sábado, 25 de octubre de 2014

Colaboración: La concesión del teléfono de Andrea Camilleri

Idioma original: Italiano
Título original: La concessione del teléfono
Año de publicación: 1998
Valoración: Muy recomendable

Filippo Genuardi, de profesión comerciante en maderas, quiere ampliar su negocio y para ello solicita una línea de teléfono de uso privado. Hasta aquí la declaración de intenciones de un emprendedor más que, por si sola, no parece un argumento my prometedor para el inicio de una novela. El problema surge cuando situamos la petición en su contexto. Nos encontramos en un pueblecito de Sicilia en 1891, y la humilde petición de Filippo acaba pasando por las manos de funcionarios de toda índole: policías, carabineros, altos funcionarios de correos, jueces y, finalmente, hasta el mismísimo ministro del Interior.

Con estos mimbres AndreaCamilleri dibuja un fresco demoledor sobre la Sicilia de finales del siglo XIX, en el que nada es lo que parece. Poco a poco, a través de los chispeantes diálogos entre Filippo y sus vecinos, familiares y amigos y las desternillantes cartas de los funcionarios encargados de atender su petición, Camilleri nos va presentando una entrañable galería de personajes cuyas vidas, ambiciones y secretos más íntimos quedan al descubierto. Todo ello para mostrarnos el choque entre la sociedad rural que quiere salir del atraso incorporándose a la modernidad – simbolizada en la humilde petición de la línea telefónica y la sobredimensionada burocracia italiana suspicaz ante las demandas de sus ciudadanos.

Casi simultáneamente a esta novela, Camilleri comenzaría a saborear el éxito con su serie de novelas del comisario Montalbano, y el resto de su producción literaria tendería inevitablemente hacia la novela negra, pero La concesión del teléfono es un delicioso divertimento que no debería caer en el olvido. Especialmente recomendable para estos tiempos que corren.

viernes, 24 de octubre de 2014

Stephen King: Cell

Idioma original: inglés
Título original: Cell
Año de publicación: 2006
Valoración: está bien


Clayton Riddell, un dibujante de cómics con no demasiado éxito, viaja a Boston a intentar cerrar un contrato de publicación para su última obra. Una vez en la ciudad y con buenas noticias por parte de la editorial, todo el mundo parece volverse loco de repente: los aviones se estrellan, los coches sufren accidentes y chocan entre sí, las personas que están a su alrededor empiezan a atacar a otras o a infligirse daño a sí mismas... 

A pesar del caos reinante y de que salir vivo de esa gran ciudad parece una misión imposible, Clayton lo consigue. En compañía de Tom, un hombre al que ha conocido en plena barbarie, y la adolescente Alice, que ha perdido a su madre durante la misma, descubre que el causante de esos acontecimientos ha sido "el Pulso", una señal que infecta a todo aquel que utilice un teléfono móvil. Su misión, además de intentar seguir con vida y de descubrir si hay alguna cura para los efectos del Pulso, es regresar a Maine y descubrir si su hijo está también infectado. Al fin y al cabo, también tiene un teléfono móvil...

Así comienza Cell, una obra escrita por Stephen King que nos sumerge en un escenario apocalíptico, en el que los protagonistas se verán obligados a abandonar un mundo que ya no existe para concentrar todos sus esfuerzos en la lucha por la supervivencia. Estos personajes, como ya es habitual en las novelas de este autor, no son superhéroes ni poseen una inteligencia especial que los guíe por el camino a seguir. King nos presenta una vez más a gente normal, cuyos aciertos, errores, virtudes y defectos se nos hacen familiares y que resultan (reconociendo, claro, que este libro es una novela y todo es ficción) de lo más verosímiles.

Quizá el tema que más trabaja el autor en esta obra es el miedo. El miedo a lo desconocido, a lo inesperado, a la violencia, a la muerte... pero también el miedo a lo conocido, a aquello que no queremos ver (o que vemos y negamos, como si así lo hiciésemos desaparecer) y a aquello en lo que podemos convertirnos, una vez que la civilización se ha ido al garete. 

A pesar de que no está entre los mejores libros de King, Cell es una novela entretenida que merece la pena leer, aunque sea como puente entre otras dos lecturas más "pesadas". Eso sí, tengo que hacer una puntualización: he leído por ahí que el Pulso convierte a los usuarios de teléfono móvil en zombies... Bien, pues no es verdad. No es que los convierta en Mahatma Gandhi, pero desde luego tampoco se puede decir que sean no-muertos. Si queréis saber lo que son, ea, leed el libro.



También de Stephen King: Las cuatro estaciones, It, Insomnia, Misery, El ciclo del hombre lobo, 22/11/63, La historia de Lisey, Mientras escribo, Blockade Billy, Carrie, Joyland, La cúpula Doctor Sueño.

jueves, 23 de octubre de 2014

Jean Echenoz: Relámpagos

Idioma original: francés
Título original: Des éclairs
Año de publicación: 2010
Traducción: Jaime Albiñana
Valoración: recomendable

Relámpagos es el titulo con el que Jean Echenoz concluyó una curiosa trilogía de novelas dedicadas a personajes célebres. Tras Ravel y Correr, dedicadas a personalidades de la música y del deporte, individuos de gran talento y curiosas costumbres, Echenoz prefirió para Relámpagos no emplear un tono biográfico tan patente: Gregor es una especie de guisa de Nikola Tesla, ingeniero e inventor mítico. Que Echenoz abandone el tono testimonial historicista de las otras dos novelas es revelador. Quizás se sintió en algún modo desafiado a hacer algo más que redactar sublimemente una biografía novelada, quizás se propuso aportar algo más de su cosecha aquí, cosa que ceñirse a una biografía de alguien real le impedía de alguna manera (habida cuenta que los dos precedentes eran profusos en la mención de circunstancias y hechos auténticos, cosa que estimulaba poderosamente su lectura). Quizás la intención era despojarse de esas limitaciones, de esa especie de etiqueta, y dar rienda suelta a un perfil más, ejem, creativo.
Pues resulta que eso hace bajar algo el nivel mostrado en las otras dos. El estilo es algo más florido, la prosa algo más rica y menos informativa. Pero creo que, sobre todo en las últimas cuarenta páginas (con la cuestión de las palomas), la necesidad de Echenoz de crear una vida más que recrear una existente perjudica algo al conjunto. Y, por lo leído en la red, creo que la vida de Tesla (que completa como científico un tercer perfil de talento, al lado de arte y deporte) ya hubiera sido fascinante sin necesidad de aderezarla. A pesar de lo cual sigue siendo una lectura recomendable y una estupenda novela de tono novecentista, dinámica en su lectura y muy paradigmática en eso de mostrar que los grandes genios siempre han sido tipos excéntricos. No voy a recurrir, como hago a veces, a contrastar esta opinión con las de otros; pero diría que, empeñado en demostrar que podía ser un buen ejecutor de ficción, Echenoz cayó en la trampa de perseguir una originalidad algo forzada, de intentar demostrar al mundo que no era solamente un magnífico redactor. Aunque, vista la evolución posterior con una maravillosa novela como 14, Relámpagos fue solo un pequeño bajón (no bache), una especie de test de transición entre etapas. Echenoz es un escritor brillante que no quiere limitarse a ser un redactor eficaz. 

miércoles, 22 de octubre de 2014

A. M. Homes: Ojalá nos perdonen

Idioma original: inglés
Título original: May We Be Forgiven
Año de publicación: 2012 (En España, septiembre de 2014)
Valoración: Recomendable





Una vez más, se presenta ante el público la supuesta gran novela americana. Sería interesante comprobar cuántas veces se utiliza anualmente este recurso, por mi parte, suelo ser escéptica, dejo que los ánimos se calmen y, solo cuando el tiempo lo avala, me permito abalanzarme sobre el libro. Con excepciones como esta, en que la curiosidad ha vencido a la cautela, no tengo ni idea de por qué.

Lo abro y me parece estar viajando en el túnel del tiempo. El lector que, en 1987, tuviese entre manos un ejemplar de La hoguera de las vanidades, en su primera edición y recién salido del horno, se sentiría como yo, más o menos. Las similitudes son muchas, empezando por las portadas, idénticas. Exagero. Esta vez el tono de amarillo es más suave y la ilustración muchísimo más naíf.  En un principio, el estilo de ambos, a pesar del filtro traductor, parecen bastante similares, descubrimos que el ambiente social, y hasta las personalidades que retrata, recuerdan bastante a la otra novela, en la que, utilizando como excusa (y técnica de marketing) un comienzo impactante, se produce una hecatombe que arroja al protagonista por un pronunciado precipicio, una bajada a los infiernos que constituye una pormenorizada crítica de todo lo que enfoca con su lente.

Pero las diferencias con Wolfe se acentúan a medida que vamos leyendo. Si los hechos desencadenantes produjeron en su momento esa sucesión de cascadas, en la historia de Homes generan una explosión que conmociona, en forma de ondas concéntricas, un extenso radio, afectando a personas, costumbres, vínculos, creencias, paisajes, posesiones, de forma que, allá por donde pasa, no volverá a crecer la misma hierba de antes.

Tomando como punto de partida un núcleo familiar (en realidad, varios), la autora construye un mosaico de tipos curiosos, tan poco convencionales como puede serlo cualquiera El puritanismo americano aparece aquí como una manta muy fina, cuyo desgaste deja al descubierto todas las incongruencias posibles. El adulterio –hecho reprobable, estigma social con repercusiones mucho más allá de la pareja– se muestra como la bomba de relojería creada por el inconsciente colectivo del americano medio. Que en este caso existe. Se llama Harold Silver y, además de protagonista absoluto de la trama, es el canal a través del que vemos cuanto pasa dentro y fuera de su mente.

Puede que ni siquiera sea el momento de realizar un análisis completo del significado de esta novela dentro del panorama actual. Lo que se juzga aquí es algo tan volátil como lo contemporáneo, que, por cierto, implica una responsabilidad enorme por parte de la novelista. Aparece aquí la actualidad más candente, conflictos éticos que leemos en la prensa como el abandono en que sigue sumido el Tercer Mundo, la creciente violencia cotidiana o la arbitrariedad de la justicia institucional. Pero también cuestiones que pasan desapercibidas: el papel de los héroes anónimos –desprovistos de toda épica– a la hora de suplir las lagunas del estado, el drama de tanta víctima ignorada o la ineficacia de muchas costumbres consideradas inalterables.

La consideraría, incluso, más compleja y menos sectaria que La hoguera. Pero a su autora le pierde la ambición. No se conforma con investigar consecuencias de actos, lo quiere abarcar todo, rebuscar en la trastienda de instituciones tan reputadas como los psiquiátricos, las residencias de ancianos o los internados de élite. Se atreve, incluso, a reinterpretar hechos ocurridos en la segunda mitad del siglo XX que hace tiempo pasaron a formar parte consolidada de la Historia. Cuando entra en terrenos –como Sudáfrica o el mundo adolescente– que quizá no domine demasiado, la narración hace (discretamente) aguas. Añade, además, subtramas artificiales, complicando innecesariamente la acción en un intento de mantener la intriga que solo produce incongruencias. También aparecen algunos cabos sueltos, como el episodio de la chica desaparecida, las idas y venidas de Amanda –cuya misteriosa implicación en el caso nunca acaba de aclararse– o ese inexplicable (e inexplicado) arreglo conyugal a tres.

Seiscientas cincuenta páginas en las que no se abandona el tiempo presente, tan difícil de mantener en novela pero que lo vuelve todo más inmediato y verosímil. Páginas que se liquidan en dos o tres tardes de lluvia, que atrapan por lo que cuentan, pero también porque Homes no se mete en florituras estilísticas. La prosa que utiliza es sencilla, eficiente, pero esto, que puede funcionar bien en la mera narración, resulta una técnica bastante burda cuando se trata de producir diálogos. La mayor parte de las conversaciones son planas, sin matices, casi automáticas, como si en lugar de personajes de carne hueso asistiésemos a la interacción de (dos o más) contestadores telefónicos.

No he leído otras obras de la autora, espero que no se dedique a escribir lo mismo una y otra vez. La opinión que me merecería esta novela sería distinta –muy inferior a la de ahora– por la sencilla razón de que no es igual explorar que repetirse.

martes, 21 de octubre de 2014

Eduardo Jordá: Lo que tiene alas

Idioma: español
Año de publicación: 2014
Valoración: imprescindible

Como Ovejero, como Carrión, como Ayén, Eduardo Jordá es un gran escritor escondido tras un enorme lector. O viceversa. De esos a los que el entusiasmo le rebosa por los poros. De esos, ya sabéis, que aúllan ante un buen relato, y de esos que no se lo guardan para sí, para presumir entre las amistades de ser capaz de descubrir las perlas en que nadie ha reparado. 
No sé si somos 5, 6 o 30.000 los que potencialmente disfrutamos de libros como Lo que tiene alas. Podría decir que me da igual, pero no. Si me diera igual no me embarcaría en aventuras como ésta de ULAD, claro. La de comentar una obra colosal de un autor al que accedí por una interesante traducción y un posterior libro de relatos, y escribir esto, para decir a todo el mundo: pulgares arriba, si te gusta leer y releer, este es (uno de) tu(s) libro(s).
Lo que tiene alas contiene, por eso, alguna pequeña trampa: Jordá tira de la experiencia que le han procurado sus alumnos de talleres literarios a la hora de comentar la soberbia selección de relatos cortos (o no tanto, pues cuela más de una novela) que forman su espina dorsal y su corriente argumental. Nada, autorcillos de poca monta: Gógol, Tólstoi, Cheever, Carver, O'Connor, Cortázar, Onetti. Cada una de las piezas, objeto de un minucioso y ameno estudio donde se profundiza en su estructura, en sus claves, en su significado, sin recurrir más de lo necesario a una erudición que es accesible y, em, excitante. Ah, los matices. Esta es la cuestión: quien esté interesado en la literatura sólo tendrá que escoger entre los diversos verbos que definen lo que consigue este libro respecto a la lectura de las piezas que comenta: empujar, excitar, provocar, inducir, incitar, estimular. En lo personal, he de confesar que iré uno tras otro tras esos relatos. Pues bueno soy yo. Empezaré por los que ya están en mi biblioteca personal, pero todos caerán: lecturas o relecturas.
Más valioso, el must adicional de este libro, es cómo el autor es capaz de edificar una pieza literaria tras otra sobre la estructura de comentar otra, y no perder el nivel, un nivel literario (va, aceptaremos también metaliterario). Llegando a niveles estratosféricos como el del extenso estudio que hace las veces de centro del libro (pues lo dedica a El Gran Gatsby, que no sólo es una novela, sino una muy célebre a la que, además, añade un trabajo en segundo plano sobre El corazón de las tinieblas de Conrad, en plan happy-hour), que el lector promedio podría acusar de espoileo (el lector promedio: ese desconocido imaginario que piensa que no merece la pena leer un libro si te chafan el final). Y es una mera muestra: escarbando a fondo en las interpretaciones, Jordá consigue que lo que podría quedar en un impecable ensayo alcance, casi, consideraciones de relato de suspense, tal es la tensión que genera en alguna de las piezas. ¿Cómo, para quien se extrañe, no va a merecer un imprescindible como una catedral, un libro que se convierte, de forma inmediata, en una referencia necesaria para ir de cabeza a por otros quince o veinte?
Va, una queja, que se vea que soy un catalán rondinaire. ¿No podría haber incluido el magistral Sensini de Bolaño?

lunes, 20 de octubre de 2014

Robert E. Howard: Las extrañas aventuras de Solomon Kane


Idioma original: inglés
Título original: Solomon Kane
Año de publicación: a partir de 1928 (en la revista Weird Tales)
Traductor: León Arsenal
Valoración: muy recomendable para los amantes del género. Para los demás, está bien

Supongo que estaremos todos de acuerdo en que, en principio, hay que juzgar toda obra literaria por sus características y méritos intrínsecos, independientemente de las circunstancias en las que vio la luz o de la vida y milagros de su autor o autora. Sin embargo, también es cierto que en no pocas ocasiones resulta ser un valor añadido el que esa obra suponga un reflejo o testimonio de esas circunstancias biográficas particulares o de otras más generales, como son su época histórica, ambiente social que la dio lugar, pertenencia a una determinada cultura o subcultura, etc...

O, como en el caso que nos ocupa, el interés puede provenir de que las características de la obra, por un lado, y las de las circunstancias de la vida del autor sean tan diametralmente opuestas: Robert Ervin Howard nació en Texas en 1906 y vivió siempre en pequeñas ciudades de ese Estado hasta su muerte (por suicidio) en 1936. Al parecer, llevó siempre una vida bastante solitaria, con pocos amigos, y dedicándose al estudio de la Historia y a escribir relatos que fué publicando, en principio, en la revista Weird Tales. Con semejante escenario biográfico, bien podía haber salido un escritor tipo Jim Thompson (que se crió en la misma época y en las mismas latitudes) o incluso un Steinbeck... Pero lo que Howard escribía era bien distinto: se trataba de relatos pulp de tipo policíaco, sí, del Oeste o incluso erótico... aunque, sobre todo de corte fantástico, porque a Howard se le considera uno de los padres del género "Espada y brujería". Suyos son los personajes de Conan de Cimeria, Kull, Sonya la Roja o el protagonista del libro que aquí se reseña, Solomon Kane.

En este caso, el protagonista es una suerte de caballero andante que vaga por el mundo desfaciendo entuertos y vengando a doncellas ultrajadas. Sólo que en vez de un caballero de brillante armadura, nos encontramos con un puritano inglés de la época isabelina, de ropas austeras y fulgor fanático en la mirada. Invencible espadachín, resulta ser casi una especie de superhombre que se enfrenta a villanos de lo más florido: no sólo a piratas, esclavistas árabes o tribus salvajes, sino también (y aquí encontramos el toque fantástico diferenciador), a criaturas sobrenaturales, vampiros y espectros, provenientes del mismo Averno o creadas por la magia más negra. Un mundo literario  peculiar, en el que se advierten ecos de Lovecraft (que mantenía con Howard una amistad epistolar, hasta el punto de llamarle, suponemos que con cariño, "Bob Dos Pistolas"... ejem) o Edgard Allan Poe... e incluso, de manera no menos evidente, la sombra de las historias de Stevenson o Las minas del Rey Salomón, de Rider Haggard. Todo ello bien aliñado con dosis de suspense, acción, duelos a muerte y hasta un toque de erotismo algo vintage (jóvenes nativas semidesnudas que corren a refugiarse a los pies de nuestro héroe, o rubias doncellas inglesas encadenadas a merced de maléficas reinas africanas... aún más desnudas. Ese tipo de cosas).

Cierto es que estos relatos no pueden calificarse como "alta literatura" (sea lo que sea ésta). Y no por su carácter fantástico: después de todo, qué más fantasioso que el hecho de que alguien, al despertar por la mañana, se encuentre convertido en un insecto monstruoso, por ejemplo... Lo que confina a estas aventuras al glorioso ámbito de la literatura "popular" es más bien el estilo en el que está escrito: enfático, incluso ampuloso; con profusión de hipérboles, exageradas adjetivaciones y de truculentas metáforas... por no hablar de la estructura de casi todos los relatos, repetitiva y previsible, aunque eso sí, tan divertida como puedan serlo las historias de los cómics de superhéroes o incluso de las más clásicas novelas de aventuras. Porque eso sí, si alguna cualidad tiene este libro es retrotraer a cualquier lector adulto a aquella época gozosa en que los libros no eran sino  puro entretenimiento y las hojas se devoraban sin descanso, tirados en el sofá después de tomar la merienda o alumbrados por una linterna, bajo las sábanas. Supongo que todo escritor y todo lector, lo que buscan en realidad sólo es eso: volver a maravillarse y a disfrutar con las páginas de un libro, igual que la primera vez que lo hicieron. O la segunda, o la tercera....

domingo, 19 de octubre de 2014

Sergio del Molino: Lo que a nadie le importa

Idioma original: español
Año de publicación: 2014
Valoración: Decepcionante

No me resulta fácil escribir esta reseña, no creáis. No soy (en general, en este blog no somos) de esos críticos que disfrutan afilando el bolígrafo -o el teclado del ordenador- y poniendo a parir libros y escritores, y si son jóvenes y están blanditos mejor. Pero al mismo tiempo tampoco creo que sea bueno que nos abstengamos de criticar los libros que no nos han gustado, para no molestar.

O sea, que como se puede adivinar por este principio, y por la valoración que le he dado, Lo que a nadie le importa no me ha gustado. Lo cogí con muchas ganas, porque me había impresionado La hora violeta, por motivos que comprenderán muy bien los que hayan leído esa novela; de hecho, Lo que a nadie le importa es el primer libro que he pre-comprado en mi vida, cuando lo vi en pre-venta en eBook. Y de hecho las primeras, digamos, setenta páginas del libro hasta me estaban interesando. Pero luego no, y me da pena, pero no.

Lo que a nadie le importa se compone de una especie de mezcla de Soldados de Salamina de Cercas con Bilbao-New York-Bilbao de Kirmen Uribe, aunque le falte algo que en estas obras era evidente: una intención, una idea central que articule la trama narrativa. Es al mismo tiempo una novela histórica, que reconstruye la evolución del país en los últimos setenta años, una memoria familiar, centrada sobre todo en el abuelo materno del escritor, y una obra de autoficción, en la que el escritor se retrata a sí mismo en el momento de escribir, pero sobre todo como el nieto de su abuelo, por parecidos y contrastes.

El problema es que, sin querer hacer un chiste, el título del libro está bastante bien elegido: lo que cuenta Sergio del Molino interesa al principio, con una anécdota inicial poderosa (el momento de la muerte del abuelo y su contundente última frase a su mujer), y la reconstrucción de la que podría ser la fecha central de su vida: la batalla del Ebro en la Guerra Civil. Pero luego la historia, como el abuelo, se trasladan a Madrid, y el texto se vuelve repetitivo, anodino y, la verdad, poco interesante. Hay anécdotas curiosas, relaciones interesantes, personajes atractivos, pero se pierden en medio del texto; quizás una obra más breve, de capítulos más cortos y más centrados habría ayudado a la lectura, no lo sé.

El otro problema que tengo con la novela es el estilo, y esto es paradójico porque no cabe duda de que Sergio del Molino escribe bien. Mi problema es que, me da la impresión, hay en esta novela un esfuerzo demasiado claro por embellecer el texto: demasiados adjetivos sorprendentes, paralelismos, reflexiones altisonantes del narrador. A veces, en esta búsqueda de la frase perfecta, el autor acierta con una presa y entonces dan ganas de subrayar el libro y añadir una frase a un cuadernito de citas; pero una novela no es un cuadernito de citas.

No cabe duda de que hay un grupo más que interesante de escritores jóvenes (así de repente se me ocurren Jon Bilbao, Jenn Díaz o "nuestro" Iván Repila) que sin estridencias de nocillos se dedican simplemente a hacer su trabajo: escribir, y escribir bien. A este grupo pertenece Sergio del Molino por derecho propio, así que, aunque esta vez no haya acertado con su propuesta, habrá que estar atento a sus siguientes proyectos.