jueves, 21 de junio de 2018

Rutu Modan: Jamilti y otras historias

Idioma original: inglés 
Título original: Jamilti and Other Stories 
Año de publicación: entre 1998 y 2007 
Traducción: Lorenzo F. Díaz y Eulàlia Sariola 
Valoración: recomendable

No quisiera ser yo, precisamente, quien ahondase en la idea tópica y espero que ya casi desterrada de considerar el género de la historieta o lo que se conoce como "novela gráfica"  como algo de menor categoría que el de la narrativa tradicional en prosa (o verso, qué caramba). Pero es que leyendo este libro de la israelí Rutu Modan no he podido dejar de pensar que si se tratase de un libro de relatos "clásico", perfectamente se podría alinear junto a los de ....... (poner en la línea de puntos el nombre del cuentista favorito de cada cual... claro, siempre que no sea de Chéjov o alguien así). Se trata, en efecto de un volumen que contiene una serie de historias cortas, publicadas casi todas, entre 1998 y el 2007, por Actus Independt Comics, un colectivo alternativo editorial  y de dibujantes de cómics al que pertenece esta autora.

El libro está compuesto, ya digo, de siete historias, de variada temática argumental, aunque tienen en común, de forma más evidente o velada, la presencia de la familia como marco en el que se desarrollan -en menor medida, sin embargo, la última, Su mayor fan-; o, mejor dicho, el desencuentro o el encontronazo, con esa familia que condiciona el devenir de los personajes. En el relato que da título al libro, Jamilti y en El rey de las rosas, es la familia que aún no ha sido formada, de la que se podrían guardar las mejores esperanzas y que sin embargo ya auguran las peores decepciones antes de formarse. Cierto es que en El rey de las rosas la delirante historia oculta un poco también otra lectura más feminista de la misma. El primer relato, por su parte, supone una inmersión en la dura realidad de la zona, con el conflicto con los palestinos siempre presente.

El mismo transfondo bélico, en cierto modo, está presente en Vuelta a casa, que se desarrolla en un kibbutz junto a la playa, en el que un avión despierta la esperanza de un padre de volver a ver a su hijo. Los demás relatos, sin embargo, podrían estar ambientados csi en cualquier sitio del mundo; de hecho, El rey de las rosas lo está en la Europa de comienzos del siglo XX y el último del libro, Su mayor fan, en Sheffield, aunque cierto es que la "juidicidad" y sus variantes tiene mucho que ver con el desarrollo -especialmente irónico, hay que decir- de la historia. Las tres restantes, sin embargo, inciden más directamente en ese ambiente familiar que he mencionado, y más en concreto en las relaciones materno (y algo paterno)-filiales: las estupendas Bloqueo de energía y Lo pasado, que se desarrolla en un hotel de veraneo, y la sarcástica y hasta tronchante El asesino de las bragas, que va... pues de eso, de la caza de un asesino en serie que coloca ropa interior en la cabeza de sus víctimas.

En cuanto al estilo gráfico, el dibujo de Modan se caracteriza por una aparente sencillez, utilizando sobre todo líneas  curvas y formas redondeadas que le dan un toque expresionista, e incluso haciendo gala de un cierto feísmo, en algún momento. No obstante, también hay algún ejemplo de dibujo mucho más cuidado -o de apariencia de serlo-, en Su mayor fan (similar al de uno de los cómics más conocidos de esta autora, La cena con la reina), con un estilo que casi se aproxima a la clásica "línea clara" y que nos permite ver sin lugar a dudas que el trazo descuidado de otras ocasiones es una elección estética y hasta un recurso narrativo, más que una carencia.


miércoles, 20 de junio de 2018

Wajdi Mouawad: Bosques (La sangre de las promesas)

Idioma original: francés
Título original: Forêts
Traducción: Eladio de Pablo (edición en castellano), Cristina Genebat (edición en catalán)
Año de publicación: 2006
Valoración: bastante recomendable

En esta obra teatral, tercer volumen que compone «La sangre de las promesas», Wajdi Mouawad sigue haciendo hincapié en los orígenes, las raíces familiares, el pasado y la tragedia. Y es que la búsqueda de la identidad es un tema nuclear en las obras de Mouawad que componen esta tetralogía.

De forma similar a «Litoral» o «Incendios» (obras anteriores a la que ahora nos ocupa), el autor va directo al grano en su inicio, partiendo de un hecho clave para, a partir de ahí, desgranar una compleja historia familiar, recorriendo la vida de sus miembros pertenecientes a diferentes generaciones. En la que probablemente sea la obra más ambiciosa de Mouawad, principalmente por su compleja estructura, el autor nos presenta un relato donde la acción se va alternando entre varios momentos temporales para recorrer una genealogía de evolución algo truculenta, como no puede ser de otra manera hablando de Mouawad.

Así pues, la obra empieza con la celebración de una fiesta en la que Aimée (protagonista central del libro) aprovecha para anunciar a su círculo de amigos que está embarazada. En medio de la celebración, Aimée sufre un ataque epiléptico durante el cual recrea situaciones y menciona nombres que nadie de los presentes conoce y que pertenecen a momentos muy anteriores a su propia vida. Ya en la consulta del doctor, se analiza la causa de sus ataques y obtienen un diagnóstico nada común de su enfermedad que será el desencadenante de la historia. Y ya no os cuento más para no dar más detalles sobre su argumento.

Con este planteamiento, Mouawad teje una historia de tragedias, de crueldades, de tristeza y soledad, de sentimientos apasionados hasta rozar la locura y la obsesión, no únicamente en lo tocante a los aspectos sentimentales sino también en lo referente a la concepción de la vida y la sociología. Asimismo, el autor se sirve de la presencia de múltiples personajes de diferentes momentos históricos para hacernos testigos de las épocas más relevantes de la historia de Europa del siglo XX. Así, la historia transcurre por la primera guerra mundial, la ocupación nazi, la caída del muro de Berlín... de manera que la narración permite al autor hacernos partícipes de una serie de hechos históricos, ofreciendo un canal al autor para mostrar aquello que las personas albergan en su fuero interno, en su yo más íntimo (y despiadado a veces), llevándolas al extremo hasta encontrar el núcleo de lo que conforma la psicología humana.

Estructuralmente, hay cierto aspecto que, a mi entender, no hace que esta obra sea completamente redonda: se plantean demasiadas alternancias temporales, con sus respectivos protagonistas, que provocan algo de confusión al lector a pesar del intento de su autor en repetir varias veces, durante la narración, la línea sucesoria. Siendo así, no sería una mala idea para quién lea la obra anotar los personajes clave y echar mano de vez en cuanto a esas anotaciones, para poder encajar la historia y asegurar su comprensión y coherencia. Aparte de este aspecto, consecuencia de una obra tan ambiciosa, el relato consigue mantener al lector completamente atrapado, especialmente superada la primera mitad, con una historia que coge impulso con la fuerza con la que el autor nos tiene acostumbrados. Es a partir de ahí cuando aparecen los personajes más potentes, más oscuros y sórdidos, más cercanos a esa parte inhumana que también habita en las personas. Es en estos paisajes casi claustrofóbicos del bosque donde Mouawad nos permite ver su visión más trágica de la humanidad, formada por una sociedad donde las intenciones no siempre son tan nobles como parecen, donde los mundos, cuando son cerrados, limitan las posibilidades de conseguir algo mejor.

Tristeza, dolor, pesar, abandono, miedo, impacto, son algunos de los grandes temas que encontramos en esta obra teatral, llena de tragedia, pero también de amor a la familia, de amistad y perdón, de tolerancia y reconciliación ... todos estos elementos son tratados por el autor elaborando una obra que te mantiene atrapado hasta el final, un texto en la que Mouwad te ofrece una mano tendida para que lo acompañes en la historia, mientras te agarra el corazón con la otra para que no la sueltes. Extremadamente sensible y profundo en sus obras, Mouawad siempre causa impacto al tratar la tragedia existente en la condición humana, pero, a la vez, acostumbra a dejar un espacio, a veces pequeño pero siempre presente, a la esperanza.

También de Mouawad en ULAD: Ánima, Litoral, Incendios

martes, 19 de junio de 2018

Joan Lindsay: Picnic en Hanging Rock

Idioma original: Inglés 
Título original: Picnic at Hanging Rock 
Traductor: Pilar Adón 
Año de publicación: 1967
Valoración: Imprescindible

Las alumnas del colegio femenino Appleyard están de picnic el día de San Valentín de 1900 en Hanging Rock, una formación rocosa situada al sur de Australia. Esta bucólica estampa se resquebraja cuando desaparecen tres de las chicas y una de las profesoras que las acompañaba. Todo intento de búsqueda es infructuoso, y las pocas pistas que los investigadores tienen sólo consiguen ensanchar todavía más el misterio que rodea al caso.

Con esta premisa, Joan Lindsay elabora una novela que confundió a todos sus lectores por igual. ¿Acaso los eventos retratados en estas páginas sucedieron realmente? Podría ser: a fin de cuentas, el propio texto se autodefine como una “crónica” del Misterio del Colegio. Por otro lado, ¿qué sucedió con las desaparecidas? ¿Se extraviaron? ¿Las secuestraron o asesinaron? ¿Quizás hubo agentes sobrenaturales implicados en el asunto? Todas estas dudas son comprensibles, dada la naturaleza ambigua del libro al que nos enfrentamos. Incluso la propia autora se dedicó a marear la perdiz; en las entrevistas que concedía nunca respondía con claridad, probablemente encantada con el desconcierto ocasionado.

Personalmente, me ha fascinado esta ambigüedad que las páginas de Picnic en Hanging Rock supuran. Aunque el misterio que rebosa la novela no es nada complaciente, está dosificado con tanta inteligencia que su cualidad inaprensible jamás supone un problema. Lindsay no se recrea en dicho misterio, simplemente lo deja intuir e inmediatamente después se pone a hablar de cómo cambia la vida a varios personajes. Sobre todo, la de Sara, amiga de una de las estudiantes desaparecidas, la de Mike, un aristócrata de procedencia británica, y la de la directora del colegio Appleyard; pero ya iremos a eso. En definitiva, el enigma inescrutable de Picnic en Hanging Rock, así como el final abierto de la historiano frustran al lector, porque lejos están de ser el enfoque principal del libro. Al fin y al cabo, no nos hallamos ante una novela de misterio, si no ante un libro sobre el misterio. Es por eso que, por tentador que sea, en ningún momento debemos enmarcar esta novela gótica dentro del género de terror. Al menos, dentro del terror al uso. Y es que Picnic en Hanging Rock es más desasosegante que terrorífica. 

La exploración de lo desconocido y sus consecuencias en los seres humanos no es, sin embargo, el único interés del libro. Picnic en Hanging Rock también nos propone interpretaciones sobre otros temas. Por ejemplo, la convivencia de binarios antagónicos, plasmada en la diferencia que existe entre el colegio femenino Appleyard y la naturaleza. Desarrollemos un poco más esta lectura. Appleyard y su directora representan la disciplina, el orden y el raciocinio, mientras que Hanging Rock simboliza lo anárquico e imprevisible. En otras palabras, el caos absoluto. No en balde, el tiempo pierde su cualidad reguladora en la formación rocosa, y, como ya hemos adelantado, hay personas que cambian drásticamente por culpa de la influencia de ese lugar.

Ahora quedémonos un momento en el cambio que Hanging Rock (o, más bien dicho, la desaparición que allí sucede) impone a dos de los protagonistas de la novela. Podríamos empezar hablando de la transformación que sufre la directora. Su compostura se ve puesta a prueba tras el fatídico San Valentín, al ser acosada constantemente por los medios de comunicación, los familiares de las desaparecidas o sus propios trabajadores. Así, esa mujer comedida se va tornando en un ser nervioso que acaba por caer en el alcoholismo. Las desapariciones también sirven de catalizador para Mike, un joven que estaba en Hanging Rock al mismo tiempo que transcurría el picnic. A lo largo de esta historia lo veremos madurar como persona, de un modo oscuro e irreparable. Repito: el caos.

Como se habrá podido entrever, este es un relato sugestivo y evocador. Sexualidad, madurez, civilización... Estos son solamente algunos de los temas a los que nos remite. Me detengo aquí porque no me veo capacitado para seguir analizando las capas y capas que envuelven este texto; con tal de despertar todavía más vuestra curiosidad, me limitaré a añadir que en él también se puede entrever una meditación sobre la independencia de Australia y la lucha de clases. De modo que por trasfondo que no quede. 

Por cierto, la parte formal de Picnic en Hanging Rock no se queda a la zaga con respecto al contenido. La prosa de la que hace gala Lindsay es excelente. Elegante y sofisticada, aunque sencilla. Ágil, pero nunca superficial. Además, la narración está regada de frases lapidarias y un humor irónico y refinado que se usa puntualmente para hacer algo de crítica social. Una auténtica delicia, vamos.

Y sobre la editorial que recupera esta obra de culto, Impedimenta, decir que nos ha entregado un producto con el intachable acabado al que nos tiene acostumbrados. Una cubierta espectacular y motivos ornamentales a color, compuestos por graciosas volutas, son dos de las muchas sorpresas que nos deparan estas páginas. Por si fuera poco, la editorial ha tenido el buen tino de omitir una versión de Picnic en Hanging Rock con un final del todo decepcionante. Porque sí, hay una versión de esta obra que la acercaba al thriller paranormal. No sé qué sobre el "dream time" de los aborígenes, un fenómeno espacio-temporal que detiene las agujas del reloj y difumina la realidad. O sea, un completo despropósito, si lo comparas con este otro resultado, en que nadie es capaz de ofrecer una explicación remotamente convincente al Misterio del Colegio... Ni falta que hace. 

Dice Miguel Cane, en una magnífica “Introducción”, que hay dos tipos de lector potencial para Picnic en Hanging Rock: “el que sabe dónde se adentra” y el “inocente que llega a  este paraje sin imaginar las consecuencias”. Yo pertenecía al segundo tipo. Bueno, miento. En realidad, algo sabía de esta extraña obra antes de empezar a leerla. Había oído que era una novela de culto, que la historia entremezclaba la realidad y la ficción, que su adaptación cinematográfica había sido un tremendo éxito (como lo será, probablemente, la serie, estrenada este mismo mes en España). O sea, que ya sabía algunas cosas sobre Picnic en Hanging Rock.

Pero creedme cuando os digo que esta información apenas te sirve una vez empiezas a ascender por la empinada ladera de Hanging Rock. La mochila pesa, y debes despojarte de ella. Además, total, para qué la necesitas: no te aporta nada. A tu alrededor, todo es distinto a lo que podías esperar. Nada podría, ni podrá, prevenirte de lo que tiene que suceder. Debes experimentarlo por ti mismo.  

Y dejad que os dé un aviso: este libro es de los que dejan una huella indeleble en el lector. Ya nunca se podrá acudir virgen a esta obra, que te marca como si de un tatuaje se tratara. Para bien (en cada reelectura, uno puede buscar nuevas interpretaciones de forma más consicente) y para mal (se pierde el factor sorpresa, tan agradecido). ¡Así que todos a leer Picnic en Hanging Rock ya mismo! Prometido: depara todo tipo de placeres a los lectores más exquisitos.   

lunes, 18 de junio de 2018

Julián Rodríguez: Novelas (2001-2015)

Idioma original: español
Año de publicación: 2015
Valoración: entre recomendable y muy recomendable

Julián Rodríguez tiene fama, por lo menos entre algunos lectores, de joya escondida. No es un autor conocido por el gran público, por no tener no tiene ni página de Wikipedia, pero sí tiene lectores fieles y admiradores devotos. Es, además, el editor de Periférica, que nos ha dado unas cuantas sorpresas en los últimos años (la última, reseñada aquí, los diarios de la misteriosa Mary Ann Clark Bremer). Lo cierto es que como escritor su obra es bastante reducida: los poemas y relatos reunidos en Antecedentes (2010), los volúmenes autobiográficos Unas vacaciones baratas en la miseria de los demás (2004) y Cultivos (2008), y las cinco novelas que se incluyen en este volumen: Lo improbable, La sombra y la penumbra, Ninguna necesidad, Santos que yo te pinte y Las formas que buscan el cristal.

Aunque, claro, hay que hacer una matización: cuando Julián Rodríguez habla de "novelas" lo hace en el sentido clásico, el de nouvelle o novella, igual que en las Novelas ejemplares de Cervantes. Cada una de las "novelas" ocupa unas ochenta páginas, algunas de ellas menos todavía, y casi todas tienen argumentos relativamente simples, casi insignificante. En Lo improbable se nos presentan las aventuras, fundamentalmente amorosas, de un conjunto de jóvenes que se cruzan y entrecruzan por Europa; La sombra y la penumbra cuenta tres historias que transcurren en la tensión entre lo urbano y lo rural; en Ninguna necesidad el protagonista viaja a Portugal para reflexionar sobre la muerte de un ser qerido (y para huir de ella); Santos que yo te pinte es un largo monólogo de amor y desamor; por último, Las formas que buscan el cristal es otro monólogo interior que transcurre por diversos territorios y temas, pero sobre todo por Tierra del Fuego y Ushuaia.

La verdad es que lo que las novelas cuentan no es, no parece ser, lo más importante; lo más importante es cómo lo cuentan. "La reescritura es para mí tan importante como la escritura", dice el autor en el prólogo, y ese cuidado por el detalle de la prosa se nota en un estilo impresionista o minimalista, a veces elíptico y otras alambicado. No cabe duda de que Julián Rodríguez mima sus textos como piezas de orfebrería (y a veces incluye en ella joyas ajenas: poemas, cartas, textos de otras manos que integra en su discurso). Copio a continuación, a modo de ejemplo, un capítulo de Lo improbable:

GANSOS
Parejas de gansos salvajes del Canadá. De eso le hablaba a Teresa. Si uno de ellos moría, el otro ya no podía vivir. Se volvía loco. Volaba sin rumbo, a la desesperada. Para encontrar la muerte. Todo lo que tengo por compañía son las dos mitades de mi corazón, recordó.
Gansos de cabeza y cuello blancos. Nacidos de la nieve. En muchos cuentos populares de Alaska son los hijos del primer dios. Los llaman "emperadores". Pero sobre su cabeza no volaban los hijos del dios. Eran golondrinas. Golondrinas que construían sus nidos bajo las tejas de la catedral.

No todas las novelas me han parecido igual de logradas; algunas me resultan demasiado esotéricas y oscuras (en particular Santos que yo te pinte o Las formas que buscan el cristal); en cambio, aquellas que son más propiamente narrativas, como Lo improbable, Ninguna necesidad o La sombra y la penunbra (en ese orden de preferencia) me han parecido más que notables, por su combinación de relato e impresión poética, de introspección y collage. Y creo que la longitud de estas "novelas cortas" resulta ideal, porque un estilo tan detallista es difícil de sostener durante demasiadas páginas, sin cansar al lector (y al autor, probablemente).

Algo que me ha gustado menos es el hecho de que el autor insista en explicarse en forma de notas, prólogos o epílogos, en que no solo apunta las fuentes de los textos, o los agradecimientos debidos, sino también, a veces, apunta a interpretaciones o lecturas. Personalmente creo que el autor debe hablar a través de sus textos; y que una vez entregados los textos al lector, debe dejarlo hacer, sin intentar tutelarlo en el proceso de lectura. Pero bueno, esto es solo una opinión. Como todo lo demás, en el fondo.

domingo, 17 de junio de 2018

Colaboración: Juan Ignacio Colil Abricot: Un abismo sin música ni luz


Idioma original: español

Año de publicación: 2017
Valoración: bastante recomendable

Juan Ignacio Colil Abricot es un autor chileno que está en plena creatividad. Desde el año 2003 viene publicando periódicamente y sus obras han ganado diversos certámenes literarios en nuestro país. No tiene la repercusión que tienen otros autores de nuestra larga y angosta tierra porque es un escritor alejado del mundillo literario chileno y de las estridencias comunicacionales. Lo suyo es un trabajo constante y silencioso, que poco a poco está dando frutos, incluso más allá de nuestras fronteras. El año 2016 fue especialmente exitoso en su carrera literaria, siendo premiado en Córdoba, Argentina, con su libro, Los muertos pueden esperar y en el certamen organizado por la librería Cosecha Roja y JPM Ediciones en Valencia, España, con Un abismo sin música ni luz, novela editada solo en España. ¿Cuántos autores pueden ostentar premios internacionales en un mismo año con novelas inéditas?
El relato de Un abismo sin música ni luz, toma prestado el título de una canción, que aparece en el epígrafe, de la incombustible Violeta Parra, Runrun se fue pal norte, que no solo es una letra escogida al azar, sino que también nos pone en la pista de lo que sucederá dentro del relato. La narración se enmarca dentro de la gran tradición de la Novela Negra, por tanto, a medida que transcurre la narración, uno empieza a reconocer elementos sustanciales a este tipo de relato: un crimen, un detective que comienza una investigación informal y hechos que van develando el lado oscuro de la sociedad. El relato no decepciona en este aspecto, pues se rige por los parámetros que uno espera de este tipo de narraciones.  Sin embargo, el cómo se cuenta el relato sorprende: está contado en 66 fragmentos, sin un narrador que unifique las historias. Los fragmentos no parecen desarrollarse lógicamente, ya sea causal o consecutivamente, sino que dan saltos temporales y cambia de personajes y lugar.  Dentro de los fragmentos, tampoco existe un narrador que vaya presentándonos en qué tiempo y dónde van ocurriendo los hechos. Pareciera que el “autor” solo recogió cápsulas olvidadas en el tiempo y las juntó sin ningún orden. Avanzado el relato, se intuye un desarrollo paralelo de varias historias en distintos momentos: se va armando un puzzle, al igual que lo hacen los investigadores. En un principio cuesta juntar las piezas, pero una vez que se van uniendo, va emergiendo la historia. 
Y, ¿qué vamos encontrando? Un crimen ocurrido en Caldera, en la costa del norte de Chile, es investigado por Trevor Ortiz. Poco a poco las líneas investigativas lo conectan con otro crimen ocurrido años atrás, en plena Dictadura chilena, en la ciudad de Copiapó, cercana a Caldera. Así empiezan a desfilar en las páginas asesinatos, mentiras, secretos, traiciones y personajes de diversa calaña. La narración va discurriendo de manera coral hacia una historia densa, de variadas capas, e increíblemente abyecta.
La prosa del relato es, en apariencia, simple y precisa, por lo que no interrumpe el ritmo de la trama. No hay descripciones muy complejas o disquisiciones filosóficas o morales. En algunos momentos, la brutalidad de ciertos pasajes realza la tensión del momento.Las palabras que más quedan resonando en este mosaico de narraciones, son las que aluden al derrumbe (moral o literal) en el que van cayendo los personajes: un profundo “abismo” del cual no pueden escapar ni culpables ni inocentes. Por otro lado, los diálogos son ágiles y, además, los pilares de la historia. Como lector, uno se acostumbra lentamente al ritmo, las formas  y las obsesiones de cada personaje. Gran mérito de Juan Colil, el manejar distintos tonos lingüísticos y hacerlos creíbles.
En suma, la novela, Un abismo sin música ni luz, no es un relato sencillo, sino que es un gran rompecabezas que desafía al lector. Asimismo, es una gran metáfora del Chile de hoy, un país fracturado (o fragmentado) moralmente; de una sociedad que trata de olvidar a la fuerza, dado que si se  bucea un poco en el pasado, el infierno aparece de las maneras más horribles. Palabras a parte para el hecho real que sirve de inspiración a la novela: el brutal asesinato en Dictadura de Gloria Stockle. Solo después de casi tres décadas se pudo condenar a los principales culpables.  Los detalles pueden buscarlos en internet o en libros que se hicieron sobre tan cruel muerte. Algunas veces la realidad nos golpea sin ninguna contemplación.

Colabora: Cristian Uribe

sábado, 16 de junio de 2018

Emil Cioran: Breviario de podredumbre

Idioma original: francés
Título original: Précis de décomposition
Traducción: Fernando Savater
Año de publicación: 1949
Valoración: Inclasificable


Veamos. Emil Cioran, rumano, hijo de un sacerdote ortodoxo, nacido en un pequeño pueblo de Transilvania. En una época simpatiza con el nazismo, aunque tampoco está muy claro, y posteriormente parece que se arrepiente. Insomne perdido y seguidor lejano de Nietzsche, se le ve deambular solo, con una vieja gabardina y aspecto desgarbado, por el Barrio Latino de París. De joven tiene el aspecto (uuuhhh, ya estamos) de un peligroso fanático, aunque no es fácil determinar de qué tipo y, ya más entrado en años, adquiere rasgos soviéticos como de ideólogo del Gulag. Es autor de obras con títulos como En las cimas de la desesperación, Silogismos de la amargura, o Del inconveniente de haber nacido, además de este Breviario de podredumbre que intentaré comentar. Qué, ¿nos atrevemos? 

Desde el primer momento tuve claro que iba a ser muy difícil valorar este libro, ni tan siquiera situarlo correctamente. A lo que más se parece es a un libro de filosofía, pero carece de una estructura lógica y no se puede decir que defienda exactamente una hipótesis. Es decir, no es un ensayo en el que se quiera demostrar nada, sino una colección de aforismos, reflexiones que no pretenden constituir una argumento y, más que en torno a una idea, parecen girar sobre una especie de corriente formada por elementos tan reconfortantes como escepticismo, hastío, desesperanza, pereza, asco, cinismo, soledad, pesimismo, vacío, sufrimiento. Un buen cóctel. Pero, aunque Emil no parece tener intención alguna de formular ese pensamiento lineal y coherente, a efectos informativos intentaré extraer algunas de las ideas que expone.

Vaya, las ideas son justo el primer blanco hacia el que este peculiarísimo autor dirige sus flechas. No nos dejemos engañar por el epígrafe que abre el libro ‘Contra el fanatismo’: aunque parece que viene un alegato por la tolerancia y la democracia, Cioran juega en otra liga. El fanatismo es execrable porque (y quizá solo porque) las ideas lo son en sí, y especialmente si se formulan como una certeza. Toda idea es aborrecible, como lo son el pensamiento y la acción. La existencia resulta intolerable, partiendo del hecho mismo de haber nacido: ‘No avergonzarse de respirar es una canallada’, así de claro. Por tanto todo aquello que suponga una reafirmación de la existencia resulta tanto más repulsivo cuanto más intenso sea. De ahí el rechazo a todo lo que no sea la insignificancia, la duda, la enfermedad, dejar el planeta como estaba al llegar. Más o menos que lo que hacía el propio Emil: nada. Salvo escribir, claro.

Si con todo ello concluimos que la vida no tiene sentido, podemos sentirnos cerca de cierto existencialismo, pero Cioran van bastante más allá. Una de sus peculiaridades es que no ofrece ninguna salida, todo lo que no sea vegetar es en sí mismo rechazable, incluida la poesía o por supuesto la religión. De ahí que haya quien sostiene que Cioran fue promocionado para desactivar a los levantiscos de mayo del 68 (realmente, estuvo de moda en los 70 y parte de los 80). Vamos, me atrevo a asegurar que quien no haya leído a este señor no sabe lo que es de verdad el nihilismo.

Y cabe también preguntarse, si la existencia resulta así de insoportable, por qué este hombre se fue al otro barrio de muerte natural a los 84 años. ¿Y el suicidio? Pues resulta que es realmente el único consuelo, pero no su ejecución, sino la posibilidad de llevarlo a cabo. Mantener ese grado de libertad suprema para disponer de sí mismo en cualquier momento y de cualquier forma es el único y gran tesoro de que disponemos, lo que nos sostiene en medio de ese marasmo de corrupción y vergüenza.

Es bastante agotador ¿no? A lo largo de ese discurso en general bastante caótico, empapado en buenas dosis de erudición pero prácticamente sin apoyo en ninguna argumentación lógica, y cayendo en algunas notables contradicciones, a veces se desliza Cioran hacia un lenguaje ligeramente poético. Y en torno a la poesía aparece justamente una de esas contradicciones, porque a veces pondera su pureza frente a lo que es obra del pensamiento, es decir, la filosofía, de la que él mismo procede. Con lo cual se podría concluir que buena parte de sus reflexiones son una rebelión furiosa contra sus propios orígenes, o tal vez hacia ese mundo de la filosofía que nunca le aceptó de buen grado.

Ya bastante avanzado el libro, creo que es en la última de las seis partes en que se divide cuando el autor rumano parece abrirnos un poco el corazón, introduce sensaciones muy personales y llega, como sin pretenderlo, a un punto importante: el insomnio. Aquí muestra una especie de desesperación porque sus horas de vigilia parecen infinitas, y quiere enfatizar la profundidad de la noche como origen de muchas de sus reflexiones. Y uno –que en eso del insomnio tiene también cierta experiencia- se pregunta si toda la devastación que nos es presentada, repetida y reinterpretada no será sino la consecuencia de esas horas interminables que, sin quererlo y aun rechazándolo, se llenan de ideas casi siempre arrebatadas y muchas veces destructivas.  Y, en lo que parece la culminación de algún tipo de delirio, termina Cioran por decir algo bastante terrible: ‘Por haber querido ser un sabio como nunca hubo otro, sólo he sido un loco entre otros locos’. Ostras, hasta un poco de pena da el hombre ¿no hubiera sido mejor relajarse con unos somníferos? 

Con su explosividad y su desorden, el libro, aunque tiene pasajes más asequibles, resulta extremadamente denso. Al lector de a pie –categoría en la que por supuesto me incluyo- le llevaría horas incontables intentar desentrañar con mucho más detalle la mayoría de las afirmaciones de Cioran, y eso que el libro es bastante breve. Podría ser un interesante ejercicio intelectual pero, como lector, tampoco me atrevería a decir que merezca la pena.

viernes, 15 de junio de 2018

Patti Smith: M Train

Idioma original: inglés
Título original: M Train
Año de publicación: 2015
Traducción: Aurora Echevarría
Valoración: muy recomendable

Pues no: ni es domingo ni en Un disco a la semana os vais a encontrar reseñado Horses o Radio Ethiopia. De hecho, debo confesar que Patti Smith nunca ha sido una artista que haya venerado en exceso. De hecho siempre recuerdo que su canción más célebre (Because the night) ni siquiera era su composición, sino la de Bruce Springsteen.
Pero insisto: tampoco busquéis una etiqueta de esas que suelo poner para horror de muchos. Libros sobre música. No. Tampoco. De hecho, las palabras canción y disco y guitarra y concierto ni siquiera aparecen en momentos memorables de este libro. Uno sabe que la autora es una artista conocida y una musa del rock'n'roll porque es algo que todos sabemos y porque existen las radios y porque en un párrafo del libro habla de un par de cheques de royalties como contenido del buzón que un día mira y quizás porque tenga curiosidad por saber cómo una persona que viaja tanto por el mundo se gana la vida. Sí, esa es la eximia mención que Patti Smith se permite a la profesión o forma de vida que la ha hecho famosa. Puedes preguntarte si sin ese sustento y esa celebridad Patti Smith hubiera publicado sus libros o no y si el discurrir de su existencia, de haber sido otra, una oficinista o una enfermera o una abogada, hubiera dado para generar estos textos.
Puedes preguntarte eso y responderte con cualquier cosa.
Pero que no te haga ignorar este texto. Porque Patti Smith hace buena una frase que he leído hace apenas unas horas, y que creo (pero no voy a buscar ese Tweet) que ha pronunciado Javier Cercas (al que admiro tanto como a veces disiento): Nadie lee tantos libros si no piensa escribir uno. Touché. Patti Smith es, entonces, se yergue en función de lo que aquí he experimentado, tan escritora como músico. Como mínimo, y teniendo en cuenta que también hay que contar con las letras de sus canciones y eso haría decantar la balanza (un poquito: tampoco le darán el Nobel como a Dylan, aunque ahora yo prefiero los Novel).
Entonces eso: Patti Smith escribe y este libro es un fragmento de sus memorias y aquí ya he tenido estos días alguna polémica más o menos encendida sobre el tema de la literatura del yo, cuando resulta que yo sí me esperaba un libro sobre música y sí tenía en mente (de hecho, llevo unos días escuchando Horses) emparentar libro y disco Y NO.
¿Por qué no? Pues, mal que me pese, porque ello sería limitarlo. Los valores de la Smith (ya no Patti) como escritora tienen bastante sustento, por sí solos. Ni idea de si lo suficiente para convencer a un editor sin el background que la avala, porque esto de los editores ya he renunciado a entenderlo del todo. Pero que como lector he disfrutado. Pues sí. No le hace falta demasiado ruido para ello. Aquí no hay lamentaciones ni nostalgia ni literatura del yo-rica (perdón, es que yo sin chistes malos es que no puedo), ni panegíricos de miles de palabras sobre lo bueno que era este o el otro y yo traidora de mí sigo en este mundo. Lo que hay son dos o tres hechos u objetos inconexos que son el armazón de una narración muy solvente y muy honesta. Un café ('Ino) en NY que cierra y al que acude cada día a escribir en una especie de mesa arrinconada que acaba considerando suya (tan suya que acaban regalándosela). Una casa desvencijada en una población costera que decide adquirir como una suerte de guiño del destino. Un viejo abrigo que ha recibido de un amigo.
Y el telón de fondo: una mujer que toma todas esas decisiones y lleva a cabo todos esos actos en medio de una soledad cómoda, nada impostada. Fred "Sonic" Smith, guitarrista de los MC5 y marido de la escritora, fallecido en 1994 y presencia tenue en la narración, como un espíritu agradable y hasta tierno que guía a su esposa, que sigue por aquí, que viaja a muchos lugares empujada por los mundos que los libros que lee le evocan. Punto fundamental de este estupendo libro. Smith es una lectora contumaz y entusiasta, peor (mejor) aún, una relectora en profundidad, la clase de persona que se sumerge de tal manera en los autores que necesita visitar los entornos que han creado en sus obras, los entornos en los que los han creado, como a la búsqueda de eso que queda en el aire y un fanático necesita respirar. Es una lectora contumaz desde antes de ser una cantante de éxito y lo ha seguido siendo, y es de esa estirpe freak que tan bien comprendemos por aquí: necesita ver el escritorio y la silla y los paisajes que sus escritores favoritos veían. Una de las principales temáticas de M Train es esa: Smith fascinada por Bolaño y por Murakami y por Sebald y por Jean Genet y visitando hasta sus tumbas y encargándose de ellas. Una veneración sincera y razonada, y mientras tanto nos cuenta su vida y sus andanzas y todo eso está tan bien escrito y suena tan veraz y poco aparatoso que ya paro: la lista de advenedizos que habrían de palidecer al leer estas páginas se haría demasiado extensa.