miércoles, 19 de septiembre de 2018

Javier Ramos: El señor Gro y la hija de la viuda Stern

Idioma original: castellano
Año de publicación: 2018
Valoración: Recomendable

Cada vez corremos menos riesgos a la hora de elegir nuestras lecturas, solo nos lanzamos con autores o editoriales que —a nuestro entender— son un valor seguro, y qué estrepitosas decepciones nos llevamos con algunos de esos valores seguros. Y a pesar de ello nos continuamos resistiendo a salir de nuestra zona de confort. Pero no soy quién para dar lecciones; en algo más de un año que llevo colaborando en ULAD esta solo es la segunda obra de autor desconocido que reseño y porque tiene el aval de un premio literario (cosa que ya tampoco es garantía de nada).

El Señor Gro y la hija de la viuda Stern ganó la edición del 2017 del Premio Internacional de Narrativa «Novelas Ejemplares». Se trata de una novela corta con setenta páginas rebosantes de una prosa poética, original y envolvente. 

Resumen resumido: el anciano Gro lee un libro en un banco de la plaza, todos los días el mismo libro durante años. La gente del pueblo siente curiosidad y recela, y mandan a la pequeña hija de la viuda Stern para que le sonsaque qué lectura es esa que lo mantiene tan absorto.

Esta es una de esas novelas en las que prima la atmósfera sensitiva por delante de la trama, la experiencia lectora tiene más que ver con llegar a un estado mental concreto que con la historia en sí, y por ello es difícil captar su esencia con un resumen. Porque El señor Gro y la hija de la viuda Stern conduce al lector a la esfera de las fábulas y los sueños —un poco en la línea de El Principito— para tratar cuestiones que no se pueden abarcar desde la razón o el realismo. 

¿Y qué cuestiones son esas? Pues aunque cada lector lo percibirá en función de su bagaje emocional y sus experiencias vitales, hay dos temas que toman especial relevancia: por una parte, el duelo como proceso que cada cual gestiona como buenamente puede y que tiende a aislar al individuo de su entorno y su realidad, que suele ir acompañado de culpa o tristeza o ambas, y que necesita un tiempo más o menos largo hasta que finalmente se resuelve. Por otra parte, la penalización por ser diferente, el hecho de no encajar y sufrir el aislamiento, incluso el exilio, en manos de un entorno social viciado, pequeño y endogámico. El retrato que se hace en la novela de ese pueblo o masa social, sumido en la incultura y la desidia, está muy conseguido:
«El día de la boda, se cogían de la mano como para vadear un riachuelo. La viuda Stern se dejaba felicitar por sus vecinas, que tenían en la boca un bombón pegajoso e inagotable que venía a decir, que venía a callar: ¿qué va a darle tu hija al tonto del pequeño del pescador? ¿qué va a darle tu hija, blanca como la vemos, al tonto del pequeño del pescador, si estamos hartas de verla con la falda arremangada y el culo de ese tonto entre sus piernas detrás de la tapia de la conservera? (…)»

Los hechos, palabras y pensamientos de los personajes se entrecruzan con la voz del narrador en tercera persona, sin por ello entorpecer la lectura y logrando una gran cercanía. Porque el estilo es el verdadero eje vertebrador de la obra. Las imágenes y metáforas resultan tan personales y originales que crean un mundo propio entre el narrador y el lector. No resulta sencillo elegir una sola cita puesto que las setenta páginas de la obra son una continua cita que invoca a la lectura: 

«Es muy sensato lo que dices, Gro, dijo la hija de la viuda Stern. Cincuenta años, mis pechos se me han hundido en la blusa y mi pelo es corto y es feo, y el señor Gro me llama muchacha con su voz trabajosa. Es bonito ver cómo un viejo busca una palabra y la encuentra y la dice. Se ve la palabra muy nítidamente rehuyéndole y se ve cómo suavemente la coge entre sus labios (como con las manos se saca un pájaro del nido y se le impulsa), y después la dice.» 
Así que recomendable por lo personal y expresivo de la apuesta (diría que no es un tipo de obra que abunde en el mercado por lo que aún debería ser más celebrado su reconocimiento mediante premio y publicación), y porque ofrece una lectura pausada que invita a degustar cada palabra y percibir las sensaciones que produce. Una buena oportunidad para leer porque sí y no para ver qué pasa.

martes, 18 de septiembre de 2018

Jesmyn Ward: La canción de los vivos y los muertos

Idioma original: inglés
Título original: Sing, unburied, sing
Traducción: Francisco González López (edición en castellano), Josefina Caball (edición en catalán)
Año de publicación: 2017
Valoración: muy recomendable

«No hay felicidad aquí», dice Jojo, el pequeño protagonista de trece años en medio del libro. Y tiene toda la razón. Ni hay felicidad en el mundo de Jojo, ni la hay en esta gran obra literaria, ganadora del National Book Award en 2017. Pero de eso se trata cuando se trata de hacer un retrato de una parte de la sociedad americana que vive en los márgenes, con la tragedia que acecha para irrumpir a la mínima oportunidad.

Así, son necesarias unas pocas páginas para ser consciente del dominio de la narración por parte de la autora, pues, más allá de utilizar un estilo cuidadoso en la elección de las palabras, es hábil y eficaz al elegir la estructura, repartiendo la narración entre diferentes personajes: Jojo, Leonie y Richie. La narración corre a cargo de ellos, siempre realizada en primera persona, y la autora es hábil al dotarlos de una riqueza en matices que les otorga una personalidad propia y marcada que los hace inconfundibles.

Directa al grano, Ward nos sitúa rápidamente en contexto y nos encontramos, de golpe, con una realidad asfixiante: una familia desestructurada y muy pobre, con problemas de diversa índole que arrastra de su pasado y que persisten en su presente, viviendo como buenamente puede en una casa de campo donde crían animales que servirán de alimento a sus hambrientas bocas. Y ya de entrada conocemos a Jojo, y la manera en la que la autora lo introduce en la historia es brillante: nos pone en la piel de ese niño de trece años, y empatizamos perfectamente con él, percibiendo su profundo respeto hacia su abuelo, la desconfianza hacia su madre, ausente en muchas ocasiones y totalmente despreocupada de ejercer como tal, con una figura paterna que está en la cárcel y una hermana pequeña de quien debe hacerse cargo, un tío fallecido de manera trágica; y los abuelos, esas figuras que actúan siempre como referente cuando todo lo demás se tambalea, pilares de un hogar que se sostiene a duras penas.

Una vez definido claramente el contexto, a Jesmyn Ward le bastan pocas páginas para establecer cuáles son las raíces de la familia y de la propia historia. Sabemos lo que hay y de donde partimos, pues con unas breves pinceladas sobre el pasado de los personajes empezamos a ver que, aunque lo que nos cuenta no es poco, hay mucho más, y la autora prefiere suministrárnoslo a pequeñas dosis para que podamos soportar la carga. Porque hay muchas carencias en la familia, y no únicamente de índole económica, sino también afectiva. Porque la madre está, pero no se puede contar con ella, evadida en ocasiones en sustancias psicotrópicas, el padre en la cárcel de la que saldrá en breve, la abuela terriblemente enferma, y un abuelo que infunde respeto pero que parece ser el único que proporciona cierta estabilidad a la familia. Y los niños, solos, hambrientos, desamparados y emocionalmente abandonados. Y un pasado que les marca, les persigue, les atenaza y les asusta.

Y, por si la situación no fuera ya suficientemente tensa, la autora orienta la historia hacia un viaje emprendido en coche en la búsqueda del padre que sale de la cárcel, para traerlo de nuevo a casa; un viaje que, recorriendo Misisipi desde el sur hasta el norte, los encierra dentro del vehículo en una claustrofóbica travesía, metiéndolos en un pequeño espacio que los pone al límite hasta prácticamente ahogarlos en sus propias y trágicas vidas. La sensación de agobio, de cansancio, de encerramiento es terriblemente palpable en cada una de sus páginas, y el desespero es absoluto como lo es su futuro desalentador. No hay ni un solo matiz de alegría, ni una luz que brille más allá de lo que lo hacen las miradas suspicaces de aquellos con los que topan de manera accidental, porque todo son accidentes, vitales, fortuitos, trágicos. Así, la autora aprovecha el viaje para hábilmente introducirnos la carga emocional del libro, alejándose de la supuesta road movie que uno espera para darnos pinceladas de experiencias pasadas, pero no olvidadas, historias sobre campos de trabajo donde hombres y niños negros eran esclavizados para recoger algodón hasta la extenuación, con los abusos de quien no tiene escrúpulos, sometiendo a los hombres y niños al duro trabajo en condiciones impropias para un ser humano. Y sí, hasta aquí la historia atrapa y conmueve, pues la intensidad narrativa es alta, pero arranca de manera definitiva con la aparición de un nuevo personaje...

Porque aparece Richie, y con él la historia despega y crece, pues su personaje conmueve, te atrapa, te asusta y te entristece. Porque intuimos la vida que tuvo, porque vemos a través de su experiencia esos abusos que marcan la vida por los recuerdos que dejan, de la misma manera que ocurre con el cuerpo a través de los latigazos de sus vigilantes. Así, el libro abandona parcialmente la carga de la trama en relación a los adultos, para dirigirla hacia los niños, y es en este punto, aproximadamente hacia la mitad del libro donde la historia vuela, se encierra sobre los niños a la vez que se abre en profundidad. Es ahí donde se recogen las pinceladas que la autora ha ido esbozando para tomar forma en un dibujo desolador, con los niños como símbolo de fragilidad, pero también de una fortaleza que asoma entre la miseria y el abuso, entre el maltrato y la desolación, forzándolos a una responsabilidad que supera la edad en la que la infancia debería ocupar la vida; los niños como símbolo de esperanza, como un futuro que está lleno de posibles, siempre que el éxito en la lucha permita llegar a ellos. Y es en esa segunda mitad de libro inmensa, que la historia va penetrando en las distintas capas del lector hasta suponer un peso que le arrastra hasta la profundidad de sí mismo, pues a pesar de la dureza y la aflicción que envuelve la novela su calidad impide que aparte un segundo la mirada de las páginas que vuelan como el pájaro de la portada. Porque el libro te obliga a seguir, te fuerza a sumergirte, y te somete a una desgarradora y triste historia de seres abatidos por su propia vida, por su propia desgracia, por su pasado, pero especialmente por un presente que no ha podido volar, pues la cadena que ata el paso del tiempo al pasado impide avanzar hacia un camino abierto a la esperanza.

La calidad que emana del libro viene de la potencia de su lectura a varias capas, pues nos retrata una sociedad fracturada, que aún no ha superado épocas del pasado en la que el racismo era evidente y se exhibía sin tapujos, en la que las relaciones interraciales parecían crímenes a ojos de la sociedad, especialmente a ojos de los blancos, quienes desde su lugar privilegiado abusaban y sometían a los negros. Y en cierto modo se sigue arrastrando esos tics racistas, y la autora lo expone, en los abusos policiales, en la violencia social que empaña y ensucia el clima cotidiano, siempre con una mirada hacia el pasado, pues vemos esos campos de trabajo para negros, de sol a sol, bajo la mirada del agujero del cañón de una escopeta en manos de los blancos. Y lo vemos a través del abuelo, y de Richie, y de tantos otros que sufrieron un pasado de condenable injusticia, pero también lo vemos en el presente, en los problemas en la aceptación de una familia interracial. Pero la historia no solo trata de raza, pues vemos también, en otra dimensión, una historia de amor, de amor desenfrenado y posesivo, de amor loco e irreflexivo, de amor nocivo y obsesivo, pero también vemos una historia de amor fraternal y bondadoso, de amor afectuoso y responsable, de amor protector y amable.

El libro nos ofrece una mirada cruda y real sobre el sur de EE.UU., sobre el pasado y el presente de parte de la sociedad negra que sufrió y sigue sufriendo, y lo hace con historias estremecedoras sobre personajes que, de tan magistralmente retratados, acaba conformando una realidad de la que no deberíamos separarnos, apartarnos, sino combatirla, y enterrar esas injusticias que hace demasiado tiempo que duran. Pero no únicamente ofrece este análisis, pues también es un retrato de lo que es una familia desestructurada, perfectamente narrado, con suficientes matices para huir de la típica historia que hemos visto mil veces, porque aquí la realidad y la honestidad se palpa en cada frase, no hay nada forzado, todo está perfectamente calibrado y suena tan real que es imposible salir de la historia indemne. Porque estamos delante de un inmenso libro, del que no puedes despegarte porque, a pesar que el peso de su historia te pide a gritos salir, airearte y alzar los ojos, su carga emocional y la capacidad narrativa de la autora provoca que se abra un vacío inmenso del que no es fácil salir, pues te arrastra hasta el mundo de Jojo y Richie, un mundo de que los niños no deberían formar parte, un lugar en el que los que viven en él están condenados a sufrir, pues están solos, desprotegidos y emocionalmente abandonados.

Y el canto del título, un canto a la lucha de los desamparados, de los humildes. Un canto a favor de una vida no experimentada de la manera en que debería serlo; una vida llena de cicatrices que la violencia de las vivencias soportadas ha debilitado hasta la casi extenuación. No hay optimismo para esas vidas, únicamente la necesidad de salir adelante e imaginar que otras vidas son posibles, a pesar del mundo que les agrede, de la sociedad que los maltrata, del azar que juega con ellas en una partida con las cartas marcadas como muescas causadas en su propia piel durante su cruel pasado. Ni la presencia de los espíritus, de los fantasmas del pasado, logran apartar ni un solo momento la historia de su trágico realismo, pues todos tenemos nuestros fantasmas que nos persiguen y nos echan en cara las decisiones erróneamente tomadas. Y los fantasmas nos persiguen, nos acechan, y no tendremos descanso hasta que afrontemos nuestro pasado y podamos luchar, cara a cara, con nuestros propios miedos y temores.

PD: he puesto la edición en catalán, pues encuentro más acertada la traducción del título (más fiel al inglés original: «Sing, unburied, sing»)

lunes, 17 de septiembre de 2018

Mircea Cărtărescu: El ala izquierda. Cegador, I

Idioma original: Rumano
Título original: Orbitor. Aripa stângă
Año de publicación: 1996 (Rumanía) - 2018 (edición de esta reseña)
Traducción: Marian Ochoa de Eribe
Valoración: Imprescindible


La imagen de un adolescente enfermizo y ojeroso contemplando, "como un sarcopto que excava canales en su piel de luz antigua", su propio reflejo y la ciudad de Bucarest desde la ventana de su habitación abre este primer volumen de la monumental trilogía “Cegador” y da una idea general de lo que en el encontraremos.

Porque “El ala izquierda” es un libro que parte del extrañamiento de uno mismo, una especie de autobiografía mítica, una profunda indagación en la propia identidad en la que memoria, recuerdo y nostalgia juegan un papel fundamental. Es, además, un paseo por un laberinto de espejos en un continuo realidad-alucinación-sueño separadas por membranas permeables, un libro tremendamente metafórico, plagado de imágenes y símbolos, de miedos atávicos y ritos ancestrales.

También podríamos definir “El ala izquierda” como el intento desesperado de responder a una pregunta tan sencilla y tantas veces planteada como “¿qué demonios sucede?”. Para averiguar qué sucede, quiénes somos o cómo hemos llegado hasta aquí, se hace necesario excavar en el pasado porque “el pasado lo es todo, el futuro no es nada. No existe otro sentido del tiempo”.

En esta excavación (utilizo excavación porque me recuerda a esos insectos tan recurrentes en la narrativa de Cărtărescu), el autor se remonta a los orígenes familiares casi míticos, con la huida (con tintes bíblicos) de sus antepasados desde Bulgaria a Rumanía.

Esta crónica familiar se detiene, en la segunda parte del volumen, en la figura materna. Esta parte de la narración es, digamos, la más convencional. Estamos en la sombría Bucarest de la Segunda Guerra Mundial y de posguerra y podría leerse como una novela de formación en la que asistimos a episodios clave de la juventud de la madre; episodios marcados por la guerra (bombardeos), la muerte, la devastación y el sexo. No obstante, también esta parte tiene sus momentos oníricos, como la historia del negro Cedric en Nueva Orleans o el turbador encuentro con una mujer encerrada durante años en una cabina de ascensor (y hasta aquí puedo leer).

La tercera y última parte de “El ala izquierda” parte de un recorrido por la Bucarest de los años 80, un Bucarest que se asemeja por momentos a míticos territorios literarios, y se centra en la figura del solitario y melancólico Cărtărescu, quien vuelve a sus recuerdos de infancia y adolescencia, recuerdos marcados por el descubrimiento del sexo y de mundos ocultos y desconocidos, como el de la azotea de la casa de Stefan cel Mare, en permanente metamorfosis. 

Estamos, en resumen, ante un libro crepuscular, grotesco y fascinante como el universo y como la mente humana, a medio camino entre la lucidez y la perversidad, con terribles analogías entre lo individual y lo total. Como decía al comienzo de la reseña, se trata de un libro muy metafórico (mucho),  que deja abiertas multitud de preguntas, multitud de dudas, y que, pese a todo, se lee con "relativa" facilidad. Porque si algo caracteriza la prosa de Cartarescu, además de su capacidad para reflejar los miedos y deseos más profundos e inconfesables del ser humano de cualquier época y lugar (y aquí vienen a la mente nombres como el de Kafka, Borges o Proust), es el ritmo. Creo que Cartarescu es un autor muy marcado por el fondo de sus textos y se nos olvida valorar que, pese a la complejidad de los mismos, su escritura resulta terriblemente absorbente y ágil.

Un único pero: ¡tenemos que esperar un año y medio para la segunda parte de "Cegador"!

P.S.: Lo dije en la reseña de "Solenoide" y lo vuelvo a decir: es algo totalmente subjetivo, pero el trabajo de Marian Ochoa de Eribe me parece complicadísimo e impecable.

domingo, 16 de septiembre de 2018

Kurt Vonnegut: Cuna de gato

Idioma original: inglés
Título original: Cat's cradle
Año de publicación: 1963
Traducción: del catalán, edición leída, Martí Sales
Valoración: recomendable

Ahí, como un espécimen inclasificable entre contracultura y nuevo periodismo y narrativa contemporánea cuyos grandes bastiones (De Lillo o Pynchon) se mantienen activos, estaba Vonnegut. Un escritor con pinta de cachondo al que hay que tomarse en serio. No es para menos cuando la lectura de esta extraña novela me ha sonado a referencias tan dispares como  Huracán en Jamaica o Merienda de negros, o  Las esposas de Los Álamos, siendo a la vez una sátira sobre el imperialismo yanki y un cruel ejercicio sobre la idolatría, sea esta o no consentida, de héroes nacionales de lo más dispares.
Un joven periodista se obsesiona con la familia de uno de los principales científicos del Proyecto Manhattan. Decide preguntarles qué hacían aquel día: 6 de Agosto de 1945. Sin un motivo concreto, Vonnegut ya ha marcado territorio. El vuelo del Enola Gay y su sórdida misión como hito de la historia americana, como el 22-11-1963, como el 11-9-2001, como esas fechas veneradas por esa nación sedienta de cimentar a toda costa una historia con la valiosa complicidad de los medios de comunicación.
La búsqueda, cómo intenta contactar con los tres hijos del científico (todos ellos seres peculiares, id a saber qué quiso Vonnegut que interpretáramos de sus peculiaridades), cómo se relaciona con ellos y qué dispares circunstancias han tomado tras la muerte de su padre, le llevará hasta San Lorenzo, isla en algún lugar al sur de los Estados Unidos (no es difícil pensar que sea algo parecido a Cuba o a alguna república bananera de las que tanta inestabilidad registraban por los 60) donde un gobierno títere parece dispuesto a abrazar a cualquiera con tal de que acepte presidir su gobierno, a todas luces una tiranía absoluta con la población entregada a una religión inverosímil (el kononismo), religión que parece ser una cortina de humo para controlar a la sociedad, asustada ante un severo castigo cuya amenaza su día a día de forma fría: el gancho en el que los disidentes, los contestatarios, los opositores pueden ser colgados de forma arbitraria.
Aquí Vonnegut derrama acidez a espuertas y es evidente que toma una fuerte voz crítica contra toda la era en que USA se empeñó en maniobrar políticamente en América Latina para evitar que una posible contaminación del caso de Cuba descompensara el precario equilibrio entre bloques de la Guerra Fría.
Una novela corta con evidentes dobles lecturas y que ayuda, a través de escenas surrealistas con toques hilarantes, a conocer la obra de Vonnegut, escritor sin ataduras ni compromisos (incluso poco dado a alinearse con corrientes literarias) que muestra aquí una excéntrica creatividad que deleitará a los curiosos.

También de Vonnegut en ULAD: Matadero cincoUn hombre sin patria


sábado, 15 de septiembre de 2018

Hugo Pratt; Las Etiópicas


Idioma original: Francés
Título original: Les Éthiopiques
Año de publicación: Entre 1972 y 1973
Traducción: Miguel Sánchez y Manuel Domínguez
Valoración: Está muy bien

Al verano de los que habitamos en Hemisferio de arriba le queda un suspiro. Ha sido una buena temporada, entre otras cosas, porque ha dado para escapar un par de ocasiones a la playa en compañía de un tipo entrañable, al que uno aprecia una enormidad. Un auténtico y, por supuesto, irresistible seductor, del tipo parco pero certero, de la familia de los tímidos aunque desenvueltos y de condición mediterránea a la vez que universal. Seguro que ya tienen identificado a mi compañero de escapadas playeras. Se trata, en efecto, de Corto Maltés. Y así, las tardes de sombrilla, sillita de aluminio, nevera repleta de hielo y cerveza, chapuzones y lectura han sido también un viaje por el desierto de Yemen y las sabanas del África Oriental, a través de los cuatro episodios que completan este álbum bajo el título de Las Etiópicas.

Uno de los rasgos más peculiares del escritor y dibujante Hugo Pratt (Rímini, Italia, 1927 / Suiza, 1995) era el gusto por documentarse en profundidad con literatura, geografia o historia, sobre los lugares y momentos en los que decidía alojar sus ficciones. En este caso, además, Hugo Pratt contaba con los recuerdos de su infancia y adolescencia, transcurrida en gran parte junto a su padre -fascista y funcionario colonial- en los territorios ocupados por la Italia de Mussolini en el cuerno de África, allí donde empezó a mostrar su talento artístico garabateando camellos. El proyecto imperial italiano, claro está, no tuvo demasiado éxito y el padre de Pratt murió, derrotado y preso por las fuerzas de Hailé Selassie y el ejército británico y él acabó deportado a su país antes de que finalizase la 2ª Guerra Mundial. Pero en su cabeza ya estaban incrustadas las imágenes, gestos y rasgos que acabaron como tinta en estas viñetas.

Los cuatro episodios del álbum se publicaron entre agosto de 1972 y abril de 1973 en la revista francesa Pif Gadget y ya reunidos como libro en 1978. Fueron los últimos episodios que Hugo Pratt entregó a esta publicación, que en la época tiraba una media de 400.000 ejemplares por semana y pertenecía a la editorial Vaillant, vinculada al Partido Comunista Francés, que consideraba a Corto Maltés demasiado libertario, muy suelto ideológicamente. Y así era, por supuesto. Uno de los grandes atractivos de Corto Maltés es precisamente encarnar ese espíritu atribuido a los marineros; imprevisibles, desprendidos, independientes, tolerantes y cosmopolitas, extensible a la idealización del propio mar (o, como en este caso, transmutado en desierto) como refugio de gentes libres e indomables, no sometidas más que a su propio código hecho de aventura, generosidad, compañerismo y desafío.


Poco antes, en 1969, Hugo Pratt había regresado a Etiopía, donde localizó la tumba de su padre, llegando hasta la desembocadura del río Rufiji, frente a la isla de Mafia, en Tanzania, lugar en el que los británicos habían hundido en 1916 el Konigsberg, un navío de guerra alemán. De esta circunstancia, Hugo Pratt extrae el molde para Les Hommes-léopards du Rufiji –aquí traducido como Leopardos- la historieta que cierra Las Etiópicas y que gira alrededor de los hombres leopardos, una especie de multinacional justiciera panafricana. Y ahí está otra de las constantes de Hugo Pratt, que ya afloró en El sargento Kirk, realizada en Argentina en los años 50 con guiones de Héctor Germán Oesterheld; la presencia de indígenas, de rasgos fieros y altivos, tan listos, sagaces y sexys –o ruines y deplorables- como los blancos. Tratados como iguales, sin condescendencia ni superioridad. En el nombre de Alá compasivo y misericordioso, que abre Las Etiópicas, aparece Cush, un joven guerrero afar de al tribu Beni Amer, intransigente y bravo que acaba forjando una fraternal amistad con Corto Maltés. El mismo Cush que es uno de los protagonistas de otra de las grandes y posteriores series de Hugo Pratt, Los escorpiones del desierto, en la que deja caer que su amigo maltés pereció en las Brigadas Internacionales que participaron en 1936 en la Guerra Civil española.


Es este carácter fragmentario del álbum una de las razones que hacen que no sea uno de mis favoritos, pues las tramas no alcanzan la profundidad y complejidad de libros como  La balada del mar salado, La casa dorada de Samarkanda o Corto Maltés en Siberia. Pero Las Etiópicas, ambientadas en 1918, son los únicos episodios de Corto Maltés que discurren en África, están muy bien por que encontramos algunos de las obsesiones y virtudes más propias de Hugo Pratt. Está el dibujo en blanco y negro, depurado y expresivo, que editores poco escrupulosos se han encargado de desvirtuar con untadas de colorines comerciales. Y también una técnica narrativa que le debe mucho al montaje cinematográfico, que en aquellos años se sacudía décadas de formalidad y clasicismo. Hugo Pratt bordaba las escenas de acción y sacaba petróleo de las viñetas sin texto, que transmiten tanta riqueza y matices psicológicos y narrativos. O los momentos para la introspección onírica, como cuando se ve envuelto en una lluvia de piedras. Y también algunos de los defectos que se le achacan, como las viñetas en las que el texto acaba por ahogarlas

 Más reseñas de Hugo Pratt en ULAD: La balada del mar salado

viernes, 14 de septiembre de 2018

VV.AA.: Poshumanas y Distópicas: Antología de escritoras españolas de ciencia ficción

Idioma original: español, catalán, italiano
Año de publicación como antología: 2018
Valoración: recomendable para el público en general, imprescindible para aficionados al género

Hay dos prejuicios a los que se enfrenta esta antología: la primera, que en España no se escribe ciencia-ficción, eso es cosa de los americanos, y como mucho de los soviéticos; la segunda, que la ciencia-ficción es un género de hombres y para hombres. Y esto, en un año en que tanto se está hablando de la precursora Mary Shelley, y en que N. K. Jemisin ha ganado el Premio Hugo por tercera vez consecutiva, resulta ya un poco difícil de defender. Frente a estas ideas, esta antología muestra una larga lista de relatos de ciencia ficción de escritoras españolas, desde el siglo XIX (con la presencia, también precursora, de Emilia Pardo Bazán) hasta nuestros días (incluidas varias de las autoras más importantes del género en la actualidad), organizados temáticamente en dos volúmenes: Poshumanas (con relatos que tratan fundamentalmente de la interacción entre tecnología y biología) y Distópicas (en que se nos presentan diversos universos, futuros o no tan futuros, tenebrosos y desasosegantes).

En este caso, no cabe duda de que las dos antólogas, la escritora y académica Lola Robles, y la profesora e investigadora Teresa López-Pellisa, están perfectamente preparadas para organizar y presentar estos volúmenes, por sus anteriores trabajos teóricos, históricos y críticos sobre este género y su desarrollo en España. Hay que tener en cuenta, en todo caso, las limitaciones con las que inevitablemente han trabajado: en algunos casos, los cuentos incluidos son los únicos de ciencia-ficción escritos por sus autoras; en otros, se trata de relatos escritos por autoras que son más frecuentemente asociadas a la novela; algunos de los cuentos se deben a mujeres de las que no se sabe prácticamente nada, y otros fueron originalmente publicados en lenguas diferentes al español... Ha sido por lo tanto necesario un trabajo de investigación, recopilación y (en algunos casos) traducción, realizado en colaboración con los alumnos del master de edición de la UAM, que da como resultado una antología doble que, si bien es irregular como casi todas las antologías, tiene algunas joyas que sin duda merecían ser rescatadas.

Quizá uno de los relatos más memorables de ambos volúmenes sea el de Sofía Rhei, la escritora que, de acuerdo con la dedicatoria del libro, dio la idea para esta iniciativa. "Informe de aprendizaje" es un cuento que se sitúa en el "giro lingüístico" de la ciencia ficción (a lo Arrival), ya que la protagonista es una intérprete jurada que debe aprender el idioma Eek -O1, con la ayuda de un juguete pedagógico que quizás sea un artefacto tecnológico, o una modificación genética de otro ser. También es notable "Crisálida", de Blanca Mart, el relato con el que se abre el volumen Distópicas, una historia de conflictos entre especies con un innegable aire a Bradbury. "Hambre", de Cristina Jurado, una especie de cuento de náufragos espaciales, es probablemente el relato más oscuro e inquietante de la antología. Por su parte, "Bifurcaciones", de Susana Sussmann, representa en esta antología al subgénero de los viajes en el tiempo y sus infinitas paradojas, en un cruce de El efecto mariposa y Cronocrímenes.

Ambos volúmenes incluyen también algunos nombres fundamentales de la literatura de ciencia ficción en español, o de la literatura española en general. Por ejemplo, Elia Barceló, la escritora más conocida y antologada, cuyo relato "La mujer de Lot" es una indagación psicológica sobre las decisiones vitales y los lugares a los que nos conducen, o Rosa Montero, autora de novelas de ciencia ficción como Lágrimas en la lluvia o La carne, que contribute al volumen Poshumanas con un cuento sobre la autoconsciencia de los androides muy en la línea de su Bruna Husky. La propia Lola Robles, una de las antólogas, participa en la antología con un relato ("Mares que cambian") sobre un mundo en el que las identidades sexuales y de género se han diversificado al mismo ritmo de la evolución tecnológica.

Algunos de los relatos pueden considerarse como alegorías filosóficas o incluso políticas. Es el caso de "Cuento absurdo", de Ángeles Vicente; de "La cabeza a componer" de Emilia Pardo Bazán; de "La droga" de Roser Cardús; de "Electroamor" de María Laffite, que por otra parte quizás sea el más interesante desde el punto del vista del estilo, o "La casa de Àngel" de Rosa Fabregat, uno de los cuentos que, personalmente, menos me han interesado. "El jardín de alabastro", de Teresa Inglés, que tiene una base de ciencia ficción más tradicional, también se sitúa en cierto modo en el campo de la alegoría literaria, estética y filosófica. Por su parte, "Hombres por correo Lohmann" de Laura Fernández, adopta un tono humorístico y desenfadado que no encontramos en muchos relatos de este género, mientras que "Pastor de naves", de Felicidad Martínez, recuerda, por su tema y su protagonista, a El juego de Ender.

No faltan, por último, relatos de anticipación que pueden arrojar luz sobre problemas actuales. Es el caso de "Casas rojas", de Nieves Delgado, una historia sobre la utilización de androides (o "ginoides") diseñados únicamente para satisfacer las necesidades sexuales masculinas, sin tener en cuenta su propia naturaleza o necesidades; de "La vida sin cáncer" de María Zaragoza, que corre el peligro de caer en el ludismo en su denuncia de un avance científico (médico, en este caso) que no se ve correspondido por un avance humano paralelo; o de "Eternidad", de María Angulo, que podría apuntar hacia los peligros de la selección genética mal empleada. Varios de los relatos ya mencionados, por otra parte (por ejemplo "Casas Rojas", "Mares que cambian", "Crisálida" o "Quimiums", de Mª Concepción Regueiro), inciden en algunos de los debates más actuales en cuestiones de género, con reflexiones sobre las diferencias de género o sobre el control biopolítico de los cuerpos y su utilización como objeto de consumo.

Como toda antología, esta también está abierta a la crítica por lo que incluye y lo que excluye; en dos volúmenes con una docena de relatos cada uno, es inevitable que no todos mantengan el mismo nivel, o que no todos resulten igual de atractivos a todos los lectores. De lo que no cabe duda es de que las antólogas han conseguido ofrecer un panorama amplio, en lo cronológico, lo temático y lo estilístico, en la que además se encuentran muchos de los nombres más reconocibles del género en la actualidad. También la mayoría de los subgéneros de la ciencia ficción (los viajes espaciales, los viajes en el tiempo, la distopía o el relato de anticipación, el relato de androides...) tienen sus representantes en el conjunto.

Creo que estas antologías pueden ser interesantes para varios tipos de público: a quien le guste la ciencia ficción, encontrará aquí seguramente textos y autoras que no conoce; a quien no sea tan aficionado al género, aquí puede encontrar un buffet libre con un poco de todo para aproximarse a él; también puede ser útil para quien esté interesado en la historia de la literaria española, o en la literatura de autoría femenina en los últimos dos siglos. Por último, quien esté interesado en profundizar en la ciencia ficción española, puede querer profundizar en la línea abierta por estos libros; puede, por ejemplo, buscar la Historia de la ciencia ficción en la cultura español, de una de las antólogas, Teresa López Pellisa, o navegar (y nunca mejor dicho) por La Nave Invisible, donde encontrará mucha información sobre estas y otras autoras de género fantástico y de ciencia ficción.

jueves, 13 de septiembre de 2018

Alberto Moravia: El hombre que mira


Idioma original: Italiano 
Título original: L'uomo che guarda
Traductora: Silvia Querini
Año de publicación: 1985
Valoración: Se deja leer 

Tras leer Los indiferentes, El conformista o La campesina, obras de Alberto Moravia que me parecieron espectaculares, llegaron La atención y El tedio. Éstos últimos no son libros malos, pero sí algo insípidos. A ver, sus aspectos positivos los vuelven redimibles, y debo reconocer que Moravia me tenía demasiado bien acostumbrado, por lo que, pese a la relativa decepción que supusieron, di otra oportunidad al escritor romano sin titubear. Por desgracia, me topé con El hombre que mira. Y, sinceramente, no tengo claro si debo seguir insistiendo con Moravia o limitarme a paladear nostálgicamente nuestros buenos momentos.

Vayamos por partes. Tenemos a tres personajes: un profesor universitario, su padre y Silvia, la esposa del primero. Ella le dice a su marido que necesita reflexionar y abandona el piso donde viven. Piso que pertenece al padre (el del marido, no el de ella) y en el que habitan los tres. Por cierto: padre e hijo mantienen una relación tensa desde hace años. Se podría decir, de hecho, que son rivales: los ideales de uno chocan con los del otro de forma irreconciliable. También sus personalidades. 

Pues bien, ¿por qué esta novela no me ha gustado? Para empezar, porque pienso que El hombre que mira podría haberse zanjado con la mitad de páginas. Por si su volumen excesivo (para el tipo de historia que cuenta, me refiero) no fuera suficiente, el argumento se narra con una lentitud exasperante, y ciertos pasajes son extremadamente reiterativos, si no directamente superfluos. A todo eso hay que sumarle el escaso interés que suscita su premisa. Vale, las relaciones paterno-filiales tienen su encanto. Kafka. Fante. Ellos lo bordan. Pero Moravia, en cambio, es incapaz de ofrecer algo de sustancia a este conflicto. 

Para colmo, en El hombre que mira apenas hay simetría entre los dos personajes principales, el padre y el hijo. La balanza se inclina todo el tiempo hacía el padre. Y es que el hijo es un personaje soso, aburrido, además de poco verosímil. Moravia parece despreciarlo; le retrata como uno de esos hombres pasivos, castrados, que tanto pueblan sus novelas. Tampoco el padre sea la gran cosa, en realidad. No voy a destripar ciertos acontecimientos, pero la historia se empeña en dar una relevancia al padre que, a mis ojos, no tiene. Su personaje solamente destaca, si acaso, por contraste con el del hijo. Además de, como decía, por imposición del autor; al fin y al cabo, sospecho que Moravia se quiso proyectar en él. 

Otra característica literaria propia de Moravia que podemos encontrar en El hombre que mira, además del arquetipo del hombre pasivo, es el uso de escenas sexuales explícitas, casi pornográficas. Aunque aquí está mal ejecutada. En este libro, dichas escenas se me han antojado vulgares. Y su intencionalidad, infantil. De nuevo, sospecho que Moravia quiso proyectarse en este texto. Me sabe mal no poder entrar en detalles, aclarar por qué digo esto, pero repito que no quiero revelar la historia a quien quiera leerla. Así que me quedaré aquí, aunque podría poner a parir más a El hombre que mira. Avisados estáis.


También de Alberto Moravia en ULAD: Los indiferentes, El conformista