viernes, 22 de marzo de 2019

Juan Villoro: Palmeras de la brisa rápida

Idioma original: español
Año de publicación: 1989
Valoración: recomendable

Uno de los primeros textos publicados en su notable carrera de escritor, Palmeras de la brisa rápida es una crónica, como su subtítulo indica, del viaje a Yucatán, tierra de su abuela, del escritor mexicano. Una península, dicen, de las más nuevas del planeta, un territorio cálido y seco por el que el escritor se desplaza en un texto poco dado a lo sensacionalista. Es decir, aquí no hay problemas con la delincuencia, no hay sensación de inseguridad, no hay mordidas ni agobio con el papeleo. Es un texto amable, con un aire irónico depositado en todo momento. Hasta cuando Villoro simplemente describe aquello que ve a su alrededor la sensación es ligera, perezosa, para nada una denuncia acre de una situación social, de una injusticia geopolítica, nada de la carnaza estereotipada que otras obras tanto literarias como visuales nos vienen situando acerca del país centroamericano.

Si bien si hay cierto mensaje que cala como llovizna. Si en una entrevista Villoro dice que "la escritura es una oficina de quejas para los desperfectos del mundo", en esta crónica dividida en grupos de capítulos que a veces son simples párrafos nos sumergimos (tibiamente, sin aspavientos, sin aparatosidad) en ese día a día de otra parte del mundo, un microcosmos que combina encuentros casuales, esbozos de narrativa ligeramente didáctica con una pata en la leyenda y otro en el rigor histórico. Tierra de aztecas y mayas, ahora marcada por la sombra omnipresente y pesada de los EEUU ahí arriba, cuestión que se manifiesta también en la combinación de registros idiomáticos. aquí convive la a veces inasequible habla propia del español mexicano, los vocablos mayas y el spanglish.

También se nos transmite cierta dispersión. El libro está estructurado más como un deambular por lugares y situaciones antes que como un viaje planificado con un itinerario delimitado. Cuestión que puede representar un arma de doble filo. Es una lectura amable que a veces puede resultar algo anodina en esa presentación pausada y errática. A veces me ha desesperado algo ese avanzar lento, esa constante introducción de elementos con poca relación entre sí, pero he de reconocer que su tramo final mejora ostensiblemente y el libro puede considerarse una carta de presentación más que una obra con pretensiones de definitiva.



jueves, 21 de marzo de 2019

Stephen Dixon: Historias tardías

Idioma original: Inglés
Título original: Late stories
Traducción: Ariel Dilon
Año de publicación: 2016
Valoración: Muy recomendable

Hace ya algunos meses me regalaron "Calles y otros relatos", una recopilación de historias escritas por un tal Stephen Dixon (Nueva York, 1936), autor absolutamente desconocido para mi, y la impresión fue más que favorable. Pues bien, este "Historias tardías" me ha gustado más aun que "Calles..." y ha sido la confirmación definitiva de que estamos ante uno de los grandes olvidados, al menos en España, de la narrativa estadounidense.

En "Historias tardías" se reúnen 31 textos, de una extensión media de unas 10-12 páginas y publicados a lo largo del tiempo en diferentes revistas (Matchbox Literary Magazine, Unsaid, The Hopkins Review, Harper´s, etc), protagonizados por Philip Seidel, un veterano escritor y profesor universitario (¿elementos autobiográficos, tal vez?). Además, los 31 textos que componen el libro se encuentran interrelacionados, hasta el punto de que "Historias tardías" admite varias posibles lecturas: colección de relatos independientes, novela fragmentaria, biografía de su protagonista, etc.

En mi opinión, el principal riesgo de esta clase de libros, con historias interconectadas y protagonizadas casi en exclusiva por un único personaje, es el de "caer en la reiteración". Vamos, que el libro se haga largo, los relatos repetitivos, etc. Nada de esto ocurre. Dixon tiene el suficiente oficio y habilidad como para evitar que el lector caiga en el aburrimiento. ¿Cómo lo consigue?

Primero: con un comienzo arrollador. Los primeros textos son un puñetazo en la boca del estómago.  Sirva de ejemplo "Esposa en reversa", relato que abre "Historias tardías" a modo de "índice rebobinado" de la vida en común de Philip Seidel y su esposa Abby. La posterior reconstrucción de la historia de Seidel y Abby (los comienzos, las primeras citas, el matrimonio, los hijos, la devastadora enfermedad de Abby, los cuidados, las tensiones y remordimientos que la puta enfermedad provocan en la pareja, etc ) es brillante, sobre todo en el aspecto psicológico.

Segundo: manteniendo en todo momento la tensión narrativa. Dixon va intercalando diferentes historias en distintos lugares y tiempos, ofreciéndonos así un completo y complejo (en su sencillez) retrato del personaje. Partiendo del fallecimiento de Abby, auténtico núcleo del libro y eje sobre el que pivotarán todos los relatos, Dixon nos ofrece un recorrido por la vida pasada, presente y futura de Seidel en dos planos: el "real" y el "ideal". En los relatos se mezclan cotidianeidad y ensoñaciones, sentimientos como la soledad, la culpa y el aislamiento autoimpuesto con tentativas de rehacer su vida, episodios iniciáticos del pasado con oscuros presagios, etc. 

Tercero: Pese a que se trata de un libro que parte de una situación tan jodida como la enfermedad y muerte de una persona, las historias no caen en simplismos, sentimentalismos ni histrionismos. La vida, a pesar de todo, es demasiado complicada y en ella hay lugar para momentos terribles y momentos conmovedores, tristeza y esperanza, dolor y alegría, etc. 

Cuarto (y en parte relacionado con lo anterior): "Historias tardías" refleja fielmente la complejidad humana. Como ya he dicho, no es un libro "plano" en el aspecto psicológico. Seidel evoluciona, cambia con el tiempo y las situaciones. No hay único Philip Seidel, igual que nosotros podemos ser diferentes en función del contexto en el que nos encontremos.

Quinto: Los relatos son, en el aspecto estilístico, de lo más variado. Dixon maneja con soltura diferentes registros y combina relatos de corte realista con relatos más oníricos, relatos lineales cronológicamente con rupturas de la lógica espacio-temporal, etc. Son historias similares en el tono, pero diferentes en las formas. 

En fin. Ya paro. Creo que ya ha sido suficiente para que os hagáis una idea más o menos clara de lo que podréis encontrar en este "Historias tardías", una magnífico libro de un autor que merece un lugar mucho más destacado del que actualmente ocupa en nuestras librerías.

miércoles, 20 de marzo de 2019

Josep Pla: Un viaje frustrado / Contrabando

Idioma original: catalán
Título original: Un viatge frustrat / Contraban
Traducción: Josep M. Espinàs
Año de publicación: 1927/1954
Valoración: Se deja leer

Ya lo ven, vetusta colección de Salvat de los años 80, que además creo que es una reedición de otra aún más antigua de tapas naranjas, todo un incunable, o casi. Ahí, en librerías de viejo o en rastrillos a un euro acaban muchas obras menores (y no tan menores) de clásicos, mezcladas con textos extraños de autores que nunca llegaron a ser conocidos, narraciones breves de escritores de distintas épocas, vamos, un catálogo de cosas heterogéneas del que a veces está bien rescatar títulos. Entre ellos, esta vez tiramos hacia un autor cuyo nombre sonará a muchos, pero que muy poquitos han leído en las últimas décadas (y me incluyo entre los ignorantes). Josep Pla pasa por ser un tipo importante en las letras catalanas del siglo XX, autor de una obra muy extensa, y quizá marginado por razones políticas y puede que también literarias. Empezando porque por lo visto no apreciaba mucho (ni cultivaba) la ficción, de lo cual es buena muestra este 2x1 separado entre sí por casi treinta años.

Nada de ficción, se supone. Un viaje frustrado es la crónica de un viaje por mar recorriendo la costa catalana desde Calella hasta la frontera francesa. Pla viaja con un tal Hermós en una pequeña embarcación, deteniéndose en sucesivos pueblos, donde tratan con distintos personajes con los que comparten comida (y vino, claro), charla y alguna juerga. A esta gente marinera le encanta describir los detalles de la navegación, el manejo de las velas, los vientos, los accidentes de la costa, los fondeaderos, y para los que no tenemos ni idea del asunto resulta algo agradable, como descubrir una realidad ignorada, ajena, pero también atrayente. Al menos es lo que me ocurre a mí. La singladura y sus etapas constituyen un relato tranquilo, simpático, en el que el autor se esmera por presentar ese mundo natural, un poco primitivo, de la costa catalana volcada hacia el mar, la luz del Mediterráneo, sus colores y aromas.

En ese orden de cosas se mueve también Contrabando, que es de nuevo un recorrido por los mismos o parecidos lugares, esta vez en una incursión con los objetivos mercantiles que proclama el título. El desarrollo es idéntico en lo fundamental, tal vez pasando el pintoresquismo a un plano más secundario, y añadiendo una cierta tensión en la parte final, cuando la expedición se aproxima al punto de recepción de la mercancía. Pla introduce un punto épico, bien dibujado, cuando la operación va a culminarse entre el mistral que azota sin tregua y las complejas maniobras de la navegación. Subrayo lo de bien dibujado porque es indudable que este señor tiene muy buena mano para las descripciones, lo disfruta poniendo atributos a los accidentes geográficos, a la meteorología, la gastronomía o las personas. 

Quizá disfruta demasiado, también es verdad. Ambos viajes son un despliegue ininterrumpido de sensaciones que dicen mucho sobre la capacidad descriptiva del autor, pero que no tienen mucho más contenido detrás. Pla es algo así como un buen paisajista, un pintor con buena técnica para reproducir la realidad, pero en el que se echa de menos algo de creatividad, sí, aunque no se trate de una obra de ficción.

Puede que por eso ocurre algo llamativo: los dos relatos, como decía antes separados por casi treinta años, apenas se diferencian en nada.  Mismo asunto, mismo estilo, idénticos recursos. Si acaso el desenlace tiene un tratamiento algo diferente: en el segundo viaje hay una mayor dosis de emoción, mientras que en el primero, que se pudo resolver mejor a base de ironía, se quedó prácticamente en nada. Se podrá decir, efectivamente, que lo que tenemos delante es un tipo de narrativa descriptiva, que retrata muy bien un entorno y una época que el autor claramente idealiza, y que lo hace muy bien, que el libro está bien escrito. Pero, oiga, libros bien escritos hay muchos y de muchos tipos; pero nos interesan cosas que estén al menos un poco por encima de ese nivel, que aporten más que una prosa más o menos brillante. Y en este caso, me temo que nos quedamos justito en el límite.

Otras obras de Josep Pla en ULAD: Viaje en autobús

martes, 19 de marzo de 2019

Mario Levrero: Trilogía involuntaria

A Mario Levrero no le gustaba que hubiera intermediarios entre su trabajo y los lectores. Y aquí estoy yo, escribiendo sobre la Trilogía involuntaria. Pero bueno, tomad esta reseña como un mero reflejo de mi experiencia personal (¡faltaría más!), y no como la única aproximación posible a estas novelas. O mejor: leedlas a ellas antes que a mí. En cuanto a ti, Mario, perdóname; sólo quiero compartir mi admiración por este fascinante retablo con el que te diste a conocer. 

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La Trilogía involuntaria está compuesta por La ciudad (1966), El lugar (1969) y París (1970), las primeras novelas de Mario Levrero. Novelas que gravitan alrededor del individuo, de su percepción del mundo y, sobre todo, de su percepción de sí mismo. Es por ello que, pese a los elementos aparentemente fantásticos que las engalanan, no hay que encajonarlas en ese género. Si acaso, estaríamos hablando de «realismo introspectivo». Y es que, a la postre, el escritor no inventa nuevos mundos; más bien, filtra la realidad a través de sus personajes. Los cuales son poco fiables, por otra parte. 

Todos los protagonistas de estas ficciones son varones innominados que narran su historia en primera persona. Historia que, por cierto, es un viaje. Uno que deja en pañales a la literatura de autoayuda. En Levrero no encontrarás el componente edulcorante que tanto predomina en ese tipo de productos. El viaje en el que se embarcan los protagonistas no les cambiará, y menos todavía para bien. Además, dicho viaje es siempre una frustrante imposición, no una oportunidad. 

Estos narradores están de paso en un sitio que les es ajeno, en el que se sienten asfixiados, desamparados y alineados. A eso hay que sumarle que, para la visión posmoderna de Levrero, el mundo es algo incierto, y el individuo carece de referentes estables a los que asirse para abordarlo. Para colmo, las tres novelas cierran con un final abierto, normalmente negativo. De hecho, sólo La ciudad finaliza con una nota vagamente positiva, o, al menos, optimista, pero en ningún momento da por sentado que nada se vaya a solucionar. En otras palabras: cada uno de los tres viajes que propone esta trilogía es una odisea de pesadilla. O sea, que si la lees, prepárate para experimentar desasosiego

Porque desasosiego es lo que te va a reportar esta lectura, créeme. Y no se marchará en unos días, te lo aseguro. Estas novelas son, ya lo he adelantado, una especie de pesadilla. Una pesadilla vigil con su hermetismo intrínseco, y a su vez, con su coherencia interna. Para mí, lo más fascinante de Levrero es que no se abandona a la asociación de ideas arbitrarias o inconexas. En los libros del escritor existe una coherencia interna, a menudo difícil de aprehender, de atisbar siquiera (como viene siendo el caso de París), pero presente a fin de cuentas, como en un sueño febril.

Un elemento recurrente en esta trilogía son los espacios. No digo que sea el elemento aglutinador, porque creo que la relación que existe entre estas novelas va más allá de que aparezcan en ellas espacios vagos y abstractos. Pero bueno, éstos siguen teniendo un interés primordial. No es para menos: la portentosa imaginación de Levrero le granjea un hueco en la tradición de arquitectos soñadores de la talla de Piranesi o Calvino.

Personalmente, sugiero el siguiente orden de lectura: empezad por La ciudad El lugar, ambas novelas que tienen mucho en común tanto en forma como en fondo, y pasad luego a París, sensiblemente distinta de sus predecesoras.

Y que no os engañe mi entusiasta reseña, ni la valoración extremadamente positiva que le doy a esta trilogía. No pienso que estas piezas de Levrero estén libres de defectos. Sin embargo, creo que éstos palidecen frente a los aciertos. Y, la verdad, la mayoría son bastante insignificantes, como el uso caprichoso de ciertos recursos tipográficos, o alguna voz puntual que no acaba de cuajar. Lo dicho: una lectura muy recomendable de un autor al que hay que descubrir.


Idioma original: Español
Año de publicación: 1970
Valoración: Muy recomendable

La ciudad sienta la tónica general de la trilogía: el protagonista perdido en un sitio extraño, asediado por una sensación de pérdida, desamparo, incomprensión, y hasta de amenaza latente; la atmósfera extraña de tintes surrealistas; el subtexto kafkiano...

A mi juicio, lo mejor de esta novela es la originalidad de su planteamiento. Es algo lenta, sobre todo en su primera mitad, y hay algunos detalles que no me acaban de convencer. Pero vale la pena en su conjunto, y sólo como umbral de la Trilogía involuntaria ya habría que leerla sí o sí.

Idioma original: Español
Año de publicación: 1982
Valoración: Casi imprescindible

En este libro hallamos las descripciones arquitectónicas más ambiciosas. También hay un manejo del misterio muy trabajado. Éste no pretende ser desentrañado en ningún momento. Llegados a cierto punto, de hecho, se acaba desistiendo a buscar un sentido, una lógica, para focalizarse en el mensaje.

Decididamente, mi pieza favorita de esta maravillosa trilogía. Si alguien no fuera a leerla íntegramente, que al menos le de una oportunidad a El lugar.

Idioma original: Español
Año de publicación: 1980
Valoración: Muy recomendable

París es, probablemente, la pieza más compleja de la trilogía. En primer lugar, porque la prosa alterna constantemente dos tiempos verbales, pasado y presente. También, porque en ella se solapan la vigilia y el sueño, los cuales conviven como dos realidades igual de tangibles. Y, sobre todo, porque los simbolismos que la recorren son más crípticos aún que en sus predecesoras. Además, es un bloque monolítico de texto que no está dividido en varios capítulos que permitan al lector descansar, al contrario que La ciudad y El lugar.

Pero creedme cuando os digo que el esfuerzo de leer esta obra es recompensado con creces. No en vano, esta es la novela con las imágenes más poderosas. Ah, y probablemente la que tiene un lenguaje más rico. También es la única de las tres en las que se intuye el gusto de Levrero por la serie B, guiño que sin duda apreciarán los mitómanos del autor.


También de Mario Levrero en ULAD: La Banda del Ciempiés 

lunes, 18 de marzo de 2019

Belén Gopegui: El padre de Blancanieves

Resultado de imagen de el padre de blancanievesIdioma original: español
Año de publicación: 2007
Valoración: Muy recomendable



Confieso que, una vez más, me he saltado la sinopsis. Menos mal pues resulta claramente disuasoria, aun pretendiendo lo contrario, al centrarse en un punto de partida (anecdótico y sustituible) y olvidar los aspectos relevantes. Es cierto que la estructura no es precisamente sencilla y que parte de premisas que algunos considerarán discutibles. Pero nos enfrenta a unos personajes que dejan huella porque son humanos, es decir, contradictorios e imperfectos. Las relaciones que se establecen son tan caóticas como en la vida. El entramado está perfectamente urdido a pesar de su complejidad. La estructura y recursos son originales y acordes al contenido. Sin olvidar la elaborada reflexión de índole ético-política que, lo queramos o no, nos atañe a todos. Diálogos a dos o a varias bandas, reflexiones privadas, confidencias, análisis socio-políticos, cuya prosa, algo irregular, desmerece un poco del resto.
Los lectores interesados en la sostenibilidad y el ecologismo disfrutarán con los planteamientos de Gopegui. Porque aquí se mezclan: una contundente carga crítica, ciencia, relaciones familiares, conflictos de intereses, posibles infracciones de la ley dictadas por el más puro idealismo y, sobre todo, la eterna lucha entre pragmatismo y conciencia. En esta novela coral los personajes se dividen en dos bandos, los acomodaticios y los que sueñan con cambiar el mundo. No obstante, se elude el maniqueísmo: porque todos muestran incoherencias, cualquiera de ellos presenta ambos rasgos en alguna medida y la mayoría evoluciona en un sentido o en otro.
El núcleo lo forman Manuela, su marido Enrique y su hija Susana. De estos parten otras ramas que se van ramificando a su vez. En ocasiones, se establecen diálogos insólitos entre individuos que a primera vista no tendrían nada que decirse y que no parecen muy verosímiles tal como se presentan, pero pueden aceptarse como convención literaria. Contamos también con un personaje no-humano que se autodefine cada vez que abre la boca –es un decir–, una especie de voz en off que sirve de pretexto para que la autora se entrometa de vez en cuando, al estilo de las novelas decimonónicas pero de forma menos explícita,
El relato avanza de forma fragmentaria a base de alternar las voces. Un recurso que habitualmente amplia el campo de visión y que en este caso, debido a la variedad de planos, resulta casi indispensable.
Gopegui pretende, nada menos, trazar un panorama lo más exacto posible del orden mundial y sus problemáticas, así, tal como suena, y creo que sale airosa del intento. La cuestión es si, ante tanto desequilibrio e injusticia, merece la pena actuar de alguna forma o se trata de un esfuerzo insensato y lo aconsejable es cruzarse de brazos; si esa pasividad autoimpuesta genera mala conciencia o no; si los pequeños gestos del activismo son quimeras que no llevan a ningún sitio o semillas que pueden germinar en el momento menos pensado cuando se da una conjunción de circunstancias; si ese empeño por cambiar las cosas influye en los más cercanos y, llega, incluso, a destruir vínculos; si es lícito alterar la plácida existencia del entorno en nombre de un bien mayor o se trata de conductas reprochables pues en el fondo no vamos a encontrar más que egoísmo narcisista..
Novela de ideas, deudora de una larga tradición y aún así con entidad propia, que consigue hacer pensar al lector sin que disminuya su interés por el devenir de los personajes y sus proyectos (ese curioso experimento biológico descrito con tintes cinematográficos me parece todo un hallazgo), incluso sin que pierda la sonrisa.

Más de Belén Gopegui: Lo real, La escala de los mapas,

domingo, 17 de marzo de 2019

Jesús Marchamalo & Marc Torices: Cortázar


Idioma: español
Año de publicación: 2017
Valoración: recomendable

Nunca he sido un acérrimo "cortazariano", pero la reseña a veinte manos (bueno, a decir verdad, diecinueve, que yo estuve al mismo tiempo comiendo doritos) que nos marcamos recientemente me creó alguna curiosidad por conocer más cosas del célebre autor del cuento, aparte de lo que cualquiera con cierta culturilla general podría saber (escribió Rayuela, nacido en Bélgica, vivió en Francia, enterrado en el cementerio de Montparnasse... bueno, vale, para esto último hay que ser un poco biblionecrófilo, lo admito). pero vamos, ni ganas de meterme una biografía de esas tochacas con estudios filológicos comparatistas de todas las obras de este insigne escritor y tal y cual...; por fortuna para  los holgazanes lectores inquietos como yo, vivimos en la época dorada de los tebeos para adultos gafapastas las novelas gráficas. Así que una de éstas, de título inequívoco y estupenda por lo demás, es la que hoy ocupa esta reseña.

El libro -en puridad, tampoco sería correcto llamarle "novela", aunque sí "gráfica, claro-, también es una biografía, sólo que mucho más ligera y amena que lo que suele ocurrir al uso. Pero, en general, sigue el habitual hilo temporal de nacimiento-infancia-juventud-etc... hasta el fallecimiento de Cortázar. Hilo roto, de vez en cuando, por anécdotas o peculiaridades diversas del escritor; sin llegar a calificarlos de "interludios líricos" o "poéticos", sí es cierto que estos pequeños episodios, amén de proporcionarnos una visión más completa de la personalidad y circunstancias del biografiado, aportan al conjunto un toque entrañable, a la par que fresco. La narración, en todo caso, toca todos los momentos en principio fundamentales de la vida del escritor: su niñez, con su padre ausente, el comienzo de la fascinación por los libros, sus trabajos como profesor y traductor, sus primeros escarceos literarios, el traslado a París, sus relaciones amorosas, sus viajes, el reconocimiento de su obra, su posicionamiento político a favor de la Revolución cubana... (*) Como os podéis suponer, especial ilusión me ha hecho ver reflejado el momento en el que, en 1946, el propio Borges recibió y decidió publicar en la revista Los Anales de Buenos Aires el cuento Casa tomada.


En suma, que la trayectoria, tanto vital como literaria de Julio Cortázar se ve explicada y representada a la perfección en este libro, con la fundamental ayuda, además, de un grafismo sencillo pero muy efectivo, que oscila entre cierta ingenuidad y un toque onírico de lo más adecuado. Ahora bien, por poner algún pero (que no todo va a ser néctar y pétalos de flores), he de señalar que, a pesar de esta minuciosidad de la narración y del recurso al anecdotario cortazaresco que he mencionado antes, la figura del escritor queda envuelta en un aire, no de frialdad, pero sí de cierta reserva, se le ve siempre un tanto distante, como si los autores del libro no hubiesen sido capaces de traspasar una capa protectora, una burbuja de timidez y soledad en la que se refugiase el biografiado (no descarto, por supuesto, que Cortázar fuera así de verdad, que no lo sé).

Aún así, que no lo dude nadie: esta es una lectura de lo más recomendable, que además cumple con una función importante: que te entren ganas de leer más cosas del autor de Rayuela. No es poco, eso...

(*)Hace poco leí, por cierto, un emocionante párrafo de un libro de Bioy Casares acerca del fallecimiento de Cortázar, en el que le manifestaba gran aprecio y consideraba que siempre habían sido amigos, a pesar de no compartir ideas políticas. Un gran ejemplo.


sábado, 16 de marzo de 2019

Mary Beard: Mujeres y poder

Idioma original: inglés
Título original: The Public Voice of Women y Women in Power
Traducción: Silvia Furió (ed. en castellano) / Anna Llisterri (ed. en catalán)
Año de publicación: 2014 y 2017
Valoración: recomendable

En este libro de ensayos, se recogen dos conferencias que la autora inglesa hizo en 2014 y 2017 («La voz pública de las mujeres» y «Mujeres en el ejercicio del poder», respectivamente) en las cuales la escritora analiza cómo se ha tratado la opinión de la mujer cuando se encuentra en la esfera pública.

Así, en «La voz pública de las mujeres», y fiel a su formación y profesión dedicada a la historia, Beard hace una mirada al pasado, remontándose a los tiempos de la Odisea, cuando Telémaco, dirigiéndose a su madre Penélope, le dice: «Madre, vuelve, como sea, a la habitación y ocúpate de tu trabajo, la tejedora y el huso, y haz que las esclavas se ocupen de la suya, y eso de hablar será cosa de los hombres, de todos, y más incluso de mí, pues es mío el poder en la casa». Con este breve párrafo, ya en el inicio de la conferencia, la autora denuncia que desde tiempos inmemoriales la voz de la mujer ha sido acallada por los hombres, incluso cuando estos son aún unos jóvenes y ellas mujeres inteligentes de mediana edad, a los que superan en experiencia y conocimientos. Así, poniendo este fragmento como ejemplo, la autora realiza un viaje al pasado (pasado que aún conservamos, o arrastramos, en el presente), desde la Antigua Grecia y pasando por el Imperio Romano, donde las voces de las mujeres han sido ninguneadas, ridiculizadas o acalladas.  Y si bien en determinados casos las mujeres han podido expresar su opinión, ha sido principalmente para defender sus intereses sectoriales, pero no para hablar en lugar de los hombres o del conjunto de la comunidad.

En relación a ello, el discurso público era uno de los principales atributos en el pasado que definían la masculinidad, y, a modo de ejemplo, comenta la viñeta de «la señorita Triggs», publicada en la revista Punch en 1988, y que resume perfectamente esta cuestión. En ella, se puede ver la mesa de un despacho alrededor de la cual se hallan sentados cinco hombres y una sola mujer, y el que ocupa el lugar central de la mesa comenta: «Es una excelente propuesta, señorita Triggs. Quizás alguno de los hombres aquí presentes quiera hacerla». En una sola viñeta, el impacto es evidente, por su sencillez y contundencia, e ilustra perfectamente lo que la autora expone en el relato, pues este tipo de afirmaciones, y aunque eso parece quedar lejos en el tiempo, está muy presente en la memoria y las costumbres actuales, siendo un ejemplo clarísimo del ya conocido concepto del mansplanning (tratado ampliamente por Rebecca Solnit en «Los hombres me explican cosas»). Incidiendo en más ejemplos históricos, expone algún otro caso asociado a la literatura, hablando de «Las bostonianas», de Henry James, y su marcada costumbre de silenciar a las mujeres, como es el caso de Verena Tarrant. Este autor, ya en sus ensayos, deja clara su posición escribiendo sobre «los efectos contaminantes, contagiosos y socialmente destructivos de la voz de las mujeres».

También la autora pone de relieve, no únicamente este silenciamiento de la voz de la mujer, sino también la falta de autoridad, conocimiento y autoridad que, a través de un lenguaje ridiculizante, se les atribuye. Y, de hecho, en muchos casos en les que sí se le da poder, es para hablar de esferas tradicionales de intereses propios de las mujeres pues, por ejemplo, que sean Ministra de Sanidad, Igualdad o Educación no las descarta para ocupar los ministerios de Economía o Hacienda (cosa que aún no había sucedido en Gran Bretaña en el momento en el que se hizo la conferencia en 2013). Y también hablamos de espacios mediáticos como tertulias políticas o deportivas, dedicadas y ocupadas (sí, ocupadas sería un buen término descriptivo) por los hombres, pues se considera que son temas que ellos conocen más (y mejor). Y no le falta razón a la autora al criticarlo, pues esta desigualdad es evidente si nos fijamos en las tertulias y programas que copan nuestros medios y cuantas mujeres participan o lideran este tipo de programas.

Todas estas actitudes y mentalidades están muy interiorizadas en nuestra sociedad, en nuestra cultura, nuestro lenguaje y perpetuadas tras miles de años de historia. Y que las mueres hablen de ciertos temas aún está mal visto por una gran parte de la sociedad (el ataque a las mujeres en internet por comentarios contra las mujeres es treinta veces superior a los dirigidos contra los hombres, en un evidente ejemplo de misoginia), en un claro intento de apartar a las mujeres del debate o de la expresión de su opinión. Y para poder conseguir expresarse, hay mujeres que masculinizan el discurso, a través de hablar con voz algo más grave e imitar ciertos aspectos de la retórica masculina. Esto puede funcionar, pero es solo un parche, no va al corazón del problema, no debería ser así.

Ya en el segundo ensayo, «Mujeres al poder», la autora también echa mano de sus conocimientos históricos y literarios para empezar el relato hablando de «Tierra de ellas», de Charlotte Perkins Gilman, relato que trata sobre un país donde solo viven mujeres (me pregunto aquí si Stephen King sacó de este relato su idea para «Bellas durmientes»). La autora lo utiliza para aventurarse a pensar en cómo sería un mundo donde las mujeres tuvieran el poder y, como en la conferencia anterior, también utiliza recursos de la historia antigua para ejemplarizar como la mujer ha sido relegada a esferas que supuestamente no son propiedad del hombre. Con ello, analiza el papel de las mujeres a las que se les ha reconocido poder (políticas, especialmente), pero afirmando que este aspecto, el hecho de identificar únicamente el poder con los cargos políticos, etc., es suponer que ocupan lugares no previstos para ellas, y deja de lado escenas diferentes donde otro tipo de poder es importante. De igual manera, abunda en este aspecto y habla del camino que ciertas mujeres siguen para alcanzar el poder, masculinizándose, poniendo como ejemplo a Margaret Thatcher o Hillary Clinton.

La autora, en este libro, breve pero recomendable por su interesante contenido, no plantea soluciones ni da consejos, sino que su intención es poner de manifiesto que hay un patrón de comportamiento que arrastramos desde hace miles de años y que hay que tomar consciencia de ello para cambiarlo. Y aprovecha también para cuestionar, no únicamente a quién se le da poder, sino también si este está bien definido, si está bien entendido por la sociedad cuando solo se puede reconocer en el quien tiene la forma e imagen de un hombre.

Por todo ello, hay que trabajar sobre qué entendemos por la voz de la autoridad y como hemos llegado a construirla, y redefinir el concepto de poder y hacerlo más amplio, tanto en pluralidad de género como en los ámbitos donde está reconocido. Solo así podremos intentar llegar a una igualdad que, por las tendencias y costumbres arrastradas desde tiempos inmemoriales, parece que aún queda lejos.

También de Mary Beard, en ULAD: Una historia de la Roma antigua