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jueves, 22 de noviembre de 2012

Jonathan Franzen: Las correcciones

Título original: The corrections
Idioma original: Inglés
Año de publicación: 2001
Valoración: Muy recomendable

Aún no consigo aclarar de manera definitiva si el canal HBO anda o no en la adaptación (con  la colaboración del autor) de esta novela para una de sus magníficas series, o si se ha descartado el proyecto debido a dificultades en el proceso, parece ser que debido a la complejidad de su puesta en imágenes.
Lo cual me parece una cuestión interesante acerca de este libro. Primero, porque, aunque se trata de una obra con un magnífico valor literario, uno no puede evitar, a medida que la lee, revestirla de aspectos visuales, proyectarla en esas imágenes asociadas al american life-style, pintarla de colores ligeramente pastel, y llenarla de actores semi-desconocidos, pero con prometedoras carreras ante sí.
Las correcciones es la novela que precedió a esa otra maravilla, ya reseñada aquí, que es Libertad, y sus similitudes son innegables, aunque hay que descartar intención de Franzen de establecer paralelismo. Ésta es pre-11-S y la otra es post-11-S. En términos estadounidenses, esa diferencia no es poca cosa. Las correcciones es, igual que Libertad, la historia algo épica de las vicisitudes de una familia americana, familia que responde a criterios más o menos stándard. Esta vez la familia se apellida Lambert, y el punto de partida de la novela es un ya duro primer capítulo, duro, eso sí, entre detalles de humor ligeramente ácido, sobre el Parkinson y cómo éste está afectando a Alfred, marido de Enid y patriarca de la familia. Extenderse en detalles es inútil y poco respetuoso hacia el trabajo de Franzen. Hay que leer esos párrafos, esas descripciones casi domésticas:

"Últimamente le había dado por hacer que su máquina calculadora imprimiese grandes columnas con números de ocho cifras, totalmente desprovistos de sentido. Cuando Alfred dedicó toda una tarde, o casi, a calcular cinco veces seguidas los pagos a la seguridad social por la señora de la limpieza, obteniendo cuatro resultados diferentes, y al final se quedó con el número que le había salido repetido (635,78 dólares, cuando la cifra exacta era 70,00), Enid organizó una incursión nocturna en el archivador de Alfred y lo despojó de todas las carpetas relativas al pago de impuestos, lo cual habría contribuido notablemente al más eficaz funcionamiento de la casa, si no hubiera sido porque las carpetas encontraron el modo de meterse en una bolsa de Nordstrom, con unos cuantos Good Housekeeping engañosamente antiguos bajo los cuales se ocultaban documentos más relevantes, pérdidas de guerra que trajeron como consecuencia que la señora de la limpieza se ocupase ella misma de rellenar los formularios y que Enid se limitara a firmar los cheques, mientras Alfred meneaba la cabeza ante lo complicado que era todo"

Ésta es una muestra, no más allá de las diez primeras páginas, de la prodigiosa prosa de Franzen. Bueno, de la prosa y de la imaginación y del sutil trabajo de perfil de la personalidad de los miembros de la familia y, en el fondo, de toda la labor necesaria para la puesta en escena de las grandes obras de Franzen. A medida que esas 734 páginas se despliegan, conoceremos a su esposa y a sus hijos, sus relaciones, sus proyectos fracasados y exitosos, y las circunstancias que han marcado y regido sus existencias.
Los conoceremos en toda suerte de situaciones y viviremos sus vidas en una especie de viaje donde no faltan los momentos surrealistas (una escena escatológica, una consulta médica a bordo de un crucero) ni las situaciones más cotidianas, ni esos lapsos marca de la casa que Franzen aprovecha para cargar las tintas ideológicamente contra el sistema establecido. Sí, ya entonces, ya antes de la crisis global y el asunto de Lehman Brothers, y el de Enron, y el de Fanny Mae. Porque si una palabra puede definir a Franzen como escritor es, como a Houellebecq, ambición. Bueno, haré trampas, y que sean dos: ambición y maestría.
Donde no se corta este novelista (la novela es su hábitat natural, no puedo evitar pensar que sus ensayos andan algún escalón más abajo) es donde muchos otros no llegan, por falta de agallas, de bagaje cultural, de capacidad de documentarse, de imaginación, de lo que sea. Jonathan Franzen es un escritor con una enorme convicción en que sus obras no pueden ser un pasatiempos más. Su vocación de alejamiento de best-seller no es sólo actitud. No es el caso, por millones que venda y galardones que obtenga (este libro en concreto fue premiado con el National Book Awards ). Puede que ése sea el motivo por el que tarde casi décadas en acabarlas.
Pero cuando uno se enfrenta a la suntuosidad de sus mejores momentos (porque no hay que negar que 734 páginas dan para ligeros altibajos, lo contrario sería inhumano), comprende que cada página, que cada interludio, cada mención de éste u otro detalle, ha estado calculado, meticulosamente insertado con la finalidad de alcanzar el efecto deseado. Sea un programa de TV visionado, o una marca de detergente usado, o una suscripción a una revista concreta. Franzen no dejó nada al azar en Las correcciones. Los impactos, a pequeña o a gran escala, deben aportar su resultado. Como pasa, y vuelvo al canal HBO que mencionaba, con series como The Sopranos, las novelas de Franzen son viajes vívidos y apasionantes tras los cuales, normalmente, las cosas nunca vuelven a parecer lo mismo.

También de Jonathan Franzen en ULAD: Aquí

viernes, 4 de octubre de 2019

Jonathan Franzen: El fin del fin de la tierra


Idioma original: inglés
Título original: The end of the end of the Earth
Año de publicación: 2019
Traducción: Enrique de Hériz, Patricia Antón de Vez
Valoración: Bastante recomendable

Voy calando a Franzen. Lo digo amistosamente, es lo que tiene empaparse (aunque sus dos primeras novelas, las anteriores al boom de Las correcciones sigo sin decidirme a tomarlas algún día) de la obra de un escritor. Lo vas considerando alguien cercano, le tomas cierto aprecio en lo personal, perdonas sus defectos, comprendes alguna metedura de pata, en términos generales, digamos eso tan cursi de "empatizar".
Entonces, como le he calado, ya le aviso. Que está muy bien mantener viva la llama de la atención de sus incondicionales, masa notable que parece que Pureza hizo menguar algo (sin ser el desastre que algunos exagerados proclamaron), que los libros donde se recopilan artículos publicados previamente cumplen esa función, que sí sabemos que ya son casi cuatro años desde esa otra novelaza (me refiero sobre todo al tamaño) y que las editoriales necesitan ir viviendo y pagando sueldos mientras sus primeras figuras deciden presentar algo que justifique el correspondiente adelanto. Ignorando como ignoro cuál es el plazo estimado para la entrega de su próxima novela y si esta será otra radiografía de una familia norteamericana.
O sea, El fin del fin de la tierra es como ponerte un plato de olivas en la mesa antes de una cena de tres platos. Se agradece, pero no querrás que aguante con eso. Más: si fuera estadounidense y hubiera leído esos artículos en sus momentos y medios correspondientes, de los cuales aquí se elude informar, igual diría qué tomadura de pelo es esta. Bueno, ni me haría falta ser estadounidense, simplemente haber estado atento a las ediciones on-line de esos medios, sin esperar a la traducción, atento porque Franzen no tiene perfiles en redes sociales así que habría que haber estado bastante atento.
Así que Salamandra, gracias por el esfuerzo, pero y ahora qué.
Porque algo así como la mitad de estas páginas están dedicadas a los avatares de Franzen a la búsqueda del avistamiento de especies de pájaros. No exagero un ápice. A continuación del índice de los artículos hay un listado alfabético de las especies mencionadas en el libro. Esto. Completamente respetable que Franzen haga uso de su repercusión como escritor célebre, de los que Oprah Winfrey habla y tal, ya sabemos, para concienciar a la gente de el enorme desastre que la humanidad, empezando por sus compatriotas, está perpetrando al planeta. Y muy loable que el primer ensayo lo dedique a describir lo cariacontecido que le dejó la victoria de Trump. cuestión que marca el tempo del libro y que revela a las claras el posicionamiento ideológico de Franzen.
Pero la ecología no debería ser una ideología. Perdonad el ripio. Franzen llena esas páginas de experiencias personales en viajes dedicados a su afición ornitológica, hasta un extremo que podría poner de los nervios a aquel que tome este libro de cualquier librería, diga me suena este tío, busque algo parecido a Las correcciones (porque Libertad ya lucía un pajarico en la portada) y se encuentre con experiencias en distintos lugares del orbe buscando especies de curiosos nombres, con las correspondientes explicaciones de sus usos y costumbres y cifras y datos muy preocupantes sobre su futuro en este planeta que se calienta.
Franzen tiene todo el derecho a emplear los pingües beneficios de sus brillantes novelas en esos viajes, a cultivar su afición, a hacer de esta el centro de su existencia e incluso a usarla como trampolín para reivindicarse en una faceta más militante. Por suerte, los párrafos sobre pájaros los ha escrito en su lenguaje cercano, dinámico y confidente. Cuando el foco se desplaza, artículos dedicados a Wharton, a Vollmann, Franzen es simplemente incisivo como un escalpelo. Sus diez normas para el novelista deberían ser de aplicación para tanto pesado que publica cualquier cosa. Pero echo en falta más de estos artículos, menos crónicas de viajes a Egipto, al Antártico, a Jamaica, crónicas que siempre, insisto, están escritas desde la solvencia y la sabiduría, pero que me dejan insatisfecho. Necesitamos a Franzen y a sus personajes actuales y contradictorios. Sus mayores en regresión y sus jóvenes que no progresan. Leer El fin del fin de la tierra es, desde luego, una experiencia grata, pero es como si un amigo te escribe una carta de dos hojas y pierdes la segunda. Vamos bien, pero ahora qué.

martes, 3 de noviembre de 2015

Jonathan Franzen: Pureza

Idioma original: inglés
Título original: Purity
Año de publicación: 2015
Traducción: Enrique de Hériz
Valoración: 

Lo confieso. Esta es una de las reseñas que más me ha costado escribir en mi vida. De uno de los libros que más me ha costado leer en mi vida. De hecho, mi costumbre de ir escribiendo mis primeras impresiones a medida que avanzaba en la lectura no me ha servido para nada. Puede que haya reciclado alguna frase, pero decenas de líneas escritas de forma provisional han acabado en la papelera, porque incluso a las tres cuartas partes de su lectura no andaba decidido, no acababa de atinar si éste era o no el el libro que esperaba, y, si no lo era, por qué. De hecho, su irregularidad me ha llevado a plantearme si no estaba siendo engañado por ciertas sensaciones.

Porque lo que sí está aquí, sin duda, es el Franzen narrador solvente y desinhibido. Ese tipo capaz de perpetrar párrafos memorables cuando uno menos se lo espera. Podría transcribir decenas de párrafos brillantes de Pureza aquí. Pero luego dicen que me alargo demasiado en según qué reseñas.

Así que nadie se extrañe de que haya cometido el peor de los crímenes: dejar la valoración en blanco, para permitir que cada uno de quienes lean estas líneas considere qué es lo más justo, de acuerdo con lo que les expongo aquí, y teniendo en cuenta que Franzen es un  autor colosal, importante y ante el cual es muy difícil mostrarse indiferente. Y porque me parecería tan mal que, por una simple palabra, quienes sigan a Franzen con pasión dejen de leer Pureza, tanto como que quienes sientan escepticismo hacia el autor descarten, otra vez, de entrada, su lectura, o como que quien corra a gastarse dinero este libro se quede bloqueado a las cincuenta páginas. Porque todas esas opciones son posibles. Esos riesgos están presentes.

Veamos si nos aclaramos.

Para empezar, solamente cinco años tras Libertad parecen pocos, incluso con el tentempié de sus libros de artículos, podría antojarse que Pureza sea una novela un poco precipitada, una especie de proyecto no tan madurado como los anteriores. También porque, autor ambicioso y de alcance como es, solamente el pretexto de un nuevo acontecimiento global podría justificar un avance sobre sus promedios. Y eso no parece haber ocurrido: desde que Libertad se publicó solo una cosa, prácticamente, ha seguido sucediendo: crisis y más crisis.

Pero hay que dejarse de teorías y abrir el libro. Empezar por esa primera escena algo chocante, una especie de encuentro sexual frustrado de una manera poco natural. Decidir entonces seguir o no. Evitar pensar en el número restante de páginas, eludir comparar o recrear situaciones en novelas precedentes del mismo autor e igual entonces ser un poco más capaces de disfrutar. E ir encontrando por el camino a los personajes que son el estandarte del universo franzeniano y presentados a su estilo. Que incluye que los conozcamos en profundidad. Por su aspecto, por su pasado o sus expectativas, por aquello que muestran o lo que esconden.

Purity Tyler, cuyo nombre la avergüenza y  prefiere ser llamada Pip. Debe el dinero de sus estudios, ciento treinta mil dólares del ala, malvive en una especie de casa comunitaria, junto a gente a la que ha ido adaptándose. Su madre le ha ocultado toda su vida la identidad de su padre. Y otras muchas cosas. Para protegerla, ya se sabe.
Anabel Tyler, madre de Pip: que ha hecho todas esas cosas que he dicho. Y que fue una artista de esas raritas que hacen performances con su cuerpo.
Andreas Wolf: poderoso descubridor de secretos, inspirado en la figura de Julian Assange (aunque se le muestra como un competidor), antiguo habitante de la RDA y, por tanto, relativa víctima de los abusos de la Stasi. Curioso, el paralelismo establecido por Franzen: la Stasi usaba a toda una población como suministradora de información. Y hoy tenemos a Google.
Tom Aberand: periodista de investigación. De mucha investigación, un montón de investigación.
Annagret: una de las muchas jóvenes por las que Wolf se obsesiona. La que más. Y no son pocas.
Y unos cuantos más: hay lugar hasta para émulos del propio Franzen (Charles, un escritor al que, - giro houellebecquiano - tras quedar postrado en una silla de ruedas, su ex-mujer acude a masturbar esporádicamente, sin que su actual pareja, que es Tom, ponga reparo alguno) o de Kim Megauploader (un excéntrico pirado acosado por los paparazzi).

Franzen los va presentando en diversas situaciones y momentos vitales. Con su eficaz estilo de encajar piezas y definir personalidades. Purity, coherente, Aberand, directo, Wolf, atormentado.

La historia tarda en tomar cuerpo. Eso no es grave. A veces, parece virar hacia la sátira, pero conserva un tono trágico, no solemne, una especie de cinismo subterráneo. La novela no acaba de definir un claro tema central, un espinazo que la vertebre. ¡Pero si son 700 páginas! ¿Queremos un solo tema que tarde esa eternidad en desarrollarse?  Para los exigentes que pretenden que un libro se sostenga sobre un único y sólido eje, para aquellos que se aprovechan (los hay) para criticar retroactivamente hasta sus indiscutidas obras anteriores, esta novela tiene varias interpretaciones. El exceso de poder de los medios de información. La virtud de la coherencia. El difícil rol de la juventud actual. El peligro de los egos que concentran poder. Si vamos a ponernos en plan minimalista, podemos concluir que Pureza es una novela donde casi cada personaje parece huír de su pasado y algún otro recorre el camino inverso. También es una novela menos politizada que Libertad. El ataque a la dinámica del capitalismo voraz aquí es un ataque no tan frontal hacia el mesianismo de los gurús obsesionados en abrumar al mundo desvelando secretos que estaban mejor siendo eso, secretos. Pero esto es Franzen, y Franzen huye de la ligereza. Es incompatible con la ligereza. Franzen ha accedido a ese trono (para algunos ahora inmerecido) gracias a su ambición y al espectro descomunal que ha sido capaz de abarcar partiendo de la vida de sus personajes. De esa curiosa estrategia de ir hacia atrás en sus vidas, de hallar los detalles que condicionan su personalidad. De esa cuestión tan post-post-moderna de retratar países y sociedades enteras. Aquí ese abanico se ha ampliado. Porque a quien quiere retratar es, casi a la sociedad de Internet. Y esa es una sociedad global. Wow, Jonathan. Qué será lo siguiente.
Desde luego, aunque, insisto, contiene muchos párrafos notables y más de un personaje memorable, el consenso (trampas que hago: cualquiera es capaz de evitar leer todo lo vertido ya sobre este libro) parece indicar que ésta no es la mejor novela de Franzen. Puede que su defecto o su falta de virtud sea que Franzen pensaba que una novela de 400 páginas no hubiera sido tomada en serio por su público habitual, y no se contuvo a tiempo. Porque sobra algo, algún detalle perjudica el ritmo narrativo. Algún personaje reitera lo que otros aportan, alguna línea insiste en algo que ya se ha entendido. Pero esto se ha alargado ya demasiado, no voy a ponerme ahora a despanzurrar más la novela. De hecho, destripar Pureza, incluso sin leerlo, como alguno ha hecho (creedme, hay gente así y pretenden llamarse escritores), parece irse a convertir en el deporte favorito de la temporada. Solo por defraudar algo las expectativas generadas. O por obsesionarse por mostrar sus defectos y obviar sus virtudes. Pero alguno se ha pasado. Mucho. Hasta el punto de usar esas famosas cuatro palabras que tan adecuadas y precisas parecen para insertar en un Tweet.

"Irrelevant piece of shit" 

Y eso, francamente, tampoco.


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martes, 30 de noviembre de 2021

Tochoweek V #2 Jonathan Franzen: Encrucijadas

Idioma original: inglés
Título original: Crossroads
Traducción: Eugenia Vázquez Nacarino (edición en castellano) y Anna Llisterri Boix (edición en catalán)
Año de publicación: 2021
Valoración: recomendable

Una Tochoweek es la pesadilla de cualquier reseñista acostumbrado a extenderse en las reseñas. Pero este humilde lector no podía falta a la cita, y aquí estamos con el último libro publicado de uno de los grandes novelistas estadounidenses, uno de los autores que siempre constan en la lista de escritores de La Gran Novela Americana (ahí estarían Pynchon, también DeLillo y los ya fallecidos David Foster Wallace y Philip Roth, entre otros). Y es que ambición no le falta a Franzen (tampoco talento), pues este libro de aproximadamente setecientas páginas es el primero de una trilogía de nombre pomposo («A Key to All Mythologies», en referencia a Middlemarch) y que, partiendo de este libro situado en los años 70 le seguirán el segundo donde la acción tendrá lugar a finales de siglo XX para culminar la trilogía con el último volumen ambientado cerca de nuestros días. Pero vayamos a ello, que los temas que trata no son pocos.

Con esta ambiciosa novela, Jonathan Franzen arranca su tour de force sobre las mitologías entendiendo como tales las creencias irracionales con relación a la religión y las creencias personales. Franzen ubica a sus personajes en New Prospect, una pequeña comunidad del Medio Oeste donde Russ es el pastor. Así, la religión los envuelve a todos en su día a día y en sus principios morales, aunque de diferente manera y con diferente calado, pero es indudable que la religión y la ética en el comportamiento humano sobrevuela toda la narración y la engloba y la ciñe en su circunspección. Y el autor busca con ello la confrontación entre ideas y modos de vida descomponiendo su aproximación en los diferentes personajes que conforman la familia Hildebrandt, núcleo de la trama argumental de la novela: el padre, Russ, pastor de una iglesia protestante casado con Marion, pero que siente cierta atracción por Frances, una mujer recién enviudada de la congregación. También están los hijos: Clem, el hijo mayor que vuelve de la universidad, la popular Becky, capitana del equipo de animadoras y la niña de los ojos de su padre, Perry, el hijo postadolescente con gran intelecto pero también con tentaciones poco saludables y cierto aire nihilista y Judson, el pequeño y el gran olvidado. Y, por si personalidades tan dispares no fueran suficiente munición para la batalla ideológica y moral que plantea el autor, además añade a la «fiesta» un rival en la congregación de nombre Rick Ambrose y el ingreso a Encrucijadas (grupo dentro de la iglesia en el que acuden jóvenes) de Becky que coincidirá allí con su hermano Perry. Rick Ambrose con quien Russ choca de pleno, por un episodio pasado que marca su relación a pesar de que «las maneras de orientarse de cada uno se complementaban, las de Ambrose entraban más en el plano psicológico y de calle, las de Russ más en la política y con un sesgo más bíblico». Y claro, todo ello en vísperas de Navidad, en el 1971, en una época donde la moralidad y la ética debían medirse en un mundo poblado de drogas y una guerra del Vietnam que marcaba las vidas de toda una generación.

A partir de las diferencias entre las diferentes personalidades, aparecen las fricciones que dan peso al argumento de la novela, porque no es lo sucede o pasa, sino cómo sucede y cómo lo hace y encaja dentro de la manera de ser de cada uno. Porque Franzen se muestra cómodo en la incomodad de sus personajes, en sus crisis existenciales y personales que el autor va desgranando poco a poco. Así, el ingreso de Perry en el grupo Encrucijadas y su coincidencia con Becky da pie a un enfrentamiento dialéctico entre ambos en la que el autor encuentra perfectamente el tono, pues Perry y su visión nihilista y pesimista, alguien muy inteligente, que «podía ser igual o mejor que ellos. Nadie podría retener en los pulmones una calada más tiempo que él, nadie podía beber más sorbos de alcohol que él sin farfullar, nadie conocía más palabras en inglés»; Perry, con su visión crítica y cínica del mundo, que le lleva a cuestionarse si cuando alguien hace el bien en el fondo no lo hace por un acto de egoísmo pues al sentirse bien consigo mismo (o incluso buscando la vida eterna) obtiene un beneficio propio al hacerlo. Y ese espíritu crítico y directo choca de manera frontal con Becky, la líder, su atractiva hermana que todo el mundo conoce, pues «en New Prospect el nombre de Becky Hildebrandt era mágico en el sentido más estricto, mencionarla era la garantía de que la participación en una fiesta será máxima». Becky, que no soporta a su padre. Becky, que recela de su hermano y en el espacio de confianza y sinceridad que inunda el espíritu de Encrucijadas, un lugar donde se habla desde la sinceridad y el autoconocimiento, le espeta que utiliza a todo el mundo para sus necesidades, que los trata a todos con menosprecio, que «creo que no hay nadie que te conozca realmente. Creo que las personas que creen que te conocen se equivocan. Y tú sabes muy bien cómo utilizarlas». 

También está Clem, quien va a la universidad y sale con Sharon, que quiere ser escritora y tiene un hermano luchando en la guerra de Vietnam. Y echa de menos su casa, y especialmente a su hermana Becky con quien tiene una relación muy especial, porque «estar cerca de Becky no le molestaba nunca», porque como «Clem ya tenía a Becky, no se había esforzado mucho en hacer amigos en la escuela», porque Becky y Sharon competían por el mismo espacio en su corazón. Pero, a diferencia de Becky, Clem sí admira a su padre, por sus ideas y sus ideales, y «buscaba la aprobación de su padre, tanto por su ética de trabajo como por sus ideas políticas», pero a la vez compite con él por ella, pues a su padre «parecía que le diera rabia que Clem también fuera amigo especial de ella, que hubiera intentado separarlos y hubiera establecido una relación separada con cada uno de ellos» y siente cierta decepción por él «porque aprovechaba la buena educación de Becky para arrastrarla a pasea con él  los domingos, viendo como se separaba de su madre en las actividades de la iglesia y charlaba con las mujeres de otros hombres».

En la figura de Russ, Franzen explora y explota las contradicciones e inseguridades y abunda en el personaje adentrándose a través de sus miserias hasta explorar la condición humana más débil y temerosa. Así, en ciertos pasajes, en la manera de tratar a las mujeres y en la interpretación de las actitudes de ellas hacia su persona y su reacción ante ellas, uno recuerda de manera bastante clara a Hamsun por sus altibajos emocionales que yerran en cada una de las situaciones en las que están sometidos a tensión. Así, a medida que avanza el libro, vemos en Russ una actitud paranoide, hostil y que interpreta las situaciones desde la absoluta incomprensión de quien se ve cegado por el amor y la inseguridad en sí mismo. Justificación y rabia, amor y odio, deseo y hartazgo se funden en una misma relación, a menudo imaginaria, pero a todas luces real en su mente y que se resumen perfectamente al afirmar que «no fue hasta que ella se fue que conectó de nuevo con su deseo. De hecho, pensó, el encuentro difícilmente podría haber ido mejor. Fue una revelación la manera como respondía de forma positiva a su ira y negativa a sus súplicas. Había dado con la clave (…) pero no saber qué pensaba era una tortura». 

Todo avanza en un sentido y con cierto ritmo pausado, que va llenando el escenario de pequeñas pinceladas que van conformando el paisaje ideado por el autor hasta que llega Marion y su arrebatador pasado. Ahí algo implosiona y empieza a arrastrar al lector en una caída ininterrumpida hacia una espiral de decadencia moral. Porque claro, nos faltaba Marion con problemas de autoestima debido a un sobrepeso que intenta combatir y que va a terapia para sentirse mejor. Marion que tiene a una hermana llamada Shirley que fue la favorita de su padre, quien se suicidó tiempo atrás y creó en ella un vacío que llenó de rebeldía. Marion, un personaje completo que valdría ya por sí solo un libro entero, dedicado, exhaustivo, porque con Marion llega un retrato de la primera mitad del siglo XX perfectamente retratado entre vendedores de coches, ambiciones artísticas, deseo y aspiraciones, e infidelidades. Marion aporta a la novela desesperación, con un pasado de brotes psicóticos desencadenados tras su relación con un marido infiel pero cobarde, convirtiéndose en la esposa inocente y despechada, a la vez que una amante desesperada, llena de inseguridades y un eterno sentimiento de culpabilidad por todo lo que le sucede en la vida, exonerando a los demás por sus culpas (y pecados) y atribuyéndose a ella misma la causa (y merecimiento) de tales desventuras.

Franzen destaca en la construcción de los personajes, en cómo perfila sus caracteres y los contrapone y los confronta en inteligentes, agudos y mordaces diálogos que demuestran que el autor es bueno justamente en eso: en crear un escenario a partir de ellos, y no al revés. Son los personajes los que ocupan el primer plano y la historia se teje a partir de ellos; y, para que funcione, deben estar bien definidos, con luces y sombras, con defectos y aristas. Y esos choques suceden en múltiples capas, porque no solo se producen entre los diferentes personajes, Perry con Becky, Perry con Russ (pues ve a su padre con Frances y se da cuenta que «ha pillado al viejo en delito flagrante» justamente con la madre de su amigo Larry).

Estructuralmente el libro de divide en grandes capítulos cada uno de los cuales se centra en uno de los miembros de la familia. Así, el autor facilita la empatía del lector hacia sus personajes, pues se adentra en ellos y permite trasladar la visión y personalidad de cada uno de ellos en contraposición con el resto y hay que reconocer que Franzen es muy bueno en la creación de personajes, les otorga una personalidad compleja, con claroscuros e imperfecciones. En Franzen no hay buenos o malos, todos ellos tienen sus puntos fuertes y débiles, sus logros y fracasos y, a pesar de la singularidad y diferencia entre ellos, sí tienen algo en común: no hay malicia en sus acciones o, al menos, no de manera pretendida. Así, las Encrucijadas son aquellos momentos vitales en los que hay que tomar decisiones críticas, se encuentran no únicamente en los caminos que separan los territorios emocionales entre los personajes sino también dentro de uno mismo, donde cada acción, cada pensamiento, cada decisión, es sometida a un proceso interno en el que escoger un camino u otro no es tarea fácil y sí a veces definitiva. Franzen retrata las imperfecciones y contradicciones del ser humano y busca en los roces que generan las múltiples situaciones cotidianas para afilar las aristas que sobresalen y que hieren y lastiman a los demás, y a uno mismo. A través de sus personajes, Franzen toca diferentes temas como el suicidio, la ambición, las inseguridades, las dudas, las infidelidades, la decadencia, la decepción, el deseo… nos habla de drogas, de la religión y la ética y la moral y trata también sobre la culpa y la culpabilidad, sobre los sentimientos que albergamos y que, en ocasiones, hacen que nos creamos responsables y merecedores de lo que nos sucede, para bien o para mal.

Y, en esta extensa novela, Franzen retrata los personajes hasta límites que, en algunos casos, van mucho más allá de lo que la historia requiere. Así, cada uno de ellos podría, de manera individual, ser el protagonista absoluto de la novela. Esto crea un aura de novela completa, de novela perfecta, pero en parte se echa a perder por el exceso. Una novela de setecientas páginas que debe leerse con ritmo pausado para no perder detalle y que sitúa al lector ante un tour de force que en ocasiones le causa la duda de si vale la pena. Y claro, la vale porque Franzen escribe muy bien, pero uno se cuestiona si no hubiera sido mejor pegar algún tijeretazo y hacer una novela más compacta, más centrada, menos amplia y ambiciosa. Es posible que Franzen sea uno de los ultimas grandes novelistas americanos y da la sensación de que pretende demostrarlo en cada uno de sus libros.

Lamentablemente las últimas doscientas páginas del libro no están a la altura del resto, engrandecidas y desdibujadas en una excursión a territorio navajo donde se muestran los excesos de Franzen en ambición de alcance y en desmadre y descontrol. Ahí la novela se diluye entre recuerdos del pasado de Russ y drogas consumidas que en ocasiones parece propio de una novela como Transpotting. Es por ello por lo que la valoración no puede ser más positiva, aunque sí recomendable, pues el libro tiene muchos elementos de interés y el retrato que realiza Franzen de una familia desestructurada y la perfecta caracterización de sus miembros y la incidencia de la religión en todos ellos, merecen por si mismos una lectura que deberá ser, como el propio tamaño apunta, intensa y profunda y que abre boca para una segunda parte de la trilogía que auguro será prometedora e interesante.

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sábado, 4 de octubre de 2014

Jonathan Franzen: Zona Fría

Idioma original: inglés
Título original: The Discomfort Zone
Año de publicación: 2008
Traducción: Jaime Zulaika
Valoración: recomendable para completistas

Desesperante que, de mis cinco escritores favoritos, los dos que continúen vivos sean tan poco prolíficos. Obligando a ese ejercicio de expectación rellenado con relecturas y completismo. Con Franzen, por ejemplo, adaptado al ritmo de publicación de sus novelas, faltan como unos cinco años para que podamos echarnos al gaznate la que siga a Libertad. Demasiado tiempo. Conscientes de que su hábitat natural es la creación de esas intrincadas marañas de relaciones familiares que van allá en el tiempo e incluyen evolución ideológica, progresión en el peso social, divorcios y relaciones éticamente reprobables, esperamos eso por el tiempo que haga falta.
Pero nos tiramos encima de cualquier cosa que lleve su firma.
No sé, creo que no, si es el propio Franzen el niño de la portada. Sé que el subtítulo "Una historia personal" ya define el contenido y sé que seguramente echaré otra vez de menos ese plus de genialidad. Pero me tiro encima.
Franzen en el proceso de venta de la casa que fue de sus padres. Despreocupado del aspecto económico y del aspecto administrativo. Coqueteando con atractivas vendedoras y tomando decisiones catastróficas con el periscopio de su bragueta. Ay. Escritor pero varón en sus 40, escritor pero débil ante la tentación de la carne. Luego habla de su convivencia una vez alcanzada cierta madurez, evoca sus tiempos de boy-scout, su fría relación paterna, su desastroso matrimonio. Pero seamos sinceros: la vida del escritor no es la de Hemingway, Orwell o Limónov. Es un escritor norteamericano de clase media, adorado por la crítica y que de vez en cuando escribe artículos y da conferencias.
Y Franzen lo cuenta exactamente con el mismo estilo eficaz y atractivo de sus novelas. Un estilo que siempre nos va a parecer que es, casi, coloquial: como si estuviera ante ti hablando, pero editando silencios, toses y muletillas. Un estilo, por cierto, que debe ser impostado: o es un vago de los que va al editor con algo que ha escrito en el último mes antes de expirar un plazo, o se pasa la mayoría de los años entre novela y novela escribiendo apenas unas decenas de líneas al día. Pero un estilo que encuentra su verdadero encaje cuando Franzen teje sus historias de ficción. Su estilo como ensayista mejora mucho posteriormente en, por ejemplo, Mas afuera, pero en esta Zona fría el lector, y sabed que hasta yo considero estar perpetrando un sacrilegio, se halla ante una narración que no acaba de situar todos sus poderosos ganchos, que adolece demasiado en intentar suscitar interés de hechos personales que forman parte, casi, de lo cotidiano. Y no es un intento patético, sino natural, pero eso mismo aleja estos relatos de ser especialmente memorables. De hecho, quien se acercara a Franzen por estas lecturas no se vería demasiado empujado a probar con sus novelas; y eso sí sería realmente una gran pérdida.

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jueves, 23 de agosto de 2012

Jonathan Franzen : Cómo estar solo

Idioma original : Inglés
Título original : How to be alone
Año de publicación: 2003
Valoración: está bien
Valoración si ya eres fan de Franzen: recomendable

Conoceréis a Franzen, supongo. Si no, deberiáis. Las correcciones y Libertad son dos magníficas obras, ambiciosas, panorámicas, retratos de las épocas en que se publicaron respectivamente. Casi conatos de novela global, a las que se le queda pequeño eso tan ampuloso de Gran Novela Americana. Pasa con Franzen que no es nada prolífico: esas dos últimas novelas han tenido un intervalo de ese que desespera al staff de cualquier gran editorial: como una década entre una y otra. Y las dos anteriores, que algún día leeré, no debieron llevarle mucho menos tiempo de preparación. Lógico, entonces, que Franzen publique algunos de sus ensayos, de sus, digamos, obras menores, por una parte, para tranquilizar a sus editores, por otra, para mantener cierta presencia en un mundo de lectores poco dado a perdonar las largas ausencias. Ese, para mí, es el motivo de más peso por el que se han publicado tanto Zona fría y Zona templada, ensayos autobiográficos, como este Cómo estar solo, primera de sus recopilaciones de no-ficción,  y única sin ese tono autoreferente.
Sin que esto constituya una crítica encarnizada: la calidad de su escritura está presente aquí: pero permitidme dudar si esta recopilación de artículos anteriores y posteriores a la publicación de Las correcciones hubiese sido publicada de no mediar el enorme éxito de esa novela. Porque a Franzen le ocurre con sus ensayos lo que le pasa a mi adorado Kapuscinski cuando abandona la crónica y se pone algo filosófico: abandona su hábitat natural. Así que nadie puede exigir encontrar aquí la suntuosa imaginación con que, en sus novelas, nos regala andanzas familiares, intercalando circunstancias históricas y filosofía vital con el cómodo disfraz de los personajes. Ésta es una recopilación algo dispersa (ampara artículos y ensayos anteriores y posteriores a su eclosión como autor de gran éxito) tanto en su temática como en el tiempo. Nos encontramos al autor novel y algo bohemio de 1996 y a la estrella mediática en ciernes del 2002. Habla, en dos extensos artículos, del futuro de la narrativa. Ahí, siendo interesante, creo que excede en erudición. Habla de circunstancias personales: un magnífico relato inicial sobre la muerte de su padre; evitando magistralmente sensiblería y azúcar. Habla del colapso del servicio postal en Chicago: más periodístico. Otros ensayos hablan de publicaciones de contenido sexual, de ciudades, y de la industria del tabaco. Todos interesantes, todos plagados de su prosa sumamente eficaz. Pero, sin el respaldo de su obra de ficción, permitidme que dude si con la suficiente entidad para sustentarse por sí solo. Ahora bien, comprensible, tirándose esos años entre novela y novela, como estrategia editorial o para completistas. A ver cuántos libros así vemos entre Libertad y la siguiente.

También de Jonathan Franzen en ULAD: Aquí

jueves, 11 de abril de 2013

Jonathan Franzen: Más afuera

Idioma original: inglés
Título original: Farther Away
Año de publicación: 2012
Traducción: Isabel Ferrer
Valoración: muy recomendable

Vaya: pues va a resultar que, como en el chiste del burro, la insistencia (o el tesón) le va a dar frutos a Franzen. O sea, que empieza a elevar sus ensayos a niveles cercanos al de sus ficciones. No sé el recurso que ha empleado, pero los ensayos de Más Afuera se benefician de un tono íntimo, más confesional y más desinhibido que sus libros anteriores, que siempre me dejaron algo defraudado (siempre, repito, en relación a la enorme expectativa que me generan sus portentosas novelas), y ello eleva el nivel, lo sitúa en un punto álgido respecto a sus colecciones anteriores, alguna ya comentada en Unlibroaldía, a las que un servidor les había recriminado cierta cohibición. 
Claro que a mí me resulta difícil resistirme a sus escritos cuando entra en escena su mención a su relación de amistad con David Foster Wallace, Debo reconocer que ese es un punto en el que es fácil doblegar mi escepticismo, pero es que Franzen vadea ese río con particular maestría, eludiendo sensiblería y mostrando ante el suicidio de su amigo la franqueza de la perplejidad, un adecuado equilibrio entre dolor por la pérdida y la capacidad de cabeza fría ante la situación, con lo que ese artículo, el que da título al libro y es su núcleo, ya es suficiente por sí solo, por su incalculable valor de testimonio.
Pero hay más: en los ensayos y artículos contenidos en Más Afuera encontraremos a Franzen hablando entusiasta de libros que le han gustado o influido (hay libros a los que dedica como diez páginas), siendo un montañista solitario en medio de una isla, exhibiendo militancia a favor de los animales, (en diversos países que empiezan todos por Chi: China, Chipre, Chile), pronunciando discursos, o hablando de sus respectivos matrimonios con las mujeres y con la ficción literaria. Todo a un nivel de escritura envidiable. Variado por su contenido pero cohesionado por esa especie de strip-tease, un despojarse de la última pieza al que no había alcanzado en sus recopilaciones de ensayos anteriores.
Insisto: no sé lo que ha obrado el cambio, pues algunos de estos artículos coinciden en sus fechas con los que me dejaron algo frío en Cómo estar solo, pero, quizás por el criterio de selección, da la impresión aquí de que Franzen toma conciencia de que él puede ser también un personaje como los que pueblan sus magníficas novelas. Tan lejos del divismo como de la falsa modestia, su insuperable calidad de escritura  (y, hasta cierto punto, de convicción) consigue lo que hasta ahora parecía un terreno exclusivo de sus ficciones: generar un espíritu incierto y aventurero, ponerse el chaleco periodístico y hablar de ornitología (como uno de los protagonistas de Libertad) o de un libro de los años 70, resultando a la vez didáctico y fascinante. Y atraer al oyente a los temas más variopintos a través de su seducción literaria y, por fin, convencernos de que, al igual que en ficción, su nivel en ensayo lo convierte en un escritor por delante de, prácticamente, todos los demás.

También de Jonathan Franzen en ULAD: Aquí

jueves, 22 de noviembre de 2018

Ben Marcus (& Rubén Martín Giráldez): Por qué la literatura experimental amenaza con destruir la edición, a Jonathan Franzen y la vida tal y como la conocemos (con unos pinitos en pedantería)

:Titulo original: Why experimental fiction threatens to destroy publishing, Jonathan Franzen, and life as we know it
Idioma original: Inglés / Español
Traducción: Rubén Martín Giráldez
Año de publicación: 2002/2005/2018
Valoración: Recomendable

Aclaración necesaria para entender el batiburrillo del título, idioma, año de publicación, etc: este libro se compone de tres textos, dos de ellos escritos por el escritor y profesor de literatura en la Univerdidad de Columbia Ben Marcus y uno escrito por el escritor Rubén Martín Giraldez. El primero de ellos, y que da título al libro, es un artículo publicado en el año 2005 en Harper´s Magazine en respuesta a un artículo de Jonathan Franzen acerca de William Gaddis y de la por el bautizada como "literatura difícil". El segundo, escrito por Martín Giráldez, es una breve "historiografía pedante" sobre el tema de la "literatura difícil". El tercero, "He escrito un libro malo", es una breve palinodia publicada en 2002 por Marcus a raíz de la aparición de su novela "Notable American Women".

Dicho todo esto, es el primero de los textos de Marcus el que me parece más interesante y polémico. Que conste, antes de nada, que este artículo no constituye una defensa a ultranza de las vanguardias literarias, pero sí es la encendida defensa de una literatura que va más allá del mero entretenimiento. Su origen se sitúa en un artículo del célebre Jonathan Franzen, autor de "Pureza", "Libertad" o "Las correcciones", en el que acusa a los llamados autores experimentales (Gaddis, Gass, Joyce o autores noveles de cuyo nombre no me acuerdo) de castigar con una dificultad innecesaria a los lectores (lo cual también tiene su gracia viniendo de un autor que en tiempos de 140 caracteres te suelta tochos de 700 páginas) y su principal valor, más allá de los argumentos utilizados por Marcus para rebatir las afirmaciones de Franzen - Johnny: eres un puto gilipollas! (y esto lo digo yo) -, que podríamos resumir en que "algunos nos sentimos aliviados cuando leemos esta clase de escritos porque queda así demostrado que siempre hay más que pensar y que sentir (...) siempre hay intensidades que ni sabíamos que existían", reside en volver a poner sobre la mesa cuestiones como ¿leemos con el cerebro o con el corazón?, ¿qué queremos leer cuando leemos?, ¿qué leemos cuando leemos?, ¿podemos ser mejores lectores?, ¿la literatura ha de ser un mero entretenimiento o una expresión artística?, ¿cual es el fin de la literatura?, ¿existen la "alta" y la "baja" literatura?, etc. 

Además de mostrar su conformidad con lo expuesto por Marcus en su artículo, lo que en su texto nos viene a recordar Martín Giráldez es que este debate es tan antiguo como la propia literatura. Ya desde los tiempos de Horacio y el ars versus ingenium asistimos a esta clase de pendencias: el fondo contra la forma, el estilo, lo nuevo contra lo viejo, la muerte de la novela...En España también hemos tenido lo nuestro: Góngora contra Quevedo (nuestro Alien contra Predator literario), Benet contra Isaac Montero (¿Freddy contra Jason?), Cela y sus diatribas, Sánchez Ferlosio, el amigo JaviMari, etc. Lo que ocurre es que en España estas querellas son mucho más "sangrientas", barriobajeras, con descalificaciones personales incluidas (vaya, que lo de "Sálvame Deluxe" igual no es tan nuevo) y, por qué no decirlo, divertidas. El principal problema del texto de Martín Giráldez es, para mí, que le falta cierta fluidez, tanto por estar demasiado recargado de citas como por ser más un ejercicio de estilo que otra cosa. Vaya, que creo que la broma se le acaba yendo un poco de las manos.

De todas formas, se trata de un libro curioso y atrevido en estos tiempos de cierta uniformidad editorial y lectora que destaca, sobre todo, por poner de nuevo en primer plano debates que solemos obviar en nuestro día a día lector. Ah, y con una edición de lo más currada por parte de los amigos de Jekyll & Jill, como viene siendo habitual.

También de Martín Giráldez en ULAD: Magistral

Algunos libros del puto Jonathan Franzen AQUÍ

lunes, 6 de febrero de 2012

Colaboración: Libertad de Jonathan Franzen

Idioma original: inglés
Título original: Freedom
Año de publicación: 2010
Valoración: Muy recomendable

En los EE.UU. Libertad supuso el evento literario de la segunda mitad del 2010 y parte del 2011, y aquí se ha convertido en una de las novedades más importantes de este otoño. Jonathan Franzen, quién ya se hizo con el National Book Award por su novela The Corrections, vuelve a utilizar la historia de una familia de clase media – en este caso la familia Berglund – como parábola del tiempo y los acontecimientos políticos de la nación. Existen elementos exteriores por los que se ha convertido en un acontecimiento literario, por ejemplo, que Barack Obama haya confesado ser un admirador o las recientes declaraciones del autor respecto a la utilidad y el perjuicio (agárrense) que causan a la sociedad los e-books.

Respecto al primer dato, no es de extrañar la opinión de Barack Obama: la novela lo legitima a él política, social y culturalmente. Es más, Libertad puede considerarse como “el relato” de los años de la administración George W. Bush, desde la óptica demócrata, claro está. De ahí, una de las razones para el título: el concepto neoliberal de ‘libertad’, la libertad del usuario. Ya que la economía – la implosión de la desregulación – y la política, sobre todo la política exterior, de los EE.UU. son los leitmotiv de la obra.

Tan importantes son que incluso una segunda interpretación del título está muy ligada a la primera. Y ahí es donde Franzen habla de cómo la libertad del usuario en el plano sentimental produce consecuencias desastrosas. Corren en paralelo la decadencia de la familia Berglund y la degradación moral de la nación, tal vez en una crítica velada hacia la madurez política de la clase media durante el periodo comprendido entre los años 2000 y 2008. Fenómeno que se refleja asimismo en el cataclismo familiar por medio de infidelidades, tensiones y falta de comunicación.

El empaque de la obra, su progresión, su modo de narrar, las descripciones de la naturaleza y la complejidad de sus personajes son el producto de un autor excelente. Destaca la profundidad del personaje de Patty Berglund – que a través de su diario hace participes a los lectores de sus altibajos personales – y la complejidad del abogado ecologista y antihéroe Walter Berglund y de su hijo, el neocon, Joey. Pero volviendo a la narración, pese a ser la de un escritor de peso, la propuesta estética queda un tanto deslucida al imponerse la tercera persona omnisciente y una diégesis que no permite otros artificios más allá del diario mencionado con anterioridad. Y ahí radica el problema de esta obra, ya que para tratarse de la disección de un periodo histórico, su estilo es demasiado tradicional. En un contexto donde abundan las vanguardias estéticas que intentan explorar el espacio más allá de la postmodernidad, Jonathan Franzen ha escrito una novela del siglo XX sobre el siglo XXI. No desentonan, por tanto, sus declaraciones acerca del soporte digital y la literatura.

La conclusión es que Libertad es una de las novelas más importantes de la actualidad literaria. Se trata de una revisión política muy certera y ejecutada con precisión. Aunque esto no oculta que sea un tanto partidista ni adolezca de una falta de innovación en el plano estético – imprescindible, a mi entender, para dejar huella en el tiempo. Su longitud tampoco está totalmente justificada, aunque se suple con la brillantez de su prosa.

También de Jonathan Franzen en ULAD: Aquí

Firmado: Paulo Kortazar

domingo, 31 de mayo de 2020

Nathan Hill: El Nix


Idioma original: inglés
Título original: The Nix
Año de publicación: 2018
Traducción: Carles Andreu
Valoración: recomendable

En otras circunstancias, una novela como esta, casi 700 páginas incluyendo 3 páginas de agradecimientos del autor, hubiera sido obvio pasto de TochoWeek, pero las premuras y ciertos deméritos aconsejan ya no relegarla, que es una palabra algo fea, más bien no destacarla en exceso. Y eso que la novela viene precedida por alguna opinión entusiasta que las solapas se encargan de recordarnos. Porque esto es una primera novela de un autor joven, no parece que tenga más de treinta y cinco, y menudo volumen para una opera prima, (aunque venga precedida de la consabida ristra de relatos publicados en diversos medios) con su ambicioso planteamiento y un intento (algo forzado) de alcance universal.

Perdonad un momento: hay unas voces en mi cabeza que susurran algo que no entiendo.

Continuo: El Nix debe su título a una especie de duende o criatura imaginaria o algo así que forma parte del imaginario noruego. Imagino que se trata de una alegoría que no acabo de ver clara, porque la situación esporádica de ciertas escenas en Noruega de la novela es breve y meramente referencial, quizás con cierta influencia en aspectos de la historia, pero en cualquier caso no puede considerarse el nudo principal en absoluto.
De una novela, por cierto, primera coartada para una extensión algo excesiva, que no tiene un solo escenario e incluso diría que hasta cierto punto podríamos definir como "coral", urdida, digamos a base de cambios de protagonista, flash-backs de décadas, cambios de ubicación y, por supuesto, intención manifiesta de que las piezas encajen, que una cosa es afrontar una novela de debut con ambición y otra jugártela a que el critiquillo de turno te despedace por intentar subvertir las reglas de la narrativa a la primera de turno. No es sencillo, y en este sentido la novela está trabajada y resuelta con los lógicos flecos de poca importancia, todo ello en un ejercicio de estilo que, sin ser demasiado original resulta efectivo. La novela se lee sin respiro a partir de la página 150, cuando las tramas empiezan a desarrollarse hacia lugares que empiezan a suscitar cierta curiosidad acerca de cómo va a resolverse todo eso.

Anda: las voces otra vez. Repiten una palabra, empieza por F, creo.

Samuel Anderson es profesor en la universidad y escritor en bloqueo permanente: recibió hace mucho tiempo un desproporcionado anticipo de una editorial por una novela que no avanza. Todo ello a consecuencia de la publicación de un relato que le puso en el punto de mira de las editoriales obsesionadas por encontrar The Next Big Thing. Su existencia dista de ser la de un escritor entregado a su obra. Vegeta por la universidad intentando que sus alumnos asimilen a los clásicos y superen la materia, intenta mantener la cabeza alta en medio del desinterés general, y tiene un excusable vicio oculto: se pasa la vida jugando (bajo pseudónimo) a un juego online donde hay elfos y orcos y esas cosas.
Su rutina es alterada. Mientras una alumna empieza a ponerse pesada porque él ha descubierto que le ha presentado un trabajo copiado sobre Hamlet, su agente empieza a amenazar con demandarle para recuperar el anticipo si no entrega su novela, y su madre, que le abandonó en su tierna infancia, reaparece en su vida de la forma más extraña. Ha protagonizado un incidente de poca importancia con un político conservador que los medios y un juez bastante agresivo se han encargado de magnificar. Sugerido por su agente literario y a la búsqueda de descerrojar el bloqueo, Anderson decide indagar en el pasado de su madre y usar lo que obtenga como materia prima para su obra.
Y esa es la premisa que permite ir hacia adelante y atrás, ir incorporando capítulos dedicados a situaciones y personajes que configuran esa trama que, por momentos se cierne hacia la clásica novela con giros y la narrativa moderna que pretende ser inclusiva. Pasaremos fugazmente por la Noruega de la ocupación nazi, pero también asistiremos, con Allen Ginsberg de invitado, a las protestas en los últimos años 60 contra la guerra de Vietnam, varias décadas más tarde al fenómeno #OccupyWallStreet, todo ello siguiendo las andanzas de Faye, madre de Samuel y pretexto, en su tortuoso pasado, para el recorrido de la novela por los diversos escenarios y épocas.

Vaya: las voces. ¡Pensaba que decían Francesc! pero decían Franzen, Franzen, Franzen.

Pues eso. Es lógico que un escritor de cierto prestigio cuente con seguidores que asimilen su estilo y empleen sus estructuras. Si gente como Dan Brown o Stig Larsson han tenido imitadores, por qué no Franzen. No digo que Nathan Hill pretenda servirnos un sucedáneo. Pero  la influencia es muy clara, no solo en el empleo de esas líneas que se ramifican y escarban en el pasado, en ese pasado oscuro que todo ser humano parece acarrear. También la pura proyección ideológica del autor, mostrándose crítico de forma interpuesta con las derivas totalitarias, el abuso de poder, el capitalismo a ultranza, la represión sexual, nos evoca a Franzen o incluso a Don De Lillo (el de Submundo o Ruido de fondo). No pasa nada: no solo unos pocos autores tienen la licencia de usar sus obras para destripar el terrón de la realidad americana, ergo casi la realidad global de todo Occidente. Pero a la hora de juzgar un libro, una novela de 700 páginas, el matiz podrá aportarse, pienso. Porque a veces no hay nada como los originales.

lunes, 1 de julio de 2013

Joël Dicker: La verdad sobre el caso Harry Quebert

Idioma original: francés
Título original: La Vérité sur l'Affaire Harry Quebert
Año de publicación: 2012
Valoración: decepcionante, o no. Depende.
Traducción: Juan Carlos Durán Romero

Nos la quieren meter doblada otra vez. Esto es así. Pero es primero de julio y lunes y lo mejor será tomárselo todo con humor.

Hay un montón de cosas por comentar y necesito un orden... Empecemos por la faja, que la tengo a mano:
El mayor fenómeno editorial de los últimos años: un joven suizo de 27 años con un thriller monumental, número 1 en ventas en Francia.
Premio Goncourt des Lycéens, Gran Premio de Novela de la Academia Francesa y Premio Lire a la mejor novela en lengua francesa. 
Uno está empezando a perder la fé en los franceses, a quienes tenía en alta estima ya ni me acuerdo de por qué. Leo por ahí que esta novela quedó finalista del premio Goncourt y que no ganó por un voto. Un voto de nada. Casi como perder en penaltis. Yo entiendo que no todos los años son igual de buenos, como pasa con el vino, que no siempre hay obras geniales a las que premiar, pero si nos suena que el Goncourt es o era un premio prestigioso y miramos en wikipedia comprobamos que, entre los ganadores, hay gente como Houellebecq, Maalouf o Duras (y antes, Malraux, Proust...). La conclusión de esto es que a los franceses, sea como fuere, se les ha ido la olla: por un voto.

Y ahora, dos citas escogidas de la contra y la solapa:
Recuerda a Philip Roth, Jonathan Franzen o Woody Allen.
Descrita como un cruce entre Larsson, Nabokov y Philip Roth.
A esto me refería con mi frase inicial: meter doblada. Ese concepto. Fue por culpa de estas campanas sobre Nabokov y Roth y Franzen (lo de Woody Allen supongo que tiene que ver con las llamadas telefónicas de la madre, pero ya llegaremos a eso) que me venció la curiosidad y leí el libro, a pesar de sus casi 700 páginas y de que andaba metido en otras lecturas. Pero joder: ¡Nabokov! ¡27 años! ¡Goncourt! ¡Liberté! ¡Fraternité! ¡Zidane!

A estas alturas os estaréis preguntando de qué va el libro. Os entiendo. Pero antes quisiera mencionar sólo por encima una cuestión que me ronda la cabeza en los últimos meses sobre los libros cuyos protagonistas o personajes principales son escritores. Qué. Está. Pasando. Los hay buenos, malos y regulares, claro, no voy a entrar en generalizaciones cualitativas, pero de un tiempo a esta parte, no sé si ha sido suerte u otra cosa que tendría que hacerme mirar en el médico, a mi alrededor brotan textos así como champiñones. A saber, por encima: Moo Pak, Twist, Magma, Siberia, El joven Nathaniel Hathorne, X, La vida interior de las plantas de interior, Mr. Gwyn... Hay más, pero no es el momento. Repito: qué está pasando. Volvamos al libro: ¿de qué iba?

Pues de un ¡joven escritor de gran éxito! que tratará de esclarecer el crimen presuntamente cometido más de treinta años atrás por un ¡viejo escritor de gran éxito! que es, por cierto, su mentor y amigo. Esto es un no parar, reconozcamoslo. El tema es que, al poco de empezar la novela, desentierran los huesos de una niña de 15 años (¡adolescente escritora de gran- nooo, es broma, es broma) desaparecida 33 años atrás y con quien el famoso mentor tuvo una relación cuando él contaba 34. Bastante sórdido, eso de ella tuviera quince, por mucho amor que diga haber sentido el personaje hacia la niña. A lo largo de la novela, en cualquier caso, el protagonista (Marcus Goldman, joven escritor de éxito, etc.) ejercerá de detective con la intención de averiguar "la verdad sobre el caso Harry Quebert" y, con suerte, liberar de la cárcel a su viejo amigo, a quien considera inocente del crimen, escribir un libro sobre el proceso, etc.

Esto es: un thriller en toda regla. Niña asesinada, hombre en prisión, investigador civil, dudas, secretos, mentiras,confesiones, personajes de última hora.
Añadimos a esto: numerosas reflexiones sobre el acto de escribir, sobre el sentido de la escritura, sobre el negocio de la escritura, sobre la página en blanco. Y un libro misterioso. Y metaliteratura.
Vamos con Roth y Nabokov (supongo):
Salpimentamos con: la historia de amor entre el viejo escritor (Harry Quebert, que no lo había dicho) y la niña de 15 años.
Por último: como a los dos escritores les gusta el boxeo, se pegarán algunos sopapos en plan deportivo y hablarán también de eso de atizar, buscándole simetrías con eso de escribir.

No me extenderé, lo diré escuetamente, estoy seguro de que otros lectores hablarán de ello: contar una historia de amor entre un tío de 34 y una niña de 15 NO BASTA para relacionar un libro con Nabokov. Asimismo, incluir reflexiones sobre el boxeo NO BASTA para relacionar un libro con Roth. Establecer esa relación es reírse de los lectores. Es engañar. Es querer metérsela doblada a quien busca una determinada lectura. Es tener unos cojonazos de aúpa. Y, en último extremo, es culpa nuestra seguir haciendo caso de todas las barbaridades que se dicen de un libro. Lo de Franzen (ver cita, más arriba) ya me lo explicarán. Alguien. En alguna parte. Sobrio.

Por supuesto, esta flipada de los editores no tiene que ver con el autor ni con el texto en sí; en una entrevista reciente, Joël Dicker confiesa que su única intención era escribir un buen libro y ya está. Vale, ok: bien por él.

El libro tiene cosas buenas: entretiene, se lee fácil, busca sorprender. Eso tiene de bueno. Lo que pasa es que a las tres cosas se les pueden poner peros:

Entretiene: porque ninguna reflexión puesta en boca de los personajes es profunda o convincente, ni siquiera las referidas a la literatura. Todo es ligero, superficial, tópico. Hueco. Entretiene como un reality de investigación criminal (que ya están tardando. Hasta les doy un título: Mastercrime).
Se lee fácil: y tanto. Aproximadamente el 80% del texto son diálogos, o diálogos indirectos. Pim, pam, pum. Ningún interés en labrar la palabra (ay, Nabokov), toda la maquinaria puesta al servicio de la trama. Prosa simple, eficiente, invisible. Hay capítulos en los que el protagonista habla con más gente que yo en una semana. Un infierno, en verdad os digo.
Busca sorprender: 700 páginas dan para muchos giros, y ciertamente algunos están bien. El problema viene cuando a falta de unas 150 páginas para el final el autor quiere rizar el rizo, y girar, y volver a girar y, desde mi punto de vista, se cae. Un mareo, un absurdo. Y claro: en las últimas 50 páginas tiene una liada pero tan grande que se pasa 40 tratando de poner orden, explicar, re-explicar, aparentar normalidad, recortar los numerosos flecos... y a pesar de ello deja una sensación de la cosa no está bien, de que flaquea. El problema de los fuegos artificiales es que, cuando terminan, sólo queda humo.

En cuanto a la relación entre hombre y niña, tema capital del libro (es un decir: no hay un tema en el libro), me gustaría apuntar una cosa: la ninfa en cuestión (Nola) es, por si no teníamos suficiente con las neuras del protagonista, un personaje abofeteable de puro cándido. En serio. No tiene ningún puto sentido que un tío más o menos adulto se interese por una cría que sólo habla (no miento) con ¡exclamaciones! y cuyas frases más habituales son "¡te quiero!", "¡es muy bonito!", "¡me gusta mucho!", "¡tienes que escribir, mi amor!" y otras por el estilo. No pasa de ese encefalograma plano, a pesar de lo que de ella se diga hacia la mitad del libro: creedme. Por eso un lector más o menos suspicaz pensará que: a) el viejales tiene algún tipo de tara mental (no se menciona en el texto) o, más probablemente, b) la niña está superdesarrollada y, además, buenísima (se sugiere, pero tampoco se menciona). La trama habría sido más honesta y verosímil si, simplemente, el autor hubiera puesto negro sobre blanco que la muchacha era algo espectacular. Pero no: que si sus gráciles movimientos, que si su luminosa energía, que si su alegría de viVAMOS, HOMBRE.

Ya termino, perdón. La conclusión vendría a ser que es una lectura poco exigente, apropiada para el verano, puro best seller con aroma ("recuerdos", dicen los chefs modernos) a eso de escribir novelas, Dan Brown sin Dante, Larsson sin Lisbeth Salander, Stephen King sin el payaso de It, prácticamente un guion cinematográfico con algo de sexo, con algunas escenas moñas y otras violentas, con personajes capaces de decir, sin vergüenza, "senos generosos" (¡senos generosos! ¡no me jodas! ¿cómo de generosos? ¿cuánto de generosos?) y, en fin, qué puedo añadir, ya os hacéis una idea. A mí me ha decepcionado profundamente, pero estoy seguro de que mucha gente disfrutará del libro como de un filete, se venderá a lo grande y ayudará a cuadrar las cuentas de los libreros, que falta nos hace. Lo mejor de la novela, por cerrar con una sonrisa, son las conversaciones del protagonista con su madre: puro absurdo, excepcionales para animar el ambiente entre dramas y muertos, cachondísimas. Lástima que sean tres.

viernes, 23 de noviembre de 2012

John Fante: Llenos de vida

Idioma original: inglés
Título original: Full of life
Año de publicación: 1952
Valoración: Muy recomendable

Reconozco que tengo debilidad por John Fante, uno de los escritores que mejor consigue crear personajes perdedores pero simpáticos, desagradables pero entrañables al mismo tiempo; también, uno de los pioneros en el campo de la auto-ficción, un filón que han explotado (con éxito) muchos otros escritores estadounidenses, desde Bukowsky a Paul Auster, pasando or Henry Miller o Philip Roth. Porque los protagonistas de Fante son siempre variantes del mismo tipo: un escritor italiamericano infantil y pusilánime, que lucha por abrirse camino en el mundo de la literatura o el cine en Los Ángeles. A veces (en su teatralogía más famosa) este personaje se llamará Arturo Bandini; en Llenos de vida se llama directamente John Fante, aunque su vida no es exactamente la vida del John Fante real.

El título, Llenos de vida, es en sí mismo un chiste, puesto que es una referencia al embarazo de la mujer del protagonista, Joyce: un embarazo que a veces será motivo de alegría, y casi siempre de incomodidad o preocupación para el protagonista. A este matrimonio algo disfuncional se une el padre del protagonista y narrador, que aplicará toda su destreza en reparar la casa del matrimonio, toda su superstición en conseguir que su nieto sea varón, y toda su mala leche en amargar la vida de su hijo.

Las historias de John Fante suelen ser, si se piensa bien, bastante tristes (esta menos, porque el protagonista vive en una situación mucho más desahogada que los de otras novelas, y el tema, la paternidad inminente, no es que sea precisamente trágico); pero siempre abunda en ellas una ligereza y una fluidez que las hacen entretenidas y casi alegres. Da igual que se hable de la descomposición de una familia, del alcoholismo o las drogas, de la lucha por la supervivencia en un mundo hostil: siempre se hace en tono de broma y con una respuesta ácida preparada debajo de la lengua.

Fante no es, desde luego, un maestro del estilo: emplea esa técnica, también muy americana, de decir lo que quiere decir con frases cortas, un lenguaje directo, pocos rodeos, pocos adjetivos. De otra forma, probablemente, habría perdido parte de su naturalidad, de su frescura.

Probablemente hablar de Fante como de un "clásico estadounidense", sobre todo después de una reseña de Franzen, sea demasiado; pero desde luego que es un autor recomendable, y hasta muy recomendable, para casi cualquier tipo de lector. Que alguien se atreva a decir eso de Franzen, o de DeLillo. O de Pynchon.

También de John Fante: Pregúntale al polvoEl vino de la juventud

jueves, 25 de diciembre de 2014

ULAD: Nuestros libros del 2014

Un año más, aquí va la lista (las listas, mejor dicho) con las mejores y también las peores lecturas del año. Que no de los libros publicados este año, sino de los que nosotros hemos leído este año...

Santi:
Francesc Bon
  • Mi libro del año: El jilguero, de Donna Tartt, porque sus aciertos superan a sus errores.
  • Los outsiders: pocos, y discutidos, así que no juego esta ronda.
  • La gran decepción: que nadie se erige como alternativa a los grandes ausentes (por fallecidos o por poco activos). Esperando que algún autor cuaje y se haga un lugar entre los grandes, otro año.
  • Una esperanza para el año que viene: Que Javier Calvo empiece a tomarse a sí mismo en serio, que deje de traducir un ratito y se decida. Ya.
  • Una apuesta: tampoco tendremos novela de Houellebecq en 2015.¿O sí? De Franzen ya ni planteárselo.
  • Convendría irse fijando en: los movimientos de una Anagrama post-Herralde.
Jopelines, Francesc, sólo has nombrado un libro: pon tres más, aunque sea.
Va, juego la ronda de outsiders.
  • Mejor ensayo: Aquellos años del Boom, de Xavi Ayén
  • Fiasco: ¿Qué, pero qué narices pretendías con La espada de cincuenta años, Danielewski?
  • Prometo repetir: dos Eduardos, Halfon y Jordá. 
  • Un propósito para 2015: zamparme lo que vaya saliendo de la famosa hexalogía de Karl Ove Knausgard. 
  • Empieza a poner a prueba mi paciencia: La insistencia del mundo editorial (en conjunto) en recuperar la figura de DFW. Igual si lo hubieran hecho en vida. Igual.
  • And the Nobel goes to: Jonathan Franzen
Juan G. B.:
  • Mejor novela histórica: Manituana de Wu Ming
  • Mejor novela histórica-pero-que-no-se-puede-considerar-como-tal: El plantador de tabaco de John Barth
  • Mejor novela negra: La mirada del observador, de Marc Behn
  • Mejor biografía-que-no-es-sólo-tal: Arthur & George de Julian Barnes.
  • Mejor ensayo político, ensayo filosófico y realismo garbancero: La sociedad del espectáculo de Guy Debord.
  • Mayor decepción (hasta cierto punto): Los lanzallamas de Rachel Kushner.
  • Mejor sorpresa (hasta cierto punto, también): Claire de Witt y la ciudad de los muertos de Sara Gran.
Pedro:
  • Mejor libro publicado: El libro del desasosiego, de Pessoa. Es una reedición. Ganaría todos los años, me temo.
  • Mejor debut (o casi) de un autor español: El cielo de Lima, de Juan Gómez Bárcena.
  • Mejor thriller: Vestido de novia, de Pierre Lemaitre.
  • Mayor decepción: Canciones de amor a quemarropa de Nickolas Butler ex aequo con La espada de los cincuenta años de Danielewski.
  • Sorpresón en positivo: Los últimos, de Juan Carlos Márquez.
  • Mejor novela leída: Barba empapada de sangre, de Daniel Galera. Gracias a quien me la recomendó.

Montuenga:

¿Cuáles son vuestras listas de los mejores (y los peores) libros del año? Podéis dejarlas en  los comentarios, en Facebook o en Twitter.

martes, 17 de diciembre de 2013

Un libro al día: Nuestros libros del año

Un año más (o sea, por segundo año, porque solo lo hicimos el año pasado), aquí va nuestra selección con lo mejor y lo peor del año, en cuanto a nuestras lecturas. Como se verá en las listas, no se trata necesariamente de obras publicadas en 2013, sino leídas en 2013; y como se verá también, cada colaborador ha escogido las categorías que le ha apetecido, que para algo el garito es nuestro...

Como siempre, os invitamos a que comentéis nuestras listas, o a que nos mandéis las vuestras, en los comentarios del blog, o a través de Twitter y Facebook.

Francesc Bon


Mejor libro de 2013: Así es cómo la pierdes, de Junot Díaz, casi ex aequo con Esquirlas, de Ismet Prcic
Decepción más absoluta: que La Sociedad Juliette de Sasha Grey no tuviera nada aprovechable
Leeré en 2014: La broma infinita, de David Foster Wallace
Releeré en 2014: Thomas Pynchon
Ojalá hubiera leído antes: a Kurt Vonnegut
Un autor a seguir: Mohsin Hamid

Montuenga


Mejor libro de autor revelación 2013: Intemperie de Jesús Carrasco
Mejor ensayo español 2013: Todo lo que era sólido de Antonio Muñoz Molina
Mejor ensayo extranjero leído: Sonríe o muere. La trampa del pensamiento positivo de Barbara Ehrenreich
Mejor novela histórica leída: El hombre que amaba a los perros de Leonardo Padura
Me decepcionó: El proyecto Lázaro de Aleksandar Hemon
Me ha encantado: Henderson, el rey de la lluvia de Saul Bellow

Santi


Mejor lectura de 2013: José Saramago: El año de la muerte de Ricardo Reis
Mejor relectura de 2013: Nieve, de Ohram Pamuk 
Un clásico contemporáneo: El almuerzo desnudo de William S. Burroughs
Y un clásico contemporáneo en español: Las virtudes del pájaro solitario de Juan Goytisolo
Autor descubierto este año: Ramon Saizarbitoria
Lectura más divertida del año: La boca pobre de Flann O'Brien

Uxue


Mejor libro del año 2013: difícil elección. Me decanto entre:
  • Cuatro por cuatro de Sara Mesa. Narrativa, poética, engancha y acabas racionando la lectura para que el libro no se acabe.
  • El niño que robó el caballo de Atila de Iván Repila, obra que podría recomendar porque conozcoalautoryesoestrampa, pero que recomiendo realmente por tratarse una de las mejores novelas breves que haya leído hasta el momento.
  • Geografías de Niebla de Valerie Mejer. Un poemario que debería estar en boca de todos, pero que, incomprensiblemente, no se reedita en España. Valerie Mejer es LA POETA. Pronto, una reseña. 
Mejor libro-álbum: Yo quiero mi gorro de Jon Klassen. 
Decepción más absoluta: Dónde estás Bernadette de María Semple. Novela cursi e ingenua donde las haya. Sigo sin explicarme cómo Jonathan Franzen ha podido recomendarla. Muy mal, Johnny, muy mal, el público confiaba en ti...
Novela cutre que quiere vender un rollo burlesco-intelectualoide para hipsters que se dejan impresionar por nada:  Saliendo de la Estación de Atocha de Ben Lerner. Avalada por Paul Auster. ¿Qué os pasa, Johnny y Paul? Y no me vengáis con la respuesta fácil de paragustosestánloscolores.
Me ha encantado y está recibiendo muy buenas críticas: Por si se va la luz, de Lara Moreno.
Un buen libro de poesía (y vuelvo a la modalidad loestoyrecomendandoporqueesunabuenaamiga y porque si Franzen y Auster pueden yo también, pero, en mi caso, con un buen criterio): Artikoa/Ártica de Izaskun Gracia.
Releeré en 2014: Del crear y lo creado, poesía completa de Hugo Mujica.
Terminaré en 2014: Miniaturas de tiempos venideros. Amplia antología de poesía rumana editada por Vaso Roto. 
Libro en la mesilla de noche: Hordas de escritura seguido de Secesión de la poeta Chus Pato.   
Mejor labor editorial 2013: Destacan, ya sea por su diseño, como por su buen criterio de selección:
  1. En poesía: Vaso Roto Ediciones, La Garúa, Amargord y Kriller 71.
  2. En narrativa: Lumen, Automática, Sexto Piso y Libros del Silencio (desgraciadamente, desaparecida).
  3. En libro infantil ilustrado: Editorial Milrazones.
  4. En novela gráfica: Sins Entido.

 

 Pedro


Mejor lectura de 2013: Donde dejé mi alma, de Jerôme Ferrari (reseña pendiente).
Peor lectura de 2013: Brújulas que buscan sonA QUIÉN LE IMPORTA, de Albert Espinosa (leído para realizar una comprobación empírica a partir de la reseña uladiana).
No pude terminar (algo no necesariamente negativo): Karnaval, de Juan Francisco Ferré (no habrá reseña, al menos por mi parte)
Mejor libro reseñado en ULAD: El año de la muerte de Ricardo Reis, de José Saramago.

Mr Grecco


Mejor clásico que (al fin) ha caído en 2013: Madame Bovary, de Gustave Flaubert
El Horror, El Horror: Cada día, cada hora, de Natasa Dragnic
Al fin he terminado (y ha merecido la pena): Trilogía Memorias de un antisemita, de Gregor von Rezzori
Una agradable sorpresa: La intrusa, de Éric Faye
Opinión de algunos libros reseñados por otros: Intemperie, de Jesús Carrasco (digno debut); Ciudad abierta, de Teju Cole (diferente, especial); El pan a secas, de Mohamed Chukri (léanlo, por Dios).
Gamberro/a del año: Socrates Adams por Todo va bien.


Izas


Mejor libro de 2013: no sé, hay muchos, decantarme por uno solo es imposible.
Leeré en 2014: a Danielewski, Cartarescu, O'Brien, Munro, Fitzek, Mitchell, Moreno, Sarrionandia, King, Pavic, Juárez y otros muchos más que esperan, recopilados en varios montones, que les llegue el turno
Releeré en 2014: nada, hay demasiado por descubrir
Una agradable sorpresa: Jean Malaquais por Los javaneses
Un autor a seguir: Stéphane Chaumet