domingo, 26 de marzo de 2017

Chrissie Hynde: A todo riesgo

Idioma original: inglés
Título original: Reckless
Año de publicación: 2015
Traducción: Ezequiel Martínez
Valoración: recomendable

Sorprende ver cómo coincide la biografía de Chrissie Hynde con los hechos que, quienes hemos seguido la trayectoria de su grupo, Pretenders, encontramos más relevantes. Que son la creación del grupo y cómo la formación inicial fue asolada por las adicciones. Un período de apenas un par de años que define con una cruel precisión, no concisamente ya que Chrissie Hynde dedica gran parte del libro a exponer su infancia y su adolescencia. Para desesperación de los mitómanos, apenas 40 páginas finales hablan de un grupo entregado al 100% al éxito masivo y a los horribles cautiverios propios de la vida de las rock-stars.
 Un planteamiento muy curioso, porque casi descarta o incluso repele al fan entregado para centrarse en relatar el proceso complejo y muchas veces desazonador a través del cual Hynde hizo eso tan manido y repetido de perseguir un sueño, y a fe que lo consiguió. No sin sacrificio y sin pagar un alto precio, cuestión que queda algo en entredicho. No me queda muy claro si Hynde se arrepiente de toda la carrera de excesos en que se sumió: parece que ni una substancia estupefaciente quedó fuera del menú y que Hynde aceptó de buen grado que ése era un precio que estaba más que dispuesta a pagar. Porque no duda en desplazarse desde su Ohio natal a París como paso para acabar en ese Londres en absoluta ebullición. El del 77, el de la explosión del punk, una explosión en la que, a tenor del material gráfico incluido, Hynde estaba en la gloria. Una gloria física o química, ella sabrá. Admiradora desde su juventud de músicos, el núcleo de esta biografía algo irregular es su pelea por ser tomada en serio: una mujer agarrada a una guitarra eléctrica como front-woman de una banda de rock'n'roll integrada por hombres. Cantando, aportando esa voz extraña y lenguaraz, componiendo música y dándole una patada en el culo al tópico de la chica mona al frente como elemento decorativo.
El estilo, como cabe esperar, es poco florido y  muy directo, puntualmente complejo por su desparpajo. Hynde no era precisamente una chica de suburbio, pero está claro que la maraña de relaciones en que se metió no hacen esperar que emplee expresiones remilgadas. Aún siendo así, uno puede echar de menos algo más de carnalidad en las descripciones. Como si el asunto de las drogas y el sexo no merecieran la pena. En este sentido, y a pesar de su título, Hynde opta por no entregarse a una descripción detallada que pudiera interpretarse como algo parecido al proselitismo. Aunque tampoco argumenta en contra y he de decir que me parece muy adecuado que, como músico o como personaje influyente se aleje de presentarse como un ejemplo de nada. Ese es un valor del libro, el que Hynde eluda el divismo y los hábitos de prima-donna y se desnude más como persona que como artista de éxito, cuestión que en todo momento no parece importarle gran cosa. Quiere ser alguien que se dedique a hacer música que impacte en la gente como le sucedió a ella. Por encima de estilo, de morbo, y de ínfulas de trascendencia, lo consiguió.

sábado, 25 de marzo de 2017

Colaboración. Ben Hamper: Historias desde la cadena de montaje

Idioma original: inglés
Título originalRivethead: Tales from theAssembly Line
Traducción: Lucía Barahona
Año de publicación: 1.998
Valoración: Muy recomendable
  
Para los que no lo conozcan, Ben Hamper es un icono de las letras en la reciente literatura norteamericana. Desciende de una dinastía de trabajadores de la General Motors. Su padre, su abuelo y él mismo trabajaron durante más de 30 años en la producción de automóviles en la creciente industria norteamericana del siglo XX. Una dinastía de ratas de fábrica, según el propio Hamper. Antes de la llegada a la fama a través del presente libro, Hamper tenía una columna muy leída en La voz de Flint, que era editada por Michael Moore, con el que tuvo muy buena relación, siendo el que prologa esta edición, donde se dieron a conocer sus historias en la cadena a través del personaje Cabeza de remache.
A través de una narración sencilla y sin florituras, nos acerca a la problemática del obrero: la tiranía del reloj que les impide salir escopeteados al bar más cercano, la relación directamente proporcional entre los trabajadores de las fábricas con la cerveza, las resacas y el alcoholismo de los propios trabajadores, que están presentes día sí y día también. Todo narrado en el estilo característico que nos recuerda a Bukowski, a John Fante, a Hunter S. Thompson, y a toda la crew del realismo sucio.

Ben Hamper nos mete de lleno en la cadena de montaje; el olor a sudor, el aire asfixiante, la repetición de la repetición, la camaradería de los trabajadores, la verdadera libertad que da el dinero fácil y la vida sencilla de necesidades del alcohólico. Y no solo eso, además de la cadena, destripa su vida de obrero, las broncas con su pareja y el jefe, las anécdotas de los compañeros de trabajo cuando salen dispuestos a beberse una piscina, las intentonas de Ben y sus colegas de formar una banda de rock.
Las ganas de huir se leen entre líneas, su frustración al hacer un trabajo repetitivo, repitiendo los trabajos de sus progenitores y sus repetidos destinos. Pero todo ello desde la fortaleza del trabajador incansable capaz de aguantar horas y horas a destajo, que se emborracha con cerveza barata para no perder la cabeza.

El estilo de Hamper es directo, mordaz y, sobre todo, veraz. No narra sus penurias y su destino truncado con ningún atisbo de pena, sino con el orgullo obrero por delante, como si su vida fuera la mejor de las vidas posibles. Una tragicomedia moderna, entre restos de aceite entre las manos y parachoques. Un canto a la vida obrera, perra, mal pagada y de la que solo te queda el recuerdo del dolor de costillas de cargar todo el día con la maldita pistola remachadora.


Firmado: Guzmán García

viernes, 24 de marzo de 2017

Paul Auster: La música del azar

Resultado de imagen de la musica del azarIdioma original : inglés
Título original: The Music of Chance
Año de publicación: 1990
Valoración: Recomendable


Reconozco que esta novela me ha reconciliado un poco con Auster, un escritor –en mi opinión– amante de pirotecnias argumentales que parecen apuntar a algún propósito filosófico o simbólico y suelen quedarse en mera anécdota. Tampoco he visto por su parte (reconozco que no lo he leído todo) ningún alarde estructural ni estilístico. Hasta donde sé, se limita a presentarnos a tipos ensimismados y aturdidos que se aferran a una obsesión, con todas las consecuencias que esta le puede acarrear, tanto individualmente como en su interacción con otras personas. Sí, son planteamientos con gancho: atrapan, pero al no tener más que una cáscara –si no vacía del todo con muy poco contenido –se van desinflando a medida que avanza la trama dejando un regusto a desencanto, a posibilidades echadas a perder.
En esta ocasión, no obstante, los personajes que aborda son realmente multifacéticos y llenos de aristas, tan contradictorios como fieles a sí mismos, tan imprevisibles como fáciles de reconocer en su individualidad; la intriga  –excepto en algún punto concreto algo más allá de la mitad, donde parece encallarse en los detalles– no nos da tregua: si ha sido fácil empatizar con esos seres, si seguimos sus incidencias con verdadero interés, necesitamos que el desastre no llegue a producirse o, de hacerlo, no les provoque un gran daño. Empezando por Nashe, el protagonista, bombero por más señas y uno de los individuos perdidos de Auster, de él se vale para poner en marcha otro de sus peculiares tinglados, que lo sacará indemne de su particular atolladero o bien lo envolverá cada vez más en su propia madeja. En este caso, se trata de una herencia inesperada y con ella la ocasión de lograr una vida más holgada y libre. Pero ya sabemos que previsiones como esa no aciertan casi nunca y, por si no fuera suficiente con su propia torpeza, Nashe tiene la buena –o mala– suerte de tropezar con las dos caras de su espejo: el lado perdedor, Pozzi, que vive a salto de mata fiándolo todo al azar –un azar que se acaba convirtiendo en otro personaje– y el ganador, encarnado en el tándem Flower-Stone (reforzado con un par de secundarios que cobrarán progresiva importancia) que han sido capaces de adueñarse por completo de él.
Solo con esto, podemos intuir que lo que se narra va más allá de lo aparente, reconoceremos muchas actitudes y encrucijadas vitales en la trayectoria de cada uno de ellos y, si no nos sorprende el efecto acumulativo de las constantes meteduras de pata, lo harán las demenciales circunstancias que han de atravesar los personajes. Y, sin embargo, todo ello tiene un aire familiar, porque así es la vida, así es el ser humano, no lo podemos negar. Aquí va una muestra:
“… En lugar de intentar reconstruir el castillo, vamos a convertirlo en una obra de arte. En mi opinión, no hay nada más misterioso ni bello que un muro. Ya lo estoy viendo levantándose como una enorme barrera contra el tiempo. Será un monumento conmemorativo de sí mismo, caballeros, una sinfonía de piedras resucitadas, que cada día cantará una endecha por el pasado que llevamos en nuestro interior.“ *
Encontramos un poso de superstición implícito en cada personaje, incluso en cada pieza del juego de azar que es la novela. Sin él lo que se nos cuenta no tendría ningún sentido. Es lo que permite al autor presentar toda esa gama de estados de ánimo, lo que hace posible cada forma de evolucionar y superarse, la que da lugar a las relaciones de poder y dominación –incluso a la amistad estrecha–y el origen de esa radical soledad que envuelve a cada uno de los sujetos incluso cuando están acompañados.
Pero el resultado sigue siendo bastante más plano de lo que permitiría un argumento tan sugerente. Esto es así, supongo, porque Auster abusa del razonamiento, agota las explicaciones hasta eliminar gran parte del misterio, y esto hace perder al relato esa especie de magia que involucra al lector cuando se ha recreado un ambiente que le permite hacerse sus propias preguntas.

(*) Traducción: Maribel de Juan

jueves, 23 de marzo de 2017

Simon Wroe: El chef

Idioma original: inglés
Título original: Chop Chop
Año de publicación: 2014
Traducción: Sonia Tapia
Valoración: entre recomendable y está bien


Quien esto escribe ha tenido la fortuna de no vivir ninguna guerra (y, en realidad, ni siquiera hacer la mili); eso sí, he leído unos cuantos libros ambientados en tales circunstancias y, sobre todo, he visto "hondonadas" de películas bélicas, así que creo encontrarme en condiciones para identificar unos cuantos elementos característicos del género: honor, sacrificio, compañerismo entre individuos de orígenes diversos, solidaridad ante el enemigo común, despotismo e incompetencia de los mandos, humor cuartelero, testosterona a borbotones... y violencia, claro, el elemento que aglutina y da sentido (o sinsentido) a todo lo demás.

Teniendo en cuenta estas premisas, no dudo en adscribir a tal género la novela que nos ocupa hoy. De acuerdo, no se desarrolla en la selva de Vietnam o un lugar parecido, sino en un restaurante del londinense barrio de Candem. Y sus protagonistas no son un grupo de marines ni de lanceros bengalíes, sino unos cocineros, pero todos los demás elementos están presentes, incluyendo el estrés post-traumático o "fatiga de combate"... incluso el narrador resulta ser, como en tantas historias de guerra un tipo con menos cualidades marciales que sus compañeros pero que recoge lo sucedido debido a su formación y cualidades literarias: es decir, ejercería el mismo papel que Isaak Bábel en Caballería Roja (o, para entendernos mejor, el de Bufón en La chaqueta metálica o incluso ese otro pollo que Spielberg consigue hacernos despreciar en Salvar al soldado Ryan por su conocimiento de otras lenguas y su reticencia a asesinar soldados enemigos). En este caso el protagonista -narrador es Monóculo, un licenciado en literatura que entra a trabajar como pinche en el pub-restaurante Swan y es apodado así por sus inefables compañeros: Dave el racista, el impredecible Ramilov, el dubitativo Dibden o la hermosa y distante Harmony. Todos ellos comandados por el chef Bob, un auténtico virtuoso en humillar con imaginativo sadismo a sus subordinados, acostumbrados, por otra parte, a una relación profesional basada en los insultos y las burlas crueles (algo habitual en esos ambientes, al parecer).

Hasta este punto, la historia avanza sin demasiados problemas, como una novela de humor británico más o menos costumbrista y con un toque de negrura. pero he aquí que el señor Wroe decide añadir más ingredientes a su plato: faltas, remordimientos, redención, relaciones paterno-filiales, conflictos familiares, autoindulgencia, etc... hasta elaborar una "gloriana" (habrá que leer el libro para saber qué es eso... bueno, vale: se trata de un asado compuesto por diversas aves, embutidas unas en otras como una muñeca rusa) que amenaza con reventar por las costuras. Dicho de otro modo, y por seguir con las analogías culinarias: hay demasiadas frutas diferentes en esta macedonia o demasiados tipos de pescado en la bullabesa, para poder apreciar bien los distintos sabores. Y eso que la construcción de la novela es impecable, el estilo ágil y atractivo y los personajes, incluso los más secundarios, acaban por resultar entrañables. pero, de vez en cuando, también hay que dejar esponjarse al lector, como a los bizcochos. ¡Ah, porque la novela también habla bastante de cocina, claro! ; )

miércoles, 22 de marzo de 2017

James Branch Cabell: Jurgen o la comedia de la justicia


Idioma original: Inglés
Título original: A comedy of Justice y Taboo. A legend retold from the Dirghic of Saevius Nicanor, with prolegomena, notes and a preliminary memoir
Año de publicación: 1919
Traducción: Susana Prieto Mori
Valoración: Recomendable

Reconozcámoslo: estamos ante un libro y un autor de lo más curioso.

El autor, James Branch Cabell (1879 - 1958), fue un muy prolífico escritor norteamericano que consideraba el grueso de su "producción" como una única obra: la "Biografía de la vida de Manuel", la cual sería una saga fantástica y satírica ambientada en la Edad Media, del tal Manuel, conde de Poictesme (el Yoknapathawpha o Macondo de Cabell), y de sus descendientes.

El libro, "Jurgen o la comedia de la justicia", sería una de las múltiples ramas de esa "Biografía de la vida de Manuel". Escrito en 1919, tuvo serios problemas con la censura de la época (Estados Unidos, la tierra de la libertad, etc), lo que contribuyó a aumentar su fama en años posteriores. Esta fama no duró demasiado tiempo debido a la irrupción de las nuevas corrientes en la literatura norteamericana.

En cuanto al argumento del libro, este es, aparentemente, de lo más sencillo. Jurgen, un listillo prestamista de mediana edad, consigue gracias a oscuras colaboraciones, "librarse" de su esposa. Pero como buen marido que es, decide ir en su búsqueda. Esta búsqueda le llevará a un periplo fantástico en que se visitará el Cielo y el Infierno, en el que viajará en el Tiempo, en el que será, sucesivamente, duque, príncipe, rey, emperador y Papa y se verá inmerso en múltiples aventuras de todo tipo, con mención especial a sus escarceos amorosos. Como los libros de "Elige tu propia aventura", pero sin opción de elegir (para nosotros, no para "Jurgen") y con un toque pícaro y humorístico.

Porque pese a que puede parecer simplemente una novela fantástica o de aventuras, "Jurgen" es algo más. Es una novela, fundamentalmente, satírica. Los dobles y triples sentidos están presentes en todo el libro, abundan las referencias sexuales (si Freud no leyó "Jurgen", debería haberlo hecho) y las críticas a la sociedad de su tiempo, sobre todo en lo referente a política y religión, son claras. Combina pasajes de corte claramente humorístico con otros en los que el humor es solamente un vehículo para cargar contra la realidad del momento.

Esa es, para mí, la principal virtud de "Jurgen": integrar lo real en lo fantástico, no quedarse en una mera historia de aventuras medievales. Por contra, las múltiples referencias históricas, literarias y mitológicas (sean estas reales o apócrifas) hacen, para una persona para nada versada en la materia (mea culpa), que algunos pasajes sean difíciles de comprender y que la narración se vea, por momentos, interrumpida. Pese a esto, es de agradecer el esfuerzo de la editorial en incluir una buena cantidad de notas al pie y un extenso glosario al final del libro.

En cualquier caso, se trata de una obra que hará las delicias de los seguidores del género fantástico y que los no tan aficionados al mismo, entre los que me incluyo, también encontrarán disfrutable.

P.S.: Esta edición se completa con un breve texto, "Tabú", escrito en el mismo tono que "Jurgen" y con el que Cabell rinde homenaje, por decirlo de alguna forma, a los censores de "Jurgen".

martes, 21 de marzo de 2017

Tim O' Brien: Las cosas que llevaban los hombres que lucharon

Idioma original: inglés
Título original: The things they carried
Año de publicación: 1990
Traducción: Elvio E. Gandolfo
Valoración: muy recomendable, casi imprescindible

Abrumador e indiscutible. No queda ninguna duda de que el testimonio de O'Brien está basado en su propia experiencia. A mí, ni una: veo imposible para un ajeno tanto ciertos recuerdos como la nitidez y el lujo de detalles de ciertos recuerdos. No es que O'Brien quiera negarlo, pero resulta sencillo achacar a la intención de dramatismo el añadirle cierta épica tan rentable comercialmente. Pues no le hace falta épica a O'Brien, que hizo de esta experiencia el eje de una obra que habrá que seguir revisando.
Vietnam: un desastre al que los americanos nadie les había llamado, pero al que fueron (como a algunos países de Sudamérica) con la intención de equilibrar o neutralizar la influencia del bloque soviético, en unos tiempos donde las cosas se hacían, si cabe, de forma más descarada. Preservar los intereses globales o detener el avance del comunismo. Nos gastamos un dineral, movilizamos a unos cuantos jóvenes que igualmente andarán aburridos o drogándose, qué más da, y a ver qué tal nos va. Vietnam fue un desastre y de este si que nos hemos ido enterando paulatinamente. El cine de los 70 en adelante: Cimino, Stone y, claro, Coppola. una combinación de paranoias y testimonios que nos han ilustrado con todo lujo de detalles, muchos de ellos muy escabrosos. La foto de la niña y el Napalm, la crueldad enorme de invasores e invadidos, la guerra de guerrillas. Hasta Cercas se reservó un protagonismo para el tema en su brillante La velocidad de la luz. 
Tim O'Brien construye una novela a base de interconectar episodios. En un par de párrafos iniciales ya nos habla de mucho de lo que va a pasar. Quién morirá y cómo. Algo de prever, que O'Brien zanja para que descartemos enfrentarnos a un relato de aventuras. Una estrategia acertada, no hay disfrute posible y desde el primer minuto hemos de ser conscientes. Aquí sí que trasluce el absurdo. Los soldados no saben qué narices pintan, pero pronto ven que no son bienvenidos, y reaccionan conforme a la hostilidad del entorno al que son arrojados. Como es la guerra y es una guerra sucia y fétida, todo vale. Aldeas quemadas, civiles masacrados, un terror seco y mudo que acapara a quien es presa de él. El relato introductorio que da título al libro es un preámbulo glorioso. Los objetos que acarrean los soldados actúan como masa unificadora de pasado y presente. Recuerdos, fetiches, cartas, fotos, conviven con minas Claymore. munición, raciones de campaña. armamento. equipo de comunicaciones. El aparato logístico, en su descripción, nos ayuda a hacernos a la idea. Los representantes del ejército USA empleados para la narración son ejemplos de la sociedad que allí los ha llevado (convicciones, dudas, creencias) y una vez en el frente no tienen otro remedio que adaptarse a su mutua dependencia y a su futuro común. Novias reales o no, familias, estudios, todo ha pasado a un último plano y en Vietnam se trata de seguir vivo, o de conseguir al menos una muerte digna o, si no, al menos de recuperar algo que se pueda meter en una bolsa de cadáveres para que la familia cuadre lo incomprensible.
Imposible no familiarizarse con Kiowa o con Lavender o con el propio O'Brien (impresionante el capítulo en el río Rainy donde valora la posibilidad de la deserción), no verlos como personas normales y corrientes, no empatizar con sus sensaciones tanto en el momento del combate como en el lánguido día a día de vuelta a casa, cuando quedan solos con sus recuerdos y no le encuentran sentido a nada salvo que a revolcarse en ellos.

lunes, 20 de marzo de 2017

Hakan Günday: ¡Daha!

Idioma original: Turco
Título original: Daha
Año de publicación: 2013
Valoración: muy recomendable

Momentos preocupantes y desoladores en lo tocante a la «gestión» (eufemismo de otros calificativos menos políticamente correctos) de los refugiados en Europa. Las autoridades de los países miembros siguen discutiendo sobre porcentajes de acogida, sobre repartos, sobre recursos destinados a tal efecto mientras cada día hay personas que huyen de sus países en conflicto a manos de traficantes para acabar siendo retenidas en zonas de control en condiciones lamentables. Ocurre en Turquía, ocurre en Grecia, y en tantos otros sitios. Y mientras, poco podemos hacer los ciudadanos «de a pie» más que protestar, exigir una solución y, en el caso de personas más influyentes, escribir libros. Y en este punto nos encontramos, con esta reivindicativa novela de Hakan Günday.

Así, el libro narra la vida de Gazâ, hijo de un traficante de personas en Turquía. En una pequeña localidad, ve como su padre se dedica a mercadear con inmigrantes, enviados en camiones desde Irán para que él los mantenga en sus instalaciones (un almacén destartalado sin condiciones humanitarias ni higiénicas) hasta su posterior traslado a la costa turca donde serán embarcados a Grecia. Así, con la tierna edad de nueve años, para asistir a su padre (y porque de hecho, tampoco tiene más remedio que hacerlo) se ve implicado en el comercio ilegal de personas. Sus tareas son fáciles (si obviamos el aspecto ético): ayudar a su padre en las tareas básicas de soporte, limpieza y alimentación (siendo generoso) de las personas inmigrantes. De esta manera, su vida, desde una temprana edad, se ve plenamente afectada por el negocio llevado a cabo por su padre. La lucha interna a causa de las aspectos éticos de tales tareas afecta a Gazâ en un primer momento, y juntamente con una relación difícil con su padre de quién busca el afecto pero a quién a la vez odia, le ocasiona dilemas y contradicciones emocionales que se repiten a lo largo de la novela. Pero las dudas que puede albergar, las cuestiones que le surgen acerca de lo que realiza, van ocultándose bajo un manto de practicidad y obedecimiento de las órdenes de su padre mientras pierde a la vez el sentimiento de culpabilidad. La empatía con los refugiados es algo que no puede permitirse y, al poco tiempo, deja de lado su humanidad para ejecutar aquellas tareas que se esperan de él. El espacio que deja la ética lo llena la maldad y, a pesar del odio que siente por su padre, el monstruo que alberga dentro de él asoma por las rendijas surgidas al resquebrajarse su moral, tal y como el autor narra perfectamente en un párrafo del libro:

«Cuando transportábamos gente, debíamos velar por una sola cosa: el número de personas vivas que entregábamos debía ser el mismo que el número que habíamos recibido. Saber si esa gente huía del infierno para alcanzar el paraíso no nos concernía lo más mínimo. Transportábamos carne. Solo carne. Los sueños, el pensamiento o los sentimientos no estaban incluidos en el precio».

Éste es el tema tratado hábilmente en este libro, con valentía, con osadía, sin tapujos ni eufemismos. La prosa de Günday permite una lectura ágil, no se anda por las ramas ni la nutre de excesos ni adornos. Deja que las palabras corran, entren directamente sin anestesia, con momentos cercanos a Mouawad por su crudeza (incluso aparece un personaje llamado «Motherfucker»... ¿quizá será un guiño a «Ánima»?) pero acercándose a esa zona oscura ya en la infancia (como si Gazâ fuera un hermano de «Claus y Lucas» de Agota Kristoff). Episodios desgarradores, escatológicos y crueles se entremezclan en una historia que retrata la crudeza de la humanidad y el desamparo y penurias que sufren aquellos que están obligados a escapar de su propio país por la situación bélica en la que se encuentran. El impacto es buscado y logrado con creces, la denuncia existe y es evidente. En este aspecto la novela cumple su cometido y el autor muestra su valentía al no suavizar las acciones de los ejecutores. Sí encuentro cierta falta de redondez en el relato cuando, a mediados del libro, la historia cambia de forma notoria y pierde algo de interés, recreándose en algunos desvaríos recurrentes y algo monótonos; la historia inicial se deja parcialmente de lado (no en lo que afecta a los dilemas éticos pero sí en la acción) para dar lugar a unas (demasiadas) páginas donde Gazâ se encuentra a su merced y sufre muchos episodios de análisis introspectivo y momentos algo fantasiosos. Para mí éste es su punto débil, ya que tengo la sensación que el autor sabe como empezar y como acabar pero el proceso entre inicio y final es algo forzado al dedicarse a preparar un escenario final que no acaba de convencerme en su evolución, en como se llega a allí. Aún así, las ultimas setenta páginas de análisis sociológico puede que sean las mejores al aumentar la carga de denuncia social, retomando el ritmo e interés suscitado en la parte inicial del libro con el experimento que lleva a cabo el protagonista con los refugiados y que ejemplariza como utilizar el miedo de las personas para conseguir lo propuesto.

En esta obra necesaria para comprender qué hay detrás del tráfico de personas, el autor nos hace partícipes de la crueldad del ser humano y el sufrimiento que padecen aquellos que se sienten obligados a abandonar su tierra a cualquier precio. El transporte ilegal consistente inicialmente en pagar dinero para que les transportaran mutó de forma rápida en sufragar los gastos del transporte a cambio de trabajo por parte de los propios transportados. En este momento se pasó de un tráfico ilegal de personas a algo aún más terrible: la esclavitud. Y si ya el primer concepto era lamentable, llegados a este punto sí que urge ponerle remedio. Y no podemos tardar cuando tantas vidas humanas están en riesgo.