lunes, 14 de julio de 2014

Alex Grijelmo: La información del silencio. Cómo se miente contando hechos verdaderos

Idioma original: español
Fecha de publicación: 2012
Valoración: Está bien (sobre todo como manual de consulta)









Probablemente, lo único malo que tiene este ensayo es que procede de una tesis doctoral, presentada el mismo año de su publicación y resumida para editarse comercialmente. Todo lo demás reconozco que es irreprochable. Empezando por la formulación de una realidad comunicativa que todos intuimos pero, a la hora de la verdad, dejamos que pase desapercibida sin prestarle la atención suficiente. Sin olvidar sus propósitos didáctico y ético, la organización del contenido, claridad de la prosa, elección e idoneidad de los ejemplos, autoridad y abundancia de citas y hasta oportunidad en su fecha de aparición.

¿Qué ocurre entonces? Pues que, quizá, su autor no ha dejado pasar el tiempo suficiente entre una y otra redacción y el influjo de la primera constituye un lastre para la segunda, que pretende ser concienzuda y completa y nace ya machacona y redundante. Se diría que Grijelmo ha querido predicar con el ejemplo evitando ese silencio del que habla para no dar lugar al sobreentendido ni a la ambigüedad y ser todo lo meticuloso posible, pero en mi opinión se ha excedido con creces.

A pesar de todo, lo he leído de principio a fin –con la esperanza de que empezase pronto con las cuestiones prácticas y dejase de abrumarme con los mismos contenidos una y otra vez– y no pienso olvidar ninguna de sus virtudes que, desde luego, son muchas.

En primer lugar, el punto de partida. Esa formulación que mencionaba antes consiste en que distingamos entre el contenido literal de un mensaje y el significado que percibe el receptor, pues muchas veces no se corresponden, bien por manipulación consciente, bien por incompetencia. Porque entre lo que se dice se oculta lo que se sobreentiende, o lo que manifiestamente se calla, amén de otras manipulaciones bastante evidentes.

Hablaba de oportunidad porque en esta época de demagogias diversas, es muy conveniente advertir a público, periodistas e, incluso, jueces, de que la mentira no está solo en el qué sino en el cómo. Y esto es así, como muy acertadamente se explica en la obra, porque el cerebro del destinatario no es libre para elegir lo que descifra, ya que, automáticamente, recibe el mensaje envuelto, con la mayor habilidad, en silencios Es cierto que el cerebro cuenta con filtros eficientes, pero estos solo se ponen en marcha cuando existe un motivo para desconfiar de quien habla o escribe, y habitualmente lo que se establece es un pacto implícito de confianza comunicativa que nos deja bastante indefensos.

Sin embargo, insisto, que para llegar a estas conclusiones no hace falta elaborar tipologías del silencio que resultan irrelevantes para la cuestión que nos ocupa, ni agotar todas sus implicaciones desde un punto de vista filosófico. Enseguida queda meridianamente claro que el silencio, total o parcial, significa algo siempre y también de qué forma lo hace en cada caso. Además, se nos invita a recordar que el mensaje completo se compone de lo que se dice más lo que se calla. Y este será el punto de partida que servirá para entrar en materia.

Para hallar los ejemplos más explícitos de este silencio significativo solo hay que echar una ojeada a los titulares de los periódicos. En cada uno de ellos, y según el matiz que aportan ciertos elementos implícitos hábilmente dosificados, las noticias adquieren sentidos muy alejados entre sí. Esto es así porque, según Sánchez García citado en esta obra:

“La manipulación informativa no consiste en difundir informaciones que contengan falsedades, sino en dar a entender lo que no es.”

Esta técnica contiene el valor añadido de no comprometer a nadie –al menos mientras siga vigente en España la actual legislación–, puesto que aquello que cualquiera puede percibir claramente no aparece de forma explícita. Unas veces será el contexto lo que añadirá ese sentido adicional, otras el ambiente, o bien el orden en que se presentan las palabras, o, simplemente, una frase vecina que la mente del lector percibe como la causa o consecuencia de la noticia, tal como desea su redactor aunque el nexo causal que corresponde no se encuentre en el texto. Estos procedimientos, que han alcanzado su máxima expresión en los regímenes totalitarios, se utilizan en cualquier rincón del planeta, incluidos los estados más reconocidamente democráticos. Nos conviene pues estar prevenidos y alerta, sobre todo porque –como demuestran los numerosos ejemplos de sentencias absolutorias aportados en las últimas páginas– no es fácil demostrar ante los tribunales la culpabilidad del redactor.