lunes, 21 de septiembre de 2020

Llàtzer Moix: La ciudad de los arquitectos

Idioma original: español
Año de publicación: 1994
Valoración: interesante





Los Juegos Olímpicos del 92 fueron para la ciudad de Barcelona el detonante de una reforma urbanística todavía hoy sin precedentes por su singularidad, efectividad y velocidad. En ese proceso se forjó una nueva conciencia urbanística que es vigente en la práctica profesional actual, así como la figura del arquitecto urbanista como elemento clave ante las grandes operaciones de transformación urbana y, consecuentemente, en la toma de las grandes decisiones que se toman en las cotas de poder. 

Como barcelonesa que soy, además de urbanista profesional y vocacional, esta lectura me ha resultado muy especial ya que ha provocado en mí algo que con el desgaste de los años, del oficio y del trato con ciertos especímenes pensaba que jamás volvería a sentir hacia mi profesión o hacia mi gremio: orgullo. Ya me arrepiento de haberlo dicho pero una tiene un corazoncito peleón que a veces puede más que un más que justificado cinismo

Resumen resumido: Crónica periodística desde los primeros albores posibilistas a principio de los 80, con los contactos entre el alcalde Narcís Serra y el presidente del Comité Olímpico Internacional, Juan Antonio Samaranch, pasando por el fichaje del arquitecto Oriol Bohigas al frente del gran proyecto de trasformación urbana, los avatares de dicho proyecto y su ejecución y la culminación con la celebración de los Juegos y su posterior resaca. 

Esta crónica se finalizó en 1993 y se publicó en 1994 en medio de una gran expectación dentro del gremio. Para su elaboración, el autor había realizado multitud de entrevistas a buena parte de los arquitectos implicados y algunos de ellos accedieron a aportar su testimonio con la condición de no ser nombrados. Llàtzer Moix realiza un perfil muy certero de esa gran familia procedente en gran parte de la Escola Tècnica Superior d’Arquitectura de Barcelona (ETSAB) que participó en primera línea del gran proyecto olímpico. Han pasado más de veinticinco años y hoy podría escribirse un segundo tomo sobre el "qué pasó después".

La crónica ilustra muy bien el origen de las camarillas en el seno de la ETSAB y desarrolla los acontecimientos que llevaron al «destierro» de figuras tan relevantes dentro de la profesión como Rafael Moneo o Ricardo Bofill. Más allá del cotilleo, esa información ayuda a comprender los posteriores acontecimientos en el reparto del pastel así como algunas declaraciones polémicas que surgieron en su momento. El autor también procura aportar diferentes testimonios para que los conflictos y los acontecimientos que explica puedan verse desde diferentes ópticas y en toda su complejidad. Sucede con algunas de las obras más polémicas, como la torre la Telefónica por Santiago Calatrava, que tiene todo un capítulo para ella sola en el que se relata gran cantidad de vicisitudes técnicas, administrativas, económicas e incluso emocionales. 

No falta el sutil toque humorístico en la narración que, más allá de aportar cierto tono irónico en algunos pasajes, ya se nutre de lo cómico del material original, como la contratación de un gestor para "apretar" a los despachos a cerrar los proyectos en terminio y presupuesto. Los métodos tajantes empleados por dicho gestor le valieron el apodo de Terminator entre el colectivo de arquitectos. Tampoco es capricho del autor que en la narración cobren tanto protagonismo los egos. No es un cliché en absoluto y las situaciones que se relatan hablan por sí mismas.

He disfrutado especialmente con el relato sobre la Ronda de Dalt, que al ser una infraestructura y no una edificación, pasó algo inadvertida para los profanos pero que aún hoy se considera todo un ejemplo de buen trabajo en equipo entre arquitectos e ingenieros de caminos. Una demostración de que sí se puede y de que el urbanismo es necesariamente pluridisciplinar.

Así que interesante para cualquiera que quiera acercarse a ese momento tan fulgurante de nuestra historia con la única contra indicación que los lectores ajenos al gremio tal vez acaben un poco empachados de tanto nombre propio.

domingo, 20 de septiembre de 2020

Gonzalo Torrente Ballester: Los cuadernos de un vate vago

 
Idioma original: castellano
Año de publicación: 1982
Valoración: Está bien

Hasta ahora había leído libros de muy diferente origen y formato; pero no recuerdo haber conocido un texto procedente de grabaciones de voz en un magnetófono (puede que haya quien no sepa lo que es un magnetófono, pero para eso está la Wikipedia). Es justo lo que son estas reflexiones de don Gonzalo, registradas desde 1961 hasta 1972, para las más antiguas de las cuales (supongo que luego se iría modernizando) utilizó un Geloso, ingenio italiano bien bonito, uno de cuyo modelos aún hoy tengo el honor de poseer en mi casa (foto de por ahí abajo).

Por lo visto, al autor de Los gozos y las sombras y La saga/fuga de J.B. le hizo gracia la aparición de semejante aparato, y decidió entretenerse con él y de paso sacarle alguna utilidad. Por lo que se deduce del libro, Torrente utilizó las grabaciones sobre todo como apoyo a su trabajo literario, pero el formato hace que resulte inevitable una segunda función, seguramente no buscada, como diván de psicólogo. Son las dos vertientes que conviven en el texto, y que paso a exponer brevemente.

El periodo que abarcan las cintas es quizá el menos productivo en la trayectoria del autor. Buena parte de sus reflexiones están registradas durante sus largas estancias en Estados Unidos, donde ejerce como profesor de Universidad, y el hombre siente su creatividad atascada. Parece ser que no es muy amigo de tomar notas, y todo fluye en su cabeza, van y vienen ideas sobre sus personajes, la forma de encajarlos en el argumento y los distintos rumbos que este puede adoptar. Algunas le cuadran con lo previsto, otras le obligan a rehacer el trabajo o le hacen cambiar de dirección, y bastantes de ellas simplemente se le olvidan. Este hombre no parece ser el escritor profesional que se impone un horario para sentarse frente a la hoja en blanco y obligarse a trabajar. O sea que viene a ser una especie de anti-Murakami, ese metódico caballero a quien solo parece faltar un software de control laboral para fichar al inicio y al final de su jornada. Nada estajanovista, Torrente es un hombre normal, que siente la necesidad de escribir pero a quien muchas veces le puede la desgana y la pereza (de ahí el adjetivo del título). 

En esta época, aparte de otras obras menores, se encuentra pergeñando lo que luego sería La saga/fuga –iniciada con materiales de Campana y piedra, que creo que no llegó a publicarse como tal-, y ahí estaba precisamente mi principal foco de atención. Me interesaba saber cómo este autor tan poco dado a la fantasía y la experimentación se decidió por explorar caminos tan diferentes en esta obra. Pues en fin, curiosidad insatisfecha, porque en las reflexiones de Los cuadernos… no hay una sola pista sobre el tema, como si don Gonzalo no estuviese haciendo nada demasiado diferente de lo anterior y posterior. Así que desde este punto de vista –muy particular, lo reconozco- el libro decepciona las expectativas; no así si nos contentamos con escudriñar un poco en el proceso creativo, cómo se van fraguando las tramas o cómo percibe el autor el crecimiento de su obra, cómo los personajes van cobrando vida, enriqueciéndose o incorporando nuevos caracteres que a lo mejor cambian su fisionomía y exigen un replanteamiento del relato.

El otro aspecto que encierra el texto es indudablemente el personal. Como apuntaba antes, la confesión personal no es para nada el objetivo con que el autor gallego emplea el magnetófono, pero es imposible que no se filtre en horas y horas de grabaciones, muchas de ellas realizadas lejos de su tierra y su familia. Las cuitas de Torrente Ballester se van colando en los mensajes poco a poco, y en ocasiones adquieren un tinte bastante sombrío. Estamos ante el escritor que pasa por problemas económicos (o sea, un modelo bastante corriente), ya mayorcito (sobre los sesenta o poco menos), que siente el cansancio de las largas temporadas solo en Nueva York, va notando su salud poco a poco más deteriorada y se siente con frecuencia bloqueado en su trabajo y hasta se diría que aburrido. El hombre hace cálculos  sobre el tiempo que le falta para cobrar unos trienios y sobre las fechas en que ha de entregar su material para recibir algo del editor. Reflexiones propias de cualquier currante, pero que, no sé por qué, muchas veces no asociamos a un escritor.

Así que, bueno, es el típico libro para muy interesados en a) el proceso creativo, b) el autor en concreto, o c) lo que pasa por la cabeza de un tipo normal que se dedica a la literatura. Porque eso es lo que transparenta en el fondo de estas peculiares grabaciones: un señor mayor que, al mismo tiempo que se inventa historias y personajes, piensa con preocupación en cómo quedará su familia cuando él falte, echa de menos su casa y su país, y tiene que dedicarse a cosas que no le satisfacen del todo para ir tirando. Como usted y como yo. El oropel de los homenajes y el dinerillo de los premios vendría unos años después, pero él no lo sabía. 


Otras obras de Gonzalo Torrente Ballester en ULAD: La saga/fuga de J.B.La muerte del decanoFilomeno, a mi pesar

sábado, 19 de septiembre de 2020

Jordi Cussà Balaguer: Caballos salvajes

 
Idioma original: catalán
Título original: Cavalls salvatges
Año de publicación: 2020
Traducción: el propio autor
Valoración: muy recomendable

Vaya por delante que me hubiera gustado leer este libro en su versión original en catalán, pero a) parece que se trata de un libro difícilmente localizable b) algo más habré de fiarme si quien se traduce es el propio autor, aunque sea para añadir algo más de mito (primer autor ibérico) a la colección de Sajalín, editorial siempre fiable a la hora de tratar de ciertas temáticas y que, aquí, un altre cop, da en el clavo.

Voy a abstenerme de calificar cierta corriente. representada por ciertos autores, que no voy a perder tiempo en mencionar, que apela a cierta nostalgia de la sociedad urbana de la época del postfranquismo inmediato. Tampoco voy a dar pábulo a algunas teorías conspiranoicas (por favor, señores de la RAE, acepten ese término) sobre si la laxitud oficial hacia la penetración de los estupefacientes en aquella época pretendía adormecer y por tanto contribuir a neutralizar a una generación (los ahora llamados boomers) que podía tomarse en serio determinadas exigencias políticas. 
Pero al que pretenda hallar glamour en los poblados de la droga que cada gran ciudad tuvo (y muchas conservan, a pesar de ingenuos planes urbanísticos que solo cambian el problema de ubicación), en las esquinas con gente muy poco recomendable trapicheando, al que se muestre ni que sea lejanamente nostálgico (salió la puta palabra) de ese pestilente pasado de yonquis arrastrándose por el chute, de tipejos blandiendo jeringas para obtener dinero para droga, al que esos personajes, que aparecen en ciertas series cutres balbuceando como si ello tuviera la mínima gracia, les parecen entrañables -porque tiene que haber el tonto del pueblo y el yonqui del vecindario-, en fin, a toda esa gente les presentaría a amigas a quien se les murió un hermano, a conocidos a los que un politoxicómano les arruinó la vida, y me paro ahí que ya me estoy encendiendo. Ni moral ni tonterías, los estupefacientes, especialmente cuando, a diferencia de tabaco o alcohol, se les confina a un submundo de ilegalidad y descontrol, son una mala opción de vida.

Cussà Balaguer fue de esos. Estuvo "malito", como cierta estrella televisiva gusta de camuflar para no mostrarse con franqueza. Y Caballos salvajes es un duro testimonio de esa vida, duro testimonio que ni moraliza ni adoctrina, ni incentiva ni criminaliza. Ni un momento se habla del pozo de la droga ni se emplea tono de sermón. El yonqui vive alrededor de lo que se mete, y eso vertebra su existencia. Entre exceso y exceso (aquí los hay de prácticamente todo) solo hay resacas y bajón y preámbulos y preparativos del siguiente. Ve que las cosas se desmoronan a su alrededor y, aunque es consciente de ello, siempre deja lo de arreglarlo para otro día. Caballos salvajes no es Trainspotting de la Catalunya interior. Es una novela casi faulkneriana, donde los cadáveres nos hablan porque estos cadáveres aún conducen, visitan países y follan. No da ejemplo, ni afea más el tema de lo que ya es. La heroína ha representado muerte, enfermedad, crimen, cárcel, sordidez, todas ellas cosas que yo diría que no conviene mucho banalizar. La cuestión es que esa vida da para una gran obra literaria: una novela nerviosa y nervuda, que combina placer y dolor, claro, hasta ese punto refleja aquello de lo que habla, que es básicamente una comunidad de gente bajo la influencia. Un léxico casi a medida, palabras que se unen, frases que se cortan, los casi ilimitados términos usados para describir la célula básica, el consumo fulgurante de la dosis mínima de lo que sea. Entre tanto narcótico, convertido cada uno en integrante de la dieta diaria, Cussà aparece con su experiencia personal detrás del personaje de Alexandre, mil apodos  y contracciones de su nombre surgen a medida que se presenta y se integra en una acción que va y viene, con sus diversas relaciones, parejas, familia, amigos y cómplices, diversos personajes en diversos momentos y perspectivas dibujan un mosaico cuya estructura narrativa refleja el caos vital en que vive sumido aquel que elige esa existencia (llamadle como queráis, si por tendencia social, por propensión psicológica, por influencias de las amistades, porque es la moda, por pura desidia de cualquier otra elección posible), un caos en el que el consumo es a la vez el centro del círculo y el exterior al que cualquier fuerza te lleva. Tampoco es que se recarguen las tintas en lo trágico, pero aquí hay suicidios, sobredosis, muertes accidentales, enfermedades contraídas de cuando éstas representaban una muerte casi segura, y toda la parafernalia propia del mundillo. El tráfico a pequeña escala para financiar el vicio propio, los viajes para trasladar mercancía, la urgencia de obtener dinero para alimentar a la bestia. 
Poco centrada en el estereotipo urbano, la mayoría de la trama tiene lugar en aquello que llamaríamos las comarcas de la Catalunya interior: poca presencia de los clásicos emplazamientos que el lector vincularía con tal situación. Aquí quien se droga cohabita en una granja o en algún piso cedido en una población pequeña, o vaga por un mas (el equivalente catalán a una casa rodeada de un pequeño terreno con modestos sembrados de cultivos variados) y se mueve en ese entorno reducido y casi rural. Un escenario chocante y poco entregado al estereotipo. Alexandre es el escritor al que un mecenas adinerado espera casi eternamente mientras rellena párrafos en los intersticios que su recorrido vital le permite, Cussà lo emplea como alter ego, quizás incluso parapetándose para evitar mencionar a personas que aún existan. La sensación de cercanía es total, el torrente narrativo casi avasallador, poco glamour y mucha sensación de que esa situación no tiene ningún atractivo, mucho menos con la perspectiva de quienes tienen la suerte de haberla superado.
Todo un viaje a las profundidades.

viernes, 18 de septiembre de 2020

Magdalena López: Penínsulas rotas

Idioma original:
español 
Año de publicación: 2020
Valoración: recomendable 

Los lectores más regulares y veteranos de ULAD quizás reconozcan el nombre de Magdalena López, porque ella misma fue, en el pasado colaboradora ocasional del blog, con contribuciones relativas sobre todo a la literatura caribeña, en la que es una destacada y reconocida especialista. Sobre este espacio geográfico, político y cultural, que incluye también la Venezuela de la que es originaria, ha publicado ensayos académicos y antologías literarias.

Y este contexto geográfico es también el que vertebra su primera novela, publicada con el significativo título de Penínsulas rotas. En efecto, la familia Garcés-Gil, que está en el centro de la narrativa, está estrechamente vinculada no solo con la historia venezolana del siglo XX y XXI (desde la dictadura de Pérez Jiménez hasta el ascenso del chavismo), sino también con la del resto de países caribeños (sobre todo Nicaragua, muerto ya Sandino y con Anastasio Somoza en el poder) e incluso con la historia de la Península Ibérica, ya que uno de los personajes estuvo implicado en la Operación Dulcinea, que pretendía lograr la derrota de las dictaduras de Franco y Salazar secuestrando el barco Santa María y llevándolo hasta una de las colonias portuguesas en África.
 
En primer plano, sin embargo, lo que tenemos es una saga familiar, encabezada por el teniente Garcés Acosta y la rebelde abuela Eloísa, y que se amplía hasta los cuatro primos de la última generación, e incluyendo a La Maligna, una de sus tías, que despojada de nombre parece querer apropiarse de todo lo que no le pertenece. Es una familia plagada de abandonos y suspicacias, donde abundan los deseos de control y de poder, pero también de rebeldía y libertad, con voluntades fuertemente enfrentadas y una necesidad de cariño y reconocimiento muchas veces insatisfecha. La cita que sirve de epígrafe a la novela parece referirse a esta necesidad de recomponer una familia quebrada (como también, sin duda, un territorio resquebrajado por la violencia política):

Break a vase, and the love that reassembles the fragments is stronger than the love which took its symmetry for granted when it was whole. (Derek Walcott)
 
Penínsulas rotas es ambiciosa en su estructura y en su técnica narrativa. La primera sección, que es sin duda la más ágil, ambiciosa y lograda de la novela, alterna voces y tiempos, desde 1945 hasta 2020, con breves capítulos escritos desde las perspectivas de la abuela Eloísa, la nieta Delfina, el tío Salvador, el primo Rodrigo o incluso la perra Bonita. Esta visión poliédrica nos permite conocer la historia de la familia, sobre todo en la segunda mitad del siglo XX, y también las diversas personalidades, ideologías y creencias de los personajes que la forman. 
 
Tras una sección más breve que sirve de entreacto, compuesta por las cartas enviadas por Salvador desde el Liceo Militar de La Grita, la tercera y última parte (centrada en la década 2001-2010, época de la instauración del chavismo en el poder) adoptan la voz de una de las nietas la abuela Eloísa, que se reúne con el resto de la familia con motivo del funeral del abuelo, el teniente Garcés, cerrando así en cierto modo el círculo narrativo. Esta sustitución de la narrativa coral por la primera persona puede representar ese deseo de "reconstruir el jarrón roto", alcanzando una cicatrización difícil de las heridas y de las identidades, si bien la propia narradora de esta tercera sección también está atravesada por sus propias heridas y resquebrajamientos. Es difícil decir, así, si la conclusión de la novela es un final o punto y seguido, un happy ending o un capítulo más en un proceso que nunca puede cerrarse completamente, porque no hay identidad (individual o colectviva) que no contenga fracturas o excluya restos.

No hay duda de que Penínsulas rotas, a pesar de su estilo desenfadado, con una oralidad muy venezolana, es una novela exigente, sobre todo para un lector español probablemente no tan familiarizado con la historia política de Venezuela y del Caribe; precisamente por eso se han introducido dos pequeños apoyos: un árbol genealógico de la familia Garcés-Gil (lo que le da a la novela un aire decimonónico o macondiano que el texto se ocupa de desmentir), y un prólogo en el que la autora ofrece un rápido resumen de los trazos fundamentales de la historia de la región, presentando algunos de sus personajes, movimientos y momentos esenciales. Con estos apoyos, y con los hilos y pistas que Magdalena López ofrece a lo largo del texto, el lector acaba por conseguir reconstruir, el jarrón roto de la saga familiar y de la historia venezolana y caribeña reciente.

jueves, 17 de septiembre de 2020

Patrick Radden Keefe: No digas nada

Idioma original: inglés
Título original: Say Nothing: A True Story of Murder and Memory in Northern Ireland
Traducción: Ariel Font Prades (ed. en castellano) / Ricard Gil (ed. en catalán)
Año de publicación: 2019
Valoración: muy recomendable (imprescindible para interesados)

Es indudable que los conflictos territoriales han dado lugar a episodios cruentos y violentos a lo largo de los años. Y hay casos en los que estos conflictos han pervivido durante décadas y, a pesar de que hayan finalizado en la práctica, aún siguen latentes en la mente de la sociedad afectada. Uno de estos casos, es de manera incuestionable, el conflicto en Irlanda, especialmente en la época considerada de los Troubles (disturbios). Ya hice una aproximación al conflicto con la gran novela «Regreso a Killybegs», de Sorj Chalandon (libro que valoré injustamente con solo un «recomendable») y ahora me acerco nuevamente a él a través de otro enfoque, el de la no ficción, con este brillante ensayo que ha escrito Patrick Radden Keefe.

El libro empieza de manera trepidante, con un alto ritmo narrativo, en el Belfast de 1972, en plena época de disturbios y en el interior de una familia irlandesa explicando el secuestro, por parte de una veintena de vecinos y en su propia casa, de Jean McConville de treinta y ocho años de edad y con diez hijos; una desaparición que les dejó, durante treinta años, sin saber su paradero ni si seguía con vida. Este suceso, que abre y cierra el libro, sirve de vehículo para narrar lo sucedido en muchas otras familias en esa época, pero cobra especial relevancia por su relación con la otra cara del mismo conflicto, la de los miembros del IRA, que el autor nos presenta también ya de inicio. Así, el relato, a medida que avanza, se desplaza de la familia McConville hacia el IRA en su facción más militar: el IRA Provisional, los Provos. Ahí aparecen en el relato sus figuras clave: las hermanas Marian y Dolours Price (casada con el actor Stephen Rea durante dos décadas), Brendan Hughes (miembro de los Dirty Dozen, una de las unidades operativas más violentas del movimiento), el controvertido Gerry Adams (desde su posición estratégica y posteriormente política), así como también miembros del ejército británico enviados a Irlanda del Norte para combatir el IRA con asesinatos y torturas si era necesario. De esta manera, la novela recorre cuatro décadas de conflicto, desde el reagrupamiento del IRA tras la marcha de Derry en 1968 hasta la finalización del proceso de paz, haciendo una parada profunda en las huelgas de hambre que fueron un punto de inflexión en el cambio de rumbo de un país que libraba en las calles la lucha para conseguir unos intereses dispuestos a pagar cualquier precio para ello, incluso la propia vida o la de sus familiares.

De esta manera, situando el punto de partida de la novela en los inicios de los Troubles, a finales de los años sesenta, Patrick Radden Keefe elabora un relato perfectamente estructurado en tres grandes partes correspondientes a tres fases del conflicto claramente identificables («Claro, puro e indiscutible», «Sacrificio humano» y «Reparación») en el que retrata de manera humana las vidas de aquellos que participaron en el mismo y las huellas que este les causó, y lo hace con la habilidad de narrarlo evitando proporcionar excesivos detalles, pero sin dejar de lado el horror y la violencia de décadas de terrorismo republicano, pero también policial a través de las cloacas del estado británico. Así, el análisis que hace el autor en esta obra de no ficción es fiel a los hechos sucedidos, pero sin dejar de lado que detrás de cada acto, detrás de cada protesta, detrás de cada asesinato y atentado, hay personas detrás, ya sean terroristas, víctimas, o ambas cosas a la vez en algunos casos, y hay siempre consecuencias. Y este es otro de los puntos fuertes del libro, el tratamiento humano de aquellos que tomaron parte en el conflicto, desde los dos frentes, aunque principalmente del perteneciente a los miembros del IRA. El autor centra el relato partiendo de sus personajes clave, intentando transmitir cómo pensaban, cómo sentían, cómo vivían el conflicto, y trata desde ellos la historia real, eliminando de esta manera cualquier recelo que el lector pudiera tener ante una posible avalancha de datos propia de un relato de no ficción sobre una época histórica. Así, centrando la acción en unos pocos personajes y con un ritmo trepidante durante prácticamente todo el libro, el autor consigue mantenerte en tensión a la vez que va añadiendo capas de información sobre lo sucedido en la época de los disturbios y los años siguientes. La velocidad en la que se sucede la narración es altísima, más propia de una novela negra que de un ensayo, y a veces uno tiene la sensación de estar leyendo un thriller, pues el equilibrio entre el aporte de información, la profundización de los personajes y la tensión narrativa es perfecto.

Hay episodios duros, historias donde uno toma consciencia de la dificultad de vivir en una sociedad en constante conflicto, donde un atentado o un asesinato puede ocurrir en cualquier momento, en cualquier lugar y puede que contra cualquier persona. Y, también, las vidas difíciles de los terroristas, vidas entregadas a una causa en la que un error o un interés te puede colocar en el punto de mira de los propios compañeros y asumir, pues la causa es el ente superior a todos, que debes escoger entre tu vida y el compromiso con el movimiento; y puede que la elección tomada sea que debes morir. Y hacerlo en silencio, sin tan siquiera informar a la familia, pues «una de las consecuencias de los Troubles fue la instauración de la cultura del silencio», de ahí el título de la novela. «Con tantas facciones armadas librando una guerra en las calles, un acto tan inocente como hacer preguntas sobre un ser querido desaparecido podía ser peligroso», cualquier pregunta o declaración a la prensa o a la policía podía llevarte de golpe a ser secuestrado, amenazado o torturado. Y, de cara a los familiares, estar, simplemente, desaparecido.

El libro que ha escrito Radden Keefe es un libro clave para entender el IRA partiendo de la época de los disturbios, en su formación inicial como guerrilla urbana, con su sistema de vigilancia, normas, compromisos e ideales. Pero también es una pieza clave para entender la evolución y crecimiento de un movimiento surgido por la simple reclamación de igualdad social y política, pero transformado en un grupo paramilitar terrorista. Así, estamos ante un libro asombrosamente escrito que elimina de forma inexorable cualquier recelo que un posible lector pueda tener ante la lectura de un ensayo sobre este tema, porque no nos engañemos, uno puede pensar que este no es un libro recomendable a lectores a menos que estos estén familiarizados con la situación ocurrida o con los ensayos. Pero no. La mano habilísima del autor se encarga de eliminar cualquier prejuicio, narrando los hechos de manera natural, no arrojando datos o suministrando información, sino centrando la acción en algunos personajes clave, metiéndose en su piel y logrando que conectemos con ellos, al retratar perfectamente su mentalidad, su ideología, pero especialmente su vida. Así, un libro que podría haber tenido una densidad inabordable tras la información contenida en más de cien páginas de notas y bibliografía, se convierte en “casi” una novela a ojos del lector que olvida que estamos ante un ensayo y avanza por las páginas volando sobre ellas empujado por la potencia del retrato que el autor hace de sus personajes.

Las últimas páginas del libro hablan sobre el proyecto Belfast, en el que varios de los integrantes del IRA documentaron a través de entrevistas con periodistas sus experiencias con la única condición de que solo fueran utilizadas cuando todos ellos hubieran muerto y como trabajo meramente académico, y su propósito alterado por la petición judicial de tener acceso a esos archivos para averiguar qué sucedió con Jean McConville. Y es en esta parte final donde cobra especialmente importancia la figura de Gerry Adams, siempre a caballo entre la política y el activismo, entre la lucha armada y la táctica. Un personaje con dos caras y un pasado: duro y contundente al principio, político y táctico después. Y un pasado plagado de decisiones que afectaron la vida de otras personas y del que se esconde, rehúye y reniega, negando su pertenencia al IRA, pero que las grabaciones de varios de sus miembros más destacados, como Hughes, lo desmienten y confiesan su rabia hacia Adams por un acuerdo de paz que supone una claudicación, una renuncia: «¿de qué cojones sirvió? Las vidas que había arrebatado, los jóvenes voluntarios que había enviado a la muerte: la condición de estos sacrificios siempre había sido que con el tiempo quedarían justificados por el surgimiento de una Irlanda unida». Un Hughes que se lamenta afirmando que «tal como ha acabado todo, no hay una sola muerte que haya valido la pena» o, también, las declaraciones de Dolours Price quien viendo cómo acabó todo tras décadas de lucha armada se cuestiona: «¿es por eso, que matamos?, ¿es por eso, que morimos? ¿de qué se trataba, en realidad?». Así, el libro expone, de manera desoladora para los implicados en la guerra, la sensación de quien vio cómo años de lucha puede que no sirvieran para nada tras el acuerdo alcanzado entre el Sinn Fein y el gobierno británico, o que sí sirvieran, pero, como apunta Dolours Price, pagando un alto precio: «habían puesto bombas y atracado bancos y visto morir amigos e incluso prácticamente había muerto ella misma, con la esperanza de que estas acciones violentas sirvieran para conseguir finalmente la liberación nacional por la cual habían luchado varias generaciones de su familia».

El libro finaliza con el proceso de paz que abrió una puerta a la reconciliación, porque los muertos del bando del IRA no solo se produjeron a manos del enemigo o por huelgas de hambre en la cárcel, sino también en muchos casos por hacer de confidentes y filtrar información al ejército británico. Muertes que se producen de manera silenciada, ocultas a ojos no únicamente de las autoridades, sino también de sus familias que ven como miembros de ella desaparecen y nunca más se sabe de ellas. Cadáveres que se encuentran años después, en cualquier sitio y de cualquier manera, en una triste y aterradora manera de dejar el mundo: solos y sin la posibilidad de ser llorados por la familia. Un proceso de paz y reparación necesario, gracias al cual los miembros del IRA informaron finalmente donde podían encontrarse víctimas del lado irlandés, y permitir el duelo de sus familias.

Por todo ello, se trata de un libro imprescindible para todos aquellos interesados en una parte de la historia de Irlanda del Norte marcada por la violencia, pero también muy recomendable para todos aquellos que quieran ver más allá de los hechos, que quieran constatar como la violencia golpea las vidas de toda una sociedad que, implicada o no en la causa, son víctimas de la violencia, en sus múltiples formas: físicas, pero también psicológicas, una violencia que se extiende a las vidas de los que quedan. Tal y como afirma Bernadette Devlin, amiga de Price, «no podemos seguir fingiendo que cuarenta años de guerra cruel, sacrificio, pérdida, prisión, inhumanidad, no nos ha afectado a todos y cada uno de nosotros en nuestro corazón, nuestro alma y nuestro espíritu». Los recuerdos siempre presentes sobre lo sucedido, pero especialmente respecto a aquellos que ya no están y que puede que nunca se sepa donde descansan. Y la constatación, una vez más, de que la memoria y la reparación es una parte imprescindible para finalizar cualquier conflicto, no sé si suficiente para perdonar, pero sí para conseguir la calma necesaria para seguir adelante.

miércoles, 16 de septiembre de 2020

Tamara Romero: Los dedos de la bruja

Idioma original: Castellano
Año de publicación: 2012
Valoración: Recomendable (especialmente para jóvenes)

La barcelonesa Tamara Romero escribió Los dedos de la bruja, su primera novela, en castellano. La tuvo en un cajón durante años hasta que vio la oportunidad de publicarla en inglés, traducida por ella misma bajo el título Her Fingers, en la editorial americana Eraserhead Press. Recientemente, Mai Més ha decidido traérnosla al público catalán. Por supuesto, esta nueva versión lingüística se la debemos, también, a la propia Romero. Una políglota en toda regla, sí señor.

No quiero dejar pasar la ocasión de mencionar la ilustración de la cubierta, hecha por Cristina Cid. Es, a todas luces, preciosa. Y denota algo que ni en paratextos editoriales ni en ninguna reseña he visto mencionar: que el producto al que acompaña tiene un toque "young adult". Conste que no me estoy quejando, ¿eh?; a fin de cuentas, esta novela de Romero le otorga interés y profundidad a la narrativa juvenil. Pero creo que es deshonesto venderla como si fuera otra cosa. 

Y hablando de esto. El prólogo de Víctor García Tur nos informa de que Los dedos de la bruja pertenece al bizarro. Personalmente, creo que a esta historia, pastiche que mezcla fantasía oscura con ciencia ficción distópica, le falta extravagancia e incoherencia como para incluirla en este género en alza.

¿De qué trata? Misadora, una bruja de cabellos rojos cuyos dedos han sido reemplazados por apéndices de metal, es rescatada de las aguas de un río. Su salvador, un científico que trabaja para el gobierno y vive en una cabaña, termina por contarle las terribles verdades que el Poder oculta.
  
Hay muy buenas ideas, en Los dedos de la bruja. Me refiero a su enfoque transhumanista, a que las personas tengan hasta tres nombres distintos y empleen uno u otro según el tipo de encuentro, a los sonámbulos, a la enfermedad conocida como la mordaza o a la existencia de Eraya y su convivencia con Yimla. Por no hablar de los guiños a diversas obras que se desperdigan aquí o allá. Por ejemplo, esos animales híbridos que bien podrían haber salido de la pluma de Philip K. Dick, o esos "outsiders" que tanto recuerdan a los de Clive Barker. También hay, según afirma la autora en una entrevista hecha por Leemáslibros, un homenaje a Crimen y Castigo.

Me ha sorprendido que Romero sea capaz de condensar tanta información en poco más de cien páginas. No sólo entrega un "worldbuilding" bastante trabajado, sino que comunica una miríada de mensajes, la mayoría con una fuerte carga de crítica social, a sus lectores. A saber:

  • Lo detestables que son las estrategias que el "statu quo" emplea para perpetuarse en el poder (maquillar el legado que han heredado de una dictadura e instrumentalizarlo convenientemente, controlar al individuo, perseguir a posibles disidentes, fomentar el consumo de drogas entre la población...). 
  • Lo absurda que es la lucha entre sexos.

Quizás el apartado menos conseguido del libro sean sus personajes. Sus dos protagonistas son particularmente planos, lo cual resulta insultante, teniendo en cuenta el foco que el argumento les da. Incluso el robot doméstico de Volátil, el científico, parece tener una personalidad más marcada que los humanos. También señalaría que las interacciones entre éstos son demasiado lineales para mi gusto. Y que alguna subtrama (como ésa que indaga en la relación entre el mentado Volátil y el gobierno) queda frustrantemente desdibujada. 

En definitiva: Los dedos de la bruja es una propuesta fresca, sugerente y rebosante de ideas creativas que disfrutaremos sobremanera, pese a sus ocasionales defectos y carencias, si acudimos a ella con las expectativas adecuadas. Es un "young adult" de calidad; amén de un debut literario sumamente prometedor.

martes, 15 de septiembre de 2020

Aleix Saló: Todos nazis

Idioma: español
Año de publicación: 2020
Valoración: está bastante bien

Sí, vale, de acuerdo, ya sé lo que estaréis pensando: "ya está otra vez este pesado que si los nazis y los fascistas y el rey que rabi... bueno, el rey mejor no, que encima nos soltará la chapa republicana. Total, si ya sabemos que no es más que una excusa para insultar a esa pobre gente,  en vez de hablar de las cosas de la literatura que de verdad nos interesan, como el uso de la analepsis en la narrativa de William Gaddis..." Bueno, pues NO. O, mejor dicho, sí, pero no... Es cierto que éste de hoy es un librito sobre supuestos "nazis" y "fascistas", pero contado de una manera amena y hasta graciosa, ilustrado con unos dibujicos de los más salao... ¡Que todo no va a ser rechinar y crujir de dientes, concho! (Eso no significa, por otra parte, que sea menos riguroso que los sesudos ensayos que leen mis compañeros y que tanto agradan a nuestros seguidores).

Este libro, Todos nazis, que lleva el esclarecedor subtítulo Cómo España se llenó de "fascistas" hasta que llegaron los fascistas -atentos a las comillas y el subrayado-, es el último publicado por el dibujante/caricato (y creo que arquitecto de formación, pero tranquilos, que no se le nota) Aleix Saló, bastante conocido en la última década por publicar una serie de videos y libros humorístico-explicativos sobre la crisis económica y sus derivadas; de hecho, el término "Españistán", que aparecía en uno de ellos, llegó a sintetizar la percepción que mucha gente crítica con el statu quo tenía de España después, aunque también antes, del pinchazo de la burbuja económica. Por último, Saló también le puede sonar a alguien porue participa en una tertulia de humoristas gráficos que se lleva a cabo en un programa de la cadena SER.

Bien, pues presentado el autor, vamos al lío: Todos nazis no es una semblanza colectiva de los líderes de la NSDAP que consiguieron refugiarse en Españ... digooo Sudamérica y/o se convirtieron en colaboradores de las potencias vencedoras en la guerra mundial... Lo que hace Saló es un repaso a la evolución de la derecha y sus primos ultras durante los últimos 15 años, en España y otros países. El punto del que parte es la utilización del término "nazi" como invectiva contra sus adversarios de la izquierda y de los nacionalismos periféricos por parte del Partido Popular y aledaños, a raíz de su ¿inesperada? derrota en las elecciones de 2004, como parte de una estrategia de agitación continua, copiada no ya de la izquierda más o menos radical, sino de los propios grupos antisistema. Estrategia que se contagió, además a otros partidos más nuevos de la derecha, como Ciudadanos y UPyD (bueno, en este caso, sobre todo Rosa Díez, así que tampoco hay que tenérselo muy en cuenta...) e incluso a los miembros más adinosauriados del PSOE... mientras, por supuesto, se seguía utilizando tal epíteto tanto en la izquierda como algunos políticos independentistas. Este discurso de la derecha española continuó hasta que su versión a calzón quitao empezó a tener cierto éxito electoral a partir de 2018; entonces, los mismos partidos que habían llamado "nazis" y, en menos medida, "fascistas" (1) a todo quisque, dejaron de usar esos calificativos para poder así negociar con los verdaderos neofascistas, llegando para ellos a quiebros dialécticos bastante elaborados... Aunque lo más divertido no fue el cambio dialéctico llevado a cabo por los políticos, al fin y al cabo, en decir Diego donde habían dicho digo, sino entre los medios de comunicación afines, que en su momento habían ido mucho más allá y ahora se veían obligados a plegar velamen (2). Para encontrar, además, o al menos en un primer momento, el desprecio de esa misma extrema derecha a la que ponían paños calientes, que todo hay que decirlo.


Por supuesto, Aleix Saló también le da un repaso bastante esclarecedor a la ideología, líderes y votantes de ese partido que ha usurpado el honesto nombre de ciertos diccionarios. pero no se limita, por sabrosos que puedan resultar, a los despropósitos de la política española: en busca de una mirada más general, pone varios ejemplos de la fascinación, por no decir rendición -o huida hacia delante- de la derecha "tradicional" hacia el extremismo populista: al caso español, en el que insiste, añade el ejemplo de EEUU, con el Partido Republicano en manos de Trump y la alt-right; el del Reino Unido, con el Partido Conservador asumiendo e incluso liderando el Brexit (contra el que, en un principio, estaban sus dirigentes) y llegando a presentarse como "anti-establishment", y el caso catalán, con un partido moderado como era Convergència, devenido más independentista que los propios indepes de hace años, por mor del procés (en verdad, no sé si los casos del Brexit y, sobre todo, el de Cataluña, encajan tan bien en la tesis general del libro, aunque sí son ejemplos de partidos conservadores lanzados hacia el infinito y más allá... además de que el propio Saló es catalán, por lo que se entiende su interés). Por último, el libro también pone el foco en los colectivos que la actual extrema derecha ha tomado como objetivos a batir en su "batalla cultural", que tiene lugar, sobre todo, en las redes sociales (y cuya importancia quizá Saló sobrestima, como nos suele ocurrir a quienes las frecuentamos): los inmigrantes, las feministas -es decir, las "feminazis"...- y el colectivo LGTBI, grupos tradicionalmente desfavorecidos o con poco poder que los neofascistas se empeñan en presentar como poderosos lobbies que tratan de dominar y oprimir a las verdaderas víctimas: hombres, blancos, heterosexuales, ricos, conservadores... (si es que te tienes que reir).

Ya acabo: como se puede comprobar, este ensayo está ilustrado con viñetas del propio autor, con unos muñecotes sencillos pero divertidos -sobre todo, cuando retratan a alguien reconocible-; el humor que muestran no es descacharrante, pero sí suficiente para desengrasar la seriedad de los asuntos tratados... En definitiva, quizás resulte una lectura más ligera que, por ejemplo, el recientemente reseñado La estirpe del camaleón, pero, sin duda, también es un buen complementeo de libros como ése.

(1) Según dice Saló, la derecha española se siente más cómoda utilizando como insulto "nazi" que "fascista" porque este último término les remite a su propia ascendencia política e incluso, en muchos casos, familiar.

(2) Resulta bastante jocoso que, entre los ejemplos sacados del diario El Mundo que expone el autor, esté una viñeta de Gallego & Rey, siendo uno de ellos compañero de Aleix Saló en la tertulia ya citada.