jueves, 19 de septiembre de 2019

Monika Zgustova: Un revolver para salir de noche

Idioma original: español
Año de publicación: 2019
Valoración: Recomendable



Antes de nada he de advertir que bajo este título encontrarán una biografía novelada del matrimonio Nabokov, Vladimir y Vera, su vida en común, personalidad de cada uno, así como la relación entre la vida del escritor y su obra. Y es que el título, por muy impactante y atractivo que sea, puede disuadir a sus potenciales lectores y atraer a quien esté buscando otra cosa. ¿Dónde está, pues, el revólver? Aparece uno, es cierto, pero muy a trasmano y creo que tiene un sentido fundamentalmente simbólico: Zgustova lo utiliza para caracterizar a uno de los personajes. En cuanto a su función literal, no sé si el hecho al que alude está comprobado o se basa en la mera rumorología.
¿Cómo enfocar una vida tan compleja, tan rica en amores, títulos publicados, giros en la trayectoria vital, migraciones más o menos voluntarias, vida social intensísima? Se podía optar por elaborar un grueso volumen repleto de datos, fechas, nombres, sucesos históricos, éxitos y catástrofes con abundante bibliografía adjunta, pero ese no es el estilo de la autora checa afincada en Barcelona, que además de traductora y periodista tiene unas cuantas biografías en su haber. Ella se inclina por un tratamiento más literario, le gusta evocar, crear ambientes, utilizar el flujo de conciencia, centrarse en unos cuantos hitos escogidos de forma totalmente subjetiva para ofrecer su particular visión del personaje principal. Que, en mi opinión, es el equipo Nabokov –no solo Vera como se anuncia en la sinopsis– ya que la vida y el trabajo de esta se desarrollaron siempre en función de Vladimir.
Leyendo la novela nos queda la impresión de que, de no haber conocido a Vera y al margen de su talento, es muy posible que Nabokov no tuviese el reconocimiento internacional que tuvo y sigue teniendo. En primer lugar, porque ella fue quien se propuso que su marido llegase a ser alguien, y por ello le apartó de la poesía y le metió de cabeza en la novela, también porque su condición de judía les obligó a huir de Berlín a Estados Unidos en la época de Hitler, y ya se sabe que quien triunfa en ese país no pasa inadvertido en el resto del mundo, pero sobre todo porque se empeñó en que Vladimir, si quería hacerse un nombre, no tenía más remedio que dejar su idioma materno y obligarse a escribir en inglés. Opinaba lo mismo el círculo de escritores que frecuentaban, así que se puso a ello, y aunque le ocasionó bastantes quebraderos de cabeza, ya conocemos el resultado. A Vera se la describe como una mujer ambiciosa, voluntariosa, autoritaria y testaruda. El personaje está muy bien trazado, desde luego, se trata de un carácter de una pieza con muy pocos puntos débiles que disimula bastante bien. Pero esto es literatura, tampoco hay que tomárselo todo al pie de la letra. Quizá fuese así, no digo que no. Quizá.
Descubriremos también de dónde han salido algunos personajes y argumentos, en qué momento de su vida se originaron, cuándo los recuperó, cómo los distorsionó y qué dejó tal como estaba. Sí, también conoceremos el origen de Lolita. Sus diversos orígenes, porque el escritor se basó en más de una vivencia. Les aseguro que van a sorprenderse. Pero, insisto, el único que sabía a ciencia cierta si lo afirmado se ajusta a la verdad era Nabokov, y no puede desmentirlo ni confirmarlo. Zgustova recrea una época y construye unos caracteres ensamblando hábilmente los datos objetivos con su propia imaginación. El resultado es un relato homogéneo en el que todo transcurre con fluidez, sin fisuras entre ficción y realidad. Esto supone un predominio del aspecto novelesco sobre el histórico y es la causa de que no sepamos a que atenernos. Con ello es la literatura quien sale ganando, si alguien desease completar la información no tendría más que consultar otras fuentes.
Un texto agridulce y melancólico que nos deja con ganas de seguir leyendo pero al que en realidad no le falta nada, porque acumular datos eliminaría nuestra sensación de habernos trasladado a otro mundo, de haber acompañado casi físicamente a personas que transformaron la realidad de alguna forma. En otras palabras, dejaría a la novela sin su magia.

miércoles, 18 de septiembre de 2019

Marguerite Duras: El dolor

Idioma original: francés
Título original: La doleur
Año de publicación: 1985
Traducción: Clara Janés
Valoración: muy recomendable

Como profano en la obra de Marguerite Duras, salvo por la escueta consulta que he efectuado en la red y la información contenida en solapa y post-data de este libro, me limitaré a apuntar que no sé si esta es una obra representativa. Parece una publicación de un escritor que, en el fragor de una gran repercusión, rescata escritos a requerimiento de cierta presión, no editorial, más bien percibo que como consecuencia de ese gran éxito que acarrea entrevistas, interés desmedido, cierta euforia bien entendida a la que se intenta dar respuesta.
Bueno, también sabía sobre Duras que era la casera (supongo, real) de Vila-Matas, en la notable París no se acaba nunca.
Hecha esta breve puntualización, El dolor es una obra muy notable. Una demostración, a tenor de lo apuntado por la autora (diarios que apenas recuerda haber escrito), de que incluso abordando textos íntimos, dígase menores o sin una intención directa de ser divulgados, ciertos escritores lo son, y punto. Hasta dirigiéndose al papel en blanco, Duras es aquí extremadamente respetuosa con la forma, disponiendo de un fondo, de unos hechos reales y vividos que ya son fascinantes de por sí. El grueso de este libro, sus cuatro primeros relatos, se circunscriben en diferentes momentos relacionados con la Segunda Guerra Mundial, con la Francia ocupada, con la Resistencia, los colaboracionistas y con el durísimo e incierto proceso de la repatriación de los prisioneros de los campos de concentración.
Robert L., marido de Duras, es uno de ellos, un prisionero que, cuando el conflicto está acabando, está en uno de los campos que ha sido liberado. Duras le espera y acude al Servicio de Indagaciones a saber qué ha sido de él. El caos reina, se sabe de las medidas desesperadas que los nazis han aplicado cuando han sospechado que van a ser derrotados y sus actos serán juzgados. Se habla de las marchas de la muerte y de los fusilamientos. Hasta aquí, podríamos decir que se trata de una narración lógica de la desesperación ante la incerteza. Pero Duras la quiebra cuando confiesa que, en ausencia de su marido, tiene ya una nueva pareja, D., igualmente miembro de la resistencia y colaborador activo en las indagaciones. No es la única ruptura con el estereotipo: Duras mismo reconocerá un par de relatos más adelante (pero igualmente en uno de los cuatro relatos marcados como “reales”, o sea, no “creación”) haber dirigido una cruel sesión de tortura donde un colaboracionista con la Gestapo es duramente golpeado en la oleada de represalias post-liberación. Entre estos dos relatos, un fascinante episodio en el cual Duras mantiene contacto con un mando alemán, el que detuvo a su marido y que sorprendentemente se presta a ayudarla, en una tensa relación de desconfianza mutua que parece ir a adquirir tintes trágicos en cualquier momento. Fascinante segundo relato que completa un terceto inicial que bien podría resumir la esencia del conflicto: la tragedia, la traición, la venganza.
Todo ello escrito en un tono solemne pero no lacrimoso, siempre (recordemos, el punto de partida es un diario) con una sinceridad descarnada antes que grandilocuente. Los diarios de la supervivencia en el peor de los escenarios y un documento estremecedor por el mero hecho de ser eso: sencillo, sincero, resignado, pero no exento de rabia.

martes, 17 de septiembre de 2019

Stephen King: Cementerio de animales

Idioma original: Inglés
Título original: Pet Sematery
Año de publicación: 1983
Traducción: Ana Mª de la Fuente
Valoración: más que recomendable

Como cualquier día de éstos (ojalá pronto) los pazguatos de la Academia Sueca se dejarán de sus tonterías y le concederán el premio Nobel al Rey, don Stephen Edwin King, he pensado que ya iba siendo hora de reseñar alguno de sus muchos libros, antes de que se conviertan en mainstream (esto es broma); y ya puestos, mejor una de sus novelas "clásicas", que no por más conocidas, adaptadas y comentadas dejan de ser obras de un indudable interés.

Porque, eso sí, si por algo se caracteriza este autor es por ser capaz de sacar historias no ya interesantes, sino de lo más originales -amén de terroríficas, claro- de cualquier parte; en esta novela, de algo aparentemente banal, aunque no poco morboso, eso sí, como es un cementerio en el bosque donde los niños de un pueblo de Maine entierran a sus mascotas, y que está cerca de la casa a la que se mudan los protagonistas, el doctor Louis Creed y su adorable familia, procedentes de Chicago. Familia adorable -gato incluido-, a la que, como cabe esperar en cualquier libro de Stephen King, comienzan a ocurrirle cosas poco agradables e incdehorripilants horripilantes... Bueno, de acuerdo, reconozco que, ya de por sí, lo del cementerio de mascotas es una idea no sólo morbosa, sino que da bastante repeluzno (y lo dice alguien que gasta sus vacaciones visitando tumbas de escritores)... pero lo que causa más pavor de esta o cualquier otra de las novelas de King no es tanto, o no sólo, la impronta sobrenatural o paranormal que desvelan, sino más bien todo lo contrario, esa apariencia de cotidianeidad, de normalidad en las que se desarrollan (como bien señala Juan Bonilla en un reciente artículo).

Tampoco es que Cementerio de animales sea "sólo" una novela de terror; mejor dicho, sí que lo es -y en no poca medida-, pero, de igual modo que cualquier otro libro escrito por King, no se trata únicamente de un instrumento para dar miedito al personal: siempre hay algo más. Lo mismo que, no sé... por ejemplo Carrie no es sólo la historia de una chica con poderes psíquicos, y ni siquiera sólo una novela sobre la adolescencia (¿y una novela para adolescentes?), Cementerio... es una novela sobre la responsabilidad, sobre la culpa y la posibilidad -o no- de redimir nuestras faltas (para resumir, sobre las vicisitudes de la paternidad). tampoco digo que King sea Dostoyevski, vaya, pero ni falta que le hace... Y conste que, en cuestiones formales, el Rey es impecable: construye sus creaciones con la perfección da una maquinaria de artesano suizo (aunque quizás se trate más de un maligno autómata steampunk que del consabido reloj de cuco); cierto que a algunos puede que nos pille ya un poco toreados, porque no es lo mismo leerlo a los quince que a los "taitantos"... Se le ven un poco las costuras, sí, pero la maquinaria narrativa avanza inexorable y eficaz como una división Panzer hasta que el barro ucraniano les tiró por el ídem.

De todos modos, hay que admitir que lo más importante de los libros de Stephen King es algo muy curioso, que no sé hasta qué punto ocurre con los de otros autores: puedes estar tirado en la cama de un hotel o sentado en la sala de espera de un aeropuerto o en un vagón de metro, o sobre una toalla en el césped de una piscina municipal, leyendo la narración de algún suceso horripilante que le ocurre a una pobre y simpática familia, la aparición de un fantasma una noche de invierno en medio de los bosques de Nueva Inglaterra o algo parecido... y de repente, te das cuenta de que estás en casa. En la casa que King ha construido para nosotros con sus libros, que, en verdad, puede estar maldita o encantada o acosada por un payaso diabólico o albergar a una psicópata o a un loco con un hacha, lo que sea, pero no deja de ser nuestro hogar.




Tropollón de libros del Rey reseñados aquí

lunes, 16 de septiembre de 2019

William H. Gass: La suerte de Omensetter

Idioma original: Inglés
Título original: Omensetter´s luck
Traducción: Ce Santiago
Año de publicación: 1966
Valoración: Muy recomendable

La publicación en España de la obra de William Gass ha sido un tanto “guadianesca”. Publicado por primera (y efímera) vez por Alfaguara en el año 1985, han tenido que pasar más de treinta años para que podamos ver de nuevo, gracias a La Navaja Suiza, su obra en nuestras estanterías. Así, ya son tres la referencias de William Gass en su joven catálogo: “En el corazón del corazón del país”, “Sobre lo azul” y este “La suerte de Omensetter”.

Quizá no haya que romperse demasiado la cabeza buscando los posibles motivos de esa larga espera. Gass es un escritor “complicado” que requiere un cierto esfuerzo por parte del lector y que difícilmente figurará en las listas de “Lo más vendido”, pero su indudable calidad literaria compensa con creces cualquier otra consideración.

Me centro. “La suerte de Omensetter” fue la primera novela de Gass (ojo a la novelesca historia de su reescritura, explicada por el propio autor en una apostilla final) y trae ecos de Faulkner (¡cómo me recuerda este libro a “El ruido y la furia”!) o de Joyce. Y es que Gass es uno de esos autores en los que la forma es casi tan importante como el fondo.

El fondo es la llegada de Brackett Omensetter y su familia a la localidad de Gilean en la última década del siglo XIX. Es, resumiendo muy mucho, la narración de los efectos que la llegada de un elemento extraño y las acciones que este realiza provocan en la comunidad. Elemento extraño en un doble sentido: el de persona venida de lejos sin que se conozca nada de su pasado y el de persona fuera de los usos y costumbres de la comunidad, hasta el punto de que Omensetter puede ser considerado, al mismo tiempo, un nuevo profeta o un brujo, un ser puro, un idiota o un cabrón,  un contemplativo, un ser confiado en su destino, un ser sin conciencia o un indiferente. Clave en esta parte son las referencias religiosas: desde el propio apellido del protagonista (Omensetter = el que fija los presagios) hasta las continuas referencias al paraíso, pasando por los incendiarios sermones y reflexiones de Jethro Furber.

La forma, tan importante como el fondo, se puede resumir en el uso de tres personajes / narradores, además de un narrador “externo”. Curiosa resulta la elección de los tres personajes / narradores por parte del autor. Ninguno de ellos es el propio Omensetter, al contrario de lo que podría sugerir el título de la obra. La visión que de él tenemos es la que nos ofrecen tres narradores que tienen una credibilidad digamos que limitada.

El primero de los narradores es Israbestis Tott. Pese a ser testigo y en parte protagonista de los acontecimientos, la visión que nos ofrece se aleja en el tiempo de los mismos. Se trata de una visión marcada por la vejez, la enfermedad y las figuraciones y es utilizada por el autor para presentar a algunos de los personajes clave de la novela.

El segundo de los narradores es Henry Pimber. Su entrada en contacto con ese ser extraño y peculiar que es Omensetter le pondrá frente a un espejo en el que resultará terrible mirarse, lo que dará pie a uno de los hechos fundamentales de la novela.

El tercer y principal narrador y protagonista de la novela será el reverendo Jethro Furber. La llegada de Omensetter y el miedo a lo diferente le harán entrar en una espiral obsesiva en la que la culpa, el sexo y un fuerte sentimiento de extrañeidad o exilio interior jugarán un papel preponderante.

Fruto de los estados mentales de los tres narradores será la propia estructura de la novela. Así, estamos ante una narración fragmentaria y confusa en la que la voz narrativa y los tiempos se alternan sin aparente orden ni concierto y en la que diálogos, descripciones, deslavazados monólogos interiores (el Benjy de "El ruido y la furia" parece sobrevolar el texto), realidad y visiones, terrible lucidez y absoluta enajenación mental hacen que el lector haya de permanecer atento.

Como podéis imaginar, esta no es una novela fácil ni “tradicional”. La ausencia de linealidad, las diferentes voces narrativas utilizadas, el continuado uso de metáforas y la multiplicidad de posibles lecturas (por momentos hasta me venía a la cabeza la tremenda “La cinta blanca” de Michael Haneke) ligan el texto a la vanguardia y a la experimentación. Eso sí, más allá de las innovadoras formas, el fondo es absolutamente universal y atemporal. Ahí reside su principal valor.

También de William Gass en ULAD: En el corazón del corazón del país

domingo, 15 de septiembre de 2019

Tatiana Ţîbuleac: El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes

Idioma original: rumano
Título original: Vara în care mama a avut ochii verzi
Traducción: Marian Ochoa de Eribe
Año de publicación: 2016
Valoración: muy recomendable

La experiencia literaria que, como lectores, vamos adquiriendo a lo largo de nuestra vida nos permite conocer, de manera rápida, cuando el estilo de una autora toca esas fibras sensibles que nos alertan y nos ponen sobre aviso de que hay que considerarla muy en serio. Que la lectura sirve para entretener, también, pero que sirve especialmente para reflexionar, para sentir, para emocionarse y dejarse llevar. Y no cabe duda que Tatiana Țîbuleac lo consigue con esta primera novela. Sobradamente. Porque estamos delante de un auténtico librazo.

Ya de entrada, sorprende la narración en esta obra por su estilo, en el que la autora utiliza un tono directo, crudo, desacomplejado y cruel, con unas primeras frases que hieren al lector en su primer contacto con la novela: «Aquella mañana en la que la odiaba más que nunca, mi madre cumplió treinta y nueve años. Era bajita y gorda, tonta y fea. Era la madre más inútil que haya existido jamás».  Así, directamente, sin preámbulos ni preparación para lo que nos viene, entramos en la historia. Y quien narra es el joven Aleksy, despiadado e inestable, con problemas mentales y de comportamiento, irascible y desalmado, recordándonos un pasado que permanece en su memoria de manera bien presente, con detallado realismo y autenticidad, y nos conduce a recordar su último día de curso, cuando aún era joven y lo esperaba su madre a la salida del centro, una madre con una vida difícil y abandonada por su marido; una madre para quien solo tiene reproches y malas palabras, y una pésima opinión por su aspecto desaliñado: «Mi madre tenía unos ojos verdes tan bonitos que parecía un despropósito malgastarlos en un rostro fermentado como el suyo». No parece haber un solo indicio de amor en esa relación, nada de complicidad; una ausencia absoluta de ternura y sentimiento y cierta dosis de un humor negro, propio de quien no ve futuro y únicamente encuentra consuelo tratando la vida como si todo fuera una broma, la gran broma antes de que todo estalle y se lleve para siempre una vida miserable, vacía y perdida.

A partir de ese comienzo, la autora introduce pinceladas del pasado para ver qué ha llevado a una madre y a su hijo a tener una relación tan deteriorada, tan exenta de afecto, tan desgastada hasta el punto de acercarse a un odio latente en cada uno de sus recuerdos. Y la autora se encarga de reafirmarlo con unos separadores entre capítulos que nos recuerdan que su sentimiento es ese y no otro, que no hay lugar para el cariño, que no hay espacio para una tregua; que no puede ver a su madre de distinta forma, que todo lo que ve en ella le hace aborrecerla, afirmando incluso que «los ojos de mi madre fea eran los restos de una madre ajena muy guapa». Este estilo tan brusco, tan cruel, tan áspero, que nos recuerda, en parte, a Agota Kristof, pues no vemos en él signos de simpatía o amabilidad, únicamente frialdad. Y, a pesar de ello, la oscuridad de la historia queda deslumbrada por la gran exquisitez de su narración, pues todos los detalles están cuidados en una elección precisa de las palabras. Nada impostado en un perfecto encaje entre crueldad y belleza. Porque la hay, de ambas cosas. Y mucha.

La historia que Tatiana Țîbuleac nos narra es la historia de Aleksy y la difícil relación con su madre, una relación maternofilial de odio y menosprecio, pero también es, por encima de todo, la historia de una redención y de nostalgia a un pasado no vivido, aunque sí soñado; nostalgia a una época donde aún quedaba tiempo, nostalgia al afecto no percibido, al amor de una madre que no llegó nunca, por causa de él, o de ella, o del infortunio que trajo una muerte a la familia demasiado pronto. Partiendo de los recuerdos del verano en el que pasó en compañía de su madre en un pueblecito de Francia, la autora va introduciendo la historia sucedida, en breves pinceladas de colores oscuros y algo tenebrosos, pero con una claridad omnipresente. El estilo de Tatiana Țîbuleac destaca por su inmensa intensidad narrativa, dominando el lenguaje y el tempo narrativo a la perfección. Porque las palabras van surgiendo del texto y nos llegan de manera directa, poética y tremendamente visible sin necesidad de forzar el lenguaje ni romper las costuras de un vocabulario escogido con precisión.

Con una prosa estilísticamente envolvente y de poética visualidad, la autora nos va contando lo que sucedió ese verano, y cómo los sentimientos del joven Aleksy y el odio manifiesto hacia su madre tornaron hacia sentimientos más cálidos, más tiernos y sensibles. Porque hay una transformación evidente, porque empezamos a entender lo sucedido, y el lector acompaña a Aleksy en esa mudanza, una mudanza sentimental, en la que el protagonista se desprende de las capas más duras de una personalidad forjada a través de infortunios y un gran desamparo. Y, ese cambio en Aleksy se traslada también al estilo narrativo, y vemos más ternura, más belleza, más luz y cariño. La autora nos acompaña, también estilísticamente, en ese proceso, un proceso de comprensión de lo sucedido que lleva al joven a recomponer la relación con su madre y, a la postre, también a la reconstrucción de la propia vida, que reconduce a pesar de tortuosos caminos, accidentes, desgracias que le llevarán a un presente al que desafía y combate para no repetir errores del pasado.

De esta manera, con delicada belleza e irremediable encanto, somos testigos de una historia de amor entre madre e hijo, a pesar de los malos momentos, a pesar de las tragedias, a pesar de las fatalidades, a pesar del odio latente, a pesar de ella, a pesar de él. Y el relato nos recuerda que, en el fondo y al final de nuestros días, a veces nos tratamos mal aún sin quererlo, sin saber el porqué o, aun sabiéndolo, sin suficiente motivo. Porque a menudo nos damos cuenta tarde, demasiado tarde, que lo que nos separa es mucho menos de los que nos une, y las decisiones tomadas lo son en base a unas circunstancias no siempre existentes de alternativas, que nos arrastran sin remediarlo, sin darnos cuenta, a una espiral de resquemor y recelo, desconfianza e incomprensión. Porque necesitamos buscar culpables ante los infortunios, alguien sobre quién cargar las tintas del desenlace en el que un azar travieso ha decidido escoger para nuestro futuro, alguien a quien responsabilizar de una desdicha demasiado grande para ser sobrevivida sin cicatrices ni muescas emocionales.

La historia que narra Tatiana Țîbuleac es una historia dura, triste, pero también tremendamente bella, que, envuelta de un halo repleto de nostalgia, penetra en nuestros sentimientos a medida que avanzamos en la historia. Porque en la sencillez de su relato y en el hermosísimo estilo de la autora, su belleza disfraza, pero no oculta, una tristeza inmensa que nos devuelve recuerdos de un pasado que pudo haber sido diferente, pero que las vidas de unos personajes carentes de afecto fueron incapaces de domar y evitar de esa manera un descarrilamiento hacia precipicios solitarios y fríos. Como ocurre en ocasiones, solo cuando ya es tarde, cuando el fin de acerca y la noche nos invade, logramos evitar trágicamente caer en la profunda oscuridad de una vida sin amor, sin ilusiones, sin esperanza. Una vida que, tal como afirma la autora en otro excelente fragmento del libro, transcurrió «dejando a su paso un rastro de miguitas de felicidad y llevándose, a cambio, una vida casi sin usar».

Esta es la historia de una larga y sostenida soledad, de una amarga existencia basada en la desconfianza, la tristeza y la cerrazón. Pero es también una historia de amor y redención entre un hijo y una madre, de perdón y aceptación de una vida larga y dura que, aunque a veces odiamos y no comprendemos, es la que el azar o la fortuna nos ha deparado, y a la que hay que verle la parte menos oscura para dejar que la luz de unos ojos verdes, como el color de la esperanza, abra una rendija por donde dejar filtrar la vida deseada.

sábado, 14 de septiembre de 2019

Juan Benet: Nunca llegarás a nada

Idioma original: castellano
Año de publicación: 1961
Valoración: Recomendable (pero avisando)

Como hemos podido comprobar en alguna ocasión, Juan Benet es un autor que suscita cierto debate. Un debate de participación reducida, como reducido es el número de sus lectores, pero un tanto agrio, con posiciones muy encontradas. Desde que este ingeniero de caminos empezó a publicar cosas allá por los años 60, se puede decir que tiene dos tipos de lectores: los apasionados por su audacia y su estilo que, no sin algún grado de sufrimiento, se sumergen en la densidad del mundo oscuro y denso que propone; y los que, refractarios a todo ejercicio de lectura ardua, han topado de alguna forma con él y echan pestes ante su (bastante elevado) grado de exigencia. Sobra decir que me encuentro más próximo a los primeros aunque, eso sí, sin dogmatismos.

Nunca llegarás a nada es el primer libro de Benet que vio la luz, por lo visto financiado por el mismo autor, y formando parte de una colección cuyo primer volumen (justo el anterior) era un libro de instrucciones para el manejo de la olla exprés. Puede que con algo de carrera editorial de por medio, tampoco hay que olvidar que uno año después (1962), su amigo Luis Martín-Santos publicó Tiempo de silencio que, dicho sea de paso, cosechó bastante más éxito del que Benet pudo conocer en toda su trayectoria. Por terminar de situarnos, faltarían aún cuatro o cinco años para que concluyera la redacción de Volverás a Región, la novela más conocida (o menos desconocida) de don Juan. 

Es importante ubicar bien esta primera obra de Benet, porque apunta algunas de las claves que serán definitorias de lo que vendrá después. Estamos ante cuatro relatos de extensión media que son una especie de amago, como ejercicios de estilo en los que descubrimos, mezclados con ingredientes diríamos extraños, algunos de los elementos que caracterizan a este autor. En el primero de ellos, que da título al conjunto, apenas reconocemos a Benet, contando en un registro más bien realista el viaje de unos jóvenes por París y Alemania, una especie de relato de formación en el que se cuelan algunos personajes borrosos. No es una historia demasiado interesante, pero sí percibimos algunos rasgos familiares del autor, en especial el escamoteo de datos al lector, que se ve obligado a esforzarse para construir una imagen reconocible con elementos que claramente son insuficientes. Este juego resulta más evidente en algunos momentos en que despunta otro recurso muy benetiano: el monólogo interior (o ese híbrido difícil con la voz del narrador) que podríamos definir como extremo o radical, en el que el lector no puede más que asistir perplejo a plurales de verbos que no sabe a quién incluyen, o pronombres que ocultan personajes desconocidos. Aunque el relato en sí me parece perfectamente prescindible, tímidamente se atisban cosas que Benet manejará con maestría (y yo diría que sin compasión) en el futuro.

Baalbec, la mancha tiene un punto emocionante, porque es el primer texto en el que aparece Región, el entorno mítico en el que se desarrollará toda la obra narrativa de Juan Benet. Es una narración sólida, bien construida, quizá el mejor de los relatos del libro. Cuenta el retorno, para resolver unos asuntos, de un anciano a la casa familiar, un viejo caserón edificado en una oscura finca de la malsana comarca montañosa en la que Benet coloca a sus espectros. Baalbec es como una miniatura del mundo que conoceremos en las obras posteriores, nos es presentado el escenario, su paisaje intimidatorio y la hostilidad de su tierra, empezamos a sentir, aunque sea de forma muy tenue, que en ese lugar ya no están claros claros los límites de los recuerdos y la realidad, y el tiempo deja de ser una categoría reconocible. Aunque empieza a manifestarse el Benet de la frase sinuosa y la abundancia verbal, el texto se mantiene todavía en un terreno más o menos convencional, por lo que permite una lectura bastante lineal y podría ser un muy buen primer contacto con este autor.

En Duelo aumenta la oscuridad y tal vez también la densidad. Si en el relato anterior los protagonistas son el tiempo y el espacio, aquí el peso recae sobre los personajes, o más bien sobre su ruina, la de Rosa y Amelia en su soledad, la miseria moral del indiano, la degradación de Blanco hacia lo infrahumano. La negrura del paisaje contamina la tierra, las casas y los caminos, pero impregna sobre todo a sus habitantes, que se muestran torvos, resecos o envenenados por el mal, carcomidos por el pasado, aniquilados, fantasmagóricos. Aunque subsisten rasgos de una narrativa más usual, la lectura se complica algo más por los frecuentes vacíos (algo más allá de la elipsis) a los que me refería antes pero, a cambio, tenemos una idea bastante aproximada del tipo de personajes que se podrán encontrar en Región.

Después es el relato que cierra el libro, el más hermético y el que más se aproxima en conjunto a la narrativa posterior del autor madrileño. Con conexiones con Una tumba -un cuento bastante posterior- y rasgos que recuerdan al bucle temporal de Un viaje de invierno, por ejemplo, la narración ahonda en la ruina, el abatimiento absoluto de los personajes, del que ya tuvimos un avance en el cuento anterior. La misma prosa, oceánica más que torrencial, se infla de forma exponencial y contribuye al aplastamiento de todo lo que puebla Región: las personas y sus historias, los paisajes, la línea entre la vida y la muerte, todo resulta vaciado y sustituido por una bruma enfermiza. Todavía Benet mantiene algunos diálogos presentados de forma convencional, último vestigio de lo humano, que desaparecerán  muy pronto.

Esta pequeña colección quizá no aporte mucho como libro de relatos, tal vez con la excepción de Baalbec, y es claramente una opera prima, con todas sus limitaciones. Pero es inmejorable si nos interesa –aunque sea un poquito- aproximarnos a este autor y contemplar su evolución. Los cuatro relatos la marcan con mucha claridad, se van introduciendo uno tras otro los elementos fundamentales de la narrativa de Benet, y ofrecen una perspectiva bastante clara de lo que nos espera si continuamos en la búsqueda: en la trayectoria principal de su novela este caballero no titubeó ni se permitió siquiera sondear en campos próximos, una tras otra sus obras mostraron una radicalización progresiva y sin concesiones. Así que esta obrita es una invitación para lanzarnos a una aventura de grandes proporciones, compleja, atrayente y desconcertante. Usted la lee y luego decide. Y nos cuenta.

Otras obras de Juan Benet en ULAD: Volverás a RegiónEl aire de un crimen

viernes, 13 de septiembre de 2019

Ulli Lust: Cómo traté de ser una buena persona


Idioma original: Alemán
Título original: Wie ich vershute, ein guter Mens zu sein
Año de publicación: 2018
Traducción: Lola Pérez Pablos
Valoración: Muy recomendable

Entre las casi quinientas páginas de su anterior cómic y las casi cuatrocientas de este, no se le podrá negar a la dibujante austriaca Ulli Lust (Viena, 1967) la capacidad de narrar con detalle, ritmo e interés episodios de su vida. Y eso que en este Cómo traté de ser una buena persona se refiere a sus 22 - 23 años de edad, mientras que en el volumen anterior, Hoy es el último día del resto de mi vida, se ceñía a los 17. En cualquier caso, si todas las cómics que nos pueda deparar van a ser tan enjundiosos y emocionantes como estos, que vengan los que haga falta porque las historietas de Ulli Lust son como un chuletón de buey -botella de Ribera incluida- para los carnívoros, un auténtico festín. A pesar incluso de los títulos que les pone.

Si en Hoy es el último día del resto de mi vida (2009) asistíamos al demencial viaje por la Italia de la primera mitad de los 80 de una adolescente punki -ingenua, determinada, errática- en Cómo traté de ser una buena persona nos la reencontramos cinco años después en Viena, con un hijo al que crían sus abuelos y la misma cantidad de dudas, incertidumbres y carencias que en su adolescencia. Aunque con un par de cosas muy claras. Sabe que quiere dedicarse a dibujar por encima de todo y está dispuesta a pelear para encontrar la manera de disfrutar de su condición de mujer, joven y libre. Cosa que en la Viena de aquel momento requería desde luego bastante determinación y mayor arrojo.

El libro se inicia con las estrecheces habituales de una nini que sobrevive a base de las parcas ayudas del sistema público de desempleo y con un novio más mayor y maduro, que le aporta estabilidad y ambición personal aunque nula pasión ni pulsión sexual. Como en la vida todo es cuestión de hablarlo, acuerdan en un plano teórico la opción de procurarse amantes, que rápidamente se hace carne con el inicio de una apasionada relación con un chico nigeriano, divertido, visceral, volcánico. George es el novio europeo y Kimata el novio africano. Los borrosos límites de la relación abierta a tres bandas se difuminan una y otra vez en la secuencia de episodios excitantes, placenteros, convulsos, viscerales, truculentos. Aunque lo que prevalece es una descripción, en dibujos y en palabras, del deseo, la excitación y el placer, deliciosamente maravillosa.

El dibujo de Ulli Lust combina parquedad y  detallismo y para mi gusto funciona mejor en los planos cortos que en los generales pero consigue ser una portentosa máquina de generar emociones, sensaciones, matices, detalles. Cómo apenas una minúscula línea de lápiz es capaz de transmitir incredulidad, complicidad, miedo, gratitud. El dibujo, en blanco y negro, apenas es acompañado a lo largo de toda la extensión de la narración por el contrapunto del fucsia, al igual que en Hoy es el primer día del resto de mi vida lo hacía el verde pistacho. Lo que se asoma en esta viñetas son retazos de vida, genuina y auténtica, cruda y dulce, dolorosa y placentera, cruel y única, con personajes de carne y hueso realmente complejos, audaces e imperfectos, como la propia protagonista o, por ejemplo, también su madre.

Una de las escenas más entrañables, en mi subjetivo parecer, es la que la protagonista le intenta explicar a su hijo su incapacidad para afrontar el conflicto, para enzarzarse en una pelea. Y su estrategia para escurrir el bulto, su habilidad para huir.

“-¿¿Y qué haces si no puedes huir??

-Er… Entonces tengo un problema.”