sábado, 23 de julio de 2016

Sidonie-Gabrielle Colette: Dúo

Idioma original: Francés
Título original: Duo
Traducción: E. Piñas
Año de publicación: 1934
Valoración: Muy recomendable

Estamos ante una novela breve, de apenas 150 páginas, a la que no le sobra ni le falta nada. Es más, diría incluso que es una novela minimalista, si se me permite la expresión.

Dos personajes principales (Michel y Alice), un personaje secundario (Marie, su sirvienta) y un lapso de tiempo de dos días es todo lo que necesita Colette para contarnos lo que podría ser "otra historia más sobre la infidelidad femenina".

Y es que estamos ante otro matrimonio, en apariencia, normal (Michel y Alice, clase media, pequeño empresario él, artista ella, unos 10 años casados y unos 40 años de edad). Pero esa normalidad comenzará a desmoronarse cuando, casi por casualidad, Michel descubra que Alice ha mantenido una breve relación con su socio. Ante este descubrimiento, cada uno de los cónyuges tendrá una reacción completamente distinta (dramático él, mucho más comedida ella) y, aunque traten de ocultarlos delante de terceros, se pondrán de manifiesto problemas que quizá hasta ese momento habían permanecido ocultos o tapados por la rutina del día a día.

No se analizan en esta novela los motivos que llevan a Alice a mantener una relación extramatrimonial ni nada por el estilo. No es el libro la crónica de un adulterio, sino más bien un análisis de las relaciones de pareja y de uno de sus principales problemas, la falta de comunicación. Para mostrar esta incomunicación, la autora no necesita explicarnos nada. Recurre a los gestos y a los silencios de los protagomistas,  mucho más que a sus palabras.

La obra, como indicamos al comienzo de la reseña, fue escrita en 1934. Es de suponer, por tanto, la polémica que causaría, debido, sobre todo, al personaje de Alice y a su actitud ante la vida (en general) y ante lo ocurrido (en particular).

Pese al tiempo ya transcurrido, el libro apenas ha "envejecido". Es más, creo que "ajourd'hui" sigue plenamente vigente. Lo cual algo bueno querrá decir, ¿no?

Por cierto, que en la imagen pongo la portada original que me parece preciosa, aunque la portada de la edición de Anagrama, que es la que leído, también tiene su punto.

viernes, 22 de julio de 2016

Michael Chabon: El sindicato de policía yiddish

Idioma: inglés (y yiddish, claro)
Título original: The Yiddish Policemen's Union
Año de publicación: 2007
Traducción: Javier Calvo Perales
Valoración: Muy recomendable

Marchando una de ucronía, a cargo esta vez del otrora "joven prodigioso" Michael Chabon  (sé que la ocurrencia es mala de narices, pero no he podido evitarlo... pido disculpas). Situación preliminar: en 1948 al incipiente Estado de Israel le han dado para el pelo sus vecinos, y los Estados Unidos se ven impelidos a acoger a los sionistas fugitivos, así como a los supervivientes del exterminio ocasionado por los nazis en Europa; un montón de gente sin recursos, en todo caso. La solución es crear para ellos, de forma provisional, un distrito bajo jurisdicción federal en la remota Alaska, en concreto alrededor de la localidad de Sitka (en la realidad un pintoresco puerto pesquero, como puede verse en algunas películas de Hollywood), ciudad que, sesenta años más tarde, cuenta con varios millones de habitantes, mayoritariamente judíos.  Es el momento, además, en el que se va a cumplir la llamada revocación del especial estatuto de Sitka, que volverá a pertenecer al Estado de Alaska y muchos -o casi todos, no se sabe con certeza...- de sus habitantes volverán de nuevo a la diáspora sin fin que padece el autoproclamado Pueblo Elegido (elegido para congelarse, según los judíos norteamericanos).

A todo esto, en un hotel de medio pelo de la ciudad, el Zamenhof, aparece asesinado uno de los clientes, un tal Lasker, hombre de apariencia tranquila, posible heroinómano y aficionado al ajedrez. Como resulta que otro de los residentes en el hotel es el detective de homicidios Meyer Landsman -un poli en horas bajísimas, cómo no-, éste se siente obligado a hacerse cargo de la investigación, pese a que tal vez no le queden más de dos meses como policía, hasta la inexorable Revocación. A partir de aquí se desarrolla la correspondiente trama policíaca, con sus previsibles elementos que ya hemos visto y leído en cientos de novelas, películas y series de televisión: ese poli brillante pero autodestructivo (no hace falta mucho para imaginar a Landsman con la jeta de Bruce Willis, por ejemplo); su relación casi matrimonial o en todo caso familiar con su compañero Berko; su relación aún más matrimonial -o todo  lo contrario- con su superior jerárquico, pues resulta ser su ex-mujer Bina; el habitual submundo de informantes más o menos pintorescos, colegas de profesión no menos pecualiares y poderosos gángsters que tal vez no sean sino los factótums de fuerzas aún más poderosas... En fin, ya digo que es una novela que sigue un camino bien  trillado, a pesar de haber sido bien condimentada con exóticos aderezos (al menos, exóticos para mí, que ni soy judío ni de Alaska): problemas de ajedrez y geoestratégicos, relaciones con los indios tlinglit, sectas hasídicas como los verbovers, cuya supuesta superioridad moral les legitima para delinquir sin reparos en el mundo exterior a ellos (vamos, como si fuera algún partido político español...); presuntos mesías y vacas sagradas... El carácter ucrónico de la historia parece servirle a Chabon, sobre todo, para recordarnos que las cosas son de una manera, pero que muy bien podrían haber sido de otra... o viceversa.

En conclusión, una novela policíaca más, ¿no? Pues sí... pero no. O no, pero sí, como se prefiera... Porque, desde luego, se pueden escribir y de hecho se escriben constantemente una infinidad de novelas policíacas, negras, noirs o como se quiera llamarlas. De mil, diez mil o cien mil maneras dispares; con mil situaciones diferentes, diez mil víctimas o cien mil detectives distintos. En ambientes ucrónicos, históricos, realistas, fantásticos, disparatados, simbólicos o premonitorios. Con todas las variaciones posibles de modus operandi, de método investigador y de los motivos del crimen. Lo que se quiera... pero lo que no puede hacerse, de ninguna manera, es escribir una novela de este tipo mejor de lo que lo ha hecho Michael Chabon. Igual de bien, sí, más fascinante quizás; pero no con una mayor calidad literaria, con un mejor dominio de la narración y de los personajes, con mayor profundidad psicológica o una trama más cautivadora. Nu, le ha salido perfecta, a este yid.  

Sólo puedo añadir: ¡Mr. Chabon, chapeau (porkpie hat, por supuesto) y Mazel Tov!

jueves, 21 de julio de 2016

Rubén Martín Giráldez: Magistral

Idioma original: español
Año de publicación: 2016
Valoración: raro de cojones

Hablemos de sentimientos.
Me siento algo culpable de no prestar atención a los nuevos narradores con la debida frecuencia. Problema es el trastazo que me he dado con alguno de ellos, trastazo cuya debida e injusta secuela es meter a muchos dentro de un mismo saco y pensar: "ya os aclararéis" o "ya decidiréis si el futuro es la clonación en serie de ídolos locales y foráneos o justificar vuestra existencia probando algo nuevo y, por favor, que no solamente sea para epatar".
Me siento, también, en términos léxicos y en términos intelectuales, impotente o incapaz de llegar a algunas de las cotas alcanzadas por algunas de las reseñas que ya se han escrito sobre esta, dicen, novela, diría yo, texto o hasta pretexto para, fina, socavadamente, zurrarle la badana a muchos colectivos de esos que lo son sin ser conscientes de serlo. Cómo vas a llamar "colectivo" anulando a un montón de fascinantes personalidades únicas e individuales.
Me siento avergonzado. ¿Veis? Es así. Uno lee cierto tipo de texto (me pasa con David Foster Wallace) y cala de tal manera que no puede evitar incorporar ciertos aspectos cuando escribe. Lo cual no puede ser una mala señal. O sea, es una buena señal.

Magistral me fue cálida y convencidamente recomendado por Isabel Sucunza, librera al frente de La Calders, punto de encuentro ineludible en Barcelona, librería especializada en libros como les gusta decir, albergada en una nave que aún parece conservar olor a café o a harina o a rollos de tela de lino o quizás a sacos de yeso. Un magnífico escenario repleto de mesas y estanterías de las que da tanta pena separarse como ilusión ver qué hay en la siguiente. Magistral me fue definido como un juego y creo que hasta en la breve conversación que sostuvimos (las  terribles prisas urbanas) salió alguna expresión equiparable a "ida de olla".

Pero yo he de decir algo mundano sobre este libro. Se supone. Magistral sí es un juego, un juego (¿meta?)literario que bien pronto Giráldez pringa de palabras extrañas, diría que unas cuantas, si no muchas, inventadas, o diseñadas o adaptadas. Pero no soy de esos que lee un texto con un diccionario a mano. Otra vez las terribles prisas urbanas. Magistral no admite prisas, para empezar. No vayamos, aclaro, con eso de la literatura gourmet. Para este libro eso es un insulto. Empieza como una reflexión sobre el idioma pero los cargadores vacíos empiezan a volar y a amontonarse. Hay tiros para la crítica, a la que se tilda de uniforme y adocenada, bilis hacia el establishment y todo lo que representa en términos de oligopolio, de inmovilismo, de encarcaramiento. Diatribas contra el dominio de la literatura USA, y mucha incorrección a todos los niveles, forma y fondo reciben y Giráldez no parece nada preocupado por las consecuencias, ni que sea porque nombrar muy claramente no nombra a nadie. Quién es la Obediencia, quiénes los bardólatras, qué es la Gran Boca Americana. Eso está más que claro, aunque dé por pensar si una segunda lectura desvelaría capas adicionales y guiños, aportando algo de orden en un caos que es voluntario y orgulloso de serlo. Pues ahí pueden confirmarse algunas influencias (el cabreo de Céline, el atropello calculadamente desgarbado a lo Gaddis, el jugueteo con la repetición de Bernhard, hasta la sorna dispersa y geométrica de Pynchon), y también capturarse matices que luego se recuperan en cualquier otro punto aleatorio. Magistral se alude a sí mismo e incluye (apuesta estética algo desconcertante) portada y extractos de un libro de Ben Marcus, guisa o alter-ego, y aquí los guiños ya son muchos, combinando texto en diferentes idiomas, recuadros centrales, recortes brutales (y habría que interpretar si la condición de traductor de Giráldez no trasluce ahí) tras los que atisbo una intención gamberra, bromista, como si Giráldez asumiera que para el reducido público potencial que puede interesarse por sus obras (NO vais a ver Magistral en el bolso de playa de ninguna sufrida señora de vacaciones) nadie va a tomarse demasiado a mal este ácido ejercicio de esteticismo dilettante. A pesar de que más de uno creerá haber sido objeto de una tomadura de pelo (añadid los 12,60 de su precio por 100 páginas: la urgencia de las pequeñas editoriales independientes por cuadrar números en cada publicación), la sensación de tener que volver a leer, de inmediato, una vez se acaba, no sea que me haya perdido algo, este (sabías, Rubén, que estábamos todos abocados a decirlo) ejercicio inclasificable no es algo que suela suceder a menudo. Dejémoslo ahí.

miércoles, 20 de julio de 2016

Leoncio Robles: Bajo el cielo amazónico

Idioma original: Español
Año de publicación: 2014
Valoración: Bastante recomendable

Hay una frase en la página 41 de este libro que explica perfectamente todo lo que podremos leer en él. Dice así:

“Es la codicia humana que cuando se desboca ni tiene límites ni escrúpulos”.

Esta frase viene como anillo al dedo para explicar muchas noticias que copan portadas y titulares de los medios de comunicación en los últimos tiempos: corruptelas ibéricas varias, dramas humanos con emigrantes o refugiados, conflictos bélicos que sacuden Oriente Medio, etc.

Pero también explica a la perfección otros desastres olvidados. Y uno de ellos es el que nos viene a contar este “Bajo el cielo amazónico”. Concretamente, el de la destrucción del ecosistema y de las formas de vida tradicionales de la Amazonia peruana, a través de la sobreexplotación de sus recursos naturales (madera, hidrocarburos, minerales) y de la salvaje explotación a la que se ven sometidos sus habitantes.

Para hablar de esta situación, Leoncio Robles utiliza una prosa sobria, en forma de crónica periodística. Con ella nos muestra los efectos que la codicia humana tienes en dos colectivos, los nativos amazónicos y los colonos, y en sus formas de vida. Estos efectos podrían resumirse en selvas y bosques arrasados, ríos contaminados que provocan enfermedad y muerte, animales y plantas al borde de la extinción, culturas e idiomas a punto de desaparecer, ausencia de derechos para los indígenas, etc

En la primera parte del libro se centra en los nativos amazónicos. Se entrevista con líderes locales que le hablan del abandono institucional al que se ven sometidos, de su falta de derechos civiles, de los destrozos y abusos por parte de gobierno y corporaciones madereras y petrolíferas en sus territorios, de la corrupción que asola al sistema y de las luchas que llevan a cabo las organizaciones indígenas para tratar de paliar el desastre, pese a la total indefensión en la que se encuentran. En este caso, la codicia pasa por encima de la gente, aprovechándose de la falta de formación, de la ignorancia y de la buena fe de los nativos.

En la segunda parte, el punto de vista que se ofrece es el de los colonos. Normalmente se trata de campesinos pobres llegados a tierras amazónicas de otros puntos del Perú. Pese a que, en teoría poseen derechos, en la práctica son víctimas de abusos muy similares a los que sufren los nativos.

La verdad es que estamos ante un libro bien escrito, duro, de los que revuelve tripas y conciencias, igual que el documental realizado por el propio Leoncio Robles sobre el mismo tema y con el mismo título. Podéis verlo AQUÍ , aunque la calidad de imagen sea deficiente.

Por desgracia se trata de un conflicto prácticamente olvidado, al menos en España, y el libro, ¡cómo no!, también ha pasado prácticamente inadvertido. Una verdadera pena, de verdad.

P.S.: Muchas gracias a Leoncio Robles por la autorización para la divulgación del documental

martes, 19 de julio de 2016

Reseña interruptus: El diluvio de J. M. G. Le Clezio (o también: oda a los correctores)

Idioma original: francés
Título original: Le déluge
Traducción: Jaume Pomar
Año de publicación: 1966
Valoración: decepcionante (el libro) e irritante (la edición)

Andaba yo con pereza de leer a Le Clezio, uno de los Premio Nobel más incomprensibles (me parece) de los años recientes. Algunas personas que lo habían leído en el original francés me animaban a hacerlo; por eso, hace algún tiempo me compré El diluvio, y desde entonces estaba ahí, en mi estantería, esperando el momento adecuado.

Bueno, pues podría haberlo dejado en la estantería, porque estoy en la página 35, y estoy considerando seriamente abandonarlo. Es posible que al final me anime a seguir, por lo menos hasta el segundo capítulo, en que parece que cambia la voz y el tono del texto, pero por ahora lo que me apetece es no solo volver a dejarlo en la estantería, sino tirarlo por la ventana sin preocuparme de si le abre la crisma a alguien que pase por debajo.

Hay dos motivos para que esté no solo decepcionado, sino cabreado con este libro. Del primer motivo tiene la culpa Le Clezio, que emplea un lenguaje frío, abstracto, cubista, casi matemático, para describir un "diluvio" de cemento, cristal y metal desde la perspectiva de un personaje solitario y enajenado. No hay duda de que es una apuesta arriesgada y hasta interesante, pero personalmente después de treinta páginas me provoca más bostezos que sorpresas.

Pero hay otro motivo, del que no tiene la culpa Le Clezio y sí la editorial, Seix Barral en este caso: en el texto hay erratas irritantes, de las que te sacan de la lectura y te hacen comprobar que efectivamente estás leyendo un libro de un Premio Nobel publicado por una editorial importante. Algunas son simples erratas inocentes ("mimo" por "mismo", por ejemplo), pero otras son imperdonables. La peor que he encontrado: "la primera y la doceaba ventana" (p. 12). No es solo que "doceava" aparezca escrito con "b" (que ya es grave), sino que además es usado como ordinal, cuando realmente indica una fracción (1/12).

Y no es algo ocasional: en esta otra reseña de la misma obra también anotan estas y otras atrocidades, como "El lenguaje ha vuelto ha empezar su ballet demente" (p. 297), o un uso continuado de "andó" por "anduvo" (solo con ojear un poco ya he encontrado un caso, en la página 187) y "habían" por "había". Por no hablar del uso constante de "devenir" con el sentido de "transformarse en", que sí, existe en español, pero cuando aparece cuatro veces en dos páginas está claro que es una traducción perezosa del francés.

¿Cómo es posible que esto suceda, repito, con una obra de todo un Premio Nobel, publicada por una gran editorial como Seix Barral? En este caso, y viendo que la traducción publicada es de 1969, tengo una teoría: cuando a Le Clezio le concedieron el Premio Nobel en 2008, Seix Barral corrió a reeditar una traducción antigua, sin ni siquiera pasársela a un revisor, para aprovechar el tirón del momento. Desde un punto de vista comercial pudo ser un gran acierto (incautos como yo compramos esta edición, y dimos de ganar a la editorial) pero desde un punto de vista literario y editorial, es un error y un horror.

Lo que me lleva a un tema más general: la importancia de los correctores, esos héroes desconocidos del mundo editorial y literario a los que Pedro ya dedicó una entrada en su momento. Si los traductores se quejan de su invisibilidad (con razón, muchas veces), qué podrán decir los correctores: cuando se los menciona es para criticarlos por haberse dejado pasar erratas, o para atacarlos por haber querido modificar el texto de un escritor (crimen de lesa genialidad). Y sin embargo, cuando no interviene un corrector en la revisión de un texto, pasan cosas como "la doceaba ventana".

Me consta que hay editoriales que cuidan mucho el texto en todos sus pasos (traducción, corrección, maquetación, etc.), pero también hay otras, grandes y pequeñas, que parecen pensar que pueden ahorrarse el dinero de un corrector porque total, el texto ya lo lee el autor, y el editor, y el publicista, y el maquetador. Y no. Un corrector es un profesional de la corrección, y no solo tiene conocimientos ortotipográficos que escapan al resto de los mortales, sino que también tiene el ojo entrenado para encontrar las erratas que un lector "normal" puede no ver. Aun así, puede colarse alguna errata, es algo casi inevitable para quien trabaja con textos, pero será siempre mucho menos probable si en el proceso interviene un profesional.

Ahorrar a costa de la calidad del producto no es ahorrar, es tacañear. Me recuerda a este vídeo de los cómicos brasileños Porta dos Fundos, en este caso sobre el mundo de la televisión, pero que podría aplicarse también al mundo editorial. Si se intenta ahorrar explotando a los traductores, renunciando a los correctores, descuidando el proceso de edición, al final vamos a terminar leyendo una mierda de libros.


lunes, 18 de julio de 2016

Ramón J. Sender: El bandido adolescente

Idioma: español
Año de publicación: 1965
Valoración: Muy recomendable

No sé si hará falta (espero que no), pero por si acaso quiero aprovechar esta reseña para recordar y reivindicar al gran Ramón J. Sender, un escritor que tanto por su obra como por su vida fue un buen representante de la limitada pero gloriosa tradición de la heterodoxia española, en su más amplio sentido, una estirpe de la que, curiosamente -o quizá no tanto- la tierra aragonesa ha dado a luz un buen puñado de representantes (Goya, Servet, Buñuel...). A cuenta de su peculiar peripecia vital -aunque no tan peculiar, en realidad, si tenemos en cuenta que le pilló de lleno la Guerra Civil española-, este escritor tuvo la "oportunidad", por decirlo así, de exiliarse en Estados Unidos y dar clase de literatura en Nuevo México, Estado de lógica y arraigada herencia hispano-mexicana. Y además, escenario de las correrías del celebérrimo Billy el Niño (me refiero al honrado pistolero, claro, no a esa escoria humana de cierto torturador franquista así también conocido).

Porque El bandido adolescente de la novela no es otro que William H. Bonney, el legendario fuera de la ley de origen irlandés y querencia hispana que se ganó el apodo al comenzar su carrera delincuencial matando a un hombre a los doce años (el tipo había molestado a su madre, después de todo) y fallecido a los 21, de muerte natural... natural en su gremio, pues murió en Fort Sumner bajo los disparos del sheriff, y otrora amigo, Pat Garrett, entrando ambos no sólo en la leyenda, sino también en la inmortalidad literaria, musical y cinematográfica.

La novela, como era de esperar, contiene una importante carga de violencia, tiros y asesinatos a tutiplén... pero sobre todo es una historia que trata de la amistad y sus vericuetos, tan enrevesados que a menudo desembocan en traiciones e incluso en desenlaces fatales. Amistad es lo que une a Billy con otros forajidos como su compinche el albino Jesse Evans, o con su perseguidor Garrett, con protectores como el gentleman -y mentor- Tunstall o el poderoso Chisum, con víctimas como Bernstein, tío de su amante Melba... o incluso con enemigos en la guerra ganadera del condado de Lincoln...

Parece claro que esta novela resulta bastante insólita dentro del panorama de la narrativa española... excepto si la encuadramos dentro de las populares novelas del Oeste de Lafuente Estefanía o Silver Kane. Pero, con todo el respeto hacia la literatura de kiosko, está claro que esta novela es otra cosa.; no sólo por su excelencia literaria, sino además por el espíritu histórico-periodístico -recordemos unos de los oficios, quizá el principal para él, que ejerció Sender- que la anima. Sin olvidar la aportación que podríamos llamar "antropológica", con su búsqueda, o hallazgo, más bien, de las varias calaveras del Kid. Una novela peculiar, en suma, escrita por un autor cuya peripecia vital acabó siendo no menos peculiar que la de su protagonista. Aunque, eso sí, por fortuna bastante más larga en el tiempo...


Todo un galán, el amigo Billy...

domingo, 17 de julio de 2016

Bárbara Azaola Piazza: Historia del Egipto contemporáneo

Idioma original: español
Año de publicación: 2.008
Valoración: Está bien

Quizá deberíamos empezar diciendo que estamos no ante un libro, sino ante dos. El primero se llamaría en efecto ‘Historia del Egipto contemporáneo’, y el segundo podría ser perfectamente ‘Análisis político del Egipto de Hosni Mubarak’.

Ciertamente nos encontramos de entrada con lo que el título nos indica: la historia reciente de este país, del que normalmente sólo nos suenan cosas relacionadas con los faraones y las pirámides, o sea, muchísimo más antiguas. La autora nos cuenta la gestación del sentimiento nacionalista en la época de Muhammad Alí, aún dentro del imperio otomano. Siguen las complicadas relaciones con las potencias europeas, singularmente con Inglaterra, el periodo monárquico, la revolución de los Oficiales Libres, el sueño panarabista de Naser, los conflictos armados con Israel, y el peculiar régimen presidencialista de Sadat. 

Se percibe el sello universitario de Bárbara Azaola: apartados más bien breves, epígrafes impecables, escrupuloso orden expositivo, ni una coma fuera de su sitio. Se diría que estamos ante un libro de texto, y dan ganas de empezar a subrayar. Agradecemos asimismo que, tratándose de un trabajo sobre la edad contemporánea, apenas se incluyen un par de apuntes imprescindibles que se retrotraen más allá del siglo XIX. Nada por tanto de rellenos para adornar o con los que seducir al lector, ninguna alusión a la prehistoria ni a la venerable civilización.

La exposición es clara, rigurosa y escueta, aunque tal vez se le puede achacar que le falta alma. Entiendo que se centra en exceso en lo que podríamos llamar alta política, es decir, todo aquello que se mueve en torno a las altas instancias del Estado, incluidos cambios de gobierno, golpes de Estado o relaciones internacionales. Se desciende a veces al ámbito de los partidos políticos y sindicatos, pero casi siempre vistos desde arriba. Se echa de menos un entronque más profundo con aspectos que casi siempre inciden en el devenir histórico: la evolución de la sociedad y la economía, la cultura y la Universidad, las cambiantes y complejas relaciones del poder político y los sectores religiosos, el papel del Ejército, fuerzas situadas fuera de los palacios y que determinan finalmente movimientos en las altas esferas. 

De forma que el relato resulta interesante, aunque adolece de cierto aire notarial y excesiva distancia con la realidad social. 

Pero cuando hemos llegado a poco más de la mitad del libro (más o menos página 120 de poco más de 200), nos encontramos con que ya tenemos gobernando a Hosni Mubarak. Es decir, que hemos recorrido ya cosa de siglo y medio y sólo nos quedan por delante tres décadas. ¿Qué nos contarán entonces?

Y aquí empieza la segunda parte. Resulta que la nítida organización anterior del texto se transforma en larguísimos parágrafos que nos describen con minuciosidad asuntos como una reforma constitucional referida a las elecciones presidenciales (unas diez páginas), procesos de legalización/ilegalización de algunos partidos políticos… El ritmo uniforme del inicio se rompe, y lo que era un esquemático repaso por hitos políticos relevantes pasan a ser exposiciones amplísimas de temas muy concretos. No sólo eso, sino que el tono cambia radicalmente, y la asepsia anterior desaparece bajo algo que se parece muchísimo a una especie de periodismo de investigación política, incluso penetrando en el campo de la denuncia.

Se mantiene la claridad en la exposición y un importante bagaje bibliográfico, pero cuesta entender el abismo que separa las dos partes del libro. Es como si realmente lo que quería escribir Azaola era un ensayo sobre el régimen de Mubarak, desde el punto de vista de los derechos humanos y las libertades políticas, y decidió adosarle esa historia del Egipto contemporáneo que finalmente se llevó la gloria del título.

Al final, cada parte por separado tiene sus virtudes, aunque personalmente, la primera me interesa más, no obstante los reparos que he expuesto; la segunda, menos académica, se aleja de la Historia para parecerse más a un informe de Amnistía Internacional, por poner un ejemplo. Y el conjunto, claro, queda raro. Insisto en que el material no parece malo, pero en base a la dualidad indicada puede ser difícil que el libro llegue a contentar en su totalidad al lector. 

Finalmente, hay que decir que por la fecha de edición del libro (2.008) no se incluyen los acontecimientos de la llamada ‘Primavera árabe’ y episodios posteriores, cuyas consecuencias se prolongan hasta el presente, pero a partir de lo que hemos leído podemos disponer de algunos datos para comprender mejor las claves de esta última década en un país de tanto peso político dentro del mundo árabe.