domingo, 3 de mayo de 2015

Penelope Mortimer: El devorador de calabazas

Idioma original: inglés
Título original: The Pumpkin Eater
Año de publicación: 1962
Traductora: Magdalena Palmer
Valoración: Ni idea...

Exactamente: no tengo ni idea de cómo valorar esta novela. De hecho,  me encuentro tan "ojiplático" como el dibujo que ilustra la portada... bueno, casi; reconozco que ante de ponerme a leerlo, ya sabía un poco lo que me esperaba, tras leer la solapa del libro, que abunda en información sobre éste y su autora. Aún así, sigo estando bastante despistado sobre lo que pienso de él... y no sé si se debe a mi propia incapacidad como lector o a la de la propia novela para implicarme en su lectura.

Vayamos por partes; primero, el argumento: a principios de los años 60, en Londres, una mujer inglesa de treinta y tantos años se somete al tratamiento de un psiquiatra, debido a la aparente depresión que sufre. No se nos dice su nombre, pero vamos conociendo sus características y circunstancias de su vida: ama de casa, atractiva; en principio, inteligente; casada con un exitoso guionista de cine y televisión que en los últimos tiempos ha tenido gran éxito profesional y económico, que les permite vivir sin estrecheces. no hay nada en su vida que parezca causa o muestra de un desequilibrio...excepto, quizá que para comienzos de su treintena, la mujer ya se había casado cuatro veces y alumbrado un número indeterminado de hijos (no se nos concreta el número con claridad, pero parecen ser unos siete u ocho)... Aparte de que su marido, además de llevar una mayor vida social, a causa de su trabajo y beber quizá en demasía, tiene cierta tendencia a serle infiel cuando tiene ocasión de ello. La solución que encuentra la protagonista para sus problemas conyugales y para llenar el vacío existencial -y pongo lo de "vacío" sin intención irónica alguna- resulta ser, adivínenlo... pues volverse a quedar embarazada. Con las desastrosas consecuencias que cabe adivinar (empezando para ella misma)

Que conste que no soy tan merluzo como para no ver que en esta historia hay un trasfondo mayor que el de un simple drama de clase media sobre una mujer más o menos desequilibrada que concibe hijos sin parar con el objeto de tener bien atado a un maridito picaflor. De hecho, la novela resulta más interesante cuando se expone la indefinición del papel de la mujer en la cambiante sociedad occidental de hace 50 años (en algunos aspectos, tampoco es que hayamos mejorado mucho, añado). O, más aún, la curiosa reacción que provoca llevar las convenciones sociales hasta sus últimas consecuencias: se esperaba que las mujeres fueran buenas esposas y madres... pero hasta cierto punto, sin convertir esa maternidad en una obsesión o en una respuesta para todo. O en un arma arrojadiza contra el mundo que la obliga a adoptar ese papel... Aunque tampoco, en realidad, es que la protagonista parezca tan absorbida por su papel de madre; al final lo que más le importa es la pugna de amor y odio que mantiene con su marido (de ahí el título del libro, que hace alusión a una cancioncilla infantil). La verdad, creo ser -lo intento- una persona abierta, tolerante y comprensiva con las circunstancias y actitudes de todo el mundo; más aún cuando se trata de personajes de ficción, pero mientras he leído el libro he deseado poder entrar en la historia y darles de gorrazos a esta pareja de cabezahuecas, hasta que les entrase algo de sentido común.

Peor es saber que esta historia es una suerte de roman à clef, pero con las claves bien a la vista de todos: en efecto, cuando la escribió la autora -que en su vida tuvo seis hijos de cuatro padres diferentes- estaba casada con el abogado, dramaturgo y guionista John Mortimer -que tampoco le fue a la zaga, pues a los dos hijos con esta Penelope, tuvo otros dos con su segunda esposa, también llamada Penelope y otro más fuera del matrimonio, con una actriz-, con el que mantenía un tormentosa relación. Más tormentosa aún, supongo, después de publicarse la novela y de que ésta fuera además llevada al cine (con la magnífica Ann Bancroft de protagonista), en cuyo éxito cabe suponer también tuviera algo que ver el hecho de tratar sobre personas conocidas en el mundo del espectáculo en Inglaterra... No quiero pecar de insensible: entiendo que la autora escribió la novela en un momento especialmente tenso y delicado de su vida. Pero eso no impide que haya un aire de revancha atraviese toda la historia,  lo que resulta un tanto incómodo...

Por lo que respecta al estilo de la novela, se alternan momentos de una calidad literaria más que notable, como los ágiles diálogos con el médico o los recuerdos de adolescencia de la protagonista, con otros que bordean una insufrible mezcla de melodrama radiofónico, confesiones autoinculpatorias y prólogo de una búsqueda de la serenidad interior; unos años más tarde, la protagonista se hubiera ido a la India a comer, rezar y amar, dejando a sus ocho hijos al cuidado de la niñera. En 1962, puede que conformara con que su marido no la pusiera más los cuernos. Y él, con seguir poniéndoselos sin que se enterase su esposa.

Lo dicho: no sé cómo valorar esta novela. Y casi que tampoco me apetece hacerlo. Habrá a quién le pueda parecer interesante e incluso recomendable. A otrxs lectorxs, tal vez irritante... y creo que todxs tendrían razón.







sábado, 2 de mayo de 2015

Alonso Cueto: La hora azul

Idioma original: español
Año de publicación: 2005
Valoración: muy recomendable

Primero: agradecer la recomendación de Miguel Yuste, una de las muchas que recibimos con motivo de nuestro sexto aniversario.
Muchas de las cuales, al menos para el que escribe, tuvieron un efecto, digamos, liberador. A uno estas cosas se lo ponen muy fácil: sobre todo si, como es el caso, tras la recomendación se halla una novela de la categoría de La hora azul. Listas que me ahorro repasar, búsquedas en la Red (y, por tanto, influencia inconsciente de lo que por ahí se lee): con la recomendación de nuestros seguidores, encima quedo (quedamos) la mar de bien.
La historia es ésta: en el Perú de los años 90, pasado el conflicto con Sendero Luminoso, Adrián Ormache, exitoso y adinerado abogado, recibe, tras la muerte de su madre, una misión encubierta empaquetada en su legado: de forma casual, aunque luego todo hará parecer que no, un escrito le revela que su padre, durante el conflicto armado, estuvo al mando de una instalación militar donde se detuvo, se torturó, se violó y se asesinó. Como en muchos conflictos, sin pruebas, sin garantías. Como en muchos conflictos, de forma gratuita, excesiva e impune. Pero su padre salvó a una de las prisioneras. La salvó de una muerte segura, pues los mandos las entregaban a los soldados, que abusaban de ellas para ejecutarlas después a sangre fría. Y la salvó, parece, porque se enamoró de ella. Pero ella huyó a la primera oportunidad.
El conocimiento de estos hechos representa una conmoción para la plácida y lujosa vida de Adrián. Una vida idílica: esposa, hijas adolescentes, personal a su servicio en casa, carrera profesional. Si tiene hasta un suegro siempre dispuesto a afrontar el dispendio de vacaciones para toda la familia. Pero ese fulgurante fogonazo del pasado, ese instantáneo convencimiento de que su buena posición alberga sombras siniestras en sus orígenes, empieza a obsesionar a Adrián, a ese Doctor Ormache narrador de su historia en una primera persona arrebatadora: sus dudas, sus reflexiones, sus experiencias aventurándose, en su investigación, por barrios y poblaciones donde su presencia sorprende y desentona. Y a fuerza de desear encontrar a Miriam, que así se llama la que fuera amante de su padre, termina por conseguirlo, y termina por poner toda su existencia en jaque.
Alonso Cueto, escritor sobre el que habré de insistir, obtuvo el Premio Herralde en 2005 por esta novela. Premio que seguramente no disponga del renombre de otros, pero sí de un prestigio adicional: Anagrama suele representar una buena garantía en cuanto a lo que publica. No hace falta recordar al detalle su nómina de autores, porque ya aparece aquí con suficiente frecuencia. El planteamiento de La hora azul puede que no sea rompedor, pues hay ya muchas historias sobre personajes indagando en los orígenes propios. Pero la ubicación de la historia, su documentada fidelidad. la convierten en un apasionante punto intermedio entre trama detectivesca y denuncia política. Sin recrearse en detalles escabrosos, sugiriendo más que mostrando, Cueto esboza magistralmente no solo una situación real de confrontación, en la que, para variar, los más débiles resultaron los peor parados, sino un panorama posterior al conflicto en el cual las desigualdades solo han hecho que esconderse tras un par de matices. 

viernes, 1 de mayo de 2015

Zoom: Así fue de Natalia Ginzburg

Idioma original: italiano
Título original: È stato così
Año de publicación: 1947
Valoración: Imprescindible

Habrá quien piense que es excesivo calificar de "Imprescindible" una novelita de menos de cien páginas. Quienes conozcan mejor que yo la obra de Natalia Ginzburg a lo mejor me dicen que esta es una obra menor: que son mucho mejores Léxico familiar, Querido Miguel o Las pequeñas virtudes. Pero lo que yo puedo decir es que hacía tiempo que no disfrutaba tanto de la lectura de un texto como lo que he disfrutado con esta novela corta; y que hacía tiempo que no leía una obra en la que no sobrase ni una coma, en la que no cortaría ni una página, ni un párrafo, ni una frase.

Así fue empieza de un modo impactante: un matrimonio mantiene una conversación tensa en su casa. "Dime la verdad", dice ella; "Qué verdad", dice él. Ella, la mujer, la narradora, va a la cocina a preparar un té; cuando vuelve, el marido le enseña lo que ha estado dibujando: un tren muy largo que suelta una columna de humo. Ella saca un revólver de un cajón y le dispara entre los ojos.

El resto de la novela es la narración de la protagonista, que se retrotrae a los primeros momentos de noviazgo; a los años de matrimonio infeliz, siempre con la sombra de otra mujer sobrevolando la vida de la pareja; a los viajes inexplicados de su marido, las noches sin dormir, las dudas, las mentiras y los silencios; no con ánimo de justificación sino de explicación, quizás para sí misma, de su propia vida. Al matrimonio protagonista se suma además un conjunto de personajes secundarios (el amigo fiel, la amante, la amiga liberal, la criada...) que dan profundidad a la trama.


El argumento es sencillo, por lo tanto: una mujer que siente que ha desperdiciado su vida por culpa de un marido frío y cobarde, y que transforma todas esas frustraciones en un acto único y definitivo de violencia. Pero la forma con que Natalia Ginzburg lo cuenta es magistral: sin dramatismos, con una calma y una tristeza constantes; sin alardes técnicos ni estilísticos (más allá de los saltos del presente al pasado) y con un ritmo sostenido que hace que sea casi imposible dejar de leer.



Esta novela corta está incluida en el volumen Sagitario, publicada en 2002 por Espasa; pero podría haberse publicado perfectamente sola, como tantas novelas cortas que se publican últimamente. Y seguro que no es inferior a ninguna de ellas.

jueves, 30 de abril de 2015

Antonio Altarriba & Keko: Yo, asesino

Idioma original: español (creo)
Título original: Moi, assasssin
Año de publicación: 2014
Valoración: muy recomendable

Otra cosa tal vez no, pero desde luego este libro deja bien a las claras desde su título y aún más desde su magistral primera página, de qué trata: pues de las andanzas de un asesino, claro, contadas por él mismo. No un asesino a sueldo ni un terrorista obediente a su Causa, ni un homicida "pasional" (¿os acordáis de aquel "romántico" eufemismo, en boga hasta hace no demasiado tiempo?): hablamos de un asesino psicópata, frío y sin motivos aparentes. Pero nada del típico asesino en serie que destripa a sus víctimas o deja una firma reconocible para que le trinque la policía, más pronto que tarde; nuestro asesino es "en exclusiva", como dice él, mata por puro placer y para satisfacer una inquietud estética. Es más, se toma cada uno de los asesinatos como una obra de arte diferente, como una performance con la que trasmitir un mensaje conceptual, aunque sea poco discernible y aun permanezca oculto para la mayoría de la gente. Porque el asesino protagonista, Enrique Rodríguez, es además profesor de Historia del Arte de la Universidad del País Vasco y ha desarrollado toda una tesis sobre el "arte del sufrimiento" en la que se basa su exitosa carrera académica.
Y aquí debo hacer una aclaración: aunque como lector soy bastante aficionado a la novela negra o policiaca, no es que yo tenga un especial interés en este tipo de personajes, asesinos psicópatas, de los que, por otra parte, en los últimos tiempos hemos sufrido una saturación en películas, series, novelas y hasta ensayos sesudos. Mi interés por esta novela gráfica /cómic -o  lo que se diga- viene en gran parte motivada porque la ciudad en la que se desarrolla gran parte de la historia ha sido -y aún es en buena medida-  también mi ciudad. Y es más, yo estudié en la Facultad universitaria donde da clase el asesino de la historia, hasta que fui injustamente expuls... bueno, ejem, dejémoslo. Digamos que es mi alma máter y conozco perfectamente sus pasillos y departamentos, que salen aquí plasmados. Lo que no conocí entonces, lo puedo jurar, es a ningún profesor asesino, aunque sí a más de uno al que me hubiera gustado... en fin, corramos otro estúpido velo... Bueno, para acabar el "momento Cuéntame" de hoy, explicaré que, para más regocijo, resulta que el guionista de este cómic/novela gráfica, Antonio Altarriba, también es profesor en esa misma Facultad (no de Historia del Arte, por suerte); imaginemos jocosos comentarios y el desinhibido ambiente que puede haber generado allí la publicación de este libro... Quizás previendo ciertas suspicacias -y también como una broma privada, al parecer- el dibujante Keko creó al asesino como un retrato exacto del guionista Altarriba. Lo que, por otro lado, ha resultado ser un acierto: resulta perfecto como plasmación del asesino Enrique Rodríguez, inconcebible con otro aspecto antes incluso de acabar de leer el libro.
Ya puestos, hay que hacer una especial mención al magnífico trabajo gráfico de Keko: no se trata sólo de ese estupendo dibujo en blanco y negro (y los toques de rojo, allí donde se requiere este color... adivinad dónde), minucioso para la ambientación (disfrutarán en especial quienes conozcan la ciudad de Vitoria, pero también aparecen otros escenarios: Madrid, París, Valladolid, Salamanca...) y expresionista al hora de tratar los personajes. No soy un aficionado exhaustivo de las novelas gráficas o cómics, pero su trazo me ha recordado a clásicos maestros del claroscuro como Will Eisner, Alex Toth y, sobre todo, el  Frank Miller de Sin City. O el Taxista de Martí, aparecido en la legendaria revista El Víbora. Sin olvidar que, aparte del tenebrista pero adecuado uso de luces y sombras, destaca la sabia planificación y montaje de las escenas... algunas de ellas especialmente delicadas, puesto que narran asesinatos truculentos, pero que este dibujante resuelve de forma magistral.
Al estar contada desde el punto de vista del asesino, éste nos va ilustrando a lo largo de toda la historia de las razones que justifican sus actos criminales. Al tratarse de un inteligente profesor universitario, el discurso está bien cimentado, aparte de que aparecen continuas referencias, tanto visuales como literarias, a la relación entre la violencia y el arte, comenzando  por el célebre libro de Thomas de Quincey El asesinato como una de las Bellas Artes (no aparece, sin embargo cierta referencia  de la cultura popular actual que, no por obvia, me parece menos pertinente: la del inefable personaje Hannibal Lecter. Aunque  no me refiero al dr. Lecter sujeto con el bozal o que se dedicaba a comerse el hígado de sus víctimas, sino al que, después de mostrar en una conferencia como fue el horcamiento de los Pazzi, en el siglo XV, reproduce el acto con su siguiente víctima); es más, el profesor Rodríguez no sólo considera como artísticas sus acciones, sino al asesinato gratuito como un actos verdaderamente revolucionario, a diferencia de los que matan amparándose o al servicio de una ideología -y aquí la inserción de un atentado de ETA no es mero recurso de la ambientación- o por servir a intereses espúreos, por interés personal. Nuestro asesino mata "por amor al arte" -son sus palabras- e incluso como una reivindicación de su individualidad y de sus instintos reprimidos por la sociedad y el Estado, que aceptan y fomentan ciertas formas de violencia mientras persiguen otras que escapan a su control. Incluso lo que parece insinuarnos esta historia es que el riesgo quizás no esté tanto en considerar el asesinato como un tipo de arte, sino que puede estar en considerar el arte -según qué arte, de quién y por quién- como un tipo de crimen.
Claro, que también todo este discurso puede verse como una elaboración intelectual del personaje, destinada a justificar -ante sí mismo, sobre todo- el sucumbir sin resistencia ante sus impulsos criminales. Y eso que el asesino de la historia, no es sólo una fría máquina de matar -y éste es uno de los aciertos del guión de Altarriba-, sino un tipo con sus problemas laborales, sentimentales y existenciales (casi se diría que está en plena crisis de la mediana edad). Incluso llega a parecernos una víctima él también, en este caso de las consabidas intrigas entre colegas universitarios y académicos... La empatía que él no parece sentir por los demás, acabamos sintiéndola los lectores por este asesino, que acaba por hacerse entrañable, de tan magistralmente que lo han construido los dos autores de este libro.


Nota aclaratoria: El título original está en francés porque esta novela gráfica se editó primero en Francia, aunque supongo que el idioma en el que se escribió fue el castellano. Digo supongo porque resulta que A. Altarriba es catedrático de literatura francesa, así que entra dentro de lo posible que escribiera el guión directamente en este otro idioma. Je ne sais pas.





Otros libros de Antonio Altarriba en Un libro al día: El arte de volar

miércoles, 29 de abril de 2015

Almudena Grandes: Las tres bodas de Manolita

Año de publicación: 2014
Valoración: Recomendable

Almudena Grandes ha acometido un proyecto francamente interesante con sus "Episodios de una guerra interminable" que, hasta el momento, comprende tres volúmenes: Inés y la alegría, El lector de Julio Verne y Las tres bodas de Manolita, la que hoy nos concierne. Interesante por dos razones: porque novela el episodio de nuestra historia reciente (y sus consecuencias) más novelado en los últimos años y porque, aunque hayan pasado más de 70 años desde el final de la Guerra Civil, sigue siendo un conflicto muy vivo en la memoria colectiva, con posiciones todavía muy enconadas. En definitiva, un episodio muy interminable.

Por eso el punto de partida de Grandes me parece sugerente. Se lanza a narrar la posguerra asumiendo que todos los conflictos nacen de esa guerra fratricida y, en cierto modo, que la mirada con la que sus lectores se acerquen a su obra continúa, hoy en día, infectada por su forma de entender (y "recordar") aquel hecho histórico.

Pero entrando de lleno en esta novela, ¿qué nos cuenta en este tercer volumen la autora? Si en Inés y la alegría nos habló sobre la invasión del Valle de Arán  y en El lector de Julio Verne, sobre el maquis, ahora es el turno de los presos políticos y sus familias y, en particular, el Patronato de Redención de Penas y la forma en que el régimen franquista se aprovechó de su situación para abastecerse de mano de obra gratuita, tanto de adultos como de niños.

Manolita es una chica conocida por su falta de implicación en cualquier asunto que tenga que ver con la política pero el estallido de la Guerra Civil y la llegada de la inmediata posguerra le hacen imposible mantenerse al margen. De ser la Señorita Conmigo No Contéis, se convierte en una pieza clave para algunas operaciones del Partido Comunista. La mueven el amor por su familia y, según avanza la historia, la extraña relación que entabla con un preso, una relación que la marcará de por vida.

Me reconozco un fiel seguidor de esta serie de novelas de Almudena Grandes desde que descubrí y devoré Inés y la alegría. Lo mismo me ocurrió con El lector de Julio Verne. Sin embargo, en lugar de devorar a Manolita y sus bodas debo reconocer que se me han atragantado. Sin duda, me parece un libro recomendable, en especial si te ha gustado la saga y quieres continuar descubriendo hacia dónde avanza. Almudena Grandes es una gran escritora y una magnífica contadora de historias. Sus personajes aparecen y desaparecen, alternando con soltura distintas voces, para ir componiendo un puzle que nos ayuda a comprender el conjunto de la historia. Sin embargo, esta vez el puzle se enrevesa en exceso, no tanto por el argumento, sino por las continuas y constantes reflexiones de algunos personajes. Reflexiones que se muerden la cola y llegan a parecer interminables y repetitivas en muchos momentos de la novela, además de exagerar ese maniqueísmo del que se le suele acusar típicamente a Grandes.

En definitiva, Las tres bodas de Manolita es un libro recomendable, especialmente para los seguidores de la autora y su serie, con pasajes que te atrapan sobre todo por su interés histórico y con otros soporíferos que ralentizan hasta el extremo el avance de la historia. Una tercera novela de la serie a la que le sobran páginas, no tanto de acción como de reflexión.

Otros libros de Almudena Grandes en Un libro al día: Inés y la alegría, El lector de Julio Verne, Las edades de Lulú y Atlas de geografía humana.

martes, 28 de abril de 2015

Michel Houellebecq: Sumisión

Idioma original: francés
Título original: Soumission
Año de publicación: 2015
Traducción: Joan Riambau
Valoración: imprescindible

Adoro, entre otras libertades, la de los blogs. Esa bendita cosa que me permite escribir párrafos y párrafos sobre una novela sin tan siquiera saber cuándo acabará en mis manos. Revelando no solamente mis filias y mis fobias, sino hasta algunas inexplicables manías. Puedo escribir sobre mis primeras sensaciones previas: desde la frustrante de haber descargado la versión en francés, haberla pasado por el traductor de Google y no entender nada, hasta la reconfortante de tomar esa misma edición en las manos y comprobar que es austera, sobria hasta parecer el prospecto de un medicamento.
Puedo opinar sobre el itinerario de Houellebecq desde que publicó El mapa y el territorio, con desapariciones, reaparición con una estética más cercana a un clóchard que a un escritor de éxito, su participación en un documental, hasta que, zas, en plena promoción de lanzamiento de esta novela que nos ocupa, ocurre lo de Charlie Hebdo, y el escritor, amigo personal de alguna de las víctimas, corta la promoción, la corta a lo bruto, sumiéndose en una especie de silencio funerario que, entendemos, rompen, de algún modo, detalles como el de adelantar varios meses el calendario inicial de publicación en español y, uy, por unos días, no llegar a las mesas de Sant Jordi de donde, supongo, hubiera volado, literalmente.
O podría juzgar apenas veinte páginas iniciales filtradas con agudo sentido comercial, y empezar a intuir que, aunque la crítica ya había adelantado algunas opiniones negativas, quite, Houellebecq es mucho Houellebecq como para fiarse de unas opiniones que, al menos ahora, comprendemos sean extremas en un sentido u otro, por tratarse de quien se trata, por esa historia basada en un brillante planteamiento; el acceso al poder de un partido islamista en Francia. Fuerte empezamos, Michel, premonitorio en un mundo donde las mayorías tradicionales parecen abocadas a desmoronarse (o perder peso),  da fuerte por dar primero: una Francia con la sharia al acecho y una Francia con las universidades de prestigio acaparadas por el poder islamista, gracias a la sustanciosa inyección económica de algún reino de la Península Arábiga.

Pero entiendo que algunos de quienes han calificado Sumisión como la novela más floja de Houellebecq lo hayan hecho asustados ante lo posible de sus planteamientos. Aunque no sé qué puede tener que ver una cosa con la otra. También podrían asirse a esa letanía de vincular todos los libros del francés a una especie de esquema común, siempre partiendo del varón de mediana edad que está de vuelta de todo. Miren, razones para descalificar un libro, si uno las busca, las encuentra. Yo podría quejarme, por ejemplo, de que una centena más de páginas en su desarrollo final no hubieran ido nada mal para acercar el libro al gran público, para hacerlo más polémico, para abrir más debates, para concretar más todo lo que el final, algo abrupto, deja abierto.

Ah. Me olvidaba. Para los astronautas, un intento de sinopsis.

François, entre los 40 y los 45, es profesor universitario, especialista en Huysmans, escritor francés crítico con el mundo que protagonizó una conversión del ateísmo al catolicismo a una avanzada edad. Soltero, tras varias relaciones que detalla con frialdad, tiene una amante estable, Myriam, estudiante judía de unos 20 años a la que considera, en una curiosa reflexión, la cumbre de su vida amorosa y sexual. Pero es 2022 y Francia está convulsa: los partidos tradicionales, socialista y conservador, que llevan décadas alternándose cómodamente en el poder, ven cómo se avecina un armageddon particular donde la segunda ronda de las elecciones presidenciales no contará con ninguno de ellos como contendiente: la cosa se dilucidará entre el Front National de Marine LePen y un recién inaugurado partido islamista moderado. En un ejercicio de patético aferramiento a la última posibilidad de mantener alguna cuota de poder, socialistas y conservadores apoyan a los islamistas que, capitaneados por Mohammed Ben Abbes (carismático líder al que no dudan en dar coba) solo se muestran inflexibles en una cuestión en cuanto a las parcelas de poder que quieren preservar: controlar el sistema educativo.
La progresiva implantación, lenta pero implacable, de la islamización, empieza a afectar a todos los ámbitos de la vida. Las tiendas de ropa sexy desaparecen, los judíos franceses (Myriam entre ellos) abandonan el país rumbo a Israel.  Las mujeres abandonan sus puestos de trabajo y vuelven a ser sólo amas de casa. Los profesores afines de la Universidad Islámica París-Sorbona-3 ven sus sueldos triplicados. Se permite la poligamia. No es tan extraño que en este magma, afloren los conversos, sí, señores de apellidos franceses que decoran sus domicilios con versículos del Corán y se desposan con adolescentes designadas cuando no elegidas.
François es invitado a pre-jubilarse con magníficas condiciones económicas, tras lo cual, presa del miedo, se lanza a una especie de huida hacia el Sur, en la cual su sensación de soledad y desamparo se agudiza. Pendiente de la gasolina y de la conexión a Internet, François intenta encontrar un sentido a su existencia, sin trabajo, sin relación sentimental, con dinero. En el fondo, Sumisión habla de la soledad del hombre moderno. Al estilo Houellebecq, claro, porque aquí no faltan ni las escenas de sexo explícito, ni menciones a Nietzsche, ni opiniones de esas que ponen al francés en la picota del público más acomodaticio. Porque Houellebecq ya no se conforma con dar testimonio del presente de la civilización occidental. Ahora ya especula sobre su futuro.

En Sumisión, Houellebecq marca más distancias que nunca con su protagonista. Les separan casi dos décadas de edad y François, parece, mantiene alguna esperanza. Houellebecq se queja, entre líneas, de lo que François decide, toma partido con claridad y por eso se le ha criticado, porque esta es la novela más política de Houellebecq, la más cargada y osada en lo social, y porque, a diferencia de otras, no se conforma con quejarse de dónde venimos, sino de a dónde  cree que vamos; hasta nos sugiere a qué velocidad y en base a qué perversos mecanismos de matemática demográfica. Vamos, por cierto, no solo los franceses. Todos. A Houellebecq, por Sumisión, se le ha acusado de hacerle el juego a la extrema derecha y de instaurar un sentido del alarmismo a lo cual, claro, lo de Charlie Hebdo no ha hecho más que añadir leña. Sí: ha sido acusado de eso por críticos de todo el mundo, tras cuyos intereses editoriales o empresariales, puede, haya alguno de esos petrodólares.

Pero yo no considero leer esta novela como algo imprescindible porque otros la ataquen. No es una reacción. Leer Sumisión es necesario porque está magníficamente escrito y porque su temática no puede ser más contemporánea. Ya puestos, porque no son muchos, y menos recientemente, los libros que remueven la conciencia e invitan a la reflexión. Cosa que habría que exigir más a menudo.

Ahora bien, puedo estar equivocado y que sean quienes lo atacan quienes tengan la razón. Así que zurren a este hombre por su atrevimiento y por poner esa prosa, otra vez  aquí brillante y lúcida como pocos pueden conseguir, al servicio del escenario del miedo atávico a la pérdida de las libertades, de la polémica que genera discusiones encendidas. Denle candela, sin miedo: no es más que un hombrecillo cercano a la tercera edad, un fumador empedernido con aspecto frágil y malcarado al que debemos postergar al rincón de los quejicas. Un tipo que, por cierto, está amenazado, hace años, y ya va acompañado por escoltas. Sigamos con nuestro mundo de abrazos fraternales y celebraciones conjuntas, como si nada pudiera pasar, tan contentos y tan felices, conscientes de que la diversidad es algo a lo que no hay que poner límites ni cortapisas. Ni hablar. Nuestros amigos, los integristas: si estamos aceptando su dinero, las inversiones de sus empresas y sus fondos soberanos, pasta para que sus clubes de fútbol fichen a grandes estrellas, si no hemos puesto pegas hasta ahora, pues que lo empaqueten todo y que hagan, ya, efectiva esa reconquista. Del todo. Claro que sí. No leamos al pirado este, leches. Qué aspecto más enajenado. No hace más que ponernos nerviosos. Encendamos la tele, narices, a ver a quién decapitan esta semana.

De Houellebecq en UnLibroAlDía: Las partículas elementalesPlataformaEl mapa y el territorioAmpliación del campo de batallaIntervencionesH.P.Lovecraft. Contra el mundo, contra la vida

lunes, 27 de abril de 2015

Kazuo Ishiguro: Los restos del día

Idioma original: inglés
Título original: The Remains of the Day
Año de publicación: 1989
Traductor: Ángel Luis Fernández Francés
Valoración: Muy recomendable


Una reciente reseña de otro libro de este mismo autor (en Un Libro Al Día... ¿dónde si no?), Nocturnos, me decidió a emprender la lectura que tenía pendiente desde hace algún tiempo de esta Los restos del día, la novela más conocida hasta ahora -creo- de Kazuo Ishiguro (sobre todo por haber sido llevada al cine hace años con los afamados Anthony Hopkins y Emmma Thompson como protagonistas). Y lo cierto es que me arrepiento de no haberlo hecho mucho antes.

Porque el caso es que ésta es una novela no ya notable, sino por momentos excelente y preciosa, que muestra un gran oficio literario y una sensibilidad encomiable hacia los personajes que la protagonizan. Y eso que no me parece que fuera sencillo cumplir tal propósito... cuando menos, el argumento no resulta, en principio, el más adecuado para un fácil lucimiento: la novela se estructura a partir de unas pocas jornadas del viaje que, en verano de 1956, realiza el mayordomo de la mansión Darlington Hall, en Oxfordshire, hasta Cornualles para visitar a una antigua ama de llaves. Cada día el señor Stevens, este mayordomo, nos va contándolas incidencias del trayecto y también sus opiniones sobre diversos asuntos -ante todo y sobre todo, acerca del oficio al que ha dedicado su vida-, ilustrándolas con los  recuerdos de lo que ha sido su actividad en esa mansión. Cuyo amo en otro tiempo, además, Lord Darlington, no era cualquier noble ociosos, sino un caballero bien relacionado con las altas esferas de la política y que había intentado, ya a partir del Tratado de Versalles, que juzgaba ignominioso, un acercamiento e incluso, más adelante una posible alianza, con Alemania... llegando a entrevistarse en varias ocasiones con el embajador nazi, Ribbentrop o con el líder fascista británico, Oswald Mosley (exacto, el que luego fuera cuñado de Nancy Mitford, como sabrá quien conozca a esta autora).

Stevens no evita éstos u otros temas "delicados" -como cierto arrebato antisemita de su señor-, pero nos los cuenta y explica su propia participación en tales asuntos amparándose el su profesionalidad y lealtad como sirviente -lo que él llama su "dignidad"-, que utiliza para establecer una barrera con toda realidad ajena a su labor de mayordomo, una coraza que porta como el samurai que sirve a un señor feudal para así poder seguir el "camino del guerrero" (sé que habrá a quien le parezca oportunista tal comparación, dado el origen nipón del autor de la novela, pero, justo por eso, no creo que sea casual la elección de este protagonista, un personaje de una "britanidad" tan típica, al tiempo que tan cuidadoso con los detalles y tan proclive a la contención de sus sentimientos como se le supone a la cultura japonesa).

Es  la misma barrera que interpone ante otros aspectos más íntimos de su vida, como son sus relaciones familiares y sentimentales; las que tiene con su padre, mayordomo como él, y con Miss Kenton, el ama de llaves a quien se dirige a visitar a Cornualles. Digamos -y perdón si esto supone un spoiler-, que las reacciones de Stevens en ambos casos no son precisamente de una espontaneidad latina... Aún así, hay que señalar que, a pesar de que su aproximación a los posibles errores cometidos en su vida sea de manera indirecta y se escude en esa supuesta dignidad profesional de la que ya he hablado para excusarlos, al menos este mayordomo hace una introspección crítica sobre su propio pasado que no sé si es demasiado frecuente, fuera de la literatura.

Al final, una novela no ya totalmente recomendable, sino -y quizá esta valoración resulte demasiado polémica para dejarla para la última frase de la reseña- a la que tan sólo su propia perfección me hace me hace dejarla un paso por detrás de la categoría de imprescindible.



Del mismo autor en Un Libro al Día: Nunca me abandonesUn artista del mundo flotanteNocturnos