con estos elementos, desembocamos en una encrucijada que tarda en resolverse, y sin embargo el clímax se mantiene con un pulso tan firme que nunca llega a decaer.
Como ven, el mundo de 1910 retransmitido en directo, un mundo que, en efecto, es distinto del nuestro pero menos de lo que suponíamos. Por eso, casi cualquier cuestión relacionada con las mujeres que pueda surgir ahora mismo nos la muestra Renée a través de un cristal distinto: la realidad distorsionada por el tiempo, es decir, caricaturizada, que es la mejor forma de verla claramente. (“¿Qué demonios vas a hacer en esa galera…, ni siquiera eso, en esa barcaza-lavadero sólidamente anclada, donde se lava una ropa patriarcal?”).
Lo dicho, hay que recuperar a Colette, ella sí que era valiente.

Traducción: E. Piñas


También de Colette: Chéri, Dúo

miércoles, 15 de enero de 2020

David Coventry: La milla invisible

Idioma original: inglés
Título original: The Invisible Mile
Año de publicación: 2015
Traducción: Íñigo F. Lomana
Valoración: recomendable

Puesto que nuestro compañero Koldo, que es a quien correspondía, inauguró con Ruedas de fortuna las reseñas de temática ciclista en ULAD, continuaremos por esa senda... es decir, ruta, pese a que yo hace tiempo que no soy practicante de tan noble deporte, consistente en subirte los domingos por la mañana a un velociclo que puede costar lo que un coche de pequeña cilindrada, pedalear 30 ó 40 kms. hasta algún bar famoso por sus almuerzos y carajillos, y ponerte tibio, sabiendo que vas a quemar las calorías en el trayecto de vuelta... Es broma: el ciclismo es tesón, lucha, sacrificio, épica, encontrarse con uno mismo y con el mundo, y no sé cuántas cosas más... pero todas, TODAS, las podéis encontrar en esta primera novela del neozelandés David Coventry, que nos cuenta, precisamente, la primera vez que un equipo de habla inglesa, formado por australianos y neozelandeses, tomó parte en el Tour de Francia, en 1928. 

Aunque mejor debería poner "formado por australianos y neozelandés", porque en el equipo real, de cuatro corredores, tan sólo había uno de esa nacionalidad; pero Coventry se inventa a otro de su mismo país, un quinto ciclista del que no sabemos el nombre, a pesar de que se convierte en el narrador y protagonista de la novela. De su mano recorremos l'Hexagone (y de verdad, siguiendo su perímetro y sin saltos fulleros entre etapas) por sus llanuras y montañas -ay, ese Tourmalet-; sus pueblos y sus ciudades... y también sus campos de batalla, porque la Gran Guerra aún está muy presente en las cicatrices del país y el ánimo de sus gentes; también en el del protagonista de la novela, ese quinto ciclista de las antípodas que por su edad no llegó a participar en la contienda, pero no puede olvidar el efecto causado en su hermano Thomas, veterano de guerra.

Este recuerdo de la sangrienta guerra constituye, junto con la peripecia de la propia competición, una de las patas sobre las que se asienta la novela, pero también lo es la obsesión que siente el joven ciclista hacia dos enigmáticos personajes: Louvière, carismático corredor franco-argelino, y una mujer llamada Celia que sigue a la caravana del Tour por toda Francia y que entabla una relación, cuando menos peculiar, con el protagonista-narrador. Quien, por si fuera poco, también corre atormentado por otra circunstancia: la muerte, unos años antes, de su hermana Mayra, de la que no sabemos si se hace responsable a sí mismo, a su hermano o qué puñetas le pasa... Porque todas estas obsesiones y tormentos las vive el pobre chaval entre medias de una carrera de una dureza apabullante, de etapas interminables y encadenado a un artefacto con ruedas que nada tiene que ver con las modernas bicicletas de fibra de carbono y cuyas averías y pinchazos debía reparar el mismo ciclista. Una carrera que se convertía también en una batalla, contra el propio cuerpo, en un inclemente trabajo de Sísifo que en la novela adquiere casi una corporeidad de deidad antigua, juez y verdugo de los infelices mortales, de tal manera que para sobrellevar su castigo  aquellos "esforzados de la ruta" se veían obligados a tirar de cocaína, de anfetas, de éter... incluso de simple vinacho, para aguantar. Todo ello vivido con redoblado sufrimiento por nuestro prota, porque Coventry es un escritor de los, digamos, "intensitos"...

Entiéndaseme: no estoy sugiriendo que sea un mal escritor, todo lo contrario... Ojalá yo escribiera tan bien como David Coventry, con esa mencionada intensidad, seco lirismo y desgarro. Es más: ojalá todos los escritores noveles (aunque el hombre ya es talludito, por más que éste sea su primer libro) y más de uno de los nobeles escribieran tan bien como David Coventry. Sólo que, en mi opinión, la historia se enreda demasiado, se va por las ramas cual barón Cósimo de Rondó, con tanta preocupación de su cuitado protagonista, cuando en realidad lo que funciona como un tiro es la narración de la carrera en sí, una epopeya sin sentido sobre héroes que se caen por tierra, que vomitan, se desmayan, se torturan a sí mismos sin saber muy bien por qué, odian lo que están haciendo pero tampoco son capaces de bajarse de la bici y mandarlo todo al cuerno... (y por aquel entonces no había tele, así que sus esfuerzos ni siquiera servían para que los espectadores nos echáramos unascsiestas de campeonato... Qué injusta es la vida).


Los auténticos titanes de la ruta, junto a un montón de admiradores a pie.