martes, 19 de marzo de 2019

Mario Levrero: Trilogía involuntaria

Levrero repudiaba a los intermediarios entre el lector y su trabajo. Y aquí estoy yo, escribiendo una reseña sobre su Trilogía involuntaria. Pero bueno, tomad estas palabras como un mero reflejo de mi experiencia personal (¡faltaría más!), y no como la única aproximación posible a estas novelas. O mejor: leedlas a ellas antes que a mí. En cuanto a ti, Mario, no me odies, por favor.

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La Trilogía involuntaria está compuesta por La ciudad (1966), El lugar (1969) y París (1970), las primeras novelas de Mario Levrero. Novelas que gravitan alrededor del individuo, de su percepción del mundo y, sobre todo, de su percepción de sí mismo. Es por ello que, pese a los elementos aparentemente fantásticos que las engalanan, no hay que encajonarlas en ese género. Si acaso, estaríamos hablando de «realismo introspectivo». Y es que, a la postre, el escritor no inventa nuevos mundos; más bien, filtra la realidad a través de sus personajes. Los cuales son poco fiables, por otra parte. 

Todos los protagonistas de estas ficciones son varones innominados que narran su historia en primera persona. Historia que, por cierto, es un viaje. Uno que deja en pañales a la literatura de autoayuda. En Levrero no encontrarás el componente edulcorante que tanto predomina en ese tipo de productos. Al final del día, el viaje en el que se embarcan los protagonistas no les cambiará, y menos todavía para bien. Además, dicho viaje es siempre una frustrante imposición, no una oportunidad. 

Estos narradores están de paso en un sitio que les es ajeno, en el que se sienten asfixiados, desamparados y alineados. A eso hay que sumarle que, para la visión posmoderna de Levrero, el mundo es algo incierto, y el individuo carece de referentes estables a los que asirse para abordarlo. Para colmo, las tres novelas cierran con un final abierto, normalmente negativo. De hecho, sólo La ciudad se cierra con una nota vagamente positiva, o, al menos, optimista, pero en ningún momento da por sentado que nada va a cambiar, que todo se va a solucionar. En otras palabras: cada uno de los tres viajes que propone esta trilogía es una odisea de pesadilla. O sea, que si la lees, prepárate para experimentar desasosiego

Porque desasosiego es lo que te va a reportar esta lectura, créeme. Y no se marchará en unos días, te lo aseguro. Estas novelas son, ya lo he adelantado, una especie de pesadilla. Una pesadilla vigil con su hermetismo intrínseco, y a su vez, con su coherencia interna. Para mí, lo más fascinante de Levrero es que no se abandona a la asociación de ideas arbitrarias o inconexas. En los libros del escritor existe una coherencia interna, a menudo de aprehender, de atisbar siquiera (como viene siendo el caso de París), pero presente a fin de cuentas, como en un sueño febril.

Un elemento recurrente en esta trilogía son los espacios. No digo que sea el elemento aglutinador, porque creo que la relación que existe entre estas novelas va más allá de que aparezcan en ellas espacios vagos y abstractos. Pero bueno, éstos siguen teniendo un interés primordial. No es para menos: la portentosa imaginación de Levrero le granjea un hueco en la tradición de arquitectos soñadores de la talla de Piranesi, Kafka o Calvino.

Personalmente, sugiero el siguiente orden de lectura: empezad por La ciudad El lugar, ambas novelas que tienen mucho en común tanto en forma como en fondo, y pasad luego a París, sensiblemente distinta de sus predecesoras.

Y que no os engañe mi entusiasta reseña, ni la valoración extremadamente positiva que le doy a esta trilogía. No pienso que estas piezas de Levrero estén libres de defectos. Sin embargo, creo que éstos palidecen frente a los aciertos. Y, la verdad, la mayoría son bastante insignificantes, como el uso caprichoso de ciertos recursos tipográficos, o alguna voz puntual que no acaba de cuajar. Lo dicho: una lectura muy recomendable.


Idioma original: Español
Año de publicación: 1970
Valoración: Muy recomendable

La ciudad sienta la tónica general de la trilogía: el protagonista perdido en un sitio extraño, asediado por una sensación de pérdida, desamparo, incomprensión, y hasta de amenaza latente; la atmósfera extraña de tintes surrealistas; el subtexto kafkiano...

A mi juicio, lo mejor de esta novela es la originalidad de su planteamiento. Es algo lenta, sobre todo en su primera mitad, y hay algunos detalles que no me acaban de convencer. Pero vale la pena en su conjunto, y sólo como umbral de la Trilogía involuntaria ya habría que leerla sí o sí.

Idioma original: Español
Año de publicación: 1982
Valoración: Casi imprescindible

En este libro hallamos las descripciones arquitectónicas más ambiciosas. También hay un manejo del misterio muy trabajado. Éste no pretende ser desentrañado en ningún momento. Llegados a cierto punto, de hecho, se acaba desistiendo a buscar un sentido, una lógica, para focalizarse en el mensaje.

Decididamente, mi pieza favorita de esta maravillosa trilogía. Si alguien no fuera a leerla íntegramente, que al menos le de una oportunidad a El lugar.

Idioma original: Español
Año de publicación: 1980
Valoración: Muy recomendable

París es, probablemente, la pieza más difícil de la trilogía. En primer lugar, porque la prosa alterna constantemente dos tiempos verbales, pasado y presente. También, porque en ella se solapan la vigilia y el sueño, los cuales conviven como dos realidades igual de tangibles. Y, sobre todo, porque los simbolismos que la recorren son más crípticos aún que en sus predecesoras. Además, es un bloque monolítico de texto que no está dividido en varios capítulos que permitan al lector descansar, al contrario que La ciudad y El lugar.

Pero creedme cuando os digo que el esfuerzo de leer esta obra es recompensado con creces. No en vano, esta es la novela con las imágenes más poderosas. Ah, y probablemente la que tiene un lenguaje más rico. También es la única de las tres en las que se intuye el gusto de Levrero por la serie B, guiño que sin duda apreciarán los mitómanos del autor.


También de Mario Levrero en ULAD: La Banda del Ciempiés 

lunes, 18 de marzo de 2019

Belén Gopegui: El padre de Blancanieves

Resultado de imagen de el padre de blancanievesIdioma original: español
Año de publicación: 2007
Valoración: Muy recomendable



Confieso que, una vez más, me he saltado la sinopsis. Menos mal pues resulta claramente disuasoria, aun pretendiendo lo contrario, al centrarse en un punto de partida (anecdótico y sustituible) y olvidar los aspectos relevantes. Es cierto que la estructura no es precisamente sencilla y que parte de premisas que algunos considerarán discutibles. Pero nos enfrenta a unos personajes que dejan huella porque son humanos, es decir, contradictorios e imperfectos. Las relaciones que se establecen son tan caóticas como en la vida. El entramado está perfectamente urdido a pesar de su complejidad. La estructura y recursos son originales y acordes al contenido. Sin olvidar la elaborada reflexión de índole ético-política que, lo queramos o no, nos atañe a todos. Diálogos a dos o a varias bandas, reflexiones privadas, confidencias, análisis socio-políticos, cuya prosa, algo irregular, desmerece un poco del resto.
Los lectores interesados en la sostenibilidad y el ecologismo disfrutarán con los planteamientos de Gopegui. Porque aquí se mezclan: una contundente carga crítica, ciencia, relaciones familiares, conflictos de intereses, posibles infracciones de la ley dictadas por el más puro idealismo y, sobre todo, la eterna lucha entre pragmatismo y conciencia. En esta novela coral los personajes se dividen en dos bandos, los acomodaticios y los que sueñan con cambiar el mundo. No obstante, se elude el maniqueísmo: porque todos muestran incoherencias, cualquiera de ellos presenta ambos rasgos en alguna medida y la mayoría evoluciona en un sentido o en otro.
El núcleo lo forman Manuela, su marido Enrique y su hija Susana. De estos parten otras ramas que se van ramificando a su vez. En ocasiones, se establecen diálogos insólitos entre individuos que a primera vista no tendrían nada que decirse y que no parecen muy verosímiles tal como se presentan, pero pueden aceptarse como convención literaria. Contamos también con un personaje no-humano que se autodefine cada vez que abre la boca –es un decir–, una especie de voz en off que sirve de pretexto para que la autora se entrometa de vez en cuando, al estilo de las novelas decimonónicas pero de forma menos explícita,
El relato avanza de forma fragmentaria a base de alternar las voces. Un recurso que habitualmente amplia el campo de visión y que en este caso, debido a la variedad de planos, resulta casi indispensable.
Gopegui pretende, nada menos, trazar un panorama lo más exacto posible del orden mundial y sus problemáticas, así, tal como suena, y creo que sale airosa del intento. La cuestión es si, ante tanto desequilibrio e injusticia, merece la pena actuar de alguna forma o se trata de un esfuerzo insensato y lo aconsejable es cruzarse de brazos; si esa pasividad autoimpuesta genera mala conciencia o no; si los pequeños gestos del activismo son quimeras que no llevan a ningún sitio o semillas que pueden germinar en el momento menos pensado cuando se da una conjunción de circunstancias; si ese empeño por cambiar las cosas influye en los más cercanos y, llega, incluso, a destruir vínculos; si es lícito alterar la plácida existencia del entorno en nombre de un bien mayor o se trata de conductas reprochables pues en el fondo no vamos a encontrar más que egoísmo narcisista..
Novela de ideas, deudora de una larga tradición y aún así con entidad propia, que consigue hacer pensar al lector sin que disminuya su interés por el devenir de los personajes y sus proyectos (ese curioso experimento biológico descrito con tintes cinematográficos me parece todo un hallazgo), incluso sin que pierda la sonrisa.

Más de Belén Gopegui: Lo real, La escala de los mapas,

domingo, 17 de marzo de 2019

Jesús Marchamalo & Marc Torices: Cortázar


Idioma: español
Año de publicación: 2017
Valoración: recomendable

Nunca he sido un acérrimo "cortazariano", pero la reseña a veinte manos (bueno, a decir verdad, diecinueve, que yo estuve al mismo tiempo comiendo doritos) que nos marcamos recientemente me creó alguna curiosidad por conocer más cosas del célebre autor del cuento, aparte de lo que cualquiera con cierta culturilla general podría saber (escribió Rayuela, nacido en Bélgica, vivió en Francia, enterrado en el cementerio de Montparnasse... bueno, vale, para esto último hay que ser un poco biblionecrófilo, lo admito). pero vamos, ni ganas de meterme una biografía de esas tochacas con estudios filológicos comparatistas de todas las obras de este insigne escritor y tal y cual...; por fortuna para  los holgazanes lectores inquietos como yo, vivimos en la época dorada de los tebeos para adultos gafapastas las novelas gráficas. Así que una de éstas, de título inequívoco y estupenda por lo demás, es la que hoy ocupa esta reseña.

El libro -en puridad, tampoco sería correcto llamarle "novela", aunque sí "gráfica, claro-, también es una biografía, sólo que mucho más ligera y amena que lo que suele ocurrir al uso. Pero, en general, sigue el habitual hilo temporal de nacimiento-infancia-juventud-etc... hasta el fallecimiento de Cortázar. Hilo roto, de vez en cuando, por anécdotas o peculiaridades diversas del escritor; sin llegar a calificarlos de "interludios líricos" o "poéticos", sí es cierto que estos pequeños episodios, amén de proporcionarnos una visión más completa de la personalidad y circunstancias del biografiado, aportan al conjunto un toque entrañable, a la par que fresco. La narración, en todo caso, toca todos los momentos en principio fundamentales de la vida del escritor: su niñez, con su padre ausente, el comienzo de la fascinación por los libros, sus trabajos como profesor y traductor, sus primeros escarceos literarios, el traslado a París, sus relaciones amorosas, sus viajes, el reconocimiento de su obra, su posicionamiento político a favor de la Revolución cubana... (*) Como os podéis suponer, especial ilusión me ha hecho ver reflejado el momento en el que, en 1946, el propio Borges recibió y decidió publicar en la revista Los Anales de Buenos Aires el cuento Casa tomada.


En suma, que la trayectoria, tanto vital como literaria de Julio Cortázar se ve explicada y representada a la perfección en este libro, con la fundamental ayuda, además, de un grafismo sencillo pero muy efectivo, que oscila entre cierta ingenuidad y un toque onírico de lo más adecuado. Ahora bien, por poner algún pero (que no todo va a ser néctar y pétalos de flores), he de señalar que, a pesar de esta minuciosidad de la narración y del recurso al anecdotario cortazaresco que he mencionado antes, la figura del escritor queda envuelta en un aire, no de frialdad, pero sí de cierta reserva, se le ve siempre un tanto distante, como si los autores del libro no hubiesen sido capaces de traspasar una capa protectora, una burbuja de timidez y soledad en la que se refugiase el biografiado (no descarto, por supuesto, que Cortázar fuera así de verdad, que no lo sé).

Aún así, que no lo dude nadie: esta es una lectura de lo más recomendable, que además cumple con una función importante: que te entren ganas de leer más cosas del autor de Rayuela. No es poco, eso...

(*)Hace poco leí, por cierto, un emocionante párrafo de un libro de Bioy Casares acerca del fallecimiento de Cortázar, en el que le manifestaba gran aprecio y consideraba que siempre habían sido amigos, a pesar de no compartir ideas políticas. Un gran ejemplo.


sábado, 16 de marzo de 2019

Mary Beard: Mujeres y poder

Idioma original: inglés
Título original: The Public Voice of Women y Women in Power
Traducción: Silvia Furió (ed. en castellano) / Anna Llisterri (ed. en catalán)
Año de publicación: 2014 y 2017
Valoración: recomendable

En este libro de ensayos, se recogen dos conferencias que la autora inglesa hizo en 2014 y 2017 («La voz pública de las mujeres» y «Mujeres en el ejercicio del poder», respectivamente) en las cuales la escritora analiza cómo se ha tratado la opinión de la mujer cuando se encuentra en la esfera pública.

Así, en «La voz pública de las mujeres», y fiel a su formación y profesión dedicada a la historia, Beard hace una mirada al pasado, remontándose a los tiempos de la Odisea, cuando Telémaco, dirigiéndose a su madre Penélope, le dice: «Madre, vuelve, como sea, a la habitación y ocúpate de tu trabajo, la tejedora y el huso, y haz que las esclavas se ocupen de la suya, y eso de hablar será cosa de los hombres, de todos, y más incluso de mí, pues es mío el poder en la casa». Con este breve párrafo, ya en el inicio de la conferencia, la autora denuncia que desde tiempos inmemoriales la voz de la mujer ha sido acallada por los hombres, incluso cuando estos son aún unos jóvenes y ellas mujeres inteligentes de mediana edad, a los que superan en experiencia y conocimientos. Así, poniendo este fragmento como ejemplo, la autora realiza un viaje al pasado (pasado que aún conservamos, o arrastramos, en el presente), desde la Antigua Grecia y pasando por el Imperio Romano, donde las voces de las mujeres han sido ninguneadas, ridiculizadas o acalladas.  Y si bien en determinados casos las mujeres han podido expresar su opinión, ha sido principalmente para defender sus intereses sectoriales, pero no para hablar en lugar de los hombres o del conjunto de la comunidad.

En relación a ello, el discurso público era uno de los principales atributos en el pasado que definían la masculinidad, y, a modo de ejemplo, comenta la viñeta de «la señorita Triggs», publicada en la revista Punch en 1988, y que resume perfectamente esta cuestión. En ella, se puede ver la mesa de un despacho alrededor de la cual se hallan sentados cinco hombres y una sola mujer, y el que ocupa el lugar central de la mesa comenta: «Es una excelente propuesta, señorita Triggs. Quizás alguno de los hombres aquí presentes quiera hacerla». En una sola viñeta, el impacto es evidente, por su sencillez y contundencia, e ilustra perfectamente lo que la autora expone en el relato, pues este tipo de afirmaciones, y aunque eso parece quedar lejos en el tiempo, está muy presente en la memoria y las costumbres actuales, siendo un ejemplo clarísimo del ya conocido concepto del mansplanning (tratado ampliamente por Rebecca Solnit en «Los hombres me explican cosas»). Incidiendo en más ejemplos históricos, expone algún otro caso asociado a la literatura, hablando de «Las bostonianas», de Henry James, y su marcada costumbre de silenciar a las mujeres, como es el caso de Verena Tarrant. Este autor, ya en sus ensayos, deja clara su posición escribiendo sobre «los efectos contaminantes, contagiosos y socialmente destructivos de la voz de las mujeres».

También la autora pone de relieve, no únicamente este silenciamiento de la voz de la mujer, sino también la falta de autoridad, conocimiento y autoridad que, a través de un lenguaje ridiculizante, se les atribuye. Y, de hecho, en muchos casos en les que sí se le da poder, es para hablar de esferas tradicionales de intereses propios de las mujeres pues, por ejemplo, que sean Ministra de Sanidad, Igualdad o Educación no las descarta para ocupar los ministerios de Economía o Hacienda (cosa que aún no había sucedido en Gran Bretaña en el momento en el que se hizo la conferencia en 2013). Y también hablamos de espacios mediáticos como tertulias políticas o deportivas, dedicadas y ocupadas (sí, ocupadas sería un buen término descriptivo) por los hombres, pues se considera que son temas que ellos conocen más (y mejor). Y no le falta razón a la autora al criticarlo, pues esta desigualdad es evidente si nos fijamos en las tertulias y programas que copan nuestros medios y cuantas mujeres participan o lideran este tipo de programas.

Todas estas actitudes y mentalidades están muy interiorizadas en nuestra sociedad, en nuestra cultura, nuestro lenguaje y perpetuadas tras miles de años de historia. Y que las mueres hablen de ciertos temas aún está mal visto por una gran parte de la sociedad (el ataque a las mujeres en internet por comentarios contra las mujeres es treinta veces superior a los dirigidos contra los hombres, en un evidente ejemplo de misoginia), en un claro intento de apartar a las mujeres del debate o de la expresión de su opinión. Y para poder conseguir expresarse, hay mujeres que masculinizan el discurso, a través de hablar con voz algo más grave e imitar ciertos aspectos de la retórica masculina. Esto puede funcionar, pero es solo un parche, no va al corazón del problema, no debería ser así.

Ya en el segundo ensayo, «Mujeres al poder», la autora también echa mano de sus conocimientos históricos y literarios para empezar el relato hablando de «Tierra de ellas», de Charlotte Perkins Gilman, relato que trata sobre un país donde solo viven mujeres (me pregunto aquí si Stephen King sacó de este relato su idea para «Bellas durmientes»). La autora lo utiliza para aventurarse a pensar en cómo sería un mundo donde las mujeres tuvieran el poder y, como en la conferencia anterior, también utiliza recursos de la historia antigua para ejemplarizar como la mujer ha sido relegada a esferas que supuestamente no son propiedad del hombre. Con ello, analiza el papel de las mujeres a las que se les ha reconocido poder (políticas, especialmente), pero afirmando que este aspecto, el hecho de identificar únicamente el poder con los cargos políticos, etc., es suponer que ocupan lugares no previstos para ellas, y deja de lado escenas diferentes donde otro tipo de poder es importante. De igual manera, abunda en este aspecto y habla del camino que ciertas mujeres siguen para alcanzar el poder, masculinizándose, poniendo como ejemplo a Margaret Thatcher o Hillary Clinton.

La autora, en este libro, breve pero recomendable por su interesante contenido, no plantea soluciones ni da consejos, sino que su intención es poner de manifiesto que hay un patrón de comportamiento que arrastramos desde hace miles de años y que hay que tomar consciencia de ello para cambiarlo. Y aprovecha también para cuestionar, no únicamente a quién se le da poder, sino también si este está bien definido, si está bien entendido por la sociedad cuando solo se puede reconocer en el quien tiene la forma e imagen de un hombre.

Por todo ello, hay que trabajar sobre qué entendemos por la voz de la autoridad y como hemos llegado a construirla, y redefinir el concepto de poder y hacerlo más amplio, tanto en pluralidad de género como en los ámbitos donde está reconocido. Solo así podremos intentar llegar a una igualdad que, por las tendencias y costumbres arrastradas desde tiempos inmemoriales, parece que aún queda lejos.

También de Mary Beard, en ULAD: Una historia de la Roma antigua

viernes, 15 de marzo de 2019

Colaboración: Me llamo Rojo de Orhan Pamuk

Idioma original: turco
Título original: Benim Adım Kırmızı
Año de publicación: 1998
Traducción: Rafael Carpintero
Valoración: muy recomendable (casi imprescindible)

La obra de Orhan Pamuk es vasta y sólida. Con más de una docena de títulos, algunos imprescindibles como Nieve o El museo de la inocencia, uno siente que es difícil encontrar otro título a esas alturas pero…
“Ahora estoy muerto, soy un cadáver en el fondo de un pozo. Hace mucho que exhalé mi último suspiro y que mi corazón se detuvo pero, exceptuando el miserable de mi asesino, nadie sabe lo que me ha ocurrido. En cuanto a él, ese repugnante villano, escuchó mi respiración y comprobó mi pulso para estar bien seguro de que me había matado, luego me dio una patada en el costado, me llevó hasta el pozo, me alzó por encima del brocal y me dejó caer”.
Este es el potente inicio de su novela Me llamo Rojo. Quien habla es el asesinado Maese Donoso, un ilustrador que en el año 1591 trabajaba en secreto en un retrato del Sultán, acción que algunos consideraban contraria a las enseñanzas del Corán.
Esto es solo una arista de una novela presentada como histórica pero que finalmente va más allá de reconstruir sucesos temporales. El relato va cambiando sucesivamente de narradores, conformando una narración coral que abarca distintas líneas e interpretaciones.
La historia-marco son los sucesos que van ocurriendo alrededor del trabajo encargado por el Sultán. La mayor parte de esto transcurre en los talleres de los ilustradores donde trabajaba Maese Donoso hasta su asesinato. Los personajes de Maestro Osman y sus ilustradores, Mariposa, Cigüeña y Aceituna (quienes además son sospechosos del crimen) son el eje de las conversaciones sobre el arte. Esto le sienta como anillo al dedo a Pamuk, pues a través de los diálogos y descripciones minuciosas de las pinturas de los maestros, expone uno sus temas favoritos: el choque oriente/occidente. De este modo, el arte es una excusa para hablar de identidad, formas de mirar el mundo o sentido del arte.
La fecha no es un dato menor, si se considera que en ese tiempo, el Imperio Turco estaba en su esplendor, luchando por expandirse a Europa, que se defendía hace más de un siglo del invasor, pero que empezaba a reflejar la influencia occidental en sus costumbres. La sociedad turca lidiaba contra occidente pero se deslumbraba con la cultura europea, aquí específicamente, con los maestros venecianos.
El otro hilo narrativo, está relacionado con encontrar al asesino de Maese Donoso. En este sentido, la novela se acerca a las historias de detectives, donde todos son sospechosos y cada uno tiene su versión y su coartada. La narración es hábil para mantener la tensión con el propósito de dilucidar quién es el asesino solo hacia el final.
Y la última trama narrativa (aunque no necesariamente en ese orden), se relaciona con la historia de amor entre Seküre y Negro. Amor que también sufre las férreas costumbres orientales. Un amor lleno de pasión y turbulencias, que deberá sortear grandes obstáculos para poder estar juntos.
Todo esto, narrado con un lenguaje muy pulcro y preciso, que logra mantener el ritmo en cada eje narrativo. La multiplicidad de voces sorprende, ya que no solo aparecen los obvios personajes actuando en cada una de las tramas, sino que además aparecen voces insólitas. A las ya mencionadas, en la que destaca la voz del asesinado Maese Donoso,se escuchan las voces de los cuadros pintados, las ilustraciones, que también van contado su parte en la narración: el perro, el árbol, el caballo y el color rojo; incluso algunos conscientes de su existencia como creación artística. Todo esto da un amplio y postmoderno aspecto a la historia. Un cuadro minuciosamente detallado, como uno de los tantos que aparecen descritos en el relato, un cuadro lleno de perspectivas, a la manera veneciana.
En resumen, una gran novela, que mezcla sucesos históricos, reflexiones del arte, miradas del problema cultural oriente occidente, elementos de novela negra, elementos de novela romántica, todo para darnos un gran fresco del Imperio Otomano de fines del siglo XVI. Un relato con diversas lecturas, que no se excluyen unas de otras y que terminan resonando más allá de lo meramente literario para transformarse en una lúcida reflexión sobre el arte y la vida. Sin duda, otro admirable trabajo de Orhan Pamuk.


Firmado: Cristian Uribe

jueves, 14 de marzo de 2019

Angela Carter: La juguetería mágica

Idioma original: Inglés
Título original: The Magic Toyshop
Traductor: Carlos Peralta
Año de publicación: 1967
Valoración: Recomendable



Melanie tiene quince años cuando sus padres fallecen. Junto a sus dos hermanos pequeños, Jonathon y Victoria, deberá abandonar una idílica casa rural para vivir con su tío Philip en el extrarradio de Londres. Él es un juguetero que domina con mano de hierro a su mujer, Margaret, una joven irlandesa muda, y a los hermanos de ésta, Finn y Francie.

Semejante premisa puede dar a entender que estamos ante un drama de huérfanos dickensiano. No andaríamos desencaminados: ciertamente, La juguetería mágica tiene mucho de este género. Sin embargo, también se aleja del realismo imperante en ese tipo de historias para regalarnos pasajes casi fantásticos.

Por otro lado, se podría decir que La juguetería mágica es una novela gótica actualizada; una que bebe del rico imaginario de los cuentos de hadas y de los mitos clásicos. Rinde especial homenaje a la historia de Barba Azul. Y de forma más certera, debo decir, que la descafeinada El coleccionista de libros de Alice Thompson, o el superficial"remake" de Amélie Nothomb.

Con La juguetería mágica, Angela Carter expresa su admiración por E. T. A. Hoffmann. El título del libro es ya una declaración de intenciones, con sus alusiones a la figura de los autómatas. Asimismo, es innegable que esta novela se adueña del concepto de lo siniestro (el "unheimlich"), para diseñar el escenario en el que la acción transcurre y generar la atmósfera adecuada con la que cobijar los eventos narrados.

Pero no os penséis que esta es una historia de terror. Ni de lejos. Alguna escena roza el horror, no lo niego, pero, al final, no hay cadáveres ocultos tras las puertas cerradas, ni los juguetes del tío cobran vida en ningún momento. El propósito de La juguetería mágica no es asustar al lector. Si acaso, pretende mostrar la transición que experimenta Melanie hacia la edad adulta. También quiere reivindicar la necesidad de derrocar cualquier tipo de opresión.

Me parece remarcable el feminismo que supura esta historia. No me extraña que a autoras de la talla de Joyce Carol Oates o Margaret Atwood se las perciba como deudoras de la obra de Carter. Sólo en La juguetería mágica se exploran el deseo y la sexualidad femenina, así como la liberación de la mujer. No en balde, La juguetería mágica culmina con la aniquilación del orden patriarcal.

Pero también es cierto que su mensaje es más universal, y nos anima a todos, sea cual sea nuestro sexo, a que afrontemos nuestros miedos y a que no nos dejemos subyugar por nadie. Finn se revelará destruyendo un cisne de tío Phillip. Margaret, poniéndose el vestido y el collar que le ha regalado Melanie. Y ésta última, al reconocer sus verdaderos sentimientos, abrazar su floreciente sexualidad y cortar lazos con las responsabilidades asfixiantes que suponían sus hermanos pequeños. 

Llegados a este punto, pasemos a las que, para mí, son las virtudes del relato.

  • La atmósfera a lo Hoffmann. 
  • Su ambientación. O bueno, gran parte de la misma, porque si bien es cierto que Carter describe minuciosamente la casa del tío Phillip, o el parque abandonado al que van Melanie y Finn, no dice casi nada de la tienda o el taller del juguetero. 
  • El villano de turno, Phillip Flower, es verdaderamente temible, pese a que su caracterización no recurre jamás a efectismos de ninguna clase. 
  • La potencia de las imágenes propuestas en La juguetería mágica es brutal. Incluso cuando éstas son insinuadas, o apenas entrevistas. 
  • La sutileza con la que esta novela aborda los temas que trata merece todos mis respetos. El despertar sexual de Melanie, por ejemplo, jamás cae en la obscenidad gratuita, ni se narra mediante lugares comunes. 
  • Hay que destacar el inteligente uso que Carter hace del simbolismo. La mayoría de elementos empleados en esta narración tienen su porqué. El manzano despierta reminiscencias bíblicas, y alude al paraíso y a la transgresión de Eva; el vestido de novia que usa Melanie, el mudismo y el collar de tía Margaret, los títeres de Philip, también aportan capas de significado a la narración.

Hasta aquí, todo bien. Lástima que el final no esté a la altura de las circunstancias. En primer lugar, porque introduce una pieza en el juego que no había sido anticipada previamente. Encima, es abrupto, anti-climático y está regado con algunos de los peores diálogos de toda la novela. Tampoco me convence demasiado el apartado formal de La juguetería mágica. A todas luces, le falta algo de empaque.

  • No me gusta cómo está organizada la narración. A veces, Carter salta de una escena a otra sin que el texto pueda respirar debidamente, y en esos momentos, la comprensión de lo que estamos leyendo se dificulta. Por otro lado, las oraciones que componen algunos párrafos tampoco siguen un curso orgánico.
  • En las primeras páginas hay excesos barrocos que más adelante apenas vuelven a aparecer. Comprendo que la intención de Carter era contrastar las descripciones más poéticas del inicio de la narración con aquellas más apegadas a la realidad propias del final de la misma, pero la transición de un proceder a otro no me convence. 
  • La precisión de algunas metáforas es abrumadora, pero hay tantas a lo largo y ancho de la novela que acaban siendo cargantes. Además, no todas funcionan igual de bien. 
  • Tampoco todas las referencias literarias que se usan son pertinentes. Se invoca a Edgar Allan Poe o a Moby Dick, por ejemplo, sin venir a cuento. Carter estudió filología inglesa, y es por ello que las alusiones a autores clásicos (también a pintores y, en menor medida, a la cultura pop) son abundantes en esta obra. 

En cuanto a la edición de Sexto Piso, recalcar que es preciosa, pero:

  • La imagen de la cubierta no consigue, a mi juicio, transmitir el horror latente de los cuentos de hadas. Ya sabéis, esas historias de aparentemente infantiles que en realidad ocultaban duras lecciones de vida. Parece, más bien, querer darlo a entender superficialmente con motivos "spooky" tales como calaveras o ratones. 
  • Emplea la traducción deficiente con la que Minotauro publicó esta novela por primera vez, allá en 1996. 

Resumiendo: en La juguetería mágica, segunda novela de Carter, ya se intuye que esta escritora tiene una voz muy personal, aunque todavía le falte madurarla bastante. Por lo general, este es un libro interesante. Algo indefinido, quizás, pero una lectura recomendable de todos modos, dada la originalidad de su propuesta y la solvencia de muchos de sus apartados.  

Un año después de su publicación ganó el premio John Llewellyn Rhys. También ha sido adaptado al cine y al teatro. Actualmente es considerado por muchos como una obra de culto. No es para menos: la misma autora es reivindicada a menudo desde círculos injustamente minoritarios.


También de Angela Carter en Unlibroaldía: "El señor León, enamorado" y "La prometida del Tigre", "La cámara sangrienta"  

miércoles, 13 de marzo de 2019

Sònia Hernández: El hombre que se creía Vicente Rojo

Idioma original: castellano
Año de publicación: 2017
Valoración: Recomendable (creo)

…aunque no termino de tener muy clara la valoración, pero quizá escribir esta reseña me ayude un poco. 

Lo que nos presenta Sònia Hernández son tres personajes: una periodista bien entrada en los cuarenta, con notables problemas de autoestima, que acaba de ser abandonada por su marido. Su hija, quinceañera que ejerce de tal (yo me la imagino gótica, aunque eso no lo dice el libro), juega con sus amigos a contener la respiración hasta no reconocerse en un espejo. Y un individuo algo mayor, que pasa por ser el pintor mexicano Vicente Rojo (el ‘pasa por ser’ no empeora el manifiesto y un poco extraño espoiler que ya contiene el título). Con estos tres vértices se construye la pequeña historia, que pone a los personajes en conexión a partir de una situación anecdótica. 

Lo que ocurre después es más bien poco sobresaliente, y el relato se mantiene, siempre en la voz de la madre, en el ámbito de lo íntimo, definiendo las relaciones entre los personajes, que básicamente podrían ser:
  • Entre madre e hija, el panorama es más o menos el esperado: la primera, todo inseguridad, intenta sin mucho éxito mantener la comunicación ante la actitud provocadora de la niña. La madre conoce los extraños juegos de prosopagnosia y se esfuerza por comprender que su hija busque, a su manera, otra forma de mirar una realidad que le parece aborrecible, porque en el fondo a la madre le ocurre lo mismo: empezando por los cambios en su propio cuerpo, se siente perdida, golpeada por la edad y la falta de respuestas. Y aquí aparece el pintor.
  • La relación entre la madre y el pintor es un poco el encuentro de la mujer desorientada con el gurú, el confesor, el guía espiritual. En el hablar pausado y sabio del artista encuentra ella el sosiego, y en sus obras, el equilibrio, una nueva forma de entender la belleza y hasta un dibujo para entender mejor el mundo.
  • Para terminar, la conexión entre el pintor y la hija, más allá del incidente fortuito inicial, es simplemente inexistente. La chica, pertrechada en su obsesión por la fealdad y quizás intentando preservar su propia perspectiva de la realidad, rechaza violentamente todo contacto con el hombre y fustiga a su madre para que haga lo mismo.

Como decía antes, nos mantenemos siempre en el ámbito de lo íntimo, todo este juego de relaciones impulsa a la madre a reflexionar sobre sí misma, sus limitaciones y su permanente sensación de estar a punto de asistir al final de algo. Pero cuando me refiero a ‘lo íntimo’ no es tanto la previsible retahíla sobre una madurez mal asumida, el papel de madre en camino de fracasar, o el matrimonio echado a perder. Quizá lo más notable del relato es que nos movemos en un plano intelectual relativamente elevado, tocando la búsqueda del equilibrio y el significado de la estética, todo lo que, a fin de cuentas, se resume en una explicación congruente sobre el mundo.

Como las largas reflexiones de la madre oscilan de continuo entre el nivel existencial y el doméstico, y además tenemos en el pintor un caso palpable de suplantación, uno tiene la duda de si la narración acabará más en el terreno de Bridget Jones o en el de Juegos de la edad tardía. Pero al final casi nos convencemos de que el libro de Sònia Hernández encuentra un camino propio y de cierto nivel, lo que no es desdeñable en un texto con semejante carga de subjetividad. Y además, expuesto con una prosa inteligente y fluida, y el interesante ingrediente de los hábiles juegos de identidad (no desarrollados del todo) entre Vicente Rojo, Max Aub y su alter-ego Torres Campanals. Todo lo cual pone al libro en un nivel apreciable, la verdad.

El problema en mi opinión es que un libro tan breve y una historia con tan poco desarrollo tienen que resultar intensos para no caer en la intrascendencia. Y ahí empiezan mis dudas. Hay bastantes páginas en que la narradora nos cuenta algunas experiencias anteriores (autoficción, tal vez?), que está bien para conocer mejor al personaje pero no sé si son estrictamente necesarias o hacen perder un poco de vuelo. Y el problemilla con el pintor, quien tiene nada menos que el honor del título, pues se queda un poco ahí, secundario, hasta desvanecerse sin haber aportado demasiado, más allá de un tibio mensaje metafórico. 

Se echa de menos eso a lo que a veces llamamos brío, que es algo tan inconcreto como fácil de detectar cuando no está, y así queda algo descolorida esta pequeña historia, no obstante haber sido elaborada con materiales interesantes. Pero aun así me parece algo diferente, que tiene su punto, y con todo sí se merece el Recomendable. Creo.