sábado, 31 de agosto de 2019

Julià Guillamon: La ciudad interrumpida


Idioma original: español
Año de publicación: 2019
Valoración: muy recomendable

En algún momento durante la lectura de La ciudad interrumpida me he sentido tentado de introducir esta reseña como un reprise de la Semana de la Arquitectura organizada por nuestra querida Beatriz. En esos momentos, el libro parecía escorarse, y no era solamente una divagación, hacia un cierto análisis en clave técnica sobre la configuración de Barcelona, esa Barcelona de nuevos barrios y en revisión permanente que los barceloneses experimentamos desde que, en 1992, unas Olimpiadas pusieron a la ciudad en el mapa y todo el mundo descubrió como nuevas las cosas con las que llevábamos unos años conviviendo.
Pero lo descarté: este es un libro sobre una ciudad, claro, pero más sobre cómo han experimentado esa ciudad quienes han decidido incorporarla como escenario de sus tramas, sobre todo ese nutrido grupo de escritores de cuyo considerable tamaño reconozco no haber sido demasiado consciente. Recuerdo haber reseñado a Marsé, a Casavella, a Rodoreda y a Pérez Andújar (con valoraciones dispares) aludiendo al protagonismo de ese entorno urbano, el del cap i casal de Catalunya, pero he de reconocer haber sido sorprendido por  el volumen de obra al que alude Guillamon en este ensayo inicialmente publicado en 2001 y que ahora se somete a una revisión en que se le añade una centena larga de páginas actualizando sus premisas e incorporando un (otro) buen puñado de obras más recientes, circunstancia importante cuando entre su fecha inicial y hoy han pasado no solamente unos cuantos años sino un período, el que se inicia en 2008, afectado por una crisis global que forzosamente tiene que ser visible en una gran ciudad de aquello que solíamos llamar Occidente.
Así que descartada esa forzada inserción urbanística, creo que si he de forzarme a adjudicarle alguna ubicación a este brillante y dinámico texto sería el de crónica urbana en clave crítica literaria. Que es, desde luego, todo un exabrupto, pero que define especialmente su primera parte, quizás más deliberada en el sentido antiguo del término. El texto añadido es válido más como testimonio y como relación de todo lo producido, pero creo que el sentido critico en términos estrictos se refugia más en la primera parte, donde Guillamon se muestra más analítico, diría incluso que se trata de textos más macerados e incluso que se benefician del paso del tiempo en su opción de interpretar la maduración de ciertos textos, su inserción en la obra posterior de sus autores, incluso, seré osado, su intención real alejada de modas y oportunismos.
Ya del título podemos deducir que la clase gobernante no va a salir demasiado bien parada aquí. Guillamon se muestra especialmente incisivo al mostrar su escepticismo sobre los movimientos del poder (el politico y aquel otro, el de la pasta y las inversiones y los mercados) a la hora de determinar o inducir los movimientos de la cultura. Guillamon habla sobre todo de francotiradores más que de un movimiento o una escuela asociada a una generación, a un barrio, a un determinado perfil. Habla mucho sobre Quim Monzó y su narrativa tanto en formato corto como en largo. Monzó es un escritor que hay que reivindicar y es, desde luego (con Pàmies, De Palol, Mendoza y Vila-Matas) una de las referencias recurrentes del libro. Y engarza esa individualidad del creador permeable a su entorno pero no condicionado por él con la corriente de la época. Me gustaría que Guillamon hubiera afilado más su prosa ahí: este es el libro de un crítico literario que menciona muchas novelas y estoy seguro de que no todas son buenas, que habla de unos cuantos gobiernos municipales y regidores de Urbanismo y no me hagáis repetir esos cargos, pero está claro que a Guillamon, y eso es para ser celebrado, no le gustan los tecnócratas metiendo sus zarpas entre creadores. No se limita a la literatura, en el libro se habla con profusión sobre otros medios, como la TV interviene también para apoyar con sus series la personalidad de ciertas zonas y ciertos colectivos. La impresión de que Guillamon reivindica el no intervencionismo en lo cultural no es un planteamiento abierto: lo suponemos de sus progresivos varapalos a políticos y gestores preparados que se encuentran con realidades que impiden al ejecución de sus mejores intenciones. Guillamon traza la ciudad desde los creadores que la emplean en su obra. Exige que se les deje crear sin agruparlos o empujarlos hacia una finalidad u otra. Se niega a que los creadores generen una realidad diferente a la que deben reflejar. El texto se sitúa, entonces, más en la sinopsis que en la crítica, pero quizás eso cambiaría el libro y no excitaría nuestro interés como lo hará, a cualquier barcelonés interesado en su entorno cultural, y a la gran mayoría de los lectores que piensen que manifestaciones culturales y hábitat que las genera deben mantener una relación diferente a simbiosis, parasitismo o retroalimentación

De paso, me ha recordado la de tiempo que Monzó no saca nada nuevo.

Collons, Quim, deixa estar el Twitter.

viernes, 30 de agosto de 2019

Joe R. Landsdale: Una temporada salvaje

Idioma original: inglés
Título original: Savage Season
Año de publicación: 1990
Traducción: Miguel Ros González
Valoración: se deja leer

Parece que últimamente alguna que otra editorial española está recuperando no ya clásicos de la novela negra, pero sí autores y títulos que, o bien no habían sido publicados aquí, o bien habían pasado sin pena ni gloria hace, pongamos 20 ó 30 años... Claro, que ayuda el hecho de que esos títulos hayan podido ser adaptados al cine o, mejor aún, a una serie de televisión, que es lo que determina el éxito de ciertos libros, en estos tiempos. Es el caso, claro, de la novela reseñada hoy aquí, la primera de una serie escrita por el muy prolífico autor texano Joe R. Landsdale y protagonizada por sus personajes Hap Collins y Leonard Pine (y llevada a la tele con el original título de Hap y Leonard ).

Los dos son currelas agrícolas, amigos y residentes en un pueblo del este de Texas,  pero existen algunas diferencias entre ellos: Hap es blanco, heterosexual y ex-activista contra la guerra de Vietnam, mientras que Leonard es negro, gay y ex-soldado en la guerra de Vietnam.  Ambos comparten, además de su amistad, una afición por las artes marciales, un sentido del humor tendente al sarcasmo y que no tienen un duro, digo dôlar, o casi... De ahí que cuando, un invierno a finales de los años 80 -se supone- aparece la ex-mujer de Hap, Trudy (a la que, por cierto, en la serie interpreta Christina Hendricks... y ahí lo dejo, que voy a parecer un Pérez-Reverte cualquiera), para pedirle que le ayude a recuperar el dinero perdido de un atraco a cambio de un buen pellizco del mismo, la pareja protagonista, sin pensárselo mucho, se sume a la aventura, junto a un grupo de nostálgicos de los años sesenta. No voy a revelar más de la trama, pero aviso que la cosa no acaba en plan hippie , sino que cuando estalla la violencia, de una ensalada de tiros y lo que no son tiros, no nos libra nadie...

La novela denota algún resabio de Jim Thompson y de Elmore Leonard: al primero lo recuerda la ambientación en el medio rural cutrillo de Texas; al segundo, los interminables diálogos, trufados de historias del pasado y un humor entre faltón y familiar, que se matcan los personajes. Pero, por desgracia, al menos en este primer libro de la serie, Landsdale no muestra ni la habilidad con el bisturí de Thompson para despellejar a la sociedad norteamericana ni la gracia de Leonard para construir unos diálogos ocurrentes y ligeros... en apariencia. ¿Lo mejor de Landsdale? Que su estilo no es nafa rebuscado, no alarga en exceso los capítulos -ni el total de la novela- y, al menos desde que empieza la parte más violenta o "de acción" de la misma, que el ritmo no decae, por lo que la lectura deviene bastante rápida y aun trepidante. Pero que nadiebusque lo que no hay: quizá Joe Landsdale merezca alguna otra oportunidad, no lo descarto, pero desde luego no es uno de los autores antes mencionados. Ni Ellroy, ni mucho menos Chandler o Hammet...

jueves, 29 de agosto de 2019

Manuel Mujica Lainez: El viaje de los siete demonios

Idioma original: Español
Año de publicación: 1974
Valoración: Recomendable

El Diablo se ha enfadado con los siete demonios que encarnan los pecados capitales porque considera que se han "acomodado", así que les encarga la nada sencilla tarea de tentar con el pecado que cada uno representa a siete personas de tiempos y lugares diferentes. Para ello, Lucifer, Mammón, Leviatán, Belcebú, Satanás, Asmodeo y Belfegor se habrán de servir de todas sus tretas y contarán con la ayuda de mágicos artilugios y fantásticas cabalgaduras. Estos son los ingredientes de un "Viaje de los siete demonios" que es buena muestra de la imaginación desbordada y desbordante de un Manucho algo más juguetón que de costumbre.

Así, desde un inicial Infierno descrito con la habitual minuciosidad e ironía del autor, emprenderemos viaje por lugares y épocas tan alejadas entre sí como la Francia de 1443, la Pompeya separada de la virtud y dominada por el anhelo de poder y el hambre de prebendas del año 79, el Pekín de "El último emperador", la Potosí mezcla de lujo arcaico y pobreza inconcebible de 1879, la Venecia de 1764, las Antillas de 1647 o la imaginaria ciudad siberiana de Bet-Bet del año 2273. En cada uno de estos escenarios, los siete demonios habrán de desplegar todas sus artes ("sucias" o no) y astucias para llevar a los "elegidos" por el mal camino, artes y astucias que servirán para que la imaginación del autor se dispare y dé rienda suelta a su gusto por pretéritos lujos y miserias en forma de piratas "del Caribe", meretrices y patricios, reyes y príncipes del XIX, tiranos delirantes y petulantes, nuevos ricos, monseñores lujuriosos, etc.

Más allá del aspecto meramente "histórico" y del ya conocido barroquismo del autor en sus descripciones de ambientes y personajes, quisiera destacar un par de aspectos de este "El viaje de los siete demonios". El primero sería el humor. Ya desde las comentadas primeras páginas en las que se describen los dominios del Maligno se advierten la ironía, la mala baba y la tendencia a lo grotesco que no desaparecerán en toda la narración. El segundo, y quizá más sorprendente, sería el aspecto político que claramente se percibe en los sucesivos relatos. Los más claros ejemplos los encontramos en las luchas intestinas que recorren relatos como el de las Antillas o el del Pekin de finales del XIX y la aparentemente perfecta y maravillosa la siberiana ciudad de Bet-Bet. Ya en "Sergio" encontrábamos algún apunte "político", pero en este libro se ve con mayor claridad.

Resumiendo: "El viaje de los siete demonios" es un catálogo de miserias humanas de ayer, de hoy y de siempre que, seguramente, podemos considerar como una obra menor dentro de la bibliografía de Mujica (no tanto por su valor literario como por su "aparente" falta de ambición y por su menor "profundización"), pero es un texto que no decepcionará a quienes hayan podido disfrutar de sus obras mayores. A mi, desde luego, me ha gustado.

miércoles, 28 de agosto de 2019

Carme Riera: La mitad del alma


Idioma original: Catalán
Título original: La meitat de l’ànima
Año de publicación: 2004
Traducción: La propia autora
Valoración: Está muy bien

Estaciones ferroviarias, mujeres solitarias enfundadas en una gabardina, portadoras de una mirada decidida y empuñando una maleta ligera ¿Quién era realmente mi padre? ¿A qué bando pertenecía mi madre? ¿A quién escribía las cartas apasionadas que un desconocido me ha hecho llegar?… De acuerdo, digamos que no son los argumentos más inéditos, los mimbres más originales con los que urdir una trama. Pero en manos de Carme Riera (Palma, 1948), poseedora de una más que acreditada solvencia narrativa, dan al menos para una novela concisa, apenas doscientas páginas, entretenida y con algunas páginas vibrantes. Balance que, a mi entender, está más que bien.

Para mí la memoria es imprescindible. Sin memoria estamos muertos. La memoria es el alma de las personas y quizás por eso yo ando buscando la mitad de mi alma…”, leemos en las páginas de esta novela, escrita en primera persona y en la que la narradora se dirige continuamente y de manera directa al lector, y en este juego sí que encontramos más carga de sorprendente originalidad. Aunque, de acuerdo, en novela sepamos que todo todo todo ya está inventado.

Pero también es quizás uno de los rasgos que más me seducen de las  novelas de Carme Riera, la necesidad de ir siempre un poco más allá en la formas, de escapar de lo cómodo o previsible y plantearse la escritura como un ejercicio de riesgo, de apuesta por romper moldes formales, estilísticos o de género literario, lo que en una escritora que lleva ya casi medio siglo de oficio le propicia un atractivo adicional, en mi opinión. Y otro aliciente, por si fuera menester. La propia autora es quien se encarga de traducir sus libros al castellano desde el catalán original, lo que dota a sus textos de una resolución más vigorosa que una traducción ajena.

En La mitad del alma, Carme Riera se pone en la piel de una mujer de su propia edad, dedicación y extracción social, hija única de una pareja formada por un ganador y una perdedora de la Guerra Civil española, en la Barcelona de entre los años cuarenta y sesenta del siglo veinte. La narradora se confiesa adicta a las estaciones de tren, en especial a las del sur de Francia, a los trenes que enlazan Barcelona con PortBou y a los que desde PortBou van a Montpellier y luego pasan por Aviñón, para recrear una atmósfera con la que ambientar la narración y que nos va deparando inevitablemente más dudas que certezas, en una trama que va enredando al lector progresivamente y por el que pululan fantasmas familiares y personales, exmaridos, tías y abuelas, fantasías y anécdotas, jirones de realidad, suposiciones, sombras y sospechas, recortes de diarios y retazos de objetos y recuerdos con los que se construye la zozobra psicológica y social que agita a la protagonista: "Ahora sí que lo que más necesitaba era ser escuchada, que alguien aceptará que mi silencio angustioso era también una manera de comunicar".

Incluso la velada aparición que se permite una camusiana declarada como es la autora de un cameo literario de primer orden se antoja por completo verosímil, real, posible. Por juegos como ese, leer a Carme Riera parece tener premio siempre, aunque en mi opinión La mitad del alma no sea uno de sus libros más ambicioso, exigente, arrebatador.

Otros títulos de Carme Riera en ULAD: En el último azul, Palabra de mujer

martes, 27 de agosto de 2019

Zoom: Lacombe Lucien, de Louis Malle y Patrick Modiano

Idioma original: francés
Título original: Lacombe Lucien
Año de publicación: 1974
Traducción: María Teresa Gallego Urrutia
Valoración: interesante y está bien

Durante la ocupacion alemana de Francia, en la II Guerra Mundial, Lucien Lacombe es un muchacho de un pueblo del sudoeste del país, hijo de un soldado cautivo y empleado a su vez en un hospicio de ancianos. Tras intentar incorporarse al maquis, acaba un poco debido al azar y otro poco al resquemor, integrándose en un grupo parapolicial que ayuda a la Gestapo en la represión de los resistentes. 

De esta forma, de un día para otro, en el verano del 44, Lucien se ve formando parte de una pandilla variopinta, que comprende desde el fascista convencido al resentido o a quien no ha encontrado su lugar en otro sitio. Además, por medio de uno de sus compañeros, entra en contacto con el sastre judío Horn, que espera escondido la oportunidad de pasar a España, y con su hermosa hija France. En fin, que con las cartas repartidas, con los papeles asignados, ya puede empezar la historia... es decir, la película.

Porque este libro no es una novela, aunque pueda leerse como tal, ni una obra de teatro, aunque ídem, sino un guión cinematográfico, el que escribieron Patrick Modiano y Louis Malle para el filme que éste dirigió en 1974 y que en su momento supuso una conmoción en Francia, puesto que trataba sobre un tema casi tabú hasta ese momento: el del colaboracionismo con los invasores nazis durante la guerra mundial (tema que ya había tocado Modiano, cierto es). Pero, sobre todo, porque además el protagonista no se metía a colaborador filonazi por fanatismo u odio a judíos y comunistas, sino por cierta dejadez, por dejarse llevar, por estupidez, incluso... Vamos, por las mismas razones que la mayor parte de la población francesa (y la de cualquier otro país) tomó partido en aquel entonces, supongo. Es más, en algún lugar he leído que lo que pretendían hacer los guionistas era ejemplificar en su protagonista aquel concepto acuñado por Hannah Arendt de "la banalidad del mal"; mal que así no estaría encarnado por un sturmbannführer de las SS convencido de que su superioridad racial le eximía de cualquier escrúpulo ético o moral, sino por un campesino francés capaz de cometer cualquier atrocidad sólo porque se ha juntado con unos amigachos que le invitan a beber y le permiten vaguear a sus anchas cuando no tienen que perseguir a los maquis.

En este punto, sin embargo, quisiera, si no defender, sí resaltar una mayor complejidad de la que parece en el personaje de Lucien: su posicionsmiento y actuación no son sólo frutos del azar, de la pusilanimidad o la molicie, sino también, en gran medida, debidos a un rencor social que, en vez de manifestarse a través de la lucha de clases colectiva, lo hace por medio de una violencia individual, utilizada, en este caso, por un grupo fascista. Y hay también, claro, una urgencia juvenil, una necesidad de expresarse, de ser oído y de conseguir aquello que algunos disfrutan por nacimiento o por edad, pero que un adolescente pobre no tiene paciencia para esperar.

Estas circunstancias le dotan al personaje de Lucien de un carácter algo más trágico de lo que sugiere la propia peripecia política o bélica, algo que se percibe mejor en la película (según yo recuerdo) que en la lectura del libro. Porque si leer un guión no deja de ser un ejercicio interesante, cuando se trata de un determinado tipo de historia y determinado estilo de cine, no deja de resultar una lectura incompleta, me temo.


Otros títulos de Patrick Modiano reseñados en Un Libro Al Día: Tres desconocidasEl lugar de la estrellaCatherineRopero de la infanciaLa hierba de las noches,En el café de la juventud perdida

lunes, 26 de agosto de 2019

William T. Vollmann: El Atlas


Idioma original: inglés
Título original: The Atlas
Año de publicación:1996
Traducción: José Luis Amores
Valoración: recomendable

Con todos los respetos al eventual lector de esta reseña: si tu plan de vida es desayunar ligerito que hace calor, darte un chapuzón en la piscina y aplicarte productos de cuidado de la piel y el pelo antes de tomar un libro y leer un ratito, para después acabar tomando un aperitivo en alguna terraza chill o comiendo en algún sitio donde la comida es poco más grande que el centro de la enorme diana que es el plato (suponiendo que este sea redondo), si una mañana del agradable verano occidental consiste en esto, mejor coge otro libro. Cómo que mejor: no leas este libro.

Porque este libro, y no es lo único poco agradable que nos recuerda entreverado entre sus páginas, viene a decirte: para que tú tengas una vida tan plácida (sí, ganada con honradez o incluso después de haber hecho muchos sacrificios que te hacen merecerla), para eso, mucha parte de la humanidad anda muy jodida. Y el libro es de 1996, era pre-internet y pre-google y pre vuelos low-cost y desde luego una era en que la globalización existía pero no parecía estar presente en cada puta página de cada puto análisis de medio pelo de la economía terráquea..
Perdonad las expresiones.

Vollmann escribe contando con que el estómago de su lector va a ser resistente. No parece importarle mucho. No es una cuestión de falta de consideración o de elusión de aspectos estéticos literarios. Es que hay cosas que solo pueden decirse de una manera y Vollmann no parece tener tiempo que perder con circunloquios ni eufemismos. Retrata mundos sórdidos y poco agradables. Los traslada al papel con inmediatez y rigor, a veces puede que aporte alguna valoración personal a través de sus personajes, pero no es desde luego lo que caracteriza estos textos. El Atlas es un paseo por distintos lugares del globo, una crónica alejada de centros comerciales, spas y avenidas iluminadas. Itinerarios escrupulosamente evitados por los buses turísticos, donde reina el caos, la miseria, la sordidez, la extrema necesidad o la desesperación. Vais a quejaros del menú. Los capítulos ubicados en los Balcanes muestran con toda su crudeza el conflicto del desmembramiento de Yugoslavia: los francotiradores, la guerra entre iguales, cómo el ensañamiento es el mismo si crees que tu contrincante es igual o diferente. Los situados en Asia (Birmania, Tailandia, Camboya) están desde luego bien centrados en uno de los temas fetiche de Vollmann, plagados de prostitución, de adicciones, de enfermedades, de insectos, aspectos que surgen casi de forma constante, en una narración repleta de detalles bastante desasosegantes sobre el futuro de ciertas generaciones de allí, si tu único recurso es explotar tu cuerpo a costa de los bolsillos de los degenerados que acuden por el reclamo del turismo sexual. También hay ubicaciones en Estados Unidos y Canadá, estos parecen pasajes más cercanos, como si procedieran más de una experiencia como habitador que como visitador. Algunos de estos relatos tienen un aire de realismo romántico desesperado. La prosa de Vollmann es capaz (cosa que creo ha afectado a una traducción que ha quedado algo rígida, demasiado fiel a la palabra y algo desconectada del espíritu) de saltar de la fría descripción del acto carnal como evento transaccional (o como demostración de crueldad) a evocaciones místicas o poéticas sobre paisajes, a metáforas no siempre asimilables. Esa tensión constante, ese intuyo que voluntario cambio de ubicación súbito (en escenarios, en condición del narrador, en tonalidad de lo narrado), característica de Vollmann y consecuencia casi ineludible de la intención del libro hace que este no sea un libro apto para lectores ocasionales.
El Atlas no tiene mucho de paseo por el mundo para hacerse selfies ante monumentos. De hecho, las imágenes que se incluyen, captadas por el propio Vollmann, son eso, oscuras, mal definidas, de grano grueso y con poca intención estética. Es un libro difícil, dice el autor que un palíndromo, donde el relato central, del que toma título, es un ejemplo caleidoscópico del caos en que estamos inmersos, ese que 23 años más tarde no es que haya mejorado precisamente.


domingo, 25 de agosto de 2019

Julian Barnes: La única historia

Idioma original: inglés
Título original: The Only Story
Traducción: Jaime Zulaika (ed. en castellano) / Alexandre Gombau i Arnau (ed. en catalán)
Año de publicación: 2018
Valoración: recomendable

Debo confesar, ya de entrada, que pocos libros me han supuesto tanta dificultad a la hora de reseñarlos. Porque tengo sensaciones muy encontradas respecto a la obra que nos ocupa, pues su irregularidad es realmente evidente y eso complica su recomendación. Pero vayamos por partes y veamos el porqué.

Es innegable que Barnes es un narrador con talento y mucho oficio a sus espaldas. Y eso se nota en determinados momentos, pues, consciente de la importancia de empezar una narración con un inicio potente, el autor abre esta historia con uno de esos comienzos que definen claramente, no sólo el propósito del libro, sino también la calidad narrativa del autor y, en este caso, se dirige directamente al lector planteándole uno de los grandes y eternos dilemas:

«¿Preferirías amar más y sufrir más o amar menos y sufrir menos? Creo que, en definitiva, esa es la única cuestión.
Puedes puntualizar —certeramente— que no lo es. Porque no tenemos elección. Si la tuviéramos sí sería una cuestión. Pero no elegimos y en consecuencia no lo es. ¿Quién puede controlar cuánto ama? Si se puede controlar, entonces no es amor. No sé cómo podemos llamarlo, pero no es amor.
La mayoría de nosotros solo tiene una historia que contar. No quiero decir que solo nos sucede una vez en la vida: hay incontables sucesos que convertimos en incontables historias. Pero solo hay una que importa, solo una que a la postre vale la pena contar. La que cuento aquí es la mía».

De esta manera, Barnes deja claro que nos viene a contar una historia sucedida hace años y que presagiamos que no fue siempre satisfactoria; para evidenciarlo, y conocedor a la perfección de su oficio, el autor nos pone rápidamente en antecedentes y define el escenario en el que la historia transcurrió: tiempo (diecinueve años él, cuarenta y ocho ella), lugar (club de tenis) y entorno (alta sociedad).

Partiendo de este inicio, e interpelando directamente al lector y dirigiéndose a él de manera frecuente, nos va explicando la historia y evolución de la relación que Paul tuvo, durante años, con Susan, y estructura la narración en tres grandes (y desiguales) capítulos. Así, el relato arranca con un joven que se enamora de una mujer con la que se lleva prácticamente treinta años y, en la narración, el autor utiliza un lenguaje y trasfondo acorde a la edad del joven, pues elige un estilo muy (demasiado) alegre/fresco/jovial/dicharachero/atrevido con el que nos va narrando sus sentimientos hacia ella y situaciones (o lo que recuerda de ellas) en las que se encontró, así como las reflexiones y cuestiones que sobrevolaban la relación, siempre bajo su punto de vista postadolescente e inocente y sometidos a la parcialidad y subjetividad de la siempre volátil memoria que juega alterando percepciones según el momento en el que es recordada.

Y debo decir, y de ahí la dificultad de la valoración de la novela, que este primer capítulo me parece bastante flojo, pues hay demasiada charla superficial, diálogos insustanciales y carentes de interés, cierta reiteración en las ideas y muy (demasiado) desconocimiento sobre los personajes por parte del lector, pues el autor no profundiza en ellos y parece más interesado en las escenas y circunstancias que en el retrato de los mismos. En esa primera parte, encontramos mucho diálogo (interior o exterior), pero sin que aporte mucho a la narración más allá de la idea de hacernos ver que sí, que el protagonista está enamorado, pero poco sabemos de ella porque su aportación al relato son comentarios ambiguos o enigmáticos. Así, el personaje de Susan está totalmente desdibujado, y da la sensación que al autor no le importa en absoluto, pues la mirada de la historia está exclusivamente centrada en Paul y, a mi entender, es una manera de mostrar su amor incondicional hacia la mujer destinataria de sus atenciones; esta elección narrativa podría funcionar en caso de tratarse de un amor fugaz, pero, en una relación de años, se supone que el protagonista debería conocer algo mejor a su amante y, ya que se dirige de manera habitual al lector, sabérselo explicar para facilitar su involucración emocional en la novela.

Por suerte, entramos en el segundo capítulo y empezamos a ver hacia dónde va la historia, pues se evidencia que el desarrollo de la misma es descomunalmente mejor, ya que el autor abandona el exceso de sentimiento naif y superfluo y, aunque mantiene en gran medida cierta inverosimilitud en la historia, entra en terrenos mucho más pantanosos, en aguas más turbias, con un protagonista que va adquiriendo, a raíz de la dificultad de la relación (por diferentes motivos que no contaré aquí), cierta madurez otorgando una mayor profundidad a la historia y aumentando a su vez la complejidad en los sentimientos que alberga. Aun así, el estilo sigue sin encajar, demasiado inverosímil y alocado, simple y atrevido, con exceso de familiaridad para con el lector que causa de manera automática, no sé si un rechazo, pero sí cierto recelo a la hora de creer lo que nos cuenta. Y la credibilidad es básica en la relación personaje-lector. Pero…

Pero claro, Barnes es uno de esos autores de gran renombre y, a pesar de que durante la primera mitad del libro me era difícil encontrar el porqué, todo cambia superado el ecuador. Y lo hace a un ritmo vertiginosamente in crescendo. Porque aquí ya desaparece la inocencia, la inverosimilitud, la desconexión entre lector y personaje. Ya no hay escenas vacuas ni inocentes, ya no hay diálogos superfluos ni insustanciales. Aquí hay dolor, hay sufrimiento, hay pesar. Y frustración. Y dependencia. Y responsabilidad. Y daño. Y una desoladora pérdida de la inocencia. Porque lo que narra Barnes está repleto de sentimiento y de verdades. Sabe cómo llegar a nuestro interior, tocar aquellas cuerdas sensoriales para que nos podemos ver reflejados en los personajes, por experiencias previas o por empatía, pero los entendemos. Comprendemos totalmente lo que ocurre, lo que pasa por sus cabezas y su corazón, y eso es mérito sin duda del autor, que ha sabido guiarnos a ese lugar oscuro casi sin ser conscientes de ello, porque el descenso al infierno duele más cuando es progresivo, cuando uno se encuentra ahí y se da cuenta que lleva mucho (demasiado) tiempo encerrado y dando vueltas en una espiral de desolación.

Por todo ello, el libro es recomendable, pues superada una primera mitad algo superflua e inverosímil, el torrente emocional por el que Barnes nos arrastra superada la mitad del libro es altamente devastador y genera una empatía inexorable con el protagonista, llevándonos con él a vivir la complejidad sentimental sufrida durante una relación que, con sus altibajos, problemas, inseguridades y dolor, nos deja una sensación en el cuerpo que hace que no podamos olvidar lo narrado durante un buen tiempo. Y eso es algo que seguramente muchos de nosotros buscamos en la literatura.

Otras obras de Julian Barnes en ULAD:  Aquí

sábado, 24 de agosto de 2019

2 x 1 Fernando Arrabal: El cementerio de automóviles / El Arquitecto y el Emperador de Asiria

Idioma original: castellano
Año de publicación: 1957/1966
Valoración: Recomendable (pero con mente abierta)

Cuando hace un tiempo rescatamos para el blog a Fernando Arrabal, fue a través de La torre herida por el rayo, una novela aceptable, aun con sus sombras. Por allí encontrábamos algunas de las obsesiones del autor melillense, y hubo comentarios que reclamaron alguna reseña de su obra dramática, el género por el que Arrabal ha recibido mayores reconocimientos. Bien, pues aquí tenemos ración doble, con dos de sus obras más sobresalientes y, claro está, con aquellas obsesiones vibrando en primerísimo plano, de forma audaz y descarnada.

El cementerio de automóviles

El escenario es justamente eso, un cementerio de automóviles en los que habitan diversos individuos a los que apenas vemos, semiocultos tras burdas cortinas. Además de los vehículos de primera fila, en donde se desarrollará la acción, la perspectiva permite observar una enorme acumulación de automóviles viejos que se extienden sobre el horizonte, igualmente habitados. La sociedad del desguace podría ser la primera metáfora. En uno de los coches reside Milos, una especie de mayordomo que con ridícula reverencia intenta complacer a los vecinos, incluyendo a su propia esposa Dila en el catálogo de ciertos servicios. A esta especie de población llega un trío de músicos encabezado por Emanu, trompetista que se esfuerza por hacer agradable la vida a los pobres. Emanu, de alguna manera protagonista, es vulnerable e imperfecto, intenta también gozar de los favores de Dila, y resulta perseguido por la Policía y traicionado por sus compañeros. Todo ello –entre otras muchas cosas- mientras la pareja que forman Lasca y Tiosido cruzan constantemente el escenario intentando batir un récord absurdo, y los habitantes de los automóviles escrutan con descaro cada uno de los varios encuentros sexuales que se intuyen entre las sombras.

Como es evidente, la figura de Emanu es, más que una caricatura, una especie de imagen alterada de Jesucristo (una de las debilidades de Arrabal), un mesías de objetivos modestos, empequeñecido e ingenuo. El análisis de las analogías evangélicas –a veces puede que demasiado explícitas- daría para mucho más de lo que aquí nos interesa, pero no es en absoluto el único punto interesante de la obra. Empezando porque el propio trío de músicos, aunque con la narrativa de Jesús, Pedro y Judas, tiene los rasgos, por actitud y ademanes, de los Hermanos Marx (mudo incluído). A su vez, las dos parejas aportan caracteres originales y en alguna medida paralelos, porque en ambos casos se dan inversiones de la personalidad, entre la dominación y la sumisión, que descolocan al lector-espectador y le ponen sobre aviso de que o bien no todo es lo que parece, o bien no lo es siempre. Todo ello empapado en el humor irreverente y disparatado que oscila entre el esperpento y Dadá.

Si a esta colección de elementos tan poco convencionales le añadimos el escenario, tenemos completa la muy rompedora imagen que nos deja la propuesta de Arrabal. Aunque desconozco si la puesta en escena ha seguido este patrón cuando la obra se ha representado, en principio estaba previsto que los espectadores ocupasen el centro de la acción, rodeados por los vehículos achatarrados y sus extraños ocupantes. Es una forma de integrar al público en la historia, de que sienta que forma parte de esa sociedad absurdamente putrefacta, una técnica que aproxima la obra al Teatro de la Crueldad de Artaud, aunque en otros aspectos la relación resulte mucho menos visible.

El Arquitecto y el Emperador de Asiria

Si en El Cementerio aún encontrábamos algo parecido a un argumento lineal, en El Arquitecto se puede decir que hasta eso desaparece. Unos años más tarde, Arrabal es un autor más maduro y, lejos de aburguesarse, su osadía aumenta y apura el resultado buscando el límite. Los dos actos se distribuyen en cuadros de duración completamente irregular, en ocasiones con algunos elementos cinematográficos, se introducen largos monólogos y los personajes se reducen a dos. Aunque se desdoblarán, jugando con la voz y el gesto, pero también con el disfraz, intercambiarán (también aquí) sus personalidades y hasta se comerá uno al otro, literalmente. El Arquitecto es una obra teatral con todas las mayúsculas, que deja ver máscaras y ritmos de los clásicos griegos, desgarro y burla, algo menos de esperpento que El cementerio, puede que algo más de Pánico, una pizca de surrealismo y ciertas dosis del absurdo de Beckett y Ionesco, una mezcla bastante salvaje, cruda, sin concesiones, en la que naturalmente no faltan los habituales espectros de don Fernando: el sexo en sus diferentes variantes (de género, de parentesco, de pago), la mística (ahora asociada a la pureza) y desde luego la religión, reconvertida en una búsqueda un poco desesperada, loca, pero con sesgo lúdico: el Emperador apostando la existencia de Dios a una agónica partida de pinball.

Vale, vale, que hay que contar algo acerca de lo que se cuece entre estos dos personajes, que si no la reseña queda un poco como mustia. Bien, pues el Arquitecto es el único habitante de una isla, se podría decir que es modelo de inocencia y cualidades naturales, y ha perdido hasta el lenguaje de los humanos. Por allí aparece el Emperador, superviviente de un accidente aéreo y representante genuino de la civilización. El Emperador irá instruyendo a su anfitrión, y entre ellos surge una relación equívoca en la que irrumpen el miedo y la dependencia. Pero entre los juegos que improvisan ambos irán brotando diversos demonios, como la relación del Emperador con la Madre, que se dilucida en un juicio delirante. En ese mundo que hace equilibrios al borde del subconsciente, entre flashes impactantes y algunos trances más aburridos, encontramos el estremecedor monólogo del segundo acto, larguísimo, denso, a veces emocionante, todo un reto para el actor.

Desde que una obra se publica (y en este caso, también, se representa) digamos que el usufructo pertenece ya al lector (o espectador). Todos los niveles de lectura son igualmente legítimos, en nuestro caso empezando por supuesto por la muy sesuda (muy Cátedra) de Diana Taylor, en clave mítica, profundizando en los distintos significados de personajes y situaciones. Pero en mi opinión, que no deja de ser la de un profano, en una obra como estas que comentamos, todo provocación, agitación de conciencias, es preferible no enredarse en buscarle la lógica a cada cosa, simplemente porque quizá muchas de ellas no la tienen, que eso es también parte del juego. Es mejor dejarse empapar por lo leído o visto, llenarse con las impresiones que nos llegan y dejarlas reposar. Una vez asimilado el impacto y asumida una sensación global es cuando podemos ir desgranando detalles, buscando símbolos o respuestas al por qué se nos han contado determinadas cosas, o por qué se han representado de determinada forma. Es una especie de ejercicio de ósmosis unilateral que evita la sensación, enojosa y posiblemente inútil, de perderse en los detalles, y hace posible asimilar la obra en su conjunto, como una unidad, que es seguramente lo que el autor perseguía. Es en mi opinión un ejercicio saludable para incorporar la obra a nuestra experiencia como lectores o espectadores. Si queremos, claro.

Otras obras de Fernando Arrabal en ULAD: La torre herida por el rayo

viernes, 23 de agosto de 2019

Joseph Conrad: La línea de sombra

Idioma original: Inglés
Título original: The shadow-line. A confession
Año de publicación: 1917
Traducción (al catalán): Marta Bes Oliva
Valoración: Recomendable

La línea de sombra es una novela breve escrita en primera persona. En ella, un joven marinero al que se ha concedido el puesto de capitán tendrá que madurar a la fuerza; con un barco y una tripulación a su cargo, descubrirá lo duro que es tener responsabilidades. 

En efecto: estamos frente a un "bildungsroman". De hecho, esta línea de sombra a la que alude el título del libro no es otra cosa que una metáfora con la que referirse al tránsito de la juventud a la edad adulta.

Para mi gusto, el prólogo de esta historia se estira en exceso. Si bien es cierto que introduce personajes y temas relevantes, podría haberse zanjado con la mitad de páginas. De esta obra tampoco me acaban de convencer otros detalles. Minucias, en todo caso; por lo general está muy conseguida.

De sus aspectos positivos, que son muchos, resaltaría los siguientes: 

  • Es breve y está escrita con un estilo sencillo y ameno, por lo que se lee en un santiamén.
  • Aunque acabo de decir que el estilo de Conrad es sencillo, hay que reconocer que en La línea de sombra podemos encontrar pasajes deliciosos. Pienso especialmente en algunas descripciones paisajísticas. 
  • No abusa del argot marinero, como tantas obras de ficción ambientadas en el mar. 
  • El conocimiento del alma humana que demuestra Conrad en este texto es apabullante; el minucioso tratamiento psicológico con que perfila al protagonista, a Burns o a Ransome es exquisito. Por otro lado, los personajes terciarios están algo homogeneizados, aunque queda claro que esta es una decisión del autor para dotar al relato de una atmósfera onírica. 
  • Sus lecturas metafóricas. Como adelantaba al inicio de la reseña, La línea de sombra puede considerase una novela de aprendizaje, y, ciertamente, todos los elementos que la componen apuntan a ello. No obstante, el libro no se agota en esta interpretación.  
  • La fina ironía de que hace gala Conrad al inicio del relato. Concretamente, me encanta cuando el escritor arremete contra la burocracia; los chascarrillos contra la burocracia siempre son bienvenidos. 
  • Las reflexiones que salpican estas páginas. Mi favorita: «La gente tiene en muy buen concepto las ventajas de la experiencia. Pero, en este sentido, la experiencia siempre significa algo desagradable, comparada con la gracia y la inocencia de las ilusiones.»
  • La fantasmagórica subtrama del anterior capitán es sencillamente fascinante.  

En suma, La línea de sombra es una novela interesante. Un "bildungsroman" bastante redondo que, por más que le cueste arrancar, goza de una segunda mitad excelente. 


Otras obras de Joseph Conrad en ULAD: El corazón de las tinieblasLos herederos

jueves, 22 de agosto de 2019

C. J. Tudor: El hombre de tiza


Idioma original: inglés
Título original: The Chalk Man
Año de publicación: 2018
Traducción: Carlos Abreu
Valoración: Está bien (más o menos)

Thriller truculentito con toque sobrenatural, para leer en la playa o la piscina... o al amor de la lumbre en una casa en la montaña mientras se oye el ulular de los búhos al otro lado de la ventana o, qué sé yo, en el metro o donde sea, porque no es que se trate de una lectura muy exigente. Gratificante, sí... o no, según los gustos.

Si alguien se dedica a consultar en internet diversas reseñas sobre esta novela, encontrará con que se califica a su autora como la "Stephen King británica" (sospecho que hay una o un "Stephen King" en cada disitinto país, de todas formas); más aún, que el propio Stephen King in person la ha nombrado su heredera al trono (perdón por el juego de palabras) de la novela de misterio y terror. Si se indaga un poco más, nos encontraremos con que lo que dijo o escribió "el pasmo de Maine" fue algo así como que "a quien le gusten mis libros, le gustará el de C. J. Tudor". Que no es lo mismo... pero es algo tiene ya más sentido, porque es cierto que El hombre de tiza denota una influencia evidente de las novelas, tanto de las tramas como la forma de contar de King, hasta el punto de que casi podríamos decir que se trata de una especie de fanfiction : tenemos un protagonista de mediana edad, Ed Adams, que rememora acontecimientos a los que asistió junto a sus amigos treinta años atrás... sucesos perturbadores que parecen volver al presente (esto me suena de algún libro del Rey). En aquella época, en 1986, cuando tenían doce años, el grupo de chavales vivieron toda una serie de sucesos luctuosos, entre los que destaca el descubrimiento de un cadáver en el bosque -esto también me suena bastante-; todo envuelto en una atmósfera ominosa , con una aparente elemento sobrenatural que se manifiesta en un pequeño pueblo de Nueva Ingl... perdón, quiero decir del Sur de Inglaterra... Caray, si hasta podemos encontrar un guiño a El resplandor, aunque quizá involuntario... (y, ya que lo he leído hace poco, otro que no parece para nada involuntario a Good Omens).

Esto no significa, o no me gustaría dejar esa impresión, que la autora de la novela se haya limitado a pergeñar un pastiche "kingeniano", sin más... No, me parece que, en verdad, Tudor ha escrito una novela como ella quería y con toda la honestidad del mundo; al menos esa es la sensación que transmite, aunque sus influencias están ahí, que duda cabe. Entonces, ¿este libro está bien o sólo se deja leer y bastante...? Pues lo ideal para mí sería otorgarle una valoración intermedia, algo así como "se deja leer bastante bien", pero sospecho que esto ya sería tocarles las narices demasiado a los seguidores de este blog, a los que tanto queremos y tanto debemos. Así que vuelvo a la casilla de salida: si se anda buscando una lectura no digo ligera -no deja de ser una historia de crímenes sanguinarios, y tal-, pero que no exija un esfuerzo extraordinario al lector, entonces esta novela cumple los requisitos y está bien. pero si se busca algo de más enjundia, que deje siquiera algo de poso en el recuerdo de quien lo haya leído, me temo que este libro se deja leer, sí, pero nada más. Ahora, cada cual que elija lo que quiera.

miércoles, 21 de agosto de 2019

Annemarie Schwarzenbach: Con esta lluvia

Idioma original: Alemán
Título original: Bei diesem Regen
Traducción: Daniel Najmías
Año de publicación: 1989 (escritos en los años 30)
Valoración: Decepcionante

Tenía ganas de leer a Annemarie Schwarzenbach. Su aparición en dos ensayos recientemente reseñados en ULAD, “Eva en los mundos” y “Distraídos venceremos”, y una pequeña aproximación a su corta vida despertaron mi curiosidad. Para saciarla, qué mejor que ir a la biblioteca del barrio a ver qué encontraba. Así apareció “Con esta lluvia”, una colección de catorce breves relatos escritos alrededor del año 1934 y publicados años después del trágico fallecimiento de Schwarzenbach.

La propia autora llegó a decir de los textos de "Con esta lluvia" que podrían ser leídos como una “novela, aunque sin una estructura muy sólida”. Me vais a perdonar la osadía, pero yo no llegaría a decir tanto. Creo que el hilo narrativo que los une es demasiado tenue como para calificarlo de novela, aunque sí que es cierto que los relatos guardan entre sí ciertas similitudes en cuanto a escenario, temática e incluso personajes. 

Todos los relatos están ambientados en un Oriente Medio (Siria, Líbano, Palestina, Persia, etc) carente de todo el aura mítica que suelen otorgarle autores occidentales, están protagonizados  por occidentales que llegan a Oriente, ya sea en busca de algo o huyendo de algo (cuando no las dos cosas), y constituyen una alegoría sobre la soledad, la muerte y la búsqueda de sentido. También comparten, en su gran mayoría, un tono a mitad de camino entre lo poético y lo periodístico, una fuerte carga lírica en la que destaca la importancia del paisaje, un cierto contenido político (son los años del auge de fascismos varios) y  un alto grado de componente autobiográfico.

Dicho esto, he de confesar que “Con esta lluvia” me ha decepcionado. Quizá mis expectativas eran muy altas, quizá no acerté a la hora de elegir (parece que lo más destacado de su obra son sus diarios). No lo sé. Con excepción del relato que da título al conjunto y de los más potentes “Europa transfigurada”, “La despedida”, “Muchísima paciencia” y “La misión”, creo que los textos pecan de excesiva frialdad y de una importante ausencia de tensión narrativa. Da la impresión de que a los relatos les falta algo (ritmo, tensión, factor sorpresa) y que les pesa demasiado su tono periodístico. 

Esta es una opinión muy personal, pero creo que al relato hay que meterle, de alguna manera, intensidad. Ha de ser un texto que en apenas 10 páginas, por poner una extensión similar a la de los relatos de Schwarzenbach, te remueva, te agite, te divierta, te haga pensar (o todo a la vez) y eso es algo que la autora solo consigue en alguno de los 14 textos.

Pese a todo, me niego a que este sea mi primer y último Schwarzenbach. Probaré, tarde o temprano, con sus diarios. Ya os contaré.

martes, 20 de agosto de 2019

María Sánchez: Tierra de mujeres


Idioma original: Castellano
Año de publicación: 2019
Valoración: Muy recomendable

Cuando andamos por nuestro entorno, los urbanitas somos muy capaces de distinguir si un automóvil es gti o turbo o híbrido, si aquel vestido es verde manzana o verde melón o té verde, si aquel teléfono móvil es de cuarta o de quinta generación. A su vez, fuera del asfalto, somos en general absolutamente incapaces de llamar a un árbol por su nombre, de reconocer un animal –esos bichitos- por su especie, o de distinguir un pájaro por su canto –son pajarracos-. Dice George Steiner que lo que no se nombra no existe y da la sensación de que, en general, entre nosotros, se mantiene pujante la percepción que asocia lo rural, sus habitantes, con lo basto, lo ignorante, lo bruto y paleto. Ahora además también le atribuimos nuevas cualidades; baldío, vacío, condenado. Y, encima, la cobertura es pésima y falla de continuo.

Vacía. La España vacía, que depara crímenes desgarradores -Puerto Hurraco, Fago, Tor…-, visceralidad cañi, tedio tradicionalista y agonía productiva. Por eso, libros como Tierra de mujeres tienen el gran mérito de colocar al lector frente a la urgencia de repensar, reaprender a mirar, a sentir, a comprender, y a reciclar y reubicar la manera y la función a la que hemos relegado el medio rural en nuestro imaginario colectivo. 

María Sánchez (Córdoba, Andalucía, 1989) es, además de poeta, veterinaria. Y es de pueblo. Le gusta rescatar y insuflar nueva vida a palabras desgastadas, veladas por el olvido, en proyectos compartidos como Almáciga. Ejerce la misma profesión que su padre y su abuelo pero se sitúa en esa tradición de mujeres, madres, abuelas, bisabuelas, que se encargaban y podían con todo, que ante la presencia de extraños escondían las manos en los bolsillos de las batas para no sentir delatada su condición, su dedicación. Que además de cuidar de todo y de todos, aún echan una mano en las faenas del campo o con los animales, sin cotizar, ni cobrar, ni poseer la titularidad de los bienes.   

La España vacía no es tal, para María Sánchez. En todo caso, la España vaciada, pues esos pueblos y comarcas están llenos de historias, palabras, vidas, semillas, veredas, animales, vínculos, personas, proyectos, oficios y comunidades. Una densidad vital notable e innegable, al margen de estadísticas demográficas, que no precisa de una literatura que les denomine granjeros, ni de paternalismos, ni de reportajes superficiales en los suplementos dominicales a todo color de los diarios, ni ser reducidos a personajes de Los Santos Inocentes. Y que, como hace la propia naturaleza, intrinsecamente aferrada al instinto de supervivencia, necesita de su propia narrativa, de voces que se alcen frente a las dudas, la inseguridad, el miedo y los complejos porque, en palabras de Chimamanda Ngozi Adiche, “el silencio es un lujo que no podemos permitirnos”.

Así, María Sánchez propone una narrativa que germine y propague sin miedo nuevas palabras: cultura, agroecología, soberanía alimentaria, ganadería extensiva, territorio, feminismo plural y múltiple. Una narrativa invisible que brote de las obsesiones y de lo que conmueve, que sea tarea y cobijo, donde las palabras tiemblen para despejar las sombras y la polvareda con la que percibimos el medio rural y quienes lo habitan. Una literatura que, como el campo, no debería permitirse la inmediatez ni los destellos, elaborada con paciencia y calma, “que descanse en las huellas de todas esas que se rompieron las alpargatas pisando y trabajando”, para escribir sobre su propio mundo y enfrentar el ninguneo de quienes han pretendido describirles desde fuera. Toca no avergonzarse de las raíces, ni de las manchas y las carencias, pues “sólo cuando nos quitemos las máscaras, nos deshagamos de prejuicios y nos sentemos en la misma mesa, de tú a tú” seremos capaces de tener un futuro y un territorio viable, sostenible, común y compartido, “donde poder asentarnos todos y encontrar el idioma común, la mano que recoge semillas de un lado y las esparce en otro”.

lunes, 19 de agosto de 2019

Philip Roth. La lección de anatomia

Idioma original: inglés
Título original: The Anatomy Lesson
Año de publicación: 1983
Traducción: Ramón Buenaventura
Valoración: muy recomendable

Pues bien: debidamente espaciadas con el tiempo voy cumplimentando las novelas contenidas en el volumen Zuckerman encadenado. Ahora me falta algo que parece un epílogo, titulado La orgía de Praga que ya valoraré si se convierte en un postfacio de estas tres reseñas. Pero he de decir que cada una de las novelas dispone de entidad por sí sola y que, aunque algunos comentarios contradigan mi afirmación, La lección de anatomía es la que más me ha gustado, y también con la que más me he reído.
Culpad al hecho de que las dos precedentes ya me han hecho conocer a Nathan Zuckerman y que el juego desarrollado en las dos primeras encuentra aquí su complemento idóneo, su vuelta de tuerca ideal en lo que es una serie marcada por un extremadamente agudo sentido del humor, cuestión que nos hace disfrutar y empatizar con alguien tan entrañablemente patético como el autor de Carnovsky, obra que ha puesto patas arriba el mundo editorial, lo ha convertido en rico y famoso a la vez que en vergüenza de su familia y casi de toda la comunidad judía a la que su novela no ha dejado en muy buen sitio.
Y puede que sea el karma, vete a saber, pero el libro empieza con Zuckerman aquejado por severos dolores en el cuello que le traen por la calle de la amargura. Una grotesca e hilarante descripción nos lo sitúa en un escenario esperpéntico: Zuckerman cuarentón que ha empezado a perder pelo, tendido en una especie de alfombra con unas gafas con unos cristales especiales que le permiten ver en la TV  las evoluciones del caso Watergate, en tan grotesca postura. Cuidado por cuatro mujeres que se turnan, una de ellas esposa de su contable, que le procuran justo el tipo de tratamientos especiales que el escritor acepta resignado. Zuckerman cree que ese dolor es insoportable y no deja de visitar, recordemos que ha ganado una millonada con su libro, toda clase de especialistas de toda índole par que le ayuden a acabar con su sufrimiento. También le preocupa la pérdida de cabello, con lo cual su existencia ahora no está dedicada a la creación literaria, sino a satisfacer su insaciable histeria hipocondríaca que dispara desde un lado: la crisis de los cuarenta envía cañonazos desde el otro y sus continuos encuentros sexuales han empezado a caer en una previsibilidad y una atonía que le obsesiona. Únase la pérdida de su madre, otra desgracia de la que es culpado o responsabilizado de alguna manera. Henry, hermano con el que ya tenía desavenencias, le ridiculiza en el funeral.
El panegírico de Henry se prolongó durante casi una hora, Nathan llevó la cuenta de las páginas que su hermano iba pasando al final del rimero. Diecisiete: más de treinta mil matrices. A él le habría costado una semana redactar diecisiete páginas, pero Henry lo había hecho en una noche, y metido en una habitación de hotel con su mujer y tres niños pequeños. A Zuckerman le bastaba con que hubiese un gato en la habitación para no poder escribir.
No acaba ahí la cuestión: Zuckerman es incapaz de emplear para nada a una mujer (por ejemplo, a Diana, a la que pretende dictar sus escritos, toda vez que el dolor de cuello le impide escribir a pesar de sus tentativas pseudocontorsionistas) sin sucumbir a las tentaciones sexuales. Desesperado ante el avance del dolor, toma la descabellada decisión de matricularse, a su edad, para estudiar Medicina, para lo cual tendrá que abandonar Nueva York.

Diálogos de enorme calado, concebidos con enormes licencias literarias pero con un brillantísimo sentido del análisis. Charlatanes, psicoanalistas, viejos amigos y confidentes, una chófer de limosina particularmente prudente, antagonistas que han despedazado su obra y ahora le piden favores en aras de una Causa Mayor. Roth combina todos esos elementos en una sátira que no toma prisioneros: recibe la comunidad judía, la sociedad americana, Vietnam, el oficio médico, la prensa, la crítica literaria. Todo son golpes a la espinilla seguidos de una sonrisa de disculpa, cómo no, pero la punzada del dolor permanece y Roth se limita a sonreír como diciendo no será para tanto. Brillante cierre de la trilogía y desde luego cualquiera interesado en literatura contemporánea mordaz e inteligente debería probar con Zuckerman encadenado.

domingo, 18 de agosto de 2019

Juan Madrid: Perros que duermen

Idioma original: español
Año de publicación: 2017
Valoración: Está muy bien




¿De qué depende que una novela nos guste o no nos guste? Pues, con independencia de tecnicismos que pretenden ser objetivos, lo definitivo es que le llegue al lector, y eso no se sabe muy bien en qué consiste. Según la persona y el momento en que se encuentre, el autor habrá dado en la diana más o menos, y eso lo dirá cada cual, pero aquí tratamos de desmenuzar sus elementos para que cada uno pueda hacerse una idea previa y los que vengan de vuelta contrasten su opinión personal. Perros que duermen deja, creo yo, una sensación agradable, como si regresásemos de una larga y complicada aventura que nos ha mantenido en tensión gran parte del tiempo y gracias a la cual hemos conocido ambientes, situaciones y sucias artimañas que suponen un gran salto, tanto en el tiempo como en el espacio sociopolítico. Bien, desde ese punto de vista no puedo dejar de recomendarla. Pero si enfocamos un poco más, puede que encontremos unas cuantas inconsistencias, y, nos importen o no, están ahí.
Si echan un vistazo a las sinopsis, tropezarán casi seguro con el asunto guerra civil y eso quizá les quite las ganas de leerla. Pero aquella fiebre, que duró décadas y dejó cierto hastío en muchos lectores, parece que ha pasado o ha remitido mucho. Además, Perros que duermen tampoco se puede encuadrar cien por cien en ese grupo, aunque es cierto que la mitad de la acción se sitúa en dicha época, incluso en el frente, y que se describen algunos combates. Pero la otra mitad recrea los primeros pasos del franquismo y, de alguna manera, ambos se equiparan. ¿O es que un campo de prisioneros no tiene mucho en común con cualquier guerra? En mi opinión, el eje central lo constituye la contraposición de ideas, esas dos visiones del mundo separadas por un abismo infranqueable al que, para entendernos, denominamos “las dos Españas” y entre las que, en este caso, en una genial vuelta del tuerca, se tiende un débil puente que, si bien no llega a unir nada, pone de manifiesto la fragilidad de ciertas convicciones.
Juan Madrid –del que destaco su labor como formador de futuros escritores– es, como sabemos, uno de los primeros representantes del género negro en España. Para sus argumentos, cuenta con unos cuantos personajes recurrentes, entre ellos su alter ego, Juan Delforo, del que se sirve en esta su última novela para homenajear a sus padres, que convenientemente transformados, aunque no en lo esencial, asumen casi todo el protagonismo. En cuanto al género, policiaco propiamente no es, a pesar de que se investiga un crimen, pues se trata de una investigación muy sui generis y se encuentra en una posición marginal. Quizá podríamos clasificarla como thriller histórico-político o algo así.
La estructura es, sin duda, uno de sus grandes hallazgos. En su mayor parte, se alternan dos fechas –el primer trimestre de 1938 y varios momentos de 1946– y, paralelamente, dos puntos de vista: el mencionado Delforo por una parte, y el tándem Dimas Prado/Guillermo Borsa por otro, unidos ambos planos por el conocido recurso del manuscrito. Aunque en este caso no fue encontrado, sino legado, gracias a un giro argumental tan sorprendente que llega a rozar lo inverosímil.
En cuanto a la prosa, sabemos que el autor no es para nada un estilista, ni falta que les hace a los géneros que ha cultivado, pero su estilo funcional y correcto de siempre presenta aquí unos cuantos descuidos, quizá demasiados. También entorpecen la lectura esas escenas demasiado largas, repletas de detalles y diálogos irrelevantes, o las batallas que, junto a la acción en sí misma, incluyen una abrumadora cantidad de datos técnicos. Pero tampoco olvidemos otras, en las que los ambientes están admirablemente descritos o episodios impresionantes, por crueles o terriblemente descarnados.
La figura de la manada de perros es, naturalmente, una metáfora, pero también una imagen literal, potentísima, que aparece en más de una ocasión y sobrecoge.

sábado, 17 de agosto de 2019

George Sand: Cuentos de una abuela

Idioma original: Francés
Título original: Contes d'une grand-mère
Año de publicación: 1873
Traductora: Amaya García Gallego
Valoración: Recomendable (muy para niños)


Aurore Dupin (1804-1876) deleitó a su nieta con unos cuentos que, afortunadamente para todos nosotros, rebasaron la intimidad familiar en la que fueron concebidos al publicarse bajo el pseudónimo de George Sand. Digo afortunadamente porque estas historias son exquisitas y, aunque apelan principalmente a los infantes, pueden ser igualmente disfrutadas por otras demografías.

En serio, las reflexiones y moralejas que se desprenden de ellas resonarán eficazmente en más de un adulto. A fin de cuentas, la importancia de crecer o de perseverar son algunos de los temas barajados en estas páginas, pero también la necesidad de fomentar la creatividad y la imaginación de los niños. Asimismo, Dupin prodiga en estas ficciones algunos valores adelantados a su tiempo que no nos iría mal refrescar un poco.

Cuentos de una abuela compila tres narraciones: "El castillo de Cumbrecorva", que por longitud podríamos considerar una novela corta, "La reina Coax" y "La nube rosa". De las tres, me quedo con la primera, deliciosamente escrita, sensible y madura. A ratos parece ligada a una cosmovisión algo ingenua y a una intención ejemplarizante, pero Dupin elude gozosamente esta dirección.

Por cierto, me encanta la forma que tiene la autora de implementar el elemento fantástico en estos textos. Nunca confirma que exista realmente, y deja dicha posibilidad a elección del lector. Al menos, así sucede en todos los cuentos excepto en "La reina Coax", menos ambiguo que los otros dos.

En suma, una antología que, pese a encasillarse en la literatura infantil, es capaz de rehuir las limitaciones del género. Además, está repleta de elementos distintivos que la harán atractiva a paladares de todo tipo: carga alegórica, pinceladas propias del mejor romanticismo, imaginación, prosa exigente... ¿A qué esperáis para pedirle a vuestra abuela que os la lea en voz alta?


Otras obras de George Sand en ULAD: Un invierno en Mallorca

viernes, 16 de agosto de 2019

Graham Greene: El ídolo caído y otros relatos

Idioma original: inglés
Título original: The Fallen Idol
Traducción: Julio Fernández-Yáñez
Año de publicación: Edición española de 1964 (escritos en la década de los 30)
Valoración: Muy Recomendable

Aunque Graham Greene es un autor que conozco desde hace relativamente poco tiempo, no ha dejado de sorprenderme en cada lectura, y de forma muy especial en esta última que intentaré comentar. Parece ser que el propio Greene reconocía escribir dos tipos de obras: las digamos ‘serias’, de pretensiones literarias, y las que llamaba ‘de entretenimiento’, en lenguaje llano diríamos alimenticias. Aparte de que esta pequeña confesión ya le honra por su honestidad, lo cierto es que los títulos más conocidos de Greene pertenecerían al segundo de los grupos. Aunque se trata de libros en general bastante estimables, su popularidad proviene en gran parte de su traslación al cine, casi siempre vinculadas a historias de espionaje, misterio y ciertos rasgos de novela negra. Por el contrario, esta colección de relatos breves  entiendo que no tuvieron vocación mayoritaria, aunque el que justamente encabeza la lista sí fue llevado al cine, con guión del propio autor.

El ídolo caído es una pequeña historia protagonizada por un niño que durante una breve ausencia de sus padres queda al cuidado del matrimonio Baines, mayordomo y gobernanta  de la casa. El pequeño siente admiración por Mr. Baines, y entre los dos reina una agradable complicidad, todo lo contrario que ocurre con su mujer, hacia la que siente miedo y desprecio, y de la que recibe frialdad y trato severo. De manera fortuita el chaval descubrirá el gran secreto del mayordomo y se verá envuelto en un enorme enredo de consecuencias trágicas. En un principio ajeno por completo a la situación, el niño va tomando conciencia del problema que afecta a la pareja, pero se resiste a entenderlo, no es algo que pertenezca a su mundo y se niega a incorporarlo a su vida. Desconozco si Greene tenía trato con niños cuando escribió el relato, pero en todo caso retrata a la perfección la reacción infantil. Los niños son conscientes de mucho más de lo que aparentan, pero si no les gusta, simplemente fingen ignorarlo y lo apartan de sí. 

El problema de nuestro protagonista es que los adultos quieren utilizarlo para sus intereses. El niño quiere defender a Baines, pero sabe que este ha traicionado también su confianza. Y se resiste a ayudar a la ceñuda señora, soportando artimañas y amenazas para no perjudicar a su amigo, porque su sentimiento sigue siendo puro. Esa lucha inconsciente para preservar la inocencia, y el muro que la separa de los planteamientos de los adultos, constituyen el eje del relato, que deja flotando los daños, las heridas ocultas que el combate ha dejado en el niño. Todo ello, como siempre en este autor, medido con precisión, mezclado y dosificado con maestría, expuesto con limpieza y elegancia. 

Se puede pensar que la recopilación –que no sigue un orden cronológico- busca a propósito una lógica a partir de la edad de los protagonistas, porque los siguientes relatos siguen girando en torno a figuras infantiles. El espía cuenta una travesura con atmósfera de novela de intriga, mostrando de nuevo el choque entre mundos que se ignoran en una fantasmagórica última escena. El final de la fiesta se introduce como una sonda en los prejuicios y miedos que se entrecruzan con los juegos, realidades incomprensibles para los adultos. Esos mismos lugares explora El inocente, una historia ingeniosa en torno a los silencios, los malos entendidos y el paso del tiempo. Y en Una excursión campestre entramos en el mundo de la adolescencia, el ansia de amor, la irresponsabilidad y el peligro.

Abandonamos la juventud, y el mundo de los adultos se presenta en Al otro lado del puente, con escenario mexicano, un estafador que escapa de la justicia y su sufrido perro construyendo un relato alegórico; El jubileo y El hermano trabajan también la metáfora, bien sea en torno a la vejez de un dandy arruinado, o a los sentimientos frente al poder del dinero. 

Son estos últimos los relatos quizá menos brillantes, aun dentro del dignísimo nivel que siempre mantiene Greene. Porque los dos que rematan la selección, ambos con protagonista anciano, son sencillamente soberbios: Prueba decisoria se desarrolla íntegramente en una conferencia en un club privado, e introduce un elemento fantástico bastante insólito en el autor, pero manejado con destreza y convicción. Y Una oportunidad es la historia lacerante de un hombre que lucha hasta el límite de sus fuerzas contra el tiempo y la adversidad.

Buena parte de los relatos tienen cierto aire teatral, mientras el resto se aproximan más a los entornos abiertos de las novelas más conocidas del autor. Esta variedad, junto con la de tipos humanos que protagonizan las historias, demuestran una versatilidad inesperada, de mayor valor si se tiene en cuenta que el nivel en ningún momento flojea. Greene mantiene siempre esa combinación de elegancia y naturalidad, su prosa es inteligente y limpia, y tiene sobre todo una virtud especial para no contarlo todo, dejando en blanco exactamente lo debido, y en el momento exacto.

Otras obras de Graham Greene en ULAD: aquí

jueves, 15 de agosto de 2019

Thomas Paine: El sentido común

Idioma original: inglés
Título original: Common Sense
Año de publicación: 1776
Traducción: Miguel Ángel Ruz Viana y Max Lacruz
Valoración:  quiero pensar que imprescindible, aunque en verdad, lo debo dejar en bastante recomendable...

Permitidme una pregunta (retórica y algo tonta): ¿qué os apetece más leer en veranito, cuando estáis en la playita, en la piscinita o la terracita? ¡Pues un best-seller como Dios manda, claro! No vais a ser tan raritos de poneros a leer, yo qué sé a Cartarescu... Fiel a su vocación de servicio público, Un Libro Al Día os ofrece hoy la reseña de uno de los mayores y más fulminantes best-sellers que la historia editorial ha conocido... Sí, vale que en el siglo XVIII, pero best-seller al fin y al cabo, ¿que no? Pues sabed que El sentido común de Thomas Paine logró vender 120000 ejemplares durante los tres primeros meses, en lo que poco después serían los Estados Unidos de América, y se publicó medio millón de ejemplares en muy poco tiempo. Lo cual, traducido a términos de población, niveles de renta y alfabetización actuales, sería algo así como si se hubiesen vendido 200 millones de ejemplares o una cosa parecida... (por lo visto, una de las causas del éxito, además de la coyuntura de ese momento histórico fue que estructuró sus ideas como si formaran un sermón religioso, que era lo que le molaba a los colonos americanos, además de incluir alusiones y ejemplos sacados de la Biblia).

De acuerdo que no se trataba de un libro al uso, sino de un folleto o panfleto (mejor dicho, un pamphlet, que en inglés no tiene el carácter peyorativo del término castellano), pero la cosa no deja de tener su mérito; más aún, y habida cuenta que la independencia de Estados Unidos se declaró apenas cinco meses después de la publicación de esta obrita, se considera que el panfleto tuvo mucho que ver en el buen término de tan venturoso hecho histórico. Y eso que Paine, en principio, no era norteamericano, sino inglés, y se trasladó a las Trece Colonias en 1774 después de haber conocido a Benjamin Franklin, para ayudar en lo posible en la consecución de la independencia de las mismas. Regresó luego a Inglaterra para defender los intereses estadounidenses y, al estallar la Revolución francesa, también los principios de ésta frente al gobierno británico, de forma que acabó siendo condenado por alta traición tras publicar en 1791 Los derechos del hombre. Huyó a Francia, donde llegó a ser miembro de la Convención, por el partido girondino, siendo, por tanto, mal visto por los jacobinos -aversión que acabó siendo mutua- y encarcelado por orden de Robespierre. En prisión escribió La edad de la razón, donde defendía los valores morales, el humanismo, la fraternidad y la fe en Dios, pero rechazando las religiones reveladas (era hijo de un cuáquero, después de todo). Se libró de conocer a Madame Guillotine, pues fue liberado por el golpe de Termidor y restituido a su puesto en la Convención, aunque, disgustado por la llegada al poder de Napoleón, volvió a Estados Unidos, donde murió. En fin, un tipo que se aburrió poco, como vemos y que nunca se casó con el poder sin pensárselo antes, por más que llevase el adjetivo "revolucionario".

Porque, además, este hombre era "muy de pensar" y de hacer pensar a sus coetáneos, ya de paso; de hecho, toda su doctrina política está basada en una lógica sencilla, pero aplastante y en la experiencia previa, tanto de sus contemporáneos como histórica. Su ideario político tampoco es que sea muy rebuscado y se puede resumir de forma muy sencilla: ERREPUBLIKA TA INDEPENDENTZIA (vale que en inglés suena menos agreste... pero eso, hoy en día, porque en el XVIII también se las traía, esta gente). Así pues, la primera parte del panfleto trata sobre la distinción entre sociedad y gobierno -"La sociedad es el resultado de nuestras necesidades y el gobierno de nuestras iniquidades: la primera promueve nuestra felicidad positivamente, uniendo nuestras afecciones y el segundo, negativamente, restringiendo nuestros vicios...", sobre la naturaleza de la monarquía -perversa y, según él, contraria a la voluntad del Todopoderoso, pues en realidad fue un castigo que impuso a los israelitas- y un análisis crítico de la Constitución inglesa. También una disertación sobre el indigno origen de la monarqía hereditaria y su sinsentido: "Poco importaría el absurdo de la sucesión hereditaria, si no fuese su resultado tan fatal para el género humano..." (baste saber que para Paine, Guillermo el Conquistador no era sino el jefe de una banda de malhechores). En fin, vosotros/as veréis, pero yo esta parte me la he leído sin parar de aplaudir con las orejas...

La sección "indepe" del libro, es más extensa y, si se me permite decirlo así, también un poco más peñazo, sobre todo porque, a diferencia de la anterior, que tenía un carácter más general, en ésta Paine aduce toda una serie de razones -todas llenas de "sentido común", eso sí- que hoy en día ya nos suenan un poco peregrinas, salvo para los historiadores duchos en la época. Irónicamente, una de las más recurrentes es poder mantener la paz con los países europeos, a pesar de que éstos, como Francia o España, puedan entrar en guerra con gran Bretaña (digo lo de la ironía, porque en este siglo XXI parece que desde ciertos poderes de los EEUU lo que les interesa es lo contrario: cargarse la Unión Europea y que el reino Unido se aleje de ésta, o sea, nosotros, vía Brexit.... que a ver si es verdad, por cierto). También habla de las ventajas de una autonomía militar y, sobre todo naval, norteamericana (aquí lo clavó) y en la independencia y el sistema republicano como antídotos para evitar guerras civiles (permitidme que me caracajee). Además, también añade toda una serie de razonamientos económicos que, sin llegar al "Anglaterra ens roba" (quizás porque él mismo era , hasta dos años antes de escribir el panfleto, más inglés que el té de las cinco), por ahí le ronda... Todo lo cual yo no discuto, pero en cuestiones de dineros, ya se sabe que las matemáticas son cualquier cosa menos una ciencia exacta... En todo caso, sus páginas de razones pormenorizadas se pueden condensar en esta frase: "El sol nunca brilló en una causa con mayor valor". Ya sabéis, Home of the Braves, y todo lo demás...

Por último, mencionar que en algunas ediciones, posteriores a la primera, de El sentido común incluyen una epístola a los cuáqueros (ya os lo dije) y en otras, posteriores a la Revolución Francesa, una interesante diatriba contra el sufragio censitario (es decir, que sólo pudieran votar los ciudadanos con ciertas riquezas) y advirtiendo, por otra parte de los peligros del poder revolucionario cuando se convierte en dictatorial, algo que Thomas Paine sufrió en sus propias carnes. Como comentó de él, Bertrand Russell: "...Se ganó la hostilidad de tres hombres a los que no se suele relacionar: Pitt, Robespierre y Washington. De éstos, los dos primeros trataron de matarle, mientras el tercero se abstuvo cuidadosamente de salvar su vida. Pitt y Washington lo odiaban porque era demócrata, Robespierre, porque se opuso siempre a su régimen del terror. Su destinos fue siempre ser honrado por los pueblos y odiado por los gobiernos."

Pues eso.