domingo, 13 de septiembre de 2015

William Gaddis: Los reconocimientos


Idioma original: inglés
Título original: The Recognitions
Año de publicación: 1955
Traducción: Juan Antonio Santos Rodríguez
Valoración: Muy recomendable

El auge de lo falso, favorecido por la relatividad de valores y precios, caracteriza en cierto modo al mundo moderno y posmoderno, pero es preciso poseer la erudición y la perspectiva de Gaddis para sintetizar primero y particularizar después los rasgos que identifican un momento histórico.
El plagio parece haber descendido a todos los ámbitos de la cultura favorecido por un pacto de silencio. Todos son cómplices, hermanados por el temor a ser descubiertos. La relatividad de valor y precio se refleja aquí en todos los aspectos posibles. Poetas que roban sin proponérselo, dramaturgos y cuentistas que escarban en las obras de más prosapia y las fusilan alegremente, reliquias prefabricadas de santos, pretendidas momias egipcias elaboradas con restos del cementerio local y hasta la mismísima Cleopatra reconstruida con los restos de un soldado árabe, pintores de éxito que venden lo pintado por otros, pintores novatos que usan como base lo que el marido de su amante desecha, obras de la escuela flamenca descubiertas al poco de ser pintadas en un taller clandestino, libros con portada artesana y todas las páginas en blanco publicados por nadie, falsificación de fichas de poker o de series enteras de billetes. Hasta las personalidades pueden ser ficticias aquí, como ese falso Hemingway que aparece de vez en cuando. Y el mundo de la crítica, que se presenta como un copia y pega en forma de juicios todoterreno y alusiones con pátina de autoridad. Hay un tono de guasa, muy discreta, más bien irónica, necesitada de lectores cómplices, que atraviesa todo el texto. El título Los reconocimientos alude al examen que reciben las obras antiguas tardíamente descubiertas y pone en tela de juicio un axioma generalmente aceptado: la combinación de expertos con técnicas modernas producen opiniones infalibles. La pregunta implícita es si existe el falsificador perfecto, aquel que no se conforma con reproducir lo obvio, que estudia a fondo materiales, procedimientos y hasta el espíritu de cada artista.
Quede claro que lo que Gaddis desaprueba del mundillo artístico no se reduce a las falsificaciones. Ataca la banalidad, la falta de rigor, menciona, incluso, la posibilidad de una producción novelística en cadena  –una idea bastante premonitoria–  y resume su opinión con estas palabras: “El arte (art) actual se escribe con f (de fart). Usted lo sabe. Todo el mundo lo sabe”. 
El autor lo considera un indicio más, pero muy claro, de un siglo decadente que camina hacia la autodestrucción. La esencia de la actual alarma por el futuro del planeta se condensa en un significativo párrafo a través de expresiones como “el humo circulaba por lóbulos de acero protegido por cavidades pleurales de granito”, “esparcirse en el vómito de mugre” o “pavesas, cenizas y arena, alquitrán, hollín y ácido sulfúrico… se posaban cada día sobre aquel barrio”.
No obstante, y como demuestra en su propia obra, el proceso creador en sí mismo inspira al novelista el mayor de los respetos. Lo metaliterario aflora constantemente, a veces incluso en forma de panfleto o manifiesto de las inquietudes literarias del autor filtradas por la mente de sus personajes. Encontramos también descripciones muy detalladas de la forma de trabajar de un genio de la pintura, o una carta de la poeta y talentosa náufraga que es Esme, y que constituye un delirante pero agudo tratado sobre la creación pictórica, o aproximaciones a su propia inspiración. Y lo que vemos cada vez es un rapto creador apasionado, evasión de la realidad, una mente confusa, incluso alucinada, pero concentrada y firme en sus decisiones.
Esta novela claramente coral –pese al vigor del personaje que conduce la acción a lo largo de unos cuantos capítulos–, con personalidades antológicas, como Gwyon, Recktall Brown, Otto, Esme, Valentine, Wyatt, el señor Pivner, entre otros, y un muestrario bastante exhaustivo de tics y tópicos sociales de entonces y de ahora, no olvida que toda época se fundamenta en las anteriores. De ahí que la cultura occidental, con sus raíces grecolatinas y cristianas filtradas por el Medievo, impregne sus páginas, dejando un regusto rancio a cosa arcaica y pasada de fecha. 
También ayuda a crear tal sensación la reiterada presencia del elemento religioso, que encontramos a lo largo de toda la novela; casi podríamos decir que a modo de catálogo: encontramos aquí desde las formas idólatras, mitraísmo incluido, a las que tiende el panteísmo del reverendo Gwyon, al rigor de la predestinación protestante -otro "reconocimiento", divino en este caso- o los rituales del catolicismo más enfermizo... incluso el aparente rechazo de la religión, aderezado por todo tipo de blasfemias, entre las que se revuelca el personaje de Anselm. Aunque cabe preguntarse hasta qué punto el religioso es un tema fundamental para Gaddis o supone su propia falsificación irónica, un atrezzo que utiliza para que sirva de fondo y espejo al tema que realmente le interesa, el de la creación artística.
Al final de los años cuarenta –aunque tardaría en publicarse más de un lustro– un Gaddis de solo 27 años, alumbró esta obra prodigiosa que, lejos de perder vigencia y a pesar de su dificultad evidente, encaja a la perfección con el canon posmoderno. Porque está elaborada a base de retazos (de caracteres, escenas, vidas, conversaciones…), enfoca gran cantidad de aspectos y presenta un conjunto de fragmentos que componen un todo inconcluso. También porque, situándose entre el absurdo y la banalidad más absoluta y combinando procedimientos de manera muy personal, recrea una atmósfera altamente inquietante. A ello contribuye, sin duda, el exigente y desasosegante estilo de Gaddis, que obliga al lector a prestar toda su atención: abarrocado, conceptista incluso, en los párrafos descriptivos o que expresan el pensamiento de los personajes; en contraste, la extrema agilidad de sus diálogos (fabulosamente escritas las varias fiestas que suceden en la novela, por ejemplo), pero que exigen no menos atención para ser seguidos. Por suerte, acude a menudo en nuestra ayuda un sentido del humor que, aunque trágico o grotesco en ocasiones (el descacharrante episodio de la armadura o el robo de la pierna en el hospital, sin ir más lejos), hace más llevadera la lectura de la novela.
No podemos dejar de mencionar la presencia  de España en esta novela, el lugar donde se desarrollan varios de sus momentos más memorables. Según Gaddis, España era "un país para atravesar huyendo"... aunque claro, hay que situar esta frase en el contexto de la narración. Pero aún así, la semblanza que hace de este país no es demasiado halagüeño: pobreza, primitivismo y superstición, hasta componer un retrato casi digno del esperpento valleinclanesco. Cierto que estamos hablando de la España de los años cuarenta, en plena posguerra, pero cabe preguntarse cuánto de aquel país descrito por Gaddis ha desaparecido y cuanto pervive aún hoy en día, en pleno siglo XXI. Mejor no contestar.

Nota final: Hemos valorado esta novela como "Muy recomendable" (aunque en las etiquetas está también la de "Imprescindible") no por su falta de calidad o importancia literaria, sino tan sólo porque consideramos que quizá no es una novela idónea para todo tipo de público. Pero sin duda a más de uno de sus lectores sí que les parecerá un libro imprescindible... ninguna objección, a ese respecto.


                                                                    Firmado: Montuenga y Juan G. B.





Otros libros de William Gaddis reseñados en Un Libro Al Día: Gótico carpinteroÁgape se paga

7 comentarios:

Anónimo dijo...

No me lo puedo creer, ¿ningún comentario a este novelón? Pues me estreno dándoos la enhorabuena por el post, por su correcto análisis y por las valoraciones, tanto la de "Muy interesante" como la nota bene del final, puesto que para más de uno, esta novela es simplemente imprescindible. Por cierto, dentro de nada creo que saldrá a al venta la traducción de "A frolic of his own", que nos dará que hablar lo mismo que éste y J.R.

Un saludo y gracias!

Juan G. B. dijo...

Hola, amigo anónimo:
Pues sí, eres el primero... quiero pensar que es porque nuestros lectores están en completo acuerdo con la reseña. Gracias por tu comentario y la información que aportas; por lo que a mí respecta, concretamente, descansaré una temporada del sr. Gaddis, pero pienso repetir, desde luego.
Un saludo afectuoso.

Alf dijo...

Mil, qué digo, millones de disculpas. Salí corriendo a comprar el libro (una fortuna, siendo el único ejemplar que encontré en Buenos Aires, en una Argentina que, ¡ay!, hasta ayer se parecía a Venezuela camino a Cuba). Pero no pude terminarlo. Llegué hasta la cuarta, quinta? o sexta? fiesta, es decir hasta la página 1230, pero luego de dejar pasar días y días de lectura, dije basta! Justamente fueron los diálogos inconclusos, (algunos incoherentes, mezclados con algún niño o con policías que pasan por ahí y que, ¡por Dios! no tienen nada que hacer ¿para que sumar tanta gente en un libro de más de 1400 páginas?),las caminatas interminables, el interminable brazo enyesado de uno de los protagonistas, las frases sin sentido, los puntos suspensivos... todo eso me agotó y me obligó a dejar el libro.

Juro que lo intenté, pero no pude... Y no se me culpe de no aguantar tragos fuertes, como Proust, por ejemplo. Pero esto fue diferente. La primera parte del libro es atrapante y también la vuelta del protagonista a la casa paterna, pero todo lo demás....No pude..., juro que no pude...no pude.... no pude.... (QUizás en algún tiempo intente de nuevo, pero ahora no puedo...no puedo...no puedo...)

Juan G.B dijo...

Hola, Alf:
Te confesaré que si alguna vez he tenido ganas de arrojar un libro por la ventana, ha sido precisamente con éste. Y si no lo hice, fue sobre todo por el convencimiento de que, en caso de acertarle a alguien que pasara por debajo, sin duda le abriría la cabeza con semejante "tocho" (eso y que el ejemplar pertenecía a la biblioteca pública, claro). Eso sí, al menos esta novela noe causó una persistente jaqueca, como me ocurrió co "Gótico carpontero. Y en el caso del que hablamos, la desesperación me duró las primeras 200 ó 300 páginas... una vez pillado el tranquillo, como se dice en España, la cosa fue mucho más ligera.
Dicho esto, hay que admitir que leer a Gaddis, incluso sin acabarlo (y además estás en todo tu derecho de no hacerlo, faltaría más) es una experiencia que marca la vida lectora de cualquiera y, aunque sólo sea por eso, merece la pena.
Un saludo y gracias por el comentario. ¡Y ànimo!

Juan G.B dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Nicolás dijo...

Alf, la Argentina que ayer se parecía a Cuba o Venezuela hoy se vuelve a parecer a Argentina, pero la de 1976.

Anónimo dijo...

A quien le interese lo tengo en pdf.

Saludos.