miércoles, 23 de julio de 2014

Toti Martínez de Lezea: La flor de la argoma

Idioma original: castellano
Año de publicación: 2008
Valoración: está bien

La vitoriana Toti Martínez de Lezea ha cultivado con especial dedicación la narrativa histórica, con un buen puñado de novelas ambientadas en el País Vasco en diversos momentos de su Historia. En esta ocasión, la trama se desarrolla durante la tercera guerra carlista, en un barrio de la villa guipuzcoana de Oñati, y gira en torno a la rivalidad entre los dos hermanos Urrondo (en realidad, los hermanos son cuatro, pero los dos pequeños son poco más que comparsas o elementos para hacer avanzar la narración), que se quedan huérfanos a temprana edad y se hacen cargo del caserío familiar, aunque, conforme a la tradición foral vasca, el heredero y propietario es solamente el mayor, Bittor, mientras que el segundo, Eladio, acaba reclutado y haciendo carrera en el ejército liberal (después llamado "alfonsino"). Como contrapunto a esta dualidad de los personajes masculinos, también hay otra pareja femenina, las hermanas (solo de padre) Iturralde, una de las cuales, además, también es huérfana y es tutelada por un abogado de la Villa. 

Tanto huérfano, amén de niños robados, avaricia campesina y amores imposibles (y algo retorcidos, pues se realizan por persona interpuesta), remiten al ambiente de ciertas novelas decimonónicas, casi a un "dickensianismo a la vasca". Aunque, por supuesto, hay otra novela que se viene a la mente, de manera inevitable, pues comparte con ésta época y ambientación. me refiero a la maravillosa Zalacaín el aventurero, donde aparece un arquetipo de un joven aventurero y carismático difícilmente superable. Pienso que doña Toti, consciente de ello, no ha tratado de superar al Martín Zalacaín de Baroja y con inteligencia ha asumido parte de sus características para modelar a los hermanos Urrondo, desdoblando al personaje barojiano: el individualista feroz y huraño que es Bittor (que también recuerda al viejo Tellagorri), y el más sociable y extrovertido, pero no menos individualista, Eladio. Tal vez ésta sea también una manera de reflejar la, según dicen algunos, dualidad del "alma vasca" (sea ésta lo que sea): una idiosincrasia más apegada al terruño, junto a otra que ansía las aventuras y el trotamundeo; una mirada puesta en la montaña, mientras otra se vuelve hacia la mar... (hay otro guiño, quizás casual, que recuerda también a la novela de Baroja: cada vez que Bittor necesita alejarse de su barrio de Araotz, se refugia junto a un pastor en las conocidas campas de Urbia... y Urbia era el nombre del  imaginario pueblo de origen de Zalacaín).

Por otro lado, el desdoblamiento de los protagonistas, tanto masculinos como femeninos, le permite a la autora explorar, aunque sea más de forma sugerida que explícita, sobre la multiplicidad de destinos de sus personajes: por ejemplo, es el puro azar el que puede llevar a una joven a llevar la vida rural de una casera o la urbana y más distinguida, de una señorita de la Villa.

En cuanto a la ambientación histórica, parece perfectamente lograda y documentada, y, sobre todo, se agradece la falta de maniqueísmo: ni todos los vascos son presentados como carlistas, ni a éstos sólo como una suerte de "proto-nacionalistas", defensores de la identidad autóctona vasca frente a los foráneos liberales. Quienes, a su vez, tampoco aparecen como los modernizadores y liberadores de la sociedad que ellos pretendían ser, sino, sobre todo,  como los propiciadores del cambio de una oligarquía por otra.

En suma, un drama histórico-rural bien escrito, que puede agradar especialmente a los lectores que gusten de culebrones familiares y pasiones incandescentes, con su dosis de sexo y todo (pero también muchos curas por medio, que, después de todo, hablamos del País Vasco en el XIX). También a los aficionados a la novela de ambientación histórica bien narrada y resuelta.

Por cierto, la argoma (o tojo), para quien no la conozca, es un arbusto espinoso que se utilizaba en los caseríos vascos para elaborar la cama del ganado y como forraje. Y que, entre sus pinchos, da unas pequeñas flores amarillas, muy bonitas... Una buena metáfora del amor, supongo. Y también de muchas otras cosas.



También de Toti Martínez de Lezea en Un Libro Al Día: El señor de la guerra.