sábado, 5 de diciembre de 2020

Lucy Maud Montgomery: Ana, la de Tejas Verdes

Idioma original: Inglés
Título original: Anne of Green Gables
Traducción: 
Año de publicación: 1908
Valoración: Está bien (recomendable para niños y jóvenes)

Todos sabemos, aunque sea de forma aproximada, de qué va Ana, la de Tejas Verdes. A fin de cuentas, esta novela de la canadiense Lucy Maud Montgomery, editada en un sinfín de ocasiones, se ha convertido en un clásico de la literatura juvenil del que es imposible no haber oído hablar. También han ayudado a afianzarla en el imaginario popular sus múltiples adaptaciones audiovisuales, de las que destacaría tres series: el anime de 1979, la de 1985 y la estrenada en Netflix en 2017. 

La premisa de Ana, la de Tejas Verdes es el siguiente: una huérfana adoptada por dos hermanos de mediana edad logra encandilar a los habitantes de Avonlea, un pequeño pueblo pesquero ficticio de la Isla del Príncipe Eduardo. Ana es una chica delgada, pecosa y pelirroja, muy inteligente, poseedora de una imaginación extraordinaria, llena de vitalidad y sumamente parlanchina. Aunque por lo general es alegre y decidida, también presenta inseguridades y flaquezas. Logra transformar cualquier situación en una aventura, y ocasiona enredos la mar de divertidos. A través de su extravagante perspectiva, Montgomery cuestiona algunas actitudes de la época (los roles a los que se delega a ambos sexos, la etiqueta social, la religión, el sistema educativo...). 

La novela está muy bien escrita. Su estructura es sólida, se desarrolla con fluidez, caracteriza adecuadamente a todos los personajes que la protagonizan, tiene destellos de humor que funcionan a la perfección, es didáctica sin caer en lo moralizante y, sobre todo, es más madura de lo que a priori puede parecer. Ciertamente, Montgomery no se recrea en los aspectos escabrosos de su historia, pero es innegable que haberlos, haylos, lo cual ayuda a contrastar con el tono alegre del conjunto, y a revestir de verosimilitud el escenario aparentemente bucólico en el que transcurre la acción.  

Recomiendo comentar las implicaciones de esta obra con sus jóvenes lectores. Por ejemplo: ¿son los adultos tan diferentes de los niños, en el fondo? ¿Es Ana realmente mala, o simplemente un espíritu libre, la encarnación de la inocencia y la sinceridad en una sociedad represiva y alienante? ¿Hace bien en no plegarse del todo a las normas? ¿Qué valor tienen la imaginación y la espontaneidad en un entorno rígido? ¿Acaso son más importantes las cualidades externas (el aspecto físico, la vestimenta...) que las internas? Etc, etc...

Quizás pueden reprochársele algunas cosillas a Ana, la de Tejas Verdes. Cosillas menores, que para nada arruinan la experiencia entera, pero que hay que tener en cuenta, sobre todo porque a veces chocan de forma irreconciliable con la sensibilidad contemporánea. A saber: 

  • En general, su prosa es excesivamente morosa. Se entretiene en descripciones paisajísticas, remolonea comprensivamente alrededor de los estados de ánimo o se explaya en los diálogos.  
  • Tiene capítulos que apenas avanzan el argumento. 
  • Sus personajes son, en general, bastante planos. Ya he dicho que están bien caracterizados, en el sentido que son distintivos unos de otros; no obstante, en su mayoría son algo simples. 
  • Su tono es, por momentos, afectado. Lo cual está justificado, pues Ana es una romántica empedernida y su época era mucho más emocional que la nuestra, pero insisto en que 

Pese a sus defectillos, Ana, la de Tejas Verdes es un clásico juvenil lleno de sensibilidad y sabiduría que hay que experimentar. A fin de cuentas, lo protagoniza una chiquilla que se cuenta entre las más memorables de la literatura universal. Razón por la que, creo yo, esta historia ha resonado con infinidad de lectores (sean de la cultura que sean y hasta diría que tengan la edad que tengan). A eso súmale que tiene valor literario y es evidente que a esta obra de Montgomery le queda todavía mucho recorrido. Y los que la terminen y tengan ganas de más, que sepan que existen las ya mentadas adaptaciones audiovisuales, amén de multitud de secuelas escritas por la mismísima autora. 

viernes, 4 de diciembre de 2020

Juan Carlos Castelló Meliá: Sobre la transexualidad

Idioma: español

Año de publicación: 2020

Valoración: sin duda, interesante

No es que me guste a mí meterme en ciertos jardines (bueno, igual un poco sí, pero no es el caso), como puede pensar alguien al leer el título de este libro y recordar el debate existente en España sobre la Ley de Transexualidad, aún no aprobada o la disputa dentro del feminismo entre las activistas Trans (o pro-Trans) y las llamadas TERFs (o quizás sólo una parte de las Trans y una parte de las llamadas TERFs, que yo en esto ya me pierdo), con episodios tan coloridos como ciertas declaraciones de la escritora J. K. Rowling y la respuesta de algunos de sus colegas, así como la crítica o el apoyo de sus lectores, etc.

No, no es este "tema de rabiosa actualidad" el que me ha llevado a leer este libro. Si alguien amplía la imagen de su cubierta, podrá ver con más claridad el subtítulo del mismo, que es lo que a mí me ha interesado, sobre todo: A propósito de Morris; Morris es la señora de la foto, la escritora británica Jan Morris, fallecida justamente hace pocos días, el 20 de noviembre (ahorrémonos los chistes sobre la fecha, please), a la venerable edad de 94 años, que no está nada mal... Por pura casualidad, este libro llegó a mis manos unos días más tarde y pensé que reseñarlo podía ser una buena manera de homenajear a esta respetada y célebre, al menos en el ámbito anglófono, escritora, que además de ser autora de eruditos y deliciosos libros de Historia, biografías y, sobre todo, viajes, amén de alguna que otra novela, fue, entre otras cosas, oficial de inteligencia del Ejército Británico durante la II Guerra Mundial, filóloga y periodista que cubrió en directo acontecimientos como la primera ascensión al Everest, el juicio a Adolf Eichmann o el conflicto árabe-israelí por el canal de Suez. Además de nacionalista galesa, esposo y padre de cinco hijos... Porque el motivo de que protagonice un libro sobre la transexualidad es que hasta sus 35 años, Jan Morris vivió como James Morris, aunque sintiéndose mujer desde su primera infancia, y a esa edad comenzó su transición física al sexo femenino -se entiende que ya era de género femenino- , que culminó años después con una operación quirúrgica en Casablanca.

Esta es la razón por la que el autor de este librito, el filósofo y profesor valenciano Juan Carlos Castelló, ha tomado a Morris como ejemplo para hablar del tema de la transexualidad. Porque, según explica, más allá de las teorías, posiciones ideológicas e incluso estudios científicos -aunque sin despreciar éstos en ningún momento-, la pretensión del libro es "acercarnos a la persona para procurar entender su situación o circunstancia y, desde ella y sólo después de ese encuentro, valorar las versiones teóricas y tomar una decisión lo más humanizadora y racional posible". Para ello, como digo, se explica el devenir vital de  Jan Morris, en gran medida basándose en el libro de memorias que escribió ella misma tratando el asunto, El enigma. Aunque también se nos cuenta la historia, tal vez incluso más famosa, de Lili Elbe, la transexual danesa de los años 30 y que inspiró el libro y luego película La chica danesa, y cuyo caso Morris siempre tuvo muy presente. Al mismo tiempo, Castelló también aporta una serie de citas y referencias de pensadores como Judith Butler, Simone de Beauvoir, Ortega y Gasset , e incluso de novelistas como C. S. Lewis o el historiador Alexander Kinklake; ahora bien, siempre evitando la excesiva fárraga teórica, puesto que, si bien este libro ha sido publicado por una editorial dedicada a la filosofía y el pensamiento, lo es en una colección destinada a estudiantes. 

Si la primera parte del libro se centra en la historia de Jan Morris, la segunda es más una disertación y reflexión sobre los aspectos más teóricos, pero también políticos de este tema. Además de explicar con claridad las diferencias entre la transexualidad y las orientaciones y prácticas sexuales como la homosexualidad o el travestismo, insiste en la distinción fundamental -hecha a lo largo de todo el libro, en realidad- entre "sexo" -es decir lo referente a las categorías biológicas- y "género" -referente a categorías sociales y culturales y que determinan la identidad de cada persona-, así como las que hay entre las dicotomías macho/hembra  y masculino/femenino; además, explica en que consiste la llamada "perspectiva de género" -que no "ideología"-, que el enlaza, en el caso de las personas transexuales, de una forma estrecha con el feminismo y las reivindicaciones del colectivo homo y bisexual (toca sólo de forma indirecta lo que se refiere a la teoría o teorías Queer), en contraposición con los presupuestos de los que llama neoconservadores: aquéllos que consideran que lo único "natural" y "correcto" son los dos géneros que corresponden a los dos sexos biológicos y las relaciones sexuales y afectivas entre ellos, en exclusiva.

Aunque el tema da para mucho, no me extenderé más en esta que, por definición, ha de ser una reseña contenida; sólo quiero aconsejar, sin dudas y a quien le interese, la lectura de este libro, así como cualquiera de los de la gran Jan Morris. Tengamos siempre presente el lema que podemos ver en su camiseta (volved a ampliar la imagen si hace falta): So many books... so little time! Así que ¡todo el mundo a leer! (que al menos aquí, empieza un puente).

Escrito por Jan Morris y reseñado en Un Libro Al Día: Manhattan 45

jueves, 3 de diciembre de 2020

Saša Stanišić: Los orígenes

Idioma original: alemán
Título original: Herkunft
Traducción: Belén Santana López (ed. en castellano) y Eva Garcia Pinos (ed. en catalán)
Año de publicación: 2019
Valoración: muy recomendable

La impronta de la guerra en un territorio, la marca que deja en aquellos que se ven obligados a dejar su país es imborrable y, con la huida, el inexorable distanciamiento y disgregación de unos orígenes no enraizados completamente si esta se produce a edades tempranas. Porque es indudable que cualquier guerra deja una traza ineludible para aquellos que la sufrieron, ya sea de manera directa o porque les obligó a fugarse de su país justo antes de que estallara. Esto es lo que le ocurrió a Saša Stanišić, huyendo con su madre de su natal Višegrad (Bosnia) a la edad de catorce años, en verano de 1992, cuando empezaron a quemar casas de origen musulmán. Pero este libro no trata sobre la guerra, o al menos no de manera directa, sino que trata sobre los orígenes, sobre el sentimiento de pertenencia y la voluntad del autor de explicar su vida, décadas después, para reconectar con esos años de infancia y adolescencia marcados por la adaptación a un país extraño, a una lengua desconocida y a una vida abismalmente diferente a la que estaba acostumbrado. Y la necesidad, siempre imperiosa, de reencontrar, años después, sus orígenes.

El relato empieza con el autor contándonos su nacimiento en 1978, en Višegrad, en un lluvioso día de marzo. Nos habla del entorno donde se crio, con una madre que estudiaba y un padre que trabajaba. Y con una abuela, Kristina, que le puso el nombre y le cuidaba durante gran parte de la semana junto con su abuelo Pero, «comunista de corazón y de carné». Una abuela de quien afirma que «vivió las guerras en casa. La Segunda Guerra Mundial en Staniševac, el pueblo de su infancia, la guerra de Bosnia, en Višegrad». Así, a partir de fragmentos, el autor nos habla de su juventud, a pinceladas, a través de anécdotas, afirmando con nostalgia que «el país donde nací ya no existe» en una Yugoslavia desaparecida.

El estilo del autor es muy poético, cálido, sensible, pausado y próximo. Stanišić nos habla de su infancia en una tierra de pequeñas costumbres, de lugares atrapados en pueblos donde el tiempo no pasa ni pasa por ellos, de su abuela y su tía abuela con sueños de astronauta, alguien que «no quería seguir esperando otras épocas»; nos habla de los pueblos pequeños y sus vidas tan grandes que llenan el pueblo. Ese estilo tan rural que en ocasiones recuerda a Tokarczuk y sus pequeñas aldeas de Antaño, por su lenguaje terrenal y agreste, por unas costumbres arraigadas a vidas llenas de sacrifico y vacías de superfluidad; en otras ocasiones, también recuerda a la Lana Bastašić de «Atrapa la liebre», por el retrato tangencial de una guerra yugoslava que los marcó a todos y que les impulsa a hablar de ella años después. Al fin y al cabo, son los orígenes, es la antigua vida que uno busca cuando la cree ya olvidada. 

Así, el autor, partiendo el relato de su vuelta a Oskaruša, el pueblo de sus antepasados, en un viaje en 2009, nos pone rápidamente en situación para hablarnos de su pasado con la compañía de su abuela y de su amigo Gavrilo, visitando a la tumba de sus bisabuelos; una visita que abre un camino directo a su infancia. Ya el propio autor afirma que «la historia empezó con los recuerdos que se borran y con un pueblo a punto de desaparecer. Empezó en presencia de los muertos: en la tumba de mis bisabuelos»; unos abuelos que son parte esencial del relato, pues son las conversaciones con su abuela, afectada de demencia, las que impulsan al autor a querer llenar esos vacíos recordando su propia historia, buscando encontrar su origen y nutrirlo, completarlo, pues «esta historia empieza con el encendido del mundo sumándole historias». Porque su abuela es un personaje clave, es el enlace entre pasado y presente, el puente entre Yugoslavia y Alemania, entre origen y destino, entre un pasado marcado por la guerra y un presente marcado por la añoranza. Y, en esos recuerdos, la imperecedera permanencia de los sentimientos, testigos incuestionables que anclan los recuerdos a una época, a una familia, porque «yo digo que la tierra natal es aquello sobre lo que estoy escribiendo. La abuela», «el origen es la abuela. Mi madre, su abuela», «y lo es también la niña de la calle que solo la abuela ve. Mi origen es Gavrilo, que me dice adiós con la mano».  Porque, en el fondo, los orígenes no son el lugar donde nacimos; nuestro origen es el entorno, donde nos criamos, pero también las familias y sus gentes, sus costumbres, sus vidas, también los recuerdos de la infancia y la de todos aquellos enraizados a una tierra sometida a guerras que dividieron familias y pueblos.

Estilísticamente, la sensibilidad del autor es innegable, y se hace evidente en cada una de las páginas de este precioso libro, como cuando afirma que «por más vueltas que le demos, el origen continúa siendo un constructo. Una especie de vestido que tendrás que llevar para siempre una vez te lo hayan puesto». El estilo de Stanišić es arrebatadoramente bello, poético, nostálgico; es el estilo de quien siente dentro de sí mismo el transcurso de una historia que empezó en sus antepasados, en esos pueblos pequeños de vidas humildes donde parece que el tiempo no avance, pero sí las guerras que los cruzaron; nos habla de una tierra lejana en el tiempo, pero próxima dentro de uno mismo, que forma parte de su historia, de manera interna, como si siguiera creciendo dentro de él, como si la llevara incorporada, impregnada en su propio ser.  Y con ese estilo, el autor mezcla anécdotas personales, a menudo basadas en el mundo del deporte, para ubicarnos temporalmente y anclar esos recuerdos que a nivel personal le impactaron con lo que sucedía en el país; de esta manera el retrato personal del autor cobra un sentido, pues los sucesos se mezclan en la memoria y se afianzan a un estado de ánimo personal y social de manera inseparable.

Stanišić nos habla de los recuerdos y la memoria, en apariencia indisociables, aunque la memoria se va perdiendo mientras que los recuerdos se reconstruyen cada vez que acudimos a ellos o ellos aparecen de golpe. Y en esa memoria cabe una vida, la suya o la de un pueblo, y nos habla de guerras y un pasado marcado profundamente por la muerte de Tito, punto de inflexión en la historia de un país que partía de una unidad y se disolvía en partes más pequeñas y enemistadas; la grieta que se abrió después de su muerte y de cómo «el resentimiento étnico se utilizó para dar soporte a los esfuerzos por dividir, el resentimiento étnico era la respuesta. La política no hacía disminuir el miedo, sino que alimentaba las hostilidades». Dice el autor, hablando por primera vez con una chica que le gustaba, que «tendría que haber explicado algo sobre mí, pero sólo podía recordar la maldita guerra. Y de eso no quería hablarle». Y con esa frase, uno se da cuenta de cómo una vida puede quedar llena por un suceso, como los recuerdos son ocupados en su totalidad por la tragedia, aún y siendo vista desde la distancia, porque los orígenes no se dejan, los llevamos dentro, y lo que ocurre en ellos vive en nosotros porque «los orígenes es sobresaltarse cuando alguien te llama por el nombre en tu ciudad natal».

Con este estilo impregnado de emotivas palabras, la prosa del autor vuela y fluye, próxima y cercana al lector, en pequeñas pinceladas que marcan la silueta clara y nítida del cuadro sentimental que la obra destaca; el trazo es firme y decidido, pero, a la vez, delicado, apelando a los sentimientos. La belleza de la prosa del autor aparece en cada página para recordarnos que nuestro pasado está repleto de momentos que cobran importancia al paso del tiempo, al recordarlos, al revivirlos, al requerirlos. Ellos constituyen nuestra memoria y, por tanto, les debemos aquello que ahora somos. El propio autor declara, refiriéndose a su madre en que «lo que echa de menos hoy en día no lo llena de invenciones, como yo hago.» 

El estilo de Stanišić es pausado, pero no lento, tiene la cadencia propia de quien narra con la vista dirigida a un pasado que sigue muy presente, la mirada vuelta hacia unos orígenes que lleva dentro de sí y que marcaron su vida y su huida, descubriéndose a sí mismo en otra ciudad y otra lengua, otros rostros y otro entorno, pero no otra vida, sino una capa más que cubre y protege la que dejó atrás, aunque sólo físicamente. Stanišić recuerda que en su llegada a Alemania vivió en condiciones muy humildes, en casa pobladas de gente y muebles viejos y aprovechados. Con dos padres que abandonaron su profesión y trabajaron en lo que pudieron, la construcción él y la lavandería ella. Una vida precaria, donde «no valía la pena comprar nada porque podían ser deportados en cualquier momento», en una vida en la que uno se avergüenza de traer amigos a casa y que vean las condiciones en las que viven y la infancia en la nueva tierra de acogida, con nuevas amistades de distintas procedencias, pero con un mismo origen: el del migrante. Y, ante la duda de cómo reaccionar hacia ese nuevo entorno, con las amenazas y riesgos de caer en la marginalidad, la confianza en hacerlo de la manera más sabia posible: «mi rebeldía consistió en adaptarme». Una vida en Heidelberg, una ciudad sobre la que Stanišić afirma que tiene «sus fachadas de arenisca siempre delicadamente rojizas, avergonzadas de su propia belleza». 

Dice Stanišić que «no culpo la guerra ni la separación del distanciamiento de mi familia. Como ejercicio de acercamiento, fabrico historias que nos unen». Es evidente que su historia nos une a todos, al apelar a nuestra memoria y nuestros recuerdos, diferentes en cada uno, pero reclamados por motivos parecidos y, en ese proceso, tal y como dice el autor en un fragmento del libro, «las palabras me rondan, me desconciertan, me hacen feliz, tengo que seleccionar las adecuadas para esta historia». Y es evidente que el escritor ha cumplido con su propósito, pues ha encontrado, en cada una de ellas, la manera idónea de acceder a nuestros propios orígenes.

miércoles, 2 de diciembre de 2020

Claudia Salazar Jiménez: La sangre de la aurora

Idioma original: Español
Año de publicación: 2013 (en España en 2020)
Valoración: Está muy bien

Memoria, dignidad, justicia. Diferentes maneras de acercarse al tema, ya sea desde la crónica, desde lo autobiográfico o desde lo puramente ficcional. Nombres que resuenan en mi cabeza: Svetlana AlexievichEdurne PortelaNora Strejilevich ...

Perú, años 80... Lima, la ciudad de la garúa, de los apagones, de la violencia ciega...

Tres voces, tres mujeres, tres clases sociales diferentes... Marcela, la educadora social que acaba ingresando y "ascendiendo" en la guerrilla de Sendero Luminoso , Modesta, la campesina, y Melania, la joven de clase alta que se dedica al fotoperiodismo... Tres formas de buscar la libertad, el desarrollo personal, pero también, en ocasiones, tres formas de huir...

Tres cuerpos, tres maneras de entender la sexualidad, tres modos de desear y amar, un solo campo de batalla...

Los mecanismos del poder, en su más amplio sentido, la violencia ejercida desde uno y otro bando en nombre del pueblo pero siempre contra el pueblo... la violencia, el miedo y terror que igualan y que se ceban con y contra las mujeres...porque ella era solo un bulto (y, además, intercambiable).

Un texto breve, este "La sangre de la aurora", de apenas 125 páginas, fragmentario, inconexo, de frases breves y punzantes. Una novela en la que Salazar Jimenez va mezclando voces y registros. Porque no hay una única verdad, la realidad no es tan sencilla como blanco o negro. Interrogatorios, testimonio, monólogo interior, narración en primera persona... "cholos", "serranos", iluminados, niñas bien... Y aquí también vienen a la cabeza José María Arguedas o Manuel Scorza, ya reseñados en este blog, por ese dar voz a los sin voz, por esa narrativa desde la "periferia".

Un texto, en definitiva, desde una óptica femenina, que crece a medida que pasan las páginas, que duele, que se acaba quedando en la cabeza. Un descubrimiento, oigan.

martes, 1 de diciembre de 2020

Alexander Trocchi: El joven Adán

Idioma original: inglés
Título original: Young Adam
Traducción: Héctor Arnau
Año de publicación: 1954
Valoración: Bastante recomendable


Primero fue, hace mucho tiempo, El tercer policía, de Flann O´Brien, y más recientemente Locus Solus, de Raymond Roussel, dos libros fascinantes, de esos que me entusiasman especialmente porque se salen de lo normal, desbordan de imaginación y muestran algún rasgo de locura. La conexión entre ellos: la editorial Numa, que si no estoy equivocado (y ojalá lo esté) ha desaparecido del panorama. Pero con esos antecedentes no era cosa de darse por satisfecho y ya llevaba tiempo buscando algún otro título de su catálogo. Así llego a El joven Adán, y de nuevo me encuentro con un libro diferente de lo habitual, aunque por motivos diferentes de las dos joyas anteriores.

El joven Joe (lo de Adán es más bien una metáfora que no llego a captar del todo) trabaja en una barcaza que transporta cosas por los canales de Escocia, algo que hizo el propio Trocchi, por donde encontramos un claro rasgo autobiográfico. Joe vive allí, en la barcaza, junto a su jefe, o compañero, Leslie, y la mujer y el hijo de este último. Un buen día encuentran flotando a una joven muerta (casi como la Laura Palmer de Twin Peaks), la pescan y la transportan a tierra. En principio, la cosa pinta bien. Tenemos un escenario interesante, un entorno diferente que se va moviendo por pequeños pueblos en fuerte crecimiento industrial (estamos en los años 50), con un cuadro de personajes que pasan mucho tiempo juntos y aislados del exterior, y que se antojan bruscos, algo primarios, curtidos por una vida difícil. Paisaje fabril, convivencia intensa y un cadáver en el agua, todo muy prometedor. Y más aún, las primeras páginas son extraordinarias, perfectas para recrear esa atmósfera brumosa de silencios y un misterio vago.

Intentando destripar lo mínimo posible, diré que, en una transición sutil y bien desarrollada, la historia se desliza hacia las aventuras sexuales del tal Joe, no muchas (el libro tiene apenas 150 páginas) pero sí muy intensas y con cierta abundancia de detalles. Parece que Trocchi juega al despiste, arrinconando en un plano de fondo ese cuerpo flotante hasta el punto de hacernos pensar si realmente no se habrá olvidado de él por completo. Porque el libro adquiere por momentos el aspecto de una novela erótica, y de alguna manera parece desinflarse, o al menos caminar hacia un terreno muchas veces conocido, ya sea en libros o en el cine.

Como tengo la buena costumbre de no acumular apenas información sobre el autor hasta haber terminado el libro (y a veces ni eso), me ahorro de momento saber que Trocchi se dedicó tiempo después a la novela pornográfica, lo que hubiera supuesto un prejuicio difícil de superar a la vista del derrotero que parece tomar el texto. Y sin embargo esa insistencia en las escenas tórridas –en ocasiones bastante gratuitas- no hace que el libro se desmorone de todo. En parte porque están francamente bien expuestas, y también porque se acompañan de un clima de extraña tensión que provoca una especie de impaciencia: sabemos que es un relato breve, y estamos esperando que algo ocurra, que las situaciones giren de forma abrupta hacia algo seguramente dramático, pero las páginas avanzan y no ocurre mucho más. Es una pequeña montaña rusa, que oscila entre lo poco (y a veces no muy interesante) que nos está contando el autor y lo bien que lo hace, con lo que a ratos queda el lector seducido por esa atmósfera turbia, y a ratos decepcionado por lo aparentemente rectilíneo del relato.

Todo queda por tanto en el aire hasta ver qué hace Trocchi con su narración aparte de calentar el ambiente. Aquí, sintiéndolo mucho, no voy a poder contar nada concreto, pero hay que reconocer que la novela recobra buena parte del valor que le suponíamos al principio. Nuestro personaje masculino, además de su voracidad sexual, empieza a adquirir matices. Vemos a un individuo áspero, con arrebatos violentos, que siempre parece aburrirse de todo, un tipo básicamente egoísta. Y sin embargo aparecen por algunas grietas ciertos atisbos de empatía, de la debilidad que se suponía ausente. Como ya consiguió en un pico de tensión anterior, Trocchi va dejando ver por qué camino vamos a avanzar hacia el desenlace, pero lo hace siempre ocultando toda pista, obligando al lector a permanecer atento página tras página hasta el mismo final del libro.

Se podría hablar mucho de Alexander Trocchi, un tipo pendenciero, heroinómano (y orgulloso de serlo), traficante y no sé cuántas cosas más, como decía antes en parte reflejado en el personaje principal de la novela. Por mi parte, como desconocedor de cualquier otra obra suya, me queda la sensación de que es un autor a quien le sobraba talento y quizá le faltaba trabajo. Porque tengo la convicción de que un buen libro no nace de raptos de inspiración de las musas ni se construye solo a base de lo bien que uno escribe. Aun así, me sigue pareciendo un título bastante valioso que merece la pena descubrir.

P.S. No me puedo resistir a contar algo acerca de la contracubierta. Además de algún comentario algo chocante y una horrenda foto del autor en bañador, dice lo siguiente ‘El joven Adán ha recibido los consabidos parabienes de autores consagrados y crítica preclara (Burroughs, Ginsberg, Beckett, TLS…). En efecto, esta podría ser una de las cien mil mejores novelas de la historia de la literatura’. ¿Un rasgo de autocrítica? ¿Un exceso de sarcasmo? ¿Un mal día del editor? En todo caso, no descarto seguir buceando en este sorprendente catálogo. Veremos.

 

lunes, 30 de noviembre de 2020

G. K. Chesterton: Anécdotas de Londres y Nueva York

Idioma original: Inglés
Título original: Sidelights on New London and Newer York and Other Essays
Traducción: Montserrat Gutiérrez Carreras
Año de publicación: 1932
Valoración: Recomendable para interesados

Anécdotas de Londres y Nueva York no es, pese a lo que su título parece indicar, un libro de viajes. Es, más bien, un ensayo. O algo parecido. El volumen compila veintiocho artículos breves de G. K. Chesterton. Exceptuando los cuatro que lo cierran, que hablan exclusivamente de literatura, todos ellos están conectados entre sí y persiguen el mismo objetivo: sugerir «una pausa para la reflexión» y «aconsejar a los jóvenes que piensen en lo que hacen» y «a los mayores que piensen en lo que denuncian.» 

Este conato de diplomacia me encanta. Los conflictos generacionales son muy divertidos (y si no, que se lo digan al "meme" del "boomer VS millennial"), pero entre sus contendientes rara vez hay un esfuerzo por establecer un diálogo que beneficie a las posturas enfrentadas. Dicho esfuerzo es, precisamente, el que realiza Chesterton en estas páginas.   

Evidentemente, la postura equidistante del autor en realidad no lo es tanto como él debía creer, y su educación cristiana y su origen británico le influyen más de lo que debieran. Sin embargo, sus reflexiones son, la mayoría de las veces, lúcidas; sus argumentos, persuasivos; y su ironía, aunque intermitente, elegante. De modo que vale la pena averiguar la opinión de Chesterton sobre el desarrollo de la psicología en la Inglaterra contemporánea, el hedonismo, la imaginación como herramienta para combatir el tedio, la idiosincrasia estadounidense, la Ley Seca, la importancia de las humanidades, el puritanismo o la simbología de los rascacielos. Personalmente, me han gustado mucho las críticas que hace al periodo victoriano, o su reivindicación de lo que él llama el ideal americano. 


domingo, 29 de noviembre de 2020

Jia Tolentino: Falso espejo

Idioma original: inglés

Título original: Trick Mirror

Año de publicación: 2020

Traducción: Juan Trejo

Valoración: casi imprescindible

Podría pasarme media reseña justificando ese "casi", así que empiezo zanjando la cuestión: a una escritora de 32 años, teniendo en cuenta que una carrera "literaria" suele contar con una curva de evolución ascendente, siempre se le puede exigir algo más, y quizás ello pase porque una excesiva celebración inicial pudiera empujar a un cierto relajamiento.

(Como si Jia Tolentino fuera a leer esto).

Por todo lo demás, dejad que os explique en someras líneas iniciales que la autora es plantilla del New Yorker y que ya cuenta con experiencia previa como editora en varias publicaciones estadounidenses, a pesar de su juventud y bla bla bla.

Aterrizando en lo concreto que nos trae aquí, a nosotros, implacables opinadores, y a vosotros, curiosos y a veces ácidos lectores, os diré, primera frase de impacto y esto no es un clickbait, que los ensayos de Jia Tolentino han sido, de lo que he leído, lo más cercano de estar al nivel de los de David Foster Wallace. Sí, aquellos sobre la industria del porno, sobre ferias de ganado, etc. Es decir, ensayos de tal poderío narrativo que son capaces de hacerte olvidar, valgan los ejemplos, que no tenías, inicialmente, interés alguno sobre el temita de marras. Y aunque uno esté mediatizado por ciertos comentarios sobre el libro en cuestión, aunque uno reconozca cierta predisposición previa o curiosidad por esos apelativos de primera gran escritora millenial, damas y caballeros, esto no es Tao Lin, y ni Tolentino escribe textos como si fueran mensajes de Whatsapp, ni elige temas para hacerse la freakie.

Porque encima, escribe sobre cuestiones de alto calado y de gran actualidad y lo hace despojada de la solemnidad, de la consciencia de ocupar un púlpito, que pudiera esperarse, por ejemplo, de Zizek. Muchas veces escribe desde la experiencia propia y muchas desde el colosal bagaje de sus lecturas, o de información variada y contrastada, y no veo indicio alguno de estar impostando en momento alguno sobre ese abrumador caudal. Diréis que en estos tiempos todo es posible, pero no veo a Tolentino como un hype sino como una fresca y esperanzadora realidad, y regreso a ese "casi" para confirmar que pueda parecer demasiado perfecta para ser real, y que ello pueda generar ciertas suspicacias o reticencias. Olvidaos de eso, hacedme (haceros) el favor.

Falso espejo recorre desde experiencias propias con drogas sintéticas (sin que ello suene a proselitismo) hasta extensos ensayos con aluvión de referencias (curioso, a diferencia de DFW no hay uso ni abuso de nota al pie, sí una excitante bibliografía al final del tomo a la que habrá que hacer mucho caso) sobre el tratamiento de la literatura a las llamadas heroínas y cómo se ha reflejado en los personajes literarios la necesaria evolución del feminismo. Habla de redes sociales, del progresivo crecimiento del endeudamiento de la generación universitaria estadounidense (jóvenes que deben años de salarios por sus estudios antes de haber obtenido un contrato laboral), del progreso de la industria relacionada con las bodas, habla del papel de la mujer en la sociedad actual, y todo tema del que escribe atrapa, todo ensayo (o reportaje o crónica) acaba tomando un ritmo narrativo casi novelesco, como si Tolentino diseñara esos textos con una tensión, con una necesidad de desenlace. 

Tolentino escribe con una firmeza y una convicción que nunca alcanzan la arrogancia. No me importaría, aclaro, que así fuera, dados los resultados. Traza un claro perfil feminista no porque la lógica evolución de la sociedad así lo establezca: es más líder que seguidora, como cuando en uno de sus artículos ha de denunciar la omertá vigente, con la complicidad de medios y cierto poder en la sombra, en la Universidad de Virginia, en que estudió, en lo concerniente a agresiones sexuales efectuadas en hermandades masculinas. Su tesón en estas cuestiones no es que sea encomiable, sino más bien necesario, casi obligatorio, aunque haya que comprender que sus referencias cercanas sean las cercanas, las del universo USA en lo político, en lo social, en lo cultural. Y voy a resistirme a la tentación de comentar esos textos en función de un par de sentencias que los resuman. Nada de eso. Son textos (pienso hacerme con el libro ya que el ejemplar leído es de la biblioteca) que reclaman relecturas, consultas posteriores, cotejo de referencias, nada de quedarse en el estante, más bien conservarlo una temporada en la mesita (si el Tsundoku lo permite, claro). 

Así que, con las precauciones propias de los tiempos que corren, porque siempre puedo uno acabar desperdiciando talento firmando un contrato de muchos ceros como asesor cultural y quemando  horas en un despacho en vez de regalar textos casi siempre gloriosos, dinámicos, modernos, subjetivos (tiene una experiencia, tiene una opinión, ¿qué esperáis?) brillantes y rebosantes de agudeza, de humor, un espléndido libro de una autora a la que habrá que tener en cuenta, no sea que hablemos un día de la voz de una generación y alguien por aquí se piense que hablamos de un reality show.

Luego no digáis que no avisé.