viernes, 20 de abril de 2018

John Mortimer: Los casos de Horace Rumpole, abogado

Idioma original: inglés
Título original: Rumpole of the Bailey
Año de publicación: 1978
Traducción: Sara Lekanda Teijeiro
Valoración: está bien

Hace un tiempo leí el libro (que reseñé aquí, por supuesto) El devorador de calabazas, cuyo mayor interés en su momento de publicación residió en que suponía un roman à clef sobre la crisis matrimonial entre su autora, Penelope Mortimer y su marido John, también escritor, pareja al parecer bastante conocida en el Londres "artístico" de los años 60. La novela me dejó, y me tiene aún, bastante desconcertado, pero me hizo fijarme en la figura del marido -quien, por otra parte, no sale demasiado bien parado-, así que me propuse leer algún libro suyo, algún día... Pero todo llega, amigos y amigas de ULAD...

Personaje interesante, por lo demás, este John Mortimer: abogado (mejor dicho, barrister, esa peculiar figura del sistema judicial británico quizás más cercano a la interpretación que a las leyes) progresista, defensor en casos sobre la libertad de expresión, llegó a representar ante los tribunales a la actriz porno Linda Lovelace y a los Sex Pistols; dramaturgo y guionista de televisión (suya es, sin ir más lejos, la célebre y celebrada adaptación de Retorno a Brideshead); novelista conocido sobre todo por su serie del diputado Titmuss y por estos relatos del también abogado -o mejor barrister, cómo no- Rumpole. Casado con dos Penelopes, John Mortimer tuvo además un montón de hijos e hijastros, dentro y fuera de sus matrimonios, algunos de los cuales se han dedicado al oficio actoral... entre ellos una de mis debilidades, la cautivadora Emily Mortimer (quien viera la última gala de los premios Goya, tal vez la recuerde como la dama sentada al lado de Isabel Coixet, hablando un euskera bastante aceptable).

Los relatos que componen este libro están protagonizados por el, ya digo, abogado defensor -por lo  general de oficio- Horace Rumpole, un correoso veterano del Old Bailey al que la comparecencia ante los tribunales, la interpretación ante jueces y jurados y las triquiñuelas para derrotar sus advesarios  motiva  mucho más que lo que podría ganar dedicándose a variedades más rentables aunque aburridas del Derecho. Rumpole es dicharachero, irónico, aficionado a la poesía -cita con frecuencia a Wordswoth, Byron o Keats- y amante de los vinos baratos y los puritos malolientes. Es también, me temo, un poco machista para el estándar de comportamiento actual, aunque quizás lo sea más a modo de chanza viejuna que por convencimiento: cierto es que a su esposa la llama Ella, la que Ha de Ser Obedecida, por ejemplo y habla con cierta condescendencia de las mujeres que trabajan en su ámbito, pero también aprecia a su colega Trant, en la que ve más espíritu litigante que en cualquiera de sus socios varones. Ahora bien, este machismo un tanto jocoso (que se puede considerar como producto de su época, más que nada) ya chirría demasiado en uno de los episodios, en los que Rumpole ha de defender a un político acusado de violación. O quizá lo que incomoda, sobre todo, es lo que recuerda a casos de desgraciada actualidad, así como el trato dispensado a la víctima de la supuesta violación. E incomoda todavía más la justificación que da Rumpole a su actuación en el juicio: que todo acusado merece ser defendido por todos los medios al alcance de su defensor... Incomoda, en fin, porque hace pensar sobre si esto es cierto o no, y por qué sí o por qué no.

Lo cierto es que, pese al tono desenfadado que muestran casi todas las páginas del libro -el típicamente irónico humor inglés a raudales, anécdotas sobre la vieja y alegre delincuencia londinense o sobre los honorables y peculiares jueces del sistema judicial británcio...- subyace en todos los casos presentados una reflexión sobre la aplicación de la justicia y, lo que es aún más ionteresante, sobre los efectos de esa aplicación en los individuos afectados y en la sociedad a la que pertenecen. Porque la otra pata en la que se apoya este libro , además del humor y los vericuetos de la Justicia, es el reflejo del cambio social que sobrevino en la sociedad británica (una potencia que acababa de dejar de ser un Imperio, al menos nominalmente) durante los años 60 y 70... ¡caramba si aparece hasta una colonia de hippies, qué atrevimiento! Una sociedad que aún confiaba, pero cada vez menos, en sus instituciones, aparentemente sólidas y asentadas con el peso de los siglos, aunque ya bastante abolladas y resquebrajadas por aquel entonces...Y todavía les faltaba pasar  los años del thatcherismo (y el post-thatcherismo, que también está teniendo su punto)... Mortimer aún pudo verlo y sufrirlo, pero Rumpole, el pobre, no sé si habría sobrevivido.

(Para quien haya leído el libro con agrado o esté interesado en hacerlo, mencionar que se acaba de publicar en español, por la misma y exquisita editorial, una segunda parte titulada Los juicios de Rumpole).


jueves, 19 de abril de 2018

Leonora Carrington: Memorias de abajo

Resultado de imagen de memorias de abajo de leonora carringtonIdioma original: inglés
Título original: Down Below
Año en que se escribieron: 1943
Valoración: Está bien


Empecé a interesarme por el personaje de Leonora Carrington (1917-2011) cuando leí la biografía novelada que, ya en sus últimos meses de vida, le dedicó la escritora mejicana de origen polaco Elena Poniatowska, quien la conoció y trató durante cincuenta años y le hizo numerosas entrevistas –que nunca llegó a leer como tampoco leyó el texto que lleva su nombre– porque lo que se decía sobre ella no le interesaba en absoluto. Este simple detalle refleja una personalidad tan peculiar como apasionada e indómita, que la empujó a renunciar a sus privilegios de cuna y a vivir en su juventud experiencias tan dolorosas como la detención de su pareja (el pintor surrealista Max Ernst) y su internamiento en un campo de concentración nazi, su propia reclusión en un establecimiento psiquiátrico (de los de entonces) en tierras santanderinas y la huída desesperada de un país a otro, en plena guerra mundial, para escapar de la institución y, sobre todo, del largo brazo paterno, capaz de ejercer su influencia sin necesidad de trasladarse.
La primera parte del volumen que he manejado –y a continuación de un prólogo de Fernando Savater– son las Memorias de Abajo propiamente dichas, escritas en 1943. En ellas, y a modo de diario personal, narra sus recuerdos del horror que supuso ser retenida con poco más de veinte años, entre completos desconocidos, sin apoyos familiares ni amistosos, sometida a tratamientos que no estaba en condiciones de valorar ya que carecía de conocimientos psiquiátricos y porque, debido a la medicación suministrada, vivía privada de lucidez la mayor parte del tiempo. ¿Estuvo Carrington trastornada realmente o sus delirios de esa época fueron únicamente fruto de los medicamentos que se vio obligada a consumir, que la mantuvieron alejada del mundo real durante meses, y que, junto a su tendencia a fantasear y su querencia por el surrealismo, le inspiraron un conjunto de visiones tan disparatadas como sugestivas tal como han llegado hasta nosotros? Aunque ella reconoce en estas notas su locura, nunca lo sabremos con certeza, pues gran parte de los episodios narrados y su propia conducta en ellos no son recuerdos propios sino reconstrucciones basadas en el relato de sus terapeutas.
Las Memorias consisten, pues, en una sucesión de despropósitos –tras los que se atisba con cierta nitidez lo que de verdad estaba ocurriendo– escritos a finales de agosto de 1943, y por tanto reconstruidos cuando Carrington se encontraba ya a salvo en tierras americanas. Las cierra un epílogo –referido oralmente a una testigo cuatro décadas más tarde– en el que explica las circunstancias de su evasión. En conjunto, se trata de un conmovedor testimonio de las experiencias más dolorosas que puede sufrir un ser humano, sumido en la alienación y abandonado a su suerte en todos los sentidos, cuya sinceridad y crudeza resultan difíciles de asimilar por cualquier lector medianamente sensible.
Resultado de imagen de La giganta carrington
Autorretrato (1937)
A continuación se incorpora una colección de relatos titulados genéricamente La dama oval, y otros dos independientes: La casa del miedo, con prefacio de Max Ernst, y El pequeño Francis, el más largo y complejo de todos. Excepto este último y El enamorado, ninguno tiene un desenlace claro, más bien parecen argumentos a medio acabar. Teniendo en cuenta que su desarrollo tampoco mantiene una progresión al uso, sino que dan vueltas sobre sí mismos apoyados en las potentes imágenes que surgen de la mente de su autora y en su extraordinaria capacidad descriptiva, podría decirse que se trata más bien de cuadros surrealistas, aunque expresados con palabras, que se van sucediendo uno tras otro. Dicho de otra forma, las historias no son más que un pretexto para transmitir su potentísimo y complejo imaginario, no obediente a la lógica sino a leyes internas establecidas por ella misma y muy próximas al mundo de los sueños.
No es posible evaluar la prosa de Carrington pues las memorias fueron dictadas en su día, y los relatos –todos escritos entre 1937 y 1938– han sido corregidos y revisados por sus respectivos traductores.
Se incluyen, además, unas cuantas fotografías, así como las pinturas más significativas de Leonora Carrington, y hasta un demencial plano del sanatorio que, salvando las distancias, recuerdan a los que aparecen en algunas obras del género fantástico.

miércoles, 18 de abril de 2018

CONCURSO ENSADA DE RESEÑAS: Primer Premio: Charles Dickens: Oliver Twist por José Ángel Gordillo

Lengua original: Inglés
Título original: Oliver Twist
Traductor: Enriqueta Sevillano
Año de publicación: 1837-1838
Valoración: Imprescindible

Poco puede decirse de esta obra que no se haya dicho ya.  De las aventuras del huérfano Oliver Twist (de su paso por asilos de beneficencia, de sus pinitos en la profesión funeraria, de sus buenas y no tan buenas compañías londinenses o del afortunado y feliz desenlace de sus vivencias) están al tanto incluso los peor informados. La guarida de Fagin resulta al común de los (lectores) mortales tan cara como el camarote del Pequod, las habitaciones del 221B de Baker Street o las mesas de la posada del Almirante Benbow. 
Charles Dickens da cabida en su prosa a dos pulsiones narrativas contradictorias. Por un lado tenemos al Dickens mordaz; el Dickens que se vale de la frase aguda, de la fina ironía y de la crítica sardónica para aniquilar con sus retórica cáustica las vergüenzas y los vicios más obscenos de la sociedad que le tocó vivir. Es en estas ocasiones, cuando modela desde el desenfado su prurito criticón y olvida cualquier compromiso con la corrección formal y política, cuando su crítica se hace más efectiva; más vigorosa y sagaz. Esta fuerza se transmite a su prosa, que interpela y conmueve al lector, aunque sea haciéndole reír a base de bien. 
Este impulso viene a menudo acompañado de otro de signo contrario. Hablamos en este caso del Dickens ampuloso y afectado, el que con solemnidad excesiva y poco entrenada pretende conmovernos. Esta afectación se adereza a menudo con una prosa almibarada hasta extremos intolerables y que otorga a la narración a un patetismo poco saludable. Donde el Dickens mordaz conmovía sin pretenderlo, el Dickens hiperbólico ni remotamente se aproxima a lo que de forma tan clara ambiciona.
Del mismo modo que conviven en el autor, las descritas pulsiones cohabitan su obra. Así pues, raro es el caso en que ambas no aparecen de consuno, entremezcladas en mayor o menor medida, combinadas con tino dispar y divergente fortuna; pero juntas, al fin y al cabo. Quizá sea Oliver Twist la novela que de un modo más claro da cuenta de la bicefalia dickensiana.  En esta novela Dickens retrata dos mundos antagónicos: el mundo de los Brownlow y el mundo de los Fagin. El primero es el universo de la burguesía acomodada y biempensante; de la clase media aburrida y anodina, preludio de la encorsetada (e hipócrita) moral victoriana. El mundo de los saciados, de los que, viviendo de las rentas (pues poco es lo que sabemos de la procedencia de sus emolumentos) no paran mientes a la hora de ofrecer pingües recompensas para conseguir lo que ambicionan. Este universo lo retrata el segundo Dickens. El mundo de Fagin es el mundo subterráneo; el mundo del subsuelo y de los bajos fondos. Un mundo habitado por ladinos proxenetas, pillastres carteristas, simpáticas meretrices y coléricos criminales. Mundo de tascas, de timbas y figones; de atmósfera congestionada por el humo del tabaco y el aroma de los licores. Territorio dominado por los “chavales del arroyo” (Pasolini dixit), donde la disipación y los más bajos (y humanos) instintos no se esconden, sino que se muestran con orgullo. Aquí utiliza el autor su otro registro, sulfúreo y penetrante. 
Hasta cierto punto, la dicotomía se plantea en términos de elección, pues a menudo es tan profunda la fractura entre una y otra dimensión que ciertos fragmentos podrían formar parte de novelas completamente distintas. En consecuencia, el lector quedará prendado de uno de estos universos y acabará odiando al otro. El propio Oliver, con su inocencia lacrimógena y su benevolencia ingenua, pertenece más al primero que al segundo; de ahí que nuestra afinidad para con el protagonista dependa de hacia donde se incline la balanza de nuestras preferencias. Yo tengo clara mi elección; pero, ¿cómo no quedar prendado de Dawkins, ese caballerete con ínfulas de lord? ¿Cómo no dejarse contagiar por la exagerada hilaridad de Charley Bates? ¿Cómo permanecer impertérrito ante la profunda y plebeya muestra de coraje y honradez dada por Nancy? Hasta la retórica enfurecida de William Sikes ejerce sobre el lector una intensa atracción.
¿Por qué imprescindible? Charles Dickens constituye una de las mas aplaudidas y admiradas figuras de la narrativa decimonónica y de la literatura universal; Oliver Twist, en tanto que epítome de toda su obra, en tanto que encarnación de su naturaleza bipolar, merece ser considerada como un jalón imprescindible dentro de la obra de un autor imprescindible. Pero al lector de esta reseña poco o nada ha de interesar la opinión de quien escribe; pase, lea y juzgue por usted mismo. 

martes, 17 de abril de 2018

Alejo Carpentier: El acoso

Año de publicación: 1955
Valoración: Imprescindible (o casi)

Se me ocurren muchos adjetivos para describir esta estupenda novela del cubano Alejo Carpentier: compleja, densa, psicológica, barroca, sensorial, simbólica… Vayamos por partes.

Se trata de una novela compleja en la que, al menos en apariencia, la forma predomina sobre el fondo. El fondo es la huida desesperada de un hombre, acosado por sus antiguos correligionarios, durante los 46 minutos que dura la ejecución de la Sinfonía Heroica de Beethoven. La forma son los tres actos en los que se divide la novela, en los que Carpentier juega con el tiempo y con las tres voces que llevan el peso de la novela: la del narrador, la del hombre acosado y la del taquillero del teatro en el que se aquel se refugia durante el concierto. 

Digo que Carpentier juega con el tiempo y lo hace a través de la estructura de la novela. En el primer acto contemplamos, desde la óptica de las tres voces ya comentadas, la entrada en escena del hombre acosado. En el segundo acto, el más extenso, logramos averiguar cómo y porqué ha llegado el hombre acosado a la situación en la que se encuentra. En este acto entra absolutamente todo: infancia, adolescencia, juventud y días previos al desenlace, que constituiría el tercer y último acto. Presente, pasado más o menos lejano y presente unidos con tenues hilos que van componiendo la madeja de los hechos. 

Se trata de una novela densa porque en sus apenas 160 páginas (en edición de bolsillo) entra todo: relaciones raciales en la Cuba de los años 30, sexo, vida, muerte, religión, traición, culpa… Y es psicológica hasta tal punto que vendría a ser una especie de “Crimen y castigo” en versión caribeña y reducida, para que os hagáis una idea. 

Es también una novela barroca, sobre todo en el lenguaje. La erudición de Carpentier se hace notar. Profusas y detalladas descripciones de ambientes y lugares y un riquísimo vocabulario llenan las páginas del libro. En este sentido, recuerda a otras obras del propio Carpentier, sin ese elemento real-maravilloso que sí tiene, por ejemplo, “El reino de este mundo”, y a obras de autores como Miguel Ángel Asturias o Lezama Lima. 

Además, es una novela tremendamente sensorial. Lo fácil sería hablar de la sinfonía de Beethoven, pero es que hay música, en cualquiera de sus formas, por todas partes (la sinfonía, la música que se oye en los edificios, el ruido de la omnipresente lluvia y de los truenos), olores (a comida, a sexo, a muerte), sabores, etc. 

Y es, por último, una novela plagada de simbolismos, hasta tal punto que uno llega, por mero desconocimiento de la realidad política cubana de la época, a perderse algunos de ellos. Los más claros, en mi opinión, son los relacionados con la religión. Y es que vida, muerte y una suerte de éxtasis místico recorren el segundo acto de la novela. 

En definitiva, y como habréis podido imaginar, es un libro magnífico del que destacaría, sobre todo, el maravilloso manejo por parte de Carpentier tanto de los recursos (técnicos, lingüisticos, estilísticos) como de la información, hasta el punto de terminar construyendo un retablo casi perfecto. 

También de Alejo Carpentier en ULAD: Concierto barrocoEl reino de este mundo

lunes, 16 de abril de 2018

Fannie Flagg: Tomates verdes fritos


Idioma original: inglés
Título original: Fried green tomatoes at the Whistle Stop Cafe
Año de publicación: 1987
Traducción: Víctor Pozanco Villalba
Valoración: Muy recomendable



Etiquetada en su momento —qué sorpresa— como «literatura para mujeres», esta obra candidata al Pulitzer alcanzó el éxito en nuestro país gracias a la adaptación cinematográfica de Jon Avnet en 1991. El guion, coescrito por la propia Fannie Flagg, recibió una nominación al Oscar al mejor guion adaptado.

Da igual el ñoño póster con las cuatro mujeres sonrientes o la estampa de alborotada decadencia sureña que podáis haber retenido en vuestra retina. Dejad a un lado las primeras impresiones, las etiquetas y los prejuicios porque esta novela no tiene NADA de inocente.

Resumen resumido: Evelyn Coach realiza una de sus penosas visitas a su suegra en la residencia Rose Terrace cuando conoce a la locuaz y encantadora Ninny Threadgoode, otra residente con la que traba una sincera amistad. El cariño de Ninny y su relato por entregas sobre las aventuras de los habitantes de un pueblecito llamado Whistle Stop, en el marco de la Gran Depresión, inspirarán a Evelyn para decidirse a tomar las riendas de su vida.

Se trata de una narración dentro de una narración donde buena parte del peso recae en las vivencias de los habitantes de Whistle Stop y, especialmente, las de Idgie Threadgoode y Ruth Jamison; su trama y su conflicto son los que vertebran la novela. La trama de Evelyn y Ninny tiene un papel más secundario siendo igualmente sólida e interesante. A estas dos tramas se les unen multitud de pequeñas sub tramas relacionadas con el raudal de personajes que aparecen en las narraciones de Ninny. 

Los que hayan visto la película y crean que ya lo saben todo deberían atenerse a lo siguiente: en primer lugar, la película (mucho más puritana) omite cuestiones y personajes de sumo interés al tiempo que «carameliza» los hechos con algunos detalles, en mi opinión, innecesarios. En segundo lugar, se estarán perdiendo la experiencia de leer una obra muy muy especial que engancha y satisface a partes iguales. ¿Qué tendrá Tomates verdes fritos que seduce a todo el que la lee?

1. Estrategia narrativa dinámica y bien pautada; capítulos cortos con diferentes narradores, por lo que la narración adquiere una cualidad envolvente, con muchos puntos de vista. El narrador principal, en tercera persona omnisciente, narra el pasado en Whistle Stop así como la trama presente de Evelyn y Ninny; pero cuando Ninny empieza a hablar del pasado, ella misma se convierte en narradora en primera persona dotando a su relato de emoción y cercanía. Otros recursos narrativos son el Semanario de Dot Weems u otras gacetas locales mediante las cuales vamos obteniendo información sobre los personajes y las diversas tramas y sub tramas. Las voces están muy conseguidas: Ninny es adorable sin caer en el cliché de la anciana charlatana; lo mismo sucede con Dot Weems, una cotilla de pueblo institucionalizada y alegre.

2. El humor fluye en toda la narración y genera complicidad con el lector, al tiempo que contribuye a la atmósfera luminosa que impregna hasta los momentos más dramáticos. La autora esgrime la ironía a la menor ocasión, como en este fragmento del Semanario de Dot Weems:

«El Club Teatral de Whistle Stop hizo su representación anual el viernes por la noche, y yo tengo que decir: ¡Muy bien, chicas! El título de la obra es Hamlet, del dramaturgo inglés Mr. William Shakespeare, que no es desconocido en Whistle Stop porque escribió también la obra del año pasado»

3. La galería de personajes es impresionante, un riquísimo tapiz de diversidad en el que hasta el menos decisivo para la trama está definido con sus conflictos y sus antecedentes siempre al servicio de la acción. 

4. El compromiso de la novela con cuestiones delicadas (y más en 1987) y el tratamiento naturalizado de las mismas con humor, reflexión y positivismo —que no buenismo—, y sin caer en los estereotipos:

  • El machismo y la violencia de género en todas sus escalas. El machismo cotidiano se extiende de forma natural en todo el texto:

«Hay muy buenas personas que son asesinos. (…) Sí señor. No daría un paso por ayudar a un ladrón. En cambio, un asesino lo es solo una vez, casi siempre por alguna mujer, y no reincide»

  • El racismo, también en todas sus magnitudes y como muestra de otros males menos perceptibles como el egoísmo o la falta de empatía.

«(…) al empezar los problemas en los años 60, tanto ella como la mayoría de los blancos de Birmingham se vieron sorprendidos por los acontecimientos. Y todos coincidían en lo mismo: “No son nuestros negros” los que provocan los disturbios. Lo achacaban a agitadores externos enviados desde el norte. También solían dar por sentado que sus negros “eran felices tal como estaban”. Años después, Evelyn se decía en qué habría estado pensando ella para no percatarse de lo que estaba sucediendo justo al otro lado de la ciudad»

  • El retrato de la menopausia a través del malestar de Evelyn, que incluso fantasea con el suicidio. La autora consigue que el lector deje atrás la idea simple y facilona de «aquí tenemos otra madurita depresiva».

«—Pero es que yo tengo la sensación de ser demasiado joven para pasar por eso —dijo Evelyn—. Sólo acabo de cumplir cuarenta y ocho.
—Qué va, encanto. Muchísimas mujeres lo pasan antes. Se dio un caso con una georgiana de sólo treinta y seis años, que cogió un día el coche y subió con él por la escalinata del Palacio de Justicia del condado, bajó la ventanilla y le tiró la cabeza de su madre, a quien acababa de cortársela en la cocina, a un policía, gritándole: “¡Hala, para ti!”, y volvió a bajar la escalinata con el coche. Así que, ojo, que en eso puede parar una menopausia precoz si no tienes cuidado»

  • El lesbianismo. La relación amorosa entre Idgie y Ruth es algo que la película pasa tan de puntillas que muchos espectadores ni siquiera la percibieron. Sin embargo, la novela da por hecho esa relación, sin caer en el morbo y con absoluta naturalidad, tal como se desprende del Semanario de Dot Weems: 

«Mi otra mitad regresó de la excursión de pesca organizada por el Club del Hinojo totalmente de vacío y con el trasero hecho un mapa de arañazos de ortigas. Dice que la culpa ha sido de Idgie, que le dijo que se sentase allí. Ruth dice que también Idgie tiene un mapa en el mismo sitio»

Al final del libro —anécdota muy comentada— se adjuntan varias de las recetas que Sipsey preparaba en el café de Idgie y Ruth. Resulta curioso y sobretodo oportuno por la enorme presencia de la gastronomía del sur a lo largo de toda la narración.
Así que muy recomendable porque es una novela audaz, divertida, comprometida, luminosa, emocionante y escrita y planteada con muchísima habilidad e ingenio. Casi me atrevería a decir que también la pueden leer los hombres y hasta llegar a disfrutarla y apreciarla pero, claro, qué sabré yo de etiquetas editoriales.

Ya para acabar, la edición de Tomates verdes fritos que he tenido ocasión de leer corresponde a la imagen que adjunto con la reseña. La descripción del café de Idgie y Ruth según la novela es:

«Era una pequeña construcción pintada de verde y con un toldo a franjas blancas y verdes bajo un anuncio de Coca-Cola que decía: THE WHISTLE STOP CAFÉ»

Sí, sí, no sigáis buscando el toldo o el anuncio de Coca-Cola la portada es esa como podría ser una foto del Zoo de Nueva York, otra muestra de la desidia editorial de la que ha sido objeto esta novela en nuestro país a lo que añado que Tomates verdes fritos está, a día de hoy, descatalogada. 

A veces sueño que ha sido re editada por Blackie Books...

domingo, 15 de abril de 2018

Zoom: Snowhite de Ana Juan

Idioma original: español
Año de publicación: 2001
Valoración: recomendable

Hace ya tiempo, al menos una década, que en España ha proliferado la aparición de libros cuidadosamente encuadernados y, sobre todo, magníficamente ilustrados; se trata tanto de reediciones de clásicos como de obras nuevas cuyo texto puede debe ese incluso a la misma mano ilustradora (caso de Vida de las paredes, por ejemplo). Esta tendencia, que espero se haya convertido ya en algo permanente, se debe en gran medida a la labor de editoriales independientes, como Nørdica o El reino de Cordelia, aunque también se han sumado otras encuadradas en grandes grupos, como la histórica Lumen. Ahora bien, esto ocurre hoy en día , en el año 2018 (me permito un aparte: asusta pensar que estamos sólo a un año de aquél en el que se desarrolla Blade Runner... me refiero a la peli original, la buena), pero allá por el año 2001 no constituía aún una "tendencia editorial". De ahí el interés, además de por su valor intrínseco, claro está. que tiene este relato escrito e ilustrado por la archireconocida Ana Juan.

Más aún porque el relato, más propiamente esta vez, el cuento que ocupa este libro, es una reelaboración del celebérrimo Blancanieves, uno de los pilares de la tradición literaria occidental, junto con otros cuentos supuestamente infantiles, la Biblia y alguna que otra cosilla más...); reelaboraciones que al comenzar este siglo tampoco se estilaban tanto como ahora, tras la estupenda película (hoy toca cine...) El secreto de los hermanos Grimm y otras que le han ido a la zaga: Hansel y Gretel, cazadores de brujas, Maléfica o, precisamente, Blancanieves y la leyenda del cazador... Claro que la interpretación que hace Ana Juan del cuento dista bastante de la mera sofisticación escénica e indumentaria  y no digamos del steampunk que podemos encontrar en  las películas citadas; en este caso, la autora ha situado a sus personajes en una mansión de algún lugar de Inglaterra, en el período de entreguerras: Snowhite es la hija de Lord Hawthorn -el nombre tampoco parece casual-, que tras las consecutivas muertes de madre y padre, se ve a merced de la consabida y vanidosa madrastra, con su espejito, etc... Quien ordena que la joven sea abandonada en el bosque y todo lo demás... (ahora que lo pienso, supongo que no le estoy haciendo spoiler a nadie... ¿O SÍ?). 

Pero resulta que el bosque aquí no es tal, sino una metáfora para definir el mundo exterior a la mansión, a la burbuja -aunque tampoco en el mejor sentido del término- en el que hasta ese momento había vivido la joven, perdida ahora en una sociedad dura, cruel e incluso depravada, en la que Snowhite debe ganarse el pan trabajando en la taberna" Lilly & Putt", de los hermanos Dimes. Va quedando claro que esto no es una versión para niños de la historia: Ana Juan aprieta un poco más las tuercas a sus personajes y no les ahorra ni violencia -empezando por la sexual-, ni conocer la droga o las perversiones... Tampoco una sutil ironía, que se refleja en las alusiones a otras obras literariaas (el evidente Gulliver, pero también el aire dickensiano de toda la historia) o pictóricas (para empezar, el expresionismo en blanco y negro de las ilustraciones, pero también algún momento "bosquiano" a costa de los enanos Dimes).

Y aquí llegamos, por fin (ya acabo), a la parte gráfica del libro... He de decir que a mí, en principio, no me entusiasma el estilo de Ana Juan, mórbido y redondeado, aunque es cierto que sus ilustraciones suelen encerrar más contenido del que se ve a simple vista y merecen una contemplación detenida. En este caso, además, las láminas en blanco, negro y grises se ven  complementadas con pequeñas figurillas silueteadas en negro. Ilustraciones todas muy a tener en cuenta, además, porque en este libro no son un mero reflejo de lo escrito, sino que  forman parte de la narración. Ilustraciones que van desde lo humorístico a lo terrorífico, de lo costumbrista a lo irónica y morbosamente erótico... En fin, un libro que, pese a su brevedad, merece sumergirse en él y explorar algunos aspectos turbios, pero fascinantes, de los cuentos que les contamos a nuestros hijos... y sobre todo a nuestras hijas. Quizás deberíamos contarles la versión de Ana Juan, para que vayan prevenidas, no sé.






sábado, 14 de abril de 2018

Philip José Farmer: Un exorcismo. Rituales I y II


Idioma original: Inglés
Título original: The image of the beast. An exorcism: Ritual One 
Traductor: Antonio Resines
Año de publicación: 1975
Valoración: Estoy confuso (para bien, creo) 


 Un ambiente enrarecido por el smog; el más denso de la historia de los condados de Los Ángeles y Orange. Un detective privado, Childe, que asiste a la proyección de una película porno. En ella, su socio, recientemente desaparecido, es mutilado brutalmente. Childe empezará a buscar a los responsables de tamaña atrocidad... Sin tener en cuenta que él mismo puede ser el siguiente en caer en sus garras. Empezamos fuerte, ¿eh?  

 En esta reseña intentaré estar a la altura de las circunstancias, aunque no las tengo todas conmigo. La imagen de la bestia es una novela extraña. La empecé a leer pensando que supondría un pasatiempo inocuo. Entretenido, a lo sumo, pero sin trascendencia alguna. Y al volver la última página, todo parecía indicar que así había sido. Pero me era imposible ignorar una vaga sensación que me había atravesado en varias ocasiones a lo largo de la lectura, sensación que desmentía y reforzaba a partes iguales mi prejuicio respecto al libro. Me explico: no tengo claro si la novela es una auténtica maravilla o no. Parece bastante consciente de la clase de literatura que es, y en ningún momento promete más de lo que es capaz de dar. Eso no impide que Farmer ridiculice, asimismo, las barreras que separan su obra de otras consideradas "mejores”. Pero esas barreras todavía existen, ¿no? Por lo tanto, La imagen de la bestia sigue siendo mala. (¿?) ¿O la el autoconocimiento de la novela y el manejo que hace del mismo la convierte en un producto bueno? ¿Es mejor Sherlock Holmes que La Sombra? Sí. No. En principio. 

 Da igual, volvamos a La imagen de la bestia antes de que me gane a más detractores y aleje a un público potencial de esta obraEste libro es una mezcolanza de géneros. La novela negra se plasma en el protagonista y la investigación que lleva a cabo. La ciencia ficción, en el smog y los mutantes. Los elementos góticos hacen acto de presencia en forma de criaturas sobrenaturales y casas repletas de pasadizos secretos. Tampoco nos olvidemos del componente pornográfico que embadurna cada capítulo. Una auténtica locura, vamos. Podríamos enmarcar a este abigarrado pastiche dentro de la literatura pulp más genuina.

 Sus excesos van más allá del cóctel de géneros; también están presentes en una narrativa sin complejos a nivel formal y conceptual. La redacción de Farmer es burda, torpe, repetitiva. Y las ideas que pululan por aquí... Farmer está dispuesto a soltar alocadas ideas cada dos por tres, sin sonrojarse siquiera. Estas ideas resultan ingeniosas a ratos; otras veces, totalmente ridículas. Pero La imagen de la bestia no tiene sentido del ridículo y jamás lamenta haberse desmadrado; si acaso, nos escupe en la cara que no somos el lector idóneo para disfrutarla y se va de rositas. En cierto modo, esta novela me recuerda bastante a Que se mueran los feos, de Boris Vian. Tanto por la historia como por la forma en que está escrita. 

 El carácter irreverente (hablo a nivel literario, no narrativo) del libro, en definitiva, me tuvo magnetizado desde el principio. No se ceñía a ninguno de los parámetros de lectura que poseo, y eso que me gusta pensar que son bastante amplios. Y aún y así, hubo algo en esta novela que debió convencerme. Porque, como he dicho antes, ciertos indicios me hicieron pensar que no estaba (solamente) cara a cara con un producto de entretenimiento. ¿O sí? 

 Farmer aporta. Bueno, quizás no sume para todos. De hecho, seguro que, desde la perspectiva de muchos, degrada a la literatura. Pero quedémonos con que nos ha seducido a todos. Su impúdica, disparatada y alucinante novela nos ha encantado. Contra todo pronóstico. ¡Pues a disfrutar de sus aciertos! Y es que cuando le interesa, el autor suelta auténticas perlas. Perlas casi profundas, como las reflexiones que giran en torno el protagonista y su relación con su ex esposa. O perlas que no necesitan de profundidad para encantarnos. Pienso en el personaje de Vivienne. En el fantasma y sus métodos para abandonar su condena ectoplásmica (y otra condena peor que la incorporeidad, condena que no voy a revelar). Los globos. Oh, sí, los malditos globos.

 Pero nada de esto quita que la novela siga siendo bastante peculiar. Todavía debo decidir si Farmer me ha fidelizado lo suficiente como para ir a por la parte dos de esta saga, titulada ¡Cuidado con la bestia!. Ya veremos. 


PD: Si esta cubierta os parece fea de narices, la de la edición que yo leí es si cabe más atroz todavía; ay, la vergüenza que me entró al dárselo a la bibliotecaria para sacarlo en préstamo. Si alguien quiere, verla, que la busque... Paso de publicarla en esta entrada o enlazarla.  




Idioma original: Inglés
Título original: Blown Sketches among the ruins of my mind 
Traductor: Jordi Beltrán
Año de publicación: 1987
Valoración: Decepcionante 

 ¡Cuidado con la bestia! es la continuación de La imagen de la bestia. He leído esta novela antes de lo que tenía planeado, creo que para recuperar esos elementos que me gustaron de la primera entrega. Y ya aviso que no los he encontrado. Probablemente eso condicione mi crítica. Lo siento.

 No voy a andarme con preámbulos. Mientras que Farmer suelta una serie de ideas extravagantes al vuelo en La imagen de la bestia, ahora parece querer clavarlas con agujas en una pared. Estructurarlas. Racionalizarlas. No suele importarme que se vaya generando un andamio lógico en un suceso literario que parecía carecer de sentido. Me gusta como los mitos de Lovecraft van siendo apropiados por ciertos autores, que los dotan de una interesante coherencia interna. El problema aquí es que la aparición de la lógica llega un libro tarde (aunque se entrevé que Farmer ya la tenía planeada desde el principio) y a veces acaba siendo muy conveniente. De hecho, esta lógica parece antagónica a la alocada y estrafalaria fantasía de la saga; el contexto resulta perjudicial para el desvarío febril. Ya en la primera entrega se burlaban de la voluntad humana por comprenderlo todo. Y ahora Farmer cae en ello. Parece ser que era lo que pretendía, como ya he dicho, pero no le queda conseguido, la ejecución fracasa. Por suerte, y a pesar del empeño de Farmer en justificar en demasía sus idas de olla, estas siguen apareciendo. Sí, vale, demasiado explicadas, pero ahí están. El autor empieza rescatando a Vivienne, un personaje que ya era misterioso en la primera parte, y dándole una escena totalmente descabellada (más que la que ya tuvo en su momento). O sea, que un personaje que ya en La imagen de la bestia hacía palidecer al resto de su grupo, grupo que parecía poseer ciertas cualidades sobrehumanas, asociadas a los licántropos o vampiros, es ahora mostrado con más extrañeza todavía. También me gusta la incorporación de Plugger, otro ser al que tampoco se puede relacionar con nada existente hasta la fecha. 

 En fin, vamos a la trama. ¡Cuidado con la bestia! incorpora a otro protagonista, que compartirá en esta ocasión perspectiva narrativa con el (ahora) ex detective Childe: Forry, un aficionado a la ciencia ficción. Ambos se verán envueltos en una guerra que se remonta a tiempo atrás, donde criaturas alienígenas llamadas ogs y tocs se pelean para conseguir el “Grial”. Este objeto, una vez activado, podrá devolverlos a sus respectivos planetas. Y para activarlo necesitaran a Childe. Las excusas que da el autor para justificar elementos previos se ven forzadas. Si ya se sugirieran más explícitamente en la primera parte, vale, pero que ahora aparezcan, sin más... No me convence. Unos seres que parecían quererle mal a nuestro protagonista ahora dependen de él. ¿En serio? ¿Me estás vacilando? Sabían que lo necesitaban, y aún y así actuaron de esa forma. ¿Fue un malentendido? ¡Venga ya! Por culpa de este viraje se pierde la tensión que existía en la primera entrega. Salvo el primer tercio, donde Childe y Forry son blanco de extrañas situaciones, todo parece demasiado fácil y hasta consensuado. Bah... 

viernes, 13 de abril de 2018

Knut Hamsun: El círculo se ha cerrado

Idioma original: noruego
Título original: Ringen Sluttet
Traducción: Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo
Año de publicación: 1936
Valoración: está bien

Este libro del controvertido autor nórdico, fue el último dentro del género narrativo que escribió antes de su muerte. Sorprendentemente, en él no encontramos muchas de las características que hicieron de «Hambre» o «Pan» libros altamente impactantes y que situaron al autor como uno de los más influyentes de la literatura. Escrito a los setenta y siete años, parece como si el paso del tiempo hubiera apaciguado el duro carácter del escritor, convirtiendo su habitual mal humor y dureza en melancolía y pesar.

En el inicio del libro, al autor nos retrata la decadencia del Sr. Brodersen, antiguo encargado y habitante del faro del pueblo, a quien el paso de los años le va haciendo tomar consciencia de su declive. La partida de su hijo Abel a diferentes tierras para buscar su futuro lo deja a merced de su solitud, y en ella encuentra la compañía de una interesada joven con la que comparte los últimos días. El paso del tiempo trascurre hasta que ocho años más tarde, vuelve el hijo Abel, cuando le informan del fallecimiento del padre. Pero, a su vuelta, Abel se encuentra con una sociedad muy cambiada, pues ocho años son suficientes para transformar un mundo cuando uno parte siendo joven. Así, a su vuelta, Abel encuentra un pueblo muy cambiado. Sus conocidos de la juventud se han casado, algunos tienen hijos y algunos incluso son felices. Hay mucho matrimonio por compromiso, por la casi obligación social a formar familia, y más aún en una sociedad donde el dinero no abunda.

Con esta premisa nos encontramos los dos ejes sobre los cuales gira la historia: por un lado, el archiconocido tema de las relaciones sentimentales a los que Hamsun nos tiene acostumbrados; hablamos de relaciones difíciles, a menudo con intereses de por medio, frías, egoístas, con poco interés en un firme compromiso y la solitud, siempre presente en Hamsun. Hay negatividad y pesimismo, uno lee la obra y no encuentra un punto de alegría donde agarrarse y reflotar, la historia transcurre como si uno arrastrara los pies en el fango, donde todo cuesta, donde no hay opción de liberarse de la carga que supone salir adelante con relativo éxito, donde no hay una luz al final del camino. El autor lo expone cuando, en el reencuentro del personaje con una antigua amiga le dice: «para mí habrías sido buena para hundirnos juntos». Pocas veces una frase tan corta contiene tanta tristeza. Y, relaciones sentimentales aparte, hay un segundo eje, aunque parcialmente entrelazado: la crisis económica del momento en el que se basa la historia, que sitúa a Abel en el centro de los intereses de los habitantes del pueblo, pues todos quieren que aquel invierta en sus negocios, todos lo buscan, lo necesitan. Pero él, tras su vida algo nómada, no encaja en ese tipo de mentalidad, se ha convertido en un ser pasivo, sin intereses.

Como es habitual en la obra de Hamsun, el libro está lleno de personajes vacíos, grises, perdidos, vagabundos sentimentales sin hogar ni destino, sin un presente que permite atisbar un futuro placentero. Es el propio Abel quien afirma: «debemos mostrarnos indiferentes ante todo, no dejar que nada nos perturbe, así transcurrirá el tiempo». Con este pesar y desazón, Hamsun nos retrata la historia de quien vuelve a su tierra pasado cierto tiempo. Sin un padre ni una familia con los que sentirse arropado, la soledad y el desaliento van cogiendo terreno a sus cada vez más desaprovechados días. Y, a la vez, su desánimo y su carácter pasivo es poco aceptado por aquellos que lo tratan, pues todos esperan de él que, habiendo heredado la fortuna del padre, los saque de los apuros en el momento de crisis que la sociedad atraviesa. De esta manera, se contraponen las dos mentalidades: la ambiciosa y necesitada, frente la pasiva y acomodada. Pero la fortuna disminuye cuando no tiene quien la cuide, y parece que los únicos interesados y preocupados sobre la disminución del dinero son aquellos que no lo tienen, pero sí pretenden aprovecharse de los que lo atesoran.

De esta manera, aunque el libro ofrece los tintes habituales de la obra del autor, vemos como Hamsun ha cambiado su estilo con el paso de los años: mantiene sus preocupaciones, narradas a través de sus ya conocidos monólogos interiores, sigue tratando la soledad y el difícil encaje en la sociedad; sus personajes parece que, más que vivir, pasan por la vida sin encontrar un lugar en ella. Pero sí hay un cambio en este libro respecto a sus primeras obras, y es la manera de tratar la historia, en intensidad y en estructura. Aquí nos encontramos una historia más completa, más amplia, más larga. Pero, aunque mantiene su visión escéptica de la sociedad que ya apuntaba en sus primeras obras, en este caso pierde intensidad, ya no hay la visceralidad y violencia emocional que existían en «Pan» y «Hambre». Ya no golpea como lo hizo en esas primeras novelas, y el ritmo narrativo se vuelve lento y monótono. Han pasado cuarenta años desde esas primeras obras y se nota en el estilo, pues aquí la crítica es más sutil, aunque más suave también. Mientras sus personajes en el pasado despertaban sentimientos de claro rechazo, en esta obra despiertan tristeza y abatimiento.

En resumidas cuentas, Hamsun nos retrata una historia de oportunidades perdidas, de pasados vividos y aún vivos, de personas que se encuentran para reencontrarse a ellos mismos, volviendo a su pasado, a épocas donde todo era diferente y donde todo podía haber sido. Una historia de caminos tomados, añorando los olvidados. Una historia de posibilidades descartadas, de personajes que, en su triste añoranza a un pasado prometedor, intentan conseguir por todos los caminos posibles avanzar, un día más, aunque sea hacia un futuro desalentador.

También de Knut Hamsun en ULAD: Hambre, Pan, La bendición de la tierra, Victoria

jueves, 12 de abril de 2018

CONCURSO ENSADA DE RESEÑAS: Segundo premio. Begoña Huertas: El desconcierto por David Villar

Idioma original: español
Año de publicación: 2017
Valoración: Muy recomendable/Imprescindible 

El desconcierto es levantarse un día y que te digan que tienes cáncer. Sentir tu cuerpo como un enemigo, como un adversario, como algo ajeno a la persona que eras hasta ahora. “La enfermedad te transforma el yo, y de repente eres un yo que no conoces. Ahí está el desconcierto. Este libro trata de poner orden en ese caos", en las propias palabras de la autora.

Pero que nadie se equivoque, no estamos ante un libro de autoayuda. Begoña Huertas rehúye lo panfletario y no ofrece un texto amable, redentor, de superación. No es eso. Este es un libro sobre la enfermedad, sobre lo jodido que es estar enfermo, sentirse enfermo, saberse enfermo.

¿Es “El desconcierto”, entonces, un testimonio? Tampoco, o no sólo es eso. Este libro —novela, me atrevería a llamarla— ejerce de diario, sí, pero también de brillante monólogo interior, de expurgo de demonios, de metaliteratura.

Porque es sobrecogedor ver cómo Begoña Huertas, escritora, intenta encontrar refugio en las palabras. Y no lo halla. Y se lamenta de que tantos escritores enfermos (Proust, Baudelaire, Dostoievski,...) apenas pasaron por encima de su enfermedad, como si esta les avergonzara o les empequeñeciera, como si consideraran algo indigno escribir sobre ella. 

Hasta que un buen día llega a sus manos “La muerte de Iván Ilich”, de Tolstoi, y ahí, agazapadas, están las palabras que la autora demandaba de la literatura universal. En sus páginas encuentra Begoña Huertas el asidero literario al que aferrarse, ¡al fin!, y la reivindica como la gran novela universal sobre la enfermedad (para el que esto escribe, “La muerte de Iván Ilich” también es la gran novela universal... sobre la muerte, sobre el hecho de morirse; ojo al matiz). La apología que desde “El desconcierto” se hace de esa obra de Tolstoi es vehemente, elevadora, necesaria. 

Como también lo es cuando Begoña Huertas nos invita a detenernos en las obras póstumas de David Bowie y Leonard Cohen, y ver el distinto tratamiento que ambos músicos tuvieron ante el adiós. ¡Uauh!, los pelos como escarpias. Un ejercicio melómano apasionante para quien quiera reflexionar un rato sobre la muerte (o no pueda dejar de hacerlo) y desee ponerle banda sonora a esa reflexión. Aviso para navegantes: duele.

Y todo este testimonio-diario-musical-metaliterario (“El desconcierto” es en verdad inclasificable) lo hace sin una concesión a la pazguatería: Begoña Huertas no quiere que la consideremos una heroína, ni reparte lecciones sobre ser fuerte, ni gazmoños consejos bucaycoelhianos. Lo que cuenta es tan efectivo que no necesita ser efectista. Es más, da la sensación de estar ante un texto tan sincero, tan directo, que la autora lo escribiera para ella y para nadie más. Escribir para volver a reconocerse, para volver a ser Yo.

Por todo, libro que no puedo dejar de recomendar. Hacen falta agallas para adentrarse en él, pero la considero de lejos la mejor lectura en lo que llevo de 2018. ¡Y aplaudo sobre todo el ataque que hace al mal llamado “pensamiento positivo”! La ensayista Barbara Ehrenreich lo tenía claro: "El pensamiento positivo es en realidad un brillante método de control social, ya que anima a la gente a pensar que no hay nada malo en el sistema (la economía, la contaminación ambiental), y que lo que está mal tiene que ver con usted, con la actitud personal de cada uno".

Combatamos esta gran mentira postmoderna del positivismo por el positivismo. Y aprendamos a leer/escribir sobre temas incómodos como la enfermedad, la decrepitud, la muerte.

Begoña Huertas lo ha hecho. Y ahí reside la Literatura.

miércoles, 11 de abril de 2018

Mijail Bulgakov: Corazón de perro

Resultado de imagen de corazon de perro bulgakov amazonIdioma original: ruso
Título original: Собачье сердце, Sobach'e serdtse
Año de publicación: 1925
Valoración: Muy recomendable



Corazón es lo que pone este escritor en lo que toca y ahí está la clave de su magia. Un corazón escéptico, crítico, ácido, sarcástico e irónico, cuyo objetivo fundamental es satirizar, con todos los recursos a su alcance, un régimen –el soviético– cuya implantación coincide casualmente con sus primeros pasos literarios. A Bulgakov lo conocemos sobre todo por El maestro y Margarita, considerada una de las obras fundamentales del período. Esta que comentamos fue, como aquella, prohibida por su carácter antirrevolucionario, aunque se tradujo al inglés en 1968 y circuló clandestinamente desde que fue escrita (1925) hasta 1987, fecha de su publicación oficial en Rusia. A partir de entonces, ha sido analizada con exhaustividad, celebrada unánimemente y adaptada a cine, teatro y ópera.
Es difícil rastrear todas las influencias que han dado lugar a una obra concreta, a veces ni siquiera el propio escritor es consciente de algunas. Claro que en este caso hay pistas más que evidentes: desde el Fausto de Goethe y piezas cortas cervantinas como El perro hablador, hasta productos típicos del momento, muy propicio a indagar sobre regresiones (La metamormofosis) o sobre humanoides fabricados artificialmente (Frankestein), igual que desde hace décadas a los autores contemporáneos les da por especular sobre la inteligencia artificial y su eventual posibilidad de dominar al hombre.
Las escenas  de la novela están descritas con precisión cinematográfica y son tan delirantes que no pueden por menos que impactarnos. Desde el principio nos ponemos fácilmente en la piel de Bola, un can algo atípico que nació dotado de una gran capacidad de observación –a pesar de lo cual arrastra una precaria existencia de perro vagabundo–, comprende a grandes rasgos el idioma y es capaz de interpretar con cierta exactitud las señales que emite su entorno.
El doctor Filip Filipovich empieza alojando en su mansión a un Bola todavía sin inteligencia humana que sabe apreciar las ventajas del encierro. Pues “¿qué es la libertad? Un humo, un espejismo, una ficción… Un delirio de esos funestos demócratas”. Con el tiempo pondrá en juego toda su pericia de cirujano e investigador para llevar a cabo el gran experimento: convertir en humano a un Bola agonizante, casi tanto como la sociedad rusa previa a la revolución bolchevique. Y el éxito parece indiscutible, solo se ha cometido un fallo: no haber estudiado antes el carácter y trayectoria vital del individuo cuyos órganos convertirían al perro en algo parecido a un ser humano. Pues, igual que cualquier hipófisis no sirve para efectuar una transformación satisfactoria, no todos los modelos de sociedad son idóneos para convivir en paz y armonía, en particular esos esquemas socialistas de los que el autor abominaba. Y esta –según su tesis– ha llegado a ser tan monstruosa como un hombre construido a partir del cuerpo de un perro y del cerebro de un delincuente.
Pero el fallo no es achacable solo al médico (o a los ideólogos de la revolución rusa), ya que, una vez puesta en práctica, aparecen nuevos personajes dispuestos a convertirla –todavía más, si cabe– en una aberración en toda regla. Se trata de la evolución del nuevo régimen, cuyos artífices –representados por esa comunidad de vecinos encabezada por un tal Schwonder, que acaba dotando a Bola (cuya reciente humanización requiere de una libertad que hasta ahora no había necesitado) de nombre oficial, capacidad jurídica y hasta de un puesto de responsabilidad– contribuyen a degenerar al máximo.
Este paralelismo está desarrollado con una lógica impecable, incluso en las situaciones más absurdas, y con una descacharrante parsimonia. Pero, paralelamente al metafórico, existe otro nivel más literal, en el que el “comité de administración del edificio” es quien dice ser, y visita la casa-clínica del profesor Preobajenski para exigir una redistribución del espacio acusándole de ocupar “una superficie excesiva”, amenaza que este consigue eludir con una simple llamada a uno de sus contactos. En definitiva, a través de Filip Filipovich –que no está dispuesto a renunciar a su condición de burgués pese a quien pese– y sus “principios contrarrevolucionarios”, Bulgakov acusa al nuevo orden establecido de adulterar bebidas, favorecer los abusos de poder, el tráfico de influencias, los servicios deficientes, el hurto generalizado, los subterfugios para conseguir objetivos etc. echando así un vistazo rápido al politiqueo, en este caso a pequeña escala, que empezaba a normalizarse en el país.
El talento dramático de Bulgakov se pone aquí de manifiesto, ya que casi toda la novela tiene lugar en la residencia del doctor, mediante una sucesión de entradas y salidas de escena, parlamentos repletos de significado a cargo de un reparto reducido, descripciones escenográficas y teatrales golpes de efecto. No es de extrañar, pues, que exista versión cinematográfica –de nacionalidad italiana, estrenada en 1976– y televisiva, emitida en Rusia en 1988. Lástima que la traducción de la edición que manejo, a cargo de Helena S. Kriukova y Vicente Cazcarra, sea más visible de lo necesario.

También de Bulgakov: La guardia blanca