miércoles, 9 de septiembre de 2015

Colaboración: La calle de la judería de Toti Martínez de Lezea

Idioma original: español
Año de publicación: 2005
Valoración: Se deja leer

Ahora empiezo a entender el fenómeno de los best sellers y las legiones de lectores que se ‘enganchan’, ‘no lo pueden dejar’ y lo han leído ‘de una sentada’. El secreto es hacerlo lo más sencillo posible, narraciones desprovistas de artificio literario, un argumento que mantenga más o menos cierta tensión, y lectura que entra con la facilidad de un gin-tonic tras una cena veraniega.

Al lector no se le exige más esfuerzo que el de pasar las páginas, no ha lugar a detenerse en la belleza de una descripción, la profundidad de un personaje, no hay juegos de punto de vista, cambios del ritmo narrativo, una estructura especialmente estudiada, o un lenguaje determinado que nos quiera indicar nada. Sólo hay que sumergirse en la historia y dejarse llevar. Tampoco debe ser sencillo escribir un libro –normalmente, son además bastante voluminosos- ajustándose a toda esta sencillez, cualquiera no tiene esa capacidad, pero si se consigue, el éxito está cerca.

La calle de la judería se ajusta más o menos a estos parámetros. Toti nos cuenta una historia de judíos y conversos en Vitoria a finales del siglo XV, miembros de una misma familia a lo largo de varias generaciones, algunos de los cuales se mantienen en su fe tradicional, mientras otros abrazan el cristianismo mayoritario, con las consecuencias que pueden suponerse.

Como decía, un relato irregular que, no carente de cierto interés, se sitúa –creo que voluntariamente- al margen de pretensiones literarias. Desprovisto de adornos, con un estilo plano, sin figuras retóricas y narrativamente convencional, la historia se desarrolla en los parámetros de las viejas sagas familiares. La capacidad expositiva y el ritmo son más o menos correctos, y el argumento consigue captar moderadamente la atención, sin excesivos baches.

De todas formas, si nos ponemos puntillosos también podríamos airearle algunas tachas formales. Por ejemplo, la un tanto mareante proliferación (y confusión) de nombres de los distintos personajes, que parece no casar del todo con la simplicidad que domina el texto. O la existencia de giros y expresiones excesivamente coloquiales (y modernos), que chirrían en algunas páginas.

Por tanto, nada que objetar si lo que se busca es llenar horas muertas. Aunque para tener entre manos algo de más enjundia, habrá que esperar a otra cosa.




Firmado: Carlos Andia

1 comentario:

Anónimo dijo...
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