lunes, 19 de noviembre de 2018

W.G. Sebald: Los anillos de Saturno

Idioma original: alemán
Título original: Die Ringe des Saturn
Año de publicación: 1995
Traducción: Georg Pitcher, Carmen Gómez García
Valoración: recomendable

Había de optar por una valoración standard, aunque sea para orientar al lector potencial. Pero la verdad es que este libro es inclasificable hasta para ser valorado. Ya debería haberlo esperado en función del motivo que suscitó mi curiosidad, al ser mencionado con profusión en una de las partes de la Trilogía de la Guerra, de Agustín Fernández Mallo, otra lectura que será tratada aquí y que, perdonad que me avance un poquito, también es difícil de valorar sin tomas de perspectiva.
Para empezar, el propio título del libro ya es una pura evocación, este libro no habla para nada de planetas. Este libro es una caminata mental bajo el pretexto de una caminata física. El itinerario del narrador por el condado de Suffolk sirve de pretexto para una serie casi aleatoria de evocaciones sobre acontecimientos de la historia europea. Sorprende que se parta de una zona de la costa británica. Sebald dedicó una de sus obras a los duros bombardeos a los que la RAF sometió a Alemania en ciertas fases de la Segunda Guerra Mundial y choca leer a Sebald en el país desde el cual los aviones partían. Pero Los anillos de Saturno tiene esas cosas, desprende esa extraña fascinación de la obra que tiene más vocación creativa que narrativa.
Ayudan, por ejemplo, esas imágenes que los libros de Sebald acostumbran a incluir. Imágenes en blanco y negro, aspecto supongo obligado por cuestiones editoriales, que, ayudadas por ese grano grueso y cierta condición algo amateur, obran un efecto de cierta fascinación sobre el lector. Acentúan cierto misterio y aportan una sensación a la vez cercana e irreal, como de estar asistiendo a una historia de aires decadentes, más que un itinerario una especie de crónica que certifica el desmoronamiento de la utopía europea. Una Europa que tras el brexit y con la implantación de las extremas derechas en las bambalinas del poder hace aguas por todas partes, y Sebald habla de eso, de ese polvo en suspensión con apariencia de algo sólido, y desmigaja historias sobre los lugares que recorre, historias que siempre retrotraen a esplendores del pasado, pequeñas piezas que conforman la estructura de este libro extraño, a veces algo anodino (cuando pone en marcha la pura narración histórica de hechos del pasado relacionados con los lugares que visita, algún lector se sentirá como en una página particularmente florida y bien redactada de la Wikipedia) a veces simplemente tomado por cierta nostalgia decadente, por la convicción que se vuelve más poderosa a medida que las páginas avanzan, de que lo de la Europa unida (y eso que este libro es anterior al impacto sobre el concepto que supuso el Brexit) está abocado a ser una patraña o un interés de los mercados o una mera respuesta al poderío unificado e unificador de la apisonadora USA (y eso que este libro es anterior al asalto al poder de Trump y todo lo que pueda acontecer a posteriori).
Sebald parece lo que es: un caminante lento en su  reflexión y rápido en la ejecución, un observador que consigue con lucidez, sentido común, y aguda visión, mostrar la decadencia de unos tiempos como el albor de los que les suceden. A pesar de ese tono gris, pausado y oscuro, Los anillos de Saturno, texto brillante que no saciará todos los paladares (me reconozco ahí en medio, incapaz de mostrar un excesivo entusiasmo a la vez que de encontrarlo un solo defecto), pero que, lectores curiosos atentos, no solo debe leerse, sino incluso consultarse de vez en cuando.

domingo, 18 de noviembre de 2018

Noelia Lorenzo Pino: Corazones negros


Idioma: español
Año de publicación: 2018
Valoración: entre recomendable y está bien


Ya los hemos visto de todos los colores: verde de la Guardia Civil y azul de la Policía Nacional, de la la Gendarmerie o del NYPD. Negro carabinieri o del departamento de policía de Los Ángeles. Marrón o kaki de montones de sheriffs de EEUU; fosfi y azul marino de los bobbies británicos. Y del color que sea que lleven los polis suecos, rusos, japoneses o mongoles. Por no hablar del despliegue multicolor de los cientos de detectives privados, abogados, periodistas y hasta asesinos que protagonizan las cientos, las miles de novelas negras o policíacas que en el mundo se han escrito, se escriben o se escribirán...

Pues ahora le toca el turno al rojo encendido de la Ertzaintza vasca, policía pinturera donde las haya... vale, ya sé que ahora no van siempre de rojo -y que la policía Foral de Navarra, en cambio, sí- y que tampoco es esta la primera novela protagonizada por tan proteico cuerpo policial, pero ya nos entendemos... (y no me hagáis reescribir el prólogo, concho, con lo bien que me había quedado). En este libro, lo es por los miembros de la Unidad de Investigación Criminal de la comisaria de Oiartzun Eider Chasserau y Jon Ander Macua. Tampoco es la primera novela  en la que podemos encontrar a la pareja de Eider y Jon, aunque sí la más reciente: la escritora irundarra Noelia Lorenzo ya ha publicado otras dos, y además, otra con diferentes protagonistas.

En Corazones negros, esta pareja de policías se ve metida de hoz y coz en una trama criminal y de corrupción policial que se desarrolla a lo largo de varios escenarios de Euskadi: desde las calles de Irún, Donostia y Bilbao a lugares tan típicos con el consabido caserío vasco o bares de txikiteros... Pero tranquilos los posibles lectores de otras latitudes: tampoco es que el color local empalague esta novela; en realidad, los acontecimientos que se narran bien podrían suceder, por desgracia, en cualquier otro lugar del mundo, sobre todo en los países más ricos, ya que el tema de fondo de esta historia es la explotación sexual de mujeres, provenientes en muchos casos de los países más pobres. Algo recurrente no sólo en las noticias de sucesos, sino en la vida que sucede a nuestro alrededor, a poco que nos fijemos.

La novela, a la que hay que aplaudir una trama impecable y una ambientación de los más verosímil, sin estridencias hardboiled, se beneficia de una gran virtud, aunque en ocasiones también puede ser un cierto lastre: la naturalidad. Naturalidad en la composición de los personajes, que son no solamente creíbles, sino reconocibles; en los diálogos, para nada impostados y, sobre todo, naturalidad en el estilo literario, que es ante todo eficaz y eficiente, sin detenerse apenas en florituras o extravagancias. Eso permite a la novela avanzar con una agilidad envidiable y que, por consiguiente, su lectura sea de lo más fluida y absorbente.

He escrito que puede ser un lastre porque la naturalidad y la verosimilitud son virtudes a la hora de escribir una novela de este tipo, por supuesto, pero para que esta sea memorable, creo que conviene combinarlas con un toque, mayor o menor, de todo lo contrario: la originalidad, la exageración o incluso la extravagancia. Quizás sea eso lo único que le falta a esta escritora: ser un poco más ausarta, más atrevida a la hora de transgredir las normas del género. Porque oficio, ya ha demostrado de sobra que lo tiene.

sábado, 17 de noviembre de 2018

Jakob Wassermann: El caso Maurizius

Resultado de imagen de el caso maurizius amazonIdioma original: alemán
Título original: Der Fall Maurizius
Año de publicación: 1928
Valoración: Imprescindible


Aquí termina el caso Maurizius, pero no la historia de Etzel Andergast”. Con esta frase –que como ven no desvela absolutamente nada– cierra Wassermann una trama de casi seiscientas páginas, meticulosamente construida, con el propósito (que cumplió con creces) de dejar la puerta abierta a entrega/s posterior/es. Porque, efectivamente, la obra tiene una segunda parte (Etzel Andergast, 1931) y hasta una tercera (Joseph Kerkhovens dritte Existenz o La tercera existencia de Joseph Kerkhoven, 1934) que, por desgracia y si no me equivoco, solo se tradujeron en Argentina hace más de seis décadas.

Quien la haya leído y disfrutado hasta el final entenderá mi decepción –que espero no dure mucho tiempo– pues la personalidad de este adolescente, hijo del fiscal general de estado, es tan compleja como seductora y, desde luego, extremadamente precoz para la mentalidad actual, aunque por la forma en que se abordan los hechos parece que no para la de hace un siglo. Pero no nos hagamos ilusiones, en esa segunda parte, ni se le concede tanto protagonismo como parece sugerir el título ni la personalidad adulta de Etzel resulta tan idealista y encantadora como era de esperar. Más bien todo lo contrario.

Jakob Wassermann –no confundir con August von Wassermann, médico alemán contemporáneo suyo que puso nombre a una prueba para detectar anticuerpos en la sangre– escribió una treintena de obras, principalmente novelas, aunque llega a abordar todos los géneros. Esta y CasparHauser fueron, probablemente, las más populares por entonces. El caso Maurizius, además de  reflejar las profundas y diversas crisis que sufrió Europa en la primera mitad del siglo XX, plantea interrogantes decisivos y nunca resueltos hasta ahora. Creo que no es tan conocido en España como, por ejemplo, Joseph Roth, Thomas Mann o Robert Musil, no obstante, se trata de uno más entre esos excepcionales escritores centroeuropeos y figuras representativas de su época.

Antes hablaba del hijo del fiscal. Él es quien pone en marcha una de las dos historias que se entrecruzan. Maurizius, en cambio, constituye el eje central de ambas. El fiscal Andergast también juega un papel determinante en las dos, pero si alguien guarda todas las cartas en la mano, aunque por motivos estratégicos se le ignore durante muchas páginas, es el autodenominado Waremme, un personaje que recuerda bastante al Arnheim de El hombre sin atributos, aunque mucho más retorcido y malvado. También él es un diletante, aprendiz de todo y maestro de nada, con un prestigio adquirido a base de cháchara, que vive de triunfar en los salones y cuyas ideas políticas parecen adelantar el totalitarismo que triunfaría en Alemania unos años más tarde. Representa al Goliat que, con más intuición que astucia y gracias a sus debilidades emocionales, acabará siendo vencido por el David de la novela encarnado por el omnipresente Etzel.

Son muchos los motivos que convierten en excepcional esta obra. El principal, que se trata de un fresco del primer cuarto del siglo XX, con sus contradicciones, inquietudes, mentalidad y forma de abordar los problemas. Sin olvidar el acertado diseño de caracteres desde el primero hasta el último: a todos los conoceremos por sus actos y, en algunos casos, también por larguísimos parlamentos que, supongo, desanimarán a más de uno. Aunque quizá lo más meritorio consista en convertir una novela de ideas, al estilo de La montaña mágica, en un artefacto intrigante capaz de volver loco de impaciencia al lector mientras el novelista, por boca de sus personajes, filosofa durante páginas y páginas. Y es que el desencadenante de todo es un asesinato nada menos. Wassermann pasa revista a un célebre error judicial presentándonos, por un lado al presunto culpable, por otro a alguien que dieciocho años más tarde revisará de nuevo los hechos con la pretensión de averiguar la verdad que se oculta tras las apariencias. Para lograrlo, deberá emprender un viaje iniciático en el que –en memorables páginas casi costumbristas– lo veremos mezclarse con un vulgo del que apenas tenía noticia y renegar del padre con todo lo que representa sin dejar de añorar a la madre que perdió. Como ven, un argumento complejo que no se puede resumir en unos cuantos párrafos.  

De principio a fin, abarcándolo todo y de forma más o menos explícita, subyacen las dudas sobre la objetividad de la justicia. ¿Nos suena esto de algo?. Hasta el que se creía infalible empieza a cuestionar la idea: “¿Porqué no lo dijo en su momento? (…) Tal vez era consciente de que la verdad solo era verdad para él, pero no para mí, no para nosotros, hasta que él estuvo dispuesto a expresarla casi en contra de su voluntad. Pero ¿y si la verdad fuese tan solo el resultado del paso del tiempo?” Con más razón los que llevan toda la vida entre presos: “¿Qué quiere decir con justicia? Esa palabra es como un pez, se te escurre de las manos cuando quieres agarrarla”.

Han transcurrido noventa años y las circunstancias son muy distintas. No sé en otros países, pero por fortuna aquí en España el poder judicial funciona como un reloj en perfecto estado. No se aprecia rastro de irregularidades, arbitrariedad, discriminación o clientelismo. Estamos encantados, por supuesto.

Traducción: Carmen de Miguel y Jorge Seca


También de Jacob Wassermann: Caspar Hauser

viernes, 16 de noviembre de 2018

Premiados con el NOVEL de ULAD, primer puesto: Mircea Cartarescu: Nimic

Idioma original: rumano
Idioma de la edición: Edición bilingüe rumano/catalán.
Título original: Nimic. Poeme
Traducción: Xavier Montoliu Pauli
Año de publicación: 2010
Valoración: muy recomendable

En esta recopilación de poesías del autor rumano, ganador del premio Novel de ULAD 2018 según votación de lectores y reseñistas, Cărtărescu destaca por hacer poesía de las pequeñas cosas, buscando el encanto de la cotidianidad, la belleza en esos pequeños detalles que abundan en la vida de cada uno, si se tienen los ojos preparados y receptivos para verlos. De igual manera que Williams Carlos Williams (por poner un ejemplo conocido, más aun después de la película Paterson), el autor rumano se centra en lo particular, en lo aparentemente común, para destacarlo y darle su justo valor, siempre bajo su mirada, interpretando y observando la vida bajo el prisma de su experiencia, sus miedos y sus deseos, realzando la realidad cotidiana con un estilo accesible para todos los lectores, aunque sin apartarse ni un milímetro de la alta calidad propia del autor.

Así, con esta intención, la poesía de Cărtărescu no está adornada en exceso de florituras, incluso diría que, a pesar de ser poesía, su estilo es incluso más accesible que su prosa, menos arriesgada, más sencilla en apariencia; tal es así, que encontramos a menudo referencias a marcas de ropa, de coches, o incluso centra un poema en torno a un amor imposible hacia Natalie Wood; también aparecen frecuentes referencias a la música, muy presente en la obra cuando menciona a The Beatles o a The Dire Straits, incluyendo en partes de sus poemas fragmentos de canciones, nutriéndolos de sus letras directamente en inglés. Así, acercando la poesía también al lector no acostumbrado a este estilo literario, el autor sabe crear el ambiente para sorprender con su poesía libre, trazando un esbozo de realidades escondidas tras los hábitos de la cotidianidad. Por eso su poesía es bella, pues no requiere de un esfuerzo para entenderla; en ella nos podemos sentir identificados y nos llega de manera natural, casi sin pretenderlo.

Además de lo expuesto, y ya entrando en profundidad y si se conoce la obra del autor, este libro se disfruta también a otro nivel, pues además de la belleza de sus poemas, uno goza enormemente viendo en él los rasgos del Cărtărescu que vendría después, pues ya asoman en sus poemas las tendencias hacia lo onírico y su interés por la anatomía, aspectos muy propios del autor. Así, vemos esos rasgos en algunos versos de sus poemas al decir «sol de invierno, aire limpio, nubes sin sistema nervioso» (siempre esas notas de anatomía, como canal a través del cual penetrar en los sentidos, como un camino que nos conduce a nuestro interior), en un fragmento que podemos encontrar en el poema «Sol de invierno». También aparecen los habituales insectos, como cuando dice «bajo el radiador, un gran escarabajo negro mueve la pata y una antena, como yace de espaldas, medio liquidado» (en «Me parece que vivo la vida») o también en «todo es romper el capullo, convirtiéndose en mariposa» en «Hacia el Mihai Viteazul», en una cita a Thomas Mann.

Viniendo del autor rumano, y como no puede ser de otro modo en él, las poesías giran, a menudo, en torno al amor y al desamor, y el autor nos las narra desde esos pequeños espacios en los que vive, y a los que nos tiene acostumbrados tras la lectura de Solenoide o Cegador. La tristeza que destila el estilo de Cărtărescu asoma en sus poemas, afirmando «Triste (porque ya no creo más en el amor, en la poesía…)» en «Hacia el Mihai Viteazul» o cuando afirma «enloquezco de tristeza, no hay nadie en mi vida» en «Hojas verdes, luces de tránsito»; y la habitual soledad que transmite la literatura del autor, al escribir «tanta soledad feliz me has dado, Dios mío», en el poema «Cuando nieva, cuando nieva y nieva...»), esa soledad que transmite encerrado en su diminuto hogar y, siempre, dirigiendo su poética mirada hacia las ventanas de su piso, esas ventanas a un mundo del que intenta atisbar su significado, buscando una salida, afirmando que «por la ventana veo otros bloques encogidos y mojados» (en «Estoy tan triste») o también «En la cortina de la ventana un rectángulo dorado — nada más que el sol al crepúsculo. Miro hacia fuera: el sol quema por encima de unos bloques…» (en «Impresión») o «he pegado la frente al cristal, como en la adolescencia, he mirado todo lo que podía ver desde aquí» (en «De repente el otoño»).

Así, desde esas ventanas, con sus vistas a Bucarest, entre la nostalgia y la esperanza, y cierta añoranza a una ciudad que le antoja triste, decadente, abatida, afirmando que «estoy desproveído del amor, de enamoramiento en las espléndida suciedad de la ciudad» (en «Tristeza idimenticable»), pero nunca olvidando su amada Bucarest, siempre presente en su obra, en una clara declaración de nostalgia al mencionar «agosto sobre Bucarest como la mantequilla sobre el pan, como el hombre encima de la mujer», en «Tristeza idimenticable».

En resumidas cuentas, un libro más que recomendable para los numerosos seguidores del autor rumano, pues en él verán muchos rasgos característicos de la obra del autor que potenciaría y sobre los que profundizaría en sus novelas posteriores; no en vano, fue después de los poemas incluidos en esta recopilación que el autor se volcaría definitivamente a la novela y a la prosa, con la publicación de Nostalgia en 1993, manteniendo en sus relatos prosísticos el tono poético que siempre le ha acompañado. Pero no se trata únicamente de un libro para los numerosos fans de Cărtărescu, sino también para aquellos que desconozcan la obra del autor, pues el libro también es recomendable por la calidad propia de su literatura, por la búsqueda y exploración de la proximidad de lo narrado, por la cercanía emocional que despiertan sus versos, y por la profundidad escondida bajo un manto de aparente sencillez. Un acierto de la pequeña editorial Lleonard Muntaner Editor que espero que tenga traducción al castellano algún día, pues los fans de Cărtărescu, y la literatura en general, se lo merecen.

También de Mircea Cărtărescu en ULADEl ojo castaño de nuestro amorSolenoideEl LevanteLas bellas extranjeras¿Por qué nos gustan las mujeres?LuluNostalgiaEl ruletista, El ala izquierda. Cegador I

jueves, 15 de noviembre de 2018

Agustín Pery: Moscas



Idioma original: Castellano
Año de publicación: 2018
Valoración: Está bien



Mallorca es como Sicilia sin muertos. Es una expresión que ha tenido arraigo en la prensa palmesana para referirse a la política y a la economía -al poder, en definitiva-. Hace un par de años sirvió de título a una novela del escritor al que se le atribuye la sentencia, Guillem Frontera, de la que hay disponible versión en castellano, protagonizada por un muy reconocible presidente del Gobierno autónomo (y no, no ese que le ha venido a la cabeza y que está entre rejas por lo mismo que el cuñado de Felipe VI). Damos por supuesto, entonces, que la mafia en Sicilia es poderosa y elimina a quien le molesta y que en Mallorca ni siquiera precisa ensuciarse. Probablemente, las cosas sean mucho más complejas, complicadas y confusas, pero si algo tiene el periodismo –y los periodistas- es prisa. Un buen titular e historias sencillas y directas, con una idea clara y que se entienda. Sicilia sin muertos. O, a lo sumo, con dos o tres cadáveres, como es el caso de Moscas.

Moscas se inicia con la aparición del cadáver de Antonio Basquida, una mosca cojonera leemos, redactor de El Día, envidiado por sus colegas –“porque se les adelantó, o porque simplemente tuvo los güevos de publicar lo que ellos jamás se atreverían a mandar a rotativa”- y temido por los poderosos locales, objetivo de su perspicaz puntería periodística. Moscas es la primera novela publicada de Agustín Pery (Cádiz, 1971) ahora director adjunto del diario madrileño ABC y entre 2007 y 2014 director del diario palmesano El Día del Mundo, surgido de la fusión de El Día –impulsado por los Barceló y los Matutes, quizás la facción más conservadora, que ya es decir, de los hoteleros baleares y el periodista Antonio Alemany, que también acabó en la cárcel por crear junto a Jaume Matas, ahora sí aparece, una trama corrupta con la que adjudicarse fondos públicos- con la edición local de El Mundo, la obra cumbre de Pedro J. Háganse cargo: un miembro de aquella redacción lo rebautizó como El Día del Fin del Mundo. Agustín Pery dio el relevo como director a Eduardo Inda y en la solapa de Moscas leemos que “destapó junto a su equipo varios de los escándalos más relevantes en la historia de Mallorca”. Bueno.

Desde luego, Agustín Pery debió conocer y tratar de primera mano, canapé y vino español, a muchos de los personajes que pululan travestidos, o no tanto, por las páginas de Moscas. La novela tiene ese ímpetu de querer ser fiel retrato de la sociedad isleña de este tiempo y por eso aparece un aguerrido aragonés delegado de la Agencia Tributaria que finalmente es desplazado con un inesperado cambio de destino, un fiscal jefe provincial de sonrisa beatífica que sobrevive a todos los cambios de gobierno con su proverbial capacidad de no mojarse ni en la ducha, o el gran capo de la noche palmesana que durante décadas ha manejado a su antojo diputados, concejales, policías o periodistas moviendo ingentes cantidades en efectivo, hoy en día en libertad. Pero, tan cierto como que los detalles otorgan verosimilitud a una ficción, aqui hacen chirriar a Moscas; uno no acaba de ver policías nacionales husmeando por los muy rurales bosques del monasterio de Lluc ni a los beltzas de la Ertzaintza repartiendo botes de humo por las calles de Pamplona.

Ese latiguillo tan manido acerca del periodismo -no dejes que la realidad estropee un buen titular- contiene una buena dosis de verdad y creo que se le puede aplicar también a esta ficción, pues la lastra y le resta parte de la capacidad de pegada que el autor pretende propinar al lector. Aún así, por su contundencia, brevedad y fiereza, Moscas se lee con facilidad e intensidad ya que ofrece una mirada necesaria y poco habitual a la parte trasera del decorado pseudo paradisiaco en el que millones de turistas se postran al sol cada verano. En su haber, desde luego, el despiadado retrato moral de la buena sociedad palmesana y como muestra, dos perlitas: “Ambos sonrieron. Se odiaban como solo se odia en Mallorca. Compartiendo confidencias, despellejando al tercero ausente, coincidiendo en cenas, asistiendo a los mismos actos y, siempre, saludándose tan efusivamente (…)”. O bien: “Jodidos isleños, pensó, son como los Borbones, solo follan entre ellos.”. Habrá excepciones, me digo, pensando en el suegro del en su día Duque empalmado, hoy también juzgado, condenado y encarcelado. El ex Duque, no el Otro.

miércoles, 14 de noviembre de 2018

John Berger: La apariencia de las cosas. Ensayos y artículos escogidos

Idioma original: Inglés
Título original: Selected Essays and Articles. The look of things. 
Traducción: Pilar Vázquez
Año de publicación: 1972
Valoración: Bastante recomendable

Desde que conocí a John Berger he procurado seguirle la pista. ¡La de veces que le habré citado cuando estudiaba Bellas Artes, la de conceptos originalmente suyos que habré integrado en mi forma de pensar! Para mí, el valor de este intelectual subyace en su coherencia. Además, claro, de en su personalidad crítica y contestataria. Hable de lo que hable Berger, escriba de lo que escriba, siempre nos toparemos con su faceta más seria y comprometida.

La obra reflexiva de Berger, quien ha tocado también el teatro, la poesía y la narrativa, me apasiona especialmente. Su aproximación al arte (tanto teórica como práctica, ahora que lo pienso) es de lo más estimulante para mí. También cómo su ideología marxista percibe distintos temas es, cuanto menos, interesante de conocer. Y aviso desde el vamos: para el intelectual británico, cualquier cosa está impregnada de política, por lo que es evidente que, cuando aborde lo que sea, probablemente saque a relucir la política que esto arrastra, ya sea de forma más o menos velada.

Pasemos a La apariencia de las cosas. Esta antología de ensayos y artículos aúna veinticinco textos de Berger, escritos todos ellos durante la década de los 60. Algunos son inéditos en nuestro idioma, y otros, en cambio, ya se habían publicado con anterioridad. Están estructurados en seis grandes bloques, por lo que ya os podéis ir haciendo a la idea de lo variados que son los asuntos tratados por Berger: Le Corbusier, Walter Benjamin, Che Guevara, el comunismo, el papel del arte en la sociedad... Un servidor destacaría especialmente los textos que hablan de arte. Uno que trata sobre Paul Cézanne es decididamente maravilloso. También otro, en que se analiza el cambio histórico que ha experimentado la disciplina del retrato con el paso del tiempo. Por no olvidarnos de los viejos conocidos, esos textos que ya pude degustar en otras recopilaciones del autor, como Modos de ver Sobre el dibujo. En conclusión, recomendaría este libro a todos los que se sientan tentados a descubrir a un pensador extremadamente sugestivo, capaz de tocar gran variedad de temas y que, lo tengo clarísimo, dará mucho que hablar, más si cabe, en el futuro.

martes, 13 de noviembre de 2018

Premiados con el NOVEL de ULAD, segundo puesto: Philip Roth: La visita al maestro

Idioma original: inglés
Título original : The Ghost Writer
Año de publicación: 1979
Traducción: Ramón Buenaventura
Valoración: muy recomendable

He de confesar que, en mi doble desempeño de reseñador amateur y contador profesional, he desarrollado cierta manía desde que me incorporé al proyecto ULAD. Estar pendiente de una manera constante del porcentaje de la lectura en curso.

Sí, luego me encontré que en Goodreads había una especie de indicador de progresión de la lectura, en tanto por ciento, y pensé que mi manía no era demasiado original.

Pues bien: cuando me di cuenta de que ya había leído la mitad de esta novela (página 70 o así), no me sentí demasiado bien. No pensé "ya he superado el cincuenta por ciento y en un par de horas estaré sentado ante el ordenador opinando sobre la novela", sino "vaya, con lo que estoy disfrutando y ya es menos lo que queda por delante que lo que he dejado atrás".
Bueno, no dije "vaya", sino "mierda".

Porque Roth inició aquí su serie protagonizada por su alter-ego Zuckerman y qué manera de iniciarla.
En un giro para el que habría que buscar un nuevo término más allá de lo metaliterario, Nathan Zuckerman, joven escritor novel judío (el orden de importancia de los factores en esta definición varía en función del párrafo del libro al que nos enfrentemos) visita a un escritor al que admira. El maestro. La visita transcurre por los pasajes tópicos de admiración y curiosidad, y solamente pequeñas incidentes parecen perturbarla. El escritor trata fatal a su mujer, y una joven refugiada que se halla de visita en la casa parece tener algo que ver en ese deterioro de la relación conyugal. Cuando finalmente (tras una especie de negociación particularmente deliciosa en la que Zuckerman se muestra reticente a aceptar aquello que desea con todas sus fuerzas) se queda a dormir, Zuckerman se encuentra durmiendo en la habitación que el escritor usa para trabajar, y bajo la habitación en que  duerme la misteriosa visitante (por la que se ha sentido atraído de forma instántanea). La noche es larga y él se debate ahí entre los impulsos de su libido y las rememoraciones de algunos hechos que le han llevado ahí. Como cuando cierto juez, prohombre de la comunidad judía, lo incluyó en su lista anual de recomendaciones de ingreso para una prestigiosa universidad. Y ahora Zuckerman tiene un relato de cuarenta páginas que representa una enorme ofensa para sus iguales y sus padres están detrás de ciertas cartas para que el relato no se publique. Y Zuckerman, como Roth, como Quim Monzó, no va a ser peor miembro de su comunidad por detectar aspectos patéticos o reprobables y hacerlos resaltar. 

Roth transmite seguridad, y solo flaquea cuando desplaza la narración y especula, aunque estoy seguro de que aquí ya surge el escritor ínclito y provocador de libros como El lamento de Portnoy, con iconos como Anna Frank (nada menos que Roth la coloca aquí como sobreviviente que se ha ocultado de la luz pública mientras el mundo se ha quedado fascinado con su diario) y, en general, todo el argumentario endogámico del pueblo judío. Cumpliendo con la norma no escrita de que nadie mejor que uno para burlarse de sí mismo, Roth ya apunta ese tono irreverente, esa seguridad ligeramente fanfarrona de quien escribe consciente de que va a haber semejantes que se echen las manos a la cabeza. Si "desenterrar" y "resucitar" a Anna Frank no es tocar un icono, si hacerlo no es una enorme osadía para un escritor judío, a ver qué va a serlo.

Por cierto, la edición leída se encuadra dentro de un tomo en que Seix Barral publicó tres novelas con Nathan Zuckerman como protagonista bajo el título Zuckerman encadenado. Loable iniciativa, aunque creo que La visita al maestro tiene entidad más que suficiente por sí misma. Por cierto, portentosa traducción, aunque no acabó de entender el porqué del cambio de la traducción lógica del título, The ghost writer, por este título, quizás oportuno e incluso acertado, pero diferente del que su autor concibió. 

lunes, 12 de noviembre de 2018

Malditas cubiertas: Marianela de Benito Pérez Galdós

En muchas de las reseñas de ULAD se valoran puntualmente las cubiertas de las obras por cuestiones concretas, pero hay casos en los que reflexionar en torno a este asunto puede extenderse tanto como la propia reseña.

Por otra parte, cuando contemplamos la cubierta de un libro (nos parezca más o menos llamativa o bonita) esperamos que nos transmita algo de lo que vamos a encontrarnos en las páginas siguientes, ya sea una sensación, un lugar, un personaje, la atmósfera… y esa información bien conjugada con el título (otro gran temazo, damas y caballeros) influye mucho en el hecho de que ese libro sea finalmente abierto o no. Luego están las predilecciones personales: unos prefieren una imagen literal, otros se decantan por algo más simbólico o sensitivo, pero lo que desde luego no gusta es una cubierta que no tiene ABSOLUTAMENTE NADA QUE VER —ni por negación— con el contenido de la obra que precede.

Y por todo lo dicho, me llena de orgullo y satisfacción (¡je!) inaugurar esta serie sobre CUBIERTAS.

Marianela se publicó por primera vez en 1.878 y se considera un clásico de nuestra literatura, lo cual es motivo suficiente para que haya sido editada hasta la extenuación en diferentes momentos y bajo diferentes parámetros de mercado (no es lo mismo una edición escolar que una para un coleccionable de clásicos que una conmemorativa). No obstante, en mi ardua peregrinación me he encontrado tal variedad de cubiertas que me he visto obligada a su clasificación por estadios, partiendo de las que me parecen menos acertadas hasta llegar a aquellas en las que finalmente se percibe que sus creadores SÍ conocían esta obra de Galdós y a su entrañable protagonista, la Nela.

ESTADIO 1: WTF
Porque la contemplación de estos cuatro rostros femeninos con esos estilismos tan de su época (la que sea en cada caso) me sugiere cualquier cosa menos a la Nela que, de tan sencilla y montaraz, no llevaba ni zapatos. Y qué me sugiere, de izquierda a derecha:
  1. Biografía de María Antonieta.
  2. Lucy (natural de Nueva Jersey) mandó hacerse esta bonita fotografía para que su prometido Billy, alistado en la Guerra del Pacífico, la llevara siempre consigo y no la olvidara.
  3. Poetisa maldita que vivió —aunque muy poco— inmersa en la bohemia parisina de finales del siglo XIX.
  4. Una de las niñas de El sí de las niñas de Leandro Fernández de Moratín, le dijo «sí» a Jack Nicholson y hete aquí la terrible consecuencia.
ESTADIO 2: LA QUE SA LIAO 
Porque seguro que en el seno de todas las editoriales se cometen errores y, por qué no, se edita una novela con una cubierta que pertenece claramente a otra:
  1. Salomé de Oscar Wilde.
  2. La gitanilla de Juan Ramón Jiménez. Tiene a su favor ese aire de marginalidad del personaje de Galdós, pero hasta vista de perfil ya se percibe en esta gitanilla bastante más carácter del que se puede esperar de la dulce Nela.
  3. Jane Eyre de Charlotte Brontë o Agnes Grey de Anne Brontë o cualquier sensible dama envuelta en serias tribulaciones que amenazan su salud moral y física.
  4. Un hombre que camina en la oscuridad de un territorio inhóspito bajo la atenta mirada de una mujer fantasmal. Cumbres Borrascosas (y con esto ya cumplimos la cuota Brontë hasta el año que viene).
ESTADIO 3: PASTORCILLAS
A alguien se le ocurrió que tal vez la Nela fuera algo así como una virginal pastorcilla y eso desenterró todos los clichés del ideario ñoño. Valoremos al menos el conocimiento de que la historia transcurre en un entorno rural, que es un elemento determinante en Marianela. Así que nos vamos acercando:
  1. Pastorcilla full equip (canesú, flores en el pelo, etc) de las fábulas de Esopo y Lafontaine.
  2. Pastorcilla de pesebre en momento adoración del niño Jesús.
  3. Pastorcilla/doncella/ninfa de pintura renacentista.
  4. Primerísimo plano de pastorcilla (obsérvese qué serenidad y qué cutis, propio de la vida idílica de la que se pasa el día a la intemperie cuidando del ganado).
  5. Pastorcilla asilvestrada. Es menuda, prácticamente una niña, y está como engullida por la vegetación. Se acerca a la figura de la Nela algo más que las anteriores aunque el entorno parezca la verde Irlanda y no una población minera del norte de España.
ESTADIO 4: SI NON E VERO E BEN TROVATO
Y es que quien ha leído Marianela (o la reseña) sabe que se trata de un personaje de difícil catalogación, al que Galdós siquiera describe físicamente, y que pretender retratarla y captar además su mundo interior es meterse tontamente en un fenomenal aprieto. Por ello las cubiertas que desde mi punto de vista más se ajustan al espíritu de la novela, o bien se valen de una ilustración intencionada de la protagonista o bien buscan otro posible leitmotiv:
  1. Pablo y su lazarillo Marianela, una estampa característica de la novela en la que se percibe que Pablo está pero no ve y que Marianela ve pero no acaba de estar.
  2. Una niña/adolescente rodeada de oscuridad (simboliza la falta de cultura y de horizontes) que vive con un tormento interior (quizá demasiado a juzgar por su expresión pero me parece más acertado que la vacua serenidad de pastorcilla).
  3. La pequeña que se arropa con semblante triste transmite muy bien la soledad y la vulnerabilidad del personaje de Galdós (aunque estoy segura de que la pobre Nela nunca tuvo esos mofletes).
  4. El territorio agreste de la zona minera en el que transcurre la historia y que es casi un personaje más de la novela.
  5. Una flor silvestre arrancada y abandonada. A mi parecer, el modo más simbólico, emotivo e inteligente de captar la singularidad y el conflicto de la protagonista.
De todas maneras (y más allá de mis muy científicas elucubraciones) en asuntos así prima la sensibilidad de cada lector, a la que no deberíamos desoír porque, si bien se dice que no se debe juzgar al libro por la cubierta, no se ha dicho nada sobre juzgar a la cubierta por el libro.

domingo, 11 de noviembre de 2018

Premiados con el NOVEL de ULAD, tercer puesto: Margaret Atwood: Un día es un día


Idioma original: inglés
Año de publicación: entre 1977 y 1991 (según el relato); 2013, como libro
Traducción: Eduardo Murillo, Víctor Pozanco y Alejandro Palomas (según el relato)
Valoración: bastante recomendable

Tras haber leído ya varias novelas de la superlativa Margaret Atwood, me he decidido por un libro de relatos para celebrar su tercer puesto (quizás merecería una mejor posición) en la votación del celebérrimo y prestigioso premio NOVEL otorgado por este sacrosanto blog. Libro algo peculiar, pues se trata de una compilación de relatos de la escritora canadiense que ya han visto la luz con anterioridad, y seleccionados por la propia autora, que les ha añadido un amable prólogo, pero que sólo han sido publicados como tal, que yo sepa, en castellano y por la editorial Lumen (*). Relatos que además cuentan con una característica común: están todos protagonizados -más o menos- por mujeres y han sido agrupados en tres partes de cuatro cuentos cada una: una dedicada a la infancia -y adolescencia, añado-, otra a la madurez y la tercera a la vejez. Es decir, que se supone que esta recopilación narra las vicisitudes de la condición femenina y su devenir a lo largo de las distintas edades de la vida humana, ejemplificándolas en una variada selección de mujeres, pero todas canadienses de los últimos 70 años (pues los cuentos fueron publicados entre 1977 y 1991, pero algunos están ambientados en los años 40 y 50 del siglo XX). Las historias, lejos de las distopías que han hecho célebre a esta autora, pueden calificarse de realistas; por decirlo de alguna forma, Atwood se adentra aquí en el territorio de su compatriota Alice Munro.

No voy a detallar los doce relatos del libro, pero hay que decir que, en mi opinión, el conjunto de todos ellos resulta cuando menos notable. Los que más me han gustado son los que abren y cierran  el volumen: Momentos significativos de la vida de mi madre y Un hallazgo extraordinario, que en realidad se podrían considerar como dos partes de un solo relato, pues ambos disertan sobre la personalidad, costumbres y anécdotas varias de la vida de los padres de la autora, así como de su propia infancia. También destacan, entre los relatos de "madurez", El huevo de Barba Azul -curiosa reescritura contemporánea del cuento que ya trabajara Angela Carter en La cámara sangrienta- y, de entre los de la "vejez", Consejos para sobrevivir en la naturaleza, que también se podría considerar de alguna manera (aunque más bien indirecta), una versión actual y crepuscular de otro cuento, el del lobo y los tres cerditos... El que menos me ha convencido ha sido El jardín de sal, creo que excesivamente largo y divagante.

He escrito "vejez" entre comillas porque no todos los cuentos de este apartado  se refieren a lo que consideramos hoy en día como tal -en verdad, sólo el último-, teniendo la protagonista-narradora de El peso, por ejemplo, tan sólo cuarenta y tantos años, y por ahí andan los de Isis en la oscuridad. Más bien habría que hablar de "envejecimiento (y más mental que físico), que es el proceso que caracteriza y une a todos los relatos , de igual modo que los de "Madurez" deberían llamarse de "maduración". En cuanto a los del primer grupo, ciertamente se refieren a la infancia y adolescencia de los personajes, pero, justamente y como resulta previsible en este tipo de relatos, a esos momentos de cambio y descubrimiento de alguno de los secretos  (no siempre agradables) de la vida adulta.

Tal es, en realidad, el leiv motiv que mueve todos los relatos del libro: el cambio, la maduración, el aprendizaje (o resignación)... más incluso que el carácter "femenino"  de los mismos. De hecho, en varios de ellos hay hombres que tienen un protagonismo indiscutible, si bien en la mayoría parecen seres ajenos, egoístas y/o incomprensibles; Esto resulta sobre todo evidente en los relatos de Madurez, son sus protagonistas siempre preocupadas, aunque sea desde el hastío, por lo que sucederá respecto a sus novios, maridos o amantes -o maridos convertidos en amantes-, tipos más bien impresentables, en general.de todos modos, ya avisa la autora en el prólogo que "la temática de estos relatos es sobre todo doméstica"...

Por lo que respecta al aspecto estilístico, la competencia de Atwood como narradora está fuera de toda duda: cualquiera de estos relatos es capaz de absorbernos y deleitarnos, incluso aquellos más angustiosos o incómodos para sus protagonistas. Con el plus añadido de un sentido del humor suave y guasón, aunque melancólico, que baña muchas de las páginas del libro y convierte su lectura en un placer. Que es de lo que se trata, al fin y al cabo.

(*) Un inciso: ni idea de si el título de la recopilación fue ocurrencia de doña Margaret o de alguien de la empresa editora. Sólo decir, que, a no ser que se me escape algo, no tiene nada que ver con ninguno de los relatos del libro.

Más títulos de Margaret Atwood reseñados en Un Libro Al Día: Nada se acabaDoña OráculoEl asesino ciegoEl cuento de la criadaPor último, el corazónOryx y CrakeÉrase una vezLa semilla de la bruja

sábado, 10 de noviembre de 2018

Tayyeb Saleh: Época de migración al Norte






 Idioma original: Árabe
Título original: موسم الهجرة إلى الشمال
Año de publicación: 1969
Traducción: María Luisa Cavero
Valoración: Muy recomendable

Que bien. De nuevo una de esas novelas que empiezas por curiosidad, sin ninguna expectativa, y que a la treintena de páginas ya te dices aquí va a haber tela, en la sesentena estás disfrutando como un poseso y en la centena empiezas a pensar en ir frenando el ritmo de lectura por que temes que se acabe y no quieres y al mismo tiempo necesitas seguir leyendo por que la narración te tiene absolutamente capturado, fascinado. Y he escrito “de nuevo” aunque realmente esta dichosa sensación tampoco es tan frecuente. ¡Pero que grande cuando aparece! Así que, como decía mi abuela, es de bien nacido ser agradecido, mi gratitud al Club de lecturas Africanistas de la Biblioteca pública de son Gotleu, en Palma. ¡Mil gracias por la sugerencia y por vuestra labor!

Publicada inicialmente en el diario Hiwar de Beirut, Época de migración al Norte  está narrada por la voz de un joven que tras siete años de estancia en una universidad inglesa regresa a Wad Hamid, su pueblo a orillas del Nilo en el norte de Sudán. Regresa a sus raíces, a su mundo campesino y tradicional, pero efectivamente en su cabeza la perspectiva ha cambiado. Lo cual no le supone conflicto ninguno; los juicios de valor, la tesis que subyace no es una dicotomía ni un choque sino más bien el fluir, veraz y poético, de una comunidad aferrada a la supervivencia en un territorio duro y arduo, siempre pendiente de las aguas que trae el Nilo, de sus crecidas devastadoras y fértiles, donde lo normal se convierte en extraordinario y donde lo nunca visto acaba formando parte de la vida cotidiana.

Por supuesto que las preguntas, los detalles, los por qué y los cómo que el narrador va sembrando por estas páginas están impregnados de su nueva perspectiva, condicionan la mirada recién adquirida: “Para el mundo industrializado europeo, nosotros somos unos pobres campesinos, pero, al abrazar a mi abuelo, me siento rico, como si fuera un latido del corazón del Universo. No es un roble, alto y frondoso, que crece en una tierra fértil y lluviosa, sino como los cactus del desierto del Sudán, de gruesa corteza y agudas espinas, que vencen a la muerte porque piden muy poco a la vida”. En esos años de ausencia se ha instalado en el pueblo un extraño, Mustafa Said, de quien apenas se sabe que es de Jartum, la capital. Esa falta de referencias acerca de Mustafa Said dispara el interés del narrador, y ahí empieza a desvelarse la vida de este personaje, su brillante inteligencia y sus miserias emocionales, su poderosa capacidad de seducción e, inevitablemente, de destrucción: “Su curiosidad se transformó en alegría y la alegría en simpatía y, cuando yo removiera las aguas tranquilas del algo de sus entrañas, la simpatía se transformaría en deseo, un deseo cuyas tensas cuerdas yo tañería a mi placer”.

Y así, con un ritmo ágil y constante, con un estilo luminoso y directo, van fluyendo acontecimientos y razones y el mundo, ese mundo, que parecía en una infancia permanente, enloquece y se precipita fuera de la calma, de la tradición y de la previsible cadencia de las estaciones y los años. Y medio siglo después, llega este lector desavisado y cae de bruces en ese mundo lejano y desconocido pero universal y reconocible. Y, desde luego, se despierta el apetito por devorar más historias de Tayyeb Saleh, nacido en Karmakol, en el norte de Sudán, en 1929 y fallecido ochenta años después en Londres 2009, y uno piensa –sí, que bien- quedan todavía tantas lecturas maravillosas por descubrir…


viernes, 9 de noviembre de 2018

Efemérides: Nido de nobles, de Iván Turguénev

Idioma original: Ruso
Título original: Дворянское гнездо
Año de publicación: 1859
Traducción: Joaquín Fernández - Valdés
Valoración: Bastante recomendable

Se cumplen hoy 200 años del nacimiento de Iván Sergueyevich Turguénev, uno de los autores más importantes de la literatura rusa, y en ULAD lo celebramos reseñando una de sus novelas, este "Nido de nobles". Seguramente no sea una de sus obras más conocidas ni destacadas, pero estamos ante un buen libro que hace bueno uno de mis axiomas en esto de la literatura: "los rusos del XIX pocas veces fallan". 

En líneas generales, podríamos decir que “Nido de nobles” es una novela que trata sobre la tristeza de un amor imposible y la nostalgia de una juventud perdida, todo ello envuelto bajo el manto de un argumento tan trivial como un triángulo amoroso y estructurado en cuarenta y cinco breves capítulos que acercan a la obra al terreno teatral.

Comienza “Nido de nobles” con la presentación de los personajes (miembros de la nobleza o de la clase media-alta) y escenarios (haciendas rurales) en los que se desarrollará la trama, que continúa de forma lineal, excepción hecha de dos incisos clave en los que se explica el pasado de Liza y de Lavretski, dos de los vértices del mencionado triángulo.

De los tres principales protagonistas de la novela, dos de ellos destacan sobremanera: los ya citados Liza y Lavretski, dos personajes arquetípicos de la literatura rusa del XIX. Liza es una joven de diecinueve años, un ser puro de extremada religiosidad marcado en su infancia y adolescencia por la influencia femenina. Lavretski, en mi opinión el personaje mejor construido, se trata del clásico contemplativo, de un hombre de unos treinta y cinco años que regresa un tanto desubicado a Rusia tras un periplo europeo marcado por un sonoro fracaso matrimonial.  Por último, Panshin, el joven gentilhombre de cámara que pretende a Liza, es el más flojo y menos “elaborado” de los tres.

Un pequeño núcleo de secundarios, en general con un carácter y un papel bien definido, pululan alrededor del terceto y contribuyen al desarrollo de los acontecimientos.

Es innegable que la novela es la historia de un triángulo amoroso, un melodrama en el que la culpa y las convenciones juegan un papel fundamental, en el que la lucha entre lo trascendental y lo mundano está muy presente y en el que el peso recae más sobre las palabras y las acciones de los protagonistas que sobre el narrador. Ahora bien, esto no debe ser obstáculo para reconocer que en ella se introduce una cierta carga de crítica política y social. Los personajes, en especial los más mayores y los que se mueven en círculos políticos, son tratados con mordacidad y no salen demasiado bien parados.

En resumen, “Nido de nobles” es un libro absolutamente disfrutable, muy en la línea (en temática y caracterización de personajes) de lo que uno puede esperar de novelas de la época, al que quizá únicamente se le pueda achacar la falta de profundización en alguno de los personajes.

También de Turguénev en ULAD: Diario de un hombre superfuoPrimer amor

jueves, 8 de noviembre de 2018

Josephine Tey: El caso de Betty Kane

Idioma original: inglés
Título original: The Franchise Affair
Traducción: Pablo González-Nuevo
Año de publicación: 1948
Valoración: Recomendable

Alguna vez he comentado algo sobre los motivos por los que he elegido un libro y no otro. En esta ocasión la vía de llegada fue algo tan inhabitual para mí que creo que es la primera vez que me muevo por razones parecidas. Alguien, no sé cuándo ni quién, hizo un comentario acerca de lo interesante del catálogo de una editorial para mí desconocida, Hoja de Lata, y me decidí a sondearla. Escogí este título y, bueno, no me arrepiento, tiene su punto.

No es lo mío la novela policiaca, de intriga, o como se llame técnicamente, así que la puedo valorar sin prejuicios, desde una perspectiva casi virginal. El suceso que desencadena la acción es el extraño relato de una adolescente, que asegura haber sido secuestrada por dos mujeres en una parada de autobús, y retenida contra su voluntad en un caserón, donde fue maltratada y obligada a realizar algunas tareas domésticas. Con la entrada en escena de la Policía, las implicadas (las Sharpe, madre e hija) piden ayuda a un abogado de pueblo (Robert Blair), un cuarentón acostumbrado a un ejercicio profesional relajado, que se ve enredado en un caso completamente diferente a los que está habituado, y que le irá absorbiendo cada vez más. El desarrollo de la historia es bastante lineal, centrado en las pesquisas realizadas para aclarar lo sucedido, hasta que el asunto desemboca en el tradicional juicio, buen ejemplo de la literatura forense que el cine nos ha servido de forma recurrente durante muchos años.

La narración es sumamente pulcra, casi diría elegante, no se deleita en detalles, va al grano sin prisas pero sin buscar tampoco demasiada aceleración, en una especie de medio tiempo que encaja muy bien con la historia. De esta forma se va construyendo con solidez y naturalidad, sin rehuir algunas sorpresas como es propio del género, pero sin aventurarse en golpes de efecto o giros demasiado espectaculares. Se puede decir que, dentro de la tensión que provoca la situación de partida, el relato no deja de ser relativamente amable.

Con todo, lo que más llama la atención es el dibujo de los personajes: con un trazo fino y de manera casi imperceptible, van quedando definidos por sí mismos, sin apenas descripciones. El resultado es interesante, la historia se puebla de actores, contenidos pero llenos de matices, que no están ahí ni son así para adornar o para jugar al despiste, sino que realmente aportan intensidad e intriga. El abogado Blair se ve desbordado por el caso, pero al mismo tiempo va descubriendo capacidades profesionales y sensaciones personales que seguramente a él mismo le resultan sorprendentes. La más joven de las acusadas ejerce desde su naturalidad una inexplicable fascinación sobre quienes la conocen, y su madre es quizá el estereotipo más reconocible del reparto: la vieja dama inglesa, distante y mordaz, que le iría de miedo a Maggie Smith, por ejemplo. Como se ve, personajes casi todos ellos muy británicos, lo que a ratos puede también llegar a ser un poco cargante, habida cuenta de lo muy conocidas que nos resultan las cortesías (zalamerías las llama la propia autora) y la clásica ironía de tantos personajes que han desfilado por libros y pantallas.

Es también relevante la importancia que el relato asigna a la prensa. Cuando, en contra de lo esperado, las acusaciones de Betty Kane llegan a la prensa (sensacionalista, pero no sólo), el devenir de la historia queda ya condicionado por la presión de la opinión pública, cuyas cambiantes corrientes, al impulso de los intereses editoriales, obligarán a alterar la estrategia de la investigación. En este sentido recuerda un poco la vigorosa denuncia que hacía Heinrich Böll en su Katharina Blum.

Así que tenemos una historia de moderada intensidad, muy bien contada y que mantiene el interés con elegancia y sin trucos fáciles. Pero hay que decirlo todo (y OJO, los que se hayan sentido atraídos por el libro, mejor que no lean lo que viene ahora): el final me parece bastante flojo. Cuando se aproximaban al fin las más de 300 páginas me preguntaba cómo resolvería Josephine Key la intriga manteniendo el nivel y sin caer en fuegos artificiales. Pues bien, lo hace sin chispa, es un desenlace cómodo en el que la trama simplemente se desinfla y desgraciadamente queda una sensación un poquillo decepcionante. Lástima, desde luego, pero aún así creo que el libro merece la pena.

miércoles, 7 de noviembre de 2018

Kent Haruf: Al final de la tarde

Idioma original: inglés
Título original: Eventide
Traducción: Cruz Rodríguez Juiz (edición en castellano), Marta Pera (edición en catalán)
Año de publicación: 2004
Valoración: recomendable

Con la trilogía de Holt, de la cual ya reseñamos el primer volumen, Kent Haruf se ganó el reconocimiento de gran parte del público. En esta segunda novela, la historia continua en el punto donde quedó la anterior, y arranca con Victoria, dejando la casa de los hermanos McPheron para irse a vivir sola con su hija y empezar la universidad. Pero la historia sigue transcurriendo en Holt, y sin dejar de lado a Victoria (clara protagonista de la primera parte), nuevos personajes pasan al primer plano de la narración.

Así, fiel a su estilo, Haruf nos sigue llenando las páginas de pequeñas historias, nutriendo de dosis de cotidianidad que van impregnando la lectura y nuestra memoria, estableciendo un vínculo emocional con los personajes por la familiaridad con la que nos son presentados. Con esta premisa, el autor hábilmente recupera algunos de los personajes del primer libro de manera dosificada, introduciendo las pinceladas suficientes de las historias del pasado para que sea fácil recordar donde quedó todo. Es en estos aspectos donde se demuestra el buen hacer de Haruf, en hacerlo fácil, hacerlo simple, pero hacerlo bien, sin fisuras ni lagunas, en una transición entre historias cómoda para el lector.

Comparativamente, y sin cambiar ni un ápice el estilo sobrio, calmado, plácido, de su anterior novela, en esta obra los temas tratados son de mayor calado, más oscuros y más duros; este es el mejor aspecto de este segundo libro, pues el autor profundiza en el conflicto, pero deja en manos del lector toda la carga emocional. Se podría decir que, con la lectura de sus libros, la procesión va por dentro, y es el lector quien decide el nivel de intensidad emocional que quiere añadir a la lectura, pues el autor expone los hechos sin añadir efectismos, sin cargar las tintas, sin ahondar en las heridas. Puede que este aspecto no sea del agrado de todos los lectores y consideren que el libro se quede a medias en lo narrado, pues podría ser más contundente, más explícito; no les faltaría razón, pero, en cualquier caso, es cierto que este estilo es el sello del autor y es uno de los aspectos que gustan de su obra.

Podríamos decir que, en conjunto, esta segunda parte es más regular en cuanto a las historias narradas, pues no hay algunos de los altibajos que sí encontré en la primera parte. En este aspecto, la novela mejora pues todos los personajes tienen su particular punto de interés (independientemente de la historia que les suceda); el autor hace bien en renovar algunos de los personajes de la primera novela, pues algunos no tenían más recorrido y de esta manera de amplía el abanico de temas a tratar (que no desvelaré aquí para mantener el interés del futuro lector). Además, este hecho permite al autor añadir carga emocional, pues los temas que trata son más duros y complejos. En este aspecto la narración hace un decidido paso adelante, pues se aparta ligeramente de ese tono buenista de la primera parte donde el tono que desprendía la novela era de excesiva candidez. En este segundo volumen, los personajes son más oscuros, más humanos, más reales, y da la sensación como si el autor hubiera dejado que la historia madurara hasta llegar a un punto a partir del cual dejar que la historia adquiera tonos más dramáticos, más duros. Así, el autor se decide por, siempre manteniendo el tono pausado y sin proveer detalles escabrosos, introducir algo más de carga emocional y dureza a las historias narradas, y acercarlo más a una realidad a la que solo se acercaba desde cierta distancia. Y se agradece el cambio.

Estamos por tanto delante de un libro que, manteniendo el estilo del primer volumen, mejora en cuanto a las historias narradas, aunque, siendo críticos, también es cierto que la narración aumenta en lentitud, en número de páginas, y esto le va a la contra, pues por el lenguaje siempre correcto y de estilo pausado puede dar la sensación de que el autor pretende alargar la extensión sin motivo aparente que lo justifique. En cualquier caso, el tono calmado es inherente al estilo del autor y acorde al espíritu de la narración, pues se mantiene en armonía con la intención del autor en narrar la cotidianidad de personajes casi anónimos, comunes, como los que podríamos encontrar en un pueblo cualquiera de la Norteamérica rural.

En definitiva, un libro que gustará a aquellos que disfrutaron con «Canción de la llanura», pues, manteniendo el estilo, el autor profundiza en las heridas de la sociedad y, en esa madurez, consigue que sintamos, aún más, el conflicto, las dudas, las injusticias y, también, la solidaridad y el cariño que sus novelas nos ofrecen. Mientras esperamos la tercera entrega, seguiremos en Holt, dejando que sus historias formen parte de nuestros recuerdos.

También de Kent Haruf en ULAD: La canción de la llanura, Nosotros en la noche

martes, 6 de noviembre de 2018

Andrea Barrett: La fiebre negra


Idioma original: inglés
Título original: Ship fever
Año de publicación: 1996
Traducción: Magdalena Palmer
Valoración: Entre recomendable y está bien

Curioso libro este, una compilación de relatos que en 1996 se llevó uno de esos premios molones que conceden los norteamericanos y que establece como nexo de unión de todos ellos el protagonismo o, al menos, la referencia a científicos, ya sean reales o ficticios, dedicados a la biología, desde naturalistas del siglo XVIII a modernos bioquímicos. También en casi todos hay un protagonismo o importante presencia de personajes femeninos (suupongo que por estas razones se ha puesto en la cubierta de la edición española la foto de una científica... sólo que se trata de la física austríaca Lise Meitner, descubridora de la fisión nuclear y uno de los más escandalosos "olvidos" de posibles premiadas con el Nobel).

No son los únicos puntos en común de los relatos: todos ellos comparten un tono melancólico, un cierto desencanto sobre las vicisitudes y los resultados, rara vez en consonancia con las expectativas, de la existencia humana. Desde la esposa de un profesor universitario que acaba por despreciar a su marido en La carta de Mendel a la segunda mujer de un hombre de negocios que no encuentra su lugar ni en su nueva familia ni en la de origen, de Soroche; del prestigioso científico al que la vejez arrebata los éxitos que puede haber conseguido en su vida -El discípulo inglés- al joven naturalista que intuye que nunca triunfará, de Aves sin patas. Tanto los adúlteros a los que ni siquiera entregarse a una pasión , trastocando la vida de sus respectivas familias, logra salvar de la insatisfacción en La zona litoral, como las hermanas Malburg, del relato con ese mismo título, un par de bioquímicas a medio camino entre el rigor científico y lo inasible de lo arcano, cuyas relaciones familiares resultan bastante desconcertantes (reconozco que es el cuento que me ha gustado menos... demasiados ingredientes en la receta para un gusto tan deslavazado), son ejemplos de una sorda desdicha, más o menos resignada. En realidad, el único cuento que parece conceder algo de esperanza a sus personajes es Rara Avis, donde unas inglesas, en pleno siglo XVIII, deciden mandar al diablo las convenciones sociales y dedicarse a lo que más les gusta, el estudio de la naturaleza, algo en principio vetado para su sexo.

Dejo para el final el último relato, justamente, que da título a todo este volumen y que, en realidad, se trata casi de una novela corta; en mi opinión, es sin duda el mejor de todo el libro. La fiebre negra se refiere al tifus, en este caso a la epidemia de tal enfermedad que tuvo lugar en Canadá en 1847, desencadenada por la afluencia de miles de paupérrimos inmigrantes irlandeses que huían de la hambruna de la patata. La historia está contada desde el punto de vista del joven médico que Quebec Lauchlin Grant y de una de sus pacientes, Nora Kynd y resulta tanto muy lograda en ritmo y estilo como ajustada en intensidad y sensibilidad, sin adoptar, o poco, en el aire desasistido que caracteriza a otros de estos relatos. Una pequeña novela que, además, resulta muy interesante para reflexionar sobre las migraciones y las fronteras, de ahora y de tiempos pasados; su lectura me parece que sería de lo más conveniente para todos aquellos progenitores que han decidido seguir con sus hijos la moda antivacunas de los últimos tiempos. 

lunes, 5 de noviembre de 2018

Michel Houellebecq. En presencia de Schopenhauer


Idioma original: francés
Título original: En presénce de Schopenhauer
Año de publicación: 2017
Traducción: Joan Riambau
Valoración: insuficiente

Insuficiente.

Porque, sí, los incondicionales del francés huraño estamos famélicos de algo que echarse al gaznate y devoraremos lo que nos echen. Chuscos de pan, migas de pan, el plato rehogado con esas migas de pan, el mantel con los restos, el suelo con lo que se cayó. Pero incluso así una editorial ávida de recibir del público lo que sea (reconocimiento y dinero, por lo general) habría de pensárselo antes que entregar lo que sea.

Insuficiente. Reprise.

Ni siquiera en este texto, primero que se traduce desde que plantara en nuestras narices la espléndida Sumisión, justo en fechas en que aconteció (y nos parece tan lejano) lo de Charlie Hebdo, ni siquiera se ve a Houellebecq cómodo. Como si ese recurrente flash-back que adereza las páginas y que se materializa en recuerdos de toma de contacto con los libros de Schopenhauer, con el ideario del filósofo mediatizara el entorno, Houellebecq escribe demasiado atenazado por la pureza conceptual. No hay lugar para el descarrío en un autor que casi siempre funciona plantando a sus personajes como componentes del mundo que analiza, esa proyección fuera del escenario (fuera del territorio) acaba encorsetando e inhibiendo al Houellebecq polémico que aquí apenas asoma, con la excepción de un par de tópicos masculinos, que no machistas, oculto tras una necesidad algo forzada de mostrarse didáctico.

Insuficiente. Argumentos de calidad-precio.

Aunque sea lo que uno se va a gastar en el último gin-tonic (el que ya sienta mal), esos 8 euros del libro están mal invertidos. Entre prefacio y extractos de Schopenhauer (aunque sean traducción propia de Houellebecq), pequeño formato del libro (o cuaderno) aquí hay apenas veinte páginas reales de texto del genio. Menos que muchos artículos de los que contiene su obra de ensayo y, lamentablemente, enormemente anclados en un aspecto metafísico que, insisto, el escritor francés emplea mejor como telón de fondo del que el lector extrae conclusiones que como extracto puro de teoría que a algunos se (nos) puede indigestar.

Insuficiente. El alumno se arrodilla ante el maestro.

Comprendo a Houellebecq en su enorme respeto hacia Schopenhauer. Aunque he de reconocer no haber leído nada del filósofo alemán. Pero veo al francés tan comedido, tan admirativo y despojado de acidez crítica, tan escorado hacia cierta reverencia incondicional, que a  veces no lo reconozco

Insuficiente. Ficción, queremos ficción.

Eso. Con la vida resuelta como debe estar, aunque con 60 años en plena madurez personal, siempre existe el riesgo de que se le vaya la pinza y, en vez de desaparecer, haga algo como dejar de publicar o apuntarse a algún gimnasio. Por lo cual se lo imploro, en mi nombre, en el de algún otro de los integrantes del blog, en el de su grupo de admiradores constantes o puntuales. Vuelve a tus personajes, a tus tramas difíciles pero posibles, a tus hipérboles que nos hielan el aliento, a tu sensación de aislamiento que puede romperse de cualquier mala manera. Por favor. Vive y escribe, Michel. Vive y escribe.


domingo, 4 de noviembre de 2018

Contrarreseña: El club de los mentirosos, de Mary Karr


Resultado de imagen de el club de los mentirosos amazonIdioma original: inglés
Título original: The Liars’ Club
Año de publicación: 1995
Valoración: Pionero y valiente




Una familia disfuncional es toda aquella con más de un miembro
Mary Karr (en entrevista con Kiko Amat – La Vanguardia, 2017)

No me cabe duda de que esta autobiografía novelada habrá levantado algunas ronchas. Incluso ahora, más aún cuando se publicó, hace más de veinte años. Después de todo, se trata de una mujer que desmitifica las sacrosantas relaciones familiares. Principalmente, porque no es un ejercicio de cotilleo –ocupación que suele suscitar benevolencia– sino un testimonio de primera mano de cuyo desarrollo la autora forma parte activa.  Pero cuando se ha vivido envuelta en maledicencia, la catarsis bien merece tal ejercicio de audacia.
Entendámonos. Si vas a desnudarte por dentro, mejor hacerlo con gracia. Y Karr parece aplicárselo: es más que evidente su soltura narrando los episodios más escabrosos, el descaro de quien viene de vuelta, su decidida iconoclastia, productos todos ellos de una personalidad más que potente. Quien espere encontrarse con la entrañable crónica familiar de una muchachita tejana recibirá una tremenda bofetada. Aquí no se salva nadie. Padres, hermana, abuela, ella misma, sus convecinos, y hasta la particular fealdad de su pueblo, se enfrentan al despiadado foco de unos recuerdos que nos parecerán caricaturescos a veces. Es lo que suele ocurrir cuando se intenta retratar fielmente y sin complejos una realidad cualquiera, con sus deformidades y rasgos menos fotogénicos, obteniendo a cambio la satisfacción de haber llamado a cada cosa por su nombre.
No se trata, sin embargo, de una narración descarnada y áspera. Abundan también las escenas bucólicas y los momentos entrañables. Sobre todo cuando Karr enfoca a ese grupo de hombres curtidos por el trabajo (el denominado club de los mentirosos) que celebran sin rechistar las dudosas confesiones del padre. Y es que –parece decirnos– para disfrutar como es debido de estas pretendidas memorias solo hay que concentrarse en lo que se narra, sin cuestionar su veracidad. (Ejercicio metaliterario que, de paso, advierte a los lectores de la escasa fiabilidad de los recuerdos y de que todo escritor puede fabular con entera libertad y permitirse las licencias oportunas.)
Mary Karr es una gran creadora de ambientes, se puede jactar de haber ejecutado algunas escenas verdaderamente memorables, es capaz de reflejar el punto de vista de un niño con verdadera convicción, pero quizá tiende a extenderse más de la cuenta. Por otra parte, el tono desenfadado –cuyas notas épicas son claramente deudoras del  western– resta dramatismo a los hechos, aportando en ocasiones un efecto intrascendente más propio de un producto juvenil que de una novela realista con contenidos tan amargos. También contribuyen a ello la foto de portada y el título.
Con todo, el gran mérito de El club de los mentirosos estriba en la atinada caracterización de cada miembro de la familia, con sus cualidades y defectos. En particular, destaco la figura de Charlie. Ella en absoluto constituye un ejemplo de maternidad abnegada y laboriosa que nunca piensa en sí misma, pero eso la convierte en individuo. No es un mero espejo de los suyos, tiene personalidad propia y asume su carga de deseos, frustraciones y dolor. Es cierto que muestra igual rebeldía, carácter depresivo y nula resistencia a adicciones que el resto, pero también idéntica creatividad, fantasía, talante luchador y un amor infinito por la prole que le tocó en suerte. A pesar de tantas irregularidades, se ha ganado el respeto y cariño de su gente. Y la autora no la mantiene en segundo plano sino que le adjudica un papel de lo más relevante. Teniendo en cuenta que en la literatura canónica no había rastro de modelos para tal cosa y que hubo que abrir camino a machetazos, habrá que reconocerlo sin tapujos.
He calificado esta obra de valiente. Incluso ahora, pero más aún veintitrés años atrás, debía hacer falta mucho de eso para presentar al público un personaje así, y más tratándose de la propia madre.
Si quisiera clasificar esta novela utilizaría una expresión muy trillada pero cambiándole radicalmente el sentido. Incluso me atrevería a afirmar que quien haya tenido la paciencia de llegar hasta el final no podrá contradecirme: esta es una novela de amor con todas las letras, y lo es de una forma mucho más real, profunda y descarnada que esos productos sensibleros que se limitan a repetir tópicos. Quien conmueve de veras es esa Mary Karr de las últimas páginas recogiendo angustiada los pedazos rotos de sus orígenes e intentándolos pegar a duras penas. El argumento entero es una metáfora de la rebeldía que suscita tanta exigencia de perfección a las mujeres, pero sobre todo el prolongado desenlace –muy superior al resto, pues con su estilo reflexivo y depurado completa el sentido de todo lo anterior– me ha parecido magnífico, un broche perfecto de una historia demasiado veraz e incómoda para mentalidades aferradas a lo conveniente.


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