martes, 22 de enero de 2019

Neil Gaiman: Coraline


Idioma original: Inglés
Título original: Coraline
Año de publicación: 2002
Traducción: Raquel Vázquez Ramil
Valoración: Recomendable (muy para jóvenes)

La literatura juvenil contemporánea apesta. Al menos, los máximos exponentes de la misma. Ya sabéis, me refiero a esas historias fan-fiction que se vuelven fenómenos editoriales de la noche a la mañana, a absurdas trilogías distópicas, a libros escritos por influencers que no han leído en su vida, a vacuos panfletos sobre el valor de la amistad... Mirad si están mal las cosas que una saga tan mediocre como Harry Potter ha sido elevada a la categoría de obra maestra. ¡Ja!

Afortunadamente, todavía se pueden encontrar joyitas en semejante panorama. Coraline vendría a ser una de ellas. Y aunque esta novela de fantasía oscura es tan maravillosa que la pueden disfrutar jóvenes y adultos por igual, cedámosla a los primeros. Al fin y al cabo, es de los pocos productos de literatura juvenil reciente que he leído que no subestima a los lectores que pertenecen a esa demografía. Y, además, les da algunas lecciones de lo más enriquecedoras, como que el mundo perfecto no existe, o que hay que ser valiente por asustado que estés. Ya lo digo: calidad.

La protagonista del libro es Coraline, una niña de doce años que, tras mudarse a una nueva casa, descubre un pasillo secreto que conduce a una realidad similar a la suya, aunque mucho más divertida. Allí tiene todos los juguetes que quiere y puede hacer lo que le plazca. Además, todos los adultos le hacen caso, y nadie se equivoca al pronunciar su nombre. No tardará en darse cuenta, pero, de que los habitantes de ese extraño microcosmos, su otra madre, su otro padre, sus otros vecinos (todos ellos con relucientes botones en lugar de ojos), quieren tentarla, al principio, a que se quede con ellos para siempre, y retenerla a la fuerza después.

¿Qué decir de la factura de esta novela? Es impecable. Gaiman narra con sobriedad y elegancia una historia sencilla pero no exenta de algún que otro simbolismo ocasional. Los elementos fantásticos y terroríficos están bien balanceados con el tono realista del libro. Y su protagonista es inspiracional, nada que ver con tu Mary Sue promedio, tan en boga a día de hoy: tiene defectos a los que debe sobreponerse, y no le será fácil conseguirlo.

También existe una película animada sobre Coraline, debut del prometedor estudio Laika. Se toma ciertas licencias con respecto al material original, pero captura su esencia de forma indiscutible. Otra adaptación, para mi gusto mucho menos lograda, es la novela gráfica surgida de la colaboración entre Gaiman y P. Craig Russell.


Otros títulos de Neil Gaiman reseñados en ULAD: Aquí 

lunes, 21 de enero de 2019

Pol Beckmann: Novel·la

Idioma original: catalán
Título original: Novel·la
Año de publicación: 2018
Valoración: bastante recomendable

En la permanente y constante búsqueda de nuevos talentos, parece que el año pasado fue fructífero y complaciente con este humilde reseñista. A las ya mencionadas Eva Baltasar y Marta Orriols, una nueva y joven voz se añadió a esos autores que dan el salto al género de la narrativa: hablamos de Pol Beckmann quien, después de haber publicado una cincuentena de cuentos participando en premios literarios, se atrevió a publicar su primer libro de narrativa. E hizo bien, a tenor del resultado obtenido y las críticas cosechadas.

La novela que nos ocupa es de corta extensión y donde mi prudencia ya habitual en no adelantar lo que ocurre se extrema en este caso, pues cuanto menos se sepa del argumento, más sorpresa causará al lector. Y este es uno de los puntos fuertes del libro. Así que no seré yo quien lo estropee.

En esta novela, con un claro componente de meta literatura o meta ficción, lo primero que sorprende, ya en sus primeras páginas, es el estilo desenfadado, pero a la vez perfectamente narrado, que destila el libro. Hablaría de un estilo fresco pero esta palabra a menudo tiene connotaciones negativas por lo que hablaré mejor de desparpajo, pues no negaré que se hace evidente y palpable la juventud del autor, quien no rehúye ni esconde su edad. Y, en aras de ese atrevimiento y meta ficción, el autor escoge su propio nombre (prácticamente) y se lo otorga al protagonista de la obra, quien ejerce de protagonista absoluto, narrador, y quien, a la vez, también es escritor (e incluso parece que hasta pueda tener su misma edad). Y es la capacidad narrativa enérgica propia de esa edad la que alimenta el ritmo de la novela como si de una juventud algo alocada se tratara. Así, afloran en ella las dudas propias de la edad, un punto de inconsciencia o irresponsabilidad, pero a la vez un punto de euforia y desenfreno, atrevimiento y vitalidad; la exposición sin filtros al errático camino vital de un escritor perdido en su propia vida y en ausencia de una inspiración que le permita plasmar sobre papel lo que en su cabeza tiene forma de éxito.

En la narración, las escenas se entremezclan en la cabeza de Bekman, estableciendo un juego de muñecas rusas donde el personaje entra en una espiral de vidas ficticias o reales, personajes dentro de personajes, ideas imaginadas mezcladas con las reales o al revés, en una obra literaria donde lo onírico, lo imaginario, lo creativo, lo ficticio y lo real se entremezclan en un solo personaje. No sabemos qué es lo que hay de realidad o de verdad en ello, ni cuanto, pero la prosa y el estilo del autor nos envuelve en una lectura trepidante que vas más allá de lo que la propia historia cuenta, y nos lleva a explorar caminos donde personaje y autor, realidad y sueños, se entremezclan conformando una muy original novela que posiciona al autor como uno de los talentos a seguir muy de cerca.

De esta manera, obra y escritor, narrador y narración, sueños y realidades se entremezclan conformando una amalgama de ideas que envuelven, ocupan, habitan y crecen en la cabeza del autor y, por extensión, en la de un lector que asiste con interés al desarrollo de una historia caóticamente enrevesada. Estamos hablando de libros dentro de libros, de personajes dentro de personajes, en un ejercicio literario que va más allá de una simple historia, pues pretende estructurar, de manera coherente, la explosión de ideas que emana de la cabeza de un autor atrevido y valiente, osado y directo, espontáneo y brillante. Porque nada es lo que parece, o sí lo es, pues la vida la conforma no solo aquello que vivimos, sino también aquello que experimentamos, aunque sea únicamente en nuestra cabeza, o en la de los personajes que a su vez creamos.

De esta manera y partiendo de un triángulo amoroso, Beckmann ha escrito una novela fractal en la que plantea un juego meta ficcional en un ejercicio intelectual atrevido, pero a la vez acertado, donde realidad y ficción (y ficción dentro de la ficción) plantean un juego literario y analítico sobre la condición humana, sobre la realidad que vivimos y creamos, sobre las ilusiones y los sueños, sobre los distintos mundos en los que vivimos de manera simultánea y en el que intentamos encajar el mundo de los demás en el nuestro.

Prometedor debut el de Pol Beckman, en una novela que se disfruta por el exceso: el exceso en la historia, que uno adivina atrevida y forzada, pero que la narración valiente y desmesuradamente locuaz la convierte en un divertimento interesante. Porque es bastante irrelevante si la historia es algo inverosímil, pues dudo que un autor que pone su nombre y profesión al personaje protagonista, y encima narre en primera persona, tenga algún inconveniente en que así sea calificada. El planteamiento y juego literario en el que el autor invita al lector a participar, entrar y aventurarse, sustenta sobradamente una obra en la que la ficción muestra su mayor propósito: un ejercicio de imaginación sin límites ni cortapisas. El autor se muestra valiente y compensa su juventud con una gran calidad literaria; su osadía es su virtud, su atrevimiento es un valor y la narración cumple ampliamente con el cometido. Espero que la novela sea traducida al castellano porque se trata del debut de un talento a tener muy en cuenta, y del que deseo que su evolución esté a la altura de este prometedor debut.

domingo, 20 de enero de 2019

Manuel Mujica Lainez: Un novelista en el Museo del Prado

Idioma original: Español
Año de publicación: 1984
Valoración: Recomendable

Este es el último libro escrito por Manuel Mujica Lainez y, aunque quizá esto sea un comentario ventajista, se nota. Lo digo en el sentido de que parece faltar la ambición de las grandes obras de su juventud y madurez y, en cambio, se percibe la impresión de que se trata más de un entretenimiento, divertimento o juego. Aunque, pensándolo fríamente, quizá sea esto otro comentario ventajista, sobre todo conociendo la afición del argentino por la Historia y las Artes.

En fin. El caso es que "Un novelista en el Museo del Prado" es una colección de doce relatos inspirados en personajes y/o obras exhibidas en la pinacoteca madrileña. Personajes de Goya, Tiziano, Velázquez, El Bosco, El Greco, Durero, Watteau, Patinir, etc, cual fantasmales presencia, cobrarán vida y protagonizarán una serie de escenas de tono levemente irónico y humorístico.

Así, personajes como los pecadores de "El carro de heno", los dioses del Olimpo, el Adán y Eva de Durero (los de la portada adjunta), reyes, princesas, enanos, contrahechos, borrachos (valga la redundancia), grandes de España, etc atravesarán galerías, salas y pasillos y vivirán historias entre lo profundo y lo grotesco, pero casi siempre con un carácter alegórico.

Porque, más allá de las habituales profusas y barrocas descripciones de Mujica, con las que en ocasiones parece no querer demostrar más que su erudición, los relatos tienen un sentido "oculto". En el fondo, estos tratan sobre temas como la sempiterna lucha entre el bien y el mal ("Los dos carros"), la identidad ("El llanto y los remedios"), el amor homosexual ("La Corona", con un bello final, por cierto), la hipocresía (el divertido "Amores", con los Caballeros de El Greco rompiendo con sus estrictas normas autoimpuestas), la belleza natural (en el también divertido "Elegancia") o la muerte (en el hermosísimo relato final "El Emperador).

En resumen, pese a ser, como ya he dicho, un libro mucho menos ambicioso que las grandes obras de Mujica, "Un novelista en el Museo del Prado" es un más que digno colofón a la obra de unos de los mejores "contadores de historias" de la literatura argentina de los últimos tiempos. En los relatos que lo componen, plagados de imaginación e ironía, volvemos a encontrar sus ya conocidas señas de identidad (lenguaje rico y extremadamente cuidado, detalladas descripciones, amor por la belleza y las artes, fino humor e ironía, etc) y esto será más que suficiente para que quienes hemos disfrutado de obras como Bomarzo, El Laberinto, etc, lo encontremos perfectamente recomendable.

Unos cuantos libros de Mujica Lainez en ULAD AQUÍ

P.S.: Amigo Gabriel: en breve habrá escritores argentinos menos aristocráticos por aquí. Prometido queda!

sábado, 19 de enero de 2019

Reseña a cuatro manos. Michel Houellebecq: Serotonina


Idioma original: francés
Año de publicación: 2019
Título original: Serotonine
Traducción: Jaime Zulaika
Valoración para K: Recomendable alto
Valoración para F: Tesla Motors

Menudo carácter de mierda que tengo. Prometí y juré no reseñar demasiado repetitivamente a ciertos autores y, seré más concreto, llegué a decir que no me encargaría de ninguna eventual nueva novela de Houellebecq (entonces ni intuía que Serotonina aparecería tan de repente) pues, para empezar, he de reconocer que me temo no poder eludir mi subjetividad. Admiro a este hombre, queridos. Su valentía, su irreverencia, su excelente mal envejecer en lo físico y en lo mental. Me acompaña en mi madurez y me sirve de contrapunto para ciertas máximas: que la sociedad actual esté como está no tiene que entristecernos sino cabrearnos. Mucho.
Entonces me perdonaréis que haya tardado tan poco (unos segundos) en aceptar la propuesta de mi compañero Koldo, al que cedo la palabra.

Yo no llego a tanto, Francesc. No llego al punto de admirar a este hombre, pero sí que me parece uno de los mejores “cronistas de nuestra época”, aunque esta crónica se circunscriba casi exclusivamente a un “varón blanco heterosexual y europeo (occidental, en general) de mediana edad”.

¡Pero centrémonos en “Serotonina”! Con este libro, el bueno de Michel demuestra que está en forma. No creo que sea el mejor libro de Michel (yo me quedo con “El mapa y el territorio”), pero es una buena novela. Las dos primeras páginas de la misma nos dan idea de lo que en ella encontraremos ya que habla de “necesidad extrema”, de “momento más doloroso”, o de “si mi vida termina en la tristeza y el sufrimiento…”. Porque para mi “Serotonina”, al contrario de lo que puede leerse en muchas críticas profesionales, es una novela casi apocalíptica, tanto a nivel personal como colectivo. Es cierto que hay momentos en los que vemos a un Houellebecq “tierno” o “romántico”, como cuando alrededor de la página 80 rememora su historia con Kate, por ejemplo. Pero a mi lo que me transmite en todo momento “Serotonina” es una terrible sensación de desencanto y de derrota por aplastamiento (ojo que es tal esa sensación que no me extrañaría que esta fuese la última novela de Houellebecq) y me despierta importantes dosis de empatía con su protagonista.

La derrota ya digo que es tanto a nivel personal, con todas sus historias amorosas y profesionales condenadas por H o por B al fracaso, como a nivel colectivo, con mención de honor al amigo Aymeric. Además, la derrota es inevitable y no importa la actitud que se tome ante los hechos, ya que esta solo tiene un efecto redentor a nivel individual.

Por otra parte, “Serotonina” vuelve a confirmar esa capacidad de Houellebecq para analizar al individuo (y la sociedad) de nuestro tiempo y de ponernos frente a frente con nuestras miserias. Y es que Florent es el prototipo de personaje houellebecquiano: un contemplativo, un hombre “sin atributos”, amargado, ácido, irónico, aunque con un punto de esperanzas siempre truncadas. ¿Un retrato del hombre actual? Diría que sí, aunque me joda.

Un último apunte, también al hilo de las críticas profesionales. Estas se centran, no sé si por poner titulares impactantes o qué, en los aspectos “polémicos” y “visionarios” de Houellebecq. En cuanto a aquellos quizá habría que recordar una frase que dice el protagonista de “Serotonina” en la página 17: “Simplifico, pero hay que hacerlo porque si no, no llegamos a nada”. Son, en cualquier caso, algo accesorio producto del derrumbe. En cuanto a los aspectos visionarios, como el tema de las protestas de los agricultores franceses, quizá habría que vincularlos con una profunda capacidad de observación.

De todas formas, recomendaría olvidarse de titulares altisonantes y centrarse en lo que hay de verdad en “Serotonina”, libro altamente recomendable en cualquier caso. aunque algo inferior a otras obras del bueno de Michel. Uno echa en falta algo más de mala hostia, algo más de acidez. Quizá Michel se nos haya enamorado de verdad! Y, ahora, turno de Francesc!

Voy. Pues bien, Michel: la has hecho de nuevo. Una expectación tremebunda, una práctica unanimidad en reconocer tus cualidades como incómodo testigo de la decadencia de la sociedad occidental/liberal/capitalista/europea e incluso en predecir sus convulsiones sean relacionadas con los flujos migratorios, con las políticas agrícolas, con las protestas sociales, con las perversiones, con los actos impuros, con lo que sea. Pase lo que pase, Houellebecq lo ha atisbado, lo ha insinuado, lo ha previsto, lo ha avisado.

A pesar de eso, Houellebecq repite muchas veces la palabra "feliz" en Serotonina. Es una de las que más aparece o más se recuerda del texto.
Está bien; algunas de las otras son "polla", "coño" y "mamada".
También apela, y esa mención se recuerda particularmente en el cierre de la novela. a Dios y a Cristo, circunstancia que no recuerdo en palabras del narrador en ninguna de sus novelas. 

Fuera de estos pequeños detalles, que he capturado muy a vuelapluma (el francés sigue escribiendo de una manera que permite una lectura veloz sin una sensible pérdida de "sustancia"), he de reconocer que Serotonina es demasiado como uno esperaría de las novelas de su autor. En personajes, situaciones, reflexiones, Houellebecq sabe perfectamente qué captura a su seguidor incondicional (admito encajar en esa descripción) y aquí ha administrado esos recursos y esos golpes. O sea, que aquí hay sexo a punta-pala (más extremo, más procaz, más polémico) y toda clase de elucubraciones filo-capitalistas sobre muy diversos temas, desde especies acuáticas hasta rifles automáticos, surtidos en grandes supermercados, tipos de hummus, discos de rock o altavoces de artesanía, y mientras Florent-Claude, protagonista arquetípico en renuncia profesional, sumido en una reflexión sobre su existencia, conduce y va y viene en un algo confuso juego de situaciones con parejas, ex-parejas, etc.

Joder: se me tenía que escapar "etc".

Y esto, escribir "etc" a cuenta de esta novela, acaba siendo una pega, aunque también podría decirse que es una ventaja. Los cientos de miles de compradores de este libro puede que disfruten (ojo, comprar el libro no significa leerlo), pero creo que esta novela es algo precipitada. Cosa que no acabo de entender, cuando Houellebecq es un escritor en plena madurez creativa, que puede permitirse publicar cuando quiera, mejor dicho, que tiene el privilegio de elegir el momento adecuado para entregar sus obras. Serotonina, podéis intuir, no será recordada como su mejor novela, pero para la masa lectora no hay punto intermedio ante un autor así. Algo parecido le pasó a Franzen con PurezaAutores con cierta repercusión: estáis condenados al fiasco o a la genialidad.

Y a Serotonina, hay que admitirlo, se le aprecian defectos. Es una sucesión de escenas con demasiado regusto a conocido o reconocible. Le han llamado "Grandes éxitos" y yo le llamaría "Menú Degustación", aunque, hace poco, sostuve que, a mi entender, no le sobraban, sino que le faltaban páginas, como unas doscientas, para rellenar todos los resquicios, brechas y elipsis no siempre claras que la hacen intermitente y entrecortada, la menos fluida en lo argumental de las novelas de Houellebecq. Cierta reseña que no pude evitar leer tildaba a Houellebecq de perezoso (mandrós) y alguna frase procrastinadora de la novela ("ya hablaré de esto más adelante") parece corroborarlo.
Le faltan partes que justifiquen a otras, afecta a su ritmo narrativo, pues se abusa del salto adelante y atrás y, al final, las historias de las parejas de Florent-Claude parecen demasiado intercambiables, siempre con el 4x4 arriba y abajo, siempre con la apelación a las prestaciones sexuales y siempre con la pesadumbre intrínseca a haber dejado que esa felicidad a que hago mención se haya escapado entre los dedos y ahora se la intente generar ingiriendo una pastillita. Por supuesto, la novela dispone de no pocos momentos brillantes y de su habitual carga de profundidad, claro: tiro en la nuca al sueño de la Europa unida, estirón de orejas a París como ciudad cruel y envejecida llena de gente que vive sola, patada en los higadillos a las ínfulas industriales del estado español, diatriba al oficio médico como alargador artificial de existencias que se han vaciado de contenido.

Ahora ya, cada uno, que la lea y opine. Parece ser que no habrá otro remedio.

Un montón de reseñas de (o sobre) Houellebecq AQUÍ

viernes, 18 de enero de 2019

Lev Tolstoi: La felicidad conyugal

Idioma original: ruso
Título original: Семейное счастие
Año de publicación: 1859
Valoración: Recomendable




Detrás de un título así de contundente encontramos una historia sencilla, narrada por Masha, una adolescente huérfana, heredera de una propiedad agrícola, no muy extensa según parece, que lleva una vida plácida junto a su hermana pequeña y el aya. La tristeza por el reciente fallecimiento de su madre se diluye un poco gracias a las frecuentes visitas de un antiguo amigo del padre, un hombre soltero que idealiza y al que acaba declarándose.
Con estos mimbres podríamos esperar cualquier cosa, pero se trata de un argumento concebido a mediados del siglo XIX cuyo autor es León Tolstoi, nada menos: aristócrata ruso de la época arraigado al terruño, de ahí su innegable conocimiento del ambiente descrito en la novela.
La felicidad conyugal es su primera novela no autobiográfica, anterior por tanto a sus obras mayores y mucho más célebres que esta. Sin embargo, y a pesar de no llegar a las doscientas páginas en formato pequeño, del reducido número de personajes –algunos apenas esbozados- y de la sencillez de la anécdota, su genialidad posterior se manifiesta ya en la exactitud del lenguaje, en la eficacia y belleza de las descripciones, en su agudeza psicológica y en que le bastan unas pinceladas para retratar con rigor a la alta sociedad de San Petersburgo.
La primera parte –y más lograda, creo- es un más que convincente ejercicio de introspección que nos pone en la piel de la protagonista mostrándonos sus inseguridades y sus sueños. Finalmente, asistimos al desarrollo de una relación que parece idílica pero cuya asimetría no parece presagiar nada bueno. La cosa cambia cuando se registran las incidencias de esa vida matrimonial que anuncia el título, porque entonces el Tolstoi moralista que tan bien conocemos no puede evitar meter baza y, progresivamente, adueñarse de la historia imponiendo su punto de vista aún a costa de forzar los acontecimientos, de eludir lo que no le conviene y hasta de alterar el carácter de los personajes para que coincidan con sus propósitos. Con ello pierde verosimilitud y coherencia pero, eso sí, sus tesis quedan intactas. ¿Cuáles son esas tesis? Pues que la vida mundana es peligrosa, que el marido ha de imponer su autoridad, y si no lo hace la esposa acabará reclamándola, que la pasión es un elemento dañino en las relaciones, que hasta un beso en la mejilla recibido involuntariamente de otro convierte en culpable a la mujer etc.
Contra lo que pueda parecer, y algunos críticos defienden, no creo que se trate de abogar por algo tan obvio como la transformación de un sentimiento impetuoso en algo más tranquilo y duradero. Porque el resquemor se ha instalado en la pareja y convivirán con él, y entre ellos, como si fuesen dos extraños hasta que la muerte los separe. Y ella, a su pesar, se ve obligada a aceptar ese estado de cosas porque es la decisión de su marido. Un castigo perpetuo, como el de Karenin impidiendo a Ana tener contacto con su hijo. La cuestión estaría en averiguar si Masha es o no la precursora de Ana Karenina. En ese caso, la copia sería más convincente que el modelo al estar la trama mejor resuelta, además, el personaje transgrede mucho más las normas ofreciendo a su autor la oportunidad  de ensañarse con ella a gusto. Supongo que, sobre el papel, es preferible un drama, por espantoso que sea, a un desenlace tan insulso como este. Y es que, aunque discrepe con ambos mensajes, si esta segunda parte sirvió de ensayo para tamaño novelón, podemos perdonar a Tolstoi cualquier incongruencia. 


Del mismo autor: Guerra y paz, Sonata a Kreutzer, Ana Karenina,

jueves, 17 de enero de 2019

Mick Herron: Caballos lentos

Idioma original: inglés
Título original: Slow Horses
Año de publicación: 2010
Traducción: Enrique de Hériz
Valoración: recomendable


Pese al nombre, la Casa de la Ciénaga no es ningún pub de inspiración dickensiana. No se trata tampoco de una escape-room gótica ni de una página web sobre cine de terror de serie Z... Y, por supuesto, no se refiere ni a una casa de verdad, ni mucho menos a una ciénaga. En esta novela, así es como se conoce al departamento o sección de los servicios de inteligencia británicos donde son destinados aquellos de sus miembros que han cometido fallos graves (o tontos), que han sido elegidos para hacer de cabezas de turco de los errores ajenos o que han sucumbido de una forma u otra a alguna de las muchas debilidades humanas. Dicho en plata: que la han cagado y han pasado a engrosar el grupo de los "caballos lentos", que en el argot de los servicios secretos (y supongo que antes de los hipódromos), son el equivalente a los caballos que se quedan rezagados, sin posibilidad de disputar la carrera y ni siquiera alguno de los puestos de cabeza. Ese es el reino de Jackson Lamb, un veterano de los tiempos de la Guerra Fría sarcástico, gordinflón y flatulento, cuyo cometido parece ser, más que nada, fastidiar a sus subordinados.

Como se puede ver, esta es una novela de espías británicos, pero nada que ver con John Le Carré -un poco sí con Graham Greene- y, desde luego, a años luz de Ian Fleming; aquí lo más parecido que hay a James Bond es River Cartwright, un joven "caballo" que tras un error  bien gordo se ha librado de ser expulsado del Servicio tan sólo por la influencia de su abuelo, también un -respetado, en este caso- agente de otra época. Sin embargo, aunque el protagonista de la novela parece ser River, en un primer momento, nos acabamos dando cuenta de que el verdadero personaje principal, el 007 de la novela, es el inefable Lamb (el apellido, como es de suponer, es una ironía del autor), que se ha de desenvolver en un verdadero quilombo de operaciones internas que mezclan terrorismo, grupos de extrema derecha y algún político bastante reconocible en un ambiente pre-Brexit -la novela es del 2010-, pero que ya anuncia la estulticia y confusión (no solo en el UK) que sobrevendría años después y en la que todavía estamos.

Así pues, provisto con esta especie de "doce del patíbulo" (aunque a veces parecen más los polis de Brooklyn Nine-Nine), Mick Herron forja una trama impecable -quizá abusa un poco del engaño al lector-, original  y, desde luego, de lo más entretenida, además de enseñarnos un estupendo muestrario de personajes de lo más peculiar aunque, al mismo tiempo, creíbles gracias a una construcción sólida y compleja. Lo extraño, la verdad, es que esta novela, al igual que el resto de la serie que inaugura, dedicada a Lamb y sus chicos, no hubiese sido hasta hace bien poco publicada en castellano. En fin, nunca es tarde...

Por cierto, y como detalle que todos los biblionecrófilos agradecemos a Mr. Herron: en el libro aparece la tumba de Blake (está en el mismo cementerio que la de Daniel Defoe, al parecer)... Eso sí, cuando se escribió esta novela, aún no lucía su nueva lápida... ; )

miércoles, 16 de enero de 2019

Lucia Berlin: Una noche en el paraíso


Idioma original: Inglés
Título original: Evening in paradise: More stories
Año de publicación: 2018
Traducción: Eugenia Vázquez Nacarino
Valoración: Muy recomendable

-Hola Oriol. Me comentas que te han regalado Una noche en el paraíso. ¿Qué te parece una reseña a cuatro manos? Desde luego, es un libro al que le tengo un montón de ganas. La anterior recopilación de relatos de Lucia Berlin, Manual para mujeres de la limpieza, me fascinó; me pareció que la autora tiene una voz original. Exquisita y cargada de arrojo y belleza. Y además, su condición de personaje relegado al olvido, ninguneado por la industria editorial, le añadía un extra de atractivo, aunque esta es una consideración que nada tenga que ver con el interés o valor de su escritura. Pero bueno, lo que vengo a decirte es que no suele ocurrirme con frecuencia, esperar la salida de un título nuevo con tanta apetencia como con Una noche en el paraíso. Si me gusta tan sólo la mitad de lo que lo hizo Manual para mujeres de la limpieza ya será un gustazo.

-¡Encantado de hacer una reseña contigo, Carlos! La verdad es que yo no he podido leer todavía Manual para mujeres de la limpieza, pero no tardaré en hincarle el diente. Y es que Una noche en el paraíso me ha dejado con ganas de más Lucia Berlin. Por si no se ha notado, esta antología me ha encantado: la mayoría de los relatos que la componen estaban muy bien. Encima, es lo suficientemente variada como para no saturar al lector. De hecho, Berlin me ha parecido capaz de moverse con holgura por registros de lo más distintos. Algunas historias estaban en primera persona, otras en tercera; había textos empañados por un tono algo ingenuo, y otros se decantaban por una voz narradora casi fatalista; cuando te has acostumbrado a los escenarios suburbanos, va y te sale con una ambientación que bien podría haber sido narrada por Stefan Zweig...

-Quizás, Oriol, uno de los rasgos de Lucia Berlin que más me llaman la atención sea la ausencia de cinismo, carencia más que remarcable en alguien que a los treinta y dos años acumulaba tres ex-maridos, cuatro hijos y una rotunda afición al trago. Lucia Berlin (EE.UU., 1936/2004) escribió a lo largo de su vida unos setenta y pico cuentos, veintidós de los cuales están recogidos en Una noche en el paraíso, habiendo asistido en su juventud gracias a su conocimiento del castellano a las clases del escritor aragonés Ramón J. Sender en la Universidad de Nuevo México. Y sí, sus protagonistas parecen tener mucho de ella misma; mujeres que siempre contestan al teléfono y nunca cierran con llave. Mujeres que plantan flores, cultivan carcajadas, sonríen a las visitas inesperadas y leen y cantan a sus hijos, aunque sus vidas parezcan una calamidad, un despropósito, un loco desafío.

-Yo también he localizado en estas narraciones los elementos autobiográficos de los que hablas, Carlos. Uno de los más curiosos aparece en "La barca de la Ilusión" y "Las (ex)mujeres". Ya sabes, cuando dos mujeres apuñalaran al ex-camello de su marido, aunque el herido apenas sangra. Y estoy completamente de acuerdo en que la voz de Berlin, por fatalista que sea, nunca es cínica. Hay relatos en los que habla de las infidelidades o de los prejuicios, por ejemplo, y la tía es capaz de meter humor. Entendámonos: un humor simpático, nunca cáustico. El humor empañaba precisamente "Mi vida es un libro abierto", uno de mis relatos favoritos. Llegados a este punto, ¿puedo preguntarte si hay algún texto que no te haya gustado y por qué?

-Claro que hay relatos que me han gustado y otros que no tanto. En general me han parecido un punto más apesadumbrados y abigarrados que los cuentos recopilados en Manual para mujeres de la limpiezaMe ha llamado al atención la presencia de numerosos personajes en algunas piezas, algunas tan breves, como si la autora quisiera -intencionadamente o no- dejar constancia de la presencia de determinadas personas. Pero si tuviese que destacar alguno, me quedaría con "Perdida en el Louvre" y también con "Lead street, Alburquerque". Por perlas como esta: "Tendríamos dos hijas y una sería dentista y la otra adicta a la cocaína. Bueno, por supuesto, no sabía nada de eso, pero vi que no sería un camino de rosas". O esta otra: "No se trataba solo de que fuese joven. Llevaba toda la vida de un lado a otro. (...) daba la impresión de que nadie le hubiese contado ni enseñado en qué consistía hacerse mayor, formar una familia o ser una esposa. De que una razón de que fuese tan callada era que estaba observando, para ver cómo se hacía". Pero si me preguntas por alguno que no me haya gustado, pues me temo que la respuesta se queda en blanco, porque de verdad que no me parece ninguno prescindible. ¿Qué opinas tú, Oriol?

-Uff... En mi caso, ha habido unos cuatro relatos que no me han gustado. Cosa que no ha arruinado mi experiencia lectora, ¿eh? Pero, por ejemplo, el que da título al volumen me ha dejado bastante tibio. Lo mismo sucedía con "Polvo al polvo". Y justo estas dos historias giraban de forma casi exclusiva alrededor de los hombres. Teniendo en cuenta que gran parte del libro se centraba en la figura femenina, lo cierto es que me hubiera gustado poder disfrutar estas dos piezas.  

-Los cuentos aquí reunidos fueron escritos entre 1981 y 1999, publicados sobre todo en revistas y editados en formato libro con posterioridad, sin apenas repercusión entre lectores y crítica. Y ahora, décadas después, se han convertido en un éxito de ventas y han tenido una repercusión extraordinaria. No soy capaz de elaborar una teoría al respecto, pero me alegro porque me parece una escritura valiosa y perdón por la falta de originalidad, lúcida y luminosa. Así que en mi opinión, resultan muy recomendables. ¿Qué opinas tú, Oriol?

-¿Cómo? Ah, perdona, ya estaba buscando Manual para mujeres de la limpieza. Coincido completamente contigo, Carlos. Muy, muy recomendables.


 Oriol Vigil & Carlos Ciprés


También de Lucia Berlin en ULAD: Manual para mujeres de la limpieza