martes, 31 de marzo de 2015

Dave Eggers: Un holograma para el rey

Idioma original: inglés
Título original: A Hologram for the King
Año de publicación: 2013
Traducción: Cruz Rodríguez Juiz
Valoración: muy recomendable

"-Todos los días, Alan, por toda Asia, cientos de buques portacontenedores salen de los puertos cargados de toda clase de mercancías. Hablando de tridimensional, Alan. Esas cosas son de verdad. En Asia fabrican cosas de verdad y nosotros hacemos sitios webs y hologramas. Los nuestros hacen sitios webs y hologramas todos los días, sentados en sillas fabricadas en China, trabajando con ordenadores fabricados en China, cruzando en coche puentes fabricados en China. ¿A ti te parece sostenible, Alan?"

Estas son de las pocas frases que, en uno de los diversos diálogos que forman parte capital de esta novela, pronuncia el padre de su protagonista. En una conversación por teléfono móvil entre Arabia y Estados Unidos que está costando un dineral. Dineral que Alan Clay no tiene. Dineral que Alan Clay debe. Alan Clay dirá que la conversación se ha cortado porque Alan Clay corta la conversación para que ese sermón no continúe. Para que el sentido común procedente de la experiencia por su padre no eche al traste con la escasa coherencia del sentido de su presencia allí. Porque Alan Clay está al frente de un joven equipo formado por tres asistentes que están en medio del desierto de Arabia, en una de esas ciudades fundadas de la nada gracias a la prosperidad económica otorgada por el petróleo. Están esperando algo intangible, como el coronel de García Márquez. Esperan que, en algún momento, el rey Abdalá, que da nombre a la ciudad, acuda a una presentación holográfica que debe dejarle impresionado y debe franquear a Reliant, la sociedad de Alan, un jugoso contrato cuyos beneficios harán que Alan Clay recomponga su vida. O sea: pague la matrícula del siguiente semestre de la universidad de su hija, pague a los deudores, algunos de ellos amigos que le empiezan a dejar mensajes intimidatorios en el buzón de voz del teléfono. Se permita, entonces, una reinvención cuando, pasados los 50, su vida hace aguas por todas partes. Alan Clay está en una especie de stand-by de su recorrido vital, cuando se palpa la cabeza, se toca el cogote en pose pensativa y se da cuenta de que, en plena estancia en Arabia, tiene un bulto detrás del cuello, en el que ve la clave de su futuro.

Esta es la mejor novela de Eggers de las tres que he leído. Porque donde encontré Zeitoun un poco timorata en su planteamiento y El círculo algo excesiva en su ambición y extensión, Un holograma para el rey supera esos obstáculos y se erige en un retrato casi perfecto de la sociedad actual. No la americana, no la occidental, no la árabe. Más bien la global. La de las deslocalizaciones, el papel prepotente de Occidente como promotor, diseñador y comercializador (ergo, dejando que sean otros los que se ensucien de tinta o aceite de máquina: señoritos nosotros). Sin pretender alcanzar ninguna cota extraordinaria, porque Eggers no dispone del torrente literario de otros escritores, resulta que la historia aquí nos hace pensar y asentir con la cabeza. Porque no nos es tan ajena esta situación. Su protagonista está en tránsito, en una especie de tránsito absoluto y suspensivo en el que, paradójicamente, empieza a sentirse cómodo. Una comodidad en la que tienen que ver los diálogos que va sosteniendo con Yusef, su chófer ocasional, con sus circunspectos colaboradores, con la doctora que se encarga de extirparle el bulto, con personas que cree que pueden ayudarle en su empeño. Y las reflexiones de Clay son cada vez más distantes y maduras, cada vez con más aroma a repaso vital de tono oscuro y casi desesperado, cada vez más conscientes de ese todo o nada al que se enfrenta, decadencia física incluida. Eggers hace que nada parezca superfluo, y que cada escena (escena: parece que hay una adaptación al cine de esta novela) se sitúe en su contexto. Así que, por fín, Eggers, prolífico y ominipresente en la red, se decide a dejar la zona media y pugnar por plazas de Champions.

También de Dave Eggers en UnLibroAlDía: Zeitoun, El círculo

lunes, 30 de marzo de 2015

Menchu Gutiérrez: araña, cisne, caballo

Idioma original: español
Año de publicación: 2014
Valoración: muy recomendable... creo

Menchu Gutiérrez me confunde, como la noche a Dinio (que no se diga que en este blog no citamos a los clásicos). Quiero decir que no termino de decidir si lo que ella hace, la opción estética y estilística fortísima por la que ha optado, me parece un modelo que hay que seguir o una herejía que hay que condenar. Lo que tengo claro es que, aceptando el principio de lo que se propone hacer con sus textos (y lo que se propone es algo muy original en el panorama narrativo actual), Menchu Gutiérrez lo consigue con creces, y es por lo tanto una escritora muy interesante.

He llegado a ver araña, cisne, caballo calificado com una novela; no lo es, salvo que partamos del principio de que novela es cualquier cosa a la que se le pone el rótulo de novela. Me parece más ajustada otra definición que se le ha dado: bestiario, aunque este género también se le queda corto. Yo diría que araña, cisne, caballo es un volumen de textos de prosa poética, más o menos narrativos, que tratan sobre la humanidad de los animales, la animalidad de los humanos, la animalidad de los animales, etc. Son casi ejercicios de estilo en los que la relación entre lo humano y lo animal sirve como punto de partida para un conjunto de textos, por lo demás, muy levemente relacionados entre sí.

Hay desde luego fragmentos magníficos, algunos más próximos al relato y otros al retrato. Pasan por delante de nosotros leones, cabras, vacas, anguilas, escorpiones... animales domésticos, animales de circo, animales disecados, animales mitológicos... Y en contrapunto con ellos, hombres y mujeres innominados o designados por letras que sienten por ellos (por los animales) una atracción o repulsión profundas y simbólicas. Y la araña, la araña del título, que prácticamente abre y cierra el volumen, sirviendo como metáfora de la nebulosa y ambigua forma en la que el mundo y la "gran cadena del ser" conecta todas las cosas -y animales, y hombres-.

Pero hay que hablar del estilo, porque el estilo es, en este caso, un elemento central al libro. Ya en La niebla, tres veces, que leí gracias a la colaboración de un lector, se aprecia el preciosismo con el que Menchu Gutiérrez construye sus textos, cargados de metáforas, antítesis, adjetivos sorprendentes y una constante tendencia a pasar de lo concreto a lo abstracto, como si abriera fisuras en la realidad física para encontrar otra realidad metafísica que está ahí al lado, bajo una fina corteza que puede rascarse con una uña.

Menchu Gutiérrez es (vuelvo a decirlo) una escritora única -hasta donde yo conozco- en esta opción estilística tan depurada, al menos entre los escritores españoles actuales. Quiero decir que si Menchu Gutiérrez no existiera, habría que inventarla. Lo que no sé, lo que no termino de tener claro, es si es este el tipo de literatura que más me gusta: si la preocupación por lograr la frase perfecta y el giro poético sorprendente son una forma de penetrar más profundamente en la realidad, o una forma de alejarse de la realidad poniendo el lenguaje como barrera. (Hace poco un poeta bilbaíno, Aitor Bergara Ramos, escribía un poema que contenía este verso: "El lenguaje es el dedo que señala la luna").

Eso sí, creo que todos los escritores españoles, jóvenes o no, deberían leer a Menchu Gutiérrez y empaparse de su propuesta literaria, aunque sea para rechazarla y decidir que no quieren escribir así. Pero para que sepan (o mejor dicho, recuerden), que se puede escribir así.

domingo, 29 de marzo de 2015

Alberto Olmos: Vida y opiniones de Juan Mal-herido

Idioma: español
Año de publicación: 2010
Valoración: recomendable... según gustos

Peliaguda esta tarea autoimpuesta (porque sepan ustedes que en este bienaventurado blog gozamos de libertad absoluta y no existe ningún tipo de coacción... si obviamos el látigo de siete colas que acaricia de cuando en cuando nuestras espaldas, claro... ¡ay!): reseñar en un blog literario un libro compuesto de... reseñas aparecidas en un blog literario. Y no uno cualquiera, además: probablemente el más conocido y polémico -aunque sea en el limitado mundo de la letraheridez española- de los últimos años de la, por otra parte, también limitada Historia de la "blogosfera": el del Lector Mal-herido, a.k.a. Alberto Olmos.

Antecedentes de este libro, hasta donde llegan mis conocimientos: el tal Lector Mal-herido (Juan de nombre de pila, aunque juro que no es pariente mío) apareció como comentarista en otro blog de reseñas literarias, escritas por un "Lector Ileso" -de ahí lo de "Mal-herido", después- a.k.a. Roberto Enríquez, a.k.a. Bob Pop (sí, el de la tele). Al cabo de un tiempo, Mal-herido se independizó y se dedicó a reseñar sin piedad ni arrepentimiento los libros que le caían entre manos, ya fueran clásicos o novedades, con la aparente inconsciencia de un mono con una metralleta. Las reseñas resultaban refrescantemente faltonas -fórmula mágica:  mucho humor, muchos tacos y muchas, muchas, muchas alusiones sexuales- y el tal Juan Mal-herido se fue convirtiendo en un personaje excesivo: narcisista, insultante, machista, chovinista, catalanófobo, racista e incluso filonazi (tuvo una etapa, según creo recordar, bastante pesada, en la que no hacía más que mencionar a Hitler y Mein Kampf... en fin, las chiquilladas de costumbre); es decir, en un compendio de todo lo "políticamente incorrecto" o lo que si nos ponemos finos, podríamos llamar las boutades de un enfant terrible. O de un Torrente de las letras, vaya (y no me refiero a Torrente Ballester...). Las fotos subiditas de tono que acompañaban las reseñas no hicieron más que aumentar la popularidad del blog... ejem, eso me han dicho...

Hace cosa de un año, el blog del lector Mal-herido pasó a convertirse en un blog de pago, accesible sólo a suscriptores -no lo critico, que conste. Es más: dejo aquí el enlace para quien esté interesado: http://www.malherido.com/ -, pero ya antes, Alberto Olmos decidió rentabilizar en algo su popularidad y publicó en papel una serie de reseñas, seleccionadas ignoro con qué criterio (por entonces, Olmos aún pretendía hacer creer que él no era quien escribía el blog... o pretendía hacer creer que pretendía hacer creer, etc... de modo  que en el libro figura como responsable de la edición y prologuista). Así que nos encontramos con este libro estupendamente editado -y con un formato de bolsillo muy divertido, pues realmente cabe en un bolsillo- en el que podemos disfrutar de toda una serie de reseñas "malheridas" de los más variado: desde filósofos asentados como Stoderlijk a pensadoras feministas de lo menos ortodoxo como Virginie Despentes; novelistas reconocidos y/o clásicos (Javier Marías, Mme. De Lafayette) junto a otros poco conocidos, primerizos... ensayos más o menos rigurosos (Cercas, Anna Caballé)... y sobre todo, memorias y diarios de todo tipo de escritores, -empezando por Dalí, por ejemplo-, que parece ser lo que más le gusta al Mal-herido. A destacar, además, las jocosas entrevistas que mantiene con diferentes personajes del mundo de las letras (Vila-Matas, Sánchez-Dragó) o del mundo, así en general... (el 30% de Dios).

Creo que se pueden extraer varias conclusiones de la lectura de este libro, a saber:

1-Mal-herido/Olmos no es tan fiero como lo pintan... una vez despojado de su anti-camuflaje soez y malhablado, de su pose de malote, aparece un lector con opiniones interesantes y bien asentadas, a tener en cuenta , en cualquier caso... Y no todo es zurrar la badana al personal: cuando la obra de un escritor le gusta (Greene, ChandlerKristof) lo señala con respeto y hasta con unción.

2-De la misma forma, la misoginia y chulería de la que hace gala el personaje en todo momento es puro postureo, que diríamos ahora. De hecho, buena parte de las reseñas están dedicadas a escritoras y, sobre todo, a cómo retratan estas autoras a sus congéneres en sus libros. Y cómo debería hacerse. Otra cosa es que estemos más o menos de acuerdo con las opiniones que expone luego al respecto el propio Olmos/Malherido, pero está claro que el tema le interesa.

3-Igualmente, le interesa y mucho, lo que tiene que ver con el acto de escribir ("Leer no es la droga; la droga es escribir", dice), la voluntad de hacerlo y, aún más, la de convertirse en escritor (en escritor que escribe, se entiende, no en la figura pública que representa ese papel)... de hecho, junto con lo que piensan y sienten las mujeres, parece ser el asunto que más le interesa a este tipo.

4-Éste es un librito con el que te lo pasas francamente bien -yo, al menos, me he carcajeado varias veces-, siempre que no se tengan muchos prejuicios con el lenguaje y se acepte una mirada gamberra sobre lo que se habla (repito: los libros, el sexo, la escritura, el sexo, las mujeres, el sexo, la celebridad, el sexo, el sexo, el sexo...). No dudo en recomendarlo, desde luego, aunque quizá no sea plato para todos los gustos. Lástima,  eso sí,  que en el libro no aparezcan las fotos del blog...

Y ya está.

Otros libros de Alberto Olmos reseñados en Un Libro Al Día: Ejército enemigoAlabanza

sábado, 28 de marzo de 2015

Philippe Claudel: La nieta del señor Linh

Idioma original: francés
Título original: La petite fille de Monsieur Linh
Año de publicación: 2005
Traducción: José Antonio Soriano Marco
Valoración: está bien

Debe ser que carezco de cierta simpatía hacia las historias que se decantan en un sentido un poquito inflamado. Igual me pasa con esas películas con papeles protagonizados por niños tirando a repelentes. Pero no sintonicé con El niño perdido de Wolfe, ni con La condición humana de Saroyan, que son, más o menos, obras receptoras de profusión de alabanzas. Y me ha pasado lo mismo con La nieta del señor Linh, que me ha parecido una historia excesivamente previsible, una suerte de vamos-a-tocar-los-resortes-que-conmueven-a-ciertos-lectores por números. Ya sé que estas reseñas no me ayudan precisamente a hacer amigos.
El señor Linh es un anciano refugiado, intuyo, por apellidos y otras referencias contenidas, que vietnamita. Que llega, supongo, a Francia, a cargo de su nieta, bebé de apenas unas semanas cuyos padres han fallecido en un episodio bélico. El autor insiste mucho en que el señor Linh y su nieta solamente se tienen el uno al otro. Pero resulta que tienen la asistencia de un programa de refugiados que les procura un techo y una subsistencia durante un tiempo. Hasta les paga los vicios: el señor Linh recibe hasta tabaco de ese Estado de acogida. Paro un momento. Porque aquí radica la primera pequeña trampa de que se sirve Claudel para apelar al lado emocional del lector. Ese servicio que los acoge es presentado como una especie de fría máquina burocrática de servicios mínimos. Así que ya tenemos al señor Linh lejos de su país (del que ha conservado bien pocos bienes materiales, pero le ha dado tiempo de llevarse un saquito de tierra), y a merced de un servicio de acogida con piloto automático. 
Los días pasan en medio de desorientación y adaptación hasta que (segunda trampa) el señor Linh se aventura a desplazarse fuera de su hogar de acogida, a la búsqueda del calor humano que todos necesitamos: se lo procura otro anciano, el señor Bark, también abandonado a su suerte por la vida, que se dirige a él, con el que establece un diálogo más emocional que verbal, y con el que se inicia una serie de encuentros que redundan en una (poco creíble) amistad.
Ahora tenemos al señor Linh en proceso de integrarse mínimamente en la sociedad que le ha brindado una segunda oportunidad.
No podría entrar en una tercera y cuarta trampa sin correr el riesgo de planchar la evolución de la novela, pero, vamos, visto el blandengue camino recorrido (con alguna frasecita bastante sonrojante por el medio, pues Claudel pisa en más de un instante el territorio del pastel de merengue), creo que está todo más que dicho. Una novela para pasar el ratito, igual (igual) sorprenderse de su previsible final, y, por lo que a servidor concierne, salir a la caza de algo más sustancial a que clavarle el diente. Porque esto es cálido, agradable e inofensivo como una tacita de caldo.

También de Claudel en UnLibroAlDía: Almas Grises, El Informe de Brodeck

viernes, 27 de marzo de 2015

Andrea Camilleri: Un sábado con los amigos

Idioma original: italiano
Título original: Un sabato, con gli amici
Año de publicación: 2009
Traducción: Teresa Clavel Lledó
Valoración: recomendable

En una reseña que hice de otra novela de Andrea Camilleri, me atrevía declarar que todos los libros de este escritor son imprescindibles. me refería no tanto a un título en concreto -aunque no resulta difícil dar unos cuantos incuestionables- como a toda su obra en conjunto, incluyendo esas novelas o ensayos que pueden parecer menores o incluso simples ejercicios de estilo. Quizás éste sea el caso de Un sábado con los amigos, que es una novela corta y parte de un planteamiento que parece banal, aunque su contenido pronto comienza a adensarse hasta adquirir una consistencia sólida y sofocante (sofocante sobre todo para los personajes, que se van ahogando en su propia miseria, ante la mirada atónita del lector).

El planteamiento inicial, ya digo, parece simple y previsible: un grupo de amigos -tres parejas- ya en la cuarentena, de clase media profesional, que se conocen desde los tiempos del instituto, acostumbran a reunirse todos los sábados en casa de alguna de las parejas. Uno  de esos sábados es invitado también Gianni, que también estudiaba con ellos, aunque era sobre todo amigo de uno de ellos, Matteo.... y que resulta actuar como detonante de ciertas tensiones larvadas. Ahora bien, la cosa -por si alguien no lo había adivinado, ya que se trata de Camilleri-, no va de una amable tragicomedia generacional, con la crisis de la mediana edad en lontananza, amores escondidos y autorrealizaciones aún más reprimidas... Aquí se habla de oscuros secretos y pasiones todavía más oscuras, si cabe. de fingimientos interesados, de personas sin escrúpulos para conseguir lo que desean, de perturbaciones intensas...

La novela, como puede suponerse, es bastante deudora del formato teatral: influencia pirandelliana, se dice, por el famoso dramaturgo casi paisano de Camilleri, aunque no olvidemos que éste ejerció durante muchos años como director teatral y guionista televisivo. De todas formas, aunque esta novela se podría adaptar a una representación teatral, Camilleri le añade, al espacio y tiempo cerrado de la reunión de amigos, información sobre el transcurrir de las vidas de los personajes, desde su infancia, a la adolescencia, juventud... lo que nos permite, poco a poco, ir completando sus retratos y comprender las razones que se ocultan detrás de sus actos. Casi parece, incluso, que aquí Camilleri trató de hacer un ejercicio de composición de los personajes, con vistas, por ejemplo, a una obra teatral. De hecho, es una de las pegas que se le pueden poner a esta novela: su explicitud, puesto que,  a mi parecer, resulta mas interesante cuando las historias de cada uno aún no se han desvelado del todo. Otra pega sería, quizás, cierta truculencia, aunque resulte perfectamente pertinente. En fin, es cuestión de gustos...

En todo caso una novelita de lo más amena, que engancha desde el primer momento gracias al buen hacer de Camilleri y que, por la misma causa, se lee de un tirón. Por supuesto, recomendable para los muchos fans del escritor siciliano y, para quien todavía no lo sea, una buena manera de conocerlo. Un escritor que publicó esta novela con 84 años, por cierto. Que envidia que da.

(Hoy es viernes, así que mañana, ya sabéis...)



jueves, 26 de marzo de 2015

100 años de Orpheu, hito de la literatura portuguesa

Quizás poca gente en España se haya enterado de que este mes, en marzo de 2015, se cumplen los 100 años del primer número de la revista Orpheu, una publicación que con apenas dos números cambió de manera radical la historia de la literatura portuguesa.

Situémonos. Portugal era a principios del siglo XX un país que se asomaba a la modernidad (como España, sin ir más lejos). En Lisboa se inauguraban los elevadores y los funiculares, se instalaba el alumbrado eléctrico, se generalizaban los tranvías, abrían los Armazens do Chiado, se abrían las Avenidas Novas que marcaban la expansión futura de la ciudad hacia el extrarradio. En 1910 acababa de proclamarse la República, con la que se esperaba superar los problemas del régimen monárquico decimonónico. En literatura, y sobre todo en poesía, el post-romanticismo proyectaba una sombra alargada y los grandes popes controlaban los engranajes del sistema literario.

En este contexto surge Orpheu, un proyecto editorial dominado por un conjunto de escritores (y artistas) que han viajado, han leído, han conocido los movimientos de la vanguardia parisina y europea. A la cabeza de este grupo, el más famoso y el más ambicioso de todos, Fernando Pessoa, acompañado por los portugueses Sá-Carneiro, Luís de Montalvor y Almada Negreiros, o el brasileño Ronald de Carvalho. (De hecho, Orpheu nació como un proyecto luso-brasileño, aunque en el segundo número ya aparecen como directores Pessoa y Almada Negreiros). Junto a ellos, pintores como Amadeo de Souza-Cardoso o Santa-Rita Pintor, que de hecho ilustró el segundo número de la revista.

Orpheu es puro modernismo, en cualquier sentido que se le quiera dar al término. De hecho, conviven en sus números poemas herederos del simbolismo (sonetos esteticistas dedicados a Salomé, llenos de sedas, marfiles y piedras preciosas), con otros abiertamente vanguardistas, más concretamente futuristas, con su exaltación de la máquina, de la velocidad, de lo moderno frente a lo antiguo. La "Oda triunfal", que aparece en el primer número de Orpheu con la firma de Álvaro de Campos (uno de los heterónimos de Pessoa) es todo un manifiesto vanguardista digno del mismísimo Marinetti:


¡Eh-ah-ho, fachadas de los grandes almacenes!
¡Eh-ah-ho, ascensores de los grandes edificios!
¡Eh-ah-ho, reorganizaciones ministeriales!
¡Parlamentos, políticas, secretarios de presupuestos,
presupuestos falsificados!
(Un presupuesto es tan natural como un árbol
y un parlamento tan bello como una mariposa.)

El primer número de Orpheu fue un éxito y un escándalo mayúsculo. "Somos el asunto del día en Lisboa; lo digo sin exagerar", escribe Pessoa en una carta en abril de 1915. "El escándalo es enorme. Nos señalan por la calle, y todo el mundo -incluso fuera del mundo literario- habla de Orpheu". Así debió ser, sin duda, porque el panorama literario portugués no estaba quizás preparado ni para la sensualidad de los poemas modernistas -en el sentido simbolista-, ni para la provocación estética que suponían los poemas más vanguardistas, debidos al propio Pessoa o a Sá-Carneiro sobre todo.

El primer número de Orpheu correspondía a los meses de enero-febrero-marzo de 1915; el segundo, a abril-mayo-junio; nunca hubo un número 3. Las diferencias ideológicas, la pérdida del mecenazgo económico, la muerte de Sá-Carneiro en 1916 fueron algunos de los motivos de esta desaparición. Y sin embargo, el legado de Orpheu se sintió mucho más allá de las fechas de su publicación. Con esta revista, la modernidad entraba en la literatura portuguesa, y entraba para quedarse. Las posteriores publicaciones vanguardistas que fueron surgiendo en Portugal (el Sudoeste de Almada Negreiros, la Presença de José Régio, entre otros...) se proclamaron siempre continuadores de Orpheu.

miércoles, 25 de marzo de 2015

Erskine Caldwell: El camino del tabaco

Idioma original: inglés
Título original: Tobacco road
Año de publicación: 1932
Traducción: Horacio Vázquez-Rial
Valoración: muy recomendable

Dijo Osvaldo Soriano (pronto reseñaremos algo de Osvaldo Soriano aquí, por cierto) que Caldwell había enseñado a los escritores a escribir diálogos. Leo, en el prólogo, que eran la aportación más relevante, la marca de fábrica de Erskine Caldwell. Como una especie de signo de distinción de este escritor, integrante de ese movimiento denominado gótico sureño, pero eclipsado por la inmensa sombra proyectada por Faulkner o Steinbeck.
Lo cual es algo injusto. Porque, sí, puede que sean los diálogos de Caldwell los que nos permiten comprender todo lo que está pasando, casi ver lo que nos ocultan las capas de mugre, miseria, precariedad, pero todo lo demás no se queda atrás, para nada.

El camino del tabaco es la historia de Jeeter Lester, campesino del algodón y padre de una extensa familia, diecisiete hijos tenidos con su mujer Ada, a la que dedica estas caballerosas frases:

" Ojala Ada hubiese sido así de bonita, pero hasta cuando era chica, Ada era más fea que un pecado. Nunca he visto una mujer más fea en todos estos sitios, fuera de esa condenada predicadora, Bessie. Esos dos agujeros sucios que tiene en la cara le descomponen a uno."

La Bessie a la que le suelta tan amable referencia es una viuda que se presenta en la casa (mejor digamos choza o chamizo) y que seduce a Dude, muchacho de pocas luces, para que se case con él. Dude es, junto a Ellie May (afectada de labio leporino), uno de los dos hijos que aún conviven con el matrimonio. De todos los otros, salvo Pearl (desposada a los doce años con Lov, fugaz protagonista, junto a un mísero saco de nabos, de la primera escena), poco más se sabe. Andan por ahí, buscándose la vida. Ah. También la abuela está en la casa. 

Semejante estampa se enmarca en medio de devastadas praderas del estado de Georgia, en tiempos donde la parte central de la nación estadounidense era azotada por el desastre conocido como Dust Bowl, que agravaba el ya deprimente panorama de la Gran Depresión de 1929.

La existencia de Lester gravita en torno a sus escasas oportunidades de sacar algún provecho a las tierras que tiene arrendadas, lo mínimo para subsistir al día siguiente, calculando siempre meticulosamente cuál será el paso necesario para la obtención de los siguientes centavos, y siempre especulando con la deseada combinación (guano, semillas de algodón y el préstamo de una mula) que le permitirá, aunque sea de un modo precario y transitorio, superar ese mal momento que se alarga, ya, demasiado.
Mientras, piensa en cómo echarle algo a la olla del día siguiente: algo más que pellejo de tocino y granos de maíz. Su alternativa es abordar a tipos como Lov (a la sazón su yerno) y robarle un saco de nabos, para darse un oportuno y egoísta atracón. El hambre flota en todas las estancias de su destartalada casa.
El camino del tabaco no es una historia de idas y venidas de un puñado de gente miserable. Es un poderoso estímulo a indagar no solamente sobre otras novelas de Caldwell, sino sobre la propia situación que abocó a personas reales a la imagen de sus protagonistas. Su simbolismo es poderoso. No es, acaso, el flamante coche en que Bessie invierte los 800 dólares de herencia de su difunto esposo, una analogía de la fugaz riqueza previa al crash bursátil del Lunes Negro. Un vehículo que apenas tarda dos días en pasar de rutilante novedad a destartalado cacharro lleno de golpes, roturas y abolladuras, con asientos rotos y pintura descascarillada. Con Dude conduciéndolo mientras toca la bocina con insistencia y atropella (sin incidente ni remordimiento ni consecuencia alguna) a un negro que se cruza en su camino. Y con Bessie gobernando el coche con orgullo, siempre pensando que, mientras funcione y avance, todo es solventable.

A años luz de cualquier conato de frivolidad o glamour, solamente ese constante sentido del humor negro deja resquicio a la mínima e inútil esperanza. Caldwell quería alejarse con su prosa de cualquier sentido del romanticismo: sus personajes son seres gobernados (como ellos mismos reconocen) por los bajos instintos: el deseo, el hambre y la desesperación son de mal llevarse con la mesura y la contención. Ahí sembraba Caldwell sus semillas, y ojalá todos los frutos sean tan magníficos como esta novela.