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jueves, 13 de enero de 2011

Colaboración: Raymond Carver: ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?


Idioma original: inglés
Título original: Will You Please Be Quiet, Please?
Año de publicación: 1976
Valoración: Muy recomendable

Cuentan que una vez le preguntaron a Raymond Carver si sus cuentos eran minimalistas, y su respuesta fue: "Yo no sé qué es eso del minimalismo. Yo sólo quería escribir como Chéjov". A pesar que su obra no tiene comparativa con la de Chéjov, parece que esta particular forma de ver (y crear) el relato breve fuera parte de su sello como escritor.

Prolífico autor de varios cuentos y poemas, Raymond Carver, uno de los referentes indiscutidos del denominado "realismo sucio", tardó muchos años en escribir su primer conjunto de relatos: ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor? Cuando empezamos a leerlos, podemos darnos cuenta de que sus palabras están escritas con una armonía especial, que nos obliga a adoptar un cierto ritmo de lectura, para después, sentarnos a disfrutar la tirada de páginas que siguen. Porque Carver tuvo esa pericia de usar pocas y precisas palabras para describir una situación, dejando que el contexto hablara por sí sólo y permitiera adentrarnos en el nudo de sus historias. ¿Son acaso extravagantes, violentas o espectaculares? No. Son la vida misma de la sociedad norteamericana, según cómo la vio Carver.

Son 22 historias que revelan con ironía y con mucha frialdad cierta clase de prejuicios y valoraciones de aquella época. Sin ir más lejos, podemos ver algo de ello en el relato "Vecinos": para una pareja de novios, cuidar la casa de sus vecinos amigos mientras estos se van de vacaciones es la excusa perfecta para satisfacer sus deseos, de todo tipo, en casa ajena. Porque siempre van a gozar mejor su vida de pareja de la misma forma que lo hacen sus vecinos que a su manera. Por eso, la novia señala: "Me gustaría que fuéramos nosotros quienes saliéramos de viaje". O en el relato "No son tu marido": un hombre se empeña en hacer que su mujer luzca más esbelta a los ojos de cualquier hombre, para luego hacerse pasar por otro y decirles: "¿Qué le parece la chica? ¿No le parece una preciosidad?"

En general, a lo largo de este conjunto de relatos, Carver utiliza historias aparentemente triviales para dar a conocer (muchas veces a través del plano psicológico) particulares perspectivas de vida, de relaciones con la familia o con la sociedad misma, que escritas con una prosa muy lacónica y fragmentaria, una vez que las agarras, no las puedes soltar.

Otras obras de Raymond Carver en ULAD: De qué hablamos cuando hablamos de amorCatedral

Firma invitada: Ismael

domingo, 7 de noviembre de 2010

Raymond Carver: De qué hablamos cuando hablamos de amor

Idioma original: inglés
Título original: What we talk about when we talk about love
Fecha de publicación: 1981
Valoración: Muy recomendable

Que no nos engañe el título. Este compendio de 17 relatos del estadounidense Raymond Carver tiene poco o nada de romanticismo y glucosa, no posee ni por asomo el perfume dulzón y engañabobos de los libritos de Federico Moccia, y tampoco adolece de la la inocente superficialidad de filmes como Love actually. No, amigos míos: en esta obra de Carver, uno de los abanderados del realismo sucio, no vamos a leer una serie de historias con el padre de todos los sentimientos como hilo conductor. El título del libro es el de uno de los cuentos que contiene, un cuento que de cursi, rien de rien...Ya les digo: que esto es realismo sucio del bueno.

Carver fue un escritor alcohólico con vida de telefilme desapasionado y un autodestructivo de manual. Colega de Tobias Wolff y Richard Ford, se dedicó principalmente a la poesía y al relato, ya que enseguida comprendió que era incapaz de atreverse con textos largos como los que exigen las novelas. Fue en el relato donde plasmó todo su talento a base de frases secas y efectivas, y logró ser considerado un maestro en la materia. Su corte de fans fue y es interminable, desde Baricco hasta el malogrado Roberto Bolaño, que le consideraba el nuevo Chéjov.

El libro que hoy reseño nos sumerge a lo largo de 17 historias en una Norteamérica de road movie dramática; de maridos maltratadores y camareras que sirven tortitas con sirope en tascas de carretera; de requiems por el sueño americano entre cenizas de Malboro; de conversaciones amargas y afiladas como cuchillos de matadero texano; de marginación y soledad sucia made in el país de las barras y las estrellas. Dejo al lector que descubra por sí mismo las historias: en esta ocasión no ofreceré ninguna sinopsis. Merece la pena chocarse con Carver de frente, sin ninguna clase de aviso previo.

Y por cierto: tras la muerte del escritor, un artículo en el New York Times Magazine armó la de San Quintín: en él se decía que el editor de Carver, el terrible Gordon Manostijeras Lish, se dedicó sin pudor a retocar, cortar hasta la mínima expresión e incluso cambiar los finales de un buen puñado de relatos del escritor, incluidos los de De qué hablamos cuando hablamos de amor. En la Red hay mucha información sobre esta polémica e incluso ejemplos de cuentos carverianos "antes y después de Lish". Juzguen ustedes mismos. De todos modos, no son pocos lo que agradecen a Lish sus tijeretazos y atrevimientos varios: lo consideran corresponsable del inigualable estilo de Carver.

Otras obras de Raymond Carver en ULAD: Catedral¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?

sábado, 20 de octubre de 2012

Raymond Carver: Catedral

Título original : Cathedral
Idioma original : Inglés
Año de publicación : 1983
Valoración : muy recomendable

Debo empezar esta reseña auto-recriminándome optar demasiado a menudo por lo seguro en las lecturas: un comportamiento, sin duda alguna, escasamente profesional, el de no someterme más a menudo a esas lecturas poco agradables que recomendaban profesores de instituto para que uno se bregara en esto de la lectura. Pero claro, a eso hay que oponer el tentador recurso de encontrar libros que no había leído aún de autores consagrados. Y Catedral es uno de ellos: aunque algunos de sus relatos sí me resultaban familiares a raíz del refrito que se hizo entre algunos de los incluídos en este libro y los de otros para publicar un remiendo titulado Short cuts, aprovechando el tirón de la película de Robert Altman.

Padre de la moderna narrativa corta americana: ese es el título que se atribuye más a menudo a Carver. Es cierto que su influencia es muy notable, y no sólo sobre los autores que se dedican al relato corto: diría que hasta las extensas novelas de Richard Ford, por ejemplo, o ciertos personajes de Auster, tienen una clara reminiscencia de los personajes de a pie que pueblan sus relatos. Catedral comprende 12 de ellos, ninguno de los cuales supera las 30 páginas, a los que muy difícilmente llamaría cuentos: son intervalos, rara vez con una estructura conclusiva, en las vidas de gente vulgar, de esa gente que vive en núcleos urbanos o en grises áreas residenciales. Esas casitas de dos plantas y jardín, que siempre nos aparecen aquí desprovistas de glamour, algo desvencijadas, y habitadas por familias o por hombres solos. Profusión de presencia del alcohol, de divorcios, de abandonos del hogar, de segundos matrimonios, de penurias económicas.

Leo, y no soy mitómano (salvo aisladas excepciones) que el propio Carver tuvo problemas con el alcoholismo, y que falleció a los 49 años. Así que podemos considerar que, en ciertos casos, estos relatos podrían llegar a contener fragmentos de su experiencia personal, quizás simples retazos situaciones que pudo atravesar. Sorprende que, con unos elementos tan espartanos, tan desprovistos de detalles fantasiosos o golpes de efecto (no hay crímenes, no hay grandes pasiones, no hay un ápice de glamour, todas las historias parecen poder suceder en casa del vecino), su lectura sea tan interesante. Gracias al estilo directo de Carver, por supuesto, poco dado a las florituras ni a emplear más palabras o más frases de las debidas para decir lo que piensa que debe decir, pero también a su prodigiosa imaginación: la que nos permite distinguir incluso entre personas grises y anónimas, creando esa especie de antistar-system donde pululan canguros gordas, pasteleros solitarios, familias errabundas y vendedoras de vitaminas. Donde la gente bebe para olvidar, y esconde botellas en los rincones de la casa y bebe directamente de la botella: Carver lo narra y estás viendo al tipo y a su pose desesperada. Pero también gracias a que el autor sabe jugar a la complicidad con esa cercanía: parece que cualquiera de nosotros pueda instalarse a convivir con sus personajes o ser uno de ellos.  No debería haber dejado de leer a Carver por tanto tiempo: leer el excelente Knockemstiff, de Donald Ray Pollock, obviamente influido, y ya comentado aquí, me hizo echar de menos esa narrativa corta y contundente, y Carver (junto, entre otros, a John Cheever, a quién dedica un relato de Catedral) me ha hecho recordar el poder de la mejor narrativa corta, por sí sola. Aunque he de reconocer que mi intención era usarlo bajo el concepto uladiano de espaciador, concepto que no hace justicia a este excelente libro.

También en Un libro al día: De qué hablamos cuando hablamos de amor¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?


domingo, 20 de noviembre de 2016

Alejandro Amelivia: Como meteoritos

Idioma original: Español
Año de publicación: 2015
Valoración: Recomendable

Nueve relatos escritos en diferentes momentos componen el debut en solitario de Alejandro Amelivia, en el que desde las primeras páginas se observa, de forma clara, la influencia de Raymond Carver (¿el mejor escritor de relatos del siglo XX?) o de Richard Ford. Y es que "Como meteoritos" es un libro "muy norteamericano", tanto por la ubicación geográfica de la mayoría de los relatos que lo componen como por estilo y por temática.

Los relatos se sitúan, principalmente, en lo que conocemos como "América profunda". Aunque no se mencionan lugares específicos, las referencias son claras: carreteras interestatales, gente viviendo en caravanas, moteles, whisky...
El estilo es casi minimalista, marcado por frases escuetas, escasas descripciones y abundancia de diálogos. Y en cuanto a la temática, los relatos nos presentan mayoritariamente a perdedores (¿suena mejor antihéroes?) en situaciones que parecen cotidianas, pero que contienen una violencia, a veces en estado embrionario, a veces más patente, que poco a poco va emponzoñando la situación. Son relatos en los que la crueldad y la maldad, de forma explícita o no, sea por desesperación o miedo, están también muy presentes.

En “La chica de mis sueños” nos encontramos con un "perdedor de manual" que, a través de los sueños y de la intercesión de un tercero, trata de acabar con su frustración mediante la venganza de su ex.mujer y su nueva pareja.

En “Kentucky Gentleman”, uno de los mejores y más crudos relatos del libro, volvemos a estar ante personajes pasados de rosca en un entorno marcado por la pobreza, la falta de expectativas y la violencia.

“La fatiga de los materiales” y “Estrella blanca”, algo más flojos que los anteriores, varían en cuanto a las voces. Aquí son tres personajes que van contando sucesivamente la historia. En el primero, destaca el paralelismo que se establece entre una casa que se cae a pedazos y un matrimonio que se derrumba, mientras que en el segundo destacan los sentimientos de soledad y de culpa que transmiten los personajes. Quizá en ambos se eche en falta una mayor diferenciación entre los distintos narradores.

“Vecinos de Hawthorne” es otro de los relatos destacados. En el, un desconocido llega a un pueblo en el que los forasteros no son bien recibidos y se pone a trabajar para otro hombre que llegó allí diez años atrás. A su llegada, comienzan a ocurrir desgracias y el pueblo comienza a sospechar. Un relato potente sobre el miedo a lo desconocido, con estructura circular y un buen final.

“Todos los detalles” es un relato que repite la estructura circular del anterior en el que el protagonista vuelve a ser otro “perdedor” que debe enfrentarse a sus miedos. El punto de partida es interesante, aunque se vea lastrado por una cierta previsibilidad.

“En el borde del claro” vuelve a hablar sobre el miedo a lo desconocido y a cómo actúan las personas en situaciones de tensión, pero quizá sea el más flojo de la colección. Casualidad o no (no lo sé), pero es el único relato que se sitúa fuera de los Estados Unidos.

“Madera de tulípero” vuelve al tema de la violencia (larvada, en este caso) y da paso a uno de los mejores relatos del libro,”Ya nadie recuerda nada”, con el pasado que vuelve, el miedo, la muerte y la violencia como ejes del mismo.

En resumen, "Como meteoritos" es un libro de debut interesante de un autor que parece encontrar su mejor versión en los relatos más ásperos, más crudos, relatos que seguro son de vuestro agrado si os gustan Carver (salvando las distancias, eso sí, porque Carver son palabras mayores) y el "realismo sucio".

miércoles, 26 de diciembre de 2018

Joe Hill: Cuernos


Idioma original: inglés
Título original: Horns
Año de publicación: 2010
Traducción: Laura Vidal
Valoración: recomendable, por lo menos...

¿Recordáis aquellos libros de Crea tu propia aventura que hacían las delicias de los chavales (de algunos) en la era pre-internet? Pues imaginemos por un momento que estamos leyendo/jugando con uno de ellos:

-Eres un joven escritor de cierto talento que quieres dedicarte a la literatura fantástica y de terror, pero con la buena o mala suerte de que tu padre es EL PUTO REY del género. ¿Qué haces?:

A/ Dejarlo y dedicarte a profesiones alejadas de los libros, como analista financiero, carpintero de ribera o profesor de literatura comparada.
B/ Aceptar con orgullo tu apellido y escribir novelas como Barrie (la historia de un adolescente con poderes telepáticos que se venga de sus compañeros de high-school publicando sus más oscuros secretos en el grupo de whatsapp de la clase) o Pufo, sobre un caniche endemoniado.
C/ Matar a tu padre, enterrarlo en el jardín y suplantar su personalidad, poniéndote unas gafas de culo de vaso y una astrosa gorra de béisbol.
D/ Utilizar otro apellido y escribir las novelas más originales que puedas.

Por suerte, Joe Hill escogió esta última opción y. al menos en esta su segunda novela, se atrevió con una historia que muy bien podía haber imaginado un escritor ruso del XIX o incluso del XX (mientras les dejara el padrecito Stalin)... ¿Que no? Pues me permito transcribir el primer capítulo, para que os hagáis una idea (tranquis, que es cortito):

"Ignatius Martin Perrish pasó la noche borracho y haciendo cosas terribles. A la mañana siguiente se despertó con dolor de cabeza, se llevó las manos a las sienes y palpó algo extraño: dos protuberancias huesudas y de punta afilada. Se encontraba tan mal -débil y con los ojos llorosos- que al principio no le dio mayor importancia, tenía demasiada resaca como para pensar en ello o preocuparse.

Pero mientras se tambaleaba junto al retrete se miró al espejo situado sobre el lavabo y vio que por la noche le habían salido cuernos. Dio un respingo, sorprendido y, por segunda vez en doce horas, se meó en los pies."

¿Qué, no podría ser el comienzo de un cuento de Gogol, o incluso un cuento entero de Chéjov? ¿De Bulgakov, Bábel? Bueno, da igual; el caso es que esto es lo que le ocurre al protagonista de Cuernos: de la noche a la mañana le crecen un par de ellos en la cabeza. Y no sólo eso, tales cuernos acarrean además el poder de que las demás personas de confiesen exactamente lo que están pensando y cuales son sus verdaderos deseos, así como darle a conocer los secretos más ocultos de la gente. Algo de lo más revelador sobre la naturaleza humana, pero muy duro, puesto que Ig o Iggy es considerado por muchos como el sospechoso principal de la violación de su novia Merrin... Ig, que siempre ha sido un poco lila, se transforma, pues en una especie de demonio (y sin "especie de"), lo que aprovecha para averiguar quién mató en realidad a su novia y buscar venganza. la novela pasa entonces de ser algo parecido a un sátira social -incluso una "fábula moral"- a un thriller con tintes sobrenaturales. Ahora bien, que nadie piense que se trata de un best-seller al uso, con sus cliffhangers y sus red herrings aquí y allá, con un lenguaje sencillito para no espantar a ningún lector. Vale que no es Faulkner (de acuerdo: tampoco Gogol), pero Hill maneja aquí más recursos literarios y un estilo más depurado que muchos escritores modernetes que se marcan el hype de la semana (no digamos si son españoles); ¡caramba, si hay momentos de esta novela que bien podían haber salido de la mano de Eugenides o incluso del mismísimo Raymond Carver!

Bueno, de acuerdo, tampoco me voy a flipar tanto: es cierto que este libro se puede enmarcar dentro de lo que llamamos "literatura comercial" (etiqueta que me resulta tan desconcertante como la de "novela literaria") y no pretende ser otra cosa. No obstante, resulta una novela no sólo entretenida sino de una calidad notable, tanto en lo que respecta a la estructura narrativa y al estilo, como a las sutilezas teológicas que propone  -estupendo el "sermón ante las serpientes" del capítulo 28-; al igual que posee, por qué olvidarlo, un sentido del humor bastante negro, que ayuda a quitarle solemnidad a determinados momentos de la narración, y, por ello, hacer más verosímil una historia ya de por sí nada creíble. Aunque tampoco hace falta creérselo, claro; basta con disfrutar de esta lectura y sentir un poquito de simpatía por el diablo.


lunes, 30 de octubre de 2017

Maximiliano Barrientos: Una casa en llamas

Idioma original: Español
Año de publicación: 2015
Valoración: Recomendable

Tiene narices (por no decir otra cosa) que, tras casi 3200 reseñas, solo hayamos reseñado en ULAD a un autor boliviano, el gran Edmundo Paz Soldán. ¿Será que la "literatura boliviana" es la rama desconocida / ignorada de la "literatura latinoamericana", suponiendo que existan una literatura boliviana o una literatura latinoamericana como tales?

Hoy vamos a tratar de romper con ese "ninguneo" reseñando, por segunda vez en la vida del blog, a otro autor boliviano. Se trata, en este caso, del cruceño Maximiliano Barrientos.

Barrientos, cuya obra está siendo publicada en España por la editorial Periférica, es autor de este libros de relatos publicado por Eterna Cadencia, una de las editoriales sudamericanas más interesantes del momento. En él, se observan claras influencias de uno de los grandes del género: un tal Raymond Carver.

Veréis. El libro consta de seis historias atravesadas por la violencia física. Todas ellas están protagonizadas por tipos solitarios que ven como el pasado vuelve de forma recurrente, como si fuese una marca indeleble en la piel, por perdedores llenos de una rabia convertida en tristeza. 

El relato que abre el libro, "No hay música en el mundo", es quizá el más diferente de todos, no  tanto por la temática del mismo sino por su protagonista y su ubicación geográfica. Se trata de la historia de un boxeador / luchador en sus horas más bajas y, al contrario que el resto de relatos del libro, se sitúa en los Estados Unidos.

Los cinco relatos restantes, en cambio, están protagonizados por personas de la clase media o media-alta de Bolivia, y en la mayoría de ellas hay un pasado violento que vuelve para romper con la aparente tranquilidad del presente y de una vida más o menos cómoda. La violencia, en forma de venganza en varias ocasiones, y el sexo juegan, en todos ellos, un papel fundamental.

Destacaría, por encima de todo, la utilización de las imágenes por parte de Barrientos. Las seis historias están llenas de poderosas imágenes, muy ilustrativas de lo que el autor quiere contar. Además, Barrientos dosifica la información y las palabras de manera adecuada, manteniendo al lector en tensión. No hay artificios en los relatos, no hay adornos, solo las palabras precisas para componer un conjunto homogéneo y atrayente, en especial para aquellos que gusten de historias duras narradas de la forma más cruda posible.

sábado, 16 de abril de 2016

Alberto Olmos: Trenes hacia Tokio

Idioma original: Español
Año publicación: 2006
Valoración: Bastante recomendable

Si tecleas Alberto Olmos en el ordenador, el primer enlace, ¡cómo no!, es el de su entrada en la Wikipedia. Ahí podemos leer:

Durante tres años residió en Japón en la prefectura de Tochigi. Allí dio clases de español y de inglés, hizo crítica cinematográfica y literaria, y se inició en el mundo de los blogs”.

Por lo que, una vez leída “Trenes hacia Tokio”, comprobamos que se trata de una especie de ¿novela autobiográfica?. En ella, Alberto Olmos se transforma en David, treintañero profesor de inglés en una escuela infantil y profesor de español para mujeres niponas.

Afortunadamente, sobre todo tratándose de un libro ambientado en Japón, no nos encontramos con una idealización del país o de sus costumbres y cultura (no está mal un poco de desmitificación).

No es un libro “sobre Japón”. No. Aunque pueda no parecerlo, es un libro sobre el desarraigo, la  soledad y el absurdo (¡Toma ya!). En él, asistimos al día a día de Olmos – David en Japón.

Es Olmos-David un observador lúcido, honesto, con buenas dosis de humor, cinismo e ironía (no solo en su mirada hacia el exterior, sino hacia su propia situación) y con un lenguaje ágil, directo, sin concesiones, sin florituras, con frases cortas que parecen más bien apuntes tomados a vuelapluma.

En los primeros capítulos, Olmos – David actúa más como un observador del exterior y se centra, fundamentalmente, en su relación con Kokoro (destaca, para mí, el capítulo “Ríete tú de Raymond Carver”) y sus problemas de adaptación y su desubicación (en “Malibú”).  

En la segunda parte del libro, tras su ruptura con Kokoro, Olmos – David aparece como una persona liberada de la carga que la relación le suponía. Se convierte en un narrador mucho más ácido (valgan como ejemplo “Dignidad” o “El momento culminante de mi fracaso”), no exento de humor (impagable esa imaginada violación por parte de un grupo de bibliotecarias sobre una mesa con todos los libros de William Faulkner abiertos por la página 33 de “Balada de las bibliotecarias dominatrices”), con sus filias, fobias y perversiones.

Olmos nos cuenta, por tanto, su experiencia a partir de pequeñas escenas cotidianas (sus viajes en tren, cenas familiares, visitas a la biblioteca, etc.), que forman los diferentes capítulos de libro, y que permanecen unidas entre sí por un tenue hilo narrativo.  Es tan tenue este hilo que no sabría si clasificar el libro como novela o conjunto de relatos.

Pero, ¿qué más da? Es, a fin de cuentas, un libro interesante, de ritmo frenético, divertido, pero que quizá esté muy dirigido a un “público” de 30 a 50 años, tanto por su forma como por su fondo. Al menos yo, situado en esa franja de edad, la identificación que he podido sentir con el personaje en ciertos momentos ha sido muy alta.  Cuestión generacional, supongo.



miércoles, 19 de noviembre de 2014

Richard Brautigan: La pesca de la trucha en América

Idioma original: inglés
Título original: Trout Fishing in America
Año de publicación: 1967
Traductor: Pablo Álvarez Ellacuria
Valoración: ¿Recomendable? Humm... ¡diablos, sí!

Inclasificable.

Este adjetivo es el que más veces leerá cualquiera que se dedique a buscar reseñas sobre este libro... yo lo he hecho y no voy a dármelas de original. Porque, ciertamente, este libro lo es: inclasificable.

No es una novela, aunque tampoco podemos decir que no lo sea (en cierto modo). No es un libro de relatos, aunque muchos de sus capítulos lo parezcan. No es un libro de viajes, aunque tiene mucho de "novela de carretera" -o "de arroyo", en este caso-, a través de insólitos rincones de Estados Unidos. No es un libro de pensamientos filosóficos o políticos, aunque éstos también estén presentes (o mejor, aún, sumergidos, comos las truchas a las que se hace referencia una y otra vez). No es un libro de poesía, aunque haya pasajes de un lirismo sorprendente (y algo lisérgico, hay que decir...). No es una autobiografía... o lo es de una manera peculiar, a partir de momentos que casi nadie consideraría representativos del transcurrir de su propia vida (quizás de eso se trate, en realidad). No es un libro de humor, y eso que éste abunda en muchas de sus páginas, pero es un humor que, o bien adopta forma de sarcasmo o en general resulta bastante sombrío, poco dado a provocar la carcajada (conociendo ciertos avatares de la vida de Brautigan, que se cuentan en el prólogo, se entiende este humor subterráneo). No es un libro sobre la naturaleza de su país, o lo es sobre la naturaleza que está dejando de serlo, cada vez más degradada por la mano del hombre. No es un libro sobre la pesca de la trucha en América, repleto de anécdotas de pescador... o, un momento, puede que eso sí que lo sea, a su manera... (supongo, además, que al autor pudo resultarle muy gracioso pensar en los pescadores domingueros, tocados con sus gorras de béisbol y armados de sus neveras portátiles, que compraran este libro esperando encontrar los secretos para pescar truchas en América).

En la contraportada de esta edición -muy bien editada, por cierto-, encontramos nombres, referencias como Dylan, Ginsberg, Hemingway, Mark Twain, Emerson, Thoureau... así como autores en los que parece haber influido Brautigan: Raymond Carver, David Foster Wallace (no en lo de las notas a pie de página, gracias a Dios), Murakami (!)... Puede que todo sea cierto, así como se podrían añadir, tanto en la lista de influencias recibidas como ejercidas, a Kerouac, Hunter S. Thompson, Bukowski... Por su época y actitud, Brautigan pertenece, ciertamente, a la generación de escritores beat -y del postmodernismo literario norteamericano-, aunque le llegó el éxito más tarde, en plena época del flower power... En todo caso, cualquier intento clasificatorio es vano: Brautigan se nos aparece como un autor personalísimo, de lo más original en sus imágenes, de un surrealismo escurridizo (cabe suponer que a la hora de redactar más de una de estas páginas, este escritor se había dejado abiertas las puertas de su percepción, para que nos entendamos).

El propio concepto de "la pesca de la trucha en América"  no deja de ser cambiante y huidizo... Por supuesto, es una metáfora que se repite en casi todo el libro -a veces, sin embargo, es literal y de lo que habla es de pescar truchas en América, sin más-, pero lo mismo se refiere a la felicidad que, según la Constitución de Estados Unidos, todo ciudadano americano tiene derecho a buscar (la referencia a Benjamin Franklin que se hace al comienzo es inequívoca); al éxito que, según se dice, aguarda a todo el mundo en la "tierra de las oportunidades", o a la libertad que, según se dice también, constituye la base sobre la que se cimenta tan gran país. De hecho, "la pesca de la trucha en América" también parece hacer alusión, en otras ocasiones, a la propia América (Estados Unidos de, se entiende), pero también a sus "enemigos" en aquellos años 50 y 60, como eran Vietnam o la amenaza del comunismo internacional... O sirve para denominar a una persona concreta, incluyendo el propio autor, o una organización o idea.... o se convierte en el propio marco en el que se desarrolla la metáfora de "la pesca de la trucha en América"... en fin, que más vale relajarse y no tratar de entenderlo racionalmente...

Un libro -novela, ensayo o lo que sea- que quizá no sirva para trazar nuevos caminos para los escritores ni encontrar arroyos en los que practicar la pesca de truchas -literarias, quiero decir- para los lectores, pero que no se debería dejar de leer, aunque sólo sea para conocer una visión diferente, abierta y heterodoxa (y más bien triste, me temo), del mundo y sus circunstancias, incluyendo la literatura. Y la pesca, claro.

Otrostítulos de Richard Brautigan reseñados en Un Libro Al Día: Un detective en Babilonia