Título original: Чайка (Chayka) / Вишнëвый сад (Vishniovy sad)
Traducción: Augusto Vidal
Año de publicación: 1.896/1.904
Valoración: Recomendable
Empieza uno leyendo ‘La gaviota’ y de golpe aparecen unos diez personajes con nombres como Iliá Afanásievich Shamráiev, Nina Mijáilovna Zariéchnaia, o Yevgueni Serguiéievich Dorn, a los que Antón Pávlovich Chéjov llama casi siempre (tampoco siempre) por el apellido, pero que a veces (la mayoría) se llaman entre ellos por el nombre de pila, cuando no mediante diminutivos. O sea, todo un currelo para el lector abrirse paso en ese galimatías eslavo. Pero no importa. Dejamos la marca en el dramatis personae y con paciencia vamos consultando quién es quién. De momento, las sensaciones no son demasiado buenas: la primera impresión es la de unos individuos de clase acomodada, dedicados a las artes o a profesiones liberales, y de rasgos predominantemente anodinos. Vamos, que prometen pocas emociones.
Pero los libros tienen a veces sus misterios. Porque a lo largo del segundo acto, o sea, más o menos a mitad del libro, sin darnos cuenta esos personajes parecen volverse nítidos, y ya casi los distinguiríamos en caracteres cirílicos. El grupo se ha reunido para presenciar el estreno informal de la obra teatral del joven Trépliov. Tras el rotundo fracaso, los asistentes mantienen charlas cruzadas, en las que distinguimos dos líneas principales: la de los amoríos más o menos soterrados y nunca correspondidos, y las conversaciones sobre literatura, que enfrentan a Trépliov con el reconocido escritor Trigorin.
Es llamativa la naturalidad con que se expresan los personajes, mostrando en conjunto un ambiente ligeramente decadente bajo el que discurren pasiones que casi siempre parecen pequeñas, propias de seres aburridos y velados por el cinismo. Pero lo más llamativo es la habilidad con la que Chéjov presenta la corriente argumental, incluso los sucesos más relevantes de la historia, no en escena, sino en un segundo plano. De hecho, el citado Trépliov, sobre el que pivota el resto del elenco, es seguramente el personaje que menos interviene, e incluso creo que ni siquiera llega a aparecer en el segundo acto.
Por lo demás, esos personajes que empezaron por parecer insípidos, acaban por constituir un cuadro interesante de su segmento social (que veremos mejor dibujado en el siguiente drama), y apuntan algunos elementos del ideario creativo de Chéjov.
Más interesante me resulta ‘El jardín de los cerezos’, donde se muestra a una familia aristocrática arruinada. Al hermano mayor, Gáiev, se le empieza a ir un poco la olla, y su hermana Liubov Andriéievna Raniévskaia acaba de regresar de París sin un céntimo. Así que, ante la inminencia del embargo, el comerciante Lopajin les propone algo tan moderno como una operación inmobiliaria: construir casas de veraneo para alquilar, en el jardín donde languidecen los viejos cerezos a los que nadie hace caso desde hace décadas. Sí amigos, no se trata de la España de principios del siglo XXI; esto es Rusia, y estamos en 1.904.
La grieta económica define la crisis del viejo sistema y el choque con la llegada de los nuevos tiempos: mientras nuestros aristócratas hacen equilibrios para no perderlo todo, la burguesía –muchos de ellos descendientes de los mujiks- muestra su pujanza, y algunos de sus miembros se convierten en banqueros y prestamistas de sus antiguos amos. Entretanto, el estudiante Trofímov (un personaje ligeramente bohemio, que tiene que ver con el Trépliov antes comentado) elucubra sobre Rusia, critica sin piedad a sus intelectuales y clama por romper con su pasado, su brutalidad, su ignorancia.
De esta forma, el planteamiento queda mucho más patente que en ‘La gaviota’ –tal vez es también más simple-: el tal Trofímov es una especie de faro que, en una época donde se ponen en tela de juicio los fundamentos del sistema, intenta guiar hacia el camino correcto. A diferencia de sus amigos, parece haber entendido la situación, e intenta afrontarla sin verse superado.
Como digo, las dos obritas constituyen dos retratos de esa sociedad rusa de principios del siglo XX en que las cosas parecen llamadas a cambiar, aunque las resistencias son poderosas y muy arraigadas. En ese contexto, personajes sumamente humanos intentan conservar sus sueños, alcanzar sus amores o hacer valer sus opiniones literarias o artísticas. El mundo se mueve, pero sus protagonistas están todavía perplejos y descolocados, deseando creer que pueden conservar algo de su antiguo estatus.
Otras obras de Anton Chejov en ULAD: Tres años
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