domingo, 31 de mayo de 2020

Nathan Hill: El Nix


Idioma original: inglés
Título original: The Nix
Año de publicación: 2018
Traducción: Carles Andreu
Valoración: recomendable

En otras circunstancias, una novela como esta, casi 700 páginas incluyendo 3 páginas de agradecimientos del autor, hubiera sido obvio pasto de TochoWeek, pero las premuras y ciertos deméritos aconsejan ya no relegarla, que es una palabra algo fea, más bien no destacarla en exceso. Y eso que la novela viene precedida por alguna opinión entusiasta que las solapas se encargan de recordarnos. Porque esto es una primera novela de un autor joven, no parece que tenga más de treinta y cinco, y menudo volumen para una opera prima, (aunque venga precedida de la consabida ristra de relatos publicados en diversos medios) con su ambicioso planteamiento y un intento (algo forzado) de alcance universal.

Perdonad un momento: hay unas voces en mi cabeza que susurran algo que no entiendo.

Continuo: El Nix debe su título a una especie de duende o criatura imaginaria o algo así que forma parte del imaginario noruego. Imagino que se trata de una alegoría que no acabo de ver clara, porque la situación esporádica de ciertas escenas en Noruega de la novela es breve y meramente referencial, quizás con cierta influencia en aspectos de la historia, pero en cualquier caso no puede considerarse el nudo principal en absoluto.
De una novela, por cierto, primera coartada para una extensión algo excesiva, que no tiene un solo escenario e incluso diría que hasta cierto punto podríamos definir como "coral", urdida, digamos a base de cambios de protagonista, flash-backs de décadas, cambios de ubicación y, por supuesto, intención manifiesta de que las piezas encajen, que una cosa es afrontar una novela de debut con ambición y otra jugártela a que el critiquillo de turno te despedace por intentar subvertir las reglas de la narrativa a la primera de turno. No es sencillo, y en este sentido la novela está trabajada y resuelta con los lógicos flecos de poca importancia, todo ello en un ejercicio de estilo que, sin ser demasiado original resulta efectivo. La novela se lee sin respiro a partir de la página 150, cuando las tramas empiezan a desarrollarse hacia lugares que empiezan a suscitar cierta curiosidad acerca de cómo va a resolverse todo eso.

Anda: las voces otra vez. Repiten una palabra, empieza por F, creo.

Samuel Anderson es profesor en la universidad y escritor en bloqueo permanente: recibió hace mucho tiempo un desproporcionado anticipo de una editorial por una novela que no avanza. Todo ello a consecuencia de la publicación de un relato que le puso en el punto de mira de las editoriales obsesionadas por encontrar The Next Big Thing. Su existencia dista de ser la de un escritor entregado a su obra. Vegeta por la universidad intentando que sus alumnos asimilen a los clásicos y superen la materia, intenta mantener la cabeza alta en medio del desinterés general, y tiene un excusable vicio oculto: se pasa la vida jugando (bajo pseudónimo) a un juego online donde hay elfos y orcos y esas cosas.
Su rutina es alterada. Mientras una alumna empieza a ponerse pesada porque él ha descubierto que le ha presentado un trabajo copiado sobre Hamlet, su agente empieza a amenazar con demandarle para recuperar el anticipo si no entrega su novela, y su madre, que le abandonó en su tierna infancia, reaparece en su vida de la forma más extraña. Ha protagonizado un incidente de poca importancia con un político conservador que los medios y un juez bastante agresivo se han encargado de magnificar. Sugerido por su agente literario y a la búsqueda de descerrojar el bloqueo, Anderson decide indagar en el pasado de su madre y usar lo que obtenga como materia prima para su obra.
Y esa es la premisa que permite ir hacia adelante y atrás, ir incorporando capítulos dedicados a situaciones y personajes que configuran esa trama que, por momentos se cierne hacia la clásica novela con giros y la narrativa moderna que pretende ser inclusiva. Pasaremos fugazmente por la Noruega de la ocupación nazi, pero también asistiremos, con Allen Ginsberg de invitado, a las protestas en los últimos años 60 contra la guerra de Vietnam, varias décadas más tarde al fenómeno #OccupyWallStreet, todo ello siguiendo las andanzas de Faye, madre de Samuel y pretexto, en su tortuoso pasado, para el recorrido de la novela por los diversos escenarios y épocas.

Vaya: las voces. ¡Pensaba que decían Francesc! pero decían Franzen, Franzen, Franzen.

Pues eso. Es lógico que un escritor de cierto prestigio cuente con seguidores que asimilen su estilo y empleen sus estructuras. Si gente como Dan Brown o Stig Larsson han tenido imitadores, por qué no Franzen. No digo que Nathan Hill pretenda servirnos un sucedáneo. Pero  la influencia es muy clara, no solo en el empleo de esas líneas que se ramifican y escarban en el pasado, en ese pasado oscuro que todo ser humano parece acarrear. También la pura proyección ideológica del autor, mostrándose crítico de forma interpuesta con las derivas totalitarias, el abuso de poder, el capitalismo a ultranza, la represión sexual, nos evoca a Franzen o incluso a Don De Lillo (el de Submundo o Ruido de fondo). No pasa nada: no solo unos pocos autores tienen la licencia de usar sus obras para destripar el terrón de la realidad americana, ergo casi la realidad global de todo Occidente. Pero a la hora de juzgar un libro, una novela de 700 páginas, el matiz podrá aportarse, pienso. Porque a veces no hay nada como los originales.

sábado, 30 de mayo de 2020

Aleksandar Tišma: El Kapo

Idioma original: Serbio
Título original: Kapo
Traducción: Luisa Fernanda Garrido y Tihomir Pistelek
Año de publicación: 1987
Valoración: Recomendable

Este es el quinto libro que leo del escritor serbio Aleksandar Tisma y no sé si es el que menos me ha gustado, pero sí es el que me ha dejado más “exhausto” después de su lectura, no tanto por la crudeza de la novela,que  la tiene y mucha, sino por alguno de sus "defectos".

Resumiendo, "El kapo" es la historia de Vilko Lamian, croata de origen judío que durante su internamiento en los campos de Jasenovac y Auschwitz ejerció de kapo (aquellos reclusos que tenían funciones de vigilancia y supervisión en sus barracones a cambio de ciertos beneficios y/o prerrogativas). El reencuentro meramente visual, casi cuarenta años después, con Helena Lifka, prisionera de la que abusó sexualmente en Auschwitz y cuya sombra persigue a Lamian durante años, es el desencadenante del recorrido que el autor realiza por la vida del protagonista.

Debemos distinguir en la novela dos partes, aunque no se encuentren estrictamente separadas en el texto. La primera de ellas cubriría desde la infancia de Lamian hasta la evacuación y liberación de Auschwitz. Esta es, en mi opinión, la parte más destacable de la novela. El antagonismo entre su “judeidad” y su colaboracionismo con los nazis, entre su doble condición de víctima y victimario, genera en el lector preguntas tales como:
  • ¿Es nuestra propia cobardía responsable importante del ascenso del fascismo (o de cualquier régimen totalitario)? 
  • ¿Son la casualidad y el destino determinantes fundamentales de la vida del individuo?
  • ¿En qué circunstancias es capaz de convertirse un hombre corriente en un monstruo?
  • ¿Qué seríamos capaces de hacer por mero instinto de supervivencia? 
  • ¿Hasta dónde seríamos capaces de llegar si detentáramos el poder (en cualquiera de sus formas)?
  • ¿Sienten los verdugos culpa y/o miedo? ¿En qué momento se origina en ellos el mal?
La segunda parte, que cubriría las décadas posteriores a la liberación del campo, es la historia de una obsesión. El miedo y la culpa determinan los actos, reacciones y pensamientos de Lamian. Sus sucesivas búsquedas y huidas, acercamientos y alejamientos están marcados por ese pasado del que resulta imposible escapar. La angustia que persigue a Lamian condiciona, como no podía ser de otra manera, la narración. Así, las ideas que rondan la cabeza de Lamian giran sobre sí mismas durante páginas y más páginas que acaban siendo reiterativas en exceso, sobre todo si las comparamos con una primera parte en que la narración fluye a buen ritmo. Si a esto le sumamos un final un tanto abrupto y previsible, tenemos en conjunto una buena aunque algo irregular novela.

También de Aleksandar Tisma en ULAD: Lealtades y traicionesA las que amamos y El libro de Blam

viernes, 29 de mayo de 2020

Luis Gusmán: Tennessee

Idioma original: Español
Año de publicación: 1996
Valoración: Recomendable

Tennessee, del argentino Luis Gusmán, es un novelón. Apenas llega a las ciento cuarenta páginas pero transmite más, mucho más, que tantas otras narraciones el triple de extensas. Sobre todo, transmite humanidad. Hay algo entrañable en el patetismo tragicómico de sus protagonistas, en la vulnerabilidad de dos forzudos venidos a menos cuyos destinos van a volver a cruzarse sin que el tiempo haya limado las asperezas que median entre ambos. Hay algo entrañable en esta fábula sobre la amistad y el amor fraternal que no teme plasmar ni el resentimiento ni la miseria moral. 

Trata sobre Walenski y Smith, dos amigos que hace años que no se ven. Ambos fueron pesistas, extras de cine de acción y guardaespaldas; convivieron durante algún tiempo; se acostaron con la misma mujer; permitieron que su relación declinara hasta prácticamente extinguirse. El primero empieza a buscar al segundo porque, según parece, su antiguo camarada está involucrado en una muerte. La identidad desdibujada de un perseguidor amenaza con fundirse con aquel al que trata de alcanzar. Mentiras, bajezas y traiciones afloran. El desprecio y la admiración forcejean para hacerse con el monopolio de las emociones. El pasado, hasta entonces empañado por un brillo artificial, exhibe su verdadero rostro.

Menuda pinta, ¿verdad? Ya os digo que Tennessee es un novelón. A continuación, señalemos sus múltiples virtudes:

  • Se lee en un santiamén, pues no llega a las doscientas páginas y los capítulos que lo conforman son escuetos a más no poder. 
  • Su prosa directa, sobria y depurada; trabajada en su sencillez; minimalista pero, asimismo, atenta al detalle. 
  • Su tono melancólico y hasta diría que depresivo, aunque no por ello exento de momentos hermosamente conmovedores. 
  • Su intrigante premisa, deudora de la literatura detectivesca. 
  • Su puesta en escena, que aúna con acierto ingredientes propios del realismo sucio y el existencialismo. 
  • Su enriquecedora ambigüedad. Gusmán deja sin aclarar diversos aspectos del argumento, entregándole así al lector la última palabra. 
  • Su acentuado contraste entre el presente miserable y un pasado que, aunque claramente glorificado, fue mucho mejor. 
  • Sus reflexiones en torno a la amistad viril, el envejecimiento, la muerte, la soledad o la idea del doble. Temas, todos ellos, debidamente explorados con sus luces y sus sombras.
  • Sus personajes, bastante interesantes en general. Especialmente si hablamos de los protagonistas, cuyas interacciones son de una complejidad asombrosa.  
  • Su final, un clímax de los que te hacen querer volver a leer la obra entera para apreciar los matices que se te puedan haber escapado. 

La primera edición de Tennessee data de 1996. Yo traigo a colación una publicada en España por Contrabando, cuarenta páginas más breve que su contraparte argentina gracias a la poda de un autor maduro que quiere perfeccionar un trabajo previo.

Me alegra constatar que esta joyita ha ido cosechando éxito con el paso del tiempo. Como prueba, sólo hay que ver la nada desdeñable cantidad de reseñas que se le han dedicado en la blogosfera. Su popularidad puede deberse, además de a su calidad, a la adaptación cinematográfica que Mario Levín hizo en 1997 bajo el título de Sotto voce.

jueves, 28 de mayo de 2020

Gustavo Adolfo Bécquer: Leyendas

Idioma original: castellano
Año de publicación: 1858-1865
Valoración: Está bien

Si hablamos de Gustavo Adolfo Bécquer seguramente lo primero que nos viene a la cabeza son las famosas Rimas, ya saben, todo eso del ‘salón en el ángulo oscuro’, ‘volverán las oscuras golondrinas’ o ‘¿Qué es poesía?', etc. etc. O sea, ese romanticismo tardío que tanto éxito ha tenido durante más de un siglo, ideal para corazones inflamados (o desolados) y pasiones más o menos adolescentes o maduras, según se mire. Esta vertiente es la que sin duda ha triunfado, quizá por reflejar sentimientos tan ardientes y comunes, con su puntito de cursilería, y ha relegado a un nivel mucho menos popular el resto de elementos que en Europa conformaban esa literatura romántica, de los que el autor sevillano también se sirvió. Para hacerlos visibles está aquí, cómo no, Un Libro Al Día.

Como decía, bastante menos conocidas que sus Rimas, Gustavo Adolfo escribió también las Leyendas, una colección de unos veinte relatos breves, publicados en vida del autor, en los que efectivamente asoman muchos o casi todos los rasgos de esa corriente creativa: el misterio y lo sobrenatural, préstamos de culturas orientales, medievalismo, la muerte y los sueños… y, cómo no, la belleza femenina, la pasión y el amor.

Todos estos elementos se combinan en distintas proporciones a lo largo de los textos, que ofrecen diferentes tonos y perspectivas. Los misterios de mundos soñados, de seres o presencias incorpóreas se funden a veces con la naturaleza, a veces con divinidades exóticas o locales. Es llamativa la presencia de la cultura india (o más bien hindú), que pocos lectores (entre los que desde luego no me cuento) hubieran sospechado en Bécquer. Vemos por ahí a Brahma, Shiva y Vishnú como figuras clave de varios relatos, quizá viejas leyendas reconstruidas por el autor sevillano. Son algunos de los de mayor exuberancia descriptiva y se ve en ellos la voluntad de recrear las tonalidades orientales tan poco conocidas y por eso mismo tan atrayentes para los autores de la época. (Como inciso, la lectura de esos relatos asiáticos me trajo a la memoria aquellos Cuentos indios que Mallarmé también recuperó para occidente: buf, qué tratamiento tan absolutamente diferente y hasta contrapuesto le dieron los dos poetas a sus importaciones. Pero bueno, no perdamos el hilo).

Pero efectivamente también la religión católica tiene una presencia decisiva, lo que ya es algo bastante más infrecuente en la literatura romántica, y de alguna manera otorga a las Leyendas una seña de identidad digamos nacional. Lugares de culto e imaginería prestan su potencia espiritual a historias de extraños fenómenos, casi siempre determinados por la pugna entre el Bien y el Mal, y se hace patente el magnetismo de los ritos o las figuras santas. La iglesia (edificio) atesora secretos y fuerzas insospechados que solo se dejan sentir con todo su poder cuando el Maligno asoma, o cuando es obligado el triunfo de la justicia.

A veces la fantasía de Bécquer sorprende con un carácter volcánico que amenaza desbordarse sin un rumbo concreto, como cuando confiesa al principio de Los ojos verdes: ‘Hace mucho tiempo que tenía ganas de escribir cualquier cosa con este título’. Un rapto de espontaneidad que desgraciadamente se repite poco, porque en demasiados casos el estilo poético estalla y penetra sin remedio en los relatos, lo que hará las delicias de algunos lectores, pero a partir de ciertas dimensiones esa voluptuosidad representa un problema, no solo porque el ritmo se hace moroso en extremo, sino porque el aparato estético ahoga la narración y la reduce a muy poca cosa. Es la tasa que paga Bécquer por adentrarse en un terreno menos propicio a sus efusiones, aunque ciertamente no todos los textos llevan la misma carga. En mi opinión –lector del siglo XXI, claro está- cuando consigue dominar esa corriente, los relatos más contenidos son justamente los mejores: La cruz del diablo, Maese Pérez, el organista y El rayo de luna, por este orden. Y, ya puestos, añadiría por su originalidad y frescura el cuento indio La creación.

Un cierto tono ingenuo, textos en general bastante similares y, sobre todo, muchas y muy profusas descripciones, que ya sabemos que es un rasgo muy decimonónico, y al final es posible que todo esto nos conduzca a un debate eterno: ¿son libros que envejecen mal? ¿pesa demasiado la subjetividad del lector actual, con todos sus condicionantes, a la hora de valorar algo escrito más allá de las últimas cinco o seis décadas? No apreciamos apenas, o directamente nos estorban, las florituras que tanto arrebataban a nuestros antepasados. No nos espantan ni nos emocionan ni nos sorprenden igual la sangre, los misterios o los fenómenos inexplicables. Hemos visto, leído y escuchado tanto que pocas cosas nos conmueven como antes. Y aun así, aunque quizá no seamos capaces de apreciar esas obras vetustas, sigo creyendo que es muy conveniente que las conozcamos.

También de Gustavo Adolfo Bécquer en ULAD: Desde mi celda


miércoles, 27 de mayo de 2020

Gabriel García Márquez: Ojos de perro azul

Idioma original: español
Año de publicación: Dispersos: 1947-
1955, en forma de libro: 1974.
Valoración: Muy recomendable




Una vez leí en algún manual que la semilla del árbol contiene el árbol completo, con sus raíces, tronco, ramas en que se va dividiendo y hasta la menor de sus yemas, sin olvidar las flores y los frutos. No es que vayamos a ver, claro está, una maqueta de ese árbol, ni siquiera microscópica, lo que posee esa semilla son las instrucciones para transformarse en algo muy grande, igual que un joven que busca su primer trabajo puede, si lo lleva en sus genes y siempre que las circunstancias no lo impidan, convertirse en un genio. Ojos de perro azul es algo más que una semilla del Gabriel García Márquez posterior, los relatos que componen el volumen son en realidad pequeños poemas en prosa –y si esperamos que nos cuenten una historia coherente quizá nos defrauden un poco– en donde se encuentran perfectamente definidos: el realismo mágico tal como el autor lo concibió y desarrolló en su obra más madura, sus mecanismos mentales, fuentes de inspiración, obsesiones y recursos característicos de una prosa perfectamente reconocible. En ellos no vamos a encontrar una historia al uso porque no ocurre nada que pueda describirse con palabras, y cuando creemos estar tocando, por fin, algo concreto, el desenlace se nos desintegra entre los dedos ya que pertenece, una vez más, al reino de lo simbólico. El que se cuenta a sí mismo es el propio autor, a él, sus contemporáneos y al devenir de la sociedad, y lo hace mediante metáforas y símbolos, con el lenguaje ancestral de los relatos de su tierra, que pertenecían al reino de lo mítico hasta que él los desenterró y los dotó de una nueva vida, a su medida y a la de le época que le tocó vivir.
No creo que nadie tuviese nunca la menor duda de que allí había talento, de que ese misterio y esa magia debían darse a conocer, de que la belleza del lenguaje y esa realidad tan íntima e inasible encerraban un valor evidente. Pero aunque había precedentes, pues el boom latinoamericano estaba empezando a ser un hecho e incluso contaba con precursores que habían anunciado su eclosión, G.M. no era aún más que un joven periodista que escribía raro en el fondo y en la forma. Raro y bonito, sí, pero en definitiva raro. Y difícil de entender, que casi es peor. (Y menos mal que en esa época lo monetario no era tan prioritario como hoy día). Por eso fueron publicándose pero esporádicamente en la prensa, y no llegaron a reunirse en un volumen hasta 1974, cuando el éxito de Cien años de soledad (1967) era clamoroso y el autor tenía ya otras obras en su currículum.
Así que, para situar a quien todavía no se haya acercado a ellos ni conozca demasiado a G.M., podríamos decir que, en lugar de catorce relatos, Ojos de perro azul reúne catorce fogonazos de ingenio, tan extraños y herméticos que solo hay una forma de abordarlos: dejarse llevar por su belleza, por ese torrente verbal e imaginativo concebido hace tres cuartos de siglo, como si escuchásemos una melodía, sin hacernos preguntas para no interrumpir su trayectoria. Solo entonces –y tampoco aseguro nada– lograremos encontrarle algún sentido.
Pero la prosa de G.M., sobre todo la de este libro, no solo se acerca a la poesía moderna por su hermetismo, su carácter simbólico, su ritmo y la belleza de sus imágenes, coincide también en la temática –amor y muerte– y en el propósito de descubrir algo que permanece secreto y nunca pertenecerá al mundo cotidiano. Y esto solo se consigue utilizando recursos rítmicos comunes a la lírica: repeticiones, paralelismos, contradicciones, vueltas atrás en la línea temporal etc., porque estas piezas son una pregunta continua acerca de esas dos cuestiones que, por otra parte, son las que siempre han interesado a los poetas y que se repetirán como un mantra a lo largo de toda su obra. Pues ¿qué es Cien años de soledad sino una oda a lo efímero?
Es evidente que quien se hace preguntas es porque no tiene las respuestas, de ahí que todo sea confuso, relativo y contradictorio. Los muertos piensan (Eva está dentro de su gato), no saben si lo están (La tercera resignación, Tubal-Caín forja una estrella y La otra costilla de la muerte) o no lo están del todo (Alguien desordena estas rosas), hay quien está muerto en vida (La noche de los alcaravanes y Amargura para tres sonámbulos) o quien se vive a través de un espejo porque está sepultado en la rutina y necesita un doble para desahogar con él su frustración (Diálogo del espejo) o quien ha sido enclaustrado durante décadas y acumula energía para resucitar de repente y con fuerzas renovadas (Nabo, el negro que hizo esperar a los ángeles, donde encontramos, creo, la mayor crítica social de todo el libro) o la vida no es vida porque consiste en una espera permanente de algo que nunca llega a ocurrir (Un hombre viene bajo la lluvia y Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo, donde utiliza ya el topónimo que luego convertiría en mítico) o porque es imposible comunicarse con el otro (De cómo Natanael hace una visita). En cuanto al amor, se vive como una danza entre dos seres que van y vienen por el tiempo y el espacio observándose mutuamente (Ojos de perro azul) y si hay algún amor auténtico acaba frustrándose frente a quien lo utiliza como moneda de cambio (La mujer que llegaba a las seis).
El tono es melancólico pero no triste, desencantado sin caer en la desesperación. Y es que siempre nos salvará la belleza.

Todas nuestras reseñas de Gabriel García Márquez: Aquí

martes, 26 de mayo de 2020

Doris Lessing: El quinto hijo

Idioma original: Inglés
Título original: The fifth child
Traducción: Ángela Pérez
Año de publicación: 1988
Valoración: Imprescindible


Hablaba el otro día sobre libros de lectura ligera o intensa, y también acerca de su capacidad, o no, para suscitar la reflexión. Mi categoría favorita pertenece a esos libros de lectura ligera (estilo ágil y fluido, sin caracoleos estéticos ni reflexiones grandilocuentes y de extensión moderada) que abre la puerta hacia un amplio espacio para la reflexión, esas lecturas que te hacen levantar la vista del papel de puro gozo. El quinto hijo estaría en esa categoría.

Resumen resumido: Londres, finales de los 60. Los recién casados Harriet y David planean comprarse una gran casa en las afueras donde formar una familia (muy) numerosa. Su proyecto —costoso y conservador— sorprende a sus familias que, no obstante, les apoyarán. Pero cuando parece que Harriet y David han alcanzado su sueño, entonces nace el quinto hijo (Ben) y el sueño deriva en una pesadilla del todo inimaginable.

Doris Lessing (Nobel de Literatura 2007) construye un relato narrativamente impecable, al servicio de una historia repleta de sutilezas y grandes momentos con un indiscutible fondo crítico. El quinto hijo es una novela que empieza con el foco abierto, hablando de la comunidad (el matrimonio Lovatt, su familia y el resto de su entorno, los hijos que van llegando, etc) y acaba centrado en la figura de la madre (Harriet) que reflexiona en soledad sobre su hijo menor. La transición se produce sin que apenas nos percatemos gracias al uso de un narrador en tercera persona omnisciente que, poco a poco, va focalizando más en el personaje de Harriet, cuyos actos y observaciones apelan continuamente a la humanidad del lector y despiertan su empatía.

El quinto hijo parte de un conflicto aparentemente familiar para reflexionar sobre cuestiones universales que siguen siendo a día de hoy fuente de sufrimiento, desigualdad y abuso:
  • El (no) lugar para el diferente. Aquel que no se ajusta a los estándares pre establecidos (en este caso, Ben) carece de lugar en la sociedad, tanto desde el punto de vista físico como funcional e ideológico. Ignoramos al diferente y, cuando eso no es posible, entonces lo apartamos.
«Decidió que lo que deseaba era que por fin alguien empleara las palabras adecuadas, que compartiera la carga. No, no esperaba que la liberaran, ni siquiera que las cosas pudieran cambiar mucho. Quería que se reconociera su situación, que se otorgara a su problema su dimensión real.»
  • La «condición madre». La evolución que sufre Harriet es un catálogo de todos los despropósitos construidos alrededor de la maternidad: la madre como objeto social de juicio y escrutinio (si todo va bien, es en cumplimiento de lo que se espera de ella, si algo no sale tan bien, la culpa recae sobre ella). La madre como objeto pasivo, como simple medio, cuyas quejas o sufrimientos o pálpitos son vistos como lamentables excentricidades que no hay que tener en cuenta. La narración rompe con la imagen bucólica y simplista que desde siempre se nos ha vendido de la maternidad, para dar paso a un retrato mucho más humano, profundo, complejo y lúcido. Harriet es la que más sufre la existencia de su hijo pero también la única que trata de comprenderle. Ella cree que Ben tiene una naturaleza propia, a diferencia del resto que lo consideran un desposeído.
«—Ben —dijo con suavidad, aunque le temblaba la voz—. Ben… —diciéndolo como si fuese una reivindicación humana hacia él y hacia aquel peligroso desván desordenado en el que él había retrocedido a un lejanísimo pasado que no conocía seres humanos.»
Otros temas que se ponen bajo la lupa son el clasismo (si puedes pagarlo, puedes hacerlo) así como la ceguera de la sociedad y la inutilidad de sus organismos a la hora de dar respuestas. 

La novela da para extenderse decenas de páginas pero me detengo aquí para no desvelar demasiado, sobretodo porque se trata de una obra relativamente corta. Así que Imprescindible porque, desde mi punto de vista, El quinto hijo está entre los libros que hay que leer y Doris Lessing forma parte, desde ya, de mi top ten de autorEs.

También de Doris Lessin reseñado en ULAD: Canta la hierba

lunes, 25 de mayo de 2020

Michelle Roche Rodríguez: Malasangre

Idioma: español
Año de publicación: 2020
Valoración: recomendable si no esperas una historia de terror

Historias de vampiros, al menos desde el siglo XVIII, ha habido infinidad y con toda clase de variantes, que van desde lo sublime a lo chusco, pasando por la hormona adolescente, lo cómico, lo distópico o lo algodonosamente infantil... En esta Malasangre nos encontramos con una propuesta basatante original, al menos hasta donde yo conozco: una novela de vampirismo tropical, latinoamericana y, para más detalle, totalmente enraizada en la Historia de Venezuela, donde se desarrolla. para más concreción, la novela transcurre en la Caracas de 1921, en plena dictadura del general Juan Vicnte Gómez, cuando el país -o al menos sus dirigentes y la red familiar y clientelar tejida a su alrededor- comienza a enriquecerse gracias a la explotación , aun por parte de compañíaas extranjeras, de los fabulosos yacimientos de petróleo que se iban descubriendo en su geografía. En ese contexto, la adolescente Diana Gutiérrez, hija de un arribista llegado a la capital trass participar en la "Revolución Liberal Restauradora" (sic) que había llevado al poder al general Castro, y luego a Gómez, y de una joven de buena familia caraqueña venida a menos, descubre que ha heredado de su padre la hematofagia, una terrible sed de sangre, aunque aún no evolucionada hasta el vampirismo... de momento.

Podemos decir que la novela discurre en diferentes niveles, que se entrecuzan: por una parte, la trama o peripecia en sí misma, la historia de la joven Diana, que al dejar la niñez se ve impelida por las ambiciones familiares y las convenciones sociales a buscar marido, comportándose como una recatada señorita casadera, al tiempo que debe asumir -y controlar- su condición de hematófaga, de mujer aviesa y rendida a los instintos animales... una "malasangre", que dice su madre. Mientras que la aaspiración de Diana es abrirse a las posibilidades que ofrece a las mujeres un mundo en proceso de cambio hacia la modernidad (posibilidades entonces bastante relativas, ya lo sabemos, pero al menos diferentes del tradicional papel que tenían reservado como esposas, madres y objeto de cambio para los intereses masculinos).

Por otro lado, encontramos la trama histórico-política en la que se ve envuelta nuestra protagonista, de ella, junto con una ambientación que cabe suponer apropiada, me parece destacable la claridad con que la autora explica las coyunturas política, social y económica de la época, algo a lo que, en un principio, supongo ajena a la mayoría de lectores no venezolanos. Cierto es que quizás la atención que le presta a esta faceta de la novela haga decaer un tanto el aspecto  más "gótico" de la narración (no olvidemos que, después de todo, se trata de una historia de vampiros... perdón, de hematófagos), pero ello también le permite entroncar Malasangre, o eso creo yo, con el ya clásico subgénero latinoamericano de "novelas de dictadores", con cierta conexión, puesto que la protagonista es también una mujer que cuenta las vicisitudes de su juventud, con La fiesta del chivo, de Vargas Llosa.

A un nivel más simbólico, hay una evidente analogía, reiterada a lo largo de la novela, entre el ansia por la sangre y el deseo (llegando al desenfreno) sexual, más aún cuando el descubrimiento de ambas circunstancias le sobreviene a Diana al poco de comenzar su pubertad. Ahora bien, el vampirismo supondría un paso más allá: la asunción de su naturaleza lúbrica, incluso bestial, por parte de la persona afectada; en el caso de las mujeres, la elección de una vida "indecente", "torcida", "viciosa"... es decir, convertirse en una malasangre. de un modo más genral, también se vería como tales a las mujeres que querían liberarse de las ataduras de la sociedad tradicional: las sufragistas, feministas, contestatarias... Con otro sentido simbólico, aunque de una forma menos evidente, el vampisrismo también se podría cnsiderar aquí una alusión a la extracción de la riqueza petrolífera del país por parte de los extranjeros, y de la riqueza en general por la oligarquía política y financiera, tanto la de toda la vida, el "dinero viejo", como la de los "chácharos" que medraban con los gobiernos de Castro y Gómez.

En suma, la novela toca y trata varios temas, quizá hasta en demasía para su no excesiva extensión; tal vez también, y como ya he señalado, eso vaya en detrimento de la verteiente más gótica , más propia de una historia de terror; pero aunque no sea tal, sensu stricto, sí que se puede considerar una variación interesante del género, refrescante, incluso (si es que se puede utilizar tal adjetivo, en este caso). Sobre todo, y de cualquier manera, se trata de una novela no sólo apreciable, sino recomendable, que, presumo, es además de las que dejan poso en la memoria lectora. Y que espero no sea la última de esta apreciable escritora venezolana, aunque el listón se lo ha puesto ella misma bastante alto. Aguardaremos a ver si lo supera...