viernes, 30 de noviembre de 2018

Friedrich Dürrenmatt: La sospecha

Idioma original: Alemán   
Título original: Der  Verdacht 
Año de publicación: 1985
Traductor: Juan José del Solar
Valoración: Se deja leer > Está bien

La sospecha no se conforma con ser una novela negra de manual, pese a contar con los ingredientes ideales para ello, pero tampoco consigue elevarse en demasía por encima de esta etiqueta. De modo que se podría decir que este libro es un producto fallido. 

Aunque, antes que nada, expliquemos de qué trata. Pues bien, va sobre el comisario Bärlach, quien descubre que un tal doctor Nehle, director de una clínica privada de Zurich, es en realidad el doctor Emmenberger, un antiguo médico nazi que practicaba operaciones sin anestesia en el campo de concentración de Stutthof. Bärlach, que está al borde de la jubilación y convalece en un hospital, decide dar caza al sanguinario Emmenberger por su cuenta. 

Proclamó Theodor Adorno que «Escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie». Poesía no sé, pero narrativa sí se puede, sí. El imaginario del Holocausto es tan vasto, el trauma social que ha supuesto tan candente, que aún a día de hoy nos siguen fascinando los relatos, sean ficticios o no, que se nutren de él. Concretamente la premisa en que un participante de los campos de exterminio es descubierto es muy sugerente. Stephen King, en su Alumno aventajado, ya la abordó con relativo acierto. También Bernhard Schlink con El lector. El enfoque de La sospecha, aunque a priori algo menos interesante que los propuestos por King y Schlink, también tiene su gracia, no os penséis. El problema principal de este libro, pues, no es su idea, sino, más bien, la ejecución de esta misma. 

  • En primer lugar, muchas de las situaciones que Friedrich Dürrenmatt nos presenta no son creíbles. El caso más sangrante: Bärlach metiéndose en la boca del lobo temerariamente, pese a ser, supuestamente, un policía veterano. Tampoco ciertos monólogos alambicados, proclamados por diversos personajes, son verosímiles. Serán, a su manera, muy memorables, vale, pero su inclusión en las conversaciones es forzada. Por no hablar de que uno de ellos, relativamente extenso, nada tiene que ver con los temas que explora la obra.

  • La historia adolece de errores de principiante. El final, por ejemplo, es abrupto y se antoja conveniente (de hecho, es un deus ex machina en toda regla). Por no decir que el pulso narrativo es inexistente durante la mayor parte de la narración, y que Dürrenmatt divaga en algunas escenas aportando información decididamente superficial. 

  • Tampoco el manejo de personajes es muy acertado. No en balde se podría prescindir de la mitad. Hay algunos, como un enano, Pulgarcito, o la enfermera Kläri, que aparecen de forma anecdótica. Esta última, por ejemplo, se nos presenta como si pudiera ser relevante para la trama, y finalmente acaba por no hacer nada. Luego está la amante del doctor Emmenberger, la doctora Marlock; es con diferencia el personaje más desaprovechado de toda la novela. Ah, y no nos olvidemos de Bärlach. Nuestro protagonista es de lo más aburrido y plano. 

  • Las escenas de investigación son de una sencillez sonrojante. Apenas unos pocos elementos permiten al comisario sacar conclusiones y fundamentar su sospecha. He visto reseñas defendiendo que esta novela no debe leerse según los parámetros del género negro, por lo que esto no sería un defecto. No obstante, yo lo considero así, porque, si tan prescindibles son esas escenas, se me ocurren formas alternativas para eludirlas satisfactoriamente.

En cuanto a los aspectos positivos del libro, que los hay, destacaría estos: 

  • Se nota que Dürrenmatt tenía la voluntad de transmitir algo más que una historia entretenida. Los temas presentados por el escritor (la «lucha contra el mal», la «bestialidad humana») son correctamente ilustrados por los monólogos antes mencionados, y plasmados fielmente en el argumento de la novela. 

  • En cierto momento de La sospecha (quizás demasiado tarde, eso sí), la tensión se hace palpable. Lástima que para entonces cueste empatizar con Bärlach, que es un personaje bastante básico; de ser así, su penosa situación se nos haría casi insoportable. Lo que no asoma la cabeza en ningún momento es el suspenso, cosa imperdonable en una novela que debería derrocharlo.

  • Algunos personajes concebidos por Dürrenmatt son la leche. El doctor Emmenberger queda apenas esbozado, por desgracia, pero tiene un potencial enorme. Es un antagonista temible, permeado por un misterio que lo vuelve fascinante. Por otro lado está Gulliver, un judío que logró sobreponerse a la misma muerte; probablemente sea mi personaje favorito de la novela. 

  • Estoy dispuesto a admitir que la historia coge algo de vuelo más o menos a la mitad. Una vez Bärlach está en la clínica del doctor Emmenberger, las cosas empiezan a acelerar. Menos mal. 

  • El libro te lo ventilas en una tarde: menos de doscientas páginas de tipografía generosa que se leen de un tirón. 

En fin, que La sospecha es muy peculiar. Se nota que pretende ser más que una "simple" novela negra, pero, a la postre, no le hubiera ido mal decantarse hacia una dirección más humilde. A Dürrenmatt se le atraganta el proyecto, por no hablar de que hay momentos en que parece no haberlo planificado mucho, ni haberse tomado su tiempo al escribirlo o revisarlo. Lo que debería ser un lúcido comentario sobre la naturaleza humana y la infame bestialidad exhibida por nuestra especie durante la primera mitad del siglo XX acaba siendo un texto cortito que peca de ingenuo. Algo insultante, si te paras a pensarlo con detenimiento. 

PD: Debo decir que leer esta novela autónomamente, y no como parte de la saga protagonizada por Bärlach, me ha podido impedir disfrutar al completo algunos de sus aspectos. Sin ir más lejos, había personajes, deduzco que recurrentes en el universo de este comisario, que parecía que ya debía conocer de antemano. 


Más de Friedrich Dürrenmatt en ULAD: El túnel, La visita de la vieja dama 

jueves, 29 de noviembre de 2018

Carlos Manuel Álvarez: Los caídos

Resultado de imagen de carlos manuel alvarez los caidos amazonIdioma original: español
Año de publicación: 2018
Valoración: Muy recomendable




El periodista tiene el oído volteado hacia fuera, el escritor hacia dentro” Es lo que opina el autor de esta novela, y debe saberlo bien porque él es las dos cosas. Carlos Manuel Álvarez estudió periodismo, fundó una revista en Cuba, ha escrito un libro de relatos, otro de crónicas y está cosechando los primeros éxitos de esta, su primera novela, publicada hace solo dos meses. De ahí que, sin haber cumplido aún treinta años, ya se le reconozca como uno de los mejores escritores latinoamericanos menores de 40.
Consecuente con sus palabras, Álvarez consigue que Los caídos sea una crónica sobre Cuba donde, a diferencia de las periodísticas, hay que mirar dentro para ver lo que ocurre fuera. La familia que retrata es a la vez metáfora de la sociedad cubana de una época concreta (o de la confrontación de dos períodos) y espejo de lo que ocurre en la calle. Esto es así porque en ella no se cuenta nada que no le suceda a alguno de sus miembros y es el lector quien, a partir de ciertas situaciones, tiene que ampliar el plano.
Una historia mínima que alude a otra, mucho más amplia: el presente se amplía hacia el pasado y presiente el futuro, la familia se encuentra en el centro de un círculo que abarca todo un país. Un relato poliédrico, a pesar de su aparente sencillez, que ofrece al lector cuatro puntos de vista y, en consecuencia, cuatro reacciones ante hechos idénticos. A través de ellos, y con gran economía de medios, conocemos a grandes rasgos las circunstancias socio-económicas del momento. Se habla de la precariedad del presente, y del pasado aún más precario (los años duros), de condiciones laborales restrictivas, de corrupción, de idealismo antiguo y de moderno pragmatismo, del incierto rol que cada uno ejerce en el grupo –a la ideología de los varones se opone el sentido práctico de ellas–, de autoengaño, de rencor cada vez más arraigado, de la enfermedad, que todo lo desintegra…
Se da también la oposición entre el mundo real y el onírico. Este funciona como metáfora de los hechos y las posturas personales; pero hay otras metáforas, más cotidianas, que aportan al texto una intencionalidad aún mayor y que, quizá, se puedan interpretar de varias maneras.
Con un estilo muy personal, y tan potente como expresivo, el autor nos va introduciendo en una especie de túnel donde, sin saber cómo, nos sentimos cada vez más inquietos. Poco a poco, nos sumergimos en un clima de angustia casi insoportable que parece presagiar la catástrofe. Pero estas expectativas se tuercen y nos encontramos con un desenlace un tanto apresurado para una historia que podía haber dado algo más de sí.
 Alguien me comentó que Los caídos es una muy buena primera novela y tenía razón, pero a veces la excelencia es evidente y otras hay que descubrirla. En este caso, un argumento sencillo de apenas 130 páginas puede conducir a una lectura apresurada: la tentación de ventilarla en un par de horas es difícil de resistir. Pero no es lo mismo llegar hasta el final a toda prisa que asimilar cada insinuación, sentido, paradoja, sugerencia, comparación e intencionalidad más o menos explícita. Hay mucho más de lo que parece, y si no lo vemos es muy posible que la novela nos decepcione un poco. Y tan importante como entender es disfrutar de la lectura: esos personajes tan bien diseñados merecen atención y cariño, no se pueden despachar en un par de ojeadas; esa prosa tan natural como adecuada al contenido hay que paladearla lentamente.

miércoles, 28 de noviembre de 2018

Thomas Pynchon: Un lento aprendizaje


Idioma original: inglés
Título original: Slow learner
Año de publicación: 1984
Traducción: Jordi Fibla
Valoración: recomendable

Hasta ahora mis valoraciones de los libros de Pynchon que he ido leyendo han sido más bien, ejem, variopintas. Hasta hace pocas semanas, supongo que mediatizado por las opiniones siempre extremas sobre sus grandes novelas, la intimidadora  Mason y Dixon o el célebre Arco iris de gravedad, ni tan siquiera era consciente de que existiera este Un lento aprendizaje, asequible tomo de no mucho más de 200 páginas que contiene cinco relatos fechados entre 1957 y 1964. Y mirad por dónde que el libro se erige en el primer Pynchon que puedo juzgar con cierta sensación no-alterada, tras encontrarme en mis dos experiencias anteriores con esa contradictoria situación de hallarse ante un escritor de primera categoría, pero incapaz, en un juicio personal que entiendo perfectamente sea rebatido, de sostener la coherencia argumental y el pulso firme a lo largo de toda una novela. 
Lo primero que choca aquí es el prefacio en que Pynchon se dirige al lector: una imagen que hasta ahora no había apreciado en su obra, con sus personajes siempre interpuestos. Curioso como se muestra implacable al valorar los textos que, tal como describe, escribió en varios casos cuando estaba en plena formación académica. Tan implacable y tan duro consigo mismo que el lector puede preguntarse, más con ese mito que lo ha retratado como una persona esquiva (y entonces creemos que huraña), cómo fue convencido para publicar textos a los que se refiere no en pocos párrafos de forma algo despectiva, achacándoles, sobre todo, falta de madurez narrativa y graves defectos estructurales.

Son cinco relatos en orden cronológico de escritura, y el Pynchon más relacionado con su obra en formato largo no asoma hasta el tercero. Ahí empiezan a surgir trazas de su estilo posterior: nombres extraños, situaciones surrealistas, relaciones turbias, aunque el formato corto justifica y casi requiere de esa disipación, los dos primeros pueden considerarse apuntes de escritor en ciernes, con un aroma situacionista que podría relacionarlos con Carver o hasta con Capote o Salinger, y los tres siguientes ya pueden considerarse partes del universo creativo de Pynchon, con sus pros y sus contras. Sus pros: un enorme respeto por la forma, un uso del lenguaje a pleno rendimiento, con fragmentos que no contienen ni una coma fuera de su sitio, que abarcan cuestiones y detalles de las que muchos son incapaces en capítulos y capítulos. Y sus contras: esa densidad es a veces inhumana, difícil ya no de comprender sino incluso de seguir. Así que se puede empezar por asistir a una especie de recepción, ser un grupo de niños que parezca una guisa del club de los cinco. Pynchon decide dónde lleva al lector y eso no siempre es un lugar agradable. Los dos primeros cuentos apenas apuntan esas maneras, aunque sean dos historias solventes, sobre todo el primero, quiero decir, recordad el autor del que estamos hablando, tienen recorrido como historias, tienen personajes que parecen el mismo al final del relato que al principio, tienen una intención narrativa directa.
A partir del tercero, muy adecuadamente titulado Entropía, veinte páginas de situaciones vecinales extrañas llenas de citas culturales de distinta índole, el estilo del escritor ya es plenamente reconocible hasta llegar a La integración secreta, brillante texto que a ratos parece de aventuras, a ratos surrealista, siempre fiel al peculiar modo de escribir del elusivo escritor. Impecable en las formas, críptico en el fondo, inclasificable en la combinación de los dos factores y, para mí, que sigo coleccionando sus libros a la par que las experiencias extrañas en sus lecturas, aún inescrutable e inexplicablemente, pidiendo a gritos una segunda lectura.

martes, 27 de noviembre de 2018

Jeanette Winterson: La pasión

Idioma original: inglés
Título original: The Passion
Traducción: Elena Rius
Año de publicación: 1987
Valoración: Muy recomendable

Llevaba unos meses sin conseguir sacar tiempo para leer, por culpa de la carga de trabajo, y ahora que estoy un poco más libre me estoy desquitando, con tres novelas de autoría femenina: Cara de pan, de Sara Mesa; La pasión, de Jeanette Winterson; y Chéri de Colette (que todavía no he terminado). Y puede que ayude el hambre de lectura que tenía, pero he acabado las dos primeras de las tres muy satisfecho. De Cara de pan ya dije lo que tenía para decir en la reseña correspondiente; de La pasión puedo decir que es una obra original, poderosa, sorprendente y maravillosamente escrita (y traducida).

En su primera sección, "El emperador", La pasión podría tomarse por una novela histórica: la acción se centra en Henry, un campesino francés que por distintos avatares acaba trabajando como cocinero y sirviente de Napoleón Bonaparte, primero en la campaña para conquistar Inglaterra, y después en el frente ruso; la segunda sección ("La reina de espadas") introduce un nuevo personaje (la joven Villanelle), un nuevo escenario (una Venecia misteriosa y seductora) y también elementos que aproximan el texto del género fantástico; en la tercera sección ("El invierno bajo cero") ambos personajes se encuentran e inician una relación asimétrica: Henry ama Villanelle, pero ella reserva su pasión para una misteriosa dama de la que se enamoró en Venecia, y ve a Henry como un hermano. La cuarta sección, "La roca", muestra el destino final de ambos protagonistas, que me callaré por respeto a los futuros lectores.

El gran tema que Winterson explora a través de las acciones y los personajes de la novela es el que anuncia el título: la pasión. O incluso la Pasión, con mayúscula. Esa fuerza inexplicable y avasalladora que es capaz de elevarnos, arrastrarnos, engrandecernos o destruirnos irremediablemente. En la novela, la pasión adopta formas diversas: es la pasión que Henry, y Francia en general, sienten por Napoleón y su ambición imperial; es la pasión de Villanelle por su misteriosa dama veneciana; es la pasión trágica de Henry por Villanelle. Es la fuerza que mueve la trama, pero también el mundo. "La pasión", dice Villanelle, "está algún lugar entre el miedo y el sexo. La pasión no es tanto una emoción como un destino". Y más adelante: "La pasión no se deja dominar. No es un genio que al liberarlo nos concede tres deseos. Nos domina y en muy contadas ocasiones en el sentido que habríamos elegido".

Me temo que cualquier reseña o comentario de esta obra no consiga transmitir el placer que produce la lectura, porque el caso es que está jodidamente bien escrito (con perdón por la vulgaridad). Winterson consigue combinar el lirismo y la sensibilidad con el humor y la fantasía, la reflexión con la acción más alocada. Es verdad que a veces su estilo puede parecer un poco efectista, con sus párrafos de una línea y sus frases lapidarias que parecen estar destinadas a una taza de Mister Wonderful. Pero en su contexto, y en el conjunto de la obra, el resultado es armónico y bien medido. No todas las páginas de la novela son perfectas, ni todas las escenas son magistrales, pero en cada capítulo hay páginas memorables y frases que, efectivamente, dan ganas de incluir como epígrafe en cualquier cosa.

Pregunta el coro: y si tanto te ha gustado, ¿por qué no le pones un imprescindible? Pues no lo sé, la verdad es que quizás se le podría poner un imprescindible. En todo caso, ¿qué importa una valoración? ¡Esto no es un concurso de belleza! ¡Arranquen esa página!

Más obras de Jeanette Winterson en Un libro al día.

lunes, 26 de noviembre de 2018

Tommy Orange: Ni aquí ni allí

Idioma original: inglés
Título original: There, There
Traducción: Julia Osuna Aguilar
Año de publicación: 2018
Valoración: decepcionante

Las expectativas. Esas grandes enemigas, dispuestas a hundir toda ilusión si confías demasiado en ellas. Y es difícil aislarse de ellas pues te acosan por todas partes. Están en esas frases rimbombantes que aparecen en las solapas para inducir, casi forzar, la compra de un libro, pues es difícil no caer en la tentación al leer «la desgarradora voz de un nativo americano del siglo XXI». Y también en esas listas de recomendaciones tan reputadas, pero tan opacas a veces, tan extrañas, de tan dudas rigurosidad. Y en todas ellas aparece este libro, en un lugar destacadísimo en todos los sitios de habla inglesa, y también viene recomendado por escritores de la talla de Margaret Atwood. Y claro, uno lo compra con toda la ilusión, y luego viene el trompazo. Porque este es mayúsculo. Si está claro que, al final, uno solo puede fiarse de las recomendaciones de ULAD... ;-)

Pero vamos allá y veamos el porqué de la valoración. El libro empieza con un magnífico prólogo donde el autor habla, con breves pinceladas, sobre la historia de los indios nativos de Norteamérica, y los abusos a los que fueron sometidos por parte del hombre blanco, así como también su idea de ridiculizarles y extinguirlos como raza, como pueblo, como cultura. Este prólogo nos aporta, con pocas páginas, una visión global de la situación desde el punto de vista del autor, miembro de las tribus cheyene y arapajó de Oklahoma.

El autor, una vez nos ha puesto en situación, arranca con una historia formada por doce personajes principales a los que convierte en narradores. Todos ellos tienen un elemento en común: la participación en el powwow de Oakland, un acontecimiento anual donde se reúnen los nativos norteamericanos para recordar quienes son, de donde vienen, y para reivindicar y disfrutar de sus tradiciones. De esta manera, con la celebración inminente del powwow, el libro trata de poner en relieve la vida de los nativos en la sociedad actual, tal y como escribe el autor en el interludio: «Empezamos a hacer powwows porque necesitábamos un sitio donde juntarnos. Algo intertribal, algo antiguo, algo para conseguir dinero, algo por lo que trabajar, para nuestra joyería, nuestras canciones, nuestros bailes, nuestra percusión. Seguimos haciendo powwows porque no hay tantos lugares donde podamos estar todos juntos, donde podamos vernos y escucharnos».

Con este acontecimiento en el horizonte, los doce personajes narradores preparan su participación de distinta manera, y es a partir de ellos y sus vidas que el autor va narrando las inquietudes, dudas, preocupaciones, a la hora de encajar su manera de ser, sus raíces y orígenes en una sociedad moderna, consumista y de ritmo atropellado. De esta manera, y con una estructura radicalmente fragmentada, el libro pretende que conozcamos, a través de los diferentes narradores, las dificultades en las que la comunidad nativa se encuentra en la actualidad, desde un punto de vista especialmente enfocado a la pérdida de las tradiciones, en un presente en claro contraste con su pasado. Para ello, el autor parte de personajes con bastantes problemas, no únicamente económicos sino también emocionales, pues encontramos alcohólicos, traficantes y ladrones de poca monta, aunque también personajes que luchan para tener un futuro mejor y otros que ofrecen ayuda para drogodependientes. Así, domina en la narración un tono pesimista, como una nebulosa que impide ver un trazado claro hacia un futuro mejor. Hay mucho pesar contenido, presente y constante, pues todos los personajes arrastran un peso que les impide avanzar en algunos casos, o les ha colocado en una situación de desventaja, de cierto aire decadente.

La narración está escrita en un lenguaje vigorosamente actual, y el autor precisa hacerlo de esta forma para evitar cualquier intento de que nuestras mentes vayan a esas imágenes que habitualmente se tienen de los nativos, imágenes impuestas tras años de películas y libros. Aquí, el lenguaje vivo, actual, casi verborrágico y con menciones frecuentes a la tecnología, nos anclan a nuestro presente y nos transmiten historias actuales, historias de búsqueda de un pasado que explique la trayectoria de un colectivo, de una tribu desde un pasado difícil hacia una actualidad donde son minoría y buscan su sitio. Así, el libro trata sobre la dificultad de mantener una cultura y una tradición en la sociedad actual, y la voluntad de parte de la población en integrar las costumbres ancestrales y sus rituales en una sociedad que avanza rápidamente, eliminando todo rastro del pasado de manera precipitada e inexorable. Y el autor sabe alejarse de su propia comunidad lo suficiente para no caer en un buenismo y condescendencia al retratarla, pues el autor lo hace desde una mirada crítica y con cierto pesar. Ese es un gran punto a favor, pues se trata de una comunidad con muchos problemas de diversa índole, pero también por una lucha constante por no olvidar quienes son, su pasado, sus costumbres, sus raíces. Hay muchas vidas rotas en esta novela, muchas vidas desagradadas que buscan consuelo, en algunas ocasiones en el alcohol, otras en drogas, familias desestructuradas con un pasado que se escapa y del cual no siempre se saben sus orígenes. Es curioso que la tasa más elevada de suicidios en EE.UU. sea de personas de origen nativo. Quién sabe si perder el pasado te empuja a no valorar el futuro.

Pero... a pesar de la bienintencionada idea del libro, de un prólogo muy interesante, y de la originalidad de la historia, a pesar de las buenas y atrayentes intenciones del libro, y a pesar de las diferentes historias entrelazadas que hubieran permitido disfrutar de una visión panorámica del estado actual de la comunidad nativa en Norteamérica, el libro no atrapa ni engancha, pues le faltan muchos de los elementos clave sobre los que se construye una historia. Le falta muchísima profundidad, pues la mayoría de los personajes son claros arquetipos que ya hemos visto muchas veces: delincuentes, drogadictos, ladrones, alcohólicos, etc. Este hecho provoca que sean personajes bastante planos, sin matices, sin personalidad y provoca que, avanzando en la lectura, a uno ya no le importe lo que les ocurra, pues no conecta con ellos. Sumado a este aspecto, el libro tiene también un problema de estructura, pues doce narradores con poca relación entre ellos (o inexistente en algunos casos) hace que el libro hasta hubiera podido leerse como un conjunto de relatos. Y claro, juntas ambas cosas en un libro de trescientas páginas y sale un promedio de menos de treinta páginas por personaje. Y así es muy difícil construir una buena historia por muy buena intención que tuviera el autor, pues es muy complicado que un libro con tantos personajes funcione y atrape al lector, puesto que muchas veces este tipo de libros acaban convirtiéndose en una confusión y aumento de distancia con el lector; a menos que seas George Saunders en «Lincoln en el bardo», donde la voz de los personajes emergía por encima incluso de la historia, o, en menor medida, Yaa Gyasi en «Volver a casa», donde el conjunto de las historias impactan por sí mismas lo suficiente para sostener la lectura, el intento resulta fallido. En este caso, el autor no consigue salir airoso ante tal reto y el interés en las historias y los personajes decae abruptamente hasta llegar a aburrir y desesperar al lector quien avanza las páginas con el único objetivo de desear que acabe cuanto antes, siempre con la tentación permanente de abandonar la lectura del libro sin ningún tipo de remordimiento.

Es posible que tanta fama, tantos reconocimientos, tantas positivas recomendaciones sean debidas a que se trata de un libro diferente, que pone en primer plano las comunidades y tribus más olvidadas, eliminadas o menospreciadas de Norteamérica. Y es legítimo que así sea. Pero no debería ser eso, no de intenciones vive la literatura; a pesar del intento, el libro no consigue conectar; transmite soledad, sí, desarraigo, también, indefensión, por supuesto, pero lo hace en pocas ocasiones, desfocalizadas, dispersas y sin contundencia. Demasiados personajes e historias no excesivamente impactantes, que desembocan en una narración que no consigue conectar el lector con esas vidas que deberían poder despertar una empatía suficiente. Es una lástima el resultado del libro, porque es una gran ocasión perdida para entrar y conocer una cultura que se nos antoja muy lejana. Tal es así, que siendo la mejor parte el prólogo y el interludio, donde el autor se olvida de los personajes y la narración para explicarnos la realidad de la situación en la que se encuentran, uno no puede evitar preguntarse: ¿por qué en lugar de una ficción fallida, el autor no optó por escribir un prometedor ensayo?

domingo, 25 de noviembre de 2018

Jason Lutes: Trilogía Berlín


Idioma original: inglés
Títulos originales: Berlin, City of Stones; Berlín, City of Smoke; Berlín, City of Light
Años de publicación: 2001; 2008; 2018
Traducción: Kike Benlloch (libro 1) ; Óscar Palmer (libros 2 y 3)
Valoración: Muy recomendable

Hace ya 23 años, al parecer, que Jason Lutes comenzó el proyecto que ha culminado este 2018 con la publicación de su tercera y última parte: la trilogía de novelas gráficas sobre la ciudad de Berlín durante la llamada República de Weimar, ese interludio democrático, pero de lo más convulso, que vivió Alemania entre el final de la I Guerra Mundial, hace justo ahora un siglo, y el ascenso al poder de los nazis. Una época que comenzó con una revolución truncada y que conoció una gran inestabilidad política, crisis económicas (la producida por la guerra y la del crack del 29), paro, enfrentamientos constantes entre los pujantes comunistas y los cada vez más presentes nacionalsocialistas... en fin, todo un cuadro muy poco alentador, aunque en esa época Berlín también vivió unos años de efervescencia cultural y, por qué no decirlo, fiestera... Al menos para quien aún contaba con posibles.

Todo este ambiente lo refleja Lutes de forma magistral. Para ello, utiliza el consabido modelo de novela coral, al modo de Manhattan Transfer (para el lector hispano, quizás nos resulte más cercana La colmena)**, aunque articulada sobre todo a través de dos personajes: el veterano periodista Kurt Severing y Martha Müller, una joven de Colonia que acude a Berlín para estudiar en la escuela de arte. Alrededor de ellos vemos aparecer otros personajes variopintos, que van conformando el panorama caleidoscópico que componía la ciudad entre el otoño de 1928 y el 1 de mayo de 1929, que es el periodo que abarca el primer volumen de la trilogía: Berlín, Ciudad de piedras. Así, conocemos a estudiantes de arte, modelos y cabareteras; periodistas, judíos y comunistas... Los nazis, aunque ya tienen bastante presencia en las ciudad, de momento resultan casi anecdóticos en la narración.

El primer libro acaba, ya digo, con la manifestación del Primero de mayo de 1929, en la que la policía berlinesa causó la muerte de al menos 33 manifestantes. A partir de ahí, y hasta el verano del año siguiente, se desarrolla el segundo libro, Berlín, Ciudad de humo, cuyo hilo conductor no son sólo las vidas de Kurt y Martha, sino también de los Cocoa Kids, un conjunto musical de negros norteamericanos que tocan el novedoso jazz (para Alemania en aquellos años). El abanico social reflejado en el libro se abre y, además de los comunistas y los nazis, cuyos enfrentamientos son cada vez más frecuentes y violentos, conocemos el Berlín de los mendigos y las prostitutas, pero también el de los intelectuales o la alta burguesía -representada a través de la amiga de Kurt, Margharete-, así como sus fiestas desenfrenadas y los clubes clandestinos de lesbianas o los ocultos encuentros entre gays. Aparecen aquí, además, personajes reales como Josephine Baker o los históricos nazis Horst Wessel y Goebbels. En las elecciones al Reichstag de agosto de 1930, el NSDAP ya consigue 107 representantes.


Son los nazis, precisamente, quienes protagonizan, en gran medida, el tercer libro: Berlín, Ciudad de luz; de hecho, el propio Hitler aparece de vez en cuando como guest star... Pero es la lucha entre comunistas y nacionalsocialistas, cada vez más enconada,  por el control de las calles, la que centra este volumen, representada en gran medida por la división de la familia Braun, cuyas desventuras vamos conociendo desde el primer volumen. la ciudad y el país, que además han sufrido un nuevo revés con la crisis bursátil del 29, parecen estar conteniendo el aliento ante la inminente subida de Hitler al poder y el previsible fin de los años de relativa tolerancia y libertad que ha vivido Berlín.


Si bien los tres volúmenes forman un todo, en mi opinión es el segundo de ellos el más logrado, tanto en el aspecto narrativo y documental como a nivel gráfico y visual: los trazos de Lutes se ven más sueltos y seguros que en el primero, y también hay una mayor sofisticación en la composición de las viñetas. Además de esto, desde luego no puedo finalizar esta reseña sin destacar el magnífico trabajo de reconstrucción icónica que ha hecho el autor sobre una ciudad contra la que, como ya sabemos, se ensañó con no poco denuedo la Historia del siglo XX. El resultado es un retrato espléndido y minucioso de esta ciudad en una época apasionante, así como una declaración de amor hacia la misma. Una lectura, por otra parte, de lo más aconsejable en estos tiempos en el que por el horizonte asoman nubes de tormenta que ya creíamos que habrían pasado (esperemos, que, al menos en esto, Marx tuviera razón y si la historia se repite, sea sobre todo en forma de farsa...).

* He puesto tan sólo la cubierta del primer volumen porque las tres son prácticamente iguales:  no cambian más que el título y el color del lomo.
** También, claro está, es inevitable la referencia a Berlin Alexanderplatz, de Alfred Döblin, novela la que  hay un guiño en esta trilogía y que merece, algún día, una reseña en Un Libro Al Día, por supuesto...

sábado, 24 de noviembre de 2018

Saïd El Kadaoui Moussaoui: No


Idioma original: Castellano
Año de publicación: 2016
Valoración: Muy recomendable

No ser de aquí, pero tampoco de allá. Es la ineludible condición del emigrado, del expatriado, de aquéllos a quienes la vida alejó del lugar de nacimiento, del allá de dónde uno cree ser. A un nuevo lugar que –aunque acabe siendo mi lugar en el mundo- pareciera no poder disponer del mismo sentido o significado que para un nativo. Desde luego, el ser humano ha emigrado desde el momento en que se irguió sobre sus piernas pero el asunto de las identidades –y por extensión, el de las identidades colectivas, culturales, nacionales, si es que realmente existen- sigue en el centro de la actualidad; de la religión, de la política, de la literatura.

Y novelas como No, de Saïd El Kadaoui Moussaoui (Beni-Sidel, Marruecos, 1975), quien llegó a Barcelona a los siete años y donde se dedica a la psicología, en especial a la salud mental en contextos de migraciones, identidad y adolescencia, y a la literatura, exploran esos territorios ambiguos y confusos por los que transitan los personajes que son, en palabras de Salman Rushdie, “personas múltiplemente arraigadas”.  O como canta Jorge Drexler en su último disco, “yo no soy de aquí, pero tú tampoco”.

El argumento de No transcurre entre este magma de opciones, entre la tesitura de qué valores escoger para regir el comportamiento, a qué sistema cultural y/o político prestar lealtad y establecer como marco de referencia, a cuál cúmulo de experiencias y emociones considerar propio, irrenunciable. La novela está narrada por un protagonista que se dirige a un amigo que ya hace unos años ha regresado a su Marruecos natal, lo que le permite dar salida de manera fluida y natural a todo un flujo de pensamiento que se desliza por una buena variedad de lugares y recovecos: el deseo sexual, el apetito y el hastío del seductor incansable, los tabúes familiares y religiosos, el desdén por las prácticas y ritos tradicionales, el desasosiego por la propia incapacidad de comprometerse con los demás... Un amigo al que, pese a los años transcurridos desde su partida, se le sigue considerando una herida abierta, agravada por ese inconveniente biológico adicional conocido como crisis de los 40; “no tengo un país al que regresar como tú. Y, a la vez, tampoco pertenezco –y te diré más, no quiero pertenecer del todo- a este.”. Donde, quizás, lo más interesante e inquietante sea ese “del todo".

El narrador de No se retrata como un tipo “orgulloso, engreído y un tanto altivo” y explica que lo que más le gusta, los motores de su existencia, son el sexo y el Arte. Utiliza la escritura –y aquí emergen las figuras de Phlip Roth, de Hanif Kureishi o de Malika Mokeddem- para ajustar cuentas con la tradición familiar y para aniquilar las lealtades de grupo, puesto que traicionar es “al contrario de lo que se suele explicar, un acto liberador, la libertad de la gallardía intelectual”. Y es precisamente ese arrojo, esa irrefrenable necesidad de usar la libertad para pensar y hacer con la vida lo que se considere razonablemente preciso lo que hace de No una novela tan recomendable.



viernes, 23 de noviembre de 2018

Cristina Fernández Cubas: El año de Gracia

Idioma original: Español  
Año de publicación: 1985
Valoración: Se deja leer  

¿Cómo os resumo esta novela? Es complicado hacerlo sin destripárosla un poco, de modo que en esta reseña habrá algún que otro spoiler leve. Aclarado esto, volvamos a la sinopsis de El año de Gracia: Daniel es un seminarista que, por azares del Destino, naufraga en una isla desierta. 

En realidad, esta síntesis no le hace justicia a la trama de la primera novela de Cristina Fernández Cubas. Para empezar, porque cuando Daniel naufraga ya no es seminarista. Además, porque la isla en la que se encuentra confinado no está desierta.

Os estoy liando; mejor pasemos a otro asunto. La prosa, por ejemplo. A Cubas, cultivadora habitual de la narración breve, se le atraganta un poco El año de Gracia, que es, como he adelantado antes, su primera aproximación al formato largo. La autora despliega un léxico rico y variado en todos sus textos, vale, pero aquí, al no tener una extensión limitada, se excede. Abusa de los adjetivos (si bien a mí el regusto barroco que deja El año de Gracia no me disgusta en lo más mínimo), y, sobre todo, de los sinónimos. Como muestra de esto último, dejad que os cite las rebuscadas palabras que emplea para designar a unas ovejas durante dos páginas seguidas: «rumiantes» (nueva noticia de que esto existe), «pécoras» (¿comour?) o «cuadrúpedos» (va, visto lo visto, esta te la acepto). 

Otro de los problemas de la prosa con que Cubas teje El año de Gracia se debe al protagonista, que es quien narra la historia. Daniel apela a un hipotético lector, al que desea «inteligente e instruido». Es por ello que algunos pasajes de su relato adolecen de florituras innecesarias («recabar su permiso»), cuando no inexcusables. Por otro lado, emplear a un hombre culto como narrador tiene sus aciertos. Y es que es una auténtica delicia ver cómo este texto está trufado de referencias religiosas y literarias. Aunque quizás, eso sí, esta citación constante de referentes convierte a la historia en algo forzadamente metaliterario; es decir, en algo artificial. 

Pero tampoco es que la historia fuera muy verosímil en un principio; ni siquiera pretendía serlo. Tras arrancar de forma bastante creíble, empieza a tirar por derroteros descaradamente novelescos. Responsable de esto es un viaje en barco, así como las supuestas maquinaciones que la tripulación del navío parece pergeñar en contra de Daniel. Estas maquinaciones acaban quedando en nada después del naufragio, por lo que me pregunto qué sentido tenía incluirlas en primer lugar. Ciertamente, le dan al asunto este toque novelesco que decía. Y, a su manera, ya va bien que así sea, porque una vez Daniel se encuentra en la isla, el libro opta por el misterio, más que por la aventura. De modo que los sucesos que ocurren en el barco (o, más bien dicho, los que hubieran ocurrido de no aparecer una fuerte tormenta) dotan al relato de ese punto novelesco que la trama promete.

Y, ya puestos a hablar de la trama de la novela, remarquemos lo evidente: el final es demasiado conveniente. Encima, El año de Gracia no termina donde debería, donde se nos había hecho creer, donde la historia se cerraría con fuerza. Termina, más bien, aterrizando en lo fácil y, hasta cierto punto, positivo, cosa que una narración impregnada en su mayor parte por la desesperación y el desasosiego no debería consentir. Porque una cosa es engañar al lector con las fluctuaciones del género en que se inscribe El año de Gracia (novela de aventuras, novela de misterio...), pero otra bien distinta es frustrar las expectativas de dicho lector eligiendo un final que, por inesperado, no es mejor al previsible.

No voy a mentir: El año de Gracia me ha parecido una novela la mar de entretenida. Se lee con agilidad pese a su prosa algo beligerante; narra eventos bastante interesantes, por más que en conjunto no acaben de funcionar; y, a través de ella, su autora nos regala fogonazos metaliterarios aquí y allá. No obstante, no creo que tarde demasiado en olvidar este libro. Además, dudo que algún día opte por releerlo. Carece de ese toque hipnótico y fascinante que caracteriza a la Cubas querida, a la Cubas del formato breve. Y por nada del mundo es el giro de tuerca de clásicos como Robinson Crusoe, como he oído decir a algunos. Mas tiene ovejas asesinas, y la parte en que Daniel está en la isla es, en general, muy buena, de modo que tampoco es que no os lo recomiende.


También de Cristina Fernández Cubas en ULAD: La puerta entreabierta (como Fernanda Kubbs), Parientes pobres del diablo, La habitación de Nona, Cosas que ya no existen

jueves, 22 de noviembre de 2018

Ben Marcus (& Rubén Martín Giráldez): Por qué la literatura experimental amenaza con destruir la edición, a Jonathan Franzen y la vida tal y como la conocemos (con unos pinitos en pedantería)

:Titulo original: Why experimental fiction threatens to destroy publishing, Jonathan Franzen, and life as we know it
Idioma original: Inglés / Español
Traducción: Rubén Martín Giráldez
Año de publicación: 2002/2005/2018
Valoración: Recomendable

Aclaración necesaria para entender el batiburrillo del título, idioma, año de publicación, etc: este libro se compone de tres textos, dos de ellos escritos por el escritor y profesor de literatura en la Univerdidad de Columbia Ben Marcus y uno escrito por el escritor Rubén Martín Giraldez. El primero de ellos, y que da título al libro, es un artículo publicado en el año 2005 en Harper´s Magazine en respuesta a un artículo de Jonathan Franzen acerca de William Gaddis y de la por el bautizada como "literatura difícil". El segundo, escrito por Martín Giráldez, es una breve "historiografía pedante" sobre el tema de la "literatura difícil". El tercero, "He escrito un libro malo", es una breve palinodia publicada en 2002 por Marcus a raíz de la aparición de su novela "Notable American Women".

Dicho todo esto, es el primero de los textos de Marcus el que me parece más interesante y polémico. Que conste, antes de nada, que este artículo no constituye una defensa a ultranza de las vanguardias literarias, pero sí es la encendida defensa de una literatura que va más allá del mero entretenimiento. Su origen se sitúa en un artículo del célebre Jonathan Franzen, autor de "Pureza", "Libertad" o "Las correcciones", en el que acusa a los llamados autores experimentales (Gaddis, Gass, Joyce o autores noveles de cuyo nombre no me acuerdo) de castigar con una dificultad innecesaria a los lectores (lo cual también tiene su gracia viniendo de un autor que en tiempos de 140 caracteres te suelta tochos de 700 páginas) y su principal valor, más allá de los argumentos utilizados por Marcus para rebatir las afirmaciones de Franzen - Johnny: eres un puto gilipollas! (y esto lo digo yo) -, que podríamos resumir en que "algunos nos sentimos aliviados cuando leemos esta clase de escritos porque queda así demostrado que siempre hay más que pensar y que sentir (...) siempre hay intensidades que ni sabíamos que existían", reside en volver a poner sobre la mesa cuestiones como ¿leemos con el cerebro o con el corazón?, ¿qué queremos leer cuando leemos?, ¿qué leemos cuando leemos?, ¿podemos ser mejores lectores?, ¿la literatura ha de ser un mero entretenimiento o una expresión artística?, ¿cual es el fin de la literatura?, ¿existen la "alta" y la "baja" literatura?, etc. 

Además de mostrar su conformidad con lo expuesto por Marcus en su artículo, lo que en su texto nos viene a recordar Martín Giráldez es que este debate es tan antiguo como la propia literatura. Ya desde los tiempos de Horacio y el ars versus ingenium asistimos a esta clase de pendencias: el fondo contra la forma, el estilo, lo nuevo contra lo viejo, la muerte de la novela...En España también hemos tenido lo nuestro: Góngora contra Quevedo (nuestro Alien contra Predator literario), Benet contra Isaac Montero (¿Freddy contra Jason?), Cela y sus diatribas, Sánchez Ferlosio, el amigo JaviMari, etc. Lo que ocurre es que en España estas querellas son mucho más "sangrientas", barriobajeras, con descalificaciones personales incluidas (vaya, que lo de "Sálvame Deluxe" igual no es tan nuevo) y, por qué no decirlo, divertidas. El principal problema del texto de Martín Giráldez es, para mí, que le falta cierta fluidez, tanto por estar demasiado recargado de citas como por ser más un ejercicio de estilo que otra cosa. Vaya, que creo que la broma se le acaba yendo un poco de las manos.

De todas formas, se trata de un libro curioso y atrevido en estos tiempos de cierta uniformidad editorial y lectora que destaca, sobre todo, por poner de nuevo en primer plano debates que solemos obviar en nuestro día a día lector. Ah, y con una edición de lo más currada por parte de los amigos de Jekyll & Jill, como viene siendo habitual.

También de Martín Giráldez en ULAD: Magistral

Algunos libros del puto Jonathan Franzen AQUÍ

miércoles, 21 de noviembre de 2018

Sara Mesa: Cara de pan

Idioma original: español
Año de publicación: 2018
Valoración: Muy recomendable

Campaña mediática. 
Reconozco que empecé a leer Cara de pan con alguna prevención: durante las semanas (incluso meses) previos a que la novela se publicase, proliferaron tanto los mensajes en las redes sociales y en los medios afirmando que era el libro del año, de la década, ¡del siglo!, que me pareció que estábamos ante una campaña de marketing orquestada por la editorial con la complicidad de sus amigotes. La última vez que vi una campaña semejante para una novela española fue con Intemperie, de Jesús Carrasco, que parecía que iba a inventar la literatura, y que, sin ser una mala novela, sobre todo como ejercicio de estilo, no era para nada la maravilla del toreo que nos habían vendido.

O sea, que estaba con la mosca detrás de la oreja. ¿Estábamos todos siendo víctimas de una campaña publicitaria brutal? ¿El capital económico intentaba hacerse pasar por capital simbólico? ¿Un producto comercial por un producto artístico? Lo mejor para responder a esas preguntas era leer la novela, y eso he hecho, y la respuesta es que no: independientemente de la campaña de marketing, Cara de pan es una gran novela.

Lolita.
La figura de Lolita (casi tanto o más que la novela de Nabokov a la que da título) ha ocupado un lugar relevante en el imaginario y en el debate feminista de los últimos años. Desde aquel artículo de Laura Freixas, que fue tan mal leído y entendido por algunos como la propia novela de Nabokov por otros, el personaje de Lolita ha dado título a artículos, debates, mesas redondas, e incluso a la primera novela de Luna Miguel. Esto viene a cuento porque la idea de Lolita, o mejor, de la lolita con minúscula (la nínfula que se relaciona con un hombre mucho mayor que ella) está también en la base de Cara de pan: en ella una niña, Casi, conoce en un parque a un hombre, el Viejo, y comparte con él conversaciones sobre pájaros, sobre Nina Simone, y poco a poco sobre otros temas más privados, hasta crearse entre ellos una complicidad frágil y extraña.

No quiero decir que Cara de pan sea una consecuencia directa de estos debates sobre Lolita; la propia autora aclara que el germen de la novela está en un relato anterior, "A contrapelo", publicado en la antología Riesgo (2017), pero se podría rastrear incluso más allá: ya en Un incendio invisible, primera novela de la autora, la relación entre el protagonista Tejada y la niña que se hace llamar Miguel podría considerarse un esbozo o borrador del tema de esta novela.

En cualquier caso, hay una diferencia fundamental entre Lolita y Cara de pan: mientras que la novela de Nabokov es moralmente transparente (Humbert Humbert, por mucho que se intente justificar ante el lector, es un  violador, un pervertido egocéntrico y manipulador), Cara de pan es moralmente ambigua, o quizás sería mejor decir: amoral. No se plantea la relación entre Casi y el Viejo en función de lo bueo o lo malo, lo socialmente aceptable o lo políticamente correcto, sino en función de la psicología de dos personajes que intentan escapar de sus respectivas soledades y se encuentran en un refugio vegetal, un paraíso siempre en peligro de ser invadido por la realidad.

Fluir.
Dos personajes, un espacio (casi) cerrado, las conversaciones entre esos dos personajes, la evolución de su relación. Conseguir sostener una novela, aunque sea una novela relativamente breve como esta, con tan pocos elementos, no está al alcance de cualquiera. En la literatura española reciente, creo que solo Iván Repila consiguió algo parecido en El niño que robó el caballo de Atila. Lo cierto es que, aunque en la segunda parte de la novela se rompa ligeramente esta burbuja con la aparición de nuevos personajes, nuevos espacios y nuevas situaciones, la novela consigue crear un microcosmos narrativo alrededor de los dos protagonistas y su improbable relación.

Y otra cosa que consigue Sara Mesa es que la novela fluya de forma natural, con una gradación obviamente muy trabajada y meditada. Quizás sea un poco artificial, y también un poco tópica, la progresiva revelación del pasado del Viejo, o de las circunstancias vitales de Casi, pero al mismo tiempo es una forma de mantener la tensión narrativa y el interés del lector en un relato en el que no sobra la acción.

La novela fluye, el argumento fluye, el estilo, sin ser lo más importante (como pasa siempre en las novelas de Sara Mesa) funciona con este fluir de la novela. Y también fluye la carrera de Sara Mesa, que ya se ha colocado entre las primeras, o la primera, representante de su generación. Que tenga el apoyo mediático y comercial de Anagrama sin duda no la perjudica, pero tampoco hace de ella un simple producto. No sé lo que la historia literaria, con el paso del tiempo - de las décadas o los siglos - dirá de la literatura española de estos años, pero parece que Sara Mesa, como Elvira Navarro, Belén Gopegui o Marta Sanz, tendrán derecho a un capítulo en esa historia.

Otros libros de Sara Mesa en Un libro al día.

martes, 20 de noviembre de 2018

Manuel Gutiérrez Aragón: A los actores


Idioma original: castellano
Año de publicación: 2015
Valoración: Recomendable (‘Muy’ para cinéfilos)

Como supongo que casi todo el mundo sabe, Manuel Gutiérrez Aragón es un escritor, guionista y director de cine relativamente conocido. Sus dos vocaciones (cine y literatura) se han ido entrecruzando en el tiempo, y parece que ha sido esta última la que finalmente ha perdurado. Reconozco que a veces desconfío de esta gente del cine hablando sobre cine: es una impresión subjetiva, pero me transmiten casi siempre una sensación de endogamia próxima a lo insoportable, con sus peroratas repitiendo muchas veces la palabra ‘cine’, haciéndonos ver lo esencial que es en nuestras vidas, premiándose a sí mismos, e insistiendo en lo mucho que trabajan, no vayamos a creer que no. Pero bueno, es un asunto sobre el que se podría hablar horas.

En el caso de este libro, sin embargo, esas posibles reticencias desaparecen muy rápidamente. Estamos ante una especie de ensayo autobiográfico que se centra, obviamente, en la figura del actor, y cuya exposición corre paralela a la trayectoria profesional de Gutiérrez Aragón, desde sus primeros pasos en la Escuela de Cine hasta su última película, creo que de 2007, tras la cual anunció que se retiraba definitivamente de la dirección.

No es, como pudiera pensarse, una apología de la profesión actoral, sino un análisis, pormenorizado pero suficientemente ligero para ser asequible a cualquier lector, de la importancia del actor en las distintas facetas de la película. Por tanto, lo que puede tener de homenaje o tributo no se construye a base de loas, sino que se deduce de la lectura completa del texto. Habiendo conocido esos pormenores, es cuando apreciamos la importancia del actor, y de ahí ese tanto de reconocimiento que nos deja el viejo director.

Entre esas cuestiones técnicas, explicadas de forma diáfana y amena, nos encontramos reflexiones acerca de los primeros planos, los encuadres o los silencios, su utilidad en el lenguaje cinematográfico y cómo la figura del actor resulta determinante en cada uno de esos aspectos. De la misma forma, la posibilidad de expresar al mismo tiempo emociones contrapuestas, ‘grosera’ cuando se hace mediante trucos visuales, ‘maravillosa’ cuando es el actor quien despliega su capacidad para hacerlo. Desde un punto de vista más abstracto, el actor es también la presencia física, la carnalidad de la historia que se está contando, y representa el puente imprescindible entre la ficción y la realidad, entre la narración y el espectador. 

Aborda también Gutiérrez Aragón la disyuntiva en torno a la naturalidad en la interpretación, y se pronuncia decididamente en contra, ilustrándolo con una de las muchas anécdotas que jalonan el libro, quizá la más divertida: Fernando Fernán Gómez y Ángela Molina están rodando la secuencia de una cena y, a iniciativa de él (como para llevarle la contraria), se filma con vino auténtico y no con un sucedáneo. Al cabo de unas cuantas repeticiones, los dos están borrachos, que es justo lo que debía ocurrir en la escena. Pero al director cántabro no le gusta el resultado: los actores no deben estar borrachos, sino hacer como que lo están.

Con una prosa limpia, sencilla pero elegante, reflexiona el autor sobre otras cuestiones menos técnicas y de mayor profundidad. Por poner otro ejemplo, la crítica a los productores de series de televisión, proclives a imponer patrones inamovibles que no permiten evolucionar a los personajes, con vistas, claro está, a que el espectador pueda identificarlos sin despistarse durante los capítulos que sea necesario. Por cierto, que el autor del libro rodó también una serie televisiva (El Quijote de Miguel de Cervantes, 1991), que también aporta algunas anécdotas curiosas, como las dificultades para el casting del protagonista, o la reelaboración completa del guión inicialmente escrito por (y pagado a) Camilo José Cela.

Y así, con ese puntito de narcisismo propio de la autobiografía, aunque muy tenue y por ello disculpable, se desarrolla este texto, al que quizá cuesta un poco coger la frecuencia al principio, pero que pronto se revela como una lectura agradable, seria pero con la dosis justa de simpatía, profesional y no apologética (ni corporativista), que desde luego interesará más a los cinéfilos, pero que no dudo en considerar recomendable para cualquier lector.

P.S: Y ya ven que me he abstenido de hacer comentarios sobre la cubierta.

lunes, 19 de noviembre de 2018

W.G. Sebald: Los anillos de Saturno

Idioma original: alemán
Título original: Die Ringe des Saturn
Año de publicación: 1995
Traducción: Georg Pitcher, Carmen Gómez García
Valoración: recomendable

Había de optar por una valoración standard, aunque sea para orientar al lector potencial. Pero la verdad es que este libro es inclasificable hasta para ser valorado. Ya debería haberlo esperado en función del motivo que suscitó mi curiosidad, al ser mencionado con profusión en una de las partes de la Trilogía de la Guerra, de Agustín Fernández Mallo, otra lectura que será tratada aquí y que, perdonad que me avance un poquito, también es difícil de valorar sin tomas de perspectiva.
Para empezar, el propio título del libro ya es una pura evocación, este libro no habla para nada de planetas. Este libro es una caminata mental bajo el pretexto de una caminata física. El itinerario del narrador por el condado de Suffolk sirve de pretexto para una serie casi aleatoria de evocaciones sobre acontecimientos de la historia europea. Sorprende que se parta de una zona de la costa británica. Sebald dedicó una de sus obras a los duros bombardeos a los que la RAF sometió a Alemania en ciertas fases de la Segunda Guerra Mundial y choca leer a Sebald en el país desde el cual los aviones partían. Pero Los anillos de Saturno tiene esas cosas, desprende esa extraña fascinación de la obra que tiene más vocación creativa que narrativa.
Ayudan, por ejemplo, esas imágenes que los libros de Sebald acostumbran a incluir. Imágenes en blanco y negro, aspecto supongo obligado por cuestiones editoriales, que, ayudadas por ese grano grueso y cierta condición algo amateur, obran un efecto de cierta fascinación sobre el lector. Acentúan cierto misterio y aportan una sensación a la vez cercana e irreal, como de estar asistiendo a una historia de aires decadentes, más que un itinerario una especie de crónica que certifica el desmoronamiento de la utopía europea. Una Europa que tras el brexit y con la implantación de las extremas derechas en las bambalinas del poder hace aguas por todas partes, y Sebald habla de eso, de ese polvo en suspensión con apariencia de algo sólido, y desmigaja historias sobre los lugares que recorre, historias que siempre retrotraen a esplendores del pasado, pequeñas piezas que conforman la estructura de este libro extraño, a veces algo anodino (cuando pone en marcha la pura narración histórica de hechos del pasado relacionados con los lugares que visita, algún lector se sentirá como en una página particularmente florida y bien redactada de la Wikipedia) a veces simplemente tomado por cierta nostalgia decadente, por la convicción que se vuelve más poderosa a medida que las páginas avanzan, de que lo de la Europa unida (y eso que este libro es anterior al impacto sobre el concepto que supuso el Brexit) está abocado a ser una patraña o un interés de los mercados o una mera respuesta al poderío unificado e unificador de la apisonadora USA (y eso que este libro es anterior al asalto al poder de Trump y todo lo que pueda acontecer a posteriori).
Sebald parece lo que es: un caminante lento en su  reflexión y rápido en la ejecución, un observador que consigue con lucidez, sentido común, y aguda visión, mostrar la decadencia de unos tiempos como el albor de los que les suceden. A pesar de ese tono gris, pausado y oscuro, Los anillos de Saturno, texto brillante que no saciará todos los paladares (me reconozco ahí en medio, incapaz de mostrar un excesivo entusiasmo a la vez que de encontrarlo un solo defecto), pero que, lectores curiosos atentos, no solo debe leerse, sino incluso consultarse de vez en cuando.

domingo, 18 de noviembre de 2018

Noelia Lorenzo Pino: Corazones negros


Idioma: español
Año de publicación: 2018
Valoración: entre recomendable y está bien


Ya los hemos visto de todos los colores: verde de la Guardia Civil y azul de la Policía Nacional, de la la Gendarmerie o del NYPD. Negro carabinieri o del departamento de policía de Los Ángeles. Marrón o kaki de montones de sheriffs de EEUU; fosfi y azul marino de los bobbies británicos. Y del color que sea que lleven los polis suecos, rusos, japoneses o mongoles. Por no hablar del despliegue multicolor de los cientos de detectives privados, abogados, periodistas y hasta asesinos que protagonizan las cientos, las miles de novelas negras o policíacas que en el mundo se han escrito, se escriben o se escribirán...

Pues ahora le toca el turno al rojo encendido de la Ertzaintza vasca, policía pinturera donde las haya... vale, ya sé que ahora no van siempre de rojo -y que la policía Foral de Navarra, en cambio, sí- y que tampoco es esta la primera novela protagonizada por tan proteico cuerpo policial, pero ya nos entendemos... (y no me hagáis reescribir el prólogo, concho, con lo bien que me había quedado). En este libro, lo es por los miembros de la Unidad de Investigación Criminal de la comisaria de Oiartzun Eider Chasserau y Jon Ander Macua. Tampoco es la primera novela  en la que podemos encontrar a la pareja de Eider y Jon, aunque sí la más reciente: la escritora irundarra Noelia Lorenzo ya ha publicado otras dos, y además, otra con diferentes protagonistas.

En Corazones negros, esta pareja de policías se ve metida de hoz y coz en una trama criminal y de corrupción policial que se desarrolla a lo largo de varios escenarios de Euskadi: desde las calles de Irún, Donostia y Bilbao a lugares tan típicos con el consabido caserío vasco o bares de txikiteros... Pero tranquilos los posibles lectores de otras latitudes: tampoco es que el color local empalague esta novela; en realidad, los acontecimientos que se narran bien podrían suceder, por desgracia, en cualquier otro lugar del mundo, sobre todo en los países más ricos, ya que el tema de fondo de esta historia es la explotación sexual de mujeres, provenientes en muchos casos de los países más pobres. Algo recurrente no sólo en las noticias de sucesos, sino en la vida que sucede a nuestro alrededor, a poco que nos fijemos.

La novela, a la que hay que aplaudir una trama impecable y una ambientación de los más verosímil, sin estridencias hardboiled, se beneficia de una gran virtud, aunque en ocasiones también puede ser un cierto lastre: la naturalidad. Naturalidad en la composición de los personajes, que son no solamente creíbles, sino reconocibles; en los diálogos, para nada impostados y, sobre todo, naturalidad en el estilo literario, que es ante todo eficaz y eficiente, sin detenerse apenas en florituras o extravagancias. Eso permite a la novela avanzar con una agilidad envidiable y que, por consiguiente, su lectura sea de lo más fluida y absorbente.

He escrito que puede ser un lastre porque la naturalidad y la verosimilitud son virtudes a la hora de escribir una novela de este tipo, por supuesto, pero para que esta sea memorable, creo que conviene combinarlas con un toque, mayor o menor, de todo lo contrario: la originalidad, la exageración o incluso la extravagancia. Quizás sea eso lo único que le falta a esta escritora: ser un poco más ausarta, más atrevida a la hora de transgredir las normas del género. Porque oficio, ya ha demostrado de sobra que lo tiene.

sábado, 17 de noviembre de 2018

Jakob Wassermann: El caso Maurizius

Resultado de imagen de el caso maurizius amazonIdioma original: alemán
Título original: Der Fall Maurizius
Año de publicación: 1928
Valoración: Imprescindible


Aquí termina el caso Maurizius, pero no la historia de Etzel Andergast”. Con esta frase –que como ven no desvela absolutamente nada– cierra Wassermann una trama de casi seiscientas páginas, meticulosamente construida, con el propósito (que cumplió con creces) de dejar la puerta abierta a entrega/s posterior/es. Porque, efectivamente, la obra tiene una segunda parte (Etzel Andergast, 1931) y hasta una tercera (Joseph Kerkhovens dritte Existenz o La tercera existencia de Joseph Kerkhoven, 1934) que, por desgracia y si no me equivoco, solo se tradujeron en Argentina hace más de seis décadas.

Quien la haya leído y disfrutado hasta el final entenderá mi decepción –que espero no dure mucho tiempo– pues la personalidad de este adolescente, hijo del fiscal general de estado, es tan compleja como seductora y, desde luego, extremadamente precoz para la mentalidad actual, aunque por la forma en que se abordan los hechos parece que no para la de hace un siglo. Pero no nos hagamos ilusiones, en esa segunda parte, ni se le concede tanto protagonismo como parece sugerir el título ni la personalidad adulta de Etzel resulta tan idealista y encantadora como era de esperar. Más bien todo lo contrario.

Jakob Wassermann –no confundir con August von Wassermann, médico alemán contemporáneo suyo que puso nombre a una prueba para detectar anticuerpos en la sangre– escribió una treintena de obras, principalmente novelas, aunque llega a abordar todos los géneros. Esta y CasparHauser fueron, probablemente, las más populares por entonces. El caso Maurizius, además de  reflejar las profundas y diversas crisis que sufrió Europa en la primera mitad del siglo XX, plantea interrogantes decisivos y nunca resueltos hasta ahora. Creo que no es tan conocido en España como, por ejemplo, Joseph Roth, Thomas Mann o Robert Musil, no obstante, se trata de uno más entre esos excepcionales escritores centroeuropeos y figuras representativas de su época.

Antes hablaba del hijo del fiscal. Él es quien pone en marcha una de las dos historias que se entrecruzan. Maurizius, en cambio, constituye el eje central de ambas. El fiscal Andergast también juega un papel determinante en las dos, pero si alguien guarda todas las cartas en la mano, aunque por motivos estratégicos se le ignore durante muchas páginas, es el autodenominado Waremme, un personaje que recuerda bastante al Arnheim de El hombre sin atributos, aunque mucho más retorcido y malvado. También él es un diletante, aprendiz de todo y maestro de nada, con un prestigio adquirido a base de cháchara, que vive de triunfar en los salones y cuyas ideas políticas parecen adelantar el totalitarismo que triunfaría en Alemania unos años más tarde. Representa al Goliat que, con más intuición que astucia y gracias a sus debilidades emocionales, acabará siendo vencido por el David de la novela encarnado por el omnipresente Etzel.

Son muchos los motivos que convierten en excepcional esta obra. El principal, que se trata de un fresco del primer cuarto del siglo XX, con sus contradicciones, inquietudes, mentalidad y forma de abordar los problemas. Sin olvidar el acertado diseño de caracteres desde el primero hasta el último: a todos los conoceremos por sus actos y, en algunos casos, también por larguísimos parlamentos que, supongo, desanimarán a más de uno. Aunque quizá lo más meritorio consista en convertir una novela de ideas, al estilo de La montaña mágica, en un artefacto intrigante capaz de volver loco de impaciencia al lector mientras el novelista, por boca de sus personajes, filosofa durante páginas y páginas. Y es que el desencadenante de todo es un asesinato nada menos. Wassermann pasa revista a un célebre error judicial presentándonos, por un lado al presunto culpable, por otro a alguien que dieciocho años más tarde revisará de nuevo los hechos con la pretensión de averiguar la verdad que se oculta tras las apariencias. Para lograrlo, deberá emprender un viaje iniciático en el que –en memorables páginas casi costumbristas– lo veremos mezclarse con un vulgo del que apenas tenía noticia y renegar del padre con todo lo que representa sin dejar de añorar a la madre que perdió. Como ven, un argumento complejo que no se puede resumir en unos cuantos párrafos.  

De principio a fin, abarcándolo todo y de forma más o menos explícita, subyacen las dudas sobre la objetividad de la justicia. ¿Nos suena esto de algo?. Hasta el que se creía infalible empieza a cuestionar la idea: “¿Porqué no lo dijo en su momento? (…) Tal vez era consciente de que la verdad solo era verdad para él, pero no para mí, no para nosotros, hasta que él estuvo dispuesto a expresarla casi en contra de su voluntad. Pero ¿y si la verdad fuese tan solo el resultado del paso del tiempo?” Con más razón los que llevan toda la vida entre presos: “¿Qué quiere decir con justicia? Esa palabra es como un pez, se te escurre de las manos cuando quieres agarrarla”.

Han transcurrido noventa años y las circunstancias son muy distintas. No sé en otros países, pero por fortuna aquí en España el poder judicial funciona como un reloj en perfecto estado. No se aprecia rastro de irregularidades, arbitrariedad, discriminación o clientelismo. Estamos encantados, por supuesto.

Traducción: Carmen de Miguel y Jorge Seca


También de Jacob Wassermann: Caspar Hauser

viernes, 16 de noviembre de 2018

Premiados con el NOVEL de ULAD, primer puesto: Mircea Cartarescu: Nimic

Idioma original: rumano
Idioma de la edición: Edición bilingüe rumano/catalán.
Título original: Nimic. Poeme
Traducción: Xavier Montoliu Pauli
Año de publicación: 2010
Valoración: muy recomendable

En esta recopilación de poesías del autor rumano, ganador del premio Novel de ULAD 2018 según votación de lectores y reseñistas, Cărtărescu destaca por hacer poesía de las pequeñas cosas, buscando el encanto de la cotidianidad, la belleza en esos pequeños detalles que abundan en la vida de cada uno, si se tienen los ojos preparados y receptivos para verlos. De igual manera que Williams Carlos Williams (por poner un ejemplo conocido, más aun después de la película Paterson), el autor rumano se centra en lo particular, en lo aparentemente común, para destacarlo y darle su justo valor, siempre bajo su mirada, interpretando y observando la vida bajo el prisma de su experiencia, sus miedos y sus deseos, realzando la realidad cotidiana con un estilo accesible para todos los lectores, aunque sin apartarse ni un milímetro de la alta calidad propia del autor.

Así, con esta intención, la poesía de Cărtărescu no está adornada en exceso de florituras, incluso diría que, a pesar de ser poesía, su estilo es incluso más accesible que su prosa, menos arriesgada, más sencilla en apariencia; tal es así, que encontramos a menudo referencias a marcas de ropa, de coches, o incluso centra un poema en torno a un amor imposible hacia Natalie Wood; también aparecen frecuentes referencias a la música, muy presente en la obra cuando menciona a The Beatles o a The Dire Straits, incluyendo en partes de sus poemas fragmentos de canciones, nutriéndolos de sus letras directamente en inglés. Así, acercando la poesía también al lector no acostumbrado a este estilo literario, el autor sabe crear el ambiente para sorprender con su poesía libre, trazando un esbozo de realidades escondidas tras los hábitos de la cotidianidad. Por eso su poesía es bella, pues no requiere de un esfuerzo para entenderla; en ella nos podemos sentir identificados y nos llega de manera natural, casi sin pretenderlo.

Además de lo expuesto, y ya entrando en profundidad y si se conoce la obra del autor, este libro se disfruta también a otro nivel, pues además de la belleza de sus poemas, uno goza enormemente viendo en él los rasgos del Cărtărescu que vendría después, pues ya asoman en sus poemas las tendencias hacia lo onírico y su interés por la anatomía, aspectos muy propios del autor. Así, vemos esos rasgos en algunos versos de sus poemas al decir «sol de invierno, aire limpio, nubes sin sistema nervioso» (siempre esas notas de anatomía, como canal a través del cual penetrar en los sentidos, como un camino que nos conduce a nuestro interior), en un fragmento que podemos encontrar en el poema «Sol de invierno». También aparecen los habituales insectos, como cuando dice «bajo el radiador, un gran escarabajo negro mueve la pata y una antena, como yace de espaldas, medio liquidado» (en «Me parece que vivo la vida») o también en «todo es romper el capullo, convirtiéndose en mariposa» en «Hacia el Mihai Viteazul», en una cita a Thomas Mann.

Viniendo del autor rumano, y como no puede ser de otro modo en él, las poesías giran, a menudo, en torno al amor y al desamor, y el autor nos las narra desde esos pequeños espacios en los que vive, y a los que nos tiene acostumbrados tras la lectura de Solenoide o Cegador. La tristeza que destila el estilo de Cărtărescu asoma en sus poemas, afirmando «Triste (porque ya no creo más en el amor, en la poesía…)» en «Hacia el Mihai Viteazul» o cuando afirma «enloquezco de tristeza, no hay nadie en mi vida» en «Hojas verdes, luces de tránsito»; y la habitual soledad que transmite la literatura del autor, al escribir «tanta soledad feliz me has dado, Dios mío», en el poema «Cuando nieva, cuando nieva y nieva...»), esa soledad que transmite encerrado en su diminuto hogar y, siempre, dirigiendo su poética mirada hacia las ventanas de su piso, esas ventanas a un mundo del que intenta atisbar su significado, buscando una salida, afirmando que «por la ventana veo otros bloques encogidos y mojados» (en «Estoy tan triste») o también «En la cortina de la ventana un rectángulo dorado — nada más que el sol al crepúsculo. Miro hacia fuera: el sol quema por encima de unos bloques…» (en «Impresión») o «he pegado la frente al cristal, como en la adolescencia, he mirado todo lo que podía ver desde aquí» (en «De repente el otoño»).

Así, desde esas ventanas, con sus vistas a Bucarest, entre la nostalgia y la esperanza, y cierta añoranza a una ciudad que le antoja triste, decadente, abatida, afirmando que «estoy desproveído del amor, de enamoramiento en las espléndida suciedad de la ciudad» (en «Tristeza idimenticable»), pero nunca olvidando su amada Bucarest, siempre presente en su obra, en una clara declaración de nostalgia al mencionar «agosto sobre Bucarest como la mantequilla sobre el pan, como el hombre encima de la mujer», en «Tristeza idimenticable».

En resumidas cuentas, un libro más que recomendable para los numerosos seguidores del autor rumano, pues en él verán muchos rasgos característicos de la obra del autor que potenciaría y sobre los que profundizaría en sus novelas posteriores; no en vano, fue después de los poemas incluidos en esta recopilación que el autor se volcaría definitivamente a la novela y a la prosa, con la publicación de Nostalgia en 1993, manteniendo en sus relatos prosísticos el tono poético que siempre le ha acompañado. Pero no se trata únicamente de un libro para los numerosos fans de Cărtărescu, sino también para aquellos que desconozcan la obra del autor, pues el libro también es recomendable por la calidad propia de su literatura, por la búsqueda y exploración de la proximidad de lo narrado, por la cercanía emocional que despiertan sus versos, y por la profundidad escondida bajo un manto de aparente sencillez. Un acierto de la pequeña editorial Lleonard Muntaner Editor que espero que tenga traducción al castellano algún día, pues los fans de Cărtărescu, y la literatura en general, se lo merecen.

También de Mircea Cărtărescu en ULADEl ojo castaño de nuestro amorSolenoideEl LevanteLas bellas extranjeras¿Por qué nos gustan las mujeres?LuluNostalgiaEl ruletista, El ala izquierda. Cegador I

jueves, 15 de noviembre de 2018

Agustín Pery: Moscas



Idioma original: Castellano
Año de publicación: 2018
Valoración: Está bien



Mallorca es como Sicilia sin muertos. Es una expresión que ha tenido arraigo en la prensa palmesana para referirse a la política y a la economía -al poder, en definitiva-. Hace un par de años sirvió de título a una novela del escritor al que se le atribuye la sentencia, Guillem Frontera, de la que hay disponible versión en castellano, protagonizada por un muy reconocible presidente del Gobierno autónomo (y no, no ese que le ha venido a la cabeza y que está entre rejas por lo mismo que el cuñado de Felipe VI). Damos por supuesto, entonces, que la mafia en Sicilia es poderosa y elimina a quien le molesta y que en Mallorca ni siquiera precisa ensuciarse. Probablemente, las cosas sean mucho más complejas, complicadas y confusas, pero si algo tiene el periodismo –y los periodistas- es prisa. Un buen titular e historias sencillas y directas, con una idea clara y que se entienda. Sicilia sin muertos. O, a lo sumo, con dos o tres cadáveres, como es el caso de Moscas.

Moscas se inicia con la aparición del cadáver de Antonio Basquida, una mosca cojonera leemos, redactor de El Día, envidiado por sus colegas –“porque se les adelantó, o porque simplemente tuvo los güevos de publicar lo que ellos jamás se atreverían a mandar a rotativa”- y temido por los poderosos locales, objetivo de su perspicaz puntería periodística. Moscas es la primera novela publicada de Agustín Pery (Cádiz, 1971) ahora director adjunto del diario madrileño ABC y entre 2007 y 2014 director del diario palmesano El Día del Mundo, surgido de la fusión de El Día –impulsado por los Barceló y los Matutes, quizás la facción más conservadora, que ya es decir, de los hoteleros baleares y el periodista Antonio Alemany, que también acabó en la cárcel por crear junto a Jaume Matas, ahora sí aparece, una trama corrupta con la que adjudicarse fondos públicos- con la edición local de El Mundo, la obra cumbre de Pedro J. Háganse cargo: un miembro de aquella redacción lo rebautizó como El Día del Fin del Mundo. Agustín Pery dio el relevo como director a Eduardo Inda y en la solapa de Moscas leemos que “destapó junto a su equipo varios de los escándalos más relevantes en la historia de Mallorca”. Bueno.

Desde luego, Agustín Pery debió conocer y tratar de primera mano, canapé y vino español, a muchos de los personajes que pululan travestidos, o no tanto, por las páginas de Moscas. La novela tiene ese ímpetu de querer ser fiel retrato de la sociedad isleña de este tiempo y por eso aparece un aguerrido aragonés delegado de la Agencia Tributaria que finalmente es desplazado con un inesperado cambio de destino, un fiscal jefe provincial de sonrisa beatífica que sobrevive a todos los cambios de gobierno con su proverbial capacidad de no mojarse ni en la ducha, o el gran capo de la noche palmesana que durante décadas ha manejado a su antojo diputados, concejales, policías o periodistas moviendo ingentes cantidades en efectivo, hoy en día en libertad. Pero, tan cierto como que los detalles otorgan verosimilitud a una ficción, aqui hacen chirriar a Moscas; uno no acaba de ver policías nacionales husmeando por los muy rurales bosques del monasterio de Lluc ni a los beltzas de la Ertzaintza repartiendo botes de humo por las calles de Pamplona.

Ese latiguillo tan manido acerca del periodismo -no dejes que la realidad estropee un buen titular- contiene una buena dosis de verdad y creo que se le puede aplicar también a esta ficción, pues la lastra y le resta parte de la capacidad de pegada que el autor pretende propinar al lector. Aún así, por su contundencia, brevedad y fiereza, Moscas se lee con facilidad e intensidad ya que ofrece una mirada necesaria y poco habitual a la parte trasera del decorado pseudo paradisiaco en el que millones de turistas se postran al sol cada verano. En su haber, desde luego, el despiadado retrato moral de la buena sociedad palmesana y como muestra, dos perlitas: “Ambos sonrieron. Se odiaban como solo se odia en Mallorca. Compartiendo confidencias, despellejando al tercero ausente, coincidiendo en cenas, asistiendo a los mismos actos y, siempre, saludándose tan efusivamente (…)”. O bien: “Jodidos isleños, pensó, son como los Borbones, solo follan entre ellos.”. Habrá excepciones, me digo, pensando en el suegro del en su día Duque empalmado, hoy también juzgado, condenado y encarcelado. El ex Duque, no el Otro.