jueves, 27 de noviembre de 2014

Leonardo Sciascia: El archivo de Egipto

Idioma original: italiano
Título original: Il consiglio d'Egitto
Año de publicación: 1963
Valoración: recomendable

Leonardo Sciascia es conocido sobre todo por sus novelas policiacas, algunas de ellas ya reseñadas en este blog; sin embargo, más que a un género, a Sciascia hay que relacionarlo con un espacio: Sicilia. (Así entre paréntesis, no está mal la nómina de 25.000 km2: Lampedusa, Quasimodo, Pirandello, Camilleri...). Y en este caso, Sciascia se acerca a este espacio a través del molde de la novela histórica, aunque, como era de esperar, con un toque muy personal.

La trama central de El archivo de Egipto (o El consejo de Egipto, en otras ediciones) es la historia de una falsificación: a finales del siglo XVIII el abate Vella, para poder ascender en la jerárquica sociedad siciliana y obtener reconocimiento y prestigio, altera un manuscrito árabe que narra la vida de Mahoma, para transformarlo en una desconocida historia de Sicilia; animado por el éxito de su empresa, pasa luego a inventar un amplio volumen, también supuestamente árabe, El archivo de Egipto, que permitiría demostrar que los nobles sicilianos han llevado a cabo una tarea secular, casi milenaria, de expropiación de los bienes comunes.

Aunque esta trama es la principal, y la peculiar psicología del abate Vella (ambicioso, manipulador, inteligente, escurridizo) es lo más memorable, los demás materiales literarios añadidos a este tronco principal contribuyen a crear una obra coral, en la que se retrata el conjunto de la sociedad de Palermo, con sus tensiones entre la monarquía renovadora y la nobleza feudal conservadora, entre los primeros iluministas y los guardianes inquisitoriales de la ortodoxia. Así, surge, como único héroe posible de esta historia, la figura del abogado Di Blasi, cabecilla de una revolución fallida contra los poderes establecidos.

Se perciben así en esta novela algunos de los temas permanentes en la obra de Sciascia: la crítica al poder absoluto y al fanatismo, la reflexión sobre el origen de los males de Sicilia o la oposición constante entre fuerzas modernizadoras y tradicionalistas. También hay en El archivo de Egipto un cierto barroquismo en el estilo y en la estructura que son muy propios del autor, que nunca cuenta solo lo que parece estar contando a primera vista. Esto hace que la lectura de El archivo de Egipto no sea necesariamente fácil, pero sí muy rica en interpretaciones.

También de Leonardo Sciascia en Un Libro Al Día: Muerte del inquisidorPuertas abiertasActas relativas a la muerte de Raymond Roussel, Una historia sencilla

miércoles, 26 de noviembre de 2014

Sébastien Japrisot: Largo domingo de noviazgo

Idioma original: francés
Título original: Un long dimanche de fiançailles
Año de publicación: 1991
Traductor: Manuel de Lope
Valoración: Muy recomendable

Reconozco que llegué hasta este libro porque he visto en más de una ocasión la película homónima dirigida por Jean-Pierre Jeunet, que me encanta (vale, sí... también me gusta Amélie, lo admito). De otra forma, tal vez nunca me hubiese interesado por esta novela, ya que en las librerías a menudo se la coloca en las estanterías dedicadas a "Literatura Romántica" (entiéndase Danielle Steel o Nora Roberts, no Goethe o Schiller), sección que no suelo frecuentar.

La historia que cuenta Largo domingo de noviazgo, para quien no conozca la película, es la siguiente: en enero de 1917 cinco soldados franceses, condenados en Consejo de Guerra por haberse autolesionado para conseguir licenciarse del ejército, son arrojados, maniatados, a la "tierra de nadie", frente a una trinchera conocida como "Bingo Crepúsculo". En principio, parece que ninguno de ellos sobrevive, pero dos años más tarde, la novia del más joven de ellos, a partir del testimonio del cabo que les había custodiado hasta allí, un tal Esperanza (el apellido no está puesto al azar, desde luego), comienza a investigar lo sucedido y, cuando vislumbra la posibilidad -aun muy remota- de que su amado Manech siga vivo, a buscarlo removiendo cielo y tierra, si es necesario. Durante su pesquisa se irá cruzando con toda una serie de personajes que, a su vez, le irán relatando sus propias -y por lo general malogradas- historias, componiendo toda una estampa de aquella posguerra victoriosa, pero no por ello menos desgraciada. De esta manera, la novela, trenzada con una prosa de gran calidad, hay que decir, transita desde la novela romántica -que ciertamente es-, hacia la detectivesca, pasando, claro está,  por la bélica (crudamente antibelicista, más bien). También, en gran medida, es una novela epistolar, pues así es como se transmiten buena parte de los testimonios.

El puzzle sobre lo que ocurrió aquel domingo de enero de 1917 es esa "no man's land" va completándose,poco a poco y a veces a trompicones, a lo largo de las páginas de la novela, mientras conocemos también las circunstancias de la vida de los personajes... Curiosamente -o no tanto-, varios de ellos también parecen vivir en esa "tierra de nadie" o, al menos, en la línea fronteriza entre la "normalidad" de la mayoría de la gente y la soledad de quien es considerado diferente, por una razón u otra: Manech -Jean Etchévery- ha caído en la inconsciencia de la locura, por culpa de la guerra; su novia Matilde Donnay es hija de una familia burguesa, de posibles, pero un accidente infantil la confina a una silla de ruedas, desde donde debe desenvolverse -y lidiar- en el mundo de la gente que puede andar. Otro de los condenados de Bingo Crepúsculo, el campesino Nôtre-Dame, es hospiciano. Ange Bassignano y su amante Tina son marselleses, hijos de inmigrantes italianos (como el propio Japrisot, cuyo verdadero apellido era Rossi) y su mundo es el de la prostitución y el lumpen carcelario... Igual que bordean esa frontera Bastogne -o "Eskimo"-, ebanista parisino que ha buscado oro en el Gran Norte; su amigo Biscotte, cornudo arrepentido, o incluso Célestin Poux ("el Terror del Ejército"), culo inquieto incapaz de quedarse mucho tiempo en ningún sitio... Con ellos compartiremos ese territorio sin dueño, entre dos trincheras, al que tan a menudo parecen empujarnos los poseedores de las certezas sin fisuras, los guardianes de las verdades absolutas.

En todos los pueblos de Francia, por pequeños que sean, existe un monumento con los nombres grabados de los hijos de la localidad caídos en la Gran Guerra, matanza que inauguró un siglo pródigo en ellas... Y se me ocurre que, en este año de centenarios -no sólo el de esa carnicería- recordar simplemente a esos muertos resulta más honesto que erigir estatuas o hacer homenajes a los vencedores o vencidos de ésta o cualquier otra guerra. Después de todo, si de algo podemos estar seguros es de que, en estos casos, los muertos siempre tienen la razón.



martes, 25 de noviembre de 2014

Risto Mejide: Urbrands

Idioma original: español
Año de publicación: 2014
Valoración: autobombo intrascendente

Ay, Risto, paisano. Yo andaba muy a mi aire sin contemplar la posibilidad de que nada pudiera relacionarnos en modo alguno. Qué relación puede tener un mundo como el de ULAD con un acre, pero efectivo comentarista de deprimentes concursos hundidos directamente en las simas de la telebasura? ¿O hasta con su nueva guisa, la del aguerrido entrevistador que acorrala al entrevistado en una hábil reconducción de la cercanía*? Pues ninguna, hasta que doy con una declaración suya donde dice que lo que piensa que se le da mejor es escribir. De hecho, eso mismo viene a decir en uno de los párrafos de este libro. Eso, Risto, paisano, se llama provocación. Sin matices ni atenuantes. Si un señor que, parapetado tras unas sempiternas gafas oscuras, se ha hecho un nombre enviando a un rincón a llorar a montones de émulos de artistillas, incluyendo niños y adolescentes, dice que lo mejor que hace es eso, escribir, pues vamos a verlo. En la calle te espero, Risto.
Primero: eso de la marca personal, subtitulando en esa horrible portada. ¿Qué? ¿Oigo ecos de la palabra autoayuda? Eso de construir una marca personal. Uy, uy, uy. Claro, él ha triunfado en base a eso: cara de escepticismo ligeramente contrariado (perdonad que os diga que los catalanes tenemos una expresión para eso: cara de pomes agres - cara de manzanas agrias), régimen estricto de no más de una sonrisa al mes, siempre como preámbulo de una diatriba ácida y sarcástica. Mucha marca, Risto. Pero una lectura atenta de tu libro tiene que hacer de mí otro ser único, ¿no? Empecemos, pues.
No ayuda que la solapa en que el autor es presentado obvie datos fundamentales: parece que dé por entendido que ya los sabemos. Y las apariencias importan, aquí. Sí que menciona el haber estudiado en la misma cara y elitista escuela de negocios barcelonesa donde lo hizo Iñaki Urdangarín. Enough said.
Pero, más allá de la solapa (que es posible que muchos ni vayan a pararse a leer) el contenido de Urbrands es, más o menos, lo que cabría esperar. Que es una especie de fabulación, a ratos amena pero también confusa, ampulosa, inmodesta, cargante y pretenciosa, sobre cómo edificar una marca personal de forma parecida a un núcleo urbano. Bueno, eso he creído entender, entre conceptos de marketing (esa nauseabunda costumbre de intercalar términos en inglés con el mínimo pretexto), citas a textos de marcado carácter empresarial, ejemplos insertados con calzador, autobombo a cascoporro, disertaciones bastante espesas buscando analogías que hagan comprensible la lectura a todos los segmentos de público proclives a admirar al amigo Risto. Que para nada enfatiza el hecho de que vive, ocho años después, a costa de la complicidad que generaba su ensañamiento con cuatro aspirantes a estrellas del karaoke. Pero hay más, aunque debería decir menos. Porque justo lo que debería salvar a Urbrands de la mera consideración de artefacto fallido de autoayuda (y a la postre artefacto certero de autoinmolación para todo el que fracase aplicando a rajatabla sus postulados) es lo que hace hundir definitivamente su pretensión. Resulta que al hombre le da por intercalar unos pasajes en plan voy a hacer un homenaje al género femenino en los que, lógico si se piensa que lo que se estaba perdiendo el mundo era su aportación literaria, Risto se despoja de su duro caparazón de inmisericorde estrella de la tele 2.0 y nos regala perlas como:

"Por mi cabeza rondaban las preguntas menos adecuadas si uno lo que pretende es cerrar los ojos"
"Con Roma me ha salido todo al revés. Hasta su nombre"
"Porque por mucho que le oliese la boca, jamás pudieron afear la voz que salía de ella, vía directa a su corazón"
"Me gustaría que esto que tanto duele fuese lo que me aplasta el pecho y me araña las vísceras y el corazón"

¡Acabáramos! Resulta que se nos puso tierno, el hombre. La palabra "corazón" en dos frases escogidas al azar. Aquí, mi amigo Azul Sánchez, sin duda alguna el tipo que mejor etiqueta textos de blogs de todo el Universo, se hubiera puesto las botas. De hecho, lo desafío a que comente y nos regale alguno de los apelativos que frases como éstas le merecerían, en el contexto de un tipo malcarado que no ha tenido el mínimo reparo en fundir y finiquitar con dos frases de las suyas (certeras, eso sí) las deprimentes e incipientes carreras de montones de aspirantes a artistas de penúltima categoría.

Porque es muy patente que Risto Mejide no ha leído suficiente narrativa para que se le haya pegado, al menos, el sentido del ridículo. Ensayos sobre marketing y branding y benchmarking y todos los xxxxxing, muchos, pero narrativa, poquita. Apenas la menciona, ni la cita de forma memorable. Y miren, yo soy de la idea que los grandes escritores suelen ser grandes lectores. Una manía como otra, perdonen.

No: escribir no es lo que mejor haces, Risto. Ni siquiera lo haces consiguiendo deshacerte del personaje que has creado, que te da de comer y te fascina. No logras pasar la prueba de nivel que te permite, otro concepto que manejas en este batiburrillo, trascender. No, otra vez: tu libro pasa al estante a acumular polvo, se olvida tan rápido como se lee y se desiste de comprender y de ejercitar sus consejos, que no surgen de tu corazón sino de tu ombligo y de tu desmedida y comprensible ambición. La obsesión por presentarte y desgranar tus éxitos lastra cualquier conato de frescura y espontaneidad, y otorga a Urbrands, finalmente, la condición de producto. Que igual, Risto, paisano, es lo que querías.

* Aclaro que esto lo escribo antes de que entreviste a alguien tan mediocre como Melendi. 

lunes, 24 de noviembre de 2014

Alexis Ravelo (M. A. West): El viento y la sangre

Idioma original: español
Año de publicación: 2013
Valoración: Recomendable




Contundente, escabrosa, construida según los esquemas del pulp, El viento y la sangre de M. A. West no escatima detalles, aunque solo en escenas clave que, verdaderamente, no abundan.

Al comienzo de la acción contemplamos la huida de un delincuente de poca monta, Daniel Morton, que pretende traspasar la frontera con Canadá acompañado de una antigua novia y respaldado por un botín reciente. Pero Lorna –cuya decepción viene de atrás– solo accede a entrevistarse con él por temor a su mal carácter. Un secuestro y varios asesinatos más tarde se empieza a vislumbrar la verdad de los hechos, el responsable no es un detective al uso sino Rudy Bambridge, un sicario del crimen organizado, excepcionalmente lúcido, que acabará imponiendo su propia ley, en realidad la de su jefe, con la mayor rapidez y eficiencia.

Y estas son, precisamente, las cualidades que encontramos en la prosa. M. A. West nos presenta los hechos de forma escueta, evitando perderse en descripciones, con la precisión de cualquier thriller que se precie. Los personajes, de una sola pieza, construidos sin fisuras, se reconocen a través de sus actos y de la opinión que los demás tienen de ellos. El capo, el matón con sentimientos, el hombre de negocios, la miembros de la banda que da el golpe, la víctima, la mujer rehabilitada, el matrimonio convertido en su protector. Y poco más.

¿M. A. West o Alexis Ravelo?

En el prólogo se explican las circunstancias que condujeron al novelista a publicar con nombre ficticio. Se disculpa, pero no tendría por qué hacerlo. Como él mismo señala, se trata de un juego y de un experimento, y eso cualquier lector de ficción lo entiende. O debería entenderlo, porque la literatura es eso, un engaño convenido, un juego de espejos, la realidad filtrada y convertida en mera verosimilitud. La treta exige, a su vez, más ficción añadida: una biografía del supuesto autor, la trayectoria profesional, el recorrido editorial de su obra y las circunstancias de la actual traducción, como mínimo. Estos datos aparecían en ese primer prólogo que, naturalmente, no se incluye en esta segunda edición y que, lo confieso, me hubiese encantado leer. La pena es que tanta explicación solo un año más tarde y la inclusión del verdadero nombre del autor junto al inventado destruyen el misterio, y el encanto obtenido se diluye ante tanta objetividad.

Cuando estaba en la facultad aprendí que el mismo texto adquiere un sentido radicalmente distinto según el momento y lugar donde fue escrito. Que Hamlet, por ejemplo, publicado hoy, palabra por palabra sin que falte ni sobre una coma, por –pongamos– una escritora californiana que realice la proeza de imitar fielmente el inglés de hace cuatro siglos, no sería el drama clásico que conocemos y que, sin entrar en valoraciones, su posición en la historia de la literatura sería, sencillamente, otra.

En eso consiste, nada menos, la aventura iniciada por el novelista canario que, decidido a no encasillarse, abandonó sus hábitos creativos hasta el punto de que el resultado ni siquiera pareciese salido de su pluma. Supongo que  no ha sido nada fácil ponerse en la piel de un narrador americano de los años cincuenta, adoptar su (posible) mentalidad, pautas de escritura y tics diversos, concebir un lenguaje que hiciese creíble el inexistente trabajo de traducción, idear una trama que pudiese llevar a cabo sin abandonar esos requisitos y, así y todo, conseguir un efecto más que digno y tan atractivo como el que más para el lector de hoy.

domingo, 23 de noviembre de 2014

Colaboración: El alquimista de Paulo Coelho

Idioma original: portugués
Título original: O Alquimista 
Año de publicación: 1988
Valoración: Intragable

Antes de empezar, como siempre, echo un vistazo a la contraportada e informaciones varias que tiene a bien presentarnos el Sr. editor. Y en este caso, me encuentro con que me iban a contar cosas como que cada uno tiene una Historia Personal (así, en mayúsculas), o algo sobre la forma de integrarse en Todas las Cosas (sic). Lo que sirvió sin más para empezar la lectura en alerta roja.

No fue exageración. Lo que tenía delante era algo que parece una larga, muy larga parábola como las del Nuevo Testamento, en que se van sembrando, cual semillitas de una Nueva Religión Panteopsicológica, los lugares comunes habituales en los manuales de autoayuda, el descubrimiento de Uno Mismo, en Sí y en Armonía con Todas las Cosas, el Lenguaje Universal que comunica a hombres, ovejas y piedras, el Alma del Mundo, y cosas por el estilo.

Vamos, que sobreponiéndome a tal proliferación de nombres propios, y a la invencible tendencia del autor a los personajes-arquetipo de la Vida Pura, la lectura resulta ser (salvo ese final elíptico, que me pareció bien construido) un moderado tostón con muy escaso o nulo interés para el lector que –como el que firma- no guste de este tipo de peroratas.

Personalmente, vislumbro una conexión entre el fundamentalismo islámico y esta plaga de psicopedagogos, sectas y telepredicadores que se extiende por occidente. Pero bueno, la verdad es que la teoría no está muy elaborada, y además le reconozco un cierto tono punki tipo Brian Aldiss, así que igual lo dejo para otro foro menos sensato que éste. Pero bueno, ciñéndonos al libro que ahora toca y a nuestro entorno europeo, lo clavaba hace muy poquito el afilado articulista Pablo Martínez Zarracina: "Hay que tener cuidado con el hombre moderno. Para él muchas veces lo contrario del estrés y del infarto no es la calma, sino Paulo Coelho".

Bueno va, nos hemos ido un poquito del tema. Pero como de literatura hay tan poco que hablar a la vista del librito, al menos da para divagar un poquillo. De todas formas, y volviendo a nuestra joya del día, hay que agradecer al Sr. Coelho que al menos se haya abstenido de pretender adornar sus lecciones de cristianismo pagano con florilegios literarios o figuras retóricas. Esta especie de Principito con ínfulas filosóficas es completamente plano y neutro desde el punto de vista estilístico.

Y encima, es cortito y con muchos espacios en blanco. Su mejor virtud.

Firmado: Carlos Andia

sábado, 22 de noviembre de 2014

Fabio Morábito: El idioma materno

Idioma original: español
Año de publicación: 2014
Valoración: Muy recomendable

Si alguien mira las etiquetas de esta entrada, leerá que he incluido a Fabio Morábito como escritor italiano, mexicano y egipcio al mismo tiempo. Esto es así porque no sé cómo catalogarlo, pues, aunque a menudo se le considera autor mexicano, él nació en Alejandría, se trasladó a Milán cuando tenía tres años (su familia es italiana) y a México cuando tenía quince. Como yo no sé cómo se considera él a sí mismo (que al final es lo que importa), yo decido no pronunciarme al respecto, pero incluyo aquí este dato porque creo que tiene mucho que ver con el libro que reseño hoy, El idioma materno.

La última obra de Morábito es una colección de ochenta y cuatro minirelatos o miniensayos en la que el autor nos habla no sólo de sus orígenes como escritor o de su relación con la literatura y con los libros, sino también del lenguaje, del idioma (del materno y de los idiomas que uno aprende a lo largo de su vida) y, sobre todo, de las relaciones que uno establece con todo lo literario. Sin ser una autobiografía en el sentido estricto de la palabra (aunque sí una obra absolutamente metaliteraria), Morábito realiza un interesante, divertido y realista retrato de lo que supone vivir de y para el lenguaje, de lo que nos limita y nos engrandece hablar un idioma en concreto y de lo que la pasión lectora puede producir en todos nosotros.

Cada uno de los textos tiene una extensión menor de dos páginas y, sin embargo (o gracias a ello), produce en el lector una impresión que pocos libros consiguen en cientos de ellas. Se nota que Morábito es poeta porque utiliza el lenguaje con gran maestría, pero lo que al final logra enamorarnos de sus textos es la ironía, el humor, la fuerza expresiva y la lucidez que todos ellos desprenden. El idioma materno, por tanto, no debería faltar en ninguna biblioteca, especialmente en la de los que se consideran amantes de los libros, conozcan o no de antemano la extensa y excelente obra anterior de este autor cuyo origen soy incapaz de determinar.

También de Fabio Morábito: También Berlín se olvida.

viernes, 21 de noviembre de 2014

Patrick Modiano: La hierba de las noches

Idioma original: francés
Título original: L'Herbe des nuits

Traducción: Mª Teresa Gallego Urrutia
Año de publicación: 2012
Valoración: recomendable

Confieso que yo soy una de esas personas (y creo que no soy precisamente el único) que cuando le dieron el Premio Nobel a Modiano pensaron: "¿Por qué?". Hasta el día del Nobel solo había leído una novela suya, En el café de la juventud perdida, y coincido totalmente con la reseña que le hizo Montuenga: me pareció una sinsorgada llena de tópicos y con una imagen mitificada de la bohemia parisina que, la verdad, me pareció ya bastante pasada: cafés, mujeres misteriosas, paseos nocturnos... ¿No hemos leído ya esto mil veces antes, desde el siglo XIX hasta ahora?

Pero bueno, como le dieron el Nobel me sentí en la obligación de leer algún otro libro suyo, para poder hablar con conocimiento de causa, así que me compré este, uno de los últimos, La hierba de las noches, y la verdad es que me ha gustado más que En el café de la juventud perdida, que tampoco era difícil. Y ahora, voy a hacer como cierta revista de cine que resume "Lo mejor" y "Lo peor" de las películas, por variar un poco más que nada.

Lo mejor: Empezando por lo que cabía esperarse de un Premio Nobel: Patrick Modiano escribe bien, y no me refiero tanto al estilo sino a la construcción de la novela, autorreflexiva y consciente en todo momento del ritmo narrativo. La novela se desarrolla a través de los recuerdos más o menos fiables, más o menos deshilachados del autor sobre acontecimientos que ocurrieron casi cincuenta años antes; para reconstruirlos se ayuda de una pequeña libretita negra en la que anotaba casi arbitrariamente nombres, direcciones, frases, descripciones, y de un dossier policial que le entrega un funcionario jubilado.

Esa es una de las claves para que me haya gustado esta novela más que En el café...: que hay, aunque sea sutilmente, un cierto aire de misterio casi detectivesco en la novela. Relativamente pronto en la novela descubrimos que casi todos los personajes guardan algún secreto, que casi todos (solo se salvaría prácticamente el narrador) están envueltos en algo turbio, y tendremos que esperar casi hasta el final para descubrir de qué se trata. Es sobre todo el personaje femenino principal, Dannie, quien más evidentemente esconde algo, o mejor dicho, casi todo. (Aunque el desenlace, dicho sea de paso y sin querer hacer spoilers, no termina de responder a tantas expectativas).

Lo peor: Que, como el propio Modiano ha declarado, en realidad siempre escribe la misma novela. Sí, esta me ha gustado más que En el café de la juventud perdida, pero hay tantos elementos comunes que no me extrañaría acabar confundiéndolas, con el tiempo: tenemos París, por supuesto, con sus barrios numerados, sus líneas de metro, sus bulevares y sus cafés noctámbulos; tenemos a una muchacha misteriosa que lleva al narrador de un sitio para otro como un perrito faldero; tenemos un ambiente entre bohemio y patibulario con un conjunto de personajes secundarios bastante sospechosos...

En fin, que si todas las novelas de Modiano van a ser así, con leer una o dos es suficiente. Escribe bien, faltaría más, tiene sensibilidad para crear personajes y ambientes; pero con eso no basta -no debería bastar- para que te den un Nobel. Para eso, que se lo hubieran dado a Murakami, y acabábamos...