domingo, 17 de noviembre de 2019

Katixa Agirre: Las madres no

Idioma original: euskera
Título original: Amek ez dute
Año de publicación: 2018
Traducción: Katixa Agirre
Valoración: Muy recomendable

1.- Una madre, Alice, ahoga a sus dos hijos en la bañera; los envuelve en una toalla, los deposita delicadamente en la cama y espera pacientemente a que llegue su niñera. Este acto, aparentemente incomprensible e inasumible, hace que la narradora, que conoció a la infanticida hace años y que también acaba de ser madre, se embarque una búsqueda obsesiva de un sentido o una explicación: ¿cómo es posible que una madre mate a sus propios hijos? ¿No es el acto más antinatural imaginable? ¿Estaba deprimida, drogada, loca? ¿Y si no estaba loca, qué le llevó a hacerlo? ¿Por qué nadie hizo nada para ayudarla o detenerla? Por el camino, la propia se plantea su propia maternidad, sus miedos, frustraciones, esperanzas y trivialidades cotidianas, confrontándose con algunos tabús contemporáneos y con sus propias dudas como madre, mujer y escritora.

2.- Se oye (por lo menos en mi cabeza) un coro de voces: "¿Otra novela más sobre la maternidad? ¿Cuándo va a pasar esta moda, para que podamos hablar de la Guerra Civil o de la crisis de los hombres de mediana edad, temas verdaderamente importantes y universales?". A lo que en primer lugar se podría contestar: ¿y si es otra novela sobre la maternidad, qué? Después de siglos hablando de la muerte, ¿no podemos hablar también sobre el principio de la vida y sus consecuencias? Y en segundo lugar, no, esta no es una novela más sobre la maternidad y sus misterios místicos, sino que ofrece una aproximación a sus caras más oscuras, más invisibles, más materiales. No se trata solo del infanticidio como crimen absoluto, sino también del dolor del parto, del puerperio o de la lactancia; de los infinitos miedos que acechan a los madres [y padres] primerizos (no ser capaz de cuidar del bebé; que el bebé muera en algún accidente ridículo o improbable; que nuestra vida desaparezca consumida por el bebé, etc.); y también del interminable aburrimiento que supone intentar mantener entretenido (o dormido) a un ser que solo sabe mamar, llorar y cagar. [Como padre reciente, no me cuesta mucho identificarme con muchos de esos miedos, fobias y culpas, y reconocer en otros momentos la experiencia de mi pareja durante estos meses pasados. "La paternidad es el origen de miedos y odios insospechados", me dijo, en palabras más o menos aproximadas, Iban Zaldua en un twit hace poco].

3.- Esta que podríamos llamar no bullshit approach a la maternidad impone también un léxico y una retórica: médica (calostro, episotomía, percentil, oxitocina), legal (asesinato, homicidio, infanticidio) y, en general, a un campo de lo concreto cotidiano que huye tanto de la abstracción filosófica como de la mistificación new age. No es que no haya reflexión en el texto, o mejor, detrás del texto, sino que esta reflexión se encarna en un catálogo de "malas madres" (la peor de todas, la asesina, pero también la madre adúltera, la irresponsable, y hasta la propia narradora, que se siente aliviada-y-culpada por dejar a su hijo en la guardería) y en el coro de personajes secundarios que las rodean. La alternancia entre los capítulos sobre la investigación del crimen y los dedicados a la vida de la narradora, que huye siempre que puede de sus obligaciones maternales, tienden a colocar a ambas mujeres en un plano semejante: el de las madres que no son como deberían ser, a juzgar por lo que el resto de la humanidad piensa que deben ser las madres.

4.- En algunas reseñas he visto que se compara Las madres no con A sangre fría de Truman Capote, y es cierto que comparte con esta obra clásica la indagación detenida en un crimen horrible, pero no el método ni el género (la famosa "novela de no ficción"). Para mí, en cambio, el modelo más cercano, consciente o inconsciente aunque (creo) no explícito, es El adversario de Carrère. En Las madres no, como en El adversario, la figura de la escritora que investiga ocupa tanto espacio (en realidad, más) como el crimen investigado; la búsqueda de la verdad, esquiva y oscura, acaba por resultar más importante que esa propia verdad. Los separa, eso sí, el nivel de autoficcionalidad: mientras que el Carrère narrador de El adversario está más cerca de ser un trasunto literal del autor, en este caso la narradora es también una escritora vasca, pero que se separa de la Katixa Agirre real en aspectos no menores (uno de ellos, por ejemplo, haber ganado un Premio Euskadi de Literatura que le permite dedicarse en exclusiva a la investigación del doble crimen que da origen a la novela).

5.- A este modelo genérico se suma, además, una serie de rasgos que, por la comparación con Atertu arte itxaron, parecen ser característicos del estilo de su autora: el humor, la autoconsciencia, la distancia irónica, la crueldad consigo misma (con la narradora, en este caso) y con sus personajes, y una serie de juegos formales y experimentales, menos habituales y extensos en esta que en la novela anterior, como la introducción de listas, repeticiones, entrevistas, o ese capítulo que va siendo punteado por las ostras que se va comiendo la protagonista. También las digresiones históricas, sobre el infanticidio o sobre el sexo durante el embarazo, contribuyen a construir esa narrativa autoconsciente e irónica (y el humor, como ya se sabe, es a veces un mecanismo de autodefensa. Como la propia escritura.

6.- Las madres no fue publicada originalmente en euskera (Amek ez dute); la traducción española es de la propia Katixa Agirre, y ha sido publicada en la editorial Tránsito, dirigida por Sol Salama, que está haciendo una labor encomiable en su corta (por ahora) trayectoria, con la publicación de obras de escritoras como Fernanda Trías, Arelis Uribe, Claire Legendre o Margarita García Robayo.

Coda.- Por esas casualidades que tiene la vida, leo este libro mienras Portugal se conmociona con esta noticia: una madre abandonó a su hijo recién nacido, todavía con restos del cordón umbilical, en un contenedor de basura en Lisboa. El suceso choca con el mismo tabú que Las madres no: ¿cómo puede una madre abandonar, probablemente para matarlo, a su propio hijo? ¿No atenta eso contra los instintos más primarios y los valores más esenciales? En el caso portugués, sin embargo, dado que la madre era inmigrante y sin techo, también plantea otras preguntas de tipo más colectivo y político: ¿en qué situación se encontraba la madre para llegar a tomar esa decisión? ¿Fallaron los mecanismos sociales que deben dar apoyo a mujeres en situaciones tan extremas? ¿Por qué optó por una solución tan extrema y cruel, y no por otras como el aborto, la adopción o el abandono en una institución que acogiese a la criatura? A partir de estas preguntas podría construirse otra historia, también compleja y oscura, que quizás podría leerse como complemento a Las madres no.

sábado, 16 de noviembre de 2019

Natalia García Freire: Nuestra piel muerta

Idioma original: Español
Año de publicación: 2019
Valoración: Recomendable

Las jóvenes escritoras ecuatorianas vienen pisando fuerte. Buena muestra de ello son las obras, ya reseñadas en ULAD, de María Fernanda Ampuero (Pelea de gallos) y de Mónica Ojeda (Nefando y Mandíbula). A estos dos nombres hemos de sumar el de Natalia García Freire, quien comparte con las dos autoras mencionadas nacionalidad, generación y, como decía Juan en su reseña de Mandíbula, una cierta obsesión por mundos cerrados, asfixiantes y enfermizos, pero adictivos como el veneno de las serpientes.

Mucho de eso hay en este “Nuestra piel muerta”, título que hace referencia a la muda de piel que realizan algunos artrópodos, adorables bichitos que son claves en el desarrollo de la novela.

Retrocedamos. “Nuestra piel muerta”, como tantas otras obras, parte de un viaje. En esta ocasión, el viaje es, al mismo tiempo, un retorno, una huida y una búsqueda: retorno a la casa familiar en cuyo jardín yace enterrado el padre de Lucas, principal protagonista de la novela; huida de un pasado negro como la pez; búsqueda de un ¿sentido?, de una ¿respuesta?, de un ¿final redentor?

¿Qué vine a buscar, padre? ¿El silencio? ¿Un espejismo? ¿Una patria?

Todo lo anterior bajo la forma de monólogo con el cadáver del padre y a través de capítulos en los que la autora dosifica acertadamente la información mediante la alternancia de un presente y un pasado no sabemos si del todo fiables, porque…

“La memoria, cuando no puede recordar, deforma”

De ahí que la novela tenga tanto de novela negra (¿qué ocurrió realmente?, ¿qué fue lo que desencadenó la decadencia de la familia de Lucas?, etc) como de novela psicológica y de formación (la evolución de Lucas).

Más allá de su argumento, “Nuestra piel muerta” es una novela poética en la que símbolos e imágenes son fundamentales y, como tal, susceptibles de las más variadas interpretaciones. Hasta el punto de que, por momentos, llegue a pensar en Felisberto y Eloy (intrusos que llegan a la casa de Lucas) como símbolos del advenimiento de la ultraderecha que ya ronda por estos lares. ¡A lo mejor me estoy volviendo loco, doctor!

Símbolos e imágenes como la casa ocupada por intrusos, el jardín abandonado e invadido por la mala hierba, la vaca muerta rodeada de moscas en medio del jardín o los insectos, cuevas, sequías y lluvias torrenciales que atraviesan la novela… y que traen a la memoria algunos elementos del realismo mágico.

Pero las influencias no se quedan ahí. Así como en determinados pasajes la novela me recordaba, por ejemplo, a la permanente sensación de tragedia que rodea a “La mala hora” de García Márquez, creo que las influencias más notables son las de autores norteamericanos como Faulkner o Gass. Esos ambientes opresivos, ese narrador no del todo fiable y guiado por percepciones sensoriales, esa sensación de violencia que crece como las nubes de tormenta hasta explotar en un instante final revelador traen a la memoria historias como “El ruido y la furia” (sobre todo, la parte narrada por Benjy) o “El chico de Pedersen”.

Ese es, creo yo, el punto más “débil” del libro: el de unas influencias en exceso visibles. Imagino que esto se debe a que estamos ante el debut de García Freire e imagino, también, que solo será sea cuestión de tiempo que la autora se aleje, en la medida de lo posible, de sus autores de cabecera y su voz se convierta en algo más personal. En cualquier caso, me quedo con lo positivo, que es mucho: el manejo de la información, el potencial lírico de los símbolos e imágenes utilizados, la terrible recreación de un mundo convertido en algo opresivo hasta la asfixia “gracias” al peso de la tradición, del machismo, del poder sin medida y del miedo... ¡Ah, y que estamos ante una autora que tiene menos de 30 años y toda una carrera por delante!

viernes, 15 de noviembre de 2019

Marco Missiroli: Actos obscenos en lugar privado

Idioma original: italiano
Título original: Atti osceni in luogo privato
Año de publicación: 2015
Traducción: Carlos Gumpert
Valoración: Está (más o menos) bien

En 1975, a sus doce años, Libero Marsell vive una doble circunstancia que muy bien podría haberle causado traumas irreparables en su edad adulta. por una parte, tiene que abandonar su Italia natal para mudarse con sus padres a París. En segundo lugar, descubre a su madre haciendo cochinadas demostrando su afecto de forma poco decorosa a un amigo de la familia. Esta última sorpresa le podría haber acarreado problemas en relación a su propia vida sexual -de forma perfectamente comprensible-, además, pero no: a partir de ese momento Libero se dedica a practicar el sexo de forma frecuente y entusiasta el resto de su vida; más bien autosuficiente, eso sí, durante su adolescencia y con ayuda de alguna partenaire femenina, cada vez con más facilidad, según entra en su juventud y adultez y va desarrollando su atractivo. Como casi todo el mundo, vamos.

La suerte que tiene Libero es que es el protagonista de una novela cuyo autor ha decidido contarnos todos y cada uno de los polvos su "educación sentimental" (léase sexual) con pelos y señales. pero no os emocionéis: si bien estos encuentros -también el autosexo- están narrados con la suficiente eficacia y prestancia para resultar entretenidos, uno por uno, al cabo de unos cuantos la cosa se vuelve un poco rutinaria... Me explico con un ejemplo, sobre todo para los millenials (si es que nos lee alguno): cuando existía el servicio militar obligatorio, quienes teníamos la suerte de librarnos de la mili (nunca podré alabar lo suficiente la sabiduría del Ejército Español, en lo que a mí respecta), no estábamos, sin embargo, exentos de pagar un peaje, algo más que simbólico: que nos la contaran todos y cada uno de los que la habían hecho... Bueno, pues esto viene a ser lo mismo.

Luego está el toque de "guayotismo" o fantasmada (sí, ya sé que se trata de una novela y no de un libro de "autoficción", pero me entendís), variante cuqui: el protagonista no de mueve por una barriada de una anodina ciudad de provincias, sino en el París más intelectual y chachi... el café Deux-Magots, la Sorbona, el Marais... y si bien después se va a buscarse la vida a su Milán natal, trabaja, por ejemplo, en una pintoresca taberna de los Navigli, etc... Su primer amor es una hermosa diosa de ébano y su confidente, uno no menos bella bibliotecaria veinte años mayor que él -y novieta del amante de su madre- que, por algún motivo incognoscible siente debilidad por nuestro Libero desde que éste era apenas un pubescente... en fin, muy verosímil, chavalote...

Todo ello trufado con multitud de referencias culturales setenta-ochenteras  (o que tenían un revivir por entonces)...libros, películas, música que no dejan de tocar nuestro corazoncito (yo, al menos, estaría entre la época del protagonista y la del autor de la novela): nos habla de Camus, Buzzati, Faulkner, pero también de La insoportable levedad del ser (curiosamente, no de En brazos de la mujer madura, un libro que quedaría más à la page) y pelis como La chaqueta metálica o Bailando con lobos.  En fin, que gracias a eso y a que el estilo es más o menos ameno, aunque en ocasiones un tanto alambicado -incluso un pelín pedante-. la valoración del libro sube a un "está bien", con ciertas reservas por mi parte... Es decir, que si lo leeis tampoco os va a pasar nada... pero no lo leeis, tampoco, lo que es más preocupante.

jueves, 14 de noviembre de 2019

Jean Raspail: El desembarco


Idioma original: francés
Título original: Le Camp des Saints
Año de publicación: 1973
Valoración: Magnífico pero indigesto



Antes de entrar en materia, permítanme un ejemplo para que puedan entender la impresión que me ha producido esta novela. Está usted contemplando su obra de arte favorita de todos los tiempos, ha acudido a ese museo –quizá desde muy lejos– solo para verla de cerca; cuando la tiene delante la encuentra sencillamente extraordinaria; lo que nadie le ha dicho es que la obra en cuestión contiene partículas radioactivas que le fulminarán en cuestión de minutos. Bien, pues exactamente eso es El desembarco.

En su Prefacio a la tercera edición, el autor justifica sus opiniones apoyándose en la Teoría de la Evolución: “… Forman parte simplemente del movimiento perpetuo de las fuerzas que, oponiéndose, forjan la historia del mundo. Los débiles se eclipsan, después desaparecen: los fuertes se multiplican y triunfan”. Sin embargo, esta resignación que deben practicar los perdedores, ese respeto que merece el que tiene las de ganar, cae en el olvido cada vez que su bando se encuentra en inferioridad de condiciones. “…Occidente, trágicamente minoritario (…) tras sus murallas desmanteladas (…) perdiendo batallas en su propio territorio (…) empieza a percibir asombrado el sordo estruendo de la formidable marea que amenaza con sumergirlo”. Es decir, cuando los nuestros van perdiendo, entonces la selección natural no tiene ninguna relevancia. Defender dos afirmaciones contradictorias dentro, incluso, de la misma página y pretender que el conjunto se entienda como un razonamiento lógico es jugar con las cartas marcadas y pensar, además, que el lector es tonto. Y continúa: “Así fue como murió el imperio romano: a fuego lento, es cierto, aunque esta vez puede que se produzca un incendio repentino.” Si nos apoyamos en sus propias premisas, se trataría de un desenlace de lo más natural, como ya predijo Darwin. No sé de qué se extraña. Simplificaría mucho las cosas que el escritor no considerase una catástrofe universal la coexistencia de seres que hasta ahora vivían alejados. Sí, claro, lo que teme es una pérdida de privilegios. Pero ¿en qué quedamos, Jean Raspail, nos  hemos encomendado a Darwin o hemos renegado de él?

Titulada en francés El campamento de los Santos por una alusión que aparece en el Apocalipsis, la novela nos coloca en un escenario tan magníficamente descrito que nos parece estar viendo nuestra propia versión filmada. ¿Con qué intención? Se trata de una distopía premonitoria que, como toda ficción bien desarrollada, a partir de determinado momento, prescinde de las reglas establecidas por su propio creador y comienza a tener vida propia. Confieso que dudé mientras iba leyendo, pues la carga crítica  que contiene una situación determinada puede ir en un sentido o su contrario, y la intención del que escribe no siempre encuentra en el lector el eco que espera. Hemos leído distopías que describen auténticas tragedias y, por lo general, tendemos a situarnos del lado del más débil. Conociendo la trayectoria de su autor, no hay duda sobre la ideología que inspira El desembarco; en cuanto a las conclusiones, supongo que a cada lector le servirá para reafirmarse en lo que pensaba previamente. Pues ¿cómo reaccionar ante una panorámica aérea que nos muestra un amasijo de cuerpos, les priva de identidad, los deshumaniza y degrada resaltando lo más repelente de los gestos y acciones del conjunto?Se trata de un retrato expresionista de la miseria y del pánico que esta genera, una caricatura tan magistral como malintencionada que contiene una impresionante capacidad de vaticinio, (ya que por predecir, predice hasta las mafias). El objetivo de sus críticas son, naturalmente, los gobiernos occidentales, que durante décadas han contemplado impasibles una problemática intolerable y, secundariamente, los ciudadanos, que observaban lo que ocurría más allá de sus fronteras como un mero espectáculo. Pero –y nos suena de algo este argumento– el espectáculo se puede presentar en tu salón.

El procedimiento narrativo es más propio del reportaje, ficticio en este caso, que de la novela. Personajes y escenas arquetípicos, descripción global de mecanismos político-sociales, casi siempre con un enfoque panorámico, muy raramente moviéndose a ras del suelo. La acción comienza en Calcuta, cuando millones de personas repartidas en nada menos que cien buques emprenden viaje a las costas del sureste francés. Asistimos a escenas dantescas, un hacinamiento e insalubridad inimaginables, promiscuidad denigrante, cadáveres flotando constantemente alrededor durante la travesía (cuando llegasen un fogonero quemaría a paletadas a medida que el mar los iba arrojando a tierra, los quemaba sin ninguna compasión y ¡¡cantando!!). Es patente el interés por cosificar y privar de dignidad a estas personas, por que sintamos hacia ellas repugnancia y desprecio. Aún así, imposible no disfrutar con sus expresivas imágenes, la ácida ironía, la sabia utilización del absurdo o todo a la vez. Como aquella propuesta de impedir indefinidamente el desembarco y crear una nación oceánica, alimentada por los países prósperos, con representación en la ONU etc. Casi puedo escuchar la carcajada de Raspail mientras escribe.

Una vez establecidos en el país de acogida, se abrirá un periodo de solo tres días durante los cuales los recién llegados y aquellos, que con mayor o menor entusiasmo, les aceptan y acogen –que son bastante numerosos, tanto como los que huyen hacia el interior a toda prisa– acabará con el estado de cosas anterior y proclamará un nuevo orden nacional (y mundial, pues se produce una especie de efecto dominó). En cambio, los restos del Viejo Mundo –el mundo individualista y acomodado, insolidario y chauvinista, que defiende hasta el último de sus privilegios aunque eso suponga la muerte de los otros– personificado en el profesor Calgués junto a los despojos de un ejército de fantoches, no muestra ninguna compasión, su crueldad parece justificarse porque su condición de oriundos les otorga todos los derechos. Pero los recién llegados son mucho más numerosos, así que el fantasma de Darwin, una vez más, acaba derrotándolos. Lo sabemos porque el narrador ofrece desde un hipotético futuro la crónica de aquellos tres decisivos días:  Ahora, cuando el Tercer Mundo se ha desplomado sobre nosotros, podemos verificar que su dinámico inconsciente ha hecho valer su fuerza en todo”. Como ven, una fábula moderna, que sintetiza proféticamente lo que ha ocurrido, de forma más secuencial y lógica, unas décadas más tarde.

Traducción: Manuel Vázquez

miércoles, 13 de noviembre de 2019

Teresa Pàmies: Rebelión de viejas


Idioma original: Español 
Año de publicación: 1989
Valoración: Recomendable

Rebelión de viejas, ganadora del II Certamen de Narrativa de Mujeres “Una palabra otra”, es una buena novela. Describe el reencuentro de dos amigas que hacía cuarenta años que no se veían. Dos amigas que, una vez juntas, se rebelarán contra la vejez, contra sus familiares, contra lo que se espera de ellas. De este modo, lo que podría haber sido una historia patética se convierte en una ficción entrañable. Cómo no iba a serlo, estando presente la encantadora Teodora Luzón.

Listemos ahora las virtudes de esta obra:

  • Se lee en un santiamén, pues no llega a las doscientas páginas de extensión y su prosa es dinámica.
  • Por lo general, está bien escrita.
  • La protagonizan personajes complejos, contradictorios y cambiantes, cuyas voces son verosímiles. 
  • Su ambientación es impecable. 
  • Su tono agridulce es de lo más realista.
  • Está repleta de sustanciosas reflexiones.
  • Explora temas muy interesantes (la amistad, la vejez, la maternidad, el comunismo, la libertad, el exilio...) desde perspectivas únicas. Y, por cierto, nunca retrata estos temas con burdas simplificaciones, ni romantiza gratuitamente los más fotogénicos. 
  • Entrelaza astutamente su subtexto militante y emancipador con el desarrollo del relato. 
  • A ratos es tremendamente divertida. 

A continuación, señalemos los defectos de Rebelión de viejas:

  • En determinados pasajes, la prosa de Pàmies se antoja algo rebuscada. Quizás lo que más la lastra es el abuso de sinónimos. Para muestra un botón: en un solo párrafo se refiere a una prenda de vestir como «asqueroso gabán», «tiñoso tabardo» y «pingajo». ¡En un solo párrafo!
  • La escritora repite en varias ocasiones información que ya había dado previamente y la presenta como un dato nuevo. Evidentemente, esto cansa al lector.
  • La novela se estructura en tres partes. La central es, quizás, la más floja. Esa «descabellada historia de viejas, pícaro y terroristas» es muy entretenida (podría haber salido perfectamente de la pluma de Jonas Jonasson), pero palidece frente a la profundidad de los otros capítulos.

En conclusión, recomiendo esta obra a todo aquel que busque una narración intimista sobre la amistad de dos ancianas, centrada en desarrollar tanto la relación de sus personajes principales como su ambientación y sus temas. Creedme cuando os digo que os enamorareis de la personalidad de Teodora Luzón. Podéis llamarla Dora. 

martes, 12 de noviembre de 2019

Amélie Nothomb: Barba Azul

Idioma original: francés
Título original: Barbe bleue
Año de publicación: 2014
Traducción: Sergi Pàmies
Valoración: repugnante

Comprenderé perfectamente a quien critique que haya leído y reseñado este libro con plena consciencia y deliberación tanto de lo que iba a encontrarme como de lo que iba a escribir sobre él. Pero ya sabéis lo que organizamos sobre los NOOO! BEL y no están los tiempos ni para desperdiciar una reseña ni para no amortizar el tiempo empleado en leer un libro aportando algo de las sensaciones experimentadas al leerlo.
He dicho "tiempo empleado".
Quería decir "tiempo malgastado". Barba azul es la novela número 21 de la escritora belga. A uno por año desde 1991 hasta hoy, en que, me temo, Anagrama debe estar en el proceso de traducción de la del 2019 para sacarlo y seguir pringando su catálogo con la escritora más incomprensiblemente valorada de la historia.
He dicho "sensaciones experimentadas al leerlo".
Temo que aquí ya no voy a ser tan breve y objetivo. Barba Azul es una adaptación del cuento de Perrault, Nothomb ni se ha molestado en cambiarle el título, no nos compliquemos más la vida, pensaría, que con crear la novela ya he tenido bastante. El esfuerzo de todo un año, que es en promedio lo que le cuesta sacar estas novelas de menos de 150 páginas con su tipo de letra generoso, sus diálogos liberadores de peso en los párrrafos, sus capítulos que permiten despachar el libro en un par de horitas, y a devolver el libro a la biblioteca, vete a saber qué les puede pasar a mis tomos de Houellebecq o Bolaño, escritores de Anagrama que deben alucinar literalmente (uno desde cada mundo) preguntándose que hacen sus libros en el mismo catálogo que esta porquería.
Es predecible hasta lo exasperante. Los primeros párrafos ya nos muestran a una tal Saturnine sentada a la espera de ser entrevistada para tomar una habitación asequible en desproporción, pleno París, 500 euros por 40 m2 de ventajas inmobiliarias y la pobre Saturnine, pobrecita ella, única de las candidatas que esperan que ignora que el pretendido cuarto ha tenido ocho inquilinas previas de las cuales nada más se ha sabido (aquí ni hay policía ni detectives ni leyes ni familiares que indaguen ni nada, una licencia literaria como cualquier otra; total, estamos en el París del siglo XXI), a pesar de lo cual una de las candidatas ya ve en ella (y acertará) que será la agraciada con semejante ganga.
Así que Saturnine se instala en la habitación y pronto es agasajada con todo tipo de atenciones hasta que conoce a Don Elemirio Nibal y Mílcar, rico heredero propietario del inmueble, excéntrico caballero español que acumula todos los tópicos habidos y por haber, en el rancio sentido de la palabra. Un personaje esperpéntico, ya no una parodia o una caricatura o una ridiculización, sino un amontonamiento de figuras trasnochadas que emplea una jerga y unos razonamientos de la Edad Media, que lee sentencias de la Inquisición, que tiene dinero por un tubo - cómo no, Saturnine solo gasta champany del bueno y gustos caros, pero oiga, todo eso compensa de sobras el vivir con un asesino en modo pasivo, con un monstruo que se cree con derecho a los intentos de seducción basados en toda la ristra de estereotipos de clase, de género, de raza, de longitud de intestinos. 
Y Nothomb pretende que nos traguemos este paquete, lo sitúa en un mundo real con internet y teléfonos móviles, con amigas con las que sales y a las que explicas cosas, lo adereza como diciendo que ya sé que todo esto es intragable e incoherente, pero que todo son licencias y al final me sacaré (del sombrero) la solución final vía soy una chica muy lista y las chicas listas nos empoderamos (pero antes nos enamoramos).

La historia repugna, los diálogos parecen escritos por estetas del siglo XII cargados de ácido, ni un personaje resulta creíble o extrapolable a otros tipos reales salvo a auténticos imbéciles. Haced otra cosa, dormid la siesta, mirad las musarañas, coged casi cualquier otro libro.
Una hora y media,solo, claro, por supuesto. De intensa tortura, por eso.

lunes, 11 de noviembre de 2019

Rainer Maria Rilke: Los cuadernos de Malte Laurids Brigge


Idioma original: alemán
Título original: Die Aufzeichnungen des Malte Laurids Brigge
Traducción: Francisco Ayala
Año de publicación: 1910
Valoración: Está bien (pero no es fácil)

Por una vez, la ilustración de la cubierta (vetusta edición de Losada) dice mucho de lo que encontraremos en el interior, al menos de sus elementos más básicos. Vemos un libro o cuaderno cuyas páginas entreabiertas están escritas a mano, con la caligrafía descuidada de unas notas personales. Es eso justamente lo que es el libro, los apuntes (así aparece traducido en otras ediciones) de un joven escritor danés, reflexiones  escritas en aparente desorden durante una estancia fuera de su tierra. El dónde nos lo indica, aunque no lo parezca, la cubierta de ese cuaderno en la que se ve a un individuo definido con trazos básicos, monocromo y casi neolítico, que pasea su soledad bajo farolas que no iluminan, sobre un fondo urbano de edificios grises, anónimos, que podría ser cualquier lugar, pero siempre un lugar frío, que no acompaña ni acoge ni inspira. Ni más ni menos que París.

Malte es, como digo, un escritor en ciernes, de familia noble, que seguramente llega a París como tantos otros buscando su lugar en el ombligo del mundo artístico. Pero lo que encuentra es la desolación que vemos en la imagen, nada de cafés, bulevares ni torre Eiffel. Es quizá la primera sorpresa que depara el texto: acostumbrados como estamos a la bohemia, el glamour y las buhardillas, la ciudad áspera y deshumanizada que presenta Malte es como un puñetazo, descargado además de forma poco convencional, a través de escenas en que domina la sordidez y hasta la deformación del entorno, como la terrible sala de espera de una consulta médica, o el hombre que camina con movimientos espasmódicos. La cosa se explica mejor si pensamos que el libro tiene un cierto sesgo autobiográfico, porque efectivamente Rilke estuvo en París –en concreto, trabajando para el escultor Rodin- y su estancia no parece que resultó muy satisfactoria.

La verdad es que tampoco se nos cuenta nada más, si a hechos concretos nos referimos. Casi la totalidad del libro son, como decía al principio, reflexiones de Rilke a través de la voz de Malte, expuestas con técnica y estética expresionistas, sin apenas orden lógico y discurriendo sin interrupción entre experiencias personales, teorías y recuerdos. Sin llegar a ser un exactamente un monólogo, el lector se puede hacer idea de que estamos ante ese tipo de literatura fronteriza que oscila entre la novela, el diario, el ensayo y la autobiografía, como activada por un impulso que hace fluir las ideas sin que sea posible estructurarlas del todo.

Estas ideas se mueven por campos diversos, aunque siempre en torno al ‘yo’, con un cierto trasfondo existencialista. Por ahí circulan algunas reflexiones inusuales, como la dignidad de una ‘muerte propia’, un final identificado con el individuo en paralelo a la construcción de una ‘vida propia’; o el valor del 'amor intransitivo', algo que se parecería a lo que en lenguaje de bar llamaríamos amor platónico, pero elevado al más alto nivel de pureza e intensidad no degradadas por su traslación a la realidad. El proceso creativo ocupa también un no despreciable número de páginas, o más bien la necesidad de escribir para salir de ese cierto marasmo vital en que Malte parece verse sumido. Realmente, la cosa no es tan sencilla, porque el grado de abstracción del texto es bastante elevado y, sinceramente, no es difícil perderse en los recovecos de la lógica de Rilke. Más todavía: tengo la profunda sospecha de que la traducción de don Francisco Ayala no facilita mucho la tarea. No tengo ni idea de alemán, y el estilo de Rilke cuando se interna en esos campos de la conciencia individual tiene un aire espontáneo y quebradizo que seguramente es complicado para el traductor. Pero da toda la sensación de que Ayala se dejase llevar por la literalidad, y a veces el texto parece sacado de una especie de traductor de Google avant la lettre. Complicado de seguir.

No siempre, porque en otros momentos, en especial cuando los pensamientos de Malte se remontan a su infancia, la prosa resulta luminosa y disfrutamos de pasajes brillantes, figuras poéticas a veces complejas, descripciones sorprendentes (la medianera desnuda de un edificio, la tapa de un tarro de cristal y su imagen reflejada) y escenas inquietantes, como la madre obsesionada con agujas amenazantes, o la mano cercenada que cobra vida. Las manos, cuya presencia surge en distintos momentos, centran la atención de Rilke y le llevan a fijarse en su textura, su forma o temperatura, como aquellas que ‘al formar el puño eran, en verdad, como cabezas de locos’. Todo un repertorio de imágenes poderosas conducidas sobre el papel por el genio poético del autor.

Con todo, se pregunta uno hasta dónde hubiera llegado Rilke de haber querido (o de haber sabido) construir una narración algo más lineal e integrar todo este caudal creativo en una historia más sólida o con mayor desarrollo. Pero en fin, eligió sumergirse en ese magma íntimo y expresionista que, salvo para los muy iniciados o muy interesados, quizá deja al lector medio un poquito descolocado. Una vieja amiga a quien no nombraré escribió su tesis precisamente sobre Rilke, así que solo espero que no lea esta reseña porque seguro que no me perdonaría la vulgaridad de mis opiniones sobre este libro.