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miércoles, 11 de abril de 2018

Mijail Bulgakov: Corazón de perro

Resultado de imagen de corazon de perro bulgakov amazonIdioma original: ruso
Título original: Собачье сердце, Sobach'e serdtse
Año de publicación: 1925
Valoración: Muy recomendable



Corazón es lo que pone este escritor en lo que toca y ahí está la clave de su magia. Un corazón escéptico, crítico, ácido, sarcástico e irónico, cuyo objetivo fundamental es satirizar, con todos los recursos a su alcance, un régimen –el soviético– cuya implantación coincide casualmente con sus primeros pasos literarios. A Bulgakov lo conocemos sobre todo por El maestro y Margarita, considerada una de las obras fundamentales del período. Esta que comentamos fue, como aquella, prohibida por su carácter antirrevolucionario, aunque se tradujo al inglés en 1968 y circuló clandestinamente desde que fue escrita (1925) hasta 1987, fecha de su publicación oficial en Rusia. A partir de entonces, ha sido analizada con exhaustividad, celebrada unánimemente y adaptada a cine, teatro y ópera.
Es difícil rastrear todas las influencias que han dado lugar a una obra concreta, a veces ni siquiera el propio escritor es consciente de algunas. Claro que en este caso hay pistas más que evidentes: desde el Fausto de Goethe y piezas cortas cervantinas como El perro hablador, hasta productos típicos del momento, muy propicio a indagar sobre regresiones (La metamormofosis) o sobre humanoides fabricados artificialmente (Frankestein), igual que desde hace décadas a los autores contemporáneos les da por especular sobre la inteligencia artificial y su eventual posibilidad de dominar al hombre.
Las escenas  de la novela están descritas con precisión cinematográfica y son tan delirantes que no pueden por menos que impactarnos. Desde el principio nos ponemos fácilmente en la piel de Bola, un can algo atípico que nació dotado de una gran capacidad de observación –a pesar de lo cual arrastra una precaria existencia de perro vagabundo–, comprende a grandes rasgos el idioma y es capaz de interpretar con cierta exactitud las señales que emite su entorno.
El doctor Filip Filipovich empieza alojando en su mansión a un Bola todavía sin inteligencia humana que sabe apreciar las ventajas del encierro. Pues “¿qué es la libertad? Un humo, un espejismo, una ficción… Un delirio de esos funestos demócratas”. Con el tiempo pondrá en juego toda su pericia de cirujano e investigador para llevar a cabo el gran experimento: convertir en humano a un Bola agonizante, casi tanto como la sociedad rusa previa a la revolución bolchevique. Y el éxito parece indiscutible, solo se ha cometido un fallo: no haber estudiado antes el carácter y trayectoria vital del individuo cuyos órganos convertirían al perro en algo parecido a un ser humano. Pues, igual que cualquier hipófisis no sirve para efectuar una transformación satisfactoria, no todos los modelos de sociedad son idóneos para convivir en paz y armonía, en particular esos esquemas socialistas de los que el autor abominaba. Y esta –según su tesis– ha llegado a ser tan monstruosa como un hombre construido a partir del cuerpo de un perro y del cerebro de un delincuente.
Pero el fallo no es achacable solo al médico (o a los ideólogos de la revolución rusa), ya que, una vez puesta en práctica, aparecen nuevos personajes dispuestos a convertirla –todavía más, si cabe– en una aberración en toda regla. Se trata de la evolución del nuevo régimen, cuyos artífices –representados por esa comunidad de vecinos encabezada por un tal Schwonder, que acaba dotando a Bola (cuya reciente humanización requiere de una libertad que hasta ahora no había necesitado) de nombre oficial, capacidad jurídica y hasta de un puesto de responsabilidad– contribuyen a degenerar al máximo.
Este paralelismo está desarrollado con una lógica impecable, incluso en las situaciones más absurdas, y con una descacharrante parsimonia. Pero, paralelamente al metafórico, existe otro nivel más literal, en el que el “comité de administración del edificio” es quien dice ser, y visita la casa-clínica del profesor Preobajenski para exigir una redistribución del espacio acusándole de ocupar “una superficie excesiva”, amenaza que este consigue eludir con una simple llamada a uno de sus contactos. En definitiva, a través de Filip Filipovich –que no está dispuesto a renunciar a su condición de burgués pese a quien pese– y sus “principios contrarrevolucionarios”, Bulgakov acusa al nuevo orden establecido de adulterar bebidas, favorecer los abusos de poder, el tráfico de influencias, los servicios deficientes, el hurto generalizado, los subterfugios para conseguir objetivos etc. echando así un vistazo rápido al politiqueo, en este caso a pequeña escala, que empezaba a normalizarse en el país.
El talento dramático de Bulgakov se pone aquí de manifiesto, ya que casi toda la novela tiene lugar en la residencia del doctor, mediante una sucesión de entradas y salidas de escena, parlamentos repletos de significado a cargo de un reparto reducido, descripciones escenográficas y teatrales golpes de efecto. No es de extrañar, pues, que exista versión cinematográfica –de nacionalidad italiana, estrenada en 1976– y televisiva, emitida en Rusia en 1988. Lástima que la traducción de la edición que manejo, a cargo de Helena S. Kriukova y Vicente Cazcarra, sea más visible de lo necesario.

También de Bulgakov: La guardia blanca

miércoles, 26 de diciembre de 2018

Joe Hill: Cuernos


Idioma original: inglés
Título original: Horns
Año de publicación: 2010
Traducción: Laura Vidal
Valoración: recomendable, por lo menos...

¿Recordáis aquellos libros de Crea tu propia aventura que hacían las delicias de los chavales (de algunos) en la era pre-internet? Pues imaginemos por un momento que estamos leyendo/jugando con uno de ellos:

-Eres un joven escritor de cierto talento que quieres dedicarte a la literatura fantástica y de terror, pero con la buena o mala suerte de que tu padre es EL PUTO REY del género. ¿Qué haces?:

A/ Dejarlo y dedicarte a profesiones alejadas de los libros, como analista financiero, carpintero de ribera o profesor de literatura comparada.
B/ Aceptar con orgullo tu apellido y escribir novelas como Barrie (la historia de un adolescente con poderes telepáticos que se venga de sus compañeros de high-school publicando sus más oscuros secretos en el grupo de whatsapp de la clase) o Pufo, sobre un caniche endemoniado.
C/ Matar a tu padre, enterrarlo en el jardín y suplantar su personalidad, poniéndote unas gafas de culo de vaso y una astrosa gorra de béisbol.
D/ Utilizar otro apellido y escribir las novelas más originales que puedas.

Por suerte, Joe Hill escogió esta última opción y. al menos en esta su segunda novela, se atrevió con una historia que muy bien podía haber imaginado un escritor ruso del XIX o incluso del XX (mientras les dejara el padrecito Stalin)... ¿Que no? Pues me permito transcribir el primer capítulo, para que os hagáis una idea (tranquis, que es cortito):

"Ignatius Martin Perrish pasó la noche borracho y haciendo cosas terribles. A la mañana siguiente se despertó con dolor de cabeza, se llevó las manos a las sienes y palpó algo extraño: dos protuberancias huesudas y de punta afilada. Se encontraba tan mal -débil y con los ojos llorosos- que al principio no le dio mayor importancia, tenía demasiada resaca como para pensar en ello o preocuparse.

Pero mientras se tambaleaba junto al retrete se miró al espejo situado sobre el lavabo y vio que por la noche le habían salido cuernos. Dio un respingo, sorprendido y, por segunda vez en doce horas, se meó en los pies."

¿Qué, no podría ser el comienzo de un cuento de Gogol, o incluso un cuento entero de Chéjov? ¿De Bulgakov, Bábel? Bueno, da igual; el caso es que esto es lo que le ocurre al protagonista de Cuernos: de la noche a la mañana le crecen un par de ellos en la cabeza. Y no sólo eso, tales cuernos acarrean además el poder de que las demás personas de confiesen exactamente lo que están pensando y cuales son sus verdaderos deseos, así como darle a conocer los secretos más ocultos de la gente. Algo de lo más revelador sobre la naturaleza humana, pero muy duro, puesto que Ig o Iggy es considerado por muchos como el sospechoso principal de la violación de su novia Merrin... Ig, que siempre ha sido un poco lila, se transforma, pues en una especie de demonio (y sin "especie de"), lo que aprovecha para averiguar quién mató en realidad a su novia y buscar venganza. la novela pasa entonces de ser algo parecido a un sátira social -incluso una "fábula moral"- a un thriller con tintes sobrenaturales. Ahora bien, que nadie piense que se trata de un best-seller al uso, con sus cliffhangers y sus red herrings aquí y allá, con un lenguaje sencillito para no espantar a ningún lector. Vale que no es Faulkner (de acuerdo: tampoco Gogol), pero Hill maneja aquí más recursos literarios y un estilo más depurado que muchos escritores modernetes que se marcan el hype de la semana (no digamos si son españoles); ¡caramba, si hay momentos de esta novela que bien podían haber salido de la mano de Eugenides o incluso del mismísimo Raymond Carver!

Bueno, de acuerdo, tampoco me voy a flipar tanto: es cierto que este libro se puede enmarcar dentro de lo que llamamos "literatura comercial" (etiqueta que me resulta tan desconcertante como la de "novela literaria") y no pretende ser otra cosa. No obstante, resulta una novela no sólo entretenida sino de una calidad notable, tanto en lo que respecta a la estructura narrativa y al estilo, como a las sutilezas teológicas que propone  -estupendo el "sermón ante las serpientes" del capítulo 28-; al igual que posee, por qué olvidarlo, un sentido del humor bastante negro, que ayuda a quitarle solemnidad a determinados momentos de la narración, y, por ello, hacer más verosímil una historia ya de por sí nada creíble. Aunque tampoco hace falta creérselo, claro; basta con disfrutar de esta lectura y sentir un poquito de simpatía por el diablo.


jueves, 2 de febrero de 2017

Semana de la Revolución Rusa #4: Las doce sillas, de Ilya Ilf y Evgueni Petrov

Idioma original: ruso
Título original: Двена́дцать сту́льев 
Año de publicación: 1928
Valoración: Está bien




Las coincidencias parecen haber unido a estos dos autores. Aunque ambos nacieron en Odessa, se conocieron ya viviendo en Moscú, ciudad a la que, cada uno por su lado, se trasladaron en 1923. Cultivaron la literatura y el periodismo, pero lo que les convirtió en colaboradores y aportó popularidad en la época fue una vena satírica común que generó varios artículos de prensa, tres novelas, unos cuantos relatos, el reportaje (traducido como La América de una planta y reseñado en este blog hace tiempo) que realizaron en Estados Unidos a lo largo de tres meses por encargo del periódico Pravda, y hasta un guión cinematográfico que nunca llegó al celuloide. La producción conjunta hubo de quedarse ahí, ya que Ilf falleció poco después de su llegada a consecuencia de una enfermedad contraída en el viaje.

Dudo de que aquella fuese la época más propicia para escribir una sátira en Rusia, fundamentalmente, porque se precisa cierta tolerancia hacia un sistema que todavía está en sus inicios. Supongo que ese es el motivo de que la novela –vista con los ojos del lector actual– les haya quedado tan blanda. No es que me esperase una crítica demoledora, pero sí más munición soterrada: en lugar de tanta saña hacia la gente, una visión de conjunto que mostrara las carencias y logros de aquel socialismo incipiente.

El argumento, como reconoce el prólogo de la edición que he manejado, no tiene nada de original, pero el aval de una larga tradición constituye un buen punto de partida para construir un armazón sólido. Aquí, la novela de aventuras, la picaresca y el tópico de la búsqueda del tesoro se alían para crear esta sátira costumbrista protagonizada por dos personajes contrapuestos que, con el tiempo y como suele suceder, irán acortando las distancias.

El juego de doce sillas formaba parte del mobiliario que, con el triunfo de la revolución, le fue confiscado a Hipólito Matvéevich, antiguo empleado del Registro Civil y yerno de la otrora acaudalada Claudia Ivánovna. La trama arranca cuando la mujer, en su lecho de muerte, decide confesar, tanto al viudo de su hija como al cura que le administra los sacramentos, dónde escondió las joyas de la familia. Pero el buen padre Fedor resulta ser un pícaro de cuidado cuya obsesión por triunfar en los negocios le ha impulsado a emprender las más disparatadas aventuras financieras. Matvéevich, en cambio, aunque sin alma de pícaro, no tarda en encontrar un mentor, Bender, estafador sin escrúpulos y un genio en el arte de sacar tajada de cualquier oportunidad que se presente.

Imaginamos lo que sigue, una alocada sucesión de episodios en los que el apocamiento de uno y la sinvergonzonería del otro se alían para emprender una búsqueda frenética que les llevará de unas regiones a otras. Sin embargo, y a pesar de que visitamos viviendas particulares, edificios estatales e inmuebles diversos, no sacamos mucho en limpio acerca de costumbres, problemática y mentalidad del pueblo ruso de la época, a excepción de una generalizada y desmedida codicia. Tampoco se nos muestra, más allá de los bienes confiscados que ponen en marcha el argumento, cómo ha cambiado la vida de la gente con la llegada de la revolución, ni encontramos el más mínimo esbozo de la nueva organización social. Cuando Bender y el antiguo funcionario emprenden un amplio recorrido siguiendo a una compañía teatral, lo que Ilf y Petrov ofrecen  es tan superficial que parece más un catálogo turístico que la sátira de un momento histórico. Ni rastro de la Rusia auténtica y sus peculiaridades regionales. Y es que, en realidad, no estamos ante un retrato del país y la sátira se centra exclusivamente en los de a pie, representados por unos cuantos arquetipos bastante previsibles.

Concretando, no esperen encontrar algo tan divertido y cáustico como El maestro y Margarita de Bulgakov, por poner un ejemplo. Presenciamos escenas que podrían calificarse de simpáticas, ocurrentes a veces, pero que, a mí en particular, no han logrado arrancarme una sonrisa.

La novela tiene una segunda parte, El Becerro de Oro que, deduzco, es una especie de secuela con recursos muy similares y un personaje común. En ella se ha inspirado repetidamente el cine: he contado más de media docena de películas, de varias nacionalidades, que narran las vicisitudes de las sillas famosas.

De los mismos autores: La América de una planta

sábado, 29 de octubre de 2016

Semana del Libro de Culto. Salman Rushdie: Los versos satánicos

Idioma original: inglés
Resultado de imagen de los versos satanicos amazonTítulo original: The Satanic Verses
Año de publicación: 1988
Valoración: Muy recomendable


Cuando un producto cultural, de la naturaleza que sea, acumula tantas iras, tantas amenazas, tanta violencia soterrada, tanto peligro latente como esta novela, cuando reúne esa cantidad de detractores, algunos de ellos con el poder suficiente para llevar a cabo lo que prometieron, es de suponer que, recíprocamente, disfrutará de admiradores consecuentes que defiendan y admiren al artista objeto de tanta animosidad. Sobre todo si, como es el caso, esta no tiene ningún fundamento. Y así suele ser casi siempre: la literatura y el arte no son responsables de nada, únicamente señalan aquello que les llama la atención.
Hay otro motivo para asociar Los versos satánicos a la idea de culto, y es que trata de él, precisamente. Al constituir una crítica, más o menos implícita, de lo que representan las religiones en general y, en particular, la musulmana, considero que la expresión va como anillo al dedo a la novela más polémica de Salman Rushdie.
A mí me ha parecido un texto tan hermoso como caótico (en apariencia), inverosímil, alocado, iconoclasta, tal como apunto más arriba, y bastante divertido, siempre que consigamos desentrañar unas claves no siempre al alcance de todos. Y de esto, de su evidente cualidad críptica, surge una contradicción, porque a la complejidad de los referentes simbólicos se añade que el relato no es lineal, que alterna realidad con ficción, los personajes terrenos con los sobrenaturales, que los planos se superponen, que su verosimilitud depende de las pautas establecidas desde un principio y nunca de la experiencia del lector, que las huellas del realismo mágico están por todas partes. Con estas condiciones, no parece probable que influya mucho en una gran mayoría de fieles. Y si no representa un peligro apreciable, si nadie va a apostatar después de leer esta novela, aventuro que, quizá, el castigo sufrido -no solo por el autor- se deba fundamentalmente a su audacia, a que constituye un aviso a caminantes, a la necesidad de un escarmiento para que, en lo sucesivo, nadie se atreva a embarcarse en una aventura de esa índole, a plantear preguntas sin respuesta, o mejor, a plantear preguntas cuya respuesta no está fuera sino dentro de ellas mismas.
Admirablemente construida a pesar de su complejidad, debe mucho –igual que otras de este autor– a Carpentier, García Márquez, al Nabokov de Ada o el ardor y a la descarada e icónica ironía de El maestro y Margarita de Bulgakov, entre otros. Pero quizá la mayor deuda sea la contraída con Kafka, no olvidemos que a partir de este autor las metamorfosis forman parte de nuestro bagaje literario, un fenómeno que aquí se produce a menudo. Cito como más representativas las experimentadas por Gibreel, Ayesha y Saladin.
Los actores Gibrael Farishta (Ángel Gabriel) y Saladin Chamcha son los únicos supervivientes de un accidente de aviación producido a consecuencia de un atentado terrorista. El primero, que representa la bondad, y al que ocasionalmente acompaña una aureola luminosa, padece trastornos de personalidad que se van agravando con el tiempo. El segundo –que se hace ateo, reniega de su origen, rompe con su acomodada familia hindú y triunfa en las Islas Británicas como (proteico) actor de doblaje– experimenta una metamorfosis diabólica a consecuencia del accidente.
A este plano, de carácter algo más realista, se superponen realidades fantasmagóricas, personajes de fábula que, como justificación, acaban convertidos en parte del elenco de películas protagonizadas por los anteriores. Es el caso de Ayesha, la joven visionaria que, con el loable propósito de sanar a una enferma incurable e inspirada por Gibrael (en su faceta sobrenatural), arrastra a su pueblo a una insensata peregrinación rumbo a La Meca surcando las aguas a la manera de Moisés. Pero Ayesha es también el nombre de una esposa de Mahoma y en la novela una de las integrantes de un burdel.
En este intrincado laberinto casi todo tiene su correlato, sea en episodios históricos o en pasajes del Corán. Se narra el origen de las profecías de Mahoma despojándolas de su origen divino, la traición de sus rapsodas y escribanos, la del bíblico Abraham abandonando mujer e hijo en medio del desierto, se desvelan oscuras decisiones sobre la adopción de divinidades para que sirvan a intereses políticos.
Sin embargo, y a medida que progresa la acción, las certezas se van diluyendo hasta lograr que los polos opuestos cambien radicalmente de signo. El ángel, en su combate con Mahoma, acaba convertido en demonio y sus versos se consideran satánicos. En el ámbito terrestre, las personalidades de los dos protagonistas, con el tiempo, también se invierten. Los versos satánicos que Saladin recita cumplen su objetivo de sembrar la discordia, pero la auténtica maldad reside en su oponente. Finalmente, Rushdie optará por condenar a Gibrael y salvar decididamente a Saladin.
Aunque de forma sutil, en boca de sus personajes y enredado entre las diferentes historias, Rushdie manifiesta su pensamiento. Apuesta por la duda, que considera lo opuesto a la creencia. Defiende la razón en detrimento de la fe. La poesía es solo un modo de expresar la belleza –y en la novela hay pasajes muy poéticos– que no debe tomarse al pie de la letra. Los profetas no existen. Lo verdaderamente dañino es el fanatismo. El racismo es bidireccional y aparece en todas partes.
Podría seguir.

lunes, 27 de octubre de 2014

[Libros y comida] Mo Yan: La república del vino

Idioma original: chino
Título original: 酒国
Año de publicación: 1992
Valoración: Está bien

Cuando en 2012 Mo Yan ganó el Premio Nobel de literatura, a muchos nos cogió por sorpresa. ¿Quién era este escritor? ¿De dónde se lo habían sacado los suecos? Sorgo rojo nos sonaba, pero a lo mejor más por la película que por la novela. De Grandes pechos, amplias caderas, Las baladas del ajo o Shifu, harías cualquier cosa por divertirte no habíamos oído ni hablar. Yo, por lo menos. Desde entonces me había prometido a mí mismo leer algo suyo para formarme una opinión, pero al mismo tiempo me daba una pereza terrible, por algún motivo. Hasta que una amiga me prestó esta República del vino, y por fin me decidí a leerlo.

Y buf. Buf.

La república del vino es una novela rara, por el contenido y por la forma. Digamos en que se compone de dos universos textuales o narrativos (que terminan mezclándose): en el primero Ding Gou'er, un investigador gubernamental es enviado a las profundidades de China para investigar las informaciones que dicen que en esa región se practica el canibalismo, que se comen bebés cocinados como si fueran animales; en el segundo universo, un aspirante a escritor, Li Yidou, le escribe a su admirado Mo Yan para pedirle su opinión sobre una serie de relatos que está escribiendo y pedirle su ayuda para publicarlos en una revista del régimen. (Los relatos de Li Yidou también están incluidos en La república del vino).

La lectura de esta novela no es fácil, por muchos motivos. Primero, porque el tema no es fácil. La novela incluye escenas de canibalismo (¿o no?), recetas de cocina con penes y vaginas de burro o con nidos de golondrina, innumerables borracheras, corrupción, degradación física y moral, suciedad, violencia. También, porque a medida que avanza el texto, se vuelve cada vez más borroso, dando la impresión como de estar leyendo un sueño o los delirios de un borracho. Las fronteras se borran, la realidad deja de ser fácilmente separable de la ficción, Mo Yan y Ding Gou'er se fusionan o amenazan con fusionarse...

Confieso que con tanta confusión, tanta experimentación formal y tanto elemento grotesco, la novela terminó por hacérseme pesada. A lo mejor me estoy volviendo un lector más convencional, o a lo mejor es que realmente hay novelas demasiado exigentes para el lector (y que conste que me he leído el Ulises, y hasta lo he disfrutado).

Así que volvemos a la pregunta que mucha gente se hace todavía: ¿se merecía por lo tanto Mo Yan el premio Nobel? Pues es díficil decirlo, y no solo porque un Nobel no se decide por una única obra; es evidente que Mo Yan es un escritor ambicioso, original y que conoce a la perfección los entresijos del oficio. También puedo decir que nunca he leído un libro como este (salvo, quizás, El maestro y Margarita de Bulgakov). Así que a lo mejor sí, a lo mejor Mo Yan es un escritor que se merecía el premio Nobel por ser capaz de hacer con las palabras algo que nadie más es capaz de hacer.

Ahora, como lector, creo que no lo recomendaría.

También de Mo Yan en ULAD: Grandes pechos, amplias caderasCambios