domingo, 24 de mayo de 2015

Varlam Shalámov: Relatos de Kolimá, Volumen I

Idioma original: ruso
Título original: Колымские рассказы
Año de publicación: 1973
Traducción: Ricardo San Vicente
Valoración: muy recomendable

Cosas del mundo multimedia: a la vez que leía los Relatos de Kolimá he estado siguiendo una excelente cuenta en Twitter: @deportado4443 me ha estado llevando durante unos días por los acontecimientos del día a día de un preso español en los campos nazis de Gusen y Mauthausen. Curiosa coincidencia, y habría quien diría aquello de que los extremos se tocan, o lo del rasero común de los totalitarismos, pero a mí (hoy) no me apetece meterme en cuestiones políticas. Diría que ciertas desviadas mentes humanas encuentran rápido la salida más cercana a su obsesión por la crueldad. Hitler o Stalin, qué más da. La eliminación del disidente, la psicosis por la depuración de quien no piensa igual. Todo, como un mecanismo abyecto más de perpetuación en el poder. El pretexto, ya se buscará. Dictadores de diferentes índoles, criminales de la misma calaña.
Valga el ejemplo. A Varlam Shalámov se le obligó, políticamente, a renunciar a lo escrito en los seis volúmenes de los Relatos de Kolimá, como condición para una especie de rehabilitación. Tiempos difíciles, los 70: guerra fría, el KGB, Vietnam, Corea, inestabilidad en Asia, en América del Sur, en África. Solo faltaban escritores como Shalámov o Solzhenitsyin aplicando el rasero igualitario, mostrando al mundo la enorme profesionalidad del régimen soviético en lo de someter a la gente.
El frío, los parásitos, el hambre, el esfuerzo del trabajo forzado, las malas compañías, la violencia generada por las extremas condiciones de subsistencia. Contra todo eso han de luchar los personajes que habitan los relatos contenidos en este primer volumen (siguieron otros cinco). y el calado de sus experiencias en el lector es, por atribuirle un calificativo, desazonador. Se trata de presos internos en campos de Kolimá, la célebre taiga siberiana, de presos hacinados en naves heladas, expuestos a agotadoras jornadas de dieciséis horas sin descanso, en condiciones de temperatura que hacen que 30 bajo cero se considere un respiro, con estrictas normas en lo referente a los objetivos de producción de su trabajo, pero, por encima de todo, y merced al sistema de depuración implantado, víctimas de un meticuloso proceso de deshumanización, de un espantoso (por lo cruel, por lo planificado) tránsito de aquello que han dejado atrás en su lejano (lejano se percibe ya en el momento de su llegada a los centros de internamiento) pasado. Pueden ser estudios superiores, profesiones, dedicación a la política, al desarrollo de alguna actividad intelectual, o delictiva. El internamiento en Kolimá, cuya causa y duración de condena es obligada a describir a cada preso cuando se presenta, neutraliza el pasado y solo una combinación de resistencia y fortuna aleja a unos pocos del peor destino.
Shalámov combina relatos cortos, prácticamente situaciones, con algunos más prolongados y reflexivos. El ámbito temporal de este primer grupo, de 1955 a 1960 corresponde a uno de varios internamientos que sufrió. Es una escritura dura, resignada, con referencias que se cruzan entre algunos relatos, y con una tristeza subyacente que pueden ahogar a algún lector. No hablamos aquí de crueldad y sadismo. Hablamos de muchos seres en una carrera no exenta de picaresca, por conseguir algún exiguo y patético triunfo que los libre de la incerteza del día siguiente y, como en muchos casos, con profusión de detalles tal que, la sensación de realidad, de verosimilitud, de testimonio en primera persona, no puede definirse de otro modo que como estremecedora.

sábado, 23 de mayo de 2015

Lawrence Block: Cuchillada en la oscuridad

Idioma original: inglés
Título original: A stab in the dark
Año de publicación: 1981
Valoración: está bien

Hace poco discutía con una compañera de la universidad sobre la (in)existencia de los géneros, hablando específicamente de la distinción clásica entre novela policiaca (Conan Doyle, Agatha Christie...) y la novela negra (Dashiell Hammett, Raymond Chandler...). Creo que está claro que si pensamos en los géneros como definiciones taxonómicas científicas, objetivas e inmutables, nos encontraremos con muchos problemas, porque habrá obras que escapen a esas clasificaciones, que jueguen con ellas o que las subviertan voluntariamente. En cambio, creo que la idea de género tiene validez si se considera que es un conjunto de códigos (mejor que "reglas") que comparten los autores y los lectores ("y los editores", me recordaba mi colega), y que son susceptibles de evolucionar en el tiempo, e incluso de desaparecer (caso, por ejemplo, del poema épico, la novela pastoril o la picaresca).

Esto viene a cuento de Lawrence Block, un escritor que sin duda es de segunda fila en el mundo de la novela policiaca (perdón, novela negra) pero que ha recibido numerosos honores por sus novelas protagonizadas por el detective Matthew Scudder, o por el ladrón Bernie Rhodenbarr.  

Cuchillada en la oscuridad, cuarta novela de la serie de Scudder, es una novela de género en cuanto que se adapta perfectamente a los códigos establecidos por sus predecesores: un detective ex-policía, que flirtea con el alcoholismo y que ha fracasado en su vida personal (aunque no ha perdido su atractivo de "tío duro"); un ambiente urbano degradado (concretamente, Nueva York); un crimen violento (del que casi no hay pistas, porque fue cometido hace nueve años); una investigación que consiste más en remover el avispero que en propiamente hacer deducciones lógicas; y una resolución satisfactoria para el lector, aunque no exactamente para el personaje.

El placer de las novelas que se insertan cómodamente en un género consiste precisamente en la repetición: sabemos lo que vamos a encontrar y lo encontramos, con ciertas variantes, claro, porque si no estaríamos leyendo siempre la misma novela. Es significativo que las obras de la serie de Scudder sean mutuamente intercambiables: a diferencia de lo que sucede con otras sagas detectivescas (pienso en las novelas de Mankell, en las de Camilleri o incluso en las de Michael Connelly), no hay una evolución biográfica del personaje, que siempre está en un estado depresivo y alcoholizado (o luchando por desalcoholizarse).

Hay por lo tanto un placer en leer novelas así: el placer de lo conocido, de la variación sobre un mismo tema. Y hay también arte en saber adaptarse a los códigos de un género, y conseguir crear obras que atrapen al lector - que se deja atrapar, porque es para entrar en ese juego para lo que ha cogido esa novela.

viernes, 22 de mayo de 2015

Gianluca Morozzi: Blackout

Idioma original: italiano
Título original: Blackout
Año de publicación: 2004
Traducción: Pilar González Rodríguez
Valoración: entre recomendable y está bien

Coincidiremos en que subir al ascensor con algún desconocido suele ser una situación bastante embarazosa, por más que cotidiana (por suerte, existe el socorrido recurso de hablar del tiempo, aunque deja de funcionar a partir de un determinado piso...). Más incómodo aún resulta subir con dos desconocidos, que además tampoco se conocen entre ellos. Y lo que ya es agobiante es si el ascensor sufre una avería, deteniéndose, y os veis obligados a compartir ese exiguo espacio , aunque sólo sea por unos minutos de angustia... ¿me equivoco? Pues bien, ahora imaginemos que la avería se prolonga por un tiempo indeterminado, en medio de un calor agobiante y sin agua ni casi ventilación, y que uno de esos desconocidos resulta ser un asesino sádico y sociópata. Una fiesta, ¿verdad?

Pues este es el planteamiento de esta novela de Morozzi, que, como bien se puede cualquiera imaginar, se mueve entre el género del thriller y, directamente , del puro terror. Tres personas que no se conocen se quedan atrapados, por culpa de un apagón, en un ascensor de una torre de apartamentos, en las afueras de Bolonia, en un caluroso día del ferragosto italiano, con la ciudad -y el edificio- más desiertas que el propio Sáhara. La idea, en principio, no puede ser más simple y exitosa: se mete en un espacio reducido a tres ratones de laboratorio -de tres lagartijas, habla la novela-, uno de ellos de una agresividad fuera de lo común, y esperamos a ver que resulta del experimento; quizá no resulte un relato agradable, pero sí de lo más entretenido (no contaré quién es el asesino sociópata para que no se me acuse de "espoilear", pero aviso que el propio autor lo revela nada más comenzar la novela). He de decir que Morozzi lidia con este argumento bastante simple y, hasta cierto punto, previsible con gran habilidad y utilizando toda una serie de recursos narrativos sin ningún tipo de complejo; en este aspecto, es un escritor de los más competente, que sabe jugar con el suspense y el inevitable crescendo de la tensión, hasta llegar al clímax de la historia. Completa la narración con una buena dosis de casquería, de costumbrismo italiano y de un montón de referencias a la cultura popular contemporánea -cómic, cine, música-, relacionadas, con seguridad, con el hecho de que Morozzi, además de escribir, es músico de rock y crítico musical. Y también una acerada crítica a la sociedad contemporánea, italiana en particular, pero que podemos aplicar, en mayor o menor grado, a todo el mundo occidental y, a estas alturas, me temo que también al no tan occidental.

En eso reside, en mi opinión, el punto más débil de toda la novela: en el giro hacia esa crítica social que efectúa la historia en la última parte. No porque resulte poco coherente o inverosímil (tampoco resulta muy probable, por suerte, que te quedes atrapado en un ascensor con una suerte de Hannibal Lecter transalpino), sino porque resulta ya algo manido, a estas alturas, ya visto en diferentes películas, libros y cómics (no daré los títulos para no ofrecer pistas sobre ese giro final, pero a cualquier lector de este libro le vendrán a la cabeza a de inmediato). Por lo demás, una novela muy bien escrita, que hará disfrutar, sin duda, a los amantes de estos géneros -terror, suspense- en particular y tal vez hacer pasar un rato entretenido -ya que no agradable- a cualquier otro... Siempre que no le haga demasiados ascos a la casquería, aviso. Aunque sea fina. 




jueves, 21 de mayo de 2015

Maylis de Kerangal: Reparar a los vivos

Idioma original: francés
Título original: Réparer les vivants
Año de publicación: 2014
Traducción: Javier Albiñana
Valoración: recomendable (tirando a justito)

Empezaré por sincerarme: soy muy de Anagrama. Me ha aportado muchos momentos de éxtasis. Tres de mis cinco escritores favoritos son enseñas de la casa. Los lomos amarillos y grises son auténticos faros en los que mi vista se para cuando repaso una estantería. Puede que, a mi edad, esto no cambie jamás. Y sigo pensando que muchas editoriales han tomado como referencia esa apuesta estética característica, e intentan, cada una a su manera, que sus libros sean reconocibles, así, a simple vista. ¿O no sabemos, ya unos cuantos, cómo son los lomos de Acantilado, o de Asteroide? Por eso, y sin que nadie se asuste, porque a Anagrama le perdono hasta que me torture con la entrega anual de Amélie Nothomb, no acabo de comprender, aunque de todo tiene que haber en la vida del señor, cómo encaja en su catálogo un libro como el que hoy me ocupa. Que, cosa que no era prioritaria en la Anagrama pre-Feltrinelli, se enfatiza en la contratapa, ha ganado unos cuantos premios en Francia, y ha sido un considerable éxito de ventas. A Herralde, hace unos años, esto se la sudaba. Así: como la frente de un churrero. Pero, parece, las cosas van evolucionando, y me pregunto hacia dónde. Nada grave, pero, sabéis, esas señales de que algo ya no es como era.
Reparar a los vivos, por ejemplo, no es para nada una mala novela. Parte de una premisa de esas de las que generan debate: la donación de órganos. El dilema ético, las convicciones, bla bla, bla bla. Simon, joven surfista de regreso con dos amigos de una de esas experiencias costeras, metidos en una van, sufre un terrible accidente del cual es el peor parado. Lesiones irreversibles, muerte cerebral, se acabó, pero, voilá, su lozano cuerpo alberga un montón de órganos juveniles en buen estado que pueden, ejem, reparar algunos vivos. Los papás, Marianne y Sean, cuya relación no acaba de quedar muy clara, que son consultados por uno de esos médicos encargados de coordinar trasplantes: un tipo de esos que está pendiente de siete móviles y cuatro buscas, un paradigma del héroe tan anónimo como profesional. El personal que le rodea y le ayuda. Los que esperan esos órganos. Toda una historia a la que sacarle partido.
Pero es que Maylis de Kerangal (creo que no seré capaz de retener jamás ese apellido), consciente de que el punto de partida es bueno, se pasa con el relleno. La cosa va así: cada personaje, por central o periférico a la acción que sea, va acompañado de una especie de letanía de condiciones, situaciones, características y circunstancias que la autora empaqueta, como ávida de acumular información, de añadir sabor, de marcar un poco de músculo, estilo, eh, chicos, mirad qué capaz soy de generar tramas paralelas, de interesar y de dibujar un perfil. El problema es que esa información rara vez lleva a ninguna parte. Lejos de eso, ese afán de ser completo y original y lírico acaba distrayendo al lector de la espina dorsal. Hacia mitad del libro parece que nos libramos, pero, falsa alarma, pues pronto volvemos a las andadas y cada personaje es descrito, sintetizado, en decenas de frases, ametralladas sin respiro, una vez se le menciona, con una sensación final que es la divagación, casi el aturdimiento porque qué nos importa que el tipo se gaste 3.000 euros en un jilguero o que la enfermera de nombre raro tenga unos gustos sexuales un pelo turbios. Claro: a quienes se contentan con un best-seller de un tema polémico (sin ir más lejos, hoy leía sobre un indigente al que le han pegado una paliza porque se hizo atrás en una operación que le iba a reportar 6.000 euros por donar un riñón), les parecerá que el relleno que le endilga Maylis es literatura de alto copete: pues no. Es lucimiento forzado, irregular, desorienta, lastra, y por tanto, la gran mayoría, simplemente, sobra.
Por lo demás, una correcta novela de uno de esos temas que nunca falla. Pero (y no me voy muy lejos: Houellebecq) una relativa decepción escondida tras un lomo amarillo. Para bien o para mal, los libros de Anagrama solían contener algo especial. Este, no.

miércoles, 20 de mayo de 2015

Nicolás Maquiavelo: El Príncipe

Idioma original: italiano
Título original: Il Principe
Año de publicación: 1534
Traducción: Helena Puigdoménech
Valoración: Imprescindible

Vale, lo sé: todo el mundo ha leído ya a Maquiavelo...O, al menos, sabe de qué va El Príncipe... o, al menos, ha utilizado alguna vez el adjetivo "maquiavélico" como sinónimo de retorcido, intrigante, maquinador... Más de uno pensará incluso que éste no es un título demasiado novedoso como para ser reseñado en un blog literario tan puntero como es éste. Y no, novedoso no es, ciertamente: se escribió exactamente hace 500 años, cinco siglos del ala (bueno, 502, en realidad: en 1513, mientras el bueno de Nicolás se encontraba en las mazmorras de los Médici, para trata de congraciarse con éstos. Aunque no sería publicado hasta 1534). Pero eso no le resta un ápice de actualidad; muy al contrario: podría haberse escrito ayer mismo , en lugar de utilizar ejemplos de la Antigüedad Clásica o de la Italia renacentista, hablarnos de Irak, de Siria o de Gaza, y el texto no sufriría modificaciones sustanciales. Y seguiría siendo válido.

Más aún. si por algo merece la pena leer este libro es para que los gobernados podamos discernir más fácilmente -aún, quiero decir- las estrategias, artimañas y despropósitos que nos infligen nuestros gobernantes, más allá de las apariencias (si es que alguien se deja engañar por ellos, a estas alturas... aunque me temo que va a ser que sí). Porque son las mismas que utilizaban hace cinco siglos, y hace veinte, también...

El Príncipe es un tratado teórico sobre cómo obtener el poder y conservarlo, dando por supuesto que el poder no tiene un origen divino e indiscutible, sino humano y bastante fácil de perder. En sus 26 capítulos, establece toda una categorización de los diferentes principados (lo de las repúblicas lo deja para otro momento), de cómo sus dirigentes obtuvieron el poder, ya sea de forma hereditaria  por las armas (o incluso por medios menos lícitos aún). También le da especial importancia a los tipos de ejércitos con los que puede contar un príncipe, ya sean tropas mercenarias o milicias autóctonas -de las que es más partidario Maquiavelo, que deseaba liberar a las ciudades italianas de las manos extranjeras, hasta el punto de ser considerado incluso una suerte de protonacionalista italiano-. Y sobre todo, habla de los medios que debe utilizar el Príncipe ideal para gobernar a sus súbditos, de cómo administrar la crueldad y la benevolencia, de si es preferible ser amado u odiado; del cuidado que se ha de poner acerca de  quienes te rodean y te ayudan a ejercer el gobierno o simplemente te adulan...

Como ejemplos a seguir por el príncipe ideal pone, como se señala a menudo,  al Duque Valentino, César Borgia -aunque, sobre todo, como ejemplo de alguien que hizo siempre lo más adecuado para obtener el poder y, sin embargo, no pudo conservarlo-, pero, sobre todo, a Fernando de Aragón, del que considera que "no puede haber ejemplo más admirable y maravilloso"... Cierto es que esas admirables y grandes empresas de Fernando el Católico fueron sobre todo hacer la guerra a unos vecinos que estaban en paz con él, perseguir y expulsar a los "marranos" y manipular a los nobles, al pueblo e incluso a la Iglesia para que sirvieran a sus intereses. Actos que en el siglo XXI podemos considerar poco éticos y hasta reprobables -al menos, si miramos para otro lado sobre mucho de lo que ocurre en el mundo-, pero que Maquiavelo, pragmático y hasta utilitarista por excelencia, juzga según el resultado obtenido, no acerca de los medios para obtenerlo. Ahora bien, A este autor se le podrá considerar cínico, pero no hipócrita: en ningún momento justifica sus propuestas en base a la moralidad o a valores como la compasión y la justicia. (es más, afirma que el gobierno del Estado obliga a obrar "...contra la fe, la caridad, la humanidad y la religión...". Aunque también es verdad que considera que "...no hay nada que sea más necesario aparentar que el practicar la religión..."). De hecho, ni siquiera su opinión sobre los gobernados es mejor que la de los gobernantes: 

"Porque de la generalidad de los hombres se puede decir esto: que son ingratos, volubles, simuladores, cobardes ante el peligro y ávidos de lucro. Mientras les haces bien, son completamente tuyos (...), pero cuando la necesidad se presenta se rebelan..."

"...se debe señalar que el odio se gana tanto con las buenas acciones como por las perversas, por cuyo motivo (...), un príncipe que quiera conservar el poder es a menudo obligado a no ser bueno..."

Lo que nos hizo Maquiavelo, hace cinco siglos, fue un regalo: el conocimiento exacto de cómo podemos ser manipulados, forzados y engañados por nuestros queridos gobernantes. Un conocimiento involuntario y, por tanto, sincero, puesto que no estaba pensado para ser divulgado entre el público, sino para el aprovechamiento por parte de una élite. Por ello, todos los que aspiramos a que no nos engañen, manipulen y exploten -o lo menos posible, si puede ser- deberíamos conocer y estudiar esta obra , mucho más provechosa que cualquier novela de ficción o serie de televisión que trate sobre las luchas de poder (ya sabemos a lo que me refiero...): una herramienta para preservar nuestra independencia de criterio como ciudadanos libres, que nos es brindada por el acervo cultural de este viejo Occidente, cuyos dirigentes -nuestros dirigentes- tal vez confían en que no nos demos cuenta de su vigencia y oportunidad, en que lo consideremos un libraco viejo más o un nombre a memorizar en el colegio... y no lo que es, en realidad: un arma arrebatada al enemigo.

Para quien no lo vea así, un par de perlas más: 

"Al apoderarse del  un Estado, todo usurpador debe reflexionar sobre los crímenes que le es preciso cometer y ejecutarlos todos a la vez, para que no tenga que renovarlos día a día..."

" Por lo cual es necesario que todo príncipe que quiera mantenerse aprenda a no ser bueno y a practicarlo o no, de acuerdo con la necesidad..."



martes, 19 de mayo de 2015

Thomas Wolfe: Especulación

Idioma original: inglés
Título original: Boom Town
Año de publicación: 1938
Traducción: Juan Sebastián Cárdenas
Valoración: se deja leer

No voy a negar que la labor de ciertas editoriales independientes en lo concerniente a la recuperación de autores algo postergados me ha proporcionado grandes hallazgos. Como John Willians o Lewis Wallant. Pero a veces cuesta acertar, o simplemente hay autores, o estilos, o temáticas, con los que no acabo de sintonizar.
Y es lo que me pasa con Thomas Wolfe. De hecho, probaré una tercera vez por aquello del refrán y para otorgarle derecho de tanteo, aunque sea, a las leyes de las probabilidad. No puede ser que yo me haya topado con sus obras menos seductoras. Ya me llevé una decepción con El niño perdido, que me pareció cursi, pero esperaba algo diferente, ni que fuera de la temática descrita en la sinopsis de Especulación

Primero: esa traducción tan sui-géneris de lo que es La ciudad del Boom. Después, esa especie de historia en segundo plano pero ahora en primero, la de John, que regresa a lo que era un pueblo de mediano tamaño y contempla lo que el estallido de urbanización y, mmm, especulación, está causando. Enriquecimiento rápido, cambio de manos de propiedades, grúas por doquier, intereses turbios. La gente se queja hasta de la ubicación de un cementerio, pues interfiere con intereses particulares. O los barrios en los que habita la población negra. Pero el lector no acaba de ver el texto decantarse hacia ningún lado. La historia de la familia de John es endeble, la escena en que destapan un ataúd para ver un cadaver completamente inconsecuente dentro de la historia. Las transacciones, propias de juego de mesa, y el tono general, lo siento, escasamente estimulante.

Ni tres cuartos de hora para despachar esta lectura. Que no profundiza como intenta hacernos convencer la sinopsis. Que no deja grandes conclusiones, desde luego ninguna de ellas nueva: la especulación conduce a un agudizamiento de los desequilibrios. Ya está. La historia de la familia, incrustada, no aporta. Y para darle prestancia, haber optado por un tono más periodístico, menos lírico, Que si los paisajes y los montes y todos los emplazamientos idílicos de la juventud ahora transformados en terreno asfaltado. Muy bien, sí, muy ejemplar y a tono con los desastres que marcan nuestra época. Bien contado, sin carencias técnicas. Pero en conjunto, descompensado, disperso, y sin una finalidad definida. Otra decepción más: este Wolfe no acaba de gustarme.

También de Thomas Wolfe en UnLibroAlDía: Una puerta que nunca encontré

lunes, 18 de mayo de 2015

Elena Ferrante: La amiga estupenda

Idioma original: italiano
Tïtulo original: L'Amica Geniale
Año de publicación: 2011
Valoración: Muy recomendable

Elena Ferrante es un fenómeno curioso: una autora de la cual no se sabe casi nada (salvo que no se llama Elena Ferrante) y que se ha convertido en un fenómeno internacional con una decena de novelas, dos de las cuales han sido llevadas al cine. Esta que reseño hoy, La amiga estupenda (que, la verdad, me habría gustado más que mantuvieran el original, "la amiga genial", por su ambigüedad) es la primera parte de una tetralogía completada por Storia del nuovo cognome, Storia di chi fugge e di chi resta y Storia della bambina perduta, que están siendo publicadas por Lumen con títulos cada vez más alejados de los originales (Un mal nombre y Las deudas del cuerpo).

Las protagonistas de la saga son dos chicas napolitanas, Elena (la narradora) y Lila, que comparten una amistad compleja, cargada de competitividad, cariño, recelo, complicidad. Elena es la hija de un portero del ayuntamiento de Nápoles; Lila es hija de un zapatero. Las dos son inteligentes; Lila lo es todavía más, aunque es mucho menos aplicada que Elena, y tiene, también, muchos menos medios y apoyos para seguir estudiando. Con el paso de los años, las niñas dejan de ser niñas y dejan de jugar con muñecas para vivir rodeadas de hombres y preocuparse por cosas de adulto. El entorno de pasiones y violencia que los rodea, incomprensible cuando eran niñas, comienza a cobrar nuevos significados y a exigir nuevas decisiones.

La escritura de Elena Ferrante es densa, de una densidad que solo se me ocurre comparar con la de las novelas de Philip Roth, cuando Philip Roth está en su momento más inspirado. No solo me refiero al universo de personajes que crea alrededor de las dos protagonistas (sus familias, sus amigos, sus profesores, el resto de habitantes del barrio, con sus odios y sus rencillas que se remontan a tiempos de la guerra o incluso antes); sino también a la profundidad psicológica de que los dota, haciéndolos tridimensionales y humanos. Es, sobre todo, el caso de Elena y de Lila, a las que vemos pasar por evoluciones a veces paralelas y a veces contrarias, influyéndose mutuamente a través de la amistad, de la rivalidad, de la envidia.

Confieso que durante el segundo capítulo, dedicado a la adolescencia de las protagonistas, la lectura se me ha hecho larga, quizás también por estar leyendo la novela en portugués y no en español (ni en italiano, claro). Confieso también que el final, que no es conclusivo -porque como decía esta es solo la primera parte de una tetralogía- me ha dejado algo insatisfecho. Pero al mismo tiempo es innegable que en Elena Ferrante hay una narradora descomunal, digna de la fama que ha conseguido y que por ahroa ha despreciado. Quizás lea, con tiempo, los restantes volúmenes de la tetralogía; lo que haré seguro será buscar alguna de sus novelas independientes, como Los días del abandono o El amor molesto, a ver qué tal. Y, claro, #HabráReseña.