miércoles, 23 de octubre de 2019

Philip Roth: El oficio: un escritor, sus colegas y sus obras


Idioma original: inglés
Título original: Shop Talk. A writer and his Colleagues and their Work
Año de publicación: 2001
Traducción: Ramón Buenaventura
Valoración: bastante recomendable

En algún momento se produjo el terrible sorpasso y Philip Roth destronó a un últimamente errante Franzen erigiéndose en uno de mis cinco escritores de referencia (esos de los que intentas leerlo y tenerlo todo, esos a los que ya lees con una actitud de amigo), y, a la postre, abocándome a que solo uno de ellos esté vivo y pueda esperar algo nuevo de él.

Un desastre, y ya abandono mis lamentaciones privadas y personales que a nadie interesan para pasar a hablaros de este libro.

Este no es, como yo esperaba al principio, el equivalente en la obra de Roth a libros como Mientras escribo de King o De qué hablo cuando hablo de escribir. En ambos casos, libros muy interesantes de escritores que me interesan bastante poco. O sea, no es un ensayo canónico y descarnado de un creador y sus experiencias ante el folio/pantalla en blanco. Tampoco es un estudio crítico propiamente dicho, pues combina determinadas situaciones siempre asociadas a otros autores: relaciones epistolares, entrevistas espaciadas por los años, conversaciones en el entorno de una relación cordial, casi amistosa, a veces la pura distancia del idioma o la situación geográfica condiciona la conversación. Pero Roth aquí no es el crítico agreste escondido tras sus personajes más emblemáticos, y diría que esa actitud respetuosa a la vez le beneficia (obteniendo la colaboración de sus oponentes) y le perjudica (evitando la intensidad que a veces se deriva de ciertas actitudes).
La mayoría de los aquí presentes son escritores ya maduros y consagrados, muchos de ellos judíos como Roth y muchos de ellos con huellas presentes o recientes en la realidad europea de la primera mitad del siglo XX: empezar con Primo Levi revela a las claras ciertas de las temáticas recurrentes en los textos (el Holocausto, la represión, el drama, la huida, la anulación personal) y el recorrido del libro va constatándolo hasta llegar al punto opuesto necesariamente parecido: hemos trazado un ángulo de 360 grados y huyendo del nazismo hemos caído en el totalitarismo ruso, el de la Primavera de Praga visible a través de dos autores checos, Ivan Klima y Milan Kundera, dos de los pasajes más atractivos de esta selección (excelente el ambiente relajado de la conversación con Klima) en que la queja se establece en ese teórico otro extremo.
El totalitarismo ruso anula la disidencia en Checoslovaquia a través del silenciamiento del entorno cultural que no es afín, se trata de la misma represión quizás más sutil y menos contundente, pero con los mismos resultados. Escritores reprimidos, represaliados, divididos (esto me recuerda algo) entre el exilio forzoso o el riesgo de la permanencia. Quizás la de Ivan Klima sea la mejor parte del libro, un diálogo excelso (pues Klima ha sufrido la represión por los dos bandos) que equilibra y centra la obra, que ha apostado fuerte por Primo Levi en su inicio, hablando de su vida tras la guerra, de la fábrica de pinturas que dirigía, y que se ha centrado en escritores no siempre célebres (figura alguno incluso no traducido al español), pero que, con la excepción del recorrido final por la obra de Saul Bello, se mantiene en un tono serio, respetuoso, a veces próximo al academicismo en puntos que parecen más bien intercambios de pareceres que propiamente entrevistas.
Una obra menor, quede claro, una especie de interludio entre obras de ficción, muy interesante desde el punto de vista de la relación entre autores, mucho más empática y relajada que los encuentros entre prima-donnas de otros ámbitos culturales, ya también como constatación de determinada genialidad de Roth, capaz del cambio de registro y de retirar a los memorables personajes que solía interponer entre el lector y él.

martes, 22 de octubre de 2019

Aristófanes: Lisístrata

Idioma original: griego antiguo
Título original: Λυσιστράτη
Año de publicación (representación): 411 a.C.
Traducción: Luis M. Macía Aparicio
Valoración: recomendable y divertido

En el año 411 a. C. atenienses y espartanos, junto a sus aliados respectivos, llevaban ya dos décadas zurrándose la badana en la Guerra del Peloponeso, con un resultado, en ese momento, más bien desfavorable a Atenas. Pero en esta ciudad una mujer llamada Lisístrata -en griego, "la que disuelve el ejército"- decide justamente eso, parar la guerra y disolver los ejércitos; para ello convoca a otras mujeres de Atenas y de toda Grecia, para proponerles una forma. llevar a cabo una huelga "de piernas cruzadas"... es decir, nada de sexo hasta que sus maridos sean razonables y lleguen a un acuerdo de paz. Entretanto, además, las atenienses toman la Acrópolis -y, lo que es más importante, el tesoro de Atenea, que sirve para sufragar la guerra-, que es donde se desarrolla la obra.

No quiero desvelar si la treta da resultado o no, pero sí diré que en aquella época, según se da a entender, los griegos iban más salidos que el pico de una tabla de surf (sería cosa de la alimentación orgánica y el aire puro de por entonces) y ni siquiera el recurso a la sana camaradería masculina, que ha hecho célebre a aquellos aguerridos helenos, resultaba suficiente para resistir el embate del deseo hacia sus mujeres. Unas mujeres que, según las retrata Aristófanes, eran a su vez tan libidinosas y débiles de voluntad para soportar las tentaciones de la carne como sus hombres o incluso más (sorprende un poco esta imagen que se da del género femenino, anterior a que la cultura judeocristiana impusiera un modelo más recatado, e incluso pacato); el caso es que a Lisístrata le cuesta lo suyo mantener a sus compañeras dentro de este celibato estratégico, situación, por cierto, que emplea el autor de la obra para conseguir momentos de gran comicidad. Porque, claro, aunque tenga de transfondo la guerra y, en concreto, lances de ésta que no habían sido favorables a las tropas atenienses, ésta no deja de ser una comedia que rebosa humor; un humor, eso sí, más bien procaz y no demasiado fino; muy "mediterráneo", si se quiere decirlo así, pero que hace 2500 años y aun hoy, seguro que hizo partirse de risa al respetable. Todavía más entonces, ya que ellos sí que entendían a la perfección multitud de alusiones y matices que nosotros hemos de conocer leyendo las notas a pie de página. No obstante, ya digo que sigue siendo divertida.

Otra cosa es dilucidar sobre el supuesto "protofeminismo" de esta obra. La verdad, no creo que fuera ésa la intención de Aristófanes, habida cuenta las poco halagüeñas que les dedica a las féminas: "¿Y qué podrían hacer de sensato o glorioso las mujeres, que nos quedamos sentadas llenas de colorete, con nuestros vestidos de color azafrán, las largas cimbéricas que nos llegan hasta los pies y los zapatitos elegantes?"; "¡Ay, cómo es de calentón el género femenino! Con justicia suministramos temas para tragedias, porque siempre le estamos dando vueltas a los mismo." Pero, en fin, tengamos en cuenta  que hablamos de la Grecia del siglo V a. C., una época y un lugar más machistas que un disco de Bertín Osborne versioneando canciones de el Fary (parece ser, además, que en la Atenas democrática la situación de las mujeres era aún peor que en otros lugares de la antigua Grecia). Ahora bien, por otro lado, no sólo se presenta a Lisístrata como una mujer más inteligente que los hombres, sino que las mujeres en conjunto aparecen como un sujeto político activo, algo que, por más que se tratase de una comedia, no podía dejar de chocar en aquella sociedad donde no tenían ningún derecho. La obra, además, es un claro antecedente de otra del mismo autor con un carácter aún más político, que es La Asamblea de las Mujeres. Aunque el traductor de esta edición de Lisístrata y prologuista de la misma (y profesor de la UAM) la sitúa más bien dentro de las comedias "utópicas", ya que plantea una situación inimaginable para aquella época -no ya el éxito de una "huelga de sexo", sino que se tuviera en cuenta de alguna forma la opinión de la mitad femenina de la sociedad-, y precisamente en ese carácter utópico reside -o residía entonces- buena parte de la comicidad de la obra. Lo que no significa, claro está, que hoy debamos pensar lo mismo que hace 2500 años... aunque hay a quien le gustaría, por desgracia.



lunes, 21 de octubre de 2019

Antonio Orejudo: La nave

Idioma original: castellano
Año de publicación: 2003
Valoración: Curioso, tal vez

Mira que andaba yo con ganas de leer algo de Antonio Orejudo, a quien mis compañeros han valorado en general tan alto: dos Imprescindibles, un Muy, un Recomendable y sólo uno de esos tibios Está bien. Así que investigo un poco y veo que toda la obra de ficción de este buen señor está ya reseñada (S.E.u O.). Mal asunto, porque no quiero quedarme sin catar lo que con tanto éxito pasa el exigente tamiz de mis colegas y por otra parte, aunque mis derechos de imagen están a salvo gestionados por una Sociedad holding, mi contrato millonario con el blog me obliga a un ritmo de reseñas casi inhumano. ¿Cómo leer a Orejudo y poder reseñarlo, cuando todo está ya visto? Pues sigo escarbando un poco más y me encuentro con La nave.

Se trata de una narración muy cortita que citaba ya Juan en su reseña de Grandes éxitos, y efectivamente se encuentra en la bibliografía de este autor, aunque muy escondidica, como algo anecdótico, publicado en 2003 por la Junta de Andalucía (¿?) y actualmente imposible de encontrar. ¿Imposible? Pues será en papel, porque en internet se encuentra en formato Word sin ninguna dificultad. No solo eso, sino que el propio autor se presta a leernos, muy serio él, el primer capítulo, con lo que inauguramos en ULAD la era del video-libro. Vean:


Tuve suerte al encontrar el video, porque al poco de empezar a leer se abatió sobre mí la sospecha de si no estaría siendo víctima de una de esas bromitas de la red, una especie de fake-book, podríamos decir. Ya lo han oído ustedes si se han molestado en mirar el video: año 25890, la ingestión de unas lechugas en mal estado procedentes de fruteros piratas provocan una epidemia de esterilidad poco menos que universal. A partir de ahí todo sigue la misma tónica: los basureros forman un lobby que impone su ley, la Coca-cola esponsoriza las misas católicas, un socio muerto (asesinado) al comer un boquerón y, entre un sinfín de disparates parecidos, la aparición de La Nave (industrial), un local de copas, o gastro-bar, o no se sabe bien qué, que ejercerá una suerte de contrapoder hasta que… En fin, que si sigo un poco más termino contándolo todo.

El librito es así desde el principio hasta el final (un final que llega enseguida, ya digo), una sucesión de ocurrencias que yo, la verdad, reconozco que no soy capaz de valorar. A veces parece la redacción escolar de un alumno imaginativo (como aquel que, en plena crisis de la austeridad, dibujaba un monstruo al que dio el nombre de Invasor Merkel). Otras me viene a la cabeza aquella estupenda distopía de los residuos llamada Wall-E, pero también se dejan ver algunos, o muchos, manotazos hacia algunos de los arquetipos más reconocibles de la sociedad políticamente correcta. E indudablemente asoman rasgos de una creatividad rotunda y brillante, como esa fantástica y un poco angustiosa partida de ajedrez con todas las piezas del mismo color.

Todo con un ritmo endiablado, todo fluidez, como escrito en menos tiempo del que me está llevando componer esta ¿reseña?, y para ocupar un espacio que, si no termino pronto, va a ser más breve que estas modestas líneas. ¿Un simple pasatiempo? ¿Una loca incursión en lo fantástico que oculta más capas de las que he podido detectar?

El reseñista se rinde. Pero ustedes, lectores todos, lo tienen muy fácil: no les llevará más de media hora, se lo leen y completan lo que yo no he sido capaz.

Todas las reseñas de Antonio Orejudo en ULAD: aquí


domingo, 20 de octubre de 2019

Ricardo Piglia: Las tres vanguardias. Saer, Puig, Walsh

Idioma original: Español
Año de publicación: 2016
Valoración: Depende (para mi, muy recomendable)

Joder, Koldo. Cada vez con libros más raros. ¿De qué va este?
Pues este libro es la transcripción de una serie de conferencias que Ricardo Piglia dictó en la Universidad de Buenos Aires en 1990. En ellas habló acerca de lo que el consideraba nuevas vanguardias de la literatura argentina, cuyos máximos exponentes serían (para él) Juan José Saer, Manuel Puig y Rodolfo Walsh. Partiendo de lo que Piglia llama el período de constitución de las grandes poéticas argentinas de la novela, lo que hizo fue analizar cómo se empiezan a constituir otras poéticas y cómo se insertan las tradiciones exteriores en estas nuevas poéticas "locales".

Vale, che, que parecés un psicologo argentino. Bueno, ¿conviene venir ya leído de casa?
Por partes. Es un libro muy argentino, obviamente, y de ahí que sea conveniente tener al menos algunas nociones básicas acerca de lo que Piglia llama primera vanguardia argentina (que para el acaba en 1967 con la publicación del Museo de la Novela de la Eterna, de Macedonio Fernández) y que incluye a autores como el propio Macedonio, Arlt, Marechal, Borges y Cortázar.

Ya, ¿y es necesario conocer en profundidad la obra de Saer, de Puig y de Walsh para poder "disfrutar" del texto? 

Recomendable, sí; imprescindible, no. En mi caso, he leído apenas un par de obras de Saer (La pesquisa y El entenado), una de Puig (Boquitas pintadas) y una de Walsh (Operación Masacre) y creo que con eso es suficiente para tener una idea general acerca de sus respectivas poética.

¿Seguro?
Que sí, hombre, que sí. Te explico por qué. Pese a que Piglia centra el tema en la literatura nacional, es obvio que las cuestiones que en el texto se plantean son plenamente universales. Asuntos como la tensión entre la novela y la narración, entre el ideal y lo real, la "función" de la novela, la relación entre el arte y la vida, entre las innovaciones técnicas, los cambios en las estructuras narrativas provocados por estos y los diferentes modos de recepción del arte, etc son algo que se ha planteado en las diferentes literaturas nacionales (si es que estas existen, claro), aunque el lo lleve a terreno de lo argentino.

¿Y cómo dice Piglia que resuelven Saer, Puig y Walsh los asuntos que comentas?
Abreviando, Piglia define a Saer como vanguardia clásica y dice del el, por ejemplo, que supone la ruptura entre artista y sociedad, que sigue una estrategia narrativa en la cual se busca la totalidad a través de la fragmentación, en la que se narra de forma descriptiva el presente y en la que el estado de conciencia es el determinante de la realidad (y no al revés).
En cuanto a Puig (y en esto no puedo estar más de acuerdo con Piglia), supone la unión de la alta cultura y la cultura de masas desde el punto de vista formal, aunque con un punto de ruptura con la cultura de masas en sus finales "no felices" y en ese intento de hacer "algo más" con géneros narrativos ya tratados.
Por último, Walsh representa la vanguardia histórica, la tensión entre vanguardia política y estética rota a través de la acción. Walsh opta por la no ficción para resolver la relación arte / vida, por la función del escritor como historiador del presente

Uf. Pará ya, pibe (como sigás así, terminaré hablando lunfardo). A todo esto: ¿el lenguaje utilizado, las referencias... abruman?
No, o al menos yo no he tenido esa sensación. ¡Y te lo digo sin ser, ni mucho menos, un experto en estos temas ni tener formación específica en la materia!. Claro que las referencia filosófico-literarias abundan (Walter Benjamin esta por todas partes), pero hay que reconocer que Piglia hace las conferencias  amenas y accesibles para un público más o menos "estándar"

Entonces, ¿qué? ¿Lo recomiendas o no?  ¿Lo leo no lo leo? 
A mi, desde luego, me ha parecido un libro interesantísimo, aunque no se lo recomendaría a todo el mundo. Por ejemplo, si has leído a Saer, a Puig o a Walsh, deberías leerlo. Si no los has leído pero tienes cierto interés por cuestiones como "qué es la literatura (o la novela)", "de dónde viene" o "hacia dónde se dirige", no dudes en leerlo. Y si ni una cosa cosa ni la otra, primero lee a Puig, a Walsh y a Saer (yo iría en este orden) y luego ya hablamos.


También de Ricardo Piglia en ULAD: Los diarios de Emilio RenziBlanco nocturnoPlata quemada Los casos del comisario Croce

sábado, 19 de octubre de 2019

Contrarreseña, Mi último suspiro de Luis Buñuel


Idioma original: Francés
Título original: Mon dernier soupir
Año de publicación: 1982
Traducción: Ana María de la Fuente
Valoración: Imprescindible

La memoria, vaya sustancia. Frágil, voluble, delicada. Deteriorada. Hace más de tres décadas leí estas memorias de Luís Buñuel y desde entonces vengo contando asiduamente la anécdota, sacada de este libro, del pueblo del Bajo Aragón que en un año de sequía sustituyó la escasa agua disponible por vino para elaborar el cemento. Vuelvo ahora a estas memorias y la anécdota no está, ausencia total. No existe. Me he pasado más de treinta años convencido de estar refiriendo un hecho cierto acontecido a principios del siglo XX que apenas ocurre en mi imaginación. Bien pensado, quizás a don Luis Buñuel, que nunca quiso renunciar a los desvaríos del credo surrealista, mi delirio continuado le pudiera resultar de lo más razonable y comprensible, pues el inicio de Mi último suspiro ya nos advierte que la memoria es invadida constantemente por la imaginación y el ensueño, y puesto que existe la tentación de creer en la realidad de lo imaginario, acabamos por hacer una verdad de nuestra mentira.

Así pues, lo maravilloso de este libro se halla exactamente en el apasionado alegato que Luis Buñuel Pórtoles (Calanda, Teruel, 1900 – Ciudad de México, 1983) hace de la imaginación, como eje de una existencia, como medida de su propia vida, como flotador al que agarrase sin miedo, ni reparo, ni vergüenza. Buñuel desprecia la ciencia, a la que tilda de presuntuosa, analítica y superficial y a la religión y advierte que aunque le demostrasen la improbable existencia de un Dios creador, no puedo creer, y en cualquier caso, no acepto que pueda castigarme para toda la eternidad.

Buñuel se rebela igualmente frente a la tecnología y también, por supuesto, frente a las ideologías y, pese a su teórica afinidad anarquista, desprecia a sus militantes por su arbitrariedad, imprevisibilidad y fanatismo, para acabar definiéndose como un inofensivo nihilista. Y nos explica que no fue hasta que llegó a los sesenta y cinco años de edad que comprendió y aceptó plenamente la inocencia de la imaginación: Admitir que lo que sucedía en mi cabeza no concernía a nadie más que a mí (…) y que había que dejar ir a mi imaginación, aun cruenta y degenerada, adonde buenamente quisiera. La imaginación, deslizándose entre el azar y el misterio, es la libertad total del ser humano. Nuestro primer privilegio.

Los chirriantes límites de la realidad y la fantasía, debatiéndose en conflicto entre lo preceptivo y lo creativo, entre lo impuesto y lo mágico, entre el deber y el placer, son el territorio Buñuel, que afirmaba con frecuencia haber tenido el privilegio de llegar a este mundo y criarse aún en la época medieval. De sus recuerdos de infancia en Zaragoza me quedo con el cine como espectáculo circense, con pianista y explicador, personaje que contaba al respetable la acción que se proyectaba en pantalla… De su paso por el Madrid de los años veinte queda el recuerdo de su frágil aunque fructífera complicidad con Salvador Dalí y Federico García Lorca, compañeros en la Residencia de Estudiantes. Y después, el salto a París, a Los Ángeles, a México DF. El cineasta aragonés anduvo en tratos con Benito Pérez Galdós, con Charles Chaplin y Billy Wilder, con Tristán Tzara y André Breton, con Catherine Deneuve y Ángela Molina, y nos depara por supuesto una genuina y amplia mirada al siglo veinte.

En este juego buñueliano nada es lo que pareciera o debería. De hecho, la redacción de Mi último suspiro, no se debe al propio Buñuel, si no a uno de sus colaboradores y guionista habitual, Jean-Claude Carrière. Circunstancia que confiere un tratamiento más liviano y atractivo para el lector que el que podría haber deparado el propio cineasta, quien ya desde el inicio se reconoce como poco dotado para tal tarea pese a que su nombre es el único que aparece en portada, a mayor tamaño incluso que el título. Pero, como cualquier memoria mínimamente honrada, también tiene algo de balance de descalabros, fracasos y errores. La confesión de André Bretón en 1955 –es triste tener que reconocerlo, mi querido Luis, pero el escándalo ya no existe-  así como la constatación trece años después, en mayo del 68, de que también la acción se había hecho imposible: al igual que nosotros, hablaron mucho e hicieron poco. Tampoco se censuran episodios truculentos, como sus agresiones a homosexuales que frecuentaban servicios públicos en el Madrid donde él estaba fascinado por la personalidad de García Lorca: La chulería es un comportamiento típicamente español, compuesto de agresividad, insolencia viril y autosuficiencia. Yo he incurrido en ella algunas veces… 

Aunque eligió su propio camino, libre, individual e indomable, Luis Buñuel perteneció a una familia muy rica -de esas que tenían a los hijos entre algodones, con criadas que le llevaban los libros a la escuela- lo que le facilitó en gran manera contactos, medios, posibilidades. Escogió lo que le resultaba más precioso, los sueños, el azar, la risa, el sentimiento, la contradicción y lo cultivó con ahínco, con cabezonería: Si fuéramos capaces de devolver nuestro destino al azar y aceptar sin desmayo el misterio de nuestra vida, podría hallarse próxima una cierta dicha, bastante semejante a la inocencia. En mi casa siempre nos han contado que mi abuela Victoria, cuando salió del pueblo, se fue de criada a Zaragoza, a casa de los Buñuel. Así que no puedo dejar de sentir su presencia por entre estas páginas, incierta o no, pero absolutamente real porque habita en ese precioso ámbito que es mi fantasía.

Mi percepción de este libro la puedo resumir con la calificación de Imprecindible, que en la jerga que usamos los inquilinos de este artefacto completamente irracional que es este blog es como ponerlo por los cielos. Se trata, por tanto, de una contrareseña de la que, en su momento, publicó Santi, quien le adjudicó un Muy Recomendable, que tampoco está nada mal. Puede que los motivos por los que le concedo a estas memorias más parabienes que mi colega reseñador y padre fundador de Un libro al día sean subjetivos o personales y aunque he intentado argumentarlos, no sé si resultarán convincentes. En todo caso, y tratándose de Luis Buñuel, viva la abuela que nos parió.

viernes, 18 de octubre de 2019

Ulrich Alexander Boschwitz: El pasajero

Idioma original: alemán
Título original: Der Reisende
Año de publicación: 2018 (de un manuscrito de 1938)
Traducción: José Anibal Campos
Valoración: recomendable

Aclara  nota y posfacio del libro sobre las condiciones de su publicación: autor que murió antes de la treintena, libro con protagonista que vive parecidas experiencias a las del autor, condición por tanto de testimonio, aunque convenientemente dramatizado y adaptado a las necesidades narrativas, bonita portada tricolor que representa a la perfección el contenido.
Y es bueno que, en tiempos en que la palabra nazi suele usarse tan a la ligera, recordemos en qué consistió vivir bajo el yugo de las auténticas alimañas que ostentaban tal nombre. Primero porque quien es nazi siempre ataca al débil y abusa de su poder, de su superioridad física, de sus leyes planificadas y diseñadas para preservar su perpetuación al mando. Porque el totalitarismo aplasta a quien se pone en medio y, si algo no sale bien, lo modifica todo para seguir aplastando. La diferencia y la disidencia no pueden pasar del estado embrionario. El nazi ve la paja en el ojo ajeno y pisotea el ojo. El nazi es tan consciente de lo precario e injusto de sus planteamientos que tiene que erradicar cualquier hilo de pensamiento que lo ponga en evidencia.
En fin, perdonad el pequeño desvarío. Esta novela se recupera sobre un manuscrito perdido desde los primeros 40, Boschwitz fallece en 1942, cuando el autor ni siquiera podía imaginar lo que sucedería. Las leyes de Nuremberg ya han sido aplicadas y Otto Silbermann, empresario judío dedicado al comercio y de condición social acomodada, es una más entre las víctimas de la Noche de los Cristales Rotos, tristes hechos de Noviembre de 1938 que todos deberíais conocer. Tiene la opción de escapar, cuando los criminales aporrean la puerta de su casa se encuentra en plena negociación para vender su propiedad, temeroso de lo que piensa que pueda suceder pero no piensa que vaya a suceder tan rápido. Los nazis y toda su red de colaboradores, conscientes o no, han puesto en marcha solo una de sus medidas de represión. Igual ese desconocimiento del hecho futuro emana algo de la ingenuidad presente en alguno de estos párrafos. Boschwitz escribe desde un pequeño rincón de esperanza que se desvanece a medida que avanza el libro pero que no desaparece del todo. Así, la novela parece una trama policíaca de persecución, una especie de juego del gato y el ratón donde los gatos proliferan y son cada vez más traidores y numerosos y los ratones más débiles, y a veces manifiesta ciertas situaciones algo grotescas, todo nos parecerá una parodia hasta que, segundos después, pensemos en que esas situaciones fueron reales. Los judíos despojados de derechos, de bienes, de empresas, de dinero, de matrimonios, de familias, de libertad, de vida.
Silbermann huye y ve como el mundo que le abría las puertas de par en par empieza a cerrárselas de un día para otro. Socios, familiares indirectos, relaciones del mundo de los negocios, empiezan a evitar su presencia o dejan de ofrecer su ayuda cuando huye, tomando un tren tras otro pergeñando planes para huir a Bélgica o a Francia. Desconfiando de cada encuentro casual, exponiéndose (dan ganas de gritar al protagonismo) a cada paso cuando a veces, habla con franqueza a algún desconocido sobre su situación.
Quizás más estrictamente necesaria como testimonio de unos hechos que por su valor literario, aunque la novela a veces flaquee en lo estilístico o desprenda esa aludida inocencia, pocos testimonios tan directos sobre esa olla en pre-ebullición que era la Alemania de 1938 podréis disfrutar.

jueves, 17 de octubre de 2019

Edogawa Rampo: El Lagarto Negro

Idioma original: Japonés
Título original: Kurotokage (黒蜥蜴)
Traducción: Lourdes Porta
Año de publicación: 1934, por entregas
Valoración: Se deja leer

El Lagarto Negro es la novela más emblemática de Edogawa Rampo. Originalmente fue publicada por entregas, de modo que muchos de sus capítulos empiezan con un resumen de lo sucedido previamente o acaban en un angustioso "cliffhanger". Evidentemente, esta naturaleza folletinesca resta empaque a la historia, provoca reiteraciones innecesarias y promueve omisiones sonadísimas. Pese a todo, la obra funciona en tanto que entretenimiento "kitsch".

Su argumento es simple: el detective Kogorô Akechi tendrá que enfrentarse, en una batalla sin parangón, a madame Midorikawa, una peligrosa criminal. Estas páginas nos ofrecen el robo de un diamante, damiselas en apuros y un museo del terror. ¿Qué más podemos pedir los fans de la literatura "pulp"? Para nosotros es imposible no encariñarse con El Lagarto Negro; su ingenuidad y sus extravagancias resultan francamente conmovedoras.

Estos son, a mi juicio, los aspectos positivos del relato: 

  • Se lee de un tirón. 
  • No se toma en serio a sí mismo. 
  • Su acabado "naif". 
  • Sus toques de género negro.
  • Las bizarradas "eroguro" que asoman de tanto en tanto.
  • Las referencias a la cultura oriental. 
  • Los cuatro primeros capítulos y la escena de la persecución.
  • El final, aunque es un tanto gratuito y pretencioso.  

Por otro lado, es innegable que esta ficción está repleta de defectos: 

  • Tiene errores de continuidad a punta pala. Por ejemplo: llegados a cierto punto, el narrador deja de referirse a madame Midorikawa como «el Ángel Negro». Así, de golpe. Y, ya que hablamos de apodos, Akechi comienza a llamar a su adversaria «Lagarto Negro», pese a no tener ninguna razón para hacerlo.
  • Hay que suspender la incredulidad para tragarse algunas cosas. El detective comete varias torpezas absurdas, teniendo en cuenta que es un veterano experimentado; madame Midorikawa no se siente tan amenazante como debería; ambos personajes se disfrazan igual de rápido que Mortadelo; en una sola noche, un joven delincuente aprende a actuar como si fuera un erudito... ¿Sigo?
  • Sus golpes de efecto se antojan rocambolescos cuando no directamente inverosímiles. Para colmo, la mayoría no son satisfactorios, pues Rampo nunca da pistas que permitan al lector atento predecirlos.
  • Hay bastante acción a lo largo del relato, pero ésta pierde intensidad por culpa de un manejo infantil de la tensión y múltiples conveniencias. 
  • Desaprovecha ocasiones en las que podría haber dado profundidad a los personajes. Por ejemplo, el sentimiento de culpabilidad que atormenta a Jun’ichi Amamiya, uno de los secuaces de madame Midorikawa, nunca se trae a coalición tras la presentación del personaje. La mismísima Lagarto Negro padece una «curiosa enfermedad» (exhibicionismo), y este hecho apenas tiene peso narrativo. ¿Y qué hay de la supuesta admiración mutua que sienten Akechi y su rival, apenas insinuada?  
  • Es evidente que Rampo añade párrafos adicionales, especialmente después de un diálogo, con tal de prolongar los escuetos capítulos que componen este libro. 
  • Usa términos ridículos como «malhechor», «esbirros» o «trifulca».

La novela cuenta con adaptaciones en varios formatos: a la televisión, al manga, a teatro y al cine. De sus dos versiones a la gran pantalla, la más memorable es la que dirigió Kinji Fukasaku y guionizó Yukio Mishima. Este film se toma algunas licencias (aunque, por lo general, respeta la esencia y argumento del material original), por lo que funciona como complemento del mismo. De visionado imprescindible para los que nos encanta la "serie B" genuina.        


También de Edogawa Rampo en ULAD: La bestia ciega

miércoles, 16 de octubre de 2019

Daryl Gregory: La extraordinaria familia Telemacus

Idioma original: inglés
Título original: Spoonbenders
Año de publicación: 2017
Traducción: Carles Andreu
Valoración: entre recomendable y está bien

Supongo que muchos de los lean esta reseña (al menos quien tenga o haya tenido niños pequeños en los últimos años) conocerá a Los Increíbles, la familia de superhéroes de dibujos animados de Pixar. Quien sea un pelín más cinéfilo seguro que ha visto la estupenda y no menos divertida película de Wes Anderson Los Tenenbaums. Una familia de genios. Y no digamos ya clásicos del cine como Uno de los nuestros (me vale Los Soprano, si preferís las series de televisión); también alguna escena inicial de...ejem, Los cazafantasmas... De acuerdo, admito que en este caso no os ofrezco las elaboradas listas de referencias bibibliográficas a que os tenemos acostumbrados, fruto de largas horas de investigación en bibliotecas universitarias, pero pensad que la más evidente ni siquiera es cinematográfica: los más viejos del lugar seguro que se acuerdan de Uri Geller, el tipo aquel que pretendía doblar cucharas a través de las ondas herzianas; de ahí viene, supongo, el título original de la novela, amén que la cita con que se abre es del amigo Geller...

En fin, el caso es que a una combinación de todo esto y alguna cosilla más es a lo que recuerda La extraordinaria familia Telemacus, entretenida y simpática novela que se desarrolla en el verano de 1995, cuando el abuelo Teddy Telemacus trata de ocuparse -bueno, más o menos- de sus un tanto desastrosos, pese a sus asombrosos poderes, hijos: Buddy, silencioso hombretón que puede ver el futuro... al menos hasta el 4 de septiembre de ese año; Frankie con supuestas habilidades telequinésicas e Irene, detector de mentiras humano, imposible de engañar. También el hijo de ésta, Matty, un muchacho que a sus 14 años descubre que puede realizar viajes astrales, pero sólo cuando experimenta una excitación sexual, por lo general a cuenta de su primastra Malice. Semejante capacidad parece haberla heredado de su fallecida abuela Maureen, númen tutelar de la familia y que fuera una vidente de tan increíble talento  que durante la Guerra Fría se convirtió en la mejor espía para el gobierno de los EEUU, a través del programa Star Gate (esto parece que existió de verdad). En realidad, el único que no tiene poderes extrasensoriales es el abuelo Teddy, que, en cambio, ha sido siempre un elegante ilusionista, fullero y timador. Y con cierta delicada relación con la mafia de Chicago, donde viven todos,  y que, junto a la ya mencionada agencia gubernamental, suponen las otras patas que sostienen la trama de esta novela de Daryl Gregory (hasta ahora, por lo que sé, escritor sobre todo de ciencia-ficción).

Ya digo que la novela no está nada mal: entretenida, bien escrita, tiene personajes a los que se coge cariño y algún momento jocoso que otro... Sin duda hace pasar un buen rato, pero, ahora bien, que nadie espere una indagación profunda sobre la condición humana (superficial, igual sí) ni una obra literaria de estética exquisita. Ni falta que le hace, claro, ni esa sería la intención de su autor. Pero, eso sí, es un libro que cumple con lo que parece prometer en un principio: originalidad, diversión y deja un buen regusto. Por ponerle algún pero, la narración está dirigida en gran medida hacia un desenlace coral en plan fin de fiesta, lo que le otorga a buena parte del libro un aire de preámbulo que se puede hacer un poco largo. Aparte de eso, es una novela para disfrutar leyéndola mientras dura... Aunque luego, a otra cosa, me temo.

martes, 15 de octubre de 2019

Annie Ernaux: Los años

Idioma original: francés
Título original: Les Années
Traducción: Lydia Vázquez Jiménez (ed. en castellano) / Valèria Gaillard (ed. en catalán)
Año de publicación: 2008
Valoración: muy recomendable

«Todas las imágenes desaparecerán.»

Así empieza la novela de Annie Ernaux, y ya apunta de entrada hacia donde irá el libro, cuál es su propósito. Porque a esa frase le sigue un conjunto de imágenes, de recuerdos, que la autora narra siendo plenamente consciente que un día dejará de recordar, desparecerán, y se sumarán a las múltiples imágenes que nuestra memoria descarta y aleja de nuestra consciencia en un ejercicio de dudoso propósito.

Annie Ernaux acostumbra a basar su obra en su propia biografía y, fiel a su estilo, parte de momentos puntuales para dirigir la narración hacia un sitio u otro, hacia la adolescencia como en «Memoria de chica», hacia la madurez como en «La mujer helada» o hacia la enfermedad de su madre y cómo le afectó, como en «No he salido de mi noche». En este caso, hace algo diferente, y deja en parte de lado su parte más crítica para analizar su vida y la de la sociedad europea desde los años cuarenta hasta prácticamente nuestros días.

De esta manera, en orden cronológico, Annie Ernaux nos traslada de inicio a su infancia, en la década de los 40, una época donde la Segunda Guerra Mundial ocupaba el día a día, y nos recuerda sus años de escuela, aprendiendo el idioma a través de las reglas de la gramática del buen francés, un francés distinto al de casa donde había «la lengua original, la que no obligaba a reflexionar sobre las palabras». La autora brilla en el retrato de un pasado añorado, aunque difícil y, trasladándonos a esa época post Segunda Guerra Mundial, de penurias económicas y rigidez escolar, nos devuelve a la calidez de un hogar, de una infancia que aprovecha cada día sabiendo que el futuro está aún lejos, pero siendo consciente de los cambios que se acercaban. Desde su niñez contemplaba, finalizada la guerra, los avances de la sociedad y la cercanía de un progreso que prometía llevar a sus vidas el bienestar, la salud de los niños, casa luminosas y calles iluminadas. Un futuro que tenía forma de plástico, de fórmica, de antibióticos e indemnizaciones de la seguridad social.

La autora también nos recuerda la adolescencia, envuelta de un aura de sexo y deseo que la mentalidad de la sociedad constreñía y culpaba, el cambio físico y social existente que suponía para los jóvenes realizar el servicio militar, el paso del niño al hombre a ojos de uno mismo y de una mentalidad de costuras estrechas y rígidas como los uniformes que portaban. Y la juventud, con la sociedad que marca su horizonte, anclado por la alianza de un futuro matrimonio impuesto por la manera de pensar de una época que valora la virginidad y la castidad por encima de las libertades: «ni la inteligencia, ni los estudios, ni la belleza, nada contaba tanto como la reputación sexual de una chica, es decir, su valor en el mercado del matrimonio». Son párrafos que nos recuerdan inexorablemente a «La mujer helada», pero también a la experiencia narrada en «Memoria de chica».

Y en la madurez, la plena conciencia de verse realizada como mujer, de saber que el mundo está en las propias manos y que aquello que venga en forma de invento o progreso será mejor para sus vidas, unas vidas que avanzan rápidamente hacia un futuro altamente cambiante y prometedor, de tecnología y avances, de cambios sociales y apertura, de derechos y libertades; un momento en su existencia donde «nos sentíamos libres, no pedíamos nada a nadie» y expresa la ilusión que sentían al afirmar «el futuro parecía radiante, las tareas pesadas y sucias las harían los robots, todos los individuos tendrían acceso a la cultura y el saber». Una madurez, también familiar y afectiva, que viene de la mano de una familia, que la llena de emociones y sentimiento a la vez que de dudas sobre sí misma, pues se ha desviado de sus objetivos anteriores, con un creciente «miedo de instalarse en esta vida tranquila y confortable, haber vivido sin haberse percatado de ello». Y la añoranza a unos tiempos ya pasados, plagados de ilusiones y sueños, que chocan frontalmente con ese futuro que viene lleno de cosas materiales e innecesarias, de manera que «el pasado y el futuro, en definitiva, se han invertido, es el pasado, no el futuro, que ahora es objeto de deseo».

Como no puede ser de otra manera, la autora francesa también hace un alto en el camino para destacar el cambio que supuso el año 1968 en la sociedad, rompiendo todas las cotillas que ataban una sociedad al corpiño de estrictas normas sociales y leyes. La apertura del mundo, de las universidades y las tertulias, de los teatros y la cultura ofreciendo así el bien más preciado: la accesibilidad a las ideas. «Pensar, hablar, escribir, trabajar, existir de otra manera: sentíamos que no teníamos nada a perder si lo probábamos todo. 1968 era el primer año del mundo.»

Y ya en los 80, que dejó atrás muchas cosas del pasado, ya no se hablaba del antes, sino que se vivía el ahora, un ahora donde la religión había «dejado de atemorizar el imaginario de los adolescentes prepúberes, ya no se regulaban los intercambios sexuales y el vientre de las mujeres había salido de su control». Y el final de la década de la década, con la revolución de Tiananmén, la caída del muro de Berlín con la llegada del mundo del este a sus vidas, la difusión cada vez más de la enfermedad del sida, y la invasión de las tropas de Hussein a Kuwait, que prologaban una guerra, concepto que quedaba ya muy lejos en la memoria de la gente.

En sus recuerdos más cercanos a nuestros días, la autora destaca también el cambio de milenio, saltando de año con gran recelo por un efecto 2000 que no fue tal, pero que nos empujó a un mundo tecnológico que aceleró nuestras vidas, teniendo todo el mundo a nuestro alcance, consiguiendo alcanzar «el gran deseo de potencia e impunidad. Evolucionábamos en la realidad de un mundo sin objetos ni sujetos. Internet operaba la brillante transformación del mundo en discurso». Y con ello, la supresión de la paciencia, la rotura del tiempo entre privación y obtención, queriéndolo todo al instante, consumiendo información de manera voraz. «Con las técnicas digitales agotábamos la realidad».

Por todo lo expuesto, «Los años» se trata de una muy interesante obra que cuenta, de manera plenamente subjetiva, como la población asumió los cambios y el paso del tiempo, con los temores ante los cambios y la esperanza de un futuro que, en ocasiones se auguraba prometedor y, en otros casos, decepcionante o incluso aterrador. Menos contundente que en otras novelas, menos crítica hacia su vida o hacia la sociedad, el retrato que hace Ernaux tiene la belleza de la nostalgia del que ve su pasado como parte de uno mismo, como una época donde uno aguardaba con ilusión lo que el futuro cambiaría de sus vidas. Pero también la reflexión de quien, al ver el mundo que tenemos, siente cierta desolación por no estar a la altura de aquello que cobijábamos cuando soñábamos con él. La mirada que Annie Ernaux realiza sobre tantas décadas arroja una sensación de que hemos caído de manera inocente a las tentaciones que venían disfrazadas de progreso. Y nos hemos quedado en una época que no dejará demasiados recuerdos, aunque sí imágenes, hechos y tecnología que, como nosotros mismos, acabará siendo obsoleta al paso de los años.

PS: La edición que he leído es en catalán, por lo que es posible que la citas que he incluido no se ajusten a la edición en castellano

También de Annie Ernaux en ULAD: La mujer heladaMemoria de chicaEl uso de la foto, No he salido de mi noche

lunes, 14 de octubre de 2019

Kaouther Adimi: El reverso de los demás

Idioma original: francés
Título original: L'envers des autres
Año de publicación: 2011
Valoración: Está bien



Soledad, incomunicación, amor no correspondido, tradición, vidas marchitas, sumisión de unas mujeres, rebeldía de otras, parejas fracasadas, dolor, esperanza en el futuro, futuros inciertos. Es mucho lo que sugiere esta primera novela de la escritora argelina Kaouther Adimi (1986), que a pesar de tener una obra corta ya ha recibido algún premio. Aparecen nuevos valores que aportan perspectivas diferentes, nos llegan obras de países que solían editarse poco en España… Alentador. O eso parece. Pero vamos a mirarlo despacio.
En primer lugar, detecto información esencial, detalles sin los que la novela pierde su sentido más profundo, rasgos, insisto, en ningún modo insignificantes que solo conocemos al leer la contraportada. Esto es un defecto serio, de bulto, para el que no sirve la excusa de que se trata de una primera novela. Porque un producto puede haberse realizado con mayor o menor pericia, pero tiene que estar perfectamente acabado antes de ofrecérselo al público.
El reverso de los demás consta de once breves capítulos, cada uno a cargo de un personaje –excepto dos, que repiten–, cada uno de ellos, más que aportar datos a un relato común, expresa su visión del mundo desde su cascarón particular. A veces, como de pasada, se refieren a los demás personajes, pero lo que vemos carece de movimiento, más bien se compone de una serie de cuadros estáticos, sin demasiada conexión entre sí, que componen otro más amplio y repleto de lagunas. Individuos que, a pesar de autorretratarse, no llegamos a conocer demasiado: los rasgos que intentan definirlos son tan irrelevantes que se desvanecen; si no fuese por la edad y el sexo algunos serían perfectamente intercambiables entre sí. No busquemos, pues, personalidades bien construidas porque no existen, y el fresco social que parece esbozarse a partir de mentalidades y conductas también se  queda a medio camino.
El último monólogo aclara un poco el borroso panorama. Y el epílogo pretende añadir un elemento sorpresa, pero resulta bastante artificial.
Con este material, la autora tenía dos posibilidades. Mantener estas páginas como presentación de la novela y desarrollar a continuación el argumento, o bien completar cada fragmento a modo de relato más o menos independiente hasta componer un mosaico que reflejara la realidad en su conjunto.
A pesar de todo, tengo la impresión de que Adimi tenía realmente algo que contar, incluso verdadera necesidad de contarlo, y voluntad de hacerlo muy bien. Tampoco me parece que peque de falta de talento: las escenas están bien desarrolladas, la descripción del ambiente es atinada, encontramos una forma de enfocar muy personal, la primera aproximación a los personajes promete, los diálogos son creíbles, resulta agradable de leer.  Entonces, ¿qué ha impulsado a la autora a publicar un texto de solo noventa páginas en tamaño pequeño y letra grande con aspecto de inacabado? En mi opinión, el argumento hubiera dado para mucho. Además, hacía falta espacio para explicar bien la relación entre los personajes, tanto el parentesco que los une como los conflictos que les separan. Pienso que bajo el formato de novela corta se nos ofrece un producto que es solo un esbozo de algo más voluminoso y complejo; que hubiese merecido la pena esperar el tiempo necesario para que la autora lograse situarse en su espacio novelístico y desarrollar todo lo que queda latente: carácter de los personajes, ambiente familiar, de barrio y más allá quizás. Insinuar no está mal, pero antes debe haber historia. Si lo que leemos no llega más allá de la mera insinuación, la ficción que esperábamos se queda en balbuceo.   
Y es que, no lo olvidemos, el talento natural necesita un caldo de cultivo en el que desarrollarse. Los genios que todos admiramos nunca estuvieron solos, editores y amigos han aconsejado, pulido, rechazado, exigido y ejercido de amables tiranos hasta llevarlos a la extenuación. Es gente a la que no se le ha pasado ni una porque sus mentores confiaron ciegamente en ellos. Unos rectificaron su trayectoria gracias al consejo de su editor (el nobel Naipaul), se dedicaron exclusivamente a escribir siguiendo el consejo de su agente (Vargas Llosa) o tuvieron en sus amigos a los mejores y más duros lectores previos (Flaubert). Esta es una de las claves del asunto: las mujeres que despuntan tampoco lo pueden dar todo a la primera, también necesitan ser orientadas mientras encuentran su camino y pulen sus técnicas, que se confíe en que pasarán de simples promesas a profesionales de mérito. Mejor aún, en la mayoría de los casos, esos genios contaban con una pareja abnegada que resolvía las incidencias del día a día (Nabokov, Vargas Llosa). Las mujeres no solo carecen de esa ventaja, la mayoría de las veces son ellas quienes, además de a la escritura, se tienen que dedicar a la intendencia del hogar. O quedarse solas, y no sé que es peor. Me pregunto si se les exige lo mismo o, por el contrario, se les trata con condescendencia, sobre todo ahora, que los libros escritos por mujeres parecen haberse puesto de moda. Me pregunto si no entra en juego en muchos casos cierta inseguridad, cierto complejo de usurpadoras (el término no es mío) en un mundillo que hasta ahora había sido patrimonio del varón, al menos –y salvo excepciones– en sus cotas más altas. Es más, me pregunto si no se rechazarán algunas obras por considerarse demasiado serias, demasiado ubicadas en un territorio que no parece corresponder a las mujeres.
Y me hago todas esas preguntas porque hoy es el Día de las Escritoras. Valgan estas palabras de homenaje a todas ellas, a esas escritoras consagradas porque consiguieron elevarse por encima de las circunstancias y a las que, a pesar de su talento, tuvieron que conformarse con una obra más o menos mediocre porque el doble rasero no tuvo piedad con ellas.

También de Kaouther Adimi en ULAD: Nuestras riquezas

domingo, 13 de octubre de 2019

Guillermo Cabrera Infante: Tres tristes tigres

Idioma original: cubano
Año de publicación: 1967
Valoración: Decepcionante

Lástima no haber leído en su momento esta novela, porque hubiera podido integrarse con toda naturalidad en aquella semana que titulamos Ciudades de libro, ya saben, sobre libros en los que el protagonista era propiamente una ciudad. En este caso hablamos de La Habana, que viene a ser el personaje central de esta primera novela de Guillermo Cabrera Infante. Concretamente, La Habana pre-castrista y su ambiente nocturno, en los que se desenvuelve… No, no vamos bien.

Antes de nada hay que advertir que TTT (como le gustaba denominar a su propio autor) es una novela de cierto corte experimental. Que efectivamente pivota en torno a la noche habanera y algunos de sus personajes (algunos), y que puntualmente incorpora el habla propia del lugar –el mismo autor dice que está escrito en cubano, lo que le hemos respetado aunque sea bastante menos evidente de lo que uno puede esperarse. Pero que contiene también elementos de total ruptura con una narración lineal, algunas audacias estilísticas, el humor y los juegos de palabras que evocan rápidamente a Joyce… No, tampoco.

Realmente, Tres tristes tigres son varios libros en uno. La atmósfera de los bares y clubs es desde luego lo primero que encuentra el lector. Es el mundo desinhibido de la ciudad por la que se mueven tres amigos en busca de diversión y aventuras sexuales. El dibujo es convincente, ayuda el lenguaje, que a veces (no siempre) se desliza hacia lo coloquial, y tenemos la sensación de que va tomando forma cierto argumento. Se observa alguna propensión a asumir riesgos, pero siempre pertinentes y bajo control. Este primer llamémosle bloque –con capítulos titulados siempre Ella cantaba boleros- se corresponde más o menos con una obrita, o parte de ella, que el mismo Cabrera dice haber escrito antes, y que incorporó luego a TTT.

Pero no tardamos mucho en encontrar cosas diferentes. De repente, y sin venir a cuento, nos cuela don Guillermo una sucesión de textos en los que supuestamente parodia la forma en que otros escritores cubanos (Nicolás Guillén, Lezama Lima, Carpentier y unos cuantos más) relatarían el asesinato de Trotsky. Viene a ser un remedo de los Ejercicios de estilo de Queneau, pero mucho, muchísimo más largo, algo cuya intencionalidad política es tan clara como su falta de gracia y, peor todavía, su incongruencia con la narración anterior. Pero no se relaja nuestro asombro porque de inmediato Cabrera se introduce de lleno en un eterno juego de palabras, páginas y más páginas de incesantes trucos y humoradas, aderezadas con innumerables referencias cultistas, a otros libros, películas y personajes, párrafos y medias conversaciones en inglés y francés, que hacen de la lectura un ejercicio heroico. Uno es especialmente paciente con la creatividad de los autores y hasta admira la capacidad para retorcer las formas pero, queridos amigos, siempre que este tipo de despliegues tenga algún sentido narrativo. En este caso –y esto es lo peor de todo- este empacho de erudición y malabarismos no conduce absolutamente a NADA.

Con todo esto, me queda la intensa sensación de que este libro no es más que un enorme refrito.  Tomamos un relato inicial con buenas hechuras, que apunta cosas interesantes aunque se diluya en el vacío, le añadimos un tochete de parodias escritas en un rapto de inspiración y que no interesan lo más mínimo, y luego dejamos volar el espíritu burlón, el chiste y la esgrima estilística para llenar algún centenar más de páginas. Ya tenemos un volumen de un grosor respetable, de esos que impresionan a cierto tipo de críticos. Pero no se ve voluntad integradora, no hay coherencia ni –al menos en este texto- solidez con que construir algo que se parezca a una novela. Cabrera cita varias veces a Joyce, y hasta creo que se proclama admirador. Pero no basta, ni mucho menos, con apuntarse al carro de la broma y la dispersión: se justifican si están al servicio de una columna vertebral, de una idea en la que encajan el tiempo narrativo, el objeto y el lenguaje. Si no es así, son simples juegos florales, un pasatiempo un poco bobo para quien esté dispuesto a reírle la gracia.

No puedo dejar de admitir que detrás de este edificio tan amorfo parece haber cierta finura, talento para narrar y para sorprender con algunos giros interesantes y arriesgados. Lo vemos sobre todo en la última parte del libro (no llegará a cien páginas), cuando el autor parece retomar la historia inicial hacia la que lanza algunos cabos, como para justificar el relleno y cerrar el libro de alguna forma digna. Pero ni mucho menos es suficiente. Incluso ese entorno de los jóvenes en la noche cubana –lo más atractivo del libro- acaba por sumergirnos en el hastío de no ver más que unos intelectuales plastificados demostrando su ingenio frente a muchachas incultas que no se enteran de nada y, estas sí, hablan todo el rato en cubano.

También de Guillermo Cabrera Infante en ULAD: Puro humo

sábado, 12 de octubre de 2019

Reseña + Entrevista: The Night, de Rodrigo Blanco Calderón

Idioma original: Español
Año de publicación: 2016
Valoración: Muy recomendable

You're the bedtime story
The one that keeps the curtains closed
And I hope you're waiting for me
Cause I can't make it on my own
I can't make it on my own
(Morphine - The Night)


La polémica que rodeó la concesión del Premio Bienal de Novela Mario Vargas Llosa (Edición 2018) a la primera novela de Rodrigo Blanco Calderón obliga a un reseteo mental antes de comenzar su lectura. Fuera prejuicios, fuera ideas preconcebidas, que sea la novela la que se defienda por sí misma.

Una vez concluida su lectura, he de decir que “The Night” es una muy buena novela, compleja y ambiciosa, que va mucho más allá de lo que señalaban las iniciales crónicas sobre la concesión del premio, centradas demasiado en el fondo (la situación política y social de Venezuela) y obviando de una forma difícil de entender la forma.

Podríamos, en una primera aproximación, definir la novela como una obra acerca de cómo adaptarse a la violencia y la oscuridad, real y metafórica, en un país al borde del derrumbe (la noche era un espejismo pero había que saber atravesarlo). Por tanto, es obvio que la situación venezolana es clave en la novela, no solo como telón de fondo sino como un personaje más de la misma. Así, los seres que encontramos en las páginas de "The Night" no pueden escapar de esa sensación a medio camino entre lo grotesco y la pesadilla que recorre la ciudad. Pero lo que da mayor valor a la novela es la forma elegida por el autor para presentárnosla. Digo esto porque, aunque inicialmente la aparición de varios cadáveres de mujeres con evidentes signos de violencia en una Caracas de pesadilla podría llevarnos a pensar en un thriller de denuncia social al uso, en “The Night” Rodrigo Blanco se aleja del “panfleto facilón” y nos ofrece una novela “matrioshka” con mucho de juego intertextual en la que se aúnan el género policial, psicológico, político e histórico (aquí podríamos poner todas las comillas del mundo).

Con la presencia permanente de la violencia en sus más variadas formas, iremos descubriendo historias de personajes reales y ficticios que conducirán a nuevas historias, recorreremos los caminos - revoluciones, cárcel, destierro, viaje de aprendizaje y desencanto a Europa incluidos -  seguidos por destacados miembros de la izquierda venezolana desde 1950 hasta la actualidad y tendremos la sensación de perdernos en un laberinto plagado de referencias literarias, en un territorio en el que las zonas oscuras de los personajes oprimen tanto como la oscuridad de Caracas, en unos textos en el que más importantes que las respuestas son los diferentes caminos explorados y los intentos casi desesperados de poner en orden las imágenes.

En este sentido, “The Night” recuerda de manera clara al Bolaño de “Los detectives salvajes” en sus personajes escritores o aspirantes a escritores en una búsqueda casi desquiciada y en su repaso a la reciente historia latinoamericana, a “2666” en la enumeración de los horrendos crímenes cometidos en Caracas, a “La pesquisa” de Saer, al Pierre Menard de Borges o a ciertos planteamientos macedonianos (tengo demasiado reciente la lectura del Museo de la Novela de Eterna).

En resumen, no sé si “The Night” será la mejor de las novelas presentadas a concurso, pero sí sé que es una muy buena novela que trae al primer plano a las letras venezolanas, unas de las grandes olvidadas del continente.

También de Rodrigo Blanco Calderón en ULAD: Los terneros

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Adjuntamos, a continuación, una pequeña entrevista a Rodrigo Blanco Calderón, al que agradecemos su amabilidad por prestarse al "interrogatorio".

ULAD: “Tu necesidad de escribir es, ante todo, terapéutica. Se diría que quieres escribir para olvidar o para comprender y lo más probable es que así lo hagas”. ¿Para qué escribe, en general y en el caso de esta novela, Rodrigo Blanco Calderón?

RBC: Los motivos de la escritura suelen ser misteriosos y también decepcionantes. En mi caso, la respuesta es muy endogámica: escribo porque necesito leer un libro que solo está en mi cabeza. Escribo para sacarme determinadas historias de mi cabeza. Lo irónico es que después de concluir el libro, la motivación para leerlo se ha perdido o ha cambiado. Es imposible leerlo del todo como si fuera de otro.

ULAD: ¿Es la literatura un acto de amor no correspondido?

RBC: O a destiempo, que viene a ser lo mismo.

ULAD: ¿Crear no es nunca compatible con la indiferencia?

RBC: Lo veo bastante difícil. La creación es compatible con la obsesión y también con la distracción. Y con la inconsciencia, incluso. Pero la indiferencia no aprecia las formas, no retiene ningún contenido. A menos que se tome a sí misma como objeto, pero entonces la indiferencia se vuelve atención.

ULAD: “El realismo mágico le puso colorete, alas y vestidos a la miseria”. Yo añadiría que, pese a poner en el mapa a la literatura latinoamericana, también tuvo como aspecto negativo el de relegar a muchos autores que quedaron fuera del “canon” y que hoy están casi olvidados. ¿Compartes esa visión?

RBC: En parte, pues esa desatención por los otros autores que quedaron fuera de la órbita del Boom (la mayoría, pues como dijo Ángel Rama, el «boom» fue un selecto club con solo cuatro integrantes fijos –Vargas Llosa, García Márquez, Fuentes y Cortázar– y un invitado cambiante –a veces Donoso, a veces Puig, etc–) es una cuenta que habría que adjuntarle a la crítica y a la prensa que no atendió la amplitud de todo lo que sucedía en la literatura latinoamericana de entonces. 

ULAD: E insistiendo en esos “olvidados”, da la impresión de que la literatura venezolana es una de las olvidadas dentro de la literatura latinoamericana. Un ejemplo, que creo que puede ser extrapolable al mundo “real”: en el blog llevamos hasta ahora 132 libros de autores argentinos, 38 de autores colombianos, 37 de autores chilenos, 18 de autores uruguayos y solo 8 de autores venezolanos. ¿A qué puede deberse? ¿Qué autores venezolanos actuales nos puedes recomendar?

RBC: La literatura venezolana estuvo prácticamente ausente del debate internacional durante los años del Boom y también en las décadas posteriores. Eso no quiere decir que esa literatura no existiera ni que no valiera la pena ser conocida, solo que una serie de circunstancias determinaron que sucediera así. Por ejemplo, las políticas culturales y editoriales del periodo democrático (1958- 1998) hicieron de Venezuela un gran anfitrión de la literatura latinoamericana. Desde la creación del Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos (en cuya primera edición, realizada en Caracas en julio de 1967, se conocieron en persona García Márquez y Vargas Llosa), pasando por las publicaciones de autores extranjeros en la editorial del estado, Monte Ávila Editores, hasta la organización de diversos congresos de literatura. Sin embargo, no supimos ser unos promotores de nuestra literatura fuera de Venezuela. La circunstancia dramática que ha vivido el país en los últimos 20 años, que ha provocado el mayor éxodo masivo en la historia de América Latina, ha tenido como consecuencia que los escritores venezolanos se hayan visto obligados a hacerse un espacio en el mercado internacional. Apoyándose, todo hay que decirlo, en la atención que nuestra tragedia ha despertado en el mundo entero. Hay muchos autores venezolanos que leer. Enumero algunos al azar de la memoria: Victoria de Stefano, Oscar Marcano, Elisa Lerner, Salvador Fleján, Enza García, Rubi Guerra, Ana Teresa Torres, Juan Carlos Méndez Guédez, Gisela Kozak, Alberto Barrera Tyszka, Juan Carlos Chirinos, Karina Sainz Borgo, Eduardo Sánchez Rugeles, Yolanda Pantin, Héctor Torres, Laura Cracco, Fedosy Santaella, Miguel Gomes, Roberto Martínez Bachrich…se me están quedando muchos en el tintero. El punto es que hay una tradición rica y fuerte buscando sus lectores.

ULAD: "Borges decía que la historia universal no era sino la diversa entonación de diferentes metáforas” ¿Qué metáfora definiría la Venezuela actual?

RBC: Pienso en un plato de sopa pero lleno hasta el borde con petróleo.

ULAD: “Un poder como este, que produce risa y sin embargo te mata, es más corrosivo que un poder serio, de esos que provocan terror con la sola presencia de sus líderes o de sus símbolos”. ¿Puede haber parte del problema que desde Europa (o al menos desde España) se haya visto a Chávez / Maduro como algo caricaturesco (su chándal, su gorra, su “Aló Presidente”, etc)?

RBC: Por supuesto. Es que son personajes caricaturescos. Chávez y Maduro han encarnado a conciencia la figura del típico dictador de república bananera. Son unos payasos, pero unos payasos asesinos. El chavismo es una versión caribeña de IT.

ULAD: “Hay veces en las que queramos o no, lo mejor es adormecerse, no pensar mucho y dejar que los que saben hagan su trabajo”. ¿Resignación, dejadez o mero instinto de supervivencia?

RBC: ¿Quién dice eso? ¿Uno de mis personajes? En todo caso, hay que tener en cuenta el contexto original de las frases. Al discurso ficcional le gusta aparentar ser irremediable, pero la realidad nos muestra que muy pocas cosas son irremediables. Y todos sabemos cuáles son.

ULAD: Termino por el principio: “Al principio fue un largo, inesperado, apagón de cinco horas”. ¿Volverá la luz a Caracas?

RBC: Sí. Y volverá a irse también. Las luces de la razón, en América Latina, fluctúan como el servicio eléctrico.

ULAD: P.S.: Viviste en París, lo que se nota en alguno de los cuentos de “Los terneros” y en algunas partes de “The Night”. Viviendo ahora en Málaga, ¿habrá libro “malagueño”?

RBC: Seguramente. Para mí es algo natural incorporar los lugares que visito o los lugares donde he vivido en mis historias.

viernes, 11 de octubre de 2019

Gabriel García Márquez: Relato de un naúfrago

Idioma original: español
Año de publicación: 1970
Valoración: muy recomendable

Una entre mis muchas carencias como lector es no haberme especializado aún en ninguna de las figuras del "Boom". Puede que se trate de una mera lejanía generacional, sí, será sobre todo eso el hecho de que no haya vivido en primera persona ese fenómeno literario en espectacular eclosión hace ya unas cuantas décadas. Lejanía generacional, que no física. García Márquez firma en Barcelona, 1970 (supongo que en su famoso piso en el barrio de Sarrià) el brillante, por revelador y por muchas cosas, prólogo a este curioso relato, menos de 150 páginas, puede que parezca una obra menor, claro. Pero menos tenía El coronel no tiene quien le escriba y menudo portento de novela. Aún así, quizás haya de considerarse una obra de excepción, al margen de la florida imaginación del fallecido autor colombiano, tratándose, la explicación en el prólogo representa todo un "entrante" en calidad literaria, de una obra que había sido previamente publicada en prensa, de hecho, de una especie de resumen de esos artículos, constituida, celebridad obliga, en una obra redonda en lo literario pero más enmarcada en lo que podríamos definir como escenificación de un eventual diario de a bordo, basado en hechos reales y fruto de las diversas entrevistas mantuvo con el protagonista.

Porque el título, curiosamente apoyado por un florido párrafo, el horror de aquellos que temen el spoiler que subtitula de forma contundente y que, él solito, ya representa una declaración política, un sutil y poderoso puñetazo al poder público.

Porque el naúfrago es un marino, Luis Alejandro Velasco, un militar tripulante de una embarcación de guerra, un destructor, que, en una rutinaria misión y bajo diversas irregularidades, da un bandazo en el mar y pierde a varios de sus tripulantes, todos ellos miembros de la Marina de Guerra de Colombia, todos ellos menos Velasco fallecidos, Velasco entonces único superviviente, naúfrago, héroe de aquellos que merece distinciones, oropel, reconocimiento y placas colgadas por doquier con políticos y gobernantes prestos a tirar de las correspondientes cortinillas.
Pero Colombia era una dictadura entonces con un férreo control de medios de comunicación y opinión pública. Y si todo es política, hasta el acto más nimio, qué puede ser un episodio de heroicidad en manos de un escritor haciendo de periodista. A García Márquez le fue imposible atajar la repercusión de este escrito, que traspasó la barrera del relato de aventuras para convertirse en sus lecturas directas, y en las indirectas más aún, en un alegato que las autoridades se aprestaron en silenciar (otra vez conviene leer el texto subtítulo de la portada, apenas cuarenta palabras que representan no solo la mejor sinopsis producto del mismo autor, sino la precisa descripción de lo sucedido sin un ápice de añadido, pero así son las cosas, la realidad desnuda duele).
La narración carga también en lo psicológico, como si resonancias de Melville y Kafka se asomaran a la balsa, como si el mar y las especies que la habitan fueran criaturas de Lovecraft. Velasco en el agua diez días preso de esperanza y liberado por alucinaciones, las aletas de los tiburones, la evocación de los compañeros fallecidos, el leve tono de fantasía aportado por el convencimiento de que esa aventura representará el fin de su recorrido vital, la recepción cuando es rescatado en un pequeño pueblo costero alejado de las cuitas de la centralidad política de las naciones. Como simple relato, ya sería una crónica muy notable, sencilla y sincera. Si empezamos a añadirle capas, podríamos llenar párrafos y párrafos. Literatura peligrosa.

jueves, 10 de octubre de 2019

Andrés Villena Oliver: Las redes de poder en España


Idioma original: Castellano
Año de publicación: 2019
Valoración: Está muy bien

El Poder. Los Poderosos. Quizá sea uno de los asuntos más fascinantes para quienes sienten la curiosidad, o la necesidad, de mirar y comprender cómo son y funcionan las comunidades, humanas o no. ¿Cómo se consigue? ¿Y cómo se mantiene, se preserva, se expande, se impone? ¿Es el Poder intrínseca, necesariamente, violento, coercitivo, cruel? 

Bueno, sin necesidad de ponerse tan estupendo, el periodista Andrés Villena Oliver (Elche, Comunidad Valenciana, 1980), doctor en Sociología por la Universidad de Málaga, se ha dedicado a hacer inventario de los ministros y altos cargos de los últimos gobiernos de España –Rodríguez Zapatero, Rajoy, Sánchez- y su conclusión puede que no sea muy sorprendente, pero si tozudamente reveladora. La inmensa mayoría de los cuadros gubernamentales –tanto los del gran partido de la derecha como los del gran partido de la izquierda, los únicos que en las últimas décadas han formado gobiernos- surgen de unos graneros selectos, bastante cerrados y opacos, como son el conjunto de cuerpos de élite de la Administración del Estado. 

Se caracterizan precisamente por un fuerte espíritu corporativo que controla los puestos más importantes del aparato estatal, desde donde condicionan las políticas públicas y las decisiones gubernamentales, de manera compleja, discreta y sistemática. Y donde se organizan en confederaciones de cuerpos que pelean entre si por colonizar los diferentes ministerios y espacios de poder. Para el autor, creer que se puede gobernar el Estado sin conocer a sus funcionarios más característicos significa no haberse enterado de nada. Cogida al vuelo la respuesta de hace unos días en televisión del político de izquierdas que no ha podido gestar un gobierno de coalición, posiblemente estas sean las personas que garantizan que la sociedad española duerma tranquila. Exclusivamente ellas, por lo visto.

No se trata tan solo de las llamadas puertas giratorias, esa facilidad pasmosa de algunos para transustanciarse a la velocidad de la luz desde el servicio público a la cúpula de las grandes empresas -en formato ida y vuelta- para aterrizar con el culo siempre en las mejores poltronas sino del ecosistema que estos privilegiados ejemplares habitan de forma permanente y natural. Formados en las mejores facultades, becados para pulir currículum entre la nata universitaria anglosajona, entrenados y cuidados concienzudamente para opositar con garantías, son diplomáticos, inspectores de Hacienda, catedráticos universitarios, técnicos comerciales y economistas del Estado –conocidos como tecos, especialmente reclutados por el Partido Socialista-, o abogados del Estado, especialmente estimados en el Partido Popular. Son los cuerpos de élite de la Administración del Estado en España, que ya durante la dictadura y especialmente a partir del Plan de Estabilización de 1959, fueron la mejor manera de acceder, en un sistema con los partidos políticos proscritos, a la actividad pública. En cierta medida, una copia del sistema francés, aunque sin un cauce formal como el de la ENA, la Escuela Nacional de Administración. Aunque sí con una elevada presencia de apellidos con pedigrí aristocrático, que les confiere aires de nobleza del Estado. Y donde, por supuesto, el consenso neoliberal es aplastantemente dominante y los pilares teóricos de la economía neoclásica permanecen incuestionables.

En Las redes de poder en España se incluyen una serie de cuadros gráficos que permiten visualizar muy claramente los vínculos –parentesco, clan, linaje, origen, negocio, gremio, estudios, fundaciones, cátedras…- que mantienen este puñado de preclaros y abnegados patriotas. Los que cuidan del país desde los salones del poder y eventualmente salen a los balcones de palacio para saludar a la masa y recordarnos que continúan entregados sin desvelo en la ardua tarea de gobernarnos. A nosotros, domeñada plebe de ignorantes, sumisos y conformados. Así que libros como Las redes de poder en España, con sus 260 páginas de periodismo vigoroso, reposado y elaborado puede que cuentan una historia que ya nos sospechábamos y no acabe de sorprender pero viene muy bien para recordarnos, nombre y apellidos, a quién tenemos encima.

miércoles, 9 de octubre de 2019

Tirant, basado en el Tirant lo Blanch de Joanot Martorell

Idioma: valenciano (o catalán)
Fecha de publicación: 1490 (2015 en el caso de esta adaptación)
Valoración: qué os voy a decir, xiquets i xiquetes... imprescindible como el chorizo en la paella (*)

Hoy, 9 de Octubre, dado que es la fecha en la que se celebra la entrada triunfal del rey don Jaime el Conquistador en la ciudad de Valencia (allá por 1238) y, de paso, su descubrimiento de la horchata, parece un día de lo más apropiado (**) para reseñar uno de los clasicorros, si no el clásico por excelencia, de las letras valencianas y, por ende, catalanas, además de universales: el Tirant lo Blanch o Los cinco libros del esforzado e invencible caballero Tirante el Blanco, de Joanot Martorell. Xé, què bo!

Vale, de acuerdo, antes de que alguien se me ponga tiquismiquis: este libro, no es el Tirant original ni completo; se trata de una adaptación y condensación hecha por el escritor Víctor Labrado en 2011. Vago que es uno, sí... pero vaya, si os parece me voy a pasar media vida leyendo los 587 capítulos del original, en valenciano del siglo XV, para hacer una reseñita, claro... y que conste que sí que he leído más de un capítulo de ésos (son cortitos, también hay que decirlo). En concreto, en este libro se han adaptado desde el capítulo CXV, cuando el emperador de Constantinopla pide ayuda militar al rey de Sicilia, hasta el CCXCIX, en el que Tirant abandona la ciudad en una galera rumbo a Berbería, desengañado tras un malentendido con la princesa Carmesina, que es su crush (bueno, algo más, que él bien que quería tema con ella). Por otro lado, y antes de seguir, algo sobre el título: por supuesto que este libro está traducido al castellano hace la tira  (de hecho, es célebre que se trata de uno de los que el cura y el barbero salvan del fuego, cuando queman la biblioteca que enloqueció a Alonso Quijano), pero convendremos en que, lo mismo que La plaça del Diamant se debe decir así, en catalán, como bien señaló Francesc en su reseña, Tirant lo Blanch (o Blanc) suena mejor, dónde va a parar, que Tirante el Blanco, que parece uno de los complementos que utiliza Pedrojota para hacerse el interesante (no de los que usa en la intimidad, no seáis malévolos). Pues eso.

Como ya digo, en esta edición resumida -de hermosas cubierta y contracubierta, por cierto, del, como es habitual, exquisito Fernando Vicente- se saltan todo el comienzo de la novela de Martorell: cómo Tirant, de la casa de Bretaña -entiéndase la Grande, no la otra- llega a convertirse en caballero y sus andanzas guerreando por diversos lugares del Mediterráneo. El libro comienza directamente, pues, cuando el rey de Sicilia envía a Tirant, acompañado de parientes y otros caballeros, en ayuda del emperador de Constantinopla, acosado por las tropas del Sultán y del Gran Turco. Tirant, nombrado Capitán Mayor del ejército imperial, se dedicará a combatirles haciendo gala de su valor y astucia, y también a su rival el Duque de Macedonia. Pero no son las hazañas bélicas lo más significativo de la novela, sino que donde está el tomate (al menos en esta adaptación es en las aventuras de tipo erótico-amoroso: nuestro buen Tirant se prenda de la princesa Camesina y trata de conquistar sus encantos con ayuda -en ocasiones de lo más proactiva- de la doncella Plaerdemivida. No es que a la princesa el gentil caballero le resultase indiferente -todo lo contrario-, pero como joven consciente de su posición mantenía cierta cautela , la cual Tirant trataba de quebrar con métodos y triquiñuelas que hoy no dudaríamos de calificar como acoso por no decir intento de violación... pero en fin, en aquellos tiempos tampoco se podían pedir peras al olmo: todo era de mucha picardía y mucha risa.

Porque, eso sí, nada de amor cortés y demás zarandajas medievales: aquí las manos van al pan y los amantes al catre o adonde se tercie (***). Y no sólo Tirant, sino también sus compadres, como su primo Diafebus o su escudero Hipólito, que le requiebra a la mismísima emperatriz, ya madurita pero de buen ver, según parece... Algo parecido puede decirse de los personajes femeninos, también proclives a satisfacer sus apetitos carnales; así, la pérfida viuda reposada se encapricha del bello Tirant y le tiende un engaño para que éste abandone su interés por la princesa y, en cambio le colme a ella de sus atenciones (no me negaréis que estoy siendo fino... más que en el libro, de hecho). A consecuencia de este engaño es por lo que el héroe abandona Constantinopla en una galera, para nunca más volver... ¿O sí?

Pues sí: después de nuevas aventuras en otros países -aventuras erotizantes, también- vuelve Tirant a Constantinopla y se reúne con Carmesina. ¿Triunfará por fin el amor? ¿Se casarán y serán felices y comerán perdices (y fartons, sobre todo) hasta el fin de sus días? Pues habrá que leerse el original entero, tetes... aunque sea en castellano, que está traducido desde 1511. ¿Merece la pena? Pues seguro que sí... si al mismo Cervantes y, según parece, a Vargas Llosa les flipó tanto, ¿cómo no os va a gustar a nosotros, egregios lectores de Un Libro Al Día, que tenéis un gusto mucho más sibarita y una sabiduría literaria más acerada que la de esos meros juntaletras? Venga, todo el mundo a leerlo... y cuando vayáis por el capítulo DLXXX o por ahí, me lo contáis ; )


(*) Es broma, valencianos; no me tiréis de lo alto del Micalet ni me obliguéis a escuchar los grandes éxitos de Camilo Sesto, per l'amor de Déu!

(**) Además es el día en que se celebra Sant Donís, patrón de los enamorados en Valencia, por lo que resulta también de lo más propio, como ya se ve.

(***) Como decía el cura de aquel lugar de la Mancha, etc...: "Digoos verdad, señor compadre, que, por su estilo, es éste el mejor libro del mundo: aquí comen los caballeros, y duermen y mueren en las camas (...)" Y lo que no es dormir, añado yo...

Aquí también sale guapete