martes, 28 de junio de 2022

Anna Politkovskaya: Solo la verdad


Idioma original: ruso

Año de publicación: 2011

Traducción: Fernando Garí Puig

Valoración: muy recomendable

Ya hace más de cinco años que escribí sobre una de las obras de Politkovskaya. No voy a negar que una antología de sus artículos como esta pueda ser una elección algo oportunista, pero tal como se está definiendo este nuevo mapa geopolítico de posiciones estratégicas, nada como la autora asesinada para situarse en contexto, pues resulta que incluso quince años tras su asesinato, las circunstancias siguen siendo muy poco claras, y todo sigue prácticamente igual (para empezar, Putin en el poder) por lo que leer a la periodista rusa resulta estremecedoramente actual. Eso sí, el tiempo sí ha avanzado a favor de los responsables de su desaparición, se olvidan los detalles, se diluyen los hechos en la memoria, la contra propaganda funciona. Y leer sus artículos seleccionados en esta antología solo hace que corroborar temores y confirmar sospechas. Hoy en día, o por lo menos a los ojos del espectador promedio occidental, no hay una figura visible de disidencia que se encargue de enarbolar, al menos, el derecho a ser suspicaz respecto a las versiones oficiales. Llámese a una guerra o una invasión con el apelativo de "operación especial", imponiendo severas medidas a quien intente no alinearse con esa jerga. La edad del eufemismo. 

Aquí tenemos a la Politskovkaya más obvia, la aguerrida periodista que, sin el mínimo reparo (hoy muchos lo hacen, pero escondiéndose tras un nick en Twitter, y desde la comodidad del sillón con el laptop en el regazo) acusaba, desde la Novaya Gazeta, a los poderosos, al Kremlin, a la Duma, a los servicios secretos, de ser los mismos que orquestaban las acciones a los que éstos reaccionaban. Con nombres, con ataques muy directos, con toda serie de detalles en una especie de ejercicio temerario, claro, a veces de lectura poco agradable - explícitas descripciones de torturas, minucioso detalle de acciones de castigo, muchas veces bajo la más absoluta arbitrariedad. Con las enormes cúspides de las que dudaba de principio a fin, las dos guerras de Chechenia, los atentados del Nord-Osc y el Beslán, acontecimientos estos que ya apuntaba como las primeras fases de una recolonización (?alguien se acuerda de la Comunidad de Estados Independientes?), una especie de reconstitución de la URSS ya despojada de pantomimas ideológicas. Ahora (entonces, 2006) se trataba de volver a constituir un imperio bajo el manto del poder de los oligarcas, un feroz e implacable mapa de corrupción destinado a que nada se escapara a su influencia en esos intimidadores 13 millones de kilómetros cuadrados, imposible no pasmarse al calibrar su extensión en un mapa-mundi, nadie de todos esos oscuros funcionarios situados en el momento de la caída del muro debía quedar expuestos a la intemperie. Y, por supuesto, el misterio indisoluble de la personalidad del pueblo ruso, tan condicionado en lo físico - el clima extremo, la mezcla de civilizaciones, como en lo psicológico, por el obstinado aislamiento al que han estado sometidos.

Curioso, ciertos artículos al final del libro, en los que la periodista visita otros países, resultan refrescantes, casi esperanzadores, con una tonalidad irónica y abierta, como si necesitara salir a respirar después de esa agotadora experiencia en los conflictos de su país. Literariamente, casi una especie de género diferente. La cronista de las inseguras calles de Grozni pasea por Londres, París o Sidney y su experiencia comparativa solo hace que recubrir de azúcar ese núcleo de hiel. 

2022. Casi imposible, al margen de filtraciones interesadas, saber el pronunciamiento de la opinión pública rusa sobre lo que sucede en Ucrania. Iba a ser un conflicto corto. Iba a ser la mecha que prendiera una III Guerra Mundial, con muchas naciones mirando para otro lado. Con unas consecuencias económicas inmediatas. Quien orquestó el asesinato de Politkovskaya se ha salido, a todas luces, con la suya. Y la verdad es la primera víctima de la guerra, claro, otra frase lapidaria a la lista. Imposible, después de textos tan brillantes, no preguntarse a quién molestaría ahora con sus dudas razonables, con sus preguntas directas e inquisitivas.

lunes, 27 de junio de 2022

Salvador Elizondo: Farabeuf o la crónica de un instante

Idioma original:
español
Año de publicación: 1965
Valoración: Muy recomendable (imprescindible para estetas)

Todo lector sabe que unos libros conducen a otros, o que, como decía Julia Kristeva, "todo texto es un mosaico de citas, todo texto es absorción y modificación de otro texto". Yo, en mi ignorancia, desconocía la existencia de Farabeuf, de Salvador Elizondo, hasta que leí Restauración, de Ave Barrera, novela que la toma como uno de sus modelos o referentes: no solo el propio autor aparece como personaje en la obra de Barrera, sino que muchos motivos narrativos y simbólicos son comunes a ambas obras. Así, en cuanto acabé Restauración me pudo la curiosidad y decidí comprarme Farabeuf para poder apreciar personalmente esa misteriosa "novela sobre nada" que se ha convertido, cincuenta y pico años después de su publicación, en un clásico indiscutible de la novela mexicana.

Y lo cierto es que Farabeuf es, efectivamente, una novela sobre nada, o sobre casi nada - si es que se puede llamar novela, que esa es otra. A lo largo de sus casi 200 páginas encontramos una serie de imágenes, escenas, temas o motivos que se repiten, se combinan, mutan como las variaciones de un tema musical. Una de esas escenas es la de una pareja paseando por la playa; otra, la de una especie de ritual erótico sadomasoquista entre un doctor (quizás el propio Farabeuf, o no) y una enfermera/monja. Entre los elementos que reaparecen están el I-Ching chino (cuyo funcionamiento combinatorio puede también tener algo que ver con la estrutura de esta propia novela), la figura del famoso científico y cirujano Louis Hubert Farabeuf y, sobre todo, la que parece haber sido la inspiración para toda la obra: una famosa fotografía del leng t’ché, un método de tortura y ejecución chino también conocido como "muerte por mil cortes". 
 
Esta fotografía, que también obsesionó a George Bataille (y que no incluyo en esta reseña por si es demasiado gráfica para algunos lectores, aunque es fácil de encontrar en internet), muestra a un condenado en los últimos momentos de su tortura, quizás poco antes de morir, con una expresión extasiada. De aquí surge uno de los temas centrales de Farabeuf, y también de la obra de Bataille, Las lágrimas de Eros: la mezcla o confusión entre placer y dolor, entre deseo y muerte. Jugando e insinuando, sin llegar nunca a lo grotesco, la novela plantea la repetición de la ceremonia del leng t’ché, pero aplicada esta vez sobre el cuerpo femenino y acentuando sus connotaciones eróticas.

Pero no es este el único tema que se repite a lo largo de la obra: otro elemento central es el de la propia capacidad para narrar, para recordar, para reconstruir lo vivido. A través de repeticiones e insistencias ("¿Recuerdas?", pregunta constantemente el narrador, sin que se sepa muy bien a quién), el texto parece reiniciarse continuamente, intentando atrapar ese instante que quizás no existió, o si existió no fue de hecho como lo recuerdan ninguno de sus participantes. La presencia constante de espejos, la duda sobre la veracidad o el origen de la voz que narra, la multiplicación de dudas y perspectivas contribuyen a crear esta nebulosa en la que está en juego la posibilidad de contar, de recordar y de comprender. 

Estoy seguro de que si hubiera leído esta novela hace, no sé, quince o veinte años, me habría vuelto loco, le habría dado un Impresdincible con todas las mayúsculas, y le habría hecho una reseña extasiada como la expresión de la víctima del leng t'che. Y sigo reconociéndole un mérito, una calidad y una belleza extraordinarias, a la altura de las mejores obras del Modernism anglosajón, o de la nouveau roman francesa (con la que comparte fechas, aunque la influencia que se suele citar es la de la nouvelle vague cinematográfica). Lo que pasa es que ahora mismo, pasados esos quince o veinte años, estoy ya algo desencantado de las obras literarias que se consumen sobre sí mismas, que basan su potencia en el juego estético y no en la referencia o la intervención en la realidad. Es un monumento y merece su lugar en el canon y en la historia de la literatura mexicana; pero ahora mismo no entra en mi panteón personal, como probablemente sí habría entrado en el de mi yo lector más joven...

domingo, 26 de junio de 2022

José Errasti y Marino Pérez Álvarez: Nadie nace en un cuerpo equivocado

Idioma original: castellano

Año de publicación: 2022

Valoración: Muy Recomendable

 

Vista la cubierta y el título, sobre todo el título, no parece lógico andarse por las ramas, no?, así que vamos al lío. Este es un libro sobre la teoría queer, y contra la teoría queer. Y aunque seguramente es innecesario a estas alturas, diré que la teoría queer, simplificando mucho o muchísimo, sostiene que la diferenciación entre hombre y mujer carece de sentido, es lo que se llama un constructo social, una convención artificial o al menos irrelevante. El sexo masculino y femenino no son más que los extremos de un continuo, una especie de amplio abanico de posibilidades entre las que uno puede libremente elegir, de ahí la muy actual etiqueta de no binario. En definitiva, el sexo debe dejar de fijar nuestra atención en favor del género, es decir, la opción subjetiva del individuo por alguna de las que componen aquel repertorio de posibilidades, o tal vez por ninguna de ellas, o hasta en contra de todas. A la carta.

Tampoco quiero enredarme en matizaciones que no domino y que son poco menos que infinitas, que para eso están los filósofos, psicólogos y demás eruditos que polemizan en sus textos (y polemizan bastante más de lo que se nos hace ver). Intentaré limitarme a transmitir algunas ideas básicas de las muchas que se explican en el libro, dejando fuera en lo posible mis opiniones personales, y la impresión que me ha producido la lectura. Vaya, que se trata sobre todo de escribir una reseña, y quien quiera que se anime después al debate.

El libro empieza por refutar la ideología queer en primer lugar desde el punto de vista biológico y anatómico. Al nacer, el sexo no se asigna a partir de la nada, como aseguran sus defensores, sino que simplemente se constata y, salvo casos muy extraños y bien delimitados por la ciencia, cerca del 100% de esas constataciones resultan ser exactas, porque en el ser humano no hay más que dos alternativas físicas, establecidas según su funcionalidad reproductiva. Que en el mundo que conocemos sexo y reproducción hayan quedado en buena parte disociados no quiere decir que esa identificación haya dejado de existir.

Aunque como decía hay distintas variantes, el enfoque queer mayoritario apunta a que esa realidad biológica, aparte de ser cuestionada, debe ceder ante la experiencia subjetiva de cada individuo, eso que se denomina identidad de género. Es decir, uno es hombre o mujer no en función de su fisionomía, sino en razón de lo que sienta. Es el epítome del posmodernismo, el triunfo de la subjetividad, de lo fluido e inconsistente; lo que entendemos como realidad, incluso física, puede ser directamente negado a partir de la opinión, el sentimiento o las sensaciones de cada individuo. El resto no cuenta, y no solo eso, sino que nadie puede poner en tela de juicio esa decisión, ni tan siquiera opinar. Tiempos líquidos donde decaen todas las certezas y prevalece sobre todo la voluntad individual. Otra victoria, contra pronóstico, del neoliberalismo.

Es básicamente uno de los aspectos más llamativos de la famosa Ley trans, aquello de que uno puede ir mañana al Registro civil y pedir sin más trámite que le cambien el sexo con el que aparece inscrito. Nada de extraño, porque es algo que en los últimos años ha permeado de forma espectacular en campos tan diversos como la política, el marketing y, obviamente, internet. Entiendo que todos conocemos casos (‘con qué género te identificas más ?'), así que me ahorro los ejemplos.

Alegan los autores que, al margen de otras consideraciones, la identidad de género tiene una esencia claramente reaccionaria, porque la idea de pertenecer a un género distinto del que define la anatomía no puede tener otro origen que la comparación con los estereotipos sociales, casi siempre rancios, de lo masculino o lo femenino. No puede resumirse mejor que en el título de uno de los apartados del libro: ‘María juega mucho al fútbol ¿Será un chico?’ Posiblemente este sea uno de los motivos, entre otros quizá de mayor peso, por el que una parte significativa del feminismo se enfrenta sin remilgos con la teoría queer.

Sin embargo, el aluvión no cesa, vía mensajes políticos, medios de comunicación convencionales y, cómo no, redes sociales. Y, una vez asentado con firmeza en la Universidad, llega finalmente a las escuelas. Aquí se encuentra en mi opinión el núcleo del problema. Que un adulto opte por considerarse hombre o mujer al margen de lo que muestre su cuerpo, o que se decida a cambiarlo, es algo que pertenece a su esfera individual aunque pueda ser cuestionable (ojo, casi todo es cuestionable, incluso el alcance de esa esfera individual). Pero otra cosa es que teorías semejantes se introduzcan en el ámbito educativo y en definitiva en la cabeza de niños y adolescentes que pueden tener multitud de motivos para no encontrarse cómodos con su cuerpo, su personalidad o su rol en el colectivo. Y parece obvio que no todos ellos, ni mucho menos, tienen un verdadero problema de identidad de género.

Siempre según el texto, teniendo en cuenta la tendencia de muchos padres a la sobreprotección y la satisfacción a corto plazo de las apetencias del niño, y bajo el poderoso influjo del activismo queer, buena parte de los psicólogos se inclina por el enfoque afirmativo, es decir, no cuestionar la opinión infantil sino directamente acompañar en el camino hacia la transición, primero farmacológica, después quirúrgica. Es algo que por lo visto en Estados Unidos constituye ya un problema de considerables proporciones, sobre todo en chicas, como también cuenta Abigail Shrier en su libro, descriptivamente titulado Un daño irreversible (y que no traeré al blog por no repetir con el mismo asunto.) En el texto que ahora comento hay varios testimonios bastante escalofriantes, entre los que solo dejo el más breve:

‘Por todas las adolescentes a las que nos metieron en la cabeza que éramos trans simplemente por no seguir los roles machistas que se nos imponen. Por todas aquellas que no pudieron dar marcha atrás a tiempo. Yo, por suerte, pude’

Por no alargarme más, solo diré que el libro se extiende también rebatiendo la raíz filosófica del movimiento generista (Judith Butler y Paul B. Preciado), o haciendo alusión a la intransigencia que, como estamos acostumbrados a ver, reina en muchos ámbitos cercanos a reivindicaciones sociales vinculadas a determinados colectivos (el libro las agrupa bajo el nombre de Justicia Social, otros lo citan como la Causa, siempre con mayúsculas), y que no deja el mínimo espacio para un debate racional. Los autores se esfuerzan por mostrar, faltaría más, el respeto y la necesidad de atender las necesidades de quienes realmente sufren disforia de género y, pese a todo, reconocen a la teoría queer el mérito de haber hecho visible el problema social de un colectivo que parece resultar incómodo para casi todos. Y aunque en ocasiones hay que decir que tiran de ironía un poquito más de lo debido, el libro se mantiene siempre dentro de los límites del respeto y de un saludable cruce de ideas.

Que es algo que nunca deberíamos consentir que se pierda, enterrado bajo el insulto o los calificativos terminados en –fobia.


sábado, 25 de junio de 2022

Voltaire: Tratado sobre la intolerancia

Idioma original:  francés
Título original: Traité sur la tolerance
Año de publicación: 1763
Traducción: Mauro Armiño
Valoración: recomendable

En 1762, sucedió en Toulouse el caso de Jean Calas: un comerciante éste de religión protestante que tuvo la desgracia de que uno de sus hijos se suicidara; pero además, debido a la acusación de los sectores más católicos de la ciudad, toda la familia Calas fue acusada de haberle asesinado porque el joven quería cambiar de religión (hacia el catolicismo, se entiende).  Al final, el padre, jean, asumió toda la "culpa" para exonerar a su familia y fue ejecutado por ello, para alborozo de la multitud tolosana. En cambio, en la al parecer más laica y moderada París, adónde  se dirigió su viuda para reclamar justicia al monarca, el asunto causó una gran indignación, al menos en los círculos ilustrados a los que pertenecía e incluso podríamos decir que lideraba Voltaire y motivó que redactara este Tratado sobre la tolerancia. (*) 

En su obra, Voltaire, con esa claridad expositiva y estilística que le caracteriza (y de la que no solo deberían haber aprendido muchos de sus contemporáneos, sino también no pocos ensayistas actuales), pasa revista al caso de Jean Calas, se lamenta de la injusticia cometida y critica con dureza a quienes considera responsables. A partir de ahí, Voltaire se lanza a una disquisición sobre el concepto de tolerancia, su pertenencia al derecho natural o divino (según él, pertenece al primero, claro, excepto en el caso del judaísmo), sus posibles peligros, etc. y sobre la evolución de las leyes y costumbres a lo largo de la Historia, examinando la actitud de los antiguos griegos y romanos -en el caso de los mártires cristianos, Voltaire atribuye su persecución más a la actitud exaltada e irrespetuosa de éstos que a la intransigencia romana-, para pasar luego a loar la gran tolerancia que muestran, según él,  los fieles de otras religiones, como los mahometanos y, sobre todo, los judíos (si viviera hoy, a monsieur Arouet le daba un pasmo), en contraste con lo que ocurre entre los cristianos...

Aquí es donde ya Voltaire se suelta y emprende una diatriba sobre la falta de tolerancia de que ha hecho gala el cristianismo (recordemos que un siglo antes su país se había desangrado en las guerras de religión), independientemente de la rama que se profese; muy divertida resulta, por cierto, la fábula sobre un mandarín chino que trata de mediar en las disputas entre un jesuita, un luterano y un reformista holandés. Arremete, de paso, contra las indulgencias papales, las supersticiones populares -"La superstición es a la religión lo que la astrología a la astronomía: la hija muy loca de una madre muy cuerda (...)"-, cualquier dogmatismo -"Cuanto menos dogmas, menos disputas y cuanto menos disputas, menos desgracias; si esto no es verdad, estoy equivocado"-; usa la ironía tanto contra jesuitas como jansenistas, etc. Todo ello echando mano no sólo del razonamiento lógico, sino también deun gran sentido del humor, por medio de ejemplos, anécdotas, aforismos y otros recursos que consiguen hacer aflorar la sonrisa, pese a la gravedad del tema. Para acabar, o casi, con una oración a Dios en la que le pide que los humanos nos ayudemos unos a otros, por encima de nuestras diferencias, respetando las mil formas de adorar a ese dios al que se dirige cada cual.

Como podemos suponer, muchos de los ejemplos y referencias que cita Voltaire no le serán ya familiares a la gran mayoría de sus lectores actuales y tampoco entre nosotros, o al menos es lo que sucede en Europa, tiene tanto peso la religión como antaño (cabe preguntarse hasta cuándo, en todo caso9; aún así, la lectura de este tratado sigue resultando conveniente y sus conclusiones de lo más pertinentes en esta época en la que al integrismo intolerante de algunos existe la tentación de oponer una intolerancia de signo contrario (o no tan contrario... quizás se trate de los mismos perros con distintos collares). pero no perdamos la esperanza: recordemos que este libro tuvo en Francia un inesperado éxito a raíz de los atentados de Charlie Hebdo, multiplicándose por doce suis ventas... ojalá lo leyese todo el mundo sin necesidad de que ocurra algo así.

(*) De la que, por si a alguien le interesa, se publicó una versión reducida en la célebre colección Great Ideas de Penguin, titulada Contra el fanatismo religioso.

También de Voltaire y reseñado en Un Libro Al Día: Cándido o el optimismo

viernes, 24 de junio de 2022

Emigración, exilio y literatura: tres puntos de vista

Emigración, exilio y literatura. Tres palabras unidas desde hace siglos. Caminos que llevan de Europa a América, de América a Europa, de África a Europa o América, de una parte de Europa a otra, de América del Sur a Norteamérica, etc. y que sirven, también, para abrir vasos comunicantes entre diferentes literaturas.

Sobran los motivos: académico-formativos, económicos, políticos... Autores de "familia bien" que a fines del XIX y comienzos de XX llegaban a Europa en viajes iniciáticos, autores que huyeron del terror (nazi, soviético, de las diferentes (o quizá son versiones de lo mismo) dictaduras latinoamericanas, de la represión franquista, etc), autores en busca de nuevas oportunidades, de nuevas experiencias o sencillamente de una vida mejor. Unos regresaron en loor de multitudes mientras que otros jamás regresaron. Algunos encontraron el éxito al tiempo que otros se contentaron con sobrevivir. Autores que encontraron la vida y autores que no pudieron huir de la muerte.

Martí, Zweig, Cortázar, Rubén Darío, Benedetti, Sarduy, Tsvetáyeva, Roth (Joseph), Kis, Assia Djebar, Kadaré, Conrad...Hay de todo, la verdad. Lo que personalmente más me interesa es la incidencia que la emigración o el exilio tienen en el autor y su obra. Para ello recurrimos a tres autores que residen fuera de su país de nacimiento y que continúan la "tradición" latinoamericana de emigración y exilio: Rodrigo Blanco Calderón (Venezuela), Edmundo Paz Soldán (Bolivia) y Gerardo Fernández Fe (Cuba). Mi agradecimiento a los 3 por su amabilidad y sus jugosas respuestas.  Estas son 

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ULAD: A modo de introducción, ¿qué os lleva a residir fuera de vuestros respectivos países de nacimiento?

RBC: Un cansancio que se fue acumulando con los años, motivado por el conflicto político, el atasco en que estaba (y está) la batalla política. Y también porque la vida cotidiana se hacía cada vez más precaria y exigente. No me veía escribiendo y leyendo como quería hacerlo, en esa situación. Así que a mediados de 2015 me postulé para un doctorado en Francia y lo obtuve.

EPS: Cuando salí del colegio en Bolivia era 1984 y sufríamos una hiperinflación terrible. Las  universidades se abrían por unos días y luego se cerraban con huelgas largas. Mis padres decidieron enviarme a estudiar a la Argentina. En 1988 me fui a estudiar a los Estados Unidos (Alabama) con una beca para jugar al fútbol. No salí con vocación de no volver, pero una vez afuera me fui quedando.

GFF: Siempre he dicho que soy un caso atípico. Muchos de mis colegas de universidad y otros tantos del gremio de las letras huyeron apenas pudieron, buena parte recién terminados los estudios o, cuando más, antes de cumplir los 30 años. Esto es algo con lo que los cubanos convivimos desde hace más de cuatro décadas, desde que se produjo la huida de 125,000 personas por el puerto del Mariel. Antes también hubo partidas, pero más bien a cuentagotas.
  
Soy un caso atípico, insisto. Tuve hijos siendo bastante joven; el primero con apenas 25 años y una niña tres años después, de manera que me sumergí en el trabajo que tenía, que no era malo, y en la familia. Por esa época escribí Cuerpo a diario y El último día del estornino, pero sobre todo me alejé del mundillo literario y disfruté mucho de la infancia de mis hijos. Vista desde lejos, fue un momento en el que ni leí ni escribí lo que hubiera deseado, pero, ya te digo, tengo un lindo recuerdo de la dinámica en casa y de la manera en que los niños retribuyen a diario con mucho amor.

Una aventura como la que mencionas no estaba en mis prioridades. Entonces creía que se podía hacer como Enrique Lihn o Raúl Zurita, que realizaron viajes fuera de Chile, pero nunca se exiliaron. Tampoco se me habría ocurrido volar y dejar a mis hijos y mi esposa atrás, como ha tenido que hacer tanta gente para salvarse o para no terminar en una prisión. Eso, sin contar el apego a mis padres, que siempre fue muy fuerte. Por eso digo que soy una variante atípica del emigrado, ni mejor ni peor, solo que me salgo del patrón de desespero con el que muchos cubanos han asumido ese cambio definitivo. Y aquí hay que aclarar que durante mucho tiempo irse de Cuba significaba irse para siempre, perder el legítimo derecho de regresar a vivir a tu país. Yo no quería eso. 

Ahora, un día recibí una citación para una entrevista con un oficial de la Seguridad del Estado, la policía secreta, una institución creada a imagen y semejanza de la Stasi de la Alemania oriental, que siempre ha movido los hilos de la vida en Cuba. Yo trabajaba en una agencia de viajes francesa, en aquellos tiempos éramos medianamente autónomos (luego supe que los controles por parte del MINTUR arreciaron), apenas una vez al mes tenía que pasar por una de las grandes corporaciones del turismo dependientes del estado, a pagarles, por cierto, y bien caro, por el derecho a operar dentro del país. Tenía una situación estable, tranquila. Pero en paralelo llevaba un tiempo colaborando con Penúltimos días, un blog ya desaparecido, muy interesante y bien nutrido, creado desde Barcelona por el escritor Ernesto Hernández Busto. Hablo de una página que por un tiempo fue el azote de la política cultural en la isla. El ciudadano de a pie no tenía entonces acceso a internet, como ocurre hoy, pero sí los gerifaltes de la cultura y de la policía política, cuyo vínculo siempre ha sido muy estrecho. Entonces les bastaba conectarse y revisar: ahí estaban mis textos, sobre todo uno que supongo que fue el detonante. Era una crónica sobre mi viaje a Praga 40 años después de la entrada de los tanques soviéticos y donde cuestionaba además la alineación de Fidel Castro a aquella invasión. (https://revistaelestornudo.com/praga-la-habana-numero-redondo/).

Un poco más un mes más tarde ya me estaban citando para una oficinita discreta detrás de la unidad de la policía de mi barrio… a mí, que jamás había tenido que ir a una estación de la policía para nada. En teoría querían saber sobre el desempeño de la agencia de viajes, en donde desde 1996 promovíamos alquileres en casas particulares en contra de las directrices de las autoridades del turismo. Sin embargo, yo ya me olía cuál era su trasfondo. Me decían que querían saber más sobre mi jefe francés, quien hacía años que no visitaba la isla y que —esto me daba mucha gracia— no se ajustaba para nada al modelo del europeo que viaja en busca de aventura, alcohol, fiesta, sexo y todo lo demás. Ese hombre, que además era mi amigo, más bien rechazaba todo lo que tuviera que ver con Cuba y, así me lo confesó con dolor un día, por la duplicidad de rostros y el don del murmullo con los que viven todos cubanos, obligados a callarse lo que piensan, y por el afán de beneficio material inmediato que se respira en la mayoría de los casos. 

En dos palabras, en todo momento supe que el objetivo era yo, que estaba siendo objeto de un plan de “crecimiento” muy parecido al de las sectas. No había que ser muy sagaz para darse cuenta de que me querían “trabajar” a base de presiones para que colaborara de manera continuada con ellos. (Hay un mito urbano que dice que dos de cada tres cubanos colaboran de alguna manera con “El Aparato”; es muy truculento y triste todo, quien ha vivido toda su vida en democracia no lo puede entender, mi propio jefe y amigo no daba crédito). 

Recuerdo que ese día regresé a casa convencido de que había llegado el momento. Por entonces ya había iniciado los trámites para obtener la ciudadanía española por la condición de mis abuelos; solo quedaba esperar. Mis hijos tenían 9 y 12 años. Y ¿sabes qué? —esto ahora me da gracia, pero es terrible— hubo personas en mi familia que cuestionaron mi decisión: no veían con malos ojos que yo conservara mi buen trabajo y que colaborara en secreto con la Seguridad. Poco después nos fuimos a Quito, la primera ciudad donde un buen amigo me ofreció amparo y hasta trabajo.

ULAD: Como autores emigrantes o exiliados (según el caso), ¿es posible construir una obra personal que no lleve esa marca?

RBC: La etiqueta «autor exiliado» ya de por sí es problemática. Aunque su primera acepción es bastante amplia, «separación de una persona de la tierra en que vive», la palabra exilio está cargada de unas connotaciones de persecución política que no aplican en mi caso. Dicho eso, veo muy difícil que lo que estoy escribiendo ahorita no pase, de una u otra forma, por ese terreno que vincula literatura y exilio. Y más en el caso del exilio venezolano, que es una experiencia tan reciente.

EPS: El lugar te marca incluso cuando no te marca. Tu lenguaje y forma de percibir las cosas van cambiando inevitablemente, se empapan del nuevo espacio. Cuando regreso a Bolivia la miro y percibo de otra manera, pero eso no significa que vea los Estados Unidos de manera “natural”. Mi mirada es extrañada, algo desarraigada, y eso creo que sirve para la escritura: que nada te parezca normal, que el mundo te parezca un lugar extraño. 

GFF: Siento demasiado respeto por Gastón Baquero, por Cabrera Infante, por Celia Cruz —a quien, por cierto, no le permitieron regresar para acudir al velorio de su madre— y por cientos de miles de exiliados “sin nombre” que tuvieron que irse con una muda de ropa, perdiéndolo todo atrás, como para hablar yo con tanta contundencia de “exilio”. ¿O será que hay diferentes modalidades de exilio, una por cada experiencia? Hace 30, 40 años todo era mucho más difícil para el cubano que decidiera huir de aquel proyecto grandilocuente, aunque ahora mismo no son pocos los casos de exiliados a los que no se les permite siquiera asomarse de visita por su propio país. Son desterrados en el siglo XXI.

En fin, no creo que mi condición aparezca, al menos hasta ahora, en mi trabajo. Todavía vivía en La Habana cuando escribí El último día del estornino, y ya entonces me había propuesto una literatura lo menos apegada posible a la condición insular y lo más lejana posible de los tics, los escenarios y las demandas de buena parte de la literatura cubana, esa que tan bien se ha vendido en el mercado editorial español. Son una convicción y un método que, como sabes, apliqué a Hotel Singapur, una novela que pudo haber sido escrita por un cubano en Tasmania.

ULAD: ¿Funciona la literatura como "cicatrizante" de las heridas o sirve para hurgar más en ella?

RBC: Siguiendo esa imagen, creo que la literatura debería ser como esa uña nerviosa que rasca y rompe la costra junto cuando la herida comienza a cicatrizar. Ese gesto que todos hacemos y que nos enfrenta ante el enigma del dolor y el innegable placer estético de una gota de sangre.

EPS: Escribí una novela de la nostalgia (Río Fugitivo, 1998), que ambienté en el último año de mi vida en Bolivia (1984). Fue una forma de hacer las paces con el país que dejé atrás. Pero las paces nunca están hechas del todo, cualquier cosa reactiva el desgarro de no ser más parte activa de esa vida que dejaste atrás. Vives una vida paralela en tu cabeza, habitada por ese camino que no seguiste.

GFF: Yo entiendo la literatura como ahondamiento, como martilleo implacable en determinados temas. A partir de ahí, lo que uno escribe debería percutir no tanto en las heridas del exilio en particular, como en las de la condición humana. El paso del tiempo, el desamor, la vejez, la soledad, la traición, son situaciones que nos competen a todos. En el exiliado pudieran ahondarse, claro está, pero no creo que se le deban conferir a este sujeto atributos exclusivos. Un exiliado no está en peor situación que un perseguido en su propio país o que un sujeto carcomido por dentro y por fuera, que vive en la casa que lo vio nacer, que se cae a pedazos, y para quien no hay futuro ninguno. Dentro de Cuba hay miles, varios millones de exiliados. Alguien llamó a ese fenómeno insilio.

En realidad, tiendo más bien a aligerar lo que desde hace mucho tiempo ha sido explotado como “el drama del exilio” en sentido general. Creo que por salud mental hay que huir de las sensaciones que se desgajan de esa escena de la familia italiana en el Nueva York de los años 40 que el cine tanto ha explotado. Y para un escritor es una situación resbaladiza, si no tiene cuidado puede caer en la tontería y el lagrimeo.

ULAD: ¿Creéis que vuestra obra sería diferente de permanecer en vuestros respectivos países de nacimiento? ¿En qué puede notarse la influencia de la emigración o el exilio?

RBC: Claro, sería diferente. Pero esta es una consideración que aplica para cada aspecto de la vida en su relación con la literatura. Cada decisión, incluso la más cotidiana, modifica a futuro la obra de un escritor. Son tantas las posibilidades que no sabría decir dónde están los rasgos diferenciales.

EPS: Estando afuera mi lenguaje ha cambiado gracias a las influencias de otros latinoamericanos con los que me relaciono y de los que me presto palabras y giros idiomáticos, y también por el inglés, que está al lado e impregna la sintaxis, el vocabulario, etc. Percibo el mundo de otra manera debido a los tantos años en la distancia, escribiendo en un lenguaje que aquí no es el dominante. Todo lo que está en el aire me cambia incluso cuando conscientemente quiero resistirme a esos cambios. Si me hubiera quedado en Bolivia también habría cambiado, pero de otras formas.

GFF: Creo que esto te lo respondí antes. No, no sería muy diferente, pues ya antes de salir de Cuba pretendía atomizar mis voces y moverme a locaciones muy variadas, al menos dentro de la ficción. Si estuviera todavía en La Habana creo que mis lecturas y mi escritura seguirían tendiendo al cosmopolitismo y a la rarefacción con respecto a “lo cubano”, ese cliché tan barato. Pero, la verdad, no me veo viviendo en La Habana, y mucho menos ahora.


ULAD: ¿Puede hablarse, en el caso de vuestras literaturas nacionales, de una literatura del "interior" y una literatura del "exterior" o del "exilio" o es un cliché sin sustento alguno?

RBC: Creo que sí puede y debe hablarse de una literatura que se escribe en Venezuela y una literatura escrita por autores venezolanos que no viven en Venezuela. Negarlo es, de alguna manera, negar el mayor trauma desde nuestra independencia, que es este desgarro y fragmentación del país que ahora estamos viviendo. No obstante, es cierto que es una distinción muy poco instrumental porque no todas las novelas (por referirme al género más popular) reflejan necesariamente el lugar desde donde fueron escritas. Ahora bien, lo que me parece inútil y falso es establecer una jerarquía entre ambas modalidades, porque más bien se complementan.

EPS: Hay muchos escritores bolivianos afuera, pero todavía no encuentro las características específicas que los define. Ese estudio está por hacerse.

GFF: Creo más bien que ese es otro cliché. Hay buena y mala literatura cubana, y ambas son producidas tanto dentro como fuera de aquel estado policial. Luego habría que estudiar de qué manera se le ensancha la visión al escritor que huye y se mueve por diferentes latitudes, pero siempre teniendo en cuenta que Kant, Flaubert y Lezama Lima prácticamente no salieron de sus barrios, y mira qué obra hicieron. También habría que analizar de qué modo se relaja el escritor (y el ser humano en general) desde el momento en que deja de ser tutelado por un partido y por las normas reductoras de un estado totalitario. Eso: de qué manera “entramos en libertad”, un sintagma que no deberían banalizar quienes siempre han vivido en democracia, y sobre todo cómo uno se va despojando de sus viejos miedos. Lo que no quiere decir que no aparezcan otras angustias de diferente calado.


ULAD: ¿Alguna vez os habéis planteado escribir en vuestra lengua de "adopción" (en el caso de Rodrigo Blanco nos referimos al francés, por los años que vivió en París)?

RBC: No. Quizás, de haberme quedado a vivir en Francia, pudiera haberlo intentado como un experimento o un juego. Pero toma una vida entera aprender a escribir en el propio idioma.

EPS: No. A veces traduzco cosas mías, pero tardo mucho en hacerlo, me da pereza, y vuelvo al español.

GFF: ¡Jamás! Eso es para Conrad, Nabokov y otros pocos. Yo no tengo lengua de adopción. Vivo en Miami, una ciudad muy demonizada, por cierto, por la intelligentsia de izquierda europea, y no experimento ninguna vergüenza por ello. Hace unos años, siendo profesor, tuve un alumno adolescente, hijo de dominicanos, cuyo padre les prohibía, a él y a sus hermanitos, hablar en español en casa; decía el buen hombre que ya no les hacía falta. Imagínate, habían llegado a la Tierra Prometida y para el cabeza de familia, a quien felizmente nunca conocí, el pasado era desechable y la lengua de adquisición era superior. 

Apenas llegué a Estados Unidos me empeñé en que para mis hijos el inglés fuera una herramienta perfecta para encaminarse (como para mí lo fue el francés, simplemente un utensilio), pero solo eso, y que el español no dejara de ser su lengua real, tan rica en sonidos y en matices… Y creo que lo logré.

ULAD: Puestos a elegir un autor exiliado que destacaríais, ¿quién y por qué?

RBC: Elegiría a Rubi Guerra. En primer lugar porque, aunque sigue viviendo en Venezuela, su experiencia de lucha contra enfermedades, precariedades económicas y la violencia imperante demuestra que no hace falta irse de Venezuela para sentirse desterrado. El chavismo ha hecho de los venezolanos unos extranjeros en su propia tierra. Y, en segundo lugar, porque la calidad de la obra narrativa de Rubi Guerra es incuestionable. Su obra está allí, brillando con la discreción propia de su autor, esperando que un editor español con sangre en las venas lo descubra y lo publique.

EPS: Como dice Bolaño poniendo el ejemplo de Kafka, a veces no es necesario irse a ningún lugar para sentir que el destierro está presente en una obra. César Vallejo ni siquiera había ido a ninguna parte y ya miraba todo con extrañeza en sus primeros textos. Irse a Lima lo asfixió aun más, el dolor estaba en cada una de sus líneas. París completó el gran viaje del desterrado.

GFF: Como infiero que hablas de autores del patio, me debato entre Lino Novás Calvo, escritor cubano nacido en Galicia, como mi abuelo Sixto, mira tú, que vivió al menos tres exilios; y Lorenzo García Vega, un tipo torpe que se anticipó a muchas cosas, por una parte al conservadurismo y la mojigatería del grupo de la revista Orígenes, donde creció como escritor hasta zafarse, y por la otra a la astringencia
del estado totalitario en que mutó casi al acto la revolución verde olivo. García Vega llegó a Madrid en 1968 y, el mismo día en que se conocieron, Antonio Buero Vallejo le advirtió que tuviera mucha cautela, pues no se veía bien en el mundillo literario proferir alguna crítica contra el sistema político imperante en Cuba. Poco después un editor español que recién había llegado de una visita a la isla le aseguró que las posibilidades de publicar en Madrid para un exiliado cubano eran mínimas.

Y luego, Lorenzo fue un escritor que jamás miró ni de reojo al mercado editorial y para quien no significaba nada vender cada vez más ejemplares, algo que nunca se propuso. Supo retratar además por diferentes vías lo que él mismo llamó “el destartalo cubano”. 

Todo de lo que ha ocurrido en estos 70 años, desde que Fulgencio Batista ignoró la Constitución y ultrajó la República, puede resumirse en ese sintagma.

jueves, 23 de junio de 2022

Octavia E. Butler: Hija de sangre y otros relatos

Idioma original: inglés
Título original: Bloodchild and Other Stories
Traducción: Arrate Hidalgo en castellano, para Consonni
Año de publicación: 1971-2003
Valoración: recomendable


Cuando hablamos de un campo literario como el de la ciencia ficción, nos vienen a la cabeza nombres legendarios como Philip K. Dick, Isaac Asimov, Ted Chiang, Ursula K. Le Guin y muchos otros, aunque principalmente autores masculinos. Pero tras leer no pocas novelas de la autora, queda claro que Octavia E. Butler merece estar entre los grandes a pesar de ser desconocida por gran parte de un público poco acostumbrado a ver una voz femenina y negra en un campo tan poblado y dominado por autores blancos como el de la ciencia ficción.

Esta obra recopilatoria consta de siete relatos cortos (algunos escritos en el inicio de la carrera literaria de la autora y otros añadidos posteriormente) así como de un par de ensayos sobre el acto (y la necesidad) de escribir; ya la propia autora abre con un prefacio donde ella misma confiesa que «odio escribir relatos. Intentar escribirlos me ha enseñado más sobre la frustración y la desesperación de lo que jamás querría saber» y añade afirmando que «yo soy, en esencia, novelista. Las ideas que más me interesan tienden a ser grandes (…) Y aun así, algunos de mis relatos son relatos de verdad». Quizá es por ello por lo que, de manera acertada aunque poco común, la autora añade al final de cada uno de los relatos un epílogo para poder hablar sobre ellos, para contar su motivación y su intención al escribir cada uno de estos cuentos.

Estilísticamente, ya en el primero de los relatos, «Hija de sangre» (que también da nombre al libro) desborda en impacto con un relato ganador de varios premios de ciencia ficción como Nebula, Locus y Hugo, situándonos en un mundo donde las tlic, unos seres provenientes del exterior (de tres metros de altura, con muchas extremidades y cola con aguijón), controlan los terranos, poseyéndoles o reclutándolos como símbolo de estatus, pues «T’Gatoi nos repartía entre los desesperados y nos vendía a ricos y poderosos a cambio de apoyo político (…) T’Gatoi supervisaba la unión de las familias». En este relato, Butler narra con crudeza y de manera bastante descarnada una situación en los que los humanos son utilizados por parte de una colonia invasora como cuerpos recipientes para su procreación y continuidad como especie mientras nos sitúa, en otro plano igualmente interesante, en una relación de amor (sic) posesivo y sumiso.

De manera parecida al anterior relato, en «La tarde y la mañana y la noche», la autora juega también con la violencia y los detalles escabrosos para tejer un relato en torno a una enfermedad que se transmite genéticamente que causa una gran falta de autocontrol en aquellos que la padecen pero que, a su vez, esa falta de control bien gestionada puede ejercer como elemento disruptivo para desplegar un potencial que de otra manera quedaría adormecido. Esta violencia se pone nuevamente de manifiesto en «Sonidos de habla», donde la narración nos ubica de lleno en una escena violenta en medio de un autobús. El relato nos sitúa en un mundo donde una extraña enfermedad provoca la pérdida de habla y, en casos extremos, la muerte, pues para quienes la padecían, «el lenguaje se perdía por completo o quedaba grave mente deteriorado. Nunca se recuperaba. A menudo, también producía parálisis, discapacidad intelectual o muerte». Así, a través de la voz de la protagonista que ha perdido la capacidad de leer y escribir, Butler nos habla de la incapacidad de la humanidad en comunicarse, en la facilidad de caer en la envidia y dejarse llevar por la ira. Y como toda una sucesión de situaciones parecidas se encarnan en un mal de daño irreversible.

Más allá de los relatos cortos, igualmente interesantes son los dos ensayos incluidos en el libro, el primero de los cuales («Obsesión positiva») trata sobre cómo la literatura la ha acompañado durante toda su vida y cuando, a sus diez años, se decidió a dar el paso a la escritura, pues «había decidido escribir algunas de las historias que me habían estado contando aquellos años. Cuando no tenia historias que leer, aprendí a inventármelas. Ahora estaba aprendiendo a dejarlas por escrito». Un paso adelante no vacío de dudas pues la autora confiesa que a sus trece años de vida dijo a su tía que quería ser escritora, quien le respondió afirmando que «los negros no pueden ser escritores». Tras esta inesperada respuesta la duda la asaltó puesto que «en los trece años de vida no había leído una sola palabra impresa que, por lo que yo supiera, hubiera sido escrita por una persona negra», aunque afortunadamente no cesó en su empeño. También es igualmente interesante (y ligado al hecho de escribir) el segundo de sus ensayos («Furor escribendi») donde la autora da consejos sobre qué hay que hacer para llegar a escribir un escrito que sea publicable y que se podría resumir constando que hay que «leer. Lee el tipo de libros que te gustaría escribir y aprende con ello», ir a talleres de escritura porque «escribir es comunicar. Necesitas que otras personas te digan si estás comunicando lo que tú crees y si lo estás haciendo de maneras que sean no solo accesibles y entretenidas, sino también tan cautivadoras como te permita tu habilidad»; de igual manera, la autora es directa al afirmar que hay que practicar sin pausa, pues es la única opción («Escribe. Escribe todos los días. Escribe tanto si tienes ganas como si no») y con ello pone de manifiesto la necesidad de la autoexigencia («revisa tu escritura hasta que sea tan buena como te permita tu capacidad» (…) «si encuentras algo que hay que arreglar, arréglalo, sin excusas. Ya habrá suficientes cosas que estarán mal y que no verás») así como la perseverancia, pues «del mismo modo que el hábito es más fiable que la inspiración, el aprendizaje constante es más fiable que el talento. Nunca dejes que el orgullo o la pereza te impidan aprender».

Ya volviendo a los dos últimos relatos (añadidos posteriormente a los escritos al principio de su carrera), vemos como en «Amnistía» la autora utiliza un escenario parecido a «Hija de sangre», pues lo protagoniza un conjunto de seres en forma aparentemente de plantas que invaden un territorio y utilizan a los humanos como trabajadores, no sin antes haberlos torturado hasta conseguir establecer una vía de comunicación entre ambas especies. De manera similar a como vimos en «Hija de sangre», las comunidades envuelven a las personas y las someten hasta que pierden toda esperanza, todo anhelo de cambio y, del mismo modo que en su anterior relato, sus personajes terranos se encuentran envueltos en algún momento por esas criaturas, mezclando miedo y afecto de una manera que nos inquieta y nos altera afirmando que «cuando una Comunidad te envuelve es como si te contuvieran en una especie de… camisa de fuerza cómoda» (…) «por alguna razón, después de la primera vez ya no da miedo. Es tranquilo y agradable». La autora consigue transmitir angustia al imaginar cómo los personajes pueden aceptar y asumir su nueva condición y encontrarla a su vez placentera acostumbrándose a los abusos y a los castigos, porque tal y como afirma Noah, «a algunos dejó de importanos, dejamos de luchar». 

Finalmente, en el libro de Martha, la autora nos plantea una conversación entre Dios y la protagonista, a quien Dios ha traído para darle el poder de idear y aplicar un cambio en la humanidad para así poder salvarla, «algún modo de hacer que la humanidad no fuera una especie tan autodestructiva». El relato gira en torno a la dificultad de encontrar una única causa (y por tanto solución) a nuestros grandes males. Asimismo nos plantea la responsabilidad de asumir tal tarea sin saber si somos capaces de salir airoso porque, de lo contrario, se la podrían encomendar a alguien con fines perversos. El relato nos sitúa ante una terrible coyuntura pues ¿seríamos capaces de asumir la responsabilidad de encontrar y aplicar un cambio a nivel global sin saber a ciencia cierta si podría acarrear consecuencias perjudiciales que podrían empeorar incluso más la situación a largo plazo?

Por todo ello, y visto a nivel global, el libro que nos ocupa merece una lectura, pues de los siete relatos y dos ensayos que comprende la mayoría son recomendables, destacando por encima de todos «Hija de sangre», «La tarde y la mañana y la noche», «Sonidos de habla» y los dos ensayos. Butler sabe cómo mantener la tensión a lo largo de los relatos, cubriendo su obra con una prosa rodeada de violencia, en algunos casos física, pero también psicológica. La autora sabe cómo insuflar sus relatos de agonía y miedo y cierto punto de sometimiento y aceptación de la humanidad ante unas adversidades que nos vienen de fuera de nosotros mismos, pero a las que no sabemos cómo hacerles frente. 

Recuerda la propia autora en uno de los ensayos incluidos en libro una anécdota en la que, en una de las charlas que daba, una joven negra le dijo que «siempre he querido escribir ciencia ficción, pero no creía que hubiera ninguna mujer negra haciéndolo». Por eso, es muy destacable la figura de Octavia E. Butler, ya no únicamente por la calidad más que evidente de su prosa, sino por abrir un camino difícil, arduo y para mucha gente inexistente hacia la ciencia ficción con mirada femenina, con mirada negra. Cómo con los relatos de su obra en los que imagina escenarios en apariencia ficcionales pero posibles, ella imaginó un mundo inexistente, un mundo donde las mujeres negras podían escribir ciencia ficción, y lo hizo posible. Y de manera muy destacada.

También de Octavia E. Butler en ULAD: ParentescoLa parábola del sembrador, La parábola de los talentos

miércoles, 22 de junio de 2022

Zuzana Kultánová: Augustin Zimmermann

Idioma original: Checo
Título original: Augustin Zimmermann
Año de publicación: 2016
Traducción: Patricia Gonzalo de Jesús
Valoración: Recomendable

Augustin Zimmermann es el debut narrativo de la escritora checa Zuzana Kultánová. Fue galardonado en 2016 con el premio Jiří Orten, concedido a autores menores de treinta años. 

Antes que nada, aclaro algo: estamos frente a un novelón. Un novelón que derrocha factura artística, sensibilidad y subtexto. Un novelón que presenta a unos personajes muy humanos, psicológicamente complejos y con idiosincrasias particulares. Un novelón que hace un retrato de una época y lugar con una maestría inusitada. 

Protagoniza dicho novelón el tal Augustin Zimmermann, un alcohólico vago, envidioso y violento. Fracasó como comerciante y es incapaz de mantener su oficio de molinero. Pega palizas a su mujer y aterroriza a sus hijos. Desdeña a sus conocidos, a quienes también mendiga dinero.

En apenas doscientas páginas seremos testigos de la debacle de Zimmermann y el resto de integrantes de su hogar. Veremos cómo transicionan de la pobreza a la miseria, de las dinámicas disfuncionales a la toxicidad absoluta.   

Asimismo, esta obra nos trasladará hasta la Praga de la segunda mitad del siglo XIX. Escrutaremos los claroscuros de la revolución industrial, seremos testigos de las falsas promesas del modernismo y asistiremos al incremento de una desigualdad social y económica amparada por el progreso.

Al fin y al cabo, «este no es un mundo para individuos como Zimmermann. Por más que se hayan roto las antiguas cadenas y que todo apunte a un nuevo orden en el mundo, nada de eso incumbe a personas como él, personas que, atemporales, se arrastran por el mundo al mismo ritmo desde la noche de los tiempos. Las ideas brillantes y los grandes proyectos empresariales les son esquivos, al igual que el dinero, el respeto y la dignidad. Para Augutin el tiempo no discurre a través de formidables planes, obras literarias, joyas pictóricas, empresas u oficios, cálculos satisfactorios, sino bajo los augurios de un paulatino peregrinaje encaminado a una muerte que no conmoverá a nadie.»

En fin: insisto en que Augustin Zimmermann es un novelón. Un novelón oscuro, amargo, repleto de humanos aborrecibles y escenas grotescas, que contra todo pronóstico logra emocionarnos. Pocas veces una historia de autodestrucción, degradación y resentimiento me había parecido tan entretenida y profunda.    

Por ponerle alguna pega a la obra de Kultánová, diré que, a mi juicio, tiene cierta tendencia a repetir información, a veces es demasiado enfática al ilustrar sus tesis, desaprovecha a determinados personajes y adolece de un final un tanto abrupto. En cualquier caso, repito por si todavía no ha quedado claro: estamos frente a un novelón.