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viernes, 21 de diciembre de 2018

Jeffrey Eugenides: Las vírgenes suicidas

Idioma original: inglés
Titulo original: The Virgin Suicides
Año de publicación: 1993
Traducción: Roser Berdagué
Valoración: muy recomendable

No acabo de tener muy clara esa traducción del título. Aunque le añada épica, no sé si esa era la intención de Eugenides, y yo no sé muy bien qué opción sugeriría (¿Los suicidios de vírgenes? ¿Los suicidios vírgenes?), pero en fin, no soy un experto en estas cuestiones y el título no acaba interfiriendo.

Entrando en materia, esta es una novela particularmente difícil de reseñar sin revelar aspectos claves en su desarrollo. Más, habiendo servido de inspiración para la película homónima que sirvió de debut a Sofia Coppola (y cuya banda sonora se encargó al dúo electrónico francés Air), es posible que algunos de nuestros lectores ya sepan de qué va el tema, así que me permitiré un único y tramposo spoiler: esta novela sería casi el negativo de un libro como Tenemos que hablar de Kevin.

Y es que la temática del libro parte de un planteamiento incómodo que se desvela apenas en unos primeros párrafos: las cinco hijas adolescentes del matrimonio Lisbon se han suicidado. Primero lo ha hecho la menor, Cecilia, apenas 13 años, en un truculento primer episodio que marca el ritmo del libro, que pasa a desarrollarse como una narración ligeramente policial, como si quien se sienta a describir los hechos debe hacerlo desde una aparente pero imposible frialdad, desde una lógica ligeramente investigativa que queda neutralizada ante lo sórdida de la situación: cinco chicas sanas de una familia aparentemente normal deciden acabar con sus vidas.

Entonces esta es una novela de misterio y casi de terror. Sabemos lo que ha pasado, nos acercamos lentamente al terrible momento en que ello sucede (en todo momento parecemos estar leyendo una narración con una perspectiva de lejanía), pero no queremos llegar a él y a la vez nos preguntamos (aunque vayamos intuyéndolo) por qué va a suceder o por qué ha sucedido y qué terrible situación va a convertir ese hecho en algo lógico e inevitable. Y Eugenides es un maestro en llevarnos de la mano por ese camino inhóspito al final del cual todo el rato parece esconderse algo terrible. La clave de la novela acaba siendo ese papel extraño que se reserva el narrador, sin diálogos apenas, sin situarse en modo alguno en un espacio temporal concreto, sin una posición contundente ante los hechos, a veces parece que la novela vaya a ser un alegato y esa impresión se desvanece apenas unos párrafos más allá. Toda la narración mantiene un tono trágico, pero escéptico, como un funambulista atónito ante la tragedia pero respetuoso, casi reverente, con ese solemne matiz de la voluntariedad de la elección.

Las vírgenes suicidas no es un canto a la vida, ni una exaltación de la angustia adolescente y sus inextricables vericuetos. Tampoco una denuncia de los resortes autoritarios de la educación basada en tal o cual precepto cultural o religioso. Es un simple y fascinante tránsito por unos hechos tan aparentemente exagerados e inconcebibles como objetivamente posibles. Escrito con una contundencia severa y a ratos fría y casi cómplice, adoptando esa tonalidad pastel propia del lenguaje visual de películas como Donnie Darko o Edward Scissorhands. La de los USA de las urbanizaciones y las comunidades y las ventanas tras las que habitan realidades incomprensibles.

jueves, 5 de abril de 2018

CONCURSO ENSADA DE RESEÑAS: Tercer premio. Jeffrey Eugenides: Middlesex por Cristian Uribe

Idioma original:  Inglés
Título original: Middlesex
Año de publicación: 2002
Traducción: Benito Gómez  Ibáñez
Valoración: Imprescindible

Aunque la valoración pueda sonar un tanto excesiva, trataré de dar respaldo a tan generosa estimación. Sin embargo, antes que todo, quiero compartir con ustedes  el cómo llegó a mí Middlesex: una amiga de fino gusto literario, me lo regaló en mi cumpleaños. Y quedó en la biblioteca durmiendo (o dormitando) el sueño de los justos, entre decenas de libros, sin haber leído  ni una sola página. En una reunión posterior, me preguntó qué me había parecido el libro y yo, un tanto avergonzado, confesé que no había mirado ni las tapas. Al otro día, empecé la lectura del texto que desde la primera línea me cautivó: 
“Nací dos veces: fui niña primero, en un increíble día sin niebla tóxica de Detroit, en enero de 1960; y chico después, en una sala de urgencias cerca de Petoskey, Michigan, en agosto de 1974.”
Hay comienzos y comienzos. Hay inicios fríos o tibios, pero una vez pasada la barrera inicial, maravillan con su contenido. Pero hay libros que desde un principio nos captura el interés y que es solo la punta del iceberg de un viaje que se adivina placentero, profundo y vital. Y uno como lector, ya no es el mismo después de la lectura. Claramente Middlesex de Jeffrey Eugenides  pertenece a esta segunda categoría.
Lo hermoso y enigmático de sus primeras líneas, se va traduciendo en una de los relatos más audaces y entretenidos que pueden leer. Narrado por Calliope (o Cal) Stephanides, a modo de memorias, nos cuenta exactamente lo que dice en un principio: su vida, primero, como niña, y luego, su vida como muchacho. Pero para eso, se toma su tiempo e inicia la historia mucho antes de su propio nacimiento, con la huida de sus abuelos, Desdémona y Lefty, desde Esmirna, Turquía a Estados Unidos, para continuar con la historia de sus padres, Milton y Tessie. El telón de fondo de todo es la Historia Norteamericana del siglo XX: los años 20, la depresión, la Segunda Guerra, la bonanza económica, la Guerra de Vietnam. Y en medio de los hechos históricos, discurren la vida de los personajes, participando y sobreviviendo de aquel devenir histórico. Como buena novela norteamericana, la trama es ágil y la narración no deja de sorprender con un crisol de relatos perfectamente encadenados, que no decaen, ni siquiera al momento de acercarse el final. Cuando ya parece estar todo dicho, aparece otra entretenida historia para graficar lo completo del relato.
Los temas que aparecen en la novela son múltiples: migración, mitología griega, incesto, relaciones étnicas, relaciones raciales. Y en el centro de todo, la identidad de género: primero niña, después niño, causado por un gen mutado y la deficiencia 5 alfa reductosa, que el narrador presenta como el principio y fin de sus desventuras.
Y, ¿cómo se narra todo esto?  De manera muy libre, muy suelta. Las historias parecen fluir solas.  Algunas veces de manera trágica, otras de manera irónica. Pero por sobre todo se percibe una prosa prolija y precisa. En ciertos momentos, muy lírica, tanto que en determinados pasajes, uno siente la musicalidad de las palabras resonando en los oídos. Gran mérito de la traducción.
En la edición de Anagrama, en la contratapa, se dice que esta novela es un intento (otro más) de escribir la Gran Novela Americana. Obviamente, eso está por verse. La Historia tiene que hacer su trabajo, que es el único crítico que al fin cuenta, como dijo Borges. Aunque se siente ese intento de narrar una saga familiar con claras reminiscencias homéricas.
Jeffrey Eugenides también es autor  de Las vírgenes suicidas, libro que fue adaptado al cine por Sofía Coppola. Middlesex, su segundo libro, ya tiene los derechos vendidos y lo más probable es que en poco tiempo tengamos una adaptación en la pantalla grande. Y antes que el cine nos ilumine con sus imperecederas imágenes, uno debería hacerse su propia idea de esta novela.  Al comenzar esta reseña, trataba de justificar la valoración con los elementos que siento son los más interesantes. Es difícil transmitir la emoción que producen ciertas historias. Sin embargo, a modo de síntesis, solo quiero decir que quien recorra las 600 páginas de este gran relato de iniciación, amor e identidad, estará de acuerdo en que los ecos que produce, están más allá de lo escrito y permanecen con uno, más tiempo de lo que uno piensa. Notable.

miércoles, 26 de diciembre de 2018

Joe Hill: Cuernos


Idioma original: inglés
Título original: Horns
Año de publicación: 2010
Traducción: Laura Vidal
Valoración: recomendable, por lo menos...

¿Recordáis aquellos libros de Crea tu propia aventura que hacían las delicias de los chavales (de algunos) en la era pre-internet? Pues imaginemos por un momento que estamos leyendo/jugando con uno de ellos:

-Eres un joven escritor de cierto talento que quieres dedicarte a la literatura fantástica y de terror, pero con la buena o mala suerte de que tu padre es EL PUTO REY del género. ¿Qué haces?:

A/ Dejarlo y dedicarte a profesiones alejadas de los libros, como analista financiero, carpintero de ribera o profesor de literatura comparada.
B/ Aceptar con orgullo tu apellido y escribir novelas como Barrie (la historia de un adolescente con poderes telepáticos que se venga de sus compañeros de high-school publicando sus más oscuros secretos en el grupo de whatsapp de la clase) o Pufo, sobre un caniche endemoniado.
C/ Matar a tu padre, enterrarlo en el jardín y suplantar su personalidad, poniéndote unas gafas de culo de vaso y una astrosa gorra de béisbol.
D/ Utilizar otro apellido y escribir las novelas más originales que puedas.

Por suerte, Joe Hill escogió esta última opción y. al menos en esta su segunda novela, se atrevió con una historia que muy bien podía haber imaginado un escritor ruso del XIX o incluso del XX (mientras les dejara el padrecito Stalin)... ¿Que no? Pues me permito transcribir el primer capítulo, para que os hagáis una idea (tranquis, que es cortito):

"Ignatius Martin Perrish pasó la noche borracho y haciendo cosas terribles. A la mañana siguiente se despertó con dolor de cabeza, se llevó las manos a las sienes y palpó algo extraño: dos protuberancias huesudas y de punta afilada. Se encontraba tan mal -débil y con los ojos llorosos- que al principio no le dio mayor importancia, tenía demasiada resaca como para pensar en ello o preocuparse.

Pero mientras se tambaleaba junto al retrete se miró al espejo situado sobre el lavabo y vio que por la noche le habían salido cuernos. Dio un respingo, sorprendido y, por segunda vez en doce horas, se meó en los pies."

¿Qué, no podría ser el comienzo de un cuento de Gogol, o incluso un cuento entero de Chéjov? ¿De Bulgakov, Bábel? Bueno, da igual; el caso es que esto es lo que le ocurre al protagonista de Cuernos: de la noche a la mañana le crecen un par de ellos en la cabeza. Y no sólo eso, tales cuernos acarrean además el poder de que las demás personas de confiesen exactamente lo que están pensando y cuales son sus verdaderos deseos, así como darle a conocer los secretos más ocultos de la gente. Algo de lo más revelador sobre la naturaleza humana, pero muy duro, puesto que Ig o Iggy es considerado por muchos como el sospechoso principal de la violación de su novia Merrin... Ig, que siempre ha sido un poco lila, se transforma, pues en una especie de demonio (y sin "especie de"), lo que aprovecha para averiguar quién mató en realidad a su novia y buscar venganza. la novela pasa entonces de ser algo parecido a un sátira social -incluso una "fábula moral"- a un thriller con tintes sobrenaturales. Ahora bien, que nadie piense que se trata de un best-seller al uso, con sus cliffhangers y sus red herrings aquí y allá, con un lenguaje sencillito para no espantar a ningún lector. Vale que no es Faulkner (de acuerdo: tampoco Gogol), pero Hill maneja aquí más recursos literarios y un estilo más depurado que muchos escritores modernetes que se marcan el hype de la semana (no digamos si son españoles); ¡caramba, si hay momentos de esta novela que bien podían haber salido de la mano de Eugenides o incluso del mismísimo Raymond Carver!

Bueno, de acuerdo, tampoco me voy a flipar tanto: es cierto que este libro se puede enmarcar dentro de lo que llamamos "literatura comercial" (etiqueta que me resulta tan desconcertante como la de "novela literaria") y no pretende ser otra cosa. No obstante, resulta una novela no sólo entretenida sino de una calidad notable, tanto en lo que respecta a la estructura narrativa y al estilo, como a las sutilezas teológicas que propone  -estupendo el "sermón ante las serpientes" del capítulo 28-; al igual que posee, por qué olvidarlo, un sentido del humor bastante negro, que ayuda a quitarle solemnidad a determinados momentos de la narración, y, por ello, hacer más verosímil una historia ya de por sí nada creíble. Aunque tampoco hace falta creérselo, claro; basta con disfrutar de esta lectura y sentir un poquito de simpatía por el diablo.