martes, 18 de septiembre de 2018

Jesmyn Ward: La canción de los vivos y los muertos

Idioma original: inglés
Título original: Sing, unburied, sing
Traducción: Francisco González López (edición en castellano), Josefina Caball (edición en catalán)
Año de publicación: 2017
Valoración: muy recomendable

«No hay felicidad aquí», dice Jojo, el pequeño protagonista de trece años en medio del libro. Y tiene toda la razón. Ni hay felicidad en el mundo de Jojo, ni la hay en esta gran obra literaria, ganadora del National Book Award en 2017. Pero de eso se trata cuando se trata de hacer un retrato de una parte de la sociedad americana que vive en los márgenes, con la tragedia que acecha para irrumpir a la mínima oportunidad.

Así, son necesarias unas pocas páginas para ser consciente del dominio de la narración por parte de la autora, pues, más allá de utilizar un estilo cuidadoso en la elección de las palabras, es hábil y eficaz al elegir la estructura, repartiendo la narración entre diferentes personajes: Jojo, Leonie y Richie. La narración corre a cargo de ellos, siempre realizada en primera persona, y la autora es hábil al dotarlos de una riqueza en matices que les otorga una personalidad propia y marcada que los hace inconfundibles.

Directa al grano, Ward nos sitúa rápidamente en contexto y nos encontramos, de golpe, con una realidad asfixiante: una familia desestructurada y muy pobre, con problemas de diversa índole que arrastra de su pasado y que persisten en su presente, viviendo como buenamente puede en una casa de campo donde crían animales que servirán de alimento a sus hambrientas bocas. Y ya de entrada conocemos a Jojo, y la manera en la que la autora lo introduce en la historia es brillante: nos pone en la piel de ese niño de trece años, y empatizamos perfectamente con él, percibiendo su profundo respeto hacia su abuelo, la desconfianza hacia su madre, ausente en muchas ocasiones y totalmente despreocupada de ejercer como tal, con una figura paterna que está en la cárcel y una hermana pequeña de quien debe hacerse cargo, un tío fallecido de manera trágica; y los abuelos, esas figuras que actúan siempre como referente cuando todo lo demás se tambalea, pilares de un hogar que se sostiene a duras penas.

Una vez definido claramente el contexto, a Jesmyn Ward le bastan pocas páginas para establecer cuáles son las raíces de la familia y de la propia historia. Sabemos lo que hay y de donde partimos, pues con unas breves pinceladas sobre el pasado de los personajes empezamos a ver que, aunque lo que nos cuenta no es poco, hay mucho más, y la autora prefiere suministrárnoslo a pequeñas dosis para que podamos soportar la carga. Porque hay muchas carencias en la familia, y no únicamente de índole económica, sino también afectiva. Porque la madre está, pero no se puede contar con ella, evadida en ocasiones en sustancias psicotrópicas, el padre en la cárcel de la que saldrá en breve, la abuela terriblemente enferma, y un abuelo que infunde respeto pero que parece ser el único que proporciona cierta estabilidad a la familia. Y los niños, solos, hambrientos, desamparados y emocionalmente abandonados. Y un pasado que les marca, les persigue, les atenaza y les asusta.

Y, por si la situación no fuera ya suficientemente tensa, la autora orienta la historia hacia un viaje emprendido en coche en la búsqueda del padre que sale de la cárcel, para traerlo de nuevo a casa; un viaje que, recorriendo Misisipi desde el sur hasta el norte, los encierra dentro del vehículo en una claustrofóbica travesía, metiéndolos en un pequeño espacio que los pone al límite hasta prácticamente ahogarlos en sus propias y trágicas vidas. La sensación de agobio, de cansancio, de encerramiento es terriblemente palpable en cada una de sus páginas, y el desespero es absoluto como lo es su futuro desalentador. No hay ni un solo matiz de alegría, ni una luz que brille más allá de lo que lo hacen las miradas suspicaces de aquellos con los que topan de manera accidental, porque todo son accidentes, vitales, fortuitos, trágicos. Así, la autora aprovecha el viaje para hábilmente introducirnos la carga emocional del libro, alejándose de la supuesta road movie que uno espera para darnos pinceladas de experiencias pasadas, pero no olvidadas, historias sobre campos de trabajo donde hombres y niños negros eran esclavizados para recoger algodón hasta la extenuación, con los abusos de quien no tiene escrúpulos, sometiendo a los hombres y niños al duro trabajo en condiciones impropias para un ser humano. Y sí, hasta aquí la historia atrapa y conmueve, pues la intensidad narrativa es alta, pero arranca de manera definitiva con la aparición de un nuevo personaje...

Porque aparece Richie, y con él la historia despega y crece, pues su personaje conmueve, te atrapa, te asusta y te entristece. Porque intuimos la vida que tuvo, porque vemos a través de su experiencia esos abusos que marcan la vida por los recuerdos que dejan, de la misma manera que ocurre con el cuerpo a través de los latigazos de sus vigilantes. Así, el libro abandona parcialmente la carga de la trama en relación a los adultos, para dirigirla hacia los niños, y es en este punto, aproximadamente hacia la mitad del libro donde la historia vuela, se encierra sobre los niños a la vez que se abre en profundidad. Es ahí donde se recogen las pinceladas que la autora ha ido esbozando para tomar forma en un dibujo desolador, con los niños como símbolo de fragilidad, pero también de una fortaleza que asoma entre la miseria y el abuso, entre el maltrato y la desolación, forzándolos a una responsabilidad que supera la edad en la que la infancia debería ocupar la vida; los niños como símbolo de esperanza, como un futuro que está lleno de posibles, siempre que el éxito en la lucha permita llegar a ellos. Y es en esa segunda mitad de libro inmensa, que la historia va penetrando en las distintas capas del lector hasta suponer un peso que le arrastra hasta la profundidad de sí mismo, pues a pesar de la dureza y la aflicción que envuelve la novela su calidad impide que aparte un segundo la mirada de las páginas que vuelan como el pájaro de la portada. Porque el libro te obliga a seguir, te fuerza a sumergirte, y te somete a una desgarradora y triste historia de seres abatidos por su propia vida, por su propia desgracia, por su pasado, pero especialmente por un presente que no ha podido volar, pues la cadena que ata el paso del tiempo al pasado impide avanzar hacia un camino abierto a la esperanza.

La calidad que emana del libro viene de la potencia de su lectura a varias capas, pues nos retrata una sociedad fracturada, que aún no ha superado épocas del pasado en la que el racismo era evidente y se exhibía sin tapujos, en la que las relaciones interraciales parecían crímenes a ojos de la sociedad, especialmente a ojos de los blancos, quienes desde su lugar privilegiado abusaban y sometían a los negros. Y en cierto modo se sigue arrastrando esos tics racistas, y la autora lo expone, en los abusos policiales, en la violencia social que empaña y ensucia el clima cotidiano, siempre con una mirada hacia el pasado, pues vemos esos campos de trabajo para negros, de sol a sol, bajo la mirada del agujero del cañón de una escopeta en manos de los blancos. Y lo vemos a través del abuelo, y de Richie, y de tantos otros que sufrieron un pasado de condenable injusticia, pero también lo vemos en el presente, en los problemas en la aceptación de una familia interracial. Pero la historia no solo trata de raza, pues vemos también, en otra dimensión, una historia de amor, de amor desenfrenado y posesivo, de amor loco e irreflexivo, de amor nocivo y obsesivo, pero también vemos una historia de amor fraternal y bondadoso, de amor afectuoso y responsable, de amor protector y amable.

El libro nos ofrece una mirada cruda y real sobre el sur de EE.UU., sobre el pasado y el presente de parte de la sociedad negra que sufrió y sigue sufriendo, y lo hace con historias estremecedoras sobre personajes que, de tan magistralmente retratados, acaba conformando una realidad de la que no deberíamos separarnos, apartarnos, sino combatirla, y enterrar esas injusticias que hace demasiado tiempo que duran. Pero no únicamente ofrece este análisis, pues también es un retrato de lo que es una familia desestructurada, perfectamente narrado, con suficientes matices para huir de la típica historia que hemos visto mil veces, porque aquí la realidad y la honestidad se palpa en cada frase, no hay nada forzado, todo está perfectamente calibrado y suena tan real que es imposible salir de la historia indemne. Porque estamos delante de un inmenso libro, del que no puedes despegarte porque, a pesar que el peso de su historia te pide a gritos salir, airearte y alzar los ojos, su carga emocional y la capacidad narrativa de la autora provoca que se abra un vacío inmenso del que no es fácil salir, pues te arrastra hasta el mundo de Jojo y Richie, un mundo de que los niños no deberían formar parte, un lugar en el que los que viven en él están condenados a sufrir, pues están solos, desprotegidos y emocionalmente abandonados.

Y el canto del título, un canto a la lucha de los desamparados, de los humildes. Un canto a favor de una vida no experimentada de la manera en que debería serlo; una vida llena de cicatrices que la violencia de las vivencias soportadas ha debilitado hasta la casi extenuación. No hay optimismo para esas vidas, únicamente la necesidad de salir adelante e imaginar que otras vidas son posibles, a pesar del mundo que les agrede, de la sociedad que los maltrata, del azar que juega con ellas en una partida con las cartas marcadas como muescas causadas en su propia piel durante su cruel pasado. Ni la presencia de los espíritus, de los fantasmas del pasado, logran apartar ni un solo momento la historia de su trágico realismo, pues todos tenemos nuestros fantasmas que nos persiguen y nos echan en cara las decisiones erróneamente tomadas. Y los fantasmas nos persiguen, nos acechan, y no tendremos descanso hasta que afrontemos nuestro pasado y podamos luchar, cara a cara, con nuestros propios miedos y temores.

PD: he puesto la edición en catalán, pues encuentro más acertada la traducción del título (más fiel al inglés original: «Sing, unburied, sing»)

lunes, 17 de septiembre de 2018

Mircea Cărtărescu: El ala izquierda. Cegador, I

Idioma original: Rumano
Título original: Orbitor. Aripa stângă
Año de publicación: 1996 (Rumanía) - 2018 (edición de esta reseña)
Traducción: Marian Ochoa de Eribe
Valoración: Imprescindible


La imagen de un adolescente enfermizo y ojeroso contemplando, "como un sarcopto que excava canales en su piel de luz antigua", su propio reflejo y la ciudad de Bucarest desde la ventana de su habitación abre este primer volumen de la monumental trilogía “Cegador” y da una idea general de lo que en el encontraremos.

Porque “El ala izquierda” es un libro que parte del extrañamiento de uno mismo, una especie de autobiografía mítica, una profunda indagación en la propia identidad en la que memoria, recuerdo y nostalgia juegan un papel fundamental. Es, además, un paseo por un laberinto de espejos en un continuo realidad-alucinación-sueño separadas por membranas permeables, un libro tremendamente metafórico, plagado de imágenes y símbolos, de miedos atávicos y ritos ancestrales.

También podríamos definir “El ala izquierda” como el intento desesperado de responder a una pregunta tan sencilla y tantas veces planteada como “¿qué demonios sucede?”. Para averiguar qué sucede, quiénes somos o cómo hemos llegado hasta aquí, se hace necesario excavar en el pasado porque “el pasado lo es todo, el futuro no es nada. No existe otro sentido del tiempo”.

En esta excavación (utilizo excavación porque me recuerda a esos insectos tan recurrentes en la narrativa de Cărtărescu), el autor se remonta a los orígenes familiares casi míticos, con la huida (con tintes bíblicos) de sus antepasados desde Bulgaria a Rumanía.

Esta crónica familiar se detiene, en la segunda parte del volumen, en la figura materna. Esta parte de la narración es, digamos, la más convencional. Estamos en la sombría Bucarest de la Segunda Guerra Mundial y de posguerra y podría leerse como una novela de formación en la que asistimos a episodios clave de la juventud de la madre; episodios marcados por la guerra (bombardeos), la muerte, la devastación y el sexo. No obstante, también esta parte tiene sus momentos oníricos, como la historia del negro Cedric en Nueva Orleans o el turbador encuentro con una mujer encerrada durante años en una cabina de ascensor (y hasta aquí puedo leer).

La tercera y última parte de “El ala izquierda” parte de un recorrido por la Bucarest de los años 80, un Bucarest que se asemeja por momentos a míticos territorios literarios, y se centra en la figura del solitario y melancólico Cărtărescu, quien vuelve a sus recuerdos de infancia y adolescencia, recuerdos marcados por el descubrimiento del sexo y de mundos ocultos y desconocidos, como el de la azotea de la casa de Stefan cel Mare, en permanente metamorfosis. 

Estamos, en resumen, ante un libro crepuscular, grotesco y fascinante como el universo y como la mente humana, a medio camino entre la lucidez y la perversidad, con terribles analogías entre lo individual y lo total. Como decía al comienzo de la reseña, se trata de un libro muy metafórico (mucho),  que deja abiertas multitud de preguntas, multitud de dudas, y que, pese a todo, se lee con "relativa" facilidad. Porque si algo caracteriza la prosa de Cartarescu, además de su capacidad para reflejar los miedos y deseos más profundos e inconfesables del ser humano de cualquier época y lugar (y aquí vienen a la mente nombres como el de Kafka, Borges o Proust), es el ritmo. Creo que Cartarescu es un autor muy marcado por el fondo de sus textos y se nos olvida valorar que, pese a la complejidad de los mismos, su escritura resulta terriblemente absorbente y ágil.

Un único pero: ¡tenemos que esperar un año y medio para la segunda parte de "Cegador"!

P.S.: Lo dije en la reseña de "Solenoide" y lo vuelvo a decir: es algo totalmente subjetivo, pero el trabajo de Marian Ochoa de Eribe me parece complicadísimo e impecable.

domingo, 16 de septiembre de 2018

Kurt Vonnegut: Cuna de gato

Idioma original: inglés
Título original: Cat's cradle
Año de publicación: 1963
Traducción: del catalán, edición leída, Martí Sales
Valoración: recomendable

Ahí, como un espécimen inclasificable entre contracultura y nuevo periodismo y narrativa contemporánea cuyos grandes bastiones (De Lillo o Pynchon) se mantienen activos, estaba Vonnegut. Un escritor con pinta de cachondo al que hay que tomarse en serio. No es para menos cuando la lectura de esta extraña novela me ha sonado a referencias tan dispares como  Huracán en Jamaica o Merienda de negros, o  Las esposas de Los Álamos, siendo a la vez una sátira sobre el imperialismo yanki y un cruel ejercicio sobre la idolatría, sea esta o no consentida, de héroes nacionales de lo más dispares.
Un joven periodista se obsesiona con la familia de uno de los principales científicos del Proyecto Manhattan. Decide preguntarles qué hacían aquel día: 6 de Agosto de 1945. Sin un motivo concreto, Vonnegut ya ha marcado territorio. El vuelo del Enola Gay y su sórdida misión como hito de la historia americana, como el 22-11-1963, como el 11-9-2001, como esas fechas veneradas por esa nación sedienta de cimentar a toda costa una historia con la valiosa complicidad de los medios de comunicación.
La búsqueda, cómo intenta contactar con los tres hijos del científico (todos ellos seres peculiares, id a saber qué quiso Vonnegut que interpretáramos de sus peculiaridades), cómo se relaciona con ellos y qué dispares circunstancias han tomado tras la muerte de su padre, le llevará hasta San Lorenzo, isla en algún lugar al sur de los Estados Unidos (no es difícil pensar que sea algo parecido a Cuba o a alguna república bananera de las que tanta inestabilidad registraban por los 60) donde un gobierno títere parece dispuesto a abrazar a cualquiera con tal de que acepte presidir su gobierno, a todas luces una tiranía absoluta con la población entregada a una religión inverosímil (el kononismo), religión que parece ser una cortina de humo para controlar a la sociedad, asustada ante un severo castigo cuya amenaza su día a día de forma fría: el gancho en el que los disidentes, los contestatarios, los opositores pueden ser colgados de forma arbitraria.
Aquí Vonnegut derrama acidez a espuertas y es evidente que toma una fuerte voz crítica contra toda la era en que USA se empeñó en maniobrar políticamente en América Latina para evitar que una posible contaminación del caso de Cuba descompensara el precario equilibrio entre bloques de la Guerra Fría.
Una novela corta con evidentes dobles lecturas y que ayuda, a través de escenas surrealistas con toques hilarantes, a conocer la obra de Vonnegut, escritor sin ataduras ni compromisos (incluso poco dado a alinearse con corrientes literarias) que muestra aquí una excéntrica creatividad que deleitará a los curiosos.

También de Vonnegut en ULAD: Matadero cincoUn hombre sin patria


sábado, 15 de septiembre de 2018

Hugo Pratt; Las Etiópicas


Idioma original: Francés
Título original: Les Éthiopiques
Año de publicación: Entre 1972 y 1973
Traducción: Miguel Sánchez y Manuel Domínguez
Valoración: Está muy bien

Al verano de los que habitamos en Hemisferio de arriba le queda un suspiro. Ha sido una buena temporada, entre otras cosas, porque ha dado para escapar un par de ocasiones a la playa en compañía de un tipo entrañable, al que uno aprecia una enormidad. Un auténtico y, por supuesto, irresistible seductor, del tipo parco pero certero, de la familia de los tímidos aunque desenvueltos y de condición mediterránea a la vez que universal. Seguro que ya tienen identificado a mi compañero de escapadas playeras. Se trata, en efecto, de Corto Maltés. Y así, las tardes de sombrilla, sillita de aluminio, nevera repleta de hielo y cerveza, chapuzones y lectura han sido también un viaje por el desierto de Yemen y las sabanas del África Oriental, a través de los cuatro episodios que completan este álbum bajo el título de Las Etiópicas.

Uno de los rasgos más peculiares del escritor y dibujante Hugo Pratt (Rímini, Italia, 1927 / Suiza, 1995) era el gusto por documentarse en profundidad con literatura, geografia o historia, sobre los lugares y momentos en los que decidía alojar sus ficciones. En este caso, además, Hugo Pratt contaba con los recuerdos de su infancia y adolescencia, transcurrida en gran parte junto a su padre -fascista y funcionario colonial- en los territorios ocupados por la Italia de Mussolini en el cuerno de África, allí donde empezó a mostrar su talento artístico garabateando camellos. El proyecto imperial italiano, claro está, no tuvo demasiado éxito y el padre de Pratt murió, derrotado y preso por las fuerzas de Hailé Selassie y el ejército británico y él acabó deportado a su país antes de que finalizase la 2ª Guerra Mundial. Pero en su cabeza ya estaban incrustadas las imágenes, gestos y rasgos que acabaron como tinta en estas viñetas.

Los cuatro episodios del álbum se publicaron entre agosto de 1972 y abril de 1973 en la revista francesa Pif Gadget y ya reunidos como libro en 1978. Fueron los últimos episodios que Hugo Pratt entregó a esta publicación, que en la época tiraba una media de 400.000 ejemplares por semana y pertenecía a la editorial Vaillant, vinculada al Partido Comunista Francés, que consideraba a Corto Maltés demasiado libertario, muy suelto ideológicamente. Y así era, por supuesto. Uno de los grandes atractivos de Corto Maltés es precisamente encarnar ese espíritu atribuido a los marineros; imprevisibles, desprendidos, independientes, tolerantes y cosmopolitas, extensible a la idealización del propio mar (o, como en este caso, transmutado en desierto) como refugio de gentes libres e indomables, no sometidas más que a su propio código hecho de aventura, generosidad, compañerismo y desafío.


Poco antes, en 1969, Hugo Pratt había regresado a Etiopía, donde localizó la tumba de su padre, llegando hasta la desembocadura del río Rufiji, frente a la isla de Mafia, en Tanzania, lugar en el que los británicos habían hundido en 1916 el Konigsberg, un navío de guerra alemán. De esta circunstancia, Hugo Pratt extrae el molde para Les Hommes-léopards du Rufiji –aquí traducido como Leopardos- la historieta que cierra Las Etiópicas y que gira alrededor de los hombres leopardos, una especie de multinacional justiciera panafricana. Y ahí está otra de las constantes de Hugo Pratt, que ya afloró en El sargento Kirk, realizada en Argentina en los años 50 con guiones de Héctor Germán Oesterheld; la presencia de indígenas, de rasgos fieros y altivos, tan listos, sagaces y sexys –o ruines y deplorables- como los blancos. Tratados como iguales, sin condescendencia ni superioridad. En el nombre de Alá compasivo y misericordioso, que abre Las Etiópicas, aparece Cush, un joven guerrero afar de al tribu Beni Amer, intransigente y bravo que acaba forjando una fraternal amistad con Corto Maltés. El mismo Cush que es uno de los protagonistas de otra de las grandes y posteriores series de Hugo Pratt, Los escorpiones del desierto, en la que deja caer que su amigo maltés pereció en las Brigadas Internacionales que participaron en 1936 en la Guerra Civil española.


Es este carácter fragmentario del álbum una de las razones que hacen que no sea uno de mis favoritos, pues las tramas no alcanzan la profundidad y complejidad de libros como  La balada del mar salado, La casa dorada de Samarkanda o Corto Maltés en Siberia. Pero Las Etiópicas, ambientadas en 1918, son los únicos episodios de Corto Maltés que discurren en África, están muy bien por que encontramos algunos de las obsesiones y virtudes más propias de Hugo Pratt. Está el dibujo en blanco y negro, depurado y expresivo, que editores poco escrupulosos se han encargado de desvirtuar con untadas de colorines comerciales. Y también una técnica narrativa que le debe mucho al montaje cinematográfico, que en aquellos años se sacudía décadas de formalidad y clasicismo. Hugo Pratt bordaba las escenas de acción y sacaba petróleo de las viñetas sin texto, que transmiten tanta riqueza y matices psicológicos y narrativos. O los momentos para la introspección onírica, como cuando se ve envuelto en una lluvia de piedras. Y también algunos de los defectos que se le achacan, como las viñetas en las que el texto acaba por ahogarlas

 Más reseñas de Hugo Pratt en ULAD: La balada del mar salado

viernes, 14 de septiembre de 2018

VV.AA.: Poshumanas y Distópicas: Antología de escritoras españolas de ciencia ficción

Idioma original: español, catalán, italiano
Año de publicación como antología: 2018
Valoración: recomendable para el público en general, imprescindible para aficionados al género

Hay dos prejuicios a los que se enfrenta esta antología: la primera, que en España no se escribe ciencia-ficción, eso es cosa de los americanos, y como mucho de los soviéticos; la segunda, que la ciencia-ficción es un género de hombres y para hombres. Y esto, en un año en que tanto se está hablando de la precursora Mary Shelley, y en que N. K. Jemisin ha ganado el Premio Hugo por tercera vez consecutiva, resulta ya un poco difícil de defender. Frente a estas ideas, esta antología muestra una larga lista de relatos de ciencia ficción de escritoras españolas, desde el siglo XIX (con la presencia, también precursora, de Emilia Pardo Bazán) hasta nuestros días (incluidas varias de las autoras más importantes del género en la actualidad), organizados temáticamente en dos volúmenes: Poshumanas (con relatos que tratan fundamentalmente de la interacción entre tecnología y biología) y Distópicas (en que se nos presentan diversos universos, futuros o no tan futuros, tenebrosos y desasosegantes).

En este caso, no cabe duda de que las dos antólogas, la escritora y académica Lola Robles, y la profesora e investigadora Teresa López-Pellisa, están perfectamente preparadas para organizar y presentar estos volúmenes, por sus anteriores trabajos teóricos, históricos y críticos sobre este género y su desarrollo en España. Hay que tener en cuenta, en todo caso, las limitaciones con las que inevitablemente han trabajado: en algunos casos, los cuentos incluidos son los únicos de ciencia-ficción escritos por sus autoras; en otros, se trata de relatos escritos por autoras que son más frecuentemente asociadas a la novela; algunos de los cuentos se deben a mujeres de las que no se sabe prácticamente nada, y otros fueron originalmente publicados en lenguas diferentes al español... Ha sido por lo tanto necesario un trabajo de investigación, recopilación y (en algunos casos) traducción, realizado en colaboración con los alumnos del master de edición de la UAM, que da como resultado una antología doble que, si bien es irregular como casi todas las antologías, tiene algunas joyas que sin duda merecían ser rescatadas.

Quizá uno de los relatos más memorables de ambos volúmenes sea el de Sofía Rhei, la escritora que, de acuerdo con la dedicatoria del libro, dio la idea para esta iniciativa. "Informe de aprendizaje" es un cuento que se sitúa en el "giro lingüístico" de la ciencia ficción (a lo Arrival), ya que la protagonista es una intérprete jurada que debe aprender el idioma Eek -O1, con la ayuda de un juguete pedagógico que quizás sea un artefacto tecnológico, o una modificación genética de otro ser. También es notable "Crisálida", de Blanca Mart, el relato con el que se abre el volumen Distópicas, una historia de conflictos entre especies con un innegable aire a Bradbury. "Hambre", de Cristina Jurado, una especie de cuento de náufragos espaciales, es probablemente el relato más oscuro e inquietante de la antología. Por su parte, "Bifurcaciones", de Susana Sussmann, representa en esta antología al subgénero de los viajes en el tiempo y sus infinitas paradojas, en un cruce de El efecto mariposa y Cronocrímenes.

Ambos volúmenes incluyen también algunos nombres fundamentales de la literatura de ciencia ficción en español, o de la literatura española en general. Por ejemplo, Elia Barceló, la escritora más conocida y antologada, cuyo relato "La mujer de Lot" es una indagación psicológica sobre las decisiones vitales y los lugares a los que nos conducen, o Rosa Montero, autora de novelas de ciencia ficción como Lágrimas en la lluvia o La carne, que contribute al volumen Poshumanas con un cuento sobre la autoconsciencia de los androides muy en la línea de su Bruna Husky. La propia Lola Robles, una de las antólogas, participa en la antología con un relato ("Mares que cambian") sobre un mundo en el que las identidades sexuales y de género se han diversificado al mismo ritmo de la evolución tecnológica.

Algunos de los relatos pueden considerarse como alegorías filosóficas o incluso políticas. Es el caso de "Cuento absurdo", de Ángeles Vicente; de "La cabeza a componer" de Emilia Pardo Bazán; de "La droga" de Roser Cardús; de "Electroamor" de María Laffite, que por otra parte quizás sea el más interesante desde el punto del vista del estilo, o "La casa de Àngel" de Rosa Fabregat, uno de los cuentos que, personalmente, menos me han interesado. "El jardín de alabastro", de Teresa Inglés, que tiene una base de ciencia ficción más tradicional, también se sitúa en cierto modo en el campo de la alegoría literaria, estética y filosófica. Por su parte, "Hombres por correo Lohmann" de Laura Fernández, adopta un tono humorístico y desenfadado que no encontramos en muchos relatos de este género, mientras que "Pastor de naves", de Felicidad Martínez, recuerda, por su tema y su protagonista, a El juego de Ender.

No faltan, por último, relatos de anticipación que pueden arrojar luz sobre problemas actuales. Es el caso de "Casas rojas", de Nieves Delgado, una historia sobre la utilización de androides (o "ginoides") diseñados únicamente para satisfacer las necesidades sexuales masculinas, sin tener en cuenta su propia naturaleza o necesidades; de "La vida sin cáncer" de María Zaragoza, que corre el peligro de caer en el ludismo en su denuncia de un avance científico (médico, en este caso) que no se ve correspondido por un avance humano paralelo; o de "Eternidad", de María Angulo, que podría apuntar hacia los peligros de la selección genética mal empleada. Varios de los relatos ya mencionados, por otra parte (por ejemplo "Casas Rojas", "Mares que cambian", "Crisálida" o "Quimiums", de Mª Concepción Regueiro), inciden en algunos de los debates más actuales en cuestiones de género, con reflexiones sobre las diferencias de género o sobre el control biopolítico de los cuerpos y su utilización como objeto de consumo.

Como toda antología, esta también está abierta a la crítica por lo que incluye y lo que excluye; en dos volúmenes con una docena de relatos cada uno, es inevitable que no todos mantengan el mismo nivel, o que no todos resulten igual de atractivos a todos los lectores. De lo que no cabe duda es de que las antólogas han conseguido ofrecer un panorama amplio, en lo cronológico, lo temático y lo estilístico, en la que además se encuentran muchos de los nombres más reconocibles del género en la actualidad. También la mayoría de los subgéneros de la ciencia ficción (los viajes espaciales, los viajes en el tiempo, la distopía o el relato de anticipación, el relato de androides...) tienen sus representantes en el conjunto.

Creo que estas antologías pueden ser interesantes para varios tipos de público: a quien le guste la ciencia ficción, encontrará aquí seguramente textos y autoras que no conoce; a quien no sea tan aficionado al género, aquí puede encontrar un buffet libre con un poco de todo para aproximarse a él; también puede ser útil para quien esté interesado en la historia de la literaria española, o en la literatura de autoría femenina en los últimos dos siglos. Por último, quien esté interesado en profundizar en la ciencia ficción española, puede querer profundizar en la línea abierta por estos libros; puede, por ejemplo, buscar la Historia de la ciencia ficción en la cultura español, de una de las antólogas, Teresa López Pellisa, o navegar (y nunca mejor dicho) por La Nave Invisible, donde encontrará mucha información sobre estas y otras autoras de género fantástico y de ciencia ficción.

jueves, 13 de septiembre de 2018

Alberto Moravia: El hombre que mira


Idioma original: Italiano 
Título original: L'uomo che guarda
Traductora: Silvia Querini
Año de publicación: 1985
Valoración: Se deja leer 

Tras leer Los indiferentes, El conformista o La campesina, obras de Alberto Moravia que me parecieron espectaculares, llegaron La atención y El tedio. Éstos últimos no son libros malos, pero sí algo insípidos. A ver, sus aspectos positivos los vuelven redimibles, y debo reconocer que Moravia me tenía demasiado bien acostumbrado, por lo que, pese a la relativa decepción que supusieron, di otra oportunidad al escritor romano sin titubear. Por desgracia, me topé con El hombre que mira. Y, sinceramente, no tengo claro si debo seguir insistiendo con Moravia o limitarme a paladear nostálgicamente nuestros buenos momentos.

Vayamos por partes. Tenemos a tres personajes: un profesor universitario, su padre y Silvia, la esposa del primero. Ella le dice a su marido que necesita reflexionar y abandona el piso donde viven. Piso que pertenece al padre (el del marido, no el de ella) y en el que habitan los tres. Por cierto: padre e hijo mantienen una relación tensa desde hace años. Se podría decir, de hecho, que son rivales: los ideales de uno chocan con los del otro de forma irreconciliable. También sus personalidades. 

Pues bien, ¿por qué esta novela no me ha gustado? Para empezar, porque pienso que El hombre que mira podría haberse zanjado con la mitad de páginas. Por si su volumen excesivo (para el tipo de historia que cuenta, me refiero) no fuera suficiente, el argumento se narra con una lentitud exasperante, y ciertos pasajes son extremadamente reiterativos, si no directamente superfluos. A todo eso hay que sumarle el escaso interés que suscita su premisa. Vale, las relaciones paterno-filiales tienen su encanto. Kafka. Fante. Ellos lo bordan. Pero Moravia, en cambio, es incapaz de ofrecer algo de sustancia a este conflicto. 

Para colmo, en El hombre que mira apenas hay simetría entre los dos personajes principales, el padre y el hijo. La balanza se inclina todo el tiempo hacía el padre. Y es que el hijo es un personaje soso, aburrido, además de poco verosímil. Moravia parece despreciarlo; le retrata como uno de esos hombres pasivos, castrados, que tanto pueblan sus novelas. Tampoco el padre sea la gran cosa, en realidad. No voy a destripar ciertos acontecimientos, pero la historia se empeña en dar una relevancia al padre que, a mis ojos, no tiene. Su personaje solamente destaca, si acaso, por contraste con el del hijo. Además de, como decía, por imposición del autor; al fin y al cabo, sospecho que Moravia se quiso proyectar en él. 

Otra característica literaria propia de Moravia que podemos encontrar en El hombre que mira, además del arquetipo del hombre pasivo, es el uso de escenas sexuales explícitas, casi pornográficas. Aunque aquí está mal ejecutada. En este libro, dichas escenas se me han antojado vulgares. Y su intencionalidad, infantil. De nuevo, sospecho que Moravia quiso proyectarse en este texto. Me sabe mal no poder entrar en detalles, aclarar por qué digo esto, pero repito que no quiero revelar la historia a quien quiera leerla. Así que me quedaré aquí, aunque podría poner a parir más a El hombre que mira. Avisados estáis.


También de Alberto Moravia en ULAD: Los indiferentes, El conformista

miércoles, 12 de septiembre de 2018

2 x 1 Antonio Buero Vallejo: En la ardiente oscuridad / Un soñador para un pueblo

Idioma original: español
Año de publicación (estreno): 1950/1958
Valoración: Está bien/Recomendable

Sin llegar a ser uno de aquellos que llamamos ‘autores olvidados’, la verdad es que poco, muy poco, es lo que ULAD ha dedicado a Antonio Buero Vallejo. Eso y que, casi por casualidad, me encontré por casa este 2x1 típico de Austral que creía no haber leído, aunque luego he tenido la sensación de que sí. Todo condujo a que este buen señor tuviera de nuevo un hueco por el que asomarnos a su amplia, variada e interesante obra, ahora que ya nadie le hace caso.

Porque Buero fue la estrella absoluta del teatro en España durante buena parte del franquismo y la Transición (con perdón), con presencia constante de sus obras en teatros y versiones televisivas. Lo curioso del caso es que don Antonio fue un republicano condenado a muerte, que compartió sombra por ejemplo con Miguel Hernández. Y tras años de deambular por distintas cárceles, terminó por triunfar con su obra dramática, no sin periódicos enganchones con la censura. Tal vez la combinación de su espíritu crítico con el posibilismo que le permitió mantenerse en escena fue lo que favoreció su conexión con el público de la época.

En la ardiente oscuridad fue la primera obra escrita por Buero, aunque creo que no se estrenó hasta algunos años después, a la sombra del éxito de Historia de una escalera. Todos los personajes son ciegos, excepto uno, lo que podría recordar al Ensayo sobre la ceguera de Saramago, pero las similitudes no van mucho más allá. La ceguera es un elemento que reaparece en otras obras del autor (El concierto de San Ovidio, por ejemplo), y se utiliza más bien en términos simbólicos, como gran parte de lo que Buero Vallejo pone en escena. Esta vez la acción se sitúa en un colegio para ciegos, una institución expresamente diseñada para facilitar la formación de los invidentes a partir de sus necesidades específicas.

Visto desde nuestro tiempo la cosa resulta llamativa, porque se establece una especie de gueto, un mundo feliz aislado y endogámico, por lo que tengo entendido completamente opuesto a las prácticas actuales de integración. Y esto, que podría parecer un comentario anecdótico, tiene bastante que ver con lo esencial de la obra. Efectivamente, en el colegio reina una especie de felicidad idílica, plasmada en un grupito de jóvenes que se complacen en sus bromas, sus sanas inquietudes y rolletes amorosos en plan Amo a Laura. Son ciegos felices y autosuficientes. La cosa se complica cuando aparece Ignacio, un nuevo alumno que se muestra huraño y depresivo. Su postura es la de alguien consciente de arrastrar una tara, una limitación terrible e injusta que marca una distancia decisiva con el resto del mundo.

Pronto chocan con violencia las dos concepciones, porque Ignacio parece haber introducido un veneno en la Arcadia feliz, una duda que no deja de sembrar inseguridad y amargura en aquel mundo ideal. Este planteamiento dialéctico, con dos tesis radicalmente contrapuestas, es muy de Buero, y lo veremos también en el siguiente drama. Se advierte también con claridad el carácter simbólico que, como decía antes, el autor adjudica a casi todo lo que propone, en este caso, las distintas opciones vitales que podríamos medir en términos de optimismo/pesimismo, superación/resignación, o incluso como diferentes perspectivas políticas ante la desigualdad. 

No obstante, también se le ven costuras propias de obra primeriza, o cierto grado de simplicidad. Es seguramente una obra que ha envejecido bastante mal y que difícilmente emocionará al lector actual.

Mayor interés tiene a mi juicio Un soñador para un pueblo. Pese a su título algo pueril, es un buen ejemplo de drama histórico, que retrata las imaginadas interioridades de las jornadas conocidas como 'motín de Esquilache'. Como es bien sabido, el Marqués de Esquilache fue el político italiano designado por Carlos III para introducir en España las reformas que en Europa se impusieron bajo el influjo de la Ilustración. Nuevamente tenemos en escena las dos opciones contrapuestas que tanto agradan a Buero Vallejo, en este caso la modernización social –al menos en el ámbito externo- frente al orden tradicional, representado tanto por la vieja nobleza como por las costumbres arraigadas en el pueblo llano.

Como la obra tiene una perspectiva más bien íntima, pasa un poco de soslayo por las raíces más profundas del descontento popular, que seguramente se encontraban más bien en el hambre y la miseria que sufría buena parte de la población, y tal vez este quiebro permitió esquivar las generalmente groseras miradas de los censores. Así, Buero simplifica la trama presentando al marqués como ese personaje cercano al despotismo ilustrado que sugiere el título: un político que intenta imponer las nuevas ideas sobre higiene, urbanismo o costumbres a un pueblo aferrado a las tradiciones; y además –no es irrelevante, y el autor lo subraya una y otra vez- un político extranjero, lo cual ya ofrece una mecha bien visible para cuando llegue el momento de prenderla.

Esquilache aparece efectivamente como un soñador, un visionario que está decidido a modernizar el país, y bajo su mandato se toman medidas como el empedrado de las calles de Madrid o la iluminación de las vías públicas. Buero lo describe como un tipo íntegro, que desdeña el nepotismo y las relaciones clientelares, lo que enciende las alarmas entre la nobleza más rancia. La famosa orden sobre la supresión de la capa larga y el sombrero de ala ancha es el detonante de la revuelta: instigado por los nobles más reaccionarios que temen perder sus privilegios, el pueblo se levanta sintiendo invadido su ámbito más privado, y la experiencia renovadora se derrumba.

Al margen de lo idealizado que pueda estar, resulta muy interesante el dibujo del marqués, un viejo idealista que siente tambalear su obra, y que no obstante lucha hasta tener la certeza de que todo puede acabar en un baño de sangre. En ese momento, con el apoyo incondicional del rey, decide dar un paso atrás en una emocionante escena, poniendo la paz social por encima de sus ideas. Son notables también otros personajes: miembros de la nobleza que conspiran con cautela hasta que ven llegar la oportunidad de dar el golpe, paisanos que dudan ante los nuevos tiempos, o la sirvienta que acompaña a Esquilache en su caída, representación de esa parte del pueblo en la que sí van a enraizar las ideas de la modernidad.

También es innovador para la época el planteamiento de espacios escénicos en distintos niveles, algo que el cine y la televisión han hecho de uso corriente. Y, cómo no, un ciego más, que interviene a modo de oráculo, y que bien podría haber salido de alguna de las callejuelas de Luces de bohemia.

Otras obras de Antonio Buero Vallejo en ULAD: El tragaluzLa fundación

martes, 11 de septiembre de 2018

Gonçalo M. Tavares: Jerusalén

Idioma original: portugués
Título original: Jerusalem
Año de publicación: 2004
Valoración: muy recomendable

Ya ha pasado por Un libro al día un par de veces Gonçalo Tavares, que está considerado, con permiso y para desgracia de Valter Hugo Mãe o José Luis Peixoto, como el gran escritor portugués actual. Hoy vuelve a asomar la cabecita por aquí, y esta vez con la que quizás sea su mejor novela, o al menos la que le otorgó fama nacional e internacional, un buen montón de premios y los elogios de nada menos que el mismísimo Saramago: Jerusalén.

Es esta una novela compleja, y por eso mismo resulta difícil resumir su argumento. El núcleo de la historia se sitúa en una innominada ciudad europea, en la que un conjunto de personajes (Mylia, Ernst, Theodor, Hannah, Hinnerk...) se entrecruzan, se encuentran y desencuentran en medio de la noche. A partir de ese momento central, la narrativa salta hacia el pasado, para mostrar cómo las vidas de esas personas las llevaron hasta ese momento, y cuáles son los hilos que los unen: el amor, el odio, el deseo, el rencor, la culpa...

Así, por ejemplo, Mylia es la ex-mujer de Theodor, que la encerró en un psiquiátrico y la abandonó cuando supo que se había quedado embarazada de otro interno; Hannah es una prostituta y Hinnerck, un veterano de guerra, su "chulo"; Ernst y Mylia son amantes separados en busca de un reencuentro... Son historias marcadas en muchos casos por la crueldad y el egoísmo, que sumen a los personajes en una soledad casi insoportable. No por casualidad uno de los personajes, Theodor, está haciendo una investigación exhaustiva sobre la crueldad (con un interés especial en el Holocausto) para desarrollar su teoría sobre la evolución del horror en la historia de la Humanidad.

Contado así, puede parecer que Jerusalén es una novela durísima, y en cierto modo lo es, porque las historias de los personajes lo son. Pero lo que la salva, le da luz y la hace no solo tolerable sino notable es el estilo de Gonçalo M. Tavares, cargado de poesía (que recuerda por ejemplo al mejor Baricco). En otras reseñas me he metido con él por ser demasiado preciosista (sobre todo en Un viaje a la India), y aquí en algunos momentos también puede pecar un poco por exceso. Pero, en conjunto, la forma de escribir de Tavares, poética, fragmentaria, reflexiva, funciona particularmente bien, mejor que en ninguna otra obra suya que yo haya leído. Especialmente llamativo es el capítulo titulado "Los locos", en que asistimos a los monólogos interiores de varios de los internos del sanatorio, incluida Mylia, o los fragmentos de un libro, Europa 02, que narra breves episodios de la vida en un campo de concentración.

La obra de Gonçalo Tavares es amplia y variada; hay quien prefiere las obras de la serie de El barrio (El señor Valery, El señor Brecht, El señor Calvino, etc.), hay quien prefiere sus primeras novelas... Yo, sin duda, me quedo con Jerusalén, que por una vez y sin que sirva de precedente ha estado a la altura de su fama y de sus premios. O al revés.


Otras obras de Gonçalo M. Tavares en Un libro al día

lunes, 10 de septiembre de 2018

David Torres: Palos de ciego

Idioma: español
Año de publicación: 2017
Valoración: bastante recomendable

"Un soneto me manda hacer Violante
y en mi vida me he visto en tal aprieto..."

Supongo que a todo el mundo le sonará este ingeniosos y excelso truco de Lope de Vega (ignoro si existen antecedentes) de componer un soneto explicando cómo se hace, precisamente... un soneto. La idea nos será aún más familiar, quizás, porque en estos tiempos de autoficción y metaliteratura -de la buena y de baratillo-, es un recurso al que han acudido muchos escritores, con resultados apreciables, en algún caso -HHhH, por ejemplo- o previsiblemente plúmbeos en otros -Hombres buenos de Pérez-Reverte, que yo recuerde-; pues bien, es el mismo que utiliza David Torres, e incluso de forma más descarada (o desenvuelta, si se prefiere) en este Palos de ciego: escribir un libro explicando cómo escribió -o, en este caso, no escribió-, un libro.

No lo escribió porque el libro que el pretendía hacer, desde más de veinte años atrás, no era éste, sino una novela titulada Borrón, sobre -o alrededor de- un episodio confuso, casi desconocido, de la época estalinista: la supuesta matanza en Ucrania, de cientos de músicos ambulantes ciegos, los conocidos como kobzari -también lirniki o banduristi, según el instrumento que tocaran-, para evitar que continuaran cantando por las calles y plazas sus canciones tradicionales, no demasiado acordes con el espíritu soviético revolucionario. Torres nos cuenta cómo va tirando del hilo de esta historia, a partir de una mención en las supuestas memorias de Shostakóvich, cómo va recopilando los escasos datos que puede y, sobre todo (y a pesar de) una gran bibliografía acerca de la época; sus intentos de urdir una ficción con tan frágiles mimbres, sus desánimos y abandonos, los intentos renovados... Alternando, además, esta narración de un libro fantasma con el descubrimiento de su fantasma particular: la figura (o no figura) de su hermano muerto al nacer un año antes que él y que llevó su mismo nombre -o es el escritor el que heredó el nombre de su hermano, más bien-; ambas existencias truncadas, novela y hermano, articulan todo el libro, aunque no son los únicos espectros presentes en sus páginas: están, por supuesto, los personajes ficticios de Borrón, pero también figuras reales, incluso notorias, ya desaparecidas... Grandes músicos como Shostakóvich, Prokófiev o la pianista María Yúdina (genial la historia sobre el Concierto para piano nº 23 de Mozart); escritores como  James Barrie o el poeta Osip Mandelshtam; alpinistas británicos o alemanes que perecieron en su asalto a los ochomiles... Y la presencia más  ominosa de todas, la de Iósif Stalin, el dictador soviético al que presuntamente -o no- se le puede hacer responsable de la matanza de los juglares ciegos, aunque fuera sólo una gota en el océano de muertes a su cargo (algo que, de todas formas, matiza bastante Torres).

También están, por supuesto, los fantasmas que pueblan la propia memoria y que solemos llamar recuerdos. los de la infancia o de la juventud letraherida, en este caso... Aquí, Palos de ciego comparte cierta actitud "autoficcional" e incluso telón de fondo, con los últimos libros de otro escritor madrileño de su generación, Antonio Orejudo. Aunque en el caso de éste la autoficción no es más que, creo, una excusa irónica o juguetona para revirar hacia la ficción sin más adjetivos, mientras que en el libro que nos ocupa, se trata de la argamasa que une elementos, componentes que, en principio, se diría que difícilmente iban a ligar entre sí. Si David Torres lo ha conseguido o no, lo debe decidir cada lector. Yo digo que sí.


Otros títulos de David Torres reseñados en Un Libro Al Día: Punto de fisión

domingo, 9 de septiembre de 2018

Manuel Vázquez Montalbán: Autobiografía del general Franco

Idioma original: español                                                     
Resultado de imagen de autobiografia del general franco amazonAño de publicación: 1992
Valoración: Esclarecedor




Pasar un mes entero escuchando a Franco –aunque sea a través de la reconstrucción de uno de sus adversarios ideológicos– resulta agotador, al menos para mí. Aunque, desde luego, ha merecido la pena, y la otra alternativa (hacer pausas estratégicas y rellenarlas con lecturas menos enojosas), teniendo en cuenta que hablamos de 700 páginas largas, suponía no librarme de él en medio año. Y tampoco es cuestión. Ahora pienso que opté por lo mejor: indigestarme durante un tiempo y a otra cosa.
Hablo de desacuerdo con el Régimen refiriéndome a un escritor que en su día fue militante de izquierdas. Pero en aquellos tiempos –los que van desde el comienzo de la guerra civil española (1936) hasta su muerte (1975)- el único franquista auténtico era el propio Franco, porque el franquismo no era más que lo que le pasaba a él por la cabeza, su santa voluntad, tan voluble y arbitraria como la de cualquiera. Nunca existió un auténtico corpus ideológico, solo una sarta de prejuicios enlazados por religión y militarismo, que él solía presentar como certezas, y la firme e inquebrantable voluntad de ejercer el poder absoluto y mantenerse en él lo que le quedara de vida y mil años más a ser posible. Todos los demás, lo que no eran Franco quiero decir, incluso sus más incondicionales adeptos –al margen de afinidades ideológicas que, en mayor o menor medida, las había, sobre todo al principio– intentaban adaptarse, y hasta adelantarse a sus pensamientos, movidos por una combinación de miedo, ambición, comodidad y sentido del deber. No podía ser de otra manera, pues si acatando sus órdenes los de su camarilla –que nunca fue homogénea– alcanzaban sosiego, prosperidad y prestigio, pobre del que osase llevarle la contraria. El general –apelativo escogido por el autor para interpelarle en el inacabable diálogo que mantiene con él– no se andaba con chiquitas. El que disentía, dependiendo de su relevancia social, la previsible peligrosidad de su conducta y el grado de adhesión a su persona estaba condenado al ostracismo, la miseria, el exilio, la cárcel, la tortura y/o la muerte. De ahí la desconfianza y sospecha constantes junto al firme y nunca extinto propósito de eliminar cualquier conato de contestación. Vázquez Montalbán pinta con trazos firmes un régimen fuertemente personalista –como todas las dictaduras– y esto implica que en todo un país, es más, en el mundo entero, solo una persona está en posesión de la verdad pasada, presente y futura. En este caso, un tal Francisco Franco, denominado generalísimo en vida en un alarde de adulación sin límites.
Ya a punto de cerrar el libro, me tropiezo con un párrafo que me ha parecido la introducción perfecta a lo que sigue y toda una declaración de intenciones:

“Sin prisas pero sin pausas le estamos olvidando general y olvidar el franquismo significa olvidar el antifranquismo, el esfuerzo cultural ético más generoso, melancólico y heroico en el que se resistieron puñados de mujeres y hombres de la raza de (…) No quiero hacer un inventario de mártires, ni de laceraciones, ni de tiempo perdido. Me temo que dentro de cincuenta años los diccionarios enciclopédicos audiovisuales irán reduciendo el capítulo dedicado a usted: cuatro imágenes, cuatro gestos, cuatro situaciones y una voz en off obligada al resumen y a la objetividad histórica”.

No han pasado cincuenta años desde que se publicó Autobiografía del general Franco, estamos aún a mitad de camino y los hechos, así como la figura del dictador, se han difuminado por completo en casi todas las memorias. Es lo que suele ocurrir con esas predicciones cuyo autor considera catastrofistas, que acaban pecando de candoroso optimismo.
Mediante un exhaustivo trabajo de documentación y elaboración de datos se nos introduce en la vida pública y privada del dictador desde los primeros años hasta su muerte. De ahí que la obra no se pueda adscribir a un solo género y se considere un híbrido de ensayo histórico y novela. Quizá les sorprenda saber que la faceta propiamente novelesca no está a cargo de Franco sino de un alter ego del propio novelista, un tal Marcial Pombo (nada que ver con el escritor del mismo apellido) cuya vida y milagros no se corresponden con los de Vázquez Montalbán, su relevancia literaria es sensiblemente menor, pero su postura política y opiniones sobre personaje y hechos que protagonizó coinciden punto por punto con las suyas. La narración se desarrolla, pues, a dos niveles. Uno utiliza la cursiva para reproducir unas supuestas memorias de Franco, el otro, con grafía convencional, muestra los comentarios al margen del tal Pombo, que puntualiza y corrige la versión principal, la completa con las aportaciones (orales o escritas) de familiares y testigos, que le sirven de contrapunto, y no contento con eso se permite narrar sus propio periplo vital de joven disidente. Este recurso, además de aportar amenidad y verosimilitud al texto, muestra claramente las consecuencias que tuvo para la gente común lo que se iba perpetrando en las altas esferas del Régimen. Un régimen que, según Pombo/Montalbán, embarcó a los españoles nacidos y por nacer en una mentira de carácter eminentemente visual, una fantochada que, de no haber tenido consecuencias tan dramáticas, hubiese resultado cómica. Y sucedió así simplemente porque un temperamento –y hasta un aspecto– tan mediocres como el que se retrata en la novela, por una serie de carambolas –como los ascensos tramposos en la guerra de África y la muerte de quienes podían hacerle sombra–, asciende al poder y, a partir de ahí, se considera a sí mismo el elegido por la historia para conducir los destinos de un país entero, no solo hasta el final de su vida sino por toda la eternidad.
Este trabajo recibió dos años después de su publicación el Premio Internacional de Literatura Ennio Flaviano. A pesar de su brillantez, presenta a mi modo de ver un factor de distorsión, me refiero a la calidad de la prosa y a la capacidad analítica de su verdadero autor. Y es que Vázquez Montalbán pone sobre el papel los que, a su juicio, fueron los pensamientos y modo de ver la vida de Franco, y lo hace con total honestidad, imparcialidad y respeto, pero con sus propias palabras, con su impecable estilo, con una lógica, una formación cultural y una larga experiencia periodística y literaria que en absoluto se corresponden con las del biografiado. Eso podría crear una imagen falsamente favorable en quienes carezcan de un contexto donde situar los hechos que se narran.

Del mismo autor: Galíndez

sábado, 8 de septiembre de 2018

Maggie O'Farrell: La primera mano que sostuvo la mía

Idioma original: inglés
Título original: The Hand That First Held Mine
Traducción: Concha Cardeñoso (edición en castellano), Marc Rubió (edición en catalán)
Año de publicación: 2010
Valoración: se deja leer

Me acerqué a este libro con cierto recelo después de la decepción que supuso «Tiene que ser aquí». Varias personas en las que confío me lo recomendaron y, tras conocer que el número de personajes protagonistas era altamente inferior y los saltos temporales casi inexistentes (los dos principales motivos por los que la otra novela no me acabó de gustar), me decidí a leerlo. Porque a veces hay que hacer caso a los consejos y a lo que se comenta de un libro. A veces...

Entramos en el libro de manera directa, interesante, enigmática, ilusionante, pues la autora sabe cómo introducir la semilla de la curiosidad en los lectores. Así, nos encontramos con un inicio de libro altamente prometedor, con unas primeras páginas de altísima calidad literaria, con una narración limpia, intensa y rica en matices. Pasado el capítulo inicial, vemos cómo será la estructura del libro: diferentes personajes (pocos), diferentes épocas. Porque la historia que nos pretende contar la autora se bifurca en dos historias en paralelo, en diferentes espacios temporales, con capítulos intercalados y (aparentemente) similares en interés, aunque con dos temas totalmente distintos, dos tonos muy diferentes, y con incluso un vocabulario propio en cada una de ellas. Esta parte, en estructura, funciona perfectamente, pues la importancia que se da a ambas narraciones es similar, los personajes están bien equilibrados y la duración de los episodios es la adecuada para mantener la atención en la historia. Da la sensación, y es algo realmente meritorio, que estemos leyendo dos libros diferentes a la vez, y eso no nos engañemos, es algo que plantea interés pues es poco frecuente y nada fácil.

Lamentablemente, en seguida vemos un resultado desigual entre ambas partes, pues uno de los personajes principales de una de las historias es muy inverosímil, ya que, no únicamente no es creíble lo que le ocurre sino que tampoco parece que a la autora le importe, sino más bien al contrario,  como si los comportamientos erráticos añadieran por sí solos las pinceladas de misterio que la autora pretende inculcar al personaje. Y cuando el lector no se cree al personaje se crea distancia. Mucha.

Otro aspecto que no me convence, aunque es algo más subjetivo, es el estilo utilizado, repleto de descripciones interminables y párrafos que aportan bien poco a la narración y ralentizan su avance a la vez que causan un aumento de desinterés en la lectura. Las grandes descripciones deberían servir para enriquecer la historia o engrandecer a los personajes, darles mayor profundidad y dotarlos de matices, pero en bastantes ocasiones solo parece que sirvan para evidenciar que la autora se siente cómoda con ellos y utiliza esas larguísimas descripciones como excusa para demostrar su riqueza lingüística y descriptiva.

La lectura del libro empieza a hacerse cuesta arriba cuando las historias van perdiendo interés, cuando uno no se cree los personajes de una de ellas y en la otra, a pesar del prometedor inicio, va también perdiendo credibilidad. La narración se mezcla constantemente con recuerdos de los protagonistas de su pasado, de su infancia, y uno avanza en la lectura creyendo que todo ello tiene una finalidad, un propósito, que todo ese pasado que la autora nos introduce con cuentagotas tiene un objetivo claro en relación a la historia. Pero vamos dudando de ello, pues abusa del recurso y tiene a causar una dispersión de la narración. Y superada la mitad del libro, lo único que impulsa a seguir leyendo es ver cómo conectará la autora las dos historias, temiendo lo peor a medida que se avanza: porque cada vez está más claro que el nexo entre ambas historias será algo irrisorio, algo que podría ser de una manera como podría ser de otra, algo puramente insustancial y superficial, una excusa como otra. Porque de hecho podrían ser dos libros separados, dos historias aisladas. Da la sensación que la autora quería escribir dos historias, y ha buscado la excusa para conectarlas, aunque de manera totalmente forzada.

Y es que a medida que uno avanza en la lectura, y superada la mitad del libro, uno lo presiente, nota que el libro avanza por cauces desbordados, que está perdiendo aquello que era en un inicio, pasando de una novela romántica interesante (en una de las partes) e intrigante y enigmática (en otra de ellas) a un sinsentido (en ambas). Y es que el desenlace (que obviamente no revelaré), es rematadamente forzado, previsible, absurdo y casi irrisorio, porque no nos engañemos, desde el primer momento somos conscientes que las historias, de algún modo van a tener un nexo común, pero en este caso, bien podrían no tenerlo y lograr el mismo resultado (de hecho, hasta lo hubiera mejorado).

He oído en algunas ocasiones que los escritores saben cómo empezar un libro, pero no siempre saben cómo los personajes «elegirán» evolucionar. Puede que sea cierto y puede incluso que lo sea en esta ocasión, porque todo va a la deriva, pero, ¡ah!, con el problema que el final sí que parece que estaba pensado y, claro, enderezar el rumbo cuando todo se ha ido al garete y hacerlo sin que se note ya es tarea demasiado compleja. Y se nota. E indigna. Y molesta. Porque los tintes folletinescos de novela de sobremesa de domingo tarde no los esperaba, y menos después de un inicio de libro que prometía: en matices, en ambiente, en tensión, en ritmo, en vocabulario, en construcción...

Visto así, podría concluir en que el libro está bien planificado, la autora sabe bien qué pretende conseguir y cree saber cómo lograrlo. Pero el resultado final no consigue llegar al nivel que inicialmente apuntaba, pues a pesar que la autora sepa nutrir las frases de perfectas descripciones, ricas en matices y correctamente elaboradas, para mí no es suficiente para lograr el interés si con esos mimbres la autora no sabe tejer una historia que convenza, en gran parte por unos personajes con los que no se consigue conectar.

Me sabe mal el resultado final del libro porque no está a la altura de lo que esperaba de la autora, alguien que me dejó con cierto regusto amargo pero que supo crear cierto interés en «Tiene que ser aquí»; este libro, anterior, está a años vista en ejecución y le sobran, tranquilamente, la mitad de los diálogos y situaciones, pues con únicamente escribir páginas y páginas no se construye un entorno que cause interés en el lector; no es solo a base de adjetivos, descripciones y párrafos insulsos que se demuestra la habilidad narrativa, sino a base de nutrir una historia con los elementos necesarios para que el mundo que se forme ante el lector sea suficientemente rico. Y lamentablemente no es el caso.

También de Maggie O'Farrell en ULAD: Tiene que ser aquí