sábado, 19 de abril de 2014

Guy Delisle: Guía del mal padre

Idioma original: francés

Título original: Le guide du mauvais père
Año de publicación: 2013
Valoración: está bien


Estoy segura de que todos aquellos que deciden tener hijos intentan educarlos de la mejor manera posible, tratando, además, de no cometer los errores que consideran que sus padres cometieron con ellos. Sin embargo, esta tarea suele ser más complicada de lo que parece en un principio y, a pesar de las buenas intenciones, en ocasiones se mete la pata hasta el fondo. 

De esto habla Guy Delisle en la Guía del mal padre, un divertido testimonio en el que el autor se desnuda ante sus lectores y muestra los momentos más surrealistas de su papel como progenitor. En las páginas de esta guía veremos cómo el autor critica ferozmente el dibujo que ha realizado su hija o cómo le miente para, egoístamente, poder disfrutar de unos cereales que no está dispuesto a compartir, cómo le gasta una broma de mal gusto a su hijo con una motosierra o cómo suelta las mayores barbaridades que se le ocurren sin pararse a pensar en el efecto que éstas pueden tener en los pequeños.

La razón por la que he valorado este cómic sólo con un está bien es que se queda corto. De hecho, se queda muy corto. Cada episodio narrado por Delisle ocupa varias páginas (de tan sólo dos viñetas cada una), por lo que al final el lector tiene la sensación de que, aunque el cómic mola y es divertido, el autor no le ha sacado todo el partido que podría.

Pero también hay que agradecer la sinceridad con la que Delisle se muestra a sí mismo, su ausencia de complejos a la hora de confesar sus equivocaciones y cómo, en resumen, demuestra que en muchas ocasiones se comporta de una manera más infantil que sus propios retoños.


También de Guy Delisle: Pyongyang.

viernes, 18 de abril de 2014

Camilo José Cela: La familia de Pascual Duarte

Idioma original: español
Año de publicación: 1942
Valoración: Muy recomendable

Hace poco, cuando preparaba mi biografía lectora, descubrí con cierto asombro que todavía, después de cinco años, no habíamos reseñado nada de Cela. Creo que esto es significativo; no sé exactamente de qué, pero es significativo. Once o doce personas a las que les encantan los libros y la literatura, y nadie ha sentido la necesidad de reseñar ninguna obra del último Premio Nobel español... Creo que puede haber varios motivos para esto: en primer lugar, la imagen pública de Cela, que en los últimos años se convirtió en una caricatura de sí mismo; también, su postura política: Cela fue censor y reconocido colaborador del régimen franquista; por último, tampoco ayuda el que sus obras sean casi siempre ásperas, oscuras y de lectura difícil.

Y sin embargo, si olvidamos al personaje y su significación política y nos centramos en la obra, Cela es un escritor notable, un innovador y un experimentador con una prosa muy personal. Que no enamore es otra cosa; pero su calidad es innegable.

La trayectoria novelística de Cela se abrió precisamente con esta novela, La familia de Pascual Duarte, una obra que ya ha pasado a ocupar un lugar central en el canon de la novela de posguerra como iniciadora del "tremendismo" (así lo dicen todos los manuales) y que tiene fuertes lazos con la tradición literaria española, en particular con la picaresca -Cela escribió, unos años después, una continuación del Lazarillo- e incluso del Quijote por su estructura estratificada de narradores y manuscritos.

El núcleo central de la novela está compuesto por la confesión de Pascual Duarte, escrita desde la prisión (o mejor dicho, las prisiones) en la que espera para ser ejecutado mediante garrote vil por sus múltiples crímenes. A través de esta confesión descubrimos a un ser embrutecido, condicionado por su origen y su ambiente (un planteamiento bastante naturalista) y dominado por sus instintos y una irracionalidad violenta. La miseria y la muerte dominan el texto desde la primera hasta la última página, y por la fecha en que se publicó, y el periodo en que transcurre la acción, no es difícil imaginar el trasfondo de la brutalidad de la Guerra Civil en la imaginación del autor, y de sus lectores.

Con todo, también hay tiempo en la novela para momentos más tiernos, más líricos, en los que Cela demuestra su capacidad para una escritura poética que no suele asociarse con su obra. Se trata, por ejemplo, de las páginas que describen el duelo por la muerte de Pascualillo, o los enamoramientos de Pascual por sus sucesivas esposas, tan apasionados como sus odios. (Si resulta coherente que un personaje semianalfabeto escriba como escribe Pascual Duarte, esa es otra cuestión; aunque a lo mejor sobre eso deberíamos preguntar al ficticio transcriptor, y no a Camilo José Cela...).

No puedo dejar de comentar, también, el elemento más moderno en una novela por lo demás muy clásica, incluso en el estilo: me refiero a los cortes -líneas de puntos suspensivos que atraviesan el texto, en algunos pasajes de manera casi continua-, y que el lector puede suponer que corresponden con aquellos momentos en que el transcriptor ha preferido ahorrarnos la lectura de pasajes poco edificantes o demasiado gráficos; así, aunque lo que se nos narra es a veces muy duro, se deja a la imaginación lo peor, lo que ni siquiera puede ser dicho.

No sé, sinceramente, si La familia de Pascual Duarte es la novela de un Premio Nobel. Me cuesta mucho juzgarla desprejuiciadamente, como si no supiera quién es Cela, como si no hubiera visto sus anuncios de la guía Campsa ni su entrevista con Mercedes Milá hablando de sorber agua por el recto. Ni su carta ofreciéndose para delatar a otros escritores. Pero lo que sí puedo decir es que, releyéndola ahora, después de muchos años, la he disfrutado, y hasta me ha sorprendido en algunos pasajes menos conocidos. Quizás con el paso del tiempo, cuando se borre la memoria de su autor, la obra de Camilo José Cela merezca ser rescatada...

jueves, 17 de abril de 2014

Eduardo Jordá: Yo vi a Nick Drake

Idioma original: español
Año de publicación: 2014
Valoración: recomendable

A raíz de la reseña que publicamos de El prestamista, su traductor y (y autor del excelente prólogo) nos hizo llegar amablemente este Yo vi a Nick Drake, recopilación de relatos en formato largo publicados previamente en prensa.
El elemento unificador de los cinco relatos es el desplazamiento, un desplazamiento de cierta índole periodística en el primer relato, que es a la vez el más corto, el que da título a la recopilación, y el único inédito. La cuestión es que esa referencia musical (Nick Drake fue un excelente cantante folk que se suicidó en los años 70 y se especula su escaso éxito comercial como uno de los motivos) me desorienta un poco, pues sólo ese relato toca el tema de forma tan directa.
Otros relatos mencionan (sin una intervención tan directa en sus tramas) los veranos ácidos de Ibiza, a Syd Barrett, a Jacques Brel, y a Françoise Hardy. Permitidme una leve salida de tono personal. Sí, Eduardo, tienes razón: Françoise Hardy, fue la mujer más guapa del universo.
Aunque, bien mirado, agradezco que las referencias musicales lo sean en una tonalidad positiva: no soportaría un ejercicio falaz de malditismo a lo Ray Loriga, una búsqueda de la sordidez como proclama estética.
Y no: aquí hay bastante luz. Los personajes de Eduardo Jordá viajan, interrumpen su rutina, habitan paréntesis de sus existencias y, como si tuviesen un switch, es entonces cuando les pasan cosas. Cosas imprevistas, aunque muchos de ellos parece que estén esperando que esos hechos les sucedan, parecen andar plantando en sus existencias cotidianas las semillas para que cualquier viaje represente una puerta abierta a una situación diferente. 
Conociendo el origen de las historias, esa primera publicación fraccionada en prensa, dentro de suplementos veraniegos (de ahí la persistencia del viaje, del hotel, de la presencia de desconocidos, de los reencuentros), hubiera agradecido al autor que hubiera adaptado, extendido, no algunas, sino todas las historias, las hubiera endurecido o hubiera profundizado en algunos aspectos, huecos excusables que nos resultan comprensibles cuando se trata de captar la atención esporádica de los lectores, pero interesantes si hay que acometer cuestiones de mayor empaque. Las historias presentes en Yo vi a Nick Drake contienen esbozos y líneas que podrían muy bien desarrollarse en profundidad (como muchos libros de relatos), cuestión que creo que proyectaría algunas de ellas hacia lugares más audaces y recónditos. Pero eso quizás sea ponerse demasiado exigente.
Lectura placentera y estimulante, que  acusa ligeramente (la estética, los comentarios en la contraportada) falta de ambición, una modestia narrativa que el autor, y voy a recordar de nuevo el prólogo de El prestamista, ya ha demostrado ser capaz de superar muy holgadamente. Interesante, y con proyección.

miércoles, 16 de abril de 2014

Biografías lectoras: ganadores (y 3)

Disclaimer: algunos títulos han sido mínimamente modificados (artículos o número) para lograr coherencia gramatical, pero son fácilmente reconocibles. El lenguaje soez es una exigencia del guión.


Aunque a los 25 años probablemente haya más pretenciosidad que sabiduría real, un cuarto de siglo es un tiempo decente para hacer cuentas de lo crecido. Si físicamente somos lo que comemos, intelectualmente somos lo que leemos.


Lo primero que nos mueve a descubrir nuestro entorno es la fantasía, los orcos y los hobbits de El señor de los anillos (Tolkien) y los magos de Harry Potter (J. K. Rowling) me trasladaron desde pequeño a ese mundo imaginario. Pero a medida que nos enfrentamos al mundo descubrimos que la realidad está muy lejos de esa fantasía y necesitamos nuevas herramientas para interpretar esa realidad que nos abruma. Descubrimos poco a poco la incompetencia de algunos Estúpidos hombres blancos (Michael Moore) y nos preguntamos ¿Qué han hecho con mi país, tío? (ídem). Te vas dando cuenta poco a poco del Desprestige (Catalán Deus) de muchos políticos y no queda más remedio que oponer Resistencia (Rosa Aneiros) llevando siempre A estrela na palabra (X. M. Beiras). A veces es necesario posicionarse En defensa de la intolerancia (Slavoj Zizek) para combatir los sofismas que se nos presentan como Los diez mandamientos del siglo XXI (Fernando Sabater). Y así, cuando estás Bajo el culo del sapo [expresión húngara: “estar jodido”] (Tibor Fisher) te das cuenta de que rebelarse es una obligación.


Y aunque a los 25 años parece que O sol do verán (Carlos Casares) empieza a ponerse y quedan atrás los tiempos en que capeábamos con entusiasmo La sombra del viento (Carlos Ruiz Zafón), siempre quedará alguna Lolita (Nabokov) en el recuerdo que nos despertará una pícara sonrisa. Recordaremos con rubor las Erecciones, eyaculaciones y exhibiciones (Bukowski) que todos tuvimos. Y aunque no soy una Máquina de follar (ídem) puedo decir que quise a algunas Mujeres (ídem). Hay una edad en la que todo está por descubrir, en la que solo queremos unas eternas vacaciones en Lanzarote (Houellebecq), hacer todas las locuras que queramos, y Que nos juzguen los perros, si pueden (Paul M. Marchand).


Pero la vida no es una eterna Esmorga [“juerga” en gallego] (Blanco Amor). Existen demasiadas Ciudades de la alegría (Dominique Lapierre) donde ésta solo se encuentra escondida tras la miseria. Es imprescindible escuchar esas Voces robadas (Zlata Filipovic et al.) que Cuando un árbol cae (Isabel Núñez) se quedan en silencio o, mejor dicho, silenciadas. Es necesario leer esas Postales que desde la tumba (Emir Suljagic) nos envían desesperadamente los olvidados. Lugares donde se ha producido La destrucción del alma (Janja Bec) aunque aparentemente los verdugos No matarían ni una mosca (Slavenka Drakulic). Todas esas personas que vagaron Sin destino (Imre Kertész), y cuyo objetivo en esta tierra fue Vivir para contarla (Primo Levi), que lucharon, para quién sabe si encontrar, al final de su vida, la Liberación (Sándor Márai).

Pero en El país de las últimas cosas (Auster), siempre encontraremos alguna Tentación (Janos Székely) en la que caer, algún Tokio Blues (Murakami) que nos acaricie el alma o Ciento volando de catorce (Sabina) sonetos que nos escupan sus agridulces verdades a la cara.


Y aunque probablemente queden muchas letras en el tintero, y aunque no están todos los que son, sí son todos los que están. Perdónenme los eruditos por obviar a Shakespeare o Cervantes, quien esté en desacuerdo, que venga a corregirme de Oxford, amén (Carlos Reigosa).

martes, 15 de abril de 2014

Biografías lectoras: ganadores (2)

TOC, por David Villar Cembellín

El acto de leer, a estas alturas lo tengo claro, es un trastorno obsesivo-compulsivo. Obsesivo, porque mentalmente no concibes tu existencia sin lectura o tu mente sin el sumatorio de las mismas; y compulsivo, porque recurrentemente vuelves a los libros como pulsión vital. «El arte es la mentira que nos permite comprender la verdad», que dijo Picasso en la que puede ser la mejor definición sobre la función de la Literatura.

Así las cosas, recapitulemos: ¿dónde comenzó mi afición de lector? No tengo ninguna duda, el germen tuvo lugar a edad temprana con las historietas de Pulgarcito, un tebeo que devoraba semanalmente y que proporcionó infantil e infinito placer al niño que fui. Por supuesto que a esos Pulgarcitos siguieron otros tebeos: la colección entera de Tintín, de Astérix, Zipi y Zapes, Mortadelos y Filemón, Grandes Aventuras Ilustradas… mi afición lectora se cimentó sobre una sólidas raíces: los tebeos. En mi cabeza sonaban Enrique y Ana.

A posteriori —o paralelamente, no recuerdo— llegaron decenas, quizá centenares de libros infantiles que sacaba casi a diario de la Biblioteca del Colegio de La Salle de Sestao (un abrazo fuerte desde aquí para Míkel, el bibliotecario): allí fueron cayendo desde la colección de Los Cinco (que me volvió loco), hasta los infames Hollister (que nunca me terminaron de gustar, demasiado anglobuenistas), Los tres investigadores, La banda del cuatro y medio, libros de El barco de vapor, la colección entera de los inolvidables Elige tu propia aventura de tapa roja (mis favoritos, La guarida de los dragones y Te conviertes en tiburón), etc. Pero si debo rescatar un libro de mi infancia, aquel fue La historia interminable. Su extensión (400 páginas o´clock), el carácter épico de la aventura que contaba, la multitud de personajes, la tipografía a doble color… aquel ejemplar que mi madre me compró en el Círculo de Lectores fue, sin ambages, mi lectura favorita de aquella infancia tardía. Aún lo es. En la radio sonaban casetes de Duncan Dhu que regalaban con la SuperPop y recopilatorios grabados de Los 40 Prinicpales a los que bautizaba con los originales nombres de “Guay 1”, “Guay 2”, “Guay 3”…

Y en estas llegó mi pubertad, llegó la adolescencia… y digamos que estuve más preocupado/ocupado de otras cosas que de leer. Además, en términos estrictamente crematísticos fue mi adolescencia una época particularmente jodida: fumador precoz, bebedor de fin de semana y aficionado a los tebeos… muchos vicios para 300 pesetas a la semana si las notas acompañaban (que no era el caso, para más inri). Pero, oh, de repente, como maná del cielo, a últimos de mes siempre aparecían 2000 pesetas en mi mano. ¡2000 pesetas!

Son para sacarte el bono mensual para el tren, ¿eh? —especificaba nítidamente mi madre.
—Sí, mama —mentía yo.

Y esas 2000 pesetas para el bono mensual, demasiadas definitivamente para un trozo de cartulina amarilla con tu DNI escrito a boli, se convertían automáticamente en mi paga extra, en mi bolsa de resistencia, en mi fondo de reptiles, en mi salvación. A cambio solo debía ir el resto del mes de colada en el tren, ni tan mal. Así fue como el casi hasta la indigencia misérrimo adolescente de Margen Izquierda que fui —que en el fondo siempre seré— consiguió dinero para seguir comprando cómics (el Spiderman de McFarlane, la Patrulla-X de Claremont…). Mis lecturas de esa época: las Crónicas de la Dragonlance (que me encantaron), El señor de los anillos (que me pareció un tostón ultradescriptivo, aún hoy no trago a Tolkien), los mitos de Chtuluh de Lovecraft, y algún que otro libro de más empaque que iba rescatando de las abigarradas estanterías de mi casa: La ciudad de la alegría de Lapierre, La insoportable levedad del ser de Kundera, Por quién doblan las campanas de Hemingway, Misericordia de Galdós, Tartufo de Moliere, Papillón de Carriere, Réquiem por un campesino español de Sender, La buena tierra de Pearl S. Buck, etc. La verdad es que tenía en mi propio hogar un buen fondo de armario. 

Pero si he de elegir una lectura de adolescencia que me marcó, que me tocó hondo, fue El club de los poetas muertos de N. H. Kleinbaum. Probablemente será una obra menor, o tramposa, o maniquea, pero me da igual, no me avergüenza reconocerlo… en aquel momento quinceañero la leí de un tirón, me habló de mí mismo y agitó mi anterior como ninguna lectura lo había hecho hasta entonces. En mi radiocasete sonaban noche y día A night at the opera de Queen, Violator de Depeche Mode, Disintegration de The Cure y Zooropa de U2.

Y como quien no quiere la cosa, crecí, me hice legal —que no moralmente— adulto, y el cuerpo me pedía más y más. Y entre cosas que me dejaron amigos (La tregua de Benedetti, El camino de Delibes…) y cosas que iba sacando de la biblioteca de Sestao (me divertí mucho cuando descubrí a Bukowski y Fante, me maravillé con Unamuno a través de Niebla, flipé con la trilogía de Auschwitz de Primo Levi…), las lecturas crecían y crecían. Además, gracias a trabajos esporádicos comencé a gozar de cierto escaso poder adquisitivo y pude culminar los imprescindibles de cómics que había ido dejando cojos a falta de vil metal: Watchmen, V de Vendetta, The Sandman, Black Orchid... Los dos más grandes de aquella época fueron sin duda Alan Moore (de quien aún sigo comprando compulsivamente todo lo que hace, de nuevo el TOC) y Neil Gaiman. Todavía conservo los originales de aquellos cómics que editó Zinco por primera vez. En la radio sonaban Guns´n Roses y grupos grunge que nunca me acabaron de convencer del todo, mientras yo descubría a Serrat, a Sabina, a Victor Jara, y me iba de concierto hasta Barcelona para ver a U2 (año 1997, Placebo de teloneros).

Y el tiempo prosiguió. Y con él las lecturas. Y así llegaron los que considero los más grandes. Pessoa y su Libro del desasosiego. Dostoievski y sus hermanos Karamazov (y, ¡oh!, Noches blancas). Scott Fitzgerald y sus hermosos y malditos. Steinbeck y sus uvas de la ira. Céline y su viaje al fin de la noche. Kenzaburo Oé y su cuestión personal. Y los relatos y el teatro de Chejov (mención especial para las líneas finales de El tío Vania y Las tres hermanas). Y la inolvidable disertación amorosa de Carson McCullers en La balada del café triste. Y la siempre hilarante y divertida crítica social de Gogol. Y el realismo sucio y desesperanzado de Thom Jones, Kjell Askilden y Ray Pollock. Y los futuros distópicos de Zamiatin, Orwell y Huxley. Y los alegatos antibelicistas de Trumbo y Vonnegut. Y la eterna espera de Buzzati. Y la lucidez impía de Saramago. Y las historias siempre trágicas y emocionantes de Zweig. Y los justos de Camus. Y las ciudades de Calvino. Y las estrellas de Lem. Y tantos y tantos…

La lista a estas alturas no es interminable, pero sí extensa. Menos de lo que me gustaría, no obstante. También han ido evolucionando mis gustos en cómics, creo, hacia terrenos más europeos e independientes, y en estos años he leído unos cuantos excelentes: Blankets de Craig Thompson, El arte de volar de Altarriba y Kim, la serie de Paul de Rabagliati, el Paracuellos de Carlos Giménez, el siempre seguro de calidad Luis Durán, y muchos más que no tendría tiempo aquí de reseñar. Además, con el tiempo he dado cabida a la poesía, a la que tenía semiolvidada, y he disfrutado como un loco de poetas tan grandes como Pessoa, Alejandra Pizarnik, Marina Tsvetaieva, Kavafis, Karmelo Iribarren, Luis Alberto de Cuenca, Manuel Altolaguirre, Kirmen Uribe, y tantos otros que se me estaban escapando —que todavía se me escapan— por pura ignorancia (internet ha sido un cauce muy útil, por cierto, para estos hallazgos). En mi reproductor de mp3 ahora suenan mucho los Smiths y Nacho Vegas, señal tal vez de que a estas alturas me he vuelto un ser más triste, o quizá tan sólo más lastimero.

Pero a lo que vamos: con el carácter ecléctico de siempre, sigo leyendo. Sin un orden, sin un patrón, solo por el placer de leer, y lo seguiré haciendo. Pero sirvan estas líneas, este corolario a esta biografía lectora, como agradecimiento a todos aquellos que lo hicieron posible y sentaron las bases del lector en que me he convertido. Así, quede dicho:

¡GRACIAS A MI FAMILA POR AQUELLOS PRIMEROS “PULGARCITOS”!
¡GRACIAS A MIKEL Y SU BIBLIOTECA DEL COLEGIO DE LA SALLE DE SESTAO POR EXISTIR!
¡GRACIAS A MI MADRE POR EL EXCELENTE FONDO DE ARMARIO LITERARIO QUE TENÍA EN CASA!
¡GRACIAS A LOS AMIGOS, NOVIAS, COMPAÑEROS DE TRABAJO… QUE COMPARTIERON CONMIGO SUS LECTURAS FAVORITAS!
¡GRACIAS A LOS LIBREROS QUE SUPIERON DESCUBRIRME AUTORES QUE DESCONOCÍA Y A AQUELLOS QUE SUPIERON ENCONTRAR MIS EXIGENCIAS MÁS BIZARRAS! (un abrazo especial para aquel dependiente rastafari de la FNAC-Zaragoza que se equivocó conmigo y se pensó algo que no era cuando le pedí el Maurice de Forster) ;P
¡GRACIAS A LA GUAPA BIBLIOTECARIA DE MUSKIZ QUE NUNCA SE ENFADA CUANDO LE LLEVO CON MUUUUUCHO RETRASO TODOS LOS LIBROS QUE ME LLEVO!
¡GRACIAS A LOS PEQUEÑOS EDITORES QUE ARRIESGAN Y RESCATAN DEL OLVIDO OBRAS QUE VALEN MUCHO LA PENA!
¡GRACIAS A INTERNET, Y SUS DESCONOCIDOS, Y SUS CRÍTICAS, Y SUS BLOGS, Y SUS PÁRRAFOS ESCOGIDOS… QUE SIRVEN DE BRÚJULA PARA TODOS ESOS NUEVOS DESCUBRIMIENTOS!

Gracias a todos, de verdad. Mi trastorno obsesivo-compulsivo está en deuda con vosotros. Pero eternamente agradecido por el mismo, en serio.

lunes, 14 de abril de 2014

Biografías lectoras: ganadores (1)

Las postales de mis libros por Rubén Darío Rodríguez 


Pronto le pedirá que le compre un archivador, dirá que él también quiere tener uno, no como el suyo, sino uno más pequeño para empezar, con otro dibujo en el cartón. Entonces le dará dinero para que escoja el que más le guste, el primero de muchos tesoros que irá guardando a lo largo de su vida.

Anoche le pidió a su madre que le enseñase aquel cuaderno grande, el del estante más alto. Es un archivador, o un álbum, le dijo, lo que tú prefieras, pero no un cuaderno. Y ella lo bajó, se lo abrió ante sus ojos, sentados juntos en el sofá. Tiene anillas y láminas con cuatro agujeros para encajar y espacio plastificado para ajustar cuatro imágenes por cada cara, ¿ves? Como los álbumes, como los archivadores.

Está lleno de fotos, se asombró el niño. Cuántas… Son postales, le corrigió la madre. Dejó que las tocara, que las deslizara con cuidado bajo el fino plástico transparente para acercarlas a la vista y recrearse en las imágenes y las ilustraciones. Les dio la vuelta y pudo leer en qué libro habían descansado de un día para otro mientras duró su lectura. “El adversario, Emmanuel Carrère, Saint Malo, junio 2013”, escrito en negro con el trazo firme sobre el blanco impoluto del reverso de una postal de un cuadro de Edward Hopper. Cogió otra de una de las primeras láminas. “Bajo las ruedas, Herman Hesse, Madrid, febrero 1995”, la tinta azul gastada, los rasgos curvados de una escritura más descuidada, por detrás de un tranvía en color sepia que se adentra en una avenida ajardinada.

Su padre empezó a guardar hace mucho tiempo, tendría 15 o 16 años, las postales con las que marcaba hasta donde avanzaba cada día en el grueso o delgado canto de un libro. No usaba marcapáginas ni separadores rectangulares que tuvieran más o menos el mismo largo que el volumen, y le parecía feo, ordinario e irrespetuoso, recurrir a la factura de una compra o a la servilleta de papel de un bar para indicar el lugar en que se interrumpía la lectura hasta el día siguiente. Se prohibía doblar unos milímetros las esquinas de la página, eso nunca, tampoco se permitía escribir en ella con bolígrafo o lápiz ideas o palabras, ni un miserable punto. La imagen de una postal que después conservaría con el rigor y la delicadeza con que se protege una reliquia quedaría unida para siempre al recuerdo de un libro.

Cada libro con su postal.

Al abrir el archivador la primera que se ve revive su ciudad en aquellos días, las olas enfurecidas golpeando un espigón que ya no existe. “Octubre de 1988”, indica detrás el rojo de un bolígrafo. “El árbol de la ciencia, Pío Baroja”. La primera lectura obligada por don Gregorio en clase de Literatura española. Qué malvado aquel profesor, con qué poca pasión impartía sus enseñanzas. Pensó que aquel era un libro serio, algo muy diferente a lo que había leído antes, los misterios que resolver de Los Tres Investigadores y las páginas animosas de los ejemplares de bolsillo de la colección Elige tu propia aventura, los diez o doce que descansan olvidados en el desván de casa de sus padres. El médico de aquella novela le hizo pensar en las penurias de la gente, en la ignorancia, la mezquindad, la vida como era hacía un siglo y cómo era en aquel momento, pensamientos inquietantes que se llevó a la almohada. Al terminar la última página escribió el título del libro, el nombre del autor y la fecha en la espalda de la postal que lo acompañó y la guardó en un cajón.

La colmena también estaba bien, el enjambre miserable que pasaba las horas en aquel café marrón y frío de un Madrid que no conocía pero le asustaba; Cela, qué bien escribía y qué mal le caía. Garcilaso no le gustó, Quevedo sí. Lope por supuesto, Calderón pues no. ¿Quién se acuerda de ellos? Los libros no eran suyos, los tenía su padre o su tío, que habían estudiado en el mismo colegio y guardaban ediciones muy viejas, o los tomaba prestados de la biblioteca. Cada postal fue a un cajón, siempre al mismo, hasta que todas las de aquel curso y las que le siguieron en la playa, el dique y el campamento durante el verano (La importancia de llamarse Ernesto y Servidumbre humana fueron sus preferidas) formaron un buen montón que prefirió sacar de la guarida. Compró un archivador en la papelería del barrio, láminas de álbumes fotográficos y las encajó según el orden en que las había leído.

Doña Rita era mejor maestra, escritora frustrada, devota de sus autores de cabecera. Transmitió a sus alumnos el entusiasmo por Tiempo de silencio, que a él le costó atrapar. Dos gatos haciéndose carantoñas en la postal de enero de 1990. Se perdió en Lorca y detestó Poeta en Nueva York, inspiración rencorosa para un poema de tres folios premiado en un certamen escolar con un accésit que leyó en el teatro del colegio frente a una audiencia despistada. Se emocionó con Gil de Biedma, del desencanto que irradiaba una antología que leyó poco después de su muerte, dos macetas en un balcón de Lisboa delante de la fecha.

Aquel curso y el verano que le sucedió empezó a leer libros de cine, revistas y estudios sobre música pop y rock. Porque le gustaban tanto las películas y el rock and roll como las novelas. No volvió a ellas hasta un par de años después, cuando ya solo regresaba a su entrañable ciudad de provincias en las vacaciones que interrumpían sus clases en la Universidad.

En Madrid descubrió el polvo cálido de las librerías de viejo y el orden distante con que las grandes superficies distribuían sus novedades editoriales. Y la biblioteca de la residencia de estudiantes en la que vivía tenía una nutrida oferta de ejemplares. Podía llevarse hasta un par por dos semanas a su habitación. Destacaban entre libros de todos los colores, tamaños y grosores los cantos amarillos pálido de la colección de una editorial nacional para narrativa contemporánea. Una buena parte de esas obras tenían su edición de bolsillo en variados colores que cada semana inspeccionaba en aquella librería en la que entrase. Compraba un libro por semana, después dos. Y otras tantas postales, cualquier ilustración o retrato que le llamase la atención entre postales de lugares comunes y motivos convencionales. Un día le dijo un compañero con el que se cruzó en una acera que tuviera cuidado, que le iba a atropellar un coche si no levantaba la vista del libro mientras caminaba por la calle. Estoy acostumbrado, sé cuando debo pararme y cuando cruzar con el semáforo en verde, respondió. Llevaba Casa de muñecas en las manos. ¿O era un García Márquez? ¿O un Hemingway? Ninguno de los dos le gustó.

Hesse, Kundera, Carver, Chesterton, Joyce, Fitzgerald, Luis Landero, Stephen King… lecturas de domingos grises de resaca. Como algún compañero de clase, tuvo su fiebre juvenil por los relatos y novelas de Bukowski, un adictivo impulso por conocer a sus mujeres, apostar en el hipódromo y perderse en colillas mojadas en alcohol, personajes y escenarios que años más tarde perdieron todo su sórdido encanto al releerlos. Probó con Thomas Mann y no pasó de la página 80 de La montaña mágica, que superaba las mil, y se decantó por Muerte en Venecia, que le pareció conmovedora, postal de la playa de Lido entre las palabras (regresó al balneario con Hans Castorp años después, 1.048 páginas de una edición que le esperó paciente cada día en el cuarto de baño y tardó un año en leer mientras alternó con otros libros).

Leía lo que fuera: obras que escogían los profesores, que le sugería una chica, que le prestaba un amigo, que recomendaba un periódico. Descubrió las comedias desmadradas de Tom Sharpe, que le rompían de risa en la cama de madrugada, mientras aún estudiaba algún residente al que convenía no molestar con las carcajadas. Luego le asombró el relato criminal que Capote reportajeó en A sangre fría, ese hijo de puta que entonces le hizo glorificar el periodismo, antes de darse cuenta de que el periodismo es un trabajo más sin días de gloria. Y un día empezó con Lolita, qué orgásmico aquel desfile de devotas palabras, y unos meses después había comprado toda la obra de Nabokov que tenían las librerías. También releyó algunas de sus obras pasados los años, unas le desquiciaban con sus retorcidos juegos de palabras, tan lejos del alcance del entendimiento de los simples mortales, otros le intimidaban con la perfección de su lenguaje, culmen de un arte inalcanzable. Libros, muchos libros, y sus postales escritas hasta el verano de 1997. Y ensayos de cine y biografías musicales. Y películas en VHS y discos en vinilo y CD. Todo lo que fue guardando en cajas de cartón precintadas para llevarse a casa al terminar la carrera.

Su primer viaje largo lo hizo sobre la letra pequeña de una edición de bolsillo de En el camino, los Estados Unidos de su imaginación. No tenía mucho en común con aquellos ‘beatniks’ antipáticos, pero a aquella vida sin rumbo fijo sobre el asfalto le agradece hoy que lo arrojase a la carretera. Los viajes siguientes fueron en carne viva y en todas direcciones, cada uno con un par de libros en la mochila, experiencias dispares que guarda en la tinta escrita de postales que compraba en museos o tiendas de regalos: las Crónicas de motel de Sam Shepard, las anécdotas de Bolaño, las fantasías extraordinarias de Roald Dahl, la ruina cotidiana de Cheever, los relatos agradables de Nick Hornby, las intrigas perturbadoras de Patricia Highsmith, la desesperación de Zweig… aquella madrugada de verano aparcado ante el portal y Carta de una desconocida en la voz afectada de un amigo fascinado con aquella confesión de amor…

…Y Paul Auster. Primero Mr. Vértigo, una tierna ilusión; luego Leviatán, o quedarse sin palabras; después El palacio de la luna camino de Amsterdam y en Brujas, que le hizo llorar. Y cada año tocaban dos libros de Auster, en Dublin (El país de las últimas cosas), en Praga (El libro de las ilusiones), en casa. Se fue sintiendo entonces un personaje de sus novelas al que el azar maneja a su antojo y gracia. Un hombre cuyo destino lo convierte en escritor de lo que ocurre a su alrededor, de cuanto pasa primero en el deporte de su ciudad, en las empresas, negocios, instituciones, asociaciones y gobiernos locales después, historias reales de las que se evade luego al abrir un libro en Chesil Beach, episodios que le enseñan a protestar y a denunciar, también a querer y a amar, a conocer a la mujer con quien va a crear un hogar. Se sintió Auster mismo: yo veo las cosas como las ve él, se dijo, así me fijo en las personas y retengo lo que les ocurre, si fuera novelista mis obras contarían historias como las cuenta Paul Auster.

El niño pasa las láminas, las postales de ocho en ocho. Alguna que le llama la atención se la lleva a las manos para detenerse en las líneas y detalles del dibujo o la fotografía y lee la cara posterior, aunque no sepa nada de los libros que recuerdan. Entre 2010 y 2014 son más numerosas. Fue cuando su padre volvió a dejarse la vista en los libros, a caminar por la calle con los ojos en el papel: 59 un año, 72 al siguiente, 88 un año después, 95 al otro, más de uno por semana. Cortos, largos, medios, colecciones de relatos, ensayos, estudios, tomos. Leería mucho más si no durmiese, si no trabajase, si no le dedicase tiempo a las películas o a la música, si no tuviese que encargarse de las cosas que todo el mundo hace como conducir o comprarle un archivador a su hijo. Pero la vida es también un libro y todavía lo está escribiendo mientras no deja de leer.

domingo, 13 de abril de 2014

Barbara Ehrenreich: Por cuatro duros. Cómo (no) apañárselas en Estados Unidos

Idioma original: inglés
Título original: Nickel and Dimed: On (Not) Getting By in America
 Año de publicación: 2001
Valoración: muy recomendable


Barbara Ehrenreich (Montana, 1941) es una escritora y activista social que levanta ampollas cada vez que publica un libro o un artículo, pues sus obras critican (con firmeza y con sobrados argumentos) todo aquello que los sectores más conservadores se esfuerzan en alabar, lo que le hace ganar las más duras (y, muchas veces, ridículas) críticas. Cuando se publicó Por cuatro duros, la autora fue acusada de estar loca, de escribir desvaríos marxistas o de intentar introducir el horror del comunismo en los Estados Unidos, porque, entre otras cosas, defendía que las madres solteras necesitan tanta o más ayuda que las casadas para criar a sus hijos. 

Pero esa afirmación es sólo un pequeño apunte dentro de un libro en el que la autora relata su experiencia como limpiadora de casas, de habitaciones de hotel, como dependienta en Wal-Mart, como camarera y como asistente en una residencia de ancianos. Lo que nos cuenta, como cualquiera puede suponer, no es para nada divertido. Ehrenreich no sólo vive en sus propias carnes la dureza de estos empleos, sino que además demuestra la imposibilidad de salir adelante con un sueldo de 5 ó 6 dólares la hora, si tenemos en cuenta que a esos ingresos hay que descontar los impuestos, que hay que pagar un alquiler (de hipotecas ni hablamos) y que hay que comer tres veces día. Y, si se tienen hijos, alimentarlos y educarlos y vestirlos. Y pagar las facturas médicas (que no son precisamente baratas), porque ninguno de estos trabajos "no cualificados" viene con seguro médico incluido en el contrato. Cuando hay contrato de por medio, claro.

Así, nos encontramos con miles de personas que tienen que vivir en habitaciones de hotel o en la casa de algún familiar, que rezan para no ponerse enfermas (o que van a trabajar a pesar de que deberían estar medicadas en casa o en un hospital), que no pueden ocuparse de sus hijos porque tienen dos trabajos, que pasan hambre, que apenas duermen... y que, a pesar de todos esos esfuerzos, siguen siendo pobres (según los últimos estudios sociológicos, la mayoría de la gente que vive bajo el umbral de la pobreza en Estados Unidos tiene uno o dos trabajos a tiempo completo). Y, por si esto fuera poco, tienen que ver cómo las ayudas sociales se recortan cada vez más y cómo gran parte de la sociedad les echa la culpa de su situación.

Si bien la experiencia de la autora es muy interesante (y nos ayuda a conocer muchos aspectos de estos empleos y de la gente que los desempeña que desconocíamos), las conclusiones finales son sin duda lo mejor del libro. En ellas, Ehrenreich aporta datos y números que apoyan y subrayan lo que ella ha vivido en persona y que muestran que la actual situación de la clase trabajadora (en Estados Unidos, pero puede extrapolarse al resto del mundo) es insostenible, pues la población no va a aguantar mucho tiempo más rompiéndose la espalda y descuidando a su familia para que el resto pueda tener una vida mejor. Al menos, no por lo poco que reciben a cambio. Como afirma la propia Ehrenreich,
--> algún día […] se cansarán de recibir tan poco por lo mucho que dan y exigirán que se les pague como merecen. Cuando llegue ese día se desatará la ira, habrá huelgas y se que­brará el orden establecido. Pero, al final, no se nos caerá el cielo encima y todos acabaremos por estar mucho mejor. 



También de Barbara EhrenreichSonríe o muere. La trampa del pensamiento positivo.