viernes, 10 de julio de 2020

Bill Bryson: En las antípodas

Título original: Down Under
Idioma original: inglés 
Traducción: Esther Roig i Formosa
Año de publicación: 2000
Valoración: Recomendable alto

Puede que sea cosa mía, pero creo que los libros de viajes son un género algo menospreciado dentro del mundo de la literatura. Hacer un viaje y contarlo parece, a poco que se tenga cierta buena mano, una cosa sencilla: recopilar unos cuantos datos que puedan interesar, darle algunas pinceladas personales, un poco de humor, y ya está, ese viaje guay que te has marcado convertido en libro, tu ego satisfecho y, con un poco de suerte y una buena promoción, unos magros ingresos. Bueno, ya, está bien como idea general, igual no hace falta muchísima creatividad ni un estilo depurado pero, como todo, hay que hacerlo y hacerlo bien. Y eso no es tan fácil.

Empecemos por el escenario. Salvo que seas David Foster Wallace y hayas hecho un crucero, no valen planes burgueses, como esa Semana Santa en el combinado Viena-Praga-Budapest con dos parejas amigas, ni la semana de julio en la calita de Menorca. Para ser digno de un libro, el destino tiene que ser algo potente, África, parajes polares o tierras remotas. ¿Qué les parece Australia? Es lo que ofrece Bryson, más de trescientas páginas sobre ese inmenso país-isla-continente, extremadamente lejano de casi todo, perdido en una esquina del mundo, ignorado excepto cuando se trata de deportes o de incendios. El autor se confiesa enamorado de aquella tierra ignota, lo repite muchas veces y su entusiasmo se deja ver sin rubor y suena totalmente sincero porque tampoco oculta la crítica cuando la cree necesaria. Esa subjetividad no disimulada, además de empatizar con el lector, trasmite honestidad y transparencia, y eso es un tanto a su favor, claramente.

El lugar es descomunal en todos los sentidos: unas catorce veces mayor que España, tiene apenas la mitad de habitantes, casi todos concentrados en un área mínima del sureste. Si hablamos de kilómetros, se encuentra a unos 15.000 tanto de Estados Unidos como de Europa, y cuenta con una bárbara extensión de desiertos y tierras áridas que ocupan la gran mayoría de su superficie. Las zonas urbanas son perfectamente asimilables a cualquier país anglosajón actual, con cierta nostalgia del pasado británico y fuerte presencia de los valores ecológicos. Pero también posee con una amplia región de clima tropical al norte, carreteras solitarias que enlazan ciudades separadas por miles de kilómetros de vacío absoluto, la Gran Barrera de Coral y algunos de los animales más peligrosos de la Tierra. Es decir, ingredientes de sobra para contar muchas cosas y muy interesantes.

El viaje de Bryson es una paliza bestial de miles de horas de coche, porque solo en un par de ocasiones utiliza otros medios de transporte. Unas veces solo y otras acompañado, los trayectos se llenan de paradas en lugares muy diversos, desde pequeñas poblaciones donde visita algún museo medio olvidado, antiguos enclaves mineros de los que solo queda un motel polvoriento y una gasolinera, o un punto perdido de la costa donde pueden verse líquenes de épocas cercanas al nacimiento de la vida en el planeta. Siempre con un generoso derroche de humor, porque el libro es divertido hasta diría que en exceso, y con la campechanía del viajero experimentado que no se ahorra una agotadora etapa improvisada para conocer alguna curiosidad irrelevante, ni por supuesto unas buenas cervezas con que refrescar una jornada de coche demoledora. Los bares, ya se sabe, son en cualquier parte del mundo el mejor elemento de análisis de la sociedad, y eso ningún buen autor de libros de viajes lo ignora. En los bares pero también en tiendas, en museos o en la misma calle, Bryson (que no parece precisamente tímido, pero sí educado y también irónico) conecta con los australianos, que le tienen encandilado ya desde sus anteriores experiencias. Son gente espontánea y directa, que parece desinhibida, amante de la vida y la luz, individuos felices en un mundo aislado pero autosuficiente, esa especie de pequeño paraíso en un rincón del que pocos se acuerdan. 

Y sin embargo en esa Arcadia hay zonas de sombra que todos prefieren ignorar. Una es el origen penitenciario de los primeros pobladores británicos y otra, la más importante, los aborígenes. Sobre su historia nos ilustra el libro de forma clara y amena, pero no me voy a extender más. El problema es que los aborígenes –salvo que jueguen al rugby- son todavía hoy en día una minoría ninguneada, cuyos escasos miembros se arrastran por las ciudades o malviven en pueblos remotos, muchas veces víctimas del alcoholismo. Una situación de racismo ahogado que más que a los negros recuerda a los indios norteamericanos o los inuits canadienses, pueblos abocados a la desaparición, perdida toda su identidad cultural y sin vocación ninguna (por voluntad o por capacidad) de integrarse en la sociedad blanca dominante. Tampoco se ahorra Bryson crudeza a la hora de referirse a esas situaciones, y su entusiasmo por el país y sus habitantes se empaña con sinceridad ante un problema que los australianos parecen no querer ver porque no saben (o no quieren) resolver. Es una muestra del equilibrio que muestra el libro, dice mucho sobre la honradez del autor, y constituye tal vez el único momento en que abandona de verdad la combinación entre el humor omnipresente y la fascinación por ese enorme y sorprendente país. 

Saber transmitir la experiencia personal es seguramente la mayor virtud de un libro de viajes, y en el libro tampoco faltan datos, interesantes pero no excesivos, ocurrencias o anécdotas con que dar color al relato, con todo lo cual tenemos un libro estupendo, instructivo y entretenido, al que pocas pegas se le pueden encontrar. La principal, claro está, que nos interese este tipo de literatura y, sobre todo, aquello de lo que se habla, porque si usted no tiene ninguna intención de pasarse varios días leyendo sobre Australia, a lo mejor ha perdido unos minutos leyendo esta reseña.

jueves, 9 de julio de 2020

Roberto Bolaño: Los sinsabores del verdadero policía

Idioma: español
Año de publicación: 2011
Valoración: recomendable (sobre todo para fans)

"Para Padilla, recordaba Amalfitano, existía literatura heterosexual, homosexual y bisexual. Las novelas, generalmente, eran heterosexuales. La poesía, en cambio, era absolutamente homosexual. Dentro del inmenso océano de ésta distinguía varias corrientes: maricones, maricas, mariquitas, locas, bujarrones, mariposas, ninfos y filenos. Las dos corrientes mayoritarias, sin embargo, eran las de maricones y la de los maricas (...)".

De esta forma tan jacarandosa comienza Los sinsabores del verdadero policía; después el tal Padilla, alumno y amante del profesor Amalfitano, se explaya en una clasificación casi taxonómica y bastante tronchante de los poetas más famosos, según su grado de mariconez, etc. (pido disculpas por emplear este tipo de lenguaje y temo arder en el Infierno por ello, pero creedme que en este caso no se puede decir de otra forma). Padilla, que es un poco el númen malévolo -viciosillo sería más propio- de la novela, es un brillante joven barcelonés que, entre sesión de sexo y otra de poesía, se pelea con quien haga falta y escribe una novela titulada El Dios de los homosexuales. Amalfitano es un profesor de literatura chileno que recae en la Universidad de Barcelona tras un periplo por medio mundo, junto a su hija Rosa. Seducido por Padilla -nunca antes había tenido relaciones sexuales con hombres-, el escándalo de follar con ese alumno y otros provoca que le despidan (la novela se desarrolla en los años 80 del siglo XX, que eran más pacatos que los actuales, aunque quizá menos mojigatos) y encuentre como única salida un puesto en la Universidad de Santa Teresa, en Sonora, México. Desde allí inicia una relación epistolar intermitente con su ex-alumno y ex-amante, que articula buena parte de la novela.

Pero no todo es sexo homoerótico y sin freno -aunque hay bastante y sin ambages- en esta novela, que está estructurada en cinco capítulos cuyos títulos oscilan entre lo obvio y lo críptico: La caída del muro de Berlín - Amalfitano y Padilla - Rosa Amalfitano - J. M. G. Arcimboldi - Asesinos de Sonora; en ellos encontramos desde descripciones de lugares o trayectos vitales bastante peculiares a historias protagonizadas por soldados de la División Azul, por sicarios y policías mexicanos, por famosos pintores norteamericanos... Hay un capítulo entero -muy á la Perec, me atrevo a decir- dedicado a la vida, obra y circunstancias de un supuesto escritor francés, Arcimboldi, uno de cuyos libros tradujo en cierta ocasión Amalfitano. Lo acompañan reseñas de lectura del resto de sus títulos, hechas por Padilla. hay una reivindicación de ciertas poetas francesas poco ortodoxas -y esta vez reales-, como Gilberte Dallas. Hay historias de amores imposibles y la presencia de la muerte en forma de SIDA (ya digo que la novela está ambientada en los 80). En general, la sensación que deja el libro es de desesperanza, o quizás más de extrañamiento, de vacío...

Esto se debe, tal vez, a que hablamos de una novela cuyos elementos, personajes, capítulos, parecen ir dispersándose por vericuetos extraños, para luego volverse a reunir, pero dejando huecos, preguntas, desconexiones... Se trata,a demás, de una de esas novelas póstumas (es decir, publicadas póstumamente, claro) de Bolaño, aunque su recopiladora/editora asegura que la había dejado prácticamente terminada, enigmático título incluido. para rematar, y como habrán deducido desde el principio de la reseña los más azcérrimos bolañistas, e incluso algunos que no lo sean tanto, esta novela es una suerte de spin-off de otra mucho más célebre y monumental (y también publicada póstumamente): 2666. Al menos, se repiten algunos personajes como Amalfitano, su hija Rosa y el escritor Arcimboldi... Si a los lectores les resulta más o menos satisfactoria una u otra, o laas dos por igual, eso ya lo debe decidir cada cual. A mí, al menos, y pese a la sensación algo desconcertante que, como digo, deja su lectura, me ha gustado.

Más libros de y sobre Roberto Bolaño de los que estoy dispuesto a contar reseñados en ULAD: aquí

miércoles, 8 de julio de 2020

María Iordanidu: Vacaciones en el Cáucaso

Idioma original: Griego
Título original: Διακοπές στον Καύκασο
Año de publicación: 1965
Traducción: Selma Ancira
Valoración: Está muy bien

No os dejéis engañar por el título. Este no es un libro de viajes ni nada por el estilo. Es la historia (autobiográfica, aunque los personaje son casi todos inventados) de lo que en un principio iban a ser unas vacaciones y por avatares de la Historia acabó convirtiéndose en una estancia de casi 5 años (5 siglos, 5 milenios) por Rusia. Cinco años que supusieron en Constantinopla, lugar de residencia de la protagonista, el paso del medievo al siglo XX, el final de un mundo que dejó de existir para siempre. 

Digo lo que en un principio iban a ser unas vacaciones porque el origen del viaje era ese. Ana, la adolescente / joven de origen griego que protagoniza la novela (y que aparecía también en Loxandra), es invitada por su tío Aikos y su tía Claude a pasar el mes de vacaciones escolares en el Caúcaso. Pero estamos en 1914, el archiduque Francisco Fernando ha sido asesinado hace escasas semanas y el ruido de sables recorre (casi) toda Europa, desde Hendaya hasta Vladivostok.  El Cáucaso se convierte, así, en una región en ebullición. En ese contexto comienza un viaje truncado también por las no demasiado claras intenciones de la tía Claude. Ambos factores provocan que Ana pierda el contacto con sus tíos y comience un periplo de duración,en un primer momento indeterminada que la Primer Guerra Mundial, la Revolución de 1917 y la posterior Guerra Civil (los avatares de la Historia) prolongarán hasta 1919.

Debemos distinguir tres partes bien diferenciadas en la novela, ligadas quizá al proceso de maduración de su protagonista. Una de ellas correspondería a los primeros meses de Ana en Rusia, etapa en la que el total desconocimiento del idioma y la incomunicación que de ello resulta provocan situaciones a cual más confusas que dotan al relato de un tono tragicómico y de un humor de lo más sutil. En esta primera etapa,  los hechos históricos son inicialmente un eco lejano que acompaña la vida cotidiana de los protagonistas, aunque ese eco cada vez se acerque más. 

La segunda etapa la marca la integración de Ana en la vida y cultura rusas, hasta el punto de empaparse, al menos en parte, del célebre "alma rusa", pesimista y melancólica. Esto da paso a hermosas escenas de corte costumbrista que ocupan buena parte del relato. También los hechos históricos ganan peso, afectan de forma cada vez más acusada a los personajes, aunque la vida sigue abriéndose camino de forma a veces trágica, a veces cómica, a veces con algo de picaresca.

Por último, en el tramo final, que iría desde los meses previos de la Revolución de 1917 hasta el regreso, en plena guerra civil, desaparece todo atisbo de humor. Las múltiples penalidades que padece la población copan el relato, pese a que la vida sigue su curso y los personajes se aferran a los hechos más nimios (un cuadro, una sopa, un leve roce en el brazo). Quizá en esta última parte las cosas pasen demasiado "rápido", pero esto es solo una impresión mía o, tal vez, el simple deseo de que el libro no termine.

Por ir terminando, un pequeño repaso a los puntos más destacados del libro:
  • El reflejo del contraste entre historia e Historia, entre cotidianeidad y "grandes acontecimientos·, y como el peso de ambos fluctúa a lo largo de la narración.
  • La evolución del personaje de Ana, su paso de la adolescencia a la madurez.
  • Los diferentes registros que maneja Iordanidu: el humor, el drama, la crudeza de los momentos más complicados. Sorprende especialmente (por lo menos a mi) el fino humor de algunas de las escenas (¡¡¡si hasta aparece el buen soldado Svejk!!!)
  • La frescura y delicadeza. Frescura en cuanto a ritmo, pese a los putos patronímicos y a los términos rusos (excelentes notas y glosario, por cierto), y delicadeza a la hora de narrar las escenas de corte más costumbrista. 
Poco más. No sé si  habréis leído Loxandra, primera novela de Iordanidu publicada en español y magníficamente reseñada AQUÍ. Yo, desde luego, ya estoy tardando en hacerlo

También de María Iordanidu en ULAD: Loxandra

martes, 7 de julio de 2020

VV.AA.: Esterhazy

Idioma original: Alemán
Título original: Esterhazy. Eine Hasengeschichte 
Año de publicación: 1993
Traducción: Consuelo Rubio Alcover
Valoración: Está bien (recomendable para niños)

Esterhazy es una fábula infantil coescrita entre Hans Magnus Enzensberger (premio Príncipe de Asturias) e Irene Dische. Trata sobre un lebratito austriaco de alta cuna que viaja a Berlín en busca de una esposa que le proporcione una descendencia lo menos canija posible. Una vez en la capital alemana, trabajará como liebre de Pascua, hará de animal de compañía y se enamorará.

El derribo del muro de Berlín ejerce de telón de fondo en este cuento. Gracias a ello, los adultos tienen la excusa perfecta con la que instruir sobre Historia a sus retoños durante la lectura del libro. Aunque también pueden obviar la ambientación y quedarse en la interpretación más literal de Esterhazy; profundizar en lo que significa visitar una gran ciudad, tan hostil como cándidos son algunos de sus habitantes.

Debo señalar que el argumento de Esterhazy, quizás por ir dirigido a niños, se relaja un poco. Nada que insulte a la inteligencia, pero no se puede negar que hay lagunas que lo atraviesan. El reencuentro del protagonista con Mimi, por ejemplo, es muy forzado. Ni siquiera se nos explica cómo es posible que ella quedara en libertad y llegara al prado, en primer lugar. 

Las ilustraciones que complementan al relato, a cargo de Michael Sowa, son deliciosas. De factura clásica en su acabado, composición y cromatismo, entregan al espectador que las contempla una miríada de simpáticos detalles en los que perderse. Quizás criticaría, eso sí, que alguna (acompañada por un extracto del texto, por cierto), se adelante varias páginas a los acontecimientos de la narración.




También de Hans Magnus Enzensberger en ULAD: Tumulto, Hammerstein o el tesón, En el laberinto de la inteligencia

lunes, 6 de julio de 2020

Deborah Levy: Cosas que no quiero saber

Idioma original: inglés
Título original: Things I Don't Want to Know
Traducción: Cruz Rodríguez Juiz
Año de publicación: 2013
Valoración: entre recomendable y está bien

Sucede en varios escritores que, cuando llegan a ciertas edades y después de una vasta carrera literaria, se aventuran a escribir sus memorias. Este es el caso del libro que nos ocupa, donde Deborah Levy, después de tratar diferentes estilos literarios que van de la poesía a la novela, de la dramaturgia a los relatos cortos, escribió este primer volumen que forma parte de un tríptico donde explora el hecho de ser mujer, como respuesta al «Por qué escribo» de George Orwell.

En esta novela autobiográfica, Levy parte de un episodio puntual del pasado en el que subiendo unas escaleras mecánicas rompía de golpe a llorar, pues le devolvían recuerdos de un pasado que no conseguía olvidar, lugares a los que no quería volver, por dolorosos y tristes, por impactantes y aflictivos. A partir de esta anécdota, Levy nos devuelve a su pasado para hablarnos de maternidad, una maternidad casi impuesta por las expectativas de una sociedad hacia a las mujeres, una maternidad que recuerda escribiendo que «ahora que nos habíamos convertido en madres todas éramos sombras de lo que fuimos, perseguidas por las mujeres que éramos antes de tener hijos». Así describe, como los sueños e ideales que crecen en la juventud, se ven arrasados por la implacable presión de la sociedad del momento, algo que me recuerda en gran parte de Annie Ernaux y su «mujer helada».

De esta manera, con afinadas disertaciones sobre la maternidad y añadiendo fragmentos o citas de libros de Marguerite Duras, Simone de Beauvoir o Julia Kristeva, Levy analiza la sociedad en clave de la maternidad, exponiendo las condiciones en las que las mujeres afrontan ese cambio y se someten (o adaptan) a la nueva vida. Un cambio de vida adoptado, y al que la autora se adapta, con cierto recelo, intentando no ver su yo anterior discrepante de ese tipo de vida, «esa joven fiera, independiente, que nos seguía por ahí, gritando y señalando con el dedo mientras empujábamos cochecitos infantiles bajo la lluvia inglesa».

Levy, también nos habla de su niñera, Zama (a quien ella llama Maria), y de su infancia en una Johannesburgo sumergida en el apartheid y en la que su padre fue detenido en su casa por luchar por conseguir la igualdad de derechos humanos, pues, tal y como afirma Maria «si no crees en el apartheid puedes acabar en prisión. Hoy tienes que ser valiente y mañana también, igual que motones de niños que tienen que ser valientes porque también se han llevado a sus padres y sus madres». Esta parte del libro, narrando su infancia, contiene más carga emocional y menos de denuncia, rememorando los recuerdos marcados por la estricta enseñanza en la escuela, el racismo existente, y la voz de Melissa, su amiga, quien «fue la primera persona que me animó a alzar la voz», alguien de quien «sabía que sus palabras tenían que ver con decir las cosas en voz alta, admitir las cosas que deseaba, estar en el mundo y no dejarme vencer por él». Son recuerdos duros, donde la política y la ideología marcaron su visión de la vida, así como también la propia vida familiar, con un padre preso durante casi cinco años por sus ideas políticas. Una etapa difícil, que les llevó a emigrar al Reino Unido, con muy poco pesar por dejar a tras una tierra de la que no guarda buenos recuerdos, afirmando incluso que «no quiero saber nada del resto de mis recuerdos de Sudáfrica. Cuando llegué al Reino Unido, lo que quería eran recuerdos nuevos».

Así enlaza la autora con la parte final del libro, donde Levy nos habla de cuando emigró a Inglaterra a los quince años y la separación de sus padres. La sensación de temporalidad, de no integrase en un país, de echar de menos detalles cotidianos de Sudáfrica que le habían pasado desapercibidas hasta que ya no constaban en su nuevo mundo, afirmando que «echaba de menos el olor de plantas cuyos nombres no recordaba, el sonido de pájaros cuyos nombres ignoraba, el murmullo de idiomas que no sabía nombrar». Y la autora, en ese terreno perdido, en esa tierra sin nombre que ocupa el espacio central de una vida que la autora no sabe dónde ubicar geográficamente, una vida sin un lugar definido donde echar raíces, que sentencia afirmando que «yo había nacido en un país y crecía en otro, pero no sabía a cuál pertenecía».

Por todo lo expuesto, vale la pena la lectura de este libro pues, aunque a pinceladas, aporta reflexiones interesantes, valientes y que probablemente interpelan a muchos lectores, a pesar de que, lamentablemente, en su conjunto no conserve esa potencia, esa denuncia que uno esperaba al leerlo y que sí contienen las frases extraídas del libro que contiene la reseña. Y puede que la causa de esta parcial recomendación (y aunque no debería ser así, pero es algo que no puede evitarse) es que, leyéndolo, uno se acuerde de Vivian Gornick o Elizabeth Hardwick en sus libros autobiográficos (o incluso Annie Ernaux, con una narración más novelada y menos fragmentada) y entonces constante una evidente distancia en impacto y calado. Pese a ello, su lectura nos abre la posibilidad de reflexionar sobre la vida, y eso es algo que siempre es interesante.

domingo, 5 de julio de 2020

The Justified Ancients of MU MU: 2023

Idioma original: inglés
Título original: 2023. A Trilogy
Año de publicación: 2017
Traducción: Javier Calvo
Valoración: decepcionante

No sabemos lo que esta gente nos tiene preparado para el 2023. Supongo que Bill Drummond y Jimmy Cauty, componentes de los míticos KLF, y supuestos autores (o inductores) de esta novela, estarán vivos y serán conscientes de que la gran broma, su gran broma, debe ser llevada a cabo, llevan décadas advirtiéndolo.
Aunque ya os aviso que 2023, como libro, me ha parecido suficiente anticipo de la broma para no ir a estar demasiado pendiente. No solo porque el 2020 ya esté siendo un año sonado, sino porque ya no me quedan muchas ganas.
Lo quieran o no, los KLF o cualquiera de sus guisas serán recordados por un gran disco, The White Room, y por un show mercadotécnico-psicodélico que incluyó la famosa quema del millón de libras y la constatación de que, no solo por eso, se trata de un par de pirados a los que no hay por qué reír todas las gracias.
Y 2023, novela en tres partes  o tomo o ensayo firmado por los Justified Anciens of MU MU, huele desde sus primeras páginas a ejercicio de onanismo de aquel que piensa que su masa de fans lo absorbe todo y no critica nada.
Desde sus párrafos con mayor contenido esotérico hasta el (excesivo) relleno, del estilo "llenemos páginas como sea", el libro no hay por dónde cogerlo, aunque he de hacer la salvedad de que, como suelo hacer, lo he leído en todo momento sobrio y evitando mezclar medicamentos, incluso Mentos y Coca Cola Light. Pero es eso, una broma de unos tipos que, por royalties o por lo que sea, ya viven bien como para hacer lo que les sale de las narices sin atender a reacciones.
Y yo no puedo decir que esto me guste, más bien es un panfleto o como si alguien esperara (por ejemplo, la gente del sello ZTT) que las notas interiores propagandísticas y alucinadas de ciertos discos pueden tomar forma literaria. No. Y Cauty y Drummond, o quien quiera que haya sido el encargado de redactar esta novela, no dejan de hacer una especie de ejercicio constante de namedropping a costa de ir capturando la atención del lector hacia algo que, confirmo pues he tenido la paciencia de acabar el libro, no lleva más que a una especie de no-final, como si el tambor hubiera quedado suspendido en el redoble eternamente. Mezclar ese delirante mundo distópico y aderezarlo de nombres y referencias directas o veladas a toda civilización pop inmediatamente anterior y posterior no centra la novela, al contrario, contribuye a dispersarla y a convertirla en una especie de acto de exhibicionismo cultural alternativo (o no) que bebe de las fuentes pop y osa presentarse como una especie de ceremonia de inhumación o puesta en duda de esas mismas fuentes. Todo integrado en una argamasa de tramas conectadas en teoría pero confusas en la práctica.
Tanto que un amago de sinopsis incluiría un mundo distópico donde cinco grandes empresas tecnológicas han absorbido los estados y por las calles de las ciudades pululan personajes reales con nombres duplicados, ritos paganos descabellados, libros que vuelan desde los balcones, famosos que se creen designados por el Universo para a saber qué extraño propósito, desmanes todos ellos acumulados sin orden ni concierto o sin más gracia de la que supuestamente pueda tener intentar hallar orden en tamaño caos. La compota generada es tan dispersa o ampulosa que acaba queriendo absorberlo y explicarlo todo, desde los virales del Twitter (¿de verdad había que mencionar lo del vestido bicolor?) hasta el hecho de que la humanidad es esclava de sus redes de comunicaciones. Ya se sabe lo que se dice sobre quien mucho abarca.

Y ya que estamos: esto lo publicó, en 2017, Malpaso. Un libro tan, ejem, freaky, obviamente enriquece de alguna manera (ni que sea por principios) el catálogo de cualquier editorial. Pero Malpaso publicó, y sigue publicando, libros buenos y malos, libros interesantes y libros prescindibles, claro, como cualquier editorial, y siempre respetando los gustos de cualquiera. Entonces ese negocio puede ir bien o puede ir mal, y los números pueden salir así o de esta otra manera, y entiendo que a quienes apuestan, mejor digamos, arriesgan por la cultura, las cosas pueden no salirles siempre a su gusto y según lo planificado. Por eso uno, antes de huidas hacia adelante, u operaciones inexplicables financieramente, debería pensar no en quien arriesga patrimonio sino en quien necesita cobrar su trabajo para esa manía persistente en la raza humana de comer cada día y sobrevivir.
Malpaso, tus libros pueden gustarnos o no, no sería justo arrastrar a vuestros autores que nos gustan por el barro de  las consecuencias de vuestra gestión, pero, venga, id pagando ya, narices.

sábado, 4 de julio de 2020

Colaboración: La belleza del marido de Anne Carson

Idioma original: Inglés. 
Traducción: Andreu Jaume. 
Publicación: 2001. Edición española de Lumen (2003); edición actual española de Lumen (2019).  
Valoración: Está bien. Recomendable.  

El anuncio de la concesión del premio Princesa de Asturias 2020 a Anne Carson me sorprendió iniciando la lectura de La Belleza del marido. Un ensayo narrativo en 29 tangos, publicado en castellano -edición bilingüe- por Lumen.  

La obra, compuesta de poemas (tangos) y una coda final, recorre -o más bien adopta como motivo o pretexto poético- la historia de una pareja imposible, bajo la inspiración o el hechizo Beauty is Truth -Belleza es Verdad- suerte de lema de John Keats, poeta y autor de las breves sentencias que preceden cada texto.

Leí a Anne Carson por primera vez en 2015. Men in the off hours (Hombres en sus horas libres, Pre- Textos, 2007) supuso todo un descubrimiento, lo cual no es poco pasados los años, cuando la capacidad de asombro disminuye. En aquel momento llegué a pensar que había encontrado, casi por casualidad, la poeta que busqué durante mucho tiempo. Después de la pequeña decepción de Decreation (Decreación, Vaso Roto Ediciones, 2014) no eran pocas las ganas de abordar otra obra de esta autora canadiense, profesora de griego antiguo ahora afincada en Nueva York. 

Los versos de Anne Carson pueden llegar a representar, en modo casi perfecto, esa conocida fórmula que define la Poesía como Belleza + Misterio. Su conocimiento del mundo clásico abre un perfecto telón a la evocación, y una enorme capacidad de sugestión y una incuestionable sensibilidad hacen el resto, apuntalan el material preciso para escribir una obra poética tan bella como sólida. 

Sin embargo, La Belleza del marido no cumple con las expectativas, por varios motivos. Pero antes de avanzar, como casi que siento estas líneas como hollar un templo con zapatos sucios, como una especie de profanación de la obra de una de las mejores poetas del momento -premiada incluso con el T.S. Eliot de 2001- no quiero dejar de lado referir qué altamente subjetiva e incluso espiritual es la Poesía, o incluso cada lectura. Y es que en el llamado género del yo, una obra puede suscitar reacciones bien diversas. A bote pronto y sin establecer conexiones estudiadas o racionales sino meras sensaciones, los versos -o más bien lo que transmiten- tienen algo de Valéry, de Mallarmé, de Dickinson. Cito estos tres grandes poetas precisamente por aquello del elemento subjetivo, porque puede que un mismo poemario resulte grande a unos, insulso a otros. 

Pero no puedo ocultar que a veces durante la lectura de la obra he echado en falta fuerza, capacidad de transmitir y autenticidad amén de una mayor dosis de Belleza con mayúsculas en este singular poemario, que deja una sensación, hasta cierto punto, de obra si no malograda, al menos no tan brillante como podía haber sido.  

En fin, que la historia, aun secundaria en un libro de poemas, es tan idónea en principio y en potencial (un matrimonio que se desmorona; un marido inaprehensible, resbaladizo para la esposa; una sucesión de dolores y rupturas que no suponen, sin embargo, la discontinuidad de la Belleza) como por momentos impostada y, en determinados episodios, de escasa verosimilitud, y a la que falta esa convicción, esa autenticidad que viene de frente y te puede y te lleva y es lo que, a la postre, más valoro. 

Parece que Carson finge cuando juega a no hacerlo; parece que no nos encaja del todo su historia; que no convencen ni determinados excesos de indefinición ni -esta vez- esas intercaladas referencias clásicas en un contexto moderno y un tanto decadente de llamadas, cabinas, silencios infieles, de un amigo que sabe poco y que se llama Ray. Esta vez no termina de ajustarse la lágrima, la copa o la carta que descubre mi madre entre mis cosas con el pensamiento de Parménides. Algo ha fallado. Algo te dice que falta consistencia, que falta naturalidad.  

Lógicamente, Carson nos deja versos de factura y capacidad evocadora (Shall we sharpen our eyes and circle closer to the beauty of the husband / carefully, for he was on fire. / Under him the floor was on fire, / the world was on fire, / truth was on fire) pero se echan en falta más,un poco por todos lados. Los mejores poemas no llegan sino al final. Según avanzala lectura se tiene la impresión de estar leyendo algo menos veraz, menos auténtico de lo que, en teoría, podía ser. Porque el leit motiv formal de la narración, en una versión moderna y en manos de Anne Carson, puede dar lugar, sin lugar a dudas, a una obra más que notable, a un trabajo que deje menos dudas. 

Si soy sincero, no puedo decir que Carson me haya transmitido, esta vez, esa rota belleza en la percepción de mujer del engaño del marido; esa mirada que parece estar en las cosas materiales que nos rodean (un amigo que tiene un nombre y lee poco; la barra de un bar; un sobre donde asoma una carta) pero que está más allá. Esa mirada que limpia y obtiene Verdad y Belleza donde otros no ven, como un palimpsesto, como una suerte de alquimia. En esta ocasión las letras que devienen visibles lo son menos, la dosis de oro que surge tras la repetición de la fórmula no es tanta. Si soy sincero tengo que decir que la obra se queda corta y que, un poco, me ha decepcionado. Y es una pena porque tiene todos los mimbres.Y por ello bien que lo lamento.  

Autor: Fran Marín Paz