Idioma original: inglés
Título original: Bring Back the King
Traducción: Mariola Cortés-Cros
Año de publicación: 2017
Valoración: Recomendable (‘Muy’ para interesados en el tema)
Confieso que desde hace mucho ardo en deseos de utilizar esa fantástica etiqueta de Reseñas con las que me juego el cuello ¡Qué valentía! ¡Qué fortaleza de carácter! Bueno ¡y qué puntito de exhibicionismo tan encantador! Pues mira que me ha faltado poco para colocarla justamente en esta reseña, y es fácil de entender: fíjense en la cubierta, presten atención al título, y consideren el subtítulo La nueva ciencia de resucitar especies. O sea, todos los boletos para un artefacto pseudocientífico presentado seguramente por uno de esos divulgadores/as que escriben libritos para profanos, que acompañan al periódico dominical. Y encima, con un evidente tono relajado y bromista. ¿Todo eso merecía siquiera una reseña en ULAD, y además estaba tentado de ponerle un Muy recomendable? Pues sí.
Hace unas pocas semanas un estudio científico daba a conocer que en en los próximos años (no sé si era un siglo) habrán desaparecido de la Tierra un millón de especies. Bien, pues el término clave de este libro es precisamente desextinción, un palabro que bien hubiera podido servir de título, aunque pareciese una novela de ciencia-ficción serie B. La desextinción es obviamente la teórica posibilidad de retornar a la vida especies extinguidas por vía de la manipulación genética o la clonación de fósiles o ejemplares conservados de alguna forma. Es el concepto sobre el que gira todo el libro, y que Pilcher presenta mediante unos cuantos ejemplos, de forma amable y a veces entrando de lleno en lo humorístico, y siempre explicando, con el detalle posible en un texto divulgativo, las diferentes técnicas y sus dificultades.
Como, planteado el asunto, a todos nos viene de inmediato a la cabeza el Parque jurásico, Pilcher empieza justamente por ahí, por la posibilidad de desextinguir por ejemplo el T-rex. Pues bien, no era tan sencillo como sacarle la sangre deglutida al mosquito atrapado en el ámbar. Este primer supuesto sirve para exponer las que a grandes rasgos serían las dos vías para acometer la tarea: recuperar el ADN del bicho e implantarlo en un pariente cercano actual, o manipular el genoma de este último para crear algo con características parecidas al modelo (si alguien domina un poco estos temas, pido perdón por la explicación seguramente cutre). Estos dos son los caminos a seguir en todos los casos, y la autora descarta ambos de forma categórica en el caso de los dinosaurios, ya lo siento.
Se interna después el libro en casos digamos un poco menos extravagantes de especies extinguidas (o extintas?) más recientemente, algunas más reconocibles (el mamut lanudo, o el dodo), y otras de las que un servidor no había oído hablar jamás (la paloma pasajera americana, el tilacino de Tasmania o la rana de incubación gástrica. Bueno, esta última merece un comentario adicional, porque tiene la peculiaridad de vomitar a sus crías, a las que gesta en su sistema digestivo, que tiene guasa). Y se detiene también en el único caso en que por lo visto llegó a prosperar uno de estos experimentos, el del bucardo, una especie de cabra de los Pirineos, que científicos españoles consiguieron reproducir… aunque su vida durase apenas unos minutos.
Pero el rey por cuyo regreso clama el título no era el emérito que todos conocemos, sino el del rock, Elvis, a quien Pilcher toma como sarcástico objeto de una posible ‘desextinción individual’ humana. O sea ¿se podría recuperar a un humano en concreto a partir de su ADN? Creo que esto ya se ha planteado en alguna otra obra de ficción, no recuerdo. Pero lo que parecería más chusco de todo el libro constituye en realidad su parte más interesante, porque por ahí se interna la autora en asuntos de mucho calado, no solo (o no tanto) científico, sino ético, y lo hace siempre de forma amena pero también muy clara y exponiendo opiniones de mucho peso.
La cuestión central es la individualidad genética. Cada ser humano se diferencia de cualquier otro sin parentesco directo en millones de variantes genéticas. Como el ADN de un ser sin vida siempre presenta errores o ‘huecos’ sin que se sepa cuáles de ellos son fundamentales, resultaría imposible clonar a un individuo concreto. Pero, aunque ese obstáculo fuese salvable, todavía sería necesario reproducir por entero el entorno (familia, educación, contexto social, etc.) y, aún así, sería completamente imposible evitar hechos fortuitos que alterasen el desarrollo del clon, y que de hecho van dejando huella en el propio ADN (epigenética). Explica Pilcher con detalle los bastante conocidos estudios realizados sobre gemelos genéticamente idénticos para ilustrar la importancia de lo adquirido, que no debe desconocerse frente a lo innato.
En mi opinión es, como decía, la parte más interesante del libro. Lo que importa no es ya el ejemplo humorístico de Elvis, ni siquiera la evidencia (tranquilizadora, creo yo) de que no se pueda copiar seres humanos determinados, sino cómo a lo largo de unas cuantas páginas vamos obteniendo información digamos autorizada sobre la individualidad, el carácter irrepetible de cada persona, con sus propios códigos, muchos heredados, de serie, y otros muchos grabados por el tiempo, por azar o por la interacción con otros. Impresiona un poco eso que podríamos llamar unicidad de cada ser humano, desde luego da que pensar y, coño, si ustedes me permiten, me parece hasta un poquito emocionante.
A lo largo del texto en distintas ocasiones se va preguntando la autora ‘si podemos hacerlo, ¿deberíamos hacerlo?‘ Es decir, volviendo al mundo animal, ¿se debería intervenir para recuperar a especies desaparecidas? ¿aún considerando los posibles riesgos, qué aportaría? Hay montones de argumentos, en mi opinión muy juiciosos, que se van desgranando respecto a cada una de las especies analizadas, y no se crea el lector que esta señora Pilcher defiende alegremente la aplicación de estos avances científicos. Al contrario, muestra mucha cautela y sentido común, y se puede decir que apenas se posiciona a favor en uno o dos de los casos expuestos (no, ni Elvis ni el T-rex). Aquí ya, por ir terminando, entran en juego por supuesto criterios científicos y ecológicos, pero también, entiendo yo, opiniones en el entorno de la ética o sobre la posición del ser humano en el planeta. Por mi parte, qué quieren que les diga: en general, creo que cuanto menos intervengamos en el trabajo de la naturaleza, mucho mejor. Pero eso ya que a la opinión de cada uno. Se puede discutir, si ustedes quieren.