jueves, 24 de abril de 2014

Stephen King: La cúpula

Idioma original: inglés
Título original: Under the Dome
Año de publicación: 2013

Valoración: recomendable
 
Todo comienza un día de otoño en Chester's Mill, una pequeña ciudad de (por supuesto) el estado de Nueva Inglaterra: de repente, la localidad queda encerrada dentro de una barrera invisible que recibe el nombre de "cúpula", aunque en realidad no tiene tal forma. Lo que realmente importa es que nada parece poder romperla ni atravesarla, por lo que todas las personas que se encuentran en Chester's Mill en ese momento quedan aisladas del resto del mundo.

Mientras el ejército intenta descubrir el origen de esa barrera y la manera de destruirla, la población de la pequeña ciudad y aquellos que por casualidad se encuentran en ella tratan de seguir adelante con sus vidas lo mejor que pueden, confiando (algunos más, algunos menos) en que el gobierno conseguirá sacarlos de allí antes o después. Pero el sheriff muere y uno de los concejales del ayuntamiento, "Big Jim" Rennie, aprovecha la situación (y la barrera) para mantener el municipio bajo su control.

Éste es el punto de partida de La cúpula, la (si no me equivoco) penúltima novela de Stephen King publicada hasta la fecha. A pesar de que el autor estadounidense es conocido como "el rey del terror", en este caso (que no es el único) ha escrito una novela que se aleja de esta temática para retratar cómo se comporta una sociedad cuando permanece aislada del resto del mundo: las ansias de poder, las viejas rencillas que salen a la luz, la ignorancia, la sensación de abandono, el miedo... se combinan para crear un viciado ambiente en el que toda mala acción parece quedar impune y en el que la supervivencia no depende tanto de la destrucción de la barrera como del grado de locura o de la desesperación de los que se encuentran dentro de ella.

El final de la novela resulta ser un tanto flojo, pero hay que reconocer que King se luce a la hora de construir los personajes y de mostrar sus reacciones. Los sucesos que tienen lugar en los pocos días que dura el encierro resultan verosímiles y muestran el poco peso que tiene el sentido común cuando el ser humano se encuentra en una situación que escapa a su control. Y, a pesar de la gran cantidad de personajes y subtramas, el autor consigue mantener el ritmo y la atención del lector durante toda la obra (lo cual tiene mucho mérito, ya que la novela tiene casi 900 páginas), logrando que La cúpula sea una lectura de lo más entretenida. No nos cambiará la vida, pero sin duda nos hará pasar un buen rato.
 


miércoles, 23 de abril de 2014

El Día del Libro: el día de García Márquez


Hoy es el Día del Libro; un día que habríamos dedicado, si no hubiera pasado nada, a proponer libros regalables, a recomendar sesiones de firmas de escritores, a organizar un concurso o un sorteo.

Pero pasó algo. Murió García Márquez. Y no se puede celebrar un Día del Libro normal después de que haya muerto García Márquez.

Es difícil, imposible, escribir nada original, después de la avalancha de textos publicados por todos los medios en los últimos días. Se ha contado su vida, se ha recordado su enfrentamiento con Vargas llosa, se han recordado anécdotas (des)conocidas... Es difícil, y peligroso, por eso, intentar ser original. El gran Quim Monzó escribió en Twitter el mismo día de su fallecimiento: A quien titule mañana "Crónica de una muerte anunciada" se le deberían extraer las gónadas con un cuchillo oxidado. Por supuesto, no faltaron medios que titularon así. Tampoco han faltado los medios que lo han elevado a los altares ahora que ha muerto, pero que cuando estaba vivo no le perdonaron sus posturas políticas.


Ha muerto García Márquez. Y es justo y necesario rendirle el homenaje que le es debido.

Quizás no sea adecuado personalizar el boom en una sola figura, pero creo que no es exagerado decir que la obra de García Márquez, y en concreto sus Cien años de soledad han quedado como máximos representantes de esa explosión de la literatura latinoamericana, que, como dijo García Márquez en su discurso de aceptación del Nobel, ayudó también a comprender mejor a todo un continente. Fue también, tal vez, el mejor escritor en un grupo de grandísimos escritores, una generación genial e irrepetible.

Porque García Márquez no es solo un magnífico estilista: uno de los mejores en lengua castellana de todo el siglo XX, quizás solo comparable a Borges o Cortázar, con una habilidad única para la adjetivación. García Márquez fue, también, y quizás sobre todo, un creador de mundos: el principal, aunque no el único, Macondo, su versión ficcionalizada de Colombia, con sus interminables guerras, sus empresas bananeras, sus mujeres tan bonitas que en vez de morir ascienden a los cielos, sus maravillas inexplicables y hermosas.

¿Con qué novela de García Márquez quedarse, entonces? ¿Con la ambición monumental Cien años de soledad? ¿Con la perfección técnica de Crónica de una muerte anunciada? ¿Con el experimentalismo estilístico de El otoño del Patriarca, o el romanticismo tardío de El amor en los tiempos del cólera? ¿O con sus relatos, no inferiores a sus novelas?

No, si hay que elegir (y no hay por qué elegir) no será ninguna de esas la imagen que conservemos de la obra de García Márquez. Será más bien la imagen de un coronel retirado que no tiene ni un prudente retén de café. Un coronel, hurgando en el bote del café, volcando el agua sobre un suelo tosco e irregular, apurando el contenido del bote de forma indigna y patética, para acabar mintiendo a su mujer enferma sobre el tamaño de la última cucharada de café que queda. Un coronel que lo ha perdido todo menos la dignidad, en una espera eterna y corrosiva. Así recordamos a García Márquez, "puro, explícito, invencible". 

Se ha ido uno de los más grandes; sus obras quedan. El mejor homenaje es leerle, seguir leyéndole, leerle siempre.

martes, 22 de abril de 2014

Juan Goytisolo: Señas de identidad

Idioma original: español
Año de publicación: 1966
Valoración: Muy recomendable

El otro día reseñaba La familia de Pascual Duarte, de Cela; hoy le toca el turno a otro clásico de la narrativa española del Franquismo: Señas de identidad de Juan Goytisolo. Y las dos décadas y media que las separan, y los diferentes posicionamientos ideológicos de sus autores, se hacen notar: Señas de identidad es una novela experimental, formalmente arriesgada y difícil (como también llegarían a ser las novelas de Cela), y también una visión crítica y corrosiva no solo del Franquismo y sus mecanismos de represión, sino también de la(s) izquierda(s) y su incapacidad para constituirse en una oposición sólida y con capacidad de reacción. Porque Señas de identidad es una novela marcada por la derrota: es una novela de exiliados, represaliados, torturados y fusilados. Pero no todos ellos son heroicos: los hay que son mezquinos, calculadores, vividores o simplemente pesados.

El protagonista de la novela (una novela, por lo demás, muy coral) es Álvaro Mendiola, trasunto no demasiado escondido de Juan Goytisolo (como él, escritor/periodista barcelonés con apellido vasco), quien recorre, con el cuerpo o con la memoria, los fragmentos de su pasado y del pasado de su familia y de su país que lo han condicionado, reconstruyendo así sus "señas de identidad". (El mismo protagonista reaparecerá en dos novelas más de Goytisolo: Reivindicación del conde don Julián y Juan sin Tierra).

Dos rasgos característicos sobresalen en esta novela, como decía antes: su ambición formal, y su crítica política (lo que hizo que las siguientes obras de su autor fueran prohibidas en España). Formalmente, la novela es casi un laboratorio de técnicas experimentales de narración, comenzando con el narrador en segunda persona que domina en el texto, e incluyendo fragmentos de monólogo interior, collage de textos, multilingüismo, deformaciones de la realidad, etc. Es, en ese sentido, una obra muy de su tiempo: recordemos que Tiempo de silencio, de Luis Martín-Santos, se publicó cuatro años antes, en 1962.

El otro rasgo fundamental en Señas de identidad es la construcción de una visión negativa de España, no solo de la España franquista sino, prácticamente, de cualquier posible idea de España. La tauromaquia, "seña de identidad" española por antonomasia, aparece repetidamente como símbolo o metonimia de la brutalidad hispánica (persecución, tortura, asesinato de hombres como de animales). Cuando el protagonista vuelve a España, después de una larga ausencia, ya no reconoce su propio país; ya no se reconoce en su propio país.

No es Juan Goytisolo, como en general los escritores preocupados por la experimentación formal, un autor para todos los gustos; pero es sin duda un autor imprescindible para comprender la realidad, y la literatura, españolas del siglo XX; y Señas de identidad es una de sus obras fundamentales.


También de Juan Goytisolo: Las virtudes del pájaro solitario

lunes, 21 de abril de 2014

Giancarlo De Cataldo: Una novela criminal

Título original: Romanzo Criminale
Idioma original: italiano
Traductora: Patricia Orts
Año de publicación: 2002
Valoración: Muy recomendable

En las décadas de los 70 y 80 del pasado siglo, en toda la sociedad occidental se vivió un incremento de la delincuencia juvenil (o, al menos, de su visibilidad), motivado en gran medida por el también aumento del tráfico y consumo de drogas como la heroína. Tal circunstancia dio lugar incluso a fenómenos culturales como fue en España el llamado “cine quinqui” (ya saben, películas que contaban las hazañas del Vaquilla, el Torete y compañía). Se puso “de moda”, además, la formación de bandas juveniles de carácter más o menos delincuencial (a veces, estos pandilleros no pasaban de ser simples gamberretes con ínfulas), incluso en apartadas ciudades de provincias.

La ciudad de Roma, capital de Italia, no iba a ser menos. Más aún, si tenemos en cuenta que en ese lugar y momento (los conocidos como “años de plomo”), se cruzaban toda una serie de intereses y actores variopintos: el terrorismo de extrema derecha y de extrema izquierda, sin olvidar el de carácter internacional; los servicios secretos italianos, americanos, israelíes…; la red anticomunista Gladio; el Vaticano y sus opacos secretos, el tráfico de todo tipo de mercancías, incluyendo las intangibles; el famoseo del fútbol y la tele; la Mafia, claro está… La banda criminal que logró hacerse con el control, durante esos años, de las calles de Roma, fue la llamada “de la Magliana”, por el barrio donde había surgido, y se convirtió en un vórtice donde convergieron todos esos elementos. Elementos con los que Giancarlo De Cataldo, que además de novelista ha sido juez, o viceversa (existe en Italia casi una tradición de jueces que escriben novela negra), escribió esta novela de gran éxito, que ha sido llevada también al cine y a la televisión. Los hechos narrados en ella, al parecer, son bastante fieles a la realidad, lo único que cambió De Cataldo fue cambiar los apodos de los protagonistas (sus nombres no se dicen nunca: “Renatino” se convirtió, pues, en el Dandi, “Crispino” en el Frío o “er Nero” en el Libanés. Los demás miembros de la banda de la novela de Cataldo son todo un catálogo de noms de guérre a cada cual más pintoresco: Ricotta, el Negro, el Búfalo, Ojo Feroz, el Esmirriado…. O mi favorito, por expresivo: un tal Treintamonedas (en la realidad, “er Vesubiano”)…. Sí se da el nombre (aunque no sea el de la persona real) de la querida del Dandi, la prostituta Patrizia. Y también de los que De Cataldo llama “los del Palacio”: el policía Scialoja, enamorado también de Patrizia o el juez Borgia, ambos perseguidores de la banda. Pero asimismo, existen otros “palaciegos”, más oscuros, de los que, de nuevo, sólo se nombra el apodo: el Viejo, jefe de los servicios secretos y titiritero en la sombra de mucho de lo que ocurre y sus agentes Zeta y Equis.

De Cataldo cuenta la historia con un estilo que en un principio parece rendir cuentas tan sólo a la pura eficacia. pero pronto, esa eficacia se desvela como eficiencia (es decir, perfecta adecuación de los medios utilizados con el resultado conseguido), y finalmente, se convierte en un elemento tan importante como la propia trama para la consecución de una novela magnífica. Un estilo trepidante y adictivo que lleva en volandas al lector hasta el final, hasta que acaban las más de 650 páginas del libro y uno no puede sino lamentar que hayan terminado (por suerte, De Cataldo escribió una segunda parte, no menos estupenda, titulada Italia Cosa Nostra,  con protagonismo también de la pareja formada por Scialoja y Patrizia). Y la trama, por supuesto, no es menos apasionante: el germen, creación y evolución, de una organización criminal, de una "mafia romana"... Su enriquecimiento a través del tráfico de drogas; su implicación en asuntos aún más turbios, como los atentados de los Núcleos Armados Revolucionarios (que, a pesar del nombre, pertenecían a la extrema derecha más extrema, y valga la redundancia...) o los tejemanejes de los servicios secretos, de las mafias del Sur, de las finanzas vaticanas... 

Y después, la inevitable lucha por el poder, los rencores, las vendettas y ajustes de cuentas. La disgregación y desgarro de un sueño juvenil, por más que fuera un sueño de crimen y violencia. Porque en toda la novela late el pulso de la efervescencia y la urgencia de la juventud, de la energía casi nietzcheana de quien se rebela contra su destino y trata de conseguir el triunfo de su propia voluntad. El descaro de quien osa volar hacia el sol, por más que sabe que si se derrite la cera de sus alas, caerá en picado al mar.

Una novela que entusiasmará a los amantes de la novela negra y gustará, sin duda, a los interesados en un época y un país en erupción, como era Italia en aquellos años. Y en una ciudad que ya lo ha visto todo, y se ha reinventado en una y otra vez  para no dejar de fascinarnos.

Una novela electrizante y magistral, que hará exclamar al lector que la acabe, como al personaje con el que se abre la historia: "¡Yo estaba con el  Libanés!". Porque sí, nosotros también habremos estado con el Libanés y con toda su banda. Y con ganas de volver con ellos.




(Lo siento, pero no me resisto a poner también la portada de la edición de bolsillo del libro, con los actores de la película basada en él).

domingo, 20 de abril de 2014

Barbara Comyns: Y las cucharillas eran de Woolworths

Idioma original: inglés
Título original: Our spoons came from Woolworths
Fecha de publicación: 1950
Valoración: Recomendable

 Hace unas semanas, Yemila publicaba por aquí una reseña de otro libro de Barbara Comyns, La hija del veterinario, y contaba el buen sabor de boca que le había dejado.

Curioso de mí, me hice con el libro, lo leí y también me gustó. Tanto como para buscar en la biblioteca otro libro de la misma escritora. Lo hice, lo encontré, y tengo que decir que esta segunda obra que leo de Comyns, Las cucharillas eran de Woolworths, me ha gustado aún más.

Barbara Comyns, como se decía en el otro post, fue una mujer con una vida de todo menos usual. Nacida a principios del siglo XX, su padre era un químico inglés aficionado a la bebida, y su madre, una irlandesa de buena familia venida a menos. Fue criada junto a sus cinco hermanos con todas las comodidades del mundo hasta que su padre murió y entonces, todo dio un giro de ciento ochenta grados: las deudas que el hombre había contraído en vida transformaron la vida de Barbara y sus hermanos en una novelita de Dickens. Pronto se fue de casa, tuvo un matrimonio relámpago con un joven artista, estudió arte, pintó con cierto éxito, fue musa de pintores, se volvió a casar con un hombre mucho más estable que el primero, tuvo hijos, viajó mucho, publicó libros…

 En fin, Comyns disfrutó de/padeció una vida bohemia de manual en la Inglaterra de entreguerras y en otros países (se dice que vivió nada más ni nada menos que dieciséis años en Barcelona). Las cucharillas eran de Woolworths tiene muchos elementos autobiográficos de Comyns, de cuando era una veinteañera y malvivía con su primer marido, al que conoció de una forma un tanto accidental y con el que se emparejó a velocidad sideral movidos ambos por una pasión alocada y más bien adolescente. Pero enseguida llegarían los problemas: las carencias económicas, el hambre que habitualmente pasaban, el trato desdeñoso de sus familiares, la irrupción de bebés y “terceras personas”… Tan autobiográfico es todo, que en la introducción la escritora especifica qué capítulos de su obra están extraídos directamente de la realidad, de su realidad. En este punto, decir que yo recomiendo, una vez más, leer la introducción una vez leída la novela. Así uno puede hacer cábalas sobre qué capítulos son los “reales”. La novela es breve, curiosa, amarga y divertida a partes iguales.

 Comyns escribe con un estilo fresco y desenfadado, a base de utilizar un lenguaje directo, frases sencillas, reflexiones lúcidas y, en conjunto, una narración franca y desprejuiciada pero en absoluto vacua (todo un logro), y por eso consigue que los peores episodios de la historia (bebés sufriendo, abandonos, etc…) no se hagan tan indigestos.

También es una buena forma de entrever la dureza del periodo entreguerras en la Inglaterra más bohemia imaginable y llegar a la conclusión de que las personas que provenían de buenas familias, como Barbara Comyns, por mucho que en algunos momentos de sus vidas se vieran dejadas de lado por la Diosa Fortuna, nunca renunciaban a sus inquietudes intelectuales, a ciertos contactos bien situados, y a salir adelante aunque fuera dando tumbos, sabedores que tarde o temprano, la existencia les concedería una tregua.

También de Barbara Comyns en ULAD: La hija del veterinario

sábado, 19 de abril de 2014

Guy Delisle: Guía del mal padre

Idioma original: francés

Título original: Le guide du mauvais père
Año de publicación: 2013
Valoración: está bien


Estoy segura de que todos aquellos que deciden tener hijos intentan educarlos de la mejor manera posible, tratando, además, de no cometer los errores que consideran que sus padres cometieron con ellos. Sin embargo, esta tarea suele ser más complicada de lo que parece en un principio y, a pesar de las buenas intenciones, en ocasiones se mete la pata hasta el fondo. 

De esto habla Guy Delisle en la Guía del mal padre, un divertido testimonio en el que el autor se desnuda ante sus lectores y muestra los momentos más surrealistas de su papel como progenitor. En las páginas de esta guía veremos cómo el autor critica ferozmente el dibujo que ha realizado su hija o cómo le miente para, egoístamente, poder disfrutar de unos cereales que no está dispuesto a compartir, cómo le gasta una broma de mal gusto a su hijo con una motosierra o cómo suelta las mayores barbaridades que se le ocurren sin pararse a pensar en el efecto que éstas pueden tener en los pequeños.

La razón por la que he valorado este cómic sólo con un está bien es que se queda corto. De hecho, se queda muy corto. Cada episodio narrado por Delisle ocupa varias páginas (de tan sólo dos viñetas cada una), por lo que al final el lector tiene la sensación de que, aunque el cómic mola y es divertido, el autor no le ha sacado todo el partido que podría.

Pero también hay que agradecer la sinceridad con la que Delisle se muestra a sí mismo, su ausencia de complejos a la hora de confesar sus equivocaciones y cómo, en resumen, demuestra que en muchas ocasiones se comporta de una manera más infantil que sus propios retoños.


También de Guy Delisle: Pyongyang.

viernes, 18 de abril de 2014

Camilo José Cela: La familia de Pascual Duarte

Idioma original: español
Año de publicación: 1942
Valoración: Muy recomendable

Hace poco, cuando preparaba mi biografía lectora, descubrí con cierto asombro que todavía, después de cinco años, no habíamos reseñado nada de Cela. Creo que esto es significativo; no sé exactamente de qué, pero es significativo. Once o doce personas a las que les encantan los libros y la literatura, y nadie ha sentido la necesidad de reseñar ninguna obra del último Premio Nobel español... Creo que puede haber varios motivos para esto: en primer lugar, la imagen pública de Cela, que en los últimos años se convirtió en una caricatura de sí mismo; también, su postura política: Cela fue censor y reconocido colaborador del régimen franquista; por último, tampoco ayuda el que sus obras sean casi siempre ásperas, oscuras y de lectura difícil.

Y sin embargo, si olvidamos al personaje y su significación política y nos centramos en la obra, Cela es un escritor notable, un innovador y un experimentador con una prosa muy personal. Que no enamore es otra cosa; pero su calidad es innegable.

La trayectoria novelística de Cela se abrió precisamente con esta novela, La familia de Pascual Duarte, una obra que ya ha pasado a ocupar un lugar central en el canon de la novela de posguerra como iniciadora del "tremendismo" (así lo dicen todos los manuales) y que tiene fuertes lazos con la tradición literaria española, en particular con la picaresca -Cela escribió, unos años después, una continuación del Lazarillo- e incluso del Quijote por su estructura estratificada de narradores y manuscritos.

El núcleo central de la novela está compuesto por la confesión de Pascual Duarte, escrita desde la prisión (o mejor dicho, las prisiones) en la que espera para ser ejecutado mediante garrote vil por sus múltiples crímenes. A través de esta confesión descubrimos a un ser embrutecido, condicionado por su origen y su ambiente (un planteamiento bastante naturalista) y dominado por sus instintos y una irracionalidad violenta. La miseria y la muerte dominan el texto desde la primera hasta la última página, y por la fecha en que se publicó, y el periodo en que transcurre la acción, no es difícil imaginar el trasfondo de la brutalidad de la Guerra Civil en la imaginación del autor, y de sus lectores.

Con todo, también hay tiempo en la novela para momentos más tiernos, más líricos, en los que Cela demuestra su capacidad para una escritura poética que no suele asociarse con su obra. Se trata, por ejemplo, de las páginas que describen el duelo por la muerte de Pascualillo, o los enamoramientos de Pascual por sus sucesivas esposas, tan apasionados como sus odios. (Si resulta coherente que un personaje semianalfabeto escriba como escribe Pascual Duarte, esa es otra cuestión; aunque a lo mejor sobre eso deberíamos preguntar al ficticio transcriptor, y no a Camilo José Cela...).

No puedo dejar de comentar, también, el elemento más moderno en una novela por lo demás muy clásica, incluso en el estilo: me refiero a los cortes -líneas de puntos suspensivos que atraviesan el texto, en algunos pasajes de manera casi continua-, y que el lector puede suponer que corresponden con aquellos momentos en que el transcriptor ha preferido ahorrarnos la lectura de pasajes poco edificantes o demasiado gráficos; así, aunque lo que se nos narra es a veces muy duro, se deja a la imaginación lo peor, lo que ni siquiera puede ser dicho.

No sé, sinceramente, si La familia de Pascual Duarte es la novela de un Premio Nobel. Me cuesta mucho juzgarla desprejuiciadamente, como si no supiera quién es Cela, como si no hubiera visto sus anuncios de la guía Campsa ni su entrevista con Mercedes Milá hablando de sorber agua por el recto. Ni su carta ofreciéndose para delatar a otros escritores. Pero lo que sí puedo decir es que, releyéndola ahora, después de muchos años, la he disfrutado, y hasta me ha sorprendido en algunos pasajes menos conocidos. Quizás con el paso del tiempo, cuando se borre la memoria de su autor, la obra de Camilo José Cela merezca ser rescatada...