miércoles, 4 de mayo de 2016

David Toscana (2x1): El último lector

Idioma original: español
Año de publicación: 2005
Valoración: Muy recomendable

Con tantos escritores y tantos libros que se parecen peligrosamente los unos a los otros, hasta el punto de hacerse indistinguibles, cuando se descubre una voz diferente, con personalidad, con un estilo propio, esto es una alegría y una sorpresa muy agradable. Eso me ha pasado con David Toscana, al que no conocía hace un mes, y del que he leído dos libros seguidos (que voy a reseñar también seguidos), y seguro que no serán los últimos que lea de él.

Cuando digo que David Toscana tiene una voz diferente no quiero decir que no se parezca a nada ni a nadie (como si eso fuera posible). De hecho, sus referentes fundamentales (Cervantes, Rulfo, Donoso, García Márquez...) aparecen en cada entrevista que da, y también son reconocibles en su obra. De Cervantes toma el tema de la locura, que permite dar rienda suelta a la fantasía sin salirse del realismo; de Rulfo, los paisajes del desierto mexicano, y los personajes que están derrotados antes incluso de empezar a luchar; de García Márquez, el cuidado por el estilo y el lenguaje.

El último lector, la primera de las novelas que he leído de Toscana (no confundir con una obra del mismo título pero de Ricardo Piglia) tiene un principio propio de novela policiaca: Remigio, habitante de Icamole, un mísero pueblo en merio del desierto donde casi nunca llueve, descubre en el fondo de su pozo el cadáver de una niña. No se sabe nada de ella: quién es, de dónde viene, quién la ha matado. Asustado por las posibles consecuencias, se lo cuenta a su padre, el bibliotecario Lucio, quien le aconseja que haga como el personaje de una novela, y entierre el cadáver entre las raíces.

A partir de ese momento, es Lucio, "el último lector", quien pasa a ocupar el centro de la escena, interpretando todo lo que sucede en el texto a través de sus lecturas, y la novela se transforma en un ejercicio metaliterario en que el bibliotecario actúa como crítico, como narrador y también como censor. Pero no censor en función de criterios morales (las escenas de sexo le gustan bastante, de hecho), sino de criterios estilísticos: no soporta que los autores mencionen las marcas de ropa, de perfumes, de sombreros; tacha los adjetivos innecesarios y tópicos; exige que los autores sepan de lo que hablan y no se sirvan de tópicos melodramáticos para salr del paso...

Así contada quizás la novela no parezca nada especial (un ejercicio quijotesco más, como muchos otros), pero a todo lo anterior hay que sumarle dos de las mayores virtudes de David Toscana: su sentido del humor, irónico pero amable, sobre todo con los personajes desfavorecidos, y su cuidado del estilo, que sin ser pedante ni rebuscado huye del estilo transparente y conversacional que domina mucha literatura actual. Y todo ello en un paisaje desértico que tiene resonancias históricas (en Icamole libró Porfirio Díaz una batalla que después se atribuyó a Pancho Villa, que queda más chic) y míticas (la travesía del desierto, etc.).

De los párrafos anteriores se puede deducir que David Toscana se encuentra más próximo de los escritores del boom (aunque sin realismo mágico) que de los grupos llamados McOndo o Crack, a pesar de que generacionalmente le corresponderían estos últimos. Su renuncia a los espacios urbanos, su renuncia a la (pos)modernidad y a sujetarse a las últimas modas (la narco-narrativa, por ejemplo) le sitúan un poco al margen de las tendencias dominantes en la narrativa mexicana. Y sin embargo, hace tiempo que no encontraba un escritor con tanta personalidad y al que me apetezca tanto seguir leyendo.

El siguiente: El ejército iluminado.

martes, 3 de mayo de 2016

José Manuel Caballero Bonald: Ágata ojo de gato

Resultado de imagen de agata ojo de gatoIdioma original: español
Año de publicación: 1974
Valoración: Muy recomendable


Aunque el argumento ocupe un segundo plano en la novela, eclipsado por el espectacular despliegue de estilo que realiza su autor, no vendrá mal adelantar algo para que sirva de guía a los nuevos lectores que vayan a transitar por tanto meandro y vericueto repleto de barroquismo.
En primer lugar, no se van a encontrar con una trama realista al uso. Se trata de un relato con vocación de fábula que comienza presentándonos a un normando nómada y enseguida a la joven Manuela, personaje que –aunque no llega a ser protagonista por tratarse de una obra coral– funciona como la columna vertebral de esta. El transcurso de su vida sirve de novela-río: desde que el inmigrante la compra a sus padres (aunque hoy lo consideraríamos un secuestro), sufrirá vicisitudes varias, nuevas violaciones y luego –hasta el descubrimiento del tesoro oculto que había desenterrado el vagabundo y que le condujo a la enfermedad y la locura– la prostitución como medio de supervivencia. Al morir el hombre, Manuela pone el tesoro en manos del hijo, Perico Chico (Pedro Lámbert desde el momento en que cambia de estatus) que, en cuanto atisba la posibilidad de ser rico, olvida su preocupación por el padre, incluso se desliga de la madre y se convierte en un ser frío y calculador, dedicado a oscuros negocios a costa de la venta de las joyas y objetos artísticos desenterrados por el normando. Se inicia además en las ciencias ocultas para que estas le ayuden a aumentar su patrimonio y, cuando se desengaña de ellas –influido por su católica esposa y por la idea de que con la superstición pierde honorabilidad– busca eso mismo en la religión. Existe un segundo hijo, de otro padre, que vive al margen de la vida familiar y acaba por desertar de ella. Sin embargo, la familia no para de aumentar, secundariamente por el nacimiento de nuevos miembros, pero su fuente principal es la incorporación de personas sin ningún vínculo a las que Manuela adopta como hijos o Pedro Lambert acoge en su nueva mansión
Al final de la cuarta parte, comienza la guerra civil española que lo trastoca todo, dando lugar a que el escenario de la quinta sea radicalmente distinto y a que los personajes aparezcan como derrotados, hayan perdido fuerza, hacienda e ilusión, como si hubiesen transcurrido muchos años. Los tres de la guerra no forman parte del relato, pero se intuye lo ocurrido por comentarios que se hacen sobre la marcha. A partir de ahí, –excepto Manuela, cuya decadencia había comenzado mucho antes– todos los personajes, comenzando por Pedro Lambert van cayendo en picado, aproximándose a su dramático fin.
A pesar de su carácter coral, cuatro personajes se turnan en llevar las riendas del argumento: el normando, Manuela, su hijo Pedro Lambert y Pedro a secas, el hijo de este. Algún autor ha apuntado que las andanzas de Perico Chico son una reelaboración eficaz de El Lazarillo de Tormes, pues lejos de resignarse con su malograda existencia, se busca la vida como puede y sigue adelante con el contrabando de joyas. Lo que el autor nos presenta, a grandes rasgos, es el ascenso de una familia excluida socialmente hasta entonces que se aferra a la riqueza como único horizonte posible. Las preocupaciones éticas del autor, igual que en Dos días de septiembre, quedan aquí de manifiesto. Pero además, al describir el proceso de colonización de unas tierras casi en estado virgen y la consecuente defensa de estas ante quienes pretenden domeñarlas, constituye un canto al mundo natural y su influjo sobre los seres humanos.
Un ejemplo del magistral empleo de la tensión narrativa lo tenemos en ese cadáver que, intuimos, puede aparecer en cualquier momento. El autor nos pone alerta ante un bulto o algo que llama la atención en puntos desperdigados del relato, de ahí que, en cierto modo, el normando sea un cadáver viviente que mantiene su protagonismo hasta el final.
Aparte del esperpentismo de algunos párrafos, que me han recordado mucho a Tirano Banderas, me parece evidente su relación con Pedro Páramo (1955), pero sobre todo con Cien años de Soledad (1967), y no solo por el territorio mítico que Ágata comparte con las dos últimas. Se sabe que para Caballero Bonald fue determinante el boom latinoamericano de la época, de hecho, mientras escribía su primera novela fue profesor en la universidad de Bogotá. Pero, además, es fácil rastrear la huella del colombiano en la obra del jienense: Cien años de soledad es una novela coral que introduce sucesivos protagonismos no demasiado relevantes en el conjunto de la novela, Ágata también, aunque esos medio protagonistas sean muchos menos que los del colombiano. Ese Juansegundo, hijo de Juan Cristómo, recuerda mucho a Arcadio Segundo, aunque su papel tenga mucha menos relevancia. El maizal de los Golondrinos me recordaron a los golondrinos de las axilas que describía García Márquez. Algunos párrafos parecen calcados de episodios concretos pasados por el tamiz del jerezano. Manuela, aunque posea personalidad propia, es una clara recreación de Úrsula. Por último, la progresiva decadencia de la finca, su dramático  aislamiento final constituyen un paralelismo evidente.
A pesar de todo, no podemos considerar que Ágata ojo de gato sea el Cien años de soledad español, principalmente porque si existiese alguna novela digna de este calificativo tendría que resultar tan original como aquella lo fue en su época y, por tanto, no tendría que parecerse a ella en nada.

lunes, 2 de mayo de 2016

Aleksandar Tisma: A las que amamos


Idioma original: Serbio
Título original: Koje volimo
Traducción: Luisa Fernanda Garrido y Tihomir Pistelek
Año publicación: 1990
Valoración: Recomendable


Podría ser tras cualquier guerra, pero es tras la Segunda Guerra Mundial.

Podría ser en cualquier ciudad, pero es en Novi Sad, ciudad natal del autor.

Novi Sad, ciudad de lenocinio, ciudad-lupanar. Un lugar gris, pobre, opresivo, lleno de oscuras buhardillas, sombríos corredores, húmedas habitaciones con camas de hierro y sábanas frías. 

Aleksandar Tisma nos lleva a su ciudad y nos habla de la prostitución, actividad ilegal pero que se ejerce a plena luz del día en calles y edificios absolutamente normales, y de la degradación (física, espiritual, económica) de los individuos y de la ciudad .

La narración gira en torno a unas pocas alcahuetas partiendo de las cuales Tisma nos presenta todo un catálogo de mujeres que, por diferentes motivos, deciden ejercer "el oficio": mujeres enfermas que empujan a sus hijas a prostituirse para poder costearse el tratamiento, mujeres abandonadas por sus maridos que se han quedado sin recursos económicos, mujeres en busca de afecto, de reconocimiento social, etc. La gran mayoría de ellas, pobres de solemnidad, comercian con lo único que les queda: sus cuerpos, ya sean jóvenes o maduros, bellos o ajados.

Tisma también nos presenta algunos clientes y analiza los resortes que mueven el deseo de cada uno de ellos. Deseo de amor, aunque sea fingido, de mostrar superioridad, deseo pura y obsesivamente carnal.

Todo esto lo hace el autor con un estilo casi periodístico, con una frialdad y una crudeza que asusta. No hay piedad. No hay compasión ni con los personajes ni con la ciudad, otro personaje más. Es un libro duro, áspero, de los que te deja con un nudo en la garganta.

Uno podría pensar que esta frialdad y dureza que muestra Tisma en su prosa es fruto de su experiencia personal (internamiento en campos de concentración, dictaduras, exilio, guerras), pero me llama poderosamente la atención que otros autores de su país y su generación como Danilo Kis, aunque bajo formas literarias más modernas, posean en gran medida esas mismas características. Será cuestión de indagar más en la literatura serbia (o balcánica, en general).

Para terminar, tres comentarios acerca de la valoración del libro:

Por una parte, el libro me ha parecido un buen libro, del que destacaría fundamentalmente la angustiosa atmósfera que consigue crear el autor.

Pero, por otro lado, también he de decir que la presentación de tan extenso catálogo de personajes femeninos hace que éstos no estén apenas desarrollados (a excepción de unos pocos, como Emina, Envera o Katarina), al contrario de lo que ocurre con los escasos personajes masculinos, en los que sí vemos un desarrollo o una evolución.

Por último, a la hora de valorar el libro, también he tenido en cuenta otras obras de Tisma ya leídas, como "El uso del hombre" o "El libro de Blam", que son muy recomendables y, para mí, superiores a "A las que amamos".

A estos dos últimos motivos se debe el haber valorado el libro solo con un "recomendable". En cualquier caso, un buen libro de un muy buen autor.

Otros libros de Aleksandar Tisma en Un Libro al Dia: El libro de Blam

domingo, 1 de mayo de 2016

Marc Biancarelli: Huérfanos de Dios

Idioma original: francés
Título original: Orphelins de Dieu
Año de publicación: 2014
Traducción: Antonio Roales Ruiz
Valoración: muy recomendable


Me llena de orgullo y satisfacción (¿dónde he oído yo eso antes?) inaugurar con esta reseña una nueva etiqueta en este benemérito blog: la que corresponde a "escritores corsos". Que yo sepa, Marc Biancarelli es el primero oriundo de esa isla cuya obra reseñamos aquí. Aunque, sin embargo, no podemos inaugurar la categoría de "libros en corso", pues precisamente ésta es la primera novela en francés de este autor -quien, por lo demás, ha desarrollado su carrera en la lengua vernácula de su tierra, de la que además es profesor-; así que dejémonos de otros detalles: esta es la primera novela "corsa de ULAD.

Bien, ¿qué sabemos de Córcega, aparte de la  proverbial belleza de sus paisajes (hablo por referencias, pues por desgracia yo aún no conozco esta isla mediterránea): que es la patria de Napoleón, por supuesto, pero además de gentes con fama de orgullosas, con un sentido calderoniano del honor ultrajado, proclives por tanto a la vendetta y a la violencia descarnada, casi rutinaria... Bueno, todo esto serán en su mayor parte tópicos, sin duda, pero tópicos o no, Biancarelli -al que concedamos que debe ser mejor conocedor de sus paisanos y de la historia de su isla que nosotros- no sólo los incluye en su novela, sino que les otorga un lugar central en la misma: la violencia está presente casi en cada una de sus páginas, aunque, huyendo de cualquier imagen efectista o frívola de la misma, adquiere un tono de profunda tristeza, como si fuese un sino inevitable que oprime a los personajes, incapaces de huir de ese destino violento al que parecen abocados por la obligación, ineludible, de la venganza de cualquier afrenta.

De eso mismo va, precisamente, el argumento de la novela: en la segunda mitad del siglo XIX, una joven campesina, Vénérande, contrata un viejo asesino a sueldo, apodado "L'Infernu" para que mate a los hombre que desfiguraron de forma horrible a su hermano, un simple pastor que se cruzó en el camino de la banda de los Santa Lucia. Comienza a sí una aventura que remite, de manera inevitable -y asumida por el propio autor, que no en vano cita la película Valor de ley- al western más clásico, aunque aquí la frontera entre "buenos" y "malos" se encuentra más bien difuminada: el relato del camino de la venganza que emprenden ambos, viejo y joven, se ve entreverado con los recuerdos del asesino, antiguo rebelde y bandolero por tierras toscanas y griegas, que nos ofrece el testimonio de su propia caída al infierno al que alude su apodo. Pero no sólo de él, sino, en mayor o menor grado, de todos los personajes que aparecen en la novela, e incluso se diría que de toda la isla de Córcega, que a partir de un momento indeterminado -quizá la pérdida de su independencia, o la caída de Napoleón...- también parece haber sido abocada al infierno de la Historia.

A destacar, por cierto, el buen oficio narrativo de Biancarelli que, sin dejarse asfixiar por la ambientación decimonónica que enmarca la novela, consigue infundirle un ritmo y una fluidez admirables, de manera que se lee con gran facilidad, alternando las vicisitudes propias de la venganza con los hechos del pasado de L'Infernu, quien se los va narrando a la muchacha, no tanto con intención de confesión arrepentida como para compartir con alguien los desafueros de toda una vida dedicada al combate, el pillaje y el asesinato y que por eso mismo, se le va revelando como inútilmente gastada, aunque tal fuera el destino inexorable que le estaba reservado.

Una novela cuya lectura acaba siendo arrebatadora, pues, y además un muy buen debut para una nueva editorial, Armaenia, a la que hay que dar la bienvenida a un panorama de sellos independientes que se pone cada vez más interesante, por fortuna.

sábado, 30 de abril de 2016

Patrícia Soley-Beltran: ¡Divinas!

Idioma original: español
Año de publicación: 2015
Valoración: recomendable para interesados

No me gustaría ser malinterpretado. El "recomendable para interesados" es el mínimo que debería exigírsele a un ensayo (más cuando se etiqueta como Premio Anagrama) si de lo que se trata es de dirigirse, de forma general, a un público no especializado. 
Uno lee ensayos porque los temas tratados suscitan interés o porque el autor es capaz, con su prosa y su estilo, de hacer que nos interese cualquier cosa de la que hable (me ha pasado con David Foster Wallace y las ferias de ganado). Pero hay que ser conscientes de que un texto ha de salvar el obstáculo de la especialización, del léxico propio de ciertos ámbitos profesionales, si quiere acceder a eso tan abyecto pero tan aplastantemente lógico del "todos los públicos". Y creo entender que ese título, ¡Divinas!,  y esa temática (el mundo de las modelos) son tan del dominio público que no podemos excluir a casi nadie. Con lo cual se piensa que el morbo está servido y que nos enfrentaremos, como si de Naomi Klein se tratara (o lo que Michael Moore solía ser), a un texto con algún tono de denuncia, sea esta solemne o sarcástica, con alguna pretensión seria de exponer situaciones y lograr que estas nos impacten. Pero este libro está demasiado cerca de ser una tesis doctoral. O de ser una simple exposición, siguiendo los cánones del ensayo, en las que se nos convence de unas cuantas cosas. Bastantes de las cuales intuimos. Como que las modelos, en su mayoría, son soldados de reemplazo al servicio de industrias como la moda o la cosmética salvo en célebres pero aislados casos en que acceden al estado de iconos globales. Patrícia Soley-Beltran insiste constantemente en su fortuna de haber vivido a los dos lados; como modelo en su día (una de las imágenes más emblemáticas de su carrera ilustra la portada), ahora como socióloga formada en Edimburgo que analiza ese fenómeno.
Yo no le pido a la autora que muerda la mano que le dio de comer. Pero todos los amagos acaban quedando en nada. Las modelos sufren y son obligadas, incluso en edades muy tempranas, a tristes existencias entre la soledad de suites de hotel y su presencia "decorativa en eventos". Los estándares aceptados y promocionados por la industria se concentran en un tipo determinado y se confina los demás a una cuota compensatoria de exotismo. Se las entroniza como triunfadoras a costa de sufrimiento y sacrificio físico y no se cuida su formación intelectual y la proyección de su futuro personal una vez acabadas sus cortas carreras. Se incentiva una falsa competencia o enemistad entre ellas por el cotizado cetro. Repito: muchas de esas cosas ya las suponíamos. Solo que verlas concentradas en un ensayo de más de 200 páginas me hacía albergar alguna esperanza de apelar a alguna reacción. Lejos de eso, Patrícia Soley-Beltran, que es socióloga y no periodista de investigación, evita todo sensacionalismo y da constancia de esta situación. También, enlazando con alguna otra obra suya, dedica ciertas páginas a hablar de la ignorancia casi premeditada de los medios hacia lo transgénero.
Uno espera que, como ensayo (supongo, no el primero) de una situación social todavía muy presente (quien no ha oído historias de cazatalentos que han abordado a adolescentes a la salida del colegio o en la cola del cine, enamorados de rasgos y diseñando prometedoras carreras), la perspectiva sea incisiva y no pudorosa y respetuosa. Hay modelos que han muerto y hay adolescentes que han enfermado y se han trastocado en esa dura competencia consigo mismas de emular a las Crawford, McPherson, Turlington, Moss, Lima, Bündchen, et al). Un ensayo que no hace más que constatar la grandeza del enemigo y la dificultad de cambiarlo o abatirlo, sin plantear qué posibilidades hay de cambiar esa cruel situación, me parece, como mínimo, una oportunidad perdida.

viernes, 29 de abril de 2016

Paul Smaïl: Vivir me mata

Idioma original: francés
Título original: Vivre me tue
Traducción: Ana Labra y Cristina Abril
Año de publicación: 1.997
Valoración: Recomendable


Hay clásicos por los que, como se dice comúnmente, no pasa el tiempo, y otros muchos libros que se han quedado viejos, quizá tuvieron su momento de gloria, pero los años han terminado por superarlos o arrinconarlos. Pero con este 'Vivir me mata' ocurre algo menos frecuente: que el paso del tiempo y las circunstancias le dotan de una perspectiva diferente.

La novela se publicó en 1.997, aunque en España no fue editado hasta 2.003 –al menos, la edición de El Cobre que es la que yo tengo. Se trata de un relato en primera persona de un chico de familia humilde, inmigrante de segunda generación en un barrio popular de París. Gente de origen árabe, de pocos recursos, pero que parece sólidamente afianzada en la sociedad, al menos en el sector –físico y sociológico- que digamos les ha tocado. Realmente, los sueños de los Smaïl parecen ausentes por completo, tragados por años de terca realidad; pero a falta de ilusiones, se diría que han conquistado un cierto grado de estabilidad, suficiente para vivir. Sin más.

Para Paul la cosa empieza a complicarse ya en la escuela, donde a los típicos episodios de matonismo se unen las primeras actitudes racistas. Y el chico, no contento con los problemas suscitados por el color de su piel, daba carnaza a sus agresores con algo todavía más dañino: su afición a la lectura. Vamos, un morito con pretensiones intelectuales, todo un caramelo para un grupo de macarras en busca de diversión.

Así se configura su mundo. Sin oportunidades para hace nada mejor, Paul pasa por un garito de boxeo (había que aprender a defenderse) y por distintos curros (había que sacarse algún dinerillo), todos en los estratos más bajos: repartidor de pizzas, gorila de una especie de prostíbulo, y hasta un fugaz paso por la librería de una señora con ínfulas de progre-paternalista. El único objetivo pasa a ser hacerse respetar en un entorno hostil, y a poder ser sin desatender del todo su pasión literaria. O sea, difícil. 

Se nos cuentan las cosas con un lenguaje directo, en buena parte dialogado, y entreverado de interjecciones en jerga y en árabe, con frescura y naturalidad. Pero lo más interesante me parece la posición del personaje en ese ambiente endogámico y deprimido: Paul es francés y se siente francés, como aquel personaje de Kureishi (‘Mi nombre es Karim Amir y soy inglés de los pies a la cabeza, casi.’) Pero, claro, tampoco es tonto, y sabe que su aspecto de mustafá siempre va a suponer un obstáculo para ser igual de francés que los blancos. Ante ello, no hay en principio agresividad o desesperación, sino un dolor sordo y una especie de obsesión con su propio cuerpo, su olor, su aliento, su sudor, como buscando dónde está la suciedad que le hace diferente.

De modo que se limita a sobrevivir con la dignidad que sea posible, alejado del estereotipo de rebelde con causa. Se puede admitir que el personaje se muestra algo idealizado, que el argumento a veces se deshilacha o se dan algunas situaciones facilonas, pero el relato alcanza su objetivo si damos por supuesto que éste era una reflexión, un toque de atención sobre la situación de estas nuevas generaciones de hijos o nietos de inmigrantes, que llenan barrios enteros en las grandes ciudades, sin terminar de integrarse en la cultura que les acogió.

Leído el libro en los primeros años del siglo, el texto tenía ese carácter descriptivo, poniendo el foco sobre un problema que ya venía haciéndose patente en forma de estallidos sociales ocasionales.

Pero en las últimas páginas aparece –creo que por única vez- la palabra ‘odio’, se materializa el recuerdo de episodios represivos especialmente duros, y asoman, muy tímidamente, casi de forma anecdótica, un par de alusiones a los integristas islámicos que empiezan a aparecer por el barrio. Con lo que, volviendo a lo que indicaba al principio, diez o quince años después de escrito, el libro se revela clarividente, porque es justo en ese escenario donde ha prendido finalmente la llama del fanatismo, con las consecuencias atroces conocidas por todos. 

P.D.: Casi es lo de menos que, por lo visto, el Paul Smaïl autor del libro no existe. En realidad, parece que se trata de un escritor francés llamado Daniel Théron, también conocido como Jack-Alain Lèger y otros varios seudónimos. Lo cual quizá decepciona un tanto, porque me había imaginado a ese Paul, culto y aguerrido, escribiendo en unas cuartillas el relato de ese trozo de su juventud mientras vigila con desinterés la puerta del burdel en que trabaja por las noches.

jueves, 28 de abril de 2016

Reprise: TochoWeek #8. Francisco Casavella: El día del Watusi

Idioma original: español
Año de publicación: 2002, 2009 para esta edición con correcciones
Valoración: bastante recomendable

La Primera Aclaración Preliminar: cuando propuse a los amos de todo esto lo de montar la TochoWeek, uno de mis objetivos era encontrar un pretexto para dejar de aplazar la lectura de esta novela. Cuestión que se agudizó con su reedición. No soporto ser tomado por oportunista.
La Segunda Aclaración Preliminar: esta edición que veis (la foto es de la deterioriada copia que ha pasado algún lustro que otro en mi estantería esperando su turno) ilustrando esta reseña es la de Destino. La que he leído, que es casi inencontrable. Ahí la tenéis, en Amazon a 400 euros. Yisus. Anagrama, supongo que por influencia de Silvia Sesé (anteriormente en Destino), la ha reeditado, añadiéndole prólogos y epílogos de algunos rendidos escritores barceloneses, y contribuye a engrandecer el mito de esta novela, en realidad una trilogía, casi 1200 intimidadoras páginas que son descritas (no unánimemente, la novela se llevó algún que otro palo en su día) como la Gran Novela de Barcelona, o de la Transición, o de lo que sea. Títulos que, alguno de ellos, ya habían sido otorgados a novelas de Mendoza o de Marsé. Pero (y perdonad la frivolidad, que creo que Casavella hubiera entendido) el hombre va y se nos muere. En 2008, 45 años y la flor de la vida. Muere un hombre y nace un mito. Qué gran titular, verdad. Y El día del Watusi se yergue como obra cumbre y las cosas toman ese cariz épico en el que hasta las notas disonantes son agradecidas como excepciones a la regla que es, ahora sí, la unanimidad. Y entonces qué tentador resulta dejarse llevar por ese escenario y mostrarse magnánimo, entusiasta. Así lo ponemos sencillo a quienes nos pueden hacer capturas de pantalla y recriminarnos nuestras concesiones , y nosotros nos defenderemos con nuestras excusas más socorridas. Que es más fácil encontrar cagarrutas, que de eso hay a patadas. O que los muertos no pueden defenderse y ese mínimo de elegancia lo tenemos, aunque quede tan poco moderno hacer alarde. En fin, tan lícito es hacer que la gente se aleje de malos libros como intentar que se acerque a los buenos. 

A El día del Watusi puede que le sobren páginas. Pero no me preguntéis cuántas ni dónde. Porque puede que os diga cada día una cosa. Porque puede ser una (o tres) novela(s) imperfecta(s). O un artefacto donde la forma (presentada en la guisa de una escritura perfecta, depurada, impecable detrás de un perfume acanallado) puede que en momentos eclipse (hasta devore) un fondo que, a veces, no muchas, parece un pretexto, como un soporte cuyo única finalidad es que se le cuelguen ornamentos. 
La historia detrás de esta Trilogía, empaquetada de forma espartana, parte del asesinato de Julia, joven hija de Celso, líder de la delincuencia local de un barrio barcelonés, Las Casitas, situado en Montjuïc, fea y roma montaña que se asoma al puerto, montaña que albergaba hace lustros un parque de atracciones que cerró y que aún alberga barrios curiosos. En la otra montaña emblemática de Barcelona, en ese Tibidabo que acabó dando nombre a alguna turbia compañía, allí encontramos en 1995 a Fernando Atienza, antihéroe y superviviente de mil batallas que recibe, de rostro anónimo, un peculiar encargo. Redactar un informe, sobre un tal Neyra, para un empresario que se encuentra encarcelado, por unos millones especulados, por algún malentendido de corruptelas, ya se sabe. Allá arriba, con la excelente vista de la ciudad a los pies, cualquiera aceptaría cualquier cosa. A cambio de dinero, aún más. Y Atienza empieza su relato, que abarcará tres novelas, aludiendo a aquel lejano día, 15 de agosto de 1971, en que recorrió la ciudad junto a Pepito El Yeyé para advertir al Watusi, celebridad local, de que se le culpaba de la muerte de Julia. Adolescentes de barriada cuyo sentido del deber surge de extraños códigos de honor, y un día que marca su existencia. Un día que arrastrará como motivo recurrente en las tres novelas, aunque solamente constituye el centro de la primera. La segunda, unos años después, nos muestra a Fernando en medio de las intrigas políticas que se sucedieron en los años inmediatos a la muerte de Franco, trabajando como chico para todo para un banco, metiéndose casi sin querer en la formación de una estrafalaria formación política promovida a toda prisa por una serie de prohombres apurados ante la posibilidad de que el establecimiento de las instituciones "democráticas" los aleje de sus prebendas. Todo el recorrido, casi 1.200 páginas, relato de Atienza, con sus historias con las mujeres, casi siempre envueltas de talante trágico, con su consistente paquete de personajes y escenas memorables, en las que su evocación del día del Watusi regresa y toma el poder, como un misterio desentrañable y como un hecho que es a la vez agujero negro y faro que ilumina. Cerca del final (unas nada desdeñables cien páginas finales) Casavella se nos enreda en una maraña de digresiones que, poco a poco y, no siempre con la coherencia exigible a un arquitecto de tramas, van resolviendo los enigmas. Os recuerdo: la forma aquí se impone, y aunque El día del Watusi no pueda ser tildado de ejercicio esteticista, sí que es, y creo que esto representa un gran colofón a la TochoWeek, un caso emblemático de novela de gran extensión: irregular, ambiciosa, difícil y exigente con el lector. Como obra de culto que se precie, dispondrá de admiradores rendidos y de detractores desde el escepticismo o incluso desde la heterodoxia. Yo prefiero confesar haberme quedado en un tibio medio camino, y que la posibilidad de una relectura ahora mismo me asusta  sobremanera, así que lo dejo ahí, en ese bastante recomendable, que es una opinión tanto producto del promedio entre sus picos y sus valles como de pura justicia literaria. Que, a estas alturas, aquí, vamos a creer poder administrar. Sin esperar a que nos den permiso.